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“Dios es bueno con todos”. 20 de septiembre de 2020. 25 Tiempo ordinario (A). Mateo 20 , 1-16

Domingo, 20 de septiembre de 2020

img_2595Sin duda es una de las parábolas más sorprendentes y provocativas de Jesús. Se solía llamar «parábola de los obreros de la viña». Sin embargo, el protagonista es el dueño de la viña. Algunos investigadores la llaman hoy «parábola del patrono que quería trabajo y pan para todos».

Este hombre sale personalmente a la plaza para contratar a diversos grupos de trabajadores. A los primeros a las seis de la mañana, a otros a las nueve, más tarde a las doce del mediodía y a las tres de la tarde. A los últimos los contrata a las cinco, cuando solo falta una hora para terminar la jornada.

Su conducta es extraña. No parece urgido por la vendimia. Lo que quiere es que aquella gente no se quede sin trabajo. Por eso sale incluso a última hora para dar trabajo a los que nadie ha llamado. Y por eso, al final de la jornada, les da a todos el denario que necesitan para cenar esa noche, incluso a los que no lo han ganado. Cuando los primeros protestan, esta es su respuesta: «¿Vais a tener envidia porque soy bueno?».

¿Qué está sugiriendo Jesús? ¿Es que Dios no actúa con los criterios de justicia e igualdad que nosotros manejamos? ¿Será verdad que, más que estar midiendo los méritos de las personas, Dios busca responder a nuestras necesidades?

No es fácil creer en esa bondad insondable de Dios de la que habla Jesús. A más de uno le puede escandalizar que Dios sea bueno con todos, lo merezcan o no, sean creyentes o agnósticos, invoquen su nombre o vivan de espaldas a él. Pero Dios es así. Y lo mejor es dejarle a Dios ser Dios, sin empequeñecerlo con nuestras ideas y esquemas.

La imagen que no pocos cristianos se hacen de Dios es un «conglomerado» de elementos heterogéneos y hasta contradictorios. Algunos aspectos vienen de Jesús, otros del Dios justiciero del Antiguo Testamento, otros de sus propios miedos y fantasmas. Entonces, la bondad de Dios con todas sus criaturas queda como perdida o distorsionada.

Una de las tareas más importantes en una comunidad cristiana será siempre ahondar cada vez más en la experiencia de Dios vivida por Jesús. Solo los testigos de ese Dios pondrán una esperanza diferente en el mundo.

José Antonio Pagola

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“¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?”. Domingo 20 de septiembre de 2020. 25º domingo de tiempo ordinario.

Domingo, 20 de septiembre de 2020

48-OrdinarioA25Leído en Koinonia:

Isaías 55,6-9: Mis planes no son vuestros planes
Salmo responsorial: 144: Cerca está el Señor de los que lo invocan.
Filipenses 1,20c-24.27a: Para mí la vida es Cristo
Mateo 20,1-16: ¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?

La gracia y la misericordia de Dios se contrapone a la mentalidad religiosa judía de los tiempos de Jesús. Frente a la teología del mérito del sistema religioso se opone la teología de la gracia predicada por Jesús. Desde esta perspectiva, la salvación no se alcanza solamente por méritos propios sino por la misericordia de Dios que nos la concede a pesar de que no la merezcamos.

El texto del segundo Isaías centra su actividad profética en el tema de la consolación del pueblo desterrado. Pero el destierro fue por la desobediencia del pueblo y de sus dirigentes que se apartaron de Dios y quebrantaron la alianza. Sin embargo, Dios no abandona a su pueblo. Si el pueblo es infiel a la alianza, Dios permanece siempre fiel. Los caminos del Señor son muy distintos de los caminos humanos. El profeta insiste en la invitación a buscar al Señor. Hace un llamado a la conversión y al arrepentimiento porque Dios es Clemente y misericordioso y siempre está dispuesto al perdón. Los planes de Dios no son tan limitados y mezquinos como los de nosotros.

Pablo, en la carta a los Filipenses, plantea una seria disyuntiva: o morir para estar con Cristo o quedarse en medio de ellos para ayudarles en sus dificultades. Pablo, prisionero por Cristo, presiente que sus días ya están llegando a su fin. Perseguido, calumniado, encarcelado, azotado y despreciado de muchos ha vivido en su propia persona la pasión de su Señor. Consecuente con su predicación, si se ha esforzado por vivir el evangelio de Jesús, entonces es normal que corra la misma suerte que su maestro. Pero también tiene la plena convicción de participar de la gloria de la resurrección. Tanto su vida como su muerte está en función de Cristo. Si está vivo es para seguir anunciando el evangelio, si muere es para entrar en la plena comunión de los justificados por El. Así las cosas, Pablo siente que su misión ha llegado a su fin. Como Jesús, puede decir todo está cumplido. Pero a Pablo le queda la gran preocupación de la fragilidad de las comunidades, cuya fe está fuertemente amenazada por el ambiente cultural y religioso de las colonias del Imperio.

En la parábola de los trabajadores descontentos con la paga se refleja el modo de actuar de Dios contrario a nuestra mentalidad utilitarista. El contexto de la parábola debió se la controversia de Jesús con las autoridades judías por su continua relación con personas de dudosa reputación como publicados, pecadores, enfermos, niños, paganos y mujeres. Precisamente aquellos que estaba considerados impuros y, por tanto, excluidos del círculo de santidad. Pero en el contexto de la comunidad mateana se percibe el conflicto producido entre los judeocristianos y paganos cristianos que confluyen en la misma comunidad. Era inaceptable que los recién conversos tuvieran el mismo trato de los que han pertenecido desde tiempos antiguos al pueblo elegido. Es claro que el encuentro entre judaísmo y cristianismo en el seno de una misma comunidad resultó bastante complicado. Así lo manifiestan otros escritos del nuevo testamento como la carta a los gálatas.

La parábola, narrada por Jesús, parte de un hecho real. El propietario representa a los terratenientes que a base de aranceles habían quitado las tierras a los campesinos. Así mismo, los desocupados eran los que lo habían perdido todo y se alquilaban por cualquier cosa para poder vivir. Por supuesto que había quienes siempre eran clientes fijos del propietario, es decir, aquellos a quienes siempre se les contrataba, y estaban los que iban apareciendo a última hora. La clave de la parábola no está en la actitud equitativa del patrón, pues el podría pagar como quisiera. Lo que llamó la atención a los oyentes es que haya preferido a los que no eran sus trabajadores (los de la última hora) sobre los que si lo eran (los de la primera hora). Situación incomprensible desde todo punto de vista.

El sistema religioso del tiempo de Jesús y de las primeras comunidades centraba la práctica religiosa en el mérito y la paga. La salvación se había convertido en un mercado de compra y venta. Jesús cuestiona a fondo esta mentalidad que tanto mal le ha hecho al pueblo. La salvación es don gratuito de Dios. Y la gracia tiene que ver con el amor misericordioso. Dios no maneja nuestros esquemas contables interesados y lucrativos. Para Dios, tanto los primeros como los últimos son objeto de su inmenso amor y misericordia.

Hoy tenemos que superar todo espíritu de competencia y codicia. Tenemos que superar sobre todo el «exclusivismo» que todavía late en el subconsciente cristiano: ya no lo decimos ni lo sostenemos, pero muchos lo siguen pensando: nosotros, nuestra religión, sería la única verdadera, y por tanto la superior, la definitiva, la insuperable, aquella a la que las demás religiones (¡y culturas!) deberán confluir… Si ya muchos han abandonado aquella visión veterotestamentaria de que «las naciones y los pueblos vendrán a adorar a Dios en Sión» -porque sociológicamente ya no parece previsible ni viable que el mundo vaya un día a ser todo él cristiano-, no dejamos de tener esa conciencia de «exclusivismo» cuando nuestras autoridades y jerarquías condenan autoritariamente y sin diálogo alguno opiniones sociales, criterios éticos, que se dan en distintas sociedades, apoyados en el convencimiento de que nuestra verdad es incuestionablemente superior a la de los demás, por principio, y que tendríamos derecho a imponerla en la sociedad (laica, aconfesional) sin necesidad siquiera de dialogar y convencer a la población… Es una actitud de complejo de superioridad que no tiene ninguna justificación.

La apertura a todos, el reconocimiento sincero de que no tenemos un «gratuito e inmerecido derecho de primogenitura», que no somos «los (únicos) elegidos», que los que hemos considerado tradicionalmente «últimos» (o en todo caso, posteriores a nosotros) no lo son, que Dios es «gratuito» y sin favoritismos… son asignaturas pendientes todavía para las Iglesias cristianas…

No cabe duda de que aceptar en profundidad el mensaje evangélico de hoy de que «los primeros serán los últimos», nos exige un cambio de mentalidad a fondo. También el pluralismo religioso y el diálogo intercultural hay que elencarlos entre esos grandes desafíos generados por el descubrimiento más profundo de la «gratuidad de Dios» que la parábola del evangelio de hoy vuelve a poner ante nuestros ojos. Leer más…

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Dom 25 tiempo ordinario. 20.9.20. Mt 20, 1-16. Ante la última hora: Superación “imposible” (pero necesaria) del sistema salarial

Domingo, 20 de septiembre de 2020

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Del blog de Xabier Pikaza:

Esta parábola (Mt 20, 1-16) nos lleva del plano salarial del trabajo y del mercado al orden más alto de una vida en la que el hombre no es para el mercado, sino el mercado y el trabajo (con el capital) para el hombre.

Ella nos sitúa ante un modelo  “tribal” (¡comunista!) de trabajos y pagas comunes, antes de la división capitalista de trabajos y salarios, y ha sido mejor entendida por algunos socialistas utópico del siglo XIX que por la  Doctrina Social de la Iglesia (DSI), al menos hasta el Papa Francisco.   

El mercado (en línea de talión) mide la recompensa por horas y calidad de trabajo (de forma jerárquica). Esta parábola iguala en un plano salarial todos los trabajos, al servicio de la humanidad. Ella es imposible de cumplirse según la ley de retribución al uso,  pero, precisamente por eso, es necesaria, verdadera y cristiana. En general, la Iglesia del 2º milenio no ha creído en ella, ni la ha aplicado 

Esta narración nos sitúa ante la última hora .. Tal como está establecido, nuestro sistema laboral y salarial, al servicio del capitalismo, no del hombre, está estallando. En contra de eso, la parábola de Jesús nos habla de un trabajo y salario gratuito, humano,  desde la perspectiva de los últimos (los pobres y gentiles…) a quienes el “dueño de la casa” gratifica igual que a los primeros (que han trabajado intensamente), con la inversión ya citada de situaciones, situada al principio (19, 30) y al final del texto (20, 16).

La parábola propone un mismo salario de gracia para todos, es decir, un salario que no es “sueldo” por lo trabajado, sino ofrecimiento gratuito de vida, en gesto de igualdad y fraternidad, algo que puede ser escandalosa para algunos, pero lleno de esperanza para otros y en el fondo para todos.

 Texto

20 1 El Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que al amanecer (=hora de prima) salió a contratar jornaleros para su viña. 2 Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. 3 Salió otra vez a media mañana (=hora de tercia), vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, 4 y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido. 5 Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde (=hora de sexta, hora de nona) e hizo lo mismo. 6 Salió al caer la tarde (=hora undécima) y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? 7 Le respondieron: Nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a mi viña.

8 Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al administrador: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. 9 Vinieron los del atardecer (hora undécima) y recibieron un denario cada uno. 10 Cuando llegaron los primeros pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. 11 Y recibiendo (el denario) se pusieron a protestar contra el amo, diciendo: 12 Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor. 13 Él replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? 14 Toma lo tuyo y vete. Yo quiero darle a este último igual que a ti. 15 ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? 16 Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos[1]

Presentación temática  

 La parábola empieza hablando de unos arrendatarios a quienes el dueño de casa  ha contratado como trabajadores en su viña (un tema clave que volverá en 21,33-41), para terminar poniendo de relieve la protesta de aquellos que piensan que el dueño ha sido injusto, pues ha pagado a los últimos igual que a los primeros. En esa línea, el texto habla de cinco grupos de contratados: al amanecer, a la hora tercia, sexta, nona, y finalmente a la caída de la tarde.

23B3287E-7337-44AF-9CED-D4D7165E7716Pues bien, al final de la parábola, solo parecen importar dos grupos: Los que han comenzado a trabajar desde el amanecer (hora de prima), que pueden ser judíos observantes…, y los que han sido llamados al final de la tarde (=hora undécima, a eso de las nueve), cuando sólo quedaban breves momentos de faena. Pues bien, en contra de las normas laborales, todos reciben el mismo jornal: Un denario; no importa ya lo que hayan trabajado, sino lo que necesitan para vivir (¡un denario!). Lógicamente, al ver que los últimos cobraban igual que ellos, los primeros protestan, pues, conforme a las normas laborales, deberían haber recibido un jornal más grande.

Los de la primera hora parecen ser judíos, que han estado trabajando en la viña desde muy antiguo, y que tienen envidia (se sienten injustamente tratados) porque el dueño de casa les paga igual que a los que sólo han trabajado una hora (el jornal de un día, un denario). Pero esta parábola nos lleva más allá del plano salarial, haciéndonos ver que todo lo que viene de Dios es un regalo, un don gratuito, de manera que el trabajo de los hombres y mujeres al servicio de la casa, en la familia y campo, ha de hacerse gratuitamente (conforme al pasaje anterior: Mt 19, 29-30)[2].

 ‒ Los últimos son los primeros (20, 16). En un sentido nadie tiene ventaja sobre nadie. Pero en otro sentido Mateo ha destacado la importancia de los niños y pequeños (18, 1-14; 19, 13-14) y de aquellos que lo dejan y dan todo a los pobres (19, 16-29). En esa línea se dice que los últimos (los que no se reservan nada) serán los primeros, sentencia con la que empezaba también esta parábola (19, 30), que es una crítica contra los que presumen de mérito ante Dios.

‒ Esta parábola va en contra de una iglesia establecida (de tipo quizá judeo-cristiano), que se opone a que las nuevas iglesias (de paganos o judeo-cristianos con paganos) tengan sus mismos derechos y su misma libertad mesiánica, como si siglos de buen judaísmo no les hubieran dado ninguna ventaja. En contra de eso, el Jesús de Mateo, que ha defendido la autoridad de los niños y pequeños, defiende aquí el derecho y rectitud cristiana de los “trabajadores de la última hora”, que serían, en general, los pagano-cristianos[3].

Esta parábola plantea y justifica la superación del sistema salarial, que se sitúa en plano de talión (de pura justicia retributiva), para situarnos en un plano de salario de gratuidad. Cada uno trabaja según sus posibilidades, y a todos se les ofrece lo que necesitan, como ha puesto de relieve muchos teóricos modernos del sistema económico, en contra de la economía capitalista, que conserva el sistema salarial, pero no para provecho de los trabajadores, sino del mismo sistema.

Ampliación. Superación del sistema salarial

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  El texto ratifica de esa forma elpaso de un sistema de retribución salarialpor ley (¡te pagaré lo justo: to dikaion, Mt 20, 5), según la aportación de cada uno,  a un modelo de gratuidad y comunicación personal, donde el “amo” (señor de casa) paga (da) a los últimos lo mismo que a los primeros, gratuitamente, porque es bueno (agathos: Mt 20, 15), y porque los hombres y mujeres lo necesitan para vivir. Esta parábola empieza empleando un lenguaje salarial (pagar lo justo) para superar (¡no negar!) ese sistema de justicia, en línea de gratuidad y de comunión (de lo que es bueno).

Esta parábola presenta a Dios (al amo) como aquel que nos hace pasar no sólo de un sistema salarial corrupto (con diferencias inmensas de sueldo, que pueden llegar al mil por uno) a uno justo, sino de un sistema proporcional “justo” (los que han trabajado doce horas han de cobrar más que los de media hora) a un sistema humano de gratuidad, donde trabajar es un gozo creador (cada uno según sus posibilidades) y recibir el salario es una gracia (a cada uno según sus necesidades, no según lo producido).

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El terrateniente cabrón y la alternativa de Pablo. Domingo 25. Ciclo A

Domingo, 20 de septiembre de 2020

vinadoresDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Nota: De los numerosos insultos que enriquecen la lengua castellana, “cabrón” es el único tomado de la Biblia (Ezequiel). Por consiguiente, nadie debe escandalizarse de que lo use, aunque tampoco es preciso que añada: “Palabra de Dios”.

             Durante el período de formación de los discípulos, tal como lo cuenta el evangelio de Mateo, Jesús parece disfrutar desconcertándolos con sus ideas sobre el matrimonio, la importancia de los niños, la riqueza. Pero el punto culminante del desconcierto lo constituye esta parábola sobre el pago por el trabajo realizado (Mt 20,1-16).

            El protagonista es un terrateniente con capacidad para contratar a gran número de obreros. No es un señorito que se dedica a disfrutar de los productos del campo. Al amanecer ya está levantado, en la plaza del pueblo, contratando por el jornal habitual de la época: un denario. Y tres veces más, a las 9 de la mañana, a las 12, incluso a las 5 de la tarde, vuelve del campo al pueblo en busca de más mano de obra. A estos no les dice cuánto les pagará. Pero les da lo mismo. Algo es algo.

            Hasta ahora todo va bien. Un propietario rico, preocupado por su finca, atento todo el día a que rinda el máximo. Se intuye también un aspecto más positivo y social: le preocupa el paro, el que haya gente que termine el día sin nada que llevar a su casa.

            Pero este personaje tan digno se comporta al final como un cabrón. Al atardecer, cuando llega el momento de pagar, ordena al administrador que empiece por los últimos, no por los primeros. Cuando aquellos, sorprendidos, reciben un denario por una sola hora de trabajo, los demás, especialmente los de las 6 de la mañana, alientan la esperanza de recibir un salario mucho más elevado. Con gran indignación de su parte, reciben lo mismo. Es lógico que protesten.

¿Por qué no empezó el propietario por los primeros, los dejó marcharse, y luego pagó un denario a los otros sin que nadie se enterase? ¿Por qué quiso provocar la protesta? Porque sin el escándalo y la indignación no caeríamos en la cuenta de la enseñanza de la parábola.

           ¿Cabrón o bueno?

Los jornaleros de la primera hora plantean el problema a nivel de justicia. En cambio, el terrateniente lo plantea a nivel de bondad. Él no ha cometido ninguna injusticia, ha pagado lo acordado. Si paga lo mismo a los de la última hora es por bondad, porque sabe que necesitan el denario para vivir, aunque muchos de ellos sean vagos e irresponsables.

            ¿Quiénes son los de las 6 de la mañana y los de las 5 de la tarde?

           En la comunidad de Mateo, formada por cristianos procedentes del judaísmo y del mundo pagano, predicar que Dios iba a recompensar igual a unos que a otros podía levantar ampollas. El judío se sentía superior a nivel religioso: su compromiso con Dios se remontaba a siglos antes, a Moisés; llevaba el sello de la alianza en su carne, la circuncisión; había cumplido los mandatos y decretos del Señor; no habían faltado un sábado a la sinagoga. ¿Cómo iban a pagarles lo mismo a estos paganos recién convertidos, que habían pasado gran parte de su vida sin preocuparse de Dios ni del prójimo? Usando unas palabras del profeta Daniel, ¿cómo iban a brillar en el firmamento futuro igual que ellos? En este planteamiento se comprende el reproche que les hace el propietario (Dios): vuestro problema no es la justicia sino la envidia, os molesta que yo sea bueno.

            Desde la época de Mateo han pasado veinte siglos; la interpretación anterior ya no resulta actual y podemos sustituirla por otra: los cristianos que han cumplido desde niños la voluntad de Dios, no han faltado un domingo a misa, colaboran en la parroquia, ayudan en Caritas, se enteran de que Dios va a compensarlos a ellos igual que a gente que solo pisa la iglesia para entierros y bodas, y que interpretan la moral de la Iglesia según les convenga. A algunos de ellos puede parecerles una gran injusticia. Dios no lo ve así, porque piensa recompensarles como se merecen. Si da lo mismo a los otros no es por justicia, sino por bondad.

            ¿No es de hipócritas indignarse?

            Si alguno se sigue indignando con la actitud de Dios, debería preguntarse si es hipócrita o tonto. En el fondo, el que se indigna es porque piensa que lleva trabajando desde las 6 de la mañana, que lo ha hecho todo bien y merece una mayor recompensa de parte de Dios. Si examina detenidamente su vida, quizá advierta que empezó a trabajar a las 11 de la mañana, y que se ha sentado a descansar en cuanto pensaba que el capataz no lo veía. A buen entendedor, pocas palabras.

            En cambio, el que es consciente de haber rendido poco en su vida, de no haberse comportado en muchos momentos como debiera, de haber empezado a trabajar a las 5 de la tarde, se sentirá animado con esta parábola.

            Las cinco de la tarde

            Cabe el peligro de interpretar lo anterior como “Dios es muy bueno y podemos dedicarnos a la gran vida”. La invitación a ir a trabajar a las 5 de la tarde, aunque sólo sea una hora, es un toque de atención No se trata de seguir vagueando irresponsablemente. Siempre hay tiempo para echar una mano al propietario de la finca.

            Este es el tema de la 1ª lectura, tomada de Isaías 55,6-9, que usa un lenguaje mucho más severo. No habla de desocupados sino de malvados y criminales. Pero los exhorta a regresar al Señor, que “tendrá piedad” porque “es rico en perdón”. En el evangelio, con fuerte contraste, no son malvados y criminales los que van en busca de Dios; es el mismo Dios quien sale al encuentro, cuatro veces al día, de todas las personas que necesitan de su ayuda.

            Tanto el evangelio como Isaías coinciden en afirmar, cada uno a su estilo, que los planes y los caminos de Dios son muy distintos y más elevados que los nuestros.

La alternativa de Pablo y la pandemia (Fil 1,20c.24.27a)

            Igual que el domingo pasado, la segunda lectura no tiene relación con el evangelio, pero sí mucha con la realidad actual del coronavirus. Pablo está en la cárcel, y no sabe si saldrá absuelto o lo condenarán a muerte. Para nosotros, la elección sería clara: absolución. Pablo ve las cosas de otro modo: la absolución le permitiría seguir trabajando por sus cristianos y por la extensión del evangelio; pero la muerte le permitiría «estar con Cristo, que es con mucho lo mejor». En esta alternativa, no sabe qué escoger.

            Lo absolverán, y continuará su obra unos años más, hasta que la muerte le permita estar con Cristo. En esta época en que solo se habla de la muerte como fría estadística o tragedia personal y familiar, Pablo nos recuerda a los cristianos que la muerte es el paso a disfrutar eternamente de la compañía del Señor.

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20 de septiembre. Domingo XXV del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Domingo, 20 de septiembre de 2020

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Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.”

(Mt 20, 1-16)

Si los dos domingos anteriores teníamos como tema central del Evangelio el tema del perdón, este domingo Mateo nos presenta el tema de la envidia. La envidia no es otra cosa que el dolor y la rabia que nos provoca el bien ajeno.

Es fácil, nos sale casi de forma natural, el conmovernos ante las desgracias ajenas. El dolor de otras personas es capaz de sacar lo mejor de mucha gente.

Pero, tristemente, el bien ajeno, no solo no nos alegra sino que en ocasiones nos pone en contacto con la parte más oscura y sombría del ser humano. Nos parece que nuestro esfuerzo merece mejores recompensas. Y nos llena de envidia ver cómo otras personas reciben más que nosotras; entonces nos sentimos injustamente tratadas. Igual que los jornaleros de la primera hora: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.”

He oído muchas veces, a distintas personas, quejarse de que los telediarios dan solamente malas noticias. Pero ¿soportaríamos un telediario de buenas noticias ajenas? Seguramente no, y las televisiones lo saben y cuidan sus audiencias dando aquello que se demanda.

¡Ay, la envidia!, esa fiel compañera que se abre paso en nuestra vida desde nuestra más tierna infancia. Muchas veces se les da lo mismo a dos hermanitos para que ninguno tenga envidia, pero ¿ayuda eso a lidiar con la envidia en la vida?

¿Qué podemos hacer para que el bien ajeno no nos haga profundamente infelices? ¿Cuál es el antídoto que contrarresta los efectos de la envidia? ¡La misericordia!

Si la envidia es mirar con malos ojos el bien ajeno, la misericordia es la capacidad de mirar con buenos ojos incluso la miseria ajena. La misericordia es la manera de ver que tiene Dios. Es mirar con los ojos de Dios que cuando nos mira ve por todas partes hijas e hijos amados.

Si al mirar veo a una persona amada es más fácil que consiga alegrarme con su alegría. Si descubrimos que lo bueno que les pasa a las demás es también un bien para mí viviré con más alegría y menos preocupación.

Al reconocer que el “denario” que recibo por mi trabajo es justamente lo que habíamos acordado de ante mano y por lo mismo es el salario que merece mi esfuerzo, podré contentarme con lo mío. Y podré también ir abriendo camino para que la alegría ajena provoque también mi alegría.

Oración

Danos, Trinidad Santa, una mirada misericordiosa como la tuya. Libéranos de la envidia que nos separa y enfrenta y llénanos de la ternura que une y complementa.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Jesús no pide ir más allá de la justicia..

Domingo, 20 de septiembre de 2020

matthew-20Mt 20, 1-16

Cuando se escribió este evangelio, las comunida­des llevaban ya muchos años de rodaje pero seguían creciendo. Los veteranos seguramente reclamaban privilegios, porque en un ambiente de inminente final de la historia, los que se incorporaban no iban a tener la oportunidad de trabajar como lo habían hecho ellos. La parábola advierte a los cristianos que no es mérito suyo haber accedido a la fe antes, sería ridículo esperar mayor paga.

Jesús acaba de decir al joven rico que venda todo lo que tiene y le siga. A continuación Pedro dice a Jesús: “Pues nosotros lo hemos dejado todo, ¿qué tendremos?” Jesús le promete cien veces más, pero termina con esa frase enigmática: “Hay primeros que serán últimos y últimos que serán primeros”. A continuación viene el relato de hoy, que repite lo mismo pero invirtiendo el orden; dando a entender que la frase se ha hecho realidad.

Las lecturas de los tres últimos domingos han desarrollado el mismo tema, pero en una progresión de ideas interesante: el domingo 23 nos hablaba de la corrección fraterna, es decir, del perdón al hermano que ha fallado. El 24 nos habló de la necesidad de perdonar las deudas sin tener en cuenta la cantidad. Hoy nos habla de la necesidad de compartir con los demás sin límites, no con un sentido de justicia humano, sino desde el amor. Todo un proceso de aproximación al amor que Dios manifiesta a cada uno de nosotros.

Hoy tenemos una mezcla de alegoría y parábola. En la alegoría, cada uno de los elementos significa otra realidad en el plano trascendente. En la parábola, es el conjunto el que nos lanza a otro nivel de realidad a través de una quiebra en el relato. Está claro que la viña hace referencia al pueblo elegido, y que el propietario es Dios mismo. Pero también es cierto que en el relato hay un punto de inflexión cuando dice: “Al llegar los primeros pensaron que recibirían más, pero también ellos recibieron un denario”.

Desde la lógica humana, no hay ninguna razón para que el dueño de la viña trate con esa deferencia a los de última hora. Por otra parte, el propietario de la viña actúa desde el amor absoluto, cosa que solo Dios puede hacer. Lo que nos quiere decir la parábola es que una relación de ‘toma y da acá’ con Dios no tiene sentido. El trabajo en la comunidad de los seguidores de Jesús tiene que imitar a ese Dios y ser totalmente desinteresado.

Con esta parábola, Jesús no pretende dar una lección de relaciones laborales. Cualquier referencia a ese campo en la homilía de hoy no tiene sentido. Cualquier sindicato de trabajadores consideraría una injusticia lo que hace el dueño de la viña. Jesús habla de la manera de comportarse Dios con nosotros, que está más allá de toda justicia humana. Que nosotros seamos capaces de imitarle es otro cantar. Desde los valores de justicia que manejamos en nuestra sociedad será imposible entender la parábola.

Hoy todos trabajamos para lograr desigualdades, para tener más que el otro, estar por encima y así marcar diferencias con él. Esto es cierto, no solo respecto a cada individuo, sino también a nivel de pueblos y naciones. Incluso en el ámbito religioso se nos ha inculcado que tenemos que ser mejores que los demás para recibir un premio mayor. Ésta ha sido la falsa filosofía que ha movido la espiritualidad cristiana de todos los tiempos.

La parábola trata de romper los esquemas en los que está basada la sociedad, que se mueve únicamente por el interés. Como dirigida a la comunidad, la parábola pretende  unas relaciones humanas que estén más allá de todo interés egoísta de individuo o de grupo. Los Hechos de los Apóstoles nos dan la pista cuando nos dicen: “nadie consideraba suyo propio nada de lo que tenía sino que lo poseían todo en común”.

Hay una segunda parte que es tan interesante como la misma parábola. Los de primera hora se quejan del trato que reciben los de la última. Se muestra aquí la incapacidad de comprensión de la actitud del dueño. No tienen derecho a exigir, pero les sienta mal que los últimos reciban el mismo trato que ellos. El relato demuestra un conocimiento muy profundo de la psicología humana. La envidia envenena las relaciones humanas hasta tal punto que, a veces prefiero perjudicarme con tal de que el otro se perjudique más.

En realidad lo que está en juego es una manera de entender a Dios completamente original. Tan desconcertante es ese Dios de Jesús, que después de veinte siglos, aún no lo hemos asimilado. Seguimos pensando en un Dios que retribuye a cada uno según sus obras (el dios del AT). Una de las trabas más fuertes que impiden nuestra vida espiritual es creer que podemos merecer la salvación. El don total y gratuito de Dios es siempre el punto de partida, no algo a conseguir gracias a nuestro esfuerzo.

Podemos ir incluso más allá de la parábola. No existe retribución que valga. Dios da a todos los seres lo mismo, porque se da a sí mismo y no puede partirse. Dios nos paga antes de que trabajemos. Es una manera equivocada de hablar decir que Dios nos concede esto o aquello. Dios está totalmente disponible a todos. Lo que tome cada uno dependerá solamente de él. Si Dios pudiera darme más y no me lo diera, no sería Dios.

La salvación de Jesús no está encaminada a cambiar la actitud de Dios para con nosotros; como si antes de él estuviésemos condenados por Dios y después estuviésemos salvados. La salvación de Jesús consistió en manifestarnos el verdadero rostro de Dios y cómo podemos responder a su don total. Jesús no vino para hacer cambiar a Dios, sino para que nosotros cambiemos con relación a Dios aceptando su salvación.

Con estas parábolas, el evangelio pretende hacer saltar por los aires la idea de un Dios que reparte sus favores según el grado de fidelidad a sus leyes, o peor aún, según su capricho. Por desgracia hemos seguido dando culto a ese dios interesado y que nos interesaba mantener. En realidad, nada tenemos que “esperar” de Dios; ya nos lo ha dado todo desde el principio. Intentemos darnos cuenta de que no hay nada que esperar.

El mensaje de la parábola es evangelio, buena noticia: Dios es para todos igual: amor, don infinito. Queremos decir para todos sin excepción. Los que nos creemos buenos y cumplimos todo lo que Dios quiere, lo veremos como una injusticia; seguimos con la pretensión de aplicar a Dios nuestra manera de hacer justicia. ¿Cómo vamos a aceptar que Dios ame a los malos igual que a nosotros? Debe cambiar nuestra religiosidad, que se basa en ser buenos para que Dios nos premie o, por lo menos, para que no nos castigue.

El evangelio nos propone cómo tiene que funcionar la comunidad (el Reino). ¿Sería posible trasladar esta manera de actuar a todas las instancias civiles? Lo que Jesús pretende es que despleguemos una vida plenamente humana. Si se pretende esa relación, imponiéndola desde el poder, no tendría ningún valor salvífico. Si todos los miembros de una comunidad, sea del tipo que sea, lo asumieran voluntariamente, sería  una riqueza humana increíble, aunque no partiera de un sentido de trascendencia.

Meditación

El amor de Dios no se funda en mí, sino en Él.
No tenemos que amar para que Dios nos ame
sino amar como Dios nos ama y porque Él ya nos ama.
Lo que Jesús intenta una y otra vez en el evangelio,
es llevarnos al descubrimiento del verdadero Dios.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Escuchar a Jesús de Nazaret.

Domingo, 20 de septiembre de 2020

1jesusEscuchar es amar (Película, “Héctor y el secreto de la felicidad”).

Mt 20, 1-16

El hacendado salió de madrugada a contratar braceros para su viña. (v 1)

Salió y escuchó a todos ellos en sus peticiones, estuvieran contentos o descontentos con el salario que les daba.

Escuchar es obedecer, es decir, “oír desde abajo”, considerar la palabra de los demás como configuradora de mi propia existencia.

Algunos famosos personajes dijeron famosas frases importantes sobre el hecho de escuchar:

“Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar; pero también es lo que se necesita para sentarse y escuchar”. (Winston Churchill)

“Tu verdad aumentará en la medida que sepas escuchar la verdad de los otros”. (Martin Luther King)

“No quiero escuchar únicamente lo que dices, quiero sentir lo que me quieres decir”. (Hugh Prather)

Y también en el Antiguo Testamento y en el Nuevo:

“Escucha, Israel: el primer mandato es la llamada a escuchar”.

“Escucha, Israel y obra pronto”. (Deuteronomio 6,3)

“¡Oh Israel, si tú me escucharas!”. (Salmo 81, 8)

Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les declaró: “Varones judíos y todos los que vivís en Jerusalén, sea esto de vuestro conocimiento y prestad atención a mis palabras”. (Hechos 2, 14)

Pablo se levantó, y haciendo señal con la mano, dijo: “Hombres de Israel, y vosotros que teméis a Dios, escuchad”. (Hechos 3, 16)

En la película del director británico Peter Chelsom, “Héctor y el secreto de la felicidad”, dice uno de los protagonistas que “Escuchar es amar”.

Profundiza en ese arte el poema de Blanca Andreu.

Escucha, escúchame, nada de vidrios verdes o doscientos días
de historia, o de libros
abiertos como heridas abiertas, o de lunas de Jonia y cosas así,
sino sólo beber yedra mala, y zarzas, y erizadas anémonas
parecidas a flores.

Escucha, dime, siempre fue de este modo,
algo falta y hay que ponerle nombre,
creer en la poesía, y en la intolerancia de la poesía, y decir niña
o decir nube, adelfa,
sufrimiento,
decir desesperada vena sola, cosas así, casi reliquias, casi lejos.

Y no es únicamente por el órgano tiempo que cesa y no cesa,
por lo crecido, para lo sonriente,
para mi soledad hecha esquina, hecha torre, hecha leve notario,
hecha párvula muerta,
sino porque no hay otra forma más violenta de alejarse.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Qué más quieres?

Domingo, 20 de septiembre de 2020

vina-1¡Tanta bondad nos sobrepasa!

San Mateo 20,1-16

Nos encontramos este domingo con una parábola sencilla, pero de una fuerza sobrecogedora. Nos llega una Buena Noticia, que nos sorprende, nos descoloca y puede provocar en nosotros reacciones controvertidas, incluso apasionadas. ¡Cuántas veces lo hemos experimentado al escucharlo en grupo!

La parábola empieza como muchas otras: “El reino de los cielos se parece a un propietario…” Y es el modo de hacer de este personaje el que nos va descubriendo, con una fuerza arrolladora, el misterio más hondo de su ser, la profundidad y coherencia de su bondad y de su amor. Ante este misterio no podemos quedarnos indiferentes.

Nos acercamos a este señor de la viña que sale de su casa y va, personalmente, a buscar trabajadores para su viña. Va al amanecer, vuelve a media mañana y repite por la tarde. Parece que lo suyo es salir a buscar trabajadores, encontrar y acoger en su viña a los que están “todo el día sin hacer nada”. No pone un anuncio, no manda a otros criados…

Es él personalmente, el que sale a buscar, a buscarnos. A preguntarnos por qué estamos sin hacer nada. Por qué nuestra vida, ya al atardecer, está tan vacía… Nos sorprende esta forma de actuar, porque no suelen actuar así los grandes propietarios. Y nos asombramos aun más de que a todos los contrate por un denario. Un denario era lo que una familia necesitaba para vivir un día y le quedaba algo para el día siguiente.

¿Cuándo nos ha llamado a su viña a cada uno de nosotros? ¿Al amanecer de nuestra vida, en nuestra primera juventud, más tarde o ya casi al final? Parece que lo del reloj no es lo suyo, que tampoco le importan demasiado los años… El sale a buscarnos, nos admite en su viña y promete darnos “lo que necesitamos para vivir plenamente”. Nunca le parece que es tarde para nosotros.

A continuación viene el núcleo de la parábola, el hecho que cambia el tono y provoca reacciones diversas: Al anochecer paga a todos el denario que les había prometido, el salario que necesitaban para que su familia cenase esa noche. Y por si nos queda duda el evangelio dice, empezando por los últimos y terminando por los primeros.

¿Qué reacción provoca esto en mí? ¿Cuántas veces hemos reaccionado como los “primeros”?: “Toda la vida trabajando, sacrificándonos y ahora todos somos iguales…”

Es la queja de los que se sienten, o nos sentimos, llamados al amanecer, desde siempre. La queja que expresa nuestra mentalidad estrecha y nuestros cálculos mezquinos… Porque no hemos entendido nada, no conocemos a nuestro Dios. Tratamos con Él como el asalariado con su empleador, a más trabajo más sueldo. Y nos encontramos con un Dios que da el mismo salario a trabajo distinto. Un Dios al que le importa que estemos en la viña, no cuando hayamos llegado. Un Dios que ha decidido, desde siempre, darnos a cada uno lo que necesitamos para vivir plenamente, sin que nos lo tengamos que “ganar”. Y nuestro malestar crecer porque en el fondo, lo grave, es que no tenemos ninguna injusticia que denunciar: ¿No te contraté en un denario?

Y entonces nos damos cuenta de que lo que nos molesta es la bondad de Dios: ¿Vas a tener tu envidia porque yo soy bueno?

¿Preferimos en el fondo un Dios mezquino como nosotros, un Dios calculador, que solo da bienes a los que se los ganan?… En definitiva un Dios al que podamos exigir, “hice esto, me debes dar…

Es un buen momento para revisar en qué Dios creemos. ¿En el que nos hemos imaginado o nos gustaría o en el que Jesús nos anuncia? el Dios que Jesús predica es el que da la salvación a todos gratuitamente. El que trata a todos como a hijos muy queridos y los da lo que necesitan para vivir plenamente. Ese Dios es tan peligroso que a Jesús le costó la vida… no fue su moral social, sus exigencias legales o sus milagros lo que le llevó a la muerte. A Jesús lo condenan porque habla de Dios, como el papá cariñoso, que hace salir el sol sobre malos y buenos y da la lluvia a justos e injustos… ¡Difícil mensaje! Tanta bondad nos sobrepasa…

Sin embargo, esta bondad y forma de actuar de nuestro Dios nos expresa cuál es la dinámica del Reino. La cuestión es, ¿estamos dispuestos a acogerla, a entrar en ella? ¿No es liberador y reconfortante que Dios esté dispuesto a darnos siempre lo que necesitamos? ¿No es una buena noticia que nos trate así a todos?

La persona que se siente así tratada supera la dinámica del “sueldo debido” y entra en la de la gratuidad. ¿Cómo se sentirían los viñadores que llegaron al final y vieron que su familia podría salir adelante un día más? Sin duda, agradecidos. Y de este agradecimiento nace el compromiso, el compromiso con el Señor de la viña, el compromiso por el Reino. La mentalidad “mercantilista” no hace personas comprometidas, implicadas… solo mercenarias.

Este  evangelio nos invita también a plantearnos sinceramente: ¿Es que no somos todos obreros de la última hora? ¿No hay algún aspecto de nuestra vida en el que aún estamos “sin hacer nada”? ¿Cuántas veces no le hemos pedido a Dios que nos de lo que necesitamos, conscientes de que no nos lo hemos ganado? ¿Por qué entonces nos molesta cuando vemos que nuestro Dios trata así a los demás?

Que el Señor de la viña ensanche nuestros corazones y podamos saborear, disfrutar y agradecer su bondad y su amor para con todos.

Mª Guadalupe Labrador Encinas,  fmmdp

Fuente Fe Adulta

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Gracia y Comprensión

Domingo, 20 de septiembre de 2020

Apropiacion.1Domingo XXV del Tiempo Ordinario

20 septiembre 2020

Mt 20, 1-16

Cuando se contrasta esta parábola con otra rabínica anterior, salta a la vista la novedad del mensaje de Jesús, una novedad que puede resumirse en una palabra: gratuidad.

    La parábola anterior –seguramente conocida por el propio Jesús y sus oyentes– era similar en todo a esta evangélica, salvo en el final. Cuando “los primeros” protestan, el amo les replica: “Es cierto, vosotros habéis aguantado toda la jornada, pero estos últimos han trabajado con tanto empeño que en solo una hora han hecho el mismo trabajo que vosotros en todo el día”.

     Esta respuesta “deja las cosas en su sitio” y “salva” nuestro sentido habitual de la “justicia”: cada uno debe recibir según su esfuerzo o sus méritos. Porque no es “justo” que “los últimos sean los primeros”.

    La idea del mérito colorea todos los ámbitos de la existencia, incluido el religioso, donde ha dado lugar a una “religión mercantilista”, que conduce fácilmente al fariseísmo: el creyente no solo presume de sus buenas obras, sino que se considera “justo” –por encima de los demás, según otra lúcida, elocuente y conocida parábola (Lc 18,9-14)– y merecedor de los favores divinos (o con “derechos” ante Dios). Es la “religión del ego”.

      El ego se entiende a sí mismo como “hacedor” y actúa en función del beneficio que piensa obtener. No solo se percibe, de manera insensata, como separado de la vida –de la realidad–, sino que se adjudica la autoría de todo lo que hace y se apropia del resultado.

    Mientras persiste la identificación con el yo no pueden verse las cosas de otro modo. Más aún, se juzgará como indebido o incluso “injusto” el hecho de que todos perciban el mismo “premio”.

   La sabiduría, sin embargo, muestra una perspectiva radicalmente diferente, que tal vez pueda resumirse en estos puntos:

  • cada persona hace todo lo que sabe y puede en cada momento, de acuerdo a su nivel de consciencia y a su “mapa” mental; a partir de aquí, ¿cómo juzgar y compararme con los otros, cuyos condicionamientos de todo tipo desconozco por completo?;
  • todo lo que soy y tengo, en último término, lo he recibido; todo ha sido y es gracia; como se lee en una de las cartas de Pablo, “¿qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué presumes como si no lo hubieras recibido?” (1 Cor 4,7). El hecho mismo de “ir a la viña en la primera hora” –por volver a la parábola–, ¿no es ya un regalo?;
  • lo que llamamos “yo” es solo una “identidad pensada” –la “identidad” que nace de la mente–, pero no lo que realmente somos; el yo se percibe a sí mismo como carencia, en busca de “denarios” con los que conseguir seguridad; pero realmente somos plenitud: ¿por qué pelearnos por “un denario”? (o por “un cabrito”, como hace el hermano mayor de la parábola del “hijo pródigo”, mientras el padre le está asegurando que “todo lo mío es tuyo”: Lc 15,29.31);
  • el yo se considera a sí mismo el “hacedor”, porque la mente se apropia de la acción y considera el resultado un mérito propio; sin embargo, hablando desde el nivel profundo, el único sujeto real de toda acción es la misma y única vida; visto desde ese plano, no soy el hacedor, sino el “canal” a través del cual la acción ha pasado o está pasando; y si no soy el hacedor en el plano profundo –aunque en el nivel relativo o de las formas “funcionemos” con esa creencia–, ¿por qué me apropio del resultado, como si realmente fuera obra mía?

Cuando comprendemos la verdad de lo que somos –plenitud de vida experimentándose en una forma o persona concreta–:

  • dejamos de apropiarnos de los resultados;
  • actuamos sin apetencia de fruto;
  • nuestras acciones nacen y fluyen desde la comprensión de lo que somos;
  • cesan el orgullo en el éxito y la culpa en el fracaso;
  • acaba la comparación, el juicio y la descalificación de los otros.

¿Vivo más en la apropiación o en la gratuidad? ¿A qué se debe?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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¿Por qué a los católicos nos molestará que Dios sea bueno con todos y siempre?

Domingo, 20 de septiembre de 2020

22septiembre2011Del blog de Tomás Muro, La verdad es libre:

  1. Alguna evocación.

No están lejos los tiempos en los que nuestros mayores salían muy de mañana a la plaza del pueblo, para que alguien les contratara aquel día para segar en el campo o vendimiar. De sol a sol. Recuerdos semejantes tendrán aquellos cuyos padres y hermanos iban a la fábrica, a la mar, a la oficina, a la mina…

  1. Dios no es ni un empresario, ni un juez.

         No sé por qué mecanismos y recovecos religiosos se nos ha colado en la historia del catolicismo la mentalidad de que Dios es una especie de empresario o de juez o de remunerador cuya misión es premiar a los buenos y castigar a los malos. Es una visión más bien simplista y nada cristiana de JesuCristo y de Dios Padre

         Dios no es un empresario. Las relaciones de Dios con los seres humanos, con sus hijos, no son las de esperar al final de la vida o al final de los tiempos para ver la “hoja de servicios” que presentáis, si has trabajado 8 horas o apenas una hora…

Las relaciones de Dios con los hombres no son las de un contrato de trabajo y “tanto trabajes, tanto ganas.

         La relación de Dios con los hombres es siempre, siempre, una relación de amor. Dios y la humanidad formamos una familia, no una empresa.

         El amor de Dios no está vinculado a nuestras obras (trabajo), a nuestros méritos. Su amor -como todo amor- no es un premio, ni el pago de nuestro trabajo; es un don, su amor es gracia, una entrega.

         Dios no es un “tratante” eclesiástico. Dios es padre, y las relaciones de un buen padre con sus hijos no son comerciales, lucrativas.

Sin embargo, nuestra mentalidad, nuestra idea de Dios es esencialmente mercantil y utilitaria. “Tanto trabajo, tanto me das”. Es lo lógico, son nuestros caminos, pero no los de Dios.

        cortes-23septiembre2011 Incluso Pedro y los Zebedeos muestran esa actitud: “Nosotros que lo hemos dejado todo, ¿qué paga tendremos?”. Es una mentalidad muy extendida en muchos sectores del campo católico, más proclive a la desgracia del infierno, que a la gracia salvífica.

No es raro escuchar cosas como que: “Nosotros en esta vida nos hemos sacrificado, no hemos disfrutado de esto o aquello y ese hijo tuyo, que diría el hermano mayor de la parábola, lo ha despilfarrado todo y va y resulta que recibe el mismo salario? No puede ser, “aquí el que la hace (o no la hace) la paga”.

  1. La viña y el amo.

         La parábola de hoy, emplea la metáfora de la viña. La viña era Israel, es el Reino de Dios; es decir, aquella realidad, aquella nostalgia de que la humanidad viva en paz y libertad, que cantaba Labordeta:

Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad.

         Cuando aquellos hombres salían a la plaza a ganar un real para dar de comer a su familia, a sus hijos, en el fondo estaban trabajando por el Reino de Dios

         El propietario, el Señor, tiene mucho interés en que todos vayamos a trabajar (luego haremos lo que podamos). Por eso sale a las 6 de la mañana, a las 9, a mediodía, a las 3 y a eso de las 5 de la tarde y trata de “espabilar” a todos, porque la libertad, el pan, la justicia, etc., no son cuestiones religiosas, sino humanas y del buen Dios.

  1. Pues va a ser que sí…

¿O es que no puedo ser justo en mis asuntos?

         Cuando Dios actúa su justicia, lo que hace es querernos más. Y si no que se lo pregunten al hijo pródigo, a la adúltera, a Zaqueo, al buen ladrón, etc. A veces da la impresión de que vivimos conforme a aquel dicho de un cura rural: lo que salva el evangelio, lo condena la moral.

         La cuestión no es lo que yo hago o dejo de hacer; a Dios le importa poco mi “hoja de servicios”. Lo que importa es cómo es Dios. Dios nos mira infinitamente mejor que lo que lo hacemos nosotros.

La justicia de Dios no es la del Derecho laboral o penal o canónico. La justicia de Dios es bondad, gracia, (en términos bíblicos del AT: Alianza). “Dios se muere de amor”.

¿Por qué nos molesta que Dios sea bueno y justo con todos?  (La envidia es el único defecto que no hace bien ni al que la tiene, ni sobre quien recae).

El evangelio de hoy, la justicia del Señor es un canto a la grandeza de corazón, a la amplitud de mente, a la libertad de espíritu.

  1. Dos conclusiones.
  2. ¿Y al final de todo y del todo?

rd06diciembreSigo creyendo que el mismo Dios de estos labradores, el padre del hijo pródigo, de los pecadores, publicanos y prostitutas, el Dios de misericordia es quien nos acoge a todos y siempre. Con eso basta: con saber que el Dios de Jesús es así, me basta. Hay un salmo que dice: El Señor es bueno, no tiene fin su amor. Con eso me vale y me sobra.[1]

  1. Ni salir de casa.

         Solemos decir que hay días que mejor no salir de casa. No hay solamente días, sino años, etapas en la vida en las que uno no tiene ni ganas ni fuerzas para salir a la plaza a ninguna hora. A veces por la enfermedad física o psíquica o las dos, en otros momentos por la edad, en ocasiones por lo vivido, por la situación política, eclesiástica ¡Tenemos una cansera!

         Seguramente que a Dios no le importa mucho lo que hagamos ni lo que cumplimos o dejamos de cumplir en lo eclesiástico. Quienes le importamos a Dios somos nosotros, las personas, sus hijos: cómo estamos de salud, cómo nos va la vida, los sufrimientos. A Dios le preocupa si estás enfermo, si te ha pillado el coronavirus, si tienes trabajo o estás en paro, la realización de la vida matrimonial-familiar, el crecimiento de los hijos, etc. A Dios le preocupa si nos encontramos desanimados, si vamos remontando ciertas situaciones.

Dios está triste no por una cuestión de moralina que huele a naftalina. Dios se entristece, no se enfada, porque no somos solidarios, no damos limosna, estamos enfadados con los hermanos, etc. Dios no va a contar el número de gente que hoy hemos venido o faltado a Misa para ver a cuántos ha de mandar al infierno, Dios está preocupado por el número de parados, con las familias que no llegan a fin de mes, a Dios le preocupa cómo va la pandemia, etc.

         Dios nos quiere no por nuestra libreta bancaria espiritual saneada, sino por nosotros mismos.

Que no nos moleste nunca que Dios sea bueno con todos

[1] No siempre las “plantillas” eclesiásticas y la del Evangelio coinciden. En muchas ocasiones son muy, muy diferentes. ¡Y menos mal!

 

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Consuelo Vélez: “¿El evangelio es también para los ricos?”

Viernes, 18 de septiembre de 2020

ricos-y_pobres_3De su blog  Fe y Vida:

“Jesús quiere que todos tengan ‘tierra, techo y trabajo'”

¿Por qué es tan difícil entender la centralidad que Jesús le da a los pobres si Él mismo se hizo pobre, vivió entre los pobres, les anunció la Buena Noticia del reino y llamó de entre ellos a sus discípulos?

No falta conferencia, conversatorio, clase o reunión en los que al decir frases como “los primeros destinatarios del evangelio son los pobres” o el Reino de Dios es buena noticia para los pobres” o “los preferidos de Dios son los pobres”, etc., alguna persona pregunte si acaso el evangelio no es para todos, si no se está discriminando a los ricos, o si cuando Jesús habló de pobreza no se refería a la pobreza espiritual. Aunque se den respuestas aclaratorias, una y otra vez, no falta el que sigue preguntando o mejor, haciendo una especie de “defensa” de los ricos.

Intentemos, una vez más, sugerir algunas reflexiones para buscar una respuesta. Por supuesto que el amor de Dios es para todos y de eso no deberíamos dudar ni por un instante. Pero lo que hay que ver es si tenemos la claridad suficiente sobre el Dios anunciado por Jesús, sobre el reinado de Dios que se hace presente con Él, sobre las consecuencias que este reino trae. Y aquí es tal vez donde se deja ver qué algo no se ha comprendido suficientemente.

Lucas 4, 16-21 se considera un texto programático de la misión de Jesús:

“Vino a Nazaret, donde se había criado, entró, según su costumbre, en la sinagoga el sábado y se levantó para hacer la lectura. Le entregaron el volumen del profeta Isaías, lo desenrolló y halló el pasaje donde estaba escrito: ‘El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor’. Enrolló el volumen, lo devolvió al ministro y se sentó. En la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él. Comenzó, pues a decirles: ‘Esta escritura que acaban de oír se ha cumplido hoy’”.

Este texto condensa la actividad de Jesús:  anunciar a los pobres la liberación y hacerla efectiva a través de sus palabras (parábolas), gestos (estar con los marginados de su tiempo e incluso sentarse a comer con ellos) y obras (milagros). Y por esa manera de obrar, se gana la enemistad de los poderosos de su tiempo y ya sabemos que consiguen asesinarlo con el castigo más duro de aquella época: la crucifixión.

Lo que acabo de decir de manera tan resumida, tiene muchos desarrollos que cualquier estudioso de teología los conoce. Pero algo pasa en la catequesis ya que, en la práctica, muchos cristianos parecen desconocer esto tan fundamental y, por el contrario, limitan su fe a rezar (y entre más recen, se creen más cristianos), a asistir más asiduamente a los sacramentos y a hacer algunas obras de caridad. Pero lo que se dice de los pobres, a veces, creen que no tiene nada que ver con el evangelio y, lo que es peor, llegan a tildarlo de socialismo, comunismo, lucha de clases, etc.

¿Por qué es tan difícil entender la centralidad que Jesús le da a los pobres si Él mismo se hizo pobre, vivió entre los pobres, les anunció la Buena Noticia del reino y llamó de entre ellos a sus discípulos? La liberación que Jesús ofrece abarca todas las dimensiones de la existencia humana, es decir, quiere que todos tengan “tierra, techo y trabajo” -como dice el Papa Francisco-, lo que constituye el mínimo vital para una vida digna.

El evangelio es para todos y se anuncia a todos. Pero ¿quiénes pueden entenderlo? Normalmente los pobres, tan carentes de todo, viven con esa gratuidad a flor de piel y comparten hasta lo que no tienen. En ellos se cumple aquello del pan nuestro de cada día. Pero, lamentablemente, muchos pobres no tienen la formación ni la fuerza para exigir sus derechos, para denunciar los atropellos que sufren, para entender que Dios no quiere eso para ellos y que Él es el primero que se pone de su lado para buscar la transformación de sus situaciones. Ahora bien, muchos pobres luchan por sus derechos y no se cansan de hacerlo, a través de organizaciones sociales –pocos desde la fe porque no siempre encuentran apoyo en las iglesias-, precisamente, por lo dicho anteriormente. Pero, con mucho esfuerzo, los pobres de la tierra van conquistando derechos. Y esto es lo que Dios quiere para ellos.

Mientras tanto, muchos cristianos que no entienden esta prioridad de Dios para con sus hijos e hijas más necesitadas, se “molestan” de que se hable de los pobres y de su absoluta prioridad. Seguro les pasa lo del joven rico que le pregunta a Jesús cómo ganar la vida eterna y al oír la respuesta “vende lo que tienes y dáselo a los pobres”, se marchó entristecido porque tenía muchos bienes (Mt 19, 16-22). Dios no excluye a nadie, pero los que no entran por el camino de la solidaridad se excluyen a sí mismos.

El problema no es la riqueza, ni la pobreza en sí. La riqueza es buena cuando se reparte y beneficia a todos. Si esto no es así, comienza a ser injusta. Así sea, la que cada uno gana con su trabajo honesto porque todos los bienes han de tener un destino común, como bien lo entendió la primera comunidad cristiana: vendían sus posesiones y sus bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno” (Hc 2, 45). La pobreza es mala cuando supone privación y necesidad humana, pero es buena cuando se asume voluntariamente en aras de la solidaridad, de la libertad de lo superfluo, de hacer efectivo el destino universal de los bienes.

Pretender seguir a Jesús sin asumir la causa de los pobres es no haber comprendido su mensaje. No querer que nos hablen de los pobres es ignorancia. Estar abiertos a desinstalarnos, a valorar las personas antes que a las cosas, a cambiar estilos de vida, a comprometernos con la justicia social es signo de estar entendiendo el camino trazado por Jesús y, seguramente, la posibilidad de seguirle verdaderamente.

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Lo siguieron

Martes, 15 de septiembre de 2020

seguimiento2

*

A propósito de Lucas 5, 1-11
Bernardino Zanella
Chile.

ECLESALIA, 07/09/20.- Atrevernos a vencer la repetitividad y la rutina, aunque nazcan de la experiencia y de la sabiduría, puede permitirnos descubrir caminos nuevos y abrirnos a lo imprevisible y a lo inesperado.

Leemos en el evangelio de san Lucas 5, 1-11:

En una oportunidad, la multitud se amontonaba alrededor de Jesús para escuchar la Palabra de Dios, y Él estaba de pie a la orilla del lago de Genesaret. Desde allí vio dos barcas junto a la orilla del lago; los pescadores habían bajado y estaban limpiando las redes. Jesús subió a una de las barcas, que era de Simón, y le pidió que se apartara un poco de la orilla; después se sentó, y enseñaba a la multitud desde la barca. Cuando terminó de hablar, dijo a Simón: “Navega mar adentro, y echen las redes”. Simón le respondió: “Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si Tú lo dices, echaré las redes”. Así lo hicieron, y sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse. Entonces hicieron señas a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos. Ellos acudieron, y llenaron tanto las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús y le dijo: “Aléjate de mí, Señor, porque soy un pecador”. El temor se había apoderado de él y de los que lo acompañaban, por la cantidad de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y a Juan, hijos de Zebedeo, compañeros de Simón.

Pero Jesús dijo a Simón: “No temas,         de ahora en adelante serás pescador de hombres”. Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron.

Después del discurso en la sinagoga de Nazaret, en que presentó su proyecto, Jesús comienza a desarrollar su actividad misionera en Galilea. “En una oportunidad”, frente a la gran cantidad de gente que ansía “escuchar la Palabra de Dios” de su boca, él pide el auxilio de una barca de pescadores, para poder hablar desde el lago a la multitud que estaba en la orilla.

Pero no basta la barca. Para su misión necesita también el auxilio de los pescadores. Y los convoca a través de un signo muy significativo. Le pide a Simón, el propietario de la barca: “Navega mar adentro, y echen las redes”. Simón, justo volvía de una noche de trabajo sin sacar nada.

Para Lucas es la noche oscura de la frustración, de la soledad, el desánimo y el cansancio, de la ineficacia de tantas luchas, de la impotencia frente a la opresión, de la gran Ausencia.

Habría sido lógico que Simón se negara a la invitación de Jesús. En cambio, prevalece la confianza sobre la experiencia: “Si Tú lo dices, echaré las redes”. Se anima a ir “mar adentro”, lejos de la orilla y del puerto seguro, renunciando al tranquilo y merecido descanso.

El resultado es extraordinario: “Sacaron tal cantidad de peces, que las redes estaban a punto de romperse”.

No basta ni la barca, ni el trabajo sólo de Simón. Hace falta invitar a más personas, llamar “a los compañeros de la otra barca para que fueran a ayudarlos”.

La invitación a la pesca “mar adentro” había sido sólo un pretexto, para invitar a comprometerse en otra pesca, cuyo éxito era anunciado por la cantidad de peces recogidos: “De ahora en adelante serás pescador de hombres”, para liberarlos de toda forma de opresión y esclavitud y para que vivan plenamente.

Simón se reconoce “pecador” frente a Jesús. Pero no importa. La abundancia de la pesca no dependerá de él, sino de la presencia del Señor: “No temas”. La respuesta es radical: “Ellos atracaron las barcas a la orilla y, abandonándolo todo, lo siguieron”. Juntos, dan su total adhesión a Jesús, formando una primera comunidad de discípulos y colaboradores. Pero hay una decisión previa: “Abandonándolo todo”. Hace falta romper con el pasado, con todo lo que ata y da seguridad. La única certeza será él, y la confianza en la misión a la que él los llama.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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El perdón siempre espera “… Se abrazaron y se besaron mutuamente”

Domingo, 13 de septiembre de 2020

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Después de haber compuesto el bienaventurado Francisco las predichas alabanzas de los creaturas que llamó Cántico del hermano sol, aconteció que se produjo una grave discordia entre el 0bispo y el podestá de la ciudad de Asís. El obispo excomulgó al podestá, y éste mandó pregonar que ninguno tratara de vender ni de comprar nada al Obispo, ni de celebrar ningún contrato con él.

El bienaventurado Francisco, que oyó esto estando muy enfermo, tuvo gran compasión de ellos, y más todavía porque nadie trataba de restablecer la paz, Y dijo a sus compañeros:  “Es para nosotros, siervos de Dios, profunda vergüenza que el obispo y el podestá se odien mutuamente y que ninguno intente crear la paz entre ellos”. Y al instante, y con esta ocasión, compuso y añadió estos versos a las alabanzas sobredichas:

“Loado seas, mi Señor,

por aquellos que perdonan por tu amor

y soportan enfermedad y tribulación.

Bienaventurados aquellos que las sufren en paz,

pues por ti, Altísimo, coronados serán”.

Llamó luego a uno de sus compañeros y le dijo: “Vete al podestá y dile de mi parte que tenga a bien presentarse en el obispado con los magnates de la ciudad y con cuantos ciudadanos pueda llevar”.

Cuando salio el hermano con el recado, dijo a otros dos compañeros: “Id y cantad ante el obispo, el podestá y cuantos estén con ellos el Cántico del hermano sol. Confío en que el Señor humillará los corazones de los desavenidos, y volverán a amarse y a tener amistad como antes”.

Reunidos todos en la plaza del claustro episcopal, se adelantaron los dos hermanos y uno de ellos dijo: “El bienaventurado Francisco ha compuesto durante su enfermedad unas alabanzas del Señor por sus creaturas en loor del mismo Señor y para edificación del prójimo. Él mismo os pide que os dignéis escucharlas con devoci6n”. Y se pusieron a cantarlas.

Inmediatamente, el podestá se levantó y, con las manos y los brazos cruzados, las escuchó con la mayor devoción, como si fueran palabras del evangelio, y las siguió atentamente, derramando muchas lágrimas. Tenía mucha fe y devoción en el bienaventurado Francisco.

Acabado el cántico de las alabanzas, dijo el podestá en presencia de todos: “Os digo de veras que no solo perdono al obispo, a quien quiero y debo tener como mi Señor, sino que, aunque alguno hubiera matado a un hermano o hijo mío, le perdonaría igualmente”. Y, diciendo esto, se arrojó a los pies del obispo y dijo: “Señor, os digo que estoy dispuesto a daros completa satisfacción, como mejor os agradare, por amor a nuestro Señor Jesucristo y a su siervo el bienaventurado Francisco”.

El obispo, a su vez, levantando con sus manos al podestá, le dijo: “Por mi cargo debo ser humilde, pero mi natural es propenso, pronto a la ira: perdóname”. Y, con sorprendente afabilidad y amor, se abrazaron y se besaron mutuamente”

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Espejo de perfección“, X,101,
en san Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época,
Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1978, 773-774.

francesco-1

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En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús:

-“Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?

Jesús le contesta:

-“No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.” El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes.” El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.” Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido.

Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.”

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Mateo 18, 21-35

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“Perdonar nos hace bien”. 24 Tiempo ordinario – A (Mateo 18,21-35)

Domingo, 13 de septiembre de 2020

5dc8405b1d7dee2ee6a23ea510845151_images-1156-577-cLas grandes escuelas de psicoterapia apenas han estudiado la fuerza curadora del perdón. Hasta hace muy poco, los psicólogos no le concedían un papel en el crecimiento de una personalidad sana. Se pensaba erróneamente –y se sigue pensando– que el perdón es una actitud puramente religiosa.

Por otra parte, el mensaje del cristianismo se ha reducido con frecuencia a exhortar a las gentes a perdonar con generosidad, fundamentando ese comportamiento en el perdón que Dios nos concede, pero sin enseñar mucho más sobre los caminos que hay que recorrer para llegar a perdonar de corazón. No es, pues, extraño que haya personas que lo ignoren casi todo sobre el proceso del perdón.

Sin embargo, el perdón es necesario para convivir de manera sana: en la familia, donde los roces de la vida diaria pueden generar frecuentes tensiones y conflictos; en la amistad y el amor, donde hay que saber actuar ante humillaciones, engaños e infidelidades posibles; en múltiples situaciones de la vida, en las que hemos de reaccionar ante agresiones, injusticias y abusos. Quien no sabe perdonar puede quedar herido para siempre.

Hay algo que es necesario aclarar desde el comienzo. Muchos se creen incapaces de perdonar porque confunden la cólera con la venganza. La cólera es una reacción sana de irritación ante la ofensa, la agresión o la injusticia sufrida: el individuo se rebela de manera casi instintiva para defender su vida y su dignidad. Por el contrario, el odio, el resentimiento y la venganza van más allá de esta primera reacción; la persona vengativa busca hacer daño, humillar y hasta destruir a quien le ha hecho mal.

Perdonar no quiere decir necesariamente reprimir la cólera. Al contrario, reprimir estos primeros sentimientos puede ser dañoso si la persona acumula en su interior una ira que más tarde se desviará hacia otras personas inocentes o hacia ella misma. Es más sano reconocer y aceptar la cólera, compartiendo tal vez con alguien la rabia y la indignación.

Luego será más fácil serenarse y tomar la decisión de no seguir alimentando el resentimiento ni las fantasías de venganza, para no hacernos más daño. La fe en un Dios perdonador es entonces para el creyente un estímulo y una fuerza inestimables. A quien vive del amor incondicional de Dios le resulta más fácil perdonar.

José Antonio Pagola

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“No te digo que le perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete”. Domingo 13 de septiembre de 2020. Domingo 24º Ordinario

Domingo, 13 de septiembre de 2020

47-ordinarioa24Leído en Koinonia:

Eclesiástico 27,33-28,9: Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas.
Salmo responsorial: 102: El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.
Romanos 14,7-9: En la vida y en la muerte somos del Señor.
Mateo 18,21-35: No te digo que le perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete

Tanto en los tiempos de Jesús como en nuestro tiempo el corazón del ser humano está tentado por el odio y la violencia. Cuando hay odio y rencor el sentimiento de venganza hace presa de nuestro corazón. No sólo se hace daño a otros sino que nos hacemos daño a nosotros mismos. Sólo el perdón auténtico, dado y recibido, será la fuerza capaz de transformar el mundo. Y no sólo hablamos de un asunto meramente individual. El odio, la violencia y la venganza como instrumentos para resolver los grandes problemas de la Humanidad está presente también en el corazón del sistema social vigente.

El libro de Ben Sira, compuesto alrededor del siglo segundo antes de la era cristiana, proporciona una serie de orientaciones éticas y morales para garantizar la madurez de la persona y la convivencia social. Estamos ante una obra de profundo contenido teológico. El autor, Ben Sira, señala al pecador como poseedor de la ira y el furor que conduce a la venganza. Y esta venganza se volverá contra el vengativo. Por eso el único camino que queda es el camino del perdón. También aquí aparece la reciprocidad entre perdonar y obtener perdón. No se puede aspirar al perdón por los pecados cometidos si no se está dispuesto a perdonar a los otros. Tener la mirada fija en los mandamientos de la alianza garantiza la comprensión y la tolerancia en la vida comunitaria. Como vemos, ya desde el siglo II A.C. se plantea este tema de profundo sabor evangélico.

El núcleo del pasaje de la carta a los Romanos es proclamar que Jesús es el Señor de vivos y muertos. He aquí una bella síntesis existencial de la vida cristiana. Para el creyente lo fundamental es orientar toda su vida en el horizonte del resucitado. Quien vive en función de Jesús se esforzará por asumir en la vida práctica su mensaje de salvación integral. Amar al prójimo y vivir para el Señor son dos cosas que está íntimamente ligadas. Por lo tanto no se pueden separar. Quién vive para el Señor amará, comprenderá, servirá y perdonará a su prójimo.

En el evangelio, otra vez Pedro salta a la escena para consultar a Jesús sobre temas candentes en el ambiente judío en que crece la comunidad cristiana. Pero la actitud de Pedro es la del discípulo que quiere claridad sobre la propuesta del maestro. No es la actitud arrogante de los Fariseos y Letrados que quieren poner a prueba a Jesús y encontrar un error garrafal que ofenda la ortodoxia judía para tener de qué acusarlo.

Pedro pregunta por el límite del perdón. Pero para Jesús, el perdón no tiene límites, siempre y cuando el arrepentimiento sea sincero y veraz. Para explicar esta realidad, Jesús emplea una parábola. La pregunta del Rey centra el tema de la parábola: ¿no debías haber perdonado como yo te he perdonado?

La comunidad de Mateo debe resolver ese problema porque está afectando su vida. El perdón es un don, una gracia que procede del amor y la misericordia de Dios. Pero exige abrir el corazón a la conversión, es decir, a obrar con los demás según los criterios de Dios y no los del sistema vigente. Como diría el juglar de la fraternidad, Francisco de Asís, “porque es perdonando como soy perdonado”.

En la catequesis tradicional de la Iglesia católica se exigían cinco pasos, quizás demasiado formales, para obtener el perdón de los pecados: «examen de conciencia, dolor de los pecados, propósito de la enmienda, confesarlos todos, y cumplir la penitencia» -así lo expresaba uno de los catecismos clásicos-. De tal manera que el perdón y la reconciliación, si bien son una gracia de Dios, también exigen un camino pedagógico y tangible que ponga de manifiesto el deseo de cambio y un compromiso serio para reparar el mal y evitar el daño.

En muchos países de América Latina, luego de las dictaduras militares de los setenta y ochenta, se dictaron leyes de amnistías, perdón y olvido, «obediencia debida», o «punto final». Los golpistas y sus colaboradores, responsables por decenas de miles de muertos y desaparecidos en cada uno de nuestros países, se autoperdonaron, burlándose de la justicia y de la verdad. Pero sin Verdad y Justicia, las heridas causadas por la represión en muchos hogares y comunidades no han cerrado aún. A pesar de todas las leyes encubridoras, la presión, el silencio, el ocultamiento de pruebas… la Justicia se hace camino. Llega tarde, pero no deja de llegar. El 14 de junio de 2005, en Argentina, el Tribunal Supremo declaró nulas por inconstitucionalidad las leyes de obediencia debida y de punto final. El día siguiente La Corte suprema de México declara «no prescrito» el delito del expresidente Echeverría por genocidio en la matanza de estudiantes de 1971… Pensemos en otros muchos dictadores y golpistas que, a pesar de todo, están ya siendo juzgados dejando que se dé su lugar a la Verdad y a la Justicia. El perdón y la reconciliación es una exigencia inalienable del ser humano, e indetenible. Y es un proceso de reconstrucción, que trata de reconstruir tanto al victimario como a la víctima.

En ese sentido, nuestras comunidades cristianas deben ser espacios propicios y activos a favor de una verdadera reconciliación basada en la Justicia, la Verdad, la misericordia y el perdón. Pero nunca el Evangelio llama a tolerar la impunidad. La Iglesia –o sea, nosotros, los cristianos y cristianas- debemos apoyar los procesos de reconciliación por el camino verdadero: la Verdad y la Justicia, el no a la impunidad, la reconciliación profunda de la sociedad. Así la Iglesia conseguirá el perdón por su silencio cómplice en algunas de sus figuras jerárquicas conniventes. Leer más…

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13.9.20. Dom 24, ciclo A. Setenta veces siete Del perdón de Jesús al sacramento de la Iglesia (Mt 18, 21-35)

Domingo, 13 de septiembre de 2020

con-que-frecuencia-me-debo-confesar-padre-fortea-respondeDel blog de Xabier Pikaza:

No es un sacramento más, el tercero entre siete, tras bautismo y confirmación, sino el sacramento en sí, presencia recreadora del Dios de Jesús en la vida de los hombres.

La Iglesia ha expresado (proclamado y cumplido) ese perdón de formas (con fórmulas) distintas, conforme al ritmo de los tiempos, en el primer milenio y el segundo, pero en este momento, año 2020, tiene ciertas dificultades para cumplirlo. Ante ella se abre un espléndido y claro camino de perdón o ella termina cayendo en la pura ineficacia, dejando que la humanidad corra el riesgo de destruirse a sí misma en la pura lucha de todos contra todos, en un plano ecológico y militar, político y económico. Sin perdón no hay más salida que el agujero negro de la pura nada humana.

12.09.2020

Introducción

1. El judaísmo había edificado un inmenso templo, un servicio “general” de sumos sacerdotes con el poder de perdonar a través de sacrificio, pero de hecho, como vio Jesús, aquel templo y servicio sacerdotal de perdón no cumplía su función, dejaba a los pobres y ofendidos al borde del camino.

2. Según el evangelio de Mateo,  la Iglesia es signo y fuente de perdón universal, encarnado en las comunidades (18-15-20) y representado por Pedro (cf. 16, 17-19), a quien Jesús dice que perdone 70 veces 7, es decir, siempre. Éste no es el perdón de una autoridad externa, sino el de los mismos ofendidos que perdonan siempre y acogen de nuevo a sus ofensores, creando con ellos una comunión de gratuidad que sustituye al antiguo templo de Jerusalén.

3. La iglesia ha celebrado de diversas formas el sacramento del perdón, pero actualmente parece algo estancada. Si no vuelve a encarnar, celebrar y expandir su experiencia y gracia de perdón, partiendo de Jesús,  ella puede acabar perdiendo sus sentido.

 Esta es la esencia de la Iglesia que, conforme al Credo de los Apóstoles, se define ante todo por el perdón de los pecados y por la “resurrección de la carne”, esto es, por el surgimiento de una comunidad que vive por la gracia del perdón.

Al enfrentarse a Roma y al templo de Jerusalén con su “supra-política” y “supra-religión” de un perdón de sacrificio (templo) o de imposición de los vencedores  y para los vencedores (imperio), Jesús indicaba que una ciudad imperial como Roma (o sacral como Jerusalén) se destruye a sí misma y destruye a los otros diciendo que les perdona.

 No se trata de que los ricos y fuertes “perdonen” a los pobres, sino de que los pobres y excluidos respondan perdonando y abriendo un camino de vida para todos. Sólo cuando los excluidos y ofendidos como Pedro sean (seamos) capaces de cambiar y perdonar a los demás, sólo surja una humanidad de perdón acabará de violencia y podrá haber un futuro de vida para todos.

Éste es el milagro de la propuesta cristiana. Nadie, jamás, logrará demostrar en un plano racional (desde el poder y para el poder) que este perdón es posible (¡no hay en este nivel demostraciones!). Pero habrá muchos que actuarán perdonando, no por debilidad, sino porque han sido capaces de situarse en un plano más alto de vida y de gracia. Esta es la bienaventuranza de Francisco, la de aquellos que perdonan por amor.

 Ese perdón no es el oficio, ni el poder de algunos hombres y mujeres superiores, sino la misma vida de aquellos que han creído en Jesús. Por eso, no puede establecerse y ofrecerse cristianamente desde una iglesia centrada en su poder, sino desde los pobres y ofendidos que perdonan a sus ofensores.

Evidentemente, la Iglesia puede y debe celebrar el perdón de un modo sacramental, en una liturgia de confesión y/o penitencia (como ha hecho en los últimos mil años). Pero antes de esa liturgia del tercer sacramento (ahora muy en crisis) está la vida y obra de aquellos que perdonan por amor: El perdón de los ofendidos y humillados, de los pobres que perdonan a los ricos, de los excluidos a los excluidores, iniciando con Pedro y sus amigos (todos los cristianos) la vía regia del perdón, en amor, el único camino verdadero de la humanidad.

(Imagen 1: Un confesionario. Imagen 2-4. Dos portadas del libro esencial de J. Delumeau, sobre el “perdón”, una con el mercedario valenciano P. Pérez con el libro de confesiones (Zurbarán);  otra de R. van der Weyden, con un confesor medieval; y otra de un libro de Equiza, en el que colaboramos algunos hace 25 años)

 Texto

(1. Introducción Eclesial: Pedro, los “ministros” del perdón: éste es el perdón de todos los ofendidos…). 18 21 Entonces, se adelantó Pedro y le dijo: Señor ¿cuántas veces pecará mi hermano contra mí y le tendré que perdonar? ¿Hasta siete veces? 21   No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete.

(2. Parábola económica: el perdón empieza expresándose en un plano económico: Perdona nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores) 22 Por eso se parece, el Reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus siervos. 24 Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. 25 Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara. 26 El siervo, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo. 27 El señor tuvo lástima de aquel siervo y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. 28 Pero, al salir, el siervo aquel encontró a uno de sus consiervos que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: Págame lo que me debes. 29 El consiervo, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré. 30 Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. 31 Sus consiervos, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. 32 Entonces el señor le llamó y le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. 33 ¿No debías tú también compadecerte de tu consiervo, como yo me compadecí de ti? 34 Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.

(3. Conclusión parenética, perdón de corazón y vida)35 Lo mismo hará también con vosotros mi Padre del cielo, si si perdona de corazón a su hermano. Leer más…

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“Perdonar de corazón”. Domingo 24. Ciclo A

Domingo, 13 de septiembre de 2020

hijo-prodigoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El domingo pasado, Jesús hablaba a sus discípulos de la forma de corregirse fraternalmente. Hoy aborda el tema del perdón a nivel individual y personal, que es el que afecta a la inmensa mayoría de las personas.

 Argumentos para perdonar (Eclesiástico 27,33-28,9)

 La primera lectura está tomada del libro del Eclesiástico, que es el único de todo el Antiguo Testamento cuyo autor conocemos: Jesús ben Sira (siglo II a.C.). Un hombre culto y estudioso, que dedicó gran parte de su vida a reflexionar sobre la recta relación con Dios y con el prójimo. En su obra trata infinidad de temas, generalmente de forma concisa y proverbial, que no se presta a una lectura precipitada. Eso ocurre con la de hoy a propósito del rencor y el perdón.

El punto de partida es desconcertante. La persona rencorosa y vengativa está generalmente convencida de llevar razón, de que su rencor y su odio están justificados. Ben Sira le obliga a olvidarse del enemigo y pensar en sí mismo: “Tú también eres pecador, te sientes pecador en muchos casos, y deseas que Dios te perdone”. Pero este perdón será imposible mientras no perdones la ofensa de tu prójimo, le guardes rencor, no tengas compasión de él. Porque «del vengativo se vengará el Señor».

Del vengativo se vengará el Señor y llevará estrecha cuenta de sus culpas. Perdona la ofensa a tu prójimo, y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas. ¿Cómo puede un hombre guardar rencor a otro y pedir la salud al Señor? No tiene compasión de su semejante, ¿y pide perdón de sus pecados? Si él, que es carne, conserva la ira, ¿quién expiará por sus pecados? 

Si lo anterior no basta para superar el odio y el deseo de venganza, Ben Sira añade dos sugerencias: 1) piensa en el momento de la muerte; ¿te gustaría llegar a él lleno de rencor o con la alegría de haber perdonado? 2) recuerda los mandamientos y la alianza con el Señor, que animan a no enojarse con el prójimo y a perdonarle. [En lenguaje cristiano: piensa en la enseñanza y el ejemplo de Jesús, que mandó amar a los enemigos y murió perdonando a los que lo mataban.]

Piensa en tu fin, y cesa en tu enojo; en la muerte y corrupción, y guarda los mandamientos.

Recuerda los mandamientos, y no te enojes con tu prójimo; la alianza del Señor, y perdona el error.

Pedro y Lamec

            Lo que dice Ben Sira de forma densa se puede enseñar de forma amena, a través de una historieta. Es lo que hace el evangelio de Mateo en una parábola exclusiva suya (no se encuentra en Marcos ni Lucas).

            El relato empieza con una pregunta de Pedro. Jesús ha dicho a los discípulos lo que deben hacer «cuando un hermano peca» (domingo pasado). Pedro plantea la cuestión de forma más personal: «Si mi hermano peca contra mí», «si mi hermano me ofende». ¿Qué se hace en este caso? Un patriarca anterior al diluvio, Lamec, tenía muy clara la respuesta:

«Por un cardenal mataré a un hombre,

a un joven por una cicatriz.

Si la venganza de Caín valía por siete,

la de Lamec valdrá por setenta y siete» (Génesis 4,23-24).

Pedro sabe que Jesús no es como Lamec. Pero imagina que el perdón tiene un límite, no se puede exagerar. Por eso, dándoselas de generoso, pregunta: «¿Cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?» Toma como modelo contrario a Caín: si él se vengó siete veces, yo perdono siete veces.

Jesús le indica que debe tomar como modelo contrario a Lamec: si él se vengó setenta y siete veces, perdona tú setenta y siete veces. (La traducción litúrgica, que es la más habitual, dice «setenta veces siete»; pero el texto griego se puede traducir también por setenta y siete, como referencia a Lamec). En cualquier hipótesis, el sentido es claro: no existe límite para el perdón, siempre hay que perdonar.

 La parábola

Para justificarlo propone la parábola de los dos deudores. La historia está muy bien construida, con tres escenas: la primera y tercera se desarrollan en la corte, en presencia del rey; la segunda, en la calle.

1ª escena (en la corte): el rey y un deudor.

 Y a propósito de esto, el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.” El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.

 

Se subraya: 1) La enormidad de la deuda; diez mil talentos equivaldrían a 60 millones de denarios, equivalente a 60 millones de jornales. 2) Las duras consecuencias para el deudor, al que venden con toda su familia y posesiones. 3) Su angustia y búsqueda de solución: ten paciencia. 4) La bondad del monarca, que, en vez de esperar con paciencia, le perdona toda la deuda.

 2ª escena (en la calle): el deudor perdonado se convierte en acreedor

 Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba, diciendo: “Págame lo que me debes.” El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré.” Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. 

 Esta escena está construida en fuerte contraste con la anterior. 1) Los protagonistas son dos iguales, no un monarca y un súbdito. 2) La deuda, cien denarios, es ridícula en comparación con los 60 millones. 3) Mientras el rey se limita a exigir, el acreedor se comporta con extrema dureza: «agarrándolo, lo estrangulaba». 4) Cuando escucha la misma petición de paciencia que él ha hecho al rey, en vez de perdonar a su compañero lo mete en la cárcel.

 3ª escena (en la corte): los compañeros, el rey y el primer deudor.

 Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo, si cada cual no perdona de corazón a su hermano.

 Dos detalles: 1) La conducta del deudor-acreedor escandaliza e indigna a sus compañeros, que lo denuncian al rey. Este detalle, que puede pasar desapercibido, es muy importante: a veces, cuando una persona se niega a perdonar, intentamos defenderla; sin embargo, sabiendo lo mucho que a esa persona le ha perdonado Dios, no es tan fácil justificar su postura. 2) La frase clave es: «¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?” 

Con esto Jesús no sólo ofrece una justificación teológica del perdón, sino también el camino que lo facilita. Si consideramos la ofensa ajena como algo que se produce exclusivamente entre otro y yo, siempre encontraré motivos para no perdonar. Pero si inserto esa ofensa en el contexto más amplio de mis relaciones con Dios, de todo lo que le debemos y Él nos ha perdonado, el perdón del prójimo brota como algo natural y espontáneo. Si ni siquiera así se produce el perdón, habrá que recordar las severas palabras finales de la parábola, muy intere­santes porque indican también en qué consis­te perdonar setenta y siete veces: en perdonar de corazón.

 La diferencia entre la 1ª lectura y el evangelio

             Ben Sira enfoca el perdón como un requisito esencial para ser perdonados por Dios. La parábola del evangelio nos recuerda lo mucho que Dios nos ha perdonado, que debe ser el motivo para perdonar a los demás.

 «Vivimos para el Señor, morimos para el Señor» (Romanos 14,7-9)

             El breve fragmento elegido de la carta a los Romanos carece de relación con las otras dos lecturas. Pero en este tiempo de pandemia, cuando se acumulan miles de muertos, consuela recordar que «en la vida y en la muerte somos del Señor».

 

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13 Sep. Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Domingo, 13 de septiembre de 2020

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El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda.”

(Mt 18, 21-35)

El domingo pasado el evangelio nos invitaba a salir a camino de aquellas personas que se pierden y esa es una manera de reconciliación. Pero hoy el evangelio nos mete el dedo en la llaga. Una cosa es que mi hermano peque, otra muy distinta es que me ofenda a mí, que me dañe de alguna manera.

Todas queremos ser perdonadas, pero ¡cuánto nos cuesta perdonar! Y es que lo de perdonar no es de una vez para siempre, sino un ejercicio continuo, es un esfuerzo.

El perdón es una escuela de alto rendimiento (¡70 veces 7!). Hay que ejercitarse todos los días y practicarlo de por vida. Realmente nuestras sociedades serían completamente diferentes si se pusiera de moda el arte de perdonar y, de hecho, aquellas personas que han sabido vivir perdonando son las que han cambiado el rumbo de la historia.

Quien perdona se trasciende porque se va pareciendo cada vez más a Dios, al Dios de Jesús que murió diciendo: “perdónales porque no saben lo que hacen”.

A fin de cuentas, el perdón es la antípoda del miedo. Quien perdona se arriesga a que le vuelvan a fallar, a que le vuelvan a herir. Si le cierras la puerta al perdón se la abres al miedo y al rencor. Así las demás personas se convierten en enemigas de las que tenemos que defendernos. Y esto último es rentable. ¡Todo un negocio! El negocio del miedo. Para la economía globalizada nuestro miedo es más que rentable, es la base, el motor.

Si aprendiéramos a dialogar, si llegáramos a perdonarnos, ¿dónde quedaría el negocio de las guerras, de las armas? Si no tuviéramos que defendernos unos países de otros, unos vecinos de otros, ¿qué pasaría con el negocio de las aseguradoras?

El camino del perdón es mucho más subversivo de lo que pensamos. Y el mensaje de Jesús más peligroso de lo que muchos de nuestros intereses pueden soportar.

Perdonar es una de las armas más revolucionarias de la historia. Los poderes de este mundo deberían prohibirlo, pero han hecho algo todavía mejor: ¡desprestigiarlo! Nos han hecho creer que quien perdona pierde. Que quien perdona se dejar pisar. Y nosotros nos lo hemos creído.

Oración

Ilumina, Trinidad Santa, nuestra mente, nuestro corazón y nuestra voluntad para que podamos descubrir la fuerza trasformadora del perdón. ¡Amén!

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Perdonar es tomar conciencia de que no hay nada que perdonar.

Domingo, 13 de septiembre de 2020

HIJO-PRODIGOMt 18,21-35

El evangelio de hoy es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí se daba por supuesto el perdón. Hoy es el tema principal. Mt sigue con la instrucción sobre cómo comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón mutuo sería imposible cualquier clase de convivencia estable. El perdón es la más alta manifestación del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón. Dejaríamos de ser humanos si pudiéramos eliminar la posibilidad de fallar y el fallo concreto y real.

La frase setenta veces siete“, no podemos entender­la literalmente; como si dijera que hay que perdonar 490 veces. Quiere decir que hay que perdonar siempre. El perdón tiene que ser, no un acto, sino una actitud, que se mantiene durante toda la vida y ante cualquier ofensa. Los rabinos más generosos del tiempo de Jesús hablaban de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro se siente mucho más generoso y añade otras tres. Siete era ya un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente, porque supone que Pedro todavía lleva cuenta de las ofensas.

La parábola de los dos deudores no necesita explicación. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda de uno y otro. El señor es capaz de perdonar una inmensa deuda (60.000.000 denarios). El empleado es incapaz de perdonar 100 denarios. Al final, encontramos un rabotazo de AT: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Jesús nunca pudo dar a entender que un Dios vengativo puede castigar de esa manera, o negarse a perdonar hasta que cumplamos unos requisitos.

El perdón sólo puede nacer de un verdadero amor. No es fácil perdonar, como no es fácil amar. Va en contra de todos los instintos. Va en contra de lo razonable. Desde nuestra conciencia de individuos aislados en nuestro ego, es imposible entender el perdón del  evangelio. El ego necesita enfrentarse a todo para sobrevivir y potenciarse. Desde esa conciencia, el perdón se convierte en un factor de afianzamiento del ego. Perdono (la vida) al otro porque así dejo clara mi superioridad moral. Expresión de este perdón es la famosa frase: “perdono pero no olvido” que es la práctica común en nuestra sociedad.

Para entrar en la dinámica del perdón, debemos tomar conciencia de nuestro verdadero ser y de la manera de ser de Dios. Experimentando la ÚNICA REALIDAD, descubriré que no hay nada que perdonar, porque no hay otro. Con un ejemplo podemos aproximarnos a la idea. Si tengo una infección en el dedo meñique del pie y me causa unos dolores inaguantables, ¿puedo echar la culpa al dedo de causarme dolor? El dedo forma parte de mí y no hay manera de considerarlo como un objeto agresor. Hago todo lo posible por curarlo porque es la única manera de ayudarme a mí mismo.

Desde nuestro concepto de pecado como mala voluntad por parte del otro, es imposible que nos sintamos capaces de perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia. La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad solo puede ser atraída por el bien. La trampa está en que se trata del bien o el mal, que le presenta la inteligencia, que con demasiada frecuencia se equivoca y presenta a la voluntad como bueno lo que en realidad es malo.

“Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Dios no tiene acciones, mucho menos puede tener reacciones. Dios es amor y por lo tanto es también perdón. No tiene que hacer ningún acto para perdonar; está siempre perdonando. Su amor es perdón porque llega a nosotros sin merecerlo. Ese perdón de Dios es lo primero. Si lo aceptamos nos hará capaces de perdonar a los demás. Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado, es que perdonamos. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida que nosotros perdonamos.

Es muy difícil armonizar el perdón con la justicia. Nuestra cultura cristiana tiene fallos garrafales. Se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por el jurisdicismo romano. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada a lo que vivió y enseñó Jesús. En nuestra sociedad se está acentuando cada vez más el sentimiento de Justicia, pero se trata de una justicia racional e inmisericorde, que la mayoría de las veces esconde nuestro afán de venganza. El razonamiento de que sin justicia los malos se adueñarían del mundo no tiene sentido.

Este sentido de la justicia se la hemos aplicado al mismo Dios y lo hemos convertido en un monstruo que tiene que hacer morir a su propio Hijo para “justificar” su perdón. Es completamente descabellado pensar que un verdadero amor está en contra de una verdadera justicia. Luchar por la justicia es conseguir que ningún ser humano haga daño a otro en ninguna circunstancia. La justicia no consiste en que una persona perjudicada consiga perjudicar al agresor. Seguiremos utilizando la justicia para dañar al otro.

Lo que decimos en el Padrenuestro es un disparate. No es un defecto de traducción. En el AT está muy clara esta idea. En la primera lectura nos decía exactamente: “Del vengativo se vengará el Señor”. “Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas“. Cuando el mismo evangelista Mateo relata el Padrenues­tro, la única petición que merece un comentario es ésta, para decir: “…Porque si perdonáis a vuestros hermanos, también vuestro Padre os perdonará; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará (Mt 6,14). ¿No sería más lógico pedir a Dios que nos perdone como solo Él sabe hacerlo, y aprendamos de Él nosotros a perdonar a los demás?

Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables, no salgo de la dinámica del egoísmo. El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en el objeto del amor y sus cualidades. El amor a los que son amables no es garantía ninguna del amor verdaderamente humano y cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.

No solo el ofendido necesita perdonar para ser humano. También el que ofende necesita del perdón para recuperar su humanidad. La dinámica del perdón responde a la  necesidad psicológica del ser humano de un marco de aceptación. Cuando el hombre se encuentra con sus fallos, necesita una certeza de que las posibilidades de rectificar siguen abiertas. A esto le llamamos perdón de Dios. Descubrir, después de un fallo grave, que Dios me sigue queriendo, me llevará a la recuperación, a superar la desintegración que lleva consigo un fallo grave. La mejor manera de convencerme de que Dios me ha perdonado, es descubrir que aquel a quien ofendí me ha perdonado.

Meditación

Si vivo en la superficie de mi ser (ego),
el perdón, que nos pide Jesús, será imposible.
No hay ofensor, ni ofendido, ni ofensa.
No hay nada que perdonar ni nadie a quien perdonar.
Cualquier otra solución no pasará de artificial e inútil.
O se convierte en refuerzo de nuestro ego.

Fray Marcos

Fuente Adulta

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Un Padrenuestro original.

Domingo, 13 de septiembre de 2020

HIJO-PRÓDIGO5_thumb1Hoy el niño menos diestro, quiere enseñar al cura el Padrenuestro (Refranero)

1 de septiembre. DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO

Mt 8, 21-35

Compadecido de aquel criado, el rey le dejó marchar y le perdonó la deuda.

Jesús señaló en la oración del Padrenuestro que hay que perdonar a todos, como también lo dijo don Miguel de Unamuno en el tan singular suyo:

Padre nuestro. Padre; he aquí la idea viva del cristianismo. Dios es Padre de amor. Y es Padre nuestro, no mío.

Santificado sea el tu nombre. No se oigan alabanzas más que de Ti, y a ti se refiera todo, que así habrá paz y morirá la soberbia.

Venga a nos el tu reino, venga a nos, y no vayamos él. Sin tu gracia no podemos llegar al reino de la vida eterna y ¿qué es la gracia más que un llevarnos Tú a él? El Verbo bajó, encarnó en maría, y se hizo hombre. Para traernos el reino de la vida eterna. No fue la humanidad al Verbo, no ascendió el hombre a Dios, sino que por su aspiración a Él. Él bajó. Venga a nos, no a mí.

Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Suprema fórmula de resignación y de la paz. Así en la tierra, así en el cielo de la realidad, como en el cielo, en el reino del ideal.

El pan nuestro de cada día dánosle hoy. Hoy, sólo hoy ¿quién es dueño del mañana? «No os inquietéis por el mañana, ni qué comeréis o beberéis, etc.» Vivamos como si hubiésemos de morir dentro de un instante.

Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. ¿Nuestros deudores? ¿Qué nos deben? Esto o aquello que proviene del Señor. ¿Es mío lo que me deben? Y yo debo todo lo que soy, me debo a mí mismo.

Y no dejes caer en la tentaciónNo confiemos en nuestras propias fuerzas, que quien ama el peligro, en él perece.

Mas líbranos del malAmén. Es de lo único que debemos ser libres, de lo que el Señor sabe que es nuestro mal, no de lo que creemos nosotros que lo es. Y así no pidamos que nos libre de esto o de aquello, sino que, en estas breves palabras, dichas desde el corazón, está toda súplica de deseo impuro y de vana complacencia.

 

Pero éste no es el caso del Refranero, cuando dice aquello de:

“Hoy el niño menos diestro, quiere enseñar al cura el Padrenuestro.

Mas como este niño, hay otros muchos que se creen sabios, y repiten una y otra vez lo mismo.

La poetisa Yvonne Torregrosa, escribió este Poema:

PADRE NUESTRO

Padre nuestro,
dime si en verdad estás en el cielo;
si tienes contigo a mis padres y abuelos,
a mi hermana pequeña

Santificamos muchos
en esta tierra tu nombre,
con peticiones de amor,
rogando la paz,
pidiendo bondad para todos los hombres.

Hágase tu voluntad de igualdad
aquí en la tierra,
que prime el cariño y la gentileza,
la bondad y la belleza.
Perdona nuestras ofensas
y a los que dañan a un niño.

Danos un mañana pleno de esperanzas,

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Recordatorio

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