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Jesús, maestro, ten compasión de nosotros

Domingo, 13 de octubre de 2019

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Los diez leprosos

Eran diez leprosos. Era
esa infinita legión
que sobrevive a la vera
de nuestra desatención.

Te esperan y nos espera
en ellos Tu compasión.
Hecha la cuenta sincera,
¿cuántos somos?, ¿cuántos son?

Leproso Tú y compañía,
carta de ciudadanía
nunca os acaban de dar.

¿Qué Francisco aún os besa?
¿Qué Clara os sienta a la mesa?
¿Qué Iglesia os hace de hogar?

*

Pedro Casaldáliga
Vivamos de Esperanza

***

 

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:

“Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.”

Al verlos, les dijo:

“Id a presentaros a los sacerdotes.”

Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.

Éste era un samaritano.

Jesús tomó la palabra y dijo:

“¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”

Y le dijo:

“Levántate, vete; tu fe te ha salvado.”

*

Lucas 17, 11-19

***

Existo como un pequeño fragmento en la realidad ilimitada del mundo. Sin embargo, soy más grande que el mundo, porque mi pensamiento puede alcanzar y rebasar todas las cosas; más aún, es capaz de buscar lo que no se encuentra en el universo, a saber: el significado del universo. Me han sido dados unos pocos años de vida: he nacido y moriré. Sin embargo, mi pensamiento es capaz de atravesar estos estrechos límites y se plantea el problema de lo que había antes y de lo que habrá después. Estoy condicionado por mil instintos interiores y estoy manipulado por mil cosas exteriores que me solicitan. Sin embargo, puedo decidir libremente entre una acción y otra, entre una persona y otra, entre un destino y otro. En mi único ser hay, por tanto, algo que me hace pequeño, efímero, esclavo, y hay algo que me nace grande, duradero, libre.

Existo como alguien que pide ser salvado. Tengo sed de verdad sobre mi origen, sobre mi naturaleza, sobre mi suerte última, pero sé que el riesgo del error me acecha. Tengo sed de una alegría sin fin, pero sé que cada día que pasa me acerca al sufrimiento y a la muerte, y esta perspectiva me entristece ya desde ahora. Tengo sed de vivir en justicia, pero sé que soy, poco o mucho, repetidamente injusto. La salvación que necesito es, por consiguiente, salvación del error, de la muerte, de la culpa.

Esta salvación me ha sido dada por la bondad de Dios, que envió al mundo a mi Salvador: Jesús de Nazaret, crucificado y resucitado, que hoy está vivo y es Señor. El Señor Jesús me salva alcanzándome allí donde me encuentro, con una gratuidad y una misericordia inesperadas. Ahora bien, no me salva como un objeto inerte; al contrario, me concede aceptar libremente la iniciativa del Padre, a través del acto de fe; me concede configurarme libremente en mi conducta a su ley de amor; me permite entregarme libremente a la alabanza, a la acción de gracias, a la imploración a través de la oración.

*

G. Biffi, lo credo, Milán 1980, 55ss

***

***

 

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , ,

“Creer sin agradecer”. 28 Tiempo ordinario – C (Lucas 17,11-19)

Domingo, 13 de octubre de 2019

28-TO-CEl relato comienza narrando la curación de un grupo de diez leprosos en las cercanías de Samaría. Pero, esta vez, no se detiene Lucas en los detalles de la curación, sino en la reacción de uno de los leprosos al verse curado. El evangelista describe cuidadosamente todos sus pasos, pues quiere sacudir la fe rutinaria de no pocos cristianos.

Jesús ha pedido a los leprosos que se presenten a los sacerdotes para obtener la autorización que los permita integrarse en la sociedad. Pero uno de ellos, de origen samaritano, al ver que está curado, en vez de ir a los sacerdotes, se vuelve para buscar a Jesús. Siente que para él comienza una vida nueva. En adelante, todo será diferente: podrá vivir de manera más digna y dichosa. Sabe a quién se lo debe. Necesita encontrarse con Jesús.

Vuelve «alabando a Dios a grandes gritos». Sabe que la fuerza salvadora de Jesús solo puede tener su origen en Dios. Ahora siente algo nuevo por ese Padre Bueno del que habla Jesús. No lo olvidará jamás. En adelante vivirá dando gracias a Dios. La alabará gritando con todas sus fuerzas. Todos han de saber que se siente amado por él.

Al encontrarse con Jesús, «se echa a sus pies dándole gracias». Sus compañeros han seguido su camino para encontrarse con los sacerdotes, pero él sabe que Jesús es su único Salvador. Por eso está aquí junto a él dándole gracias. En Jesús ha encontrado el mejor regalo de Dios.

Al concluir el relato, Jesús toma la palabra y hace tres preguntas expresando su sorpresa y tristeza ante lo ocurrido. No están dirigidas al samaritano que tiene a sus pies. Recogen el mensaje que Lucas quiere que se escuche en las comunidades cristianas.

«¿No han quedado limpios los diez?». ¿No se han curado todos? ¿Por qué no reconocen lo que han recibido de Jesús? «Los otros nueve, ¿dónde están?». ¿Por qué no están allí? ¿Por qué hay tantos cristianos que viven sin dar gracias Dios casi nunca? ¿Por qué no sienten un agradecimiento especial hacia Jesús? ¿No lo conocen? ¿No significa nada nuevo para ellos?

«¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?». ¿Por qué hay personas alejadas de la práctica religiosa que sienten verdadera admiración y agradecimiento hacia Jesús, mientras algunos cristianos no sienten nada especial por él? Benedicto XVI advertía hace unos años que un agnóstico en búsqueda puede estar más cerca de Dios que un cristiano rutinario que lo es solo por tradición o herencia. Una fe que no genera en los creyentes alegría y agradecimiento es una fe enferma.

José Antonio Pagola

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” ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”. Domingo13 de octubre de 2019. 28º Ordinario

Domingo, 13 de octubre de 2019

53-ordinarioc28-cerezoLeído en Koinonia:

2Reyes 5, 14-17: Volvió Naamán al profeta y alabó al Señor.
Salmo responsorial: 97:  El Señor revela a las naciones su salvación.
2Timoteo 2, 8-13: Si perseveramos, reinaremos con Cristo.
Lucas 17, 11-19: ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?

Después de un comentario tradicional, añadimos otro comentario crítico

Entre samaritanos y judíos –habitantes del centro y sur de Israel respectivamente- existía una antigua enemistad, una fuerte rivalidad que se remontaba al año 721 a.C. en el que el emperador Sargón II tomó militarmente la ciudad de Samaría y deportó a Asiria la mano de obra cualificada, poblando la región conquistada con colonos asirios, como nos cuenta el segundo libro de los Reyes (cap. 17). Con el correr del tiempo, éstos unieron su sangre con la de la población de Samaría, dando origen a una raza mixta que, naturalmente, mezcló también las creencias. “Quien come pan con un samaritano es como quien come carne de cerdo (animal prohibido en la dieta judía)”, dice la Misná (Shab 8.10). La relación entre judíos y samaritanos había experimentado en los días de Jesús una especial dureza, después de que éstos, bajo el procurador Coponio (6-9 p.C.), hubiesen profanado los pórticos del templo y el santuario esparciendo durante la noche huesos humanos, como refiere el historiador Flavio Josefo en su obra Antigüedades Judías (18,29s); entre ambos grupos dominaba un odio irreconciliable desde que se separaron de la comunidad judía y construyeron su propio templo sobre el monte Garitzín (en el siglo IV a.C., lo más tarde). Hacia el s. II a.C., el libro del Eclesiástico (50,25-26) dice: “Dos naciones aborrezco y la tercera no es pueblo: los habitantes de Seir y Filistea, y el pueblo necio que habita en Siquém (Samaría)”. La palabra “samaritano” constituía una grave injuria en boca de un judío. Según Jn 8,48 los dirigentes dicen a Jesús en forma de insulto: ¿No tenemos razón en decir que eres un samaritano y que estás loco?

Ésta era la situación en tiempos de Jesús, judío de nacimiento, cuando tiene lugar la escena del evangelio de hoy. Los leprosos vivían fuera de las poblaciones; si habitaban dentro, residían en barrios aislados del resto de la población, no pudiendo entrar en contacto con ella, ni asistir a las ceremonias religiosas. El libro del Levítico prescribe cómo habían de comportarse éstos: “El que ha sido declarado enfermo de afección cutánea andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: ¡Impuro, impuro! Mientras le dure la afección seguirá impuro. Vivirá apartado y tendrá su morada fuera del campamento” (Lv 13, 45-46). El concepto de lepra en la Biblia dista mucho de la acepción que la medicina moderna da a esta palabra, tratándose en muchos casos de enfermedades curables de la piel.

Jesús, al ver a los diez leprosos, los envía a presentarse a los sacerdotes, cuya función, entre otras, era en principio la de diagnosticar ciertas enfermedades, que, por ser contagiosas, exigían que el enfermo se retirara por un tiempo de la vida pública. Una vez curados, debían presentarse al sacerdote para que le diera una especie de certificado de curación que le permitiese reinsertarse en la sociedad. Pero el relato evangélico no termina con la curación de los diez leprosos, pues anota que uno de ellos, precisamente un samaritano, se volvió a Jesús para darle las gracias.

Por lo demás algo parecido había sucedido ya en el libro de los Reyes, donde Naamán, general del ejército del rey sirio, aquejado de una enfermedad de la piel, fue a ver al profeta de Samaría, Eliseo, para que lo librase de su enfermedad. Eliseo, en lugar de recibirlo, le dijo que fuese a bañarse siete veces en el Jordán y quedaría limpio. Naamán, aunque contrariado por no haber sido recibido por el profeta, hizo lo que éste le dijo y quedó limpio. Cuando se vio limpio, a pesar de no pertenecer al pueblo judío, se volvió al profeta para hacerle un regalo, reconociendo al Dios de Israel, como verdadero Dios, capaz de dar vida. Este Dios, además, se manifiesta en Jesús como el siempre fiel a pesar de la infidelidad humana.

Lo sucedido al leproso del evangelio sentaría muy mal a los judíos. De los diez leprosos, nueve eran judíos y uno samaritano. Éste, cuando vio que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Estar a los pies de Jesús es la postura del discípulo que aprende del maestro. Los otros nueve, que eran judíos, demostraron con su comportamiento el olvido de Dios que tenían y la falta de educación, que impide ser agradecidos. Sólo un samaritano -oficialmente heterodoxo, hereje, excomulgado, despreciado, marginado-, volvió a dar gracias. Sólo éste pasó a formar parte de la comunidad de seguidores de Jesús; los otros quedaron descalificados.

Tal vez, los cristianos, estemos demasiado convencidos de que sólo «los de dentro», los de la comunidad, «los católicos», o «los de la parroquia»… somos los que adoptamos los mejores comportamientos. Hay gente mucho mejor fuera de nuestros círculos, incluso en otras iglesias, y hasta en otras religiones, incluso entre quienes dicen que «no creen». En el evangelio de hoy es precisamente alguien venido de fuera, despreciado por los de dentro, el único que sabe reconocer el don recibido de Dios, dando una lección magistral a quienes no supieron agradecer. Aprendamos la lección del samaritano. Leer más…

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13. X. 19. Dom 28. Tiempo ordinario. Ciclo C (Lc 17, 11‒19). El milagro consiste en “dar” gracias

Domingo, 13 de octubre de 2019

10-leprosos1Del blog de Xabier Pikaza:

La mataron por curar samaritanos

He venido comentando el evangelio de Lucas desde su temática económico‒social, insistiendo en la “pobreza” cristiana. En el domingo anterior he tratado de la fe, que mueve montañas, según  Hab 2, 4: “El justo vive por la fe”. Hoy quiero insistir en la palabra que Jesús dice al samaritano”tu fe te ha salvado (es decir, te ha curado), una fe que mueve montañas, una fe que da gracias.

 La mayor enfermedad del mundo es la falta de fe, no confiar unos en otros, no dar gracias.  Siguiendo en esa línea, se puede afirmar que el mayor milagro es la fe, creer en los demás, dar gracias…

E contra de eso, ha sido el “milagro de Jesús” ha consistido en creer (que es crear) y en dar gracias  (que es compartir y bendecir la vida):

a) Jesús ha creído en los hombres y mujeres, y de esa forma les ha hecho capaces de aceptarse, de quererse, de curarse. No impone, no se impone por encima de ellos, no les quiere sometidos: Quiere que sean, que se curen, que se limpien, que caminen en libertad.

b) Jesús ha dado un hombre que da gracias, vinculándose así (por encima del buen templo de Jerusalén) con el samaritano leproso que ha venido a darle gracias, compartiendo con él un nuevo camino de vida. Vivimos (es decir, morimos) en un mundo que se ha olvidado de dar gracias, que no creen en el perdón, ni en la curación, ni en la gratuidad, en un mundo que, en general, no acepta los “valores” de Jesús, a quien sigue negando o persiguiendo,  no porque dice bellas palabras de amor abstracto, sino porque cura‒acoge a los extraños y emigrantes (a los samaritanos) abriendo en (con) ellos un camino de gratuidad.   

Texto Lucas 17, 11-19

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros. Jesús, al verlos, les dijo: “Id a presentaros a los sacerdotes. Y, mientras iban de camino, quedaron limpios.

Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.Éste era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?” Y le dijo: “Levántate, vete; tu fe te ha salvado.”

Diez leprosos

10-lepers-31Estos diez leprosos son todo el mundo, la humanidad excluida que Jesús quiere curar, con fe, es decir, con honda humanidad. Allí donde otros piensan que creer es engañarse (los hombres racionales piensan y deciden razonando sus problemas, los otros creen… como niños), Jesús sabe que creer es recibir la vida como don y comprometerse a vivirla de un modo gratuito, por amor a la vida, que es amor a los demás.

            En ese sentido, el evangelio presenta aJesús como un hombre de fe. Por eso no resuelve los problemas de los hombres ofreciéndoles un tipo de ayuda desde fuera. No les lleva a la evasión o al olvido de la tierra (de su condición humana),  sino todo lo contrario: en el centro de la misma enfermedad Jesús suscita un gesto de fe en aquellos que le acogen y le escuchan. Así actúa como promotor de vida en medio de la muerte, como signo de esperanza en medio de una sociedad que parece condenada a la desesperanza.

Los milagros de Jesús, un acto de fe

tendencias040204-640x429a) Jesús actúa como mediador de fe: dialoga con el enfermo (o poseso); penetra en el lugar de su dolor, en la raíz de su misma enfermedad o su locura, como un amigo que ama, como psicólogo que discierne, como un creyente que irradia fe. Precisamente allí donde parece que la vida se encuentra condenada y fracasada ha penetrado Jesús con su fuerza de fe y amor gratuito y transformante.

b) Jesús pone a los enfermos ante el poder de Dios que el evangelio define como “reino”, es decir, como principio de nuevo humanidad. Creer en el Reino de Dios es creer en una vida distinta, en ánimo interior, en fraternidad. Como mensajero y testigo de ese Reino de Dios (que es el Reino de la vida de los hombres) actúa Jesús, encendiendo en los enfermos (y en su entorno) la llama de una fe que cura y transforma.

c) Por eso el milagro se realiza como fe. Así lo indica la tradición evangélica recordando una y otra vez las palabras de Jesús que dice a los enfermos “si crees puedes curarte” o “tú fe te ha curado”. Fe es ponerse en manos de la gracia de Dios, en manos de su fuerza creadora. La fe es el gesto por el cual, superando lo que somos, nos ponemos en brazos de aquel que nos hace vivir, de aquel que nos capacita para esperar. Al llegar a este nivel puede realizarse y se realiza muchas veces el milagro.

Milagro, una vida abierta, por encima de un sistema de ley

LeprosoYExtranjero

El milagro es la fe misma que  pone a los hombres ante “poder” de la vida de Dios, dejando que él actúe y actuando (siendo) por él y en él. Por eso el milagro no se puede programar ni demostrar; no se puede convertir después en acción de compraventa, en mercado de favores religiosos. Allí donde comienza el mercado termina el milagro. Donde se programa la feria de prodigios se apagan los auténticos prodigios, en la línea de la gracia de Jesús. Leer más…

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“Malos”, pero agradecidos. Domingo 28 Ciclo C

Domingo, 13 de octubre de 2019

28-tocevDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Las lecturas de este domingo son fáciles de entender y animan a ser agradecidos con Dios. La del Antiguo Testamento y el evangelio tienen como protagonistas a personajes muy parecidos: en ambos casos se trata de un extranjero. El primero es sirio, y las relaciones entre sirios e israelitas eran tan malas entonces como ahora. El segundo es samaritano, que es como decir, hoy día, palestino. Para colmo, tanto el sirio como el samaritano están enfermos de lepra.

Naamán el sirio

            El relato del segundo libro de los Reyes (5,14-17) es mucho más extenso e interesante de lo que refleja la lectura litúrgica. Naamán es un personaje importante de la corte del rey de Siria, pero enfermo de lepra. En su casa trabaja una esclava israelita que le aconseja visitar al profeta de Samaria, Eliseo. Así lo hace, y el profeta, sin siquiera salir a su encuentro, le ordena bañarse siete veces en el Jordán. Naamán, enfurecido por el trato y la solución recibidos, decide volverse a Damasco. Pero sus servidores le convencen de que haga caso al profeta.

            En aquellos días, Naamán de Siria bajó al Jordán y se bañó siete veces, como había ordenado el profeta Eliseo, y su carne quedó limpia de la lepra, como la de un niño. Volvió con su comitiva y se presentó al profeta, diciendo:

            ‒ Ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de Israel. Acepta un regalo de tu servidor.

            Eliseo contestó:

            ‒ ¡Vive Dios, a quien sirvo! No aceptaré nada.

            Y aunque le insistía, lo rehusó. Naamán dijo:

            ‒ Entonces, que a tu servidor le dejen llevar tierra, la carga de un par de mulas; porque en adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios a otros dioses fuera del Señor.

            Con vistas al tema de este domingo, lo importante es la actitud de agradecimiento: primero con el profeta, al que pretende inútilmente hacer un regalo, y luego con Yahvé, el dios de Israel, al que piensa dar culto el resto de su vida. Pero no olvidemos que Naamán es un extranjero, una persona de la que muchos judíos piadosos no podrían esperar nada bueno. Sin embargo, el “malo” es tremendamente agradecido.

Un samaritano anónimo

            Si malo era un sirio, peor, en tiempos de Jesús, era un samaritano. Pero a Lucas le gusta dejarlos en buen lugar. Ya lo hizo en la parábola del buen samaritano, exclusiva suya, y lo repite en el pasaje de hoy (Lc 17, 11-19).

            Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:

            ‒ Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.

            Al verlos, les dijo:

            ‒ Id a presentaros a los sacerdotes.

            Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo:

            ‒ ¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?

            Y le dijo:

            ‒ Levántate, vete; tu fe te ha salvado.

            Este relato refleja mejor que el de Naamán la situación de los leprosos. Viven lejos de la sociedad, tienen que mantenerse a distancia, hablan a gritos. Y Jesús los manda a presentarse a los sacerdotes, porque si no reciben el “certificado médico” de estar curados no pueden volver a habitar en un pueblo.

            Lo importante, de nuevo, es que diez son curados, y sólo uno, el samaritano, el “malo”, vuelve a dar gracias a Jesús. Y el episodio termina con las palabras: «tu fe te ha salvado».

            Todos han sido curados, pero sólo uno se ha salvado. Nueve han mejorado su salud, sólo uno ha mejorado en su cuerpo y en su espíritu, ha vuelto a dar gloria a Dios.

Examen de conciencia

          ¿Dónde me sitúo? ¿Entre los “buenos” poco agradecidos o entre los “malos” agradecidos?

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Domingo XXVIII del Tiempo ordinario. 13 Octubre, 2019

Domingo, 13 de octubre de 2019

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*

“… cayó de bruces a sus pies dándole gracias. Era samaritano.”

(Lc 17, 11-19)

¿Qué es un pongo? ¿No lo sabes? Es aquel objeto que te regalan y según abres el paquete piensas:  “y esto… ¿dónde lo pongo?”.  Hace unos años era bastante frecuente acumular «pongos» por la casa, o, reconozcámoslo,  envolverlos con otro papel y darles un destino más aventurero. ¡Incluso hay gente que ha recibido su «pongo» de regalo de vuelta! Pero hoy día este método se ha sustituido por el «ticket regalo», mucho más práctico y funcional. Siempre «aciertas», el efecto sorpresa se diluye porque el impacto inicial no tiene tanta repercusión. Total, lo puedes cambiar por lo que te gusta, así que todos contentos. Realmente se ahorran un montón de situaciones embarazosas, esos silencios tensos al ver la cara de quienes no saben disimular y su rostro dibuja decepción o incluso enfado al recibir tu regalo… Pero en este nuevo sistema de regalos perdemos fácilmente algo esencial: la capacidad de asombrarse, y, con ella, la capacidad de agradecer. Se nos atrofia por la superabundancia que nos rodea y que tampoco nos satisface.

¿La gratuidad se nos está convirtiendo en un derecho?

El Evangelio de hoy nos habla de diez personas que viven repudiadas por la sociedad, apartadas de la vida cotidiana de los pueblos y expulsadas a los descampados por causa de su enfermedad. Cuando aparece Jesús, ven en Él una oportunidad real de salir de la marginación. Se quedan a distancia, se saben excluidas, pero gritan para salir de su situación. Jesús las ve y se dirige a ellas. Las envía a los sacerdotes, porque son ellos quienes tienen que certificar su sanación. Y ellas confían en su palabra y se ponen en camino. Antes de llegar ya recobran la salud. Y nos sabemos el final de la historia… una de ellas, vuelve dando gracias a Dios y se postra ante Jesús en un gesto que denota un profundo agradecimiento. Era un extranjero, un samaritano, esos que no se hablaban con los judíos porque éstos consideraban a aquellos de segunda categoría.

Podríamos hablar de los números que aparecen en el relato, el diez, el nueve, el uno… Pero sería extendernos mucho. Sin embargo, si tienes tiempo estás invitada, invitado, a pinchar en este link y buscar en la biblia el número diez, el diezmo… Por ejemplo encontrarás esa semilla santa de la que habla Isaías en el capítulo 6. Seguro que te da para una bonita reflexión y para meditar a lo largo de la semana.

La palabra Eucaristía significa «Acción de gracias», no «ritual intimista», así que vayamos a la eucaristía de este domingo con el corazón agradecido, y con el firme propósito de guiar nuestra vida hacia el camino del agradecimiento. La vida se nos «desanudará», será mucho más sencilla y más gozosa de vivir.

Oración

Bendito Tú, Señor Jesús,
Hijo del Dios vivo,
Bendita tu Palabra sanadora,
tu mirada profunda y misericordiosa,
Bendito Tú, Señor.

 

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Fuente: Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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¡Vuelve a Jesús!

Domingo, 13 de octubre de 2019

6-t-o-bLc 17, 11-19

Una vez más nos recuerda el texto que Jesús va de camino hacia Jerusalén, donde se enfrentará al poder del templo, lo que le llevará a la muerte y a la plenitud como ser humano en la entrega total. En esa subida se va haciendo presente la salvación, no solo al final del camino como nos han hecho creer. Jesús sale al encuentro de los oprimidos y esclavizados de cualquier clase. Se preocupa de todo el que encuentra en su camino y tiene dificultades para ser él mismo. Sin la compasión de Jesús, el relato sería imposible.

Dice un proverbio oriental: cuando el sabio apunta a la luna, el necio se queda mirando al dedo. Al seguir empleando títulos de relatos como: la oveja perdida, el hijo pródigo, los diez leprosos, etc., nos quedamos en el dedo y no descubrimos la luna a la que apuntan. El relato de hoy debía llamarse: diez leprosos son curados, uno se salva. En el texto vemos con toda claridad que la fe abarca, no solo la confianza sino la respuesta: fidelidad. Es la respuesta que completa la fe que salva. La confianza cura, la fidelidad salva. Mientras el hombre no responde con su propio reconocimiento y entrega, no se produce la verdadera liberación. Una vez más queda cuestionada nuestra fe, por no llevar implícita la fidelidad.

El protagonista es el que volvió. La lepra era el máximo exponente de la marginación. La lepra es una enfermedad contagiosa muy peligrosa. Al no tener clara la diferencia entre lepra y otras infecciones de la piel, se declaraba lepra cualquier síntoma que pudiera dar sospechas. Muchas de esas infecciones se curaban espontáneamente y el sacerdote volvía a declarar puro al enfermo. A esta manera de actuar puramente defensiva, Jesús quiere oponer una fe-confianza que debe cambiar también la actitud de la sociedad. Al tomar como referencia la salvación del samaritano, está resaltando la universalidad de la salvación de Dios; pero sobre todo, está criticando la idea que los judíos tenían de una relación con Dios exclusiva y excluyente.

No tiene por qué tratarse de un relato histórico. Los exégetas apuntan más bien, a una historia del primer cristianismo, encaminada a resaltar la diferencia entre el judaísmo y la primera comunidad cristiana. En efecto, el fundamento de la religión judía era el cumplimiento estricto de la Ley. Si un judío cumplía la Ley, Dios cumpliría su promesa de salvación. En cambio, para los cristianos, lo fundamental era el don gratuito e incondicional de Dios; al que se respondía con el agradecimiento y la alabanza. “Se volvió alabando a Dios y dando gracias”. Tenemos datos suficientes para descubrir que esta era la actitud de la primera comunidad.

Distinguimos 7 pasos: 1º.- Súplica profunda y sincera. Son conscientes de su situación desesperada y descubren la posibilidad de superarla. “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros”. 2º. – Respuesta indirecta de Jesús. “Id a presentaros a los sacerdotes”. Ni siquiera se habla de milagro. 3º.- confianza de los diez en que Jesús puede curarlos. “Mientras iban de camino”. 4º.- en un momento del camino quedan limpios. 5º.- Reacción espontánea de uno. “Viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios y dando gracias”. 6º.- Sorpresa de Jesús, no por el que vuelve, sino por los que siguieron su camino. “Los otros nueve, ¿dónde están?  7º.- Confirmación de una verdadera actitud vital que permite al samaritano alcanzar mucho más que una curación: una verdadera salvación. “Levántate, vete, tu fe te ha salvado”.

En este relato encontramos una de las ideas centrales de todo el evangelio: La autenticidad, la necesidad de una religiosidad que sea vida y no solamente programación y acomodación a unas normas externas. Se llega a insinuar que las instituciones religiosas pueden ser un impedimento para el desarrollo integral de la persona. Todas las instituciones tienden a hacer de las personas robots, que ellas puedan controlar con facilidad. Si no defendemos nuestra personali­dad, la vida y el desarrollo individual termina por anularse. El ser humano, por ser a la vez individual y social, se encuentra atrapado entre estos dos frentes: la necesidad de las instituciones, y la exigencia de defenderse de ellas para que no lo anulen.

Solo uno volvió para dar gracias. Solo uno se dejó llevar por el impulso vital. Los nueve restantes se sintieron obligados a cumplir la ley: presentarse al sacerdote para que les declarara puro y pudieran volver a formar parte de la sociedad. Para ellos, volver a formar parte del organigrama religioso y social, era la única salvación que esperaban. Los nueve vuelven a someterse a la institución; van al encuentro con Dios en el templo. El Samaritano creyó más urgente volver a dar gracias. Fue el que acertó, porque, libre de las ataduras de la Ley, se atrevió a expresar su vivencia profunda. Encuentra la presencia de Dios en Jesús.

La verdadera salvación para el leproso llega en el agradecimiento del don. El problema es que queremos expresar a Dios nuestro agradecimiento como lo hacemos a otras personas. Solo viviendo el don podemos agradecerlo. Los otros nueve fueros curados, pero no encontraron la verdadera salvación; porque tenían suficiente con la liberación de la lepra y la recuperación del estatus social. Nos sentimos inclinados a buscar la salvación en las seguridades externas y a conformarnos con ella. Incluso no tenemos ningún reparo en meter a Dios en nuestra propia dinámica y convertirle en garante de la salvación que nosotros buscamos, la material.

El cumplimiento de una norma solo tiene sentido religioso cuando estamos de verdad motivados desde el convencimiento. Jesús no dio ninguna nueva ley, solo la del amor, que no puede ser nunca un mandamiento. Ese valor relativo que Jesús dio a la Ley, le costó el rechazo frontal de todas las instancias religiosas de su tiempo. Jesús tuvo que hacer un gran esfuerzo por librarse de todas las instituciones, que en su tiempo como en todo tiempo, intentaban manipular y anular a la persona. Para ser él mismo, tuvo que enfrentarse a la ley, al templo, a las instancias religiosas y civiles, a su propia familia.

El seguimiento de Jesús consiste en una forma de vivir. La vida escapa a toda posible programación que le llegue de fuera. Lo único que la guía es la dinámica interna, es decir, la fuerza que viene de dentro de cada ser y no el constreñimiento que le puede venir de fuera. La misma definición de Aristóteles lo expresa con toda claridad. Vida = “motus ab intrinseco” (movimiento desde dentro). No basta el cumplir escrupulosamente las normas, como hacían los fariseos, hay que vivir la presencia de Dios. Todos seguimos teniendo algo de fariseos.

Un ejemplo puede aclararnos esta idea. Cuando se vacía una estatua de bronce, el bronce líquido se amolda perfectamente a un soporte externo, el molde; la figura puede salir perfecta en su configuración externa; solo le falta una cosa, la vida. Eso pasa con la religión; puede ser un molde perfecto, pero, acoplarse a él no es garantía ninguna de vida. Y sin vida, la religión se convierte en un corsé, cuyo único efecto es impedir la libertad. Todas las normas, todos los ritos, todas las doctrinas, son solo medios para alcanzar la vida espiritual. Conformarnos con aceptar de la religión una programación perfecta puede impedirnos esa vida auténtica.

Al celebrar la misa, no sé si somos conscientes de que “eucaristía” significa acción de gracias. Además, en ella repetimos más de quince veces “Señor ten piedad”, como los diez leprosos. La gloria es reconocer y agradecer a Dios lo que Él es. El evangelio de hoy tenía que ser un acicate para celebrar conscientemente esta eucaristía. Que de verdad sea una manifestación comunitaria de agradecimiento y alabanza. Antiguamente tenía gran importancia litúrgica la celebración de las Témporas en los primeros días de Octubre. Eran unos días de acción de gracias que tenían mucho sentido para la gente sencilla del campo. Al finalizar la recolección de los frutos, se le daba gracias a Dios por todos sus dones.

Meditación

La confianza produce la curación, la fidelidad produce la salvación.
La identificación con el Otro me libera de la opresión de los otros.
En los demás puedo encontrar seguridades. En Dios encontraré libertad.
Sin reconocimiento del don, no puede haber respuesta.
La principal tarea del ser humano es ese descubrimiento,
que nos llevará a una fidelidad incondicional.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Era samaritano.

Domingo, 13 de octubre de 2019

5b6b3d0c8c761_SintítulocopiaLa fuerza natural dentro de cada uno de nosotros es el mayor sanado de todos (Hipócrates)

13 de octubre 2019. DOMINGO XXVIII DEL TO

Lc 17, 11-19

Uno de ellos, viéndose sano, volvió glorificando a Dios en voz alta (…) Era samaritano

Una parábola vestida con imágenes, significativa de múltiples sentidos: el amor a los otros, la caridad con los desposeídos, las preferencias por los socialmente emigrantes,

Los judíos que ni se acuerdan de dar gracias, los extranjeros que creen en Jesús y vuelven siempre para darle gracias.

Los leprosos son diez leprosos estrictamente excluidos, caracterizados por tener que vivir fuera del poblado, y hacer diversas muestras: tocar campanillas, lamentarse, etc. para que la gente no se les acerque.

Pero de los diez curados, nueve desaparecieron sin más, solo uno de ellos, que era un samaritano (hereje despreciado por los judíos), ni siquiera va a los sacerdotes, vuelve a Jesús agradecido, Jesús insiste precisamente en que era es “ese extranjero” el que ha actuado como debía: era samaritano, hereje despreciado por los judíos, y al que Jesús dice: Tu fe te ha salvado.

Un olor a periódico retrasado llena el campo con personajes que parecen sacados del Club de la Comedia, y que padecen extravismo de ideas cubierto con un velo que me ocultó la uncida luna, como se canta en la ópera Il trovatore, de Giuseppe Verdi, y donde tan solo nos salva la fe, como repite con insistencia el Evangelio.

Aldous Huxley lo anunció de esta manera:

“El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma”.

Porque la Humanidad sabe ubicar con certeza cada ser y cada cosa, y contar a la historia la verdad de los hechos, para que aprendamos de ellos, y no repitamos los mismos errores, más de una vez cometidos.

Lo sabía Popea, la bella esposa del emperador Nerón, que para garantizar su lavatio matutino, mantenía un hábito excéntrico algo mágico, que hacía disipar cualquier mal o defecto que acechase su belleza; cosa que mucho antes Cleopatra VII, utilizó para preservar su juventud. Y el padre de la medicina, Hipócrates, la recomendó como cura de todos los males.

“Uno de ellos, viéndose sano, volvió glorificando a Dios en voz alta (…)Era samaritano”, Lc 17, 15-16.

E Hipócrates dijo: “La fuerza natural dentro de cada uno de nosotros, es el mayor sanador de todos”.

EL BOSQUE DE LA NOCHE

Diarios de que la noche
constituía en cierto la patria de Julien Green,
autor de dicha novela.

En una ocasión dijo:

“He comprendido que somos sordos y ciegos,
que venimos de la de la noche para volver a la noche
 sin saber nada de nuestro destino” ,
en tono un tanto pesimista,
pues le pesaba el damero de la religión católica.

Y Víctor Hugo en cambio,
a quien el damero de la religión no le pesaba nada,
escribió en Las Comtemplaciones esta estrofa:

“Cada hombre camina hacia luz en su noche,
siempre el mismo tallo con la misma flor”.

 

Vicente Martínez

Fe Adulta

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Una sanación que transforma.

Domingo, 13 de octubre de 2019

curacion de un leprosoLc 17, 11-19

13 de octubre de 2019

Nos encontramos, nuevamente, con un texto que sitúa a Jesús en su gran viaje desde Cafarnaún hasta Jerusalén. Un viaje que es, más bien, una catequesis itinerante para ilustrar a sus discípulos sobre lo esencial de su novedoso mensaje con respecto al judaísmo. Veremos que la curación de los diez leprosos no pretende enseñar una técnica para realizar un milagro, no se detiene en una explicación de un hecho espectacular, más bien en el significado de lo que supone vincularse a Jesús como un compromiso de fondo con los más vulnerables y excluidos.

Antes de entrar en un pueblo se acercaron diez leprosos que, desde lejos, le gritaron que se compadeciera de ellos, llamándole “Maestro”. Jesús ya es un gran líder con un mensaje interesante, diferente y con fama de milagrero. Es importante conocer que la lepra, en esta época, era una enfermedad con una tremenda connotación religiosa. No se sabía mucho de ella y era interpretada como una maldición de Dios por algún pecado cometido personal o de sus antepasados. Eran expulsados de la práctica del culto, la familia no se hacía cargo y apartados de toda relación humana. Estos leprosos se sitúan a lo lejos de Jesús porque cumplían las prescripciones legales evitando el contacto con las personas sanas. Un ejemplo de la tradición judía de cómo se contrae esta enfermedad lo encontramos en María, la hermana de Moisés, cuando cuestiona el comportamiento de su hermano y contrae la lepra. Esta maldición recae en ella por tener palabra ya que las mujeres no eran autorizadas para ello.

Los leprosos piden a Jesús compasión. Desean ser compadecidos, percibir que su desgracia no pasa desapercibida y sentir el calor de la comprensión de alguien significativo y con autoridad. Nuevamente, igual que en la parábola del Buen Samaritano, Jesús muestra que la compasión no es suficiente, que quedarse en la esfera de los sentimientos no soluciona el problema. Se requiere una acción que ayude a la persona a recuperar su dignidad. Esta es la clave de la miseri-cordia, poner corazón-acción en la miseria humana y restaurarla desde dentro.

La respuesta de Jesús puede generar cierta incertidumbre: Id a presentaros a los sacerdotes. Al ser la lepra una enfermedad relacionada con lo religioso era el sacerdote quien confirmaba si la enfermedad era curada o no. Si era así, volvían a su vida normal y quedaban nuevamente admitidos en el Templo y en la sociedad.  Jesús no necesita un aval objetivo, una comprobación de este hecho porque quiere mostrar un signo que vaya más allá de la curación física o la inclusión en lo religioso. La enseñanza es clara: la relación con el Dios de Jesús no es el cumplimiento de un rito sino una experiencia liberadora y sanadora de lo que contamina la auténtica existencia desde este vínculo con Dios.

Mientras iban de camino quedaron limpios. Uno de ellos, notando que estaba curado, se volvió alabando a Dios a voces, y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole las gracias; era un samaritano. Esta anotación es de mucha trascendencia porque, una vez más, el evangelio nos pone delante la percepción de nuestra fe como algo superficial o como una vivencia más profunda. Quedar limpio, ser purificado, es quedarse en un nivel más periférico.  De los diez leprosos, nueve se sienten con posibilidad de volver a su vida de siempre, una curación que no supone ninguna novedad radical, desde la raíz, tan solo volver a la vida judía con todos los derechos y obteniendo el perdón.

Ahora bien, uno de ellos es consciente de algo más: se siente sanado, es decir, es capaz de percibir el impacto de Dios en su vida. Una percepción que ya no se queda en una limpieza exterior sino en una experiencia profunda que transforma. La purificación tiene más que ver con una acción humana mientras que la curación es más propia de Dios, como en algunas ocasiones indica la tradición judía en el Antiguo Testamento. En la curación ya nada es igual. Por eso, este leproso se vuelve a agradecer lo que Jesús ha hecho por él, el resto necesitan de la ley y del cumplimiento de la misma para que se lo confirmen. El leproso agradecido quizá percibe que la relación con Jesús no es una ayuda para sobrevivir en medio de la vorágine de la vida, sino que ayuda a VIVIR con dignidad y pleno sentido. Y este leproso es capaz de agradecer y proclamar a gritos esta curación porque era samaritano, una persona liberada de la dogmática judía y que ha comprobado, en su misma existencia, que es Dios quien restaura la dignidad y el valor de su persona. Precisamente por eso se postra ante Jesús, porque ha reconocido la manifestación de la divinidad a través del Mesías, un gesto que era reservado para la adoración y agradecimiento a la acción de Dios.

Concluye Jesús pidiéndole que se levante y que se vaya, no especificando que sea a ver a los sacerdotes. En definitiva, no vivas tu fe sólo como momentos de postración y adoración ante Dios, sé consciente de que la consecuencia de ese vínculo es vivir “en pie” apoyado en tu capacidad de ser y vivir desde la fuente interior, siempre en beneficio de rescatar la dignidad de los que son tus hermanos y hermanas. Este sería el verdadero milagro capaz de cambiar nuevamente la historia y el auténtico significado de que “tu fe te ha salvado”.

FELIZ DOMINGO

Rosario Ramos

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La gratitud como síntoma

Domingo, 13 de octubre de 2019

graciasEs probable que no pocos de nosotros nos encontremos reflejados en las palabras que manifiestan la sorpresa de Jesús: “Los otros nueve, ¿dónde están?”. En ocasiones hemos podido esperar una muestra de agradecimiento, aunque solo fuera verbal, que no ha ocurrido y la hemos echado en falta.

          La gratitud es un sentimiento que enriquece las relaciones y eleva el “tono vital” de la persona agradecida. Quien vive la gratitud manifiesta un talante abierto, cordial y animoso, prácticamente inmune al desaliento.

          La gratitud nace de la vivencia de la gratuidad y va de la mano de la aceptación. Cuando se percibe que todo es gracia –“¿Qué tienes que no hayas recibido?”, escribe Pablo de Tarso (1 Cor 4,7)–, no se puede vivir sino agradecimiento. Y cuando se vive alineado con lo real, es posible dar gracias por todo lo que viene, en la comprensión de que todo lo que venga –en palabras del místico Rumi– es un “huésped honorable” que trae un mensaje y una oportunidad.

          Lo opuesto al reconocimiento de la gratuidad es el narcisismo exigente y autorreferencial que se cree con “derechos” frente a todo, en una postura egocentrada, incapaz de salir de sí y valorar lo recibido.

          Lo contrario a la aceptación es la resistencia, que genera sufrimiento, y/o la resignación, que paraliza y hunde. La aceptación consiste en la alineación con lo real, en la comprensión de que todo es uno, que no existen las “casualidades” y que la sabiduría consiste en fluir con la Vida, permitiendo que se exprese libre y adecuadamente a través de nosotros. Por el contrario, tanto la resistencia como la resignación constituyen mecanismos de defensa, propios de un yo igualmente narcisista, enojado con lo real en el primer caso, o fatalmente decepcionado en el segundo.

          La gratitud es un arte que puede alcanzarse en la medida en que se practica. El camino pasa por vivirla –adiestrándose en decir “gracias” por todo– y dejársela sentir. Vivirla ante todo que lo nos suceda, antes incluso de catalogarlo como “bueno” o “malo”. La persona sabia es aquella que vive en esta clave: “Por todo lo que ha sido, GRACIAS; a todo lo que venga, SÍ”.

¿Cómo vivo la gratitud? ¿La practico cada día?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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El sínodo de la Amazonia no es cuestión de herejías, sino de compasión.

Domingo, 13 de octubre de 2019

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  1. Gracia: gratitud: gratuidad: agradecimiento y compasión

         El acento de las lecturas de hoy no recae tanto sobre unas curaciones en sí mismas, (1ª lectura: Naamán, sirio con lepra y Evangelio: diez leprosos), sino que el eje central del evangelio es el agradecimiento, la gratitud, la gracia y que Jesús siente compasión.

         ¿Y qué es la gracia?

  • o Hemos recibido una educación según la cual “Vivir en gracia” consistía en “no vivir en pecado”, porque Dios se enfadaba.
  • o Otra variante de la gracia veía la gracia como una especie de energía que Dios nos daba para que nos mantuviéramos firmes ante las tentaciones.
  • o Otra acepción de la gracia era aquellos “puntos casa” que íbamos anotando en unas hojas-fichas que íbamos almacenando cuantitativamente como por unidades: siete rosario, 25 jaculatorias, 12 comuniones espirituales, 30 visitas al santísimo, etc…. Por esos actos religiosos se nos concedían 100 días, uno o diez años de indulgencia, o indulgencia plenaria.[1]

         Pero la gracia no es contabilidad espiritual. Dios no tiene ordenador, ni Excel, ni nada por el estilo.

         La cuestión de la gracia anda rondado la gratitud, la gratuidad y el agradecimiento en la vida. La gracia es la relación gratuita y bondadosa que Dios tiene, quiere tener con nosotros los seres humanos.

Dios paseaba y charlaba todas las tardes con Adán y Eva (la humanidad) por el paraíso. Pero “cuando pasó lo que pasó”, que nadie lo sabe y le llamamos “manzana” o pecado original, Dios decidió acompañarnos siempre en la vida, hizo una alianza de amistad eterna, sellada en la historia por JesuCristo.

         En nuestras relaciones humanas también hay gratuidad y agradecimiento, encuentros y amistad, perdón. Pensemos en la familia, en la comunidad, entre amigos, también entre buenos vecinos, en la iglesia, etc. Esa buena relación es también gracia, alianza y encuentro.

         Lo mejor y más valiosos de la vida es de balde:

  1. ¿Un manual de buena educación?

         Vivir agradecidamente no consiste precisamente en un manual de buenos modales, sino en sentimiento de buen corazón.

         Vivir en gracia es un modo de ser y estar en la vida: un tono vital agradecido y radicalmente (de raíz) gozosos. Todo lo más importante de nuestra existencia lo hemos recibido de balde, gratis (gracia): la vida que nos la regaló Dios y nuestros padres, las relaciones familiares (aún con los cortocircuitos que se suelen producir), la cultura, el idioma, etc. Vivir agradecidos a aquel maestro que nos enseñó y encauzó en la vida, a aquel médico que nos curó y nos enseñó a vivir, a tal psicólogo / psiquiatra que nos orientó en nuestro despertar a la vida, en nuestras crisis. Gracias entre marido y mujer. Gratitud a Dios que es el sentido y horizonte de nuestra vida, gracias a JesuCristo, hermanos liberador, gracias al espíritu (pneuma) que alienta nuestra tendencia al hundimiento y depresión.

         Vivir agradecidamente, en gracia, es como vivir con buen corazón hacia los demás.

  1. Gratitud y bondad: misericordia.

         Todos somos conscientes de que en algunos momentos y situaciones de la vida, surgen conflictos y algún enfrentamiento, porque somos humanos y la vida no siempre es tierra llana.

Pero no es sano vivir en eterna ingratitud, amargura.

Cuando en las relaciones humanas no somos capaces de dar gracias es que algo está enfermo o dañado en nuestro interior.

El cardenal W Kasper escribe en el prólogo de su libro Misericordia,[2] que la misericordia ha caído en el olvido en la teología. Probablemente la bondad y la misericordia, la gratitud se han ido perdiendo por los andamiajes curiales y canónicos de la historia. Pero la gratuidad y la misericordia no necesitan muchas explicaciones ni teologías, son.

Papa_20191005005522071096_art_featHa comenzado en Roma el sínodo de la Amazonia. Un sínodo que siente compasión para con aquellas gentes indígenas de la Amazonia y pretende, desde la mentalidad de Francisco, ayudar a aquellos pueblos. Sin embargo un gran sector de la jerarquía y del laicado se han enfrentado porque “supuestamente” es una doctrina errónea, y esas actitudes de Francisco contienen herejías.

Las realidades más hondas y nobles de la vida son de balde, gratuitas, gracia y misericordia.

No se trata de cambiar y volver a unos ritos y doctrinas tridentinas, ni tan siquiera a unas doctrinas más modernas como si la gracia, la compasión estuviesen en los ritos y doctrinas. Se trata de sentir compasión y lástimas, que esa es lo que Dios siente por nosotros y eso es gracia.

  1. Hacia la Eucaristía.

Eucaristía significa buena acción de gracias.

         Un pobre hombre leproso, samaritano, pagano, (extranjero) “para más inri” y por tanto inferior, un samaritano es quien vuelve a dar gracias.

Lo que se opone a la gracia no es tanto el pecado, cuanto la ingratitud.

Vivir es gratis, es gracia. Vivamos en gracia.

[1] Lástima que el esquema sobre las indulgencias, que K Rahner había preparado para que se discutiera en el Concilio Vaticano II, no saliera adelante

[2] W. Kasper, Misericordia. Clave del Evangelio y de la vida cristiana, Santander, Ed Sal Terrae, 2013.

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“El valor carismático de la mujer” (y 2), por Gabriel Mª Otalora.

Jueves, 10 de octubre de 2019

mujer-libre-en-la-playaDe su blog Punto de Encuentro:

En la reflexión anterior comenzaba recordando a una superiora de una de las muchas órdenes religiosas a las que invitó el Papa a un encuentro con él en 2016, y que algunas de sus preguntas lograron que el Papa ordenase una comisión presidida por el cardenal Ladaria para tratar el carisma de las diaconisas. Pero se quedó en nada por falta de un consenso cuasi absoluto, a pesar de las muchas experiencias históricas sobre el papel eclesial de la mujer diaconisa.

Ahora quiero ampliar este tema con otras razones más teológicas a partir del cambio radical que Jesús introdujo en medio de aquella sociedad en la que la mujer estaba mucho peor que ahora en todo, incluida su consideración eclesial. En aquella sociedad teocrática era un ser inferior e impuro, sin matices, a la que Jesús dignificó revolucionando su relación con ellas, de tú a tú, mediante un trato igualitario y digno, de madurez y en muchos casos de recíproca amistad.

El argumento que más se repite para limitar carismas a las mujeres en la Iglesia es que Jesús no eligió a ninguna mujer en el selecto grupo de los Doce. Sin embargo, muchos teólogos afirman que visualizar a doce apóstoles era un número simbólico divino en Israel, uniendo así la acción de Cristo con los descendientes de los doce hijos de Jacob, todos varones. Como dice el teólogo Luis González-Carvajal, el Maestro quería que el signo del comienzo de un nuevo pueblo de Dios fuese captado por sus destinatarios, y no quedaba más opción que darle forma externa mediante un signo que todos pudiesen reconocer.

Este nuevo paso hacia de una Nueva Alianza ya no era con doce tribus como ocurrió en la Antigua Alianza, sino doce personas. En un paso crucial de cercanía, Dios se iba a mostrar a un pueblo elegido, sino con cada persona a la que Él le llama por su nombre, individualizando la Buena Noticia del amor divino a cada ser humano como lo más importante de todo a la existencia. Y cada persona es la que decide por sí misma si quiere adherirse a esa buena noticia, no como pueblo sujeto a unas normas sin libertad individual so pena de exclusión.

Por tanto, González-Carvajal nos señala que si queremos saber el papel de las mujeres en la Buena Noticia y el Reino, no hay que fijarse en el grupo de los Doce, sino en la composición del círculo más amplio de los discípulos, que ya no tenía finalidad simbólica. Y mientras los rabinos solo admitían a discípulos varones (Talmud: “Vale más quemar la Ley que transmitirla a las mujeres” s. 19.a), Jesús las consideró en plena igualdad entre sus seguidores.

Las mujeres rara vez se dirigían a los hombres en público, y mucho menos con rabinos y fariseos. En el pasaje con Marta y María, ésta se sienta a los pies del Maestro, lugar ocupado tradicionalmente por los varones dedicados a los estudios rabínicos, y Marta protesta. Pero el Maestro desafía a los preceptos patriarcales y le responde que su hermana ha escogido la parte mejor y nadie se la quitará. Porque María cumple con su deber de mujer (hospitalidad) aunque de un modo diferente, pues acoge a la Palabra de Dios. Y algo todavía más importante, que se olvida con demasiada facilidad: el signo teológico de primer orden recogido por los cuatro evangelios, con las mujeres como protagonistas exclusivas al ser ellas quienes descubren el sepulcro vacío y son ellas las llamadas expresamente para testimoniar la Resurrección, comenzando por los Doce, encerrados como estaban llenos de miedo a las autoridades judías.

Mateo: María Magdalena y la otra María descubrieron el sepulcro vacío y un ángel les revela que ha resucitado. Jesús les sale al encuentro. Marcos: María Magdalena, María la de Santiago y Salomé van al sepulcro y el ángel les anuncia la resurrección. Jesús se aparece a María Magdalena. Lucas: María Magdalena, Juana y María la de Santiago se les aparece el ángel; el evangelista no cuenta la aparición de Jesús. Juan: María Magdalena descubre el sepulcro vacío y lo comunica a los discípulos. Solo cuando ellos se van al comprobar el sepulcro vacío, la Magdalena se queda llorando convencida de que habían robado el cuerpo de Jesús. Entonces se aparece el Maestro, a quien no reconoce en un primer momento, y la convierte en misionera (Jn 20, 17 y 18). A ellas les encomienda el primer anuncio, con María Magdalena de protagonista en los cuatro textos.

Me alegra leer que el Papa no tiene miedo a los cismas. Mejor así, un obstáculo menos en su liderazgo apostólico.

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“El valor carismático de la mujer “, por Gabriel Mª Otalora

Martes, 8 de octubre de 2019

mujer-libre-en-la-playaDe su blog Punto de Encuentro:

En mayo de 2016, la asamblea de la Unión Internacional de Superioras Generales tuvo una audiencia con el Papa y una de las 900 religiosas le preguntó: “En la Iglesia existe el ministerio del diaconado permanente, pero sólo está abierto a varones casados y no-casados ¿Qué impide que la Iglesia incluya mujeres como diaconisas  permanentes, como sucedía en la iglesia antigua? ¿Por qué no se crea una comisión oficial que estudie la cuestión?”. El Papa recogió el guante y en agosto creó la Comisión de Estudio sobre el Diaconado Femenino. La comisión ha finiquitado sus trabajos y el Papa Francisco, ante la falta de un gran consenso, ha decidido esperar tiempos mejores.

Creo que el tema de las responsabilidades de la mujer en la Iglesia, va a tener poco recorrido; para bien. Se ha avanzado mucho, pero lo crucial no tardará en llegar ante la evidencia de que no existe fundamento teológico de fondo para que ellas no puedan compartir algunos carismas de manera oficial. Solo el peligro real de un cisma en la Iglesia católica frena al Papa a dar pasos en esta dirección. De hecho, ya existe en Galicia una mujer católica, apostólica y romana (Christina Moreira) que ejerce en una comunidad gallega su condición de mujer ordenada como presbítera.

Mientras que en las normas mayormente aceptadas predomina el postulado de lo que no está prohibido está permitido, en nuestra Iglesia es al revés, sobre todo en el caso de la mujer: si no se demuestra que algo está permitido, y con detalle sobre los límites de la permisión, está prohibido. Con este argumento, Jesús ni sus apóstoles no hubieran podido comportarse como lo hicieron, ni remotamente. En este tema, hay vectores claros en una dirección bien concreta.

Las conocidas referencias de Pablo a sus diaconisas se completan con otros testimonios sobre la actividad de las diaconisas durante los siglos I y II, bien cerquita de Pablo y de Jesús. En muchas tumbas de estos primeros años se ve claramente que la mujer enterrada era diaconisa. Las Constituciones Apostólicas recogen prácticas eclesiásticas de la época del siglo IV. Lo clarificador es que el texto da cuenta de la ordenación de mujeres diaconisas mediante la imposición de manos, la invocación al Espíritu Santo en celebración presidida por el obispo con el presbiterio presente, que son elementos propios del sacramento del Orden.

Uno de los textos más importantes sobre este tema se encuentra en Didascalia Apostolorum. Allí se habla de las “diaconisas del bautismo” y se recogen instrucciones a los obispos de este tenor: Nuestro Señor y Salvador también fue servido (diakonein) por mujeres ministras…”. Todavía en el Concilio de Calcedonia, celebrado en el año 451 (s. V), se dice en uno de sus cánones: “Una mujer no debe recibir la imposición de manos como diaconisa antes de los cuarenta años de edad”.

Veamos una hermosa fórmula de ordenación de mujeres diaconisas de la Iglesia Oriental del siglo VIII: El Obispo, imponiendo sus manos sobre aquella que es ordenada, ora así: “Maestro, Señor, Tú que no rechazas a las mujeres que se han consagrado a Ti para servir a tus santas moradas con un santo deseo como conviene, sino que las acoges en un rango de ministros, concede la gracia de tu Espíritu también a tu sierva que está aquí y ha querido consagrarse a Ti y cumplir perfectamente la gracia de la diaconía, así como se la concediste a Febe, que Tú llamaste a la obra del ministerio. Concedele, Oh Dios, perseverar sin reproche en tus santos templos, aplicarse al gobierno de tu casa, ser temperante en todo, y haz que se convierta en tu perfecta servidora”. (Biblioteca Apostólica Vaticana).

Cartas y epístolas de obispos y papas que testimonian la presencia de mujeres presidiendo la liturgia cristiana durante los nueve primeros siglos, especialmente en la Iglesia de Oriente, lo que muestra que los ritos y la ordenación del diaconado, era idéntica en lo esencial para hombres y mujeres. (s. IX, obispo Vercelli“estas mujeres que eran llamadas presbíteras asumieron las funciones de predicar, dirigir y enseñar”).

A partir de los Concilios locales celebrados en Occidente a inicios de la Edad Media es cuando sale a la luz el malestar del clero masculino con las diaconisas y algunos decretan su supresión. En Oriente, subsistió hasta el siglo XII o XIII. Aun hoy, se siguen celebrando en Iglesia Ortodoxa las fiestas de varias santas diaconisas, como Melania, Olimpia, Xenia, Platonia, etc. En nuestro santoral tenemos 27 diaconisas: santas Irene, Tatiana, Susana, Justina…

Nada de esto es dogma de fe ni, por supuesto, lo contrario. En 2009, Benedicto XVI modificó el derecho canónico para aclarar la diferencia entre diáconos y presbíteros. Sólo estos últimos pueden considerarse sacerdotes. El cardenal Kasper, muy próximo al papa Francisco, se ha mostrado a favor de las diaconisas.

Con la incorporación de mujeres cualificadas en todos los ministerios, la comunidad católica se enriquecería enormemente y el Pueblo de Dios estaría mejor servido, tanto en la celebración de los sacramentos con hombres y mujeres como en el ejercicio cotidiano de las obras de misericordia.

Pero la amenaza del cisma aún es muy poderosa.

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Lienzo en blanco

Lunes, 7 de octubre de 2019

lienzo-blanco-e1432890033852bote3-e1568446295968Carmen Herrero Martínez,
Fraternidad Monástica de Jerusalén,
Estrasburgo (Francia).

ECLESALIA, 20/09/19.- Anoche soñé con un maravilloso lienzo en blanco. Sin quererlo, de tal manera se grabó en mi retina que al despertar no podía olvidarlo, pues lo seguía viendo. Me paré a pensar en el mensaje que, esta imagen del lienzo blanco, como la nieve, quería decirme.

Sabemos que los sueños en la Biblia tienen un gran significado y están llenos de simbología. Pero seguía sin descubrir el mensaje de este sueño… Cerré los ojos y empecé a soñar despierta. En este sueño, que no era sueño, se me abrió la inteligencia y pude intuir el mensaje que el lienzo me traía. El lienzo me decía: este lienzo es un regalo del Altísimo, es tu vida misma y de ti depende la belleza de la obra de arte que sobre mí vas a pintar. ¿Cómo?, ¿pintar yo? ¡Cuando no sé hacer una raya derecha! Poco importa, me decía el lienzo, tú empieza a hacer rayas, círculos, a poner nombres, escribe lo que tu corazón te diga, deja de lado la inteligencia. No tengas prisa, date tu tiempo, hazlo con mucha serenidad, paz y armonía; desde el silencio y la oración. Porque lo que vivas en el interior, eso es lo que vas a plasmar.

Pasaron los días y mi lienzo continuaba con toda su belleza luminosa y pura; yo tenía miedo de mancharlo con mis garabatos mal trazados y prefería contemplarlo en toda su belleza, como una página en blanco. Pero una voz me decía: “Esa no es la belleza que al lienzo le gusta. El lienzo ha sido creado para que el artista realice su obra sobre él. Él es feliz cumpliendo su misión: servir de soporte y desaparecer detrás de la obra del artista, esto le basta”. ¡Qué lección de vida tan bonita y profunda! Desaparecer para que el artista realice su creación y sea contemplada, admirada. Pero detrás de la creación, sigue estando el lienzo, sin el cual difícilmente el pintor hubiese podido pintar su obra. Entonces comprendí la necesidad que tenemos unos de otros, lo importante que es la complementariedad y cómo cada elemento y persona tiene su misión propia en este mundo. Basta con descubrirla y amarla para ser feliz.

Mi miedo a estropear el lienzo me paralizaba y el lienzo insistía diciendo: “Pierde el miedo, ponte manos a la obra, coge los pinceles y empieza a trazar lo que tu corazón te dicte”. Me quedé en silencio profundo, yo diría que en contemplación y en ese instante las ideas brotaban y brotaban de mi corazón; pero eso, eran ideas para la prosa, no para formar una imagen. Entonces, me dije: ¿cómo formar una imagen con la prosa, es decir con palabras? Las palabras escritas tienen que tener un mensaje para quienes contemplen este lienzo. Y empecé a escribir con diversos colores y puse: amor, libertad, comprensión, empatía, escucha, paciencia, hospitalidad, generosidad, entrega, olvido de si, perdón, solidaridad, respeto a la diversidad, amar la diferencia, paz, basta ya de violencia de la clase que sea, cesen las armas, armonía, unidad, tolerancia, fraternidad, justicia, igualdad, bendecir, no juzgar, desear siempre el bien para los demás y ser agradecidos, humildad. Construir puentes entre los pueblos que acorten las distancias y tejan la relación; puentes que derriben los muros de la exclusión y la explotación. Y como broche de oro: compartir con el más necesitado, con aquellas personas marginadas que no cuentan para la sociedad: los pobres, los incultos, los ancianos, los enfermos y las personas discapacitadas. Todas estas palabras, con colores muy diversos y escrituras diferentes, formaron un rostro: el rostro de Jesús. Lo que él nos enseña con su propia vida plasmada en los evangelios. Con esta bella imagen mi lienzo recobró nueva vida y se sentía feliz

Al terminar mi “obra”, le pedí disculpas a mi querido lienzo por tanta chapuza; le dije que me perdonara, era lo que intentaba hacer todos los días y lo único que sabía pintar. No había tenido la dicha de estudiar bellas artes. El lienzo me sonrió y se mostró sumamente feliz y agradecido; pues le agradaban mis garabatos y atrevimiento y se sentía orgulloso de tener la ocasión de recordar a los humanos esos valores evangélicos, tan esenciales para la convivencia humana; para juntos y unidos formar un mundo mejor, más humano y más fraterno; donde cada persona encuentre su lugar, tenga lo necesario para llevar una vida digna, sea querida y pueda querer sin miedo; formando así la familia universal donde el color de la piel, la raza, la religión, la cultura y las diferentes lenguas formen un lienzo maravilloso que nos de vida, colorido, alegría y orgullo de formar todos juntos la Humanidad Universal que es la nuestra.

Me atreví a decirle al lienzo, eso está muy bien y me gozo contigo, pues yo también pienso que urge recobrar los valores humanos y espirituales que Jesús nos enseñó si queremos construir una sociedad distinta de la que vivimos, donde cada persona pueda ser ella misma y se sienta feliz; pero ahora, dime: ¿Dónde voy a colocarte para que te contemplen? Empezando por los míos, estoy segura que no les gustará verte continuamente en la casa; no digamos a los extraños y mucho menos puedo llevarte a una exposición. La verdad que me has causado problemas desde el principio y todavía más grandes al final. ¿Qué hacer contigo? A lo que el lienzo, dulcemente y calmadamente, contestó: “Esto que has pintado es para grabarlo en tu interior y vivirlo día a día y para que muchas otras personas lo graben también; porque cada persona está llamada a ser un lienzo blanco donde se refleje la belleza que habita en su interior y sea para el mundo el mismo rostro de Jesús: el Rostro de los rostros, el anticipo de la nueva Jerusalén que nos espera”.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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“¿Somos creyentes?”. 27 Tiempo ordinario – C (Lucas 17,5-10)

Domingo, 6 de octubre de 2019

27-TO-CJesús les había repetido en diversas ocasiones: «¡Qué pequeña es vuestra fe!». Los discípulos no protestan. Saben que tienen razón. Llevan bastante tiempo junto a él. Lo ven entregado totalmente al Proyecto de Dios: solo piensa en hacer el bien; solo vive para hacer la vida de todos más digna y más humana. ¿Lo podrán seguir hasta el final?

Según Lucas, en un momento determinado, los discípulos le dicen a Jesús: «Auméntanos la fe». Sienten que su fe es pequeña y débil. Necesitan confiar más en Dios y creer más en Jesús. No le entienden muy bien, pero no le discuten. Hacen justamente lo más importante: pedirle ayuda para que haga crecer su fe.

Nosotros hablamos de creyentes y no creyentes, como si fueran dos grupos bien definidos: unos tienen fe, otros no. En realidad, no es así. Casi siempre, en el corazón humano hay, a la vez, un creyente y un no creyente. Por eso, también los que nos llamamos «cristianos» nos hemos de preguntar: ¿Somos realmente creyentes? ¿Quién es Dios para nosotros? ¿Lo amamos? ¿Es él quien dirige nuestra vida?

La fe puede debilitarse en nosotros sin que nunca nos haya asaltado una duda. Si no la cuidamos, puede irse diluyendo poco a poco en nuestro interior para quedar reducida sencillamente a una costumbre que no nos atrevemos a abandonar por si acaso. Distraídos por mil cosas, ya no acertamos a comunicarnos con Dios. Vivimos prácticamente sin él.

¿Qué podemos hacer? En realidad, no se necesitan grandes cosas. Es inútil que nos hagamos propósitos extraordinarios pues seguramente no los vamos a cumplir. Lo primero es rezar como aquel desconocido que un día se acercó a Jesús y le dijo: «Creo, Señor, pero ven en ayuda de mi incredulidad». Es bueno repetirlas con corazón sencillo. Dios nos entiende. El despertará nuestra fe.

No hemos de hablar con Dios como si estuviera fuera de nosotros. Está dentro. Lo mejor es cerrar los ojos y quedarnos en silencio para sentir y acoger su Presencia. Tampoco nos hemos de entretener en pensar en él, como si estuviera solo en nuestra cabeza. Está en lo íntimo de nuestro ser. Lo hemos de buscar en nuestro corazón.

Lo importante es insistir hasta tener una primera experiencia, aunque sea pobre, aunque solo dure unos instantes. Si un día percibimos que no estamos solos en la vida, si captamos que somos amados por Dios sin merecerlo, todo cambiará. No importa que hayamos vivido olvidados de él. Creer en Dios es, antes que nada, confiar en el amor que nos tiene.

José Antonio Pagola

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“¡Si tuvierais fe … !”. Domingo 06 de octubre de 2019. 27º Ordinario

Domingo, 6 de octubre de 2019

52-ordinarioc27-cerezoLeído en Koinonia:

Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4: El justo vivirá por su fe.
Salmo responsorial: 94: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: “No endurezcáis vuestro corazón.”
2Timoteo 1, 6-8. 13-14: No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor.
Lucas 17, 5-10: ¡Si tuvierais fe … !

Ofrecemos en primer lugar un comentario bíblico tradicional

El profeta Habacuc nos pone en el contexto del diálogo entre el profeta y Dios, donde el primero toma la iniciativa y pregunta a Dios por la raíz del mal y el sufrimiento que lo rodea. La injusticia, la violencia y la desigualdad parecen convertirse en la única forma de vivir de la sociedad en muchos momentos, no sólo de la historia del pueblo de Dios, sino también de la historia de la humanidad. La queja del profeta es clara: no hay justicia; se vive en una violación sistemática de los derechos básicos provocados por la anomia y la confusión de su tiempo. Sin embargo, la respuesta del Señor, ante la situación, no se hace esperar. El Dios de la historia y la creación hace un llamado al “justo” a la fidelidad y a la confianza. Dios se encuentra con el ser humano en la justicia, en la resistencia pacífica y en la esperanza del ser humano en él.

En la segunda carta a Timoteo el autor nos presenta de dónde procede el ser apóstoles del Señor: del plan divino de la salvación de Dios. Los creyentes hoy estamos exigidos a tomar conciencia que hemos recibido del Señor el don de la fe, de la fortaleza y de la caridad; por tanto, este don recibido demanda una respuesta oportuna. Ante la situación tan compleja, adversa y confusa de nuestra situación mundial, los carismas del Espíritu del resucitado se nos dan para dirigir a la comunidad humana con valentía y dar testimonio de la liberación y salvación del Señor. Dichos dones recibidos de la gracia de Dios, son también, tarea humana, y necesitan ser cultivados e incrementados constantemente para evitar caer en el absurdo y la desesperanza.

En el texto de Lucas vemos a los discípulos, conscientes de su poca fe, de su incapacidad para dar su adhesión plena a Jesús y a su mensaje. Por eso le piden que les aumente la fe. Jesús constata en realidad que tienen una fe más pequeña que un grano de mostaza, semilla del tamaño de una cabeza de alfiler. No dan ni siquiera el mínimo, pues con tan mínima cantidad de fe bastaría para hacer lo imposible: arrancar de cuajo con sólo una orden una morera y tirarla al mar. Este mínimo de fe es suficiente para poner a disposición del discípulo la potencia de Dios.

Miro a mi alrededor y pienso que algo no funciona. Tantos cristianos, tantos católicos, tantos colegios religiosos… Y me pregunto: ¿Cuántos creyentes? ¿Tienen fe los cristianos, los sacerdotes y religiosos, los obispos? ¿Tenemos fe? ¿O tenemos una serie de creencias, un largo y complicado credo que recitamos de memoria y que poco atañe a nuestras vidas?

Las palabras de Jesús siguen resonando hoy. “Si tuvierais fe como un grano de mostaza…” O lo que es igual: si siguierais mi camino, si vivierais según el Evangelio… tendríais la fuerza de Dios para cambiar el sistema.

Sigo mirando a mi alrededor y veo una Iglesia apegada a sus privilegios, que se codea con los poderes fácticos, que depende en muchos países económicamente del Estado, capaz de echarle un pulso al poder político y vencer, identificada con frecuencia con la derecha o el centro, defensora a ultranza de su estatuto de religión verdadera y prioritaria.

Me vuelvo al evangelio y releo sus páginas: “Vende todo lo que tienes y repártelo a los pobres, que Dios será tu riqueza, y anda sígueme a mí” (Lc 18,22). “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero este hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Lc 9,58). “No andéis agobiados pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir” (Lc 12,22). “Los reyes de las naciones las dominan y los que ejercen el poder se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros nada de eso; al contrario, el más grande entre vosotros iguálese al más joven y el que dirige al que sirve” (Lc 22,25-26).

Pobres, libres, sin seguridades, sin poder, como Jesús. Sólo tiene fe quien se adhiere a este estilo de vida evangélico. Quien no, tiene creencias, que para casi nada sirven. Y así no se puede cambiar ni el sistema religioso ni siquiera el mundano.

Tal vez tengamos que reconocer que somos “siervos inútiles”, pues no andamos en el sistema de la fe, sino en el del cumplimiento de las obras de la ley, como los fariseos, que, al final, de su trabajo tienen que considerarse “siervos inútiles”, pero no “hijos de Dios” que es a lo que estamos llamados a ser, como ciudadanos del Reino que todos anhelamos.

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús», pero en ella puede encontrarse varios episodios relacionados con el contenido de ese evangelio: https://radialistas.net/category/un-tal-jesus

Añadimos un comentario crítico.

La palabra «fe» es polisémica, tiene significados múltiples, que dependen del contexto de su uso. En el evangelio que hoy leemos, es claro que aparece como sinónimo de coraje, decisión, convicción de entrega… y «esa fe» es la que mueve montañas… o traslada moreras, no necesariamente con una eficacia «sobrenatural», sino a veces simplemente psicológica. Leer más…

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6.10.19. Dom 27 Ciclo C. Lucas 17, 5-10. Si decís a esa montaña que se eche al mar

Domingo, 6 de octubre de 2019

frases_nao_desista_nuncaDel blog de Xabier Pikaza:

El Infierno de las Siete Montañas de la Iglesia

  El tema proviene de Mc 11, 20‒25, donde Jesús muestra que la higuera del templo se ha secado (y queda seca). Sus discípulos se admiran, pero él les dice “si tuvierais la fe de Dios (=en Dios) y dijerais a ese monte “quítate y échate al mar…” cumpliría,   porque la fe todo lo alcanza.

El evangelio de hoy (Lc 17, 5‒10) retoma ese motivo pero, en vez de decir “esa montaña” (= templo de Jerusalén), habla más bien de una morera (=higuera) seca, que, ante la voz de los creyentes” (quítate y échate al mar), se quitaría y echaría, abriendo así el camino de la fe verdadera.

            En otra línea, Job 28 describe la tarea de los mineros que horadan y derriban montañas con agua, como puede aún verse en las “medulas” (montañas de metales) del Bierzo, entre León y Galicia (imagen). Pero Jesús no se refiere al tesón de los mineros, sino a la fe de los creyentes, que superan, destruyen y aniquilan montañas, más altas, empezando el monte del templo falso y acabando con la misma Gehenna, que es el Valle‒Basurero de una tierra pervertida.

Las-Médulas-Orellán-FB-007…..

             Presentaré mañana  el tema del poder de fe de los creyentes. Hoy desarrollo la imagen de fondo de Mc 11, 20‒25, donde Jesús dice a los cristianos que “superen” (arrojen al mar) aquel gran “monte del templo” que les oprimía e impedía    vivir en fe (cf. comentario de ese texto en Marcos, VD, Estella, 2012).

            Desde ese fondo evocaré “siete montañas” malditas que los cristianos “han de expulsar” echar al mar, aquí entendido como espacio “perverso” donde debían ahogarse los cerdos de Gerasa (Mc 5, 1-21). No se trata aquí del mar creado por Dios, agua bendita de vida, sino el “abismo demoníaco de muerte” que los hombres han ido creando por pecado, el mar donde deben arrojarse y perderse los siete “montes” perversos que destruyen la vida de los hombres.

            Hay ciertamente en la Biblia siete y más montes buenos de bendición, como el Sinaí, el Horeb y  Sion, con los montes de las Bienaventuranzas, de la Transfiguración y el de los Olivos de la Ascensión de Jesús.         Está el Monte Carmelo (de San Juan de la Cruz),  o de la Montaña de los siete círculos (de Th. Merton),  con las siete Moradas (que en el fondo son Montañas) del Castillo Interior de Santa Teresa.

    1.-Asmodea-Goya-PORTADA     Frente a esas siete Buenas Montañas quiero aquí evocar, a modo de ejemplo, las siete malas montañas que el cristiano ha de expulsar y arrojar al mar (es decir, al infierno del mal que se consume a sí mismo), para que todos los hombres y mujeres puedan vivir en comunión de amor (superado el riesgo del infierno). Éstas son las montañas malas que la Iglesia ha de “arrojar” al mar (esto es, superar), para quedar limpia como Iglesia de evangelio.

Estas son las  montañas capitales, que se sitúan en la línea de los siete pecados capitales de la tradición (soberbia, avaricia, envidia, ira, lujuria, gula, pereza),pero tienen un sentido evangélico (anti‒evangélico) más hondo. Ellos representan el anti‒evangelio, la anti‒iglesia:

 1. La primera es la Montaña del Falso Templo, una Jerusalén pervertida. Ésta es la primera y más peligrosa, a la que Jesús se refería en Mc 11, 20‒25: Es el monte de un templo vacío de Dios, convertido en cueva de bandidos, una iglesia hecha signo y presencia de pecado, conforme al sermón de Esteban (Hch 7), que marca el comienzo cristiano de la historia.

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“Falta de fe y sobra de presunción“. Domingo 27. Ciclo C

Domingo, 6 de octubre de 2019

jesus-aumenta-nuestra-fe-3-10-10Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Después de la parábola del rico y Lázaro, Lucas empalma cuatro enseñanzas de Jesús a los apóstoles a propósito del escándalo, el perdón, la fe y la humildad. Son frases muy breves, sin aparente relación entre ellas, pronunciadas por Jesús en distintos momentos. De esas cuatro enseñanzas, el evangelio de este domingo ha seleccionado sólo las dos últimas, sobre la fe y la humildad (Lucas 17,5-10).

Menos fe que un ateo

En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor:

            ‒ Auméntanos la fe.

El Señor contestó:

            ‒ Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa montaña: «Arráncate de raíz y plántate en el mar». Y os obedecería.

El evangelio de Mateo cuenta algo parecido: un padre trae a su hijo, que sufre ataques de epilepsia, para que lo curen los apóstoles. Ellos no lo consiguen. Aparece Jesús, y lo cura de inmediato. Los apóstoles, admirados, le preguntan por qué ellos no han sido capaces de curarlo. Y Jesús les responde: “Por vuestra poca fe. Si tuvierais fe como un grano de mostaza…”

Lucas le da un enfoque distinto, más irónico y malicioso. En su evangelio los apóstoles no buscan la explicación a un fracaso, sino que formulan una petición: “Auméntanos la fe”.

¿Qué piden los apóstoles? ¿Qué idea tienen de la fe? Ya que no eran grandes teólogos, ni habían estudiado nuestro catecismo, su preocupación no se centra en el Credo ni en un conjunto de verdades. Si leemos el evangelio de Lucas desde el comienzo hasta el momento en el que los apóstoles formulan su petición, encontramos cuatro episodios en los que se habla de la fe:

  • Jesús, viendo la fe de cuatro personas que le llevan a un paralítico, lo perdona y lo cura (5,20).
  • Cuando un centurión le pide a Jesús que cure a su criado, diciendo que le basta pronunciar una palabra para que quede sano, Jesús se admira y dice que nunca ha visto una fe tan grande, ni siquiera en Israel (7,9).
  • A la prostituta que llora a sus pies, le dice: “Tu fe te ha salvado” (7,50).
  • A la mujer con flujo de sangre: “Hija, tu fe te ha salvado” (8,48).

En todos estos casos, la fe se relaciona con el poder milagroso de Jesús. La persona que tiene fe es la que cree que Jesús puede curarla o curar a otro.

Pero la actitud de los apóstoles no es la de estas personas. En el capítulo 8, cuando una tempestad amenaza con hundir la barca en el lago, no confían en el poder de Jesús y piensan que morirán ahogados. Y Jesús les reprocha: “¿Dónde está vuestra fe? (8,25). La petición del evangelio de hoy, “auméntanos la fe”, empalmaría muy bien con ese episodio de la tempestad calmada: “tenemos poca fe, haz que creamos más en ti”. Pero Jesús, como en otras ocasiones, responde de forma irónica y desconcertante: “Vuestra fe no llega ni al tamaño de un grano de mostaza”.

¿Qué puede motivar una respuesta tan dura a una petición tan buena? El texto no lo dice. Pero podemos aventurar una idea: lo que pretende Lucas es dar un severo toque de atención a los responsables de las comunidades cristianas. La historia demuestra que muchas veces los papas, obispos, sacerdotes y religiosos/as nos consideramos por encima del resto del pueblo de Dios, como las verdaderas personas de fe y los modelos a imitar. No sería raro que esto mismo ocurriese en la iglesia antigua, y Lucas nos recuerda las palabras de Jesús: “No presumáis de fe, no tenéis ni un gramo de ella”.

Ni las gracias ni propina

En línea parecida iría la enseñanza sobre la humildad. El apóstol, el misionero, los responsables de las comunidades, pueden sufrir la tentación de pensar que hacen algo grande, excepcional. Jesús vuelve a echarles un jarro de agua fría.

Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: «En seguida, ven y ponte a la mesa»? ¿No le diréis: «Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú»? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer».

La parábola es de una ironía sutil. Al principio, el lector u oyente se siente un gran propietario, que dispone de criados a los que puede dar órdenes. Al final, le dicen que el propietario es Dios, y él es un pobre siervo, que se limita a hacer lo que le mandan. El mensaje quizá se capte mejor traduciendo la parábola a una situación actual.

Suponed que entráis en un bar. ¿Quién de vosotros le dice al camarero: «¿Qué quiere usted tomar?». ¿No le decís: «Una cerveza», o «un café»? ¿Tenéis que darle las gracias al camarero porque lo traiga? ¿Tenéis que dejarle una propina? Pues vosotros sois como el camarero. Cuando hayáis hecho lo que Dios os encargue, no penséis que habéis hecho algo extraordinario. No merecéis las gracias ni propina.

Un lenguaje duro, hiriente, muy típico del que usa Jesús con sus discípulos.

El profeta Habacuc y la fe (Hab 1,2-3; 2, 2-4)

La primera lectura, tomada de la profecía de Habacuc habla también de la fe, aunque el punto de vista es muy distinto. El mensaje de este profeta es de los más breves y de los más desconocidos. Una lástima, porque el tema que trata es de perenne actualidad: la injusticia del imperialismo. En su época, el recuerdo reciente de la opresión asiria se une a la experiencia del dominio egipcio y babilónico. Tres imperios distintos, una misma opresión. El profeta comienza quejándose a Dios:

¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que escuches?

¿Te gritaré “violencia” sin que salves?

¿Por qué me haces ver desgracias,

me muestras trabajos, violencias y catástrofes,

surgen luchas, se alzan contiendas? 

Habacuc no comprende que Dios contemple impasible las desgracias de su tiempo, la opresión del faraón y de su marioneta, el rey Joaquín. Y el Señor le responde que piensa castigar a los opresores egipcios mediante otro imperio, el babilónico (1,5-8). Pero esta respuesta de Dios es insatisfactoria: al cabo de poco tiempo, los babilonios resultan tan déspotas y crueles como los asirios y los egipcios. Y el profeta se queja de nuevo a Dios: le duele la alegría con la que el nuevo imperio se apodera de las naciones y mata pueblos sin compasión. No comprende que Dios «contemple en silencio a los traidores, al culpable que devora al inocente». Y así, en actitud vigilante, espera una nueva respuesta de Dios.

El Señor me respondió así: 

«Escribe la visión, grábala en tablillas, de modo que se lea de corrido. 

La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará;

si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse. 

El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe.»

La visión que llegará sin retrasarse es la de la destrucción de Babilonia. El injusto es el imperio babilónico, que será castigado por Dios. El justo es el pueblo judío y todos los que confíen en la acción salvadora del Señor.

El tema tratado por Habacuc no tiene relación con la petición de los discípulos. Pero las palabras finales, “el justo vivirá por su fe”, tuvieron mucha importancia para san Pablo, que las relacionó con la fe en Jesús. Este puede ser el punto de contacto con el evangelio. Porque, aunque nuestra fe no llegue al grano de mostaza ni esperemos cambiar montañas de sitio, esa pizca de fe en Jesús nos da la vida, y es bueno seguir pidiendo: “auméntanos la fe”.

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Domingo XXVII del Tiempo Ordinario.06 octubre, 2019

Domingo, 6 de octubre de 2019

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“Los apóstoles dijeron al Señor: Auméntanos la fe.”

(Lc 17, 5-18)

Cuando un niño nace lo colocan sobre su madre, y el niño no teme, confía. Se siente envuelto en la ternura de quien lo acaba de dar a luz. Esto es la fe, esa confianza de quién se abandona, de quien se entrega a vivir en Dios.

Cuando observo a los niños en brazos de sus padres, entiendo lo que es vivir en Dios. Cuando al niño algo le asusta o le asalta el miedo, corre a abrazarse a sus padres, y ahí se relaja, nada malo puede suceder.

El temor, el miedo, es vivir en el ego. En nuestra propia superficie marcada por patrones culturales, sociales, familiares. El miedo surge ante determinadas situaciones que no sé resolver o que no soy capaz de afrontar. El miedo no sano es un producto de la mente y por tanto aprendido. Este miedo solo existe en nuestra mente, en nuestro imaginario y es alimentado por él.

Lo importante no es creer en Dios, sino experimentar a Dios, porque si le experimento creeré en Él. La experiencia se convierte en depósito de nuevas experiencias. La fe es dejar a Dios ser Dios en nosotras y que se realice Su Voluntad. Confiar en Dios significa dejar de girar alrededor de un@ mism@, para vivir en la Profundidad donde yo soy y Él habita.

El aumento de fe no es un tema de cantidad sino de esencia. Pasar de la seguridad en las cosas o en los méritos propios a confiar en las posibilidades que Dios nos otorga.

La fe es descubrirnos habitad@s de semillas de infinitud que hay que abonar todos los días, porque la fe es dinámica, y es una actitud ante la vida que marca toda nuestra existencia.

Oración

Haz, Señor, que nuestra fe aumente

al contacto del encuentro diario contigo,

otórganos  la capacidad  de despertar a nuestro ser niñ@s

que, confiadas, se abandonan en Ti.

Te lo expresamos a Ti, Padre, por medio de Jesús, tu Hijo

y mediante la fuerza y la ternura de la Santa Ruah.

 

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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El secreto está en confiar en uno mismo

Domingo, 6 de octubre de 2019

oteando-el-horizonte-640x640x80Lc 17,5-12

Sigue el evangelio con propuestas aparentemente inconexas, pero Lc sigue un hilo conductor muy sutil. Hasta hoy nos había dicho, de diversas maneras, que no pongamos la confianza en las riquezas, en el poder, en el lujo; pero hoy nos dice: no la pongas en tu falso ser ni en la obras que salen de él, por muy religiosas que sean. Confía solamente en “Dios”. Los que se pasan la vida acumulando méritos no confían en Dios sino en sí mismos. La salvación por puntos es lo más contrario al evangelio. Pero ese dios al que tengo que rendir cuantas tiene que dejar paso al Dios que es el fundamento de mi ser y que se identifica con lo que yo soy en profundidad.

Una vez más debemos advertir que las Escrituras no se pueden tomar al pie de la letra. Si lo entendemos así, el evangelio de hoy es una sarta de disparates. En realidad son todo símbolos que nos tienen que lanzar a un significado mucho más profundo de lo que aparenta. Ni hay un Yo fuera a quien servir, ni hay un yo raquítico que patalea ante su Señor. Cada uno de nosotros es solo la manifestación de Dios que a través nuestro manifiesta su poder para hacer un mundo más humano. No hay un mí ningún yo que pueda atribuirse nada. Ni hay fuero un YO al que pueda llamar Dios. Ni Dios puede hacer nada sin mí ni yo puedo hacer nada sin él. ¿De qué puedo gloriarme?

Esa petición, que hacen los apóstoles a Jesús, está hecha desde una visión mítica (dualista) del Dios, del hombre y del mundo. La parábola del simple siervo cuya única obligación es hacer lo mandado, refleja la misma perspectiva. Ni Dios tiene que aumentarnos la fe ni somos unos siervos inútiles ni necesitamos poderes especiales para trasplantar una morera al mar. La religión ha metido a Dios en esa dinámica y nos ha metido por un callejón del que aún no hemos salido. Descubrir lo que realmente somos sería la clave para una verdadera confianza en Dios, en la vida, en cada persona. El relato nos da suficientes pistas para salir del servilismo y de la adoración al Dios cosa.

Jesús no responde directamente a los apóstoles. Quiere dar a entender que la petición –auméntanos la fe- no está bien planteada. No se trata de cantidad, sino de autenticidad. Jesús no les podía aumentar la fe, porque aún no la tenían ni en la más mínima expresión. La fe no se puede aumentar desde fuera, tiene que crecer desde dentro como la semilla. A pesar de ello, en la mayoría de las homilías que he leído antes de elaborar ésta, se termina pidiendo a Dios que nos aumente la fe. Efectivamente, podemos decir que la fe es un don de Dios, pero un don que ya ha dado a todos. ¿Que Dios sería ese que caprichosamente da a unos una plenitud de fe y deja a otros tirados? Viendo cada una de sus criaturas, descubrimos lo que Dios está haciendo en ellas en cada momento.

Al hablar de la fe en Dios, damos a entender que confiamos en lo que nos puede dar. Se interpretó la respuesta de Jesús como una promesa de poderes mágicos. La imagen de la morera, tomada al pie de la letra, es absurda. Con esta hipérbole, lo que nos está diciendo el evangelio es que toda la fuerza de Dios está ya en cada uno de nosotros. El que tiene confianza podrá desplegar toda esa energía. Lo contrario de la fe es la idolatría. El ídolo es un resultado automático del miedo. Necesitamos el ser superior que me saque las castañas del fuego y en quien poder confiar cuando no puedo confiar en mí mismo. Dios no anda por ahí haciendo el ridículo jugando a todopoderoso. Tampoco nosotros debemos utilizar a Dios para cambiar la realidad que no nos gusta.

La fe no es un acto sino una actitud personal fundamental y total que imprime un sí definitivo a la existencia. Confiar en lo que realmente soy me da una libertad de movimiento para desplegar todas mis posibilidades humanas. Nuestra fe sigue siendo infantil e inmadura, por eso no tiene nada que ver con lo que nos propone el evangelio. La mayoría de los cristianos no quieren madurar en la fe por miedo a las exigencias que esto conllevaría. La fe es una vivencia de Dios, por eso no tiene nada que ver con la cantidad. El grano de mostaza, aunque diminuto, contiene vida exactamente igual que la mayor de las semillas. Esa vida, descubierta en mí, es lo que de verdad importa.

Tanto a nivel religioso como civil, cada vez se tiene menos confianza en la persona humana. Todo está reglamentado, mandado o prohibido, que es más fácil que ayudar a madurar a cada ser humano para que actúe por convicción. Estamos convirtiendo el globo terráqueo en un inmenso campo de concentración. No se educa a los niños para que sean ellos mismos, sino para que respondan automáticamente a los estímulos que les llegan. Los poderosos están encantados, porque esa indefensión les garantiza un total control sobre la población. Lo difícil es educar para que cada individuo sea él mismo y responda personalmente ante las propuestas de salvación que le llegan.

Para la mayoría, creer es el asentimiento a una serie de verdades teóricas, que no podemos comprender. Esa idea de fe, como conjunto de doctrinas, es completamen­te extraña tanto al Antiguo Testamento como al Nuevo. En la Biblia, fe es equivalente a confianza en… Pero incluso esta confianza se entendería mal si no añadimos que tiene que ir acompañada de la fidelidad. La fe-confianza bíblica supone la fe, supone la esperanza y el amor. Esa fe nos salvaría de verdad. Esa fe no se consigue con propagandas ni imposiciones porque nace de lo más hondo de cada ser.

No debemos esperar que Dios nos libre de las limitaciones, sino de encontrar la salvación a pesar de ellas. Esa confianza no la debemos proyectar sobre una PERSONA que está fuera de nosotros y del mundo. Debemos confiar en un Dios que está y forma parte de la creación y por lo tanto de nosotros. Creer en Dios es apostar por la creación; es confiar en el hombre; es estar construyendo la realidad material, y no destruyéndola; es estar por la vida y no por la muerte; es estar por el amor y no por el odio, por la unidad y no por la división. Tratemos de descubrir por qué tantos que no “creen” nos dan sopas con honda en la lucha por defender la naturaleza, la vida y al hombre.

Superada la fe como creencia, y aceptado que es confianza en…, nos queda mucho camino por andar para una recta comprensión del término. La fe que nos pide el evangelio no es la confianza en un señor poderoso por encima y fuera del mundo, que nos puede sacar las castañas del fuego. Se trata más bien, de la confianza en el Dios inseparable de cada criatura, que la atraviesa y la sostiene en el ser. Podemos experimentar esa presencia como personal y entrañable, pero en el resto de la creación se manifiesta como una energía que potencia y especifica cada ser en sus posibilidades. Creer en Dios es confiar en la posibilidad de cada criatura para alcanzar su plenitud.

La mini parábola del simple siervo nos tiene que llevar a una profunda reflexión. No quiere decir que tenemos que sentirnos siervos, y menos aún inútiles, sino todo lo contrario. Nos advierte que la relación con Dios como si fuésemos esclavos nos deshumaniza. Es una crítica a la relación del pueblo judío con Dios que estaba basada en el estricto cumplimiento de la Ley, y en la creencia de que ese cumplimiento les salvaba. La parábola es un alegato contra la actitud farisaica que planteaba la relación con Dios como toma y da acá. Si ellos cumplían lo mandado, Dios estaba obligado a cumplir sus promesas. Es la nefasta actitud que aún conservamos nosotros.

Pablo ya advirtió que la fe y la esperanza pasarán, porque perderán su sentido. La verdad es que también el amor, tal como lo entendemos nosotros, también tiene que ser superado. Desde nuestra condición de criaturas no podemos entender el amor más que como una relación de un sujeto que ama con un objeto que es amado. El amor “a” Dios y el amor “de” Dios van mucho más allá. En ese amor, desaparece el sujeto y el objeto, solo queda la unidad (el amor) “amada en el amado transformada”. No entender esto es causa de infinitos malentendidos en nuestra relación con Él.

Meditación

Si la confianza no es absoluta y total no es confianza.
El mayor enemigo de la fe-confianza son las creencias,
porque exigen la confianza en ellas mismas.
Tener fe no es esperar que las cosas cambien.
Es ser capaz de bajar al fondo de mí mismo,
para anular el efecto negativo de cualquier limitación.

Fray Marcos

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Recordatorio

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