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La primera urgencia de hoy es volver a Jesús (2)

miércoles, 17 de agosto de 2016
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volver-a-jesusSegunda parte de una entrevista realizada por la Revista ADSIS a José Antonio Pagola sobre la necesidad de «volver a Jesús».

P: La polémica generada en torno a tu libro Jesús, una aproximación histórica dejó desconcertados a muchos. ¿Qué fue lo que ocurrió y cómo están las cosas ahora?

R: Jesús siempre provocará interrogantes y desafíos. No es tampoco extraño que surjan polémicas y disensiones. Pero pienso que alimentar polémicas como la que se ha provocado con mi libro, nos distraen de lo esencial y no nos conducen a la conversión a Jesucristo… Yo estoy contento porque la polémica ha logrado que muchas personas se hayan planteado la necesidad de conocer y de seguir mejor a Jesús.

P: En todo caso, son más los que han oído hablar de tu libro que los que lo han leído. ¿Cuál crees que es su aporte principal, entre tantos otros que ya se habían escrito?

R: He recibido miles de testimonios de personas que, al leer el libro, se han sentido «tocadas» por Jesús. En muchos momentos he sentido que Jesús está vivo, que su Espíritu sigue actuando en los corazones, que su Evangelio tiene fuerza transformadora… El testimonio de estas personas ha reforzado mi fe, me ha hecho sentir la presencia viva de Jesús. Ha sido una gozada. Lo que más impacta a los lectores es encontrarse con un Jesús tan humano, cercano y accesible. En contra de lo que se ha dicho, el libro no hace daño. Es exactamente lo contrario. La reacción generalizada es esta: Jesús es tan humano que no es como nosotros. Algún misterio debe encerrarse en él. Solo Dios encarnado puede ser tan humano, tan compasivo, tan sincero y auténtico, tan fiel, tan interesado por el ser humano. Muchos me escriben diciendo que ahora creen más en el Dios encarnado en Jesús.

P: Según nos decías en el encuentro que compartimos, «conocer a Jesús nos tendría que llevar a hacer nuestra su espiritualidad». Según tu parecer, ¿cuáles son las claves de la espiritualidad de Jesús?

R: Lo primero que diría es que el centro de la espiritualidad de Jesús no lo ocupa propiamente Dios, sino «el reino de Dios». Jesús no separa nunca a Dios de su proyecto de transformar el mundo. No invita a la gente a «buscar» a Dios, sino a «buscar el reino de Dios y su justicia». No pide simplemente «convertirse» a Dios sino «entrar» en la dinámica del reino de Dios.

En segundo lugar diría que su experiencia de Dios como Padre lleva a Jesús a vivir dos actitudes fundamentales: la confianza total y absoluta en Dios, que le hace vivir de manera innovadora, creativa y audaz al servicio del reino de Dios; y la docilidad incondicional para cumplir su voluntad que consiste en trabajar por una vida más digna y dichosa para todos, empezando por los últimos.

Por eso, según Lucas. Jesús, ungido por el Espíritu de Dios, se siente «enviado a anunciar a los pobres la Buena Noticia». Vivir ungidos por el Espíritu de Jesús es vivir cambiando la vida, haciéndola mejor y más humana. Es estar siempre a favor de las personas y en contra del sufrimiento, del mal y de la injusticia. Vivir la espiritualidad de Jesús es vivir curando heridas, haciendo el bien, potenciando la vida. Dejarse conducir por su Espíritu es vivir defendiendo a los débiles, acogiendo a los excluidos, creando siempre comunión, igualdad, acogida y fraternidad. Nunca separación, exclusión o excomunión.

P: Aterrizando en el contexto de crisis múltiples que vivimos hoy, hay una pregunta inevitable: ¿cómo se mira el futuro «como Jesús» cuando parece que no hay futuro?

R: Con una confianza absoluta en la acción de Dios que sigue trabajando con amor infinito el corazón y la conciencia de todos sus hijos e hijas. Dios no está bloqueado por ninguna crisis. Sigue buscando caminos que solo él conoce para encontrarse con cada persona, esté donde esté. Nadie vive olvidado o abandonado por Dios. Este es el dato decisivo, no nuestros proyectos o planes pastorales.

P: En concreto, ¿cómo crees que podríamos alentar, en nuestro entorno social y eclesial, la esperanza que brota de Jesús?

R: Hemos de abandonar ya una lectura del momento actual en términos casi exclusivos de crisis, secularización, desaparición de la fe, etc. Cristo resucitado tiene fuerza para engendrar una fe nueva. No sabemos qué nacerá ni cómo será. El cristianismo es mucho más que lo que ha podido dar en veinte siglos. Jesucristo no ha dado todavía lo mejor. Puede ser una verdadera sorpresa en la sociedad que está emergiendo.

P: También nos has animado a preguntarnos «por qué caminos quiere encontrarse Dios con las personas que se alejan de la Iglesia hoy». ¿Desde tu experiencia y tu reflexión, qué intuiciones nos puedes compartir?

R: A mi juicio, es un grave error «volver hacia atrás», hacia una cultura pasada, para vivir la fe desde formas, concepciones y sensibilidades nacidas, pensadas y configuradas en otras épocas y para otras épocas que no son la nuestra. Para acoger y comunicar hoy el Evangelio de Jesús hemos de aprender a creer desde la sensibilidad, la inteligencia y la libertad de esta nueva cultura; poner el Evangelio de Jesús en contacto con las preguntas, miedos, aspiraciones, sufrimientos y gozos de nuestros tiempos. La fe nueva que necesita la cultura moderna no nacerá como «clonación» de la fe pasada. Brotará de la fuerza que tiene el Evangelio para engendrar «vida evangélica» en medio de esta sociedad. La fe renace constantemente cuando hay fidelidad al Espíritu de Jesús.

P: Te agradecemos por el tiempo que nos has dedicado, José Antonio. Después de este encuentro y desde lo que nos conoces, ¿qué mensaje nos dejarías a los que buscamos a Jesús desde las comunidades Adsis?

R: No me siento con autoridad para dejaros mensaje alguno. Solo desearos que viváis vuestro carisma de manera creativa y audaz. Leed el Evangelio de Jesús en vuestras comunidades como una llamada que os invita cada día al gozo de la conversión a él. Vuestra vida se decidirá en los próximos años en vuestra capacidad para «volver a Jesús» con más radicalidad y más gozo.

Fuente: Revista ADSIS, Entrevista a José Antonio Pagola (Junio 200

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La primera urgencia de hoy es volver a Jesús (1)

martes, 16 de agosto de 2016
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volver-a-jesusPrimera parte de una entrevista realizada por la Revista ADSIS a José Antonio Pagola sobre la necesidad de «volver a Jesús».

P: José Antonio, en el encuentro que compartimos contigo fue una gozada escucharte hablar de Jesús con tanta hondura y esperanza… Tú nos insistes en «no seguir lamentándonos, sino a pasar una a nueva fase de nuestro seguir a Jesús». ¿Qué quieres decir con eso?

R: Están creciendo entre nosotros algunos hechos y actitudes que, a mi juicio, no nos van a conducir a la renovación que la Iglesia necesita para promover hoy el proyecto de Jesús en la sociedad contemporánea. Pienso en el desencanto y la pasividad de muchos cristianos buenos y sencillos que viven este momento con desconcierto y pena; el clima creciente de enfrentamientos y descalificaciones mutuas entre colectivos de sensibilidades opuestas; la asfixia de vivir envueltos en lamentaciones y críticas estériles que no abren caminos hacia el evangelio; el miedo a la creatividad a la que nos llama el Espíritu de Jesús, que siempre es creador de vida nueva; el restauracionismo hacia el que parece tender de manera cada vez más firme la jerarquía…

A mi juicio, el giro que necesita el cristianismo actual consiste sencillamente en volver a Jesucristo. Necesitamos que la Iglesia se centre con más verdad y fidelidad en la persona de Jesús y en su proyecto del reino de Dios. No es exagerado afirmar que esta conversión radical a Jesús, el Cristo, es lo más importante que puede ocurrir en la Iglesia en los próximos años. Muchas cosas habrá que hacer en estos momentos, pero ninguna más importante que esta conversión.

P: Varias veces expresas que «la primera urgencia de hoy en la Iglesia es volver a Jesús». ¿Qué es para ti volver a Jesús?

R: «Volver a Jesús» no es simplemente impulsar un «aggiornammento», una adaptación pastoral a los tiempos de hoy. Es volver al que es el origen y la razón de ser de la Iglesia. El único que justifica su presencia en el mundo y en la historia. Dejar al Dios encarnado en Jesús ser el único Dios de la Iglesia, el Dios amigo de la vida y del ser humano.

Volver a Jesús es mucho más que introducir unos cambios en la celebración ritual de la liturgia o algunas innovaciones en la organización pastoral. Naturalmente, todo esto es necesario y no se debería retrasar más, pero lo que necesitamos es una conversión a Jesús a un nivel más profundo. Volver a las raíces, a lo esencial, a lo que Jesús vivió y contagió.

Esta conversión a Jesucristo es mucho más que una adhesión doctrinal o cultual a Jesucristo. No basta con adherirnos a una doctrina, cristología, o profesar nuestra fe en Jesús como Mesías e Hijo de Dios en la liturgia. En esta conversión es determinante el seguimiento vital a Jesús, la comunión mística con su persona, y el servicio a su proyecto del reino de Dios.

P: Desde tu visión, ¿qué trazos esenciales identifican a Jesús y su mensaje?

R: Yo destacaría sobre todo lo siguiente:

En el centro del mensaje y de la actuación de Jesús está lo que él llamaba «reino de Dios». Esto es decisivo. Jesús no expone propiamente una doctrina sobre Dios sino que anuncia un acontecimiento: «Dios está llegando. Solo quiere una vida más digna, más sana, más dichosa y justa para todos, empezando por los últimos. Hemos de cambiar».

Dios es Amigo de la vida. Lo dice Jesús en sus parábolas, en sus curaciones y en toda su trayectoria al servicio de la vida. Jesús es el impulsor de una fe curadora. Podemos decir que puso en marcha un proceso sanador de las personas y de la sociedad entera. Su crítica a las patologías religiosas (legalismo, hipocresía cultual, liturgia vacía de amor, etc.), su acogida a los últimos, su ofrecimiento gratuito del perdón de Dios, su empeño en liberar a las personas del miedo, su afán por generar fe y confianza en un Dios Amigo… son actuaciones que responden a su voluntad de curar la vida y hacerla más humana. Las «curaciones» de los enfermos son el mejor símbolo de su trayectoria. Esto es lo nuevo y decisivo: Jesús anuncia la «salvación» de Dios poniendo «salud» entre los hombres y mujeres.

Jesús le vive a Dios como un misterio de compasión. Dios es compasión. Su primera reacción, lo primero que le brota en el corazón ante sus criaturas es la ternura, la comprensión, la compasión, el perdón… Por eso la compasión no es una virtud más, sino la única manera de parecernos al Padre. «Sed compasivos como es vuestro Padre del cielo».

En el centro de toda la actuación de Jesús están los últimos, los desvalidos, los indefensos, los olvidados por la religión… Él ha venido para los enfermos, no para los sanos; se ha acercado a los pecadores e indeseables, no a los santos.

Jesús ha imaginado su movimiento de discípulos y discípulas como un espacio sin dominación masculina del varón sobre la mujer. En su seguimiento nadie está sobre nadie; el que quiera ser importante se ha de poner a servir. Solo desde esta actitud es posible ser signo del reinado de Dios y abrir caminos a una sociedad tal como es querida por él.

P: Y asumiendo que hay que «volver a Jesús», ¿qué actitudes de conversión a él serían más necesarias para los que somos cristianos en este momento histórico?

R: Es necesario, antes que nada, una calidad nueva de nuestra relación vital con Jesús. Una Iglesia formada por cristianos que se relacionan con un Jesús mal conocido, confesado doctrinalmente de manera abstracta, un Jesús apagado, que no enamora ni seduce, que no llama ni toca los corazones, es una Iglesia sin futuro.

Necesitamos, además, poner más verdad en nuestro cristianismo. Discernir qué hay de verdad y de mentira en nuestros templos y curias, en nuestras actividades pastorales y nuestras celebraciones. ¿Hasta cuándo podremos seguir sin hacer un examen de conciencia colectivo en la Iglesia, a todos los niveles? No hemos de aceptar vivir estos tiempos en la pasividad. No podemos resignarnos a vivir un cristianismo sin conversión. Hay que cambiar.

Hemos de recuperar el seguimiento a Jesucristo como el factor esencial del cristianismo. Hemos de «hacernos discípulos» de Jesús, vivir aprendiendo de él, entender la vida como la entendía él, mirar y tratar al ser humano como él lo hacía. Sin seguimiento fiel a Jesús, no hay Iglesia de Jesús.

Fuente: Revista ADSIS, Entrevista a José Antonio Pagola (Junio 2009)

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Santa María Magdalena

martes, 26 de julio de 2016
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Magdalena

Advertencia: Esta pequeña reflexión fue escrita a mediados mayo, es decir, un poco antes de que nos sorprendiera la noticia el día 10 de junio de que por expreso deseo del Papa Francisco la celebración de Santa María Magdalena haya sido “elevada” a Fiesta. ¿Nos leyó el corazón?

***

¿Humildad? no, más bien hay que llamarlo “invisibilidad” o incluso “ocultamiento”. Las grandes mujeres de nuestra historia cristiana a penas encuentran hueco en nuestra liturgia. Hoy celebramos la “memoria obligatoria” de Santa María Magdalena, la Apóstol de los apóstoles (como se la reconoció en el siglo IX) y ni siquiera se celebra en la liturgia como “fiesta”, solo como “memoria obligatoria”.

Nuestra liturgia hace tiempo que necesita una buena reforma, una que nos muestre a la mujeres, a las que han sido grandes referentes, las modelos de nuestra fe “ocultadas” durante demasiado tiempo.

Hoy deberíamos celebrar la “Solemnidad” (que es más que ‘fiesta’) de Santa María Magdalena y hablar de esta mujer no como de una prostituta penitente (como se ha hecho) sino como lo que fue en verdad: una discípula fiel. La última en marchar al pie de la Cruz y la primera en regresar en la mañana de Resurrección.

Fue a ella y no a otra u otros a quien eligió el Resucitado para anunciar la Buena Noticia de su VIDA con mayúsculas. Fue una mujer la primera testigo de la Resurrección, la primera en reconocer a Jesús en su vida recién estrenada. Ella anunció, aunque la tomaron por loca. Ella anunció, aunque sabía que la palabra de una mujer no era tenida en cuenta.

Y fue ella quien con su desconcierto y con su llanto le robó el primer abrazo al resucitado. Aquella primera mañana de Pascua el duelo y la impotencia le devolvieron la identidad perdida: ¡María! Y al oír su nombre, con el timbre inconfundible de la voz del Maestro, el miedo y el desconsuelo desaparecieron para siempre.

Ella que había sabido acompañar a Jesús por los caminos (Lc 8, 1-3), dejándolo todo, arriesgándolo todo, es también la primera en inaugurar el nuevo camino que amanece en la mañana de Pascua.

No, María Magdalena no es la eterna penitente vestida de saco y cenizas. María Magdalena es la mujer fiel y feliz, arriesgada y con autoridad que emprende la hermosa labor de anunciar a todas las gentes. Ella, como los primeros apóstoles, también contó lo que había vivido con el Maestro y su experiencia, tan rica y tan válida como la de ellos ha sido y es instrumento del Reino.

Sin las mujeres en la Iglesia no habría “mañana de Pascua”, si acaso tarde porque ellos, los varones, no madrugaron para ir al sepulcro.

Ahora te invitamos a leer la noticia del 10 de junio.

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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22.7.16. Apostolorum Apostola, Santa María Magdalena

domingo, 24 de julio de 2016
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apostorum-apostolaComo no pudimos publicarlo el mismo día 22, fiesta de María Magdalena, lo traemos hoy para poderlo meditar en este domingo…

Del blog de Xabier Pikaza:

La Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, por deseo expreso del Papa Francisco, ha elevado la memoria de santa María Magdalena a la categoría de fiesta en el Calendario Romano General (22 de julio), creando para ello, por deseo del mismo papa, un prefacio propio titulado Apostolorum Apostola (Apóstol de los apóstoles), donde se dice que ella ha sido la iniciadora de la misión cristiana, realizando una tarea superior (y anterior) a la de los mismos apóstoles. Cf. texto vaticano, en latín, con el antiguo y nuevo título de Magdalena como apóstol de los apóstoles, en
https://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2016/06/10/magdala.html:

En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, aclamarte siempre, Padre todopoderoso,de quien la misericordia no es menor que el poder, por Cristo, Señor nuestro.

El cual se apareció visiblemente en el huerto a María Magdalena, pues ella lo había amado en vida, lo había visto morir en la cruz, lo buscaba yacente en el sepulcro, y fue la primera en adorarlo resucitado de entre los muertos; y él la honró ante los apóstoles con el oficio del apostolado para que la buena noticia de la vida nueva llegase hasta los confines del mundo.

Por eso, Señor, nosotros, llenos de alegría, te aclamamos con los ángeles y con todos los santos, diciendo: Santo, Santo, Santo…

Este prefacio papal pone a María Magdalena por encima de presbíteros, obispos y apóstoles. Según el famoso adagio lex orandi lex credendi (la oración es el principio de fe de la Iglesia), este prefacio ha de tener grandes consecuencias en la visión de la mujer en la Iglesia y en los ministerios de la comunidad. En ese contexto, este día (22.7.16), quiero recordar la obra y figura de M. Magdalena.

(Imagen y 3. Icono tradicional de Magdalena como apóstol de los apóstoles, enseñado a Pedro con los Doce
Imagen 2: María Magdalena, patrona de los dominicos estudiantes; escalera principal del convento de S. Esteban, Salamanca).

La primera historia.

La llamaban Magdalena porque era de Magdala, ciudad de pescadores de la costa del mar de Galilea, entre Cafarnaúm y Tiberíades, con más de doscientos barcos y famosa por sus salazones. Ella formó parte del círculo más íntimo de los discípulos de Jesús, que caminaba con Doce varones, para simbolizar a las tribus de Israel, pero que tenía otros amigos, varones y mujeres, quizá más importantes que los Doce.

Todos los seguidores/itinerantes, varones y mujeres, eran íntimos de Jesús: con él andaban, comían y dormían en los campos y aldeas. Entre ellos se cuenta María de Magdala. El evangelio de Lucas (Lc 8, 2-3; cf. también Mc 15, 40-41) supone que ella, y otras mujeres, sostenían económicamente a Jesús y a su grupo. Pero ese dato es posterior y resulta, por lo menos, ambiguo pues en el grupo de itinerantes de Jesús no parece que hubiera patronos para sostener a unos «clientes» pobres. Magdalena no era una rica patrona sedentaria, sino discípula itinerante de Jesús y así subió con él a Jerusalén, compartiendo los discípulos todo lo que tenía.

La tradición posterior ha pensado que había sido prostituta y que los males de los que Jesús le había liberado eran males de prostitución. Pero los evangelios no dicen nada de eso, a no ser que la identifiquemos con la mujer de Lc 7, 37-39. De todas maneras, aunque hubiera sido prostituta, ello no sería deshonra en sentido cristiano, pues el mismo Jesús dijo a los sacerdotes y presbíteros de Jerusalén: «Las prostitutas os precederían en el Reino de los cielos”» (cf. Mt 21, 31-32).

En realidad, sólo se le llama prostituta desde el siglo II, para destacar la misericordia de Jesús con ella y para rebajar su autoridad. En esa línea se ha dicho también que estuvo endemoniada (Lc 8, 2-3), pero ese dato ha de tomarse en sentido simbólico: Magdalena sería un ejemplo de las mujeres curadas por Jesús. Pero la primera tradición no dice nada de eso.

PARA NO MULTIPLICAR LAS MARÍAS,

AppleMarkA partir del evangelio de Juan, la tradición ha supuesto que María Magdalena era la hermana de Lázaro y de Marta.

Pero María, la hermana de Lázaro y de Marta (cf. Lc 10, 39 y en Jn 11-12), pertenece a un contexto social y familiar diferente. Más sentido tendría identificar a Magdalena con la mujer de la unción (Mc 14, 3-9, pues las dos se vinculan a la muerte y pascua de Jesús, pero tampoco esto es probable.

Podemos afirmar que Magdalena estuvo en la Última Cena, aunque no sabemos cómo fue esa cena, pues los evangelios sinópticos (Marcos, Mateo y Lucas) la han interpretado de un modo simbólico, para destacar la culminación del camino de Jesús y el fracaso de los Doce. De todas maneras, la importancia de Magdalena no está en su presencia o no presencia en la Cena, sino en el hecho de que ella (con otras mujeres), fue la única «cristiana» que vio morir a Jesús, aunque no pudo «enterrarle» (pues no tenía autoridad para ello; cf. Mc 15, 40. 47; 16, 1-8).

Ella ha sido la primera que ha descubierto, por experiencia de amor personal, que Jesús está vivo, que no se le puede buscar en el sepulcro. En ese sentido, su amor de mujer jugó un papel esencial en el nacimiento de la iglesia cristiana, como lo muestran los textos de la pasión de los cuatro evangelios y de un modo especial el final canónico de Marcos (Mc 16, 9) y Jn 20, 1-18. Así lo supone el comienzo del libro de los Hechos (Hech 1, 13-14), aunque después no hable más de ella.

Celso, el más lúcido de los críticos anticristianos del siglo II, entiende bien los evangelios cuando dice que Magdalena (¡a quien él presenta como una mujer histérica!) fue la fundadora del cristianismo.

Ciertamente, lo fue, pero no por ser histérica, sino por ser una mujer clarividente, capaz de interpretar desde el amor luminoso la historia de la vida y el misterio de la persona de Jesús. Esto es mucho más escandaloso y profundo que lo que algunos críticos afirman cuando dicen que ella fue amante e incluso esposa de Jesús. Ella estuvo en el comienzo de la experiencia pascual y fue iniciadora de la experiencia de la Iglesia.

Los sinópticos presentan a María entre las discípulas que habían seguido y servido a Jesús en Galilea, llegando con él hasta Jerusalén, donde permanecieron a su lado hasta la cruz, a diferencia de los discípulos varones que escapan (cf. Mc 15, 50-51; cf. Mt 27, 56.61; 28, 1). Ella aparece ante el sepulcro vacío y debe trasmitir el anuncio de pascua (Mc 15, 47; 16, 1). En esa línea avanza el final canónico de Marcos que dice expresamente que Jesús resucitado se apareció primero a ella (en contra de Pablo que dice que se apareció primero a Pedro: 1 Cor 15, 5). Ella es, según eso, la primera portadora del mensaje cristiano y resulta lógico que, en sentido simbólico, haya sido identificada con la mujer de la unción, de la que he tratado antes.

El evangelio de Juan ha mantenido la tradición de la presencia de María Magdalena en la tumba vacía (Jn 20, 1), pero después ha desarrollado de un modo ejemplar su experiencia pascual, presentándola como primer testigo de la resurrección, en clave de amor.

Ella ha estado ante la cruz de Jesús, aunque su papel queda eclipsado por la madre y el discípulo amado (Jn 19, 25-27) y después, en contra de la tradición sinóptica (cf. Mc 15, 47 par), no aparece como testigo de la sepultura (Jn 19, 38-42). Sin embargo, ella va al sepulcro el domingo de pascua (sin llevar perfumes para ungir a Jesús, en contra de Mc 16, 1).

Según el evangelio de Juan, Magdalena viene dos veces al sepulcro de Jesús.

Primero sola; ya no necesita de las compañeras que según la tradición iban con ella. Va sola pero actúa como representante de todos los discípulos, de manera que, cuando encuentra el sepulcro vacío (Jn 20, 1), vuelve a contárselo a Pedro y al discípulo amado, representantes oficiales de la comunidad. Después con dos discípulos, que descubren el sepulcro vacío y se marchan. Los otros discípulos se van, pero ella queda en el huerto del sepulcro, con la intención de recoger a un muerto (a un cadáver) y llevárselo a su casa (para vivir de esa manera, para siempre, con la muerte). Pero Jesús se le muestra como vivo, jardinero del nuevo jardín de la vida y que le llama por su nombre y le dice:

María…Vete a donde mis hermanos y diles: subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Vino María Magdalena y anunció a los discípulos: he visto al Señor y me ha dicho estas cosas (Jn 20, 16-18).

Sin duda, en su forma actual, este relato es posterior, y responde a la teología del evangelio de Juan. Pero transmite un elemento clave del principio del cristianismo: la experiencia pascual (es decir, el origen de la Iglesia) es un recuerdo y encuentro de amor.

En un primer momento, María ha ido al sepulcro para honrar a un cadáver, como han a lo largo de los siglos las mujeres (y los hombres) amantes de la historia. Pero su búsqueda de un «cuerpo» se transforma en encuentro de una persona, de la persona amiga que le acoge (se deja tocar) para darle después una tarea: ¡vete! Mirada así, la experiencia pascual no es sentimentalismo ni pura evasión, sino el descubrimiento de una fraternidad viva: «Vete y diles a mis hermanos… Y María fue…». La buscadora de un muerto se convierte así en compañera y animadora de vivos, como fundadora de la Iglesia.

Desde tiempo antiguo (por lo menos desde Celso, siglo II d.C.), se ha criticado a la Iglesia diciendo que el cristianismo es una experiencia visionaria de un grupo de amigos (de amigas) de Jesús y que el testimonio que ellos han dado, diciendo que le han visto, es un testimonio sesgado, pues los amigos/as ven cosas que no son objetivas, desfigurando la realidad. En contra de eso, los testigos de la resurrección de Jesús (los fundadores de la Iglesia) debían haber sido personas «neutrales», políticos como Herodes o Pilato, economistas, filósofos… Leer más…

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«Sin necesidad de orgullo ¡viva los gays!», por Xabier Pikaza

lunes, 11 de julio de 2016

imagesEste fin de semana terminaron, ya, las fiestas del Orgullo gay… Traemos este artículo de Xabier Pikaza que hemos leído en su blog y en el que, aunque valoramos su disposición inclusiva, discrepamos en lo del «orgullo», y lo hacemos publicándolo detrás del artículo precedente en el que un inmisericorde vocero de la Arquidiócesis de México afirma que la Iglesia no tiene que pedir perdón al colectivo LGTBI, como sí declaraba el papa Francisco. Mientras existan actitudes  tan farisaicas, mientras obispos como Cañizares, Munilla, Reig Plà, Joaquín María lópez Andújar y otras hierbas, mientras se nos persiga, acose, asesine, como venimos denunciando en sucesivas noticias en este mismo blog Cristianos Gays será necesario ser «orgullosos» y en nuestro caso, como Cristianos Gays, «muy orgullosos» de ser como Dios nos ha hecho dando testimonio y siguiendo en la lucha para acabar con la Homofobia en el mundo y en el seno de las confesiones religiosas:

Se está celebrando estos días la semana del “orgullo gay”, y no me siento feliz con el nombre, quizá porque soy un anticuado que ha vivido muchísimo años el régimen de cristiandad impuesta, pero me gusta que haya gays y que se manifiesten y así digo viva los gays, poniendo su bandera en la torre de la iglesia. Así lo digo en cuatro proposiciones y en unas reflexiones posteriores:

a. No me gusta el orgullo gay, como no me gusta ningún otro orgullo, ni machista ni heterosexual, ni clerical ni anticlerical, ni de varón ni de mujeres. Cada uno es lo que es, y ha de serlo con gratitud y con respeto hacia los otros, pues el ser humano se dice de muchas formas, y no hay ninguna que sea absoluta, ni mejor que las otras.

b. No me gusta el orgullo de los gays, aunque los entienda, tras un tiempo en que muchos han tenido y tienen que vivir encerrados en el armario, ridiculizados, excluidos… Todavía hoy se les excluye de los ministerios cristianos, en nombre de Jesús, con un pecado inmenso, no de los homosexuales, sino de aquellos que les excluyen por miedo, por ignorancia, por falta de humanidad y de evangelio. Entiendo pues que haya un orgullo gay, y que haya gente que salga a la calle para decirlo. Pero me gustaría que no fuera necesaria este “procesión” de gays al comienzo del verao.

c. Éste es un tiempo de pedir perdón y de dar gracias. De pedir perdón, porque muchos grupos sociales (y cristianos) han marginado y perseguido a los gays, les han hecho sufrir, les han menospreciado y le menosprecian, como si fueran enfermos o apestados a los que se debe tener encerrados en la calle. Es tiempo de pedir perdón por haberles hecho sufrir, y de dar gracias a Dios porque hay gays, personas y grupos de sensibilidades distintas. Quede este dicho.
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d. Pienso que ha llegado el momento en que los gays pueden y deben ofrecer su aportación creadora a la Iglesia y a la sociedad. Por eso he puesto su bandera sobre la torro de mi iglesia. Dejo a un lado el tema social, pues ahora no me importa, me fijo en lo propio de la Iglesia. A pesar de sus grandes fiestas de orgullo, los gays siguen siendo una inmensa minoría oprimida, han sido y siguen siendo víctimas, por eso tienen una capacidad especial para entender el evangelio de Jesús, que es el evangelio de las víctimas.

Un tipo de Iglesia que quiere ser machista, centrada en el poder de sus “buenos” ministros, está perdiendo en general la capacidad de entender el evangelio (secuestra en parte desde el poder de la vieja Europa…). Ha llegado la hora de que otros, desde otros lugares personales y sociales, nos enseñan a vivir el evangelio. Entre esos otros (no como único, pero sí como importantes, aunque sin orgullo) han de estar los homosexuales.

De ellos tratan las ocho proposiciones que siguen, tomadas en parte de mi libro La familia en la Iglesia.

Ocho tesis sobre los homosexuales y la Iglesia cristiana

1. Hay una “ley natural”, como tiende a decir el Magisterio Católico,

pero el tema es que la naturaleza no es “uniforme”, de manera que no todos los seres humanos son varones-varones que aman a hembras-hembras, sino que, al lado de esa franja que puede ser mayoritaria de heterosexuales, hay unas franjas que pudiéramos llamar “borrosas”, relativamente extensas, de personas con tendencias “naturales” que no van en la línea de la hetero-sexualidad.
Cuando digo franjas borrosas no quiero decir emborronadas, ni oscuras, sino todo lo contrario, en la línea de la lógica de los conjuntos “borrosos”, que no son una cosa ni otra, pero que son fundamentales para el funcionamiento del conjunto. Hace mucho tiempo me enseñaron a conocer y respetar esos conjuntos y sistemas borrosos, cuyo conocimiento ha hecho posible la ciencia moderna. Así me lo decía el Prof. V. Muñoz, de la Universidad Pontificia de Salamanca, maestro de lógicos, de feliz memoria.

2. La hetero-sexualidad, es mayoritaria por número, tiene una función importante,
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vinculada no sólo con la con la reproducción, como a veces se ha pensado en algunos círculos eclesiales, sino también con el conocimiento y despliegue de las polaridades de la vida, en un plano de sexo y de género. Hay un tipo de amor hetero-sexual que es muy rico, bendecido por Dios desde los años de Adán y Eva, un amor que ha podido estar en el fondo de las hondas imágenes de la vinculación cósmica y de mística espiritual de los grandes poetas y pensadores.

Sin un inmenso canto a la heterosexualidad no puede haber tampoco un canto a la homosexualidad. Pero, siendo mayoritaria y en un sentido necesaria, la heterosexualidad no es la única forma de amor y de encuentro personal, de forma que no puede imponerse por “naturaleza” sobre las otras opciones y tendencias, pues esa imposición iría en contra de la misma naturaleza y del mismo Dios (conforme a la visión de los creyentes).

3. La Biblia Judía ha una opción preferente por las distinciones claras

y por las separaciones netas. Por eso ha creado una taxonomía de animales “rectos” (conformes a su naturaleza), que se pueden comer… y animales “híbridos” (que no son de una única naturaleza) y que no se puede comer… Los animales “rectos” (puros) son macho-hembra, bien definidos y determinados… Pero eso les ha llevado a expulsar y condenar por impuros a los animales que los judíos consideraban híbridos (por ignorancia de la vida, por cuadratura mental.

Muchos quieren aplicar una distinción como ésa a los sexos-géneros en la especia humana, olvidando que la realidad tiene unos confines que he llamado “borrosos”, pero que ahora llamo pregnantes de vida, unos espacios fundamentales, que no son macho-macho ni hembra-hembra, sino que son personas de otra forma, con todos los derechos. Los que siguen esa «separación clara» de la Biblia deberían cumplir todas las normas del Levítico (cosa que nadie defendería hoy, ni judío ni cristiano).

4. La filosofía griega ha buscado también las dualidades falsamente claras,

a partir del esquema de la materia-forma (el hylemorfismo de Aritóteles, con su lógica de la contradicción y del tercero excluido): todo es materia o forma, todo es macho o hembra… Aristóteles fue un inmenso investigador, pero no pudo descubrirlo todo, ni tampoco Platón, por grande que fuera.

La realidad no funciona como él pensaba, pues hay cientos de formas/materias intermedias, límites difusos, contornos aabiertos… que marcan precisamente el sentido de la realidad que es multiforme y supra-polar (no bipolar) para ser más claramente clara, como el arco iris. Los sexos no son sólo para acoplarse al modo masculino-femenino, sino que tienen otros rasgos y funciones, que no van en una línea mala de “ideología de género”, sino de búsqueda múltiple de la personalidad

5, Frente a la simplicidad del macho-macho y hembra-hembra

surge así la riqueza de formas distintas, que no simplemente mestizas híbridas, pues no existen dos colores primos, de forma que todos los demás sean derivados. Nada es híbrido, todo es verdadero en sí, a no ser que se quiera decir que todo es híbrido, todos somos una mezcla del universo de Dios.

Por eso, expulsar de la normalidad de la vida y del amor (de la naturaleza) a esas formas “distintas” de ser persona (ser humano) es ir en contra de la naturaleza, ir en contra del don de la vida de Dios, de la gran profusión y riqueza de especies y formas y tendencias de la vida. Esas formas «híbridas»… son híbridas sólo si se comparan con las formas «dominantes», pero en sí no pueden considerarse híbridas ni mestizas, sino que ha de estudiarse su propia realidad, con su valor, aunque sea minoritaria. Si se empieza a negar a las minorías se acaba destruyendo todo.

6. En esa línea, aquellos que no son macho-macho o hembra-hembra son un “lujo” de la naturaleza

pero no en el sentido de una curiosidad propia de museo, sino en la línea de la riqueza de formas de la vida. Eso significa que debermos tener gran cuidado en respetar la variedad de las formas de amor de la vida, en nombre del Dios Creador… y en nombre de Jesús, que ha venido no a sancionar la ley de las identidades cerradas (cierto tipo de ley del AT, interpretada por ciertos rabinos), sino abrir espacios para todos.
En esa línea se sitúa la gran comparación de Pablo en 1 Cor 12 donde dice que el cuerpo de Cristo (es decir, el gran cuerpo humano de Dios) es múltiple, de forma que unos deben alegrarse de la existencia de otros que sean distintos, sabiendo que así se enriquecen mutuamente. Más aún, aquellos que están en peligro de extinción, los más débiles son los más importantes (los pobres, los excluidos…). No quiero decir que hay que querer a los homosexuales por ser sólo unos “pobrecitos”, nada de eso, hay que respetarles y quererles como personas, pidiéndoles que aporten a todos su riqueza personal.

7. Y cuando he dicho que los homosexuales (en general) puede situarse en esa franja borrosa de la realidad

no estoy condenándoles o minusvalorándoles, sino todo lo contrario… Conocí hace tiempo, con V. Muñoz, a uno de los grandes formuladores de la lógica de las realidades borrosas (un brasileño llamado Newton da Silva, que ha enseñado en USA)… y desde entonces guardo un gran respeto por las formas menos clasificables de la realidad, las que no entran en el código dual del macho-hembra, materia-forma…
Hay otras claves de riqueza y vida en la realidad humana… claves que no entran en la taxonomía que algunos han querido imponer a todos. Entre esas claves está la de la experiencia gay, que no tiene por qué ser orgullosa, pero que puede y debe ser aceptada en la Iglesia y en la sociedad.

8. Y finalmente, lo que importa no es ser homo- o hétero,

sino ser persona en el sentido profundo del testimonio de Jesús y del mensaje de Pablo, cuando dijo que ya no importa ser judío ni gentil, ni señor o siervo (al modo antiguo), ni hombre ni mujer, en el sentido de macho y hembra (léase bien el texto: ni arsen ni thely… ; Gal 3, 28). Hay otra cosa mucho más importante que ser arsen o thely, es ser persona.

En el fondo de la vida a nadie se le va a preguntar si es arsen/macho o thely/hembra, sino si ha sido persona. Ésta es la categoría que importa, aunque algunos parecen que aún no lo han entendido (o, mejor dicho, no están queriendo entenderlo).

……………

Después de todo eso que siga la fiesta, al fiesta para todos, gays y no gays, porque todos deberíamos pasear por la calles de la vida dándonos la mano, por el hecho de ser humanos.

Budismo, Cristianismo (Iglesias), General, Hinduísmo, Historia LGTBI, Homofobia/ Transfobia., Islam, Judaísmo , ,

«La Iglesia: de la lucha contra el sufrimiento de los pobres y excluidos, al establecimiento y potenciación de la propia autoridad», por José Mª Castillo

viernes, 1 de julio de 2016
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apostasiaDe su blog Teología sin censura:

Se suele decir (y es verdad) que la Religión Cristiana tiene su origen en Jesús de Nazaret. Como también suele decir (y también es verdad) que la Iglesia tuvo sus comienzos en la vida y las enseñanzas de Jesús. Pero tan cierto, como lo que acabo de decir, es que ni Jesús fundó (o instituyó) una Religión, ni fundó (o instituyó) una Iglesia. ¿Cómo iba a fundar una religión un hombre que provocó un conflicto mortal con los dirigentes de la religión, con el templo, con los sacerdotes, los rituales y normas que la religión imponía a la gente, de forma que todo aquello terminó en la condena de Jesús como un delincuente subversivo? Y por lo que se refiere a la Iglesia, ni siquiera el concilio Vaticano II se atrevió a decir que Jesús fue su “fundador”, sino que se limitó a indicar que la Iglesia tuvo su origen en la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios (LG 5, 1). Por supuesto, san Pablo les puso el nombre de “iglesias” a las “asambleas” que él fue organizando en sus viajes apostólicos. Pero sabemos que Pablo fue un judío de cultura griega, en la que el término “ekklesía” designaba la asamblea de los ciudadanos libres, que se reunían para votar democráticamente las decisiones importantes.

Entonces, ¿qué es lo que nos dejó Jesús a quienes creemos en él y, por tanto, pensamos que su legado es importante, incluso determinante y hasta decisivo? Leyendo y analizando a fondo los evangelios, lo que en ellos queda patente es que Jesús fue un profeta, que trasmitió a su posteridad un proyecto de vida, una forma de estar y de actuar en este mundo. Un proyecto de vida que se lleva a la práctica a partir de lo que fueron las tres preocupaciones fundamentales que vivió el propio Jesús: 1) La salud (relatos de “curaciones de enfermos”). 2) La alimentación (relatos de “comensalía”, la mesa compartida). 3) Las relaciones humanas (enseñanzas sobre la “felicidad, misericordia, justicia, perdón, amor…). Este “proyecto de vida”, en el lenguaje y en la teología del Evangelio, se resume y se condensa en el “seguimiento” de Jesús. De forma que la cristología se constituye primordialmente, no desde determinados dogmas y saberes, sino a partir del seguimiento de Jesús.

Pues bien, si lo que acabo de indicar fue constitutivo y determinante en los orígenes del cristianismo, en seguida se comprende – y se comprende sin dificultad – cómo y por qué la Iglesia encontró acogida en la Antigüedad o, por el contrario, cómo y por qué la Iglesia encuentra indiferencia y hasta rechazo en la Modernidad.

Quiero decir que, en los primeros siglos de su historia, cuando la Iglesia se fue organizando y se hizo presente en la sociedad de forma que lo central y determinante de su vida fue la lucha contra el sufrimiento y la acogida de toda clase de gentes marginadas, excluidas y despreciadas, fue entonces cuando la Iglesia se expandió por todo el Imperio, hasta llegar a ser la institución central y más valorada en aquellos tiempos. Como bien ha explicado el profesor E. R. Dodds, cuando el Imperio vivió una auténtica “época de angustia” (desde mediados del s. II hasta el s. IV), “la Iglesia ofrecía todo lo necesario para constituir una especie de seguridad social: cuidaba de huérfanos y viudas, atendía a los ancianos, a los incapacitados y a los que carecían de medios de vida…”. Y añade el mismo Dodds: “Debieron ser muchos los que se sintieron desamparados: los bárbaros urbanizados, los campesinos llegados a las ciudades en busca de trabajo, los soldados licenciados, los rentistas arruinados por la inflación y los esclavos manumitidos. Para todas estas gentes, el entrar a formar parte de la comunidad cristiana debía de ser el único medio de conservar el respeto hacia sí mismos y dar a la propia vida algún sentido. Dentro de la comunidad se experimentaba el calor humano y se tenía la prueba de que alguien se interesa por nosotros, en este mundo y en el otro”.

Con el paso de los tiempos, el centro de las preocupaciones de la Iglesia se fue desplazando: de la lucha contra el sufrimiento de los pobres y excluidos, al establecimiento y potenciación de la propia autoridad. Lo que desembocó en el desplazamiento del Evangelio de Jesús a la religión de los sacerdotes. Lo central en la Iglesia dejó de ser el “seguimiento” evangélico. Y lo fue, desde entonces, el “poder” eclesiástico, que antepone – en la práctica – la sumisión de los fieles a la solidaridad con los pobres, marginados y excluidos.

Así las cosas, mientras la religión fue un componente central de la cultura y la sociedad, la Iglesia se vio a sí misma como fiel a la misión que tenía que cumplir en este mundo. Hasta que, en el s. XVIII, la Ilustración puso en evidencia las contradicciones que la Modernidad encuentra en el hecho religioso. Contradicciones que, en los siglos XIX y XX, han tomado fuerza y presencia en la mentalidad de los ciudadanos de la moderna “cultura secular”. Lo que nos ha traído a la desconcertante situación que estamos viviendo. Si nos empeñamos en seguir intentando armonizar – y hasta identificar – “religión” y “Evangelio”, ni la mayoría de los ciudadanos pone en práctica la religión, ni la gente religiosa acaba de entender el Evangelio viviendo el seguimiento de Jesús. Como es lógico e inevitable, en estas condiciones, el presente y el futuro de la Iglesia se nos hace cada día más problemático. ¿Seguiremos afincados en nuestra tradicional religiosidad o nos decidiremos por la fidelidad definitiva al seguimiento de Jesús?

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«Renovar la Iglesia es hacer actual el «recuerdo peligroso» de Jesús», por José Mª Castillo

jueves, 9 de junio de 2016
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IGLESIA FANOLeído en su blog Teología sin Censura:

Si la Iglesia quiere renovarse en serio y a fondo, una de las primeras cosas que tendría que hacer es renovar en serio y a fondo el recuerdo de Jesús. No meramente recordando lo que sucedió cuando Jesús andaba por el mundo. Sino actualizando lo que ocurrió entonces. Es decir, la liturgia tiene que celebrarse de tal manera que se haga presente, en lo que vivimos ahora, lo que Jesús vivió, hizo y decidió cuando estaba en esta vida. Concretamente lo que ocurrió la noche aquella en que cenó, por última vez, con el grupo de personas que le acompañaron y compartieron lo que él vivió y cómo lo vivió. En aquella ocasión, Jesús dijo: “Haced esto en recuerdo mío” (1 Cor 11, 24. 25; Lc 22, 19). Lo cual quería decir: “Haced esto para que me tengáis presente”, como en seguida explicaré.

Lo que acabo de indicar se basa en un presupuesto previo: la última cena de Jesús con sus discípulos no fue un ritual religioso. El ritual de la “cena pascual” que celebran los judíos, con motivo del pèsaj, la fiesta del cordero, que marcó el punto de partida de la liberación de los judíos esclavos en Egipto (Ex 12). Por supuesto, sabemos que, según los evangelios sinópticos, la última cena fue la cena de Pascua (Mc 14, 12; Mt 26, 17; Lc 22, 7). Pero el evangelio de Juan, que se escribió después que los sinópticos, puntualiza este dato capital indicando que la cena se celebró antes de la Pascua (Jn 13, 1; 18, 28), de forma que Jesús murió el día de la Preparación de la Pascua (Jn 19, 14; cf. 19, 31. 42). Y san Pablo, que nos ha conservado el recuerdo más antiguo de la cena, ni menciona la Pascua (1 Cor 11, 23). Además, en ninguno de los relatos de la Cena se menciona el cordero pascual, ni se habla de las hierbas amargas, ni hay alusión alguna a los mazzen, ni de la haggadà, ni del primer hallel, ni se mencionan las cuatro copas que eran esenciales en el ritual judío de la Pascua. No hay, pues, traza ni indicio alguno de que allí se estuviera celebrando un ritual sagrado (Ulrich Luz, El evangelio según san Mateo, vol. IV, Salamanca, Sígueme, 2005, 138-139).

Ahora bien, si aquello no fue un “ritual sagrado”, sino una “cena”, en la que se vivieron una serie de experiencias muy fuertes, cuando Jesús les dice a sus “amigos” (Jn 15, 14-15): “Haced esto en memoria mía” (1 Cor 11, 25) o sea,”Haced esto para que me tengáis presente”, sin duda alguna, el término “esto” (toûto) engloba la cena entera, no únicamente el pan, sino el conjunto de experiencias vividas allí aquella noche (François Bovon, El evangelio según san Lucas, vol. IV, Salamanca, Sígueme, 2010, 282-283). Hacer lo que allí dijo Jesús no es repetir rutinariamente un ritual, sino actualizar (hacer presente y operante hoy) lo que allí se vivió aquella noche. El “recuerdo”, la “anamnêsis”, según la raíz original zkr, quiere decir “hacer presente el pasado” (H. Patsch, en Diccionario Exegético del Nuevo Testamento, vol. I, Salamanca, Sígueme, 2005, 251-254).

Pero, ¡atención!, estos datos no son meras matizaciones – por lo demás, muy elementales – de erudición. Nada de eso. Aquí se juega el ser o no ser de la autenticidad o del fracaso de lo que Jesús quiso. Sabemos que Jesús no fue amante, ni practicante de ritos, ceremonias, altares y templos. Jesús centró sus preocupaciones en tres cosas: el “sufrimiento humano” (curaciones), la “alimentación compartida” (comidas y comensalía, sobre todo con pobres y pecadores), las “relaciones humanas” (sermón del monte, en Mt, o de la llanura, en Lc). Al proceder así, Jesús desplazó la religión: la sacó del templo, la disoció de los “rituales” y la puso en el centro y en el conjunto de la “vida”.

Aquí y en esto está la clave y el secreto de todo lo demás. ¿Por qué? Porque hoy está sobradamente demostrado que los ritos constituyen un factor tan importante en la pervivencia de las sociedades humanas, que, desde hace incontables generaciones, los ritos (religiosos, políticos, sociales…) son decisivos en la integración o exclusión del individuo en la sociedad y, en general, en el sistema establecido (Walter Burkert, La creación de lo sagrado, Barcelona, Acantilado, 2009, 60 ss; ID., Homo necans, Barlona, Acantilado, 2013, 50-61). Pero no se trata de esto solamente. Porque los ritos integran al sujeto en el sistema de tal forma, que, al mismo tiempo que el sujeto hace suyos los valores del sistema, por otra parte, esos mismos ritos no modifican la conducta del sujeto que los cumple. Concretamente, un piadoso creyente se puede pasar cuarenta años comulgando a diario, y al cabo de ese tiempo sigue teniendo los mismos defectos que tenía el día que inició su comunión diaria. Y es que el ritual, por sí solo, no solamente no modifica la conducta, sino que además tiene la virtualidad de tranquilizar la conciencia del observante.

Entonces, ¿qué quiso decir Jesús cuando afirmó en la Cena: “Haced esto en memoria de mí”? No se refería simplemente a repetir lo que llamamos ahora “las palabras de la consagración”. Porque esta referencia al recuerdo o memoria (anamnêsis) lo introdujo san Pablo (1 Cor 11, 24. 25), del que depende el relato de Lucas (22, 19), para motivar a la comunidad de Corinto, al decirles a aquellos cristianos que lo que ellos hacían – y tal como lo hacían -, en realidad aquello ya no era la Cena del Señor. Literalmente: “eso ya no es comer la Cena del Señor” (“oúk éstin kyriakòn deipnon phagein”) (1 Cor 11, 20) (H. Patsch, o. c., 252-254). O sea, en Corinto, realizando exactamente el rito, realmente no celebraban la eucaristía. ¿Por qué? Porque la comunidad de Corinto estaba dividida. No por ideas teológicas, sino por la forma de vida que llevaban. Concretamente, porque allí había ricos y pobres. Y cuando se reunían para la eucaristía, los ricos comían hasta emborracharse, mientras que los pobres se quedaban con hambre (1 Cor 11, 21). Es decir, lo que pasaba en Corinto es que allí se repetían las palabras del Señor, pero allí no había una comunidad unida en la que quienes tenían dinero y comida lo compartían con los demás. Cada cual iba a lo suyo. Y Pablo afirma: donde hay división entre ricos y pobres, por mucho y muy bien que se repitan las palabras de Jesús, en realidad la memoria de Jesús está ausente. No se recuerda a Jesús. En esas condiciones, se dirá misa, pero allí no está Jesús. (J. D. Crossan, J. L. Reed, En busca de Pablo, Estella, Verbo Divino, 2006, 398-405).

Conclusión: la Eucaristía no consiste en “decir misa”, observando exactamente lo que manda la Sagrada Congregación de Ritos (o del Culto divino). Se puede hacer eso y no celebrar la Cena que quiso Jesús. Y tal como la quiso Jesús: haciéndonos esclavos unos de otros (Jn 13, 12-15), queriéndonos unos a otros, como él nos quiso (Jn 13, 33-35), mojando todos en el mismo plato, como él lo hizo (Jn 13, 20). Celebrar la Eucaristía no es repetir literalmente un “ritual”. Eso es una misa que nos tranquiliza (incluso nos da devoción). Pero eso no es lo que instituyó y quiso Jesús: el “recuerdo peligroso” (J. B. Metz, La Fe en la historia y en la sociedad, Madrid, Cristiandad, 1979, 100-102; 210-211), que hace actual la subversión de esos presuntos valores que se sostienen repitiendo los ritos. Lo que instituyó Jesús fue un “proyecto de vida”, que se expresa simbólicamente y que hace presente la persona y la vida de Jesús, en nuestras vidas y en nuestra sociedad. El día que resulte más “peligroso” ir a misa que acudir a una manifestación, ese día empezará a ser cierto que celebramos la Cena del Señor, en la que los cristianos vivimos la presencia, en el recuerdo vivo, de aquel Jesús que “aceptó la función más baja que una sociedad puede adjudicar: la de delincuente ejecutado” (G. Theissen, El movimiento de Jesús, Salamanca, Sígueme, 2005. 53). Entonces será cierto y la gente palpará que la misa no es un mero “rito”, sino un “recuerdo peligroso”.

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El gran estorbo

viernes, 22 de abril de 2016
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A man sleeps on a sculpture of a figure called 'Homeless Jesus' in front of the Archdiocese of Washington Catholic Charities offices in Washington, on September 16, 2015. Photo courtesy of REUTERS/Jonathan Ernst *Editors: This photo may only be republished with RNS-POPE-HOMELESS, originally transmitted on Sept. 24, 2015. Homeless Jesús 

Gabriel Mª Otalora,
Bilbao (Vizcaya).

ECLESALIA, 13/04/16.- En “El gran inquisidor”, Dostoievski relata un encuentro entre Cristo y el cardenal inquisidor de Sevilla en el siglo XVI, cuando la ciudad era uno de los centros comerciales y políticos del Occidente cristiano de aquella época. Dostoievski refleja así su denuncia contra un sistema inmovilista, conservador y similar a las autoridades que mataron a Jesús.

En el relato, el cardenal sabe con certeza que se trata de Cristo, pues presencia una “demostración” (un milagro) al ver como resucita a una niña de apenas siete años, hija de un ilustre ciudadano y cuyo cuerpo estaba siendo transportado en un féretro para ser enterrado. El cardenal se presenta como alguien que ha dejado de creer en la conveniencia de lo que predicó Cristo para todos, ya que según él, esa doctrina no puede ser asumida por seres tan débiles como son los seres humanos, o por lo menos la mayoría de ellos. En definitiva, el rebaño que se mal educa en una fe infantil, es porque necesita que se le edulcore la realidad para que de ese modo puedan llegar a ser felices.

Esta práctica conlleva la mentira que supone hacerles ver al pueblo que ellos (el clero y la iglesia) obedecen a Cristo y les dominan en nombre de Cristo, cuando en realidad es una perversión de la Verdad por quienes utilizan el poder como un anticristo. Tal vez la tesis principal de Dostoievski sea la de una defensa del retorno a la raíz del evangelio, más allá del poder político que la Iglesia pueda ejercer a través del Estado de la Ciudad del Vaticano.

Pero lo peor de todo es la postura tomada por el inquisidor de la falta de fe que tiene en la humanidad, para él incapaz de ser feliz con libertad, en contraposición al mensaje de Cristo, quien por un lado reflejaba su gran fe en la humanidad y en su capacidad de amar, y por el otro, el cariz de universalidad del Mensaje, independientemente de sus condiciones y aptitudes. Y el inquisidor establece de antemano que el mensaje no puede ser asumido por los humanos por su debilidad, no son dignos de él, no los considera lo suficientemente capaces para asumirlo.

Esta crítica de Dostoievski a una Iglesia que no cree verdaderamente en el mensaje de Cristo, se parece mucho a la que defienden algunos dirigentes eclesiales que demuestran su apego a vivir como príncipes renacentistas, curiales y ex curiales vaticanos que Francisco trata de extirpar con amor pero que va a ser difícil lograrlo viendo lo que le pasó a Jesús por conductas bien parecidas a su alrededor. Parece como si Dostoievsky hubiese vivido dos o tres años en El Vaticano y otras sedes eclesiales que emulan a Roma en lo malo. Cristo, considerado como un estorbo primero, y un peligro después. Ojo, querido papa Francisco

 (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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La fuerza está en la comunidad

lunes, 18 de abril de 2016
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eucaristia-720_270x250En estos días de Pascua ya estamos disfrutando y caminando de la mano de la primera comunidad cristiana. En estas pocas jornadas ya han ocurrido algunos sucesos (persecuciones, quejas, miedos,…) y vamos viendo cómo se plantean los ideales de la primera comunidad y cómo, en cambio, se traducen en la realidad.

Pero… todo empezó cuando la tierra era un caos y en el interior de las aguas una fuerza de vida aleteaba pujando por germinar. Dios, buena logopeda, creó la palabra perfecta, pronunció, nombró y comenzó la vida. En unos días fue colocando todo, llenando la existencia de orden, luz, color y… también noche, sí, y tiempo.  Dios descubrió su vocación  de artesana, esta vez de alfarera, así que cogió un poco de barro, materia frágil, dúctil, quebradiza y humilde, modeló una figura humana y sopló sobre ella. El ser humano comenzó a vivir. La Ruah que aleteaba en aquellas aguas confusas tenía fuerza creadora, la misma Ruah salida de la boca de Dios.

Jesús, Hijo de Dios, tenía “la misma afición” por el orden y la vida. Un anochecer se presentó en medio del caos de quienes lo habían seguido, en un lugar cerrado, trancado. Jesús, la LUZ, comenzó regalando orden y paz, después… ¡oh, maravilla de la fecundidad!, de nuevo la Ruah salida de la boca, ahora del Cristo, creó vida… y vida comunitaria.

Aquel primer aliento divino creó al ser humano.

Este segundo aliento divino crea la comunidad cristiana…

…y nos concede el presente de su confianza, deposita en la fuerza de la comunidad la capacidad de perdonar. Este regalo, inesperado, lo hemos viciado un poco y no estaría de más recuperarlo y reconocer que en nuestras comunidades reside la verdadera fuerza y el germen de la Iglesia.

Es una gran responsabilidad, cierto, y da miedo, pero fue el mismo Señor quien confió en aquella primera comunidad, frágil, dúctil, quebradiza y humilde. ¿Sería un ingenuo?, ¿un irresponsable? Si Él mismo creyó en el seno palpitante y transformador de la vida comunitaria… ¿por qué no acoger su propuesta y creérnoslo?

La vida comunitaria tiene más fuerza de lo que pensamos, y no siempre la dejamos salir. Quizás tememos que nos arrastre a opciones complicadas. Nos da miedo “mover ficha” y tener que enfrentarnos a los “siempre se ha hecho así”, a las miradas inquisitoriales (o a algo más que miradas).

Creer en el Resucitado es su invitación. Aceptar que la comunidad nace de la expresión trinitaria conlleva enfrentamientos, algunos disgustos y no pocos suspiros de libertad.

Pero, desde que el ser humano camina erguido, ha necesitado separar un pie de otro para avanzar.

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-¿Sientes tu comunidad nacida de ese soplo divino?

-¿Percibes en ella fuerza para transformarte/os?

-¿Es la comunidad el espacio donde generar preguntas?

-¿Es tu comunidad un espacio sacramental?

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‘Hell Or High Water’: Una sexualidad disidente en la Nigeria más heteronormativa

sábado, 2 de abril de 2016
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33665_hell-or-high-water-portadaLa Iniciativa por la Igualdad de Derechos (TIERs) en asociación con Asurf Films Limited ha mostrado el primer avance de una película que promete llevar el debate LGTB a Nigeria. Se trata de ‘Hell Or High Water‘ una cinta que nos muestra la figura de joven pastor de la iglesia que tiene que afrontar una verdad oculta sobre su sexualidad

En 1931, Miguel de Unamuno publicaba uno de sus relatos más aclamados: San Manuel Bueno, mártir. La historia ambientada en el pequeño pueblo de Valverde de Lucerna le servía al filósofo vasco para mostrarnos las dudas de Don Manuel, un cura que ha dejado de creer en Dios y se debate si compartir con sus fieles esta dolorosa verdad o continuar viviendo en una mentira feliz.

La película nigeriana Hell Or High Water nos muestra una historia similar, aunque aquí en lugar de andar entre los vericuetos del agnosticismo nos acercamos a las frustraciones de una comunidad LGTB en un país en el que la única orientación sexual aceptable es la heterosexualidad.

33666_hell-or-high-water-pastorHell Or High Water nos muestra a un pastor que es amado y admirado en la comunidad en la que vive, pero que tiene que tomar una decisión difícil entre ser quien es y satisfacer las expectativas sociales sobre la sexualidad y la familia.

Una cinta de carácter didáctico que se encarga de exponer al público la realidad de la comunidad LGTB en un país donde la espiritualidad, el exorcismo, el chantaje, la vida familiar y las tradiciones imponen su punto de vista.

Una historia que trata de educar e informar a la gente de la imposibilidad de vivir bajo expectativas heteronormativas cuando nuestra sexualidad es diferente.

Vídeo: Tráiler de ‘Hell Or High Water’

  • Si quieres, puedes activar los subtítulos en el reproductor
Fuente Redacción Chueca

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«A lesbianas, gais, transexuales y bisexuales», por José Arregi

jueves, 24 de marzo de 2016
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homosexualidad_560x280Leído en su blog:

Amigas, amigos: gracias por invitarme a vuestro encuentro anual de Creyentes Cristianos LGTB en el Santuario franciscano de Santa María de Regla en Chipiona (Cádiz). Bellísimo lugar de paz acariciado por el mar Atlántico, mecido de día y de noche por el rumor de sus olas. Gracias a los franciscanos por su efusivo abrazo fraterno y, sobre todo, por acogeros cada año con la libertad y la bendición de Francisco de Asís a su hermano León, bendición presente en todos los rincones del santuario: “El Señor te bendiga y te guarde…”. Sí, la Vida os bendice.

No os bendice Dios o la Vida a pesar de ser gais, lesbianas, bisexuales, transexuales, sino por ser lo que sois. Bendecid vuestra vida por ser como sois, por vuestro cuerpo como es –el cuerpo nunca miente–, por vuestra orientación sexual, por vuestra identidad de género. “Gracias porque nos hiciste de todos los colores”, rezaba el lema de vuestro encuentro. Así sea. Que cada una, cada uno, se goce de lo que es. Que dé gracias por el color propio y único de su vida, como el azul del cielo de Chipiona, el verde de sus aguas, el amarillo de su playa, todos los colores del arcoíris.

No os acoge Jesús “con misericordia”, como se dice en los evangelios que acogía a “publicanos y pecadores” y comía con ellos; como recuerdan con la mejor intención algunos buenos teólogos cuando hablan de vosotros u os hablan, admitiendo sin saberlo o insinuando sin quererlo que, por vuestra condición, necesitáis una mirada de indulgencia, un trato de conmiseración. Como si llevarais sobre vosotros un problema, una enfermedad o una culpa.

La Iglesia no os debe comprensión y misericordia, sino reconocimiento. Que reconozca lo que sois como bueno, tan bueno como ser rubio en un país de morenos. Y no basta con decir como el papa Francisco cuando le preguntaron sobre los homosexuales: “Si son así, ¿quién soy yo para juzgarlos?”. Está bien, ya es mucho, pero imagina que un periodista le hubiera preguntado: “Papa Francisco, ¿qué le parece un matrimonio heterosexual?”. ¿Crees que el papa hubiera respondido: “Si la vida les ha hecho así, no soy quién para juzgarlos”? Que pase la Iglesia Católica de trataros con misericordia a trataros con respeto, y de respetaros tolerantemente a reconoceros verdaderamente. El problema es suyo. El problema es nuestro.

Lleváis sobre vosotros el terrible estigma de milenios de cultura machista, de negación de cultura, de desprecio del otro, de maltrato a la vida, de simple ignorancia… Cargáis todavía con el anatema de la institución eclesial, por puro desconocimiento, por la dureza de mente o tal vez también de corazón. Las religiones en general –desde las tradiciones del oriente hasta los grandes monoteísmos– tienen pendiente una revolución cultural y espiritual que les lleve a reconciliarse profundamente con el cuerpo, el sexo, el placer.

En la raíz de la homofobia se halla justamente un problema con el cuerpo, el sexo y el placer. Y no se olvide que la homofobia más agresiva responde casi siempre a la propia homosexualidad mal vivida; la psicología y la sociología (la sociología eclesiástica en particular) lo corroboran.

Algún día la Iglesia os pedirá perdón de lo que aún sostiene falsamente, en nombre de Dios. Y borrará del Catecismo de la Iglesia Católica, como otras cosas, esa absurda afirmación de que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” y abandonará de una vez su argumento preferido: que la Biblia y la tradición “siempre” lo han enseñado así. Es históricamente falso, pues hay que buscar e interpretar mucho para encontrar en la Biblia condenas claras de la homosexualidad; en cuanto a la historia de la Iglesia, abundan testimonios y documentos de que, sobre todo antes del siglo XIV, la práctica homosexual estuvo no solo tolerada, sino que incluso fue bendecida como sacramento.

Pero el argumento de que lo que dicen la Biblia y la tradición es verdad absoluta y ha de ser mantenido para siempre de manera inamovible es, sobre todo, teológicamente falso. Justifica opiniones insensatas solo porque “está escrito”. Absurdo. ¿Acaso no leen los obispos en la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, que Dios prohíbe comer cerdo, mariscos, conejo o embutidos? ¿No leen en la Carta a Timoteo que los obispos han de ser casados? En realidad, solo leen lo que quieren. Llaman Dios a sus fobias y obsesiones.

Pero el Espíritu se mueve. Las religiones se mueven, a pesar de sus escrituras y tradiciones. Se ha movido el Dalai Lama. Y muchos rabinos liberales. Y muchos obispos anglicanos. ¿Se moverán los obispos católicos? ¿Se moverá el papa Francisco también en esta cuestión? ¿Se reconciliarán con la Vida?

Amigo, amiga homosexual, el ángel de la anunciación te dice como a María: Alégrate de ser como eres, lleno/a de gracia, sacramento del amor en tu propio color bello y santo. Quiere lo que eres y sé lo que quieres.

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Patxi López, Presidente del Congreso de los Diputados: «Es hora de la reconciliación ciudadana, también en lo religioso»

jueves, 4 de febrero de 2016
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Patxi López, Presidente del Congreso de los Diputados.

El presidente del Congreso en la Convención de Cristianos Socialistas

«Reconocer al otro es elemento fundante de la convivencia democrática»

(Patxi López, presidente del Congreso).- Buenos días a todos. Quiero agradeceros la invitación que me hacéis para dar inicio a esta jornada vuestra. Todos sabéis que yo no soy creyente, al menos creyente en lo tocante a Dios, pero siempre he afirmado que la tradición humanista, una tradición basada fundamentalmente en principios éticos y en la afirmación de que la persona es el valor supremo, ha sido un punto de encuentro entre las tradiciones socialistas y las de los cristianos progresistas.

En España nuestra historia, los desencuentros violentos de nuestra historia, hace que aún las posiciones de los laicistas y cristianos mantengan rastros de trinchera. De que una posición y otra se vean cono adversarios irreconciliables.

Y, sin embargo, a estas alturas del nuevo siglo, debemos hacer todos una reflexión más pausada, más tolerante; ha habido demasiada violencia, demasiado enfrentamiento, demasiado darse la espalda. Es hora de la reconciliación ciudadana, también en este tema.

Nosotros los socialistas defendemos sociedades abiertas, donde las personas, el individuo, tengan total libertad para decidir su propia vida y su forma de entender la felicidad, como decían los viejos ilustrados. El humanismo cristiano y la lucha por la igualdad de todas las personas que caracteriza el socialismo tenemos muchas cosas en común. Tenemos principios en común, que es lo importante. Pero no sólo, tenemos también una visión de la política, de la forma de entender la construcción de sociedades libres parecida; los dos compartimos el reconocimiento del «Otro» como elemento fundante de la convivencia democrática. Y de ahí surge el viejo concepto transformador, seguramente el concepto más transformador de Europa, la tolerancia, que a riesgo de su vida, defendía Castelio. Es este concepto profundo de tolerancia hacia el otro el que hacer florecer en la política la libertad de conciencia, pero no como un armisticio para no matarnos entre diferentes religiones sino como el reconocimiento de la soberanía de la persona en su propia vida.

Hay una corriente laicista que pretende reducir la religión, las creencias personas, al estricto ámbito de lo personal, de lo privado, donde por definición el soberano es uno mismo. Y hay también una corriente de cristianos, especialmente la jerarquía, que pretende lo contrario; que las creencias deben ser promovidas por las instituciones públicas.

Yo creo, sin embargo, que la fe tiene una dimensión colectiva y social; es más, que necesita de esta dimensión social y colectiva para reconocerse. Y os voy a hacer una afirmación categórica: son las instituciones públicas las que tienen que ser neutrales y laicas, pero no las sociedades.

Las sociedades modernas no son las formadas por individuos aislados que navegan solitarios por el universo. Pero tampoco pueden ser súbditos uniformados de un estado que determina su vivir y su pensar.

Por eso, entre el Estado y el individuo surge la vida, por así decirlo, surge un innumerable interactuar de unos con otros, en ese espacio regulado, regulado sólo en la medida que permita la libertad igual para todos, es donde se forman las opiniones o donde se viven las creencias.

Y, debo reconocer, que para llegar al reconocimiento y aceptación de esta sociedad abierta, donde los diferentes colectivos tienen libertad de elección de creencia o defensa de principios desde una posición de compromiso público, nos queda aún trecho. Pero sabemos que esa es la meta hacia la que tenemos que caminar.

Los socialistas vamos a hacer una defensa cerrada de la neutralidad del Estado en lo tocante a las creencias, y estoy seguro que el nuevo gobierno socialista va a poner un antes y un después en este sentido. Pero a la vez debemos hacer un esfuerzo en entender la dimensión pública de la vivencia de la fe. No tienen que ser contradictorios, es más, son dos caminos que deben avanzar a la par.

Pero ahora me quiero referir más en concreto a vuestra jornada de debate. Quiero hacer algunos comentarios, con vuestro permiso, de la encíclica Evangelii Gaudium del Papa Francisco. Nos es por halagaros sino, más bien, como ejemplo concreto de amplias zonas de encuentro entre socialismo y el humanismo cristiano.

El análisis de la desigualdad y la inequidad que hace en esta carta lo podemos suscribir enteramente todos los socialistas. Los cinco «Noes» de esta encíclica pueden perfectamente ir grabados en nuestro programa electoral.

-No a una economía de la exclusión
-No a la nueva idolatría del dinero
-No a un dinero que gobierna en lugar de servir
-No a la inequidad que genera violencia

Es la mejor forma de resumir nuestra propuesta económica. Porque recoge, además, el problema más grave de las sociedades del nuevo siglo; el arrogante e intolerable incremento de la desigualdad. El abandono a un colectivo importante de las sociedades a la marginación, a la pobreza y a la exclusión.

Me gusta especialmente la descripción que de este término hace el Papa Francisco: la exclusión que practican las nuevas sociedades no sólo tratan de forma injusta a los excluidos, sino que los expulsan de la propia sociedad.

«Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo nuevo; con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino «deshechos» sobrantes

Pocas veces se ha denunciado de forma tan nítida el gran problema, que de forma larvada, y muchas veces callada, está creciendo en nuestras sociedades. Y el Papa Francisco tiene razón, es el germen de violencia y guerra si no le ponemos término.

Atender y ayudar a los más débiles no es suficiente para solucionar este enorme problema social; es obligatorio que lo hagamos, y es de lo que hoy estáis discutiendo, es necesario que pongamos en marcha programas de solidaridad social, pero hace falta algo más profundo.

Hace falta que la economía sea parte sustancial de la política, dicho de otra manera, la economía debe ser algo colectivo, algo gestionado por la propia sociedad. En palabras del Papa Francisco «La economía debe ponerse al servicio de la sociedad». Seguramente la afirmación más socialista que nuestros viejos socialistas nunca olvidaron, y que en los años 90 ha olvidado a más de un socialista. Está bien que, también, el Papa nos lo recuerde.

Ya veis, y con esto termino, entre el humanismo cristiano y el socialismo hay muchos espacios de encuentro y colaboración. Al final, todos los progresistas de diferente pensar o creer tenemos más puntos de encuentro que de enfrentamiento.

En este tiempo de siglo nuevo, y en esta España sin esperanza y con desigualdad creciente, todas las manos son necesarias para luchar juntos por los principios éticos que defendemos.

Muchas gracias.

Fuente Religión Digital

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«La mujer en la sociedad y en la religión», por José Mª Castillo

jueves, 14 de enero de 2016
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mujer-iglesiaDe su blog Teología sin Censura:

La violencia contra la mujer no tendrá solución, en las religiones, mientras la sociedad, en cada país y en cada cultura, no deje resuelto y zanjado para siempre el problema de la igualdad de derechos y garantías entre la mujer y el hombre. Dicho más claramente, mientras las mujeres no tengan los mismos derechos y las mismas garantías que los hombres, la violencia contra las mujeres seguirá haciendo los estragos que viene realizando desde hace miles de años. Como igualmente se puede afirmar que el día que la sociedad suprima las desigualdades (en dignidad y derechos) entre las mujeres y los hombres, ese día las religiones no tardarán en reconocer, aceptar y poner en práctica la igualdad de los que por, por su condición de género, son diferentes.

Las sociedades mediterráneas del siglo primero eran, como es sabido, sociedades en las que la propiedad pertenecía al patriarcado. Solamente el “paterfamilas” tenía la propiedad, no sólo de los bienes, sino además de las personas en el grupo familiar. El padre era el propietario, el jefe, el amo, el que concentraba todos los derechos. La mujer, los hijos y los esclavos no tenían más remedio que vivir sometidos al patriarca. De ahí que las religiones, lo mismo en Israel que en Egipto, en Grecia o en Roma, eran religiones patriarcales, machistas y justificantes de todas las desigualdades que se derivaban del modelo de familia patriarcal.

Es verdad que, según los evangelios, Jesús tuvo un trato excepcional de respeto, delicadeza y aceptación de la mujer, fuera cual fuese su origen o su conducta. Pero bastantes años antes que los evangelios (según la redacción que la Iglesia ha aceptado como canónica o auténtica), se empezaron a conocer las cartas de Pablo y las llamadas deutero-paulinas (Ef y Col) hasta las pastorales. Y en estos documentos se acepta y se impone el sometimiento y el silencio de la mujer en la sociedad, en la familia y en la Iglesia. Como igualmente sabemos que Pablo aceptó la condición de los esclavos y el sometimiento al emperador (Rom 13, 1-7). Por eso, la Iglesia prohibió la esclavitud cuando eso ya estaba prohibido en la sociedad, aunque – por desgracia – las autoridades religiosas se callan, tantas veces, ante las nuevas formas de esclavitud vigentes en este momento. Por no hablar de los silencios jerárquicos ante las dictaduras políticas.

La lucha, en defensa de los derechos y de la dignidad de la mujer, tiene que ser ante todo una lucha política, jurídica, social y laboral. Mientras las mujeres no tengan la misma autonomía económica que los hombres, las mujeres seguirán aguantando amenazas, insultos, palizas y hasta la misma muerte. Si esta situación no se resuelve, la violencia contra la mujer no tiene solución. Los clérigos seguirán diciendo cosas acertadas (y quizá algunas desacertadas) sobre este asunto. Como es igualmente cierto que en las iglesias se oyen bellos sermones sobre los derechos humanos. Pero la pura verdad es que nos creeremos los discursos eclesiásticos (sobre toda clase de dignidades y derechos) el día que la Iglesia modifique su Derecho Canónico de forma que en él quepan los Derechos Humanos, todos los derechos, concretamente los de la mujer.

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«Nueva Espiritualidad». Bautismo del Señor – C (Lucas 3,15-16.21.22)

domingo, 10 de enero de 2016
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10_Bautismo-del-Señor_C-286x300«Espiritualidad» es una palabra desafortunada. Para muchos solo puede significar algo inútil, alejado de la vida real. ¿Para qué puede servir? Lo que interesa es lo concreto y práctico, lo material, no lo espiritual.

Sin embargo, el «espíritu» de una persona es algo valorado en la sociedad moderna, pues indica lo más hondo y decisivo de su vida: la pasión que la anima, su inspiración última, lo que contagia a los demás, lo que esa persona va poniendo en el mundo.

El espíritu alienta nuestros proyectos y compromisos, configura nuestro horizonte de valores y nuestra esperanza. Según sea nuestro espíritu, así será nuestra espiritualidad. Y así será también nuestra religión y nuestra vida entera.

Los textos que nos han dejado los primeros cristianos nos muestran que viven su fe en Jesucristo como un fuerte «movimiento espiritual». Se sienten habitados por el Espíritu de Jesús. Solo es cristiano quien ha sido bautizado con ese Espíritu. «El que no tiene el Espíritu de Cristo no le pertenece». Animados por ese Espíritu, lo viven todo de manera nueva.

Lo primero que cambia radicalmente es su experiencia de Dios. No viven ya con «espíritu de esclavos», agobiados por el miedo a Dios, sino con «espíritu de hijos» que se sienten amados de manera incondicional y sin límites por un Padre. El Espíritu de Jesús les hace gritar en el fondo de su corazón: ¡Abbá, Padre! Esta experiencia es lo primero que todos deberían encontrar en las comunidades de Jesús.

Cambia también su manera de vivir la religión. Ya no se sienten «prisioneros de la ley», las normas y los preceptos, sino liberados por el amor. Ahora conocen lo que es vivir con «un espíritu nuevo», escuchando la llamada del amor y no con «la letra vieja», ocupados en cumplir obligaciones religiosas. Este es el clima que entre todos hemos de cuidar y promover en las comunidades cristianas, si queremos vivir como Jesús.

Descubren también el verdadero contenido del culto a Dios. Lo que agrada al Padre no son los ritos vacíos de amor, sino que vivamos «en espíritu y en verdad». Esa vida vivida con el espíritu de Jesús y la verdad de su evangelio es para los cristianos su auténtico «culto espiritual».

No hemos de olvidar lo que Pablo de Tarso decía a sus comunidades: «No apaguéis el Espíritu». Una iglesia apagada, vacía del espíritu de Cristo, no puede vivir ni comunicar su verdadera Novedad. No puede saborear ni contagiar su Buena Noticia. Cuidar la espiritualidad cristiana es reavivar nuestra religión.

José Antonio Pagola

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«Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo». Domingo 10 de enero de 2016. Bautismo del Señor

domingo, 10 de enero de 2016
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09-bautismodelsenor (C) cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 42, 1-4. 6-7: Mirad a mi siervo, a quien prefiero.
Salmo responsorial: 28: El Señor bendice a su pueblo con la paz.
Hechos de los apóstoles 10, 34-38: Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo.
Lucas 3, 15-16. 21-22: Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo

Hoy celebra la liturgia el bautismo de Jesús. Las lecturas de este día nos ofrecen tres elementos para reflexionar sobre el bautismo en el Señor.

Un primer elemento lo encontramos en el texto de Isaías, quien nos habla de la actitud del siervo de Dios; éste ha sido llamado y asistido por el Espíritu para llevar a cabo una especial misión en el pueblo de Israel: hacer presente con su vida la actitud misma de Dios para con la humanidad; es decir, evidenciar que Dios instaura su justicia y su luz por medio de la debilidad del ser humano. Por tanto, es tarea de todo bautizado testimoniar que Dios está actuando en su vida; signo de ello es su manera de existir en medio de la comunidad; debe ser una existencia que promueva la solidaridad y la justicia con los más débiles, pues en ellos Dios actúa y salva; en ellos se hace presente la liberación querida por Dios.

El segundo elemento está presente en el relato de los Hechos de los Apóstoles. La intención central de este relato es afirmar que el mensaje de salvación, vivido y anunciado por Jesús de Nazaret, es para todos. La única exigencia para ser partícipe de la obra de Dios es iniciar un proceso de cambio (respetar a Dios y practicar la justicia), que consiste en abrirse a Dios y abandonar toda clase de egoísmo para poder ir, en total libertad, al encuentro del otro, pues es en el otro donde se manifiesta Dios. A ejemplo de Jesús, todo bautizado tiene el deber de «pasar por la vida haciendo el bien»; tiene la tarea constante de cambiar, de despojarse de todo interés egoísta para poder así ser testigo de la salvación.

El evangelio de Mateo desarrolla el tercer elemento que identifica el verdadero bautismo: La obediencia a la voluntad del Padre. “La justicia plena” a la que se refiere Jesús en el diálogo con Juan el Bautista manifiestamente la íntima relación existente entre el Hijo de Dios y el proyecto del Padre. Esto significa que el bautismo es la plenitud de la justicia de Dios, ya que las actitudes y comportamientos de Jesús tienen como fin hacer la voluntad de Dios. Esta obediencia y apertura a la acción de Dios afirma su condición de hijo; es hijo porque obedece y se identifica con el Padre. Esta identidad de Jesús con el Padre (ser Hijo de Dios) se corrobora en los sucesos que acompañan el bautismo: el cielo «se abre», desciende el Espíritu, y una voz comunica que Jesús es Hijo predilecto de Dios. Es «hijo» a la manera del siervo sufriente de Isaías (Is 42,1): hijo obediente que se encarna en la historia y participa completamente de la realidad humana. El bautismo, en consecuencia, provoca y muestra la actitud de toda persona abierta a la divinidad y voluntad de Dios; y hace asumir, como modo normal de vida, el llamado a ser hijos de Dios, identificándonos en todo con el Padre y procurando, con nuestro actuar, hacer presente la justicia y el amor de Dios.

Por desgracia, en la actualidad el bautismo se ha limitado al mero rito religioso, desligándolo de la vida y la experiencia de fe de la persona creyente. Se ha olvidado que el bautismo es un hecho fundamental del ser cristiano, pues tendría que ser la expresión de la opción fundamental de la persona, opción que toma a la luz del ejemplo de Jesús y por la que se compromete a ser cristiano. Leer más…

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Dom 10.1.16. Bautismo de Jesús, la Iglesia un Baptisterio

domingo, 10 de enero de 2016
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bautismo1Del blog de Xabier Pikaza:

De la Navidad (Nacimiento, Año Nuevo) pasamos por la Epifanía (revelación de Jesús a los “magos” ) a la Fiesta del Bautismo, que nos sitúa ya en un ámbito de Pascua, porque el verdadero Bautismo de Jesús es su Resurrección, es la vida de la Iglesia.

Ciertamente, Jesús comenzó su “ministerio” recibiendo el bautismo de Juan, como indica la lectura del evangelio:

En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías. Pero Juan tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene Él y os bautizará con Espíritu Santo y fuego.»
En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto (Lucas 3, 15-16. 21-22)

Pero hoy no quiero comentar ese primer bautismo histórico de Jesús, que fue el comienzo de su actividad, sino su “segundo bautismo”, que se celebra en la Iglesia como fiesta de Pascua, vinculada a la gran palabra del envío misionero:

imagesHaced discípulos a todos los pueblos, bautizándoles
en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo (cf. Mt 28, 17-20)

Pasó el tiempo, Jesús realizó la tarea de Dios, pero le mataron y pareció fracasar su proyecto de Reino. Pero, en contra de lo que hubieran esperado casi todos, su Muerte fue principio de un nuevo nacimiento, es decir, de un Bautismo para la Vida Nuevo, es decir, para el Reino de Dios y no simplemente para el perdón de los pecados.

Imagen 1. Bautismo de Jesús, bautismo cristiano
Imagen 2. La iglesia es un baptisterio (Ravenna).
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Punto de partida, el origen de la Iglesia

A partir de la una Cruz ha empezado la gran transformación de algunos seguidores de Jesús, que no volvieron para juntarse ante un cadáver, lanzando proclamas de fidelidad o de venganza, sino para descubrir, más allá de su fracaso (en su mismo camino de entrega), un programa de vida universal, una luz de pascua, un nuevo Bautismo.

No tienen (ni necesitan) un monumento funerario donde reunirse, pues a Jesús le han enterrado en una tumba desconocida o su tumba ha quedado abierta y vacía, sin que se sepa donde se encuentra su cadáver… Pero ellos saben que no importa el cadáver, pues él está vivo y les hace vivir una manera nueva.

Ellos no necesitan la tumba de un Jesús Muerto pues van descubriendo y encuentran, cada vez con más fuerza, al Jesús Vivo, que se expresa en las palabras de amor que ellos recuerdan y en el amor de la comunidad en que se integran, esperando su vuelta, es decir, el cumplimiento de su obra. Y en eso seguimos esperando todavía, recibiendo su Bautismo.


De esa forma, el escándalo del fracaso de Jesús (¡no logró triunfar, todos le han matado!) se transforma en experiencia de nacimiento,
desde Dios, en gratuidad, para la vida compartida, tal como se expresa en el primero de los signos de la Iglesia, que es el Bautismo.

Bautismo, nacer en (a) la vida de Dios. La Iglesia como baptisterio

Así se entiende la Iglesia:es, ante todo, un baptisterio, un lugar donde hombres y mujeres pueden nacer a una vida más alta, de vinculación con Dios, de comunión humana, es decir, de bautismo, nuevo nacimiento.

Algunos en la iglesia actual (entre obispos famosos, de los que hablan los periódicos) se preocupan más de las leyes sociales del aborto y de la fecundación in vitro (preocupación necesaria) que de la experiencia y tarea del bautismo, que es la vida más alta, vida de Dios, ofrecida a los que nacen.

La iglesia existe en la medida en que es capaz de ofrecer un espacio de nacimiento (es decir, de bautismo) a los niños y a los mayores. En este contexto se sitúa la experiencia cristiana del bautismo, como sacramento que expresa el nacimiento desde Dios, una experiencia de filiación divina celebrada y compartida en comunión de iglesia.

Entendido así, como expresión de la gracia de Dios Padre de la que nacemos a la vida en libertad y amor, el bautismo no tiene por qué hallarse vinculado a la niñez, sino que puede y debe celebrarse también en situación de vida adulta.

Allí donde un nacimiento puramente humano pudiera interpretarse como expresión de fatalidad o de miedo, la iglesia lo celebra como presencia de Dios, experiencia y esperanza de gracia compartida.

La Iglesia no bautiza al niño en nombre del sistema, de un estado, de una patria o de una economía, sino para declararle Hijo de Dios (en nombre de la Trinidad) para la vida universal, en fraternidad humana, comprometiéndose a ofrecerle un lugar donde podrá crecer en esa fraternidad y para ella. De aquí brota, a mi juicio, el primero de los retos de la iglesia. ¿Debe bautizar todavía, en este tiempo (año 2016), garantizando al niño, en nombre de los padres y de la comunidad creyente, un espacio de crecimiento en libertad gratuita y gozosa, en el Padre, el Hijo y el Espíritu? ¿Puede hoy hacerlo en verdad y mantener su ofrecimiento a lo largo de la vida del niño?

Ciertamente, las afirmaciones tradicionales sobre un bautismo que borra el pecado original, y que permite que los niños vayan al cielo si mueren, siguen siendo válidas en un sentido, pero hay que entenderlas bien. Bautizados o no, los niños son hijos de Dios y pertenecen al misterio de su Vida, al camino de su cielo. La iglesia no les bautiza para quitarles un pecado de muerte (de manera que si no hubiera bautismo irían al limbo o al infierno), sino para celebrar de un modo solemne su nacimiento a la Vida, que es don del Padre, camino de gracia, que se abre a la fraternidad universal y nos permite superar los riesgos de ley y muerte del sistema.

Iglesia, hogar bautismal

Desde aquí surge, a mi juicio, la gran pregunta y tarea de la Iglesia: ¿Se atreverá a ofrecer a los niños y adultos un espacio de crecimiento en amor y en libertad?

El tema no es si los niños (o sus familiares inmediatos) están preparados para el bautismo, sino si la iglesia puede abrirse como pila bautismal de vida compartida para aquellos a quienes bautiza. La cuestión está en saber si las comunidades cristianas son hoy “madres y maestras de paz”. Desde este fondo el tema de la eugenesia recibe un sentido mucho más hondo. Leer más…

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«Bautismo de Jesús». Ciclo C

domingo, 10 de enero de 2016
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20160WDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La elocuencia del silencio

Acabamos de celebrar la fiesta de la Epifanía, con Jesús niño de menos de dos años, y de repente lo vemos ya adulto, en el momento del bautismo. De los años intermedios, si prescindimos de la visita al templo que cuenta Lucas, no se dice nada.

Este silencio resulta muy llamativo. Los evangelistas podían haber contado cosas interesantes de aquellos años: de Nazaret, con sus peculiares casas excavadas en la tierra; de la capital de la región, Séforis, a sólo 5 kms de distancia, atacada por los romanos cuando Jesús era niño, y cuya población terminó vendida como esclavos; de la construcción de la nueva capital de la región, Tiberias, en la orilla del lago de Galilea, empresa que se terminó cuando Jesús tenía poco más de veinte años. Nada de esto se cuenta; a los evangelistas no les interesa escribir la biografía de su protagonista.

Para explicar este silencio se aduce habitualmente la humildad de Dios, capaz de pasar desapercibido tanto tiempo, sin llamar la atención, sin prisas por cambiar al mundo, a pesar de todo lo que tiene que decir. Esta interpretación es válida, y deberíamos sacar de ellas consecuencias personales que frenasen nuestras prisas y deseos de notoriedad. Pero quien viene del Antiguo Testamento percibe también otro motivo. Los grandes personajes que en él aparecen nunca son importantes en sí mismos, sino por lo que contribuyen al progreso de la historia de la salvación. De Abrahán, Moisés, Josué, Isaías, Jeremías, Ezequiel… nos faltan infinidad de datos biográficos. A veces conocemos detalles pequeños sobre su familia o infancia. Pero, en general, su biografía comienza con el momento de la vocación, cuando el personaje queda al servicio de los planes de Dios.

En el caso de Jesús se aplica el mismo principio, para subrayar la importancia capital del bautismo como experiencia personal que transforma totalmente su vida. Todo lo anterior, aunque nos sorprenda, carece de interés. Es ahora, en el bautismo, cuando comienza la «buena noticia».

El bautismo de Jesús

Es uno de los momentos en que más duro se hace el silencio. ¿Por qué Jesús decide ir al Jordán? ¿Cómo se enteró de lo que hacía y decía Juan Bautista? ¿Por qué le interesa tanto? Ningún evangelista lo dice. La versión de Lucas es la siguiente:

En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: «Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.«

En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.»

Lucas sigue muy de cerca al relato de Marcos, pero añade dos detalles de interés: 1) Jesús se bautiza, “en un bautismo general”; con ello sugiere la estrecha relación de Jesús con las demás personas; 2) la venida del Espíritu tiene lugar “mientras oraba”, porque Lucas tiene especial interés en presentar a Jesús rezando en los momentos fundamentales de su vida, para que nos sirva de ejemplo a los cristianos.

Por lo demás, Lucas se atiene a los dos elementos esenciales: el Espíritu y la voz del cielo.

La venida del Espíritu tiene especial importancia, porque entre algunos rabinos existía la idea de que el Espíritu había dejado de comunicarse después de Esdras (siglo V a.C.). Ahora, al venir sobre Jesús, se inaugura una etapa nueva en la historia de las relaciones de Dios con la humanidad. Porque ese Espíritu que viene sobre Jesús es el mismo con el que él nos bautizará, según las palabras de Juan Bautista.

La voz del cielo. A un oyente judío, las palabras «Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto» le recuerdan dos textos con sentido muy distinto. El Sal 2,7: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy», e Isaías 42,1: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero». El primer texto habla del rey, que en el momento de su entronización recibía el título de hijo de Dios por su especial relación con él. El segundo se refiere a un personaje que salva al pueblo a través del sufrimiento y con enorme paciencia. Lucas quiere evocarnos las dos ideas: dignidad de Jesús y salvación a través del sufrimiento.

El lector del evangelio podrá sentirse en algún momento escandalizado por las cosas que hace y dice Jesús, que terminarán costándole la muerte, pero debe recordar que no es un blasfemo ni un hereje, sino el hijo de Dios guiado por el Espíritu.

El programa futuro de Jesús

Pero las palabras del cielo no sólo hablan de la dignidad de Jesús, le trazan también un programa. Es lo que indica la primera lectura de este domingo, tomada del libro de Isaías (42,1-4.6-7).

Así dice el Señor: Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.

El programa indica, ante todo, lo que no hará: gritar, clamar, vocear, que equivale a amenazar y condenar; quebrar la caña cascada y apagar el pabilo vacilante, símbolos de seres peligrosos o débiles, que es preferible eliminar (basta pensar en Leví, el recaudador de impuestos, la mujer sorprendida en adulterio, la prostituta…).

Dice luego lo que hará: promover e implantar el derecho, o, dicho de otra forma, abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión; estas imágenes se refieren probablemente a la actividad del rey persa Ciro, del que espera el profeta la liberación de los pueblos sometidos por Babilonia; aplicadas a Jesús tienen un sentido distinto, más global y profundo, que incluye la liberación espiritual y personal.

El programa incluye también cómo se comportará: «no vacilará ni se quebrará». Su misión no será sencilla ni bien acogida por todos. Abundarán las críticas y las condenas, sobre todo por parte de las autoridades religiosas judías (escribas, fariseos, sumos sacerdotes). Pero en todo momento se mantendrá firme, hasta la muerte.

Misión cumplida: pasó haciendo el bien

La segunda lectura, de los Hechos de los Apóstoles, Pedro, dirigiéndose al centurión Cornelio y a su familia, resumen en estas pocas palabras la actividad de Jesús.

«Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

Un buen ejemplo para vivir nuestro bautismo.

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Los sabores de María

viernes, 1 de enero de 2016
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1163590193_0Juan Yzuel
Zaragoza.

ECLESALIA, 23/12/15.- Vivimos un renacimiento de la gastronomía como arte y como dimensión esencial de toda cultura humana. Siempre hemos tenido la buena mesa como un placer esencial, pero actualmente vivimos la democratización de la alta cocina a través de la televisión. El mensaje es: en cada uno de nosotros, hay un chef en potencia esperando ser despertado… Sólo necesitamos una cosa: experimentar nuevas sensaciones gustativas, estar dispuestos a romper los tabúes culinarios y mezclar ingredientes que antes eran pensados como absolutamente opuestos, redescubrir sabores, darnos cuenta de que queda mucho aún por inventar. Y nuestra cocina, antes un lugar de sal, pimienta, ajo, aceite y vinagre, se ve invadida por decenas de botellitas con especias diversas, aromas exóticos y hierbas de nuestros montes que hasta hace poco habían quedado relegadas a las herboristerías.

Pero, para hallar nuevos mundos de sabor, hay que “deconstruir” nuestra memoria de sabores, educada y condicionada desde la más tierna infancia. Allí se nos dijo lo que estaba bueno, lo que estaba malo, lo que no se podía comer y lo que estaba reservado a momentos o personas especiales. Sólo cuando nos hemos enfrentado, en los viajes por todo el mundo, a culturas diferentes, hemos aprendido que el mundo de los sabores es muchos más amplio y rico de lo que nunca imaginamos.

Hay cinco sabores básicos: dulce, salado, amargo, ácido y umami. Este último se ha ido incorporando en la última década al catálogo que los niños aprenden en la escuela, pero aún no ha llegado a la cultura general de los adultos. Por ello, quedémonos por ahora con nuestros cuatro sabores principales.

El problema que hemos tenido es que se han extendido, sobre todo, dos sabores principales en nuestra cultura, el dulce y el salado. Casi todo está excesivamente azucarado o cubierto de sal. Esto no nos permite apreciar muchas veces el aroma de los frutos secos poco manipulados, el sabor de la carne en su propio jugo, el ácido natural de los cítricos o gusto fuerte del café solo y no edulcorado.

¿A qué me sabe esto?

En mis talleres de escritura del Diario personal me gusta proponer analogías sensitivas de nuestras experiencias. Si aquella mañana fuera un paisaje, ¿de qué paisaje se trataría? ¿O qué canción elegiríamos para asociarla con lo que pasó aquella tarde en el hospital? ¿Cuál es el olor primordial que parece flotar en esta memoria? También propongo sabores, que definamos nuestras experiencias vitales por el gusto. Esto descoloca al escritor, pues normalmente hacemos comparaciones visuales o auditivas con más facilidad que con sabores y los olores. ¿Qué sabor tenía ese día de tu cumpleaños? ¿Qué sabor domina en esta experiencia que estás describiendo? ¿Qué sabor me evoca esta persona tan importante en mi vida? ¿A qué me sabe, por ejemplo, mi hermano, mi padre, mi madre…? Cuando pienso en ella, ¿qué sabor fundamental me recuerda?

¿A qué me sabe María?

Vamos a aplicar esta exploración de sabores a María de Nazaret, madre de Jesús y madre nuestra. Para empezar, hemos de darnos cuenta de que muchas veces tenemos tan metida en nuestra memoria de sabores una forma exageradamente edulcorada de la Virgen, una versión dulzona y acaramelada que olvida, enmascara y oculta los ricos matices de una personalidad inabarcable. Para redescubrirla en todo su sabor, habremos de volver a los evangelios. Naturalmente, hay muchos textos sobre María que los exégetas analizan con lupa porque la María de Nazaret histórica no debió ser exactamente igual a la que vemos en el evangelio. No entraremos ahora en esas sutilezas; nos quedaremos con el retrato evangélico sencillo, el del pueblo llano.

DULCE

Posiblemente es el sabor fundamental de María. Como madre, evoca en nosotros la dulzura, el cariño, las caricias, el amor incondicional. María se muestra dulce en los evangelios: en Belén, junto a Jesús recién nacido, arropado y amamantado por su madre. En Ain Karén, cuidando a su prima. En Caná, preocupándose por la fiesta y la alegría de los recién casados. En Pentecostés, llenándose del vino dulce del Espíritu que alegra el corazón. María es alegría, servicio, acogida, amabilidad… Las letanías del Rosario la reconocen así: Causa de nuestra alegría, Madre amable, Madre del amor, refugio de los pecadores, estrella de los mares, esperanza nuestra,… Celebramos el “Dulce Nombre de María”. Infinidad de canciones la cantan en este sabor: “María tú, que velas junto a mí… enséñame a vivir con ritma alegre de juventud” (Gabaraín); “Madre de los hijos pobres” o “María, la madre buena” (Kairoi) nos invitan a acercarnos al amor materno de María.

María vive la alegría y la expresa. El Magníficat es todo una revelación de esa dulzura interior. Lo analizaremos en sus diferentes sabores, pero se arranca con la alegría: ¡Se alegra mi espíritu en Dios mi salvador!

SALADO

La expresión “persona salada” incluye, en español, el ser graciosa, chistosa, divertida, chisposa,… Vemos a María como persona con encanto, que llega a ver a su prima y se arranca por soleares cantando al Señor su Magníficat. La podemos imaginar moviéndose por la casa prodigándose en este servicio, llenando la vivienda de vida y optimismo, de pasión y energía. También se necesita tener salero para resolver el problema de Caná de Galilea. “¡Ea, no tienen vino! Hay que hacer algo… Venga, Jesús, que tú puedes ayudar si quieres…”

Hay canciones como “María, Música de Dios” (Kairoi) que canta a esta mujer salada que comunica la alegría. “Madre de los jóvenes” (Gabaraín) nos habla de las tristezas de la juventud, de los peligros y la soledad de los adolescentes, pero que María puede sacarnos de las tristezas: “¡Ven, María a nuestra soledad,… a tantas esperanzas que se han muerto, a nuestro caminar sin ilusión…!

La sal nos recuerda también a las lágrimas. Y María tiene su ración de tristeza en los evangelios: ver a su hijo recién nacido en un establo porque no había para ellos dónde quedarse; contemplar a su pequeña familia huyendo a Egipto; buscar a su hijo con inquietud durante tres días en Jerusalén; verlo insultado y ensangrentado en las calles de Jerusalén camino del Calvario; contemplarlo en la cruz, pobre, desnudo, sufriente…; tenerlo frío y muerto en sus brazos al ser descolgado de la cruz… Se necesita un mar de lágrimas para vivir todas estas experiencias.

Si la María dulce es el primer tema de canciones de María, la María de las lágrimas es el segundo. La Salve nos recuerda que caminamos por un valle de lágrimas. “Hoy he vuelto” (Gabaraín) canta la nostalgia por la infancia; “Pienso en ti” (Matéu) nos dice que caminamos tristes sin María.

Por otro lado, la sal es la analogía elegida por Jesús en el evangelio para simbolizar que debemos ser sal de la tierra para que esta no se corrompa. María, como madre, fue sal con su propio hijo, sembrando en su corazón una forma de mirar al mundo que evitaba el nacionalismo, el extremismo, el machismo, el sexismo y todas las ideologías que ensucian la mirada limpia de un niño. María estuvo entre los apóstoles como sal, para que no se desvirtuara el mensaje del Maestro ni la esperanza en que su promesa se cumpliría. De allí que recibiera el encargo de Jesús crucificado “cuida de tu hijo” y formara parte de aquella primera iglesia a la que el Espíritu Santo animó en Pentecostés. No tenemos documentación sobre el papel de María entre los apóstoles, pero seguro que fue muy importante. Además del testimonio de su presencia en Pentecostés, está la tradición joánica de haber vivido con San Juan en Éfeso, y la jacobea de su aparición en Zaragoza, apoyando, animando, dando “rasmia”, como decimos en Aragón.

AMARGO

La amargura la tenía María garantizada en cuanto dijo “sí” en la anunciación del ángel Gabriel. Por si no lo tenía claro, así se lo aseguró Simeón: “Los bendijo y dijo a María, la madre: —Mira, éste está colocado de modo que todos en Israel o caigan o se levanten; será una bandera discutida  y así quedarán patentes los pensamientos de todos. En cuanto a ti, una espada te atravesará el corazón”. (Lc 2,34-35) María, guardaba todas estas cosas en el corazón (2,19), las meditaba y, a veces, las sufría en silencio, sin aspavientos, con serenidad. Fue amargo tener que ver que José sospechaba de ella y hasta hizo planes de repudiarla en secreto. Fue amargo tener que huir a Egipto, como lo es todo proceso de emigración forzosa. Fue difícil encajar las respuestas desconcertantes de Jesús (en el templo, en Cafarnaúm…) que parecen dar a entender que su Madre no es tan importante en su vida como lo es Dios o su Pueblo. ¡Es la experiencia de tantas madres de religiosos, religiosas, misioneros, cooperantes y locos del evangelio! Es la mezcla agridulce de saberse bendecida por un hijo especial, maravilloso, pero que no le dará las seguridades ni las alegrías pacíficas y sencillas que otro tipo de hijo le habría dado. María experimentará esa espada que atraviesa el alma al ver a Jesús en su pasión y muerte.

María vive su experiencia de amargura desde el silencio y la meditación. De igual manera que exteriorizaba su alegría, es parca en su lamento y su llanto. Lucas repite dos veces en el capítulo 2 que María guardaba todo esto en su corazón. Ni siquiera los artistas la han presentado en un gemido desesperado. Una de las obras más sublimes de la historia de la escultura es la Pietá de Miguel Ángel. Allí, María muestra dolor, pero no desesperación. Su amargura es mitigada por su gran confianza en el poder del amor del Padre.

María vive la amargura desde la salida hacia el otro, para cuidarlo y animarlo. De allí nace la petición de Jesús: “Mujer, he ahí a tu hijo”. María se sacude su propia amargura para dar consuelo, apoyo, paz, confianza… También desde la valentía. Se enfrenta a los problemas con resolución, sin evitar los conflictos.

Las letanías del Rosario no pueden dejar de bendecir a María en este trance: Consoladora de los afligidos, auxilio de los cristianos, reina de los mártires… Canciones como “Tú estás cerca” (Kairoi) canta el hecho de que María vive cerca del dolor de los hombres y mujeres. Muchas canciones están dedicadas a Nuestra Señora de los Dolores, como “Dolorosa” (Espinosa), “Madre de los creyentes” (Palazón), “Madre de todos los hombre” (Espinosa), “María, madre del dolor, das tu corazón al pie de la cruz” (Kairoi), “Quiero decir que sí” (Luis Alfredo)… Yo mismo compuse una canción para los presos de la cárcel de Rickers Island, en Nueva York, titulada “Señora de la prisión” con esta temática. Si la dulce María es la fuente de himnos de alabanza y María la salerosa de cantos de amor, María dolorosa es la fuente de las baladas, de la explicación detallada de nuestras dificultades y dudas y del camino largo e incierto pero, a la vez, alumbrado por la fe.

ÁCIDO

El ácido es un sabor unido a todo lo que limpia hasta el hueso y levanta las postillas, lo que hace salir el mal y lo sana de raíz, lo que quita la podredumbre y señala la fuente de la injusticia y la corrupción. Es el sabor de la crítica, de la denuncia, de la indignación, del descontento, de la manifestación en la calle, de la rebelión y de la lucha contra el tirano y el opresor. Es el sabor del visionario, del profeta, del rebelde.

María nos sorprende con este sabor en el Magníficat:

«Él hizo proezas con su brazo:
dispersó a los soberbios de corazón,
derribó del trono a los poderosos
y enalteció a los humildes,
a los hambrientos los colmó de bienes
y a los ricos los despidió vacíos
Lc1,51-53

María hace así una afilada crítica social. Con acidez asegura que los poderosos, los famosos, los prestigiosos, los saciados, los adinerados, los escandalosamente ricos… nada tienen que ver con lo que Dios quiere. El Magníficat es un cántico judío; no hay atisbo todavía de cristianismo en él. María canta todavía desde el Antiguo Testamento, desde la teología de la promesa mesiánica que comienza a despuntar en esta joven muchacha de Nazaret. La promesa se ha hecho realidad. Sólo ella e Isabel lo saben. El Mesías no nacerá de entre los poderosos y los sabios, sino de entre los humildes y pequeños. No será rico ni buscará el poder y la influencia, sino que dejará que el mismo poder de Dios actúe en él. Y vendrá a instaurar un nuevo orden, basado en la fraternidad y la igualdad.

María la ácida, la activista, la revolucionaria, no está ahora en las grandes basílicas, sino en los barrios pobres y embrutecidos, en las largas horas de trabajo bajo el sol en los inmensos terrenos expropiados por las multinacionales, en las chozas de las mujeres agredidas sexualmente en las guerras africanas, en las luchas por los derechos de las mujeres en los países patriarcales y machistas, entre las abuelas de la Plaza de Mayo, en los círculos de silencio de quienes quieren acabar con la violencia sexista. María se hace así cercana al cambio y la causa del “otro mundo es posible”. Se hace voluntaria de una ONG, cooperante en un campo de refugiados, maestra en un barrio marginal, educadora en un piso de acogida para niños de la calle, médica que lucha incansablemente contra el ébola, guerrillera ecologista en el Rainbow Warrior de Greenpeace, analista de seguridad que denuncia el atropello de los derechos y libertades de todos y todas, abogada laboralista, enamorada de las causa de los últimos pueblos indios del Amazonas…

Su acidez le hace tomar partido, optar por los marginados, haciendo una opción preferencial por los pobres. No acepta ni la indiferencia ni la neutralidad ante lo injusto y lo inhumano. Es la Madre de todos, y como tal opta sobre todo por sus hijos más débiles y vulnerables. Es un amor duro, tajante, claro. No puede admitir en su casa el desorden del hambre, de la miseria, de la desigualdad, del abandono…

María la contestataria, la profetisa, es la más cantada por la Teología de la Liberación. Los poemas de Casaldáliga hablan de ella así. Su “Señora de Guadalupe” es una María que no se queda en el dolor pasivo, sino que sale a luchar por la justicia y la dignidad. Entre las canciones con esperanza ácida, con terca confianza en el compromiso, está “Mientras recorres la vida” (Gabaraín) y el más reciente proyecto artístico de varias cantantes: “Nuestra señora de los indignados”. Algunas canciones de Domingo Pérez, Pepe Laguna (Anawin), Vicente Morales (Brotes de Olivo), canta así a María. Un ejemplo claro: “Romance guadalupano”, de Domingo Pérez, con la letra de Pedro Casaldáliga.

Redescubrir los sabores de María

En las últimas décadas muchos cristianos hemos echado a María de nuestra oración y de la Eucaristía, donde durante siglos tuvo un lugar inapropiado y exagerado. Es tiempo de redescubrir sus sabores y saber combinarlos adecuadamente, encontrando el toque justo, como en la alta cocina. Es importante hacerlo también por razones ecuménicas, dado que el exceso de “salazón” mariano dificultó el diálogo durante siglos. Ni tanto, ni tan poco. La religiosidad popular necesita redescubrir otros sabores de María. Ella fue el regalo que nos dio Jesús y la puerta que han usado mucho para encontrarse con Él. Está allí, dispuesta a servir, como siempre. Gracias, Madre. (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

*alcierzo.com

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Pedro Casaldáliga, poeta de la esperanza

sábado, 28 de noviembre de 2015
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pedro-casaldaliga-y-luis-miguel-modino_560x280El corresponsal de RD en Brasil viaja a la cuna del profeta de la Amazonía

Al encuentro de Pedro Casaldáliga, icono del Cristo Libertador

«Me repite con fuerza en cuanto aprieta mi mano: ‘oración, comunidad y vida por el pueblo'»

Recuerdos de la visita de Luis Miguel Modino a la Prelatura de São Félix do Araguaia

«Una esperanza que le lleva a ser fiel hasta el final a aquello en lo que siempre creyó y esperó»

«La marca del profeta del Araguaia sigue presente y viva en el pueblo»
Pedro Casaldáliga, un legado permanente para la Iglesia y los descartados
El ministro Patrus Ananías dice que «su legado va a ser permanente en la historia de Brasil»

Nos han parecido muy interesante la serie de reportajes acerca de este obispo de l Pueblo, fiel al Evangelio, gastada su vida por los más desfavorecidos, viviendo entre ellos, lejos de palacios episcopales lujosos y fortaleza…

(Luis Miguel Modino, corresponsal de RD en Brasil).- Todo lo que nos enriquece, aunque suponga un esfuerzo, vale la pena. Recorrer buena parte de este inmenso Brasil durante dos días, utilizando diferentes medios de transporte, para encontrarse con alguien, puede tener cierta dosis de locura. Esta vez el encuentro es con Pedro Casaldáliga, alguien por quien siempre he sentido admiración y respeto, y en el que en muchos momentos me he fijado para intentar hacer realidad hoy el mensaje de Jesús de Nazaret, viviendo la fe en comunidad.

Su compromiso con los más pobres, a través de una vida entregada hasta el extremo, y su forma de entender la Iglesia, a partir de las Comunidades Eclesiales de Base, me llevan a acercarme a él con temor y temblor, pues estoy llegando hasta alguien que considero un icono del Cristo Libertador.

Durante cientos de kilómetros la carretera serpentea entre grandes haciendas, en las que los dueños, movidos por el lucro a cualquier precio, han destruido la un día abundante vegetación para criar ganado y plantar soja, convirtiéndose en los grandes perseguidores de Pedro, al que muchas veces pretendieron matar, expulsar del país, difamar..., pues él se había posicionado del lado de los indígenas, moradores originarios de estas tierras, y de los pequeños agricultores y trabajadores rurales, unos y otros también perseguidos y expulsados.

Una de las paradas es en Riberão Cascalheira, la ciudad donde en 1976 fue asesinado João Bosco Burnier, uno de sus más estrechos colaboradores y donde se encuentra el Santuario de los Mártires de la «Caminhada», lugar al que cada cinco años llegan de todos los rincones de Brasil quienes participan de la Romería de los Mártires y que en julio de 2016 celebrará una nueva edición.

El camino continúa, ahora por una carretera sin asfalto, propia de esas periferias del mundo en las que Pedro y muchos otros escogieron vivir. Después de horas y horas de autobús el cansancio aprieta, pero la expectativa por llegar hace que se lleve mejor.

Finalmente llego a San Félix, una pequeña ciudad bañada por el río Araguaia, cuyas aguas se deslizan lentamente. Me dirijo a su casa y compruebo lo que ya había escuchado de muchos que antes le habían visitado, es una casa simple hasta el extremo, propia de alguien que cree y vive en una Iglesia pobre y para los pobres, de alguien que encarna a la perfección a esos obispos no príncipes que tanto le gusta al Papa Francisco que estuviesen más presentes en nuestra Iglesia.

La puerta de la casa está abierta, en señal de acogida. Le encuentro rezando junto con la comunidad de agustinos con los que convive y que tan bien le cuidan. Espero en cuanto llega y al verle pasan por mi mente muchas imágenes, como flashes que se disparan, y que me producen una sensación de alegría.

Ahora se desplaza en silla de ruedas, consecuencia de la fractura de fémur que sufrió meses atrás y de la que dice irse recuperando poco a poco. También le acompañan su hermano Parkinson y sus 87 años. Me siento a su lado y conversamos durante un rato, me presento y le digo de donde vengo y lo que me ocupa en el día a día y juntos compartimos experiencias misioneras. Al lado de alguien que recorre estas tierras desde 1968, mis nueve años de misión hacen que me sienta un pipiolo. Al hablar de la misión se me quedan grabadas tres ideas que me repite con fuerza en cuanto aprieta mi mano: «oración, comunidad y vida por el pueblo«.

Estas palabras vienen a reafirmar que quien sostiene la vida del cristiano, que siempre debe ser discípulo misionero, es el propio Dios, a quien en la oración sentimos más próximo y nos muestra el camino a seguir, que siempre debe ser vivido en comunidad y no como entes aislados, un Dios que en los que en Él creemos da la vida por el pueblo.

En el tiempo que estoy con él llega gente constantemente, de todo tipo y condición, lo que muestra el respeto y admiración que muchos le tienen. Una de las visitas le anuncia que esta tarde llegarán para saludarle Gilberto Carvalho, ministro jefe de la Secretaria General de la Presidencia y uno de los hombres fuertes del gobierno Dilma, y Patrus Ananias, ministro de Desenvolvimiento Agrario, lo que muestra que sus puertas están abiertas para todos y que sus sabios consejos orientan a quien acude a él.

Sin duda, Pedro Casaldáliga es alguien que deja traslucir la presencia de ese Dios que continúa haciéndose presente entre los pobres, entre los crucificados, ese Dios que levanta del polvo al desvalido, que siempre está ahí para acompañar nuestras luchas por un mundo mejor para todos.

(Luis M. Modino, corresponsal en Brasil).- Una forma de ser, de vivir, de relacionarse con los pequeños y pobres, con los descartados por una sociedad construida a partir del lucro. Podríamos decir que ese es el principal legado de Pedro Casaldáliga. Estar a su lado lleva a descubrir eso en pocos instantes. Pedro es alguien que sabe acoger desde el primer momento, que recibe a la gente diciendo «esta es nuestra casa, aquí cabemos todos». Leer más…

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¿Quién soy yo para juzgarlos? Obispo y sacerdotes opinan sin censura sobre la homosexualidad por Sebastián Medina

sábado, 28 de noviembre de 2015
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CURAUn joven maestro, católico y gay, que trabaja en un colegio concertado de ideario religioso, emprende un viaje grabando y transcribiendo consultas realizadas a decenas de sacerdotes de toda España en torno a su situación de pareja con una persona de su mismo sexo. El resultado revela, de una forma sorprendente, la impactante y radical división que genera la cuestión dentro del propio sacerdocio.

En el transcurso de esas conversaciones, se producen las declaraciones de impacto mundial del papa Francisco en relación con los homosexuales «¿Quién soy yo para juzgarlos?», reflexión que se incorpora al diálogo con los sacerdotes consultados y, en especial, a la entrevista con un destacado arzobispo que culmina esta combativa búsqueda de orientación y esperanza.

El resultado es un sorprendente y comprometido documento —a veces emocionante, a veces indignante, hilarante otras— que removerá conciencias, llamando al debate y a la reflexión dentro y fuera de la Iglesia. Las conversaciones conducen a todo tipo de discusiones políticas, sociales, sexuales… Desde sacerdotes que recomiendan medicación para curar la homosexualidad a otros que rechazan enérgicamente la postura oficial de la Iglesia. Dichas opiniones son reveladas sin censura en contextos y lugares emblemáticos como la ermita del Rocío, Las Tres Mil Viviendas de Sevilla, la Catedral de Santiago, la Semana Santa o la celebración del Orgullo Gay en Madrid.

Almudena Grandes, Boris Izaguirre, Evaristo Villar, Eduardo Mendicutti, Carla Antonelli y otras personalidades del mundo de la cultura, la teología, la política, el activismo y el asociacionismo colaboran en este proyecto invitando a la Iglesia a mirar de frente la realidad LGTBQ en España.

Ficha técnica:

Editorial: Egales. ISBN: 978-84-16491-30-8. Fecha de la edición: 2015. Edición Nº: Primera. Edición ciudad: Madrid/Barcelona.Edición pais:  España.Colección:  G Ensayo. idioma: Castellano. Encuadernación: Rústica. Dimensiones: 160 cm x 240 cm. Nº Pág.: 250.

Fuente Librería Berkana

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