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“Ahora es tiempo”, por Gema Juan, OCD

Martes, 27 de octubre de 2015

21868999559_e6714396ac_m Pues la vamos a echar de menos, por sus atinados comentarios y su facilidad al hablar de Teresa y su obsesión por fortalecer la amistad con nuestro Señor, Jesús… Sirva este último de sus artículos para alimentarnos a quienes comenzamos una nueva forma de ser “amigos de Jesús”… Gracias, Gema.

Queridos amigos: aquí está mi último artículo, en este espacio que hemos compartido por más de dos años y en el que he disfrutado mucho.

Agradezco a Religión Digital la oportunidad que me brindó de escribir en su página.

Y, sobre todo, agradezco a todos los que con vuestra lectura y comentarios habéis hecho de esto lo que pretendía ser: un lugar de diálogo con los maestros del Espíritu que el Carmelo ha dado a la Iglesia y al mundo y, de un modo especial, con la maestra de maestros, Teresa de Jesús.

Que su palabra siga iluminando nuestros caminos. ¡Gracias!

Entre 1515 y 1582, vivió una mujer impresionante. Un ser humano lleno de contrastes, como casi todos, pero con una fuerza de vivir extraordinaria, con una pasión íntima desbordante, que rozó el fracaso, y con una humanidad tan grande que la huella que dejó permanece impresa después de cinco siglos.

Teresa de Jesús sigue presente –como dijera fray Luis de León– «en dos imágenes vivas que nos dejó de sí, que son sus hijas y sus libros». Y «sus hijas» excede la materialidad de sus conventos, como ella misma decía, cuando hablaba de vivir la fe con autenticidad y se refería a «toda persona que quiera ser perfecta», es decir, a todo el que quiere vivir de cara a la verdad, con Jesús. Ahí sigue viva Teresa.

Perduran edificios o restos de ellos, enseres, hasta su cuerpo fragmentado pero, más que nada, queda de Teresa la experiencia que la llevó a hacer un ingente esfuerzo: poner palabra a su vida. El rasgo de su pluma hizo cumbre, literariamente hablando, pero aquella mujer que tenía «gran envidia a los que tienen libertad para dar voces», escaló a lo más alto porque en lo profundo se le había abierto un camino infinito.

Cuando Teresa se encuentra con Cristo, su vida da un vuelco, un giro total que hace surgir la mejor Teresa, la verdadera. Todo cambia, lo cuenta ella sin rodeos: «Es otro libro nuevo de aquí adelante, digo otra vida nueva. La de hasta aquí era mía; la que he vivido desde que comencé a declarar estas cosas de oración, es que vivía Dios en mí».

La voz de Teresa sigue hablando «a personas que aún no conocen del todo la bondad del Señor por experiencia», porque ella ha sentido vivamente «la amistad y regalo con que trata a los que van por este camino». Camino de oración, de amistad, donde se aprende a «ser siervos del amor» y a decir: «Vuestra soy, para Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?».

Los primeros encuentros que Teresa tuvo con Jesús le hicieron descubrir su presencia como una compañía amorosa permanente y eso le dio el empujón definitivo hacia delante. Puso la pluma y el bastón en sus manos, una energía nueva y un cauce seguro para sus grandes deseos.

Por eso, dirá: «Si tenéis alguna duda, que lo probéis; ¿qué se pierde? Que aun esto hay excelente en este viaje, que muy muchas cosas se dan más de las que se piden ni de las que acertaremos nosotros a pedir». Probadlo –dice Teresa–, «¿Quién os quita volver los ojos del alma, aunque sea de presto, si no podéis más, a este Señor?». Nada impide mirar hacia dentro y nada se pierde por iniciar este viaje.

Discípula primero y hasta el fin de su vida, maestra después, a Teresa no solo le gustaba escribir sino que –como decía– había conocido un nuevo lenguaje: «Hablar en Dios». Y llega a decir a sus hermanas: «Este es vuestro trato y lenguaje; quien os quisiere tratar apréndale; y si no, guardaos de aprender vosotras el suyo, será infierno».

Suenan fuertes las palabras de Teresa, pero ella ha entendido que la vida puede diluirse, caer en la mentira y gastarse inútilmente, ¡lo había sufrido en sí misma! Y, después de encontrarse con Jesús, ya no quiere perder más tiempo, ni que lo pierdan quienes andan con ella: «No es ya tiempo, hermanas, de juego de niños».

El lenguaje del que habla Teresa es el de la verdad. La que había descubierto en Jesús, una verdad que da la libertad, como Él había dicho: «Si permanecéis en mi palabra, seréis mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres».

«Dios es suma Verdad, y la humildad es andar en verdad». Eso entendió Teresa; en esa Verdad descubrió el nuevo lenguaje y con él escribió su nueva vida. Y dirá: si alguien quiere «aprender vuestra lengua, podéis decir las riquezas que se ganan en aprenderla… y despertar a alguna alma para este bien». Nada ha de quedar oculto ni reservado.

Así es como una mujer del siglo XVI sigue hablando, haciendo pensar y dando respuestas esenciales. Una voz que habla desde lo profundo y conecta con lo interior de quien se abre; un lenguaje que enfrenta trampas y apariencias, pero ofrece espacio a quien busca luz; una presencia amable que conduce «a beber de la fuente de agua viva».

Teresa supo de «fríos y malos caminos, y de lindas vistas», de «hartas penas, oscuridad en el ama y de grandísima alegría», de andar «atada por tantas partes, sin dineros ni de dónde los tener y de bienhechores»; la soledad era su mayor consuelo, pero tuvo que «negociar y tratar con todos»; supo de «dolores tan incomportables, que ningún sosiego podía tener», de «quietud, con suavidad» y de una «compañía que da fuerzas».

Porque había experimentado mucho, se atrevía a hablar y no cejaba en su empeño de mostrar otra vida posible en esta vida, como ella decía: «Vivir de manera que no se tema la muerte ni todos los sucesos de la vida, y estar con esta ordinaria alegría».

La gran palabra de Teresa es una invitación a la amistad con Jesús: «Solo os ruego lo probéis» y descubriréis palabras nuevas y nuevos caminos, fuerzas redobladas y «una luz tan diferente», que nada será lo mismo. «Ahora es tiempo de tomar lo que nos da este Señor piadoso y Dios nuestro. Pues quiere amistades».

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Emociones y Espiritualidad

Sábado, 24 de octubre de 2015

Del blog de Henri Nouwen:

Penance+II....

“Nuestra vida emocional y nuestra vida espiritual poseen dinámicas distintas. Los altibajos de nuestra vida emocional dependen en gran medida de nuestro entorno pasado o presente. Estamos contentos, tristes, molestos, aburridos o entusiasmados, deprimidos, amorosos, preocupados, llenos de odio o de venganza por cosas que sucedieron hace mucho tiempo o están sucediendo ahora.

Los altibajos de nuestra vida espiritual dependen de nuestra obediencia, es decir, de nuestro atento escuchar, a los impulsos del Espíritu de Dios en nuestro interior. Sin prestar oídos al Espíritu, nuestra vida espiritual puede eventualmente verse sometida a los torbellinos de nuestras emociones.”

“Aunque nuestra vida emocional y la espiritual sean distintas, se influyen mutuamente de manera profunda. Nuestros sentimientos son con frecuencia ventanas que nos permiten observar nuestros viajes espirituales. Si no podemos evitar los celos, podemos preguntarnos si no habremos perdido contacto con el Espíritu que exclama en nosotros ‘Abba’. Si nos sentimos en paz y centrados, podemos darnos cuenta de que ello es signo de nuestra profunda conciencia de ser amados.

Igualmente, vividas como una fiel respuesta a la presencia del Espíritu dentro de nosotros, nuestras oraciones pueden abrirnos una ventana a nuestras emociones, sentimientos y pasiones, y darnos alguna indicación de cómo ponerlos al servicio de nuestro largo viaje hacia el corazón de Dios.”

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Henri Nouwen

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“Mensaje del papa después del Sínodo”, por José Arregi

Jueves, 22 de octubre de 2015

480x380p-noticias-19298-2014-4-22-153514Leído en su blog:

Prosigue en Roma el Sínodo sobre la familia, aunque haya decaído notablemente el interés mediático, siempre tan voluble. Lleva dos semanas, y aún queda la tercera. Luego corresponderá al papa elaborar y publicar su Exhortación Apostólica Postsinodal. Eso llegará dentro de unos meses, pero el otro día soñé que decía así:

“El papa Francisco a mis hermanas y hermanos católicos del mundo entero. Os deseo la paz de Jesús. Ella nos une en la diversidad del Espíritu como una familia.

No os oculto mi incomodidad al dirigirme a vosotros como papa, pues no me elegisteis ni directa ni indirectamente, ni tampoco elegisteis a quienes me eligieron. Son cosas de la historia, no del evangelio. ¡Ojalá esto cambie pronto y deje la Iglesia de ser jerárquica, piramidal, y sea un signo de la humanidad fraterna que Jesús soñó! Mientras tanto, os hablo como hermano, sin otra autoridad que la que queráis reconocerme.

Incómodo me sentí también con el Sínodo de la Familia, que yo mismo convoqué y que congregó en Roma a tantos obispos que no conocen los gozos y las angustias de las familias de hoy, familias de carne y hueso, familias reales, familias diversas. Tan diversas que no caben en los esquemas del Catecismo que seguimos enseñando, ni en los cánones de Derecho Canónico tan frío que seguimos imponiendo en nombre de Dios. Perdonadnos.

Comprendo muy bien vuestro asombro y protesta al ver que, mientras vuestras familias sufren tantas penurias, desde todos los rincones de la tierra se reunían aquí durante tres semanas 400 personas, cómodamente instaladas, entre ellas 270 cardenales, obispos y religiosos, solo ellos dotados de voz y voto. Perdonadnos. Tal vez tenía razón la viñeta que firmaba por aquellos días ‘El Roto’ en un periódico español: ‘Resucitar a los muertos es fácil. Lo difícil es resucitar a la Iglesia’. Lo diría, supongo, porque mira a la Iglesia como a un muerto que no quiere resucitar, que prefiere seguir siendo pieza de museo, fósil de la vida que un día inspiró formas vivas que ya no viven ni hacen vivir.

No sé si debí convocar este Sínodo. Os confieso mi decepción a la vista de sus propuestas finales. ¡Tanta pompa y tanto gasto, tanta palabra para eso! Pero no quiero mirar atrás. Quiero mirar adelante y dar un paso al futuro. Quiero arriesgarlo todo, y sobre todo el poder absoluto que el Derecho Canónico y los obispos me reconocen todavía. Lo hago justamente porque no me parece un poder evangélico y ya no creo en él. Creo en la vida. Amo a Jesús. Me siento libre, y no tengo miedo ni nada que perder.

He meditado mucho sobre los dos temas que más interés y debate suscitaron entre los padres sinodales y en los medios de comunicación. Me refiero a la unión de gais y lesbianas por un lado y a la comunión de los divorciados vueltos a casar por otro. Yo mismo promoví la discusión. Con la mejor voluntad, propuse que la Iglesia manifestara públicamente misericordia y respeto para con los homosexuales, pues no somos quién para juzgarles, y que los divorciados vueltos a casar pudieran comulgar en la mesa de Jesús siempre que cumplieran tres condiciones: arrepentimiento, confesión ante su obispo y propósito de no reincidir.

Hoy me arrepiento de haber hablado en esos términos ofensivos y humillantes para homosexuales y divorciados, pues equivale a tratarlos como culpables. Es injusto, y contrario al evangelio. Les pido perdón. No les debemos una palabra de conmiseración, ni solo de respeto, sino de pleno reconocimiento.

Por eso, en nombre de Jesús y de la Iglesia, declaro que el amor homosexual es tan santo y bendito como el heterosexual, y lo bendigo de todo corazón como sacramento del Amor o de Dios. Y declaro que el amor humano quisiera ser pleno y eterno, sí, pero es sin embargo frágil, y que cuando, por los motivos que fueren, un matrimonio se rompe por dentro sin remedio, deja de ser matrimonio, y que buscar entonces probar la nulidad canónica para salvar la indisolubilidad teórica es un artificio indigno, y que un nuevo matrimonio de divorciados, en la medida en que el amor les mueve, es igualmente santo, sacramento de Dios o del Amor, y yo lo bendigo.

Hermanas, hermanos, basta ya. Empecemos de nuevo. Os bendigo a todos y os pido vuestra bendición. Vivid en paz. Vuestro hermano Francisco, papa todavía”.

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Entre los pucheros anda el Señor…

Jueves, 15 de octubre de 2015

En la Festividad de santa Teresa de Jesús, acabando el V Centenario de su Nacimiento,  traemos una vez más a nuestra página a esta maestra de  vida y de oración…

6a0105364a8fba970c017d41d1de85970c-800wi

“No es sola esta persona, que otras he conocido de la misma suerte, que no las había visto algunos años había y hartos; y preguntándoles en qué se habían pasado, era todo en ocupaciones de obediencia y caridad. Por otra parte, veíalos tan medrados en cosas espirituales, que me espantaban. Pues ¡ea, hijas mías!, no haya desconsuelo cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior.”

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Fundaciones 5, 8

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“¿Contemplación?”, por José Arregi

Jueves, 1 de octubre de 2015

201301081331169d2d6cLeído en su blog:

Estos nuestros tiempos convulsos ¿son tiempos para invitar a la contemplación? Sostengo que sí. Pero “contemplar” tiene muy poco que ver con estarse mirando algo ociosamente con la mirada vaga, y no tiene que ver más con un tranquilo monasterio que con el trajín de la ciudad, ni con la vida retirada más que con la vida en la brecha.

Las palabras tienen su historia, nuestra historia, con sus tribulaciones y búsquedas. El término latino contemplare significaba originariamente la observación del vuelo de las aves en el cielo por parte de los augures o adivinos de oficio; lo hacían desde el templum, un espacio delimitado pero abierto en el campo o en el bosque. Creían que el futuro estaba decidido por los dioses o por el Destino (Fatum, Moira) y se podía descifrar mirando, entre otras cosas, el vuelo de las aves. Luego cerraron los templos, espacios abiertos a la intemperie, con piedras, leyes y miedos. El templo se convirtió en morada de “Dios” o de los dioses, en edificio sagrado separado del mundo profano. La contemplación se separó de las tareas de la vida, se contrapuso a la acción y se convirtió en cosa de especialistas: augures, sacerdotes o monjes.

Dejemos a un lado esas derivas y devolvamos al término su plenitud de sentido. Reinventemos la contemplación. Aprendamos a mirar el cielo y la tierra, lo invisible en lo visible, lo posible en lo real. Advirtamos las amenazas y las oportunidades del mundo en que vivimos. Miremos en el presente las señales de otro futuro mejor, para hacerlo real. Abramos los ojos, no sea que merezcamos el reproche del profeta Isaías, que el profeta Jesús hizo suyo: “Por mucho que miran, no ven; por más que oyen, no comprenden”. Abramos los ojos de fuera y de dentro, hasta que veamos que no hay ni fuera ni dentro, hasta que descubramos con claridad meridiana que todos los seres compartimos la misma luz y la misma noche, hasta que el dolor de los demás transforme nuestra mirada, hasta que nuestra mirada se vuelva transformadora.

Contemplar es ver lo invisible. Desde hace pocos años sabemos que la materia-energía física observada en el universo con los aparatos más sofisticados solo constituye aproximadamente un 4% de la materia-energía existentes: el resto está compuesto por materia oscura (22 %) y energía oscura (74 %), desconocida. Si no hubiera más materia que la observada –que me perdonen los físicos este torpe lenguaje–, las estrellas y las galaxias no se atraerían como se atraen; y si, por el contrario, no hubiera más energía que la observada, las galaxias no se expandirían como se expanden. Por lo demás, la materia es en el fondo energía, que nadie sabe lo que es, ni de dónde ni por qué. Pero es. Y es como una metáfora del misterio de cuanto es. Lo esencial es invisible. Lo invisible es lo esencial. Contempla el Misterio invisible en todo lo que ves, con ojos nuevos. “Dichosos vuestros ojos porque ven”, dijo Jesús a sus discípulas y discípulos.

Contemplar es atender. Atender es mirar y vivir con atención. Atender es dejar que el Misterio de la realidad se revele plenamente en todo cuanto es: en la hoja que cae, en el vuelo del pájaro, en el clamor de los refugiados en nuestras fronteras. Atender es hacer silencio, calmar emociones, liberarse de apegos, de saberes, creencias y esquemas mentales. Atender es ver a Dios en cada ser, el Todo en cada parte, y sentirse uno con todos los seres. Atender es dejarse acoger en el Corazón bueno de todo, y acogerlo todo con buen corazón. Atender es sintonizar, simpatizar, compadecerse y cuidar al herido. Atender es mirar la realidad con lucidez y con entrañas, y así recrearla. Somos lo que vemos, y somos igualmente lo que la mirada de los otros hace que seamos. Nuestros ojos, cuando miran, son capaces de hacer que todo sea bueno, o un poco mejor. Como Dios en el Génesis: “Miró Dios y vio que todo era bueno”. Atender es crear. Atender es vivir o ser en plenitud, simplemente SER uno con Todo, con Dios, ser pura relación de consideración, miramiento, respeto de la inagotable diversidad de lo que es, más allá de toda palabra e imagen que define, limita, divide, que nos encierra, estrecha, angustia.

Y eso es contemplar. A esa contemplación se han referido todas las tradiciones místicas como culminación de todas las formas de oración y de todos los caminos de realización humana, espiritual y física inseparablemente. En la tradición monástica cristiana, a la lectio (lectura) sigue la oratio (oración vocal), a la oratio sigue la meditatio (reflexión mental y cordial), y a la meditatio sigue la contemplatio, “engolfarse en Dios”, que diría Santa Teresa, lo mismo en el coro que entre pucheros.

Una contemplación que no se traduzca en compasión y compromiso, que no sea creadora, no es verdadera contemplación. Un compromiso militante que no se inspira en la mirada contemplativa (no digo religiosa), no es libre ni liberador, no crea. Donde se da lo uno se da lo otro, y donde falta lo uno falta lo otro. Nuestra sociedad necesita contemplativos por la misma razón por la que necesita militantes, y necesita militantes por la misma razón por la que necesita contemplativos. ¿Cuál es la razón? Que un mundo todavía invisible ha de hacerse realidad.

(Publicado en DEIA y en los diarios del Grupo Noticias el 20 de Septiembre de 2015)

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Esa Teresa que hay en ti

Miércoles, 16 de septiembre de 2015

teresa-de-jesc3basMagdalena Bennásar Oliver,
Mallorca.

ECLESALIA, 11/09/15.- No voy a repetir lo que sale en los medios respecto a las celebraciones  por el V aniversario del  nacimiento de Teresa de Jesús.

Tampoco voy a repetir  su biografía, muy conocida y que se puede encontrar fácilmente.

Más bien es la tarea de aprender de nuestras hermanas mayores la que me impulsa hoy a recordarnos algo de su trayectoria y experiencia.

Sin lugar a dudas Teresa es una mujer que no se conforma con el papel de la mujer ni de la religiosa de su tiempo. Esa primera pincelada de su personalidad ya nos introduce en el corazón y el intelecto de una mujer buscadora, inquieta, inconformista y también  enamorada.

En las primeras etapas de su vida adulta descubrimos una Teresa muy de su tiempo y muy innovadora en sus intereses, considerados propios de hombres, siendo la curiosidad intelectual uno de los más configuradores de la Teresa que irá emergiendo.

Teresa es capaz de trasladar ese afán de saber a su propia espiritualidad que en aquel tiempo sólo podía ser  orientada y discernida por varones.

Su búsqueda seria y difícil de su propio modo de relacionarse con Dios la adentra en jardines no descubiertos y a los que ella nos introduce e invita, desde su propio recorrido, a visitar con confianza y sosiego.

Teresa va por delante, no se amedrenta. Sigue a pesar de la enorme oposición que va encontrando en un mundo patriarcal donde la inquisición hace estragos en España. Su talante y autoridad  interior no es bien visto por la jerarquía. Ella obedece a su voz interior y busca como compañero del alma a alguien que la comprende. Será Juan de la Cruz sobre todo quien acompañará su trayectoria. Importante tomar nota aquí de la tremenda importancia de la amistad profunda como roca de sujeción ante cualquier tormenta.

¿De dónde saca la fuerza Teresa? ¿Cómo es posible que una mujer cuerda no se intimide por la reiterada sospecha  que sus experiencias religiosas  provocan entre sus consejeros y directores espirituales asignados por mandato?

Teresa saca lo de Jesús que hay en ella. De ahí su nombre “de Jesús”. La experiencia que ella tiene de la humanidad de Jesús en su oración personal es inaudita en aquellos tiempos. Le acarrea muchos problemas pero no suelta, y gracias a su perseverancia en la crisis Teresa nos regala un modo de orar nuevo, fresco y personal.

La persona de Jesús, en su humanidad, el Jesús de Nazaret tan desconocido en su tiempo, y que ella entre otros recupera, su experiencia de Cristo Resucitado van calando, van entrando y ella va acogiendo, cambiando así un estilo de rezar monótono y repetitivo por un estilo de orar personal, vivo y comprometedor por las implicaciones de conectar con el sentir de la Ruah.

Teresa nos regala, lo que aprende de Jesús: a dialogar al relacionarse con Dios. Jesús nos habla de su experiencia de Abba, de un Dios que es como un padre muy cercano, y Teresa nos revela su experiencia de mujer enamorada hasta el desmayo de un Jesús a quien ella descubre como amigo y  esposo y nos va introduciendo en una relación viva, genuina, personal con el Resucitado a través del Jesús humano.

Por ello será capaz de acuñar la frase “Orar es tratar de amistad, muchas veces, a solas, con quien sabemos nos ama”.

Dan ganas de decir “punto pelota”. Así se habla Teresa, claro y diáfano. Orar es un tema de amistad entre dos que se aman, no hay más misterio. Y como toda amistad es un proceso, con sus altibajos, con sus exigencias implícitas de confianza, fidelidad, respeto, generosidad…

Os invito a lo que me siento invitada, a sacar la Teresa que hay en mí, en ti. A recuperar terreno perdido al perder tiempo en la oración o simplemente no orar…

La invitación de Teresa, la mejor, es que descubramos esa experiencia personal y no la perdamos.

Sin prisas pero sin pausas que todo nuestro vivir, sentir vaya siendo coloreado por el Jesús de Teresa y nuestro que nos capacita para recuperar la autoridad negada también hoy todavía a la mujer en tantos sectores y no menos en la iglesia patriarcal.

No esperemos que el papa lo diga. Más bien, que cuando lo diga oficialmente, nosotras estemos detrás de la puerta con los deberes hechos y a punto para transformar la historia, eso sí con y desde la humilde experiencia de Jesús, a quien Teresa especialmente este año nos invita a volver.

Ese cambio en la iglesia que Francisco va realizando es un estímulo para salir de la apatía reinante en muchas mujeres demasiado listas para trabajar en una empresa que las rechaza.

Teresa es un modelo de persona que nos marca pauta, si queremos. La llaman la andariega porque su experiencia personal no la dejó encerrada sino que con poca salud pero con una gran fuerza interior fue recorriendo caminos llevando su mensaje y su tesoro, hasta morir.

Muchas de nosotras hoy necesitamos de su impulso, y tal vez podríamos presentarla a nuestras hijas y nietas, a la gente joven que ve una iglesia envejecida y masculina. ¿Por qué tanto silencio por nuestra parte? ¿Por qué tanta huida por disgustos con la autoridad concreta tantas veces mediocre?

Teresa nos diría una de las suyas, prefiero no hacer conjeturas, pero seguro que como buena castellana no se andaría con rodeos para decirnos que la autoridad viene de dentro, no de fuera y que nadie absolutamente nadie debería quedarse a medias.

¡Busca a la Teresa que hay en ti! y sigue sus consejos, el resto, no está en nosotras controlarlo. Dejemos que la Ruah trabaje tranquila, parece que está pasando por Roma últimamente, y eso que según el chiste “no había estado hace muchísimo”.

El problema se puede dar si eso también ocurre con nosotras que nos hemos acostumbrado a no acoger al Espíritu porque total no podemos hacer mucho. Intuyo que Teresa sacaría su carácter no débil ante mujeres preparadas que por no sentirnos aceptadas y valoradas hemos dejado de alimentar nuestra fe.

También nosotras estamos invitadas a ser andariegas hoy que puede significar buscar el cómo y el dónde, como tantas mujeres bíblicas y de nuestra propio tiempo.

Nadie ha dicho que sea fácil, pero sí que es apasionante, con lo que su nombre significa: pasión de dolor y de amor

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

¡Gracias Teresa!

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“La gran pregunta”, por Miren Jone Azurza

Sábado, 12 de septiembre de 2015

000790345Hasta hace nada creíamos que la seguridad de nuestro viaje por el mundo lo realizábamos, más cómodos unos que otros, pero confiados todos en la seguridad del modo de transporte que cada cual se podía permitir, desde las potentes aerolíneas, los grandes trasatlánticos, los coches sin conductor, hasta los infinitos medios normales como un par de botas. Nos parecía que para ser felices no necesitábamos ser ricos.

Creíamos también que la Declaración Universal de los Derechos Humanos no iba a convertirse en papel mojado. Nos parecía que si contábamos con lo necesario para vivir: un trabajo, unas relaciones sociales satisfactorias, una familia en progreso normal, podríamos ser bastante felices. Tuvimos que abrir los ojos para comprender que los derroteros del mundo tenían que ir cambiando y hasta dimos por bueno que, al terminarse las dos grandes guerras, Europa sabría recuperarse e incluso salir reforzada. Así fue. El nacimiento de la Unión Europea se consideró una garantía de seguridad para todos los que formamos parte de ella.

Pero hemos llegado a un momento en que la situación nos aturde. Aquella flamante Unión Europea se ha encerrado en sí misma y su egoísmo se ha convertido en un escándalo atroz. Ha permitido, por ejemplo, que el dinero se haya hecho dueño del poder y no ha sido capaz de actuar según derecho, ante las olas de emigrantes y refugiados que siguen llamando a su puerta. Ha jugado al despiste inhumano y a dejar que miles de personas necesitadas de ayuda hayan terminado en el fondo del “Mare Nostrum”. Para colmo de sorpresas dolorosas asoma ahora la increíble situación de Grecia, pendiente de un hilo, pobre y muy distinta de la que estudiamos en los libros durante nuestra juventud como cuna de la democracia, maestra de sabiduría y de arte.

La bola del mundo se ha convertido en una gran manzana podrida por el gusano del egoísmo de muy pocos, ciegos para ver la miseria de una gran mayoría. Somos europeítos y muchos sentimos vergüenza de los políticos que se han dejado dominar por los abusos de la economía olvidando la justicia. No nos conformemos con culpar y denunciar a los causantes de estos desmanes. Reaccionemos. No somos pocos, las y los ciudadanos que aspiramos a vivir como personas libres, veraces, felices, en otro contexto mundial. Un primer paso para lograrlo exigiría cambiarse el chip interior, que ni se compra ni se encuentra por casualidad. Requiere el esfuerzo de vivir atentos, en búsqueda del camino hacia el cambio. Se trata de rebuscar dentro de sí las razones que hacen ser a la persona y poner en marcha las propias posibilidades de cambiar las cosas de todos con fe en la eficacia de su pequeña pero misteriosa aportación al bien común. Lo importante es que cada cual se pregunte, ¿Quién soy yo? ¿Para qué vivo?

Por respeto hacia el tema voy a valerme del testimonio del venerable Willigis Jäger, monje benedictino y maestro Zen, conocido representante de una espiritualidad contemporánea aconfesional que proporciona a los buscadores del siglo XXI respuestas a sus preguntas vitales. A sus 90 años cumplidos el 7 de marzo pasado afirma: “Siempre he buscado el Fondo originario detrás de todas las palabras, formulaciones y declaraciones teológicas, ese Fondo al que los cristianos llamamos Dios. Una temprana experiencia no racional me dio la seguridad de que detrás de todas las palabras me espera un amor absoluto… Todo lo que la teología y la metafísica ofrecían eran solo indicaciones hacia un Fondo originario mentalmente inconcebible. Ese Fondo originario al que hemos dado nombres como Divinidad, Vacío o Brahma, se celebra a sí mismo como esta forma que yo soy. Únicamente en ello encuentro el origen de mi existencia y su significado. Soy una forma del Fondo originario, una minúscula mota de ese Fondo en el Universo. Y por eso doy un sí absoluto a este tiempo de mi vida, completamente convencido de que la vida continúa. ¿En qué forma de existencia? No lo sé. El caminar consciente lleva al aquí y al ahora y a la certeza de que el sentido de la vida solo se encuentra en el momento presente”.

Miren Jone Azurza es periodista jubilada, quiere participarnos algo de lo que en la cumbre de la vida escribe, esta reflexión publicada hace poco en Noticias de Guipúzcoa.

Fuente Iglesia Viva

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Descansar en el abrazo del Amor

Jueves, 10 de septiembre de 2015

Del blog de Henri Nouwen:

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“Vivir una vida espiritual significa llevar todo mi ser a la morada que le pertenece. Mi tarea espiritual verdadera consiste en dejarme ser amado, plena y completamente y creer que en este amor llegaré al cumplimiento de mi vocación. Sigo intentando llevar mi ser errante, inquieto y ansioso a su hogar para que pueda descansar en el abrazo del Amor”.

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Henri Nouwen
Diario del último año de su vida.

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“De nuevo”, por Gema Juan, OCD

Miércoles, 9 de septiembre de 2015

20720568530_5b84900cf0_mDe su blog Juntos andemos:

Desde muy pronto, Teresa de Jesús mantuvo relación con gentes de todo tipo. Tenía un entorno familiar amplio y después, más allá de los amigos y parientes, tíos, primos…, tendrá ocasión de tratar con gentes de toda condición: monjas y curas, mercaderes y nobles, grandes señoras y algún joven «nonada rico». Si podía escribir a Felipe II, también sabía percibir la santidad de una «labradorcita», entre sus monjas de Valladolid.

Así, Teresa se asomó al pozo humano. Primero al suyo, después a muchos otros. Sufrió la presión a que la sometía su propio contraste de luz y sombra, pero entendió la inmensa posibilidad de recomenzar siempre, de descubrir permanentemente al Dios que quiere obrar el bien en todos. Y a Él dirá: «Que sea tan grande vuestra bondad, que… os acordéis Vos de nosotros, y que… nos tornéis a dar la mano y despertéis».

Llegó a la armonía dejándose en las manos de ese Dios. Teresa se dio cuenta de que Él estaba muy dispuesto –«aparejado», decía ella– a tomarla con amor; solo reclamaba un poco de confianza. A cambio, Teresa iba a descubrir una nueva manera de vivir: «Decir que hay trabajos y penas, y que el alma se está en paz, es cosa dificultosa». La paz en medio de cualquier circunstancia.

Por eso, escribía: «Tan aparejado está este Señor a hacernos merced ahora como entonces, y aun en parte más necesitado de que las queramos recibir, porque hay pocos que miren por su honra». Hay pocos que se fíen de Él y pocos que acepten la mano llagada que tiende Dios –que es la de Jesús– para andar los caminos de la vida.

De ahí su insistencia en renovar la fe y retomar la confianza, que a veces se adormece. Creer de nuevo y así, escribirá: «Creed de Dios mucho más y más». Creer para tener apertura y reconocer al bondadoso, y para poder «con simpleza de corazón y humildad servir a Su Majestad y alabarle por sus obras y maravillas».

Animará a seguir adelante porque –dice– «el Señor da siempre oportunidad, si queremos». Hay que volver a encender el amor y para eso, Teresa siempre pide lo mismo: «Volver los ojos del alma». Siempre y cada vez, eso pide la maestra: mirar.

Lo primero –dirá– «poned los ojos en vos y miraos interiormente». Es necesario asomarse al propio pozo, ver el agua clara y fresca que hay y el lodo que muchas veces se mezcla con ella. Y hacerlo dirigiendo bien la mirada; por eso Teresa afina y dice «poned los ojos en el centro», porque en el centro está Dios.

Hay que «mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped». Mirar hacia dentro para descubrirse habitado. Y hacerlo de su mano, para que la inmersión sea sanadora. Por eso dirá que «nuestro entendimiento y voluntad se hace más noble y más aparejado para todo bien tratando a vueltas de sí con Dios».

El exceso de luz puede cegar: «Cuando mira este divino sol, deslúmbrale la claridad», pero cuando se permanece, Él hace «que los tenga abiertos [los ojos] para entender verdades».

Después de sumergirse y descubrir que hay una fuente interior inagotable, que nace de las entrañas del mismo Dios, Teresa dirá que hay que mirar algo más: «Poned los ojos en el Crucificado».

Una mirada necesaria para que el amor descubierto sea el motor de la vida. Para que no se estanque el agua de la fuente y llegue a los demás. Para poder decir: «Juntos andemos, Señor; por donde fuereis, tengo de ir; por donde pasareis, tengo de pasar».

Y para poder entender que andar con el Crucificado es disminuir los infiernos del mundo, donde Cristo sigue presente, y allí «procurar tomar trabajo por quitarle al prójimo». A eso llama Teresa «ser parte»: tener parte en la misión de Jesús, que trae camino nuevo de liberación, quitando trabajo al prójimo, reduciendo su dolor.

Teresa querrá formar parte de ese nuevo comienzo y anima a todos a entrar. De ahí, su empeño en «tener parte en su reino» y su deseo de «ser parte para que algún alma se llegase más a Dios», de que todo ser humano pueda descubrir al Dios de la vida.

Por eso, importa tanto mirar a Cristo porque así se renueva el corazón con el «grandísimo amor que se cobra de nuevo a quien vemos le tiene tan grande».

Mirar hacia dentro de nuevo. Volver a mirar a Cristo. Ponerse en camino otra vez, sabiendo que para Dios siempre es buen tiempo: tiempo de amar, tiempo de servir, tiempo de vivir. Poder decir con Teresa: «El que os ama de verdad, Bien mío, seguro va por ancho camino… No ha tropezado tantico, cuando le dais Vos, Señor, la mano. No basta una caída ni muchas, si os tiene amor».

Y no olvidar jamás que «para hacer Dios grandes mercedes a quien de veras le sirve, siempre es tiempo». Dios siempre da de nuevo la mano.

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“Excomulgados” 1. Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa…

Jueves, 20 de agosto de 2015

20130914-214945Del blog de Xabier Pikaza:

Mientras llega el Sínodo 2 Sobre la Familia (Octubre 2015) sigue en altas esferas la batalla sobre los que deben ser admitidos a la comunión (no excomulgados). En las “bajas” esferas, parroquias e iglesias que conozco (a nos ser en algunas muy “cualificadas”) nadie pregunta al que comulga si es homosexual y si “practica”, o si está divorciado y tiene una nueva relación. El problema no es ese, el problema es si cree y si quiere creer, si está dispuesto a crear comunidad con otros seguidores de Jesús.

La cuestión se ha planteado porque el Papa Francisco ha dicho que los divorciados no son excomulgados (y que por tanto pueden comulgar), y que lo mismo piensa de los homosexuales. La cuestión, según el Papa, es si los que comulgan se identifican con el proyecto y camino de Jesús, desde la situación en que se encuentran

En ese contexto quiero empezar evocando un texto clave de la liturgia, la respuesta de los “fieles” al ofrecimiento e invitación del celebrante que dice: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo…”. Desde el siglo XI en ciertos lugares y desde el XVI en todas las iglesias, los que van a comulgar responden: “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero di una sola palabra y mi alma quedará sana” (cf. J. Jungmann, El Sacrificio de la Misa, BAC, Madrid 1953, 1060-1066).

Significativamente, esa son unas palabras que provienen de la “confesión y súplica” de un centurión pagano, de dudosa conducta, al que Jesús le dice “iré a tu casa/cuartel y curaré a tu amante/siervo enfermo”. El centurión tiene miedo de “dañar” la imagen de Jesús y le responde:

Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa (bajo mi techo),
pero di sólo una palabra y mi amante/siervo quedará sano (Mt 8, 8).

Pienso que no podían haberse escogido palabras mas adecuadas para indicar la “idoneidad” de aquel que quiere comulgar: No es mi dignidad la que me hace digno, sino la de Jesús que cura al “AMIGO” del centurión y que puede sanar también y perdonar a los comulgantes.

Ciertamente, hay diferencias en el gesto:
En el caso de centurión, Jesús cura a su siervo en cuerpo y alma, pues ambos son dignos de su Reino.
En caso del comulgante que suplica, Jesús cura “su alma”, le cura y sana, al ofrecerle su propia vida en comunión.

Desde ese fondo quiero ofrece una reflexión litúrgica y otra bíblica. Imágenes del Veronese: Domine, non sum dignus…

1. Reflexión litúrgica: El deseo de centurión pagano, la palabra de Jesús

La historia del centurión (Mt 8, 5-13), de la que he tratado alguna otra vez en este blog, es una historia de fe.

‒ Recordemos que el centurión es un ciudadano romano: un gentil, es decir, alguien que estaba excluido de las promesas que Dios había hecho a Israel, su pueblo escogido. Aun así, el centurión tenía fe en que Jesús podía sanar a su amigo/siervo.

Jesús quiere ir a casa del centurión, a pesar de que, con los criterios judíos, esta acción le dejaría impuro. Pese a ello, Jesús quiere ir a su casa… y aunque al fin no va físicamente (por respeto a la súplica del centurión) va en realidad, le acompaña y cura a su siervo/amigo.

La iglesia ha querido poner en labios de los comulgantes esta confesión (¡soy pecador!) y esta súplica (¡puedes sanar a mi amigo, me puedes sanar!) al comienzo de la comunión, pues, el celebrante retoma la palabra de Jn 1, 29 y dice, al ofrecer la eucaristía: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor”.

‒ Ésta es una palabra central, que Jesús mismo asume y reinterpreta en el mismo evangelio de Mateo diciendo: “No he hallado una fe semejante en Israel (¡en la buena Iglesia!); por eso les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos “ (Mt 8,11-13).

‒ De esa manera, la liturgia nos invita a tener la misma fe, la misma convicción que el centurión romano tuvo en el poder sanador de Jesús…, una fe que muchos hoy, en la Iglesia del siglo XXI, que va quedando vacía de fieles antiguos no tienen (o no tenemos). En realidad, ninguno de nosotros somos dignos de la Eucaristía, pero el gesto del centurión homosexual romano y la respuesta de Jesús nos invitan a compartir la Cena del Señor, iniciando así un camino de transformación y reconciliación mesiánica

(He retomado y recreado parcialmente, introduciendo motivos nuevos que quizá el autor, D. Todd Williamson, no aprobaría del todo: http://www.pastoralliturgy.org/resources/1201ReproRsrcSP.pdf)

2. Reflexión bíblica. El centurión de Cafarnaúm y su siervo/amante (8, 5-13)

He presentado alguna vez este pasaje en mi blog, pero repito el tema de nuevo, para aquellos que quizá no lo haya leído. El centurión del puesto militara de Cafarnaúm tiene un siervo/amante enfermo (paralítico) y con grandes dolores, encerrado en “la casa/cuarten” (Mt 8,6)) y pide a Jesús que le cure. Viene el mismo centurión, porque su siervo/amante no puede venir, viene como autoridad “militar”, pero reconoce el poder “superior” (humano, religioso) de Jesús.

Es un pagano (como indicará el texto que sigue) y además, no se siente digno de que Jesús entre en su “casa” (bajo mi techo, 8, 8), porque es un militar de “ocupación” y porque su conducta “moral” no parece clara; es como el leproso, al que no se “debía” tocar, porque manchaba (en el milagro anterior: Mt 8, 1-4). Desde ese fondo se entiende esta escena que ha sido elaborada por la tradición en un contexto de apertura eclesial a los paganos, aunque en su fondo hay un relato antiguo (transmitido al menos por el Q; cf. Lc 7, 1-10; Jn 4, 46b-54).

Este centurión no se considera digno de que Jesús entre en su “cuartel”, no por un tipo de humildad intimista, sino por un realismo fuerte y consecuente de soldado, que puede conquistar el mundo con las armas, pero que sufre por la enfermedad de su siervo/amante, y no quiere crear problemas a Jesús, haciéndole entrar en su casa (pues ello le enfrentaría con los puristas judíos de la zona).

Pues bien, este Jesús de Mateo no ha satanizado a los soldados, ni ha querido combatirlos con las armas, sino que ha descubierto en ellos un tipo de fe que no se expresa en la victoria militar, sino en la curación del amigo enfermo. Está dispuesto a entrar en su casa, pero entiende y atiende la razón del centurión y no lo hace, curando al “enfermo” desde lejos:

Mt 8,5 Cuando él (Jesús) entraba en Cafarnaúm, salió a su encuentro un centurión, que le rogaba diciendo: «Señor, mi siervo/amante (pais) está postrado en casa, paralítico, gravemente afligido». 6Jesús le dijo:«Iré yo mismo, y le curaré».

7Pero el centurión le dijo: «Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra y mi siervo sanará, 8pues también yo soy hombre de autoridad y tengo soldados bajo mis órdenes, y digo a este “ve” y va y al otro “ven” y viene; y a mi siervo “haz esto”, y lo hace».

10Al oírlo Jesús, se maravilló y dijo a los que lo seguían: «En verdad os digo, que ni aun en Israel he hallado tanta fe. 11Os digo que vendrán muchos del oriente y del occidente, y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos; 12pero los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes». 13Entonces Jesús dijo al centurión: «Vete, y que se haga según tu fe». Y su amante quedó sano en aquella misma hora (Mt 8, 5-13).

Es un soldado con problemas, un profesional del orden y obediencia, en el plano civil y militar, un hombre acostumbrado a mandar y a ser obedecido. Es capaz de dirigir en la batalla a los soldados, decidiendo así sobre la vida y la muerte de los hombres. Pero, en otro nivel, es un muy vulnerable, y así padece mucho por la enfermedad de su siervo/amante, y es muy respetuoso, pues no quiere crear problemas a Jesús haciéndole que entre en su casa, cosa que estaba más vista entre judíos, pues era la casa de hombres impuros.

Desde ese fondo es preciso que nos detengamos y preguntemos sobre la identidad del siervo/amante del centurión, a quien el texto griego llama país mou (8, 6). En principio, esa palabra (pais) puede tener tres sentidos: siervo, hijo y también amante (casi siempre joven), y en ese último sentido ella puede resultar escandalosa.

‒ El texto paralelo de Jn 4, 46b evita el escándalo y pone huios (hijo), en vez de pais; pero con ello tiene que cambiar toda la escena, porque los soldados no solían vivir con la familia ni cuidar sus hijos hasta después de licenciarse; por eso, convierte al centurión en miembro de la corte real de Herodes (un basilikós).

‒ También Lc 7, 2 quiere eludir las complicaciones y presenta a ese pais de Mateo como doulos, es decir, como un simple criado, al servicio de centurión. Con eso ha resuelto un problema, pero ha creado otro: ¿Es verosímil que un soldado quiera tanto a su criado?

‒ Por su parte, el texto de Mateo distingue cuidadosamente los matices, en este mismo pasaje: al enfermo amigo del centurión le llama país (8, 5-8), mientras al criado o soldado subordinado estrictamente dicho le llama doulos (8,9).

Por eso preferimos mantener la traducción más obvia de pais dentro de su contexto militar. En principio, el centurión podría ser judío, pues está al servicio de Herodes, en el puesto de frontera de su reino o tetrarquía (Cafarnaúm). Pero el conjunto del texto le presenta como un pagano que cree en el poder sanador de Jesús, sin necesidad de convertirse al judaísmo (o cristianismo), y Jesús le pone después como ejemplo de todos los paganos que vendrán a compartir el Reino de Dios, mientras los israelitas quedarán fuera (8, 11-12).

Pues bien, como era costumbre en los cuarteles de aquel tiempo (donde los soldados no podían convivir con una esposa, ni tener familia propia), este pasaje supone que aquel oficial (centurión) tenía un criado-amante, presumiblemente más joven, que le servía de asistente y pareja sexual. Este es el sentido más verosímil de la palabra pais de Mt 8,6 en el contexto de la escena, pues no se trata, como he dicho, de un doulos/siervo (palabra que aparece en sentido propio en 8, 9). Ciertamente, en teoría, podría ser un hijo (Jn 4, 46) o criado (7, 2) del centurión, pero es mucho más verosímil suponer que ha sido un amante homosexual (como han sentido Jn y Lc cambiando la palabra país).

En ese contexto, Mateo no presenta a Jesús como alguien que está preocupado por problemas morales de este tipo, sino como un mesías capaz de comprender las debilidades y enfermedades de los hombres, empezando por los soldados de ocupación, que con frecuencia eran homosexuales (al menos durante el servicio en un cuartal o campamento). De esa forma sabe él escuchar al soldado que le pide por su amante y se dispone a venir hasta su casa-cuartel (¡bajo su techo!), para ayudarle. Así lo supone Mateo, pero el oficial no quiere que se arriesgue, pues ello podría causarle problemas: no estaba bien visto entrar bajo el techo del cuartel/campamento de un ejército, no sólo porque era un lugar odiado, sino porque se pensaba que era escenario de una conducta moral “escandalosa”.

Por eso, el centurión pide a Jesús que no entre en su casa: le basta con que diga una palabra, pues él sabe lo que vale la palabra de un hombre de “poder”, como es él mismo, que manda a sus soldados y siervos, o como es Jesús que es capaz de mandar sobre la enfermedad desde la distancia, sin necesidad de tocar al enfermo, como en el caso del leproso (8, 3). Jesús respeta las razones del soldado, acepta su fe y le ofrece su palabra, al servicio de su país homosexual, penetrando de esa forma en la intimidad afectiva de un soldado homosexual, a quien admira por su fe y a quien ayuda a creer (8, 8-10).

Este es un milagro que nos introduce en la profundidad del mundo pagano, con su gran fractura interna, situándonos así ante un centurión con su siervo/amante enfermo. Más adelante encontraremos otro milagro semejante, el de la madre cananea/pagana, con su hija enferma (15, 21-28). En ambos casos destaca Mateo la “la fe”, que vincula a judíos con paganos, hombres y/o mujeres, en una línea de Pablo ha explorado con gran profundidad, en otro contexto (especialmente en Gal y Rom).

La fe del centurión comienza siendo una confianza en el poder de Jesús que hace milagros, tomándole así como una especie un santón judío. Pero, mirada en su radicalidad, esta es una fe que se muestra como expresión y anciticpo del reino que se acerca. «No he encontrado en Israel fe semejante» (8, 10)… Por eso de oriente y occidente, vendrán de todas partes a sentarse en el banquete de las bodas, mientras los hijos (los judíos) quedarán fuera, en las tinieblas exteriores.

Tal es el sentido del milagro del centurión y de su amante enfermo. Lo importante no es el hecho externo, certificar que el siervo (amante) del centurión quedó curado, sino lo que ese hecho significa, lo que transmite desde su trasfondo. En el espejo de este hecho se refleja el gran misterio de Dios que por su Cristo llama a todos, y lo hace de tal forma que su misma llamada a los gentiles (¡que vengan todos!) es de algún modo la razón o causa de que algunos judíos “prefieran” quedar fuera.

Esta fe del centurión homosexual, signo de la Roma pagana, aparece así como principio de salvación (¡vete, que se haga cómo has creído! 8, 13) de manera que la curación de su siervo/amante viene a presentarse como signo y garantía de la llegada del reino. Ésta es una curación/perdón en el doble sentido del término. (a) Es una curación doble (la fe del centurión “cura” a su amante, de manera que ambos puedan recorrer un camino de vida en ámbito de Reino). (b) Es una curación integral, que ha de entenderse en la línea de todo el evangelio, de manera que sólo puede interpretarse a la luz del despliegue de conjunto de Mateo, que culmina en el envío de los discípulos de Jesús a todas las naciones (28, 16-20).

Fiel a su estilo narrativo, Mateo no ha sacado las “conclusiones lógicas” de este relato en clave eclesial o jurídica, sino que deja que el mismo texto hable, abriendo un espacio de fe y curación para los gentiles de oriente y occidente (no sólo de oriente, como los magos de 2,1). De esa manera, este mismo centurión que es signo del poder romano (aunque puede estar al servicio inmediato de Herodes Antipas), puede interpretarse como un compendio de todos los males del Imperio (violencia militar, homosexualidad…), siendo, al mismo tiempo, un testimonio de mayor impotencia (enfermedad del país, siervo homosexual).

En contra de lo que piensan algunos en este tiempo (año 2015), este centurión homosexual es para Jesús un hombre, un hombre capaz de “comulgar”, como seguiré destacando en nuevas postales.

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“Un arte evangélico”, por Gema Juan, OCD

Miércoles, 19 de agosto de 2015

19526704498_8317c69583_mDe su blog Juntos Andemos:

La discreción de María en los evangelios es llamativa y una nota importante para la fe. Porque no solo habla de quién es la madre de Jesús, sino también de Dios, de cómo es y cómo obra. En todo caso, como decía el profesor Cothenet: «La discreción sobre el papel de María pertenece también al depósito de la fe, consignado en las Escrituras».

Esa discreción es un «detalle» de la humildad, tal como la concibe el Nuevo Testamento, donde al humilde se le descubre por su fidelidad en lo pequeño y por la alegría de saberse amado sin merecerlo. La humildad evangélica habla de acogida y no lleva cuentas del bien que hace, porque se lo atribuye a otro: a Dios.

Esa es la humildad de María, que acoge la bondad de Dios y se alegra con Él. Pensando en ella, pedía Teresa de Jesús a sus hermanas que la siguieran «en alguna cosita». Y escribía: «Parezcámonos, hijas mías, en algo a la gran humildad de la Virgen Sacratísima… Siquiera en algo, imitemos esta su humildad».

El modo de aparecer María en los evangelios evoca un personaje de Dickens, en la novela David Copperfield, el doctor Chillip, que se movía de medio lado por las habitaciones para no ocupar más espacio del necesario y así, no estorbar a nadie.

Como escribía un crítico literario actual, recordando este personaje, el arte de no molestar, de no ocupar más espacio del necesario, no tiene nada que ver con la poquedad de carácter ni con el temor sino, sencillamente, con el deseo de cuidar a los demás, de no «agredir» la existencia de los otros. Y, sobre todo, con la preocupación de no ponerse en medio sino de facilitar el paso.

María parece haber elegido estar de medio lado en los evangelios, para facilitar el acceso a Jesús, para no quitar espacio al Único, para darle paso a Él. La presencia de María es insustituible y después de Jesús, es la primera para la fe cristiana, pero gran parte de su grandeza reside en ese dar paso.

Esa es la mujer que muestran los evangelios, una mujer que aparece así porque «estaba firme en la fe» –como explicaba Teresa– y que, por ello, tuvo el mayor valor: el de reconocer y acoger en sí el don de Dios mismo.

Von Balthasar decía que «en nuestra época, es especialmente necesario ver a María tal como se presenta, no tal como nos gustaría imaginarla… para no olvidar su papel en la obra de salvación y en la Iglesia». Porque comprender la verdad de María es reconocer quién es Dios: es el que ve lo escondido, ve y aprecia lo «discreto», lo que muchas veces no cuenta a los ojos humanos. Y Dios es el que obra allí donde es recibido, del único modo que puede hacerlo: amando, es decir, bendiciendo y salvando.

Teresa reconoció en María a la mujer que fue capaz de dejarse habitar por Dios y que eligió libremente albergarlo. María es, en definitiva, la mujer que revela que la presencia de Dios no rompe lo humano sino que lo hace capaz de lo mayor. Desde aquí se pueden entender, de nuevo, las palabras de Teresa, al descubrirse habitada por Él:

«A mi parecer, si como ahora con verdad entiendo que en este palacio pequeñito de mi alma cabe tan gran Rey, que no le dejara tantas veces solo; alguna me estuviera con Él y más procurara que no estuviera tan sucio. Mas ¡qué cosa de tanta admiración, quien hinchera mil mundos con su grandeza, encerrarse en cosa tan pequeña! Así quiso caber en el vientre de su sacratísima Madre. Como es Señor, consigo trae la libertad, y como nos ama, hácese a nuestra medida».

A quienes no acaban de creer en este Dios o dudan de la fuerza del Espíritu, Teresa los invita a mirar a María, para aprender la mejor sabiduría, la de fiarse de Dios. Y refiriéndose especialmente a los «letrados», a quienes «quieren llevar las cosas por tanta razón y tan medidas por sus entendimientos, que no parece sino que han ellos con sus letras de comprender todas las grandezas de Dios», escribirá: «¡Si deprendiesen algo de la humildad de la Virgen sacratísima!».

Aprender algo de la humildad de María es escuchar lo que dice y comprender su modo de vivir la fe, que es hacer sitio, dar paso y facilitar, pero sin dejar de involucrarse, sin echarse atrás. Es implicarse.

A las palabras de María en el evangelio de Juan: «No tienen vino… haced lo que Él os diga», Von Balthasar añadía una pregunta: «¿No son suficientes para caracterizarla como el arquetipo de la Iglesia que toma partido por los pobres, en su misma pobreza?».

María está presente, su humildad y su discreción la hacen brillar en medio de muchas oscuridades que siguen ensombreciendo el mundo. María apunta el camino de la luz: tomar partido por Jesús y por sus preferidos.

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Ir a una iglesia, una mezquita o una sinagoga mantiene a raya la depresión

Miércoles, 12 de agosto de 2015

ciencia-y-religiosidad_560x280Investigadores de la London School of Economics (LSE) y el Centro Médico de la Universidad Erasmus en los Países Bajos han estudiado el impacto de diversas actividades sociales en los síntomas depresivos en personas mayores de Europa. Han encontrado que la participación en las organizaciones religiosas se asocia con una disminución de los síntomas depresivos, mientras que ser parte de un partido político o una organización, como una rama local de un partido, tiene un efecto perjudicial en la salud mental. La pertenencia a clubes deportivos y sociales tiene beneficios a corto plazo, pero no conduce a una disminución de los síntomas depresivos en el largo plazo.

El estudio, publicado en el «American Journal of Epidemiology», analizó a 9.000 europeos, de 50 años en adelante, durante un período de cuatro años. Mauricio Avendaño, un epidemiólogo de la LSE y autor principal del estudio, dice que la actividad religiosa, como ir a una iglesia, mezquita o sinagoga con regularidad, es la única medida fiable del bienestar mental sostenida entre los factores estudiados. «La iglesia parece desempeñar un papel social muy importante para mantener a raya la depresión y también como un mecanismo de supervivencia durante los períodos de la enfermedaden la edad adulta», ha explicado Avendaño en un comunicado que acompaña al estudio. Sin embargo, añade que el estudio no demuestra cuánto del beneficio se reduce a factores religiosos en la fe en un ser superior, y cuánto se debe al sentido de pertenencia de un grupo.

En declaraciones a la revista «Newsweek», Avendaño añade que las nuevas investigaciones sobre la pertenencia a una religión podría ofrecer ayuda a los profesionales médicos y psicólogos en el desarrollo de tratamientos de salud mental. «Puede haber cosas sobre la iglesia, algún tipo de terapia cognitiva que ayuda a hacer frente a los momentos de enfermedad que debería ser útil en el diseño de intervenciones para disminuir la depresión en las personas mayores», comenta. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de 350 millones de personas en el mundo sufren depresión.

Un informe de 2006 de la Fundación de Salud Mental, uno de los principales centros de investigación de salud mental del Reino Unido, señala que la religión y la espiritualidad se han relacionado con niveles más bajos de depresión y que la creencia religiosa ha sido útil en el tratamiento del trastorno de estrés postraumático (TEPT), pero también informa que los niños con una estricta educación religiosa a menudo expresan un aumento de problemas de salud mental. Un estudio de 2011 por investigadores de la Universidad de Harvard ha descubierto que la meditación, una práctica originalmente-espiritual que surgió de las religiones, incluyendo el hinduismo y el budismo, mejora la memoria y reduce el estrés.

Nick Spencer, director de investigación de Theos, un think-tank pro-religión con sede en el Reino Unido, dice que la actividad religiosa añade una dimensión adicional a los beneficios para la salud a los que se añade a pertenecer a un grupo activo, como un club de lectura o un equipo de deportes. «Mi sensación es que la creencia religiosa proporciona a las personas un sentido de propósito, identidad segura y la seguridad con respecto a su destino final», dice Spencer.

Sin embargo, Terry Sanderson, presidente de la Sociedad Nacional Secular del Reino Unido, que hace campaña por la separación de la religión de la vida pública, no está de acuerdo y dice que evitar el aislamiento social es la clave para mantener una buena salud mental. «La religión no es el factor principal, sino la amistad y la interacción humana», explica Sanderson. «Todos los reclamos de que la religión puede tener beneficios para la salud son irrelevantes. Si usted no tiene una fe, no puede simplemente comenzar a creer en un ser superior como una especie de alternativa a la medicación». Sanderson añade que los hospitales psiquiátricos están llenos de gente «que piensa que están escuchando voces de Dios» y afirma que la religión no parece haber mejorado su salud mental.

Fuente: Religión Digital/Agencias

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Jesús fue un Laico

Martes, 11 de agosto de 2015

tumblr_ml9lfd38yk1rg8z06o1_500Ya es costumbre entre escrituristas y teólogos decir que Jesús fue un «laico», que se enfrentó con los grandes problemas de su pueblo, y parece que no sin razón.

Parece claro que los sumos sacerdotes lo condenaron a muerte, porque se había metido a saco con lo que pasaba en el templo de Jerusalén, y no estaba dispuesto a admitir que se hubiera convertido en cueva de bandidos; «volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas» (Mt 21, 12-13), al fin cogió un látigo y, sin más miramientos, los echó a todos fuera del templo.

Habría que recordar aquí la parábola del buen samaritano, que Jesús emplea para explicar a un jurista quién es su «prójimo»: sucedió que bajaba un hombre por aquel camino que iba de Jerusalén a Jericó, y en aquel momento unos bandidos arremetieron contra él y le dejaron allí medio muerto. Por allí pasaba un “sacerdote” que, “al verlo, dio un rodeo y pasó de largo”. Y lo mismo pasó con un “levita” que, al acercarse por aquel mismo lugar, “dio un rodeo y pasó de largo” (Lc 10, 30-32).

Se da por supuesto en esta parábola que ya se sabe para qué están los sacerdotes y levitas del templo: para el gran negocio de atender al servicio del altar, y que eso les dispensa de las demás preocupaciones, entre ellas hacerse el desentendido ante un problema tan grave como aquel hombre al que los bandidos habian dejado maltrecho y casi muerto en el camino.

Ante él surge un samaritano, un hereje para los judíos, que hace con ese hombre todo lo que había que hacer para semejante caso: «le dio lástima; se acercó a él y le vendó las heridas, echándoles aceite y vino; luego le montó en su propia cabalgadura, le llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: cuida de él, y lo que gastes de más te lo pagaré a la vuelta»(Lc 10, 30-35).

Es decir, hizo por él lo que Jesús, que no se porta como el sacerdote y el levita del templo, hubiera hecho por aquel hombre, e hizo por los más necesitados de su pueblo. Lo que no hacen los sacerdotes del templo es exactamente lo que hace el laico Jesús por aquella persona.

Jesús fue permanentemente un Laico

Pero aquí las cosas comienzan a estar claras cuando a alguien se le ocurre escribir eso que en el Nuevo Testamento se llama la Carta a los Hebreos. Una carta donde se dice, sin más, que Jesús es sacerdote. Se dice rotundamente, y además se dice con una tal novedad que no entronca para nada con el sacerdocio del pueblo de Israel. Con toda intención se contrapone el sacerdocio de Melquisedec al sacerdocio de Aarón, para concluir que Jesús es sacerdote «en la línea de Melquisedec, no en la línea de Aarón» (Hb 7, 11).

Era un tiempo en que vivía un personaje llamado Melquisedec, en tiempos de Abrahán, cuando no existía para nada el pueblo de Israel, y Melquisedec quer1a decir «rey de justicia», «rey de paz», cuando era a la vez «sacerdote del Altísimo», y de este hombre se dice en la carta a los Hebreos que Jesús era «sacerdote en la línea de Melquisedec».

¿Por qué dice esto el autor de este escrito? Porque, según él, en Jesús se da radicalmente un «cambio del sacerdocio», pasa a ser otra cosa muy distinta del sacerdocio de Israel. Es cosa bien sabida que «Jesús nació de Judá, y de esta tribu nunca habló Moisés tratando del sacerdocio»(Hb 7, 13-14), no pertenecía a la tribu de Levi, que era la tribu del «sacerdocio levítico».

Así pues, Jesús era de la tribu de Judá y, como tal, nunca perdió la categoría de «laico» que presentó durante toda su vida, por más que en esta carta del Nuevo Testamento se cargue sobre él la categoría de «sacerdocio». Por más que en esta carta se trate de decir que Jesús es «sacerdote», y aun «sumo sacerdote», o «gran sacerdote», no habrá que perder de vista jamás este cambio radical que se ha realizado en Jesús, por lo cual él permanece siendo un laico para poder así ejercer un nuevo tipo de sacerdocio.

Es de gran interés para esta carta precisar bien esta gran novedad del sacerdocio de Jesús, por lo cual se contradistingue bien de todo otro tipo de sacerdocio: Jesús fue sacerdote «según la fuerza de una vida indestructible» (Hb 7, 16).

Lo cual nos remite directamente a la vida histórica de Jesús: Jesús hizo de su vida una tal «ofrenda de si mismo», una entrega tan radical por la liberación de su pueblo, que terminó en la cruz. Pero la muerte de Jesús no fue su destrucción, sino al revés: la que consumó su vida como una realidad indestructible, la que le convirtió en «el hombre consumado para siempre» (7, 27-28).

Es evidente que llamar a esto «sacerdocio» obliga a salirse de las categorías habituales, y acercarse a él como a una realidad absolutamente nueva. Es lo que se hace en este escrito del Nuevo Testamento: lo mismo que el «sumo sacerdote» del templo lleva la sangre de los cadáveres de los animales para el rito de la expiación, pero luego esos cadáveres «se queman fuera del campamento», pues de la misma manera Jesús, para consagrar al pueblo con su propia sangre, «murió fuera de las murallas» (13, 10-12). Jesús fue expulsado fuera de la ciudad por los sacerdotes del templo, y allí, en contradicción con todo lo que se hace en el templo de Jerusalén, Jesús aparece como un laico por más que se le represente convertido en sacerdote: «nosotros tenemos un altar (el altar de la cruz) del que no tienen derecho a comer los que dan culto en el tabernáculo» (13, 10).

Rasgos fundamentales del mensaje de Jesús como Laico

news_jv73wr9o50sy2pmJesús permanece siempre laico. Todo lo que hizo en su vida histórica fue claramente laica, determinado por su condición de ser de la tribu de Judá, no de la tribu de Levi. Jesús aparece tan claramente como un laico, tan distante de toda realidad sacerdotal, que lo que siempre habrá que tener en cuenta es que en él se ha realizado un «cambio del sacerdocio» por lo que no se parece en nada al sacerdocio del pueblo de Israel. La cuestión de Jesús se va siempre por unos derroteros que contradicen su condición de sacerdote: se va, por ejemplo, por los pobres, que fue siempre lo que fascinó a Jesús. Así continúa puntualmente su función como laico.

a) Los privilegiados de Dios son los pobres: Hasta tal punto se distancia Jesús del sacerdocio del templo que esto le obliga a preocuparse de algo que ha sido desde el principio muy querido por él: los pobres de su pueblo.

Pero esto nos fuerza a poner en primer plano las «Bienaventuranzas» de Jesús, que fue lo primero de que se preocupó Jesús al poco tiempo de haber comenzado su misión en Cafarnaún. «Dichosos vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios»: esta es la primera bienaventuranza que proclama Jesús. Los pobres, que eran la gran mayoría del pueblo de Israel, pasan a ser los preferidos de Jesús, porque eran también los preferidos de Dios, cuyo Reino comienza a proclamar Jesús como la gran alternativa entre ricos y pobres en que va a centrar su misión.

Jesús sabía muy bien cuán deteriorada y falsificada estaba la imagen de Dios en su mundo, y más directamente en los dirigentes religiosos de su pueblo. En tales circunstancias, no basta con que los dirigentes digan que representan a Dios, ni de actuar en su nombre. En la primera bienaventuranza aparece con toda claridad que Dios está en otra parte que donde solemos colocarle los hombres para manipularlo en favor nuestro. Más exactamente: Dios está en la parte contraria de donde le han colocado los poderosos de su tiempo, lo mismo los dirigentes religiosos judíos como el poder imperial romano en Palestina. Esa parte contraria es el ámbito de los pobres, de los sometidos y marginados, dentro del pueblo de Israel.

No es nada fácil captar la carga subversiva de este mensaje de Jesús: los que hasta entonces no habían contado para nada en la construcción de aquella sociedad, porque en realidad no servían para nada, son los que cuentan para Dios a la hora de construir su Reino. No era de la parte «religiosa» de su pueblo, ni siquiera del templo de Jerusalén, de donde cabría esperar las promesas de Dios para su pueblo, sino de las manos de un laico como Jesús.

Pero no hay que olvidarse de las malaventuranzas que Jesús dedica a los prepotentes de su pueblo: “¡Ay de vosotros los ricos, porque ya tenéis vuestro consuelo!» (Lc 6, 20-24). En otra ocasión, cuando Jesús se encuentra con un joven rico, que renuncia a seguirle porque “tenía muchas posesiones”, aprovecha para decirles a sus discípulos: “¡Con qué dificultad van a entrar en el Reino de Dios los que tienen el dinero!…Más fácil es que pase un camello por el ojo de una aguja que no que entre un rico en el Reino de Dios” (Me 10, 22-25).

No podría decirlo Jesús más claro: emplea un símil, que pronto se convertirá en proverbio, para explicar lo difícil que es que un rico entre en el Reino de Dios. Y esto nos obliga a considerar quiénes son los ricos dentro de su pueblo: los poderosos y los opulentos, que son los que tienen el dinero en el pueblo de Israel. Estos son, sin duda, los sacerdotes del templo, que lo han convertido en un «mercado» (Jn 2, 16) Y en la irrisión de la gente. Nadie podía lanzar en nombre de Dios la corrupción del templo sino un laico como Jesús, que había puesto en vigencia, contra los ricos, los preferidos de Dios que son los pobres, de manera que la Buena Noticia que es el Evangelio pertenece únicamente a los pobres.

b) El buen samaritano: Jesús presenta siempre como un «prójimo» a toda la inmensa mayoría de los pobres que forman parte de todo el pueblo de Israel. Ese “prójimo» que, para el sacerdote y el levita «dan un rodeo y pasan de largo», sucede que a Jesús «le dio lástima», es decir, «le conmovieron las entrañas» al ver lo que acababa de ver.

En otra ocasión, cuando da de comer a cinco mil hombres, y ocasionó un entusiasmo popular en torno a él, «le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor» (Mc 6, 34). ¿Qué es lo que ocurrió a Jesús? Pues le ocurrió que «se le conmovieron las entrañas» al ver a tanta gente a quien los dirigentes del pueblo habían abandonado a su suerte. Un laico como Jesús, que se compadece de los pobres, es capaz de responder como nadie a la inmensa muchedumbre de los pobres que los sacerdotes del templo habían dejado abandonados como ovejas sin pastor. El laico Jesús sabe que «mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y les doy vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano» (Jn 10, 27-28).

c) El «pueblo sacerdotal»: Jesús fue el «arrojado fuera de la ciudad» por los sacerdotes de su pueblo. Sólo desde él nosotros los cristianos somos un «pueblo sacerdotal» que estamos llamados a salir donde él fue arrojado: «Salgamos, pues, donde él fuera del campamento, cargando con su oprobio, pues no tenemos aquí ciudad permanente, sino que andamos buscando la futura». Y se nos recuerda lo que deberíamos tener siempre presente: «No os olvidéis de hacer el bien, ni de la puesta en común de los bienes: esos son los sacrificios que agradan a Dios» (Hb 13, 13-16).

d) El final de la historia: Jesús fue definitivamente un laico. Sólo al final de la historia, todos los hombres serán llamados a aparecer delante de él: «Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui extranjero y me recogisteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, estuve en la cárcel y fuisteis a verme». ¿Cuándo pasó todo esto? «Cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, lo hicisteis conmigo» (Mt 25, 35-40). «El criterio determinante del juicio de Dios sobre la historia no va a ser un criterio religioso, sino estrictamente laico»,dice un conocido teólogo Latinoamericano.

Rufino Velasco

Reflexión y Liberación Nº 93 / Junio de 2012
Santiago de Chile.

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Domingo de Guzmán, un cristiano libre

Sábado, 8 de agosto de 2015

En la Fiesta de Santo Domingo de Guzmán, recordemos a este hombre providencial, amante de la pobreza y de la libertad en el compromiso…

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(Sto Domingo de Guzmán penitente, de Martínez Montañés)

 “¿Cómo podré yo seguir estudiando en pieles muertas, en pergaminos, cuando hermanos míos en carne viva se mueren de hambre?”

“Con los pies descalzos salgamos a predicar”.

“Si alguien enseña a los frailes que faltar a las observancias es pecado, yo mismo iré sin demora por los claustros raspando todas las reglas con su cuchillo”.

“El trigo amontonado se pudre”.

“Tened caridad, conservad la humildad, poseed la pobreza voluntaria”.

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“Tiempo para todo”, por Gema Juan, OCD

Miércoles, 5 de agosto de 2015

20124888145_cf884c4699_mDe su blog Juntos Andemos:

La sabia palabra del libro del Eclesiastés dice: «Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol». Como si se hiciera eco de esa palabra, Teresa de Jesús escribía a su gran amigo Antonio Gaytán diciéndole: «Sepa que como en este mundo hay tiempos diferentes, así en el interior, y no es posible menos… y vaya mirando a lo que le inclina más su espíritu». Hay tiempos diferentes… y tiempo para todo.

Teresa había experimentado la prisa y la calma, los agobios de los mil asuntos de la vida y el descanso de la amistad, tanto la divina como la humana. Conocía los humores que zarandean a los seres humanos y lo que el cansancio puede hacer en un buen espíritu, agostándolo y haciéndolo tambalear.

También había disfrutado el regalo de la naturaleza y en el Libro de la Vida decía: «Aprovechábame a mí también ver campo o agua, flores. En estas cosas hallaba yo memoria del Criador, digo que me despertaban y recogían y servían de libro».

No solo le acercaban a Dios todas esas cosas, sino que entendía que son un descanso para el cuerpo y el alma. Por eso, ponía mucho interés en que las casas que iba fundando tuvieran huerta y buenas vistas, porque –decía– «para nuestra manera de vivir es gran negocio». Y así, tratando de la casa en la que convenía estar en Sevilla, escribía a su querida María de San José: «Siempre advierta que es menester vistas más que estar en buen puesto, y huerta si pudieren».

Inclinada a la discreción y enemiga de los excesos, dirá a Gracián, su descalzo más protegido, en un momento en que se le iba la mano en esfuerzos y penitencias: «Yo digo, mi padre, que será bien que vuestra paternidad duerma. Mire que tiene mucho trabajo, y no se siente la flaqueza hasta estar de manera la cabeza que no se puede remediar, y ya ve lo que importa su salud». Así de sabia y humana era.

En la misma línea, decía a su hermano Lorenzo: «No piense le hace Dios poca merced en dormir tan bien, que sepa es muy grande; y torno a decir que no procure que se le quite el sueño, que ya no es tiempo de eso».

Teresa era poco amiga de las ñoñerías y le disgustaba que había quienes pensaban que «todo nos ha de matar y quitar la salud» y con esa excusa dejaban de esforzase en el amor y el servicio. Por eso avisaba de la necesidad de «vencer estos corpezuelos» para que no lleven las riendas de la vida.

Pero sabía que muchas dificultades venían, sencillamente, de «indisposición corporal (y de) las mudanzas de los tiempos y las vueltas de los humores». Por eso, era contraria a forzar a las personas, porque eso solo provoca desazón, un «afligimiento –decía– que no sirve de más de inquietar el alma».

Invitaba a la creatividad, a la amplitud de miras y a buscar modos de estar con Dios, cuando no se puede orar, por cansancio u otros motivos: «Sirva entonces al cuerpo por amor de Dios, porque otras veces muchas sirva él al alma, y tome algunos pasatiempos santos de conversaciones que lo sean, o irse al campo».

Teresa animaba a descubrir la propia disposición y lo necesario en cada ocasión, y a comprender que «en todo se sirve Dios», cuando se entra en el camino del amor. Por eso, añadía: «Suave es su yugo, y es gran negocio no traer el alma arrastrada, como dicen, sino llevarla con suavidad para su mayor aprovechamiento».

Dar descanso al cuerpo y al alma, porque el corazón también necesita solaz. A la misma María de San José, por ejemplo le decía: «Para descansar de otras ocupaciones cansosas sería bien vuestra merced no dejase de escribirme alguna vez, que cierto cuando veo su letra me es gran merced y alivio».

«Hay tiempos diferentes» y ya que –como decía a su hermano Lorenzo– «siempre suele Dios traer tiempos para cumplir los buenos deseos», hay que saber vivir el descanso.

Recrearse con la naturaleza y en soledad, como le escribía en otra carta, desde Toledo: «Tengo una celdilla muy linda, que cae al huerto una ventana, y muy apartada». Y recrearse con los buenos amigos que, a veces, cuidan mejor que uno mismo, como decía a Gracián: «Dios me libre de mí, que tan poco caso hago de mi descanso. Plega al Señor me dé alguno en que pueda yo descansar mi alma, muy despacio con vuestra paternidad».

Todavía, por si acaso no hay ventanas con vistas, ni espacios más amables ni tiempos largos de descanso, Teresa invitará a descansar en lo profundo, donde habita Dios, y dirá: «Os será consuelo deleitaros en este castillo interior… podéis entrar y pasearos por él a cualquier hora».

Y en una de sus Cuentas de Conciencia, describe el mejor descanso: «Me vino un recogimiento con una luz tan grande interior que me parece estaba en otro mundo, y hallóse el espíritu dentro de sí en una floresta y huerto muy deleitoso tanto, que me hizo acordar de lo que se dice en los Cantares: Veniat dilectus meus in hortum suum».

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“Un problema: nuestras liturgias”, por José Agustín Cabré

Domingo, 2 de agosto de 2015

topiceucaristia-720_270x250De su blog El catalejo del Pepe:

Una buena parte de los católicos que acuden a los templos el día domingo son adultos mayores. Pueden recordar, por lo tanto, la sorpresa y el alivio que les significó en su experiencia religiosa, hace 50 años, los cambios que el Concilio Vaticano realizó en la liturgia de los sacramentos y de la misa: se les invitó a pasar de “asistentes” a “participantes en los ritos y el culto. Se pasó de “oír misa” a “celebrar la misa”.

Con el paso del tiempo se ha podido comprobar que esas reformas no fueron tan completas como se esperaba: los católicos siguen asistiendo a misas como a un espectáculo en donde ellos son el público y los actores son otros: el cura, los acólitos, los ministros, los lectores, el coro…todo distribuido en un espacio acomodado como un teatro: un público que mira a cierta distancia la actuación de unos disfrazados que están en el escenario.

De la Eucaristía, la gran acción de gracias a Dios por el don de la vida, mediante la experiencia humana de Jesús de Nazaret, con su vida, pasión, muerte y resurrección…en realidad queda bien poco.

Un lenguaje desconocido.

Hubo algunos cambios, es cierto: se pasó del latín- que nadie entendía- al idioma de cada país. Pero no se cambió el nefasto sistema de la lectura continuada de la biblia. En el afán de que el pueblo escuche alguna vez toda la biblia, se han mantenido en la misa las lecturas (antiguo y nuevo testamento más evangelios) leyendo de corrido desde el Génesis al Apocalipsis en un período de tres años; la idea, si alguna vez fue buena, ha fracasado en la práctica. Con este sistema el pueblo católico tiene que escuchar lo que toque leer ese día, sea cual sea la experiencia vital que esté viviendo. Aún son pocos los pastores que abandonan ese sistema y se atreven a buscar las lecturas más apropiadas para cada ocasión; esto exige tiempo de preparación, buen criterio de discernimiento y capacidad de diálogo con los equipos laicales. También puede exigir entereza para ir a dar explicaciones al obispo que necesariamente defenderá el otro esquema impuesto desde Roma.

Pero no es el único cambio para que la misa sea realmente Eucaristía. Si como dice la catequesis, con más poesía que seguridad, se trata de una comunidad a modo de familia que celebra su fe, alimenta su esperanza y vive la caridad, la misa debiera contar con un ambiente atractivo y con signos entendibles y didácticos.

En uno de sus textos incisivos pero veraces, el periodista Raúl Gutiérrez, que se considera un cristiano de base y de mentalidad amplia y pluralista, escribió:

Las improvisaciones.

La sensación que a uno le queda con frecuencia al salir de alguna misa dominical es la improvisación, como si el sacerdote y los encargados de la ceremonia no estuvieran demasiado convencidos de la importancia y la solemnidad del acto.

En pocos templos los fieles son acogidos en la puerta por el sacerdote o laicos que los saluden y entreguen una hoja con los textos bíblicos que se leerán en la celebración. Como la mayoría llega atrasada, es frecuente que la misa se inicie en presencia de una exigua concurrencia, que terminará de engrosarse recién durante la homilía.

La improvisación del equipo encargado de la misa se advierte en los cuchicheos entre el guía y los lectores, e incluso entre el celebrante y sus acólitos, actitudes que sumadas a desplazamientos nerviosos y aparatosos de estos personeros en torno al altar y hacia la sacristía distraen a la comunidad.

Dejando de lado toda consideración o exigencia de carácter estético, cabe señalar que la mayoría de los coros maneja un estilístico repertorio de canciones litúrgicas, lo que explica que con frecuencia entone algunas que guardan escasa o ninguna relación con la fiesta que se trata o la enseñanza básica del Evangelio de ese domingo. Dejar los coros, por llamarlos de alguna manera piadosa, a la buena de Dios, demuestra una escasa comprensión del significado de la música como medio universal de comunicación, sobre todo en el caso de los jóvenes”.

Una liturgia que no convence.

Resultan interesantes las anotaciones del periodista. Pero, lamentablemente, deberá pasar todavía mucho agua bajo los puentes antes que la liturgia católica se haga comprensible, celebrativa, compartida, santificadora de la vida. Se está hablando de la gran tarea de evangelizar al siglo XXI, de comprometerse con la misión permanente, de hablar un lenguaje de palabras y signos entendibles al mundo de hoy. Pero no se nota ningún cambio hacia delante; mas bien se advierten muchos retornos al pasado: algunos llegan a la paranoia de querer volver al latín, de colocar aún más colgajos en las vestiduras de los clérigos, de incorporar de modo permanente el incienso en las liturgias…

El mundo del siglo XXI los mira, se ríe y sigue su camino buscando, casi a la desesperada, quién lo acompañe en su caminar por la vida. Los grandes valores del Reino de Dios, los que nos humanizan, siguen sin ser descubiertos porque se les quiere poner demasiados trapos encima.

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Tomad, Señor, y recibid…

Viernes, 31 de julio de 2015
En la Fiesta de San Ignacio de Loyola, la pregunta es acuciante: “¿Qué he hecho por Cristo? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué debo hacer por Cristo?”
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Tomad, Señor, y recibid
toda mi libertad,
mi memoria,
mi entendimiento
y toda mi voluntad,
todo mi haber
y mi poseer;
Vos me lo diste;
a Vos, Señor, lo torno;
todo es vuestro,
disponed todo a vuestra voluntad;
dadme vuestro amor y gracia,
que esto me basta.

*

San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales,
Cuarta Semana, Contemplación para alcanzar amor, Primer punto.

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Bibliografía. Hay infinidad de biografías y estudios sobre San Ignacio. Libros de interés

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Somos de carne

Lunes, 27 de julio de 2015

Del blog de la Communion Béthanie:

Pasemos el verano con el libro Oser la chair (atreverse con la carne) del fraile dominico Jean-Pierre Olivier Brice, en Ediciones du Cerf. Premio  de libros  de Espiritualidad Panorama – La Procure 2015:

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Estamos hechos de una carne universal,
en la que Jesús entró,
la cual viene de Dios y regresa a él,
una carne común a todos los humanos y
que nos hace plenamente solidarios,
pero estamos sobre todo constituidos
por una carne singular que viene de todo
lo que hacemos, de lo que decidimos.
Estamos frente a la responsabilidad de la verdad de nuestra propia carne…
Entendamos la palabra carne como todo el ser.
La unidad indisociable de todo lo que nos constituyecomo seres vivos y únicos:
cuerpo, espíritu, alma, inteligencia, sensibilidad, instinto, memoria,
herencias múltiples, deseo, historia, palabra.
Esto que permite ser y decir: “Yo soy”

*

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“Ecuaciones teresianas”, por Gema Juan OCD

Miércoles, 22 de julio de 2015

16557694044_d11b2b1a97_mDe su blog Juntos Andemos:

Teresa de Jesús tenía una lógica muy particular. Era una mujer inteligente y con ingenio, le gustaba pensar. Observaba y sabía hacer cálculos para lograr sus objetivos, porque su carácter apasionado no apagaba su espíritu práctico y su sentido común.

En Camino de Perfección, escribía: «Un buen entendimiento, si se comienza a aficionar al bien, ásese a él con fortaleza, porque ve es lo más acertado… Cuando este falta, yo no sé para qué puede aprovechar en comunidad, y podría dañar harto».

Una ecuación sencilla: cuando el buen entendimiento suma buenas costumbres da lugar a una buena vida. Igual de sencilla es aquella que explica que afrontar la vida sin un arrimo verdadero concluye en un fracaso. Y entonces hablaba de que Jesús es la puerta para adentrarse en lo profundo de Dios.

Era cuando explicaba que en la vida hay de todo: «Negocios y persecuciones y trabajos… tiempo de sequedades…, y que «nosotros no somos ángeles». Contando con eso –dice Teresa– si no se procura andar con Jesús, todo «es andar el alma en el aire, como dicen; porque parece no trae arrimo».

La ecuación es elemental y Teresa explicaba que, a veces, el orden de factores sí altera el producto y «querer ser María antes que haya trabajado con Marta», es decir, saltar pasos en la relación de amistad con Dios, da mal resultado. Lo mismo que hacer adiciones sin cuidado, de modo que una «motita de poca humildad, aunque no parece es nada, para querer aprovechar en la contemplación hace mucho daño».

También tiene su tabla de equivalencias: «Humildad es andar en verdad» o «amor de Dios es… servir con justicia y fortaleza de ánima y humildad». Y más: si se procura «siempre mirar las virtudes y cosas buenas que viéremos en los otros, y tapar sus defectos… se viene a ganar una gran virtud, que es tener a todos por mejores que nosotros». Y –dice Teresa– el resultado es que se tiene una gran libertad.

A veces, tiene una lógica aplastante. Por ejemplo, cuando habla del dinero, ¿para qué sirve?: «¿Qué es esto que se compra con estos dineros que deseamos? ¿Es cosa de precio? ¿Es cosa durable? ¿O para qué los queremos? Negro descanso se procura, que tan caro cuesta».

Y no es que no supiese lo importante que es disponer de lo necesario. Se había visto «atada por tantas partes, sin dineros ni de dónde los tener»; buscando el modo como llevar adelante sus fundaciones y viéndose «sin ayuda de ninguna parte».

Pero, había visto que el dinero acababa marcando las relaciones, como si fuera el baremo de la vida, la medida de buenos y malos, hasta el punto de que –como escribió– «por maravilla hay honrado en el mundo si es pobre, antes, aunque lo sea en sí, le tienen en poco». Una ecuación tan clara como engañosa, a la que Teresa responde enérgicamente: «¡Oh, si todos diesen en tenerlos por tierra sin provecho!… ¡Con qué amistad se tratarían todos si faltase interés de honra y de dineros!».

Otra de sus ecuaciones dice que despejando el amor propio, se resuelve la incógnita del auto engaño, porque se echa a los ladrones y se descubre la verdad.

Decía: «No os aseguréis ni os echéis a dormir, que será como el que se acuesta muy sosegado habiendo muy bien cerrado sus puertas por miedo de ladrones, y se los deja en casa. Y ya sabéis que no hay peor ladrón, pues quedamos nosotras mismas».

Hay que aplicar unas fórmulas: «Andar contradiciendo su voluntad… ponerla en lo que nunca se ha de acabar», y hay que dejar de aplicar otras: «Una propia estimación, un juzgar los prójimos, aunque sea en pocas cosas, una falta de caridad con ellos, no los queriendo como a nosotros mismos».

La lógica que propone Teresa es la de ponerse manos a la obra. Sin miedo: «Esforcémonos» –dice– dejando los temores, porque a veces, «no osamos pasar adelante, como si pudiésemos nosotras llegar a estas moradas y que otros anduviesen el camino». Y sin pereza, aunque en ocasiones «como no hemos dejado a nosotras mismas, es muy trabajoso y pesado; porque vamos muy cargadas».

Solo queda observar la progresión: «Andar con particular cuidado y aviso, mirando cómo vamos en las virtudes: si vamos mejorando o disminuyendo en algo, en especial en el amor unas con otras».

El resultado final, en cifras, es que en la amistad con Dios, «lo que está dicho y se dijere… es una cifra de lo que hay que contar», porque Él es infinito y sus misericordias no se pueden calcular.

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“¿Teresa extraordinaria? (III)”, por Gema Juan, OCD

Martes, 14 de julio de 2015

19115313646_834cbce141_mDe su blog Juntos Andemos:

El largo camino por el que Teresa de Jesús se fue haciendo una mujer nueva y extraordinaria supuso, también, la revelación de un Dios sorprendente e inesperado. El Dios que había transformado su vida y que hará de ella una gran mujer de Dios.

Descubrir a ese Dios, siempre presente pero no siempre percibido, forma parte de la aventura personal de Teresa y de su proceso para convertirse en la «madre de espirituales» que llega a ser, capaz de acompañar a los creyentes, de siglo en siglo.

Ella misma confesaba, en una ocasión: «Acaecióme a mí una ignorancia al principio, que no sabía que estaba Dios en todas las cosas». Y eso, a pesar de que en cuanto empieza a repensar su vida para enderezarla, cae en la cuenta de que Dios, desde el principio, la iba guiando y llamando. Decía al comienzo del Libro de la Vida: «No me parece os quedó a Vos nada por hacer». Y, mucho más adelante, en una Exclamación, insistirá: «¡Oh, qué tarde se han encendido mis deseos y qué temprano andabais Vos, Señor, granjeando y llamando para que toda me emplease en Vos!».

Al Dios todomisericordioso, del que después hablará incansablemente, lo descubre muy lentamente. Teresa creía que el tesoro del amor de Dios solo se entregaba a los buenos y eso la había paralizado en más de una ocasión. Y resumía esa creencia diciendo: «Aguardaba a enmendarme primero, como cuando dejé la oración».

Creía que tenía que ser buena para que Dios estuviera con ella, para orar, incluso para tratar con los letrados o con quienes podían darle luz en su camino. Teresa todavía veía a Dios como el que favorece y se da a los buenos y juzga y recrimina a los malos.

Y cuenta que oraba para «ganar perdones», para ganarse a Dios: «Antes que me durmiese, cuando para dormir me encomendaba a Dios, siempre pensaba un poco en este paso de la oración del Huerto, aun desde que no era monja, porque me dijeron se ganaban muchos perdones».

Después de muchas luchas interiores, tras no pocas idas y venidas, entenderá que Dios va siempre delante, dándose. De tal modo que, cuando hace memoria de su propia vida, se da cuenta de que Dios es pura Gracia. Descubre a un Dios al que no hay que ganar, con el que no hay que comerciar para tenerlo a favor, pero con el que se puede hacer «un concierto». Eso es lo que llegará a entender Teresa:

Que con el «amigo de todo concierto», solo se puede tratar de amistad, no sirven otras cosas: solo la sinceridad de corazón encuentra el acceso. Teresa llega a comprender que Dios no fuerza jamás ni se presta a cambalaches piadosos. Por eso, dirá: «Él no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le damos; mas no se da a Sí del todo hasta que nos damos del todo».

Así, pero no de un día para otro, Teresa pasa de creer en un Dios al que hay que satisfacer, a creer y vivir con otro que ama y se deja amar, que quiere amigos y no súbditos. Ese gran paso le lleva a entender que Dios desea encontrar una mirada amorosa que le responda y por eso dice a quien quiera escucharla: «Mire que le mira, y le acompañe y hable y pida y se humille y regale con Él».

El camino de fe que recorre la lleva a comprender que Dios quiere comunicarse, que busca a todos los seres humanos para regalarles su amor. Por eso, dirá que lo que importa es descubrir «el particular cuidado que Dios tiene de comunicarse con nosotros y andarnos rogando -que no parece esto otra cosa- que nos estemos con Él».

Teresa no dejará ya nunca de ser exigente consigo misma y con los demás. Y tal vez por ello, a veces se confunde su gran valía con algo excesivo a lo que no se puede aspirar. No es así. Ella puede decir: «Ni honra, ni vida, ni gloria, ni bien ninguno en cuerpo ni alma hay que me detenga ni quiera ni desee mi provecho, sino su gloria», y al mismo tiempo: «Soy muy ordinario reprendida de mis faltas». Como si dijera: siempre hay por delante un gran camino que hacer y estoy dispuesta. Ahí está lo extraordinario.

Teresa acompaña para abrir los ojos al amor y descubrir al «huésped divino» que jamás falta; conduce al encuentro íntimo y enseña lo único necesario para el amor: confiar y andar en verdad. Solo después de eso, se muestra firme para que nadie pierda el tesoro recibido y es desde ahí, desde donde levanta su propio vuelo.

Porque si algo hizo extraordinaria de verdad a Teresa, fue la confianza absoluta y esa amada sinceridad que unió su vida a la de Dios, sin dejar resquicio fuera. A partir de aquí, todas sus piezas encajan. Su vida se concierta con la del Dios que ha arrebatado su corazón y empieza «otra vida», la extraordinaria vida de los amigos de Dios. Escribir, recorrer mil caminos para fundar, enseñar, mover corazones, tratar con nobles y gentes sencillas, negociar, educar, responder a los teólogos… todo es –dirá– «otra vida nueva».

Con cuánta razón podía escribir: «¡Oh Señor mío y Misericordia mía y Bien mío! Y ¿qué mayor le quiero yo en esta vida que estar tan junto a Vos, que no haya división entre Vos y mí? Con esta compañía, ¿qué se puede hacer dificultoso? ¿Qué no se puede emprender por Vos, teniéndoos tan junto?».

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Recordatorio

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