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“Son grandes aunque no lo sepan”. 29 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10,35-45)

Domingo, 17 de octubre de 2021

29-852865Nunca viene su nombre en los periódicos. Nadie les cede el paso en lugar alguno. No tienen títulos ni cuentas corrientes envidiables, pero son grandes. No poseen muchas riquezas, pero tienen algo que no se puede comprar con dinero: bondad, capacidad de acogida, ternura y compasión hacia el necesitado.

Hombres y mujeres del montón, gentes de a pie a los que apenas valora nadie, pero que van pasando por la vida poniendo amor y cariño a su alrededor. Personas sencillas y buenas que solo saben vivir echando una mano y haciendo el bien.

Gentes que no conocen el orgullo ni tienen grandes pretensiones. Hombres y mujeres a los que se les encuentra en el momento oportuno, cuando se necesita la palabra de ánimo, la mirada cordial, la mano cercana.

Padres sencillos y buenos que se toman tiempo para escuchar a sus hijos pequeños, responder a sus infinitas preguntas, disfrutar con sus juegos y descubrir de nuevo junto a ellos lo mejor de la vida.

Madres incansables que llenan el hogar de calor y alegría. Mujeres que no tienen precio, pues saben dar a sus hijos lo que más necesitan para enfrentarse confiadamente a su futuro.

Esposos que van madurando su amor día a día, aprendiendo a ceder, cuidando generosamente la felicidad del otro, perdonándose mutuamente en los mil pequeños roces de la vida.

Estas gentes desconocidas son los que hacen el mundo más habitable y la vida más humana. Ellos ponen un aire limpio y respirable en nuestra sociedad. De ellos ha dicho Jesús que son grandes porque viven al servicio de los demás.

Ellos mismos no lo saben, pero gracias a sus vidas se abre paso en nuestras calles y hogares la energía más antigua y genuina: la energía del amor. En el desierto de este mundo, a veces tan inhóspito, donde solo parece crecer la rivalidad y el enfrentamiento, ellos son pequeños oasis en los que brota la amistad, la confianza y la mutua ayuda. No se pierden en discursos y teorías. Lo suyo es amar calladamente y prestar ayuda a quien lo necesite.

Es posible que nadie les agradezca nunca nada. Probablemente no se les harán grandes homenajes. Pero estos hombres y mujeres son grandes porque son humanos. Ahí está su grandeza. Ellos son los mejores seguidores de Jesús, pues viven haciendo un mundo más digno, como él. Sin saberlo, están abriendo caminos al reino de Dios.

José Antonio Pagola

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“El que quiera ser primero, sea esclavo de todos”. Domingo 17 de octubre de 2021. Domingo 29º

Domingo, 17 de octubre de 2021

56-ordinarioB29 cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 53, 10-11: Cuando entregue su vida como expiación, verá su descendencia, prolongará sus años.
Salmo responsorial: 32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
Hebreos 4, 14-16: Acerquémonos con seguridad a trono de la gracia.
Marcos 10, 35-45: El hijo del hombre ha venido para dar su vida en rescate por todos.

La primera lectura de hoy, tomada de la segunda parte del libro de Isaías, nos habla de la misión del ‘siervo sufriente’, es decir, de aquel imaginado redentor del Pueblo de Dios que ofrece su vida para ver el nacimiento de una nueva posibilidad, de una nueva descendencia. Este poema nos habla más de esperanza, de tenacidad y de lucha que de sufrimiento pasivo o resignación. La misión del siervo del Señor no es ver su cuerpo destrozado, sino servir de puente para las nuevas generaciones de creyentes que se han de inspirar en su particular estilo de vida. Por esta razón la “nueva descendencia” no se refiere, ni en el texto ni en la interpretación cristiana, a los descendientes biológicos, sino a una nueva generación de personas comprometidas con la Causa de Dios en favor de su pueblo, el pueblo pobre, dolorido y oprimido.

El Salmo nos sirve de puente entre la primera y la segunda lectura, al recordarnos que la Palabra de Dios se identifica por su capacidad para ayudarnos a reconocer la verdad. Una verdad que no es un asunto metafísico o etéreo, sino la encarnación del proyecto de Dios en la historia por medio de la justicia y el derecho.

El fragmentito de la carta a los Hebreos que hoy leemos nos recuerda que Jesús ha sido probado en todo igual que nosotros, por lo que podemos tener confianza de ser bien comprendidos. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de comprender a los débiles…

El evangelio, de Lucas, nos presenta una escena breve, un pasaje simple pero muy importante del mensaje de Jesús. Jesús establece con claridad su diferencia con el espíritu del mundo, el de los jefes de este mundo, que esclavizan a los suyos y se sirven de ellos; Jesús proclama que su actitud es exactamente la contraria: «No he venido a ser servido sino a servir», y «el que quiera ser grande, que sea el servidor de todos». Es un rasgo cristiano central, decisivo. Y sin complicaciones ni alambicamientos teóricos: no se trata de creer doctrinas, sino de centrar la propia vida sobre la base del amor-servicio. No un amor cualquiera (romántico, sentimental, de bellas palabras…), sino un amor que se expresa en el servicio. No insistiremos nunca demás en este principio central del evangelio, que Lucas nos recuerda hoy.

El penúltimo domingo de octubre la Iglesia Católica lo celebra como Domingo Mundial («Do-Mund») de las Misiones. Muchos de los católicos mayores recordamos que cuando fuimos niños salimos, tal día como hoy, a las calles, con una hucha en las manos, para hacer una cuestación económica en favor de las misiones. En algunas sociedades católicas de entonces, aquello formó parte de un paisaje religioso urbano, que ya desapareció. No se dejó de hacer simplemente por pereza, o por olvido… sino por razones de la secularización de la sociedad. Pero hoy, con una perspectiva más amplia, vemos que no sólo han afectado las razones clásicas de la «secularización»; también han intervenido razones que se refieren a las «Misiones» mismas.

En un tiempo como el que vivimos, marcado radicalmente por el pluralismo religioso, y marcado también, crecientemente, por la teología del pluralismo religioso, el sentido de lo «misionero» y de la «universalidad cristiana» han cambiado. Hasta ahora, en demasiados casos, lo misionero era sinónimo de «convertir» al cristianismo (al catolicismo concretamente en nuestro caso) a los «gentiles», y la «universalidad cristiana» era sentida como la centralidad del cristianismo: nosotros éramos la religión central, la (única) querida por Dios, y por tanto, la religión-destino de la humanidad. Todos los pueblos (universalidad) estaban destinados a abandonar su religión ancestral y a hacerse cristianos (a «convertirse»)… El «proselitismo», por cualquier medio que fuera posible, estaba justificado; más, era lo mejor que podíamos hacer por la humanidad: el fin justificaba los medios.

Todo esto, lógicamente, ha cambiado. Comprendemos perfectamente que las religiones y las culturas (todas, no sólo la nuestra) han vivido, desde sus orígenes, aisladas, sin sentido de pluralidad. Una especie de «efecto óptico» y, a la vez, una cierta ley de la «psicología evolutiva» de la humanidad, les ha hecho concebirse a sí mismas -cada una- como únicas, y como «centrales» (pensando cada una que eran el centro absoluto de la realidad), igual que cada uno de nosotros, cuando hemos sido niños/as, hemos comenzado a conocer la realidad siempre a partir de nuestro ego-centramiento psicológico inevitable, igual también que todos los humanos han pensado que su tierra, y hasta el planeta Tierra, eran el centro del mundo y hasta del cosmos… Sólo con la expansión del conocimiento y con la experiencia de la pluralidad, las personas, los pueblos y las culturas se han ido dando cuenta de que no son el centro, de que hay otros centros, y han sido capaces de madurar y de descentrarse de sí mismas reconociendo una realidad mayor.

Todas las religiones, no sólo la nuestra, están desafiadas a entrar en esta maduración y este reconocimiento de una perspectiva panorámica mucho más amplia que aquella en la que han vivido precisamente toda su historia, los varios milenios de su existencia. La religiosidad, la espiritualidad del ser humano, es mucho más amplia, y mucho más antigua (decenas de milenios al menos) que cualquiera de nuestras religiones. Dar al tiempo sagrado de nuestra religión la centralidad y unicidad cósmica y universal que le solemos dar, necesita sin duda una reevaluación más ponderada. Un pensamiento religioso más sereno y maduro se inclina cada día más hacia una revalorización generosa de las otras religiones, y a una profundización del sentido de modestia y de pluralismo, que no es claudicación ante nada, sino apertura de corazón al llamado divino que hoy sentimos, vibrante y poderoso, hacia una convergencia universal que antes no acabábamos de captar. Leer más…

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Dom 17.10.21 (17 TO). A la izquierda y derecha de Jesús: Poder espiritual y poder material

Domingo, 17 de octubre de 2021

EC84767B-6556-4628-8F33-F46A42C14930Del blog de Xabier Pikaza:

El problema de fondo de Jesús y de la Iglesia es el poder, un poder que puede llamarse material (económico, social) pero también espiritual (poder sobre las conciencias y las almas). Los dos poderes son distintos y a lo largo de tiempo se han enfrentado, como indica el tema de las dos espadas: una la del rey, otra la de los obispos y el papa.

Hay un tipo de iglesia que condena todos los demás poderes (como si ella fuera un inmaculado oráculo de Delfos), no solo en sentido material (tema menos importante), sino sobre todo en sentido espiritual.

Pero el evangelio de hoy (evangelio de los zebedeos) no distingue esos poderes, sino que en el fondo los vincula. No se puede hablar de un poder zebedeo/eclesial bueno, frente a un poder imperial/romano malo.  En nombre de Dios, Jesús ha condenado ambos poder como poderes (no como servicio y estímulo amoroso de vida).

Más aún, lo que Jesús rechaza ante todo no es el poder económico-político de Roma (del César), sino el poder espiritual de los  zebedeos (Juan y Santiago), que querían crear una iglesia de “poder bueno” sobre las conciencias, en contra del poder malo de sacerdotes, fariseos, esenios, celotas y rabinos de de su entorno.

Ese sigue siendo el tema clave de la iglesia actual: Su deseo de imponer un tipo de cristianismo como poder. Ante ese espejo de los zebedeos nos deja el evangelio de hoy. Buen fin de semana a todos.  

Tema de fondo

Antes de leer el texto preguntemos: ¿Quién nos ha dicho que Santiago y Juan quieren un poder material, militar o rabínico? Lo que ellos quieren y piden a Jesús es un “poder espiritual” que sería bueno, como han querido cientos, miles y casi millones de jerarcas de la Iglesia a lo largo de los siglos, hasta la actualidad. Lo que Jesús condena no es poder “material” malo, sino un poder espiritual que puede ser peor, como el de un Juan y Santiago “patriarcas” de la Iglesia,

 El tema es serio, delicado. Traté de él ayer al ocuparme del Concilio de Constanza y de la sinodalidad. Lo trato hoy también, comentando de un modo sencillo el evangelio de domingo. Hay más temas de fondo, pero con éstos podemos comenzar hoy.

No hay en la iglesia lugar para personas que quieran imponerse a los demás, copando para ello los primeros puestos. No hay en la iglesia lugar para el poder económico, ni para el poder social, ni para el espiritual, que puede ser quizá el peor de todos.

 Ese era el poder espiritual que querían los zebedeos, hijos del trueno (3, 17). Ellos encarnan el apetito eclesial y social de dominio, evidentemente con “buena intención”, pero con el riesgo de acabar dominando a los demás. Al rechazarles, Jesús rechaza todo tipo de poder espiritual. El texto, escrito de forma paradigmática, consta de tres partes: petición, aplicación personal, principio universal.

Texto Mc 10, 35-45 (a. Petición) 37:  Concédenos que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria.

(b. Respuesta) 38 Jesús les replicó:  Beberéis el cáliz que yo he de beber y seréis bautizados con el bautismo con que yo seré bautizado. 40 Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado.

(1)  10, 35-37 Petición de Juan y Santiago

 37 Ellos contestaron: Concédenos que nos sentemos uno a tu derecha y otro a tu izquierda en tu gloria.

Juan es sin duda un reincidente, pues ya quiso controlar el Nombre de Jesús, impidiendo que un exorcista no comunitario pudiera valerse del nombre de Jesús (9, 38-41). Ambos son “hijos del trueno” (3, 17), en línea de fuego y violencia, pues quisieron que el fuego del cielo destruyera a lo samaritanos, un día que no quisieron recibirles (cf. Lc 9, 54).

Quieren el “poder espiritual” de dominio sobre las conciencias, de imposición religiosa.

Es lógico y bueno lo que piden (estar siempre al lado de Jesús), pero lo piden con lógica de mando, elevándose sobre el resto de los discípulos, sentándose a su lado, en su gloria” (en tê doxê sou), como poder espiritual supremo sobre el mundo. Es evidente que, siguiendo el orden en que aparecen siempre, Santiago (¡quizá el mayor!) ocuparía el trono o asiento a la derecha de Jesús y Juan a su izquierda. Así formarían con Jesús el triunvirato del Reino, en clave de poder espiritual.

Pueden pensar en un reino político, que se instaurará en Jerusalén, tan pronto como lleguen (a pesar de los anuncios de derrota y muerte de Jesús). Pero también pueden pensar (dentro del contexto actual de Marcos) en el Reino del Hijo del Hombre, que ha de venir de forma gloriosa, conforme al mensaje de Dan 7, 9-14, donde se dice que se prepararon unos tronos (para los compañeros, angélicos o humanos del Hijo del Hombre), y que al Hijo de Hombre en particular se le daría todo honor, gloria y poder.

Es evidente que estos zebedeos quieren reinar con Jesús, ellos dos, de un modo especial, ciertamente con los Doce (como recuerda el logion de los Doce tronos de los elegidos de Jesús: cf. Mt 19, 28; Lc 22, 30), pero por encima de los otros diez (incluido Pedro) Quieren el poder espiritual, como compendio, principio  y meta de todos los poderes.

(2)0, 38-40. Respuesta. Beberéis mi cáliz: Beberéis el cáliz que yo he de beber y seréis bautizados con el bautismo con que yo seré bautizado. 40 Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo, sino que es para quienes está reservado.

Jesús responde cambiando el nivel de la petición. No acepta, ni rechaza lo que piden, pues de ese modo seguiría utilizando (a favor o en contra) la lógica de fuerza, sino que rechaza la misma petición como carente de sentido: ¡No sabéis lo que pedís!Rechaza la petición del poder (10, 38).

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¿Triunfar o servir? Domingo 29. Ciclo B

Domingo, 17 de octubre de 2021

0029Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

En las lecturas de los domingos anteriores Jesús ha ido instruyendo a los discípulos a propósito de los más diversos temas (los niños, el divorcio, la riqueza, etc.). En el de hoy da su última gran enseñanza antes de subir a Jerusalén para la pasión.

En lo que piensa Jesús

Todo comienza con el tercer anuncio de la pasión y resurrección, que no se lee, pero que es fundamental para entender lo que sigue. Jesús repite una vez más a los discípulos que los sumos sacerdotes y los escribas lo condenarán a muerte, lo entregarán a los paganos, se burlarán de él, le escupirán, azotarán y matarán.

En lo que piensan Santiago y Juan: Presidente del Gobierno y Primer Ministro

Igual que en los casos anteriores, al anuncio de la pasión sigue una muestra de incomprensión por parte de los apóstoles: Santiago y Juan, dos de los más importantes, de los más cercanos a Jesús, ni siquiera han prestado atención a lo que dijo.

En aquel tiempo se acercaron a Jesús los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, y le dijeron:

-Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.

Les preguntó:

-¿Qué queréis que haga por vosotros?

Contestaron:

-Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda.

Mientras Jesús habla de sufrimiento, ellos quieren garantizarse el triunfo: “sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda”. “En tu gloria” no se refiere al cielo, sino a lo que ocurrirá “en la tierra”, cuando Jesús triunfe y se convierta en rey de Israel en Jerusalén: quieren un puesto a la derecha y otro a la izquierda, Presidente de Gobierno y Primer Ministro. Para ellos, lo importante es subir.

Jesús replicó:

-No sabéis lo que pedís, ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber, o de bautizaros con el bautismo con que yo me voy a bautizar?

Contestaron:

-Lo somos.

Jesús les dijo:

-El cáliz que yo voy a beber lo beberéis, y os bautizaréis con el bautismo con que yo me voy a bautizar. Pero el sentarse a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí concederlo; está ya reservado.

La respuesta de Jesús, menos dura de lo que cabría esperar, procede en dos pasos. En primer lugar les recuerda que para triunfar hay que pasar antes por el sufrimiento, beber el mismo cáliz de la pasión que él beberá. No queda claro si Juan y Santiago entendieron lo que les dijo Jesús sobre su cáliz y su bautismo, pero responden que están dispuestos a lo que sea. Entonces Jesús, en un segundo paso, les echa un jarro de agua fría diciéndoles que, aunque beban el cáliz, eso no les garantizará los primeros puestos. Están ya reservados, no se dice para quién.

La reacción de los otros diez y la gran enseñanza de Jesús

Los otros diez, al oír aquello, se indignaron contra Santiago y Juan.

Jesús, reuniéndolos, les dijo:

-Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos. Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos.

¿Por qué se indignan? Probablemente porque también ellos ambicionan los primeros puestos. Jesús aprovecha la ocasión para enseñarles cómo deben ser las relacio­nes dentro de la comunidad. En la postura de los discípulos detecta una actitud muy humana, de simple búsqueda del poder. Para que no caigan en ella, les presenta dos ejemplos opuestos:

1) el que no deben imitar es el de los reyes y monarcas helenísticos, famosos por su abuso del poder: “Sabéis que los jefes de las naciones las tiranizan y que los grandes las opri­men”.

2) el que deben imitar es el del mismo Jesús, que ha venido a servir y a dar su vida en rescate por todos.

En medio de estos dos ejemplos queda la enseñanza capital: “el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”. En la comunidad cristiana debe darse un cambio de valores absoluto.

Pero esto es lo que debe ocurrir “entre vosotros”, dentro de la comunidad. Jesús no dice nada a propósito de lo que debe ocurrir en la sociedad, aunque critica indirectamente el abuso de poder.

Primera lectura: Isaías 53,10-11

El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento.
Cuando entregue su vida como expiación,
verá su descendencia, prolongará sus años;
lo que el Señor quiere prosperará por sus manos.
A causa de los trabajos de su alma, verá y se hartará,
con lo aprendido mi Siervo justificará a muchos,
cargando con los crímenes de ellos.

Este texto se ha elegido como comentario de las palabras de Jesús: “el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos” y de sus referencias anteriores a la pasión (el cáliz y el bautismo). Por eso comienza diciendo que El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento; unas palabras que escandalizan por la forma de hablar de Dios, pero que hay que interpretarlas como un recurso para el triunfo final. De hecho, el texto de Isaías insiste más en el éxito de Jesús (verá su descendencia, prolongará sus años, verá y se hartará) y de su obra (el plan de Dios prosperará por sus manos, justificará a muchos).

Reflexiones

1. Este pasaje constituye la última enseñanza de Jesús antes de la pasión, en la que nos deja su forma de entender su vida: “El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos”. Este ejemplo es válido para todos los cristianos, no sólo para papas y obispos.

2. Esta espléndida enseñanza no nos habría llegado si Santiago, Juan y los otros diez hubieran sido menos ambiciosos. Los fallos humanos pueden traer grandes beneficios.

3. La enseñanza de Jesús ha calado muy poco en la Iglesia después de veinte siglos y en ella se sigue dando un choque de ambiciones al más alto nivel. La única solución será tener siempre presente el ejemplo de Jesús.

4. El texto de Isaías nos ayuda a mirar con esperanza los momentos difíciles de nuestra vida. Aunque la impresión que podemos tener a veces es que Dios nos está triturando con el sufrimiento, no es ésa su intención, sino sacar de nosotros algo muy bueno.

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Domingo XXIX del Tiempo Ordinario. 17 de octubre de 2021

Domingo, 17 de octubre de 2021

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Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros, nada de eso…”

(Mc 10, 35-45)

Es triste que el evangelio de hoy no haya perdido actualidad. Si nos asomamos al panorama político actual vemos claramente cómo “los jefes de los pueblos los tiranizan, y los grandes los oprimen.”

Parece que el deseo de poder es algo “incrustado” en la condición humana. Santiago y Juan querían ser importantes, poderosos. No querían ser un discípulo más y no les bastaba ser uno de los “doce”. Ellos quería ser los primeros. Bueno, los segundos. Estar a la derecha y a la izquierda de Jesús.

Y hay que ver cómo se acercan a Jesús, más que pedirle o preguntarle le exigen: “ Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir.”

Los otros diez, aunque no se han atrevido a exigir nada a Jesús, adolecen de los mismo. Se indignan porque en el fondo todos quieren lo mismo. Todos queremos lo mismo.

Los discípulos de hoy no somos muy distintos a estos doce. La historia de la Iglesia es preclara en este sentido. No faltan luchas de poder, ni tiranías, ni opresiones.

Parece que las últimas frases del evangelio de hoy se nos suelen olvidar. “Vosotros, NADA DE ESO: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; el que quiera ser el primero, sea el esclavo de todos.”

Las olvidamos no porque sean difíciles de entender, sino más bien porque no necesitan ninguna explicación. Son demasiado claras.

Ah!, sí, a veces nos acordamos de estas palabras de Jesús, sobre todo para “lanzárselas” a otra persona. La mota del ojo ajeno es fácil de ver. Se las recordamos a las demás. Hablamos mucho de servicio y hasta escribimos libros, pero el servicio callado y desinteresado sigue siendo un bien escaso.

Nos gusta tanto ser las primeras que enseguida pensamos: “Bien, pues yo seré la primera en servir”. Pero entonces no servimos para ser como Jesús sino para que se nos reconozca, para ser grandes, importantes, para ser las primeras. Y quizá entonces ese servicio no nos lleve al Reino de Dios sino a cualquier tiranía humana.

Oración

Libéranos, Trinidad Santa, de la angustia de no poder ser el primero. Libéranos de los sentimientos de culpar de nuestros fallos al otro. (Cfr. “Liberame”, Brotes de Olivo.)

 

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa 

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Consumirse sirviendo es la máxima gloria.

Domingo, 17 de octubre de 2021

Scene 07/53 Exterior Galilee Riverside; Jesus (DIOGO MORCALDO) is going to die and tells Peter (DARWIN SHAW) and the other disciples this not the end. Mc 10,32-45

Sigue el camino hacia Jerusalén. Al anunciar Marcos tres veces la pasión, está mostrando la rotundidad del mensaje. Al proponer, después de cada anuncio, la radical oposición de los discípulos resalta la dificultad para entenderle. A continuación del primer anuncio, Pedro dice a Jesús que, de pasión y muerte, ni hablar. Después del segundo, los discípulos siguen discutiendo quién era el más importante. Hoy al tercer anuncio de la pasión los dos hermanos pretenden sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda ‘en su gloria’.

Uno a tu derecha y otro a tu izquierda. Le llaman maestro, pero le dicen lo que tiene que hacer. Los dos hermanos están pidiendo los primeros puestos en el reino terreno que Jesús va a instaurar. Pero aunque estuvieran pensando en el reino escatológico, estarían manifestando el mismo afán de superioridad. Ya decíamos el domingo pasado que la actitud egoísta es la misma, se pretendan seguridades para el más acá o para el más allá.

No sabéis lo que pedís. Se refleja una diferencia abismal de criterios. Jesús y los discípulos están en distinta longitud de onda. Con esta frase, Marcos está proponiendo una sutil proyección sobre el momento mismo de la muerte de Jesús. Si tenemos en cuenta que, para Jesús, el lugar de la gloria es la cruz, le estarían pidiendo que vayan con él a la muerte. Curiosamente, todos los evangelios nos dicen que, efectivamente, había en aquel momento uno a su derecha y otra a su izquierda, pero eran malhechores comunes.

Los otros diez se indignaron. Señal inequívoca de que todos estaban deseando los mismos puestos. El resto de los discípulos tenían las mismas ambiciones que los dos hermanos, pero eran cobardes y no tenían la valentía de manifestarlo. Normalmente en la protesta por lo que hace otro podemos manifestar el deseo de hacer lo mismo. La inmensa mayoría de los cristianos seguimos intentando utilizar a Dios en nuestro provecho.

Los jefes de los pueblos los tiranizan… Es impresionante el resumen de la manera de utilizar el poder en el mundo. Jesús no crítica ni la democracia ni la monarquía; critica a las personas que ejercen el poder oprimiendo. Jesús da por supuesto que en el ámbito civil, lo normal, es ejercer el poder tiranizando a los demás. ¡Qué distinto lo que propone Jesús! Nada de eso sino lo contrario: Servir. Una lección difícil de aprender.

El Hijo de hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir. Ahora no son los jefes de los sacerdotes los que le quitan la vida, sino que es él el que la entrega libremente. Este cambio de perspectiva en muy importante para el sentido general. Al decir que da su vida, el texto griego no dice “zoe” ni “bios” sino “psyche”, que no significa exactamente vida, sino lo humano, lo psicológico, la persona. Dar su vida, no significaría morir, sino poner su humanidad al servicio de los demás mientras vive.

Hoy muy probablemente en la homilía se criticará a la Iglesia porque no sigue el evangelio huyendo de todo poder y sirviendo a todos. Los entes de razón no son sujetos de reacciones humanas. Somos las personas con nombre y apellidos las que seguimos actuando sin tener en cuenta el evangelio. En muy pocos siglos los cristianos volvieron a considerar correcto lo que Jesús había criticado tan duramente en los evangelios.

El evangelio nos dice, por activa y por pasiva, que el cristiano es un ser para los demás. Si no entendemos esto, no hemos comprendido el “a b c” del cristianismo. Pero este mensaje es también la “x”, porque es la incógnita más difícil de despejar, la realidad más camuflada bajo la ideología justificadora que siempre segrega toda religión institucionalizada. Somos cristianos en la medida que nos damos a los demás. Dejamos de serlo en la medida que nos aprovechamos de ellos, de cualquier forma, para estar por encima de ellos.

Este principio básico del cristianismo no ha venido de ningún mundo galáctico. Ha llegado hasta nosotros gracias a un ser humano en todo semejante a nosotros. Lo descubrió en lo más hondo de su ser. Al comprender lo que Dios era en él, al percibirlo como don total, Jesús hizo el más profundo descubrimiento de su vida. Entendió que la grandeza del ser humano consiste en esa posibilidad que tiene de darse como Dios se da.

En ese don total encuentra el hombre su plena realización. Cuando descubre que la base de su ser es el mismo Dios, descubre la necesidad de superar el apego al falso yo. El ego es siempre falso porque es una creación mental, por eso necesita estar siempre afianzándose. Liberado del “ego”, se encuentra con la verdadera realidad que es. En ese momento, su ser se expande y se identifica con el Ser Absoluto. El ser humano se hace uno con Él. No va más. Ni Dios puede añadir nada a ese ser. Es ya una misma cosa en él.

Mientras no haga este descubrimiento, estaré en la dinámica del joven rico, de los dos hermanos y de los demás apóstoles: buscaré más riquezas, el puesto mejor y el dominio de los demás. Si acepto darme a todos por programa­ción, será a regañadientes y esperando una recompensa, aunque sea espiritual. Estoy buscando potenciar mi “ego”. Tampoco se trata de sufrir, de humillarse ante Dios o ante los demás, esperando que me lo paguen con creces. La máxima gloria será vivir y desvivirse en beneficio de los demás.

Los evangelios están escritos desde una visión mítica. En el relato no se cuestiona que Jesús se sentará en su trono ni que habrá alguien a su derecha y a su izquierda. La expresión tan repetida en los evangelios: “reino de Dios” o “reino de los cielos, no debemos entenderla como una realidad que existe en alguna parte sino como una metáfora de lo que Dios es en todos. La mejor prueba es que, a renglón seguido, nos dice que la gloria consiste en el servicio, en el amor manifestado y no en ningún gobierno.

El objetivo último de Jesús fue entregarse, deshacerse en beneficio de los demás. Su consumación en la identificación con Dios fue idéntica realidad a su consumición en favor de los demás. No tiene sentido que lo hiciera esperando una recompensa de gloria. La superación del yo y la identificación con Dios es su máxima gloria. No puede haber más. No hay un Dios que glorifique ni un Jesús glorificado. Cuando Jesús dice. “Yo y el Padre somos uno”, está manifestando que ha llegado a la plenitud de ser.

Meditación

Opresión, tiranía, sometimiento, esclavitud, servidumbre.
Entre vosotros nada de eso, dice Jesús.
Pero todo eso lo encontramos en cada uno de nosotros.
La larga lucha que tuvo Jesús con sus discípulos
es la misma que tenemos que llevar a cabo
cada uno de nosotros contra nuestro falso yo.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Los hijos del trueno.

Domingo, 17 de octubre de 2021

maxresdefaultMc 10, 35-45

«No sabéis lo que pedís».

Eran pescadores de Cafarnaún. Uno de ellos, Juan, conoció a Jesús a orillas del Jordán en el entorno del Bautista, y quedó tan fascinado por él, que sesenta años después recordaba hasta la hora del encuentro: «Serían las cuatro de la tarde»… Ya de regreso a Cafarnaún, Jesús invitó a Santiago y a Juan a una aventura insólita, y ellos le siguieron porque junto a él la vida prometía adquirir todo su sentido y todo su sabor.

En la sinagoga de Cafarnaún fueron testigos de su primera intervención pública y participaron del estupor de los asistentes al acto: «¿Qué es esto? ¿Una doctrina nueva y revestida de autoridad?»… Al día siguiente salieron a las aldeas próximas y comenzó la aventura. Recorrían mil caminos y visitaban docenas de pueblos y ciudades. Jesús atendía a los enfermos y necesitados y predicaba la buena noticia del Reino por todos los rincones de Galilea. La gente le seguía entusiasmada.

Vieron que su fama se extendía y que muchos comenzaban a ver en él al mesías esperado, y quizá fue entonces cuando empezaron a acariciar la idea de convertirse en jefes del pueblo. Así, cuando Jesús les hablaba del Reino de Dios, ellos entendían el reino de Israel— con trono y sin romanos—, y por mucho que Jesús lo negara, ellos seguían aferrados a su sueño de poder. Tras la multiplicación de los panes se les presentó la oportunidad esperada, y es probable que los propios discípulos azuzasen a la gente para proclamarle rey. De hecho, Jesús tuvo que despacharlos a Cafarnaún.

Pero ellos no desfallecían. Quisieron acordar quién sería el primero en el reparto de las “carteras ministeriales”, y camino de Cafarnaún se enzarzaron en una agria discusión. Poco después, Santiago y Juan quisieron zanjar la cuestión hablando directamente con el Maestro, pero solo consiguieron exasperar a sus compañeros. Jesús insistía, una y otra vez, en que aquello iba a acabar mal, pero ellos le habían visto vencer tantas veces a quienes le acosaban, que no admitían un final que no fuese glorioso.

Subieron a Jerusalén y prendieron a Jesús. Ellos, aterrados, se atrancaron en casa de un amigo, y solo las mujeres —con María Magdalena a la cabeza— fueron capaces de estar a la altura. Pedro tuvo un arranque de coraje, pero se rajó… Es probable que huyeran de Jerusalén tras la Pascua aterrorizados por miedo a las autoridades judías, desmoralizados por la muerte de su maestro y sumidos en angustiosas dudas de fe por este hecho. Pedro, Andrés y los Zebedeos volvieron a faenar en la mar.

Pero algo insólito ocurrió en sus vidas que les hizo renacer en la fe y presentarse de nuevo en el Templo, afirmando, y empeñando su vida en ello, que Jesús había resucitado. Todo había cambiado, y si en los evangelios aparecen los discípulos anclados en lo antiguo, en los Hechos aparecen ya “convertidos“, creyendo en Jesús por encima de todo mesianismo patriótico y de todas las tradiciones anteriores.

Ruiz de Galarreta resumía así el camino de su conversión: «Le conocieron, quedaron fascinados por él, le siguieron y solo al final creyeron»… Todo empieza por conocerle, y el problema para muchos es que no le conocemos.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Una religión de esclavos.

Domingo, 17 de octubre de 2021

borrador-automatico34(Mc 10,35-45)

Tanto en la sociedad como en la iglesia encontramos modelos de gobierno, de autoridad y de poder que responden a diferentes fundamentaciones e intereses. El evangelio ofrece un modelo de autoridad basado en el servicio, y en la salida de sí mismo, es decir, como dice el texto de Marcos 10,45, en una grandeza que tiene que ver con el servicio y con dar la vida por los demás, hasta el punto de caracterizarla como una esclavitud: “el que quiera ser primero que se haga esclavo de todos”.

Ello me recuerda cómo Simone Weil describía al cristianismo como “la religión de los esclavos”, aunque no le daba seguramente el mismo sentido. Para ella, el cristianismo era religión de esclavos porque aquellos que se encontraban en situaciones límites de dignidad y libertad podían encontrar en este grupo aquella dignidad perdida. Pero esta recuperación de la dignidad es posible y viable si quienes buscan la grandeza la encuentran justamente en el servicio y en la preferencia de quienes están en situación de exclusión y marginación.

De hecho, algunos testimonios del cristianismo primitivo muestran cómo las diferentes exclusiones sociales no los son tanto dentro del movimiento cristiano naciente. Entre los testimonios paganos, en una carta del Gobernador Plinio al emperador Trajano, escrito en torno al 110 d. C., el gobernador explica la tortura de dos mujeres esclavas que eran “ministras” (ministrae), es decir, que tenían roles ministeriales en la comunidad cristiana. Al mismo tiempo que llama la atención sobre su ministerio por ser mujeres, la novedad del cambio de estatus de una esclava indica que ingresar en una comunidad cristiana podía significar un cambio de estatus, a la vez que la aceptación y aprobación por parte de la comunidad: Ni los indicadores de género ni los de estatus impedían a sus miembros aceptar los ministerios de estas mujeres. En un sentido similar, por ejemplo, Gálatas 3,28 insiste que “ya no hay judío ni griego, varón ni mujer, esclavo ni libre, porque vosotros sois uno en Cristo”.

La iglesia ha vivido continuamente la tensión entre poderes autorreferenciales y un profetismo que vuelve a prestar atención a todo tipo de pobreza (existencial, económica, cultural, espiritual…) para hacerse con ello y restituir la dignidad donde se ha perdido.

Los modelos eclesiales actuales, a partir del concilio Vaticano II, formulan modelos participativos y misioneros, es decir, en salida, que miran hacia el servicio y hacia la situación social para establecer un diálogo evangelizador y de atención solidaria. A su vez, los procesos sinodales actuales buscan esta misma comprensión de autoridad y liderazgo más vinculada a un pueblo que camina juntos que a una estructura jerárquicamente organizada.

Este texto evangélico recuerda oportunamente para estos procesos de conversión eclesial, que “el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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Dar la vida

Domingo, 17 de octubre de 2021

1A84BCE3-5DD3-4515-AB85-EE39B394DF2BDomingo XXIX del Tiempo Ordinario

17 octubre 2021

Mc 10, 35-45

  El amor no tiene que ver, de entrada, con un sentimiento o una emoción. Es una certeza: la certeza de que todo otro es no-otro de mí. Y se expresa en la entrega. Por lo que puede decirse que amar es darse.

 En lenguaje evangélico, amar es servir y dar la vida: así se expresa Jesús en el evangelio de Marcos. Y en el de Juan añade algo más: “Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos” (Jn 15,13).

 Ahora bien, el amor, así entendido, implica una paradoja: ser dueño de sí y olvidarse de sí. Como en todas las paradojas, los dos extremos de la misma son igualmente importantes. En este caso: solo quien se posee a sí mismo es capaz de olvidarse de sí, del mismo modo que solo quien se posee podrá darse, ya que nadie da lo que no tiene.

 “Poseerse” a sí mismo significa ser interiormente libre, autónomo y consistente. Habla de una personalidad integrada, unificada y armoniosa, reconciliada consigo misma. Es precisamente esa integración personal la que posible entregarse y olvidarse de sí.

 Sin esa integración, la persona se verá obligada, de manera más o menos compulsiva, a intentar sobrevivir con el menor sufrimiento posible. Por lo que deberá dedicar toda su energía a sostenerse en precario. Ahora bien, si tiene que estar centrada en sobrevivir será incapaz de olvidarse de sí y entregarse. En cualquier caso, únicamente podría intentar hacerlo desde un voluntarismo extremo que, antes o después, terminará rompiéndola o “quemándola”.

 El proceso de integración se basa en el amor humilde hacia sí. Es necesario que la persona pueda “encontrarse” con ella misma, mirarse a los ojos, aceptarse con toda su verdad y amarse con la mayor viveza posible. Ese amor hacia sí, que unifica, es también el que capacita para entregarse a los otros.

  A veces se oye esta pregunta: ¿No existe el peligro de amarse demasiado? No. El peligro no está ahí -nunca se amará demasiado-, sino en amarse mal o, mejor dicho, en llamar amor a lo que no lo es. No es amor aquel que termina en uno mismo, como tampoco lo es cuando no nos aceptamos íntegramente ni cuando nos comparamos con los otros.

  El amor es humilde y universal: acepta toda nuestra verdad -se necesita mucha humildad para amarse de ese modo- y se expande a todos los seres. Cuando no se dan estos rasgos, se trata de narcisismo egocentrado, incapaz también de entregarse. Por tanto, tal vez haya que empezar por cuidar de manera consciente el amor humilde hacia uno mismo.

¿En qué medida vivo un amor humilde y universal?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Dos modos de ser en la vida: mandar o servir

Domingo, 17 de octubre de 2021

57752537-4CE7-4B21-A561-184F4347FD7ADel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

1.- Un contraste dramático

    La primera lectura hoy (Isaías) nos habla del IV canto del Siervo de Yahvé: humillado y entregado por los demás. Por contraposición hemos asistido a la petición de poder los dos hijos del Zebedeo (Marcos).

    Es un fuerte contraste. Mientras el Siervo de Yahvé es una entrega liberadora del ser humano, los Zebedeos y los otros diez discípulos y no pocos cristianos de la iglesia de Marcos y de las nuestras mostramos nuestra voluntad de dominio.

    Son dos maneras de situarse ante la existencia: poder y amor-servicio, dos estilos de vida que nos interpelan a los creyentes siempre tentados de vivir desde el poder.

¿Cuál es nuestra postura en la vida? La ambición humana está siempre a punto de explotar. El poder y la ambición es lo que divide y corroe las relaciones humanas. El servicio y el amor construye bien comunidades, iglesias y relaciones humanas.

2.- Entre vosotros no puede ser así.

Los jefes de la tierra tiranizan y oprimen a los suyos … Entre vosotros no puede ser así. El que quiera ser el mayor, ha de ser vuestro servidor.

Los lectores, los cristianos de las comunidades de Marcos que escuchan este evangelio, reciben esta regla de la comunidad eclesial: entre vosotros no deben darse relaciones de poder, sino de servicio.

Los cristianos de estas comunidades de Marcos probablemente vivían ya una eclesiología influenciada por los modos imperiales del momento y veían en Jesús a un hombre con poderes divinos, un héroe divino.

Pero JesuCristo entendía la vida de otra manera:

3.- La actitud de JesuCristo.

    Cristo no es un poderoso líder religioso. El relato evangélico de hoy es la tercera vez en la que Jesús habla de su final: entregado y crucificado (resucitado). El hijo del hombre ha venido a dar la vida. El IV canto del siervo de Yahvé es una parábola de amor silencioso y gratuito.

Jesús vive en actitud de amor, servicio y entrega. Jesús se hace solidario con la humanidad, con el pecado de la humanidad. El que no era pecado se hizo pecado para así liberarnos de él a nosotros.

El amor es donación, el poder crea relaciones de dominio. Al ser humano le salva no el poder, ni la riqueza, sino solamente el amor. Jesús ama, nos ama. (Incluso al final seremos juzgamos por el amor de Dios en JesuCristo).

4.- Actitudes en la Iglesia.

Ni los dos Zebedeos, ni el resto de discípulos comprendieron a Jesús.

Seguir a Jesús -que eso es la Iglesia- significa seguir un camino de entrega y servicio, y es un camino que, probablemente, pase por el sufrimiento, persecución, marginación.

Si en la Iglesia hay una búsqueda del poder -que la hay- si entre sus miembros, especialmente en la jerarquía hay relaciones de poder -que las hay-, si se da una dialéctica del poder -que se da-, entonces esa Iglesia está muy lejos de ser la que Cristo pensó y quiso para los suyos.

Decía el papa Francisco que le gustaría una Iglesia que se pareciese a hospital de campaña donde se curan las heridas.

Y no es menos cierto que en la Iglesia y en el mundo hay muchas personas que sirven ya ayudan a los demás. Demos gracias a Dios por ello.

5.- Entre poder y servicio: sinodalidad.

    Una de las grandes ideas -¿logros?- del concilio Vaticano II fue la de haber reinterpretado la autoridad en la Iglesia en clave de servicio.

    Ahora, estos días está comenzando un sínodo sobre la sinodalidad. Sínodo significa “caminar juntos”. ¿Conseguirá el papa Francisco que en la Iglesia caminemos juntos y entre iguales todos los cristianos?

6.- Conclusión

En tiempo de Jesús y siempre, también hoy, la ética dominante está de parte del poder y no del amor y servicio. JesuCristo muestra la otra cara de las cosas: la victoria no está en el éxito, sino en la entrega, y la salvación del ser humano no está en el pedestal del poder, sino sobre la “piedra que desecharon los arquitectos”, que es Cristo, (Mc 12,10)

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“¿Es la Biblia “Palabra de Dios”?·, por Consuelo Vélez

Miércoles, 13 de octubre de 2021

Un-hombre-estudia-la-Bibliaestudios-biblicosDe su blog Fe y Vida:

“Veo tanta ingenuidad en los que nutren su vida con otras tradiciones que creen que todo lo que leen es verdad absoluta”

Hay mucha gente que relativiza la palabra de Dios porque está cansada de que se haya invocado tantas veces para mantener doctrinas o leyes que más que ayudar a las personas, les ponen cargas pesadas sobre sus hombros

Durante muchos siglos se leyó la Biblia de manera literal y se la invocó para afirmar que Dios dice esto o aquello. Por supuesto la ingenuidad o ignorancia sobre esa lectura literal es evidente

Es urgente una formación bíblica adecuada que muestre que aquello es una deformación y que, bien interpretada, es palabra de Dios en la medida que usando mediaciones humanas nos da testimonio de cómo descubrir la presencia de Dios en nuestra historia

Planteo esta pregunta de si la Biblia es “Palabra de Dios” porque últimamente he escuchado algunas afirmaciones que parecen relativizarla, también porque mucha gente no cae en cuenta de lo que significaría esto si lo creyéramos a fondo y, finalmente, porque otras personas buscan “palabras de sabiduría” en muchos otros escritos fuera de la tradición cristiana y, sin duda, les ayudan mucho para su vida.

Vayamos por partes. En el primer caso, hay mucha gente que relativiza la palabra de Dios porque está cansada de que se haya invocado tantas veces para mantener doctrinas o leyes que más que ayudar a las personas, les ponen cargas pesadas sobre sus hombros. Ante esto hay que reconocer que la interpretación adecuada del texto bíblico es una conquista “relativamente” reciente y por eso durante muchos siglos se leyó la Biblia de manera literal y se la invocó para afirmar que Dios dice esto o aquello. Por supuesto la ingenuidad o ignorancia sobre esa lectura literal es evidente. Por ejemplo, se toma al pie de la letra que Jesús calmó la tempestad (Mt 8, 26) pero no se toma al pie de la letra el que “si tu ojo es ocasión de pecado, arráncatelo” (Mt 5, 29).

Ya es una afirmación aceptada por la Iglesia que la Biblia fue escrita mucho después de que suceden los acontecimientos que allí se narran y no con la intención de relatarnos detalles precisos de lo que allí pasó sino de testimoniar la presencia de Dios a favor de su pueblo en esos acontecimientos que se cuentan allí. Lo hacen con los géneros literarios de su tiempo y desde las categorías y esquemas de su contexto. Por eso es imprescindible utilizar los métodos exegéticos y hermenéuticos adecuados para entender el texto. Ahora bien, aunque esa tarea es propia de los/as biblistas, no significa que no se enseñe a todo el pueblo de Dios que para acercarse a dicho texto hay que hacerse por lo menos dos preguntas básicas: ¿Qué quiso decir el autor bíblico con ese texto en su contexto? ¿Qué dice ese texto bíblico hoy para nosotros? Sin olvidar que las circunstancias son distintas y que la biblia no es un recetario para aplicar literalmente sino un horizonte de sentido para interpretar nuestro presente.

Es decir, lo que es “Palabra de Dios” no es la literalidad del texto sino el testimonio de fe que los autores/as sagrados nos han dejado en el texto bíblico -una maravillosa mediación humana para mantener en el espacio y tiempo dicho testimonio-. Por lo tanto, tienen razón aquellos que ya están cansados de escuchar predicaciones bíblicas fundamentalistas o literales que no se entienden para el hoy. Por eso es urgente una formación bíblica adecuada que muestre que aquello es una deformación y que, bien interpretada, es palabra de Dios en la medida que usando mediaciones humanas nos da testimonio de cómo descubrir la presencia de Dios en nuestra historia.

En el segundo caso, también es entendible que una tradición tan antigua se vaya desgastando y, más si no se actualiza. Con lo cual, en cada Eucaristía escuchamos al finalizar las lecturas que el lector dice: “Palabra de Dios” y el pueblo responde: “Te alabamos Señor” o “Gloria a Ti, Señor” en el caso del Evangelio. Pero se ha vuelto tan rutinario o se motiva tan poco esa lectura o se explica tan mal esa palabra que la gente no permanece atenta o no llega a “saborear” lo que eso significaría si lo creyéramos a fondo. No estamos escuchando una palabra cualquiera sino una que nos hace posible que sepamos cómo han entendido a Dios los que nos precedieron y cómo podemos entenderlo nosotros hoy. Eso sí, con la humildad suficiente de saber que lo que entendemos sobre Dios siempre es mucho menos de lo que Él es y que como está mediado por nuestra comprensión, podemos matizarla y señalar nuevos aspectos, en la medida que seguimos meditando sobre ella. En este último sentido, si creyéramos que la Biblia es Palabra de Dios, la tarea teológica se referiría mucho más a ella, no solo invocándola para “justificar” alguna idea que decimos, sino para dejarnos sorprender y enriquecer con lo que ella nos dice -ya que es una palabra viva, no muerta-. Pero, como ya lo he dicho otras veces, muchas publicaciones teológicas y muchos eventos académicos, adolecen de la perspectiva bíblica a la hora de presentar sus reflexiones.

Finalmente, nuestro mundo ya esta mucho más configurado con la pluralidad de expresiones culturales y religiosas. De ahí que la cercanía con otras maneras de ver la vida, de darle sentido, de enriquecer las comprensiones ya es una práctica adquirida. Y, resulta una experiencia muy rica -como variada y polifacética es la vida humana-, reconocer que toda la verdad o la manera de ver las cosas, no la tenemos desde la tradición cristiana y que hay muchos libros de sabiduría que nos ayudan y enriquecen. Pero dos observaciones sobre esto. La primera, para los que somos cristianos ojalá que no perdamos la riqueza que nuestra propia tradición nos regala y siga siendo fuente de sentido para nuestra vida. La segunda, saber que con cualquier otro libro de sabiduría hay que tener el mismo cuidado interpretativo que señalé para la Biblia. A veces, veo tanta ingenuidad en los que nutren su vida con otras tradiciones que creen que todo lo que leen es verdad absoluta. Eso también puede revelar una ignorancia o ingenuidad total, admitiendo a veces planteamientos que rayan con lo absurdo. Como toda mediación humana, cualquier horizonte de sentido que se proponga, puede tener errores, manipulaciones, intencionalidades que nos siempre son positivas. Ojalá que el discernimiento sea siempre la actitud para acercarnos a todo libro de sabiduría, pero, a los que nos ha constituido la tradición cristiana, sería muy importante, no olvidar la profundidad de lo que creemos: en una mediación humana -bien interpretada- Dios nos habla como un amigo y su palabra es viva y eficaz, capaz de penetrar el alma y el espíritu y discernir los pensamientos y las intenciones del corazón (Cf. Hb 4,12).

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Nuestra Señora del Pilar, Patrona de Aragón y Zaragoza

Martes, 12 de octubre de 2021

136f9095482933f8074b8befdc0fed89El origen de la devoción a la Virgen del Pilar se remonta al siglo I. Cuenta le leyenda que, desde Jerusalén, donde aún vivía la Virgen María, vino a España para confortar al apóstol Santiago el Mayor en las tareas de evangelización. La tradición afirma que lo visitó milagrosamente a las orillas del río Ebro, donde Santiago estaba reunido con los primeros hispanos convertidos al cristianismo.

Como recuerdo de aquel acontecimiento se levantó más tarde en aquel lugar una capillita en honor de Nuestra Señora, venerando su imagen en un pilar. Documentos monacales del siglo IX dan testimonio del templo dedicado en la ciudad de Zaragoza a María siempre Virgen.

La advocación de nuestra Señora del Pilar ha sido objeto de un especial culto por parte de los españoles. En pocos templos de los pueblos de España falta la imagen de la Virgen del Pilar.

Su basílica, a las orillas del Ebro a su paso por Zaragoza, es un lugar privilegiado de oración, donde sopla con fuerza el Espíritu.

Esta devoción a la Virgen del Pilar fue llevada también en las carabelas de Colón hasta los pueblos hermanos de América. Desde el año 1908, en el interior de la gran basílica que hoy existe en Zaragoza, junto al altar de la Virgen hacen guardia de honor a nuestra Señora las banderas de los países hispanoamericanos.

El papa Inocencio XIII, en 1723, concedió oficio litúrgico propio de la Virgen del Pilar para el día 12 de octubre.

***

LECTIO

Primera lectura:

Primer libro de las Crónicas 15,3-4.15-16; 16,1-2

David reunió en Jerusalén a todo Israel para trasladar el arca del Señor al lugar que le había preparado. Reunió a los hijos de Aarón y a los levitas.

Los levitas transportaron el arca apoyando las barras sobre sus hombros, como lo había prescrito Moisés, por orden del Señor.

David ordenó a los jefes de los levitas que dispusieran a sus hermanos los cantores con todos los instrumentos musicales de acompañamiento, arpas, cítaras y címbalos, e hicieron resonar bellas melodías en señal de regocijo.

Metieron el arca de Dios y la colocaron en medio de la tienda que David había levantado para ella. Ofrecieron luego al Señor holocaustos y sacrificios de reconciliación.

Cuando David terminó de ofrecer los holocaustos y los sacrificios de reconciliación, bendijo al pueblo en nombre del Señor.

Estos versículos de los capítulo 15 y 16 del libro de las Crónicas, que presenta la liturgia en la fiesta de la Virgen del Pilar, hacen referencia a la gran fiesta que celebró David el día que trasladó el arca de Dios desde Baalá a Jerusalén. Dice el texto del libro de Samuel que en esa fiesta «David danzaba ante el Señor frenéticamente… entre gritos de júbilo y al son de trompetas» (2 Sm 6,14-15). Jerusalén se convierte, por la presencia del arca, en ciudad santa, ciudad bendecida por Dios. En aquella fiesta, David convocó a todo Israel: era una fiesta nacional de bombo y platillo.

En las letanías de nuestra Señora invocamos a María como Arca de la Nueva Alianza y Templo del Espíritu Santo. Aquel regocijo de David con todo su pueblo, las ofrendas y oraciones que hicieron y la bendición que recibieron eran imágenes de esta fiesta en la que el arca de la Nueva Alianza vino de Jerusalén a Zaragoza para bendecir a los nuevos cristianos y para asentar su trono en el gran templo de nuestros corazones.

***

Segunda lectura:

Hechos de los apóstoles 1,12-14

Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte de los Olivos, que dista poco de Jerusalén, lo que se permitía andar en sábado.

Y así que entraron, subieron a la estancia de arriba, donde se alojaban habitualmente. Eran Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo, Simón el Zelota y Judas el de Santiago.

Todos ellos hacían constantemente oración en común con las mujeres, con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.

 Después de la ascensión de Jesús a los cielos, el libro de los Hechos de los apóstoles se centra en la constitución de la comunidad cristiana. Los que le habían seguido por el camino son convocados por el Espíritu para seguir con la misión de Jesús. En el grupo de los que acompañaban a Jesús en su vida pública estaban María, su madre, y otras mujeres. El evangelio de Lucas, en el capítulo 8, dice que junto con los Doce le seguían María Magdalena, Juana, Susana y otras muchas.  En estos versículos que leemos en la fiesta de la Virgen del Pilar, se resalta la presencia de María en esta primera comunidad pospascual. Ella, los apóstoles y algunas mujeres perseveraban en la oración común.

Esta oración entre hombres y mujeres da un tono peculiar a la primera comunidad cristiana, muy distinto a lo que se hacía en la sinagoga judía. Jesús había roto la separación, y la primera comunidad sigue acorde con el estilo de Jesús. Podemos pensar en la importancia de María en la formación de esa primera comunidad de Jerusalén y trasladar, sin esfuerzo, esa misma importancia en el apoyo a Santiago en la formación de la primera comunidad de España.

*

Evangelio:

Lucas 11,27-28

Mientras decía esto, una mujer de entre la gente gritó:

– «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron».

Pero él le dijo:

«Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica».

Arrebatada por la emoción del momento, una mujer del pueblo, corazón en mano, alaba a Jesús y le dice cuan orgullosa tenía que estar su madre por haberlo llevado en su seno. Las palabras de la mujer son un cumplimiento de la profecía sobre María de Lc 1,28: «Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones».

Pero Jesús, humilde y sencillo como su madre, traslada la atención de él mismo y de su madre a una insistencia más central: realmente, es más dichoso el que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica. La grandeza personal de María está en haber escuchado a Dios y haber dado un «sí» incondicional.

María escuchó y puso en práctica la Palabra de Dios al responder en la anunciación: «He aquí la esclava del Señor». Es una actitud humilde, valiente, libre y auténtica.

María, que meditó en su corazón las palabras y los gestos de Jesús, hace pensar en aquellos que «escuchan la Palabra con un corazón noble y generoso» (Lc 8,15).

*

MEDITATIO

Del libro del Eclesiástico 24,3-15:

Yo salí de la boca del altísimo y cubrí la tierra como una niebla. Habité en las alturas, y mi trono fue columna de nube. Sola recorrí el círculo celeste, y por las profundidades del abismo me paseé. En las olas del mar, en toda la tierra, en todo el pueblo y nación yo imperé. En todos ellos busqué el reposo, y en qué territorio instalarme. Entonces me ordenó el creador de todas las cosas, mi hacedor fijó el lugar de mi habitación, y me dijo: «Pon tu tienda en Jacob, y en Israel ten tu heredad».

Desde el principio y antes de los siglos me creó, y existiré eternamente. En su santa tienda, en su presencia, ejercí el ministerio, y así en Sión me instalé. En la ciudad amada establecí mi residencia, y en Jerusalén tuve la sede de mi imperio. En el pueblo glorioso eché raíces, en la porción del Señor, en su heredad. Crecí como el cedro en el Líbano, como el ciprés en las montañas del Hermón. Crecí como palmera en Engadí, cual brote de rosa en Jericó; como magnífico olivo en la llanura, crecí como el plátano. Como el cinamomo y el espliego he dado mi aroma, como mirra escogida exhalé mi perfume; como gálbano, ónix y estacte, y como perfume de incienso en el tabernáculo. Yo extendí como terebinto mis ramas, y mis ramas están llenas de gracia y de majestad. Como vid eché hermosos sarmientos, y mis flores dan frutos de gloria y de riqueza. Venid a mí los que me deseáis, y saciaos de mis frutos.

*

ORATIO

Virgen santa del Pilar:

Desde este lugar sagrado

alienta a los mensajeros del Evangelio,

conforta a sus familiares

y acompaña maternalmente

nuestro camino hacia el Padre,

con Cristo, en el Espíritu Santo. Amén.

(Oración de Juan Pablo II ante el altar de la Virgen del Pilar en Zaragoza.)

 

*

CONTEMPLATIO

La piedad de la Iglesia a la santísima Virgen María es un elemento intrínseco del culto cristiano. La veneración que la Iglesia ha dado a la Madre del Señor en todo tiempo y lugar -desde el saludo y la bendición de Isabel hasta las expresiones de alabanza y súplica en nuestro tiempo- constituye un sólido testimonio de que la lex orandi de la Iglesia es una invitación a reavivar en las conciencias su lex credendi. Y viceversa: la fe viva de la Iglesia requiere que por todas partes florezca lozana su oración fervorosa a la Madre de Cristo. Culto a la Virgen de raíces profundas en la palabra revelada y de sólidos fundamentos dogmáticos.

La misión maternal de la Virgen empuja al pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a aquella que está siempre dispuesta a acogerlo con afecto de madre y con eficaz ayuda de auxiliadora; por eso el pueblo de Dios la invoca como consoladora de los afligidos, salud de los enfermos, refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora en el pecado; porque ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado. Y -hay que afirmarlo nuevamente- dicha liberación del pecado es la condición necesaria para toda renovación de las costumbres cristianas.

La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar «los ojos a María, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos». Virtudes sólidas, evangélicas: la fe y la dócil aceptación de la Palabra de Dios (cf. Lc 1,26-38; 1,45; 11,27-28; Jn 2,5); la obediencia generosa (cf. Lc 1,38); la humildad sencilla (cf. Lc 1,48); la caridad solícita (cf. Lc 1,39-56); la sabiduría reflexiva (cf. Lc 1,29.34; 2,19.33.51); la piedad hacia Dios, pronta al cumplimiento de los deberes religiosos (cf. Lc 2,21.22-40.41), agradecida por los bienes recibidos (Lc 1,46-49); la fortaleza en el destierro (cf. Mt 2,13-23), en el dolor (cf. Lc 2,34-35.49; Jn 19,25); la pobreza llevada con dignidad y confianza en el Señor (cf. Lc 1,48; 2,24); el vigilante cuidado hacia el Hijo desde la humildad de la cuna hasta la ignominia de la cruz (cf. Lc 2,1-7; Jn 19,25-27); la delicadeza provisoria (cf. Jn 2,1-11); la pureza virginal (cf. Mt 1,18-25; Lc 1,26-38); el fuerte y casto amor esponsal.

De estas virtudes de la Madre se adornarán los hijos que con tenaz propósito contemplan sus ejemplos para reproducirlos en la propia vida. Y tal progreso en la virtud aparecerá como consecuencia y fruto maduro de aquella fuerza pastoral que brota del culto tributado a la Virgen.

La piedad hacia la Madre del Señor se convierte para el fiel en ocasión de crecimiento en la gracia divina: finalidad última de toda acción pastoral. Porque es imposible honrar a la «llena de gracia» (Le 1,28) sin honrar en sí mismo el estado de gracia, es decir, la amistad con Dios, la comunión en Él, la inhabitación del Espíritu. Esta gracia divina alcanza a todo el hombre y lo hace conforme a la imagen del Hijo (cf. Rom 2,29; Col 1,18).

La Iglesia católica, basándose en su experiencia secular, reconoce en la devoción a la Virgen una poderosa ayuda para el hombre hacia la conquista de su plenitud. (De la exhortación del papa Pablo VI Marialis cultus.)

*

ACTIO

Reunirme hoy en oración con otros, como María con otras mujeres y los apóstoles, y pedir al Espíritu Santo fortaleza para los evangelizadores que están en tierra de misión.

*

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El milagro de Calanda

Como en otros santuarios marianos, los fieles han recibido en el de nuestra Señora del Pilar favores extraordinarios que han atribuido a su intercesión ante la omnipotencia divina. Desde el siglo XIII se habla en los documentos que conserva su archivo de «los mytos et innumerabiles miraglos que Nuestro Seynor Jesucristo feitos a et cada día facer non cesa en los ovientes devoción en la gloriosa et bienaventurada Virgen María suya Santa María del Pilar».

Un manuscrito del siglo XV recogió algunos de ellos. Y en 1680 el canónigo Félix de Amada dio a la imprenta una colección de milagros obrados por intercesión de la Virgen del Pilar. Entre ellos, es universalmente conocido el llamado milagro de Calando, por su evidente superación de las fuerzas de la naturaleza y por su innegable verdad histórica. Tuvo lugar entre las diez y las once de la noche del jueves 29 de marzo de 1640, en la villa aragonesa de Calanda y en la persona del ¡oven de 23 años Miguel Juan Pellicer, al cual, debido a un accidente, hubo que amputársele la pierna derecha en octubre de 1637 en el hospital de Gracia, de Zaragoza, por el cirujano Juan Estanca, siendo enterrada por el practicante Juan Lorenzo García.

Tras su convalecencia, durante dos años, fue mendigo en la puerta del templo de nuestra Señora del Pilar, de la que era muy devoto desde su niñez, por existir una ermita de esta advocación en Calando, y a la que se había encomendado antes y después de su operación, confesando y comulgando en su santuario.

Vuelto a la casa de sus padres en Calanda a primeros de marzo de 1640, el citado día 29 de ese mes, habiéndose acostado en la misma habitación de sus padres, por haber un soldado alojado en su casa, lo encontraron éstos dormido media hora más tarde con dos piernas, notándosele en la restituida las mismas señales de un grano y unas cicatrices que tenía la amputada.

A instancias del Ayuntamiento de Zaragoza, adonde acudió Miguel Juan tras su curación a dar gracias a la Virgen del Pilar, se incoó en el Arzobispado un proceso el 5 de junio de 1640, pronunciando sentencia afirmativa de calificación milagrosa el arzobispo Pedro Apaolaza, asesorado por nueve teólogos y canonistas, el 27 de abril de 1641. Se conserva íntegro el texto de este proceso con las declaraciones de los 25 testigos.

El milagro se divulgó rápidamente por todas partes. El mismo papa Urbano VIII fue informado personalmente por el jesuíta aragonés F. Franco en 1642. Entre los milagros, que por definición son todos excepciones de la naturaleza, el de Calanda es a su vez excepcional; por eso las relaciones coetáneas lo calificaron de «milagro inaudito en todos los tiempos». (Por Tomás Domingo Pérez, en el Libro de la Virgen, C.B.C.)

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“Un dinero que no es nuestro”. 28 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10,17-30)

Domingo, 10 de octubre de 2021

49_28_TO_B_1480681En nuestras iglesias se pide dinero para los necesitados, pero ya no se expone la doctrina cristiana que sobre el dinero predicaron con fuerza teólogos y predicadores como Ambrosio de Tréveris, Agustín de Hipona o Bernardo de Claraval.

Una pregunta aparece constantemente en sus labios. Si todos somos hermanos y la tierra es un regalo de Dios a toda la humanidad, ¿con qué derecho podemos seguir acaparando lo que no necesitamos, si con ello estamos privando a otros de lo que necesitan para vivir? ¿No hay que afirmar más bien que lo que le sobra al rico pertenece al pobre?

No hemos de olvidar que poseer algo siempre significa excluir de aquello a los demás. Con la «propiedad privada» estamos siempre «privando» a otros de aquello que nosotros disfrutamos.

Por eso, cuando damos algo nuestro a los pobres, en realidad tal vez estamos restituyendo lo que no nos corresponde totalmente. Escuchemos estas palabras de san Ambrosio: «No le das al pobre de lo tuyo, sino que le devuelves lo suyo. Pues lo que es común es de todos, no solo de los ricos… Pagas, pues, una deuda; no das gratuitamente lo que no debes».

Naturalmente, todo esto puede parecer idealismo ingenuo e inútil. Las leyes protegen de manera inflexible la propiedad privada de los privilegiados, aunque dentro de la sociedad haya pobres que viven en la miseria. San Bernardo reaccionaba así en su tiempo: «Continuamente se dictan leyes en nuestros palacios; pero son leyes de Justiniano, no del Señor».

No nos ha de extrañar que Jesús, al encontrarse con un hombre rico que ha cumplido desde niño todos los mandamientos, le diga que todavía le falta una cosa para adoptar una postura auténtica de seguimiento suyo: dejar de acaparar y comenzar a compartir lo que tiene con los necesitados.

El rico se aleja de Jesús lleno de tristeza. El dinero lo ha empobrecido, le ha quitado libertad y generosidad. El dinero le impide escuchar la llamada de Dios a una vida más plena y humana. «Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios». No es una suerte tener dinero, sino un verdadero problema, pues el dinero nos impide seguir el verdadero camino hacia Jesús y hacia su proyecto del reino de Dios.

José Antonio Pagola

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“Vende lo que tienes y sígueme”. Domingo 10 de octubre de 2021. Domingo 28º ordinario

Domingo, 10 de octubre de 2021

55-ordinarioB28 cerezoDe Koinonia:

Sabiduría 7, 7-11: En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza.
Salmo responsorial: 89Sácianos de tu misericordia, Señor. Y toda nuestra vida será alegría.
Hebreos 4, 12-13: La palabra de Dios juzga los deseos e intenciones del corazón.
Marcos 10, 17 – 30: Vende lo que tienes y sígueme.

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, expresa la preferencia de la Sabiduría frente a todos los bienes de la tierra. El sabio pone en la plegaria de Salomón la superioridad de los valores espirituales sobre los materiales, supeditándolos todos al don de la sabiduría y la prudencia para el gobierno de su pueblo.

En el texto de la carta a los hebreos, el autor, al describir la fuerza transformadora de la Palabra de Dios, se hace eco de hondas raíces veterotestamentarias. En efecto, ya Isaías 42,9 había comparado la Palabra de Dios con la espada, y Jeremías la había presentado como una realidad operante por sí misma ( Jer 23,29).

La íntima acción salvadora de la Palabra en la persona oyente es descrita en el texto diciendo que es “penetrante… hasta el punto donde se dividen alma y espíritu”. Allí, en el santuario de la intimidad del corazón de la persona, de la comunidad oyente activa de esa voz salvadora que le muestra caminos de liberación, allí, donde reside la voluntad y la decisión de aceptarla o de rechazarla, donde anida lo más denso del ser humano: sus intereses, sus afectos, su libertad, es hasta donde la Palabra llega cuestionante, incisiva, liberadora, transformante. Por eso, el autor de la carta coloca intencionadamente las palabras “corazón, deseos, intenciones”, como abarcando en estas categorías la integralidad humana. Dios y su Palabra, “más íntimo que yo mismo” en expresión de San Agustín, conoce hasta los secretos más recónditos del corazón. El más absoluto misterio humano está patente ante sus ojos. Por eso, la Palabra es juez densamente imparcial, que conoce amando lo que ocurre en la conducta humana y en el corazón de hombres y mujeres.

La imagen del camino es central en el evangelio de Marcos (cf Mc 10, 17). Estamos ante el tema del seguimiento de Jesús. En ese sentido va la pregunta de aquel que únicamente Mateo llama “el joven rico” (19, 22); para Marcos (y Lucas) parece tratarse más bien de una persona mayor que pregunta: ¿cómo heredar la vida? (cf Mc 10,17). Jesús comienza por remitir a Dios; su bondad está al inicio de todo. Esto equivale a resumir la primera tabla de los mandamientos. En seguida enuncia explícitamente los correspondientes a la segunda tabla, con un añadido importante (que sólo se encuentra en Marcos): “no seas injusto” (v. 19). La frase es algo así como un sumario del listado que se recuerda. Se trata de la condición mínima que se plantea al creyente. Con sencillez el rico dice que todo eso lo ha observado (cf v. 20), no hay nada de arrogante en esta afirmación. Ésa era la convicción de los sabios de la época: la ley puede ser cumplida plenamente.

Pero seguir a Jesús es algo más exigente. Con afecto lo invita Jesús a ser uno de los suyos. No sólo debe abandonar la riqueza, hay que entregarla a los pobres, a los necesitados. Esto lo pondrá en condiciones de seguirlo (cf v. 21). No basta respetar la justicia en nuestras actitudes personales, hay que ir a la raíz del mal, al fundamento de la injusticia: el ansia de acumular riqueza. Pero, dejar sus posesiones, le resultó una exigencia muy dura al preguntante; como muchos de nosotros prefirió una vida creyente resignada a una cómoda mediocridad (cf v. 22). «Creer sí, pero no tanto». Profesar la fe en Dios, aunque negándonos a poner en práctica su voluntad. Jesús aprovecha la ocasión para poner las cosas en claro con sus discípulos: el apego al dinero y al poder que él otorga es una dificultad mayor para entrar en el Reino (cf v. 23). La comparación que sigue es severa; algunos han querido suavizarla, pretendiendo -por ejemplo- que había en la ciudad unas puertas pequeñas llamadas “agujas”… y que bastaba entonces al camello agacharse para poder entrar por ese ojo de aguja…

Los discípulos, en cambio, entendieron bien el mensaje. El asunto se les presenta poco menos que imposible. Pasar por el ojo de una aguja significa poner su confianza en Dios y no en las riquezas. No es fácil ni personalmente ni como Iglesia aceptar este planteamiento, siguiendo a los discípulos nos preguntamos -con pretendido realismo-: “entonces, ¿quién se podrá salvar?” (cf v. 26). El dinero da seguridad, nos permite ser eficaces, decimos. El Señor recuerda que nuestra capacidad de creer solamente en Dios es una gracia (cf v. 27).

Como comunidad de discípulos, como Iglesia, debemos renunciar a la seguridad que da el dinero y el poder. Eso es tener el “espíritu de sabiduría” (Sab 7,7), aceptar que ella sea nuestra luz (cf v. 10). A la sabiduría nos lleva la palabra de Dios, cuyo filo corta nuestras ataduras a todo prestigio mundano. Ante ella nada queda oculto, todas nuestras complicidades aparecen con claridad (cf Hb 4,12-13). Como creyentes, como Iglesia, ¿seremos capaces de pasar por el ojo de una aguja?

Una lectura ecológica del evangelio de hoy

El mundo, la humanidad, se encuentra hoy, también, ante el desafío de tener pasar «por el ojo de una aguja» si quiere conseguir… no ya la vida eterna celestial, sino simplemente la supervivencia terrestre.

Es un «ojo de aguja» nuevo. Nunca nos habíamos visto en esta situación. Siempre, desde siempre –es decir, desde que el homo et mulier sapientes aparecimos sobre esta tierra–, el ser humano percibió la tierra como ilimitada, inagotable, cuasi infinita, capaz de absorber impasible nuestro proyecto de desarrollo continuo, infinito.

Pero hace sólo cinco siglos (Magallanes, 1522) se dio cuenta de que la tierra no era una superficie plana infinita, sino una superficie esférica, cerrada sobre sí misma, y por tanto, limitada. Y ha sido sólo al final del pasado siglo XX cuando ha descubierto que su proyecto humano de desarrollo podría topar con los límites de la Tierra. Así lo proclamó proféticamente, en solitario, el famoso libro del Club de Roma «Los límites del crecimiento», de 1972, que no fue escuchado. Pero su profecía fue confirmada y ratificada al filo del cambio del siglo (1992, «Más allá de los límites del crecimiento»), al denunciar que estábamos en peligro de sobrepasarnos («overshot») más allá de la capacidad del planeta para absorber y regenerar los recursos que consumimos. Ese peligro ya se hizo realidad oficialmente el 23 de septiembre de 2008: los científicos que siguen el estado del Planeta, especialmente la Global Foot Print Network han hablado del «Día del sobrepasamiento», el «Earth Overshoot Day», día en el que calculan que hemos sobrepasado en un 30% su capacidad de reposición de los recursos necesarios para las demandas humanas. En este momento estamos necesitando más de una Tierra para atender a nuestra subsistencia…

El Informe de Desarrollo Humano del PNUD 2007-2008 confirmó la denuncia, y, de otra manera y con otros datos, confirmó que si toda la humanidad adoptara un nivel de vida como el de EEUU o Europa, necesitaríamos 9 planetas (pág. 48 de la edición en español).

Despidámonos pues de la «vida eterna» para la Humanidad. El planeta seguirá, sí, pues ha pasado crisis semejantes, y aunque la vida terrestre sea diezmada, el planeta seguirá, pero seguirá… sin nosotros. Ésta en la que estamos ya hace tiempo es la «sexta extinción». La anterior, la quinta, hace 65 millones de años, por efecto de un meteorito según las actuales hipótesis, causó la desaparición de los dinosaurios. La sexta, la presente, actualmente en curso acelerado, está causada concretamente por una especie biológica que ha llegado a convertirse en fuerza geológica. Parece que va a ser una crisis profunda, que se llevará consigo a dos tercios de las especies actuales (entre ellas la causante). Nada de «vida eterna», pues, sino la condena a «una muerte anunciada», y con carácter de inminencia.

Pero… «sólo una cosa tienes que hacer si quieres todavía alcanzar»… una prolongación de la vida: abandona el «sistema» que te lleva a la muerte, centrado obsesivamente en el enriquecimiento material, ciego a los costes ecológicos, y pasa a adoptar un nuevo estilo de vida, un nuevo paradigma, una nueva forma de mirar al planeta, comprendiendo que eres Tierra y dependes de ella, y que en vez de vivir de espaldas a ella y en guerra contra ella, debes vivir en amistad y en relación cariñosa y simbiótica con ella.

Se ha dicho muy frecuentemente en los últimos tiempos que el cristianismo tenía, ha tenido un «punto ciego» en el aspecto ecológico, que todo nuestro patrimonio simbólico de los tres grandes monoteísmos está construido no sólo «de espaldas a la naturaleza» (nos consideramos no naturales sino sobrenaturales), sino en buena parte «contra la naturaleza», como sus dueños y dominadores, por derecho divino incluso… Afortunadamente, la encíclica del Papa Francisco, de este año, Laudato sii’, acaba de dar un buen paso en sentido contrario. No podemos borrar nuestra historia pasada, ni nuestra realidad actual, pero al menos acabamos de dar un primer signo de conversión desde la cúpula misma de la institución. Como dice la encíclica, no se trata sólo de cuidar la naturaleza, sino de toda otra forma de pensar, una nueva cultura, una revolución mental.

Y también una revolución teológica: la de dejar de pensar que la ecología no tiene que ver con la vida cristiana, ni con la vida espiritual… y pasar a pensar que respetar la vida, cultivarla, reverenciarla, sentirla como nuestra placenta, nuestro hogar, nuestra hermana madre Tierra… tiene que formar parte, por derecho propio, del hecho de ser cristiano, como forma parte del hecho de ser ser humano. Leer más…

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Dom 10.10.21. Ciento por uno en este mundo, la economía del Reino (Mc 10, 28-30)

Domingo, 10 de octubre de 2021

caminoDel blog de Xabier Pikaza:

Este es uno de los textos más luminosos y manipulados del evangelio. Suele referirse a la “vida eterna”, mientras Jesús lo aplica en principio, expresamente, a la vida en este mundo. Suele aplicarse, en forma “mística” a cierto tipo de eclesiásticos, monjes y “místicos” ultramundanos, mientras Jesús lo aplica a Pedro y a todos sus seguidores, los cristianos.

Hay pocos textos más tergiversados. Leído de un modo directo, sin prevenciones o presupuestos ajenos al evangelio, es un pasaje claro como el sol (como podrá ver quien siga leyendo). Pero ha encontrado tremendas resistencias, tanto en un contexto eclesial (al menos desde el siglo XIII d.C.) como en un contexto económica.

Leído “sin glosa” (como decía Francisco) es un texto transparente, lo entiende hasta un niño (sobre todo un niño): Así como el buen grano en buena tierra produce “el ciento por uno” en más granos(Mc 4, 8 par), los bienes del hombre, puestos al servicio del Reino de Dios, producen el ciento por uno en campos, casas y familia (al servicio de todos).

Éste es un texto y programa cuyo fuego revolucionario ha sido (y sigue siendo) apagado, tanto en muchas iglesias como en la vida económica y social. Por las resistencias que ha encontrado (y sigue encontrando), éste es un texto “peligroso”, pero ha llegado el momento de leerlo y ponerlo en práctica “sin glosa” (como decía Francisco), si la iglesia y todos los que decimos serlo queremos ser cristianos.

Estamos jugando el futuro no sólo de la Iglesia, sino de la vida en el mundo. Por no poner el “uno” al servicio del Reino, perdemos el “ciento”, esto es, la misma vida, como podrá ver quien siga leyendo.

Texto

            La parte anterior de este evangelio del domingo (Mc 10, 17-27) trataba del hombre rico que abandona a Jesús, porque no quiere “venderlo todo y dárselo a los pobres”. Esta parte final (Mc 10, 28-30), con la pregunta de Pedro y la respuesta de Jesús, es la más hiriente y más prometedora.

Pedro, símbolo de todos  los discípulos, dice a Jesús que ellos lo han dejado todo para así seguirle. Jesús le responde ofreciendo (iniciando con su vida) el camino del ciento por uno, “que parece imposible para los hombres”, pero no para Dios, como he puesto de relieve en  Evangelio de Marcos  y en Teología y economía.Éste es el breve e intenso pasaje:

Pedro comenzó a decirle: Mira, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. Jesús respondió: En verdad os digo: No hay nadie que haya dejado casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o tierras por mí y por el evangelio, que no reciba el ciento por uno en el tiempo presente en casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, con persecuciones, y en el siglo futuro la vida eterna (Mc 10, 28-30)

Esta palabra recoge un núcleo esencial de la historia de Jesús, pero ha sido reelaborado por la Iglesia, como formulación básica de su programa de comunicación personal, familia y económica. Significativamente no habla de “dinero”, pues los bienes fundamentales de sus seguidores no son “monetarios”, sino de familia y casa/campo, situándonos en el lugar donde pasamos de la posesión individual/egoísta (en línea de Mammón) a la comunión gratuita, tanto a nivel de personas (cien hermanos, hermanas…), como de casas/campos.

sembrador van goghEsta imagen del ciento por uno recoge el imaginario más antiguo de Jesús y de sus primeros seguidores, en un contexto agrícola de campos compartidos, no en las ciudades helenistas donde proclamará su mensaje Pablo. Pues bien, este contexto arcaico y esencial nos permite descubrir el aspecto más rico y exigente de la economía mesiánica, vinculada de manera estrecha a la familia (es decir, a la solidaridad social) y al campo (casa y tierra compartida), en la línea de las promesas de Abrahán, de la toma de Canaán por los israelitas y del año sabático y jubilar del Antiguo Testamento, es decir, de todo lo que hemos visto en la primera parte de este libro.

 Presentándose ante Jesús como portavoz de aquellos que “han dejado todo y le han seguido”, es decir, de sus discípulos (cf. Mc 10, 23), Pedro se está situando en un ámbito de Iglesia, distinguiéndose del rico del pasaje anterior,  que no quiso dejar la riqueza, y rechazó de esa manera la llamada de Jesús. El texto le presenta así como “discípulo ideal”, no como “apóstol”, sino como representante de una comunidad (iglesia), desde un esquema campesino donde se vinculan tierra y familias, que aparecen así como auténtica riqueza (como en la historia de Abrahán).

Pedro se presenta como un hombre sin tierras (campos) ni casa propia, un hombre sin “propiedades”: pobre universal, exilado (sin tierra), sin estructura familiar de poder… ¿Qué se puede hacer así, sin tener nada…? ¡Imaginaos bien: Un Pedro/Pobre, sin tierra ni estado vaticano o español, sin cuentas de dinero, sin casa…. ¿Qué se puede hacer asa, con ese principio? De manera significativa, Jesús le ofrece, campo y familia (tierra y descendencia), que son la auténtica riqueza, pero no dinero:

 Quien haya dejado casa o hermanos o campos, por mí y por el evangelio…Conforme a la parábola de Mc 4, 3-9,  dejar casa, campos y familia significa “sembrarlos” (invertirlos al servicio del Reino de Dios).  Casa y campo se vinculan, pues la propiedad agrícola, de la que se come, resulta inseparable de la casa, en la que se vive, siendo familia.

1F7C232A-F60B-4CA4-82EA-4D61CF266065Pedro dice “hemos dejado todo por el Reino”. Eso significa “hemos sembrado todo para el Reino”.  En esa línea, Jesús había dicho al hombre rico que vendiera y diera todos sus bienes a los pobres, al servicio del Reino. Pues bien, ese gesto de “vender y dar todos los bienes  a los pobres” se interpreta aquí de una forma muy precisa: “invertirlos”, ponerlos al servicio de la comunión mesiánica, una comunión en la podrán obtener el ciento por uno, en casas/campos y familia (como el buen grano de trigo en buena tierra, que produce el ciento por uno).

            Este pasaje incluye dos elementos (dar a los pobres siguiendo a Jesús y compartir en comunidad recuperando así el ciento por uno) que están vinculados y son complementarias. Nos hallamos ante la misma dinámica que subyace en el “amor al enemigo” de Mt 5, 35-45. (a) Sólo allí donde se empieza amando de manera radical a los enemigos puede amarse de verdad a los amigos (de Jn 13, 34). (b) Sólo allí donde se empieza dando a todos los pobres (Mc 10, 21) se podrá obtener y compartir el ciento por uno en la comunidad (Mc 10 30).

Se empieza así dando todo en gratuidad, pero no para perder lo que se tiene, sino para tenerlo de manera más intensa, y así multiplicarlo, creando un espacio en el que se logra y comparte el ciento por uno (como en las multiplicaciones, con grupos de cien o de cincuenta: Mc 6, 40). Esta multiplicación del ciento por uno no es sólo de panes y peces, como en las alimentaciones de Mc 6, 31-46; 8, 1-8 par., sino de hermanos/familia y casa/campos; ella define la nueva lógica de Jesús, en un mundo donde la vida no se entiende ya como dominio de unos sobre otros, sino como experiencia de riqueza compartida (que es propia de la Iglesia, pero que se abre a todos los necesitados)[1].

‒ Dejar casa (oikia) y familia (hermanos…). Se trata en el fondo de lo mismo, pues casasignifica familia (con los diversos tipos de parientes) y vivienda con sus pertenencias (en especial los campos, que son bienes de producción y consumo). Dejar casa implica abandonar la estructura concreta de un tipo de familia, desde la perspectiva del varón patriarcal, en línea de dominio y separación frente a los de fuera. Se trata, pues, de superar una economía doméstica de tipo particularista donde cada familia corre el riesgo de vivir para sí, en contra (o separada) de las otras, para crear una familia abierta de hermanos y hermanas (plano horizontal) y de madres, hijos (en línea vertical, sin la figura de un padre dominador que aquí desaparece). En ese contexto, los campos son expansión y entorno de la misma casa/familia, fuente de riqueza, de trabajo y alimento.

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Salomón, el joven rico y los discípulos. Domingo 28 Ciclo B

Domingo, 10 de octubre de 2021

Joven-Rico-600x708Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Las lecturas de este domingo enfrentan tres posturas: la de Salomón, que pone la sabiduría por encima del oro, la plata y las piedras preciosas; la del rico, que pone su riqueza por encima de Jesús; la de los discípulos, que renuncian a todo para seguirlo.

 Salomón: la sabiduría vale más que el oro (Sabiduría 7,7-11)

 El libro de la Sabiduría se escribió en el siglo I a.C., probablemente en Alejandría, en griego (por eso los judíos no lo consideran inspirado). No sabemos quién lo escribió, pero el autor finge ser Salomón. Un recurso muy habitual en la época, para dar mayor prestigio al libro. Salomón, al comienzo de su reinado, tuvo un sueño en el que Dios le ofreció pedir lo que quisiera. En vez de oro, plata, la derrota de sus enemigos, etc., pidió sabiduría para gobernar al pueblo. Inspirándose en ese relato, el autor del libro de la Sabiduría pone estas palabras en boca del rey:

                   Supliqué y me fue dada la prudencia,

               invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría.

                   La preferí a cetros y tronos,

               y a su lado tuve en nada la riqueza.

               No la equiparé a la piedra más preciosa,

               porque todo el oro ante ella es un poco de arena,

               y, junto a ella, la plata es como el barro.

               La quise más que a la salud y la belleza

               y la preferí a la misma luz,

               porque su resplandor no tiene ocaso.

                   Con ella me vinieron todos los bienes juntos,

               Tiene en sus manos riquezas incontables.

El joven rico: la riqueza vale más que Jesús (Marcos 10,17-30)

El evangelio contiene dos escenas: en la primera, los protagonistas son el rico y Jesús.

En aquel tiempo, cuando salía Jesús al camino, se le acercó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó:

‒ Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?

Jesús le contestó:

‒ ¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios. Ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre.

Él replicó:

‒ Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud.

Jesús se quedó mirando, lo amó y le dijo:

‒ Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego ven y sígueme.

A estas palabras, él frunció el ceño y se marchó triste porque era muy rico.

El protagonista, antes de formular su pregunta, pretende captarse la benevolencia de Jesús o, quizá también, justificar por qué acude a él: lo llama «maestro bueno», título que no se aplica en Israel a ningún maestro (solo conocemos un ejemplo del siglo IV d.C.).

La pregunta. El problema que lo angustia es «qué haré para heredar la vida eterna», algo fundamental para entender todo el pasaje. Lo que pretende el protagonista, dicho con otra expresión judía de la época, es «formar parte de la vida futura» o «del mundo futuro»; lo que muchos entre nosotros entienden por «salvarse». Este deseo sitúa al protagonista en un ámbito poco frecuente entre los judíos de la época: admite un mundo futuro, distinto del presente, mejor que éste, y desea participar de él. Por otra parte, su pregunta no es tan rara como podemos imaginar. Si nos preguntasen qué hay que hacer para salvarse, las respuestas es probable que variasen bastante. Una pregunta parecida la encontramos hecha al rabí Eliezer (hacia el año 90) por sus discípulos. Y responde: «Procu­raos la estima de vuestros vecinos; impedid que vuestros hijos lean la Escritura a la ligera y haced que se sienten entre las rodillas de los discípulos de los sabios; y, cuando oréis, sed conscientes de quién tenéis delante. Así conseguiréis la vida del mundo futuro».

La respuesta de Jesús. Antes de responder, aborda el saludo y da un toque de atención sobre el uso precipitado de las palabras. El único bueno es Dios. (Por entonces no existía la Congregación para la Doctrina de la Fe, que lo habría condenado por error cristológico).

Luego responde a la pregunta haciendo referencia a cinco mandamientos mosaicos, todos ellos de la segunda tabla, aunque cambiando el orden y añadiendo «no estafarás», que no aparece en el decálogo.

Lo curioso es que Jesús no dice nada de los mandamientos de la primera tabla, que podríamos considerar los más importantes: no tener otros dioses rivales de Dios, no pronunciar el nombre de Dios en falso, y santificar el sábado. Para Jesús, de forma bastante escandalosa para nuestra sensibilidad, para «salvarse» basta portarse bien con el prójimo.

Cuando el protagonista le responde que eso lo ha cumplido desde joven, Jesús lo mira con cariño y le propone algo nuevo: que deje de pensar en la otra vida y piense en esta vida, dándole un sentido nuevo. Hasta ahora, incluso cumpliendo los mandamientos, él sigue siendo el centro de su vida. Lo que le pide Jesús es que cambie de orienta­ción: renunciando a sus bienes, renuncia a sí mismo, y otras personas ocupan el horizonte: primero los pobres, de forma inmediata; luego, de manera definitiva, Jesús, al que debe seguir para siempre.

La reacción del rico. El programa de Jesús se limita a tres verbos: vender, dar, seguir. El joven no vende, no da, no sigue. Se aleja. «Porque era muy rico». Con esta actitud, no pierde la vida eterna (que depende de los mandamientos observados), pero pierde el seguir a Jesús, dar plenitud a su vida ahora, en la tierra.

Mientras el rico se aleja, tiene lugar la segunda escena, en la que Jesús completa su enseñanza sobre el peligro de la riqueza y el problema de los ricos.

Jesús mirando alrededor, dijo a sus discípulos:

‒ ¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!

Los discípulos quedaron sorprendidos de estas palabras. Pero Jesús añadió:

‒ Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.

Ellos se espantaron y comentaban:

‒ Entonces ¿quién puede salvarse?

Jesús se les quedó mirando y les dijo:

‒ Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.

Las palabras «¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!»requieren una aclaración. Entrar en el reino de Dios no significa salvarse en la otra vida. Eso ya ha quedado claro que se consigue mediante la observancia de los mandamientos, sea uno rico o pobre. Entrar en el Reino de Dios significa entrar en la comunidad cristiana, comprometerse de forma seria y permanente con la persona de Jesús en esta vida.

Ante el asombro de los discípulos, Jesús repite su enseñanza añadiendo la famosa comparación del camello por el ojo de la aguja. Ya en la alta Edad Media comenzó a interpretarse el ojo de la aguja como una puerta pequeña en la muralla de Jerusalén; pero esa puerta nunca ha existido y la explicación sólo pretende suavizar las palabras de Jesús de manera un tanto ridícula. Jesús expresa con imaginación oriental la dificultad de que un rico entre en la comunidad cristiana.

¿Por qué se espantan los discípulos? Su reacción podemos interpretarla de dos formas, según los dos posibles sentidos del verbo griego: 1) ¿quién puede salvarse?; 2) ¿quién puede subsistir?

En el primer caso, los discípulos refle­jarían la mentalidad de que la riqueza es una bendición de Dios; si los ricos no se salvan, ¿quién podrá salvarse?

En el segundo caso, los discípulos pensarían que la comunidad no puede subsis­tir si no entran ricos en ella que pongan sus bienes a disposi­ción de todos.

En cualquier hipótesis, la respuesta de Jesús («Dios lo puede todo») da por terminado el tema.

Los discípulos: Jesús vale más que todo

Pedro se puso a decirle:

‒ Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

Jesús dijo:

‒ En verdad os digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no reciba ahora, en este tiempo, cien veces más -casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones- y en la edad futura, vida eterna.

La intervención de Pedro no empalma con lo anterior, sino que contrasta la actitud de los discípulos con la del rico: «nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido». Ahora quiere saber qué les tocará.

La respuesta de Jesús enumera siete objetos de renuncia, como símbolo de renuncia total: casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos, tierras. Todo ello tendrá su recompensa en esta vida (cien veces más en todo lo anterior, menos en padres) y, en la otra, vida eterna. Pero, al hablar de la recompensa en esta vida, Mc añade «con persecuciones».

Decía Salomón que, con la sabiduría «me vinieron todos los bienes juntos». A los discípulos, la abundancia de bienes se la proporciona el seguimiento de Jesús.

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Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario. 10 de octubre de 2021

Domingo, 10 de octubre de 2021

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A estas palabras, él frunció el ceño, y se marchó pesaroso, porque era muy rico.”

(Mc 10, 17-30)

“¿Qué haré para heredar la vida eterna?” Esta es la inquietud de este personaje que se acerca corriendo a Jesús. Tiene prisa y también mucha seguridad en sí mismo.

Sabe lo que quiere. Lo ha sabido siempre. Cuenta en su haber con grandes fortunas: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.”

Parece que no se ha acercado a Jesús para encontrarse con alguien sino para ser “reconocido”, para que se reconozca su bien hacer.

Sí, debía de ser muy rico, tanto que esperaba también heredar la vida eterna o quizá incluso pensaba que ya había hecho lo suficiente para recibirla. Como un niño cuando acaba lo deberes y viene corriendo a enseñártelos para que le dejes ir a jugar. Pero Jesús no lo felicita por todo lo que ha hecho sino que le dice: “Una cosa te falta.”

Parece que el Reino tiene poco que ver con las seguridades. A Dios no le impresiona nuestra larga lista de méritos y renuncias. Tampoco las riquezas.

Por lo visto espera que nos acerquemos a Él con las manos vacías, con todo perdido y los zapatos gastados.

Parece que solo consigue vernos bien cuando no tenemos nada que mostrale, cuando estamos desnudas y vacías.

Ahí sí, nos ve y nos mira como a hijas amadas suyas. Mientras tanto no deja de mirarnos con cariño y compasión.

No deja de recordarnos que nos falta una cosa: dejar todo lo que nos sobra. Y nos ve marchar una y otra vez con el ceño fruncido y pesarosas. Dobladas bajo el peso de nuestras riquezas, de nuestros derechos y méritos.

¿Cómo podrás llenarnos sino queda sitio?

Oración

No dejes de mirarnos con cariño, sobre todo cuando nos alejamos pesarosas. Solo el cariño de tu mirada nos puede transformar.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa 

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No se trata de renunciar a algo sino de elegir lo mejor.

Domingo, 10 de octubre de 2021

cristoy-jovenEs un episodio entrañable, pero es muy ambiguo en la redacción y desconcertante en el desenlace. El hombre rico no se decide a dar el paso. Aunque lo verdaderamente importante es el motivo por el que se niega a seguir a Jesús: las riquezas. Para los judíos, las riquezas habían sido siempre signo de la bendición de Dios. Jesús no puede arremeter contra ellas y hacernos ver que son la causa de todos los males. Sabemos que fue un tema muy discutido entre los primeros cristianos. El relato nos deja ya una muestra de esta controversia.

El llegar corriendo, indica gran interés y una urgente necesidad. El joven era rico, pero no las tenía todas consigo. Sin duda, el rico esperaba de Jesús algún precepto aún más difícil que los de Moisés, que estaría dispuesto a cumplir. Jesús no añade más preceptos sino una propuesta original. En vez de seguridades, confianza sin límites. En vez de cumplimiento de la Ley, seguimiento. Jesús sube a Jerusalén, va a la muerte. Seguir a Jesús supone estar dispuesto al fracaso. El arrodillarse, es un signo exagerado de respeto y admiración.

“Heredar vida definitiva”. No está nada claro el sentido de esa expresión. El texto dice “zoe aionion” que es una expresión muy ambigua. Al traducirla la Vulgata por ‘vida eterna’ condicionó su sentido durante demasiado tiempo. En tiempo de Jesús, significaba garantizar una existencia feliz más allá de la muerte. El rico ya tenía garantizada la existencia feliz en el más acá. Lo que busca en Jesús es asegurar la misma felicidad para el más allá.

Los mandamientos que Jesús le recuerda son los de la segunda tabla, es decir los que se refieren al prójimo, no los que se refieren directamente a Dios. Esta enseñanza es original y exclusiva de Jesús. Para cualquier judío, los más importantes eran los de la primera tabla, que se refieren a Dios. Está clara la intención de hacernos pensar en una nueva manera de religiosidad: la humanidad se manifiesta en la relación con los demás, no con Dios.

¿Por qué me llamas ‘bueno’? El texto griego dice “agazos” no “kalos” que él mismo se aplica. Jesús revela donde está la verdadera pobreza. Él se siente vacío hasta de la misma bondad. El hombre ni es nada ni tiene nada, porque ni siquiera hay un sujeto (ego) capaz de ser o tener. Es difícil no dejarse atrapar por las riquezas, pero es mucho más difícil superar el sentimiento de superioridad. Lo nefasto será creerme bueno y con derechos ante Dios.

Una cosa te falta. Jesús no da importancia al cumplimiento de la Ley. Lo que le falta no es vender lo que tiene sino seguirle. El desprenderse de todo es una exigencia del seguimiento. Para ‘heredar la vida’ basta cumplir la Ley; para entrar en el Reino hay que preocuparse de los demás. No está claro a qué se refiere Jesús. El joven le pregunta por una vida para el más allá y el texto sugiere que le responde con una invitación a seguir a Jesús en el grupo.

¡Qué difícil será entrar en el Reino al que pone su confianza en las riquezas! Las riquezas en sí ni son buenas ni son malas. Es absurdo pesar que Dios prefiere que pasemos necesidades. El apego a las posesiones sin tener en cuenta al pobre o, peor aún, a costa de él es lo que impide al hombre alcanzar una meta humana. El desenlace es triste, pero el comentario que hace Jesús es más desolador. Los discípulos quedan hundidos en la miseria.

Entonces, ¿quién podrá ‘salvarse’? Los discípulos siguen pensando que es imposible subsistir sin seguridades. La pregunta no se refiere a quién podrá salvarse en el más allá, tal y como entendemos hoy la salvación, sino a quién podrá mantener una vida verdaderamente humana si se desprende de todo lo que tiene y no asegura su futuro. Así cobra sentido la respuesta de Jesús, “para los hombres, imposible, no para Dios.

Estamos ante uno de los textos más difíciles de comprender de todo el evangelio. Llevamos veinte siglos dando tumbos entre la demagogia barata y el espiritualismo tranquilizador pero estéril. No podemos sacar una norma general de una propuesta individual. Si vende los bienes, se supone que tiene que haber un comprador, que estará, de entrada, condenado. Jesús no puede dar una norma, que, para poder cumplirla, exige que otro no la cumpla. La propuesta de Jesús es la total superación del hedonismo, es decir, satisfacción y seguridades.

Buscar la propia salvación individual aquí abajo, o en el más allá, es la mejor señal de no haber superado el “ego”. El objetivo último de todo ser humano es la entrega incondicional al servicio del otro. El apego a las riquezas nace siempre del falso yo. Mientras exista la preocupación por uno mismo, no puede alcanzarse la meta. El obstáculo no son las riquezas sino la existencia del yo que me lleva a buscar seguridades para más acá o para el más allá.

Pensar que el rico está condenado y el pobre está salvado es demagogia. El hecho de tener o no tener bienes materiales no es lo significativo. El que no tiene nada puede estar más apegado a los bienes que ambiciona que el rico a lo que posee. Lo difícil es mantener un equilibrio que nos permita vivir humanamente y no nos impida darnos al otro. Tanto el pobre como el rico tendrán que dar un paso para entrar en la dinámica del evangelio.

Otra trampa es creer que el evangelio propone solo la pobreza de espíritu. Según esto, no importa lo que hayas acumulado, con tal de que tengas “espíritu cristiano”, lleves una vida “religiosa” y seas capaz de dar limosna y hacer “obras de caridad”. La Iglesia como institución ha caído en esta trampa. Bajo el pretexto de tener para dárselo a los pobres, no le ha importado acumular riquezas. La Iglesia tiene que ser pobre y renunciar a las seguridades.

El relato no ofrece un cristianismo a dos velocidades. Los ‘consejos evangélicos’ serían un plus voluntario para los más decididos. Esto ha hecho mucho daño, porque ha dado motivo a la mayoría de cristianos para pensar que lo que dice el evangelio no va con ellos. Ha hecho daño también a los que optan por la vida religiosa, porque les ha hecho creer que son los perfectos y con más derechos ante Dios porque han renunciado a las posesiones materiales.

El fariseísmo que seguimos manteniendo en este tema es desconcertante. Seguimos buscando mil escusas para no vernos obligados a entrar en la dinámica del evangelio. Incluso cuando renunciamos al consumo o a las seguridades terrenas lo hacemos esperando que me lo paguen con creces en el más allá. Es un hecho que muchos de los puestos de la jerarquía se buscan expresamente para medrar y tener más dinero y más poder.

La propuesta de Jesús no conlleva ninguna renuncia. Si, al llevarla a la práctica, tenemos la sensación de perder algo, es que no hemos comprendido nada. Se trata de elegir el camino que me lleve a la plenitud de humanidad. Como seres limitados, elegir un camino lleva consigo el renunciar a otro. En contra del sentir común, el renunciar a tener más no es de tontos, sino de personas muy despiertas. La sabiduría consistiría en la libertad de elección.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Bienaventurados los pobres.

Domingo, 10 de octubre de 2021

jesus-e-o-jovem-ricoMc 10, 17-30

«Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes»

Permítanme una versión libre del diálogo de hoy: “Maestro, siempre he guardado los mandamientos, pero ¿hay más?”… “Claro que hay más; mucho más, pero con ese enorme equipaje que llevas a cuestas no vas a poder seguir mi paso. Deshazte de él, vente con nosotros y verás lo que es bueno”

En esta sencilla escena encontramos varios temas que nos pueden interpelar. Por ejemplo: ¿Qué significa para mí, aquí y ahora, «vende cuanto tienes y dáselo a los pobres?»… ¿Viajo por la vida ligero de equipaje y listo para ir a donde marca mi conciencia, o vivo abrumado y aplastado por un enorme baúl que me impide caminar?… ¿Hasta qué punto mis riquezas —o mis anhelos de riqueza— me inhabilitan para compadecerme de la desgracia ajena y comprometerme con ella?…

Y esto a nivel individual, pero también es aplicable a nivel colectivo. Nuestra sociedad es rica —opulenta comparada con la que describe el evangelio—, y esta riqueza nos ha hecho tan duros de corazón, que nos parece natural explotar a los míseros en lugar de socorrerlos, o expoliar los recursos naturales que habían sido encomendados a nuestra tutela, condenando a los que vengan detrás a una vida que nada tendrá que ver con la nuestra.

Y es que cuando uno se percata de las calamidades que está provocando la cultura de la riqueza, no tiene por menos que recordar la expresión de Jesús: «Bienaventurados los pobres»… Fiel a esta máxima, Ignacio Ellacuría, jesuita asesinado en El Salvador, propugnaba una civilización asentada en cultura de la pobreza. En esa misma línea, Jon Sobrino, compañero de Ellacuría, se expresaba así en una charla que dio en Pamplona hace ya mucho tiempo:

«Durante muchos años nos han dicho que lo que nos iba a salvar era la riqueza y la abundancia, pero eso no nos ha salvado. Por una parte no ha resuelto el problema de la vida. A una gran parte de la humanidad le cuesta sobrevivir; no da por supuesta la vida; su mayor problema es mantenerse vivos cada día. Por otra parte no ha civilizado, es decir, no ha humanizado ni a los del Norte ni a los del Sur».

Sobrino terminó diciendo que como la expresión de Ellacuría —cultura de la pobreza—es muy dura y podía ser malinterpretada, podríamos plantearla en términos más templados: «Debemos caminar hacia la civilización de la austeridad compartida»

Un último apunte. El desastre al que nos ha abocado la cultura de la riqueza y el despilfarro solo nos deja dos alternativas de futuro: una austeridad voluntaria desde ahora, o una austeridad caótica y trágica dentro de unos años. Y ya sabemos que la primera fórmula choca frontalmente contra todo principio económico —y que la quiebra de la economía afecta gravemente al empleo—, pero si alguien piensa que vamos a salir indemnes de ésta, es que no se ha enterado de nada.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Fortuna y añoranza. Memoria del joven rico.

Domingo, 10 de octubre de 2021

los-jovenes-se-apartan-de-la-religionVanias, mi administrador, acaba de comunicarme con satisfacción que la última vendimia ha sido espléndida y que tenemos ya comerciantes de Antioquía dispuestos a comprarla a un precio más alto de lo que esperábamos. Por otra parte, el negocio de pieles que heredé de mi padre es cada día más floreciente y todos me dan la enhorabuena por ello y me recuerdan, con un tono obsequioso en el que adivino cierta adulación, las palabras de la Escritura que he oído tantas veces de nuestros sabios: “La fortuna del rico es su plaza fuerte; como muralla inexpugnable es su opinión” (Pr 18,11). “La bendición de Yahvé es la que enriquece y nada le añade el trabajo a que obliga” (Pr 10,22).

Soy consciente de que mi posición económica provoca cierta envidia y también extrañeza ante mis frecuentes crisis de melancolía. «Todos te admiran por tu conducta intachable y además posees todos los bienes que un hombre puede desear – me dicen a veces mis amigos – y, sin embargo, tu talante es casi siempre sombrío y ausente… ». Y es que ellos ignoran la causa de la pesadumbre secreta que se alberga en mi corazón y que nunca he confesado a nadie.

Hubo un momento en mi juventud en que viví inquieto y en búsqueda: como hijo de fariseo, estaba habituado desde niño a la observancia escrupulosa de nuestra Ley y nunca quebranté a sabiendas ni una sola de sus prescripciones. Pero dentro de mí bullían la insatisfacción y las preguntas: había oído hablar tanto de la bondad de nuestro Dios, que me parecía imposible que lo único que pidiera de nosotros era un aburrido cumplimiento de normas y leyes. Soñaba con una vida plena y libre pero, cuando preguntaba a algún rabbí, sus consejos me exhortaban siempre a hacer algo más por Dios y a esmerarme en cumplir hasta la menor de sus mandatos, como agradecimiento a las abundantes riquezas con que había bendecido a nuestra familia.

Como la fama del rabbí Jesús se había extendido por toda Judea, decidí acudir a él buscando, una vez más, consejo y orientación. Me dijeron que estaba saliendo de la ciudad, parece ser que en dirección a Jerusalén, y eché a correr hasta alcanzar al grupo con el que caminaba. Cuando me vio llegar se detuvo: yo me puse de rodillas ante él como señal de respeto y para hacerle ver mi deseo sincero de encontrar una salida a mi incertidumbre. «¿Qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna?» , le pregunté mirándole a los ojos. Y aunque sentí en el acto que de él a mí comenzaba a fluir una corriente de afecto, su respuesta me decepcionó porque era la misma que había escuchado ya de muchos otros: «Ya sabes los mandamientos… » Sin embargo, algo me hizo intuir que no era eso sólo lo que quería decirme y, ante mi insistencia, me hizo una extraña propuesta: «Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Después vente conmigo».

Se apoderó de mí el estupor y me sentí como un corredor que, de pronto, se encuentra al borde de un abismo. O, mejor, ante una encrucijada en la que se le invita a dejar atrás todos los caminos ya frecuentados para adentrarse en uno absolutamente nuevo y lleno de incógnitas: ¿Cambiar el hacer que todos me recomendaban por el des-hacerme de mis bienes? ¿Dejar atrás la seguridad de mis posesiones para emprender la aventura incierta de irme con alguien del que se decía que no tenía ni domicilio fijo? ¿Atreverme a creer una palabra que afirmaba que la vida plena, feliz y desbordante que iba buscando estaba más en el dejar que en el poseer? ¿Admitir como verdadera la afirmación de aquel hombre de que «me faltaba algo», precisamente a mí que había recitado tantas veces lleno de fe: «El Señor es mi pastor, nada me falta… »?

Me estaba pidiendo que renunciara no sólo a mis posesiones materiales, sino también a todo aquello que hasta ese momento constituía mi seguridad y mi riqueza y sentí vértigo. Miré al grupo de sus discípulos: era gente ruda y sencilla, con vestiduras descuidadas y sandalias polvorientas, y recordé la solidez de mi hogar, las tierras que sabía me corresponderían en la herencia y la reverencia y el respeto que mi fortuna me otorgaría en el futuro.

Tomé la decisión. Me puse en pie lentamente, evitando mirarle, temeroso de que el afecto que había sentido en su mirada fuera demasiado convincente, y me alejé despacio, consciente de que sus ojos continuaban fijos en mí y de que quizá esperaba que me decidiera a regresar.

No lo hice y desde aquel momento no ha habido hora, ni día, ni año, en que no me haya arrepentido de ello. Vivo sin carecer de nada, pero me falta la alegría. Soy alguien a quien se considera y se consulta, pero daría mi vida por haberme hecho discípulo de aquel Maestro que me habló desde otra sabiduría. El dinero, el saber y el poder se han convertido en ataduras tan fuertes que han ahogado mis sueños y me han encerrado dentro de unas vallas que me impiden caminar libre de trabas.

Y ya nunca me abandonarán la nostalgia y la añoranza por no haber confiado en la promesa de vida que me ofreció aquel galileo itinerante que un día se cruzó en mi camino.

Dolores Aleixandre

Fuente Fe Adulta

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