“El lirio y el pájaro”, por Gabriel Mª Otalora

De su blog Punto de encuentro:
20.04.2024 | Gabriel Mª Otalora
La humildad lo es todo. Sin embargo, tiene poco prestigio mientras que socialmente tiende a desaparecer de la cultura que nos rodea, proclive al individualismo; sus consecuencias no pueden ser peores: egoísmo, subjetivismo y narcisismo. No es la mejor tarjeta de visita para una sana convivencia, tal y como atestigua el volumen de trabajo de los psicólogos y los psiquiatras. Jesús de Nazaret no hablaba por hablar.
Ser humilde no significa ser simple o inseguro. Todo lo contrario, una persona que posea una adecuada autoestima es la que puede desarrollar mejor los valores de la humildad. Desde luego que no es virtud de necios.
Si nos centramos en el Evangelio, no se puede ser cristiano verdadero sin vivir seriamente la humildad; porque imita a Cristo: “El que sea el mayor entre vosotros que se haga como el menor, y el que manda que sea como el que sirve” (Mc 10,43). “Si no os hacéis como niños, no podréis entrar en el reino de los cielos” (Mt 23,12; 18,3). Miradme a mí, “que no he venido a ser servido, sino a servir” (Mc 10,45).
Venid a mí, que soy manso y humilde de corazón… Dios se ha hecho pequeño, para que podamos ser grandes, con grandeza verdadera: la humildad de corazón. Esta humildad de Dios se nos hace presente de una manera radical, en el misterio de la Encarnación para integrarse por amor en nuestra historia, y compartir así plenamente lo que somos y lo que tenemos, incluyendo las limitaciones propias de nuestra condición menos en el pecado.
El filósofo Soren Kierkegaard elige otro pasaje del Evangelio para recrear una fábula en torno al pasaje de los lirios del campo y de las aves del cielo (Mateo, Lucas y el apócrifo Tomás), advirtiendo de los riesgos de la falta de humildad. Lo sencillo, que no simple, es sabio:
Había una vez un lirio que crecía sano en un lugar apartado, junto a un arroyo. Era una flor que vivía despreocupada y alegre. El tiempo pasaba felizmente hasta que un día se le acercó un pajarillo; habló con el lirio y le cantó alguna cancioncilla. El pájaro volvió al día siguiente, y al otro… Después de una semana, de pronto se ausentó unos cuantos días, hasta que al fin otra vez regresó diariamente. Esto le pareció al lirio extraño; pero sobre todo suele ocurrir lo que le pasó al lirio: a medida que se alternaban sus visitas con sus ausencias le echaba más en falta por el cariño que le iba cogiendo al pájaro. Pero aquel pajarillo no era un buen pájaro, trataba casi todo el tiempo de darse importancia, utilizando para ello la libertad de ir y venir que no tenía el lirio y haciéndole sentir a este lo atado que estaba a la tierra.
El pájaro se daba importancia y acababa sus peroratas con alguna humillación: “Comparado con ellos pareces un don nadie. Eres tan insignificante que no sé con qué derecho te llamas a ti mismo un lirio”. Cuanto más escuchaba al pájaro, el lirio se pasaba el día pensando que era un desgraciado, que no era justo estar sujeto al suelo. El murmullo del agua, que siempre lo había acompañado, se le antojó aburrido y los días se le hicieron cada vez más largos. No aceptaba su condición envidiando el vuelo del pájaro.
Y empezó a decirse: ¿Por qué no me tocó existir en otras circunstancias? Por fin, un día, la flor se confió al pájaro y le contó sus deseos. Le pidió ayuda para cambiar. Por la mañana temprano vino el pajarillo; con su pico echaba a un lado la tierra que rodeaba la raíz del lirio para que éste pudiera quedar libre. Terminada la tarea, el pájaro se irguió vanidoso, ascendió sujeto en el pico del pájaro… ¡Pero se marchitó por el camino!
Las personas humildes triunfan porque escapan de los trastornos de la altura y se valoran por lo que son, sin claudicar ante el arrogante pájaro. Y a la vez, son capaces de valorar a los demás, lo que conduce a la sana colaboración. Si el preocupado lirio se hubiera contentado con ser lirio donde nació, no habría llegado a preocuparse comparando su naturaleza con la del pájaro; hubiera permanecido en su lugar, y ahí hubiese sido el mejor lirio que él pudiera llegar a ser. Y quien dice lirio, dice cualquiera de nosotros.
“Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar «Rabbí», pues vuestro maestro es uno solo y vosotros todos sois hermanos; y no os llamaréis «padre» unos a otros en la tierra, pues vuestro Padre es uno solo, el del cielo; tampoco dejaréis que os llamen «directores», porque vuestro director es uno solo, el Mesías. El más grande de vosotros será servidor vuestro”.


Leído en su blog:
Mark Guevarra
El líder religioso manifiesta la arrogancia pura: “Oh Dios, te agradezco que no sea como el resto de la humanidad, -codicioso, deshonesto, adúltero,- o incluso como este recaudador de impuestos. Ayuno dos veces por semana, y pago el diezmo de mis ingresos.» En comparación con la definición de vulnerabilidad de Brown, esta oración muestra una falta de coraje y rechaza cualquier experiencia de propósito y significado para su vida. Teológicamente, el líder religioso realmente no necesita a Dios ya que ha hecho todo el trabajo requerido para su salvación.

Fue una de las parábolas más desconcertantes de Jesús. Un piadoso fariseo y un recaudador de impuestos suben al templo a orar. ¿Cómo reaccionará Dios ante dos personas de vida moral y religiosa tan diferente y opuesta?
Leído en Koinonia:
Del blog de Xabier Pikaza:
Del blog
mmm
DOMINGO 30 (C)
Lc 18, 9-14
Domingo XXX del Tiempo Ordinario 


Jesús vivió un estilo de vida diferente. Quien quiere seguirlo con sinceridad se siente invitado a vivir de manera nueva y revolucionaria, en contradicción con el modo «normal» de comportarse que observamos a nuestro alrededor.
Comentarios recientes