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Entradas Etiquetadas ‘Amor’

María, pequeña María…

Jueves, 8 de septiembre de 2022

En la Festividad de la Natividad de María. Del blog de la Communion Béthanie:

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“Cualquiera que sean nuestros estados de vida y de responsabilidades,

estamos totalmente envueltos en la maternidad dulce de María,

que cumple para nosotros los mismos hechos que toda madre prodiga a sus hijos:

ama, vela, protege, intercede…

Como la pequeña Teresa de Lisieux, ama siempre más a María,

y, siempre más también,  has de saber hacerla amar.

Qué, por ella, traigas a tus hermanos a Cristo Jesús.”

*

Su Santidad Juan XXIII

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Bernardo de Claraval: Amo porque amo, amo por amar.

Sábado, 20 de agosto de 2022

Celebramos hoy la fiesta de San Bernardo,  místico del camino  hacia la unión espiritual con Dios, cantor del amor esponsal… Traemos uno de los textos del Oficio de Lectura preparados para hoy… Excelente meditación.

Amo porque amo, amo por amar

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El amor basta por sí solo, satisface por sí solo y por causa de sí. Su mérito y su premio se identifican con él mismo. El amor no requiere otro motivo fuera de él mismo, ni tampoco ningún provecho; su fruto consiste en su misma práctica. Amo porque amo, amo por amar. Gran cosa es el amor, con tal de que recurra a su principio y origen, con tal de que vuelva siempre a su fuente y sea una continua emanación de la misma. Entre todas las mociones, sentimientos y afectos del alma, el amor es lo único con que la creatura puede corresponder a su Creador, aunque en un grado muy inferior, lo único con que puede restituirle algo semejante a lo que él le da. En efecto, cuando Dios ama, lo único que quiere es ser amado: si él ama, es para que nosotros lo amemos a él, sabiendo que el amor mismo hace felices a los que se aman entre sí.

El amor del Esposo, mejor dicho, el Esposo que es amor, sólo quiere a cambio amor y fidelidad. No se resista, pues, la amada en corresponder a su amor. ¿Puede la esposa dejar de amar, tratándose además de la esposa del Amor en persona? ¿Puede no ser amado el que es el Amor por esencia?

Con razón renuncia a cualquier otro afecto y se entrega de un modo total y exclusivo al amor el alma consciente de que la manera de responder al amor es amar ella a su vez. Porque, aunque se vuelque toda ella en el amor, ¿qué es ello en comparación con el manantial perenne de este amor? No manan con la misma abundancia el que ama y el que es el Amor por esencia, el alma y el Verbo, la esposa y el Esposo, el Creador y la creatura; hay la misma disparidad entre ellos que entre el sediento y la fuente.

Según esto, ¿no tendrá ningún valor ni eficacia el deseo nupcial, el anhelo del que suspira, el ardor del que ama, la seguridad del que confía, por el hecho de que no puede correr a la par con un gigante, de que no puede competir en dulzura con la miel, en mansedumbre con el cordero, en blancura con el lirio, en claridad con el sol, en amor con aquel que es el amor mismo? De ninguna manera. Porque, aunque la creatura, por ser inferior, ama menos, con todo, si ama con todo su ser, nada falta a su amor, porque pone en juego toda su facultad de amar. Por ello, este amor total equivale a las bodas místicas, porque es imposible que el que así ama sea poco amado, y en esta doble correspondencia de amor consiste el auténtico y perfecto matrimonio. Siempre en el caso de que se tenga por cierto que el Verbo es el primero en amar al alma, y que la ama con mayor intensidad.

*

De los Sermones de san Bernardo, abad, sobre el Cantar de los Cantares
(Sermón 83, 4-6: Opera omnia, edición cisterciense, 2 [1958], 300-302)

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Bernardo de Claraval – obra de Rowan Lewgalon

Bernardo, primer abad de Clairvaux (Claraval) y doctor de la Iglesia, nació el año 1090 en el seno de una familia noble de Borgoña. Inflamado por el Espíritu y enardecedor de almas desde su juventud, entró a los 20 años en el monasterio de Cíteaux, conquistando para el ideal monástico a muchos jóvenes nobles.

Tras ser nombrando en 1115 abad de Claraval, convirtió muy pronto su monasterio en un cenáculo de vida espiritual y en un auditorio del Espíritu Santo. Fue llamado por príncipes, obispos y papas, refutó herejías, defendió los derechos de la Iglesia y al papa legítimo. Como doctor de la unión mística con el Verbo y cantor sublime de la Virgen María, es autor de numerosos tratados, cartas y sermones. Murió en 1 153, llorado en Claraval por más de 700 monjes y siendo padre de más de 160 monasterios.

***

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El fin del hombre es el reconocimiento de la verdad, que es Dios, lo que implica el conocimiento de la relación del hombre con Dios, que es una relación de indigencia. Como el obstáculo es el orgullo, el remedio es la humildad; la condición es la gracia, el encuentro con Dios en Cristo. El resultado es la estima del hombre por su dignidad recuperada de imagen de Dios: mientras que la ignorancia de sí y el orgullo disminuyen el valor del hombre, la humildad, reconocimiento de la necesidad de Dios, pero también de la capacidad de Dios que hay en el hombre, revela a éste lo que él mismo es. De este modo, «sale» de él mismo y se eleva, crece, «se extiende» a nuevas dimensiones, las del amor a Dios y al prójimo. El ser humilde se vuelve manso, misericordioso. Así, la fe vivida y, por así decirlo, transformada en humildad, en caridad, hace, según los modos de hablar de nuestro tiempo, salir al «mí mismo» del «yo»: despierta al yo a la libertad del «mí mismo», le hace convertirse en persona en presencia de Dios, en comunión de solidaridad con todos.

En Bernardo está siempre presente este mensaje de gloria, condicionado por su mensaje de humildad, este realismo extremo en la consideración de la miseria del hombre, y esta confianza indefectible en la gloria que está ya en él y no espera más que manifestar sus efectos. La función de la expresión literaria será hacer ver un poco de esta luz oculta que percibe la mirada de la fe. En Bernardo, como también en otros grandes espirituales que fueron escritores, la intensidad de la experiencia explica el carácter ferviente, apasionado de la expresión y, por consiguiente, la parte de exageración que ésta pueda tener: tanto si evoca las profundidades de nuestra bajeza o la sublimidad de las visitas del Verbo, parece ir a veces demasiado lejos, rebasar los límites de lo razonable y, en todo caso, de lo normal y de lo habitual. A decir verdad, se limita simplemente a revelar, a propósito de él mismo, lo que puede ser el caso de todos.

Sus escritos manifiestan un pensamiento a la vez contemplativo y tan comprometido como es posible. Cada uno de ellos empezó siendo un acto bien preciso, pero en cada uno de ellos alcanza Bernardo lo universal. Cuanto más lúcido es un ser sobre sí mismo, más ilumina a los otros sobre ellos mismos.

*

J. Leclercq,
Bernardo de Claraval,
Edicep, Valencia 1991, pp. 212-213.

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El amor

Martes, 2 de agosto de 2022

Del blog Nova Bella:

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…ya que sólo el amor cuenta

*

María Victoria Atencia

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“La opción de Jesús ante el amor de Magdalena”,

Viernes, 22 de julio de 2022

Del blog de Pedro Miguel Lamet:

¿Cómo fue el amor de Jesús a María Magdalena?

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 Eran la bruma azul
con que el sueño dibuja los adioses
y Dios se hace tejido y primavera.
¡Y cómo eran de puras las palabras
que lloraban sus ojos en mí recién nacidos
como coplas, quejidos de lo eterno!

11.07.2022 | Pedro Miguel Lamet

¡RABBONI!

Le buscaba la voz como una antorcha
en la garganta oscura de la estancia,
con el sabor a tiemblo que amanece
allá en el blanco amor de adolescencia.
Y mis pies conservaban aún
todo el aroma sutil
de aquella seda:
cabellos de mujer, misterio de la noche
derramada.Amar a veces es decir me dueles.
Te espían mis sentidos por el hueco
pasillo del recuerdo,
la cueva de lo ignoto que desande
preguntas aún suspensas de la infancia.
Eran sus manos las alas de un deseo
que había llegado a ser desvencijado amor
sin nombre, mil veces derramado
en un sabor a esquina, a asco, a beso
por denario.
Eran la bruma azul
con que el sueño dibuja los adioses
y Dios se hace tejido y primavera.
¡Y cómo eran de puras las palabras
que lloraban sus ojos en mí recién nacidos
como coplas, quejidos de lo eterno!
Escuchar era el agua de un arroyo
que nacía de dentro buscando el manantial.
¡Oh pámpanos antiguos, que vuelven
a la vida!
Me gustaba aquel nombre con son de bajamar
y el timbre de sus labios quebrándose en la tarde
al pronunciar “Rabboni”,
mientras el Padre andaba
asomado a los lagos perfectos de sus ojos.
Me gustaba mirararla, caminar en la noche
con su paso de niña que no pesa,
blanca huida de risas que se esfuman
desde el quicio vibrante de un tiemblo de palmera.
¡Qué frágil la blancura del aire de su manto!
Era el amor así espejo de mi Espejo
y yo tan solo el Hombre.
¿No es hermoso ser hombre solamente?
La voz puso el amor al borde del abismo
y el sueño estaba en hora con mi asombro.
Pero no pude ser solo un israelita
enamorado
y amar con ese amor de solo un hombre…
Había que andar de nuevo aquel camino
y cubrirlo de sangre.
¿Se escurrirá el perfume entre mis dedos
para ser todo el Hombre con mi hombre?
Aun con la muerte cerca su voz me golpearía
en los oídos, oliendo a Jericó sobre los pies llagados:
¡Rabboni! ¡Maestro mío!
Y en cada golpe clavándose aquel verso:
“Amar a veces es decir me dueles”.
*

Pedro Miguel Lamet

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No sé cómo amarte: la  novela de Pedro Miguel Lamet sobre María Magdalena.

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¡Caminante de la vida, procura hacer tú lo mismo!

Domingo, 10 de julio de 2022

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El buen samaritano
(Lc 10, 30)

No es muy larga la distancia,
sí es peligroso el camino
que va de Jerusalén
hasta el verde paraíso
de Jericó, fértil vega,
novia del sacro Jordán
y manantial del Profeta.
Y, aunque próxima al Mar Muerto,
es rico vergel de vida:
“la ciudad de las palmeras
y las rosas encendidas.”

Yace en la cuneta un hombre,
medio muerto y malherido,
mas todos pasan de largo
eludiendo compromisos:
el sacerdote, el levita
y otros muchos peregrinos.
Pasa un buen samaritano,
caballero en su pollino,
y sin preguntar quién es
-aunque bien ve que es judío-
se aproxima sin desdén,
le hace una cura de urgencia
con su propio aceite y vino,
y lo lleva hasta el mesón
donde lo cuida con mimo.
“¡Cuídalo bien mesonero,
yo te pagaré con creces
cuanto hayas gastado en él,
cuando vuelva de camino!

¿El prójimo verdadero?
El que prestó sus auxilios,
el que olvidó que aquel hombre,
medio muerto y malherido
que yacía en la cuneta,
era un olvidado judío;
el que olvidó que era suyo
su propio aceite y su vino.

¡Caminante de la vida,
procura hacer tú lo mismo!

*

José Luis Martínez SM

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(El buen Samaritano gay)

En aquel tiempo, se presentó un maestro de la Ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba:

“Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?”

Él le dijo:

“¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?”

Él contestó:

“Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo.”

Él le dijo:

– “Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.”

Pero el maestro de la Ley, queriendo justificarse, preguntó a Jesús:

“¿Y quién es mi prójimo?”

Jesús dijo:

“Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.

Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él, y, al verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.” ¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?

Él contestó:

“El que practicó la misericordia con él.

Díjole Jesús:

– “Anda, haz tú lo mismo.”

*

Lucas 10, 25-37

***

A lo largo de la historia, cada vez que los hombres y las mujeres han sido capaces de responder a los acontecimientos del mundo tomándolos como ocasiones para madurar su propio corazón se ha abierto una fuente inagotable de generosidad y de vida nueva, entreabriendo una esperanza que superaba toda predicción humana. Si pensamos en las personas que nos han infundido esperanza, reforzando nuestro espíritu, descubrimos con frecuencia que no eran en absoluto profesionales del consejo, de la amonestación y de la moral, sino sólo personas capaces de expresar, con sus palabras y sus acciones, la condición humana de la que participaban, y que nos han incitado a hacer frente a los hechos reales de la vida.

Los predicadores que reducen lo inexplicable a problema, ofreciendo soluciones de servicios médicos de urgencias, nos deprimen porque evitan la piadosa solidaridad de donde proviene la curación. Ni Kierkeqaard, ni Sartre, ni Camus, ni siquiera Solzhenitsin han ofrecido nunca soluciones. Sin embargo, muchos de los que les leen encuentran energías para proseguir en la búsqueda. Quien no huye de nuestros dolores, sino que los toca piadosamente, nos cura y nos refuerza. A decir verdad, la paradoja consiste en el hecho de que el comienzo de la curación está en la solidaridad en ese dolor. En nuestra sociedad, orientada hacia las soluciones, cada vez es más importante darse cuenta de que pretender aliviar el dolor sin compartirlo es como pretender salvar a un niño de una casa en llamas sin correr el riesgo de quemarse.

*

H. J. Nouwen,
Viaggio spirituale per l’uomo contemporáneo,
Brescia 81999, p. 54

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“Vivir en el Espíritu, hoy y aquí”, por Gabriel Mª Otalora

Miércoles, 6 de julio de 2022

08mayopentecostesDe su blog Punto de Encuentro:

  | Gabriel Mª Otalora

Hoy está de moda la espiritualidad. Lo curioso es que no han sido los cristianos quienes han liderado, en este tiempo, la revitalización social de esta realidad humana, sino el exceso de materialismo que ahoga de tal manera a lo plenamente humano que resurge la espiritualidad con fuerza de diferentes maneras: por supuesto, vivida en el marco de una experiencia religiosa de fe; pero también como un poder superior no necesariamente religioso, en forma de humanismo conectado a la naturaleza, como experiencia de meditación interior que busca una vida en armonía a partir de pensamientos positivos, etc. Al fin y al cabo, los valores espirituales forman parte de la inteligencia que se manifiesta en forma decomportamientos y creencias relacionados con lo inmaterial, bien sea lo artístico, lo psíquico, místico o religioso.

La búsqueda en esta dirección anhela una espiritualidad que traiga armonía humana donde hay conflicto y violencia. Desde esta realidad, los cristianos tenemos un tesoro vital, desplegado sobre todo en el Evangelio, donde la figura de Jesús nos remite en momentos trascendentes a ese Espíritu de Dios del que no conocemos nada excepto por lo que nos ha sido revelado desde la fe y cuyos dones deberíamos cultivar y transmitir con nuestro ejemplo como diferentes expresiones de eso que llamamos Amor.

Pentecostés debiera ser para el cristiano un ejercicio de salir de nosotros mismos, de nuestro egocentrismo. Y en cada ocasión que lo logramos y nos acercamos a los demás para encontrarlos, escucharlos, ayudarlos, el Espíritu de Dios nos ha impulsado. Gabriel Marcel lo expresó de esta bella manera: “Entrar dentro de sí quiere decir, en el fondo, salir de sí”. Quien vive según el Espíritu, devuelve bien por mal, responde a la arrogancia con mansedumbre, a la malicia con bondad, al ruido con el silencio, a las murmuraciones con la oración, al derrotismo y al fracaso con la sonrisa.

Nuestra limitación humana no alcanza a comprender la grandeza de la Trinidad, lo cual no es suficiente para que el Espíritu Santo sigue siendo para muchos de nosotros el “hermano menor” de la Trinidad, a pesar de que su presencia está unida al comienzo mismo de la Iglesia, en el bautismo de Jesús en el Jordán y después, derramado a los atemorizados apóstoles para implicarles de lleno en la Buena Noticia del Reino del amor divino para toda la humanidad.

Pentecostés supone un tiempo litúrgico más largo que el de la Cuaresma; por algo será. Vivamos esperanzados en la presencia de Dios entre nosotros, que irrumpe por cualquier intersticio para evangelizar la presencia del Reino. Así lo atestiguaron sobre todo Pablo, Lucas y Juan, que nos dejó toda una catequesis del Espíritu; o Juan de la Cruz, que lo ha evocado como nadie. Como afirma Xabier Pikaza, el Espíritu no es un don que Dios nos da, sino el mismo Dios que es don; pertenece a la intimidad de Dios, no es cosa de Ley sino Dios regalo que nos hace vivir gratuitamente en su presencia sin imponerla a la fuerza. Es poder y presencia del Reino, no solo promesa de futuro sino experiencia actual de de perdón y acogida gratuita, Amor creador.

Pentecostés es, en definitiva, una llamada para activar nuestro interior desde la escucha activa en oración para dar fruto. Porque sin amor verdadero, no hay fruto posible. Este tiempo histórico no es mejor ni peor que otros, pero en el que nos ha tocado vivir con el peligro siempre latente de vaciar el mensaje activo del Dios trinitario, el mismo que acogieron aquellas primeras comunidades cristianas. No soy diácono ni presbítero, pero se me ocurre que la mejor homilía para la Pascua de Pentecostés podría ser proponer a toda la comunidad una lectura humilde y abierta a la espiritualidad que rezuma el libro de los Hechos de los Apóstoles, la continuación del Evangelio de Lucas. Y además tiene mucho que ver también con la sinodalidad que nos propone el Papa Francisco.

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Amor frente a jurisdicción

Martes, 28 de junio de 2022

 

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Juan Zapatero Ballesteros
Sant Feliú de Llobregat (Barcelona).

ECLESALIA, 17/06/22.- Además de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, en el mes de junio se celebra también la festividad de dos santos muy importantes: san Juan Bautista y san Pedro.

Por lo que al segundo se refiere, la historia del arte en general, concretamente la escultura, y, de manera especial la pintura, nos presentan un señor serio, generalmente con barba, que tiene dos llaves en la mano; son las llaves de la Iglesia, la única puerta a través de la cual se puede entrar al Reino de los cielos, si tenemos en cuenta la expresión acuñada por san Cipriano, en el siglo III “Extra Ecclesiam nulla salus” (fuera de la Iglesia no hay salvación); las llaves, pues, como un signo jurídico “Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo” (Mt 16,13-20).

Si nos remitimos al evangelio de Juan, allí nos encontramos con el Resucitado que pregunta a Pedro por tres veces seguidas “Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que estos?”.

Han tenido que pasar muchos siglos para que lo “jurídico” haya dejado de ser patrimonio del sexo masculino, para pasar a formar parte también del mundo femenino, aunque no en la medida y en la extensión, a nivel de territorio, que debiera y, que por lo mismo, fuera de desear.

En cambio, la capacidad de amar siempre se ha considerado como una cualidad propia de ambos; aunque, para ser justos, tendríamos que decir que ha sido a la mujer a quien se le ha atribuido, casi siempre, de manera más patente. Incluso me atrevería a decir que, en ciertos momentos, no quedaba bien presentar el amor como cualidad masculina, por dar la impresión de que ello suponía rebajar al varón de la autoridad que le pertenecía, pasando a ser considerado como un blandengue y un flojo.

Así nos ha ido muchas veces y así nos sigue yendo en muchas ocasiones, también ahora, tanto a nivel social como eclesial en este caso; quizás por aquello de que lo jurídico ofrece seguridad, pues venga, a dar preminencia a lo jurídico, para que así todos los cabos queden atados y bien atados. Es en lo que la Iglesia se ha venido fundamentando desde los primeros tiempos, sin olvidar la caridad, todo hay que decirlo, pero haciendo de lo primero, en todo caso, el fundamento sobre el que apoyar lo segundo. No sé si los dogmas, en general, han servido para mucho, me temo que no e incluso para lo contrario; pero, sea como fuere, la pregunta de Jesús a Pedro “Me amas más que estos”, el evangelista Juan la sitúa después de la resurrección, precisamente porque es a partir de ese momento en que las ataduras ya no sirven (“Noli me tangere, no me toques” que el resucitado dice a María), porque la vida y las cosas pueden ser cambiadas por las leyes, pero a las personas solamente las transforma el amor. Es el amor profundo que lleva a las mujeres al sepulcro a embalsamar y cuidar el cuerpo de “su señor”, desafiando el poder y la fuerza de la ley, mientras “ellos”, incluido Pedro, continúan encerrados “por miedo a los judíos”. Y es que, cuando el amor se erige en la única ley, es capaz de desafiar al poder más fuerte, asumiendo, si fuera necesario, las consecuencias más graves. Y resulta que es a aquellas mujeres que se lanzan, transgrediendo la ley, impulsadas por el amor, en vez de a los hombres que se mantienen inmóviles, obedeciendo la ley, atenazados por el miedo, es a aquellas mujeres a quien el propio resucitado les anuncia que Él está vivo, encargándoles, a la vez, que vayan a decírselo a los “suyos”, que no hacía mucho que hasta uno de ellos había perjurado con fuerza que estaba dispuesto a morir si fuera necesario”. Es a estas mujeres, trastocadas por el amor, que les dice, y ellas se lo creen a pie juntillas, que ya no será en Jerusalén, centro neurálgico de la ley religiosa, donde le encontrarán, sino en Galilea, donde la vida de las personas es la verdadera protagonista.

Por tanto, si solo el amor es capaz de realizar, no cambios, sino transformaciones tan profundas en las personas, ¿por qué continuar haciendo de la ley, “Todo lo que ates y desates”, el fundamento y la base, en vez de fundamentarlo en el amor? ¿“Me amas más que estos”?

Creo que los dogmas, amparados siempre por la ley, no son buenos instrumentos ni buenos pedagogos de cara a ayudar a entender la mejor de las “Noticias”, como es, en este caso, que Jesús no es historia, sino vida y, además, en abundancia. Por tanto, si la Iglesia se presenta como la portadora del mensaje de Jesús, que es y consiste en el amor hasta la saciedad, ¿por qué, entonces, tiene que continuar prevaleciendo “Lo que ates y desates”, en vez “Del amor más grande que me tienes”? ¿No será, quizás, a que si se opta por lo segundo, la preminencia del varón se viene abajo? ¿Qué pasaría, si esto sucede? Pues, quizás, lo mejor; es decir, que, por una parte, el amor pasaría por delante de la jurisdicción, mientras por otra, mujer y varón quedarían situados ya para siempre al mismo nivel, que es realmente el único verdadero.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedenciaPuedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).

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Dios Amor

Viernes, 24 de junio de 2022

padres-e-hijos-3Inicialmente me costó encontrar el título: ¿cómo había que relacionar las dos palabras que lo componen? Tanto consciente como inconscientemente la relación entre ambas palabras puede generar reacciones no deseadas en los lectores. Con ambos términos no me refiero a religiosidad ni espiritualidad alguna. Es importante que la persona lectora se deje ir para ver estas dos palabras qué le hacen resonar en su interior, sin filtrar nada de la parte cognitiva. ¿Son dos realidades?, o ¿una tal vez? ¿Universales? Cada cultura tiene sus propias palabras. Vamos a ver, en primer lugar, su etimología o estudio del sentido verdadero. Es un asunto de desmenuzar las palabras.

La palabra “Dios” sin dudas reenvía de repente a un Ser Supremo o Superior, y puede resonar bien, regular o muy mal en cada uno de nosotros. Esta palabra, Dios, viene del latín y éste del griego y éste de la lengua más antigua, el indoeuropeo. En resumen: el significado original es “luz“. Y aquí la cosa cambia muchísimo. Esta “Luz”, que por tanto ilumina, no es una palabra sino una Realidad. Me atrevo a indicar un nivel de conciencia que permite ver y vivir las situaciones interiores que tienen como base toda la anatomía y la fisiología. Hoy lo ubican todo, no muy acertado, en el cerebro. Éste no puede existir aislado sino en el contexto no únicamente biológico sino también psicosocial que permite sintonizar tanto con la realidad interior como la exterior, que es la misma. Luz que resplandece en la macro y micro realidad. Ahora bien, sin olvidar que no hay más ciego que aquel que no quiere ver.

La palabra Amor nos permite en castellano realizar un juego etimológico forzado, pero no académico. La vocal “a” la podemos considerar como negación o privación: no. Y la segunda “mor” por la pronunciación puede sentirse como muerte (mor, mortis). Por tanto, amor es donde no está la muerte: a-mor. Donde no hay muerte, hay vida. Amor es vida. Y si vamos a la raíz más antigua, la indoeuropea “am”, significa “madre”. Y la madre da la vida. “Ha dado a luz” una forma de expresar el nacimiento de un ser humano. Y nos acercamos a un ámbito donde hay cariño, estimación, apego, entrega incondicional y otros valores fácticos. Dicho de otra forma, la palabra “amor” sintetiza una cantidad de emociones accionales. Emoción y cuerpo son dos palabras de la misma realidad humana: Corporeidad. Por tanto, diferenciar no es separar. Desafortunadamente, hay ciertas ciencias que lo hacen y así vamos. Es un problema muy serio que debe considerarse en la nueva sociedad del conocimiento, cambio y creatividad. La robotización o la mecanización no tienen emociones ni creatividad ni ven; sí un enorme cálculo matemático. La robótica, como la ciencia y técnica, no aman ni dan luz vital; no tienen valores humanos. Son como un cuchillo bien afilado, pero ¿en manos de quién está?

Dios: LUZ. Amor: VIDA. Por lo tanto, LUZ VITAL. Y el problema de palabras es que utilizamos la palabra amor, como he insinuado antes, con muchos sentidos distintos. Y ahí está la confusión. Nuestra lengua es pobre para expresar esta riqueza pneumapsicosomática. O dicho de otra forma “la energía vital dinamizando las emociones expresadas en la corporeidad”. Es decir, la totalización radical del ser humano. Esta gran “calidad humana profunda”, que es un dato antrópico, forma parte de la estructura humana. Los entendidos nos dice que el finlandés tiene unas cuarenta palabras para expresar los matices distintos de la nieve. Y un poeta sufí persa Ḥusayn ibn Manṣūr al-Ḥal·lāğ (858-922) utiliza unas sesenta palabras para expresar los matices distintos de amar. Y la lengua griega tiene tres palabras para expresar el amor: Eros, filia, ágape. Y en castellano, una: amor. Y aquí entramos en el gran ámbito del erotismo. Este instinto pulsional, a la vez genético y sin objeto específico, empuja, da energía: luz y vida. La palabra “amor” es una gran tapadera en muchos matices perversos, cuando es simple instinto.

Y si hay un ámbito donde es necesario “educar” mucho, es en este mundo psicoafectivo o sexualidad o sexuación. Y las experiencias de los demás no son válidas para el proceso de autorrealización. Este proceso es LUZ VITAL. Y la fuente o el manantial es el núcleo profundo de todo ser humano, que no tiene nombre, pero Es. Al nacer, fruto de la relación amorosa como ideal, que surge en el momento del deseo de querer “dar a luz vital” tanto en el padre como en la madre. Es necesario “educar o hacer emerger del interior” al reconocer a través de los diferentes niveles de conciencia de que la corporeidad es su expresión.

Dicho con una metáfora: La luz que la bombilla da no tiene la fuente en la bombilla misma, que puede creérselo (y entonces tenemos un narcisismo), sino que la energía le es dada. Y así tomar conciencia la bombilla de cuál es su hondura. Toda una gran trabajo de la hominización a la humanización o “humanizar la humanidad”. Como me decía un buen librero de Santiago de Compostela a la pregunta de los peregrinos: ¿Cuándo falta por llegar a Santiago? Les respondía, y ha hecho una postal: ¡No corras! que dónde debes llegar es a ti mismo. Es decir, hacerte consciente de la LUZ VITAL. La profundidad eres tú mismo/a.

Jaume PATUEL PUIG (1935)

Pedapsicogogo

Fuente Fe Adulta

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Espíritu Santo, ven…

Domingo, 5 de junio de 2022

 

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“Sin el Espíritu Santo, Dios es lejano, Cristo queda en el pasado, el Evangelio es letra muerta, la Iglesia una simple organización, la autoridad un dominio, la misión proselitismo, el culto una evocación, la praxis humana una moral de esclavos…

Pero en el Espíritu Santo el cosmos es elevado a gemidos de parto del Reino, Cristo resucitado está presente, el Evangelio es potencia de vida, la Iglesia significa comunión, la autoridad un servicio, la misión es un pentecostés, la liturgia un memorial y una anticipación, la praxis humana queda divinizada”

*

Ignacio IV,
patriarca de Antioquía

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros.

El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él.

El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.

Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho.”

*

Juan 14, 15-16. 23b-26

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Jesús nos envía al Espíritu para que pueda llevarnos a conocer del todo la verdad sobre la vida divina. La verdad no es una idea, un concepto o una doctrina, sino una relación. Ser guiados hacia la verdad significa ser insertados en la misma relación que tiene Jesús con el Padre; significa llegar a ser partner en un noviazgo divino. Esa es la razón por la que Pentecostés es el complemento de la misión de Jesús. Con Pentecostés, el ministerio de Jesús se hace visible en plenitud. Cuando el Espíritu Santo desciende sobre los discípulos y habita en ellos, su vida queda«cristificada», esto es, transformada en una vida marcada por el mismo amor que existe entre el Padre y el Hijo. La vida espiritual, en efecto, es una vida en la que somos elevados a ser partícipes de la vida divina.

Ser elevados a la participación de la vida divina del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo no significa, sin embargo, ser echados fuera del mundo. Al contrario, los que entran a formar parte de la vida espiritual son precisamente los que son enviados al mundo para continuar y llevar a término la obra iniciada por Jesús. La vida espiritual no nos aleja del mundo, sino que nos inserta de manera más profunda en su realidad. Jesús dice a su Padre: «Yo los he enviado al mundo, como tú me enviaste a mí» (Jn 17,18). Con ello nos aclara que, precisamente porque sus discípulos no pertenecen ya al mundo, pueden vivir en el mundo como lo ha hecho él (cf. Jn 17,15s). La vida en el Espíritu de Jesús es, pues, una vida en la cual la venida de Jesús al mundo -es decir, su encarnación, muerte y resurrección- es compartida externamente por los que han entrado en la misma relación de obediencia al Padre que marcó la vida personal de Jesús. Si nos hemos convertido en hijos e hijas como Jesús era Hijo, nuestra vida se convierte en la prosecución de la misión de Jesús.

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H. J. M. Nouwen,
Tú eres mi amado: la vida espiritual en un mundo secular,
PPC, Madrid 2000.

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“Los tres amores “, por Gabriel Mª Otalora

Martes, 31 de mayo de 2022

rosto-de-jesus-na-multidaoDe su blog Punto de Encuentro:

Una primera lectura del Evangelio parece indicarnos que lo más importante es no pensar en uno mismo, llegando incluso al menosprecio personal como sinónimo de humildad, tal como parecen señalar algunos textos piadosos preconciliares que aún mantienen interés en determinados círculos cristianos: pensar en uno mismo como sinónimo de egoísmo, cuando lo cierto es que una lectura más madura de la Palabra puede indicarnos algo bien diferente, Me explico.

Una de las frases más conocidas e importantes atribuidas a Jesús es el imperativo de que tengo que amar al prójimo como a mí mismo. Esto quiere decir que existe un sano amor a uno mismo que debe casarse con esta otra frase no menos conocida: quien quiera seguir a Jesús, niéguese a sí mismo. Amarse sin ser egoísta… ¿es esto posible? Pues es lo único sano. De hecho,  cualquier psicólogo, incluso los más novatos, nos dirá que el egoísta no ama a nadie, empezando por él mismo, precisamente por ser egoísta. Puede dar la apariencia de que toda esta energía que centra para sí mismo es debida al amor que se tiene. No obstante, su actitud implica una gran incapacidad para amarse.

La sabiduría evangélica ilumina nuestra conducta casando los tres amores esenciales: amor a Dios, amor al prójimo y amor a uno mismo, empezando por este último como algo básico para un amor maduro a los demás y a Dios. La razón es que, si uno no se quiere, difícilmente es capaz de amar a otros en plenitud y madurez. La aceptación amorosa de mi persona, con todas las luces y sombras, es un aspecto esencial de la maduración espiritual del creyente. Y de ahí, surge la necesidad de sentirnos amados y amar fuera de nosotros pues amar es Plenitud.

La abnegación a la que nos invita el Evangelio no es a la infravaloración de la persona, da igual si se trata de uno mismo o del prójimo, ambos crisoles queridos por Dios, creados a su imagen y semejanza. Otra cosa es repudiar las actitudes y conductas insolidarias y egoístas que nos impiden llegar a ser lo que estamos llamados a ser, y que hay que domeñar cada día. Recordemos que no hay que amar las obras malas… pero sí al pecador porque todos somos hijos e hijas amados por Dios.

Ese negarse a sí mismo podría traducirse por amarse plenamente a sí mismo, que es lo más alejado que existe del egoísmo, de la llamada “resignación cristiana” (un oxímoron), del narcisismo y del altruismo neurótico que degenera en la manipulación del prójimo. Servir a los demás con verdadera solidaridad cristiana requiere un cierto nivel de autoestima. Si somos fruto del amor de Dios, estamos destinados a amar a los demás, a desear su bien y alegrarnos con ello. Porque eso es amar, alegrarnos con el bien ajeno, hacerlo propio y, por tanto, procurarlo siempre que podamos.

El Papa Francisco es muy claro: “La resignación no es una virtud cristiana”. Hemos escuchado muchas veces que hay que resignarse a la voluntad de Dios, sin entender que esta palabra tiene un matiz pasivo y opresor que señala la manera menos indicada de afrontar una dificultad. La verdadera aceptación ante lo inevitable está relacionada con una liberación y el aprendizaje maduro de la vida sin restregarse en culpas fatalistas que incapacitan para asumir la realidad y seguir proyectando la vida, buscando mejores opciones y reinventarnos.

Los cristianos seguimos teniendo pendiente entender y vivir una sana autoestima como expresión madura de nuestra fe: aceptación de uno mismo, buscar y alegrarse de los logros ajenos, luchar para la erradicación del sufrimiento… Nada de esto está reñido con la verdadera humildad; al contrario. Exaltar el dolorismo haciendo del sufrimiento un fin no es cristiano. ¡Somos hijos de la Buena Noticia! Como dice el maestro Eckhart, noble y justa es la persona que, amándose a sí misma, ama a todos los demás en la misma medida. Y esta es la mejor manera de amar a Dios.

POSDATA – Si al leer esta breve reflexión quedan dudas, tenemos una poderosa arma de contraste. Ni más ni menos que detenernos y reflexionar, en serio, sobre las actitudes y conductas de Jesús, que es nuestro ejemplo a seguir; un ser humano asertivo, fuerte y compasivo a la vez, alegre y agradecido por los dones del Padre, alguien cercano que transmite vida y esperanza y cuyo amor lo llevó hasta el extremo, buscando siempre el bien de todos, especialmente de quienes peor lo tienen.

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Día del Amor.

Miércoles, 18 de mayo de 2022

Del blog Nova Bella:

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  Jesús de Nazaret, hijo y hermano,
viviente en Dios y pan en nuestra mano,
camino y compañero de jornada,

Libertador total de nuestras vidas
que vienes, junto al mar, con la alborada,
las brasas y las llagas encendidas.

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Pedro Casaldáliga

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Los “días de gloria” son nuestra vida diaria ahora

Lunes, 16 de mayo de 2022

447C2941-2359-4536-B217-5245C2E85E53La reflexión de hoy (15 de mayo de 2022) es del colaborador de Bondings 2.0 Michael Sennett, cuya breve biografía se puede encontrar haciendo clic aquí.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Quinto Domingo de Pascua se pueden encontrar aquí.

Cuando era niño, recuerdo que los adultos solían expresar su deseo de tener “días de gloria“. Pensando en mi infancia, puedo escuchar las historias que recuerdan a los deportes, la política, la religión, la tecnología, lo que sea. En ese entonces, sus historias resonaban en mi cabeza como un enigma. Ahora, como un adulto de veinticinco años, entiendo sus inclinaciones. Incluso la noción de cambio en mi palabra estable es suficiente para ponerme la piel de gallina.

Para aclarar, el cambio ha dado paso a una gran cantidad de cosas buenas y seguirá haciéndolo. Los avances en los derechos de las mujeres, las personas negras y marrones, las personas discapacitadas, la comunidad LGBTQ+, los inmigrantes, los refugiados y muchos grupos marginados son un testimonio de esto. Sin embargo, aceptar el cambio en mi propia vida no es fácil.

Actualmente, esperar la asignación de un nuevo párroco como empleado de la parroquia ha sido una montaña rusa emocional. En medio de esta importante transición en el lugar de trabajo, asumí el papel (totalmente inútil) de un Tomás incrédulo. Ser un hombre transgénero católico me plantea muchas preguntas. ¿Qué pasa si el próximo pastor es transfóbico? ¿Apoyará nuestros esfuerzos para atender a los católicos LGBTQ+? ¿Puedo ser visible a su alrededor sin miedo a las repercusiones? Escenarios como estos han estado pesando en mi mente. Inicialmente me consumía la culpa por mis pensamientos pesimistas. Entonces recordé la multitud de casos en los que los católicos LGBTQ+ han sido discriminados. Por injusto que sea temer a alguien que nunca he conocido, tampoco puedo fingir ignorancia sobre el trauma de los católicos homosexuales y mis propias experiencias.

La lectura del Evangelio de hoy, sin embargo, fue una bofetada para mí. Cuando Jesús les reveló a sus apóstoles que solo estaría con ellos por un poco más de tiempo, seguramente se sintieron consternados ante la perspectiva de un ministerio sin su líder. Los había guiado y protegido. ¿Cómo servirían sin él? Pero Jesús instruye a sus discípulos con un nuevo mandamiento: “ámense los unos a los otros. Como yo os he amado, así también vosotros debéis amaros los unos a los otros”. El amor incondicional triunfa sobre las dudas y la incertidumbre. Amar a través del miedo revela la presencia de Dios.

En lugar de permitir que mis preocupaciones me abrumen, necesito reaccionar con amor. Dibujar líneas de división solo invita a Jesús a pararse del otro lado, con la parte aislada. Al final del día, todos los miembros del personal comparten la misión común de difundir el Evangelio y llevar el amor de Dios a la comunidad parroquial. Una cálida bienvenida al nuevo pastor, conocer sus dones y encontrarlo donde está son esenciales para cultivar un discipulado amoroso. El liderazgo del pastor actual también hace posible este proceso. Su apoyo me ha ayudado a aumentar mi confianza como persona trans católica, sentándome las bases para encontrar mi propósito y mi pasión. Crear el mismo ambiente para el próximo pastor es un acto de amor. La lectura del evangelio de San Juan, escrita por el discípulo a quien Jesús amaba, también enfatiza la gloria de Dios: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él”. La gloria no es un resumen del pasado, existe ahora. Los “días de gloria” son nuestra vida diaria, y lo mejor verdaderamente está por venir cuando podamos regocijarnos con el Señor.

La aprensión ante el cambio es normal. Sin embargo, no debemos permitir que nuestros miedos superen nuestra capacidad de amar. Como discípulos estamos obligados a amar sin restricciones, venciendo las tinieblas de la incertidumbre con la Luz de Cristo. Ya no tenemos que revivir el gozo de los días del pasado, debemos deleitarnos en la gloria del presente y esperar la promesa del futuro.

—Michael Sennett, New Ways Ministry, 15 de mayo de 2022

Fuente New Ways Ministry

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Amaos unos a otros

Domingo, 15 de mayo de 2022

Repetimos este poema del blog Pays de Zabulon, porque en este contexto mundial y local, refleja claramente dónde hemos de responder al mandato de Jesús…

Reflexiones de Rev. David Eck Asheville de Carolina del Norte, extraído del blog I’ m christian, I’ m gay, Del Let talk,  19 de noviembre de 2009.

“He escrito este poema que se inspira en Jn 13, 34-35. ¡Espero que te ponga en crisis tanto como a mí me ha puesto!

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Amaos los unos otros como yo os he amado.
Esto parece tan simple, tan lineal.
Pero … ¿ Querer al liberal de “corazón lleno de compasión “?
¿Amar al conservador de “valores familiares “?
¿Querer al musulmán? ¿Al judío? ¿Al budista? ¿Al hinduista?
¿Amar al inmigrante en situación irregular? ¿Amar el que tiene todos los privilegios?
¿Amar al gay? ¿La lesbiana? ¿Al transgénero?
¿Amar a los manifestantes por la paz? ¿Amar a los hacedores de guerra?
¿Amar al iraquí? ¿Al palestino? ¡Al norcoreano?
¿Amar al republicano y al demócrata?
Amar al sin techo? ¿Al mendigo?
¿Al enfermo de sida? ¿Al detenido condenado a muerte?
Tendemos a amar con los dedos cruzados en busca de una escapatoria,
Buscando la manera de limitar a aquellos a los que elegimos amar.
Así como el escriba que, una vez, le preguntaba a Jesús: “¿quién es mi prójimo?”
Tendemos a amar de modo selectivo, poniendo condiciones.
Amamos a los que se nos parecen, piensan como nosotros, creen como nosotros.
¿Quién sería odiado por Jesús? ¡Nadie!
La única cosa que enfurecía a Jesús era la hipocresía espiritual,
Los que proclamaban amar a Dios pero no conseguían decidirse a amar a sus prójimos,
Los que creían que ellos eran los elegidos de Dios mientras que trataban a otros como si fueran el mal personificado.
Amaos los unos a los otros como yo os he amado.
Posiblemente no sea tan simple, después de todo.
Pero es el signo por el cual otros reconocerán que somos discípulos de Jesús.

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Citado por Loquito en anotherdaylight – 2 mayo 2012

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Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:

“Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.

Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros.

Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.

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Juan 13, 31-33a. 34-35

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«Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (cf. Mt 22,37-39). Empiezo a experimentar que un amor a Dios total e incondicionado nace posible un amor al prójimo visibilísimo, solícito y atento. Lo que a menudo defino como «amor al prójimo» se muestra con excesiva frecuencia como una abstracción experimental, parcial y provisional, de sólito muy inestable y huidiza. Pero si mi objetivo es el amor a Dios, me es posible desarrollar asimismo un profundo amor al prójimo. Hay otras dos consideraciones que pueden explicarlo mejor.

Antes que nada, en el amor a Dios me descubro a «mí mismo»

de un modo nuevo. En segundo lugar, no nos descubriremos sólo a nosotros mismos en nuestra individualidad, sino que descubriremos también a nuestros hermanos humanos, porque es la gloria misma de Dios la que se manifiesta en su pueblo a través de una rica variedad de formas y de modos. La unicidad del prójimo no se refiere a esas cualidades peculiares, irrepetibles de un individuo a otro, sino al hecho de que la eterna belleza y el eterno amor de Dios se hacen visibles en las criaturas humanas únicas, insustituibles, finitas.

Es precisamente en la preciosidad del individuo donde se refracta el amor eterno de Dios, convirtiéndose en la base de una comunidad de amor. Si descubrimos nuestra misma unicidad en el amor de Dios y si nos es posible afirmar que podemos ser amados porque el amor de Dios mora en nosotros, podremos llegar entonces a los otros, en los que descubriremos una nueva y única manifestación del mismo amor, entrando en una íntima comunión con ellos.

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H. J. M. Nouwen,
Ho ascoltato iI silenzio. Diario da un monastero trappista,
Brescia 199810, 82s.

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“Un estilo de amar”. 5 Pascua – C (Juan 13,31-33a.34-35)

Domingo, 15 de mayo de 2022

05-PASC-CLos cristianos iniciaron su expansión en una sociedad en la que había distintos términos para expresar lo que nosotros llamamos hoy amor. La palabra más usada era filía, que designaba el afecto hacia una persona cercana y se empleaba para hablar de la amistad, el cariño o el amor a los parientes y amigos. Se hablaba también de eros para designar la inclinación placentera, el amor apasionado o sencillamente el deseo orientado hacia quien produce en nosotros goce y satisfacción.

Los primeros cristianos abandonaron prácticamente esta terminología y pusieron en circulación otra palabra casi desconocida, agape, a la que dieron un contenido nuevo y original. No querían que se confundiera con cualquier cosa el amor inspirado en Jesús. De ahí su interés en formular bien el «mandato nuevo del amor»: «Os doy un mandato nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado».

El estilo de amar de Jesús es inconfundible. No se acerca a las personas buscando su propio interés o satisfacción, su seguridad o bienestar. Solo piensa en hacer el bien, acoger, regalar lo mejor que tiene, ofrecer amistad, ayudar a vivir. Así lo recordarán años más tarde en las primeras comunidades cristianas: «Pasó toda su vida haciendo el bien».

Por eso su amor tiene un carácter servicial. Jesús se pone al servicio de quienes lo pueden necesitar más. Hace sitio en su corazón y en su vida a quienes no tienen sitio en la sociedad ni en la preocupación de las gentes. Defiende a los débiles y pequeños, los que no tienen poder para defenderse a sí mismos, los que no son grandes o importantes. Se acerca a quienes están solos y desvalidos, los que no conocen el amor o la amistad de nadie.

Lo habitual entre nosotros es amar a quienes nos aprecian y quieren de verdad, ser cariñosos y atentos con nuestros familiares y amigos, para después vivir indiferentes hacia quienes sentimos como extraños y ajenos a nuestro pequeño mundo de intereses. Sin embargo, lo que distingue al seguidor de Jesús no es cualquier «amor», sino precisamente ese estilo de amar que consiste en acercarnos a quienes pueden necesitarnos. No lo deberíamos olvidar.

José Antonio Pagola

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“Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.”. Domingo 15 de de 2022. 5º Domingo de Pascua

Domingo, 15 de mayo de 2022

30-pascuaC5 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 14, 21b-27: Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos.
Salmo responsorial: 144: Bendeciré tu nombre por siempre jamás, Dios mío, mi rey.
Apocalipsis 21, 1-5a: Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.
Juan 13, 31-33a. 34-35: Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros.

El libro de los Hechos nos sigue presentado el éxito misionero de Pablo y Bernabé entre los gentiles, pues “Dios les había abierto la puerta a los no judíos para que también ellos pudieran creer” (v.27). Sus desvelos misioneros serían fuente de esa propagación del Evangelio que, extendiéndose a lo ancho del mundo “gentil”, llegaría hasta nosotros.

Por su parte Juan, el vidente de Patmos, alienta nuestra esperanza con su magnífica visión de “un cielo nuevo y una tierra nueva”, como la gran meta de nuestros esfuerzos por transformar las realidades de muerte que nos rodean y redimir al mundo con la fuerza vital arrolladora del Resucitado. Una nueva realidad de justicia, paz y amor fraterno habrá de traer “la nueva Jerusalén que descendía del cielo enviada por Dios y engalanada como una novia”. Es la esperanza maravillosa que podemos enarbolar frente a los catastrofistas que nos amenazan con una destrucción inexorable del mundo, sobre la base de supuestas profecías que en nada se condicen con las promesas de la Nueva Alianza que Cristo ha sellado con su pasión y su triunfo sobre la muerte. “Esta es la morada de Dios con los hombres –señala un entusiasmado Juan-; acampará entre ellos. Serán su pueblo, y Dios estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado. El que estaba sentado sobre el trono dijo: Ahora hago el universo nuevo”.

El evangelio nos presenta unos cuantos versículos del gran discurso de despedida de Jesús en la noche de la Cena, donde el Maestro entrega su testamento espiritual a los discípulos: el gran mandato del amor como signo visible de la adhesión de sus discípulos a él y de la vivencia real y afectiva de la fraternidad. El mundo podrá identificar de qué comunidad se trata si los discípulos guardan entre sí este mandato del amor. Jesús rescata la Ley, pero le pone como medio de cumplimiento el amor; quien ama demuestra que está cumpliendo con los demás preceptos de la Ley. Es posible que en la comunidad primitiva se hubiera discutido cuál debía ser su distintivo propio e inequívoco. Para eso apelan a las palabras mismas de Jesús. En un mundo cargado de egoísmo, de envidias, rencores y odios, la comunidad está llamada a dar testimonio de otra realidad completamente nueva y distinta: el testimonio del amor.

Una de las principales causas por las que tantos cristianos abandonan la Iglesia radica justamente en la falta de un testimonio mucho más abierto y decidido respecto al amor. Con mucha frecuencia nuestras comunidades son verdaderos campos de batalla donde nos enfrentamos unos contra otros; donde no reconocemos en el otro la imagen de Dios. Y eso afecta la fe y la buena voluntad de muchos creyentes. Por cierto, no se trata de que nuestras comunidades y agrupaciones sean totalmente ajenas al conflicto, no; el conflicto es necesario en cierta medida, porque a partir de él se puede crear un ambiente de discernimiento, de acrisolamiento de la fe y de las convicciones más profundas respecto al Evangelio; en el conflicto –llevado en términos de respeto y amor cristiano mutuo- aprendemos justamente el valor de la tolerancia, del respeto a la diversidad, y el mejoramiento de nuestra manera de entender y practicar el amor. Del conflicto así entendido -inevitable donde hay más de una persona-, es posible hacer el espacio para construir y crecer. Para ello hacen falta la fe, la apertura al cambio y, sobre todo, la disposición de ser llenados por la fuerza viva de Jesús. Sólo en esa medida nuestra vida humana y cristiana va adquiriendo cada vez mayor sentido y va convirtiéndose en testimonio auténtico de evangelización. Leer más…

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Dom 15.5.22. Amaos unos a otros como os he amado. Jesús, historia de amor (Jn 13, 31-35)

Domingo, 15 de mayo de 2022

9BF9EB8E-686D-45CA-BA6F-C17B250EE755Del blog de Xabier Pikaza:

En este amor insiste el Evangelio de Juan, preocupado por crear una comunión de amigos cercanos, una comunidad de hermanos, de enamorados.

Éste es un amor de hermanos, el decir, de cristianos que se vinculan sólo por amor (no tienen otra ley, otro mandamiento…) en un mundo donde parece que todos se enfrentan con todos. Éste es un amor de “en-amorados”, hombres y mujeres que sienten el gozo de compartir y celebrar la vida, sin más finalidad (ni mandamiento) que aprender a quererse unos a otros.

Éste es un amor abierto a todos (incluso a los enemigos), pero condensado y expresado con gran fuerza en una comunión de amor.He comentado más veces en este blog el amor al enemigo.

Hoy quiero insistir en el amor de amigos y de enamorados, dentro de una comunidad de amor, conforme a la palabra de Jesús en el evangelio de Juan: Amaos unos a los otros, como yo os he amado… (Jn 13, 34).

El amor al enemigo cesará, cuando no existan enemigos, pero el amor a los amigos-hermanos durará por siempre, a modo de comunión de Dios, hasta el fin de los tiempos.

TEXTO.

Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: “Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.

Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.”Juan 13, 31-33a. 34-35. 

Preguntas, reflexión pevia

‒ ¿Quién habla en este texto? ¿Quién dice “como yo os he amado”: Jesús histórico o el Cristo de Pascua? ‒ ¿Cómo amó Jesús? ¿Cómo se relaciona su amor con el Dios? ¿Cómo entender su amor en relación con la justicia y con la libertad? ‒ ¿Cómo vivir en la Iglesia el amor de Jesús? ¿Qué cambios exige la experiencia de amor en la Iglesia y en la sociedad? ¿Cómo entender desde el amor la necesaria reforma de la Iglesia, la sinodalidad que propone el Papa Francisco? ‒ ¿Cómo entender y vivir ese amor fuera de la iglesia?

— Jn 13, 34 forma parte del último nivel de redacción de Jn, es quizá posterior al mismo capítulo final del evangelio (Jn 21). Forma parte de eso que muchos investigadores llaman en “estrato 3”, compuesto y/o añadido al “cuerpo de Jn” en el estadio final de la fijación del texto, en un momento en que la Comunidad del Discípulo Amado está “enfrentándose” con dos grandes tareas (y) o riesgos:

  1. La Comunidad del Discípulo Amado está entrando en contacto con la Gran Iglesia, ajustando por eso, su teología y su visión de Jesús con la visión de las comunidades “oficiales”, vinculadas a Pedro (Jesús es el Verbo Encarnado, la Iglesia es una institución abierta…).
  2. La Comunidad está corriendo el riesgo de dividirse (o, mejor dicho, se está dividiendo de hecho), de manera que los que se vinculan con la Gran Iglesia (los transmisores de nuestro texto actual de Jn) debe insistir en la necesidad del “amor mutuo” (un amor que se expresa en forma de vinculación con la comunidad, de permanencia en ella).

— Pero el hecho de que el texto de Jn 13, 34 sea quizá la “glosa” de un comentarista posterior del evangelio (si así quiere llamarse) no significa que tenga poca importancia, sino todo lo contrario. El glosista ha querido insistir en algo que está en el fondo de la vida de Jesús: Él ha sido un Mesías de Amor.

Jesús puede y debe presentarse como aquel que ha amado a los suyos hasta el extremo, en donación total, a fin de que todos formemos una “república de amigos”, si es que vale esta palabra… Re-pública significa “cosa pública”. Público y fuerte ha de ser el amor de los cristianos, como seguiré indicando en los nueve números que siguen.

COMO YO OS HE AMADO. PALABRA PASCUAL  

Por todo lo dicho, ésta no parece (no puede ser) una palabra directa del Jesús histórico, sino que proviene del Jesús resucitado, que se revela en la Iglesia como fuente y principio de amor, en la tradición del Discípulo Amado. Aquí se funda la “república cristiana”, en el amor de Jesús que vincula a sus amigos. Ésta es precisamente la experiencia de Pascua: Jesús, Hijo de Dios ama a los suyos y crea “con” (desde) ellos una comunión de amigos.

— Ciertamente, el Jesús de la historia amó a la gente de manera intensa, ofreciendo a los pobres, pecadores y excluidos el Reino de Dios… Más aún, es evidente que sus discípulos se sintieron amados por él, y así le han recordado por la pascua. Más todavía, Jesús ofreció a sus discípulos dos “mandamientos” fundamentales sobre el amor: (a) Uno sobre el amor a los enemigos; (b) y otro sobre el amor a Dios y el amor al prójimo.

— Pero debemos añadir que él no anduvo por ahí diciendo, como recoge tras la pascua esta glosa final del evangelio de Juan: ¡Amaos unos a los otros como yo os he amado! Esta palabra parece una reflexión y síntesis pascual de su proyecto de su presencia entre los hombres.

  1. CÓMO AMÓ EL JESÚS HISTÓRICO

— El hecho de que esa palabra (como yo os he amado, así amaos vosotros…) no sea histórica sino pascual no le quita valor, sino que se lo añade, pues ella ha servido para interpretar y condensar toda la vida de Jesús (sus palabras y sus gestos) en clave de amor.

Cuando sus discípulos recuerdan a Jesús le recuerdan como un “hombre” de amor, como un testigo de la misericordia de Dios, no sólo por sus palabras, sino y sobre por sus hechos, por toda su trayectoria mesiánica.

— Más aún, los discípulos recuerdan su muerte como un “gesto” de amor; no como un fracaso mesiánico (como pudo haber sido en un sentido), sino como la expresión suprema del amor de Dios, que se expresa en su entrega, que no es un sacrificio como expresión de violencia y venganza sino como gesto de gratuidad activa, al servicio del Reino.

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  1. EL TESTIMONIO DE UN EXTRAÑO: FLAVIO JOSEFO

El testimonio más fuerte del amor de Jesús lo ofrece quizá un historiador judío, llamado Flavio Josefo, quien hacia el año 90 escribió un famoso testimonio sobre Jesús, a quien presenta como “hombre de amor”. Éste es el famoso testimonio “flaviano” donde Flavio Josefo ofrece su visión de Jesús, que es como sigue:

Apareció en este tiempo Jesús (en tiempos de Poncio Pilato). Fue autor de hechos sorprendentes; maestro de personas que reciben con gusto reciben la verdad. Muchos, tanto judíos como griegos, le siguieron. Algunos de nuestros hombres más eminentes le acusaron ante Pilato. Este lo condenó a la cruz. Sin embargo, aquellos que antes lo habían amado, no dejaron de hacerlo después. Y hasta hoy, la tribu de los cristianos, que le debe este nombre, no ha desaparecido (Ant. XVIII, 63-4). Leer más…

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Jesús y Dios. Jesús, nosotros y los otros. Domingo 5º de Pascua. Ciclo C

Domingo, 15 de mayo de 2022
Amaos unos a otrosDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El domingo pasado leímos que las ovejas seguían al pastor. Hoy el pastor abandona temporalmente a su rebaño, dejándole un encargo de última hora. Las dos primeras lecturas hablan de las persecuciones presentes y de la gloria futura.

 Lectura del evangelio (Juan 13, 31-33a. 34-35)

El evangelio de hoy, tomado del discurso de Jesús durante la última cena, aborda brevemente dos temas: Jesús y Dios; Jesús, nosotros y los otros. En realidad, el texto del cuarto evangelio incluye entre estos dos temas un tercero: Jesús y los discípulos. Los responsables de la selección no desaprovecharon la ocasión de suprimirlo.

Jesús y Dios. (Puede extrañar que no escriba “Jesús y el Padre”, pero en esta primera parte Jesús usa tres veces la palabra “Dios” y nunca “Padre”.)

 Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él. Si Dios es glorificado en él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará. 

Estamos en la noche del Jueves Santo. Judas acaba de salir del cenáculo para traicionar a Jesús y este pronuncia unas palabras desconcertantes. Ahora es glorificado el Hijo del hombre, y Dios es glorificado en él.”

            ¿Qué quiere decir Jesús? La primera dificultad está en que usa cinco veces el verbo “glorificar”, que nosotros no usamos nunca, aunque sepamos lo que significa. Nadie le dice a otro: “yo te glorifico”, o “Pedro glorificó a su mujer”. Sólo en la misa recitamos el Gloria, y ahí el verbo va unido a otros más usados: “te alabamos, te bendecimos, te adoramos, te glorificamos”. Pero, en el fondo, después de leer la frase diez o doce veces, queda más o menos claro lo que Jesús quiere decir: ha ocurrido algo que ha redundado en su gloria y, consiguientemente, en gloria de Dios; y Dios, en recompensa, glorificará también a Jesús.

¿Qué es eso que ha ocurrido ahora y que redunda en gloria de Jesús? Que Judas ha salido del cenáculo para ir a traicionarlo. Parece absurdo decir esto. Pero recuerda lo que dice la primera lectura: “hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios”. A través de la pasión y la muerte es como Jesús dará gloria a Dios, y Dios a su vez lo glorificará.

            Jesús, nosotros y los otros.

Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. La señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros.»

Esta parte, muy conocida, es fácil de entender y muy difícil de practicar. El amor al prójimo como a uno mismo es algo que está ya mandado en el libro del Levítico. La novedad consiste en amar “como yo os he amado”. La idea de que Jesús amaba solo a uno de los discípulos (“el discípulo amado”) no es exacta. Amaba a todos, y si a ellos les hubieran preguntado en aquel momento cómo los había amado Jesús dirían que eligiéndolos y soportándolos. Es mucho, pero hay una forma más grande de demostrar el amor: dando la vida por la persona a la que se quiere, como el buen pastor que da la vida por sus ovejas.

Cabe el peligro de concluir: “Si Jesús nos ha amado tanto, también nosotros debemos amarlo a él”. Sin embargo, el mandamiento nuevo no habla de amar a Jesús, sino de amarnos unos a otros. Esto supone un cambio importante con respecto al libro del Deuteronomio, donde el mandamiento principal es “amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser”. Jesús, de forma casi polémica, omite la referencia a Dios y habla del amor al prójimo. Y lo mismo que a los israelitas se los reconocía por creer en un solo Dios dentro de un ambiente politeísta, a los cristianos se nos debe reconocer por amarnos unos a otros.

Sin embargo, cuando se conoce la historia de la Iglesia, queda claro que los cristianos nos distinguimos, más que por el amor mutuo, por la capacidad de pelearnos, no solo entre diversas confesiones, sino dentro de la misma. Curiosamente, la situación ha mejorado mucho entre las distintas confesiones, mientras los conflictos abundan dentro de la misma iglesia. Lo cual es comprensible. Es más fácil pelearse con el hermano que vive contigo que con el que ha formado su propia familia y está más lejos.

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 14, 21b-27

El domingo pasado se leyó la actividad de Pablo y Bernabé en Antioquía de Pisidia, y las dificultades que promovieron al final los judíos y algunas señoras importantes, obligándoles a huir de allí. Marchan entonces a Iconio, Listra y Derbe. Lo que allí ocurrió no se lee en la misa, pero es importante recordarlo brevemente para comprender la lectura de hoy (el que quiera puede leer el capítulo 14 de los Hechos, que es muy interesante).

En Iconio predican con bastante éxito, pero al final la gente se divide, algunos intentan apedrearlos y tienen que huir de nuevo.

            En Listra curan a un tullido y la gente los consideran dioses; ellos consiguen con dificultad que no les den culto. Pero vienen judíos de Antioquía e Iconio que ponen a la gente contra Pablo; lo apedrean y lo arrastran fuera de la ciudad dándolo por muerto. Los discípulos lo recogen y al día siguiente huye con Bernabé hacia Derbe.

En Derbe anuncian el evangelio y ganan bastantes discípulos. Allí no se dan persecuciones. Terminada la predicación, emprenden el viaje de vuelta a Antioquía de Siria (donde habían comenzado el viaje misionero), pasando por las mismas ciudades que ya habían evangelizado. Este viaje de vuelta es el tema de la lectura de hoy.

En aquellos días, Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquia, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios.

            En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Predicaron en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían enviado, con la gracia de Dios, a la misión que acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.

El viaje de vuelta, contado tan esquemáticamente, debió de durar, como mínimo, uno o dos meses. Pero Lucas no se detiene a contar con detalle lo ocurrido. Para él es más importante indicar la conducta de los apóstoles. En todas las comunidades hacen lo mismo durante la vuelta:

1) Confortar y exhortar a perseverar en la fe. “Confortar” es un verbo exclusivo de Hch (14,22; 15,41; 18,23) y siempre tiene por objeto a los discípulos o a las comunidades (no a individuos). ¿Cómo se conforta y exhorta? Advirtiéndoles de la realidad: “hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios”. Igual que Pablo y Bernabé han tenido que sufrir para anunciar el evangelio; igual que Esteban fue apedreado hasta la muerte (Hch 11,19). Las persecuciones y tribulaciones forman parte esencial de la vida cristiana.

2) Designar responsables. Esta palabra griega, presbitérous, etimológicamente designa a los “ancianos”, pero en la práctica se aplica a los responsables de la comunidad y terminará adquiriendo un matiz muy concreto: sacerdote. Pero no es eso lo que designan los apóstoles, sino simples encargados de dirigir la comunidad, las asambleas litúrgicas, etc.

3) Celebrar liturgias de oración y ayuno, en las que encomiendan a la comunidad al Señor.

Finalmente, cuando llegan a Antioquía de Siria, pueden dar la gran noticia: Dios ha abierto a los paganos la puerta de la fe. Ha comenzado una etapa nueva en la historia de la iglesia y de la humanidad.

Lectura del libro del Apocalipsis 21, 1-5a

Si la primera lectura se fija sobre todo en las tribulaciones por las que hay que pasar para entrar en el reino de Dios, la segunda, del Apocalipsis, habla de ese reino de Dios, del mundo futuro maravilloso. No es literatura de ficción, aunque lo parezca. Los cristianos del siglo I estaban sufriendo numerosas persecuciones, y la certeza de un mundo distinto era el mayor consuelo que podían recibir.

 Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono: «Ésta es la morada de Dios con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo, y Dios estará con ellos y será su Dios. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado.» Y el que estaba sentado en el trono dijo: «Todo lo hago nuevo.»

Aunque el lenguaje es muy distinto, la idea de fondo es la misma en las dos primeras lecturas: ahora mismo, la comunidad padece grandes tribulaciones (Hch), hay lágrimas, muerte, luto, llanto, dolor (Ap), pero todo esto llevará al reino de Dios (Hch) y a un mundo maravilloso (Ap).

 

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V Domingo de Pascua. 15 mayo, 2022

Domingo, 15 de mayo de 2022

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«La señal por la que os reconocerán como discípulos míos…»

(Jn 13, 31-35)

¿Qué otra cosa podemos querer cada uno de nosotros en el momento de la muerte que dejar como legado a nuestros seres queridos un deseo de amor y unidad entre ellos, para nuestra familia, para nuestra comunidad, para nuestro grupo? Así, tan humano, se muestra Jesús en su última cena, en su última despedida: «amaos los unos a los otros».

Sin embargo da un paso más y nos invita a recibir nuestra identidad conscientemente y a trabajar por ser dignos, dignas, de llevarla encima. Se lo oí a un sacerdote en una homilía y mis oídos se estremecieron ante una afirmación tan rotunda y tan, he de  reconocerlo, profundamente verdadera. Dijo: «la señal de los cristianos no es la cruz sino el amor».

Como monja trinitaria la redención, el sentirme redimida, el saber a la humanidad redimida, forma parte de nuestra manera particular de vivir en la Iglesia. La cruz es un elemento clave porque nos recuerda que Cristo se entregó hasta la muerte por cada una de nosotras, por cada uno de nosotros.

Y a veces, es verdad, nos quedamos mirando las heridas que sangran y se nos pasa por alto el motivo, que no es el odio, ni la soledad, ni el abandono, el único motivo por el que Cristo está ahí clavado en la cruz es el amor. Tan fácil y tan complejo como amarnos a pesar de nuestras diferencias, a pesar de nuestras incomprensiones, a pesar de nuestros conflictos. Siempre, por encima, Jesús nos recuerda que ha de estar nuestro amor mutuo y que solo ese amor será la manera de reconocernos como hermanos, como hijos.

Hoy también es el día del amor.

Feliz día. Feliz domingo.

Oración

“Tú me conoces y me sondeas,
tú me amas y confías en que el amor será el motor de mi vida,
el amor que tú has puesto en mi corazón
para entregar a mi prójimo
porque si no amo a quien veo,
¿cómo podré amarte a ti, a quien no veo?”

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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El amor recíproco en la comunidad no es la meta.

Domingo, 15 de mayo de 2022

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DOMINGO 5º DE PASCUA(C)

Jn 13,31-35

El texto de hoy está sacado de un discurso de Jesús en el evangelio de Juan; el último y más largo después de la última cena y el lavatorio de los pies. Es un discurso que abarca cinco capítulos y es una verdadera catequesis que trata de resumir las más originales enseñanzas de Jesús. Como podéis comprender, no se trata de un discurso de Jesús, sino de una cristología elaborada por aquella comunidad a través de muchos años de experiencia cristiana. En el momento de la cena, los discípulos no hubieran entendido ni palabra.

El mandamiento del amor sigue siendo tan nuevo que está aun sin estrenar. No se trata solo de algo muy importante; se trata de lo esencial. Sin amor, no hay cristiano. Nietzsche llegó a decir: “solo hubo un cristiano, y ese murió en la cruz”; precisamente porque nadie ha sido capaz de amar como él amó. Como decíamos el domingo pasado, solo el que hace suya la Vida de Dios será capaz de desplegarla en sus relaciones con los demás. La manifestación de esa Vida es el amor efectivo a todos, sin excepción alguna.

Seguimos presentando el amor como un precepto. Así enfocado, no puede funcionar. Amar tiene que ser un acto libre de la voluntad, a quien solo mueve el bien; no una obligación que viene impuesta. Esto es muy importante, porque si no descubro la razón de bien en el objeto amado, la voluntad no puede ser motivada. Si me limito a cumplir un mandamiento, no tengo necesidad de descubrir la razón de bien en lo mandado, sino solo obedecer al que lo mandó. Aquí está el error. El que una cosa esté mandada me tiene que llevar a descubrir por qué está mandada; me tiene que llevar a ver en ella, la razón de bien. Si no doy este paso, será para mí una programación sin consecuencias en mi vida.

En la perícopa del evangelio que acabamos de leer, hay gato encerrado. “Que os améis unos a otros” se ha entendido a veces como un amor a los nuestros. Eso se quedaría en egoísmo amplificado. Algunas formulaciones del NT pueden dar pie a esta interpretación. En Juan 17, 21 se dice: te pido que todos sean uno, lo mismo que tú estás en mí y yo en ti. En otros textos del evangelio de Jn se apunta en la misma dirección. Debemos tener mucho cuidado a la hora de interpretar los textos, porque podría parecer que nos invita a amar solo a los que son de los nuestros, cosa que iría en contra del mensaje de Jesús.

En griego el texto dice: “agapate allelous” y en latín: “diligatis invicem”. En los dos casos se expresa con toda claridad que se trata de un amor entre los miembros de la comunidad. Esta interpretación está directamente en contra de lo que dice el evangelio en Mateo 5,44 y en Lucas 6,27 amad a vuestros enemigos como vuestro Padre del cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos; y manda la lluvia sobre justos e injustos. En este texto está claro que nos manda amar como dios nos ama. Y los remata diciendo: si amáis a los que os manan, ¿qué mérito tendréis, no hacen eso también los gentiles?

No, desde cada comunidad cristiana, el amor tiene que llegar a todos. No se trata de amar a los que son amables (dignos de ser amados), sino de estar al servicio de todos como si fueran yo mismo. Si dejo de amar a una sola persona, mi amor evangélico es cero. No se trata de un amor humano más. Se trata de entrar en la dinámica del amor-ágape. Esto es imposible, si primero no experimentamos ese AMOR. ¡Ojo! Esta verdad es demoledora. No se trata de una programación sino de una vivencia que se manifiesta en la entrega.

El “igual que yo” nos puede ayudar a entender bien el texto, porque no se trata solo de una comparación con Jesús sino de descubrir el amor de Jesús como originante de nuestro propio amor. Debéis amaros porque yo os he amado, y tanto como yo os he amado. El Amor-Dios no se puede ver, pero se manifiesta en las obras. Es la seña de identidad del cristiano. Es el mandamiento nuevo, opuesto al antiguo, la Ley. Queda establecida la diferencia entre las dos Alianzas. La antigua, basada en una relación jurídica. En la nueva, lo único que importa es la actitud de servicio a los demás. No se trata de una ley, sino de una respuesta personal a lo que Dios es en nosotros. “Un amor que responde a su amor”.

Jesús no propone como primer mandamiento el amar a Dios, ni el amor a él mismo. Dios es don total y no pide nada a cambio. Ni él necesita nada de nosotros, ni nosotros le podemos dar nada. Dios es puro don. Se trata de descubrir en nosotros ese don incondicional de Dios que, a través nuestro, debe llegar a todos. El amor a Dios sin entrega a los demás es pura farsa. El amor a los demás por Dios y no por ellos mismos, es una trampa que manifiesta egoísmo. El amar para que Dios me lo pague, no es más que una programación calculada. La exigencia de Jesús no es con relación a Dios, sino al hombre.

Jesús se presenta como “el Hijo de Hombre” (modelo de ser humano). Es la cumbre de las posibilidades de plenitud humanas. Amar es la única manera de ser plenamente hombre. Él ha desarrollado hasta el límite la capacidad de amar, hasta amar como Dios ama. Jesús nos propone un principio teórico y después dice: tenéis que cumplirlo todos. Jesús comienza por vivir el amor y después dice: ¡imitadme! El que le dé su adhesión quedará capacitado para ser hijo, para actuar como el Padre, para amar como Dios ama.

En esto conocerán que sois discípulos míos. El amor que pide Jesús tiene que manifestarse en todos y cada uno de los aspectos de la existencia. La nueva comunidad no se caracterizará por doctrinas, ritos, o normas. El distintivo será el amor manifestado. La base y fundamento de la nueva comunidad será la vivencia, no la programación. Jesús no funda un club cuyos miembros tienen que ajustarse a unos estatutos, sino una comunidad que experimenta a Dios como Padre y cada miembro lo imita, haciéndose hijo y hermano de todos los seres humanos sin excepción. Hacer un gueto es lo contrario del amor.

La pregunta que debo hacerme hoy es: ¿Amo de verdad a los demás? ¿Es el amor mi distintivo como cristianos? No se trata de un amor teórico, sino del servicio concreto a todo aquel que me necesita. La última frase de la lectura de hoy se acerca más a la realidad si la formulamos al revés: La señal, por la que reconocerán que no sois discípulos míos, será que no os amáis los unos a los otros. Hemos insistido demasiado en lo accidental: en el cumplimiento de normas, en la creencia en verdades y en la celebración de unos ritos. Todo esto debía ser la consecuencia de un verdadero amor.

Después de todo lo comentado en esta pascua, podemos hacer un resumen. La Vida, que se manifestó en Jesús, es el mismo Dios-Vida que se le había entregado absolutamente. Ese Dios-Vida, que también se da a cada uno de nosotros, nos lleva a la unidad con Él, con Jesús y con todos los hombres. Esa identificación absoluta, que se puede vivir pero que no se puede ver, se manifiesta en la entrega y la preocupación por los demás, es decir, en el amor. El amor evangélico no es más que la manifestación de la unidad vivida. Lo que vivió Jesús nos debe interesar solo como ejemplo de lo que debo vivir yo.

Meditación

Amor es la única respuesta posible al Amor, que es Dios.
Como ser humano, Jesús experimentó ese AMOR.
Toda su vida es consecuencia y manifestación de esta vivencia personal.
También para nosotros es ese el único camino.
Sin esa experiencia de que Dios es AMOR en mí,
el mensaje evangélico se quedará fuera de mi propio ser.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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La señal del cristiano.

Domingo, 15 de mayo de 2022

Nelson_Self_Control_710Jn 13, 31-35

«En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os améis los unos a los otros»

El cronista del Génesis nos muestra a Dios insuflando su espíritu en las narices del muñeco de barro, y aunque solo sea una imagen, nos transmite su voluntad —la voluntad de Dios— de que el mundo participe de su espíritu; un espíritu que nos capacita para amar y nos capacita también para intuir a Dios en el amor humano.

A veces tratamos de conocer a Dios a base de asertos, con el entendimiento, y ése no es el camino. Solo podemos acercarnos a Dios desde el corazón. Erich Fromm decía que «la consecuencia lógica de la teología es el misticismo», porque Dios no es objeto de conocimiento. Lo que encuentran los místicos en lo más íntimo de su ser no es comprensión de Dios, sino amor. Describen su experiencia como plenitud absoluta; como la del enamorado al fundir su espíritu con el de su amada.

Jesús —rebosante de ese espíritu— centra su vida y su enseñanza en el amor, en la entrega, en la misericordia… y no es de extrañar que Juan —tan cercano a él— nos brinde hoy la joya que leemos en el evangelio: «En esto conocerán que sois mis discípulos…». No nos conocerán por nuestras conjeturas teológicas o filosóficas (tan doctas como estériles), ni por ser piadosos, ni por frecuentar el templo ni por cosa parecida. Nos conocerán por ser fraternos.

Como decía Ruiz de Galarreta: «Cristiano es quien se siente amado por Dios y responde amando».

Y es que el sueño de Jesús —el Reino— es una comunidad de hermanos que se aman, se perdonan y se ayudan mutuamente.  Y una vez más, es de admirar su genialidad al extender las relaciones que se establecen en el seno de la familia al conjunto de la humanidad. En una familia lo obligatorio es siempre mucho menos de lo que se está dispuesto a hacer por los otros, y Jesús nos invita a crear esa familia universal en la que todos nos veamos concernidos por la suerte de los demás.

Mateo expresa esta idea de manera espléndida en la parábola del juicio final que sitúa en el huerto de los olivos justo la víspera de la pasión. Una parábola soberbia, con una escenografía colosal, en la que Jesús resume toda su enseñanza: «Venid benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis de comer. Tuve sed y me disteis de beber. Fui peregrino y me acogisteis. Estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, encarcelado y me asististeis»…

Y este texto nos interpela especialmente porque no tiene nada de abstracto, ni metafórico, ni simbólico, ni oscuro. Es el núcleo más íntimo del mensaje evangélico dicho en el lenguaje más llano que cabe imaginar. Es la norma de vida que, generalizada, cambiaría la faz de la tierra;  que transformaría de tal modo la sociedad, que la convertiría, sin eufemismos, en el Reino de Dios.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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