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“La fuerza oculta del Evangelio”. 15 Tiempo ordinario – A (Mateo 13,1-23)

Domingo, 12 de julio de 2020

le-semeurLa parábola del sembrador es una invitación a la esperanza. La siembra del evangelio, muchas veces inútil por diversas contrariedades y oposiciones, tiene una fuerza incontenible. A pesar de todos los obstáculos y dificultades, y aun con resultados muy diversos, la siembra termina en cosecha fecunda que hace olvidar otros fracasos.

No hemos de perder la confianza a causa de la aparente impotencia del reino de Dios. Siempre parece que «la causa de Dios» está en decadencia y que el evangelio es algo insignificante y sin futuro. Y sin embargo no es así. El evangelio no es una moral ni una política, ni siquiera una religión con mayor o menor porvenir. El evangelio es la fuerza salvadora de Dios «sembrada» por Jesús en el corazón del mundo y de la vida de los hombres.

Empujados por el sensacionalismo de los actuales medios de comunicación, parece que solo tenemos ojos para ver el mal. Y ya no sabemos adivinar esa fuerza de vida que se halla oculta bajo las apariencias más desalentadoras.

Si pudiéramos observar el interior de las vidas, nos sorprendería encontrar tanta bondad, entrega, sacrificio, generosidad y amor verdadero. Hay violencia y sangre en el mundo, pero crece en muchos el anhelo de una verdadera paz. Se impone el consumismo egoísta en nuestra sociedad, pero son bastantes los que descubren el gozo de una vida sencilla y compartida. La indiferencia parece haber apagado la religión, pero en no pocas personas se despierta la nostalgia de Dios y la necesidad de la plegaria.

La energía transformadora del evangelio está ahí trabajando a la humanidad. La sed de justicia y de amor seguirá creciendo. La siembra de Jesús no terminará en fracaso. Lo que se nos pide es acoger la semilla. ¿No descubrimos en nosotros mismos esa fuerza que no proviene de nosotros y que nos invita sin cesar a crecer, a ser más humanos, a transformar nuestra vida, a tejer relaciones nuevas entre las personas, a vivir con más transparencia, a abrirnos con más verdad a Dios?

José Antonio Pagola

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“Salió el sembrador a sembrar”. Domingo 12 de julio de 2019. 15º domingo de tiempo ordinario.

Domingo, 12 de julio de 2020

38-OrdinarioA15Leído en Koinonia:

Isaías 55,10-11: La lluvia hace germinar la tierra
Salmo responsorial: 64: La semilla cayó en tierra buena y dio fruto.
Romanos 8,18-23: La creación, expectante, está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios
Mateo 13,1-23: Salió el sembrador a sembrar

El libro del profeta Isaías se divide en tres parte: la primera la podemos llamar el libro de la denuncia; la segunda el libro del anuncio y la tercera la consolación. El texto que hoy leemos pertenece a esta última sección del libro y nos da ya una pista para la interpretación del pasaje. Isaías III nos presenta una comparación que subraya el papel fundamental de la palabra de Dios para que se verifique la eficacia de su obra o acción. La palabra de Dios es entonces la lluvia que hace fecundos incluso los terrenos más áridos y duros. Se describe todo el ciclo completo del agua, desde su precipitación como gotas en las nubes, pasando por su acción benéfica en el terreno cultivado, hasta su retorno al cielo, lista para reemprender de nuevo su ciclo. De igual forma la palabra de Dios, que parte rauda de la boca de Dios, hace fértil el campo cultivado y realiza el cometido para el que fue enviada.

Esta comparación nos ayuda a comprender que la palabra que Dios nos comunica no gira en el vacío, sino que se dirige a los ‘terrenos cultivados’, o sea , a todas las personas que con devoción y cariño preparan su mente y sus afectos para que sea eficaz la palabra que ellos reciben de Dios por medio de los profetas. De este modo, la comparación resalta dos elementos muy importantes: la palabra se dirige a los ‘terrenos cultivados’ donde la semilla ya reposa y la palabra retorna a su fuente de origen.

El evangelio de Mateo complementa esta imagen tan poderosa y sugestiva con la ‘parábola del sembrador’. En esta parábola los elementos decisivos son la excelente calidad de la semilla y la disposición del terreno. El sembrador lanza una semilla de excelente calidad y lo hace con la generosidad y esperanza de quien ama su campo de cultivo. No ahorra esfuerzo ni semillas; las coloca incluso en lugares en donde no cabría esperar ningún resultado ya que su interés no es conservar sino esperar que esa semilla haga fructificar todos los sectores de su parcela. El otro elemento decisivo, el terreno, responde de diferente manera según la ‘calidad’ de la tierra. La buena disposición de cada pedazo de la parcela constituye el factor desicivo para el éxito de la empresa. La semilla es buena, pero el terreno responde de manera desigual.

La interpretación de la parábola que aparece en la sección siguiente del evangelio, nos da unas claves poderosas de comprensión. La disposición del terreno se refiere a la actitud de las personas. Algunas se dejan cultivar y ofrecen una tierra apta donde la semilla echa raíces profundas. Otras, en cambio, ofrecen terrenos donde la semilla se pierde por exceso de dureza, por descuido, superficialidad o negligencia. Tanto el grupo representado por los buenos terrenos, como el grupo representado por los terrenos no receptivos, forman parte de la misma parcela. Los dos están en la misma geografía, en la misma historia y en el mismo momento. No hay excusa válida para justificar la falta de acogida y de respuesta.

Esta parábola se refiere a una realidad de la comunidad cristiana sobre la que ya se había hecho una profunda recepción. En la comunidad, representada por la parcela, se encuentran terrenos, es decir personas, con diferentes actitudes y proyectos. No se puede saber de antemano qué respuesta va a dar cada quien. Lo único que se sabe es que el sembrador reparte con generosidad su fértil semilla. En el desarrollo del proceso de cultivo se sabe quién es apto y quién no. Pero no basándonos en criterios arbitrarios, sino en el fruto que cada quien muestra. La expresión ‘dar frutos’ tiene un valor muy preciso en la Biblia y se refiere siempre a la respuesta positiva del ser humano al proyecto de Dios. Pero no a cualquier proyecto presentado en nombre de Dios, sino a la propuesta de los profetas que Jesús de Nazaret ha llamado ‘reinado de Dios’. Es decir, una experiencia humana donde sea posible el amor solidario, la libertad para hacer el bien y la justicia responsable.

La parábola del sembrador nos pone en contacto con la profecía consoladora de Isaías. La palabra de Dios actúa en la historia humana en las personas que cultivan el terreno sorprendente del amor solidario, de la escucha atenta del hermano y del servicio generoso y desinteresado a los excluidos. La palabra de Dios se hace fecunda en las comunidades y personas que asumen una actitud responsable ante la historia y no permiten que la ‘buena nueva del Evangelio’ se convierta en consigna barata ni en cliché de espiritualizaciones alienadoras y superfluas, sino que procuran siempre que la palabra del profeta sea eficaz en la historia.

Pablo, en la Carta a los Romanos, nos propone esta misma reflexión: la creación, el terreno fértil que Dios ha dado al ser humano en la historia (Gn 2,4-25), aguarda con impaciencia la realización de la obra de Cristo en toda la humanidad. La propuesta de Jesús nos abre a la esperanza de un futuro en el que la Humanidad se reconoce en la justicia y en el amor solidario, y no en la muerte y la guerra. Leer más…

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Dom 15 tiempo ord.: 12 Julio 2020. Mt 13, 3-9 Salió el sembrador a sembrar… (Mt 13, 3). Hace tiempo que ya no salimos…

Domingo, 12 de julio de 2020

250px-Representation_of_the_Sower's_parableDel blog de Xabier Pikaza:

Ésa es mi impresión y la de muchos.

Salió Jesús a sembrar… y así empezó el evangelio en Galilea, pero nosotros, en  la nueva Iglesia de Occidente,  parece que hace tiempo no salimos, a pesar de Francisco diga que seamos “iglesia en salida”

Se detuvo la siembra por miedo,por falta de fe, por cansancio…  En vez de sembrar hemos preferido guardar el rebaño. Ligeros de equipaje nos mandó Jesús (Mr 10 par); pero hemos tenido muchas cosas que guardar, y así las guardamos,  como pastores de rebaños ricos, bien estabulados, no sembradores de campo y aire abierto de evangelio.

Decía  el Qohelet 31, 1-8 que hay tiempo de sembrar (plantar) y tiempo de cosechar… Jesús supo que era tiempo de sembrar, así fue  sembrando en toda tierra, especialmente entre los cojos-mancos-descartados de su pueblo. Pero nosotros en general hemos dejado de hacerlo. Es tiempo de hacerlo: O sembramos nuevos campos o perdemos el rebaño.Éste es el tema del evangelio del domingo 12.7.20 (15 tiempo ordinario):

Salió a sembrar en toda tierra el Reino… y precisamente por hacerlo como él hizo,  sembrando en toda tierra, sin limitarse a mantener según ley  oficial su rebaño, por sembrar donde decían que no  era lugar ni momento de siembra (entre pobres, excluidos, enfermos, desterrados, impuros…) le mataron, y su vida así sembrada fue semilla de Reino en toda tierra.

Ahora,  este año 2020, son muchos los que dicen que llevamos decenio sin haber sembrado. Vivimos de rentas caducadas y de rebusca mezquina (esto es, pequeña), mientras la tierra se angosta sin agua de vida, sin semilla de palabra. Nos hemos especializado en ser pastores de un rebaño de rediles viejos, mientras son pocos los que salen a los campos de la siembra

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Dicen que llevamos decenios sin siembra verdadera de evangelio. Tenemos espléndidos guardianes, pastores de rebaños sometidos, de tiempos antiguos. Discutimos sobre restos de cosechas viejos, inmatriculando inmuebles para los turistas, guardando a los muertos, sin pensar ya en lo que decía Jesús: “Dejad que los muertos entierren a sus muertos” (Mt 8, 22).

Es importante enterrar a los muertos, pero  los mensajeros del evangelio no están ya para eso, sino par anunciar y promover la vida. El papa Francisco nos dijo que saliéramos al campo, que oliéramos a oveja… Jesús nos dice hoy que tomemos el  zurrón de las semillas y sembremos, a fondo abierto, en esperanza de futuro, en toda tierra.

Evangelio del domingo

Quizá no lleguemos a ver la cosecha, pero tenemos que sembrar y sembrar ya “como locos”-   No busquemos cosecha para nosotros, no discutamos por dudosos dividendos que se  acaban. Salgamos ya a sembrar, cada uno con su zurrón de palabra sobre el hombre, en este otoño-invierno que se agranda. Desde ese fondo podemos escuchar el evangelio de este domingo:

Mt 13 3b Salió el sembrador a sembrar, 4 y, al sembrar, unas semillas cayeron al borde del camino; y vinieron los pájaros y las comieron. 5 Y otras cayeron en terreno pedregoso, donde no había mucha tierra, y, como la tierra no era profunda, brotaron en seguida; 6 pero, en cuanto salió el sol, se quemaron y por falta de raíz se secaron. 7 Otras, en cambio, cayeron entre zarzas, y crecieron las zarzas y ahogaron la semilla. 8 Pero otras cayeron en tierra buena y dieron fruto: unas cien; otras sesenta; otras treinta. 9 Quien tenga oídos oiga[1].

Comentario (Del evangelio de Mateo )  

   Jesús nos ha hecho sembradores de Palabra. Éste es nuestro primer oficio en la iglesia. Hay un sembrador principal que es Dios; hay un director de sembradores que es Jesús… Con él estamos todos nosotros, sembradores de evangelio en las nuevas tierras de la vida, el año 2020. Vamos a sembrar, hermanos. Escuchemos lo que dice el evangelio: Vino el Sembrador y  su semilla “cae” (cayó: epesen) sobre tierras muy distintas, lo que plantea inmediatamente dos preguntas que quedan sin respuesta (12, 35):

‒ ¿Por qué hay diversas tierras, y algunas son malas para la semilla: el camino, el pedregal, el zarzal? ¿No hizo Dios todas las tierras buenas (Gen 1)? El problema no se resuelve simplemente diciendo que las tierras son los seres humanos que deben hacerse buenos, como en la forma actual de la parábola, sino que debemos preguntar: ¿por qué hizo Dios o permitió que hubiera tierras malas, hombres y mujeres que parecen incapaces de acoger la semilla?

Si el sembrador es Dios ¿por qué actúa de esa forma, como si no conociera su oficio? ¿Por qué ha dejado que parte de su semilla cayera en la tierra dura del camino, en el zarzal o el pedregal? ¿Por qué no ha hecho primero que todos los terrenos (hombres y mujeres) fueran buenos? En esa línea, el texto parece estar suponiendo que Dios (o el mesías sembrador) no conoce bien su oficio, pues malgasta semilla en terrenos al parecer poco aptos. ¿O es que Dios quiere que todos los terrenos sean aptos?

 — Esto significa que el mesías de Dios no realiza su obra a solas, desde arriba, de manera que todo dependa solamente de él, pues su acción/palabra está condicionada por otros agentes, es decir, por nosotros, que somos su cuadrilla de sembradores.

— Eso significa que la siembra del Dios-Mesías depende de que nosotros (sus sembradores) salgamos al campo de la vida y sembremos su palabra en toda tierra, de forma creadora. Eso sigue significando que la obra mesiánica se entiende en forma dramática y dialogal, condicionada no sólo para bien, sino también para mal, por la acogida-respuesta de los hombres, conforme a la división de las diversas tierras, que no parece paritaria, sino desigual (pues hay tres tipos de mala tierra, y sólo un tipo de buena):

‒ Camino duro y pájaros (13, 4). Sembrar en el camino, sin que la semilla pueda hundirse en la tierra, es dejarla a merced del viento o de los pájaros. Jesús ha de saberlo, y sabe (en forma de parábola) que los pájaros están ahí, formando una amenaza para la siembra, un riesgo para la obra de Dios. Sobrevuelan sobre el campo; pero sólo son peligrosos allí donde la tierra es dura y no absorbe la semilla, es decir, allí donde es como un camino pisado y repisado.

Éstos son los pájaros de Dios de Mt 6, 25-34 (señal de su providencia generosa), pero mirados desde otra perspectiva, esos pájaros son signo del peligro que corre la semilla cuando no penetra en la hondura de la vida humana, quedando así a merced de esos pájaros, que comen todo lo que encuentran. ¿No se podría decir, en esa línea, que las semillas del camino son bendición para los pájaros, pero no sirven para la cosecha? Leer más…

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Respuestas para una crisis de la Iglesia. Domingo 15 del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Domingo, 12 de julio de 2020

porta15ordADel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Crisis ayer, hoy y siempre

            Que la Iglesia actual (al menos en España) está en crisis no lo puede negar nadie. Baja el número de los que se confiesan cristianos, el número de bautismos y matrimonios, la práctica sacramental. Pero las crisis no son una novedad de la Iglesia actual. Se han dado siempre.

Una crisis con cinco interrogantes y siete parábolas

El evangelista Mateo tuvo que enfrentarse a una de ellas. Probablemente no fue la primera. Pero él intentó ver sus diversos aspectos y ofrecer respuestas válidas a partir de la palabra de Jesús.

Al llegar a este momento del evangelio de Mateo (capítulo 13), el horizonte ha comenzado a oscurecerse. Lo que comenzó tan bien, con el seguimiento de cuatro discípulos, el entusiasmo de la gente ante el Sermón del Monte, los diez milagros posteriores, ha cambiado poco a poco de signo. Es cierto que en torno a Jesús se ha formado un pequeño grupo de gente sencilla, agobiada por el peso de la ley, que busca descanso en la persona y el mensaje de Jesús y se convierten en “mis hermanos, mis hermanas y mi madre”. Pero esto no impide que surjan dudas sobre él, incluso por parte de Juan Bautista; que gran parte de la gente no muestre el menor interés, como los habitantes de Corozaín y Betsaida; y, sobre todo, que el grupo religioso de más prestigio, los fariseos, se oponga radicalmente a él y a su doctrina, hasta el punto de pensar en matarlo.

Mateo está reflejando en su evangelio las circunstancias de su época, hacia el año 80, cuando los seguidores de Jesús viven en un ambiente hostil. Los rechazan, parece que no tienen futuro, se sienten desconcertados ante sus oponentes, no comprenden por qué muchos judíos no aceptan el mensaje de Jesús, al que ellos reconocen como Mesías. Las cosas no son tan maravillosas como pensaban al principio. ¿Cómo actuar ante todo esto? ¿Qué pensar? Mateo, basándose en el discurso en parábolas de Marcos, pone en boca de Jesús, a través de siete parábolas, las respuestas a cinco preguntas que siguen siendo válidas para nosotros:

¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús? ― Parábola del sembrador.

¿Qué actitud debemos adoptar con los que rechazan ese mensa­je? ― El trigo y la cizaña.

¿Tiene algún futuro este mensaje aceptado por tan pocas personas? ― El grano de mostaza y la levadura.

¿Vale la pena comprometerse con él? ― El tesoro y la piedra preciosa.

¿Qué ocurrirá a los que aceptan el mensaje, pero no viven de acuerdo con los ideales del Reino? ― La pesca.

Este domingo se lee la primera; el 16, las tres siguientes; el 17, las otras tres.

¿Por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús?

La primera parábola, la del sembrador, responde al problema de por qué la palabra de Jesús no produce fruto en algunas personas. Parte de una experiencia conocida por un público campesino. Basta recordar dos detalles elementa­les: Galilea es una región muy montañosa, y en tiempos de Jesús no había tractores. El sembrador se veía enfrentado a una difícil tarea, y sabía de antemano que toda la simiente no daría fruto.

Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente que tuvo que subirse a una barca; se sentó, y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas:

― Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra, y, como la tierra no era profunda, brotó en seguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó en tierra buena y dio grano: unos, ciento; otros, sesenta; otros, treinta. El que tenga oídos que oiga.

No recuerdo si esta parábola forma parte de “La vida de Brian”, pero es fácil imaginar la cara de desconcierto de los oyentes y los comentarios irónicos a los que se presta. Ni siquiera los discípulos se enteraron de lo que significaba e inmediatamente le preguntan a Jesús: ¿Por qué les hablas en parábolas?

Explicando lo oscuro con algo más oscuro

La pregunta sirve para introdu­cir el pasaje más difícil de todo el capítulo.

A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del reino de los cielos y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: “Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure. ¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron.

La liturgia permite suprimir la lectura de esta parte y aconsejo seguir su sugerencia, pasando directamente a la explicación de la parábola.

El sentido de la parábola

Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado en zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ese dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.

¿Por qué la palabra de Jesús no da fruto en todos sus oyentes? Se distinguen cuatro casos.

1) En unos, porque esa palabra no les dice nada, no va de acuerdo con sus necesi­dades o sus deseos. Para ellos no significa nada la formación de una comunidad de hombres libres, iguales, hermanos.

2) Otros lo aceptan con alegría, pero les falta coraje y capacidad de aguante para sopor­tar las persecu­cio­nes.

3) Otros dan más importancia a las necesidades prima­rias que a los objetivos a largo plazo. Dos situaciones extremas y opuestas, el agobio de la vida y la seducción de la riqueza, producen el mismo efecto, ahogar la palabra de Dios.

4) Finalmente, en otros la semilla da fruto. La parábola es optimista y realista. Opti­mis­ta, porque gran parte de la semilla se supone que cae en campo bueno. Realista, porque admite diversos grados de producción y de respuesta en la tierra buena: 100, 60, 30. En esto, como en tantas cosas, Jesús es mucho más comprensivo que nosotros, que sólo admitimos como válida la tierra que da el ciento por uno. Incluso el que da treinta es tierra buena (idea que podría aplicarse a todos los niveles: morales, dogmáticos, de compromiso cristiano…).

La parábola podría leerse también como una llamada a la respon­sabilidad y a estar vigilan­tes: incluso la tierra buena que está dando fruto debe recordar qué cosas dejan estéril la palabra de Dios: el pasotismo, la inconstancia cuando vienen las dificulta­des, el agobio de la vida, la seducción de la riqueza. Pero este sentido no es el fundamental de la parábola. La llamada a la responsabilidad y la vigilancia la trata Jesús con otras parábolas y en otros casos.

Invitación a la fe y al optimismo: 1ª lectura (Is 55,10-11)

La crisis ante la situación actual puede venir en muchos casos de que centramos todo en la acción humana. Cuando nosotros fallamos y, sobre todo, cuando fallan los demás, creemos que todo va mal. Sólo advertimos aspectos negativos. En cambio, la primera lectura, que usa también la metáfora de la semilla y el sembrador, nos anima a tener fe en la acción misteriosa de la palabra de Dios, fecunda como la lluvia, que no dejará de producir fruto.

Así dice el Señor:

«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo.»

Este breve pasaje parece muy sencillo y teológico, casi al margen de la vida diaria. Sin embargo, es el punto final de los capítulos 40-55 del libro de Isaías, donde se anuncia la liberación de Babilonia y la vuelta a la patria. ¿Cómo será posible? A través de un rey humano, Ciro de Persia, y de la Palabra de Dios, que mueve la historia.

            También nosotros debemos estar convencidos de que la semilla plantada no dejará de dar fruto. Será como la palabra del Señor, que «no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad».

            La acción de Dios la subraya el salmo, usando también imágenes campesinas. El Señor no solo planta la semilla, también riega la tierra, iguala los terrones, envía la llovizna, bendice los brotes. Al final, «los valles se visten de mieses que aclaman y cantan». El futuro es más esperanzador de lo que a veces pensamos.


APÉNDICE: El pasaje más difícil

            Para explicar este pasaje cuento una parábola que me he inventado.

            Había una vez un profesor de Matemáticas. A los pocos días de clase, advirtió que sus alumnos se divi­dían en dos grupos. Unos se tomaba la asignatura con interés, pre­guntaban lo que no enten­dían, preparaban las evaluaciones. No eran unas eminen­cias matemá­ti­cas, pero seguían con aten­ción las clases. Los del otro grupo eran todo lo contra­rio: no aten­dían a la explicación, ni siquiera miraban a la pizarra, no estudiaban en privado y siempre estaban armando jaleo. Al cabo de unos meses, moles­to el profe­sor con esta actitud, anunció a todos: “A partir de mañana, la clase se divide en dos grupos. Al primero le dedicaré todo el tiempo que nece­siten, incluso echando horas extraordinarias. Al segundo, sólo le dedicaré el tiempo fijado, y le explicaré las mate­máticas en inglés”.

            Esta parabolilla ayuda a entender la respues­ta de Jesús. Comienza dividiendo a su auditorio en dos grupos: el de los discí­pu­los (“voso­tros”) y el de los que no quieren atender, “los otros”. Los discípu­los pueden conocer los misterios del Reino; los otros, no. ¿Por qué? Porque los discípulos se han comprometi­do con Jesús, están produciendo fruto, y los otros no hacen nada. Y “al que produce se le dará hasta que le sobre, mientras al que no produce se le quitará hasta lo que tiene”. Las palabras de Jesús son más duras de lo que parece a primera vista. No dice “al que produce se le dará, y al que no produce no se le dará”. Dice: “al que no produce, se le quitará hasta lo que tiene” (le expli­carán las matemáticas en inglés).

A continuación, desarrolla este tema, con una cita de Isaías. A la gente que no hace nada, que miran sin ver y escuchan sin oír ni entender, que le resbala todo, que pasa de todo, Jesús le habla en parábolas (en inglés) para que entiendan menos todavía y no se aclaren de ningún modo. “Por mucho que oigáis no entenderéis, por mucho que miréis no veréis, porque está embotada la mente de este pueblo“. A Dios le gustaría curar a esta gente (igual que al profesor le gustaría que sus discípulos malos aprobasen), pero ellos se niegan a convertirse (a estudiar); y la reacción de Jesús es durísima: si no quieren convertirse, haré lo posible para que no me entiendan. Por eso les hablo en parábolas. En cambio, a los que quieren entender y ver Jesús les dice: “Dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen. Porque muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís vosotros, y no lo oyeron”.

            Aunque el pasaje resulte claro, surge una pregunta espontánea: ¿Es justa la actitud de Jesús? ¿No conseguiría más de la gente hablándoles con claridad? Hay que tener en cuenta que nos encon­tramos en el c.13 del evangelio. Jesús ha hablado ya mucho, sobre todo en el Sermón del Monte. Lo ha hecho con absoluta claridad, y a propósi­to de los temas más diversos: la actitud ante la ley, ante el dinero, ante las obras de piedad, el prójimo. Ha seguido enseñan­do de forma sencilla mediante sus milagros y en las discusiones con los fariseos. Pero no piensa pasarse así toda la vida. Tiene que explicar temas más difíciles, sobre todo en relación con el misterio del Reino de Dios. Y no está dispuesto a perder el tiempo por culpa de unos alumnos holgaza­nes, que sólo quieren tomarle el pelo. Más aún, va a usar las parábolas para que los oyentes que no están dis­puestos a hacerle caso no entien­dan el mensaje que va a transmitir.

            Es importante tener en cuenta este contexto polémico para no sacar consecuencias equivocadas. Sería erróneo basarse en estas palabras del Evangelio para justificar una predicación oscura e ininteligible y echarle la culpa a los oyentes. O para criticar las dudas e interrogantes que puede sentir mucha gente con respecto a la formulación de ciertos dogmas o de determinados aspectos de la doctrina de la Iglesia. Estas palabras no se dirigen contra el que desea con sencillez y honradez que le expliquen determinadas cosas, sino contra el que se obstina en rechazar el evangelio y desprecia a Jesús y su mensaje tachándolo de ridículo, infantil o pasado de moda.

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Domingo XV del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Domingo, 12 de julio de 2020

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“Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a él tanta gente, que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó de pie en la orilla. Les habló mucho rato en parábolas.”
(Mt 13, 1-23)

Hoy domingo apetece salir de casa y acudir junto a Jesús al lago, sumarse a ese grupo de gente que se queda junto a la orilla para escuchar la Palabra.

Coger la Biblia y volver a releer la parábola de la semilla como quien la escucha por primera vez, olvidando que nos la sabemos de memoria.

Sí, escucharla en profundidad y, cuando marche el gentío, acercarnos a Jesús para que nos explique qué significa la parábola. Pero también para alegrarnos al escucharle decir: “Dichosos vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen.”

Dejemos que la fuerza de su Palabra moldee nuestro corazón, lo convierta en un corazón de aprendiz, de discípula, para que de verdad nuestros ojos vean y nuestros oídos oigan. Porque es precisamente en ese ver y en ese oír donde se encuentra nuestra felicidad.

Solo cuando somos capaces de ver y oír la Palabra nos convertimos en la tierra buena que acoge la semilla.

Por eso, hagamos el esfuerzo de dejarnos “educar” en su Evangelio. Sin prisas y sin pretensiones. Como la tierra que abraza la semilla y se deja traspasar por ella. Se deja traspasar por el tallo y las raíces. Se convierte en alimento y sustento. Pero permanece siempre a sus pies, humildemente.

Aprendamos de la humildad de la Tierra. No nos hagamos protagonistas. Cedamos todo el protagonismo a su Buena Noticia y disfrutemos de ella. Así seremos aprendices humildes. Alegres porque ven y oyen.

Oración

Trinidad Santa, haz caer sobre nuestra tierra la semilla generosa de tu Palabra para que seamos espacio de tu 

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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La semilla ya está en mí.

Domingo, 12 de julio de 2020

hombre-pensandoMt 13,1-23

Mateo agrupa siete parábolas en un solo capítulo, el 13, que hoy comenzamos a leer. No es probable que Jesús haya dicho todas estas parábolas de una sentada. Marcos y Lucas las colocan en distintas circunstancias. La parábola es un género literario muy apropiado para hablar de realidades trascendentes. Al partir de conceptos simples, tomados de la vida cotidiana y que todo el mundo conoce, trata de proyectarnos hacia una realidad que va más allá de lo material. La parábola, por estar pegada a la vida misma, mantiene el frescor de lo genuino y auténtico a través del tiempo y las culturas.

El relato en sí no es significativo. A mí poco me importa cómo nace y da fruto la semilla. Pero ese relato, en sí anodino, da que pensar, cuestiona mi manera de ser, me dice que otro mundo es posible y espera de mí una respuesta vital. Esta propuesta solo se puede hacer con metáforas. En toda parábola existe un punto de inflexión que rompe la lógica del relato. En esa quiebra se encuentra el verdadero mensaje. En esta parábola, la ruptura se produce al final. En la Palestina de entonces, el diez por uno, se consideraba una excelente cosecha. Tu tierra puede llegar a producir el ciento por uno. ¡Una locura!

El objetivo de las parábolas es sustituir una manera de ver el mundo miope, por otra abierta a una nueva realidad llena de sentido. Obliga a mirar a lo más profundo de sí mismo y descubrir posibilidades insospechadas. La parábola es un método de enseñanza que permite no decir nada al que no está dispuesto a cambiar, y a decir más de lo que se puede decir con palabras al que está dispuesto a escuchar. Quien la oye, debe hacer realidad la utopía del relato y empezar a vivir de acuerdo con lo sugerido.

La explicación que los tres evangelistas ponen a continuación, no aporta nada al relato. Las parábolas ni necesitan ni admiten explicación. Jesús no pudo caer en la trampa de intentar explicarlas. La alegorización de la parábola es fruto de la primera comunidad, que intenta extraer consecuencias morales. Para descubrir el sentido hay que dejarse empapar por las imágenes. La parábola exige una respuesta personal no retórica sino vital; obliga a tomar postura ante la alternativa de vida que propone. Si no se toma una decisión, ya se ha definido la postura: continuar con la propia manera de vivir la realidad.

Los exégetas apuntan a que, en un principio, los protagonistas de la parábola fueron el sembrador y la semilla. El sembrador como ejemplo de generosidad y la semilla como ejemplo de potencial ilimitado. El objetivo habría sido animar a predicar sin calcular la respuesta de antemano. Hay que sembrar a voleo, sin preocuparse de donde cae. La semilla debe llegar a todos. En línea con la primera lectura, pretende que se descubra la fuerza de la semilla en sí, aunque necesite unas mínimas condiciones para desarrollarse.

No debemos dar importancia a la cantidad de respuestas. La intensidad de una sola respuesta puede dar sentido a toda la siembra. La sinuosa y larga trayectoria de la existencia humana queda justificada con la aparición de un solo Francisco de Asís o de una Teresa de Calcuta. Por eso Jesús pudo decir: El Reino ya está aquí, yo lo hago presente. Debemos comprender que el Reino puede estar creciendo, cuando el número de los cristianos está disminuyendo. Su plena manifestación depende de uno solo.

Más tarde, se dio a la parábola un cariz distinto, insistiendo en la disposición de los receptores, y dando toda la importancia a las condiciones de la tierra. Esta alegorización no sería original de Jesús sino un intento de acomodarla a la nueva situación de los cristianos, cambiando el sentido original y haciéndola más moralizante. Aún en un sentido alegórico, no debemos pensar en unas personas como tierra buena y otras, mala. Más bien debemos descubrir en cada uno de nosotros la tierra dura, las zarzas, las piedras que impiden a la semilla fructificar. En mi propia parcela hay tierra buena, piedras y zarzas.

No debemos identificar la “semilla” con la Escritura. Lo que llamamos “Palabra de Dios”, es ya un fruto de la semilla. Es la manifestación de una presencia que ha fructificado en experiencia personal. La verdadera “semilla” es lo que hay de Dios en nosotros. Lo importante no es la palabra, sino lo que la palabra expresa. Esa semilla lleva miles de años dando fruto, y seguirá cumpliendo su encargo. El Reino de Dios está ya aquí, pero su manera de actuar es paciente. La evolución ha sido posible gracias a infinitos fracasos.

Podemos recordar el prólogo de Jn. “En el principio ya existía La Palabra”; “y la palabra era Dios”; “En la Palabra había Vida”. La semilla es el mismo Dios-Vida germinando en cada uno de nosotros. Dios está en sus criaturas y se manifiesta en todas ellas como algo tan íntimo que constituye la semilla de todo lo que es. No debemos dar a entender que nosotros los cristianos somos los privilegiados que hemos recibido la semilla (Escritura). Dios se derrama en todos y por todos de la misma manera (a boleo). Dios no se nos da como producto elaborado, sino como semilla, que cada uno tiene que dejar fructificar.

Generalmente caemos en la trampa de creer que dar fruto es hacer obras grandes. La tarea fundamental del ser humano no es hacer cosas, sino hacerse. “Dar fruto” sería dar sentido a mi existencia de modo que al final de ella, la creación entera estuviera un poco más cerca de la meta. La meta de la creación es la UNIDAD. Yo no tengo que dar sentido a la creación sino impedir que por mi culpa pierda el sentido que ya tiene. Mi tarea sería no entorpecer la marcha de la creación entera hacia la consecución de su objetivo final.

Porque se trata de alcanzar la unidad en el Espíritu, esa plenitud de ser no la puedo encontrar encerrándome en mí mismo sino descubriendo al otro y potenciando esa relación con el otro como persona. Y digo como persona, porque generalmente nos relacionamos con los demás como cosas, de las que nos podemos aprovechar. Cuando hago esto me hago menos humano. Descubriendo al otro y volcándome en él, despliego mis mejores posibilidades de ser. Hemos llegado a lo que es la esencia de lo humano.

“El que tenga oídos que oiga”. Esa advertencia vale para nosotros hoy igual que para los que la oyeron de labios de Jesús. En aquel tiempo, era la doctrina oficial la que impedía comprender el mensaje de Jesús. Hoy siguen siendo los prejuicios religiosos los que nos mantienen atados a falsas seguridades, que nos sigue ofreciendo una religión muy alejada de los orígenes del cristianismo. El aferrarnos a esas seguridades es lo que sigue impidiendo una respuesta al mensaje, adecuada a nuestra situación actual. El evangelio es fácil de oír, más difícil de escuchar y cada vez más complicado de vivir.

Descubrir cuál sería el fruto al que se refiere la parábola sería la clave de su comprensión. El fruto no es el éxito externo, sino el cambio de mentalidad del que escucha. Se trata de situarse en la vida con un sentido nuevo de pertenencia, una vez superada la tentación del individualismo egocéntrico. El fruto sería una nueva manera de relacionarse con Dios, consigo mismo, con los demás y con la naturaleza. Nadie puede crecer en humanidad sin relaciones externas. Toda meditación profunda tiene como fin afinar mis relaciones.

Meditación

Dios se da totalmente, absolutamente, siempre y a todos.
Experimenta esta verdad y cambiará tu vida.
Descubrir a Dios como amor dinámico
es la base de toda experiencia religiosa.
Todo lo que Dios es, lo tienes a tu alcance.
Todo lo que tú eres y puedes ser, depende de ese don.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Dios con nosotros.

Domingo, 12 de julio de 2020

mano-solNo tengas miedo; yo soy el primero y el último. Soy el que vive; pues morí, pero ahora estoy vivo para siempre. (Apocalipsis 1:17)

MT 13, 1-23

Les explicó muchas cosas con parábolas

A través de las parábolas, podemos aproximarnos a cuanto Jesús pensaba y decía sobre el otro el reino de los cielos que bastante lejos andaba.

La experiencia propia que tenía el Maestro de Nazaret, sobre el modo de actuar de Dios, era cosa bien distinta del resto de los judíos: para los fariseos -los limpios del corazón- no necesitaban a nadie que les perdonara de nada, pues no eran ni jamás serían pecadores, y se sentaban en los primeros bancos del Templo de Salomón, el Sabio, que como tal, no siguió los consejos de su padre David.

Los publicanos en cambio, que recaudaban monedas para el fisco de los romanos, se sentían muy culpables de hacerlo, y por eso, en lugar de sentarse en los bancos, se quedaban de pie en la entrada, dándose golpes de pecho, pues se creían pecadores.

Parábolas hay bastantes en todos los evangelios, menos en el de Juan, matizando las diversas actitudes frente a la vida, que Jesús les presentaba.

Unas eran para enseñar lo bueno, otras para evitar lo malo: de las primeras, el Sembrador y el óbolo de la Viuda, de las segundas, el hijo Pródigo y la Cizaña.

En el Antiguo Testamento se narran bastantes. En Jueces 9, 8 se dice:

Una vez fueron los árboles a elegirse rey, dijeron al olivo: Sé nuestro rey, mas el olivo dijo: ¿Y voy dejar mi aceite con el que se honra a los dioses y a los hombres para ir a mecerme sobre los árboles?

Y en Samuel 12, 1:

Ya veis que os he hecho caso en cuanto me habéis pedido, os he dado un nuevo rey, y ya le tenéis aquí, yo estoy ya viejo y canoso, mientas que a mis hijos los tenéis entre vosotros.

En Isaías 5, 1, Canto a la viña.

Voy a cantar en nombre de mi amigo, un canto de amor a su viña en fértil collado.  La entrecavó,  descantó y buenas cepa plantó; construyó en medio una atalaya, y cavó un lagar, esperando que uvas diera, pero agrazones dio, Y ahora, habitantes de Jerusalén, hombres de Judá, sed jueces entre mi viña y yo.

 

Y en ese mismo Libro de los Jueces, se da cuenta de que otro tanto hicieron con la higuera de dulce fruto, la vid que da suave mosto, la zara de moras negras y los cedros del Líbano.

¡No tengáis miedo! dijo Jesús, cuando en aquellos tiempos, miles y miles de personas se agolpaban hasta pisarse unos a otros.

Les explicó muchas cosas con parábolas, dice Mateo 1, 3.

Y si Dios estaba en él, también estaba con todos, pues el Padre está en mí y yo estoy en el Padre, como un día dijo Jesús a sus discípulos y a todos nosotros con ellos, porque mucho nos interesa.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Entre las semillas de Dios.

Domingo, 12 de julio de 2020

2329_semeadorMt 13, 1-23

El evangelio de este domingo narra una de las piezas bíblicas más populares y significativas del mensaje cristiano. Podríamos meternos en la escena y visualizarnos junto a aquella gente que escuchaba las enseñanzas de Jesús y que, una vez más, generan discontinuidad con la tradición judaica.

La parábola es un rasgo característico de la predicación de Jesús.  Son pequeños relatos muy transparentes que Jesús recogió de la vida cotidiana de su tiempo. Algunas parábolas ya pertenecen a nuestro patrimonio cultural más allá del sentido religioso. Ahora bien, Jesús no inventó las parábolas, sino que formaban parte de un estilo de comunicación utilizado por todos los pueblos y culturas y por la misma tradición rabínica. Lo realmente original es que constituyen la forma propia de Jesús de hablar y de enseñar y conservan lo más nuclear y original de su enseñanza sobre el Reino de Dios.

En esta parábola, lo primero que nos encontramos, es una paradoja con respecto al sembrador que claramente es Jesús, inspirado por Dios, actuando en el ser humano a través de su mensaje. Lo lógico sería que un buen sembrador preparara la tierra para no malgastar las semillas y procurar tener la mayor seguridad de que van a germinar; no busca trabajar sin réditos. Pero este sembrador las lanza hacia todos los espacios, buenos o malos, preparados o no. Rescata de este modo la universalidad de su mensaje que traspasa las fronteras del Pueblo Elegido, y los cercados que protegen las buenas tierras según los escribas legalistas. No elige la tierra perfecta, aquella que cumple perfectamente con la ley o cree a ciegas la doctrina, aquella que comercia con el mensaje y espera recibir un premio por su buena conducta. No es así en esta parábola. Jesús amplía a toda la humanidad la capacidad de encontrar un sentido profundo de la vida y toda persona es digna de recibirlo.

El problema que plantea la parábola no es sobre las propiedades de la semilla o si quien siembra lo hace bien o mal, que ya ha quedado justificado, sino que centra su atención en la calidad y disposición de la tierra donde cae y cómo reacciona ante esa semilla. Lo que está en juego es la respuesta a ese mensaje que Dios deja libertad para recibirle o no. Y este mensaje no es sólo para escuchar, no es una voz que se impone y cierra al oyente el espacio de respuesta, al contrario, ahora la responsabilidad está claramente en el terreno y sus propiedades.

Vamos a adentrarnos en estos tipos de terreno y que el mismo Jesús explica su significado al final del relato. Serían cuatro posiciones ante la vida que son las mismas que ante la fe, porque somos el mismo terreno para lo uno y para lo otro. La primera posición representada en la semilla que cae en el borde del camino hace referencia a nuestra querida superficialidad. Quedarnos en la periferia de las cuestiones que pueden dar sentido a la vida es muy propio de vivir en la zona de confort, de una falta de motivación para adentrarnos en nuestra propia realidad y encontrarnos con la verdad que somos y vivimos. En este terreno la semilla es comida por los pájaros de la autojustificación, de la construcción de un personaje que vive sometido a la imagen, a las expectativas de otros, a una vida tejida de ideologías, dogmas, modas, etc …

Otras semillas cayeron en terreno pedregoso, en una posición ante la vida en la que los obstáculos, los problemas, las dificultades, van ocupando la tierra, nuestra consciencia, donde es imposible lograr la profundidad por la falta de tierra, por no hacer espacio para que brote la fuerza y la luz. Algunas semillas cayeron entre cardos que ahogan el mensaje, como dice la parábola; podrían ser los cardos de nuestros pensamientos alienantes y emociones desestabilizantes que nos van desconectando de quiénes somos y debilitando nuestra capacidad de tomar decisiones en libertad.

Pero otras semillas cayeron en buena tierra, en ese espacio de nuestra persona donde brota la vida y donde Dios nos vincula, un espacio fértil, de raíces profundas, que va absorbiendo la savia divina para hacernos crecer como piezas únicas y conectadas al tiempo y al ser de Dios. Esta tierra sí da fruto. Cuenta la parábola que – unas espigas dieron grano al ciento; otras al sesenta, y otras, al treinta por uno-:  tampoco se exige la uniformidad de los frutos, que todos den exactamente lo mismo y de la misma manera. Lo que sí se espera es que ese fruto sea del color y sabor de la paz, la justicia, la solidaridad, del reconocimiento de la dignidad de cada ser humano; en definitiva, se trata de visibilizar el Reinado de Dios encarnado en la existencia humana y capaz de cambiar el rumbo de la historia. ¿Nos atrevemos?

FELIZ DOMINGO

12 de julio de 2020

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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Todo es vida que se despliega

Domingo, 12 de julio de 2020

Campo-cerealDomingo XV del Tiempo Ordinario

12 julio 2020

Mt 13, 1-23

Para quienes crecimos con una formación religiosa desde la infancia, la lectura literal de esta parábola condicionó nuestra visión de la realidad en dos aspectos con frecuencia determinantes: el dualismo y el moralismo.

          En aquella lectura no era difícil dar el paso de la imagen de Dios como sembrador a la idea de un Dios separado y, por tanto, distante. De hecho, en la práctica, la transcendencia se entendía como distancia (incluso física). Esa creencia de separación, no solo alimentaba un dualismo religioso -Dios frente al mundo- de nefastas consecuencias, sino que era la fuente de otras ideas no menos peligrosas en sus consecuencias: la heteronomía, el pecado, la culpa, la alienación, el infantilismo religioso…

       Con frecuencia, el dualismo religioso iba acompañado de moralismo. Si la semilla no daba fruto en una persona se debía sencillamente a su propia maldad, ya que no había preparado adecuadamente su “terreno”. Ahí se hacía presente la culpa en quien creía ser un terreno improductivo o el fariseísmo en quien consideraba que había pasado toda su vida esforzándose por cumplir con la norma establecida. Fariseísmo que, como suele ocurrir, derivaba luego en actitudes de juicio y condena de quienes no “cumplían” como uno.

     Dualismo y moralismo han generado mucho sufrimiento en la historia de las religiones. Pero me parece que no podrán superarse mientras se mantenga la creencia en un dios separado, que fácilmente será una proyección del propio creyente.

          En una realidad en la que no existe nada separado de nada, el término “Dios” no puede ser sino uno de los nombres para referirse a la profundidad de lo real, aquel fondo consciente y amoroso de donde todo está brotando en permanencia.

          Quienes mantienen una fe teísta suelen argüir que esta forma de hablar de Dios lo “empobrece”, reduciéndolo a algo impersonal o incluso a una “vaguedad”. Pero me parece que solo puede verlo así quien ha absolutizado la forma “personal” y no ha experimentado nada más. Lo que llamamos “Dios” no puede ser “personal” ni mucho menos “impersonal”; transciende por completo esas categorías de nuestra mente.

         ¿Qué significa entonces el “sembrador”, la “semilla”, los “terrenos”…? Se trata sencillamente de metáforas –es imposible hablar de lo transcendente sin recurrir a ellas– para hablar de la vida que se está desplegando sin cesar. La vida es, a la vez, sembrador, semilla y terreno… Y esa vida, no el yo o la persona, constituye nuestra verdadera identidad.

          Y ahí topamos, como siempre, con la paradoja: visto desde el plano profundo, más allá de las formas que nos llegan a través de los sentidos neurobiológicos, todo es un fluir de la vida, sin mérito ni culpa de nadie; visto desde el plano de las formas, vivimos en la tarea de preparar nuestro “terreno” para que la vida pueda fluir a través de nosotros. Una tarea que arranca con la comprensión y que se plasma –otra vez la paradoja– en actitudes de aceptación y esfuerzo, de confianza y responsabilidad, de contemplación y compromiso.

¿Sé ver la unidad de todo, más allá de las diferencias?

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Sembrar y educar más que una profesión, son una vocación.

Domingo, 12 de julio de 2020

sembrador van goghSalió el sembrador

Salió. Para sembrar en los campos, en la tierra, hay que salir de casa.      No se trata solamente de una salida geográfica, sino más bien se trata de un Éxodo, de una salida de nuestros propios enquistamientos, quizás de las propias cerrazones, de nuestros propios esquemas.

         La verdad no es un fósil que se guarda en un libro o en armario. La verdad es una semilla llena de vida, que da fruto.

         Hemos de salir de nuestros cuarteles de invierno, de nuestras ideologías a las periferias de los pobres, de los más relegados, a las periferias culturales, etc. para sembrar la buena semilla de la cultura, de la vida, de la dignidad de las personas, de la libertad.

  1. Sembrar.

         Sembrar es una tarea noble en la vida: sembrar trigo, trabajo, cultura, educación, sembrar ética, valores, etc.

         Al mismo tiempo que noble, sembrar es una tarea de gran responsabilidad. Padres, maestros, escuelas, universidades, políticos, medios de comunicación, la Iglesia, etc., todos tenemos la noble y hermosa tarea de sembrar.

Hoy tenemos elecciones autonómicas en el País Vasco (y en Galicia). Los políticos, la vida política es también una siembra, que es una tarea muy delicada y noble. Da lástima que políticos y eclesiásticos anden a la greña en cuestiones de educación, cuando la siembra, la cultura, los valores, la esperanza son fundamentales para una vida digna.

         Recogeremos lo que hemos sembrado y hace falta sembrar criterios, respeto, dignidad, libertad, sentido de la vida,

         Bueno sería que los políticos, como los eclesiásticos, como los maestros pensasen en sembrar vida y no en recabar votos o seguidores religiosos.

Ser maestro / profesor no es un puesto de trabajo mejor o peor pagado, sino que es una hermosa vocación de sembrador. (Un maestro enseña más con su actitud y presencia ante sus alumnos, que con el programa de la materia que ha de explicar). Se trata de enseñar a vivir, no de enseñar informática (que también). (Ser maestro no es tanto una profesión cuando una vocación).

  1. 03. tierra, semilla, lluvia y acequias.

tierra / barro

         La tierra, el barro son siempre buenos. Es la materia con la que Dios creó al ser humano y vio Dios que era bueno.  Nuestro barro será más o menos rico (carisma – cualidades), pero es apto para acoger el aliento vital, la Palabra y llegar a ser humanos, vivientes, (Gn 2,7). [1]

Toda cultura humana (barro humano) es apta para acoger una Palabra (revelación de Dios).

         Estimemos y apreciemos lo corpóreo y material de nuestro ser personas y respetemos, cultivemos nuestra existencia.

semilla

La semilla es la Palabra. Toda semilla está llena de vida, humilde, sencilla, pero llena de vida

         Sembremos trigo bueno, semilla de vida.

         ¡Qué duda cabe que los padres transmiten una semilla, siembran en sus hijos! Un buen maestro, unos planes de educación sensatos, unos medios de comunicación dignos transmiten una semilla de vida.

Hace unos pocos años, en la lección inaugural del curso académico de la Universidad de Salamanca, el ponente decía con buen criterio, que una universidad ha de responder a los problemas de la sociedad a la que pertenece. Una universidad, un bachiller que se limite a transmitir unos meros conocimientos científicos, será un excelente “almacén” de meras instrucciones y títulos.

         No es lo mismo información que formación de la persona, de la conciencia, del modo de vida. La información es válida, pero la formación, educación es otra cuestión distinta y más profunda. No por saber “ciencia”, se es. “Uno puede saber mucho, pero ello no significa que sea bueno, honrado, libre, justo, etc.

Lluvias y acequias

La lluvia y la nieve (Isaías / 1ª lectura) fecundan la tierra y vuelven al cielo llenas de fruto.

Las acequias de Dios (salmo) bajan llenas de agua.

         La tierra, la siembra hemos de cuidarlas, ararlas, regarlas, etc. Hemos de cuidar la vida, empaparla de vitalidad.

         Cultivar la existencia es un canto a la esperanza. Todo el que siembra, espera la cosecha. Algo de eso es la esperanza. Nadie siembra si no tiene esperanza de una cosecha buena y abundante.

Sembrar es esperar que el trigo crezca, que nosotros aprendamos a esperar la vida.

A veces podemos fracasar, descuidar la tierra, desperdiciar la semilla, nos podemos salir del camino, zarzas, pedregales, pero aún en esos momentos pensemos que todo fracaso humano está abrazado por la misericordia de Dios.

Hay un salmo (125,5) que puede servirnos para recoger estas cosas de semillas, siembras y cosechas:

Los que siembran entre lágrimas, cosechan entre cantares.

         Sembrar, cultivar, regar puede ser, es, trabajoso, pero es anuncio de cosecha y de vida.

[1] Podemos pensar estas cosas desde la evolución / Darwin. Bien está. Pero no está mal recordar nuestros mitos y la poesía.

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“Aprender de los sencillos”. 14 Tiempo ordinario – A (Mateo 11,25-30)

Domingo, 5 de julio de 2020

5264272224_11d846e3afJesús no tuvo problemas con las gentes sencillas del pueblo. Sabía que le entendían. Lo que le preocupaba era si algún día llegarían a captar su mensaje los líderes religiosos, los especialistas de la ley, los grandes maestros de Israel. Cada día era más evidente: lo que al pueblo sencillo le llenaba de alegría, a ellos los dejaba indiferentes.

Aquellos campesinos que vivían defendiéndose del hambre y de los grandes terratenientes le entendían muy bien: Dios los quería ver felices, sin hambre ni opresores. Los enfermos se fiaban de él y, animados por su fe, volvían a creer en el Dios de la vida. Las mujeres que se atrevían a salir de su casa para escucharle intuían que Dios tenía que amar como decía Jesús: con entrañas de madre. La gente sencilla del pueblo sintonizaba con él. El Dios que les anunciaba era el que anhelaban y necesitaban.

La actitud de los «entendidos» era diferente. Caifás y los sacerdotes de Jerusalén lo veían como un peligro. Los maestros de la ley no entendían que se preocupara tanto del sufrimiento de la gente y se olvidara de las exigencias de la religión. Por eso, entre los seguidores más cercanos de Jesús no hubo sacerdotes, escribas o maestros de la ley.

Un día, Jesús descubrió a todos lo que sentía en su corazón. Lleno de alegría le rezó así a Dios: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a sabios y entendidos y las has revelado a la gente sencilla».

Siempre es igual. La mirada de la gente sencilla es, de ordinario, más limpia. No hay en su corazón tanto interés torcido. Van a lo esencial. Saben lo que es sufrir, sentirse mal y vivir sin seguridad. Son los primeros que entienden el evangelio.

Esta gente sencilla es lo mejor que tenemos en la Iglesia. De ellos tenemos que aprender obispos, teólogos, moralistas y entendidos en religión. A ellos les descubre Dios algo que a nosotros se nos escapa. Los eclesiásticos tenemos el riesgo de racionalizar, teorizar y «complicar» demasiado la fe. Solo dos preguntas: ¿por qué hay tanta distancia entre nuestra palabra y la vida de la gente? ¿Por qué nuestro mensaje resulta casi siempre más oscuro y complicado que el de Jesús?

José Antonio Pagola

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“Soy manso y humilde de corazón”. Domingo 5 de julio de 2020. Domingo 14º de tiempo ordinario

Domingo, 5 de julio de 2020

37-OrdinarioA14Leído en Koinonia:

Zacarías 9,9-10: Mira a tu rey que viene a ti modesto
Salmo responsorial: 144: Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.
Romanos 8,9.11-13: Si con el Espíritu dais muerte a las obras del cuerpo, viviréis
Mateo 11,25-30: Soy manso y humilde de corazón

La profecía de Zacarías era ‘una piedra en el zapato’ para los fanáticos que en la época de Jesús buscaban un mesías triunfante y nacionalista. Zacarías nos ofrece una reflexión que sintoniza mucho con las grandes aspiraciones de las comunidades que, después del exilio babilónico, intentaron reconstruir la identidad nacional a partir de elementos universales, pluralistas y comunitarios. La esperanza del pueblo de Dios no podía estar en un guerrero triunfador como David ni en un diplomático equilibrista como Salomón. El pueblo quería algo diferente y definitivo. Atrás quedaron los modelos militaristas, administrativos y centralistas de todos los reyes de Israel y Juda. El pueblo quería una persona que fuera capaz de encaminar la nación por los rumbos añorados de la justicia, la paz y la solidaridad. El profeta Zacarías asume esta propuesta y la lanza a todo el pueblo de Dios como una gran utopía.

Para Zacarías, el nuevo gobernante debía distinguirse por la humildad, la justicia y su carácter pacífico. La humildad entendida como la capacidad para andar en la verdad, no como sumisión y conformismo. La justicia como pilar de una organización social en la que se le da a cada persona de acuerdo con sus necesidades y no según sus ambiciones. El pacifismo como la actitud básica para solucionar los inevitables conflictos que se presentan en toda organización humana. Tres cualidades que configuran una nueva forma de ejercer el poder. Sin embargo, Israel se estrelló con la ambición de algunos grupos minoritarios y poderosos que impusieron una teocracia centralista, prepotente y uniformadora. Fueron suprimidas de manera sistemática, todas las disidencias posibles y se le negó así al pueblo de Dios la posibilidad de intentar una utopía universalista, solidaria y transformadora. Se centró todo el poder en unas pocas familias que controlaban el Templo, el gobierno y la tierra. Así, los pobres de Yahvé no tuvieron la posibilidad de dar vida a su proyecto por falta de posibilidades económicas, de apertura política y de libertad religiosa.

El evangelio de Mateo nos presenta a Jesús con las características mesiánicas de la profecía de Zacarías: una persona pacífica y humilde, apasionado por hacer realidad la Utopía de Dios. Por esta razón, Jesús no se identifica con los ideales acerca del Mesías, vigentes en su época. No hay en él el más mínimo asomo del militar aguerrido e irresistible que con un formidable despliegue eliminaría las pretensiones del imperio romano, ni del sacerdote excelso que con sus extraordinarias dotes santificadoras transformaría el Santuario de Jerusalén, ni del gobernante extraordinario que congregaría al pueblo de Israel disperso por el mundo. Jesús no comparte estos proyectos, como tampoco las extravagantes aspiraciones de los nacionalistas furibundos que veían en el imperio romano un peligro que no eran capaces de descubrir al interior de ellos mismos, la violencia incontenible.

Los ideales de Jesús estaban más cerca de las grandes tradiciones proféticas que aspiraban a que el pueblo de Dios fuera capaz de organizarse como modelo alternativo de sociedad. Por esta razón, valores como el pacifismo y la humildad eran urgentes y necesarios. El pacifismo obliga a asumir actitudes dinámicas de transformación social pero, al mismo tiempo, no se rinde a la imparable lógica de la violencia. La humildad, por su parte, exige reconocer en cada momento los propios límites de la existencia y las barreras intrínsecas de la historia. Humildad y pacifismo hacen de un proyecto tan grandioso e imponente como el reino de Dios, algo al alcance de los pobres y excluidos.

Jesús, sin embargo, sabía perfectamente que no bastaba con que el ‘rey’ o líder poseyera atributos excepcionales para que la situación cambiara. Para él, era necesario que una comunidad de hermanos y hermanas se comprometiera a vivir la alternativa, a demostrar al mundo que «otras maneras de organización eran posibles», que la lógica aparentemente inextinguible de la violencia podía ser controlada. Por esto, Jesús insiste en la necesidad de asumir el ‘suave yugo’ de la vida comunitaria y la ‘ligera carga’ de las opciones evangélicas. Pero, atención, esto no es para todo el mundo. Es necesario madurar la fe y crecer como personas antes de meterse en este proyecto. Porque para quien no ha crecido en la dinámica de la comunidad, sino que ve todo desde ‘afuera’, desde los valores sociales vigentes, los ideales de Jesús son una carga abominable y el ideal de la cruz una ideología insufrible. No podemos pedir a cualquiera que asuma la inmensa responsabilidad del pacifismo si toda su vida ha creído que la ‘ley del revólver’ es un destino inexorable. No podemos pedir mansedumbre a una persona a la que siempre le han enseñado que el control de los demás, las ambiciones de ascenso social y el arribismo son las herramientas para ‘progresar’ en la vida.

Jesús quiere una comunidad en la que los lazos de solidaridad, afecto y respeto hagan de un grupo humano una gran familia consagrada a la realización del Reino. Una comunidad en la que los sencillos, los pequeños, hallen un lugar de importancia y sean los gestores de una nueva manera de organizar las relaciones interhumanas. Porque, como dice Pablo, sólo el ser humano espiritual, o sea, el ser humano que se ha abierto a la acción del Espíritu de Dios, es capaz de vivir la vida en plenitud, es decir, en gozosa aceptación y armonía con la humanidad. Leer más…

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Dom 5 julio 20, 14 tiempo ordinario; Mt 11, 15-20. Atrévete a ser hijo. La ruta del Padre

Domingo, 5 de julio de 2020

índiceDel blog de Xabier Pikaza:

No nos hemos atrevido en general a ser hijos, ni hemos seguido la ruta del Padre.  Legiones de falsos salvadores nos han impuesto rutas de sísifos, piedras inmensas, y lo hemos admitido, y encima les hemos llamado salvadores y señores… Nos han dicho que somos esclavos,que les debemos la vida y lo hemos creído.

En contra de eso, el evangelio es el descubrimiento y recorrido de la ruta del padre, y así lo dice Jesús, este domingo, abriendo para nosotros la ruta del padre y de la madre, la ruta de la vida, para todos, empezando por los más pequeños, por los niños, los miedosos, los enfermos. Este es el tema.

Introducción 

Algunos quisieron crear una religión de sísifos,  para subir la piedra a pulso  hasta el alto de la roca, pero fueron incapaces; la pedro rodaba de nuevo hasta el fondo del valle. Algunos jerarcas cristianos también han querido imponer cargar muy pesadas a los otros, sin tocarlas ellos ni siquiera con los dedos de la mano izquierda (cf. Mt 23, 4). Jesús en cambio dice que su carga es ligera o, mejor dicho, que no es carga, pues él mismo es quien la lleva por nosotros. 

ruta-del-cares-puente-la-haya-subida-al-bul-asturias    No impuso Jesús ninguna carga! Pero nos dijo también: ¡Si podéis, llevar los unos las cagas de los otros, no por obligación, sino por solidaridad. Si vas por ahí y ves a un Sísifo llevando su piedra, desde el tiempo de los griegos hasta ahora, dile que la eche, que ruede hasta el suelo, que no se ocupe de ella. Y si de verdad el no puede dejarla, cógela tú y llévala por él, que así pesa mucho menos.

Por eso, el evangelio de Jesús no está escrito para Sísifos atados sin pausa a su roca, sino niños que llaman a sus padres… y padres que acogen a sus hijos, llevando así la carga de la vida, conociéndose y amándose entre sí. Éste es el mensaje fundamental del evangelio de este domingo (Mt 11, 25-30), que  consta de tres partes que voy a comentar:  Una Alabanza (1, 25-26), de una revelación paterno-filial (1, 26) y una llamada

Alabanza. 11 25 Yo te confieso, Padre, Señor de cielo y tierra, pues has ocultado esto a sabios y entendidos, y lo has revelado a los pequeños.  26 Sí, Padre, pues que esta ha sido tu voluntad.

Confesión. 11 27 Todo me ha sido entregado por mi Padre: y nadie conoce al Hijo, sino el Padre;  y nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quisiere revelar.

Llamada. 11 28 Venid a mí todos los agotados y cargados, que yo os daré descanso.  29 Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí,  pues soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.   30 Porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.

Alabanza (11, 25-26).

Proviene de la tradición pascual de la iglesia, que descubre y confiesa a Jesús, muerto ya y resucitado, como revelador del Padre. Pero, en su tenor original, evoca y actualiza la experiencia histórica de Jesús:

11 25 Yo te confieso, Padre, Señor de cielo y tierra, pues has ocultado esto a sabios y entendidos, y lo has revelado a los pequeños.  26 Sí, Padre, pues que esta ha sido tu voluntad[1]

Maurycy_Gottlieb_-_Jews_Praying_in_the_Synagogue_on_Yom_KippurFrente a los sabios y entendidos, representados por los galileos de 11, 20-24, se sitúan ahora los  pequeños (nepioi), que han acogido el evangelio. Así lo descubre Jesús, y da gracias al Padre por ello. Éste ha sido su descubrimiento mesiánico: La revelación de Dios en los pequeños, y no en las orgullosas ciudades de Galilea, ni en los sabios del judaísmo rabínico.

Leído de esa forma, ese pasaje nos sitúa ante un misterio: la manifestación de Dios rompe la dinámica religiosa de sabiduría y grandeza de las ciudades galileas(presumiblemente orgullosas por su conocimiento de la Escritura y por su forma de entender el judaísmo). En contra de ellas, eleva Jesús, por gracia de Dios, a los pequeños que escuchan su Palabra. Frente al círculo cerrado de los sabios y entendidos   que se buscan a sí mismos y se creen suficientes, ratifica el Dios de Jesús el valor de los pequeños, en gesto de admiración exultante, revelándose por ellos como Padre.

En este principio se vinculan la hondura y universalidad, la profundidad y amplitud del evangelio de Mateo, que aparece así como portador de una revelación que no “cabe” en un pueblo de grandes y sabios. Este pasaje destaca así la autoridad de Dios Padre, a quien Jesús reconoce y alaba por su acción salvadora, en la línea del Éxodo, desvelando así su Nombre originario (cf. Ex 3, 14): Kyrios/Yahvé (¡Soy el que Soy!) del cielo y de la tierra, liberador sacral de los hebreos, siendo, al mismo tiempo, Padre que acoge y eleva a los pequeños. Éstas palabras (¡pues has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos…!) deben situarse en  la historia de las  comunidades cristianas  de Galilea, que, en un momento de conflicto, entre el 40 y 70 dC, tendieron a desligarse del movimiento de Jesús, de  forma que no pudo haber una “galilea cristiana”. Leer más…

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Mejor ser sencillo que sabio. Domingo 14 TO. Ciclo A

Domingo, 5 de julio de 2020

alexander_the_great_mosaicentrada-en-jerusalenEl contraste en Alejandro Magno y Jesús

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

“Venid a mí los que estáis cansados y agobiados” 

El contexto del evangelio

En los tres domingos anteriores (11-13) hemos leído unos fragmentos del discurso de Jesús a los apóstoles cuando los envía de misión (Mt 10). No se cuenta la vuelta de los discípulos ni el resultado de su actividad. En los capítulos siguientes (Mt 11-12) se cuentan episodios muy distintos que ayudan a definir la figura de Jesús y describen las distintas reacciones que provoca su persona y su actividad.

¿Es realmente el Mesías esperado? Juan Bautista duda, y envía a sus discípulos a preguntar si tienen que esperar a otro. Los de Corozaín y Betsaida no se dejan afectar por su predicación, se niegan a convertirse. Los fariseos lo acusan de infringir la ley y el sábado, deciden matarlo y dicen que está endemoniado.

Sin embargo, en medio de todos estos que desconfían, se desinteresan o se oponen a Jesús, hay un grupo que lo acepta por dos motivos muy distintos: por revelación de Dios, y porque, desde un punto de vista religioso, se sienten agobiados, cargados, y encuentran alivio en Jesús y su mensaje. Al final, este grupo aparecerá como la familia de Jesús, sus hermanos, sus hermanas y su madre.

Sabios y sencillos (Mateo 11,25-30)

En aquel tiempo, exclamó Jesús:

            Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla. Si, Padre, así te ha parecido mejor.

            Todo me lo, ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.

            Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y encontraréis vuestro. descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera.

El pasaje de este domingo contiene una acción de gracias, una enseñanza y una invitación.

Venid a mí

Acción de gracias. Jesús ve que la gente se divide ante él, y las cataloga en dos grupos. El de los “sabios y entendidos”, que tienen una sabiduría humana, y por eso se escandalizan de Jesús o lo rechazan. Son especialmente los escribas, que dominan las Escrituras tras muchos años de estudio; también los fariseos, muy unidos a los escribas, que siguen sus enseñanzas y se consideran perfectos conocedores de la voluntad de Dios. Pero están también los “sabios y entendidos” desde un punto de vista humano, los que se consideran capacitados para criticar a Juan Bautista y a Jesús aunque no hayan estudiado teología.

Por otra parte, está el grupo de la “gente sencilla”, sin prejuicios, a la que Dios puede revelarle algo nuevo porque no creen saberlo todo. Pescadores, un recaudador de impuestos, prostitutas, enfermos… Esta gente acepta que Jesús es el Mesías, aunque no imponga la religión a sangre y fuego; acepta que es el enviado de Dios, aunque coma, beba y trate con gente de mala fama; se deja interpelar por su palabra y enmienda su conducta. Esto, como la futura confesión de Pedro, es un don de Dios. La capacidad de ver lo bueno, lo positivo, lo que construye. Los sabios y entendidos se quedan en disquisiciones, matices, análisis, y terminan sin aceptar a Jesús.

Enseñanza. En pocas palabras tenemos un tratadito de cristología, centrado en lo que tiene Jesús y en lo que puede revelarnos. Lo que tiene, se lo ha dado el Padre. El mejor comentario se encuentra en el cuarto evangelio, donde se dice que el Padre ha dado a Jesús los dos poderes más grandes: el de juzgar y el de dar la vida. A estos dos poderes se añade aquí el de revelar al Padre. Estas personas sencillas, a través de Jesús, van a conocer a Dios como Padre, no como un ser omnipotente o un juez inexorable. Él se lo revelará, porque es el único que puede hacerlo.

Invitación. Pero esta revelación del Padre no es algo abstracto, teórico. Es un respiro para los rendidos y abrumados por el yugo de las leyes y normas que les imponen las autoridades religiosas. Los rabinos hablaban del “yugo de la Ley”, al que los israelitas debían someterse con gusto y con deseo de agradar a Dios. Pero ese yugo se volvía a veces insoportable por la cantidad de mandatos y prohibiciones, y por la idea tan cruel de Dios que transmitían. En cambio, el yugo de Jesús pone a la persona por delante de la Ley, como lo demostrarán los dos relatos inmediatamente posteriores, centrados en la observancia del sábado.

Resumen. Estos versículos contienen un dinamismo muy curioso: el Padre revela al Hijo, el Hijo revela al Padre, pero el gran beneficiado es el hombre que acoge esa revelación; se ve libre de una imagen legalista, dura, agobiante, de Dios y de la religión. Su piedad, al hacerse más divina, se hace más humana.

Un rey sencillo, pero de inmenso poder (Zacarías 9,9-10)

El hecho de que Jesús se presente como «manso y humilde» trae a la memoria la promesa de un rey «modesto, montado en un asno», anunciado por el profeta Zacarías. Estamos, probablemente, a finales del siglo IV a.C., poco después de que Alejandro Magno haya pasado por Palestina camino de Egipto. A la imagen grandiosa del monarca macedonio, montado en su caballo Bucéfalo, contrapone el profeta la imagen de un rey de apariencia modesta, montado en un burro, pero de enorme poder, capaz de llevar a cabo lo que otros profetas habían atribuido al mismo Dios: sin necesidad de ejército (destruirá los carros de guerra de Efraín y la caballería de Jerusalén, romperá los arcos de los guerreros) instaurará la paz y dominará desde el Éufrates hasta el fin del mundo. Un rey excepcional, casi divino.

Los evangelistas relacionarán este texto con la entrada de Jesús en Jerusalén. En el contexto de este domingo, pretende reforzar la imagen de un Jesús manso y humilde, que no instaura la paz en las naciones sino en los corazones.

 

Así dice el Señor: 

Alégrate, hija de Sión; canta, hija de Jerusalén;

mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso;

modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica. 

Destruirá los carros de Efraín, los caballos de Jerusalén,

romperá los arcos guerreros,

dictará la paz a las naciones;

dominará de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.

«Te ensalzaré, Dios mío, mi rey» (Sal 144)

El salmo elegido para este domingo reúne bien las dos lecturas. Recoge la imagen del rey, pero no destaca su poderío militar ni su dominio universal, sino su clemencia, misericordia, piedad, bondad. «Es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Igual que Jesús, que alivia a cansados y agobiados, el rey prometido «sostiene a los que van a caer, endereza a los que ya se doblan». Por eso, la reacción que debemos tener al escuchar las palabras del evangelio es la de bendecir al Señor Jesús día tras día, por siempre.

 

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Suesa

Domingo, 5 de julio de 2020

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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La simplicidad de Dios nos asusta.

Domingo, 5 de julio de 2020

priestelsicariodedios5Mt 11, 25-30

En el evangelio de hoy hay tres párrafos bien definidas. El primero se refiere a Dios. El segundo, a la interdependencia total entre Jesús y Dios. El tercero, hace referencia a la relación entre nosotros y Jesús. Los tres manifiestan aspectos esenciales del mensaje de Jesús. Los dos primeras se encuentran también en Lc, pero en el contexto des éxito de los 72 y la intervención del Espíritu que llenó de alegría a Jesús. En la primera comunidad cristiana todos eran personas sencillas, que no podían gloriarse de nada y buscaban ser acogidas y guiadas. ¿Qué hubiera dicho Jesús de la Iglesia después de Constantino?

“Te doy gracias, Padre, porque…” Lo importante no es la acción de gracias en sí sino el motivo. Jesús no puede afirmar que Dios da a algunos lo que niega a otros. Lo que quiere decir es que, el Dios de Jesús no puede ser aceptado más que por la gente sencilla y sin prejuicios. Los engreídos, los soberbios, los sabios tienen capacidad para crearse su propio Dios. Los “sabios y entendidos” eran los especialistas de la Ley. Su pretendido conocimiento de Dios les daba derecho a sentirse seguros, poseedores de la verdad. No tenían nada que aprender. Pero eran los únicos que podían enseñar.

¿Quiénes eran los sencillos? “El “nepios” griego tiene muchos significados, pero todos van en la misma dirección: infantil, niño, menor de edad, incapaz de hablar; y también: tonto, infeliz, ingenuo, débil. En todos descubrimos la ausencia de cálculo, la falta de doblez o segundas intenciones. Para la élite religiosa, los sencillos eran unos malditos, porque no conocían la Ley, y por lo tanto no podían cumplirla. Los sencillos eran los “sin voz”, “la gente de la tierra” a quienes los rabinos despreciaban.

Estas cosas son las experiencias de Dios que Jesús vivió y que les quiere transmitir. No se trata de conocimiento sino de experiencia profunda. “Todo me lo ha entregado mi Padre…” Ese conocimiento de Dios no es fruto del esfuerzo humano, sino puro don; aunque no se niegue a nadie. El error de nuestra teología, fue creer que conocíamos a Jesús porque conocíamos a Dios; si Jesús era Dios, ya sabíamos lo que era Jesús. El texto nos dice que la única manera de conocer a Dios es aproximarnos a Jesús.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré. La imagen de yugo se aplicaba a la Ley, que, tal como la imponían los fariseos, era ciertamente insoportable. El hombre desaparecía bajo el peso de más de 600 preceptos y 5.000 prescripciones. Para los fariseos, la Ley era lo único absoluto. Jesús dice lo contrario: “El sábado está hecho para el hombre, no el hombre para el sábado”. La principal tarea de Jesús es liberar al hombre de las ataduras religiosas.

Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera. Jesús libera de los yugos y las cargas que oprimen al hombre y le impiden ser Él. No propone una vida sin esfuerzo; Sería engañar al ser humano que tiene experiencia de las dificultades de la existencia. Sin esfuerzo no hay verdadera vida humana. No es el trabajo exigente lo que malogra una vida, sino los esfuerzos que no llevan a ninguna plenitud. Todo lo que hagamos a favor del hombre se convertirá en felicidad porque traerá plenitud y felicidad.

Jesús propone un “yugo” pero no de opresión que vaya contra el hombre, sino para desplegar todas sus posibilidades de ser más humano. Jesús quiere ayudar al ser humano a desplegar su ser sin opresiones. El yugo y la carga serían, como el peso de las alas para el ave. Claro que las alas tienen su peso, pero si se lo quitas, ¿con qué volará? El motor de un avión es una tremenda carga, pero gracias a ese peso el avión vuela. Nuestras limitaciones son las que nos permiten avanzar hacia la meta.

Lo que acabamos de leer es evangelio (buena noticia). No hemos hecho caso a este mensaje. En cuanto pasaron los primeros siglos de cristianismo, se olvidó totalmente este evangelio, y se recuperó “el sentido común”. Nunca más se ha reconocido que Dios se pueda revelar a la gente sencilla. Es tan sorprendente lo que nos acaba de decir Jesús, que nunca nos lo hemos creído. Dios no comparte con el hombre el conocimiento, sino su misma Vida. Los que no creen en la evolución pueden disfrutar de una buena salud.

Si Dios se revela a la gente sencilla, ¿Qué cauces encontramos en nuestra institución para que esa revelación sea escuchada? ¿No estamos haciendo el ridículo cuando seguimos siendo guiados por los “sabios y entendidos” que se escuchan más a sí mismos que a Dios? A todos los niveles estamos en manos de expertos. En religión la dependencia es absoluta, hasta el punto de prohibirnos pensar por nuestra cuenta. Recordad la frase del catecismo: “doctores tiene la Iglesia que os sabrán responder”.

Jesús no propone una religión menos exigente. Esto sería tergiversar el mensaje. Jesús no quiere saber nada de religiones. Propone una manera de vivir la cercanía de Dios, tal como él la vivió. Esa Vida profunda, es la que puede dar sentido a la existencia, tanto del listo como del tonto, tanto del sabio como del ignorante, tanto del rico como del pobre. Todo lo que nos lleve a plenitud, será ligero. Este camino de sencillez no es fácil.

Los cansados y agobiados eran los que intentaban cumplir la Ley, pero fracasaban en el intento. De esas conciencias atormentadas abusaban los eruditos para someterlos y oprimirlos. Nada ha cambiado desde entonces. Los entendidos de todos los tiempos siguen abusando de los que no lo son y tratando de convencerles de que tienen que hacerles caso en nombre de Dios. Pío IX dijo: “solo hay dos clases de cristianos, los que tienen el derecho de mandar y los que tienen la obligación de obedecer”. Hoy ningún jerarca repetiría esas palabras, pero en la práctica, todos actúan desde esa perspectiva.

Descubramos en qué medida separamos la fe de la vida, la experiencia del conocimiento, el amor del culto, la conciencia de la moralidad, etc. Los predicadores seguimos imponiendo pesados fardos sobre las espaldas de los fieles. Nuestro anuncio no es liberador. Seguimos confiando más en los conocimientos teológicos, en el cumplimiento de unas normas morales y en la práctica de unos ritos, que en la sencillez de sabernos en Dios. Seguimos proponiendo como meta la “Ley”, no la Vida.

La gran carencia de nuestra comunidad hoy es la falta de experiencia interior. Por eso nunca se podrá superar insistiendo en la doctrina, por medio de la condena a los que se atreven a discrepar de la doctrina oficial o con documentos que tratan de zanjar cuestiones discutibles. Lo que hay que enseñar a los cristianos es a vivir la experiencia del Dios de Jesús. Solo ahí encontraremos la liberación de toda opresión. Solo teniendo la misma vivencia de Jesús, descubriremos la libertad para ser nosotros mismos.

Meditación

Venid a mí todos, dice Jesús.
Él conoce a Dios y él nos lo puede revelar.
Debemos superar todo prejuicio
y aceptar ese Dios como el único que puede liberarnos.
Todo dios, que venga de otra parte
o que nos hayamos fabricado nosotros, será opresor.
Mientras más agobiados nos sintamos,
más necesitaremos al Dios de Jesús.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Manso y humilde de corazón.

Domingo, 5 de julio de 2020

4893ee3cc57351cd95610f11a8672e3dLa mansedumbre y humildad de corazón, en modo alguno significan debilidad (Juan Pablo II)

9 julio XIV domingo del TO

Mt 11, 25-30

Acudid a mí, los que andáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré (v. 28)

El Salmo 25, 9 dice que Yahweh enseña a los mansos su camino. Y el 144 canta la clemencia y misericordia del Señor con todas las criaturas. Bondad divina que Jesús revela repetidamente en el Evangelio. En Mateo nos invita a paliar nuestro cansancio por las vicisitudes de la vida acudiendo a él llenos de confianza, y vincula a sus seguidores a su propia persona humana. Mantuvo con los necesitados un trato particularmente próximo y cordial.

Por contraposición, los rabinos eran maestros expertos en la ley judía y en la interpretación de la Torá, que imponían dicha ley a los suyos vetándoles el ejercicio de la libertad e impidiéndoles el desarrollo natural como personas. Juan lo expresó con fuerza en su Evangelio: “la verdad os hará libres” (Jn 8, 32). Una de las magníficas formulaciones del evangelista, como apunta Schökel, que todavía no ha perdido nada de su resplandor, y que es la fuerza de la vida que redime al ser humano.

Sólo dos personas en la Biblia fueron llamados mansos: Jesús y Moisés. Y ninguno de los dos era débil o cobarde; eran hombres de fuerte convicción en su vida e ideas. Se destaca en ella la mansedumbre como actitud mental que se tiene en primer lugar hacia Dios y luego hacia el prójimo. En Isaías 29 está escrito que “Los mansos aumentarán su regocijo en Jehová mismo”, y en el Salmo 25 se dice que “Jehová enseñará a los mansos su camino”.

“La mansedumbre y humildad de corazón, en modo alguno significan debilidad”. Lo dijo Juan Pablo II en una audiencia sobre la misión de Cristo.

Moisés “era con mucho el hombre más manso de todos los hombres que había sobre la superficie del suelo”, como relata Nm 12, 3. El Salmo 37, 11 dice que “Los mansos mismos poseerán la tierra, y verdaderamente hallarán su deleite exquisito en la abundancia de paz”. Y el 22, 26: Los mansos comerán y quedarán satisfechos”.

Jesús manifiesta constantemente en su vida pública la mansedumbre y humildad de corazón. San Pablo invita en Flp 2, 6-8 a los habitantes de la Macedónica, ciudad de Filipos, a tener los mismos sentimientos de Jesús y tomarlo como inspiración y modelo. Razones por las cuales San Pedro nos propone el seguimiento de sus huellas (1Pe 2, 21).

“Tener los mismos sentimientos”. Es lo que ha hecho madrileño Pedro Halffter (1971), internacionalmente reconocido como compositor y director de orquesta. El jueves de la semana pasada tuve la fortuna de poder asistir en el Auditorio Príncipe de Vergara al estreno de su obra Sigfrido sin palabras. Una condensación musical en la que, los espectadores hemos podido apreciar la enorme diversidad de colores y matices de la música wagneriana. Halffter “ha desnudado a Sigfrido y le ha dejado sin palabras, arropado solo por la orquesta”, como él mismo afirma en una reciente entrevista.

Mi mente volaba sobre violines, flautas y trompetas, permutando al héroe del Anillo del Nibelungo por Jesús y el Evangelio. Yo era ahora el revestido de los vientos, haciendo sonar mi personal orquesta, y haciendo que mi sonido anegara de vida la existencia de cuantos pudieran escucharme.

El poeta leonés Antonio Colinas, nacido en La Bañeza en 1946, nos presenta en su obra Libro de la mansedumbre (Ediciones Seruela 2016) una dimensión universal y profunda de tan cristiana virtud, en este fragmento de su poema Descenso a la mansedumbre:

¡Cómo revela el mar la mansedumbre!
Aquí en la playa, donde están los límites
verdaderos del ser, filósofa francesa
-los de la mar, la tierra, el cielo-
todo es infinito.
Mansa es el agua y mansas son las rocas,
Y hasta la noche que desciende es mansa.

HAY TORMENTAS EN MI MAR

Se levantan tempestades
en los caminos del mar.

(¡De mi mar y mi camino!)

Cansado estoy de remar.

……………………….

Señor del trueno y del viento:
¡No me dejes naufragar!

Apacigua mis tormentas
que tanto encrespan mi mar.

En tu andar de peregrino…
¡¡calma mi peregrinar!!

(SOLILOQUIOS. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Venid a mí.

Domingo, 5 de julio de 2020

jezus-ci-pomozeMt 11, 25-30

Sabemos bien que para Jesús la oración es esencial. En muchos momentos se aleja para orar en soledad, buscando tiempos explícitos de encuentro con su Abba (cf. Mt 14,13.23; 17,1; 26.36ss…). En otros nos invita a rezar (cf. 18,19-20; 24,20…); y hasta nos enseña cómo hacerlo (cf. 6,5ss; 9,38…).

Pero hoy es diferente, porque tras la breve y conocida expresión, “en aquel tiempo”, nos vemos sumergidos inmediatamente en la propia oración de Jesús. Y, como sucede cuando alguien nos introduce en un momento íntimo, podemos sentir cierto reparo prudente, pero al mismo tiempo agradecido hacia quien nos abre su vida en un instante tan privado.

Jesús se dirige directamente al Padre y lo hace dándole gracias y nombrándolo como el Señor de cielo y tierra. Las gracias se las da porque ha escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las ha revelado a la gente sencilla. Ante esta expresión nos surgen algunas preguntas: ¿qué son “estas cosas”?, ¿quiénes son los “sabios y entendidos”?, ¿a quiénes se refiere Jesús con “gente sencilla”?

Situar el texto en su contexto nos ayudará a comprenderlo mejor. Durante los primeros capítulos del evangelio Mateo se ha preocupado por dar a conocer las enseñanzas y acciones de Jesús. A partir del capítulo 11 (en el que se encuentra nuestro relato), el evangelista modifica la dirección de su mirada y pone la atención en la actitud que cada persona o cada grupo muestra ante Jesús. Así, Juan Bautista todavía duda y envía a sus mensajeros para preguntarle directamente (11,2-15); algunas personas no son capaces de atravesar las apariencias y le juzgan severamente (11,16-19) y las ciudades en las que ha realizado la mayoría de sus milagros no se convierten (11,20-24).

Los “sabios y entendidos” tampoco comprenden (11,25). En Mateo estos sabios y entendidos son, seguramente, los especialistas en la Ley, esos fariseos que le recriminan (12,2), que buscan cómo acabar con él (12,14), que lo relacionan con Belcebú, el príncipe de los demonios (12,24) y que le piden signos (12,38) sin acoger los que ya ha realizado. Aquellos que creían saberlo todo de Dios se muestran ciegos, incapaces de descubrirle en Jesús, atados como están por sus falsas imágenes de un dios que ha cargado al pueblo de preceptos y observancias. Un dios tan diferente del Dios de Jesús, el Dios que ama y que libera, que nos descarga de nuestros pesos y los toma consigo, que nos quiere felices.

Es la gente sencilla la que acoge “estas cosas”, es decir, la revelación de Dios en Jesús, su Buena Noticia. La gente sencilla es quien se sitúa “desarmada” ante Dios, quien es capaz de dejarse coger por él hasta el fondo, quien cree y confía, quien se abre a su Amor sin cuestionarlo y así se deja transformar radicalmente por él.

En la Iglesia hoy es también la gente sencilla la que sigue cuestionándonos y enseñándonos. ¡Qué cuidado hemos de poner para no cargarnos ni cargar a nadie con unos fardos pesados frutos de razonamientos intelectuales y no de la verdadera experiencia de encuentro con Jesús! Quienes tenemos la gran suerte de acompañar a otros en su camino de vida y fe somos testigos del peso que muchas personas siguen cargando. Pienso en jóvenes que se perciben bajo grandes fardos cuando no saben qué hacer con lo que sienten frente a las normas religiosas que han aprendido; o cuando se enfrentan a su identidad sexual sin saber cómo entender lo que les sucede a la luz de lo que se les ha dicho en nombre de Dios. Pienso en parejas que no se sienten incluidas dentro de la gran familia eclesial o en quienes se saben rechazados por cómo piensan. Para todos ellos son especialmente estas palabras y para nosotros la gran pregunta: ¿Cómo estamos viviendo, qué hacemos y qué decimos para que todos puedan encontrarse y tener verdadera experiencia del Dios que nos libera y consuela? ¿Es realmente nuestra vida cauce para esta Buena Noticia?

Al comienzo del tiempo de verano, en el que todos buscamos cómo descansar más y mejor, cómo apaciguar nuestro estrés y descargar nuestras preocupaciones, un evangelio así es el mejor regalo que se nos podría hacer“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”No puede haber mejor promesa para quienes vivimos en una sociedad en la que la inmediatez y el individualismo ejercen un poder inaudito. También en nosotros, quienes somos creyentes y pensamos que tenemos una escala de valores diferente, encontramos sus huellas.

“Venid” nos dice Jesús¡Aquí estamos! ¿Qué persona no siente que esta Palabra es para ella? ¿Quién no tiene algún cansancio o agobio que desea descargar? Pero, fijémonos en los otros imperativos: “cargad” “aprended”. ¡Vaya! ¡En vacaciones y más trabajo! Movimiento, carga y aprendizaje… desde luego Jesús es el maestro de los contrastes. Y el Maestro de Sabiduría. Porque sus palabras nos llevan, una vez más, a lo esencial. Lo que hoy necesitamos no es el mero descanso del trabajo; no es desconectar de la rutina; ni viajar ni consumir más… Lo que el ser humano sigue necesitando, hoy y siempre, es encontrar el Sentido, ordenar la vida hacia Dios.

Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón. Aprended de quien es dócil a la voluntad del Padre, de quien está abierto a su Palabra y a su encuentro, del misericordioso, del pronto al perdón… Aprended de quien se deja modelar por las manos del Padre haciendo de su Proyecto el sentido de su existencia.

“Cargad con mi yugo… porque es llevadero y mi carga ligera”. El seguimiento de Jesús, lo sabemos, es exigente y radical. Conlleva la entrega total de la vida. Pero, por eso mismo, es absolutamente liberador y reconstituyente. Escuchamos estas palabras: “cargad con mi yugo” y nos imaginamos escenas de esclavitud y sufrimiento. ¡Todo lo contrario! El seguimiento de Jesús alienta nuestra alegría y nuestra libertad, nos libera de todo lo que es relativo y que tantas veces se convierte en nuestra vida en una carga que no nos deja vivir en plenitud.

“Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”. Si para todos es un don, cómo resonará esta promesa en los oídos de quienes, por sus circunstancias personales o sociales, se encuentran envueltos en conflictos y dificultades, angustiados por sobrevivir y luchar para que otras/os sobrevivan. A todos ellos, a los pueblos de Venezuela, México, Siria, Irak, Afganistán, la zona del Gran Sahel y la región del Chad, Congo, Somalia…, a tantas hermanas y hermanos que cruzan desiertos o mares huyendo…, a quienes sufren enfermedad, discriminación o violencia, a todos tenemos presentes en nuestra oración. Que al rezar con esta Palabra que hoy se nos regala no los olvidemos.

Inma Eibe, ccv

Fuente Fe Adulta

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Gratitud

Domingo, 5 de julio de 2020

Gratitud.2Domingo XIV del Tiempo Ordinario

5 julio 2020

Mt 11, 25-30

La gratitud es una actitud admirablemente terapéutica, capaz de sostener el “tono vital” de la persona. Por un lado, nos aleja del funcionamiento de la queja; por otro, constituye el mejor antídoto frente al desaliento o el desánimo.

          En la medida en que la ejercitamos, nos va transformando interiormente y enriqueciendo nuestro modo de vivir la relación con los otros. En cierto sentido, podría decirse que ensancha el propio corazón, favorece la alegría de vivir y facilita poderosamente la convivencia.

          A poco que observemos, podremos advertir que la gratitud genuina no depende tanto de lo que nos sucede, cuanto del modo como recibimos lo que nos sucede. Si únicamente damos gracias cuando nos ocurre algo que consideramos “agradable”, no hemos salido aún de nuestro egocentrismo.

          La gratitud auténtica es una con la vida, fluye con ella. Nace y se apoya en la comprensión de que, más allá de los juicios que pueda hacer nuestra mente, en el fondo, todo es gracia. Por eso, cuando sabemos ver, la gratitud aflora sin obstáculos. Por el contrario, si permanecemos aferrados a nuestras expectativas –“la vida debe responder a lo que yo deseo”–, la frustración inevitable traerá consigo la resistencia y el sufrimiento, el enfado, la queja y el victimismo.

         La gratitud, como fuerza que nos desegocentra, nos hace tomar distancia de nuestros pequeños intereses y nos abre a la comprensión profunda de que, en último término, todo es don.

        Como el amor, como la alegría…, como tantas cosas, la gratitud es un arte. Y en cuanto tal, necesita ser ejercitada en un entrenamiento cotidiano, en el que, conscientemente, damos gracias por todo.

    En la medida en que crece la comprensión, reconocemos que, vista desde el plano espiritual, la gratitud no es simplemente una actitud o cualidad –algo que podemos vivir con mayor o menor intensidad–, sino otro nombre de nuestra identidad profunda: somos Gratitud. Por eso, al vivirla conscientemente, experimentamos encaje, unificación y plenitud: estamos viviendo lo que somos.

        Si se entiende bien, podría decirse que la existencia entera de una persona sabia se vive entre dos palabras: “gracias” y “sí”. Por todo lo que ha sido, ¡gracias!; a todo lo que sea que venga, ¡sí!

¿Soy una persona agradecida? ¿Qué me hace decirlo?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Entre sabios, entendidos y “enterados”, mejor sencillos, cansados y agobiados

Domingo, 5 de julio de 2020

nina-con-abuelo-lee-pDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Te doy gracias, Padre.

En muchos momentos Jesús da gracias a Dios, bendice al Padre. En el texto de hoy, Jesús manifiesta la intimidad de amor con el Padre. Jesús y Dios Padre viven una relación profunda de amor. Te doy gracias Padre…

Se trata del amor de Dios Padre con Jesús. El amor de Dios Padre, el Padre es el centro del cristianismo. Jesús, da gracias, le bendice.

El centro de muchos modos de vivir la religión y el cristianismo no es el Padre, ni Jesús, ni el amor, sino la ley, lo que hemos de cumplir, lo que Dios exige para tenerle aplacado. Se ha predicado el infierno como si fuese un arma que Dios utiliza para tener al pueblo “a raya”.

Siempre causa pena, pero más en estos tiempos de pandemia, que las palabras que emanan de no pocos jerarcas, sean palabras y decretos puramente de “orden público”: ahora, que estamos en pandemia, queda abolido el precepto dominical, cuando nos curemos, volveremos al pecado mortal para quien no lo cumpla.

Dios es Padre. Es el eje del cristianismo.

  1. Padre de los sencillos, no de sabios y entendidos.

En este caso Jesús da gracias a Dios porque ha revelado lo que es la vida, las cuestiones decisivas de la vida a la gente sencilla, a los pequeños.

Los sabios y entendidos, (los “enterados”) tienen un tono de prepotencia y altanería. Hay gente que cree saberlo todo, entienden de todo, mandan en todo: lo mismo da en política, que en economía, en las intrigas eclesiásticas (que no eclesiales) o en la vida cotidiana. Hay mucho “enterado” con complejo de superioridad. Son los que no saben. Puede que tengan poder, dinero, ciencia, cargos, pero solamente tienen eso: dinero y poder, pero no sabiduría.

La sencillez no es una desgracia, ni una cuestión de ser pobres. La sencillez es un modo de ser y vivir humildemente, y abiertos a la sabiduría que no está en la chulería y presunción.

Son los sencillos, los pequeños los que tienen esa sabiduría silenciosa propia del pobre y del humilde. Es una sabia ignorancia. Son sencillos los que tienen la mirada limpia y el corazón y las intenciones honradas y saben escuchar.

  1. 03. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré.

En la vida vamos sufriendo cansancios y canseras propios de la condición humana, así como también desfallecimientos inherentes a nuestra condición personal e histórica.

La vida pasa y no terminamos de alcanzar las cotas soñadas y deseadas. Y eso cansa. La historia de nuestra conversión es la historia de nuestro fracaso. La frustración, la profunda cansera pueden hacer mella en nosotros. Probablemente ser adulto es amontonar desilusiones y cansancios, pero mantener firme y libremente la esperanza. (Uno es adulto cuando ya no se hace ilusiones en la vida, pero mantiene la esperanza). Nuestra vida se gasta en tristezas, que dice el salmo 31.

Sociológica y culturalmente estamos también en un momento de cansancio. Tras la altivez de la Ilustración (el siglo de las luces), la postmodernidad no acierta a encontrar la luz: no sabemos por dónde tirar ni salir. Los problemas se hacen crónicos, la noche cultural es espesa

La pandemia es causa también de tedio y cansancios de monotonías. Ante esta situación de enfermedad muchos políticos y obispos nos cansan y decepcionan.

  1. De qué nos libera Jesús

El ser humano se ve agobiado por el yugo de la religión. Nos pesa, nos agobia radicalmente la finitud, el pecado, el absurdo y sin.sentido, la muerte. Jesús no se refiere a que nos vaya a librar de la carga del trabajo, de la finitud humana, de la muerte. Tampoco Jesús “ha fundado una religión más suave” y de más fácil cumplimiento. Jesús no creó “unas rebajas cristianas de verano”.

Cristo nos libera del yugo, que el “esquema religioso” nos carga.

La carga de la que Jesús nos quiere liberar es la carga de la religión, es decir, del yugo de la ley, impuesto en su tiempo al pueblo por los maestros religiosos, por los hombres sabios y entendidos.[1]

Jesucristo nos quiere liberar de la esclavitud de la religión., porque también nosotros vivimos y gemimos bajo la ley, bajo una ley que es religión y bajo una religión que es ley.

Estamos bajo la angustia y el miedo. La ley de la religión es el esfuerzo del ser humano por librarse de las angustias y miedos a la nada, al absurdo, el pecado y la muerte[2]: el ser humano pretende librarse de sus angustias recurriendo a la religión, pero no terminamos de librarnos.

La ley de la religión es el gran esfuerzo del hombre por domeñar su angustia, su desasosiego y su desespero, para taponar el boquete que hay en sí mismo y alcanzar la inmortalidad, la espiritualidad y la perfección. Y así es como bajo la ley religiosa el hombre trabaja y se fatiga tanto de pensamiento como de obra.

La ley religiosa exige que el hombre acepte unas ideas y unos dogmas, que crea en ciertas doctrinas y tradiciones, cuya aceptación le garantiza su salvación de la angustia del desespero y de la muerte. Entonces el hombre procura aceptar todas esas cosas, aunque tal vez se le hayan hecho extrañas y dudosas. Bajo la exigencia religiosa, trabaja y se fatiga para creer cosas en las que ya no puede creer. Finalmente, intenta huir de la ley de la religión.[3]

La tentación es huir de la religión. Pero tampoco se puede vivir permanentemente en “descampado” o en el vacío. . Por eso el hombre retorna continuamente al “yugo de la religión”. Así surge “una especie de fanatismo que se complace en la auto.tortura e intenta imponerlo a los demás, a sus hijos o alumnos”.[4]

Algo de esto ocurre también con las prácticas religiosas: nos exigen actividades rituales, no podemos dejar u olvidar prácticas religiosas, que nos producen una cierta satisfacción. Tal vez nos rebelamos contra tales ritos, incluso los abandonamos temporal o “definitivamente”. Pero tampoco el puro desprecio escéptico es realizador y volvemos a las prácticas de modo fanático y mágico.

Es el puritanismo perfeccionista. Y para los puritanos Jesús es un mero “maestro o guía espiritual” de la ley religiosa. Pero eso es deformar a Cristo y reducirlo a ser el fundador de una religión y, por tanto, el portador de una nueva y más refinada ley.

Jesús nos libera del yugo de la religión. El yugo de Cristo es liberador y está en medio de nosotros: en nuestra tragedia personal e histórica. Ese yugo liberador aparece en nuestra ardua lucha.

De repente nos sentimos inmersos en una paz que es superior a la razón, es decir, que mana allende nuestro esfuerzo práctico para realizar el bien.[5]

Jesús no es el creador de una religión, sino el vencedor de toda religión.[6] Jesús nos libera de toda religión: en Jesús dominamos el desasosiego de la existencia. Jesús es el Nuevo Ser, que no nos impone ninguna religión. Los maestros religiosos nos llaman a nuevas o antiguas religiones. El cristianismo nos llama al Nuevo Ser. En Jesús, el Nuevo Ser, la Verdad y el Bien nos han asido. Jesús nos llama.

(Los ministros y maestros del cristianismo) no os llamamos al cristianismo, sino más bien al Nuevo Ser, del cual el cristianismo debe ser testigo y nada más, sin confundirse jamás con ese Nuevo Ser. Cuando oigáis la llamada de Jesús, olvidad todas las doctrinas cristianas, olvidad vuestras propias convicciones y vuestras dudas particulares. Si alguna vez Le seguís, olvidad toda la moral cristiana, vuestros logros y vuestras dudas particulares. Nada se os pide -ninguna idea de Dios, ninguna bondad especial propia, ni que seáis religiosos, ni que seáis cristianos, ni siquiera que seáis sabios, ni que os atengáis a una moral. Lo que se os pide es tan sólo que os abráis a lo que se os da y que queráis aceptarlo: el Nuevo Ser, el ser de amor, de justicia y de verdad que se manifiesta en Aquel cuyo yugo es llevadero y cuya carga es ligera.[7]

  1. Venid a mí.

Lo fundamental es el encuentro con Xto –con Dios-. Quien o cuando hacemos la experiencia de levantar la mirada hacia el -horizonte absoluto, hacia Xto y vemos la vida y sus cuestiones desde Él, estamos ya serenamente en paz, con nuestra casa sosegada.

Los problemas en la vida seguirán. El mal y el pecado, la enfermedad, las dictaduras de todo tipo seguirán, el sufrimiento, la muerte harán siempre buena carrera y nos harán sufrir, pero no nos angustiarán, no nos agobiarán, porque estamos bien cimentados, los puntos de referencia los tenemos bien puestos. Nada te turbe, nada te espante, solo Dios basta.

                             Jesucristo es perdón, redención.

Jesucristo es sentido: Desde el principio existe el Logos.

Jesucristo es Vida: Yo soy la resurrección y la Vida.

Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré.

[1] TILLICH, P. Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 152.

[2] Cfr TILLICH, P. El coraje de existir, Barcelona, Ed Estela, 1968,  40-61.

[3] TILLICH, P. Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 153.

[4] TILLICH, P. Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 154.

[5] TILLICH, P. Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 157.

[6] TILLICH, P. Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 159. Es sugerente leer los primeros capítulos del evangelio de Juan desde la llamada “Teología de las sustituciones”: Jn 2,1-11: (Bodas de Caná) Sustitición de la Alianza. Jn 2,13-2 (Expulsión de los mercarderes del templo) Sustitución del templo. Jn 2, 23-3,21 (Nicodemo) Sustitución de la ley. Jn 3,22-4,3 Sustitución de los mediadores. Jn 4,4,44 (La samaritana) sustitución del culto. Cfr MATEOS, J. – BARRETO, J. El Evangelio de San Juan, Madrid, Ed Cistiandad, 1982, 137-249.

[7] TILLICH, P. Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 160.

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