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Entradas Etiquetadas ‘Vida’

Mi vida tiene sentido

Sábado, 24 de octubre de 2020

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 “Elisa, yo siempre he amado la verdad”.

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  A Elizabeth Anscombe poco antes de morir

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 “Sólo si creo en Dios, estoy plenamente seguro de que mi vida tiene sentido

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Del diario de Wittgenstein en julio de 1916

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“Mira los sufrimientos físicos y mentales de las personas, los tienes cerca y esto puede ser un buen remedio para tus problemas… Mira a tus pacientes más de cerca como seres humanos con problemas y disfruta más de la oportunidad de decir ‘Buenas noches’ a tanta gente. Sólo esto es ya un regalo del cielo que muchos te envidiarían”.

A Maurice O’Connor Drury

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Y es que como explicaba el propio Wittgenstein de sí mismo en una ocasión:

“No soy un hombre religioso, pero no puedo dejar de ver cada problema desde un punto de vista religioso”

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Vida religiosa

Jueves, 22 de octubre de 2020

 

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Recuerda que la religión cristiana no consiste en decir muchas oraciones; de hecho se nos manda justo lo contrario. Si tú y yo vamos a vivir una vida religiosa, no debe suceder sólo que hablemos mucho de religión, sino que nuestras vidas en cierta manera han de ser diferentes”

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Ludwig Wittgenstein
a Maurice O’Connor Drury

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Ludwig Wittgenstein (1889-1951). Nació en Viena, estudio ingeniería en Berlín y en Manchester y de allí pasó a Cambridge a estudiar filosofía y fundamentos de las matemáticas con Bertrand Russell. En 1922 publica su Tractatus Logico-Philo-sophicus con el que aspira a resolver los problemas que acechan desde siempre a la filosofía. En estos años evoluciona su pensamiento acerca del lenguaje y en 1929 regresa a Cambridge donde desa-rrolla una nueva filosofía del lenguaje que ha sido muy influyente en el siglo XX

*

Wittgenstein, un hombre de verdad… siempre en la frontera de sí mismo.

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(Para leerlo con sustítulos en español, pincha en la rueda y elige idioma)

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De la cuna a la tumba

Sábado, 17 de octubre de 2020

Del blog Nova Bella:

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“La vida del hombre es un peregrinar continuo hacia Dios. Quien cree en Él, lo lleva a su lado a lo largo de todo el recorrido, de la cuna a la tumba; quien no cree en Él, se encuentra bruscamente con el Eterno cuando se cierra definitivamente el libro de la vida y la muerte y le enfrenta a una realidad celestial que se empeñó en negar”

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Antoine de Saint-Exupéry

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Foto Ángelo Mutti (actor de El Principito), por Guido Adler

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Funambulista

Viernes, 16 de octubre de 2020

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Quizá el vértigo no sea el problema, sino la solución a la condición humana; fijémonos en el funambulista, que, en palabras de Rover Caillois, “sólo logra su objetivo confiando en el vértigo y no intentando resistirse a él”.

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Celebra La Vida

Domingo, 11 de octubre de 2020

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 Celebra La Vida

No sé si soñaba, no sé si dormía, y la voz de un ángel dijo que te diga: celebra la vida.

Piensa libremente, ayuda a la gente y por lo que quieras lucha y sé paciente. Lleva poca carga, y a nada te aferres porque en este mundo, nada es para siempre. Búscate una estrella que sea tu guía, no hieras a nadie reparte alegría.

Celebra la vida, celebra la vida, que nada se guarda, que todo se brinda. Celebra la vida, celebra la vida, segundo a segundo y día tras día.

Y si alguien te engaña al decir “te quiero”, pon más leña al fuego y empieza de nuevo. No dejes que caigan tus sueños al suelo, que mientras más amas, más cerca está el cielo. Grita contra el odio, contra la mentira, que la guerra es muerte, y la paz es vida.

No sé si soñaba, no sé si dormía, y la voz de un ángel dijo que te diga: Celebra la vida, celebra la vida y deja en la tierra tu mejor semilla; celebra la vida, celebra la vida, que es mucho más vida cuando tú la cuidas.

*

Axel Fernando

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Jesús tomó de nuevo la palabra y dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola:

“Con el Reino de los Cielos sucede lo que con aquel rey que celebraba la boda de su hijo.

Envió a sus criados para llamar a los invitados a la boda, pero no quisieron venir.

 De nuevo envió otros criados encargándoles que dijeran a los invitados:

“Mi banquete esta preparado; he matado becerros y cebones, y todo esta a punto; venid a la boda”.

 Pero ellos no hicieron caso y se fueron unos a su campo y otros a su negocio. Los demás, echando mano a los criados, los maltrataron y los mataron.

El rey entonces se enojó y envió sus tropas para que acabasen con aquellos asesinos e incendiasen su ciudad.

Después dijo a sus criados:

“El banquete de boda esta preparado, pero los invitados no eran dignos. Id, pues, a los cruces de los caminos y convidad a la boda a todos los que encontréis”,

 Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala se llenó de invitados.

Al entrar el rey para ver a los comensales, observó que uno de ellos no llevaba traje de boda,

Le dijo:

“Amigo, ¿como has entrado aquí sin traje de boda?”,

El se quedó callado.

Entonces el rey dijo a los servidores:

“Atadlo de pies y manos y echadlo fuera a las tinieblas; allí llorará y le rechinarán los dientes”.

Porque son muchos los llamados, pero pocos los escogidos”.

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Mateo 22,1-14
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Ven, Señor Jesús, y busca o tu siervo, busca o tu oveja perdida.

Ven, pastor, busca, como José buscaba a las ovejas. Se ha extraviado tu oveja mientras tardabas deambulando por los montes. Deja las noventa y nueve y ven a buscar a la oveja que esta perdida. Ven sin perros, sin siervos ni asalariados, que no entrón por la puerta. Ven sin zagal y sin mensajero. Desde hace tiempo espero tu llegada. Sé que vendrás, pues “no he olvidado tus mandamientos”. Ven no con vara, sino con caridad y Espíritu de mansedumbre.

No titubees en dejar por los cerros a las noventa nueve ovejas; los lobos feroces no atacarán hasta que no lleguen a los montes. La serpiente, en el paraíso, solo consiguió hacer daño una vez; sin embargo, después de la expulsión de Adán, ha perdido el gancho de la seducción y sin él no puede dañar. Ven, que esta atormentado por el ataque de lobos peligrosos. Ven, que me han expulsado del paraíso y mi infortunio está mordido con el veneno de la serpiente. Ven, que me encuentro errando lejos del rebaño por estos collados. Yo también era de tu rebaño, pero el lobo nocturno me ha alejado de tu redil. Búscame, pues yo te busco; búscame y encuéntrame, tómame y llévame. Tu encuentras al que buscas, tomas al que encuentras, y cargas sobre tus hombros al que has tomado. No sientes molestia por un peso que te inspira piedad, no te pesa una carga que consideras justa. Ven, pues, Señor, que aunque estoy extraviado, sin embargo “no he olvidado tus mandamientos” y conservo la esperanza de la medicina.

Ven, Señor, porque sólo tu eres capaz de hacer volver a la oveja perdida. No entristezcas a quienes se han alejado de ti. También ellos se alegrarán por la vuelta del pecador. Ven y trae la salvación a la tierra y la alegría al cielo. Acógeme no como a Sara, sino como a Maria, para que sea no solo virgen intacta, sino virgen inmaculada, por efecto de tu gracia, de cualquier mancha de pecado. Ponme bajo la cruz que da la salvación a los extraviados donde encuentran reposo los cansados y vivirán todos los que mueren

*

Ambrosio de Milán,
Comentario al salmo 128», XXII, 28-30,
en S. Pricoco – M. Simanehi [eds.], La oración de los cristianos, MiIan 2000, 169.

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Cambiante

Miércoles, 7 de octubre de 2020

Del blog Nova bella:

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Gran páramo

corazón expansivo

no olvides que

los límites de la vida son cambiantes.

*

Socho

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Apostar por la vida

Lunes, 14 de septiembre de 2020

hd-1582026159-7849Mari Paz López Santos
Madrid

ECLESALIA, 04/09/20.- Suelo llevar en el bolso un pequeño cuaderno con bolígrafo enganchado en las anillas. Compañero de viaje por la vida. Me ayuda a retornar a no olvidar. Anoto alguna frase que escuché, me sorprendió y me hizo pensar por un instante antes de seguir mi camino.

Pero la función real que cumple mi cuaderno es confiarle mis ideas. Esas que surgen a la velocidad de un destello en el momento más inoportuno: en el coche a punto de ponerse rojo el semáforo, el autobús llegando a la parada, o cuando alguien me requiere para algo y no puedo dejarle con la palabra en la boca. En cuanto puedo anoto a toda máquina la idea antes que se difumine en mi cabeza.

Sus hojas son un almacén de notas, con letra terrible, en donde quedan custodiadas ideas que de no estar anotadas corren el riesgo de desaparecer. En ocasiones tienen a bien volver, pero no siempre. Por eso, la fidelidad de mi pequeño cuaderno la valoro infinito. En su seno las ideas toman cuerpo y permanecen a la espera de que vuelva.

Eso me ocurrió hace unos meses y aquí copio literal lo que escribíy he leído hace unos días:

25 febrero 2020. Leo en el kiosco de prensa: ‘La OMS* pide al mundo que se prepare para una pandemia”… sigo de camino. Esperando el autobús miro la publicidad de una película francesa: ‘Lo mejor está por llegar”, con foto de  dos hombres riéndose y un comentario sobre la película: ‘Una apuesta por la vida’.

Imposible imaginar lo que se avecinaba en menos de tres semanas. Ahora ya lo sabemos. Lo vivido individual y colectivamente es la experiencia de todos en lo mismo, aunque no de la misma manera ni con la misma comprensión.

La dura experiencia de la enfermedad, el dolor y la muerte sin el recurso a mano del control sobre un algo desconocido y empoderado que se ríe de nuestras ex-seguridadesex-controles, dejándonos menguados, ateridos y encorvados; sin poder utilizar los recursos afectivos elementales: el abrazo, el beso, la caricia, el apretón de manos, la sonrisa visible, la carcajada amplia… ¡menos mal que los ojos hacen un buen trabajo y estamos aprendiendo!

La OMS avisó de un gran peligro, así está anotado en mi cuaderno. ¿Hay alguien desde alguna institución con solvencia que nos ponga en guardia de que lo mejor estaría por llegar si empezamos a romper los moldes de la “antigua normalidad”? No escucho voces en ese sentido.

Pero no podemos quedarnos mirando a las alturas y esperando que nos lo den hecho. Tenemos que empezar a mirar el horizonte y creer que lo mejor está por llegar…  aunque cueste. ¿Verdad?

No queda otra que avanzar sin quedarnos metidos en la gruta del miedo cerrando los ojos ante una realidad que no va a ser la que conocíamos.

De forma creativa hay que dejar de lado el individualismo de sálvese quien pueda, quitar la etiqueta de lowcost* a la vida de la gente, hacer un riguroso uso del dinero común cortando las vías de escape hacia el charco fangoso de la corrupción, educar en valores individuales y sociales, esto no es barra libre de derechos y absentismo de obligaciones.

Desde una creatividad no violenta denunciar el mal uso de la palabra, la información, la comunicación en la política, los medios periodísticos, las redes sociales y también en las conversaciones de pasillo, de caña o café.

Creo que ha llegado el tiempo de apostar por la vida. Y para ello es inevitable reflexionar si estamos dispuestos a ser cada vez más quienes creamos firmemente en la unidad como pieza clave en el camino que tenemos por delante; el cuidado de unos por otros como herramienta que nos hará fuertes; el cambio en la forma de consumir será una revolución pacífica pero contundente en beneficio de la humanidad y de la naturaleza.

Para una seria apuesta por la vida habrá que mirar hacia atrás viendo lo que no se puede repetir, lo que hay que cambiar.

No va a ser fácil pero será una apuesta ganadora si pensamos en una vida mejor no para unos a costa de otros; ni siquiera para muchos, ha de ser para todos.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Espiritualidad

Preferir siempre su voluntad

Sábado, 5 de septiembre de 2020

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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“A veces pienso que quizá muera pronto, aunque todavía no soy viejo (cuarenta y siete años). No sé exactamente qué clase de convicción lleva consigo este pensamiento, o qué significa para mí. La muerte siempre es una posibilidad para todos. Vivimos en presencia de esa posibilidad. Así, siempre tengo conciencia de que puedo morir, y me alegro, si esa es la voluntad de Dios. «Salid a Su encuentro». Y a la luz de eso me doy cuenta de la futilidad de mis cuidados y preocupaciones, y en especial de mi principal cuidado, central para mí, que es mi obra de escritor… Aunque sé por experiencia que sin ese cuidado y ese trabajo saludable me estorbaría a mí mismo mucho más, mucho más obstruido por mi propia inercia y confusión. Si no estoy totalmente libre, entonces el amor de Dios, espero, me liberará. Lo importante es simplemente volverse a Él todos los días y a menudo, prefiriendo Su voluntad y Su misterio a todo lo que es evidente y tangiblemente «mío».

*

Thomas Merton

Conjeturas...

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Fotografía: Yazmi Palenzuela

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Vida (III)

Miércoles, 26 de agosto de 2020

 

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Y el sol entró por el balcón cerrado

y el coral de la vida abrió su rama

sobre mi corazón amortajado“.

*

Federico García Lorca

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Ramón Hernández Martín: El lado oscuro de la vida. Martirio y santidad.

Miércoles, 26 de agosto de 2020

Etica-cuidado_2229687080_14589939_667x375La mañana nos obliga hoy a asomarnos al lado quizá más oscuro de la vida humana, al abismo infernal que, por mor de intereses y pasiones, los humanos se arrojan unos a otros. Dios no ha creado infiernos sencillamente porque no tiene poder para hacerlo, siendo como es él un Dios de ser, de positividad y de amor. Pero el hombre sí que lo tiene debido al error de perspectiva que puede cometer por su cortedad de miras al perseguir intereses a flor de piel y buscar el disfrute precipitado de cosas que le dañan.

Un infierno es, desde luego, el alcoholismo que anega en toxicidad las neuronas hasta hacerles creer que no hay vida fuera del encharcamiento en que se encuentran. Y también lo es la drogadicción por el paraíso alucinógeno que lleva aparejado, paraíso que suplanta todas las dimensiones y expectativas de la vida humana. Pero si estos infiernos, podría decirse, son individuales, incluso cuando uno ha sido arrastrado a ellos por otros, el horror que crean las armas es el más atroz de todos los infiernos porque su objetivo no es ya crear sucedáneos de vida individual, sino arrebatarla de forma indiscriminada, cruel y despiadada, por intereses tan mezquinos y parciales como el poder o la riqueza de unos pocos.

Esta prolija introducción se debe a que, un día como hoy de 1945, la humanidad, concentrada esencialmente toda ella en Hiroshima, recibió el pavoroso impacto de una bomba atómica, la primer arma de destrucción masiva que descargó toda su fuerza sobre la piel de ciudadanos normales, completamente ajenos a los intereses que se estaban jugando a otro nivel. La intensa radiactividad desplegada por esa bomba mató en pocos segundos a más de setenta mil personas y a decenas de miles más en los días y semanas siguientes. Creyendo que el castigo no había sido lo suficientemente duro, tres días después se lanzó otra bomba atómica sobre Nagasaki, con similar devastación. Cierto que se detuvo así una guerra que, de haberse continuado, habría producido quizá el doble o triple de víctimas, pero, además de que nunca se podrá justificar el sacrificio de una víctima inocente, hemos de reconocer que el lanzamiento de esas bombas causó un gran horror dentro de otro mayor, el de la guerra, de cualquier guerra, aunque sus únicos muertos fueran soldados obligados a combatir con quienes, de conocerse, probablemente podrían ser sus amigos.

El hecho nos lleva a la espantosa contemplación de la industria de la muerte que ha desarrollado la tecnología humana. Cierto que la autodefensa ha acelerado el desarrollo de tecnologías válidas para otros muchos usos que no sean el de matar, aunque, armándose de sentido común, valga el oxímoron, uno no entiende por qué la autodefensa agudiza más el ingenio que el hecho de no pasar hambre, hecho que, de suyo, mata a tantos diariamente de otra forma. Los cristianos deberíamos tener claro en este contexto que el “no matarás” incluye la fabricación de instrumentos de muerte. Se puede matar a un ser humano con una piedra o con un cuchillo de cocina, pero esos no son de suyo herramientas de muerte. Los fusiles, las granadas, los tanques y las bombas de toda clase, desde las caseras a las nucleares y bacteriológicas, son fabricados para matar, son instrumentos de muerte. ¡Qué ciega ha estado durante siglos nuestra Iglesia, esa que, habiendo sido creada como instrumento de vida, ha jugado descaradamente con la muerte por intereses que nada tenían que ver con la paz, cuando ella estaba obligada a predicar en todo tiempo y lugar la concordia y el amor!

Cierto que es muy encomiable y que nunca será reconocida del todo la inmensa labor de los cristianos en favor de la vida de los hombres en tantos lugares y tiempos como, por ejemplo, hace patente la actual pandemia, cuando un simple virus está llevando la delantera a una humanidad tan tecnificada y avanzada. Pero se trata de una encomiable labor de voluntariado que también se da en ámbitos muy alejados de la Iglesia, labor que brota del corazón compasivo de tantos seres humanos, aunque ni siquiera sean creyentes. Falta, pues, ver la alineación clara y precisa de nuestra Iglesia en favor de la vida no solo de los no nacidos, sino también de todos los nacidos. La Iglesia, como institución y agrupación humana, debería pasarse los días gritando la sinrazón de los hombres que hacen posible el hambre y, buscando la muerte violenta de muchos, cometen el horrendo pecado de fabricar armas mortíferas en vez de arados, azadones y mangueras de riego, pongamos por caso. Será mejor perder el tiempo debatiendo si las mujeres son “dignas de lo santo”, es decir, de ejercer los ministerios sagrados, o hilando fino sobre cómo, cuándo y con quién el ser humano puede desfogarse sexualmente. ¡Qué empecinamiento y qué cobardía!

El día nos pone en la mesa la presencia de un hombre en cuyo hieratismo parecían reflejarse todas las tristezas humanas. Eso fue lo que me pareció cuando un Miércoles de Ceniza, en Santa Sabina de Roma, tuve la ocasión de saludarlo y desearle “buena será”. Me refiero al santo varón, también santo canónico, que fue y sigue siendo en su magisterio, al papa Pablo VI, que murió un día como hoy de 1978. Mérito suyo sin ninguna duda fue la culminación de la magna obra emprendida por su predecesor, Juan XXIII, el Concilio Vaticano II, un concilio de siembra retardada cuyos principales frutos, es de desear, se verán en los años venideros. Un hombre inteligente y perspicaz, pero lastrado, a mi modesto entender, por una formación espiritual que le obligaba a mirar más a las alturas del cielo que a las cloacas de la tierra y que por ello, seguramente, nunca pudo entender la legítima y auténtica función de la sexualidad en la vida humana. Siendo yo todavía un recién nacido al pensamiento crítico, el mismo día en que fue publicada su “Humanae vitae” la leí de un atracón y me llevé un cabreo teológico monumental. ¡Bendito amigo san Pablo VI, ahora que vives en la claridad total, libra a la Iglesia que te honraste en presidir de la oscuridad que la sigue dominando!

Ahondando en la historia, hoy nos encontramos, además, con otro terrible episodio de muerte en España, en el que tiene mucho que ver la fe de los creyentes, de unos como justicieros diábolos y de otros como mártires devotos. En efecto, un día como hoy del año 953, doscientos monjes benedictinos del monasterio de san Pedro de Cardeña fueron ajusticiados por tropas musulmanas omeyas de Al-Ándalus en plena Reconquista española. Cuenta la leyenda que, en el aniversario de su muerte, el claustro del monasterio en el que fueron enterrados se empapaba de sangre. Parece ser que tan gran prodigio cesó de repente a finales del s. XV, cuando los árabes fueron definitivamente expulsados de la península ibérica. Sea o no cierto, lo terrible es la constatación de que han sido muchas las víctimas humanas cuya ejecución se ha atribuido a mandatos divinos en unos contextos en los que lo divino no era más que un instrumento mortífero en manos de los hombres.

Urge, pues, que los cristianos de nuestro tiempo llamemos al pan, pan, y que pongamos cada cosa en su sitio, discerniendo claramente lo que son sublimes mandatos divinos de los rastreros intereses humanos. No podemos de ningún modo jugar con mandatos tan claros como dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, consolar al triste, albergar al peregrino y hacer, en suma, cuanto favorezca la vida de quienes viven a nuestro alrededor o en cualquier otra parte del mundo. La cosa es tan clara como que los cristianos estamos obligados a propugnar todo lo que favorece la vida humana y a luchar a brazo partido (aquí sí que deberíamos usar todas las armas disponibles) contra todo lo que la deteriora. ¡A buen entendedor, pocas palabras, pues no otra cosa significa que Jesús pasó por la vida haciendo el bien!

Ramón Hernández Martín

Fuente Fe Adulta

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Vida (II)

Martes, 25 de agosto de 2020

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“Sé que no moriré,

pues estoy dentro de la vida

y tengo toda la vida

que brota dentro de mí.”

*

San Simeón el Nuevo Teólogo

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Vida

Lunes, 24 de agosto de 2020

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Amar a alguien es decirle:

Tú no morirás

*

Gabriel Marcel

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Esclavos

Viernes, 21 de agosto de 2020

Del blog Nova Bella:

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“Vivimos como si fuéramos los únicos dueños.

Eso nos hace esclavos.”

*

Franz Kafka

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Querer el bien.

Domingo, 16 de agosto de 2020

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Es triste tener que lamentar el dolor, pero
no basta con quejarse de él para eliminarlo.

Es el bien lo que debemos querer, cumplir, exaltar.

Es la bondad la que debe ser proclamada en presencia del mundo
para que irradie y penetre todos los elementos de la vida individual y social.

El individuo debe ser bueno, de una bondad que revela una conciencia pura
e inaccesible a la duplicidad, al cálculo, a la dureza del corazón.

Bueno, por una aplicación continua de la purificación interior, de la perfección verdadera;
bueno, por fidelidad a un firme propósito manifestado en todo pensamiento, en toda acción.

La humanidad también debe ser buena. Estas voces que suben del fondo de los siglos,
para enseñarnos todavía hoy con una nota de actualidad,
recuerdan a los hombres el deber que incumbe indistintamente a todos de ser buenos,
justos, rectos, generosos, desinteresados, prontos para comprender
y para excusar, dispuestos al perdón y a la magnanimidad.

*

 Juan XXIII

La documentación católica n°1367

***

 

 

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

“Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.”

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

“Atiéndela, que viene detrás gritando.”

Él les contestó:

“Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.”

Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:

“Señor, socórreme.”

Él le contestó:

“No está bien echar a los perros el pan de los hijos.”

Pero ella repuso:

– “Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.”

Jesús le respondió:

“Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.”

En aquel momento quedó curada su hija.

*

Mateo 15,21-28

***

La mujer de la región de Tiro y Sidón ora forzada y empujada por la necesidad. No puede hacer otra cosa, porque su hija está “poseída“, expresión que, entre otras cosas, significa que la comprensión entre ella y su hija hace tiempo que se ha roto, que ha cesado desde mucho tiempo atrás la inteligencia mutua y que ya no es posible volver a reconocer el alma de la otro detrás de las manifestaciones externas de los gestos y las palabras; como bajo la influencia de un poder extraño, la persona de la otra escapa a la percepción. Eso es lo que la Biblia designa con la terrible palabra “demonismo” (Dämonie). Teniendo presente el tormento de semejante enfermedad, la mujer se dirige a Jesús y, bajo la presión e la necesidad, nada podré detenerla. Impulsada por los desvelos y la preocupación por su hija, no se deja apartar como una pesada, como pretenden los discípulos. Abraza cualquier Forma de humillación y se abandona a una forma de súplica que se podría calificar de perruna, si no se viese en ella precisamente la grandeza de su humanidad.

Así de poderosos pueden llegar a ser los lazos del amor en la súplica de unos por otros .

*

E. Drewermann,
El mensaje de las mujeres: La ciencia del amor,
Herder Barcelona 1996, 134- 135.

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Leonardo Boff: El principio de autodestrucción y el combate contra la Covid-19.

Miércoles, 5 de agosto de 2020

Tierra-y-coronavirusDesde que se lanzaron dos bombas atómicas primarias en las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, la humanidad ha creado para sí una pesadilla de la que no ha podido liberarse. Por el contrario, se ha transformado en una realidad que amenaza la vida sobre este planeta y la destrucción de gran parte del sistema-vida. Se han creado armas nucleares mucho más destructivas, químicas y biológicas que pueden acabar con nuestra civilización y afectan profundamente a la Tierra viva.

Aún peor, hemos diseñado la inteligencia artificial autónoma. Con su algoritmo que combina miles de millones de informaciones recogidas en todos los países, puede tomar decisiones sin que nosotros lo sepamos. Eventualmente puede, en una combinación enloquecida, como hemos señalado anteriormente, penetrar en los arsenales de armas nucleares o en otros de igual o mayor poder letal y lanzar una guerra total de destrucción de todo lo que existe, incluso de sí misma. Es el principio de autodestrucción. Es decir, está en manos del ser humano poner fin a la vida visible que conocemos (ella es solo el 5%, el 95% son vidas microscópicas invisibles).

Debemos enseñorearnos de la muerte. Ella puede ocurrir en cualquier momento. Se ha creado ya una expresión para nombrar esta fase nueva de la historia humana, una verdadera era geológica: el antropoceno, es decir, el ser humano como la gran amenaza al sistema-vida y al sistema-Tierra. El ser humano es el gran satán de la Tierra, que puede diezmar, como un anticristo, a sí mismo y a los otros, a sus semejantes, y liquidar los fundamentos que sostienen la vida.

La intensidad del proceso letal es tan grande que ya se habla de la era del necroceno, es decir, la era de la producción en masa de la muerte. Ya estamos dentro de la sexta extinción masiva. Ahora se ha acelerado irrevocablemente, dada la voluntad de dominación de la naturaleza y de sus mecanismos de agresión directa a la vida y a Gaia, la Tierra viva, en función de un crecimiento ilimitado, de una acumulación absurda de bienes materiales hasta el punto de crear la sobrecarga de la Tierra.

En otras palabras, hemos llegado a un punto en el que la Tierra no consigue reponer los bienes y servicios naturales que le fueron extraidos y comienza a mostrar un proceso avanzado de degeneración a través de tsunamis, tifones, descongelación de los casquetes polares y del permafrost, sequías prolongadas, tormentas de nieve aterradoras y la aparición de bacterias y virus difíciles de controlar. Algunos de ellos como el coronavirus actual pueden llevar a la muerte a millones de personas.

Tales eventos son reacciones y puede que represalias de la Tierra ante la guerra que realizamos contra ella en todos sus frentes. Esa muerte en masa ocurre en la naturaleza, millares de especies vivas desaparecen definitivamente cada año, y en las sociedades humanas, donde millones pasan hambre sed y toda suerte de enfermedades mortales.

Crece cada vez más la percepción general de que la situación de la humanidad no es sostenible. De continuar con esta lógica perversa se va a construir un camino que lleva a nuestra propia sepultura. Demos un ejemplo: en Brasil vivimos bajo la dictadura de la economía ultra neoliberal, con una política de extrema derecha, violenta y cruel para las grandes mayorías pobres

Perplejos, hemos visto las maldades que se han hecho, anulando los derechos de los trabajadores e internacionalizando riquezas nacionales que sostienen nuestra soberanía como pueblo.

Los que en 2016 dieron el golpe contra la presidenta Dilma Rousseff aceptaron la recolonización del país, convertido en vasallo del poder dominante, Estados Unidos, condenado a ser solo un exportador de commodities y un aliado menor y subordinado del proyecto imperial.

Lo que se está haciendo en Europa contra los refugiados, rechazando su presencia en Italia e Inglaterra y peor aún en Hungría y en la muy católica Polonia, alcanza niveles de inhumanidad de gran crueldad. Las medidas del presidente de Estados Unidos, Trump, arrancando a los hijos de sus padres inmigrantes y colocándolos en jaulas, denotan barbarie y ausencia de todo sentido humanitario.

Ya se ha dicho, “ningún ser humano es una isla… no preguntes por quién doblan las campanas. Doblan por ti, por mí, por toda la humanidad“. Si grandes son las tinieblas que abaten nuestros espíritus, aún mayores son nuestras ansias de luz. No dejemos que la demencia antes mencionada tenga la última palabra.

La palabra mayor y última que grita en nosotros y nos une a toda la humanidad es de solidaridad y compasión por las víctimas, es por paz y sensatez en las relaciones entre los pueblos. Las tragedias nos dan la dimensión de la inhumanidad de la que somos capaces, pero también dejan surgir lo verdaderamente humano que habita en nosotros, más allá de las diferencias de etnia, ideología y religión. Lo humano en nosotros hace que nos cuidemos juntos, nos solidaricemos juntos, lloremos juntos, nos enjuguemos las lágrimas juntos, recemos juntos, busquemos juntos la justicia social mundial, construyamos juntos la paz y renunciemos juntos a la venganza y a todo tipo de violencia y guerra.

La sabiduría de los pueblos y la voz de nuestros corazones lo confirman: no es un estado convertido en terrorista, como los Estados Unidos bajo el presidente estadounidense Bush, el que vencerá el terrorismo. Ni el odio a los inmigrantes latinos, difundido por Trump, el que traerá la paz. El dialogo incansable, la negociación abierta y el trato justo eliminan las bases de cualquier terrorismo y fundan la paz. Las tragedias que nos golpearon en lo más hondo de nuestros corazones, particularmente la pandemia viral que ha afectado a todo el planeta, nos invita a repensar los fundamentos de la convivencia humana en la nueva fase planetaria, y cómo cuidar la Casa Común, la Tierra, como pide el Papa Francisco en su encíclica sobre ecología integral “sobre el cuidado de la Casa Común” (2015).

El tiempo apremia. Y esta vez no hay un plan B que pueda salvarnos. Tenemos que salvarnos todos, pues formamos una comunidad de destino Tierra-Humanidad. Para eso necesitamos abolir la palabra enemigo. El miedo crea al enemigo. Exorcizamos miedo cuando hacemos del distante un próximo y del próximo, un hermano y una hermana. Alejamos el miedo y al enemigo cuando comenzamos a dialogar, a conocernos, a aceptarnos, a respetarnos, a amarnos, en una palabra, a cuidarnos.

Cuidar nuestras formas de convivir en paz, solidaridad y justicia; cuidar nuestro medio ambiente para que sea un ambiente completo, sin destruir los hábitats de los virus que provienen de animales o de los arborovirus que se sitúan en los bosques, un ambiente en el que sea posible el reconocimiento del valor intrínseco de cada ser; cuidar de nuestra querida y generosa Madre Tierra.

Si nos cuidamos como hermanos y hermanas, las causas del miedo desaparecen. Nadie necesita amenazar a nadie. Podemos caminar de noche por nuestras calles sin miedo a ser asaltados y robados. Este cuidado solo será efectivo si viene acompañado de la justicia necesaria para satisfacer las necesidades de los más vulnerables, si el Estado está presente con medidas sanitarias (lo importante que fue el SUS frente a la Covid-19), con escuelas, con seguridad y con espacios de convivencia, cultura y ocio.

Sólo así disfrutaremos de una paz posible de ser alcanzada cuando hay un mínimo de buena voluntad general y un sentido de solidaridad y benevolencia en las relaciones humanas. Ese es el deseo inquebrantable de la mayoría de los humanos. Esta es la lección que la intrusión de la Covid-19 en nosotros nos está dando y que tenemos que incorporar en nuestros hábitos en los tiempos pos-coronavirus.

Leonardo Boff

Fuente Religión Digital

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¡Octogenario! Eucaristía vespertina.

Martes, 28 de julio de 2020

corpuschristiCelebrando la vida, celebrando la fe… Precioso relato  del blog de Ramón Hernández Esperanza radical:

Es este un hermoso día, rozando ya la mitad del verano, en el que los ciudadanos de muchos pueblos y ciudades se honran con la celebración de la Virgen del Carmen, patrona marinera en tantos lugares de habla hispana y bajo cuyo manto este bloguero se siente especialmente protegido por una razón que hoy desea compartir, muy complacido, con todos los lectores de este blog, sean habituales o circunstanciales.

La razón a que aludo queda claramente reflejada en el frontispicio elegido como anuncio del desayuno de hoy, pues, a media tarde, cumpliré ochenta años, una cifra redonda, connotativa de consumación y plenitud: lo primero, por alcanzar con ella la vida media estadística de los hombres en España, y lo segundo, por tratarse de una edad muy propicia para rendir cuentas o hacer balance.

Ni que decir tiene que, con tal motivo, me gustaría invitaros a todos, queridos amigos, a algo que sea significativo y deje huella, aunque, remedando a San Pedro al entrar en el templo (Hechos 3: 6), podría deciros parte de lo que él dijo al cojo que le pedía limosna: “no tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesús de Nazaret, levántate y anda”). Y ¿qué es lo que yo tengo realmente que pueda compartir con vosotros? Obviamente, no tengo dinero para sacar de apuros a quien esté en ellos y de poco me serviría  tener una botella de licor para brindar con todos vosotros por tantos dones recibidos a lo largo de tanto tiempo de vida. Lo que obviamente sí tengo ya hoy son ochenta años y esos sí que me gustaría compartirlos con todos vosotros en la medida de lo posible.

En los momentos en que no me pesa el fardo de los muchos años que llevo a la espalda y mirar atrás no me produce vértigo, me veo a mí mismo como el niño travieso que, por ejemplo, en los años cuarenta, siendo monaguillo, apenas podía con el atril y el pesado misal a la hora de trasladarlos del lado derecho del altar, del de la epístola, al izquierdo, el del evangelio, o como un renacuajo rebelde y zascandil en la escuela primaria, regentada entonces por buenas y sacrificadas monjitas, o, poco después, como el estudiante juguetón de teología que se divertía metiendo en apuros a algunos de los profesores. La verdad es que el tiempo me parece solo una circunstancia ineludible que, aunque vaya acercando poco a poco la meta final y menguando las escasas fuerzas humanas, no tiene ningún poder para cambiar una mentalidad que sigue siendo inquieta, juvenil  y todavía ilusionada con proyectos a largo plazo. Por todo ello, no deja de ser un serio “contratiempo” sentirse joven de espíritu e incluso de cuerpo y que, de repente, te pase por la mente, como una ráfaga de metralleta, la sima abisal de los ochenta años ya transcurridos.

Tras una larga vida laboral azarosa, con frenazos y acelerones, cuando ahora me asomo a los evangelios me identifico rápidamente con la oveja perdida, trabada en un zarzal, a la que rescata, pinchándose en las manos y en los brazos, el buen pastor. También me identifico con el hijo pródigo, alocado y despilfarrador, metido de hoz y coz en una pocilga para alimentarse de porquerías, cuyo padre no se contenta con esperarlo pacientemente, sino que sale en su busca y se mancha sus ricos vestidos para sacarlo de la pocilga. Ambas parábolas, me parece, son fuentes inagotables de humanidad, muy válidas para llegar solo  a intuir un poquito hasta dónde llega la bondad del Dios que nos regala el ser y la vida.

Pero, sobre todo, me veo como uno de los protagonistas de la parábola de los talentos (Mt 25:14-30), el siervo que, habiendo recibido solo un talento, ni siquiera puede responder lo que aquel mal siervo dijo: “Señor, te conocía que eres hombre duro, que siegas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; por lo cual, tuve miedo, y fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo”,  porque lo que realmente ha sucedido en mi caso es que malgasté dicho talento y ahora ya ni siquiera puedo devolver el capital recibido. ¡Desoladora sensación de impotencia abisal ante una situación calamitosa sin excusa posible!

Enfrentado por ello a una deuda particular, proporcionalmente mayor que la deuda pública española, y sin apoyo alguno ni tiempo para renegociarla, queriendo saldarla un buen día, no me quedó más remedio que echar mano del ingenio. Si en nuestra sociedad hay personas mayores que, a cambio de la herencia de sus  pisos o viviendas, se granjean la asistencia de jóvenes durante sus últimos años, ¿por qué no podría yo intentar algo parecido? Y así, ni corto ni perezoso, me armé de coraje para proponerle al “hombre duro” de la parábola un canje, el de mi alma por la deuda contraída con él. Me sorprendió la firme convicción de que él aceptó de buen grado mi propuesta. El negocio no tiene nada de novedoso, pues dicen que son muchos los que venden su alma al diablo por auténticas bagatelas. Mi negocio, en cambio, fue muy rentable para mí al quitarme tamaño peso de la conciencia, si bien debió de ser ruinoso para el inversor que buscaba altas rentabilidades, pues no veo qué de bueno pueda sacar él de un alma huraña y, además, envejecida y gastada.

Tras ello o quizá como consecuencia de ello, yo mismo me asombro de enfrentarme cada mañana a una pantalla en blanco para dejar en ella algún sentimiento o pensamiento que pueda ser de alguna utilidad a sus lectores. Si fuera solo por mí, en vez de sentarme al ordenador, saldría corriendo como alma que lleva el diablo, valga la contradicción, pero debe de haber una mano por medio que me clava a la silla y me embarca en la ardua tarea de decir y gritar cada día que hay una providencia amorosa que nos guía en todos nuestros pasos y que nos recuerda a los cristianos la obligación ineludible de transmitir la fuerza de salvación que hay en la vida y obra de Jesús de Nazaret, al margen de cualquier interés particular o gremial, ideológico o social.

Y ahora sí que llega ya el momento de hablar de lo que realmente tengo para compartir con cuantos gentilmente se avienen a desayunar conmigo cada mañana en este blog.  Cuando hace unos años, informado por un amigo de sus publicaciones en RD, comencé a hacer comentarios en este medio, no tardé en proponer a sus lectores la formación de una “comunidad virtual” para reunirse mentalmente a las diez de la noche, hora española, con el único propósito de elevar la mirada al cielo y decir simplemente “gracias”, en una bonita, emotiva y rápida “oración de acción de gracias” por el día transcurrido. Tras comprometerme posteriormente a mantener el blog de “Esperanza radical”, invité al grupo anterior y a los nuevos lectores a dar un paso más: unirse mentalmente a la misma hora, convirtiendo aquella oración en una eucaristía virtual. Se trata de algo muy sencillo y emotivo, que nada tiene que ver con la misa católica, pero sí, y mucho, con la cena del Señor.

¿Cómo lo hago? Tras convertir imaginativamente el globo terráqueo en un altar, pongo sobre él sus siete mil quinientos millones de habitantes, simbolizados en otros tantos granos de trigo y de uva. En esa ofrenda de pan y vino se condensa el amor, la ternura, la solidaridad y el trabajo de toda la humanidad. Y sobre ella digo: “tomad y comed todos este pan de vida y bebed este cáliz de salvación. Son mi cuerpo y mi sangre compartidos, dice Jesús. La paz sea con todos”. Así de escueto y sencillo. Es muy hermoso sentirse comensal en la mesa del Señor, pero lo es mucho más sentirse comida por lo que ello implica, pues si lo primero es fácil y agradable, lo segundo requiere una acción penitencial de profunda conversión ascética: para ser pan los granos de trigo han de ser segados, trillados, molidos, fermentados y cocidos, y algo parecido ocurre con los de uva para transformarse en vino.

Amigos lectores, este es el regalo que hoy me complace haceros de todo corazón. Cada uno de los contenidos de este blog son prueba fehaciente de que deseo ser comida en vuestras propias eucaristías. A los ochenta años la vida se simplifica una barbaridad, pues desaparecen las vanidades y a los egos, en caso de seguir vivos, les quedan pocos resuellos. A tal edad, el paso del tiempo apremia y desaparecen por completo las ganas de seguir haciendo trampas en el propio “solitario”: la verdad reivindica su refulgencia, a la sinceridad le repugnan las rentabilidades fraudulentas, se acortan las posibilidades de seguir dando abrazos y el deseo de hacer el bien debe aprovechar ya las pocas oportunidades que se presenten. Queda ya poco tiempo para lo bueno, y ninguno para lo malo.

Celebro hoy alborozado que el Dios de mi fe, siempre padre, siempre bueno, siempre perdón y siempre mal negociante, debido a que su gracia redimensiona siempre su justicia, haya comprado mi destartalada alma y me obligue cada mañana a sentarme delante del ordenador para haceros llegar, a través de su pantalla, un abrazo de gozosa comunión en el espíritu de Jesús de Nazaret. Celebro también que hoy la Virgen del Carmen me haya invitado a sumergirme en las profundidades del mar de mis propios sentimientos para compartir con vosotros las bellezas y las alegrías que nuestra condición de cristianos nos depara.

Y, como durante el tiempo que he estado escribiendo lo que precede, en Madrid ha tenido lugar una hermosa celebración pública de Estado en homenaje a todas las víctimas del coronavirus, a los muertos y enfermos, los españoles y los de cualquier otro lugar del mundo, en este blog quiero, hoy de forma muy especial porque es algo que debemos hacer todos los días, derramar una lágrima y elevar una acción de gracias al cielo por la vida de todos y cada uno de ellos. Para nosotros, los cristianos, los seres queridos se van de nuestro lado, pero nunca de nuestros corazones, pues estamos convencidos de que la muerte no es el final de nada, sino el principio de todo. Amén.

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Sentirse víctima es un estado de ánimo muy tóxico. Hay que dar un puñetazo en la mesa.

Lunes, 27 de julio de 2020

unnamedHay algo chocante al observar al doctor Mario Alonso Puig. Con su traje impecable. Su corbata. Su cara de niño aplicado. No le pega esa indumentaria cuando en sus charlas se pone a hablar de los inadaptados, de los rebeldes, de los que no van con la corriente. Los asistentes se fijan en él y, no, no es un hippy trasnochado, predica el esfuerzo, el Podemos, en realidad, pero el “podemos” empezar a mirarnos a nosotros mismos, individualmente, y ver de lo que somos capaces. Él es un ejemplo. Nunca dejó de formarse. Cirujano, llegó a trabajar en Harvard, pero también se instruyó en comunicación y divulgación. Es miembro de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia y, en su nueva faceta, profesor visitante de las más prestigiosas escuelas de negocio.

No es raro que, cada vez que se le escuche en los congresos de El Ser Creativo, los asistentes salgan con ganas de comerse el mundo. Pasó también en el ruedo de Las Ventas, en la South Summit de Spain StartUp, donde los mejores emprendedores de España salieron con las baterías más que cargadas. Otra cuestión es lo que dure ese sentimiento en un país en el que el pesimismo goza de buena salud. Para mantener ese cambio de mentalidad que necesitamos, más allá de verle en directo, están sus libros. El último de ellos, El Cociente Agallas, premio Espasa de Ensayo, incide en el mensaje principal de este, también, divulgador científico: «Si cambia tu mente, cambia tu vida… Reinventarse, tu Segunda Oportunidad», de 2010, va ya por la vigésima edición. Desde entonces, ese verbo se ha convertido en mantra de la nueva economía. La élite del país, sin embargo, está a la espera de reinventarse. O de que la reinventen otros. Pero Mario Alonso Puig no quiere hablar nunca de política. Puede tener razón. Puede que sea la excusa para que no intentemos cambiar de manera individual.

No es un iluso, no ignora las dificultades. Habla de sentirse confundido, de tener la sensación de que todo es demasiado duro, de que se ha llegado a un precipicio, pero también explica que en esos momentos, cuando nos sentimos sin esperanza, podemos tener las herramientas dentro de nosotros sin saberlo. Que cuando necesitamos esas agallas, descubrimos de lo que somos capaces. Y suele decir que lo contrario al coraje, al valor, no es la cobardía; es el conformismo.

¿He captado bien su mensaje si concluyo que podemos cambiar nuestra realidad con el estado de ánimo adecuado?

Lo que pretendo es que seamos más conscientes de que el estado de ánimo de un grupo, de una sociedad, afecta a los resultados que se obtienen, al nivel de eficiencia, pero también a la salud física y mental. El segundo mensaje es que, pese a las circunstancias más difíciles, a los eventos más desagradables, el estado de ánimo puede hacer mucho para gestionarlos mejor. Dedicarnos a buscar en las cosas que no nos gustan, en las circunstancias incómodas, ponernos la excusa de ser siempre víctimas, eso es lo que hace que una persona pierda todo su poder como tal, que sus recursos internos, su creatividad, su energía y su salud queden atrapados. Porque ser conscientes de nuestro ánimo tiene consecuencias no sólo en cómo funcionan nuestros procesos mentales, también físicamente, en nuestro cuerpo.

Lo dice en un país que es de los que menos confía en que el futuro depende de nosotros mismos. Es difícil cambiar ese estado de ánimo colectivo y, por otra parte, puede ser casi la única manera de que salgamos en condiciones de esto.

Tenemos enormes capacidades y lo hemos demostrado a lo largo de la Historia. Esa falta de confianza en nosotros mismos es absurda, es como si arrastráramos un sentimiento de inferioridad que para nada está justificado. Si creemos que no podemos, no conseguiremos llevar las cosas a cabo. En estos momentos de ambigüedad e incertidumbre es cuando tenemos que ser mucho más conscientes de que tenemos un potencial extraordinario, que no es ninguna utopía. Pero no puede aflorar si estamos fijándonos en las excusas y en las justificaciones para no hacer nada.

Cita a Ramón y Cajal, pero ¿no es tener que irse muy lejos?

No creo que falten modelos en los que fijarnos, pero no dedicamos tiempo suficiente a buscarlos. Además, me da igual que sean del siglo XIX o en el siglo III después de Cristo. Lo que me importa es saber que hay personas que, viviendo una serie de valores, han marcado diferencias, no necesito que el modelo sea contemporáneo. Se sigue leyendo a Platón porque tiene vigencia. Estamos hablando de principios y eso resiste el paso del tiempo, esas referencias no varían. Siempre es más fácil tomar una posición de víctima que de protagonista. A veces las excusas son tan fáciles que quedamos atrapados ahí, pero eso, finalmente, genera resentimiento, frustración, reduce la eficiencia y, además, empeora la salud. Sentirse víctima es un estado de ánimo muy tóxico y, en algún momento, hay que dar un puñetazo en la mesa y decirse “yo no nací para una vida mediocre, sino para una vida llena de orgullo y de ilusión”. Lo que implica, en ocasiones, no dejarse llevar por la corriente que, ahora mismo, es de desesperanza, frustración, etc…

Decía Ortega y Gasset que yo soy yo y mis circunstancias, y claro que tienen impacto. Condicionan pero no determinan. Es verdad que hay circunstancias en las que se percibe más la ilusión y hay entornos que hacen lo opuesto, que ponen difícil que se pueda vivir con esa pasión. Pero siempre me gusta hablar de Helen Keller, una mujer que siendo muy pequeña, se quedó ciega, muda y sorda y fue la primera mujer que se graduó con honores en Harvard. Ella dijo que había algo peor que no poder ver y era no tener una visión. Porque cómo veas el futuro, determina el presente. Sabía que no podía hacer todo, pero sí algo. Decir «voy a hacer todo» no es realista, pero sí puedes hacer algo porque ahí es donde se juega todo. Imaginemos un mundo donde todos hacen un poco. Tenemos que concentrarnos en la diferencia que queremos marcar, porque es tentador irte a un foco que no funciona, y genera frustración. Así, jamás vas a hacer nada valioso. Esa actitud inmoviliza. No nos definen como humanos los fracasos que tuvimos. Con un entorno más difícil lo que ocurre es que el gesto de soberanía personal es mucho mayor, por eso hay que esforzarse en marcar esa diferencia. La oscuridad más intensa cambia cuando alguien enciende una humilde cerilla.

Pero hay personas que le ponen mucha pasión y determinación a actitudes equivocadas, ¿no? Estoy pensando ahora en los fanáticos. Tienen pasión, son activos y dispuestos a darlo todo por una visión.

Claro que hay visiones equivocadas. Son las que se intentan imponer al resto. Si eso es lo que pretendes, te conviertes en un dogmático. Cuando hablamos de visión es de firme propuesta para uno mismo, no de imponer una obligación. Algo que se propone una persona, qué hacer con su vida. El segundo error de las visiones equivocadas y fanáticas es considerar que están por encima del resto. A nivel humano, nadie está por encima del resto. Al final, estas visiones dañinas no quieren contribuir al bienestar, lo que pretenden es dominar, ganar estatus. No sirven como modelo.

Ahora nos encanta hablar a los neófitos de cómo podemos cambiar, de la plasticidad del cerebro, y resulta que usted cree que fue Ramón y Cajal el primero.

Es que a Ramón y Cajal se le sigue citando en artículos 500 veces por año, algo inédito en un Nobel de esa época. La neurociencia sigue considerando a Ramón y Cajal como referencia. Y cuando dijo lo de la plasticidad del cerebro nadie le entendió. Cajal fue el primer científico que habló de que las personas, a base de paciencia y persuasión, podemos moldear nuestros cerebro. Tenía una capacidad intuitiva sorprendente: pudo intuir la corriente nerviosa y, de hecho, dibuja las flechas siguiendo esa corriente. Intuyó la maleabilidad del cerebro.

Los españoles no hemos vuelto a tener un Nobel de ciencia. Se dice pronto. Severo Ochoa cuenta como de EEUU. Usted ha vivido en Boston, ¿qué tiene que pasar en España para que consigamos algún Nobel?

En España no se valora como allí la investigación. Se habla mucho de que es importante, pero no se valora. Los descubrimientos científicos son procesos muy largos, de 15 a 20 años, y nosotros, de entrada, descuidamos la educación. En investigación, además de deseos, hay que tener inversiones. No hay manera de que un científico salga adelante. Cajal tuvo un carácter con un coraje y determinación que a todos nos deja boquiabiertos, pero no podemos depender de que aparezcan individuos con esas cualidades. En España, los científicos tienen que pelear por cosas que son ridículas y, cuando deciden irse a EEUU, se van a terrenos más amables. A pesar de eso, conseguimos cosas sorprendentes con escasos medios.

Ha hablado de educación. Sé que hay que ser optimista, pero es difícil serlo con este asunto en España, cuando se cambian leyes y no el enfoque de cómo se enseña.

En la educación, hay que distinguir muy bien dos elementos. El performance y lo que es el potencial. El primero es lo que la persona hace y el potencial es lo que podría hacer o no está haciendo. Muchas veces nos fijamos sólo en cómo lo está haciendo y no en cómo lo podría hacer. En ese salto, ahí es donde el método tiene que mejorar. Hay que creer que hay personas que tienen dentro energías dormidas y sólo así vas a permitir que esos individuos hagan cosas que no han hecho todavía. Si no crees en el potencial de las personas, no vas a buscarlo. Si tú ves a un alumno y crees que es torpe, lo vas a tratar como tal pero, si lo ves como alguien con potencial, ganará ilusión, participará más y así es como empezará a aflorar ese potencial. Eso se puede aplicar al entorno social, educativo y empresarial. Los líderes son los que ayudan a las personas a conseguir su mejor versión. Se trata de hacerlas sentir que son capaces de encontrar soluciones y eso pide un cambio de mentalidad, porque siempre nos quedamos en una visión obtusa sobre los demás.

Un sistema educativo que incentive a hacer preguntas, que estimule un pensamiento crítico, que anime a los curiosos.

Por eso precisamente los estadounidenses están por encima. Cuando te sientes parte de un equipo a la hora de buscar una solución, tu capacidad funciona de manera diferente. No se trata de que seas alguien capaz sólo de almacenar información. Es, además, poder utilizarla de manera inteligente. El modelo al que vamos en los sistemas de educación es precisamente el que va a enseñar a encontrar respuestas entre mucha información. En las empresas ya lo han visto, con una figura de líder coach que es el encargado de generar las preguntas para que, entre todos, encuentren una respuesta conjunta. Así debería ser la educación. En empresas como Google, donde tuve la oportunidad de estar este verano, saben que se avanza con esa colaboración.

Usted abandonó la medicina para convertirse en un ensayista de éxito y en un líder motivacional. ¿Cómo fue la transición? ¿Qué culpa tuvieron sus enfermos?

No se me hubiera ocurrido trasladar esto fuera del entorno médico, pero fueron ellos, al notar un cambio en su manera de ver las cosas, en su salud, los que me dijeron que lo extendiera más allá de las paredes del hospital. Así fue como empecé a explorar si podía tener un impacto positivo fuera de allí. Y, llegó un momento en el que empecé a desarrollar tanto esa vía, que tomé una decisión, que desde luego no fue fácil, y di el salto. Estaré siempre agradecido por todo lo que aprendí de los enfermos. La primera conferencia, recuerdo, la di en el IESE de Madrid, donde había realizado un máster. Di la conferencia dedicada al talento directivo y era sobre los límites que nos imponemos. Tuvo éxito y hace cinco años fue cuando tuve que elegir.

¿Fue uno de esos niños que descubrió su talento natural pronto? ¿Se recuerda siempre queriendo ser médico?

No, mi vocación estaba relacionada con los animales. No era de familia, además, porque todos en casa eran abogados o economistas. Mi héroe era Félix Rodríguez de la Fuente pero, por circunstancias personales, a los 16 años pensé que quería dedicar mi vida a los demás.

NOMBRE: Mario Alonso Puig. ESTADO CIVIL: casado; TRES hijos. EDAD: 59 IDEA: “Decir ‘voy a hacer todo’ no es realista… Pero la oscuridad más intensa cambia cuando Se enciende una humilde cerilla”, DEFIENDE EL GANADOR DEL PREMIO ESPASA DE ENSAYO 2013. LIBRO: ‘La buena Suerte’, de Alex Rovira y Fernando Trías de Bes. PELÍCULA: ‘Gladiator’, de Ridley Scott.

Berta González De Vega

Fuente EL MUNDO / CRÓNICA

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Del “Dios objeto” a la “Fuente común”

Jueves, 23 de julio de 2020

aguaStefano Cartabia, Oblato,
Uruguay

ECLESALIA, 13/07/20.- Tal vez el “gran pecado” del cristianismo fue haber transformado a Dios en un objeto. Sin duda fue un proceso inconsciente y hasta necesario en su desarrollo y en el desarrollo de la conciencia humana. Estoy convencido que buena parte de la crisis actual de la iglesia católica y del cristianismo se deba a esta desviación.

Un objeto es algo que –por definición– está en frente a un sujeto que puede verlo, conocerlo, manipularlo.

No hay que entender “objeto” simple y solamente en su sentido material, como una “cosa”, sino en su sentido más amplio. En este sentido una imagen mental puede ser considerada un “objeto”. Es justamente en este sentido que el cristianismo ha reducido el Misterio: Dios como una imagen mental, algo que puede ser pensado y aislado independientemente del sujeto pensante. El objeto es otro del sujeto, hay separación entre sujeto y objeto.

Desde estas verdades tan simples se desencadenan unas cuantas y problemáticas consecuencias: Dios pasa a ser un Superente, separado, distante, externo, manipulable.

Y, desde esta concepción de Dios, siguen otras consecuencias y las formas de vivir el cristianismo que bien conocemos: la separación entre fe y vida, una liturgia aséptica y que poco o nada tiene que ver con la vida, una fe centrada en una moral heterónoma, un cristianismo centrado en la doctrina y siempre pendiente de la jerarquía, una vida de oración estéril y aburrida, el aniquilamiento de la alegría y la creatividad.

Reitero que esta deriva no se dio –así lo suponemos en clave general– por mala intención de alguien. Simplemente aconteció y, si aconteció, por algo aconteció. Sin duda tuvimos que pasar por esa etapa. Ahora estamos despertando y nos estamos dando cuenta del error, del límite de esta visión y estamos entrando en una nueva y fundamental etapa.

Lo que llamamos “Dios” no es un objeto y no puede serlo: por maravilloso, grandioso o infinito que sea el susodicho objeto. Comprender esto, hacer experiencia de esta verdad, es fundamental.

La mística es el camino de regreso a casa. El silencio nos conducirá a casa. Casa como lugar donde caen todas las ilusorias separaciones, donde ya no existe sujeto y objeto, donde vivimos la experiencia fundante de lo Uno.

En el silencio no hay objetos y se purifica nuestra terrible inercia de objetivar al Misterio.

Si logramos leer el evangelio libres de los condicionamientos mentales, doctrinales y culturales, lograremos percibir la auténtica experiencia de Jesús y entraremos en su experiencia y en su conciencia.

Entonces captaremos desde dentro sus palabras: “El Padre y yo somos una sola cosa” (Jn 10, 30): no hay objeto.

Para Jesús el “Padre” no es alguien o Algo que vive “afuera” e independientemente de él mismo. El “Padre” es la raíz de su propio ser, el Misterio de Amor en el cual Jesús se mueve, ama, actúa. El “Padre” es la Fuente común de la cual todos bebemos agua viva.

Obvio que el mismo Jesús tuvo que expresar esta experiencia no-dual en términos duales. No hay otro camino, porque el lenguaje es necesariamente dual. Por eso es fundamental ir más allá del lenguaje y sobre todo no absolutizarlo. La sabiduría consiste en captar la esencia no-dual que se esconde en su expresión dual.

¿Qué hay detrás de las palabras de Jesús “el Padre y yo somos una sola cosa”? Desde la experiencia mística en la cual el silencio nos introduce podemos comprender la frase de esta manera: la realidad es esencialmente Una y el fondo último de lo real es el Misterio de Amor que nos constituye y del cual somos expresión y revelación.

Jesús nos revela la esencia constitutiva de lo real: no solo él es Uno con el Misterio, sino todo vive de la profunda unidad con el Misterio. Todo se remite a la Fuente Una, brota desde ahí, fluye desde ahí y es revelación de la misma. Jesús descubre en él lo que somos todos y el secreto último de la vida.

Todo esto desemboca en el gran anuncio cristiano: Dios es relación, Dios es Trinidad. Cuando decimos que Dios es Trinidad estamos diciendo que la relación lo constituye y por eso vale la afirmación opuesta: la Relación es Dios. La estructura relacional del Universo expresa la esencia divina.

En palabra de Raimon Panikkar: la estructura cosmoteandrica (cosmos/Dios/hombre) de lo real. La realidad –es decir, lo que es– está constituida armónicamente por lo divino, lo humano, lo cósmico.

No hay nada separado de nada. Dios, hombre y cosmos no son tres “cosas” que existen o puedan existir separadamente sino que constituyen la única realidad expresándose en formas distintas. La realidad es Una y está constituida por esa tres dimensiones: en la vida real y concreta de todos los días estas dimensiones conviven en profunda simbiosis y armonía. Donde encontramos una también está la otra.

En la constitución cosmoteándrica de la realidad es importante subrayar un fundamental matiz: el Misterio último de lo real –la Fuente– no se agota en su dimensión (expresión, revelación, manifestación) humana y cósmica. En la dimensión cosmoteándrica de lo real, lo divino tiene una prioridad ontológica esencial: es lo que hace ser y subsistir la misma realidad. El cosmos y el ser humano constituyen la misma realidad en cuanto manifestación de la misma, pero cuando la manifestación se termina, lo divino obviamente, continua. Lo manifestado vuelve a lo inmanifiesto. La Fuente no se agota.

En cuanto existe manifestación no es posible separación alguna: cada manifestación es necesariamente cosmoteándrica. En cuanto se termina la manifestación, queda la esencia inmanifiesta de la misma: lo divino que en ella se revelaba.

La realidad Una está constituida –mejor dicho: va constituyéndose a cada instante– por la relación. Todo está en relación, todo es relación. Todo existe y se define por la relación. Y este Misterio relacional no es otra cosa que el Misterio divino, inefable, indecible. El Misterio último de la realidad es entonces la relacionalidad.

Pongamos un ejemplo: salgo a la calle a caminar. Me detengo delante de un árbol que me gusta y me llama la atención. El árbol, a través de los sentidos (especialmente la vista, el tacto, el oído) entra en mi campo de consciencia. Soy consciente del árbol, el árbol está ahí, puedo tener experiencia del árbol. Una primera observación: el árbol está ahí porque soy consciente de él. El árbol surge simultáneamente con mi consciencia de él. En términos de física cuántica podríamos hablar del “colapso de la función de onda”.

Abro un paréntesis: me parece fascinante y sugerente la comparación con la física cuántica: abre caminos de comunión y comprensión reciproca entre la experiencia del Misterio y la visión científica. Mística y física cuántica se pueden fecundar y alimentar recíprocamente.

Seguimos con nuestro hilo argumental. La ciencia todavía no tiene muy claro como interpretar el “colapso de la función de onda”, quedan muchos enigmas a resolver. Yo tampoco soy un experto. Pero creo que vale la pena abrir está puerta, con humildad y confianza.

¿Qué es el “colapso de la función de la onda”? En palabras sencillas podemos decir que la energía (átomos, luz…) está por todo lado y por ninguno en cada momento; en cuanto interviene la consciencia observadora de un sujeto, la energía colapsa en una forma concreta. En realidad los experimentos que atestiguan esta verdad se hicieron sobre los átomos y las partículas subatómicas. Por eso que las leyes de la física cuántica valen por la realidad micro y todavía no logramos validarlas para lo macro, donde aparentemente sigue vigente la física de Newton.

Vamos a nuestro tema. La observación produce un colapso de la energía que asume un “rostro” concreto; en nuestro caso un árbol. El árbol no existe independientemente de mi consciencia de él… mentalmente me lo puedo imaginar y puedo suponer que seguirá ahí después de que yo siga mi camino. Pero, en sentido estricto, solo existe y solo puedo tener experiencia de él en el momento que aparece en mi conciencia. Este primer y sencillo paso evidencia desde ya la relacionalidad de lo real, a partir de las cosas más sencillas y cotidianas.

Podemos dar un ulterior paso. Si miro detenidamente el árbol que tengo delante de mí, puedo darme cuenta que solo existe y está existiendo en relación: con mi conciencia de él como vimos, con la tierra, el aire, el sol, los demás árboles, los pájaros y los insectos, las demás personas… No existe el árbol por sí solo, aisladamente.

Parece esencial entonces el rol del observador. Si es verdad que el árbol aparece porque lo estoy observando es también verdad que yo mismo soy parte del sistema, yo también soy “un colapso de la función de onda.

¿Quién o Qué me está observando? Acá entra la experiencia mística, atestiguada por tantos y tantas a lo largo y ancho de la historia y del mundo.

El Misterio, la Fuente (podemos llamarlo “Dios” si nos ayuda en la comprensión) me está observando y esta observación – una mirada de amor en términos cristianos – me está creando aquí y ahora.

Un paso más, decisivo. Esta Mirada divina no es distinta de mi propio mirar. “El ojo con el cual veo a Dios es el mismo ojo con el cual el me ve”, dice el místico alemán Angelo Silesio.

Existo por esa mirada y miro a través de esa mirada. Mi mirar es el mirar de Dios y el mirar de Dios es mi mirar: ni uno ni dos.

Eso obviamente vale para mi y para cualquier otro ser humano: el observar de Dios a través de la mirada humana es el mismo mirar. Un mismo mirar que se funde en simbiosis única y original con el mirar de cada cual.

Es en este sentido que somos co-creadores. Observando la realidad la estamos co-creando.

El famoso árbol manifiesta una colapso de la función de onda no solo por mi mirar, sino por el mirar del otro, de los otros. En estas múltiples y distintas miradas está la única mirada, el Único Observador que, observándonos, nos crea simultáneamente a nosotros y al árbol.

La creación y la vida misma son este juego de miradas conscientes y miradas de amor. Mi existencia es la mirada de Dios y mi existir es visión de Dios. Soy visto y en esta mirada estoy siendo y estoy viendo.

A esta altura la pregunta esencial y fundamental es:

¿Cómo hacer experiencia “de” Dios?

Podemos identificar dos caminos, siempre reconocidos por las tradiciones espirituales y que van de la mano: el camino de purificación o purgativo y el camino unitivo.

El camino purgativo es el camino de purificación: observar la mente, desconfiar de los pensamientos, silenciar la mente. La mente está pensada como herramienta para manejar lo manifiesto y lo manifiesto es siempre dual, sujeto y objeto. Por eso la mente no tiene la capacidad de percepción de lo Uno. Purificar la mente es volverse más sencillos, más transparentes, más libres de los pensamientos, sentimientos, emociones. Es un camino de autoconocimiento psico-espiritual que transita por varias etapas y varias capas de profundidad. Un camino nunca acabado en realidad.

El camino unitivo: percibir la Vida Una. Crecer en la percepción que somos Uno con la Vida. Confiar en el proceso de la Vida.

Hablando en sentido estricto no hay una experiencia “de” Dios. El “de” convierte automáticamente a Dios en objeto.

Dios es el “ambiente vital” desde el cual vivimos toda experiencia. Dios es la posibilidad última de toda experiencia. Por eso, desde este radical perspectiva, no podemos hablar de experiencia de Dios. Le hacemos esta concesión al lenguaje para poder comunicarnos y entendernos, pero sería importante ser consciente de los limites del lenguaje mismo.

En realidad lo que vivimos es pura experiencia, puro conocer, sin un “yo” que experimenta y lo experimentado, sin un conocedor y lo conocido. Cuando nos establecemos en la pura experiencia (pura conciencia) todo se vuelve trasparente y sencillo. En la pura experiencia solo hay Dios y todo se transforma en experiencia de Dios. Mejor dicho: experiencia y “Dios” coinciden.

La mente se vuelve serena y pacifica, se abre “el tercer ojo”, la visión interior, y desarrollamos la intuición. Empezamos a ver la realidad así como es, sin los filtros mentales e interpretativos. Todo se vuelve diáfano y luminoso. Todo es transparencia del Misterio, todo es símbolo del Ser.

Resumiendo. Los caminos de purificación y unitivo van de la mano, son simultáneos. No son etapas cronológicas. A cada momento vivimos los dos, aunque según los momentos y las etapas puede que uno prevalezca sobre el otro.

Para experimentar el Misterio estamos llamados a silenciar la mente, a crecer en conciencia y en autoconocimiento. Reconociendo nuestros estados mentales y emocionales aprenderemos a ser libres. Desde esta libertad radical podremos asumir y vivir con serenidad y totalidad cada acontecimiento que la Vida nos ofrece.

Descubriremos cada vez más que somos esa misma Vida, somos parte del mismo Misterio que estamos buscando. No necesitaremos seguir buscando, porque nos daremos cuenta que no hay una experiencia de Dios afuera de nosotros mismos. Somos esta misma experiencia. Somos Uno con el Misterio, Uno con la Vida.

Esa conciencia será la Paz total y la alegría plena.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad , , , ,

Coge tu cruz y sígueme…

Domingo, 28 de junio de 2020

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No te he negado

Por causa de Tú causa me destrozo
como un navío, viejo de aventura,
pero arbolando ya el joven gozo
de quien corona fiel la singladura.

Fiel, fiel…, es un decir. El tiempo dura
y el puerto todavía es un esbozo
entre las brumas de esta Edad oscura
que anega el mar en sangre y en sollozo.

Siempre esperé Tú paz. No Te he negado,
aunque negué el amor de muchos modos
y zozobré teniéndote a mi lado.

No pagaré mis deudas; no me cobres.
Si no he sabido hallarte siempre en todos,
nunca dejé de amarte en los más pobres.

*

Pedro Casaldáliga,
El Tiempo y la Espera, Sal Terrae 1986

***

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

“El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no coge su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta tendrá paga de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo tendrá paga de justo. El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pobrecillos, sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo aseguro.”

*

Mateo 10,37-42

***

Dios, que me entrega tesoros para que los guarde, me permite que los custodie y los administre bien   Me agrada relacionarme con los demás. Mi intensa participación, me parece, irradia lo mejor y más sincero de mí; las personas se muestran sinceras conmigo, cada uno es una historia, y todos me cuentan su vida. Y mis ojos encantados no tienen que leer. […]. Soy un enfermo, no puedo hacer nada. Mas tarde enjugaré lágrimas y replegaré miedos, allá abajo. En el fondo, ya lo hago en esta cama. ¿Quizá sea por esto que tengo fiebre y mareos?. No quiero ser cronista de horrores. Ni tampoco de sucesos sensacionales.

Esta mañana le he dicho a Jopie: siempre llego a la misma conclusión, la vida es bella. Y creo en Dios. Quiero estar entre los  “horrores” y decir igualmente que la vida es bella. Ahora, con fiebre y mareos, acostado en un rincón, no puedo hacer nada. Hace poco me he despertado con la garganta seca, he aferrado mi vaso y he agradecido los sorbos de agua; he pensado: si pudiese andar entre los millares de hombres amontonadas por ahí y pudiese ofrecerles un trago… Me digo: no es nada, tranquilo, no es nada, tranquilo.

Cuando una mujer o un niño hambriento se ponía a llorar detrás de nuestras mesas de grabación, me arrimaba, le abrazaba sobre mi pecho, le apretaba, le sonreía y suavemente le decía a quien se encontraba acurrucado y aturdido: no es nada, no es nada. Me quedaba allí y, si podía, hacía algo. A veces me sentaba cerca de alguien, le ponía el brazo encima del hombro, guardaba silencio y le miraba a la cara. Nada resultaba nuevo, ninguna de aquellas expresiones de dolor humano. Todo me parecía familiar; como si ya hubiera vivido cada casa. Algunos me decían: tienes nervios de acero para resistir. No creo que tenga nervios de acero; mas bien, nervios sensibles, capaces de “resistir”. Tengo el coraje de mirar de frente al dolor. Al final de coda día me decía: ¡quiero tanto a los hombres!.

*

E. Hillesum,
Diario 1941-1943,
Milán 5i 992, 232ss.

*

***

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José María Castillo: “El Evangelio es, ante todo, una forma de vivir”

Lunes, 8 de junio de 2020

“Cristo Redentor obtiene mascarilla para alentar al mundo protegerse contra el Covid-19” – Manu Silva (PRNewsfoto/Todos pela Saúde) “Cristo Redentor con mascarilla para alentar al mundo a protegerse contra el Covid-19” – Manu Silva (PRNewsfoto/Todos pela Saúde)

De su blog Teología sin Censura:

Insisto, una vez más, en la necesidad apremiante, que tenemos, de recuperar la centralidad del Evangelio en la organización de la Iglesia y en la vida de los cristianos

Si planteamos la religión como la planteo y la vivió Jesús (según el Evangelio), no cabe duda que cuando hablemos de la pandemia del virus, si es que tratamos el tema en serio y hasta el fondo, antes o después, tendremos que hablar también de religión

Una de las cosas más extrañas y elocuentes, que estoy viviendo con motivo de la pandemia, es que, cuando se habla de este asunto (en la tele, en la prensa, en las tertulias, donde sea…), salen a relucir, como es lógico, la medicina, la economía, la política, la ciencia, las leyes, las costumbres… O sea, se habla de todo. Menos de una cosa: la religión. A veces (raras veces) se hace mención de la generosidad del Papa, de algún obispo que ha hecho algo llamativo o quizá de algunas monjas que hacen lo que pueden en barrios o países pobres. Pero, de la religión como factor que puede ser importante en la solución de este enorme problema, a nadie se le ocurre ni mencionar tal cosa, por lo menos como posible ayuda para la solución de esta enorme amenaza que tanto nos preocupa y hasta nos abruma.

¿Qué le ha pasado a la religión? Me lo pregunto porque estoy seguro de que hay personas, quizá bastantes personas, que le rezan a Dios para que nos ayude a superar esta enorme desgracia. Pero de estos sentimientos religiosos, la mayoría de la gente ni se atreve a mencionar en público si reza o deja de rezar. Por eso, yo insisto en mi pregunta: ¿qué le está pasando a la religión?

El problema, que se nos plantea con esta pregunta, es – me parece a mí – algo más complicado de lo que algunos se imaginan. Porque es un hecho que, en las sociedades más industrializadas y más ricas, a medida que la tecnología y la economía se desarrollan, ocurre que las normas culturales y religiosas tradicionales se deterioran y hasta se debilitan, llegando a perder en gran medida la presencia púbica que tuvieron en tiempos pasados y cualquiera sabe si volverán (cf. Ronald Inglehart).

Por lo general, el hecho que acabo de apuntar se suele interpretar como un progreso. Por supuesto, un progreso que tiene un precio: a más ciencia, más tecnología y una economía más poderosa, la moral y las costumbres tradicionales se deterioran; y con semejante deterioro, la religión se va quedando también marginada. Esto, por lo menos a primera vista, parece un hecho incuestionable.

Sin embargo, tenemos que insistir en una pregunta elemental: ¿es todo esto realmente así? Quiero decir: ¿podemos asegurar tranquilamente que, a más ciencia y más tecnología, con el consiguiente deterioro de la religión, por eso mismo la sociedad se va desarrollando, la humanidad se está perfeccionando y las futuras generaciones alcanzarán metas y logros que no imaginamos?

Sinceramente, yo creo que ya tenemos argumentos abundantes, por lo menos, para sospechar (con fundamento) que los entusiastas defensores de los indiscutibles logros de la ciencia y del progreso, de las técnicas y de la economía, en realidad son unos desorientados, que no se han dado cuenta de la espantosa hecatombe en la que nos hemos metido, con nuestros prodigiosos avances en la más refinada tecnología y nuestra religión confinada en el desván de los recuerdos.

¿Por qué digo esto? Porque, si todo este problema se piensa a fondo, pronto se da uno cuenta de que ni todo, en la ciencia y la tecnología, es tan positivo como muchos se imaginan; ni todo, en la religión, está que hace agua. Baste pensar que la ciencia y la tecnología dependen de la economía. Y no de cualquier economía. Porque dependen del sistema económico establecido, que es el sistema que rige y manda en el mundo. Un sistema que, “de facto”, y sea cual sea la teoría que cada uno tenga, el hecho es que se trata de un sistema que produce el insaciable incremento del beneficio económico de unos pocos a costa de la dependencia y el empobrecimiento de todos los demás.

Por supuesto, yo no soy economista. Pero tampoco me chupo el dedo. Y de sobra sabemos que la economía mundial funciona de tal manera, que, a una velocidad creciente y alarmante, el capital mundial se va concentrado más y más, cada año, en menos y menos personas, que son las que rigen nuestras vidas, por más que ni se nos pase por la cabeza semejante atrocidad. Sobre todo, sabiendo, como bien sabemos, que más de la mitad de la población mundial no puede disponer de la atención médica indispensable, ni se puede alimentar para seguir viviendo.

Pero hay algo más, que nunca habíamos imaginado. Nuestro incontenible y flamante desarrollo científico y tecnológico produce tal y tanta contaminación atmosférica, que, como a nuestro flamante desarrollo no lo contengamos o le demos otra orientación, a nuestros nietos les dejaremos seguramente la espantosa herencia de tener que asistir a la destrucción total del planeta tierra.

Pero nos queda la segunda parte: la marginación y el deterioro de la religión. Me refiero, puesto que soy cristiano, a la religión que vivo, desde mi infancia. La religión que ha dado y da sentido a mi vida. Además, he dedicado mi trabajo, mis estudios y mi profesión al estudio y la enseñanza de esta religión, que intento vivir y transmitirla a los demás.

Dicho esto, lo primero que, a mi manera de ver, se debe tener en cuenta es que el cristianismo (como les ocurre a otras religiones), por una presunta fidelidad a sus orígenes, se ha quedado muy atrasado con respecto a la cultura y a los acontecimientos que estamos viviendo. Baste pensar, por poner un ejemplo, en lo que ocurre con la liturgia y en la celebración de los sacramentos. Mucha gente no sabe que esas ceremonias, tal como han llegado hasta nosotros, en su lenguaje, sus vestimentas, sus rituales y la justificación ideológica de su contenido, en muchos de los aspectos que los fieles perciben, son costumbres y tradiciones medievales. Por no hablar de los templos, catedrales, palacios y otras solemnidades, que le hicieron decir a san Bernardo, en un escrito dirigido al papa Eugenio III (s. XII), que, revestido de seda y oro, en su caballo blanco, parecía más el sucesor de Constantino que el de san Pedro. Y sabemos que la religión, que hoy tenemos, es el residuo anacrónico de aquellas vanidades.

Y lo peor del caso es la mentalidad – o sea, la teología – que justifica esas cosas. Una teología que, en no pocos tratados y cuestiones, ni afronta, ni responde, a los grandes temas que ahora interesan a la mayor parte de la sociedad. Por eso insisto, una vez más, en la necesidad apremiante, que tenemos, de recuperar la centralidad del Evangelio en la organización de la Iglesia y en la vida de los cristianos.

Por supuesto la Iglesia afirma y defiende que el Evangelio es eje y centro de la Iglesia. Pero nunca deberíamos olvidar lo que tantas veces ha dicho el papa Francisco: el Evangelio es, ante todo, una forma de vivir. Una vida en la que se destacan dos grandes problemas, que son las dos grandes preocupaciones que tuvo Jesús: la salud y la economía. Justamente, los dos grandes problemas que hoy tenemos que afrontar los humanos, sean cuales sean nuestras creencias y dada la mundialización de la pandemia que sufrimos.

Por esto se comprende la insistencia de los evangelios en los relatos de las curaciones de enfermos. Hasta 67 relatos sobre este asunto, que dejan patente hasta qué extremo a Jesús le interesaba y la preocupaba el tema de la salud y la vida. Y junto a la salud, la economía. Que es el tema de fondo, que plantea el Evangelio cuando Jesús llamaba a los discípulos y a la gente a “seguirle”. En efecto, según los evangelios, cuando Jesús llamaba a que alguien le “siguiera”, no ponía nada más que una condición: “dejarlo todo”. Llama la atención que esto justamente es el tema capital en el que los evangelios insisten hasta tales extremos, que no siempre es fácil explicar lo que Jesús pedía (incluso abandonar el entierro del propio padre: Mt 8, 18-22 par).

Sin duda alguna, da pena pensar cómo la teología cristiana ha desplazado el tema del “seguimiento de Jesús”. De forma que el tema-clave de la “cristología” (Joahn B. Metz) lo ha deformado interpretándolo como un tema de “espiritualidad”. Los discípulos de Jesús conocieron al Maestro, “siguiéndole”, viviendo con él y como él.

Si cuando hablamos de la pandemia del corona-virus, la religión no interesa, es evidente que a los hombres de la religión les resulta más cómodo y lucrativo celebrar ceremonias, ritos y liturgias, que enfrentarse a una política y una economía que se interesa más por el poder que por la salud para todos por igual y una economía que no tiene como proyecto el beneficio, sino la salud y el bienestar para todos.

Es evidente que, si planteamos la religión como la planteo y la vivió Jesús (según el Evangelio), no cabe duda que cuando hablemos de la pandemia del virus, si es que tratamos el tema en serio y hasta el fondo, antes o después, tendremos que hablar también de religión.

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