Archivo

Archivo para la categoría ‘Biblia’

“El otro discípulo, el que amaba Jesús”, por Carlos Osma.

Jueves, 2 de abril de 2020

man-solDe su blog Homoprotestantes:

Según el Evangelio de Juan el primer testigo de la resurrección de Jesús fue María Magdalena. Ciertamente el evangelista conocía otros evangelios cuando puso por escrito su relato, sin embargo tiene cierta credibilidad histórica que María Magdalena, junto a otras mujeres, fuese la primera en anunciar que Jesús había resucitado. Eso es lo que dicen los testimonios de fe de las primeras comunidades cristianas, y eso es lo que recoge también el Evangelio de Juan. Aunque no hay que olvidar que el evangelista con una evidente intención teológica, modifica la tradición a la que tenía acceso para hacerla encajar en su teología, y nos dice, que María no fue la primera en entrar al sepulcro donde habían puesto el cuerpo de Jesús, tampoco la primera en creer en la resurrección, ya que al principio pensó que el cuerpo de Jesús había sido robado.

María Magdalena no tenía credibilidad al anunciar que Jesús había resucitado, el testimonio de una o varias mujeres en ese momento no tenía demasiado valor. Pero en testimonios poco creíbles como ella, es donde está basada la fe cristiana. Porque si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe. Y me imagino a muchos hombres religiosos respetables diciendo que no se podía hacer caso de lo que un puñado de mujeres pudieran decir, que la Biblia exigía dos o tres testigos, pero que fueran hombres. Sin embargo, desde una perspectiva de fe parece que a Dios le atrae eso de escoger lo que no puede ser, aunque lo diga la Biblia. Y que tiene preferencia por aquellas personas en las que la religiosidad encuentra poca credibilidad, y en este caso concreto, mucha feminidad.

El Evangelio de Juan muestra más sensibilidad por las mujeres que siguieron o tuvieron algún contacto con Jesús que otros evangelios. Pero nos dice, al contrario que los evangelios sinópticos, que Pedro fue el primero en entrar al sepulcro vacío. Este dato es relevante, porque no debemos perder de vista que aquí se nos está transmitiendo una teología y que los hechos históricos que se relatan están a su servicio. Pedro era una figura muy respetada en el cristianismo donde el Evangelio de Juan surgió, así que no solo María Magdalena, sino cualquier otra persona hubiera cedido el honor a Pedro de entrar el primero al sepulcro. Sin embargo hay que seguir leyendo entre líneas, porque Pedro, aun siendo el primero en entrar al sepulcro, tampoco creyó que Jesús había resucitado, y se volvió a su casa como si nada.

Si exceptuamos el último capítulo del Evangelio de Juan, Pedro por muy hombre y respetado que fuese, no era un discípulo ejemplar. Podemos repasar parte de su historial: en la cena de despedida no quería que Jesús le lavara los pies, en varias ocasiones fue incapaz de entender lo que había detrás de las palabras del maestro, por miedo negó ser un seguidor de Jesús… La verdad es que Pedro por un lado es el personaje en el que todos nos vemos reflejados alguna vez, porque nos cuesta entender el evangelio, y porque nuestras palabras no suelen estar a la altura de nuestras acciones. Pero por otro, si lo vemos como cristianos LGTBIQ, también descubrimos en su personaje a los representantes de ese cristianismo que entra en los sepulcros donde fuimos puestas las víctimas de la LGTBIQfóbia que ellos previamente crucificaron, y son absolutamente incapaces de darse cuenta de que Dios nos ha sacado de allí. Cristianismo que habla de lo que se tiene o no se tiene que hacer y olvida el servicio, que se queda en la letra que mata el alma de las palabras de Jesús, o que lo único que le mueve es el miedo, la cobardía.

La novedad que introduce el Evangelio de Juan, y con la que pretende transmitirnos un mensaje, es un personaje ausente por completo en el resto de evangelios. Me refiero al discípulo al que amaba Jesús, ese que en la última cena tenía su cabeza recostada sobre el pecho de Jesús. Ese que tenía una relación tan íntima con el maestro que incluso Pedro acudía a él para que le preguntará cosas. Y este discípulo que pone tan nerviosos a algunos traductores bíblicos, también fue al sepulcro junto a Pedro para ver qué había ocurrido. No entró primero, le cedió el lugar a Pedro, pero cuando entró tras él “vio y creyó”. Para el evangelista, el discípulo al que amaba Jesús fue el primero en creer en la resurrección, y lo hizo sin entender la Escritura. Interesante la manera en la que el evangelista encaja la tradición de María Magdalena como primera testigo, la autoridad de Pedro para las comunidades receptoras de su obra, y la relevancia del discípulo al que amaba Jesús.

Muchas veces nos puede costar entender la Escritura, sobre todo cuando las lecturas que se realizan de ella nos hacen daño a las personas LGTBIQ. Lecturas que no nacen de la experiencia del amor, sino del legalismo y el temor. Pero el discípulo al que amaba Jesús “vio y creyó” al instante, porque las personas que se sienten próximas a Jesús y se saben amadas por él, rápidamente se dan cuenta de que los sepulcros no son capaces de contener por mucho tiempo a Jesús. Y que, si quieren seguir su ejemplo, es mejor que salgan rápidamente de ellos. Quizás no puedan dar razón de esa convicción con la Escritura, el discípulo que amaba Jesús tampoco lo fue, pero no pareció importarle. Porque las personas que se saben amadas por Jesús, y que han vivido la experiencia de la cruz y el abandono de la persona que amaban, saben que a su amado lo encontrarán siempre fuera, donde está la vida. La fe del discípulo que amaba Jesús no nació de la Escritura, sino de la convicción profunda de sentirse amado. Escritura y amor deberían ir siempre de la mano, pero si tenemos que decantarnos por una de ellas, el amor es la prioridad. Quienes se guían por él, son los primeros en llegar a la fe, son capaces de percibir la vida que otros seguidores del maestro todavía no pueden ni imaginar.

Carlos Osma

Si todavía no lo has leído mi libro “Solo un Jesús marica puede salvarnos”, el libro está disponible en nuevos países, puedes ver el listado actualizado de donde está disponible AQUÍ.

Biblia, Espiritualidad , , , , , , ,

“Una puerta abierta”. 29 de abril de 2020. 5 Cuaresma (A). Juan 11, 1- 45.

Domingo, 29 de marzo de 2020

img_men_1024_2011-4-10_1Estamos demasiado atrapados por el «más acá» para preocuparnos del «más allá». Sometidos a un ritmo de vida que nos aturde y esclaviza, abrumados por una información asfixiante de noticias y acontecimientos diarios, fascinados por mil atractivos que el desarrollo técnico pone en nuestras manos, no parece que necesitemos un horizonte más amplio que «esta vida» en la que nos movemos.

¿Para qué pensar en «otra vida»? ¿No es mejor gastar todas nuestras fuerzas en organizar lo mejor posible nuestra existencia en este mundo? ¿No deberíamos esforzarnos al máximo en vivir esta vida de ahora y callarnos respecto a todo lo demás? ¿No es mejor aceptar la vida con su oscuridad y sus enigmas, y dejar «el más allá» como un misterio del que nada sabemos?

Sin embargo, el hombre contemporáneo, como el de todas las épocas, sabe que en el fondo de su ser está latente siempre la pregunta más seria y difícil de responder: ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Cualquiera que sea nuestra ideología o nuestra fe, el verdadero problema al que estamos enfrentados todos es nuestro futuro. ¿Qué final nos espera?

Peter Berger nos ha recordado con profundo realismo que «toda sociedad humana es, en última instancia, una congregación de hombres frente a la muerte». Por ello, es ante la muerte precisamente donde aparece con más claridad «la verdad» de la civilización contemporánea, que, curiosamente, no sabe qué hacer con ella si no es ocultarla y eludir al máximo su trágico desafío.

Más honrada parece la postura de personas como Eduardo Chillida, que en alguna ocasión se expresó en estos términos: «De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada».

Es aquí donde hemos de situar la postura del creyente, que sabe enfrentarse con realismo y modestia al hecho ineludible de la muerte, pero que lo hace desde una confianza radical en Cristo resucitado. Una confianza que difícilmente puede ser entendida «desde fuera» y que solo puede ser vivida por quien ha escuchado, alguna vez, en el fondo de su ser, las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida». ¿Crees esto?

José Antonio Pagola

Biblia, Espiritualidad , , , , , , , ,

“Yo soy la resurrección y la vida”. Domingo 29 de marzo de 2020. Domingo 5º de Cuaresma.

Domingo, 29 de marzo de 2020

18-CuaresmaA5Leído en Koinonia:

Ez 37,12-14: Les infundiré, mi espíritu, y vivirán
Salmo responsorial 129: Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa
Rom 8,8-11: El espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes
Jn 11,1-45: Yo soy la resurrección y la vida

El pueblo, desterrado en Babilonia (su tumba), es llamado a una existencia totalmente nueva. El Espíritu del Señor se posa sobre su realidad (huesos secos) y les reviste de carne, es decir, de vida. Un pueblo nuevo se pone en pie. Dios puede abrir los sepulcros de Israel y darle una nueva vida. Es una “resurrección” que marca el final del destierro y el regreso de la esperanza al pueblo, con el retorno a su tierra. Este es el mensaje que nos regala hoy la profecía de Ezequiel.

El evangelio nos presenta el último de los signos realizados por Jesús, que insiste en que su finalidad es “manifestar la gloria de Dios”. Por su vida y obras, Jesús revela al Padre, y a ello deben corresponder los discípulos confesando su fe en él. En el relato, esta fe de los discípulos, pasa por un proceso de crecimiento, que se deja ver claramente en los diálogos que tienen los doce y las hermanas con Jesús. El gran gestor de este proceso en los discípulos es Jesús, que por su palabra y su propia fe en el Padre, va conduciéndolos de una fe imperfecta a una fe más sólida. La fe de Jesús es confiada, y lo manifiesta en la oración que dirige al Padre: “Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas”. Jesús sabe que el Padre está con él y no le defraudará, y manifiesta esta confianza aun antes de que suceda el signo.

Las hermanas, en cambio, manifiestan una fe limitada y se lamentan de lo mismo. Partiendo de esta fe deficiente, Jesús les conduce a una fe mayor. Cuando le dice a Marta que su hermano resucitará, ella, según el sentir común, piensa en algo que sucederá al final de los tiempos, pero Jesús le rompe todas sus creencias revelándole que ésta es una experiencia ya presente y actuante en él: “Yo soy la resurrección y la vida”. Le revela además que esta resurrección, está ya presente y actuante en todos aquellos que crean en él: “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre”. Entonces la obliga a dar un paso adelante en su fe: “¿Crees esto?”. Ella asiente positivamente: “Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo”. Al resucitar a Lázaro, Jesús revela que “el don de Dios” desborda los cálculos humanos (se esperaba que lo curara, no que lo resucitara), incluso cuando ya no hay esperanza (“Señor, huele mal, ya lleva cuatro días muerto”), y anticipa el signo por excelencia de la resurrección de Jesús. A todo el que confié en él, “Dios le ayuda” (esto es lo que significa el nombre Lázaro). A todo discípulo que cree en Jesús, le sucede lo que a Lázaro, no hay que esperar al final de los tiempos para resucitar. La fe cristiana es un camino de vida y de esperanza en el que el Espíritu Santo, desde el bautismo, nos identifica con Cristo que nos ha sacado de nuestras tumbas para que vivamos ya ahora como resucitados.

Muchos pueblos de la tierra, en el pasado y en el presente, se han visto forzados a abandonar su tierra, a marchar al exilio. Sus habitantes forman las legiones de desplazados y refugiados que, hoy por hoy, las Naciones Unidas, a través de su Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR), se esfuerzan por atender. Para un desplazado no hay peor desgracia que morir lejos del paisaje familiar, de la tierra nutricia, del suelo patrio. El profeta Ezequiel, en la primera lectura, afronta esta situación viviéndola con su pueblo de Judá, hace 26 siglos: comienzan a morir los ancianos, los enfermos, los más débiles, lejos de Jerusalén, de la tierra que Dios prometiera a los patriarcas, la tierra a la cual Moisés condujera al pueblo, la que conquistara Josué. Al dolor por la muerte de los seres queridos se suma el de verlos morir en suelo extranjero, el de tener que sepultarlos entre extraños.

Pero la voz del profeta se convierte en consuelo de Dios: Él mismo sacará de las tumbas a su pueblo, abrirá sus sepulcros y los hará volver a la amada tierra de Israel. Su pueblo conocerá que Dios es el Señor cuando Él derrame en abundancia su Espíritu sobre los sobrevivientes.

En el Antiguo Testamento no aparece claramente una expectativa de vida eterna, de vida más allá de la muerte. Los israelitas esperaban las bendiciones divinas para este tiempo de la vida terrena: larga vida, numerosa descendencia, habitar en la tierra que Dios donó a su pueblo, riquezas suficientes para vivir holgadamente. Más allá de la muerte sólo quedaba acostarse y «dormir» con los padres, con los antepasados; las almas de los muertos habitaban en el “sheol”, el abismo subterráneo en donde ni si gozaba, ni se sufría.

Sólo en los últimos libros del Antiguo Testamento, por ejemplo en Daniel, en Sabiduría y en Macabeos, encontramos textos que hablan más o menos confusamente de una esperanza de vida más allá de la muerte, de una posibilidad de volver a vivir por voluntad de Dios, de resucitar. Esta esperanza tímida surge en el contexto de la pregunta por la retribución y el ejercicio de la justicia divina: ¿Cuándo premiará Dios al justo, al mártir de la fe, por ejemplo, o castigará al impío perseguidor de su pueblo, si la muerte se los ha llevado? ¿Cuándo realizará Dios plenamente las promesas a favor de su pueblo elegido? Algunas corrientes del judaísmo contemporáneo de Jesús, como el fariseísmo, creían firmemente en la resurrección de los muertos como un acontecimiento escatológico, de los últimos tiempos, un acontecimiento que haría brillar la insobornable justicia de Dios sobre justos y pecadores. Los saduceos por el contrario, se atenían a la doctrina tradicional, les bastaba esta vida de privilegios para los de su casta, y consideraban cumplida la justicia divina en el “status quo” que ellos defendían: el mundo estaba bien como estaba, en manos de los dominadores romanos que respetaban su poder religioso y sacerdotal sobre el pueblo.

La segunda lectura está tomada de la carta de Pablo a los romanos, considerada como su testamento espiritual, redactada con unas categorías antropológicas complicadas, muy alejadas de las nuestras, que nos inducen fácilmente a confusión. El fragmento de hoy está escogido para hacer referencia al tema que hemos escuchado en la 1ª lectura: los cristianos hemos recibido el Espíritu que el Señor prometía en los ya lejanos tiempos del exilio, no estamos ya en la “carne”, es decir -en el lenguaje de Pablo-: no estamos ya en el pecado, en el egoísmo estéril, en la codicia desenfrenada. Estamos en el Espíritu, o sea, en la vida verdadera del amor, el perdón y el servicio, como Cristo, que posee plenamente el Espíritu para dárnoslo sin medida. Y si el Espíritu resucitó a Jesús de entre los muertos, también nos resucitará a nosotros, para que participemos de la vida plena de Dios.

El pasaje evangélico que leemos hoy, la «reviviscencia» de Lázaro, narra el último de los siete “signos” u “obras” que constituyen el armazón del cuarto evangelio. Según Juan, antes de enfrentarse a la muerte Jesús se manifiesta como Señor de la vida, declara solemnemente en público que Él es la resurrección y la vida, que los muertos por la fe en Él revivirán, que los vivos que crean en Él no morirán para siempre….

Bonita la escena, bien construido el relato, tremendas y lapidarias las palabras de Jesús, rico en simbolismo el conjunto… pero difícil el texto para nosotros hoy, cuando nos movemos en una mentalidad tan alejada de la de Juan y su comunidad. A nosotros no nos llaman tanto la atención los milagros de Jesús como sus actitudes y su praxis ordinaria. Preferimos mirarlo en su lado imitable más que en su aspecto simplemente admirable que no podemos imitar. No somos tampoco muy dados a creer fácilmente en la posibilidad de los milagros. Para la mentalidad adulta y crítica de una persona de hoy, una persona de la calle, este texto no es fácil. (Puede ser más fácil para unas religiosas de clausura, o para los niños de la catequesis infantil).

En la muy sofisticada elaboración del evangelio de Juan, éste es el «signo» culminante de Jesús, no sólo por ser mucho más llamativo que los otros (nada menos que una reviviscencia) sino porque está presentado como el que derrama la gota que rompe la paciencia de los enemigos de Jesús, que por este milagro decidirán matar a Jesús. Quizá por eso ha sido elegido para este último domingo antes de la semana santa. Estamos acercándonos al climax del drama de la vida de Jesús, y este hecho de su vida es presentado por Juan como el que provoca el desenlace final.

La causa de la muerte de Jesús fue mucho más que la decisión de unos enemigos temerosos del crecimiento de la popularidad de un Jesús taumaturgo, como aquí lo presenta Juan. Este puede ser un filón de la reflexión de hoy: «Por qué muere Jesús y por qué le matan» (remitimos para ello a un artículo clásico de Ignacio Ellacuría, en http://servicioskoinonia.org/relat/125.htm). El episodio 102 de la famosa serie «Un tal Jesús» (http://radialistas.net/category/un-tal-jesus) también interpreta este pasaje de Juan en relación con la «clandestinidad» a la que Jesús tendría que someterse sin duda en el último período de su vida.

Otro tema puede ser el de la fe o del creer en Jesús, con tal de que no identificar la «fe» en «creer que Jesús puede hacer milagros» o «creer en los milagros de Jesús». La fe es algo mucho más serio y profundo. Podría uno creer en Jesús y creer que el Jesús histórico probablemente no hizo ningún milagro… No podemos plantear la fe como si un «Dios allá arriba» jugase a ver si allá abajo los humanos dan crédito o no a las tradiciones que les cuentan sus mayores referentes a los milagros que hizo un tal Jesús… La fe cristiana tiene que ser algo mucho más serio.

Y un tercer tema, todavía más complejo para nuestra reflexión, puede ser el de la resurrección. Precisamente porque, la de Lázaro no fue una resurrección. Lógicamente, a Lázaro simplemente se le dio una prórroga, una «propina», un suplemento… de esta misma vida. Un «más de lo mismo». Y el Lázaro «resucitado» -como tantas veces se lo mal llamó- tenía que volver a morir. Porque para nosotros «vivir es morir». Cada día que vivimos es un día que morimos, un día menos que nos queda de vida, un día más que hemos gastado de nuestra vida… Pero «resucitar»… es otra cosa.

Aquí habría que subrayar que es bien probable que en la cabeza de la mayor parte de nosotros, la idea de «resurrección» que hay es una idea equivocada, por esta misma razón por la que decimos que Lázaro era «mal llamado resucitado»: porque pensamos, o mejor dicho, «imaginamos» la vida resucitada un poco como «prolongación, suplemento, continuación…» de ésta de ahora. Y no. No es sólo que la diferencia será que «aquella vida no se acaba», o que «no tiene necesidades materiales» porque «allí serán como los ángeles del cielo»… No. Es que se trata realmente de otra cosa. Es un misterio. Nuestra llamada «fe en la resurrección» no es un creer que hay un «segundo piso» al que subimos tras la muerte y que allí «continuaremos viviendo»… Podríamos decir que todas esas «imágenes» no corresponden al «misterio» en el que creemos, y como tales, pueden ser dejadas de lado. También aquí, yo puedo creer en lo que denominamos «resurrección» sin aceptar la interpretación facilona de que Dios nos creó aquí primero para luego llevarnos a un lugar definitivo… Muchos pueblos primitivos han pensado esto, que fue una forma plausible de interpretación de la vida humana en unos determinados contextos culturales de tiempos pasados. Pero hoy, si no queremos seguir anclados en las «creencias» típicas de las religiones de la edad agraria… es necesario hacer un esfuerzo de purificación, y quizá también haga falta aceptar la ascesis de un «no saber/no poder» expresar bien aquello en lo que «creemos»… Leer más…

Biblia, Espiritualidad , , , , , , ,

Dom 5 Cuaresma. 29.3.20 Jn 11, 1-45. Si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano

Domingo, 29 de marzo de 2020

athens_lazarosDel blog de Xabier Pikaza:

Que mueran de virus los que mueran, que no pare el “sistema”

Así dice Marta a Jesús, y añadimosmuchos: Si Jesús estuviera con nosotros no habría muerto mi hermano, no habría coronavirus. Pero  Jesús no ha venido para impedir que muramos, sino para que vivamos en amor, dándonos mutuamente vida, para así abrir sobre el mundo (en nosotros, con nosotros) un camino de fraternidad y resurrección sobre la muerte). El evangelio de este domingo tiene dos centros.

(a) Uno es Jesús, que viene a dar vida, para abrir un camino de resurrección; no impide que muramos (sólo vivimos de verdad muriendo, dando vida), en solidaridad dolorosa, en compromiso a favor de la comunión y resurrección de todos.

(b) El otro es Caifás, sumo sacerdote, que vive de la muerte de los demás, y por eso quiere que Jesús muera (que mueran los que dan vida a todos), para vivir él y sus compañeros del negocio de la muerte (como reyes de un dominio de Abbadón, el exterminador de la Biblia).

Ésto no es retórica vacía. Toda la prensa de hoy debate sobre el tema, especialmente en USA, epicentro de un capitalismo de muerte, donde muchos estados, entre ellos el de Texas (donde tengo un sobrino) donde el Gobernador ha dicho, según noticias fidedignas, que es mejor que mueran algunos de virus, pero que no pare el sistema de la economía. Un perfecto “caifás”, como verá quien siga leyendo.

   Si estuviera aquí Jesús (si viviéramos como él) muchos menos morirían de este virus… y los que murieran (al fin todo) lo harían (lo haríamos) en esperanza de vida, en camino de resurrección.

Texto 1: Jesús viene para dar vida (Jn 1, 1-45, resumido)

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado… Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús: “Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.” Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará…”  

Jesús, [viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban,] sollozó y, muy conmovido, preguntó: “¿Dónde lo habéis enterrado?” Le contestaron: “Señor, ven a verlo.” Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: “¡Cómo lo quería!”…  Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa. Dice Jesús: “Quitad la losa.”   Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: “Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.” Y dicho esto, gritó con voz potente: “Lázaro, sal fuera.” El muerto salió, los pies y las manos atadas con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: “Desatadlo y dejadlo andar.”  

Un comienzo

herencias-cuando-muere-uno-de-los-espososEstamos ante el dolor de Jesús que (en un plano) llora y solloza impotente ante la muerte de su amigo, en un mundo que huele, mundo de asesinos concretos, de mentiras extensas, de llanto y de muerte. Es Hijo de Dios, pero no puede impedir que su amigo muera, porque la muerte pertenece a la ley de la vida. Por eso llora, porque ve al amigo muerto.

Pero le ofrece (a él, a sus hermanas) la esperanza de la resurrección. Lázaro murió de muerte natural y a muchos, en cambio, les matan, de muerte violenta, los diversos tipos de asesinos, traficantes de la muerte, precisamente aquellos que no quieren que Jesús resucite, dé vida a los muertos. … pensando que así pueden obtener ventajas políticas, sociales o de cualquier tipo que sea, ignorando que con la muerte sólo se consigue más muerte.

Parece que Lázaro murió de muerte natural que no podía haberse evitado… Pero muchos mueren por muertes que los hombres podían haber evitado, creando mejores sistemas de salud, en justicia en solidaridad… Jesús no impidió la muerte de Lázaro, pero su forma de vivir, de amar y de morir a favor de los demás puede impedir miles y miles de muertes de todos los días, suscitando redes de solidaridad social, al servicio de la vida.

Esperó tres días antes de venir y Lázaro murió…¿Por qué no vino antes para impedir que Lázaro muriera? Se lo preguntaron las hermanas y lloró. No pudo venir antes, pero lloró. No puede impedir un tipo de muerte en este mundo, pero sufre. También llora aquí, en nuestro día, en los hospitales, en las casas de ancianos que mueren de coronavirus, junto a los enfermos.

¿Por qué no impidió que muriera Lázaro? ¿Por qué impide la muerte del coronavirus? ¿Por qué no detiene la mano de miles de asesinos en el mundo?¿Por qué no detiene al terremoto…?   Y, sobre todo, ¿por qué deja que vivan los que viven del negocio de la muerte,  en un mundo donde el hambre mata mucho más que el coronavirus…?

Nos queda la oración y el llanto y la solidaridad. Una oración que acepta la muerte (porque es condición humana) y que condena a los que trafican con ella, con la guerra y el hambre, con la injusticia y la opresión. Una oración de cercanía, con las hermanos y hermanos de los muertos.

Después debemos ofrecer un gesto de solidaridad a las hermanas y familiares del muerto…  Una solidaridad activa, creadora, al servicio de la justicia y de la solidaridad, del pan para todos en contra de los que viven del negocio de la muerte… como todos aquellos que en este momento ponen primero el triunfo de su economía, de sus negocios, de su política, por encima de la muerte de muchos, por coronavirus o por hambre.

Jesús no hizo un sermón explicando las razones de la muerte de Lázaro. Simplemente lloró. Lázaro ¡Sal fuera! Jesús lloró, pero creía (porque creía) en la resurrección y se esforzó por ella diciendo:  “Sal fuera”. ¡Lázaro sal fuera! Esta palabra hay que decirla desde ahora, con Jesús.

¡Salgamos fuera todos, de manera que no vivamos más de muertes, de manera que no vivamos más aletargados, envueltos en sudarios y vendas, pactando con la violencia y la injusticia, dando cobertura a los que matan.   Tenemos que salir de un mundo en el que, de un modo o de otro, nos hemos acostumbrado a la muerte, de manera que muchos viven (vivimos) de la muerte de los demás.

Salir fuera de la tumba significa vivir para la vida, en justicia y solidaridad. Que los educadores eduquen para la paz, que los políticos gobiernen para la justicia, que los trabajadores trabajen para el bien de todos… que todos podamos vivir para la concordia, condenando la violencia de un modo radical, total…

Aquí se expresa el riesgo de los resucitadores El camino de la resurrección empieza por el llanto, pero lleva a la conversión y a la transformación de las condiciones de vida de este mundo que llevan a la muerte de muchos.

 Éste es un camino en el que intervienen muchos factores, un camino en el que tienen responsabilidad muchas personas, empezando por los políticos, los dueños de la economía, los señores del pensamiento… quizá nosotros mismos, que ponemos nuestros privilegios sociales o personales,de dinero o nación, por encima de la vida de los que mueren de coronavirus o de hambre.

 Este camino de la resurrección es hermoso, pero muy arriesgado. Los que trabajan sin más por la vida, los que sacan a los hombres y mujeres de sus tumbas suelen ser perseguidos, porque hay intereses creados y muchos prefieren que las cosas sigan así. Con una lucidez impresionante, el evangelio de hoy sigue y dice.

Tema 2. Palabra y gesto de Caifás, que vive de la muerte de otros:

 Jn 11, 46. Pero algunos de los que habían visto a Jesús que resucitaba y daba vida a los muertos fueron a los fariseos y les dijeron lo que Jesús había hecho [resucitando a Lázaro]. 47 Entonces los principales sacerdotes y los fariseos reunieron al Sanedrín y decían: –¿Qué hacemos? Pues este hombre hace muchas señales. 48 Si le dejamos seguir así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar y nuestra nación. 49 Entonces uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote en aquel año, les dijo: –Vosotros no sabéis nada; 50 ni consideráis que os conviene que un solo hombre muera por el pueblo, y no que perezca toda la nación (Jn 11, 46-50).

Inferno_Canto_23_verses_117-120Es peligroso optar por la vida y promover la resurrección en este mundo de muerte. Hay muchos (personas e instituciones) que prefieren mantener las cosas así, traficando con la muerte, a pesar de coronavirus. El evangelio supone que los primeros traficantes de la muerte (¡que Lázaro se pudra!) son los dirigentes religiosos y políticos que controlan el poder desde la muerte. Por eso, para impedir que Lázaro resucite y viva y sea testigo de paz, Caifás y su gente-gente proponen matar al “mensajero” de la vida  Porque un hombre como Jesús que promueve la vida ha sido y sigue siendo “peligroso”.

No quiero trazar ninguna condena general a poderosos sin más, como traficantes de muerte, ni acusar a los dirigentes religiosos (a los que acusa este evangelio), ni a los traficantes de la muerte (vendedores de armas, promotores de una economía que mata, pero…). Al contrario, sé que muchos de ellos se esfuerzan por lograr la paz de la vida,  pero esa paz de la vida implica una fuerte conversión, en línea de solidaridad, de comunicación de bienes, de educación para todos, de ciencia para descubrir y promover vacunas etc. etc.

El argumento de Caifás: Que mueran algunos para que vivamos nosotros

En esa línea hay que seguir diciendo que, nunca, nadie, ningún sistema, ninguna política, ningún tipo de ganancia económica deberá aprovecharse de la muerte de los demás para medrar, para mantener nuestra pretendida justicia.  Que nadie se aproveche de la injusticia para justificar ningún tipo de acción opresora, con el argumento de Caifás (¡matemos a Jesús para vivir todos más tranquilos).

La única verdad es la que abre espacio para todos, en justicia y paz, esto es, la verdad de la vida, abierta a la resurrección . El único valor es la vida, cada vida, por encima de la “santa nación” a la que apelaba Caifás (en pacto con el Santo Imperio de Roma)… Por eso, el evangelio sigue comentando que, en un sentido, Caifás tenía razón, tenía razón al servicio de su sistema,  porque hombres como Jesús, que quieren la vida de todos son peligros para un orden que vive y medra del negocio de la muerte de los demás.

 El camino de la vida comienza allí donde se sabe que no se puede matar a ninguno para “mantener la propia seguridad”. La palabra de Jesús: ¡Lázaro, sal fuera, es un principio de esperanza, pero también de compromiso por la justicia en este mundo.

Biblia, Espiritualidad , , , , , , ,

La fe en la vida en tiempos del coronavirus. Domingo 5º de Cuaresma. Ciclo A

Domingo, 29 de marzo de 2020

RESURRECCION_DE_LAZARODel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Decía Miguel de Unamuno: «Con razón, sin razón, o contra ella, lo que pasa es que no me da la gana de morirme». Palabras que estaría dispuesta a firmar la inmensa mayoría de la gente, sobre todo en esta época de pandemia. Y también el cuarto evangelio, aunque a su autor no le obsesiona la muerte sino la vida.

En el prólogo ha presentado a Jesús, Palabra de Dios, como poseedor de la vida. En un discurso programático afirma Jesús, anticipando la resurrección de Lázaro: «Os aseguro que llega la hora, ya ha llegado, en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán» (Juan 5,25). Y el evangelio termina: «Estas cosas quedan escritas para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida por medio de él» (Juan 20,31). Esta obsesión por la vida halla su punto culminante en la resurrección de Lázaro, que se encuentra en la mitad del evangelio (cap. 11 de 21).

De nuestro corresponsal en Jerusalén

Gran conmoción ha despertado la orden promulgada por las autoridades de que quien sepa el paradero de Jesús lo denuncie de inmediato para poder apresarlo. La causa no es la pretendida curación de un ciego de nacimiento realizada en sábado, sino un nuevo milagro que se le atribuye, esta vez más sorprendente: la resurrección de un hombre llamado Lázaro, natural de Betania, a quince estadios de la capital. Según dicen, llevaba ya cuatro días muerto cuando Jesús lo hizo salir del sepulcro y le devolvió la vida. Algo más grande que lo realizado por los profetas Elías y Eliseo. Aunque las opiniones sobre este hecho difieren, los fariseos consideran muy peligroso que se extienda la fama de este individuo, sobre todo estando próxima la fiesta de la Pascua, con el riesgo de manifestaciones contra Roma. Hasta el momento nadie ha denunciado su paradero y muchos creen que se ha ido de Jerusalén.

Cinco facetas de Jesús

El relato de la resurrección de Lázaro es otro ejemplo magnífico de narración, con un final tan seco como inesperado, y distintas facetas de la persona de Jesús.

¿Un mal amigo?

El relato comienza hablando de Lázaro de Betania y de sus dos hermanas. No es un simple conocido de Jesús. Es alguien a quien Jesús «ama», como le recuerdan las hermanas. Sin embargo, su reacción ante la noticia no tiene la empatía de un amigo, sino la reacción, aparentemente fría, de un teólogo: «Esta enfermedad no provocará la muerte, sino la gloria de Dios, la gloria del hijo de Dios». La misma reacción que antes de curar al ciego de nacimiento: «Este no ha nacido ciego por culpa suya o de sus padres, sino para que se manifieste la obra de Dios en él». El evangelista añade de inmediato que no se trata de frialdad. «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». Pero no acude de inmediato a curarlo. Permanece donde está.

Un amigo decidido y arriesgado.

Al cabo de cuatro días decide subir a Jerusalén. Una decisión arriesgada, porque poco antes han intentado apedrearlo. La objeción de los discípulos no le hace cambiar: debe ir despertar a Lázaro. Expresión desconcertante, que le obliga a decir claramente: Lázaro ha muerto. Jesús piensa en resucitarlo, pero Tomás está convencido de lo contrario: no va a resucitar a nadie, sino que va a morir. Pero habla en nombre de todos: «Vamos también nosotros y muramos con él».

Jesús y Marta: el teólogo

Cuando llegan a Betania, Jesús no se dirige directamente a la casa, permanece en las afueras del pueblo. ¿Una más de sus rareza? No. Será allí, lejos de la multitud que ha acudido a dar el pésame, donde podrá entrevistarse a solas con Marta y transmitirle el mensaje fundamental para todos nosotros, y la reacción que debemos tener ante sus palabras. Marta debe de ser la hermana mayor, porque es a ella a quien dan la noticia de la llegada de Jesús.

Marta comienza con un suave reproche («Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano»), pero añade de inmediato la certeza de que cualquier cosa que pida a Dios, Dios se la concederá. ¿En qué piensa Marta? ¿Qué pedirá Jesús a Dios y este le concederá? ¿Qué su hermano vuelva a la vida, como el hijo de la viuda de Sarepta que resucitó Elías, o como el niño de la sunamita que revivió Eliseo?

La respuesta de Jesús («Tu hermano resucitará») no parece satisfacerla. Aunque la idea de la resurrección no estaba muy extendida entre los judíos, Marta forma parte del grupo que cree en la resurrección al final de la historia, como profetizó Daniel. Pero eso no le sirve de consuelo en este momento. Ella no quiere oír hablar de resurrección futura sino de vida presente.

Y eso es lo que le comunica Jesús en el momento clave del relato: «Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre». Jesús es resurrección futura y vida presente para los que creen en él. Los que hayan muerto, vivirán. Los que viven, no morirán para siempre. Algo rebuscado, muy típico del cuarto evangelio, pero que deja claro una cosa: quien ha creído o cree en Jesús tiene la vida futura y la presente aseguradas. Todo depende de la fe. Por eso, termina preguntando a Marta: «¿Crees eso?».

Su respuesta nos sorprende, porque no tiene nada que ver con la pregunta: «Sí, Señor. Yo he creído que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que ha venido al mundo». Esta falta de conexión entre pregunta y respuesta puede esconder un importante mensaje para nosotros. La idea de la resurrección y de la inmortalidad puede provocar dudas incluso en un buen cristiano. Quizá no se atreva a afirmarla con certeza plena. Pero puede confesar, como Marta: «Yo he creído que tú eres el Mesías, el hijo de Dios que ha venido al mundo».

Jesús y María: el amigo profundamente humano

Esta escena representa un fuerte contraste con la anterior. El encuentro de Jesús y María no será a solas. Ella acudirá acompañada de todos los que han ido a darle el pésame, y serán testigos de la reacción de Jesús. María dirige a Jesús el mismo suave reproche de Marta («Si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano»). Pero no añade ninguna petición, ni Jesús le enseña nada. El evangelista se centra en sus sentimientos. Dice que Jesús, al ver llorar a María y a los presentes, «se estremeció» (evnebrimh,sato), «se conmovió» (evta,raxen) y «lloró» (evda,krusen). Sorprende esta atención a los sentimientos de Jesús, porque los evangelios suelen ser muy sobrios en este sentido.

Generalmente se explica como reacción a las tendencias gnósticas que comenzaban a difundirse en la Iglesia antigua, según las cuales Jesús era exclusivamente Dios y no tenía sentimientos humanos. Por eso el cuarto evangelio insiste en que Jesús, con poder absoluto sobre la muerte, es al mismo tiempo auténtico hombre que sufre con el dolor humano. Jesús, al llorar por Lázaro, llora por todos los que no podrá resucitar en esta vida. Al mismo tiempo, les ofrece el consuelo de participar en la vida futura.

Jesús y Lázaro: la gloria del enviado de Dios

Cuando llegan al sepulcro, Marta demuestra que, a pesar de lo que ha dicho, no cree que su hermano vaya a resucitar. Han pasado ya cuatro días, más vale no abrir la tumba. Jesús le insiste: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?».

Cuando se compara este relato con las resurrecciones de la hija de Jairo o del hijo de la viuda de Naín se advierte una interesante diferencia. En esos dos casos, Jesús no reza; no necesita dirigirse al Padre para impetrar su ayuda, como hicieron Elías y Eliseo. En cambio, el cuarto evangelio introduce de forma solemne una oración de Jesús: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas. Pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Esta oración no pretende disminuir el poder de Jesús. Se inserta en la línea del cuarto evangelio, que subraya la estrecha relación de Jesús con el Padre y la idea de que ha sido enviado por él. De hecho, el milagro se produce con una orden tajante suya («¡Lázaro, sal fuera!»).

El relato termina de forma sorprendente. No se cuenta la reacción de las hermanas, el asombro de la gente, la admiración de los discípulos. No vemos a Lázaro liberado de sus vendas, agradeciendo a Jesús su vuelta a la vida. Como si todo fuera un sueño y, al final, solo nos quedara la certeza de que Lázaro resucitó, de que todos resucitaremos un día, aunque ahora no tengamos la alegría de ver y abrazar a los seres queridos.

Nota sobre la fe en la resurrección

La idea de resucitar a otra vida no estaba muy extendida entre los judíos. En algunos salmos y textos proféticos se afirma claramente que, después de la muerte, el individuo baja al Abismo (sheol), donde sobrevive como una sombra, sin relación con Dios ni gozo de ningún tipo. Será en el siglo II a.C., con motivo de las persecuciones religiosas llevadas a cabo por el rey sirio Antíoco IV Epífanes, cuando comience a difundirse la esperanza de una recompensa futura, maravillosa, para quienes han dado su vida por la fe. En esta línea se orientan los fariseos, con la oposición radical de los saduceos (sacerdotes de clase alta). El pueblo, como los discípulos, cuando oyen hablar de la resurrección no entiende nada, y se pregunta qué es eso de resucitar de entre los muertos.

Los cristianos compartirán con los fariseos la certeza de la resurrección. Pero no todos. En la comunidad de Corinto, aunque parezca raro (y san Pablo se admiraba de ello) algunos la negaban. Por eso no extraña que el evangelio de Juan insista en este tema. Aunque lo típico de él no es la simple afirmación de una vida futura, sino el que esa vida la conseguimos gracias a la fe en Jesús. «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre.»

Pero el tema de la vida en el cuarto evangelio requiere una aclaración. La «vida eterna» no se refiere solo a la vida después de la muerte. Es algo que ya se da ahora, en toda su plenitud. Porque, como dice Jesús en su discurso de despedida, «en esto consiste la vida eterna: en conocerte a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesús, el Mesías» (Juan 17,3).

Primera lectura

Ha sido elegida por la estrecha relación entre la promesa de Dios de abrir los sepulcros del pueblo y volver a darle la vida, y Jesús mandando abrir el sepulcro de Lázaro y dándole de nuevo la vida. Ambos relatos terminan con un acto de fe en Dios (Ezequiel) y en Jesús (Juan). Pero conviene recordar que el texto de Ezequiel no se refiere a una resurrección física. El pueblo, desterrado en Babilonia, se considera muerto. Babilonia es su sepulcro, y de esa tumba lo va a sacar Dios para hacer que viva de nuevo en la tierra de Israel.

***

 

Biblia, Espiritualidad , , , , , , ,

Quinto Domingo de Cuaresma, 29 Marzo, 2020

Domingo, 29 de marzo de 2020

B50F7304-2E69-4193-A660-E51092C40379

«Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.
Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba».

(Jn 11, 1- 45)

Estamos ya muy cerca de nuestro destino final que es la Pascua y que es hacia donde nos lleva el camino de la Cuaresma.

Betania está muy cerca de Jerusalén y es ahí donde vivían estos tres hermanos amigos queridos de Jesús.

La Cuaresma esta semana nos conduce hacia un lugar de amistad, de intimidad y de descanso, pero en un momento de incertidumbre, dolor y muerte.

La enfermedad grave deja al descubierto nuestra vulnerabilidad, tanto si la enfermedad la padecemos nosotras mismas como si es alguien cercano quien está enfermo. Y la muerte… la muerte nos adentra en el misterio. La pérdida de alguien muy querido nos quiebra por dentro. Se lleva algo muy íntimo y valioso y en su lugar abunda la tristeza, el llanto.

En Betania hoy se oye murmullo de llanto. Se entremezclan los silencios con los sollozos y las palabras de consuelo. Pasan los días sin Lázaro y la ausencia parece que crece sin medida. En medio del dolor Marta y María reciben a Jesús.

Marta que es la que siempre toma la iniciativa es capaz de confesar a Jesús como Mesías en medio de su dolor. María, deshecha, se echa una vez más a los pies de Jesús con todo su dolor. Y Jesús llora con sus amigas, se conmueve.

Ahora se acercan todos juntos a la tumba de Lázaro. Y ante el asombro y el desconcierto Jesús lo prepara todo para la vida. “Quitad la losa”. Es necesario quitar aquello que nos separa tanto por dentro como por fuera. Hay que quitar la losa que cierra la entrada de la cueva pero también esas losas que cierran nuestra mente y nuestro corazón.

Y así, sin losas, la vida sale. Lázaro sale, pero no puede apenas moverse. “Desatadlo y dejadlo andar.”

Terminamos nuestro recorrido de Cuaresma con un muerto que vuelve a la vida. Con Jesús que nos devuelve la esperanza y nos ayuda a crecer en confianza. Con un amigo que sabe llorar con nosotras.

Oración

Habita, Trinidad Santa, nuestros duelos, acompaña nuestros llantos y haz crecer en medio de nuestro dolor esa fe que tú has puesto en nosotras. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

Biblia, Espiritualidad , , , , , , ,

Ya tengo la verdadera VIDA aquí y ahora.

Domingo, 29 de marzo de 2020

lazaroJn 11,1-45

Lázaro es un personaje simbólico que nos representa en nuestra condición de criaturas limitadas, invitadas a superar los límites. Con la misma palabra “vida”, se hace referencia a conceptos tan diferentes que es difícil interpretarlos bien. De hecho, se puede dar la muerte en una vida fisiológica sana y se puede dar la Vida con una salud deteriorada. No podemos tergiversar el texto hasta hacerle decir lo contrario de lo que quiere decir. Es indispensable que tratemos de dilucidar de qué Vida y de qué muerte estamos hablando.

En el relato de hoy, todo es simbólico. Los tres hermanos representan la nueva comunidad. Jesús está totalmente integrado en el grupo por su amor a cada uno. Unos miembros de la comunidad se preocupan por la salud de otro. La falta de lógica del relato nos obliga a salir de la literalidad. Cuando dice Jesús: “esta enfermedad no acabará en la muerte sino para revelar la gloria de Dios”; y al decir: “Lázaro está dormido: voy a despertarlo”, nos está indicando el verdadero sentido de todo el relato.

Si seguimos preguntando si Lázaro resucitó o no, físicamente, es que seguimos muertos. La alternativa no es, esta vida, solamente aquí abajo u otra vida después, pero continuación de esta. La alternativa es: vida biológica sola, o Vida definitiva durante esta vida y más allá de ella. Que Lázaro resucite para volver a morir unos años después, no soluciona nada. Sería ridículo que ese fuese el objetivo de Jesús. Es realmente sorprendente, que ni los demás evangelistas, ni ningún otro escrito del NT, mencione un hecho tan espectacular como la resurrección de un cuerpo ya podrido.

Jesús no viene a prolongar la vida física, viene a comunicar la Vida de Dios que él mismo posee. Esa Vida anula los efectos catastróficos de la muerte biológica. Es la misma Vida de Dios. Resurrección es un término relativo, supone un estado anterior de vida física. Ante el hecho de la muerte natural, la Vida que sigue, aparece como renovación de la vida que termina. “Yo soy la resurrección” está indicando que es algo presente, no futuro y lejano. No hay que esperar a la muerte para conseguir Vida.

Para que esa Vida pueda llegar al hombre, se requiere la adhesión a Jesús. A esa adhesión responde él con el don del Espíritu-Vida, que nos sitúa más allá de la muerte física. El término “resurrección” expresa solamente su relación con la vida biológica que ya ha terminado. “Quién escucha mi mensaje y da fe al que me mandó, posee Vida definitiva” (5,24). Esto quiere decir que todo aquel que tenga una actitud como la que tuvo Jesús en su vida, participa de esa Vida. Esa Vida es la misma que vive Jesús.

Jesús corrige la concepción tradicional de “resurrección del último día”, que Marta compartía con los fariseos. Para Jn, el último día es el día de la muerte de Jesús, en el cual, con el don del Espíritu, la creación del hombre queda completada. Esta es la fe que Jesús espera de Marta. No se trata de creer que Jesús puede resucitar muertos. Se trata de aceptar la Vida definitiva que Jesús posee y puede comunicar al que se adhiere a él. Hoy seguimos con la fe para el más allá de Marta, que Jesús declara insuficiente.

¿Dónde le habéis puesto? Esta pregunta, hecha antes de llegar al sepulcro, parece insinuar la esperanza de encontrar a Lázaro con Vida. Indica que son ellos los que colocaron a Lázaro en el sepulcro, lugar de muerte sin esperanza. El sepulcro no es el lugar propio de los que han dado su adhesión a Jesús. Al decirles: “Quitad la losa”. Jesús pide a la comunidad que se despoje de su creencia. Los muertos no tienen por qué estar separados de los vivos. Los muertos pueden estar vivos y los vivos, muertos.

Ya huele mal. La trágica realidad de la muerte se impone. Marta sigue pensando que la muerte es el fin. Jesús quiere hacerle ver que no es el fin; pero también que sin  muerte no se puede alcanzar la verdadera Vida. La muerte sólo deja de ser el horizonte último de la vida cuando se asume y se traspasa. “Si el grano de trigo no muere…” Nadie puede quedar dispensado de morir, ni el mismo Jesús. Jesús invita a Nicodemo a nacer de nuevo. Ese nacimiento es imposible sin morir antes a todo lo que creemos ser.

Al quitar la losa, desaparece simbólicamente la frontera entre muertos y vivos. La losa no dejaba entrar ni salir. Era la señal del punto y final de la existencia. La pesada losa de piedra ocultaba la presencia de la Vida más allá de la muerte. Jesús sabe que Lázaro había aceptado la Vida antes de morir, por eso ahora está seguro de que sigue viviendo. Es más, solo ahora posee en plenitud la verdadera Vida. “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”. La Vida es compatible con la muerte.

Es muy importante la oración de Jesús en ese momento clave. Al levantar los ojos a “lo alto” y “dar gracias al Padre”, Jesús se coloca en la esfera divina. Jesús está en comunicación constante con Dios; su Vida es la misma Vida de Dios. No se dice que haya pedido nada. El sentido de la acción de gracias lo envuelve todo. Es consciente de que el Padre se lo ha dado todo, entregándose Él mismo. La acción de gracias se expresa en gestos y palabras, pero en Jesús manifiesta una actitud permanente.

Al gritar: ¡Lázaro, ven fuera! está confirmando que el sepulcro, donde le habían colocado, no era el lugar donde debía estar. Han sido ellos los que le han colocado allí. El creyente no está destinado al sepulcro, porque aunque muere, sigue viviendo. Con su grito, Jesús quiere mostrar a Lázaro vivo. Los destinatarios del grito son ellos, no Lázaro. Ellos tienen que convencerse de que la muerte física no ha interrumpido la Vida. Entendido literalmente, sería absurdo gritar para que el muerto oyera.

Salió el muerto con las piernas y los brazos atados. Las piernas y los brazos atados muestran al hombre incapaz de movimiento y actividad, por lo tanto, sin posibilidad de desarrollar su humanidad (ciego de nacimiento). El ser humano, que no nace a la nueva Vida, permanece atado de pies y manos, imposibilitado para crecer como tal ser humano. Una vez más es imposible entender la frase literalmente. ¿Cómo pudo salir, si tenía los pies atados? Parecía un cadáver, pero estaba vivo.

Lázaro ostenta todos los atributos de la muerte, pero sale él mismo porque está vivo. La comunidad entera tiene que tomar conciencia de su nueva situación, que escapa a toda comprensión racional. Por eso se utiliza la gran metáfora “Desatadlo y dejadlo que se marche”. Son ellos los que lo han atado y ellos son los que deben soltarlo. No devuelve a Lázaro al ámbito de la comunidad, sino que le deja en libertad. También ellos tienen que desatarse del miedo a la muerte que paraliza. Ahora, sabiendo que morir no significa dejar de vivir, podrán entregar su vida con plena libertad como Jesús.

Meditación

El relato nos invita a pasar de la muerte a la Vida.
Se trata de la Vida que no termina, la definitiva.
Es la misma Vida de Dios, comunicada al hombre.
Es la ÚNICA VIDA que lo inunda todo.
No es algo que Dios nos da o deja de darnos.
Es Dios comunicándonos su mismo ser.
Su ser es el fundamento de nuestro verdadero ser.
Jesús nos invita a descubrir y a vivir esa realidad.

 

Para profundizar

Todo discurso sobre Dios es analógico

Entendido literalmente, te llevará al absurdo (piensa en el credo)

“VIDA”, la gran metáfora para tocar al Dios incognoscible

La vida biológica es pálido reflejo de la que a Dios atañe

Confundirlas es arruinar el gigantesco esfuerzo

Con todo, sigue siendo metáfora de aquella Realidad que no abarcamos

La VIDA no es un ser, es movimiento, manifestado en borbotones múltiples

Sin que podamos adivinar su esencia, esa VIDA  nos lanza al infinito

La VIDA (Dios) es total, sin fronteras y puede dar sentido a mi efímera vida

Ni la vida biológica de Jesús ni la de Lázaro merecerían atención alguna

Si no estuviera en juego la otra VIDA

Se trata de la misma VIDA de Dios que es absoluta

A la que ni la muerte puede afectar en nada

El texto quiere decir que estará siempre en el vivo y el muerto

El relato habla de mí, que vivo en la materia,

Para que me esfuerce por descubrir la VIDA,

Creer en Jesús es hacer mía esa VIDA

Y asegurar la eternidad desde este instante.

La palabra “resurrección” nos traicionó en seguida.

Era una metáfora radical y profunda

Y la tomamos en sentido literal biológico.

Así nos alejamos del mensaje pascual

Y nos enfrascamos en la visión carnal del acontecimiento.

Lázaro muerto vive en la auténtica VIDA

Jesús crucificado vive en la VIDA de Dios

Que siempre desplego en su vida caduca.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

Biblia, Espiritualidad , , , , , , ,

Despertar.

Domingo, 29 de marzo de 2020

1209_resurreccion-de-lazaro-958x1064“Pasamos un tercio de nuestras vidas dormidos y puede que sea el tiempo en que nos sentimos más libres” (Amy Adams)

29 de marzo. DOMINGO V DE CUARESMA

Jn 11,1-45

Contestaron los discípulos: Señor, si está dormido sanará

Y aunque yo creo en Dios como los cipreses de Gironella, mi alma, dormida a veces, espera despertarse para ser explorada por mis ojos despiertos y contemplar el evangélico milagro de ver resucitado a Lázaro.

Pues, como afirma el poeta mexicano Elías Nandino: “Cada mañana, al despertar, resucitamos; porque al dormir morimos unas horas en que, libres del cuerpo, recobramos la vida espiritual que antes tuvimos cuando aún no habitábamos la carne que en estos momentos nos define y nos limita, y éramos, sin ser, misterio puro en el ritmo total del Universo”.

Quizás María y Marta, que tanto querían a su hermano, esperaban de Jesús este prodigio. Me quedé toda aquella tarde sentado esperando la salida de Lázaro gritando en hebreo:

תודה, ישו, תודה רבה

Que quiere decir ¡¡Gracias, Jesús, muchas gracias!! pero yo no le vi salir ni escuché nada.

jesus-despertar

El capítulo de la resurrección de Lázaro constituye un significativo relato en la estructura narrativa del evangelio, significando el desencadenamiento de la muerte de Jesús.

Y como dice Schökel, un denso suspense debido a la labor teológica de Juan, dotado de excepcional atracción y belleza, y donde confirma con fuerza las reveladoras palabras de Jesús en Jn 11, 25-26: “Yo soy la resurrección y la vida, y quien vive y cree en mí, no morirá para siempre”.

Nos encontramos ante un territorio inexplorado, en el que reina un relativo desconcierto en el que la flecha, disparada del arco, llega hasta una encrucijada, se detiene, y no sabe por cuál de los cuatro caminos continuar avanzando.

Descendí del arco, y preguntarle a Jesús cuál de los cuatro caminos de aquella dubitativa rotonda era el mejor para alcanzar mi destino; y abriendo el evangelio me señaló un versículo que yo leí muy sorprendido: “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie va al Padre si no es por mí”.

Y acto seguido cerró el libro y yo me quedé dentro con mi arco, mi flecha, mi rotonda, y mi camino elegido.

En la película Her, del director Adam Spiegel, Amy Adams dijo: “Pasamos un tercio de nuestras vidas dormidos y puede que sea el tiempo en que nos sentimos más libres”.

Yo me quedé dormido entre las sábanas del Evangelio de Juan, y mientras soñaba, escribí en mi libro Yo amo el Planeta, este Poema que las sábanas y Juan me susurraron muy suave y despacio para no desertarme y que siguiera escribiendo poemas:

“¡¡Nos ha gustado!!”

Y ya me diréis, amabilísimos lectores, si también o no a vosotros, aunque, como dice Amy Adams pasemos “un tercio de nuestras vidas dormidos”.

Este fue el Poema que escribí mientras soñaba aquella noche, pensando en los habitantes todos del Planeta.

DEDICATORIA

A todos mis amigos los seres del Planeta,
con quienes vivo y muero.

Sois para mí:
tierra fértil que nutre,
naturaleza de inefable hermosura,
amores que besan y que abrazan,
música de todos los colores,
ilusiones del alma,
criaturas que hacen soñar con dioses,
madre que mima y ama,
oraciones con las que rezo,
silencio que lleva a mí mismo,
adioses que me despiden cuando muero.

 Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

Biblia, Espiritualidad , , , , , , ,

Resurrección de Lázaro, signo del poder de Jesús para dar la Vida plena.

Domingo, 29 de marzo de 2020

raising_of_lazarus2

Domingo V de Cuaresma. 29.3.2020.

(Jn 11,1-45)

Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? Hoy Jesús nos pregunta a nosotros ¿Crees tu esto? ¿Vives esto? Para contestar positivamente a estas preguntas hay que realizar un largo recorrido espiritual y una profunda experiencia mística de Dios en nuestras vidas. Porque esto no lo revela la carne sino el Espíritu. Y la respuesta desde el corazón va a ser: Señor yo te creo porque tú has trasformado mi vida, “esto” da sentido a mi existencia y cumple mis anhelos más profundos, pero aumenta mi fe.

Último domingo de cuaresma. Nos preparamos para recorrer el trayecto final de la vida histórica de Jesús. Entramos en la Semana de Pasión. La Palabra de Dios hoy nos habla de muerte, resurrección y Vida. La primera lectura del profeta Ezequiel: “Dice el Señor Dios: Abriré vuestros sepulcros (destierros)… Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis” y Pablo “El que resucitó de entre los muertos a Cristo dará vida a vuestros cuerpos mortales por el mismo espíritu que habita en vosotros”. El evangelio, de Juan, nos presenta a Jesús como “la resurrección y la vida”. En los domingos anteriores, también Juan, nos ha dicho que Jesús es el agua que da vida, es el agua viva que salta hasta la vida eterna (la samaritana) y que es luz que ilumina a todo hombre (ciego de nacimiento). Hoy nos presenta a Jesús como resurrección y Vida.

Para psicodramatizar este aserto, Juan cuenta el relato de la resurrección de Lázaro que leído literalmente es incomprensible. No tiene ninguna lógica. Pero estamos en el evangelio de Juan. Lenguaje simbólico. Habla con signos a los que hay descubrir su significado. Usa algo material para significar algo inmaterial, algo sensible para referirse a algo transcendente. Usa aquí, la palabra vida para significar Vida. Emplea la vida fisiológica como signo de la Vida espiritual, definitiva, la Vida de Dios, del Espíritu. ¡Cuánto nos sirve la ortografía: minúsculas y mayúsculas!

Lázaro, muerto y resucitado, es un símbolo del hombre de manos y pies atados, nosotros (con límites, en finitud, creatura al fin) pero desatados, liberados. Como barro pero “soplado” por el Espíritu de Dios, estamos llamados a vivir la Vida en la vida o la vida en la Vida. Para decir esto, Juan y nosotros, necesitamos usar un relato simbólico porque la Vida definitiva y eterna ni se ve ni se palpa. Se vive. Tenemos que hablar de ella simbólicamente, con signos y señales.

Contando con la experiencia pascual de la comunidad de Juan y su elaboración teológica, con los precedentes del AT y NT, podemos comprender el significado que el relato de la resurrección de Lázaro tiene para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI. Las tres lecturas de hoy hablan de liberación, resurrección y vida. Ezequiel y Pablo conjugan los verbos en futuro (abriré vuestros sepulcros. Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis. El que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús dará vida a vuestros cuerpos mortales). Jesús habla en presente: Yo soy la resurrección y la Vida. Yo, aquí y ahora, en tu vida presente, soy tu resurrección y tu Vida. Aquí Juan utiliza vida como signo de la Vida y resurrección como signo de la plenitud de la vida y del bien, victoria de la vida sobre la muerte y el mal. Con la expresión: “Yo soy la resurrección y la Vida” Juan nos está hablando de la plenitud de la salvación, de Dios como fuerza vivificadora, liberadora y salvadora. Vida plena y definitiva en esta vida fisiológica, mientras vivimos aquí, ahora. Todo esto ya se ha cumplido en Jesús. Y si se ha cumplido en él, también se cumple en cada uno de nosotros. Él es nuestro referente. Porque él ha venido a darnos Vida. Y Vida en abundancia. Juan nos lo cuenta en el relato de la resurrección de Lázaro.

La resurrección de Lázaro es un signo del poder de Jesús para dar la Vida plena y definitiva en esta vida finita, fisiológica, aquí y ahora. “Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Cres tú esto?” Aquí está el mensaje que tenemos que desarrollar, comprender y vivir para comprender. Para creerlo necesitamos, en primer lugar, mejorar nuestra imagen tradicional de Dios y del hombre. Un dios que tiene que perdonar a su pueblo, un dios a quien hay que aplacar su ira, un dios que exige un alto precio por el rescate del hombre empecatado no casa con el relato de la resurrección de Lázaro. Ese no es el dios de Jesús. Frente al dios del AT el Dios de Jesús es nuestro Abba (origen, principio, fundamento), nuestra madrepadre (dependencia en nuestro verdadero ser), es Amor (entrega, donación), es ágape (Unión, fusión, no dualidad, no otro que yo). Esta imagen del Dios de Jesús, verdaderamente, es otra imagen. Yo me apunto a ésta porque aquélla no me convence, no me sirve. En ese dios no puedo ni quiero creer. Dios no puede ser peor que yo.

Consecuentemente con esta nueva imagen de Dios, la imagen del hombre también cambia. En verdad no sé qué imagen, si la de Dios condiciona la del hombre o es viceversa. En este momento me da igual. La una condiciona a la otra. Frente al hombre nacido en pecado, carencial, el hombre encarnación de Dios, templos del Espíritu de Dios, morada de Dios (de este Dios de Jesús), hecho a su imagen y semejanza, imagen de Dios-amor, cocreador con él, el hombre abierto a su evolución y en desarrollo de sus potencialidades. En esa evolución y apertura, Dios es nuestra plenitud humana, nuestro plus. Dios es la Vida de los hombres. En Dios encontramos el sentido de nuestro vivir y existir. El hombre, como su Dios, es don gratuito para los otros. Todos necesarios y necesitados. Ser con y para los otros. Como Dios es relación, somos relación, Dios es amor, nosotros también. Dios es comunión, nosotros también. Dios es ágape nosotros también.

En nuestro recorrido vital, tenemos un modelo, un guía, Jesús de Nazaret. Jesús ha venido para dar ejemplo de cómo se debe vivir la Vida definitiva, la Vida de Dios. La que no acaba, la eterna. Y el evangelio de hoy nos presenta a Jesús como nuestra resurrección y nuestra Vida. Y nos afirma que creer en él es el camino, la luz y la fuerza para nuestra resurrección (plenitud y salvación). La pregunta ¿Crees esto? nos exige, como a Marta, una respuesta personal.

Mi respuesta a la pregunta es una oración: Señor, yo quiero creer que tú eres mi resurrección y mi Vida, porque lo experimento en mi vida desde que creo en ti. Pero, no obstante, aumenta mi fe (confianza) en tu palabra. Porque creerte me plenifica, da sentido a mi vida, me hace mejor persona, me enseña a disfrutar de Dios como fundamento de mi verdadero ser y plenitud o cumplimiento de mis anhelos más profundos. Dios me da fuerza, alegría y esperanza para vivir. Dios es mi plenitud humana.

¡Que así sea!

África de la Cruz Tomé

Fuente Fe Adulta

Biblia, Espiritualidad , , , , , , ,

Somos Vida.

Domingo, 29 de marzo de 2020

Vida.4Domingo V de Cuaresma 

29 marzo 2020

Jn 11, 1-45

En la magnífica construcción que es el “cuarto evangelio”, Jesús es presentado, de manera progresiva, como “vino nuevo” que trae alegría a la humanidad, como “pan de vida” que sacia el hambre, como “agua viva” que colma toda la sed, como “palabra” que sana la enfermedad…, y como resurrección en la muerte. (Puede verse un desarrollo de toda esa construcción en mi comentario a este evangelio: “En el principio era la vida”, publicado por Desclée De Brouwer).

          Aquella comunidad expresaba así su fe en Jesús como el “enviado celeste” para liberar al mundo de la oscuridad del pecado y llevarlo a la luz de la fe. Nos hallamos, por tanto, ante una lectura “religiosa” –apoyada en creencias– que espera la salvación “desde fuera”.

          Leído en clave espiritual significa que el fondo de lo real –y, por tanto, el fondo de lo que somos todos– es “vino”, “pan”, “agua”, “resurrección”, “vida”… Lo que la fe afirma de Jesús es lo que somos en realidad todos. Esta lectura hace que, en lugar de proyectarla fuera –en un “salvador celeste”–, reconozcamos la vida que somos y nos vivamos desde esa nueva comprensión.

          Como se lee en el Yoga Vasishtha, tú no naciste cuando nació tu cuerpo, ni vas a morir cuando él muera. Pensar que el espacio que hay dentro de una jarra nace cuando la jarra es fabricada y perece con ella, es una enorme insensatez; pensar que el espacio del interior de una casa desaparece cuando la casa se viene abajo es no haber entendido nada. Como la jarra y la casa, lo que llamamos “persona” no agota lo que somos: esta puede disolverse, pero la consciencia –la vida– sigue inalterada.

         “Yo soy la resurrección y la vida”: con esas palabras definía a Jesús aquella primera comunidad. Pues bien, eso es lo que nos define a todos nosotros.

         Es cierto que solemos definirnos a nosotros mismos a través del contenido de nuestra vida: lo que percibimos, experimentamos, pensamos o sentimos. Hasta el punto de que, cuando pensamos o decimos “mi vida”, no nos referimos a la vida que somos sino a la vida que tenemos, o parecemos tener.

        Ahora bien, las circunstancias internas y externas de la vida –la edad, la salud, las relaciones, las finanzas, la situación laboral, el estado mental y emocional, el pasado y el futuro– pertenecen al plano del contenido.

   Sin embargo, más allá del contenido, vibra permanentemente –esperando que lo detectemos– Aquello que nos permite ser, lo que sostiene a todos los contenidos, el Espacio interior de la consciencia, la Vida que constituye el núcleo de todo lo que es.

____________________________

          Somos Vida que se está experimentando en formas transitorias, plenitud que se experimenta en la vulnerabilidad. Esta “doble dimensión” –que explica nuestra naturaleza paradójica– requiere ser tenida en cuenta si queremos crecer en unificación y vivir en plenitud.

        Llevamos una semana en “estado de alarma”, debido a la crisis del coronavirus. ¿Cómo la vivo? ¿Desde el yo, como si esa fuera mi identidad, o desde la comprensión de que soy vida plena y estable, en medio de cualquier circunstancia cambiante? ¿Qué efectos se producen en mí, en uno y otro caso?

        Como forma concreta, sintiente y vulnerable, puedo experimentar todo tipo de sentimientos. Si me reduzco a ellos, olvidando que, en el nivel profundo, soy –somos– vida, desconecto de mi realidad y quedo a merced de los vaivenes que en mí se produzcan. Si, por el contrario, reconozco mi identidad profunda, seguiré notando en mi sensibilidad los efectos de cualquier pérdida y el temor ante la incertidumbre, pero permaneceré anclado en la certeza de que la vida que somos se halla siempre a salvo. Tal comprensión acalla la mente y pacifica la sensibilidad, nos alinea con la vida y nos permite fluir con ella, también en esta circunstancia que nos toca vivir, en comunión con todos los seres que, como yo, son igualmente vida, la misma y única vida que a todos nos constituye.

¿Me defino a mí mismo por los “contenidos” de mi experiencia o por Aquello que los hace posibles?

 

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

Biblia, Espiritualidad , , , , , , ,

La via es la vida, cuidémosla. “Yo soy la resurrección y la Vida”

Domingo, 29 de marzo de 2020

imagesDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Algunas notas para la lectura de Lázaro.

            El relato de Lázaro, Marta y María.

            El relato de la resurrección de Lázaro nos pilla en esta difícil situación de pandemia que estamos viviendo y atravesando .

            Perderíamos el tiempo y la comprensión del texto del evangelio de hoy si lo leyéramos al pie de la letra como un hecho histórico.

            No tiene mucho interés que Jesús le regalara unos años de propina a su amigo Lázaro. Si ha muerto, pues déjalo en paz a él y a su familia (comunidad cristiana), que ya han pasado por ese trance de tinieblas oscuras. ¿Volver a esta vida para  vivir diez, quince años y otra vez a morirse? Mejor, no.

Además están los agravios comparativos que podrían surgir del texto. ¿O una madre / padre que mueren dejando hijos pequeños no habrían necesitado unos años para sacar la familia adelante? ¿Por qué Dios no nos libra a todos de es “corona-virus?

            Este relato de la resurrección de Lázaro plantea el problema de la muerte de todo ser humano. Se trata de una, de toda comunidad cristiana representada en aquella comunidad de Marta, María y Lázaro (y de toda comunidad humana) en la que se hace presente la muerte y el Hijo del Hombre no llegaba (Parusía / segunda venida). ¿Quedarán muertos para siempre?[1]

¿Qué nos cabe esperar para nuestros difuntos y para nosotros mismos?

            Este texto lo podemos leer con la actitud que tiene y siente un buen párroco (como el mismo evangelista: san Juan) que están viviendo la muerte de un ser querido, de un cristiano o no. Tratan de infundir un poco de esperanza, de pensar en la vida en Cristo: Yo soy la resurrección y la vida.

            Los cristianos no olvidamos a nuestros difuntos, Marta y María, toda familia eclesial recuerda y hace presentes a sus muertos: están en nuestra Eucaristía

  1. Lázaro, el hombre sin rostro.

            Lázaro, El pobre hombre está callado, no tiene rostro, ni perfil. Solamente se nos dice que enfermó y murió.

            Y es que “Lázaros” somos todos.

            Bueno, también se nos dice que Jesús era su amigo, que se conmovió y lloró. Como nos pasa a nosotros. El Señor nos quiere como a su amigo Lázaro, lo mismo que al Discípulo Amado, que tampoco tiene dni, mejor dicho, discípulos amados, somos también todos.

O3.     Jesús se conmueve y llora.

            Resulta extraño que Jesús, sabiendo que Lázaro iba a volver a la vida en un “plis plas”, se conmoviera y llorara. ¿Por qué se emocionó Jesús? Pues porque le quería a su amigo y a aquella familia (comunidad eclesial). Jesús lloró porque era creyente y buen amigo, como una madre creyente, que sabe de la resurrección, llora sin consuelo la muerte de su hijo. Los cristianos tenemos sentimientos y lloramos como todo el mundo porque no somos de piedra.

            JesuCristo nos ama. Una vez más volvamos al Cristo del amor. En el amor no se muere.

  1. Quitad la losa. sal afuera. quitadles las vendas

Son tres pasos que se dan en la muerte y en la vida.

            La losa

            Cuando vamos al cementerio, vemos las losas que muestran lo definitivo de la separación de los dos mundos: los muertos y los que seguimos viviendo.

            Quitad la losa: no os dejéis aplastar por el peso del miedo a la muerte. La muerte tiene la salida de Cristo: Yo soy la resurrección y la vida.

No perdáis la calma, creed, confiad, (Jn 14). En esta cuarentena o confinamiento puede brotar la angustia, una preocupación difusa. No tengamos miedo, confiemos.

            sal afuera.

            El “sal afuera” se refiere a los difuntos: salir de la muerte a la vida, pero tiene que ver con quitar las losas de nuestras vidas y “salir afuera”, a la luz del día, de muchas situaciones de muerte. Como en los evangelios sinópticos los malos espíritus nos llevan a vivir en la muerte, en sepulcros. ¡Anda que no hay losas que pesan toneladas de muerte: odios, racismos, poder, capitalismo, etc.!

            desatadle las vendas

            Recuerda un poco los relatos de la resurrección de Cristo.

            Como Lázaro, también nosotros vivimos atados de pies y manos por el peso de la muerte, por las ligazones a ideologías, a situaciones eclesiásticas, por el dinero.

            No veamos siempre y en todo solamente las vendas y el sudario de muerte. Veamos la vida y al que es la vida.

  1. Yo soy la resurrección y la vida.

            ¿Qué pensar de Dios ante esta pandemia de muerte que nos invade? Podemos rebelarnos contra Dios, lo mismo que Job se rebeló y emplazó a Dios a una especie de careo. Si Dios existe nos debe una explicación. ¿Dónde está Dios?

            Allá por la segunda guerra mundial, en el campo de concentración de Auschwitz -en cierta ocasión- los guardianes de la Gestapo diezmaron por fusilamiento a la población del campo. Entre los ejecutados había un niño de apenas 10 años. Entre los judíos que habían sido obligados a “contemplar” el fusilamiento alguien, en voz baja, preguntó: Dios, ¿dónde está Dios? Alguien, también judío, le contestó: ahí en ese niño de 10 años muerto.

            Dice el teólogo Víctor Codina: “Dios está en las víctimas de la pandemia, Dios está en los médicos y sanitarios que los atienden, está en los científicos que buscan vacunas antivirus, está en todos los que estos días colaboran y ayudan para solucionar el problema, está en los que rezan por los demás, en los que difunden esperanza”.

            Dios está en cada semilla de esperanza que sembramos.

            Como Job, podemos ponernos ante el misterio, el misterio de la vida, de la muerte, ante el misterio del “más allá” y del “más acá”. Estamos ante el misterio de Dios de Jesús que es bueno, no castigador, sino un Dios de misericordia y que nos dice por medio de Jesús: no temáis, confiad.

            Yo soy la resurrección y la vida.

[1] Es el mismo problema que se plantea San Pablo en 1Tesalonicenses.

Biblia, Espiritualidad , , , , , , ,

“Ojos nuevos”. 22 de marzo de 2020. 4 Cuaresma (A). Juan 9,1- 41.

Domingo, 22 de marzo de 2020

timthumb-php_-682x1024El relato del ciego de Siloé está estructurado desde la clave de un fuerte contraste. Los fariseos creen saberlo todo. No dudan de nada. Imponen su verdad. Llegan incluso a expulsar de la sinagoga al pobre ciego: «Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios». «Sabemos que ese hombre que te ha curado no guarda el sábado». «Sabemos que es pecador».

Por el contrario, el mendigo curado por Jesús no sabe nada. Solo cuenta su experiencia a quien le quiera escuchar: «Solo sé que yo era ciego y ahora veo». «Ese hombre me trabajó los ojos y empecé a ver». El relato concluye con esta advertencia final de Jesús: «Yo he venido para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos».

A Jesús le da miedo una religión defendida por escribas seguros y arrogantes, que manejan autoritariamente la Palabra de Dios para imponerla, utilizarla como arma o incluso excomulgar a quienes sienten de manera diferente. Teme a los doctores de la ley, más preocupados por «guardar el sábado» que por «curar» a mendigos enfermos. Le parece una tragedia una religión con «guías ciegos» y lo dice abiertamente: «Si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán al hoyo».

Teólogos, predicadores, catequistas y educadores, que pretendemos «guiar» a otros sin tal vez habernos dejado iluminar nosotros mismos por Jesús, ¿no hemos de escuchar su interpelación? ¿Vamos a seguir repitiendo incansablemente nuestras doctrinas sin vivir una experiencia personal de encuentro con Jesús que nos abra los ojos y el corazón?

Nuestra Iglesia no necesita hoy predicadores que llenen las iglesias de palabras, sino testigos que contagien, aunque sea de manera humilde, su pequeña experiencia del evangelio. No necesitamos fanáticos que defiendan «verdades» de manera autoritaria y con lenguaje vacío, tejido de tópicos y frases hechas. Necesitamos creyentes de verdad, atentos a la vida y sensibles a los problemas de la gente, buscadores de Dios capaces de escuchar y acompañar con respeto a tantos hombres y mujeres que sufren, buscan y no aciertan a vivir de manera más humana ni más creyente.

José Antonio Pagola

Biblia, Espiritualidad , , , , , , ,

“Fue, se lavó, y volvió con vista”. Domingo 22 de marzo de 2020. Domingo 4º de Cuaresma, ciclo A.

Domingo, 22 de marzo de 2020

17-CuaresmaA4Leído en Koinonia:

1Sm 16,1b.6-7.10-13ª: David es ungido rey de Israel
Salmo responsorial 22: El señor es mi pastor, nada me falta
Ef 5,8-14: Levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz
Jn 9,1-41: Fue, se lavó, y volvió con vista

El pueblo de Dios se planteó desde antiguo un gran problema: ¿cómo saber quién es el enviado de Dios? Muchos aparecían haciendo alarde de sus habilidades físicas, de su astucia, de su sabiduría, incluso, de su profunda religiosidad, pero era muy difícil saber quien procedía de acuerdo con la voluntad del Señor y quien quería ser líder únicamente para obtener el poder.

En la época de Samuel la situación era realmente complicada. El profeta, movido por el Espíritu de Dios, buscó un líder que sacara al pueblo del difícil atolladero de la crisis interna de las instituciones tribales y de la amenaza de los filisteos. Surgió Saúl, un muchacho distinguido, de buena familia y de extraordinaria complexión física. Los hebreos más pudientes lo apoyaron de inmediato, esperando que el nuevo rey lograra controlar el avance de los filisteos. Sin embargo, el nuevo rey en poco tiempo se convirtió en un tirano insoportable que agravó el conflicto interno y que, por sus constantes cambios de comportamiento, comprometió seriamente la seguridad de las tierras cultivables. Samuel, entonces, pensó que la solución era ungir un nuevo rey, una persona que se pudiera hacer cargo de la situación. La unción profética se convirtió, en aquel momento, en el medio por el cual se legitimaba la acción de un nuevo líder ‘salvador’ del pueblo. Siglos más tarde, los profetas se dieron cuenta de que no bastaba cambiar el rey para cambiar la situación, sino que era necesario buscar un sistema social que respetara los ideales tribales, lo que luego se llamo ‘el derecho divino’. Sin embargo, subsistió la idea de que el ‘líder salvador’ tenía que ser designado por un profeta reconocido. De este modo, la unción de los caudillos de Israel pasó a ser un símbolo de esperanza en un futuro mejor, más acorde con los planes de Dios.

En la época del Nuevo Testamento, el pueblo de Dios que habitaba en Palestina enfrentó un gran reto: ¿cómo hacer reconocer a Jesús como ungido del Señor? Aunque Jesús había conocido a Juan Bautista y, luego, había retomado su predicación, se cernía aún sobre él la duda, debido a su origen humilde, a la manera tan diferente de interpretar la ley y a su poca vinculación con el templo y sus rituales. Muchos se oponían a reconocer que él era un profeta ungido por el Señor, movidos simplemente por prejuicios culturales y sociales. La comunidad cristiana tuvo que abrirse paso en medio de estos obstáculos y proclamar la legitimidad de la misión de Jesús. Solamente quien conociera la obra del Nazareno, su entrañable amor a la vida, su dedicación a los pobres, su predicación del reinado de Dios, podía reconocer que él era el “ungido”, el “Mesías” (como se dice en hebreo), o el “Cristo” (como se dice en griego).

Las ‘señales y prodigios’ que Jesús actuó en medio de la gente pobre causaron gran impacto y, por esto, fueron motivo de controversia. Los opositores del cristianismo veían en las sanaciones que Jesús obraba, simplemente la labor de un curandero. Sus discípulos, por el contrario, comprendían todo su valor liberador y salvífico. Pues, no se trataba sólo de poner remedio a las limitaciones humanas, sino de devolverle toda la dignidad al ser humano. La persona que recuperaba la visión podía descubrir que su problema no era un castigo de Dios por los pecados de sus antepasados, ni una terrible prueba del destino. Era una persona que pasana de la desesperación a la fe y descubría en Jesús al profeta, al ungido del Señor. Su problema, una limitación física, se le había convertido en una terrible marca social y religiosa. Pero, el problema no era su limitación visual, sino la terrible carga de desprecio que la cultura le había impuesto. Jesús lo libera del insufrible peso de la marginación social y lo conduce hacia una comunidad donde lo aceptan por lo que él es, sin importar las etiquetas que los prejuicios sociales le habían impuesto.

En el evangelio se nos relata una especie de drama entre los vecinos del lugar donde el ciego solía pedir limosna, los fariseos que eran un grupo de judíos piadosos y cumplidores de la ley y los “judíos” en general, una expresión genérica con la que el evangelista designa a las altas autoridades religiosas del pueblo judío de la época de Jesús. Hasta los padres del ciego son involucrados en el drama.

Se trata de un verdadero «drama teológico», simbólico, de una gran belleza literaria. De ninguna manera se trata de una narración cuasiperiodística de unos hechos históricos, o de un relato que nos describa ingenuamente cómo sucedieron las cosas. No olvidemos que es Juan quien escribe, y que su evangelio se mueve siempre en un alto nivel de sofisticación, de recurso al símbolo y a la insinuación indirecta. Si tenemos que dirigir la palabra en la homilía, conviene no «contar» las cosas como quien cuenta hechos históricos tal cual, como si estuviera entreteniendo a unos niños. Los oyentes son adultos y agradecen que se les trate como a tales, sin abusar de que se tiene la palabra en un ámbito litúrgico donde por respeto nadie va a levantar la mano ni menos a contradecir, y que por eso se puede decir cualquier cosa, que «todo cuela» en ese ambiente.

En el «drama teológico» que hoy leemos, de Juan, el ciego se convierte en el centro. Todos se preguntan cómo es posible que un ciego de nacimiento sea ahora capaz de ver. Sospechan que algo grande ha sucedido, preguntan por el que ha hecho ver al ciego, pero no llegan a creer que Jesús sea la causa de la luz de los ojos del ciego. Un simple hombre como Jesús no les parece capaz de obrar tales maravillas. Menos aún habiéndolas obrado en sábado, día sagrado de descanso que los fariseos se empeñaban en guardar de manera escrupulosa. Y menos aún siendo el ciego un pobretón que pedía limosna al pie de una de las puertas de la ciudad. Todos interrogan al pobre ciego que ahora ve: los vecinos, los fariseos, los jefes del templo. Jesús se hace encontradizo con él, solidariamente, al enterarse de que lo han expulsado de la sinagoga. Y en este nuevo encuentro con Jesús el ciego llega a «ver plenamente», a «ver» no sólo la luz, sino la «gloria» de Dios, reconociendo en él al enviado definitivo de Dios, el Hijo del hombre escatológico, el Señor digno de ser adorado… Es el mensaje que Juan nos quiere transmitir narrando un drama teológico -como es su estilo- más que afirmando proposiciones abstractas -como hubiera hecho si hubiera sido de formación filosófica griega-.

Al final del texto las palabras que Juan pone en labios de Jesús hacen explotar el mensaje teológico del drama: Jesús es un juicio, es el juicio del mundo, que viene a poner al mundo patas arriba: los que veían no ven, y los que no veían consiguen ver. ¿Y qué es lo que hay que ver? A Jesús. Él es la luz que ilumina.

No haría falta echarle metafísica y ontología griega a este drama… Es un lenguaje de «confesión de fe». La comunidad de Juan está «entusiasmada», llena de gozo y de amor, poseída realmente por el descubrimiento que ha hecho en Jesús. Sienten que Él les cambia el mundo, que ven las cosas al revés que antes, y que es en Él en quien Dios se les ha hecho patente. Y así lo confiesan. No hace falta más. La ontología de los siglos subsiguientes es cultural, occidental, griega. Para el caso, sobra.

¿Qué significa hoy para nosotros? Lo mismo, sólo que a 20 siglos de distancia. Con más perspectiva, con más sentido crítico, con más conciencia de la relatividad (no digamos “relativismo”) de nuestras afirmaciones, sin fanatismos ni exclusivismos, sabiendo que la misma manifestación de Dios se ha dado en tantos otros lugares, en tantas otras religiones, a través de tantos otros mediadores. Pero con la misma alegría, el mismo amor y el mismo convencimiento. Leer más…

Biblia, Espiritualidad , , , , , , ,

22.3.20. Dom 4. Cuaresma Ciclo A: Contra los que imponen a otros su ceguera (Jn 9, 1-41)

Domingo, 22 de marzo de 2020

69136AB8-E09F-436D-9AC4-67F7B13EF2F2Del blog de Xabier Pikaza:

En un mundo de ciegos (con E. Sábato)

  Hoy es el domingo del ciego de nacimiento, pero más que su curación externa, el evangelio describe la polémica de Jesús contra aquellos que le critican y persiguen porque cura a los ciegos no para someterles mejor a su Ley, sino para que sean libres y libremente vean y viva. El tema  no es, por tanto, la curación externa en sí misma, sino el enfrentamiento entre un tipo de malos fariseos, que quieren mantener a los hombres ciegos (oprimidos), bajo una ley que ellos han impuesto a su servicio, y unos hombres como Jesús, que quieren curar  los ciegos, para que vivan y vean en libertad, sin ser oprimidos por otros.

Ésta no es una doctrina nueva, que se me haya ocurrido ahora (año 2020), sino el tema central de un largo curso dirigido en el Bíblico de Roma, el año 1976/7, por I. de la Potterie, un exegeta, por otra parte, muy tradicional, que podía titularse así: Unos fariseos conspiran contra Jesús porque cura a los ciegos.

            Según el evangelio de Juan, hay una religión falsamente farisea  que ciega a los hombres, para mantenerles sometidos. Desde ese fondo pueden leerse algunos rasgos  de la pandemia del coronavirus, que nos sitúa, por un lado, ante una gran ceguera (no sabemos en realidad lo qué pasa) y por otro ante rumores de una gran conspiración, que podría hallarse dirigida por chinos, norteamericanos u otros grupos de presión para  tenernos así a todos ciegos (bajo su dominio).

B8D35247-147D-4489-BC6D-D40BAB412E38         Quiero decir de antemano que no creo en ese tipo de conspiración, aunque formo parte de una generación a la que nos han maleducado y engañado (dominado) con conspiraciones de diverso tipo, dirigidas por sabios de Sion o contubernios judeo‒masónicas. Se habla por ahí de conspiraciones comunistas o capitalistas, musulmanas o norteamericanas, vaticanas  o protestantes, masónicas, diabólicas, sectarias etc.  No creo en conspiraciones, pero es evidente que existe un miedo a la luz con gentes y grupos que quieren impedir que los ciegos vean, como expone con toda claridad el evangelio de Jn 9.

No creo en una conspiración del coronavirus,  el  tema se explica de otra forma,  por fragilidad biológica, como efecto de un tipo de globalización, por  el cambio climático que libera gentes dormidos de siglos, o simplemente por azares impredecibles. En esa línea, en el comienzo de Jn 9, el mismo Jesús dice a sus discípulos que el problema no está en saber el saber el origen de la ceguera, sino en curar a los cielos. Pero, dicho eso, el texto  describe con todo lujo de detalles la conspiración de un tipo de “fariseos” (seguros de su ley) que se oponen a la curación de Jesús, porque prefieren que los ciegos sigan ciegos. 

 Este es un evangelio importante, pero solemos leerlo pasando de puntillas ante su argumento, pensando que se dirige en contra de otros fariseos, cuando de hecho se dirige, hoy más que nunca, a nuestra iglesia, a nuestro mundo,  que sigue conspirando en contra de los “dadores de luz”, como fue Jesús. Así lo mostraré en esta postal,  que consta de tres partes. (1) El texto: Jn 9. (2) Una explicación general de tipo exegético. (3) Situar en ese fondo la teoría visionaria de la conspiración de los ciegos que ofrece E. Sábato en Informe sobre ciegos  (cf. imagen siguiente)

1. TEXTO. JUAN 9,1-41

 37472613-40C9-4AEA-8B1C-305562E36916Es largo, puede pasarlo quien ya lo conoce. A pesar de ello lo voy a reproducir entero. Es un prodigio, he dicho. Basta con leerlo y dejarse impresionar. Si alguien quiere puede pasar luego a mi comentario. El que tenga más tiempo puede leer, finalmente, el Informe sobre Ciegos de E. Sábato, y sacar por sí mismo las consecuencias:

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. [Y sus discípulos le preguntaron: “Maestro, ¿quien pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?” Jesús contestó: “Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.”

Dicho esto,] escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: “Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado.” Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: “¿No es ése el que se sentaba a pedir?” Unos decían: “El mismo.” Otros decían: “No es él, pero se le parece.” Él respondía: “Soy yo.”

[Y le preguntaban: “¿Y cómo se te han abierto los ojos?” Él contestó: “Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver.” Le preguntaron: “¿Dónde está él?” Contestó: “No sé.”]

Llevaron ante LOS FARISEOS al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista. Él les contestó: “Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.” Algunos de los FARISEOS comentaban: “Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.” Otros replicaban: ¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?” Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: “Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?” Él contestó: “Que es un profeta.”

[Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: “¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve?” Sus padres contestaron: “Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.” Sus padres respondieron así porque tenían miedo los judíos; porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: “Ya es mayor, preguntádselo a él.”

Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: “Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.” Contestó él: “Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.” Le preguntan de nuevo: ¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?” Les contestó: “Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso; ¿para qué queréis oírlo otra vez?; ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?” Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron: “Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde viene.

” Replicó el ciego: “Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.”]

1D8E7938-FD6C-48E5-8146-E002B6AD9A8CLe replicaron: “Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?” Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?” Él contestó: “¿Y quién es, Señor, para que crea en él?” Jesús les dijo: “Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.” Él dijo: “Creo, señor.” Y se postró ante él.

[JESÚS añadió: “Para un juicio he venido ya a este mundo; para que los que no ve vean, y los que ven queden ciegos.”

LOS FARISEOS que estaban con él oyeron esto y le preguntaron: “¿También nosotros estamos ciegos?”

JESÚS les contestó: “Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado, pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.”]

2. COMENTARIO DE X. PIKAZA

Introducción

Los fariseos de este pasaje, parásitos controladores de la luz (que quieren mantener al ciego en su ceguera), no son “los judíos”, en contra de los cristianos (que seriamos los buenos alumbradores), sino un tipo especial de personas (judíos o cristianos, ateos o creyentes…) que diciendo que diciendo que tienen la ley de la ley la acaparan para su servicio e impiden que otros hombres (en especial los marginados) vean.

Por eso quiero empezar este comentario diciendo que hay dos tipos de religión, como decía un judío mesiánico llamado H. Bergson (Las dos formas de religión y de moral): (a) Hay una religión que crea y alumbra, que da luz a los ciegos, que ensancha la vida y libera como la de Jesús y otros muchos judíos, cristianos, budistas, musulmanes… (b) Hay una religión explotadora, propia de conspiradores, que viven de controlar e impedir que los otros vean por sí mismos, como los fariseos de este pasaje de Juan, y como muchos otros cristianos, judíos etc etc.

Un texto litúrgico

            Este pasaje de Jn 9 fue desde el principio un texto de “liturgia”, una catequesis que la Iglesia vuelve a presentar en cuaresma, entre el pasaje del agua (3ª Semana, Samaritana: Jn 4, 5-42) y el de la vida (5ª semana, de Lázaro: Jn 11,1-45)

Leer más…

Biblia, Espiritualidad , , , , , ,

“Una historia en siete escenas y quince preguntas”. Domingo 4º de Cuaresma. Ciclo A.

Domingo, 22 de marzo de 2020

ciego-de-nacimientoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

De nuestro corresponsal en Jerusalén

«A mi hijo lo citaron como testigo, lo estuvieron interrogando más de dos horas y, al final, lo condenaron como culpable. ¿Usted ha oído hablar de algo parecido?» Me lo dice el padre de un ciego de nacimiento, en voz baja, por miedo a las autoridades. Un caso que tiene conmocionada a Jerusalén en estos días de la gran fiesta.

Todo comenzó el sábado pasado, cuando un muchacho ciego de nacimiento fue curado de su ceguera por un galileo llamado Jesús. Al parecer, entre sus discípulos se planteó la discusión de si era ciego por culpa propia o de sus padres. Jesús dijo que nadie tenía la culpa, se agachó a recoger un poco de polvo, escupió sobre él y untó el barro en los ojos del ciego. Luego le mandó lavarse en la piscina de Siloé. Lo hizo y comenzó a ver.

Este corresponsal ha intentado ponerse en contacto con el ciego pero le ha resultado imposible. Tampoco hay noticias de Jesús, que parece haber abandonado la ciudad. Según algunos, este galileo se considera superior a Abrahán y Moisés y no se siente obligado a observar el sábado. Las autoridades, preocupadas por el escándalo que está provocando en la población, convocaron al ciego como testigo de cargo contra Jesús. Según su padre, se comportó de manera imprudente y de testigo terminó en acusado y condenado. No se extrañen. Jerusalén no es Alejandría. En Jerusalén todo es posible.

Un relato en seis escenas

La curación del ciego de nacimiento en una joya literaria, por su dinamismo, diálogo, ironía. Podemos distinguir siete escenas: 1) Jesús, los discípulos y el ciego. 2) El ciego y sus vecinos. 3) El ciego y los fariseos. 4) Los judíos y los padres del ciego. 5) Los judíos y el ciego. 6) Jesús y el ciego. 7) Los fariseos y Jesús

  1ª escena: Los discípulos y Jesús. 1ª pregunta

(La escena tiene lugar al comienzo de las escaleras que conducen al templo de Jerusalén. Un hombre de unos veinte años, ciego, está sentado pidiendo limosna. Jesús y sus discípulos se aproximan a él entrando por la izquierda. Felipe mira al ciego con detenimiento y comienza a discutir con Bartolomé. Luego se acercan a Jesús.)

Al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron:
-«Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres, para que naciera ciego?»
Jesús contestó:
-«Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él las obras de Dios. Mientras es de día, tenemos que hacer las obras del que me ha enviado; viene la noche, y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo.»

    La relación entre pecado y castigo estaba muy difundida en el antiguo Israel (y también entre bastantes de nosotros). Jesús mismo ha dicho poco antes al paralítico: «no peques para que no te ocurra algo peor». Sin embargo, en este caso, niega cualquier relación de la enfermedad con un hipotético pecado del ciego o de sus padres. Nació ciego «para que se manifiesten en él las obras de Dios». Una respuesta que puede escandalizar a más de uno. ¿Es preciso que una persona sufra para que Dios manifieste su poder? Dejemos de momento este tema.

            En la respuesta de Jesús a los discípulos hay unas palabras esenciales, claves para entender todo el relato: «Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». ¿Cómo ilumina Jesús? ¿En qué consiste esa luz? Lo descubriremos al final.

            La forma de realizar el milagro es desconcertante a primera vista. En el evangelio de Juan, igual que en los Sinópticos, la palabra de Jesús es poderosa. Lo demostrará sobre todo poco más tarde resucitando a Lázaro con la simple orden: «Lázaro, sal fuera». Sin embargo, para curar al ciego adopta un método muy distinto y complicado. Forma barro con la saliva, le unta los ojos y lo envía a la piscina del Enviado (Siloé). El barro en los ojos recuerda a la curación del ciego de Betsaida que cuenta Marcos, donde Jesús le aplica saliva en los ojos y luego le aplica las manos (Mc 8,22-25). La idea de lavarse en la piscina recuerda la orden de Eliseo a Naamán de bañarse siete veces en el Jordán.

            ¿Se trata de la reminiscencia de un gesto mágico? La clave está en la cuádruple referencia al barro, unida a la indicación: «era sábado el día que Jesús hizo barro». Una contravención expresa del descanso sabático, igual que ocurrió en la curación del paralítico de la piscina. Una de las acusaciones más fuertes que se hacen a Jesús en el cuarto evangelio.

En esta primera escena el ciego no dice nada. Se limita a obedecer.

2ª escena: el ciego y los vecinos

Diálogo cargado de ironía. En el conjunto, es importante advertir que el ciego sabe que el hombre que lo ha curado se llama Jesús, pero no sabe dónde está.

Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir
limosna preguntaban:
—¿No es ése el que se sentaba a pedir?
Unos decían: —El mismo.
Otros decían: —No es él, pero se le parece.
El respondía: —Soy yo.
Y le preguntaban: —¿Y cómo se te han abierto los ojos?
El contestó: —Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase. Entonces fui, me lavé, y empecé a ver.
Le preguntaron: —¿Dónde está él?
Contestó: —No sé.

3ª escena: los fariseos y el ciego

Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. (Era sábado el día que Jesús hizo
barro y le abrió los ojos.) También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la
vista.
El les contestó:
—Me puso barro en los ojos, me lavé y veo.
Algunos de los fariseos comentaban:
—Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.
Otros replicaban:
—¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
—Y tú ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?
El contestó:
—Que es un profeta.

            Plantea el problema del sábado. Comienza advirtiendo el evangelista que «era sábado el día que Jesús hizo barro», y algunos fariseos concluyen: «Este hombre no viene de Dios porque no guarda el sábado». Sin embargo, otros se sienten desconcertados, como le ocurrió a Nicodemo: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».

            El ciego habla poco. Repite la curación, pero con menos palabras que cuando la contó a sus vecinos. En cambio, su visión de Jesús ha mejorado notablemente. Ya no lo considera «un hombre» sino «un profeta». Lo mismo que dijo la samaritana, aunque por motivos distintos: ella, porque Jesús conocía toda su vida; el ciego, porque Jesús ha realizado un prodigio sorprendente.

4ª escena: los judíos y los padres del ciego

Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:
—¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es que ahora
ve?
Sus padres contestaron:
—Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego;pero cómo ve ahora, no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos. Preguntádselo a él, que es mayor y puede explicarse.
Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos: porque los judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús por Mesías. Por eso sus padres dijeron: «Ya es mayor, preguntádselo a él.»

Esta escena, que la liturgia permite suprimir, es esencial para comprender el mensaje del episodio a finales del siglo I. En la época de Jesús los fariseos no tenían poder para expulsar de la sinagoga; ese poder lo consiguieron después de la caída de Jerusalén en manos de los romanos (año 70), cuando el sacerdocio perdió fuerza y ellos se hicieron con la autoridad religiosa. A finales del siglo I, bastante después de la muerte de Jesús, es cuando comenzaron a enfrentarse decididamente a los cristianos, acusándolos de herejes y expulsándolos de la sinagoga. El relato de Juan refleja muy bien, a través de los padres del ciego, el miedo de muchos judíos piadosos a sufrir ese castigo si reconocían a Jesús como Mesías. Y las tensiones dentro de la familia cuando uno de sus miembros se hacía cristiano.

5ª escena: los fariseos y el ciego

Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron:

—Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.
Contestó él:
—Si es un pecador, no lo sé;sólo sé que yo era ciego y ahora veo:
Le preguntan de nuevo:
—¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?
Les contestó:
—Os le he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?

Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:
—Discípulo de ése lo serás tú;nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ese no sabemos de dónde viene.
Replicó él:
—Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de dónde viene, y, sin embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le abriera los ojos a un ciego de nacimiento, si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.
Le replicaron:
—Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?
Y lo expulsaron.

El ciego terminó su declaración anterior diciendo que Jesús es «un profeta». Los fariseos le exigen ahora que reconozca que «ese hombre es un pecador». Ante esa acusación, el ciego no lo defiende con argumentos teológicos sino de orden práctico: «Si es un pecador, no lo sé; sólo sé que yo era ciego y ahora veo.» Luego no teme recurrir a la ironía, cuando pregunta a los fariseos si también ellos quieren hacerse discípulos de Jesús. Y termina haciendo una apasionada defensa de Jesús: «si éste no viniera de Dios, no tendría ningún poder.»

La tensión entre cristianos y judíos a finales del siglo I queda clara en las palabras de los fariseos: ellos se consideran «discípulos de Moisés», al que Dios habló, no de Jesús, del que «no sabemos de dónde viene». Resuena aquí un tema típico del cuarto evangelio: ¿de dónde viene Jesús? Es una pregunta ambigua, porque no se refiere a un lugar físico (Nazaret, de donde no puede salir nada bueno, según Natanael; Belén, de donde algunos esperan al Mesías) sino a Dios. Jesús es el enviado de Dios, el que ha salido de Dios. Y esto los fariseos no pueden aceptarlo. Por eso, Jesús es para ellos un pecador, aunque realice un signo sorprendente. Dios no puede salirse de los estrictos cánones que ellos le imponen. Por eso, terminan expulsado al ciego de la sinagoga.

6ª escena: Jesús y el ciego

Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
—¿Crees tú en el Hijo del hombre?
El contestó:
—¿Y quién es, Señor, para que crea en él?
Jesús le dijo:
—Lo estás viendo: el que te está hablando ese es.
El dijo:
—Creo, Señor.

Y se postró ante él.      

Hasta ahora, el ciego sólo sabe que la persona que lo ha curado se llama Jesús. Él lo considera un profeta, está convencido de que no es un pecador y de que debe venir de Dios. El ciego ha empezado a ver. Pero la visión completa la recupera en la última escena, cuando se encuentra de nuevo con Jesús, cree en él y se postra a sus pies. Lo importante no es ver personas, árboles, nubes, muros, casas, el sol y la luna… La verdadera visión consiste en descubrir a Jesús, creer en él y adorarlo.

7ª escena: Jesús y los fariseos

Dijo Jesús:
—Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que
ven, se queden ciegos.
Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:
—¿También nosotros estamos ciegos?
Jesús les contestó:
—Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado;pero como decís que veis, vuestro pecado persiste.

La reacción del ciego da paso a la enseñanza final de Jesús. Al principio dijo que él era la luz del mundo. Ahora aclara en qué consiste su misión: «que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos». Volviendo a la situación de finales del siglo I, «los que ve» son los fariseos, las autoridades religiosas de Israel, que no dudan de nada y niegan que Jesús sea el Mesías; «los que no ven» son los judíos y paganos de buena voluntad que pueden descubrir poco a poco la persona de Jesús y creer en él.

Si tenemos en cuenta el valor simbólico de la figura del ciego, resulta más fácil entender las palabras iniciales de Jesús de que nació ciego «para que se manifiesten en él las obras de Dios». No se trata de ceguera física, sino de la ceguera espiritual de no conocer a Jesús.

La samaritana y el ciego

Hay un gran parecido entre estas dos historias tan distintas del evangelio de Juan. En ambas, el protagonista va descubriendo cada vez más la persona de Jesús. Y en ambos casos el descubrimiento los lleva a la acción. La samaritana difunde la noticia en su pueblo. El ciego, entre sus conocidos y, sobre todo, ante los fariseos. En este caso, no se trata de una propagación serena y alegre de la fe sino de una defensa apasionada frente a quienes acusan a Jesús de pecador por no observar el sábado.

Relación con la primera lectura: 1Samuel 16, lb. 6-7. 10-13a

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
-«Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de vete Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mi».

Cuando llegó, vio a Eliab y se dijo: «Seguro que está su ungido ante el Señor».

Pero el Señor dijo a Samuel:
-«No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, mas el Señor mira el corazón». Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel.

Pero Samuel dijo a Jesé:
-«El Señor no ha elegido a estos».

Entonces Samuel preguntó a Jesé:
-«¿No hay más muchachos?».

Jesé respondió:
-«Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño».

Samuel dijo:
-«Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa mientras no venga».

Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia.

Entonces el Señor dijo a Samuel:
-«Levántate y úngelo de parte del Señor, porque es éste».

Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante.

Sin la ayuda de Dios, Samuel es incapaz de ver cuál es la persona elegida como rey de Israel. Sin la ayuda de Jesús, el hombre es incapaz de reconocerlo como su salvador.

Relación con la segunda lectura: Efesios 5, 8-14

Hermanos:
En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz -toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz-, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas.
Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas.
Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

La luz que recibimos de Jesús debe manifestarse en nuestra forma de vivir, «como hijos de la luz»: con bondad, justicia, verdad.

 

Biblia, Espiritualidad , , , , , ,

Cuarto Domingo de Cuaresma. 22 Marzo, 2020

Domingo, 22 de marzo de 2020

Cuaresma4

“- Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y me lavase.

Entonces fui, me lavé y empecé a ver”.

(Jn 9, 1-41)

Para esta etapa del viaje que nos propone la Cuaresma tenemos un guía especial: el ciego de nacimiento.

El evangelio de este domingo es largo y muy rico en matices pero si nos fijamos en el ciego hay algo que llama poderosamente la atención: la fuerza de la experiencia personal.

No parece que este ciego estuviera interesado en la persona de Jesús, no es como aquel otro ciego (Mc 10, 46-52) que gritaba cuando supo que Jesús estaba cerca. Este ciego de nacimiento fue visto por Jesús.

La iniciativa fue toda de Jesús que sin preguntarle le puso barro en los ojos y lo mandó a lavarse. Él se dejó hacer y también hizo lo que le mandó Jesús. Y en ese intercambio de dejarse hacer y de hacer tuvo una profunda experiencia de la persona de Jesús. Tan honda y transformadora que le quitó todo el miedo (llega incluso a retar a los fariseos y parece que le trae sin cuidado que lo expulsen de la sinagoga).

Ciertamente no sabe quién es Jesús, no sabe nada de él pero su experiencia es irrefutable por eso cuando vuelve a encontrarse con Jesús cae de rodillas confesando: “-Creo, Señor.

Cuando Dios irrumpe en nuestras vidas, cuando hacemos experiencia de su gracia transformadora, hay muchas preguntas que seguimos sin saber responder. Pero hay una certeza tan intensa y personal que no logran empequeñecerla las dudas y menos aún las amenazas externas.

No, no sabemos explicarlo, no podemos dar detalles. Solo tenemos la evidencia de una luz que nos hace ver con claridad. Unos ojos recién estrenados que llenan nuestra vida de formas y colores.

Vayamos, de la mano de este guía que había sido ciego, a recobrar la mirada que descubre a Jesús como Señor.

Oración

Danos, Trinidad Santa, la valentía y la humildad necesarias para descubrir nuestras cegueras y para dejarnos curar por ti. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

Biblia, Espiritualidad , , , , , ,

La luz está ya en ti, deja que te inunde y desborde.

Domingo, 22 de marzo de 2020

pictures-of-jesus-blind-man-thanks-1138184-galleryJn 9, 1-41

Todo el relato es simbólico, como la Samaritana del domingo pasado y la resurrección de Lázaro del próximo. Se propone un proceso catecumenal que lleva al hombre de las tinieblas a la luz; de la opresión a la libertad; de no ser nada a ser plenamente hombre. Jesús acaba de decir: “Yo soy la luz del mundo”. Lo repite y lo va a demostrar con hechos, dando la vista al ciego. Jesús no le consulta, pero no suprime su libertad, le da la oportunidad, pero la decisión queda en sus manos. Tendrá que ir a lavarse. Los demás personajes siguen en su ceguera: fariseos, apóstoles, paisanos, padres.

Al mezclar la tierra con su saliva está simbolizando la creación del hombre nuevo, compuesto por la tierra-carne y la saliva-Espíritu. De ahí la frase que sigue: le untó su barro en los ojos. El barro, modelado por el Espíritu, es el proyecto de Dios realizado ya en Jesús, y con posibilidad de realizarse en todos los seres humanos. Jn usa dos verbos para indicar la aplicación del barro en los ojos: aquí untar-ungir, en relación con el apelativo de Jesús “Mesías”. Más adelante dirá sencillamente aplicar.

Aquí está la clave de todo el relato. El ciego es ahora un “ungido”, como Jesús. El hombre carnal ha sido transformado por el Espíritu. La duda de la gente sobre la identidad del ciego refleja la novedad que produce el Espíritu. Siendo el mismo, es otro. El hombre ciego ya era libre pero no lo había descubierto todavía. De ahí que el ciego utilice las mismas palabras que tantas veces, en Jn, utiliza Jesús para identificarse: “Soy yo“. Esta fórmula refleja la identidad del hombre transformado por el Espíritu. Descubre la transformación que se ha operado en su persona y quiere que los demás la vean.

El ciego, que hasta entonces era solo carne, se dejó transformar por el Espíritu. Debemos tomar conciencia de que el relato no da ninguna importancia al hecho de la curación física. Lo despacha con media línea. Lo que de verdad importa es que este hombre estaba limitado y carecía de toda libertad antes de encontrarse con Jesús. Su vida era anodina y dependiente de los demás. Ahora está llena de sentido. Pierde todo miedo y comienza a ser él mismo, no solo en su interior sino ante los fariseos que le acosan.

La piscina de Siloé estaba fuera de los muros de la ciudad. Recogía el agua de la fuente de Guijón que llegaba a ella conducida por un canal-túnel (de ahí el nombre arameo de “siloah”=emisión-envío, agua emitida-enviada). Jn aplica el nombre a Jesús, el enviado. La doble mención de untar-ungir y la de la piscina, término que era utilizado para designar la fuente bautismal, nos muestra que se está construyendo este relato a partir de los ritos de iniciación (bautismo) de la primera comunidad.

Al principio del relato no se había mencionado que era mendigo, incapacitado y dependiente de los demás. El punto de partida es clave para resaltar el punto de llegada. Jesús le va a dar la independencia. Le hace un hombre cabal. Tampoco se había mencionado que era sábado. Jesús no tiene en cuenta esa circunstancia a la hora de hacer bien al hombre. Amasar barro estaba explícitamente prohibido por la Ley. El amasar el barro el día séptimo, prolonga el día sexto de la creación. Jesús termina la creación del hombre.

A los fariseos no les importa que un hombre haya sido curado. No se alegran del bien del hombre. Solo les interesa la Ley y creen que a Dios tampoco le importa el hombre. Acuden a los padres para desvirtuar el hecho que no pueden negar. Los padres son gente sometida, en tinieblas. La pregunta es triple: ¿Es vuestro hijo? ¿Nació ciego? ¿Cómo recobró la vista? Los padres responden a las dos primeras preguntas, pero a la tercera, la más importante, no se atreven a responder. El miedo les impide aceptar cualquier complicidad con el hecho. Tienen miedo de ser expulsados de la institución.

Al fallarles la argucia empleada con los padres, intentan confundir al ciego. Quieren, por todos los medios, conseguir la lealtad del ciego aún en contra de la evidencia. Condenan a Jesús en nombre de la moral oficial y pretenden que le condene también el que ha sido curado. Ellos lo tienen claro, Dios no puede estar de parte del que no cumple la Ley. Dios no puede actuar contra el precepto ni siquiera en benefició del hombre. Quieren hacerle ver que la vista de que ahora goza es contraria a la voluntad de Dios.

El ciego no tiene miedo. Expresa lo que piensa ante los jefes. A las teorías opone los hechos. Puede que se haya quebrantado la Ley, pero lo que ha sucedido es tan positivo para él, que se hace la pregunta: ¿No estará Jesús por encima del sábado? Ha visto el amor gratuito y liberador. Él sabe ahora lo que es ser un hombre y sabe también lo que es Dios. Él ahora ve, los maestros están ciegos. Descubre que, en Jesús, está presente Dios. El hombre utiliza una teología admitida por todos. Dios no está de parte de un pecador.

Los fariseos están tan seguros de sí, que dudan de la misma realidad. El ciego no sabe nada, pero le es imposible negar lo que personalmente ha vivido. Por no negar su propia experiencia ni renunciar al bien que ha recibido, lo expulsan. Con su mentira han querido apagar la luz-vida. Al no conseguirlo, el hombre no puede permanecer dentro del ámbito de la muerte-tiniebla, que es la sinagoga. Lo mismo que Jesús tuvo que salir del templo, el ciego, que ha recibido la luz, tiene que salir de la institución judía.

“Fue a buscarlo”. El (euron) griego no significa un encuentro fortuito, sino el fruto de una búsqueda. El contraste salta a la vista. Los fariseos lo expulsan, Jesús lo busca. No le dice, como al inválido de la piscina, que no vuelva a dejarse someter, porque ya se había mantenido firme ante los fariseos. Con su pregunta acaba la obra de iluminación. La acción de Jesús había hecho descubrir al ciego una nueva manera de ser hombre, cuyo modelo era Jesús, “el Hombre”. Jesús quiere que tome conciencia de esta realidad.

El relato termina con la plena aceptación de Jesús por parte del ciego. “Se postró” (prosekinesen en griego) es el mismo verbo con que se designa la adoración debida a Dios en (Jn 4,20-24). El gesto de postrarse para adorar a Jesús no es infrecuente en los sinópticos, sobre todo en Mt, pero éste es el único pasaje de Jn en que aparece. Jesús, el Hombre, es el nuevo santuario donde se puede verificar la presencia de Dios. El ciego, expulsado, encuentra en Jesús el verdadero santuario, donde se puede rendir el culto a Dios ‘en espíritu y verdad’, anunciado a la Samaritana.

Para un juicio he venido yo a este mundo: para que los que no ven, vean y los que creen ver se queden ciegos. Era inconcebible que alguien pudiera tener por ciegos a los que estaban encargados de indicar el camino a los demás. Estas no son palabras de Jesús sino de los cristianos de finales del s. I. Clara alusión a los fariseos que se habían erigido en guías del pueblo. ¿También nosotros estamos ciegos? Eran los conocedores y cumplidores de la Ley, que tenían por ciegos a los demás. La respuesta de Jesús deja clara la realidad: Los que más cerca se creen de Dios, son los que menos le conocen.

Meditación

Creer en Jesús es creer en el Hombre.
Él es el modelo de hombre, el hombre acabado según el designio de Dios
Jesús es, a la vez, la manifestación de Dios y el modelo de hombre.
En su humanidad, se ha hecho presente lo divino.
Mi meta es también dejarme transformar en Espíritu.
Para ello hay que nacer de nuevo.

 

Para profundizar 

¿En qué grupo me encuentro yo?

¿Soy de los que ven pero no ven

O de los que no ven pero ven?

Si está leyendo esto, es que algo ves

Sé consciente de que tienes que aclararte algo más

El relato se propone como un proceso

Empieza con una experiencia personal

Y termina postrándose ante Jesús.

Conocimiento y experiencia inseparables.

Jesús es la luz del mundo porque vio la Luz dentro de él

No me va a iluminar desde fuera

Sino ayudándome a descubrir mi propia Luz

La luz-vida ya está en el fondo de mi ser

Si miro hacia fuera, nunca la descubriré

Vivir mi verdadero ser me hará libre

Pero lo esencial de mí, no se ve con los ojos

Solo desde la verdad que soy, seré hombre cabal

Ninguna de mis limitaciones me impedirá ser yo

Debo procurar superar toda limitación

Pero lo que soy no dependerá nunca de ellas

Solo el ciego ve lo que hay que ver

No se trata de una curación médica y fisiológica

La curación es solo el pretexto para hablar de otra visión

La verdadera visión del ciego está más allá de la vista

Mi error será dejarme llevar por lo que ven los ojos

También yo estaré ciego, mientras no me deje iluminar desde dentro

Toda la Luz del mundo está ya en mí

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

Biblia, Espiritualidad , , , , , ,

¿Ha pecado alguien?

Domingo, 22 de marzo de 2020

el-gran-mirlagroDesear a la mujer de tu prójimo no es pecado, es tener buen gusto (Alejandro Sanz)

22 de marzo. DOMINGO IV DE CUARESMA

Jn 9, 1-41

Les contestó: Si es pecador, no lo sé, una cosa me consta, que yo era ciego y ahora veo

En torno al sistema solar del término pecado, orbitan otras muchas, en otros idiomas, que pueden aclararlo.

En el acadio (Siglo XXII a.C.) significaba error, en árabe, equivocarse, en Jueces, 20, 16, errar en el blanco: “Toda esa gente, incluyendo los setecientos hombres escogidos eran zurdos, y sin embargo, cada uno de ellos podía lanzar piedras con la honda a un cabello si errar el tiro”.

Eran unos expertos lanzadores, como Guillerrmo Tell, famoso ballestero suizo que disparó la ballesta contra una manzana verde colocada sobre la cabeza de su propio hijo.

En el griego clásico, hamartein, significaba errar en el blanco, como ocurre cuando se dispara una flecha del arco y que hierra su blanco.

sombras-paraguasEl concepto de pecado, erróneamente traducido por San Jerónimo en la Vulgata, ha caído como un sunami de granizo, apedreando cuantas conciencias se paseaban tranquilas por la calle, arruinando totalmente las cosechas, y eso que era domingo de Laetare.

¡¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!

gritaban las campanas de todas las iglesias.

Dicho concepto se ha expandido durante siglos sobre la cristiandad como una pandemia similar a la del coronavirus.

confesionario“La confesión, dice Fray Marcos, es un proceso que nos debe llevar a una conciencia de la superación de estos fallos, de una desesperanza a una total confianza”, o como otros dicen, por ejemplo, José Arrregui, un concepto bastante descabellado imposible de ser creído.

Personalmente me atribuló de joven, pero desde hace mucho tiempo, ni caso, y los confesionarios de las iglesias se han venido abajo, pues hace más de treinta años que no los visito: los considero un Museo considerablemente trasnochado.

“Desear a la mujer de tu prójimo no es pecado, es tener buen gusto”, decía el cantautor español Alejandro Sanz, con las cuerdas de su artística guitarra.

 

CONFESIONARIO

Tarde de domingo en un oscuro templo madrileño.

Personas en la cola esperando confesarse con un cura retrógrado
que repartía en un crecido
ego te absolvo in pecatis tuis,
in nomine Patris, vade in pace.

Y se iban a la calle satisfechos,
después de haber vaciado en el cubo de la basura
los pesados pecados de su conciencia culpable.

Llamé al cura retrógrado,
y cuando salió fuera vestido de absolvos y de vades in pace,
les agarré a todos por el cuello de la camisa,
y les arrojé a la basura, apartándome el rostro,
porque el olor a podrido era grande

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

Biblia, Espiritualidad , , , , , ,

Ceguera, periferias y vulnerabilidades.

Domingo, 22 de marzo de 2020

ojos-cremalleraJn 9, 1- 41, Domingo 22 de marzo 2020

La ceguera es uno de los temas más repetidos en los Evangelios, pero en el Evangelio de Juan aparece siempre planteada como causa de la tiniebla o de la “ideología de la ley”. Así sucede en este texto. El ciego al que libera Jesús representa a un grupo dentro de Israel que ha vivido una opresión ancestral y no conoce más realidad que la oscuridad en la que transcurre su vida. Su sufrimiento y aislamiento es externo. Su desesperación le lleva a dejar que Jesús le unte los ojos con barro y saliva, como expresión de una nueva creación y recuperación para la vida y a bañarse en la piscina de Siloé. La alegría de su liberación contrasta con la sospecha de los fariseos y su acusación a Jesús por transgredir el sábado. La observancia les hace esclavos de la ley. Su ceguera es mucho mayor que la del ciego de nacimiento porque sus sospechas y la defensa de sus intereses les incapacitan para reconocer la misericordia actuante de Dios. Frente a los hombres de la ley, el ciego de nacimiento es capaz de reconocer la Buena Noticia de Dios que los fariseos niegan.

 

También nosotros y nosotras necesitamos liberar la mirada de múltiples cegueras que terminamos por naturalizar. Por eso eso necesitamos convertirla e invertirla y exponerla a las periferias sociales y existenciales, que son lugar preferente de la revelación de Dios. Recorrer quizás el mismo itinerario que hizo el ciego del texto de hoy, conscientes que para ir viendo con los ojos del Evangelio no bastan sólo las buenas intenciones, ni los buenos análisis, ni la mera voluntad, sino que hemos de dejar que sea Jesús quien nos tome de la mano, y como a otro ciego, el de Betsaida, nos saque de la ciudad (Mc 8, 23). Porque la mirada del Evangelio se aprende de forma privilegiada e inaudita en las afueras y en los abajo de la historia. En ellos podemos experimentar que la pedagogía desconcertante de Jesús con nosotras y nosotros, su modo de untarnos los ojos con saliva es la de aproximarnos a todos los orillados y expulsados, de manera que sean ellos, sus relatos, sus significaciones, los que vayan dándonos las instrucciones, las pistas, para aprender a mirar de manera nueva. Es este un aprendizaje lento que requiere paciencia, fidelidad y una gran confianza en Aquel que nos guía. Requiere también tocar fondo, perder miedo al vacío y desde esa desnudez, una vuelta a lo esencial que nos permita distinguir las sombras de la luz.

Quizás la crisis del corona-virus, sin quitarle un ápice a su dureza y la gran de tragedia que va a ser- que está siendo ya- para los y las más pobres, pueda ser un buen colirio para liberarnos de la ceguera de unas vidas centradas en la globalización de la indiferencia y el “sálvese quien pueda” y nos abra los ojos a la interdependencia, la solidaridad y el cuidado de la vida más vulnerable.

Pepa Torres Pérez

Fuente Fe Adulta

Biblia, Espiritualidad , , , , , ,

Sólo el que no sabe, mira.

Domingo, 22 de marzo de 2020

Anteojeras.2Domingo IV de Cuaresma 

22 marzo 2020

Jn 9, 1-41

Se cuenta que, al ser cuestionada su teoría heliocéntrica, Galileo pidió al cardenal presidente del consejo que lo juzgaba que mirara por el telescopio para poder apreciar por sí mismo el movimiento de los planetas. A tal invitación, el cardenal contestó con tanta rapidez como vehemencia: “No necesito mirar por ningún sitio. Yo sé bien cómo son las cosas”. La creencia no indaga, pontifica; no le interesa la verdad, sino su propia autoafirmación.

          Indudablemente, el que sabe no mira –afirma que no necesita mirar–, porque su creencia constituye para él la única verdad. Sin duda, una de las características más peligrosas de toda creencia es su tendencia a identificarse con la verdad. En cuanto eso ocurre, la creencia constituye el mayor obstáculo para abrirse a la verdad, porque actúa como unas anteojeras que no permiten ver sino lo que previamente se ha aceptado. Por ese motivo, el que sabe –el que cree saber– no mira, no indaga e incluso llega a negar lo evidente.

         Es lo que les sucede a los fariseos en este magnífico relato compuesto por la comunidad de Juan, como catequesis bautismal. Aferrados a sus creencias –“quien no guarda el sábado no puede venir de Dios”, “nosotros sabemos que este hombre es un pecador”–, no pueden ver la realidad, llegando incluso a extremos patéticos.

      “Los que ven se quedan ciegos”, dice Jesús. Que podría traducirse de este modo: quienes creen ver están incapacitados para abrirse a la verdad.

       Solo el que no sabe mira. El reconocimiento socrático de que “solo sé que no sé nada” nos sitúa en actitud de indagación. Pero eso requiere soltar todas las creencias: religiosas y antirreligiosas, psicológicas, culturales e incluso “científicas” –también la ciencia que, por definición, estaría libre de toda creencia, suele caer en esa trampa al dar por supuestos determinados apriori nada científicos, como aquel que afirma que solo existe lo que puede ser medido o comprobado en un laboratorio–.

        Soltar las creencias significa, no solo no confundirlas con la verdad –la creencia no es la verdad, como la miel no es el dulzor–, sino aprender a tomar distancia de la mente y de todas sus construcciones –toda creencia no es sino un constructo mental, un pensamiento al que le otorgamos nuestra adhesión–, al advertir que la verdad no cabe en la mente ni puede ser dicha con palabras. Como bien dijera Krishnamurti, “solo una mente en silencio puede ver la verdad, no una mente que se esfuerza por verla”.

¿Cómo me posiciono ante las creencias?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

Biblia, Espiritualidad , , , , , ,

Recordatorio

Las imágenes y fotografías presentadas en este blog son propiedad de sus respectivos autores o titulares de derechos de autor y se reproducen solamente para efectos informativos, ilustrativos y sin fines de lucro. Yo, por supuesto, a petición de los autores, eliminaré el contenido en cuestión inmediatamente o añadiré un enlace. Este sitio es gratuito y no genera ingresos.

El propietario del blog no garantiza la solidez y la fiabilidad de su contenido. Este blog es un lugar de entretenimiento. La información puede contener errores e imprecisiones.

Este blog no tiene ningún control sobre el contenido de los sitios a los que se proporciona un vínculo. Su dueño no puede ser considerado responsable.