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Ojos nuevos

Lunes, 25 de octubre de 2021

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Hoy más que nunca, Señor,
necesito unos ojos nuevos
para ver la vida tal cual Tú la ves
y no perderme entre sus luces y oscuridades.

Quiero unos ojos vivos y profundos,
limpios y despiertos como los tuyos,
nobles y tiernos, alegres y llorosos
porque éstos están doloridos y secos.

Quiero unos ojos serenos y grandes
para otear el horizonte y sus brotes,
y pequeños, vivos y luminosos
para dar claridad a todos los rincones.

Quiero unos ojos que sepan mirar de frente,
y vean de día y de noche tus preocupaciones;
unos ojos que no engañen a nadie
y que sean trampolín de emociones.

Quiero unos ojos que reflejen
lo que soy y tengo interiormente,
que enamoren y se den gratis
y que sepan enamorarse.

¿Quién me dará unos ojos así,
en estos tiempos pobres y de crisis,
si no eres Tú, que sabes y quieres
y tienes un taller esperando mis necesidades?

*

Florentino Ulibarri
Fuente Fe Adulta

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , ,

Que pueda ver.

Domingo, 24 de octubre de 2021

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Oasis de Jericó
en la vega del Jordán;
todo luz, todo verdor,
todo rumores de aguas,
todo un regalo de Dios.

¡Y tú, ciego Bartimeo,
de oscura y seca pupila,
sin poder captar el vuelo
de aquella luz tamizada
de un limpio sol mañanero!

Si una vez dijo un poeta
que no hay en el mundo nada,
tan inhumano y cruel,
como ser ciego en Granada,
habrá que añadir también
que ser ciego en Jericó
es ser ciego en un Edén.

¡Pobre ciego Bartimeo,
pidiendo junto al camino,
limosna a los pasajeros!
¡Qué suerte aquella mañana,
cuando al pasar el Señor,
algo se encendió en tu alma
para poderle gritar:
Jesús, quiero ver el sol,
y, sobre todo, tu cara!

Era tu fe quien gritaba,
ya no te importaba ver
la luz y el correr del agua,
sólo gritabas muy fuerte:
¡Jesús, hijo de David,
que pueda yo ver tu cara!

Y cuando oiste su voz
y oiste que te llamaba,
allí tu manto voló
sobre el polvo del camino,
para así correr mejor.

La luz se posó en tus ojos,
de oscura y seca pupila,
y pudiste ver el rostro
del que es la Luz que ilumina
al hombre que al mundo llega.
Y te lanzaste al camino…
¡Camino que guía y lleva!

 *

José Luis Martínez SM

El ciego Bartimeo (Mc 10. 46-52)

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ciego

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En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar:

“Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.”

Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más:

“Hijo de David, ten compasión de mí.”

Jesús se detuvo y dijo:

– “Llamadlo.”

Llamaron al ciego, diciéndole:

“Ánimo, levántate, que te llama.”

Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo:

– “¿Qué quieres que haga por ti?”

El ciego le contestó:

“Maestro, que pueda ver.”

Jesús le dijo:

“Anda, tu fe te ha curado.”

Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

*

Marcos 10, 46-52

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En este episodio sobresale de modo evidente la lógica del amor. Cristo llega y manda llamar a Bartimeo. El ciego, que todavía lo era, abandona su manto – o sea, todo lo que tenía- y dando «un salto» se dirige hacia el «hijo de David». El ciego, que cuando gritaba antes era reprendido por los discípulos y por las personas que rodeaban al Señor para que callara, cuando le dicen que Cristo le llama, se confía del todo a esta llamada.

        Podía ser muy bien una tomadura de pelo, un momento de insana diversión por parte de la gente, como probablemente había vivido ya Bartimeo. Pero esta alusión al salto que dio hacia Jesús indica un clima festivo. Es una muestra de la certeza interior del ciego de que aquel que está pasando ¡unto a él es el Mesías, el rey de la justicia, que puede tomarle consigo en su camino hacia Jerusalén. Y la pregunta que le hace Jesús es desconcertante: «¿Qué quieres que haga por ti?». Existe una auténtica angustia en el hombre cuando piensa que, si conoce a Dios, deberá servirle, dejará de ser libre. Pero cuando el ciego -expresión de toda la pobreza del hombre- está frente a Cristo, reconocido como hijo de David, es él, el Mesías, el que pronuncia la frase típica de todo siervo cuando le llama su señor: «¿Qué quieres que haga por ti?». Dios desciende y sale al encuentro del hombre que grita, presentándose a este hombre como humilde siervo.

*

M. I. Rupnik,
Decir el hombre, icono del creador, revelación del amor,
PPC, Madrid 2000.

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“Un grito molesto”. 30 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10,46-52)

Domingo, 24 de octubre de 2021

bce3993f-2c39-436a-8d69-42732f5f66acJesús sale de Jericó camino de Jerusalén. Va acompañado de sus discípulos y más gente. De pronto se escuchan unos gritos. Es un mendigo ciego que, desde el borde del camino, se dirige a Jesús: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!».

Su ceguera le impide disfrutar de la vida como los demás. Él nunca podrá peregrinar hasta Jerusalén. Además, le cerrarían las puertas del templo: los ciegos no podían entrar en el recinto sagrado. Excluido de la vida, marginado por la gente, olvidado por los representantes de Dios, solo le queda pedir compasión a Jesús.

Los discípulos y seguidores se irritan. Aquellos gritos interrumpen su marcha tranquila hacia Jerusalén. No pueden escuchar con paz las palabras de Jesús. Aquel pobre molesta. Hay que acallar sus gritos: Por eso «muchos le regañaban para que se callara».

La reacción de Jesús es muy diferente. No puede seguir su camino ignorando el sufrimiento de aquel hombre. «Se detiene», hace que todo el grupo se pare y les pide que llamen al ciego. Sus seguidores no pueden caminar tras él sin escuchar las llamadas de los que sufren.

La razón es sencilla. Lo dice Jesús de mil maneras, en parábolas, exhortaciones y dichos sueltos: el centro de la mirada y del corazón de Dios son los que sufren. Por eso él los acoge y se vuelca en ellos de manera preferente. Su vida es, antes que nada, para los maltratados por la vida o por las injusticias: los condenados a vivir sin esperanza.

Nos molestan los gritos de los que viven mal. Nos puede irritar encontrarlos continuamente en las páginas del evangelio. Pero no nos está permitido «mutilar» su mensaje. No hay Iglesia de Jesús sin escuchar a los que sufren.

Están en nuestro camino. Los podemos encontrar en cualquier momento. Muy cerca de nosotros o más lejos. Piden ayuda y compasión. La única postura cristiana es la de Jesús ante el ciego: «¿Qué quieres que haga por ti?». Esta debería ser la actitud de la Iglesia ante el mundo de los que sufren: ¿qué quieres que haga por ti?

José Antonio Pagola

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“Maestro, haz que pueda ver” . Domingo 24 de octubre de 2021. Domingo 30º ordinario.

Domingo, 24 de octubre de 2021

57-ordinarioB30 cerezoLeído en Koinonia:

Jeremías 31, 7-9: Guiaré entre consuelos a los ciegos y cojos.
Salmo responsorial: 125El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Hebreos 5, 1-6: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.
Marcos 10, 46-52: Maestro, haz que pueda ver.

El libro de Jeremías nos muestra un aspecto de la manifestación de Dios al que no estamos acostumbrados: la ternura. Dios nos ama sin importar si vamos por la vida como ciegos o cojos, es decir, si a duras penas podemos caminar o si apenas vemos o presentimos por dónde vamos. Dios nos ama, así estemos en un estado de vulnerabilidad o debilidad absoluta, como lo puede estar una mujer encinta o una madre que recién ha alumbrado a su hija. Dios nos ama incluso si hemos huido de él y nos hemos refugiado en el último confín de la tierra. Y la razón de ese amor no es otra que la de sentirnos hijos suyos, la de habernos engendrado por su amor, la de hacernos partícipes de su reino. Una de las insistencias de Jesús era la de vivir la experiencia amorosa de Dios como la esencia sobre la que se funda y funde nuestra vida; y no porque ello estuviera a tono con la sensibilidad religiosa de su tiempo.

El salmo empalma bien con la primera lectura y nos muestra cómo la magnificencia de Dios consiste en el rescate y redención de su pueblo. La experiencia del exilio ya no es la de vivir en un país extranjero, sino la de sentir que ningún lugar del mundo es extraño al proyecto transformador de Dios.

La segunda lectura, de la carta a los Hebreos, afianza y confirma esa dimensión del poder de Dios manifestado como compasión y misericordia. Jesús consagra nuestra vida a Dios por medio de su vida y su Palabra. Él redime nuestras faltas y nos encamina por una experiencia en la que convertimos en fortalezas nuestras infaltables debilidades humanas. Él nos ofrece un camino de redención que supera el puro precepto religioso, la simple justificación sentimental o un vacío racionalismo abstracto. Dios es el que llama, y nosotros somos quienes podemos responderle. Ya no queremos un gurú o un experto en religión, sino un hermano o una hermana que camine con nosotros y nos ayude a realizar esa vocación por la cual nos hemos hecho cristianos.

El evangelio de Marcos narra la curación del ciego Bartimeo, el último “milagro” de Jesús narrado por Marcos. Tradicionalmente este pasaje se ha incluido en el género “milagro”, pero si se lo examina bien, carece de algunos elementos típicos de este género, como por ejemplo el gesto de curación o la palabra sanadora. Estamos, más bien, ante un relato, basado tal vez en un hecho histórico, que sobre todo quiere acentuar la importancia de la fe como fundamento del discipulado.

El relato, dentro de su sobriedad, está «cargado de detalles», que, sin duda, han sido puestos en el relato con segunda intención, para facilitar una interpretación y aplicación concreta. Marcos nos indica el lugar donde sucede este episodio: a la salida de Jericó, la ciudad de las palmeras en medio del desierto de Judá, la puerta de entrada en la tierra prometida (cf Dt 32,49; 34,1), paso obligado para los peregrinos que venían de Galilea, por el camino del Jordán, a Jerusalén, ciudad de la que dista algo más de 30 kilómetros. La Jericó del tiempo de Jesús estaba situada al suroeste de la mencionada en el AT. Había surgido en torno a la lujosa residencia invernal construida por Herodes.

Hay, además, una alusión explícita –aunque suene un tanto genérica– al nombre del ciego: Bar-timeo, el «hijo de Timeo»; Mateo y Lucas no mencionarán este detalle. Junto con el de Jairo es el único nombre propio que aparece en Marcos antes de iniciar el relato de la pasión. Algunos piensan que esto es debido al hecho de que probablemente este hombre formó parte de la comunidad cristiana palestinense.

El protagonista es un hombre ciego, doblemente pobre, por tanto. Lv 19,14, Dt 27,18, Is 59,9 son textos que nos ayudan a comprender la situación de los ciegos en Israel. La liturgia ha establecido un nexo entre este evangelio y la primera lectura de Jeremías porque en ambos casos se habla de un acontecimiento gozoso para los ciegos.

El diálogo comienza con una petición de Bartimeo, de hondo trasfondo veterotestamentario (cf Os 6,6), y que la liturgia eucarística ha incorporado en el acto penitencial: “Ten compasión de mí”. La petición va precedida por el título mesiánico de hijo de David. Esta es la única vez que aparece este título en el evangelio. Posteriormente el ciego le llamará “rabbuní” (término que solemos traducir por “maestro” y que el original de Marcos no traduce).

La gente lo manda callar para que no moleste. Este mandato no tiene nada que ver con el “secreto mesiánico” tan típico de Marcos, ya que aquí quien manda callar no es Jesús sino la gente. Cuando el ciego se entera de que Jesús lo llama, “soltó el manto” y, de un salto, se acercó a Jesús. Este detalle aparece también en 2Re 7,15. Es una manera de indicar el interés que produce el acontecimiento.

El diálogo posterior se narra de una manera esquemática: pregunta (¿Qué quieres que haga por ti?), petición (“Maestro, que pueda ver”) y respuesta (“Anda, tu fe te ha curado”). Como ya se indicó antes, faltan el gesto y las palabras de la curación. El acento recae en la fuerza de la fe. Esta es la que permite pasar de la tiniebla a la luz, del borde del camino al interior del camino, de la pasividad de quien mendiga a la actividad de quien sigue a Jesús hasta el final.

Hoy se habla mucho de las terapias sanadoras a través de la medicina natural, de las técnicas psicológicas, de las tradiciones budistas, de los flujos de energía… y de los problemas sicosomáticos, que se curan de un modo también psico-somático… Los milagros se desnudan y se nos hacen mucho más explicables, mucho más del día a día. La vida está llena de «milagros» para quien sabe llevarla, por quien la lleva con coraje, con «fe». La «inteligencia emocional» (cfr. Daniel Goleman), la «inteligencia ecológica» (del mismo autor), la «inteligencia espiritual» (cfr. Danah Zohar), el holismo, la sinergia… nos trasladan a un «realismo mágico» nada inaccesible. La fe mueve montañas, ya lo dijo Jesús. Los milagros de nuestra fe no tienen por qué ser milagros-milagros, estrictamente sobrenaturales… Al menos, muchos de los de Jesús de Nazaret parece que no lo fueron, y los nuestros de hoy día es más difícil que lo sean. Tal vez necesitemos simplemente «educar los ojos» con esa inteligencia emocional, ecológica, espiritual (no en la visión lineal en la que nos educaron en el viejo paradigma)… y volver a echar mano de la fe, del «coraje de existir» (Tillich). Leer más…

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24.10.21. Ante el DOMUND. Cuatro momentos de la misión cristiana

Domingo, 24 de octubre de 2021

3FE71F51-E9EF-4B81-BD54-96C2C4293800Del blog de Xabier Pikaza:

Se celebra mañana (24.10.21) la fiesta del DOMUND, Domingo Mundial de las Misiones. Con esta ocasión, y con motivo de una carta muy discutida del Papa Francisco a los obispos de México, en el Segundo Centenario de la Independencia, sobre el tema de la Evangelización, quiero presentar los cuatro momentos y estilos de la misión (evangelización) cristiana a lo largo de la historia.

Son momentos que han sido valiosos, pero que pueden y deben ser valorados y actualizados desde el Evangelio, como hice en mis dicciones de la Biblia  de las Religiones. Así han de valorarse y recrearse, desde el Evangelio, en este momento (año 2021) en que la iglesia está replantando su visión  y tarea de la misión cristiana.

Papa Francisco, sobre la evangelización de América

Con motivo del bicentenario de la Independencia de México, el 17.9.2021), el Papa francisco escribió una carta de felicitación a Mons. Cabrera López, Presidente de la Conferencia Episcopal    alegrándose por el evento y deseando  que “este aniversario tan especial fuera ocasión propicia para fortalecer las raíces y reafirmar los valores de México, “teniendo en cuenta tanto las luces como las sombras que han forjado la historia del país”, mirando al pasado para recrear el futuro:

           “Esa mirada retrospectiva incluye necesariamente un proceso de purificación de la memoria, es decir, reconocer los errores cometidos en el pasado, que han sido muy dolorosos. Por eso, en diversas ocasiones, tantos mis antecesores como yo mismo, hemos pedido perdón por los pecados personales y sociales, por todas las acciones u omisiones que no contribuyeron a la evangelización”.

 El Papa no hacía ninguna referencia a la conquista española, ningún juicio de valor político estricto, refiriéndose sólo, desde un punto de vista eclesial, a la “evangelización”, esto es, a la transmisión del cristianismo, reconociendo la existencia de “errores” dolorosos, vinculados al hecho de que esa evangelización estuvo vinculada con la conquista  y con el patronato real de algunos reinos “católicos” (Castilla, Portugal, Francia…).

            Ese patronato tenía ciertos valores (exigía que la conquista se hiciera “cristianamente”), pero también algunos, riesgos, tanto desde el evangelio (difícil de cumplir en situación de conquista) como desde la conciencia social de libertad y autonomía de los pueblos injustamente conquistados. En ese contexto, el Papa se refería a los errores y sombras de aquel tiempo,  afirmando implícitamente que la evangelización debería haberse realizado sin conquista (reconociendo así la culpa de la Iglesia).

            A pesar de ello, en los días que siguieron a la carta (18.09.21) surgió en España (y en México) una dura polémica: Algunos “dignatarios” criticaron con gran dureza las declaraciones del Papa: (1) Por mezclar religión y política. (2) Por desconocer los valores culturales y sociales de la conquista española (que a su juicio había sido impecable).

            Teniendo en cuenta el juicio del Papa Francisco y la polémica posterior quiero distinguir, muy en general, cuatro momentos de la evangelización (misión) cristiana, para situar así mejor el sentido actual del DOMUND, del que trataré mañana. Sobre la misión y la conquista occidental de parte del mundo trataré en la cuarta parte.

1.Primera expansión del cristianismo en el imperio romano.

   Los cristianos fueron, al principio, grupos pequeños de entusiastas mesiánicos, que se extendieron, sobre todo, por el oriente del Mediterráneo, pero que llegaron pronto a Roma. Se extendieron básicamente a través del contacto personal, entre los judíos de las sinagogas y los prosélitos paganos, a quienes recibieron plenamente en las Iglesias, creando pronto comunidades mixtas, formadas por personas de origen judío y pagano. De un modo tanteante podemos presentar así el avance cristiano.

  1. Hacia el año 100 sólo había en el imperio algunas docenas de miles cristianos, divididos en iglesias, compuestas de unos cien creyentes cada una. En general, se les considera como un grupo peculiar de judíos mesiánicos, vinculados a Jesús de Nazaret, crucificado por Poncio Pilato. A veces eran tratados con hostilidad por otros grupos judíos, sobre todo por el hecho de admitir en sus comunidades a gentiles. Algunos funcionarios romanos empezaron también a considerarles peligrosos e incluso a perseguirles, porque no tenían estatuto legal reconocido ni aceptaban el carácter sagrado del imperio.
  2. Hacia el año 200 son ya unos 218.000 (0,36%). Han empezado a independizarse de un modo consecuente del judaísmo rabínico, poniendo ya de relieve aquellos elementos doctrinales y sociales de lo que será la iglesia posterior. Sólo ahora se puede afirmar que judaísmo rabínico y cristianismo se han separado y expresan de un modo consciente sus opciones, iniciando caminos distintos, que van a mantenerse de algún modo hasta el día de hoy. Los judíos rabínicos ya no “persiguen” a los cristianos, pues se han separado de ellos. El imperio romano empieza a verles como un problema social y religioso de primera magnitud, de manera que empieza a perseguir de manera más organizada a los cristianos, pues ellos forman un grupo no reconocido ni integrado en el Estado.
  3. Hacia el año 250 los cristianos serán más de un millón (unos 1.110.000, más de un dos por ciento del imperio). Sólo ahora empiezan a ser una minoría grande, con un peso específico en la población. Sólo ahora se estructuran de un modo estricto, con obispos en los que se centraliza de un modo personal la vida de las iglesias, que van creando su propia red de conexiones por todo el imperio. Se puede afirmar que en este momento, encontrándose aún en situación de ilegalidad, la iglesia se estructura ya como «alternativa social» frente al imperio, pero no en sentido político, sino cultural y humano. Allí donde el imperio fracasa (pierde su cohesión interior), la Iglesia va creando redes de asistencia social y de comunicación humana que transforman la vida de sus fieles. Muchos funcionarios del imperio advierten que la política de rechazo o de persecución contra los cristianos no ha dado fruto.
  4. El año 300 había ya más de seis millones de cristianos, formando (al lado del judaísmo, que seguía aislado) la minoría más significativa del imperio, tanto en plano religioso como social. Es evidente que las «persecuciones» han fracasado. Los cristianos forman una comunidad bien cohesionada, capaz de ofrecer espacios de sentido y convivencia, de asistencia social y celebración a una parte cada vez mayor de la población del imperio. A partir de ese momento el número de cristianos aumentará de un modo vertiginoso, aun antes de la “conversión” de Constantino, que en su Edicto de Milán, año 313, ratifica la tolerancia del Imperio ante los cristianos, que empiezan a considerarse como imperio espiritual dentro del imperio, de manera que el mismo emperador viene a presentarse como garante de su estabilidad y de su vida.

2.Auge del cristianismo, conversión del imperio romano.

Sociólogos e historiadores están convencidos de que el punto de inflexión en el despliegue cristiano debe situarse en torno al 200 (entre el 150 y el 250 d. C.),tiempo en que el cristianismo deja de ser un especial grupúsculo judío (capaz de acoger en su seno a los gentiles) para convertirse en grupo propio, con identidad social y religiosa. En ese momento, hacia el 150 d. C., sólo había unos 41.000 cristianos, dentro de un imperio que contaba con unos 60 millones de habitantes (con unos 6 millones de judíos). Los cristianos eran pocos, pero tenían una fuerte identidad, fundada en la visión de Jesús como Cristo (enviado definitivo de Dios) y en la misma herencia judía, de la que habían recibido su conciencia de elección y su compromiso moral.

En ese momento privilegiado, el auge del cristianismo se realizó a través de la misión testimonial, sin necesidad de acudir a presiones de tipo militar o político (como sucederá más tarde, como indicaremos en el próximo apartado de este capítulo). Los cristianos no necesitaron mucho dinero para extenderse, pero compartieron el que tenían, creando comunidades donde había espacio de vida (casa y comida, familia y dignidad) para todos, especialmente para los más pobres. Tampoco necesitaron tomar el poder, sino al contrario, ellos tuvieran al poder en contra (vivieron bajo régimen de excepción o de persecuciones). Tampoco desplegaron una gran misión intelectual, aunque tuvieron buenos intelectuales, que reflexionaron sobre los aspectos básicos del cristianismo. El cristianismo no fue un movimiento intelectual de sabios ni una escuela interior de liberación, como quisieron algunos maestros gnósticos, sino un movimiento social, que terminó estando dirigido por “obispos” con funciones de tipo sacerdotal, administrativo y caritativo. Las cosas cambiaron tras la conversión de Constantino, cuando la iglesia utilizó el poder político (y su violencia) para extenderse.

Así se desarrollaron, así se extendieron los cristianos entre el 200 y el 300 d. C., en medio de unas condiciones que parecían adversas, pero que eran en el fondo muy favorables. Se extendieron precisamente allí donde el imperio greco-romano les sentía como distintos y les perseguía (aunque en el fondo quizá les admiraba). Esa persecución, que era de tipo militar e ideológico, resulta esencial para entender el cristianismo, pues marca y traza la diferencia de los cristianos, frente a otros modelos de organización social, como el de los judíos rabínicos que prefirieron mantenerse aislados (rechazando el proselitismo anterior). El aislamiento rabínico constituye también un elemento esencial de contraste para el cristianismo.

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El mendigo que no quería dinero. Domingo 30 ciclo B

Domingo, 24 de octubre de 2021

mendigo-ciegoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El evangelio de este domingo cuenta el ultimo milagro realizado por Jesús durante su vida pública. Pero no es uno más; el relato depara interesantes sorpresas.

El protagonismo de Bartimeo

            En contra de lo que cabría esperar, el principal protagonista no es Jesús. Este se limita a ir por el camino y, cuando oye a uno que le grita repetidamente pidiéndole que se compadezca de él, ni siquiera se acerca para saber qué quiere. Lo manda llamar. Y cuando tiene lugar el milagro, no se lo atribuye; todo es mérito del ciego.

            En cambio, a Bartimeo le concede el evangelista una atención especial. Aparte de indicarnos el nombre de su padre (detalle que no se da en otros casos) se describe con detalle todo lo que hace. Ha elegido un buen sitio para pedir limosna: el camino de Jericó a Jerusalén, uno de los más transitados. Y cuando se entera de que quien pasa es “Jesús el nazareno” comienza a gritar pidiéndole que se compadezca de él. En nuestras calles y en las entradas de las iglesias nunca faltan mendigos. En general se comportan de forma educada, a veces ni hablan, les basta un gesto. ¿Qué sentiríamos si uno de ellos se pusiera a gritar repitiendo: «Ten compasión de mí»? Reaccionaríamos igual que los que acompañan a Jesús: diciéndole que se calle. Pero Bartimeo insiste, grita cada vez más. Y cuando consigue que Jesús lo llame parece que ha dejado de ser ciego. De un salto, sin miedo a tropezar, deja tirado su manto y marcha hacia él. Entonces ocurre lo más sorprendente.

Tres finales posibles

Imaginemos lo que podría haber ocurrido para comprender mejor lo que ocurrió.

Primer final: Cuando Jesús le pregunta qué quiere de él, Bartimeo no lo duda: una buena limosna. Jesús encarga a Judas que se la dé, este lo hace a regañadientes, y Bartimeo duda si seguir pidiendo o marcharse a su casa a descansar.

Segundo final: Cuando Jesús le pregunta qué quiere de él, no lo duda: «Volver a ver». Jesús, apartándolo de los presentes (como hizo en otro caso parecido) le toca los ojos y le concede lo que pide. Bartimeo recoge su manto y vuelve a su casa. Cuando su mujer y sus amigos se recuperan de la sorpresa, le dicen: «Ya no tienes excusa para no trabajar». Bartimeo se arrepiente de haber pedido el milagro.

Tercer final: Cuando Jesús le pregunta qué quiere de él, no lo duda: «Volver a ver». Jesús no hace nada, pero Bartimeo recupera de inmediato la vista. Olvidando su manto, su familia, sus amigos, sigue a Jesús camino de Jerusalén. Esto último es lo que ocurrió.

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar:

-“Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.”

Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más:

-“Hijo de David, ten compasión de mí.”

Jesús se detuvo y dijo:

-“Llamadlo.”

Llamaron al ciego, diciéndole:

-“Ánimo, levántate, que te llama.”

Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo:

-“¿Qué quieres que haga por ti?”

El ciego le contestó:

-“Maestro, que pueda ver.”

Jesús le dijo:

-“Anda, tu fe te ha curado.”

Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Bartimeo, los discípulos y nosotros

 Cuando leemos este relato en el conjunto del evangelio de Marcos nos damos cuenta de que tiene una importancia enorme.

            Este episodio cierra una larga sección del evangelio en la que Jesús ha ido formando a sus discípulos sobre los temas más diversos: los peligros que corren (ambición, escándalo, despreocupación por los pequeños), las obligaciones que tienen (corrección fraterna, perdón) y el desconcierto que experimentan ante las ideas de Jesús a propósito del matrimonio, los niños y la riqueza. Después de todas esas enseñanzas, el discípulo, y cualquiera de nosotros, puede sentirse como ciego, incapaz de ver y pensar como Jesús.

            En este contexto, la actitud de Bartimeo, gritando insistentemente a Jesús que se compadezca de él, es un símbolo de la actitud que debemos tener cuando no acabamos de entender, o no somos capaces de practicar lo que Jesús enseña. Pedirle que seamos capaces de ver y de seguirle incluso en los momentos más difíciles.

 Otros detalles interesantes del relato

  1. Bartimeo llama a Jesús “hijo de David”. Es la única persona que le da este título en el evangelio de Mc. Puede tener dos sentidos: a) Jesús, como “hijo de David”, es el Mesías esperado, el rey de Israel; aunque inmediatamente antes haya hablado de su muerte, de que ha venido a servir, no a ser servido, el ciego confiesa su fe en la dignidad de Jesús y en su poder de curarlo. b) Jesús, como “hijo de David”, es igual que Salomón, al que las leyendas posteriores terminaron atribuyendo poder de curaciones. En este sentido se usa con más frecuencia en el evangelio de Mateo.
  2. Es curioso que se cuente que “soltó el manto” antes de acercarse a Jesús. Parece un detalle innecesario. Sin embargo, recuerda lo que se ha dicho al comienzo del evangelio a propósito de los primeros discípulos, que “dejando las redes, lo siguieron” (Mc 1,18).
  3. Aunque Bartimeo piensa que Jesús puede curarlo, Jesús le dice “tu fe te ha curado”, poniendo de relieve la importancia de la fe.
  4. Este es el único caso en todo el evangelio en el que una persona, después de ser curada, sigue a Jesús por el camino. Aunque el texto no lo dice, lo sigue hacia Jerusalén, hacia la muerte y la resurrección. Una vez más, Bartimeo se convierte en modelo para nosotros.

1ª lectura: una imagen vale más que mil palabras

            El texto de Jeremías pretende consolar al pueblo de Israel, desterrado primero por los asirios y luego por los babilonios, prometiéndole que volverá del norte y de los confines de la tierra. Incluso las personas menos capacitadas para moverse (ciegos, cojos, preñadas, recién paridas), volverán a la patria. Las antiguas penas se transformarán en grandes consuelos.

Así dice el Señor:

“Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos: proclamad, alabad y decid: El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel. Mirad que yo os traeré del país del norte, os congregaré de los confines de la tierra. Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas: una gran multitud retorna. Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos: los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano en que no tropezarán. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito.”

La relación de la primera lectura con el evangelio es muy escasa. Este texto de Jeremías quizá se ha elegido porque habla de ciegos que vuelven a Jerusalén, igual que Bartimeo sigue a Jesús hacia Jerusalén. Sin embargo, la actual tragedia de los refugiados ayuda a valorar ese mensaje de esperanza.

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“Ceguera”. Domingo XXX del Tiempo Ordinario. 24 de octubre de 2021

Domingo, 24 de octubre de 2021

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“Jesús le dijo: – ¿Qué quieres que haga por ti?
El ciego le contestó: – Maestro, que pueda ver.”

(Mc 10, 46-52)

El domingo pasado Jesús les hacía esta misma pregunta a dos de sus discípulos: Santiago y Juan.

Jesús se muestra disponible: “¿Qué quieres que haga por ti?” Nos invita a expresarle nuestras necesidades, porque al expresarlas pueden empezar a sanar.

Bartimeo era ciego y era evidente. Pero también Santiago y Juan estaban ciegos. Incluso los otros diez andaban mal de la vista. Sin embargo solamente Bartimeo era consciente de su ceguera y por eso le pide a Jesús: “-Maestro, que pueda ver.”

Estamos acostumbradas a leer la Biblia a trocitos y está muy bien para unas cosas. Nos ayuda a meditar sobre un aspecto concreto, pero si nos conformamos con esa lectura perdemos la visión de conjunto.

Los evangelios que venimos leyendo los últimos domingos forman una unidad que está pensada para hacernos caer en la cuenta de nuestra propia ceguera.

Desde finales del capítulo 8, Marcos nos está mostrando el camino que tiene que recorrer el Mesías. Y es un camino que atraviesa el sufrimiento.

Jesús anuncia por tres veces su pasión mientras intenta hacerles comprender a sus discípulos lo que significa el seguimiento.

Al final de toda esta enseñanza y después de tres anuncios de la pasión queda clara una cosa: los discípulos no han entendido NADA. Dos de ellos le piden puestos de honor y los demás se enfadan.

Jesús se acerca a su pasión y sus discípulos están cada vez más lejos. Aquí aparece Bartimeo. Es un Icono de Esperanza. Un resquicio de Luz.

Alguien está empezando a comprender… Bartimeo se da cuenta de su ceguera. Oye hablar de Jesús pero todavía no puede ver al Mesías.

Bartimeo es el modelo de discípulo porque quiere ver y cuando recobra la vista sigue a Jesús por el camino.

Y nosotras, ¿somos conscientes de nuestra ceguera? ¿Dónde tenemos puesta nuestra mirada? ¿En nuestro propio ombligo como Santiago y Juan? ¿En lo que hacen los demás como los otros diez? ¿O queremos ponerla en Jesús como Bartimeo?

Oremos

Maestro, que recobre la vista.

El evangelio de hoy quiere ayudarnos a descubrir nuestra ceguera, ¿le dejamos?


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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa 

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Tú puedes ver, ¡Convéncete!

Domingo, 24 de octubre de 2021

ciego_03Mc 10, 46-52

Seguimos en la misma dinámica. Sale Jesús de Jericó, camino de Jerusalén. Hoy no hay enseñanza añadida, el mismo relato entraña la lección. Lo encontramos en los tres sinópticos de manera casi idéntica. Lc sitúa el relato antes de entrar en Jericó. Mt habla de dos ciegos pero el relato es el mismo. Estamos en la última escena, antes de entrar en Jerusalén. Después del relato de hoy, el evangelio de Mc da un profundo quiebro. Lo que acontece en Jerusalén está más cerca del relato de la pasión que de lo narrado hasta ahora.

Es un relato que tiene poco que ver con los que Mc ha utilizado hasta ahora. Le llama; le pregunta qué es lo que quiere; admite el título de Hijo de David; no lo aparta de la gente; la curación no va acompañada de ningún gesto; no le manda guardar silencio sobre lo sucedido. Una vez que Mc ha dejado claro que el camino hacia el Reino es la renuncia y la entrega hasta la muerte, ya no hay lugar para los malentendidos. No tiene sentido mandar callar ni rechazar el título de Mesías. Como vamos a ver, todo son símbolos.

Al borde del camino. Bartimeo es el símbolo de la marginación, está fuera del camino, tirado en la cuneta, sin poder moverse, viendo cómo los demás pasan y dependiendo de ellos. El ciego tenía ya asignado su papel, (la exclusión), pero no se resigna. Sigue intentando superar su situación a pesar de la oposición de la gente. Hijo de David era un título mesiánico equivocado; suponía un Mesías rey poderoso, que se impondría con la fuerza. A Mc ya no le importa, no le manda callar.

Le regañaban para que se callara. Los que acompañan a Jesús no quieren saber nada de los problemas del ciego. Como diciendo: En la situación en que te encuentras no tienes derecho a protestar ni a gritar. Aguanta y cállate. Era el sentir del pueblo judío, tan religioso él. “La gente” significa, para nosotros hoy, la inmensa mayoría de los cristianos que siguen a Jesús, pero no descubren la necesidad de ver más allá de sus narices y emprender un nuevo camino. Una vez más aparece la sutil ironía de Mc: los que seguían a Jesús eran un obstáculo para que el ciego se acercara a él. Los más cercanos a Jesús siguen sin ver.

Llamadlo. Se advierte la carga simbólica del relato. En menos de una línea se repite por tres veces el verbo llamar. La llamada antecede siempre al seguimiento. Jesús valora la situación de muy distinta manera que sus acompañantes… Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Al menor síntoma de acogida, el ciego tira el manto y da un salto. Un ciego debía andar a tientas y con cuidado. Ahora confía, aunque no ve. El manto representa lo que había sido hasta el momento, que se convierte en un estorbo. Todas sus esperanzas están ahora puestas en Jesús. Este es el verdadero milagro, que el mismo ciego realiza.

¿Qué quieres que haga por ti? Desde el punto de vista narrativo, la pregunta no tiene ningún sentido. ¡Qué va a querer un ciego! La pregunta que le hace Jesús, es la misma que, el domingo pasado, hacía a Santiago y Juan. La pregunta es idéntica, pero la respuesta es completamente distinta. Los dos hermanos quieren “sentarse” junto a Jesús en su gloria. El ciego quiere ver para “caminar” con él. La diferencia no puede ser más abismal.

¡Que pueda ver! Jesús provoca, con su pregunta un poco absurda, este grito. En toda la Biblia, el “ver” tiene casi siempre connotaciones cognitivas. Ver significa la plena comprensión de aquello que es importante para la vida espiritual. Este grito es el centro del relato, siempre que descubramos que no se trata de una asistencia sanitaria. Se trata de ver el camino que conduce a Jerusalén para poder seguirlo. El camino del servicio que conduce hacia el Reino. De ahí la respuesta de Jesús: ¡Anda! El objetivo final no es la visión, sino la adhesión a Jesús y el seguimiento. Una lección para los discípulos que no terminan de ver.

Tu fe te ha curado. Una vez más, la fe-confianza es la que libera. Solo él ve a Jesús. Solo él le sigue por el camino… el camino que lleva a la entrega total en la cruz. Mc deja bien claro que una respuesta auténtica a la llamada de Jesús, será siempre cosa de minorías. La multitud que seguían a Jesús sigue ciega. Todos estos domingos venimos viendo la falta total de comprensión de los discípulos. No habían ni siquiera atisbado la propuesta de Jesús. Solo después de la experiencia pascual ven a Jesús y le siguen.

Y lo seguía por el camino. El ciego, una vez que descubrió a Jesús le sigue en el camino hacia Jerusalén. Antes estaba al borde, es decir fuera del camino. El relato de una ceguera material es el soporte de un mensaje teológico: Jesús es capaz de iluminar el corazón de los hombres que están ciegos y a obscuras. Los discípulos demuestran una y otra vez, su ceguera. Un ciego tirado en el camino, ve. Antes de ver, espera el falso “Mesías davídico”. Después descubre al auténtico Jesús, que va hacia la entrega total en la cruz, y le sigue.

Ya en la primera lectura de Jeremías encontramos un anuncio de este mensaje: Dios salva un resto de su pueblo. No salva a los poderosos, ni a los sabios, ni a los perfectos sino a los ciegos y cojos, preñadas y paridas. Es decir a los débiles. No es el ciego el que está hundido en la miseria. La verdadera miseria humana está en los que, aún siguiendo a Jesús, mandan callar al ciego. Lo estamos repitiendo todos los días. ¡Que se callen los miserables! ¡Que eliminen los mendigos de las calles! No nos dejan vivir en paz. No oír, no ver la miseria que hay a nuestro alrededor, mirar hacia otro lado, es la única manera de vivir tranquilos.

La evolución ha sido posible gracias a que la vida ha sido despiadada con el débil. El evangelio establece un cambio sustancial en esa marcha. Jesús trastoca esa escala de valores, que aún prevalece hoy. Se daba por supuesto que Dios estaba en esa dinámica, y que todo lo defectuoso era rechazado por Él. Esto es lo que no podía soportar Nietzsche, porque creía que el evangelio exaltaba la mezquindad. Nunca fue capaz de descubrir el valor de un ser humano a pesar de sus radicales limitaciones. La esencia de lo humano no está en la perfección sino en la misma persona, independientemente de sus carencias.

La actitud de Jesús fue un escándalo para los judíos de su tiempo y sigue siéndolo para nosotros hoy. Hemos avanzado con relación a las limitaciones físicas, pero con los fallos morales. Jesús no solo se acercó a los ciegos, cojos y tullidos; también se acercó a los pecadores públicos, a las prostitutas, a las adúlteras. Lc, después de este relato, inserta el de Zaqueo que expresa lo mismo, pero con relación a los impuros. Nosotros seguimos creyendo que los pecadores son también rechazados por Dios. Ellos nos preceden en el Reino.

La escala de valores que nos propone el evangelio, no solo es distinta, sino radicalmente opuesta a la que los humanos manejamos todavía hoy. Entendemos al revés el evangelio cuando pensamos: Qué grande es Jesús que, de una persona despreciable, ha hecho una persona respetable. Desde nuestra perspectiva, primero hay que cambiarla, después hablaremos. El evangelio dice lo contrario, esa persona ciega, coja, manca, sorda, pobre, andrajosa, marginada, pecadora; esa que consideramos un desecho humano, es preciosa para Dios. Y por lo tanto es preciosa para Jesús. ¡Nos queda aún mucho por andar!

Meditación-contemplación

Grita desde lo hondo de tu ser una y otra vez:
¡Que pueda ver! ¡Que pueda ver!…
Y pronto te responderán:
¡Pero si puedes ver! Solo tienes que abrir los ojos.
El ojo interior está hecho para ver;
descubre la causa de tu ceguera.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El estilo de Jesús.

Domingo, 24 de octubre de 2021

ciegoMc 10, 46-52

«Muchos le increpaban para que callara, pero él gritaba mucho más: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”…»

Decía Ruiz de Galarreta que «el medio más poderoso para la conversión es la contemplación: quedarse mirando, disfrutar con la escena, dejarse fascinar por Jesús; por sus sentimientos, por su libertad de acción y de juicio, por su valentía, sus acciones poderosas, su falta de prejuicios»… y el fugaz paso de Jesús por Jericó camino de Jerusalén nos ofrece dos escenas preciosas que reflejan su estilo inconfundible.

La primera se produce cuando muchos ciudadanos de Jericó deciden salir a la puerta del Este a recibir a Jesús que venía acompañado de sus discípulos galileos. No es difícil imaginar a los notables del pueblo rodeando a Jesús y compitiendo por el honor de hospedar en su casa al profeta, pero cuál no sería su estupor cuando vieron que él se invitaba a la casa del jefe de los publicanos de Jericó; Zaqueo, un hombre muy rico aunque proscrito por causa de su profesión.

Como solo le conocían de referencias quedaron escandalizados. No sabían que para Jesús los importantes no son los sabios, los ricos o los poderosos, sino los necesitados —aunque en este caso la necesidad no fuese de índole económica—. Tampoco sabían que nunca le detenían los prejuicios o el qué dirán, y que, por ayudar, no tenía ningún reparo en que le viesen en compañía de personas despreciadas por la sociedad.

Pero ahí no acabó su asombro. A la salida de la comitiva de Jesús hacia Jerusalén, volvió a repetirse la escena de su llegada y mucha gente de Jericó salió a despedirles. Los importantes volvían a apretujarle a la cabeza del grupo en su afán por cruzar con él algunas palabras, pero lo que nadie podía imaginar es que en la puerta del Oeste ocurriese un suceso que no estaba programado.

Y sucedió que Bartimeo, un mendigo ciego que estaba sentado al borde del camino, oyendo que era Jesús de Nazaret el que pasaba, comenzó a gritar con toda la fuerza de sus pulmones: «¡Hijo de David! ¡Jesús! ¡Ten compasión de mí!». La gente de la comitiva le reprendía duramente porque estaba desluciendo el fasto, pero cuanto más le reprendían, más gritaba él. Apretaron el paso para soslayarle, pero Jesús se detuvo, miró a sus acompañantes y les dio una orden escueta: «Llamadle». Momentos después Bartimeo recobraba la vista y le seguía loco de alegría por el camino de Jerusalén.

Por encima de todos los personajes notables de Jericó, el primer día había sido un pecador público —un necesitado— el que había captado su interés, y ahora, un empecatado ciego que a nadie le importaba… excepto a Jesús. Ése era su estilo; el estilo que empapa todo el evangelio. Recordamos el pasaje del leproso, cuando todos se apartan y él se adelanta y le coge sin miedo al contagio ni a la impureza. O el de la pobre viuda que depositaba su monedita en el arca del Templo y era la primera a los ojos de Jesús. O el de la mujer adúltera por quien se juega la vida acusando públicamente a los santos de Israel de pecadores… Y tantos pasajes más…

Es muy difícil contemplar estas escenas sin saborearlas; sin sentir una profunda admiración por esa persona excepcional en quien creemos.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Una fe que transforma y libera.

Domingo, 24 de octubre de 2021

fichero_25641_20121026-710x434(Mc 10,46-52)

Lo impresionante de las curaciones de Jesús no está en que realice un gesto milagroso, una acción que parece romper las leyes de la naturaleza o cuestione las razones de las ciencias. Su fuerza está en su capacidad de propiciar un encuentro entrañable que hace que la persona herida por el sufrimiento pueda reconstruir su vida y pueda encontrarse a Dios acompañando ese proceso.

Sin duda, en las culturas de la antigüedad el modo de expresar, conceptualizar o comprender la enfermedad o los límites que impone la naturaleza es muy diferente al que en la actualidad tenemos, pero eso no disminuye el valor del relato y la novedad de la forma de actuar de Jesús con quien entra en relación con él.

En el mundo antiguo la enfermedad no era tanto una cuestión médica sino una cuestión social. Quien padecía cualquier dolencia o discapacidad era considerado impuro y por tanto se le excluía de la vida del grupo (Lev 21, 16-24). Desde esta manera de entender la enfermedad, la curación no dependía tanto de una actuación sobre los síntomas físicos, sino de un proceso de transformación de la vida total de la persona enferma que le permitiese volver a formar parte de la comunidad. Este proceso de curación pasaba por la aceptación de la actuación del sanador que mediaba el proceso que posibilitase la recuperación de la salud y la integración de la persona a la vida social y comunitaria.

Teniendo en cuenta este contexto, Jesús aparece como un sanador con unas características únicas que lo muestran curando a través de su palabra y del tacto, lo que lo separa de otros sanadores tradicionales que utilizan fórmulas, ritos, remedios. Jesús pone en el horizonte de su actuar la voluntad liberadora y restauradora de Dios. De hecho, los evangelios no subrayan, en primer lugar, lo maravilloso de sus signos y curaciones sino la invitación a descubrir en ellos a Dios y a vincularse a su proyecto [1]

El grito de esperanza de Bartimeo

El relato de la curación del ciego Bartimeo ejemplifica muy bien el modo de actuar de Jesús y como en ella se encarna la acción salvadora de Dios que busca recuperar la vida de quien sufre y está hundido por el mal.

A Bartimeo se le presenta en el relato, sentado al borde del camino. Un lugar que expresa no solo un espacio físico, sino su condición impura y marginal. Ahí, sobrevive gracias a las limosnas que recibe porque nadie se hace cargo de él. Ese lugar en el que está no le permite acercarse al grupo que pasa por el camino y necesita gritar para que Jesús, que camina rodeado de gente, pueda escucharle. Desde el grupo que acompaña a Jesús intentan que se calle porque, posiblemente, consideran que su voz no es digna de ser escuchada por el maestro y sanador, pero el ciego insiste en reclamar la atención de Jesús.

Sus palabras: “Hijo de David ten compasión de mí” expresan su esperanza y su fe en que Jesús puede sanarlo y reincorporarlo al camino comunitario. Bartimeo no ve solo en Jesús un sanador, sino que reconoce en él al Mesías de Dios. Esa fe le da la fuerza para buscar el encuentro con él y recibir el regalo de ser sanado y salvado.

Tu fe te ha salvado

Jesús escucha el grito de Bartimeo, lo busca, lo reconoce y entra en diálogo con él. No se acerca al borde del camino para hablar con él, sino que le pide a quienes lo acompañan que lo traigan al camino, que lo rescaten del espacio de impureza en el que está confinado. Este movimiento es ya un primer paso de inclusión y restauración social para esta persona.

Jesús no da por su puesta la necesidad del ciego, sino que le pregunta para poder escuchar de sus labios su necesidad. Con su pregunta lo reconoce en su dignidad y confía en su palabra. Sin duda para aquel hombre, poder expresar su sufrimiento, su impotencia, su carencia es comenzar a experimentar el cambio que está aconteciendo en su vida.

Jesús ante la respuesta de Bartimeo no hace ninguna acción que pudiese promover su curación física, sino que reconoce en su determinación y fe la acción salvadora de Dios que se expresa en su capacidad de volver a ver. De hecho, no le dice tu fe te ha curado, sino tu fe te ha salvado porque no se trata solo de poder ver con los ojos del cuerpo sino de poder ver con los ojos del corazón.

Le seguía por el camino

Cuando Bartimeo experimenta en su cuerpo y en su corazón la salvación de Dios, que lo restituye como persona y lo vincula de nuevo con su entorno, no vuelve a su lugar de origen, sino que se incorpora a la comunidad de Jesús. Porque se ha sentido liberado y reconstruido en su encuentro con Jesús, quiere también ser compañero en el proyecto salvador de Dios inaugurado por Jesús. Al seguirle por el camino, se incorpora a la comunidad del Reino como testigo del amor y perdón que Dios, el Abba de Jesús, ofrece a cada ser humano. Como seguidor de Jesús se compromete a vivir a su estilo, a vincularse con otros y otras como un ser humano nuevo, capaz de construir relaciones inclusivas y espacios sanadores.

El relato del encuentro entre Jesús y Bartimeo nos recuerda nuestro horizonte de seguimiento, nos invita a preguntarnos como construimos comunidad al estilo de Jesús y como seguimos colaborando en hacer posible que nadie se quede en el borde del camino, que nadie tenga que resignarse a vivirse estigmatizado o etiquetado porque sufre, no ha acertado en sus decisiones o sencillamente no responde a lo que esperamos de él o ella.

Carme Soto Varela

[1] Elisa Estévez, Mediadoras de sanación. Encuentros entre Jesús y las mujeres: Una nueva mirada, Universidad Comillas. San Pablo 2008, 170-173..

Fuente Fe Adulta

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Queremos ver.

Domingo, 24 de octubre de 2021

40E8E6D1-C931-4D17-973B-2B093019F378Domingo XXX del Tiempo Ordinario

24 octubre 2021

Mc 10, 46-52

Aunque en ocasiones no lo parezca, uno de los anhelos humanos más profundos es el de “ver”. Esto no niega -como suele ocurrir también con otras aspiraciones- que ese anhelo esté aletargado, olvidado, ignorado…, mientras vivimos entretenidos en otras cosas, en las que buscamos compensación a nuestro vacío. Pero el anhelo sigue ahí, por lo que, a poco que nos detengamos, podremos oír un suave susurro: “Quiero ver”.

 Ver significa comprender en profundidad. No se trata de una comprensión intelectual o mental, sino profunda, experiencial o vivencial, que se plasma en una certeza básica: la certeza de ser, que nos permite reconocernos en nuestra verdadera identidad: somos vida experimentándose en una persona particular.

 En esa comprensión radica todo, porque todo fluye de ella. Lo que nace del voluntarismo tiene un recorrido muy corto, con el riesgo añadido de romper o “quemar” a la persona. De la comprensión nace un movimiento ajustado y autosostenido, que nos permite vivir de manera sabia. Porque, en último término, de eso se trata: de vivir con sabiduría, es decir, a partir de la comprensión de lo que realmente somos.

 ¿Cómo podemos ver? Paradójicamente, la comprensión de la que hablamos no se halla al alcance de la mente, tal como expresara certeramente Jiddu Krishnamurti: “Solo una mente en silencio puede ver la verdad, no una mente que se esfuerza por verla”. El motivo es simple: la mente solo puede captar objetos, pero se le escapa todo lo que trasciende el nivel de las apariencias.

 ¿Qué cabe hacer? Algo sencillo en sí mismo pero que, sobre todo al principio, se nos antoja tan complicado como inútil: entrenarnos en acallar la mente. Dado que la mente pensante constituye un filtro que nos impide ir más allá de los objetos, al silenciarla, se abre ante nosotros un horizonte inédito: la riqueza del silencio. Hasta el punto de que, al experimentarlo, se nos hace evidente que eso que se percibe en él es lo realmente real. Todo lo demás es real, pero impermanente.

 Tal entrenamiento comienza por distinguir en nosotros dos “lugares” diferentes: la mente pensante -con la que habitualmente nos hemos identificado”- y la consciencia-testigo capaz de observarla. La mente analiza, razona, elucubra…; el Testigo simplemente observa, atestigua, sin juicio y sin añadir pensamientos. A partir de ahí, se abre camino la sabiduría: empezamos a ver.

¿Me entreno en tomar distancia de la mente y situarme en el Testigo?


Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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¿Verá, querrá y podrá cambiar la Iglesia en este proceso sinodal?

Domingo, 24 de octubre de 2021

49B4E387-8E43-44FD-8624-BA82820B36B0Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

1.- Un ciego al borde del camino.

    El ciego Bartimeo es el símbolo de nuestra ceguera, de toda ceguera humana.

   Muchas veces no vemos por dónde tirar en la vida ante determinados problemas y encrucijadas. En ocasiones estamos ciegos o cegados por una ideología, quizás por el odio, la cuestión que a veces: “no vemos”.

   Ver significa que la luz ilumina nuestras vidas y, como creyentes, ver significa creer y creer significa sentirnos salvados.

2.- Un ciego tirado al borde del camino.

   El ciego Bartimeo estaba “tirado”, sentado al borde del camino. Era mendigo como tantos que vemos tirados por la vida, o como tantas personas que “no ven” o no tienen salida en la vida. Quizás nosotros mismos estamos bloqueados, en “punto muerto”. Estaba aislado: al borde del camino.

   Dos consideraciones:

        2.1.- De carácter personal.

   También nosotros podemos encontrarnos paralizados, bloqueados, al borde del camino. Tal vez por la edad, por las decepciones y la cansera en la vida, por nuestras propias limitaciones, podemos encontrarnos fuera del camino de la vida sin acertar a ver el camino y, lo que es más serio, sin ganas de volver a caminar.

         2.2.- De carácter eclesial.

   Estos días se está iniciando en la Iglesia universal un proceso –llamémoslo así- que terminará en octubre del 2023 y que pretende poner a la Iglesia en clave sinodal, (sínodo significa “caminar juntos”). Parece que el papa Francisco pretende remodelar la Iglesia y ponerla en clave más comunitaria y en camino.

   Hace unos días tan sólo decía el cardenal alemán, Marx, que la Iglesia ha llegado a un punto muerto:

   “Estamos en un punto muerto en la Iglesia”. “Algunas cosas tendrán que morir por ello, pero otras también resucitarán”.

   ¿Será posible, querrá la Iglesia cambiar sus lentos, pesados y viejos mecanismos de muchos siglos y pasar a una iglesia-asamblea en la que se escuche, se dialogue y caminemos realmente juntos?

  Habremos de sentirnos pobres y ciegos como Bartimeo y nos acercarnos al Señor: que veamos lo que hemos de hacer en la vida.

3.- Acercarse a Jesús, luz del mundo. Jesús, ¡ten compasión de mí!

    El ciego se acerca a Jesús, que es la luz, y por dos veces le pide: ten compasión de mí.

  El acercamiento a Jesús se produce porque Jesús es bueno, misericordioso, porque hace el bien, sana, perdona… La luz de Jesús no es la doctrina, sino la bondad.

    Este tiempo sinodal, que se abre estos días, producirá frutos si no se queda en una inflación de reuniones, liturgias y documentos, sino si la Iglesia se abre a la bondad del Señor, a unas relaciones bondadosas entre iguales.

    Jesús sintió compasión y sanó la vida de aquel hombre

4.- Tu fe te ha salvado

    La “ceguera” eclesial, cultural, personal se cura con bondad.

    Hemos de estudiar, hacer buena teología y mejor pastoral; tiene que darse una legislación correcta, pero al final ve quien confía, quien cree. San Pablo lo dice de otro modo: El justo vive por la fe. (Rom 1,17).

   Apelo a nuestra propia experiencia de confianza en la vida: vemos cuando confiamos en un médico, en un amigo, en un profesor, la confianza en la relación marido-mujer, la confianza entre amigos. Esa confianza salva. Y cuando ponemos nuestra confianza en Dios esa fe -confianza- salva: solamente en Dios descansa mi vida, (Salmo 61).

    El evangelio de hoy comenzaba con un hombre aparcado, tirado en la vida, que termina caminando: Ánimo, levántate

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Jesús Martínez Gordo: “En el jesu-cristianismo hay unos cuantos miles de millones de espiritualidades

Viernes, 22 de octubre de 2021

98C51AC1-7998-416E-907C-D802C1A34789Presentación en Bilbao el pasado 14 de octubre del nuevo libro de Jesús Martínez Gordo, ‘Entre el Tabor y el Calvario. Una espiritualidad ‘con carne’’

“La apertura del acto corrió a cargo de María Mar González, de Nely Vásquez y del autor del libro y de Javier Madrazo. Entre los asistentes, D. Joseba Segura, obispo de Bilbao, y de D. Juan Mª Uriarte, obispo emérito de S. Sebastián y autor del prólogo”

“Todo un acontecimiento ‘atípico’: por el tema abordado, por el lugar escogido, por la presencia de dos obispos, además de por militantes de la HOAC y de personas de otras confesiones, religiosas y ateas”

“Todo un anticipo de un futuro postsecular, plural y empáticamente dialogante sin renunciar a la crítica, pero extraño tanto a los nostálgicos de la neocristiandad que no volverá, como a los obcecados por un secularismo excluyente y autoritario”

En los locales de Ezkerra – Berdeak de Bilbao se presentó el 14 de octubre el nuevo libro de Jesús Martínez Gordo, “Entre el Tabor y el Calvario. Una espiritualidad ‘con carne’”. La apertura del acto corrió a cargo de María Mar González, presidenta de la HOAC de la diócesis de Bilbao, de Nely Vásquez y del autor del libro, así como de Javier Madrazo. Entre los asistentes se contó con la presencia de D. Joseba Segura, obispo de Bilbao, y de D. Juan Mª Uriarte, obispo emérito de S. Sebastián y autor del prólogo.

M. Mar González, después del saludo inicial, recordó que en 1946, en plena posguerra, nació la Hermandad Obrera de Acción católica (HOAC) y que “en este 75 aniversario queremos hacerlo dando gracias al Padre-Madre Dios por la existencia de tantas mujeres y hombres que han ofrecido su vida llevando el evangelio al mundo obrero y del trabajo y trayendo a la iglesia las alegrías y las penas, las miserias y la grandeza de las mujeres y hombres del mundo obrero y del trabajo”. Éste es el marco, prosiguió, en el que Nely Vásquez nos indicará algunos contenidos de la obra de Jesús Martínez para proceder, después, a presentar, de manera dialogada, entre el autor y Javier Madrazo, el libro que nos reúne esta tarde.

Nely, recordó la presidenta de la HOAC de Bilbao, es doctora en Teología por la universidad de Deusto. Ha realizado diversos estudios de arqueología y teología bíblica y es profesora en la Pontificia Universidad Católica de Perú, del Instituto de Fe y Cultura de Lima y de la Facultad de teología del Norte de España, sede en Vitoria.

Seguidamente, dejó la palabra a Nely quien, en su intervención, subrayó que para el autor “las espiritualidades que se mueven dentro de un optimismo ingenuo -que cree que la gracia divina se transmite por sí misma, sin necesidad de mediaciones, están condenadas a la falta de plausibilidad social y, por eso mismo, a la ineficacia histórica”. En realidad, continuó, éstas, “más que de ‘autoayuda’ son espiritualidades tipo IKEA: llévesela a casa y móntela fácilmente usted mismo/a”. E insistió, comunicando que compartía con el autor, que “no hay nada más opuesto a la espiritualidad del ‘tenemos la obligación de ser felices’ (“happycracia”) de la New Age, que un auténtico encuentro con un Dios que se historia en una Cruz”.

Junto a este tipo de espiritualidades y teologías se encuentra la “jesu-cristiana” para la que no hay “hilo directo” con lo divino. “La cuestión que quisiera subrayar como central, concluyó, es lo que el autor propone como ‘la prueba del nueve’ de la autenticidad de una experiencia de encuentro con lo Absoluto y Trascendente: dicho encuentro no puede darse si no es como “irrupción”; es decir, como un aguijón (no sólo caricia), como un cuestionamiento radical de la propia experiencia personal con sus condicionantes sociales, culturales, políticos y económicos”; lejos, muy lejos, “de esa ‘happycracia’ -tal y como la han bautizado los pensadores Edgar Cabanas y Eva Illouz”.

En la presentación del libro, Jesús Martínez Gordo, indicó que lo hacía en este lugar ”aconfesional”, como agradecimiento -por ser el espacio en el que también lo pudo hacer, antes de la pandemia, de su anterior libro (“Ateos y creyentes: qué decimos cuando decimos ‘Dios’”)- y, además, porque abordaba, en el primero de los capítulos, la existencia de “espiritualidades ateas o profanas” y, por ello, de “ateologías” con las que había que dialogar, también en la plaza pública -no solo en los templos, en los espacios e instituciones eclesiales o en las facultades de teología-. Y que había que hacerlo respetando las reglas de juego, propias de esos marcos aconfesionales.

Esta, enfatizó, no es una tarea imposible ya que hay un terreno común que nos vincula a todos, sean cuales sean nuestras creencias: que todos vivimos y que lo hacemos compartiendo con los demás nuestras respectivas existencias y sus diferentes y complementarios significados. Éste, el significado que vamos dando a lo que vivimos, unas veces, se presta a una explicación creyente; otras, a discursos no-creyentes o sin Dios. De eso hablo en este libro y, de manera más detenida, en el primero de los capítulos

Y, adentrándose en este primer punto, reseñó la existencia, entre otras, de dos clases de espiritualidades “sin Dios” y “ateologías”: la de quienes denominó “agnósticos trágicos” y la de André Comte-Sponville.

Las primeras de estas espiritualidades y ateologías están presididas por la experiencia de quienes, conscientes de su finitud, viven su existencia como triunfo inexorable de la noche, del silencio, del vacío, de la oscuridad y de la nada, es decir, “sin Dios”. Y algunos de ellos lo hacen reconociendo mantener una sorprendente relación con “lo que, porque me concierne y no sabiendo qué es, se encuentra más allá de dicha finitud”. Dicen mantener tal relación en términos de “lucha” porque quieren traer al discurso y al concepto tanto la relación como lo que la provoca, pero reconocen no lograrlo. Se les escapa de manera permanente.

Y, sin embargo, no se rinden ante la inquietud de lo que provoca esta sorprendente relación ni la experiencia en que se muestra y gracias a la cual son conscientes de su existencia. De ahí que algunos de ellos se atrevan a llamar la atención sobre el riesgo de sofocar o “matar” dicha relación, habida cuenta de la inatrapabilidad de lo que la provoca; algo siempre insoportable; sobre todo, para el satisfecho y engreído moderno. Toda una señal, otra más, de que también nos estamos asomando a un tiempo post-secular y plural en el que, además de cuidar la libertad, es necesario un debate sobre todos y cada uno de estos diferentes y legítimos discursos, aunque no todos igualmente consistentes desde el punto de vista racional.

La cercanía de un “jesu-cristiano” con estas espiritualidades y “místicas”, apuntó Jesús Martínez Gordo, es total: tienen la virtud de recordarnos -en medio de una exculturación de lo religioso- la importancia humana del viernes y del sábado santo; días que se siguen actualizando en la experiencia que tenemos de nuestra finitud, de la que también tienen nuestros compañeros de viaje y que, aunque nos disguste, forma parte, igualmente, de nuestra existencia. Por eso, el “jesu-cristiano” también las reconoce como propias.

Por su parte, André Comte-Sponville se adentra en una experiencia gozosa y tabórica, fuente de plenitud y belleza. Existen tabores “sin Dios” o, mejor, experiencias de plenitud, que reconocidas como autosuficientes, no son percibidas ni explicadas como fundadas en lo que decimos cuando decimos “Dios”. El “jesu-cristiano” también sintoniza con estas espiritualidades tabóricas, aunque tenga dificultades para acoger sus explicaciones “sin Dios”, al menos, sin el “jesu-cristiano: sencillamente porque entiende que no está de más explicarse por qué son posibles esas experiencias de plenitud y eternidad en la fragilidad de la finitud y en la cortedad del tiempo.

Sus dificultades con estas espiritualidades ateas no están en la calidad de la experiencia sino en el tipo de razón que emplean para comunicar y en el silencio u olvido en el que quedan sumidos el reverso de la vida y el lado oscuro de la historia humana.

El resultado de este recorrido por dichas espiritualidades “sin Dios”, por separado, es el reconocimiento de que cada una de ellas es sensible y presta atención a uno o a dos de los días que conforman el Triduo Pascual: el drama del Calvario -algo presente en el caso de los “agnósticos trágicos”, aunque sea una presencia más intelectual que con encarnadura histórica) y al Tabor o al domingo de resurrección , en el caso de A. Comte – Sponville, aunque sea con un olvido sorprendente del viernes y del sábado santo.

 Lo propio del “jesu-cristiano -subrayó el autor- es no solo el reconocimiento de la unidad entre el grito de abandono del viernes santo, el silencio y el fracaso del sábado santo y la sorpresa o “salto cualitativo” del domingo de resurrección y Tabor, sino también de la circulación entre estos diferentes días que conforman el misterio “jesucristiano” y que, siendo también “uni-trinitario”, es comunión de experiencias y discursos diferentes y legítimamente diversos, pero, a la vez, interrelacionados; gracias a lo dicho, hecho, acontecido y encomendado por el Nazareno.

Por eso, continuó, en el jesu-cristianismo hay unos cuantos miles de millones de espiritualidades: tantas como seguidores de Jesús de Nazaret. Y que, en la medida en que circulan por cada uno de los tres días del Triduo pascual o, lo que es lo mismo, por los tres montes de las Bienaventuranzas, del Tabor y del Calvario, son reconocibles como “católicas” ya que renuncian a quedarse ancladas -por supuesto, de manera definitiva – en uno de estos tres montes o en uno de los tres días que conforman el núcleo del misterio que es el Triduo pascual.

Después de finalizar esta presentación, le fui preguntando sobre algunos puntos de los restantes capítulos del libro, dedicados a las llamadas nuevas espiritualidades, a la “jesucristiana” ortodoxa, a la latina, al imposible hilo directo con Dios, así como a las consecuencias -en términos de estado del bienestar social- en que se viene traduciendo en la Europa occidental las dos tesis mayores de la espiritualidad y de la teología jesucristiana: la identificación de Jesús con los últimos del mundo y el destino universal de los bienes.

Transcurrida la hora y media fijada, tuvimos que dar por finalizado el encuentro a las 9 de la noche; todo un acontecimiento “atípico”: por el tema abordado, por el lugar escogido, por la presencia de dos obispos, además de por militantes de la HOAC y de personas de otras confesiones, religiosas y ateas que se puede ver íntegramente en diferido.Todo un anticipo de un futuro postsecular, plural y empáticamente dialogante sin renunciar a la crítica, pero extraño tanto a los nostálgicos de la neocristiandad que no volverá (y que no es bueno que se intente) como a los obcecados por un secularismo excluyente y autoritario.

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Una increíble revelación, vivida por pocos y rechazada por muchos (I)

Jueves, 21 de octubre de 2021

2019360_univ_cnt_1_xl“Vosotros sois mis hijas e hijos, en vosotros encuentro mi regocijo”

En las religiones, los seres humanos buscan a Dios. En la Tradición de Jesús es Dios quien busca a los seres humanos

Jesús de Nazaret fue el primero en expperimentar esta novedad. Después de ser bautizado, mientras rezaba, “sintió una tremenda conmoción interior. Fue invadido por una onda de ternura tan avasalladora que conmovió todo su interior: ‘Tu eres mi hijo amado, en ti me complazco'”

“A partir de ahí ocurrió una verdadera revolución en su vida: Se siente amado de Dios-papá querido. Es invadido por una pasión de amor divino que trastocó su vida”

“Ya no es él quien busca a Dios. Dios lo buscó y asumió como su hijo querido”

“Inundado de la proximidad amorosa de Dios se puso a predicar con tanto entusiasmo y sabiduría. Quiere llevar a todos la novedad de que Dios está próximo a todos ellos”

“Solo les dice: “vosotros sois mis hijas e hijos, en vosotros encuentro mi regocijo”. Esto suena primeramente como sorpresa y después como una inaudita alegría y liberación”

“Dicen: es la buena noticia, es el evangelio. Esta sorprendente propuesta requería y requiere una respuesta. Exige cambiar de mente y de corazón. ¿Lo hemos hecho? Esta es la cuestión”

En las religiones, los seres humanos buscan a Dios. En la Tradición de Jesús es Dios quien busca a los seres humanos. En las primeras lo hacen mediante la oración oral, la meditación silenciosa, la observancia de los preceptos religiosos y éticos, la participación en las fiestas y los ritos y la memoria de las tradiciones. Cuanto más recta y fiel sea una persona, más meritoriamente llega a Dios.

En la Tradición de Jesús ocurre lo contrario: Es Dios quien busca al ser humano, especialmente a aquel que se siente perdido, que no lleva una vida virtuosa y que juzga haber sido abandonado por Dios. Lógicamente en esta Tradición también se reza y se conservan las tradiciones religiosas, se vive éticamente y se participa en los cultos y las fiestas. Reuniendo todo: se observa la Ley. Pero la novedad no reside en esto, ni es por estos medios por los que acogemos la singularidad traída por Jesús.

La experiencia originaria de Jesús: la proximidad de Dios

En un pequeño pueblo, Nazaret, tan insignificante que nunca aparece en la Escrituras del Antiguo Testamento, vive un hombre desconocido cuyo nombre nunca figuró en la crónica profana de la época, ya fuera en Jerusalén o en Roma. Pertenece al grupo de los llamados “los pobres de Yavé”, que son los humildes e invisibles, pero cuya característica consiste en vivir una profunda fe en el Dios de los padres, Abraham, Isaac y Jacob, y una inquebrantable confianza en que Dios va a realizar lo que los profetas habían anunciado: la justicia para los pobres, la protección de las viudas y el ensalzamiento de los humillados y ofendidos. Ese hombre es Jesús de Nazaret.

De profesión es un artesano-carpintero como su padre José. Hasta la edad adulta ha vivido en su familia la espiritualidad de los pobres de Yavé. En su pueblo era conocido como “el hijo de José, de quien conocemos el padre y la madre” (Jn 6,42) o simplemente como “el carpintero, hijo de María” (Mt 5,3) o “el hijo de José”(Lc 4,22).

Pero él mostraba una singularidadque dejaba perplejos a sus padres. No llamaba a Dios como era la costumbre, sino de una forma muy propia: Abba (diminutivo infantil de “papá querido”. Esto quedó claro cuando a los 12 años participó, con sus padres, en la romería anual a Jerusalén y se perdió porallí. Una vez encontrado, les dijo a sus padres que estaban llenos de angustia: “¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?” (Lc 2,50). Perplejos, sus padres no entendieron este lenguaje inaudito (Lc 2,5). Así y todo, María guardaba estas cosas en su corazón (Lc 2,51). Y todo terminó allí. No se sabe nada de su vida oculta, profesional y familiar. Solo el evangelista Lucas observa tardíamente hacia los años 80 dC que “Jesús crecía en edad, en sabiduría y en gracia delante de Diosy de los hombres” (Lc 2,52).

Sin contar los evangelios de la infancia de Mateo y de Lucas, cargados de significado teológico posterior, todos los evangelistas comienzan sus narrativas con el bautismo de Jesús por Juan Bautista. Fue entonces, testimonian los relatos, cuando ocurrió una gran transformación en la vida del desconocido Nazareno. Cuando oyó hablar de Juan Bautista, venido del desierto, que bautizaba en el río Jordán, no por curiosidad sino por su espíritu profundamente piadoso, se unió a la multitud y fue también a ver a Juan y conocer qué estaba pasando allí. Venían multitudes de toda Palestina, pues el Bautista predicaba la inminente llegada del Reino (el nuevo orden querido por Dios) y pedía penitencia a la gente en vista de esta irrupción. Es probable que Jesús conversara con él y con sus discípulos.

Pero llegó el momento en que junto con la multitud, y no él solo como muestran las pinturas, Jesús entró en el agua. A una señal del Bautista, él se sumergió en el agua y así se dejó bautizar, como hacían todos.

Pero he aquí que en él sucedió algo especialísimo. Después de ser bautizado, mientras rezaba, dice el texto de Lucas (3,21), sintió una tremenda conmoción interior. Fue invadido por una onda de ternura tan avasalladora que conmovió todo su interior: “Tu eres mi hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1,9-11). Lucas es más explícito y dice que Jesús oyó: “Tu eres mi Hijo amado, y hoy te engendré” (Lc 3,21-22).

El lenguaje bíblico expresa la experiencia interior usando expresiones pictóricas y simbólicas: el cielo se abrió y se vio al Espíritu descender sobre él en forma corpórea de paloma.

Se trata de una escenificación plástica para expresar una radical y originalísima experiencia espiritual vivida por Jesús, imposible de ser expresada con palabras. A partir de ahí ocurrió una verdadera revolución en su vida: se siente hijo amado de Dios-Papá querido. Es invadido por una pasión de amor divino que trastocó su vida. Experimentó una absoluta y directa proximidad de Dios. Ya no es él quien busca a Dios. Dios lo buscó y asumió como su hijo querido.

La increíble revolución: la proximidad amorosa de Dios-Abba

Como en todas las cosas, todo tiene un proceso. Con Jesús no fue diferente. Fue dándose cuenta lentamente de la cercanía de Dios, de acuerdo a su edad, hasta irrumpir en plena conciencia albautizarse en el río Jordán a la edad de 30 años. Una cosa es ser objetivamente el Hijo bienamado de Dios y otro es darse cuenta subjetivamente de este hecho. En el bautismo en el río Jordánsucedió ese salto de conciencia con ocasión de esa visitación concretísima de Dios-Abba.

Aquí se encuentra la gran singularidad relatada por los evangelistas: dar testimonio de la proximidad de Dios, del Dios que busca intimidad con el ser humano, con Jesús de Nazaret. Esa proximidad es con todos los seres humanos, independientemente de su condición moral y de su situación de vida. Se trata del desbordamiento gratuito del amor de Dios hacia sus hijos e hijas.

Con esto se inaugura un nuevo camino, distinto del de la observancia de la Ley y de las distinciones que se hacen entre buenos y malos, justos e injustos. Estas cosas tienen su razón de ser en la convivencia humana. Pero no es así como Dios ve y juzga a los seres humanos. Su mirar y su lógica es totalmente otra, como se reveló en Jesús, miembro del grupo de los pobres de Yavé. En este irrumpe un amor divino ilimitado, empezando por aquel del que nunca hablan, que nunca fue a ninguna escuela de teología, como mucho a la escuelita bíblica de la sinagoga. El Nazareno vino de este medio. No pertenece al mundo de los letrados, de los juristas, de la casta sacerdotal o de algún status social. Es un anónimo, más acostumbrado al trabajo de las manos que al uso de la palabra.

De repente todo cambió: inundado de la proximidad amorosa de Dios se puso a predicar con tanto entusiasmo y sabiduría que los oyentes comentaban: “¿De dónde le viene tal sabiduría? ¿No es el hijo del carpintero?” (Mc 6,23, Mt 13, 54-55) Sus privilegiados son los pobres, siempre cobardemente despreciados; come con los pecadores, se aproxima a los cobradores de impuestos, odiados por el pueblo pues son aliados de las fuerzas de ocupación romana (Mc 2,216). Le llaman hasta comilón y bebedor porque acepta la invitación a comer en casa de pecadores (Mt 11,19). Rompe los tabús religiosos de la época al conversar con una mujer samaritana, al defender a otra mujer sorprendida en adulterio, al dejar que sus pies fueran ungidos con un perfume especial, besados y enjuagados con los cabellos y las lágrimas de María Magdalena, que tenía mala fama.

Andando con gente de mala fama Jesús les muestra la cercanía de Dios

¿Por qué hace eso? Porque quiere llevar a todos, especialmente a estos socialmente descalificados, los leprosos, los paralíticos, los ciegos, pero también los pecadores públicos, los desesperados, la novedad de que Dios está próximo a todos ellos. Jesús, desbordando de amor de Dios-Abba, vahacia sus hermanos y hermanas y les anuncia esa novedad de la cercanía incondicional de Dios que se hace para todos el “papá amoroso”.

Lo decisivo no es la Ley y las tradiciones cuidadosamente observadas sino aceptar aquello que Dios-Abba dijo a Jesús y que ahora lo repite para ellos, poco importa lo que hacen en la vida ni como es su condición religiosa y moral. Solo les dice: “vosotros sois mis hijas e hijos, en vosotros encuentro mi regocijo”. Esto suena primeramente como sorpresa y después como una inaudita alegría y liberación. Dicen: es la buena noticia, es el evangelio. Esta sorprendente propuesta requería y requiere una respuesta. Exige cambiar de mente y de corazón. ¿Lo hemos hecho? Esta es la cuestión. (sigue)

*Leonardo Boff es teólogo y ha escrito Jesucristo el Liberador, Vozes 1972-2012; Pasión de Cristo-pasión del mundo, Vozes 2012; Nuestra resurrección en la muerte, Vozes 2010, publicados todos en español por la editorial Sal Terrae.Traducción de Mª José Gavito Milano

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Padrenuestro de Jesús

Miércoles, 20 de octubre de 2021

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Padre y Madre nuestra, tú has estado siempre presente en nuestra Tierra, de una manera especial en la persona de Jesús, tu hijo y nuestro querido hermano.

Jesús glorificó tu nombre con el mensaje de la buena noticia de la liberación, ratificado con su compromiso y el testimonio de su vida.

Jesús no anunció la Iglesia, sino la cercanía de tu Reinado, ese otro mundo tan necesario, de justicia, paz, solidaridad y fraternidad.

Si nos comprometemos a hacerlo presente, estaremos cumpliendo tu voluntad y el deseo de Jesús de regalar felicidad, dignidad y plenitud a la Humanidad y a toda la Creación.

Te rogamos, oh Dios de vida, que nos ayudes a trabajar para conseguir el alimento necesario para poder vivir saludablemente cada día. Y que compartamos lo que poseemos, tal como nos lo pidió también Jesús: “Dadles vosotras y vosotros de comer”.

Igual que Jesús tuvo el perdón entre sus prioridades, nosotros también debemos pedir perdón y ofrecer nuestro perdón, de las deudas, de las ofensas, del mal que nos hayan hecho, para crecer en humanidad, esplendidez y paz interior.

Jesús, no nos dejes caer en la comodidad, en la insolidaridad, en la apatía y en la tristeza.

Ayúdanos a entregarnos de corazón como tú, por el bien y la alegría de los demás, en especial de los más oprimidos y excluidos, hasta el último latido de nuestra existencia.

*

Miguel Ángel Mesa

***

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Fray Marcos: Del Jesús real al Cristo imaginado (II).

Martes, 19 de octubre de 2021

os_he_dado_ejemplo5.- De Jesús que se arrodilla ante el ser humano a Cristo ante quien toda rodilla se dobla

Nunca olvidaré la sacudida que sufrí cuando tomé conciencia de que el evangelio de Juan ni siquiera mencionaba la institución de la eucaristía en la última cena. En su lugar, el evangelio más espiritual, más místicos, más esotérico, narraba el lavatorio de los pies a los discípulos.

Lo que hizo Jesús allí es el mayor signo de humanidad que podríamos imaginar. Es su más profundo mensaje en estado puro. Ningún otro relato del NT nos lleva más lejos hasta la profundidad del ser de Jesús. El mismo evangelio pone en boca de Jesús estas palabras: “lo mismo debéis hacer vosotros”.

No hay expresión más profunda del espíritu de Jesús que una actitud de servicio total y sin límites a los demás. Hemos retorcido el mensaje cuando ponemos como actitud suprema del cristiano el arrodillarnos ante el Cristo glorioso. Al sublimar la adoración hemos olvidado el verdadero mensaje del evangelio y nos hemos quedado tan achos.

¿Por qué hemos puesto tanto énfasis en la gloria? Porque nuestro falso yo busca siempre esa supremacía sobre los demás. El ego no puede subsistir si no se ve potenciado por el reconocimiento de los demás (poder y la gloria). Por eso es tan difícil entrar en la dinámica del evangelio. El mensaje de Jesús es precisamente lo contrario: deshacerte y ponerte siempre al servicio de los demás.

6.- De Jesús que come con los pobres a Cristo comido en rito sagrado

Los evangelios dejan muy claro que Jesús se relacionó con los marginados de todo género. En aquella época la forma de relación más entrañable era el compartir la comida. Hasta tal punto fue notoria esta actitud que los fariseos le acusan de comilón y borracho, amigos de publicanos y prostitutas. Para los fariseos, mantenerse al margen de los marginados era un signo de acercamiento a Dios, porque creían que ellos eran rechazados por Dios.

En las últimas décadas se han hecho estudios muy interesantes sobre las comidas de Jesús. Las conclusiones a las que se ha llegado son reveladoras. Se trata de una de las características más destacada de su vida pública. Sin esa comensalidad con los más pobre, es imposible entender a Jesús.

Que encontremos en los evangelios seis multiplicaciones de los panes y peces, debía hacernos pensar. Organizar comidas comunitarias fue su norma de su vida, donde se manifiesta su talante. Pero más importante que aportar comida fue despertar en la gente la necesidad de compartir lo que cada uno tenía.

En aquella sociedad, el comer era la preocupación más importante de la inmensa mayoría de los humanos. El garantizar la comida diaria era la obsesión de todo padre de familia. Dar de comer al que no tiene nada para superar el hambre es la mejor muestra de preocupación y cercanía.

La interpretación de la última cena como sacramento eucarístico deforma drásticamente la interpretación de sus comidas. El compartir la comida con los que no tenían nada, fue una actitud fundamental sin la cual no se puede entender el mensaje de Jesús.

No sabemos lo que pasó en la última cena. El repartir el pan y la copa de vino era un rito que se repetía en todas las comidas importantes, sobre todo en la cena pascual. Podemos estar seguros que Jesús realizó ese rito, pero no podemos estar seguros del significado que quiso dar a esos gestos.

Si sabemos que las primeras comunidades se reunían para comer juntos. Cada uno llevaba lo que tenía y el que no tenía más que hambre la llevaba para saciarse. Ese compartir todo con los pobre o entre pobres, es lo que más llamó la atención entre los que no eran cristianos.

Celebrar la eucaristía como rito sagrado, en el que comiendo a Jesús alimento mi vida espiritual es una tergiversación de lo acontecido en la última cena. Celebrar la eucaristía sin que me comprometa a compartir con los demás es un garabato que no me enriquece en nada.

Lo que me hace cristiano no es el partir el pan eucarístico, sino el partirme y repartirme para que los demás me coman. Dejarse comer para dar Vida a los demás es el verdadero mensaje de Jesús. Está sin estrenar.

7.- Del Jesús que no vino a ser servido al Cristo al que hay que servir

Una y otra vez repiten los evangelios con palabras y hechos, que Jesús no había venido a ser servido sino a servir. Fue esta postura tan contraria al sentir de sus seguidores que Jesús tuvo que hacérselo ver incluso con críticas muy fuertes contra los que querían ser más que los demás.

El lavatorio de los pies a los apóstoles narrada por Juan en la última cena es el paradigma de este mensaje. Pedro no está de acuerdo con que su Jefe se humille. No entraba en la concepción que ellos tenían del Mesías.
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Para ser el mayor

Lunes, 18 de octubre de 2021

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¿Estás dispuesto a no dar importancia
a lo que has hecho por los demás
y hacer memoria agradecida de todo
lo que los otros han hecho por ti?

¿Estás dispuesto a no hacer caso
a lo que crees que el mundo te debe
y a tener en cuenta, en cambio, cada día
todo lo que tú sí debes al mundo?

¿Estás dispuesto a poner tus derechos,
si fuere preciso, en último lugar
y situar por delante los de los demás
y la oportunidad de hacer algo más que el simple deber?

¿Estás dispuesto a aceptar gozosamente
que toda persona es tan real y necesaria como tú
y esforzarte por cubrir sus necesidades,
respetar su dignidad y llegar a su corazón?

¿Estás dispuesto a reconocer que no merece la pena
sacar provecho o ventajas en la vida
por tu origen, cultura o suerte
y sí ofrecer a los demás todo lo que eres capaz de dar?

¿Estás dispuesto a cerrar el libro de insultos
y buscar junto a ti, muy cerca de ti,
un lugar donde puedas sembrar
unas pocas semillas de felicidad?

¿Estás dispuesto a abrazar y abrir tus entrañas
a quienes viven marginados y perdidos
sin pedirles cuentas, sin echarles en cara,
y perderte tú por los lugares que ellos andan?

¿Estás dispuesto a confesar sinceramente
que a veces te puede el afán y anhelo
de aparentar y ser el primero
en las listas y lugares de este mundo y del Reino?

¿Estás dispuesto a estrechar entre tus brazos
a pobres, sucios y enemigos,
a mirar y besar con dignidad a los últimos
y a hacerte el servidor de todos?

Si es así, puedes tener por cierto
que estarás siempre conmigo
y que éste será un feliz día para ti
sin importarte ser último o primero.

*

Florentino Ulibarri
Fe Adulta

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***

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El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos

Domingo, 17 de octubre de 2021

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DEJA LA CURIA, PEDRO

Deja la curia, Pedro,
desmantela el sinedrio y la muralla,
ordena que se cambien todas las filacterias impecables
por palabras de vida, temblorosas.

Vamos al Huerto de las bananeras,
revestidos de noche, a todo riesgo,
que allí el Maestro suda la sangre de los Pobres.

La túnica inconsútil es esta humilde carne destrozada,
el llanto de los niños sin respuesta,
la memoria bordada de los muertos anónimos.

Legión de mercenarios acosan la frontera de la aurora naciente
y el César los bendice desde su prepotencia.
En la pulcra jofaina Pilatos se abluciona, legalista y cobarde.

El Pueblo es sólo un «resto»,
un resto de Esperanza.
No Lo dejemos sólo entre guardias y príncipes.
Es hora de sudar con Su agonía,
es hora de beber el cáliz de los Pobres
y erguir la Cruz, desnuda de certezas,
y quebrantar la losa—ley y sello— del sepulcro romano,
y amanecer
de Pascua.

Diles, dinos a todos,
que siguen en vigencia indeclinable
la gruta de Belén,
las Bienaventuranzas
y el Juicio del amor dado en comida.

¡No nos conturbes más!
Como Lo amas,
ámanos,
simplemente,
de igual a igual, hermano.
Danos, con tus sonrisas, con tus lágrimas nuevas,
el pez de la Alegría,
el pan de la Palabra,
las rosas del rescoldo…
…la claridad del horizonte libre,
el Mar de Galilea ecuménicamente abierto al Mundo.

*

Pedro Casaldáliga
El tiempo y la Espera.
Editorial Sal Terrae, Santander 1986

***

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los hijos del Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:

“Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.”

Les preguntó:

“¿Qué queréis que haga por vosotros?”

Contestaron:

“Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.”

Jesús replico:

“No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?”

Contestaron :

“Lo somos”

Jesús les dijo:

“El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar, pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.

Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan. Jesús, reuniendolos, les dijo:

“Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.”

*

Marcos 10, 35-45

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       El pueblo, las naciones, los ciegos, los prisioneros, existen para nosotros, están presentes en nosotros, del mismo modo que existimos para nosotros mismos, como estamos presentes a nosotros mismos. Deben ser carne de nuestra carne, fibras de nuestro corazón. Deben ser acogidos sin descanso en nuestro pensamiento.

        Ellos y nosotros debemos ser, vitalmente, inseparables. Debemos poner en común su destino y nuestro destino, el destino que, para nosotros, es la consumación de la salvación. El cristiano animado por la pasión de Dios verá crecer en él la pasión por imitar la bondad paterna de Dios con una caridad fraterna cada vez más exigente y cada vez más verdadera. Ahora bien, este mismo cristiano, poseído cada vez más por el sentido de la alianza divina, querrá acercar a los hombres cada vez más a la salvación, obra suprema de la bondad de Dios por ellos. Y el cristiano, simultáneamente, se verá obligado a estar cada vez más al servicio de la felicidad de cada uno de sus hermanos, se verá obligado a estar cada vez más al servicio de su salvación. La felicidad y la salvación de los hombres coincidirán en lo más íntimo de cada uno; sin embargo, de esta coincidencia no saldrá ni confusión ni tensión estéril. El servicio a la felicidad humana que el cristiano perseguirá a semejanza de Dios, se ordenará, se jerarquizará, se encaminará asumiendo la gran perspectiva de la salvación.

*

Madeleine Delbrél,
Nosotros, gente de la calle,
Estela, Barcelona 1971.

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“Son grandes aunque no lo sepan”. 29 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10,35-45)

Domingo, 17 de octubre de 2021

29-852865Nunca viene su nombre en los periódicos. Nadie les cede el paso en lugar alguno. No tienen títulos ni cuentas corrientes envidiables, pero son grandes. No poseen muchas riquezas, pero tienen algo que no se puede comprar con dinero: bondad, capacidad de acogida, ternura y compasión hacia el necesitado.

Hombres y mujeres del montón, gentes de a pie a los que apenas valora nadie, pero que van pasando por la vida poniendo amor y cariño a su alrededor. Personas sencillas y buenas que solo saben vivir echando una mano y haciendo el bien.

Gentes que no conocen el orgullo ni tienen grandes pretensiones. Hombres y mujeres a los que se les encuentra en el momento oportuno, cuando se necesita la palabra de ánimo, la mirada cordial, la mano cercana.

Padres sencillos y buenos que se toman tiempo para escuchar a sus hijos pequeños, responder a sus infinitas preguntas, disfrutar con sus juegos y descubrir de nuevo junto a ellos lo mejor de la vida.

Madres incansables que llenan el hogar de calor y alegría. Mujeres que no tienen precio, pues saben dar a sus hijos lo que más necesitan para enfrentarse confiadamente a su futuro.

Esposos que van madurando su amor día a día, aprendiendo a ceder, cuidando generosamente la felicidad del otro, perdonándose mutuamente en los mil pequeños roces de la vida.

Estas gentes desconocidas son los que hacen el mundo más habitable y la vida más humana. Ellos ponen un aire limpio y respirable en nuestra sociedad. De ellos ha dicho Jesús que son grandes porque viven al servicio de los demás.

Ellos mismos no lo saben, pero gracias a sus vidas se abre paso en nuestras calles y hogares la energía más antigua y genuina: la energía del amor. En el desierto de este mundo, a veces tan inhóspito, donde solo parece crecer la rivalidad y el enfrentamiento, ellos son pequeños oasis en los que brota la amistad, la confianza y la mutua ayuda. No se pierden en discursos y teorías. Lo suyo es amar calladamente y prestar ayuda a quien lo necesite.

Es posible que nadie les agradezca nunca nada. Probablemente no se les harán grandes homenajes. Pero estos hombres y mujeres son grandes porque son humanos. Ahí está su grandeza. Ellos son los mejores seguidores de Jesús, pues viven haciendo un mundo más digno, como él. Sin saberlo, están abriendo caminos al reino de Dios.

José Antonio Pagola

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“El que quiera ser primero, sea esclavo de todos”. Domingo 17 de octubre de 2021. Domingo 29º

Domingo, 17 de octubre de 2021

56-ordinarioB29 cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 53, 10-11: Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años.
Salmo responsorial: 32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
Hebreos 4, 14-16: Acerquémonos con seguridad a trono de la gracia.
Marcos 10, 35-45: El hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos.

La primera lectura de hoy, tomada de la segunda parte del libro de Isaías, nos habla de la misión del ‘siervo sufriente’, es decir, de aquel imaginado redentor del Pueblo de Dios que ofrece su vida para ver el nacimiento de una nueva posibilidad, de una nueva descendencia. Este poema nos habla más de esperanza, de tenacidad y de lucha que de sufrimiento pasivo o resignación. La misión del siervo del Señor no es ver su cuerpo destrozado, sino servir de puente para las nuevas generaciones de creyentes que se han de inspirar en su particular estilo de vida. Por esta razón la “nueva descendencia” no se refiere, ni en el texto ni en la interpretación cristiana, a los descendientes biológicos, sino a una nueva generación de personas comprometidas con la Causa de Dios en favor de su pueblo, el pueblo pobre, dolorido y oprimido.

El Salmo nos sirve de puente entre la primera y la segunda lectura, al recordarnos que la Palabra de Dios se identifica por su capacidad para ayudarnos a reconocer la verdad. Una verdad que no es un asunto metafísico o etéreo, sino la encarnación del proyecto de Dios en la historia por medio de la justicia y el derecho.

El fragmentito de la carta a los Hebreos que hoy leemos nos recuerda que Jesús ha sido probado en todo igual que nosotros, por lo que podemos tener confianza de ser bien comprendidos. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de comprender a los débiles…

El evangelio, de Lucas, nos presenta una escena breve, un pasaje simple pero muy importante del mensaje de Jesús. Jesús establece con claridad su diferencia con el espíritu del mundo, el de los jefes de este mundo, que esclavizan a los suyos y se sirven de ellos; Jesús proclama que su actitud es exactamente la contraria: «No he venido a ser servido sino a servir», y «el que quiera ser grande, que sea el servidor de todos». Es un rasgo cristiano central, decisivo. Y sin complicaciones ni alambicamientos teóricos: no se trata de creer doctrinas, sino de centrar la propia vida sobre la base del amor-servicio. No un amor cualquiera (romántico, sentimental, de bellas palabras…), sino un amor que se expresa en el servicio. No insistiremos nunca demás en este principio central del evangelio, que Lucas nos recuerda hoy.

El penúltimo domingo de octubre la Iglesia Católica lo celebra como Domingo Mundial («Do-Mund») de las Misiones. Muchos de los católicos mayores recordamos que cuando fuimos niños salimos, tal día como hoy, a las calles, con una hucha en las manos, para hacer una cuestación económica en favor de las misiones. En algunas sociedades católicas de entonces, aquello formó parte de un paisaje religioso urbano, que ya desapareció. No se dejó de hacer simplemente por pereza, o por olvido… sino por razones de la secularización de la sociedad. Pero hoy, con una perspectiva más amplia, vemos que no sólo han afectado las razones clásicas de la «secularización»; también han intervenido razones que se refieren a las «Misiones» mismas.

En un tiempo como el que vivimos, marcado radicalmente por el pluralismo religioso, y marcado también, crecientemente, por la teología del pluralismo religioso, el sentido de lo «misionero» y de la «universalidad cristiana» han cambiado. Hasta ahora, en demasiados casos, lo misionero era sinónimo de «convertir» al cristianismo (al catolicismo concretamente en nuestro caso) a los «gentiles», y la «universalidad cristiana» era sentida como la centralidad del cristianismo: nosotros éramos la religión central, la (única) querida por Dios, y por tanto, la religión-destino de la humanidad. Todos los pueblos (universalidad) estaban destinados a abandonar su religión ancestral y a hacerse cristianos (a «convertirse»)… El «proselitismo», por cualquier medio que fuera posible, estaba justificado; más, era lo mejor que podíamos hacer por la humanidad: el fin justificaba los medios.

Todo esto, lógicamente, ha cambiado. Comprendemos perfectamente que las religiones y las culturas (todas, no sólo la nuestra) han vivido, desde sus orígenes, aisladas, sin sentido de pluralidad. Una especie de «efecto óptico» y, a la vez, una cierta ley de la «psicología evolutiva» de la humanidad, les ha hecho concebirse a sí mismas -cada una- como únicas, y como «centrales» (pensando cada una que eran el centro absoluto de la realidad), igual que cada uno de nosotros, cuando hemos sido niños/as, hemos comenzado a conocer la realidad siempre a partir de nuestro ego-centramiento psicológico inevitable, igual también que todos los humanos han pensado que su tierra, y hasta el planeta Tierra, eran el centro del mundo y hasta del cosmos… Sólo con la expansión del conocimiento y con la experiencia de la pluralidad, las personas, los pueblos y las culturas se han ido dando cuenta de que no son el centro, de que hay otros centros, y han sido capaces de madurar y de descentrarse de sí mismas reconociendo una realidad mayor.

Todas las religiones, no sólo la nuestra, están desafiadas a entrar en esta maduración y este reconocimiento de una perspectiva panorámica mucho más amplia que aquella en la que han vivido precisamente toda su historia, los varios milenios de su existencia. La religiosidad, la espiritualidad del ser humano, es mucho más amplia, y mucho más antigua (decenas de milenios al menos) que cualquiera de nuestras religiones. Dar al tiempo sagrado de nuestra religión la centralidad y unicidad cósmica y universal que le solemos dar, necesita sin duda una reevaluación más ponderada. Un pensamiento religioso más sereno y maduro se inclina cada día más hacia una revalorización generosa de las otras religiones, y a una profundización del sentido de modestia y de pluralismo, que no es claudicación ante nada, sino apertura de corazón al llamado divino que hoy sentimos, vibrante y poderoso, hacia una convergencia universal que antes no acabábamos de captar. Leer más…

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