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Volver a la Fuente, cada día. Para ser de Dios, simplemente. Y nada más. Seré humilde. Nada más. Y nada menos

martes, 9 de septiembre de 2025
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Del blog de Alfonso J. Olaz El Rincón del Peregrino:

Volver a la Fuente, cada día. Para ser de Dios, simplemente. Y nada más.

Seré humilde. Nada más. Y nada menos

Hermano, hermana,
que ansías volar y no puedes:
¡Déjate llevar por Él!
Y volarás, finalmente.

A la Fuente volveré, a la Fuente,
como ese pájaro humilde que se dejó hacer.

A la Montaña subiré, a la Montaña,
como el águila que grita por su Creador.

Al Amor llegaré, al Amor,
¡Si acepto que me cortes las alas
para ser, al fin, ave libre de tu Reino!

Al mar de tu Revolución de Amor me arrojaré,
para que este ego mío, por fin, muera,
y Tú te lo lleves, para siempre, en la corriente.

¿Mi vida? ¡Nada!
¿Tu Vida? ¡Todo!
¿Qué me queda, Dios mío, si Tú no estás?

Necesitamos testigos. Sencillos. De barro.
Hombres. Indignados.
En Revolución.

Que su único Señor sea el Dios de los pobres,
y su única vida, una vida dada.

Urgencia tenemos.
Hombres y mujeres que se atrevan a encontrarte.
Gente valiente, para ser libre.
Libres de todo, para amar a todos.
Para amar con ese Corazón de Jesús,
que anduvo curando, riendo, llorando, con su gente,
y que se dejó llevar, sin más, por el sueño del Padre.

Señor,
haz de mí lo que Tú quieras.
Que yo sé, y confío, que es lo mejor.
Haz que mi vida, que es tuya, te muestre,
para que los pobres de esta tierra hagan, por fin, la experiencia de tu Amor.

Del Evangelio, a la vida.
A las casas, a las calles.
De la vida, al Evangelio. A la raíz, a la Fuente.

Amén. Que así sea.
Seré humilde. Nada más. Y nada menos

Seré estrella, una más en la constelación de mis hermanos.
Esos que son tuyos.
Recordaré que soy polvo de estrella
y me haré fraternidad en este suelo hambriento de cielo.

Seré como el Sol, ese hermano mayor: fuego gratuito que calienta al justo y al injusto.
Seré fuerza que abriga, luz que no hace sombra.

Seré agua. Agua simple de pozo para la sed del camino.
Agua que lava la herida y enjuga el rostro del cansado.

Seré bosque. Techo para el que no tiene techo.
Raíz fuerte y silencio acogedor frente al viento de la desposesión.

Seré lavanda silvestre, bálsamo pequeño para la angustia que ahoga.
Con estas manos que Tú me diste, curaré la herida del desamor.

Y entonces, tal vez entonces, seré verdad desnuda.
Y no habrá ya mentira que se esconda.
Todo será transparencia,será Gracia, y el Mal,que todo lo pierde,
retrocederá ante el fuego del Amor.

Y así, Tú, mi Verdad,
te harás en mí hombre, Estrella, Sol, Agua, Bosque y Lavanda.
Te harás todo en todos.
Para amar. Sin fin.
Sin fronteras. Amén.

***

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Oración al Cristo que habita en mí. – La Humildad que es solo grito de tierra.

miércoles, 3 de septiembre de 2025
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Del blog de Alfonso J. Olaz El Rincón del Peregrino:

| Alfonso Olaz OFS

Oh, Señor mío!

Que sienta en mi corazón…
y en mi cuerpo…
el fuego de tu amor,
tal como Tú lo sufriste por nosotros. ( S.Francisco de Asis)

Te ruego, Señor…
por dos gracias: presencia y entrega.

¿Por qué te busco en los templos…
si habitas dentro de mí?

Y si te hallo en la calle…

¿Por qué me hago ausente,
sin reconocerte en mi propio corazón?

Hermano mío…

¿Qué guardas en tu interior?

Acudes al templo con prisa…
como quien corre tras un minuto perdido…
como quien enciende luces sin fuego…
como quien da amor sin alma.

¡Y dentro de ti… no me reconoces!

¡Y en la calle… no existo para ti!

Día tras día…

Año tras año…
tu corazón soporta lo que le das…
y lo que le quitas.

¿A qué Cristo dices que buscas…
si ni en la calle ni en el templo lo hallas?

Te pide beber…
y le das vinagre.

Te pide comer…
y le dejas vacío.

Al pobre que se llama Jesús…
que mora en lo más íntimo de ti…
no lo atiendes…
y solo una vez al año le das pan.

Señor…
ayúdame a conocer al pobre que habita en mi interior.

Que pueda mirarlo…
y aceptarlo sin temor.

Para que, amando al pobre que soy…
pueda amar al pobre de Jesús.

Si no amo al pobre dentro de mí…
no podré amar al que no veo.

¿Cómo amar a Dios…
al que no veo…
si antes no amo al pobre que habita en mi alma?

No me dejes engañarme, Señor…

No puedo decir que creo en Jesús…
si no creo en el pobre que mora en mí.

No podemos amar al Jesús de los templos…
si ignoramos al Jesús vivo dentro de nosotros.

Hermano mío…

¿En qué Jesús crees?

¿En el que ignoras?

¿En el que rehúsas buscar con sincero corazón?

¿En el pobre que vive dentro de ti…
o en el que yace crucificado ante ti?

La sombra de la cruz…
nos alcanza más que la cruz misma…

¡Él está!

Y en Él…
¡cuánto mal vivimos cada día!

En nuestro trabajo…
en la familia…
en la vida pública…
en el descanso…
y en el ocio.

Señor…

Enséñame a amar con corazón…
a dar de beber al sediento que habita conmigo
a alimentar al hambriento…
a vestir al desnudo…
pero sobre todo…
a atender primero a Jesús, pobre de mi pobreza.

Dale de beber…

Dale de comer…

Cúbrelo con mi mejor vestido…

Y después de esto, Señor…

Hazme tu amigo…
para seguirte fielmente…
convertido y humilde.

Del Evangelio a la vida…
de la vida al Evangelio.

***

La Humildad que es solo grito de Tierra
Francisco no tenía nada. Y por eso lo tenía todo.

Se hizo pequeño, más pequeño que los granos de arena
que el viento barre sin que nadie los nombre.

Se hizo silencio en medio del ruido de los mercaderes,
grieta en los muros de la vanidad,
sombra que se borra al mediodía.

¿Tú? ¿Sigues contando tus méritos como monedas?
¿Sigues midiendo tu santidad con varas de prestigio?

El Poverello se desnudó.
No solo de ropas,
sino de títulos, de seguridades, de ese «yo»
que pesa tanto y vale tan poco.

Se despojó hasta quedar en pura necesidad,
en puro grito de tierra sedienta.
Porque solo el vacío es habitación para el Infinito.

Se inclinó ante los leprosos,
no por virtud,
sino porque sabía
que en los últimos estaban las llaves del Reino.

Besó las manos deformes,
lavó los pies sucios, se sentó en el polvo con los que el mundo escupe.

¿Y tú? ¿Aún temes mancharte?

La humildad
no es una virtud de santorales bien pintados.

Es revolución.

Es subversión del ego.

Es derribar los altares que nos hemos construido-
y dejar que Dios crezca en nuestras ruinas.

Francisco no pidió seguidores.

Quiso hermanos.

No quiso poder, sino servicio.

No quiso ser visto, sino ser puente.

¿Entiendes ahora por qué la verdadera humildad quema tanto?

El humilde no dice «soy nada».

Dice «Dios es todo».

Y se desvanece, como el rocío al amanecer.

¿Te atreves a evaporarte?

***

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Encontrando el Reino de Dios en un bar gay

lunes, 1 de septiembre de 2025
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La publicación de hoy (31 de agosto) es de Jim McDermott, escritor independiente de Nueva York.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el 22º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden leer aquí.

Como sacerdote, nunca fui a bares gay. Aunque mi orden, los jesuitas, aceptaba muy bien a los hombres gay, ir a bares siempre me parecía ir demasiado lejos. Aunque solo iba a tomar algo, y no a ligar, ¿qué pasaría si alguien me veía allí? Conocía a hombres que habían sido ignorados para trabajos o tratados como objeto de escándalo simplemente porque los habían visto en algún sitio.

En retrospectiva, sin embargo, desearía haber salido como sacerdote. Cuando lo hice, a los 50, después de tomarme una excedencia de los jesuitas, con tanta inquietud tuve que obligarme a cruzar las puertas, obligarme a pedir una bebida, obligarme a hablar con alguien. El miedo era enorme. Las primeras veces que alguien coqueteó conmigo, me asusté tanto que prácticamente salí corriendo del bar.

Luego fui a Marie’s Crisis, un piano bar donde cantaban a coro en el West Village de Manhattan. Había descubierto el lugar en Facebook durante la pandemia, así que al entrar reconocía a la gente, al menos por su nombre, por haberlos visto en línea. El pianista a cuyos conciertos asistí durante el confinamiento se detuvo a abrazarme. Toda la experiencia fue como ese momento: yo en un lugar nuevo y, sin embargo, inmediatamente sintiéndome como en casa.

Marie’s y los amigos que hice allí me brindaron un espacio donde pude enfrentar algunas de mis propias ansiedades y homofobia internalizada, y me ayudaron a entender ser gay como motivo de celebración, una aventura feliz y, a menudo, divertidísima. Irónicamente, también me ayudó a encontrar una paz interior que me permitió escuchar y apoyar mejor a los demás, precisamente las habilidades que se buscan en un sacerdote.

Un piano bar gay en Londres.

Tanto la primera lectura como el Evangelio de la liturgia de hoy hablan de buscar la humildad en lugar de la autopromoción. En el Evangelio, Jesús, de hecho, anima a sus oyentes a ocupar siempre el último lugar en la mesa de una fiesta. Pero su objetivo no es la autohumillación. No dice que debamos aceptar que tenemos algo malo, como las personas LGBTQ han escuchado tan a menudo en la iglesia. Más bien, quiere que estemos en la mejor posición para experimentar la bienvenida e invitación de Dios. «Ve y siéntate en el último lugar», dice Jesús, «para que cuando el anfitrión venga a ti, te diga: “Amigo, sube a un lugar más alto».

Consideramos la Misa y otros sacramentos como lugares donde podemos experimentar ese tipo de aceptación y revelación, donde Dios nos llama y nos eleva. Pero podemos saborear los frutos de Sión en muchas otras mesas de nuestra vida, y también en bares, incluyendo algunos que otros podrían no entender o apreciar.

Dios no está atado por nosotros. El Espíritu se mueve donde quiere. Pero lo que está claro es que Dios quiere que nos coloquemos en posiciones y lugares donde podamos ser encontrados, bienvenidos y llamados a la fiesta.

Jim McDermott, 31 de agosto de 2025

Fuente New Ways Ministry

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Amigo, sube más arriba.

domingo, 31 de agosto de 2025
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*

“Nunca hagas alguna cosa solamente por dar ejemplo a otro, o ganar a otros, porque no sacarás de aquí sino pérdidas para ti.

Haz todas las cosas simple y suavemente, sin tener respeto a otra cosas sino a aplacer a Dios en ellas.

*

Juan de Bonilla,
De prudencia que se debe tener en el amor al prójimo

***

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando.

Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola :

“Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: “Cédele el puesto a éste.”Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.

Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba.” Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.

Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.”

Y dijo al que lo había invitado:

“Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado.

Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.

*

Lucas 14, 1. 7-14

***

¿Basta con estar convencidos de la misericordia de un Dios que perdona y de nuestra condición personal de pecadores para que se lleve a cabo la reconciliación? No. Falta aún una disposición, un valor que es nuestro o, al menos, es nuestro en cuanto debemos aceptar una invitación interior que viene de Dios […]. Sin conversión no hay reconciliación. La conversión del corazón, entendida como movimiento del hombre que se dirige hacia Dios, que se convierte, es decir, que se mueve hacia Dios con la conciencia de haberse alejado de Dios.

La conversión es un dar marcha atrás, un cambio de ruta, un cambiar la orientación de nuestra propia vida. El pecador es un fugitivo, alguien que vuelve la espalda al Señor, como un pródigo que se va hacia la ilusión de paraísos terrestres. La conversión es un volver a caminar hacia Dios dejando a nuestra espalda muchas ilusiones que se han vuelto amargas y muchas infidelidades que todavía pueden conservar la atracción de la seducción. Eso significa convertirse. No es, por consiguiente, un gesto que se realiza de una vez por todas, sino una actitud permanente de la vida. No nos convertimos el 25 de julio o el 3 de abril, sino que empezamos a convertirnos para no acabar nunca más. La conversión debe invadir todo el compromiso de la vida para ser realmente una actitud viva, una actitud que no hace la historia de ayer, sino que hace la historia de hoy.

Podríamos decir que la conversión es ese presente misterioso, totalmente animado por la gracia del Señor, que hace que, en nuestra vida, el pecado sea cada vez más un pasado, un pasado próximo, un pasado remoto. Algo superado, algo que hemos dejado a nuestra espalda, algo abandonado con el compromiso de la reconciliación, del misterio de la reconciliación, como lo llama el apóstol Pablo. Es el misterio que brota del designio salvífico de Dios, el reconciliador por excelencia, que quiere vivir de verdad en comunión con su criatura, el hombre.

*

Anastasio A. Ballestrero

***

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“Gratis”. 22 Tiempo ordinario – C (Lucas 14,1.7-14)

domingo, 31 de agosto de 2025
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Hay una «bienaventuranza» de Jesús que los cristianos hemos ignorado. «Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos. Dichoso tú si no pueden pagarte». En realidad se nos hace difícil entender estas palabras, pues el lenguaje de la gratuidad nos resulta extraño e incomprensible.

En nuestra «civilización del poseer», casi nada hay gratuito. Todo se intercambia, se presta, se debe o se exige. Nadie cree que «es mejor dar que recibir». Solo sabemos prestar servicios remunerados y «cobrar intereses» por todo lo que hacemos a lo largo de los días.

Sin embargo, los momentos más intensos y culminantes de la vida son los que sabemos vivir la gratuidad. Solo en la entrega desinteresada se puede saborear el verdadero amor, el gozo, la solidaridad, la confianza mutua. Dice Gregorio Nacianzeno que «Dios ha hecho al hombre cantor de su irradiación», y, ciertamente, nunca el hombre es tan grande como cuando sabe irradiar amor gratuito y desinteresado.

¿No podríamos ser más generosos con quienes nunca nos podrán devolver lo que hagamos por ellos? ¿No podríamos acercarnos a quienes viven solos y desvalidos, pensando solo en su bien? ¿Viviremos siempre buscando nuestro interés?

Acostumbrados a correr detrás de toda clase de goces y satisfacciones, ¿nos atreveremos a saborear la dicha oculta, pero auténtica, que se encierra en la entrega gratuita al que nos necesita? Ese seguidor fiel de Jesús que fue Charles Péguy vivía convencido de que, en la vida, «el que pierde, gana».


José Antonio Pagola

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“El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. Domingo 31 de agosto de 2025. Domingo 22º Ordinario

domingo, 31 de agosto de 2025
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Leído en Koinonia:

Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29: Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios.
Salmo responsorial: 67: Preparaste, oh Dios, casa para los pobres.
Hebreos 12, 18-19. 22-24a: Os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo.
Lucas 14, 1. 7-14: El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

Es humano el afán de ser, de situarse, de sentir querer estar sobre los demás. Parece tan natural convivir con este deseo que lo contrario se etiqueta en nuestra sociedad de “idiotez”. Quien no aspira a más, quien no se sitúa por encima de los demás, quien no se sobrevalora, es tachado a veces de “tonto” en este mundo tan competitivo.

En nuestra sociedad hay un complejo sistema de normas de protocolo por las que cada uno se debe situar en ella según su valía. En los actos públicos, las autoridades civiles o religiosas ocupan uno u otro lugar según escalafón, observando una rigurosa jerarquía en los puestos. Se está ya tan acostumbrado a tales reglas, que parece normal este comportamiento jerarquizado.

Jesús acaba con este tipo de protocolo, invitando a la sensatez y al sentido común a sus seguidores. Es mejor, cuando se es invitado, no situarse en el primer puesto, sino en el último, hasta tanto venga el jefe de protocolo y coloque a cada uno en su lugar.

El consejo de Jesús debe convertirse en la práctica habitual del cristiano. El lugar del discípulo, del seguidor de Jesús es, por libre elección, el último puesto. Lección magistral del evangelio que no suele ponerse en práctica con frecuencia. No hay que darse postín; deben ser los demás quienes nos den la merecida importancia; lo contrario puede traer malas consecuencias. El cristiano no debe situarse nunca por propia voluntad en lugar preferente.

No sólo no darse importancia, sino actuar siempre desinteresadamente. Jesús denuncia la práctica de aquellos que invitan a quienes los invitan, del “do ut des”, del “te doy para que me des”, y anima a invitar a pobres, lisiados, cojos y ciegos, gente a la que nadie invita, cuando se da un banquete; quien actúe así será dichoso, porque no tendrá recompensa humana, sino divina “cuando resuciten los justos”. Las palabras de Jesús son una invitación a la generosidad que no busca ser compensada, al desinterés, a celebrar la fiesta con quienes nadie la celebra y con aquellos de los que no se puede esperar nada. El cristiano debe sentar a su mesa, o lo que es igual, compartir su vida con los marginados de la sociedad, que no tienen, por lo común, lugar en la mesa de la vida: pobres, lisiados, cojos y ciegos. Quien así actúa sentirá la dicha verdadera de quien da sin esperar recibir.

Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy muestran las reglas de oro del protocolo cristiano: renunciar a darse importancia, invitar a quienes no pueden corresponder; dar la preferencia a los demás, sentar a la mesa de la vida a quienes hemos arrojado lejos de la sociedad.

Quien esto hace, merece una bienaventuranza que viene a sumarse al catálogo de las ocho del sermón del monte: «Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos».

Para Jesús adquiere el verdadero honor quien no se exalta a sí mismo sobre los demás, sino quien se abaja voluntariamente. Paradójicamente, se adquiere el verdadero honor no exaltándose a sí mismo sobre los demás, sino poniéndose el último a su servicio. La generosidad se debe compartir con los “pobres” que no pueden pagar con la misma moneda, porque no tienen nada. Honor y vergüenza adquieren en boca de Jesús un contenido diferente: el honor consiste en servir ocupando los últimos puestos y esto ya no es motivo de vergüenza sino señal verdadera de que se está ya dentro del grupo de los verdaderos seguidores de un Jesús que “no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la vida por muchos”.

Las restantes lecturas de este domingo van en la misma línea del evangelio; en la primera, del libro del Eclesiástico, se dan consejos de sentido común: la conveniencia de proceder siempre con humildad, de hacerse pequeño en las grandezas humanas, de no darse demasiada importancia, tan en la línea del comportamiento y los consejos de Jesús que se ha hecho asequible, menos solemne, menos accesible y ya no se manifiesta, como Dios en el Antiguo Testamento, con señales de fuego, nubarrones, tormenta y estruendo, sino como mediador de la Nueva Alianza, como puente entre la comunidad y Dios. Para llegar a Dios, los cristianos tienen que pasar por Jesús, verdadero camino para el Padre y el único sendero que debe practicar la comunidad cristiana. Él se ha definido en el evangelio de Juan como camino, verdad y vida, o como camino que lleva a la verdad que es y conduce a la vida. Y la vida florece en plenitud cuando está impregnada de amor sin aspavientos ni deseos de protagonismo, cuando se sabe ocupar el único lugar de libre elección del cristiano: el último puesto, para que no haya últimos, para que, como Jesús se propuso, no haya quienes estén arriba y abajo. Maravillosa utopía que nos empuja para conseguir cuanto antes la única aspiración o meta que debe ponerse el cristiano: la de hacer un mundo de hermanos, igualados en el servicio mutuo.

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Cuando des una comida,… ( 22 DOM TO). Hambre en Gaza y en el mundo

domingo, 31 de agosto de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

31.8.25. En un mundo en el que sobra dinero y alimentos mueren de hambre miles de personas cada día, por mala distribución y por cuestiones político-militares y sociales, como las de Gaza, Sudán  y otras regiones.

En ese contexto resuena como voz de alarma, denuncia y llamada al compromiso este evangelio

| Xabier Pikaza

Texto  Lc 14, 7-14

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando.

Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola:

+ «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: «Cédele el puesto a éste». Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.

Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: «Amigo, sube más arriba.» Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.«

El evangelio y la inversión de los hambrientos

La Biblia no contiene unos códigos legales sobre el hambre y la alimentación, pero ofrece unos caminos para interpretarla, de manera que con ella pueda trazarse un mapa de territorios del hambre, y una guía práctica para superarla. La Biblia sabe que “el hambre es la primera cosa que se aprende… Reaparece la fiera, recobra sus instintos, sus patas erizadas, sus rencores, su cola” (M. Hernández, Poesías completas, Buenos Aires 1976, 326-327); pero sabe, además, que esa posible animalidad reactiva del hambriento responde a la hartura codicia diabólica de los ricos que crean el hambre de los pobres.

La Biblia no incluye códigos impositivos sobre el hambre, pero abre unos caminos de comprensión y cambio mucho más valiosos, para trazar un mapa de territorios del hambre, ofreciendo unos medios para superarla, como indiqué en Fiesta del Pan, Fiesta del Vino (Estella, 1999) y especialmente en No podéis servir a Dios y al dinero. La economía en la Biblia (Sal Terrae 191),como indicaré Dios mediante, en otro libro titulado Historia  

1. Éxodo, rebelión de los hambrientos. La historia bíblica empieza con la abundancia de la tierra (Gen 1), un paraíso, regalo de Dios y objeto del cuidado/trabajo de los hombres (Gen 2). Pero el hambre aparece muy pronto, con la historia concreta de los hombres. No dice por qué ha venido el hambre, pero trazando el camino de la primera persona histórica, ella recuerda: “Hubo entonces hambre en la tierra (de Israel); y descendió Abrahán a Egipto para vivir allí, porque era mucha el hambre en la tierra” (Gen 12,10).

El texto supone que (a diferencia de lo que sucede en Israel) los egipcios han logrado racionalizar la producción y reparto de alimentos, de forma que en esa tierra no existía hambre. La Biblia supone, con cierto orgullo, que fue un israelita (José) el que inventó los sistemas de seguridad imperial alimenticia, de manera que los pobres de otros países venían allí en busca de pan (ajos y cebollas), aunque después solían ser esclavizados (cf. Gen 37-41). En esa línea, los clanes de Israel bajaron a Egipto por hambre, pero allí se volvieron esclavos de un sistema opresor que les utilizaba para construir grandes obras de seguridad nacional. Éste es el primer argumento del final del Génesis y del principio del Éxodo.

2. Ana, utopía de la saciedad. Ana, matriarca israelita, ha creado un canto (1 Sam 2, 1-10) de inversión del hambre. Frente a los que dicen que no pueden cambiar las condiciones actuales de la vida, ella proclama (e inicia) la rebelión de los hambrientos, abriendo una utopía de solidaridad y abundancia que sigue siendo ejemplar todavía:

Se rompen los arcos de los fuertes guerreros, mientras los antes oprimidos se ciñen de valor. Los hartos deben trabajar duramente por su pan, mientras se sacianlos hambrientos (1 Sam 2, 4-5).

Estas palabras proclaman la utopía de la liberación de los hambrientos. El viejo sistema imperial, dirigido por militares y propietarios ricos que oprimen a los pobres (condenándoles al hambre), empieza a quebrarse en Israel, y de esa forma surge en la tierra prometida una experiencia política más alta, fundada en la solidaridad de los hambrientos y oprimidos, que se unirán creando estructuras de solidaridad abiertas a todos (incluso a los opresores antiguos).

3. Ley fundamental: forasteros, huérfanos y viudas. Había en Israel diversas instituciones al servicio del reparto de bienes y para saciar el hambre de los pobres (jubileo y año sabático: cf. Ex 23, 10-12; Lev 25), pero la más significativa es la proto-ley que manda sostener (ayudar) a los hambrientos, que en aquella sociedad son sobre todo huérfanos, viudas y extranjeros:

Cuando siegues la mies de tu campo… no recojas la gavilla olvidada; déjasela al forastero, al huérfano y la viuda… Cuando varees tu olivar, no repases sus ramas; déjaselas al forastero, al huérfano y la viuda. Cuando vendimies tu viña… (Dt 24, 19-22; Cf. Ex 20, 22-23; Dt 10,12-18)).

Esta proto-ley de los alimentos “sobrantes” reaparece en otros lugares del Pentateuco y de la tradición profética para garantizar la comida de los no propietarios de tierra, siempre amenazados de hambre. Por encima de la propiedad privada existía en Israel una ley fundante de solidaridad con los hambrientos.

4. Ayuno profético: dar de comer al hambriento. En su origen, el ayuno ocupa en Israel un lugar parecido al que tenía en los pueblos del entorno. Pero la tradición profética añade que su esencia (como gesto religioso) está en dar de comer al hambriento:

¿Acaso es éste el ayuno que yo quiero: doblegar como junco la cabeza, vestirse de sayal, dormir sobre ceniza?… ¿No será que compartas tu pan con el hambriento, que a los pobres errantes albergues en casa, que viendo al desnudo lo cubras y no te escondas de tu hermano?… (cf. Is 58, 6-10).

Ésta es la esencia del ayuno entendido en forma de justicia (mishpat,eleemosyne), como ha puesto de relieve Mt 6, 1-18, retomando elementos fundamentales de la tradición profética del judaísmo. El ayuno se identifica así con la limosna, que no es dar “por caridad” algo sobrante, sino compartir por justicia aquello que somos y tenemos, para que puedan comer los hambrientos.

5. A los hambrientos los colma de bienes. María, la madre de Jesús, retoma de manera clásica el Canto de Ana, proclamando de manera más intensa la inversión de los hambrientos. Ésta es gran revolución de la historia humana: tiene que caer y caerá el sistema dominante de los potentados y ricos (política y economía satánica), para que puedan saciarse los hambrientos (y con ellos todos los seres humanos):

Derribó del trono a los potentados y exaltó a los oprimidos, a los hambrientos les colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos (Lc 1, 51-53).

Estas palabras anuncian y despliegan (como verdad ya cumplida) la profecía mesiánica de Israel, que culmina en el nacimiento de Jesús. Ellas proclaman la victoria de María, que se centra en el destino salvador de Jesús, anunciando la derrota de los poderes diabólicos personificados en los soberbios (potentados, ricos) con la inversión de los hambrientos. La única victoria verdadera de la humanidad es la superación del hambre, que va unida a la derrota de los ricos, que han de quedar vacíos, no por venganza, sino para compartir la comida con los otros seres humanos.

6. Jesús: No sólo de pan vive el hombre. Esta es la respuesta de Jesús en su primera tentación (Mt 4, 1-4 par), un relato simbólico que nos sitúa ante el tema radical de la comida. Mientras ayuna con los penitentes y pobres de su pueblo, buscando la voluntad de Dios, después que ha sido bautizado por Juan (Mt 3), Jesús escucha la palabra del Diablo que le dice: “Si eres Hijo de Dios, di que esas piedras se conviertan en pan…”.

Este Diablo tentador puede suscitar pan material, pero no sabe compartirlo. Produce pan para dominar y someter a todos, no para saciar a los hambrientos (como quería María). Hay, según eso, un pan que siendo en sí bueno, puede ponerse y se pone al servicio de la opresión, como supieron los hebreos antiguos (el pan de la economía egipcia servía para mantener sometidos a los pobres). Este Diablo de Mt 4 aparece así como un Faraón universal, que garantiza un tipo de pan material para saciar el hambre exterior de los pobres, pero que lo hace para tenerles de esa forma sometidos.

El pan, en sí bueno, se vuelve Capital opresor, como muestra el capitalismo actual, peor que el Diablo de la tentación de Jesús, pues no alimenta a todos, sino a sus privilegiados (y a los que necesita para producir y vender sus productos), dejando morir a otros muchos (los prescindibles en una economía de consumo). Pues bien, Jesús rechaza no solo el pan del capitalismo actual, sino el pan del diablo de las tentaciones, que parece bueno (da de comer a muchos), pero impone su dictadura sobre todos. Por eso dice Jesús: “no sólo de pan vive el hombre”, sino de toda palabra… Un pan material sin palabra compartida se vuelve esclavitud.

7. Hambre de pan y de justicia. Para superar el pan del Diablo y dar de comer a todos no hace falta más dinero de tipo diabólico/capitalista (que sigue creando hambrientos), sino una experiencia nueva de solidaridad, como indican las bienaventuranzas de Jesús, que son una proclama de felicidad y solidaridad compartida:

Felices los pobres, porque es vuestro el reino de Dios, felices los que ahora estáis hambrientos, porque seréis saciados, felices los que ahora lloráis, porque reiréis (Lc 6, 20-21).

Jesús dirige estas palabras, de manera muy concreta, a los pobres campesinos galileos, en el límite del hambre. Pero en vez de lamentarse de (o con) ellos (los hambrientos), les ofrece la felicidad del Reino (Dios), diciéndoles que asuman y desplieguen precisamente ahora ese camino de felicidad, saciando así el hambre, sin esperar que las cosas se resuelvan mágicamente en el futuro. Ésta es la revolución de los hambrientos, que no necesita más dinero o comida de ricos (en línea de Diablo), pues ese pan/dinero sirve para crear más opresiones

El camino del Reino se expresa como rebelión de los hambrientos, no para volverse fieras (patas erizadas, rencores…, como decía M. Hernández), sino para transformar desde abajo las condiciones de la historia. No quiere Jesús más riqueza opresora (más de lo mismo), sino un cambio de vida desde los pobres/hambrientos, a quienes ofrece y con quienes inicia un camino de felicidad que se expresa en la comunión del Reino (el pan compartido). El evangelio de Mateo retoma, traduce y promueve ese motivo diciendo: “Bienaventurados los hambrientos y sedientos de justicia porque ellos serán saciados…” (Mt 5, 6). Sólo a partir de los pobres y hambrientos se puede iniciar el verdadero camino de humanidad solidaria.

8. El hambre importa más que toda ley y religión. Éste es el argumento de Mc 2, 23-28 par. Unos discípulos caminan un día de sábado y, como tienen hambre, recogen y desgranan espigas, para así comerlas, cometiendo dos “pecados”: Roban espigas de un campo que no es suyo y además lo hacen (trabajan) en sábado. Los fariseos que lo ven les critican, sobre todo porque “trabajan” para saciar el hambre en sábado. Pero Jesús les defiende, diciendo que el hambre es anterior a las leyes de propiedad particular y religión: Ante el hambre todas las cosas son comunes, por hambre deben superarse las mismas leyes religiosas.

En la línea anterior se sitúa la escena de disputa de Mc 7, 24-30 par donde el mismo Jesús empieza diciendo no puede darse a los perros (de otro grupo social, nación o cultura) el “pan de los hijos” (de la buena familia de Dios) para transformar luego de forma sorprendente esa sentencia. Sin duda, en un sentido externo, ese pasaje no trata del hambre y del pan material, sino de un tipo de comida religiosa. Pero en un sentido radical viene a ponernos ante todo alimento que sirve para la vida.

Precisemos la escena. Un mujer siro-fenicia, pagana, pide a Jesús que cure a su hija, y Jesús le responde con la doctrina oficial del judaísmo cerrado: “No es bueno tomar el pan de los hijos y dárselo a los perros”, es decir, a los gentiles. Pero la mujer pagana rebate ese argumento, diciendo que ante el hambre y la enfermedad no hay distinción entre buenos hijos y malos perros, de manera que si él, Jesús, viene de Dios tiene que curar también a su hija. Jesús descubre así, al escucharla, que no hay dos tipos de hambre y comida (una de hijos, otra de perros), sino que el hambre es igual en todos: en USA o España, en Congo o Brasil. El hambre (la necesidad) nos iguala a todos.

9. Tenían hambre, les dio de comer. En ese fondo se entienden las multiplicaciones (Mc 3, 35-44; 8, 1-9 par), en especial la segunda que insiste en el hambre de la gente, de la que Jesús se compadece, pues llevan tres días con él y no tienen qué comer. Dos son los temas que destacan en estos relatos. (a) Jesús, mesías de Dios, se ocupa del hambre. Ciertamente, él sabe que el hombre no vive solo de pan (Mt 4, 4), pero sin pan compartido el hombre muere, y toda religión o cualquier teoría económico-política se vuelve ideología. (b) El hambre no se arregla solo con dinero, para que compre pan y coma aquel que pueda (mientras los pobres sin dinero pasan hambre), sino compartiendo en igualdad los panes. El Diablo de Mt 4, 1-4 podía producir pan, pero no compartirlo.

Proclamar el evangelio y no compartir el pan es una mentira y también una “blasfemia” (un insulto contra Dios). Pues bien, como hombre de comida compartida, Jesús despidió a sus amigos prometiéndoles: “Tomaremos juntos la próxima copa en el Reino” (Mc 14, 25). Desde ese fondo, la primitiva comunidad cristiana ha simbolizado la presencia de la vida y obra de Jesús entre los suyos (en la historia de los hombres) a través de la Eucaristía (comida compartida, en nombre de Jesús).

10. Pan compartido, la verdad del evangelio. Pablo, Santiago. En el primer plano de la experiencia de Jesús, tal como ha sido asumida en diversas perspectivas por la Iglesia, sigue estando la comida compartida, entre comunidades y grupos, de tal forma que Pablo ha podido afirmar que la verdad del evangelio consiste en “synesthiein” (comer juntos: Gal 2, 5.14). No se trata de comer cada uno en su mesa (saciando solo el hambre material), sino de hacerlo juntos, compartiendo el pan y la palabra, es decir, la humanidad. En esa línea, con elementos distintos de los que ha puesto de relieve Pablo, pero con una misma inspiración de fondo, Santiago ha podido recuperar la experiencia profética de Israel, diciendo:

Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe y no tiene obras?… Si un hermano o hermana están desnudos y tienen necesidad de la comida de cada día, y alguno de vosotros les dice: «Id en paz, calentaos y saciaos», pero sin darle las cosas que necesita para el cuerpo ¿de qué aprovecha eso? (Sant 2, 14-16, cf. 1 Jn 3, 13.17).

La oración de Jesús (Padre nuestro) nos situaba ante el pan nuestro de cada día, que sacia el hambre de todos (¡nosotros!). Ante la misma exigencia nos sitúa Santiago, el “hermano” de Jesús, insistiendo en la comida de cada día, que hemos de compartir con los hambrientos. Quien se cierra ante el hambre del prójimo (de cualquier hombre o mujer del mundo) no puede llamarse cristiano.

11. Tuve hambre y me disteis de comer (Mt 25).Todos los hilos anteriores de la trama del pan y del hambre, en el Antiguo y el Nuevo Testamento culminan para los cristianos en el juicio de Jesús, que dirá el último día: Tuve hambre y me disteis (o no me disteis) de comer (cf. Mt 25, 31- 46). Ésta es la norma central, el único “código” de conducta que permanece hasta el fin, vinculando a los seguidores de Jesús con todos los hambrientos del mundo.

Jesús, Cristo de Dios, viene a revelarse en los hambrientos, de manera que la forma de “ayudar a Dios” (confesar la fe en el Cristo) es darles de comer, en gesto básico de solidaridad humana (que es divina). La Biblia no defiende con ello ningún tipo de pauperismo, creando así una “república de hambrientos”, sino todo lo contrario: Quiere que los hombres tengan pan y casa, pero no para dominar a los demás, sino para compartirlo todos.

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“Banquete, enseñanza y consejo”. Domingo 22 ciclo C

domingo, 31 de agosto de 2025
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«Cuando des una comida invita a los pobres»

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Después de varios domingos con evangelios complicados y densos de contenido, el de hoy resulta extrañamente fácil de entender. Tan fácil, que suscita sospecha. Un sábado, uno de los principales fariseos invita a Jesús a comer y él acepta la invitación.

Primera parte: una enseñanza (Lc 14,7-11)

            Se supone, aunque no se cuenta, que todos los invitados corren a ocupar los primeros puestos. Hace veinte siglos, conseguir uno de ellos era importante, no sólo por el prestigio social, sino también porque se comía mejor. Marcial, el poeta satírico nacido en Calatayud el año 40, que vivió parte de su vida en Roma, ironizó sobre esas tremendas diferencias. Jesús aprovecha para ofrecer una lección.

Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: «Cédele el puesto a éste. «Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: «Amigo, sube más arriba.» Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

            Estas palabras resultan desconcertantes en boca de Jesús: aconseja un comportamiento puramente humano, una forma casi hipócrita de tener éxito social. Por otra parte, la historieta no encaja en nuestra cultura, ya que cuando nos invitan a una boda nos dicen desde el primer momento en qué mesa debemos sentarnos.

            Sin embargo, lo que nos puede parecer una historieta anticuada y poco digna en boca de Jesús, reflejaba para los lectores antiguos una realidad cotidiana divertida, que los llevaba, casi sin darse cuenta, a la gran enseñanza final: Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. El uso de la voz pasiva (“será humillado, será enaltecido”) es un modo de evitar nombrar a Dios, pero los oyentes comprendían muy bien el sentido de la frase: “Al que se enaltece, Dios los humillará, al que se humille, Dios lo enaltecerá”. Naturalmente, ya no se trata de la actitud que debemos adoptar cuando nos inviten a una boda, sino de una actitud continua en la vida y ante Dios. Pocos capítulos más adelante, Lucas propondrá en la parábola del fariseo y del publicano un ejemplo concreto, que termina con la misma enseñanza.

            “Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, el otro recaudador. El fariseo, en pie, oraba así en voz baja: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres, ladrones, injustos, adúlteros, o como ese recaudador. Ayuno dos veces por semana y pago diezmos de cuanto poseo. El recaudador, de pie y a distancia, ni siquiera alzaba los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten piedad de este pecador. Os digo que éste volvió a casa absuelto y el otro no. Porque quien se enaltece será humillado, quien se humilla será enaltecido” (Lucas 18,10-14).

Segunda parte: un consejo (Lc 14,12-14)

            A continuación, dirigiéndose al que lo ha invitado, le dice:

            Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. 

                 Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos.

           Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.

            Esta segunda intervención de Jesús resulta también atrevida y desconcertante. En las sociedades agrarias, como la del imperio romano, «pobres, lisiados, cojos y ciegos», al no poder trabajar, formaban parte del estrato más bajo, la clase de los despreciables. Y, desde un punto de vista religioso, estas personas quedaban excluidas en Israel de ciertas funciones sacerdotales o de la pertenencia a la comunidad de Qumrán.

Por consiguiente, Jesús se manifiesta en contra de las normas sociales y religiosas vigentes. Pero hay otro aspecto fundamental en sus palabras: lo importante no es lo que obtenemos en esta vida, sino lo que nos darán en la otra. Lo mismo que dice a propósito de la limosna, la oración y el ayuno en el Sermón del monte, cuando contrapone la recompensa efímera que se consigue en la tierra con la perenne que Dios da (Mateo 6,1-18).

La referencia a la «resurrección de los justos» no significa que solo ellos vayan a resucitar. La expresión solo aparece otras dos veces, y en ambas ocasiones va acompañada de la resurrección y castigo de los malvados. Pablo dice al gobernador Félix que «habrá resurrección de justos e injustos» (Hechos 24,15). Y el cuarto evangelio: «los que obraron bien obtendrán una resurrección de vida, los que obraron mal una resurrección de juicio» (Juan 5,29).

Primera lectura (Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29)

            Contiene cuatro consejos; los dos primeros empalman directamente con el tema del evangelio.

            Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso.

            Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes. 

            No corras a curar la herida del cínico, pues no tiene cura, es brote de mala planta. 

            El sabio aprecia las sentencias de los sabios, el oído atento a la sabiduría se alegrará. 

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Domingo XXII del Tiempo Ordinario. 31 agosto 2025

domingo, 31 de agosto de 2025
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“Cuando alguien te invite a una fiesta de bodas, no te sientes en el lugar principal no sea que llegue otro invitado más importante que tú,  y el que os invitó a los dos venga a decirte: ‘Deja tu sitio a este otro. Entonces tendrás que ir con vergüenza a ocupar el último asiento.”

(Lc 14, 1.7-14)

El puesto de nuestro Corazón.

Al leer este evangelio me llama la atención el gran conocimiento que tenía Jesús de las sombras que habitan el corazón humano. Su  explicación es certera y práctica utilizando nuestras categorías humanas para hacerse comprender.

Me llama la atención que Jesús no explique que no es bueno ocupar el primer lugar, porque es un endiosamiento y es un vivir fuera de quienes somos, moviéndonos por la apariencia, la posición social, el qué dirán, y que eso no otorga la paz.

En cambio hace un paralelismo…y dice si llega otro invitado más importante que tú, el dueño de la casa te dirá que dejes ese lugar”, y esa es la explicación que entendemos porque nos movemos dentro de categorías de bueno, mejor, más poder, más tener…

A mi entender actuamos así porque funcionamos desde nuestra mente. Dentro de unos patrones culturales aprendidos, marcados por nuestra sociedad y familia. Sin embargo ello no nos otorga la felicidad, sino la esclavitud de vivir según los roles establecidos.

Funcionamos según la “idea”, “el concepto mental”  de lo que nos otorgará la felicidad. Sin embargo, Jesús nos habla de vivir en el interior donde la idea no tiene poder. De sentirnos a gusto con quienes somos, disfrutando el instante, sin categorías, siendo nosotros. Y para disfrutar de nosotros no necesitamos ocupar puestos “especiales” según las clases sociales. Necesitamos ocupar el puesto de vivir en nuestro corazón, donde quien otorga “el poder” es nuestra capacidad de amar.

Quien ama no se mueve por categorías humanas, las del endiosamiento, si no por “desaprendizajes” egoícos, que conllevan la entrega y el servicio, entonces somos en la medida que dejamos a los demás ser un@  en nosotr@s. “ El Padre y yo somos uno” ( Jn 10,30).

Oración

Jesús, maestro de la desidentificación de patrones mentales,

enséñanos la sabiduría de descubrirnos plen@s en nosotr@s mism@s,

sin tener que representar ningún papel, ocupando puestos que nos descentren de Ti.

Te lo presentamos a Ti, Padre de la Vida, por medio de Jesús tu Hijo,

y mediante la fuerza y la ternura de la Santa Ruah.

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Hacer algo para que te lo paguen es una trampa.

domingo, 31 de agosto de 2025
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DOMINGO 22 (C)

Lc 14,1.7-14

Hoy tiene importancia el contexto. Un fariseo invita a Jesús. Los judíos hacían los sábados una comida especial. Aprovechaban para invitar a personas importantes y así presumir ante los demás invitados. Jesús era una persona muy conocida y discutida.

Jesús aconseja no buscar los honores y el prestigio ante los demás como medio de hacerse valer. Condena toda vanagloria como contraria a su mensaje. El texto conecta con el domingo: Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

La segunda encierra un matiz diferente. No quiere decir Jesús que hagamos mal cuando invitamos a familiares o amigos. Quiere decir que esas invitaciones no van más allá del egoísmo amplificado. Esa actitud no es signo del amor evangélico. El amor que nos pide Jesús tiene que ir más allá del puro instinto, del interés personal del ego.

La demostración de que se ha entrado en la dinámica del Reino está en que se busca el bien de los demás sin esperar nada a cambio. La frase “dichoso tú porque no pueden pagarte”, puede entenderse como una estrategia para que te lo paguen más allá.

Jesús trastoca comportamientos que tenemos por normales, para entrar en una dinámica nueva, que nos debe llevar a cambiar la escala de valores del mundo. Ser cristiano es ser diferente. No se trata de renunciar a ser el primero. Se trata de desplegar al máximo lo que realmente eres y no quedarte en el falso yo.

La falsa humildad es demoledora en el orden espiritual. Existen dos clases de falsa humildad. Una es estratégica y se da cuando nos humillamos ante los demás con el fin de arrancar de ellos una alabanza. Otra es sincera, pero también nefasta. Se da en la persona que se desprecia a sí misma porque no encuentra nada positivo en ella.

Ser humilde es reconocer que eres lo que eres, sin más. Ni siquiera tendríamos que hablar de ello, bastaría con rechazar todo orgullo, vanidad, jactancia, vanagloria, soberbia, altivez, arrogancia, etc. «Humildad es andar en verdad» (Sta. Teresa). Se trata de conocer la verdad de lo que uno es, y además vivir (andar en) esa realidad.

Siempre que se violenta la verdad, sea por defecto sea por exceso, se aleja uno de la humildad. No se trata de que nos convenzan de que somos una mierda. Se trata de descubrir nuestro auténtico ser. Humildad es aceptar que somos criaturas limitadas.

Si sientes la necesidad de parecer humilde es que no lo eres. Constantemente estamos engañándonos a nosotros mismos al creernos más que los demás, incluido más humildes. La mentira más común es la que nos decimos a nosotros mismos.

En los evangelios encontramos rabotazos que nos despistan. Parece que se vieron obligados a responder a los intereses egoístas para ratificar el mensaje. Jesús nunca pudo decir que te pongas el último para que te hagan subir y así ‘quedar muy bien’.

Lo mismo en la segunda propuesta; ‘te lo pagarán cuando resuciten los justos’. El ser humano es capaz de remover cielo y tierra para salirse con la suya, para potenciar su falso yo. Nuestro ego es tan sutil que se mete hasta en la vida más espiritual.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Criterios de felicidad.

domingo, 31 de agosto de 2025
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Lucas 14, 7-14

«Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado»

José E. Ruiz de Galarreta entiende a Jesús como «sabiduría de Dios ofrecida a los seres humanos»; una sabiduría que manifiesta en su profundo mensaje teológico, pero también en los consejos prácticos de mera sabiduría de la vida que menudean en el evangelio. Entre ellos caben destacar los recogidos en los capítulos quinto y sexto de Mateo (y en el sexto de Lucas), donde se muestran los criterios de Jesús en materia de felicidad: «Cuánto más felices seríais si…»

Vamos a detenernos a hablar de felicidad. Según afirman los eudemonistas (con Aristóteles y Tomás de Aquino a la cabeza), la felicidad es el fin último del ser humano, pero debemos tener en cuanta que cuando hablan de felicidad no se están refiriendo a aquellas sensaciones a las que nosotros les damos tal rango sin tenerlo (como el bienestar, el confort o cualquier situación de satisfacción y contento”, como reza el diccionario), sino que la entienden como un estado de plenitud y armonía del alma (o si lo prefieren, del animo”).

La felicidad así concebida es algo que sólo sentimos circunstancialmente; algo que no somos capaces de abarcar ni comprender, que no sabemos cuándo se va a presentar o dónde buscarla, y que, aún en el momento en que nos sentimos felices, no sabemos en qué consiste ni cuánto va a durar. Esta singularidad nos mueve a pensar que se trata de una realidad ontológica que nos supera; muy por encima del resto de nuestros atributos como pueden ser la inteligencia o la conciencia; un eslabón que nos une a algo muy superior en ciertos momentos de nuestra vida; un adelanto de la realidad del ser humano libre de sus limitaciones. Sin duda, en esos momentos estarán actuando sobre nuestro cerebro un aluvión de estímulos, pero ésa no puede ser la causa de la felicidad, sino la consecuencia; la respuesta somática a un estado del ánimo superior provocado por causas que se nos escapan.

¿Pero dónde buscarla?…

El mundo me dice que seré feliz si soy rico, si tengo poder o prestigio social, si no me dejo avasallar, si soy más listo que los demás para los negocios, si voy de diversión en diversión, si no me meto en líos, si no me insultan ni me persiguen… Jesús, en cambio, me propone un código de felicidad radicalmente distinto e inverosímil: ¿Quieres ser feliz…? –nos dice–, pues confórmate con poco, comparte lo que tienes con los que no tienen, aprende a sufrir, di siempre la verdad, no seas violento, trabaja para que prevalezca la justicia, no trates de aprovecharte de nadie… y no te preocupes si te insultan y te persiguen por ello, pues a la larga serás mucho más dichoso.

¿Creo en él? ¿Le creo a él? ¿Me fío de él? ¿Estoy dispuesto a vivir compartiendo, perdonando, sembrando la paz, trabajando por la justicia, actuando siempre con sinceridad y sin temor al sufrimiento? ¿Me lo juego todo apostando por unos criterios de locos; viviendo de acuerdo a unos valores tan estrafalarios como poco evidentes?… Decir que sí, que me la juego, que cambio de vida, es tener fe en Jesús; lo demás será otra cosa. Creeré en Jesús si es él quien manda en mis criterios y mis valores; si es él quien da sentido a mi vida; si creo que sus criterios pueden salvar el mundo del desastre y me comprometo con la tarea de hacer realidad su sueño…

Pero, como decía Jon Sobrino: «A eso es a lo que tenemos miedo; a ser felices a lo cristiano».

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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¿Dispuestos a colocarnos en el último lugar e invitar a los que no pueden pagarnos?

domingo, 31 de agosto de 2025
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Lucas 14, 1. 7-14

Nos encontramos este domingo con un texto que, si lo escuchamos seriamente, nos sorprenderá e incluso nos hará sonreír pensando, ¿qué está diciendo este? Porque lo que en él se afirma no tiene nada que ver con lo que solemos pensar o decir. Ojalá nos despierte y zarandee de verdad. Encontramos en él tres partes:

Primero nos pone en situación, nos sitúa: Jesús está en la casa de un fariseo “importante” que le ha invitado a comer y el resto de los fariseos le están “espiando”. Es decir, él sabe que sus gestos y palabras van a ser analizadas y juzgadas con lupa, incluso que van a alimentar la polémica.

En segundo lugar una parábola sugerida por el comportamiento que observa en los invitados. Es importante que nos demos cuenta de que estamos ante una parábola, mucho más sugerente y comprometedora que una simple norma de cortesía e incluso de moral. Bajo la imagen del banquete, tan repetida en los evangelios, Jesús nos habla de nuestras actitudes en la vida, ¿Qué puesto o lugar buscamos? ¿Qué puesto creemos que nos merecemos o nos corresponde? ¿Qué lugar queremos que nos reconozcan los demás en la familia, en el trabajo, entre los amigos…? Actitud que responde también a la imagen que tenemos de nosotros mismos, a cómo nos juzgamos a nosotros y cómo juzgamos a los demás.

Vete a sentar en el último puesto afirma tajantemente la parábola. ¿Qué provoca esto en nosotros/as si escuchamos profundamente? ¿Podemos imaginárnoslo como slogan publicitario o como consigna para ganar seguidores? Sin duda no. Va en contra de lo que casi siempre pensamos, deseamos o buscamos. Y sin embargo hay otros muchos textos del evangelio muy parecidos porque contiene algo esencial del mensaje de Jesús: quien quiera entrar en el Reino de Dios, ha de ser pequeño, ha de hacerse último, no debe formular falsas pretensiones teniéndose por justo. Pequeño como los niños (Mt 19, 14), conscientes de su nuestra pequeñez y carencias, e incluso del propio pecado, como el publicano en el templo (Lucas 18, 9-14). Último como el que sirve, no el que aspira a ser servido, como Jesús recuerda con su actuar y sus palabras en la última cena. Por eso queda fuera de lugar, entre los seguidores de Jesús la discusión por quien será el primero (Lc 22, 24-27), o quien trabaja más por el reino o se lo merece más.

Pero la parábola no habla solo de banquetes, habla de nuestras actitudes en el templo, es decir de nuestro modo de relacionarnos con Dios y con los demás. Buscar el último puesto es tomar conciencia de la propia realidad reconociendo que la salvación, el “tener un puesto” en el reino es siempre un don de Dios, no algo que nos corresponde porque nos lo ganamos a base de esfuerzo. Es relacionarnos desde ahí con Dios, el que por encima de todo nos ama y nos invita continuamente. Y es relacionarnos así con los demás, como servidores, como hermanos, nunca como jueces o señores. ¿Estamos dispuestos/as a sentarnos en el último puesto? ¿Estamos dispuestos/as a servir a los demás? ¿Es nuestra actitud ante el Señor la del hijo necesitado que se siente perdonado y amado, sin meritos propios? Porque entonces, solo entonces, recibiremos de Dios el verdadero reconocimiento, el “primer puesto” aquel que corresponde a los hijos y con el que ni nos atrevíamos a soñar… Y quizá como María, como Isabel, exclamemos algo parecido a “¿Cómo puede ser esto si yo…?” o “¿Quién soy yo para que me…?

Y hay una tercera parte, una invitación a ser anfitriones al estilo de Jesús. Nos plantea, ¿a quién solemos invitar a los banquetes, a los “momentos” de vida que protagonizamos, a nuestras fiestas, a  nuestras tareas, a nuestros espacios de ocio? O dicho de otra forma, ¿por quienes nos preocupamos, quienes ocupan nuestro tiempo y nuestra atención? ¿A quién dirigimos nuestros cuidados como buenos anfitriones? ¿A los nuestros, a aquellos que queremos, con los que nos sentimos a gusto, con los que compartimos ideas, intereses, etc.?  Y otra vez Jesús nos sorprende con una norma “rara”, absolutamente distinta a lo que solemos pensar: Invitad a los pobres, a los enfermos, a los que no pueden devolvernos la invitación, a los que no pueden pagarnos el favor, a los que no son como vosotros…  A aquellos de los que no podemos esperar nada. ¿De verdad estamos dispuestos/as a hacer esto? ¿Qué cambiaria en nuestra vida? Esa norma tan afianzada, aun de forma inconscientes, de primero yo y los míos y luego los demás, ¿sabremos descubrirla en hechos y actitudes cotidianas y cambiarla? ¿Es posible vivir de esa manera tan desinteresada?

La gratuidad como distintivo cristiano nos invita a dar sin esperar nada a cambio, a perdonar sin exigencias, a acercarnos y ser agradables también con las personas que no lo son con nosotros, a ayudar y servir a aquellos que no son de los nuestros. Es un camino sorprendente y difícil pero es el que Jesús afirma que nos hará felices: “Dichoso tú si no pueden pagarte” algo tan chocante como el resto de la bienaventuranzas.

Podemos terminar diciendo que en este último domingo de agosto, cuando muchos estamos ya haciendo planes para el nuevo curso, el evangelio nos sorprende y nos da dos criterios muy serios: Colocaos en el último lugar el que nos corresponde, el único que nos permitirá ser, pensar y obrar como Jesús e Invitad a los que no pueden pagaros abrid vuestra vida a ellos, dedicarles vuestra atención y vuestro tiempo, invitadlos a vuestra casa y a vuestra fiesta…   Y en esta dinámica que es la del Reino, donde los últimos serán los primeros, donde la humildad y la gratuidad son los criterios que nos distinguen, experimentaremos la felicidad, la bienaventuranza que Jesús nos promete, que Él mismo nos da.

Mª Guadalupe Labrador Encinas, fmmdp.

Fuente Fe Adulta

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Cuando hacemos las cosas “para quedar bien” o la trampa del yo ideal.

domingo, 31 de agosto de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 31 agosto 2025

Lc 14, 1.7-14

La motivación que propone la parábola para no ocupar “los primeros puestos” esconde una trampa sutil en la que solemos caer, siempre que hacemos algo para “quedar bien”. En ese intento, no solo abdicamos de nuestra capacidad de autonomía, sino que nos instalamos en un “yo ideal” que, tras una fachada de “perfección”, esconde falsedad y cae en brazos de la hipocresía o “falsa humildad”: colocarse en el último lugar con el fin de quedar bien, no es humildad. Y que sea algo tan habitual nos revela que se trata de un mecanismo psicológico muy enraizado en nuestra condición.

A partir de su propia necesidad de sentirse reconocido, el niño se ve obligado, desde muy temprano, a dar una imagen de sí mismo que resulte “aceptable” para los demás. Lo cual le llevará, inevitablemente, a crear su propia sombra en la que, con frecuencia de manera inconsciente, recluir aquellos aspectos de sí mismo que no tengan cabida en la imagen que trata de ofrecer.

Ese mecanismo inicial es tan poderoso que puede seguir imperando a lo largo de toda nuestra existencia, de manera que, en todo lo que hagamos, busquemos -de manera automática- “quedar bien”, con el fin de obtener el reconocimiento ansiado.

Se trata de una tarea ardua, agotadora y desgastante. Porque el afán de ofrecer una imagen idealizada se asienta en la mentira sobre nosotros mismos y exige un enorme derroche de energía para sostenerla. No en vano, la distancia que sostenemos entre nuestro yo real y el yo ideal es fuente de neurosis.

Desactivar la trampa del yo ideal requiere -como siempre que queremos salir de cualquier trampa- amar la verdad por encima de cualquier otro interés. Y será la propia verdad, reconocida y aceptada, la que, bajándonos de cualquier pedestal ideal -falso, arrogante, hipócrita y siempre egoico-, nos reconcilie con nuestra humanidad: es el camino de la humildad.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Humildad viene de humus: barro

domingo, 31 de agosto de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- v 1. Mal comienzo

        Con cierta ironía solemne, el evangelio de hoy sitúa la escena en sábado, un día importante. Uno de los principales fariseos, recibe a comer en su casa a Jesús, pero la élite de la sociedad le estaba espiando.

        Jesús había discutido mil veces y por mil cuestiones con los fariseos: el eterno problema de la ley y la libertad, la curación de los enfermos en sábado, la pureza o impureza de los alimentos, de las enfermedades, el mandamiento principal, el templo, etc. ¿Para qué le invitan ahora a comer?

02.-  Humildad: humus

        Nunca está demás acudir a la etimología de las palabras. Humildad viene de humus, es decir: tierra, barro, la tierra fértil.

Para comprender lo que pueda significar humildad, tenemos un primer elemento: caer en la cuenta de que somos tierra, barro. El ser humano más grande -o quien se cree grande- es, como todos, tierra, barro. Adán, (Adamah) significa barro

Somos barro, pero la tierra es fértil, da vida. Todo humus da vida. Desplegar las cualidades (los talentos, los carismas) que Dios nos haya podido dar y ponerlas al servicio de los demás es vivir humildemente: humus: vida.

03.- La humildad es vivir entendiéndose desde dios.

La humildad es entendernos desde Dios. Somos humildes cuando nos sentimos creados por Dios y vivimos en referencia a Él.

Cuando yo me siento como proveniente de Dios Padre, creado por el buen alfarero que es Dios, vivo agradecido por lo que Dios y la vida me han dado ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? (1Co 4,7).

Desde Dios yo no soy un “Dios más que nadie”. No soy el “faraón”, ni “Herodes”. No soy un “hamalau”, un creído político, o un capitalista dueño de medio mundo, todavía menos soy un sutil maquiavélico déspota religioso. Mi raza, mi pueblo, mi iglesia no son más que los de al lado.

Desde Dios, veo -me veo- con los demás como criaturas y hermanos, no como siervos o inferiores. Desde Dios, no desprecio a nadie, “no piso a nadie”. Todos hemos sido creados por Dios, todos somos sus hijos, todos iguales, todos queridos.

Cuando nos entendemos desde Dios, no miro a mis hermanos como arios y judíos, como palestinos, vascos y españoles, blancos y negros, hutus y tutsis: todos somos hijos, imagen de Dios.

Es muy valiosa la actitud que nace de lo que dice el salmo 130:

Mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre.

La actitud de la parábola del publicano que humildemente se ponía debajo del coro de la parroquia es infinitamente más noble y razonable que la actitud farisaica de creerse por encima de los demás.

04.- v 8 Invitados a una boda.

        El evangelio de hoy nos habla de “cuando te inviten a una boda”… La boda es uno de los símbolos más utilizados por Jesús y por el NT para hablarnos de lo que pueda ser el Reino de los cielos, el futuro absoluto. (El Reino significa cómo Dios concibe y sueña la vida y la convivencia entre los hombres y los pueblos).

Boda

        Una boda si es algo, es amor, afecto, encuentro, ilusión, familia.

        La historia de la salvación es la historia de un amor apasionado de Dios a su pueblo, a la humanidad. El amor atraviesa toda la Biblia:

Banquete

Dios imagina y desea las relaciones humanas como un banquete, como un encuentro donde hay amistad y diálogo, una cierta satisfacción y alimento para todos. Es decir, la convivencia que Dios imagina y desea para la humanidad son las antípodas a como las imagina el egoísmo nacional y económico en el que vivimos.

Invitados

        Todos estamos invitados, llamados a vivir y convivir en un clima de amabilidad, encuentro, de respeto y servicio.

        Así vivió Jesús:

  • Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve, (Lc 22,27 / Jn 13,1-20).
  • Sin puesto en la vida: ni tuvo posada para nacer, ni tuvo dónde reclinar la cabeza, ((Lc 9,58).
  • El más pequeño es el más grande en el Reino, (Lc 9,48).

Estamos invitados a una mesa de amor: diálogo, escucha del que sufre, encuentro, limosna, banco de alimentos, pacificación de relaciones y pueblos.

05.- El poder no crea igualdad, el amor, sí.

El poder no crea igualdad.

        El evangelio de hoy no es un manual de protocolo o normas de urbanidad dignas de la “jet society” o del mundo episcopal -eclesiástico, político, científico, etc.

Al papa Francisco le traía a mal traer el carrerismo eclesiástico… Sin embargo en la Iglesia hay “parroquias y diócesis término”. Muchos curas y obispos aspiran a un cargo, a una parroquia o una diócesis más importante. Por otra parte los políticos suspiran por un cargo mayor.

A la gente le gusta presumir de “apellido o de familia bien” en la vida social. Es muy prepotente, poco sensato y nada cristiano eso que se suele decir: “Tal persona es de familia bien”. ¿Hay familias mal?

Las personas humildes, la humildad hacen bien en la vida, que harto daño hacen personas “creídas”, prepotentes y altivas. La prepotencia. Una persona sencilla y humilde hace mucho bien en la familia, en la comunidad, en la diócesis, en la vida social.

06.- Quien se enaltece será humillado y quien se humilla, será enaltecido.

        La pretensión de ser como dioses y la prepotencia es casi connatural al ser humano. La pasión, la pulsión más fuerte del ser humano es el poder: en la familia, en las comunidades religiosas, en la vida de la Iglesia, en política.

        Quien se humilla, será ensalzado.

        Es el caso de Jesús: fue humillado hasta la muerte y una muerte en cruz. Por eso Dios lo elevó hasta la vida. (Filip 2, 5-11). Lo más alto que estuvo Jesús en la vida fue en la cruz.

Todos seremos elevados, porque todos somos barro, humus y Dios levanta del barro, del polvo: no dejará nuestras vidas en el sheol.

Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón

(Mt 11,29)

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“ Hacer realidad el banquete del reino ”, por Consuelo Vélez.

domingo, 31 de agosto de 2025
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De su blog Fe y Vida:

XXII Domingo del Tiempo Ordinario 31-08-2025

Los banquetes para el pueblo de Israel mostraban la familiaridad con los que son iguales a uno y constituía un “deshonor” sentarse a la mesa con alguien que no fuera de su misma categoría o se considerara pecador. Por eso las cenas que Jesús realiza con pecadores y publicanos son un escándalo para sus contemporáneos.

Jesús les relata una parábola para hablar de los puestos de importancia, pero no como se señalan en la sociedad, sino en la lógica del reino: los que creemos menos importantes ocupan los primeros puestos

¿Habremos entendido esta lógica del reino? Una Iglesia sinodal la haría posible pero aún falta mucho para hacerla realidad.

 

En sábado, Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola:

+ «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que los convidó a ti y al otro, y te diga: “Cédele el puesto a este”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido». Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».

(Lucas 14, 1.7-14)

El domingo pasado hablábamos de la imagen del banquete como una imagen muy diciente del reino de Dios. Conviene recordar que los banquetes para el pueblo de Israel mostraban la familiaridad con los que son iguales a uno y constituía un “deshonor” sentarse a la mesa con alguien que no fuera de su misma categoría o se considerara pecador. Por eso las cenas que Jesús realiza con pecadores y publicanos son un escándalo para sus contemporáneos. En el evangelio de hoy, Jesús es invitado a comer por uno de los principales fariseos y el texto nos dice que lo espiaban los otros fariseos, tal vez por el significado que las cenas tenían para ellos y la forma contracultural como Jesús se portaba muchas veces. Pero Jesús aprovecha la ocasión para seguirles explicando en qué consiste la buena noticia que él les ofrece, sin que lleguen a entenderlo, como sabemos, por el desenlace de su vida.

Jesús aprovecha lo que está sucediendo en el banquete y les dice una parábola para interpelar a aquellos que estaban escogiendo los primeros puestos: cuando les conviden, no se sienten en los primeros puestos para que no les vayan a pedir que le cedan su puesto a alguien más importante. En tiempos de Jesús, como también en el nuestro, hay banquetes en que se invita a diferentes tipos de personas, pero cada cual ocupa su lugar según el rango de importancia o de cercanía con el que da el banquete. De ahí, el ejemplo de Jesús, de no ocupar los primeros puestos. Pero en este caso no es para preservar la escala de importancia con las que el mundo marca las diferencias sociales. Es para hablar del reino de Dios donde los que creemos menos importantes ocupan los primeros puestos. Para reforzar esta enseñanza, Jesús se dirige al dueño de la casa, proponiéndole que, al hacer un banquete, invite a los que no pueden pagarle. Es decir, le exhorta a comprender la lógica del reino, lejana a las pretensiones de honor e importancia de nuestro mundo. Desde la propuesta de Jesús, lo que cuenta es la igualdad fundamental de todos los hijos e hijas de Dios, todos con derecho a sentarse en la mesa del reino, todos sin sufrir ninguna exclusión y, mucho menos, sin excluir a nadie.

Sería importante preguntarnos si nosotros hemos entendido la lógica del banquete del reino de los cielos. Si nuestra escala de valores responde al amor incondicional de nuestro Dios por todos, sin dejar a nadie por fuera, o funcionamos a partir de honores, poderes, orgullos, vanaglorias de nuestro mundo. La propuesta de una iglesia sinodal sería una ocasión propicia para recuperar esa igualdad fundamental. Sin embargo, el sínodo, como tantas otras realidades eclesiales, no ha logrado una conversión de fondo hacia una iglesia donde quepan todos, hacia una iglesia donde títulos honoríficos y posiciones de poder, sean solo un recuerdo del pasado. Aún el clericalismo sigue vigente y la sinodalidad parece más una utopía. Ojalá que pudiéramos hoy, comprometernos con asumir esta lógica del evangelio tan bellamente expresada en la imagen del banquete. De esa manera nuestra iglesia daría mejor testimonio y la haría más creíble para nuestros contemporáneos.

(Foto tomada de: https://www.reflexionyliberacion.cl/ryl/2018/06/30/el-papa-francisco-cena-con-280-pobres/)

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“Humildad – San Lucas 14.1.7-14 -“, por Joseba Kamiruaga Mieza.

domingo, 31 de agosto de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

Se grita, siempre. Cada vez más a menudo, cada vez más fuerte.

Y, finalmente, sin reparos, sin vergüenza, sin hipocresías bienpensantes.

Digámoslo, por fin, revelemos el secreto a voces: el hombre es también una cloaca putrefacta.

Es inútil jugar a ser demócratas, tolerantes, dialogantes, buenistas ingenuos.

En todo el mundo crece el deseo de demostrar el poder, entre los poderosos, entre las naciones. Nada de diálogo, nada de mundo pacificado, nada de justicia y sostenibilidad. No nos engañemos.

Viva el hombre fuerte, las palabras fuertes, las decisiones fuertes.

Viva la opinión gritada, las decisiones claras, las frases asertivas.

Poco importa si la realidad es compleja y debe ser aceptada y comprendida para poder ser cambiada: los que están, están, y los demás, que se aguanten.

El mundo es una jungla que impone una lucha sin cuartel.

Para ser visibles, para ser notados, o incluso solo para sobrevivir.

O tal vez formamos parte del otro bando, el de los que querrían y no pueden.

El de los que, diría el filósofo Nietzsche, al no poder estar del lado de los vencedores, exaltan a los vencidos diciendo «bienaventurados los pobres».

Pero nos gustaría, o sí, si quisiéramos, ser visibles. Nos agotamos con los selfies, nos inquietamos si no tenemos suficientes «me gusta», seguimos a los distintos influencers pensando que son los nuevos modelos que seguir. 

Uno de cada mil lo consigue, de acuerdo. ¿Y los otros novecientos noventa y nueve?

Y sobre este guiso que hierve, sobre estos tiempos turbios y conflictivos, irrumpe una Palabra susurrada.

Una Palabra capaz de orientar. De revelar. De hacer comprender. De iluminar.

De quien dice que no existe una clasificación, si todos somos únicos.

Y que revela que todos, cada uno de nosotros, somos hijos del gran Rey.

Emerger

No buscamos la salvación, sino salvadores.

Alguien que resuelva por nosotros, sin que nos cueste demasiado esfuerzo, si es posible.

Jesús observa la realidad, muy parecida a la nuestra.

Ve cómo, durante un banquete oficial, en presencia de personas importantes, muchos se empujan para acceder a los primeros puestos, para acercarse a la estrella, real o presunta, de la fiesta. Y, lleno de sentido común, advierte: cuidado con no hacer figura mezquina.

Una actitud que llevamos incrustada en el corazón.

El deseo de destacar, de aparecer, de contar.

En el mundo y en la Iglesia, que quede claro.

Lo cual conlleva una fragilidad desconcertante: hacer que el valor de lo que somos dependa de los demás. 

Colgados

Demasiadas veces estamos colgados del juicio que los demás hacen de nuestras acciones.

Dependemos del juicio: ¿seré capaz? ¿Lo habré hecho bien?

Nos esforzamos por ser como los demás esperan que seamos. Buenos padres, buenos hijos, buenos …

Esperamos, tarde o temprano, recibir un diploma de colores y sellado que certifique nuestra valía.

Y si esto no ocurre, nos hundimos en la depresión o montamos una escena terrible por no haber visto reconocidos nuestros esfuerzos: «¡Después de todo lo que he hecho por ti!».

Mendigamos un poco de aprecio, imploramos una palmadita en la espalda.

Porque basamos nuestra autoestima fuera de nosotros mismos.

Somos obras maestras. Dios nos ha creado así. Piezas únicas.

Es inútil pensar que somos fotocopias.

Volvamos la mirada hacia el Único que realmente sabe quiénes somos.

Y en qué podemos convertirnos. 

Ve a ti mismo

Jesús nos revela otro mundo: no necesitas mostrarte, aparecer, aparentar, …, tú vales.

La autoestima que nace en tu corazón no se mide por tus habilidades, no, sino por el hecho de que eres pensado, querido y amado por tu Dios. Aunque no ganes ninguna medalla. Aunque tu vida esté hecha de pequeños pasos.

Tú eres amado. No lo dudes.

Tú vales, este es el mensaje de la Escritura: eres precioso a los ojos de Dios.

No importa tu límite, ni la medida de tu miedo.

No importa lo que los demás piensen de ti: tú vales, eres valioso a los ojos de Dios. Por eso no necesitas alardear, buscar obsesivamente una visibilidad que el mundo te niega o reserva a unos pocos elegidos.

Tú vales, aunque nunca ganes ninguna medalla de oro y tu pequeña vida se pierda en los recuerdos de una generación. 

Tú vales, no malvendas tu dignidad, cultiva tu interior y, si cultivas tu exterior, cultívalo para que sea siempre y solo transparencia del interior.

¿Tus límites? Un recinto que delimita el espacio en el que realizarte.

¿Tus pecados? La experiencia de la finitud y de la libertad aún por purificar, por acoger como adulto y por poner en manos de Dios.

No necesitas ponerte en los primeros puestos: solo Dios conoce tu corazón, lo conoce más que tú, no te dejes llevar por los falsos profetas de nuestro tiempo.

Y, en el corazón de Dios, ya estás en el primer puesto. Junto con todos los demás, porque el amor no se divide, se multiplica hasta el infinito.

Estamos llamados

Mi nombre está escrito en los cielos, es decir, en el corazón de Dios. Me he acercado a la asamblea de los santos, hermanos y hermanas que, como yo, han sido tocados por la presencia del Misterio.

No necesito gritar, solo clamar con mi vida lo mucho que somos amados. Y vivir como salvado. No, no grito, no discuto, no pienso que soy más listo o mejor.

Soy arcilla en las manos del alfarero.

De ahí nace la humildad.

Término que deriva de humus, la tierra, que se vuelve fértil.

Una concreción que da vida, esto es la humildad.

Que no es la depresión sino la experiencia gozosa y fecunda de lo que podemos ser realísticamente. Sabemos que somos preciosos a los ojos de Dios. Hemos conocido nuestra sombra, pero, infinitamente más, la luz de su presencia.

Eso es lo que queremos contar y vivir.

Porque experimentamos que somos amados en totalidad, y este amor nos impulsa a superar todos los obstáculos.

¿De verdad nos siguen interesando los primeros puestos?

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 31 de agosto de 2025

 

1.- La propuesta de Jesús: dar con gratuidad.  

2.- Ponerse en el último lugar: el de Dios

3.- El lugar de Dios está siempre entre los últimos de la fila.

4.- Dios da alegría a quienes producen amor.

5.- El amor sin cálculos, motor de la vida.

6.- Vivir como Dios, dar sin recibir.

7.- Humildad – San Lucas 14.1.7-14.


P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Humildad

jueves, 10 de abril de 2025
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el mal refruta la existencia de Dios-

«Tengamos bajos sentimientos de nosotros mismos, acordémonos de nuestros pecados, repasemos con frecuencia en nosotros mismos la doble historia de las gracias recibidas de Dios y de nuestras infidelidades, de nuestras ingratitudes, de nuestras faltas de correspondencia y de nuestros pecados. Hundámonos en conocimiento de nosotros mismos: hagamos con cuidado nuestros exámenes de conciencia y pidamos humildemente perdón. Que el recuerdo de nuestros pecados nos haga suaves tolerantes, indulgentes para los otros, llenos de esperanza en la conversi-on y en la santificación de toda alma, cualquiera que pueda ser… Seamos verdaderamente hermanos y hermanas del Corazón de Jesús imitando su humildad»

*

Carlos de Foucauld,
Consejo Evangélicos o Directorio

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , ,

Quien quiera ser el primero, que sea el servidor de todos.

domingo, 22 de septiembre de 2024
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EL POETA

«El poeta es su infancia».
Y el niño Rilke lo supo.

Una infancia bien soñada.
La que soñara y no tuvo.

Todo poeta es un niño
que se niega a ser adulto.

Podrán crecerle las barbas
de la ira o del orgullo.

Y caérsele a pedazos
el corazón ya maduro.

Pero conserva los ojos
deslumbradamente puros.

*

Pedro Casaldáliga

El tiempo y la espera,
Editorial Sal Terrae.

***

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se marcharon de la montaña y atravesaron Galilea; no quería que nadie se enterase, porque iba instruyendo a sus discípulos. Les decía:

“El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo matarán; y, después de muerto, a los tres días resucitará.”

Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle. Llegaron a Cafarnaún, y, una vez en casa, les preguntó:

“¿De qué discutíais por el camino?”

Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante. Jesús se sentó llamó a los Doce y les dijo:

“Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos.”

Y, acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:

“El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.”

*

Marcos 9, 30-37

***

«Surgió entre los discípulos una discusión sobre quién sería el más importante» (Lc 9,46). Sabemos bien quién es el que siembra esta discusión entre las comunidades cristianas. Pero tal vez no tengamos bastante presente que no puede formarse ninguna comunidad cristiana sin que, antes o después, nazca esta discusión en ella. En cuanto se reúnen los hombres, ya empiezan a observarse unos a otros, a juzgarse, a clasificarse según un orden determinado. Y con ello ya empieza, en el mismo nacimiento de la comunidad, una terrible, invisible y a menudo inconsciente lucha a vida o muerte.

Lo importante es que cada comunidad cristiana sepa que, ciertamente, en algún pequeño rincón «surgirá entre sus componentes la discusión sobre quién es el más importante». Es la lucha del hombre natural por su autojustificación. Ese hombre se encuentra a sí mismo sólo en la confrontación con los otros, en el juicio, en la crítica al prójimo. La autojustificación y la crítica van siempre de la mano, lo mismo que la justificación por la gracia y el servicio van siempre unidos. Como es cierto que el espíritu de autojustificación sólo puede ser superado por el espíritu de la gracia, los pensamientos particulares dispuestos a criticar quedan limitados y sofocados si no les concedemos nunca el derecho a abrirse camino, excepto en la confesión del pecado.

Una regla fundamental de toda vida comunitaria será prohibir al individuo hablar del hermano cuando esté ausente. No está permitido hablar a la espalda, incluso cuando nuestras palabras puedan tener el aspecto de benevolencia y de ayuda, porque, disfrazadas así, siempre se infiltrará de nuevo el espíritu de odio al hermano con la intención de hacer el mal. Allí donde se mantenga desde el comienzo esta disciplina de la lengua, cada uno de los miembros llevará a cabo un descubrimiento incomparable: dejará de observar continuamente al otro, de juzgarle, de condenarle, de asignarle el puesto preciso donde se le pueda dominar y hacerle así violencia. La mirada se le ensanchará y al mirar a los hermanos, plenamente maravillado, reconocerá por vez primera la gloria y la grandeza del Dios creador. Dios crea al otro a imagen y semejanza de su Hijo, del Crucificado: también a mí me pareció extraña esta imagen, indigna de Dios, antes de que la hubiera comprendido.

*

Dietrich Bonhoeffer,
Vida en comunidad,
Ediciones Sígueme, Salamanca 1997.

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“Menos victimismo y más Evangelio”, por José María Marín

jueves, 12 de septiembre de 2024
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IMG_6443De su blog El coraje de levantarse/Fragilidad espiritual:

«¿Es acaso más real la presencia de Jesucristo en el sacramento del altar que en el hermano de carne y hueso?»

«¿Por qué tanta indignación frente a lo “sagrado” y tan escasa reacción cuando se ofende a Dios en la dignidad de las personas? ¿Por qué parece ser más ofensiva y grave una burla a la Eucaristía que la profanación de millones de vidas humanas en las guerras, el hambre o las migraciones forzadas?»

«Hay incluso quien aprovecha para hacer apología subrayando las bondades de la religión cristiana, la nuestra, comparándola con el resto de confesiones religiosas. Argumentan que estas burlas se hacen solo con la religión cristiana porque es la ‘única que perdona las ofensas'»

«Necesitamos diálogo, no para convertir a los demás, ni mucho menos para someterles con la fuerza, sino para aceptarnos mutuamente y caminar juntos»

La fiesta pagana de los dioses del Olimpo representada en la ceremonia Inaugural de los Juegos Olímpicos de París, inspirada según el encargado de su organización Thomas Jolly, en la obra El festín de los dioses (1635-1640), de Jan Hermansz van Bijlert, ha sido interpretada por muchos católicos como una burla a la religión cristiana, supuestamente inspirada en la obra de Leonardo da Vinci (1452/1519), una de las múltiples interpretaciones de la Última de Cena de Jesús con sus discípulos.

Visto los resultados tal vez podríamos admitir que la escenificación sobre las aguas del Sena en París fue de mal gusto, gratuita y fuera de lugar. La intencionalidad y la importancia del hecho es bastante más subjetivo. Ahora que parecen calmados los ánimos y el ruido, será bueno hacer algunas reflexiones sobre tanta “indignación” y acerca de esas “reacciones” de los defensores a ultranza de la religión.

Cada vez que asistimos a una de esas aireadas ofensas contra la fe, se producen en cascada todo tipo de reacciones de grupos cristianos y comunicados institucionales para defender la religión. Ante tanto ofendido y ante el victimismo de sus argumentos, surgen siempre las mismas dudas: ¿son lamentaciones sinceras o son reacciones ideológicas preconcebidas y provocadas? ¿Nos molestan realmente las presuntas ofensas a la fe o es nuestro orgullo el que se siente ninguneado con esas faltas de respeto? ¿Por qué tanta indignación frente a lo “sagrado” y tan escasa reacción cuando se ofende a Dios en la dignidad de las personas? ¿Por qué parece ser más ofensiva y grave una burla a la Eucaristía que la profanación de millones de vidas humanas en las guerras, el hambre o las migraciones forzadas? ¿Es acaso más real la presencia de Jesucristo en el sacramento del altar que en el hermano de carne y hueso?

Menos victimismo…

Pareciera que hay quien está en estado de alerta permanente, dispuesto a enfrentarse, no siempre de manera pacífica y educada, a quienes piensan y manifiestan su opinión sobre nuestra religión y nuestras instituciones. Hay incluso quien aprovecha para hacer apología subrayando las bondades de la religión cristiana, la nuestra, comparándola con el resto de confesiones religiosas. Argumentan que estas burlas se hacen solo con la religión cristiana porque es la “única que perdona las ofensas.

Pero no es cierto: prácticamente todas las grandes religiones plantean el perdón como una de las virtudes esenciales: el Islam, por ejemplo presenta a Dios como “el Perdonador y Misericordioso; el Budismo subraya que perdonar consiste en despojarse de todo resentimiento y hostilidad hacia el otro. Mahatma Gandi abogado hinduista indio defendió la desobediencia civil no violenta y el perdón, como expresión del amor divino y camino de liberación interior … y así podríamos seguir. Hasta la psicología, considera el perdón como actitud que capacita a la persona “herida”, en el cuerpo y/o en el alma, para desprenderse del rencor y la ira, sentimientos profundamente dañinos para la salud mental. Merece la pena advertir, además, que “obras son amores, que no buenas razones”.

Y aunque es justo y saludable reconocer que, poco a poco, todos estamos aprendiendo a perdonar, no es menos cierto que todavía son muchos los creyentes, y no creyentes, que siguen viendo más virtud en perseguir y condenar al pecador, al blasfemo y el disidente que en tratar de conseguir la reconciliación. Será bueno reconocer que queda mucho camino por recorrer y que son pocos los que en esto se suben, como medallistas, al pódium de las Olimpiadas del espíritu.

Más espiritualidad cristiana.

IMG_6785Antes de tratar de defender a Dios, con vehemencia y descalificaciones –ya no digo con violencia, que haberla hayla-, nos vendría bien utilizar la imaginación, que nos propone Ignacio de Loyola en  los Preámbulos de sus famosos Ejercicios Espirituales, para aplicarla en la recreación de la escena del Ecce Homo en el relato de la Pasión del Señor en el evangelio de Juan (19,5).

La imaginación facilita un marco sensible para sentirse parte integrante de la escena. La recreación imaginaria de la escena, nos proporciona un punto de referencia concreto y personal, valiosísimo para evitar convertir nuestra contemplación en algo etéreo. Sugiero seguir el consejo del Titán del espíritu (Iñigo de Loyola) a la narración de una de las experiencias especialmente humillante para Jesucristo (el hombre y el Dios encarnado).

¡Este es el hombre!  Dijo temblando el todopoderoso Pilatos. No hay en los relatos de los evangelios una escena más pretendidamente burlesca y denigrante para Jesús, para sus discípulos y para el pueblo, que el espectáculo montado por Pilatos, en la Inauguración de aquella pascua judía del inicio de nuestra era. Pero lo realmente novedoso y sorprendente no fue la “ofensa” sino la reacción del “ofendido”: sus silencios y la dignidad con la que Jesús se enfrentó a la pretendida burla, terminó humillando a su agresor. Hay silencios que liberan. Este fue uno de los más grandes de la historia.

Estoy convencido, como decía san Agustín, que “vale más una lágrima derramada en memoria de la Pasión de Cristo” que todas esas defensas de la fe, airadas y lo estoy, sencilla y llanamente, porque la verdadera Pasión de Cristo se sigue produciendo cada día en millones de víctimas inocentes, sin que parezca (como lo es), el mayor desprecio y la más grande profanación del Cuerpo (la persona) y la Sangre de Cristo (su vida). Y estas “profanaciones a la presencia real de Jesucristo” en la tierra, ni los medios, ni las redes, ni los defensores de la fe, parecen despertar tanto interés. “Los creyentes, cuando quieren ver y palpar a Jesús en persona, saben a dónde dirigirse, los pobres son sacramento de Cristo, representan su persona y remiten a él” (Francisco, V Jornada Mundial de los Pobres, 14 de noviembre de 2021).

Antes de convertirnos en defensores apologetas de la fe y la religión cristiana nos vendrá bien recordar, lo que sucedió en el Huerto de los Olivos y recordar cómo terminó la cena y cuál fue la despedida de Jesús. La cena finalizó con el gesto más sorprendente que se pudiera espera de divinidad alguna: arrodillándose, ante los hombres, sus discípulos, para lavarles los pies. Y la despedida no pudo ser más elocuente y clarificadora para el tema que nos ocupa: Pedro, queriendo defender a Jesús del tropel de gente que venía a aprenderlo con palos y griterío, cometió la mayor torpeza que pudiera consumar alguien que instantes antes había estado sentado a la mesa compartiendo con Él sus confidencias, el pan y el vino de su última cena. Pedro, que pensaba como los hombres y no como Dios (Marco 8,27), reaccionó “desenvainando la espada con la que iba armado dio un tajo al siervo del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha (Juan 18); Jesús lleno del espíritu de Dios, “reaccionó” diciendo “¡mete tu espada en la vaina! (Juan 18,20). Sin titubeos Jesús dejó bien claro que, ni a Él ni a su causa, se le defiende con las armas, ni con violencia alguna.

Al Evangelio de Jesús debemos apuntarnos todos, si queremos “reaccionar” ante las supuestas burlas y agresiones contra la fe, actuar en coherencia espiritual y práctica con Él.

De lo anecdótico a lo esencial

Homofobia religiosaLa polémica olímpica, aireada en exceso por unos y por otros, no pasa de ser –en mi modesta opinión- una anécdota menor, más o menos desafortunada, pero insignificante si la comparamos con los verdaderos problemas de la Iglesia y del mundo. Lo mismo muchas de las reacciones han sido igualmente desafortunadas, aunque no tan insignificantes. Estas sí son significativas, cuando las valoramos desde el seguimiento de Cristo, la fe y las consecuencias que tienen para la credibilidad de la Iglesia y su diálogo con el mundo.

En este sentido, el episodio ha puesto de manifiesto, una vez más, algo que me parece importante: la siempre inadecuada relación de la Iglesia con el movimiento social LGBT+, cuya legitimidad (contra la discriminación y en favor del reconocimiento de derechos de las personas lesbianas, gais, bisexuales, transgénero y transexuales) es incuestionable y en muchos sentidos loable. La diversidad de orientaciones, identidades y características sexuales forma parte de nuestra realidad biológica y social. El desafío, para todos, será cómo encontrar una relación adecuada basada en el respeto, la comunicación y la ayuda mutua. Además, los creyentes no deberíamos olvidar que, entre todas estas personas hay muchos, católicos, cristianos, hermanos en la fe que esperan y merecen de la “madre Iglesia”, acogida y respeto profundo más allá de cualquier otra consideración.

Quizá deberíamos preguntarnos: ¿Porqué el colectivo LGBT+ se manifiesta en general tan alejado de la Iglesia, agresivo y combatiente? ¿Tenemos nosotros, (laicos, clero y jerarquía de la Iglesia) alguna responsabilidad? A la comunidad cristiana en su conjunto corresponde escuchar (en tiempos de sinodalidad más si cabe) y acoger a todos. Pero esto no está siendo siempre así. Son numerosas las personas que todavía tienen que seguir soportando discursos de odio y ver como la homosexualidad se señala como una enfermedad que se puede revertir. No son pocos los que, incluso siendo menores, han sido sometidos a falsas terapias de conversión, ilegalizadas en nuestro país.

¿Qué decir de la pederastia y los abusos sexuales? Deberíamos reflexionar profundamente: ¿cuántos miembros de este colectivo LGBT+ han sido víctimas de este horrible delito, niños/as inocentes heridos en sus cuerpos y en su alma para toda la vida? ¿Cuántos de ellos no denunciaran los hechos, convencidos de que sufrirlo en silencio o llevárselo a la tumba es lo mejor para ellos mismos, para sus familias y para la misma Iglesia a la que pertenecen y aman? Dudo de que silenciar o minimizar la gravedad de estos hechos sea lo más honesto y lo más evangélico. Hay silencios que matan, que se instalan en el alma, provocan insomnio, paralizan y entristecen (también los silencios cómplices son difíciles de llevar), lo que no decimos nos mata poco a poco. Romper el mutismo y la ceguera institucional, en la sociedad y en la Iglesia, es uno de los desafíos más importantes para evitar nuevas víctimas. La verdad os liberará (Juan 8, 32) parece ser la respuesta de Jesús a los que habían creído en Él, le escuchaban y le seguían, en este gravísimo tema parece que, también, pensamos y actuamos más como los hombres que como Dios.

Resulta bastante comprensible que un colectivo al que, una y otra vez le damos con la puerta en las narices, se aleje de todo lo que tiene que ver con una Institución que lo bendice todo, con ritos y ceremonias más o menos solemnes (aguas, casas, animales y hasta dictadura, armas y ejércitos…), pero se niega a bendecir la vida, el género y el amor de hijos del mismo Dios.

Así, pues, me ratifico: menos lloriqueo y más espíritu evangélico. 

Frente al ninguneo de la fe y cualquier otro fracaso pastoral no estaría de más recordar aquel episodio bíblico en que Elías, abatido y sin fuerzas para vivir, escuchó la voz del Señor: “Levántate, come, que el camino que te queda es largo y superior a tus fuerzas” (1 Reyes 19, 7). Una vida interior bien alimentada y sana, arraigada en el encuentro con Jesucristo, nos permitirá seguir adelante, en pie, sin complejos… orando unos por otros, porque orar es lo contrario de pasar a la ofensiva, las descalificaciones y la violencia. Desde el corazón y sin ideologías ciegas, aprenderemos a no negar las evidencias y descubrir caminos de encuentro y fraternidad universal. Necesitamos diálogo, no para convertir a los demás, ni mucho menos para someterles con la fuerza, sino para aceptarnos mutuamente y caminar juntos. El camino es largo y superior a nuestras fuerzas. Lo es para todos: para quienes nos sentimos ofendidos y para quienes por manifestarse como son y reivindicar sus derechos se ven sometidos a toda clase de vejaciones y burlas.

jesus

A Dios se le defiende amando, porque “el que no ama, no ha conocido a Dios” (I Juan, 4,8); a Jesucristo se le defiende sirviendo, porque ”este Hombre no vino a ser servido, sino a servir y dar su vida como rescate por todos” (Mateo 20,28); y a la fe católica verdadera se la defiende más con obras que con palabras, porque “como el cuerpo sin el aliento está muerto, así está muerta la fe sin obras” (Santiago 2, 26). El camino continúa, corresponde a la Iglesia, a los discípulos de Cristo, “nacer de nuevo”, en cada momento y en cada acontecimiento de la historia sin olvidar que todos los bautizados hemos sido ungidos con el Espíritu del Resucitado, “para desterrar de nosotros toda amargura, ira, enfados e insultos y toda maldad” (Efesios 4, 30).

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“¡Un poquito de humildad teológica, por favor!”, por Carlos Osma

viernes, 6 de septiembre de 2024
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IMG_6919De su blog Homoprotestantes:

Me rindo, llevo varios días dándole una oportunidad a un libro y ya no puedo más. No es que esté mal escrito -todo lo contrario-, ni pésimamente traducido, que el tema no me interese, o que no esté aprendiendo muchísimas cosas -el autor es un pozo de sabiduría-. La razón es que no me gustan los teólogos trileros, sobre todo cuando ni siquiera ellos son conscientes de que no quieren que sepamos donde han puesto sus bolitas.

No soporto los libros de teología, los artículos de opinión, las grandes declaraciones dogmáticas de quienes pretenden hablar desde la Verdad -ahora algunes han sustituido este lugar de poder, por el de la centralidad que trata de alejarse de los extremismos-. No puedo, soy alérgica a quienes nos venden sus investigaciones, reflexiones, opiniones -muchas de ellas muy rigurosas- como si fueran el mismo Moisés entregándonos las tablas de la ley. ¡Un poquito de humildad teológica, por favor!, que llevamos milenios así y este comportamiento no os deja en buen lugar.

Mira que he tenido entre mis manos libros malos de teología, con los que no estaba para nada de acuerdo, o que hubiera preferido quemar en una hoguera el día de San Juan antes que regalárselo a mi peor enemigo. Y es que he leído libros sobre cosas absurdas, intrascendentes, o incluso peligrosas -durante un tiempo leí pseudoteología lgtbiqfóbica para saber a qué me enfrentaba-, pero en la mayoría de ocasiones sus autoras reconocen el pie del que cojean, a qué amo sirven, y qué dinerito les cobija. Sin embargo, cuando me encuentro con autores tan deshonestos como el del libro que hasta hoy me estaba leyendo, aunque trate de resistirme poniendo en valor todo lo que estoy aprendiendo, más pronto que tarde termino por perder la paciencia y lo abandono a su suerte en la estantería. ¡Qué desperdicio de tiempo y dinero! Y encima, a partir de ahora, tendré que ir quitándole el polvo de vez en cuando -esa será mi penitencia-.

Hay teólogas, articulistas, profesoras, que se mueven en la abstracción como pez en el agua, olvidando que las reflexiones abstractas tienen unas reglas que hay que cumplir para jugar limpio, no se pueden utilizar a nuestro antojo -y si lo hacemos, habrá que justificarlo-. Pretenden hacer teología desde arriba, como si fueran matemáticas puras, para luego bajar sus reflexiones hasta el común de los mortales como si trajesen un regalo del mismísimo Dios. Personalmente, soy de la opinión que el sentido de la reflexión teológica debe ser el opuesto, tiene que ir de abajo hacia arriba -o mejor de abajo al prójimo-. Además, creo que la teología no es la búsqueda de palabras nuevas para seguir diciendo lo que siempre se ha dicho, no es hacer razonamientos irrefutables para no moverse ni un milímetro de la centralidad, de la Verdad. No es tratar de explicar científicamente que la Biblia tenía razón, o que ciencia y teología no son enemigas irreconciliables. La teología evangélica solo es útil -en mi opinión- cuando se hace desde lo concreto, desde lo creado, para que esa creación sea liberada y llegue a la plenitud. Pero liberada no sobre el papel, sino sobre la piel, sobre el estómago, sobre el cerebro, sobre los genitales.

Y para hacer esta teología, mi experiencia me dice que la neutralidad y la centralidad no son buenas compañeras -aunque evidentemente es mucho más cómodo y placentero, no hay como levantarse y decirse a una misma: ¡Qué bien que no soy como esos ni como aquellas!-. Seré yo, o será mi mirada degenerada, pero me cuesta ver a Jesús jugando a ocupar el centro, y huyendo de los extremos. No he conocido nunca a una persona con una teología neutral y centrada -es decir, la teología del Imperio al que se debe- que haya sido crucificada, normalmente las he visto aguantando los clavos en silencio, esperando a que algún extremista se atreva a dar el golpe que haga que los clavos traspasen el cuerpo de un extremista de signo contrario y quede colgado de una cruz.

No, no aguanto los libros, los artículos, las enseñanzas y reflexiones teológicas de quienes pretenden hacernos creer que lo hacen desde el conocimiento, la neutralidad, y la más absoluta rigurosidad. ¿Por qué el autor del libro que hasta hoy trataba de leer me explica que es un reputado profesor de una universidad católica europea, y no es capaz de reconocer -por ejemplo- que es occidental, blanco, hombre cis, heterosexual, católico conservador, de clase medio-alta, y eso condiciona sus reflexiones? ¿Por qué lo tenemos que leer entre líneas? Me parece una actitud cobarde y soberbia. Y creo que tras sus Verdades -muchas de ellas interesantes y en mi opinión valiosas-, se esconde la voluntad de hacer de ellas mismas y sus condicionamientos la Verdad absoluta. Una Verdad que no pueda ser cuestionada por nadie. ¡Que se la quede para él!

Yo creo que la teología es otra cosa, es una reflexión limitada, condicionada, compartida, experimentada, práctica, liberadora. Es algo que no sabemos el porqué, nos surge de las entrañas, nos atraviesa, y nos transforma. Al hacer teología no hay que esconder quienes somos para llegar a la Verdad, sino mostrarnos tal y como somos para dar espacio a la Vida, la nuestra y la de las demás.

Carlos Osma

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