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Debes optar por mí

Miércoles, 17 de julio de 2019

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A causa de tu amor infinito, Señor, me has llamado a seguirte, a ser tu hijo y tu discípulo.

Después me confiaste una misión que no se parece a ninguna otra, aunque con el mismo objetivo que los otros: ser tu apóstol y testigo.

Sin embargo, la experiencia me ha enseñado que sigo confundiendo las dos realidades: Dios y su obra.

Dios me ha dado la tarea de sus obras. Algunas sublimes, otras más modestas; algunas nobles, otras más ordinarias. Comprometido en la pastoral parroquial, entre los jóvenes, en las escuelas, entre los artistas y los obreros, en el mundo de la prensa, de la televisión y de la radio, he puesto todo mi ardor implicando en ello todas mis capacidades.

No he ahorrado nada, ni siquiera la vida. Mientras estuve inmerso en la acción con tanta pasión encontré la derrota de la ingratitud, de la negativa a la colaboración, de la incomprensión de los amigos, de la falta de apoyo de mis superiores, de la enfermedad y la debilidad, de la falta de medios…

Me ha ocurrido también, en pleno éxito, mientras era objeto de aprobación, de elogios y de afecto por todos, ser trasladado de improviso y cambiado de función.

Heme aquí, ahora, presa del aturdimiento; voy a tientas, como en la noche oscura. ¿Por qué me abandonas, Señor? No quiero desertar de tu obra. Debo llevar a término tu tarea, ultimar la construcción de la Iglesia… ¿Por qué atacan los hombres tu obra? ¿Por qué la privan de su apoyo? Ante tu altar, junto a la eucaristía, he oído tu respuesta, Señor: «Me sigues a mí y no a mi obra. Si quiero me entregarás la tarea confiada. Poco importa quién ocupe tu puesto; es asunto mío. ¡Debes optar por mí!».

*

(F.-X. Nguyen Van Thuan,
Preghiere di speranza).

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , ,

“Dioses extraños”, por Carlos Osma

Sábado, 13 de julio de 2019

angel-3800001_960_720De su blog Homoprotestantes:

 

A quienes somos cristianos, esta realidad de la diversidad que se nos presenta cada día, nos hace preguntarnos qué dice sobre dios, cómo nos lo revela. Y la conclusión más básica es aquella que afirma que si somos su imagen, ese dios debe ser también diverso. Así que cuanto más clara, monolítica y completamente evidente tengamos la idea de dios, posiblemente más equivocados estemos. No voy a entrar ahora mismo en hablar sobre la divinidad en sí, me preocupa más la influencia que tiene en ella nuestra percepción de la realidad. ¿Qué cambia si nuestro dios es diverso? Pero no me refiero, qué cambia de dios, sino qué cambia en nuestra manera de comprender el mundo y a nosotros mismos si ese dios es algo más complejo que la radiografía en blanco y negro que algunos han hecho de él.

Es absolutamente evidente que todos aquellos cristianos que niegan la diversidad, que se oponen a que sea reconocida dentro de las iglesias o protegida en la sociedad, reflejan un dios tribal que está con unos (con los que son como ellos) pero no con el resto. Un dios que sitúa a unas personas, por encima de otras, y que coloca al hombre rico occidental heterosexual en la cumbre de la torre de Babel a pocos centímetros de llegar a tocar la divinidad. Evidentemente todas las percepciones sobre dios son absolutamente parciales y condicionadas, pero: ¿podemos de verdad decir que en este caso estamos hablando de divinidad? Opino que, por muy condicionada que esté, hay un límite que aquí se ha superado con creces y que imposibilita creer que estamos tratando con algo que remita remotamente al* totalmente otr*.

Negar a quien es distinto, lleva inevitablemente a la necesidad de dotarse de una serie de normas, leyes, historias y costumbres que permitan naturalizar esa negación. Así que los dioses tribales van siempre acompañados por sus sacerdotes legalistas, capaces de encontrar más rápidamente que Google en qué capítulo y versículo pone que no se puede ser o sentir de una manera diferente a la divina (la suya). El Vaticano, por ejemplo, acaba de emitir el texto “Varón y hembra los creó” para alertar de aquellos que quieren “aniquilar la naturaleza”, demostrando una vez más su incapacidad de ponerse del lado de quienes sufren opresión. Su dios tribal está centrado en proteger un determinado sistema que excluye y discrimina a quienes no encajan en él, y se aleja del dios de la Biblia, ese del que el Génesis afirma: “Y vio Dios todo cuanto había hecho, y era bueno en gran manera” (Gn 1,31). Ese dios diverso que se revela en cada momento de nuestra vida si tenemos los ojos suficientemente abiertos, y no vamos condenando a la gente y diciéndole cómo debe identificarse o cómo debe sentir.

Los dioses tribales no solamente son falsos, al igual que todos los profetas y profetisas que tiene como voceros, sino que únicamente es capaz de generar vidas falsas. Si algo nos dice la experiencia, es que cuanto más se parezca el dios de una determinada persona al dios tribal de las ortodoxias, más represiones y mentiras atesorará. La opacidad de las estructuras religiosas que más absolutamente se oponen al dios de la diversidad, al dios de la Biblia, no esconden otra cosa más que corrupción, envidias, dolor, sufrimiento, abusos, mentiras y falsedad. Y eso lo sabemos todas y todos, por eso no entiendo por qué algunos seguidores del dios de la diversidad están tan necesitados de la aceptación del dios de la ortodoxia. ¡Cuánto tiempo necesitarán para darse cuenta de que es falso!

El dios diverso con el que tenemos que vérnoslas los seres humanos diversos, es extraño. Para empezar porque a pesar de contener todas nuestras proyecciones, no se deja atrapar, es escurridizo. El dios de la diversidad jamás nos dice cuál es la acción correcta, o la respuesta exacta; no nos ofrece seguridad, ni soluciones milagrosas. Un día creemos que nos está hablando, y al día siguiente nos damos cuenta que el mensaje lo habíamos dejado grabado nosotros mismos en nuestro subconsciente. El dios de la diversidad es enorme, inmensa, intratable, indomable… atrevida y valiente. Pero también es cuidador, protector, amiga, madre… débil, humilde y abnegada. El dios diverso solo lo percibimos con más nitidez cuando hay amor de por medio. Donde hay amor, ahí está dios, el dios diverso, el dios extraño. Y es creando esos momentos, esos espacios donde el amor se hace presente en la diversidad que ha querido regalarnos, que podemos percibir mejor quién es. En los lugares donde el amor brilla por su ausencia, donde solo hay una forma correcta de ser, el dios tribal campa a sus anchas. Donde hay amor hay un camino por recorrer que nos aproxima a dios a través del prójimo. Este creo que es el mejor criterio para saber cerca de qué dios estamos.

Carlos Osma

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“Un manto, una caricia”, por Magda Bennásar.

Miércoles, 10 de julio de 2019

Hoy casi todos los términos del seguimiento están devaluados… ¡una pena! Somos muchas personas las que en estas fechas revivimos y renovamos años de entrega. En mi caso, estos días celebro mi entrada en una comunidad, como concreción de un seguimiento radical a Jesús y su misión, hace muchos años. Las sensaciones, los recuerdos, los sentimientos siguen vivos y muy presentes.

Mejor compartirlo desde su Palabra: Las lecturas de estos días nos hablan de un manto, el de Elías sobre Eliseo, y de “dejarlo todo por el Reino” en el NT. Todo habla de… para un@s de radicalidad difícil, para otr@s de Amor incondicional, de fidelidad, no fácil, pero gozosa porque lo que celebramos es que Dios es fiel y esta es la buena noticia.

Ese manto (1Reyes 19,19) lleva días acompañándome. En el contexto bíblico es un gesto simbólico de elección, de unción para la misión, de propiedad personal, no en un sentido posesivo sino de amor. Esa prenda es como una caricia. Simboliza una pertenencia abierta, rica, sagrada para una misión universal.

El manto capacita, empodera para ir a la otra orilla a aprender. Porque cuando sientes ese manto sobre tus hombros lo primero que comprendes es que se te invita a una tarea profética, y esa comunidad profética que te echa el manto, te invita a aprender a canalizar la llamada de Dios a que seas profeta en tu momento histórico, en tu contexto cultural y cultual.

El manto se convierte en ese abrazo de Dios que te empodera para cruzar el desierto, tantas ausencias, y siempre saberte y sentirte amada, elegida, enviada.

Muchos quieren quitarte el manto, pero no lo consiguen, porque por mucho que tiren de él no desaparece, ya que se va convirtiendo en tu propia piel. Alguien muy querido, una religiosa norteamericana con quien trabajé en pastoral universitaria, y que falleció el año pasado- mi homenaje a ella- me dijo una vez “tienes la vocación hasta en la médula de tus huesos”, gracias Kathleen; era un momento difícil, querían arrebatarme el manto: la fuerza y seguridad que me daba la llamada, sus palabras disiparon miedos, dudas sembradas por personas mediocres, ella tenía su manto muy dentro, y su vida marcaba, su manto era hermoso.

Otros quieren darte otro manto, más tal o cual… pero ¡no! el manto es tu propia vida, y no puedes sino mantenerte pegada a ella; lo otro sería morir en vida. Perder tu manto sería perder tu ser, tu tiempo de amar y vivir desde una experiencia única, en un momento histórico único, y sin saber con cuánto tiempo cuentas. Otro homenaje aquí a alguien, un querido amigo sacerdote que también ha fallecido hace dos meses, demasiado joven. John siempre defendió mi manto, defendió y canalizó la energía que el manto me daba. John protegía mi manto porque entendía el suyo, y lo amaba. Difícil creer que ambos, bastante jóvenes, se hayan ido. Pero dejaron una impronta increíble porque llevaban sus mantos con elegancia y sencillez. ¡Gracias!

El manto te cubre, te protege, te envuelve. Está en forma de presencia que acompaña siempre. Está en la noche y en el día. Está dentro y fuera. Es como el aire sin el que no puedes vivir porque impulsa el latido de todo.

Y ¿Cuál es la tarea para la que te capacita esa presencia, ese aliento y caricia? No quiero ser ni ingenua ni optimista. Sí sincera, desde mi perspectiva y con sencillez, abierta al diálogo y al cambio, creo que la respuesta está en colaborar con el nuevo paradigma al que somos abocados.

¿Sus bases? No luchar contra lo que tenemos sino invertir toda la sabiduría y fuerza en crear un nuevo estilo de vida, basado en una nueva historia: la historia de un Dios que echa el manto sobre las personas y sobre el planeta y nos dice “amaos” “convivid”, tenéis la misma vocación, la vocación a la vida, a ser vida, a dar vida.

El tiempo de verano puede ser también tiempo de reflexión en diálogo con la naturaleza. Escucharla para entender sus heridas causadas en gran parte por nuestra generación. Nuestro estilo de vida ha herido la Vida en todo. Las consecuencias las estamos palpando todos, pero sobre todo las sufren los que menos las causaron. Ante esta injusticia el “manto profético” nos suplica que busquemos soluciones reales porque Dios está en la Vida y en los, las y lo que sufre.

Ojalá el manto nos permita danzar con los pies descalzos sobre la hierba de la creación, fresca, recién estrenada, y todos veamos que “es muy bueno”. Su caricia está en todo.

Gracias por echar tu manto sobre mis hombros. ¡Es un honor!

Magda Bennásar Oliver

Fuente Fe Adulta

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¿Inquieto?… “Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.”

Domingo, 30 de junio de 2019

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Corral de muertos, entre pobres tapias,
hechas también de barro,
pobre corral donde la hoz no siega,
sólo una cruz, en el desierto campo
señala tu destino.
Junto a esas tapias buscan el amparo
del hostigo del cierzo las ovejas
al pasar trashumantes en rebaño,
y en ellas rompen de la vana historia,
como las olas, los rumores vanos.
Como un islote en junio,
te ciñe el mar dorado
de las espigas que a la brisa ondean,
y canta sobre ti la alondra el canto
de la cosecha.
Cuando baja en la lluvia el cielo al campo
baja también sobre la santa hierba
donde la hoz no corta,
de tu rincón, ¡pobre corral de muertos!,
y sienten en sus huesos el reclamo
del riego de la vida.
Salvan tus cercas de mampuesto y barro
las aladas semillas,
o te las llevan con piedad los pájaros,
y crecen escondidas amapolas,
clavelinas, magarzas, brezos, cardos,
entre arrumbadas cruces,
no más que de las aves libres pasto.
Cavan tan sólo en tu maleza brava,
corral sagrado,
para de un alma que sufrió en el mundo
sembrar el grano;
luego sobre esa siembra
¡barbecho largo!
Cerca de ti el camino de los vivos,
no como tú, con tapias, no cercado,
por donde van y vienen,
ya riendo o llorando,
¡rompiendo con sus risas o sus lloros
el silencio inmortal de tu cercado!
Después que lento el sol tomó ya tierra,
y sube al cielo el páramo
a la hora del recuerdo,
al toque de oraciones y descanso,
la tosca cruz de piedra
de tus tapias de barro
queda, como un guardián que nunca duerme,
de la campiña el sueño vigilando.
No hay cruz sobre la iglesia de los vivos,
en torno de la cual duerme el poblado;
la cruz, cual perro fiel, ampara el sueño
de los muertos al cielo acorralados.
¡Y desde el cielo de la noche, Cristo,
el Pastor Soberano,
con infinitos ojos centelleantes,
recuenta las ovejas del rebaño!
¡Pobre corral de muertos entre tapias
hechas del mismo barro,
sólo una cruz distingue tu destino
en la desierta soledad del campo!

*

Miguel de Unamuno
En un cementerio de lugar castellano

***

La inquietud es cosa de los paganos, que no creen, que confían en su fuerza y su trabajo, y no en Dios. Todo el que se preocupa es pagano, porque no sabe que el Padre conoce todo o que necesita. Por eso quiere hacer por sí mismo lo que no espera de Dios. Más, para el que sigue a Jesús, la frase válida es: «Buscad primero el Reino y su justicia, que todo lo demás se os dará por añadidura». Con esto queda claro que la inquietud por el alimento y el vestido está lejos de ser inquietud por el Reino de Dios, tal como nos gustaría pensar, como si el cumplimiento de nuestro trabajo por nosotros y nuestra familia, como si nuestra inquietud por el pan y la vivienda, constituyesen la búsqueda del Reino de Dios, como si esta búsqueda sólo se realizase en medio de tales inquietudes.

El seguidor de Jesús, después de una larga vida de discípulo, responderá a la pregunta: «¿Os ha faltado algo alguna vez?» diciendo: «Nunca, Señor». ¿Cómo podría faltarle algo a quien, en el hambre y la desnudez, la persecución y el peligro, está seguro de la comunión con Jesucristo?

*

Dietrich Bonhoeffer,
El precio de la gracia. El seguimiento, Sígueme, Salamanca 1999, pp. 117-118.

***

Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Te seguiré adonde vayas

Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante.

De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén.

Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron:

“Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?”

Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.

Mientras iban de camino, le dijo uno:

“Te seguiré adonde vayas.”

Jesús le respondió:

“Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.”

A otro le dijo:

“Sígueme.”

Él respondió:

“Déjame primero ir a enterrar a mi padre.”

Le contestó:

“Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.”

Otro le dijo:

“Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.”

Jesús le contestó:

“El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.”

*

Lucas 9, 51-62

***

 

La caridad no es, en primer lugar, el amor al prójimo o el amor a Dios: es esa situación objetiva de estar en comunión, en alianza, que se desarrolla después en todas las relaciones, en todas las situaciones, en todas las exigencias que constituyen la existencia de un hombre. Por eso, desde el punto de vista cristiano, no hay una alternativa entre la comunión con Dios y la comunión con el prójimo; lo que hay más bien es la necesidad de dejarse prender, de dejarse «herir» por todas las exigencias de esta comunión y no darla ni como absolutamente obvia, considerándola como un dato de hecho para quien se ocupa de otras cosas, ni dejarla sin significado, como si el significado consistiera más bien en hacer esto o lo otro, en comprometerse con ésta o con aquella otra situación […]. Así pues, no existe el hombre y un montón de modos de entrar en comunión con las personas; existe el hombre definido por esta comunión, que asume el modo auténtico de vivir y traducir todas las relaciones; o sea, que asume el modo de Jesucristo. Es como decir que existe un modo auténtico de vivir, de asumir la vida y la muerte, de sufrir, de gozar, de amar, de obrar, de hablar, de actuar, de comprometerse, de callar: y este modo es el de Jesucristo.

*

G. Moioli,
Va’ dai miei fratelli (Gv 20,17),
Milán 1996, pp. 39ss.

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“Cómo seguir a Jesús”. 13 Tiempo ordinario – C (Lucas 9, 51-62)

Domingo, 30 de junio de 2019

13-TO-C-600x400Jesús emprende con decisión su marcha hacia Jerusalén. Sabe el peligro que corre en la capital, pero nada lo detiene. Su vida solo tiene un objetivo: anunciar y promover el proyecto del reino de Dios. La marcha comienza mal: los samaritanos lo rechazan. Está acostumbrado: lo mismo le ha sucedido en su pueblo de Nazaret.

Jesús sabe que no es fácil acompañarlo en su vida de profeta itinerante. No puede ofrecer a sus seguidores la seguridad y el prestigio que pueden prometer los letrados de la ley a sus discípulos. Jesús no engaña a nadie. Quienes lo quieran seguir tendrán que aprender a vivir como él.

Mientras van de camino, se le acerca un desconocido. Se le ve entusiasmado: «Te seguiré adonde vayas». Antes que nada, Jesús le hace ver que no espere de él seguridad, ventajas ni bienestar. Él mismo «no tiene dónde reclinar su cabeza». No tiene casa, come lo que le ofrecen, duerme donde puede.

No nos engañemos. El gran obstáculo que nos impide hoy a muchos cristianos seguir de verdad a Jesús es el bienestar en el que vivimos instalados. Nos da miedo tomarlo en serio porque sabemos que nos exigiría vivir de manera más generosa y solidaria. Somos esclavos de nuestro pequeño bienestar. Tal vez, las crisis económicas nos podrían hacer más humanos y más cristianos.

Otro pide a Jesús que le deje ir a enterrar a su padre antes de seguirlo. Jesús le responde con un juego de palabras provocativo y enigmático: «Deja que los muertos entierren a sus muertos, tú vete a anunciar el reino de Dios». Estas palabras desconcertantes cuestionan nuestro estilo convencional de vivir.

Hemos de ensanchar el horizonte en el que nos movemos. La familia no lo es todo. Hay algo más importante. Si nos decidimos a seguir a Jesús, hemos de pensar también en la familia humana: nadie debería vivir sin hogar, sin patria, sin papeles, sin derechos. Todos podemos hacer algo más por un mundo justo y fraterno.

Otro está dispuesto a seguirlo, pero antes se quiere despedir de su familia. Jesús le sorprende con estas palabras: «El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no es apto para el reino de Dios». Colaborar en el proyecto de Jesús exige dedicación total, mirar hacia adelante sin distraernos, caminar hacia el futuro sin encerrarnos en el pasado.

El papa Francisco nos ha advertido de algo que está pasando hoy en la Iglesia: «Tenemos miedo a que Dios nos lleve por caminos nuevos, sacándonos de nuestros horizontes, con frecuencia limitados, cerrados y egoístas, para abrirnos a los suyos».

José Antonio Pagola

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“Te seguiré adonde vayas.” Domingo 30 de junio de 2019. Domingo 13º ordinario

Domingo, 30 de junio de 2019

38-ordinarioC13 cerezoLeído en Koinonia:

1Reyes 19, 16b. 19-21: Eliseo se levantó y marchó tras Elías.
Salmo responsorial: 15: Tú, Señor, eres el lote de mi heredad.
Gálatas 5, 1. 13-18: Vuestra vocación es la libertad.
Lucas 9, 51-62: Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Te seguiré adonde vayas.

Narra la vocación de un profeta, Eliseo. Es un rico campesino. Estaba arando su finca con doce yuntas de bueyes cuando lo encuentra Elías. Éste le echa encima su manto y con esto adquiere sobre él como cierto derecho. Eliseo no sabe negarse; sacrifica la pareja de bueyes con que araba, abandona su familia y se pone al servicio de Dios. Se dan en el caso de Eliseo las condiciones de una vocación especial: llamada de Dios, respuesta a la llamada, ruptura con el pasado y nuevo género de vida al servicio de su misión.

Nunca como hoy el ser humano ha sido tan sensible a la libertad; el ser humano prefiere la pobreza y la miseria antes que la falta de libertad. Pablo dice con relación a este tema: el cristiano es libre: la vocación cristiana es vocación a la libertad, esta libertad nos la conquistó Cristo; la libertad se expresa y alcanza su plenitud en el amor; ante el peligro de que muchos seres humanos caigan en el libertinaje so pretexto de libertad, Pablo les advierte que la verdadera libertad, la que viene del Espíritu, libera de la esclavitud de la carne y del egoísmo.

El tema fundamental del evangelio es la presentación de tres vocaciones. Lucas las coloca en el marco del viaje de Jesús y sus discípulos hacia Jerusalén. Jesús, al que quiere seguirle le exige: despego de los bienes y comodidades materiales, pues el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza; llamamiento de Dios; ruptura con el pasado y el presente, incluso con la propia familia, y seguimiento. Todo esto para que el discípulo quede libre y disponible para poder anunciar el Reino de Dios.

Las lecturas de hoy tienen un tema común: las exigencias de la vocación. En ellas descubrimos cómo subyace la necesidad del desprendimiento, de la renuncia, del abandono de las cosas y personas como exigencia para seguir a Jesús. Por eso, no existe respuesta a la llamada para ponerse al servicio del Reino de Dios, en aquellos que anteponen a Jesús sus condiciones o intereses personales.

El Evangelio nos dice que el desprendimiento exigido por Jesús a los tres candidatos a su seguimiento, es radical e inmediato. Se tiene, incluso, la impresión de una cierta dureza de parte de Jesús. Pero todo está puesto bajo el signo de la urgencia. Jesús ha iniciado “el viaje hacia Jerusalén”. Esta “subida” interminable (que ocupa 10 capítulos en el evangelio de Lucas) no se encuadra en una dimensión estrictamente geográfica, sino teológica: Jesús se encamina decididamente hacia el cumplimiento de su misión.

El viaje de Jesús a Jerusalén no es un viaje turístico. El maestro exige a los discípulos la conciencia del riesgo que comparte esa aventura: “la entrega de la propia vida”.

Se diría que Jesús hace todo lo posible para desanimar a los tres que pretenden seguirle a lo largo del camino. Parece que su intención es más la de rechazar que la de atraer, desilusionar más que seducir. En realidad, él no apaga el entusiasmo, sino las falsas ilusiones y los triunfalismos mesiánicos. Los discípulos deben ser conscientes de la dificultad de la empresa, de los sacrificios que comporta y de la gravedad de los compromisos que se asumen con aquella decisión.

Por tanto, «seguir a Jesús en radicalidad» exige:

– Disponibilidad para vivir en la inseguridad: “No tener nada, no llevar nada”. No se pone el acento en la pobreza absoluta, sino en la itinerancia. El discípulo lo mismo que Jesús, no puede programar, organizar la propia vida según criterios de exigencias personales, de “confort” individual.

– Ruptura con el pasado, con las estructuras sociales, políticas, económicas y culturales que atan y generan la muerte. Es necesario que los nuevos discípulos miren adelante, que anuncien el Reino, para que desaparezca el pasado y viva el proyecto de Jesús.

– Decisión irrevocable. Nada de vacilaciones, nada de componendas, ninguna concesión a las añoranzas y recuerdos del pasado, el compromiso es total, definitivo, la elección irrevocable.

Hoy como ayer, Jesús sigue llamando a hombres y mujeres que dejándolo todo se comprometen con la causa del Evangelio y, tomando el arado sin mirar hacia atrás, entregan la propia vida en la construcción de un mundo nuevo donde reine la justicia y la igualdad entre los seres humanos.

Por otra parte, observamos una nota de tolerancia y paciencia pedagógica en el evangelio de hoy. Un celo apasionado de los discípulos es capaz de pensar en traer fuego a la tierra para consumir a todos los que no acepten a Jesús… Llevados por su celo no admiten que otros piensen de manera diversa, ni respetan el proceso personal o grupal que ellos llevan. Jesús «les reprocha» ese celo. Simplemente marcha a otra aldea, sin condenarlos y, mucho menos, sin desear que les caiga fuego.

El seguimiento de Jesús es una invitación y un don de Dios, pero al mismo tiempo exige nuestra respuesta esforzada. Es pues un don y una conquista. Una invitación de Dios, y una meta que nos debemos proponer con tesón. Pero sólo por amor, por enamoramiento de la Causa de Jesús, podremos avanzar en el seguimiento. Ni las prescripciones legales, ni los encuadramientos jurídicos, ni las prescripciones ascéticas pueden suplir el papel que el amor, el amor directo a la Causa de Jesús y a Dios mismo a través de la persona de Jesús, tiene que jugar insustituiblemente en nuestras vidas llamadas.

Una vez que ese amor se ha instalado en nuestras vidas, todo lo legal sigue teniendo su sentido, pero es puesto en su propio lugar: relegado a un segundo plano. «Ama y haz lo que quieras», decía san Agustín; porque si amas, no vas a hacer «lo que quieras», sino lo que debes, lo que el Dios amado espera de ti. Es la libertad del amor, sus dulces ataduras.

Una homilía para la celebración de hoy también podrá enfocarse desde el núcleo de la libertad religiosa. Jesús no acepta la intolerancia de los discípulos, que quisieran imponer a fuego la aceptación a su maestro. Y Pablo nos recuerda la vocación universal (de los cristianos y de todos los humanos, y de todos los pueblos) a la libertad, a vivir sin coacción su propia identidad, su propia cultura, su propia religión… El Vaticano II tomó decisiones históricas respecto a la libertad religiosa. Las posiciones de “cristiandad”, de unión con el poder político, no son conformes con el evangelio. Y todo ello exige de los cristianos unas actitudes nuevas desde el fondo de nuestro corazón. Leer más…

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30.6.2019. Dom 13 tiempo ordinario C). Muchos Hijos de Hombre no tienen dónde reclinar la cabeza

Domingo, 30 de junio de 2019

20190625180517_131Del blog de Xabier Pikaza:

Una llamada para ministros de la Iglesia

El tema central de este domingo es que el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza. Pero  todos los lectores del evangelio saben que Hijo de Hombre son con Jesús todos los hombres. Y hay muchos,muchísimos, que con Jesús, no tienen donde reclinar la cabeza, y mueren, como los niños de la foto.  Éste es un evangelio para voluntarios de Jesús, ministros de la Iglesia, desde el Papa y Obispos, hasta todos los cristianos. Es un evangelio fuerte, y consta de dos partes:

(a) Lc 9, 51‒56 expone la reacción violenta de los “zebedeos”, que se creen con autoridad, y piden a Jesús que mande fuego del cielo contra los samaritanos, que no les reciben quizá porque no confían en su movimiento. Pero Jesús rechaza la violencia zebedea, propia de una “iglesia oficial” (clerical), que se ha creído con poder para “matar” a los infieles (los ajenos a su grupo).

(b) Lc 9, 57‒62, recoge la “pretensión” de algunos aspirantes que, en la línea zebedea, quieren seguir a Jesús para conseguir un puesto de poder, convirtiendo el seguimiento (es decir, el discipulado, tarea del Reino de Dios) en un tipo de estructura clerical, para provecho propio, mientras miles y miles carecen, como Jesús, de un lugar en el que reclinar la cabeza.

Los niños de la imagen son el mejor comentario de este evangelio, del Hijo del Hombre que no tiene dónde reclinar la cabeza. A continuación voy a tratar sólo de esta segunda parte, que se divide a su vez en tres secciones, de las que sólo expondré las dos primera, pues la tercera (Lc 9, 61‒62) parece un añadido de Lucas:

(a) Lc 9, 57‒58) trata de un individuo que, según la versión de Mateo,quiere seguir a Jesús conservando su puesto de escriba (con buena “almohada” donde “reclinar” su cabeza).

b) Lc 9, 59‒60 habla de un hombre que quiere seguir a Jesús, pero manteniendo su relación de poder con el sistema de padre, es decir, conservando el orden y poder patriarcal, que le concede un lugar donde reclinar su cabeza (a costa de otros, que no tienen padre de ese tipo).

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              Estas dos escenas, tomadas del documento Q (cf. Mt 8, 18‒22) nos sitúan ante el comienzo del mensaje y vida de Jesús, tal como ha sido retomado (con pequeñas variantes) por sus primeros seguidores. En estos momentos en que el Papa Francisco y el G 8 de los cardenales están buscando modos de reformar los ministerios de la iglesia sería bueno volver a este principio, dejando a un lado otros motivos más secundarios (como el del celibato clerical, la ordenación de mujeres o la misma existencia del Vaticano).

Yo mismo he analizado este motivo en Historia de Jesús y en Comentario de Mateo (Verbo Divino, Estella, 2011 y 2017), pero los trabajos más significativos sobre el tema siguen siendo: M. Hengel (Seguimiento y Carisma, Sal Terra, Santander 1979) y E. P. Sanders (Jesús y el Judaísmo, Trotta, Madrid 2006). Ellos han mostrado que estos relatos nos sitúan ante la exigencia de superar un orden patriarcal de poder, que busca su seguridad y que defiende, incluso con armas, la propiedad de los propietarios, la riqueza de los ricos…

  1. EL HOMBRE (HIJO DE HOMBRE) NO TIENE DONDE RECLINAR LA CABEZA

Uno (Mt: un escriba) le dijo mientras iban de camino ¡Te seguiré dondequiera que vayas! Jesús le dijo: Los zorros tienen madrigueras y nidos las aves del cielo; pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza (Lc 9, 57-58; Mt 8, 18-20).

imagesasEl aspirante, a quien Mateo llama escriba, necesita y busca autoridad, y así se ofrece a Jesús como experto, intérprete del Libro: Hombre de leyes, jurista, doctor en teología, buen administrativo, quizá un graduado en la escuela diplomática de Roma donde se forman y preparan nuncios y jerarcas de la Iglesia.

Es hombre honrado en el judaísmo, disfruta un buen puesto y espera conservarlo con Jesús: su grupo necesita expertos, de buen conocimiento, como los que cita la Misná (Abot) y luego la iglesia cristiana, honrando a sus doctores y obispos, como sigue haciendo hoy con su mismo Vaticano. Pero Jesús separa honor/poder y seguimiento mesiánico, empleando para ello un refrán: “los zorros tienen madrigueras…”.

mn-zorroLos animales buscan y obtienen posesión-seguridad dentro del mundo, según principios cósmicos que reflejan la providencia de Dios, como el mismo Jesús sabe: “no os preocupéis…, mirad los pájaros del cielo” (Mt 6, 25-35 par). Los hombres, en cambio, nacen “desamparados”, no tienen donde reclinar su cabeza… Pues sobre desde ese principio pueden y deben trazarse tres reflexiones:

1. En sí mismos, los hombres nacen sin casa previa, desnudos, necesitados, pero algunos hombres y pueblos se han hecho grandes casas, tomando el “territorio y su riqueza” para ellos, reclinando así su cabeza, corazón y entendimiento de tal forma en lo que tienen (en lo que han tomado como suyo) que no dejan entrar a otros.

    Eso significa que muchos hombres (niños y mayores) no tienen dónde reclinar su cabeza y madurar en humanidad porque hay otros que se lo impiden (=se lo impedimos). Bastarán como demostración las fotos de dos niños que no hay podido “reclinar” la cabeza, porque les han cerrado el camino y han muerto en caminos y ríos, a las puertas de un mundo rico.

 2. Tema evangélico‒eclesial. Jesús no ha venido con “poder” para colocar a sus “amigos” (escribas como el de Mateo, administrativos, obispos…) en puestos en los que puedan asegurar su vida, con una buena almohada para descansar, con un buen colchón de seguridades. Si alguien quiere asegurar su puesto no vaya; Jesús no le necesita, él no habrá acertado de lugar.  Dos son las razones por las que Jesús “no tiene donde reclinar la cabeza”:

(a) Porque se ha solidarizado con los pobres y excluidos de la sociedad.

(b) Porque ha querido trazar su movimiento de Reino desde y con esos excluidos, sin tomar el poder, sin apoyarse en una sociedad patriarcal de ricos y poderosos que tienen dónde apoyar bien su cabeza y descansar, sobre la pobreza y sufrimiento de otros.

            Entendiendo muy bien estas palabras de Jesús, pero invirtiéndolas del todo, un tipo de iglesia clerical (por lo menos desde la Edad Media) ha buscado por medio de Jesús un puesto, en conventos, iglesias, aparatos diocesanos, con emperadores y reyes, para tener así un buen lugar en el que reclinar la cabeza…

imagesaLos clérigos en general se han vuelto ricos de dinero y de privilegios, en parte hasta el día de hoy (al menos en un sentido simbólico). Han entendido al revés la palabra y proyecto de Jesús.

 3. Tema de reforma… Ésta es una palabra que se leerá este domingo 13 del tiempo ordinario en todas las iglesias. Más de una vez he predicado sobre ella, y no me era fácil. Más de un capítulo he dedicado a ella en mis libros, y tampoco me ha sido fácil, aunque pienso que ahora, mirando sobre el campo charro, hacia Gredos, la entiendo algo mejor.

            Quizá podría decir con el evangelio de Mateo que soy un “escriba”, y decirle a Jesús que le sigo donde él vaya, que puede ayudarle con mis libros. Pero él me dice (nos dice): El Hijo del Hombre no tiene donde “reclinar la cabeza”. No puedo buscar seguridades en un mundo que deja morir a los niños como los de las imágenes anteriores. Pero puedo y debo compartir un camino para que todos tengan casa, un lugar donde reclinar la cabeza y vivir en compañía de amor.

Ante este tema (¡un lugar donde reclinar la cabeza!) resultan ridículas y penosas las discusiones de aquellos que siguen poniendo otras condiciones a los que quieren seguir y hacer el trabajo de Jesús: si son célibes o no, si son varones y mujeres… ¿Nos habremos vuelto locos? Jesús sólo nos puso una condición: No os puedo asegurar un “puesto” (un priorato, una canonjía, un episcopado…), pero si me aceptáis así venid conmigo (incluso si sois escribas).

 2.CONTRA  EL ORDEN PATRIARCAL. DEJA QUE LOS MUERTOS ENTIERREN A LOS MUERTOS

images(Jesús) dijo a otro: Sígueme. Pero él dijo: Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre. Él le dijo: Deja que los muertos entierren a sus muertos. Y tú ¡vete y anuncia el reino de Dios! (Lc 9, 59-60; Mt 8, 21-22).

 El padre del que aquí no es simplemente el padre biológico, quizá anciano, que morirá muy pronto… (un hombre al que como anciano y débil hay que ayudar siempre). El padre es aquí el sistema patriarcal. Tanto la cultura oriental y grecorromana como el judaísmo tomaban al padre como autoridad suprema, de manera que enterrarle (cuidarle, mantenerle y reconocer su poder) constituía el primer deber social y religioso.

La tradición sinóptica sabe que los hijos deben asistir a los padres necesitados (cf. Mc 7, 8-13; Mt 15, 3-6). Pero aquí, asumiendo una palabra de Jesús, esa misma tradición ha contrapuesto provocadoramente la autoridad del reino y un tipo de padre patriarcal. “Enterrar al padre” es más que un ritual funerario: es aceptar su autoridad, descubrirle como signo de Dios en un mundo jerárquicamente organizado. Jesús responde:

quin-dijo-la-frase-dejen-que-los-muertos-entierren-a-sus-muertos– Deja que los muertos entierren a sus muertos… El padre como fuente de poder social y religioso pertenece al mundo antiguo, al espacio de cosas que mueren (=de los muertos). Allí donde esa autoridad se impone no hay lugar para el reino: triunfa la genealogía, los intereses cerrados del grupo que se sostienen y apoyan entre sí…, creando un mundo de influjos y poderes que excluye a los más pobres, es decir, los marginados, leprosos, enfermos, los que no tienen familia social importante, ni dinero.

              Todavía hace unos días, el Presidente del Imperio ha dicho refiriéndose a los pobres del sur que llaman a su puerta que  “no son ni personas, que son como animales…”. Pues bien, en un contexto con éste, quedarse a enterrar al padre supone seguir cultivando ese mundo de exclusiones y “clases”, de autoridad impositiva y jerarquías superiores, con una autoridad genealógica y familiar por encima de todos. Ese es un mundo que se reproduce para la muerte. Por eso, hay que dejar que los muertos entierren a sus muertos.

–Tú, vete y anuncia el reino de Dios. Ciertamente, el reino incluye cariño gratuito y cuidado de los necesitados. Pero, precisamente por ello, rompe la estructura patriarcal, basada en el orgullo grupal (buenos padres, buenas familias) y en la nobleza genealógica, que la tradición posterior del cristianismo (de los códigos familiares de Col, Ef y 1 Ped a las pastorales) ha vuelto a sacralizar de alguna forma. Leer más…

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Rechazo y seguimiento. Domingo 13 Tiempo Ordinario. CICLO C

Domingo, 30 de junio de 2019

Eliseo arando bueyesDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El próximo mes de octubre (del 6 al 27), el Sínodo sobre la Amazonia estudiará la posibilidad de ordenar como sacerdotes a personas casadas, «preferentemente indígenas, respetadas y aceptadas por su comunidad». Esperemos que la respuesta sea positiva, y que se aplique a otras partes del mundo, porque el problema de las vocaciones sacerdotales es acuciante. El tema de la vocación es el principal de las lecturas de hoy, con la contrapartida del posible rechazo.

La vocación de Eliseo (Primer libro de los Reyes 19, 16b. 19-21)


            En aquellos días, el Señor dijo a Elías:

            Unge profeta sucesor tuyo a Eliseo, hijo de Safat, de Prado Bailén.

            Elías se marchó y encontró a Eliseo, hijo de Safat, arando con doce yuntas en fila, él con la última. Elías pasó a su lado y le echó encima el manto. Entonces Eliseo, dejando los bueyes, corrió tras Elías y le pidió:

            Déjame decir adiós a mis padres; luego vuelvo y te sigo.

            Elías le dijo:

            Ve y vuelve; ¿quién te lo impide?

            Eliseo dio la vuelta, cogió la yunta de bueyes y los ofreció en sacrificio; hizo fuego con aperos, asó la carne y ofreció de comer a su gente; luego se levantó, marchó tras Elías y se puso a su servicio.

            Todo empieza con una orden de Dios a Elías: ungir como profeta a Eliseo. La unción, que se hacía derramando aceite sobre la cabeza, era típica de los reyes, y este es el único caso que recuerdo de la unción de un profeta. En la mentalidad mediterránea antigua, el aceite no solo era bueno para la comida; también se le atribuían cualidades curativas (por eso se ungía a los enfermos) y religiosas (la unción simboliza una relación especial con Dios).

            Elías cumple la orden, pero sin cumplirla. Va en busca de Eliseo, que debía ser hijo de un multimillonario porque está arando con doce yuntas de bueyes. En vez de ungirlo, le echa su manto por encima. Es la única vez que menciona la Biblia este gesto, pero debía ser conocido, porque Eliseo, después de un momento de desconcierto (que no se cuenta, pero se supone), sale corriendo detrás de Elías y se muestra dispuesto a seguirle. Sólo pone una condición: despedirse de sus padres.

            A Eliseo le parece una petición lógica, y se la concede. Pero la despedida no consiste en dar un beso a los padres. Es algo más solemne e incluye a toda la familia: mata la yunta de bueyes y organiza un asado para toda su gente. Sin prisas, porque unos bueyes no se matan en cinco minutos, ni la carne se prepara en un cuarto de hora, ni se come todo en un rato. Cuando termina la despedida, que pudo durar uno o varios días, Eliseo marcha con Elías y se pone a su servicio.

Rechazo y seguimiento (Lucas 9, 51-62)

            El fragmento elegido para este domingo consta de cuatro escenas muy breves. Las tres últimas están relacionadas por el tema del seguimiento de Jesús; la primera habla de lo contrario: el rechazo.

            Escena 1: el rechazo de los samaritanos


Cuando se iba cumpliendo el tiempo de ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén. Y envió mensajeros por delante. De camino, entraron en una aldea de Samaria para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron, porque se dirigía a Jerusalén. Al ver esto, Santiago y Juan, discípulos suyos, le preguntaron:

            ‒ Señor, ¿quieres que mandemos bajar fuego del cielo que acabe con ellos?

            Él se volvió y les regañó. Y se marcharon a otra aldea.

            Samaritanos y judíos se odiaban desde el siglo X a.C., cuando el norte se separó del sur después de la muerte de Salomón. Pero el dinero es el dinero. Y los samaritanos actuaban del modo siguiente: a los galileos que atravesaban su territorio camino de Jerusalén no les vendían nada; pero en el viaje de vuelta a Galilea ya no había problema en venderles lo que necesitaran, pagándolo adecuadamente (es lo que ocurre en el evangelio de Juan, cuando los discípulos van a comprar pan al pueblo mientras Jesús habla con la samaritana).

            Como Jesús y los discípulos se dirigen a Jerusalén, es normal que no los reciban. Pero Santiago y Juan, que debían pasarse el día tronando (Jesús les puso de mote “los hijos del trueno”), le proponen vengarse haciendo que caiga un rayo del cielo y los consuma. Esta reacción, que nos resulta tan desproporcionada y extraña, se comprende recordando una tradición del profeta Elías. Una vez, el rey de Israel mandó un capitán con cincuenta soldados para que le dijese: “Profeta, el rey te manda que vayas a verlo”. Elías respondió: “Si soy profeta, que caiga un rayo y te mate a ti con tus hombres”. Y así ocurrió. El rey repite la orden con otro capitán y otros cincuenta soldados, que quedan tan chamuscados como los primeros. En el tercer intento, el capitán no ordena nada; se arrodilla ante el profeta y le suplica que perdone su vida y la de sus acompañantes. Elías accede y va a visitar al rey. La moraleja de este relato es que el profeta merece el máximo respeto; y quien no lo respete merece que lo mate un rayo caído del cielo. Así piensan Santiago y Juan. Jesús, el gran profeta, merece todo respeto; si los samaritanos no lo reciben, que caiga un rayo y los parta.

            Jesús, que supera a Elías en poder, lo supera también en bondad y ve las cosas de manera muy distinta. Lucas termina diciendo: Él se volvió y les regañó. ¿Cómo les regañó? ¿Qué les dijo? Algunos textos posteriores ponen en boca de Jesús estas palabras: “No sabéis a qué espíritu pertenecéis”, es decir, “no tenéis ni idea de cuál es mi forma de pensar y de sentir”. Y se marcharon a otra aldea.

            Es una pena que este texto, exclusivo de Lucas (no se encuentra en Marcos ni Mateo), no lo tuvieran en cuenta los que instituyeron la Inquisición, que es una forma de defender a Jesús mediante el fuego.

            Al rechazo de los samaritanos se contraponen tres casos de seguimiento. En dos ocasiones, el individuo se ofrece; en otra, es Jesús quien lo pide. En las tres queda clara la forma de vida tan dura de Jesús y de sus seguidores.

            Escena 2ª: uno se ofrece a seguir a Jesús


Mientras iban de camino, le dijo uno:

            ‒ Te seguiré adonde vayas.

Jesús le respondió:

            ‒ Las zorras tienen madriguera, y los pájaros nido, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.

            La iniciativa parte del individuo, no de Jesús. Éste parece desanimar, subra­yando su pobreza y vida dura. No imagine que el segui­miento será fácil y coronado por el éxito humano.

            Escena 3ª: Jesús invita a otro a seguirlo

A otro le dijo:

            ‒ Sígueme.

Él respondió:

            ‒ Déjame primero ir a enterrar a mi padre.

Le contestó:

            ‒ Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios.

            En este caso la iniciativa parte de Jesús. Se trata de una orden escueta y tajante, más de que una invitación: “Sígueme”. El otro pide permiso, como Eliseo, no para despedirse de sus padres, sino para enterrar a su padre.

            La respuesta de Jesús parece inhumana: “deja que los muertos entierren a sus muertos”. La costumbre judía era enterrar al difunto inmediatamente después de muerto (Hechos de los Apóstoles 5,6.7; 8,2). Por consiguiente, no se trata de que el protagonista de la escena esté velando a su padre y Jesús le ordene abandonar al difunto para seguirlo. Lo que pide es que le permita seguir viviendo con su padre hasta que muera; luego lo seguirá.

            Incluso así, las palabras de Jesús siguen siendo terriblemente exigentes. El que quiera seguirlo tiene que cortar radicalmente con la familia, como si todos hubieran muerto, para ir a anunciar el reino de Dios.

            Es posible que los evangelios estén reflejando en esta escena lo que le ocurrió al mismo Jesús. Su familia pensaba que estaba loco (Marcos 3,21), y una vez fueron todos a Cafarnaúm con intención de llevárselo a Nazaret a descansar. El evangelio de Juan (7,5) dice expresamente que “sus hermanos no creían en él” (aunque sabemos por el libro de los Hechos y las cartas de Pablo que, más tarde, sí lo aceptaron). En Jesús se cumplió plenamente la necesidad de considerar muerta a la familia para dedicarse a anunciar el evangelio.

            Escena 4ª: otro se ofrece con condiciones

           

Otro le dijo: Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de mi familia.

Jesús le contestó: El que echa mano al arado y sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios.

            Este es el episodio que empalma mejor con la vocación de Eliseo. Las cosas importantes de la vida diaria, como despedirse de los padres, son compatibles con el seguimiento de Elías. No hay prisa de ningún tipo. Pero aquí está en juego algo mucho más importante y urgente.

Dos rasgos de la vida de Jesús

            A veces se comenta que estas personas no siguieron a Jesús. Lucas no dice nada. Por otra parte, esa cuestión es secundaria. Lo importante de los relatos de vocación y de segui­miento es que son relatos de “revelación” de Jesús, nos ayudan a conocerlo mejor. Algo queda claro: la dureza de su vida, desprovisto incluso de casa y familia.

            Volviendo a la primera escena, el rechazo de los samaritano, podemos encontrar cierta relación con las tres siguiente. Jesús, que renuncia a todo por predicar el Reino de Dios, no recibe a cambio el agradecimiento y la aceptación de todos. Hay gente que lo rechaza. Pero eso no es motivo para desear su castigo.

Reflexión final

            Aparte del Padrenuestro, Jesús no insistió mucho a sus discípulos en qué debían pedir. Pero el evangelio de Juan pone en su boca una petición muy importante: “La mies es mucha, los obreros pocos. Pedid al Señor de la mies que mande operarios a su mies”. Este domingo es muy adecuado para recordar la necesidad de pedir por las vocaciones y ponerla en práctica.

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Domingo XIII del Tiempo Ordinario. 30 junio, 2019

Domingo, 30 de junio de 2019

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Él se volvió y les regañó” 

(Lc 9, 51-62)

¡Cuánta paciencia tuviste que tener con aquellos primeros discípulos tuyos! Ya llevaban un tiempo contigo, ya te habían visto hacer milagros, habían escuchado tus parábolas, te habían visto bendecir y ponerte de parte de los “últimos”, pero todavía no habían entendido nada, todavía seguían con la lógica estrecha de devolver con la misma moneda, aún les quedaba mucho por andar para comprender la novedad de la lógica del amor.

Por eso era necesario que te volvieras y los regañaras. Pero aquel día iba para largo, parecía de esos días en los que nadie entiende nada, y tú, como Buen Maestro corriges una y otra vez.

El seguimiento es algo serio, no basta la euforia del primer momento: “Te seguiré a donde vayas” (Lc 9, 57). Tampoco valen medias tintas: “…el que sigue mirando atrás no vale para el reino de Dios” (Cfr. Lc 9, 62). Las condiciones para el seguimiento de Jesús no son muchas, pero son exigentes. Ser discípula o discípulo de Jesús es vivir como Él vivió.

Y la vida de Jesús y de quienes se aventuran tras sus huellas tiene poco que ver con la tranquilidad cómoda de sentirse bien con una misma. El seguimiento de Jesús no es un “sedante”, ni un “estimulante”, es VIDA.

Vida con luces y sombras, con contradicciones, con sufrimiento, con persecuciones, con incomprensiones, con estrecheces, con dolores… quien no quiera vivir la vida al 100% es mejor que opte por otro camino…: “el hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Lc 9, 58).

Aunque tampoco hay que creer que el seguimiento o la misma vida es un puro “sin sabor” o como se oye decir a veces: “estamos aquí para sufrir”, no.

La vida es más que sufrir y el seguimiento de Jesús no acaba en la cruz, pero la vida tiene sus sufrimientos y el seguimiento pasa por la cruz. La novedad, la diferencia entre pasar por la vida o vivirla al estilo de Jesús es añadirle amor y confianza.

Solo quien ama y confía puede comprometerse con fidelidad y vivir con esperanza. Solo quien ama y confía puede poner la mano en el arado mirando hacía la novedad del Reino.

Oración

Vuélvete y regáñanos, Maestro Bueno,

cuando se nos encoja la confianza,

se nos haga difícil el amor

y pierda intensidad nuestra esperanza. ¡Amén!

 

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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El espíritu de Jesús une, nunca separa.

Domingo, 30 de junio de 2019

evangile-s-2Lc 9,51-62

Todos los evangelios proponen la subida de Jesús a Jerusalén como un marco teológico, pero Lc le da un énfasis especial. Comienza con las frases programáticas que hemos leído hoy, y termina con la expulsión de los vendedores del templo. En trayectoria geográfica, se esconde la trayectoria espiritual: Subida al Padre a través de la muerte. “Cuando iba llegando el tiempo de que se lo llevaran a lo alto, también él resolvió ponerse en camino para encararse con Jerusalén”. La frase es un resumen de la vida y muerte de Jesús. Deja claro lo que va a pasar. Por desagradable que pueda parecer, es aceptado por Jesús.

Los samaritanos eran considerados herejes por los judíos, que no perdían la ocasión de humillarlos y despreciarlos. No es de extrañar que ellos a su vez, tomaran la revancha cuando podían. Si los enviados hubieran propuesto bien el mensaje de Jesús y hubieran comunicado las verdaderas intenciones de Jesús al subir a Jerusalén, les hubieran aceptado con los brazos abiertos. Nada más de acuerdo con sus intereses podían esperar los samaritanos. Alguien que fuera capaz de criticar tan duramente lo que se cocía en el templo, tenía que tener toda su aprobación. Pero seguramente les hicieron pensar en una subida “para hacerse cargo del reino”, que eran lo que los discípulos esperaban.

Los Zebedeo piensan en un nuevo Elías, que había mandado bajar fuego del cielo que consumió a los emisarios del rey. Pretenden que Jesús haga honor a su condición de profeta poderoso. Otra tentación constante del hombre, poner a Dios de su parte contra todo aquel que le lleve la contraria. Jesús les “increpó” (el mismo verbo que emplea para expulsar demonios). A través de la historia, nos hemos comportado como Santiago y Juan. Siempre que ha tenido el poder suficiente, la Iglesia ha respondido con violencia contra todo el que no aceptara sus normas. Ni siquiera ha aceptado la libertad religiosa, que es un derecho básico de todo ser humano, hasta que ha perdido la capacidad de imponer su absolutismo.

Como el domingo pasado, se trata de responder a la pregunta: ¿Quién es Jesús? Si de verdad aceptásemos el espíritu de Jesús, la primera consecuencia sería la tolerancia. Jesús no impone nada, simplemente propone la buena noticia del Reino y deja en libertad para aceptarla o rechazarla. Su mensaje entraña una oferta de verdadera liberación, pero como tal, solo puede interesar a los que sienten que están oprimidos por realidades que no les dejan ser ellos mismos. Toda falta de identificación con el otro, supone una falta de identificación con el Dios de Jesús. Lo que nos separa de los demás, nos separa de Dios.

A continuación, presenta Lc tres candidatos a seguirle. No olvidemos que se encuentran en Samaría, tierra hostil al judaísmo oficial. A pesar de ello, algunos manifiestan la intención de seguir a Jesús. Naturalmente se trata de un montaje literario para incrustar tres máximas claves en el pensamiento de Jesús. Por lo tanto lo importante son las respuestas que, a cada una de las propuestas, da Jesús. Con frases cortas y tajantes se intenta aclarar una actitud vital sin miramientos de ninguna clase. Se quiere resaltar la radicalidad del mensaje y por lo tanto del seguimiento. Esa exigencia es una oferta, no una imposición (en contra de lo que acaban de manifestar los discípulos). Cada uno es libre de aceptarla o no.

Esa exigencia no es un capricho de Dios, sino que la pide la misma naturaleza de la oferta de salvación que nos hace Jesús. Nuestra condi­ción de criaturas, y por lo tanto limitados, es la que nos obliga, una vez tomado un camino, a tener que abandonar todos los demás. La renuncia a aquello que me gusta, dejará de ser renuncia si lo hago con conocimiento y libertad, para convertirse en elección de lo mejor. No siempre, lo que me causa más placer, lo que menos me cuesta, lo que más me agrada, lo que me pide el ADN, es lo mejor para alcanzar la plenitud del ser humano. La vida es por naturaleza lucha y superación. Si desaparece la tensión interna es que ha llegado la muerte.

Nuestra religión nos ha presentado el seguimiento de Jesús como una renuncia. La utilización de este concepto es la mejor señal de que no hemos entendido nada. No se trata de renunciar, sino de elegir lo que de verdad es bueno para mi auténtico ser. Dios quiere nuestra plenitud, Tenemos que superar la idea de un Dios, que para ser Él más, tiene que humillar al hombre. No, la causa de Dios es la causa del hombre. Dios está identificado con su criatura; por lo tanto la mayor gloria de Dios es que la criatura llegue a su plenitud. No tenemos que amar a Dios sobre todas las cosas; tenemos que amar a Dios en todas las cosas. Pero si las cosas ocupan el lugar de Dios, me estoy apartando de mi verdadera meta.

La 1ª máxima: “Las zorras tienen madrigueras, los pájaros nido, pero el Hijo de Hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. En el ambiente de itinerancia en el que se desarrolla esta parte del evangelista, no se hace hincapié en la pobreza, sino en la disponibilidad. El que quiera seguir a Jesús tiene que estar completamente libre de trabas. Ni siquiera la seguridad de un hogar debe impedirle estar dispuesto siempre para la marcha. No son las posesiones o las relaciones sociales lo que impiden el seguimiento sino el estar apegado a cualquier cosa que te impida ser realmente tú mismo.

La 2ª: “Deja que los muertos entierren a sus propios muertos”. Es también radical, pero no debemos entenderla en sentido literal. Lo que le pide a Jesús el aspirante, no es no enterrar a su padre que había muerto, sino que le dejara cumplir con el precepto de atender a su padre anciano hasta que muriera. Jesús antepone las exigencias del Reino a la obligación prescrita por la Ley de atender a los padres en su ancianidad. La Ley debe ser superada por una total disponibilidad hacia todos, no solo hacia los seres queridos. La enigmática respuesta de Jesús da a entender que él había pasado a la vida, pero que los que se quedaban en casa de su familia, permanecían en la muerte espiritual.

La 3ª: “El que echa mano al arado y sigue mirando atrás, no vale para el Reino de Dios”. Despedirse de su familia no debemos entenderlo como “decirles adiós”. En aquella sociedad despedirse significaba dedicar días o semanas a celebrar la separación. El significado es muy parecido a la anterior, pero aquí se quiere resaltar la apertura integral a todos los seres humanos. Ya no hay particularismos, ni siquiera existe “mi familia”. Ahora toda la humanidad es mi familia. El círculo familiar suele ser la excusa donde camuflo un egoísmo amplificado que me impide darme a todos. El mal uso que se ha hecho de esta frase, sobre todo en ambientes de vocación religiosa, nos obliga a repensarla bien.

Las exigencias radicales, que propone Jesús en el evangelio, debemos interpretarlas desde la perspectiva del Reino. No se refiere tanto a la materialidad de las realidades que hay que abandonar, cuanto al despego de toda seguridad, que es la verdadera exigencia del seguimiento. Se trata de vivir una escala de valores de acuerdo con el Reino, pero no quiere decir que haya que renunciar a todo lo humano para llevar una vida desencarnada. Decíamos el domingo pasado que todo lo humano debe de ser incorporado a la vida. La familia, la amistad, el compromiso social,… son valores que pueden ser incorporados al mensaje de Jesús, siempre que no les demos un valor exagerado y confiemos solo en ellos.

Meditación

¡No sabéis de qué espíritu sois!
La mayoría de los cristianos no nos hemos enterado.
Si te preocupa que alguien te rechace,
es que no has entendido lo que realmente eres.
Si aún somos capaces de rechazar al otro,
es que seguimos sin confiar en lo que somos.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Adondequiera que tu vayas

Domingo, 30 de junio de 2019

foto_Oso_PandaEl compromiso es un acto, no una palabra (Jea-Paul Sartre)

30 de junio 2019. DOMINGO XIII DEL TO

Gén 14, 18-20

Melquisedec, rey de Salén, sacerdote del Dios Altísimo, le sacó pan y vino.

Lc 9, 51-62

Mientras iban caminando, uno le dijo: Te seguiré adonde vayas 

Si traducimos las palabras de Jesús en formato de acciones, es vana nuestra fe, como dice San Pablo en 1 Cor 15, 14. Una realidad que tiene que traducirse en signos visibles y palpables, auténticos milagros de la solidaridad humana. Ineludible compromiso cristiano.

Viento fresco de Galilea que alivia corazones. Y como dice Enrico en la ópera El Trovadorde Verdi, también el Oso panda podría haberse preguntado aquello de

“¿Bajéme del cielo o estoy en él contigo?”.

Una película es o debería ser más parecida a la música que a la ficción. Debe ser una progresión de estados de ánimo y sentimientos, de ir con los demás y acompañarlos, de modo particular si éstos son niños.

Naturalia. Los sueños de los animales. También los animales –“ángeles del viento” –, aunque sin alas, sueñan con dar a los demás algo mientras duermen la siesta abrazados a las ramas en un árbol.

Por el árbol paradisíaco de la vida –Paraíso Perdido de John Milton–“¡Oh, rey de todos los árboles del paraíso, árbol virtuoso, precioso, cuya bendita operación es la sabiduría!”.

Los animales subían y bajaban libremente sin que nada ni nadie les molestara. De su costilla y compañera, Adán decía:

“¡Oh, mi dulce compañera, única con quien comparto todos estos placeres, y a quien amo más que a ellos!”.

Y el negro-blanco Oso panda, de ojos grandes y abiertos, contemplaba el majestuoso paisaje, sin ángeles desenvainando espadas, manzanas ni serpientes. Aquella noche soñócon Isaías, en arameo ישעיהוyeshah-yahu, que significa Jehová ha salvado.

Michelangelo Buonarroti le pintó en la Capilla Sistina.  Isaías se apoya en su libro, inclinado sobre la visión de las cosas divinas.

El profeta había escrito en dicho libro:

“El lobo y el cordero pastarán juntos, el león comerá paja como el buey y la serpiente se alimentará de polvo. No se hará ya más mal ni daño en todo mi santo monte, dice el Señor” (Is 65, 15). Y cuando se despertó por la mañana, comprobó que su sueño era realidad.

El compromiso es un acto, no una palabra, como escribió Jean-Paul Sartre. El Oso panda, que para presumir llevaba gafas, había leído también al filósofo ateo: él se consideraba creyente.

El OSO PANDA

-Dime qué estás leyendo, Oso Panda,
con tus anteojos negros puestos, en el zoo.

-Busco noticias de los niños y estoy triste,
porque esta tarde no han venido a verme.

-Están rezando por los tuyos,
–ángeles del viento–
pues han visto en la tele que estáis amenazados
de extinción y pronto dejarán de veros.

Un incesante oleaje de oración
resuena en el coro de nuestra Catedral.
Sus voces blancas retumban en las naves
y se elevan al cielo formando un huracán.
Un crujido de luz y de plegaria
dirigido al Jesús, que como tú pedía:

“Dejad que a mí se acerquen hoy los niños”.

Esta noche podrán dormir tranquilos,
con su oso de peluche entre los brazos.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Asesoramiento y consultorías

Domingo, 30 de junio de 2019

Dimanche-26-juin-Evangile-de-Jesus-Christ-selon-saint-Luc-Lc-9-51-62En la escena de Lc 9, 57-72 no es Jesús el que llama en su seguimiento, sino que son tres “aspirantes” a discípulos los que manifiestan el deseo de ir con él. Las respuestas que reciben son coincidentes: el camino de seguimiento no es fácil y más vale que se lo piensen antes de decidirse. El texto queda abierto y se presta a hacerse preguntas: ¿se decidió alguno de los tres a seguir a Jesús? ¿dedicaron un tiempo para calcular y sopesar pros y contras de la opción?

Vamos a seguir este segundo rastro, imaginando que somos nosotros los invitados a esa “jornada de reflexión” y que acudimos en busca de asesoría al grupo de discípulos que antes que nosotros, dieron el paso que ahora se nos propone. Se trata de un colectivo al que podríamos calificar como de “afectados por el seguimiento” y este podría ser su informe:

“Como aviso previo, os aconsejamos que calculéis las consecuencias que pueden derivarse de ese “ir con él”, porque van a alcanzaros en el corazón mismo de vuestra autonomía y de vuestra consistencia personal, en vuestra vida relacional y profesional.

De entrada, ya podéis prepararos para enfrentar las extrañas paradojas que él propone: os va a sacudir con propuestas insólitas, os va a empujar más allá de donde estéis situados, va a poner en cuestión todos los principios y valores que rigen vuestra existencia y tendréis que consentir que vuestras costumbres se desquicien, se remuevan y cambien de lugar.

Disponeos a convivir con alguien que será siempre el más joven de todos vosotros, el menos prudente, el más atrevido y jovial, el más convencido de que es posible cambiar las cosas y los corazones. Nada le parece imposible, como si sus 30 años no hubieran conseguido dejar en él esa huella de recelo y escepticismo que caracterizan la edad adulta. Cuando reaccionéis con asombro al oír sus afirmaciones y su manera de ver la vida, se meterá con vosotros y os comparará con viejos pellejos de cuero que temen al vino joven, o con túnicas gastadas que amenazan romperse cuando se les añade un lienzo nuevo.

También es que verdad que aunque es radical en sus planteamientos, posee una capacidad infinita de perdón y de acogida. Uno de nosotros le dijo en un primer arrebato de generosidad: –“Te seguiré a donde vayas”, pero cuando cayó en la cuenta de lo que suponía vivir itinerante y no contar ni con un lugar donde reclinar la cabeza, se echó atrás. Más tarde se arrepintió y decidió volver, pensando que le rechazaría por su actitud cobarde, pero él le puso la mano sobre el hombro y le dijo sonriendo: –“Ahora eres como un pájaro sin nido pero no tengas miedo, estás conmigo”

Otro aviso: ya podéis iros despidiendo de vuestros títulos y méritos y de todo eso por lo que creéis merecer consideración, dignidad o reconocimiento. No soporta la suficiencia y en cambio hay en él una inclinación espontánea y descarada hacia todos los desprovistos de pretensiones de superioridad, poder o apoyo en su propia valía. No oculta nunca su preferencia por toda esa gente que camina por la vida despojada de cualquier máscara, sin ocultar su desvalimiento, su vacío o sus carencias. A todos ellos les comunica con su mirada, sus gestos o sus palabras una seguridad que parece habitarle: la de que, sea el que sea el peso que los mantiene encorvados o agobiados, él está ahí para compartir su carga y para darles la buena noticia de que esa pobreza que les cierra todas las posibilidades, es precisamente la llave que abre para ellos, de par en par, las puertas de la casa y del corazón del Padre.

Dejad atrás vuestros antiguos saberes porque él va por la vida sin doctrinas ni ideas adquiridas y toda su sabiduría la va extrayendo de la vida misma, del comportamiento, gestos o actitudes de las personas con las que se va encontrando. Para él son la naturaleza y las conductas humanas más triviales las que le revelan lo que el Padre quiere decir a través de ellas.

La realidad es que nosotros le seguimos porque no existía ningún otro lugar en el mundo en el que pudiéramos vivir, y lo supimos con el mismo instinto que enseña a las golondrinas a seguir al verano. Encontrarle nos trajo la alegría de descubrir inesperadamente un tesoro, el deslumbramiento de encontrar en nuestras manos la perla más bella y valiosa que siempre habíamos buscado.

En una ocasión, al ver que muchos discípulos se estaban marchando, él nos preguntó si también nosotros queríamos irnos de su lado, pero nosotros decidimos quedarnos con él, aunque éramos conscientes de que volverían a asaltarnos el desconcierto y las dudas y de que seguiríamos sintiéndonos incapaces de saltar de alegría si llegaban las persecuciones, de entrar por la puerta estrecha, o de amar hasta dar la vida.

La verdad es que lo que vivimos junto a él era todo menos una existencia plácida y tranquila… Pero ni uno solo de nosotros la hubiera cambiado por ninguna otra en el mundo”.

Dolores Aleixandre

Fuente Fe Adulta

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Soltar para despertar

Domingo, 30 de junio de 2019

0811e5_iralaluzDomingo XIII del Tiempo Ordinario

30 junio 2019

Lc 9, 51-62

“La paz, si aspiramos a ella sinceramente, nos pedirá el certificado de defunción de nuestra persona”, escribe el poeta Vicente Gallego. Es imposible despertar y comprender lo que somos si no estamos dispuestos a soltar todo lo que no somos.

En tanto en cuanto estamos identificados con el yo y erróneamente creemos que la persona es nuestra identidad, soltar resultará imposible, porque el yo vive justamente gracias a la actitud opuesta: la apropiación.

Al ser vacío –apenas un pensamiento, aunque sea el primero de ellos–, el yo solo puede tener la sensación de existir gracias a aquello de lo que se apropia. Como todo parásito, necesita “chupar” energía en todo lo que considera capaz de abastecerlo: bienes, títulos, profesión, relaciones, imagen… La apropiación le otorga una sensación de existir e incluso de autoafirmarse frente a los demás.

De hecho, el yo vive de la confrontación: necesita sentirse separado de los otros para sostener su creencia. Y puede incluso llegar a eliminar a los otros si los percibe como amenaza a su propia seguridad. Aunque sea religioso, el yo será capaz de pedir que “baje fuego del cielo” para “acabar con ellos”. El fanatismo es una seña de identidad del yo y no revela sino su propia inseguridad.

Nos encontramos aquí en el centro de la paradoja: el yo, que cree que existe gracias a la apropiación, es incapaz de soltar. Pero, a su vez, hasta que no soltamos, no podemos comprender qué somos realmente, es decir, nos privamos de despertar a nuestra verdadera identidad. O por decirlo con mayor precisión: solo es posible despertar cuando soltamos todo, pero únicamente es posible soltar cuando comprendemos qué somos.

Si me identifico como un yo separado, no podré sino vivir para sostenerlo. Solo cuando intuyo que soy Eso que es consciente –la consciencia una–, no necesitaré buscar “dónde reclinar la cabeza”, ni “enterrar a los muertos”, ni “despedirme de mi familia”. Todo ello será posible desde la libertad que nace de la comprensión de que somos uno con la totalidad. Por lo que, al soltar todo ello, no pierdo nada en absoluto.

La “pérdida” únicamente es tal para el yo separado que, forzosamente, se percibe como carencia. Por lo que lee cualquier pérdida como amenaza de muerte. Pero –de nuevo la paradoja– es justamente su “muerte” –la comprensión de que no constituye nuestra identidad– la que nos saca de la ignorancia y nos permite despertar: ese es el final del sufrimiento.

¿Me ejercito en vivir el soltar desde la comprensión de lo que soy?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Se trata de ser libres

Domingo, 30 de junio de 2019

4DDBF30A-7CD9-4D8F-8D6A-35025425146FDel blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

¿Somos libres en la Iglesia?

Seamos libres en la vida.

(A veces, en las Eucaristías, pasan de largo lecturas y textos de mucho calado cristiano. Es el caso de la carta a los Gálatas de la que hemos escuchado hoy un párrafo potente)

         La libertad no es la mera posibilidad de escoger entre dos objetos “A ó B”. La vida y la libertad son algo más que un supermercado.

La libertad es algo más profundo que las meras libertades cívicas (que por otra parte, no es poco). La libertad es la capacidad de ser, la posibilidad que tenemos de construirnos o de destruirnos que tenemos las personas. En la libertad se ventila la propia persona desde unos criterios y valores. La libertad, como la justificación nos viene de los valores del reino: especialmente de la Verdad, la verdad os hará libres.

Hemos vivido tiempos y situaciones en el orden socio-político y eclesiástico en los que no había libertad -libertades-. No existía libertad de pensamiento, ni libertad de asociación, ni libertades sindicales, etc. Sin embargo en aquellas situaciones había personas libres. Hoy en día tenemos derechos humanos, libertades políticas, etc., pero probablemente estamos muchos “esclavos” en la vida.

No os sometáis al yugo de la esclavitud del poder, de la ley, de la raza, del dinero, del placer, del odio y la venganza.  Si os guía el espíritu de Xto, si os guía el Reino de Dios seréis libres, si nos guía la Verdad, la Libertad y la Igualdad no estaremos bajo el dominio de la ley, seréis libres.

Hay que ser libres también en los férreos sistemas eclesiásticos.

San Pablo, Ignacio de Loyola, Fco Javier, la madre Teresa de Calcuta y tanta gente sencilla vivieron de y para los valores del Reino y fueron hombres y mujeres de decisiones libres y liberadoras.

Hace unos meses aparecía un libro sobre el turbio proceso al que la Congregación de la Doctrina de la Fe sometió hace 20 años al teólogo J Dupuis. Otros muchos teólogos: YM Congar, J Danielou, E Schillebeeckx, K Rahner, B Häring, H Küng, el mismo JA Pagola fueron perseguidos y su libertad -al menos su libertad jurídica- fue recortada, castigada, pero ellos se mantuvieron creyentes libres.

         La Iglesia es un espacio de pluralismo y libertad, no un implacable sistema de condena de todo lo que se mueve.

Amar el reino de Dios no significa cumplir con nada, ni aplacar a Dios, ni pagar  un peaje jurídico o moral o doctrinal.

Amar el Reino de Dios y decidir “subir a Jerusalén”, significa amar y tener como criterios de vida la verdad, la libertad, la justicia, la igualdad de todos los hombres y pueblos, también dentro de la Iglesia y amarlos a fondo perdido.

Cuando amamos esos valores y nos entregamos a ellos, cuando  ponemos las manos en el arado y trabajamos en la mies del mundo y de la humanidad, hallamos un profundo gozo y paz.

En el fondo es un convencimiento: la persuasión de que los valores del Reino de Dios son buenos, realizadores de la persona. El secreto está ahí: en el convencimiento de que el Reino de Dios es bueno y valioso.

  • o La mayor parte de los hombres y mujeres religiosos lo somos del mismo modo que pagamos la póliza de seguros: yo te pago para que me des.
  • o Un religioso, un jurista, un católico piensa, habla y vive de lo que se puede o no se puede, de lo permitido y lo prohibido. Incluso a algunos, los menos, les gustaría que la Iglesia fuese más tolerante, más permisiva y permitiera el control de natalidad, el divorcio y que los domingos no hubiera que ir a Misa. Así, todo lo hacen depender de un papa o de un obispo o de un Código o interpretación jurídica más o menos tolerante.
  • o El seguimiento de Jesús es otra cosa más radical: es el convencimiento de que esos valores y criterios: libertad, justicia y paz son valiosos y hacen personas humanas.
  • o Uno se entrega en cuerpo y alma a aquello de lo que está convencido, no a lo que le mandan.

Seremos libres en la medida en que construyamos nuestra vida (o al menos lo intentemos) en el seguimiento de Cristo, trabajando con el arado en la mano en la mies del trigo y del pan de la humanidad

Tomemos libremente sus propias decisiones en la vida.
No seamos esclavos de nadie y menos de la Iglesia.

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“La cruz y la cama”, por Carlos Osma

Sábado, 15 de junio de 2019

cruzcamaDe su blog Homoprotestantes:

Cuentan los evangelios que mientras Jesús agonizaba en la cruz las personas que pasaban por delante de tan terrible escenario le decían: “¡Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz!”. Y es que claro, tenían razón, los Hijos de Dios tienen otros sitios más honrosos donde morir: en su cama por ejemplo. Desde entonces hasta ahora, aquellos mensajes inhumanos han cambiado mucho, y ahora los guardianes del orden nos dicen a nosotras que para ser “Hijas de Dios” hemos de descender de nuestras deshonrosas camas, y subirnos a sus maravillosas cruces de neón para que todo el mundo pueda ver lo divinas que somos. No sé, pero tengo la sensación de que para mucha gente el cristianismo es un viaje de la cruz a la cama, o de la cama a la cruz.

Es verdad que podríamos decir que, tal y como se narra en los evangelios, la vida de Jesús fue un camino de la cama a la cruz, o mejor dicho del cajón donde se daba de comer a las bestias en el que su madre lo acostó al nacer, a la cruz del Gólgota donde el poder Romano lo hizo crucificar junto a otros dos malhechores. La cama y la cruz fueron para Jesús dos lugares no escogidos en donde se hizo patente que existía un poder político, pero también religioso, que controlaba su vida de principio a fin. Fue el edicto de Julio Cesar el que motivó que sus padres tuvieran que viajar hasta Belén, y fue la condena del Gobernador Poncio Pilato la que le llevó hasta el Gólgota.

Las camas y las cruces de las personas LGTBIQ son lugares donde los poderes patriarcales y LGTBIQfóbicos nos sacan y nos meten a conveniencia. Si nos mantenemos en silencio nos crucifican, si lanzamos gritos de dolor al infinito, nos vuelven a crucificar. En ese lugar, en el Gólgota, donde nos llevan a la fuerza tras golpearnos toda la vida con sus látigos de cuero negro, nos levantan para mostrar nuestra caricatura al resto del mundo y para exponer de una forma deformada quienes somos. Allí, en cada una de las cruces que decoran sus iglesias, nos cuelgan todos los días junto a otras malhechoras. Y lo hacen mientras nos invitan a bajarnos de ellas y comportarnos como “Hijos de Dios” en alguna de sus terapias reparativas. Pero si por el contrario hemos decidido ser felices y alejarnos de sus cruces sangrientas y sus terapias diabólicas, entonces nos sitúan en la cama, y allí nos representan como depravadas sexuales que se dejan llevar por sus instintos. Ya no somos cuerpos deformes, sino puro sexo, animales salvajes y nada más. De la cama a la cruz, o de la cruz a la cama. Un círculo enfermizo nacido de mentes que no pueden estar muy sanas.

Lo interesante de Jesús es que fue consciente de la existencia de poderes que le querían condicionar, a él y al resto de seres humanos que tenía a su alrededor. Poderes que en su época se podían denominar demoníacos, pero también otros que tenían nombres propios. Y ante ellos, no optó por bajar la cabeza, no escogió ni la cruz ni la cama como lugares donde vivir ante el resto del mundo, sino los espacios en los que era necesario hacer oposición activa a cualquier poder que limitaba la libertad y la vida de las personas. Por eso me resulta tan difícil entender el cristianismo de tanta gente que no choca nunca con los poderes que pretenden condicionarlas, que les van chupando la sangre hasta dejarlas sin vida. Personas que no han escuchado a nadie merodeando en sus camas y diciendo que se puede hacer en ellas, o que jamás han visto la vida desde lo alto de una cruz hecha a su medida.

No hay otra forma para salir de la falacia que va de la cama a la cruz y de la cruz a la cama que seguir el ejemplo de Jesús, de todos aquellos momentos de su vida que él si escogió y que no le fueron impuestos de una manera absoluta. La cama y la cruz no son lugares que debamos evitar, por razones bien diversas nuestras vidas se componen también de ellos. Pero no únicamente de ellos. Lo que determina quienes somos, no está ahí, sino lo que nos lleva hasta ellos, y cómo hemos sido capaces de luchar contra esos poderes para ser más libres. Yo diría que verse a uno mismo en el prójimo, y al prójimo en uno mismo, fue el motor que sí podría definir la vida de Jesús. Ese fue el poder al que él sirvió, más allá del resto de poderes que como a cualquier mortal lo influyeron y condicionaron. Y ese, el prójimo, es el lugar que da sentido al cristianismo y que nos puede alejar de esos círculos absurdos que se construyen entre nuestras camas y nuestras cruces.

A Jesús se le expulsa de la cama, y no tanto por motivos históricos, sino porque lo que podría ocurrir en ella a la mayoría de la gente le parece poco divino, y se le sube a una cruz donde demostrar con su sufrimiento que fue fiel al mandato de su Padre. No sé lo que ocurre, o no ocurre, en la cama de estas personas para pensar de esta manera. Pero también hay veces que se le baja de la cruz a marchas forzadas porque el fracaso es demasiado desestabilizador para teologías infantiles, y se le lleva solo y envuelto en una sábana hasta la cama que será el sepulcro donde resucitará milagrosamente. Me pregunto qué vidas tan naifs tienen estas personas que son incapaces de integrar el fracaso en sus teologías.

La cama y la cruz de Jesús, y también las nuestras, son lugares vigilados por poderes que nos controlan y pretenden condicionarnos de manera absoluta. Y el mensaje de vida de Jesús es que podemos resistirnos a ellos, aunque a veces nos venzan y dejemos entrar en nuestra cama ideologías de muerte, o en nuestras cruces teologías sin experiencia. El sentido que tienen nuestras cruces y nuestras camas no se encuentran en ellas mismas, sino en lo que ocurre entre ambas. La cuna de Belén y la cruz del Gólgota solo pueden entenderse a través de la vida de Jesús, de su implicación en la vida de muchas personas que eran los daños colaterales de normas y leyes divinizadas por poderes con intereses demasiado humanos. Es en la vida compartida con el prójimo donde se puede percibir que la liberación, la salvación, es el origen y la meta de la fe cristiana. Es desde allí desde donde acabaremos con los poderes que quieren someternos. Sin prójimo, ni cama ni cruz tienen sentido.

Carlos Osma

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‘El Evangelio marginado’: El seguimiento de Jesús, alma y sustancia de la vida cristiana

Viernes, 26 de abril de 2019

Descubrir-Jesucristo_2027807284_12100859_667x375El teólogo Benjamín Forcano analiza la última obra de José María Castillo

Nuestro seguimiento de Jesús no es posible sin romper con las mil ataduras al sistema que nos rodea y configura nuestra vida”

“Pablo pensó y organizó la Iglesia sin el Evangelio, es decir, sin destacar el ámbito humano de Jesús”

“Personas como Jesús, libres de miedo y ataduras, ponían en peligro el sistema establecido. Su estilo de vida era desestabilizador”

Comienzo por destacar la novedad que este libro de José Mª Castillo representa. Todos sabemos que, a lo largo de la historia, la llamada Iglesia de Jesús, ha sufrido distanciamientos, contradicciones, abusos e incluso desviaciones con respecto al programa primordial del Evangelio. Todo lo cual no niega que, en medio de ella, y de forma coherente, se hayan dado siempre seguidores de ese Evangelio.

Pero el tema abordado por el autor de ‘El Evangelio marginado’ no es ese ni tiene reparo en decirlo: ”Afirmo que la Iglesia vive en una contradicción que es la peor de todas en las que puede vivir. Porque se trata de la contradición entre la Iglesia y el Evangelio” (Pg. 11).

No alude, pues, a comportamientos individuales que en un momento o en otro, en una medida o en otra, se muestran contradictorios con el Evangelio. La contradicción se refiere a factores y estructuras que, en el desarrollo de la Iglesia, se han ido insertando como si manaran del Evangelio y le fueran naturales.

Tales contradicciones el autor las muestra en los campos siguientes:

1. Contradicción entre la teoría y la práctica

Entre el pensar y el obrar, lo que se dice y lo que se hace. La Iglesia ha montado toda una serie de enseñazas teólogicas, preceptos, ritos, y modos de vivir que anulan lo enseñado por el Evangelio: “Planteamientos y cuestiones centrales en contradicción con el Evangelio, cuestiones que los “hombres de Iglesia” despachan marginando el Evangelio desde el principio del cristianismo, con la aceptación o la tolerancia y complicidad de todos… La Iglesia, en su conjunto, sabe que  en determinadas cuestiones importantes vive lejos de la ejemplaridad de Jesús y, a veces, incluso en los antípodas del Evangelio” Pgs.13-14).

La contradicción no se puede eludir, puesto que “los evangelios ocupan el lugar preeminente al ser “el testimonio principal de la vida y doctrina del Verbo enacarnado, nuestro Salvador (DV, 18) . De modo que, “Lo que nos narran los evangelios tendría que ser lo primero y lo principal en la vida de la iglesia, en su organización, en su estructura,  en la gestión de su gobierno y en todo a lo que la gente le entra por los sentidos “ ( Idem, p. 15).

2. Perpetuación de lo que le ocurrió a Jesús en vida

La paradoja, que estalla en este punto, está en que Jesús, profundamente religioso, entra en conflicto con la religión de su pueblo y con quienes se habían otorgado el dereccho de custodiarla e interpretarla: los sacerdotes.

Una religión que tenía su centro en el Templo, espacio sagrado por excelencia y en el que los profesionales de la religión realizaban sus rituales y sacrificios de siempre.

¿Qué paso para que entre  los sacerdotes y Jesús surgiera un terrible enfrentamiento, vieran en él una amenaza, lo espiaran, lo consultaran taimadamente, lo calumniaran y decidieran finalmente condenarlo a muerte?

El evangelio nos cuenta paso a paso este enfrentamiento. Se hace cada vez más agudo hasta hacerse incompatible: “Los más religiosos y observantes del judaismo del siglo primero no soportaron a Jesús, lo consideraron como un  peligro de muerte para ellos mismos” (Pg. 16).

A propósito de esto, el autor lanza esta pregunta: si la religión oficial de su tiempo era un modo de vivir incompatible con la vida y enseñanZa de Jesús, ¿se puede afirmar que este hecho se ha perpetuado, en buena medida, en la Iglesia con el consiguiente escándalo de grandes sectores de la población que no quieren saber nada ni de la iglesia, ni de la religión y los “hombres de iglesia” sigan pensando que no tienen culpa alguna?

“Ha ocurrido y sigue ocurriendo que en la Iglesia se marginan, se deforman o se quita importancia a temas, relatos, propuestas y exigencias, de Jesús “que no interesan” o –lo que es más preseocupante – “que estorban a las conveniencias “ de quienes, desde cargos de poder, privilegio y fama ejercen una potestad intocable y “sagrada”, que no se puede mantener sino marginando del Evangelio lo que les impide o dificulta ostentar su poder , su influencia social, su dignidad y sus privilegios, en todo aquello que, disfrazado de evangelización, es en realidad un eficaz ejercicio de poder  al ejercicio de intereses inconfesables”. (Pg. 18).

3. ¿A qué se renuncia cuando se margina el Evangelio?

Creo que entrar en este punto, es dar con la clave para poder discernir cuándo se abandona el Evangelio y por qué.

Los discípulos de Jesús lo son, primero de todo, porque son llamados a vivir en unión íntima con su persona. De ahí mana una nueva manera de entender y vivir la vida, exclusiva de Jesús, y que equivale a proclamar el reino de Dios, a desvelar el plan salvador del Padre. La proclamación y verificación de este reino las lleva a cabo Jesús en su propia humanidad, señalando el sentido y destino de la nuestra.

“Ir en pos de Jesús” equivalía en su tiempo  a ser discípulo suyo. La labor de los rabinos israelitas gozaba del honor de ser maestros, proponían el estudio de la Ley, formaban a discípulos, que debían perseguir un ideal de vida religiosa con conocimiento y fidelidad a la ley.  Ser buen religioso consistía por tanto en cumplir tales o cuales preceptos y así cumplir la Ley.

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José María Castillo: “En la Iglesia preocupa más el esplendor de la religión que la fidelidad a Jesús”

Viernes, 29 de marzo de 2019

2379-large_defaultDe su blog Teología sin Censura:

El teólogo explica los entresijos de su ‘Evangelio marginado‘ (Desclée)

“Un ‘Dios falso’ ha llevado al mundo más avanzado al abandono de la religión”

“Jesús no quiso templo. No quiso sacerdotes. No quiso rituales. No quiso ceremonias sagradas. No quiso obediencia y sometimiento de nadie a él”

“Jesús no prescinde de la religión, sino que desplaza la religión: la arranca de ‘lo sagrado’ y la pone en el centro de ‘lo más plenamente humano'”

Jesús Espeja: “El ‘Evangelio marginado’ de Castillo, una exposición de gran valor para estos momentos de la Iglesia”

He escrito este libro porque he intentado explicar – en cuanto eso es posible – por qué la Iglesia se interesa más y se preocupa más por el “sometimiento a la religión” que por el “seguimiento de Jesús”. Creo que, sin miedo a exagerar, se puede afirmar que en la Iglesia preocupa más el esplendor de la religión que la fidelidad al seguimiento de Jesús.

El “sometimiento a la religión” dio resultado y fue eficaz hasta finales del s. XV. A partir del Renacimiento, la Reforma (s. XVI), la Ilustración (ss. XVII-XVIII), la Resistencia y la Restauración (s. XIX), la industrialización y la violencia (dos guerras mundiales), que marcaron el s. XX, y finalmente la Modernidad y la Posmodernidad, todos estos grandes fenómenos históricos y culturales, han hecho que la religión nos sirva para creer en El Dios falsificado (Thomas Ruster). Un “Dios falso”, que ha llevado al mundo más avanzado al abandono de la religión. O en otros casos (que abundan) nos ha conducido, sin darnos cuenta, a que “la experiencia religiosa de todos nosotros ya no sea de fiar, porque nos remite a una falsa religión” (o.c., pg. 228).

La Iglesia de los dogmas, las normas y los ritos fue útil y tranquilizaba las conciencias mientras los “mitos”, los “ritos” y las “jerarquías” eran útiles y servían para explicar tantas cosas que los humanos no sabíamos cómo explicarlas o pensábamos que servían para darle sentido a la vida o tener una esperanza última, que suavizaba el hecho inevitable de la muerte.

Hoy todo eso ha perdido (sobre todo, en las generaciones jóvenes) su utilidad y su razón de ser. Hasta el extremo de que los adolescentes, apenas llegan a cumplir los doce o trece años, cortan con toda la “jerga” de temas, teorías y creencias, que enseña el clero, y sencillamente para ellos se acaba y ya no interesa más la “religión”. Y lo mismo que veo esto, pienso también que este problema (más grave de lo que mucha gente se imagina) no tiene más solución que lo que vio Lutero cuando, siendo todavía un monje joven, viajó a Roma. Y allí comprobó que lo que interesaba a la Iglesia era la sumisión al papa y los rituales (indulgencias…) que daban dinero (Lyndal Roper, Martín Lutero, p. 75-76).

“La religión no responde a lo que necesita el ser humano”

Mi convicción es que veinte siglos antes de lo que sienten las últimas generaciones, fue Jesús de Nazaret, el “personaje-centro” y central del Evangelio, quien se dio cuenta de que la “religión” del templo y de los sacerdotes, de los dogmas y de las normas, de los rituales y las observancias, del poder y del dinero, todo eso fue útil para las culturas de la Antigüedad, pero no responde a lo que necesita el ser humano como tal.  

Lo determinante, para el ser humano (lo que nos humaniza) no es satisfacer la “necesidad” de nuestras propias carencias (esto es lo que hace la “religión”), sino potenciar la “generosidad” para resolver las carencias de los demás (esto es lo que nos aporta el “Evangelio”).

Aquí es fundamental – incluso enteramente necesario – hacer una distinción clave. Hay dos formas de hacer teología y, por eso, hay “dos modelos de teología”: 1) La “Teología especulativa”, que se elabora a partir de “teorías”, que se basan en el pensamiento escolástico (con su “mortificante dependencia del pensamiento de Aristóteles”, según la acertada fórmula de Lyndal Roper) o tienen sus raíces en el pensamiento estoico (Pitágoras y Empédocles) (E. R. Dodds), en cuanto se refiere a la moral. 2)  La “Teología narrativa”, que se construye mediante relatos tomados de la vida diaria. El ejemplo más patente (de esta teología) lo tenemos en los evangelios. Se trata, en este caso, de narraciones en las que lo determinante no es la “historicidad”, sino la “significatividad”. En el caso concreto del Evangelio, ¿qué nos dicen esos relatos para nuestra forma de vivir, para ser fieles al “seguimiento de Jesús”?

Con toda razón y precisión, J. B. Metz escribió: “La teología no es hoy teología de profesores, no se identifica con la teología de oficio. Con mayor razón, pues, no debe la teología histórico-vital encerrarse en los esquemas de expresión de un lenguaje científico exacto y reglamentado…. De ahí que deba evitar a toda costa someterse incondicionalmente al vocabulario de la exactitud. Precisamente la teología no es – ni ha sido nunca – una ciencia natural de lo divino” (La Fe, en la Historia y en la Sociedad, p. 230).

En esta dirección tiene que girar la teología, la liturgia y el gobierno de la Iglesia. Como nos lo está indicando sabiamente el Papa Francisco. Yo sé que darle este giro a la vida no es posible, si nos atenemos a lo que da de sí la condición humana. Por eso me parece tan genial la fórmula que nos dejó I. Kant: “La praxis ha de ser tal que no se pueda pensar que no existe un más allá” (en Gesammelte Schriften, VII, p. 40). Sólo si tomamos en serio y aceptamos de verdad que Jesús de Nazaret fue (y es) un hombre en el que vemos a Dios” (Jn 1, 18; 14, 9-10; Mt 11, 27; Fp 2, 6-11; Col 1, 15; Heb 1, 2), es decir, solamente cuando sabemos y aceptamos que el Dios Trascendente se hizo presente en nuestra inmanencia mediante la vida, la forma de vivir y actuar, de Jesús de Nazaret, sólo así y en eso encontramos a Dios.

Ahora bien, lo que encontramos en el Evangelio es que la forma de vivir y de actuar de Jesús fue una vida marcada por una profunda espiritualidad (su oración frecuente y prolongada) y una constante preocupación por el sufrimiento humano.

Por eso Jesús no quiso templo. No quiso sacerdotes. No quiso rituales. No quiso ceremonias sagradas. No quiso obediencia y sometimiento de nadie a él. No mencionó para nada la división y la diferencia entre lo sagrado y lo profano. No habló nunca de orden (“ordo”) ni de ordenación. Intencionadamente curó a los enfermos cuando la religión prohibía curarlos. Rechazó con firmeza la observancia de rituales religiosos (Mc 7). Andaba frecuentemente con “malas compañías” (los pecadores, los samaritanos, los recaudadores de impuestos…). Nunca denunció las conductas criminales de los políticos (ni a Herodes, cuando degolló a Juan Bautista, ni a Pilatos cuando asesinó a los galileos que ofrecían sacrificios en el templo). Puso sus preferencias en los débiles, niños, mujeres, extranjeros…. La fe en Jesús fue un hecho solamente para el excomulgado por la religión: el ciego de nacimiento (Jn 9).

Conclusión: los cristianos tenemos una “religión” que cada día interesa menos. Porque cada día cobra más fuerza el rechazo al “poder vertical” (Peter Sloterdijk, Has de cambiar de vida, p. 151-153) y al “poder opresor” (Byung-Chul Han, Psicopolítica, p. 27-30). Lo que motiva a la mayoría de la gente es el “poder participativo” y el “poder seductor”. Si algo destacan los evangelios, es el poder seductor que mostró Jesús. No para hacerse él importante y famoso. Jesús fue así y se comportó así, para remediar el sufrimiento humano. Y mediante ese remediar el sufrimiento, así revelar lo que nosotros podemos saber de Dios; y cómo podemos relacionarnos con Dios: “Lo que hicisteis con uno de uno de estos hermanos míos tan insignificantes lo hicisteis conmigo” (Mt 25, 40). Jesús no prescinde de la religión, sino que desplaza la religión: la arranca de “lo sagrado” y la pone en el centro de “lo profano”, “lo laico”, “lo más plenamente humano”.

Lutero dijo: “El hombre es incapaz por naturaleza de querer que Dios sea Dios. Quiere ser Dios él mismo, no desea que Dios sea Dios” (Luther’s Works 31, 10; Martin Luthers Werke 1, 17, 225). Lo que hace el Evangelio es “dejar a Dios ser Dios, en cada ser humano”.

Para saber más acerca del libro, pincha aquí:

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“Profesión y vocación”, por José Mª Castillo

Jueves, 7 de marzo de 2019

índiceDe su blog Teología sin Censura:

Como es bien sabido, en su clásico estudio sobre “La ética protestante y el espíritu del capitalismo”, Max Weber explicó con claridad cómo y por qué la palabra alemana “profesión” (“Beruf”) tiene un importante matiz religioso, en cuanto que nos lleva a la idea de “una misión impuesta por Dios”. O sea, según la mentalidad de Lutero, el más noble contenido de la propia conducta moral consiste en sentir como un deber el cumplimiento (lo más perfecto posible) de la tarea que entraña nuestra tarea profesional en el mundo. En otras palabras, la vocación que Dios le impone a cada cual, en esta vida, consiste en que se comporte como un buen profesional en su trabajo.

Ahora bien, supuesto lo que acabo de indicar, no hay que ser un lince para darse cuenta de que este planteamiento de la ética protestante ha sido más decisivo de lo que imaginamos en el desigual desarrollo económico de Europa. Los datos son bien conocidos. Mientras que los países del Norte de Europa, más influenciados por la “ética protestante”, son países más ricos y más desarrollados, los países del Sur, desde Turquía a Portugal, son más pobres y soportan economías más desiguales y atrasadas.

Sin duda, en la desigualdad que acabo de apuntar, son determinantes otros factores que no viene al caso estar aquí desentrañando. De este asunto se vienen ocupando sociólogos y economistas desde hace más de medio siglo (cf. J. Matthes…). En todo caso – si nos limitamos a lo que ocurre en Europa – es un hecho que, por lo general, los países de mayoría protestante han alcanzado un nivel y un equilibrio económico del que carecemos en los países en los que predomina una religiosidad más tradicional.

Así pues, es indudable que existe una relación profunda y determinante entre “profesión” y “vocación”. No es lo mismo llevar el trabajo y la profesión como una carga pesada para ganarse la vida, que ver en la propia profesión la tarea a la que Dios me llama y en la que veo el destino trascendente de mi vida. En este caso, la tarea profesional se funde con el sentido más profundo de la existencia humana y genera un etilo de sociedad y de convivencia que no se queda encerrada en los templos, sino que está presente (consciente o inconscientemente) en la familia, en el trabajo, en la gestión política, en la vida entera.

Esto supuesto – y tal como se han puesto las cosas en todo cuanto se refiere a la religión – dada la creciente escasez de sacerdotes, ¿no podemos decir que se acerca el momento en el que lo más razonable sería darle un giro nuevo a la organización y gestión de la Iglesia? Quiero decir: ¿no es ya hora de pensar en serio que, en la Iglesia, clérigos y laicos tenemos todos que pensar y vivir nuestra pertenencia a la Iglesia de otra manera?

Quiero decir lo siguiente: cuando Jesús llamó a los primeros apóstoles, no fundó un “oficio”, una “profesión, una “carrera” en la que la “vocación” era una “profesión” para ganarse la vida. Aquellos hombres eran los responsables en las primeras comunidades. Pero no eran funcionarios profesionales. San Pablo vivía de su trabajo, que era duro y le dejaba huella en las manos (Hech 20, 33-34). Y los pescadores a los que llamó Jesús, siguieron pescando y bregando noches enteras, como lo habían hecho toda su vida (Jn 21, 1-10). Incluso sabemos que, en el movimiento cristiano primitivo, encontramos muchas mujeres que fueron muy activas en todos los ministerios y responsabilidades eclesiales (R. Aguirre).

Es evidente, por tanto, que la “profesión” y la “vocación” se fundían, en la Iglesia naciente, en su actividad, sus reuniones, su apostolado. Y conste que este estado de cosas es el original y el que duró hasta el siglo tercero. No es una cuestión de fe que la Iglesia tenga que seguir siendo gestionada, dirigida y sometida sólo al “clero”. Ni el “clero” tiene por qué seguir siendo una “profesión” que acumula poderes y privilegios. La Iglesia es la comunidad de los “seguidores de Jesús”, que puede y debe organizarse y gestionarse en fidelidad al Evangelio, no en sometimiento a un clero que acumula poderes, dignidades y dinero.

La Iglesia somos todos. Y en todos los creyentes en Jesús, “profesión” y “vocación” se funden en una tarea que es común a todos, en comunión con los Apóstoles y sus sucesores, presididos por el Papa. ¿No tendrían que tener todo esto muy en cuenta los presidentes de las Conferencias Episcopales ahora, cuando se reúnen con el Obispo de Roma, para limpiar y renovar esta Iglesia a la que tanto debemos por tantos motivos?

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“Un Jesús en mallas en el lago de los cisnes”, por Carlos Osma.

Lunes, 25 de febrero de 2019

5078F331-360E-47BE-99C0-13DD1D75CAEADe su blog Homoprotestantes:

Hay veces que uno se cansa de escuchar noche y día tantos lamentos, tantos discursos cargados de miedo y de verdades basadas en fantasmas divinos. Y es que uno llega a pensar que el enorme ruido que nos envuelve, y que supuestamente crea la naturaleza para acabar con todos nosotros, no permite pensar a nadie con claridad. Estamos a merced del vaivén de los discursos de odio, a un tris de ser derribados por huracanes de ignorancia, a medio camino entre el desierto y una llanura fértil. Justo en ese momento de la existencia en el que todo parece más oscuro que nunca, y aunque sabemos que no falta mucho para que llegue el amanecer, a nuestro alrededor nadie cree que vayamos a sobrevivir para contarlo. ¿Dónde estás maestro?

Las barcas abarrotadas de discípulas y discípulos como dios manda no parecen ser el lugar más seguro para nosotras, allí el mensaje del evangelio de Jesús no lo encontramos por ningún lado. Así que si nos quedamos donde estamos, al final acabaremos por confundir la buena noticia con un grito de desesperación, de miedo, de temor. Terminaremos por creer que la salvación ha huido lejos de nuestro alcance, más allá de las montañas donde colocamos nuestros dioses, más allá de nuestro día a día, de nuestra realidad, de nuestro mundo, de nuestros deseos y nuestra manera de comprendernos. Más pronto que tarde, si nos quedamos quietas, nos descubriremos siendo arrastrados de aquí para allá por la ignorancia, por la falta de empatía, por la LGTBIQfóbia, por la más absoluta incapacidad crítica, por el sensacionalismo, por el populismo, por el odio y los egos desbordados. Por la convicción demoníaca de que es mejor no dejar espacio en la barca a los diferentes. Y en medio de una tormenta como esta, incluso si se nos apareciese Jesús mismo, será difícil no acabar confundiéndole con un espejismo, con un fantasma, y ponernos después a gritar todavía con más insistencia que necesitamos que alguien venga desde el cielo a salvarnos. ¿Dónde estás maestro?

Estamos decididos a salir de este bucle, de este círculo de muerte que no nos aporta nada más que falsedad, negación y desconfianza. Así que agudizamos nuestro oído todo lo posible para escuchar otras voces que estén fuera de la barca del temor y la desesperación. Y serán nuestras ganas, pero hemos escuchado un claro “ven” que no suena a amenaza, ni a condena, sino que es una llamada sencilla que invita a la apertura, a lo imposible e imprevisible, a hacer cosas extrañas, diferentes, divertidas; cosas necesarias que cambien el mudo y lo dignifiquen. Así que sin duda es la voz del maestro. Quienes nos acompañan, sacan su fe de toda la vida para decirnos que nos hemos vuelto locas, que lo que escuchamos es únicamente el silbido del huracán de nuestros propios deseos que acabarán por destruirnos; pero seguimos escuchando “ven”. Y como la fe de ir tirando, esa que a veces parece evaporarse por encima de lo lógico y lo biológico, se parece tan poco a la fe de toda la vida; nos armamos de valentía y nos ponemos de pie en el borde de la barca. Y al ponernos de puntillas, como si fuéramos la princesa Odette en El lago de los cisnes, escuchamos de nuevo ese “ven”, un “ven” definitivo, que no sabemos si volverá a repetirse, que podemos dejar pasar si tenemos miedo, o al que podemos responder, aunque el vértigo nos haga temblar.  ¿Dónde estás maestro?

Y hacemos un entrechat[1] que nos lleve de la barca hasta el mar, y al ver que no nos hundimos, sentimos que tenemos fe, que vamos a lograr todo lo que deseamos, que dejamos atrás a quienes nos limitaban con sus lamentos y soñaban con una barca en la que solo había lugar para ellos. Realizamos después un cabriolé[2] de noventa grados con las piernas bien extendidas en el aire y volvemos a caer sobre el mar para ver, ahora sí claramente, que quien está delante nuestro es Jesús, nuestro maestro, que lleva unas ajustadísimas mallas. No estamos solas, él nos acompaña, y la emoción nos invade de tal forma que queremos bailar con él y hacer un pax de deux[3], pero saltándonos los pasos previos y haciendo directamente la coda. Justo entonces nos percatamos de que las fuerzas que pretenden hundirnos no tienen su origen en la barca, y que no es únicamente ella quien las padece. Y hacemos un Fouetté en Tournant[4], un giro espectacular, pero nuestra mirada ahora está puesta en la oscuridad y nuestro cuerpo nota que lo golpea un huracán de odio que quiere que el mar del olvido lo trague para siempre. El último paso que intentamos es un balancé[5], porque notamos que el agua ya nos llega hasta la cintura: tenemos miedo. Y entonces gritamos y nos desesperamos como aquellos con los que compartíamos aquella barca tan pequeña. Al final no somos tan distintos, la falta de fe es la razón de nuestra desesperación también, y hemos acabado por creernos que es imposible bailar sobre el mar con Jesús. ¿Dónde estás maestro?

“¡Hombre de poca fe! ,¿por qué dudaste?” Nos dice Jesús mientras extiende su mano y nos sostiene para que el mar embravecido no nos trague. Sería estúpido explicarle todas las experiencias vividas que han acabado por dejar nuestra fe tal y como se la ha encontrado, suerte tenemos de que no se haya esfumado en alguna de las hogueras donde han intentado quemarnos en más de una ocasión. Pero justo cuando su mano está impidiendo que nos ahoguemos, no es el mejor momento para decirle todas estas cosas. Así que nos callamos que dudamos porque pensábamos que no estaba, porque no le percibíamos por ningún lado y porque nos sentíamos solas. Nos lo callamos, pero sabiendo que nos ha leído la mente, y que nos mira de reojo mientras nos lleva hasta la barca donde nos espera toda esa gente con una fe de toda la vida que antes no paraba de gritar y temblar de miedo. Esa gente que prefería el negro de la noche y el blanco de la espuma de las olas que rompían en sus caras, antes que los colores del arcoíris que recorren nuestro cuerpo. Volver a la barca, ¿estás seguro maestro?

Y nos lleva hasta allí, pero no estamos en el mismo sitio, es como si hubiera hecho una nueva barca que avanza firme hacia la ribera donde la vida es abundante. No es la misma barca, no. Si lo fuera, preferiríamos lanzarnos otra vez solas al mar y jugarnos la vida para llegar a tierra firme, antes que la fe de toda la vida se dispusiera a acabar con la nuestra. Pero en esta barca humilde, tosca, que no sabemos si aguantará la próxima ola, ya no hay miedo. La naturaleza no lo determina todo, no hay condenas, y la fe se alimenta también de la diversidad. En ella, uno se siente parte, se atreve incluso a coger un extremo de la red para lanzarla con el resto de discípulos al mar. En esta barca, uno es consciente de que está el maestro. Ya no importa el viento, ni las olas, ya no hay lugar para el miedo, sino para quienes quieran ponerse de rodillas y reconocer que ese Jesús en mallas, que nos acompaña a todas y baila tan bien El lago de los cisnes, verdaderamente es el Hijo de Dios.

Carlos Osma

Notas:

[1] Salto de ballet donde se despega con un pie al frente y se van cruzando las piernas en el aire.

[2] Un paso del allegro en el cual las piernas extendidas se baten en el aire.

[3] Gran danza para dos. Como regla general el grand pas de deux se realiza en cinco partes: entrada (entrée), adage, variación para el bailarín, variación para la bailarina, y la coda, en el cual ambos bailarines bailan juntos.

[4] Espectacular giro donde el pie de trabajo es estirado y recogido durante las vueltas.

[5] Paso oscilante, una alternación de equilibrio, cambiando el peso de un pie al otro.

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Remar en la noche…

Domingo, 10 de febrero de 2019

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Habrá siempre que remar por la noche
contra las olas y el viento…

¡Pero por qué te asustas siempre!
¿Te toca a ti remediarlo?

¿ Por qué, infeliz,
no pides auxilio?
¿A qué esperas para hacerlo?

Tentación siempre recurrente
de bajar los brazos,
en lugar de gritar tu desconcierto …

¡No porque estés en la oscuridad
estás obligado a rechazar la luz!

No te aferres a nada, se entiende,
pero no olvides la Corriente que te lleva!

Grano de polvo en el espacio infinito,
no olvides sin embargo
de qué Cuerpo eres sólo una parte ínfima…

Que tu mirada interior
permanezca vuelta, pase lo que pase,
hacia él, más allá de tus miedos, de tu cansancio
y de tus pensamientos débiles…

Porque es de Él, y sin cesar,
De quien tienes que recibir todo…
*
Philippe,
hermano de la Communion Béthanie.
***

indios

 

En aquel tiempo, la gente se agolpaba alrededor de Jesús para oír la palabra de Dios, estando él a orillas del lago de Genesaret. Vio dos barcas que estaban junto a la orilla; los pescadores habían desembarcado y estaban lavando las redes.

Subió a una de las barcas, la de Simón, y le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.

Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:

– “Rema mar adentro, y echad las redes para pescar.”

Simón contestó:

“Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.”

Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red. Hicieron señas a los socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se arrojó a los pies de Jesús diciendo:

– “Apártate de mí, Señor, que soy un pecador.”

Y es que el asombro se había apoderado de él y de los que estaban con él, al ver la redada de peces que habían cogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.

Jesús dijo a Simón:

“No temas; desde ahora serás pescador de hombres.”

Ellos sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

*

Lucas 5, 1-11

***

El encuentro con Dios me hace entrever continuamente nuevos espacios de amor y no me hace pensar lo más mínimo en haber hecho bastante, porque el amor me impulsa y me hace entrar en la ecología de Dios, donde el sufrimiento del mundo se convierte en mi alforja de peregrino. En esta alforja hay un deseo continuo: «Señor, si quieres, envíame. Aquí estoy, dispuesto a liberar al hermano, a calmar su hambre, a socorrerle. Si quieres, envíame».

En un mundo tan poco humano, donde la gente llora por las guerras, por el hambre, el encuentro con Dios nos transforma, nos hace tener impresos en el rostro los rasgos de Dios, nos hace tener en el rostro el amor que hemos encontrado, junto con un poco de tristeza por no ver realizado este amor. Yo he encontrado al Señor, pero he encontrado asimismo nuestras miserias y, ante las más grandes injusticias – y muchas de ellas las he visto de manera directa-, nunca he podido ni he querido decir: «Dios, no eres Padre». Sólo me he visto obligado a decir justamente: «Hombre, hombre, no eres hermano». Y he vuelto a prometer a mi corazón el deseo de llegar a ser yo más fraterno, más hombre de Dios, más santo, a fin de propagar más el amor concreto que nos lleva a socorrer a los hambrientos, a las víctimas de la violencia, a los que no conocen ni siquiera sus derechos, a los que ya no se preguntan de dónde vienen ni a dónde se dirigen.

Es preciso vivir el carácter cotidiano del encuentro con él, cambiando nosotros mismos. He visto realizarse muchos sueños inesperados. Pero el acontecimiento más extraordinario, que todavía me sorprende, empezó cuando niños, jóvenes, personas de todas las edades, me eligieron como padre, como consejero y como cabeza de cordada. No me esperaba precisamente esto, y cada vez que un alma, un corazón, se confía a mí para que le aconseje, dentro de mí caigo de rodillas y me repito: «¿Quién soy yo, quién soy yo para ser digno de guiar a personas más buenas que yo? No, no soy digno, pero, Señor, por tu Palabra, también yo “me volveré red” para tu pesca milagrosa»

*

E. Olivero,
Amar con el corazón de Dios,
Turín 1993, pp. 7-9.

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