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Érase una vez…

Martes, 9 de julio de 2019

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Érase una vez un hombre que, de pequeño, había oído la bella historia de Abrahán, el cual, puesto a prueba por Dios, superó la prueba y conservó la fe […]. Cuando aquel hombre llegó a adulto, leyó el relato aún con mayor admiración. Cuanto más crecía, con tanta mayor frecuencia se demoraban sus pensamientos en aquel relato; su entusiasmo iba en aumento; sin embargo, cada vez le resultaba más difícil comprenderlo. Al final, este relato le hizo olvidar todo lo demás […]. Aquel hombre no era un pensador: no tenía ninguna necesidad de ir más allá de la fe. Cada vez que volvía a su casa después de haber dado un paseo por el monte Moria, se desplomaba por el cansancio; unía las manos y decía: «Nunca ha habido nadie tan grande como Abrahán, ¿quién puede comprenderlo?». Si no hubiera en el hombre una conciencia eterna, ¿qué sería la vida, sino desesperación? Si así fuera, si no hubiera ningún vínculo sagrado que uniera a los hombres; si las generaciones fueran pasando por el mundo como el viento por el desierto, sin que la vida tuviera un sentido, un fruto; si hubiera un olvido eterno que acecha a su presa y no hubiera poder alguno lo suficientemente fuerte para arrebatársela, ¡qué vacía y escuálida estaría la vida!

Pero no es así. ¡No! Nadie, si ha sido grande en el mundo, será olvidado; ahora bien, cada uno ha sido grande a su modo, cada uno lo ha sido en proporción a la grandeza de lo que amó. Quien se amó a sí mismo se hizo grande a través de sí mismo, pero quien amó a Dios se hizo más grande que todos. Cada uno permanecerá en el recuerdo; ahora bien, cada uno se hará grande en relación a lo que esperó. Uno se hizo grande esperando lo posible, otro esperando lo eterno, pero el que esperó lo imposible se volvió el más grande de todos. Cada uno permanecerá en el recuerdo; ahora bien, cada uno se hará grande según la grandeza contra la que luchó. Puesto que quien luchó contra el mundo se hizo grande venciendo al mundo; y quien luchó consigo mismo se hizo más grande superándose a sí mismo, pero quien luchó con Dios, se hizo más grande que  todos.

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Soren Kierkegaard,
Temor y temblor,
Ediciones Altaya, Barcelona 1995.

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Amado

Sábado, 8 de septiembre de 2018

Del blog Nova Bella:

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“Dios es amor,

eso significa que tú eres amado”

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Sören Kierkegaard

amado

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“Cuando libertad y necesidad coinciden”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Sábado, 25 de noviembre de 2017

frase-libertad-es-el-reconocimiento-de-la-necesidad-friedrich-engels-145819De su blog Nihil Obstat:

Cuando libertad y necesidad coinciden es cuando hay verdadera libertad. Es importante comprender esta paradoja si queremos entender la relación entre gracia y libertad. Relación entre gracia y libertad es lo mismo que relación entre Dios y el ser humano. No se trata de dos realidades que puedan sumarse o restarse. Entendidas así, lo que le quitamos a uno se lo tenemos que dar al otro. Se trata de que la gracia hace posible la libertad. Por eso, cuanto más se deja uno invadir por la gracia y el amor divinos, más libre y más sí mismo es.

Libertad no es exactamente libre albedrío, o sea, posibilidad de elegir entre distintas cosas. Cuando puedo plantearme optar entre diversos caminos, eso solo demuestra la poca importancia de tales caminos. Pues el que ha encontrado el camino importante, el único importante, el único que hace feliz, no se plantea elegir otra cosa. Elige el único camino, pero lo elige libremente. Necesidad y libertad coinciden. Cuando estás locamente enamorado, eliges libremente, pero eliges sólo a uno. No hay elección entre dos, no te planteas buscar a otro, tu opción es el amado o la amada.

frase-el-hombre-no-puede-ser-libre-si-no-sabe-que-esta-sujeto-a-la-necesidad-porque-su-libertad-que-hannah-arendt-187027Los santos, en el cielo, no pueden elegir el mal. Y, sin embargo, son libres. “Si solo es libre el que puede elegir entre el bien y el mal, entonces Dios no es libre, pues no puede querer el mal” (San Agustín). Cuando uno ha elegido el bien, ya no quiere elegir otra cosa, cualquier otra hipótesis le parece imposible. Y sin embargo es libre, porque se adhiere al bien con toda su voluntad. En Dios, su libertad es su amor subsistente. Esta será la libertad del hombre cuando vea a Dios. Por eso, la esencia de la libertad consiste en dejarse mover por la gracia.

El objetivo de la libertad es la liberación, es decir, la realización plena del ser humano, de forma que cuando uno ha encontrado su camino, se siente definitivamente liberado y al mismo tiempo necesitado de seguirlo, y cualquier otra propuesta le parece inútil y la rechaza libremente, aunque se presente como apetecible: “en el orden intelectual, el contenido de la libertad es la verdad, es ella la que nos hace libres” (Kierkegaard). Y en el orden moral, el contenido de la libertad es el bien; el bien que nos llena, nos satisface y nos hace felices.

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“Aviso para gobernantes: está prohibido jurar el cargo”, por José María Castillo

Viernes, 4 de noviembre de 2016

scale-phpEstamos en vísperas del nombramiento de un nuevo Gobierno. Y, como es costumbre, los nuevos gobernantes, en presencia del rey, prometerán o jurarán sus cargos. Es presumible que, dado que el Gobierno será de derechas, abundarán los que opten por jurar su fidelidad al desempeño del cargo que les asignen. Pues bien, para éstos, los que prefieren los juramentos, “aviso para gobernantes”: Está prohibido jurar.

En realidad, este aviso es para gobernantes y no gobernantes. Es para todo el mundo. ¿Por qué? Hace mucho tiempo, en 1855, Soren Kierkegaard nos hizo caer en la cuenta de una cosa tan simple y tan clara como ésta: “el juramento es una contradicción tan grande como dejar que un hombre jure poniendo la mano sobre el Nuevo Testamento donde dice: No debes jurar” (“El Instante”, nº 3). Y efectivamente así es. La prohibición tajante del juramento está en el evangelio de Mateo, en el Sermón del Monte (Mt 5, 33-37). Y está también en la carta de Santiago (Sant 5, 12). De modo que el que jura invocando a Dios, hace eso poniendo su mano sobre un libro que le prohíbe jurar. Así de simple, así de claro y así de contradictorio es el juramento, por más que lo haga el mismísimo presidente de los Estados Unidos, el día que jura su cargo, ante las cámaras de televisión de todo el mundo. ¡Una patraña más! Entre las muchas que nos televisan cada día.

Pero este asunto es más serio de lo que parece a primera vista. Prescindiendo de otras cuestiones (históricas y religiosas), que aquí se podrían plantear, lo que quiero destacar es que el juramento de no pocos cargos públicos es la primera señal de incompetencia que da el gobernante de turno. Porque, en definitiva, lo primero que (sin darse cuenta) está diciendo el tal gobernante es que su palabra, por sí sola, no merece el crédito que necesita para ejercer el cargo que le han encomendado. Por eso tiene que echar mano de Dios, invocar a Dios, poner a Dios por testigo, para que la sociedad acepte que él merece estar donde está y ejercer el cargo que piensa ejercer.

Por supuesto, casi nadie se da cuenta de toda la tramoya que entraña este teatrillo. Pero el teatrillo ahí está. Y en el centro de la escena, el protagonista del sainete, jurando – ante Dios y ante los hombres – que piensa seguir mintiendo, con pomposas apariencias de verdad absoluta, que le permitirán seguir ocultando la cantidad de mentiras, robos y otras lindezas por el estilo, todas ellas, ¡eso sí!, garantizadas con el sagrado nombre del Altísimo. Le sobraba razón a Flavio Josefo, escritor judío del s. I, cuando aseguraba que nadie debe jurar por Dios, porque nadie tiene derecho a profanar y manchar el nombre divino. Pero, sobre todo, a lo que nadie tiene derecho es a utilizar al santo nombre de Dios, para luego terminar prometiendo lo que no piensa hacer, engañando a la gente, protegiendo a los ricos, oprimiendo a los pobres, sometiendo a los débiles y tolerando, con su impunidad pasiva, el desastre de sociedad que tenemos. Y, para colmo, sacando pecho con la vanidad pueril del que asegura que tenemos la España que preside, como buque insignia, el crecimiento de Europa.

¿Es que se puede usar y abusar del santo nombre de Dios para semejante cantidad de despropósitos? Pue eso, ni más ni menos, es lo que – indudablemente sin darse cuenta – hacen quienes, poniendo a Dios como garante y testigo de sus conductas, gestionan las cosas de manera que la distancia entre los más ricos y los más pobres se hace en España, de día en día, más enorme y asombrosa.

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Misericordia y Personalismo

Martes, 3 de mayo de 2016

mounier2“Perentoria necesidad de mutua compasión”

“La misericordia se enrolla así en la caridad incondicional e incondicionada”!

(Andrés Ortiz-Osés).- En la reunión del grupo Mounier en Zaragoza se ha planteado la teología de la misericordia del Papa Francisco y la filosofía propia del personalismo.

En esta reflexión trato ambos temas de la misericordia franciscana y del personalismo cristiano comparativamente.

1. Misericordia

Según Schopenhauer, la clave de la auténtica religión está en la compasión, tal y como la representa el budismo. Pero la compasión búdica es típicamente oriental, extática, mientras que la compasión cristiana es más occidental, dinámica, y se expresa por la misericordia. El Papa Francisco ha recogido la tradición cristiana dotándola de un fuerte componente perdonador: quién soy yo para juzgar, Dios es más grande que nuestros pecados, todo santo tiene su pasado y todo pecador su futuro, la caridad es incondicional…

La misericordia se enrolla así en la caridad incondicional e incondicionada, quintaesencia del cristianismo originario de Jesús. La misericordia es un amor básico, por cuanto se basa o fundamenta paradójicamente en el desfundamento de nuestra común miseria humana, de ahí la compasión como pasión o padecimiento mutuo, compartido no solo pasiva sino activamente. Por eso es necesario en este contexto el mutuo perdón, el perdón por lo hecho y lo no-hecho, por acción u omisión. Esta mutua misericordia es lo que funda la alegría del amor, el cual es una autoafirmación abierta al otro, la afirmación propia y ajena, la apertura radical.

Así que el amor de misericordia dice caridad, la cual obtiene un componente cuasi “matriarcal” de heteroafirmación o afirmación del otro. Como mostró Erich Fromm, el componente matricial del amor se caracteriza por su incondicionalidad, así pues por su positividad o positivación del negativo o negatividad de lo real. Se trata entonces de un amor asuntivo o afirmativo, transustanciador o regenerador, recreador o reconversor (metánoia). Kierkegaard hablaba de trascender la inmanencia, de salto o abrimiento radical; nosotros hablamos más discretamente de la misericordia como asunción autocrítica de nuestra miseria a nivel personal e interpersonal.

2. Personalismo

Decimos que la misericordia tiene un componente matriarcal-femenino, por cuanto es compasión junto al otro. Por su parte, la persona es el individuo no solipsista sino solidario o social, comunitario, por ello se define por su apertura o comunicabilidad. Ahora bien, esta comunicabilidad propia de la persona obtiene el contrapunto de la autonomía o autarquía, de modo que la persona es comunicable e incomunicable, extrovertida e introvertida, heteroafirmativa y autoafirmativa, abierta y propia. Por eso los clásicos hablan de la persona como comunicación de lo incomunicable o inefable, logos íntimo o interior, mismidad. Esta mismidad de la persona la hace “suya” (sui ipsius, sui iuris), y nadie puede usurpar su propia conciencia personal (ni siquiera el Papa, como ha dicho el propio Francisco).

La persona es entonces abierta y propia, matriarcal y patriarcal, anima y animus, como dice C.G.Jung. Digamos que el amor de caridad o misericordia es efusivo y refrenda sobre todo la igualdad, mientras que el amor personal es afectivo y refrenda la libertad. Hay así una cierta “dualéctica” entre la misericordia y la persona, entre la posición horizontal del amor y la posición vertical de la persona, una cierta tensión entre amor ajeno y amor propio.

No se trata de distingos escolásticos, sino del encuentro entre la igualdad compasiva y la libertad personal. Ambos, igualdad y libertad, constituyen la auténtica coexistencia democrática, en la cual debe realizarse la mutua corrección de la igualdad por la libertad, y de la libertad por la igualdad. Si prevalece la igualdad frente a la libertad, accedemos a una especie de populismo comunistoide; pero si prevalece la libertad frente a la igualdad asistimos a un neoliberalismo fascistoide.

Hay que coafirmar pues la igualdad y la libertad, ya que todos somos iguales y diferentes a un tiempo. Es cierto que afirmar a la vez la igualdad compasiva y la libertad personal es una contradicción, pero tenemos que encontrar el equilibrio democrático entre ambos extremos, equilibrio significado hoy simbólicamente por una democracia liberal de carácter social.

3. Misericordia y personalismo

Alguno ha interpretado la teología de la misericordia del Papa Francisco como populismo (y se señala la simpatía de Pablo Iglesias por el Pontífice), aunque en verdad se trata de una teología popular o teología del pueblo. En su significativo viaje a Cuba y Estados Unidos este Papa se ha distanciado tanto del viejo comunismo como del nuevo capitalismo neoliberal, propugnando una especie de personalismo o interpersonalismo compasivo, basado en la fraternidad de inspiración cristiana. Pero esta fraternidad es precisamente la hermandad de igualdad y libertad, o sea, de política social y espíritu libre.

Al respecto la figura de E.Mounier recobra sentido actual. Este filósofo cristiano predica y practica a la vez lo matriarcal y lo patriarcal, la apertura cuasi femenina y la autoafirmación cuasi viril. La persona es ex/sistencia o salida al otro, empatía, pero también alma o espíritu, libertad. Por eso precisamente critica en la Iglesia tradicional su “castratismo”, que ha reprimido el deseo humano en lugar de trasfigurarlo y espiritualizarlo, como Francisco de Asís. El afrontamiento cristiano de Mounier no es un enfrentamiento frente al otro, pero tampoco una regresión o ensimismamiento cavernario.

A partir de viejos textos de la patrística, Hugo Rahner redefinió a la Iglesia como “Luna patiens”, luna compasiva que recibe la luz no de sí misma sino del Sol (Cristo). El peligro está en quedarse alucinada/alunizada dentro de la caverna lunar (platónica) sin salir a la luz del sol, al aire libre, al mundo del hombre en el que se encarna la divinidad cristiana. Pues si desde las catacumbas de la Iglesia el mundo aparece en crisis, desde el mundo es la Iglesia la que aparece en crisis. Pero está en crisis la Iglesia y el mundo, como siempre, de ahí la perentoria necesidad de la mutua compasión, perdón y misericordia: crítica.

Fuente Religión Digital

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“Un Rey que no jura su cargo”, por José María Castillo, teólogo.

Martes, 17 de junio de 2014

1227014359943Leído en su blog Teología sin Censura:

En vísperas de la proclamación de Felipe VI como rey de España, se anda diciendo que el nuevo monarca seguramente no va a jurar, ante un crucifijo y una Biblia, el cargo de jefe del estado que asumirá en breve. En caso de no jurar, sino de limitarse a prometer fidelidad a la Constitución, ¿hace bien o hace mal?

Por supuesto, si Felipe VI no hace un juramento (invocar a Dios), sino una promesa (dar su palabra), hace lo que tiene que hacer, si es que este asunto se contempla desde el punto de vista constitucional. Si la Constitución es aconfesional, la toma de posesión del jefe del estado debe serlo también. Pero, ¿y si esta situación se analiza a fondo desde el punto de vista religioso? Si sociológicamente España sigue siendo un país religiosamente cristiano (y católico), ¿no sería lo más coherente que este nuevo rey haga, al ser coronado como tal, lo mismo que han hecho, en la larga historia de la monarquía, todos los reyes que en España hemos tenido?

La respuesta ahora tiene que ser más tajante que si la cosa se mira solamente desde una consideración meramente política, jurídica, civil o laica. Quiero decir, si pensamos en este asunto desde la fe cristiana, es decir, desde el Evangelio, entonces es cuando hay que oponerse con firmeza a que el rey (o cualquier otro ciudadano, que se considere cristiano) haga un juramento.

felipe6Por una razón tan clara como sencilla: el Evangelio prohíbe jurar. Lo dijo Jesús de forma terminante: “Yo os digo que no juréis en absoluto: no por el cielo… No por la tierra… Tampoco por vuestra cabeza… A vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno” (Mt 5, 33-37). Por eso tenía toda la razón del mundo Soren Kierkegaard cuando advirtió que no tiene razón alguna hacer un juramento poniendo la mano sobre un libro (la Biblia) que prohíbe jurar.

Y sin embargo, los juramentos se encuentran entre todos los pueblos y en todas las culturas. ¿Por que? Porque son un símbolo primario de la religión. Dado lo que es la condición humana, y supuesto que los humanos (con demasiada frecuencia) anteponemos nuestros intereses o conveniencias a la realidad de lo que es “lo verdadero”, también con demasiada frecuencia los humanos nos comportamos como unos perfectos embusteros. De ahí que nuestra palabra, tantas y tantas veces, no merece crédito alguno. Por eso, desde que en este mundo hay religión, ni los contratos, ni los tratados, ni la administración de justicia funciona sin un juramento. Así, el juramento es el lugar donde claramente se encuentran la religión, la moralidad y la ley. Y esto se hace con una finalidad evidente: para que un poder superior y absoluto le dé a nuestra palabra humana el poder y la credibilidad que ella por sí misma, y por sí sola, no tiene. De ahí, la necesidad que tienen de la religión sobre todo los más embusteros.

1402910658500zarzuela-galc4Y me permito acabar esta breve reflexión con una última sugerencia. La postura tajante del Evangelio contra los juramentos es, en el fondo, una postura tajante contra la religión. O, si se prefiere, es una de las pruebas más claras de que, efectivamente, el Evangelio no es un “libro de religión”, sino un “proyecto de vida. Cuando Jesús dijo “a vosotros os basta decir sí o no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno” (Mt 5, 37), en última instancia, lo que Jesús estaba afirmando era la condición laica del Evangelio.

Jesús nos estaba diciendo a todos los seres humanos: tenéis que ser tan profundamente humanos, tan auténticos, tan cabales, tan sinceros, tan honrados, que quien se vea en la necesidad de echar mano de los dioses para marrarlos a nuestras palabras (tantas veces interesadas y falsas), ése está diciendo (sin darse cuenta de lo que dice), no solamente que es un mentiroso, y por eso pone a Dios por testigo de su credibilidad, sino que además hace eso porque en su vida actúa como motor el Maligno. Porque eso, y no otra cosa, es lo que hace Satanás: utilizar a Dios para que me dé la credibilidad que yo no merezco. Cuando la religión se utiliza para esto, como se utiliza para hacer carrera, para mandar sobre los débiles, para defender intereses o conveniencias, en definitiva, para disfrazar nuestras contradicciones y hasta nuestras maldades, semejante religión no es cosa de Dios. Es cosa muy oscura, que viene del Maligno.

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“¡Pobre hombre!”, por José María Castillo.

Viernes, 28 de febrero de 2014

sensibilidad-animalLeído en su blog Teología sin censura:

Soren Kierkegaard, en su obra titulada “El Instante” donde él recoge lo que considera “lo decisivo”, escribió la siguiente reflexión: “Cuando un hombre tiene dolor de muelas, el mundo dice “pobre hombre”; cuando la mujer de un hombre le es infiel, el mundo dice “pobre hombre”; cuando un hombre está en apuros económicos, el mundo dice “pobre hombre”.- Cuando le place a Dios sufrir en este mundo en la figura de un pobre siervo, el mundo dice “pobre hombre”: cuando un apóstol por encargo divino tiene el honor de sufrir por la verdad, el mundo dice “pobre hombre”. ¡Pobre mundo!”

Kierkegaard redactó esta reflexión desagradable, utilizando un lenguaje aún más desagradable, poco antes de su muerte, en 1855. No me importa el lenguaje. Ni siquiera el contenido, por más disonantes que lenguaje y contenido puedan resultar. He seleccionado a posta esta dura y torpe reflexión de “El Instante” porque me da pie para decir algo que llevo en el alma y que, por lo que a mí se me antoja, es de esas cosas que tocan fondo en la vida.

No me refiero al machismo. Ni al elogio, tópico y barato, de lo femenino. Todo eso lo doy por supuesto. Y por aceptado, si es que hablamos de gente con cabeza. Y gente de bien. Lo que quiero decir es que el texto de Kierkegaard, que he citado, pone el dedo en la llaga. Se trata de la relación determinante, que existe en nuestras vidas, entre “aprecio” y “sensibilidad”. Es un hecho que somos sensibles a lo que apreciamos. El que tiene su aprecio, su estima, su valoración suprema en el macho, el varón, el poderoso, el intelectual, el importante, el selecto…, ése es sensible a las leyes, las costumbres, las normas, los privilegios, los éxitos, los derechos y los poderes del macho, del selecto, del influyente, del importante…. Lo que supone que, a la hora de la verdad, le importa un bledo que a las mujeres “las pongan en su sitio”, que a los incultos los traten como “se merece” su incultura, que los ignorantes tengan menos derechos que los escogidos. Y así sucesivamente.

La sensibilidad es la clave. Y la clave de la sensibilidad es la estima. Vivimos según aquello a lo que somos sensibles. Y somos sensibles ante la suerte o la desgracia de aquellos a quienes estimamos. ¿Por qué las gentes de África viven hundidos en la miseria en que viven? Porque somos más sensibles al brillo y al lustre de nuestras universidades y de nuestros títulos que al dolor, a la humillación y al sufrimiento de los que se mueren de hambre o se matan a tiros por ganarse la miseria que les damos para que se dejen robar el coltan que los países industrializados utilizamos para la tecnología punta (en informática, teléfonos móviles, etc). Y como ésta, ¡hacemos tantas…!

¿Hemos perdido la cabeza? No. Hemos desquiciado nuestra sensibilidad. Ser los selectos, ser los famosos, ser los importantes…, cualquier cosa de ésas nos interesa más que el dolor de quienes se hunden cada día más y más en la miseria y la muerte. Nuestra ideas son ortodoxas, para unos; avanzadas, para otros. ¡Faltaría más! Pero podemos estar seguros de que ni la ortodoxia de unos, ni el progresismo de otros, nada de eso es lo que va a poner algo de kosmos (orden) en el kaos (desorden). Y, menos aún, nuestros mejores logros – ésos que más inflan nuestro ego – nada de eso va a conseguir que la humanidad y la bondad del Evangelio sean el motor de este mundo desbocado.

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