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Andar por la vida cada día.

Miércoles, 15 de enero de 2020

Andar por la vida
portando tu mensaje y buena noticia;
andar erguido y feliz
a pesar de las inclemencias del camino,
de las tormentas y contratiempos;
andar a plena luz
sin miedo a ser reconocido
como testigo tuyo aquí y ahora.

Detener el paso
y descansar de cargas y agobios;
dialogar y compartir
cada día con quienes van y vienen;
volver a salir
y agradecer el camino y sus historias;
reiniciar la marcha
y vivir las costumbres y las sorpresas…

Ser consciente
de lo que has puesto a nuestro lado;
mirar atentamente
en todas las direcciones
sin olvidar el horizonte,
y contemplar el cielo abierto,
ya para siempre,
con sus luces, silencios y voces…

Hoy y cada día,
protegido por tu manto y sombra,
me siento más hijo,
más bautizado,
más ligero,
más lleno de alegría,
más encontrado…
más enviado y amado…

*

Florentino Ulibarri

Fe Adulta

***

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2020, bajo el signo de la confianza

Miércoles, 1 de enero de 2020

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Señor, tú me sondeas y me conoces;
me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.

No ha llegado la palabra a mi lengua,
y ya, Señor, te la sabes toda.
Me estrechas detrás y delante,
me cubres con tu palma.
Tanto saber me sobrepasa,
es sublime, y no lo abarco.

¿Adónde iré lejos de tu aliento,
adónde escaparé de tu mirada?
Si escalo el cielo, allí estás tú;
si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;

si vuelo hasta el margen de la aurora,
si emigro hasta el confín del mar,
allí me alcanzará tu izquierda,
me agarrará tu derecha.

Si digo: «Que al menos la tiniebla me encubra,
que la luz se haga noche en torno a mí»,
ni la tiniebla es oscura para ti,
la noche es clara como el día.

* * *

Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias,
porque me has escogido portentosamente,
porque son admirables tus obras;
conocías hasta el fondo de mi alma,
no desconocías mis huesos.

Cuando, en lo oculto, me iba formando,
y entretejiendo en lo profundo de la tierra,
tus ojos veían mis acciones,
se escribían todas en tu libro;
calculados estaban mis días
antes que llegase el primero.

¡Qué incomparables encuentro tus designios,
Dios mío, qué inmenso es su conjunto!
Si me pongo a contarlos, son más que arena;
si los doy por terminados, aún me quedas tú.

Señor, sondéame y conoce mi corazón,
ponme a prueba y conoce mis sentimientos,
mira si mi camino se desvía,
y guíame por el camino eterno.

*

Salmo 139 (138)

***

 

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“La sangre de los inocentes “, por Bernardo Pérez Andreo

Sábado, 28 de diciembre de 2019

ssinoc002-1556189505De su blog Rara Temporum:

El neoliberalismo ha impuesto una cultura de la privatización de la vida que llega a los extremos que vemos en EE.UU y que seguirá acentuándose en las próximas décadas, cuando hasta respirar aire limpio sea un privilegio de unos cuantos.

La sangre es símbolo de vida en todas las culturas, al ser el líquido que recorre el cuerpo y sin el cual es imposible que se dé la existencia de la mayoría de seres vivos en nuestro planeta. Su composición le confiere esa cualidad maravillosa de transportar el oxígeno hasta las células y retirar el CO2 de las mismas, depositándolo en los pulmones para su expulsión. Este intercambiador sanguíneo se produce debido a la cualidad química del hierro, que es capaz de actuar bajo dos valencias distintas, lo que le permite tomar oxígeno y dejarlo, de ahí sus cualidades para el transporte, y de ahí su color, desde siempre vinculado con la vida.

De la misma manera que la sangre es el líquido vital, también lo es para la estructura cultural de todos los pueblos. La sangre está presente en infinidad de ritos, tanto de sanación como de purificación, que viene a ser lo mismo. Por eso, en algunas culturas se utiliza la sangre de los inocentes para purificar lugares y personas, mediante un rito cruento que transfiere supuestamente la fuerza que reside en la sangre del inocente a un grupo o a un individuo. Estos ritos, muy extendidos en la antigüedad, están hoy afortunadamente en desuso. Sin embargo, existen otros ‘ritos modernos’ que han vuelto a poner la sangre en el centro de la estructura sanitaria mundial.

Desde hace unas décadas, el avance de la sanidad en los países desarrollados ha generado técnicas que permiten la curación de personas que hace un tiempo no era posible, pero estas técnicas requieren de algo fundamental que la ciencia aún no ha sabido imitar a la naturaleza: la sangre. La sangre es un compuesto imprescindible a la hora de gran número de tratamientos, así como para la realización de operaciones y transfusiones de todo tipo. En la mayoría de países, la sangre se obtiene mediante donaciones voluntarias, realizando campañas de concienciación entre la ciudadanía. Es el caso de España, donde muchas personas donan sangre de manera sistemática o puntual durante el año, lo que permite atender una parte importante de todas las necesidades. Ahora bien, cuando falta sangre, especialmente el plasma sanguíneo, se recurre a la compra, que proviene de Estados Unidos. Este país se ha convertido en el suministrador del 70% del plasma sanguíneo mundial. Sus exportaciones de este producto suponen el 2% de todas sus exportaciones, lo que nos permite conocer la importancia de tal comercio.

El motivo por el que EE.UU se ha convertido en el suministrador mundial de plasma sanguíneo es que allí está permitida la venta de sangre. Los datos no dejan lugar a dudas: el 25% de la población vende habitualmente u ocasionalmente su sangre. Las empresas que se dedican a este negocio tienen instalaciones en los lugares más propicios para ello, generalmente en los barrios más pobres. El 90% de los ‘donantes’ son personas en paro, con bajos ingresos o con algún problema financiero. El resto son estudiantes que mediante este procedimiento ayudan a financiar los estudios. Una persona que se convierta en donante permanente debe acudir dos veces por semana a la extracción, con una donación media de medio litro de sangre. Esto está llevando a muchas personas a situaciones límite, pues habitualmente se hace para cobrar los 240 dólares mensuales, lo que no permite mantener una alimentación suficiente como para recuperar las proteínas y el hierro necesario, lo que los lleva a la anemia y a no poder seguir ‘donando’ su sangre, ya no es útil.

Estamos ante una clara vampirización de una parte de la sociedad americana. Un tercio de la población no tiene seguro médico que cubra sus necesidades sanitarias. La mitad no tiene un plan de pensiones. Un cuarto de la población no dispone de un trabajo que cubra sus necesidades. Todas estas personas son la cantera para sostener un sistema de extracción sanguínea para sostener a aquellos que sí se lo pueden permitir. Si en EE.UU todo el mundo tuviera cubierta la sanidad y una pensión en la vejez, sería muy difícil que el número de quienes vendieran su sangre fuera suficiente para cubrir las necesidades de quienes sí lo pueden pagar. Por tanto, estamos ante un nuevo rito, un ‘rito moderno’, que permite obtener el líquido vital de los ‘inocentes’ para que un grupo pueda disfrutar de sus beneficios. Se trata de la extensión de la lógica del mercado a lo más íntimo de la vida humana, para poder satisfacer las necesidades de un grupo social cada vez más reducido.

El capitalismo en fase terminal se va pareciendo cada vez más a una especie de feudalismo: una clase social se impone al resto de la sociedad y le obliga a servirle con todo lo que tenga a su alcance, sea trabajo, bienes o sus propios cuerpos. El neoliberalismo ha impuesto una cultura de la privatización de la vida que llega a los extremos que vemos en EE.UU y que seguirá acentuándose en las próximas décadas, cuando hasta respirar aire limpio sea un privilegio de unos cuantos. Este proceso sistemático no va cesar y lo único que podemos hacer es oponer resistencia desde estructuras comunitarias, sociales y políticas que frenen la lógica del mercado, la privatización de los bienes comunes y la deshumanización de las relaciones sociales. La sangre de los inocentes, como dice el libro del Génesis, sigue clamando, solo los oídos atentos atenderán su grito de auxilio.

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Bendita Enfermedad.

Jueves, 5 de diciembre de 2019

450_1000“Bendita enfermedad” era el título de la conferencia de Conchi, una mujer de 43 años, psicóloga, esposa y madre de un niño de 5 años con ELA: esclerosis lateral amiotrófica, y me llamó tan poderosamente la atención que me dije: ¡no me la pierdo!

¿Qué razones puede tener una persona para llamar bendita a una enfermedad que va paralizando los músculos de su cuerpo, hasta producirle la muerte?

Mi único propósito, nos dijo al principio del relato de su experiencia, es que, después de oír lo que os tengo que contar, valoréis vuestra vida, a pesar de las circunstancias adversas que podáis estar viviendo en este momento, porque vuestra vida es una, es única, es preciosa y merece la pena vivirla con toda la intensidad posible.

¿Qué es valorar la vida? La vida, así como la entendemos hoy, es una red inmensa de la que formamos parte, y que nos une con una interdependencia difícil de imaginar, a millones de seres que han vivido, que viven y que vivirán.

Esta manera de verla es bastante reciente, pero la ciencia nos ha abierto los ojos. Por una parte, nos hace sentirnos tremendamente pequeños y, por otra, inmensamente afortunados de podernos situar así en el Universo.

Hoy, volvemos a hablar de comunidad entre las personas, los animales, las plantas… sabemos que todas nuestras decisiones afectan al planeta, a nuestra casa común, eso ya lo sabían nuestros antepasados. De ahí la necesidad de hacer un cambio de “conciencia”, de no dejar que pase la vida y que las circunstancias nos atrapen, sino de tomar la vida en nuestras manos y ser protagonista de qué hago con mis estudios, mis talentos, mi tiempo… Más que usar la expresión “tengo una vida” diría que soy parte de la vida, y en mí ha tomado esta forma.

Conchi está aprendiendo que lo esencial en la vida es “mirar y escuchar”. Ese mirar con atención, nos lleva a desentrañar lo esencial: el milagro del amanecer de cada día, el crecimiento de nuestros hij@s, y como decía ella la maravilla de poder ir en silla de ruedas a ¡“comprar el pan”! Ese gran frenazo que la vida le ha proporcionado le permite observar el “correr” de la gente y sentir pena por quienes pasan por la vida sin vivir de verdad.

La mente nos engaña, los pensamientos nos hunden, los miedos se apoderan de nosotr@s y nos paralizan. La mente no nos permite vivir el momento presente.

Para Conchi, como para tant@s otr@s desde todos los ámbitos de la sociedad, la meditación, se está convirtiendo en la clave para vivir con más consciencia. Nos ayuda a vivir desde otro plano, como si nos observáramos a nosotros mismos, dejando que el silencio, sobre todo el silencio de nuestra mente nos transforme.

Sólo vivimos ahora, ni el pasado ni el futuro existen, y vivimos donde estamos, disfrutando de lo que podemos hacer, contemplando, poniendo todo lo que somos y tenemos en juego. Esa es la mejor manera de valorar la vida.

“Mira, hoy pongo delante de ti vida y felicidad, muerte y desgracia. Si escuchas… Elige la vida y viviréis tú y tu descendencia”. Dt 30: 15-16, 19b

Al poner atención escucharás y eso que escuchas te abrirá un nuevo panorama que nunca antes habías imaginado. ¿Cómo saber que no te engañas a ti mism@? Si te abre nuevos horizontes, si te implica en la vida de los demás, si te llama a comprometerte en la red de la vida, estás sintonizando con la felicidad.

Mirar y escuchar los dos verbos esenciales para una vida plena. Se te pueden acabar muchas cosas como a Conchi: la salud, el trabajo, la independencia, los planes a futuro…Mirándonos fijamente nos dijo: Me da pena ver a tanta gente que corre, persigue proyectos, se frustra porque no consigue lo que quiere y no entiende que eso no es vivir. Ver y oír: ese es el verdadero tesoro.

Elegir la vida es elegir cómo quiero vivir, más allá de las circunstancias, más allá de todo y de todos, incluso de mí misma.

No desperdicies tu vida: es una, es única y es ahora.

Carmen Notario

Fuente Fe Adulta

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La vida duele y no se trata de anestesiarla.

Sábado, 30 de noviembre de 2019

trabajar-a-disgusto-causa-más-depresión-que-estar-en-el-paro58 años. Barcelonesa. Soltera y sin hijos. Licenciada en Medicina y Cirugía y máster en Medicina Naturista. La política es un servicio al bien común, pero en este país ningún político lo cree, eso tiene que cambiar. Espíritu y materia forman una unidad. Estamos en el mundo para espiritualizar la materia.

Mente y corazón

Profesora del máster de Medicina Naturista (COMB) y del máster de Terapia Neural (Universidad de San Juan de Dios), médica de familia en el ambulatorio de la Segu­ridad Social de Esplugues de Llobregat, imparte cursos y conferencias sobre la constitución física y energética del ser humano. Preside Merry Life, asociación sin ánimo de lucro dedicada a la expansión de la conciencia que desarrolla actividades de autocrecimiento. El 12 de octubre la jornada versará sobre: ¿Es el amor el reto de nuestro tiempo? Es autora de De lo físico a lo sutil y coautora de Medicina natural basada en la evidencia. “Necesitamos una mente y un corazón abiertos para seguir avanzando en el conocimiento del milagro de la vida”.

Cuando me estaba formando como médica de familia, ver tanto dolor, enfermedad y sufrimiento me llevó a buscar más allá de lo físico, de lo obvio.

¿Por qué?

Tenía la sensación de que algo se nos estaba escapando, que las personas tenemos un desconocimiento muy profundo de nosotros mismos, y esa falta de conocimiento, del propósito de la vida, nos enferma.

¿Y se puso a buscar?

En la universidad me hicieron experta en enfermedad, en el máster de Medicina Naturista aprendí cómo mantenernos en salud, y también profundicé en el conocimiento del ser humano de la sabiduría antigua oriental. Todo eso cambió mi enfoque como médica.

Integró.

Sí, desde el conocimiento espiritual hasta la física cuántica. Recetar un pensamiento le puede cambiar la vida a una persona.

Ahora imparte cursos sobre la constitución física y energética del ser humano.

Cuando nos introducimos en las partículas subatómicas ya nos dicen los físicos que todo es pura energía. Hay aspectos de nuestra constitución sumamente importantes que no vemos.

Como las emociones.

Sí, y los pensamientos, que son un impulso motor. Entender cómo nos condicionan nuestras creencias y poder cambiar lo que pienso y lo que siento modifica mi realidad.

Lo que es consustancial a la física de partículas no es aplicable a la física clásica.

Que no hayamos sido capaces todavía de unirlo no quiere decir que estén separadas. Cuando inventamos el microscopio electrónico pudimos ver lo que pasaba dentro de las células, la vida molecular, y ahí nos hemos quedado.

¿El paso siguiente?

Electrones y partículas subatómicas: nuestra esencia. El mundo cuántico nos va a hacer cambiar de paradigma.

¿Cuál cree que será ese nuevo paradigma?

Los físicos dicen que estamos inmersos en un mar cuántico de energía, y la sabiduría antigua, que ese mar cuántico es una energía de amor, creadora, expansiva: la energía de la vida que fluye en tus células y por todo el universo y lo mantiene todo cohesionado.

¿Y?

Entenderlo nos hace salir de la competición para entrar en la cooperación. Es un cambio de visión que nos da claridad. Y todo lo que le estoy diciendo está reflejado en nuestra fisiología.

Cuénteme.

Las glándulas suprarrenales fabrican adrenalina y noradrenalina que se disparan cuando nos sentimos amenazados.

Las hormonas del estrés.

Sí, y vivimos sumergidos en esta fisiología. Cuando participa la fisiología del corazón, un segundo cerebro que emite un campo magnético, el miedo se transforma en amor.

¿…?

Cuando nos conectamos con la solidaridad, cuando salimos de la lucha por la supervivencia, cuando salimos del yo, que está en la zona visceral, y subimos a la zona cardiaca, el otro importa y entramos en el altruismo.

Valiente afirmación.

Hoy sabemos que cuando meditamos la coherencia cardiaca se armoniza con la coherencia cerebral y las personas entramos en un mayor bienestar y claridad mental.

Usted ha ido de lo físico a lo sutil.

La psiconeuroinmunología nos ha permitido comprender que todos nuestros sistemas, que creíamos separados, están interconectados, de manera que las dolencias de los pacientes deben ser tratadas de acuerdo con esa conexión.

Entiendo.

Y la plasticidad neuronal nos demuestra que tenemos una gran capacidad de evolucionar, y lo podemos hacer a cualquier edad; eso me permite decirles a mis pacientes que tienen un potencial enorme como seres humanos para comprender y transformar su vida.

¿Todo eso ocurre en su ambulatorio?

A menudo el dolor de cabeza se debe a un problema emocional. El paracetamol elimina el síntoma pero no la causa. La mayoría de los problemas con que me encuentro son psicosomáticos, porque la vida duele, y no se trata de ir anestesiándola.

La OMS nos dice que en el 2020 la segunda causa de enfermedad y de baja laboral serán la depresión y la ansiedad. Despertar la conciencia, intentar comprender, es el gran remedio. Y esa es mi idea de ayudar, con toda humildad y como médica de cabecera al pie del cañón viendo 30 pacientes al día desde hace más de 25 años.

¿Qué le han enseñado sus pacientes?

Que muchas enfermedades se deben a la pérdida de sentido en la vida.

¿Y cuál es el sentido de su vida?

Realizar esa unión entre espíritu y materia.

La ciencia no contempla el espíritu.

La ciencia solo puede afirmar lo que ya se ha materializado, lo demás es experiencia, la que nos explican tantos grandes sabios, la de una conciencia que se expresa.

¿Y usted ha tenido alguna experiencia?

Sí, he tenido la experiencia fugaz de formar parte del todo y de que todo está en mí; y en ese momento he sentido un amor tan grande que no puedo explicar… Y me voy a poner a llorar. Lo que vivimos es un pálido reflejo de lo que somos y de lo que es el amor.

Entrevista de Ima Sanchís a Inma Nogués, médico de familia, en La Contra, de La Vanguardia

Fuente: Boletín semanal Enrique M. Lozano

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La peregrina es cauce para la evolución.

Jueves, 21 de noviembre de 2019

gadea-ultimo-intento_41001El mundo sería diferente si personas concretas, a lo largo de la historia, no se hubieran atrevido a salir de los moldes.

Recordando los inicios del cristianismo, con Juan Bautista sumergiendo a las personas en el Jordán, con sabor a exigencia, no puedo menos que valorar mucho que Jesús, según el texto, se sumergiera.

Jesús se sumerge y: experimenta, escucha, siente, evoluciona.

Ese paso de Jesús es determinante para la evolución de una religiosidad.

Él nos acerca el abrazo fresco de Dios, recibido en las aguas. Lo que para otros fue purificación, perdón…para él es de un empoderamiento imparable. Esa experiencia le cambia. Le hace evolucionar.

Y yo, ¿me sumerjo? Hoy poco nos atemorizan los predicadores… gracias a Dios hemos madurado, pero la pregunta importante es si el agua me atrae, si me sumerjo en “el Jordán” por voluntad propia.

Sumergirnos es necesario para evolucionar, y así contribuir al desarrollo de procesos nuevos o de los que vamos tomando consciencia en nosotras y en los otros.

Sumergirme es sinónimo de dejar a Dios, la Vida, trabajar en mí. El agua, con su irreductible misterio, con su capacidad de gestar vida, es también un símbolo de dejar lo viejo para dejarme sumergir en lo de Dios, nunca viejo, nunca gastado. Como el agua, se la puede ver sucia, pero no vieja. El agua que corre, que fluye, siempre es nueva. Cuando se detiene, se encharca y se pudre. Se convierte en fuente de infección. Dios: Ruah, aire, aliento, espíritu, dinamismo, puro fluir.

Se encharca el agua y por ende la evolución de aquel maravilloso inicio, cuando nos atrevimos a sumergirnos, cuando Ruah fluía y alentaba nuestra vida. Necesito sumergirme de nuevo.

Vivo muy cerca del Camino del Norte (Camino de Santiago). El peregrino y la peregrina forman parte de nuestro paisaje. Ellas y ellos caminan. Es otra manera simbólica de adentrarse en caminos desconocidos, para descubrir su mapa interior. Sí, maravilloso trazado que intuimos está, y no acabamos de descubrir.

Para ello, hay que sumergirse en el paisaje que te va acompañando e invitando a entrar, a soltar, a escuchar.

A un lado el mar, el acantilado, el ruido del agua, que recuerda la del Jordán del que todos procedemos, porque allí surgió un proyecto que evoluciona con nosotros.

Al otro, la vida, las gentes, el ajetreo, el dolor y el amor con sus pasiones y rutinas…todo, desde el Camino se reinterpreta. Por un lado el mar, su bravura, su frescura e intrepidez, por el otro, las gentes con nuestras infinitas capacidades en desarrollo, en evolución, regaladas a la humanidad, o, estancadas en nuestros miedos empequeñecedores.

¡Nutramos al peregrino que llevamos dentro! Dejemos que se sumerja en el agua y en el paisaje, hermoso y hoy amenazado. El agua nos acompaña.

Colaboremos con la evolución adentrándonos en “nuestros Jordán”. Y disfrutemos, disfrutemos del paisaje de fuera descubriendo así el de dentro.

Y si te apetece, prueba de orar, ahí, afuera. Lo vas a disfrutar. Deja, poco a poco, emerger tu mapa interior. Contémplalo y agradece, agradece… todo. Lo bueno, lo buenísimo y lo difícil y tortuoso. Así es el camino.

Normalmente después de una tortuosa subida, difícil y larga, hay un paisaje de los que cortan el aliento.

Por nuestra parte, para dejar emerger el mapa interior y fruir del exterior, preparamos una liturgia en el bosque o en la playa, o en los acantilados… todos los meses en un sitio diferente, afuera, donde la vida evoluciona y los humanos nos engrandecemos, somos iguales, somos Uno.

Y, una Pascua cerca de peregrinos, para entender el camino, dejándonos acompañar por sus preguntas y sus experiencias… y para estar cerca de los que sí caminan, y aprender de ellos y ellas, y disfrutar con ese fluir de vida.

Es una pequeña manera de colaborar con la evolución y de seguir evolucionando.

Magda Bennásar Oliver

Fuente Fe Adulta

Imagen, del libro Gadea. La peregrina de Santiago de Compostela, de José Antonio Adell Castán 

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Para Dios todos están vivos

Domingo, 10 de noviembre de 2019

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PRESENCIAS

con amigos ausentes.
Me encuentro siempre
entre el instante y la muerte.
Me encuentro siempre
con un libro enfrente,
con un hombre doliente,
y un paisaje y la corriente,
y el sol rusiente,
y el sueño, por fin, clemente.
Y un pájaro, un niño, y un árbol, vivientes.
Y Dios persistentemente presente…

*

Pedro Casaldáliga
Clamor elemental,
Editorial Sígueme, Salamanca 1971

***

En aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la resurrección, y le preguntaron:

“Maestro, Moisés nos dejó escrito: Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su hermano. Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete han estado casados con ella.”

Jesús les contestó:

“En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque participan en la resurrección.

Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor “Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob”. No es Dios de muertos, sino de vivos; porque para él todos están vivos.”

*

Lucas 20, 27-38

***

 

Entre las diferentes formas de la corporeidad existe un abismo imposible de colmar a veces: una piedra no se convierte en pájaro. Otras formas corpóreas, sin embargo, aunque presentan diferencias, están en una relación vital, constituyen las fases de un único desarrollo, como por ejemplo la semilla y la planta que de ella nace. En este caso, el abismo queda superado por el misterio del grano que germina. Sin embargo, para superarlo es necesario lo que Pablo llama «el morir». La semilla debe entrar en la tierra y morir en ella, es decir, perder su forma, a fin de que pueda nacer la nueva planta. Y he aquí el paso: lo mismo sucede en el hombre. También en el hombre está presente la corporeidad en dos formas: la terrena y la celestial; de ellas, la primera es semilla de la segunda. También ellas están separadas por la muerte. El cuerpo deberá ser depositado en la tierra y descomponerse; sólo entonces se convertirá en el cuerpo nuevo, celestial. Pero he aquí la diferencia: la planta «nace» verdaderamente «de la semilla», de sus virtualidades y funciones; no así, en cambio, el cuerpo celestial del terrestre. A través de su descomposición, la semilla vive de una manera directa en la nueva planta. El cuerpo humano será resucitado después de la muerte. Aquí domina otro poder, que no brota del interior de la estructura humana, sino de la libertad de Dios.

*

Romano Guardini,
Le cose ultime,
Milán 1997, pp. 69ss.

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“La fe es la única salida a lo que humanamente parece imposible”, por Consuelo Vélez .

Lunes, 4 de noviembre de 2019

perdonDe su blog Fe y Vida:

Varias veces he tratado el tema del perdón y de la necesidad de aceptar los límites humanos. Hoy vuelvo a referirme a ello porque parece que la vida está tejida de esa experiencia y son muchos los casos que a diario se palpan sobre esto. Continuamente asistimos a encuentros y desencuentros entre las personas. Lo triste es que no todos tienen final feliz y parece que no hay poder humano para cambiarlo. Es el caso de una señora que estaba enferma y le pidió a una amiga que la acompañara al médico. La amiga le dijo que sí pero, por esos fallos humanos que pueden ocurrir, cuando llegó el momento, se olvido completamente del compromiso adquirido y a la señora le toco irse sola. Lógicamente, se sintió muy defraudada de su amiga y su reacción fue de enfado y de no querer saber más de ella. Cuando la amiga se dio cuenta de lo ocurrido, llamó a la señora y le pidió mil disculpas, sentía realmente mucho dolor de haber fallado en ese momento y, con toda sinceridad, reconociendo su error, le explicó que había sido una falla involuntaria y que lo sentía mucho. Pero no hubo manera de cambiar la actitud de la señora. La amiga continuó insistiéndole de diferentes maneras, le pidió a personas cercanas a la señora que le ayudarán a hacerle entender que no había sido mala voluntad. Pero no hubo poder humano. Por ese detalle, una amistad de muchos años, llegó a su fin.

Es normal que cuando uno está implicado en el hecho, o sea, cuando es el protagonista, tenga sentimientos de rabia, rencor, no aceptación frente a la persona que le ha fallado. Sin embargo, cuando uno se pone como espectador y puede juzgar las dos partes, uno se pregunta: ¿cómo es posible que no se pueda perdonar al otro? ¿por qué romper la amistad vivida por un solo error? ¿por qué perder la posibilidad de seguir compartiendo la vida, por una equivocación? ¿por qué es tan difícil perdonar y poner por encima del sentimiento herido, la amistad vivida? Cuando uno medita todo esto entiende la parábola del señor al que un rey le perdonó una deuda inmensa porque no tenía con que pagarle. Pero cuando un amigo suyo -que le debía mucho menos de lo que él le debía al rey- le pidió que le perdonara la deuda porque tampoco tenía con que pagarle, él no fue capaz de hacerlo. Por el contrario, lo mando a la cárcel para hacerle pagar con creces lo que le debía (Cf. Mt 18, 23-35).

Tal vez esta parábola nos habla de que realmente hay situaciones en las que no hay poder humano que las hagan cambiar. A veces, el corazón no se abre al perdón aunque se le den muchas razones. Es como si la parábola nos quisiera hacer entender que falta lagracia divina” para ser capaces de dar ese paso. Ni siquiera es suficiente haber recibido “bien” en nuestra vida para hacérselo a los otros (aunque esto muchas veces sí es suficiente y da su fruto). Hace falta descubrir que ese bien recibido es don, que no lo merecemos y que es pura “gracia”. Sólo así nos disponemos a dar a los otros lo que “gratis” y por puro “amor” hemos recibido. ¿Cómo podemos tener esta experiencia?

La fe es ese toque de Dios que nos hace descubrir todo lo que hemos recibido, el inmenso bien que nos rodea, la bondad que acompaña nuestra vida, todo el bien que nos hacen los otros. La fe también nos hace reconocer que no lo merecíamos, que es don y por eso podemos y debemos transformarnos en ese mismo don para el mundo. La fe es esa nueva luz que nos permite ver todo con una profundidad nunca antes imaginada. Que nos hace sensibles al amor de Dios derramado en nuestros corazones a través de todo lo bueno que recibimos y que nos hace capaces de hacer con los otros lo que han hecho con nosotros. Por eso es tan urgente pedirle a Dios, una y otra vez, el don de la fe para hacer de nuestra vida amor para el mundo. Para que, con nuestra capacidad de perdonar, de aceptar, de acoger al otro, rompamos la larga cadena de desencuentros que acompaña la vida humana y en los que, algunas veces, no existe poder humano para cambiarlos. En estos casos sólo la fe ofrece una salida y la posibilidad de un final feliz.

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“Los muertos viven”, por José Arregui

Viernes, 1 de noviembre de 2019

t8835aErmita de Santa Engracia

Leído en su blog:

En el corazón o la memoria de todo

Las campanas de Aizarna han tocado a muerto. Han irrumpido en la calma de la mañana otoñal, difundiendo en el valle la memoria de Luisa, abuela nonagenaria del caserío Irure, mujer de extraordinaria fortaleza y ternura, mujer hecha hospitalidad materna para todo el que llegase, fuera quien fuera y como fuera. Las ondas sonoras del bronce han ascendido por el horizonte de Santa Engracia hacia el Infinito, fundiéndose con la música del universo sin medida.

¿Y Luisa, su espíritu, su conciencia, ‘ella’… a dónde se han ido? ¿Se habrá disuelto en la nada al apagarse su viva sonrisa, su dulce mirada, la luminosa paz de sus ojos? La pregunta me turba, pero no puedo pensar razonablemente que algo, alguien, alguna de las infinitas formas del Ser se disuelva en la nada. La nada no existe, ni de ella puede surgir algo. Toda forma es una conjunción de formas precedentes. Y todo lo que constituye a cada cosa en su figura concreta se convierte luego en otra cosa y en otra, y así sin cesar, en constante transformación. Nada se convierte en nada.

Cuando en otoño se suelta del tallo el rabillo de la hoja y, balanceándose en el aire, cae al suelo, vuelve a convertirse en tierra y la tierra en savia, la savia en yema, hoja, flor, fruto, y semilla envuelta en fruto. El fruto se convierte en alimento de seres vivos, y la semilla en germen en el seno de la tierra. La vida seguirá viviente en nuevas formas, inagotables y maravillosas. Nada se aniquila, todo se transforma. El milagro de la primavera empieza en el otoño, y la abundancia del verano en el desierto del invierno. O a la inversa: el verano viene del otoño y el invierno de la primavera, en la rueda de la vida en que todo es uno.

En la espiral de la vida más bien, pues nada vuelve a ser lo que fue, ni la misma forma se repite nunca. Observad y admirad: de incontables hojas que han sido, son y serán en la tierra, no ha habido, ni hay ni habrá jamás dos iguales. Ni dos granitos de arena ni dos toques de campana exactamente iguales, a pesar de las apariencias. Ni siquiera, al parecer, han existido ni existen ni existirán dos átomos que sean idénticos del todo. Asombroso. Cada forma, viviente o no viviente, desde lo infinitamente pequeño hasta lo infinitamente grande, en el universo entero, es diferente de todas las demás. Cada ser es único y distinto. Infinita dignidad de cada ser. Infinito respeto a cada ser.

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Cada ser es único y distinto, pero no separado ni solitario. Todo cuanto es desde siempre está conectado con todo lo que es, ha sido y será hasta siempre. Esa frágil hoja que ya amarillea y se mece a la brisa de la tarde no sería exactamente como es si en este universo, desde el primer Big Bang hasta hoy, hubiera faltado una sola partícula atómica en su forma exacta. Todos estamos interrelacionados con todos los seres, no solo del presente, sino también del pasado más lejano y del futuro más remoto. Solo nos distingue la forma, pero todas las formas estamos unidas. Somos interser, inter-seres, inter-vivientes, inter-humanos, ligados en todo con todo eternamente, desde el primer neutrón hasta las galaxias aún sin formarse. En la forma particular que somos siguen siendo y viviendo todos los seres que fueron e incluso serán, porque somos la transformación de lo que otros fueron, y otros serán la transformación de lo que nosotros somos. Cada ser guarda, se puede decir, la memoria viva de todo lo que fue en el pasado e incluso de lo que será en el futuro. De alguna manera, en cada ser es todo. Somos uno.

Y somos uno en el Todo sin forma que nos hace ser, en el Fondo de esta forma o ‘yo’ físico, mental y emocional, en el Fondo de esta conciencia individual que nos distingue y que erróneamente creemos que nos separa. Somos uno en el Ser, el Espíritu, el Aliento Vital que nos hace existir, respirar, vivir. Somos comunión de vida inmortal en formas infinitamente diversas. Somos uno en el Corazón eterno o la Memoria creadora que late en lo más profundo de las formas pasajeras. Cada forma encarna la Memoria del Todo. “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros”. A ti, a mí, a todos, nos corresponde encarnar la Memoria vivificadora de todos los muertos. Cuando los recordamos, es decir, cuando los ‘traemos al Corazón’ bueno de la vida, los hacemos vivir. Infinita responsabilidad mística, ecológica, política: mantener viva la Vida o la Memoria de todos los seres.

Creo en “Dios” en cuanto Todo, Corazón, Memoria o Conciencia de todas las formas. Creo que, al igual que cuanto nace ‘muere’ a su antigua forma –incluida su conciencia individual separada–, cuanto muere ‘nace’ en el Todo, en la Memoria o en la Conciencia universal de todos los seres, en este universo o en otro, más allá del espacio y del tiempo, en una forma que desconocemos. Creo que el aliento vital no muere, que la vida resucita sin cesar, que cuando doblan las campanas anuncian la vida.

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Embarque inmediato. Último aviso a los pasajeros

Martes, 29 de octubre de 2019

450_1000De su blog Grano de Mostaza:

Me ha ocurrido en dos ocasiones, las dos en el aeropuerto de Roma: estar  esperando la salida de mi vuelo en una puerta de embarque equivocada,  por despiste mío o por  un cambio no anunciado de última hora, y escuchar con  sobresalto mi nombre por los altavoces conminándome a embarcar de inmediato. He recordado la anécdota al saber que un jesuita amigo y admirado, se está muriendo de cáncer y que fue quien me encargó, hace  unos años, escribir algo sobre “acompañar la muerte” en  la revista Manresa  que él dirigía. Y ahora pienso que,  lo mismo que en el aeropuerto hubiera agradecido tener cerca a alguien que me sacara de mi distracción, le deseo de todo corazón que a la hora de esa “salida” tan decisiva como es la final,   pueda contar con buena compañía.

Escribí entonces que los altavoces existenciales nos van avisando con tiempo: “No eres más que una suma de días”, decía Rabi’a,  una mística sufí del s. VIII, “cuando un día se va, con él se va una parte de ti. Y cuando una parte de ti se va, no tardará en irse todo”. Según Epicuro “En todas las demás cosas  es posible procurarse una seguridad pero, a causa de la muerte, los humanos habitamos en una ciudad sin muros”. Y para Madeleine Delbrel “llevamos nuestra muerte empezada y pronto terminada como nuestro propio y definitivo alumbramiento. Pero se trata de nacer bien cada vez que morimos, de nacer un poco cuando morimos un poco, y de nacer mucho cuando morimos mucho. Se trata, en este trato con la muerte, de aprender a tratar con la vida”

A pesar de que solemos vivir ajenos a esos avisos, en algún determinado momento,  tomamos conciencia de  la proximidad de la muerte y nos invade  un sentimiento de alarma que puede desembocar en ese miedo que, según Hebreos, conduce a la esclavitud (cfr. He 2,15). Nos sentimos entonces tan desvalidos  como una “ciudad sin muros” y con dos caminos abiertos ante nosotros: refugiarnos en el Único que puede cobijarnos o  buscar despavoridos falsas protecciones y defensas que, además de no preservarnos de la muerte, nos alejan de la Vida.

Cómo evitar esas trampas, cómo ayudar también a otros a desenredar esa madeja, cómo estar a su lado cuando los muros protectores se agrietan amenazando derrumbamiento y pequeñas muertes empiezan a asomarse por las ventanas.  Otros lo hicieron antes que nosotros: José estaba a la cabecera de Jacob, su padre, cuando este moría (Gen 48,2); Moisés tuvo cerca de él a Josué (Dt 32,44) y cuando Noemí, ya vieja y sola, emprendía el camino hacia su tierra de origen, su nuera Rut  acompañó su retorno. También Jesús en su camino hacia la muerte contó con el apoyo de Simón de Cirene para llegar hasta su final (Mc 15,21).

Quizá lo que nos toca a nosotros es algo modesto: tratar de estar al lado de otros para ayudarles a descifrar los mensajes que llegan desde los “altavoces” y acierten con su verdadera “puerta de embarque”, conscientes al mismo tiempo de que también nosotros estamos en la lista de pasajeros.

Recuerdo el impacto que me produjo en la adolescencia aquella escena de la película “Balarrasa”, de tanto éxito en el medio nacional-católico de entonces: después de un accidente de coche, una mujer agonizaba y decía a su compañero al hacer balance de su vida: “Mira mis manos, están vacías”. Eso desencadenaba la conversión y vocación misionera del protagonista que tomaba la decisión de llegar a la muerte con las manos llenas. Más allá de lo bienintencionado del mensaje, la realidad es que ese camino puede conducir fácilmente al narcisismo o a la autosuficiencia. A la muerte llegamos todos con las manos afortunadamente vacías y tenemos que asumir serenamente esa realidad dejando que sea  Otro quien nos las llene.  Y cultivar ya desde ahora esa convicción  que expresa Erri de Luca: “No es el amante el que conoce el amor sino el amado, el que acepta quedar transfigurado por la visión de los ojos de otra persona”.

 Doy testimonio de que el amigo por el que rezo en estos momentos ha ido ejercitando a  lo largo de su vida la práctica de dejarse mirar así.

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Lienzo en blanco

Lunes, 7 de octubre de 2019

lienzo-blanco-e1432890033852bote3-e1568446295968Carmen Herrero Martínez,
Fraternidad Monástica de Jerusalén,
Estrasburgo (Francia).

ECLESALIA, 20/09/19.- Anoche soñé con un maravilloso lienzo en blanco. Sin quererlo, de tal manera se grabó en mi retina que al despertar no podía olvidarlo, pues lo seguía viendo. Me paré a pensar en el mensaje que, esta imagen del lienzo blanco, como la nieve, quería decirme.

Sabemos que los sueños en la Biblia tienen un gran significado y están llenos de simbología. Pero seguía sin descubrir el mensaje de este sueño… Cerré los ojos y empecé a soñar despierta. En este sueño, que no era sueño, se me abrió la inteligencia y pude intuir el mensaje que el lienzo me traía. El lienzo me decía: este lienzo es un regalo del Altísimo, es tu vida misma y de ti depende la belleza de la obra de arte que sobre mí vas a pintar. ¿Cómo?, ¿pintar yo? ¡Cuando no sé hacer una raya derecha! Poco importa, me decía el lienzo, tú empieza a hacer rayas, círculos, a poner nombres, escribe lo que tu corazón te diga, deja de lado la inteligencia. No tengas prisa, date tu tiempo, hazlo con mucha serenidad, paz y armonía; desde el silencio y la oración. Porque lo que vivas en el interior, eso es lo que vas a plasmar.

Pasaron los días y mi lienzo continuaba con toda su belleza luminosa y pura; yo tenía miedo de mancharlo con mis garabatos mal trazados y prefería contemplarlo en toda su belleza, como una página en blanco. Pero una voz me decía: “Esa no es la belleza que al lienzo le gusta. El lienzo ha sido creado para que el artista realice su obra sobre él. Él es feliz cumpliendo su misión: servir de soporte y desaparecer detrás de la obra del artista, esto le basta”. ¡Qué lección de vida tan bonita y profunda! Desaparecer para que el artista realice su creación y sea contemplada, admirada. Pero detrás de la creación, sigue estando el lienzo, sin el cual difícilmente el pintor hubiese podido pintar su obra. Entonces comprendí la necesidad que tenemos unos de otros, lo importante que es la complementariedad y cómo cada elemento y persona tiene su misión propia en este mundo. Basta con descubrirla y amarla para ser feliz.

Mi miedo a estropear el lienzo me paralizaba y el lienzo insistía diciendo: “Pierde el miedo, ponte manos a la obra, coge los pinceles y empieza a trazar lo que tu corazón te dicte”. Me quedé en silencio profundo, yo diría que en contemplación y en ese instante las ideas brotaban y brotaban de mi corazón; pero eso, eran ideas para la prosa, no para formar una imagen. Entonces, me dije: ¿cómo formar una imagen con la prosa, es decir con palabras? Las palabras escritas tienen que tener un mensaje para quienes contemplen este lienzo. Y empecé a escribir con diversos colores y puse: amor, libertad, comprensión, empatía, escucha, paciencia, hospitalidad, generosidad, entrega, olvido de si, perdón, solidaridad, respeto a la diversidad, amar la diferencia, paz, basta ya de violencia de la clase que sea, cesen las armas, armonía, unidad, tolerancia, fraternidad, justicia, igualdad, bendecir, no juzgar, desear siempre el bien para los demás y ser agradecidos, humildad. Construir puentes entre los pueblos que acorten las distancias y tejan la relación; puentes que derriben los muros de la exclusión y la explotación. Y como broche de oro: compartir con el más necesitado, con aquellas personas marginadas que no cuentan para la sociedad: los pobres, los incultos, los ancianos, los enfermos y las personas discapacitadas. Todas estas palabras, con colores muy diversos y escrituras diferentes, formaron un rostro: el rostro de Jesús. Lo que él nos enseña con su propia vida plasmada en los evangelios. Con esta bella imagen mi lienzo recobró nueva vida y se sentía feliz

Al terminar mi “obra”, le pedí disculpas a mi querido lienzo por tanta chapuza; le dije que me perdonara, era lo que intentaba hacer todos los días y lo único que sabía pintar. No había tenido la dicha de estudiar bellas artes. El lienzo me sonrió y se mostró sumamente feliz y agradecido; pues le agradaban mis garabatos y atrevimiento y se sentía orgulloso de tener la ocasión de recordar a los humanos esos valores evangélicos, tan esenciales para la convivencia humana; para juntos y unidos formar un mundo mejor, más humano y más fraterno; donde cada persona encuentre su lugar, tenga lo necesario para llevar una vida digna, sea querida y pueda querer sin miedo; formando así la familia universal donde el color de la piel, la raza, la religión, la cultura y las diferentes lenguas formen un lienzo maravilloso que nos de vida, colorido, alegría y orgullo de formar todos juntos la Humanidad Universal que es la nuestra.

Me atreví a decirle al lienzo, eso está muy bien y me gozo contigo, pues yo también pienso que urge recobrar los valores humanos y espirituales que Jesús nos enseñó si queremos construir una sociedad distinta de la que vivimos, donde cada persona pueda ser ella misma y se sienta feliz; pero ahora, dime: ¿Dónde voy a colocarte para que te contemplen? Empezando por los míos, estoy segura que no les gustará verte continuamente en la casa; no digamos a los extraños y mucho menos puedo llevarte a una exposición. La verdad que me has causado problemas desde el principio y todavía más grandes al final. ¿Qué hacer contigo? A lo que el lienzo, dulcemente y calmadamente, contestó: “Esto que has pintado es para grabarlo en tu interior y vivirlo día a día y para que muchas otras personas lo graben también; porque cada persona está llamada a ser un lienzo blanco donde se refleje la belleza que habita en su interior y sea para el mundo el mismo rostro de Jesús: el Rostro de los rostros, el anticipo de la nueva Jerusalén que nos espera”.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Orar la vida

Lunes, 23 de septiembre de 2019

Orar-vida_2157394247_13897634_660x371Del blog de Consuelo Vélez Fe y Vida:

Una amiga me dijo hace unos días -en broma- que me iba a cobrar ‘derechos de autor’ porque una de las reflexiones hechas en este espacio, correspondía a un hecho vivido por ella. Tiene razón porque siempre escribo sobre algo que me ha impactado de mi vida o de la vida de los otros. En efecto, todo lo que vivimos, cuando lo reflexionamos, nos da muchas enseñanzas. En realidad, eso era lo que hacía Jesús, tomaba ejemplos de la vida cotidiana y, a partir de ahí, hablaba de Dios a sus contemporáneos. En eso consisten las parábolas: la oveja perdida, la semilla que crece, el tesoro que se encuentra, la red repleta de peces, el grano de mostaza, el trigo y la hierba mala, etc., no son más que ejemplos sencillos a través de los cuales Jesús enseñaba que Dios es misericordioso, que él siempre está presente, que su acción puede pasar desapercibida pero que es actuante, que él busca vencer el mal a fuerza de bien, etc. Ninguna imagen dice todo lo que Dios “es”, pero cualquier imagen nos enseña mucho sobre Dios.

Pues bien, los hechos de nuestra vida han de ser materia de nuestra oración. Muchas veces en ella pedimos por nosotros, por las situaciones que vivimos, por los problemas de los amigos, etc., y todo eso está muy bien. Sin embargo, la oración es ante todo, un diálogo, es decir, un hablar y un escuchar, un pedir y un recibir, un acoger y un entregar.

¿Cómo no sólo pedir sino también escuchar a Dios? La Palabra de Dios, sin duda, es un medio privilegiado para el encuentro con él pero también son igualmente importantes, los acontecimientos que pasan en nuestra vida y en la de los otros.

En la oración podemos recordar lo vivido durante el día y simplemente preguntarle al Señor: ¿Cómo te hiciste presente en este acontecimiento? ¿Qué me quisiste decir con esto? Estas son preguntas que tal vez ya las hacemos pero que podríamos hacerlas en la oración de cada día y descubrir así la manera real y fuerte como Dios actúa y está presente en todo lo que vivimos.

La experiencia cristiana nos lleva a ver todo con los ojos de la fe, es decir, a buscar y descubrir la presencia de Dios en todo y a dejarnos enseñar, dejarnos conducir y, sobretodo, abrirnos a los nuevos horizontes que la vida nos trae. La oración es diálogo que nos puede cambiar por dentro, cuando encontramos el sentido de las situaciones que vivimos. Pero se necesita volver sobre nuestra vida, meditarla, reflexionarla, no para darnos la razón o para justificar nuestras acciones, porque ¡atención! ese peligro también existe, sino para preguntarle al Señor qué podemos aprender de cada situación y cómo él hubiera actuado en ella. En fin, las enseñanzas son innumerables y la vida es siempre una parábola capaz de enseñarnos cosas nuevas.

Acostumbrémonos a tomar como materia de oración nuestra vida. Con seguridad nos entenderemos más a nosotros mismos, entenderemos a los otros y encontraremos alguna “salida” a todas las situaciones. En este horizonte, la Palabra de Dios dará mucho fruto porque essemilla que cae en tierra buena (Mt 13,8) y no haremos dicotomías entre la oración y la vida, entre pedirle a Dios solución a nuestros problemas y no hacer nada de nuestra parte para cambiar actitudes, posturas, sentimientos y decisiones.

“No digan muchas palabras como hacen los paganos (Mt 6, 7) nos dice Jesús al hablarnos de la oración. Por el contrario, “cierra la puerta y reza a tu Padre que comparte tus secretos” (Mt 6,6). Ese contemplar la vida con lo que conlleva y que Dios conoce, nos revelará su presencia en nuestra propia existencia.

La oración es diálogo transformador. Con humildad pidámosle al Señor que nos enseñe a orar la vida para que cambiemos y crezcamos cada día. Nuestra realidad necesita ser transformada y nuestra vida es un “necesario” punto de partida.

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“El reto de los católicos”, por Gabriel Mª Otalora

Viernes, 20 de septiembre de 2019

Abusos-sexuales-Iglesia_2111498844_13506057_660x371De su blog Punto de Encuentro:

Regularmente leemos cómo va mermando la influencia de la Iglesia Católica entre la población. Ya lo adelantó el sociólogo Javier Elzo cuando pronosticó que esta iglesia va camino de convertirse “en una secta en el sentido sociológico o numéricamente”. Para algunos es una buena noticia constatar que después de tantos años y siglos de ominosa influencia clerical, empieza a abrirse una ventana laicista, pues todo apunta a que la tendencia se agudizará produciendo en la población un alejamiento aún mayor, tanto de las prácticas religiosas como de la influencia social que transmiten los mensajes de la jerarquía eclesiástica.

Para otros, el informe es una mala noticia, una más, preocupados como están por la marea anticlerical y la indiferencia religiosa. Hay un tercer grupo, en fin, que dentro de la turbación, encuentran más motivos de esperanza que de abatimiento porque perciben la situación actual como una invitación a recuperar los genuinos valores del Reino, eclipsados en buena parte por los propios católicos, a menudo irreconocibles en su ejemplo; jerarcas incluidos, por las tantas veces que ni siquiera ven con buenos ojos la laicidad lo cual solo encabrita y aleja al rebaño en lugar de apacentarlo como haría un buen pastor.

No es menos cierto que la indiferencia religiosa posmoderna es un problema de nuestro tiempo, que ha venido a completar el pensamiento dominante de que Dios impide una auténtica humanidad por ser ambas incompatibles ¿Deformación o ignorancia? ¿El mensaje estorba? Se ha llegado a proclamar la muerte de Dios (Nietzsche) y lanzado la sospecha envenenada de que cuando Dios gana, el hombre es el que pierde; y viceversa. Nuestro ambiente está marcado por una cultura de profunda increencia religiosa que ha dado paso a otros dioses como la tecnología, la razón de Estado, el consumismo, etc., que crecen robustos al ser considerados y aceptados como fines en sí mismos junto a creencias espiritistas y ocultistas de muy diverso signo.

Yo me encuentro entre los católicos esperanzados que creen posible hacer más visible el valor de la Buena Nueva evangélica. ¿Qué es lo que nos falta para transmitir la experiencia liberadora de nuestra religión? Nunca es mal momento para que cada uno se haga esta pregunta.

Para empezar, falta experiencia religiosa en los propios católicos, quizá por retozar demasiado en la sociedad de consumo fiado todo a los ritos y plegarias superficiales. Nos falta mucha humildad para reconocer que el Espíritu no es patrimonio nuestro, que Jesús estuvo buscando a los apestados de su época, y no precisamente para condenarlos sino para transmitirles un chorro de amor que transformaba a cuántos tenían la mínima predisposición a abrirse a Él; y que sus palabras más duras las reservó para los soberbios sepulcros blanqueados, grandes profesionales de la historia de la salvación. Nos falta valentía para vivir más solidariamente, y sobre todo, dejarle a Dios que actúe a través de nuestras manos, viviendo a su imagen y semejanza con el ejemplo y cuando hace falta, la denuncia profética.

Para colmo, muchos de los que niegan a Dios, le están afirmando con su actitud y su conducta. No tienen fe, pero sus hechos trabajan en la dirección de los valores del Evangelio, incluso cuando recriminan la tendencia a apoderarnos de Dios para domeñarlo a nuestra horma. No fue un teólogo quien afirmó que “si Dios no es amor, no vale la pena que exista”, sino Henry Miller. Nuestro reto pasa por recuperar la práctica del espíritu de las bienaventuranzas y volver a experimentar la felicidad que viene de Dios alejando las actitudes que se convierten en causa de desconcierto para quienes buscan sinceramente pero se encuentran con la caricatura de la religión que mueve más al escándalo que a la conversión.

Tal vez, uno de los fracasos más graves de la Iglesia católica sea el no saber presentar a Dios como amigo de la felicidad del ser humano. Sin embargo, estoy convencido de que el hombre contemporáneo sólo se interesará por Dios si intuye que puede ser fuente de felicidad. Se nos olvida que el Evangelio es una respuesta a ese anhelo profundo de felicidad que habita en nuestro corazón. Quizá sea por tantos olvidos por lo que aceptamos pasivamente la consideración de “católico practicante” a quien acude a misa los domingos, en lugar de llamarle así al que vive el Evangelio dentro y fuera del templo.

Si Cristo no es un anhelo para millones de desnortados, buena parte de las causas nacen en nosotros. En este sentido, releamos la parábola del fariseo y el publicano. En su texto encontraremos algunas claves de lo que puede que nos esté pasando sin pensar siquiera que sus palabras se dirigen precisamente a nosotros

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“Contemplación de septiembre“, por José Arregi.

Martes, 17 de septiembre de 2019

1C09C465-52C7-48EB-BC49-3DE6BA95331CLeído en su blog:

Preguntas ante el mundo al final del verano

            Pasa el verano, se acerca el otoño, se van las golondrinas. Vuelven el curso y las tareas, el tiempo y las prisas. Y estos desmañados escritos. Vuelven y acucian en septiembre los interrogantes que nunca se fueron: ¿Se abrirá camino la paz en la justicia? ¿Hallará la vida respiro en la Tierra, comunión de vivientes?

            Vuelvo los ojos, repaso los meses y arrecian las dudas. También este verano, centenares de niños, mujeres y hombres, fugitivos de la guerra y de la miseria, se han ahogado en las aguas del Mediterráneo, rodeado de placenteras playas llenas de sol y de turistas. El Open Arms, arca de salvación de 60.000 personas, ha quedado varado en el puerto de Lampedusa, amarrado por nuestros intereses y contradicciones. Miles y miles de hectáreas han ardido en la Amazonía, por pequeños fuegos de indígenas que necesitan un trocito de tierra para vivir, y por gigantescos incendios provocados por la impúdica codicia de grandes empresas. Pero ni las muertes del Mediterráneo, ni la retención del Opens Arms ni los incendios veraniegos de la Amazonía son sucesos puntuales. Son síntomas locales de una catástrofe planetaria. ¿Será imparable?

Mientras tanto, la cumbre del G7, reunida esta vez en la bella Biarritz (País Vasco), ha sido lo que esperábamos: vergonzosa parodia del desgobierno mundial, cínica exhibición de su hegemonía menguante, evidencia creciente de su fracaso ético y político. Ellos saben que nos conducen al caos. ¿Será inevitable?

Perdón por este tono apocalíptico, que nada parece justificar en esta tarde apacible, en esta preciosa localidad de Aizarna, donde los niños juegan sin cesar en su hermosa plaza. Todo parece paz y armonía. Y lo es realmente, ¡benditos los ojos que lo ven! Pero, a la vez, la inquietud me invade. Me pregunto por el futuro de esos niños, de esas madres y padres jóvenes que charlan tranquilamente, sentados en corro, saboreando sus últimos días de vacación. Me asustan las sombras del horizonte. Los gemidos que suben del fondo se mezclan con las risas despreocupadas de la plaza, y perturban la paz de los verdes bosques y prados al otro lado. Y resuena en los oídos la voz resuelta de aquel joven profeta, Jesús de Galilea: “No os inquietéis diciendo: ¿Qué comeremos? ¿Qué beberemos? ¿Con qué nos vestiremos? Levantad la cabeza. Se acerca vuestra liberación”. Así sea.

Pero, para que así, será preciso que implantemos una nueva economía. Una economía sin tanto desecho y basura, sin tanta competición y prisa, sin tanta exclusión y muerte. Una economía equitativa, sobria y solidaria. Una economía humana y feliz, verde como la vida. ¿O preferiremos seguir progresando hacia un mundo cada vez más inclemente y agobiado? El profeta grita en el desierto: “Preparad el camino”.

Será preciso que reinventemos la política, los partidos, la democracia. Un gobierno mundial democrático, libre de la dictadura financiera de unos desalmados.

Será preciso que cuidemos de verdad el empleo y todas las condiciones laborales. ¿Qué será del mundo, por ejemplo, cuando –será muy pronto– los robots hagan las labores que hoy nos ocupan? ¿Cómo se procurarán el pan y los pequeños placeres necesarios de cada día los hijos de Itziar y de todos esos padres sentados en corro?

Será preciso que afirmemos con hechos una ciudadanía universal, la igualdad de derechos de todos los seres humanos, más allá de las fronteras estatales, imposiciones violentas del poder desde su origen hasta hoy. De modo que nadie pueda decir: “Esto es nuestro. Primero nosotros, luego los extranjeros, si caben, si nos conviene”.

Será preciso que reconduzcamos el rumbo de esta pobre especie humana que llamamos Sapiens, sabia. Para que seamos más sabios. Y aprendamos a utilizar mejor las inmensas capacidades de nuestro pequeño cerebro, y las insospechables posibilidades que nos brindan las ciencias de la información y de la vida. Y avancemos hacia una nueva especie, sea ésta humana, hiperhumana o post-humana, pero más humilde, libre y fraterna, más feliz. Si queremos, podremos.

El Espíritu de la vida gime en el corazón de las criaturas. Es el aliento vital originario, más poderoso que todas las fuerzas enemigas de la vida. Es el respiro que sostiene la esperanza desde el corazón de la Tierra hasta la galaxia más lejana.

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La Vida es una constante paradoja

Miércoles, 4 de septiembre de 2019

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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Frente a la pregunta característica del yo religioso, siempre preocupado, o incluso obsesionado, por su “salvación”, Jesús anima a “entrar por la puerta estrecha”. La expresión alude a la puerta más pequeña que daba acceso a las ciudades amuralladas.

La vida es una constante paradoja. Y cualquier persona que se aventura por el llamado “camino espiritual” es sorprendida por la presencia de esas paradojas a cada paso de la marcha. Una paradoja es una contradicción aparente que, al ser asumida, se resuelve en una verdad mayor: perder y ganar, el rayo de tiniebla, la soledad sonora, la música callada, el vacío pleno, subir es bajar, morir es vivir… La paradoja, que aflora en cada palabra sabia, no es sino reflejo de la polaridad de lo real, y de la naturaleza también polar del ser humano. Y nos indica que la resolución adecuada no pasa por suprimir uno de los dos polos, sino por abrazar ambos en una unidad mayor, en el nivel no-dual. La imagen de la “puerta estrecha” evoca la necesidad de “soltar” todo como medio para experimentar la Vida que somos. Cuanto más soltamos, más fuertes somos. Al soltar todo -eso es la muerte- se nos regala la vida.

*

Enrique Martínez Lozano
“Otro modo de leer el Evangelio”

***

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La sabiduría de no reaccionar.

Lunes, 2 de septiembre de 2019

se-la-pasan-pensando

Una persona sabia realmente no intenta cambiar nada.
Se vuelve tranquila. Tiene paciencia. Trabaja en sí misma.
Observa sus pensamientos, observa sus acciones
y se observa a sí misma cuando se enoja,
se observa cuando se deprime,

se observa cuando siente celos y envidia, y todo lo demás.

Poco a poco llega a reconocer: “Esto no soy yo. Esto es hipnosis,
esto es una mentira”.
Esta persona no reacciona ante su condición.

En la medida en que no reacciona ante su condición, en esa misma medida se vuelve libre. Ya no le importa lo que los demás hagan. No se compara con nadie. No compite con nadie. Simplemente se observa a sí misma.

Observa la confusión mental. Nunca va por ahí gritando:
“Soy la realidad absoluta. Soy Dios. Soy Consciencia”.
Más bien reconoce de dónde viene y deja a los demás en paz.

Este tipo de ser se desarrolla a un ritmo acelerado.
No importa en qué clase de aprieto se encuentre.

No importa, porque este ser ya está libre
Cuando la mente descansa en el corazón,
cuando la mente no va allá afuera para identificarse con el mundo,
cuando la mente descansa en el corazón,
hay paz, hay armonía, hay puro ser.

Cuando permites que tu mente salga de tu Ser,
ésta empieza a comparar, empieza a juzgar,
empieza a sentirse ofendida
y ahí no hay paz. No hay descanso.

*

Robert Adams

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Boletín Semanal, Enrique Martínez Lozano

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Testimonio

Martes, 27 de agosto de 2019

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San Mateo refiere esta promesa de Jesús: «Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20). Aquí no hemos de pensar sólo en la asamblea litúrgica, sino en toda situación en la que dos o más cristianos están unidos en el Espíritu, en la caridad de Jesús. Y tampoco hemos de pensar sólo en la simple omnipresencia del Cristo resucitado en todo el cosmos.

Escribe un exégeta de nuestros días: «Mateo piensa en una presencia “personalizada”. Jesús está presente como crucificado resucitado, es decir, en la apertura de donación total vivida en la cruz, donde él, con toda su humanidad, se abre a la acción divinizante del Padre y se entrega totalmente a nosotros, comunicándonos su espíritu, el Espíritu Santo. La presencia del Resucitado no es, pues, una presencia estática, un estar-aquí y nada más, sino una presencia relacional, una presencia que reúne y unifica y que, en consecuencia, espera nuestra respuesta, la fe.

Brevemente, la proximidad de Cristo reúne a “los hijos de Dios dispersos” para hacer de ellos la Iglesia». Desde la alianza sellada en el Sinaí con Israel, Yahvé se revela como el que interviene eficazmente en la historia. El liberó a los hebreos de la esclavitud de Egipto, hizo de ellos su pueblo. «Yo estoy en medio de vosotros», es la palabra que identifica la primera alianza: una presencia que protege, guía, consuela y castiga…

Con la llegada del Nuevo Testamento, esta presencia adquiere una densidad especial y nueva. La promesa de la presencia definitiva de Dios, o sea, la promesa ae la Alianza definitiva, halla su cumplimiento en la resurrección de Jesús. En la comunidad cristiana, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, es «el salvador de su Cuerpo», la Iglesia (cf. Ef 5,23). Presente en medio de los suyos, él convoca y reúne no sólo a Israel, sino a toda la humanidad [cf. Mt 28,19-20). Vivir con Jesús «en medio», según la promesa de Mt 1 8,20, significa actualizar desde ahora el designio de Dios sobre toda la historia de la humanidad. Pero ¿cómo hacer visible la presencia permanente del Resucitado?

Cuando, tras la caída del Muro de Berlín, se reunió la primera asamblea especial del Sínodo de Obispos para Europa y se preguntó sobre la nueva evangelización del continente, un religioso húngaro subrayó que la única Biblia que leen los llamados «alejados» es la vida de los cristianos. Y podríamos añadir: somos nosotros, es nuestra vida, la única eucaristía de la que se alimenta el mundo no cristiano. Por la gracia del bautismo, y especialmente por la eucaristía, estamos injertados en Cristo, pero es en la fraternidad vivida donde la presencia de Jesús en la Iglesia se manifiesta y resulta operante en la existencia cotidiana.

En el silencio, dos o tres creyentes pueden testimoniar en el amor recíproco lo que constituye su identidad profunda: ser Iglesia en la atención a los débiles, en la corrección fraterna, en la oración en unidad, en el perdón sin límites.

*

F. X. Nguyen Van Thuan,
Testigos de esperanza,
Ciudad Nueva 52001, pp. 155-157.

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Imagen Cerezo Barredo

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He venido a traer fuego a la tierra

Domingo, 18 de agosto de 2019

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Creo que la vida no es una aventura que debamos vivir según las modas que corren, sino con un compromiso encaminado a realizar el proyecto que Dios tiene sobre cada uno de nosotros: un proyecto de amor que transforma nuestra existencia.

Creo que la mayor alegría de un hombre es encontrar a Jesucristo, Dios hecho carne. En él, todo -miserias, pecados, historia, esperanza- asume una nueva dimensión y un nuevo significado.

Creo que cada hombre puede renacer a una vida genuina y digna en cualquier momento de su existencia. Cumpliendo hasta el final la voluntad de Dios no sólo puede hacerse libre, sino también derrotar al mal.”

*

Thomas Merton

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!

¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.

En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.”

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Lucas 12, 49-53

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Los apóstoles, instruidos por la palabra y por el ejemplo de Cristo, siguieron el mismo camino. Desde los primeros días de la Iglesia, los discípulos de Cristo se esforzaron en convertir a los hombres a la fe de Cristo Señor no por acción coercitiva ni por artificios indignos del Evangelio, sino ante todo por la virtud de la Palabra de Dios. Anunciaban a todos resueltamente el designio de Dios Salvador, «que quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4), pero, al mismo tiempo, respetaban a los débiles, aunque estuvieran en el error, manifestando de este modo cómo «cada cual dará a Dios cuenta de sí» (Rom 14,12), debiendo obedecer a su conciencia.

Al igual que Cristo, los apóstoles estuvieron siempre empeñados en dar testimonio de la verdad de Dios, atreviéndose a proclamar cada vez con mayor abundancia, ante el pueblo y las autoridades, «la Palabra de Dios con confianza» (Hch 4,31). Pues defendían con toda fidelidad que el Evangelio era verdaderamente la virtud de Dios para la salvación de todo el que cree. Despreciando, pues, todas «las armas de la carne», y siguiendo el ejemplo de la mansedumbre y de la modestia de Cristo, predicaron la Palabra de Dios confiando plenamente en la fuerza divina de esta palabra para destruir los poderes enemigos de Dios y llevar a los hombres a la fe y al acatamiento de Cristo. Los apóstoles, como el Maestro, reconocieron la legítima autoridad civil: «No hay autoridad que no venga de Dios», enseña el apóstol, que, en consecuencia, manda: «Toda persona esté sometida a las potestades superiores…, quien resiste a la autoridad resiste al orden establecido por Dios» (Rom 13,12). Y al mismo tiempo no tuvieron miedo de contradecir al poder público cuando éste se oponía a la santa voluntad de Dios: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). Este camino lo siguieron innumerables mártires y fieles a través de los siglos y en todo el mundo.

La Iglesia, por consiguiente, fiel a la verdad evangélica, sigue el camino de Cristo y de los apóstoles cuando reconoce y promueve la libertad religiosa como conforme a la dignidad humana y a la revelación de Dios. Conservó y enseñó en el decurso de los tiempos la doctrina recibida del Maestro y de los apóstoles.

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Concilio Vaticano II,
Declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae, llss.

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Estad como los que aguardan…

Domingo, 11 de agosto de 2019

Teresa de Jesús, que vivió intensamente la vida, nos invita a nosotros a vivirla con agradecimiento, en atenta espera del Amado, con absoluta confianza porque nos sabemos de su rebaño…

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Teresa de Jesús vivió asombrada. ¿Acaso se puede vivir de otra manera la fe? El don de Dios, en el misterio de su humanidad, la dejó ‘espantada’, como ella decía. La oración interior fue su manera de responder al milagro de la Presencia: “En lo muy muy interior siente en sí esta divina compañía” (7Moradas 1,7). En estos días de agosto, de tiempo ordinario o vacacional, Teresa de Jesús nos invita a mirar asombrados “El amor que nos tiene Jesús porque … De tal manera ha querido juntarse con la criatura, que así como los que ya no se pueden apartar, no se quiere apartar Él de ella” (7M 2,3).

Lo que escuchó María: ‘Para Dios nada es imposible’, fue, para Teresa de Jesús, la fuerza que la empujó a realizar los sueños de Dios, desafiando las dificultades. Le decían que la vida nueva que quería vivir era “un disparate” (V 32,14), que las mujeres “no han menester esas delicadeces” (Camino 21,2), pero Jesús había juntado su debilidad con su poder, había engrandecido su nada. A nosotros, tentados tan a menudo por el desaliento, nos conviene escuchar el coraje de Teresa de Jesús: “Digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar, venga lo que viniere, murmure quien murmurare” (C 21,2).

Lo que le oyó a Jesús Teresa es un excelente programa de vida para nosotros: “Que mirase por sus cosas (las de Jesús), que Él miraría por las suyas” (7M 3,2). “No hagamos torres sin fundamento, que el Señor no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen” (7M 4,16). Ahí está la belleza del testimonio: “Sea Dios alabado y entendido un poquito más, y gríteme todo el mundo” (7M 1,5).

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Tomado del boletín teresiano del CIPE

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino.

Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón.

Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.

Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.

Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.

Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete.

Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.”

Pedro le preguntó:

“Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?”

El Señor le respondió:

“¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?

Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

Pero si el empleado piensa: “Mi amo tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles.

El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos.

Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá.”

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Lucas 12, 32-48

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Dichosos los que han optado por vivir con sobriedad para compartir sus bienes con los más pobres. Dichosos los que renuncian a más ofertas de trabajo para resolver los problemas de los parados.

Dichosos los funcionarios que agilizan los trámites burocráticos e intentan resolver los problemas de las personas no informadas.

Dichosos los banqueros, los comerciantes y los agentes de venta que no se aprovechan de las situaciones para aumentar sus beneficios.

Dichosos los políticos y los sindicalistas que se comprometen a encontrar soluciones concretas al paro.

Dichosos nosotros cuando dejemos de pensar: «¿Qué mal hay en defraudar? Lo hacen todos…».

Entonces, la vida social se convertirá en una anticipación del Reino de los Cielos.

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Paul Abela.

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Carpe Diem versus Codicia

Domingo, 4 de agosto de 2019

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¿En qué consiste esto al fondo vivir plenamente las horas de su existencia, ?

No restrasarse a lo que contradice la plenitud del instante; no contrariar ni a la naturaleza, ni a su propia naturaleza; cazar las nubes amenazadoras de las dudas, el viento contrario de las adversidades, la degradación de las predisposiciones positivas y benévolas; desbordar los territorios apretados de la rutina abriéndose en horizontes más amplios.

El Carpe Diem de Horacio nos invita a recoger el día como una fruta llena de jugo. “Nada es más precioso que este día” decía a Goethe para celebrar el el esplendor de lo inédito que brota de la ganga ordinaria de los días.

Abordar mañana por la mañana, y cada mañana, en su frescura aperitiva, en su candor inaugural.

Encontrar la fuente pura de los comienzos, el apetito constante de los descubrimientos y de los encuentros fundacionales, el fervor no comenzado frente a un destino que hay que dar a luz.

Recuerda que hoy es el primero de los días que te quedan por vivir …

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François Garagon

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En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús:

“Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.”

Él le contestó:

“Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?”

Y dijo a la gente:

– “Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.

Y les propuso una parábola:

“Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: ¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha.”

Y se dijo:

“Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces me diré a mí mismo: hombre, tienes bienes acumulados para muchos años; túmbate, come, bebe y date buena vida.”

Pero Dios le dijo:

“Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será? “

Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.”

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Lucas 12, 13-21

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La primera lectura y el evangelio nos ofrecen estímulos no sólo para la meditación y la oración, sino también para obtener una visión más amplia de las cosas en Dios.

El drama de la «vanidad» consiste en el hecho de que las cosas tienen su belleza y su bondad, que atraen el ojo y el corazón del hombre, el cual, en un segundo momento, experimenta con decepción su falacia. De este proceso habla el autor del libro de la Sabiduría. Para él, está claro el principio fundamental: «Por la grandeza y hermosura de las criaturas se descubre, por analogía, a su Creador» (13,5). Sin embargo, los hombres corren el riesgo de mostrarse miopes: «Se dejan seducir por la apariencia» y «maravillados por su belleza, las tomaron por dioses». De ahí el reproche: «Verdaderamente necios…» (13,1.3.6.7). El espíritu humano, «si se libera de la esclavitud de las cosas» (GS 57), puede pasar de una manera expedita de la admiración por ellas a la contemplación del Creador: «Porque lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su divinidad» (Rom 1,20).

El Dios creador es el mismo Dios salvador que nos ha enviado a su Hijo. En el evangelio de hoy, meditado a la luz de su contexto inmediato y el del capítulo siguiente (16), Jesús nos abre de una manera gradual los ojos hacia un horizonte cada vez más extenso, un horizonte que nos introduce en la visión de Dios y de su plan sobre el hombre. Si Qohélet se inclinaba a equiparar a hombres y bestias -«No ha superioridad del hombre sobre las bestias, porque todo es vanidad» (3,19)-, Jesús nos revela, en cambio, que existe una gran diferencia: «La vida vale más que el alimento, y el cuerpo más que el vestido.. y vosotros valéis mucho más que los pajarillos» (12,23ss). Nos muestra sobre todo que la administración de esta vida, aunque esté revestida de fragilidad, es decisiva para la futura: «Enriquecerse ante Dios» significa tratar con desprendimiento los bienes de la tierra para hacernos «un tesoro inagotable en los cielos» (12,33). Jesús no nos pide que despreciemos las riquezas de este mundo, sino que las valoremos en relación con un bien inmensamente mayor: la vida eterna.

Dios nos ha mostrado que la vida del hombre es preciosa a sus ojos al dejar que su Hijo diera su vida por nosotros. De este modo, el Hijo ha liberado de la «vanidad» a los hijos de Dios y a toda la creación, indicando su sentido último (cf. Rom 8,19-25). Al bordar con «las obras buenas» el tejido de las frágiles realidades humanas, nos preparamos una «feliz esperanza» (Tit 2,13ss). Ahora bien, el arco iris que une la vida presente con la futura sólo es visible para quien cree en el Señor Jesús, muerto y resucitado: el Padre «por su gran misericordia, a través de la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho renacer para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarchitable» (1 Pe l,3ss).

Realizar la experiencia de la contemplación a partir de las lecturas de hoy, tras haber meditado y orado sobre ellas, significa, por tanto, pasar de la reflexión sobre la Palabra de Jesús, que nos ilumina sobre la necia y la prudente administración de los bienes, a la visión de la «extraordinaria riqueza de la gracia» de Dios preparada «para nosotros en Cristo Jesús» (Ef 2,7).

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