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“Y después de la resurrección, ¿qué? “, por José Miguel Martínez Castelló

Sábado, 7 de mayo de 2022

Pascua_2329277062_15459102_660x371“El horizonte de la resurrección es el horizonte de la esperanza”

“En estos días de Pascua, los cristianos tenemos que plantearnos cómo acogemos el misterio de la Resurrección en medio de la historia”

“Siempre me he preguntado por qué a personas ateas les molesta tanto que Dios no exista o no intervenga en nuestros asuntos si no creen en Él”

“En la actualidad afirmar que la resurrección es posible va contra los cimientos de la ciencia que se basan en lo tangible y material y, más todavía, contra los postulados del endiosamiento de las personas que llevan a disfrutar todas sus acciones sin límite alguno, explotando a otras personas por el bien y progreso personal”

Los dos últimos años los recordaremos porque asistimos a unas imágenes en Semana Santa completamente inéditas y sobrecogedoras. Se nos encogía el corazón, en plena pandemia, cuando veíamos la figura del Papa Francisco rezando solo en la Plaza de san Pedro. Los Vía Crucis dedicados a las vidas complejas de los niños y de las personas presas nos traspasaban el alma. Nos recordaban que, aunque todo se paró, el sufrimiento humano seguía su camino impertérrito. Volvió la mal llamada normalidad y el fin paulatino de las restricciones.

 Las muertes por COVID seguían de la misma forma, pero media humanidad apuntaba a un amanecer ante un virus invisible y silencioso. Creíamos que jamás íbamos a vivir una cosa parecida. Se nos llenaba la boca de que habíamos vivido un acontecimiento irrepetible que estaría grabado a fuego en los libros de historia. Ésta, maestra de la vida, no deja de sorprendernos y de cambiarnos el paso porque en la madrugada del 24 de febrero Rusia invadía Ucrania. El mundo contenía el aliento como si de un hecho único se tratara olvidando que en ese momento se daban, y se dan, veintiséis conflictos silenciados: Siria, Colombia, Etiopía, Yemen, Afganistán, República Centroafricana, Israel y Palestina, Myanmar, Mozambique y otros derivados por la acción del Estado Islámico.

De la noche a la mañana despertamos de nuestro letargo bien pensante convirtiéndose en espectadores privilegiados de una masacre retransmitida en directo. Ciudades que desconocíamos como Jarkov, Odesa, Dnipro, Donetsk, Zaporiyia, Lvov, Mykolaiv o Mariupol han entrado a formar parte de nuestras conversaciones como si hubiésemos vivido ahí. Y de pronto, ante todo este panorama, llega la Pascua, la fiesta de la Resurrección en medio de Bucha, Borodianka o la estación de Kramatorsk. ¿Es posible hablar hoy de la redención del hombre, de la persona, de volver a nacer y vencer la muerte en tiempos donde la muerte misma es un negocio a través del mercado de las armas y la tecnología militar?

González Faus en un artículo reciente en RD, De Ucrania a Dios: para creyentes e increyentes, decía: “¿Dónde está Dios ante esas madres desesperadas por no saber cómo liberar a sus niñitos del pánico y del hambre?”. Uno de los objetivos, no sólo del cristianismo, sino de todas las propuestas espirituales, religiosas y de sentido en el mundo actual es qué decir ante los cambios y la transformación de la vida que estamos viviendo; qué tiene que decir frente al absurdo, la desesperanza y el sentido. Por ello, en estos días de Pascua, los cristianos tenemos que plantearnos cómo acogemos el misterio de la Resurrección en medio de la historia y ser conscientes de lo que implica creer en Cristo resucitado y qué vida llevar a cabo a partir de este misterio que es el fundamento de nuestra Fe. Ello nos lleva a dos problemas de primer orden: el problema del mal y la esperanza.

El problema del mal: ¿mutismo de Dios?

Ríos de tinta han corrido a lo largo de la historia para responder al problema del mal. Desde la literatura, a la ciencia, la filosofía, la teología o el arte han intentado hallar orientaciones y respuestas a este interrogante. Debemos caer en la cuenta que hay situaciones que jamás tendrán una explicación completa bajo nuestros esquemas mentales. Sin embargo, en un mundo donde a Dios y a una parte de sus manifestaciones se les ha colocado una sordina, cuando el ateísmo y la increencia se disparan en la juventud a niveles inimaginables, resulta curioso que la misma sociedad vuelva a Dios para explicarse el problema del mal. Siempre me he preguntado por qué a personas ateas les molesta tanto que Dios no exista o no intervenga en nuestros asuntos si no creen en Él.

De ahí que González Faus exprese la interrelación entre Dios y el problema del mal. Necesitamos acudir a Él para encontrar comprensión a lo que vivimos en medio de las oscuridades y tinieblas de la historia: “Si Dios no existe el mal no tiene explicación, pero si Dios no existe el mal no tiene solución”. Nos cuesta asumir y comprender la mera existencia del mal. Anhelamos un mundo perfecto, pero caemos en la cuenta de la imposibilidad del mismo. Ahí tenemos el magisterio de las distopias desde 1984 de Orwell, a Un mundo feliz de Huxley, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury o El cuento de la criada de Margaret Atwood. Debemos aceptar que el mal forma parte de nuestro mundo. El sufrimiento es una parte más del todo, de nuestra historia y de nuestra vida: “Pensar en un mundo finito sin mal, equivale, pues, a pensar un círculo cuadrado o en un hierro de madera, porque, en definitiva, seria pensar en un mundo finito-infinito” (Torres Queiruga, Esperanza a pesar del mal).

Ahí donde se dé la realidad humana aparecerá, al mismo tiempo, la carencia, el conflicto y el dolor porque la vida es, por definición, problemática. Esto no implica que nos conformemos con la lógica de la historia y, por tanto, que justifiquemos las injusticias y las diferentes pobrezas que se están cronificando y que necesitan de un compromiso radical para afrontarlas y solucionarlas. El Dios crucificado es el Dios del amor, como diría Whitehead en Proceso y realidad, “el gran compañero, el que sufre con nosotros y que comprende”. Desde el Éxodo al pie de la cruz de Jesús de Nazareth, Dios “está siempre -como apunta Queiruga– al lado del oprimido y del que sufre, apoyando su lucha y alimentando su esperanza”.

Y la resurrección se da en ese mismo momento, cuando la vida puede transformarse, puede cambiar, cuando lo que hacemos, por grande que sea su error, no puede dictar la sentencia final. A pesar de los pesares, Dios no se cansa, como ha apuntado Francisco en muchas ocasiones, de perdonarnos, del mal que ejercemos sobre las personas. Como diría C. Rahner, “si la muerte tiene la última palabra, ¿con qué base podemos esperar?”. El horizonte de la resurrección es el horizonte de la esperanza. Por ello la Pascua es el acontecimiento de salvación para toda persona y para la humanidad entera. Al mal sólo se le puede combatir con el bien y con la esperanza en el espíritu humano.

Para ello se necesitan de las armas más poderosas que existen, las que pueden variar el rumbo de la historia, armas que están silenciadas, que no están financiadas por ningún Estado o industria bélica: el perdón y la misericordia. En la medida que hacemos uso de la explotación y la violencia nos estamos alejando de Dios porque violamos lo que somos y aquello que nos hace ser personas. El Domingo de Ramos, Francisco escribió este tuit que debería guiarnos en esta Pascua: “Cuando se usa la violencia ya no se sabe nada de Dios, que es Padre, ni tampoco de los demás, que son hermanos. Se nos olvida por qué estamos en el mundo y llegamos a cometer crueldades absurdas”.

Estamos en el mundo para construir una civilización de amor y de encuentro. Sólo cuando ofrezcamos esa medida al mundo y a la humanidad esteremos resucitando porque hemos sido creados desde el amor. La cuestión estriba en qué papel queremos despeñar. Nuestro carácter radical de libertad es inevitable y su relación con el mal, también. Pero depende de nosotros, desde el magisterio del sacrificio de Jesús, el modo en cómo afrontamos la realidad que se nos mostrará entre tinieblas, qué duda cabe, pero que serán vencidas por la luz del amor.

2. La esperanza de la Resurrección  

Esta victoria se fundamenta en la creencia que es la base de toda existencia cristiana: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quién según su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo entre los muertos” (1Pedro, 1-3). ¿Nacer de nuevo? ¿Qué significa? Jesús se granjeó enemigos por explicar y proclamar las consecuencias de una vida que ha resucitado, que ha vuelto a la vida. Al final de la Cuaresma, el evangelio de Juan así lo constata: “Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre” (Jn 8, 51-52). Hoy, como en tiempos de Jesús, expresar aquello que no tiene la fuerza y la presencia de la corriente de la moda, de lo que se lleva y se acepta sin rechistar, incomoda, y Él lo pagó con su vida.

De igual forma, en la actualidad afirmar que la resurrección es posible va contra los cimientos de la ciencia que se basan en lo tangible y material y, más todavía, contra los postulados del endiosamiento de las personas que llevan a disfrutar todas sus acciones sin límite alguno, explotando a otras personas por el bien y progreso personal. Por el contrario, nuestra esperanza no puede circunscribirse a lo que podemos tocar porque tiene fecha de caducidad, desapareciendo de inmediato de nuestro horizonte personal.

La esperanza a la que acogernos tiene que situarse ante algo que no dependa del vaivén del tiempo ni de las circunstancias; tenemos que sostenernos ante una realidad que nos guarde en todas y cada una de las situaciones de nuestra vida. Como diría el teólogo alemán de la esperanza, Jürgen Moltmann, “creer es esperar, si no espero realmente no creo”. ¿Qué esperamos? ¿Esperamos algo? ¿Nuestra fe, nuestra creencia se basa en la resurrección? ¿Podemos decir que el tiempo pascual no es un tiempo más, sino que es la canalización de la expresión máxima de nuestra fe y esperanza?

Con el paso de los años comprenderemos la envergadura y la talla de Francisco. Pasará a la historia con muchos atributos que calificarán toda su acción pastoral. Lo recordaremos, entre muchas cosas, como el que cristalizó el pontificado de la esperanza. Es crítico, como pocos, de todos los vacíos y sin sentidos del sistema económico, social y de vida que llevamos. Sin embargo, no pierde la esperanza en la resurrección de toda persona, en sus posibilidades de transformación, de cambiar y de rehacer su historia para presentar una biografía diferente a la que fue: “No todo está perdido, porque los seres humanos capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse. Son capaces de mirarse a sí mismos y de iniciar caminos nuevos hacia la verdadera libertad”(Laudatio si).

O, “hacer saber a las personas que no hay situaciones de las que no se puede salir, que mientras estemos vivos es siempre posible volver a empezar”(El nombre de Dios es misericordia). Esta esperanza sólo puede surgir de un Dios que se ha hecho uno de nosotros, que ha dado la vida por ti con independencia del color de piel, procedencia, estatus social, inclinación sexual, formación cultural que tengamos, ya que ama sin condiciones, donde se abaja de tal forma que desciende a nuestras heridas, a nuestras necrosis y miserias, para decirnos que en la vida lo más importante no es lo que hemos hecho, sino lo que hacemos y haremos. ¿Quién está libre de tirar piedras equivocadas? ¿Quién? Hasta los que comieron con Él lo traicionaron y no condenó ni afeó su conducta. Los acogió para que forjaran el porvenir de forma diferente; para que hicieran efectivo el Reino de Dios en la tierra.

Como expresó Pablo d’Ors en Religión Digital en plena pandemia: “Creer que todo cuanto sucede -bueno, malo o neutro- es en último término para bien. Ver lo que acontece no como una amenaza, sino como una ocasión para fortalecer el carácter y la relación con los otros y con Dios. Jesús sabe que el mal no tiene verdadero poder sobre este mundo”.

El tiempo pascual representa la victoria de la vida frente al sepulcro. Seremos hombre y mujeres de resurrección cuando no nos dejemos llevar por el derrotismo y la pesadumbre actual; seremos hombres y mujeres de resurrección cuando cada día demos esperanza y vida a cuantos nos necesiten; seremos hombres y mujeres de resurrección cuando trabajemos por la convivencia y la paz ahí donde estemos; seremos hombres y mujeres de resurrección cuando nos convirtamos en la voz de los sin voz del mundo. De esa forma resucitaremos a diario y lo asumiremos como el elemento mas definitorio de nuestra vida y no como un dogma o una quimera de tiempos pasados. Feliz Pascua.

Fuente Religión Digital

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Aún así, el arco en la iglesia continúa doblándose

Martes, 3 de mayo de 2022

Breakfast_at_Dawn_webLa reflexión de hoy (III Domingo de Pascua), es del colaborador de Bondings 2.0 Michaelangelo Allocca, cuya breve biografía se puede encontrar haciendo clic aquí.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el tercer domingo de Pascua se pueden encontrar aquí.

“¿Qué eres, un masoquista?” Nosotros, en la comunidad LGBTQ católica, a veces escuchamos esta pregunta de amigos no católicos bien intencionados, que se preguntan cómo podemos permanecer en una Iglesia que parece, en muchos sentidos, no querernos. Para obtener evidencia de que esto es común, no busque más allá de la guía de comentarios de este blog. No habría necesidad de una regla en contra de decirle a alguien que abandone la Iglesia, si esa sugerencia no se hiciera con frecuencia por la razón que mencioné al comienzo de este párrafo.

Esa pregunta me persigue cuando reflexiono sobre las lecturas de hoy. Siento una similitud entre nuestra comunidad y los Apóstoles en la primera lectura de hoy de Hechos 5. Con respecto al abuso y la persecución que experimentaron los Apóstoles, se nos dice que abandonaron el Sanedrín, “gozándose de haber sido hallados dignos de sufrir deshonra por por el bien del nombre.” ¿No deberíamos, como ellos, regocijarnos de ser encontrados dignos de sufrir la deshonra por el nombre de Jesús, quien siempre fue a los márgenes para encontrar a todos los que lo necesitaban, y siempre incluidos en lugar de excluidos? Y, sin embargo, ¿no es masoquista alegrarse del propio rechazo o persecución?

Tengo una reacción similar a la segunda lectura, de Apocalipsis, donde la hueste celestial canta: “Digno es el Cordero que fue inmolado, de recibir el poder y las riquezas (… completa el resto del Mesías de Haendel)”. Escucho, “sí, bueno: los que son asesinados son dignos de recibir, etc…” Pero luego el persistente “¿qué eres, masoquista?” la voz habla de nuevo: en realidad no dice que el Cordero es digno porque fue inmolado; y además, ¿desde cuándo soy el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo?

En definitiva, sigo creyendo que es espiritualmente saludable identificarse y consolarse con el sufrimiento de los Apóstoles, y del mismo Jesús, y finalmente alabar a Dios, que con las palabras del salmo de hoy, “no permitió que mi los enemigos se regocijan por mí.” El salmista nos recuerda que los perseguidores pueden tener la ventaja por un tiempo, pero que no tienen la última palabra.

Y entonces mi sentimiento no es masoquismo, sino esperanza. No en el sentido de optimismo barato del “después de todo, mañana será otro día” de Scarlett O’Hara, sino en el sentido de la virtud teológica que le dijo al Dr. Martin Luther King que “el arco del universo moral es largo, pero se inclina hacia la justicia.” Veo esta larga flexión en la Iglesia tratando, centímetro a centímetro, de ponerse al día con el amor nutritivo y acogedor de Jesús, y abandonar la necesidad similar a la del Sanedrín de controlar y obligar.

En ese frente, tenemos palabras alentadoras de dos prelados europeos. El cardenal Jean-Claude Hollerich de Luxemburgo le dijo recientemente a un entrevistador que consideraba que la enseñanza actual sobre la homosexualidad “ya no es correcta” y no se basa en la ciencia, y recomendó una “revisión fundamental de la doctrina”. Luego, el obispo Georg Bätzing, jefe de la conferencia episcopal alemana, también dijo a una revista que la enseñanza de la Iglesia debe cambiar. Y cuando le preguntaron si las relaciones entre personas del mismo sexo estaban permitidas, dijo: “Sí, está bien si se hace con fidelidad y responsabilidad. No afecta la relación con Dios”. Si bien algunos podrían argumentar que tales declaraciones son demasiado escasas y demasiado tardías, tengo la edad suficiente para recordar cuando el concepto de un obispo, no importa un cardenal, hablando así era inconcebible.

Y, sin embargo, la curvatura del arco es siempre lenta, solo pulgada a pulgada: poco después, el cardenal George Pell le dijo a otro entrevistador que estos dos obispos deberían ser reprendidos, tal vez incluso silenciados, por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Me pregunto si Pell se dio cuenta de lo bien que funcionó un intento de silenciar a los Apóstoles (Hechos 5:27-28) cuando el sumo sacerdote “les dio órdenes de dejar de enseñar”, y continuaron haciéndolo aún más audazmente. Pell estuvo una vez en el consejo de cardenales asesores del Papa Francisco, y muchos todavía notan sus declaraciones.

Aún así, el arco continúa doblándose. ¿Fueron reprendidos los obispos queer-positivos? ¿Se echaron atrás o se retractaron? No, en cambio, hubo repetición con énfasis. El cardenal Reinhard Marx de Munich-Freising (irónicamente, la misma diócesis que una vez estuvo encabezada por un cardenal llamado Ratzinger) repitió el llamado de Hollerich y Bätzing a un cambio en la enseñanza de la iglesia y su respaldo a la santidad potencial en las relaciones entre personas del mismo sexo. Lo más sorprendente de todo es que también anunció que él mismo había bendecido a parejas del mismo sexo. Marx nunca mencionó a Pell, pero es sorprendente, y dudo que sea una coincidencia, que hiciera sus declaraciones solo dos semanas después del ataque de Pell a los otros dos obispos. Marx (a diferencia de Pell) sigue siendo miembro del consejo de cardenales asesores del Papa Francisco, lo que sugiere que la influencia del lado de Pell puede estar disminuyendo.

 Mi prueba final de que veo a través de la lente de la esperanza, no del masoquismo, se encuentra en el evangelio de hoy. Juan 21 contiene dos episodios distintos, unidos por la idea de liderazgo como alimentación, no dictado; cuidar, no dar órdenes. La tercera vez que Jesús se encuentra con los apóstoles después de la Resurrección, los encuentra de regreso en sus trabajos de pesca, como si sus experiencias con él no hubieran cambiado. Sin embargo, no comienza con “aclaremos algunas cosas” (lo cual, en el evangelio de Juan, podría no ser sorprendente), sino con “Ven y almorza”. Él los encuentra donde están, atiende sus necesidades y pacientemente los deja andar a tientas hacia la verdad.

Luego selecciona al que tenía más motivos para avergonzarse y arrepentirse, y lo pone a cargo. En caso de que aún no esté claro de qué lado se pone Jesús, la comisión viene como “apacienta mis corderos… apacienta mis ovejas… apacienta mis ovejas”, y no corregirlos, dominarlos, reprenderlos. Así es como Jesús entiende el liderazgo, y eso es todo lo que necesito para tener la esperanza de que las voces amorosas y acogedoras finalmente triunfen.

—Michael Ángel Allocca, 1 de mayo de 2022

Fuente New Ways Ministry

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“Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.”

Domingo, 1 de mayo de 2022

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No te he negado

Por causa de Tú causa me destrozo
como un navío, viejo de aventura,
pero arbolando ya el joven gozo
de quien corona fiel la singladura.

Fiel, fiel…, es un decir. El tiempo dura
y el puerto todavía es un esbozo
entre las brumas de esta Edad oscura
que anega el mar en sangre y en sollozo.

Siempre esperé Tú paz. No Te he negado,
aunque negué el amor de muchos modos
y zozobré teniéndote a mi lado.

No pagaré mis deudas; no me cobres.
Si no he sabido hallarte siempre en todos,
nunca dejé de amarte en los más pobres.

*

Pedro Casaldáliga,
El Tiempo y la Espera,
Sal Terrae 1986

***

En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:

Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.

Simón Pedro les dice:

“Me voy a pescar.”

Ellos contestan:

“Vamos también nosotros contigo.

Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.

Jesús les dice:

“Muchachos, ¿tenéis pescado?”

Ellos contestaron:

“No.”

Él les dice:

“Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.”

La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:

“Es el Señor.

Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces.

Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice:

– “Traed de los peces que acabáis de coger.”

Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.

Jesús les dice:

“Vamos, almorzad.

Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor. Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro:

“Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?”

Él le contestó:

“Sí, Señor, tú sabes que te quiero.”

Jesús le dice:

“Apacienta mis corderos.”

Por segunda vez le pregunta:

“Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”

Él le contesta:

-“Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Él le dice:

“Pastorea mis ovejas.”

Por tercera vez le pregunta:

– “Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?

Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó:

-“Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

Jesús le dice:

– “Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.

Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió:

“Sígueme.”

*

Juan 21, 1-19

***

 

El amor de Cristo por Pedro tampoco tuvo límites: en el amor a Pedro mostró cómo se ama al hombre que tenemos delante. No dijo: «Pedro debe cambiar y convertirse en otro hombre antes de que yo pueda volver a amarlo». No, todo lo contrario. Dijo «Pedro es Pedro y yo le amo; es mi amor el que le ayuda para ser otro hombre». En consecuencia, no rompió la amistad

Para reemprenderla quizás cuando Pedro se hubiera convertido en otro hombre; no, conservó intacta su amistad, y precisamente eso fue lo que le ayudó a Pedro a convertirse en otro hombre. ¿Crees que, sin esa fiel amistad de Cristo, se habría recuperado Pedro? ¿A quién le toca ayudar al que se equivoca, sino a quien se considera su amigo, aun cuando la ofensa vaya dirigida contra él?

El amor de Cristo era ilimitado, como debe ser el nuestro cuando debemos cumplir el precepto de amar amando al hombre que tenemos delante. El amor puramente humano está siempre dispuesto a regular su conducta según el amado tenga o no perfecciones; el amor cristiano, sin embargo, se concilio con todas las imperfecciones y debilidades del amado y permanece con él en todos sus cambios, amando al hombre que tiene delante. Si no fuera de este modo, Cristo no habría conseguido amar nunca: en efecto, ¿dónde habría encontrado al hombre perfecto?

*

Søren Kierkegaard
Las obras del amor,
Guadarrama, Barcelona, s. f.

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“¿Me amas?”. 3 Pascua – C (Juan 21,1-19)

Domingo, 1 de mayo de 2022

san pedro el pescadorEsta pregunta que el Resucitado dirige a Pedro nos recuerda a todos los que nos decimos creyentes que la vitalidad de la fe no es un asunto de comprensión intelectual, sino de amor a Jesucristo.

Es el amor lo que permite a Pedro entrar en una relación viva con Cristo resucitado y lo que nos puede introducir también a nosotros en el misterio cristiano. El que no ama apenas puede «entender» algo acerca de la fe cristiana.

No hemos de olvidar que el amor brota en nosotros cuando comenzamos a abrirnos a otra persona en una actitud de confianza y entrega que va siempre más allá de razones, pruebas y demostraciones. De alguna manera, amar es siempre «aventurarse» en el otro.

Así sucede también en la fe cristiana. Yo tengo razones que me invitan a creer en Jesucristo. Pero, si lo amo, no es en último término por los datos que me facilitan los investigadores ni por las explicaciones que me ofrecen los teólogos, sino porque él despierta en mí una confianza radical en su persona.

Pero hay algo más. Cuando queremos realmente a una persona concreta, pensamos en ella, la buscamos, la escuchamos, nos sentimos cerca. De alguna manera, toda nuestra vida queda tocada y transformada por ella, por su vida y su misterio.

La fe cristiana es «una experiencia de amor». Por eso, creer en Jesucristo es mucho más que «aceptar verdades» acerca de él. Creemos realmente cuando experimentamos que él se va convirtiendo en el centro de nuestro pensar, nuestro querer y todo nuestro vivir. Un teólogo tan poco sospechoso de frivolidades como Karl Rahner no duda en afirmar que solo podemos creer en Jesucristo «en el supuesto de que queramos amarlo y tengamos valor para abrazarlo».

Este amor a Jesús no reprime ni destruye nuestro amor a las personas. Al contrario, es justamente el que puede darle su verdadera hondura, liberándolo de la mediocridad y la mentira. Cuando se vive en comunión con Cristo es más fácil descubrir que eso que llamamos «amor» no es muchas veces sino el «egoísmo sensato y calculador» de quien sabe comportarse hábilmente, sin arriesgarse nunca a amar con generosidad total.

La experiencia del amor a Cristo puede darnos fuerzas para amar incluso sin esperar siempre alguna ganancia o para renunciar –al menos alguna vez– a pequeñas ventajas para servir mejor a quien nos necesita. Tal vez algo realmente nuevo se produciría en nuestras vidas si fuéramos capaces de escuchar con sinceridad la pregunta del Resucitado: «Tú, ¿me amas?».

José Antonio Pagola

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“Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado”. Domingo 01 de mayo de 2022. 3er Domingo de Pascua

Domingo, 1 de mayo de 2022

28-pascuaC3 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 5, 27b-32. 40b-41: Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo.
Salmo responsorial: 29: Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
Apocalipsis 5, 11-14: Digno es el Cordero degollado de recibir el poder y la riqueza.
Juan 21, 1-19: Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado

En el pasaje de Hechos, los apóstoles son llamados a rendir indagatoria ante el Sanedrín, o Junta Suprema de los judíos. Conviene reflexionar sobre lo que implica concretamente la fe en la resurrección de Jesús; esto es, el testimonio de que él continúa vivo y actuando no ya físicamente, sino a través de la comunidad que ha asumido con el coraje y la valentía de su Maestro el proyecto del Reino. La Resurrección carece de pruebas históricas, y el creyente no las necesita. La prueba más segura y contundente nos la da, precisamente, la comunidad misma de creyentes que se fue formando alrededor de la fe en la Resurrección y que da testimonio de ella a través de una experiencia vital que ha evolucionado desde una total ignorancia e incapacidad para comprender a Jesús, hasta un cambio tan radical que ya nadie teme dar testimonio de que Jesús está vivo y que su proyecto sigue adelante. Con una valentía increíble, aquellos que habían huido abandonando al Maestro en su prendimiento, recalcan ahora que seguirán predicando porque “hay que obedecer a Dios antes que a los humanos”. Esta situación se repetirá innumerables veces en la historia de la Iglesia, cuando la autenticidad del mensaje entre en conflicto con los intereses que se le oponen.

En el evangelio Jesús se presenta a los apóstoles junto al lago Tiberíades, en medio de la vida ordinaria a la que ellos estaban acostumbrados. Habían dejado de ser los pescadores de personas a que los había llamado Jesús, y tras el supuesto fracaso del Maestro habían vuelto a su oficio de siempre. Allí se les presenta Jesús y aprovecha lo que les es familiar. Y allí Dios les manifiesta su poder y su gloria, a través del símbolo de la pesca y de la comida.

El Resucitado los invita a tirar la red, que recogerá una pesca milagrosa; una red que es símbolo de la Iglesia y de la pesca multitudinaria que harían los seguidores de Jesús después de este encuentro, cuando vuelvan a tomar el rumbo que habían perdido.

El discípulo a quien el Señor más amaba le reconoce en el milagro de la abundancia de peces, y Pedro se siente nada delante de aquel que le encomendó una tarea especifica que dejó de cumplir.

El capítulo 21 del cuarto evangelio fue agregado posteriormente. Es claro que Jn 20,30-31 era la conclusión original. Y es interesante que el capítulo 21 esté centrado en la figura de Pedro. En todo el evangelio los grandes protagonistas habían sido “el discípulo amado”, los discípulos en general y especialmente las discípulas, y entre ellas la madre de Jesús y María Magdalena. La figura de Pedro tiene relieve secundario; más aun, aparece siempre contrapuesta y subordinada a la del “discípulo amado”. Para Juan lo más importante es ser discípulo/discípula. Ahora, en el capítulo 21, se afirma a Pedro como pastor a partir de la inquietante pregunta triple de Jesús resucitado: “Simón, ¿me amas?… Apacienta mis ovejas”. Pedro es reconocido como pastor porque ahora cumple la condición de buen discípulo. Durante la Pasión negó tres veces ser discípulo de Jesús. Ahora el Señor le pide una triple confesión de su sincero amor como discípulo.

Antes que jerárquica, la Iglesia es una comunidad de discípulos. En la tradición de los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) es una iglesia fundada y dirigida por los 12 apóstoles, llamados también comúnmente los 12 discípulos. El capítulo 21 de Juan expresa la armonización de la dos tradiciones: Pedro es reconocido como pastor, pero bajo la condición de que acepte su definición fundamental como discípulo. Una vez reconocido como pastor, Jesús le anuncia la clase de muerte con la que glorificaría a Dios: su crucifixión en Roma. Después el Señor le reiterará su consigna favorita: “sígueme”, es decir, lo urge formalmente a ser su discípulo. Leer más…

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Dom 1.5.20. Pedro y el Amado, la pascua es una pesca: Echarse al agua y amar (Jn 21)

Domingo, 1 de mayo de 2022

321867A9-7EE7-466F-8C10-1985F49DFFCDDel blog de Xabier Pikaza:

Parece que la primera iglesia, más centrada en Pedro, los Doce, los parientes de Jesús (y Pablo), tuvo dificultades en admitir el evangelio de Juan, pues no dejaba clara la identidad y función del Discípulo Amado. Parecía, además, que este evangelio defendía un cristianismo de simpe libertad interior y amor difuso, rompiendo la nervatura social del conjunto de la iglesia.

 Para subsanar en parte esas dificultades, el redactor ha incluido al fin un precioso capítulo pascual (Jn 21), elaborado en forma de “aparición” de Jesús y “pacto” misionero entre diversos (7)  grupos de cristianos.

En un primer momento, este evangelio terminaba con el testimonio de Tomás (Jn 20, 19-29) con una clara conclusión  y solemne (Jn 20, 30-31). Pues bien, sin borrar esa conclusión,  el redactor ha incluído este capítulo (Jn 21) a modo de conclusión y compendio, con cuatro temas esenciales: (1) Han de juntarse los 7, como en el G7 de Francisco, pero mucho más variados y comprometidos. (2) El Amado debe andar a todo, muy a lo libre, muy suyo y de todos. (3) Pedro tiene que ceñir los lomos y echarse al agua. (4) Hay llegar, s1 o sí, a los 153 peces/pueblos, sin quedarse en casa, sin excusas de ningún tipo.

Este fue el programa de Juan, hacia el 110 d.C. Éste ha de ser nuestro probrama XIX siglos después. Quien quiera quedarse en el texto, quede sin más y lo disfrute. Quien prefiera acompañarme siga. Buen fin de semana, este Domingo de Pascua. 

Introduzco imágenes conocidas… pero insisto en La Nave Triunfal de la Iglesia, delMuseo Nacional de arte colonial de México.  Deténgase quien quiera en los detalles, disfrute de la imagen barroca de la iglesia-nave de guerra y compare con la iglesia de los 7, con Pedro y Discípulo amado, en este evangelio.

A   LOS SIETE DE LA NAVE DE LA IGLESIA

Pedro dijo voy a pescar (21, 1-3), y el texto añade que se le juntaron  otros seis: Tomás, Natanael y los Zebedeos (Santiago y Juan) y dos discípulos más, cuyo nombre no se cita (21, 2). Significativamente, los primeros  de la lista son Pedro y Tomás, el Mellizo, que podrían forman la pareja final del evangelio: Pedro es el signo de la Iglesia Oficial; Tomás es el signo de la iglesia “mística”.

            Junto a ellos ha situado el evangelista a Natanael, de Caná de Galilea (cf. Jn 2, 1-11), lugar de las bodas del principio de la Iglesia, que había sido antes discípulo de Juan Bautista en el Jordán (cf. Jn 1, 45; Mt, 10, 3; Mc 3, 18,Lc 6, 14; Hc 1, 13). Fue, según la tradición.

Con esos tres, están los zebedeos,pareja esencial del comienzo de la iglesia, a los que se añaden otros dos, de quienes no se dice el nombre; uno de ellos podría haber sido el Discípulo amado, el otro una Discípula Amada. En total eran Siete, no Doce como los representantes de la iglesia del principio. Como sabemos ya por la segunda multiplicación de los panes (Mc 8) y por Hech 7, el número siete es signo de misión universal. En este contexto nos sitúa la escena que sigue.

El que inicia el movimiento es Pedro diciendo: ¡Me voy a pescar! (21, 3). Muchos lectores se han visto sorprendidos por el dato, como si Jesús volviera al tiempo de su historia y de su pesca pre-pascual en Galilea (Lc 5, 18-24), después que ya ha enviado a sus discípulos al mundo (cf. Jn 20, 21). Da la impresión de que Pedro y los siete han vuelto a lo anterior, al tiempo de pesca del lago, como hacían antes de haberse encontrado con el Cristo. Pero quien mire con más profundidad descubrirá en la escena un fuerte simbolismo: estamos ante el signo de la pesca escatológica.

            Es posible que en el fondo de la escena haya un recuerdo histórico. Es probable que Pedro y sus compañeros hayan descubierto algún día la ayuda de Jesús mientras se hallaban afanosos, pescando sobre el lago (como presupone en contexto vocacional Lc. 5, 1-11. Pero ahora es evidente que la pesca ha recibido un carácter pascual y misionero.

            Pedro es pescador al servicio de Jesús, como el mismo Señor lo había prometido (Mc 1, 16-20: os haré pescadores de hombres). En ese nuevo oficio, al servicio del reino, él sale a echar las redes sobre el lago de este mundo. No va solo, le acompañan los discípulos, finales, los siete creadores de la comunidad universal cristiana, los auténticos apóstoles de pascua. Siete varones para el mundo entero, no doce para Israel. Siete varones, parece que no hay mujeres, a no ser que uno de los dos del fin, sin nombre, sea mujer (o que el mismo discípulo amado sea mujer).

Van en medio de la noche, en el lago de la historia. Ha tomado la iniciativa. Le acompañan los otros y de un modo especial el discípulo querido. Para todos hay lugar en la faena. Pedro y el discípulo amado comparten un lugar en la barca y tarea pascual de Jesucristo. La experiencia pascual empieza siendo dura… Pero vengamos al texto:

Subieron a la barca y en aquella noche no pescaron nada. Apuntando ya la madrugada estaba Jesús en la orilla, pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dijo: ¡Muchachos! ¿No tenéis nada de comer? Le respondieron: ¡No! Él les dijo:¡Echad las redes a la derecha de la barca y encontrareis!

            La echaron y no podían arrastrarla por la cantidad de peces. Entonces, el discípulo al que Jesús amaba dice a Pedro: -¡Es el Señor! Y Simón Pedro, oyendo que es el Señor, se ciñó el vestido y se lanzó al mar (21, 3-7)

 B. DISCÍPULO AMADO, AMOR QUE VE EN LA NOCHE

            Este Cristo de la pascua parece oculto mientras extienden los discípulos las redes sobre el lago. Ha resucitado el Señor, pero el mar de la vida sigue pareciendo, insondable, sin pesca, sin vida. Todo parece como estaba: mar y noche, barca y pescadores sobre el lago. Sobre el enigma del mundo es inútil esforzarse. Sobre el mar de la historia no se puede conseguir la pesca escatológica que había prometido Jesús en el principio del camino misionero (cf. Mc 1, 16-20). Acaba la noche y las luces primeras del día traen a la playa a estos sufridos pescadores fracasados.

            Recordemos que son varias las escenas pascuales donde el Cristo pascual empieza siendo un desconocido: el jardinero del huerto (Jn 20, 14-15), el caminante de Emaús (Lc 24, 15-16). Con toda naturalidad el hombre de la playa pregunta a los que vuelven de vacío y respondiendo a su fracaso y les dice echad las redes a la parte derecha (Jn 21, 6). Parece que sabe más que ellos.

            Los discípulos escuchan su palabra sin poner reparo (en contra de Lc 5, 5). El inicio de la experiencia pascual se encuentra precisamente en el gesto de confianza de aquellos que han estado faenando en las vigilias de la noche. Querían descansar cuando rompe la mañana: necesitan un lecho para el sueño. Pero escuchan la voz de aquel desconocido y de pronto la red queda llena de peces.

Conocer a Jesús

             La narración llega a su centro. Está llena la red y los fornidos pescadores tienen gran dificultad en arrastrarla. Entonces, mientras los otros se encuentran ocupados en la dura faena de la pesca, el Discípulo Amado tiene tiempo de mirar. Mira y descubre la verdad, en experiencia mística de pascua. Así le dice a Pedro: Es el Señor (Jn 21, 7).

            En este reconocimiento y en los gestos que siguen se explicita el misterio y camino de pascua, interpretado ya a manera de trabajo compartido. Los dos discípulos centrales se necesitan; cada uno realiza su función, ambos son complementarios:

Pedro dirige la faena, como buen patrón del barco. Sabe manejar las redes, hace fiel trabajo. Pero, en realidad, parece un poco ciego para las cosas principales: no sabe distinguir a Jesús en la mañana, en medio de la pesca. Esta ceguera de Pedro (ministro supremo de la iglesia) queda clara en la escena. Pero el texto ha resaltado también su gran capacidad de acogida y escucha. Pedro recibe en su barca al discípulo amado y le atiende cuando dice: es el Señor. Este es el Pedro verdadero: aquel que sabe escuchar al discípulo querido para confiar en su palabra y lanzarse al agua para el encuentro con Jesús. En medio de la gran faena ha descubierto lo más grande: ha sabido que Jesús le está mirando en la orilla y necesita ir a encontrarle.

El discípulo amado está en la barca, pero no se dice que faene. Él será quien vea y distinta  a Jesús en la orilla, pero no necesita saltar para  cerciorarse de ello. Ha descubierto al Señor en el misterio más profundo de su vida, puede aguardar a que culmine la faena de la pesca, que realizan precisamente por mandato de Jesús, mientras acaba la noche y se eleva la nueva mañana de la pascua plena.

             Pedro tiene que saltar de la barca. Es incapaz de permanecer en el trabajo mientras sabe que Jesús está mirando y aguardando allá en la orilla. Esta impaciencia de Pedro, que antes no ha sabido distinguir a Jesús, es signo de gran amor (lo pone todo en riesgo por hallarle); pero es, al mismo tiempo, el resultado de una posible desconfianza (quien ama de verdad no necesita correr de esa manera hacia el amado, porque sabe que él le mira y acompaña en todos los momentos de su vida).

C. ECHAD LA RED AL OTRO LADO. PEDRO TIENE QUE ARROJARSE AL AGUA. 

           1A76404E-24CD-43F4-AF22-73CE9EDDC5E9  Volvamos a la escena. Como un desconocido, a la orilla del agua, Jesús les ha dicho que echen las redes por el otro lado (a la derecha, cf. 21, 6). Pero veamos con más cuidado la escena, retomando algunos motivos ya indicados:

Él les dice: “Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.” La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: “Es el Señor.” Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: “Traed de los peces que acabáis de coger. “Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.Jesús les dice: “Vamos, almorzad.”

             Como hemos indicado ya, la escena es misteriosa, y en ella aparecen no sólo Pedro con (entre) los siete, Pedro y el discípulo amado sino otros rasgos importantes, que es bueno destacar:

– Echad la red a la derecha…Puede tratarse de una indicación banal, pero todo nos indica que se trata de algo muy importante.  Hasta ahora, Pedro y su gente (incluidos los siete) habían estado pescando en la parte equivocada, en un contexto de ley convertida en “izquierda”, mano “falsa” de Dios y su promesa. Eso significa que la misión anterior de la iglesia había sido una equivocación inútil. Ha sido necesario que Jesús venga a la orilla y le diga que echen la red por el otro lado, por el lado bueno de la humanidad entera que es la “derecha de Dios”, en el amanecer de la nueva historia.

– Y pescaron tanto que tenían fuerzas para sacar la red, para traerla a tierra.La nueva pesca (la pesca de la derecha universal de Dios) les sorprende… Eran expertos pescadores pero no saben cómo “sacar” la red sin romperla, sin matar o estropear a los peces. Han pescado, están pescando, pero no saben qué hacer con su redada…Éste es el momento clave: Tienen una inmensa redada, pero no saben qué hacer con ella, como tratarla. Tienen un mensaje, tiene una oportunidad de oro (de Reino de Dios) en la madrugada, pero no saben qué hacer, no pueden llevar sus peces a la tierra de la vida.

El Discípulo amado le dice (a Pedro) “es el Señor”, el Señor de la derecha. La pesca que han logrado no es suya (no la han capturado ellos, no les pertenece…). Por eso interviene el Discípulo amado, que ve en la oscuridad de la mañana y dice a Pedro “es el Señor”. Sólo entonces reacciona Pedro, se viste, se ciñe. No es un mero pescador desnudo del lago del mundo, es un “delegado de Cristo”.

Pedro Se viste y se tira al agua (al agua de la pesca de Dios). Esta escena de Pedro tirándose al fin al agua, ante Cristo, por Dios superando sus miedos y reticencias antiguas responde a la más honda tradición de los sinópticos, que aparece en Mt 12, 22-23. Pedro se tira ahora del todo a las grandes aguas, se compromete plenamente por Jesús, bajo la  guía y la palabra del Discípulo amado.  Esta es la verdadera conversión de Pedro.

Los demás discípulos se acercaron en la barca, remolcando la red con los peces. Sólo ahora, cuando Pedro se ha echado al agua, sin miedo, por Jesús, ante Jesús, los cinco restantes (con el Discípulo amado de guía) pueden remolcar la red con los redes. No se dice cómo hacen, si van a ritmo y trabajo de remo, tres en cada lado, tres a babor, tres a estribor, o si van a viento de vela. Lo cierto es que se acercan a la orilla de Jesús donde está Pedro con él. Esta es la barca, remolcando de red con todos los peces del mundo, como seguiremos viendo.

Sigue la escena del pez y del pan…

            La escena culmina hablando del gran número de peces y de la comida de Jesús, hecha precisamente de panes y peces, lo mismo que en la escena de las multiplicaciones, con panes y peces (Mc 6; Mc 8). Pero con la diferencia de que hay un pan y pez que es el mismo Jesús. Sigamos  viendo el texto:

                Cuando llegaron a tierra (los seis de la barca, remolcando la red inmensa de los pueblos) vieron brasas y sobre ellas pez y pan. Jesús les dijo: ¡Traed de los peces que habéis pescado ahora! Subió Pedro y arrastró a la orilla la red llena de ciento cincuenta y tres peces grandes; y siendo tantos no se rompió la red.Y Jesús les dijo: Venid a comer! Ninguno de sus discípulos se atrevió a preguntarle ¿quién eres?, aunque sabían que era Jesús. Vino Jesús, tomo el pan y se lo dio y de un modo semejante el pez (21, 9- 14)

             La escena está llena de fuertes y bellos contrastes: los peces de la gran pesca de la iglesia, el pan y pez que Jesús a sus sufridos pescadores en la orilla. En el comienzo y final está el pan y pez de Jesús, la comida que ofrece a los cansados pescadores; en el centro habla el texto del número grande de peces que ha pescado la red de los discípulos.

            Comencemos por este segundo motivo. Jesús ha escogido a Pedro y sus amigos como pescadores de hombres (cf. Mc 1, 116-20). Eso es lo que ahora han hecho, por fin: han echado la red del mensaje en el mar de este mundo, en una noche larga, y al final pueden traerla llena de peces. El tiempo pascual se presenta así lleno de pesca: siempre que unos seguidores de Jesús, representados por Pedro (jerarquía) y el discípulo amado (libertad), se esfuercen por predicar el evangelio sobre el mundo, sigue habiendo pascua.

            Signo de Jesús resucitado son los pescadores, ministros de esta gran tarea, que echan la red en nombre de Jesús, mientras le siguen percibiendo a lo lejos, en la orilla del gran lago. Pero también los “peces” representan al Señor: son el conjunto de la humanidad que debe ser transfigurada por la pascua, en camino de salvación escatológica. En esta perspectiva han de entenderse dos señales que son complementarias.

D. FUERON 153 PECES, TODOS LOS PUEBLOS

Por un lado, se dice que los discípulos de Cristo han recogido ciento cincuenta y tres pecesque representan el conjunto de los pueblos de la tierra a lo largo de la historia. Son la nueva humanidad que Jesús quiere llevar hasta su meta por medio de la pascua, a través de la acción misionera de la iglesia. La tarea que realizan juntos Pedro y el discípulo amado, con el resto de los seguidores, se muestra de esa forma como expresión y contenido de la pascua.

0D3F2920-EF1C-4D65-A6B1-D6D5261E6813Jesús les ofrece un pan y un pez asados en la brasa, en gesto de comida compartida (ese pan y pescado que es él mismo, su eucaristía de misión universal). Los discípulos recogen todos los peces de la historia, para ponerlos ante Cristo, en la playa del reino de los cielos. Jesús, en cambio, les ha esperado con su pan y su pez, es decir, con los signos de su propia presencia: se hace pan y pez de pascua para los creyentes; es pan de vida (cf. Jn 6, sermón de Cafarnaúm), pez de plenitud para los suyos.

Por un lado están los ciento cincuenta y tres peces de la historia. Son muchos los peces. La red de la iglesia parece pequeña y muy frágil; pero en ella caben todos los varones y mujeres de la tierra. Por eso, el tiempo de la pascua continúa hasta que Cristo, a través de sus enviados, consiga reunir sobre su playa a todos los pueblos de la tierra.

            Pero ese gesto de pesca resulta inseparable del don de Cristo que, esperando en la orilla, ofrece a sus discípulos el pan y pez de su propia vida hecha alimento, cercanía pascual, compromiso de solidaridad permanente. Jesús mismo es el pez que se ofrece a sus discípulos, en donación de eucaristía, representada , como en los relatos de las multiplicaciones, con el pan y el pez, no por el pan y vino de los relatos de la última cena.

 Pescar los peces de la gran faena misionera y comer el pez y pan de Cristo son signos complementarios, momentos integrantes de la vida de la comunidad pascual cristiana. Es evidente que el Cristo pascual sigue guiando a los discípulos en la gran tarea de la pesca, en el camino misionero de la iglesia, de tal forma que podemos afirmar que misión y experiencia pascual se identifican. Pero, al mismo tiempo, debemos recordar que la experiencia de la pascua es el mismo Cristo hecho pan y pez, comida compartida de la comunidad, en la orilla del mar, al final de la jornada misionera de la iglesia. Leer más…

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La aparición más extraña en el sitio más inesperado. Domingo 3º de Pascua. Ciclo C.

Domingo, 1 de mayo de 2022

pedro-me-amas1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El cuarto evangelio tuvo dos ediciones. La primera terminaba en el c.20. Más tarde, no sabemos cuándo, se añadió un nuevo relato, el que leemos hoy (Jn 21,1-19). El hecho de que se añadiese a un evangelio ya terminado significa que su autor le daba especial importancia.

Un comienzo sorprendente

            Según el cuarto evangelio, cuando Jesús se aparece a los discípulos al atardecer del primer día de la semana, les dice: “Como el Padre me ha enviado, así os envío yo”. Pero ellos no deben tener muy claro a dónde los envía ni cuándo deben partir. Vuelven a Galilea, a su oficio de pescadores; en todo caso, resulta interesante que Natanael, el de Caná, no se dirige a su pueblo; se queda con los otros. Pero no son once, solo siete. Pedro propone ir a pescar, y se advierte su capacidad de liderazgo: todos le siguen, se embarcan… y no pescan nada.

Algunos comentaristas han destacado las curiosas semejanzas entre los evangelios de Lucas y Juan. Aquí tendríamos una de ellas. En el momento de la vocación de los cuatro primeros discípulos, también han pasado toda la noche bregando sin pescar nada, y una orden de Jesús basta para que tengan una pesca abundantísima. Por otra parte, en la propuesta de Pedro: “Me voy a pescar”, resuenan las palabras de Jesús: “Yo os haré pescadores del hombres”.

       En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: 

            Estaban juntos Simón Pedro, Tomás apodado el Mellizo, Natanael el de Caná de Galilea, los Zebedeos y otros dos discípulos suyos. Simón Pedro les dice: 

            – Me voy a pescar.

            Ellos contestan: 

            – Vamos también nosotros contigo.

            Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.

Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. 

            Jesús les dice: 

            – Muchachos, ¿tenéis pescado?

            Ellos contestaron: 

            – No.

            Él les dice: 

            – Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.

            La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces.

            Dos reacciones: el impulsivo y el creyente

El relato de lo que sigue es tan escueto que parece invitar al lector a imaginar la escena y completar lo que falta.

Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: 

            – Es el Señor.

            Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan. Jesús les dice: 

            – Traed de los peces que acabáis de coger.

            Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red. 

            El contraste más marcado es entre el discípulo al que Jesús tanto quería y Pedro. El primero reconoce de inmediato a Jesús, pero se queda en la barca con los demás. Pedro, al que no se le pasado por la cabeza que se trate de Jesús, se lanza de inmediato al agua… pero no sabemos qué hace cuando llega a la orilla. Tampoco Jesús le dirige la palabra. Espera a que lleguen todos para decir que traigan los peces, y de nuevo es Pedro el que sube a la barca y arrastra la red hasta la orilla. Hay dos formas de protagonismo en este relato: el de la intuición y la fe, representado por el discípulo al que quería Jesús, y el de la acción impetuosa representado por Pedro.

            [La cantidad de 153 peces se ha prestado a numerosas teorías, pero ninguna ha conseguido imponerse. Según Plinio el Viejo, existían ciento cincuenta y tres variedades de peces. El evangelista habría querido decir que la pesca se extendió al mundo entero, abarcando a toda clase de personas.]

El misterio de la fe: seguridad sin certeza

Jesús les dice:

            – Vamos, almorzad.

            Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.

          Durante la comida extraña nadie dice nada, ni siquiera Jesús. En ese silencio resalta uno de los mensaje más importantes del relato: “Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.” Lo saben, pero no pueden estar seguros, porque su aspecto es totalmente distinto. Es otro de los puntos de contacto entre Lucas y Juan. Los dos insisten en que Jesús resucitado es irreconocible a primera vista: María Magdalena lo confunde con el hortelano, los discípulos de Emaús hablan largo rato con él sin reconocerlo, los once piensan en un primer momento que es un fantasma.

            Frente a la apologética barata que nos enseñaban de pequeños, donde la resurrección de Jesús parecía tan demostrable como el teorema de Pitágoras, los evangelistas son mucho más profundos y honrados. Sabemos, pero no nos atrevemos a preguntar.

¿Un final eucarístico?

Jesús no dice nada, pero hace mucho. Los gestos de dar el pan y el pescado recuerda a la multiplicación de los panes y los peces, con su claro mensaje eucarístico. La escena también recuerda a la de los discípulos de Emaús, que no reconocen a Jesús, pero lo descubren al partir el pan, aunque aquí no se habla de reconocimiento. Lo esencial es que Jesús alimenta a sus apóstoles, dándoles de comer uno a uno.

Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado. 

            Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos. 

Pedro de nuevo: humildad y misión

La última parte, que se puede suprimir en la liturgia, vuelve a centrarse en Pedro. Va a recibir la imponente misión de sustituir a Jesús, de apacentar su rebaño. Hoy día, cuando se va a nombrar a un obispo, Roma pide un informe muy detallado sobre sus opiniones políticas, lo que piensa del aborto, del matrimonio homosexual, el sacerdocio de la mujer… Jesús también examina a Pedro. Pero solo de su amor. Tres veces lo ha negado, tres veces deberá responder con una triple confesión, culminando en esas palabras que todos podemos aplicarnos: “Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero”. A pesar de las traiciones y debilidades.

            Y Jesús le repite por tres veces la nueva misión: “pastorea mis ovejas”. Cuando escuchamos esta frase pensamos de inmediato en la misión de Pedro, y no advertimos la novedad que encierra “mis ovejas”. La imagen del pueblo como un rebaño es típica del Antiguo Testamento, pero ese rebaño es “de Dios”. Cuando Jesús habla de “mis ovejas” está atribuyéndose ese poder y autoridad, semejantes a los del Padre, de los que tanto habla el cuarto evangelio.

Después de comer, dice Jesús a Simón Pedro: 

            – Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?

Él le contestó: 

            – Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Jesús le dice: 

            – Apacienta mis corderos.

Por segunda vez le pregunta: 

            – Simón, hijo de Juan, ¿me amas?

Él le contesta: 

            – Sí, Señor, tú sabes que te quiero.

Él le dice: 

            – Pastorea mis ovejas. 

Por tercera vez le pregunta: 

            – Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?

Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería y le contestó:
– Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.

Jesús le dice: 

            – Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras.» 

Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió: 

            – Sígueme.

La alegría en la persecución (Hechos 5,27b-32.40b-41)

            [Nota previa muy importante: La traducción litúrgica ha suprimido algo esencial: los azotes a los apóstoles. El texto griego dice: “llamando a los apóstoles, los azotaron, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y los soltaron”. En el leccionario, al faltar los azotes, no se comprende por qué se marchan “contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”].

En la lectura podemos distinguir tres secciones: 1) el sumo sacerdote interroga a los apóstoles y los acusa de seguir hablando de Jesús, haciendo responsables a las autoridades judías de su muerte. 2) Pedro responde que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres, e insiste en que Dios resucitó a Jesús. 3) Final: los azotan, les prohíben nuevamente hablar de Jesús y ellos salen contentos de haber merecido ese ultraje.

En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo: «¿No os hablamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.»

Pedro y los apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.»

Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.

Dos detalles llaman la atención: a) la necesidad que tienen los apóstoles de hablar de Jesús, aunque se lo prohíban y los castiguen; así se explica la difusión del cristianismo en el ámbito del siglo I por las regiones más distintas. b) La alegría en medio de las persecuciones, que no tiene nada que ver con el masoquismo, sino como forma de revivir el destino de Jesús.

Jesús exaltado (Apocalipsis 5,11-14)

            Este tema lo ha tratado Pedro ante el sumo sacerdote cuando dice: “La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador”.  El Apocalipsis desarrolla este aspecto hablando del Cristo glorioso del final de los tiempos.

         Yo, Juan, en la visión escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían con voz potente: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» Y oí a todas las criaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la tierra, en el mar -todo lo que hay en ellos, que decían: «Al que se sienta en el trono y al Cordero la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos.» Y los cuatro vivientes respondían: «Amén.» Y los ancianos se postraron rindiendo homenaje.

Reflexión final

            Las lecturas de este domingo son muy actuales. Además de la persecución sangrienta de Jesús a través de los cristianos, está el intento de silenciarlo, como pretendía el sumo sacerdote. Aunque a veces, el problema no es que nos prohíban hablar de Jesús, sino que no hablamos de él por miedo o por vergüenza.

            Otras veces nos resulta difícil, casi imposible, identificarlo en la persona que tenemos enfrente. O admitir ese triunfo suyo del que habla el Apocalipsis. Las lecturas nos invitan a reflexionar y rezar para vivir de acuerdo con la experiencia de Jesús resucitado.

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III Domingo de Pascua. 01 mayo, 2022

Domingo, 1 de mayo de 2022

3Do-Pascua

 

“Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla;

pero los discípulos no sabían que era Jesús…”

(Jn 21, 1-19)

 

El tiempo de Pascua es el tiempo de las sorpresas del Resucitado. Los discípulos y discípulas de la primera hora nos han legado su experiencia de encuentro con el Resucitado. En cada uno de esos encuentros hay un algo de sorpresa.

Siempre les cuesta descubrir quién es el personaje que irrumpe en la escena, da igual que se haya aparecido otras veces, es difícil de reconocer. El texto nos dice que era “la tercera vez que Jesús se aparecía a sus discípulos, después de resucitar de entre los muertos.”

Parece que los discípulos se han quedado tan sobrepasados tras la muerte violenta de su maestro que no pueden reconocerle resucitado, pero recuerdan sus gestos. Porque ya en otras ocasiones les había invitado a echar las redes o había bendecido con ellos los alimentos.

La apariencia del Resucitado es distinta, desconocida, pero sus gestos son inconfundibles, en ellos sus discípulos reconocen al Crucificado. Lo que la lógica es incapaz de razonar lo descubre el amor en los gestos pequeños.

Un pequeño gesto es capaz de cambiar por completo la dirección de una vida. Cuenta el autor de un libro que se titula “La guerra no es santa: Relato del infierno Muyahidin”, cómo la ternura de un gesto le hizo conectar con la luz que después de toda la violencia vivida, aún quedaba en su corazón. Invitado en casa de un amigo se puso enfermo con una fiebre muy alta, entonces la madre de su amigo se acercó a su cama y le tomó la fiebre poniéndole la mano sobre su frente. Ese gesto le recordó lo que solía hacer su propia madre cuando él era pequeño y enfermaba.

Ese gesto le hizo descubrir la ternura en las personas que siempre había considerado enemigas, infieles y a las que deseaba eliminar. Había crecido en un país lleno de violencia y con la creencia de que matar “infieles” era la llave de entrada al Paraíso.

Él, que había crecido viendo semanalmente como los infieles eran castigados con la muerte de una manera pública, a modo de espectáculo y con ello se había ido oscureciendo su corazón, afirma que aquel gesto, unido a otros, hizo que el pequeño punto blanco que todavía quedaba en su corazón fuera ganando espacio.

Los gestos, nuestros gestos como los del Resucitado pueden transformar la realidad. Claro que no vale con cualquier gesto, son los gestos nacidos del amor, aquellos que brotan de lo más puro, de nuestra misma esencia. Gestos que no siempre son fáciles porque en nosotros también hay violencia y oscuridad.

Oración

Ayúdanos, Trinidad Santa, a vivir conectadas a nuestra propia esencia, ese lugar bondadoso e inviolable, del que nace el amor que nos hace semejantes a Ti.

 

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Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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El relato es fantástico: maravilloso y simbólico.

Domingo, 1 de mayo de 2022

11E9CD87-F275-45F8-8BD6-FA4AE7257E6DDOMINGO III DE PASCUA  (C)

Jn 21,1-19

Nuestro problema sigue siendo la falta de experiencia pascual. Se trata de una vivencia interior que, o se tiene y entones no hay que explicar nada, o no se tiene y entonces no hay manera de explicarla. Esta simple constatación es la clave para afrontar los textos evangélicos que quieren transmitir dicha experiencia. No hay ni palabras ni conceptos en los que poder meter la vivencia, por eso los textos acuden a los relatos simbólicos.

El objeto de estos textos no es explicar ni convencer, sino invitar a la misma experiencia que hizo posible la absoluta seguridad de que Jesús estaba vivo. Descubriremos la fuerza arrolladora de esa Vida y podremos intuir la profundidad del cambio operado en ellos. Las autoridades religiosas y romanas no solo pretendieron matar a Jesús, sino borrarle de la memoria de los vivos. La crucifixión llevaba implícita la absoluta degradación del condenado y la práctica imposibilidad de que esa persona pudiera ser rehabilitada de ninguna manera.

La probabilidad de que Pilato condenara a la cruz a Jesús por la mañana y por la tarde permitiera que fuera enterrado con aromas y ungüentos, en un sepulcro nuevo, es prácticamente inexistente. Pero es lógico, que los primeros cristianos tratasen de eliminar las connotaciones aniquilantes de la muerte de Jesús. También es natural que, al contar lo sucedido a los que no conocieron lo hechos, tratasen de omitir todo aquello que había sido inaceptable para ellos mismos y los sustituyeran por relatos más de acuerdo con su deseo.

En el relato que hoy leemos, nada es lo que parece. Todo es mucho más de lo que parece. Responde a un esquema teológico definido, que se repite en todas las apariciones. No pretenden decirnos lo que pasó en un lugar y momento determinado, sino transmitirnos la experiencia de una comunidad que está deseando que otros seres humanos vivan la misma realidad que ellos estaban viviendo. En aquella cultura, la manera de transmitir ideas era a través de relatos, que podían estar tomados de la vida real o construidos para el caso.

“Se manifestó” (ephanerôsen) tiene el significado de “surgir de la oscuridad”. Implica una manifestación de lo celeste en un marco terreno. “Al amanecer”, cuando se está pasando de la noche al día, los discípulos pasan de una visión terrena de Jesús a través de los sentidos, a una experiencia interna que les permite descubrir en él lo que no se puede ver, ni oír, ni tocar. Seguimos el esquema en todas las apariciones, de que hablábamos el domingo pasado.

1º Situación dada.- Habían vuelto a su tarea habitual. Lo que les va a pasar, ni lo esperan ni lo buscan. Los discípulos están juntos, forman comunidad. No se hace alusión a los doce sino los siete, signo de plenitud, (todas las naciones paganas). Misión universal de la nueva comunidad. La noche significa la ausencia de Jesús. Sin él, la misión es estéril. El relato distorsiona la realidad a favor del simbolismo. La pesca se hace de noche, no de día, pero aquella a la que se refiere el relato, se consigue cuando se siguen las directrices de Jesús.

2º Jesús se hace presente.- Toma la iniciativa y, sin que ellos lo esperen, aparece. La primera luz de la mañana es señal de la presencia de Jesús. Continúa el lenguaje simbólico. Jesús es la luz que permite trabajar y dar fruto. Jesús no les acompaña; ahora su acción en el mundo se ejerce por medio de los discípulos. Las palabras de Jesús son la clave para dar fruto. Cuando siguen sus instrucciones, encuen­tran pesca y le descubren a él mismo.

3º Saludo.- Una conversación que pretende acentuar la cercanía. “Muchachos” (paidion) diminutivo de (pais) = niño. Es el “chiquillo de la tienda”. Al darles ese nombre, está exigiéndoles una disponibilidad total. Por parte de Jesús la obra está terminada. Él tiene ya pan y pescado. Ellos tienen que seguir buscando y compartiendo ese alimento. Jesús sigue en la comunidad, pero sin actuar directamente en la acción que ellos tienen que realizar.

4º Lo reconocen.- La dificultad de reconocerle se manifiesta en que solo uno lo descubre, el que está más identificado con Jesús. Reconoce al Señor en la abundancia de peces, es decir, en el fruto de la misión. Solo el que tiene experiencia del amor, sabe leer las señales. El éxito es señal de la presencia del Señor. El fracaso delataba la ausencia del mismo. Juan Comunica su intuición a Pedro. Así se centra la atención en éste para introducir lo siguiente.

Pedro no había percibido la presencia, pero al oír al otro discípulo comprendió enseguida. El cambio de actitud de Pedro se refleja en el verbo “se ató”. La misma que utilizó Jn para designar la actitud de servicio cuando Jesús se ató el delantal en la última cena. Se tira al agua después, dispuesto a la entrega. Solo Pedro se tira al agua, porque solo él necesita cambiar de actitud. Jesús no responde al gesto de Pedro; responderá un poco más tarde.

No ven primero a Jesús, sino fuego y la comida, expresión de su amor a ellos. Son los mismos alimentos que dio Jesús antes de hablar del pan de vida. Allí el pan lo identificó con su carne, dada para que el mundo viva. Es lo que ahora les ofrece. El alimento que les da él se distingue del que ellos logran por su indicación. Hay dos alimentos: uno es don gratuito, otro se consigue con el esfuerzo. El primero lo aporta Jesús. El segundo lo deben poner ellos.

El don de sí mismo queda patente por la invitación a comer y es tan perceptible que no deja lugar a duda. Recuerda la multiplicación de los panes. Es el mismo alimento, pan y pescado. Jesús es ahora el centro de la comunidad, donde irradia la fuerza de Vida y amor. Esa presencia hace capaces a los suyos de entregarse como él. Al decirnos que es la tercera vez que se aparece, significa que es la definitiva. No tiene sentido esperar nuevas apariciones.

5º La misión.– Hoy se personaliza la misión en Pedro. Había reconocido a Jesús como Señor, pero no lo aceptaba como servidor a imitar. Con su pregunta, Jesús trata de enfrentar a Pedro con su actitud. Solo una entrega a los demás, como la de Jesús, podrá manifestar su amor. La respuesta es afirmativa, pero evita toda comparación. Solo él lo había negado. Jesús usa el verbo “agapaô” = amar. Pedro contesta con “phileô” = querer, amistad.

Apacentar. Jesús le pide la muestra de ese amor. Procurar pasto es comunicar Vida. Solo puede hacerse en unión con Jesús. “Corderos” y “ovejas” indican a los pequeños y a los grandes. Debe renunciar a toda idea de Mesías que no coincida con lo que Jesús es. Pedro le había negado porque no estaba dispuesto a arriesgar su vida. Para la misión, Jesús es modelo de pastor, que se entrega por las ovejas. Para la comunidad, es el único pastor.

Al preguntarle por 3ª vez, pone en relación este episodio con las tres negaciones. Espera una rectificación total. Ahora es Jesús el que usa el verbo “phileô” me quieres, que había utilizado Pedro. Le hace fijarse en ello y le pregunta si está seguro de lo que ha afirmado. Ser amigo significa renunciar al ideal de Mesías que se había forjado. Jesús no pretende ser servido sino que sirva a los demás. Pedro comprende que la pregunta resume su historia de oposición.

Meditación

Solo el discípulo más cercano a Jesús lo reconoce.
Si vivo la presencia de Jesús, dentro de mí,
lo descubriré en los acontecimientos más sencillos de la vida.
No lo buscaré en personas o hechos espectaculares.
Si pongo amor en las cosas que hago,
estaré haciendo presente al Dios manifestado en Jesús.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Después de Jesús, nosotros la Iglesia.

Domingo, 1 de mayo de 2022

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Jn 21, 1-19

«Apacienta mis corderos… Apacienta mis ovejas».

Imbuidos del espíritu de Jesús, aquellos hombres y mujeres comprometidos con la misión se convierten en semilla poderosa que cae en buena tierra y da cosecha abundante. Surgen las primeras comunidades cristianas y sus miembros se reúnen en las casas para celebrar la Cena del Señor, leer las primeras recopilaciones de los hechos y los dichos de Jesús y atender las necesidades de los más necesitados. Su modo de vida es fértil y contagioso, y no dejan de crecer.

Las autoridades comienzan a recelar de su creciente influencia sobre el pueblo y llegan las persecuciones. Judíos y romanos los persiguen, los encarcelan, los torturan y los matan. Pero el espíritu que les anima, el espíritu de Dios, los mantiene firmes, y cuanto más los persiguen, más se reafirman en su fe… Y siguen creciendo.

Pero a partir del siglo segundo se abandona el estilo de Jesús. Primero se imponen las teologías cuasi gnósticas en boga y luego las metafísicas platónica y aristotélica. Se relegan las parábolas. Abbá se convierte en la Primera Persona de la Santísima Trinidad y se olvida la buena noticia. Se impone el celibato y se margina a las mujeres. Llegan las pompas señoriales de los obispos bizantinos y la monarquía absoluta del Papa. La Iglesia, antes perseguida, se convierte en perseguidora…

Y llegamos a nuestros días. Y cuando todo parecía perdido, surge una generación de gente que no está dispuesta a permitir que el Viento de Dios que empujó a la primera comunidad deje de soplar en la Iglesia actual.

Y el espíritu renace. Y hay signos evidentes de que la Iglesia, quizá por primera vez, es consciente de sus pecados y se esfuerza por salir de ellos. Y vemos que hay más la gente que se acerca a la Iglesia movida por la fe, y no por la costumbre. Que el sacerdocio deja de ser una situación de prestigio y comodidad, y se convierte en una opción de servicio. Que casi nadie piensa que fuera de la Iglesia no hay salvación; que no hay verdad; que la acción de Dios en el mundo se da solamente dentro de la Iglesia.

Y vemos también que el Santo Sacrificio de la misa va dejando paso a la eucaristía y la exégesis seria nos hace entender mejor la Palabra. Que se recupera la humanidad de Jesús —tantos siglos sometida a un docetismo indiscutido— y se redescubre a Abbá, enmascarado por ese Padre Todopoderoso caracterizado, sobre todo, por el poder y la justicia. Y que por primera vez en muchos siglos, no es el clero, sino todos los cristianos, los que podemos decir “nosotros la Iglesia”.

La Iglesia se enfrenta esperanzada al reto de responder a los desafíos de cada momento y cada cultura; de ser fiel simultáneamente a dos principios fundamentales: a lo recibido de los Testigos, y a los signos de los tiempos.

(Inspirado en el Tema del mismo nombre del curso de “cultura religiosa” de Ruiz de Galarreta)

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Perspectiva eco-feminista del evangelio.

Domingo, 1 de mayo de 2022

EA40232D-AF96-4855-9D82-7ABC120861C7Me siento invitada por dentro a ofrecer una perspectiva eco-feminista del Evangelio de hoy, ya que otros autores ofrecen una exégesis detallada del texto.

Escribo estas líneas en estos días en que celebramos el Día de la Tierra que el papa Francisco nos invita a que se prolongue en una semana dedicada a recordar y a revivir nuestro compromiso de cuidado del Planeta.

Una primera lectura del texto de hoy me introduce en un marco completamente nuevo: no es en el templo, ni en salones parroquiales ni en una casa donde se hace presente Jesús, como tantas otras veces se hace presente en plena naturaleza.

Recientemente le hemos visto orando en el huerto, reclinado en una roca, con olivos como sus amigos y estrellas como las compañeras de sus horas más duras de sinsentido y abandono de los suyos. Es en la serenidad del huerto y en su noche que refleja la noche real, donde encuentra consuelo y libertad para dialogar abiertamente con su Abba, acogido, confortado por madre Tierra.

En otro huerto/jardín tiene lugar el encuentro con María, en plena confusión entre el hortelano y el resucitado. ¡Interesante!

Hoy le vemos a la orilla del Lago o Mar de Tiberíades en un ir y venir del mar a la playa. Habla de la noche y del amanecer, habla de redes, barcas y peces. Entendemos que cada palabra tiene un significado simbólico, pero os invito a contemplar el texto imaginando esa playa donde hay unas brasas y un almuerzo de pan y pescado preparado.

Estamos presenciando el encuentro del ego agarrado a lo suyo: la pesca de antes, con la propuesta en diálogo del maestro al discípulo. El maestro está en otra dimensión, pero se esfuerza en acercarse a sus amigos y discípulos, desde su lenguaje, desde donde ellos están. Pero, he aquí la fuerza del texto, para no dejarles donde están, sino implicarles en su misma tarea, la cual ha cambiado la historia de muchísimas vidas, la nuestra inclusive.

El marco es la naturaleza, un relajado desayuno en la playa, después de trabajar mientras era de noche, dialogando sobre la necesidad de cambiar de actitud si queremos llegar a las personas de hoy.

Es de una inteligencia y sensibilidad extraordinaria por parte de Jesús, algo difícil de encontrar entre sus ministros que se refugian bajo vestimentas anacrónicas, con la excusa de que es vestimenta litúrgica, inspirada en la vestimenta de los jerarcas romanos y en sus muebles y su arquitectura…haciéndose extrañamente diferentes e importantes, colocándose en lugares y sillas especiales, cuando el resto estamos en duros bancos con vestidos de hoy.

No así el Maestro, descalzo en la playa, con la túnica de su tiempo, pescando con los pescadores y amando, eso sí, amando sin descanso. Esa calidad de amor que cuanto más se ejerce más se energiza y aumenta.

Su trono fue la cruz, y su desnudez indicativa de un amor incondicional hasta el extremo, tanto que todo ser humano, puede siempre, desde cualquier situación de pobreza, dolor, tortura, abandono, hambre, sed, calumnia, miedo… encontrar en el Crucificado al amigo y compañero, al amor que le entiende desde la experiencia.

Jesús, con los pies en la arena, prepara unas brasas y unos peces para acercarse a ellos, donde ellos están emocionalmente y existencialmente, compartiendo sobre lo que no funciona, para despejarlo. Así hacen muchas familias alrededor de la mesa, se acercan entre ellos para despejar y aclarar situaciones y resolver problemas y tensiones.

Jesús no se sitúa en un altar, alejado de la gente y hablando un lenguaje aburrido y anacrónico, cargado de palabras y más palabras, repetidas, sin un acercamiento a la realidad de hoy, con lenguaje de hoy.

Jesús está en la arena, en la playa, en el desayuno y ahí, entre risas y miradas, saca su lado más femenino, el más tierno y cercano.

Es ese un diálogo íntimo e intimidante para los que buscan respuestas filosóficas y se esfuerzan en demostrar cuanto saben. Jesús, como hombre enamorado de la Vida y del Reino, busca esa intimidad con sus amigos. Sabe cómo se sienten después de la estampida del jueves y viernes. Pero, en lugar de sacar ese tema, saca otro: en plena intimidad con la naturaleza, valorando la pesca y al pescador, le dirige la palabra a Pedro, no para hablar del pasado…sino para devolver la intimidad que Jesús siempre quiso tener y quiere tener con lxs discípulxs.

Para que se dé el Reino, para que haya igualdad y respeto, pan y sanidad para todos, tiene que haber intimidad con Dios y con el Planeta, pues así estamos diseñados los humanos.

Saliendo al encuentro de sus amigos, Jesús recoloca su posición de amigo y maestro, que ellos han traicionado. Jesús, como una madre y amiga o amigo, devuelve su lugar en el corazón del que le dio un zarpazo al suyo.

Y en ese marco de amor y creatividad, enfrenta el lado más tierno del rudo pescador, o de la fría analítica de mí lado oscuro, no pasado por la tumba purificadora: ¿me amas?…

Esto es resurrección. Descubrir que esta relación de amistad íntima y personal con el Planeta y con Dios, es lo que devuelve la Vida a todo.

Podemos reciclar… podemos teologizar… pero mientras no intimemos con ambos, nuestra pesca será muy pobre. Por eso el Maestro nos dice mira al otro lado, echa la red donde él te dice, y parece que lo que dice es: quiero tener una relación personal de amistad contigo, y desde ahí seguir la misión, en comunidad de personas que tienen una relación de amistad entre ellas porque cuando esto se da, la pesca está asegurada.

Te invito a salir al campo o a la playa, y a tener una eucaristía allí con tus amigos e hijos, pero primero es bueno que nos demos un garbeo por la playa o campo, a solas, con el resucitado. Si es así, tendremos algo que compartir, más allá de lo de siempre, porque el fuego pascual se irá apoderando de nuestro corazón medio frío.

Feliz Tiempo de Pascua.

Magda Bennásar Oliver, SFCC (Sister for Christian Community)

Fuente www.espiritualidadintegradoracristiana.es

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El único examen es sobre el amor

Domingo, 1 de mayo de 2022

93CB3333-BDF7-4327-97CE-5C27E55C35F8Domingo III de Pascua

1 mayo 2022

Jn 21, 1-19

“Al atardecer de la vida nos examinarán del amor”, proclamaba Juan de la Cruz. Se trata, en realidad, del único examen. Y si estamos atentos, seguramente advertiremos que somos examinados en él de manera constante, día a día. A no ser que, como «malos estudiantes», prefiramos “pasar” de esta cuestión, porque no queremos “complicarnos” la existencia o, simplemente, evitamos ver todo lo que nos falta para poder vivirlo.

Que ese sea el único examen no es debido a ningún azar caprichoso ni a ningún dios moralista. Es el único examen porque en él se resume y se ventila la verdad -o no- de lo que somos. Así que ser examinados en el amor es exactamente lo mismo que ser examinados en la verdad.

La verdad de lo que somos se manifiesta en amar. Más allá de que se vea acompañado o no de sentimientos o emociones, amor significa certeza de no separación. Y tal certeza no es sino consecuencia y expresión de aquello que realmente somos: unidad.

La unidad que somos -manifestada y desplegada en una admirable infinidad de diferencias- se concreta en la comprensión y la vivencia de que todo otro es no-otro de mí. Comprensión que han reconocido todas las tradiciones espirituales y sapienciales, y que ha quedado recogida en la universal “regla de oro”: “Trata a los demás de la misma manera como te gustaría ser tratado por ellos”, o “No hagas a los otros lo que no desearías que ellos te hicieran a ti”.

Por eso, cuando constatamos la pobreza de nuestro amor -a nivel individual y colectivo-, con tanta carencia y tanto dolor infligido a otros, nos hacemos conscientes de la ignorancia en la que nos movemos y de lo alejados que nos hallamos de la verdad.

Ignorancia, oscuridad, confusión, mentira…, son la fuente última de nuestro egocentrismo que, encerrándonos, nos hace vivirnos en actitudes defensivas y hostiles hacia los otros. Solo la verdad -la comprensión de lo que somos- aporta la luz y la fuerza necesarias para vivir en amor, aunque esto implique un trabajo psicológico que nos permita ir sanando bloqueos (miedos) que lo dificultan o, por el momento, lo hacen imposible.

¿Vivo en amor?


Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Estaba ya amaneciendo… ¿Cuándo amaneceré en la Iglesia? ¿Y en Rusia – Ucrania?

Domingo, 1 de mayo de 2022

2912B0A5-FD2C-45D3-BF07-5B46182B8D00Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Algunas notas previas

Simbolismos joánicos: La noche, el alba, la luz, el discípulo amado.

    En esta escena junto al lago están presentes los simbolismos clásicos de san Juan respecto de la Iglesia y de la misión: la barca, la pesca, la noche, etc.

  • En san Juan la noche es la ausencia de Cristo, que es la luz. (Yo soy la luz del mundo, (Jn 8,12; 9,5). La luz brillaba en las tinieblas, (Jn 1,5), pero los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, (Jn 3,19)
  • Aquellos primeros misioneros que salen a pescar estaban de noche, sin Cristo.
  • La coloración eclesial y la Eucaristía están muy presentes: el lago, la barca, la pesca, la Eucaristía, Pedro, el Discípulo Amado, las brasas, el pan y los peces etc.

02.- Están en el lago.

    El pasado domingo veíamos como la comunidad eclesial estaba en el cenáculo encerrada y con miedo. Hoy vemos que están ya fuera, en el lago (el mar es siempre lugar de riesgos y peligros). La Iglesia naciente se ha abierto.

    Están en el lago “Tiberíades” (de Tiberio, emperador romano). Lo normal hubiese sido que hablaran del lago de Galilea, pero quieren subrayar el aspecto de paganismo en el que se encuentran.

    No se lamentan de la situación, enseguida Pedro dirá: voy a pescar. El lugar del evangelio es el mundo, la sociedad.

Ser cristiano es vivir abiertos, en la sociedad, en diálogo con el mundo, con la vida, las gentes, la cultura, la política, etc. Es la Gaudium et Spes  del Vaticano II: la Iglesia en el mundo.

La Iglesia no ha de estar encerrada en la Curia, en las curias, sino abierta a la misión.

03.- Sobre la expresión “se ciñó”. El dichoso poder.

Pedro tiene una cierta relevancia en la vida eclesial joánica. (Este sería tema de otra homilía) Pedro toma la iniciativa de ir a pescar (v 3), se echa al mar (v 7), saca la red llena de peces (v 11), por tres veces dirá al Señor que le ama, que es su amigo: un juego de palabras entre ágape y filia: amor y amistad.

Pero en el v 7 hay un juego de palabras de lo más estrambótico: Pedro, que estaba desnudo en la barca, se viste la túnica para echarse al agua. ¿A quién se le ocurre?

La desnudez y el acto de ceñirse un vestido están intencionadamente usados en esta escena de la barca,

Están evocando lo que había hecho Jesús en la Última Cena: Jesús se ciñe una toalla, (Jn 13,4). Jesús se despojó, “se desnudó” del manto (túnica) de Señor y en actitud de servicio se hace esclavo de sus hermanos.

En la barca de Cristo, en la iglesia (y en la vida) hace falta poco bagaje y pocos mantos-túnica, casullas, capas pluviales, mitras, capellos, sotanas y clerygmans. ¡Cuidado con el poder!: no llevéis ni alforja, ni dos túnicas, ni oro ni dinero (Mt 10,10).

Fellini en aquella película “Roma” caricaturiza el poder, las “insignias” del poder eclesiástico en aquel desfile de modelos litúrgicos que resulta tan cómico como real. Y lo malo es que hoy en día gran parte de la ortodoxia eclesiástica se centra en esas cosas: estolas, casullas, mitras, báculos… Nos gusta, nos gusta el poder, sin embargo ¡es tan anti-evangélico! Los príncipes de la tierra, tiranizan, entre vosotros no ha de ser así entre vosotros…

La desnudez en algunos casos puede ser impúdica, pero en la Iglesia es evangélica.

La autoridad en la Iglesia viene del amor y es para apacentar, para pastorear la comunidad: ¿me amas? Apacienta…

Conforta que el actual obispo de Roma, que es quien lleva las sandalias del pescador, use zapatos normales como todo el mundo

04.- No pescaron nada

No pescaron nada y la razón es evidente: estaban de noche y Cristo no estaba con ellos.

    Que no se nos olvide –que se nos está olvidando- que lo lo único decisivo en la Iglesia es Cristo: infinitamente más importante que las estructuras, que los curas, las Unidades Pastorales, la jerarquía, más decisivo que todo eso, es Cristo.

    Una Iglesia en la que se da una dialéctica del poder, una búsqueda de puestos, cargos en la Curia y en las curias, una iglesia en la se discute quién manda aquí, o se discuten e imponen ten cuestiones menores: una absolución general o particular, la misa así o asá, Cristo queda relegado y, por tanto, “no tienes que ver nada conmigo” (Jn 13). Si eso sigue así, seguiremos sin pescar nada.

No hay gente en las iglesias, no hay seminaristas ni vocaciones… A lo mejor es que Cristo no va en nuestra barca.

05.- vv 9-10 En la orilla del lago les está esperando el Señor y en unas brasas les está preparando pan y pescado.

     Es la Eucaristía. Las Brasas.

    Este relato del lago es claramente una Eucaristía. Cristo celebra la Eucaristía con los suyos. Cristo es el pan de Vida. Cristo es la Vida y el calor (las brasas) de la comunidad.

Lo de las brasas tiene su retranca y su ternura: está resonando la noche de la pasión del Señor, cuando Pedro niega a Jesús tres veces: hacía frío, los soldados romanos hacen fuego ya había unas brasas, (Jn 18,18).  Resuena también el atardecer de Jesús con los dos de Emaús al calor de las brasas del hogar.

Hoy en día ya ni sabemos lo que era la lumbre, las brasas, la reunión familiar en las largas tardes-noches de invierno, la conversación y recuerdos familiares, el encuentro, el amor, el calor, la austera cena asada al calor de las brasas.

¿Y qué otra cosa es la iglesia, si no es recordar y  Eucaristía?

Jesús se acercó, tomo el pan en sus manos y se lo repartió, y lo mismo hizo con los peces.

06.- vv 3-5. estaba ya amaneciendo … jesús se presentó … ¡es el Señor!

    ¡Cuánta paz infunde en el alma “ver y estar con el Señor”: ¡es el Señor!

Celebremos la Eucaristía al calor de las brasas del lago y de  emaús

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Las primicias del amor.

Martes, 26 de abril de 2022

MM-squareEl primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro… María se quedó afuera, junto al sepulcro, llorando…

– Mujer ¿por qué lloras?

Ella les dijo:

– Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto.

Apenas dijo esto, volvió la cara y vio allí a Jesús pero no sabía que era él.

Jesús le preguntó:

– Mujer ¿por qué lloras? ¿A quién buscas…?

– Señor, si usted se lo ha llevado, dígame dónde lo ha puesto para que yo vaya a buscarlo.

Jesús entonces le dijo:

– ¡María!

Ella se volvió y le dijo en hebreo:

– Rabonní que quiere decir Maestro.

(Juan 20, 1-18)

Tanto en el evangelio de Juan, como en Mateo (cap. 25) y Lucas (cap. 24), los textos dejan un claro testimonio de que la aparición de Jesús resucitado a las mujeres está íntimamente ligada con su presencia en el sepulcro. Es esta relación de continuidad, que ellas establecen entre la vida y la muerte, la que las capacita para ver antes que nadie al resucitado. “Solo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”, parecen decirnos estas mujeres al retomar la frase de Saint Exupery en su libro El Principito.

Pero un relato especialmente bello de aparición, en el que se concentra un potencial simbólico y vivencial impresionante es el que nos hace Juan del encuentro entre Jesús resucitado y María de Magdala. Es la relación inmensamente cercana y amorosa que a lo largo de sus vidas mantuvieron Jesús y María Magdalena, la que explica esta primera y gran aparición: “Por tanto no se cree en Cristo, en el sentido que le da el evangelio de Juan, precisamente en virtud de la resurrección de la mañana de Pascua; más bien al contrario: sólo le es posible ver la resurrección de Jesús en la mañana pascual, a quien ha experimentado en su propio cuerpo que la persona de Jesús es en sí misma vida, luz y resurrección” (1).

Quiero insistir en la urgencia con que María (y otras mujeres…) regresan al sepulcro, “El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro”. No hay cansancio o sueño que valga, nada es más urgente que retomar el contacto… María corre porque su corazón se lo exige y se entrega sin medirse, sin pensar en nada más. Unos versículos más adelante el narrador nos muestra la reacción de la misma María y de otros compañeros ante la realidad de la piedra removida y el sepulcro vacío, entonces volvemos a contemplar a esta mujer en la gran pasión que la une a Jesús. Mientras los discípulos, otra vez con demasiada prisa, se alejan para contar a otros lo sucedido, ella reposa su dolor: “María se quedó afuera, junto al sepulcro, llorando”.

De alguna manera padece una experiencia mística, experiencia atravesada por el dolor, que la paraliza. Al hablar de la relación de esta mujer con Jesús Eugen Drewermann nos dice:

“Pero nadie le amó tanto y estuvo tan pendiente de él como esa mujer de Magdala. Porque para ella lo significaba todo. Si de María la madre de Jesús, decimos que sólo vivió para él, de María Magdalena tendríamos que decir que sólo vivió por él… Lo que ella podía ser, lo fue sólo por Jesús; sin él no podía ya seguir viviendo… Ella no le siguió como otros, sólo sabía que era él el único lugar en el mundo, en el que ella podía vivir y en el que podía abandonarse a la vida…” (2).

Nuestro seguimiento al Maestro de Nazaret, puede ser contrastado con el de esta mujer, primera mística del cristianismo… ¿en qué medida la entrega de nuestra persona es realmente radical? Y si sabemos que en el camino de Galilea, el amor a Jesús, a Dios… ES el amor al hermano…¿en qué medida nuestra pasión por el servicio, por la acogida, por la sanación al otro, es realmente fuerte, de tal manera que nos paralice para cualquier otra actividad y/o interés?

El tercer momento del relato en el que me quiero fijar es en los versículos 14 al 17. De nuevo nos encontramos con la actitud de Jesús que recibe y acoge el amor de esta mujer. El relato es muy claro: Es ella la primera persona a quien Jesús se aparece en la plenitud de su gloria. Sabemos muy bien la importancia del primer amor (Apocalipsis 2, 1-7). La primera luz que irradia en nuestras vidas y proyecta su fuerza más allá de las desilusiones, los fracasos, las luchas y los pesares…

Esas primicias las da Jesús a una mujer. No se trata tan sólo de esa expresión un poco extraña -y en últimas desestimulante- que la tradición eclesial acuñó para desembarazarse un poco de la fuerza de esta mujer: apóstol de los apóstoles… Se trata por el contrario de una clarísima expresión de predilección… Predilección trascendente y radical: Jesús resucitado se muestra por primera vez ante unos ojos femeninos que se han preparado cuidadosamente con su amor, su entrega y su pasión para verlo, para recibirlo.

Predilección que antes que todo nos habla de una relación… relación de prioridad, de primicias, de amor/ágape que se desborda.

¿En qué medida nuestra mirada se ha hecho capaz de experimentar estas primicias del amor y la resurrección? ¿En qué medida nuestra prisa ante las demandas y los deberes… inclusive ante la urgencia de la misión -urgencia que tuvieron Pedro y los otros, y que les retrasó su encuentro con el resucitado- nos impide preparar el corazón y la mirada para ver lo esencial? ¿Para acoger en nuestro interior lo que verdaderamente importa?

 

Carmiña Navia

Fuente Fe Adulta

NOTAS:

(1) EugenDrewermann: EL MENSAJE DE LAS MUJERES. Editorial Herder, Barcelona 1996

(2) Idem.

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Signos Pascuales.

Lunes, 25 de abril de 2022

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Abramos puertas y ventanas,
oreemos nuestras estancias,
expongámonos a la brisa que pasa,
sintamos su roce y gracia…

Y nuestras entrañas cerradas
se llenaron de risas y cantos,
luces, gritos y danzas,
se sintieron fecundadas…

Porque Tú, Señor crucificado,
estabas, en medio, resucitado,
dándonos tu paz y Espíritu,
quitándonos miedos y fantasmas…

Inundándonos de misericordia,
de ternura y esperanza
nos invitas a vivir tu Pascua
saludando y perdonando a los hermanos.

*

Florentino Ulibarri   Fuente Fe Adulta

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , ,

Duda, Fe, Cicatrices, Vida

Lunes, 25 de abril de 2022

0BACB8F4-2B9C-494B-BF65-D849B569BA45Para el segundo domingo de Pascua, Bondings 2.0 ofrece una reflexión bíblica para las personas LGBTQ y sus aliados. La serie es parte de nuestra creciente biblioteca de ejercicios de reflexión bíblica catalogados en nuestra serie Journeys”. Estos recursos son adecuados para la reflexión individual, para la discusión con un amigo o consejero espiritual, o para la reflexión comunitaria en una parroquia, escuela u otra comunidad religiosa. Oramos para que estos recursos te ayuden en tu jornada personal con Dios.

Las lecturas litúrgicas de del 2º Domingo de Pascua se pueden encontrar haciendo clic aquí.

Si desea compartir algunas de sus reflexiones con otros lectores de Bondings 2.0, no dude en publicar las respuestas que tenga en la sección “Comentarios” de esta publicación.


La duda entró por primera vez en las páginas de las Escrituras en Génesis 3 con la provocación: “¿De verdad dijo Dios que no comeréis de ningún árbol del jardín?”. Cuanto más debatía Eva con la serpiente, más dudas se multiplicaban: “¿Morir? ¡Seguramente no morirás!” Adán y Eva no murieron, pero fueron excluidos del Edén. En el Evangelio de Lucas, el Ángel de Dios dejó mudo a Zacarías, incapaz de hablar, por dudar de la palabra de Dios de que tendría un hijo (1:20). Fue solo después de que el niño se llamara Juan que la lengua de Zacarías se soltó y comenzó a alabar a Dios. En estos dos ejemplos, dudar de Dios tuvo graves consecuencias.

En el Evangelio de Juan, sin embargo, Jesús acomoda la duda del apóstol Tomás e incluso le proporciona la prueba que necesita para creer y llegar a la fe. Tomás responde: “¡Salvador mío y Dios mío!”. En otra historia del evangelio, vemos a Pedro dudando también. Mientras está en un bote, Pedro ve a Jesús caminando sobre el agua, trata de hacer lo mismo, vacila en la fe y cae. Jesús extiende su mano para rescatar a Pedro que se está ahogando y le pregunta: “¿Por qué dudaste?”. Más tarde, los que están en la barca muestran gran reverencia y confiesan: “¡Verdaderamente sois de Dios!”. (Mateo 14: 31-33). En estas narraciones, la duda inspira la fe.

Entonces, ¿cómo se navega por la paradoja bíblica entre la duda y la fe? ¿Es la duda una amenaza para la fe (como el ejemplo de Edén y Zacarías) o (como en el caso de Tomás y los discípulos en la barca), esencial para la misma confesión de fe?

LEYENDO

Juan 20:19-31

En la tarde de ese primer día de la semana, cuando las puertas estaban cerradas con llave donde estaban los discípulos, por temor a las autoridades del Templo, Jesús vino y se puso en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Habiendo dicho esto, el salvador les mostró las marcas de la crucifixión.

Los discípulos se regocijaron cuando vieron a Jesús. Jesús les dijo de nuevo: “La paz sea con vosotros. Como Abba Dios me ha enviado, así os envío yo”. Después de decir esto, Jesús sopló sobre ellos y les dijo: “Recibid el Espíritu Santo. Si perdonas los pecados de alguien, son perdonados. Si retienes los pecados de alguien, le son retenidos”.

Sucedió que uno de los Doce, Tomás, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Así que los otros discípulos seguían diciéndole: “Hemos visto a Jesús”. Pero Tomás dijo: “A menos que vea la marca de los clavos, y no meta mi dedo en las marcas de los clavos, y mi mano en la herida de la lanza, ¡no creeré!”.

Al octavo día, los discípulos estaban nuevamente en la habitación, y esta vez Tomás estaba con ellos. Jesús vino, aunque las puertas estaban cerradas, y se paró delante de ellos, diciendo: “La paz sea con vosotros”. Luego, dirigiéndose a Tomás, Jesús le dijo: “Toma tu dedo y examina mis manos. Pon tu mano en mi costado. ¡No persistáis en vuestra incredulidad, sino creed!”

Tomás respondió: “¡Mi Salvador y mi Dios!” Jesús dijo: “¿Has llegado a creer porque me has visto? Bienaventurados los que no vieron y creyeron.”

Jesús también realizó muchas otras señales, señales que no se registran aquí, en presencia de los discípulos. Pero estas han sido escritas para que podáis llegar a creer que Jesús es el Cristo, el Unigénito, y que a través de esta creencia podáis tener vida en el nombre de Jesús.

Para todas las lecturas del Segundo Domingo de Pascua haga clic aquí.


PARA LA REFLEXIÓN

01. ¿Hay momentos en su vida, como católico LGBTQ o aliado, en los que ha dudado de las promesas de Dios o de la existencia de Dios? ¿Cómo te hizo sentir esto? ¿Cómo se resolvió?

02.- Cuando Jesús y los discípulos recibieron la noticia de que Lázaro estaba a punto de morir, los discípulos advirtieron a Jesús acerca de regresar a Judea: “Recientemente, trataron de apedrearte, ¿y sin embargo regresas?”. (Juan 11:8). Tomás, en cambio, habló con gran lealtad y dijo: “Vayamos con Jesús, para que podamos morir con él” (Juan 11:16). ¿Dónde brilla tu lealtad a Jesús? Como discípulo aliado/LGBTQ, ¿qué significaría para ti “que podemos morir con él”?

03.-La etiqueta, “Tomás el incrédulo”, parece haber sido cosida injustamente en una persona destacada por su lealtad, obediencia al Evangelio y fe. ¿Hay casos en su vida como persona o aliado LGBTQ en los que ha sido mal etiquetado o tergiversado? ¿Cómo reescribes tu verdad?

04.- Las palabras finales del Evangelio de Juan son: “para que llegues a creer que Jesús es el Cristo, el Unigénito, y que mediante esta creencia tengas vida en el nombre de Jesús”.

Muchos en la comunidad LGBTQ experimentan muertes emocionales, psicológicas, espirituales o incluso físicas a diario. ¿Cómo usted, o las personas que conoce en la comunidad LGBTQ, “resucitó” y encontró vida en el nombre de Jesús?

5.- Incluso en su estado resucitado, Jesús todavía llevaba las cicatrices de su crucifixión. Adoramos a un Dios con cicatrices. Al hojear las páginas de las Escrituras, también encontramos diversos personajes bíblicos que cumplieron con su llamado divino con cicatrices. Job lo pierde todo: sus hijos, riqueza, ganado, cosechas, salud e incluso la relación de su esposa y amigos. Muchos de los salmos destacan los clamores de David a Dios en medio de sus luchas. Juan el Bautista tuvo una muerte horrible por decir la verdad al poder. ¿Qué cicatrices llevas como persona o aliado LGBTQ? ¿Cómo pueden tus cicatrices testificar de la sanidad y restauración de Dios? ¿Quién necesita “ver o tocar” tus cicatrices para creer en las obras salvadoras o las gracias de Dios?

0.6.- Jesús repite la bendición “La paz sea con vosotros” tres veces en el Evangelio. ¿Qué implicación tienen estas palabras para la comunidad o el mundo LGBTQ/aliados de hoy?


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ORACIÓN a Santo Tomás Apóstol

Glorioso Santo Tomás,
Tu dolor por Jesús fue tal que
no te dejaria creer eso
Dios había resucitado a menos que realmente
vio y tocó las llagas de Cristo.

Pero tu amor por Jesús fue igualmente grande
y te llevó a dar tu vida por el Evangelio.

Ruega por nosotros para que podamos afligir nuestros pecados
y ayúdanos a pasar nuestra vida al servicio de Dios
para ganar el título de “bienaventurado”
que Jesús aplicó a aquellos
que creyó sin ver. Amén


La piedra angular del Evangelio, en última instancia, no se trata de la duda ni de la fe, sino de Dios que nos da vida en el nombre de Jesús: “Mi fuerza y mi valor es Dios, y Dios es mi salvación” (Salmo 118, 14).

Para alabar a Aquel “cuya bondad es para siempre, que es bueno y cuyo amor es eterno”, escuche el Salmo 118 (el salmo para el segundo domingo de Pascua) cantado en hebreo por Julie Geller.


– Dwayne Fernandes, New Ways Ministry, April 24, 2022

Fuente New Ways Ministry

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“Barro animado por el Espíritu”. 2 Pascua – C (Juan 20,19-31)

Domingo, 24 de abril de 2022

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Juan ha cuidado mucho la escena en que Jesús va a confiar a sus discípulos su misión. Quiere dejar bien claro qué es lo esencial. Jesús está en el centro de la comunidad, llenando a todos de su paz y alegría. Pero a los discípulos les espera una misión. Jesús no los ha convocado solo para disfrutar de él, sino para hacerlo presente en el mundo.

Jesús los «envía». No les dice en concreto a quiénes han de ir, qué han de hacer o cómo han de actuar: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Su tarea es la misma de Jesús. No tienen otra: la que Jesús ha recibido del Padre. Tienen que ser en el mundo lo que ha sido él.

Ya han visto a quiénes se ha acercado, cómo ha tratado a los más desvalidos, cómo ha llevado adelante su proyecto de humanizar la vida, cómo ha sembrado gestos de liberación y de perdón. Las heridas de sus manos y su costado les recuerdan su entrega total. Jesús los envía ahora para que «reproduzcan» su presencia entre las gentes.

Pero sabe que sus discípulos son frágiles. Más de una vez ha quedado sorprendido de su «fe pequeña». Necesitan su propio Espíritu para cumplir su misión. Por eso se dispone a hacer con ellos un gesto muy especial. No les impone sus manos ni los bendice, como hacía con los enfermos y los pequeños: «Exhala su aliento sobre ellos y les dice: Recibid el Espíritu Santo».

El gesto de Jesús tiene una fuerza que no siempre sabemos captar. Según la tradición bíblica, Dios modeló a Adán con «barro»; luego sopló sobre él su «aliento de vida»; y aquel barro se convirtió en un «viviente». Eso es el ser humano: un poco de barro alentado por el Espíritu de Dios. Y eso será siempre la Iglesia: barro alentado por el Espíritu de Jesús.

Creyentes frágiles y de fe pequeña: cristianos de barro, teólogos de barro, sacerdotes y obispos de barro, comunidades de barro… Solo el Espíritu de Jesús nos convierte en Iglesia viva. Las zonas donde su Espíritu no es acogido quedan «muertas». Nos hacen daño a todos, pues nos impiden actualizar su presencia viva entre nosotros. Muchos no pueden captar en nosotros la paz, la alegría y la vida renovada por Cristo. No hemos de bautizar solo con agua, sino infundir el Espíritu de Jesús. No solo hemos de hablar de amor, sino amar a las personas como él.

José Antonio Pagola

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“A los ocho días, llegó Jesús”, Domingo 24 de abril de 2022. 2º Domingo de Pascua

Domingo, 24 de abril de 2022

27-pascuaC2 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 5, 12-16: Crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor.
Salmo responsorial: 117: Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.
Apocalipsis 1, 9-11a. 12-13. 17-19: Estaba muerto y, ya ves, vivo por los siglos de los siglos.
Juan 20, 19-31: A los ocho días, llegó Jesús.

El libro de los Hechos, el Apocalipsis y el evangelio de Juan se escribieron casi por la misma época. La Iglesia de Jesús, formada por muchas y diferentes comunidades, estaba recogiendo las diversas tradiciones sobre Jesús histórico y cada comunidad las reelaboraba y contaba de acuerdo a las nuevas situaciones que estaban viviendo. Eran tiempos de grandes conflictos con el imperio romano y con los fariseos de Jamnia (norte de Jerusalén), donde radicó el único grupo oficial judío que sobrevivió a la destrucción del templo el año 70. Es en este momento cuando se fragua la bifurcación de caminos entre el judaísmo oficial y el judaísmo cristiano, o judíos que creían en el también judío Jesús. A posteriori, la teoría (la hermenéutica, la interpretación que tenemos que elaborar para tranquilizar nuestros corazones y nuestras mentes dándonos un sentido) ha dicho que es que Dios decidió abrir una nueva etapa histórica manifestando un misterio escondido desde siempre, y otras varias teologías. Los estudios históricos hoy están en capacidad de trazarnos ya, más o menos, las causas históricas e ideológicas que de hecho cristalizaron en la separación. Hoy, a la altura de estos tiempos en los que la historia y la arqueología nos permiten conocer casi con toda seguridad cómo fue de distinta aquella historia, no estamos obligados a historificar la teología; tenemos derecho a saber la verdad, y a reconocer la teología como teología, como creación hermenéutica, que aquellas generaciones de cristianos necesitaron para interpretar y recrear su historia, pero que nosotros, en una sociedad culta y científica –con otra epistemología– no necesitamos para interpretar-recrear la realidad, podemos aceptar la historia como fue, como hoy sí sabemos que fue.

Lo mismo nos pasa con respecto al «calendario» de la muerte de Jesús – Pascua – Pentecostés… Lucas se tomó la libertad de imaginar/crear un calendario, un cronograma, que podemos de decir que se sacó de la manga, o sea, de su creatividad y genialidad catequética. Tan bien hecha resultó, que fue la que se llevó el gato al agua, la que se impuso, no por a la fuerza, sino por lo bien hecha que estaba y lo catequéticamente práctica que resultaba. (Estamos en un caso semejante a lo de la bifurcación entre cristianismo y judaísmo: lo que teologizamos no es realmente lo que sucedió con respecto al judaísmo oficial de Jamnia, pero es lo que «se impuso» –tampoco por imposición, sino por practicidad teórica; como sabemos, esta separación incluso abismo entre la realidad histórica real y nuestra propia visión-interpretación histórica, es mucho más frecuente que lo que ordinariamente pensamos).

En efecto, veamos. Jesús entra y se coloca en medio de la comunidad. Sopla sobre ellos/as y dice que les envía el Espíritu Santo. Para la comunidad de Juan (en la que, con la que escribe), la Pascua de Resurrección y Pentecostés acontecieron el mismo día en que Jesús resucitó. No hay que esperar 50 días para Pentecostés.

Y en esa Pascua-Pentecostés «toda la comunidad» de discípulos y discípulas recibe la autoridad para perdonar los pecados. Esto corresponde a la tradición que también Mateo ha conservado en su evangelio (Mt 18,18) y que luego la Iglesia, en su proceso de clericalización (reinterpretación clerical ésta sí, impuesta con poder de coerción) fue perdiendo, pero que sí recuperaron las Iglesias Evangélicas con la Reforma Luterana, que significó un esfuerzo sincero por reconciliarse con la historia real. Entonces, en el siglo XVI todavía no era tan posible como lo es hoy, por el avance de la ciencia; Ello querría decir que el avance del conocimiento de la humanidad, nos obliga a reconciliarnos con la realidad histórica, que cada vez conocemos mejor, y nos obliga a tomar conciencia del carácter construido de nuestras interpretaciones teológicas; tradicionalmente ha sido posible convivir con creencias y elaboraciones míticas, pero cada vez se nos hace más necesario relegar las creencias y las interpretaciones al cajón de las curiosidades históricas –con frecuencia muy ricas e instructivas– para quedarnos con una visión digna de esta humanidad que vive en una sociedad de conocimiento.

En la segunda parte de este evangelio nos encontramos con el diálogo de Jesús y Tomás. Hace tres años, nuestro comentarista, en este mismo comentario a este evangelio, escribió:

«Ojos que no ven corazón que no siente», dice el refrán. Cuentan que cuando Yury Gagarin, el astronauta ruso, regresó de aquel primer paseo a las estrellas, dijo: “He andado por el cielo y no he visto a Dios”. Pobre Yury tan parecido a Tomás, que podría llamarse su mellizo.

Hoy no nos atrevemos a tratar así a Yury Gagarin, ni al llamado «ateísmo científico» que en esa anécdota él simboliza. Los cristianos hemos estado dos o tres siglos enfrentados al materialismo científico, irreconciliablemente enfrentados a su ateísmo. La Iglesia empeñada en la existencia de un Dios concebido como un Señor, creador, todopoderoso, que lee nuestras conciencias, providente, que todo lo supervisa y lo autoriza o no, que habita en el cielo, que dice, piensa, decide, se ofende, se arrepiente, perdona… Y el ateísmo científico negando la existencia de tal «Señor», de rostro y características tan antropomórficas… La fe –decíamos entonces– consiste en «creer lo que no se ve», someter nuestro entendimiento y aceptar las fórmulas de la fe de la Iglesia aunque nos parezcan increíbles… Y se nos recordaba que tendríamos más mérito que Tomás el Apóstol, que sólo creyó cuando vio…

Se acabó aquel enfrentamiento inútil, aquel diálogo de sordos en el que las dos partes sólo tenían media verdad. Tenía razón el ateísmo científico en rechazar una imagen tan cosificada (dios como un ser, como un ente) y tan antropomórfica de Dios. Reivindicaba una verdad que los cristianos no acababan de entender. Había que dar la razón a Gagarin: efectivamente, por allí no pudo ver a Dios porque ese dios-ente celestial… no existe –y si efectivamente lo hubiera visto, habría que decirle que no era Dios eso que habría visto–. La fe no consiste en imaginar o en aceptar la existencia de un Señor por encima de las nubes ni en las alturas espaciales por donde Gagarin paseó; allí efectivamente no hay nada. Podemos seguir sintiendo la presencia del Misterio, a la vez que no creemos en duendes, en espíritus ni en divinidades antropomórficas. La fe es otra cosa. No es sumisión irracional del pensamiento, ni aceptación obligada de fórmulas o dogmas, o relatos míticos. El valor ejemplar de Tomás el Apóstol metiendo sus dedos en las llagas de Jesús, decididamente, no sirve en directo como metáfora para interpretar la fe en la coyuntura actual del mundo, por mucho que la forcemos. Es necesario dar un salto hacia delante, un salto cualitativo, por el que Dios deja de ser considerado un ente, ni un Señor, ni un habitante de las alturas del cielo… y la fe deja de ser sumisión del entendimiento, humillación de la persona, renuncia a la visión de la ciencia. Se acabó el tiempo del enfrentamiento con la razón y con la ciencia. Es preciso actualizar nuestras ideas, porque, con frecuencia, al hablar de la fe seguimos repitiendo los mismos tópicos sobrepasados del «creer lo que no se ve», de renunciar a la seguridad de lo que vemos, de ofrecer «el obsequio de nuestra razón», de humillarnos ante Dios… El ateísmo científico es un problema del siglo XIX, la ciencia actual abandonó esa posición hace bastante tiempo. Seguir utilizando para hablar de la fe aquellas metáforas combativas, no sólo no nos hace bien, sino que es dañino. Leer más…

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24.4.22. La pascua de Tomas: Vivir en comunión, curar las llagas de los crucificados (Jn 20, 19-29)

Domingo, 24 de abril de 2022

2D2F0619-DB52-4D6A-8E85-FF6D0900E238Del blog de Xabier Pikaza:

Dos problemas hay todavía en contra de la “pascua”: (a) Con esta iglesia que se dice signo de resurrección es muy dificícil creer en ella. (b) Ante las llagas de un mundo cargado de cruces parece imposible toda pascua.

Estos son eran problemas de Tomás según Jn 20. Estos  siguen siendo los nuestros. ¿Cómo creer en la resurrección si la iglesia no está resucitada y crecen (hacemos que crezcan) las llagas de cristo en el mundo?

Para empezar  

Los sinópticos incluyen a Tomás entre los apóstoles (Mt 10, 3; Mc 3, 8; Lc 6, 15),lo mismo que Hech 1, 13, sin añadir nada sobre él, como si sólo conocieran su “mote” (el mellizo ¿mellizo de quién?) como si no supieran o no quisieran decir nada más sobre él.

Por el contrario, Juan le presenta tres veces como «Tomás, llamado el mellizo»(cf. Jn 11, 16; 20, 24; 21, 2), sin decir tampoco cuál era su nombre, y le concede un papel especial en su evangelio.

Tomás aparece, en primer lugar, como discípulo valiente, que anima al resto de los discípulos, a fin de que superen su miedo y suban con Jesús a Jerusalén, para morir con él (Jn 11, 16). En la última cena aparece como uno de los «mistagogos», que plantean a Jesús las preguntas básicas sobre el sentido de su entrega y de su gloria, con Felipe [Jn 14, 8] y Judas [Jn 14, 22]).

Después que Jesús había dicho “en la casa de mi Padre hay muchas moradas”, como indicando que en su iglesia y en su cielo había espacios de vida diversos (Jn 14, 2), Tomás se atrevió a decirle: Señor, no sabemos a dónde vas ¿Cómo, pues, podemos saber el camino? Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida… (Jn 14, 5-7).

Este es el tipo de preguntas y respuesta características de los textos de revelación, que serán dominantes en los evangelios gnósticos posteriores. Eso significa que Tomás es para Juan un iniciado, algo que ha penetrado en el conocimiento del Mesías.

Una iglesia con huecos, falta Tomás

            Esta semana de pascua hemos ido evocando diversas “experiencias” de la resurrección de Jesús, empezando por las mujeres (en especial por Magdalena), para seguir con Pedro. Pero, conforme al evangelio de Marcos (16, 1-8), lo mismo que el de Mateo (Mt 28, 16), muchos o por lo menos algunos seguían dudando de Jesús, como supone este relato:  

A la tarde de aquel día primero de la semana, y estando cerradas las puertas del lugar donde estaban los discípulos, por el medio a los judíos, vino Jesús y se colocó en medio de ellos diciendo: – ¡La paz con vosotros! Y diciendo esto les mostró las manos y el costado.

Los discípulos se alegraron viendo al Señor. Y les dijo de nuevo: – ¡La paz con vosotros! Como me ha enviado el Padre os envío también yo. Y diciendo esto sopló y les dijo: – Recibid el Espíritu Santo, a quienes perdonéis los pecados les serán perdonados; y a quienes se los retengáis les serán retenidos (Jn 20, 19-23).

            Los discípulos están reunidos. No se dice cuántos son. Ciertamente, no son los “doce” como tales. En el grupo hay sin duda mujeres (pues el grupo ha comenzado con ellas). En ese contexto descubren a Jesús, que ha   venido y está con ellos. No se dice cómo, cómo le ven, como le siente. Pero es evidente que en un plano superior le ven, le sienten y le escuchan, pues les die:

 – La Pascua  se con vosotros (Eirênê hymin: 20,19.21). Sobre un mundo atormentado por la guerra y la violencia, ofrece Cristo paz. Sobre una comunidad encerrada por el miedo extiende el Cristo pascual la gracia de su vida y su misión universal.

 – La pascua es presencia gloriosa del crucificado. Por eso dice el texto que  Jesús mostró a sus discípulos las manos y el costado (20, 20), en gesto que después va a recibir nuevo contenido ante el rechazo de Tomás (cf 20, 24-29). Creer en la pascua es descubrir la gloria y presencia del crucificado

La pascua es Pentecostés. Jesús infunde su espíritu (su vida, su presencia) sobre sus discípulos diciendo recibid el Espíritu Santo(20,22), como había hecho Dios en el principio, concediendo su respiración a los primeros hombres (Gén 2, 7). Ahora es Jesús quien besa y sopla:  compartiendo su vida con todos aquellos que le acogen.

Por eso les envía: ¡como el Padre me ha enviado así os envío yo! (20, 21). Los cristianos son no sólo enviados de Jesús, sino que son (somos) el mismo Jesús presente. Por eso, como he dicho, sin iglesia “resucitada” es difícil

La iglesia perdón: a quienes perdonéis los pecados… (20, 23).Este es el problema del mundo: no hay perdón, los hombres se encuentran divididos, destruidos; carecen de medios para expresar el perdón, no hay para ellos sacrificios que puedan transformarles. Ha perdido su sentido el sacerdocio de Jerusalén, no consigue perdonar el templo. Pues bien, sobre ese desierto de pecado (falta de perdón), Jn ha interpretado la pascua como experiencia transformante de perdón.

El texto sigue diciendo: Aquellos a quienes perdonéis quedarán perdonados…Pero aquello a quienes retengáis… Si no perdonáis (si no sois perdón completo) no se podrá extender este perdón de Cristo sobre el mundo. Si este mundo está “loco y perdido” de violencia, de guerra y opresión, de pecado, es porque los cristianos dicen que son (somos) de Jesús pero no perdonamos. No se trata de una pequeña confesión sacramental privada… sino del perdón mas hondo de la vida, de toda la vida, de todos los cristianos, incluidos los de la guerra española del 36-39 y los de las iglesias de Rusia y Ucrania…

Tocar a Jesús. Signo de Tomás (20, 24-29).

            Bastaban las señales anteriores: la paz de Cristo, el recuerdo de su entrega (manos y costado), el perdón en el Espíritu. Pero el texto sigue diciendo que faltaba Tomás, precisamente uno de los Doce. No es un cristiano normal el que ha dejado de participar en la asamblea; es uno de los antiguos compañeros de Jesús, de sus Doce seguidores. Los otros discípulos le dicen hemos visto al Señor (20, 25), pero él duda: pide un signo (si no veo en sus manos la huella de los clavos…) y Jesús se lo concede.

Dos cosas le faltan para creer en la resurrección. (a) Encontrar una iglesia de creyentes, de personas que sean portadoras de la pascua de Cristo. (b) Descubrir y tomar las llagas de Cristo en la historia de los hombres (las llagas de la historia de los hombres en la verdad del Cristo):

Y ocho días después, estaban de nuevo sus discípulos en casa y Tomás con ellos; llegó Jesús, estando las puertas cerradas, se puso en medio y dijo:- ¡Pas a vosotros! Luego dijo a Tomás: – Trae tu dedo aquí y mira mis manos, trae tu mano y métela en mi costado y no seas incrédulo sino fiel!

Respondió Tomás y dijo: – ¡Señor mío y Dios mío! Y Jesús le dijo: Porque has visto has creído ¡Felices los que no han visto y han creído! (20, 26-29).

             En medio de la comunidad reunida, como signo supremo de falta de fe y de confesión creyente, ha destacado Juan la figura de Tomás, elaborando en torno a él esta bellísima escena pascual. Tomás es la expresión del ser humano al que le cuesta creer porque es honrado; quiere signos, necesita certezas y en algún sentido Jesús se las ofrece. Leer más…

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“Dichosos los que crean a pesar de lo que ven”. Domingo 2º de Pascua. Ciclo C.

Domingo, 24 de abril de 2022

thomas-et-jesusDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

[NOTA PREVIA: Este domingo se conoce como de la Divina Misericordia, devoción promovida a partir de 1930 por una religiosa polaca, Sor María Faustina, e instituida como fiesta por Juan Pablo II. Ya que el tema de la misericordia divina ha sido central en la Semana Santa, me limito a comentar los textos bíblicos, centrados especialmente en la fe.]

Todas las apariciones de Jesús resucitado son peculiares. Incluso cuando se cuenta la misma, los evangelistas difieren: mientras en Marcos son tres las mujeres que van al sepulcro (María Magdalena, María la de Cleofás y Salomé) y también tres en Lucas, pero distintas (María Magdalena, Juana y María la de Santiago), en Mateo son dos (las dos Marías) y en Juan una (María Magdalena, aunque luego habla en plural: «no sabemos dónde lo han puesto»). En Mc ven a un muchacho vestido de blanco sentado dentro del sepulcro; en Mt, a un ángel de aspecto deslumbrante junto a la tumba; en Lc, al cabo de un rato, se les aparecen dos hombres con vestidos refulgentes. En Mt, a diferencia de Mc y Lc, se les aparece también Jesús. Podríamos indicar otras muchas diferencias en los demás relatos. Como si los evangelistas quisieran acentuarlas para que no nos quedemos en lo externo, lo anecdótico. Uno de los relatos más interesantes y diverso de los otros es el del próximo domingo (Juan 20,19-31).

             Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

            – Paz a vosotros.

            Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

            – Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. 

            Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

            – Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados! quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

            Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

            – Hemos visto al Señor.

            Pero él les contestó:

            – Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.

            A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

            – Paz a vosotros.

            Luego dijo a Tomás:

            – Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.

            Contestó Tomás:

            – ¡ Señor Mío y Dios Mío!

            Jesús le dijo:

            – ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto. 

            Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo tengáis vida en su nombre.

Las peculiaridades de este relato de Juan

1.- El miedo de los discípulos. Es el único caso en el que se destaca algo tan lógico, y se ofrece el detalle tan visivo de la puerta cerrada. Acaban de matar a Jesús, lo han condenado por blasfemo y por rebelde contra Roma. Sus partidarios corren el peligro de terminar igual. Además, casi todos son galileos, mal vistos en Jerusalén. No será fácil encontrar alguien que los defienda si salen a la calle.

2.- El saludo de Jesús: «paz a vosotros». Tras la referencia inicial al miedo a los judíos, el saludo más lógico, con honda raigambre bíblica, sería: «no temáis». Sin embargo, tres veces repite Jesús «paz a vosotros». Algún listillo podría presumir: «Normal; los judíos saludan shalom alekem, igual que los árabes saludan salam aleikun». Pero no es tan fácil como piensa. Este saludo, «paz a vosotros» sólo se encuentra también en la aparición a los discípulos en Lucas (24,36). Lo más frecuente es que Jesús no salude: ni a los once cuando se les aparece en Galilea (Mc y Mt), ni a los dos que marchan a Emaús (Lc 24), ni a los siete a los que se aparece en el lago (Jn 21). Y a las mujeres las saluda en Mt con una fórmula distinta: «alegraos». ¿Por qué repite tres veces «paz a vosotros» en este pasaje? Vienen a la mente las palabras pronunciadas por Jesús en la última cena: «La paz os dejo, os doy mi paz, y no como la da el mundo. No os turbéis ni os acobardéis» (Jn 14,27). En estos momentos tan duros para los discípulos, el saludo de Jesús les desea y comunica esa paz que él mantuvo durante toda su vida y especialmente durante su pasión.

3.- Las manos, el costado, las pruebas y la fe. Los relatos de apariciones pretenden demostrar la realidad física de Jesús resucitado, y para ello usan recursos muy distintos. Las mujeres le abrazan los pies (Mt), María Magdalena intenta abrazarlo (Jn); los de Emaús caminan, charlan con él y lo ven partir el pan; según Lucas, cuando se aparece a los discípulos les muestra las manos y los pies, les ofrece la posibilidad de palparlo para dejar claro que no es un fantasma, y come delante de ellos un trozo de pescado. En la misma línea, aquí muestra las manos y el costado, y a Tomás le dice que meta en ellos el dedo y la mano. Es el argumento supremo para demostrar la realidad física de la resurrección. Curiosamente se encuentra en el evangelio de Jn, que es el mayor enemigo de las pruebas física y de los milagros para fundamentar la fe. Como si Juan se hubiera puesto al nivel de los evangelios sinópticos para terminar diciendo: «Dichosos los que crean sin haber visto».

4.- La alegría de los discípulos. Es interesante el contraste con lo que cuenta Lucas: en este evangelio, cuando Jesús se aparece, los discípulos «se asustaron y, despavoridos, pensaban que era un fantasma»; más tarde, la alegría va acompañada de asombro. Son reacciones muy lógicas. En cambio, Juan sólo habla de alegría. Así se cumple la promesa de Jesús durante la última cena: «Vosotros ahora estáis tristes; pero os volveré a visitar y os llenaréis de alegría, y nadie os la quitará» (Jn 16,22). Todos los otros sentimientos no cuentan.

5.- La misión. Con diferentes fórmulas, todos los evangelios hablan de la misión que Jesús resucitado encomienda a los discípulos. En este caso tiene una connotación especial: «Como el Padre me ha enviado, así os envío yo». No se trata simplemente de continuar la tarea. Lo que continúa es una cadena que se remonta hasta el Padre.

6.- El don de Espíritu Santo y el perdón. Mc y Mt no dicen nada de este don y Lucas lo reserva para el día de Pentecostés. El cuarto evangelio lo sitúa en este  momento, vinculándolo con el poder de perdonar o retener los pecados. ¿Cómo debemos interpretar este poder? No parece que se refiera a la confesión sacramental, que es una práctica posterior. En todos los otros evangelios, la misión de los discípulos está estrechamente relacionada con el bautismo. Parece que en Juan el perdonar o retener los pecados tiene el sentido de admitir o no admitir al bautismo, dependiendo de la preparación y disposición del que lo solicita.

“Dichosos los que crean a pesar de lo que ven”

            En este pasaje del evangelio se da un importante cambio en los destinatario. En la primera parte, Jesús se dirige a los once: a ellos les saluda con la paz, a ellos los envía en misión y les da el Espíritu. En la segunda se dirige a Tomás, invitándolo a no ser incrédulo. En la tercera se dirige a todos nosotros: “Dichosos los que crean sin haber visto”.

  Podríamos añadir: “Dichosos los que crean a pesar de lo que ven”. Basta pensar en las desgracias que ocurren a menudo en nuestro mundo, en los grandes fallos de la Iglesia, en las luchas más o menos ocultas por el poder dentro de ella, en otros detalles contrarios al evangelio. Para muchos, estos motivos son suficientes para abandonar la Iglesia o incluso la fe. Conviene escuchar a Jesús, que nos dice: “Bienaventurados los que creen a pesar de lo que ven”.

Una primera lectura que hay que leer con atención (Hechos 5,12-16)

            El evangelio ha proclamado dichosos a quienes creen sin ver. La primera lectura habla de la dicha de ver milagros y beneficiarse de ellos. Comienza diciendo que “los apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo”. Y termina subrayando el papel principal de Pedro; en opinión de la gente, incluso su sombra basta para curar a alguno. Por eso le traen enfermos hasta de los alrededores de Jerusalén.

            En una lectura rápida, parece que son estos milagros los que favorecen la expansión de la comunidad cristiana (“crecía el número de los que se adherían al Señor”). Sin embargo, lo que cuenta Lucas es más sutil.

            Además de los apóstoles, juega un papel capital la comunidad (“los fieles se reunían en común en el pórtico de Salomón”). Y es a ella a la que se adhieren los nuevos creyentes.

            Los milagros de los apóstoles y de Pedro continúan la labor de Jesús, que “pasó haciendo el bien”. Esos enfermos se benefician de ellos, pero no entran en la comunidad cristiana. Los que pasan a formar parte de ella son los que ven la forma de vida de la comunidad. En esta época de secularización, con la disminución creciente de los cristianos, es importante recordar que el numero de los creyentes depende en gran parte del ejemplo que demos a los demás.

Por manos de los apóstoles se realizaban muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Todos se reunían con un mismo espíritu en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, una multitud tanto de hombres como de mujeres, que se adherían al Señor.

La gente sacaba a los enfermos a las plazas y los ponía en catres y camillas para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno. Acudía incluso mucha gente de las ciudades cercanas a Jerusalén, llevando enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos eran curados.

Lectura del libro del Apocalipsis 1,9-11a.12-13.17-19

Durante los domingos de Pascua, la segunda lectura se toma del libro del Apocalipsis, recogiendo pasajes sueltos, sin conexión especial entre ellos. Pero el Apocalipsis de Juan es una obra muy adecuada para la época de Pascua, porque alienta la esperanza en medio de las persecuciones y asegura que el triunfo ya conseguido por Jesús repercutirá en toda la Iglesia. El fragmento de hoy constituye el comienzo (mutilado, naturalmente) de la obra.

Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el Reino y en la perseverancia en Jesús, estaba desterrado en la isla llamada Patmos a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús.

El día del Señor fui arrebatado en espíritu y escuché detrás de mí una voz potente, como de trompeta, que decía: «Lo que estás viendo, escríbelo en un libro y envíalo a las siete iglesias».

Me volví para ver la voz que hablaba conmigo y, vuelto, vi siete candelabros de oro, y en medio de los candelabros como un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar y ceñido el pecho como un cinturón de oro. Cuando lo vi caí a sus pies como muerto, pero él puso su mano derecha sobre mí diciéndome: «No temas; yo soy el Primero y el Último, el Viviente; estuve muerto pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo. Escribe, pues, lo que estás viendo: lo que es y lo que ha de suceder después de esto.

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