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“Sin fuego no es posible”. 20 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,49-53)

Domingo, 18 de agosto de 2019

20-TO-C-390x247En un estilo claramente profético, Jesús resume su vida entera con unas palabras insólitas: «Yo he venido a prender fuego en el mundo, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo!». ¿De que está hablando Jesús? El carácter enigmático de su lenguaje conduce a los exégetas a buscar la respuesta en diferentes direcciones. En cualquier caso, la imagen del «fuego» nos está invitando a acercarnos a su misterio de manera más ardiente y apasionada.

El fuego que arde en su interior es la pasión por Dios y la compasión por los que sufren. Jamás podrá ser desvelado ese amor insondable que anima su vida entera. Su misterio no quedará nunca encerrado en fórmulas dogmáticas ni en libros de sabios. Nadie escribirá un libro definitivo sobre él. Jesús atrae y quema, turba y purifica. Nadie podrá seguirlo con el corazón apagado o con piedad aburrida.

Su palabra hace arder los corazones. Se ofrece amistosamente a los más excluidos, despierta la esperanza en las prostitutas y la confianza en los pecadores más despreciados, lucha contra todo lo que hace daño al ser humano. Combate los formalismos religiosos, los rigorismos inhumanos y las interpretaciones estrechas de la ley. Nada ni nadie puede encadenar su libertad para hacer el bien. Nunca podremos seguirlo viviendo en la rutina religiosa o el convencionalismo de «lo correcto».

Jesús enciende los conflictos, no los apaga. No ha venido a traer falsa tranquilidad, sino tensiones, enfrentamiento y divisiones. En realidad, introduce el conflicto en nuestro propio corazón. No podemos defendernos de su llamada tras el escudo de ritos religiosos o prácticas sociales. Ninguna religión nos protegerá de su mirada. Ningún agnosticismo nos librará de su desafío. Jesús nos está llamando a vivir en verdad y a amar sin egoísmos.

Su fuego no ha quedado apagado al sumergirse en las aguas profundas de la muerte. Resucitado a una vida nueva, su Espíritu sigue ardiendo a lo largo de la historia. Los discípulos de Emaús lo sienten arder en sus corazones cuando escuchan sus palabras mientras camina junto a ellos.

¿Dónde es posible sentir hoy ese fuego de Jesús? ¿Dónde podemos experimentar la fuerza de su libertad creadora? ¿Cuándo arden nuestros corazones al acoger su Evangelio? ¿Dónde se vive de manera apasionada siguiendo sus pasos? Aunque la fe cristiana parece extinguirse hoy entre nosotros, el fuego traído por Jesús al mundo sigue ardiendo bajo las cenizas. No podemos dejar que se apague. Sin fuego en el corazón no es posible seguir a Jesús.

José Antonio Pagola

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“No he venido a traer paz, sino división.”. Domingo 16 de agosto de 2019. 20º domingo del Tiempo Ordinario

Domingo, 18 de agosto de 2019

45-ordinarioC20 cerezoLeído en Koinonia:

Jeremías 38, 4-6. 8-10: Me engendraste hombre de pleitos para todo el país.
Salmo responsorial: 39:Señor, date prisa en socorrerme.
Hebreos 12, 1-4: Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos.
Lucas 12, 49-53: No he venido a traer paz, sino división.

Estamos en camino con Jesús y sus discípulos en su último viaje a Jerusalén, donde sabe que va a morir, y así se lo va diciendo. Esta subida a Jerusalén se alarga en el evangelio de Lucas como en ningún otro, pues aprovecha para situar ahí la mayor parte del material peculiar, sobre todo los discursos, las parábolas y los relatos que conoce por otro lado distinto a Marcos. Las frases que leemos en este domingo aparecen también en el evangelio de Mateo, pero en distinto orden y contexto. Esto hace que el sentido sea algo diverso, pues el contexto forma parte del significado de las frases; pero indica a la vez que muchos dichos de Jesús, como los de cualquier persona, son polivalentes; tienen alcances diversos y aplicaciones distintas según las circunstancias de los lectores u oyentes de los mismos. Así se nos abre también a nosotros el camino y la posibilidad de leerlos, con la libertad de los hijos de Dios, desde nuestra propia situación y para nuestro propósito. No es una traición, sino una fidelidad al Espíritu que inspiró a Jesús y a los evangelistas; pues ellos también se tomaron su libertad para situarlos diversamente y sacar sentidos distintos.

La liturgia, a su vez, nos pone estas frases en otro contexto diverso, al anteponer un episodio de la vida del profeta Jeremías, que suele llamarse “la pasión de Jeremías”; porque le toca sufrir golpes, burlas, acusaciones y prisión en una cisterna llena de fango por causa de la palabra de Dios que tiene que anunciar. El salmo que se nos propone es una súplica y acción de gracias a Dios, porque libra al pobre de la fosa; y parece así reforzar la situación del profeta, y anticipar una situación semejante para las frases del evangelio. Con ello se da un sentido de anuncio de la pasión, que ciertamente parece tener, sobre todo si lo leemos junto con la frase semejante de Marcos 10, 38; pero que no está muy resaltado en Lucas; apenas en la frase del “bautismo” por el que ha de pasar. El resto apunta a las diversas posturas que los hombres toman ante el mensaje de Jesús, como ya le acontecía a Jeremías y a otros profetas. Pero la segunda lectura, que nos presenta a Jesús como modelo germinal y definitivo de nuestra fe, vuelve a insistir en su pasión y cruz, y en la posibilidad de que también los cristianos nos veamos envueltos en la persecución y muerte; y, en todo caso, en la dura lucha contra el pecado, tanto personal como social.

Parece que Jesús cambia aquí radicalmente su mensaje. La Buena Nueva nos parece tan hermosa, tan atenta a los débiles y pequeños, tan llena de amor y solicitud hasta por los pecadores y enemigos, que su mensaje no puede ser otro que el de una gran paz y armonía entre todos los hombres. Eso es lo que proclamaban ya los ángeles en el momento del Nacimiento (Lc 2, 24) y lo que vuelve a proclamar el Resucitado apenas se deja ver por los discípulos atemorizados (Lc 24,20-21). Aquí, sin embargo, Jesús parece decir todo lo contrario. Su mensaje no viene a producir paz y concordia entre todos, sino que lleva a la división incluso entre los miembros más allegados de la familia, padres e hijos, nueras y suegras. Pero no se trata de cualquier mensaje, de cualquier propuesta, sino de la presencia misma del Reino de Dios en sus palabras y sus gestos, en sus milagros y sus actuaciones. No cabe oír esa Buena Nueva del Reino y permanecer neutral o indiferente; no cabe entusiasmarse con Jesús y seguir en lo mismo de siempre. Por eso hay que optar con pasión, hay que tomar decisiones y actuaciones que implican cambios muy radicales en la vida. Por eso nos van a afectar a todos profundamente, más allá incluso de los vínculos familiares, por muy respetables que estos sean. El que no pone por delante a Jesús, incluso sobre su propia familia, no puede ser su discípulo (Lc 14, 26).

El episodio de Jeremías nos pone un triste ejemplo de este sufrimiento que acarrea al profeta su fidelidad a la palabra de Dios, cuando el pueblo y sus líderes no la quieren escuchar. Él tenía que anunciar la destrucción del templo, de la dinastía davídica y de la ciudad de Jerusalén, por no querer someterse a Babilonia en ese momento. Era como poner punto final a las solemnes promesas hechas por Natán y otros profetas a David y a su ciudad capital, Jerusalén. Además, este descendiente de sacerdotes, debe predecir la ruina del templo salomónico. No le gustaban para nada esas desgracias que le tocaba anunciar, y sufrió enormemente por causa de esa misma palabra dura que debía predicar; pero lo que pretendía era precisamente que eso no ocurriera, porque le hacían caso, se convertían y se evitaban esas catástrofes. No logró esa conversión del pueblo, y menos aún de los líderes religiosos y políticos. Más bien logró esa división entre unos y otros, pues hasta entre el alto liderazgo político encuentra opositores y ayudantes, mientras el rey se deja llevar del viento político que sopla en cada momento. Pero la palabra de Dios y su profeta no es un viento cambiante, sino una palabra firme y segura, que exige darle fe y cambiar de mente y de conducta; que pide una opción radical de parte de los oyentes.

Esto mismo y en grado supremo le acontece al oyente de la Palabra que es Jesús. Por eso, el radicalismo con que se expresa en esta ocasión, pues se trata de la urgencia misma del Reino presente. Mateo dice en el pasaje paralelo: “¿cómo es que no son capaces ustedes de interpretar los signos de los tiempos?” (Mt 16, 3). Ver los signos de la gracia de Dios, de la presencia del Reino en las palabras y gestos humanos, en las acciones y hasta maravillas que acontecen en la vida. También en nuestro duro y doloroso presente, pues no existen tiempos sin gracia de Dios, sin presencia y fuerza de su Espíritu en medio de la historia, por oscura que sea. Ciertamente son los santos los que más perciben esto y donde mejor podemos ver los demás esa presencia, misteriosa pero eficaz, de la gracia de Dios en medio de esta empecatada historia humana; pero no faltan mil pequeños gestos, incluso o tal vez precisamente, en pobres y pequeños, en prostitutas y pecadores, en publicanos y hasta en ricos zaqueos y centuriones extranjeros. Hay gestos de solidaridad y simpatía con los pobres y pequeños, con los marginados y despreciados, que nos muestran esa fuerza del Espíritu de Dios y de Jesús actuando ya ese fuego en la tierra. Leer más…

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18.08.2019 Dom 20 Tiempo ordinario C. “He venido a prender fuego: La familia de Jesús”

Domingo, 18 de agosto de 2019

Nota-6-pentecost20Del blog de Xabier Pikaza:

 Una alternativa de Iglesia y Familia

Domingo 20. Tiempo ordinario. Ciclo c. Lucas 12, 49-53.  Del plano económico de los domingos anteriores, el Evangelio de Lucas al plano social,  ofreciendo una dura (y bellísima) terapia de familia: ha venido a prender fuego, con la espada afilada que corta como bisturí, para operar, con dolor (¡toda operación duele!) y curar con amor,rompiendo las cadenas que tienen presa a la familia.

He tratado del tema en la Historia de Jesús (VD, Estella 2012) y de un modo especial en La Familia en la Biblia (VD, Estella 2015). Es un tema fuerte, un tema esencial del evangelio:

    Estamos rompiendo la familia humana, corremos el riesgo de enterrar el evangelio y destruir la humanidad. Si no creamos una verdadera familia humana, en solidaridad, en esperanza, en comunión de palabra no sólo destruimos a los otros, a quienes no acogemos, sino que nos destruimos a nosotros mismos.

Un movimiento mesiánico

Jesús inició un movimiento de paz, desde los más pobres, superando la lógica de enfrentamiento que regulaba la vida de familias y grupos de su tiempo, en Galilea. Fue una revolución desde abajo, desde aquellos que vivían en el margen de la sociedad establecida, un movimiento de seguidores y amigos, integrado básicamente por personas que habían sido expulsadas del nuevo (des-)orden social que se estaba imponiendo en Galilea, a causa de la trasformación económica y política vinculada al Imperio Romano.

Apoyándose en antiguas tradiciones (como la ley del jubileo: Lev 25) e invirtiendo el modelo dominante de política y economía importada de Roma, partiendo de su fe en Dios/Abba, Jesús no quiso formar grupos de dominio (para así imponer su proyecto en Galilea), sino de creatividad religiosa y de comunicación humana desde los más pobres. Por eso empezó “curando” a los enfermos y haciéndose prójimo de los posesos e impuros a quienes invitaba a formar parte de su nueva familia social (eclesial), entendida a modo de comunión de personas unidas desde el mensaje y camino de Reino. Por eso invitó de un modo especial a los pobres, haciéndoles iniciadores de su proyecto de familia pacificada de hermanos (hijos) de Dios.

Una guerra de familia.

69346985_10157552271508735_7182012641282359296_nEl movimiento de paz de Jesús no empezó con grandes reformas económicas y/o políticas, en sentido global, sino con la creación de grupos familiares pacificados, abiertos desde los pobres (itinerantes) hacia todos los hombres y mujeres, intensificando la comunicación personal. No anunció una paz sólo futura, ni quiso que sus pobres arrebataran la hacienda de los ricos, sino que ellos mismos (los pobres) empezaran a superar el sistema de propiedad particular (violenta), pero no matando o despojando de sus bienes a los ricos, sino ofreciéndoles salud y curación (paz), precisamente a partir de los mismos pobres a quienes ellos habían expulsado y arrebatado los bienes.

Lógicamente, por querer y buscar esa paz (y por hacerlo como lo hacía) tuvo que enfrentarse a los violentos del sistema dominante. El imperio romano, que dominaba en Galilea, se había formado como un “asunto de familia”, una jerarquía descendente, a partir de los niveles superiores, de manera que el gran orden de la sociedad reproducía un modelo de buena familia patronal (¡cosa nostra!), donde los más altos “beneficiaban” a los bajos (y los bajos se apoyaban a los altos, como clientes de un sistema patronal). El Imperio era un sistema de violencia controlada, de manera que su paz era el resultado de la imposición de unos sobre otros. Lógicamente, Dios era el Orden, el Valor de los valiosos, el sistema.

En contra de eso, Jesús quiso crear unas agrupaciones de familias no patriarcalistas, donde hubiera espacio para todos, desde los más pobres. Para eso tuvo que oponerse a los esquemas de familia tradicional, pues era una familia impositiva, centrada en el valor superior de los “patriarcas” (padres de familia, varones), dejando a los demás miembros de la familia en un lugar inferior y expulsando a los huérfanos-viudas-extranjeros (cf. Ex 22, 20-23; Dt 16, 9-15; 24, 17-22), víctimas de un tipo de vida y economía mercantil. Para superar la violencia de la familia establecida (que, por otra parte, era incapaz de mantenerse en la nueva situación), Jesús tuvo que crear un nuevo tipo de familia más extensa, no patriarcalista, donde cupieran todos, no sólo los de dentro, sino los del entorno social, desde los más pobres. Ésta fue su revolución, esta su “guerra”, más difícil y dura que las guerras de Julio César o Augusto.

EuropaPress_2212448_Patera_que_llegó_a_Arguineguín_el_sábado_15_de_junio-1024x549Lógicamente, al buscar lo que buscaba, una familia abierta a todos, para crear lo que él quería crear (grupos de Reino), no pudo empezar reforzando las instituciones existentes (¡más familia patriarcal, más orden, más ley, más templo!), sino que comenzó “creando familia” desde los huérfanos-viudas-extranjeros, es decir, desde aquellos que estaban siendo rechazados por la buena sociedad establecida. No tuvo más remedio que oponerse a un tipo de familia dominante, de carácter jerárquico-impositivo, porque ella iba en contra de su opción de Reino y porque funcionaba con modelos de imposición jerárquica, expulsando a los más pobres (cf. Mt 10, 35-37; Lc 12, 53; 14, 26). Lógicamente, tuvo que decir a sus discípulos que “aborrecieran” a padre-padre, hermanos-hermanas… (Lc 14, 26 Q; cf. EvTom 55, 1-2; 101, 1-3).

Texto

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división. En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra (Lc 12, 49-53; cf. Mt 10, 34-36)

Cuando dijo a sus seguidores que debían “aborrecer” a sus familiares (Lc 14, 26), Jesús no quiso negar o criticar unos “lazos de sangre”, de tipo biológico y social, para impulsar un tipo de comunión espiritualista, sin vínculos de tipo “carnal” (como parece querer ya el Evangelio apócrifo de Tomás), sino que rechazó un modelo de familia exclusivista, para crear otro modelo de familia, pero muy concreta (muy de carne y sangre, de amistad y comunión), pero no exclusivista; una familia donde importan los hombres y mujeres, cada uno de ellos y todos en relación concreta, sin imposiciones ni exclusiones, una familia donde cupieran los expulsados de las otras “tribus” y malas familias de su tiempo. Fue una revolución como nunca se ha dado.

La terapia de Jesús: Fuego, bautismo, espada

hqdefaultPara explicar esta huelga total de familia, el Evangelio de Lucas pone en boca de Jesús tres palabras simbólicas de una importancia enorme. Cada una de ellas marca una ruptura, las tres juntas evocan “la ruptura” esencial de Jesús, que así puede presentarse como impulsor de un nuevo Adán/Eva donde caben todos. Para ello recoge explosivas, que pueden aparecer separadas en otro contexto de la tradición evangélica, pero que aquí se unen para indicar la importancia de la “lucha” de familia: fuego, agua, división (espada). Más fuerte no podía haberse dicho.

  1. Fuego. «He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!». El tema del fuego mesiánico (del Dios/Fuego) ha sido ya aplicado a Jesús por Juan Bautista, cuando anuncia la llegada de uno más fuerte, que no bautiza en agua, sino con Espíritu Santo y Fuego (cf. Lc 3, 16; Mt 3, 10). El fuego es el poder del juicio de Dios, que purifica o destruye (para recrear). Estamos ante el tema Jesús/Fuego, elaborado en especial por la tradición casi gnóstica del Evangelio de Tomas, que recoge este pasaje de Lucas, vinculando fuego y bautismo (EvTh 16), pero que añade otros impresionantes: «He arrojado fuego sobre el mundo y he aquí que lo estoy vigilando hasta que arda en llamas» (Ev Th 10) «Jesús ha dicho: Quien está cerca de mí está cerca del fuego, y quien está lejos de mí está lejos del Reino» (Ev Th 82). Jesús es un fuego espiritual, sin duda, como indica el Evangelio de Tomas (apócrifo). Pero Tomás corre el riesgo de entender ese fuego en línea sólo intimista, como una llama que arde en el corazón de cada hombre o mujer que hace el camino de la santidad. Pues bien, conforme al evangelio de Lucas, ese fuego arde en familia, cambia las relaciones familias.
  2. Bautismo. «Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!». El bautismo no es ya un rito exterior de purificación, sino gesto de inmersión en el “agua de la vida”, gesto de entrega total, para crear la nueva humanidad. Está vinculado también la promesa del Bautista que decía que Jesús “bautizará (agua) con Espíritu y fuego”. Pues bien, el agua de Jesús lleva a crear nuevas relaciones, como las que él dice a los zebedeos cuando les invita a participar en su bautista de servicio para todos, sin jerarquías no poderes impositivos (cf. Mc 10, 38-39)
  3. Espada. « ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división ». Lucas pone división (diamerismón). Mateo conserva quizá el término primitivo de “espada” Majaira (Mt 10, 34). Ésta es la espada de una guerra no militar, que penetra y divide y recrea, como un bisturí de doble filo (Hebr 4, 12), que corta, quita y cura; como espada de la palabra del Jinete del Logos, del logos de Dios (Ap 19, 15), que destruye a los poderes perversos, para crear la familia de los hijos de Dios, las bodas del Cordero. Lucas ha puesto división (no espada) porque todo texto siguiente se centra en las “divisiones” que hay introducir para que venga la nueva familia de las uniones cordiales, del auténtico fuego de amor, del bautismo del agua de la vida compartida.

Explicación.

_20181108152718775-k2kB-U452809640037lbC-992x558@LaVanguardia-WebConsta de dos partes, una negativa y otra positiva.

El evangelio sólo expone la parte negativa: «En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra».

La parte positiva se supone y hay que crearla: ha de  crearse una familia de uniones nueva, una familia fundada en el fuego de Jesús, en el agua de la vida… Una familia que brota allí donde el bisturí mesiánico de crear nuevas vinculaciones.

Aquí se funda la paz familiar de Jesús, abierta a los que carecían de familia. Por eso, él no creó agrupaciones espiritualistas, de tipo gnóstico, ni quiso separarse del mundo de la vida (engendramiento, trabajo, economía, descanso…), sino trasformar esa vida concreta, las relaciones afectivas y laborales, económicas y políticas de su entorno, creando grupos de paz familiar extensa, iglesias o comunidades formadas por personas capaces de compartir en amor los diversos aspectos de la vida, espacios verdes de paz familiar, abierta a todos los que quisieran integrarse en ella

La familia Pax romana y la familia que surge del modelo sagrado del templo de Jerusalén fundamenta y sacraliza unas relaciones de poder, que separan y condenan a los inútiles, que someten a los distintos, que expulsan a los impuros. En contra de eso, Jesús quiso crear familias amplias (comunidades, iglesias) donde hubiera lugar para todos. Leer más…

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“Este hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia”. Domingo 20 ciclo C

Domingo, 18 de agosto de 2019

bautismo_cruz_agua_fuegoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El título está tomado de la primera lectura. Es lo que dicen de Jeremías las autoridades de Jerusalén. Estamos en el año 587 a.C. La ciudad lleva un año asediada por el ejército de Babilonia, la gente muere de hambre y el profeta anima a rendirse. En opinión de los patriotas nacionalistas, está desanimando al pueblo, busca su desgracia.

            Eso mismo pensarían muchos escuchando lo que dice Jesús en el evangelio. Después de las enseñanzas de los domingos anteriores sobre la oración, la riqueza, la vigilancia, centradas en lo que nosotros debemos hacer, en el evangelio del próximo domingo Jesús habla de sí mismo: de su misión y su destino. Lo hace con un lenguaje tan enigmático que los comentaristas discuten desde los primeros siglos el sentido de estas palabras.

            Para entender este evangelio es preciso tener en cuenta la mentalidad apocalíptica, de la que Jesús participa en cierto modo. Según ella, el mundo malo presente tiene que desaparecer para dar paso al mundo bueno futuro: el Reinado de Dios.

            Lucas va a introducir algunos cambios importantes en esta mentalidad, reuniendo tres frases pronunciadas por Jesús en diversos momentos: la primera y la tercera hablan de la misión de Jesús (prender fuego y traer división); la segunda, de su destino (pasar por un bautismo). Esta forma de organizar el material (misión – destino – misión) es muy típica de los autores bíblicos.

 La misión: prender fuego

            He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!

            Lo primero que viene a la mente es un campo ardiendo, o el fenómeno frecuente en la guerra del incendio de campos, frutales, casas, ciudades… Esta idea encaja bien en la mentalidad apocalíptica: hay que poner fin al mundo presente para que surja el Reino de Dios. Esta interpretación me parece más correcta que relacionar el fuego con el Espíritu Santo,

El destino: la muerte

            Tengo que pasar por un bautismo.

            También esta imagen es enigmática, porque “bautizar” significa normalmente “lavar”; por ejemplo, los platos se “bautizan”, es decir, se lavan. Esa idea la aplica Juan (y otros muchos judíos desde el profeta Ezequiel) al pecado: en el bautismo, cuando la persona se sumerge en el río Jordán, se lavan sus pecados; al mismo tiempo, simbólicamente, la persona que entra en el agua muere ahogada y sale una persona nueva.         El bautismo equivale entonces a la muerte y el paso a una nueva vida. Así lo usa Jesús en un texto del evangelio de Marcos, cuando dice a Juan y Santiago: ¿Sois capaces de beber la copa que yo he de beber o bautizaros con el bautismo que yo voy a recibir? (Mc 10,38). Jesús ve que su destino es la muerte para resucitar a una nueva vida.

La misión: dividir

            ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.

            Estas palabras se podrían interpretar como simple consecuencia de la actividad de Jesús: su persona, su enseñanza y sus obras provocan división entre la gente, como ya había anunciado Simeón a María: este niño “será una bandera discutida”.

            Pero Jesús habla de una división muy concreta, dentro de la familia, y eso favorece otra interpretación: Jesús viene a crear un caos tan tremendo (simbolizado por el caos familiar), que Dios tendrá que venir a destruir este mundo y dar paso al mundo nuevo. Parece una interpretación absurda, pero conviene recordar lo que dice el final del libro de Malaquías: “Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible: reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra” (Mal 3,23-24). De acuerdo con estas palabras, Dios ha pensado exterminar la tierra en un día grande y terrible. Sin embargo, para no tener que hacerlo, decide a enviar al profeta Elías, que restablecerá las buenas relaciones en la familia (padres con hijos, hijos con padres), como símbolo de las buenas relaciones en la sociedad: la situación mejora y Dios no se ve obligado a exterminar la tierra.

            Jesús dice todo lo contrario: hace falta acabar con este mundo, y por ello él ha venido a traer división en el seno de la familia.

La unión de las tres frases

            ¿Qué quiere decirnos Lucas uniendo estas tres frases? Que Jesús anhela y provoca la desaparición de este mundo presente para dar paso al Reinado de Dios, pero que ese cambio está estrechamente relacionado con su muerte.

La comunidad de Lucas, cuando escuchara estas palabras, vería también reflejada en ellas su propia situación. La conversión de algunos de sus miembros había supuesto división en la familia, enfrentamiento de hijos y padres, de hijas y madres. Los miembros no cristianos podrían decir de Jesús lo que se había dicho de Jeremías: «Este hombre no busca el bien del pueblo, sino su desgracia».

           

¿Tiene sentido todo esto para nosotros?

          Este mensaje apocalíptico resulta lejano al hombre de hoy. De hecho, Lucas lo matiza y modifica en el libro de los Hechos de los Apóstoles: los cristianos no debemos estar esperando el fin del mundo, aunque pidamos todos los días que “venga a nosotros tu reino”; nuestra misión ahora es extender el evangelio por todo el mundo, como hicieron los apóstoles. Y la idea de la segunda venida de Jesús cede el puesto a una distinta: el triunfo de Jesús, glorificado a la derecha de Dios.

Sin embargo, incluso en una sociedad que presume de tolerante, como la nuestra, Jesús puede seguir siendo causa de división. El ejemplo de las primeras comunidades cristianas, que creyeron en él a pesar de todas las dificultades, debe seguir animándonos.

Lectura de la carta a los Hebreos 12, 1-4

            Por una feliz casualidad, la segunda lectura ofrece cierta relación con el evangelio: el destino de Jesús sirve de ejemplo a los cristianos. La imagen de partida ya la uso Pablo, y es especialmente actual en estos días de Olimpiada: un estadio lleno de espectadores que contemplan el espectáculo.

            Jesús, como cualquier atleta, se entrena duramente, en medio de grandes renuncias y sacrificios; sabe, además, que competirá en un ambiente adverso, hostigado y abucheado por los espectadores. Pero no se arredra: renuncia a pasarlo bien, aguanta, soporta, y termina triunfando.

            Ahora nos toca a nosotros coger el relevo. Hay que despojarse de todo lo que estorba, correr la carrera sin cansarse ni perder el ánimo.

Hermanos:
Una nube ingente de testigos nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado.

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Domingo XX del Tiempo Ordinario. 16 agosto, 2019

Domingo, 18 de agosto de 2019

He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo ya que arda!”

(Lc 12, 49-59)

El evangelio de hoy nos puede dejar un poco perplejas. Estamos acostumbradas a ver a Jesús curando, predicando y recorriendo aldeas con sus discípulos, ¡y nos encanta verlo así!

En el fondo nos lo imaginamos imperturbable, siempre de buen humor, contento y apacible. Probablemente tuviera mucho de todo esto, pero los evangelios también nos muestran a un Jesús que se enfada, que denuncia, que se entristece.

Jesús no era un “Peter Pan” en un mundo maravilloso, se hizo humano, 100% humano, hasta sentir el cansancio en su cuerpo, la sed en su boca, la tristeza en su alma e incluso el miedo.

Tendemos a pensar que la bondad es neutral y por consiguiente que las personas buenas son las que no molestan. Grave error. La bondad genera conflicto porque se opone a todo lo que deshumaniza. Se opone a esa fuerza real y palpable que atraviesa el mundo: el mal.

El mal, una cierta maldad, nos es más cotidiana de lo que querríamos admitir y ensombrece todas nuestras relaciones… De la misma manera que nuestras casas o nuestra habitación se va llenando de cosas inútiles que se esconden en los armarios. También nuestra casa interior esconde alguna basura, y es con este material con el que Jesús quiere hacer una gran hoguera que arda.

Algunas fiestas populares en torno al fuego tienen su origen en la necesidad de hacer limpieza. La gente de los pueblos y los barrios a provechaba esa fecha para sacar una silla rota o un mueble viejo y con todo eso se hacía una buena hoguera en la que asar unas viandas y disfrutar juntas de la velada.

Hoy podríamos darnos una vuelta por nuestra casa interior y ver qué sobra, qué podemos sacar a la hoguera. Dejemos que Jesús vaya quemando nuestra cizaña.

Oración

Pasa, Trinidad Santa, por el fuego purificador de tu amor nuestras relaciones para que no nos separe ninguna oscuridad.

Amén

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Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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No puede haber verdadera Vida sin lucha evolutiva.

Domingo, 18 de agosto de 2019

Tin-Mung-Lc-12,49-53Lc 12,49-53

Como colofón a la larga instrucción sobre la confianza y la vigilancia, Jesús habla brevemente de sí mismo de una manera enigmática. ¿Qué clase de fuego trae al mundo? ¿Qué significa ese bautismo? ¿De qué paz está hablando? Son frases que no es fácil colocar en un contexto que las hagan significativas para nosotros.

No se trata de un fuego destructor, como el que provocó Elías o como el que anunciaba el Bautista. Se trata del fuego que purifica y da vida. Jesús viene a traer fuego, pero nosotros nos defendemos con uñas y dientes contra todo lo que pueda socavar nuestro yo. El bautismo era signo de pruebas terribles, las aguas caudalosas del AT que destruyen todo lo que encuentran a su paso. Está haciendo clara alusión a su muerte, la gran prueba que demostrará la autenticidad de su ser.

¿Cómo podremos armonizar estas palabras: “no he venido a traer paz, sino división”, con aquellas otras: “La paz os doy, mi paz os dejo?” La primera lectura nos habla de la guerra que le hicieron a Jeremías por ser auténtico. Pablo nos habla de la guerra que debemos hacernos a nosotros mismos. Todo lo que hay de terreno y caduco en nosotros debe ser consumido para que surja lo eterno. Solo de esa manera podemos alcanzar la verdadera consumación a la que estamos llamados.

1.- Tenemos en primer lugar la paz romana, que se consigue con violencia. Los romanos, cuando conquistaban un país, ponían allí sus tropas, y nadie se movía. Es una paz que nace de la injusticia, nunca puede ser auténtica ni duradera. Es una paz injusta. Es una paz que se sigue dando también hoy, a escala internacional y a escala doméstica. Por ejemplo, la paz que existe en muchos matrimonios, porque uno de los miembros está anulado y ya no tiene posibilidad de rechistar.

2.- Existe otra clase de paz que podíamos llamar la paz justa: Es la que se da entre personas o países que dialogan, que defienden posturas distintas, pero que saben atender y respetar los derechos de los demás. Sería un equilibrio de intereses. Es una paz positiva, aunque no se trata de la verdadera paz, porque no es suficiente.

3.- La paz que equivaldría a la ausencia de problemas. ¡Que me dejen en paz! ¡Mucho cuidado! Es una trampa. Es la paz de los cementerios. Es una paz que anula la vida, porque la vida es, por naturaleza lucha, superación de obstáculos. Si llegáramos a conseguir esa paz y en la medida que la consigamos, dejamos de vivir, estamos ya muertos. Incluso la vida biológica es constante lucha.

4.- La paz de Jesús propone es el equilibrio que un ser humano alcanza cuando es lo que tiene que ser. Esta es la autentica paz. Esta es la paz (Shalom) que los judíos se deseaban al saludarse y al despedirse. Esta es la base de la paz verdadera. Esa armonía con uno mismo lleva a estar en armonía con los demás y con Dios. Esta paz es la consecuencia de un descubrimiento de lo trascendente en nuestro ser.

Tenemos paralelamente cuatro clases de guerra que debemos analizar:

1.- La guerra que se hace para someter al otro, para subyugarlos y utilizarlo, para ponerlo a nuestro servicio y anularlo como persona libre. Es la ley de la selva. Es el fruto del egoísmo más refinado. Surge siempre que utilizamos la superioridad biológica, mental o psicológica para machacar al otro. Es la guerra más frecuente y dañina.

2.- La guerra que hace el que está sometido, para salir de su situación. A primera vista, parece lo más natural del mundo, pero hay que tener mucho cuidado de no caer en la misma violencia contra la que se lucha. La Iglesia ha bendecido a través de la historia cañones y bombardas. Y sin embargo, todo el evangelio es un canto a la no-violencia, que supera la opresión sin entrar en su misma dinámica.

3.- La guerra que se hace a otro por ser auténtico. Esta guerra no hay que temerla. Esto no es fácil, porque, la mayoría de las veces, actuamos pensando más en el que dirán que en nuestras convicciones y lo que determina que obremos de una o de otra manera es la respuesta que vamos a obtener de los demás. Si tratamos de no molestar a los demás, antes o después, dejaremos de ser auténticos.

4.- La guerra de la que habla Pablo, la que debemos hacernos a nosotros mismos. Dentro del ser humanos existen fuerzas que le mantienen en tensión. Tenemos que pelear contra aquellas partes de nosotros mismos que nos impiden alcanzar mayor humanidad. Caemos en la trampa de creer que los instintos son malos. Para nada. Solo el ser humano es capaz de tergiversar los instintos y hacerlos malos.

Con todos estos datos, cada uno podrá descubrir qué paz hay que buscar y qué paz hay que evitar; qué guerra debemos evitar a toda costa, y qué “guerra” debemos aceptar como la cosa más natural del mundo. Pero debemos estar muy atentos, porque la diferencia es a veces muy sutil. El falso yo, que creemos ser, puede hacernos creer que estamos luchando por nuestro bien y solo estamos potenciando ese falso ser. Si no tomamos conciencia de la diferencia la guerra está perdida.

Jesús se presenta como la misma causa del conflicto. La actitud de Jesús no es la causa de la división. Jesús no viene a garantizar una paz exterior como esperaban lo judíos de su mesías. La paz o la guerra exterior no afectarán para nada a la interioridad de los que le sigan. Mi paz os doy, pero yo no la doy como la da el mundo, dijo Jesús con toda claridad. La paz de Jesús es otra cosa.

En resumen podíamos decir que en estos versículos se presenta la figura de Jesús como el modelo de ser humano. Debemos afrontar toda nuestra vida como un bautismo, como una inmersión en aguas abismales que en la tradición judía son el signo de lucha y sufrimiento. Pero ese fuego y ese bautismo son deseados porque de ellos surgirá la verdadera paz. Las tensiones e incluso rupturas violentas no las origina Jesús, sino los que deciden rechazarle. 

Meditación

Jesús nos da unas orientaciones valiosísimas.
Solo cuando dentro haya conseguido la paz,
estaré preparado para ganar otras batallas.
Tu verdadero ser es paz, es armonía y es felicidad.
Vete más allá de tu falso ser.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Yo no renuncio a nada.

Domingo, 18 de agosto de 2019

angel-caidoEnciende un fuego,  y déjalo arder en ti (Shakespeare).

18 de agosto 2019

DOMINGO XX DEL TO

Lc 12, 49-53

Vine a traer fuego a la tierra, y ¡qué más quiero si ya ha prendido!

El fuego es un instrumento de juicio: aniquila o purifica. La predicación de Jesús ha encendido ya ese fuego (Is 1, 25)

En Isaías 1,25 dice Yahvé: “Volveré mi mano contra ti para limpiarte de la escoria en el crisol y eliminar todas tus desdichas”.

Zac.13, 9: “Mirad la piedra que presento a Josué: Es una y lleva siete ojos. Tiene una inscripción: En un día removerá la culpa de esta Tierra -Oráculo del Señor Todopoderoso-“

Y San Pablo en Hebreos 12, 1-4: “Corramos con constancia, en la carrera que nos toca”.

Yo creo que Jesús era de otra manera, aunque en una ocasión dijo: “Vine a traer fuego a la tierra y ¡qué más quiero si ya ha prendido! “

Creo que lo dijo para asustarnos, pero dijo también que hay que perder el miedo, y mostrar en qué somos muy valientes.

¿A mi leones?, dijo Don Quijote, y luchó contra salteadores de caminos y molinos de viento.

En el Antiguo Testamento, la guerra es una experiencia corriente en Israel y hecho común.

En 2 Samuel 11, 1 se dice: “Al año siguiente en que los reyes van a la guerra, Dios envió a Joab con sus oficiales y todo Israel a devastar la región de los Amonitas y sitiar a Raba”,  e incluso Dios acude a la batalla cuando Moisés lo ordenaba en Números 11, 35: “Levántate, Señor, que se dispersen tus enemigos, huyan de tu presencia los que te odian”. O se presenta en una teofanía de tormenta: “Desde el cielo combatieron las estrellas, desde sus órbitas combatieron contra Sísara” (Jueces 5, 20).

En el Nuevo, es uno de los signos escatológicos: “Cuando oigáis ruido de guerreros y noticias de ellos, no os alarméis. Todo eso ha de suceder, pero todavía no es el final” (Marcos 13, 7). Y el Apocalipsis contempla una batalla celeste: “Se declaro la guerra en el cielo. Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; el dragón luchaba asistido de sus ángeles  pero no vencieron y perdieron su puesto en el cielo”. Esta derrota contra Satanás, fue conmemorada siglos más tarde con un monumento de Ricardo Bellver en el Parque del Retiro madrileño. La espada y la armadura están presentes.

La paz no podría ser ajena a este combate. Es un concepto que pertenece al orden familiar, social, político y religioso. No solo es ausencia de guerra, si no que incluye de algún modo la prosperidad, plenitud, bendición divina.

Hay una Paz cósmica: “Aquel día haré una alianza con los animales salvajes, con las cosas del cielo y con los reptiles de la Tierra”  (Oseas 2, 20), y una Paz histórica: “Pondré paz en el país y dormiréis sin alarmas, descastaré las fieras y la espada no cruzará vuestro país” (Levítico 26, 8).

En el Evangelio, el saludo hebreo, cristiano y apostólico, es eficaz: “Cuando estéis en una ciudad o aldea preguntad por alguna persona respetable y hospedaos con él hasta que os marchéis, se entra en la casa saludándola con la paz” (Mateo 10, 11-12).

Se canta en la entrada en Jerusalén, y decían: “Bendito sea el rey. paz en el cielo, gloria al Altísimo”. Y también con todos: “Dichosos los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios” (Mateo 5, 9).

El `poema de R. Bellver hace referencia a los hechos.

AL ÁNGEL CAIDO

Por su orgullo cae arrojado del cielo
con toda su hueste de ángeles rebeldes
para no volver a él jamás.
Agita en derredor sus miradas,
y blasfemo las fija en el impíreo,
reflejándose en ellas el dolor más hondo,
la consternación más grande,
la soberbia más funesta
y el odio más obstinado.”

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Qué fuego nos consume? ¿Qué paz buscamos?

Domingo, 18 de agosto de 2019

fuego1Lucas 12,49-53

A primera vista este evangelio puede dejarnos un sabor amargo, da la sensación de que Jesús ha venido a traer fuego (un incendio provocado) y división. Lo que sería incoherente con el resto de su vida y su mensaje. Una cosa es el lenguaje y otra el mensaje que tenemos que entender relacionando las imágenes que nos ofrece (fuego, bautismo y paz) con otros textos del evangelio.

También nosotros ahora utilizamos expresiones que no reflejan la realidad, sino que expresan lo que sentimos en ese momento; por ejemplo: “Le haría un monumento” para expresar la gratitud o admiración hacia alguien. O, “Le partiría la cara”  para expresar el odio.

Vayamos al evangelio del domingo anterior para comprender el de hoy, porque no podemos abordar por separado el de este domingo, uno es continuación de otro.  Jesús dijo: “No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino” En consecuencia, nos decía el evangelio, vended vuestros bienes, dad limosna, estad en vela y sed buenos administradores. “Al que mucho se le dio mucho se le exigirá”

Si hemos comprendido que se nos ha dado el Reino, en consecuencia ¿qué se nos exige?

  1. Ser fuego, reavivar el fuego interior, alumbrar, dar calor…
    Jesús no vino a provocar un incendio destructor. Nos habla de la imagen del fuego como elemento que limpia y purifica, usado tanto por el campesino “limpiará completamente su era; y recogerá su trigo en el granero, pero quemará la paja en fuego inextinguible” (Mt 3, 12), como por el que busca purificar el oro, “que es probado a fuego” (I Pe 1,7) En cualquier caso la imagen del fuego es elocuente para los primeros cristianos, también probados en el fuego de la persecución, que deja al descubierto la pureza y solidez de su fe.
    Juan Bautista habla de Jesús como el que “bautizará con Espíritu Santo y fuego” (Mt 3,11). Y esta promesa se cumple en Pentecostés: “Aparecieron lenguas como de fuego… Todos quedaron llenos de Espíritu Santo” (Hc 2, 3).
    Santa Teresa de Jesús lo entendió bien cuando habla del alma como una mariposilla que se acerca al Fuego, hasta quedar transformada ella misma en fuego.

  1. ¡Pobre bautismo! Qué lejos estamos de lo que suponía para las primeras comunidades. Tras años de preparación podían ser admitidos o no. Una vez bautizados se jugaban la vida, como ocurre hoy en algunos lugares del mundo…
    El bautismo era una toma de postura, una opción totalizante que podía llevar a la división familiar y a la expulsión de los miembros que se bautizaban. Incluso en el santoral, tenemos ejemplos de personas que fueron mandadas ajusticiar por su propia familia pagana o por sus amigos.

  1. Evidentemente las palabras y la vida de Jesús nos muestran que fue portador de Pero no una paz sin conflicto. Muchas veces recuerda que trabajar por el Reino es un proceso transformador que exige pasar por la puerta estrecha, dejarnos rehacer hasta nacer de nuevo… en este caso la paz no es comodidad, no es dejar las cosas como están, sino vivir un proceso de transformación hondo, que suele incluir despojo y sufrimiento.

Ser seguidor de Jesús, nos recuerda el evangelio, es optar, decidir por Jesús y su evangelio, sin trapicheos… y esta opción implica toda nuestra vida, que ya no será más como antes. Y, a veces, compromete incluso la vida y la unidad de nuestra familia. Hasta ahí llega la radicalidad del mensaje de Jesús, hasta ahí lo vivió Él, que terminó despreciado, traicionado y crucificado por los suyos, por su pueblo.

No olvidemos por qué ser fuego, vivir el bautismo y experimentar la paz que trajo Jesús merece la pena: Se nos ha dado el Reino y se nos envía cada día a proclamarlo, compartirlo, sembrarlo y ¡gozarlo!

Mª Guadalupe Labrador Encinas fmmdp.

Fuente Fe Adulta

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El fuego que nos consume.

Domingo, 18 de agosto de 2019

13906842_1730887333830004_5746902168926801899_n-1280x720Domingo XX del Tiempo Ordinario

18 agosto 2019

Lc 12, 49-53

El mundo suele ser habitualmente un lugar de enfrentamientos. Lo cual es fácilmente comprensible si tenemos en cuenta que solemos girar en torno al yo. Y el yo vive de la confrontación, por cuanto necesita marcar las diferencias con los otros para poder autoafirmarse como un ser separado. Por decirlo de un modo simple: la identificación con el yo conduce inexorablemente a la división, en todos los ámbitos en los que nos movemos.

El enfrentamiento tiende a exacerbarse siempre que el yo es cuestionado. En un instintivo mecanismo de defensa, cuando interpreta lo que ocurre como una amenaza, el yo busca protegerse atacando aquello que lo incomoda. No es raro, por tanto, que una persona que vive con fidelidad a sí misma, aun sin pretenderlo, provoque movimientos hostiles a su alrededor.

La fidelidad a uno mismo es una actitud sabia, caracterizada por la coherencia, la libertad interior y la flexibilidad. Porque ser fiel no significa ser tozudo, así como tampoco seguir el impulso del propio capricho, sino responder, de manera desapropiada, a aquello que la Vida pone delante, desde una actitud de profunda alineación con ella.

Sin embargo, la misma libertad que conlleva puede hacer que resulte cuestionadora o incluso provocativa para quienes se hallan instalados en posicionamientos que no están dispuestos a modificar.

Por este motivo, la actitud y el comportamiento de la persona sabia puede ser fuente de tensión, conflicto o división. Y así parecen que han de entenderse las palabras de Jesús.

Pero lo que mueve a la persona sabia no es el conflicto por sí mismo, sino el “fuego” interior que la habita. Un fuego que la convierte en firme y flexible a la vez, en respetuosa al tiempo que apasionada.

Ese “fuego” no es otra cosa que la expresión de la Vida en nosotros. Si no le prestamos atención y nos vivimos al margen de él, queda como apagado e incluso mortecino. Nuestra existencia aparece marcada por la resignación y el conformismo. Cuando, por el contrario, mantenemos la conexión consciente con la Vida que somos, el fuego se despierta hasta consumirnos por completo. A partir de ahí, ya no vive el yo, sino la Vida misma en nosotros.

¿Percibo la fuerza de la Vida en mí?

 

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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La Iglesia de algunos obispos y cardenales ni divierte ni convierte

Domingo, 18 de agosto de 2019

untitledDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. El cristianismo de Jesús es frontal

El evangelio que acabamos de escuchar es un conjunto de sentencias recopiladas por San Lucas desde la memoria de Jesús para los  primeros tiempos de la comunidad cristiana.

Es un evangelio desconcertante, al menos a primera vista. Que Jesús diga que ha venido a traer fuego, que no ha venido a traer la paz, sino la división, etc. nos resulta desconcertante.

  1. Fuego.

En la tradición bíblica fuego puede significar tres realidades:

  1. Crisis, juicio. (Lc 3, 16-17: el juicio que anuncia Juan Bautista).
  2. El Espíritu de Jesús en la Iglesia. (HH 2,1-13: Pentecostés). Es como una fuerza vital que impulsa al ser humano
  3. El fuego de la persecución que el cristianismo iba a desencadenar contra la Iglesia por parte del mundo judío y del mundo romano.

En cualquiera de los tres casos significa que el Espíritu del evangelio de Jesús no es algo anodino, sino que tiene fuerza, provoca un juicio profundo al esquema religioso judío y a todo esquema religioso. Ese juicio profundo, ese poner en tela de juicio los esquemas puede acarrear persecución y un bautismo de sangre, que comenzó ya con Jesús y continúa cuando Ellacuría o los misioneros asesinados en un país de misión -o no misión- por amar y defender la verdad y el evangelio.

Al hilo de esta consideración, da la impresión de que el cristianismo que anunciamos hoy en día en muchas diócesis ya no produce ningún efecto ni reacción. Probablemente nuestro cristianismo está muy aguado si no se ha convertido en una cuestión inmobiliaria. El cristianismo es ya una cuestión doctrinaria, pero no vital.

Entre la nobleza frontal de Cristo y los contenidos y modos en que ha caído la Iglesia, sobre todo la europea e hispana, hay diferencias abismales. No es menos cierto, que en estos momentos las cosas van cambiando, al menos con el papa Francisco, y parece haber una voluntad de ir arrinconando protocolos, de sanear curias, IOR, costumbres y carrerismos

Pero el cristianismo que circula en nuestros ámbitos, al menos diocesanos y de muchas otras diócesis hispanas, ya no causa reacción, no es significativo. Esta Iglesia ni divierte ni convierte. Robinson (obispo anglicano) en su libro Sincero para con Dios, decía que el cristianismo había terminado por ser la “guinda del pastel” que no vale, no es lo más mínimo relevante para nuestras vidas, para nuestra sociedad, los problemas socio.políticos. ¿La Iglesia española, la iglesia vasca “juega” algún papel mínimamente relevante en el momento político actual?: en la crisis, en la pacificación de nuestro pueblo, etc. Nuestra fe está domesticada.  Lo más triste es que la sal se ha vuelto insípida.

El mensaje de Cristo no trae una falsa paz. El cristianismo no es neutro, pues porque no todo da igual, ni se puede vivir en un falso irenismo, una falsa paz.

Incluso pareciera que en la Iglesia ya no tenemos ni criterios. Cuando una persona piensa y desde el evangelio y la verdad defiende noblemente su pensamiento, ese tal es de admirar. Cuando un Obispo, un teólogo es criticado por defender noblemente sus posiciones cristianas, esa es una postura evangélica, aunque no posea la verdad absoluta o incluso tengan aspectos criticables.

Ojalá si el cristianismo, la Iglesia prendiera fuego, causara crisis, cuestionara y removiera los fondos de nuestra antropología racial, de nuestra comodidad capitalista, de una iglesia atrincherada.

  1. Nos hacen falta tres cualidades: lucidez, bondad diálogo.

Lucidez.

Hemos de ser conscientes y lúcidos en la vida. Padres, profesores, catequistas, médicos, psicólogos, políticos, teólogos, personas con responsabilidad en la Iglesia, etc. Hemos de ser conscientes y lúcidos: vivir con las lámparas encendidas.

Esta lucidez no se le puede pedir a una entidad bancaria capitalista, ni a un partido, ni a un funcionario del obispado, pero sí a una mujer y un hombre que amen la verdad para ser penetrantes para ver y analizar los momentos, los problemas, los valores, las situaciones para caminar hacia la verdad.

Diálogo.

La segunda actitud es la de diálogo. El diálogo es siempre difícil y lento, pero es educativo y realizador.

El fanático es un bastión pulsional de “su” verdad, y defiende ese fortín agrediendo a cañonazos a todo el que tenga otra visión de la vida, de la nación, de la economía, de la teología o de la cultura, de la religión o de la parroquia. Todos nos damos cuenta de que  las dictaduras y fanatismos crean más problemas de los que resuelven y, además, hacen daño.

La vida es plural y compleja, no es uniforme. Las personas, los pueblos y las iglesias somos diversos: blancos y negros, de una cultura y otra, hombres y mujeres, con unos valores y otros, diversas tradiciones cristianas y religiosas. En la vida pueden darse muchas opciones plurales, válidas y respetables. Uno se abre a la vida desde su pertenencia a un pueblo, otro desde su pertenencia a una clase social. Y son posturas válidas. Uno puede sentirse centrado en el pensamiento cristiano y otro no. Unos seguimos una tradición cristiana, teológica: el Vaticano II, otros siguen otras tradiciones, pero no nos impongan una, la que ustedes creen que es la verdad absoluta.

Los fascismos ciertamente tienen una mística, ejercen un gran atractivo de orden, disciplina, en las dictaduras hay orden, “no pasada nada, etc…”. Pero los totalitarismos políticos y eclesiásticos crean y dejan más problemas de los que resuelven.

Hace unos días, el viernes 9 de agosto, el papa Francisco decía en una entrevista al periódico italiana La Stampa y refiriéndose a Salvini, ministro del interior de Italia, decía que: Estoy preocupado porque escuchamos discursos que se parecen a los de Hitler en 1934. Y esos discursos se escuchan también en ámbitos eclesiásticos.

La vida es plural y diversa y hemos de saber acogerla y acogernos y dialogar, que no es lo mismo que simplemente hablar. Dialogar significa que fluya la sensatez, el logos, la voluntad de entendimiento. Y en todo caso, hemos de pensar y respetar.

Se trata de ser oteadores del horizonte de la Verdad y de la Esperanza: como el padre del hijo pródigo, salgamos todos los días a las colinas de la verde esperanza por si entre todos vamos haciendo caminos para todos, caminos que nos lleven a una unidad respetuosa y plural.

Bondad

         Hace bien ver y escuchar cómo el actual obispo de Roma, Francisco, en casi todas sus homilías, catequesis del “ángelus”, discursos, hace alusión a la bondad y misericordia de Dios. A la Iglesia católica casi se le había olvidado que Dios es bueno. La perfección de Dios es la misericordia, no la tiranía.

         Una verdad defendida “a palo y tente tieso” hace más daño que bien. No se puede, no es sano restregar la verdad por la cara. Decía Benedicto: Caritas in veritate: caridad y bondad en la verdad. Una verdad utilizada sin bondad es una bofetada

  1. Conclusión

Algo de todo esto es el fuego, la crisis y el Espíritu que Cristo ha venido a poner en la tierra y ojala estuviera ya ardiendo: lucidez, diálogo y bondad.

 

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Miércoles 15 de Agosto de 2019. La Asunción

Jueves, 15 de agosto de 2019

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1ª LECTURA

Apocalipsis 11,19a;12,1.3-6a.10ab

Una mujer vestida del sol, la luna por pedestal

Se abrió en el cielo el santuario de Dios y en su santuario apareció el arca de la alianza. Después apareció una figura portentosa en el cielo: Una mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas. Apareció otra señal en el cielo: Un enorme dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos y siete diademas en las cabezas. Con la cola barrió del cielo un tercio de las estrellas, arrojándolas a la tierra. El dragón estaba enfrente de la mujer que iba a dar luz, dispuesto a tragarse el niño en cuanto naciera. Dio a luz un varón, destinado a gobernar con vara de hierro a los pueblos. Arrebataron al niño y lo llevaron junto al trono de Dios. La mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar reservado por Dios. Se oyó una gran voz en el cielo:

“Ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo.

Salmo responsorial: 44

De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir.

Hijas de reyes salen a tu encuentro,

de pie a tu derecha está la reina,

enjoyada con oro de Ofir. R.

Escucha, hija, mira: inclina el oído,

olvida tu pueblo y la casa paterna;

prendado está el rey de tu belleza:

póstrate ante él, que él es tu Señor. R.

Las traen entre alegría y algazara,

van entrando en el palacio real. R.

2ª LECTURA

1Corintios 15,20-27a

Primero Cristo como primicia; después todos los que son de Cristo

Hermanos:

Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza.

Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Porque Dios ha sometido todo bajo sus pies.

EVANGELIO

Lucas 1,39-56

El Poderoso ha hecho obras grandes por mí; enaltece a los humildes

En aquellos días, María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías y saludo a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo y dijo a voz en grito:

“¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.”

María dijo:

“Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí: su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos. Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como lo había prometido a nuestros padres- en favor de Abrahán y su descendencia para siempre.”

María se quedó con Isabel unos tres meses y después volvió a su casa.

*

Homilía de Monseñor Romero sobre los textos litúrgicos de hoy (15 de Agosto de 1977)

***

SU CUMPLEAÑOS

… todo este gesto tan amable de su presencia y sobre todo de su oración, por este servidor de ustedes, a quien abruma este cariño del pueblo y por el cual estoy dispuesto a seguir dando los años que el Señor me conceda. Y considero como un bello regalo de cumpleaños, que la Iglesia misma se hace, este nuevo diácono que vamos a ordenar.

LA ASUNCIÓN DE MARIA

Y en el ambiente del misterio que celebramos hoy, cómo recobra encanto toda esa fiesta de la Arquidiócesis en su Catedral. La asunción en cuerpo y alma de la Virgen al cielo no es una opinión piadosa. Es un dogma de fe, el dogma diríamos, de moda, el más reciente. Fue al clausurar el año de 1950 aquel gran Año Santo, que llevaba a Roma muchedumbres y que recibía aquel gran Pontífice que fue Pío XII. Durante esos años, se hizo una consulta muy interesante a todos los obispos del Mundo: ¿Cómo estaba en el pueblo la creencia de esta verdad, de que María ha sido llevada en cuerpo y alma al cielo? Al mismo tiempo que recogía la tradición de la liturgia, de la teología, y todo lo profundo que la Iglesia tiene en sus estudios, pudo tener la seguridad, el 1º de noviembre de aquél Año Santo, de proclamar como dogma de fe, y que por tanto es obligatorio creerlo todos los católicos, que María, después de terminar su curso mortal en la tierra, fue asunta, como recogida por Dios, en cuerpo y alma. Podemos decir, hermanos, porque una verdad que corresponde a los orígenes de nuestro cristianismo, a los orígenes del mismo Cristo, apenas en nuestro tiempo se proclama dogma de fe, no es que el Papa Pío XII inventó que María ha sido llevada en cuerpo y alma, como si hubiera inventado esa verdad hoy en 1950. Los dogmas no los hace el Papa. El Papa lo que hace es poner el sello de su autoridad, de su magisterio, para darle seguridad al pueblo de que esa verdad está contenida en la divina revelación. Y lo creemos no sólo porque lo dice el Santo Padre, sino sobre todo porque lo ha dicho Dios y lo ha revelado en la Sagrada Biblia y en la tradición viviente de la Iglesia. Leer más…

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“Seguidora fiel de Jesús”. Asunción de María – C (Lucas 1,39-56)

Jueves, 15 de agosto de 2019

20-Asunción-385x1024Los evangelistas presentan a la Virgen con rasgos que pueden reavivar nuestra devoción a María, la Madre de Jesús. Su visión nos ayuda a amarla, meditarla, imitarla, rezarla y confiar en ella con espíritu nuevo y más evangélico.

María es la gran creyente. La primera seguidora de Jesús. La mujer que sabe meditar en su corazón los hechos y las palabras de su Hijo. La profetisa que canta al Dios, salvador de los pobres, anunciado por él. La madre fiel que permanece junto a su Hijo perseguido, condenado y ejecutado en la cruz. Testigo de Cristo resucitado, que acoge junto a los discípulos al Espíritu que acompañará siempre a la Iglesia de Jesús.

Lucas, por su parte, nos invita a hacer nuestro el canto de María, para dejarnos guiar por su espíritu hacia Jesús, pues en el «Magníficat» brilla en todo su esplendor la fe de María y su identificación maternal con su Hijo Jesús.

María comienza proclamando la grandeza de Dios: «mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava». María es feliz porque Dios ha puesto su mirada en su pequeñez. Así es Dios con los sencillos. María lo canta con el mismo gozo con que bendice Jesús al Padre, porque se oculta a «sabios y entendidos» y se revela a «los sencillos». La fe de María en el Dios de los pequeños nos hace sintonizar con Jesús.

María proclama al Dios «Poderoso» porque «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Dios pone su poder al servicio de la compasión. Su misericordia acompaña a todas las generaciones. Lo mismo predica Jesús: Dios es misericordioso con todos. Por eso dice a sus discípulos de todos los tiempos: «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Desde su corazón de madre, María capta como nadie la ternura de Dios Padre y Madre, y nos introduce en el núcleo del mensaje de Jesús: Dios es amor compasivo.

María proclama también al Dios de los pobres porque «derriba del trono a los poderosos» y los deja sin poder para seguir oprimiendo; por el contrario, «enaltece a los humildes» para que recobren su dignidad. A los ricos les reclama lo robado a los pobres y «los despide vacíos»; por el contrario, a los hambrientos «los colma de bienes» para que disfruten de una vida más humana. Lo mismo gritaba Jesús: «los últimos serán los primeros». María nos lleva a acoger la Buena Noticia de Jesús: Dios es de los pobres.

María nos enseña como nadie a seguir a Jesús, anunciando al Dios de la compasión, trabajando por un mundo más fraterno y confiando en el Padre de los pequeños.

José Antonio Pagola

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Asunción. La meta de la Iglesia está en el cielo, como María, no en el poder.

Jueves, 15 de agosto de 2019

im22090asuncion-maria-02jpgDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

El dogma de la Asunción de María.

         La tradición de la Asunción (y veneración) de la Virgen proviene más bien de la Iglesia bizantina (Oriente). Sin embargo la definición del dogma de la Asunción es muy reciente. Fue el papa Pío XII, quien el 1 de noviembre de 1950, propuso a la fe de la iglesia que María, la madre del Señor fue llevada a los cielos en cuerpo y alma.

         Más allá y antes de la definición del dogma, siempre ha estado presente en la memoria de la iglesia que María terminó con su hijo, Jesús, en la casa del Padre, en el cielo.

  1. transfiguración – ascensión.

         Hace unos días, el 6 de agosto, celebrábamos la fiesta de la Transfiguración del Señor. JesuCristo en una montaña estaba cubierto por una nube, que representa la presencia de Dios en Jesús. La nube protegía del rigor del calor a su pueblo en el desierto de la vida hacia la libertad y hacia la tierra de promisión.

         La misma nube, Dios, les quitó a los discípulos de su vista a Jesús en la Ascensión. Jesús volvió al Padre, que dice San Juan. Jesús terminó en Dios Padre.

         Se trata de vivir y caminar por la vida en el ámbito de Dios, protegidos por Dios, cubiertos por Él, por su nube. El hálito de Dios hace ver y entender la vida de un modo pleno y con horizontes insospechados (el cielo).

  1. María vivió y terminó en Dios: Asunción.

         María fue una mujer, por tanto humana; no fue una diosa. María “no tiene medios”, fue débil como nosotros. “No conozco varón”. Pero fue cubierta con la sombra (nube), por el espíritu de Dios, y por la fuerza de Dios es madre de Cristo, madre de quien es expresión de Dios, hijo de Dios.

         Por eso, desde los primeros tiempos de la vida eclesial, los creyentes han tenido presente a María, la madre de Jesús y nosotros celebramos que el camino de María terminó como el de Jesús: en el cielo. Fue llevada, asunta a los cielos.

  1. vivir es caminar hacia el cielo.

María se puso en camino.

         La idea -la realidad- de caminar es importante en la vida. San Lucas compone su evangelio como una subida de Jesús a Jerusalén. María se pone en camino. Los dos de Emaús iban de camino. El hijo pródigo se puso en camino. Los que se quedan al borde del camino son enfermos, paralíticos, etc., pero cuando recuperan la vida, le siguen, caminan con Jesús.

         Vivir es caminar: Jesús -como todos- iba creciendo: caminos materiales, de pensamiento, caminos afectivos

María se puso en camino desde el comienzo de la vida de Jesús.

El camino es largo y lleno de sentido y esperanza. La estación Termini está en el cielo. La esperanza absoluta (Dios) es la alegría del presente. Nos hace bien mirar al cielo.

         La Asunción es una fiesta de esperanza, pues nos indica que nuestra meta, nuestra patria, está en Dios, con JesuCristo, con nuestros mayores en el cielo.

Por todo ello:

Proclama mi alma la grandeza del Señor.

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“María, reflejo de nuestro propio misterio”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Jueves, 15 de agosto de 2019

mariaDe su blog Nihil Obstat:

La piedad cristiana ha visto en María el mejor modelo de seguimiento y de identificación con Cristo. Quizás no se ha destacado tanto otro aspecto muy relacionado con el anterior: María es la mejor representación de nuestro propio misterio, del misterio de toda vida humana y cristiana.

La vida humana es un misterio nunca resuelto del todo. Por mucho que digamos, nunca acabamos de agotarla, siempre nos quedamos cortos. Toda definición de la vida humana es siempre insuficiente, porque en ella hay un “más”, un exceso, una tendencia a más allá de ella misma. “El hombre supera infinitamente al hombre”, dijo un famoso pensador francés. El ser humano sobrepasa sus propias expectativas, ninguna acaba de satisfacerle. La teología tiene una explicación: estamos hechos para Dios, y nuestro corazón está inquieto hasta que no alcanza la medida para la que estamos hechos. Precisamente porque el hombre nunca acaba de alcanzar su medida, podemos calificar a la persona de misterio. Los problemas se resuelven. Los misterios siempre permanecen abiertos.

El mejor modo de aclarar un misterio es confrontarlo con otro misterio. El misterio de María podría ser un buen referente para aclarar mejor el misterio de la persona. Porque en María se encuentra realizado aquello a lo que todos aspiramos. En primer lugar, todos aspiramos a ser santos, o sea, a ser divinos; todos aspiramos a una plenitud que, lo sepamos o no, sólo Dios puede saciar. María, “llena de gracia”, o sea, “llena de Dios”, es un buen referente humano de todas nuestras aspiraciones.

Por otra parte, además de a una vida plena, todos aspiramos a una vida que dure. Vida plena que dure, vida llena de Dios y eterna. En la asunción de María se realiza esta otra gran aspiración humana: vivir para siempre, unidos a Dios, fuente de toda vida. Y vivir con toda nuestra realidad colmada en todas sus dimensiones. María, “en cuerpo y alma” en el cielo, es el referente de lo que todos anhelamos: que nada nos falte, que todos los aspectos y dimensiones de nuestra vida están colmados y saciados. ¿Qué es la salvación? La salvación es un proyecto de vida feliz, estable y completa, en el que todas las dimensiones de la persona están plenamente saciadas. Eso es lo que, con otras palabras, el dogma de la Asunción dice de María. Esa es la esperanza cristiana. Por eso, María es el reflejo de nuestro propio misterio.

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María no tiene que subir a ningún sitio para identificarse con Dios.

Jueves, 15 de agosto de 2019

anuncio-a-mariaLc 1,39-56

El hecho de que la Asunción sea una de las fiestas más populares de nuestra religión no garantiza que se haya entendido siempre correctamente. Todo lo que se refiere a María tiene que ser tamizado por un poco de sentido común que ha faltado a la hora de colocarle toda clase de capisayos que la desfiguran hasta hacerla inútil. La mitología sobre María puede ser positiva, siempre que no se distorsione su figura, alejándola tanto de la realidad que la convierta en una figura inservible para un acercamiento a la divinidad.

La Asunción de María fue durante muchos siglos una verdad de fe aceptada por el pueblo sencillo. Solo a mediados del siglo pasado, se proclamó como dogma de fe. Es curioso que, como todos los dogmas, se defina en momentos de dificultad para la Iglesia. En este caso no fueron las discusiones teológicas las que provocaron la definición de una verdad de fe sino la intención de dar al pueblo una confirmación oficial de sus intuiciones sobre María. De esta manera se intentaban apuntalar los privilegios que la sociedad le estaba arrebatando.

Hay que tener en cuenta que una cosa es la verdad que se quiere definir con un dogma, y otra muy distinta la formulación en que se expresa esa verdad. Ni Jesús ni María, ni ninguno de los que vivieron en su tiempo, hubieran entendido nada de esa definición. Sencillamente porque está hecha desde una filosofía completamente ajena a su manera de pensar. Para ellos el ser humano no es un compuesto de cuerpo y alma, sino una única realidad que se puede percibir bajo diversos aspectos, pero sin perder nunca su unidad.

No podemos entender literalmente el dogma. Pensar que un ser físico, María, que se encuentra en un lugar, la tierra, es trasladado localmente a otro lugar, el cielo, no tiene ni pies ni cabeza. Hace unos años se le ocurrió decir al Papa Juan Pablo II que el cielo no era un lugar, sino un estado. Se armó un gran revuelo en los medios de comunicación, aunque nunca la doctrina oficial había dicho que el cielo está allá arriba. Pero me temo que la inmensa mayoría de los cristianos no ha aceptado la explicación, porque está demasiada arraigada la idea de un cielo como lugar a donde irán los buenos.

Cuando el dogma habla de “en cuerpo y alma”, no debemos entenderlo como lo material o biológico por una parte, y lo espiritual por otra. El hilemorfismo, mal entendido, nos ha jugado un mala pasada. Los conceptos griegos de materia y forma son, ambos, conceptos metafísicos. El dogma no pretende afirmar que el cuerpo biológico de María está en alguna parte, sino que todo el ser de María ha llegado a identificarse con Dios.

Cuando nos dicen que fue un privilegio, ¿de qué están hablando? Para los que han terminado el curso de esta vida, no hay tiempo. Todos los que han muerto están en la eternidad, que no es tiempo acumulado, sino un instante eterno. La materialización del más allá, como si fuera un trasunto del más acá, nos ha metido en un callejón sin salida; y parece que muchos se siguen encontrando muy a gusto en él. Del más allá no es una prolongación de la vida del aquí abajo, de la que conocemos sus condicionantes.

No sé lo que pensó Pío XII al proclamar el dogma, pero yo lo entiendo como un intento de proponer, que la salvación de María fue absoluta y total, es decir, que alcanzó su plenitud. Esa plenitud solo puede consistir en una unificación e identificación con Dios. María ha terminado el ciclo terreno por un proceso interno de identificación con Dios. En esa identificación con Dios no cabe más. Ha llegado al límite de las posibilidades. Lo eterno se ha despojado de todo lo caduco y resplandece en ella para siempre.

Que nadie piense que vamos contra el dogma de la Asunción. Lo que pretendemos es superar una manera de entenderlo que es ininteligible hoy. Es imposible meter las realidades trascendentes en conceptos humanos. Lo vamos a seguir intentando pero, al hacerlo, debemos tener en cuenta la precariedad de los resultados. Los conceptos utilizados no podemos entenderlos en sentido estricto, por eso la manera de entenderlos será siempre acomodada al universo conceptual que en ese momento utilizamos.

El paradigma que nos permite interpretar la realidad en un momento determinado de la historia y de la cultura, no podemos elegirlo a capricho, viene dado por una infinidad de condicionantes que no tenemos más remedio que aceptar, si no queremos quedar aislados y sin posibilidad de entendernos con los demás. Es inútil pretender seguir usando en el ámbito religioso un universo conceptual ya superado. Lo único que conseguiremos será entrar en una esquizofrenia intelectual que puede engañarnos pero no satisfacernos.

Los cristianos tenemos todo el derecho de seguir utilizando a María como ejemplo de acercamiento a la divinidad. No tiene importancia que, al hacerlo, nos alejemos de la paisana de Nazaret que fue la madre de Jesús. Lo que importa es que la María mitificada nos ayude, de verdad, a entender mejor lo que somos todos nosotros.

Desde el momento en que a Jesús fue entendido como Hijo de Dios, hemos caído en la trampa de verlo solo como divino y alejarlo de nuestra humanidad. Esa separación ha llegado a ser tan abismal y lo ha alejado tanto de nosotros que ya no podemos encontrar en él el modelo de ser humano, aunque el único título que Jesús se dio a sí mismo fue el de “Hijo de hombre”. Sin esa indispensable conexión con lo humano, lo colocamos de entrada en el ámbito de lo divino y no lo podemos percibir como uno de nosotros.

El principal objetivo de todo lo que se ha dicho de María, sería precisamente superar este escollo, y descubrir en ella la figura completamente humana que nos permita acercarnos a la divinidad descubriéndola en ella. Precisamente porque no existe el peligro de confundirla con Dios, podemos ensalzarla hasta el infinito y ver en ella reflejada toda la fuerza de la divinidad. De esta manera podemos entender que esa misma divinidad está también involucrada en nuestra propia existencia.

No debemos desmantelar toda la riqueza teología que hemos volcado sobre María durante muchos siglos. Lo que debemos hacer es traducir al lenguaje de hoy todos esos conceptos que ya no son comprensibles para nuestra manera de entender el mundo. Si esta tarea la llevamos a cabo con humildad y coherencia, podemos descubrir un filón de posibilidades de comprensión de la figura de Jesús y de la verdadera encarnación.

Es verdad que el pueblo sencillo no se equivoca nunca. Pero los que interpretamos las convicciones de ese pueblo sí podemos equivocarnos y darles un sentido que no tuvieron en su origen. Debemos estar mucho más atentos a lo que vive la Iglesia como pueblo de Dios, que a lo que nos dicen los teólogos o los especialistas de la religión. Cuando se habla de la infalibilidad, hay que tener en cuenta que es siempre la expresión de un sentir de la comunidad, no de la ocurrencia de una persona por muy Papa que sea.

Meditación

Más allá del tiempo y del espacio,
María está ya en Dios y Dios en ella.
Despojada de todo lo caduco,
lo eterno se desplegó sin límites.
En esa eternidad estamos todos
aunque apegados aún a lo caduco.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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¡Vamos de visita!

Jueves, 15 de agosto de 2019

Dorothy Webster Hawksley, (1884-1970) Visitación de María a su prima IsabelLc 1, 39-56

Cuando era pequeña y escuchaba a mi abuela o mis tías decir: “Me llevo a la niña de visita”, a mí se me ponían los pelos de punta. El plan era un soberano aburrimiento para una niña que lo que quería era estar jugando en casa, o mejor aún, en la calle, pues en la ciudad donde vivía mi abuela, los niños todavía jugaban en la calle.

La lectura de Lc 1, 39-56 me ha llevado de viaje al pasado y, lo que antes me parecía un horror, se ha transformado en un valor.

“Y un día cualquiera, un poco antes de las primeras luces del amanecer, María cierra tras sí la puerta de su pequeña casa de Nazaret e inicia apresurada el camino hacia ‘la montaña, a un pueblo de Judá’, donde vivía Isabel. No había prisa pero el impulso de su corazón movía velozmente sus pies” (1). Este relato nos muestra lo que es visitar.

Visitar implica moverse, cerca o lejos, salir, ponerse en marcha; abandonar el espacio de confort (que decimos ahora); adentrarse en la realidad del otro, la persona que me abrirá la puerta de su espacio y, posiblemente, de lo que vive.

Visitar exige irremediablemente invertir tiempo… ¿quién tiene tiempo hoy para regalarlo desinteresadamente?

Vamos a dejarnos llevar por María y vayamos con ella de visita a casa de Isabel.

Aquellas dos mujeres preñadas, creyentes e ilusionadas (…) envueltas en el silencio de la promesa de Dios, se encuentran y en el mismo instante del abrazo, la palabra se hace presente con la intensidad de la comprensión, la alegría y la intimidad compartida” (2).

La visita empieza a dar frutos desde el primer instante si hay una buena predisposición. La actitud de quien va y quien recibe es elemento primordial.

Ellas estaban felices. Isabel gritó de júbilo y “la criatura salto de alegría en su vientre”. Y María proclamó exultante la oración de alabanza y agradecimiento al Dios de la Vida. “El Magníficat recoge la plegaría del orante que se descubre, desde la humildad, fecundado por su Señor dentro de la Historia de Salvación” (3).

María permaneció en casa de Isabel “unos tres meses y volvió a casa”. Se movió, invirtió su tiempo y podemos imaginar qué maravillosos tres meses pasaron juntas, viendo como la vida crecía dentro de ellas, cuidándose, riendo, compartiendo…

En la sociedad que vivimos, cada vez más fragmentada e individualizada, donde las relaciones se va licuando, quedando en manifestaciones muy superficiales; reducidas a un mero contacto tecnológico a través de whatsapp (el correo electrónico dicen los jóvenes que eso es ya cosa de viejos), Twiter, Instagram, etc., me pregunto si tiene un significado el hecho de visitar, más allá de un contacto comercial, de captación de clientes, o del médico cuando el paciente no se puede mover de la cama.

Después de empaparnos del evangelio de este día hay que preguntarse a qué me mueve el “movimiento” de María visitando a Isabel. Y si realmente, el hecho de visitar, tiene un significado en mi vida.

Hay gente ahí fuera esperando una visita, de persona a persona.

Hay mucha necesidad de abrazos y de afecto, que no se solucionan con emoticonos y fotos con preciosos textos de buenas intenciones en el móvil.

Hay sed de escucha, en las alegrías y en las penas; para las primeras habrá un café o una cerveza y, para las segundas, además, un hombro y un pañuelo para enjugar lágrimas.

Hay enfermos crónicos que al inicio de la enfermedad seguro que tuvieron gente que les visitó, pero cuando la postración es larga, la soledad embarga.

Hay demasiados ancianos que viven demasiado solos, que su puerta nunca se abre para recibir porque nadie se acerca a ser recibido.

Hay muchas personas que han llegado traspasando fronteras, huyendo de sus lugares de origen que necesitan ser escuchados, recibidos, alentados, etc.

Recuerdo aquí lo que nos enseñaban en la catequesis sobre las Obras de Misericordia; dos de ellas se refieren al hecho de “visitar”: visitar a los enfermos y visitar a los presos.

El estado tiene una responsabilidad ineludible en la atención a las necesidades de quienes necesitan determinados servicios que ayuden a mejorar las condiciones de vida de quienes lo necesitan, por edad, enfermedad, etc. Eso es incuestionable. También las ONG’s, fundaciones, e instituciones benéficas tienen un papel importante en dicha atención.

Pero visitar… es otra cosa. Es una labor personal, individual. Es un estar atentos a detalles de la vida cercana, del entorno. Visitar no cuenta en las estadísticas. Es una acción muy silenciosa que no requiere estructuras organizativas, ni contractuales.

María fue. Podía no haber ido. Isabel, mayor y preñada, seguramente estaba bien atendida. Pero María fue. A estar. A escuchar. A compartir.

Mari Paz López Santos

(2) y (3) Del libro: ¿QUÉ QUIERE DIOS QUE YO QUIERA? Magnificat siglo XXI” Mari Paz López Santos

Fuente Fe Adulta

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14/15.8.19. Misterio de Elche. Tradición apócrifa y dogma de la Asunción

Miércoles, 14 de agosto de 2019

C48DB760-D979-4B99-A895-15C3872CE46FDel blog de Xabier Pikaza:

Fe que mueve montañas y sube a la Virgen al Cielo

Hoy y mañana (14‒15  agosto) se celebra el Elx/Elche (Alicante, Reino de Valencia) el Misteri o Misterio por excelente, que es la muerte y resurrección/ascensión de María, la madre de Jesús.  Los protagonistas (apóstoles y María, Dios y judíos…) cantan y representan en valenciano/catalán el triunfo de la Madre de Jesús, como culmen de la historia de la salvación, como último de los misterios del “rosario” católico,  culmen de la historia de la salvación. Con esta ocasión quiero recoger algunos datos de la historia de María, actualizados por la gran tradición apócrifa de la Iglesia.

Apócrifo no quiere decir “falso”, sino escondido (no oficial).  La historia oficial de la Virgen está recogida en la Biblia, con mucha sobriedad y hondura. Pero al gran pueblo cristiano no le ha bastado la Virgen Canónica, de los textos de Mateo y Lucas, de Marcos y Juan, sino que ha elaborado una intensa visión popular de su vida y misterio, que se centra en dos ciclos:

Con esta ocasión quiero presentar un breve esquema de la Vida Canónica y Apócrifa (¡apócrifo no quiere decir no falsa!) de la Virgen, para presentar después las claves del gran Misterio de Elche.

 HISTORIA CANÓNICA Y APÓCRIFA DE LA VIRGEN MARÍA

EEF0B338-F7D3-402B-96FD-8BC0A802873ETodo nos hace pensar que era de Nazaret de Galilea y que, al principio no formó parte externa del movimiento de Jesús, como indican el evangelio de Marcos y el de Juan. Pero tras la Crucifixión de su Hijo, a quien, según Jn 19, 25‒27 (y quizá Mc 15, 40‒41) acompañó junto a la cruz, ella formó parte importante de su w

 La tradición de Hch 1, 14 supone que ella formaba parte de la Iglesia de los “parientes de Jesús” (de Santiago), cuya “historia” conocemos por Pablo y por Hechos de los Apóstoles. Más aún, ella actuó en ese grupo como “gebira”, Señora, madre del Señor (cf. Lc 1, 42), como he puesto de relieve en Gran Diccionario de la Biblia, Verbo Divino, Estella 1015 (voz Gebira). En esa línea, el evangelio de Lucas como el de Mateo dan testimonio de la importancia de María en esa Iglesia.

La tradición de Jn 19, 25‒27 insiste en que, habiendo formado parte de la comunidad de los “hermanos” de Jesús (cf. Jn 2, 12), ella se integró en “casa” (iglesia) del discípulo amado. Eso parece indicar que entre la iglesia judeo‒cristiana de la circuncisión (vinculada a los parientes de Jesús) y la del discípulo amado, del evangelio de Juan existieron profundas relaciones profundas. Por el contrario, la tradición helenista, retomada por Pablo, no sabe nada de María, aunque conoce a los “hermanos” de Jesús, de los que se dice que eran “apóstoles” y estaban casados (cf. 1 Cor 9, 5; 15, 7).

1D5628DD-E343-466E-BCD9-13233AF5B481Más que el “final” (muerte/dormición, resurrección/asunción) de María a la Iglesia primitiva le ha importado su “principio”, es decir, su relación con el nacimiento de Jesús. En ese sentido se sitúan las genealogías de Mt 1, 1‒17 y de Lc 3, 23‒38, que he estudiado en Historia de Jesús (Verbo Divino, Estella 2013). Pero ellas no van en la línea de María, sino en la de José “desposado con María, de la que nació Jesús. De todas formas, en esa línea, tanto Mt 1‒2 como Lc 1‒2 hablan de un nacimiento más alto de Jesús por obra/presencia del Espíritu de Dios en María (superando la línea genealógica de José).

En esa línea, la Iglesia se ha ocupado pronto del origen y función activa de María en el nacimiento de Jesús, y de esa forma ha “recibido” (desde el II‒III d.C) el Protoevangelio, atribuido a Santiago (hermano del Señor), uno libro clave en la historia y devoción mariana de la Iglesia. Este evangelio combina y recrea tradiciones de la infancia (Mt 1-2; Lc 1-2), en perspectiva judeocristiana, con datos de tipo teológico‒devocional más que histórico. Defiende no sólo el nacimiento virginal de Jesús por obra del Espíritu Santo, sino la virginidad perpetua de María (hija de Joaquín y de Ana), declarando que los “hermanos” de Jesús serían hijos de José, ya viudo y padre al casarse con María. Es un evangelio de tono piadoso con tendencia judeo‒cristiana doceta, y ha influido mucho en la devoción popular y en las fiestas marianas de la Iglesia. Presenta a María como expresión de la Santidad de Dios y la vincula no sólo con el Templo de Jerusalén, sino con la tradición sacerdotal y davídica del judaísmo, viendo en ella la culminación del Antiguo Testamento.

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“Vivir en minoría”. 19 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,32-48)

Domingo, 11 de agosto de 2019

velas660x650-1200x800-e1543178364218Lucas ha recopilado en su evangelio unas palabras, llenas de afecto y cariño, dirigidas por Jesús a sus seguidores y seguidoras. Con frecuencia, suelen pasar desapercibidas. Sin embargo, leídas hoy con atención desde nuestras parroquias y comunidades cristianas, cobran una sorprendente actualidad. Es lo que necesitamos escuchar de Jesús en estos tiempos no fáciles para la fe.

«Mi pequeño rebaño». Jesús mira con ternura inmensa a su pequeño grupo de seguidores. Son pocos. Tienen vocación de minoría. No han de pensar en grandezas. Así los imagina Jesús siempre: como un poco de «levadura» oculto en la masa, una pequeña «luz» en medio de la oscuridad, un puñado de «sal» para poner sabor a la vida.

Después de siglos de «imperialismo cristiano», los discípulos de Jesús hemos de aprender a vivir en minoría. Es un error añorar una Iglesia poderosa y fuerte. Es un engaño buscar poder mundano o pretender dominar la sociedad. El evangelio no se impone por la fuerza. Lo contagian quienes viven al estilo de Jesús haciendo la vida más humana.

«No tengáis miedo». Es la gran preocupación de Jesús. No quiere ver a sus seguidores paralizados por el miedo ni hundidos en el desaliento. No han de preocuparse. También hoy somos un pequeño rebaño, pero podemos permanecer muy unidos a Jesús, el Pastor que nos guía y nos defiende. Él nos puede hacer vivir estos tiempos con paz.

«Vuestro Padre ha querido daros el reino». Jesús se lo recuerda una vez más. No han de sentirse huérfanos. Tienen a Dios como Padre. Él les ha confiado su proyecto del reino. Es su gran regalo. Lo mejor que tenemos en nuestras comunidades: la tarea de hacer la vida más humana y la esperanza de encaminar la historia hacia su salvación definitiva.

«Vended vuestros bienes y dad limosna». Los seguidores de Jesús son un pequeño rebaño, pero nunca han de ser una secta encerrada en sus propios intereses. No vivirán de espaldas a las necesidades de nadie. Serán comunidades de puertas abiertas. Compartirán sus bienes con los que necesitan ayuda y solidaridad. Darán limosna, es decir, «misericordia». Este es el significado del término griego.

Los cristianos necesitaremos todavía algún tiempo para aprender a vivir en minoría en medio de una sociedad secular y plural. Pero hay algo que podemos y debemos hacer sin esperar a nada; transformar el clima que se vive en nuestras comunidades y hacerlo más evangélico. El papa Francisco nos está señalando el camino con sus gestos y su estilo de vida.

José Antonio Pagola

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“Estad preparados”. Domingo 11 de agosto de 2019. 19º domingo del Tiempo Ordinario

Domingo, 11 de agosto de 2019

44-ordinarioC19 cerezoLeído en Koinonia:

Sabiduría 18, 6-9: Con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti.
Salmo responsorial: 32: Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Hebreos 11, 1-2. 8-19: 
Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.
Lucas 12, 32-48
: Estad preparados.

Primera Lectura

Los israelitas, oprimidos en Egipto, experimentaron que el Señor era su salvador la noche en que murieron los primogénitos de los egipcios. Por eso aquella noche tuvo una significación trascendental para la historia de los hebreos. Les recordaba las promesas que Dios había hecho a sus padres; que desde entonces Israel fue un pueblo libre y consagrado al Señor. La primera cena del cordero pascual sirve de modelo a lo que había de ser centro de la vida religiosa y cultural.

La participación en un mismo sacrificio simbolizaba la unión solidaria de un pueblo en un destino común. La celebración pascual recuerda que Dios no cesa de elegir a su pueblo entre los justos y de castigar a los impíos.

Hoy, toda esta imagen de Dios, por más que la hayamos estado escuchando y venerando durante milenios, desde siempre, aparece como profundamente inadecuada, inaceptable. ¿Qué clase de Dios es ése que opta por un pueblo, lo elige, le regala una tierra que está ya ocupada por otros pueblos da poder a su pueblo elegido para que los expulse y los destruya? ¿Es verosímil esta imagen de Dios? ¿No es propia de los tiempos «tribales», donde cada tribu se imagina que tiene su Dios protector que la defenderá contra las demás? (Recomendamos leer al respecto, por ejemplo, de John Shelby SPONG, Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo, Abya Yala, Quito, Ecuador, www.tiempoaxial.org; también se puede mirar en google y en youtube sobre este autor).

Segunda Lectura

La fe de Abraham y de los patriarcas sirve de ejemplo. Para estimular la perseverancia en la fe que lleva a la salvación, la carta a los Hebreos aduce una serie de testigos. Abraham, lo mismo que los hebreos del siglo I, conoció la emigración, la ruptura respecto al medio familiar y nacional y la inseguridad de las personas desplazadas. Pero en esas pruebas encontró Abraham motivo para ejercer un acto de fe en la promesa de Dios.

La fe enseña a no darnos por satisfechos con los bienes tangibles ni con esperanzas inmediatas. Abraham creyó por encima de la amenaza de la muerte. Sufrió la esterilidad de Sara y la falta de descendencia. Esta prueba fue para él la más angustiosa porque el patriarca se acercaba a la muerte sin haber recibido la prenda de la promesa. Aquí se hace realidad la última calidad de la fe: aceptar la muerte sabiendo que no podrá hacer fracasar el designio de Dios.

Más que el sufrimiento, es la muerte el signo por excelencia de la fe y de la entrega de uno mismo a Dios. Abraham creyó en un “más allá de la muerte”, creyó le sería concedida una posteridad incluso en un cuerpo ya apagado, porque le había sido prometida. Esta fe constituye lo esencial de la actitud de Cristo ante la cruz. También se entregó a su Padre y a la realización del designio divino, pero tuvo que medir el fracaso total de su empresa: para congregar a toda la humanidad, se encuentra aislado pero confiado en un por encima de la muerte que su resurrección iba a poner de manifiesto.

Evangelio

El evangelio de hoy nos presenta unas recomendaciones que tienen relación con la parábola del domingo anterior del rico necio. Los exegetas se diversifican en cuanto a la estructura que presente el texto y no determinan las unidades de las que se compone. La actitud de confianza con el que inicia el texto no debería de omitirse “no temas, rebañito mío, porque su Padre ha tenido a bien darles el reino”. Esta exhortación a la confianza, al estilo veterotestamentario y que gusta a Lucas, expresa la ternura y protección que Dios ofrece a su pueblo, pero expresa también la autocomprensión de las primeras comunidades: conscientes de su pequeñez e impotencia, vivían, sin embargo, la seguridad de la victoria. La bondad de Dios, en su amor desmedido, nos ha regalado el Reino. Desde aquí tenemos que entender las exhortaciones siguientes. Si el Reino es regalo, lo demás es superfluo (bienes materiales). Recordemos los sumarios de Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Lucas invita a la vigilancia, consciente de la ausencia de su Señor, a una comunidad que espera su regreso, pero no de manera inminente como sucedía en las comunidades de Pablo (cf. 1Tes.4-5). La Iglesia de Lucas sabe que vive en los últimos días en los que el hombre acoge o rechaza de forma definitiva la salvación que se regala. Cristo ha venido, ha de venir; está fuera de la historia, pero actúa en ella. La historia presente, de hecho, es el tiempo de la iglesia, tiempo de vigilancia.

Fitzmyer, ilustra esta afinada concepción de la historia, aparecen varias recomendaciones en lo que puede considerarse como los “retazos de una hipotética parábola”. Lo importante será descubrir en cuál de esas recomendaciones centramos la llegada que hay que esperar de manera vigilante. La predicación histórica de Jesús tienen estas máximas sobre la vigilancia y la confianza. Ahora, en este texto se les reviste de carácter escatológico. El punto clave reside en la invitación “estén preparados”; o lo que es lo mismo, lo importante es el hoy. A la luz de una certeza sobre el futuro, queda determinado el presente. Esta es la comprensión de la historia de Lucas: “se ha cumplido hoy” (4,21), “está entre ustedes” (17,20-21) y “ha de venir” (17,20).

El Reino es, al mismo tiempo, presente y algo todavía por venir. De aquí la doble actitud que se exige al cristiano: desprendimiento y vigilancia. Es necesario desprenderse de los cuidados y de los bienes de este mundo, dando así testimonio de que se buscan las cosas del cielo.

La vigilancia cristiana es inculcada constantemente por Cristo (Mc 14,38; Mt 25,13). La vida del cristiano debe ser toda ella una preparación para el encuentro con el Señor. La muerte que provoca tanto miedo en el que no cree, para el cristiano es una meditación: marca el fin de la prueba, el nacimiento a la vida inmortal, el encuentro con Cristo que le conduce a la Casa del Padre.

La intervención de Pedro, demuestra que la exhortación de Jesús sobre el significado de actuar y perseverar en vigilancia es en primer lugar referido a aquellos que son “la cabeza” de la comunidad, o mejor dicho para los que “están al servicio” de la comunidad. La resurrección a la vida depende del modo como ejercitaron ese servicio. Leer más…

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11. 8. 19. Dom 19, Tiempo ord. C. Lc 12,33-34. Comparte, no poseas: Vende lo que tengas, regala lo que obtengas.

Domingo, 11 de agosto de 2019

04BCDCF4-2792-4A1F-B404-2719DFAC56A7Del blog de Xabier Pikaza:

 Teología de Jesús, una práctica de vida

Domingo 19. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 12, 32-48. Ayer traté de la buena teología de Jesús y de la Iglesia, que no parece ser, al menos totalmente, la de algunos cardenales (al servicio del orden sacral de la Iglesia), sino una teología de la gratuidad y comunión interhumana; una teología cuyo “Dios” son los bienes de la tierra convertidos en regalo, de manera que aquello que  la Iglesia tiene (su propiedad, to hyparkôn) sea don:  todo se vende para compartirlo todo en gratuidad (eleêmosynê).

Se trata de vender (superar la propiedad “privada”) para no vender ya más ( que todo sea regalo/limosna), pasando así del plano del neg‒ocio entendido en forma talión (ojo por ojo…) al ocio y don de la existencia, esto es, al Dios que lo da todo (se ha dado a sí mismo) en gratuidad total.

Ésta es la teología de Jesús: regalar la vida y compartirla, en gratuidad, en confianza de futuro (de resurrección), en un mundo que tiende a identificar a Dios con su contrario (Mammón, dinero).

El evangelio nos sigue situando ante el tema de la riqueza y la pobreza de la vida, del riesgo que implica un tipo de riqueza al servicio de la muerte, y de la gracia y gloria (bendición) de lo que, con lenguaje provocador Jesús llama “riqueza del cielo”.

Éste es el argumento de fondo de Lucas, condensado aquí en una serie de propuestas divinas, es decir, “económicas”. Es un texto largo y no puedo comentar todas sus partes, por eso me limito a la primera (12, 33-34), en la que Jesús pide a sus discípulos que vendan lo que tienen, que lo vendan todo para dárselo a los pobres, esto es, que sepan desprenderse para compartir con los demás el más alto don de la vida, consiguiendo de esa forma una riqueza superior, propia “del cielo” (un tesoro de amor y de fraternidad, de vida futura, es decir, de resurrección).

Preguntas esenciales

El texto plantea unas preguntas radicales, que una y otra vez que han marcado la historia de la iglesia cristiana, y que ahora son decisivas no sólo para la felicidad de los cristianos en particular, sino para el cristianismo (que tiende a diluirse como negocio sacral auto‒referencial….), para hacer así posible la pervivencia del hombre sobre el mundo, es decir, la resurrección:

6E79FAF8-C681-4C69-8131-D2F159E0D09F1) Vende lo que tienes… ¿Eso lo dice Jesús sólo de aquellos que le siguen de un modo directo, o debe aplicarse a todos los hombres, fuera y dentro de la Iglesia? ¿Quiénes han de venderlo todo y compartirlo en perspectiva de Iglesia, sólo los curas o frailes y monjas, o todos los cristianos? ¿Cómo puede y debe hacerse pobre la Iglesia de Jesús para ser de esa manera verdaderamente rica?

2) ¿Qué ha de vender‒dar la Iglesia? ¿Qué bienes se han de vender para darlos en limosna, es decir, en gratuidad, sin pagos ni hipotecas?Dejo la pregunta así abierta, pero recordando que se trata de pasar del plano del tener, donde las cosas son ta hykharjonta, aquello que domino y tengo para mí, al plano de la eleêmosynê, lo que es don y regalo gratuito de la vida, aquello que tenemos sin tenerlo, todos, porque lo regalamos. ¿Qué debe vender y regalar la Iglesia: sus propiedades todas, sólo algunas que sobran o también los edificios y vasos sagrados, incluida la catedral de mi pueblo y el Estado Vaticano? ¿Cuáles quedan excluidos?

3) De tener al compartir. El tema de fondo es es el paso de ta hyparkhonta (es decir, de los bienes como algo propio, que uno domina para sí, en un plano de poder y compra‒venta) a la eleêmosynê, que no es la limosna privada y marginal, sino la justicia entendida como experiencia de vida compartida. Dedicamos a este tema un libro J. A. Pagola y un servidor (Entrañable Dios. Las obras de misericordia, Verbo Divino, Estella 2016).

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Mostramos allí con toda claridad que la “limosna” bíblica (que es comunión de vida) no se opone a la justicia, sino que es la justicia verdadera (la tsedaqa). Ciertamente, en un sentido “tenemos” cosas (y así podemos hablar de ta hyparkhonta); pero en otro sentido esos bienes, para que sean de verdad “míos” tienen que hacerse “nuestros”, es decir “eleêmosynè”, amor compartido en gratuidad, la comunidad de la vida como tesoro verdadero, identidad del hombre.

4) Organizar el don. El problema empieza cuando se quiere y se debe “organizar” ese paso de las cosas como posesión a las cosas como don/comunión, es decir, a la limosna, para que no se dilapide sin más, para que no surjan unos aprovechados de turno y empiecen a administrarlo todo (lo de todos) a su servicio particular. Surgen en este contexto muchísimas preguntas: ¿Qué se puede hacer cuando se vende todo y no se tiene nada como posesión propia, egoísta? La Iglesia en su conjunto, en los últimos siglos, ha tenido un miedo total a ese pasaje, y ha defendido la propiedad particular con miedo cerval, a capa y espada. Ciertamente, ella ha sabido y sabe que los bienes tienen una “finalidad social”, al servicio de los pobres… ¿Pero, cómo vivir, producir y compartir en gratuidad, sin el aguijón del egoísmo propio? ¿Cómo dar si ya no queda nada para dar? ¿O una vez que das todo te haces rico?

5) Evangelio sin glosa. Muchos piensan que es mejor no tomar en serio ese evangelio, escucharlo como música celeste que no se aplica en esta tierra, ni en la Iglesia? ¿No será mejor decir que ese evangelio de Lucas (y de Mc y Mt? es un apócrifo engañoso al que no debe hacerse caso. Empezamos con la catedral de mi pueblo: ¿es de verdad casa de todos? ¿Quién la administra así, para que sea casa de todos…? Los conventos y parroquias de mi pueblo, los colegios y hospitales administrados por gente de iglesia… ¿son casa de todos, en gratuidad? ¿Cómo se puede lograr que así sean…? Leer más…

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