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Con María junto a la Cruz.

lunes, 15 de septiembre de 2025
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En el día que los católicos celebran a nuestra Señora de los Dolores, recordamos a tantos hermanos y hermanas que están sufriendo…

La devoción a la Virgen de los Dolores se remonta a los primeros años del segundo milenio, como desarrollo de la «compasión» con María iuxta crucem Jesu. Esta devoción fue formulada litúrgicamente en tierras germanas, concretamente en Colonia, el año 1423. Sixto IV insertó en el misal romano la memoria de Nuestra Señora de la Piedad. La atención hacia María «dolorosa»se fue desarrollando gradualmente en la forma de los Siete Dolores, representados en las siete espadas que traspasan el corazón de la madre de Cristo. La extensión a la Iglesia latina en 1727 fue favorecida por los Siervos de María, que la celebraban desde 1668. La colocación en el 15 de septiembre se remonta a Pío X (1903-1914). En el calendario litúrgico de 1969 se la denomina memoria de Nuestra Señora la Virgen de los Dolores.

 

***

Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena.

Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:

+ «Mujer, ahí tienes a tu hijo».

Luego, dijo al discípulo:

+ «Ahí tienes a tu madre».

Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.

*

Juan 19,25-27

***

 

ORACIÓN

Santa María, mujer del dolor, madre de los vivientes, salve. Nueva Eva, Virgen junto a la cruz, donde se consuma el amor y brota la vida.

Madre de los discípulos, sé tú la imagen conductora en nuestro compromiso de servicio; enséñanos a permanecer contigo junto a las infinitas cruces donde todavía sigue siendo crucificado tu Hijo; enséñanos a vivir y a atestiguar el amor cristiano, acogiendo en cada hombre a un hermano; enséñanos a renunciar al opaco egoísmo para seguir a Cristo, única luz del hombre. Virgen de la pascua, gloria del Espíritu, acoge la oración de tus siervos.

***

 

La meditación sobre los siete dolores de la bienaventurada Virgen podrá expresarse fácilmente en términos actuales, en cuanto los comparemos con los múltiples sufrimientos por los que está marcada la vida hoy…

Principalmente en virtud de nuestra identidad cristiana, aceptaremos ser nosotros mismos una existencia atravesada por la espada del dolor. Siguiendo a Jesús, tomaremos cada día nuestra cruz (Le 9,23; cf. Mc 8,34; Mt 16,24). Sensibles al drama de innumerables personas y grupos obligados a emigrar desde países pobres nada naciones más ricas, en busca de pan o de libertad, pondremos a salvo la vida de todo tipo de persecución y ofreceremos nuestra contribución activa a la acogida de los emigrantes […].

En presencia de cuantos, en medio de la incertidumbre del vivir, añoran el rostro del Señor o se encuentran angustiados por haberlo perdido, nuestras comunidades han de ser lugares que apoyen su trabajosa búsqueda. Han de convertirse en santuarios de consuelo para tantos padres y madres que, desolados, lloran la pérdida física o moral de sus hijos. Como copartícipes de un mismo itinerario de fe, acompañaremos a nuestros hermanos y hermanas por la vía de su calvario: con gestos de delicadeza, como Verónica, o llevando su peso, como el Cirineo.

*

H. M. Moons,
Con María junto a la cruz,
Roma 1992, 19ss.

María como una inmigrante detenida por agentes de IC
(Obra de Katie Jo Suddaby) 

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La paradoja de la cruz y la “Queerness” (rareza) de Jesús

lunes, 15 de septiembre de 2025
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Ish Ruiz

La reflexión de hoy es de Ish Ruiz, profesor adjunto de Teología Decolonial Queer y Latinx en la Escuela de Religión del Pacífico, Berkeley, California. Es autor de LGBTQ+ Educators in Catholic Schools: Embracing Synodality, Inclusivity, and Justice, Educadores LGBTQ+ en Escuelas Católicas: Abrazando la Sinodalidad, la Inclusividad y la Justicia«) y coeditor de Cornerstones: Sacred Stories of LGBTQ+ Employees in Catholic Institutions  («Piedras Angulares: Historias Sagradas de Empleados LGBTQ+ en Instituciones Católicas«).

Las lecturas litúrgicas de hoy para la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz se pueden encontrar aquí.

Fue difícil crecer como persona queer y católica en Puerto Rico.

Cuando me di cuenta de que me atraían otros chicos, entré en una crisis espiritual. Debido a mi educación y a lo que me enseñaron en la iglesia, pensé que mi identidad queer era una cruz que debía cargar. Creía que mi deber era sufrir por mi identidad queer e intentar seguir a Jesús lo mejor que pudiera. Durante años, cargué con esa carga. Pero con el tiempo, aprendí que mi identidad queer no era la cruz. La cruz era algo completamente distinto.

A través de terapia, dirección espiritual y mucho baile en bares gay, me di cuenta de que mi identidad queer no era una cruz. Mi verdadera cruz era la intolerancia social que encontré en la sociedad y a lo largo de mi crianza. La cruz era la exclusión alimentada por una teología estrecha y una enseñanza rígida y obsoleta. La cruz también era el racismo que sentía, incluso en algunos espacios queer, como puertorriqueño moreno y queer. La cruz eran los intentos, sutiles y directos, de avergonzarme por ser quien era. Ese era el sufrimiento que cargaba. Esa es mi cruz.

También me di cuenta de que mi condición queer es un regalo de Jesús que me permitió cargar con las cruces de la intolerancia y la opresión. Mi condición queer me dio resiliencia, imaginación, creatividad, alegría y conexión con otras personas marginadas. Me brindó una manera de solidarizarme con quienes llevan cargas pesadas. Lejos de ser mi maldición, mi condición queer se convirtió en una fuente de vida, una lente a través de la cual pude ver a Jesús con mayor claridad.

La Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz de hoy trata sobre esta paradoja: el mismo instrumento de tortura y humillación —la cruz— se convierte en el signo de la victoria y el amor de Dios. Las lecturas litúrgicas de hoy nos invitan a reflexionar sobre ese misterio.

En la primera lectura del Libro de los Números, los israelitas se quejan en el desierto, y serpientes venenosas los abaten. Dios le ordena a Moisés que levante una serpiente de bronce para que quienes la miren vivan. Esa extraña y casi inquietante historia presagia la Cruz. En el pasaje de hoy del Evangelio de Juan, Jesús mismo explicita la conexión: «Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna». La misma causa de la muerte —la serpiente— se convierte, al ser levantada, en el medio de sanación. Y la misma causa de humillación de Jesús —la cruz— se convierte en la fuente de salvación.

Paradojas como estas no son ajenas a las personas queer. A muchos nos han dicho que nuestras identidades son una maldición, una vergüenza o un pecado, y muchos interiorizamos ese mensaje mortífero y lo creemos de todo corazón. Sin embargo, cuando aceptamos quienes somos como hijos amados de Dios, nuestras vidas se convierten en signos de gracia. Cuando nos aferramos a nuestra identidad queer y elevamos nuestra alegría queer, las mismas partes de nosotros mismos que otros rechazaron se convierten en los instrumentos de nuestra sanación y nuestro mayor regalo al mundo.

San Pablo capta este misterio maravillosamente en el pasaje de hoy de la Carta a los Filipenses: «Cristo Jesús, siendo en forma de Dios, se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, humillándose hasta la muerte, y muerte de cruz». La vida de Jesús es un ejemplo de cómo debemos abrazar la plenitud de nuestra humanidad, regocijarnos en quienes somos y, cuando nos enfrentamos a la muerte, permanecer firmes en nuestro amor para resurgir victoriosos.

Por eso puedo decir: Jesús es queer. No necesariamente en el sentido de atracción o identidad sexual, aunque quizás lo era en ese sentido (¿quién sabe?). Jesús era queer en el sentido de que sabe lo que es vivir de forma diferente, ser incomprendido, ser marginado, ser excluido por las autoridades religiosas de su época, y aun así mantenerse firme en su identidad. Jesús quebró las normas de poder, pureza y pertenencia al desafiar las suposiciones opresivas de la época. Nos mostró que el amor de Dios no se ajusta a las categorías humanas de respetabilidad o decencia. Proclamar a Jesús como queer es proclamar que Él comprende profundamente lo que significa vivir al margen y, lo más importante, convertir esa marginalidad en gracia y salvación.

En esto reside la esperanza de la Cruz. La Cruz no glorifica el sufrimiento por sí mismo. Lo nombra por lo que es: injusto, cruel, impuesto por una injusticia directa y sistémica. La Cruz nos muestra que el sufrimiento no es la última palabra. La Resurrección lo es. La Vida lo es. El Amor lo es. Exaltar la Cruz no es decir: «Sufrir es bueno». Es decir: «A través de nuestras vidas, Dios transformará incluso esto».

Para mí, esto significa que mi condición queer no es la causa de mi sufrimiento; más bien, mi condición queer es el don del Espíritu que me ayuda a soportar e incluso a transformar el sufrimiento causado por la exclusión, el racismo y la vergüenza. Mi condición queer me conecta con el misterio de la Cruz, donde el amor de Dios se encuentra con el dolor humano y abre nuevas posibilidades.

—Ish Ruiz, Escuela de Religión del Pacífico, 14 de septiembre de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“El otro hijo”, 24 Tiempo ordinario – C (Lucas 15,1-32)

domingo, 14 de septiembre de 2025
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Sin duda, la parábola más cautivadora de Jesús es la del «padre bueno», mal llamada «parábola del hijo pródigo». Precisamente este «hijo menor» ha atraído casi siempre la atención de comentaristas y predicadores. Su vuelta al hogar y la acogida increíble del padre han conmovido a todas las generaciones cristianas.

Sin embargo, la parábola habla también del «hijo mayor», un hombre que permanece junto a su padre sin imitar la vida desordenada de su hermano lejos del hogar. Cuando le informan de la fiesta organizada por su padre para acoger al hijo perdido, queda desconcertado. El retorno del hermano no le produce alegría, como a su padre, sino rabia: «Se indigna y se niega a entrar» en la fiesta. Nunca se ha marchado de casa, pero ahora se siente como un extraño entre los suyos.

El padre sale a invitarlo con el mismo cariño con que ha acogido a su hermano. No le grita ni le da órdenes. Con amor humilde «trata de persuadirlo» para que entre en la fiesta de la acogida. Es entonces cuando el hijo explota, dejando al descubierto todo su resentimiento. Ha pasado toda su vida cumpliendo órdenes del padre, pero no ha aprendido a amar como ama él. Solo sabe exigir sus derechos y denigrar a su hermano.

Esta es la tragedia del hijo mayor. Nunca se ha marchado de casa, pero su corazón ha estado siempre lejos. Sabe cumplir mandamientos, pero no sabe amar. No entiende el amor de su padre a aquel hijo perdido. Él no acoge ni perdona, no quiere saber nada de su hermano. Jesús concluye su parábola sin satisfacer nuestra curiosidad: ¿entró en la fiesta o se quedó fuera?

Envueltos en la crisis religiosa de la sociedad moderna, nos hemos habituado a hablar de creyentes e increyentes, practicantes y alejados, matrimonios bendecidos por la Iglesia y parejas en situación irregular… Mientras nosotros seguimos clasificando a sus hijos e hijas, Dios nos sigue esperando a todos, pues no es propiedad solo de los buenos ni de los practicantes. Es Padre de todos.

El «hijo mayor» nos interpela a quienes creemos vivir junto a él. ¿Qué estamos haciendo los que no hemos abandonado la Iglesia? ¿Asegurar nuestra supervivencia religiosa observando lo mejor posible lo prescrito o ser testigos del amor grande de Dios a todos sus hijos e hijas? ¿Estamos construyendo comunidades abiertas que saben comprender, acoger y acompañar a quienes buscan a Dios entre dudas e interrogantes? ¿Levantamos barreras o tendemos puentes? ¿Les ofrecemos amistad o los miramos con recelo?

José Antonio Pagola

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“Tiene que ser elevado el Hijo del hombre”. Domingo 14 de septiembre de 2025. Exaltación de la Santa Cruz 24ª semana de tiempo ordinario

domingo, 14 de septiembre de 2025
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Leído en Koinonia:

Números 21,4b-9: Miraban a la serpiente de bronce y quedaban curados.
Salmo responsorial: 77: No olvidéis las acciones del Señor.
Filipenses 2,6-11: Se rebajó, por eso Dios lo levantó sobre todo.
Juan 3,13-17: Tiene que ser elevado el Hijo del hombre.

En el diálogo entre Jesús y Nicodemo, en el fragmento del evangelio de Juan que hoy leemos, encontramos una alusión al relato de la serpiente de bronce elevada por Moisés en el desierto (Núm 21,8s) y que el evangelista retoma para compararlo con la manera como el Hijo del Hombre fue levantado en la cruz. La palabra “levantar” es usada en dos sentidos: la elevación en la cruz y la elevación a la diestra del Padre. La tradición cristiana la ha traducido por «exaltación”. Juan, en su teología, ve en la crucifixión el momento culminante de la vida de Jesús, la «hora” de su glorificación. La “exaltación” sería el tránsito de Jesús del mundo al Padre, la Pascua salvadora en la que Jesús es glorificado. Éste sería el sentido en el que celebramos hoy la exaltación de Jesús, más que de la cruz. La cruz no la exaltamos. La cruz un signo del gran amor de Jesús para con la humanidad. Sólo en ese sentido podría exaltarse la cruz. Por eso, el evangelio insiste en que Jesús no vino a juzgar, condenar o acabar el mundo, por el contrario, vino a dar testimonio de que el amor es el camino seguro que conduce a la resurrección.

Jesús no amó la cruz, sino que quiso evitarla. Lo cual no fue una «debilidad humana», sino su deber lógico. Porque tampoco podemos ya decir que «el Padre lo envió a la muerte y una muerte de cruz… En Jesús no hay nada de una visión ni masoquista (que ame o valore la cruz por sí misma), ni que la incorpore «al plan de Dios» por voluntad divina, ni una visión expiadora: Jesús sufriendo, muriendo en la cruz para ofrecer a Dios Padre ese sufrimiento violento en nombre de la humanidad, para así «aplacar» al «airado» Eterno Padre, que habría cancelado sus relaciones con la humanidad por causa de un supuesto pecado original cometido por una supuesta «primera pareja» de primates humanos…

Lamentablemente –tenemos que reconocerlo– la cruz es también, no sólo ese signo del amor consecuente y de la coherencia de Jesús con su misión, sino sobre todo el signo central de todo este relato mitológico de pecado original, masa humana condenada, envío desde el cielo de un Mesías redentor, expiación en la cruz, recuperación de la humanidad. Se puede decir, sin temor a exagerar, que durante demasiado tiempo ha fungido como el relato esencial cristiano. Ha sido el mensaje concentrado en que las Iglesias cristianas han hecho coincidir su doctrina, su visión, y su misión. Y es la visión más ampliamente difundida… en nombre de Jesús, que nunca supo de ello ni nunca quiso morir para expiar un pecado original.

Afortunadamente, ello ha sido algo tan extendido masivamente en las Iglesias y tan ingenuamente (mitológicamente) aceptado, que ni siquiera ha sido declarado oficialmente dogma… se dio por supuesto simplemente. De forma que, sencillamente, no es dogma; es –aunque pueda sorprendernos este su status– una tradición, tan antigua y venerable como superable y prescindible. Esto alivia a muchos cristianos que ya no pueden vivir en el mundo mitólógico (ni siquiera siendo conscientes de que se las han con símbolos…: muchas personas de la sociedad de hoy ya no toleran símbolos de determinado tipos mitológicos, ni siquiera sabiendo conscientemente que son mitos; su cultura actual no tolera ya mitologías a la hora de manejar/expresar el sentido de su vida humana: se ha convertido incluso en una cuestión de dignidad, de honor).

Son demasiadas cosas las que están implicadas en esta mitología de la cruz, que no sólo ya no puede ser «exaltada», sino que debe ser «deconstruida». Ya los hemos insinuado, pero merecerían un abordaje detenido, detallado y a fondo: pecado original como pecado mitológico primordial que causa la desgracia de la humanidad (mito común en muchas religiones); la massa damnata o humanidad condenada por el pecado original, de la que san Agustín hablaba y que marcó a la teología por más de un milenio; la interpretación de todos los males como castigo de Dios por «nuestro» pecado original (pérdida de los supuestos dones preternaturales, de la ciencia infusa, de la inmortalidad, del equilibrio psíquico-espiritual, condena a ganar el pan con el sudor de nuestra frente, condena de la mujer a dar a luz con dolor y a estar sometida al varón…); la interpretación de la muerte de Jesús como expiación para aplacar al Padre Eterno; la interpretación esencial del bautismo como instrumento para el perdón del pecado original; el valor expiatorio del dolor asumido (incluso provocado, la mortificación) voluntariamente; el amor a la cruz…

El cristianismo tiene ahí una responsabilidad colectiva por tanto sufrimiento psíquico infligido a tantas generaciones humanas, durante tanto tiempo, aunque haya sido involuntariamente, por un espejismo cultural, no por mala voluntad. No basta dejar de hablar de aquello que ya da vergüenza hablar. Es una obligación de responsabilidad colectiva «agarrar el toro por los cuernos», de frente, reconocidamente, sin callar nada vergonzantemente, y negar explícitamente lo hoy reconocemos que fue un error, y tratar de liberar a tantas personas que aún arrastran en su conciencia, y con frecuencia en las capas subconscientes de su psiqué, la desconfianza ante el mundo, ante la materia, ante la sexualidad, ante el placer y la felicidad. O una visión espiritual masoquista (como aquella de la Imitación de Cristo, de Kempis: «Tanto más santo te harás, cuanta más violencia te hicieres»). Leer más…

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14.9.25. No son los hombres para Dios, sino Dios para los hombres. Santa Cruz (Flp 2, 6-11) Dom 24 TO

domingo, 14 de septiembre de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:


Este motivo c (=no es el hombre para el templo, sino el templo para el hombre, Mc 2, 27) está en el fondo  de la epístola (Flp 2, 6-11)  y del evangelio de este domingo (Jn 3,  3, 13-17), que corresponde a la fiesta litúrgica de la “exaltación” de la Santa Cruz (14.9.25),  la Cruz de Septiembre.

Con este motivo ofrezco un comentario de Flp 2, 6-11, que es quizá el texto más importante de la liturgia y teología cristiana. Éste es el evangelio en estado puro, evangelio de cruces en Gaza, Ucrania y medio mundo, todas ellas Santa Cruz de Dios en Cristo y en los hombres.

| Xabier Pikaza

TEXTO:  FLP  2, 5-11

 a) (Jesucristo), siendo de condición de Dios, no quiso conseguir por fuerza el ser igual a Dios.

  • (a) Se despojó de sí mismo, tomando condición de siervo. Hecho semejante a los hombres, y mostrándose en su forma de ser como los hombres, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz.
  • (b) Por eso Dios lo exaltó en forma suprema concediéndole aquel Nombre que excede a todo nombre, de tal forma que al nombre de Jesús toda rodilla se doble (en cielo, tierra y el abimo)

y toda lengua confiese Jesús Cristo, es el Señor (para gloria de Dios Padre) (Flp 2, 6-11) [1].

LECTURA.  JESUCRISTO, REVELACIÓN DE DIOS

El himno consta de una introducción (A) y dos estrofas (B y C ) ordenadas según la forma tradicional de los textos judíos del tiempo: hay una primera parte de humillación y sufrimiento (b), superada por la intervención de Dios que invierte el sufrimiento y glorifica al humillado c). Hasta aquí todo es normal en el contexto en que se mueve el primitivo cristianismo.

La novedad está en la forma de entender e interpretar los elementos dentro del esquema. A nuestro juicio, sus aspectos más salientes son: identidad del sujeto, carácter voluntario de su gesto, hondura de su humillación, sentido universal y salvador de su glorificación.

 1) El principio de interpretación del texto consiste en identificar el sujeto. ¿Quién es ese Jesucristo que, teniendo condición de Dios, se humilla, despojado de su gloria, hasta morir crucificado? Hay dos interpretaciones principales, una encarnacionista, la otra pascual.

 2) La interpretación encarnacionista es más tardía, aunque después haya tenido carácter casi dominante: empieza con los padres latinos, posteriores a las grandes controversias cristológicas, domina en la escolástica y llega a nuestros días con matices muy variados.

Ella supone que el sujeto del himno, como punto de partida del gran drama redentor, ha sido el mismo Jesús en su carácter de Hijo eterno: Estaba en Dios, tenía realidad originariamente divina, esencia preexistente. Podía haber permanecido en su nivel divino, disfrutando para siempre con el Padre y permitiendo que los hombres destruyeran su existencia mortal en el pecado. Pues bien, en gesto salvador que nos desborda, el Hijo se ha encarnado: abandona su primera condición, deja su gloria y comparte la existencia con los hombres, entregándose por ellos hasta el mismo extremo de la muerte.

Sin duda, esa postura responde a la experiencia de la Iglesia que deriva del conjunto del NT y se precisa en los concilios de Nicea y Calcedonia. El problema está en saber si corresponde a la palabra y al mensaje de Flp 2, 6-11, tal como fue asumido por Pablo. Significativamente, los mejores defensores de esta perspectiva son aquellos eruditos que interpretan el texto en línea gnostizante.

Ellos recuperan el valor de encarnación de Flp 2, 6-11, pero lo entienden de manera mítica y no como lo asume el dogma de la Iglesia. Piensan que no puede tratarse de una encarnación del Hijo eterno en línea trinitaria, pues aún no se encontraba desvelado ese misterio. El que se encarna es una especie de ser mítico, entendido con rasgos de carácter cosmológico: el hombre original divino o el Dios original humano de la gnosis desciende a nuestro mundo, se introduce en la miseria de la tierra y, penetrando hasta el abismo de la muerte, hace posible que los hombres queden liberados de la muerte; de esa forma ha roto las barreras del cosmos que cerraban a los hombres como en cárcel, para conducirles al ámbito de gloria.

Esta es la postura que han seguido muchos protestantes alemanes, sobre todo a partir de E. Kasemann. Llegando hasta el final, y por encima de la diferencia de representaciones (Hijo eterno o figura gnóstica), coinciden defendiendo una exégesis dogmática, que mira el texto desde las doctrinas posteriores de la Iglesia, utilizando para ellos categorías gnósticas. Esa misma coincidencia puede indicar que es conveniente interpretar de otra manera este pasaje.

Preferimos, según eso, la interpretación pascual, como expresión de la entrega  de Jesús  hombre en el gesto de su vida, muerte y resurrección. Esta línea no resulta nueva. Está representada por los más antiguos padres griegos que, menos influidos por motivos de dogmática, han visto en este pasaje la hondura de la ofrenda de Jesús, su entrega como siervo por los hombres.

Ésta es una perspectiva que, fundándose en razones diferentes, em­piezan a seguir algunos de los representantes más significativos de la exégesis católica: el sujeto de Flp 2, 6-11 es el mismo Jesucristo de la historia que, pudiendo haber desplegado su realidad en una esfera de poder-dominio, ha preferido entregarse por los otros como siervo, llegando de esa forma hasta la muerte11•

Esto nos permite precisar el tema. Este himno no  expone la “historia” ser divino en su esencia suprahistórica y eterna (el Cristo-Logos divino de Nicea-Calcedonia), ni la en un posible individuo celestial de rasgos míticos (hijo divino de la gnosis) que un día ha descendido a iluminar la vida de los hombres cautivos.

Este  himno trata de Jesús, mesías concreto de la historia. La vivencia y confesión de los cristianos ya conoce su grandeza: es delegado de Dios, representante de su reino y de su vida sobre el mundo. Por eso ellos plantean el problema: ¿Cómo puede morir si es la presencia de Dios sobre la tierra? ¿cómo puede sufrir si es que no tiene ningún tipo de pecado?

Estas eran las preguntas que ocupaban a la Iglesia. Ella no se hallaba dominada por cuestiones de carácter ontológico. No le preocupaba la posible esencia premundana de Jesús. Su problema más urgente era entender la hondura, la amplitud y contenido de la entrega de Jesús hasta la muerte.  Con esto se ilumina el punto de partida: las notas que definen a Jesús en su existencia sobre el mundo.

Ciertamente es hombre; pero no es hombre cualquiera, dominado por la lucha y la violencia de la tierra. Jesús es es hombre de manera originaria: nace nuevamente del principio de lohumano, desde aquella raíz de la que vino Adán en el principio, es decir, del mismo Dios.

Por eso, el himno le atribuye, con palabras rítmicas solemnes, los valores primigenios de la creación: aquella forma o semejanza de Dios (en mophe theou hyparkhon, Flp 2, 6) que le permiten realizarse en ámbito de gloria. Jesús tiene morphe de Dios en el sentido de grandeza o dignidad: es eikon en el sentido en que lo indican 2 Cor 4, 4; Col 1, 15.

Como hombre originario y nuevo principio de lo humano (nuevo Adán), Jesús es el reflejo de Dios sobre la tierra (cf. Gén 1, 27); por eso pudo haberse agarrado a la grandeza de su propia condición, buscando un tipo de existencia que viniera a reflejarse de manera externa como gloria, en forma de ventaja personal, como dominio por encima de los otros. En esta perspectiva se ha venido a situar el autor de nuestro himno.

Sólo desde aquí se puede entender el carácter voluntario y fundante de su gesto: «no quiso aferrarse a (no quiso conseguir con fuerza) un tipo de ser igual a Dios… Se despojó de sí mismo, se humilló… ».

Dos formas de existencia se han abierto ante Jesús: por un lado puede aprovecharse de su gloria y disfrutar de su grandeza, convirtiendo así su «condición divina» en fuente de egoísmo y de dominio por encima de los otros; por otro lado puede realizar su vida en forma de servicio, compartiendo la existencia con los más nece­sitados, renunciando a su grandeza y ofreciéndose en las manos de un Dios que es pura gracia.

Pues bien, el himno canta de manera simbólica y solemne el misterio de esta gran elección de Jesucristo: como fun­damento de hombre nuevo Jesús toma un camino de solidaridad (se asemeja a los pequeños) y servicio (se entrega como esclavo). De esa forma invierte la elección antigua del pecado de Adán que, preten­diendo hacerse grande, ha destruido la vida de los hombres14.

El himno alude al nuevo surgimiento humano. Según la tradición judeo-apocalíptica, la historia de los hombres se encontraba dominada por dos grandes elecciones [2].

 1) Situado ante la base de la  opción de Jesús, Satán vino a elevarse frente a Dios y, pretendiendo convertirse en ser divino por un gesto de altivez y de dominio, destruyó su propia vida, haciéndose principio de violencia y pecado para todos, incluso los hu­ manos. En ese sentido, Flp 2 debe entenderse desde el trasfondo de las tentaciones de Jesús, tal como han sido formuladas por Mt 4 y Lc c (cf. Mc 1, 12-13).

2) De manera semejante, Adán, que era expresión de Dios e imagen de su propia realidad sobre la tierra, quiso hacer de su grandeza signo de poder y de esa forma vino a convertirse en portador de violencia, esclavo de la muerte sobre el mundo (eso significa que este himno plantea ya el esquema básico de Rom 5, con la oposición entre Adán (el hombre dominado por Satán y Cristo, el hombre libre en amor y diálogo, ante Dios)

 Ese es el trasfondo en que nos pone nuestro texto. No habla de ninguna realidad imaginaria, no comienza por llevarnos al espacio de la pura eternidad ni tampoco hacia los mitos. El himno nos conduce al mismo principio de la historia, allí donde los hombres se descubren condicionados por un tipo de poder que lleva a la violencia y muerte. Por eso, cuando dice que Jesús, teniendo «condición divina», pudo haber optado por un modo de existencia diferente, en gesto de con­ quista, de egoísmo y de dominio por encima de los otros, el himno nos sitúa ante las fuentes del pecado originario.

No es que hubiera una opción normal (Jesús que quiere vivir «como Dios», en actitud dominadora) y otra opción más elevada, que se expresa como abaja­ miento y entrega por los otros. Las opciones resultan contrapuestas: una es mala y otra buena. En el caso, cristianamente imposible, de que el Cristo hubiera interpretado el mesianismo en clave de grandeza egoísta y de dominio, pretendiendo ser como Dios «por fuerza», se hubiera convertido en nueva fuente de pecado, como Adán y el Diablo del principio.

En el centro del himno se expresa la experiencia de las tentaciones: el mismo Diablo es quien indica a Jesús lo que supone ser «de condición divina», «hijo de Dios», en actitud de riqueza material, en gesto de dominio sobre los pueblos, en gloria externa y en milagros (cf. Mt 4, 1-11 par). Estamos en el centro de la paradoja cristiana, en el círculo más hondo del misterio:

(a) Los que intentan convertirse en Dios (Adán, Satán) destruyen su existencia; el que renuncia a dominar como divino (Jesús) funda la existencia verdadera ¿Por qué? Porque en el fondo el Dios que aquellos (Adán, Diablo) pretendían no era Dios sino espe­jismo o proyección de sus propias apetencias de dominio.

(b) Por eso, Jesús, no queriendo ser divino como ellos, ha venido a desvelarse como verdadero ser Divino: muestra el señorío por el gesto de la entrega gratuita de su vida. Desde ese fondo, debemos precisar el tema, concretando así mejor la hondura de la entrega y abajamiento de Jesucristo.

Adán y el Diablo fueron «creadores» de estirpe: suscitaron con su opción un tipo de existencia. No partieron de algo previo; su elección fue la primera y engendró muerte y violencia para sus descendientes (o subordinados). Pues bien, Jesús ha realizado su opción sobre una tierra previamente condenada: ha expresado su entrega sobre un mundo donde estaba dominando la violencia. No ha empezado a crear desde la nada un hombre sin raíces de pecado precedente, como un Adán distinto que quiere suscitar otro linaje, independiente del antiguo. Jesús tampoco  aparece como hombre bueno, pero aislado, frente al campo de violencia de los otros. Jesús ha realizado algo más duro, radical y salvador: Introduce su camino de servicio y gracia donde estaba la violencia de los otros; por eso no ha creado nueva estirpe de la nada sino que ha recreado la que estaba antes caída; de esa forma salva y reconstruye lo que Satán y el Diablo habían destruido.

  Jesús no ha renunciado a una existencia de dominio con el fin de realizarse humanamente, como siervo de Dios y hombre de entrega, sobre un mundo resguardado donde todos se mantienen en un gesto de obediencia y gracia. En contra de eso, Jesús ha comenzado su camino en una tierra dominada por la ley de la violencia. Para hacerse siervo de Dios tiene que hacerse esclavo de los hombres, en gesto que conduce hasta la entrega dura de la vida.

Así lo ha destacado el texto: «hecho a semejanza de los hombres y mostrándose en la forma de ser como los hombres», Jesús ha introducido (encarnado) su humanidad “obediente” a Dios (en diálogo con Dios) en el camino de la antigua humanidad de Adán, que estaba condenada a la violencia.

Jesús empieza a realizar una manera distinta de vida humana, pero no sobre el vacío previo sino en el mismo centro de un camino dominado por la angustia de la muerte y por la lucha más violenta entre los hombres. No habita en un espacio inmunizado; no se guarda de las fuerzas de lo malo cerrándose en un tipo de refugio, desligado, aislado del entorno. Jesús ha decidido suscitar su humanidad (su reino) desde el fondo de este mundo do­ minado por lo malo. La entrega de Jesús se puede precisar por eso en dos rasgos.

 (1) El primero es más bien un presupuesto: Jesús toma  una forma de existencia humana que ya existía; por eso empieza a vivir como los otros, en el modo y forma limitada de los hijos de Adán sobre la tierra.

(2) El segundo aparece destacado de manera más expresa:  Jesús no es hombre en general; se hace humano en condición de «siervo», vaciándose, humillándose, entregando su vida hasta la muerte. Sobre un mundo en que los hombres quieren imponerse por la fuerza, Jesús vive como siervo, es decir, como un esclavo al que maltratan y condenan a la muerte infame de la cruz.

 Vistos de esa forma, el vaciarse (ekenosen; 2, 7) y humillarse (etapeinosen; 2, 8) no presentan dos momentos sucesivos, como serían encarnación y muerte. Ambos aluden al mismo gesto de la entrega de Jesús que, en vez de haber optado por una humanidad dominadora, como la de Adán (comer del árbol) y la de Satán en Mt 4 y Lc 4 (vencer por dinero, tomar el poder, hacerse un ídolo para ser adorado) ha realizado su vida como ofrenda humilde y pobre en amor por los demás, hasta la muerte, asumiendo la suerte de los derrotados de la historia humana.

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Cuatro actitudes ante los pecadores. Domingo 24 Ciclo C

domingo, 14 de septiembre de 2025
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Buscando la moneda perdida

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Por una extraña coincidencia, las tres lecturas de este domingo hablan del perdón a los pecadores y de la alegría que Dios experimenta ante su conversión.

Moisés: intercesión

            Según el libro del Éxodo, Moisés pasó cuarenta días en la cumbre del monte Sinaí hablando con Dios. Demasiado tiempo para el pueblo, que termina pensando que ha muerto. En busca de algo que le ofrezca garantía y seguridad, convence al sacerdote Aarón para que fabrique un becerro de oro. En el Antiguo Oriente, el toro era un símbolo muy adecuado para representar la fuerza y vitalidad de un dios, y por eso los israelitas proclaman: «Este es tu dios, Israel, el que te sacó de Egipto».

            Sin embargo, construir imágenes de Dios es una forma de intentar manipularlo. A la imagen se la puede premiar o castigar; se la puede ungir con perfumes y ofrecer regalos si Dios me concede lo que quiero, o se la puede privar de todo si no me lo concede. Además, la imagen destruye el misterio de Dios reduciéndolo a un objeto visible.

            ¿Cómo reaccionará el Señor ante este pecado? El relato no carece de cierto humor. Dios se muestra indignado, pero no actúa. Al contrario, provoca a Moisés para que interceda por el pueblo. Como un padre que, indignado con su hijo, le dice a su esposa que piensa castigarlo para que ella interceda y le anime a perdonar.

            Las palabras que dirige a Moisés: «se ha pervertido tu pueblo, el que sacaste de Egipto» recuerdan a las que tantas veces dice un marido a su mujer: «tu hijo…», como si no fuera también suyo. Como si Israel no fuera el pueblo de Dios y no hubiera sido él quien lo sacó de Egipto. El tono humorístico, dentro de la tragedia, alcanza su punto culminante cuando Dios le pide permiso a Moisés para terminar con el pueblo: «Déjame, mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo».

            Pero Moisés no se deja tentar por la promesa de ese nuevo gran pueblo. “El que ahora guío ˗le responde a Dios˗ aunque sea pervertido y de dura cerviz, es tupueblo, el que sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta. No me eches a mí la culpa y acuérdate de lo que prometiste a Abrahán, Isaac y Jacob”. Bastan estas pocas palabras para que el Señor se arrepienta de la amenaza.

            Dos grandes enseñanzas en este breve relato: 1) lo fácil que es convencer a Dios para que perdone; 2) el responsable de la comunidad nunca debe rechazarla por más pervertida que pueda parecer; su postura debe ser la de Moisés, recordando lo bueno que hay en ella y defendiéndola.

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:

– «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman:

«Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto.»»

Y el Señor añadió a Moisés:

– «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo.»

Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios:

– «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abraham, Isaac y Jacob, a quienes juraste por ti mismo, diciendo:

«Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre.»»

Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo. 

Los seglares piadosos y los teólogos: rechazo y crítica

«En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: Ése acoge a los pecadores y come con ellos.» 

            La lección de Moisés, intercediendo por los pecadores, no la han aprendido los teólogos de la época (los escribas) ni los seglares piadosos (fariseos). Son partidarios de una separación radical de buenos y malos que excluya cualquier contacto entre ellos. Y, dentro de los malos, los peores son los publicanos, explotadores al servicio de Roma, y los pecadores, gente que no va a la sinagoga el sábado, no ayuna, no reza tres veces al día, no paga el tributo al templo ni los diezmos, no observa las leyes de pureza, etc.

            Pero lo interesante es que escribas y fariseos no se indignan con los pecadores sino con Jesús, porque los acoge y come con ellos.

Jesús: alegría y acogida

            A la murmuración y la crítica de sus adversarios Jesús no responde con un ataque durísimo a su hipocresía sino contando tres parábolas (la oveja perdida, la moneda perdida y los dos hermanos), que insisten las tres en la alegría de Dios por la conversión de un solo pecador. La liturgia permite una lectura breve, limitándose a las de la oveja y la moneda.

            ‒ Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al Regar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: ¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

            Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: ¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido. Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta. 

A pesar de las diferencias, las dos parábolas tienen una estructura y mensaje parecidos. Al protagonista masculino de la primera se añade el femenino de la segunda. Los dos pierden algo (una oveja, una moneda) y realizan un gran esfuerzo para encontrarla. Cuando lo consiguen, convocan a amigos/amigas y vecinos/vecinas para que les den la enhorabuena. Conclusión: la misma alegría habrá en el cielo o entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.

Lo que une a las parábolas con la moraleja es el tema de la alegría. La alegría del pastor, de la mujer, de los amigos y vecinos, amigas y vecinas, asemeja a la que hay en el cielo o entre los ángeles de Dios. Oveja, moneda y pecador se parecen por haberse perdido y ser encontrados.

Pero ese éxito requiere mucho esfuerzo, amor e interés. Entonces, el punto de vista se desplaza de la oveja y la dracma al hombre y la mujer, que, con su actitud, justifican que Jesús busque a publicanos y pecadores y coma con ellos para que se conviertan. Lo que no está justificado es la murmuración de los escribas y fariseos, que contrasta con la alegría del cielo.

La moraleja es algo distinta en las dos parábolas: la segunda omite la comparación con los noventa y nueve justos que no necesitan convertirse. De hecho, ¿hay noventa y nueve justos que no precisen convertirse? Si alguien presumiese de eso, Juan Bautista le respondería que era raza de víbora; Jesús, que si no se convertía, acabaría como los galileos asesinados por Pilato, o los dieciocho a los que mató la torre de Siloé. Por consiguiente, la contraposición entre el pecador que se convierte y los noventa y nueve justos que no necesitan convertirse debemos interpretarla en sentido irónico, con referencia a los escribas y fariseos que siempre presumen de justos.

Aunque la liturgia permite omitir la tercera parábola, es tan importante que recojo el texto con un breve comentario.

También les dijo:

            ‒ Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes.

            No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. 

            Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.”

            Se puso en camino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: «Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. » Pero el padre dijo a sus criados: «Sacad en seguida el mejor traje y vestido; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.» 

            Y empezaron el banquete.

            Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: «Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.» Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: «Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.» El padre le dijo: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.»

La parábola de los dos hermanos (conocida con el título equivocado de “el hijo pródigo”) es la que más encaja con el problema inicial. El hermano menor representa a publicanos y pecadores, el mayor a escribas y fariseos. Quien lee la parábola sin prejuicios, se escandaliza de la conducta del padre, que malcría a su hijo menor mientras se muestra duro y exigente con el mayor. Este escándalo es el mismo que experimentaban los fariseos y escribas con Jesús. Y es el que él quiere que superen pensando en el amor y la alegría que siente Dios como padre que recupera un hijo perdido. El que no vea a Dios como padre, sino como legislador, obsesionado porque se cumplan sus leyes, nunca podrá comprender esta parábola ni la vida y el mensaje de Jesús.

La parábola nos ayuda al mismo tiempo a autoevaluarnos. A veces nos portamos con Dios como el hijo pequeño que se marcha de la casa y sólo vuelve cuando le interesa; otras, en circunstancias familiares difíciles, actuamos como el padre, perdonando y aceptando lo inaceptable; otras, como el hermano mayor, condenamos al que no se comportan adecuadamente y evitamos el contacto con él. Conviene repasar la propia historia desde estos tres puntos de vista y ver cuál predomina.

Dios: compasión

Los textos anteriores enseñan a través de relatos (Éxodo) y parábolas (evangelio), la segunda lectura cuenta la experiencia personal de Pablo. Él, fariseo de pura cepa, termina descubriéndose como «un blasfemo, un perseguidor y un violento». Ha maldecido a Jesús, ha metido en la cárcel a los cristianos, ha querido exterminarlos. «Pero Dios tuvo compasión de mí… Dios derrochó su gracia en mí… Jesús se compadeció de mí». La experiencia de Pablo, en mayor o menor grado, es la de cualquiera de nosotros. Y nuestra reacción debe ser también la suya de servicio y alabanza a Dios.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 12-17

Querido hermano: 

Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio. Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía. El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús. Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Y por eso se compadeció de mi: para que en mí, el primero, mostrara Cristo Jesús toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán vida eterna. Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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14 de septiembre – Exaltación de la Santa Cruz

domingo, 14 de septiembre de 2025
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“Así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.”
(Jn 3,14-15).

Las pocas líneas del evangelio de hoy están llenas de un fuerte contenido teológico: se nos habla del Hijo del hombre levantado, del Hijo único de Dios enviado a salvar el mundo, de creer, de la vida eterna, de subir y bajar del cielo… Todo esto para comprender la cruz.

El recorrido que va desde la muerte por crucifixión de Jesús de Nazaret hasta celebrar hoy una fiesta llamada “exaltación de la Santa Cruz” es un largo camino de reflexión, experiencia e interpretación de los cristianos, sobre todo los primeros seguidores de Jesús.

El evangelio de hoy refleja la interpretación de la cruz que hicieron las comunidades joánicas. Según este texto, Jesús es el único que ha bajado del cielo al mundo enviado por Dios Padre, y ha vuelto a subir al cielo por un camino muy peculiar: por la cruz, que lo levanta de nuevo hacia el cielo, hacia el Padre.

El sentido de la cruz se entiende por la alusión a Moisés. El libro de los Números cuenta que Dios envió serpientes venenosas al pueblo de Israel como castigo por haber hablado contra él mismo y contra Moisés. Luego pidió a Moisés que hiciera una imagen de la serpiente y la colocara en alto. Quien era picado la miraba y así salvaba la vida.

El evangelio de Juan, por lo tanto, nos dice que mirar a Jesús crucificado es acoger la salvación que nos regala Dios. En otras palabras: creer que Jesús es el Hijo de Dios y que ha sido enviado para nuestro bien plenifica nuestra vida. Nos libera de nuestras desconfianzas, miedos y murmuraciones contra Dios y contra las demás.

Mirar a Jesús en la cruz es ver a Dios en el último lugar, el que nuestra existencia cristiana está llamada a atender y cuidar. Incluso a aceptar y hasta a buscar (para nosotras mismas, no para colocar en él a las demás, que es muy diferente). Es el lugar de quienes no son defendidas ni escuchadas, de quienes ven como el resto mira hacia otro lado, quienes acaban abandonadas porque nunca han dejado de buscar la coherencia.

Este lugar es el que elige Jesús para desde él llevarnos a la vida plena, porque es el lugar donde más se puede amar.

Oración

Jesús, ayúdanos a despojarnos como tú, a dejar pasar a las demás, a no aplastar con nuestro afán por ser atendidas. Llévanos al lugar donde se puede amar sin condiciones. Amén.

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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No debemos buscar a Dios, ni Él nos busca.

domingo, 14 de septiembre de 2025
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DOMINGO 24 (C)

Lc 15

Hoy nos dice el evangelio que los “pecadores” se acercaban a Jesús, porque los aceptaba tal como eran. Los fariseos y letrados se acercaban también, pero para espiarle y condenarle. No podían concebir que un representante de Dios pudiera mezclarse con los “malditos”. El Dios de Jesús está en contra del sentir excluyente de los fariseos.

Las parábolas no necesitan explicación alguna, pero exigen implicación. El problema está en que entendemos a Dios como pastor de un rebaño, como dueño de unas monedas o como padre defraudado que espera que el hijo cambie de postura ante Él.

Después de veinte siglos, seguimos teniendo la misma dificultad a la hora de cambiar nuestro concepto de Dios. Dios no nos tiene que buscar porque para Él nadie está perdido. Está siempre identificado con cada uno de nosotros y no puede cambiar esa actitud. Nosotros olvidamos esta realidad y vivimos como si nada tuviéramos con Él.

Sé que tengo la batalla perdida, pero no dejaré de pelear. Llevamos veinte siglos sin aceptar al Dios de Jesús y adorando al dios del AT y de los fariseos. El dios que premia a los buenos y castiga a los malos no es el Dios de Jesús. El Dios que esta esperando a que nosotros nos portemos bien para amarnos, no es el Dios de Jesús. Dios es solo amor.

Olvidamos algunos detalles de las parábolas. La oveja no tiene que hacer nada para que el pastor la encuentre, mucho menos la moneda. Pero el caso del hijo es todavía peor. ¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia y yo aquí me muero de hambre! Lo que le empuja a volver a la casa del padre es un interés rastrero y egoísta.

Seguimos creyendo que nuestras actitudes condicionan la acción de Dios y eso es una barbaridad. En Dios el amor es su esencia (capacidad de identificarnos con Él) y no puede dejar de amar un instante a una de sus criaturas. Si dejara de amar dejaría de ser Dios.

Es ridículo querer comprender a Dios poniendo como ejemplo la bondad de los seres humanos. Jesús no vino a salvar, sino a decirnos que estamos salvados. Un lenguaje sobre Dios que suponga expectativas sobre lo que Dios puede darme o no darme, no tiene sentido. Dios es don absoluto y total desde antes que empezara a existir.

Si somos capaces de entrar en esta comprensión de Dios, cambiará también nuestra idea de “buenos” y “malos”. La actitud de Dios no puede ser diferente para cada uno de nosotros, porque es anterior a lo que cada uno puede o no hacer. El Dios que premia a los buenos y castiga a los malos, es una aberración incompatible con el espíritu de Jesús.

Para nosotros la máxima expresión de misericordia es el perdón. Entender el perdón de Dios, tiene una dificultad casi insuperable, porque nos empeñamos en proyectar sobre Dios nuestra propia manera de perdonar. Nuestro perdón es una reacción a la ofensa que el otro me ha causado. En cambio, el perdón de Dios es anterior al pecado. Es amor.

Pensar que si Dios me ama igual cuando soy bueno que cuando fallo, no merece la pena esforzarse, es ridículo. Nada más contrario a la predicación de Jesús. La misericordia de Dios es gratuita, infinita y eterna, pero tengo que aceptarla. La actitud de Dios debe ser el motor de cambio en mí. Dios no va a cambiar porque yo cambie de actitud con Él.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Lejos de la casa del Padre.

domingo, 14 de septiembre de 2025
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Lc 15, 1-32

«Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde»

El capítulo quince de Lucas expresa de forma sencilla, pero inequívoca, la esencia misma de la buena Noticia. A través de sus tres parábolas, Jesús nos dice que Dios no es el que nos juzga, el que nos aparta de sí por causa de los pecados y nos condena si hemos pecado. Dios es el que nos busca cuando estamos perdidos; el que sale cada tarde al camino a esperar nuestro regreso; el que nos restituye a nuestra condición de Hijos sin que medie ningún mérito para ello.

El protagonista indiscutible de la tercera parábola, la del Hijo pródigo”, es el paterfamilias que da al traste con su dignidad y la mitad de su hacienda porque ha recuperado al sinvergüenza de su hijo que ha vuelto a casa lleno de miseria, pero hoy queremos extraer de este texto universal una enseñanza sobre la naturaleza del pecado.

En primer lugar, el pecado es error. El hijo pequeño se va porque piensa que va a estar mejor lejos de la casa de su padre, pero se equivoca y arruina su vida. Nuestra condición humana se ve atraída por lo que no le conviene y es propensa a engañarse acerca del bien y el mal. Nos apetece lo que no merece la pena; nos fascina lo que nos perjudica. Por eso, nuestra condición de pecadores significa, básicamente, que no sabemos distinguir; que nos sentimos atraídos por cosas que nos parecen buenas, pero que estropean nuestra vida y hacen daño a los demás. Una buena definición de pecado podía ser ésta: Preferir el mal engañados por su apariencia de bien.

Pero no cabe duda de que el pecado tiene también una componente de debilidad, de esclavitud, que, unida al error, nos arrastra a perder la dignidad e incluso la identidad; como le ocurre al hijo de la parábola. Pablo, en su carta a los romanos, se lamenta amargamente de ello: «Realmente, mi proceder no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco. Y, si hago lo que no quiero, en realidad ya no soy yo quien obra, sino el pecado que habita en mí»

«Me esclaviza la ley del pecado», dice Pablo en esa misma carta. El evangelio no nos considera libres sin más, sino esclavos del pecado, y desde esa óptica, el papel de Dios no es el del juez que juzga a personas libres y responsables, sino el del padre que ayuda a sus hijos a que vean mejor y se liberen de sus cadenas.

Finalmente, también podemos concebir el pecado como una pesada carga de la que Dios nos quiere librar. Como decía Ruiz de Galarreta: «Habitualmente hablamos del pecado cometido, pero rara vez del pecado padecido». Jesús nos libera de esa carga proponiéndonos un modo de vida mucho más atractivo que el que nos ofrece el mundo; nos descubre un tesoro escondido que, cuando alguien lo encuentra (porque se ha fiado de él y lo ha buscado), renuncia a todo lo demás, porque todo lo demás deja de tener valor para él.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Cruz y Trinidad

domingo, 14 de septiembre de 2025
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Trinidad del retablo de la Cartuja de Miraflores (Burgos)

El diálogo de Jesús con Nicodemo (Jn 3,13-17) constituye una enseñanza cíclica que va adentrando al lector hacia un núcleo: creer en el Hijo del Hombre. Jesús le propone a Nicodemo ver el reino de Dios. Capta su atención (y la nuestra como lectores) al invitarlo a “nacer de nuevo”. La pregunta de Nicodemo “¿puede un hombre entrar en el seno materno de nuevo?” ha sido causa de muchas interpretaciones: desde la pregunta por la reencarnación hasta diferentes formas de continuidad de la vida. Jesús hace referencia a un nacer del agua y del Espíritu. Y abre con ello una serie de polaridades (humano/espíritu o lo alto y lo terreno, cielo y tierra…) que cuestionan acerca de cómo vincular estos polos aparentemente inconexos. ¿Cómo ser humano y vivir del Espíritu? ¿Cómo vivir en la tierra siendo ciudadanos del cielo? ¿Cómo entrar en el reino?…   Además se habla en términos temporales y espaciales: el que nace del Espíritu no sabe de dónde viene ni a donde va” (v.8). El texto plantea muchas preguntas a un maestro fariseo importante entre los judíos y así va generando cada vez más inquietud.

Las polaridades encontraran una posible relación en los versículos siguientes: Jesús es quien bajó del cielo y puede subir al cielo porque ha venido de allí (v.13). Dios amó al mundo y le dio a su hijo (v.16). Este subir y bajar, este envío, tiene una clara misión que podríamos llamar de integrar a los que creen en este vínculo, en esta distancia entre lo alto y lo terreno, entre el cielo y la tierra. Los creyentes han de dejarse guiar por el Espíritu para ser introducidos en esta relación entre el amor de Dios y la salvación del Hijo.

Desde este texto, la fiesta de la exaltación de la cruz que hoy celebramos solo puede comprenderse como una fiesta de la Trinidad que introduce a quienes creen en sus vínculos recíprocos. Mirar la cruz es mirar la salvación de una manera nueva: trayendo al centro la humanidad que asume y acepta todo lo que la vida le presenta, con sus dolores, rechazos y muerte. Podemos decir que entrar en el reino tiene que ver con nacer y obrar según el Espíritu, percibir la sabiduría del presente y creer en el Hijo del hombre. Mirar la cruz es contemplar a la Trinidad que introduce a su creación en sus vínculos de amor.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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¿Cumplidores, seguidores, buscadores o reconocedores?

domingo, 14 de septiembre de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 14 septiembre 2025

Lc 15, 1-32

El hermano mayor de esta parábola es el prototipo del “cumplidor”. No ha desobedecido ni una sola de las normas de su padre, pero su corazón sigue tan endurecido como el primer día. Por eso estalla de resentimiento cuando cree que no ha recibido el reconocimiento que su comportamiento exigente habría merecido. El cumplidor -que se halla en diferentes grupos, religiosos o no- termina con facilidad en el resentimiento y la amargura, resultando una figura trágica: su exigencia perfeccionista no le ha hecho mejor persona; simplemente, ha engordado y envenenado su ego.

Con frecuencia, la religión cristiana ha promovido personas cumplidoras, por más que, según el evangelio, los “cumplidores” fariseos -imagen también prototípica de la observancia religiosa- fueron objeto de las mayores denuncias por parte de Jesús.

Además de cumplidores, el cristianismo -como toda religión teísta- ha promovido “seguidores”. No es extraño que se les llame “fieles”, y que se insista en la primacía de las creencias como el valor supremo. El problema es que, en la práctica, no se potenciaba que fueran fieles a sí mismos, sino a la autoridad religiosa. Con lo cual, la supuesta fidelidad se transformaba en sometimiento.

Las personas más libres no se conforman con ser seguidoras. Se consideran a sí mismas como buscadoras. A fin de cuentas, vienen a decir, los seguidores se mantienen aferrados a creencias, que no dejan de ser respuestas heredadas y, en ese sentido, verdades prestadas y, en definitiva, conocimientos de segunda mano.

Pero los buscadores no han estado bien vistos en Occidente. Se los tachaba, despectivamente, de “librepensadores” y despertaban recelos entre los fieles y, particularmente, para la autoridad religiosa. Sin embargo, todos los sabios han sido buscadores. Lo cual resulta lógico: cuando alguien tiene un anhelo espiritual genuino, es muy difícil aceptar la prisión de la religión.

Con todo, los buscadores se hallan constantemente acechados por una trampa: percibirse a sí mismos en clave de carencia, pensando que el objeto de su anhelo es algo que se halla fuera o en el futuro. Eso explica que las personas sabias, que empezaron su camino como buscadoras, antes o después, se vieron en la necesidad de abandonarlo, justo en el momento en que comprendieron que, en su profundidad, ya eran aquello que andaban buscando.

En ese momento, los buscadores se convierten en reconocedores, es decir, en seres despiertos, que han comprendido -se les ha revelado- que no hay nada que buscar. Han visto con claridad que la propia búsqueda alimenta y fortalece la idea errónea de carencia, ya que solo busca quien se siente incompleto. En eso consiste el despertar: en ver que quien busca, en realidad se está alejando de lo anhelado; en ver que no se trata de buscar o alcanzar nada, sino, sencillamente, en caer en la cuenta, en reconocer que ya somos lo buscado.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Exaltación de la Santa Cruz. Nicodemo significa: victoria del pueblo. Cristo ha vencido el pecado, la ley y la muerte

domingo, 14 de septiembre de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

08.09.2025

01.- Tres celebraciones de la cruz de Xto

A lo largo del año celebramos tres fiestas de la cruz del Señor:

  1. La fiesta más importante es el Viernes Santo: la pasión y muerte en cruz de JesuCristo.
  2. El 3 de mayo recordamos el día en que Santa Elena encontró en Jerusalén la cruz en la que fue crucificado el Señor Jesús en el 326 d.C.
  3. Hoy, 14 de septiembre, celebramos la exaltación de la santa cruz en la que evocamos la consagración de la basílica del santo sepulcro en Jerusalén. Los ortodoxos denominan a la misma basílica como de la “resurrección” (Anastasis).

02.- Nadie ha subido al cielo, (vv 13).

Nadie humano –excepto JesuCristo- garantiza la salvación. La justificación y el cielo vienen a nosotros. Nosotros no conquistamos el cielo, ni la felicidad. Es Dios quien se acerca a nosotros y nos salva.

Dios se acerca nosotros por JesuCristo y nos salva

La salvación es un don, una gracia, no una conquista humana.

Agradezcamos, que eso significa vivir en gracia, agradezcamos a Dios que nos salva.

03.- La serpiente.

Se trata de un lenguaje mitológico pero significativo: quien elevaba la mirada a la serpiente de Moisés, quedaba curado.

Si Adán y Eva (el ser humano) ante la serpiente del Paraíso hubieran elevado la mirada a Dios en vez de esconderse de Él, la historia de la humanidad habría sido otra.

Pero somos humanos y nuestra libertad es frágil. Pero Dios nos abandonará nunca porque quiere que nos salvemos.

04.- Cuando sea elevado sabréis que yo soy…

El evangelio de San Juan nos habla tres veces de que JesuCristo será elevado. Se trata de la cruz, (Jn 3,14: 8,28; 12,32). Y cuando sea elevado sabréis que Yo soy.

Sabemos, creemos, que el Yo soy de San Juan tiene una gran densidad cristiana (cristológica): Yo soy el agua, Yo soy el pan de vida, Yo soy la luz, Yo soy el buen pastor, Yo soy el camino, Yo soy la resurrección

Este Yo soy es la definición de Dios ya en el AT: Yo soy el que soy le dice Dios a Moisés (Ex 3,14).

S Juan aplica este Yo soy a Jesús. Jesús es Dios.

Mirarán al que traspasaron (Zac 12,10 / Jn 19,37).

Mirar al crucificado es nuestra salvación. Mirar a JesuCristo en la cruz infunde una gran paz y serenidad.

Cuando ´Jesús sea elevado sabréis que Yo soy. En la cruz, -sobre todo en la cruz-, sabremos que Cristo es nuestro salvador.

Por Él estamos justificados.

Sus heridas nos han curado (1Ped 2,24; Is 53, 4-5).

05.- Judas: de la luz a la noche – Nicodemo: de la noche a la luz

Judas y Nicodemo son dos personajes antitéticos.

Judas, que estaba en o con la luz (JesuCristo), sale del cenáculo a las tinieblas, era de noche…

Nicodemo se acerca de noche a la luz y termina siendo discípulo de Jesús.

En el evangelio de Juan aparece seis veces la idea, la realidad de la noche (Jn 3,2; 9,4; 11,10; 13,30; 19,30; 21,3). La noche es la ausencia de Cristo, la ausencia de luz.

Nicodemo significa victoria del pueblo (nike: victoria / demos: pueblo), la victoria de la luz. Cuando en la noche de la vida personal, social, eclesial nos acercamos al crucificado, se hace la luz en nuestra existencia. Nicodemo sale de las tinieblas y llega a la luz.

(Podríamos preguntarnos si estamos en la luz o en la noche, si estamos más en Judas o en Nicodemo).

06.- La cruz es salvación

En el evangelio de S Juan la elevación en la cruz es la glorificación del Señor; por eso Jesús dice: «y yo cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32-33). El Dios de nuestra salvación es un Dios que nos ama hasta el final. Es un Dios que nos quiere y nos salva por medio de JesuCristo

Miremos al que traspasaron

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“Transformar las cruces de nuestra historia presente”, por Consuelo Vélez

domingo, 14 de septiembre de 2025
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De su blog Fe y Vida:

Domingo XXIV de TO 14-09-2025 Exaltación de la Santa Cruz

El valor de la cruz no es por ella misma sino por el amor que surge de ella

Juan opone el mundo a Dios, pero no para desvalorizar lo humano sino como signo del pecado, del anti reino, del separase de Dios

La cruz es fruto de la fidelidad de Jesús a su misión

La cruz de Cristo nos ha dado la vida y nos invita a ser portadores de esta vida que él nos regala, trabajando por transformar todas las cruces de nuestro presente

En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo:

+ «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él»

(Jn 3, 13-17).

Hoy celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, recordando el significado que tiene la cruz para la vida cristiana. Como decía Pablo “nosotros predicamos a un Cristo crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los griegos” (1 Cor 1, 23). Es decir, el misterio de la cruz marcó la historia de Jesús, pero no debemos olvidar que esta es inseparable de su resurrección, porque “si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” (1 Cor 15, 14). Por lo tanto, el valor de la cruz no es por ella misma sino por el amor que surge de ella.

Esto es lo que el evangelio de Juan que hoy consideramos nos muestra. Recordemos que este evangelio es más teológico que los sinópticos, de ahí que su lenguaje sea más conceptual. Juan opone el mundo a Dios, pero no para desvalorizar lo humano sino como signo del pecado, del anti reino, del separase de Dios. Precisamente a ese mundo, Dios le ofrece su Hijo, se lo entrega para que los que no creen, lleguen a creer. La oposición no es entre lo material y lo espiritual sino entre los que tienen fe y los que no la tienen. Dios espera, con su amor ilimitado, llegar a todos aquellos que no creen para darles la vida eterna.

Es muy importante comprender que la cruz es fruto de la fidelidad de Jesús a su misión y, por eso, él sigue anunciando el amor a los últimos, la misericordia con todos, la urgencia de transformar la realidad, comenzando con los más pobres, aunque eso le lleve al conflicto, la persecución y la muerte. Ante ese hecho, Jesús prefiere entregar su vida a renunciar a la coherencia con lo predica. Y, es en esto, en lo que el amor de Dios se manifiesta en plenitud.

El texto de hoy es la conclusión del diálogo de Jesús con Nicodemo donde este le ha preguntado cómo es posible nacer de nuevo y la respuesta de Jesús va por la línea de nacer no de la carne sino del espíritu. Jesús finaliza este diálogo retomando el texto donde Moisés levante la serpiente en el desierto, diciéndole que así será levantado el Hijo del Hombre para que todos tengan vida eterna. En efecto, la cruz de Cristo nos ha dado la vida y nos invita a ser portadores de esta vida que él nos regala, trabajando por transformar todas las cruces de nuestro presente.

(Foto tomada de: https://sopenabilbao.org/tiempo-de-cruces/)

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“El don del Hijo elevado”, por Joseba Kamiruaga Mieza.

domingo, 14 de septiembre de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

El Evangelio pide la purificación de la mirada y el redescubrimiento de la verdad, creyendo en el gran amor con que Dios ha amado al mundo y en el don de su Hijo para la salvación y no para la condenación del mundo mismo. Pero para creer esto es necesario percibir de manera muy personal que somos destinatarios de ese amor.

Ese «mundo» que Dios amó tanto como para dar a su Hijo único, debe entenderse ciertamente como la humanidad entera, pero en él cada uno de nosotros debe saber verse a sí mismo. Y debe poner su nombre en ese mundo: aunque llegara al mundo entero, si ese amor no me alcanza a mí, queda reducido a la impotencia y no me cambia ni me convierte.

Por lo tanto, es necesario saber verse a uno mismo, pero insertado en un «mundo», en la humanidad que es destinataria del amor de Dios, y verse a uno mismo en relación con Dios mismo y con su amor. Por lo tanto, ya no verse a uno mismo como el centro del mundo, sino en el mundo. Y bajo la mirada del Señor.

El pasaje evangélico de la liturgia de hoy se inserta en el discurso de Jesús con Nicodemo, diálogo en el que Jesús desconcierta a Nicodemo diciéndole que es necesario un renacimiento desde lo alto, es decir, desde el Espíritu Santo derramado desde lo alto. La reacción asombrada de Nicodemo – «¿Cómo puede suceder esto?» – encuentra en Jesús una respuesta que nos desconcierta: «Si no creéis cuando os hablo de cosas terrenas, ¿cómo creeréis cuando os hable de cosas celestiales?» (Jn 3,12).

Según el contexto, las «cosas terrenas» consisten precisamente en la dinámica del renacimiento espiritual que debe tener lugar en la vida, aquí en la tierra, en la humanidad de la persona que, gracias a la fe, se abre a la acción del Espíritu Santo.

Mientras que las cosas celestiales son la paradoja de una elevación que coincide con una condena a muerte y de un suplicio, la crucifixión, que es exaltación, glorificación. Esta incredulidad – «¿cómo creeréis si os hablo de cosas del cielo?» – parece hacerse eco de las palabras del profeta en Isaías 53,1: «¿Quién creerá en nuestro anuncio?», que siguen al anuncio de que «el siervo del Señor será exaltado» (Is 52,13).

En el corazón de la fe cristiana hay algo increíble. Y lo increíble se especifica inmediatamente después: la elevación del Hijo del hombre es el acontecimiento que realiza plenamente y cumple el don que el Padre ha hecho a la humanidad: el don del Hijo.

La elevación, en verdad, es también el abajamiento; la subida, la anabasis, es también la katabasis, el descenso, la kenosis. En el cristianismo se produce una remodelación de la verticalidad.

El pasaje evangélico habla del paradójico nacimiento desde lo alto como verdadera iniciación a la vida cristiana (cf. Jn 3,3), y el traductor latino utiliza a veces altum o altitud para traducir el griego báthos, profundo/profundidad.

La cruz como elevación significa que se asciende hacia el punto más bajo de la sociedad y de la religiosidad de la época: la muerte en la cruz es la muerte infame y vergonzosa de los malditos por Dios y de los bandidos de la sociedad.

Pero, sobre todo, detrás del simbolismo de subir y bajar («nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo»: Jn 3,13) está el acontecimiento del don que expresa el amor de Dios. Un amor que, como tal, no pretende en absoluto condenar, sino solo salvar, dar sentido y plenitud. Un amor gratuito, incondicional, pero que puede difundirse y manifestar sus energías en quienes le dan espacio acogiéndolo en sí mismos a través de la fe.

«Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo único». Jesús, como don de Dios, es sacramento y narración del amor de Dios y, en el itinerario de Dios al hombre, el amor del Padre (el Dador) se convierte en amor del Hijo (el Don que se entrega a sí mismo) y se convierte en amor en el hombre (el donatario).

El don que es Jesús es asimétrico, no busca reciprocidad: «Como el Padre me ha amado, así os he amado yo» (Jn 15,9); «Como yo os he amado, así os amad también vosotros unos a otros» (Jn 13,34).

El movimiento de la donación divina no se convierte en un círculo vicioso y cerrado en la bipolaridad infernal «yo-tú, tú-yo», siempre expuesta al riesgo de la violencia y la opresión, sino que permanece abierto a un tercero, cuya subjetividad tiende a hacer florecer y a servir a la vida. Este don se descentra con respecto al Donante y se resuelve en la vida del donatario. El amor que narra este don no es totalitario ni obligatorio, no exige gratitud, sino que respeta la libertad y la vida del hombre.

La salvación, no la condenación, es el fin del envío del Hijo por parte del Padre (cf. Jn 3,17). Esta es la intención paterna de Dios, el sentido de su amor que se expresa en el don del Hijo.

Y este actuar divino es normativo para la Iglesia. Ella también es enviada entre los hombres, no para juzgarlos, mucho menos para condenarlos, sino para ser signo de salvación y para anunciarles lo único salvífico y necesario: la misericordia de Dios. Ante personas que a menudo sienten la vida como una condena, la Iglesia tiene la tarea de anunciar la misericordia divina, de realizar una obra de liberación, de dar sentido, esperanza y vida.

Juan subraya que el don del Hijo tiene como fin dar vida, no muerte, a los hombres (cf. Jn 3,16). Jesús, como don para la vida de los hombres, vivió toda su existencia entregando su vida, y así generó vida, transmitió y suscitó vida. Y toda su vida terrenal fue este don que él renovó continuamente a los hombres para su vida. Y esto culminó en la muerte en la cruz, que Juan llama «exaltación» (3,14).

Como Moisés, obedeciendo el mandato misericordioso de Dios, levantó la serpiente en el desierto para que quien la mirara encontrara la vida y la curación, así la elevación del Hijo del hombre es el cumplimiento de la misericordia divina para la salvación de los creyentes (cf. 3,14-15; Nm 21,4-9). Si en la serpiente levantada el creyente era llevado a reconocer su propio pecado mirando a la cara al simulacro de quien lo había castigado con sus mordiscos, en Jesús levantado el creyente ve la misericordia de Dios que manifiesta un amor unilateral y universalmente salvífico.

Sin embargo, su existencia dedicada a los demás, su vida entregada, no evitó el rechazo que se le opuso. Si la salvación está destinada a todos, solo algunos acceden a la fe y al conocimiento del don de Dios en Jesús. Es decir, ese don puede ser desconocido y rechazado. Pero este rechazo no suprime la cualidad de don que es Jesús, y confirma que está al servicio de la libertad del donatario.

Aquí se revela que el don de Dios —gratuito pero no neutro— se convierte en una llamada a la fe. No es casualidad que la primera mención del amor de Dios en el cuarto evangelio (3,16) vaya acompañada de cinco referencias a la fe (o a la falta de fe) del hombre (3,15.16.18).

Y la distinción entre adhesión y no adhesión se convierte en discernimiento entre la luz y las tinieblas, entre las obras hechas «en Dios» (3,21) y las obras malignas (3,19: hechas en el Maligno). Esta distinción no se sitúa en el plano moral, sino que designa una toma de posición frente al enviado de Dios.

Entonces se comprende que la única obra esencial según el cuarto evangelio es la fe. El debate entre la fe y las obras es resuelto así por Juan: «Esta es la obra de Dios: creer en el que él ha enviado» (Jn 6,29). En este acto de fe está también la curación de nuestra mirada, nuestro paso de la ceguera a la luz.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 14 de septiembre de 2025.

1.- La escuela de la cruz.

2.- La cruz, punto de unión entre Dios y el mundo.

3.- La cruz, el amor que baja el cielo.

4.- La cruz: la epifanía de un amor más grande y hasta el extremo.

5.- El don del Hijo elevado.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Lo que perdemos será redimido, incluso nuestras familias

lunes, 8 de septiembre de 2025
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La reflexión de hoy es de de Mark Guevarra, colaborador de Bondings 2.0.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Vigésimo Tercer Domingo del Tiempo ordinario se pueden encontrar aquí.

La enseñanza de Jesús en el evangelio de hoy es “odiar a nuestro padre y a nuestra madre, a nuestra mujer y a nuestros hijos, a nuestros hermanos y hermanas, e incluso a nuestra propia vida” para ser su discípulo. Esta enseñanza nos toca profundamente. En nuestros tiempos, sería difícil odiar estas relaciones primarias. Y en la antigüedad, odiar al padre era rechazar el sistema patriarcal sobre el que se construyen las familias. Y así, entonces como ahora, esta desafiante enseñanza llega al corazón.

Para quienes hemos declarado ser LGBTQ+ y hemos experimentado el dolor del rechazo de amigos y familiares, el odio hacia nuestros seres queridos puede resultar más fácil. Y además del odio, algunos podemos sentir frustración, traición, dolor o incluso lástima. Entonces, ¿cómo nos dice la enseñanza de Jesús?

La clave de esta enseñanza se encuentra más adelante en el mismo evangelio, en Lucas 18:29-30. Jesús enseña: «De cierto os digo que nadie que haya dejado casa, mujer, hermanos, padres o hijos por el reino de Dios, recibirá mucho más en este mundo, y en el siglo venidero la vida eterna». Nos dice que lo que hemos perdido será redimido. Todo será restaurado, correcto, justo y bueno.

Perder a la familia, lo cual interpreto como un código, perder las estructuras humanas, familiares y cómodas, que brindan al egoísta una seguridad superficial, es difícil. Pero cuando nos alejamos de eso o nos vemos empujados a alejarnos de lo familiar, encontramos gracia. Y permitir que esa gracia nos penetre profundamente puede ser transformador. Me ha ayudado a ser, ver y vivir de manera diferente en el mundo.

Mi antiguo yo, encerrado en el armario, que vivía con ansiedad y miedo, ahora vive con más valentía y confianza. Mi antiguo yo, encerrado en el armario, que usaba máscaras para representar roles, ahora se siente más cómodo y vulnerable para quitárselas.

Pero incluso estos son sólo un paso en el camino de toda la vida para ser un seguidor de Jesucristo. La obra transformadora de la Gracia para refinar mi verdadero ser implica cultivar la compasión conmigo mismo y con los demás, profundizar la comunión con la tierra y con los más pequeños, fortalecer mi seguridad en Dios y en mi identidad divina, y rechazar los falsos ídolos que solo brindan alegría superficial y paz pasajera. Para mí, esto es lo que significa llevar la cruz: no deleitarme en mis emociones, sino reconocer la gracia abundante, incondicional y perdurable de Dios que ya corre por nuestras venas.

Es cierto que la vida después de declararme LGBTQ+ no es todo color de rosa. Aún llevo las cicatrices del miedo, la ansiedad y el rechazo. Además, está el miedo a llegar a fin de mes, las dificultades de las citas, el dolor de la decepción amorosa y el trabajo de autoaceptación y de enseñar a mi mente, corazón y cuerpo a apegarse más firmemente. Pero la buena noticia es que todo será y está siendo redimido.

Para mí, una señal de esta redención es la familia elegida, que me ama y me apoya incondicionalmente. Y junto con ella, está la gran familia queer que abarca el espacio y el tiempo. Nuestra gran y hermosa familia queer es un signo de esperanza. Me muestran que Dios sí devuelve lo que perdí y más. Su acogida, solidaridad, heridas compartidas y vidas audaces de alegría y esperanza son signos del reino de Dios en medio de mí.

Claro, no es una familia perfecta. Hay odio, discriminación e ignorancia, pero también es una obra en progreso con la gracia de Dios. Lo mismo ocurre con toda la iglesia.

Creo que este es el corazón del Año Jubilar de la Esperanza. Todos necesitamos seguir esperando que la gracia de Dios en nuestras vidas nos transforme, transforme nuestras relaciones, nuestros dolores y penas, nuestros rechazos y nuestras formas de ser habituales. Y esta transformación no puede ocurrir solo en nuestras mentes. De hecho, para que la transformación ocurra, necesita estar conectada con nuestros cuerpos. Jesús sabía que la Buena Nueva no solo podía tocar la mente, sino que necesitaba tocar el cuerpo para transformarnos. Creo que por eso la enseñanza actual sobre el odio es tan visceral.

En este Año de la Esperanza, se nos invita a cruzar las Puertas Santas del Jubileo. Es un acto corporal que lleva nuestros cuerpos, agobiados por las emociones, a la gracia y la misericordia de Dios. Sentir que las cargas se alivian físicamente permite que la gracia nos penetre profundamente. Ya sea que lo hagamos en la Basílica de San Pedro en Roma, en nuestras parroquias o incluso en un bosque, debemos poner nuestros cuerpos en contacto con la gracia interior de Dios.

—Mark Guevarra, 7 de septiembre de 2025

Fuente New Ways Ministry

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La madre siempre es memoria para los hijos

lunes, 8 de septiembre de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Natividad de María, madre de JesuCristo.

En el NT, en los evangelios, no hay ninguna alusión al nacimiento de María, madre de Jesús.

María aparece en algunos momentos decisivos: nacimiento de Jesús, las bodas de Caná, (Jn 2). María está presente al pie de la cruz en la muerte de Jesús, (Jn 19). Por lo demás, María queda siempre en un discreto y creyente segundo plano. Se nos dice que María guardaba en su corazón todo lo que veía y vivía en su hijo, Jesús, ¡y lo meditaba! María pensaba y oraba.

No es crear fantasías pensar que María le daría más de cuatro vueltas en su cabeza y en su corazón a las actitudes, gestos y palabras de Jesús: discutiendo con fariseos, con la gente del Templo, acogiendo a enfermos, conviviendo con gente de “mal vivir”. María no entendería ni palabra a la Palabra, por eso meditaba y pensaba las cosas y por eso María llegó a la fe en su hijo. No es extraño que María llegara a conocer, reconocer y creer en su hijo. Se podría decir que María vive discreta y silenciosamente el camino a la fe en su hijo.

Nos lo pensamos y meditamos.

02.- Una madre (una familia) con entereza. (2 Macabeos)

El contexto de la primera lectura (2 Mac) se sitúa hacia el año 100 a.C., es decir, prácticamente en vísperas de JesuCristo.

Israel, el pueblo, estaba llegando a una fe clara en la “vida más allá” de esta vida, poco a poco, ya va tomando cuerpo la fe en la resurrección.

Políticamente Israel se encuentra bajo el dominio seléucida y los Macabeos [1], es decir, los soldados israelitas luchan contra el dominio opresor.

La cuestión de fondo del segundo libro de los Macabeos es que los soldados en el campo de batalla, tienen otra vida en el más allá.

En este marco, esta madre “¿coraje?” sostiene la fe y la esperanza de sus siete hijos que no se postran ante Antíoco Epífanes, ni traicionan sus costumbres, su tradición, su ley. Los siete hijos y la madre mueren por su ideal con la esperanza puesta en el Dios de la vida.

03.- Tres grandes instituciones en crisis.

Si miramos y analizamos nuestra sociología actual, podemos darnos cuenta de que las tres grandes instituciones encargadas de transmitir la tradición, la cultura, la identidad de una fe y de un pueblo, etc., las tres se encuentran en una profunda crisis: la Iglesia, la Familia y la Escuela (mundo de la educación).

La familia.

La madre es como el punto de referencia e identidad, como la memoria y el cordón umbilical en la transmisión de la fe. Pero la familia, en gran medida, se ha venido abajo. No es momento de juzgar ni de culpabilizar nada ni a nadie, pero las cosas son como son y están como están.

La visión de la familia, de la sexualidad, de los hijos es muy distinta a otros tiempos y hacen que la vivencia de la familia sea muy diferente a la de otros tiempos ni lejanos.

Naturalmente que también hoy hay madres y familias que cuidan y transmiten criterios, valores, ideales. Pero la familia, sociológicamente hablando, está como está.

La Iglesia

La Iglesia también va como va. Gracias a Dios, que parece estar cambiando el rumbo de las cosas, aunque en nuestra diócesis sigamos en posiciones ultramontanas, por lo que este sistema eclesiástico transmite poco -más bien nada- de la esperanza de aquella madre de los siete hermanos macabeos y poco o nada de la esperanza de María.

Podríamos pensar que la ultra-ortodoxia no significa que esté en posesión ni de la fe ni de toda la verdad. Los cañonazos doctrinales, causan brechas e incendios, pero no transmiten evangelio ni paz. La “construcción de la ciudad” y el evangelio están en otros esquemas de diálogo, libertad, escucha, hermenéutica, etc.

La escuela

Una universidad que se limite a transmitir conocimientos y no aborde y dé respuesta a los problemas de su tiempo, es un almacén, un hangar de datos o un bachiller a lo bestia, pero no una Universitas.

Pensemos si nuestras ikastolas, colegios, universidades transmiten, lo que aquella madre de los macabeos transmitía a sus hijos: la propia cultura, la fe, aquella madre infundía ánimo y esperanza a sus hijos.

         Tal vez María nos evoque que la vida está compuesta por otros y más importantes elementos de los que habitualmente barajamos hoy en la vida.

04.- María presente en el nacimiento de la Iglesia.

         La madre es siempre la memoria de la familia.

         En la tradición de San Juan, la Iglesia nace al pie de la cruz. Allí están presentes María (la madre) y el Creyente – Discípulo Amado- [2] (hijo).

         Si la Iglesia es algo, es la memoria presente de JesuCristo en esa comunidad que está al pie de la cruz: la madre y todos los “discípulos amados”. La Iglesia no es, -no debe ser- una institución doctrinalmente vociferante, sino la comunidad que al pie de la cruz acoge con la madre (memoria del Hijo) su Espíritu: Jesús inclinando la cabeza, entregó su espíritu, (Jn 19,30), que no es entregar el alma a Dios, sino entregarnos su Espíritu a la Iglesia naciente.

María, la madre -como toda madre- es memoria, referencia hacia el Hijo.

María nos mantiene unidos en familia eclesial.

Ahí tenemos a nuestra madre.

[1] Macabeo significa soldado. El actual equipo de baloncesto de Tel Aviv se llama: Maccabi: soldados.

[2] Discípulos amados somos todos.

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“Ídolos privados”. 23 Tiempo ordinario – C (Lucas 14,25-33)

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Hay algo que resulta escandaloso e insoportable a quien se acerca a Jesús desde el clima de autosuficiencia que se vive en la sociedad moderna. Jesús es radical a la hora de pedir una adhesión a su persona. Su discípulo ha de subordinarlo todo al seguimiento incondicional.

No se trata de un «consejo evangélico» para un grupo de cristianos selectos o una élite de esforzados seguidores. Es la condición indispensable de todo discípulo. Las palabras de Jesús son claras y rotundas. «El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».

Todos sentimos en lo más hondo de nuestro ser el anhelo de libertad. Y, sin embargo, hay una experiencia que se sigue imponiendo generación tras generación: el ser humano parece condenado a ser «esclavo de ídolos». Incapaces de bastarnos a nosotros mismos, nos pasamos la vida buscando algo que responda a nuestras aspiraciones y deseos más fundamentales.

Cada uno buscamos un «dios» para vivir, algo que inconscientemente convertimos en lo esencial de nuestra vida: algo que nos domina y se adueña de nosotros. Buscamos ser libres y autónomos, pero, al parecer, no podemos vivir sin entregarnos a algún «ídolo», que determina nuestra vida entera.

Estos ídolos son muy diversos: dinero, éxito, poder, prestigio, sexo, tranquilidad, felicidad a toda costa… Cada uno sabe el nombre de su «dios privado», al que rinde secretamente su ser. Por eso, cuando en un gesto de «ingenua libertad» hacemos algo «porque nos da la gana», hemos de preguntarnos qué es lo que en aquel momento nos domina y a quién estamos obedeciendo en realidad.

La invitación de Jesús es provocativa. Solo hay un camino para crecer en libertad, y solo lo conocen quienes se atreven a seguir a Jesús incondicionalmente, colaborando con él en el proyecto del Padre: construir un mundo justo y digno para todos.

 

José Antonio Pagola

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“El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”. Domingo 7 de septiembre de 2025. 23º Ordinario

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Leído en Koinonia:

Sabiduría 9, 13-18: ¿Quién comprende lo que Dios quiere?  .
Salmo responsorial: 89: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Filemón 9b-10. 12-17: Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano querido.
Lucas 14, 25-33: El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

Para ser cristiano, en realidad, la Iglesia, habitualmente, exige muy poco. Se bautiza a los niños recién nacidos y apenas se exige nada a sus padres; todo lo más, la asistencia a unas charlas preparatorias del acto del bautismo y un vago compromiso de educar en cristiano al niño según la ley de Dios y los mandamientos de la Iglesia. Sin embargo, esto no era así al principio. Para ser discípulo, Jesús ponía unas duras condiciones, que llevaban a quien quería serlo a pensárselo seriamente. Pocos seríamos cristianos, si para ello tuviéramos que cumplir las tres condiciones que, llegado el caso, Jesús exige a sus discípulos. Y decimos “llegado el caso”, porque estas tres formulaciones del evangelio de hoy que vamos a comentar son “formulaciones extremas”; representan la meta utópica que no debemos perder de vista, y debemos estar dispuestos a alcanzarla en el seguimiento de Jesús.

Por la primera (“si uno quiere venirse conmigo y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío”), el discípulo debe estar dispuesto a subordinarlo todo a la adhesión al maestro. Si en el propósito de instaurar el reinado de Dios, evangelio y familia entran en conflicto, de modo que ésta impida la implantación de aquél, la adhesión a Jesús tiene la preferencia. Jesús y su plan de crear una sociedad alternativa al sistema mundano están por encima de los lazos de familia.

Por la segunda (“quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío”), no se trata de hacer sacrificios o mortificarse, como se decía antes, sino de aceptar y asumir que la adhesión a Jesús conlleva frecuentemente la persecución por parte de la sociedad, persecución que hay que aceptar y sobrellevar conscientemente como consecuencia del seguimiento. Por eso es necesario no precipitarse, no sea que prometamos hacer más de lo que podemos cumplir. El ejemplo de la construcción de la torre que exige hacer una buena planificación para calcular los materiales de que disponemos, o del rey que planea la batalla precipitadamente, sin sentarse a estudiar sus posibilidades frente al enemigo, es suficientemente ilustrativo.

La tercera condición (“todo aquel de ustedes que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío”) nos parece excesiva. Por si fuera poco dar la preferencia absoluta al plan de Jesús y estar dispuesto a sufrir persecución por ello, Jesús exige algo que parece esta por encima de nuestras fuerzas: renunciar a todo lo que se tiene. Se trata, sin duda, de una formulación extrema, paradigmática, que hay que entender. El discípulo debe estar dispuesto incluso a renunciar a todo lo que tiene, si esto es obstáculo para poner fin a una sociedad injusta en la que unos acaparan en sus manos los bienes de la tierra que otros necesitan para sobrevivir. El otro tiene siempre la preferencia. Lo propio deja de ser de uno, cuando alguien lo necesita para vivir. Sólo desde el desprendimiento se puede hablar de justicia, sólo desde la pobreza se puede luchar contra ella. Sólo desde ahí se puede construir la nueva sociedad, el Reino de Dios, erradicando la injusticia de la tierra.

Para quienes quitamos con frecuencia aguijón al evangelio y nos gustaría que las palabras y actitudes de Jesús fuesen menos radicales, leer este texto resulta duro, pues el Maestro nazareno es tremendamente exigente.

No en vano el libro de la Sabiduría formula hoy a modo de interrogante la dificultad que tiene conocer el designio de Dios y comprender lo que Dios quiere. Será necesario para ello recibir de Dios sabiduría y Espíritu Santo desde el cielo para adecuar nuestra vida a la voluntad de Dios manifestada por Jesús. Necesitamos ir contra corriente y tener la capacidad de renuncia total que pide el evangelio y a la que debemos estar dispuestos, llegado el caso. Pero esto que en el evangelio se nos propone como exigencias radicales de Jesús hoy no es tanto el comienzo del camino, sino la meta a la que debemos aspirar, aquello a lo que debemos tender, si queremos seguir a Jesús. Tal vez no lleguemos nunca a vivir con esa radicalidad las exigencias de Jesús, pero no debemos renunciar a ello, por más que nos encontremos a años luz de esa utopía.

Si se hiciera realidad en la humanidad esta condición básica que Jesús pide para su seguimiento, se resolvería también el problema de la crisis ecológica, que en definitiva está producido por el maltrato, la explotación, la depredación a los que el sistema económico y de producción mundializado somete a la naturaleza, igual que a muchedumbres pobres asalariadas. El bien que persigue el Reino de Dios (ubi bonum, ibi Regnum) no es sólo para el mundo humano, sino para todo el mundo, para el planeta y toda la comunidad de la vida que en él ha surgido…

En su Carta a Filemón, Pablo nos brinda una consecuencia concreta del seguimiento, y las necesarias renuncias a los propios bienes. Por haber abrazado la propuesta del evangelio, Onésimo ha dejado de ser un esclavo para ser un hermano de Filemón. Mediando la caridad y la buena voluntad de éste, quizá también se convierta en colaborador del apóstol que se encuentra encarcelado. Este ejemplo ilustra también lo que indica el libro de la Sabiduría de acuerdo al dicho popular que reza: “Dios escribe derecho en renglones torcidos”. No es tarde para sentarnos a reflexionar sobre las cosas más importantes de nuestra vida… Sea para confirmar las opciones realizadas, sea para reconocer con humildad que nos hemos equivocado. Si meditamos las palabras del evangelio… ¿qué diría nuestro corazón? Leer más…

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7.9.25 Renunciar a todo. Ser Rey sin torre ni soldados (Lc 14, 28-33) DOM 23

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Si un rey quiere declarar una guerra, si un rico quiere construir una torre han de empezar calculando los costes de la empresa, en clave de soldados y dinero. Pues bien, de un modo abrupto, rompiendo esa lógica, de tipo utilitario, Jesús afirma que, para ser discípulo suyo, en camino de Reino hay que renunciar a todos los bienes (cf. motivo de Lc 12, 33 y 18, 22). 

| X. Pikaza

Dinero y torre, ejército y guerra (Lc 14, 28-33)

 Éste es uno de los pasajes más significativos de la enseñanza de Jesús, centrado en el signo de la torre, que puede ser símbolo del templo de Jerusalén, y de un ejército como el de Roma o el del mismo rey Herodes el grande, vasallo de Roma, pero dueño también de un inmenso ejército.

Una torre se construye con dinero, y así acababa de ser reconstruida con la torre/templo de Jerusalén,  inmensa fortuna de Herodes eel Grande, el más famoso constructor de torres del oriente romano antiguo. Para construir una torre/templo como aquella hacía falta muchísimo dinero.

Un ejército para ganar guerras se forma con soldados, lo que exige también muchísimo dinero para alistarlos, formarlos, alimentarlos y dotarlos con armas pertinentes para ganar guerras. Jesús alude aquí, posiblemente al ejército de Herodes el Grande o quizá al del Rey/Emperador de Roma. No era fácil tener un ejército como el suyo, pero el emperador lo pagaba, lo entrenaba, lo tenía y ganaba así caso todas las guerras.

Pero Jesús no quiere construir una torre como la del templo de Jerusalén, ni tener un ejército como el Herodes o de Roma. Quiere algo mucho mayor, quiere el Reino de Dios… ¿Cómo lo conseguirá? ¿Cuánto dinero necesitará? Pues bien, cuando esperamos una respuesta hiperbólica. Millones de millones de dinero, cientos de miles de soldados…Jesús responde: ¡No necesito nada! No neceito tener, sino “no tener”. Tengo que desprenderme de todo y así, sin tener nada propio, para mí, sino dándole todo, podré abrir un camino de reino.

Lc 14, 25-33. Parábola de la torre,  ejercito y «reino»

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

Así, ¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

¿Quién de vosotros, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: Este comenzó a edificar y no pudo terminar. O ¿qué rey, si sale para combatir contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra él con 20.000? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz.

Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío (Lc 14, 28-33) [1].

 Comentario textual

La cuestión de fondo está en el paso de las dos primeras comparaciones, que son como premisas, en línea de cálculo económico-militar, a la tercera, que es la conclusión.

El oyente o lector está esperando también en el tercer momento un tipo de “crescendo” en la línea de los anteriores (más dinero, más soldados…), pues seguir a Jesús es más costoso y arriesgado que edificar una torre o ganar una guerra, que son sin duda empresas de gran coste; más costoso debería ser por tanto el seguimiento de Jesús, de modo que cada uno tendría qua calcular muy bien los bienes o medios que tiene para decidirse a favor de Jesús (de su Reino). Pero, de un modo sorprendente, rompiendo la lógica anterior, la tercera frase afirma que el seguimiento de Jesús no implica monetaria ni socialmente ningún coste, sino todo lo contrario: Abandonarlo todo,dejar los bienes (los medios económico-militares) y los honores, pues sólo así se puede seguir a Jesús.

El primer contraste lo ofrece el dinero de la torre, que puede entenderse como castillo de defensa o como ciudad amurallada frente a todos los peligros (pyrgos, Gen 11, 4: la torre de Babel). Quien pretenda construirla ha de sentarse y calcular los gastos… En cierto sentido, todos nosotros seguimos siendo constructores de torres, como sabe el relato de Babel. Cada uno la suya, todos juntos la gran torre de la cultura mundial capitalista, que sólo se puede edificar con muchísimo dinero. ¿Tenemos suficiente para edificarla?

El segundo es de tipo militar, y está representado por un rey que para ganar una guerra y ensanchar su imperio ha de sentarse y calcular si tiene soldados y medios suficientes para culminarla. Entre esos “reyes” estaban entonces los tetrarcas como el de Galilea (Herodes, Antipas) o el emperador de Roma (Augusto, Tiberio), siempre dispuestos a ensanchar su territorio,  siempre con dinero y con soldados.

‒ Pero, en tercer lugar, tras decir “de ese manera (houtôs)”, Jesús rompe el esquema y dice: El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío. Los dos signos anteriores llevaban a pensar que  él iba a pedir un tercer gesto aún más activo que los anteriores. Una torre sólo pueden construirla hombres muy ricos.

Una guerra sólo pueden ganarla reyes o caudillos militares también ricos. Pues bien, en contra de eso, en este último caso, Jesús supera y rompe el plano de esas exigencias (dinero, soldados…), e invierte el proceso (la relación lógica entre causas y efectos), pidiendo a sus seguidores que renuncien a todos los bienes (a todo lo que tienen, con su mismo honor personal o de grupo) para así seguirle.

 Del plano de los ricos (hacedores de torres) y los reyes (promotores de guerras) Jesús nos lleva al plano de la vida concreta, de todos: El Reino de Dios no es cuestión de ricos o de reyes, ni de personas de honor, sino de los que son capaces de desprenderse de todo.

Este cambio de plano respecto de los modelos anteriores marca la novedad de su proyecto. Todos los principios precedentes cesan, tanto en un plano militar como económico. No se trata de construir una torre, ni de ganar una guerra, sino de vivir plenamente en gratuidad, superando un tipo de poder y de tener (construir torres y ganar batallas para descubrir la gratuidad de la vida, en línea de comunión humana, desde los más pobres, superando una carrera de méritos, honores o riquezas.

Jesús no pone ninguna condición (riqueza o poder, honor, conocimiento o nobleza…), sino una: Renunciar a todos las posesiones (pasin tois yparkhousin), a todas las cosas (propiedades), todos los honores que uno tiene y que le tienen. No hay que hacer ni poseer nada especial, sino vivir en gratuidad, recibiendo gratuitamente el Reino [2].

Enseñanza para la iglesia del siglo XXI. Renuncia a todas las torres

   Para proponer e iniciar su «guerra de paz», en forma de transformación gratuita de, la vida, Jesús utilizó  un lenguaje fuerte de espada que se planta en la tierra, de fuego que se enciende en amor, a diferencia de Mahoma, que rechazó el mensaje y proyecto de los cristianos, porque Jesús no había vencido a sus “adversarios”, ni había tomado Jerusalén por armas. Jesús empezó diciendo a los hombres y mujeres  especialmente a los más amenazados:

Renuncia a toda posesión, no construyas ninguna torre de defensa, no busques ningún ejército que te defienda, Acéptate como eres,  quiérete a ti mismo y quiere a los demás como te quieres, de forma que ellos vivan en ti y tú en ellos, desde el Dios que es amor (cf. Lev 19, 18; Mc 12, 28-32; Rom 13, 8-9 par). Vive, espera, ama, descubre en tu existencia la gracia del Dios-Amor, amando a los demás como te amas a ti mismo, para que vivas y viváis  en comunión, resucitando  unos en otros.

 De esa forma vincula Jesús los tres  amores (a Dios, a sí mismo y a los otros), insistiendo de un modo especial en los otros. Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mc 12, 31 par, Rom 13, 8-9).Con este proyecto y compromiso subió a Jerusalén para ofrecer la «alternativa» de su gracia, es decir, su evangelio.

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“Anticampaña electoral”. Domingo 23 ciclo C

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El político que comenzase su campaña electoral prometiendo bajar los salarios, subir los impuestos y aumentar el paro, difícilmente despertaría mucho entusiasmo. Si encima añade: “El que me vote, irá a la cárcel”, es probable que se quedase completamente solo. Jesús llevo a cabo una campaña más loca aún. Para ser discípulo suyo exige posponer los amores más grandes (a la familia y a uno mismo), jugarse la fama y la vida, renunciar a todo. Es lógico pensar que Jesús, poniendo esas condiciones, se quedaría sin un solo seguidor. ¿Ocurrió así?

El problema

            El evangelio de hoy comienza hablando de la gran cantidad de gente que sigue a Jesús. La mayoría no son discípulos, sino simples interesados, en busca de un milagro o una enseñanza. Es lógico que alguno desease unirse más estrechamente al grupo de Jesús. Él, adelantándose a cualquier petición en este sentido, se dirige a todos e indica las condiciones.

Primera condición: renuncia a lo más querido

Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. 

            En el Antiguo Testamento, la tribu de Leví era el modelo de servicio radical a Dios. Las Bendiciones de Moisés comentan a propósito de ella:

Dijo a sus padres: No os hago caso;
a sus hermanos: No os reconozco;
a sus hijos: No os conozco.
Cumplieron tus mandatos
y guardaron tu alianza.

(Deuteronomio 33,9)

            Para los levitas, el cumplimiento de la voluntad de Dios está por encima del amor a padres, hermanos e hijos.

            En línea parecida, pero más radical, formula Jesús su exigencia: para seguirle hay que posponer a su padre y a su madre // a su mujer y a sus hijos // a sus hermanos y a sus hermanas. La familia de la que uno procede (padre y madre), la familia que uno ha creado (mujer e hijos), el entorno familiar (hermanos y hermanas) simbolizan todo el mundo afectivo; colocarlos en segundo plano significa una gran renuncia. Pero Jesús añade un séptimo elemento, el más duro, que no se menciona a propósito de los levitas: hay que posponerse incluso a sí mismo.

Segunda condición: arriesgar la fama y la vida

            Quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mío.

            Esta exigencia ya ha aparecido en el evangelio de Lucas, formulada de manera más radical aún, pero que aclara el sentido: Quien quiera seguirme, niéguese a sí, cargue con su cruz cada día y venga conmigo (9,23).

            La imagen, durísima, equivaldría a decir hoy: “El que quiera seguirme, cargue con su silla eléctrica y venga conmigo”. Con la diferencia de que la silla eléctrica no es transportable, mientras que la cruz la llevaba cada condenado hasta el lugar donde iba a morir.

            El hecho de que se hable de cargar con la cruz cada día demuestra que es algo distinto de estar dispuesto a morir. La muerte en cruz era considerada por los romanos la más cruel e ignominiosa, prevista para graves delitos contra el estado y la sociedad. Por consiguiente, cargar con la cruz cada día expresa la disposición de soportar la deshonra, el odio y desprecio de la sociedad, e incluso la muerte.

Una pausa para reflexionar y desanimar

            Lo dicho basta para desanimar a gran parte del auditorio. Por si alguno no se ha enterado, Jesús propone dos comparaciones que invitan a no tomar decisiones precipitadas con respecto a su seguimiento. «Antes de querer convertirte en discípulo mío, párate a pensarlo. No sea que después fracases y hagas el ridículo.»

¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?  No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

            ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

            Lo mismo vosotros.

Tercera condición: renuncia a los bienes materiales

            El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

            A la renuncia a los grandes afectos, al arriesgar la fama y la vida, Jesús añade en tercer lugar la renuncia a los bienes materiales. Es lo que dice al rico: Vende cuanto tienes, repártelo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme. Este personaje no fue capaz de hacerlo. En cambio, Pedro, Andrés, Santiago y Juan, “dejándolo todo, lo siguieron” (5,11). También Leví, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (5,28).

Nada nuevo bajo el sol

            Las exigencias anteriores parecen terribles. Sin embargo, a quien ha leído con atención el evangelio de Lucas le resultan conocidas. Coinciden con otros casos en los que Jesús habla de las condiciones para seguirlo.

                957Mientras iban de camino, uno le dijo:

            ‒ Te seguiré adonde vayas.

                58Jesús le contestó:

            ‒ Los zorros tienen madrigueras, las aves tienen nidos, pero este Hombre no tiene donde recostar la cabeza.

                59A otro le dijo:

            ‒ Sígueme.

            Le contestó:

            ‒ Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.

                60Le replicó:

            ‒ Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el reinado de Dios.

                61Otro le dijo:

            ‒ Te seguiré, Señor, pero primero déjame despedirme de mi familia.

                62Jesús le replicó:

            ‒ Uno que echa mano al arado y mira atrás no es apto para el reinado de Dios.

¿Exigencias para todos los cristianos?

            En el libro de los Hechos, cuando se cuenta la expansión de la Iglesia, el término “discípulos” no designa ya a un grupo relativamente pequeño que acompaña a Jesús a todas partes sino a los cristianos de Damasco, Jerusalén, Jope, Antioquía, etc. ¿Se aplican a ellos las exigencias anteriores? ¿Son válidas, por tanto, para todos los cristianos actuales?

            El caso que conocemos mejor es el de la tercera exigencia: la renuncia a los bienes materiales. Cuando Ananías y Safira, un matrimonio de Jerusalén, vendieron un campo, se quedaron con parte del dinero y pusieron el resto al servicio de la comunidad, pero fingiendo que lo entregaban todo. San Pedro les dice que no estaban obligados a entregar nada; lo malo era que intentaran engañar. Este ejemplo deja claro que para formar parte de la comunidad cristiana, para ser discípulo, no había que renunciar a todos los bienes materiales. De hecho, en las comunidades fundadas por Pablo, lo que él aconsejaba era compartir los bienes con los necesitados.

            Las dos primeras exigencias, que nos resultan tan duras, posiblemente tuvieron que vivirlas bastante a menudo la mayoría de los cristianos. En una época de frecuentes persecuciones, cuando los cristianos eran ridiculizados e insultados como criminales y enemigos del estado, hacerse discípulo de Jesús suponía en muchos casos la ruptura con los seres más queridos, la pérdida de la fama y la estima social, incluso la muerte. La situación no es muy distinta en bastantes comunidades actuales de África y Asia, prescindiendo del desprestigio que supone en muchos ambientes occidentales el hecho de confesarse cristiano.

El misterio

            Jesús no se quedó sin discípulos. Al contrario, cuanto más difíciles eran las circunstancias, más eran los que querían seguirle. Como escribió Tertuliano, que vivió entre los años 160-220: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”. Lo que desanima de seguir a Jesús no son sus grandes exigencias, sino la comodidad y vulgaridad de quienes lo seguimos.

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