Comentarios desactivados en “María Magdalena, hermana de las que cruzan fronteras”, por Yolanda Chávez.
Del blog Tras las huellas de Sophia:
Comentario al artículo de Juan José Tamayo: María Magdalena y Virginia Woolf: pioneras de la igualdad*
| Yolanda Chávez
El revelador artículo de Juan José Tamayo María Magdalena y Virginia Woolf: pioneras de la igualdad(*) no solo rescata a dos mujeres desfiguradas por los relatos patriarcales, sino que las hace dialogar para que juntas sigan abriendo caminos. Al leerlo, he sentido que María Magdalena se convierte en hermana espiritual de tantas mujeres que cruzan fronteras, geográficas y vitales, que buscan un lugar donde el alma descanse.
Yo también soy una mujer que ha vivido entre fronteras —la de un país y otro, la de la Iglesia y sus márgenes, la de las propias preguntas, la de la propia identidad, la de la propia existencia. Y mientras leía el artículo de Tamayo, sentí que la historia de María Magdalena se abría paso como una carta antigua, escrita para nosotras —las que todavía buscamos un lugar para nuestra voz.
La asociación con Virginia Woolf no es decorativa; es profundamente simbólica. Ambas —la una desde la mística pascual, la otra desde la lucidez literaria— representan una espiritualidad que no busca permiso para existir. Son mujeres que hablaron desde su herida, pero también desde su inteligencia, y que no aceptaron el lugar que les fue asignado. Leerlas juntas, como propone Tamayo, es comprender que la espiritualidad femenina no siempre toma forma de doctrina: a veces se manifiesta como un temblor, como un texto, como una certeza que no se puede callar. En esa línea, muchas de nosotras —teólogas, migrantes, maestras, biblistas, cuidadoras, escritoras— caminamos no detrás de ellas, sino junto a ellas, haciendo que la fe suene también en voz de mujer.
Me han resonado especialmente tres ideas que, creo, iluminan el presente:
La recuperación de la autoridad de María Magdalena. Tamayo —siguiendo la obra de Jane Schaberg(**)— la presenta no solo como “la que vio al Resucitado”, sino como maestra, consoladora y líder espiritual en igualdad de condiciones. Su voz, relegada por siglos, sigue siendo semilla de un cristianismo inclusivo que merece ser revivido. La conexión con Virginia Woolf y la frase “mi patria es el mundo entero”. Esa afirmación poderosa hace eco con el caminar de tantas mujeres migrantes de hoy —yo incluida— que vivimos entre geografías, idiomas y nostalgias, buscando una fe y una espiritualidad que nos abrace todas. La denuncia del cristianismo truncado por el patriarcado religioso y político. Más que una derrota definitiva, ese “fracaso” es una tarea pendiente: reinventar y reimaginar la Iglesia como comunidad de mujeres y hombres en igualdad, la Iglesia que los primeros siglos dejaron vislumbrar, pero que fue sofocada por las estructuras de poder.
Mientras leía el artículo, me sentí interpelada: cada una de nosotras, en su pequeño ámbito, está llamada a seguir “talando árboles y construyendo puentes” para que otras caminen. Porque eso hicieron Magdalena y Woolf, a su manera: abrir brechas para que otras pudiéramos pasar.
De esta lectura nacieron unas palabras breves —haikus— que no buscan “explicar” a María Magdalena, sino dejar que su presencia respire en versos cortos, como si fueran destellos, pausas para contemplar.
Seis haikus para María Magdalena
1 Llora la aurora, una mujer pronuncia la luz primera.
2 Voz temblorosa, levanta la noticia: La tumba vacía.
3 Los que dudaban callaron ante el paso de una mujer.
4 Patria sin bordes, ella abre los caminos que nadie abrió.
5 Cruzó el silencio, cargó con la esperanza, le dio voz nueva.
6 Nada la vence, ni tumba ni patriarca: la vida canta.
Tal vez esa sea la fuerza de María Magdalena hoy: recordarnos que la vida —y la fe— se sostienen en voces que se atreven a hablar aunque no sean escuchadas, en pasos que avanzan aunque no haya caminos trazados.
Ella sigue llamándonos a pronunciar, cada una desde su lugar, la luz primera de cada mañana.
Yolanda Chávez
Fuente Religión Digital
Nota de autora: Yolanda Chávez es teóloga pastoral, mujer migrante y acompañante de mujeres de fe. Su investigación doctoral explora la espiritualidad de mujeres migrantes, y su escritura busca tender puentes entre la teología, la poesía y la vida cotidiana.
Creo en un sólo Dios, Madre-Padre que creó todo lo visible y lo invisible, que impregna su amor en cada criatura y en la extensión del universo.
Creo en Jesús, Rabbí, Hijo único de Dios, que viene del Padre y vuelve hacía él a lo largo de todos los siglos. Engendrado, no creado, hijo de María de Nazaret, encarnado en su vientre por obra del Espíritu Santo.
Creo en su Palabra, en la manifestación viva de su Reino, en la presencia divina en cada milagro y en su humanidad presente en cada rostro que ilumina.
Fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato, resucitó al tercer día, se me presentó, enjuagando mis lágrimas y me envió: «ve y diles».
Creo en su promesa, en el ministerio que me confió hasta el final de todos los tiempos, en su amor manifestado en la luz del camino al sepulcro.
Creo en el Espíritu Santo, señor y dador de vida, que con el Padre y el Hijo, derraman su sabiduría en cada uno de los seres que la buscan.
Creo en la comunidad de hombres y mujeres que seguimos a Jesús, en aquellos que sin haberlo visto creen, y en aquellos que han sido transfigurados, como yo, en su presencia.
Confieso que su amor nos ha redimido, espero su resurrección en cada uno de los corazones, en todos los siglos, confío su nombre al mundo futuro, amén.
En su obra La Ciudad de las Damas, de principios del siglo XV, la escritora francesa Christine de Pisan constataba la disparidad entre la imagen negativa de los varones sobre las mujeres y el conocimiento que tenía de sí misma y de otras mujeres. Los varones afirmaban que el comportamiento femenino estaba colmado de todo vicio; juicio que en opinión de Christine demostraba bajeza de espíritu y falta de honradez. Ella, por el contrario, tras hablar con muchas mujeres de su tiempo que le relataron sus pensamientos más íntimos y estudiar la vida de prestigiosas mujeres del pasado, les reconoce el don de la palabra y una inteligencia especial para el estudio del derecho, la filosofía y el gobierno.
La situación de entonces se repite hoy en la mayoría de las religiones, que se configuran patriarcalmente y nunca se han llevado bien con las mujeres. Estas no suelen ser consideradas sujetos religiosos ni morales, por eso se las pone bajo la guía de un varón que las lleve por la senda de la virtud. Se les niega el derecho a la libertad dando por supuesto que hacen mal uso de ella. Se les veta a la hora de asumir responsabilidades directivas por entender que son irresponsables por naturaleza. Son excluidas del espacio sagrado por impuras. Se las silencia por creer que son lenguaraces y dicen inconveniencias. Son objeto de todo tipo de violencia: moral, religiosa, simbólica, cultural, física, etc.
Sin embargo, las religiones difícilmente hubieran podido nacer y pervivir sin ellas. Sin las mujeres es posible que no hubiera surgido el cristianismo y quizá no se hubiera expandido como lo hizo. Ellas acompañaron a su fundador Jesús de Nazaret desde el comienzo en Galilea hasta el final en el Gólgota. Recorrieron con él ciudades y aldeas anunciando el Evangelio (=Buena Noticia), le ayudaron con sus bienes y formaron parte de su movimiento.
La teóloga feminista Elisabeth Schüssler Fiorenza ha demostrado en su libro En memoria de ellaque las primeras seguidoras de Jesús eran mujeres galileas liberadas de toda dependencia patriarcal, con autonomía económica, que se identificaban como mujeres en solidaridad con otras mujeres y se reunían para celebrar comidas en común, vivir experiencias de curaciones y reflexionar en grupo.
El movimiento de Jesús era un colectivo igualitario de seguidores y seguidoras, sin discriminaciones por razones de género. No identificaba a las mujeres con la maternidad. Se oponía a las leyes judías que las discriminaban, como el libelo de repudio y la lapidación, y cuestionaba el modelo de familia patriarcal. En él se compaginaban armónicamente la opción por los pobres y la emancipación de las estructuras patriarcales. Las mujeres eran amigas de Jesús, personas de confianza y discípulas que estuvieron con él hasta el trance más dramático de la crucifixión, cuando los seguidores varones lo abandonaron.
En el movimiento de Jesús las mujeres recuperaron la dignidad, la ciudadanía, la autoridad moral y la libertad que les negaban tanto el Imperio Romano como la religión judía. Eran reconocidas como sujetos religiosos y morales sin necesidad de la mediación o dependencia patriarcal. Un ejemplo es María Magdalena, figura para el mito, la leyenda y la historia, e icono en la lucha por la emancipación de las mujeres.
A ella apelan tanto los movimientos feministas laicos como las teologías desde la perspectiva de género, que la consideran un eslabón fundamental en la construcción de una sociedad igualitaria y respetuosa de la diferencia. María Magdalena responde, creo, al perfil que Virginia Woolf traza de Ethel Smyth: “Pertenece a la raza de las pioneras, de las que van abriendo camino. Ha ido por delante, y talado árboles, y barrenado rocas, y construido puentes, y así ha ido abriendo camino para las que van llegando tras ella”.
Las mujeres fueron las primeras personas que vivieron la experiencia de la resurrección, mientras que los discípulos varones se mostraron incrédulos al principio. Es esta experiencia la que dio origen a la Iglesia cristiana. Razón de más para afirmar que sin ellas no existiría el cristianismo. No pocas de las dirigentes de las comunidades fundadas por Pablo de Tarso eran mujeres, conforme al principio que él mismo estableció en la Carta a los Gálatas: “ya no hay más judío ni griego, esclavo ni libre, varón o hembra”.
Sin embargo, pronto cambiaron las cosas. Pedro, los apóstoles y sus sucesores, el papa y los obispos, se apropiaron de las llaves del reino, se hicieron con el bastón de mando, que nada tenía que ver con el cayado del pastor para apacentar las ovejas, mientras que a las mujeres les impusieron el velo, el silencio y la clausura monacal o doméstica. Eso sucedió cuando las iglesias dejaron de ser comunidades domésticas y se convirtieron en instituciones políticas e Iglesia.
¿Cuándo se reparará tamaña injusticia para con las mujeres en el cristianismo? Habría que volver a los orígenes, más en sintonía con los movimientos de emancipación que con las Iglesias cristianas de hoy. Es necesario cuestionar la primacía –el primado- de Pedro, que implica la concentración del poder en una sola persona e impide el acceso de las mujeres a las responsabilidades directivas compartidas.
Hay que recuperar el discipulado de María Magdalena, “Apóstol de los Apóstoles”, como la llama Elisabeth Schüssler en un artículo del mismo título pionero en las investigaciones feministas sobre el Testamento cristiano, en referencia al reconocimiento que se le daba en la Antigüedad cristiana. Es necesario revivir, refundar el cristianismo de María Magdalena, inclusivo de hombres y de mujeres, en continuidad con los profetas y las profetisas de Israel y con el profeta Jesús de Nazaret, pero no con la sucesión apostólica, de marcado acento jerárquico-patriarcal.
Un cristianismo olvidado entre las ruinas valladas de la ciudad de Magdala, lugar de nacimiento de María Magdalena, que visité hace tres años, a siete kilómetros de Cafarnaún, donde tuvo su residencia Jesús de Nazaret durante el tiempo que duró su actividad pública. En las excavaciones que se llevan a cabo en Magdala se descubrió en 2009 una importante sinagoga Ahí se encuentra la memoria subversiva del cristianismo originario liderado por Jesús y María Magdalena, que fue derrotado por el cristianismo oficial.
Pero de aquel cristianismo sepultado bajo esas ruinas emerge un cristianismo liberador vigoroso, desafiante, y empoderado a través de los movimientos igualitarios que surgen en los márgenes de las grandes iglesias cristianas, como surgió en los márgenes el primer movimiento de Jesús, de María Magdalena y de otras mujeres que le acompañaron durante los pocos meses que duró su actividad pública..
Es necesario heredar la autoridad moral y espiritual de María de Magdala como amiga, discípula, sucesora de Jesús y pionera de la igualdad. En definitiva, Jesús Nazaret, María Magdalena, Cristina de Pisan, Virginia Woolf, los movimientos feministas, las comunidades de base y la teología feminista de las religiones caminan en dirección similar. Por ahí han de ir las nuevas alianzas, creadas desde abajo y no desde el poder, en la lucha contra la violencia de género y la exclusión social de las mujeres.
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Juan José Tamayo es miembro del Comité Científico del Instituto Universitario de Estudios de Género de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Cincuenta intelectuales para una conciencia crítica (Fragmenta, Barcelona, 2013) y de Invitación a la utopía. Ensayo histórico para tiempos de crisis (Trotta, Madrid, 2012), que tiene un capítulo dedicado a la utopía feminista.
De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):
Me parece significativo que sean precisamente las mujeres biblistas las que insistan, por ejemplo, en que el término hebreo traducido en las lenguas neolatinas como «misericordia» pueda traducirse como «ternura».
En realidad, el vocabulario hebreo del amor es muy rico – chen, chesed, rechem/rachamim -, términos que a veces se influyen mutuamente y mezclan sus significados, aunque hay que reconocer que en la traducción del hebreo al griego y luego al latín de la Vulgata, esta variedad léxica se ha ido condensando progresivamente en torno al término «misericordia».
Las versiones bíblicas actuales siguen esta tradición, aunque desde hace algún tiempo se alzan voces que piden traducir ‘rachamim’ por «ternura», abogando por el desarrollo de una teología bíblica de la ternura de Dios.
Dado que ‘rechem/rachamim’ designa un movimiento íntimo, instintivo, causado por un estremecimiento de amor que se convierte en compasión, en sufrir con, en sensibilidad; y dado que se trata de un sentimiento maternal, que nace de las entrañas, de las vísceras de la madre, parecería más adecuado traducirlo por ternura en lugar de misericordia.
También hay que reconocer que a menudo se entiende la misericordia no en su auténtico sentido bíblico, sino que se confunde con un término que designaría un sentimiento de piedad, de arriba abajo (como, por otra parte, también puede ocurrir con el término «compasión»).
Al mismo tiempo, sin embargo, el concepto de ternura tampoco está exento de los mismos riesgos, sobre todo cuando se utiliza el adjetivo «tierno», que puede adquirir connotaciones empalagosas: decir que alguien es tierno a menudo suena inadecuado para definir su capacidad de afecto y compasión.
También puede ser útil recordar su etimología: «ternura» proviene del latín ‘tenerum’, que significa «de poca dureza, que cede al tacto», por lo tanto, «sensible»; y es significativo que en algunos diccionarios se asocie, en sentido figurado, con «empalagoso», incluso con «afeminado».
Estas precisiones léxicas son necesarias para interpretar con fidelidad la revelación del Dios bíblico. ¿Por qué se hace necesaria esta insistencia en la ternura? Porque la vida es un oficio duro, porque las relaciones hoy se han vuelto duras, distantes, desapegadas, y los hombres y mujeres de nuestro tiempo sienten sobre todo la necesidad de ternura. Ternura como sensibilidad, apertura al otro, capacidad de relaciones en las que afloran el amor, la atención, el cuidado.
La ternura no es un sentimiento empalagoso, pero es cierto que, sobre todo los hombres, deudores de una cultura del hombre fuerte, sólido, que siempre sabe usar la razón a costa de no escuchar al corazón, de una cultura recelosa de las emociones, no han cultivado en el pasado y quizá tampoco cultivan hoy esta extraordinaria virtud.
En realidad, la ternura es realmente lo que más falta hace hoy en día. Cuántas relaciones entre cónyuges o amantes se rompen, ven debilitada la pasión o acaban afectadas por la violencia y la cosificación del otro, precisamente porque falta la ternura; cuántas relaciones de amistad se vuelven grises porque no se es capaz de renovar el vínculo con la ternura; cuántos encuentros no florecen en una relación por falta de ternura…
Por eso la ternura debe verse y reconocerse en un rostro: ¡de lo contrario, el rostro se vuelve rígido, duro, inexpresivo! Si la ternura es un sentimiento visceral materno, entonces también es sinónimo de misericordia, y por eso la revelación bíblica de Dios las asocia. Las Sagradas Escrituras nos proporcionan imágenes extraordinarias, verdaderas alabanzas a las caricias de Dios.
Basta pensar en la historia de Oseas, profeta que ama perdidamente a su mujer, prostituta y adúltera: quiere atraerla hacia sí, a pesar de sus infidelidades, quiere llevarla al desierto, a un lugar apartado, para poder hablarle en la intimidad «cor ad cor» (cf. Os 2,16). No solo eso, sino que cuando Oseas tiene que describir el amor de Dios por su pueblo, habla de un Dios que atrae hacia sí con lazos de bondad, con vínculos de amor, como un padre que levanta a su hijo y lo lleva a su mejilla, mejilla con mejilla (cf. Os 11,4), en un ejercicio de sensibilidad táctil recíproca que narra la dulzura del amor.
E Isaías nos entrega con audacia la imagen de un Dios con rasgos maternales, que amamanta, lleva en brazos, acaricia y consuela a su hijo (cf. Is 66,12-13), hijo al que nunca podrá olvidar ni abandonar (cf. Is 49,14-15).
En estos textos, el amor de Dios se revela ante todo como ternura, aquella que Dostoievski definió como «la fuerza de un amor humilde». Precisamente porque la ternura es misericordia, cuando fue practicada y narrada por Jesús, suscitó escándalo.
Independientemente del uso de la terminología de la misericordia, la ternura de Jesús es visible en su comportamiento habitual: cuando, al encontrarse con los niños, reprende a los discípulos que quieren apartarlos (cf. Mc 10,13-16 y par.); cuando se deja acariciar por la mujer pecadora (cf. Lc 7,37-38) o por la que le unge la cabeza con perfume (cf. Mc 14,3; Mt 26,7) o los pies (cf. Jn 12,3); cuando se conmueve al ver a la multitud desorientada, semejante a un rebaño sin pastor (cf. Mc 6,34; Mt 9,36); cuando, después de la resurrección, llama por su nombre a «María», la Magdalena que lo busca llorando (cf. Jn 20,16)…
Jesús «manso y humilde de corazón» (Mt 11,29), es decir, dulce y humilde de corazón, lleno de ternura y humilde de corazón: esto es lo que debemos comprender de Él, y si a veces los Evangelios nos lo presentan enfadado, no debemos olvidar que esta es la otra cara de su compasión. Solo quien conoce la compasión, de hecho, puede recurrir a la ira y así declarar su no indiferencia ante el sufrimiento.
En los Evangelios no está escrito que Jesús acariciara a nadie, salvo a los niños (cf. Mc 10,16; Mt 19,15); sin embargo, estoy convencido de que tenía el arte de la caricia, que acarició algún rostro de los discípulos, algún rostro lloroso, algún rostro preso del sufrimiento por la enfermedad.
La ternura es un aspecto de la misericordia, es la misericordia que se hace tan cercana que se convierte en una caricia, en tomar la mano del otro en la propia, en secar las lágrimas de los ojos del otro: la ternura es misericordia hecha tacto y la misericordia, a su vez, es una caricia.
Me gusta imaginar a Jesús como Aquél no se dejaba ver o escuchar, sino que se dejaba tocar. Y creo que hay al menos algo de verdad en esta imagen porque Jesús sabía mostrar la ternura divina: y quien sentía falta de ternura acudía a Él, no tanto para verlo ni para escucharlo, sino con la esperanza de ser mirado, tocado abrazado con ternura por Él.
Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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Tres reflexiones a propósito de Santa María Magdalena.
Comentarios desactivados en “Las mujeres en la Iglesia: Una cuestión pendiente”, por Consuelo Vélez.
De su blog Fe y Vida:
A propósito de la fiesta de María Magdalena
«Definitivamente, no es una realidad que se quiera abordar desde muchos sectores de la Iglesia»
«Pidámosle a Santa María Magdalena que acelere los cambios en la Iglesia, concretamente, en este tan urgente de la inclusión plena de las mujeres»
«Hay prisa en que la Iglesia se parezca más a la Iglesia de los orígenes, hay prisa porque su testimonio sea más nítido con respecto a las mujeres, hay prisa para caminar al ritmo de la historia, evitando que la Iglesia llegue tarde, como tantas otras veces ha llegado en momentos cruciales de la humanidad»
Hemos cambiado de pontificado y las noticias abundan sobre las primeras acciones de León XIV, reconociendo, en general, una continuidad con el pontificado de Francisco. Son estilos diferentes, como era de esperar, porque cada persona trae su forma de ser, su experiencia de vida, sus concepciones del ministerio pastoral, etc. Pero hay algunos aspectos que Francisco dejó pendientes y León XIV tendrá que dar alguna respuesta.
Magda Benassar
Uno muy importante es la situación de las mujeres en la Iglesia, su participación en niveles de decisión y en el acceso a los ministerios ordenados. Tan pronto asumió León XIV, por lo menos dos mujeres que conozco, religiosas y teólogas le escribieron cartas pidiéndole avances en este sentido. Una fue Magda Bennásar, española, pidiéndole “que se tome sumamente en serio el tema de la igualdad de la mujer en todos los aspectos de la Iglesia”.
Y le pregunta: “¿Qué más necesita la Iglesia para sanar esta herida abierta por decisiones que excluyen? La falta de mujeres jóvenes en nuestras parroquias en Europa es signo de una Iglesia que no sabe acogerlas. Se van, no porque hayan perdido la fe, sino porque no encuentran un lugar que las valore y las incluya.¿Cómo puede la Iglesia ser la última institución que no reconoce la igualdad plena entre hombres y mujeres?”. Y finaliza su carta diciendo: “le pido en nombre de miles de mujeres con vocación que escuche al Espíritu y sea valiente. No habrá nunca consenso absoluto, pero si esta decisión viene del Espíritu, Dios se encargará del resto”.
Martha Zechmeister
La otra fue Martha Zechmeister, austriaca, pero radicada en El Salvador hace muchos años, quien también en su carta le dice: “León, se dice que sabes escuchar. Por eso me atrevo a dirigirme a ti con parresía bíblica, con franqueza, sin miedo y sin rodeos: ya es hora que las mujeres sean incluidas sin restricciones en todos los ministerios y niveles de la Iglesia. No como gesto, no como excepción, no como señal simbólica. Sino en total igualdad. No se trata de poder. Se trata de dignidad. De verdad. De evangelio”.
Otra teóloga, Phyllis Zagano, norteamericana, experta en el tema del diaconado femenino, con muchísimas publicaciones sobre este asunto y quien participó en la primera comisión para el estudio del diaconado femenino, en un reciente artículo, contó las dificultades que se presentaron en el Sínodo de la sinodalidad para conocer los informes del Grupo de estudio n. 5 que debería tratar este tema. Definitivamente, no es una realidad que se quiera abordar desde muchos sectores de la Iglesia. Sin embargo, en el Documento final del Sínodo, numeral 60, se recoge esta petición y no se duda en seguir reclamando esa igualdad para las mujeres.
Phyllis Zagano
El numeral es muy largo, aquí solo anoto, algunas afirmaciones importantes: “En virtud del Bautismo, hombres y mujeres gozan de igual dignidad en el Pueblo de Dios. Sin embargo, las mujeres siguen encontrando obstáculos para obtener un reconocimiento más pleno de sus carismas, su vocación y su lugar en los diversos sectores de la vida de la Iglesia, en detrimento de su servicio a la misión común (…) A una mujer, María Magdalena, se le confió el primer anuncio de la resurrección; (…). Esta Asamblea exige la plena implementación de todas las oportunidades ya previstas en la legislación vigente con respecto al papel de la mujer (…). La cuestión del acceso de las mujeres al ministerio diaconal también permanece abierta y el discernimiento al respecto es necesario (…)”.
Muchas otras mujeres están empujando estos cambios. Lamentablemente algunas no lo ven necesario porque creen que es suficiente el servicio que ya muchas mujeres prestan a la Iglesia. Así también pensaban nuestras bisabuelas, abuelas, madres con respecto a su rol en la sociedad. Estaban conformes de ser esposas abnegadas, madres excelentes y no veían importante su formación en todas las dimensiones de la persona, ni la necesidad de ocupar puestos de decisión. Pero nuestro mundo ha cambiado y las mujeres, por fin, tenemos más igualdad en la sociedad, más derechos, más oportunidades y esto no es una concesión de buena voluntad, son derechos que se nos habían negado.
Precisamente en este mes, el 22 de julio se celebra la Fiesta de María Magdalena, llamada “Apóstola de los apóstoles”, es decir con igual dignidad que los demás apóstoles. La conmemoración de su memoria ya existía, pero fue el papa Francisco quien, en 2016, la pasó a categoría de Fiesta. Tarde se está restituyendo su memoria, porque ella no fue una prostituta (la tradición la confundió con la pecadora arrepentida y de ahí surgió esa leyenda), sino una gran apóstola (la palabra en femenino la usó, por primera vez, Hipólito de Roma, en el S. III, por lo tanto, no hay que asustarse con el lenguaje inclusivo) y, como ya lo dijimos, la primera a la que Jesús confío el anuncio de su resurrección.
Pidámosle a Santa María Magdalena que acelere los cambios en la Iglesia, concretamente, en este tan urgente de la inclusión plena de las mujeres. Algunos dirán que no hay prisa. Pero, sinceramente, hay prisa en que la Iglesia se parezca más a la Iglesia de los orígenes, hay prisa porque su testimonio sea más nítido con respecto a las mujeres, hay prisa para caminar al ritmo de la historia, evitando que la Iglesia llegue tarde, como tantas otras veces ha llegado en momentos cruciales de la humanidad.
(Texto tomado de: https://www.reflexionyliberacion.cl/ryl/2024/07/31/maria-magdalena-apostola-de-los-apostoles/)
Comentarios desactivados en Celebrando a Santa María Magdalena, recordamos que la resurrección también es para nosotros
El post de hoy es una reflexión para la Fiesta de Santa María Magdalena. Para encontrar las lecturas de ese día, haga clic aquí.
El colaborador invitado de hoy es Russ Petrus, codirector de FutureChurch, una organización de reforma que busca cambios que brinden a todos los católicos romanos la oportunidad de participar plenamente en la vida y el liderazgo de la Iglesia. Antes de su trabajo con FutureChurch, Russ sirvió en el ministerio parroquial en Boston y Cleveland. Tiene una Maestría en Divinidad de la Escuela de Teología y Ministerio de Boston College, completando la mayoría de sus estudios en la Escuela de Teología Weston Jesuit.
El 7 de julio fue mi sexto trabajo con FutureChurch, una organización de reforma que busca cambios que brinden a todos los católicos romanos la oportunidad de participar plenamente en la vida y el liderazgo de la Iglesia. Completamente inconsciente de ello, mi esposo Daniel compartió la memoria de Facebook, escribiendo: “Qué gran cambio fue en nuestras vidas cuando te mudaste a este trabajo…” Me inundó la emoción al recordar ese día. A medida que nos acercamos a la fiesta del 22 de julio de Santa María de Magdala, me doy cuenta cada vez más de los ecos de la historia de María en la mía. Y orando con su testimonio, me encuentro, de una manera completamente nueva, confiada y enviada para anunciar la resurrección, tal como ella lo fue hace unos 2.000 años.
Después de años de saber que era gay, finalmente reuní el coraje para salir del armario en 2001 cuando era estudiante de primer año en Canisius College, una escuela jesuita, en Buffalo, NY. Salté a los brazos abiertos del equipo de ministerio del campus que me celebró, mis dones y mis relaciones. Fue durante mis cuatro años de licenciatura que discerní un llamado al ministerio. Salí y me enamoré de Daniel, quien ahora es mi esposo. Finalmente, viviendo auténticamente, amándome a mí mismo y siendo amado por quien era, me sentí realmente vivo. Y especialmente cuando estaba involucrado en el ministerio.
Lucas 8: 2-3 nos dice que, habiendo sido sanada de siete demonios, María de Magdala, junto con otras mujeres, siguió a Jesús y apoyó su ministerio con sus recursos. Me pregunto: ¿Cuáles eran los demonios de los que María fue sanada? Sabemos que no fueron los siete pecados capitales (esa es una invención posterior que le impuso el Papa Gregorio I). Pero, ¿eran el tipo de duda, miedo al rechazo, imágenes de un Dios que no la amaba, una misoginia internalizada similar a la homofobia internalizada, temas que nosotros, como católicos LGBTQ +, también somos demasiado familiares? ¿O eran dolencias físicas, como la depresión, la ansiedad, el abuso de sustancias o los pensamientos suicidas paralizantes físicamente que tienen demasiadas personas LGBTQ +? Y cuando Jesús la sanó, ¿cómo fue eso? ¿Fue tan simple como mostrar su amor incondicional y abrazarla por lo que era y los dones que tenía para compartir?
Vivo con mi llamado al ministerio, lo seguí a Weston Jesuit School of Theology en Cambridge, MA, y obtuve una Maestría en Divinidad, aprendiendo todo lo que pude, absorbiendo el amor de Dios por mí, por todos nosotros, tal como lo había hecho María Magdala. hecho como siguió a Jesús desde Galilea.
Cualquiera que sea la apariencia de su curación, María debe haberse sentido verdaderamente viva después de ella: abrazándose a sí misma, siguiendo a Jesús, amando y siendo amada por él, aprendiendo de él y participando en su ministerio. ¿Qué más podría haberla obligado a seguirlo hasta la cruz, incluso cuando los discípulos varones se dispersaron atemorizados?
Después de años de vivir con integridad, las cosas comenzaron a cambiar para mí cuando comencé a trabajar en parroquias diocesanas. La vida honesta y auténtica que una vez había abrazado no fue bien recibida ni acogida en mi propia iglesia. De hecho, ser auténtico se convirtió en una carga, una amenaza para mi sustento y todo por lo que había trabajado y estudiado tan duro. En este ambiente hostil, como los hombres que habían seguido a Jesús, me encontré negando… escondiéndome… traicionando. Pronto volví al armario, coaccionado allí por consejeros y pastores bien intencionados y por amenazas de las autoridades eclesiales. Cerré mi página de Facebook y seleccioné cuidadosamente todo lo que publiqué o se publicó sobre mí. Daniel y yo siempre vivimos en el extremo opuesto de la ciudad de la parroquia para que nadie nos viera accidentalmente por ahí. Si alguien se cruzaba con nosotros en una cita, lo presentaba como mi “amigo”.
Con el tiempo, mi cuerpo comenzó a repugnar, mostrando serios signos de estrés crónico. Dos terapeutas me dijeron que no podía seguir viviendo esta vida encerrado. Dado el estrés de los dos, no es de sorprender que mi relación con Daniel estuviera en un terreno difícil. Sin embargo, no sabía qué más hacer. Todavía estaba pagando mi título y no pude evitar preguntarme si los catorce años anteriores y los miles de dólares habían sido en vano.
Los evangelios nos dicen que ya sea sola (Jn 20,1) o con otras mujeres (Mt 28,1; Mc 16,1; Lc 23,55-24,3) María de Magdala se dirige al sepulcro en esa primera Pascua peligrosa. Mañana. ¿Qué pasó por su mente cuando llegó a ungir el cuerpo de Jesús? ¿Se preguntó si todo había sido en vano? ¿Se arrepintió de haber “desperdiciado” sus preciosos recursos? ¿Ungir su cuerpo le traerá el cierre? ¿Podría hacer las paces con todo lo que había sucedido? Y al mirar dentro de la tumba vacía, ¿se sintió confundida y asustada sin saber qué hacer a continuación?
Entonces sucede: ¡Jesús resucitado se le revela! Le confía la Buena Nueva de la Resurrección y la envía a proclamarla en su nombre. Y como fiel seguidora que ha sido todo el tiempo, va y anuncia la noticia a los apóstoles. ¡Resurrección! La vida había cambiado, no solo para ella, sino para todos y para siempre.
Mientras miraba dentro de mi propia cueva oscura, finalmente llegué a la conclusión de que era hora de hacer un cambio, lo que sea que eso signifique. Entonces, abrí una ventana del navegador y comencé mi búsqueda de una nueva forma de ministerio. Y, para mi sorpresa, encontré una vacante para un Director de Programa de tiempo completo en FutureChurch, una organización dedicada a la justicia en la iglesia. ¡Solicité y me contrataron! Como María de Magdala, no podría haber sabido lo que encontraría al enfrentar mi tumba, pero no debería haberme sorprendido al encontrar el amor de Dios por mí incluso en ese lugar desolado.
Russ Petrus
Hoy, vivo mi vida y mi ministerio como mi yo auténtico. Y, con gratitud, recuerdo lo que ese cambio significó para mí y para Daniel: ambos podríamos vivir y ser las personas que Dios amaba. Cuando el matrimonio igualitario se convirtió en la ley del país, nos casamos. Ahora, podemos vivir donde queramos vivir, y cuando salimos en una cita, puedo presentarlo con orgullo como mi esposo. Una vez más soy el católico gay ruidoso y orgulloso que amaba ser. ¡Resurrección!
Mientras me esfuerzo por vivir mi llamado, me solidarizo con otros que están luchando: con Dios, con la Iglesia, con la familia, con mis compañeros de trabajo o con otras personas importantes. He experimentado mis propios demonios, mi propio llanto en una tumba vacía. Sin embargo, con gratitud, sé que la resurrección no fue solo para Jesús. Lo compartió. Con María de Magdala primero, y con todos nosotros –como algo para vivir, algo para anunciar– cada día de nuestra vida. Entonces, mientras celebramos la Fiesta de Santa María de Magdala, invito a aquellos que están sufriendo a manos de los líderes de la iglesia a recordar a María de Magdala, orar con ella y confiar en el amor y cuidado incondicional de Dios por ustedes. La resurrección también es para ti.
FutureChurch promueve la celebración de la fiesta de María de Magdala en las comunidades católicas de todo el país y del mundo. Para obtener más información sobre nuestros recursos y oportunidades para celebrar a María de Magdala, haga clic aquí.
Comentarios desactivados en «María Magdalena en diálogo con Jesús en el huerto», por Elena Gortázar Pérez-Armas
Del blog Tras las Huellas de Sophia:
| Elena Gortázar
A la luz de un texto de Xavier Pikaza reflexionamos sobre el evangelio de Juan 20,11-18, escrito en un lenguaje cargado de simbolismo especialmente proveniente de los gnósticos.
María de Magdala se presenta como la humanidad fracasada por amor, al final de todos los caminos, perdida en un jardín sin más flor que la muerte, llorando por la ausencia de su amado. Ella es al mismo tiempo la mujer del nuevo amor. No es simplemente una mujer caída, seducida, condenada al cautiverio, sino que representa a todas las personas que buscan sanación de amor sobre la tierra. Todos somos en esa perspectiva María Magdalena. Ella es nuestra voz y figura de Pascua. El texto nos la muestra como principio de nueva humanidad.
Mujer derrotada e impotente, sobre el huerto de una vida que se vuelve sepultura. María es, al mismo tiempo, una mujer que tiene y busca amor: signo de la humanidad que, ansiando a Cristo, quiere alcanzar la redención. No ha escapado como el resto de los discípulos varones, sino que ha permanecido ante la cruz, con otras mujeres (cf. Mc 14, 27; 15, 40. 47)
María es signo de una humanidad que busca amor, que quiere culminar su desposorio, es decir, su alianza. Se sitúa en el camino de diálogo afectivo con el mismo Dios, sobre una tierra convertida en jardín de muerte, nuestra tierra escenario de tragedias, dramas y conflictos sin término.
La Sabiduría y salvación de Dios parecen haberse escondido en un cadáver. Sobre el jardín del viejo mundo han enterrado a Jesús. María le busca apasionadamente, pues el amor verdadero resulta inseparable del cadáver, de la historia vivida, del ajusticiamiento del amigo muerto.
Una conversación prodigiosa donde influyen y culminan todos los motivos de la historia humana. Esta mujer no necesita una teoría de iluminación interior anclada a su espiritualidad: quiere un cadáver, busca el cuerpo de su amigo asesinado. De esa forma rompe los esquemas intimistas. No quiere un mundo edificado sobre el dolor y cadáveres que se ocultan. Necesita el cadáver: no quiere que lo oculten, que lo tapen, para que todo siga como estaba. Necesitamos ocultar los cadáveres, echar sobre ellos más tierra, una piedra más grande, para así “lavar” nuestras manos y quedar tranquilos, en la paz de los cementerios.
Magdalena necesita llorar por el amigo muerto, mantener el recuerdo de su cadáver. Éste es un amor que dura, un amor que mantiene el recuerdo, que no quiere olvidar a los amigos muertos ni los conflictos. Ella pretende algo más simple y más profundo: conservar el amor hacia su amigo muerto, mantener la memoria de su vida. Por eso necesita su cadáver, para llorar por él, para sentir el poder de la muerte y para continuar después su vida (el estilo de vida de Jesús). No quiere imponerse sobre nadie; le basta con amar, pero necesita el signo de su amado muerto, su cadáver.
Hoy nosotras las nuevas María Magdalena, lloramos sobre la tierra de Gaza por los hijos muertos, porque nos quieren arrancar de nuestro huerto, por los relatos distorsionados; por la memoria negada; por el robo de nuestras tierras y sus entrañas, también el robo de nuestros hijos/as convertidos en objeto comercial; por la denigración y violencia contra las mujeres y sus cadáveres; por el uso y abuso del poder contra el bien común y la democracia, por el cadáver de las fake-news; por la cara opresora de la globalización en el mundo entero, sin olvidar a África, Ucrania….etc.
Podemos decir que está loca María, loca de amor, loca a favor de la vida. Sólo allí donde alguien ama a Jesús se hace posible la experiencia de la pascua. Ciertamente, Jesús estaba vivo y verdadero en el interior de esta mujer. Ya se han encontrado de algún modo; el jardinero ha preguntado, ella le ha dicho su amor, en el jardín de la muerte, al lado de la tumba vacía, es de locos vivir la Buena Noticia en este huerto nuestro repleto de cadáveres.
El encuentro verdadero empieza cuando el jardinero, Señor del nuevo huerto de la Vida, toma la palabra y la llama por su propio nombre.
– Jesús dijo: ¡María! María buscaba el amigo en la muerte, es decir, al final de un camino que había empezado en el jardín del paraíso: no quedaba árbol de vida, sólo había un tronco seco de muerte. Buscaba allí el amor de un muerto, pero Jesús le ha respondido ofreciéndole la vida y el amor de Aquel que está vivo, llamándole por su nombre: María. De esta forma, en gesto de conversación personal, ha culminado la experiencia de la pascua. Sólo quien escucha a Jesús cuando le llama de un modo personal sabe de verdad que existe vida, que hay resurrección. La resurrección es en el fondo un encuentro personal de amor, descubrimiento de Jesús que se ha elevado de la muerte y que nos dice, llamándonos por nuestro nombre: ¡vive, estoy contigo, sé tú misma!
María ha empezado a vincularse con Jesús resucitado en desposorio místico, intimo. Ellos representan al ser humano entero: son la díada, pareja inicial que simboliza ya la salvación de la humanidad, en el nuevo paraíso de este mundo, sobre el huerto de la muerte convertido en manantial de vida.
Paradójicamente ha venido Jesús, se ha mostrado en persona, le ha dicho su amor… Es lógico que ella quiera mantener ese momento, mantenerse en gesto de intimidad por siempre. Pero Jesús responde: ¡No me toques! Noli me tangere, no me sigas tocando de esta forma. Parece que esta palabra significa: no me toques más, no me sigas agarrando. De esa manera señala que hay una unión en este mundo que no puede cerrarse en sí misma. Él está en otra dimensión, transitando hacia el Padre. Solo el amor hace posible el tránsito desde este mundo nuestro al Padre-
La experiencia pascual es un principio, una promesa que no puede separarse del camino de vida y de misión, es decir, de la tarea al servicio de los demás. La pascua no se puede interpretar como experiencia de escapismo, no es huida hacia un nivel interno, puramente espiritual, de la existencia. Jesús resucitado hace a María misionera de su pascua y de la gracia de Dios ante los hombres. Como a María el Jardinero nos envía a llevar a nuestras compañeras/os la Buena Noticia de que Jesús vive, que la nueva vida ha renacido. ¡Tomemos en serio nuestra misión!
Entre el Jesús que en un sentido le ha dejado (¡no me toques!) y los discípulos a los que debe buscar y evangelizar, en clave de pascua, se encuentra ahora María. Buscaba un cadáver en el huerto; Jesús le ha ofrecido una misión y un camino apasionante, también a nosotras.
Ahora comprendemos que pascua es el ascenso final de Jesús que ha recorrido su camino sobre el mundo y viene a culminarlo en el seno de Dios Padre. Pero, al mismo tiempo, culminando su camino de subida y plenitud recreadora, Jesús abre un camino de seguimiento para sus discípulos, partiendo del mensaje de María. Ella ha sido la primera: ha tocado a Jesús por un momento sobre el mundo como, en algún sentido, podemos tocarle o descubrirle todas las personas creyentes.
La pascua de Jesús responde a algunas de nuestras preguntas, abriéndonos al mismo tiempo al misterio más alto del Padre. Si sólo existe pascua dentro de la vida de este mundo es que no hay pascua. El triunfo de Jesús, que se ha expresado sobre el huerto como encuentro de amor con María, viene a abrirse luego como camino de ascenso hacia el Padre. Ella se había refugiado en el huerto de su propio llanto, quizás nosotras en el llanto de nuestra propia impotencia. Ahora debe dirigirse a los discípulos, (también a nosotras) hablarles, comenzando a realizar sobre la tierra la gran experiencia de la transformación que nos conduce hacia Dios Padre. Así nos convertimos en mensajeras de la Pascua.
REZANDO CON MARÍA MAGDALENA
Hoy nos reunimos con una intención especial centrada en dignificar a María Magdalena como mujeres cristianas que cada 22 de julio celebramos este día en su nombre y especialmente dedicamos esta oración a su MEMORIA.
María Magdalena, que tu gran amor a Jesús te llevó a dejarlo todo y seguirlo fielmente hasta el final de su vida. [1]
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María Magdalena nos enseñas a mantener la fe en tiempos oscuros. En el lugar de la tumba te empeñas en encontrar a tu Amado.
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María Magdalena cuando tu sentimiento de pérdida hacía aflorar las lágrimas y el llanto brotaba de la herida profunda de tu corazón roto, por el triunfo de la injusticia.
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María Magdalena que tus labios repetían sin cesar “dime donde lo has puesto”, con la esperanza de poder restablecer su dignidad.
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María Magdalena que al oír tu nombre “María” brotó de nuevo la vida en el fondo de tu ser.
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María Magdalena, elegida para ser la primera testiga de la resurrección y llevar esa Buena Nueva, la gran noticia Pascual al resto del grupo.
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María Magdalena, que fuiste guía y líder de las primeras comunidades del Camino de Jesús, transmisora de su Palabra pese a los conflictos que generaba tu rol misionero.
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[1]Nota de autora. Debajo de cada frase dejamos espacio para la concreción personal.
Comentarios desactivados en Gruta de Esperanza», por Koldo Aldai Agirretxe
Son remansos de paz y espiritualidad que cada vez hay que buscar más lejos. Una estimulante primavera provenzal, un muy antiguo establecimiento religioso a los pies de una montaña sagrada, un inmenso verde de bosque y blanco de piedra gastada, una belleza original y pura, al igual que cuando ella hace dos mil años la habitaba. El tiempo no debiera pasar en balde ni siquiera allí, fuera del mundo. ¿El abundante granito circundante habrá acabado penetrando las estancias conventuales, las moradas de las almas residentes? ¿La gran pared cristalizada del macizo habrá frenado el imprescindible aire fresco y renovado?
He permanecido cuatro días junto a los dominicos en la hospedería de Sainte Baume, al pie de la gruta de María Magdalena, en el sur de Francia. He estado los mismos días pegado al móvil, explorando todo lo registrado con respecto al nuevo Papa. He respirado con gran alivio entre los robles de la santa, al saber de quien venía a presidir la Iglesia tras la fumata blanca. Tuve la suerte de comunicar con alegría el nombramiento de León XIV a la comunidad que regenta el lugar.
En los paseos solitarios bajo la gruta de la «bien amada» dos palabras, dos valores han vibrado con insistencia en el interior: esperanza y paciencia. La cristiandad avanza, más lento de lo que muchos quisiéramos, pero progresa renqueante y hemos de ser pacientes. Huelga pedir a la Iglesia lo que al día de hoy no puede ofrecer. He observado atento las fotos del nuevo pontífice «peruano». Por supuesto he sonreído cuando le he visto a caballo, me he alegrado al ver las botas de goma hasta la rodilla, me he congratulado cuando comparte humilde rancho con los últimos… He visto todas las galerías de imágenes y suspirado esperanzado.
Algo en nuestro interior apela a la paciencia cuando contemplamos ahora a Robert Francis Prevost rodeado de tanta pompa y boato, al verle delante de tantas almas anhelantes de besarle la mano. Nadie negará cierta solemnidad que ha de rodear al sucesor de Pedro, pero esa devoción a otro hermano, por mayor que represente, semejara excesiva. Los detalles de sencillez y de falta de ostentación de Francisco ahora han brillado por su ausencia. La vuelta al Palacio papal, los desplazamientos en el potente SUV, el retomar alarde de vestiduras, son detalles menores, pero noticias que no terminamos de leer con agrado. De cualquier forma, el duro y gastado granito no ha retomado el Vaticano.
Paciencia también es la palabra que asalta al leer los carteles de los dominicos en la sagrada gruta prohibiendo todo acto y ceremonia que no se ajuste a la estricta ortodoxia católica. Percibo miedo a la pérdida de monopolio y una Iglesia no puede progresar y expandirse con tanta carga de temores. La figura de María Magdalena es reivindicada por la nueva espiritualidad femenina y la ancha comunión cristiana no debiera recelar por ello, más bien congratularse. Siento como si trataran de frenar de alguna manera lo incontenible que ya nos alcanza. Paciencia igualmente cuando observo una lectura poco comprometida con el «Laudato si» de Francisco, cuando he de abrir con dolor la colección de tarrinas de plástico para untar con un poco de mermelada el pan blanco del desayuno.
Paciencia cuando, por más que busco, no logro hallar la plena alegría divina, el gozo de la vida comunitaria al bajar a los oficios religiosos. Las paredes de la capilla gozan de murales llenos de luz y de color, pero miro a los frailes y trato de encontrar con dificultad en los rostros igualmente esa chispa contagiosa, ese color vivificante de una vida orante.
No desatamos baterías reivindicativas, tan solo compartimos reflexión tras los pasos por el bosque, «cosecha» después de tanto deambuleo meditativo por el singular paraje. Sólo hemos venido a recoger las flores y plantas que eventualmente se le cayeron del cesto a la santa que allí moraba, a intentar dar con la receta de sus populares ungüentos, a escrutar la orientación de su larga mirada desde la altura.
Volveremos hasta estos bosques cargados de antiguos perfumes, impregnados aún del espíritu de la Santa de Magdala, quién como nadie supo aunar en sí ternura y firmeza. Lo haremos silentes, humildes, por supuesto rendidos a todas las pautas establecidas, incluso dispuestos a reabrir una tras otra las poco ecológicas tarrinas de plástico. En nuestro interior pujará empero por latir el espíritu en permanente evolución del Eterno, de la «bien amada» ahora resucitada, por supuesto de la esperanza, pese a todo, siempre renovada.
Una noche entera, con el pelo sudado, recogiendo recuerdos, hojeándolos, guardándolos, como flores entre las páginas de un libro. De ahora en adelante solo viviré de esto, solo tendré esto. Dijiste que estaríamos juntos en el seno del Padre. En cambio, tú estás aquí, y eso me da confianza, pero no estamos juntos. Y tú dijiste que estaríamos juntos.
Luego llegó María, gritando: «¡Se lo han llevado!», y echamos a correr. No, te lo ruego, esto no. No me quites también su cuerpo. Es lo último que me asegura que fue real, que él existió de verdad, que me amó, que me abrazó.
Llego el primero, pero espero a Pedro para entrar. «Y vio, y creyó»: ¿qué? Que no te habías ido, que no te habían robado el cuerpo. Miro a mi alrededor con una sonrisa impaciente, inquieta: estás vivo y estás aquí, en algún lugar.
Te escondes discreto como un manzano entre los árboles del bosque, como un cervatillo tímido y herido. Quizás te has escondido de los judíos, pero luego vendrás a verme, vendrás a vernos, y estaremos juntos, y podremos volver al lago. Me llevarás de nuevo a la bodega, y podré volver a besarte.
No vuelvo con los demás, sino que corro a decírselo a tu madre: «¡No ha muerto!», grito mientras derribo la puerta. Mientras tanto, en la tumba, María Magdalena no puede dejar de llorar. Intento consolarla. Pero ella no estuvo en el seno de Jesús, no pasó las noches con la cabeza apoyada en su pecho, no sintió sus latidos, ella no entiende, ella no recibió las promesas que él me hizo antes de morir, en Getsemaní: «Nadie te arrebatará de mi mano».
Este será nuestro destino hasta el final de la historia. Ser a la vez Magdalena y «el que Jesús amaba». Él, lleno de confianza en que está ahí, y se deja besar, y me besará, con la confianza de un niño que ha estado en su seno. La otra, solo consumida por su ausencia, no lo ve, no lo oye, querría sentirlo más, sentir casi físicamente sus labios.
Una es «quiero buscar al amado de mi corazón», el otro es «lo he encontrado y no lo dejaré nunca más». Y nosotros seremos siempre tanto uno como otro. «¡María!», la llama Jesús. No es el guardián del jardín: es mucho más; mirad, es él. Y nadie nos dice que María no lo haya tocado.
Antes incluso de que él diga «No me retengas», ella ya se arroja a sus pies, para abrazarlo. Jesús se ríe y la levanta, pero ella sigue abrazándolo con fuerza, como se abraza con fuerza a la persona que amamos cuando una velada juntos está a punto de terminar y el otro se va.
Su «no me retengas» es «no me aprietes así, no necesitas abrazarme así, porque no me voy, porque ahora no me voy, no necesitas retenerme, ahora estaremos siempre juntos».
Así, María corre, va hacia los discípulos, con el esfuerzo de quien no puede evitar volverse para mirarlo una vez más. Cuando se haya alejado, podré salir. Él me mira fijamente, inmóvil, de pie, con los brazos a lo largo del cuerpo. «¿Cómo estás, Jesús?». Sonríe, me abraza y yo lo beso por todas partes, la cabeza húmeda por el rocío y los rizos empapados por las gotas nocturnas. «Te lo dije, nadie te arrancaría de mi mano».
Todo huele a primavera en flor. «¿Ahora estaremos siempre juntos?».
«Ahora estaremos siempre juntos. Yo te miraré siempre y tú podrás mirarme siempre; yo te cuidaré siempre y tú podrás cuidarme siempre; en el lago, o en cualquier lugar, estaremos siempre juntos. Ya no tendrás que entristecerte por las tardes cuando nos separemos».
Y, de hecho, al final de este largo domingo, seguimos juntos. Yo tumbado, con la cabeza aún sobre tus piernas, mientras tú me acaricias el pelo con la mano. Te beso y no querría dejar de hacerlo nunca. Todavía hay heridas, siempre las habrá, para mí, «porque si no hubiera amado hasta el final, ahora no podríamos estar así, juntos para siempre».
Eres precioso. Rizos negros como racimos; mejillas perfumadas; labios que destilan mirra; tus manos, de las que nadie me ha arrancado; el pecho de marfil; las piernas de alabastro; el paladar dulce, lo que significa que te estoy besando, si puedo sentir su sabor.
Y este es, Jesús, el momento en el que normalmente se empieza a hacer el amor.
Joseba Kamiruaga Mieza CMF
Un relato en el tiempo pascual, en vísperas del Día Internacional contra la Homofobia, la Bifobia y la Transfobia porque todos somos uno en Cristo Jesús.
Comentarios desactivados en “Dinos, Malena, qué viste en el camino”, por Juan Masiá SJ
De su blog Vivir y pensar en la frontera:
Tumba vacía y llena: El Viviente vive
Un guión de Juan de Patmos en busca de un director
| Juan Masiá SJ
Nota del editor del blog: El Evangelio de Juan es un magnífico guión cinematográfico en busca de un director que lo realice. Leido como reportaje en directo no se entiende. Peor aún si se analiza con lupa cientificista buscando probar resurrección con tumba vacía.
El siguiente guión no se acuesta con inteligencia artificial, porque está enamorado del pensar poético del águila de Patmos. Absténganse de su lectura celadores de ortodoxia.
(Se levanta el telón. Música del Stabat mater de Karl Jenkins. Aparecen titulares de aleluya)
No le busquéis entre muertos, El es El Que Vive
Id a decir a sus amigos: El Que Vive os aguarda en Galilea
(María, madre de Jesús, que hizo noche en casa de Salomé, está sentada en la terraza, cuenco de leche en mano, respira fragancia de primavera palestina, la mirada perdida hacia la ruta de Belén, con aire de soñar despierta. Por la escalera externa sube casi sin respirar Malena).
-“¡Madre! ¡Madre! ¡Que está vivo, que me ha llamado!
-.“Radiante vienes Malena, ¿a quién te has encontrado por el camino?
– Te cuento, madre, te cuento. Yo salí de madrugada, hacia la tumba, iba ansiosa y apurada. La verja del huerto, cerrada; marco el número del conserje y no contesta; intento colarme por la puerta de servicio, en ese momento suena el móvil.
“Vaya, por fin, ¿dónde se había metido usted, Cirineo?, si no puede venir, dígame donde demonios ha escondido las llaves, para que las encuentre y abra”.
(Una voz en off pregunta).
– “¿No me reconoces?”
– “¿No es usted el Cirineo?”.
(La misma voz repite, pero esta vez en tono íntimo)
-“María”.
-“Cielo, ¿eres tú? ¿Cómo es posible, desde tan lejos?”
-“No estoy tan lejos, aquí en la Vida de la vida, la cobertura es perfecta. Está uno a la vez en todas partes cuando se está en el seno de Abba.
– “¿De dónde llamas?”
“Desde aquí, a tu espalda”. .
(Malena se vuelve espantada y encantada)
-“¡Rabboni! ¡Cielo!”
(Intenta echarse en sus brazos pero la figura se difumina y dice mientras hace mutis por el foro)
-“En los abrazos del más acá siempre está la piel por medio, por más dentro que penetres, sigues estando fuera. Pero si subes a Abba, abrazas desde allí a todos y todas de otra manera. Anda, corre a decírselo a la pandilla entera. Pero no empieces por Tomás, que, por mucho que le gustes a mi hermano -ya ves con qué ojos celosos mira siempre-, no te va a creer. Ve primero a Juan, que tiene algo de eso que sabéis cultivar vosotras: ojos para ver y oídos entrañables para entender. Él es poeta y por eso puede comprender la Palabra cuando se la interpreta mi Aliento de Vida”.
(La madre de Jesús escucha sonriente a Malena.)
-“Claro, ya sabía que te iba a contactar. Lo cierto es que me acababa de llamar a mí”.
.-“Ya veo, la madre primero”.
“Bueno, no sé qué te diga, era para preguntar por tu número. Fui yo quien le dió el de tu móvil. Cuando el despojo de las vestiduras le habían quitado el suyo, en el que tu dirección iba en cabeza”.
– “Pero lo que no me gusta, madre, es que aparezca tan poquito tiempo y enseguida se vaya”.
-“Ya nos lo dijo durante la cena, que nos conviene que se vaya, para que venga la Ruah a hacérnoslo presente.”
– “Sí, pero no lo tocamos y palpamos con estas manos de carne”.
“Por algo dice él: suéltame, no quieras retenerme”
-¿Es que también te lo dijo a tí, a su misma madre? [1]
-Si me lo dejó bien claro. Tiene que irse con Abba para que vivamos con él como el vive en Abba.“Pero, madre, eso cuesta mucho, porque se le echa de menos y eso nos hace sufrir.”.
“Pero Él vive, es El Que Vive”.
“Sí, pero nos lo podía haber dicho antes, el jueves por la noche, nos habría ahorrado el mal rato del viernes a la hora de nona”
(Aquí suena de nuevo el Stabat mater, de Jenkins, en tono alto).
-“Es que ni él mismo lo sabía”.
-“Pero siendo quien es, su conciencia…”
“Déjate de conciencias, Malena, eso son monsergas y teologúmenos, como decía la abuela Ana, eso se queda para teólogos alemanes romanizados con miedo a mirar cara a cara a la Esfinge, como dirá dentro de veinte siglos Miguel de Unamuno”.
-“Ahora me explico lo desolador de aquella frase, cuando dijo que por qué estaba abandonado. Con razón lo pasó tan mal”.
-“Así fue, murió solo en las afueras, como dice tan bien el teólogo José María Castillo: fuera de su ciudad, fuera de su religión y condenado por ella, fuera de sus amigos que lo traicionan, no sólo Judas y Pedro, hasta el mismo Juan pagó el precio de hacer compromisos con los jefes a cambio de que lo dejasen entrar en la capilla sixtina mientras el Gran Inquisidor revestido de capisallos largos dictaba sentencia entre el silencio de los corderos…”.
-“Al final solo quedamos nosotras, madre”.
-“Sí, hija mía, la Ruah, Alientadora de Vida, se portó muy bien, nos dió fuerzas y se sirvió de las tres Marías para consolarle, a la vez que sosteníamos a Juan para seguir en pie…los hombres en estos casos son el sexo débil, ya se sabe; nosotras, las piedras despreciadas por los constructores de la basílica petrina, fuimos llamadas a sostener a la piedra angular y a sus discípulos.
-Al fin, pudo él dar un grito asumiendo que todo estaba acabado, que se dejaba matar quedándosele mucho por hacer… y, mientras Abba respondía con silencio a su grito, hizo de tripas corazón y cruzó la última puerta, entregó su espíritu…¿Qué sentiría al ver que Abba esperaba detrás de la puerta?“
-“No, Malena. No hay un detrás de la puerta, sino un más acá, ya estás ahora y desde siempre en brazos de Abba, solo que no te das cuenta. Ya dijo Él: Yo soy la puerta. Por eso sabemos que está vivo de verdad en la vida verdadera.
-Eso si que está bien dicho, Malena. La tumba en la noche del viernes estaba llena y vacía, llena de restos mortales y vacía de vida, porque Él ya no estaba allí sino llenándolo todo (Efesios 4,10). Él ya había resucitado en el mismo momento de entregar su Espíritu al Padre y entregárnoslo a nosotras para encargarnos la diakonía de su Palabra y Pan de Vida.
Tienes razón, madre, por eso nos dio tanta paz quedarnos el viernes ante la tumba al anochecer, después que cerraron y se marcharon el Nicodemo y el de Arimatea. ¡Qué paz sentimos ante el monumento: la tumba a la vez vacía y llena, vacía de presencia y llena de restos!.
. Y así estará si unos años después unos arqueólogos encuentran restos mortales. No hace falta una tumba vacía para afirmar la resurrección, ni una tumba con restos mortales niega la resurreccción. Las cosas del Espíritu de Vida funcionan de otro modo que solo se expresa con palabras poéticas comolas de mi buen amigo el arcángel Gabriel. Qué bien supo él hablar de la Puerta de la Vida, la puerta por la que entró en mí el Aliento de Vida, la misma Puerta por la que nació Jesús…
-“Ay, madre, María, qué gusto da oirte decir estas cosas, ¡cuántos escribas muy doctos en teología no saben cómo explicarlas, aunque están muy listos para condenar a quienes las cuentan de otro modo! Tú, Madre, sí que eres mejor exegeta, aprendiste de tu hijo a interpretar a Abba, tú sí que mereces un doctorado en la Ciudad de Dios, tú vales más que Judit, te cantarán todas las generaciones…
– “Bueno, Malena, no te pases, que te exaltas demasiado”.
-“Si es que no puedo contenerme, madre, si lo de hoy al alba ha sido maravilloso, esto es una mezcla de gozar y sufrir. De disfrutar, porque quien amas vive y el amor es más fuerte que la muerte; pero, a la vez, pasarlo mal, porque no lo tienes entre tus brazos.” -“Claro Malena, si no quieres sufrir, no ames. Pero si no amas, ¿para qué quieres vivir?” “Ay, madre, ¡qué cosas más entrañables dices!”
“Bueno, Malena, dejémolo ya, ahora tú tienes que ponerte en marcha, recuerda que él dijo que tú te llamarás Petra y que con esa piedra quiere él destruir todas las opresiones y desencadenar un movimiento de compasión que inunde el mundo de ternura”.
“¿Por dónde empiezo?”
“Empieza por Juan, pero ayudada por Susana y Salomé. Para asegurar que no venga con Santiago la involución, tenemos que coger el timón de la comunidad nosotras. De lo contrario, los rabinos de la curia van y manipulan el Sínodo, redactan encíclicas largas y abstrusas, nombran obispos de su línea, domestican a los doce para que monopolicen el título de apóstoles y buscan una tumba vacía en la que enterrar para siempre el Concilio Vaticano II en un funeral de primera con veinte turiferarios y una hilera de diáconos con dalmáticas de fachosfera. Pero nosotras, adelante, que aprieten el paso sin miedo las muchachas del Reino, sople que sople como un tifón la Ruah para inflar con viento favorable las velas de los pescadores y pescadoras, pesquémoslos a todos y a todas para la vida verdadera…
Comentarios desactivados en “Las mujeres, protagonistas de la Resurrección”, por Gabriel María Otalora
De su blog Punto de Encuentro:
«Por una mujer vino el Salvador al mundo, y mujeres fueron las elegidas para anunciar la Resurrección»
«Aun así, al menos Pedro y otro discípulo van a la carrera hasta hallar el sepulcro vacío. Se retiran, dejando claro que a ellos no les fue encomendada la transmisión primera del Resucitado, sino a las mujeres que seguían a Jesús»
«Otra cuestión diferente es que pronto desaparece el testimonio de las mujeres sobre Jesús resucitado; no aparece, siendo sustituidas por Pedro como la primicia ante el incipiente empuje del dominio masculino que muy pronto suprimió la relevancia que Jesús dio a las mujeres»
Los cuatro relatos evangélicos canónicos coinciden en presentar a las mujeres como las primeras personas que se encontraron con el Resucitado. Ellas fueron a llegar ungüentos para el cuerpo de Jesús y entonces se encontraron con la tumba vacía y el anuncio de la Resurrección del Maestro. Su testimonio carecía de valor entonces, sobre todo en un asunto de tanta trascendencia. Y para remachar el hecho, transmitir la gran noticia, al principio, no las creyeron.
Aun así, al menos Pedro y otro discípulo van a la carrera hasta hallar el sepulcro vacío. Se retiran, dejando claro que a ellos no les fue encomendada la transmisión primera del Resucitado, sino a las mujeres que seguían a Jesús. Y eso que Pedro fue designado para edificar la Iglesia.
En resumidas cuentas, que aquella gran noticia no fue una casualidad que fuese comunicada a las mujeres. El remate es el mensaje en sí: id y decidles a ellos que el Resucitado les espera Galilea. En uno de los relatos (Jn 20), Jesús llama a María la de Magdala por su nombre. Ella lo reconoce al instante y le llama Rabbonní, que es la forma de dirigirse los discípulos al maestro. El teólogo Juan José Tamayo afirma que María Magdalena cumplía las tres condiciones para ser admitida en el grupo apostólico: haber seguido a Jesús desde Galilea (Lc 8, 2-3); haber visto a Jesús resucitado (Jn 20,18); haber sido enviada por él a anunciar la resurrección a sus hermanos (Jn 20,17).
Otra cuestión diferente es que pronto desaparece el testimonio de las mujeres sobre Jesús resucitado; no aparece, siendo sustituidas por Pedro como la primicia ante el incipiente empuje del dominio masculino que muy pronto suprimió la relevancia que Jesús dio a las mujeres. Por si fuera poco, en las primeras actividades evangelizadoras, las mujeres constituyen el eslabón indispensable de la transmisión del mensaje evangélico, comenzando por Pablo y las muchas mujeres que colaboraron con él como diaconisas. El mismo Pablo reivindica su condición de apóstol en función de la visión de Jesús resucitado: “¿No soy yo apóstol? ¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro?” (1Cor 9,1).
Sin embargo, quienes podrían narrar en las primeras asambleas eucarísticas las experiencias de la muerte y de la resurrección de Jesús con la máxima autoridad fueron aquellas mujeres, sus primeras testigos, a quienes se les ha ninguneado el papel estelar elegido para ellas por Cristo. Con la pronta instauración de las estructuras patriarcales en la organización de la comunidad cristiana se interrumpieron las posibilidades que se abrían con el reconocimiento de las mujeres como primeras testigos del Resucitado.
Lo cierto es que, por una mujer vino el Salvador al mundo, y mujeres fueron las elegidas para anunciar la Resurrección. Curiosamente, hoy es el día en que la mayoría de fieles, en plena crisis de vaciamiento de los templos, son mujeres… Abrumadoramente son ellas las que mantienen vivas muchas comunidades parroquiales. Su fidelidad fue y es encomiable.
En 2016 el papa Francisco decretó que la conmemoración de María Magdalena (22 de julio) debía pasar a ser “fiesta litúrgica como el resto de los apóstoles”, llamándola “Apóstola de los apóstoles”. Según explicó el secretario de la Congregación para el Culto Divino de ese momento, esa decisión respondía “al contexto actual que requiere una reflexión más profunda sobre la dignidad de la mujer, la nueva evangelización y la grandeza del misterio de la misericordia divina”. Recordaba que ya Juan Pablo II había prestado atención a la importancia de la mujer en la misión de Cristo y de la Iglesia, poniendo énfasis en la figura de María Magdalena como primera testiga de la resurrección y quién anunció a los apóstoles ese acontecimiento. Por esto se afirma, en el decreto que, “Santa María Magdalena es un ejemplo de evangelización verdadera y auténtica, es decir, una evangelista que anuncia el gozoso mensaje central de Pascua”.
Sin embargo, esta recuperación de la figura de María Magdalena todavía no ha penetrado suficientemente en el imaginario y en la creencia de la mayoría de los cristianos. Persiste lo que se afirmó de ella durante siglos: pecadora (prostituta) a la que Jesús había perdonado. Esta imagen de María Magdalena surgió por haberla identificado con la pecadora arrepentida que entra en casa de Simón el fariseo (Lc 7, 36-50) y con María la hermana de Lázaro y Marta, la cual también unge a Jesús (Jn 12, 1-8). Cuando el texto de Lucas se refiere “a algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios” (8.2), está queriendo decir que fue curada de su enfermedad -probablemente muy grave -de ahí los siete demonios-, pero en ningún momento refiriéndose a su condición moral.
Aunque en la actualidad hay muchos estudios sobre María Magdalena, no se han concretado, en la práctica, todas las consecuencias que la correcta interpretación bíblica sobre ella trae para las mujeres en la Iglesia. La primera, es el reconocimiento de María Magdalena al mismo nivel que los apóstoles. De hecho, ella -y otras mujeres- le siguieron desde Galilea hasta Jerusalén, condición que luego se invoca en el libro de Hechos de los Apóstoles para nombrar al apóstol en reemplazo de Judas (Hc 1,21). Por lo tanto, no debería costar tanto imaginar a las mujeres formando parte del colegio apostólico. Tenemos la certeza que María Magdalena fue Apóstola y así lo celebramos.
Otra consecuencia es que siendo la primera evangelizadora no hay razón para no tomar las enseñanzas de las mujeres con el mismo valor que la de los varones. Todavía cuesta aceptar la enseñanza teológica impartida por mujeres en seminarios y facultades de teología. Por supuesto, algo ha cambiado y más mujeres son reconocidas en el ámbito teológico y en el servicio eclesial. Sin embargo, su participación sigue siendo pequeña, nada equitativa con respecto al número de varones que ocupan dichos espacios, ni sus logros académicos y pastorales son tomados con la misma seriedad, interés y respeto que tantas veces se toma el aporte de los teólogos y de los clérigos.
Quiero hacer notar, además, las pocas veces que damos a María Magdalena el título de “santa”. Efectivamente, ella lo es y así la podríamos llamar para seguir borrando esa imagen tan invocada de prostituta y que ha contribuido a identificar a las mujeres con los pecados referidos a la sexualidad. No sólo no hay muchos esfuerzos por llamarla santa, como tampoco de resaltar demasiado su fiesta. Sería una ocasión propicia para posicionar la verdad sobre ella. Mucho menos hay interés en llamarla Apóstola, ni primera evangelizadora aunque tres evangelistas relatan el envío que Jesús le hace para que anuncie a los discípulos su resurrección (Mc 16, 7; Mt 28, 7; Jn 20, 17) e, incluso Lucas, quien progresivamente fue invisibilizando el papel de las mujeres en su evangelio, de todas maneras, no deja de constatar que son las mujeres las que anuncian esa buena noticia a los apóstoles, colocando a María Magdalena en primer lugar (Lc 24, 9).
Últimamente se ha utilizado su figura -en la literatura y en el cine- para mostrarla como compañera de Jesús o resaltando su protagonismo en la primera comunidad, con el fin de contrarrestar la figura de Pedro. Pero, ninguna de estas dos aproximaciones, están en la Biblia.
En tiempos de trabajar por una Iglesia sinodal, seguir visibilizando a María Magdalena en los roles que verdaderamente tuvo al lado de Jesús y en la naciente comunidad cristiana, ayudará significativamente a acelerar la participación plena de las mujeres en la Iglesia. Por eso, es de desear que esta celebración de su fiesta, el próximo 22 de julio, podamos vivirla con más profundidad, sintiendo así que no es una rareza que 50 mujeres voten en el próximo sínodo sino, por el contrario, lo extraño es que no haya muchas más mujeres en esos niveles de decisión donde se gesta el futuro de la Iglesia, esta misma Iglesia que sin el primer anuncio hecho por María Magdalena, tal vez nunca habría existido.
Cabe anotar, finalmente que, a pesar de las resistencias al lenguaje inclusivo en algunos círculos eclesiásticos (y sociales), fue Santo Tomás quien habló de ella como “apóstola” y el Decreto de su fiesta mantiene ese término en femenino. Sería bueno, dejar las resistencias y acostumbrar nuestros oídos a los términos femeninos que permiten visibilizar a las mujeres. Sin darnos cuenta pronto esas palabras nos sonarían igual de normales que todos los términos que hasta hoy se han ido creando en nuestro lenguaje.
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Del blog Tras las huellas de Sophia:
Creo en un sólo Dios, Madre-Padre que creó todo lo visible y lo invisible, que impregna su amor en cada criatura y en la extensión del universo.
Creo en Jesús, Rabbí, Hijo único de Dios, que viene del Padre y vuelve hacía él a lo largo de todos los siglos. Engendrado, no creado, hijo de María de Nazaret, encarnado en su vientre por obra del Espíritu Santo.
Creo en su Palabra, en la manifestación viva de su Reino, en la presencia divina en cada milagro y en su humanidad presente en cada rostro que ilumina.
Fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato, resucitó al tercer día, se me presentó, enjuagando mis lágrimas y me envió: «ve y diles».
Creo en su promesa, en el ministerio que me confió hasta el final de todos los tiempos, en su amor manifestado en la luz del camino al sepulcro.
Creo en el Espíritu Santo, señor y dador de vida, que con el Padre y el Hijo, derraman su sabiduría en cada uno de los seres que la buscan.
Creo en la comunidad de hombres y mujeres que seguimos a Jesús, en aquellos que sin haberlo visto creen, y en aquellos que han sido transfigurados, como yo, en su presencia.
Confieso que su amor nos ha redimido, espero su resurrección en cada uno de los corazones, en todos los siglos, confío su nombre al mundo futuro, amén.
En su obra La Ciudad de las Damas, de principios del siglo XV, la escritora francesa Christine de Pisan constataba la disparidad entre la imagen negativa de los varones sobre las mujeres y el conocimiento que tenía de sí misma y de otras mujeres. Los varones afirmaban que el comportamiento femenino estaba colmado de todo vicio; juicio que en opinión de Christine demostraba bajeza de espíritu y falta de honradez. Ella, por el contrario, tras hablar con muchas mujeres de su tiempo que le relataron sus pensamientos más íntimos y estudiar la vida de prestigiosas mujeres del pasado, les reconoce el don de la palabra y una inteligencia especial para el estudio del derecho, la filosofía y el gobierno.
La situación de entonces se repite hoy en la mayoría de las religiones, que se configuran patriarcalmente y nunca se han llevado bien con las mujeres. Estas no suelen ser consideradas sujetos religiosos ni morales, por eso se las pone bajo la guía de un varón que las lleve por la senda de la virtud. Se les niega el derecho a la libertad dando por supuesto que hacen mal uso de ella. Se les veta a la hora de asumir responsabilidades directivas por entender que son irresponsables por naturaleza. Son excluidas del espacio sagrado por impuras. Se las silencia por creer que son lenguaraces y dicen inconveniencias. Son objeto de todo tipo de violencia: moral, religiosa, simbólica, cultural, física, etc.
Sin embargo, las religiones difícilmente hubieran podido nacer y pervivir sin ellas. Sin las mujeres es posible que no hubiera surgido el cristianismo y quizá no se hubiera expandido como lo hizo. Ellas acompañaron a su fundador Jesús de Nazaret desde el comienzo en Galilea hasta el final en el Gólgota. Recorrieron con él ciudades y aldeas anunciando el Evangelio (=Buena Noticia), le ayudaron con sus bienes y formaron parte de su movimiento.
La teóloga feminista Elisabeth Schüssler Fiorenza ha demostrado en su libro En memoria de ellaque las primeras seguidoras de Jesús eran mujeres galileas liberadas de toda dependencia patriarcal, con autonomía económica, que se identificaban como mujeres en solidaridad con otras mujeres y se reunían para celebrar comidas en común, vivir experiencias de curaciones y reflexionar en grupo.
El movimiento de Jesús era un colectivo igualitario de seguidores y seguidoras, sin discriminaciones por razones de género. No identificaba a las mujeres con la maternidad. Se oponía a las leyes judías que las discriminaban, como el libelo de repudio y la lapidación, y cuestionaba el modelo de familia patriarcal. En él se compaginaban armónicamente la opción por los pobres y la emancipación de las estructuras patriarcales. Las mujeres eran amigas de Jesús, personas de confianza y discípulas que estuvieron con él hasta el trance más dramático de la crucifixión, cuando los seguidores varones lo abandonaron.
En el movimiento de Jesús las mujeres recuperaron la dignidad, la ciudadanía, la autoridad moral y la libertad que les negaban tanto el Imperio Romano como la religión judía. Eran reconocidas como sujetos religiosos y morales sin necesidad de la mediación o dependencia patriarcal. Un ejemplo es María Magdalena, figura para el mito, la leyenda y la historia, e icono en la lucha por la emancipación de las mujeres.
A ella apelan tanto los movimientos feministas laicos como las teologías desde la perspectiva de género, que la consideran un eslabón fundamental en la construcción de una sociedad igualitaria y respetuosa de la diferencia. María Magdalena responde, creo, al perfil que Virginia Woolf traza de Ethel Smyth: “Pertenece a la raza de las pioneras, de las que van abriendo camino. Ha ido por delante, y talado árboles, y barrenado rocas, y construido puentes, y así ha ido abriendo camino para las que van llegando tras ella”.
Las mujeres fueron las primeras personas que vivieron la experiencia de la resurrección, mientras que los discípulos varones se mostraron incrédulos al principio. Es esta experiencia la que dio origen a la Iglesia cristiana. Razón de más para afirmar que sin ellas no existiría el cristianismo. No pocas de las dirigentes de las comunidades fundadas por Pablo de Tarso eran mujeres, conforme al principio que él mismo estableció en la Carta a los Gálatas: “ya no hay más judío ni griego, esclavo ni libre, varón o hembra”.
Sin embargo, pronto cambiaron las cosas. Pedro, los apóstoles y sus sucesores, el papa y los obispos, se apropiaron de las llaves del reino, se hicieron con el bastón de mando, que nada tenía que ver con el cayado del pastor para apacentar las ovejas, mientras que a las mujeres les impusieron el velo, el silencio y la clausura monacal o doméstica. Eso sucedió cuando las iglesias dejaron de ser comunidades domésticas y se convirtieron en instituciones políticas e Iglesia.
¿Cuándo se reparará tamaña injusticia para con las mujeres en el cristianismo? Habría que volver a los orígenes, más en sintonía con los movimientos de emancipación que con las Iglesias cristianas de hoy. Es necesario cuestionar la primacía –el primado- de Pedro, que implica la concentración del poder en una sola persona e impide el acceso de las mujeres a las responsabilidades directivas compartidas.
Hay que recuperar el discipulado de María Magdalena, “Apóstol de los Apóstoles”, como la llama Elisabeth Schüssler en un artículo del mismo título pionero en las investigaciones feministas sobre el Testamento cristiano, en referencia al reconocimiento que se le daba en la Antigüedad cristiana. Es necesario revivir, refundar el cristianismo de María Magdalena, inclusivo de hombres y de mujeres, en continuidad con los profetas y las profetisas de Israel y con el profeta Jesús de Nazaret, pero no con la sucesión apostólica, de marcado acento jerárquico-patriarcal.
Un cristianismo olvidado entre las ruinas valladas de la ciudad de Magdala, lugar de nacimiento de María Magdalena, que visité hace tres años, a siete kilómetros de Cafarnaún, donde tuvo su residencia Jesús de Nazaret durante el tiempo que duró su actividad pública. En las excavaciones que se llevan a cabo en Magdala se descubrió en 2009 una importante sinagoga Ahí se encuentra la memoria subversiva del cristianismo originario liderado por Jesús y María Magdalena, que fue derrotado por el cristianismo oficial.
Pero de aquel cristianismo sepultado bajo esas ruinas emerge un cristianismo liberador vigoroso, desafiante, y empoderado a través de los movimientos igualitarios que surgen en los márgenes de las grandes iglesias cristianas, como surgió en los márgenes el primer movimiento de Jesús, de María Magdalena y de otras mujeres que le acompañaron durante los pocos meses que duró su actividad pública..
Es necesario heredar la autoridad moral y espiritual de María de Magdala como amiga, discípula, sucesora de Jesús y pionera de la igualdad. En definitiva, Jesús Nazaret, María Magdalena, Cristina de Pisan, Virginia Woolf, los movimientos feministas, las comunidades de base y la teología feminista de las religiones caminan en dirección similar. Por ahí han de ir las nuevas alianzas, creadas desde abajo y no desde el poder, en la lucha contra la violencia de género y la exclusión social de las mujeres.
+++
Juan José Tamayo es miembro del Comité Científico del Instituto Universitario de Estudios de Género de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Cincuenta intelectuales para una conciencia crítica (Fragmenta, Barcelona, 2013) y de Invitación a la utopía. Ensayo histórico para tiempos de crisis (Trotta, Madrid, 2012), que tiene un capítulo dedicado a la utopía feminista.
Comentarios desactivados en Celebrando a Santa María Magdalena, recordamos que la resurrección también es para nosotros
El post de hoy es una reflexión para la Fiesta de Santa María Magdalena. Para encontrar las lecturas de ese día, haga clic aquí.
El colaborador invitado de hoy es Russ Petrus, codirector de FutureChurch, una organización de reforma que busca cambios que brinden a todos los católicos romanos la oportunidad de participar plenamente en la vida y el liderazgo de la Iglesia. Antes de su trabajo con FutureChurch, Russ sirvió en el ministerio parroquial en Boston y Cleveland. Tiene una Maestría en Divinidad de la Escuela de Teología y Ministerio de Boston College, completando la mayoría de sus estudios en la Escuela de Teología Weston Jesuit.
El 7 de julio fue mi sexto trabajo con FutureChurch, una organización de reforma que busca cambios que brinden a todos los católicos romanos la oportunidad de participar plenamente en la vida y el liderazgo de la Iglesia. Completamente inconsciente de ello, mi esposo Daniel compartió la memoria de Facebook, escribiendo: “Qué gran cambio fue en nuestras vidas cuando te mudaste a este trabajo…” Me inundó la emoción al recordar ese día. A medida que nos acercamos a la fiesta del 22 de julio de Santa María de Magdala, me doy cuenta cada vez más de los ecos de la historia de María en la mía. Y orando con su testimonio, me encuentro, de una manera completamente nueva, confiada y enviada para anunciar la resurrección, tal como ella lo fue hace unos 2.000 años.
Después de años de saber que era gay, finalmente reuní el coraje para salir del armario en 2001 cuando era estudiante de primer año en Canisius College, una escuela jesuita, en Buffalo, NY. Salté a los brazos abiertos del equipo de ministerio del campus que me celebró, mis dones y mis relaciones. Fue durante mis cuatro años de licenciatura que discerní un llamado al ministerio. Salí y me enamoré de Daniel, quien ahora es mi esposo. Finalmente, viviendo auténticamente, amándome a mí mismo y siendo amado por quien era, me sentí realmente vivo. Y especialmente cuando estaba involucrado en el ministerio.
Lucas 8: 2-3 nos dice que, habiendo sido sanada de siete demonios, María de Magdala, junto con otras mujeres, siguió a Jesús y apoyó su ministerio con sus recursos. Me pregunto: ¿Cuáles eran los demonios de los que María fue sanada? Sabemos que no fueron los siete pecados capitales (esa es una invención posterior que le impuso el Papa Gregorio I). Pero, ¿eran el tipo de duda, miedo al rechazo, imágenes de un Dios que no la amaba, una misoginia internalizada similar a la homofobia internalizada, temas que nosotros, como católicos LGBTQ +, también somos demasiado familiares? ¿O eran dolencias físicas, como la depresión, la ansiedad, el abuso de sustancias o los pensamientos suicidas paralizantes físicamente que tienen demasiadas personas LGBTQ +? Y cuando Jesús la sanó, ¿cómo fue eso? ¿Fue tan simple como mostrar su amor incondicional y abrazarla por lo que era y los dones que tenía para compartir?
Vivo con mi llamado al ministerio, lo seguí a Weston Jesuit School of Theology en Cambridge, MA, y obtuve una Maestría en Divinidad, aprendiendo todo lo que pude, absorbiendo el amor de Dios por mí, por todos nosotros, tal como lo había hecho María Magdala. hecho como siguió a Jesús desde Galilea.
Cualquiera que sea la apariencia de su curación, María debe haberse sentido verdaderamente viva después de ella: abrazándose a sí misma, siguiendo a Jesús, amando y siendo amada por él, aprendiendo de él y participando en su ministerio. ¿Qué más podría haberla obligado a seguirlo hasta la cruz, incluso cuando los discípulos varones se dispersaron atemorizados?
Después de años de vivir con integridad, las cosas comenzaron a cambiar para mí cuando comencé a trabajar en parroquias diocesanas. La vida honesta y auténtica que una vez había abrazado no fue bien recibida ni acogida en mi propia iglesia. De hecho, ser auténtico se convirtió en una carga, una amenaza para mi sustento y todo por lo que había trabajado y estudiado tan duro. En este ambiente hostil, como los hombres que habían seguido a Jesús, me encontré negando… escondiéndome… traicionando. Pronto volví al armario, coaccionado allí por consejeros y pastores bien intencionados y por amenazas de las autoridades eclesiales. Cerré mi página de Facebook y seleccioné cuidadosamente todo lo que publiqué o se publicó sobre mí. Daniel y yo siempre vivimos en el extremo opuesto de la ciudad de la parroquia para que nadie nos viera accidentalmente por ahí. Si alguien se cruzaba con nosotros en una cita, lo presentaba como mi “amigo”.
Con el tiempo, mi cuerpo comenzó a repugnar, mostrando serios signos de estrés crónico. Dos terapeutas me dijeron que no podía seguir viviendo esta vida encerrado. Dado el estrés de los dos, no es de sorprender que mi relación con Daniel estuviera en un terreno difícil. Sin embargo, no sabía qué más hacer. Todavía estaba pagando mi título y no pude evitar preguntarme si los catorce años anteriores y los miles de dólares habían sido en vano.
Los evangelios nos dicen que ya sea sola (Jn 20,1) o con otras mujeres (Mt 28,1; Mc 16,1; Lc 23,55-24,3) María de Magdala se dirige al sepulcro en esa primera Pascua peligrosa. Mañana. ¿Qué pasó por su mente cuando llegó a ungir el cuerpo de Jesús? ¿Se preguntó si todo había sido en vano? ¿Se arrepintió de haber “desperdiciado” sus preciosos recursos? ¿Ungir su cuerpo le traerá el cierre? ¿Podría hacer las paces con todo lo que había sucedido? Y al mirar dentro de la tumba vacía, ¿se sintió confundida y asustada sin saber qué hacer a continuación?
Entonces sucede: ¡Jesús resucitado se le revela! Le confía la Buena Nueva de la Resurrección y la envía a proclamarla en su nombre. Y como fiel seguidora que ha sido todo el tiempo, va y anuncia la noticia a los apóstoles. ¡Resurrección! La vida había cambiado, no solo para ella, sino para todos y para siempre.
Mientras miraba dentro de mi propia cueva oscura, finalmente llegué a la conclusión de que era hora de hacer un cambio, lo que sea que eso signifique. Entonces, abrí una ventana del navegador y comencé mi búsqueda de una nueva forma de ministerio. Y, para mi sorpresa, encontré una vacante para un Director de Programa de tiempo completo en FutureChurch, una organización dedicada a la justicia en la iglesia. ¡Solicité y me contrataron! Como María de Magdala, no podría haber sabido lo que encontraría al enfrentar mi tumba, pero no debería haberme sorprendido al encontrar el amor de Dios por mí incluso en ese lugar desolado.
Russ Petrus
Hoy, vivo mi vida y mi ministerio como mi yo auténtico. Y, con gratitud, recuerdo lo que ese cambio significó para mí y para Daniel: ambos podríamos vivir y ser las personas que Dios amaba. Cuando el matrimonio igualitario se convirtió en la ley del país, nos casamos. Ahora, podemos vivir donde queramos vivir, y cuando salimos en una cita, puedo presentarlo con orgullo como mi esposo. Una vez más soy el católico gay ruidoso y orgulloso que amaba ser. ¡Resurrección!
Mientras me esfuerzo por vivir mi llamado, me solidarizo con otros que están luchando: con Dios, con la Iglesia, con la familia, con mis compañeros de trabajo o con otras personas importantes. He experimentado mis propios demonios, mi propio llanto en una tumba vacía. Sin embargo, con gratitud, sé que la resurrección no fue solo para Jesús. Lo compartió. Con María de Magdala primero, y con todos nosotros –como algo para vivir, algo para anunciar– cada día de nuestra vida. Entonces, mientras celebramos la Fiesta de Santa María de Magdala, invito a aquellos que están sufriendo a manos de los líderes de la iglesia a recordar a María de Magdala, orar con ella y confiar en el amor y cuidado incondicional de Dios por ustedes. La resurrección también es para ti.
FutureChurch promueve la celebración de la fiesta de María de Magdala en las comunidades católicas de todo el país y del mundo. Para obtener más información sobre nuestros recursos y oportunidades para celebrar a María de Magdala, haga clic aquí.
Comentarios desactivados en “La tumba vacía, el triunfo del amor”, por Gabriel Mª Otalora
De su blog Punto de Encuentro:
| Gabriel Mª Otalora
No pocos críticos se han opuesto a la historia del sepulcro vacío afirmando que se trataba de la creación de una leyenda fabulada. Pero una de las evidencias más convincentes proviene de sus descubridoras, en femenino: fueron mujeres. Lo significativo es que en el tiempo de Jesús, las mujeres no tenían autoridad. La mujer no tenía derecho a prestar testimonio, excepto en algunos casos excepcionales, los mismos en que se aceptaba también el de un esclavo pagano, tal era la consideración que se tenía de ellas.
Si los relatos de la resurrección se hubieran inventado, como sostienes algunos, las mujeres no hubieran sido consideradas las primeras testigos. Con el descrédito que arrastraban por su condición de mujeres, su testimonio no se hubiese incorporado en sus relatos de manera unánime. Veamos:
Evangelio de Mateo = María Magdalena y la otra María descubrieron el sepulcro vacío y un ángel les revela que ha resucitado. Jesús les sale al encuentro. Evangelio de Marcos = María Magdalena, María la de Santiago y Salomé van al sepulcro y el ángel les anuncia la resurrección. Jesús se aparece a María Magdalena. Evangelio de Lucas = María Magdalena, Juana y María la de Santiago se les aparece el ángel con el anuncio de la Resurrección. Evangelio de Juan = María Magdalena descubre el sepulcro vacío y lo comunica a los discípulos. Cuando estos comprueban que el sepulcro estaba vacío, ella se queda llorando creyendo que habían robado el cuerpo de Jesús. Entonces se aparecen dos ángeles y Jesús, a quien no reconoce en un primer momento. Cristo la convierte en misionera (Jn 20, 17 y 18). Con diferentes detalles, ellas son las que reciben el primer anuncio de la Resurrección y solo a ellas se les encomienda el primer anuncio, con la Magdalena de protagonista.
Lo que se desprende de todo ello es que las mujeres fueron importantes teológicamente: de una mujer nació el Salvador, y mujeres fueron las que anunciaron la Resurrección.
Tras el testimonio de las mujeres, tenemos el de los apóstoles a posteriori, que llegaron a dar la vida proclamando que habían experimentado a Jesús resucitado y la Buena Noticia que anunciaban. Pero lo importante es que la resurrección es real desde la perspectiva de la fe hasta lograr un poderoso movimiento religioso muy influyente en la historia. Jesús no funda la Iglesia, pero la Iglesia se funda en las raíces y la savia de Cristo resucitado.
Los primero sujetos de esta experiencia son los que habían conocido a Jesús antes de su muerte. Podemos decir que las apariciones muestran a los miembros de la comunidad como testigos de Jesús y de Cristo resucitado. De hecho, perdieron la fe en Jesús como Mesías al verlo crucificado, muerto y sepultado. Tras su experiencia pascual, primero hubo incredulidad. El maestro querido se presenta y no es reconocido: sobre este punto los testimonios evangélicos concuerdan. Es Él mismo quien les conduce al punto de hacerles caer en la cuenta de lo que los profetas anunciaron cientos de años antes: el sufrimiento y la muerte del Mesías. Un elemento histórico, ciertamente. La transformación de su fe les permite reconocerle; la fe es necesaria, pero sólo el Resucitado puede hacerla nacer. Sin la fe, los signos tienden a desmoronarse.
El misterio de Cristo, muerto y resucitado, constituye el fundamento de nuestra fe en Dios-Amor; no podemos hablar del misterio como tal, pero sí de que es de la resurrección de Jesús de donde nace la comunidad embrionaria en la que se comienza a vivir la Buena Noticia. De esta experiencia brota sentirse amado y la consecuencia de amar a los congéneres, a las criaturas, a todo lo creado para ser hermano universal que sirve como lo hizo Jesús. Este es el camino para convertirnos en esperanza de resurrección entre tantos hermanos nuestros crucificados por los dolores de la vida, y a quienes tenemos que ver con los ojos de Jesús.
En su obra La Ciudad de las Damas, de principios del siglo XV, la escritora francesa Christine de Pisan constataba la disparidad entre la imagen negativa de los varones sobre las mujeres y el conocimiento que tenía de sí misma y de otras mujeres. Los varones afirmaban que el comportamiento femenino estaba colmado de todo vicio; juicio que en opinión de Christine demostraba bajeza de espíritu y falta de honradez. Ella, por el contrario, tras hablar con muchas mujeres de su tiempo que le relataron sus pensamientos más íntimos y estudiar la vida de prestigiosas mujeres del pasado, les reconoce el don de la palabra y una inteligencia especial para el estudio del derecho, la filosofía y el gobierno.
La situación de entonces se repite hoy en la mayoría de las religiones, que se configuran patriarcalmente y nunca se han llevado bien con las mujeres. Estas no suelen ser consideradas sujetos religiosos ni morales, por eso se las pone bajo la guía de un varón que las lleve por la senda de la virtud. Se les niega el derecho a la libertad dando por supuesto que hacen mal uso de ella. Se les veta a la hora de asumir responsabilidades directivas por entender que son irresponsables por naturaleza. Son excluidas del espacio sagrado por impuras. Se las silencia por creer que son lenguaraces y dicen inconveniencias. Son objeto de todo tipo de violencia: moral, religiosa, simbólica, cultural, física, etc.
Sin embargo, las religiones difícilmente hubieran podido nacer y pervivir sin ellas. Sin las mujeres es posible que no hubiera surgido el cristianismo y quizá no se hubiera expandido como lo hizo. Ellas acompañaron a su fundador Jesús de Nazaret desde el comienzo en Galilea hasta el final en el Gólgota. Recorrieron con él ciudades y aldeas anunciando el Evangelio (=Buena Noticia), le ayudaron con sus bienes y formaron parte de su movimiento.
La teóloga feminista Elisabeth Schüssler Fiorenza ha demostrado en su libro En memoria de ellaque las primeras seguidoras de Jesús eran mujeres galileas liberadas de toda dependencia patriarcal, con autonomía económica, que se identificaban como mujeres en solidaridad con otras mujeres y se reunían para celebrar comidas en común, vivir experiencias de curaciones y reflexionar en grupo.
El movimiento de Jesús era un colectivo igualitario de seguidores y seguidoras, sin discriminaciones por razones de género. No identificaba a las mujeres con la maternidad. Se oponía a las leyes judías que las discriminaban, como el libelo de repudio y la lapidación, y cuestionaba el modelo de familia patriarcal. En él se compaginaban armónicamente la opción por los pobres y la emancipación de las estructuras patriarcales. Las mujeres eran amigas de Jesús, personas de confianza y discípulas que estuvieron con él hasta el trance más dramático de la crucifixión, cuando los seguidores varones lo abandonaron.
En el movimiento de Jesús las mujeres recuperaron la dignidad, la ciudadanía, la autoridad moral y la libertad que les negaban tanto el Imperio Romano como la religión judía. Eran reconocidas como sujetos religiosos y morales sin necesidad de la mediación o dependencia patriarcal. Un ejemplo es María Magdalena, figura para el mito, la leyenda y la historia, e icono en la lucha por la emancipación de las mujeres.
A ella apelan tanto los movimientos feministas laicos como las teologías desde la perspectiva de género, que la consideran un eslabón fundamental en la construcción de una sociedad igualitaria y respetuosa de la diferencia. María Magdalena responde, creo, al perfil que Virginia Woolf traza de Ethel Smyth: “Pertenece a la raza de las pioneras, de las que van abriendo camino. Ha ido por delante, y talado árboles, y barrenado rocas, y construido puentes, y así ha ido abriendo camino para las que van llegando tras ella”.
Las mujeres fueron las primeras personas que vivieron la experiencia de la resurrección, mientras que los discípulos varones se mostraron incrédulos al principio. Es esta experiencia la que dio origen a la Iglesia cristiana. Razón de más para afirmar que sin ellas no existiría el cristianismo. No pocas de las dirigentes de las comunidades fundadas por Pablo de Tarso eran mujeres, conforme al principio que él mismo estableció en la Carta a los Gálatas: “ya no hay más judío ni griego, esclavo ni libre, varón o hembra”.
Sin embargo, pronto cambiaron las cosas. Pedro, los apóstoles y sus sucesores, el papa y los obispos, se apropiaron de las llaves del reino, se hicieron con el bastón de mando, que nada tenía que ver con el cayado del pastor para apacentar las ovejas, mientras que a las mujeres les impusieron el velo, el silencio y la clausura monacal o doméstica. Eso sucedió cuando las iglesias dejaron de ser comunidades domésticas y se convirtieron en instituciones políticas e Iglesia.
¿Cuándo se reparará tamaña injusticia para con las mujeres en el cristianismo? Habría que volver a los orígenes, más en sintonía con los movimientos de emancipación que con las Iglesias cristianas de hoy. Es necesario cuestionar la primacía –el primado- de Pedro, que implica la concentración del poder en una sola persona e impide el acceso de las mujeres a las responsabilidades directivas compartidas.
Hay que recuperar el discipulado de María Magdalena, “Apóstol de los Apóstoles”, como la llama Elisabeth Schüssler en un artículo del mismo título pionero en las investigaciones feministas sobre el Testamento cristiano, en referencia al reconocimiento que se le daba en la Antigüedad cristiana. Es necesario revivir, refundar el cristianismo de María Magdalena, inclusivo de hombres y de mujeres, en continuidad con los profetas y las profetisas de Israel y con el profeta Jesús de Nazaret, pero no con la sucesión apostólica, de marcado acento jerárquico-patriarcal.
Un cristianismo olvidado entre las ruinas valladas de la ciudad de Magdala, lugar de nacimiento de María Magdalena, que visité hace tres años, a siete kilómetros de Cafarnaún, donde tuvo su residencia Jesús de Nazaret durante el tiempo que duró su actividad pública. En las excavaciones que se llevan a cabo en Magdala se descubrió en 2009 una importante sinagoga Ahí se encuentra la memoria subversiva del cristianismo originario liderado por Jesús y María Magdalena, que fue derrotado por el cristianismo oficial.
Pero de aquel cristianismo sepultado bajo esas ruinas emerge un cristianismo liberador vigoroso, desafiante, y empoderado a través de los movimientos igualitarios que surgen en los márgenes de las grandes iglesias cristianas, como surgió en los márgenes el primer movimiento de Jesús, de María Magdalena y de otras mujeres que le acompañaron durante los pocos meses que duró su actividad pública..
Es necesario heredar la autoridad moral y espiritual de María de Magdala como amiga, discípula, sucesora de Jesús y pionera de la igualdad. En definitiva, Jesús Nazaret, María Magdalena, Cristina de Pisan, Virginia Woolf, los movimientos feministas, las comunidades de base y la teología feminista de las religiones caminan en dirección similar. Por ahí han de ir las nuevas alianzas, creadas desde abajo y no desde el poder, en la lucha contra la violencia de género y la exclusión social de las mujeres.
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Juan José Tamayo es miembro del Comité Científico del Instituto Universitario de Estudios de Género de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Cincuenta intelectuales para una conciencia crítica (Fragmenta, Barcelona, 2013) y de Invitación a la utopía. Ensayo histórico para tiempos de crisis (Trotta, Madrid, 2012), que tiene un capítulo dedicado a la utopía feminista.
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El post de hoy es una reflexión para la Fiesta de Santa María Magdalena, que es el próximo jueves 22 de julio. Para encontrar las lecturas de ese día, haga clic aquí.
El colaborador invitado de hoy es Russ Petrus, codirector de FutureChurch, una organización de reforma que busca cambios que brinden a todos los católicos romanos la oportunidad de participar plenamente en la vida y el liderazgo de la Iglesia. Antes de su trabajo con FutureChurch, Russ sirvió en el ministerio parroquial en Boston y Cleveland. Tiene una Maestría en Divinidad de la Escuela de Teología y Ministerio de Boston College, completando la mayoría de sus estudios en la Escuela de Teología Weston Jesuit.
El 7 de julio fue mi sexto trabajo con FutureChurch, una organización de reforma que busca cambios que brinden a todos los católicos romanos la oportunidad de participar plenamente en la vida y el liderazgo de la Iglesia. Completamente inconsciente de ello, mi esposo Daniel compartió la memoria de Facebook, escribiendo: “Qué gran cambio fue en nuestras vidas cuando te mudaste a este trabajo…” Me inundó la emoción al recordar ese día. A medida que nos acercamos a la fiesta del 22 de julio de Santa María de Magdala, me doy cuenta cada vez más de los ecos de la historia de María en la mía. Y orando con su testimonio, me encuentro, de una manera completamente nueva, confiada y enviada para anunciar la resurrección, tal como ella lo fue hace unos 2.000 años.
Después de años de saber que era gay, finalmente reuní el coraje para salir del armario en 2001 cuando era estudiante de primer año en Canisius College, una escuela jesuita, en Buffalo, NY. Salté a los brazos abiertos del equipo de ministerio del campus que me celebró, mis dones y mis relaciones. Fue durante mis cuatro años de licenciatura que discerní un llamado al ministerio. Salí y me enamoré de Daniel, quien ahora es mi esposo. Finalmente, viviendo auténticamente, amándome a mí mismo y siendo amado por quien era, me sentí realmente vivo. Y especialmente cuando estaba involucrado en el ministerio.
Lucas 8: 2-3 nos dice que, habiendo sido sanada de siete demonios, María de Magdala, junto con otras mujeres, siguió a Jesús y apoyó su ministerio con sus recursos. Me pregunto: ¿Cuáles eran los demonios de los que María fue sanada? Sabemos que no fueron los siete pecados capitales (esa es una invención posterior que le impuso el Papa Gregorio I). Pero, ¿eran el tipo de duda, miedo al rechazo, imágenes de un Dios que no la amaba, una misoginia internalizada similar a la homofobia internalizada, temas que nosotros, como católicos LGBTQ +, también somos demasiado familiares? ¿O eran dolencias físicas, como la depresión, la ansiedad, el abuso de sustancias o los pensamientos suicidas paralizantes físicamente que tienen demasiadas personas LGBTQ +? Y cuando Jesús la sanó, ¿cómo fue eso? ¿Fue tan simple como mostrar su amor incondicional y abrazarla por lo que era y los dones que tenía para compartir?
Vivo con mi llamado al ministerio, lo seguí a Weston Jesuit School of Theology en Cambridge, MA, y obtuve una Maestría en Divinidad, aprendiendo todo lo que pude, absorbiendo el amor de Dios por mí, por todos nosotros, tal como lo había hecho María Magdala. hecho como siguió a Jesús desde Galilea.
Cualquiera que sea la apariencia de su curación, María debe haberse sentido verdaderamente viva después de ella: abrazándose a sí misma, siguiendo a Jesús, amando y siendo amada por él, aprendiendo de él y participando en su ministerio. ¿Qué más podría haberla obligado a seguirlo hasta la cruz, incluso cuando los discípulos varones se dispersaron atemorizados?
Después de años de vivir con integridad, las cosas comenzaron a cambiar para mí cuando comencé a trabajar en parroquias diocesanas. La vida honesta y auténtica que una vez había abrazado no fue bien recibida ni acogida en mi propia iglesia. De hecho, ser auténtico se convirtió en una carga, una amenaza para mi sustento y todo por lo que había trabajado y estudiado tan duro. En este ambiente hostil, como los hombres que habían seguido a Jesús, me encontré negando… escondiéndome… traicionando. Pronto volví al armario, coaccionado allí por consejeros y pastores bien intencionados y por amenazas de las autoridades eclesiales. Cerré mi página de Facebook y seleccioné cuidadosamente todo lo que publiqué o se publicó sobre mí. Daniel y yo siempre vivimos en el extremo opuesto de la ciudad de la parroquia para que nadie nos viera accidentalmente por ahí. Si alguien se cruzaba con nosotros en una cita, lo presentaba como mi “amigo”.
Con el tiempo, mi cuerpo comenzó a repugnar, mostrando serios signos de estrés crónico. Dos terapeutas me dijeron que no podía seguir viviendo esta vida encerrado. Dado el estrés de los dos, no es de sorprender que mi relación con Daniel estuviera en un terreno difícil. Sin embargo, no sabía qué más hacer. Todavía estaba pagando mi título y no pude evitar preguntarme si los catorce años anteriores y los miles de dólares habían sido en vano.
Los evangelios nos dicen que ya sea sola (Jn 20,1) o con otras mujeres (Mt 28,1; Mc 16,1; Lc 23,55-24,3) María de Magdala se dirige al sepulcro en esa primera Pascua peligrosa. Mañana. ¿Qué pasó por su mente cuando llegó a ungir el cuerpo de Jesús? ¿Se preguntó si todo había sido en vano? ¿Se arrepintió de haber “desperdiciado” sus preciosos recursos? ¿Ungir su cuerpo le traerá el cierre? ¿Podría hacer las paces con todo lo que había sucedido? Y al mirar dentro de la tumba vacía, ¿se sintió confundida y asustada sin saber qué hacer a continuación?
Entonces sucede: ¡Jesús resucitado se le revela! Le confía la Buena Nueva de la Resurrección y la envía a proclamarla en su nombre. Y como fiel seguidora que ha sido todo el tiempo, va y anuncia la noticia a los apóstoles. ¡Resurrección! La vida había cambiado, no solo para ella, sino para todos y para siempre.
Mientras miraba dentro de mi propia cueva oscura, finalmente llegué a la conclusión de que era hora de hacer un cambio, lo que sea que eso signifique. Entonces, abrí una ventana del navegador y comencé mi búsqueda de una nueva forma de ministerio. Y, para mi sorpresa, encontré una vacante para un Director de Programa de tiempo completo en FutureChurch, una organización dedicada a la justicia en la iglesia. ¡Solicité y me contrataron! Como María de Magdala, no podría haber sabido lo que encontraría al enfrentar mi tumba, pero no debería haberme sorprendido al encontrar el amor de Dios por mí incluso en ese lugar desolado.
Hoy, vivo mi vida y mi ministerio como mi yo auténtico. Y, con gratitud, recuerdo lo que ese cambio significó para mí y para Daniel: ambos podríamos vivir y ser las personas que Dios amaba. Cuando el matrimonio igualitario se convirtió en la ley del país, nos casamos. Ahora, podemos vivir donde queramos vivir, y cuando salimos en una cita, puedo presentarlo con orgullo como mi esposo. Una vez más soy el católico gay ruidoso y orgulloso que amaba ser. ¡Resurrección!
Mientras me esfuerzo por vivir mi llamado, me solidarizo con otros que están luchando: con Dios, con la Iglesia, con la familia, con mis compañeros de trabajo o con otras personas importantes. He experimentado mis propios demonios, mi propio llanto en una tumba vacía. Sin embargo, con gratitud, sé que la resurrección no fue solo para Jesús. Lo compartió. Con María de Magdala primero, y con todos nosotros –como algo para vivir, algo para anunciar– cada día de nuestra vida. Entonces, mientras celebramos la Fiesta de Santa María de Magdala, invito a aquellos que están sufriendo a manos de los líderes de la iglesia a recordar a María de Magdala, orar con ella y confiar en el amor y cuidado incondicional de Dios por ustedes. La resurrección también es para ti.
FutureChurch promueve la celebración de la fiesta de María de Magdala en las comunidades católicas de todo el país y del mundo. Para obtener más información sobre nuestros recursos y oportunidades para celebrar a María de Magdala, haga clic aquí.
Comentarios desactivados en María Magdalena ¿por qué nos cuesta llamarla «santa»?, por Consuelo Vélez
De su blog Fe y Vida:
«Tenemos la certeza que María Magdalena fue Apóstola y así lo celebramos»
En 2016 el papa Francisco decretó que la conmemoración de María Magdalena (22 de julio) debía pasar a ser “fiesta litúrgica como el resto de los apóstoles”, llamándola “Apóstola de los apóstoles”
«Esta recuperación de la figura de María Magdalena todavía no ha penetrado suficientemente en el imaginario y en la creencia de la mayoría de los cristianos. Persiste lo que se afirmó de ella durante siglos: pecadora (prostituta) a la que Jesús había perdonado»
«Otra consecuencia es que siendo la primera evangelizadora no hay razón para no tomar las enseñanzas de las mujeres con el mismo valor que la de los varones»
En 2016 el papa Francisco decretó que la conmemoración de María Magdalena (22 de julio) debía pasar a ser “fiesta litúrgica como el resto de los apóstoles”, llamándola “Apóstola de los apóstoles”. Según explicó el secretario de la Congregación para el Culto Divino de ese momento, esa decisión respondía “al contexto actual que requiere una reflexión más profunda sobre la dignidad de la mujer, la nueva evangelización y la grandeza del misterio de la misericordia divina”.
Recordaba que ya Juan Pablo II había prestado atención a la importancia de la mujer en la misión de Cristo y de la Iglesia, poniendo énfasis en la figura de María Magdalena como primera testiga de la resurrección y quién anunció a los apóstoles ese acontecimiento. Por esto se afirma, en el decreto que, “Santa María Magdalena es un ejemplo de evangelización verdadera y auténtica, es decir, una evangelista que anuncia el gozoso mensaje central de Pascua”.
Sin embargo, esta recuperación de la figura de María Magdalena todavía no ha penetrado suficientemente en el imaginario y en la creencia de la mayoría de los cristianos. Persiste lo que se afirmó de ella durante siglos: pecadora (prostituta) a la que Jesús había perdonado. Esta imagen de María Magdalena surgió por haberla identificado con la pecadora arrepentida que entra en casa de Simón el fariseo (Lc 7, 36-50) y con María la hermana de Lázaro y Marta, la cual también unge a Jesús (Jn 12, 1-8).
Cuando el texto de Lucas se refiere “a algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios” (8.2), está queriendo decir que fue curada de su enfermedad -probablemente muy grave -de ahí los siete demonios-, pero en ningún momento refiriéndose a su condición moral.
Aunque en la actualidad hay muchos estudios sobre María Magdalena, no se han concretado, en la práctica, todas las consecuencias que la correcta interpretación bíblica sobre ella trae para las mujeres en la Iglesia. La primera, es el reconocimiento de María Magdalena al mismo nivel que los apóstoles. De hecho, ella -y otras mujeres- le siguieron desde Galilea hasta Jerusalén, condición que luego se invoca en el libro de Hechos de los Apóstoles para nombrar al apóstol en reemplazo de Judas (Hc 1,21). Por lo tanto, no debería costar tanto imaginar a las mujeres formando parte del colegio apostólico. Tenemos la certeza que María Magdalena fue Apóstola y así lo celebramos.
Otra consecuencia es que siendo la primera evangelizadora no hay razón para no tomar las enseñanzas de las mujeres con el mismo valor que la de los varones. Todavía cuesta aceptar la enseñanza teológica impartida por mujeres en seminarios y facultades de teología. Por supuesto, algo ha cambiado y más mujeres son reconocidas en el ámbito teológico y en el servicio eclesial. Sin embargo, su participación sigue siendo pequeña, nada equitativa con respecto al número de varones que ocupan dichos espacios, ni sus logros académicos y pastorales son tomados con la misma seriedad, interés y respeto que tantas veces se toma el aporte de los teólogos y de los clérigos.
Quiero hacer notar, además, las pocas veces que damos a María Magdalena el título de “santa”. Efectivamente, ella lo es y así la podríamos llamar para seguir borrando esa imagen tan invocada de prostituta y que ha contribuido a identificar a las mujeres con los pecados referidos a la sexualidad. No sólo no hay muchos esfuerzos por llamarla santa, como tampoco de resaltar demasiado su fiesta. Sería una ocasión propicia para posicionar la verdad sobre ella.
Mucho menos hay interés en llamarla Apóstola, ni primera evangelizadora aunque tres evangelistas relatan el envío que Jesús le hace para que anuncie a los discípulos su resurrección (Mc 16, 7; Mt 28, 7; Jn 20, 17) e, incluso Lucas, quien progresivamente fue invisibilizando el papel de las mujeres en su evangelio, de todas maneras, no deja de constatar que son las mujeres las que anuncian esa buena noticia a los apóstoles, colocando a María Magdalena en primer lugar (Lc 24, 9).
Últimamente se ha utilizado su figura -en la literatura y en el cine- para mostrarla como compañera de Jesús o resaltando su protagonismo en la primera comunidad, con el fin de contrarrestar la figura de Pedro. Pero, ninguna de estas dos aproximaciones, están en la Biblia.
En tiempos de trabajar por una Iglesia sinodal, seguir visibilizando a María Magdalena en los roles que verdaderamente tuvo al lado de Jesús y en la naciente comunidad cristiana, ayudará significativamente a acelerar la participación plena de las mujeres en la Iglesia. Por eso, es de desear que esta celebración de su fiesta, el próximo 22 de julio, podamos vivirla con más profundidad, sintiendo así que no es una rareza que 50 mujeres voten en el próximo sínodo sino, por el contrario, lo extraño es que no haya muchas más mujeres en esos niveles de decisión donde se gesta el futuro de la Iglesia, esta misma Iglesia que sin el primer anuncio hecho por María Magdalena, tal vez nunca habría existido.
Cabe anotar, finalmente que, a pesar de las resistencias al lenguaje inclusivo en algunos círculos eclesiásticos (y sociales), fue Santo Tomás quien habló de ella como “apóstola” y el Decreto de su fiesta mantiene ese término en femenino. Sería bueno, dejar las resistencias y acostumbrar nuestros oídos a los términos femeninos que permiten visibilizar a las mujeres. Sin darnos cuenta pronto esas palabras nos sonarían igual de normales que todos los términos que hasta hoy se han ido creando en nuestro lenguaje.
Comentarios desactivados en “ Esperamos resucitar”, por Felisa Elizondo, teóloga
«Resurrección es el nombre de nuestra esperanza»
«En el ambiente de estos días cercanos a la Pascua vuelven a mi mente imágenes y palabras asociadas a ese día que comienza con una larga Vigilia»
«A lo largo de unos cuantos decenios, exegetas, historiadores y teólogos han analizado detenidamente los textos bíblicos en los que, a veces con sobriedad extrema, aparecen el término y sus sinónimos referidos, en primer lugar, a un crucificado»
«Exegetas e historiadores, y desde luego teólogos, no han dejado de señalar que la fe en la resurrección es un fogonazo de luz que nos alcanza y en la que puede descansar nuestra esperanza. Valgan como ejemplo algunas intervenciones que citaremos abreviándolas»
«‘Morir –ha dejado dicho el poeta Christian Bobin, mirando la lápida de su padre– no cierra el libro en la última página’. Y para quien cree, la promesa de resucitar contiene también la del reencuentro»
| Felisa Elizondo, teóloga
En el ambiente de estos días cercanos a la Pascua vuelven a mi mente imágenes y palabras asociadas a ese día que comienza con una larga Vigilia. En primer plano, la representación de enormes dimensiones, ideada por Pericle Fazzii, fundida en bronce y cobre que preside el Aula Nervi (llamada así por el arquitecto que la proyectó), la magnífica Sala vaticana destinada a las Audiencias. Pintores y escultores geniales han probado la dificultad de representar lo impensable del misterio, y no debió ser menor la del autor de la Rissurrezione que domina desde el trasfondo aquel recinto.
Es sabido que la obra fue encargada ya en 1964 por san Pablo VI, que se expuso a la vista de todos en 1971. El escultor admite que quiso representarla “como un estallido de tierra, como una enorme tempestad en forma de un mundo en explosión” que rodea al Cristo que se alza sereno. El trabajo muestra un excepcional dominio de materiales duros, adelgazados y modelados hasta dar al conjunto una sorprendente impresión de ligereza. De ese modo, aparece como un imponente relieve que quiere dar idea del alcance y la fuerza de la resurrección de Jesús, que arrastra consigo, eleva y transfigura esta tierra nuestra.
Contemplada con calma, esta Rissurrezione parece decir en bronce algo que tampoco las palabras alcanzan a aferrar: que el Resucitado es “la tierra de los vivos”. La cita llega desde la inscripción de una iglesia ortodoxa de Constantinopla, y Olivier Clément, que la recoge, comenta: “No es la reanimación de un cadáver según las condiciones “de este mundo”, sino la inversión de dichas condiciones, la transformación universal que comienza en una humanidad convertida en la humanidad de Dios” (La alegría de la resurrección, 2016, 106-107).
En mi percepción –que es seguramente la de muchos más– esta representación, forjada por un broncista insigne, refleja el clima de la renovación conciliar que en pleno siglo pasado hizo revivir en las conciencias, con declaraciones solemnes, la promesa bíblica de “unos cielos nuevos y una nueva tierra”. Y podría acogerse también al título de La Pascua de la creación, que encabeza el libro póstumo de Juan Luis Ruiz de la Peña, uno de los tratados más apreciados en la teología reciente escrito en castellano. De hecho, el impacto de ese fondo espectacular en el que el metal parece aligerarse al máximo para dar idea de una materia que se transforma, encaja bien con las palabras y los textos que tratan de decir en el mundo de hoy, con la mayor justeza posible, lo que la memoria cristiana ha conservado desde los primeros decenios de nuestra era.
Decir «resurrección» hoy
A lo largo de unos cuantos decenios, exegetas, historiadores y teólogos han analizado detenidamente los textos bíblicos en los que, a veces con sobriedad extrema, aparecen el término y sus sinónimos referidos, en primer lugar, a un crucificado. Y que apuntan también a lo que sus seguidores podían esperar. Sabemos que apenas transcurridos veinte años de la crucifixión, hacia el año 47, Pablo de Tarso recordaba a los corintios que lo primero que trasmitió fue “que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado, y que resucitó al tercer día”(Cor 15, 3-4). Y que en otros lugares del Nuevo Testamento, con el lenguaje de la vida o de la exaltación, se encuentra también el testimonio de lo increíble pero real sucedido en Jesús de Nazaret. Un testimonio que llega desde seguidores primero desilusionados y luego exultantes. Anuncio que presagia lo que felizmente nos aguarda y aguarda a la creación entera.
Los estudios a que nos hemos referido han vuelto a poner de relieve lo nuclear y decisivo para la humanidad y la creación entera de la irrupción de vida realizada en Jesús, como “el primero de los hermanos”. Se trata de la “experiencia fundante”, que los discípulos transmitieron con fórmulas y relatos diversos y que la tradición ha conservado. Una experiencia pascual vivida en la fe que los llevó hasta dar su vida por extender a más aquel anuncio feliz. Una memoria viva que culmina las celebraciones cristianas ahora mismo.
Exegetas e historiadores, y desde luego teólogos, no han dejado de señalar que la fe en la resurrección es un fogonazo de luz que nos alcanza y en la que puede descansar nuestra esperanza. Valgan como ejemplo algunas intervenciones que citaremos abreviándolas.
«Ha resucitado«, un anuncio glosado por Benedicto XVI
En su libro Jesús de Nazaret (1913), el papa Benedicto dedicó algunas páginas a las distintas lecturas de los pasajes de la Escritura que se ofrecen en el panorama teológico reciente. A lo largo de su pontificado, con ocasión de celebraciones pascuales, pronunció varias homilías en las que expresa, con profundidad y sencillez a un tiempo, cómo la confesión de fe en el Resucitado posibilita y reclama de quien cree una vida convertida y humildemente esperanzada.
En 2006, inició la Vigilia Pascual con la pregunta del ángel a las mujeres que acudían al sepulcro: “¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí, ha resucitado” (Mc 16, 6). Y añadía: “Lo mismo nos dice también a nosotros el evangelista en esta noche santa: Jesús no es un personaje del pasado. Él vive y, como ser viviente, camina delante de nosotros; nos llama a seguirlo a Él, el viviente, y a encontrar así también nosotros el camino de la vida (…) En Pascua nos alegramos porque Cristo no ha quedado en el sepulcro, su cuerpo no ha conocido la corrupción; pertenece al mundo de los vivos, no al de los muertos; nos alegramos porque Él es –como proclamamos en el rito del cirio pascual– Alfa y al mismo tiempo Omega, y existe por tanto, no sólo ayer, sino también hoy y por la eternidad (cf. Hb 13, 8)”.
Reconocía también la extrañeza que encuentra ahora mismo ese anuncio: “En cierto modo, vemos la resurrección tan fuera de nuestro horizonte, tan extraña a todas nuestras experiencias, que, entrando en nosotros mismos, continuamos con la discusión de los discípulos: ¿En qué consiste propiamente eso de «resucitar»? ¿Qué significa para nosotros? ¿Y para el mundo y la historia en su conjunto?”.
Un misterioso y decisivo acontecimiento
La interrogación –proseguía el Papa en la homilía– no se satisface con la respuesta de un milagro, el de un cadáver reanimado, sino que nos afecta de otra manera: “La resurrección de Cristo es precisamente algo más, una cosa distinta. Es –si podemos usar por una vez el lenguaje de la teoría de la evolución– la mayor «mutación», el salto más decisivo en absoluto hacia una dimensión totalmente nueva que se haya producido jamás en la larga historia de la vida y de sus desarrollos: un salto de un orden completamente nuevo, que nos afecta y que atañe a toda la historia”.
Y argumentaba: “La pregunta se detiene en lo decisivo de que este hombre se encontraba… en un mismo abrazo con Aquel que es la vida misma, un abrazo no solamente emotivo, sino que abarcaba y penetraba su ser. Su propia vida no era solamente suya, era una comunión existencial con Dios y un estar insertado en Dios, y por eso no se la podía quitar realmente (…) Así destruyó el carácter definitivo de la muerte, porque en Él estaba presente el carácter definitivo de la vida. Él era una cosa sola con la vida indestructible, de manera que ésta brotó de nuevo a través de la muerte (…) Su comunión existencial con Dios era concretamente una comunión existencial con el amor de Dios, y este amor es la verdadera potencia contra la muerte, es más fuerte que la muerte”.
Estallido de luz y explosión de amor
“La resurrección –prosigue la homilía– fue como un estallido de luz, una explosión del amor que desató el vínculo hasta entonces indisoluble del «morir y devenir». Inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de manera transformada, y a través de la cual surge un mundo nuevo”.
Se trata –viene a decir– de un estallido que nos afecta de lleno: “Es un salto cualitativo en la historia de la «evolución» y de la vida en general hacia una nueva vida futura, hacia un mundo nuevo que, partiendo de Cristo, entra ya continuamente en este mundo nuestro, lo transforma y lo atrae hacia sí”. Semejante acontecimiento –sigue diciendo– nos llega mediante la fe y el bautismo, un rito que forma parte desde antiguo de la celebración pascual. Y a este propósito afirma que el bautismo, que implica nada menos que muerte y resurrección, comporta “renacimiento, transformación en una nueva vida”: “Un yo insertado en un nuevo sujeto más grande, transformado, bruñido, abierto a la inserción en el otro, en el que adquiere su nuevo espacio de existencia”.
“El gran estallido de la resurrección –insiste– nos ha alcanzado en el bautismo para atraernos. Quedamos así asociados a una nueva dimensión de la vida en la que, en medio de las tribulaciones de nuestro tiempo, estamos ya de algún modo inmersos…”
Todavía antes de terminar se refiere a un tema siempre presente en la liturgia: la alegría pascual. En estos términos: “Ésta es la alegría de la Vigilia pascual. La resurrección no ha pasado, la resurrección nos ha alcanzado e impregnado. A ella, es decir al Señor resucitado, nos sujetamos, y sabemos que también Él nos sostiene firmemente cuando nuestras manos se debilitan. Nos agarramos a su mano, y así nos damos la mano unos a otros, nos convertimos en un sujeto único y no solamente en una sola cosa”.
Y en un último párrafo: “La vida eterna, la inmortalidad beatífica, no la tenemos por nosotros mismos ni en nosotros mismos, sino por una relación, mediante la comunión existencial con Aquel que es la Verdad y el Amor y, por tanto, es eterno, es Dios mismo. La meta”.
El nombre de nuestra esperanza
Hemos prestado atención especial a esta exégesis del creer en la resurrección porque llega de un creyente, un papa teólogo muy consciente de hablar de algo tan singular como la resurrección de Jesús y la nuestra en un tiempo de realismo corto, tentado de inmanencia, aunque siga siendo sensible al dolor y desearía evitar desastres y desgracias. A las frases reseñadas podrían sumarse otras expresiones que han quedado impresas en escritos posteriores. Sin olvidar la actitud serena y la confianza humilde que, en coherencia con lo que había escrito y predicado, mostró ante la cercanía de su propia muerte.
Releyendo otras reflexiones hechas en la teología reciente sobre el significado y alcance de lo que confesamos, se podría encontrar afirmado que la fe-esperanza de resurrección hace de la nuestra “una humanidad realzada: “La idea de salvación(también de la muerte) –insistía el teólogo belga Adolf Gesché– se funda en una idea elevada del ser humano”. Y en el mismo tono añadía: “Es verdad que el hombre muere, pero… no debe creer que está hecho para la muerte: el hombre está hecho para la vida”. Y creer que Jesús ha resucitado supone o es inseparable de reconocer la dignidad incomparable de cada ser humano: “Proclamar que ya no puedo tratar a nadie como si no estuviera destinado a la resurrección”. Afirmaciones que responden a una convicción de fondo: “Creer en Dios y en su Cristo es un modo de creer en el hombre” (El destino (2004) p.105)
Una confianza humilde
Ahora bien, afirmar que el último destino es un destino de Vida no equivale a dejar en el olvido que, también para quien cree, la muerte sigue siendo “el último enemigo”, y el dique con que topan todas las expectativas. El realismo cristiano acepta que ni siquiera una fe sincera llega a vencer el temor cuando la debilidad de nuestro cuerpo se deja sentir o cuando nos estremecemos ante el silencio de quienes mueren.
Además, si no parece que en otro tiempo fuera fácil, ahora mismo no es extraño encontrar especialmente difícil el artículo del Credo que habla de la “resurrección de la carne”. De hecho, su traducción por “resurrección de los muertos” intenta restar dificultad. Con todo, se puede recordar que aquella formulación, situada en su contexto, quiso evitar el espiritualismo desencarnado. Y que no se aleja del lenguaje empleado por san Pablo al hablar de un “cuerpo espiritual/espiritualizado” un “cuerpo de gloria”. Un lenguaje que honra nuestro entero vivir humano, que será al fin transfigurado.
Esta es, en último término, la esperanza audaz que el artículo del Credo expresa desde siglos atrás con “resurrección de la carne”. Una confesión que hoy suscita cierta extrañeza, hasta el punto de que algunas versiones prefieren hablar de “resurrección de los muertos”. Con todo, aceptado que el término “carne” necesita ser situado en el contexto en que comenzó a usarse en el Símbolo de la fe, tiene razón de ser porque, a distancia de un espiritualismo desencarnado, sugiere que será cada uno, con su experiencia vital cumplida, quien tras la muerte entrará en la Vida que no cesa.
El nombre de nuestra esperanza
Ahora bien, afirmar que el último destino es destino de vida, no equivale a dejar en el olvido que, también para quien cree, la muerte sigue siendo “el último enemigo”, y el dique con que se topan todas las expectativas. Con realismo cristiano, hay que reconocer que ni siquiera una fe sincera llega a vencer plenamente al temorcuando la debilidad de nuestro cuerpo se deja sentir o cuando nos estremecemos ante el silencio de quien muere.
Pero hay frases en la liturgia que parecen cobrar mayor verdad y eficacia en los momentos de perplejidad, cuando asistimos al desmoronarse de nuestro cuerpo de carne o nos rodea un clima de realismo crudo, y hasta nihilista: “Aunque la certeza de morir nos entristece, nos consuela la esperanza de la futura inmortalidad” (aquí por “resurrección”). Y en el decir escueto del latín han llegado hasta nosotros dos palabras que condensan toda una convicción: “La vida no se pierde, se transforma”. Escuchar una y otra sentencia en las voces de otros creyentes han venido siendo y son ayudadoras de la esperanza.
Los relatos pascuales atestiguan que el mismo Jesús, que probó la fatiga, el dolor lacerante de una cruz y bajó a la tumba, fue reconocido al fin “glorioso”, “a la derecha del Padre”. Los textos recogen también su promesa de hacernos partícipes de su dicha. Aunque no podemos experimentar por anticipado lo que esperamos, dar crédito a su resurrección es aguardar, aunque sea en la penumbra, que se cumpla en nosotros ese último destino que nos asocia a Él y a cuantos “han pasado de la muerte a la Vida”.
De la Iglesia se dice, con una profundidad y urgencia que no escapa a un autor antes citado, que es “una matriz de resurrección, una escuela de resurrección. Tanto en lo más íntimo de las ermitas, de las cárceles o de los hospitales, como en la vida de cada día, Hoy –sigue nuestro autor– es necesario introducir de nuevo en la cultura signos de resurrección para abrir en la historia de los hombres un camino hacia la divino-humanidad” (O. Clément, op cit, 109).
Resurrección es el nombre de nuestra esperanza: “Morir –ha dejado dicho el poeta Christian Bobin, mirando la lápida de su padre– no cierra el libro en la última página”. Y para quien cree, la promesa de resucitar contiene también la del reencuentro con quienes siguen viviendo de otro modo y a los que el amor no nos deja olvidar.
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