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“Con pecado concebida”, por Emma Riverola

Viernes, 15 de febrero de 2019

mujeres-en-la-iglesia-catolicaEl colectivo religioso femenino está en una situación de especial vulnerabilidad, con menor formación que sus compañeros hombres, sin bienes materiales que les dote de independencia y con un gran sentido de la servidumbre

Quizá a veces fue santa (especialmente cuando se escribe con minúsculas), pero la Santa Madre Iglesia siempre ha sido padre, un padre castrador y opresor con las mujeres que la integran. Rebusquemos en las imágenes del Vaticano. En la pompa de sus cónclaves, en la representación de la autoridad. Esas vestimentas que ya no tienen tiempo ni lugar, solo la constancia de un poder milenario ostentado, ¿cómo no?, solo por hombres. ¿Dónde están las mujeres de la Iglesia?

Están en las escuelas, en los hospitales, enclaustradas en sus conventos y, por supuesto, arrodilladas ante el poder de los hombres. Silenciosas. Invisibles. Sirvientas de lujo que viven en la pobreza. Otra imagen: Barcelona, 2010. Visita del Papa Benedicto XVI a la ciudad y misa de consagración de la Sagrada Familia. En su homilía, exaltación de la familia. La Iglesia “apoya cuanto promueva el orden natural en el ámbito de la institución familiar”. Por si hay dudas de cuál es ese orden natural: “que la mujer encuentre en el hogar y en el trabajo su plena realización; para que el hombre y la mujer que contraen matrimonio y forman una familia sean decididamente apoyados por el Estado”. Y, en un intento de ilustrar aún más la posición de las mujeres, cuando el acto ya se acercaba a su segunda hora, apareció la actuación estelar femenina. Un puñado de monjas, de negro riguroso, se entregaron a la tarea de limpiar el altar. Frotaban y se agachaban para limpiar las gotas caídas al suelo ante la complacida mirada de 150 cardenales, obispos y el mismo Papa, todos vestidos de blanco, que seguían las labores de limpieza desde una perspectiva más elevada.

Ellas limpian, cocinan y sirven la comida a los hombres

Un artículo publicado el pasado marzo en la revista femenina ‘Donne Chiesa Mondo’ de L’Osservatore Romano, periódico de la Ciudad del Vaticano, denunciaba el trabajo de las hermanas al servicio de obispos y cardenales. Sirvientas sin horarios, tratadas como ciudadanas de segunda, sin apenas remuneración. Ellas limpian, cocinan y sirven la comida a los hombres y, después, se retiran a la cocina a comer los restos. Esa es la vida cotidiana de las monjas en buena parte del mundo. ¿Y ya está? No, la servidumbre es mucho más profunda. Y dolorosa.

El #MeToo ha llegado a la Iglesia. Religiosas de Chile, Italia, Perú, India, Congo o Kenia están alzando la voz para derribar el último gran tabú de la Iglesia católica: los abusos sexuales de sacerdotes ejercidos sobre monjas. Resulta difícil aventurarse a cuantificar la magnitud del fenómeno y las posibilidades de conocerlo. Estamos hablando de un colectivo en una situación de especial vulnerabilidad. Con menor formación que sus compañeros hombres, sin bienes materiales que les dote de independencia y con un sentido de la servidumbre calado hasta el alma. Hablamos de un triple abuso: de poder, sexual y espiritual.

¿Es un caso que atañe solo a monjas y sacerdotes? Desgraciadamente, es posible que buena parte de sus males se queden silenciados tras sus gruesos muros de silencio, pero todo lo que atañe a su pensamiento tiene eco en el resto de la sociedad. Hablamos de una institución que, durante siglos, ostentó un poder absoluto -directo o indirecto- en buena parte del mundo. No solo es evidente su actual capacidad para influir en el poder, sino que aún forma parte de ese poder. Su voz es la que resuena en las bancadas conservadoras de los parlamentos cuando pretenden regular la vida íntima de los ciudadanos, sus relaciones y sus cuerpos.

La institución nos quiere ignorantes y serviles 

En España, según datos del CIS de enero de 2019, el 66,9% de españoles se declara católico. A pesar de que la mayoría no es practicante habitual, algo más de la mitad de los niños son bautizados. Casi el 20% de los alumnos no universitarios españoles cursan en colegios de orientación católica, lo que son 1,5 millones de niños, en 2.600 centros. La Iglesia recaudó 256,2 millones de euros en la Declaración de la Renta 2017, correspondiente al IRPF de 2016. 7,1 millones de declaraciones fueron a favor de la Iglesia, 8,5 millones teniendo en cuenta las conjuntas.

La sociedad, por creencia o por querencia, otorga ingresos y la responsabilidad de educar a la Iglesia católica. Es decir, asegura su pervivencia y la influencia de su pensamiento. Perpetúa esa voz que tan airada se levanta para criticar el colectivo LGTBI, el aborto, la fecundación en vitro o lo que ellos llaman “ideología de género” (sí, la misma expresión que utiliza la ultraderecha) y que tan queda se muestra a la hora de condenar la violencia machista o, especialmente, para pedir disculpas por todo el dolor que han provocado, por todos los abusos que han perpetrado.

¿Cómo puede dar lecciones de moral una entidad infectada hasta el tuétano? ¿Cómo pueden colocarse esos obispos frente el atril y lanzar sentencias sobre a quién debemos amar o sobre cómo debe comportarse una mujer? Ignorantes, dependientes y serviles, así nos quiere la institución eclesial. Sumisas amas de casa, transmisoras del yugo patriarcal. Como aquel 2010, pasando el paño ante las miradas complacientes de los obispos.

Emma Riverola

Fuente : El Periódico

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“Imaginemos”, por Dolores Aleixandre

Lunes, 4 de febrero de 2019

46700709612_e1647af65dDe su blog Un grano de Mostaza:

Imaginemos que un par de meses antes del Sínodo les hubiera llegado esta encuesta a todos los convocados (Patriarcas, Jerarcas de las Iglesias Católicas Orientales, Arzobispos, Obispos, Vicarios, Jefes de Dicasterios vaticanos, Prelados, religiosos representantes de la Unión de Superiores Generales, expertos, auditores, miembros de nombramiento pontificio y jóvenes:

1. ¿Estaría Vd. (o Emmo, Rvdm, Excmo, Ilmo o comoquiera que sea el tratamiento canónicamente correcto para dirigirse a ellos) de acuerdo en afirmar que la dignidad de un cristiano reside en su bautismo?

2. ¿Estaría de acuerdo en afirmar que lo esencial de una persona y más aún de un bautizado, no depende de cómo va vestido, incluyendo colores, texturas, botonaduras, esclavinas, cordoncillos, mitras, birretes o solideos?

3. ¿Ha sido informado de la existencia de esta cita evangélica: “No llaméis a nadie padre, ni maestro ni jefe…, todos vosotros sois hermanos” (Mt 23,8)?

Imaginemos respuestas mayoritariamente afirmativas (las negativas revelarían un grave problema teológico en sus defensores…) que posibilitaran la promulgación de esta normativa ad experimentum:

“Todos entrarán en el aula sinodal con la vestimenta normal adecuada a su edad y usada por los hombres o mujeres de su país. Todos llevarán una sencilla cruz de madera al cuello y una tarjeta identificativa en la que conste cuál es su condición y servicio en la Iglesia. Se dirigirán unos a otros llamándose “hermano” o “hermana” utilizando el nombre recibido en su bautismo”.

¿Habría cambiado algo esencial? No, un poco de desconcierto al principio, pero luego esa alegría que nace del Evangelio vivido. Nada accesorio distrayendo las miradas, menos atención a la dualidad clérigos/laicos, varones/mujeres, gobernantes/gobernados, un trato de cordial fraternidad.

¿Qué suena a provocación populista? Pues prepárense, porque las reformas de la Episcopalis Communio de Francisco pretenden afectar con mayor radicalidad al modo de ejercer la autoridad en la Iglesia. Y sin tocarle a nadie ni un pelo dela ropa.

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“La miseria de la excelencia o la falsa excelencia en la Iglesia”, por Jesús Urío Ruiz de Vergara.

Viernes, 1 de febrero de 2019

1409398620670canizares fotogalc4Este es un tema que merece, y prometo hacerlo, mejor y más amplio desarrollo.

Me refiero a lo siguiente: se tiene de pequeño, yo por lo menos lo tuve, una sensación de respeto y confianza por las personas con cargos relevantes, a quienes voy a llamar desde ahora revestidas de “excelencia”, maestros, sacerdotes, el alcalde del pueblo (el mío, Olite, es ciudad, y tiene su categoría), alguaciles, ministros, y no digamos los que ya por protocolo son oficialmente “excelencias”, como los obispos, cardenales, etc. Meto a todos en el mismo saco porque así los veía yo de pequeño. Ese reconocimiento casi automático infantil se incrementaba con la peculiar educación de la época franquista, en que cualquier autoridad la ejercía sin críticas ni cortapisas. ¡Cualquier uniformado te podía montar un pollo!

Así que aun de joven, con la estricta, pero muy buena, educación que recibimos en el noviciado y el escolasticado (estudios de filosofía y teología), esa tendencia al respeto y al reconocimiento de la “excelencia” en la autoridad, sobre todo en la Vida Religiosa (VR) y en la Iglesia, persistió, y se fue manteniendo mucho más tiempo del que se podría esperar, y, desde luego, del que sería de desear. Hasta que, ya bien metidos en la faena pastoral, uno pudo ir apreciando los puntos flacos, a veces, flaquísimos, de superiores, provinciales, generales, y otras altas autoridades. Pero voy a dejar de lado el tema de la VR, con las fuertes implicaciones de los votos, especialmente de obediencia.

Y me paso al mundo de la pastoral en la Iglesia, en general. Al mundo de los cardenales, obispos, vicarios, arciprestes, y todo el escalafón jerárquico eclesiástico, de arriba abajo o de abajo arriba. Sin excluir ningún escalón. (También sería ese asunto de amplia aplicación en la vida política civil, con la evidente miseria de muchos “excelentes”, pero el sistema de libre elección supone una posible corrección posterior). El caso es que en el mundo eclesiástico –excluyendo de él la VR- , en las altas esferas no conocemos otra elección que la de Papa, por los cardenales. Pero ésta se ve lastrada por una evidente endogamia, y en la Historia de la Iglesia ha habido papas deleznables, en muchos de los cuales la miseria ha tapado la posible excelencia debida al cargo.

Está demasiado, y sangrantemente claro, que en la Iglesia actual funciona con descaro el “dedómetro”, con todo lo que ello conlleva: subjetivismo, lucha por los favores de los que deciden, halagos y peloteo generalizados, pavor a quedar mal o a la crítica valiente hacia los más influyentes, desvío de las nobles actitudes que se debería suponer en un pastor, más preocupación por los mayorales que por las ovejas, ambiente enrarecido para la opinión clara, respetuosa pero valiente, terreno abonado para la adulación, la simulación y el enchufismo. El resultado es lo que yo llamo un alto índice, muchos más del deseado y previsible, de “miseria” en la Excelencia. ¡Ojo!, no digo pecado, que es inherente a la condición humana, sino a un tipo de pecado que debería ser impedido lo más posible por la propia Institución y sus reglas, pero que, desgraciadamente, es alentado e incentivado.

Y los últimos acontecimientos deleznables, desde el punto de vista moral, sociológico, psicológico, y no digamos, cristiano y evangélico, de tantos curas, obispos, arzobispos, y hasta cardenales, en los que queda patente, ridícula y grotesca la contradicción entre los títulos pomposos y rimbombantes, como excelencia, eminencia, reverendísima, y los comportamientos escandalosos, no solo inadecuados, sino hasta delictivos y execrables, que nos han sumido a todos, en la comunidad eclesial, en lodos de vergüenza y desolación. Y no me refiero exclusivamente a la lacra horrible e inaceptable desde todos los puntos de vista, de la pederastia, sino también a actitudes improcedentes de prelados, y ayudantes señalados, del tipo que he comentado en mi anterior blog, sobre el abuso del poder, que según la opinión de un obispo de la Baja Sajonia está ya instalado en el ADN de la Iglesia, y que yo me atrevo a corregir que no, que no se encuentra en la Iglesia, sino en aquella parte de la Iglesia en la que tratamos a sus miembros como excelentes, reverentes y eminentes, es decir, en la Jerarquía.

Jesús Urío Ruiz de Vergara

Fuente www.reflexionyliberacion.cl

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“La Iglesia es femenina… en teoría”, por Gabriel María Otalora

Jueves, 31 de enero de 2019

mujer-iglesia“Mujeres religiosas y laicas piden que el gobierno de la Iglesia sea más corresponsable”

“Las mujeres reivindican una Iglesia que no discrimine a la mujer, libre, sin poder ni privilegios”

“El comportamiento patriarcal de la Iglesia posterior con las mujeres no pudo basarse ni en Jesús sino en razones más humanas menos confesables”

Como dice Francisco, “la Iglesia es femenina”. Y tiene razón, aunque sea una realidad por venir como ya ocurre en otras parcelas de la sociedad. La situación eclesial de la mujer no es ejemplar si nos fijamos en cómo Jesús les trataba, sin considerarles en minoría de edad como fueron tratadas entonces y durante todos estos siglos desdichados para ellas en todos los órdenes, no solo dentro de la Iglesia. Y a pesar de todo, la mayor parte de quienes participan en la vida eclesial son laicas. ¿Por qué?

Porque no tardaron en darse cuenta que Jesús es mucho mejor partido que ciertas autoridades eclesiásticas. La diferencia de cómo les consideraba Jesús y los expertos religiosos era abismal, más de lo que se ha querido reconocer. A los hechos me remito en este principio de año que, como todos, trato de verlo con esperanza; que llegue con estas líneas incluso a quienes han dejado de tenerla por nuestras inconsecuencias.

Las mujeres siguieron a Jesús desde el principio como atestigua con profusión el evangelio. Le acompañaron en su testimonio de Buena Noticia aceptando su misma vida desinstalada y aceptaron su enseñanza. Tampoco le abandonaron cuando estuvo en la cruz y fueron solo mujeres las testigos del Resucitado como lo resaltan los cuatro evangelistas.

No se puede encontrar en su boca un dicho o palabra que minusvalore o justifique la subordinación de la mujer. El comportamiento patriarcal de la Iglesia posterior con las mujeres no pudo basarse ni en Jesús sino en razones más humanas menos confesables. El biblista Xabier Pikaza es claro: Jesús no quiso algo especial para las mujeres. Quiso para ellas lo mismo que para los varones. La singularidad de Jesús sobre las mujeres es la “falta de singularidad: no buscó un lugar especial para ellas, sino el mismo lugar de todos, es decir, el de los hijos de Dios.

Jesús rompió con los tabúes de una sociedad donde los varones rezaban así por las mañanas: “Te doy gracias, Señor, por no haberme hecho mujer”. Pero a Él nadie le atribuyó algo que pudiera resultar lesivo, marginador ni discriminatorio contra las mujeres. Nunca se refiere a ellas como algo malo ni como personas inferiores. Tampoco aparece en los evangelios ninguna acusación ni rastro de ser un mujeriego que les cosifica.

A Jesús de lo que le acusaron fue de transgresor de la Ley y blasfemo, de agitador político, endemoniado, de estar perturbado y loco, precisamente por su amor lleno de ternura, compasión y misericordia infinitas que irradiaba también con las mujeres en su empeño por implantar una fraternidad verdadera. Les trata por igual y con total naturalidad, con la misma dignidad y categoría que el hombre. Les defiende cuando son injustamente tratadas y no duda en mantener una relación cercana con muchas de ellas. Como dice Ermes Ronchi, únicamente entre las mujeres no tuvo enemigos Jesús.

Contra todo pronóstico socio-religioso, Jesús les acoge sin reservas, forzando a interpretar adecuadamente las tradiciones culturales y religiosas de su tiempo desde el verdadero significado que Dios quería. De hecho, no quiso bendecir la sociedad patriarcal de su época: puso en marcha un movimiento de varones y mujeres en contra de los rabinos, que no admitían a las mujeres en sus escuelas.

De todo esto se ha contado poco, de lo que suponía social, legal y religiosamente que Jesús les acogiera, escuchase y dialogara con ellas. Al final, fueron las discípulas más ejemplares, incluso en la crucifixión, cuando casi todos los varones abandonan al Maestro. Ellas le fueron fieles hasta el final desde su experiencia de un Jesús profundamente inclusivo.

Se ganó el corazón de las mujeres al abrir para ellas nuevos horizontes de realización personal: les hizo portadoras de amor, de esperanza y de paz, en un mundo en el que estaban denigradas. Todo el trato de Jesús con ellas es una buena noticia por la defensa pública de su igualdad y dignidad.

Hoy muchas mujeres religiosas y laicas piden que el gobierno de la Iglesia sea, como ya exigió el Concilio Vaticano II, más corresponsable. Reivindican una Iglesia que no discrimine a la mujer, libre, sin poder ni privilegios al servicio de los más necesitados y esperanza de los desvalidos. Que viva, ore y se comprometa con la justicia profética. Esta es la esperanza por hacer en este nuevo año: una Iglesia que sea femenina, más allá del género sustantivo gramatical.

Extracto del libro La revolución pendiente. Editorial San Pablo, 2018.

Gabriel María Otalora

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“Crítica y pluralismo”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Jueves, 24 de enero de 2019

positivonegativo-blog_imagenDe su blog Nihil Obstat:

Hay dos modos de hacer crítica: uno, en plan negativo, destructivo y hasta rencoroso. Esa crítica sólo refleja el mal corazón del crítico. Hay otra crítica, que necesitamos en esta sociedad nuestra y, por supuesto, en esta Iglesia nuestra. Es la crítica del que juzga lo bueno y lo malo, del que discrimina el grano de la paja, del que valora las cosas en su justa medida, del que distingue lo necesario de lo accesorio y hasta inútil. En la Iglesia necesitamos este tipo de crítica positiva, necesitamos claridad, luz y taquígrafos. Esto ha quedado muy claro en estos últimos tiempos, en los que se han dado a conocer determinados hechos delictivos que, en nombre de una mal entendida defensa de la institución, se habían ocultado. Si en tiempos pasados hubiera habido más luz y menos oscuridad en estos terrenos, se hubieran evitado muchos males. Aquí, como en casi todo, se cumple el Evangelio: “nada hay oculto que no quede manifiesto, y nada secreto que no venga a ser conocido y descubierto” (Lc 8,17).

Además de una buena crítica, en esta sociedad nuestra y, por supuesto, en esta Iglesia nuestra, se necesita una aceptación serena y tranquila del pluralismo. La realidad tiene muchos matices y las personas muchas sensibilidades. En función de la sensibilidad, y en función de la información que tienen, algunos destacan más unas cosas que otras y dan más importancia a determinados matices. Eso es bueno y legítimo, siempre que sepamos respetar las posturas ajenas y, sobre todo, sepamos escuchar al que tiene otra visión de las cosas.

Respetar es un primer paso, escuchar es mejor aún. Escuchar no es oír. Se oye sin querer, pero la escucha supone atención. Al prestar atención, descubrimos aspectos de la realidad que nos habían pasado desapercibidos, y que nos permiten modular nuestra propia visión de los hechos. De esta forma, la escucha es un modo de tender puentes, de superar barreras, de acercarnos unos a otros, de descubrir que quizás estamos más de acuerdo de lo que pensábamos. En el fondo, aceptar el pluralismo y saber escuchar al que piensa distintamente, es un modo de vivir el amor cristiano.

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“Hablar con libertad es peligroso”, por José Mª Castillo

Martes, 22 de enero de 2019

46724551251_dfd8a42716_zLeído en su blog Teología sin censura:

En el relato de la pasión y muerte de Jesús, el evangelio de Juan recuerda un episodio tan humillante como elocuente. La primera bofetada que un guardia le pegó a Jesús, delante del sumo sacerdote Anás (Jn 18, 22).

¿Por qué semejante desprecio allí y en aquel momento? Sencillamente porque Jesús le dijo a aquel personaje sagrado que él había “hablado al mundo con libertad”; y no había “dicho nada en secreto” (Jn 18, 20). Aquí es importante destacar que el texto griego del Evangelio no utiliza la palabra “libertad”, sino el término “parresía”, que significa exactamente “libertad para decirlo todo” y sin callarse nada (“pán”, “résis”).

Está claro: Jesús no soportaba los secretismos y los ocultamientos. En la misma medida en que el tribunal sagrado no soportaba tampoco la libertad de quienes dicen toda la verdad, sin callarse nada en absoluto, aunque les cueste el cargo y la propia dignidad. Y (si es preciso) hasta la misma vida.

Si la Iglesia fuera fiel a esta conducta de Jesús, sin duda alguna, habría tenido que soportar, no una sino muchas bofetadas. Bastantes más de las que ya ha soportado. Así lo dejó dicho el propio Jesús (Mt 10, 16, 32 par).

Más aún, Jesús llegó a decir: “Se acerca la hora en que todo el que os dé muerte se va a figurar que le da culto a Dios” (Jn 16, 2). Sin duda alguna, “la experiencia religiosa de todos nosotros ya no es de fiar, porque nos remite a la falsa religión” (T. Reuter, “El Dios falsificado”, Madrid, Trotta, 2011, 228).

¿Qué quiero decir con esto? Muy sencillo: cree en Dios el que no se calla ante el sufrimiento de los que son peor tratados por la vida y por los poderes públicos, sean del color que sean, ya sea que estén a la derecha, en el centro o a la izquierda.

Esto supuesto, lo que a todos nos tendrían que preocupar, sobre todo, son los silencios de la Iglesia. Los silencios del clero. Y los silencios de quienes decimos que somos creyentes en Cristo. Silencios en tantas cosas que claman al cielo. Pero ahora mismo – y sobre todo – en dos asuntos de enorme gravedad y de apremiante urgencia.

Empezando por el silencio ante tantos y tantos escándalos clericales de “hombres de Iglesia”, que han abusado de menores. Abusos delictivos que las autoridades eclesiásticas han ocultado. Porque así lo imponía el Vaticano, para que el prestigio de la Iglesia no se viera dañado. Ha tenido que venir el papa Francisco, que ha “tirado de la manta”, para que todo se sepa y se haga justicia.

Lo más penoso y preocupante es lo que este papa tiene que estar soportando, por la resistencia del clericalismo fanático, que no soporta la transparencia que ha dejado al descubierto la desvergüenza de no pocos sectores del mundo clerical.

Y para terminar, el otro silencio preocupante, que estamos viviendo en España y en otros países de Europa y América. Me refiero al silencio de obispos y clérigos, en general, que inexplicablemente se callan ante políticos y gobernantes que, con sus decisiones, son responsables del sufrimiento de miles y miles de criaturas inocentes, al tiempo que permiten y fomentan que el capital mundial se concentre, más y más cada día, en menos personas.

En el Evangelio quedó patente que Jesús no soportaba el sufrimiento de pobres, enfermos, marginados y extranjeros. Como tampoco soportaba el desprecio o la desigualdad de las mujeres. Las preocupaciones de nuestra Iglesia y nuestros obispos, ¿coinciden con las de Jesús? Una vez más queda patente que hablar con libertad es muy peligroso.

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Aradillas: “Si fuera mujer, me borraba de la Iglesia”

Lunes, 21 de enero de 2019

mujeres-esclavas-en-la-iglesia_560x280“La Iglesia- esta Iglesia- es soberanamente machista”

“De los malos tratos contra la mujer, no se libran siquiera los miembros de esta institución tan sagrada”

“La incapacidad de hacer uso constitucional de algún tipo de huelgas… cercena aún más las legítimas posibilidades de la mujer de ejercer como miembros activos dentro de esta institución religiosa”

(Antonio Aradillas).- Son ya muchas las personas que han pronunciado esta frase, y además la practican. Aquello del “devoto sexo femenino” de tiempos relativamente recientes pasó ya a la historia, y la mujer toma felizmente conciencia de la tremenda injusticia, e inútil barbaridad, que le supone a la humanidad la marginación a la que está sometida, con escalofriante y pagana referencia para el comportamiento de Nuestra Santa Madre la Iglesia.

Tal vez resulte de utilidad advertir que, entre otras cosas, no se trata de “la” Iglesia, sino de “esta” Iglesia fabricada institucionalmente, y de la que el papa Francisco expresa serias dudas sobre su fecundidad, a semejanza con el ideal, del que hay nítida y perdurable constancia en los santos evangelios.

Las razones veraces que les asisten a quienes, por esto, deciden optar por la defección, deserción o abandono de la Iglesia, son de este orden:

La Iglesia- esta Iglesia- es soberanamente machista. Avergüenza tener que decirlo y más verse obligado a reconocerlo con documentación, y expresivos y elocuentes detalles humanos y “divinales”. Es machista, y en su propia raíz del árbol del mismo Paraíso Terrenal, actúan con perseverancia y rigor, al igual que en sus ramas. Al amparo del patriarcalismo arcaico y antinatural, se cosechan los frutos más denigrantes, que se precian y aprecian de culturales y también de religiosos, con innegable proyección de futuro para esta vida y para la otra.

mujeres-e-iglesiaMultitud de mujeres se borrarán, o ya se borraron, de la Iglesia, educadas en inamovibles principios de su teología moral, en relación con la sexualidad, y más concretamente con la ejercida en la intimidad del santo sacramento del matrimonio. Con la connotación de “pecado mortal”, por el llamado “débito” contractual inherente al contrato sacramental, la mujer casada, tiene el inexcusable deber de entregar su cuerpo -todo su cuerpo- al hombre, con el fin de que, sin ningún miramiento, sin respeto y aún sin amor -cariño, pueda hacer él, su marido, cuanto le apetezca, sin excesivos melindres como persona y como ser racional.

Aunque a algunos y algunas les pueda parecer excesivo e irrespetuoso este diagnóstico y apreciación, según la doctrina oficial que se mantiene, se cultiva y santifica la Iglesia “en el nombre de Dios” esto es lo que es y lo que tiene que ser. La “mujer-pecado”, y “objeto -sujeto- de pecado”, activa o pasivamente, es doctrina eclesiástica común en la praxis religiosa.

La constatación de que ni el mismo papa Francisco se haya decidido ya, y efectivamente, a afrontar con hechos el tema de la marginación atroz que padece la mujer en la Iglesia de su “franciscanismo” pontificio, es más que razonable incitación a que el pesimismo respecto al futuro imponga y afiance las razones para abandonar la Iglesia, en cuyo espacio y consideración, su redención como persona y como ser bautizado, sigue encontrándose a tan largas, insalvables y onerosas distancias de lugar y de tiempo.

En idéntico contexto es obligado situar y juzgar el hecho de que, precisamente en los temas relacionados directamente con la mujer en los movimientos piadosos más representativos y con las correspondientes bendiciones apostólicas, el trato que se les confiere a ellas es de segunda o tercera división, con imposibilidad de asimilarse a los movimientos, si son masculinos. Olvidare de cuestionar si el sexo es masculino o femenino, para así santificar y proporcionarles el “Nihil Obstat” de su aprobación, equivaldría -equivale- a dejar bien claro que en la Iglesia una cosa es ser hombre y otra, menos digna, es ser mujer.

El dato de que todavía “suene rematadamente mal” hasta la posibilidad de que la mujer llegue a ser nombrada cardenal, obispo o sacerdote, mientras que al hombre como tal -“vir baptizatus“- les sean abiertas todas las puertas jerárquicas, le significa hoy a la mujer una dificultad infranqueable para seguir perteneciendo a la Iglesia. Estudiado y valorado el comportamiento que en el resto de actividades, trabajos, profesión… ejerce gloriosamente la mujer, igual o superior, que el que efectúa el hombre, no es difícil concluir que la Iglesia, y lo eclesiástico, de no cambiar pronto y radicalmente el panorama, no son aspiración y meta femeninas. Los hechos son los hechos, pese a que interpretaciones eclesiasticoides benevolentes prefieran reflejarlos y contabilizarlos de otra manera, con descalificación y anatemas “ministeriales” de quienes se limitan a presentarlos con veracidad y realismo.

mas-participacion-ya-para-las-catolicasEl tema de la mujer-monja sobrepasa cualquier ponderación y medida. Todo, o casi todo, de cuanto se ha referido acerca de las seglares o laicas, en la Iglesia, – Congregaciones, Órdenes, instituciones y aún Confederaciones de monjas-, se elevan al máximo del disparate y la desconsideración respecto a las “esclavas del Señor”, por antonomasia. Colonizadas la mayoría de ellas por sus santos padres fundadores, capellanes y directores espirituales, tratadas como “infantiles a perpetuidad” en el Reino de Dios, con iniciativas tan reducidas y “en virtud de santa obediencia”, la “demonasterización”, y aún la despersonalización, están servidas con generosidad y como ofrendas consagradas a Dios. El cierre a perpetuidad, y la venta, de conventos de clausura por falta de vocaciones, es una de las lacras dolorosas que padece la Iglesia, sin que el futuro pueda otearse con las nítidas notas de los motetes o de las aleluyas pascuales.

La incapacidad de hacer uso constitucional de algún tipo de huelgas, como reivindicación secular o regular de la mujer en la demarcación eclesiástica, cercena aún más sus legítimas posibilidades de ejercer como miembros activos dentro de esta institución religiosa.

“Si fuera mujer, me borraba de la Iglesia” no es, por tanto, una barbaridad de corte y contenido anticlerical. Tampoco es una tontería. Es frase que será preciso someter a análisis y a autocrítica por parte de muchos, preferentemente procedentes de los escalafones jerárquicos. De los malos tratos contra la mujer, no se libran siquiera los miembros de institución tan sagrada.

Fuente Religión Digital

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Inquietudes

Martes, 15 de enero de 2019

Del blog de Henri Nouwen:

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El día 1 de enero de 1986, Henri Nouwen expresó estas inquietudes en su diario:

“Palabras como DIOS o IGLESIA se han transformado en ambiguas y, a menudo, evocan pensamientos muy críticos y a veces, muy hostiles”

“Experimento una verdadera tristeza a causa de que la fe que da tanta vida a los padres, ya no conforme la vida de todos sus hijos y nietos”.

“Me pregunto si aquellos que están ente los treinta y los cincuenta y que ya no consideran a la Iglesia como fuente de fuerza, podrán ser capaces, alguna vez, de dejar que Jesús sane sus heridas”.

*

Camino a casa. Un viaje espiritual
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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , ,

“La casa común”, por Gabriel Mª Otalora (*).

Martes, 15 de enero de 2019

SomosIglesiaLa persona religiosa que camina en dirección a su vocación, al destino elegido, se ve forzada con frecuencia a modificar el rumbo. A veces solo es necesario un cambio en la forma de hacer las cosas. Pero para lograrlo, necesita fe además de tesón. Cuando esto ocurre -fe y tesón- descubrimos que cada mañana atesora una bendición escondida tras el largo camino de aprendizaje y maduración que es la vida, proyectada en origen para convertirse en la mejor posibilidad de cada persona.

Pero si la fe y el tesón no se riegan suficiente y adecuadamente, lo que predominará no es la construcción del sentido vital sino la identificación de Dios con nuestra propia cultura y con los dioses particulares que facilitan el desarrollo del poder (potestas) por encima de la actitud de servidor (minister). Entonces se quiebran el ejemplo y la confianza, que son las dos bases de cualquier convivencia humana sana, también entre cristianos. El ejemplo genera confianza y ambos incardinan la base del verdadero liderazgo humano, el que irradiaba Jesús con amor (auctoritas). En este sentido, uno de los campos peor arados por la institución eclesial es el de los seglares, mayoritarios en número, pero tratados en clave de minoría de edad religiosa durante muchos siglos.

Las consecuencias han sido graves al constatar que la institución eclesial es más importante que el Mensaje: imponer en lugar de convencer (zelotismo), clericalismo (paternalismo que busca poder), encastillamiento con los suyos (casta selecta), abuso de autoridad, dureza de corazón… y las dos conductas que más disgustaron a Jesús: hipocresía y falta de misericordia. Cuando sale a la luz algo tan terrible como la pederastia, la actitud de la estructura clerical se revela frente al Papa Francisco, verdadero azote de la hipocresía y el poder estructural que escandalizan a cualquier persona de buena fe. Ocurrió algo parecido con las finanzas vaticanas. Ahora es muy difícil separar tantos siglos de malas praxis de la buena noticia de Jesús.

El Papa sorprendió con su Carta al Pueblo de Dios, publicada en plena crisis de la pederastia norteamericana, denunciando al elitismo y autoritarismo eclesial, da igual si es promovido por los clérigos o los laicos, porque favorecen los abusos en la Iglesia. El Papa llega a afirmar que el clericalismo es autoritarismo. Nadie puede acaparar o ignorar la acción del Espíritu en los demás. Esa es la gran tentación de una jerarquía centrada en sí misma: creer que el Espíritu tiene que pasar necesariamente por ella para actuar, dinamizar y dirigir a su Iglesia. Es la gran tentación también del laicado que no se compromete en las realidades que el Evangelio señala, cuando otras muchas personas actúan cristianamente desde su agnosticismo o ateísmo manifestando al Espíritu sin saberlo.

Y todo lo anterior cuando más que el homo sapiens el ser humano debería ser llamado homo religiosus (Robert R. Marett) ya que lo sagrado es un elemento en la estructura de la conciencia humana. A pesar de todo, el laicado cristiano está madurando y es verdad que hay motivos para vislumbrar una realidad eclesial diferente ante un clericalismo que también ha entrado en crisis. Es cierto que los laicos y laicas tenemos que sacudirnos pasividades, comodidades e inhibiciones para dedicar tiempo al compromiso activo en la comunidad cristiana y en la sociedad. Pero los presbíteros deben superar el control total de la comunidad y los recelos con los laicos para fomentar un verdadero liderazgo de servicio. La crisis de vocaciones ha agravado el problema, porque no hay vocaciones sacerdotales ¡ni laicales! y la misión de evangelizar solo se produce con el ejemplo.

Es falsa la división clásica que separaba a los cristianos en dos sectores: el llamado a una vida de perfección en la consagración de los tres votos (pobreza, castidad y obediencia), y el de la mayoría laical como cristianos de segunda categoría. Todos estamos llamados a seguir a Cristo y evangelizar según el espíritu de las bienaventuranzas desde los diversos carismas. No hay estados más o menos perfectos, sino formas diversas de escuchar y vivir la llamada al seguimiento según el modelo del mandamiento de la Última Cena. A partir de entonces, Cristo es el gran mediador y maestro que reúne en su persona a los tres: Sacerdote, Profeta y Rey. Y quienes recibimos el bautismo somos proclamados como tales ante el obispo cuando nos confirma los tres derechos y deberes evangélicos adquiridos por el bautismo: testimonio, misión y servicio.

Sobre la distribución de los dones del Espíritu nada indica que estén repartidos solo entre los varones. Todo creyente hombre o mujer, judío o gentil, esclavo o liberto, recibe los dones que lo capacitan. Pablo encuentra a cristianas en los lugares de misión y él las respeta a la vez que reconoce y admira su labor. Los prejuicios androcéntricos han intentado rebajar la importancia paulina de la mujer pero “Ya no hay hombre ni mujer porque todos vosotros sois uno en Cristo”. Conocemos incluso la existencia de ministerios femeninos en las comunidades cristianas y nuestro santoral, sin ir más lejos, cita a 27 diaconisas: santas Tatiana, Susana, Justina, Irene…

La casa de Dios, es de todos y todas por igual; solo es cuestión de tiempo.

Gabriel Mª Otalora

 (*) Gabriel Mª Otalora, autor de La revolución pendiente; la Iglesia vista por un laico. Prólogo de Juan María Laboa. Editorial San Pablo, 2018.

Fuente Fe adulta

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La transición del cristianismo.

Lunes, 14 de enero de 2019

026D4DMGP1_1Dibujo de Jesús Ferrero, Diario Montañés

El pasado 30 de octubre Aragón TV tuvo el acierto de iniciar una serie sobre “la transición en Aragón” con un primer capítulo dedicado a la transición en la Iglesia.  Han pasado más de 40 años y aquella transición de la Iglesia no ha acabado, solamente se ha interrumpido durante dos papados poco renovadores. Pero actualmente parece reiniciarse. En algunos sectores del cristianismo se habla ya de la necesidad de un tercer concilio Vaticano II y una puesta al día de dimensiones muy sustanciales. No es solo el papa Francisco el que está recuperando este espíritu renovador con muchas resistencias y vacilaciones. También más allá de las grandes orientaciones del magisterio eclesial, las perplejidades y las intuiciones de muchas personas que todavía conservan una referencia a Jesús de Nazaret van por otro lado. Y no menos cristiano.

Las Iglesias se van quedando vacías y el cristianismo, no solo la Iglesia católica, va perdiendo presencia en la sociedad y en la cultura actual. Y no hay que buscar las razones tanto en la pérdida de valores, en el ateísmo, o en la competencia de una educación cívica que relega la religión al ámbito de lo privado. Se trata más bien, en la opinión de muchos de estos cristianos en la frontera, de que las tradicionales interpretaciones y formulaciones del evangelio se han quedado desfasadas en la cultura actual. El cristianismo tal como se explica hoy no acaba de responder a los retos de siempre: la necesidad de sentido ante el mal, la muerte y el sacrifico de las víctimas; el anhelo por recuperar el daño infligido o por trascender una existencia limitada; la búsqueda de un fundamento y de una certeza del bien.

Ante el reto de las migraciones, de la desigualdad, del nacionalismo, de la secularización creciente, del pluralismo ético y religioso, de la grandiosa y beneficiosa divulgación científica y ante la exigencia de una conciencia y actuación realmente democráticas, especialmente en la consideración de los derechos y del estatus de la mujer, se hace precisa una segunda y más profunda transición en la Iglesia. Una mutación que tiene que sumar la perspectiva liberadora y el clima posmoderno, secular, laico, de nuestra cultura. Ya no somos gente religiosa o revolucionaria. Ya no hay dioses realistas en los cielos o en la política.  

Es verdad que muchos cristianos están respondiendo a estos retos a través de las organizaciones sociales, las instituciones, los partidos políticos o incluso de las mismas estructuras de la Iglesia: parroquias, Cáritas, colegios, etc. Sin embargo, sus presupuestos creyentes no han cambiado y atraen cada vez menos, envueltos en una sacralidad ostentosa que hoy podría ser más bien hondura de vida y “cualidad humana profunda” (M. Corbi).  Y así, de la misma manera que en la transición democrática evolucionamos desde el nacional catolicismo al compromiso de liberación sociopolítica, a una mayor valoración de la vida y de este mundo y a una mejor interpretación del significado de Jesús de Nazaret, también ahora se pide al cristianismo una renovación o metamorfosis que contribuya más ajustadamente a la encrucijada de nuestro tiempo.

Se nos pide una vuelta a los valores evangélicos no tanto porque constituyan una identidad religiosa superior sino porque esa identidad no es sino la radicalidad en los valores universales que la comunidad humana va dialogando y concertando (J. Habermas). Valores tales como la solicitud recíproca, la custodia del planeta, la convicción democrática profunda, el ánimo para la vida y la apertura de significados en la cotidianidad.

La originalidad del cristianismo no es ser una religión de salvación centrada en el mito o Misterio de la muerte y Resurrección del Hijo de Dios sino la llamada a desbordar las actitudes de proximidad y compasión activa que constituyeron el proyecto original de Jesús antes de ser absorbido por las culturas judaizante y grecoromana de los primeros siglos. Actitudes que animaron la vida completa del Jesús que anduvo en el mar (M. Machado) hasta su muerte violenta. Animo que también se dio y se da en la entrega de tantos otros profetas y personas anónimas. El cristianismo es el movimiento del amor desbordante (P.Ricoeur, J.D. Causse) que se transforma en esperanza, aunque sea incierta. Nada pues de particularismo o exclusivismos, de superioridad, de posesión de la verdad última o de desdoblamientos sobrenaturales.

Estas son algunas de las líneas que señalan y fundamentan este cambio anunciado:

Una lectura no literal sino metafórica, de los textos llamados sagrados, tanto la Biblia como otros escritos y tradiciones religiosas, espirituales o humanísticas. Solo así es posible una conciliación con la ciencia, el pluralismo religioso y cultural y la cooperación con las instituciones y movimientos de carácter sociopolítico y liberador. Un lectura que orilla definitivamente el dogmatismo y se vuelca más que en la verdad, concepto hoy muy manipulado, en el significado de la vida y en la elevación de la moralidad o libertad. La Biblia más que razón o verdad tiene alma, impulso de vida y fraternidad. (“minimalismo bíblico”, véase J. M. Vigil y servicios Koinonía)

La complementariedad entre fe y ciencia basada principalmente en una nueva concepción del conocimiento humano. Una nueva epistemología que no deja de ser empírica pero se muestra más humilde; no habla tanto de verdad cuanto de modelos que poseen poder explicativo; que no da pie a una metafísica dogmática sino incierta (J. Montserrat), alejada de las afirmaciones fuertes y que encuentra su correlato conciliador en el abandono del concepto ingenuo de Revelación religiosa como verdad absoluta dictada por un Ser superior. La nueva epistemología se presenta ahora como un fundamento para el diálogo entre ciencia y fe (L. Sequeiros).

La construcción de una praxis supraética que no se centra tanto en el moralismo cuanto en la trascendencia del amor cívico y personal fundado en la autonomía de la buena y bella voluntad. El potencial simbólico de las creencias mueve hacia el compromiso, la curiosidad científica y la honestidad intelectual.  Darlo todo a cambio de nada, por la ciencia, por los desfavorecidos, por el planeta, requiere una motivación muy especial; no es una propuesta de la prudencia moral, ni para la actuación ordinaria, mucho menos es una exigencia, o deber coactivo, propia de una religión que se tiene por verdadera o con derecho a obligar, sino una inclinación transcendente de la bella y buena razón que es el mejor regalo que hemos podido recibir no sabemos de quien o incluso de Dios. Somos hijos del amor, don.

La confluencia de las religiones y los humanismos (por ej “Islas encendidas”) que, en la acción liberadora, en la contribución a la justicia y al bienestar humano (P. Knitter), es una tarea a caballo de la política institucional, de la crítica antisistema y del cuidado de las personas. Se extiende desde el pequeño óvolo de la viuda hasta las más altas esferas de los organismos internacionales.

Los protagonistas del capítulo de TVA citado, ya mayores, y los que no salieron y son muchos más, no han perdido su referencia cristiana pero no pisan la iglesia, del mismo modo que en el origen del cristianismo la sinagoga cayo en desuso para ellos. Estas personas se desenvuelven en el lugar común de la responsabilidad democrática y de la ecología profunda. Los templos son las personas dolientes, los sacramentos los gestos naturales del cuidado y de la acción comunitaria, sus celebraciones no tienen nada de sacrificio pascual o consagración. La mujer es igual al hombre y no hay sacerdotes; la divinidad de Jesús, la Resurrección y otras grandes verdades de la fe son más bien símbolos del horizonte inmenso de dignidad que nutre a todo ser humano. No son hechos históricos o milagrosos (J. S. Spong, R. Lenaers, J. Hick, etc).

Estas personas participan de la misma incertidumbre e inseguridad que sus compañeros de viaje liberador. Viven de la confianza que les proporciona ese mar de buen querer, el de siete veces siete, que les llega de la memoria de tantos Jesús de Nazaret. Una perspectiva que los sitúa abiertos al diálogo, sin miedo a la pérdida de identidad y dispuestos a la autocrítica y la escucha permanente.

Algunos llaman a este cristianismo la “Internacional de la esperanza” o “de la justicia”, (Jon Sobrino) como nueva metáfora del Reino de Dios, símbolo prioritario del mensaje evangélico junto a la experiencia personal de un “no sé qué” místico, la figura de Padre o el océano inefable del amor.

Muy probablemente muchos digan que esto no es el cristianismo y vean aquí una reducción de los valores sobrenaturales. Pero hoy el cristianismo es plural y la sociedad no entiende la alquimia religiosa y el dominio de un etéreo mundo sobrenatural. Las imágenes y cultos sobrenaturales son una expresión superada de los componentes o existenciales de la condición humana. Lo sobrenatural es un existencial o cualidad universal inserta en la naturaleza humana, (K. Rahner, Luc Ferry, R. Kearney y otros) y no necesita añadidos. Su dios no está afuera, muerto por el ateísmo contemporáneo sino enterrado en el buen amor pujando por dar vida.

Santiago Villamayor

Fuente Fe Adulta

Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad, Iglesia Católica ,

“Iniciar la reacción”. Bautismo del Señor – C (Lc 3,15-16.21-22)

Domingo, 13 de enero de 2019

Bautismo_CEl Bautista no permite que la gente lo confunda con el Mesías. Conoce sus límites y los reconoce. Hay alguien más fuerte y decisivo que él. El único al que el pueblo ha de acoger. La razón es clara. El Bautista les ofrece un bautismo de agua. Solo Jesús, el Mesías, los «bautizará con el Espíritu Santo y con fuego».

A juicio de no pocos observadores, el mayor problema de la Iglesia de hoy es «la mediocridad espiritual». La Iglesia no posee el vigor espiritual que necesita para enfrentarse a los retos del momento actual. Cada vez es más patente. Necesitamos ser bautizados por Jesús con su fuego y su Espíritu.

En no pocos cristianos esta creciendo el miedo a todo lo que pueda llevarnos a una renovación. Se insiste mucho en la continuidad para conservar el pasado, pero no nos preocupamos de escuchar las llamadas del Espíritu para preparar el futuro. Poco a poco nos estamos quedando ciegos para leer los «signos de los tiempos».

Se da primacía a certezas y creencias para robustecer la fe y lograr una mayor cohesión eclesial frente a la sociedad moderna, pero con frecuencia no se cultiva la adhesión viva a Jesús. ¿Se nos ha olvidado que él es más fuerte que todos nosotros? La doctrina religiosa, expuesta casi siempre con categorías premodernas, no toca los corazones ni convierte nuestras vidas.

Abandonado el aliento renovador del Concilio, se ha ido apagando la alegría en sectores importantes del pueblo cristiano, para dar paso a la resignación. De manera callada pero palpable va creciendo el desafecto y la separación entre la institución eclesial y no pocos cristianos.

Es urgente crear cuanto antes un clima más amable y cordial. Cualquiera no podrá despertar en el pueblo sencillo la ilusión perdida. Necesitamos volver a las raíces de nuestra fe. Ponernos en contacto con el Evangelio. Alimentarnos de las palabras de Jesús que son «espíritu y vida».

Dentro de unos años, nuestras comunidades cristianas serán muy pequeñas. En muchas parroquias no habrá ya presbíteros de forma permanente. Que importante es cuidar desde ahora un núcleo de creyentes en torno al Evangelio. Ellos mantendrán vivo el Espíritu de Jesús entre nosotros. Todo será más humilde, pero también más evangélico.

A nosotros se nos pide iniciar ya la reacción. Lo mejor que podemos dejar en herencia a las futuras generaciones es un amor nuevo a Jesús y una fe más centrada en su persona y su proyecto. Lo demás es más secundario. Si viven desde el Espíritu de Jesús, encontrarán caminos nuevos.

José Antonio Pagola

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“Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo”. Domingo 13 de enero de 2019. Bautismo del Señor

Domingo, 13 de enero de 2019

09-bautismodelsenor (C) cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 42, 1-4. 6-7: Mirad a mi siervo, a quien prefiero. 
Salmo responsorial: 28: El Señor bendice a su pueblo con la paz. 
Hechos de los apóstoles 10, 34-38: Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo.
Lucas 3, 15-16. 21-22: Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo

Hoy celebra la liturgia el bautismo de Jesús. Las lecturas de este día nos ofrecen tres elementos para reflexionar sobre el bautismo en el Señor.

Un primer elemento lo encontramos en el texto de Isaías, quien nos habla de la actitud del siervo de Dios; éste ha sido llamado y asistido por el Espíritu para llevar a cabo una especial misión en el pueblo de Israel: hacer presente con su vida la actitud misma de Dios para con la humanidad; es decir, evidenciar que Dios instaura su justicia y su luz por medio de la debilidad del ser humano. Por tanto, es tarea de todo bautizado testimoniar que Dios está actuando en su vida; signo de ello es su manera de existir en medio de la comunidad; debe ser una existencia que promueva la solidaridad y la justicia con los más débiles, pues en ellos Dios actúa y salva; en ellos se hace presente la liberación querida por Dios.

El segundo elemento está presente en el relato de los Hechos de los Apóstoles. La intención central de este relato es afirmar que el mensaje de salvación, vivido y anunciado por Jesús de Nazaret, es para todos. La única exigencia para ser partícipe de la obra de Dios es iniciar un proceso de cambio (respetar a Dios y practicar la justicia), que consiste en abrirse a Dios y abandonar toda clase de egoísmo para poder ir, en total libertad, al encuentro del otro, pues es en el otro donde se manifiesta Dios. A ejemplo de Jesús, todo bautizado tiene el deber de «pasar por la vida haciendo el bien»; tiene la tarea constante de cambiar, de despojarse de todo interés egoísta para poder así ser testigo de la salvación.

El evangelio de Mateo desarrolla el tercer elemento que identifica el verdadero bautismo: La obediencia a la voluntad del Padre. “La justicia plena” a la que se refiere Jesús en el diálogo con Juan el Bautista manifiestamente la íntima relación existente entre el Hijo de Dios y el proyecto del Padre. Esto significa que el bautismo es la plenitud de la justicia de Dios, ya que las actitudes y comportamientos de Jesús tienen como fin hacer la voluntad de Dios. Esta obediencia y apertura a la acción de Dios afirma su condición de hijo; es hijo porque obedece y se identifica con el Padre. Esta identidad de Jesús con el Padre (ser Hijo de Dios) se corrobora en los sucesos que acompañan el bautismo: el cielo «se abre», desciende el Espíritu, y una voz comunica que Jesús es Hijo predilecto de Dios. Es «hijo» a la manera del siervo sufriente de Isaías (Is 42,1): hijo obediente que se encarna en la historia y participa completamente de la realidad humana. El bautismo, en consecuencia, provoca y muestra la actitud de toda persona abierta a la divinidad y voluntad de Dios; y hace asumir, como modo normal de vida, el llamado a ser hijos de Dios, identificándonos en todo con el Padre y procurando, con nuestro actuar, hacer presente la justicia y el amor de Dios.

Por desgracia, en la actualidad el bautismo se ha limitado al mero rito religioso, desligándolo de la vida y la experiencia de fe de la persona creyente. Se ha olvidado que el bautismo es un hecho fundamental del ser cristiano, pues tendría que ser la expresión de la opción fundamental de la persona, opción que toma a la luz del ejemplo de Jesús y por la que se compromete a ser cristiano. Leer más…

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13.1.19. Bautismo de Jesús, bautismo cristiano. Breve teología.

Domingo, 13 de enero de 2019

86C0FC36-F34A-48BB-91E4-E3818E03BA2EDel blog de Xabier Pikaza:

La primera fiesta tras la Navidad y Epifanía es la del Bautismo de Jesús. El evangelio dice así:

Lucas 3, 15-16. 21-22
Jesús se bautizó. Mientras oraba, se abrió el cielo…En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.”

En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.”

El bautismo es el primer sacramento cristiano, signo de nuevo nacimiento y de vinculación a la Iglesia. Ayer presenté el tema, al ocuparme de la Navidad y de la Resurrección de Jesús. Hoy lo competo desde la perspectiva del nacimiento de Jesús y de los nuevos cristianos en la Iglesia.

Sería importante tratar de la problemática actual del bautismo en la Iglesia, con las consecuencias que implica para la unidad y libertad de los cristianos (varones y mujeres), pero ése es un tema requiere mayor atención, por eso quiero dejarlo hoy a un lado.

Pero hay una cosa que no me resisto a decir: La iglesia actual ha tendido a olvidar la importancia del bautismo, insistiendo más en otros sacramentos “muy menores”, como son el de la Ordenación ministerial y el Matrimonio. Así nos va.

Otro día me ocuparé del tema. Hoy me limito a presentar un esquema general del bautismo de Jesús y de los cristianos, según la teología del Nuevo Testamento. Buen domingo a todos.

Introducción. Bautismos judíos

Los judíos del tiempo de Jesús destacaban el carácter lustral (purificador) y legal de los bautismos, que limpian y purifican las manchas de los sacerdotes y fieles, capacitándoles para realizar legalmente los ritos. De todas formas, el rito básico de la identidad israelita (para los varones) era la circuncisión y además el perdón oficial no se lograba con agua, sino con sacrificios, como dice Lev 17, 11: “Os he dado la sangre para expiar por vuestras vidas” (cf. Lev 17,11).

Según eso, la purificación legal se realiza con sangre de animales, pues ella es signo de vida, principio de expiación y alianza (cf. Ex 12, 13.23; 24, 3-8; Lev 14, 4-7; 16, 16-19), aunque, como he dicho, la misma Ley pedía lavatorios y bautismos, para que los sacerdotes se purificaran al empezar y terminar sus ritos (cf. 2 Cron 4, 2-6; Lev 16, 24-26) y para aquellos que habían contraído alguna mancha ritual, que les separaba de la comunidad, como los leprosos curados (Lev 14, 8-9; cf. 2 Rey 5, 14) y los que habían tenido relaciones sexuales, poluciones o menstruaciones… (cf. Lev 14, 16-24).

1. Bautismo judío, iniciación de Jesús.

Conforme a lo anterior, las casas de los judíos puros (y ricos) tenían piscinas purificatorias (miqvot), para “limpiarse”. Los esenios de Qumrán se bautizaban al menos una vez al día, para la comida ritual (cf. 1Q 5, 11-14). Había también hemero-bautistas, como Bano, que se purificaban así cada día (incluso varias veces), para estar limpios ante Dios, compartiendo la pureza del principio de la creación. En tiempo de Jesús había surgido además la figura y mensaje de Juan Bautista, que anunciaba e impartir un bautismo, para purificación de los pecados.

En un momento dado, Jesús fue a bautizarse, haciéndose discípulo de Juan.
Éste el primero de los grandes cambios que nosotros conocemos: Él abandoNó la familia, dejó el trabajo como tekton y se integró en una poderosa “escuela bautismal” (como he puesto de relieve en cap. 13). Abandonó así la cultura social del entorno, pensó que el orden socio‒sacral de este munco está acabando, y que todo termina con un juicio de Dios, que hará posible una nueva entrada de los verdaderos israelitas, que cruzarán el Jordán, como en tiempos de Josué (cf. Jos 1-6) y podrán vivir en la Tierra Prometida. En ese contexto se inscribe el bautismo de Jesús:

Y sucedió entonces que llegó Jesús, de Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua vio los cielos rasgados y al Espíritu descendiendo sobre él como paloma. Se oyó entonces una voz desde los cielos: Tú eres mi Hijo Querido, en ti me he complacido (Mc 1, 9-11).

Fue un gesto y momento de “estado naciente”, no un dato pasajero, sino un acontecimiento que marcó la historia de su vida, trazando una ruptura respecto a lo anterior y definiendo su nueva opción mesiánico‒profético al servicio del Reino, retomando, de forma distinta, no sólo la tradición apocalíptico‒mesiánica, sino su forma de entender (y “practicar”) la biblia israelita:

‒ El bautismo fue para Jesús un momento de iniciación y de promesa mesiánica, como ha destacado la tradición cristiana cuando afirma que vio los cielos abiertos y escuchó la voz de Dios Padre diciéndole ¡tú eres mi Hijo! y confiándole su tarea creadora y/o salvadora (¡ofreciéndole su Espíritu!). Ciertamente, esa escena (cf. Mc 1, 9-11 par.), ha sido recreada desde la vida posterior de la Iglesia, pero en su fondo puede y debe haber existido un núcleo fiable, que anticipa la acción posterior de Jesús, vinculada a la promesa del Hijo de David: “Yo seré para él un padre y él será para mí un hijo” (2 Sam 7, 14), tal como ha sido proclamada por Sal 2, 7: “Tú eres mi hijo, yo hoy te he engendrado”.

‒ Fue una experiencia de inversión, esto es, de cumplimiento profético y revelación mesiánica. En ella vino a expresarse un Dios que, conforme a la mejor tradición israelita, actúa a contrapelo de los hombres. Precisamente allí donde, llegando al fin de su mensaje apocalíptico, Juan le colocaba ante la meta de juicio y destrucción, experimentó y descubrió Jesús la verdad más alta de su misión, recuperando su vocación davídica, entendida como impulso y llamada mesiánica de Reino. Es como si aquello que Juan anunciaba se hubiera cumplido, de tal forma que allí donde todo ha terminado (ha llegado el juicio) puede comenzar de otra manera todo, en línea de vida y no de muerte.

‒ Esta experiencia profético-mesiánica marcó la nueva historia de Jesús. No queremos decir que las cosas sucedieran externamente como dice el texto, pero los hilos posteriores de su vida sólo pueden entenderse desde aquí, en una línea que lleva del antiguo Elías, profeta del juicio (como Juan), al nuevo Elías, mensajero de la brisa suave y del nuevo comienzo de Jesús (cf. cap. 5 y 16). Sólo en ese contexto, allí donde descubre que todo lo anterior se ha cumplido (ha muerto), puede iniciar Jesús su nueva trayectoria, desde la voz del Padre, que le dice “tú eres mi hijo”, y con la brisa del Espíritu (que le envía a realizar su obra).

‒Vocación filial de Reino. No ha sido un proceso racional en plano objetivo, algo que puede demostrarse por medio de argumentos, sino un tipo de “intuición” vital, que ha trasformado las coordenadas de su imaginación y de su voluntad, de su forma de estar en el mundo y de su decisión de transformarlo. En ese sentido decimos que se trata de una “vocación”, una llamada que Jesús ha “recibido” y acogido en lo más profundo de su ser, un estado naciente. No es imposible que, en este momento crucial, haya escuchado la voz de Dios que le llama Hijo y haya “sentido” la experiencia del Espíritu, haciéndole asumir su tarea davídica de Reino. Todo el transcurso posterior de su vida se entiende a partir de esta llamada.

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“Bautismo de Jesús”. Ciclo C

Domingo, 13 de enero de 2019

20160WDel blog  El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

 

Un ejercicio sencillo y una sorpresa

            Imagina todo lo que has hecho o te ha ocurrido desde que tenías doce años hasta los treinta (suponiendo que hayas llegado a esa edad). Si pones la lista por escrito necesitarás más de una página. Si la desarrollas con detalle, saldrá un libro.

            La sorpresa consiste es que de Jesús no sabemos nada durante casi veinte años. Según Lucas, cuando subió al templo con sus padres tenía doce años de edad; cuando se bautiza, “unos treinta años”. ¿Qué ha ocurrido mientras tanto? No sabemos nada. Cualquier teoría que se proponga es pura imaginación.

            Este silencio de los evangelistas resulta muy llamativo. Podían haber contado cosas interesantes de aquellos años: de Nazaret, con sus peculiares casas excavadas en la tierra; de la capital de la región, Séforis, a sólo 5 km de distancia, atacada por los romanos cuando Jesús era niño, y cuya población terminó vendida como esclavos; de la construcción de la nueva capital de la región, Tiberias, en la orilla del lago de Galilea, empresa que se terminó cuando Jesús tenía poco más de veinte años. Nada de esto se cuenta; a los evange­listas no les interesa escribir la biografía de su protagonista.

            Pero más llamativo que el silencio de los evangelistas es el silencio de Dios. Al profeta Samuel lo llamó cuando era un niño (según Flavio Josefo tenía doce años); a Jeremías, cuando era un muchacho y se sentía incapaz de llevar a cabo su misión; a Isaías, con unos veinte años. ¿Por qué espera hasta que Jesús tiene “unos treinta años”, edad muy avanzada para aquella época? No lo sabemos. “Los caminos de Dios no son nuestros caminos”. Buscando explicaciones humanas, podríamos decir que Isaías y Jeremías tenían como misión transmitir lo que Dios les dijese; Jesús, en cambio, además de esto formará un grupo de seguidores, será para ellos un maestro, “un rabí”, y esto no puede serlo a los veinte años. Pero esto no soluciona el problema. Seguimos sin saber qué hizo Jesús durante tantos años. Para los evangelistas, lo importante comienza con el bautismo.

El bautismo de Jesús

            Es uno de los momentos en que más duro se hace el silencio. ¿Por qué Jesús decide ir al Jordán? ¿Cómo se enteró de lo que hacía y decía Juan Bautista? ¿Por qué le interesa tanto? Ningún evangelista lo dice. La versión de Lucas es la siguiente:

En aquel tiempo, el pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos: “Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego.”

            En un bautismo general, Jesús también se bautizó. Y, mientras oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y vino una voz del cielo: “Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto.”

            Lucas sigue muy de cerca al relato de Marcos, pero añade dos detalles de interés: 1) Jesús se bautiza, “en un bautismo general”; con ello sugiere la estrecha relación de Jesús con las demás personas; 2) la venida del Espíritu tiene lugar “mientras oraba”, porque Lucas tiene especial interés en presentar a Jesús rezando en los momentos fundamentales de su vida, para que nos sirva de ejemplo a los cristianos.

            Por lo demás, Lucas se atiene a los dos elementos esenciales: el Espíritu y la voz del cielo.

            La venida del Espíritu tiene especial importancia, porque entre algunos rabinos existía la idea de que el Espíritu había dejado de comunicarse después de Esdras (siglo V a.C.). Ahora, al venir sobre Jesús, se inaugura una etapa nueva en la historia de las relaciones de Dios con la humanidad. Porque ese Espíritu que viene sobre Jesús es el mismo con el que él nos bautizará, según las palabras de Juan Bautista.

            La voz del cielo. A un oyente judío, las palabras «Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto» le recuerdan dos textos con sentido muy distinto. El Sal 2,7: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy», e Isaías 42,1: «Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero». El primer texto habla del rey, que en el momento de su entronización recibía el título de hijo de Dios por su especial relación con él. El segundo se refiere a un personaje que salva al pueblo a través del sufrimiento y con enorme paciencia. Lucas quiere evocarnos las dos ideas: dignidad de Jesús y salvación a través del sufrimiento.

            El lector del evangelio podrá sentirse en algún momento escandalizado por las cosas que hace y dice Jesús, que terminarán costándole la muerte, pero debe recordar que no es un blasfemo ni un hereje, sino el hijo de Dios guiado por el Espíritu.

El programa futuro de Jesús

            Pero las palabras del cielo no sólo hablan de la dignidad de Jesús, le trazan también un programa. Es lo que indica la primera lectura de este domingo, tomada del libro de Isaías (42,1-4.6-7).

Así dice el Señor: Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles. La caña cascada no la quebrará, el pábilo vacilante no lo apagará. Promoverá fielmente el derecho, no vacilará ni se quebrará, hasta implantar el derecho en la tierra, y sus leyes que esperan las islas. Yo, el Señor, te he llamado con justicia, te he cogido de la mano, te he formado, y te he hecho alianza de un pueblo, luz de las naciones. Para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión, y de la mazmorra a los que habitan las tinieblas.

            El programa indica, ante todo, lo que no hará: gritar, clamar, vocear, que equivale a amenazar y condenar; quebrar la caña cascada y apagar el pabilo vacilante, símbolos de seres peligrosos o débiles, que es preferible eliminar (basta pensar en Leví, el recaudador de impuestos, la mujer sorprendida en adulterio, la prostituta…).

            Dice luego lo que hará: promover e implantar el derecho, o, dicho de otra forma, abrir los ojos de los ciegos, sacar a los cautivos de la prisión; estas imágenes se refieren probablemente a la actividad del rey persa Ciro, del que espera el profeta la liberación de los pueblos sometidos por Babilonia; aplicadas a Jesús tienen un sentido distinto, más global y profundo, que incluye la liberación espiritual y personal.

            El programa incluye también cómo se comportará: «no vacilará ni se quebrará». Su misión no será sencilla ni bien acogida por todos. Abundarán las críticas y las condenas, sobre todo por parte de las autoridades religiosas judías (escribas, fariseos, sumos sacerdotes). Pero en todo momento se mantendrá firme, hasta la muerte.

Misión cumplida: pasó haciendo el bien

            La segunda lectura, de los Hechos de los Apóstoles, Pedro, dirigiéndose al centurión Cornelio y a su familia, resumen en estas pocas palabras la actividad de Jesús.

Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.»

            Un buen ejemplo para vivir nuestro bautismo.

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13 Enero. Bautismo del Señor. Ciclo C

Domingo, 13 de enero de 2019

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“Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”

(Lc 3, 15-16. 21-22)

Todavía con la resaca de Navidad, del comienzo de año y de la Epifanía, y ya se nos presenta a Jesús tomando sus propias opciones.

En los versículos anteriores Lucas nos presenta a Juan anunciando un tiempo nuevo y aclarando que él no era el Mesías esperado. Jesús, como tantos israelitas, también escucha esta buena noticia por boca de Juan. También quiere Jesús participar de este cambio comenzando por el bautismo. Se mezcla con el pueblo, es uno más de tantos; también hace fila, también espera en el calor del desierto… ¿Y nosotras? ¿En qué nos toca esperar? ¿Cómo esperamos? ¿En qué situaciones optamos por ser una persona entre tantas?

Para Jesús, este momento está cargado de contenido, se da una íntima comunión con el Padre y con su Espíritu. En ese momento en el que Jesús está orando es cuando recibe la confirmación personal: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”.

El destinatario de ese mensaje es exclusivamente Jesús. Será más adelante en su vida cuando tres discípulos (Pedro, Santiago y Juan) escuchen esta misma frase, en el monte Tabor, al ser testigos de la Transfiguración de Jesús (Lc 9, 28-36). En esa ocasión se les pedirá que lo escuchen.

¿Y nosotras? ¿Hemos escuchado nuestro mensaje personal de parte de Dios? ¿Estamos atentas para escucharlo? ¿Nos sabemos sus hijos e hijas amadas?

Dios Trinidad se hace presente en este pasaje de forma palpable. También el Espíritu Santo, al que parece que es más difícil describir, aparece hoy en forma de paloma. Dios Trinidad se hace presente en la historia, también en la actualidad. Dios es comunión, una comunión a la que también estamos llamadas nosotras.

Oración

Trinidad Santa, que nuestras esperas sean oportunidades de comunión íntima contigo.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Celebramos hoy el verdadero nacimiento de Jesús.

Domingo, 13 de enero de 2019

2754-neonian-baptistery-ravenna-dome-mosaic-baptism-christ-detailLc 3, 15-22

Comenzamos el “tiempo ordinario”. El bautismo es el primer acontecimiento que los evangelios nos narran de la vida de Jesús. Es además, el más significativo desde su nacimiento hasta su muerte. Lo importante no es el hecho en sí, sino la carga simbólica que el relato encierra. El bautismo y las tentaciones hablan de la profunda transformación que produjo en él una experiencia que se pudo prolongar durante años. Jesús descubrió lo que Dios era para él y lo que tenía que ser él para los demás. Descubrió el sentido de su vida.

Los cuatro evangelistas resaltan la importancia que tuvo para Jesús el encuentro con Juan el Bautista y el descubrimiento de su misión y; a pesar de que es un reconoci­miento de cierta dependencia de Jesús con relación a Juan. Ningún relato nos ha llegado de los discípulos de Juan. Todo lo que sabemos de él lo conocemos a través de los escritos cristianos. Si lo han narrado todos los evangelistas, a pesar de que se podía interpretar como una subordinación a Juan, quiere decir que tiene unas posibilidades muy grandes de ser histórico.

Celebramos hoy el verdadero nacimiento de Jesús. Él mismo nos dijo que el nacimiento del agua y del Espíritu era lo importante. Si seguimos celebrando con mayor énfasis el nacimiento carnal, es que no hemos entendido el mensaje evangélico. Nuestra religión sigue empeñada en que busquemos a Dios donde no está. Dios no está en lo que podemos percibir por los sentidos. Dios está en lo hondo del ser y allí tenemos que descubrirlo. El bautismo de Jesús tiene un hondo calado en todos los evangelios, porque el relato nos lanza más allá de lo sensible. Marcos y Juan comienzan su evangelio con el bautismo.

Lc no da ninguna importancia al hecho del bautismo. Destaca los símbolos: Cielo abierto, bajada del Espíritu y voz del Padre. Imágenes que en el AT están relacionadas con el Mesías. Se trata de una teofanía. Según aquella mentalidad, Dios está en los cielos y tiene que venir de allí. Abrirse los cielos es señal de que Dios se acerca a los hombres. Esa venida tiene que ser descrita de una manera sensible, para poder ser percibida. Lo importante no es lo que sucedió fuera, sino lo que vivió Jesús dentro de sí mismo. Jn no narra el bautismo, lo da por supuesto y habla directamente de la presencia del Espíritu en Jesús.

El gran protagonista de la liturgia de hoy es el Espíritu. En las tres lecturas se hace referencia directa a él. En el NT el Espíritu es entendido a través de Jesús; y a la vez, Jesús es entendido a través del Espíritu. Esto indica hasta qué punto se consideran mutuamente implicados. Comprenderemos esto mejor si damos un repaso a la relación de Jesús con el Espíritu en los evangelios, aunque no en todos los lugares “espíritu” se refiere a lo mismo.

 

 Marcos: 1,10 Vio rasgarse los cielos y al Espíritu descender sobre él.

1,12 El Espíritu lo impulsó hacia el desierto.

 Mateo:  3,16 Se abrieron los cielos y vio el Espíritu de Dios que bajaba como paloma.
 Lucas:  3,22 El Espíritu Santo bajó sobre él en forma corporal como una paloma.

4,1 Jesús salió del Jordán lleno del Espíritu Santo.

4,14 Jesús, lleno de la fuerza del Espíritu, regresó a galilea.

4,18 El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido.

 Juan: 1,32 Yo he visto que el Espíritu bajaba del cielo y permanecía sobre él.

1,33 Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu, es quien bautiza con E. S. y fuego.

3,5 Nadie puede entrar en el Reino, si no nace del agua y del Espíritu.

6,63 El Espíritu es el que da vida, la carne no sirve de nada.

También hay que recordar que estamos hablando de la experiencia de Jesús como ser humano, no de la segunda o de la tercera persona de la Trinidad. Lo que de verdad nos debe importar a nosotros es el descubrimiento de la relación de Dios para con él, como ser humano, y la respuesta que el hombre Jesús dio a esa toma de conciencia. Lo singular de esa relación es la respuesta de Jesús a esa presencia de Dios-Espíritu en él. En contra de lo que siempre se nos ha dicho, el bautismo no es la prueba de la divinidad de Jesús, sino la prueba de una verdadera humanidad. Un ser humano que afronta sus limitaciones y ora.

En el discurso de Jn en la última cena, Jesús hace referencia al Espíritu que les enviará, pero también les dice que no les dejará huérfanos. Esas dos expresiones hacen referencia a la misma realidad. También dice que el Padre y él vendrán y harán morada en aquel que le ama. Jesús se siente identificado con Dios, que es Espíritu. No tenemos datos para poder adentrarnos en la psicología de Jesús, pero los evangelios no dejan ninguna duda sobre la relación de Jesús con Dios. Fue una relación personal. Se atreve a llamarle Abba, (papá) cosa inusitada en su época y aún en la nuestra. Hace su voluntad; Le escucha siempre; etc.

Todo el mensaje de Jesús se reduce a manifestar su experiencia de Dios. El único objetivo de su predica­ción fue que también nosotros lleguemos a esa misma experiencia. La comunicación de Jesús con su “Abba” no fue a través de los sentidos ni a través de un órgano portentoso. Se comunicaba con Dios como nos podemos comunicar cualquiera de nosotros. Ningún hilo telefónico especial. Tenemos que descartar cualquier privilegio en este sentido. A través de la oración, de la contemplación el Hombre Jesús descubrió quién era Dios para él. Lc dice que esa manifestación de Dios en Jesús se produjo “mientras oraba”.

El descubrimiento de esa presencia nace sencillamente de su concien­cia de criatura. Dios como creador está en la base de todo ser creado, constituyéndolo en ser. Yo soy yo porque soy de Dios. Todo lo que tengo de positivo me lo está comunicando Dios; es el mismo ser de Dios en mí. Solo una cosa me diferencia de Dios; mis limitaciones. Esas sí son mías y hacen que yo no sea Dios, ni criatura alguna que pueda identificarse absolutamente con Dios. Lo importante para nosotros es intentar descubrir lo que pasó en el interior de Jesús y ver hasta qué punto podemos nosotros aproximarnos a esa misma experiencia.

La experiencia de Dios que tuvo Jesús no fue un chispazo que sucedió en un instante. Más bien tenemos que pensar en una toma de conciencia progresiva que le fue acercando a lo que después intentó transmitir a los discípulos. Los evangelios no dejan lugar a duda sobre la dificultad que tuvieron los primeros seguidores de Jesús para entender esto. Eran todos judíos y la religiosidad judía estaba basada en la Ley y el templo, es decir, en una relación puramente externa con Dios. Para nosotros esto es muy importante. Una toma de conciencia de nuestro verdadero ser no puede producirse de la noche a la mañana.

¿Cómo interpretaron los primeros cristianos, todos judíos, este relato? Dios, desde el cielo, manda su Espíritu sobre Jesús. Para ellos Hijo de Dios y ungido era lo mismo. Hijo de Dios era el rey una vez ungido; el sumo sacerdote, también ungido; el pueblo elegido por Dios. Lo más contrario a la religión judía era la idea de otro Dios o un Hijo de Dios. ¿Cómo debemos interpretar nosotros esa interpretación? Hoy tenemos conocimientos suficientes para recuperar el sentido de los textos y salir de una mitología que nos ha despistado durante siglos. Jesús es hijo de Dios porque salió al Padre, imitó en todo al Padre, le hizo presente en todo lo que hacía. Pero entonces también yo puedo ser hijo como lo fue Jesús.

Meditación

Jesús nació del Agua y del Espíritu.
Este segundo nacimiento dará a luz mi verdadero ser.
Ya está en mí, pero tengo que descubrirlo.
No te identifiques con tus limitaciones.
Tus fallos son carencias, pero tú eres lo positivo que hay en ti.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Nosotros somos la Palabra.

Domingo, 13 de enero de 2019

BAUTISMO DE JESUS“La palabra es el espejo de la acción” (Solón de Atenas)

13 de enero. Bautismo del Señor.

Lc 3, 15-16. 21-22

Tú eres mi Hijo querido, mi predilecto (v 22)

Nadie sabía en aquel tiempo por dónde andaba la Palabra, pues andaba muy lejos de los hombres, sin que ninguno pudiera certificar dónde. Por eso, aunque era su luz y brillaba en las tinieblas, no la comprendieron. Y cuando vino a iluminar su casa, el mundo no la reconoció, y su casa permaneció en tinieblas. Desde entonces caminan a tientas como ciegos, con su bastón y perro por aceras, por calles y por campos. Aunque lo más comprometido es que el universo entero anda invidente por todos los espacios.

En la Galaxia nuestra, La Vía láctea, el Camino de Santiago, en lugar de ser blanco es negro. La Palabra quiso hacerse hombre y venir a hospedarse a nuestra tienda, pero al ver que no había día en ella devolvió su billete a la estrella y se quedó en el cielo.

Juan Bautista daba gritos solemnes en un desierto sin farolas, y el sonido de su testimonio también se quedó en tinieblas y sin la plenitud que le era propia. Quizás por eso nadie ha visto jamás a Dios, incluso cuando en el monte Horeb su voz ardía en una zarza asustando a Moisés.

“Cuando se necesitan brazos, el socorro y las palabras no sirven de nada” (Esopo, fabulista griego)

El Hombre no es demostrable, como no lo son el Mundo ni Dios. Si, a pesar de ello, el saber intenta demostrar uno de los tres, necesariamente se pierde en la nada. No puede equivocarlos, así se apodere de las alas de la aurora para ir a los confines extremos del mar. (Sam 139, 11-12: Si digo que me sorba la tiniebla, / que la luz se haga noche en torno a mí, / tampoco la oscuridad es oscura para ti, / la noche es clara como el día: / da lo mismo tiniebla o luz).

CORO

Al igual que la brisa ligera
levanta en espesos torbellinos
el polvo de los surcos,
¡que el vals nos arrastre!
¡Haced retumbar la llanura
con el estallido de vuestras canciones!

Apoteosis. Coro Celestial

ÁNGELES

¡Salvada!
¡Cristo ha resucitado!
¡Cristo acaba de renacer!
¡Paz y felicidad
a los discípulos del Maestro!
¡Cristo acaba de renacer!
¡Cristo acaba de renacer!
¡Cristo ha resucitado!

(Los muros de la prisión se han abierto.
El alma de Margarita sube al cielo.
Fausto la sigue con ojos cargados de
desesperación   cae de rodillas y reza.
Mefistófeles, en el centro, es derribado
por la espada luminosa del arcángel.)

MISA DE ÁNGELIS

¡Oh, Dios, que brillas en el mundo!

He encendido las luces de mi tienda,
alfombrada con pieles y con sueños,
y yo te espero impaciente en ella.

Celebraremos una ‘Misa de ángelis’,
con serafines, querubines y tronos,
dominaciones, virtudes, potestades,
principados, arcángeles y ángeles,
entonando canciones a tu nombre.

De celebrantes, las brillantes estrellas
Sirio, Alpha Centauri, Arturo, Vega, Lira,
y los vistosos corazón sangrante,
anémonas, lirios y rosas
y, cómo no, el Arco Iris trazado sobre el cielo,
iluminando el corazón de gentes y universos.

………………………….

Y Tú y yo repicando campanas
Y llenando los bancos de la iglesia.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Hij@s amad@s. Y punto. Sobran los efectos especiales.

Domingo, 13 de enero de 2019

bautismo-jesusSan Lucas (3,15-16.21-22)

Respeto profundamente cualquier otro comentario que se haga del evangelio de hoy, pero no debe distraernos Juan Bautista, para captar mejor el mensaje central.

Una cosa es que tengamos una experiencia profunda y otra que tengamos los recursos apropiados para explicarla o compartirla. Cuando no encontramos las palabras apropiadas, recurrimos a las imágenes, símbolos, expresión corporal, música o danza…

Los evangelistas nos repiten una y otra vez que Jesús, en diferentes momentos de su vida, tuvo la experiencia de ser Hijo Amado. Y punto. El resto son envoltorios que hay que quitar.

Para que las primeras comunidades cristianas se hicieran una idea de lo que pudo experimentar Jesús, los evangelistas tuvieron el detalle de recurrir al lenguaje y a los símbolos propios de las teofanías. Sin duda, ayudaron a sus oyentes y a sus lectores.

Hoy, en 2019, nos sobran los cielos abiertos, la paloma, las voces y todos los “efectos especiales” que van unidos al bautismo de Jesús.

Corremos el riesgo de quedarnos con el envoltorio y pensar que la vida de Jesús transcurrió entre ángeles, nubes, voces y facilidades de todo tipo.

La experiencia personal de ser y sentirnos hij@s amad@s ¿marca un antes y un después en nuestra vida? ¿Hasta qué punto es la experiencia fundante, la raíz de nuestra vida cristiana?

Sentirnos amad@s ¿impulsa nuestro comportamiento moral? San Agustín lo entendió muy bien: “Ama y haz lo que quieras”. ¿Hemos descubierto que el Amor nos ama?

Si no lo hemos descubierto, o lo olvidamos, nuestro discurso moral se convierte en una retahíla de normas y mandamientos. Puede llevarnos a los escrúpulos o a concebir el seguimiento de Jesús como un código de la circulación que nos ayuda a movernos por la vida, con la amenaza de que puede caernos “una multa o un castigo divino” en cualquier descuido.

Jesús no respetó el sábado reiteradas veces, se saltó leyes de pureza ritual, anduvo con compañías poco respetables… pero amó hasta el extremo. En sus entrañas estaba el manantial del Amor, que recibía el agua del Abbá. En el bautismo se entrelazaron y confluyeron más aún sus caudales.

El sacramento del bautismo es uno de los muchos caminos que pueden ayudarnos a descubrir que somos hijos e hijas amados. Pero, en nuestra vida diaria ¿qué conexión hay entre estar bautizados y sentirnos amados, como Jesús?

Ojalá, al leer o escuchar el evangelio de hoy, sintamos una sacudida y nos demos por aludidos. Ojalá el Espíritu Santo nos ayude a comprender que somos hijos e hijas, no siervos; y que hemos sido gratuitamente salvados.

Si descubrimos también que todo ser humano es hijo amado, se habrá producido un milagro.

Marifé Ramos González

Fuente Fe Adulta

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¿Quién soy yo? la respuesta se halla en el silencio.

Domingo, 13 de enero de 2019

599c9badcaa54_juanbautistaGDomingo después de Epifanía: Fiesta del Bautismo de Jesús. 13 enero 2019

Lc 3, 15-16.21-22

Los evangelistas presentan a Jesús como el Mesías esperado que “bautiza con Espíritu Santo y fuego”, es decir, que comunica la misma vida divina. Para ellos, Juan es solo el “precursor”, quien anuncia que “el tiempo último se ha cumplido”, pero es con Jesús con quien se hace presente la plenitud.

Más dificultad debieron experimentar para explicar el motivo por el que el propio Jesús se pusiera en la fila de quienes esperaban a ser bautizados por Juan. Porque este hecho no resultaba fácil de conciliar con lo que ellos mismos afirmaban a propósito de su Maestro. La disonancia es de tal calibre que, probablemente, nos hallamos ante un dato estrictamente histórico: ningún discípulo se hubiera atrevido a afirmar el bautismo de Jesús por parte de Juan, de no haber ocurrido realmente.

En cualquier caso, lo que interesa al evangelista es la proclamación que introduce a continuación, con la que presenta la fe de aquella primera comunidad en Jesús como “el hijo amado” de Dios.

Esta proclamación nos remite a la cuestión decisiva: ¿quiénes somos? Desde la mentalidad judía, de Jesús se dijo que era “el hijo amado de Dios” y, más tarde, desde la fe cristiana, se le reconoció como “Dios y hombre”, “el Hijo de Dios encarnado”.

Pues bien, eso que se afirma de Jesús es válido igualmente para todos los seres humanos. Todos somos Plenitud de Presencia expresándose y experimentándose en esta forma concreta que llamamos “persona” o “yo”.

Ahí radica el secreto profundo de nuestra paradoja. Y eso explica que todo radique en encontrar la respuesta adecuada a la pregunta quién soy yo. Pero esa respuesta no puede provenir de la mente.

Por ese motivo, me parece que ante cualquier pregunta mental –que tiende a encerrarnos en discusiones tan prolongadas como estériles–, lo adecuado es “retraducirla” a esta otra: ¿quién soy yo? A diferencia de las otras, esta primera cuestión nos resitúa –nos coloca en “otro lugar”– y, al resituarnos, toda pregunta mental aparece en el marco adecuado. De otro modo, podemos enzarzarnos en debates interminables que no pasarán de ser meros juegos mentales.

La mente, necesariamente ambigua e incapaz de atrapar la verdad, no puede conducirnos más allá de sí misma. Es una herramienta preciosa para manejarnos en el mundo de los objetos –de las formas– y para desenmascarar la irracionalidad –este es el gran logro de la llamada “razón crítica”–, pero se revela absolutamente incapaz de responder a la gran cuestión: ¿quién soy yo? En este campo, lo que se requiere es justamente aprender a acallarla si queremos empezar a ver con claridad. Tal como repite Marià Corbí, siguiendo lo que han dicho sabios y místicos de todos los tiempos, “el silenciamiento desde la mente pretende conducir nuestra comprensión hasta llegar a ver con toda claridad que lo que damos por realidad es solo una construcción de nuestra mente” [1].

Ante cualquier debate, sobre todo si nos vemos “pillados” emocionalmente –el sujeto de la emoción siempre es el ego–, el camino adecuado es el de acallar la mente y abrirnos a saborear la Verdad que se oculta en el Silencio. Ahí salimos de la ambigüedad y experimentamos la Plenitud que, constituyendo nuestra identidad, transciende por completo el mundo de las formas y de las construcciones mentales. Es justamente el Silencio quien guarda la respuesta a la pregunta ¿quién soy yo?, tal como recuerda la bella parábola de Chuang-Tzú (siglo IV a.C.):

“El Emperador Amarillo fue paseando al Norte del Agua Roja, a la montaña de Kwan Lun. Miró a su alrededor desde el borde del mundo. Camino a casa, perdió su perla del color de la noche.

Mandó a la Ciencia a buscar su perla, y no consiguió nada. Mandó al Análisis a buscar su perla, y no consiguió nada. Mandó a la Lógica a buscar su perla, y no consiguió nada. Entonces preguntó a la Nada. ¡Y la Nada la tenía!

El Emperador Amarillo dijo: “Es en verdad extraño: ¡La Nada, que no fue mandada, que no trabajó nada para encontrarla, tenía la perla del color de la noche!”.

“¿Por qué somos temporales?, se pregunta Pedro Miguel Lamet. ¿No sería mucho mejor ser eternos? En realidad somos temporales y eternos a la vez, si despertamos a nuestra auténtica identidad. Y después de todo, ¿este sentirse temporal no es también fuente de gozo? ¿No hay un sabor a infinito en todo lo finito?” [2].

En esa comprensión se halla la clave de la sabiduría, que Fidel Delgado formula en clave de bienaventuranza: “Feliz quien se sabe en camino y en casa a la vez” [3].

¿Vivo consciente de lo que soy? ¿En qué se nota?

 

Enrique Martínez Lozano

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[1] M. CORBÍ, Silencio desde la mente. Prácticas de meditación, Bubok, Barcelona 2011, p.15.

[2] P.M. LAMET, El sabor eterno del tiempo, en http://www.pedrolamet.com/?p=1503

[3] F. DELGADO, Prólogo al libro de E. MARTÍNEZ LOZANO, Metáforas de la no-dualidad. Señales para ver lo que somos, Desclée De Brouwer, Bilbao 2018, p.21.

Fuente Fe Adulta

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Los cielos están abiertos para todos

Domingo, 13 de enero de 2019

bautismo-de-jesc3bas1Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. EL BAUTISMO EN EL RÍO JORDÁN: EN EL DESIERTO, NO EN EL TEMPLO.

Hemos terminado de celebrar la Navidad y -para entendernos- entre el nacimiento de Jesús y el relato que acabamos de escuchar han transcurrido treinta años.

El bautismo se solía celebrar en el templo, en las piscinas del Templo de Jerusalén.

Juan Bautista se encuentra en el desierto, en el río Jordán. Juan lleva el templo y el culto al desierto, que evoca el Éxodo y la libertad. La relación con Dios no se resuelve tanto en los ritos del templo sino en el camino del desierto de la vida, en el camino hacia la tierra de promisión, en la libertad.

La situación y la escena es parecida a la del encuentro de Jesús con la samaritana: A Dios se le adora en espíritu y honradez.

Posiblemente el Bautismo solamente se celebra cuando hay amor a la libertad, a la tierra de promisión, cuando se intenta tener un espíritu honrado.

02. BAUTISMO DE JESÚS: SOLIDARIDAD DON LA HUMANIDAD.

El que no tenía pecado se hace solidario con nosotros, comparte las penas y sufrimientos de la humanidad.

Jesús desciende a lo profundo de las aguas (a los infiernos) con nuestras debilidades.

Jesús comparte con nosotros la densidad de nuestra historia y de nuestras historias.

Jesús se hizo uno de nosotros (San Pablo).

El papa, Benedicto XVI, hace una lectura hermosa de este pasaje en su libro “Jesús de Nazaret”

Jesús había cargado con toda la culpa de la humanidad: entró con ella en el Jordán.

03. LOS CIELOS SE ABREN.

El pueblo de Israel (¡y gran parte la mentalidad católica!) pensaba que los cielos estaban cerrados para la humanidad.

Ha pasado al lenguaje coloquial y es hermoso experimentar, escuchar o decir: “se le abrió el cielo”, “se me abrieron los cielos”. Bueno, pues esto es lo que JesuCristo experimentó y nos comunicó desde el comienzo de su misión de Jesús: que los cielos se han abierto.

El relato del Bautismo de Jesús significa que el camino hacia nuestra salvación, hacia la casa de Dios Padre está definitivamente abierto.

Jesús abre los cielos: Dios Padre ha abierto su casa al hijo pródigo (en realidad nunca la había cerrado, pero los sistemas religiosos se empeñan siempre en condenar al ser humano). El banquete está preparado para todos. Zaqueo está invitado, el buen ladrón está también en los cielos.

Los cielos se han abierto para todos y definitivamente.

Esperemos que no sea verdad aquello de que lo que salva el Evangelio lo condenan los eclesiásticos.

04. CONSOLAD A MI PUEBLO (ISAÍAS / 1ª LECTURA).

Vitral de San Juan Bautista en la Iglesia de San Cipriano de Muskildi (Zuberoa)Es una hermosa tarea abrir cielos y tierras, alimentar esperanzas, consolar al pueblo.

El relato del bautismo de Jesús es un texto de revelación: Este es mi hijo amado. Lo que Jesús nos revela es que ha sido enviado a sanar los corazones que sufren, curar a los enfermos, dar de comer a los hambrientos, liberar las conciencias, a consolar. Jesús pasó la vida haciendo el bien.

Consolar es aliviar, -cuando menos intentarlo- una pena, un sufrimiento.

Claro que para ello hay que haber experimentado en nuestro propio ser el alivio y el consuelo. Quien no tiene experiencia de la bondad humana, del amor humano y de Dios, difícilmente podrá consolar a los demás.

FANATISMO

Las actitudes fanáticas de personas religiosas, políticas, de corte nacional, de determinadas instituciones, etc. en el fondo es que no han experimentado el amor y la bondad de la vida, de Dios, de los demás.

El fundamentalismo que muestran algunos obispos y curas en el fondo es una carencia de afecto, ternura e indulgencia originarios. El que no ama, no ha conocido a Dios, (1Jn 4,8).

Los fanatismos, las superortodoxias, las intransigencias en el fondo no son tanto problemas políticos o cristianos, cuanto problemas de origen y contenido psíquico de falta de consuelo, de amor. Quien tiene experiencia del amor, no es fanático, ni fundamentalista.

Muchas personas religiosas ordenan, disponen e imponen, mandan, etc. El cristiano consuela, alivia, ayuda.

Quizás sea por estas cosas por las que el papa Francisco sea mal visto y poco apreciado en determinados sectores católicos: porque Francisco en el fondo ayuda, consuela, alivia…

Noble tarea la de consolar en la vida.

05. MIENTRAS JESÚS ORABA.

Jesús se encuentra con Dios en el silencio y la oración (como nosotros). Y ahí es donde se manifiesta que Jesús es hijo de Dios.

Jesús toma conciencia de su ser y misión en los grupos de Juan Bautista (conciencia mesiánica). Jesús lentamente va tomando conciencia de que Dios se expresa en Él.

Jesús sentía que Dios Padre embargaba su vida, le protegía, le impulsaba.

En el evangelio de Lucas la oración tiene una importancia mayor que en otros. Lucas presenta a Jesús orando en los momentos decisivos:

o El bautismo le “pilla” a Jesús orando, (Lc 3,21).

o En toda su actividad pública, Jesús se retiraba para orar, (Lc 5,16)

o Jesús ora cuando ha de escoger a los Doce (Lc 6,12-13)

o La oración transfigura a Jesús (y no al revés), (Lc 9,28-29).

o Cuando ora, Jesús expresa su experiencia de Dios: Padre, (Lc 11,1).

o Jesús agradece a Dios los signos que se van dando en su misión, que es del Padre, (Lc 10,21).

o Cercana ya la muerte, en el huerto de los Olivos, Jesús ora “trágicamente”, (Lc 22,39-46).

o En la cruz Jesús ora y pone su vida-muerte en manos de Dios Padre, (Lc 23,46).

o También en la cruz Jesús ora a Dios Padre por quienes le están ejecutando: Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.

Acabamos de celebrar la Navidad. Jesús es hijo de María: nace de entre nosotros.

De la misma manera, Jesús tomó conciencia de su ser y misión en su familia, en la sinagoga, en los grupos de Juan Bautista (conciencia mesiánica), en el silencio y en la oración.

Jesús toma conciencia de su misión en la oración. Jesús “no viene a este mundo con la lección sabida”, sino que Jesús va madurando en la oración. Jesús va tomando conciencia de los problemas que va viendo y viviendo: el tipo de religión, el fariseísmo y legalismo, el Templo ritualista, la injusticia de saduceos, sacerdotes, la pobreza, etc. Jesús lentamente va tomando conciencia de que las cosas no van como Dios Padre quiere. El poder (Pedro) piensa como los hombres, pero no como Dios, etc. Dios Padre tiene otro designio que, poco a poco, se va expresando en Él.

La oración no es una huida del mundo y de los demás, la oración no le encierra a Jesús en sí mismo, sino que le impulsa a la madurez, a contrastar las cosas con Dios y a la solidaridad.

Todo ser humano necesitamos momentos de silencio, de reflexión y de oración, de encuentro con nosotros mismos, con los demás y con Dios.

La oración no es un narcisismo, sino un “hogar” en el que vivimos en silencio y contemplación las cosas de “casa”, nos vemos en nuestro caminar con nuestras ilusiones y preocupaciones, nuestras enfermedades y limitaciones, en la oración vemos las injusticias, y todo lo vemos y vivimos con Dios como ultimidad y los demás como referencia.

La oración es la brecha por la que se nos abren los cielos.

LOS CIELOS ESTÁN ABIERTOS

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Recordatorio

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