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“Cómo reformar la Iglesia”, por Carlos Osma

Jueves, 31 de octubre de 2019

ReformaiglesiaMonumento a la Reforma, Ginebra

Hoy, que celebramos el Día de la Reforma, publicamos este artículo del blog Homoprotestantes:

En ocasiones escucho reflexiones, predicaciones, o leo artículos en los que se anima a reformar la Iglesia. Si además la persona que hace este llamamiento pertenece al ámbito protestante, en algún momento repite la archiconocida frase: “Una iglesia reformada, siempre reformándose”. Bien es cierto que en pocas ocasiones indica en qué debe consistir esa reforma, porqué es necesario hacerla, y qué le ha llevado a pensar así. En realidad, en la mayoría de ocasiones, creo que la frase es más bien una muletilla, un elemento de la tradición que sobrevuela el discurso para indicar que se es protestante, que no se es fundamentalista, o que se está a años luz de otras iglesias en las que no hubo reforma.

En Martín Lutero encuentro también esa voluntad de transformación, de reforma de la realidad religiosa en la que estaba inmerso, pero entiendo que esta voluntad tuvo su origen en una experiencia previa de insatisfacción real, no teórica. Lutero tenía una autocomprensión negativa de sí mismo y esto le limitaba y le producía sufrimiento. Desde muy joven le acompañó el temor a un Dios castigador que le exigía una vida de sacrificios interminables. Por eso se dedicó al ayuno, a la autoflagelación, a la confesión constante; aunque nada de todo esto le hizo sentirse reconciliado con Dios.

Siempre hay casos excepcionales, es verdad, pero el de Lutero no lo es, creo que en la mayoría de ocasiones las reformas no surgen de personas que se encuentran cómodas con el sistema en el que viven, sino de las que padecen sus consecuencias negativas. Jamás una persona satisfecha con su iglesia querrá reformarla. Jamás una persona a la que le va bien con la vida que tiene querrá que ésta cambie. Seguro que en algún momento dirán eso de que es necesario reformarse, adaptarse, transformarse… pero serán sólo palabras. La reforma nace de una insatisfacción profunda con el sistema, no de palabras huecas biensonantes.

El 31 de octubre de 1517 Lutero clavó en la puerta de la iglesia del Palacio de Wittemberg sus 95 tesis. Por aquel entonces el papa León X quería renovar la Basílica de San Pedro en Roma, y desarrolló una campaña para recaudar fondos mediante la venta de indulgencias. Los compradores recibían a cambio una reducción de sus días de castigo en el purgatorio e incluso el perdón de los pecados. Lutero podría haber colaborado con dicha campaña aunque sus planteamientos teológicos no la vieran con buenos ojos, o podría simplemente haberse callado. Pero al leer algunas de sus tesis encontramos que no fue así:

Tesis 21. “En consecuencia, yerran aquellos predicadores de indulgencias que afirman que el hombre es absuelto a la vez que salvo de toda pena, a causa de las indulgencias del Papa”.

Tesis 22. “De modo que el Papa no remite pena alguna a las almas del purgatorio que, según los cánones, ellas debían haber pagado en esta vida”.

Con sus 95 tesis Lutero convierte su insatisfacción en una denuncia. Porque la insatisfacción que es incapaz de denunciar, no puede reformar ninguna iglesia, ni ninguna vida. Hay un momento en el que la experiencia de opresión debe surgir y convertirse en algo real para que el cambio pueda ser posible. Si Martín Lutero se hubiera callado, no estaríamos hablando hoy de reforma protestante. Evidentemente la denuncia situó a Lutero en un lugar peligroso, y él lo sabía, no era un ignorante ni un loco, tenía conocimiento de lo que les había ocurrido a muchos otros reformadores anteriormente. Para que una iglesia pueda ser reformada, para que sea real la petición de una reforma constante, se necesitan personas que denuncien el status quo y que asuman las consecuencias de hacerlo. En iglesias donde todo esto es imposible, donde las voces discordantes son excomulgadas, o donde éstas no se atreven a levantar la voz por cobardía, no hay posibilidad real de reforma. El Espíritu Santo dirige la iglesia hacia la reforma a través de voces proféticas.

Cuando algunos cristianos y cristianas alaban la respuesta de Lutero ante las exigencias del papa León X para que se retractara de 41 de sus 95 tesis: “No puedo ni quiero revocar nada reconociendo que no es seguro actuar contra la conciencia”. Deberían preguntarse si alguna vez se han enfrentado a una situación como esa dentro de la iglesia, y si actuaron como Lutero, defendiendo su conciencia, o como León X, que trató a Lutero como un delincuente, prohibió la posesión o lectura de sus escritos y dio inmunidad a quien lo asesinara. ¿Dónde se alinearon? ¿Con quienes defendían la conciencia o quienes defendían la ortodoxia?

Martín Lutero vivió una experiencia opresiva y levantó la voz para oponerse a lo que él consideraba erróneo e injusto, pero no se quedó ahí. Se atrevió también a hacer una propuesta basada en la tradición bíblica y eclesial, que le liberaba de sus temores al igual que al resto de cristianos. Se atrevió a dejar sin argumentos a quienes utilizaban las condenas y el temor en beneficio propio. Y lo hizo afirmando que la salvación es un regalo de Dios, dado por gracia a través de Cristo y recibido solamente por la fe. “Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo [1]”. No tenía mucho sentido el sentirse culpable, el vivir atemorizado, condenado… La liberación no se encontraba ni en la Ley ni en los dirigentes de la iglesia, sino en la fe en el Dios de Jesús. Por eso un cristiano no debía tener como sumo juez al papa, sino a Jesucristo y su Palabra en la que se revela su voluntad.

La liberación que supuso la Biblia para cristianos como Lutero es difícil de entender hoy, ya que la ortodoxia evangélica la ha petrificado y puesto al servicio de la opresión. La Biblia ya no es fuente de liberación, sino una ley que está al servicio del capricho del líder de turno que dice poseer la lectura verdadera. Las lecturas fundamentalistas han debilitado profundamente la percepción de la Biblia como lugar de liberación para los seres humanos. Las personas LGTBI somos unas de las danificadas por este proceso diabólico que pretende destruir cualquier autocomprensión positiva que podamos hacer de nosotros mismos, al mismo tiempo que exige una represión de nuestros deseos y un reconocimiento de culpabilidad por ser como somos. Sólo comprando sus indulgencias con mentiras podemos alcanzar la salvación que ellos nos otorgan.

Pero es desde esta situación opresiva desde la que las personas LGTBI podemos convertirnos en profetas que traen una nueva reforma a la iglesia. Una reforma que no nacerá del legalismo, sino de la experiencia y la liberación del texto bíblico de manos de quienes lo están adulterando. Y esto ocurrirá si nos atrevemos, como Martín Lutero y tantos otros reformadores, a levantar la voz denunciando la opresión heteronormativa aunque esto signifique nuestra expulsión de las iglesias que no dejan espacio al profetismo, y que son más sensibles a las lecturas literalistas y las tradiciones homófobas que al dolor que éstas producen. Y si partimos de nuestra experiencia y somos valientes en la denuncia, también podremos encontrar respuestas que dejen sin sentido al poder heteronormativo. En realidad no tenemos que buscar demasiado, ni ser muy originales, porque la Palabra de Dios siempre ha dado vida a quienes la han visto negada, y es por gracia que vivimos los cristianos, por medio de la fe… no por cualquier otra cualidad humana, ni siquiera la heterosexualidad.

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no es de vosotros, pues es don de Dios. No por vuestra heterosexualidad, para que nadie se gloríe [2]”.

Las cristianas y los cristianos LGTBI somos una oportunidad de reforma para la iglesia, una oportunidad para curar de heteronomatividad sus discursos, sus lecturas, su praxis. Una oportunidad, ni la primera ni la última, de hacer del evangelio una fuente de liberación para toda la Iglesia.

Carlos Osma

[1] Rm 5,1

[2] Ef 2,8-9 El texto pone “obras” donde pongo “vuestra heterosexualidad”.

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“Yo soy el Señor tu Dios, el que te sacó del armario”, por Carlos Osma

Jueves, 17 de octubre de 2019

cruzarDe su blog Homoprotestantes:

“¡Ordena a los israelitas que sigan adelante! Y tú, levanta tu bastón, extiende tu brazo y parte el mar en dos, para que los israelitas lo crucen en seco”

(Ex 14,15b-16).

En unas sociedades tan secularizadas como las nuestras es lógico que la Biblia no tenga nada que ver con la vida de la gran mayoría de la población. Si no tienes canas es difícil que sepas quienes eran por ejemplo Rut y Noemí, y si por alguna razón te suena el nombre de Sansón, es posible que lo confundas con uno de los cuatro fantásticos. Pero si has nacido en una familia cristiana y las historias bíblicas son para ti el pan nuestro de cada día, eso tampoco significa que tus experiencias se vean reflejadas, cuestionadas o interpeladas por ella. Quizás únicamente sea el lugar desde donde justificas legalmente si lo que haces es o no correcto, pero sin que haya ningún tipo de reinterpretación a partir de tu propia experiencia. Tampoco tiene por qué ser fuente de liberación, ya que quizás es como agua estancada en el pantano que otros construyeron, en vez de ser como aquella otra que avanza decidida hacia el mar por un cauce que, en ocasiones, no puede contenerla y acaba siendo rebasado. Sin embargo, hay personas para las que algunos pasajes bíblicos tienen tanto que ver con sus propias vivencias, que son incapaces de leerlos sin verse como protagonistas de lo que en ellos se relata.

La mayoría de personas LGTBIQ estuvimos durante mucho tiempo frente al Mar Rojo, atrapados entre unos poderes que nos querían sometidos y esclavizados, y el temor paralizante que nos generaba un mar que parecía ser el fin del mundo. La huida de Egipto es un texto que tiene tanto que ver con nosotras, que es difícil leerlo sin que algo dentro nuestro se remueva. Esa experiencia opresiva, de no saber hacia donde tirar, de creer que no hay escapatoria, que únicamente podemos elegir entre la esclavitud y la muerte, nos ha dejado una huella tan profunda, que cuando leemos textos como este, sentimos que nos conectamos no solo con quienes vivieron aquella situación hace miles de años -no entro en el debate sobre los hechos históricos que originaron y moldearon el texto-, sino con tantas y tantas otras que lo siguen viviendo hoy. ¿Recuerdas aquel dolor en el pecho, la falta de aire, el temor, la soledad, o el creer que incluso dios te había abandonado a tu suerte? Pues es similar al que tristemente siguen sintiendo hoy otras personas LGTBIQ que viven a nuestro alrededor. Personas que pueden no haber llegado siquiera a la adolescencia pero que, como nosotras no hace tanto, se debaten entre el poder LGTBIQfóbico esclavizante de Egipto y el de la muerte del Mar Rojo.

Podríamos intentar olvidarlo todo, hacer como que aquello no ocurrió, pero de manera inevitable volvemos continuamente a aquel lugar originario donde adquirimos una nueva identidad, la de ser hijos e hijas de un Dios liberador, porque allí recordamos que la dicotomía a la que se nos sigue obligando a escoger todavía hoy, entre esclavitud o muerte, es absolutamente falsa. La elección se da a otro nivel, creer a un dios fundamentalista que únicamente puede vernos como esclavos a los que es necesario someter y castigar por desear la libertad y la justicia, o en un Dios liberador que conoce el dolor de los seres humanos y se pone del lado de quienes lo padecen y en contra de quienes lo infringen. Y esa elección se repite y se repite constantemente en las decisiones que seguimos tomando en nuestro día a día, por eso es importante volver allí constantemente, frente al Mar Rojo, para recordar qué Dios fue el que nos liberó, y cuál el que quería esclavizarnos. “Yo soy el Señor tu Dios, el que te sacó del armario”, nos diría hoy, para después añadir: “No olvides por tanto al inmigrante, a la mujer maltratada, ni al niño vulnerable”. 

Y es que es verdad que la muerte no tiene la última palabra, lo sabemos por experiencia propia, el Mar Rojo puede parecer inmenso e infranqueable, pero el Dios liberador es capaz de partirlo en dos y dejar un camino de tierra seca por donde únicamente quienes anhelan la libertad pueden pasar. Por allí cruzamos, caminamos durante semanas, meses, años, maravillados de que la vida se abría paso de forma milagrosa. Y es importante compartir con quienes tenemos cerca que ese camino existe, que hay que atreverse a dar el paso y seguir hacia adelante, que el temor no puede ser la única forma posible para mantenerse con vida. Pero igualmente es importante que nosotros tampoco lo olvidemos nunca, porque las situaciones de opresión, aunque diferentes de aquella, siempre vuelven a repetirse. Vivir liberados exige constantemente decisiones valientes por el Dios liberador, y contra el dios de la opresión. La LGTBIQfobia no ha desaparecido, aunque ya no tenga el mismo poder sobre nosotros que cuando salimos de Egipto. Por eso cada día debemos seguir tomando decisiones valientes que hagan que nuestra vida no se rija por ella, sino por la liberación. Y es que el Señor no solo nos “sacó del armario”, sino que nos “saca de cualquier otro Egipto” cada día, y eso hay que afirmarlo, compartirlo, gritarlo, donde sea necesario.

Vivimos muchos tipos de éxodo a lo largo de la vida, cada uno con características bien diferentes. Pero es importante volver a poner nuestra mirada en aquel que nos cambió para siempre, el que nos proporcionó una existencia que no teníamos, el que únicamente fue posible por la intervención de un Dios que sintió nuestro dolor y actuó para liberarnos. Y al recordar ese éxodo que llevamos marcado a fuego dentro de nosotras, el resto de éxodos podemos afrontarlos de una manera más confiada. El Dios liberador está de nuestro lado. Sabemos que hay personas que todavía están frente al Mar Rojo atemorizadas, incapaces de dar un solo paso y sintiendo que no hay otra vida para ellas. Pero para las personas LGTBIQ que fuimos liberadas, en ese texto estamos nosotras mismas. No podemos leerlo sin ver delante nuestro al propio Moisés alzando su vara y partiendo en dos, por la gracia divina, aquel mar que nos paralizaba. Y en su actualización constante, afirmamos confiadamente que pase lo que pase: “Señor, con tu amor vas dirigiendo a este pueblo que salvaste; con tu poder lo llevas a tu santa casa”. (Ex 15,13).

Carlos Osma

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La autonomía radical del discípulo de Jesús

Miércoles, 16 de octubre de 2019

Scene 07/53 Exterior Galilee Riverside; Jesus (DIOGO MORCALDO) is going to die and tells Peter (DARWIN SHAW) and the other disciples this not the end.

Lc 14,25-33
José Rafael Ruz Villamil
Yucatán (México).

ECLESALIA, 04/10/19.- “Caminaba con él mucha gente…”. Con esta acotación, Lucas precisa que los destinatarios tanto de las dos sentencias como de las dos parábolas del texto en cuestión, vienen a ser aquéllos que acompañan a Jesús de Nazaret en su subida a Jerusalén: gente que camina con él, simpatizantes pues de la causa del Reino de Dios pero que no le siguen, esto es, que no han decidido ser discípulos suyos y a quienes advierte que, para serlo, es necesaria la autonomía total para enfrentar al establishment hasta las últimas consecuencias.

 Y es que resulta más que probable que quienes quieran seguir como discípulos al Galileo encuentren un escollo harto difícil de remontar en su propia familia. Y es que en la Palestina del primer tercio del siglo I, la familia suele ser un núcleo compacto que, girando en torno al paterfamilias, viene a ser una unidad de producción en la que cada miembro es como un engranaje necesario para su funcionamiento. Se trata, pues, de familias extensas en las que los varones al contraer matrimonio raramente devienen en familias nucleares, sino que se agregan al grupo aumentando, además, la fuerza de trabajo con la esposa y los hijos. Se echa de ver fácilmente que el destino de las mujeres habrá de ser el integrarse a la familia del marido en su rol de madre y de cuidadora de todo cuanto forme el menaje y la dinámica interna de la casa, o, en caso de permanecer solteras, hacer otro tanto en la propia casa.

A cambio, la familia brinda a sus miembros la seguridad económica no tanto como un asunto meramente monetario cuanto un estado de bienestar integral, a más de una posición en la sociedad estable y aceptada, asunto no menor ya que habrá de permitirle al individuo todo tipo de relaciones: transacciones comerciales exitosas, ocupación de puestos significantes en la estructura social, un matrimonio ventajoso, y más.

Ahora bien, para recibir los beneficios arriba apuntados, el individuo habrá de someterse a las necesidades de del núcleo doméstico y a los roles que le sean asignados en función de cubrir dichas necesidades. Dicho de otro modo, la autonomía personal resulta prácticamente impensable, a menos que medie la decisión de desafiar el peso de una institución que, para su propia supervivencia, acaba siendo harto conservadora e inmovilista. Tal desafío produce una situación de rechazo no sólo familiar sino también social: bien lo sabe Jesús habiendo constatado el repudio tanto de su familia como de sus coterráneos cuando, después de abandonar su rol de tékton —trabajador manual de piedra, madera y metal— en un alarde de autonomía radical, regresa a Nazaret como predicador itinerante.

Es por todo lo anterior que Jesús de Nazaret habla de “odiar” a la propia familia de una manera tan radical cuanto chocante. No cabe, empero, escándalo si se considera que Lucas respeta el giro semítico derivado del arameo de Jesús que suele expresar por un contraste —brutal para la sensibilidad contemporánea— lo que nuestras lenguas dicen por un comparativo de preferencia.

En cuanto a la cruz puede decirse que, de un modo análogo al rechazo que experimenta quien toma distancia del núcleo familiar por abrazar un proyecto autónomo, es la manera con la que Roma, que domina la Palestina de entonces, castiga a quienes manifiestan su autonomía frente a los requerimientos del Imperio. Así, la cruz se convierte en el destino final de quienes el poder romano considera sediciosos, esto es, todo aquel judío —más aún si es galileo— que muestre su desacuerdo u oposición a la ocupación. Así, el hablar de libertad, dignidad, autonomía, igualdad, justicia, en una palabra, optar por la fidelidad a la voluntad del Yahvé de Israel, acaba siendo sinónimo de sedición y, por consiguiente, de muerte en cruz. Una vez más, la experiencia de Jesús, sabedor de las crucifixiones ejecutadas por el Imperio, le permite prever con objetividad cuál puede ser el horizonte existencial de él y de quienes le siguen.

De este modo, la exigencia del Maestro de analizar y reflexionar antes de seguirle —tal como la propone en las parábolas de la construcción de la torre y de la guerra— muestran a un Jesús consciente de lo que supone ser discípulo suyo y que, lejos de engañar, invita al realismo. Y no vale pensar que lo hace con una invectiva contra la familia como si de un inadaptado social se tratase, ni mucho menos con un ofrecimiento de sufrimiento derivado de un masoquismo estéril. La decisión por el seguimiento de Jesús de Nazaret como discípulo trae consigo la propuesta —por demás seductora en cualquier caso de sometimiento— de la autonomía adulta a la que tiene derecho todo ser humano por el mero hecho de serlo, a pesar del costo que suponga la desaprobación y el rechazo de cualquier institución.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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“Eventos y catequesis”, por Gerardo Villar

Viernes, 11 de octubre de 2019

20190913224323-liderazgoLeo en un documento oficial de la iglesia que nos invita a participaren eventos y que quiere evangelizar con ellos: grandes concentraciones, consagración al Corazón Jesus, procesiones, manifestaciones romerías, peregrinaciones…

Me da mucho miedo el intentar educarnos en la fe cristiana a base de eventos, de acontecimientos solemnes y llamativos.

Encuentro que en muchas parroquias hay cuatro o cinco hechos llamativos, seductores, chocantes, multitudinarios. Ahí cantamos, llevamos pancartas (estandartes) imágenes… Y veo que hasta surgen lágrimas conmovidos por esa imagen de nuestra señora o de tal santo. Me parece mucho más educativo una catequesis, un seguimiento constante descubriendo el evangelio y descubriéndolo en nuestras vidas, día a día, semana a semana.

Ha habido en la comunidad eclesial y sigue existiendo un método de revisión de vida: ver, juzgar y actuar. Ese sistema sí que me ayuda a descubrir la realidad en profundidad, a ver valores y contravalores humanos y evangélicos, a ir transformando poco a poco esa realidad que vemos y que usamos. La religiosidad eventual no me llega a lo hondo del corazón. Las cuatro lágrimas me conducen a entregar un ramo de flores, a ir descalzo, a hacer actos puntuales de penitencia o de generosidad, pero no llegamos a cambiar las motivaciones del corazón y de la mente.

No podemos olvidar que nuestra meta como cristianos es cambiar la realidad e irla conformando con el Reino de Dios. Eso exige trabajo constante día a día, reunión a reunión, acción a acción. La oración que surge de ahí, nos trastoca, convierte los valores, mueve los corazones. Mientras caminemos en la iglesia con eventos puntuales, no construimos el Reino de Jesús. ¿Qué queda de los encuentros del papa con los jóvenes o de las visitas papales a distintos lugares? ¿Qué queda de los años de jubileo, que suponen fuertes gastos económicos? Más sencillo y más cercano ¿qué queda cada año de las procesiones y de las ofrendas de flores en la fiesta de María?

Jesús iba constantemente recorriendo pueblos, hablando con las personas, anunciando mensajes. Y cuando ya veía que aquello se podía convertir en evento, se iba a otra parte a predicar y sanar.

Vamos comprobando que la fuerza del Evangelio llega a las personas por el anuncio de tú a tú, por la lectura personal, por la oración, por el encuentro en pequeños grupos. Temo los eventos y no creo en ellos. Me fío más de la semilla sencilla sembrada en el campo, grano a grano. Y si en alguna ocasión se da un hecho, que sea significativo por los valores evangélicos y que luego lleve consigo una catequesis que eduque y evangelice.

Me da mucho miedo una pastoral a base de eventos llamativos, que se quedan en flores, cohetes, andas e imágenes. Se educa persona a persona, transmitiendo el Mensaje de Jesús persona a persona.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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Francisco de Asís, vestido de Evangelio

Viernes, 4 de octubre de 2019

En la fiesta del cristiano por excelencia, Francisco, el Poverello de Asís… Siguiendo su ejemplo, se nos invita a despojarnos  de todo lo superfluo y revestirnos con la desnudez del Evangelio:

S.Francesco'StripBenedetto

Francisco, hijo de un rico comerciante de Asís, nació en 1181 (o 1182). Disuadido de sus ideales de gloria caballeresca a raíz de las experiencias decisivas de su encuentro con los leprosos y de la oración ante el crucifijo en la iglesia de San Damián, Francisco abandonó su familia y comenzó una vida evangélica de penitencia. Con los numerosos compañeros que muy pronto se unieron a él, comprendió que estaba llamado a vivir el Evangelio sine glossa, como fraternidad de menores a ejemplo de Jesús y de sus discípulos. Al año siguiente a la aprobación de la Regla y vida de los hermanos menores en  1223 por el papa Honorio III, Francisco recibió los estigmas del Crucificado, sello de la conformidad con su único Señor y Maestro. Cuando murió, en 1226, Francisco era un hombre extenuado por la fatiga y por las enfermedades y, al mismo tiempo, un hombre reconciliado con el sufrimiento, consigo mismo y con toda criatura. Fue canonizado en 1228 y es patrono de Italia y de los ecologistas.

***

“Altísimo y omnipotente buen Señor,
tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición.

A ti solo, Altísimo, te convienen
y ningún hombre es digno de nombrarte.

Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas,
especialmente en el Señor hermano sol,
por quien nos das el día y nos iluminas.

Y es bello y radiante con gran esplendor,
de ti, Altísimo, lleva significación.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana luna y las estrellas,
en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano viento
y por el aire y la nube y el cielo sereno y todo tiempo,
por todos ellos a tus criaturas das sustento.

Alabado seas, mi Señor por la hermana Agua,
la cual es muy humilde, preciosa y casta.

Alabado seas, mi Señor, por el hermano fuego,
por el cual iluminas la noche,
y es bello y alegre y vigoroso y fuerte.

Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra,
la cual nos sostiene y gobierna
y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas.

Alabado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor,
y sufren enfermedad y tribulación;
bienaventurados los que las sufran en paz,
porque de ti, Altísimo, coronados serán.

Alabado seas, mi Señor, por nuestra hermana muerte corporal,
de la cual ningún hombre viviente puede escapar.
Ay de aquellos que mueran en pecado mortal.
Bienaventurados a los que encontrará en tu santísima voluntad
porque la muerte segunda no les hará mal.

Alaben y bendigan a mi Señor
y denle gracias y sírvanle con gran humildad…”

*

San Francisco de Asís.
Cántico de las Criaturas

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***

Su vida estuvo enteramente caracterizada -hasta el momento de la conversión- por la búsqueda de un modelo que pudiera educar y plasmar su natural propensión al canto.

Lo encontró de repente en el Señor Jesús, en la belleza de su vida narrada por el Evangelio y, en particular, en el luminoso canto nuevo de su muerte en la cruz.

Dejó que la pasión marcara cada uno de sus pasos y afinara de manera progresiva todas las fibras de su persona con la humanidad del Hijo de Dios, que se entregó por completo a sí mismo por nosotros.

Francisco oró así: «Te ruego, oh Señor, que la ardiente y dulce fuerza de tu amor arrebate mi mente de todas las cosas que hay bajo el cielo, para que muera yo de amor por tu amor, como tú te dignaste morir por amor a mi amor» (oración Absorbeat).

Su camino estuvo siempre acompañado por confirmaciones y consuelos. Su predicación y su ministerio tocaron el corazón de las personas y suscitaron decisiones de conversión y de reconciliación.

Su manera de seguir radicalmente al Señor se volvió, cada vez más, casa hospitalaria para otros muchos hermanos y hermanas, que encontraron en su itinerario personal una modalidad radical y actual de interpretar y vivir el Evangelio de la nueva estación histórica que avanzaba. Sin embargo, en el tiempo del monte Alverna, parece apagarse el canto fluente.

En esta estación encuentra Francisco la prueba más terrible: las fatigas originadas por un movimiento que se institucionaliza -que pierde en intensidad evangélica y llega incluso a dudar sobre la posibilidad de que sea integralmente practicable su estilo de vida- repercuten en su misma fe.

La pregunta sobre la verdad de sus intuiciones más profundas y la duda sobre el origen divino de su proyecto de vida resuenan en un silencio opresor en el que Dios no parece hablarle ya, a pesar de haberlo buscado con tanta tenacidad.

Francisco experimenta el abandono de Dios y se retira de los hermanos para no mostrar su semblante, que ha perdido la serenidad habitual. El canto nuevo, por consiguiente, no le fue dado en un momento de paz y consolación, sino en un momento en el que -como dice el salmista- «fallan los cimientos» (Sal 11,3) y todas las seguridades parecen hundidas

*

C. M. Martini – R. Cantalamessa,
La cruz como raíz de la perfecta alegría,
Verbo Divino, Estella 2002, pp. 15-16).

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Leer también: “Francisco de Asís, en quien el ser humano resultó bien”, por Leonardo Boff

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“El reto de los católicos”, por Gabriel Mª Otalora

Viernes, 20 de septiembre de 2019

Abusos-sexuales-Iglesia_2111498844_13506057_660x371De su blog Punto de Encuentro:

Regularmente leemos cómo va mermando la influencia de la Iglesia Católica entre la población. Ya lo adelantó el sociólogo Javier Elzo cuando pronosticó que esta iglesia va camino de convertirse “en una secta en el sentido sociológico o numéricamente”. Para algunos es una buena noticia constatar que después de tantos años y siglos de ominosa influencia clerical, empieza a abrirse una ventana laicista, pues todo apunta a que la tendencia se agudizará produciendo en la población un alejamiento aún mayor, tanto de las prácticas religiosas como de la influencia social que transmiten los mensajes de la jerarquía eclesiástica.

Para otros, el informe es una mala noticia, una más, preocupados como están por la marea anticlerical y la indiferencia religiosa. Hay un tercer grupo, en fin, que dentro de la turbación, encuentran más motivos de esperanza que de abatimiento porque perciben la situación actual como una invitación a recuperar los genuinos valores del Reino, eclipsados en buena parte por los propios católicos, a menudo irreconocibles en su ejemplo; jerarcas incluidos, por las tantas veces que ni siquiera ven con buenos ojos la laicidad lo cual solo encabrita y aleja al rebaño en lugar de apacentarlo como haría un buen pastor.

No es menos cierto que la indiferencia religiosa posmoderna es un problema de nuestro tiempo, que ha venido a completar el pensamiento dominante de que Dios impide una auténtica humanidad por ser ambas incompatibles ¿Deformación o ignorancia? ¿El mensaje estorba? Se ha llegado a proclamar la muerte de Dios (Nietzsche) y lanzado la sospecha envenenada de que cuando Dios gana, el hombre es el que pierde; y viceversa. Nuestro ambiente está marcado por una cultura de profunda increencia religiosa que ha dado paso a otros dioses como la tecnología, la razón de Estado, el consumismo, etc., que crecen robustos al ser considerados y aceptados como fines en sí mismos junto a creencias espiritistas y ocultistas de muy diverso signo.

Yo me encuentro entre los católicos esperanzados que creen posible hacer más visible el valor de la Buena Nueva evangélica. ¿Qué es lo que nos falta para transmitir la experiencia liberadora de nuestra religión? Nunca es mal momento para que cada uno se haga esta pregunta.

Para empezar, falta experiencia religiosa en los propios católicos, quizá por retozar demasiado en la sociedad de consumo fiado todo a los ritos y plegarias superficiales. Nos falta mucha humildad para reconocer que el Espíritu no es patrimonio nuestro, que Jesús estuvo buscando a los apestados de su época, y no precisamente para condenarlos sino para transmitirles un chorro de amor que transformaba a cuántos tenían la mínima predisposición a abrirse a Él; y que sus palabras más duras las reservó para los soberbios sepulcros blanqueados, grandes profesionales de la historia de la salvación. Nos falta valentía para vivir más solidariamente, y sobre todo, dejarle a Dios que actúe a través de nuestras manos, viviendo a su imagen y semejanza con el ejemplo y cuando hace falta, la denuncia profética.

Para colmo, muchos de los que niegan a Dios, le están afirmando con su actitud y su conducta. No tienen fe, pero sus hechos trabajan en la dirección de los valores del Evangelio, incluso cuando recriminan la tendencia a apoderarnos de Dios para domeñarlo a nuestra horma. No fue un teólogo quien afirmó que “si Dios no es amor, no vale la pena que exista”, sino Henry Miller. Nuestro reto pasa por recuperar la práctica del espíritu de las bienaventuranzas y volver a experimentar la felicidad que viene de Dios alejando las actitudes que se convierten en causa de desconcierto para quienes buscan sinceramente pero se encuentran con la caricatura de la religión que mueve más al escándalo que a la conversión.

Tal vez, uno de los fracasos más graves de la Iglesia católica sea el no saber presentar a Dios como amigo de la felicidad del ser humano. Sin embargo, estoy convencido de que el hombre contemporáneo sólo se interesará por Dios si intuye que puede ser fuente de felicidad. Se nos olvida que el Evangelio es una respuesta a ese anhelo profundo de felicidad que habita en nuestro corazón. Quizá sea por tantos olvidos por lo que aceptamos pasivamente la consideración de “católico practicante” a quien acude a misa los domingos, en lugar de llamarle así al que vive el Evangelio dentro y fuera del templo.

Si Cristo no es un anhelo para millones de desnortados, buena parte de las causas nacen en nosotros. En este sentido, releamos la parábola del fariseo y el publicano. En su texto encontraremos algunas claves de lo que puede que nos esté pasando sin pensar siquiera que sus palabras se dirigen precisamente a nosotros

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Me voy al combate.

Domingo, 8 de septiembre de 2019

Del blog Pays de Zabulon:

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Me voy al combate

Sostenme,
Por favor,
con tu silencio
con Tu presencia,
Con tu ausencia.

Salgo a combatir.

Tú sabes,
El buen combate.
Contra mí mismo.
Contra mi dependencia,
Contra lo que me encadena,
Contra lo que me oprime.

Salgo a combatir.
Para estar libre y disponible.

Eres tú quien me has dado la fuera
Para ir al combate.

Tú  eres un amigo extraordinario.

No sé si esperas,
Pero me gustaría poder decir:
No volveré
Hasta que haya ganado.
No sé si voy a ganar.
No sé.

Eres tan fuerte, tú.
A pesar de tu juventud.
Eres tan fuerte,
¿Me esperarás
¿Me esperarás?
Tienes tantas otras cosas
Que vivir.

Sin embargo, lo haré.
Me voy al combate.

Es por ti,
Es por mí.

Es por mí.

Es por tu causa,
Porque eres un amigo exigente.

Y aunque estés ausente
Cuando vuelva,

Tu presencia tan tenue es un regalo precioso.

Z – 11 mayo 2016

Fuente Foto : Blake Griffin, jugador americano de basket-ball.

***

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:

“Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?

No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.”

¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil?

Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.”

*

Lucas 14, 25-33

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Jerusalén es para mí el lugar más bello y más querido del mundo. En Jerusalén está la capilla del Calvario, en la basílica del Santo Sepulcro. Algunos de vosotros ya habéis estado en ella, otros iréis ciertamente, antes o después. Subiendo una serie de escalones, se llega a una capilla donde hay un pequeño altar reservado a los monjes griegos, y allí podemos detenernos a orar. Bajo el altar se ve un orificio que pretende recordar el lugar donde fue clavado el leño de la cruz de Jesús. Delante, una gran tabla pictórica bizantina: Jesús en la Cruz, la Virgen María, el evangelista Juan, María Magdalena. He pasado en esa pequeña capilla muchísimas horas de mi vida y no me he cansado nunca de permanecer mucho tiempo, en oración silenciosa, sin conseguir decir nada especial. Estaba allí, y sentía que estaba en el centro del mundo, comprendí que el mundo se manifestaba en su verdad sólo si era mirado desde arriba de la cruz y con la mirada de Jesús.

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Todavía ahora continúo con esta oración fundamental que es la contemplación de la cruz como significado y clave de toda la historia humana. No hay persona, no hay acontecimiento humano que no tenga su punto de referencia en la escucha contemplativa del mensaje de la cruz. Por consiguiente, le pido a Jesús esta gracia para cada uno de vosotros: que podáis contemplar, cada vez más, la luz que se desprende de su cruz, para referir a ella todas las realidades de vuestra vida y todas las realidades de la historia.

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Carlo María Martini,
Tú me sondeas y me conoces,
Editorial Verbo Divino 1995.

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“Todo por la perla”, por Carlos Osma

Viernes, 6 de septiembre de 2019

perlasparahombre2De su blog Homoprotestantes:

“El Reino de los Cielos se parece a un mercader que busca perlas finas; al encontrar una perla de enorme valor, fue, vendió todo lo que tenía y la compró” (Mt 13, 45-46).

Durante estos últimos días varias personas han hecho que esta pequeña parábola, como las perlas a las que hace referencia, resuene dentro de mí. Lo de resonar dentro de mí queda como muy profundo y rimbombante, quizás sería mejor decir que la han puesto delante de mí para que me grite: “¡No ves, lo importante es comprar la perla!”. Mi primera respuesta fue la indiferencia y, por qué no decirlo, el menosprecio, ya que uno prefiere sentirse interpelado por parábolas de verdad como la del hijo pródigo o el buen samaritano. Parábolas con buenos y malos, con tramas interesantes y finales felices. Pero poco a poco, esta perla en mi zapato, se ha ido abriendo paso hasta llegar a dispararme a quemarropa la pregunta: “¿Cuál es la perla por la que dejarías todas las demás?”.

Si pudiésemos comparar al mercader con un hombre o mujer de negocios de la actualidad, concretamente con esa minoría que se enriquece hábil y honradamente, sacando el máximo beneficio a su trabajo y a su instinto -hay pocos, pero los hay-, la parábola no sería nada incómoda. Incluso las asociaciones cristianas de hombres y mujeres LGTBIQ de negocios la pondrían como ejemplo en sus encuentros anuales, o las de familias LGTBIQ evangélicas la utilizarían para motivar a sus hijas e hijos y convertirlas en personas de éxito. Pero lamentablemente, que yo sepa estas asociaciones no existen -animo a su creación-, y lo que es aún más importante para entender la parábola: los mercaderes tienen muy mala fama en la Biblia. Así que, si queremos dejarnos interpelar por ella, hay que ver en el protagonista a una persona más bien poco deseable. No hay que hacer cinco masters en teología bíblica para saber que los judíos que se dedicaban a hacer negocios, sobre todo con extranjeros, con personas no judías, eran vistos con recelo. El evangelio de Tomás, más o menos contemporáneo del de Mateo, aclara lo que estoy diciendo cuando afirma que “comerciantes y mercaderes no entraran en los lugares de mi Padre” (EvTom 64)

Por tanto, lo que nos estaría diciendo la parábola es que el Reino de los Cielos se parece a un indeseable que no puede entrar en los lugares de mi Padre. Será por eso que a las personas LGTBIQ cristianas que estamos hartas de que nos digan que no somos bien recibidas en los santos lugares, esta parábola puede parecernos poco atractiva. Y nos gustaría escuchar algo más inclusivo, cariñoso y empático. Pero las parábolas de Jesús son así, y en esta se nos invita a dejar a un lado todos nuestros discursos de justicia, las ansias de aceptación, el esfuerzo titánico por parecer cristianos perfectos, para identificarnos con un personaje abyecto. Y nos molesta, la verdad, porque cuando lo hacemos, reconocemos que en realidad en nosotras hay también una parte de comerciante y de mercader, y que no somos la imagen perfecta que tratamos de mostrar para poder ser merecedores de los lugares de mi Padre. Y entonces, nos planteamos que a lo mejor lo que puede querer decirnos esta parábola es que el Reino de los Cielos es para personas reales, que no se esfuerzan en parecer otra cosa, que no gastan sus energías en ser aceptados por los demás, sino que asumen quienes son, con sus virtudes y sus defectos, con los errores cometidos y también los aciertos, con los fracasos que arrastran y el amor que atesoran. Personas que jamás se atreverían a ponerse ellas mismas como ejemplo de lo que es el Reino de los Cielos.

Pero releyéndola, creo que he cometido el error de identificar el Reino de los Cielos con el personaje, y no tanto con lo que este hace. Es decir, me he quedado con la etiqueta de indeseable, olvidando que quizás en su comportamiento se nos puede estar dando la clave de lo que Jesús quería transmitir. Nuestro mercader buscaba perlas finas, joyas que la mayoría de la población no había visto, y que tenían un gran valor, superior incluso al de los rubíes. Así que no era un pequeño mercader, sino alguien acostumbrado a cruzar fronteras en busca de perlas finas. El Reino de los Cielos sería por tanto semejante a ese moverse, traspasar límites, buscar algún tesoro sin descanso hasta encontrarlo. Y la verdad es que, si eso es el Reino, si eso es lo que se nos pide, echando la vista atrás las personas LGTBIQ podemos estar tranquilas. Hemos traspasado límites como nadie, y entre las piedras que nos lanzaron mientras lo hacíamos, supimos encontrar las perlas más bellas para hacernos un collar con ellas. Collares que para muchos van contra los ideales del Reino: “Que las mujeres se contenten con un vestido decoroso, que se adornen con recato y modestia, no con peinados artificiosos, ni con oro, perlas o vestidos costosos” (1 Tim 2,9), pero que para Jesús, son la prueba de haberlo encontrado.

Sin embargo, el error de fondo de mi interpretación, es que todo lo dicho hasta ahora no interpela, o al menos no nos sitúa ante la necesidad imperiosa de tomar una decisión trascendental. Es únicamente palabrería con la que jugar para que la parábola diga lo que queremos escuchar: Os ha costado, pero lo habéis conseguido, tenéis las perlas, incluso os habéis hecho un collar con ellas, sois felices, no necesitáis nada más. Y es entonces cuando algunas personas con las que te encuentras te obligan a poner los ojos en la última frase, que es la que realmente desestabiliza: “al encontrar una perla de enorme valor, fue, vendió todo lo que tenía y la compró”. Un mercader lo deja todo por una perla, sus posesiones, e incluso su propia identidad, ya que su voluntad final no parece ser la venta de la perla, sino la perla misma. Ha encontrado aquello que tiene un valor enorme, más que el resto, y por esa razón no duda un momento en dejar atrás todo lo que tiene para conseguirlo. La parábola no dice que la perla de gran valor es el Reino, sino que más bien es la acción de este mercader la que nos intenta mostrar cómo es. Y quienes decimos querer construirlo, necesariamente tenemos que preguntarnos si sabríamos distinguir cual es la piedra de gran valor y si seríamos capaces de jugárnoslo todo por ella. ¿Qué es realmente lo que tiene valor? ¿Lo ponemos todo en juego para conseguirlo? ¿Estamos construyendo el Reino?

Noemí trabajaba en la iglesia el tema de la inclusividad de las personas LGTBIQ, pero su iglesia decidió que la inclusividad no era para ella prioritaria. Podría haber hecho como que no se daba por enterada y seguir disfrutando de las perlas que le ofrecía el puesto que ocupaba. Pero decidió salir de allí, involucrarse con un grupo de mujeres trans que vivían en situaciones de exclusión. Ellas son su perla de gran valor. Sergio es el primer pastor abiertamente gay de su iglesia, hubiera podido -como tantos- ocultarlo para evitarse más de un problema. Pero él dice que se siente como una cuña que mantiene abierto un espacio en la iglesia para que otras personas LGTBIQ puedan acceder a ella sin necesidad de engañar a nadie. Lo tiene muy claro, esa es su perla de gran valor. Andrés era un sacerdote tan querido como armarizado, hubiera tenido todas las piedras preciosas que quisiera: reconocimiento, cargos…, pero la dignidad y la honestidad consigo mismo y con los demás es su perla de gran valor. Por eso lo abandonó todo y fue en busca de ella. Julia dejó atrás, no solo su identidad como hombre, sino también la posibilidad de ordenarse como sacerdote. Hace unos días, mientras tomábamos un café, me preguntaba si en una iglesia protestante una mujer trans podría servir a los demás sin ser discriminada. Conoce como nadie la exclusión, pero tiene muy claro que el servicio a los demás, es su perla de gran valor.

Estas, y otras muchas personas, han puesto la parábola frente a mí de una manera nueva a como la había entendido antes. Esperamos y queremos colaborar en la construcción del Reino, o al menos eso creemos. Pero para ello es necesario tener primero claro qué es lo que debemos hacer, preguntándonos qué es lo que realmente tiene valor. Y cuando tengamos la respuesta -que la mayoría de las veces ya sabemos cuál es-, entonces debemos valorar si E019B877-C5AB-4A73-9603-A97C044EA350estamos dispuestos a hacerlo, a dejarlo todo por la perla. Ese es el mensaje de la parábola, que el Reino es el abandono de lo que parece valioso, de todo lo que tenemos y nos puede dar seguridad, por algo que a algunos les puede parecer pecaminoso, pero que nosotras sabemos que es lo que en realidad tiene valor. Yo estoy ante esta decisión, e imagino que muchas otras personas que me leen estarán igual que yo, valorando si vale la pena dejarlo todo, por la perla de enorme valor. Difícil decisión.

Carlos Osma

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La puerta estrecha: Gracia cara vs. Gracia barata…

Domingo, 25 de agosto de 2019

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La gracia barata es el enemigo mortal de nuestra Iglesia. Hoy combatimos en favor de la gracia cara

La gracia barata es la gracia considerada como una mercancía que hay que liquidar, es el perdón malbaratado, el consuelo malbaratado, el sacramento malbaratado, es la gracia como almacén inagotable de la Iglesia, de donde la toman unas manos inconsideradas para distribuirla sin vacilación ni límites; es la gracia sin precio, que no cuesta nada.

Porque se dice que, según la naturaleza misma de la gracia, la factura ha sido pagada de antemano para todos los tiempos. Gracias a que esta factura ya ha sido pagada podemos tenerlo todo gratis. Los gastos cubiertos son infinitamente grandes y, por consiguiente, las posibilidades de utilización y de dilapidación son también infinitamente grandes. Por otra parte, ¿qué sería una gracia que no fuese gracia barata?

La gracia barata es la gracia como doctrina, como principio, como sistema, es el perdón de los pecados considerado como una verdad universal, es el amor de Dios interpretado como idea cristiana de Dios. Quien la afirma posee ya el perdón de sus pecados.

La Iglesia de esta doctrina de la gracia participa ya de esta gracia por su misma doctrina. En esta Iglesia, el mundo encuentra un velo barato para cubrir sus pecados, de los que no se arrepiente y de los que no desea liberarse. Por esto, la gracia barata es la negación de la palabra viva de Dios, es la negación de la encamación del Verbo de Dios.

La gracia barata es la justificación del pecado y no del pecador.

Puesto que la gracia lo hace todo por sí sola, las cosas deben quedar como antes. «Todas nuestras obras son vanas». El mundo sigue siendo mundo y nosotros seguimos siendo pecadores «incluso cuando llevamos la vida mejor». Que el cristiano viva, pues, como el mundo, que se asemeje en todo a él y que no procure, bajo pena de caer en la herejía del iluminismo, llevar bajo la gracia una vida diferente de la que se lleva bajo el pecado. Que se guarde de enfurecerse contra la gracia, de burlarse de la gracia inmensa, barata, y de reintroducir la esclavitud a la letra intentando vivir en obediencia a los mandamientos de Jesucristo. El mundo está justificado por gracia; por eso -a causa de la seriedad de esta gracia, para no poner resistencia a esta gracia irreemplazable- el cristiano debe vivir como el resto del mundo.

Le gustaría hacer algo extraordinario; no hacerlo, sino verse obligado a vivir mundanamente, es sin duda para él la renuncia más dolorosa. Sin embargo, tiene que llevar a cabo esta renuncia, negarse a sí mismo, no distinguirse del mundo en su modo de vida.

Debe dejar que la gracia sea realmente gracia, a fin de no destruir la fe que tiene el mundo en esta gracia barata.

Pero en su mundanidad, en esta renuncia necesaria que debe aceptar por amor al mundo -o mejor, por amor a la gracia- el cristiano debe estar tranquilo y seguro (securus) en la posesión de esta gracia que lo hace todo por sí sola. El cristiano no tiene que seguir a Jesucristo; le basta con consolarse en esta gracia. Esta es la gracia barata como justificación del pecado, pero no del pecador arrepentido, del pecador que abandona su pecado y se convierte; no es el perdón de los pecados el que nos separa del pecado. La gracia barata es la gracia que tenemos por nosotros mismos.

La gracia barata es la predicación del perdón sin arrepentimiento, el bautismo sin disciplina eclesiástica, la eucaristía sin confesión de los pecados, la absolución sin confesión personal. La gracia barata es la gracia sin seguimiento de Cristo, la gracia sin cruz, la gracia sin Jesucristo vivo y encarnado.

La gracia cara

La gracia cara es el tesoro oculto en el campo por el que el hombre vende todo lo que tiene; es la perla preciosa por la que el mercader entrega todos sus bienes; es el reino de Cristo por el que el hombre se arranca el ojo que le escandaliza; es la llamada de Jesucristo que hace que el discípulo abandone sus redes y le siga.

La gracia cara es el Evangelio que siempre hemos de buscar, son los dones que hemos de pedir, es la puerta a la que se llama. Es cara porque llama al seguimiento, es gracia porque llama al seguimiento de Jesucristo; es cara porque le cuesta al hombre la vida, es gracia porque le regala la vida; es cara porque condena el pecado, es gracia porque justifica al pecador. Sobre todo, la gracia es cara porque ha costado cara a Dios, porque le ha costado la vida de su Hijo -«habéis sido adquiridos a gran precio»– y porque lo que ha costado caro a Dios no puede resultamos barato a nosotros. Es gracia, sobre todo, porque Dios no ha considerado a su Hijo demasiado caro con tal de devolvernos la vida, entregándolo por nosotros. La gracia cara es la encarnación de Dios.

La gracia cara es la gracia como santuario de Dios que hay que proteger del mundo, que no puede ser entregado a los perros; por tanto, es la gracia como palabra viva, palabra de Dios que él mismo pronuncia cuando le agrada. Esta palabra llega a nosotros en la forma de una llamada misericordiosa a seguir a Jesús, se presenta al espíritu angustiado y al corazón abatido como una palabra de perdón.

La gracia es cara porque obliga al hombre a someterse al yugo del seguimiento de Jesucristo, pero es una gracia el que Jesús diga: «Mi yugo es suave y mi carga ligera».

*

Dietrich Bonhoeffer
El precio de la Gracia. El Seguimiento
Ediciones Sígueme, Salamanca 2004

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En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.

Uno le preguntó:

“Señor, ¿serán pocos los que se salven?”

Jesús les dijo:

“Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo: “Señor, ábrenos”; y él os replicará: “No sé quiénes sois.”

Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas.”

Pero él os replicará: “No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.”

Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.

Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.”

*

Lucas 13, 22-30

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“Hagamos camino”, por Carmen Notario

Lunes, 19 de agosto de 2019

camino-viaRecuerdo aquella foto con multitud de raíles de tren que escogí en aquella dinámica de foto-palabra que empleábamos en los 70s para hablar de lo que pensábamos y sentíamos. Tantos caminos por escoger: carrera, dirección de vida… compañer@s de camino.

¿Por qué a una edad tan temprana eliges un camino del que quizá te arrepientas y descubras que no era el tuyo? El camino no es un estado ni siquiera un estilo de vida sino una opción por no dar la espalda a lo evidente; otro nivel de conciencia diríamos hoy.

Muy pronto entendí que profundizar en la visión del ser humano desde Jesús de Nazaret no era cerrarse en un paso angosto de poca perspectiva, sino más bien zambullirse en un océano inmenso de amplitud de miras cada vez más amplio, sin límite de tiempo y espacio. Nada más lejos de una visión moralista del mundo, ni de una búsqueda de crecimiento personal apartándose de lo que pudiera “contaminar” la búsqueda de perfección.

El camino de Jesús es un camino de perdón y reconciliación, de pasar por encima de todos los juicios y prejuicios que nos separan y dividen, apuntando a una unión con todos y con todo en lo que hemos entendido como “reino de Dios”.

Hablamos mucho y discutimos sobre ello los que vemos la vida desde perspectivas muy diferentes, a veces casi opuestas… pero qué difícil es poner toda la carne en el asador y arriesgarse.

No son tan importantes las decisiones y los caminos tomados a lo largo de todos estos años; algunas han sido decisiones propias, otras han venido como circunstancias inesperadas y todas me han hecho ser quien soy hoy…

Como tanta gente he experimentado el rompimiento de relaciones, a veces como propia iniciativa y otras a instancia de las otras personas, sin entender, siempre con dolor, tanto por el daño causado como por el recibido.

Vivo con desconcierto el inmenso sufrimiento provocado por la jerarquía de la Iglesia Católica, Romana, a tantísima gente de todas las naciones, de diferente género, condición social y la pasividad de tantísimas personas que sin ser parte de la jerarquía más poderosa consiente con su falta de definición que todo continúe como está y eligen el camino más fácil, el de la pasividad.

Como les pasa a los montañer@s, muchos días, al levantarme parece como si la niebla quisiera arrebatarme las líneas del camino y sigo más por lo que sé que por lo que veo.

Sin embargo, muchas personas han hecho camino delante de mí y me han allanado tanto la ruta que el gozo sólo es posible pensando en hacer lo mismo para otr@s.

Siempre son profetas, aunque no griten en las calles porque tienen la Palabra de Dios en sus bocas y en sus vidas. A veces han sido gente pobre, marginada, en las cunetas de la vida; otras, personas con preparación que han entendido que el Reino es poner todo lo que tienes y eres al servicio de los demás, de toda la Creación.

No buscaban ser comprendidas, casi nunca lo son. Son conscientes con ese nivel de conciencia que les sitúa no en un nivel superior pero sí diferente. No hay mayor gozo que hacer aunque sea parte del camino, con ellas; intuyes el nivel de unidad al que estamos llamad@s.

Hoy recuerdo el principio de un camino que empezó en 1976. En unas semanas celebraré haber encontrado más compañeras que me abren perspectivas si es posible de más libertad, de más conciencia. Asumo este compromiso con gran gozo porque no soy yo la protagonista. QUE TODO SEA UNO es el carisma de esta nueva comunidad que extiende sus brazos para acoger a todos y a todo. Que sepamos ser y hacer camino ahora y siempre.

Carmen Notario

8 julio 2019 (espiritualidadintegradoracristiana.es)

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“Seguidora fiel de Jesús”. Asunción de María – C (Lucas 1,39-56)

Jueves, 15 de agosto de 2019

20-Asunción-385x1024Los evangelistas presentan a la Virgen con rasgos que pueden reavivar nuestra devoción a María, la Madre de Jesús. Su visión nos ayuda a amarla, meditarla, imitarla, rezarla y confiar en ella con espíritu nuevo y más evangélico.

María es la gran creyente. La primera seguidora de Jesús. La mujer que sabe meditar en su corazón los hechos y las palabras de su Hijo. La profetisa que canta al Dios, salvador de los pobres, anunciado por él. La madre fiel que permanece junto a su Hijo perseguido, condenado y ejecutado en la cruz. Testigo de Cristo resucitado, que acoge junto a los discípulos al Espíritu que acompañará siempre a la Iglesia de Jesús.

Lucas, por su parte, nos invita a hacer nuestro el canto de María, para dejarnos guiar por su espíritu hacia Jesús, pues en el «Magníficat» brilla en todo su esplendor la fe de María y su identificación maternal con su Hijo Jesús.

María comienza proclamando la grandeza de Dios: «mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava». María es feliz porque Dios ha puesto su mirada en su pequeñez. Así es Dios con los sencillos. María lo canta con el mismo gozo con que bendice Jesús al Padre, porque se oculta a «sabios y entendidos» y se revela a «los sencillos». La fe de María en el Dios de los pequeños nos hace sintonizar con Jesús.

María proclama al Dios «Poderoso» porque «su misericordia llega a sus fieles de generación en generación». Dios pone su poder al servicio de la compasión. Su misericordia acompaña a todas las generaciones. Lo mismo predica Jesús: Dios es misericordioso con todos. Por eso dice a sus discípulos de todos los tiempos: «sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso». Desde su corazón de madre, María capta como nadie la ternura de Dios Padre y Madre, y nos introduce en el núcleo del mensaje de Jesús: Dios es amor compasivo.

María proclama también al Dios de los pobres porque «derriba del trono a los poderosos» y los deja sin poder para seguir oprimiendo; por el contrario, «enaltece a los humildes» para que recobren su dignidad. A los ricos les reclama lo robado a los pobres y «los despide vacíos»; por el contrario, a los hambrientos «los colma de bienes» para que disfruten de una vida más humana. Lo mismo gritaba Jesús: «los últimos serán los primeros». María nos lleva a acoger la Buena Noticia de Jesús: Dios es de los pobres.

María nos enseña como nadie a seguir a Jesús, anunciando al Dios de la compasión, trabajando por un mundo más fraterno y confiando en el Padre de los pequeños.

José Antonio Pagola

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Asunción. La meta de la Iglesia está en el cielo, como María, no en el poder.

Jueves, 15 de agosto de 2019

im22090asuncion-maria-02jpgDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

El dogma de la Asunción de María.

         La tradición de la Asunción (y veneración) de la Virgen proviene más bien de la Iglesia bizantina (Oriente). Sin embargo la definición del dogma de la Asunción es muy reciente. Fue el papa Pío XII, quien el 1 de noviembre de 1950, propuso a la fe de la iglesia que María, la madre del Señor fue llevada a los cielos en cuerpo y alma.

         Más allá y antes de la definición del dogma, siempre ha estado presente en la memoria de la iglesia que María terminó con su hijo, Jesús, en la casa del Padre, en el cielo.

  1. transfiguración – ascensión.

         Hace unos días, el 6 de agosto, celebrábamos la fiesta de la Transfiguración del Señor. JesuCristo en una montaña estaba cubierto por una nube, que representa la presencia de Dios en Jesús. La nube protegía del rigor del calor a su pueblo en el desierto de la vida hacia la libertad y hacia la tierra de promisión.

         La misma nube, Dios, les quitó a los discípulos de su vista a Jesús en la Ascensión. Jesús volvió al Padre, que dice San Juan. Jesús terminó en Dios Padre.

         Se trata de vivir y caminar por la vida en el ámbito de Dios, protegidos por Dios, cubiertos por Él, por su nube. El hálito de Dios hace ver y entender la vida de un modo pleno y con horizontes insospechados (el cielo).

  1. María vivió y terminó en Dios: Asunción.

         María fue una mujer, por tanto humana; no fue una diosa. María “no tiene medios”, fue débil como nosotros. “No conozco varón”. Pero fue cubierta con la sombra (nube), por el espíritu de Dios, y por la fuerza de Dios es madre de Cristo, madre de quien es expresión de Dios, hijo de Dios.

         Por eso, desde los primeros tiempos de la vida eclesial, los creyentes han tenido presente a María, la madre de Jesús y nosotros celebramos que el camino de María terminó como el de Jesús: en el cielo. Fue llevada, asunta a los cielos.

  1. vivir es caminar hacia el cielo.

María se puso en camino.

         La idea -la realidad- de caminar es importante en la vida. San Lucas compone su evangelio como una subida de Jesús a Jerusalén. María se pone en camino. Los dos de Emaús iban de camino. El hijo pródigo se puso en camino. Los que se quedan al borde del camino son enfermos, paralíticos, etc., pero cuando recuperan la vida, le siguen, caminan con Jesús.

         Vivir es caminar: Jesús -como todos- iba creciendo: caminos materiales, de pensamiento, caminos afectivos

María se puso en camino desde el comienzo de la vida de Jesús.

El camino es largo y lleno de sentido y esperanza. La estación Termini está en el cielo. La esperanza absoluta (Dios) es la alegría del presente. Nos hace bien mirar al cielo.

         La Asunción es una fiesta de esperanza, pues nos indica que nuestra meta, nuestra patria, está en Dios, con JesuCristo, con nuestros mayores en el cielo.

Por todo ello:

Proclama mi alma la grandeza del Señor.

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“María, reflejo de nuestro propio misterio”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Jueves, 15 de agosto de 2019

mariaDe su blog Nihil Obstat:

La piedad cristiana ha visto en María el mejor modelo de seguimiento y de identificación con Cristo. Quizás no se ha destacado tanto otro aspecto muy relacionado con el anterior: María es la mejor representación de nuestro propio misterio, del misterio de toda vida humana y cristiana.

La vida humana es un misterio nunca resuelto del todo. Por mucho que digamos, nunca acabamos de agotarla, siempre nos quedamos cortos. Toda definición de la vida humana es siempre insuficiente, porque en ella hay un “más”, un exceso, una tendencia a más allá de ella misma. “El hombre supera infinitamente al hombre”, dijo un famoso pensador francés. El ser humano sobrepasa sus propias expectativas, ninguna acaba de satisfacerle. La teología tiene una explicación: estamos hechos para Dios, y nuestro corazón está inquieto hasta que no alcanza la medida para la que estamos hechos. Precisamente porque el hombre nunca acaba de alcanzar su medida, podemos calificar a la persona de misterio. Los problemas se resuelven. Los misterios siempre permanecen abiertos.

El mejor modo de aclarar un misterio es confrontarlo con otro misterio. El misterio de María podría ser un buen referente para aclarar mejor el misterio de la persona. Porque en María se encuentra realizado aquello a lo que todos aspiramos. En primer lugar, todos aspiramos a ser santos, o sea, a ser divinos; todos aspiramos a una plenitud que, lo sepamos o no, sólo Dios puede saciar. María, “llena de gracia”, o sea, “llena de Dios”, es un buen referente humano de todas nuestras aspiraciones.

Por otra parte, además de a una vida plena, todos aspiramos a una vida que dure. Vida plena que dure, vida llena de Dios y eterna. En la asunción de María se realiza esta otra gran aspiración humana: vivir para siempre, unidos a Dios, fuente de toda vida. Y vivir con toda nuestra realidad colmada en todas sus dimensiones. María, “en cuerpo y alma” en el cielo, es el referente de lo que todos anhelamos: que nada nos falte, que todos los aspectos y dimensiones de nuestra vida están colmados y saciados. ¿Qué es la salvación? La salvación es un proyecto de vida feliz, estable y completa, en el que todas las dimensiones de la persona están plenamente saciadas. Eso es lo que, con otras palabras, el dogma de la Asunción dice de María. Esa es la esperanza cristiana. Por eso, María es el reflejo de nuestro propio misterio.

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Maximiliano María Kolbe, un corazón donado…

Miércoles, 14 de agosto de 2019

Hoy recordamos, en su festividad, a este ejemplo de entrega sin límites…

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Nació en Polonia en 1894. A los 13 años entró en los menores conventuales. Una vez terminados sus estudios filosóficos y teológicos en Roma, instituyó en ella la «Milicia de la Inmaculada», en 1917. Tras ser ordenado sacerdote en 1927, fundó en su patria la «Ciudad de la Inmaculada», centro de vida espiritual y de actividad editorial. Ejerció como misionero en Japón y volvió a Polonia en 1936, donde prosiguió su intensa obra de apostolado. Durante la Segunda Guerra Mundial fue deportado al campo de concentración de Auschwitz, donde murió al ofrecer su vida por la de un compañero de prisión, el 14 de agosto de 1941. Fue beatificado por Pablo VI en 1971 y canonizado con el título de mártir por Juan Pablo II en 1 982.

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En todos los continentes, o casi, es conocida y notoria la figura de san Maximiliano María Kolbe. Y quien ha recibido el don de acercarse a él, queda profundamente conquistado por el santo. Porque se quedará tan presente en su propia vida, que sentirá la necesidad de invocarlo, imitarlo y enamorarse de su poliédrica figura de hombre, sacerdote, religioso, apóstol y mártir.

«Sólo el amor crea», había repetido miles y miles de veces el padre Kolbe durante su vida. «Sólo el amor crea», cantaban las obras que iba ideando y concretando una tras otra, a fin de llevar la vida de la verdad a cada hombre con la imprenta; para llevar las ondas de la vida a cada casa por medio de la radio; para dar un signo de la vida eterna a través de las esculturas y las pinturas de los hermanos. Y en sus largos viajes no perdía la ocasión de acercarse al ateo, al masón, al judío, al incrédulo, al cristiano adormecido en su fe, para que el nuevo destello de la vida iluminara el camino que lleva a la salvación.

«Sólo el amor crea», ha ido repitiendo el papa «venido de lejos », cada vez que se detiene a hablar de este hombre: el hombre de nuestro tiempo, el hombre de la magna y profunda herencia.  La herencia espiritual de san Maximiliano María Kolbe no tiene límites. La consagración total a la Inmaculada con propósitos apostólicos, que él vivía y promovía, es y debe ser una verdadera espiritualidad. Indudablemente, es una herencia muy comprometedora, porque se trata de imitar a aquel que nos la ha dejado. A saber: se trata no de tener «algo» de él (posibles reliquias, algún autógrafo, su biografía, etc.), sino de poseer su espíritu, porque de los santos queda sobre todo lo que han hecho, actuando según la voluntad de Dios. Recoger su herencia significa permitir a Dios que obre en nosotros como obró en ellos. Como obró en san Maximiliano María Kolbe y en muchos de sus seguidores

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(L. Faccenda [ed.], «Un cuore donato. San Massimiliano María Kolbe», suplemento a Milizia Mariana 4 [1994] 11; 51ss; 75).

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“El cantor de himnos”, por Dolores Aleixandre

Martes, 13 de agosto de 2019

jesus-nazaret2De su blog Un grano de Mostaza:

Jesús cantaba himnos pero no tenemos ni idea de si se le daba bien o no lo de cantar

La lectura del evangelio depara siempre sorpresas y es un misterio que  por más que lo leamos y releamos, siempre nos reserve alguna novedad.  En esta ocasión se trata de dos nuevos nombres (título en lenguaje de los teólogos) para hablar de  Jesús: el primero es   El cantor de himnos y me asombra que sobre esta actividad melódica suya que señalan Mateo y Marcos  no se haya escrito ningún libro, ni convocado un congreso, ni defendido una tesis doctoral. “Cantaron el himno y salieron hacia el monte de los Olivos” (Mt 26,30; Mc 14, 26) y eso quiere decir que leyó o canturreó los salmos 113 a 118 y, al final,  el 136. Debía tener buena voz porque hablaba a la gente al aire libre desde una barca,  pero no tenemos ni idea de si se le daba bien  o no lo de cantar. Lo que resulta sugerente es intentar adivinar cómo resonaron en él las palabras de esos himnos que habría rezado muchas veces pero que,  en el contexto de su inminente detención y de lo que intuía que se le venía encima, debieron resonarle de otra manera. “Me cercaban y me acorralaban, me cercaban como avispas,  empujaban para derribarme…”; “Me envolvían redes de muerte, me alcanzaban los lazos del Abismo…” Los escenarios que  recreaban estas  imágenes eran estremecedores y quizá intuyó oscuramente que también él iba a sentirse cercado, atacado por un enjambre de avispas, atrapado entre redes, empujado y derribado por una muchedumbre hostil. No es de extrañar la confesión del salmista: “caí en tristeza y angustia”, pero las palabras que siguen debieron afianzar la certidumbre de fe de  cantor que las pronunciaba esa noche: “Alma mía, recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo, arrancó mi vida de la muerte,  mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída”, “el Señor fue mi auxilio…, la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”.  También él se sentía habitado por una confianza que  ni en los peores momentos iba a quebrarse, ni siquiera cuando hizo la experiencia de que, al pedir Pilato a la gente que eligieran entre él o Barrabás, no había allí nadie que le reclamara a él y solo después de muerto, José de Arimatea se atrevió a pedir su cadáver a Pilato.  Una antigua homilía oriental  recrea la escena: “Entrégame, gobernador,  para que pueda sepultarlo, el cuerpo de Jesús el Nazareno, el pobre, que vivía a cielo abierto, el huésped desconocido venido de otra tierra. Entrégame a este peregrino voluntario, que no tenía donde reclinar la cabeza y que, al no tener  casa propia, recibió albergue y fue colocado en un pesebre  y soportó la vida peregrina. Entrégame al despreciado, vencido y colgado   ¿qué utilidad tendrá para ti el cuerpo de este peregrino…?”

 Mientras escribo esto, recuerdo algo vivido hace muchos años en la morgue casi vacía de un antiguo hospital militar: la atravesé por equivocación viniendo del tanatorio y vi en una de las camarillas un ataúd cerrado y encima el nombre de una mujer. Era la imagen pavorosa de la más absoluta soledad y abandono y solo los brazos del  Cristo encima de la tapa estaban le daban  amparo y acogían aquella vida y aquella muerte de alguien a quien nadie reclamaba.

Con más autoridad que José de Arimatea, el Padre dio la cara por su Hijo, pronunció su nombre y lo reclamó para sacarle del mundo de los muertos Y ahora él el Reclamado es también el Reclamador, el que sigue reivindica la causa de los vencidos y olvidados, de los envueltos en el silencio mediático por los que nadie pregunta y que no le interesan a nadie.

Qué estamos esperando nosotros para ponernos junto a  él a reclamar

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En el horizonte de la cotidianidad

Lunes, 12 de agosto de 2019

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José Rafael Ruz Villamil
Yucatán (México).

ECLESALIA, 22/07/19.- Dando como buena la hipótesis de considerar a Jesús de Nazaret como predicador carismático itinerante -entendiendo por carismático a quien ejerce, al margen de lo establecido, alguna autoridad sin basarse en instituciones y funciones previas-, los textos atestiguados por cuatro veces en la tradición sinóptica y que recuerdan el envío y las instrucciones del Maestro a sus discípulos a participar plenamente en la praxis del Reino de Dios, resultan harto sugerentes para aproximarse a la forma concreta de la propia praxis del Galileo. Y es que, obviamente, tuvo que pedir Jesús a los suyos predicar con el mismo estilo que él mismo hubo de tener.

Así y en relación con el equipamiento -la alforja para el alimento, la bolsa para el dinero, el dinero mismo, la túnica de recambio, en algún caso las sandalias y el bastón como instrumento de ayuda y protección- hay que apuntar que debe entenderse no solo como reflejo del propio de Jesús, sino también como muestra del interés del Maestro en evitar rigurosamente cualquier similitud con los peregrinos que van a Jerusalén, sí, pero por sobre todo, de poner muy en claro que sus enviados nada tienen que ver con los filósofos cínicos itinerantes que, para entonces, no resultan raros en la cuenca del Mediterráneo.

Ahora bien, vale destacar una constante en todos los relatos de envío: la casa, como lugar preferente para los discípulos enviados. Y no es extraño. Jesús enseña en las sinagogas, es cierto, pero más bien a campo abierto, yendo de camino, aprovechando las travesías del Lago de Genesaret, pero sobre todo donde hombres y mujeres realizan sus actividades comunes, en el mero contexto del trabajo cotidiano y, de manera privilegiada, en las casas, comenzando, desde luego, en la suya propia: “Entró de nuevo en Cafarnaún; al poco tiempo había corrido la voz de que estaba en casa. Se agolparon tantos que ni siquiera ante la puerta había ya sitio, y él les anunciaba la palabra”; “Vuelve a casa. Se aglomera otra vez la muchedumbre de modo que no podían comer”.

Y es que la casa acaba siendo el espacio alternativo que se adecúa mejor a la praxis del Maestro, en tanto que tiene como sistema la predicación carismática itinerante. En este sistema, Jesús de Nazaret es el carismático primario en tanto que se sabe enviado por Dios como profeta que anuncia e inicia la causa del Reino: “Después que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios ha llegado; convertíos y creed en la Buena Nueva»”. A su vez y de modo totalmente gratuito y sin que medie institución alguna, Jesús llama o admite a quienes vendrán a ser un como un primer círculo alrededor de él: los carismáticos secundarios, esto es, sus discípulos. De entre ellos se deriva un tercer círculo: el grupo de simpatizantes o carismáticos terciarios que se caracterizan por su estabilidad y por servir como base social y material a los carismáticos itinerantes.

Así y en una red eficiente, ampliada y centrada en el Maestro y con funciones complementarias, los carismáticos terciarios, desde sus casas, proveen las prestaciones necesarias para el trabajo de los carismáticos itinerantes. En este sentido, la casa cumple una función vital para la causa del Reino de Dios, tal y como se evidencia en el libro de los Hechos de los Apóstoles donde la causa de Jesús encuentra en las casas algo así como su lugar natural: “Consciente de su situación, marchó [Pedro] a la casa de María, la madre de Juan, por sobrenombre Marcos, donde se hallaban muchos reunidos y en oración”.

No resulta difícil inferir que esta red de carismáticos se acabe organizando de una forma concéntrica a la vez que horizontal que favorece de modo definitivo y natural la causa del Reino, a diferencia de las estructuras piramidales, propias de cualquier institución, con los riesgos de esclerosis que le son inherentes.

Así y a pesar de la adopción de formas organizativas y arquitectónicas que datan del enriquecimiento de la Iglesia institucional -basílicas incluidas- a partir de la supuesta donación de Constantino a principio del siglo IV d. C., resulta sumamente estimulante replantear la continuidad de la causa de Jesús de Nazaret en los términos fraternos e igualitarios que supone la casa como espacio propio de la sencillez y de la cotidianidad. Se trata, pues, de una alternativa urgente ante la persistencia terca de conservar formas y estructuras anacrónicas que, en función del autoritarismo, siguen intactas o van a peor.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Estad como los que aguardan…

Domingo, 11 de agosto de 2019

Teresa de Jesús, que vivió intensamente la vida, nos invita a nosotros a vivirla con agradecimiento, en atenta espera del Amado, con absoluta confianza porque nos sabemos de su rebaño…

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Teresa de Jesús vivió asombrada. ¿Acaso se puede vivir de otra manera la fe? El don de Dios, en el misterio de su humanidad, la dejó ‘espantada’, como ella decía. La oración interior fue su manera de responder al milagro de la Presencia: “En lo muy muy interior siente en sí esta divina compañía” (7Moradas 1,7). En estos días de agosto, de tiempo ordinario o vacacional, Teresa de Jesús nos invita a mirar asombrados “El amor que nos tiene Jesús porque … De tal manera ha querido juntarse con la criatura, que así como los que ya no se pueden apartar, no se quiere apartar Él de ella” (7M 2,3).

Lo que escuchó María: ‘Para Dios nada es imposible’, fue, para Teresa de Jesús, la fuerza que la empujó a realizar los sueños de Dios, desafiando las dificultades. Le decían que la vida nueva que quería vivir era “un disparate” (V 32,14), que las mujeres “no han menester esas delicadeces” (Camino 21,2), pero Jesús había juntado su debilidad con su poder, había engrandecido su nada. A nosotros, tentados tan a menudo por el desaliento, nos conviene escuchar el coraje de Teresa de Jesús: “Digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar, venga lo que viniere, murmure quien murmurare” (C 21,2).

Lo que le oyó a Jesús Teresa es un excelente programa de vida para nosotros: “Que mirase por sus cosas (las de Jesús), que Él miraría por las suyas” (7M 3,2). “No hagamos torres sin fundamento, que el Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen” (7M 4,16). Ahí está la belleza del testimonio: “Sea Dios alabado y entendido un poquito más, y gríteme todo el mundo” (7M 1,5).

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Tomado del boletín teresiano del CIPE

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino.

Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón.

Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.

Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.

Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.

Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete.

Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.”

Pedro le preguntó:

“Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?”

El Señor le respondió:

“¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?

Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

Pero si el empleado piensa: “Mi amo tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles.

El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos.

Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá.”

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Lucas 12, 32-48

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Dichosos los que han optado por vivir con sobriedad para compartir sus bienes con los más pobres. Dichosos los que renuncian a más ofertas de trabajo para resolver los problemas de los parados.

Dichosos los funcionarios que agilizan los trámites burocráticos e intentan resolver los problemas de las personas no informadas.

Dichosos los banqueros, los comerciantes y los agentes de venta que no se aprovechan de las situaciones para aumentar sus beneficios.

Dichosos los políticos y los sindicalistas que se comprometen a encontrar soluciones concretas al paro.

Dichosos nosotros cuando dejemos de pensar: «¿Qué mal hay en defraudar? Lo hacen todos…».

Entonces, la vida social se convertirá en una anticipación del Reino de los Cielos.

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Paul Abela.

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Debes optar por mí

Miércoles, 17 de julio de 2019

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A causa de tu amor infinito, Señor, me has llamado a seguirte, a ser tu hijo y tu discípulo.

Después me confiaste una misión que no se parece a ninguna otra, aunque con el mismo objetivo que los otros: ser tu apóstol y testigo.

Sin embargo, la experiencia me ha enseñado que sigo confundiendo las dos realidades: Dios y su obra.

Dios me ha dado la tarea de sus obras. Algunas sublimes, otras más modestas; algunas nobles, otras más ordinarias. Comprometido en la pastoral parroquial, entre los jóvenes, en las escuelas, entre los artistas y los obreros, en el mundo de la prensa, de la televisión y de la radio, he puesto todo mi ardor implicando en ello todas mis capacidades.

No he ahorrado nada, ni siquiera la vida. Mientras estuve inmerso en la acción con tanta pasión encontré la derrota de la ingratitud, de la negativa a la colaboración, de la incomprensión de los amigos, de la falta de apoyo de mis superiores, de la enfermedad y la debilidad, de la falta de medios…

Me ha ocurrido también, en pleno éxito, mientras era objeto de aprobación, de elogios y de afecto por todos, ser trasladado de improviso y cambiado de función.

Heme aquí, ahora, presa del aturdimiento; voy a tientas, como en la noche oscura. ¿Por qué me abandonas, Señor? No quiero desertar de tu obra. Debo llevar a término tu tarea, ultimar la construcción de la Iglesia… ¿Por qué atacan los hombres tu obra? ¿Por qué la privan de su apoyo? Ante tu altar, junto a la eucaristía, he oído tu respuesta, Señor: «Me sigues a mí y no a mi obra. Si quiero me entregarás la tarea confiada. Poco importa quién ocupe tu puesto; es asunto mío. ¡Debes optar por mí!».

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(F.-X. Nguyen Van Thuan,
Preghiere di speranza).

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“Dioses extraños”, por Carlos Osma

Sábado, 13 de julio de 2019

angel-3800001_960_720De su blog Homoprotestantes:

 

A quienes somos cristianos, esta realidad de la diversidad que se nos presenta cada día, nos hace preguntarnos qué dice sobre dios, cómo nos lo revela. Y la conclusión más básica es aquella que afirma que si somos su imagen, ese dios debe ser también diverso. Así que cuanto más clara, monolítica y completamente evidente tengamos la idea de dios, posiblemente más equivocados estemos. No voy a entrar ahora mismo en hablar sobre la divinidad en sí, me preocupa más la influencia que tiene en ella nuestra percepción de la realidad. ¿Qué cambia si nuestro dios es diverso? Pero no me refiero, qué cambia de dios, sino qué cambia en nuestra manera de comprender el mundo y a nosotros mismos si ese dios es algo más complejo que la radiografía en blanco y negro que algunos han hecho de él.

Es absolutamente evidente que todos aquellos cristianos que niegan la diversidad, que se oponen a que sea reconocida dentro de las iglesias o protegida en la sociedad, reflejan un dios tribal que está con unos (con los que son como ellos) pero no con el resto. Un dios que sitúa a unas personas, por encima de otras, y que coloca al hombre rico occidental heterosexual en la cumbre de la torre de Babel a pocos centímetros de llegar a tocar la divinidad. Evidentemente todas las percepciones sobre dios son absolutamente parciales y condicionadas, pero: ¿podemos de verdad decir que en este caso estamos hablando de divinidad? Opino que, por muy condicionada que esté, hay un límite que aquí se ha superado con creces y que imposibilita creer que estamos tratando con algo que remita remotamente al* totalmente otr*.

Negar a quien es distinto, lleva inevitablemente a la necesidad de dotarse de una serie de normas, leyes, historias y costumbres que permitan naturalizar esa negación. Así que los dioses tribales van siempre acompañados por sus sacerdotes legalistas, capaces de encontrar más rápidamente que Google en qué capítulo y versículo pone que no se puede ser o sentir de una manera diferente a la divina (la suya). El Vaticano, por ejemplo, acaba de emitir el texto “Varón y hembra los creó” para alertar de aquellos que quieren “aniquilar la naturaleza”, demostrando una vez más su incapacidad de ponerse del lado de quienes sufren opresión. Su dios tribal está centrado en proteger un determinado sistema que excluye y discrimina a quienes no encajan en él, y se aleja del dios de la Biblia, ese del que el Génesis afirma: “Y vio Dios todo cuanto había hecho, y era bueno en gran manera” (Gn 1,31). Ese dios diverso que se revela en cada momento de nuestra vida si tenemos los ojos suficientemente abiertos, y no vamos condenando a la gente y diciéndole cómo debe identificarse o cómo debe sentir.

Los dioses tribales no solamente son falsos, al igual que todos los profetas y profetisas que tiene como voceros, sino que únicamente es capaz de generar vidas falsas. Si algo nos dice la experiencia, es que cuanto más se parezca el dios de una determinada persona al dios tribal de las ortodoxias, más represiones y mentiras atesorará. La opacidad de las estructuras religiosas que más absolutamente se oponen al dios de la diversidad, al dios de la Biblia, no esconden otra cosa más que corrupción, envidias, dolor, sufrimiento, abusos, mentiras y falsedad. Y eso lo sabemos todas y todos, por eso no entiendo por qué algunos seguidores del dios de la diversidad están tan necesitados de la aceptación del dios de la ortodoxia. ¡Cuánto tiempo necesitarán para darse cuenta de que es falso!

El dios diverso con el que tenemos que vérnoslas los seres humanos diversos, es extraño. Para empezar porque a pesar de contener todas nuestras proyecciones, no se deja atrapar, es escurridizo. El dios de la diversidad jamás nos dice cuál es la acción correcta, o la respuesta exacta; no nos ofrece seguridad, ni soluciones milagrosas. Un día creemos que nos está hablando, y al día siguiente nos damos cuenta que el mensaje lo habíamos dejado grabado nosotros mismos en nuestro subconsciente. El dios de la diversidad es enorme, inmensa, intratable, indomable… atrevida y valiente. Pero también es cuidador, protector, amiga, madre… débil, humilde y abnegada. El dios diverso solo lo percibimos con más nitidez cuando hay amor de por medio. Donde hay amor, ahí está dios, el dios diverso, el dios extraño. Y es creando esos momentos, esos espacios donde el amor se hace presente en la diversidad que ha querido regalarnos, que podemos percibir mejor quién es. En los lugares donde el amor brilla por su ausencia, donde solo hay una forma correcta de ser, el dios tribal campa a sus anchas. Donde hay amor hay un camino por recorrer que nos aproxima a dios a través del prójimo. Este creo que es el mejor criterio para saber cerca de qué dios estamos.

Carlos Osma

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“Un manto, una caricia”, por Magda Bennásar.

Miércoles, 10 de julio de 2019

Hoy casi todos los términos del seguimiento están devaluados… ¡una pena! Somos muchas personas las que en estas fechas revivimos y renovamos años de entrega. En mi caso, estos días celebro mi entrada en una comunidad, como concreción de un seguimiento radical a Jesús y su misión, hace muchos años. Las sensaciones, los recuerdos, los sentimientos siguen vivos y muy presentes.

Mejor compartirlo desde su Palabra: Las lecturas de estos días nos hablan de un manto, el de Elías sobre Eliseo, y de “dejarlo todo por el Reino” en el NT. Todo habla de… para un@s de radicalidad difícil, para otr@s de Amor incondicional, de fidelidad, no fácil, pero gozosa porque lo que celebramos es que Dios es fiel y esta es la buena noticia.

Ese manto (1Reyes 19,19) lleva días acompañándome. En el contexto bíblico es un gesto simbólico de elección, de unción para la misión, de propiedad personal, no en un sentido posesivo sino de amor. Esa prenda es como una caricia. Simboliza una pertenencia abierta, rica, sagrada para una misión universal.

El manto capacita, empodera para ir a la otra orilla a aprender. Porque cuando sientes ese manto sobre tus hombros lo primero que comprendes es que se te invita a una tarea profética, y esa comunidad profética que te echa el manto, te invita a aprender a canalizar la llamada de Dios a que seas profeta en tu momento histórico, en tu contexto cultural y cultual.

El manto se convierte en ese abrazo de Dios que te empodera para cruzar el desierto, tantas ausencias, y siempre saberte y sentirte amada, elegida, enviada.

Muchos quieren quitarte el manto, pero no lo consiguen, porque por mucho que tiren de él no desaparece, ya que se va convirtiendo en tu propia piel. Alguien muy querido, una religiosa norteamericana con quien trabajé en pastoral universitaria, y que falleció el año pasado- mi homenaje a ella- me dijo una vez “tienes la vocación hasta en la médula de tus huesos”, gracias Kathleen; era un momento difícil, querían arrebatarme el manto: la fuerza y seguridad que me daba la llamada, sus palabras disiparon miedos, dudas sembradas por personas mediocres, ella tenía su manto muy dentro, y su vida marcaba, su manto era hermoso.

Otros quieren darte otro manto, más tal o cual… pero ¡no! el manto es tu propia vida, y no puedes sino mantenerte pegada a ella; lo otro sería morir en vida. Perder tu manto sería perder tu ser, tu tiempo de amar y vivir desde una experiencia única, en un momento histórico único, y sin saber con cuánto tiempo cuentas. Otro homenaje aquí a alguien, un querido amigo sacerdote que también ha fallecido hace dos meses, demasiado joven. John siempre defendió mi manto, defendió y canalizó la energía que el manto me daba. John protegía mi manto porque entendía el suyo, y lo amaba. Difícil creer que ambos, bastante jóvenes, se hayan ido. Pero dejaron una impronta increíble porque llevaban sus mantos con elegancia y sencillez. ¡Gracias!

El manto te cubre, te protege, te envuelve. Está en forma de presencia que acompaña siempre. Está en la noche y en el día. Está dentro y fuera. Es como el aire sin el que no puedes vivir porque impulsa el latido de todo.

Y ¿Cuál es la tarea para la que te capacita esa presencia, ese aliento y caricia? No quiero ser ni ingenua ni optimista. Sí sincera, desde mi perspectiva y con sencillez, abierta al diálogo y al cambio, creo que la respuesta está en colaborar con el nuevo paradigma al que somos abocados.

¿Sus bases? No luchar contra lo que tenemos sino invertir toda la sabiduría y fuerza en crear un nuevo estilo de vida, basado en una nueva historia: la historia de un Dios que echa el manto sobre las personas y sobre el planeta y nos dice “amaos” “convivid”, tenéis la misma vocación, la vocación a la vida, a ser vida, a dar vida.

El tiempo de verano puede ser también tiempo de reflexión en diálogo con la naturaleza. Escucharla para entender sus heridas causadas en gran parte por nuestra generación. Nuestro estilo de vida ha herido la Vida en todo. Las consecuencias las estamos palpando todos, pero sobre todo las sufren los que menos las causaron. Ante esta injusticia el “manto profético” nos suplica que busquemos soluciones reales porque Dios está en la Vida y en los, las y lo que sufre.

Ojalá el manto nos permita danzar con los pies descalzos sobre la hierba de la creación, fresca, recién estrenada, y todos veamos que “es muy bueno”. Su caricia está en todo.

Gracias por echar tu manto sobre mis hombros. ¡Es un honor!

Magda Bennásar Oliver

Fuente Fe Adulta

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