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Otra cosa más allá

Viernes, 15 de mayo de 2020

Del blog Nova Bella:

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Todo cuanto sueño o pierdo

Qué pronto cae o muere en mi…

Es como una terraza que mira

hacia otra cosa más allá.

*

Fernando Pessoa

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad ,

Nuestra vida es importante para Dios

Martes, 12 de mayo de 2020

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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“Lejos de matar al hombre que busca el fuego divino, el Dios Vivo se hará pasar a Sí mismo por la muerte para que el hombre tenga lo que le está destinado.

Si Cristo ha muerto y ha resucitado de entre los muertos y ha derramado sobre nosotros el fuego de Su Espíritu Santo, ¿por qué imaginamos que nuestro deseo de vida es un deseo prometeico, condenado al castigo?

¿Por qué actuamos como si nuestro deseo de “ver días buenos” fuera algo que Dios no deseara, si Él mismo nos dijo que los buscáramos?

¿Por qué nos reprochamos a nosotros mismos desear la victoria? ¿Por qué nos enorgullecemos de nuestras derrotas y nos gloriamos en la desesperación?

Porque creemos que nuestra vida es importante sólo para nosotros, y no sabemos que nuestra vida es más importante para el Dios Vivo que para nosotros mismos.

Porque pensamos que nuestra felicidad es para nosotros solos, y no nos damos cuenta de que es también Su felicidad.

Porque pensamos que nuestras penas son sólo para nosotros, y no creemos que son mucho más que eso: son Sus penas.

No hay nada que podamos robarle en absoluto, porque antes de que podamos pensar en robarlo, ya ha sido dado.

*

Thomas Merton
«Prometeo: una meditación»,
en Incursiones en lo Indecible.

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , ,

Camino, Verdad y Vida.

Domingo, 10 de mayo de 2020

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Debemos siempre estar muy seguros de hacer la distinción entra la Iglesia invisible, universal y espiritual (Ecclesia) y la organización religiosa sin ánimo de lucro que se reúne en un edificio coronado por un campanario. La diferencia es inestimable, y no tenemos derecho a cometer el error de confundir las dos. Comprende por favor que no cuestionamos el derecho de cualquier grupo religioso de reunirse en paz, de elegir a sus líderes, de recibir dinero, de tener criterios para llegar a ser miembro, de administrarse del modo que le parezca justo – hace tiempo que comprendemos que tal derecho es un derecho civil y no es  en ningún caso inalienable,  escrito o autorizado por el mismo Dios. Esto no significa que sea malo, pero esto no lo hace espiritual. La Ecclesia no es una organización o una invención humana, sino un organismo lleno de Vida, y que adorarlo “en Jerusalén o sobre esta montaña” es menos importante para Dios que  adorarlo “en Espíritu y de verdad“.

¿Entonces dónde es la diferencia? ¿Dónde está el problema? Esto se convierte en un problema cuando el significado espiritual y escriturario  es falsamente relacionado con las costumbres sociales, con una norma cultural, con una religión de tradiciones, con una organización o con un lugar para reunirse. Cuando la línea de demarcación si difumina entre, por  una parte, la expectativa social, la tradición o las costumbres de la Religión Organizada y por otra parte, la verdadera vida espiritual, la misma esencia de la Ecclesia o del creyente individual, entonces tal sistema tiene la posibilidad de evolucionar en una forma peligrosa de abuso espiritual o de elitismo religioso.

*

Chip Brogden

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
– “No se turbe vuestro corazón, creed en Dios y creed también en mí.En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.”

Tomás le dice:

“Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”

Jesús le responde:

“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.”

Felipe le dice:

-“Señor, muéstranos al Padre y nos basta.”

Jesús le replica:

-“Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.”

*

Juan 14,1-12

***

Hace algunos años, un hombre de Dios que me guiaba entonces me envió un mensaje que me asustó mucho: “Sea siempre fiel a Dios en la observación de sus promesas y no se preocupe de las burlas de los insulsos. Sepa que los santos siempre se han hecho la burla del mundo y de los mundanos y han sido pisoteados por el mundo y por sus máximas. El campo de la lucha entre Dios y Satanás es el alma humana, donde se desarrolla esta lucha en todos los momentos de la vida. Para vencer a enemigos tan poderosos, es preciso que el alma dé libre acceso al Señor y sea fortalecida por él con toda suerte de armas, que su luz la irradie para combatir contra las tinieblas del error, que se revista de Jesucristo, de su verdad y justicia, del escudo de la fe, de la Palabra de Dios. Para revestirnos de Jesucristo, es preciso que muramos a nosotros mismos. Estoy seguro de que nuestra Madre celestial le acompañará paso a paso”.

Estaba yo confuso, mi mente daba vueltas, cavilaba en estos pensamientos sin llegar a ninguna conclusión. Pasó después otro trecho de vida y comprendí que morir a nosotros mismos es hacernos vivir a nosotros mismos. Caigo en la cuenta de que los momentos de vida plena son aquellos en que siento la tentación de hacer vivir en mí a Dios y su voluntad. Al final he comprendido que abandonarme a Dios no significa haber superado todos mis problemas, sino querer verdaderamente, con todo mi ser, que él pueda obrar en mí y pueda encontrar en mí una plena colaboración.

Al leer ahora de nuevo esta carta, cada palabra toma un valor diferente y, contrariamente a hace algunos años, me anima a continuar por este sendero.

*

E. Olivero,
Amar con el corazón de Dios,
Turín 1993, pp. 72ss).

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“No os quedéis sin Jesús”. 10 de mayo 2020. 5 Pascua (A). Juan 14, 1-12.

Domingo, 10 de mayo de 2020

joven-caminando-con-jesusAl final de la última cena, Jesús comienza a despedirse de los suyos: ya no estará mucho tiempo con ellos. Los discípulos quedan desconcertados y sobrecogidos. Aunque no les habla claramente, todos intuyen que pronto la muerte lo arrebatará de su lado. ¿Qué será de ellos sin él?

Jesús los ve abatidos. Es el momento de reafirmarlos en la fe, enseñándoles a creer en Dios de manera diferente: «Que no tiemble vuestro corazón. Creed en Dios y creed también en mí». Han de seguir confiando en Dios, pero en adelante han de creer también en él, pues es el mejor camino para creer en Dios.

Jesús les descubre luego un horizonte nuevo. Su muerte no ha de hacer naufragar su fe. En realidad, los deja para encaminarse hacia el misterio del Padre. Pero no los olvidará. Seguirá pensando en ellos. Les preparará un lugar en la casa del Padre y un día volverá para llevárselos consigo. ¡Por fin estarán de nuevo juntos para siempre!

A los discípulos se les hace difícil creer algo tan grandioso. En su corazón se despiertan toda clase de dudas e interrogantes. También a nosotros nos sucede algo parecido: ¿no es todo esto un bello sueño? ¿No es una ilusión engañosa? ¿Quién nos puede garantizar semejante destino? Tomás, con su sentido realista de siempre, solo le hace una pregunta: ¿cómo podemos saber el camino que conduce al misterio de Dios?

La respuesta de Jesús es un desafío inesperado: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». No se conoce en la historia de las religiones una afirmación tan audaz. Jesús se ofrece como el camino que podemos recorrer para entrar en el misterio de un Dios Padre. Él nos puede descubrir el secreto último de la existencia. Él nos puede comunicar la vida plena que anhela el corazón humano.

Son hoy muchos los hombres y mujeres que se han quedado sin caminos hacia Dios. No son ateos. Nunca han rechazado a Dios de manera consciente. Ni ellos mismos saben si creen o no. Tal vez han dejado la Iglesia porque no han encontrado en ella un camino atractivo para buscar con gozo el misterio último de la vida que los creyentes llamamos «Dios».

Al abandonar la Iglesia, algunos han abandonado al mismo tiempo a Jesús. Desde estas modestas líneas yo os quiero decir algo que bastantes intuís. Jesús es más grande que la Iglesia. No confundáis a Cristo con los cristianos. No confundáis su evangelio con nuestros sermones. Aunque lo dejéis todo, no os quedéis sin Jesús. En él encontraréis el camino, la verdad y la vida que nosotros no os hemos sabido mostrar. Jesús os puede sorprender.

José Antonio Pagola

 

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“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”. Domingo 10 de mayo de 2020. 5º Domingo de Pascua.

Domingo, 10 de mayo de 2020

27-PascuaA5 cerezoLeído en Koinonia:

Hch 6,1-7: Eligieron a siete hombres llenos de espíritu
Salmo responsorial 32: Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti
1Pe 2,4-9: Ustedes son una raza elegida, un sacerdocio real
Jn 14,1-12: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida

En la comunidad lucana descrita en la primera lectura, los apóstoles tienen plena conciencia que no lo pueden hacer todo y que necesitan valerse de otros para atender a las necesidades urgentes de la comunidad pero sin desatender el ministerio de la Palabra. Pero ellos no imponen. Invitan a la comunidad a escoger sus propios servidores, animadores. Les presentan a siete personas que son «autorizados» por los apóstoles para satisfacer las necesidades de la comunidad. No son servidores de segunda. Son personas encargadas o enviadas a realizar ministerios diferentes. Pero todos estaban empeñados en la difusión de la Palabra y en el crecimiento numérico y cualificado de la comunidad.

Así mismo, el autor de la carta de Pedro quiere subrayar el papel de todos los miembros de la comunidad creyente en la construcción del templo vivo de Dios. Jesús es la piedra viva, el fundamento, la base para construir la casa de Dios. Sobre esa piedra se instalan las demás piedras, los seguidores de Jesús. De manera pues que no somos sólo espectadores de la construcción. Somos artífices y al mismo tiempo materia fundamental para alcanzar la construcción del gran edificio humano, levantado sobre la roca, Jesucristo, sostenido por la columna del Espíritu Santo y estructurado con la activa cooperación de cada uno de los bautizados. El sacerdocio, más que un honor, un privilegio, una casta… es un dinamismo desatado por el Espíritu para el servicio de la comunidad eclesial. Todos somos ministros, todos sacerdotes, todos servidores en una densa experiencia fraternal al servicio del Reinado de Dios.

El evangelio de Juan revela la situación crítica que vive la comunidad naciente provocada por el ambiente hostil y peligroso en que se va desarrollando. Jesús no sólo es la piedra fundamental, sino que Jesús es también camino, verdad y vida. Los discípulos están confundidos ante las Palabras de Jesús. En los anteriores versículos Jesús ha anunciado la traición de Judas y la negación de Pedro. Este episodio refleja la situación de crisis de los discípulos porque no entienden el camino de Jesús. Las palabras que Jesús pronuncia pretenden alentarles en la esperanza, fortalecerlos en medio de la angustia, devolverles el horizonte de vida.

Jesús es camino, es decir, es proyecto, horizonte de vida para muchos. Su muerte está llena de sentido porque en ella se manifiesta el amor de Dios por la Humanidad y les devuelve la razón de vivir en momentos de confusión y desesperación.

Jesús es verdad: la mentira, el engaño, la corrupción se apodera del corazón de la persona humana. La Palabra anunciada y testimoniada por Jesús, que es la Palabra del Padre, se convierte en criterio de verdad, en transparencia que devuelve la luz.

Es vida: frente a las fuerzas de la muerte que causan terror, Jesús da sentido a la vida, se revela como Señor de la vida y vencedor de la muerte. Y en él todos los que apuestan a favor de un proyecto de vida, de verdad y amor como horizonte que puede salvar a la Humanidad del caos, la injusticia, la corrupción, la exclusión y la maldad.

Quién cree en Jesús cree en el Padre y será transparencia del Resucitado. En el fondo eso es ser cristiano, que es una forma de ser en plenitud hijos/hijas de Dios. Pero la propuesta de Jesús no es un asunto meramente individual, intimista, espiritualista. El proyecto de su seguimiento es exigente y radical. También la persona cristiana, integrada al cuerpo comunitario, debe ser camino, verdad y vida. Estamos llamados a ser una alternativa de vida, junto con otras alternativas de vida -representadas por otras personas y comunidades inspiradas por otras religiones- en medio de un mundo desorientado que con frecuencia no encuentra el sentido de la existencia. Somos servidores de la Vida aún en medio de la muerte que siembra el egoísmo humano cuando desatiende la sabiduría que se manifiesta «por los muchos caminos de Dios». La desatención a esta sabiduría divina manifestada por tantos caminos, repercute en las crecientes injusticias sociales y guerras que pretenden justificarse con apelos a la defensa de la libertad y de la seguridad, o a la imposición de la democracia o de la «libertad de comercio»… pero que en el fondo esconden mezquinos intereses económicos y hegemónicos de las grandes potencias y plagan de hambre y de miseria a los pueblos pobres.

Nuestra misión, pues, como personas cristianas, es juntarnos con muchas otras personas y comunidades creyentes, practicantes de otras religiones, y ser alternativa de vida, de resistencia y esperanza para todos.

En una época como la que vivimos, marcada por la entrada en curso en un nuevo paradigma, el paradigma pluralista, hemos de leer y proclamar con cuidado tanto la expresión de Pedro de un «linaje escogido», como la expresión de Juan, que él pone en labios de Jesús: «Yo soy ‘el’ Camino»… Esta última sobre todo no deja de ser una expresión propia de un lenguaje confesional, un lenguaje de amor y de fe, cultual, y en ese contexto hay que entenderla. No hay que perder de vista que, en otro sentido, son muchos los caminos de Dios, «sus caminos, que no son nuestros caminos», y que nos pueden sorprender siempre con el descubrimiento de «nuevos caminos» de Dios. Recomendamos la lectura de la serie «Por los muchos caminos de Dios», de la Asociación Ecuménica de Teólogos del Tercer Mundo, en la colección «Tiempo axial» (http://latinoamericana.org/tiempoaxial). O el libro de José María VIGIL Teología del pluralismo religioso, disponible en la red (http://cursotpr.adg-n.es/?page_id=3). Leer más…

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Dom 5 Pascua, 10.5.2020 “Haréis las obras que yo hago, y aún mayores… ” (Jn 14, 12)

Domingo, 10 de mayo de 2020

E62DFB81-63BD-4AF7-8316-AE4D7460C96FDel blog de Xabier Pikaza:

Obras de Jesús, de la Iglesia, del cristiano

 08.05.2020 | Xabier Pikaza
 Éste es un evangelio provocador y escandaloso que termina con unas palabras increíbles (que quizá nadie se cree en esta iglesia):Os aseguro: quien cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo voy al Padre.

Las obras (erga) de Jesús han sido claras a lo largo del evangelio de Juan, en una línea semejante a la  Mt 11, 2-4 (cf. Lc 7, 18-23):los ciegos ven, los cojos andan, que los leprosos quedan limpios, los sordos oyen… los pobres reciben la buena noticia.

Estas obras se entienden en un sentido integral, no exclusivamente “biológico”, en una línea que ha sido desarrollada a partir de los profetas (especialmente Isaías): Se trata de ver-conocer, de vivir-caminar, de compartir con todos la limpieza y verdad de la vida, de resucitar, de entender… En ese sentido, los milagros externos de Jesús sólo reciben sentido como signo y motivo de una transformación integral humana.

Juan evangelista ha reinterpretado esas “obras” en sentido de “señales” (sêmeia) signo intenso de una transformación total del hombre… A eso ha dedicado su evangelio, comentando el sentido profundo de las “obras” de Jesús: Curación del paralítico, del ciego, resurrección de marcos… para crear de esa manera iglesia.

La iglesia es según eso el lugar (la comunidad) donde se realizan las obras de Jesús y aún mayores...

Pues bien, Jesús termina el evangelio de este domingo (Jn 14, 1-12) diciendo que ellos seguirán haciendo la obras que él ha hecho y aún mayores.  Pues bien, yo me atrevo a pensar humildemente que, en sentido general, la iglesia posterior no ha creído ni cree en esto que ha dicho aquí Jesús: ¡Ella no se cree capaz de hacer las obras que hacía Jesús y aún mayores! Ha renunciado a ellas, ha tirado la toalla como se dice vulgarmente. Voy a poner tres ejemplos, después de haber leído alguna docenas de comentarios del evangelio de Juan:

  • Los protestantes, en general (a no ser algunos pentecostales menos creíbles) tienden a decir que la única obra de Jesús es la fe,  y que por eso los cristianos no podemos seguir haciendo las obras que Jesús hacía y aún mayores. Es decir que han renunciado al evangelio.
  • Los católicos, en general, también hemos renunciado… y así piensan (pensamos) que Jesús estaba exagerando al decir (harán las obras que yo hago y mayores…). Claro que somos capaces de hacer obras mayores que las de Jesús, pero de un tipo muy distinto, que a él no se le pasaron por la cabeza: Organizamos un gran sistema religioso, celebramos sacramentos que él no celebraría así, somos capaces de hacer obras como la Catedral de San Pedro del Vaticano o de la Almudena que él no habría hecho así… Pero las obras que hacía Jesús…las ponemos en un “escudo” y se las dejamos a él. Parece que hemos renunciado a ellas.
  • Los ortodoxos… No quiero detenerme en ellos, pero creo que van por el mismo camino. Ellos han tendido a convertir las obras de Jesús en una obra litúrgica, icónica, bellísima… que no es mayor ni menor que las de Jesús, sino que es distinta…

 Por eso me produce miedo leer y comentar este evangelio, donde Jesús me dice a mí (que le llamo cristiano), precisamente a mí, no al cura de le esquina, ni a la monja del piso de arriba, ni a la diócesis de Petersburgo: Tú has de hacer las obras que yo hago, y aún mayores…  Y yo le pregunto ¿pero cómo? Antes de seguir con el tema paso al texto:

Texto. Jn 14, 1-12

En la casa de mi Padre hay muchas estancias (moradas) ; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»

Tomás le dice: «Señor, no sabemos adónde vas,¿cómo podemos saber el camino?» Jesús le responde: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»

Felipe le dice: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta.» Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?

Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: los que creéis en mí haréis las obras que yo hago y aún mayores. Porque yo me voy al Padre. (Jn 14, 1-12).

Reflexión general sobre el  texto:

F67674EC-4840-4F45-B9C0-22F8BA43E143Quizá nunca se han dicho las cosas que aquí se están diciendo, condensadas, luminosas, palabras como rayos que rasgan la oscuridad e iluminan la noche de la vida. Éstos son algunos de los temas:

Las moradas del Padre. “En la casa de mi Padre hay muchas moradas o estancias…”. Todos los caminos llevan no a Roma, sino al Padre, a las Moradas del amor, que supo describir Santa Teresa. Del Padre/Madre venimos y al Padre/Madre vamos… Esa es la experiencia suprema de la vida.

Jesús, el Camino. Caminantes somos, y todos los caminos  del mar y de la tierra condensan para los creyentes en el Cristo. Por eso, quien toma su camino, que es camino de Evangelio, está ya en manos del Padre.

Hay en este evangelio dos grandes maestros que preguntan Uno es Tomás, otroFelipe. Significativamente, ellos aparecen más tarde como autores de los dos evangelios apócrifos más significativos de la Iglesia. Pues bien, aquí no actúan como autores des evangelios, sino como discípulos del único Cristo

El “yo” de Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida… Éste es el Jesús pascual que se atreve a decir “yo”, como el Dios del Antiguo Testamento (¡Yo soy el que soy!), pero no un yo aislado en sí, sino abierto al Padre (un yo-camino) y dirigido a todos los que quieran acogerle (un yo-ensanchado, que se hace verdad y vida para todos).

El que me ve a mí ve al Padre… Ésta es la experiencia de los cristianos: ver a Jesús resucitado es ver a Dios. No hay un “más allá” de Jesús en un sentido de verdad o vida más alta. En Jesús, abierto al Padre, en Jesús que es Camino, está la verdad, está la vida.

El que cree en mí hará las “obras que yo hago”. Jesús no está cerrado, como maestro exclusivo, sino como maestro que ofrece y comparte, que enseña y promueve. Por eso, sus seguidores, que somos nosotros, podemos hacer no sólo sus obras, sino aún mayores… Y aquí me paro de nuevo, con ese rabino discutiendo con Jesús sobre sus obras.

Las obras de Jesús y aún mayores...

EE9AE413-A10D-4736-9F94-B12A1A24E19BÉste es el tema del evangelio este 10 de Mayo del 2020, en tiempos de coronavirus. Jesús fue haciendo una obras, y al final, cuando se iba, nos dijo que el Padre quería hacer pos nosotros sus obras, y aún mayores… No sé si alguno de mis lectores cree que esto es verdad, que él, que nosotros, podemos hacer obras mayores que las Jesús, en línea de sanación, de conocimiento radical, de iluminación de los ojos del alma, de fortalecimiento de manos y piernas para anda, de resurrección o renacimiento vital…

Yo, X. Pikaza, sé hacer una obras grandes que Jesús no sabía o no quería hacer, escribir libros… Pero eso ¿es una obra de Jesús? ¿No será una obra equivocada, que no es de Jesús, sino de otros que precisamente le criticaban?

Y tu ¿qué obras de Jesús sabes hacer, y aún mayores, en este tiempo de des-escalada del coronavirus?  ¿Decir misas, organizar colectas, hacer procesiones, abrir iglesias, repartir comuniones a niños…?Pienso que todas esas otras muchas pueden estar relacionadas con las de Jesús, pero a lo mejor no coinciden del todo con las que él hacía…

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El caso sigue siendo hoy, domingo de coronavirus:¿Que obras de Jesús tiene que hacer hoy la iglesia, y aún mayores? ¿Qué obras podemos hacer tú y yo?  Quizá alguno me (nos) ayude a responde a esta pregunta. Mientras tanto, a todos -¡Buen domingo! Feliz y santa desescalada de Coronavirus, con este Cristo Famoso de mi paisano I. Zuloaga, con los devotos  “penitentes”, con Ávila al fondo, como ciudad de penitencia.

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Iglesia naciente, sufriente, creyente. Domingo 5º de Pascua

Domingo, 10 de mayo de 2020

Caminando-con-Jesus-300x300Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Las tres lecturas de este domingo nos hablan de los orígenes de la Iglesia, de las persecuciones de la Iglesia, y de nuestra relación con Jesús.

Iglesia naciente

            La primera lectura nos cuenta la institución de los diáconos y el aumento progresivo de la comunidad, subrayando el hecho de que se uniesen a ella incluso sacerdotes.

En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el   suministro diario no atendían a sus viudas. Los Doce convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron:

-«No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos de la administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea: nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra.»

La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando. La palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.

            La comunidad de Jerusalén estaba formada por judíos de lengua hebrea y judíos de lengua griega (probablemente originarios de países extranjeros, la Diáspora). Los problemas lingüísticos, tan típicos de nuestra época, se daban ya entonces. Los de lengua hebrea se consideraban superiores, los auténticos. Y eso repercute en la atención a las viudas. Lucas, que en otros pasajes del libro de los Hechos subraya tanto el amor mutuo y la igualdad, no puede ocultar en este caso que, desde el principio, se dieron problemas en la comunidad cristiana por motivos económicos.

            Los diáconos son siete, número simbólico, de plenitud. Aunque parecen elegidos para una misión puramente material, permitiendo a los apóstoles dedicarse al apostolado y la oración, en realidad, los dos primeros, Esteban y Felipe, desempeñaron también una intensa labor apostólica. Esteban será, además, el primer mártir cristiano.

Dignidad de la Iglesia sufriente

            La primera carta de Pedro recuerda las numerosas persecuciones y dificultades que atravesó la primitiva iglesia. Lo vimos el domingo pasado y lo veremos en los siguientes. Pero este domingo, aunque se menciona a quienes rechazan a Jesús y el evangelio, la fuerza recae en recordar a cristianos difamados e insultados la enorme dignidad que Dios les ha concedido.

            Mientras los judíos, después de la caída de Jerusalén (año 70), se encuentran sin templo ni posibilidad de ofrecer sacrificios al Señor, los cristianos se convierten en un nuevo templo, en nuevos sacerdotes que ofrecen víctimas a Dios por medio de Jesucristo.

            Al final, recogiendo diversas alusiones del Antiguo Testamento, traza una imagen espléndida de la comunidad cristiana: «Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa».

            En nuestra época, cuando la Iglesia parece cada vez menos importante y se ve atacada y condenada en numerosos ambientes, estas palabras de la carta nos pueden servir de ánimo y consuelo.

Queridos hermanos: Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado, para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Dice la Escritura: «Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado.» Para vosotros, los creyentes, es de gran precio, pero para los incrédulos es la «piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en piedra angular», en piedra de tropezar y en roca de estrellarse. Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino. Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa. 

Camino, verdad y vida

Iglesia creyente

            El evangelio nos sitúa en la última cena, cuando Jesús se despide de sus discípulos. En el pasaje seleccionado podemos distinguir tres partes: el hotel, el camino hacia él, los huéspedes.

            El hotel

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

-«Que no tiemble vuestro corazón; creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias; si no fuera así, ¿os habría dicho que voy a prepararos sitio? Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.»

            En la primera parte, Jesús sabe el miedo que puede embargar a los discípulos cuando él desaparezca y queden solos. Y los anima a no temblar, insistiéndoles en que volverán a encontrarse y estarán definitivamente juntos en el gran hotel de Dios, repleto de estancias. Como diría san Pablo, hablando de lo que ocurrirá después de la muerte: «Y así estaremos siempre con el Señor». Esta primera parte, válida para todos los tiempos, adquiere especial significado en esto meses en los que la epidemia del coronavirus ha causado tantas muertes y miles de personas no han podido ni siquiera despedirse de su seres queridos. No están solos. Están con el Señor.

            El camino.

Tomás le dice:

-«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?»

Jesús le responde:

-«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.»

            La objeción lógica de Tomás, realista como siempre, le permite a Jesús ofrecer una de las mejores definiciones de sí mismo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida.» ¿Cómo hablar de Jesús a quienes no lo conocen o lo conocen poco? La mejor fórmula no es la del Concilio de Calcedonia: «Dios de Dios, luz de luz…». Es preferible esta otra: camino, verdad y vida.

            Sugiere que para llegar a Dios hay muchos caminos, pero para llegar a Dios como Padre el único camino es Jesús. El musulmán alaba a Dios como Fuerte (Alla hu akbar). El cristiano lo considera Padre.

            Jesús es también la verdad en medio de las dudas y frente al escepticismo que mostrará más tarde Pilato. La pregunta correcta no es: «¿Qué es la verdad?», sino «¿Quién es la verdad?». La verdad no es un concepto ni un sistema filosófico, se encarna en la persona de Jesús.

Jesús es también la vida que todos anhelamos, la vida eterna, que empieza ya en este mundo y que consiste «en que te conozcan a ti, único dios verdadero, y a quien enviaste, Jesucristo».

Los huéspedes

Felipe le dice:

-«Señor, muéstranos al Padre y nos basta.»

Jesús le replica:

-«Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace sus obras. Creedme: yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores. Porque yo me voy al Padre.»

            Una nueva interrupción, esta vez de Felipe, desemboca en el pasaje más difícil y desconcertante. Ahora no hace falta recorrer ningún camino para llegar al Padre. Para verlo, basta con mirar a Jesús. Estas palabras, que a oídos de los judíos sonarían como pura blasfemia, nos invitan a creer en Jesús como se cree en Dios; a creer que, quien lo ve a él, ve al Padre; quien lo conoce a él, conoce al Padre; que él está en el Padre y el Padre en él. Y al final, el mayor desafío: creer que nosotros, si creemos en Jesús, haremos obras más grandes que las que él hizo. Parece imposible. El padre del niño epiléptico habría dicho: «Creo, Señor, pero me falta mucho. Compensa tú a lo que en mí hay de incrédulo».

            La Iglesia debatirá durante siglos la relación entre Jesús y el Padre, y no llegará a una formulación definitiva hasta casi cuatrocientos años más tarde, en el concilio de Calcedonia (año 452). El evangelio de Juan anticipa la fe que hemos heredado y confesamos.

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Quinto Domingo de Pascua. 10 Mayo, 2020

Domingo, 10 de mayo de 2020

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Llevo tanto tiempo con vosotros, ¿y todavía no me conoces, Felipe?”.

(Jn 14, 1-12)

Así, de primeras, ¿cómo te imaginas a Jesús en este momento?

Sí, sí, así. Me refiero a eso que percibes que puede haber detrás de sus palabras, de esta frase, además, sin reparar en el contexto. Más bien tal vez te suene algo así como “Llevo taaaaaaanto tiempo…, ¡¡¿y todavía no me conoces, Felipeee?!!”, a modo mosqueo in crescendo. Aunque también se me ocurre que tal vez, solo tal vez, te lo imagines desanimado; Jesús desanimado, frustrado, triste, encontrándose con sus límites y su ser de barro. En definitiva, Jesús humano.

Pero vamos a entrar en el contexto. Este evangelio nos sitúa en la que llamamos última cena. Jesús ha hecho un gesto de servicio a sus discípulos, les ha lavado los pies; un servicio en esa época asignado a las mujeres y a los esclavos. Y ahí se ha encontrado con la objeción de Pedro, un tanto fanfarrón: “no me lavarás los pies”, pero también con su seguimiento incondicional cuando le responde: “Señor, no sólo los pies, también las manos y la cabeza”. En definitiva, Pedro humano.

Cenan, y al terminar Jesús parte un pan y se lo reparte, toma una copa de vino y se la pasa. Hace un gesto de entrega. Y ahí, se encuentra con que otro discípulo, Judas, sale del lugar en el que están porque ha quedado con las autoridades religiosas para llevarles, a cambio de unas monedas, hasta Jesús. Judas el oportunista, el “por interés te quiero Andrés”, el negociante. Judas humano, al fin y al cabo.

Y ahora, después de estos gestos tan significativos y culmen de su vida, ahora que les está hablando del Padre, que se reconoce Hijo y Hermano… es aquí cuando descubre que otro de los suyos, Felipe, o no se ha enterado de nada o de muy poco. Felipe el despistado, distraído, tal vez incluso el “mente embotada”. Felipe humano, claramente humano.

Ahora sí. Ahora, ¿cómo te imaginas a Jesús en este momento? Adéntrate a verlo, apostando por los suyos una vez más, dándoles otra oportunidad a pesar de todo. En definitiva… Jesús humano.

Oración

Abre nuestros ojos, Señor.

Y abre nuestro corazón, Señor.

Abre nuestra escucha a tu susurro “no temáis, soy yo”.

Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

***

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En Jesús podemos encontrar al Dios-Vida.

Domingo, 10 de mayo de 2020

homiliaJn 14, 1-12

El contexto de este evangelio es el discurso de despedida después de la cena en el evangelio de Jn. En el capítulo 13 el centro es Jesús. Termina con la despedida, diciendo: a donde yo voy vosotros no podéis venir. En este capítulo 14 el centro es el Padre. El ambiente es de profunda inquietud y zozobra. La traición de Judas, el anuncio de la negación de Pedro, el anuncio de la partida. Todo es terriblemente inquietante. Está justificada la repetida invitación a la confianza. La clave del mensaje en este capítulo es la relación de Jesús y la de cada uno de sus discípulos con el Padre.

Aunque Jn pone en boca de Jesús todo el discurso, en realidad se trata de reflexiones de la comunidad a través de muchos años de vivencia cristiana. Lo que se propone como futuro es ya presente para el que escribe y para aquella comunidad para la que se escribe. Pero este presente deja entrever un nuevo futuro que el Espíritu irá realizando. Se percibe la dificultad que tiene la comunidad de expresar su experiencia. Esta vivencia pascual está anclada en la presencia viva de Jesús, del Espíritu y del Padre. Los tres forman parte de una Realidad que les acompaña y les transforma.

Creed en Dios y creed también en mí. “Pisteuete eis”, no significa creer, en el sentido que damos hoy a esa palabra. Sería “creer” en sentido bíblico, es decir, poned vuestra confianza en… Jn utiliza esta construcción 30 veces, aplicada a Jesús. Solo en 12,44 y aquí pone como término a Dios, indicando claramente la identidad de ambas adhesiones. La confianza en Jesús y la confianza en Dios son la misma realidad. Si buscan a Dios, están en el buen camino, porque están con él. No tienen nada que temer porque Jesús les acercará al Padre con el que está identificado.

En el hogar de mi Padre hay muchas estancias. Jesús va al Padre para procurarles un tipo de relación con Dios, similar a la suya. No hay diferencia entre unas moradas y otras. No se trata de un lugar, sino del ámbito del amor de Dios. En el corazón de Dios, todos tienen cabida. También podía traducirse: en la familia de Dios hay sitio para todos. Todos los seres humanos están llamados a formar parte de la familia del mismo Dios. Jesús está en el seno del Padre y todos pueden sentirse allí.

Todo el lenguaje es mítico-simbólico. Me voy, me quedo, vuelvo, no se puede entender literalmente. Esta teología es clave para entender la marcha de Jesús y a la vez, su permanencia. Aunque la formulación es mítica, el mensaje sigue siendo válido. Hoy tendríamos que decir que la meta de todo está en Dios. Esa identificación con Dios es la que tenemos que descubrir y vivirla ya aquí. En Jesús, Dios ha manifestado su proyecto para el hombre, que se tiene que realizar en cada uno.

Yo soy Camino. Yo soy Verdad. Yo soy Vida. Sin artículo ni determinado ni indeterminado, porque lo que se quiere decir que está más allá de ambos. Se trata del texto más profundo de todo el evangelio. Camino, Verdad, Vida hacen referencia al Padre. No se pueden separar los conceptos. La Realidad a la que se refieren está más allá de tiempo y espacio. Se han dado infinidad de interpretaciones desde los primeros padres y siguen hoy los exégetas intentando desentrañar el significado del texto.

Jesús es Camino, que empieza y termina en Dios. En medio está Jesús, pero no significa espacio ninguno. Desde Dios hasta Dios no puede haber ningún trecho. Jesús es, como todo ser humano, un proyecto ya realizado, porque recorrió el camino que le llevó a la plenitud humana. Ese camino es el amor total que abarca toda su vida. Los que le siguen deben recorrer también ese camino, es decir, ir de Dios que es su origen hasta Dios que es la meta. En el AT el camino era la Ley. Jesús la sustituye por su persona.

Yo soy verdad, es decir soy lo que tengo que ser. No se trata de la verdad lógica sino de la verdad ontológica que hace referencia al ser. Jesús es auténtico, hace presente a Dios, que es su verdadero ser. Es lo que tiene que ser. Lo contrario sería ser falso. “Yo soy” es el nombre que se dio a sí mismo Dios en la zarza. Jn repite hasta la saciedad el “yo soy”. El complemento puede ser cualquiera: puerta, pastor, camino, vida, verdad, vid. Si descubro y vivo que Dios está identificado conmigo, ya lo soy todo.

Yo soy Vida, es decir, lo esencial de mi ser está en la energía (Dios) que hace que sea lo que soy. Recordad: “El Padre que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo el que me coma, vivirá por mí.” Está hablando de la misma Vida que es Dios, que se le ha comunicado a él y que se nos comunica a nosotros. De la misma manera que no podemos encontrar la vida biológica independientemente de un ser que la posea, así no podemos encontrarnos con un Dios ahí fuera separado de un ser que lo manifieste.

Nadie va al Padre sino por mí. También se podía decir: a nadie viene el Padre si no es por mí. En c. 6 había dicho: “nadie viene a mí si el Padre no lo atrae”. Las dos ideas se complementan. Para el que nace del Espíritu, el Padre no es alguien lejano ni en espacio ni en tiempo, su presencia es inmediata. Hacerse hijo es hacer presente al Padre. La identificación con Jesús, hace al discípulo participar de la misma Vida-Dios. Ni el Padre tiene que venir de ninguna parte ni nosotros que ir. Él está ya en nosotros.

Si llegáis a conocerme del todo, conoceréis también a mi Padre”. Una vez más se refleja el “ya, pero todavía no” de la primera comunidad. El seguimiento de Jesús es un dinamismo constante. No se trata de progresar en el conocimiento, sino en la comunión por amor. El conocimiento vivencial de Jesús, hará que el Padre se manifieste en el discípulo. Lo que pide Felipe es una teofanía como las narradas en el AT. Piensa que Jesús es un representante de Dios, no la presencia misma de Dios.

¿Cómo dices tú, muéstranos al Padre? Esta queja es una clara reflexión pascual. En su vida pública, sus seguidores no entendieron ni jota de lo que era Jesús. Felipe sigue separando a Dios del hombre. No ha descubierto el alcance del amor-Dios ni su proyecto sobre el hombre. No se han enterado de que Dios sólo es visible en el hombre. Desde esta perspectiva, Jesús podía decir: quien me ve a mí, ve a mi Padre. Y: si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre porque el Padre es más que yo. Seguimos cayendo en la trampa de querer ver a Dios de manera rotunda y segura.

Las exigencias que os propongo no lo hablo por cuenta propia”. “Remata” no significa dicho o palabra sino propuesta, exigencia realizada y manifestada a través de la vida. Fíjate que a continuación habla de obras: “el Padre que permanece en mí, él mismo hace las obras”. Y a continuación: “si no me creéis a mí, creed a las obras”. Las obras son la manifestación de que Dios está en Jesús. El Padre ejerce su actividad creadora a través de Jesús. Él, a partir de su propia experiencia, propone las “exigencias” que Dios le pide a él. Jesús, a través de sus obras, realiza el designio creador.

Meditación

Jesús descubrió el camino que le llevo a su Centro.
Ese Centro fue su Verdad y allí encontró la Vida,
la misma VIDA de Dios que se le comunica.
Tengo que encontrar mi propio camino,
que me llevará también al mismo Centro.
En él encontraré mi Verdad, que me dará la misma Vida.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Yo creo en tí.

Domingo, 10 de mayo de 2020

293034B9-10D6-438E-BB33-14DB84928620Ve con confianza en la dirección de tus sueños y vive la vida que has imaginado (Henry David Thoreau)

10 de mayo. DOMINGO V DE PASCUA

Jn 14, 1-12

No os tu turbéis, creed en Dios en mí (v14, 1)

Muchas veces escuchamos decir a la gente que las personas religiosas no piensan, no se cuestionan las cosas, no son inteligentes; los católicos repiten lo que dice el Papa, creen en dogmas, pero no saben explicar lo que creen.

Y si bien, como en todo, existen personas que quizás repiten sin reflexionar, o creen sin cuestionar, no son la mayoría, pues todo buen cristiano debe conocer lo que cree. La fe no es ciega, es luz, lo cual nos permite ver profundamente y comprender la realidad de un modo único.

La fe no es irracional; si bien va más allá de la razón, no queda limitada por ella. La fe es racional, es lógica.

“Las esperanzas vanas y engañosas son para el imbécil, los sueños dan alas a los insensatos; tratar de asir una sombra o perseguir el viento es buscar apoyo en los sueños” (Eclesiástico 34, 1-2)

Pero las palabras de Jesús no es suficiente soñarlas, hay que oírlas bien primero, y luego llevarlas a la práctica.

Quienes no nos engañan nunca, porque la trampa sería una traición a su propia naturaleza, son los animales y las plantas, y porque según el Antiguo Testamento, “todo lo creado es carne mortal (Génesis 6, 13), o Isaías 40, 6: “Toda carne mortal como hierba, y toda su belleza flor campestre”.

En La vida secreta de las plantas, Peter Tompkins y Christopher Bird dicen:

“Las plantas son seres vivos maravillosos, únicas criaturas que en medio del silencio producen su propio alimento y constituyen la mayor fuente de riqueza de nuestro planetay que todos los seres existentes -el hombre, las plantas, la Tierra, los planetas y las estrellas- se relacionan íntimamente entre sí: lo que afecta a uno de ellos afecta a los demás, manteniendo relaciones físicas, emocionales y espirituales entre las plantas y el hombre.

Si yo no creyera en ti, Jesús, pensaría que te estoy traicionando, a ti y a mí de algún modo, y sentiría y tendría grandes remordimientos en las ideas de mi conciencia.

Escribió Oscar Wilde en El retrato de Dorian Gray: Todos los impulsos que nos esforzamos por estrangular se multiplican en la mente y nos envenenan. Después no queda nada, excepto el recuerdo de un placer o la voluptuosidad de un remordimiento.

Lo ideal sería estar convencidos de que Dios hizo desde el principio un mundo distinto, que está dentro y fuera de nosotros mismos, donde deberíamos intentar vivir.

Zaida C. de Ramón dice así en uno de sus Poemas:

COMO UN BARCO A LA DERIVA

Nunca olvidaré aquel día
cuando a mi vida llegaste
en tinieblas yo me hallaba,
mas Tú mi senda alumbraste.

Entre multitud de gente
vagaba sin esperanza
como un barco a la deriva
naufragando, iba mi alma.

A inquirir comencé un día
¿qué pasaba? no sabía
entre temores y dudas,
existía, mas no vivía.

¿Qué pasa conmigo, Dios?
¿Qué es lo que me está pasando?
Quiero reír y no puedo;
siempre termino llorando.

Ayúdame mi buen Dios;
ayúdame, te lo pido
sana ya mi corazón
y llena hoy mi vacío

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Camino, Verdad y Vida.

Domingo, 10 de mayo de 2020

publicacionvdomingo-de-pascuaJn 14, 1-12

10 de mayo de 2020

El Evangelio de Juan siempre es catalogado como el más complejo, elevado, teológico; no falta razón si accedemos a él intentando comprenderlo del tirón o como un relato histórico. Pero también se le puede definir como muy profundo en cuanto a la visión de Dios y del ser humano. En ese sentido, el texto de este 5º domingo de Pascua nos revela la vida interior de Jesús, donde está Dios y desde donde Dios se revela a la humanidad. Parece un juego de palabras, pero están apuntando a lo más íntimo de nuestra existencia desde una perspectiva cristiana.

Estas palabras de Jesús forman parte de los discursos de despedida antes de su muerte. Cuando es pronunciado, el clima entre ellos era de máxima tensión y de espera incierta del desenlace. Era un momento paradójico, incomprensible pues tenían que sincronizar, por un lado, el mensaje del mandamiento del amor que acababan de escuchar con la decepcionante traición de Judas; por otro, el ejemplo radical del lavatorio de los pies con la predicción de la negación de Pedro. En medio de esta situación planteada, el Evangelio de Juan pone en escena a Jesús cuyas primeras palabras intentan situar a los oyentes en una posición de aliento y de nueva mirada: “no estéis angustiados, confiad en Dios y confiad en mí”. La angustia, el miedo, nos paralizan y nos permiten ver por una rendija la realidad y, a veces, bastante distorsionada. Jesús propone vivir desde la confianza profunda porque amplía el campo de visión y genera descanso y mayor lucidez. Lo contrario al miedo no es la valentía sino la confianza, la valentía es una consecuencia de esa confianza profunda en la energía vital y trascendente que todos tenemos. Buen mensaje para vivir así los tiempos que corren.

Pero Jesús quiere que demos un paso más como creyentes. Su discurso tiene una clara pretensión de revelar cómo es nuestro interior y cómo manejarlo para no convertir la fe en una creencia sino en una experiencia. Que no nos asustemos si nos asomamos a lo que hay dentro de nosotros y que lo podamos comprender. Dice que ahí está el Padre, es decir, el origen de nuestra existencia, la fuerza creadora que sostiene nuestra vida. Esa Presencia puede ser creíble a los ojos de los demás a través de las obras, de lo que somos, decimos, decidimos, omitimos, pensamos…Y nos propone mirarle de una manera nueva, mirarle como Camino, como Verdad y como Vida. Como Camino y no como un código ético que excluye a los no entran en esta ruta o a los que, creativamente, descubren nuevas formas de acceder a Él. Camino es una dirección que conduce a un horizonte y que es esencial saber adónde se va a llegar como comunidad humana. Ese horizonte nos habla de la plenitud, una plenitud bien aireada en este tiempo de Pascua. Como Verdad, es decir, como la conciencia humana de Dios, la evidencia en nuestra historia de que existe. No es una Verdad excluyente, todo lo contrario, es una Verdad liberadora y para todo el género humano. Como Vida, una vida que, como nos muestran los escritos joánicos, recorre las profundidades humanas y es eterna, ilimitada, nos une con la Divinidad y nos sostiene en cada momento de la existencia.

A veces, nos invade el pragmatismo cuando nos situamos ante el mensaje del Evangelio. Parece que siempre hay que sacar un compromiso, una forma de actuar, un acto para mejorar la vida. Mirarnos y mirar a Dios de una manera nueva es mucho más pragmático a largo plazo porque nos cambia desde dentro. Hoy recibimos una revelación que no tiene precio: somos prolongación de Jesús; como bien rezamos en el Credo, “de la misma naturaleza que el Padre”, de la misma esencia, compartiendo raíz, origen y horizonte. Esta es nuestra fuerza y nuestra nueva mirada.

FELIZ DOMINGO

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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La fuente de la Paz

Domingo, 10 de mayo de 2020

Felicidad-verdaderaDomingo V de Pascua

10 mayo 2020

Jn 14, 1-12

Hay personas que buscan la calma en la relajación, la práctica del yoga o del mindfulness. Y está bien. El cuidado integral de la persona requiere prácticas que relajen el cuerpo y acallen la mente. Sin embargo, la fuente real de la calma o de la paz es la comprensión experiencial de lo que somos.

          En lenguaje teísta se habla de “creer en Dios”, en el sentido de “confiar”. En un sentido más amplio y en un lenguaje no religioso (universal), equivale a decir: “Confía en el fondo de lo real, confía en la vida”

         Ese “Fondo” último, como bien expresara el Maestro Eckhart, es a la vez nuestro propio Fondo. Cuando lo comprendemos, dejamos de vernos como el yo separado para reconocernos en nuestra verdadera identidad.

          Parece que, por venir de donde históricamente venimos y por la propia naturaleza de nuestra mente, unido a la necesidad infantil de seguridad en alguien exterior (padre “todopoderoso”, madre…), el ser humano sueña con alguna presencia “exterior” protectora que le pueda aportar confianza, sobre todo en tiempos de incertidumbre o de angustia.

          Eso explica que se haya vivido la religión en esa clave, en la espera de un “Padre todopoderoso” –que recuerda mucho al del sueño infantil– en quien confiar y a cuyo amparo acudir.

          Por eso, al caer la idea de un Dios separado que habitara en otro “piso” superior –al ir descomponiéndose la creencia–, no pocas personas experimentan una sensación de soledad, como si hubieran quedado de pronto a la intemperie.

          Sin embargo, si se lee bien, el propio texto ofrece la clave de comprensión: “Quien me ve a mí, ve al Padre”. El término “Padre” es una metáfora que apunta a ese Fondo inefable, que transciende la mente y la palabra. Y Jesús, hombre sabio, afirma que ese Fondo es lo que somos; que, miremos donde miremos, estamos viéndolo permanentemente.

          Con todo ello, las palabras con que empieza el texto podrían traducirse” de este modo: No perdáis la calma, comprended lo que sois. “Creer en Dios” equivale a confiar en el Fondo último de lo real; “creer en mí” es una invitación a reconocer en cada uno y cada una de nosotros lo que el propio Jesús reconocía en sí mismo.

          Cuando comprendemos vivencialmente lo que somos, brilla “la paz que supera todo lo que podemos pensar” (Filp 4,7). Porque, como dijera el sabio chino Huanchu Daoren en el siglo XVII, “la calma en medio de la quietud no es verdadera calma; mantenerse tranquilo en medio de la turbulencia, esa es la verdadera calma. La felicidad en medio del bienestar no es verdadera felicidad; mantenerse feliz al enfrentar la adversidad, ese es el verdadero potencial de tu mente”.

¿He encontrado el “lugar” de la paz?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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No perdamos la calma en la vida.

Domingo, 10 de mayo de 2020

D25D0E6D-599F-48EC-B4A6-F9D156E29E16Del blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

  1. mi alma está triste hasta la muerte.

La invitación a la calma con la que comienza el evangelio de hoy se sitúa en un contexto de mucha agitación: Judas ha salido ya de la cena, los acontecimientos últimos de Jesús se van precipitando, los discípulos presienten la pérdida de Jesús. El mismo Jesús en el huerto de los olivos (Getsemaní va a sentirse angustiadoy con una tristeza mortal (Mc 14,33-34) ante lo que se le venía encima. Mi alma está triste hasta la muerte, (Mt 26,38).

         También nosotros estamos o podemos atravesar violentas turbulencias y vivir en tristeza y angustia. “Getsemaníes” hay muchos y para todos en la vida: por razones de salud-enfermedad, por desestabilizaciones físicas, psíquicas, por decepciones profundas, por el mismo pecado, por los cansancios existenciales.

         Si somos sensibles, nos causan indignación y coraje la actitud y criterios de muchos políticos, de no pocos obispos, el mal trato a muchos emigrantes, las personas indefensas ante el poder civil y eclesiástico, los ancianos maltratados o despreciados. La pandemia nos puede causar una sensación no tanto de aburrimiento, que sería lo de menos, sino de una incertidumbre difusa: ¿qué será de nosotros, de nuestras gentes? ¿Cómo irán las cosas?

         En la situación actual podemos sentir miedo y / o angustia.

El miedo es una vivencia fuerte e intensa que sentimos ante la presencia de un peligro más o menos inmediato y concreto.

La angustia (palabra originaria que significa angosto, estrecho) es un estado afectivo sufriente que aparece como reacción ante un peligro más bien desconocido, difuso pero que afecta embarga a toda la persona hasta su última célula o neurona.

El miedo y la angustia pueden impregnar nuestra vida y pueden provenir de las causas más diversas: miedo ante una enfermedad, problemas afectivos, económicos, etc.

  1. No perdáis la calma

         El mismo Jesús que tantas veces les dijo a los suyos y a nosotros: no perdáis la calma, no temáis:

Jn 6,20       (saliendo del lago) Jesús les dijo: Soy yo; no temáis.

Jn 14,1       No perdáis la calma, creed en Dios: creed también en mí.

Jn 14,17     La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.

Jn 16, 33    Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tenéis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo

Jn 20,19-21         Entonces, al atardecer de aquel día, el primero de la semana, y estando cerradas las puertas los discípulos encontraban por miedo a los judíos, Jesús vino y se puso en medio de ellos, y les dijo: Paz a vosotros.

         No tengáis miedo en la vida, confiad.

La confianza (fe) no es ni sedación, ni seguridad.

Por una parte la confianza no es una sedación química de la farmacopea, necesaria en algunos casos, pero no es el estado de ánimo humano habitual, (no es lo mismo estar dormido-sedado, que estar en paz).

Tampoco la confianza viene de una seguridad doctrinal  o legal que proviene de que está permitido o prohibido; o, ésta doctrina es así y yo la digo así, luego tengo razón. Eso tiene que ver más con el legalismo y fariseísmo, que con la paz del Señor, la serenidad profunda.

La confianza se ventila en la intimidad del alma, en lo hondo del ser donde nos encontramos con nosotros mismos y con Dios: ese encuentro último es causa de una gran serenidad  y paz, incluso alegría.

         La confianza, la fe, es fuente de serenidad y calma. La desconfianza es causa de gran ansiedad y angustia.

         El vacío, el miedo, la angustia no se superan con estructuras, con poder, ni con dinero sino con la confianza, la fe que acontece en el silencio ante Dios.

  1. El futuro absoluto: en la casa de mi Padre hay muchas estancias.

         Jesús no se refiere a tener una casa, una estancia o un hotel de lujo medicalizado. Tampoco la casa del Padre es el Templo: Jesús habla de destruir este templo y comienza volcando las mesas y el negocio de los cambistas, etc.

         La casa del Padre es la intimidad y cercanía de Dios. El cielo no es un lugar, sino la vivencia en la confianza con Dios. El lugar del ser humano es Dios.

En la confianza, en el amor no hay temor, (1Jn 4,18). No tenemos miedo a aquella persona en la que confiamos, más bien todo lo contrario, la estimamos, la queremos, nos fiamos de tal persona.

Quien me ve a mí, ve al Padre.

A Cristo le vemos el ser humano. El hombre es sacramento de Cristo: ¿Cuándo te vimos hambriento, sediento, enfermo, encarcelado, desnudo? Cada vez que lo hicimos con uno de los pobres hermanos de Jesús.

Ahí radica la fe, la confianza. Cuando amamos y trabajamos por el hermano, estamos en calma.

Mal que bien parece que estamos saliendo de esta pandemia. Eso también es evangelio: buena noticia. Pero lo decisivo es el futuro absoluto, la esperanza en que la historia y el Universo terminan bien en las “estancias”, en Dios.

  1. la esperanza es la hija de la confianza.

         La esperanza es la relación amable que establecemos con el futuro. La relación amable nace de la confianza. Confío, me fío, por eso espero.

         Yo no pongo mi confianza en la institución, en las estructuras, en el poder. Siempre que haya instituciones humanas habrá lucha por el poder y por tanto, desasosiego y ansiedad.

         Confiamos y esperamos en el futuro, en el horizonte, en la Vida. ¿Quién sabe cómo será el futuro? De algún modo hemos de hablar. La cuestión no es cómo será el futuro, el cielo, sino lo decisivo es que será.

         Confiad, esperad.

  1. Yo soy el camino, la verdad y la vida.

         Ya desde el prólogo, desde el comienzo del evangelio de San Juan, la Palabra, Jesús es la luz, la verdad y la vida.

         No se trata de una cuestión moral

  • o El camino no es el juridicismo, menos el legalismo. El camino es el Señor, el Hijo, expresión del Padre, que nos guía y orienta siempre. El camino hacia Dios es el ser humano.
  • o La Verdad no es una “pedrada dogmática” que ya nadie entiende, sino una nostalgia infinita del encuentro con el Señor: La Verdad en el cristianismo no es un libro, sino una persona: Cristo.
  • o La vida es la vida, ámala y defiéndela. Cristo es la vida: el que cree tiene ya la Vida.

No hay caminos, sino horizontes, estelas en la mar  (A Machado), búsquedas, Éxodos y Emaús.

No perdáis la calma, confiad.

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“Contra aceleración, resonancia”, por José Arregi .

Lunes, 4 de mayo de 2020

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Crónica de un testimonio

Habíamos invitado a Esther para que nos hablara de cómo vive la juventud actual la espiritualidad, la interioridad, la sabiduría vital… como se la quiera llamar. Ella nos propuso algo mejor: el relato de su propia vida, ilustrada con poemas, canciones y danzas que, en momentos oscuros, reavivaron en ella la llama vacilante.

Como cuando, a sus 17 años, sintiéndose muy perdida, de pronto, en la radio de la cocina sonó el poema de Machado en la voz de Serrat: “Todo pasa y todo queda, / pero lo nuestro es pasar. / Pasar haciendo caminos, / caminos sobre la mar. / Caminante, son tus huellas / el camino y nada más. / Cuando el poeta es un peregrino, / cuando de nada sirve rezar, / caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Fue como un rito iniciático, una revelación. Nada estaba escrito. Se sintió mayor, libre, ella. La vida la llamaba. Llena de alegría, dijo “aquí estoy”, se decidió a caminar por sí misma y se acercó al yoga, que resonó armónicamente con su educación cristiana.

Sin embargo, durante largos e intensos años creyó que la vida le exigía ante todo engrosar su currículum: octavo de violín, idiomas, filología francesa, instituto, becas, docencia universitaria en Lyon, amores, rupturas, retornos, máster en musicoterapia, oposiciones, escuela de idiomas, tesis en cuatro meses, profesora en la UPV, siempre más y más. “Soy un ejemplo –de ninguna manera un modelo– de individuo posmoderno en esta sociedad vasca, occidental, capitalista y competitiva”. Cuanto más corría, más prisa le entraba. A más acopio, más vacío. A más esfuerzo, más fisuras.

La música, poema cantado, le salió siempre al encuentro, ha sido cada vez su lámpara, su ángel de la guarda en las encrucijadas más difíciles. Como cuando, en un concierto memorable en vivo y en directo, Leonard Cohen inundó el BEC de Bilbao con su sobrecogedor Anthem, torrente de esperanza en el drama: “Que doblen las campanas que aún pueden sonar. Olvida tu ofrecimiento perfecto. Hay una grieta en todo. Así es como entra la luz”. Lágrimas incontenibles de luz y de consuelo la anegaron. Por nuestras grietas entra la luz, llenándolo todo de paz irresistible. O como cuando descubrió Christine de Christine and the Queens, la danza en su pureza, sin artificio ni postureo. Nueva epifanía del Infinito, del Fondo sin fin de todo cuanto existe, de su propio fondo verdadero hecho de libertad y de amor.

De modo que, mirando atrás, puede decir: “Tengo la impresión de que nunca he estado perdida”. Hay estelas en el mar. Hoy, su certera e inconfundible voz interior la llama a seguir caminando, sin miedo ni caminos trazados. Y siente la imperante necesidad de pararse un poco, reposar el ritmo, respirar a fondo, encontrar su equilibrio profundo. Basta de correr, basta de currículos. Es hora de ahondar, acoger, atender. De dejarse alcanzar por el espíritu que vibra en cuanto la rodea: las personas, las tareas, el arte, el campo y el mar. De vivir en resonancia.

Traía consigo justamente el último, voluminoso, libro del sociólogo Harmut Rosa, Resonancia, análisis de nuestra sociedad gravemente lesionada por la aceleración alienante, esa necesidad creciente de dominio que nos aísla, aliena, nos aleja de todos los demás y de nuestro ser profundo, haciéndonos perder contacto con la vida. El remedio de la aceleración, el camino para una “vida buena”, es la resonancia, una relación resonante con el mundo que no cesa de sonar, hablar, llamar. Todo habla.

Resonancia. Esther ha encontrado la palabra y la metáfora que mejor expresan la experiencia profunda que la ha guiado hasta aquí y el camino a seguir en adelante. Quiere vivir en resonancia: abrirse plenamente al Misterio fundante de la realidad que, en las encrucijadas más difíciles de su vida, se le ha revelado, se le revela en la música, la poesía, la danza, los paseos nocturnos junto al mar de Lekeitio, los encinares silenciosos de Ereño entre los que conduce de vuelta a Bilbao tras haber acompañado a su madre, viuda desde hace poco. Quiere ser receptiva, dejar que la realidad resuene. Dejar que todo hable. Escuchar y cuidar. Salir de sí y hacerse disponible: “Heme aquí”.

Hubiera querido preguntarle: “¿Qué es para ti Dios?”, y escuchar su respuesta. Pero en el aire resonaba la respuesta: “Todo lo dicho es una forma de decir DIOS”.

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La Iglesia de base cuestiona la negativa de la CEE a una renta básica permanente: “Nos parece una verdadera traición al Evangelio”

Viernes, 1 de mayo de 2020

75450043_986912461689049_5719527580655157248_n“La CEE sigue más las opiniones de la Fundación FAES”, afirma la CCP de Andalucía

“Esta postura está en contra del mismo Papa Francisco, quien el pasado 14 de abril propuso un salario universal para las personas trabajadoras más humildes y sin derechos”

“Es una postura hipócrita, que olvida que la jerarquía de la Iglesia católica recibe todos los años, al menos, la subvención permanente de la casilla de la Iglesia”

#NingúnHogarSinAlimentos: más de 300.000 familias nos necesitan

Las Comunidades Cristianas Populares de Andalucía, seguidoras del mensaje de Jesús con más o menos acierto, constatamos que no es la coherencia la que prima en la Jerarquía de la Iglesia Católica oficial en España, ni siquiera en sus manifestaciones. Y esta vez en lo más elemental e incuestionable de la opción de Jesús, su opción por los pobres.  Se trata de la declaración del Secretario general de la Conferencia Episcopal Española (CEE), D. Luis Argüello,  en contra del Ingreso Mínimo Vital (IMV), en su modalidad permanente, que desea establecer a nivel nacional el gobierno español, aunque ahora de modo transitorio. Nos parece una verdadera traición al evangelio y que como se trata de una aportación al fin y al cabo política para que no se consiga esa ayuda a los pobres, no podemos menos que denunciarla

1ª.- Porque esta postura está en contra del mismo Papa Francisco, quien el pasado 14 de abril propuso un salario universal para las personas trabajadoras más humildes y sin derechos, entre los que citaba: “los vendedores ambulantes, los recicladores, los feriantes, los pequeños agricultores, los constructores, los costureros, los que realizan distintas tareas de cuidado”, y que “no tienen un salario estable para resistir este momento“. También en España existen esas personas trabajadoras humildes y precarias, como señalaba el Informe de FOESSA 2019, difundido por Caritas:  “El número de personas en exclusión social en España es de 8,5 millones, el 18,4% de la población, lo que supone 1,2 de millones más que en 2007 (antes de la crisis). Y dentro de este grupo “son 4,1 millones de personas en situación de exclusión social severa”.

2ª.- Porque creemos, que la CEE sigue más las opiniones de la Fundación FAESque opina también que no debe ser “una medida permanente y desincentivadora del trabajo”, en contra de la opinión de la propia Caritas, que el pasado 7 de abril emitió un comunicado , urgiendo al Gobierno español a establecer un Ingreso Mínimo garantizado, de ámbito estatal y no solo durante esta crisis, sino también para el futuro, aunque contando con “un complemento que facilite la incorporación al mercado de trabajo”.

 3ª.-  Porque estimamos que es una postura hipócrita, que olvida que la jerarquía de la Iglesia católica recibe todos los años, al menos, la subvención permanente de la casilla de la Iglesia, señalada en el IRPF y cuyo porcentaje el gobierno de Zapatero elevó, en septiembre de 2006, del 0’52% al 0’7%. Esta dotación directa y permanente del Estado, está en contra del n.5 del art. II, de los Acuerdos económicos entre el  Estado español y la S.Sede, firmados el 3 de enero de 1979, donde se indica que la Iglesia católica debe llegar a financiarse por si misma sus necesidades.

4ª.- Creemos, que todas esta actitudes de la CCE chocan frontalmente con la opción por los pobres que predicó Jesús.

Pensamos que es de justicia que quien no pueda acceder a un puesto de trabajo -porque no lo hay-, la Sociedad, el Estado, debe dotarle de los medios  mínimos de subsistencia. 

Estimamos finalmente que este compromiso en favor de las personas trabajadoras humildes y sin derechos, del que habla el Papa Francisco, no solo es ofrecerles el Ingreso Mínimo Vital, que anuncia el gobierno y al que se opone la CEE sino una Renta Básica Universal e Incondicional, ahora de cuarentena y posteriormente estable y permanente como derecho inalienable a la Vida.

Fuente Religión Digital

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Leonardo Boff: “El Resucitado es la realización del sueño ancestral de la humanidad: la espera ha terminado”

Lunes, 20 de abril de 2020

Detalle-capilla-Catedral-Mallorca-Barcelo_2222487746_14508626_667x375Detalle de la capilla de la Catedral de Mallorca, Miquel Barceló

“El espíritu tiene una dimensión cósmica. Está en el cuerpo, pero también en las estrellas más distantes”

“En la fuerte expresión de Teilhard de Chardin, el Resucitado explosionó e implosionó en Dios”

¿Cómo celebrar la pascua, la victoria de la vida sobre la muerte, y más aún, la irrupción del hombre nuevo, en el contexto de un viernes santo de pasión, dolor y muerte, que no sabemos cuándo termina, bajo el ataque del coronavirus sin distinción a toda la humanidad?

Apesadumbrados, incluso en esta pandemia es apropiado celebrar la pascua con una reservada alegría. No es sólo una fiesta cristiana, responde a una de las más antiguas utopías humanas: la irrupción del hombre nuevo.

En todas las culturas conocidas, desde la antigua epopeya mesopotámica de Gilgamés, pasando por el mito griego de Pandora, hasta la utopía de la Tierra sin Males de los Tupí-Guaraní, existe la percepción de que el ser humano tal como lo conocemos debe ser superado. No está listo. Aún no ha acabado de nacer. El verdadero hombre está latente en los dinamismos de la cosmogénesis y la antropogénesis. Aparece como un proyecto infinito, portador de innumerables potencialidades que forcejean por irrumpir. Intuye que sólo será plenamente hombre, el hombre nuevo, entonces, cuando tales potencialidades se realicen plenamente.

Todos sus esfuerzos, por grandes que sean, se topan con una barrera insuperable: la muerte. Incluso la persona más vieja llegará un día en que también morirá. Alcanzar una inmortalidad biológica, conservando las actuales condiciones espacio-temporales, como algunos proponen, sería un verdadero infierno: buscar realizar el infinito dentro de sí y encontrar sólo finitos que nunca lo sacian. Siempre está a la espera. Tal vez el espíritu mataría al cuerpo para realizar lo infinito de su deseo.

Pero he aquí que un hombre se levanta en Galilea, Jesús de Nazaret, y proclama: “El tiempo de espera ha terminado. Se acerca el nuevo orden que va a ser introducido por Dios. Revolucionad vuestra forma de pensar y de actuar. Creed esta buena noticia” (cf. Mc 1,15; Mt 4,17).

Conocemos la trágica saga del profético Predicador: “Vino a los suyos y los suyos no le recibieron” (Jn 1,11). Él que “pasó por el mundo haciendo el bien” (Hch 10,39) fue rechazado y terminó clavado en la cruz.

Pero he aquí que tres días después, las mujeres fueron muy de madrugada al sepulcro y oyeron una voz: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? Jesús no está aquí. Ha resucitado” (Lc 24,5; Mc 16,6).

Este es el hecho nuevo y siempre esperado: la buena noticia se ha hecho realidad. De un muerto surgió un resucitado, un ser nuevo. Este es el significado de la Pascua, la fiesta central del cristianismo. Sus seguidores pronto entendieron que el Resucitado era la realización del sueño ancestral de la humanidad: la espera ha terminado. Ahora es el tiempo de la vida plena sin muerte. Liberado del espacio y del tiempo y de los condicionamientos humanos, el Resucitado aparece, desaparece, se hace presente con los caminantes de Emaús, se presenta en la playa y come con los apóstoles y se le reconoce al partir el pan.

Los Apóstoles no saben cómo definirlo. San Pablo, el mayor genio del pensamiento cristiano, eligió la palabra correcta: “Él es el novísimo Adán (1Cor 15,45). El Adán no sometido ya a la muerte, el que dejó atrás al viejo Adán mortal.

Como si se burlara, provoca San Pablo: “Oh, muerte, ¿dónde está tu victoria? ¿Dónde está el aguijón con el que asustabas a los hombres? La muerte ha sido tragada por la victoria de Cristo” (1Cor 15,55). Y lo define como “un cuerpo espiritual” (1Cor 15,44), es decir, es concreto y reconocible como cuerpo humano, pero de una manera diferente, con las cualidades del espíritu. El espíritu tiene una dimensión cósmica. Está en el cuerpo, pero también en las estrellas más distantes y en el corazón de Dios. Lo espiritual también se entiende como la forma de ser propia del Espíritu Santo. Está en todo, mueve todas las cosas y llena el universo.

Un antiguo texto, de los años 50, del Evangelio de Santo Tomás dice bellamente: “Levanta la piedra y estoy debajo de ella; parte la leña y estoy dentro de ella, porque estaré con vosotros todos los días hasta la plenitud de los tiempos”. Levantar una piedra requiere fuerza, cortar leña requiere esfuerzo. Incluso ahí está el Resucitado, en las cosas más cotidianas.

En sus epístolas, especialmente a los Efesios y a los Colosenses, San Pablo desarrolla una verdadera cristología cósmica. Él “es todo en todas las cosas” (Col 3,12); “la cabeza del cosmos” (Ef 1,10). En el lenguaje de la cosmología moderna, el paleontólogo y pensador Pierre Teilhard de Chardin dirá lo mismo en el siglo XX.

Tenemos que entender la resurrección correctamente. No es la reanimación de un cadáver, como el de Lázaro que volvió a ser lo que era antes y terminó muriendo. La resurrección es la plena realización de todas las potencialidades escondidas dentro de la realidad humana. La muerte ya no ejerce dominio sobre él. Es efectivamente el nacimiento terminal del ser humano, como si hubiera llegado a la culminación del proceso evolutivo o lo hubiera anticipado. En la fuerte expresión de Teilhard de Chardin, el Resucitado explosionó e implosionó en Dios.

La pascua es la inauguración del hombre nuevo, plenamente realizado. Es aplicable para todos los seres humanos. Por lo tanto, tal bendito evento no es exclusivo de Jesús. San Pablo nos asegura que participamos de esta resurrección: “Él es la primicia (la anticipación) de los que mueren” (1Cor 5,20), “el primero entre muchos hermanos y hermanas” (Rm 8,29).

A la luz de esta fiesta pascual podemos decir que la alternativa cristiana no es la vida o la muerte sino ésta: la vida o la resurrección. Afirmamos y reafirmamos con alegría: no vivimos para morir, sino para resucitar.

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Michael Moore: “El Resucitado está presente… en los crucificados que todavía esperan redención”

Viernes, 17 de abril de 2020

artwork_images_424157556_176230_david-lachapelleEl camino de fe a la luz (y las sombras) del misterio pascual (y8)

“Cuando la tumba se abrió, no vieron nada. No encontraron a nadie. Sólo se escuchó como un rumor de ángeles que decía: ‘No está aquí…vayan a Galilea. Allí lo encontrarán'”

“Para encontrarse con el Resucitado hay que desplazarse hacia los márgenes de la historia, esto es, a los lugares de fractura, a los espacios de no-vida”

“Dios no revivifica un cadáver, sino que recupera y reivindica la persona total de Jesús, es decir, toda una existencia, toda una historia, todo un modo de vivir… que lleva a un modo de morir”

8. Cuando la fe se dibuja como horizonte: el triunfo de la Vida

Y ahí estaban, todavía expectantes en aquella mañana de domingo, esa enorme legión de desahuciados y desesperanzados, al pie del sepulcro, esperando que alguien les corriera la piedra para ver qué había detrás… para ver si encontraban respuestas a todas sus preguntas (últimas). Pero, cuando la tumba se abrió, no vieron nada. No encontraron a nadie. Sólo se escuchó como un rumor de ángeles que decía: “No está aquí…vayan a Galilea. Allí lo encontrarán” (cf. Mt 28,1ss; Mc 16,1ss; Lc 24,1ss).

 Y este fue el mensaje que, gratuitamente, ese grupo de marginales -como en otro tiempo los pastores en Belén- nos compartió y dejó como testamento para el cristianismo futuro: para encontrarse con el Resucitado hay que desplazarse hacia los márgenes de la historia, esto es, a los lugares de fractura, a los espacios de no-vida. Porque Galilea -afirman los exegetas- amén de ser el lugar geográfico donde el Jesús terreno desarrolló su ministerio (y esa región era considerada marginal por “contaminada” en la Palestina de entonces), es un lugar teologal que alude a la praxis vital de Jesús. Ir a Galilea, por tanto, significa volver la mirada al Jesús histórico. Recuperar su historia concreta para, reeditándola, volver a hacerlo presente en el Espíritu.

En fórmula abreviada: “el Resucitado es el Crucificado” (J. Sobrino), y el crucificado es el que se jugó la vida practicando -no sólo predicando- la misericordia: el corazón vuelto al miserable… “aunque sea sábado”. O en lenguaje un poco más formal: vida, muerte y resurrección se reenvían mutuamente para una correcta intelección. Jesús muere como muere porque vive como vive; y es resucitado –rescatado de la aniquilación y glorificado– en virtud de esa vida –agradable al Padre– que lo llevó a esa muerte –sufrida por el Padre. Dios no revivifica un cadáver, sino que recupera y reivindica la persona total de Jesús, es decir, toda una existencia, toda una historia, todo un modo de vivir… que lleva a un modo de morir.

Focalizándonos en el hilo conductor de estos días -el camino de fe- habría que decir ahora que la resurrección nos ofrece un horizonte de comprensión nuevo de la totalidad: nos dice algo sobre Jesús, sobre Dios y sobre el sentido de nuestra vida

Nos dice algo sobre Jesús, porque, resucitándolo, rescatándolo de los lazos de la muerte, de la aniquilación, el Padre ratifica la identidad y la misión de Jesús: en verdad, él era el Hijo amado del Padre, y su prédica del reino como proyecto de humanización a través de la praxis de misericordia era la misión que debía cumplir: “Humanizar la humanidad practicando la proximidad” (P. Casaldáliga). Identidad y misión que habían sido puestos en tela de juicio por sus paisanos que lo habían acusado de impostor, de blasfemo, de pretender reformar las instituciones tradicionales (templo, ley, culto). O sea: la resurrección es el “sí” que pronuncia Dios ante el “no” que dictaminaron los hombres. Jesús sí es el Hijo y su proyecto es de Dios y sigue adelante.

Nos dice algo sobre Dios mismo: que Él es el Dios de la vida, de vivos y no de muertos, cuyo amor salvífico no se detiene ante la muerte, sino que, tocándola en la carne de su Hijo, la vence. Tiene poder sobre la nada (es creador), sobre el pecado (es salvador) y sobre la muerte (es resucitador); es un Dios liberador que interviene para reivindicar la vida de Jesús de Nazaret, injustamente crucificada, haciendo suya la causa de las víctimas y venciendo el poder de los ídolos; es un Dios que en la historia de Jesús aparece como discreción, kénosis, proximidad, cálida afinidad, semper minor -cruz-, pero también se nos revela como alteridad, inmanipulable, todopoderoso, semper maior -resurrección- (J. Sobrino).

Y nos dice algo sobre el sentido de nuestra vida y de nuestra historia. Porque alcanzan respuesta las preguntas que ayer, desde el sepulcro, despuntaban, amenazantes para la fe: ¿es la muerte el destino definitivo del hombre?, ¿tienen la última palabra los prepotentes y verdugos de la historia?, ¿hay posibilidad de soñar con un futuro distinto? En definitiva ¿valió la pena la vida y muerte de Jesús? ¿sigue siendo creíble su propuesta? La resurrección de Jesucristo es la respuesta que trae la implantación definitiva de un horizonte universal de promesa que se extiende, sobre todo, a lo humanamente desesperado (G. Greshake).

Siendo como es, universal, la promesa provoca también a una misión universal: la de ponerse en camino, totalmente y sin reservas, hacia el futuro prometido, buscando cambiar lo “penúltimo” en dirección a lo “último”. Con la historia puesta en nuestras manos -y éstas sostenidas por las de Dios- habrá que ir apurando la utopía, esa imposible ansia humana de plenitud, anticipando esa consumación en múltiples representaciones y utopías reales, porque cuando se abandona ese punto de mira, se imposibilita toda crítica… y se cae en la canonización del estado de cosas. Sustentados por la esperanza en el Dios-más-fuerte-que-la-muerte, habremos de tener siempre presente que “lo definitivo se está construyendo en lo provisional” (G. Gutierrez).

Somos, pues, interpelados a cultivar una esperanza crítica que, mediante el uso de la razón anamnética, pueda mantener presente la memoria del sufrimiento pasado, y latente la esperanza para las víctimas. En medio de esa lucha, el principio-esperanza recuerda que en la resurrección del Hijo de Dios el futuro vencedor ya se ha anticipado en la historia, aunque no elimina el todavía no que denuncia un mundo donde el reino de filiación y fraternidad sigue siendo utopía, en medio de tanta crucifixión.

Queda el desafío lanzado a nuestra libertad para seguir avanzando, en una dialéctica de muerte-resurrección, desautorizando ‒junto con el Jesús terreno y glorificado‒ a los victimarios, ya escatológicamente vencidos por el Vencido Viviente; recordando siempre que no es el sólo esfuerzo humano sino la presencia del Espíritu del Resucitado, siempre activo, el que incita a la esperanza del fin anticipado en medio de la oscilación propia de la historia entre prometeísmo y desesperación; y que no es necesariamente el éxito histórico (que en general cuesta la sangre ajena) sino la propia sangre derramada (martirio), de golpe o a gotas, lo que fecunda y “violenta” el Futuro para que se haga presente.

Puesto que la resurrección no anula la cruz, los verdugos de la historia siguen teniendo palabras penúltimas; pero como la resurrección sí supera la cruz podemos confiar en que la muerte –la más radical amenaza que se alza contra la realización personal– y la injusticia –la gran amenaza de sinsentido para la historia de la humanidad– no triunfarán. La palabra que Dios pronuncia en la resurrección de Jesús es posterior a su “silencio” sufriente en la cruz y por eso podemos afirmar desde la fe que la sentencia última y definitiva es la promesa de triunfo de la vida sobre la muerte, de la justicia sobre la injusticia, de las víctimas sobre los victimarios.

“Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto” (Jn 20,2), reclaman unos; “vayan a Galilea” (cf Mt 28,7), responden otros. Allí, el Resucitado está presente… en los crucificados que todavía esperan redención. El gran signo de la resurrección es una ausencia, que reenvía a otro lugar, a otro modo de presencia. Hasta el momento en que “Dios llegue a ser todo en todos” (1 Co 15,28). Y, en el mientras tanto de la historia, cultivemos la esperanza practicando la misericordia, porque

Es tarde
pero es nuestra hora.

Es tarde
pero es todo el tiempo
que tenemos a mano
para hacer el futuro.

Es tarde
pero somos nosotros
esta hora tardía.

Es tarde
pero es madrugada
si insistimos un poco

(P. Casaldáliga)

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Hacia una nueva vida

Jueves, 16 de abril de 2020

Del blog de Henri Nouwen:

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“Jesús nos llama a reconocer que el gozo y la pena nunca se separan, que la alegría y la tristeza van muy juntas, y que el luto y el baile son partes de un mismo movimiento. Por eso Jesús nos pide dar gracias por cada momento que hemos vivido, y afirmar nuestro particular camino como la manera con la que Dios moldea nuestro corazón para mayor armonía con Él. La cruz es el símbolo principal de nuestra fe, y nos invita a encontrar esperanza donde vemos dolor y a reafirmar la resurrección donde vemos muerte. El llamado de ser agradecido es para confiar que cada momento de nuestra vida es un viacrucis que conduce a una nueva vida”.

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Henri Nouwen

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Resucitar es saberme vivo aquí y ahora

Jueves, 16 de abril de 2020

muerte_2221587851_14500335_667x375Del blog de Pedro Miguel Lamet:

Somos manifestación de lo inmanifestado

Llega la Pascua y con ella una cierta locura. Los discípulos se hacen un lío

No hay una prueba física, científica y racional de la resurrección. La gran experiencia definitiva de que Cristo ha resucitado es la transformación de aquel grupo de pescadores ignorantes y atemorizados,

En mi opinión los apóstoles despertaron por dentro, descubrieron que la muerte no existe, que desde siempre eran seres sin tiempo en el tiempo

Hoy abunda la noche, el miedo, las puertas tranqueadas, los corazones solitarios,

Resucitar es ver más, romper nuestros códigos, tocar la alegría del Ser. “El que cree en mi tiene vida permanente”. (Jn 5.25)

Ocurrió en la historia. Pero cualquier ser humano despierto pudo resucitar y podrá resucitar siempre, si entra por la contemplación iluminada en el no tiempo

Resucitar es descubrir que puedo volar, saberme vivo para siempre, en este momento aquí y ahora, sin depender de las arrugas, el paso del tiempo, el dolor y hasta la misma muerte.

Llega la Pascua y con ella una cierta locura. Los discípulos se hacen un lío. María de Magdala, la enamorada, no reconoce a Jesús a primea vista. Los de Emaús huyen atrapados por la murria. Tomás quiere meter su mano en la llaga del costado. Y en el centro la polémica de la tumba vacía, que tanto preocupará a los teólogos-

 No hay una prueba física, científica y racional  de la resurrección. La gran experiencia definitiva de que Cristo ha resucitado es la transformación de aquel grupo de pescadores ignorantes y atemorizados, cuyo líder ha sido ejecutado a las puertas de Jerusalén, la confluencia de sus testimonios. Jesús ahora atraviesa paredes, está y no está, despierta la duda o inflama el corazón.

La experiencia del resucitado, aunque se apoya en hechos históricos, requiere la fe o en cierto modo la mística. En mi opinión los apóstoles despertaron por dentro, descubrieron que la muerte no existe, que desde siempre eran seres sin tiempo en el tiempo, pertenecían a la explosión de luz que une lo creado con lo increado, manifestación de lo inmanifestado, y eso les cargó de comprensión y fuerza.

Hoy abunda la noche, el miedo, las puertas tranqueadas, los corazones solitarios, las tesis e ideas que dividen, el enfrentamiento agresivo de creyentes e increyentes e incluso de fieles entre sí, como siempre hubo, hasta ocasionar incluso guerras de religión. La resurrección ocurre en lo íntimo de cada conciencia y fuera de ella. De poco vale que se demuestre la autenticidad de la sábana santa o que se encuentre un papiro más antiguo para convencer de su verdad. Es una verdad a la vez histórica y metahistórica. Porque la mejor historia es la escrita con las vivencias de los hombres. Resucitar es ver más, romper nuestros códigos, tocar la alegría del Ser. “El que cree en mi tiene vida permanente”. (Jn 5.25)

Ocurrió en la historia. Pero cualquier ser humano despierto pudo resucitar y podrá resucitar siempre, si entra por la contemplación iluminada en el no tiempo. Y sin embargo no es un hecho sólo espiritual, sino también material en cuanto cualquier resucitado es capaz de transformar la materia, las injusticias, la dinámica del odio y el dolor, e incluso nuestra falsa sensación de morir. Desde esta perspectiva es un acontecimiento cósmico que disuelve todos nuestros miedos y angustias y que puede experimentar cualquier hombre que se abra a lo profundo del hombre.  Resucitar es descubrir que puedo volar, saberme vivo para siempre, en este momento aquí y ahora, sin depender de las arrugas, el paso del tiempo, el dolor y hasta la misma muerte.

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¿Cómo celebrar la resurrección en estos tiempos que vivimos?

Miércoles, 15 de abril de 2020

La vigilia pascual nos invita a renovar nuestra confesión de fe:El Señor ha resucitado, “ÉL vive”, “Él se queda para siempre con nosotros”, “Su espíritu impulsa nuestra vida y renueva la faz de la tierra”. Pero ¿qué resonancia tienen esas confesiones de fe cuando estamos confinados en casa y las noticias de cada día solo son números de más contagiados, de más muertos, de más pobres por las consecuencias que de todo esto se están derivando? ¿Para qué nos sirve creer si a todos está situación nos está afectando por igual sin importar el credo? ¿No está Dios escuchando nuestros ruegos que se han multiplicado porque casi todos los clérigos están transmitiendo las liturgias o sus devociones por las redes y muchos cristianos asisten a estas o hacen sus propios rezos y demandas? Con todo esto ¿se puede hablar del Cristo que venció a la muerte? ¿del Resucitado que nos trae vida en abundancia?

Contra todos los pronósticos esta circunstancia nos permite afirmar con más fuerza: ¡Sí! ¡el Señor ha resucitado y por eso estamos alegres! En efecto, la resurrección no significa que la cosas vayan bien, que los problemas se arreglen, que no haya sufrimiento, ni muerte. La resurrección significa que el espíritu del Señor nos fortalece y vive en nosotros para afrontar la vida como ella es, como la hemos construido, como la bondad humana la defiende, como la irresponsabilidad humana la destruye.

El Resucitado en todas sus apariciones envía a sus discípulos a anunciar la Buena Noticia de que su espíritu se queda con nosotros para siempre y por eso la vida humana se vuelve vida en el espíritu, vida con afecto, vida con fuerza, vida con paz, vida con alegría, vida con fortaleza, vida con mansedumbre, vida con sabiduría, vida con Dios. Es decir, la confesión de fe no es una afirmación sino una acción. Creer en Jesús Resucitado es ponernos en camino para vivir la misión que Él nos confía.

Pero me preocupa que los cristianos estemos como los discípulos de Emaús que, aunque habían escuchado decir que algunas mujeres  habían ido al sepulcro y no lo habían encontrado y unos ángeles les habían dicho que Él estaba vivo y que otros discípulos habían ido y habían encontrado todo como lo habían dicho las mujeres pero a Él no lo habían visto (Lc 24, 22-24), aún así, ellos volvían a Emaús desanimados y abandonando el camino que habían recorrido con Jesús.

Nos puede estar pasando como a estos discípulos. Esta circunstancia actual puede no dejarnos ver los frutos de la resurrección. Los discípulos de Emaús reconocen a Jesús cuando parte el pan con ellos. Pero ¡atención! Ese partir del pan no es el rito litúrgico con el que ahora lo celebramos, es la vida compartida de Jesús de darse y entregarse a todos y, especialmente, a los más necesitados. Pues bien, la pandemia actual nos hace ir a lo esencial y ojalá lo sepamos hacer.

Los frutos de la resurrección en este tiempo podrían ir por ese gozo que surge de dentro porque nos hemos dado cuenta que lo importante no son los templos, sino la presencia de Dios en nuestra historia; lo importante no son los ritos, sino la capacidad de vivir lo que cada día nos depara con toda la atención y cuidado que amerita; lo importante no es invocar al Señor de los cielos sino ver al Cristo sufriente en todos los afectados por esta pandemia, no sólo por la situación de salud sino por las consecuencias económicas, familiares, laborales, culturales que nos está trayendo.

Cristo habrá resucitado en nosotros si nos sacudimos esa tristeza que cargaban los discípulos de Emaús y lo reconocemos en este pan partido del sufrimiento actual de nuestro mundo que nos hace volver a Jerusalén para lanzarnos a la apasionante tarea de la evangelización, no desde la abstracción de unas normas que deben cumplir los que nos escuchan, sino desde la realidad que nos invita a ser profetas de esperanza, de solidaridad, de misericordia, de conciencia lúcida para afrontar lo que vivimos, señalar las causas de lo que nos está pasando y hacer todo lo que está en nuestra manos para superarlo.

Se dice mucho, ¡y con razón! que ojalá esta circunstancia nos haga tomar conciencia del cuidado urgente que necesita la creación ya que, gracias a la cuarentena, la contaminación ha disminuido, los paisajes están más claros y se ven volcanes y montes que era imposible divisar a la distancia, los animales se han acercado a las ciudades porque ahora no son territorios hostiles, en otras palabras, parece que el mundo ha respirado un poco mejor y esto será beneficioso.

Pero ¿esta circunstancia nos ayudará a crecer en nuestra fe o, tan pronto podamos, volveremos a la práctica del rito y a la religión sin rostros sufrientes? Seria maravilloso y signo de resurrección que todo lo que hemos reflexionado, palpado, discernido, propuesto sobre el ser iglesia, sobre las celebraciones litúrgicas, sobre el papel del laicado, sobre otros medios de evangelización, sobre el Cristo sufriente y vivo en cada hermano/a, no se quedará en ideas sino lo pusiéramos en práctica. La pandemia no puede dejarnos igual en muchos sentidos, pero tampoco en nuestra manera de vivir y expresar la fe. Que el Señor Resucitado en verdad nos purifique de todo lo accesorio y nos lance al apostolado de la vida, del compromiso, de la transformación de nuestro mundo en un lugar habitable y justo para todos y todas.

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Recordatorio

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