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“¿No necesitamos a Dios entre nosotros?”. 4 Adviento – A (Mateo 1,18-24)

Domingo, 22 de diciembre de 2019

04-adv-a-600x883Hay una pregunta que todos los años me ronda desde que comienzo a observar por las calles los preparativos que anuncian la proximidad de la Navidad: ¿Qué puede haber todavía de verdad en el fondo de esas fiestas tan estropeadas por intereses consumistas y por nuestra propia mediocridad?

No soy el único. A muchas personas las oigo hablar de la superficialidad navideña, de la pérdida de su carácter familiar y hogareño, de la vergonzosa manipulación de los símbolos religiosos y de tantos excesos y despropósitos que deterioran hoy la Navidad.

Pero, a mi juicio, el problema es más hondo. ¿Cómo puede celebrar el misterio de un «Dios hecho hombre» una sociedad que vive prácticamente de espaldas a Dios, y que destruye de tantas maneras la dignidad del ser humano?

¿Cómo puede celebrar «el nacimiento de Dios» una sociedad en la que el célebre profesor francés G. Lipovetsky, al describir la actual indiferencia, ha podido decir estas palabras: «Dios ha muerto, las grandes finalidades se extinguen, pero a todo el mundo le da igual, esta es la feliz noticia»?

Al parecer, son bastantes las personas a las que les da exactamente igual creer o no creer, oír que «Dios ha muerto» o que «Dios ha nacido». Su vida sigue funcionando como siempre. No parecen necesitar ya de Dios.

Y, sin embargo, la historia contemporánea nos está obligando ya a hacernos algunas graves preguntas. Hace algún tiempo se hablaba de «la muerte de Dios»; hoy se habla de «la muerte del hombre». Hace algunos años se proclamaba «la desaparición de Dios»; hoy se anuncia «la desaparición del hombre». ¿No será que la muerte de Dios arrastra consigo de manera inevitable la muerte del hombre?

Expulsado Dios de nuestras vidas, encerrados en un mundo creado por nosotros mismos y que no refleja sino nuestras propias contradicciones y miserias, ¿quién nos puede decir quiénes somos y qué es lo que realmente queremos?

¿No necesitamos que Dios nazca de nuevo entre nosotros, que brote con luz nueva en nuestras conciencias, que se abra camino en medio de nuestros conflictos y contradicciones?

Para encontrarnos con ese Dios no hay que ir muy lejos. Basta acercarnos silenciosamente a nosotros mismos. Basta ahondar en nuestros interrogantes y anhelos más profundos.

Este es el mensaje de la Navidad: Dios está cerca de ti, donde tú estás, con tal de que te abras a su Misterio. El Dios inaccesible se ha hecho humano y su cercanía misteriosa nos envuelve. En cada uno de nosotros puede nacer Dios.

José Antonio Pagola

 

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“Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David”. Domingo 22 de diciembre de 2019. 4º de Adviento

Domingo, 22 de diciembre de 2019

04-advientoa4-cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 7,10-14: Mirad: la virgen está encinta.
Salmo responsorial: 23:
Va a entrar el Señor, él es el Rey de la gloria.
Romanos 1,1-7: Jesucristo, de la estirpe de David, Hijo de Dios.
Mateo 1,18-24: Jesús nacerá de María, desposada con José, hijo de David.

 Vamos a hacer en primer lugar un comentario litúrgico-pastoral a estos textos bíblicos en una línea más bien tradicional. Luego haremos una nota crítica.

En el pasaje de Isaías que escuchamos hoy resuena ese anuncio esperanzador del nacimiento de alguien que estará permanentemente inserto en medio de su pueblo. Al parecer estas palabras del profeta al rey Acaz se dieron en un contexto en el que las esperanzas del mantenimiento de la seguridad del reino de Judá se centraban más en el poder político y militar, dejando a un lado la confianza en el Dios YHWH. Isaías ha visto los afanosos intentos del rey para aliarse con sus vecinos en orden a defenderse de las amenazas del reino del norte, quienes a su vez se han aliado con otros para defenderse del poderoso de turno.

Para despertar de nuevo la confianza en Dios, el profeta se vale de un hecho probablemente histórico, el embarazo de alguna de las doncellas del rey. Así como esa joven dará a luz un primogénito, del mismo modo enviará Dios un descendiente davídico que asuma los destinos del pueblo, en medio del cual estará siempre; por eso su nombre “Emmanuel”, Dios con nosotros. Con base en esta profecía, se fue fomentando la idea de que el Mesías nacería de una virgen. Desde entonces, toda primeriza en Israel albergaba la esperanza de ser la madre del Mesías; todo ello debido a la misma terminología empleada tanto en el hebreo como en el griego y luego en nuestra lengua. Cuando Mateo relata la concepción de Jesús, se hace eco de esta profecía de Isaías y la cita textualmente.

La segunda lectura está tomada de la carta de san Pablo a los romanos, concretamente se trata del encabezamiento de la carta. Allí relata Pablo a los cristianos de Roma su propia vocación al apostolado, para lo cual fue elegido por el mismo Dios. Para Pablo está claro que el evangelio que él predica es Jesucristo mismo, su persona, su obra, su muerte y resurrección. Es muy importante para el apóstol subrayar que este Jesús es descendiente de David en cuanto a lo humano, pero que Dios le otorgó su Espíritu constituyéndolo en Mesías todopoderoso, Señor Único, resucitándolo de entre los muertos. Otra cosa que recalca Pablo es que su actividad evangelizadora le ha sido otorgada por puro don, por vocación; de ahí que su preocupación haya sido durante toda su vida el dar a conocer a la noticia de Jesucristo especialmente a los gentiles.

En el evangelio, Mateo nos narra el origen de Jesucristo. María estaba desposada con José, pero aún no vivían juntos. Ello indica que estaban en un período que llamaban desposorio o compromiso matrimonial, período que podía durar de seis meses a un año, tiempo prudente para el esposo construir o acondicionar la casa en donde recibiría a su esposa. En el entretiempo la novia seguía viviendo con sus padres, dependiendo de su papá hasta que pasara formalmente a depender de su marido. La promesa de matrimonio o desposorio implicaba completa fidelidad al novio; todo acto de infidelidad era adulterio, y como tal podía ser castigado conforme a la ley mosaica.

En esas circunstancias, nos narra el evangelio que María resultó embarazada; pero aclara diciendo: “por obra del Espíritu Santo”. El hecho haría sentirse muy mal a José; sin embargo, agrega Mateo, que como “era un hombre justo, y para no exponerla a la infamia, decidió abandonarla en secreto”. José hubiera podido hacer valer sus derechos, exigir el castigo previsto por la ley…; con todo, quizá sin darse cuenta, va colaborando también él con los planes divinos.

En estos planes divinos no todo está garantizado, pues en ellos también están involucradas la libertad y la voluntad humanas. Es una constatación que podemos hacer en toda la historia de la salvación partiendo desde el mismo paraíso. Parece que los planes de Dios caminaran sobre el filo de la navaja (!). Un ejemplo de ello lo tenemos en el relato que hoy nos cuenta Mateo.

Pero en esos planes hay siempre una cosa muy importante que se llama diálogo. Precisamente en el diálogo con el ángel que le habla en sueños a José se nos muestra cómo Dios va incorporando a su proyecto a sus mismas criaturas. El silencio de aceptación de José es la respuesta que Dios nos pide también a nosotros. Le ponemos muchas trabas y condiciones a la obra de Dios. A veces intentamos “corregir” la manera como Dios actúa; ¡no es necesario! Basta que pongamos nuestra fuerza y voluntad al servicio del plan de Dios, lo demás Él sabe cómo lo hace.

Aunque en nuestro pasaje se resalta la figura de José en su duda, en su aceptación de ser padre de Jesús y de ponerle el nombre, la verdad es que María, que apenas es nombrada, está también allí recordándonos su actitud de fe y sumisión a los planes de Dios que son vida para el hombre y la mujer de todos los tiempos.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 133 de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil, titulado «Una noche de dudas». El audio, el guión del texto, y su comentario bíblico-teológico, puede ser tomado de aquí: https://radialistas.net/article/133-una-noche-de-dudas/

Como nota crítica podríamos decir algo que hace mucho tiempo que es ya un «lugar común» en el mundo bíblico: los profetas no fueron en su tiempo adivinos del futuro, ni muchas de las cosas que los primeros cristianos creyeron ser «cumplimiento de lo anunciado por las Escrituras» realmente lo fueron. Ese esquema apologético de que lo sucedido en Jesucristo estaría previsto y anunciado en el pasado, hace tiempo que ha sido abandonado en los estudios bíblicos. Más. Desde hace apenas unos años, menos de veinte, se está hablando de una nueva ola, un «revolcón» en el tema de la historicidad bíblica. Ya sabíamos que había muchas cosas y figuras (importantes) de la Biblia que no eran literalmente histórica. Los grandes especialistas bíblicos ya exhibían hace tiempo una visión bastante matizada de la base histórica de la Biblia. Los planteamientos concordistas de La Biblia tenía razón, aquel famoso libro (1955), hace mucho tiempo que no gozan de audiencia. Pero en los últimos años, como decimos, se ha dado una vuelta de tuerca. Hay toda una corriente arqueológica última, la más actual, que se pronuncia ya con claridad por una postura bastante más radical sobre la historicidad. No quieren ya utilizar la arqueología para ornamentar con curiosidades la ciencia bíblica, sino que creen que debemos ser honrados y someter los estudios bíblicos a lo que la arqueología descubre y cree poder probar. Es, de alguna manera, una nueva edición del conflicto entre la ciencia y la fe, pero a estas alturas, la solución del conflicto está ya muy precocinada, y no caben componendas. Ya no vamos a condenar a Galileo… ni a los arqueólogos.

No podemos entrar aquí en más profundidad. Remitimos a un libro clave, de Finkelstein, La Biblia desenterrada. Una nueva visión arqueológica del antiguo Israel y de los orígenes de sus textos sagrados, Siglo XXI Editores, Madrid y Buenos Aires, 2003. O vean cualquiera de estos cuatro videos: https://vimeo.com/user10361814/videos, que son de toda calidad científica. Leer más…

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Dom 4º de Adviento. José, la conversión del patriarcado.

Domingo, 22 de diciembre de 2019

FCA7CCD8-A41B-43B7-BF77-1D6D78FF7C79Del blog de Xabier Pikaza:

Teología de la Navidad. No temas al Espíritu Santo

Mt 1, 18-25. No tengas miedo de acoger a María: ha concebido por el Espíritu Santo

El evangelio de este domingo 4 de Adviento (Mt 1, 18-25, 22 XII 2019), ha sido y sigue siendo uno de los más discutidos y manipulados de la historia cristiana. Trata, ciertamente, de María y del Espíritu Santo, de José y del judaísmo (de las promesas de David); pero en el realidad trata de Dios y de la Iglesia, de forma que sólo ahora (desde las reformas del Papa Francisco) puede entenderse plenamente:

  1. Este evangelio nos lleva de la ley patriarcal, representada por José, hijo de David, a la era de María y del Espíritu Santo,  expresada en forma de libertad creadora, de amor que acoge y alumbra (da a luz), de apertura de Dios a todos los pueblos, desde Amazonia a Roma, desde la Meca a Samarcanda.
  2. Este evangelio marca el cumplimiento (=fin) de la era patriarcal, con el paso de una era de varones muy legales y una ley que encierra a todos en la servidumbre (representada por José, el hombre legal del AT) al Nuevo Testamento de la libertad del Espíritu, que crea vida en María, que no es sólo una mujer, sino la humanidad abierta a la  gracia y libertad mesiánica.
  3. Éste es el evangelio de la obediencia de José, es decir, de la escucha y respuesta creadora de la Iglesia patriarcal, que cumple su último deber desapareciendo,  es decir, muriendo, poniéndose al servicio de la libertad creadora de Dios, representada por María y el niño que nace, es decir, por la nueva Iglesia de la gratuidad y comunión, del Dios de las mujeres y los niños que aman y, amando transforman y redimen también a los varones (como José).
  4. Hablando en un sentido popular, José tiene que hacerse el “harakiri”,   dejarse morir, pero amando (acogiendo a la madre y al niño, llevándolos a Egipto…), para que nazca la vida de la gracia, como hizo Juan Bautista, diciendo a Jesús: Tengo que menguar para que tú crezcas, para que crezca la gracia de todos (en la que quiero también incluirme)… Algo así tiene que decir hoy la iglesia patriarcal (patriarcalista): Tengo que pasar, para que vengan ellos: Jesús y María, la nueva Comunión universal de los creyentes, habitados y transformados por el Espíritu de Dios.
  5. Éste no es un morir pasivo (simplemente resignado: Muramos,pues, que vengan otros; tras de mí el “diluvio…”), sino un morir dando vida, es decir, resucitando, poniendo la propia la propia existencia, nuestra propia historia de varones patriarcales al servicio de la nueva humanidad de Dios…, esto es, de la Navidad que es acción creadora del Espíritu, humanidad reconciliada y resucitada (más allá de un tipo de Vaticano, que tiene que morir con José, como he puesto de relieve en una postal anterior).

Desde ese fondo he querido comentar este pasaje de Mt 1, 18-25,  que no en vano está (con la genealogía de Jesús, Mt 1, 1-17, que he comentado también en RD con la ayuda de W. Weren) al comienzo del Nuevo Testamento, como puerta de la Biblia Cristiana. Esta ha sido con mucha frecuencia una puerta giratoria, por la que muchos en la iglesia patriarcal han dicho entrar para volver de nuevo a la antiguo y ratificarlo con nuevas razone, privilegios y poderes.

   El “comentario” que sigue es largo, está tomado del Comentario a Mateo, y puede resultar “excesivo” para muchos, a quienes recomiendo que lean sólo la primera parte. Pero habrá algunos que quieran llegar hasta el final. Un saludo agradecido a todos,(y feliz preparación de Navidad, con José, que ha de morir (como tiene que morir la Iglesia patriarcal) para que nazca el verdadero José, símbolo de la nueva humanidad reconciliada, con María y Jesús. (En especial para ti, María José V., tú me entiendes).

Nacido por el Espíritu Santo (Mt 1, 18-25).

 Las cuatro mujeres anteriores (Mt 1, 1-17) han puesto de relieve la aportación o, quizá mejor, la ruptura femenina en el origen de la vida, y eso aparecerá con toda fuerza en el caso de Jesús, hijo de María, por el Espíritu Santo, como supone este pasaje cuando dice, al final de la genealogía que “Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, el llamado Cristo” (1, 16):

1, 18 El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: estando  María, su madre, desposada con José, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. 19 José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. 20 Mientras pensaba en ello, se le apareció en sueños el ángel del Señor que le dijo: José, hijo de David, no tengas reparo en llevar a María, tu mujer, a casa, porque lo engendrado en ella viene del Espíritu Santo. 21 Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.

 22 Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: 23 Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”. 24  Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer 25. Y no la conoció hasta que dio a luz un hijo, a quien puso el nombre Jesús (1, 18-25)[1].

Este relato incluye aspectos de carácter teológico y antropológico, cristológico y sacral, que no pueden resolverse en un simple comentario. Por eso dejo a un lado rasgos que son importantes en otro plano (de crítica histórico/literaria) para centrarme en aquellos que son más significativos, en línea de mensaje, es decir, en perspectiva de novedad cristiana:

– Este pasaje nos sitúa ante un nacimiento irregular. En clave de ley, desde el punto de vista de José, Hijo de David y portador de su promesa, el surgimiento de Jesús se opone al orden patriarcal y nos sitúa en los bordes del mayor “pecado” posible: El adulterio como ruptura del orden familiar. El esposo/padre José, que decide abandonar a María, dejándola a su suerte, aunque sin condenarla externamente, con el hijo ya engendrado, es el signo de una religión que quiere separar a los judíos de los extraños, impuros, diferentes (gentiles), no pudiendo acogerles en su casa, en su comunidad (que en este caso sería la comunidad judeo-cristiana)[2].

– El evangelio amplía la visión de Dios. En contra de lo que podía esperar cierto judaísmo (o judeo-cristianismo), Dios se expresa y actúa a través de una mujer irregular, María, en la línea de las cuatro ya indicadas (extranjeras, problemáticas) para fecundarla con su Espíritu Santo, a fin de que ella sea madre del mesías. Ciertamente, José, que es hombre justo, hijo de David “según la carne” (cf. Rom 1, 3), quiere actuar según ley, en obediencia a la legalidad del propio grupo (es decir, de un tipo de judeo-cristianismo)[3].

El Espíritu Santo se identifica  con la misma acción y presencia de Dios que se revela creadoramente, a través del gesto acogedor de María, superando un tipo de ley patriarcalista simbolizada por José, que era hombre justo (di,kaioj: 1, 19). Allí donde reinaba un orden de justicia eterna, simbolizada por el padre de familia, en línea de buena ley (por medio de José, hombre justo), viene a elevarse/revelarse la más alta función de María, mujer y madre, que aparece como signo de acogida universal humana, en línea de gratuidad[4]. Leer más…

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“Una lotería que siempre toca”. Domingo 4º de Adviento. Ciclo A

Domingo, 22 de diciembre de 2019

DCF9D48A-9574-44BD-9A1F-95D12C1CAA42Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Este año, el cuarto domingo de Adviento coincidirá, al menos en España, con el sorteo de la Lotería de Navidad. Las lecturas nos hablan de la auténtica lotería, la que tocó y sigue tocando todos los días y en todas partes del mundo.

El premio

No son millones de euros. Es un premio mucho mayor: una persona. Al principio puede resultar decepcionante. Con este premio no se puede comprar un gran chalé, ni un coche de último modelo. No podemos permitirnos un crucero de lujo ni costear una operación en el mejor hospital del mundo. Pero es un premio personal, que redime nuestro pasado y garantiza nuestro futuro. Las lecturas dedican pocas frases a describir a esa persona: desciende del rey David, nace de una muchacha virgen, y le ponen por nombre Jesús porque nos salva de los pecados. También se le puede llamar Emmanuel, que significa «Dios con nosotros». La cercanía de Dios puede inspirar incluso miedo. En este caso, no. Es un Dios que se presenta como un niño, con el compromiso de morir por nosotros.

La publicidad (1ª lectura)

Este premio no se anuncia en verano, con pocos meses de antelación, como la Lotería de Navidad, sino varios siglos antes. En el año 734 a.C. los reyes de Siria y Efraím se coaligaron para conquistar Judá y deponer al rey Acaz de Jerusalén. Cuenta el profeta Isaías que, cuando llegó la noticia, «se agitó el corazón del rey y del pueblo como se agitan las hojas de los árboles con el viento». El profeta se presenta ante el rey y le ofrece una señal, un signo portentoso realizado por Dios, para mantener la calma. Acaz, que ha pedido ayuda a Asiria, confía en este imperio (los EE. UU de la época) más que en Dios, y responde que no quiere pedir señal alguna. Pero Isaías se la da: «la muchacha está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros». El nacimiento del niño garantizará la salvación de Judá y de Jerusalén.

El sorteo (evangelio)

En tiempos de Isaías, algunos pensaron que la muchacha encinta era la esposa del rey, y Emmanuel el hijo que nacería dentro de poco: Ezequías. Este niño fue un buen rey, pero no cumplió las grandes esperanzas depositadas en él. Pasaron los siglos y Emmanuel no llegaba. Hasta que los cristianos ven cumplida la promesa en el nacimiento de Jesús. Este viene del Espíritu Santo y José le pondrá ese nombre «porque él salvará a su pueblo de los pecados». No salvará de los asirios, ni de los romanos, sino de nuestros pecados, muriendo por nosotros. Y Mateo añade: «Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el profeta». Ya no hay que seguir esperando. Ha salido el primer premio.

Los afortunados (2ª lectura)

En esta lotería todos tienen premio. Incluso cabe la posibilidad de comprar el décimo después de que haya sido premiado. Es lo que dice Pablo a los romanos. El premio no es solo para los judíos, también para los paganos. No toca solo en Jerusalén o Belén, también en Roma. Allí, entre los paganos, se ha difundido el evangelio y se sienten «amados por Dios y llamados a formar parte de su pueblo santo». Igual que nosotros, al cabo de veinte siglos, debemos sentir la alegría de haber sido beneficiados por Dios. El evangelio del domingo pasado hablaba del desconcierto de Juan Bautista, y nos obligaba a pensar en el desconcierto y escándalo que podemos sentir ante la conducta y el mensaje de Jesús. El evangelio del cuarto domingo da un paso adelante. El desconcierto y el escándalo se pueden superar. El asombro se da ante el misterio y no acaba nunca, dura toda la vida.

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Lo anterior es un sencillo esquema que ayuda a entender el mensaje del cuarto domingo y a prepararnos para la Navidad. Para comprender mejor el evangelio entresaco algunos datos de mi comentario El evangelio de Mateo. Un drama con final feliz (Verbo Divino, Estella 2019, pp. 52-56.

Mateo da un título a lo que va a contar: El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera. Sin embargo, no es eso lo que cuenta, se limita a ofrecer una serie de datos sobre ese misterio.

María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:

‒ José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: «Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros“.»

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

El relato consta de los elementos típicos: planteamiento, nudo y desenlace. Como en cualquier novela policíaca. Pero existe una diferencia. Mientras Agatha Christie dedica la mayor parte al nudo, a las peripecias de Hércules Poirot en busca del asesino, Mateo es brevísimo en las dos primeras partes y pasa enseguida al desenlace. No se trata de un relato dramático, sino didáctico.

Planteamiento

Parte de unos personajes que da por conocidos para el lector, María y José, y de una costumbre que también da por conocida entre judíos: después de los desposorios (la petición de mano), los novios son considerados como esposos, con el compromiso de fidelidad mutua, pero siguen viviendo por separado. De repente, resulta que María espera un hijo del Espíritu Santo. Mt no deja al lector ni un segundo de duda. Con perdón del Espíritu Santo, y siguiendo el símil policiaco, el lector sabe desde el principio quién es el asesino.

Nudo

La duda es para José, hombre bueno. Según el Deuteronomio, si un hombre se casa con una mujer y resulta que no es virgen, si la denuncia, “sacarán a la joven a la puerta de la casa paterna y los hombres de la ciudad la apedrearán hasta que muera, por haber cometido en Israel la infamia de prostituir la casa paterna” (Dt 22,20ss). José prefiere interpretar la ley en la forma más benévola. La ley permite denunciar, pero no obliga a hacerlo. Por eso, decide repudiar a María en secreto para no infamarla. Mt escribe con enorme sobriedad, no detalla las dudas y angustias de José. Como mejor se advierte esto es comparando el relato con un fragmento del Génesis Apócrifo encontrado en Qumrán, en el que leemos algo parecido a propósito del patriarca Lamec: advierte que su mujer, Bitenós, está encinta, y duda de que ese hijo sea suyo (el estado fragmentario del texto no permite saber por qué duda). La angustia del personaje la refleja el autor de forma casi patética:

“Entonces pensé que la concepción era obra de los Vigilantes, y la preñez de los Santos, y pertenecía a los Gigantes […] y mi corazón se trastornó en mi interior por causa de este niño. Entonces yo, Lamec, me asusté y acudí a Bitenós, mi mujer, y dije […]: júrame por el Altísimo, por el Gran Señor, por el Rey del Universo […] que de veras me harás saber todo, me harás saber de veras y sin mentiras si esto […]. Júrame por el Rey de todo el Universo que me estás hablando sinceramente y sin mentiras […] Entonces Bitenós, mi esposa, me habló muy reciamente, lloró y dijo: ¡Oh, mi hermano y señor! Recuerda mi placer, el tiempo del amor, el jadear de mi aliento en mi pecho […] Yo te juro por el Gran Santo, por el Rey de los cielos, que de ti viene esta semilla, de ti viene este embarazo, de ti viene la siembra de este fruto, y no de ningún extranjero, ni vigilante, ni hijo del cielo. ¿Por qué está la expresión de tu rostro tan alterada y deformada, y tu espíritu tan deprimido?” (1QapGn Col. II, 1-17).

Ni siquiera con estas palabras de su esposa queda tranquilo Lamec; acude a su padre, Matusalén, para que le pregunte a Henoc y se informe de todo con certeza. Es una pena que la columna esté tan estropeada en algunos momentos capitales para la interpretación del argumento. El relato de Mt parece en muchos detalles como la antítesis del Génesis Apócrifo.

Desenlace

En cuanto José toma la decisión, se aparece el ángel que resuelve el problema. José obedece, y María da a luz un hijo al que José pone por nombre Jesús. En esta sección final, entre las palabras del ángel y la obediencia de José introduce Mt unas palabras para explicar el misterio: se trata de cumplir la profecía de Is 7,14 (que se lee hoy como 1ª lectura).

Mensaje

Este análisis literario demuestra que Mt no ha intentado poner en tensión al lector. Sabe desde el comienzo a qué se debe el misterio. Entonces, ¿qué pretende decirnos con este episodio? Tres cosas fundamentales a propósito del protagonista de su obra.

¿Quién es Jesús? Al comienzo del evangelio, en la genealogía, Mt acaba de indicarnos que es verdadero israelita y descendiente de David. ¿Significa que sea el Mesías? Para eso hace falta algo más según la tradición de ciertos grupos judíos. El Mesías debe nacer de una virgen, según está anunciado en Is 7,14. Este episodio demuestra que Jesús cumple ese requisito. Pero hay otro dato que no contiene el texto de Isaías: Jesús viene del Espíritu Santo, con lo cual se quiere expresar su estrecha relación con Dios.

¿Qué hará Jesús? Lo indica su nombre: salvar a su pueblo de los pecados. Salvar de los pecados no es lo mismo que perdonar los pecados. Perdonar los pecados se puede hacer de forma cómoda, sentado en el confesionario, o incluso paseando o tomando un café. Salvar de los pecados sólo se puede hacer ofreciendo la propia vida. Sabemos desde niños que Jesús, para salvarnos de nuestros pecados, dio su vida por nosotros. Pero no debe dejar de asombrarnos. Porque la actitud normal de un judío piadoso ante el pecado no es comprenderlo ni justificarlo, mucho menos morir por el pecador. Es condenarlo.

¿Qué repercusiones tiene su aparición? Mt, al escribir su evangelio, parte de la experiencia de su comunidad, perseguida y rechazada por aceptar a Jesús como Mesías. Mt le indica desde el comienzo que las dificultades son normales. Incluso las personas más ligadas al Mesías, sus propios padres, sufren problemas desde que es concebido. El cristiano debe ver en José un modelo que le ayuda y anima. No debe tener miedo a aceptar a Jesús y seguirlo, porque “viene del Espíritu Santo” y “salvará a su pueblo de los pecados”.

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Cuarto Domingo de Adviento. 22 diciembre, 2019

Domingo, 22 de diciembre de 2019

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“José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le podrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de los pecados.”

(Mt 1, 18-24)

¡Ya viene! se puede decir que ya se oye el rumor de sus pasos… La Navidad ya está muy cerca recordándonos que Dios ha querido ponerse en nuestras manos frágil, pequeño y desnudo.

Y supongo que nos pasa un poco como a José: ¡que no acabamos de creerlo! Se nos llena el corazón de dudas…

¿Cómo es posible que Dios tenga algo que ver en esta historia nuestra? ¿Cómo lo vamos a reconocer envuelto en tanta fragilidad, con una apariencia tan vulnerable?

No tuvo que ser nada fácil para José reconocer el paso de Dios por su vida precisamente en la “irregularidad” del embarazo de su prometida. Porque, vamos a ver, no es fácil reconocer el paso de Dios en aquello que nos hiere y nos complica de quienes más cerca tenemos: una novia embarazada, un marido enfermo, una amiga con sida, un primo con cáncer… no parece, a simple vista, la tarjeta de visita de la felicidad, de la vida plena, del amor. No, no lo parece.

Pero Dios, Nuestro Dios Amor, nos sorprende haciendo brillar aquello que nos parecía una terrible oscuridad. Así viene Dios a nuestras vidas bajo unas apariencias sospechosas, que muchas veces nos dan miedo y nos llenan de dudas.

María y José pueden ser un ejemplo de cómo puede llegar a descolocarse la vida cuando Dios viene a tu historia. Muchas veces nos empeñamos en hacer de las grandes figuras bíblicas o de las personas con fama de santidad unas criaturas extrañas, especiales, que tenían muy claro lo que Dios quería de ellas y cómo tenían que llevarlo a cabo, pero no fue así. Todas ellas tuvieron sus dudas y dificultades. Pasaron por momentos de desconcierto, de no entender. Todas probaron el sabor amargo de tener que cambiar sus planes, sus vidas.

El evangelio de este domingo nos muestra la lucha de José. A nosotras que nos sabemos el final de la historia nos pasa casi desapercibido. Pero el texto dice claramente: “José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto”. Llegar a tomar esta decisión debió de costarle más de una noche sin dormir. A fin de cuentas, lo único en claro que podía sacar José era que María le había engañado. Ella estaba embarazada y él no tenía nada que ver…

Llevamos todo el adviento diciéndole a Dios que venga: ¡Maranatha, ven Señor Jesús! Hoy podemos pararnos a pensar si estamos dispuestas a dejarle venir como él quiera…

¿Le abriríamos la puerta si viene llenando nuestras vidas de dificultades? ¿Dejaremos que entre si viene poniendo en tela de juicio nuestra buena fama y la de nuestra familia? ¿Podremos dejarle entrar si viene con una enfermedad?

Quién sabe, tal vez este año tampoco encuentre posada y es que las cosas de Dios son bastante complicadas…

Oración

Si te decides a venir, Buen Jesús, no te olvides de traer algo de valentía, de esa que ensancha el corazón y abre los ojos a la luz que tú pones en toda oscuridad.

Si vienes, insiste, que aunque dudamos y no queremos complicarnos la vida, tampoco podemos vivir sin ti.

Ven que cuando ya estés aquí, se nos quitarán los miedos y desaparecen las dudas.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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En Jesús lo divino nunca se percibe por los sentidos.

Domingo, 22 de diciembre de 2019

hqdefaultMt 1, 18-24

Hoy la clave nos la da Pablo: “Nacido, según la carne, de la estirpe de David; constituido, según el Espíritu, Hijo de Dios.” Pero hay otra frase en Jn más esclarecedora; cuando Jesús propone a Nicodemo qué hay que nacer de nuevo, dice: “lo que nace de la carne es carne; lo que nace del espíritu es espíritu”. De la carne no puede nacer el espíritu ni del espíritu puede nacer la carne. Pablo considera normal la procedencia de la humanidad de Jesús. “nacido de una mujer”, pero lo importante es lo que hay en él de divino; y eso, sin duda ninguna, ha nacido del Espíritu.

Los relatos “de la infancia” de Mt y Lc, no son crónicas de sucesos, no son “historia” en el sentido que hoy damos a la palabra. Son teología narrativa. Mc no sabe nada de la infancia de Jesús. Jn tampoco quiere saber nada de esas historias. La fuente Q tampoco hace alusión alguna a ellas. Por otra parte, los relatos de Mt y Lc, solo coinciden en lo esencial. En los detalles, no se parecen el uno al otro en nada. Su intención no fue hacer una crónica de sucesos. El interés por la figura de Jesús, empezó con su vida pública, y sobre todo, con la muerte-resurrección. Antes de eso, nada extraordinario sucedió en él que se pudiera descubrir desde el exterior.

Para resaltar lo que Jesús fue para los cristianos, vieron la necesidad de hablar de las maravillas de su infancia, fue una necesidad de comunicación, para hacer creíble lo que ellos habían descubierto con tanta dificultad. Los conocimientos que hoy tenemos nos hacen pensar que la infancia de Jesús fue de lo más normal. Nadie pudo adivinar lo que después iba a manifestar con su vida. Sus padres lo trataron siempre como a un niño normal. La mejor prueba de ello es que, cuando empezó a salirse de la norma, creyeron que estaba loco y quisieron impedírselo.

Solo después de la experiencia pascual, se intentó explicar quién era Jesús, más allá de lo que se podía percibir. El modo en que lo hicieron era lo lógico para ellos. Ni se engañaban ni quisieron engañar. Nos engañamos nosotros al entender literalmente el texto, dando al relato un sentido distinto al que ellos le dieron. En todas las culturas se ha intentado explicar la grandeza de unos personajes contando historias sobre su nacimiento portentoso. De más de cuarenta personajes anteriores a Cristo, se dice que han nacido de madre virgen. Esos datos no pretenden afirmar nada sobre sus madres sino sobre los personajes.

Es ridículo tratar de determinar, desde nuestra manera de entender el mundo, si es verdadero o es falso lo que dicen. Todas esas afirmaciones tienen su verdad. En todos los casos se habla de la infancia de esos personajes después de haber constatado que su vida sobrepasó lo que se puede esperar de un ser humano. Si lo que hacen es más que humano, tiene que ser divino. Es una manera de hablar que todos entendían y que no causaba conflicto alguno. Los cristianos, después de descubrir en la experiencia pascual lo que Jesús significaba, razonaron: Si de tantas personas famosas se puede decir que son hijos de dios, de Jesús con mucha más razón.

“María estaba desposada con José”. El matrimonio, constaba de dos partes: el contrato y la boda. Lo importante era el contrato (desposorio). En la boda se celebraba la acogida de la esposa en la casa familiar del novio. Según la ley judía, María y José estaban casados a todos los efectos jurídicos. El anuncio se hace a José. ¿Por qué ha tenido tan poca repercusión en nuestra religión este anuncio, comparado con el que ha tenido la Anunciación de María? Vamos a dar un somero repaso al texto que acabamos de leer.

“Antes de vivir juntos”. Mt quiere transmitirnos el origen divino de Jesús. Por dos veces lo dice sin rodeos. Todo lo que es y significa Jesús, es obra del Espíritu. Pero, ¿creéis que eso queda explicado diciendo que Dios se hizo espermatozoide? El pensar que Dios garantiza su presencia en Jesús por vía biológica es una monstruosidad. Dios no puede manipular la materia biológica. Dios no tiene actos puntuales. En Dios ser y actuar son la misma realidad. La presencia de Dios en Jesús, se manifiesta en lo humano, no desde fuera de ello.

“Por obra del Espíritu Santo”. Dos veces hace Lc referencia al Espíritu. En los dos casos está sin artículo. Al traducirlo con artículo determinado, estamos empujando a entenderlo mal. “Pneumatos Agiou”, hace referencia a Dios Espíritu (viento, aliento vital, fuerza, energía). Sería: “por obra de la fuerza de Dios”. “Agiou” (Santo) tampoco coincide con nuestro concepto de santo; significa, más bien, separado, incontaminado, completamente distinto, y además separador y purificador. Apunta  a una absoluta originalidad. Jesús no es obra de la casualidad, ni de una evolución progresiva, sino que responde a la presencia en él de Dios

“José, su esposo que era bueno.” José es el centro del relato. Ni la palabra “bueno” ni la de “justo”, traducen la riqueza del término griego. Significaría un israelita auténtico, temeroso de Dios y cumplidor de la Ley. Simboliza el “resto de Israel” fiel. María, para Mt, simboliza la nueva comunidad. En las dificultades que encuentran estos dos personajes, se está manifestando el conflicto que se vivía en tiempo de Mt, entre el judaísmo fiel al AT y la nueva comunidad. El origen divino simboliza la superioridad del NT. El encargo a José, de recibir a María, está indicando que todo buen israelita debe aceptar la novedad, porque es lo que Dios ha querido.

“El ángel del Señor”, no es una naturaleza angélica como lo concebimos nosotros, sino la presencia misteriosa del mismo Dios. Es Dios mismo el que hace la invitación a dar el salto. Los judíos pueden sentirse seguros al abandonar lo antiguo y hacerse cristianos. “En sueño”, es la manera normal de dirigirse Dios a los hombres en todo el AT. “Hijo de David”. La referencia a David, deja bien clara la pertenencia al pueblo judío. José es el encargado de legitimar la transición. Se trata de deshacer toda posible prevención por parte de los judíos.

“Tú le pondrás por nombre Jesús”. Si conociéramos lo que significaba en todo el AT poner el nombre a una persona, descubriríamos la importancia que toma José en este relato. El nombre es resumen de lo que va a ser una persona. El innombrable va a tener nombre, y la imposición de ese nombre va a depender de otro hombre, José. Recordemos que en relato de Lc el nombre se lo revela a María el ángel y ella será quien se lo imponga.

“Para que se cumpliera la Escritura. Mt hace especial hincapié en el cumplimiento de lo anunciado por el AT. En el párrafo de Isaías citado, la palabra hebrea `almâ’, que significa joven, fue traducida de manera incorrecta por “párthenos” que significa (célibe, soltera, doncella, virgen). En hebreo hay una palabra (betûâ) que significa de manera precisa virgen, pero no fue la usada en el pasaje. El malentendido lo denunció ya Trifón (s II). El relato bíblico se refiere a la joven esposa del rey Acaz que va a tener su primer hijo, y que iba a suponer la salvación para el reino. Jesús será salvador, como aquel hijo.

“Enmanuel (Dios-con-nosotros)”. La ausencia de Dios era la causa de todos los males para Judá. Su presencia garantizaba que las cosas iban a ir bien. Jesús no será un enviado más de Dios. No podía tener padre humano, porque sería a quien tenía que imitar en la tierra y no podía ser Dios su único modelo. Su modelo será exclusivamente Dios. Será Hijo porque en todo imitará al Padre. Para nosotros, es un lenguaje extraño, pero en aquella época, la referencia de un hijo al padre no se medía por lo biológico, sino por la capacidad del hijo para imitar al padre.

Meditación

Tengo que nacer del agua y del Espíritu.
Nadie puede hacerlo por mí; ni siquiera el mismo Dios.
El Espíritu ya está dentro de mí.
Mi tarea es darle a luz; es decir, tomar conciencia de esa realidad
y manifestarla en mi vida, para que la descubran los demás.
Ese proceso me llevará a la plenitud humana.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Los sueños de la Biblia.

Domingo, 22 de diciembre de 2019

mt-118-24-gesu-nascera-da-maria-sposa-di-giuseppe-figlio-di-davide-1Una cosa es saber y otra saber enseñar (Cicerón)

22 de diciembre. DOMINGO IV DE ADVIENTO

Mt 1, 18-24

Cuando José se despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y acogió a María como esposa (v 24)

Los sueños en la Biblia eran muy coherentes y reales, conteniendo unos mensajes muy claros, y no como los nuestros, que cuando te despiertan se pierden en la niebla. En Daniel 7, 1 se dice: “Daniel tuvo un sueño mientras dormía, y al punto escribió lo que había soñado”.

No sé lo que José soñaría sobre su prometida embarazada, pero seguramente estaría sorprendido, y como cantó Sglinde al conocer que llevaba en su seno la semilla de Sigmund, así cantaría María su embarazo con su hijo Jesús, que tanta gloria le daría a ella y al mundo entero tanto con sus palabras como con sus hechos.

Richard Wagner entonó todas estas cosas en El ocaso de los dioses, donde dijo también que los dioses y héroes perecerían ante el inexorablemente duro anatema, que culminará con el aniquilamiento total, porque los dioses han corrompido el mundo desde sus comienzos.

Y ahora soy yo el que digo:

¿Por qué no sucederá esto también con los dioses de todas las religiones, pues maldita la falta que nos hacen?

Una cosa es saber y otra saber enseñar, decía Cicerón, uno de los más grandes oradores de la República romana, pues para enseñar bien, antes hay que saber callar, cosa difícil para la mayoría de las mujeres.

Y la primera en conocer estas cosas debiera ser la Iglesia, y pensando estoy en el alto Clero, la de báculo y mitra, pues la Iglesia no sólo tiene que enseñar al mundo, sino y sobre todo aprender de él, puesto que en la vida es donde mejor se enseñan estas cosas.

Están próximas ya las Navidades, y como fieles cristianos no podemos olvidarnos de que una noche desembarcó en la casa de mi mente San Nicolás de Bari, y entrando cautelosamente en ella, pues los niños dormían y soñaban, y descargó su cesta de regalos, junto al árbol navideño que anteriormente ellos habían preparado.

Cuando Cicerón sabiamente dijo que “Una cosa es saber y otra saber enseñar”, ¡¡cuánta razón tenía!!

Como razón tenía igualmente cuando, como dice Mateo en su evangelio:

José se despertó del sueño, hizo lo que el ángel del Señor le había ordenado y acogió a María como esposa.

En la Misa de Reyes, predicarán los curas sermones que casi nadie entiende que nadie atiende a lo que dice, únicamente están pensando en lo que Gaspar, Melchor y Baltasar, les van a traer en sus camellos.

El-pulpito

LA PRÉDICA DEL CURA

Fui condenado
por parodiar al cura en latinajos
que nadie en aquel pueblo comprendía.

Ni yo, ni el pueblo, ni los pájaros,
pero él erre que erre
con sus dominicales prédicas.

Al terminar la misa,
los feligreses salían de la iglesia,
se encogían de hombros y se iban
a celebrar con vino en la taberna
la incomprendida prédica del cura.

Y yo, que era el monaguillo,
quedé condenado para siempre
por la inicua condena
de aquel inicuo cura sin sustancia.

………………………..

¡Pobre Evangelio, pobre misa,
y pobres los vecinos de aquel pueblo!

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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El nombre de Jesús

Domingo, 22 de diciembre de 2019

joseph-songeMt 1, 18-24

Si en aquel tiempo, el nombre revelaba la identidad y lo que se espera de una persona en su futuro, su misión, nada mejor que llamarle al niño que va a nacer, Jesús porque es Emmanuel. Jesús es Jesús, el salvador, porque Dios estaba con él. También nosotros estamos salvados y somos salvadores si experimentamos esa misma cercanía de Dios en nuestra vida y además imita y se parece a la de Jesús.

Según las narraciones de los evangelios de la infancia de Jesús José y María lo tuvieron muy fácil. Antes de que la criatura que llevaba en su vientre naciera un ángel o un arcángel les “soplan” cómo se debe llamar el niño, Jesús. Gabriel se lo comunica a María, según Lucas. Según Mateo el encargado de dar el nombre es José. El evangelio que hoy comentamos es el de Mateo. Según este evangelista, un ángel del Señor le dice, en sueños, a José: “tu le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados. Y todo esto (dichosos neutros) sucedió para que se cumpliera lo que había dicho el Señor por medio del profeta Isaías al desconfiado rey Acaz: una doncella dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios con nosotros” (primera lectura de hoy).

La unión de los dos nombres dados al niño que va a nacer, Emmanuel y Jesús, resulta altamente clarificadora del proyecto que viene a realizar en la tierra. De ahí la importancia de llamarse Jesús. Este niño será Dios con nosotros y Dios nos salva. En él Dios está con nosotros salvándonos. Si Dios está con nosotros, estamos salvados desde Dios. La toma de conciencia, el caer en la cuenta de que Dios está con nosotros, es la salvación desde nosotros. Ahora solo falta sacar las consecuencias. Vamos a ello.

Emmanuel significa “Dios con nosotros”. Jesús dijo e hizo lo que nos cuentan los relatos evangélicos porque Dios estaba con Él. Así lo testimonian los que lo vieron y oyeron. Jesús nos desvela la esencia de Dios. Siente su presencia en él. Le dice a Felipe: Quien me ve a mi ve al Padre. Yo y el Padre somos uno. ¿Qué nos dice Jesús del Dios en el que cree y confía? El Dios en quien cree y confía Jesús queda bien descrito en los evangelios. Dios es buena noticia para los hombres. Es un/a padremadre. Nos ha creado por amor, nos ha hecho a su imagen y semejanza, capaces de amar como Él nos ha amado. Está comprometido con nuestra felicidad y entregado a nuestra plenificación, codo con codo con nosotros, a nuestro lado siempre. Es nuestro amigo, compañero y cómplice, sufre con nosotros. En Él vivimos, nos movemos y existimos. El mejor retrato de Dios que Jesús hizo es la parábola del padre estupendo del hijo pródigo.

Como Jesús, nosotros seremos y haremos lo que tenemos que ser y hacer, lo que se espera de nosotros, nuestro ser verdadero, si descubrimos que Dios está en nosotros y entre nosotros. En el grado en que Dios sea nuestro fundamento, nuestra fuente, nuestro horizonte (alfa y omega), nuestra plenitud, nuestra vida reflejará nuestra participación en la vida divina. Seremos plenamente humanos y divinos. Como Jesús.

La palabra Jesús significa “Dios salva”. “Le pondrás por nombre Jesús porque el salvará a su pueblo de los pecados”. Dios salva. Necesitamos descubrir a Dios como nuestra salvación, nuestra liberación. Nos ayudará reflexionar e intentar contestar a estas tres preguntas: ¿De qué nos salva? ¿Para qué nos salva? ¿Cuándo y cómo sé yo que estoy salvado? Empecemos a responder. Nos salva del mal, para hacer el bien, y sé que estoy salvado cuando tengo la experiencia de que soy capaz de vencer mi egoísmo a favor del servicio a mi hermano. Ampliemos nuestra reflexión: Dios nos crea creadores, con capacidad de hacer el bien, de servir a los demás, de salvar a los hermanos. Estamos salvados y podemos ser salvadores. La humanidad necesita ser salvada del mal, de la injusticia y de la violencia. La salvación es el paso de las obras de las tinieblas a las obras de la luz. Sabremos que estamos salvados y salvando en el grado que seamos “luz de las naciones”. Luz que ilumina y vivifica. En respuesta a las preguntas: Dios, en Jesús, nos salva del mal (pecado) y nos salva para hacer el bien. Experimentamos que estamos salvados si somos capaces de que nuestra disponibilidad y entrega sea superior a nuestro egoísmo, si somos seres para los demás, más que solo para nosotros, si mi verdadero ser es la honradez y la bondad. En dos palabras, si construimos el Reino. Salvación y trabajo por el Reino son correlativos.

En resumen: Todo lo bueno, verdadero y bello que hay en nosotros es la huella de Dios, nuestro verdadero ser, la parte divina, nuestra participación en la vida de Dios. Es Dios en nosotros. Lo importante es experimentar su presencia misteriosa. Estamos salvados y somos salvadores en el grado en que activemos la presencia de Dios en nuestra vida. En la medida en que nuestra vida participe de la Vida de Dios con nosotros y seamos capaces de hacer el bien. La honradez y la bondad deben ser nuestros criterios de salvación. La capacidad de entrega y servicio es el termómetro de nuestra salud salvadora. Si me parezco a Jesús, que es el modelo de los salvados, si mi estilo de vida imita al de Jesús que pasó la vida haciendo el bien, curando el sufrimiento humano, alimentando al hambriento, librando al oprimido… entonces y solo entonces llegaré a mi plenitud humana.

África de la Cruz

Fuente Fe Adulta

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Todos somos Emmanuel: Dios-en-nosotros.

Domingo, 22 de diciembre de 2019

Ave-lápiz-300x225Domingo IV de Adviento 

22 diciembre 2019

Mt 1, 18-24

En el evangelio de Lucas es María quien recibe el “anuncio del ángel” (Lc 1,26-38); en el de Mateo, por el contrario, el destinatario es José. Ello nos muestra que nos hallamos ante un relato mítico, con el que los autores de ambos evangelios quieren presentar a Jesús como Hijo de Dios, nacido de una virgen.

          El parto virginal es un mito que se extendía en la antigüedad desde Egipto hasta la India. Horus, en Egipto, nace de la virgen Isis (tras el anuncio que le hace Thaw); Attis, en Frigia, de la virgen Nama; Krishna, en la India, de la virgen Devaki; Dionisos, en Grecia, y Mitra, en Persia, de vírgenes innominadas… Por cierto, de prácticamente todos ellos se dice que nacieron un 25 de diciembre, en el solsticio de invierno –en el hemisferio Norte–, justo cuando el Sol vuelve a “nacer”, venciendo a la noche.

          Sin embargo, tal mito encierra una gran sabiduría. En su propio lenguaje, podría expresarse de este modo: Dios está naciendo en todo lo que nace.

          Transcendido el mito, se comprende que Dios no es un Ser, sino un estado de ser, el Fondo último de todo lo que es. Tal como reconociera la mística beguina Margarita Porete, en el siglo XIII –“el único Dios verdadero es aquel del que nada puede pensarse”–, Dios no puede ser “alguien” pensado ni separado.

          O como advirtiera, en el mismo siglo, otro de los grandes místicos cristianos, el Maestro Eckhart, como una concesión a la mente pero evitando a la vez cualquier equívoco, se hace necesaria una distinción: “Deus” “Deitas”. Llamamos “Dios” (Deus) a “aquel” con quien nos relacionamos, en quien creemos y a quien oramos. Pero este “Dios” es una construcción de nuestra mente: puede ser nombrado y pensado. Sin embargo, la Deidad o Divinidad (Deitas) es inefable: nuestra mente ahí se silencia por completo, porque solo ve Vacío.

          “Dios” –la Divinidad– no se halla al alcance de la mente, porque es un estado de ser transmental. Es Aquello que somos todos en profundidad, la Mismidad de todo lo que es. Que puede ser vivido –es lo que somos–, pero no pensado. Y cada vez que lo intentamos pensar, creamos un ídolo.

          Ahí radica la sabiduría del mito acerca del nacimiento virginal de Jesús: todo es “Dios” naciendo, expresándose. Todos somos “Emmanuel”, no porque un “Dios” separado esté con nosotros, sino porque es nosotros en nuestra identidad última.

          Ante tal comprensión, no puede nacer sino la palabra de María: “Hágase en mí según tu palabra”. Que sea en mí lo que es, me rindo a la verdad última que somos, digo “sí” a la Vida en todo momento.

¿Vivo en un “sí” consciente a lo que es?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Sin espíritu no somos más que barro

Domingo, 22 de diciembre de 2019

imagesDel blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

Consideraciones para la oración y revisión de vida / homilía

  1. El Espíritu de Dios está sobre María.

La persona y la vida de María están presididas por el Espíritu de Dios. Es el mismo Espíritu del Génesis, de la creación de la vida y del ser humano:

         La tierra al comienzo era confusión y caos, las tinieblas cubrían la tierra, y el Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas y surgió la luz y el sentido (Gn 1,2-3).

         Cuando Dios infunde aliento vital (espíritu) a la debilidad humana, la evolución alcanzó un momento cualificadamente diverso y superior, al barro (Gn, 2,7) y así el ser humano llega a ser viviente.

  • o La naturaleza humana, el barro humano sin espíritu somos un pequeño caos y confusión. La inteligencia, la libertad, la sexualidad, las capacidades humanas sin espíritu quedan en pura materialidad, sin espíritu, sin alma.
  • o ¿Mi vida es un caos, una confusión de cosas, deseos y pulsiones sin espíritu? ¿Hay aliento vital en mi vida? ¿”Soy viviente” o “vegeto” por la existencia? ¿Cuál es el espíritu de mi vida?

Dios guía y acompaña a su pueblo en la dura marcha hacia la libertad y se les hace presente en el FUEGO de la zarza del Sinaí. (Éxodo 3).

         En las dudas y oscuridades de la vida, el Espíritu es LUZ que ilumina nuestro caminar (Éxodo 13, 21).

  • o En el camino de la vida, -a veces duro-, podemos atravesar “noches oscuras”, problemas-crisis, hundimientos psíquicos, morales, desánimos, desierto… Tal vez solamente quedan fuerzas para intuir el fuego y la luz del Espíritu de Dios: fortaleza, sabiduría – comprensión. La oscuridad puede acoger la luz
  • o Si me quedan algunas fuerzas: ¿Hay luz en mi vida o vivo superficialmente, quizás en tinieblas? ¿Al menos miro hacia la Luz? ¿Amo y busco la Verdad?
  • o

          El Espíritu de Dios nos envuelve y hace amable la vida cotidiana como la suave brisa. (1Reyes 19, 12).

  • o Puede que ande “bajo de tono”, bajo de espíritu, sin muchas ganas de vivir. En ese caso, el espíritu pudiera ser la brisa de cada día: un encuentro, el amor, encuentro sentido a la enfermedad, el trabajo hecho lo mejor posible, una celebración familiar, una celebración cristiana, una buena palabra, etc.
  • o ¿Trato de poner buen espíritu -buen tono y talante- en la vida cotidiana con mis familiares, amigos, compañeros de trabajo, de comunidad? ¿Procuro una cierta amabilidad en mis relaciones eclesiales?

El Espíritu es la fecundidad de María (Mt 1, 18)

  • o Cuando la sombra, el Espíritu, -el estilo de Dios- preside nuestra vida, como la de María, brota vida, brota El que es la Vida.
  • o La “sombra de Dios” protege y hace fecunda la vida humana y la llena de calma, de sentido, de libertad y creatividad. Lo que “veo y percibo” a la sombra de Dios, lo que “oímos” en silencio y comunidad es Palabra y es vida.
  • o Toda encarnación de Dios es obra del Espíritu y solamente obra del Espíritu.
  • o Sin el Espíritu, lo engendrado en la carne de la mujer galilea, es, sin más, hijo de María. Con y desde el Espíritu de Dios, el hijo de María es hijo de Dios.
  • o Toda encarnación de Dios en nuestra condición humana es obra del Espíritu. Sin el Espíritu, nuestra materialidad será siempre materia, barro.
  • o ¿Mi vida está sobrecargada de infinidad de “trastos”: trabajo, reuniones, clases, viajes, prisas, móviles e inmuebles? Las horas a la sombra de Dios quedan fuera de la agenda y son fecundas, son las que crean vida personal.
  • o ¿Con qué espíritu vivo y hago las cosas en mi vida? ¿El espíritu del que vivo me impulsa a crear vida en mi transcurrir por la existencia: familia, fe, cultura, ayuda a personas cercanas o lejanas?
  • o ¿Mi ideología política es de vida?

         El Espíritu es un bautismo de fuego y lucha en el desierto de la vida. (Mt 3,11.16).

  • o El Espíritu nos impulsa y nos hace críticos; nos saca de nuestra superficialidad y e intereses.

         Jesús vive una profunda alegría porque el Espíritu está en él. (Lc 10, 21).

         Cristo resucitado confiere su espíritu a la comunidad cristiana. Y ese Espíritu es paz, alegría e impulso e ilusión para vivir y para la misión. (Jn 20, 22).

  • o Cuando el buen espíritu (santo) impregna nuestra vida: nuestros criterios y nuestras tareas, la serenidad, alienta nuestra existencia.
  • o El Espíritu es quien nos anima y consuela en nuestros desánimos y momentos difíciles. (Jn 16, 7).
  • o ¿Soy persona de calma y alguna alegría o transmito nervios allá por donde voy? ¿Estoy siempre amargado? Los discípulos, los cristianos, se llenaron de alegría al ver al Señor: ¿es mi caso?
  • o ¿Soy “buen compañero de viaje”, sé animar y apoyar una idea, un proyecto? ¿Sé consolar, o más bien, soy derrotista y cierro las puertas de salida a los problemas y las crisis? ¿Acompaño cuando alguien sufre en mi derredor? Siempre en la discreción: ¿me preocupo y visito a los enfermos que me son más o menos cercanos, personas ancianas, etc.? ¿Doy limosna?

El Espíritu nos hace libresy no esclavos. (Rm 7; 8, 15). Hemos sido hechos hijos de la libertad por el Espíritu. (Gál 3, 13-14).

  • o El espíritu de Jesús nos hace libres y audaces. ¿Me da miedo la libertad, el pensamiento, la creatividad, los cambios? Prefiero atrincherarme en los “cuarteles de invierno ideológicos, eclesiásticos? (A mí que me dejen en paz).
  1. Jesús: Dios salva / Emmanuel: Dios con nosotros

Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús (Mateo 1)

La virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”. (Isaías 7 / Mateo 1)

  • o No sabemos cómo ocurrieron históricamente estas cosas, lo decisivo es que Dios se hace uno de nosotros. Cuando Dios decide acercarse a la humanidad lo hace salvíficamente y se hace Jesús: Dios salva. Dios se acerca a nosotros para ser con nosotros: Enmanuel.
  • o Dios está con nosotros para salvarnos: ¿Dios está en mi vida? ¿Dios cuenta algo en mi vida? ¿Dios está con nosotros?
  • o ¿O todo el asunto Dios–cristianismo lo reducimos a un “subproducto” por el que tenemos fácil acceso a unas “rebajas eclesiásticas” de cumplimientos más fáciles?
  • o Dios está con nosotros en Jesús: Dios salva. ¿Sigo teniendo miedo a Dios? ¿Mi mente y mi corazón viven asustados ante el Dios que nos salva?
  • o Dios se hace carne en la debilidad humana, en los más pobres y débiles. ¿Veo a Dios en los más pobres de la tierra?
  • o Dios asume la naturaleza humana en la naturaleza de María y desde ella queda bendecido todo el Universo, toda la materia, toda la humanidad.

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“¿Pero qué esperamos? “, por Carlos Osma

Sábado, 21 de diciembre de 2019

man31De su blog Homoprotestantes:

Estamos en tiempo de Adviento, tiempo de esperanza en el que cristianas y cristianos nos preparamos para la irrupción de la salvación. ¿Pero qué esperamos? Pues muchas cosas distintas diría yo, únicamente hemos que sacar la conversación con alguna amiga (a la que no le incomode hablar de esto), para ver la diversidad de esperanzas que entre todas y todos atesoramos. No digo que tanta diversidad sea mala, ¡dios me libre!, pero a veces me pregunto qué características debe tener una esperanza para considerarla evangélica.

Cuando era adolescente me invitaron a un ciclo de películas de temática cristiana, y recuerdo muy bien una de ellas que trataba sobre el arrebatamiento. Para quienes no estén familiarizados con este concepto, les invito a que buscar en Netflix series en la categoría ciencia ficción, terror, mi último vuelo, o bandas sonoras diabólicas, para hacerse una idea. Lo que la película explicaba era como llegaba el final de los tiempos y la forma milagrosa en la que los buenos cristianos eran arrebatados al cielo (se salvaban), mientras los que no lo eran tanto se quedaban en un mundo desolado esperando su destrucción mientras sonaba la canción “Te has quedado atrás”. Al acabar la película, si no te querías quedar atrás, o deseabas con todas tus fuerzas que dejaran de atormentar tus oídos con esa terrible canción, podías entregar tu vida a Cristo. Un amigo mío, que era aficionado al puenting lo hizo porque según me dijo si lanzarse al vacío era una experiencia increíble, subir volando hasta el cielo debía ser la hostia. A mí, la verdad, la esperanza que se vendía allí me pareció amenazadora, simple y muy cutre.

Las personas homófobas que dicen ser cristianas con las que me he encontrado también tienen esperanza, y siempre me han dicho (de manera más o menos directa) que la irrupción de la salvación en cualquier ser humano pasa irremediablemente por la heterosexualidad. Sin heterosexualidad, según ellos y ellas, no hay dios que nos salve, no hay esperanza ninguna. La verdad es que no consigo adivinar qué tienen de divinas las prácticas sexuales entre personas de diferente sexo, y porqué los homófobos que dicen ser cristianos hacen pasar sus esperanzas por ellas. No quiero ser mal pensada, pero a lo mejor es que proyectan sobre nosotros la esperanza de tener algún día una. Me sorprende eso sí, que tantas personas se hayan creído esas neuras, y que estén dispuestas a pasar (o hacer pasar a sus hijos e hijas) por terapias de reconversión. Y también me asombra, y cada día más, que justifiquen su homofobia (que siempre negaran) con textos sacados de contextos y lecturas fundamentalistas de la Biblia. Vamos, que en realidad ellos y ellas ponen su esperanza en un Jesús heterosexual, porque si hubiese sido marica enviarían la esperanza, el evangelio y a Jesús, donde están deseando enviarnos a ti y a mí: al infierno.

Dice Dostoyevski en su novela El idiota que “la belleza salvará al mundo”, y la juventud, la salud o la belleza física, son hoy en día la concreción de la esperanza que se relaciona directamente con la salvación. Estar salvado significa estar como un tren, y poder mantener con facilidad relaciones sexuales con todas las personas que quieras porque es difícil resistirse a tus encantos. La belleza y la salud nos abre puertas, ¿quién puede negarlo?, y nos ayuda a mantener la esperanza de no caer en la indiferencia y la mediocridad. Aunque también nos convierte en rivales de nuestro prójimo, obligándonos a preguntarle al espejo cada mañana “si hay alguien más guapo que yo”. Ropa, cremas, actividad física, dieta, medicación, quirófanos… La esperanza no es gratis, es de color verde y cotiza en las bolsas de todo el mundo. Tampoco es colectiva, pues únicamente pasa por nuestro cuerpo y nuestro bolsillo. Y lo más terrible de todo, es que es una esperanza efímera, incapaz de acompañarnos durante toda la vida.

Pero dejémonos de tonterías, todo lo anteriormente dicho o cualquier otra esperanza que se nos pueda ocurrir, no tiene comparación con el dinero. Quien está forrado se salva, o mejor dicho, ya está salvado. Esa es una máxima tan aceptada, que en realidad el Adviento más que anunciar la llegada de la salvación el 25 de diciembre, podría apuntar más bien al día 22, que es el día de la Lotería de Navidad. La esperanza para quienes tenemos que levantarnos todos los días para ir a trabajar, es que nos toquen los 400.000 euros del premio gordo. Con dos o tres números de estos ya no nos importa quedarnos atrás si ocurre el arrebatamiento, dejaremos de ser maricones o bolleras pecadoras para convertirnos en hermanos y hermanas a los que es mejor no juzgar, y bueno, seremos eternamente bellos porque todo el mundo sabe que la gente con dinero está para comérsela. Esperanza del euro o del dólar. Esperanza redonda, a ver si sale mi bola.

Yo creo que la esperanza evangélica, y probablemente esté arrimando el ascua a mi sardina, para serlo realmente, se concreta donde no la habíamos puesto. La adhesión a una religión determinada, la heterosexualidad, la belleza, el dinero, o el resto de salvaciones que se nos puedan ofrecer, aunque hagan nuestras vidas diarias más o menos fáciles, no son esperanzas evangélicas. Quienes las venden como tal están mintiendo. La esperanza evangélica nos lleva siempre a otro lugar, que está situado fuera de lo que nos es permitido esperar. Los evangelios afirman que la esperanza no nos llevará hasta la cuna de un palacio, ni siquiera a la cama de un simple hostal, sino hasta el cajón donde se da de comer a las bestias de un pesebre. Es posible que despojarse de ideas preconcebidas, de deseos demasiado nuestros, de aquello que tenemos muy claro, sea la mejor manera de vivir el Adviento. Eso le da un cariz algo doloroso, porque desprenderse de esperanzas que afirmábamos eran divinas es realmente difícil si nos lo tomamos en serio. El Adviento es también tiempo de espera comunitaria, esperar solas pienso que nunca es una buen señal, los prójimos suelen ayudarnos a mantener las esperanzas ligadas al mundo de lo real. Ellas y ellos nos hacen ver en lo abyecto, lo vil, lo indecente, el lugar donde está a punto de hacerse presente la salvación. Es tiempo de reflexión, de permanecer alerta para poder captar algo de ese dios que es el que es, y que no quiere ser encasillado. Un dios que actúa de forma libre y que suele tener la mala costumbre de hacer pedacitos todas nuestras loables o mundanas esperanzas.

Carlos Osma

Esta Navidad regala el libro “Solo un Jesús marica puede salvarnos”. Puedes conocer todos los lugares donde está disponible pulsando AQUÍ.

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El segundo Advenimiento.

Viernes, 20 de diciembre de 2019

MiguelangelSixtina1Del blog Amigos de Thomas Merton:

 En TIEMPOS DE CELEBRACIÓN, Thomas Merton dedica un capítulo a “El sacramento del Adviento en la espiritualidad de San Bernardo”. De él tomo el texto que comparto a continuación, en el que habla de tres Advenimientos o venidas de Cristo, resaltando la segunda, la del tiempo presente:

Los tres Advenimientos de Cristo son el cumplimiento de la Pascua Christi…pero el segundo, en cierto sentido, es el más importante para nosotros. El “segundo Advenimiento”, por el que Cristo está presente en nuestras almas, ahora, depende de nuestro reconocimiento presente de su pascha o transitus, el paso de Cristo por nuestro mundo, a través de nuestras vidas.

dedoMeditando sobre los Advenimientos pasado y futuro, llegamos a reconocer el Advenimiento presente que tiene lugar en cada momento de nuestra vida terrenal como caminantes. Tomamos conciencia del hecho de que cada momento del tiempo es un momento de juicio, de que Cristo pasa y somos juzgados por nuestra conciencia de su paso. Si nos unimos a Él y viajamos con Él hacia el Reino, el juicio se hace salvación para nosotros. Pero si le despreciamos y le dejamos pasar, nuestro descuido es nuestra condenación.

La meditación sobre el primer Advenimiento nos da esperanza de la promesa que se nos ha ofrecido. El recuerdo del tercero nos invita a temer, no sea que por culpa nuestra no sepamos recibir el cumplimiento de esta promesa. El segundo advenimiento, el presente, situado entre esos dos términos, es, por tanto, necesariamente un tiempo de angustia, un tiempo de conflicto entre miedo y gozo. ¡Pero esa es una batalla saludable! Acaba en salvación y victoria, porque purifica todo nuestro ser.

Capilla-Sixtina-El Advenimiento medio es más un tiempo de consuelo que de sufrimiento, si reflexionamos que ahí también viene Cristo realmente a nosotros, y se nos da realmente, de modo que ya poseemos nuestro cielo en esperanza. Este advenimiento medio es el camino por donde pasamos del primero al tercero. En el primero, Cristo fue nuestra redención; en el último, aparecerá como nuestra vida. En este actual, mientras dormimos entre las tierras (en nuestra herencia) Él será nuestro descanso y nuestro consuelo.

No hay nada inactivo en este sueño. Sin duda esto puede significar quietud, tinieblas y vacío para nuestra actividad natural. Pero en esa “tiniebla” Dios viene a nosotros y actúa misteriosamente desde dentro de nosotros en espíritu y en verdad, para que el fruto de Su obra se haga manifiesto en el tercer Advenimiento cuando llegue en gloria y majestad.

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Thomas Merton
Tiempos de Celebración

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“Una indiferencia poco explicable “, por Gabriel Mª Otalora

Viernes, 20 de diciembre de 2019

Egipto_Cristianos perseguidosDe su blog Punto de encuentro:

La indiferencia, por definición, es una actitud de desinterés y desapego. Dicen que lo contrario del amor no es el odio, sino la indiferencia; por algo será. Si esto lo vemos a través del prisma de la persecución de los cristianos, creo que al menos en Occidente tenemos un grave problema como creyentes en la fe de Jesús, él que tanto se esforzó por ser atento y acogedor con todos los necesitados sin condiciones ni límites, llegando hasta el extremo.

Según diversos estudios, en el siglo XX habrían sido asesinados unos 45 millones de cristianos por causa de su fe. Somos perseguidos en muchas partes del mundo, principalmente en Asia y África, por la cantidad de países de estos dos continentes que están catalogados como perseguidores. Sin olvidarnos que el Papa ha denunciado que hoy en día las persecuciones contra los cristianos se producen “con guante blanco” incluso dentro de las fronteras de Europa donde muchas veces son excluidos o marginados del debate social.

La tendencia en la persecución es un fenómeno social claramente ascendente, tanto en métodos como en el número de países. Entre las principales causas de la persecución destaca la opresión islámica; de hecho, de los cincuenta países en donde existe objetivamente persecución a los cristianos, 35 de ellos es el islamismo la causa del nacionalismo religioso excluyente. Otra causa importante son las dictaduras o cuando el testimonio de fe choca con cualquier régimen o sociedad interpelada. En Arabia Saudita, a la que tan bien tratan Estados Unidos y España, está prohibida la apertura de templos cristianos mientras que la monarquía saudita financia mezquitas entre nosotros.

Descendiendo un poco más al detalle, uno de cada tres cristianos en Asia, sufre persecución, mientras que en África son uno de cada seis. Esto significa que uno de cada nueve cristianos es perseguido en el mundo. Más de 200 millones de cristianos son perseguidos en razón de su fe. La realidad es que es el cristianismo la religión más perseguida del mundo.En cuanto al número de cristianos muertos anualmente por su fe, solo en 2011 y según datos de la organización para la lucha contra la intolerancia y la discriminación contra los cristianos (OSCE), la cifra se elevó a 105.000 muertos.

siria

Nosotros estamos enfrascados en rencillas y preocupadísimos por problemas en torno a nuestras comunidades católicas (otra cosa es ocuparnos de resolverlos) que merman su influencia social sin que nadie de la institución jerárquica se plantee medidas correctoras estructurales, aunque sea alguna de las que el Papa marca casi a diario con su actitud y nuevas maneras de ser luz del mundo. Cuánto menos estamos para preocuparnos y ocuparnos de la terrible injusticia que supone la persecución a los cristianos en pleno siglo XXI.

Estamos en Adviento, tiempo de preparación para la acogida evangélica del Niño Dios que nos llama a vivir con otra mirada la existencia. No parece de recibo mantener más tiempo esta grave realidad fuera del foco cristiano y católico del Primer Mundo, de la Unión Europea y de nuestras comunidades. Deberíamos preguntarnos en un contexto de oración porqué no reaccionamos y nos manifestamos a favor de las persecuciones y matanzas, al menos para que el Gobierno actúe al menos por vía diplomática. No recuerdo que algún obispo clame por esta injusticia, a excepción de monseñor Agrelo, el franciscano que ha sido muchos años arzobispo de Tánger. No está en nuestra agenda de vivencias solidarias de fe.

Queremos evangelizar, pero se nos marchan muchos católicos desencantados y posiblemente nuestra falta de solidaridad y sensibilidad también tenga algo que ver con la inconsecuencia de nuestra fe. No es suficiente que existan algunos organismos que trabajan por ayudar en algunos países a algunos cristianos perseguidos, como es el caso del SIT trinitario. Parece que algunos leen el evangelio de manera sesgada y solo les importa la educación concertada, el aborto y el sexo. Y así nos va,   A las puertas de una nueva Navidad.

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“El silencio de María”

Martes, 17 de diciembre de 2019

virgen-del-silencio1Adviento 2019
Carmen Herrero Martínez,
Fraternidad Monástica de Jerusalén,
Estrasburgo (Francia).

ECLESALIA, 06/12/19.- Hablar hoy del silencio, en nuestra sociedad, es algo insólito, es tema de otros tiempos; incluso en la vida religiosa se ha perdido el práctica del silencio. El silencio no se ve como un bien humano y psicológico y menos como una necesidad y un valor, excepto para algunas minorías que lo buscan, lo cultivan y lo viven porque han comprendido y saboreado su profundidad, su riqueza humana y espiritual. Dice la Sagrada Escritura: “Guarda silencio y yo te enseñaré sabiduría” (Job 33,33). En este tiempo, de Adviento, me he sentido atraída por el silencio de María, deseando aprender de ella a vivir el silencio contemplativo de la Presencia viva en mi interior y en todo lo que me rodea. Desde este silencio deseo vivir el Adviento en toda su profundidad. Adviento es tiempo de espera esperanzada porque Dios se encarna en el seno de una doncella virgen, llamada María. “La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: «Dios con nosotros»” (Mt 1,23).

El silencio de María es una de las actitudes en las que debemos meditar y profundizar en este tiempo de Adviento. María ha recibido al Verbo en su seno y vive el “adviento de nueve meses” en total silencio y contemplación ante tan gran misterio. Nada tiene que ver con el Adviento que, en general, vivimos los cristianos, tan lleno de folclore y publicidad que anuncian una falsa Navidad que está muy lejos de festejar y celebrar el nacimiento del Emmanuel, el Dios con nosotros. La Navidad cristiana en nada se parece a lo que las multinacionales presentan y ofrecen, su marketing fomenta el consumo que está muy lejos de favorecer la celebración la Navidad desde una dimensión de gozo y acción de gracias por el don maravilloso que Dios nos hace al enviarnos a su propio Hijo. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,1-8).

El silencio de María, en torno a la encarnación del Verbo, está envuelto en la humildad, el amor y la adoración. Nos parecería lo más normal que ella hubiese anunciado, al menos a las personas más íntimas y queridas, que el Mesías iba a nacer, que en su seno se había encarnado el misterio incomprensible para la inteligencia humana, incluso para ella misma y José, su esposo. Sin embargo, María, desde su profunda humildad, guarda silencio, pues comprende que no le corresponde a ella anunciar un tal misterio. María se calla, para dejar que Dios hable. Ella confía y adora. Dios verá el momento y elegirá los instrumentos que él considere para revelar el misterio de la Encarnación en el seno de María. A José, es el ángel quien se lo revela, en un sueño: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 20,21). Y a Isabel, es el Espíritu Santo en el encuentro con María quien le hace proclamar: “¡Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres, y ha bendecido a tu hijo! ¿Quién soy yo, para que venga a visitarme la madre de mi Señor? Pues tan pronto como oí tu saludo, mi hijo se estremeció de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú por haber creído que han de cumplirse las cosas que el Señor te ha dicho!” (Lc 1,39ss).

María en el silencio orante cree y espera. En el nacimiento, serán los ángeles los embajadores de anunciar la venida del Hijo de Dios. “Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace»” (Lc 2,9-11).

María, desde el anuncio de la Encarnación, vive sumergida en su interior, envuelta en un silencio de gratitud y adoración; y apenas nacido el niño, la vemos silenciosa y maravillada ante lo sucedido: “El Hijo de Dios hecho hombre”. Y en este silencio contemplativo transcurre toda su vida. Para María, el silencio es una actitud interior constante. El silencio de María no consiste en la ausencia de palabra, sino en la presencia de Dios. María acoge y contempla a Dios encarnado en ella. Podríamos decir que dos son las razones del silencio de María: la necesidad de interiorizar el misterio que le sobrepasa: Dios hecho Hombre en su propio seno y el deseo de acoger este gran misterio desde el amor que ella, creatura humana, es capaz de dar a su Creador. Estas dos razones derivan de la fe y de la humildad de María. Ella, la predilecta del Padre, la amada y elegida, se sumerge en ese silencio amoroso, como el mejor signo de agradecimiento al don que ha recibido del Padre. Pensemos que el silencio es el lenguaje del más puro amor, la intimidad más profunda y lograda se realiza siempre en silencio. El silencio en compañía es lo que mejor expresa el amor. Por esto, ante esta realidad, toda palabra es vana y María guarda silencio para entrar en ella misma y desde lo más profundo de ella vivir bajo la acción de Dios el misterio de la maternidad divina.

María sabe que la Encarnación de Dios es para todos, que ella solamente es el instrumento que Dios ha elegido. Por eso quiere eclipsarse en el silencio, para dejar todo el protagonismo a Dios hecho Hombre, para que los hombres vean, ante todo, a Jesús y le reconozcan como el Hijo de Dios, el Salvador. María queda en la penumbra para que Jesús resplandezca; él que es la luz del mundo, el centro, la atracción de todos los hombres y de todos los pueblos. El silencio y olvido de sí van muy unidos. María se olvida totalmente de ella para mostrarnos a su hijo salido de sus entrañas: Jesús. La iconografía pone muy de manifiesto este gesto de María mostrando en primer plano a Jesús, en una postura de entrega y olvido de sí, ella siempre se queda en segundo plano.

En nuestra vida el silencio interior y el olvido de sí, unido a la humildad, deberían ser una meta a alcanzar, sabiendo desaparecer para que Jesús se haga más visible en nuestro mundo a través de nuestra vida. Nuestra vida es la que realmente debe manifestar a Jesús. Esto conlleva una gran exigencia que solamente podremos vivir desde la dimensión contemplativa que nos sumerge en la adoración, dejando el protagonismo personal para darle todo el protagonismo al Hijo de Dios, como lo hizo María.

Si realmente este Adviento llegamos a comprender y gustar el silencio, viviremos con gozo el tiempo de espera; porque el silencio no es ausencia de palabras, sino presencia de Dios en nuestro corazón. Adviento no es solamente un tiempo determinado, sino una disposición permanente del interior, del corazón. Cuando se vive esta presencia, también se vive en armonía, en el gozo que produce el encuentro con el ser amado; de alguna manara participamos de ese gozo de María que le hizo permanecer siempre como mujer serena ante todos los acontecimientos de su vida. “Vuestra fuerza está en el silencio” (Is 30,15).

María, en este tiempo del Adviento, te llamamos Madre de la Esperanza, porque tú das al mundo al Hijo de Dios, enviado para la salvación de quienes realmente lo acogen en su corazón y se dejan salvar por su gran amor. Te pedimos intercedas por tus hijos e hijas, para obtener el don del silencio, la fuerza para oponernos a la corriente moderna del ruido estresante, de las palabras vacías y sin sentido; y concédenos la capacidad de escuchar a Jesús, el único que realmente puede decirnos palabras de vida eterna.
El silencio es la bella melodía del Espíritu.

La música callada de tu alma.

¡Escúchalo!

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Concretando el Adviento.

Lunes, 16 de diciembre de 2019

advientoMe choca que cada vez que nos anuncian y nos ofrecen un año jubilar, se reduce fundamentalmente a acciones de tipo espiritual: oraciones, indulgencias, confesiones, eucaristías… Pero de ahí no saltamos a unos hechos sociales fuertes que supongan alivio al dolor humano y de la realidad injusta.

Estoy viviendo una serie de realidades; personas que están sufriendo pérdidas muy fuertes:

Una familia deja al hijo en el Proyecto Hombre, para que se recupere y le esperan en casa mujer y tres hijos.

Una familia es desahuciada y despedida de su casa.

Enfermos con fuerte dolores. Discapacidades. Hambre, miseria

Millones de parados perdieron su trabajo y esperan poderlo recuperar.

Un hombre en la prisión espera que le concedan el tercer grado.

Muertos a millares en el mediterráneo y en otras tierras, al intentar huir de la guerra y la muerte hacia la vida.

Ancianos solos.

Podemos seguir.

Yo siento que estas personas están como los pobres de Israel en tiempo de Moisés, según nos narra la Biblia. Pensando en estas calamidades, Moisés creó un intento de remedio, con el año jubilar.

Moisés, los legisladores, crearon el año jubilar. La ley de Moisés, estableció que después de 49 años en que se podían perder las tierras, la casa, la mujer, los hijos y hasta la propia libertad, después de esos 49 años de servidumbre y de abandono en manos de la voracidad de explotadores y acreedores, tenía que venir un año jubilar (de alegría),

El quincuagésimo en este año tenían que reintegrarse al propietario o si éste no estaba, a su familia, las propiedades inmuebles que hubiesen sido enajenadas. De este modo ni la más extrema pobreza podía alterar definitivamente la equitativa distribución inicial de la tierra entre todas las familias. Así mismo recobraban la libertad.

Y esto les produjo una enorme alegría: un júbilo, jubileo.

Siento que ahora los años jubilares insisten sobre todo en ganar las indulgencias, celebrar muchos actos religiosos, pasar por la puerta del perdón y recoger unas limosnas, pero no llevan a ninguna trasformación de la sociedad ni de las personas.

Sueño que ahora creemos un año jubilar: que trabajemos todos para que esas personas recuperen la alegría, puedan solucionar su realidad. Y eso sí, sin esperar 49 años. ¿Lo podríamos intentar entre todos lo antes posible? Cómo cada uno sufre o conoce algún caso, ¿Nos animamos a que todas las personas trabajemos para resolver esas realidades y poder así celebrar un año jubilar? Una manera concreta de vivir el adviento en la realidad puede ser crearnos y realizar un jubileo en nuestras vidas, en nuestra sociedad y en nuestra iglesia.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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“La identidad de Jesús”. 3 Adviento – A (Mateo 11, 2-11)

Domingo, 15 de diciembre de 2019

03-adv-a-600x873Hasta la prisión de Maqueronte, donde está encerrado por Antipas, le llegan al Bautista noticias de Jesús. Lo que oye le deja desconcertado. No responde a sus expectativas. Él espera un Mesías que se imponga con la fuerza terrible del juicio de Dios, salvando a quienes han acogido su bautismo y condenando a quienes lo han rechazado. ¿Quién es Jesús?

Para salir de dudas, encarga a dos discípulos que pregunten a Jesús sobre su verdadera identidad: «¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?». La pregunta era decisiva en los primeros momentos del cristianismo.

La respuesta de Jesús no es teórica, sino muy concreta y precisa: comunicadle a Juan «lo que estáis viendo y oyendo». Le preguntan por su identidad, y Jesús les responde con su actuación curadora al servicio de los enfermos, los pobres y desgraciados que encuentra por las aldeas de Galilea, sin recursos ni esperanza para una vida mejor: «Los ciegos ven y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia».

Para conocer a Jesús, lo mejor es ver a quiénes se acerca y a qué se dedica. Para captar bien su identidad no basta confesar teóricamente que es el Mesías, Hijo de Dios. Es necesario sintonizar con su modo de ser Mesías, que no es otro sino el de aliviar el sufrimiento, curar la vida y abrir un horizonte de esperanza a los pobres.

Jesús sabe que su respuesta puede decepcionar a quienes sueñan con un Mesías poderoso. Por eso añade: «Dichoso el que no se sienta defraudado por mí». Que nadie espere otro Mesías que realice otro tipo de «obras»; que nadie invente otro Cristo más a su gusto, pues el Hijo ha sido enviado para hacer la vida más digna y dichosa para todos, hasta alcanzar su plenitud en la fiesta final del Padre.

¿A qué Mesías seguimos hoy los cristianos? ¿Nos dedicamos a hacer «las obras» que hacía Jesús? Y si no las hacemos, ¿qué estamos haciendo en medio del mundo? ¿Qué está «viendo y oyendo» la gente en la Iglesia de Jesús? ¿Qué ve en nuestras vidas? ¿Qué escucha en nuestras palabras?

José Antonio Pagola

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“¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”. Domingo 15 de diciembre de 2019. 3º de Adviento

Domingo, 15 de diciembre de 2019

03-advientoa3-cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 35,1-6a.10: Dios viene en persona y os salvará.
Salmo responsorial: 145: Ven, Señor, a salvarnos.
Santiago 5,7-10: Manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca.
Mateo 11,2-11: ¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?

La primera y la segunda lectura de hoy, del profeta Isaías y del apóstol Santiago, coinciden en el mensaje: merece la pena esperar, hay que esperar, debemos esperar, porque viene nuestro Dios, él mismo viene en persona, y trae el desquite… Hay que tener paciencia, porque es inminente su llegada, ya está a la puerta…

No dudamos de que esta forma de plantear la esperanza, de vivirla y de transmitirla, ha sido útil y muy eficaz para muchas generaciones anteriores a nosotros, pero tampoco dudamos de que hoy día, ese planteamiento pudiera no servir ya.

– Este motivo aducido clásicamente para fundamentar la esperanza de que Alguien viene, alguien va a irrumpir apocalípticamente en nuestra vida, incluso con inminencia, y de que nuestra esperanza consista en «esperar» (de espera, no de esperanza) su llegada… no resulta hoy ya plausible.

– Ese esquema conceptual según el cual Dios ha anunciado que vuelve, en una segunda venida que sellará el final del mundo, y que nosotros estamos por tanto en un tiempo intermedio, incierto y amenazado por la espada colgante (de Damocles) de esa sorpresa divina que llegará como la visita del ladrón… ha sido una imagen poderosa, que ha cautivado la atención de muchas generaciones, pero que hoy empieza ya a no funcionar.

– Esa idea de que debemos esperar que en el futuro Dios va a castigar a los malos… y así «poner las cosas en su sitio» y vengar las maldades de los que nos han hecho daño… probablemente fue muy efectiva en otro tiempo, como lo ha sido en pedagogía todo lo referente a los premios y castigos, las buenas y las malas notas, pero hoy ya muy pocas mentes lúcidas pueden aceptar que la pedagogía humana infantil pueda ser aplicada al misterio existencial del ser humano.

Aquellas generaciones tenían una comprensión del mundo míticamente religiosa, inserta en las coordenadas de la descripción del mundo que las mismas religiones habían elaborado: un mundo que consistía esencialmente en un «plan de Dios» para poner una prueba al ser humano y llevarlo a otra vida, mejor o peor según mereciera premio o castigo. Dentro de ese «pequeño mundo», dentro de esa cosmovisión religiosista que ocupó por milenios el imaginario de nuestros mayores, funcionaba el hablar de una segunda venida, de la prueba que Dios nos pone, de la amenaza que supone la posible sorpresa del Dios que viene e irrumpe en el mundo para finalizarlo e inaugurar otro eón, el de los premios y castigos. Este imaginario religioso (tradicional, antiquísimo, milenario…) está agotándose, desapareciendo con las generaciones mayores, desvaneciéndose y perdiendo vivacidad y plausibilidad en las generaciones medias, y siendo rechazada en las generaciones jóvenes, en las que no logra ya implantarse. La transmisión de ese tipo de fe se está interrumpiendo.

En el nuevo imaginario o cosmovisión que muchos estamos adquiriendo, fundamentado en la nueva imagen que la cosmología y el conjunto actual de las ciencias nos ofrecen, ya no cabe concebir la realidad tan «antropocéntricamente» como para pensar que todo consiste y todo se reduce a «un plan que Dios ha hecho para probar al ser humano». Al ser humano actual no le resulta ya plausible una espiritualidad que le dice que él es el centro del cosmos, y que este cosmos «ha sido creado simplemente para servir de escenario al drama humano de su salvación ultraterrena»… Y no le resulta plausible tampoco que el misterio tan respetable del más allá sea asociado con y puesto al servicio de la amenaza de castigos o la promesa de premios…

¿Es posible ser cristiano sin aceptar estas imágenes que hoy sentimos como no incorporables a nuestra cosmovisión? Sí, lo es, al costo de purificar nuestra esperanza -y, más ampliamente, nuestra cosmovisión religiosa global- de aquellas imágenes propias de un tiempo que ya no es el nuestro.

En realidad, lo que importa es el contenido profundo, la experiencia espiritual, la dimensión de esperanza (en este caso), no el soporte de categorías, esquemas mentales, cosmovisiones apocalípticas o esquemas de concepción del tiempo de los que echaron mano nuestros antepasados. El cristianismo, a lo largo de su historia, ya ha abandonado muchas imágenes que en su tiempo fueron comunes, que luego se oscurecieron, y que finalmente nos resultaron inaceptables (de algunas de las cuales hoy incluso nos avergonzamos). Durante muchos siglos, el predominio del pensamiento estático, el supuesto de la ahistoricidad, y el desconocimiento del carácter evolutivo de todo, nos ha querido hacer pensar que no podemos cambiar nada, que debemos creer a la letra lo que expresaron nuestros mayores, sin remontarnos a revivir su misma experiencia profunda pero con libertad y creatividad, y que nada puede ser innovado. Pero la misma historia está ahí para mostrar lo contrario a quien sepa y quiera verlo. Y también está ahí el presente: son muchos ya, de hecho, los cristianos/as que «creen de otra manera».

El evangelio de Mateo nos presenta la llamada «prueba mesiánica». Juan el Bautista desde la cárcel manda emisarios para preguntarle a Jesús si es él el esperado o si deben esperar a otro. Jesús no responde con algunas pruebas teologicas, ni con citas bíblicas apologéticas, o con algunos dogmas o doctrinas, sino que se remite y remite a los consultantes a los puros hechos, que pueden ser «vistos y oídos»: «los ciegos ven, los inválidos andan, los leprosos quedan limpios… y a los pobres se les anuncia el Evangelio, la Buena Noticia». Estos «hechos», estas buenas noticias, son la prueba de identidad del Mesías. Y serán, tienen que ser, la prueba de identidad de quienes sigan al Mesías, al Xristós, o sea, los «cristianos». Sólo si nuestra vida produce esos mismos hechos, sólo si somos «buena noticia para los pobres», sólo entonces estaremos siendo seguidores de aquel Mesías, del Xristós, o sea, «cristianos». Leer más…

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15.12.19. Tercer Domingo de Adviento, ciclo A (Mt 11, 2‒11) Los ciegos ven, los cojos anden… Navidad: Las obras de Cristo

Domingo, 15 de diciembre de 2019

1MACHAERUSfig001-k45D-U204280518739jTH-510x650@abcDel blog de Xabier Pikaza:

Juan Bautista: Salir al desierto para encontrar a Cristo

El evangelio de este domingo 3 de Adviento (ciclo a) tiene dos partes:

1. ¿Eres tú el que ha de venir?  Navidad, obras de Cristo (Mt 11, 2‒6). Pregunta Juan Bautista, preguntan sus discípulos: ¿Eres tú el que ha de venir?

     Jesús responde: los ciegos ven, los cojos andan, los enfermos son curados y los muertos resucitan… Éstas son las obras de la Navidad de la Iglesia. Que los ciegos vean, que los cojos anden, que muertos. Ésta es la Navidad de Jesús, ésta es su Iglesia.

2. ¿Qué habéis salido a buscar al desierto? El Adviento de  Juan (Mt 11, 7‒11). Él preguntaba a Jesús: ¿Eres tú el que ha de venir?  Jesús responde a la gente que Juan es el Adviento: No es una caña movida por el viento, alguien que se deja llevar por conveniencias…; No es hombre de palacio, vestido de lujo a costa de los pobres,  sino un testigo de la justicia de Dios… Aquel que prepara el camino de la Nueva Humanidad, cuando los ciegos vean, los cojos anden… y los muertos resucitan.

 Este mensaje doble, que define la identidad de Jesús (obras del Reino) y la de Juan Bautista (el que prepara su venida) define el mensaje y tarea de este  domingo 3 de  Adviento.

(Imagen 1: Maqueronte, el lugar donde estaba preso Juan Bautista; fortaleza militar, bajo la luz del Adviento)

Pregunta del Bautista. ¿Eres tú el que ha de venir? Las obras del Cristo (Mt 11, 2-6)

03-Cabeza-del-Precursor_Ortodoxos-IconosLa escena conserva un fondo histórico. El mismo Juan Bautista, ya en prisión, antes de ser ajusticiado, podría haber dirigido esta pregunta a Jesús, a través de sus discípulos, aunque parece más probable que la hayan dirigido, en un tiempo posterior, los mismos discípulos de Juan, a quienes hemos encontrado en Mt 9, 14, al lado de los fariseos, ocupándose de ayunos. Pero aquí aparecen ellos solos, los discípulos de Juan. No critican a Jesús, aunque tampoco parecen aceptarle plenamente. Por eso preguntan:

 11 2 Habiendo oído en la cárcel las obras del Cristo, Juan envió desde la cárcel a unos discípulos para preguntarle: 3 ¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro?  Jesús les respondió: Id y anunciad a Juan lo que oís y veis: 5 los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena noticia, 6 ¡y dichoso aquel que no se escandalice de mí!

   Conforme a la visión de Mateo, Juan Bautista sólo contaba con agua de purificación, pero anunciaba la llegada de un erkhomenos (venidero: 3, 11) que bautizará en espíritu santo y fuego (3, 11). Por eso, desde la cárcel, en espera de la muerte (cf. 14, 1-12), habiendo escuchado las obras del Cristo (11, 2), Juan envía a sus discípulos para preguntar a Jesús ¿eres tú el erkhomenos? (11, 3), cosa que nosotros, a diferencia del Bautista, ya sabemos.

evangelio-de-mateoJesús responde (Mt 11, 4-6) remitiendo a sus obras, y apareciendo por ellas como el Mesías de los cojos-mancos-ciegos, de los expulsados-enfermos-muertos. De esa forma inaugura la nueva humanidad liberada, a través de unos milagros, esto es, de unas obras de sanación (curar ciegos, cojos y sordos), purificación (limpiar leprosos), y transformación social y escatológica (anunciar la buena noticia a los pobres, resucitar a los muertos). Según eso, la plenitud futura de la humanidad (esto es, el surgimiento de la Iglesia) se interpreta como curación mesiánica, transformación humana[1].

− Los ciegos ven (cf. Mt 11, 5). Al ponerse en contacto con Jesús, algunos ciegos han recobrado la vista. Sobre el contenido físico de esa curación, y sus elementos psico-somáticos y/o religiosos discuten los especialistas, pero es evidente que la presencia de Jesús se expresó en las curaciones, como muestran otros textos de Mateo, 9, 27-30; 20, 30-34 (cf. 15, 31), que recogen elementos de Marcos (curación del ciego de Betsaida y el de Jericó: Mc 8, 22-26 y Mc 10, 46-52), con la tradición del ciego de nacimiento de Jn 9, 1-41. Este motivo de la ceguera (Mt 13, 10-17) y de la curación de los ciegos define la controversia de Jesús con el rabinismo.

Los cojos andan (cf. Mt 11, 5). La tradición recoge curaciones de paralíticos, mancos, encorvados y cojos. Entre las que parecen tener más fondo histórico, puede citarse la del paralítico de Cafarnaúm, Mt 9, 2-7, con la del siervo/amante del centurión (Mt 8, 5-13). Cf. también 15, 30-31; 21, 14. El evangelio se define así como una marcha mesiánica que muchos contemporáneos se negaron a compartir, quedando así (según el evangelio) nuevamente impedidos, cojos, en su situación antigua.

Captura-de-pantalla-2018-08-13-a-las-11.49.34-1 − Los leprosos quedan limpios (Mt 11, 5). No es fácil precisar la enfermedad de la que se trata, pues la palabra “lepra” se aplicaba entonces a una extensa gama de afecciones de la piel, que tenían un intenso carácter social, pues se las consideraba signo de impureza. Los evangelios recuerdan casos de curación de leprosos con probable fondo histórico, como el de Mt 8, 2-4 (cf. Mc 1, 40-45), y presentan a Jesús como sanador de leprosos, de manera que ellos pueden integrarse en la comunidad  cristiana,  rompiendo la barrera que la Ley había establecido (cf. Lev 13-14).pues sus discípulos pueden también curarles (Mt 10, 8).

− Los sordos oyen (Mt 11, 5). La tradición les ha vinculado con los mudos, pues ambas carencias solían ir unidas. En esa línea parece situarse el texto ya citado de Mt 9, 33-34, que reaparece en 12, 22, con motivo de la acusación satánica contra Jesús. Se trata sin duda de un milagro con fuerte simbolismo mesiánico: La novedad de Jesús se expresa en el hecho de que él puede crear (está creando) un grupo de gentes que ven y caminan, que consiguen la pureza y pueden escuchar, abriéndose a la palabra, en contra de aquellos que se encierran en su ceguera y sordera (como veremos en el capítulo de las parábolas: cf. 13, 14-15).

e65dd50f964112487fe55275e19f9b9d− Los muertos resucitan (Mt 11, 5). Más difíciles de valorar son las resurrecciones. Se corrió sin duda la fama de que Jesús las había realizado, haciendo volver a la vida a personas que parecían muertas (cf. Mc 5, 21-43) o que lo estaban de hecho (cf. Mt 9, 18-23), aunque pueda discutirse sobre el carácter “biológico” de los hechos. En este contexto se sitúa la autoridad que Jesús ha concedido a sus discípulos, dándoles el poder de “resucitar a los muertos” (10, 8), con el pasaje profundamente simbólico de 27, 52-53 donde se dice que los cuerpos de muchos que “estaban dormidos” (=muertos) resucitaron en el momento de la muerte de Jesús. De esa forma, su movimiento vinculado a la resurrección de los muertos, unida a la de Jesús, conforme a un motivo que resulta muy cercano al de Pablo, cuando afirma que él está preso como cristiano por creer en la resurrección de los muertos (Hch 24, 15.21; 25, 23).

‒ Y los pobres reciben la buena noticia (11, 5). Pobres (ptôkhoi, mendigos) son aquellos que no pueden mantenerse por sí mismos, pues carecen de trabajo o medios para subsistir, a diferencia de los trabajadores de clase humilde (penêtes) capaces de alimentarse, aunque a costa de un duro esfuerzo. Evangelizar a esos mendigos no es darles un simple mensaje espiritual, sino abrir para ellos un camino (bienaventuranza: 5, 3), con lo que implica de cambio en sus condiciones personales y sociales, de forma que ellos puedan mantenerse (vivir) en dignidad y relacionarse en alegría con otros, y volverse así misioneros, curando a los mismos ricos, como supone el envío de 10, 8-10. Eso significa que la obra de Cristo es “buena nueva para los mendigos”, un cambio social que invierte las estructuras de conjunto de la vida, no sólo en Galilea, sino en todo el mundo conocido[2].

slide_28‒ Y bienaventurado aquel que no se escandaliza de mí (11, 6). Las obras anteriores (sanación, resurrección, liberación de los pobres…) definen la historia y proyecto de Jesús, que ha suscitado un  fuerte rechazo (¡promovido por la oligarquía aldeana de Galilea!), de manera que él mismo se ha visto obligado a completar su respuesta añadiendo: ¡Bienaventurado el que no se escandaliza de mí! Es como si Jesús temiera el “escándalo” no sólo de Juan, sino, y sobre todo, del conjunto de la población, resignada a mantener su estatuto social.

   En un sentido, era más fácil el mensaje del Bautista: Que venga el juicio de Dios y transforme las condiciones del mundo, a la fuerza, desde arriba… Más difícil resulta el “milagro” que Jesús propone: Un  cambio que debe realizarse desde dentro de la misma vida, no por juicio exterior o imposición, sino por nueva creación, no a la fuerza (con hacha, huracán y fuego…), sino por transformación personal y social de los campesinos de Galilea[3]. Leer más…

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Destierro, desconcierto y paciencia. Domingo 3º Adviento. Ciclo A.

Domingo, 15 de diciembre de 2019

jesus-mas-cerca-de-los-q-sufren-12-12-10Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Las lecturas no tienen relación entre ellas, pero siguen en la misma onda de los domingos anteriores. La primera (de Isaías) vuelve a tratar uno de los grandes problemas antiguos y actuales: el de los deportados y desplazados. El evangelio se relaciona de forma muy estrecha con el del domingo precedente (que este año no hemos leído debido la solemnidad de la Inmaculada): la actividad de Jesús provoca el desconcierto de Juan Bautista. La carta de Santiago ofrece un nuevo consejo para vivir el Adviento.

  1. Destierro y repatriación de hace siglos; refugiados y desplazados de ahora

            Los dos primeros domingos de Adviento nos recuerdan los graves problemas de la guerra y las injusticias, ofreciendo como contrapartida la esperanza de la paz y un nuevo paraíso. El texto de Isaías de este tercer domingo aborda otra de las grandes experiencias que tuvo el pueblo de Israel: la del destierro.

            La primera deportación importante la sufrieron los israelitas del norte a finales del siglo VIII a.C. (año 720). Pero las más famosas fueron las que tuvieron como protagonistas a los judíos a comienzos del siglo VI a.C. (años 598 y 586). Fue grande la tragedia, angustia y odio que provocaron estas deportaciones. Pero más fuerte aún fue en muchos casos, no siempre, el deseo de volver a la patria. Numerosos textos proféticos en los libros de Jeremías, Ezequiel, Isaías, anuncian esta repatriación.

            En esta línea se orienta la primera lectura del tercer domingo de Adviento. Para comprenderla debemos recordar que el camino de miles de kilómetros entre Babilonia y Jerusalén no era entonces (tampoco ahora) una maravillosa autopista transitada por cómodos autobuses con aire acondicionado. Cualquier caravana que hacía ese largo recorrido tenía la impresión de atravesar un terrible y árido desierto. Un grupo del que formaran parte ancianos, mujeres embarazadas, niños, podía desanimarse fácilmente ante la difícil empresa. El profeta los anima con palabras enormemente poéticas.

oasis

            El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría.

            Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios.

            Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes; decid a los cobardes de corazón: «Sed fuertes, no temáis.»

            Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará.

            Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará.

         Volverán los rescatados del Señor, vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

            Esta lectura del tercer domingo nos obliga a pensar en tantos millones de personas que se encuentran en la misma situación que los antiguos israelitas y necesitan como ellos una palabra y una acción que les lleve esperanza y consuelo.

  1. Desconcierto (Mt 11,2-11)

            Si el domingo pasado hubiéramos leído el evangelio correspondiente al segundo de Adviento, habríamos oído a Juan Bautista hablar de un Mesías enérgico, con el hacha en la mano dispuesto a talar todo árbol improductivo, y con el bieldo para quemar la paja en el fuego. Sin embargo, las noticias que le llegan a la cárcel de la actividad de Jesús son muy distintas.

En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos:

«¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?»

Jesús les respondió:

-«Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»

            El comienzo es muy significativo: «Juan se enteró… de las obras que hacía el Mesías». No dice Jesús, sino el Mesías. Y «las obras» se refiere a todo lo que se ha contado anteriormente: palabras, curaciones, misión. Pero lo que debía animar a Juan provoca en él la duda. Había esperado un Mesías que solucionase definitivamente los problemas; dispuesto a cortar el árbol que no diese buen fruto (3,10), a distinguir entre el trigo y la paja, para quemar lo inútil en una hoguera inextinguible (3,12). Jesús le falla; al menos, lo desconcierta. Actúa de forma muy distinta a como actúa él: no va vestido con una piel de camello, no se alimenta de langostas y miel silvestre, no enseña a rezar a sus discípulos, no les obliga a ayunar, en vez de a dar hachazos se dedica a curar enfermos y contar historias bonitas. Juan, después de estar convencido de que Jesús era el Mesías esperado, se pregunta ahora ‒y le pregunta‒ si hay que seguir esperando a otro.

            La respuesta de Jesús es desconcertante a primera vista: repite lo que Juan ya sabe. Los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. Sin embargo, es distinto saber y comprender. Y las obras del Mesías se comprenden cuando son contempladas a la luz de la Escritura. No se trata de saber que Jesús ha curado a dos ciegos, a un mudo, o a un leproso. Lo importante es que en todo eso se está cumpliendo lo anunciado por los antiguos profe­tas.

“Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abri­rán,

saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará” (Is 35,5)

“Vivirán tus muertos, tus cadáveres se alzarán,

despertarán jubilosos los que habitan en el polvo” (Is 26,19)

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido.

Me ha enviado para la buena noticia a los que sufren” (Is 61,1)

            A partir de esas promesas elabora Jesús su respuesta, que pasa de la enfermedad física (ciegos, cojos, leprosos, sordos) a la muerte y a la evangelización de los pobres. A partir del libro de Isaías se podría haber construido una imagen muy distinta, más en la línea de Juan Bautista. Jesús elige la que solo subraya lo positivo. Y esto puede provocar una reacción en contra. Por eso termina con un serio aviso: «¡Dichoso el que no se escandalice de mí!» Esto es lo que los discípulos de Juan deben comunicarle en la cárcel.

            Este episodio es muy importante para examinarnos de nuestra imagen de Jesús. Generalmente partimos de que Jesús es el Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad. Por consiguiente, cualquier cosa que diga o haga debe ser perfecta. Esta actitud es muy peligrosa porque impide profundizar en la fe.

            Las palabras y las obras de Jesús desconcertaron a Juan Bautista, escandalizaron a los escribas y fariseos, no fueron entendidas por los discípulos. Es absurdo pensar que nosotros no tendríamos ninguna dificultad en aceptarlas.

            El episodio anterior puede dejar mal sabor de boca con respecto a la figura de Juan Bautista. Por eso, el evangelio añade unas palabras de Jesús sobre él.

Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan:

-¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito: “Yo envío mi mensajero delante de ti, para que prepare el camino ante ti.” Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él.

            Para comprender este pasaje hay que recordar un dato fundamental. Nosotros siempre hemos visto a Juan Bautista en relación con Jesús. Su única misión era anunciar la venida del Mesías. Esto significa una simplificación muy grande. En los ambientes judíos de comienzos del siglo I, Juan Bautista era más conocido que Jesús; y sus discípulos llegaron a Grecia antes incluso que los cristianos. Por otra parte, los episodios ante­riores demuestran que los discípulos de Juan Bautista no perdie­ron su identidad al aparecer Jesús, sino que siguieron vinculados a Juan, viviendo según sus enseñanzas (por ejemplo, con respecto al ayuno).

            Se creó, entonces, entre los discípulos de Jesús y los de Juan cierta tensión sobre quién de los dos era más importante. Aquí se aborda el tema, exaltando a Juan y, al mismo tiempo, poniéndolo en su justo sitio.

            Las afirmaciones son bastante distintas, y a veces enigmáticas. Ante todo, Jesús elogia las cualidades humanas de Juan: firmeza, austeridad. Pero es más que un asceta: es un profeta, e incluso más que eso: el mensajero que prepara el camino del Señor, «el Elías que tenía que venir» (Ex 23,20; Mal 3,1). Por eso, «no ha nacido de mujer nadie más grande que Juan Bautista».

            Sin embargo, la dignidad de Juan radica precisamente en ser el precursor de Jesús, y se queda en el ámbito del Antiguo Testamento. Por eso, «el más pequeño en el Reino de Dios [en la comunidad cristiana] es más grande que él». Esta frase resulta muy dura, pero encaja en la idea bíblica de que los hombres no son lo importante sino Dios y lo que él hace. Encandilarse con la grandeza de las personas, incluso de los mayores santos, no es un buen método para valorar la acción de Dios.

  1. Paciencia (Snt 5,7-10)

El tercer consejo procede de la carta de Santiago y se centra en la paciencia y el aguante, poniendo como ejemplo a personas tan distintas como los campesinos y los profetas.

Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros, para no ser condenados. Mirad que el juez está ya a la puerta. Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.

  El problema de fondo es el retraso de la vuelta de Jesús, que los primeros cristianos esperaban muy pronto. Por eso el autor de la carta insiste en que «la venida del Señor está cerca» y que «el juez está ya a la puerta». La Iglesia terminó aceptando que la vuelta de Jesús no sería inminente, pero los consejos de la carta siguen siendo válidos para los momentos en los que la vida nos exige paciencia y fortaleza en los sufrimientos.

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Tercer Domingo de Adviento. 15 diciembre, 2019

Domingo, 15 de diciembre de 2019

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Jesús les respondió:
“-Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: las ciegas ven y las inválidas andan; las leprosas quedan limpias y las sordas oyen; las muertas resucitan, y a las pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichosa quien no se sienta defraudada por mí!”

(Mt 11, 2-11)

En el evangelio de este domingo se nos presenta de nuevo la figura de Juan. Igual de decidido que la semana pasada pero también confuso. Se encuentra en prisión y sabe que las cosas pueden empeorar para él. Tiene muy clara su vocación: él no es el Mesías, él simplemente anuncia la llegada del Mesías. Oye hablar de  lo que hace y dice Jesús, y todo junto le confunde. Jesús no es exactamente el tipo de Mesías que esperaba Juan. Por eso, desde la cárcel le envía a sus discípulos con una pregunta directa: “¿eres tú el Mesías o tenemos que esperar a otro?”

Pero la respuesta de Jesús, como siempre, obliga a la responsabilidad y a la toma de postura. Podría haberle dicho: -Juan, tranquilo, yo soy el Mesías, aunque vemos a Dios de distinta manera, no te preocupes que conmigo no te equivocas.

Sin embargo, en lugar de una respuesta tranquilizadora, lo que hace es obligar a Juan a hacer uso de su libertad. Le lleva a otra manera de ver a Dios y de ser Mesías. (Recuerda que la semana pasada Juan nos hablaba de un Dios bastante enfadado, esperando la conversión con el hacha en la mano…)

Jesús le dice: -Nada de hachas, Dios no es un juez permanentemente enfadado. La Buena Noticia es que Dios no se cansa de darnos nuevas oportunidades y sus preferidas son las personas marginadas, aquellas que la Ley y la sociedad han dejado fuera del sistema. Y luego añade: -¡Dichosa quien no se sienta defraudada por mí! Que sería lo mismo que decirle: -Juan o rompes la imagen de Dios que tienes y te vuelves al Dios de la Vida o no podrás ser feliz.

Y nosotras podemos pensar qué imágenes de Dios nos tienen atrapadas sin dejarnos salir tras la huellas del Dios Vivo.

Oración

Dichosa quien no se sienta defraudada por mí. Quien sepa ver en la liberación de quienes más sufren la mano de Dios presente en la historia.

Dichosa la que se deje abrir los ojos a la novedad del Reino. La que se deje movilizar por todo aquello que devuelve la dignidad a las últimas de las últimas.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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