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“Un grito molesto”. 30 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10,46-52)

Domingo, 24 de octubre de 2021

bce3993f-2c39-436a-8d69-42732f5f66acJesús sale de Jericó camino de Jerusalén. Va acompañado de sus discípulos y más gente. De pronto se escuchan unos gritos. Es un mendigo ciego que, desde el borde del camino, se dirige a Jesús: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!».

Su ceguera le impide disfrutar de la vida como los demás. Él nunca podrá peregrinar hasta Jerusalén. Además, le cerrarían las puertas del templo: los ciegos no podían entrar en el recinto sagrado. Excluido de la vida, marginado por la gente, olvidado por los representantes de Dios, solo le queda pedir compasión a Jesús.

Los discípulos y seguidores se irritan. Aquellos gritos interrumpen su marcha tranquila hacia Jerusalén. No pueden escuchar con paz las palabras de Jesús. Aquel pobre molesta. Hay que acallar sus gritos: Por eso «muchos le regañaban para que se callara».

La reacción de Jesús es muy diferente. No puede seguir su camino ignorando el sufrimiento de aquel hombre. «Se detiene», hace que todo el grupo se pare y les pide que llamen al ciego. Sus seguidores no pueden caminar tras él sin escuchar las llamadas de los que sufren.

La razón es sencilla. Lo dice Jesús de mil maneras, en parábolas, exhortaciones y dichos sueltos: el centro de la mirada y del corazón de Dios son los que sufren. Por eso él los acoge y se vuelca en ellos de manera preferente. Su vida es, antes que nada, para los maltratados por la vida o por las injusticias: los condenados a vivir sin esperanza.

Nos molestan los gritos de los que viven mal. Nos puede irritar encontrarlos continuamente en las páginas del evangelio. Pero no nos está permitido «mutilar» su mensaje. No hay Iglesia de Jesús sin escuchar a los que sufren.

Están en nuestro camino. Los podemos encontrar en cualquier momento. Muy cerca de nosotros o más lejos. Piden ayuda y compasión. La única postura cristiana es la de Jesús ante el ciego: «¿Qué quieres que haga por ti?». Esta debería ser la actitud de la Iglesia ante el mundo de los que sufren: ¿qué quieres que haga por ti?

José Antonio Pagola

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“Maestro, haz que pueda ver” . Domingo 24 de octubre de 2021. Domingo 30º ordinario.

Domingo, 24 de octubre de 2021

57-ordinarioB30 cerezoLeído en Koinonia:

Jeremías 31, 7-9: Guiaré entre consuelos a los ciegos y cojos.
Salmo responsorial: 125El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Hebreos 5, 1-6: Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec.
Marcos 10, 46-52: Maestro, haz que pueda ver.

El libro de Jeremías nos muestra un aspecto de la manifestación de Dios al que no estamos acostumbrados: la ternura. Dios nos ama sin importar si vamos por la vida como ciegos o cojos, es decir, si a duras penas podemos caminar o si apenas vemos o presentimos por dónde vamos. Dios nos ama, así estemos en un estado de vulnerabilidad o debilidad absoluta, como lo puede estar una mujer encinta o una madre que recién ha alumbrado a su hija. Dios nos ama incluso si hemos huido de él y nos hemos refugiado en el último confín de la tierra. Y la razón de ese amor no es otra que la de sentirnos hijos suyos, la de habernos engendrado por su amor, la de hacernos partícipes de su reino. Una de las insistencias de Jesús era la de vivir la experiencia amorosa de Dios como la esencia sobre la que se funda y funde nuestra vida; y no porque ello estuviera a tono con la sensibilidad religiosa de su tiempo.

El salmo empalma bien con la primera lectura y nos muestra cómo la magnificencia de Dios consiste en el rescate y redención de su pueblo. La experiencia del exilio ya no es la de vivir en un país extranjero, sino la de sentir que ningún lugar del mundo es extraño al proyecto transformador de Dios.

La segunda lectura, de la carta a los Hebreos, afianza y confirma esa dimensión del poder de Dios manifestado como compasión y misericordia. Jesús consagra nuestra vida a Dios por medio de su vida y su Palabra. Él redime nuestras faltas y nos encamina por una experiencia en la que convertimos en fortalezas nuestras infaltables debilidades humanas. Él nos ofrece un camino de redención que supera el puro precepto religioso, la simple justificación sentimental o un vacío racionalismo abstracto. Dios es el que llama, y nosotros somos quienes podemos responderle. Ya no queremos un gurú o un experto en religión, sino un hermano o una hermana que camine con nosotros y nos ayude a realizar esa vocación por la cual nos hemos hecho cristianos.

El evangelio de Marcos narra la curación del ciego Bartimeo, el último “milagro” de Jesús narrado por Marcos. Tradicionalmente este pasaje se ha incluido en el género “milagro”, pero si se lo examina bien, carece de algunos elementos típicos de este género, como por ejemplo el gesto de curación o la palabra sanadora. Estamos, más bien, ante un relato, basado tal vez en un hecho histórico, que sobre todo quiere acentuar la importancia de la fe como fundamento del discipulado.

El relato, dentro de su sobriedad, está «cargado de detalles», que, sin duda, han sido puestos en el relato con segunda intención, para facilitar una interpretación y aplicación concreta. Marcos nos indica el lugar donde sucede este episodio: a la salida de Jericó, la ciudad de las palmeras en medio del desierto de Judá, la puerta de entrada en la tierra prometida (cf Dt 32,49; 34,1), paso obligado para los peregrinos que venían de Galilea, por el camino del Jordán, a Jerusalén, ciudad de la que dista algo más de 30 kilómetros. La Jericó del tiempo de Jesús estaba situada al suroeste de la mencionada en el AT. Había surgido en torno a la lujosa residencia invernal construida por Herodes.

Hay, además, una alusión explícita –aunque suene un tanto genérica– al nombre del ciego: Bar-timeo, el «hijo de Timeo»; Mateo y Lucas no mencionarán este detalle. Junto con el de Jairo es el único nombre propio que aparece en Marcos antes de iniciar el relato de la pasión. Algunos piensan que esto es debido al hecho de que probablemente este hombre formó parte de la comunidad cristiana palestinense.

El protagonista es un hombre ciego, doblemente pobre, por tanto. Lv 19,14, Dt 27,18, Is 59,9 son textos que nos ayudan a comprender la situación de los ciegos en Israel. La liturgia ha establecido un nexo entre este evangelio y la primera lectura de Jeremías porque en ambos casos se habla de un acontecimiento gozoso para los ciegos.

El diálogo comienza con una petición de Bartimeo, de hondo trasfondo veterotestamentario (cf Os 6,6), y que la liturgia eucarística ha incorporado en el acto penitencial: “Ten compasión de mí”. La petición va precedida por el título mesiánico de hijo de David. Esta es la única vez que aparece este título en el evangelio. Posteriormente el ciego le llamará “rabbuní” (término que solemos traducir por “maestro” y que el original de Marcos no traduce).

La gente lo manda callar para que no moleste. Este mandato no tiene nada que ver con el “secreto mesiánico” tan típico de Marcos, ya que aquí quien manda callar no es Jesús sino la gente. Cuando el ciego se entera de que Jesús lo llama, “soltó el manto” y, de un salto, se acercó a Jesús. Este detalle aparece también en 2Re 7,15. Es una manera de indicar el interés que produce el acontecimiento.

El diálogo posterior se narra de una manera esquemática: pregunta (¿Qué quieres que haga por ti?), petición (“Maestro, que pueda ver”) y respuesta (“Anda, tu fe te ha curado”). Como ya se indicó antes, faltan el gesto y las palabras de la curación. El acento recae en la fuerza de la fe. Esta es la que permite pasar de la tiniebla a la luz, del borde del camino al interior del camino, de la pasividad de quien mendiga a la actividad de quien sigue a Jesús hasta el final.

Hoy se habla mucho de las terapias sanadoras a través de la medicina natural, de las técnicas psicológicas, de las tradiciones budistas, de los flujos de energía… y de los problemas sicosomáticos, que se curan de un modo también psico-somático… Los milagros se desnudan y se nos hacen mucho más explicables, mucho más del día a día. La vida está llena de «milagros» para quien sabe llevarla, por quien la lleva con coraje, con «fe». La «inteligencia emocional» (cfr. Daniel Goleman), la «inteligencia ecológica» (del mismo autor), la «inteligencia espiritual» (cfr. Danah Zohar), el holismo, la sinergia… nos trasladan a un «realismo mágico» nada inaccesible. La fe mueve montañas, ya lo dijo Jesús. Los milagros de nuestra fe no tienen por qué ser milagros-milagros, estrictamente sobrenaturales… Al menos, muchos de los de Jesús de Nazaret parece que no lo fueron, y los nuestros de hoy día es más difícil que lo sean. Tal vez necesitemos simplemente «educar los ojos» con esa inteligencia emocional, ecológica, espiritual (no en la visión lineal en la que nos educaron en el viejo paradigma)… y volver a echar mano de la fe, del «coraje de existir» (Tillich). Leer más…

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24.10.21. Ante el DOMUND. Cuatro momentos de la misión cristiana

Domingo, 24 de octubre de 2021

3FE71F51-E9EF-4B81-BD54-96C2C4293800Del blog de Xabier Pikaza:

Se celebra mañana (24.10.21) la fiesta del DOMUND, Domingo Mundial de las Misiones. Con esta ocasión, y con motivo de una carta muy discutida del Papa Francisco a los obispos de México, en el Segundo Centenario de la Independencia, sobre el tema de la Evangelización, quiero presentar los cuatro momentos y estilos de la misión (evangelización) cristiana a lo largo de la historia.

Son momentos que han sido valiosos, pero que pueden y deben ser valorados y actualizados desde el Evangelio, como hice en mis dicciones de la Biblia  de las Religiones. Así han de valorarse y recrearse, desde el Evangelio, en este momento (año 2021) en que la iglesia está replantando su visión  y tarea de la misión cristiana.

Papa Francisco, sobre la evangelización de América

Con motivo del bicentenario de la Independencia de México, el 17.9.2021), el Papa francisco escribió una carta de felicitación a Mons. Cabrera López, Presidente de la Conferencia Episcopal    alegrándose por el evento y deseando  que “este aniversario tan especial fuera ocasión propicia para fortalecer las raíces y reafirmar los valores de México, “teniendo en cuenta tanto las luces como las sombras que han forjado la historia del país”, mirando al pasado para recrear el futuro:

           “Esa mirada retrospectiva incluye necesariamente un proceso de purificación de la memoria, es decir, reconocer los errores cometidos en el pasado, que han sido muy dolorosos. Por eso, en diversas ocasiones, tantos mis antecesores como yo mismo, hemos pedido perdón por los pecados personales y sociales, por todas las acciones u omisiones que no contribuyeron a la evangelización”.

 El Papa no hacía ninguna referencia a la conquista española, ningún juicio de valor político estricto, refiriéndose sólo, desde un punto de vista eclesial, a la “evangelización”, esto es, a la transmisión del cristianismo, reconociendo la existencia de “errores” dolorosos, vinculados al hecho de que esa evangelización estuvo vinculada con la conquista  y con el patronato real de algunos reinos “católicos” (Castilla, Portugal, Francia…).

            Ese patronato tenía ciertos valores (exigía que la conquista se hiciera “cristianamente”), pero también algunos, riesgos, tanto desde el evangelio (difícil de cumplir en situación de conquista) como desde la conciencia social de libertad y autonomía de los pueblos injustamente conquistados. En ese contexto, el Papa se refería a los errores y sombras de aquel tiempo,  afirmando implícitamente que la evangelización debería haberse realizado sin conquista (reconociendo así la culpa de la Iglesia).

            A pesar de ello, en los días que siguieron a la carta (18.09.21) surgió en España (y en México) una dura polémica: Algunos “dignatarios” criticaron con gran dureza las declaraciones del Papa: (1) Por mezclar religión y política. (2) Por desconocer los valores culturales y sociales de la conquista española (que a su juicio había sido impecable).

            Teniendo en cuenta el juicio del Papa Francisco y la polémica posterior quiero distinguir, muy en general, cuatro momentos de la evangelización (misión) cristiana, para situar así mejor el sentido actual del DOMUND, del que trataré mañana. Sobre la misión y la conquista occidental de parte del mundo trataré en la cuarta parte.

1.Primera expansión del cristianismo en el imperio romano.

   Los cristianos fueron, al principio, grupos pequeños de entusiastas mesiánicos, que se extendieron, sobre todo, por el oriente del Mediterráneo, pero que llegaron pronto a Roma. Se extendieron básicamente a través del contacto personal, entre los judíos de las sinagogas y los prosélitos paganos, a quienes recibieron plenamente en las Iglesias, creando pronto comunidades mixtas, formadas por personas de origen judío y pagano. De un modo tanteante podemos presentar así el avance cristiano.

  1. Hacia el año 100 sólo había en el imperio algunas docenas de miles cristianos, divididos en iglesias, compuestas de unos cien creyentes cada una. En general, se les considera como un grupo peculiar de judíos mesiánicos, vinculados a Jesús de Nazaret, crucificado por Poncio Pilato. A veces eran tratados con hostilidad por otros grupos judíos, sobre todo por el hecho de admitir en sus comunidades a gentiles. Algunos funcionarios romanos empezaron también a considerarles peligrosos e incluso a perseguirles, porque no tenían estatuto legal reconocido ni aceptaban el carácter sagrado del imperio.
  2. Hacia el año 200 son ya unos 218.000 (0,36%). Han empezado a independizarse de un modo consecuente del judaísmo rabínico, poniendo ya de relieve aquellos elementos doctrinales y sociales de lo que será la iglesia posterior. Sólo ahora se puede afirmar que judaísmo rabínico y cristianismo se han separado y expresan de un modo consciente sus opciones, iniciando caminos distintos, que van a mantenerse de algún modo hasta el día de hoy. Los judíos rabínicos ya no “persiguen” a los cristianos, pues se han separado de ellos. El imperio romano empieza a verles como un problema social y religioso de primera magnitud, de manera que empieza a perseguir de manera más organizada a los cristianos, pues ellos forman un grupo no reconocido ni integrado en el Estado.
  3. Hacia el año 250 los cristianos serán más de un millón (unos 1.110.000, más de un dos por ciento del imperio). Sólo ahora empiezan a ser una minoría grande, con un peso específico en la población. Sólo ahora se estructuran de un modo estricto, con obispos en los que se centraliza de un modo personal la vida de las iglesias, que van creando su propia red de conexiones por todo el imperio. Se puede afirmar que en este momento, encontrándose aún en situación de ilegalidad, la iglesia se estructura ya como «alternativa social» frente al imperio, pero no en sentido político, sino cultural y humano. Allí donde el imperio fracasa (pierde su cohesión interior), la Iglesia va creando redes de asistencia social y de comunicación humana que transforman la vida de sus fieles. Muchos funcionarios del imperio advierten que la política de rechazo o de persecución contra los cristianos no ha dado fruto.
  4. El año 300 había ya más de seis millones de cristianos, formando (al lado del judaísmo, que seguía aislado) la minoría más significativa del imperio, tanto en plano religioso como social. Es evidente que las «persecuciones» han fracasado. Los cristianos forman una comunidad bien cohesionada, capaz de ofrecer espacios de sentido y convivencia, de asistencia social y celebración a una parte cada vez mayor de la población del imperio. A partir de ese momento el número de cristianos aumentará de un modo vertiginoso, aun antes de la “conversión” de Constantino, que en su Edicto de Milán, año 313, ratifica la tolerancia del Imperio ante los cristianos, que empiezan a considerarse como imperio espiritual dentro del imperio, de manera que el mismo emperador viene a presentarse como garante de su estabilidad y de su vida.

2.Auge del cristianismo, conversión del imperio romano.

Sociólogos e historiadores están convencidos de que el punto de inflexión en el despliegue cristiano debe situarse en torno al 200 (entre el 150 y el 250 d. C.),tiempo en que el cristianismo deja de ser un especial grupúsculo judío (capaz de acoger en su seno a los gentiles) para convertirse en grupo propio, con identidad social y religiosa. En ese momento, hacia el 150 d. C., sólo había unos 41.000 cristianos, dentro de un imperio que contaba con unos 60 millones de habitantes (con unos 6 millones de judíos). Los cristianos eran pocos, pero tenían una fuerte identidad, fundada en la visión de Jesús como Cristo (enviado definitivo de Dios) y en la misma herencia judía, de la que habían recibido su conciencia de elección y su compromiso moral.

En ese momento privilegiado, el auge del cristianismo se realizó a través de la misión testimonial, sin necesidad de acudir a presiones de tipo militar o político (como sucederá más tarde, como indicaremos en el próximo apartado de este capítulo). Los cristianos no necesitaron mucho dinero para extenderse, pero compartieron el que tenían, creando comunidades donde había espacio de vida (casa y comida, familia y dignidad) para todos, especialmente para los más pobres. Tampoco necesitaron tomar el poder, sino al contrario, ellos tuvieran al poder en contra (vivieron bajo régimen de excepción o de persecuciones). Tampoco desplegaron una gran misión intelectual, aunque tuvieron buenos intelectuales, que reflexionaron sobre los aspectos básicos del cristianismo. El cristianismo no fue un movimiento intelectual de sabios ni una escuela interior de liberación, como quisieron algunos maestros gnósticos, sino un movimiento social, que terminó estando dirigido por “obispos” con funciones de tipo sacerdotal, administrativo y caritativo. Las cosas cambiaron tras la conversión de Constantino, cuando la iglesia utilizó el poder político (y su violencia) para extenderse.

Así se desarrollaron, así se extendieron los cristianos entre el 200 y el 300 d. C., en medio de unas condiciones que parecían adversas, pero que eran en el fondo muy favorables. Se extendieron precisamente allí donde el imperio greco-romano les sentía como distintos y les perseguía (aunque en el fondo quizá les admiraba). Esa persecución, que era de tipo militar e ideológico, resulta esencial para entender el cristianismo, pues marca y traza la diferencia de los cristianos, frente a otros modelos de organización social, como el de los judíos rabínicos que prefirieron mantenerse aislados (rechazando el proselitismo anterior). El aislamiento rabínico constituye también un elemento esencial de contraste para el cristianismo.

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El mendigo que no quería dinero. Domingo 30 ciclo B

Domingo, 24 de octubre de 2021

mendigo-ciegoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El evangelio de este domingo cuenta el ultimo milagro realizado por Jesús durante su vida pública. Pero no es uno más; el relato depara interesantes sorpresas.

El protagonismo de Bartimeo

            En contra de lo que cabría esperar, el principal protagonista no es Jesús. Este se limita a ir por el camino y, cuando oye a uno que le grita repetidamente pidiéndole que se compadezca de él, ni siquiera se acerca para saber qué quiere. Lo manda llamar. Y cuando tiene lugar el milagro, no se lo atribuye; todo es mérito del ciego.

            En cambio, a Bartimeo le concede el evangelista una atención especial. Aparte de indicarnos el nombre de su padre (detalle que no se da en otros casos) se describe con detalle todo lo que hace. Ha elegido un buen sitio para pedir limosna: el camino de Jericó a Jerusalén, uno de los más transitados. Y cuando se entera de que quien pasa es “Jesús el nazareno” comienza a gritar pidiéndole que se compadezca de él. En nuestras calles y en las entradas de las iglesias nunca faltan mendigos. En general se comportan de forma educada, a veces ni hablan, les basta un gesto. ¿Qué sentiríamos si uno de ellos se pusiera a gritar repitiendo: «Ten compasión de mí»? Reaccionaríamos igual que los que acompañan a Jesús: diciéndole que se calle. Pero Bartimeo insiste, grita cada vez más. Y cuando consigue que Jesús lo llame parece que ha dejado de ser ciego. De un salto, sin miedo a tropezar, deja tirado su manto y marcha hacia él. Entonces ocurre lo más sorprendente.

Tres finales posibles

Imaginemos lo que podría haber ocurrido para comprender mejor lo que ocurrió.

Primer final: Cuando Jesús le pregunta qué quiere de él, Bartimeo no lo duda: una buena limosna. Jesús encarga a Judas que se la dé, este lo hace a regañadientes, y Bartimeo duda si seguir pidiendo o marcharse a su casa a descansar.

Segundo final: Cuando Jesús le pregunta qué quiere de él, no lo duda: «Volver a ver». Jesús, apartándolo de los presentes (como hizo en otro caso parecido) le toca los ojos y le concede lo que pide. Bartimeo recoge su manto y vuelve a su casa. Cuando su mujer y sus amigos se recuperan de la sorpresa, le dicen: «Ya no tienes excusa para no trabajar». Bartimeo se arrepiente de haber pedido el milagro.

Tercer final: Cuando Jesús le pregunta qué quiere de él, no lo duda: «Volver a ver». Jesús no hace nada, pero Bartimeo recupera de inmediato la vista. Olvidando su manto, su familia, sus amigos, sigue a Jesús camino de Jerusalén. Esto último es lo que ocurrió.

En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna. Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar:

-“Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.”

Muchos lo regañaban para que se callara. Pero él gritaba más:

-“Hijo de David, ten compasión de mí.”

Jesús se detuvo y dijo:

-“Llamadlo.”

Llamaron al ciego, diciéndole:

-“Ánimo, levántate, que te llama.”

Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo:

-“¿Qué quieres que haga por ti?”

El ciego le contestó:

-“Maestro, que pueda ver.”

Jesús le dijo:

-“Anda, tu fe te ha curado.”

Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

Bartimeo, los discípulos y nosotros

 Cuando leemos este relato en el conjunto del evangelio de Marcos nos damos cuenta de que tiene una importancia enorme.

            Este episodio cierra una larga sección del evangelio en la que Jesús ha ido formando a sus discípulos sobre los temas más diversos: los peligros que corren (ambición, escándalo, despreocupación por los pequeños), las obligaciones que tienen (corrección fraterna, perdón) y el desconcierto que experimentan ante las ideas de Jesús a propósito del matrimonio, los niños y la riqueza. Después de todas esas enseñanzas, el discípulo, y cualquiera de nosotros, puede sentirse como ciego, incapaz de ver y pensar como Jesús.

            En este contexto, la actitud de Bartimeo, gritando insistentemente a Jesús que se compadezca de él, es un símbolo de la actitud que debemos tener cuando no acabamos de entender, o no somos capaces de practicar lo que Jesús enseña. Pedirle que seamos capaces de ver y de seguirle incluso en los momentos más difíciles.

 Otros detalles interesantes del relato

  1. Bartimeo llama a Jesús “hijo de David”. Es la única persona que le da este título en el evangelio de Mc. Puede tener dos sentidos: a) Jesús, como “hijo de David”, es el Mesías esperado, el rey de Israel; aunque inmediatamente antes haya hablado de su muerte, de que ha venido a servir, no a ser servido, el ciego confiesa su fe en la dignidad de Jesús y en su poder de curarlo. b) Jesús, como “hijo de David”, es igual que Salomón, al que las leyendas posteriores terminaron atribuyendo poder de curaciones. En este sentido se usa con más frecuencia en el evangelio de Mateo.
  2. Es curioso que se cuente que “soltó el manto” antes de acercarse a Jesús. Parece un detalle innecesario. Sin embargo, recuerda lo que se ha dicho al comienzo del evangelio a propósito de los primeros discípulos, que “dejando las redes, lo siguieron” (Mc 1,18).
  3. Aunque Bartimeo piensa que Jesús puede curarlo, Jesús le dice “tu fe te ha curado”, poniendo de relieve la importancia de la fe.
  4. Este es el único caso en todo el evangelio en el que una persona, después de ser curada, sigue a Jesús por el camino. Aunque el texto no lo dice, lo sigue hacia Jerusalén, hacia la muerte y la resurrección. Una vez más, Bartimeo se convierte en modelo para nosotros.

1ª lectura: una imagen vale más que mil palabras

            El texto de Jeremías pretende consolar al pueblo de Israel, desterrado primero por los asirios y luego por los babilonios, prometiéndole que volverá del norte y de los confines de la tierra. Incluso las personas menos capacitadas para moverse (ciegos, cojos, preñadas, recién paridas), volverán a la patria. Las antiguas penas se transformarán en grandes consuelos.

Así dice el Señor:

“Gritad de alegría por Jacob, regocijaos por el mejor de los pueblos: proclamad, alabad y decid: El Señor ha salvado a su pueblo, al resto de Israel. Mirad que yo os traeré del país del norte, os congregaré de los confines de la tierra. Entre ellos hay ciegos y cojos, preñadas y paridas: una gran multitud retorna. Se marcharon llorando, los guiaré entre consuelos: los llevaré a torrentes de agua, por un camino llano en que no tropezarán. Seré un padre para Israel, Efraín será mi primogénito.”

La relación de la primera lectura con el evangelio es muy escasa. Este texto de Jeremías quizá se ha elegido porque habla de ciegos que vuelven a Jerusalén, igual que Bartimeo sigue a Jesús hacia Jerusalén. Sin embargo, la actual tragedia de los refugiados ayuda a valorar ese mensaje de esperanza.

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“Ceguera”. Domingo XXX del Tiempo Ordinario. 24 de octubre de 2021

Domingo, 24 de octubre de 2021

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“Jesús le dijo: – ¿Qué quieres que haga por ti?
El ciego le contestó: – Maestro, que pueda ver.”

(Mc 10, 46-52)

El domingo pasado Jesús les hacía esta misma pregunta a dos de sus discípulos: Santiago y Juan.

Jesús se muestra disponible: “¿Qué quieres que haga por ti?” Nos invita a expresarle nuestras necesidades, porque al expresarlas pueden empezar a sanar.

Bartimeo era ciego y era evidente. Pero también Santiago y Juan estaban ciegos. Incluso los otros diez andaban mal de la vista. Sin embargo solamente Bartimeo era consciente de su ceguera y por eso le pide a Jesús: “-Maestro, que pueda ver.”

Estamos acostumbradas a leer la Biblia a trocitos y está muy bien para unas cosas. Nos ayuda a meditar sobre un aspecto concreto, pero si nos conformamos con esa lectura perdemos la visión de conjunto.

Los evangelios que venimos leyendo los últimos domingos forman una unidad que está pensada para hacernos caer en la cuenta de nuestra propia ceguera.

Desde finales del capítulo 8, Marcos nos está mostrando el camino que tiene que recorrer el Mesías. Y es un camino que atraviesa el sufrimiento.

Jesús anuncia por tres veces su pasión mientras intenta hacerles comprender a sus discípulos lo que significa el seguimiento.

Al final de toda esta enseñanza y después de tres anuncios de la pasión queda clara una cosa: los discípulos no han entendido NADA. Dos de ellos le piden puestos de honor y los demás se enfadan.

Jesús se acerca a su pasión y sus discípulos están cada vez más lejos. Aquí aparece Bartimeo. Es un Icono de Esperanza. Un resquicio de Luz.

Alguien está empezando a comprender… Bartimeo se da cuenta de su ceguera. Oye hablar de Jesús pero todavía no puede ver al Mesías.

Bartimeo es el modelo de discípulo porque quiere ver y cuando recobra la vista sigue a Jesús por el camino.

Y nosotras, ¿somos conscientes de nuestra ceguera? ¿Dónde tenemos puesta nuestra mirada? ¿En nuestro propio ombligo como Santiago y Juan? ¿En lo que hacen los demás como los otros diez? ¿O queremos ponerla en Jesús como Bartimeo?

Oremos

Maestro, que recobre la vista.

El evangelio de hoy quiere ayudarnos a descubrir nuestra ceguera, ¿le dejamos?


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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa 

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Tú puedes ver, ¡Convéncete!

Domingo, 24 de octubre de 2021

ciego_03Mc 10, 46-52

Seguimos en la misma dinámica. Sale Jesús de Jericó, camino de Jerusalén. Hoy no hay enseñanza añadida, el mismo relato entraña la lección. Lo encontramos en los tres sinópticos de manera casi idéntica. Lc sitúa el relato antes de entrar en Jericó. Mt habla de dos ciegos pero el relato es el mismo. Estamos en la última escena, antes de entrar en Jerusalén. Después del relato de hoy, el evangelio de Mc da un profundo quiebro. Lo que acontece en Jerusalén está más cerca del relato de la pasión que de lo narrado hasta ahora.

Es un relato que tiene poco que ver con los que Mc ha utilizado hasta ahora. Le llama; le pregunta qué es lo que quiere; admite el título de Hijo de David; no lo aparta de la gente; la curación no va acompañada de ningún gesto; no le manda guardar silencio sobre lo sucedido. Una vez que Mc ha dejado claro que el camino hacia el Reino es la renuncia y la entrega hasta la muerte, ya no hay lugar para los malentendidos. No tiene sentido mandar callar ni rechazar el título de Mesías. Como vamos a ver, todo son símbolos.

Al borde del camino. Bartimeo es el símbolo de la marginación, está fuera del camino, tirado en la cuneta, sin poder moverse, viendo cómo los demás pasan y dependiendo de ellos. El ciego tenía ya asignado su papel, (la exclusión), pero no se resigna. Sigue intentando superar su situación a pesar de la oposición de la gente. Hijo de David era un título mesiánico equivocado; suponía un Mesías rey poderoso, que se impondría con la fuerza. A Mc ya no le importa, no le manda callar.

Le regañaban para que se callara. Los que acompañan a Jesús no quieren saber nada de los problemas del ciego. Como diciendo: En la situación en que te encuentras no tienes derecho a protestar ni a gritar. Aguanta y cállate. Era el sentir del pueblo judío, tan religioso él. “La gente” significa, para nosotros hoy, la inmensa mayoría de los cristianos que siguen a Jesús, pero no descubren la necesidad de ver más allá de sus narices y emprender un nuevo camino. Una vez más aparece la sutil ironía de Mc: los que seguían a Jesús eran un obstáculo para que el ciego se acercara a él. Los más cercanos a Jesús siguen sin ver.

Llamadlo. Se advierte la carga simbólica del relato. En menos de una línea se repite por tres veces el verbo llamar. La llamada antecede siempre al seguimiento. Jesús valora la situación de muy distinta manera que sus acompañantes… Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Al menor síntoma de acogida, el ciego tira el manto y da un salto. Un ciego debía andar a tientas y con cuidado. Ahora confía, aunque no ve. El manto representa lo que había sido hasta el momento, que se convierte en un estorbo. Todas sus esperanzas están ahora puestas en Jesús. Este es el verdadero milagro, que el mismo ciego realiza.

¿Qué quieres que haga por ti? Desde el punto de vista narrativo, la pregunta no tiene ningún sentido. ¡Qué va a querer un ciego! La pregunta que le hace Jesús, es la misma que, el domingo pasado, hacía a Santiago y Juan. La pregunta es idéntica, pero la respuesta es completamente distinta. Los dos hermanos quieren “sentarse” junto a Jesús en su gloria. El ciego quiere ver para “caminar” con él. La diferencia no puede ser más abismal.

¡Que pueda ver! Jesús provoca, con su pregunta un poco absurda, este grito. En toda la Biblia, el “ver” tiene casi siempre connotaciones cognitivas. Ver significa la plena comprensión de aquello que es importante para la vida espiritual. Este grito es el centro del relato, siempre que descubramos que no se trata de una asistencia sanitaria. Se trata de ver el camino que conduce a Jerusalén para poder seguirlo. El camino del servicio que conduce hacia el Reino. De ahí la respuesta de Jesús: ¡Anda! El objetivo final no es la visión, sino la adhesión a Jesús y el seguimiento. Una lección para los discípulos que no terminan de ver.

Tu fe te ha curado. Una vez más, la fe-confianza es la que libera. Solo él ve a Jesús. Solo él le sigue por el camino… el camino que lleva a la entrega total en la cruz. Mc deja bien claro que una respuesta auténtica a la llamada de Jesús, será siempre cosa de minorías. La multitud que seguían a Jesús sigue ciega. Todos estos domingos venimos viendo la falta total de comprensión de los discípulos. No habían ni siquiera atisbado la propuesta de Jesús. Solo después de la experiencia pascual ven a Jesús y le siguen.

Y lo seguía por el camino. El ciego, una vez que descubrió a Jesús le sigue en el camino hacia Jerusalén. Antes estaba al borde, es decir fuera del camino. El relato de una ceguera material es el soporte de un mensaje teológico: Jesús es capaz de iluminar el corazón de los hombres que están ciegos y a obscuras. Los discípulos demuestran una y otra vez, su ceguera. Un ciego tirado en el camino, ve. Antes de ver, espera el falso “Mesías davídico”. Después descubre al auténtico Jesús, que va hacia la entrega total en la cruz, y le sigue.

Ya en la primera lectura de Jeremías encontramos un anuncio de este mensaje: Dios salva un resto de su pueblo. No salva a los poderosos, ni a los sabios, ni a los perfectos sino a los ciegos y cojos, preñadas y paridas. Es decir a los débiles. No es el ciego el que está hundido en la miseria. La verdadera miseria humana está en los que, aún siguiendo a Jesús, mandan callar al ciego. Lo estamos repitiendo todos los días. ¡Que se callen los miserables! ¡Que eliminen los mendigos de las calles! No nos dejan vivir en paz. No oír, no ver la miseria que hay a nuestro alrededor, mirar hacia otro lado, es la única manera de vivir tranquilos.

La evolución ha sido posible gracias a que la vida ha sido despiadada con el débil. El evangelio establece un cambio sustancial en esa marcha. Jesús trastoca esa escala de valores, que aún prevalece hoy. Se daba por supuesto que Dios estaba en esa dinámica, y que todo lo defectuoso era rechazado por Él. Esto es lo que no podía soportar Nietzsche, porque creía que el evangelio exaltaba la mezquindad. Nunca fue capaz de descubrir el valor de un ser humano a pesar de sus radicales limitaciones. La esencia de lo humano no está en la perfección sino en la misma persona, independientemente de sus carencias.

La actitud de Jesús fue un escándalo para los judíos de su tiempo y sigue siéndolo para nosotros hoy. Hemos avanzado con relación a las limitaciones físicas, pero con los fallos morales. Jesús no solo se acercó a los ciegos, cojos y tullidos; también se acercó a los pecadores públicos, a las prostitutas, a las adúlteras. Lc, después de este relato, inserta el de Zaqueo que expresa lo mismo, pero con relación a los impuros. Nosotros seguimos creyendo que los pecadores son también rechazados por Dios. Ellos nos preceden en el Reino.

La escala de valores que nos propone el evangelio, no solo es distinta, sino radicalmente opuesta a la que los humanos manejamos todavía hoy. Entendemos al revés el evangelio cuando pensamos: Qué grande es Jesús que, de una persona despreciable, ha hecho una persona respetable. Desde nuestra perspectiva, primero hay que cambiarla, después hablaremos. El evangelio dice lo contrario, esa persona ciega, coja, manca, sorda, pobre, andrajosa, marginada, pecadora; esa que consideramos un desecho humano, es preciosa para Dios. Y por lo tanto es preciosa para Jesús. ¡Nos queda aún mucho por andar!

Meditación-contemplación

Grita desde lo hondo de tu ser una y otra vez:
¡Que pueda ver! ¡Que pueda ver!…
Y pronto te responderán:
¡Pero si puedes ver! Solo tienes que abrir los ojos.
El ojo interior está hecho para ver;
descubre la causa de tu ceguera.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El estilo de Jesús.

Domingo, 24 de octubre de 2021

ciegoMc 10, 46-52

«Muchos le increpaban para que callara, pero él gritaba mucho más: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”…»

Decía Ruiz de Galarreta que «el medio más poderoso para la conversión es la contemplación: quedarse mirando, disfrutar con la escena, dejarse fascinar por Jesús; por sus sentimientos, por su libertad de acción y de juicio, por su valentía, sus acciones poderosas, su falta de prejuicios»… y el fugaz paso de Jesús por Jericó camino de Jerusalén nos ofrece dos escenas preciosas que reflejan su estilo inconfundible.

La primera se produce cuando muchos ciudadanos de Jericó deciden salir a la puerta del Este a recibir a Jesús que venía acompañado de sus discípulos galileos. No es difícil imaginar a los notables del pueblo rodeando a Jesús y compitiendo por el honor de hospedar en su casa al profeta, pero cuál no sería su estupor cuando vieron que él se invitaba a la casa del jefe de los publicanos de Jericó; Zaqueo, un hombre muy rico aunque proscrito por causa de su profesión.

Como solo le conocían de referencias quedaron escandalizados. No sabían que para Jesús los importantes no son los sabios, los ricos o los poderosos, sino los necesitados —aunque en este caso la necesidad no fuese de índole económica—. Tampoco sabían que nunca le detenían los prejuicios o el qué dirán, y que, por ayudar, no tenía ningún reparo en que le viesen en compañía de personas despreciadas por la sociedad.

Pero ahí no acabó su asombro. A la salida de la comitiva de Jesús hacia Jerusalén, volvió a repetirse la escena de su llegada y mucha gente de Jericó salió a despedirles. Los importantes volvían a apretujarle a la cabeza del grupo en su afán por cruzar con él algunas palabras, pero lo que nadie podía imaginar es que en la puerta del Oeste ocurriese un suceso que no estaba programado.

Y sucedió que Bartimeo, un mendigo ciego que estaba sentado al borde del camino, oyendo que era Jesús de Nazaret el que pasaba, comenzó a gritar con toda la fuerza de sus pulmones: «¡Hijo de David! ¡Jesús! ¡Ten compasión de mí!». La gente de la comitiva le reprendía duramente porque estaba desluciendo el fasto, pero cuanto más le reprendían, más gritaba él. Apretaron el paso para soslayarle, pero Jesús se detuvo, miró a sus acompañantes y les dio una orden escueta: «Llamadle». Momentos después Bartimeo recobraba la vista y le seguía loco de alegría por el camino de Jerusalén.

Por encima de todos los personajes notables de Jericó, el primer día había sido un pecador público —un necesitado— el que había captado su interés, y ahora, un empecatado ciego que a nadie le importaba… excepto a Jesús. Ése era su estilo; el estilo que empapa todo el evangelio. Recordamos el pasaje del leproso, cuando todos se apartan y él se adelanta y le coge sin miedo al contagio ni a la impureza. O el de la pobre viuda que depositaba su monedita en el arca del Templo y era la primera a los ojos de Jesús. O el de la mujer adúltera por quien se juega la vida acusando públicamente a los santos de Israel de pecadores… Y tantos pasajes más…

Es muy difícil contemplar estas escenas sin saborearlas; sin sentir una profunda admiración por esa persona excepcional en quien creemos.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Una fe que transforma y libera.

Domingo, 24 de octubre de 2021

fichero_25641_20121026-710x434(Mc 10,46-52)

Lo impresionante de las curaciones de Jesús no está en que realice un gesto milagroso, una acción que parece romper las leyes de la naturaleza o cuestione las razones de las ciencias. Su fuerza está en su capacidad de propiciar un encuentro entrañable que hace que la persona herida por el sufrimiento pueda reconstruir su vida y pueda encontrarse a Dios acompañando ese proceso.

Sin duda, en las culturas de la antigüedad el modo de expresar, conceptualizar o comprender la enfermedad o los límites que impone la naturaleza es muy diferente al que en la actualidad tenemos, pero eso no disminuye el valor del relato y la novedad de la forma de actuar de Jesús con quien entra en relación con él.

En el mundo antiguo la enfermedad no era tanto una cuestión médica sino una cuestión social. Quien padecía cualquier dolencia o discapacidad era considerado impuro y por tanto se le excluía de la vida del grupo (Lev 21, 16-24). Desde esta manera de entender la enfermedad, la curación no dependía tanto de una actuación sobre los síntomas físicos, sino de un proceso de transformación de la vida total de la persona enferma que le permitiese volver a formar parte de la comunidad. Este proceso de curación pasaba por la aceptación de la actuación del sanador que mediaba el proceso que posibilitase la recuperación de la salud y la integración de la persona a la vida social y comunitaria.

Teniendo en cuenta este contexto, Jesús aparece como un sanador con unas características únicas que lo muestran curando a través de su palabra y del tacto, lo que lo separa de otros sanadores tradicionales que utilizan fórmulas, ritos, remedios. Jesús pone en el horizonte de su actuar la voluntad liberadora y restauradora de Dios. De hecho, los evangelios no subrayan, en primer lugar, lo maravilloso de sus signos y curaciones sino la invitación a descubrir en ellos a Dios y a vincularse a su proyecto [1]

El grito de esperanza de Bartimeo

El relato de la curación del ciego Bartimeo ejemplifica muy bien el modo de actuar de Jesús y como en ella se encarna la acción salvadora de Dios que busca recuperar la vida de quien sufre y está hundido por el mal.

A Bartimeo se le presenta en el relato, sentado al borde del camino. Un lugar que expresa no solo un espacio físico, sino su condición impura y marginal. Ahí, sobrevive gracias a las limosnas que recibe porque nadie se hace cargo de él. Ese lugar en el que está no le permite acercarse al grupo que pasa por el camino y necesita gritar para que Jesús, que camina rodeado de gente, pueda escucharle. Desde el grupo que acompaña a Jesús intentan que se calle porque, posiblemente, consideran que su voz no es digna de ser escuchada por el maestro y sanador, pero el ciego insiste en reclamar la atención de Jesús.

Sus palabras: “Hijo de David ten compasión de mí” expresan su esperanza y su fe en que Jesús puede sanarlo y reincorporarlo al camino comunitario. Bartimeo no ve solo en Jesús un sanador, sino que reconoce en él al Mesías de Dios. Esa fe le da la fuerza para buscar el encuentro con él y recibir el regalo de ser sanado y salvado.

Tu fe te ha salvado

Jesús escucha el grito de Bartimeo, lo busca, lo reconoce y entra en diálogo con él. No se acerca al borde del camino para hablar con él, sino que le pide a quienes lo acompañan que lo traigan al camino, que lo rescaten del espacio de impureza en el que está confinado. Este movimiento es ya un primer paso de inclusión y restauración social para esta persona.

Jesús no da por su puesta la necesidad del ciego, sino que le pregunta para poder escuchar de sus labios su necesidad. Con su pregunta lo reconoce en su dignidad y confía en su palabra. Sin duda para aquel hombre, poder expresar su sufrimiento, su impotencia, su carencia es comenzar a experimentar el cambio que está aconteciendo en su vida.

Jesús ante la respuesta de Bartimeo no hace ninguna acción que pudiese promover su curación física, sino que reconoce en su determinación y fe la acción salvadora de Dios que se expresa en su capacidad de volver a ver. De hecho, no le dice tu fe te ha curado, sino tu fe te ha salvado porque no se trata solo de poder ver con los ojos del cuerpo sino de poder ver con los ojos del corazón.

Le seguía por el camino

Cuando Bartimeo experimenta en su cuerpo y en su corazón la salvación de Dios, que lo restituye como persona y lo vincula de nuevo con su entorno, no vuelve a su lugar de origen, sino que se incorpora a la comunidad de Jesús. Porque se ha sentido liberado y reconstruido en su encuentro con Jesús, quiere también ser compañero en el proyecto salvador de Dios inaugurado por Jesús. Al seguirle por el camino, se incorpora a la comunidad del Reino como testigo del amor y perdón que Dios, el Abba de Jesús, ofrece a cada ser humano. Como seguidor de Jesús se compromete a vivir a su estilo, a vincularse con otros y otras como un ser humano nuevo, capaz de construir relaciones inclusivas y espacios sanadores.

El relato del encuentro entre Jesús y Bartimeo nos recuerda nuestro horizonte de seguimiento, nos invita a preguntarnos como construimos comunidad al estilo de Jesús y como seguimos colaborando en hacer posible que nadie se quede en el borde del camino, que nadie tenga que resignarse a vivirse estigmatizado o etiquetado porque sufre, no ha acertado en sus decisiones o sencillamente no responde a lo que esperamos de él o ella.

Carme Soto Varela

[1] Elisa Estévez, Mediadoras de sanación. Encuentros entre Jesús y las mujeres: Una nueva mirada, Universidad Comillas. San Pablo 2008, 170-173..

Fuente Fe Adulta

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Queremos ver.

Domingo, 24 de octubre de 2021

40E8E6D1-C931-4D17-973B-2B093019F378Domingo XXX del Tiempo Ordinario

24 octubre 2021

Mc 10, 46-52

Aunque en ocasiones no lo parezca, uno de los anhelos humanos más profundos es el de “ver”. Esto no niega -como suele ocurrir también con otras aspiraciones- que ese anhelo esté aletargado, olvidado, ignorado…, mientras vivimos entretenidos en otras cosas, en las que buscamos compensación a nuestro vacío. Pero el anhelo sigue ahí, por lo que, a poco que nos detengamos, podremos oír un suave susurro: “Quiero ver”.

 Ver significa comprender en profundidad. No se trata de una comprensión intelectual o mental, sino profunda, experiencial o vivencial, que se plasma en una certeza básica: la certeza de ser, que nos permite reconocernos en nuestra verdadera identidad: somos vida experimentándose en una persona particular.

 En esa comprensión radica todo, porque todo fluye de ella. Lo que nace del voluntarismo tiene un recorrido muy corto, con el riesgo añadido de romper o “quemar” a la persona. De la comprensión nace un movimiento ajustado y autosostenido, que nos permite vivir de manera sabia. Porque, en último término, de eso se trata: de vivir con sabiduría, es decir, a partir de la comprensión de lo que realmente somos.

 ¿Cómo podemos ver? Paradójicamente, la comprensión de la que hablamos no se halla al alcance de la mente, tal como expresara certeramente Jiddu Krishnamurti: “Solo una mente en silencio puede ver la verdad, no una mente que se esfuerza por verla”. El motivo es simple: la mente solo puede captar objetos, pero se le escapa todo lo que trasciende el nivel de las apariencias.

 ¿Qué cabe hacer? Algo sencillo en sí mismo pero que, sobre todo al principio, se nos antoja tan complicado como inútil: entrenarnos en acallar la mente. Dado que la mente pensante constituye un filtro que nos impide ir más allá de los objetos, al silenciarla, se abre ante nosotros un horizonte inédito: la riqueza del silencio. Hasta el punto de que, al experimentarlo, se nos hace evidente que eso que se percibe en él es lo realmente real. Todo lo demás es real, pero impermanente.

 Tal entrenamiento comienza por distinguir en nosotros dos “lugares” diferentes: la mente pensante -con la que habitualmente nos hemos identificado”- y la consciencia-testigo capaz de observarla. La mente analiza, razona, elucubra…; el Testigo simplemente observa, atestigua, sin juicio y sin añadir pensamientos. A partir de ahí, se abre camino la sabiduría: empezamos a ver.

¿Me entreno en tomar distancia de la mente y situarme en el Testigo?


Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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¿Verá, querrá y podrá cambiar la Iglesia en este proceso sinodal?

Domingo, 24 de octubre de 2021

49B4E387-8E43-44FD-8624-BA82820B36B0Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

1.- Un ciego al borde del camino.

    El ciego Bartimeo es el símbolo de nuestra ceguera, de toda ceguera humana.

   Muchas veces no vemos por dónde tirar en la vida ante determinados problemas y encrucijadas. En ocasiones estamos ciegos o cegados por una ideología, quizás por el odio, la cuestión que a veces: “no vemos”.

   Ver significa que la luz ilumina nuestras vidas y, como creyentes, ver significa creer y creer significa sentirnos salvados.

2.- Un ciego tirado al borde del camino.

   El ciego Bartimeo estaba “tirado”, sentado al borde del camino. Era mendigo como tantos que vemos tirados por la vida, o como tantas personas que “no ven” o no tienen salida en la vida. Quizás nosotros mismos estamos bloqueados, en “punto muerto”. Estaba aislado: al borde del camino.

   Dos consideraciones:

        2.1.- De carácter personal.

   También nosotros podemos encontrarnos paralizados, bloqueados, al borde del camino. Tal vez por la edad, por las decepciones y la cansera en la vida, por nuestras propias limitaciones, podemos encontrarnos fuera del camino de la vida sin acertar a ver el camino y, lo que es más serio, sin ganas de volver a caminar.

         2.2.- De carácter eclesial.

   Estos días se está iniciando en la Iglesia universal un proceso –llamémoslo así- que terminará en octubre del 2023 y que pretende poner a la Iglesia en clave sinodal, (sínodo significa “caminar juntos”). Parece que el papa Francisco pretende remodelar la Iglesia y ponerla en clave más comunitaria y en camino.

   Hace unos días tan sólo decía el cardenal alemán, Marx, que la Iglesia ha llegado a un punto muerto:

   “Estamos en un punto muerto en la Iglesia”. “Algunas cosas tendrán que morir por ello, pero otras también resucitarán”.

   ¿Será posible, querrá la Iglesia cambiar sus lentos, pesados y viejos mecanismos de muchos siglos y pasar a una iglesia-asamblea en la que se escuche, se dialogue y caminemos realmente juntos?

  Habremos de sentirnos pobres y ciegos como Bartimeo y nos acercarnos al Señor: que veamos lo que hemos de hacer en la vida.

3.- Acercarse a Jesús, luz del mundo. Jesús, ¡ten compasión de mí!

    El ciego se acerca a Jesús, que es la luz, y por dos veces le pide: ten compasión de mí.

  El acercamiento a Jesús se produce porque Jesús es bueno, misericordioso, porque hace el bien, sana, perdona… La luz de Jesús no es la doctrina, sino la bondad.

    Este tiempo sinodal, que se abre estos días, producirá frutos si no se queda en una inflación de reuniones, liturgias y documentos, sino si la Iglesia se abre a la bondad del Señor, a unas relaciones bondadosas entre iguales.

    Jesús sintió compasión y sanó la vida de aquel hombre

4.- Tu fe te ha salvado

    La “ceguera” eclesial, cultural, personal se cura con bondad.

    Hemos de estudiar, hacer buena teología y mejor pastoral; tiene que darse una legislación correcta, pero al final ve quien confía, quien cree. San Pablo lo dice de otro modo: El justo vive por la fe. (Rom 1,17).

   Apelo a nuestra propia experiencia de confianza en la vida: vemos cuando confiamos en un médico, en un amigo, en un profesor, la confianza en la relación marido-mujer, la confianza entre amigos. Esa confianza salva. Y cuando ponemos nuestra confianza en Dios esa fe -confianza- salva: solamente en Dios descansa mi vida, (Salmo 61).

    El evangelio de hoy comenzaba con un hombre aparcado, tirado en la vida, que termina caminando: Ánimo, levántate

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“RACA & MORÉ”, por Dolores Aleixandre

Sábado, 23 de octubre de 2021

Conocer-a-la-comunidad-imperativo-del-profesional-dospuntoceroLo avisa el Evangelio: nos lo jugamos todo en las relaciones con los demás

No es una nueva marca de ropa,  ni el nombre de un gabinete de abogados: son  dos adjetivos que aparecen en el texto griego del sermón del monte según san Mateo: “Pero yo os digo que todo el que se enfade con su hermano será llevado a juicio; el que lo llame estúpido (raca) será llevado a juicio ante el sanedrín, y el que lo llame insensato (moré) será condenado al fuego eterno”  (Mt 5,22). Las traducciones varían pero el significado nunca es demasiado grave y está más cerca de expresar impaciencia por la necedad de alguien,  que de querer agraviarle con violencia. Quizá por eso nos resultan un poco desproporcionadas las sanciones que merecen esos mini insultos y no acabamos de tomárnoslas en serio.

Sin embargo el asunto es de trascendencia y nos hace tomar conciencia de hasta qué punto el Evangelio nos  avisa constantemente y de mil maneras de que nos lo jugamos todo en las relaciones con los demás. Por eso más nos vale poner atención en ello y de ahí esta sugerencia práctica: como en el comienzo de curso casi todo el mundo renueva sus propósitos de cuidar un poco más su corporalidad y hacer más más ejercicio,  utilizaremos su lenguaje para estimular nuestra decisión de renovarnos en el   amor.

Empecemos por dar un suave masaje a nuestras cervicales: con frecuencia las tenemos anquilosadas, no giran convenientemente y no nos permiten ver lo que les ocurre a los de nuestra derecha o nuestra izquierda. Sigamos con movimientos giratorios  de los hombros para desbloquearlos: así, cuando nos toque llevar alguna carga ajena (real o simbólica), podremos hacerlo sin quejarnos. Los pies y piernas necesitan también ejercicios de  flexibilidad: tienen que permitirnos caminar al paso de los otros o detenernos si hay que prestar ayuda a quien se queda atrás por cansancio. La artrosis amenaza con frecuencia los dedos de nuestras manos y nos dificulta abrir los puños cuando los tenemos cerrados: unos estiramientos moderados pero frecuentes nos ayudarán a soltar ciertas cosas que agarramos con determinación: puede ser el tiempo, o el dinero, o  unos horarios inflexibles,  o cualquier otra cosa a la que se nos aferra el egoísmo o la tacañería.

Los ejercicios aeróbicos son también ideales para mantener activo el corazón: impiden con eficacia esos peligrosos coágulos – rencor,  envidia , tirrias varias- ,  que amenazan con detener la circulación de nuestro flujo vital.

Por ahora, quizá sea más prudente quedarnos aquí: por si alguien tiene agujetas, dicen que beber agua con una cucharada de bicarbonato da muy buenos resultados.

Fuente 21 RS Septiembre 2021

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“Son grandes aunque no lo sepan”. 29 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10,35-45)

Domingo, 17 de octubre de 2021

29-852865Nunca viene su nombre en los periódicos. Nadie les cede el paso en lugar alguno. No tienen títulos ni cuentas corrientes envidiables, pero son grandes. No poseen muchas riquezas, pero tienen algo que no se puede comprar con dinero: bondad, capacidad de acogida, ternura y compasión hacia el necesitado.

Hombres y mujeres del montón, gentes de a pie a los que apenas valora nadie, pero que van pasando por la vida poniendo amor y cariño a su alrededor. Personas sencillas y buenas que solo saben vivir echando una mano y haciendo el bien.

Gentes que no conocen el orgullo ni tienen grandes pretensiones. Hombres y mujeres a los que se les encuentra en el momento oportuno, cuando se necesita la palabra de ánimo, la mirada cordial, la mano cercana.

Padres sencillos y buenos que se toman tiempo para escuchar a sus hijos pequeños, responder a sus infinitas preguntas, disfrutar con sus juegos y descubrir de nuevo junto a ellos lo mejor de la vida.

Madres incansables que llenan el hogar de calor y alegría. Mujeres que no tienen precio, pues saben dar a sus hijos lo que más necesitan para enfrentarse confiadamente a su futuro.

Esposos que van madurando su amor día a día, aprendiendo a ceder, cuidando generosamente la felicidad del otro, perdonándose mutuamente en los mil pequeños roces de la vida.

Estas gentes desconocidas son los que hacen el mundo más habitable y la vida más humana. Ellos ponen un aire limpio y respirable en nuestra sociedad. De ellos ha dicho Jesús que son grandes porque viven al servicio de los demás.

Ellos mismos no lo saben, pero gracias a sus vidas se abre paso en nuestras calles y hogares la energía más antigua y genuina: la energía del amor. En el desierto de este mundo, a veces tan inhóspito, donde solo parece crecer la rivalidad y el enfrentamiento, ellos son pequeños oasis en los que brota la amistad, la confianza y la mutua ayuda. No se pierden en discursos y teorías. Lo suyo es amar calladamente y prestar ayuda a quien lo necesite.

Es posible que nadie les agradezca nunca nada. Probablemente no se les harán grandes homenajes. Pero estos hombres y mujeres son grandes porque son humanos. Ahí está su grandeza. Ellos son los mejores seguidores de Jesús, pues viven haciendo un mundo más digno, como él. Sin saberlo, están abriendo caminos al reino de Dios.

José Antonio Pagola

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“El que quiera ser primero, sea esclavo de todos”. Domingo 17 de octubre de 2021. Domingo 29º

Domingo, 17 de octubre de 2021

56-ordinarioB29 cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 53, 10-11: Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años.
Salmo responsorial: 32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
Hebreos 4, 14-16: Acerquémonos con seguridad a trono de la gracia.
Marcos 10, 35-45: El hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos.

La primera lectura de hoy, tomada de la segunda parte del libro de Isaías, nos habla de la misión del ‘siervo sufriente’, es decir, de aquel imaginado redentor del Pueblo de Dios que ofrece su vida para ver el nacimiento de una nueva posibilidad, de una nueva descendencia. Este poema nos habla más de esperanza, de tenacidad y de lucha que de sufrimiento pasivo o resignación. La misión del siervo del Señor no es ver su cuerpo destrozado, sino servir de puente para las nuevas generaciones de creyentes que se han de inspirar en su particular estilo de vida. Por esta razón la “nueva descendencia” no se refiere, ni en el texto ni en la interpretación cristiana, a los descendientes biológicos, sino a una nueva generación de personas comprometidas con la Causa de Dios en favor de su pueblo, el pueblo pobre, dolorido y oprimido.

El Salmo nos sirve de puente entre la primera y la segunda lectura, al recordarnos que la Palabra de Dios se identifica por su capacidad para ayudarnos a reconocer la verdad. Una verdad que no es un asunto metafísico o etéreo, sino la encarnación del proyecto de Dios en la historia por medio de la justicia y el derecho.

El fragmentito de la carta a los Hebreos que hoy leemos nos recuerda que Jesús ha sido probado en todo igual que nosotros, por lo que podemos tener confianza de ser bien comprendidos. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de comprender a los débiles…

El evangelio, de Lucas, nos presenta una escena breve, un pasaje simple pero muy importante del mensaje de Jesús. Jesús establece con claridad su diferencia con el espíritu del mundo, el de los jefes de este mundo, que esclavizan a los suyos y se sirven de ellos; Jesús proclama que su actitud es exactamente la contraria: «No he venido a ser servido sino a servir», y «el que quiera ser grande, que sea el servidor de todos». Es un rasgo cristiano central, decisivo. Y sin complicaciones ni alambicamientos teóricos: no se trata de creer doctrinas, sino de centrar la propia vida sobre la base del amor-servicio. No un amor cualquiera (romántico, sentimental, de bellas palabras…), sino un amor que se expresa en el servicio. No insistiremos nunca demás en este principio central del evangelio, que Lucas nos recuerda hoy.

El penúltimo domingo de octubre la Iglesia Católica lo celebra como Domingo Mundial («Do-Mund») de las Misiones. Muchos de los católicos mayores recordamos que cuando fuimos niños salimos, tal día como hoy, a las calles, con una hucha en las manos, para hacer una cuestación económica en favor de las misiones. En algunas sociedades católicas de entonces, aquello formó parte de un paisaje religioso urbano, que ya desapareció. No se dejó de hacer simplemente por pereza, o por olvido… sino por razones de la secularización de la sociedad. Pero hoy, con una perspectiva más amplia, vemos que no sólo han afectado las razones clásicas de la «secularización»; también han intervenido razones que se refieren a las «Misiones» mismas.

En un tiempo como el que vivimos, marcado radicalmente por el pluralismo religioso, y marcado también, crecientemente, por la teología del pluralismo religioso, el sentido de lo «misionero» y de la «universalidad cristiana» han cambiado. Hasta ahora, en demasiados casos, lo misionero era sinónimo de «convertir» al cristianismo (al catolicismo concretamente en nuestro caso) a los «gentiles», y la «universalidad cristiana» era sentida como la centralidad del cristianismo: nosotros éramos la religión central, la (única) querida por Dios, y por tanto, la religión-destino de la humanidad. Todos los pueblos (universalidad) estaban destinados a abandonar su religión ancestral y a hacerse cristianos (a «convertirse»)… El «proselitismo», por cualquier medio que fuera posible, estaba justificado; más, era lo mejor que podíamos hacer por la humanidad: el fin justificaba los medios.

Todo esto, lógicamente, ha cambiado. Comprendemos perfectamente que las religiones y las culturas (todas, no sólo la nuestra) han vivido, desde sus orígenes, aisladas, sin sentido de pluralidad. Una especie de «efecto óptico» y, a la vez, una cierta ley de la «psicología evolutiva» de la humanidad, les ha hecho concebirse a sí mismas -cada una- como únicas, y como «centrales» (pensando cada una que eran el centro absoluto de la realidad), igual que cada uno de nosotros, cuando hemos sido niños/as, hemos comenzado a conocer la realidad siempre a partir de nuestro ego-centramiento psicológico inevitable, igual también que todos los humanos han pensado que su tierra, y hasta el planeta Tierra, eran el centro del mundo y hasta del cosmos… Sólo con la expansión del conocimiento y con la experiencia de la pluralidad, las personas, los pueblos y las culturas se han ido dando cuenta de que no son el centro, de que hay otros centros, y han sido capaces de madurar y de descentrarse de sí mismas reconociendo una realidad mayor.

Todas las religiones, no sólo la nuestra, están desafiadas a entrar en esta maduración y este reconocimiento de una perspectiva panorámica mucho más amplia que aquella en la que han vivido precisamente toda su historia, los varios milenios de su existencia. La religiosidad, la espiritualidad del ser humano, es mucho más amplia, y mucho más antigua (decenas de milenios al menos) que cualquiera de nuestras religiones. Dar al tiempo sagrado de nuestra religión la centralidad y unicidad cósmica y universal que le solemos dar, necesita sin duda una reevaluación más ponderada. Un pensamiento religioso más sereno y maduro se inclina cada día más hacia una revalorización generosa de las otras religiones, y a una profundización del sentido de modestia y de pluralismo, que no es claudicación ante nada, sino apertura de corazón al llamado divino que hoy sentimos, vibrante y poderoso, hacia una convergencia universal que antes no acabábamos de captar. Leer más…

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Dom 17.10.21 (17 TO). A la izquierda y derecha de Jesús: Poder espiritual y poder material

Domingo, 17 de octubre de 2021

EC84767B-6556-4628-8F33-F46A42C14930Del blog de Xabier Pikaza:

El problema de fondo de Jesús y de la Iglesia es el poder, un poder que puede llamarse material (económico, social) pero también espiritual (poder sobre las conciencias y las almas). Los dos poderes son distintos y a lo largo de tiempo se han enfrentado, como indica el tema de las dos espadas: una la del rey, otra la de los obispos y el papa.

Hay un tipo de iglesia que condena todos los demás poderes (como si ella fuera un inmaculado oráculo de Delfos), no solo en sentido material (tema menos importante), sino sobre todo en sentido espiritual.

Pero el evangelio de hoy (evangelio de los zebedeos) no distingue esos poderes, sino que en el fondo los vincula. No se puede hablar de un poder zebedeo/eclesial bueno, frente a un poder imperial/romano malo.  En nombre de Dios, Jesús ha condenado ambos poder como poderes (no como servicio y estímulo amoroso de vida).

Más aún, lo que Jesús rechaza ante todo no es el poder económico-político de Roma (del César), sino el poder espiritual de los  zebedeos (Juan y Santiago), que querían crear una iglesia de “poder bueno” sobre las conciencias, en contra del poder malo de sacerdotes, fariseos, esenios, celotas y rabinos de de su entorno.

Ese sigue siendo el tema clave de la iglesia actual: Su deseo de imponer un tipo de cristianismo como poder. Ante ese espejo de los zebedeos nos deja el evangelio de hoy. Buen fin de semana a todos.  

Tema de fondo

Antes de leer el texto preguntemos: ¿Quién nos ha dicho que Santiago y Juan quieren un poder material, militar o rabínico? Lo que ellos quieren y piden a Jesús es un “poder espiritual” que sería bueno, como han querido cientos, miles y casi millones de jerarcas de la Iglesia a lo largo de los siglos, hasta la actualidad. Lo que Jesús condena no es poder “material” malo, sino un poder espiritual que puede ser peor, como el de un Juan y Santiago “patriarcas” de la Iglesia,

 El tema es serio, delicado. Traté de él ayer al ocuparme del Concilio de Constanza y de la sinodalidad. Lo trato hoy también, comentando de un modo sencillo el evangelio de domingo. Hay más temas de fondo, pero con éstos podemos comenzar hoy.

No hay en la iglesia lugar para personas que quieran imponerse a los demás, copando para ello los primeros puestos. No hay en la iglesia lugar para el poder económico, ni para el poder social, ni para el espiritual, que puede ser quizá el peor de todos.

 Ese era el poder espiritual que querían los zebedeos, hijos del trueno (3, 17). Ellos encarnan el apetito eclesial y social de dominio, evidentemente con “buena intención”, pero con el riesgo de acabar dominando a los demás. Al rechazarles, Jesús rechaza todo tipo de poder espiritual. El texto, escrito de forma paradigmática, consta de tres partes: petición, aplicación personal, principio universal.

Texto Mc 10, 35-45 (a. Petición) 37:  Concédenos que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria.

(b. Respuesta) 38 Jesús les replicó:  Beberéis el cáliz que yo he de beber y seréis bautizados con el bautismo con que yo seré bautizado. 40 Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado.

(1)  10, 35-37 Petición de Juan y Santiago

 37 Ellos contestaron: Concédenos que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria.

Juan es sin duda un reincidente, pues ya quiso controlar el Nombre de Jesús, impidiendo que un exorcista no comunitario pudiera valerse del nombre de Jesús (9, 38-41). Ambos son “hijos del trueno” (3, 17), en línea de fuego y violencia, pues quisieron que el fuego del cielo destruyera a lo samaritanos, un día que no quisieron recibirles (cf. Lc 9, 54).

Quieren el “poder espiritual” de dominio sobre las conciencias, de imposición religiosa.

Es lógico y bueno lo que piden (estar siempre al lado de Jesús), pero lo piden con lógica de mando, elevándose sobre el resto de los discípulos, sentándose a su lado, en su gloria” (en tê doxê sou), como poder espiritual supremo sobre el mundo. Es evidente que, siguiendo el orden en que aparecen siempre, Santiago (¡quizá el mayor!) ocuparía el trono o asiento a la derecha de Jesús y Juan a su izquierda. Así formarían con Jesús el triunvirato del Reino, en clave de poder espiritual.

Pueden pensar en un reino político, que se instaurará en Jerusalén, tan pronto como lleguen (a pesar de los anuncios de derrota y muerte de Jesús). Pero también pueden pensar (dentro del contexto actual de Marcos) en el Reino del Hijo del Hombre, que ha de venir de forma gloriosa, conforme al mensaje de Dan 7, 9-14, donde se dice que se prepararon unos tronos (para los compañeros, angélicos o humanos del Hijo del Hombre), y que al Hijo de Hombre en particular se le daría todo honor, gloria y poder.

Es evidente que estos zebedeos quieren reinar con Jesús, ellos dos, de un modo especial, ciertamente con los Doce (como recuerda el logion de los Doce tronos de los elegidos de Jesús: cf. Mt 19, 28; Lc 22, 30), pero por encima de los otros diez (incluido Pedro) Quieren el poder espiritual, como compendio, principio  y meta de todos los poderes.

(2)0, 38-40. Respuesta. Beberéis mi cáliz: Beberéis el cáliz que yo he de beber y seréis bautizados con el bautismo con que yo seré bautizado. 40 Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado.

Jesús responde cambiando el nivel de la petición. No acepta, ni rechaza lo que piden, pues de ese modo seguiría utilizando (a favor o en contra) la lógica de fuerza, sino que rechaza la misma petición como carente de sentido: ¡No sabéis lo que pedís!Rechaza la petición del poder (10, 38).

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¿Triunfar o servir? Domingo 29. Ciclo B

Domingo, 17 de octubre de 2021

0029Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

En las lecturas de los domingos anteriores Jesús ha ido instruyendo a los discípulos a propósito de los más diversos temas (los niños, el divorcio, la riqueza, etc.). En el de hoy da su última gran enseñanza antes de subir a Jerusalén para la pasión.

En lo que piensa Jesús

Todo comienza con el tercer anuncio de la pasión y resurrección, que no se lee, pero que es fundamental para entender lo que sigue. Jesús repite una vez más a los discípulos que los sumos sacerdotes y los escribas lo condenarán a muerte, lo entregarán a los paganos, se burlarán de él, le escupirán, azotarán y matarán.

En lo que piensan Santiago y Juan: Presidente del Gobierno y Primer Ministro

Igual que en los casos anteriores, al anuncio de la pasión sigue una muestra de incomprensión por parte de los apóstoles: Santiago y Juan, dos de los más importantes, de los más cercanos a Jesús, ni siquiera han prestado atención a lo que dijo.

En aquel tiempo se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:

-Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.

Les preguntó:

-¿Qué queréis que haga por vosotros?

Contestaron:

-Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.

Mientras Jesús habla de sufrimiento, ellos quieren garantizarse el triunfo: “sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. “En tu gloria” no se refiere al cielo, sino a lo que ocurrirá “en la tierra”, cuando Jesús triunfe y se convierta en rey de Israel en Jerusalén: quieren un puesto a la derecha y otro a la izquierda, Presidente de Gobierno y Primer Ministro. Para ellos, lo importante es subir.

Jesús replicó:

-No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?

Contestaron:

-Lo somos.

Jesús les dijo:

-El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar. Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.

La respuesta de Jesús, menos dura de lo que cabría esperar, procede en dos pasos. En primer lugar les recuerda que para triunfar hay que pasar antes por el sufrimiento, beber el mismo cáliz de la pasión que él beberá. No queda claro si Juan y Santiago entendieron lo que les dijo Jesús sobre su cáliz y su bautismo, pero responden que están dispuestos a lo que sea. Entonces Jesús, en un segundo paso, les echa un jarro de agua fría diciéndoles que, aunque beban el cáliz, eso no les garantizará los primeros puestos. Están ya reservados, no se dice para quién.

La reacción de los otros diez y la gran enseñanza de Jesús

Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.

Jesús, reuniéndolos, les dijo:

-Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.

¿Por qué se indignan? Probablemente porque también ellos ambicionan los primeros puestos. Jesús aprovecha la ocasión para enseñarles cómo deben ser las relacio­nes dentro de la comunidad. En la postura de los discípulos detecta una actitud muy humana, de simple búsqueda del poder. Para que no caigan en ella, les presenta dos ejemplos opuestos:

1) el que no deben imitar es el de los reyes y monarcas helenísticos, famosos por su abuso del poder: “Sabéis que los jefes de las naciones las tiranizan y que los grandes las opri­men”.

2) el que deben imitar es el del mismo Jesús, que ha venido a servir y a dar su vida en rescate por todos.

En medio de estos dos ejemplos queda la enseñanza capital: “el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”. En la comunidad cristiana debe darse un cambio de valores absoluto.

Pero esto es lo que debe ocurrir “entre vosotros”, dentro de la comunidad. Jesús no dice nada a propósito de lo que debe ocurrir en la sociedad, aunque critica indirectamente el abuso de poder.

Primera lectura: Isaías 53,10-11

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento.
Cuando entregue su vida como expiación,
verá su descendencia, prolongará sus años;
lo que el Señor quiere prosperará por sus manos.
A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará,
con lo aprendido mi Siervo justificará a muchos,
cargando con los crímenes de ellos.

Este texto se ha elegido como comentario de las palabras de Jesús: “el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos” y de sus referencias anteriores a la pasión (el cáliz y el bautismo). Por eso comienza diciendo que El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento; unas palabras que escandalizan por la forma de hablar de Dios, pero que hay que interpretarlas como un recurso para el triunfo final. De hecho, el texto de Isaías insiste más en el éxito de Jesús (verá su descendencia, prolongará sus años, verá y se hartará) y de su obra (el plan de Dios prosperará por sus manos, justificará a muchos).

Reflexiones

1. Este pasaje constituye la última enseñanza de Jesús antes de la pasión, en la que nos deja su forma de entender su vida: “El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”. Este ejemplo es válido para todos los cristianos, no sólo para papas y obispos.

2. Esta espléndida enseñanza no nos habría llegado si Santiago, Juan y los otros diez hubieran sido menos ambiciosos. Los fallos humanos pueden traer grandes beneficios.

3. La enseñanza de Jesús ha calado muy poco en la Iglesia después de veinte siglos y en ella se sigue dando un choque de ambiciones al más alto nivel. La única solución será tener siempre presente el ejemplo de Jesús.

4. El texto de Isaías nos ayuda a mirar con esperanza los momentos difíciles de nuestra vida. Aunque la impresión que podemos tener a veces es que Dios nos está triturando con el sufrimiento, no es ésa su intención, sino sacar de nosotros algo muy bueno.

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Domingo XXIX del Tiempo Ordinario. 17 de octubre de 2021

Domingo, 17 de octubre de 2021

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Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso…”

(Mc 10, 35-45)

Es triste que el evangelio de hoy no haya perdido actualidad. Si nos asomamos al panorama político actual vemos claramente cómo “los jefes de los pueblos los tiranizan, y los grandes los oprimen.”

Parece que el deseo de poder es algo “incrustado” en la condición humana. Santiago y Juan querían ser importantes, poderosos. No querían ser un discípulo más y no les bastaba ser uno de los “doce”. Ellos quería ser los primeros. Bueno, los segundos. Estar a la derecha y a la izquierda de Jesús.

Y hay que ver cómo se acercan a Jesús, más que pedirle o preguntarle le exigen: “ Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.”

Los otros diez, aunque no se han atrevido a exigir nada a Jesús, adolecen de los mismo. Se indignan porque en el fondo todos quieren lo mismo. Todos queremos lo mismo.

Los discípulos de hoy no somos muy distintos a estos doce. La historia de la Iglesia es preclara en este sentido. No faltan luchas de poder, ni tiranías, ni opresiones.

Parece que las últimas frases del evangelio de hoy se nos suelen olvidar. “Vosotros, NADA DE ESO: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; el que quiera ser el primero, sea el esclavo de todos.”

Las olvidamos no porque sean difíciles de entender, sino más bien porque no necesitan ninguna explicación. Son demasiado claras.

Ah!, sí, a veces nos acordamos de estas palabras de Jesús, sobre todo para “lanzárselas” a otra persona. La mota del ojo ajeno es fácil de ver. Se las recordamos a las demás. Hablamos mucho de servicio y hasta escribimos libros, pero el servicio callado y desinteresado sigue siendo un bien escaso.

Nos gusta tanto ser las primeras que enseguida pensamos: “Bien, pues yo seré la primera en servir”. Pero entonces no servimos para ser como Jesús sino para que se nos reconozca, para ser grandes, importantes, para ser las primeras. Y quizá entonces ese servicio no nos lleve al Reino de Dios sino a cualquier tiranía humana.

Oración

Libéranos, Trinidad Santa, de la angustia de no poder ser el primero. Libéranos de los sentimientos de culpar de nuestros fallos al otro. (Cfr. “Liberame”, Brotes de Olivo.)

 

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa 

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Consumirse sirviendo es la máxima gloria.

Domingo, 17 de octubre de 2021

Scene 07/53 Exterior Galilee Riverside; Jesus (DIOGO MORCALDO) is going to die and tells Peter (DARWIN SHAW) and the other disciples this not the end. Mc 10,32-45

Sigue el camino hacia Jerusalén. Al anunciar Marcos tres veces la pasión, está mostrando la rotundidad del mensaje. Al proponer, después de cada anuncio, la radical oposición de los discípulos resalta la dificultad para entenderle. A continuación del primer anuncio, Pedro dice a Jesús que, de pasión y muerte, ni hablar. Después del segundo, los discípulos siguen discutiendo quién era el más importante. Hoy al tercer anuncio de la pasión los dos hermanos pretenden sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda ‘en su gloria’.

Uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Le llaman maestro, pero le dicen lo que tiene que hacer. Los dos hermanos están pidiendo los primeros puestos en el reino terreno que Jesús va a instaurar. Pero aunque estuvieran pensando en el reino escatológico, estarían manifestando el mismo afán de superioridad. Ya decíamos el domingo pasado que la actitud egoísta es la misma, se pretendan seguridades para el más acá o para el más allá.

No sabéis lo que pedís. Se refleja una diferencia abismal de criterios. Jesús y los discípulos están en distinta longitud de onda. Con esta frase, Marcos está proponiendo una sutil proyección sobre el momento mismo de la muerte de Jesús. Si tenemos en cuenta que, para Jesús, el lugar de la gloria es la cruz, le estarían pidiendo que vayan con él a la muerte. Curiosamente, todos los evangelios nos dicen que, efectivamente, había en aquel momento uno a su derecha y otra a su izquierda, pero eran malhechores comunes.

Los otros diez se indignaron. Señal inequívoca de que todos estaban deseando los mismos puestos. El resto de los discípulos tenían las mismas ambiciones que los dos hermanos, pero eran cobardes y no tenían la valentía de manifestarlo. Normalmente en la protesta por lo que hace otro podemos manifestar el deseo de hacer lo mismo. La inmensa mayoría de los cristianos seguimos intentando utilizar a Dios en nuestro provecho.

Los jefes de los pueblos los tiranizan… Es impresionante el resumen de la manera de utilizar el poder en el mundo. Jesús no crítica ni la democracia ni la monarquía; critica a las personas que ejercen el poder oprimiendo. Jesús da por supuesto que en el ámbito civil, lo normal, es ejercer el poder tiranizando a los demás. ¡Qué distinto lo que propone Jesús! Nada de eso sino lo contrario: Servir. Una lección difícil de aprender.

El Hijo de hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir. Ahora no son los jefes de los sacerdotes los que le quitan la vida, sino que es él el que la entrega libremente. Este cambio de perspectiva en muy importante para el sentido general. Al decir que da su vida, el texto griego no dice “zoe” ni “bios” sino “psyche”, que no significa exactamente vida, sino lo humano, lo psicológico, la persona. Dar su vida, no significaría morir, sino poner su humanidad al servicio de los demás mientras vive.

Hoy muy probablemente en la homilía se criticará a la Iglesia porque no sigue el evangelio huyendo de todo poder y sirviendo a todos. Los entes de razón no son sujetos de reacciones humanas. Somos las personas con nombre y apellidos las que seguimos actuando sin tener en cuenta el evangelio. En muy pocos siglos los cristianos volvieron a considerar correcto lo que Jesús había criticado tan duramente en los evangelios.

El evangelio nos dice, por activa y por pasiva, que el cristiano es un ser para los demás. Si no entendemos esto, no hemos comprendido el “a b c” del cristianismo. Pero este mensaje es también la “x”, porque es la incógnita más difícil de despejar, la realidad más camuflada bajo la ideología justificadora que siempre segrega toda religión institucionalizada. Somos cristianos en la medida que nos damos a los demás. Dejamos de serlo en la medida que nos aprovechamos de ellos, de cualquier forma, para estar por encima de ellos.

Este principio básico del cristianismo no ha venido de ningún mundo galáctico. Ha llegado hasta nosotros gracias a un ser humano en todo semejante a nosotros. Lo descubrió en lo más hondo de su ser. Al comprender lo que Dios era en él, al percibirlo como don total, Jesús hizo el más profundo descubrimiento de su vida. Entendió que la grandeza del ser humano consiste en esa posibilidad que tiene de darse como Dios se da.

En ese don total encuentra el hombre su plena realización. Cuando descubre que la base de su ser es el mismo Dios, descubre la necesidad de superar el apego al falso yo. El ego es siempre falso porque es una creación mental, por eso necesita estar siempre afianzándose. Liberado del “ego”, se encuentra con la verdadera realidad que es. En ese momento, su ser se expande y se identifica con el Ser Absoluto. El ser humano se hace uno con Él. No va más. Ni Dios puede añadir nada a ese ser. Es ya una misma cosa en él.

Mientras no haga este descubrimiento, estaré en la dinámica del joven rico, de los dos hermanos y de los demás apóstoles: buscaré más riquezas, el puesto mejor y el dominio de los demás. Si acepto darme a todos por programa­ción, será a regañadientes y esperando una recompensa, aunque sea espiritual. Estoy buscando potenciar mi “ego”. Tampoco se trata de sufrir, de humillarse ante Dios o ante los demás, esperando que me lo paguen con creces. La máxima gloria será vivir y desvivirse en beneficio de los demás.

Los evangelios están escritos desde una visión mítica. En el relato no se cuestiona que Jesús se sentará en su trono ni que habrá alguien a su derecha y a su izquierda. La expresión tan repetida en los evangelios: “reino de Dios” o “reino de los cielos, no debemos entenderla como una realidad que existe en alguna parte sino como una metáfora de lo que Dios es en todos. La mejor prueba es que, a renglón seguido, nos dice que la gloria consiste en el servicio, en el amor manifestado y no en ningún gobierno.

El objetivo último de Jesús fue entregarse, deshacerse en beneficio de los demás. Su consumación en la identificación con Dios fue idéntica realidad a su consumición en favor de los demás. No tiene sentido que lo hiciera esperando una recompensa de gloria. La superación del yo y la identificación con Dios es su máxima gloria. No puede haber más. No hay un Dios que glorifique ni un Jesús glorificado. Cuando Jesús dice. “Yo y el Padre somos uno”, está manifestando que ha llegado a la plenitud de ser.

Meditación

Opresión, tiranía, sometimiento, esclavitud, servidumbre.
Entre vosotros nada de eso, dice Jesús.
Pero todo eso lo encontramos en cada uno de nosotros.
La larga lucha que tuvo Jesús con sus discípulos
es la misma que tenemos que llevar a cabo
cada uno de nosotros contra nuestro falso yo.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Los hijos del trueno.

Domingo, 17 de octubre de 2021

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«No sabéis lo que pedís».

Eran pescadores de Cafarnaún. Uno de ellos, Juan, conoció a Jesús a orillas del Jordán en el entorno del Bautista, y quedó tan fascinado por él, que sesenta años después recordaba hasta la hora del encuentro: «Serían las cuatro de la tarde»… Ya de regreso a Cafarnaún, Jesús invitó a Santiago y a Juan a una aventura insólita, y ellos le siguieron porque junto a él la vida prometía adquirir todo su sentido y todo su sabor.

En la sinagoga de Cafarnaún fueron testigos de su primera intervención pública y participaron del estupor de los asistentes al acto: «¿Qué es esto? ¿Una doctrina nueva y revestida de autoridad?»… Al día siguiente salieron a las aldeas próximas y comenzó la aventura. Recorrían mil caminos y visitaban docenas de pueblos y ciudades. Jesús atendía a los enfermos y necesitados y predicaba la buena noticia del Reino por todos los rincones de Galilea. La gente le seguía entusiasmada.

Vieron que su fama se extendía y que muchos comenzaban a ver en él al mesías esperado, y quizá fue entonces cuando empezaron a acariciar la idea de convertirse en jefes del pueblo. Así, cuando Jesús les hablaba del Reino de Dios, ellos entendían el reino de Israel— con trono y sin romanos—, y por mucho que Jesús lo negara, ellos seguían aferrados a su sueño de poder. Tras la multiplicación de los panes se les presentó la oportunidad esperada, y es probable que los propios discípulos azuzasen a la gente para proclamarle rey. De hecho, Jesús tuvo que despacharlos a Cafarnaún.

Pero ellos no desfallecían. Quisieron acordar quién sería el primero en el reparto de las “carteras ministeriales”, y camino de Cafarnaún se enzarzaron en una agria discusión. Poco después, Santiago y Juan quisieron zanjar la cuestión hablando directamente con el Maestro, pero solo consiguieron exasperar a sus compañeros. Jesús insistía, una y otra vez, en que aquello iba a acabar mal, pero ellos le habían visto vencer tantas veces a quienes le acosaban, que no admitían un final que no fuese glorioso.

Subieron a Jerusalén y prendieron a Jesús. Ellos, aterrados, se atrancaron en casa de un amigo, y solo las mujeres —con María Magdalena a la cabeza— fueron capaces de estar a la altura. Pedro tuvo un arranque de coraje, pero se rajó… Es probable que huyeran de Jerusalén tras la Pascua aterrorizados por miedo a las autoridades judías, desmoralizados por la muerte de su maestro y sumidos en angustiosas dudas de fe por este hecho. Pedro, Andrés y los Zebedeos volvieron a faenar en la mar.

Pero algo insólito ocurrió en sus vidas que les hizo renacer en la fe y presentarse de nuevo en el Templo, afirmando, y empeñando su vida en ello, que Jesús había resucitado. Todo había cambiado, y si en los evangelios aparecen los discípulos anclados en lo antiguo, en los Hechos aparecen ya “convertidos“, creyendo en Jesús por encima de todo mesianismo patriótico y de todas las tradiciones anteriores.

Ruiz de Galarreta resumía así el camino de su conversión: «Le conocieron, quedaron fascinados por él, le siguieron y solo al final creyeron»… Todo empieza por conocerle, y el problema para muchos es que no le conocemos.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Una religión de esclavos.

Domingo, 17 de octubre de 2021

borrador-automatico34(Mc 10,35-45)

Tanto en la sociedad como en la iglesia encontramos modelos de gobierno, de autoridad y de poder que responden a diferentes fundamentaciones e intereses. El evangelio ofrece un modelo de autoridad basado en el servicio, y en la salida de sí mismo, es decir, como dice el texto de Marcos 10,45, en una grandeza que tiene que ver con el servicio y con dar la vida por los demás, hasta el punto de caracterizarla como una esclavitud: “el que quiera ser primero que se haga esclavo de todos”.

Ello me recuerda cómo Simone Weil describía al cristianismo como “la religión de los esclavos”, aunque no le daba seguramente el mismo sentido. Para ella, el cristianismo era religión de esclavos porque aquellos que se encontraban en situaciones límites de dignidad y libertad podían encontrar en este grupo aquella dignidad perdida. Pero esta recuperación de la dignidad es posible y viable si quienes buscan la grandeza la encuentran justamente en el servicio y en la preferencia de quienes están en situación de exclusión y marginación.

De hecho, algunos testimonios del cristianismo primitivo muestran cómo las diferentes exclusiones sociales no los son tanto dentro del movimiento cristiano naciente. Entre los testimonios paganos, en una carta del Gobernador Plinio al emperador Trajano, escrito en torno al 110 d. C., el gobernador explica la tortura de dos mujeres esclavas que eran “ministras” (ministrae), es decir, que tenían roles ministeriales en la comunidad cristiana. Al mismo tiempo que llama la atención sobre su ministerio por ser mujeres, la novedad del cambio de estatus de una esclava indica que ingresar en una comunidad cristiana podía significar un cambio de estatus, a la vez que la aceptación y aprobación por parte de la comunidad: Ni los indicadores de género ni los de estatus impedían a sus miembros aceptar los ministerios de estas mujeres. En un sentido similar, por ejemplo, Gálatas 3,28 insiste que “ya no hay judío ni griego, varón ni mujer, esclavo ni libre, porque vosotros sois uno en Cristo”.

La iglesia ha vivido continuamente la tensión entre poderes autorreferenciales y un profetismo que vuelve a prestar atención a todo tipo de pobreza (existencial, económica, cultural, espiritual…) para hacerse con ello y restituir la dignidad donde se ha perdido.

Los modelos eclesiales actuales, a partir del concilio Vaticano II, formulan modelos participativos y misioneros, es decir, en salida, que miran hacia el servicio y hacia la situación social para establecer un diálogo evangelizador y de atención solidaria. A su vez, los procesos sinodales actuales buscan esta misma comprensión de autoridad y liderazgo más vinculada a un pueblo que camina juntos que a una estructura jerárquicamente organizada.

Este texto evangélico recuerda oportunamente para estos procesos de conversión eclesial, que “el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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Dar la vida

Domingo, 17 de octubre de 2021

1A84BCE3-5DD3-4515-AB85-EE39B394DF2BDomingo XXIX del Tiempo Ordinario

17 octubre 2021

Mc 10, 35-45

  El amor no tiene que ver, de entrada, con un sentimiento o una emoción. Es una certeza: la certeza de que todo otro es no-otro de mí. Y se expresa en la entrega. Por lo que puede decirse que amar es darse.

 En lenguaje evangélico, amar es servir y dar la vida: así se expresa Jesús en el evangelio de Marcos. Y en el de Juan añade algo más: “Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).

 Ahora bien, el amor, así entendido, implica una paradoja: ser dueño de sí y olvidarse de sí. Como en todas las paradojas, los dos extremos de la misma son igualmente importantes. En este caso: solo quien se posee a sí mismo es capaz de olvidarse de sí, del mismo modo que solo quien se posee podrá darse, ya que nadie da lo que no tiene.

 “Poseerse” a sí mismo significa ser interiormente libre, autónomo y consistente. Habla de una personalidad integrada, unificada y armoniosa, reconciliada consigo misma. Es precisamente esa integración personal la que posible entregarse y olvidarse de sí.

 Sin esa integración, la persona se verá obligada, de manera más o menos compulsiva, a intentar sobrevivir con el menor sufrimiento posible. Por lo que deberá dedicar toda su energía a sostenerse en precario. Ahora bien, si tiene que estar centrada en sobrevivir será incapaz de olvidarse de sí y entregarse. En cualquier caso, únicamente podría intentar hacerlo desde un voluntarismo extremo que, antes o después, terminará rompiéndola o “quemándola”.

 El proceso de integración se basa en el amor humilde hacia sí. Es necesario que la persona pueda “encontrarse” con ella misma, mirarse a los ojos, aceptarse con toda su verdad y amarse con la mayor viveza posible. Ese amor hacia sí, que unifica, es también el que capacita para entregarse a los otros.

  A veces se oye esta pregunta: ¿No existe el peligro de amarse demasiado? No. El peligro no está ahí -nunca se amará demasiado-, sino en amarse mal o, mejor dicho, en llamar amor a lo que no lo es. No es amor aquel que termina en uno mismo, como tampoco lo es cuando no nos aceptamos íntegramente ni cuando nos comparamos con los otros.

  El amor es humilde y universal: acepta toda nuestra verdad -se necesita mucha humildad para amarse de ese modo- y se expande a todos los seres. Cuando no se dan estos rasgos, se trata de narcisismo egocentrado, incapaz también de entregarse. Por tanto, tal vez haya que empezar por cuidar de manera consciente el amor humilde hacia uno mismo.

¿En qué medida vivo un amor humilde y universal?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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