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“Siempre es posible reaccionar”. 1 Adviento – B (Marcos 13,33-37)

Domingo, 29 de noviembre de 2020

1609802_527682714013418_497079345_nNo siempre es la desesperación la que destruye en nosotros la esperanza y el deseo de seguir caminando día a día llenos de vida. Al contrario, se podría decir que la esperanza se va diluyendo en nosotros casi siempre de manera silenciosa y apenas perceptible.

Tal vez sin darnos cuenta, nuestra vida va perdiendo color e intensidad. Poco a poco parece que todo empieza a ser pesado y aburrido. Vamos haciendo más o menos lo que tenemos que hacer, pero la vida no nos «llena».

Un día comprobamos que la verdadera alegría ha ido desapareciendo de nuestro corazón. Ya no somos capaces de saborear lo bueno, lo bello y grande que hay en la existencia.

Poco a poco todo se nos ha ido complicando. Quizá ya no esperamos gran cosa de la vida ni de nadie. Ya no creemos ni siquiera en nosotros mismos. Todo nos parece inútil y sin apenas sentido.

La amargura y el mal humor se apoderan de nosotros cada vez con más facilidad. Ya no cantamos. De nuestros labios no salen sino sonrisas forzadas. Hace tiempo que no acertamos a rezar.

Quizá comprobamos con tristeza que nuestro corazón se ha ido endureciendo y hoy apenas queremos de verdad a nadie. Incapaces de acoger y escuchar a quienes encontramos día a día en nuestro camino, solo sabemos quejarnos, condenar y descalificar.

Poco a poco hemos ido cayendo en el escepticismo, la indiferencia o «la pereza total». Cada vez con menos fuerzas para todo lo que exija verdadero esfuerzo y superación, ya no queremos correr nuevos riesgos. No merece la pena. Preocupados por muchas cosas que nos parecían importantes, la vida se nos ha ido escapando. Hemos envejecido interiormente y algo está a punto de morir dentro de nosotros. ¿Qué podemos hacer?

Lo primero es despertar y abrir los ojos. Todos esos síntomas son indicio claro de que tenemos la vida mal planteada. Ese malestar que sentimos es la llamada de alarma que ha comenzado a sonar dentro de nosotros.

Nada está perdido. No podemos de pronto sentirnos bien con nosotros mismos, pero podemos reaccionar. Hemos de preguntarnos qué es lo que hemos descuidado hasta ahora, qué es lo que tenemos que cambiar, a qué tenemos que dedicar más atención y más tiempo. Las palabras de Jesús están dirigidas a todos: «Vigilad». Tal vez, hoy mismo hemos de tomar alguna decisión.

José Antonio Pagola

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” Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa”. Domingo 29 de noviembre de 2020. Domingo 1º de Adviento.

Domingo, 29 de noviembre de 2020

01advientoB1cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 63,16b-17.19b;64,2b-7: ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases!.
Salmo responsorial: 79: Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve.
1Corintios 1,3-9: Aguardamos la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.
Marcos 13,33-37: Velad, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa.

La comunidad judía que retorna del exilio enfrenta un gran desafío: reconstruir los fundamentos de la nación, la ciudad y el Templo. No era una tarea fácil. La mayoría de los exiliados ya se habían organizado en Babilonia y en otras regiones del imperio caldeo. La mayor parte de los que habían llegado desde Judea cincuenta años antes ya habían muerto y los descendientes no sentían gran nostalgia por la tierra de sus padres. Los profetas los habían invitado continuamente a reconocer los errores que habían conducido a la ruina, pero la mayor parte de los exiliados ignoraban a los mediadores de Yahvé.

Algunos tomaron entre sus manos el proyecto de reconstruir la identidad, las instituciones y la vida de la nación. Sin embargo, no contaron inicialmente con mucho apoyo, Parecía una idea loca e innecesaria: para qué volver a Jerusalén si ya no haía remedio… Lo mismo nos ocurre a veces a nosotros, vivimos de la nostalgia del pasado pero no nos comprometemos a transformar la realidad del presente. Añoramos otros tiempos en que se vivía mejor, pero no rescatamos los valores que hacen posible una convivencia humana justa y equitativa.

Jesús hace a sus discípulos una recomendación que hoy nos sorprenden: mantenerse despiertos. ¡Todo lo contrario de lo que nosotros haríamos! Pero él tiene sus razones. Si cada día estamos embargados por las preocupaciones más superfluas, lo más seguro es que se nos pase la hora apropiada para realizar la misión que Jesús nos encomienda. Jesús, en el evangelio, nos enseña a estar en guardia contra los que creen que las enseñanzas cristianas son algo superfluo. El evangelio debe ser proclamado donde sea necesario, deber ser colocado donde se vea, debe ponerse al alcance de todos. Nuestra misión es hacer del evangelio una lámpara que ilumine el camino de la vida y nos mantenga en actitud vigilante.

 La interpretación que se daba a estos textos del evangelio que apuntan hacia el futuro o hacia la escatología estuvo casi siempre revestida de un tinte apocalíptico y de temor: el Señor había establecido un plazo, que se nos podría acabar en cualquier momento, imprevisiblemente, por lo cual necesitábamos estar preparados para un juicio sorpresivo y castigador que el Señor podría abrir en cualquier momento contra nosotros. «Que la muerte nos sorprenda confesados». Este miedo funcionó durante mucho tiempo, durante tantos siglos como duró una imagen mítica de Dios, excesivamente calcada de la imagen del señor soberano feudal que dispone despóticamente sobre sus súbditos. El miedo a la condenación eterna, tan impregnado en la sociedad cristiana medieval y barroca, hizo que la «huelga de confesonarios» pudo ser en determinados momentos un arma esgrimida por el clero contra las clases altas, por ejemplo por parte de los misioneros defensores del pueblo contra los conquistadores españoles dueños de esclavos (recuérdese el film La misión). Causa sonrisas pensar en la eficacia que una tal «huelga de confesionarios» pudiera tener hoy día… Y es que la estrella de la «vida eterna», el dilema de la salvación/condenación eternas, brillaba con su potencia indiscutible en el firmamento de la cosmovisión del hombre y la mujer premodernos… Pero son tiempos idos. Sería un error enfocar el comentario a evangelios como el que hoy leemos en esa misma perspectiva, pensando que nuestros contemporáneos son todavía premodernos…

El estado de alerta, la mirada atenta al futuro que evita el adocenamiento o la rutina… sí que es una categoría y una dimensión del hombre y de la mujer modernos. Si lo interpretamos como «esperanza», la pertinencia del mensaje aún es más vigente.

¿Qué puede significar «Adviento» para la sociedad actual? Como nombre de un tiempo litúrgico significa bien poco, y no habría que lamentarse mucho ni gastar pólvora inútilmente, pues cualquier día –tal vez más pronto que tarde- la Iglesia cambiará el esquema de los ciclos de la liturgia, que clama a gritos por una renovación. Lo que importa no es el tiempo litúrgico, sino el Adviento mismo, el «Advenimiento» –que eso significa la palabra–, el «noch nicht Sein» como diría Ernst Bloch, aquello cuya forma de ser consiste en «no ser todavía pero tratando de llegar a ser»… Ateo como era, Bloch construyó toda su poderoso edificio filosófico sobre la base de la utopía y la esperanza, y presentó en bellas páginas inolvidables la grandeza heroica del santo y del mártir ateo, capaz de dar la vida en aras de su esperanza… Ebeling, en la misma línea decía: «lo más real de lo real, no es la realidad misma, sino sus posibilidades»… Lo real más real no es sin más lo real, sino las posibilidades de ser que lo que hoy es lleva consigo.

Después de los años 90 del siglo pasado, estamos en un tiempo en el que se dice que se ha dado un «desfallecimiento utópico». Con el triunfo del neoliberalismo y la derrota de las utopías (no «de las ideologías», alguna de las cuales siguen muy vivas), la cultura moderna –o mejor posmoderna- castiga al pensamiento esperanzado y utopista. El ser humano moderno-posmoderno está escarmentado. Ya no cree en «grandes relatos». Se nos ha impuesto una cultura anti-utópica, antimesiánica, a-escatológica, ¿sin esperanza?, a pesar de la brillantez de que hacen gala los productos de la industria mundial del entretenimiento; detrás del atractivo seductor de ese entretenimiento, la imagen de ser humano que queda está ayuna de toda esperanza que trascienda siquiera mínimamente el «carpe diem» o el «disfruta la vida». ¿Qué advenimiento («adviento») espera el hombre y la mujer contemporáneos? ¿Cómo vivir el adviento en una sociedad que no espera ningún «advenimiento»? Desde luego, no reduciendo el adviento a un «tiempo litúrgico», o a un tiempo pre-navidad… ¿Cómo pues?

El Advenimiento que esperamos los cristianos no es la Navidad… Ni siquiera es «el cielo»… ¡Es el Reino! No es otro mundo… es este mismo mundo… ¡pero «totalmente otro»! Se puede ser cristiano sin celebrar el adviento, ¡pero no sin preparar el Advenimiento! Ser cristiano es hacer propia en el corazón la nostalgia de Aquel que decía: «fuego he venido a traer a la tierra, y ¡cómo deseo que arda…!». Los cristianos no pueden inculturarse del todo en esta cultura anti-utópica y sin «grandes relatos», porque somos hijos de la gran Utopía de la Causa de Jesús, y tenemos el «gran relato» del Proyecto de Dios… Podríamos no celebrar el adviento, pero no podemos dejar de darnos la mano con los santos y mártires ateos (quedan pocos) y con todos los hombres y mujeres de la tierra, de cualquier religión del planeta, para trabajar denodadamente por el Advenimiento del Nuevo Mundo.

Cada vez se perfila mejor: crear un Mundo Nuevo, fraterno-sororal y solidario, sin imperios ni instituciones transnacionales o mundiales explotadoras de los pobres, lo que Jesús llamó «malkuta Yahvé» en su boca aramea, Reino de Dios, pero dicho con palabras y hechos de este ya tercer milenio, ése es el Advenimiento que esperamos, el sueño que nos quita el sueño, lo que nos hace estar en «alerta». Leer más…

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Domingo 1 Adviento, ciclo B. Mc 13, 33-37 (29.XI 2020) La vida es Adviento: Somos Adviento de Dios y de la Humanidad nueva

Domingo, 29 de noviembre de 2020

Adviento_161115Del blog de Xabier Pikaza:

Adviento no es un tiempo al lado de otros (navidad, pascua, pentecostés…), sino todo el tiempo de vida de Dios y los hombres:

1) En un sentido hay dos advientos. (a) Un adviento de Dios que viene a (en) la carne de hombres, y así podemos llamarle el que viene (Viniente). (b) Un adviento de los hombres que son viniendo en (y de) Dios, humanidad caminante.

2) Pero, en otro sentido, no hay dos sino un Adviento (conforme al dogma de Calcedonia), pues Dios es Adviento (viene) en los hombres, y los hombres son Adviento, viniendo y siendo (=para ser) en Dios, en camino y promesa de reconciliación y paz perdudable (shalom)

  Así quiero comentarlo en este primer domingo (candela o luz) de Adviento 2020, del ciclo B. Presentaré primero el texto del evangelio de Marcos (13, 33-37). Desarrollaré después el tema, para quienes quieran y puedan seguir, de un modo más “filosófico” y social, poniendo de relieve la posibilidad o riesgo de que los hombres destruyan su Adviento, que el Adviento de Dios.

ADVIENTO DE EVANGELIO, VIDA EN VELA (MC 13, 28-37).

             La lectura del domingo es sólo la parte final (Mc 13, 33-37) pero quiero situarla en su contexto para entender la mejor:

 (a. Parábola de la higuera) 28 Aprended la parábola de la higuera. Cuando sus ramas se ponen tiernas y brotan las hojas, conocéis que se acerca el verano. 29 Pues lo mismo vosotros, cuando veáis que suceden estas cosas, sabed que ya está cerca, a las puertas.

 (b. Declaración: ni el Hijo lo sabe) 30 Os aseguro que no pasará esta generación sin que todo esto suceda. 31 El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. 32 En cuanto al día y la hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sino sólo el Padre.

(c. Vigilancia) 33 ¡Cuidado! Estad alerta, porque no sabéis cuándo llegará el momento. 34 Sucederá lo mismo que con aquel que se ausentó de su casa, encomendó a cada uno de los siervos su tarea y encargó al portero que velase. 35 Así que velad, porque no sabéis cuándo llegará el dueño de casa, si al atardecer, a media noche, al canto del gallo o al amanecer. 36 No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos. 37 Lo que a vosotros os digo, lo digo a todos: ¡Velad!

Parábola de la higuera (13, 28-29). Jesús ha declarado el fin de un tipo de higuera vieja (Mc 11, 12-26). Pero ahora, ante la Abominación de la Desolación (el riesgo de ruptura universal, la lucha de todos contra todos), él vuelve a presentar el signo de la higuera: Es este de riesgo, amenazados por grandes persecuciones y derrumbamientos sin remedio, los creyentes vuelven al signo de la higuera, que no es ya una señal del templo estéril, sino expresión y signo de un tiempo de esperanza, el Adviento de Dios. Es tiempo de primavera, anticipo y adelanto de la cosecha definitiva, como indican sus ramas de la higuera, que se ablandan, de forma que por ellas se expanda la blanca y fuerte savia de la vida, y brotan de nuevo las hojas, pues va a llegar pronto la cosecha. ¿Cuándo? Muy pronto. Faltan sólo unos meses, el tiempo en que madure la cosecha dulce de los higos.

Declaración: Ni el Hijo lo sabe (13, 30-32). El signo de la higuera dice dos cosas que son inseparables. (a) Por un lado asegura que todas estas cosas han de suceder en esta generación (13, 30), conforme a una palabra que se puede atribuir al Jesús histórico (en la línea de 9, 1, donde se dice algo semejante), aunque el Jesús de Marcos se dirige ya a los lectores/oyentes del evangelio: ahora, cuando se proclama esta palabra, sucederán estas cosas, en el tiempo que tardan en madurar los hijos de la higuera. (b) Por otro afirma que del día y hora nadie sabe nada, ni siquiera el Hijo, al que vimos dar la vida en la parábola de los viñadores (12, 6) y que aquí aparece en sentido absoluto, sino sólo el Padre, presentado también como absoluto (13, 32). Esto significa que los fieles deben evitar todo cálculo de tiempo, vivir en vigilancia, en manos del Padre.

            Jesús ha preparado ya todas las cosas del tiempo final, desde el principio de su camino hacia Jerusalén (9, 1), y ha confiado su “secreto” a los cuatro pescadores del principio (1, 16-20; 13, 3), a quienes ahora ha convertido en testigos de la última cosecha de la higuera nueva, cuyas hojas y frutos han empezado a despuntar. El tiempo de Dios es Camino. Dios viene porque es Dios; pero, al mismo tiempo, viene porque se ha encarnado en la vida de los hombres que son (somos) Adviento de Dios.

Vigilancia (13, 33-37). Vivir alerta en Dios, estamos en vela de nacimiento de Dios, en la noche que precede a la aurora de la salvación. Como siervos vigilantes debemos mantenernos en el tiempo de tiniebla de este mundo, llenos de esperanza. Esta imagen de la noche que precede al día, y de los siervos que esperan al Kyrios proviene de la apocalíptica judía. Pero los cristianos saben que la salvación está ya realizada en Jesús y que el Señor a quien esperan es el mismo que ha muerto por ellos. Eso hace que cambie su actitud: no son simples criados sometidos al capricho de un amo imprevisible; son amigos, compañeros de alguien que les ha precedido en el camino de la entrega generosa de la vida.

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La esposa del astronauta y el Adviento. Súplica, realidad, vigilancia. Domingo 1º de Adviento. Ciclo B.

Domingo, 29 de noviembre de 2020

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En aquel tiempo se acercaron a Jesús sus discípulos y le preguntaron:

            – Maestro, ¿por qué son tan complicadas las lecturas del Adviento? Unas prometen tu venida, otras hablan de tu vuelta al fin del mundo.

            Jesús les dijo:

            – La Iglesia en tiempo del Adviento se parece a la esposa de un astronauta que debió partir para una misión secreta, de duración desconocida. Apenas había despegado el cohete espacial, sus hijos le preguntaron: «¿Cuándo volverá papá?». Ella, para tranquilizarlos, les dijo: «Muy pronto. Papá volverá muy pronto». Pasaron días, semanas, meses. Los niños repetían la misma pregunta y ella les daba la misma respuesta: «Papá volverá muy pronto». Ensayaron canciones e idearon infinidad de fiestas para recibirlo. Pero pasó el primer año, el tercero, el décimo, y papá no volvía. Entonces la madre los reunió y les dijo: «En vez preparar una fiesta para celebrar la vuelta de papá vamos a celebrar su cumpleaños».

            Jesús los miró fijamente, seguro de que no lo habían entendido.

            – Al principio, durante muchos años, la Iglesia hablaba continuamente de mi vuelta, la anunciaba como la cosa más segura. Cuando vio que yo no volvía, se buscaron las explicaciones más diversas para justificarlo. Al final, ya que no podían celebrar mi segunda venida, decidió celebrar la primera.

* * * 

            Los textos bíblicos del Adviento han sido repartidos de tal manera en los cuatro domingos que recuerdan a una complicada novela de ciencia ficción.

            Imagina a una señora joven, que dará a luz dentro de un mes. Ella, su marido, su familia, sus amistades, solo piensan en lo poco que falta para el parto, tranquilos, porque los médicos han garantizado que irá bien.

            Pero supongamos que ese niño no es un niño cualquiera. Su nacimiento ha sido anunciado muchos antes de que sus padres se conocieran, siglos antes, y a propósito de él se han formulado la esperanzas e ilusiones más maravillosas.

            Naturalmente, ese niño no comenzará a desarrollar su actividad a los dos días: deberá prepararse, pasarán años. Y cuando comience a actuar en público se depositarán en él nuevas esperanzas, a veces muy distintas de las antiguas.

            La historia no termina aquí. Ese niño, hecho ya un hombre, muere. Sin embargo, no desaparece por completo. Su familia está convencida de que volverá pronto.

            En breve resumen, esta es la historia de Jesús, que abarca cuatro etapas muy distintas: 1) la esperanza depositada en él antes de nacer; 2) el nacimiento; 3) su actividad pública; 4) su vuelta al final de la historia.

            Si estos temas se expusieran en orden cronológico no representarían gran problema, y se podrían seguir con facilidad. Sin embargo, la liturgia de los domingos de Adviento une los cuatro momentos, salta de uno a otro, y puede crear en el cristiano una sensación de profundo desconcierto.

            El Adviento no pretende prepararnos durante cuatro domingos a recordar románticamente un hecho pasado (la primera venida del Señor), sino ayudarnos a comprender ese acontecimiento y recordarnos el encuentro definitivo con el Señor (segunda venida).

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Domingo 1º de Adviento

Súplica, admiración, vigilancia 

Para vivir el espíritu del Adviento, la liturgia nos sugiere tres actitudes: súplica (1ª lectura), admiración ante los bienes recibidos (2ª lectura) y vigilancia (evangelio).

Suplica (Isaías 63, 16b-17. 19b; 64, 2b-7)

            La primera lectura nos sitúa unos cinco siglos antes de la venida de Jesús, cuando la situación en Jerusalén y Judá dejaba mucho que desear desde todos los puntos de vista: político, social, religioso. El pueblo de Israel se ve como un trapo sucio, un árbol de ramas secas y hojas marchitas. La situación no sería muy distinta de la nuestra. Pero el pueblo, en vez de culpar a los políticos, a los independentistas, a los banqueros, al FMI, a los Presidentes de las grandes potencias, se reúne en asamblea litúrgica y entona una lamentación.

Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre desde siempre es «nuestro libertador». ¿Por qué nos extravías, Señor, de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema? Vuélvete, por amor a tus siervos y a las tribus de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses! En tu presencia se estremecerían las montañas. Descendiste y las montañas se estremecieron. Jamás se oyó ni se escuchó, ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por quien espera en é1. Sales al encuentro de quien practica con alegría la justicia y, andando en tus caminos, se acuerda de ti. He aquí que tú estabas airado y nosotros hemos pecado. Pero en los caminos de antiguo seremos salvados. Todos éramos impuros, nuestra justicia era un vestido manchado; todos nos marchitábamos como hojas, nuestras culpas nos arrebataban como el viento. Nadie invocaba tu nombre, nadie salía del letargo para adherirse a ti; pues nos ocultabas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa. Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú nuestro alfarero: todos somos obra de tu mano.          

Las palabras del pueblo ofrecen un curioso contraste al hablar de Dios. A veces destaca sus rasgos positivos: es «nuestro padre», «nuestro redentor», «sales al encuentro del que practica la justicia», «somos todos obra de tu mano». Otras se queja de que «nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón», «estabas airado y nosotros fracasamos», «nos ocultabas tu rostro». Pero el pueblo reconoce que la culpa no es de Dios, sino suya: «todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado, nuestras culpas nos arrebataban como el viento, nadie invocaba tu nombre, ni se esforzaba por aferrarse a ti».

¿Cuál es la solución? Sorprendentemente, que Dios se convierta: «vuelve por amor a tus siervos», «ojalá rasgases el cielo y descendieses», «aparta nuestras culpas». Los profetas anteriores (Amós, Isaías, Jeremías…) habían concedido gran importancia a la conversión, al hecho de que el pueblo volviese a Dios y cambiase su forma de actuar. Quienes rezan esta lamentación no confían en ellos mismos. Debe ser Dios quien vuelva y, como buen alfarero, moldee una nueva vasija.

En el contexto del Adviento, la frase que más llama la atención y ha motivado la inclusión de este texto en la liturgia es: «¡Ojalá rasgases el cielo y descendieses!». Aunque el profeta piensa en la venida de Dios, la liturgia nos hace pensar en la venida de Jesús. Pero ese recuerdo debe ir acompañado del reconocimiento de nuestra debilidad y de la necesidad de ser salvados

Admiración por los bienes recibidos (1 Corintios 1,3-9)

La respuesta de Dios supera con creces lo que pedía el pueblo en la lectura de Isaías, aunque de modo distinto. Dios Padre no rasga el cielo, no sale a nuestro encuentro personalmente. Envía a Jesús, y desde el momento en el que lo aceptamos, nuestra vida cambia por completo.

     Hermanos:
A vosotros, gracia y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo.
Doy gracias a mi Dios continuamente por vosotros, por la gracia de Dios que se os ha dado en Cristo Jesús; pues en él habéis sido enriquecidos en todo: en toda palabra y en toda ciencia, porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo, de modo que no carecéis de ningún don gratuito, mientras aguardáis la manifestación de nuestro Señor Jesucristo.
Él os mantendrá firmes hasta el final, para que seáis irreprensibles el día de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor.

Pablo habla de nuestro pasado, futuro y presente.

En el pasado, Dios nos ha enriquecido en todo; nos ha llamado a participar de la vida de su Hijo, Jesucristo. La imagen es potente y extraña. Recuerda a la experiencia de un hijo con su madre, de la que recibe la vida. Pero esa relación vital no termina cuando se corta el cordón umbilical, perdura siempre.

Con respecto al futuro, aguardamos la manifestación de Jesucristo, la segunda y definitiva venida del Señor, tema esencial para los primeros cristianos y que debería serlo para nosotros en este tiempo de Adviento.

En el presente, «no carecemos de nada». Cuando tanta gente se lamenta, a veces con razón, de las muchas cosas de que carece, estas palabras pueden resultar casi hirientes: «No carecéis de ningún don». Buen momento, este del Adviento, para pensar en qué cosas valoramos: si las materiales, que a menudo faltan, o la riqueza espiritual que proporciona Jesús.

Esta enseñanza de Pablo no se produce en un contexto de fría reflexión teológica, sino de oración y acción de gracias al pensar en sus cristianos de Corinto, la más complicada y problemática de sus comunidades.

Vigilancia (Marcos 13, 33-37)

No deja de ser irónico que precisamente el evangelio no hable de Dios Padre ni de Jesús. Se centra en nosotros, en la actitud que debemos tener: «vigilad», «velad», «velad». Tres veces la misma orden en pocas líneas. Porque el Adviento no solo pretende recordar la venida del Señor, sino también prepararnos para el encuentro final con Él.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

-Estad atentos, vigilad: pues no sabéis cuando es el momento.
Es igual que un hombre que se fue de viaje y dejo su casa, y dio a cada uno de sus criados su tarea, encargando al portero que velara. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer; no sea que venga inesperadamente y os encuentre dormidos.
Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: ¡Velad!

La actividad pública de Jesús termina con un discurso sobre el fin del mundo y su segunda venida, que no está dirigido a todos los discípulos, como sugiere la introducción del evangelio de hoy, sino solo a los cuatro primeros llamados por Jesús: Pedro, Santiago, Juan y Andrés (Mc 13,3-37). Jesús ha dicho poco antes que de los grandes edificios del templo no quedará piedra sobre piedra. Para estos cuatro, el fin del templo de Jerusalén equivale al fin del mundo, y desean saber cuándo ocurrirá y qué señales lo precederán. Un tema que a nosotros nos parece más propio de los Testigos de Jehová, pero que creaba enorme preocupación en las primeras comunidades cristianas. El discurso responde a estas cuestiones, pero termina con esta exhortación a la vigilancia, que la liturgia, con pleno sentido, aplica a todos los discípulos y a todos nosotros.

¿En qué consiste la vigilancia? Se sugiere con muy pocas palabras: «dio a cada uno de sus criados su tarea». Esa es, en parte, la misión del Adviento: reflexionar sobre la propia tarea recibida de Dios y examinar si la cumplimos debidamente.

 

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Primer Domingo de Adviento. Ciclo B. 29 de noviembre, 2020

Domingo, 29 de noviembre de 2020

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Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos. ¡Velad!”

(Mc 13, 33-37)

¡Ya está cerca! Es lo que nos dice y nos repite a todos este tiempo de Adviento. Es la cuenta atrás de algo querido y esperado. La emoción empieza a hacernos cosquillas en el corazón porque lo que esperamos, mejor dicho, a quien esperamos es bueno, ¡muy bueno!

Como sucede cuando esperas a alguien miramos el reloj una y otra vez, como si al mirarlo hiciéramos que el tiempo pasara más deprisa. Y repetimos con emoción: ¡Ya llega!, ¡Ya queda menos! ¡MARANATHA!

Es Jesús mismo quien, al empezar el Adviento, nos aconseja que estemos despiertas. ¡Velad!  El día de Navidad tiene fecha en el calendario, pero el momento en el que Él se va a hacer presente en nuestra vida no sabemos cuál es.

Nos puede sorprender en la oración, pero también en el autobús, en una enfermedad, o en la mirada de una persona querida.

No, no sabemos el día ni la hora. Tampoco el lugar. En este primer domingo de Adviento te invitamos a traer al corazón algún momento de encuentro con Dios que haya sido significativo en tu vida, ese momento, o momentos, que guardas como un tesoro.

Acércate a él, destápalo despacio, como quien saca un objeto valioso de su caja y contémplalo. Deja que haga vibrar tu corazón, que lo ponga en marcha para empezar este Adviento. No tengas prisa; saborea tu recuerdo. Y cuando termines, no lo guardes, déjalo visible. Sí, como un adorno navideño. O como ese objeto que solo tú y otra persona sabéis que tiene mensaje.

Los símbolos nos conectan con nuestra realidad más profunda, por eso ante ellos experimentamos algo más que recuerdos. Son aliento y confianza, experiencia que se renueva.

Oración.

Enciende, Trinidad Santa, en nosotras, esos recuerdos de tu paso por nuestras vidas, para que nuestro corazón pueda ser un lugar acogedor en el que vengas a nacer.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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El Adviento es ficción, Él viene en cada instante.

Domingo, 29 de noviembre de 2020

jesus-meditando-600x400Mc 13,33-37

Estamos en el primer día del Nuevo Año litúrgico. Comenzamos con el Adviento, que no es solamente un tiempo litúrgico, sino toda una filosofía de vida. Se trata de una actitud vital que tiene que atravesar toda nuestra existencia. No habremos entendido el mensaje de Jesús si no nos obliga a vivir en constante búsqueda de lo que ya tenemos. Lo importante no es recordar la primera venida de Jesús; eso es solo el pretexto para descubrir que ya está aquí. Mucho menos prepararnos para la última, que solo es una gran metáfora. Lo importante es descubrir que está viniendo en este instante.

Todo el AT está atravesado por la promesa y por la espera. Según el relato bíblico, Dios les va prometiendo lo que ellos en cada momento más ansían. A Abrahám, descendencia; a los esclavos en Egipto, libertad; a los hambrientos en el desierto, una tierra que mana leche y miel; cuando han conquistado Canaán, una nación fuerte y poderosa; cuando están en el Exilio, volver a su tierra; cuando destruyen el templo, reconstruirlo; etc. En el AT siempre les promete cosas terrenas porque es lo único que ellos esperan. Jesús promete algo muy distinto. “He venido para que tengan Vida y la tengan abundante.”

Según el AT Dios les puso la zanahoria delante de las narices o el palo en el trasero para hacerles caminar según su voluntad. Tomado al pie de la letra sería ridículo. Dios no hace promesas para el futuro, porque ni tiene nada que dar ni tiene futuro. Las promesas de Dios son hechas por los profetas, como una estratagema, para ayudar al pueblo a soportar momentos de adversidad, que ellos interpretaban como castigo por sus pecados. Nada de lo que anunciaron los profetas se cumplió en Jesús. Gracias a Dios, porque todos los textos están encaminados hacia una salvación de seguridades materiales. Hoy podemos entender aquellas imágenes como metáforas de la verdadera salvación.

La clave del relato evangélico está en la actitud de los criados. Nos quiere decir que Dios está siempre viniendo. Él es “el que viene”. La humanidad vive un constante adviento, pero no por culpa de un Dios cicatero que se complace en hacer rabiar a la gente obligándola a infinitas esperas antes de darle lo que ansía. Estamos todavía en Adviento, porque estamos dormidos o soñando con logros superficiales, y no hemos afrontado con la debida seriedad la existencia. Todo lo que espero de Dios, lo tengo ya dentro de mí.

Vigilad. Para ver no solo se necesita tener los ojos abiertos, se necesita también luz. No se trata de contrarrestar el repentino y nefasto ataque de un ladrón. Se trata de estar despierto para afrontar la vida con una conciencia lúcida. Se trata de vivir a tope una vida que puede transcurrir sin pena ni gloria. Si consumes tu vida dormido, no pasa nada. Esto es lo que tenía que aterrarte; que pueda transcurrir tu existencia sin desplegar las posibilidades de plenitud que te han dado. La alternativa no es salvación o condenación. Nadie te va a condenar. La alternativa es o plenitud humana o simple animalidad.

Pues no sabéis cuándo es el ‘momento’. En griego hay dos palabras que traducimos al castellano por “tiempo”: “kairos” y “chronos”. Chronos significa el tiempo astronómico, relacionado con el movimiento de los cuerpos celestes. Kairos sería el tiempo psicológico, el momento oportuno para tomar una decisión. Por no tener en cuenta esta sencilla distinción, se han hecho interpretaciones descabelladas. En el evangelio que acabamos de leer, se habla de kairos. Naturalmente que el hombre, como criatura se encuentra siempre en el chronos, pero lo verdaderamente importante para él es vivir el kairos.

El punto clave de nuestra reflexión debe ser: ¿Esperamos nosotros esa misma salvación que esperaban los judíos? Si es así, también nosotros hemos caído en la trampa. Jesús no puede ser nuestro salvador. La mejor prueba de que los primeros cristianos, verdaderos judíos, no estaban en la auténtica dinámica para entender a Jesús, es que no respondió a sus expectativas y creyeron necesaria una nueva venida. Esta vez sí, nos salvará de verdad, porque vendrá con “poder y gloria”. ¿No os parece un poco ridículo? La médula de su mensaje es que la salvación, que Dios nos ofrece, está en la entrega y el don total.

Las primeras comunidades oraban: “Maranatha” (ven Señor). Vivieron la contradicción de una escatología realizada y otra futura. “Ya, pero todavía no”. “Ya” por parte de Dios, que nos ha dado ya la salvación. “Todavía no” porque seguimos esperando una salvación a nuestra medida y no hemos descubierto la verdadera salvación, que ya poseemos. Aquí radica el sentido del Adviento. Porque “todavía no” ha llegado la verdadera salvación, tenemos que tratar de adelantar el “ya”. Eso no lo conseguiremos, si seguimos dormimos.

Luchar por un mayor consumismo y creyendo que en él está la verdadera salvación sería una trampa. Descubrir ese engaño sería estar despiertos. El ser humano sigue esperando una salvación que le venga de fuera, sea material, sea espiritual. Pero resulta que la verdadera salvación está dentro de cada uno. En realidad, Jesús nos dijo que no teníamos nada que esperar, que el Reino de Dios estaba ya dentro de nosotros. En este mismo instante está viniendo. Si estamos dormidos, seguiremos esperando.

La falta de encuentro se debe a que nuestras expectativas van en una dirección equivocada. Esperamos un Dios que llegue desde fuera. Esperamos actuaciones espectaculares por parte de Dios. Esperamos una salvación que se me conceda como un salvoconducto, y eso no puede funcionar. Da lo mismo que la espere aquí o para el más allá. Lo que depende de mí no lo puede hacer Jesús ni lo puede hacer Dios. Esta es la causa de nuestro fracaso. Seguimos esperando que otro haga lo que solo yo puedo hacer.

La religión me ofrece salvación, pero solo me salva de los lazos que ella misma me ha colocado. Dios es la salvación y ya está en mí. Lo que de Dios hay en mí es mi verdadero ser. No tengo que conseguir nada ni cambiar nada en mi auténtico ser, simplemente tengo que despertar y dejar de potenciar mi falso yo. Tengo que dejar de creer que soy lo que no soy. Esta vivencia me descentrará de mí mismo y me proyectará hacia los demás. Me identificaré con todo y con todos. Mi falso ser, mi individualidad, será disuelta.

El verdadero problema está en la división que encontramos en nuestro ser. En cada uno de nosotros hay dos fieras luchando a muerte: Una es mi verdadero ser que es amor, armonía y paz; otra es mi falso yo que es egoísmo, soberbia, odio y venganza. ¿Cual de los dos vencerá? Muy sencillo y lógico. Vencerá aquella a quien tú mismo alimentes.

Como los judíos, seguimos esperando una tierra que mane leche y miel; es decir mayor bienestar material, más riquezas, más seguridades de todo tipo, poder consumir más… Seguimos pegados a lo caduco, a lo transitorio, a lo terreno. No necesitamos para nada, la verdadera salvación o, a lo máximo, para un más allá. Si no sientes necesidad no habrá verdadero deseo, y sin deseo no hay esperanza. Hoy ni los creyentes ni los ateos esperamos nada más allá de los bienes materiales. También Dios sigue esperando.

Meditación

Para ver se necesita tener los ojos abiertos,
pero también se necesita la luz.
Para nosotros la luz es Jesús.
Despertar solo depende de mí.
Puedo pasarme la vida entera dormido,
pero entonces no podré culpar a nadie.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Despertad.

Domingo, 29 de noviembre de 2020

the-savior-suffers-in-gethsemane-_dsc0589-1800“Ciertas cosas son tan importantes que necesitan ser descubiertas solas” (Paulo Coelho)

Mc 13, 33-37 Que, al llegar de repente, no os sorprenda dormidos”

En el inicio del nuevo año litúrgico, Isaías clama a Dios: ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases! (Is 63) Muy extraviado debía andar el visionario profeta en las terrestres brumas, al reclamar con tanta fuerza la luz dal cielo. En el mismo Do mayor lo invoca el Salmista: Restáuranos, que brille tu rostro y nos salve (Sal 79).

Dante abre con estas líneas su Divina Comedia:

“En medio de este camino que llamamos nuestra vida
me encontré en un oscuro bosque
sin un camino claro para atravesarlo”…

Probablemente el poeta florentino se vio simplemente perdido. Y quizás como él también nosotros nos vemos dando palos de ciego en nuestra historia porque no nos encontramos del todo despiertos. Porque hemos hecho de ella una mala noche en duermevela, sin tomarnos en serio el consejo de Jesús: Velad, pues no sabéis cuando vendrá el dueño de la casa.

Pablo Neruda lo cantó también de esta manera:

“Tengo deberes de mañana.
Trabajos de mediodía.
Debo abrir ventanas, echar abajo puertas,
romper muros, iluminar rincones.
Debo repartirme hasta que todo sea día,
hasta que todo sea claridad
y alegría en la tierra”.

Y quizás también porque nos falte la sabia disposición a estar siempre donde realmente estamos y vivir allí con plenitud, en la oscuridad o en la luz, sin que necesitemos ir a ningún otro lugar, como aconsejan los sabios.

El Evangelio propone la vela como una actitud básica del cristiano. Como la herramienta adecuada para encontrar a Jesús “aquí y ahora”, en medio de nuestra vida cotidiana. En medio de ese bosque oscuro del místico, que respira, que escucha. Que nos responde cuando le preguntamos, como sugiere David Wagoner (Ohio 1926) en su poema titulado Perdido, inspirado en la tradición de los indios americanos.

Otro ilustre rastreador de sí mismo, astrofísico de formación, Jeff Foster, aborda en sus conferencias la búsqueda espiritual –que califica de diversión cósmica– y la Claridad presente en el Centro de todo. Su libro Despierta del sueño de la separación: La vida sin centro, señala en el Prólogo que tiene como objetivo desvelar lo que hay de extraordinario en lo ordinario, lo que hay de espiritual en lo material, y apuntar hacia la libertad y la iluminación que nos esperan, permanentemente, en los entresijos de la vida.

“¡Velad!” quiere significar ser yo mismo, ser la expresión del amor que soy y ver la perfección en mí mismo, en los demás y en el mundo que nos rodea.

PERDIDOS

Párate quieto, los árboles hacia delante y los árboles por detrás.
No están perdidos. Cualquier lugar en donde te encuentres se llama Aquí.
Y deberás tratarlo como a un poderoso extraño.
Deberás pedir permiso para conocerlo y para hacerte conocer.

El bosque respira. Escucha. Responde.
He construido este lugar a tu alrededor.
Si lo abandonas, puedes volver de nuevo, diciendo Aquí.
Ni siquiera dos árboles son iguales para Cuervo.
Ni dos ramas son las mismas para Reyezuelo.

Si lo que hace un árbol o un arbusto pasa desapercibido por ti,
estás verdaderamente perdido.
Párate quieto. El bosque sabe
donde estás. Deja que te encuentre.

David Wagoner

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Estad atentos, esperanzados y comprometidos.

Domingo, 29 de noviembre de 2020

cosmosMc 13, 33-37

29.11.2020 Primer domingo de Adviento

Empezamos Adviento y continuamos en pandemia. Por eso, este Adviento tiene que ser diferente. Las circunstancias lo exigen. Teniendo en cuenta esto, mi reflexión hoy gira alrededor de estas tres preguntas: ¿A qué prestar atención? ¿Qué esperamos? ¿Qué tenemos que hacer?

Empezamos el año litúrgico. Estamos en Adviento y en una pandemia mundial. Estas circunstancias nos dan ocasión de reflexionar sobre lo que nos está pasando, sus causas y consecuencias. También para revisar nuestros estilos de vida, que suponemos que algo tienen que ver con lo que está ocurriendo. Esta pandemia global puede ser una buena oportunidad para analizar y cambiar nuestra visión de la realidad y nuestras relaciones con la naturaleza y entre nosotros. Porque debemos pensar que algo hemos hecho mal para que estemos como estamos. Reflexionar sobre lo que nos está pasando, sus causas y consecuencias nos permitirá atisbar qué tenemos que hacer para superarlas.

Aprovechemos este tiempo de Adviento, tiempo de inicio del nuevo año litúrgico, momento oportuno de programar el futuro inmediato, para elaborar nuestro plan de transformación y cambio de aquellos comportamientos que individual y/o colectivamente hayan causado directa o indirectamente esta emergencia mundial. Como cristianos, seguidores del estilo de vida de Jesús de Nazaret, el Adviento es un tiempo oportuno, un Kairós, para la renovación de nuestros compromisos con el estilo de vida que nos muestra el Evangelio. Acudamos a lo que hoy nos dice el texto de Marcos en busca de respuesta a las tres preguntas que guían nuestra reflexión de hoy.

¿A qué prestar atención? Mc 13: Estad atentos, vigilad como centinelas en la noche

El autor de Marcos 13 contrapone la atención al estar dormidos. Nos pide una atención concentrada, profunda. La atención es una disposición de querer ver con precisión, buscando comprender. Hoy nos concentramos en este “Adviento en pandemia”. Atentos como centinelas en la noche de la pandemia. Esta epidemia nos ha sorprendido. Nos seguimos preguntado cómo es posible que un virus insignificante ponga en emergencia a la humanidad entera. Por qué ha sucedido. Cuándo acabará. Cómo saldremos de ella. Qué habremos aprendido. Qué consecuencias tendrá. Cómo las afrontaremos. Qué adaptaciones nos exigirá. Y así un sinfín de preguntas. Nosotros que creíamos que teníamos control sobre todo, que éramos los señores de la creación, que éramos autosuficientes, etc.. ¡Qué inconsciencia! ¡Además de vulnerables somos impotentes ante este virus minúsculo!

No puede cundir el pesimismo ni el miedo. Para estas sombras los cristianos tenemos que ser luz. Jesús lo fue en sus días y nosotros lo tenemos que ser aquí y ahora. Tenemos todo lo que necesitamos para ello, si utilizamos nuestros recursos materiales y espirituales. Nuestra razón y nuestra fe-confianza. Con la mente bien abierta, atenta, podemos y tenemos que analizar lo que nos está pasando, descubrir y comprender sus causas y comprometernos con los cambios necesarios. Modificadas las causas se modifican los efectos. Nuestra razón fortalecida con la fuerza del Espíritu podrá llevar adelante la transformación necesaria.

Una pandemia de esta magnitud tiene muchas causas y una larga historia. Entre las causas: Ruptura del equilibrio planetario por sobreexplotación de recursos naturales, Globalización parcial y olvido de las desigualdades que el sistema económico está creando, desigualdad e injusticia social cada vez más grande. perdida de referencias éticas universales, inversión de la escala de valores. obsesión por el tener y consumir. Habíamos olvidado que el ídolo tiene los pies de barro (finitud, vulnerabilidad, la interdependencia con todo), la pérdida de los referentes transcendentes y espirituales, materialismo, la ausencia de Dios. También habíamos olvidado la filiación divina y su ley: el amor y fraternidad universal.

A esas causas el papa Francisco (Fratelli Tutii) llama “Sueños rotos” y junto a estas sombras coloca “Las Semillas del Bien” que también la pandemia ha sacado a la luz. Ellas son la razón de la esperanza en que otro mundo mejor es necesario y posible. En este tiempo de pandemia hemos visto florecer espontáneamente la bondad, solidaridad y gratuidad en muchas personas de nuestro entorno. ¡Cuánta gente cuidando a los que lo necesitan! Esto nos da motivos de esperanza: Todavía estamos a tiempo. No todo está perdido.

¿Qué esperamos? ¿Qué hemos aprendido? Esperamos salir de esta situación convencidos de que tenemos que cambiar nuestro estilo de vida. Hemos aprendido que podemos salir mejores personas.

Consideramos el Adviento como tiempo de esperanza: algo bueno puede suceder si nos empeñamos en ello. Los humanos somos capaces de ello. Los creyentes en el Dios de Jesús tenemos motivos para sentirnos sacramento de esperanza. Los cristianos celebramos en Adviento que el Dios en quien creemos se hace carne. Es encarnación en Jesús, en nosotros y en todo. El Dios en el que hoy creemos nos lo ha revelado Jesús de Nazaret. Es un Dios inmanente, no afuera sino dentro, no arriba sino abajo, con nosotros, en nosotros. Un dios que respeta nuestra libertad y autonomía. Que no actúa sino que nos da la responsabilidad de que actuemos nosotros con Él y por Él. Que nos hace cocreadores con Él. Que nos da todo lo que necesitamos para conseguir la realización de su proyecto amoroso sobre toda la creación. Y nos da la fuerza, la posibilidad de transformarnos y transformar la realidad. El humano, como especie y como individuo, va descubriendo poco a poco la presencia de Dios y se le representa en imágenes que evolucionan con su propia evolución como ser vivo y en desarrollo hacia su plenificación biológica y espiritual. Siempre estamos en proceso, en progreso. Somos seres abiertos, inacabados, siempre por completar. En búsqueda de su plenificación. ¿Cómo? La respuesta en la pregunta siguiente.

Si así es nuestro Dios y así somos nosotros ¿Qué podemos esperar de Él? Que nos ayude a completar la creación, nuestra creación y la del resto de su obra. Todo está en evolución. Todo está abierto, por plenificar. Todo es posibilidad en espera de realización. Que venga a nosotros su Reinado. Traducido a nuestra lengua: Que construyamos un mundo de justicia, paz y amor. Un mundo más justo y fraternal. Que el Reinado de Dios se realice exige que nos impliquemos y comprometamos en ello. En medio de la pandemia también Dios está con nosotros trabajando en su resolución a través de nuestro empeño y compromiso. El Señor está con nosotros pero le tenemos que descubrir y ayudar a nuestros hermanos a que lo descubran.

Los creyentes, como sacramento de la esperanza, están comprometidos con el Reinado de Dios aquí y ahora. Ante la situación de emergencia en que estamos, la actitud puede ser negativa, desmoralizada o positiva y constructiva. Los cristianos elegimos la actitud positiva y decidimos aprovechar las enseñanzas que nos ofrece el momento presente. Ha despertado los mejores sentimientos de la persona humana. El miedo ha paralizado a muchos, pero a otros los ha puesto en movimiento solidario y gratuito. El virus ha sacado la bondad que también hay en todo ser humano. Humanización e interdependencia dan como resultado una buena persona que sabe que es un ser para los demás y que su felicidad está en el servicio al necesitado.

¿Qué tenemos que hacer? ¿Qué compromisos tenemos que asumir para construir el Reinado de Dios aquí y ahora?

A pesar de las sombras y sufrimiento, la pandemia nos ha reportado el ejemplo de solidaridad y gratuidad de que es capaz la humanidad. La bondad lo mismo que el mal nos constituye. El ser humano está hecho a imagen y semejanza de Dios-Amor, amor incondicional y misericordia sin límites. El bien en nosotros es más fuerte que el mal. Lo que de Dios hay en mi es más grande que mi miseria y límites. Mi verdadero ser es bondadoso. Estamos hechos de amor y para el amor. Si de verdad vivimos esto, podemos, ser sal, luz y fuerza unos para otros como nos manda Jesús.

Nuestro amor tiene que ser activo y comprometido. Obras son amores. No podemos seguir igual después de lo que estamos viviendo. Tenemos que cambiar nuestro estilo de vida. El cambio es necesario y posible. Cambios en el sentido contrario de las causas que nos ha traído a esta situación de emergencia. Seríamos necios si no aprendemos y nos transformamos. Hay que volver a las causas para caminar a la búsqueda de su antídoto: Revisión de nuestros hábitos de consumo, solidaridad frente a individualismo, decrecimiento frente a afán posesivo, austeridad y sobriedad compartida, gratuidad.

Compromiso: Empezar con ilusión el nuevo año litúrgico, sostener la esperanza, hacer presente a Dios con mi vida para que cuando tantos me pregunten ¿dónde está Dios? pueda contestar desde mi vivencia: Dios está en ti y en mí todo haciendo todo nuevo.

África De la Cruz Tomé

Fuente Fe Adulta

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No hay vida sin despertar

Domingo, 29 de noviembre de 2020

Atardecer-Zizur.1Domingo I de Adviento

29 noviembre 2020

Mc 13, 33-37

Las palabras de Jesús remarcan una actitud básica: la importancia de vivir despiertos y despiertas. Lo cual equivale a ser conscientes de lo que somos y a vivir en coherencia con ello.

 Estamos dormidos mientras permanecemos en la superficie, “lejos” de nosotros mismos, de los demás, de la vida. Nos movemos entonces como personajes de un sueño en busca de sus propios intereses, sin ni siquiera cuestionarnos el porqué y el para qué de la existencia. En consecuencia, nos olvidamos de “ser” y priorizamos el “tener”, el “hacer”, el entretenerse…

 Despertar es ser, de una manera cada vez más constante e ininterrumpida. “Solo ser”, como dijera el poeta Jorge Guillén. Y en la certeza –estas son palabras de Jesús de Nazaret– de que todo lo demás “se nos dará por añadidura”.

 ¿Qué requiere “ser”? Poner consciencia, o mejor aún, vivir con consciencia. Algo que desaparece cuando estamos “dormidos”. Por lo cual, es probable que necesitemos entrenarnos en activarla.

 Poner consciencia implica una especie de viaje de “vuelta a casa”. Y el entrenamiento, en tal caso, pasa por acercarnos a nosotros mismos, desde una actitud inicial de aceptación y unos sentimientos de cercanía y de amor hacia sí.

 A partir de ahí, a través de esa “puerta de entrada”, podemos entrar en contacto con la Vida que somos, más allá de la persona en la que nos estamos experimentando. Hasta experimentar que, en realidad, no vivimos, sino que somos vividos. Y desde esa comprensión nos convertimos, de manera consciente, en cauces por los que la vida se despliega. Hemos despertado.

  Para que el despertar se produzca, necesitamos “velar”, que puede traducirse en un doble cuidado: por un lado, cuidar los tiempos de silencio para alimentar la consciencia de cercanía amorosa a nosotros mismos y saborear la vida que somos; por otro, cuidar la atención consciente a lo largo del día para mantener viva de manera continuada aquella conexión… o volver a ella cada vez que notemos que nos hemos “alejado”.

¿Escucho el anhelo interior que me llama a vivir despierto/a?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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¿Estamos condenados a ser una sinfonía incompleta?

Domingo, 29 de noviembre de 2020

acb6c736023e921f629777512eba108fDel blog de Tomás Muro, La Verdad es libre:

Primer Domingo de Adviento (ciclo B)
29. Noviembre.2020

  1. Tiempos difíciles de desesperanza.

Vivimos tiempos difíciles, ¿y cuándo no?: Los habituales problemas y crisis de siempre: millones de personas que viven sin nada: el hambre en el mundo, las catástrofes originadas por la naturaleza, el sangrante problema de las pateras, los millones de parados, etc. La situación eclesiástica en la que vivimos muchas diócesis es fuente de una gran desilusión en muchos cristianos, en muchos de nosotros, es causa de una gran decepción y cansera. Quizás algunas decepciones, viejos fracasos y asignaturas pendientes borbotean en nuestra existencia.

A todos esos motivos de desesperanza, cuando no de desesperación, este año el Adviento se nos presenta impregnado por la pandemia que asola la tierra, la humanidad.

Vivimos un “clima” de incertidumbre, de cierto miedo y de una difusa angustia, de alguna soledad profunda que puede dañar nuestra psicología y nuestra vida.

Es un terreno muy abonado para la desesperanza.

  1. Ocultamiento de las grandes cuestiones.

La mayor parte de las conversaciones que tenemos hoy en día giran en torno a la pandemia: discusiones políticas, el lavado de manos, mascarillas, confinamientos, vacunas, etc. Y es natural que sea así. Es natural, pero no es lo definitivo.

Si seguimos el momento cultural científico que nos viene desde la Ilustración del siglo XVIII, lo mejor que podemos hacer es yugular las grandes cuestiones de la vida y, en consecuencia, anular el pensamiento sobre ellas.

Parece como si estuviera prohibido, vetado que afloraran, que brotaran y afloraran las grandes cuestiones de la vida. Sin embargo las cuestiones decisivas escapan al mundo político y al pensamiento científico. La dimensión transcendente del ser humano, llámese espíritu, alma, etc. el sentido de la vida, la muerte, la ética, el futuro absoluto, etc. escapan a la vida política y a la vida científica.

Ante ciertos problemas, ante la vida misma el hombre primitivo está mejor dotado y preparado que el intelectual o científico de bata blanca de los parques tecnológicos y laboratorios médicos. La diferencia entre el hombre primitivo y el hombre científico moderno – postmoderno no radica en que uno tenga más y mejores conocimientos, sino en la actitud ante la vida. El hombre, la sociedad de mentalidad científica piensa que no hay nada que no pueda ser conocido o dominado por la razón, por la ciencia mediante el cálculo. Pero esto no es así. La ciencia no es capaz de resolver la cuestión del sentido de la vida, de la muerte, etc.

  1. Divertíos (dormid) mientras podáis o, mejor: velad, vivid despiertos.

         Porque la ciencia y el momento cultural actual no pueden resolver estas cosas, es por lo que la solución que se busca a estas grandes cuestiones es la diversión, el adormecer y narcotizar la vida.

         Sin embargo lo propio del ser humano, y del creyente, es vivir despiertos, lúcidos, ¡velad!

Hay quien piensa que esta es una visión demasiado pesimista. Pero la vida no se reduce a pesimismos y optimismos. Es un infantilismo edulcorar la vida de “contentos rápidos” o sedantes. La frustración y la desilusión, la desesperanza no se remedia con el “sueño”, dormidos. Vivir dormidos es vivir sin “tono vital”.

Jesús en el evangelio nos llama a vivir en esperanza: Velad, vigilad. No tengáis miedo, pero vivid lúcida y serenamente.

Hay momentos en los que no hay lugar al más mínimo resquicio para el optimismo, pero ahí precisamente es donde comienza la esperanza. Cuando una persona ha muerto, en un funeral no hay motivo alguno para el optimismo, pero es el momento de la esperanza.

Esperar es una actitud real y radical en la vida.

Por otra parte, sabemos por experiencia que el ser humano no es capaz de hacerse feliz a sí mismo. Por más que lo intentamos, no logramos culminar nuestra existencia. Ahí nace la esperanza en Dios. Dios es nuestra plenitud.

La esperanza futura es la felicidad del presente.

         El ser humano por nacimiento vive esperanzadamente. La esperanza es la relación de confianza que establezco con el futuro. Esperamos un futuro mejor del que actualmente somos y tenemos, sobre todo aguardamos un futuro absoluto y pleno. Cuando no se confía en el futuro comienzan a abrirse brechas a la desesperanza, si no a la desesperación, lo cual comienza a ser más que problemático.

Al comenzar el adviento despertemos y avivemos la esperanza. Miremos hacia el horizonte absoluto.

  1. ¿Estamos condenados a ser una sinfonía incompleta?

         La suma de desilusiones nos puede impregnar el alma de la sensación de que “no tenemos remedio”. “Nuestro fracaso está asegurado”.

El adviento es un humilde recuerdo de que nuestra historia personal y comunitaria no se agota en sí misma, sino que termina en Dios. Nuestra mirada está en Dios.

 nosotros somos la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano, (Isaías).

De la suma de desesperanzas se puede concluir que hemos de seguir esperando hasta el futuro absoluto

  1. La esperanza es la más frágil de las dimensiones humanas

         La esperanza es débil, la virtud más humilde. La esperanza, como el grano de trigo, son humildes, sencillos, pero llenos de vida.

Porque la esperanza es débil la podemos perder con alguna facilidad. Por ello hemos de cultivar la esperanza con vitalidad. De esto saben mucho los depresivos, los psiquiatras, los maestros de espiritualidad, posiblemente todos nosotros.

Nostalgia viene del griego: nostos: vuelta, regreso y algos – algia: dolor. Es la entraña misma del adviento: un dolor infinito hasta que el Señor vuelva.

Ven pronto, Señor.

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Ni aceptación ni respeto, sino rechazo total

Sábado, 28 de noviembre de 2020

a29c02aA propósito de Mt 22,15-21*
JOSÉ RAFAEL RUZ VILLAMIL,
Yucatán (México).

ECLESALIA, 20/11/20.- Judea, como las demás provincias ocupadas por el imperio Romano, esta sometida a impuestos brutales a tal punto que los gravámenes exigidos por el ocupante pueden afectar hasta un 50% del total de los ingresos anuales de una familia. Así, nada de extraño tiene que la revuelta encabezada por Judas el Galileo en el año 6 d.C. —origen del movimiento activista zelota— haya sido provocada por un censo organizado en función de la recaudación hacendaria, o que el levantamiento del año 70 d.C. contra Roma tuviese como causa principal la negativa de los judíos sublevados a pagar tributos. Y como en casi todo el Imperio, el cobro de impuestos está arrendado en una tasa alzada a recaudadores —publicanos— que se encargan de recaudar tanto los gravámenes indirectos a las transacciones comerciales y productos, como de cobrar las tasas directas: el impuesto al patrimoniosegún las propiedades y el impuesto personal, que afecta a cada individuo prescindiendo de la cuantía de sus bienes.

Es, pues, en relación con este último, el impuesto personal —tributum capiti—, que Jesús de Nazaret es desafiado —con lo que Joachim Gnilka (El Evangelio según San Marcos, Salamanca, 1997) considera “una de las preguntas más tensas de todo el evangelio”—. Es harto indicativo que el Galileo pida que la moneda en cuestión le sea mostrada ya que de allí se infiere que no lleva denarios romanos consigo; y es que esta moneda en el anverso lleva la imagen de Tiberio con la inscripción: “César Tiberio Augusto, hijo del divino Augusto”, continuada en el reverso “Pontífice máximo”, junto a la efigie de Livia, la emperatriz madre, sentada en un trono de dioses con una rama de olivo como la caracterización de la paz celestial, cosa que tenía que resultar más que chocante al pensamiento sociorreligioso judío.

De ahí que la respuesta del Maestro en relación con el impuesto romano es de rechazo abierto en cuanto que la presencia del césar de Roma supone una ofensa al Yahvé de Israel, tanto en sí misma pues él es el único soberano y señor, cuanto por venir a ser la causa del expolio y, por consiguiente, de la miseria de tantos de sus compatriotas: así «lo del César devuélvanselo al César, y lo de Dios a Dios» hay que entenderlo, de una parte,como un rechazo a la apropiación del Emperador del fruto del trabajo traducido en el impuesto, y de otra, un rechazo a la pretensión del César de sustituir a Dios por la aceptación de su imagen y de su inscripción en el denario del tributo. Y, aunque este rechazo no supone en modo alguno la vía de la violencia de los zelotas, no deja de haber un punto de coincidencia con aquellos nacionalistas apasionados por la causa de Dios y de Israel.

Y es que Jesús de Nazaret, judío como es, mal podía estar de acuerdo con quienes expolian a sus hermanos, sabiendo además que los impuestos mantienen, a más de la corte y el ejército del césar Tiberio, a los habitantes de Roma —exentos de todo tributo por su calidad de ciudadanos—: militares, burócratas o, de plano, parásitos sociales que disfrutan de un nivel de vida escandaloso por el lujo y la afición al consumo de artículos suntuarios de importación. No de balde, cuando las autoridades religiosas judías entregan a Jesús a Pilato, la causa religiosa manejada en el juicio del Sanedrín venga a ser planteada como un asunto politicoeconómico: «Hemos encontrado a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César y diciendo que él es Cristo rey», acusación excesiva, sí, pero que no deja de ser un eco de la postura del Maestro en relación con el Imperio romano.

Así pues, la percepción que del Galileo tienen tanto de las autoridades religiosas judías como de las autoridades de ocupación romanas vino a ser, sin duda, magnificada por sus propios miedos y prejuicios pero no incorrecta: el Reino de Dios es radicalmente incompatible con un Estado opresor que se apropia del trabajo del hombre —sagrado en cuanto reflejo del trabajo de Dios— mediante exacciones injustas. Y es que en tiempos de Jesús, como viene sucediendodesde que las sociedades están organizadas como tales, el tributo, al menos en su origen, es una expresión de solidaridad en tanto que es una forma estructurada para compartir los frutos del trabajo en función de una justicia subsidiaria, siempre y cuando el Estado encargado de recaudarlo lo redistribuya de una manera justa: ¡es impensable que, precisamente, Jesús de Nazaret se negara a la solidaridad —económica o de cualquier otra índole— cuando hace de ésta uno de los ejes de su predicación y de su praxis! Correlativamente y en consonancia con el Maestro y dejando la lectura sesgada del texto en cuestión que pretende una división de la esfera publica —particularmente económica— y el ámbito religioso, resulta inherente a la propia praxis de los discípulos el interesarse e intervenir críticamente en la administración política de la economía social como, en su momento, Jesús de Nazaret lo hiciera.

*«Entonces los fariseos se fueron y celebraron consejo sobre la forma de sorprenderle en alguna palabra. Y le envían sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas. Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?» Mas Jesús, conociendo su malicia, dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tientan? Muéstrenme la moneda del tributo.» Ellos le presentaron un denario. Y les dice: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?» Dícenle: «Del César.» Entonces les dice: «Pues lo del César devuélvanselo al César, y lo de Dios a Dios.» Al oír esto, quedaron maravillados, y dejándole, se fueron».

Mt 22,15-21

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Telescopio

Martes, 24 de noviembre de 2020

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Un día despertó Hitler la antigua ilusión que contrapone la ciencia y la religión. Estaba convencido ciertamente de que afirmaba una verdad definitiva cuando declaraba: «Colocad un telescopio en un país y habréis terminado con Dios». Bajo la ordinariez de la propuesta se esconde un a priori que no corresponde sólo a la ideología nazi. Toda generación tiene su contingente de individuos que piensan haber terminado con la imagen de Dios gracias a la ciencia. Los hombres seríamos sólo el objeto de una manipulación genética, títeres producidos por casualidad. La idea de Dios se habría convertido, definitivamente, en una antigualla.

Sin embargo, precisamente la experiencia del telescopio puede llevar a una conclusión opuesta a la de Hitler. Si se os presenta la ocasión, no la dejéis escapar. Al contrario, buscadla. Es fascinante. Creo que en la vida humana hay un «antes» y un «después» cuando, gracias al telescopio, se ha tenido la posibilidad de experimentar de una manera visible, concreta, el infinito y su esplendor, por una parte, y nuestro límite y el vuelco que se impone a la inteligencia bajo la impresión de tal realidad, por otra. La historia de la civilización confirma la experiencia.

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B. Bro.

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , ,

Será todo en todos: Resurrección de la carne, vida perdurable . Amén

Martes, 24 de noviembre de 2020

Resurrección2Del blog de Xabier Pikaza:

La postal anterior de RD presentaba a Cristo como plenitud y juicio de la historia:Rey hambriento y sediento, extranjero y desnudo, enfermo y encarcelados, adelantedo y signo de la nueva humanidad (pero con riesgo de destrucción humana).

Sobre ese tema publiqué hace tiempo un estudio sobre el fin de la historia (Rev. Catalana de Teología). en un homenaje que amigos y colegas dedicábamos a J. M. Rovira Belloso. Retomo aquí la conclusión de aquel trabajo, que, situado en el contexto de su extensa obra, vinculaba la comunicación racional de la Ilustración y el Evangelio de la resurrección, expresando así la fe más antigua de la Iglesia: creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna, amén.

Para desarrollar el sentido de ese credo, con la resurrección de la carne (=historia) como meta y sentido de la creación he escrito el nuevo libro, La palabra de Dios se hizo carne. Retomo y condenso aquí el argumento de ese libro, con las páginas finales del homenaje a Rovira Belloso, respondiendo así a las especulaciones apocalípticas no cristianas de autores como las de L. Fanzaga, de las que he tratado también en una postal anterior de RD.

23.11.2020 | X. Pikaza

FRASES Un Mal Capitulo No Es El Fin De La Historia F@MisFrasesOk OFrase FacebookMisFrasesOk 🙄😌 | Facebook Meme on awwmemes.com

Hemos resuelto muchos problemas, pero queda abierto el misterio de la vida: el sentido y tarea de nuestro nacimiento, de la libertad y de la muerte en (con) los demás seres humanos, pues en ellos nos movemos, vivimos y somos (como sabe y dice Pablo en Hech 17, 28). El mismo Pablo añade que Dios es y será “todo en todos” (1 Cor 15, 28), pues en él son (seremos) vivificados todos.

Ésta es la experiencia cristiana radical, principio, sentido y meta de la historia, como sabe y dice el Credo Romano (=de los apóstoles): Creo en la resurrección de la carne y (o) en la vida perdurable.

Ese credo, que nos lleva con toda la teología de la Biblia del Dios creador del Principio al Dios Resucitador del final, constituye el tesoro, clave y tarea de la vida humana. Estamos llamados a la resurrección o culminación de la vida en Dios (en y por Cristo), pero corremos el riesgo de destruirnos, pues el Dios de la Vida no ha querido ni quiere imponerse a la fuerza, sino que deja su vida (se deja a sí mismo) en nuestras manos, de forma que pudiéramos destruirnos, creando un mundo sin él (contra él) para la muerte, como ha puesto de relieve el Papa Francisco (Lodato si, 2015).

Desde ese fondo retomo las páginas finales del trabajo de homenaje a Rovira Belloso, del año 2020, situando ese tema en el trasfondo de la modernidad, es decir, entre el siglo XX y XXI, traduciendo así la antigua esperanza apocalíptica en claves modernas de riesgo y experiencia creadora, dentro de un mundo abierto a la resurrección (desde un trasfondo de racionalidad operativa), pero con riesgo de destruirse a sí mismo, cayendo en el “infierno” de su propia muerte (pues Dios en Cristo ofrece su Vida, pero no nos la impone).

Fallece Josep Maria Rovira Belloso, teólogo de referencia en Cataluña
Estructura racional y super-estructura personal

Por un lado me sitúo en una línea racional que va de la antigua (siglo XVIII) a la nueva ilustración (siblo XX), destacando con M. Weber[1] que una visión de la historia lleva de la magia a la racionalidad operativa: vivíamos inmersos en un mundo sagrado, sometidos a sus ritmos; ahora somos nosotros los que proyectamos y aplicamos nuestros propios esquemas racionales sobre el mundo.

Pero, al mismo tiempo, acepto de un modo aún más intenso (en otro plano) el modelo y compromiso de vida y esperanza del evangelio cristiano. En el fondo de la razón y acción operativa existe y se despliega una más alta meta-razón de gratuidad, expresada en el menaje y vida (resurreccón) de Jesús. Desde ese fondo distingo y vinculo los dos niveles de la historia.

– Plano estructural: un mundo en el que todo se define por la ciencia. Un tipo de historia culmina allí donde, con medios científicos, surge y se organiza un sistema mundial de razón, al servicio de todos los humanos, ofreciendo a todos unas mimas posibilidades económicas, educativas, sociales. Por ventaja del sistema y para bien de cada uno de sus miembros, a ese plano podría surgir una ley que vincula e iguala a todos (como puso de relieve Benedicto XVI, Spe Salvi).

Eso significa que debe (puede) terminar la historia de las viejas disputas nacionales o sociales: todos los humanos podrán vivir y desarrollarse dentro de un mismo sistema universal de intercambios racionales[2]. En ese nivel no podría hablarse de “libertad”: cada uno debería aceptar las posibilidades y deberes que le ofrece el sistema, dentro de una estructura universal de relaciones (de educación, trabajo y consumo) avalado por el “sistema racional” (supra-personal).

– Plano supra-estructural. Sobre la base anterior, obligatoria para todos, se eleva un ancho campo de elecciones y gozos, realizaciones y libertades, que cada individuo o grupo particular podrá desarrollar en plano afectivo y/o religioso, artístico o deportivo, de descanso y juego. La misma “necesidad” estructural ya resuelta (no habrá agobio por la comida, ni falta de trabajo o de vivienda) liberaría una serie inmensa de posibilidades de gozo y plenitud humana por ahora insospechada.

Resueltos en el plano anterior los problemas estructurales, se abrirá un ancho campo de libertad, para que cada individuo (o grupo) particular pudiera expresar y cultivar sus “aventuras”, sus ideales y gozos personales y comunitarios (de familia o grupo). Sólo en ese plano seguirá abierto el camino de la historia: como búsqueda de dignidad personal y reconocimiento mutuo, de gozo y amor, en el campo afectivo, artístico y religioso. No podemos ni imaginar lo que será el florecimiento humano a ese nivel: nacerá entonces la historia verdadera.

Nuevo nicho religioso

– Cambiarían a ese nivel, o tendrán que replantearse, algunas de tradiciones religiosas: no se podrá hablar de la bienaventuranza de los pobres, en sentido puramente material, pues no habría pobres en un mundo de abundancia organizada; tampoco se podrá decir que los mártires son felices, pues la sociedad no tendrá necesidad de mártires. Un tipo de tradiciones religiosas seguirían conservando un valor, pero sólo como recuerdo o la memoria de los tiempos “prehistóricos”, pues sus aportaciones (liberadas de oscurantismos e irracionalidades) habrán sido recogidas para siempre en la riqueza de la nueva experiencia ética y estética de la humanidad ya liberada de las violencias del pasado[3].

-Pero con eso se abriría y debería desarrollarse un nuevo “nicho” ecológico y religioso, en un nivel de gratuidad, no de necesidad, de mística de amor (a Dios y a los demás en los demás), en un plano de comunicación gratuita, de identificación original con Dios y de experiencia divina de la vida, en la que se valora la muerte como experiencia de entrega personal signo de resurrección (de recuperación y pervivencia o super-vivencia de la vida, en la vida de los demás (resurrección en Dios, es decir, en la comunión interhumana).

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Los benditos de mi Padre

Domingo, 22 de noviembre de 2020

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Omnipotente, santísimo, altísimo y sumo Dios, Padre santo y justo, Señor rey de cielo y tierra (cf Mt 11,25), te damos gracias por ti mismo, pues por tu santa voluntad, y por medio de tu único Hijo con el Espíritu Santo, creaste todas las cosas Espirituales y corporales, y a nosotros, hechos a tu imagen y semejanza, nos colocaste en el paraíso (cf Gu 1,26; 2,15). Y nosotros caímos por nuestra culpa.

Y te damos gracias porque, al igual que nos creaste por tu Hijo, así, por el santo amor con que nos amaste (cf Jn 17,26), quisiste que él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima Santa Maria, y quisiste que nosotros, cautivos, fuéramos redimidos por su cruz, y sangre, y muerte (Francisco de Asís,

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“Reglas para los hermanos menores”, XXIII, 2-3,
en San Francisco de Asís. Escritos. Biografías. Documentos de la época,
Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1978, 109-110).

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***

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha:

-“Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.”

Entonces los justos le contestarán:

-“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?

Y el rey les dirá:

“Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.”

Y entonces dirá a los de su izquierda:

-“Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de deber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.

Entonces también éstos contestarán:

“Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?”

Y él replicará:

-“Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.

Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.”

*

Mateo 25,31-46

***

Es importante saber lo que pasa a nuestro lado y tener conciencia de las personas y las situaciones. Es importante saber que Jesús es el Señor y que él representa la visita personal definitiva de Dios a la humanidad. Es importante saber que debemos ser sensibles a las necesidades urgentes de los otros, especialmente de los más pobres, sucios y malolientes. Pero el saber no es decisivo. Lo decisivo es el hacer efectivo. No se salva el que sabe y dice; “Señor, Señor…”, sino el que hace lo que Dios pide. La salvación tiene lugar cuando se da el salto de la teoría a la práctica verdadera. Lo que nos proporciona la salvación es el amar desinteresadamente, el perdonar con sinceridad y el extender la mano generosa.

Simón de Cirene fue el buen samaritano para Jesús que sufría en el camino. El no socorrió a un condenado y criminal a los ojos de la justicia romana y judía. Dio asistencia y ayuda al mismo Dios.

“Señor, ¿cuándo te vimos sufriendo y te servimos? ¿Cuándo te vimos caído y bañado en sangre te levantamos? ¿Cuándo te vimos llevando la cruz y te ayudamos llevándola nosotros mismos?” Y el Señor nos dirá: “En verdad os digo que cada vez que hagáis como Simón de Cirene, que cargó con la cruz de un condenado, conmigo lo hacéis”.

Verdaderamente, Dios se esconde y va de incógnito debajo de todo necesitado. Suplica compasión. Implora liberación. Quiere ser auxiliado. Es importante saberlo, Pero más importante, incluso decisivo, es ayudar, abajarse, tomar sobre sí la cruz y caminar junto al otro. Es la elección perenne que Simón de Cirene nos legó.

Al juzgar sobre nuestra salvación seremos juzgados de amor. Los pobres no constituyen un tema del Evangelio. Pertenecen a la esencia misma del Evangelio. Porque “evangelio” quiere decir “buena nueva”, alegría de la justicia mesiánica para quien se encuentra sometido a la injusticia, liberación para quien se ve oprimido y salvación para quien se halla perdido. Sólo a partir del lugar de los pobres se entiende la esperanza del Evangelio de Jesús. Y solo se salva quien asume la perspectiva de los pobres

El Evangelio, ciertamente, va destinado a todos. Todos son interpelados por él; los que poseen el control de los bienes de este mundo y los desposeídos; los que poseen el privilegio de saber y los ignorantes. No se restringe a una clase. Pero solo participa del Reino de Dios y se salva el que vive y trabaja, aun siendo rico, asumiendo los clamores de los pobres, suplicando justicia; quien en su proyecto de vida incluye el anhelo mayor de los pobres, que es el de la construcción y el logro de una convivencia equitativa y fraterna para todos, y ayuda a concretarlo .

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Leonardo Boff,
Via crucis de la justicia,
Ediciones Paulinas, Madrid 1980, 58-64; traducción, Antonio Alonso.

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“La sorpresa final”. 22 de noviembre de 2020. Solemnidad de Cristo Rey. Mateo 25, 31 – 46

Domingo, 22 de noviembre de 2020

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Los cristianos llevamos veinte siglos hablando del amor. Repetimos constantemente que el amor es el criterio último de toda actitud y comportamiento. Afirmamos que desde el amor será pronunciado el juicio definitivo sobre todas las personas, estructuras y realizaciones de los hombres. Sin embargo, con ese lenguaje tan hermoso del amor, podemos estar ocultando con frecuencia el mensaje auténtico de Jesús, mucho más directo, sencillo y concreto.

Es sorprendente observar que Jesús apenas pronuncia en los evangelios la palabra «amor». Tampoco en esta parábola que nos describe la suerte final de los humanos. Al final no se nos juzgará de manera general sobre el amor, sino sobre algo mucho más concreto: ¿qué hemos hecho cuando nos hemos encontrado con alguien que nos necesitaba? ¿Cómo hemos reaccionado ante los problemas y sufrimientos de personas concretas que hemos ido encontrando en nuestro camino?

Lo decisivo en la vida no es lo que decimos o pensamos, lo que creemos o escribimos. No bastan tampoco los sentimientos hermosos ni las protestas estériles. Lo importante es ayudar a quien nos necesita.

La mayoría de los cristianos nos sentimos satisfechos y tranquilos porque no hacemos a nadie ningún mal especialmente grave. Se nos olvida que, según la advertencia de Jesús, estamos preparando nuestro fracaso final siempre que cerramos nuestros ojos a las necesidades ajenas, siempre que eludimos cualquier responsabilidad que no sea en beneficio propio, siempre que nos contentamos con criticarlo todo, sin echar una mano a nadie.

La parábola de Jesús nos obliga a hacernos preguntas muy concretas: ¿estoy haciendo algo por alguien?, ¿a qué personas puedo yo prestar ayuda?, ¿qué hago para que reine un poco más de justicia, solidaridad y amistad entre nosotros?, ¿qué más podría hacer?

La última y decisiva enseñanza de Jesús es esta: el reino de Dios es y será siempre de los que aman al pobre y le ayudan en su necesidad. Esto es lo esencial y definitivo. Un día se nos abrirán los ojos y descubriremos con sorpresa que el amor es la única verdad, y que Dios reina allí donde hay hombres y mujeres capaces de amar y preocuparse por los demás.

 

José Antonio Pagola

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“Se sentará en el trono de su gloria”. 22 de Noviembre de 2020. Ciclo A. Jesucristo Rey del universo

Domingo, 22 de noviembre de 2020

57-OrdinarioA34Leído en Koinonia:

Ezequiel 34,11-12.15-17: A vosotras, mis ovejas, voy a juzgar entre oveja y oveja.
Salmo responsorial: 22: El Señor es mi pastor, nada me falta.
1Corintios 15,20-26.28:Devolverá a Dios Padre su reino, y así Dios lo será todo para todos.
Mateo 25,31-46:Se sentará en el trono de su gloria y separará a unos de otros.

Problemática pastoral concreta de la festividad de Cristo Rey

Vamos a comenzar removiendo obstáculos, porque hay problemas respecto a los posibles significados de esta fiesta. Veamos algunos:

a) El origen de esta fiesta y su contexto original. Esta fiesta fue establecida en un contexto anterior al Vaticano II, en 1925, por Pío XI, y con un espíritu muy cercano al de cristiandad, cuando el Vaticano expresaba claramente su deseo de que el cristianismo fuera la religión oficial, la religión de los Estados cristianos. Al confesar a Cristo como Rey universal se quería con ello vehicular el deseo de que también la Iglesia fuese testigo y participante ya aquí en la tierra de esa realeza: una realeza de Cristo reconocida, redundaba inevitablemente en una Iglesia respetada, favorecida por el Estado, con alto estatus en la sociedad, fuerte y organizada, que aunque no podía ya revestirse de poder político temporal, al menos podía participar de él por una relación estrecha y armoniosa con los poderes sociales. Durante mucho tiempo, el título de “Cristo Rey”, el “reinado social del Corazón de Jesús”… incluyeron esos aspectos de autoencumbramiento de la Iglesia, olvidando que la práctica de Jesús de Nazaret fue muy distinta, incluso totalmente contraria.

b) El concepto de Reino-monárquico. El Reino no es hoy día la forma más frecuente de organización sociopolítica. La mayor parte de los países son repúblicas, de diferentes rostros, y los reinos que persisten, ya no lo son en su forma clásica, sino en adaptaciones a la cultura política actual (por ejemplo las monarquías “parlamentarias”) que, al superarla, niegan en el fondo la esencia misma de lo que era un “reino”.

Aun siendo conscientes de la limitación inevitable que todo lenguaje teológico tiene por su misma naturaleza analógica, figurada, simbólica, apofática… cada vez más se viene insistiendo en que la palabra “reino” no sería la más adecuada para expresar la utopía bíblico-mesiánica del Reino de Dios, porque en esta altura de la historia la palabra «Reino» ya no expresa una forma de organización sociopolítica deseable para los humanos. Cada vez se evidencia más la dificultad de hablar de Dios (y de Cristo) como “rey”, y de su proyecto escatológico como un “reino”. ¿Estamos seguros de que un reino, una monarquía, podría ser una analogía del “Reino de Dios” realizado? La realización del reino de Dios, ¿no exigiría la superación de muchos aspectos de lo que es una monarquía, un “reino”? Acaso una comunidad, ¿puede ser comparada con un «reino», con una «monarquía»? ¿Y una familia?

Pablo Suess viene proponiendo la expresión “democracia participativa del RD” para corregir la evocación que el término clásico conlleva. Ya sabemos que no se puede simplemente sustituir una expresión por otra, pero es bueno aludir con frecuencia a esa insuficiencia de la expresión clásica, para hacer caer en la cuenta a los oyentes, y para liberar al contenido (el Reino mismo, el significado), de las limitaciones del significante (una palabra no completamente adecuada).

Para hablar del Reino puede ser mejor hablar del Proyecto, de la Utopía de Dios… que hacemos nuestra: queremos «construir la Democracia de Dios, cósmica, pluralista, inclusiva, y por eso, amorosa, encarnación viva del Dios de los mil rostros, colores, géneros, culturas, etnias, sentidos…».

c) Connotación de género en la palabra “Reino”.

Es útil saber que en el ámbito de la teología feminista angloparlante se rechaza también la expresión (God’s Kingdom), a causa de su machismo larvado (kingdom alude directamente a king, no a queen…). En castellano no tenemos ese problema en esta expresión, pero el saber que existe en otras lenguas invita a prevenirlo en su uso consciente.

Los grandes temas de la fiesta de hoy y de la semana

Hay varios grandes temas que podrían servir para orientar la reflexión de la homilía o la reflexión del círculo bíblico o la comunidad cristiana en torno a los textos de este domingo. Habrá que elegir entre ellos. Aquí sólo los apuntamos:

a) El Reino de Dios, como contenido del mensaje de Jesús. Jesús nunca se proclamó Rey: nada más lejos de Él. Lo que Jesús hizo fue ponerse al servicio total del Reino, de forma que éste fue el centro mismo de su predicación y de su vida, la Causa por la que dio la vida. Importa pues hacer honor a la identidad verdadera de Jesús: Él no fue rey, ni lo quiso ser nunca, por mucho que algunos cristianos crean que llamándolo así lo honran… La intención puede ser buena, pero el título que de hecho se le atribuye no podría ser de su agrado.

Jesús habló del Reino, fue su servidor y su mensajero, pero sus seguidores se olvidaron del Reino. y lo constituyeron a él como el Reino mismo, como el Rey… El mensaje fue sustituido por el mensajero. Jesús nos indicaba el Reino, como la Causa por la que estaba apasionado y por la que dio su vida, y un buen grupo de seguidores se olvidaron de esa causa, y se enamoraron de Jesús. Es preciso volver a Jesús, y su Causa…

Para hablar concretamente del Reino es bueno reparar en el texto del prefacio de esta fiesta, que da una «descripción» muy plástica de su contenido. Esa idea fue recogida en el conocido estribillo del Salmo 71 del compositor Manzano, que dice: «Tu Reino es Vida, tu Reino es Verdad, tu Reino es Justicia… es Paz… es Gracia… es amor, ¡venga a nosotros tu Reino, Señor». Bien glosada, y debidamente justificada esa perspectiva teológica, puede ser un buen guión para la homilía. Y no debería faltar ese canto en la celebración de hoy.

b) La relación entre cristocentrismo y reinocentrismo. Una cierta interpretación de esta fiesta –muy común por lo demás en el cristianismo en general– propicia un cristocentrismo exagerado, absoluto, que no hace justicia a la verdad de la revelación, al mensaje real de Jesús, a lo que Jesús realmente dijo, no a lo que después dijeron que había dicho. Importa pues pastoralmente discernir una «correcta jerarquía de valores», que la teología de la liberación fue la primera que dio en llamar “reinocentrismo”, con tal fuerza de persuasión, que no hay teología ni espiritualidad honesta que se puedan resistir.

c) El mesianismo de Jesús. La aclamación o la espera de Jesús como Rey se dio en el contexto del mesianismo: se esperaba un liberador. Hoy la postración es tal que ni siquiera se espera nada, pudiendo hacer de la aclamación de Jesús como Rey algo bien alejado de lo que el mesías supuso realmente para los que lo esperaron.

d) La dimensión escatológica: el final de los tiempos, nuestro ineludible caminar en la historia, el “juicio final”… El final del año litúrgico nos hace tematizar en nuestra reflexión el final mismo de la historia, y el final también de nuestras vidas personales. Pero ya en un contexto mental diferente, en el que sabemos que nuestra aventura humana no es la razón del cosmos, que el mundo no acabará el día que Dios decida acabar el ciclo de la humanidad y pasar a la vida eterna, y que no se trata de que estemos aquí para una prueba que se verificará en el día del juicio final, tras lo cual iríamos al cielo o al infierno…

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22. XI. 2020. Ciclo A. (Mt 25, 31-46). Cristo Rey: Hambriento y sediento, extranjero y desnudo, enfermo y encarcelado

Domingo, 22 de noviembre de 2020

A019542E-7CA4-4341-B673-8BCB82B53B70Del blog de Xabier Pikaza:

Termina hoy el ciclo litúrgico 2020, presidido por el retablo del juicio final (Mt 25,31-46), uno de los textos más ricos, esperanzados y peor entendidos de la historia cristiana, que lo ha tomado como carta magna del miedo y la amenaza religiosa (como en la Capilla Sixtina del Vaticano).

Mt 25, 31-46 es la parábola del Dios Pobre, pues los pobres, en sus varios sentidos (hambriento, sedienta, desnudo, extranjero…), aparecen en ella como hijos de Dios, “hermanos de Cristo”, que se identifica con ellos: “Tuve hambre, tuve sed, fui extranjero y desnudo, enfermo y encarcelado”. Esos pobres de Dios son el mismo Dios en persona, aquel en que nos movemos, vivimos y somos.

Mt 25,31-46 es la parábola de la historia humana: Está en el fondo el amor de “bodas” (Mt 25,1-3) y la tensión vital (talentos: Mt 25, 14-30). Pero el sentido y futuro de la historia humana está definido por la solidaridad de Dios, que es en sí siendo en los otros.

Entendido así, este pasaje es la carta magna de los derechos y deberes humanos (no de la amenaza, sino de la riqueza más honda de la vida), tal como la formularé al final de este comentario.

21.11.2020 | X Pikaza

Mt 25, 31-46.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda.

Entonces dirá el rey a los de su derecha: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.” Entonces los justos le contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?” Y el rey les dirá: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis.”

Y entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de deber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.” Entonces también éstos contestarán: “Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?” Y él replicará: “Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.” Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.”

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LECTURA DE CONJUNTO. INTRODUCCIÓN

Este pasaje recoge la ley o bene nueva y la tarea o responsabilidad del judaísmo mesiánico. Algunos de sus rasgos pueden encontrarse no sólo en el AT, sino en otras religiones y culturas Pero en su conjunto es un texto cristiano, vinculado al Sermón de la Montaña, que ha marcado no sólo la teología del cristianismo, sino de toda la cultura de occidente (y del mundo). Mirado en esa clave, Mt 25, 31‒46 es un texto de revelación suprema de Dios, elaborado por la Iglesia desde una perspectiva israelita de pacto que se abra a la experiencia universal de gracia del evangelio[1].

‒ Este pasaje responde al mensaje de Jesús, que había vinculado su Reino con el juicio que ha de aplicarse a todos los hombres, partiendo de la misericordia de Dios, la curación de los enfermos y la salvación de los pecadores. En esa línea, el mismo Jesús o sus seguidores inmediatos han podido afirmar que Dios se identifica con los pequeños y los pobres, con quienes sufre y a quienes ofrece salvación.

Este pasaje responde al mensaje de Mateo, y contiene aspectos (elementos) des “derecho escatológico” (cf. también Lc 12, 8-9; Mc 8, 38), expresado en la figura del Hijo del hombre, que, por un lado, comparte la suerte de los pobres (con quienes se identifica) y, por otro, juzga a los pueblos según la manera que ellos han tenido de tratarles. En esa línea podemos afirmar que ha sido formulado en su sentido actual por una iglesia judeocristiana como la de Mateo[2].

 Las seis “obras” de Mt 25, 31-46 (dar de comer al hambriento, de beber al sediento, acoger al exilado, vestir al desnudo, visitar al enfermo y encarcelado) se encuentran poderosamente influidas por la teología israelita del pacto de Dios con los hombres, tal como ha sido reformulada por Jesús en su anuncio del Reino de Dios, con su forma de servir a los necesitados y con su muerte mesiánica. Éste es un texto paradójico en varios sentidos, pues recoge de forma universal la novedad del mensaje judío y cristiano de Jesús y de la Iglesia primitiva, sin que aparezcan expresamente unos rasgos confesionales exclusivamente cristianos, de manera que puede y debe aplicarse a la humanidad en su conjunto:

 ‒ Esta palabra proviene de la historia de Israel, y condensa el mensaje central de la Ley y los profetas, pero lo hace desde Jesús, de un modo universal, pues no contiene nada exclusivamente judío, ni en su formulación (no habla del Dios Yahvé, ni del templo, ni de sacerdotes, ni de sacrificios o sacramentos), de manera puede aplicarse y se aplica por igual a todos pueblos, con los mismos derechos y deberes, como si la pertenencia israelita no contara (y no cuenta en ese plano). El juez final aparece como Hijo del Hombres, es decir, como humanidad universal, como eso que pudiéramos llamar el principio divino de la humanidad.

‒ Éste es un texto cristiano y eclesial, y, sin embargo, no contiene ninguna referencia a la Iglesia, ni a Jesús, entendido de un modo particular, pues el juez divino aparece simplemente como Hijo del Hombre, esto es, como principio divino de la humanidad y signo (portador) de las necesidades humanas[3]. Ciertamente, el cristiano puede afirmar que ese juez final es el mismo Jesús de Nazaret, cuya historia está contando el evangelio de Mateo, pero sin que esto se diga expresamente. El texto en sí sólo supone y afirma que el Dios del juicio se identifica con las necesidades humanas (o, mejor dicho, con los necesitados a quienes Jesús ayudó durante el tiempo de su mensaje, de manera que por ayudarles en concreto, por encima de toda ley particular, religiosa o política le mataron).

 No existe, que sepamos, ningún texto judío o pagano (egipcio, mesopotamio, chino…) que haya condensado las necesidades humanas de esa forma, mirándolas desde una perspectiva de justicia, pero como expresión del sufrimiento de Dios, que padece en los necesitados. En esa línea, leído desde el conjunto del evangelio, Mt 25, 31‒46 supone que los sufrimientos de los hombres se identifican con el dolor de Jesús, que los ha compartido con (que ha muerto por) ellos. Pero el texto en sí no lo dice, de manera que esas necesidades pueden entenderse de forma universal, sin tener que apelar a Jesús para entenderlas.

 Este pasaje no discute la causa radical de esos males, aunque sabe que están vinculados con la injusticia humana (unos hombres no ayudan a otros)… y sabe también que en ellos se expresa de un modo misterioso el mismo ser divino. No razona sobre el origen del hambre o de la cárcel, sino que supone su existencia y busca una forma de solucionarlos, no en clave de imposición legal, sino de llamada a la conversión (transformación) humana, en una línea gratuidad, desde la experiencia del Dios que se hace presente en las necesidades de los hombres, y les pide que sean solidarios unos con los otros, en perspectiva de juicio final[4].

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Como vengo diciendo, cerrado sí mismo, este pasaje no es específicamente cristiano (no contiene nada específicamente confesional, propio de la Iglesia), pero los cristiano pueden y deben entenderlo desde la perspectiva de un Jesús, a quien identifican con el Hijo del Hombre que se sentará sobre el trono de su Gloria, recibiendo a todas las naciones e identificándose, al mismo tiempo, con todos hambrientos y sedientos, enfermos y encarcelados, posesos y pecadores a cuyo servicio él había puesto su vida.

En un sentido, desde una esperanza anterior centrada en el libro de Daniel, los cristianos esperan a un Hijo de Hombre (=Hombre universal), Gran Rey-Mesías de Dios, y así le ven, al fin, pero identificándose con los hambrientos‒sedientos, exilados‒desnudos, enfermos‒encarcelados, por quienes ha dado su vida, y con quienes se manifiesta, incluyendo en su “yo” necesitado (y al fin asesinado) la opresión, sufrimiento y muerte de todos los excluidos y sufrientes de la historia[5].

Esta sentencia final de Jesús recoge toda su enseñanza y vida anterior, desde la montaña de Galilea, cando Jesús decía a sus enviados que “enseñaran a todas las naciones a cumplir lo que él les había mandado/encargado” (enteilamên hymin: 28, 20). Éste es su gran “encargo” de Jesús, su comisión definitiva: Que sean todos como él ha sido. Miradas así, estas dos palabras  de esús (una del envío/comisión, 28, 16‒20,  y otra del juicio/desvelamiento final, 25, 31‒46), vinculadas entre sí, constituyen un (el)  elemento central de la teología de la Biblia, ratificada y cumplida por Jesús que aparece, al mismo tiempo, como aquel  que está presente en los necesitados y como aquel que pide a todos los hombres que (les) ayuden, colaborando así en la tarea creadora de Dios.

PROFUNDIZACIÓN.TUVE HAMBRE Y ME DISTÉIS DE COMER…

 Como he puesto de relieve en Teología de la Biblia, esta “parábola”  retoma y recrea el sentido de las dos anteriores de Mr 25,1-30 (del aceite en la noche, de la administración de los talentos)… pero lo hace desde la perspectiva de la necesidad humana: Es bueno tener pan y agua, un grupo social y dignidad, libertad y salud. Pero supone que esas riquezas propias (de tipo social y personal, más que puramente monetario), han de ponerse al servicio de los demás, para dar de comer al que tiene hambre, acoger en casa al que no la tiene etc.

Según este pasaje, aquello que cuenta de verdad no es el dinero (ni la falta de dinero), sino la solidaridad: que hombres y mujeres puedan ayudarse, alimentarse, acogerse, visitarse… Entendido así, desde la raíz de esta parábola, el dinero puede servir como medio para activar la comunión interhumana (dar de comer, acoger y ayudar a los enfermos…), de manera que no sea fin en sí mismo, sino que uno hombres lo empleen para ayudar a los hombres, es decir, a los necesitado (al hambriento, al sediento, al extranjero, al desnudo…). Leer más…

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Dos regalos, con una condición. Fiesta de Cristo Rey. Domingo 34 Ciclo A.

Domingo, 22 de noviembre de 2020

a_7Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj: 

Como la Iglesia siempre va por sus caminos, el próximo domingo termina el año litúrgico, con más de un mes de anticipación al año civil. Los domingos siguientes los dedicaremos a preparar la Navidad (tiempo de Adviento) y a celebrarla. Pero ahora nos toca cerrar el año, y la Iglesia lo hace con la fiesta de Cristo Rey.

Motivo y sentido de la fiesta

            No se trata de una fiesta muy antigua, la instituyó Pío XI en 1925. ¿Qué pretendía con ella? Para comprenderlo hay que recordar los principales acontecimientos de la época. La Primera Guerra Mundial ha terminado siete años antes. Alemania, Francia, Italia, Rusia, Inglaterra, Austria, incluso los Estados Unidos, han tenido millones de muertos. La crisis económica y social posterior fue tan dura que provocó la caída del zar y la instauración del régimen comunista en Rusia en 1917; la aparición del fascismo en Italia, con la marcha sobre Roma de Mussolini en 1922, y la del nazismo, con el Putsch de Hitler en 1923. Mientras en los Estados Unidos se vive una época de euforia económica, que llevará a la catástrofe de 1929, en Europa la situación de paro, hambre y tensiones sociales es terrible.

            Ante esta situación, Pío XI no hace un simple análisis sociopolítico-económico. Se remonta a un nivel más alto, y piensa que la causa de todos los males, de la guerra y de todo lo que siguió, fue el “haber alejado a Cristo y su ley de la propia vida, de la familia y de la sociedad”; y que “no podría haber esperanza de paz duradera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de Cristo Salvador”. Por eso, piensa que lo mejor que él puede hacer como Pontífice para renovar y reforzar la paz es “restaurar el Reino de Nuestro Señor”. Las palabras entre comillas las he tomado del comienzo de la encíclica Quas primas, con la que instituye la fiesta.

            La posible objeción es evidente: ¿se pueden resolver tantos problemas con la simple instauración de una fiesta en honor de Cristo Rey?, ¿conseguirá una fiesta cambiar el corazón de la gente? Los noventa años que han pasado desde entonces demuestran que no.

            Por eso, en 1970 se cambió el sentido de la fiesta. Pío XI la había colocado en el mes de octubre, el domingo anterior a Todos los Santos. En 1970 fue trasladada al último domingo del año litúrgico, como culminación de lo que se ha venido recordando a propósito de la persona y el mensaje de Jesús.

            Ahora, la celebración no pretende primariamente restaurar ni reforzar la paz entre las naciones sino felicitar a Cristo por su triunfo. Como si después de su vida de esfuerzo y dedicación a los demás, hasta la muerte, le concedieran el mayor premio.

            Pero las lecturas no hablan de una celebración de campanas al vuelo y ceremonias deslumbrantes. Hablan de lo bien que se porta Cristo Rey con nosotros y de la respuesta que espera de nuestra parte.

Primer regalo: su preocupación por nosotros (lectura de Ezequiel)

               En el Antiguo Oriente, la imagen habitual para hablar del rey era la del pastor. Simbolizaba la preocupación y el sacrificio por su pueblo, como la de un pastor por su rebaño. En la práctica, no siempre era así. El c. 34 de Ezequiel habla de los reyes judíos como malos pastores que han abusado de su pueblo y luego se han desinteresado de él y lo han abandonado cuando se produjo la caída de Jerusalén y la deportación a Babilonia.

Pero Dios no va a permanecer impasible: eliminará a esos malos reyes y ocupará su puesto haciendo dos cosas: 1) como Rey-pastor, buscará a sus ovejas, las cuidará, etc. 2) como Rey-juez, juzgará a su rebaño, defendiendo a las ovejas y salvándolas de los machos cabríos (por eso llamamos en España “cabrones” a los que se portan mal con otros).

            El texto del evangelio (el Juicio Final) empalma con el segundo tema. Pero la liturgia se ha centrado en el primero, que subraya la preocupación de Dios por su pueblo. Es interesante advertir la cantidad de acciones que subrayan su amor e interés: «seguiré el rastro de mis ovejas, las libraré, apacentaré, las haré sestear, buscaré, recogeré, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas». En el contexto de la fiesta de hoy, estas frases habría que aplicarlas a Jesús y ofrecen una imagen muy distinta de Cristo Rey: no lo caracterizan el esplendor y la gloria sino su cercanía y entrega plena a todos nosotros. Buen momento para recordar cómo se ha comportado con cada uno, buscándonos, librándonos, curando…

Así dice el Señor Dios: «Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro.  Como sigue el pastor el rastro de su rebaño, cuando las ovejas se le dispersan, así seguiré yo el rastro de mis ovejas y las libraré, sacándolas de todos los lugares por donde se desperdigaron un día de oscuridad y nubarrones. Yo mismo apacentaré mis ovejas, yo mismo las haré sestear -oráculo del Señor Dios-. Buscaré las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas; vendaré a las heridas; curaré a las enfermas: a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré« como es debido.  Y a vosotras, mis ovejas, así dice el Señor: Voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío.»

Segundo regalo: victoria sobre la muerte (lectura la 1ª carta a los Corintios)

Pablo, influido sin duda por las campañas romanas de su tiempo, presenta a Dios Padre como el gran emperador que termina triunfando y sometiendo todo. Pero quien guerrea en su nombre es Cristo, que debe enfrentarse a numerosos enemigos. El último de ellos, el más peligroso, es la muerte, a la que Jesús vence en el momento de resucitar. De esa victoria sobre la muerte participamos también todos nosotros. El fin del año litúrgico, que recuerda el fin de la vida, es un momento adecuado para superar la incertidumbre y la angustia ante la muerte y agradecer la esperanza de la resurrección.

Hermanos:
Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida. Pero cada uno en su puesto: primero Cristo, como primicia; después, cuando él vuelva, todos los que son de Cristo; después los últimos, cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza. Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. El último enemigo aniquilado será la muerte. Y, cuando todo esté sometido, entonces también el Hijo se someterá a Dios, al que se lo había sometido todo. Y así Dios lo será todo para todos.

Una condición (evangelio)

El evangelio no se centra en el triunfo de Cristo, que da por supuesto, sino en la conducta que debemos tener para participar de su Reino.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria, y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha:

̶  Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme. 

Entonces los justos le contestarán:

̶  Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? 

Y el rey les dirá: 

̶  Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. 

Y entonces dirá a los de su izquierda:

̶  Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.

Entonces también éstos contestarán:

̶  Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o enfermo o en la cárcel, y no te asistimos?

Y él replicará:

̶  Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.

Y éstos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

La parábola es tan famosa y clara que no precisa comentario, sino intentar vivirla. Pero indico algunos datos de interés.

  1. A diferencia de otras presentaciones del Juicio Final en la Apocalíptica judía, quien lo lleva a cabo no es Dios, sino el Hijo del Hombre, Jesús. Es él quien se sienta en el trono real y el que actúa como rey, premiando y castigando.
  2. Los criterios para premiar o condenar se orientan exclusivamente en la línea de preocupación por los más débiles: los que tienen hambre, sed, son extranjeros, están desnudos, enfer­mos o en la cárcel. Estas fórmulas tienen un origen muy antiguo. En Egipto, en el capítulo 125 del Libro de los Muertos, encontramos algo pareci­do: «Yo di pan al hambriento y agua al que padecía sed; di vestido al hombre desnudo y una barca al náufrago». Dentro del AT, la formulación más parecida es la del c. 58 de Isaías: «El ayuno que yo quiero es éste: partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne.» Lo único que Jesús tendrá en cuenta a la hora de juzgarnos será si en nuestra vida se han dado o no estas acciones capitales. Otras cosas a las que a veces damos tanta importancia (creencias, prácti­cas religiosas, vida de oración…) ni siquiera se mencionan.
  3. La novedad absoluta del planteamiento de Jesús es que lo que se ha hecho con estas personas débiles se ha hecho con Él. Algo tan sorprendente que extraña por igual a los condenados y a los salvados. Ninguno de ellos ha actuado o dejado de actuar pensando en Jesús; pero esto es secundario.

 

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Jesucristo Rey del Universo. 22 noviembre, 2020

Domingo, 22 de noviembre de 2020

Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.”

(Mt 25, 31-46)

Estos textos bíblicos en los que los buenos quedan separados de los malos me lleva a preguntarme: ¿somos imagen de Dios o hacemos a Dios a nuestra imagen?

Cada vez me cuesta más pensar en un Dios que se sienta a separar. ¿Cómo puede Dios Trinidad, que es comunión, sentarse a separar?

Tampoco me convence el otro extremo de pensamiento: “Total, si todo vale, vivo a mi bola sin preocuparme.” Creo que nuestra vida cuenta, y nuestras acciones y oraciones la encaminan en un sentido o en otro. Nos vamos haciendo personas cada vez más plenas o cada vez más vacías. Con todo, siempre, siempre, estamos a tiempo de volvernos hacia la plenitud.

La bondad y la maldad no son dos fuerzas iguales y contrarias. El mal no puede ya vencer porque ya fue vencido. No tiene poder sino que se encamina a su fin. Esta es nuestra esperanza, nuestra fe.

Creemos que Dios ha vencido al mal, a la muerte, a la oscuridad. Caminamos hacia la VIDA.

Muchas veces la realidad parece decir todo lo contrario. Seguramente más de una persona estará pensando: “¿cómo puede decir que el bien ya ha vencido cuando estamos viviendo una situación mundial de pandemia, cuando los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres y numerosos, cuando la naturaleza entera parece no resistir más… (aunque algunos sigan negado el cambio climático…)?

Es verdad, la lista de cosas que no funcionan es larga. Pero lo bueno es más grande y más resistente. Por cada gesto de violencia y desconfianza, por cada injusticia  hay cientos de gestos de generosidad, de acogida y de reconciliación que nos van trasformando. No los apreciamos porque nos parecen “lo normal”, lo que debiera ser. Eso significa que la inmensa mayoría de la humanidad desea lo bueno, lo justo, lo que nos permite convivir.

La fiesta de Jesucristo como Rey del Universo nos viene a recordar la bondad que ya somos en semilla y en la que debemos esforzarnos por crecer. Si Cristo comienza a Reinar es que la Vida, lo Bueno, el Bien…¡ha vencido!

Podemos repetir con confianza las palabras de la mística medieval Juliana de Norwich: ¡Todo irá bien, y todo irá bien y absolutamente todo acabará bien!

Oración

Aumenta nuestra fe y nuestra confianza. Danos una mirada llena de esperanza que sepa descubrir y agradecer la bondad escondida en cada corazón humano en todos los rincones de la creación. ¡Amén!

*
Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Jesús reina como reina la paz, como reina el amor.

Domingo, 22 de noviembre de 2020

David Trullo+Ecce HomoMt 25, 31-46

Es muy difícil dar sentido “cristiano” a esta fiesta. Jesús nunca reivindicó ningún reino para sí. Todo lo contrario, afirmó de palabra y con su vida, que él “no venía a ser servido, sino a servir”. Después del ayuno en el desierto, el ser dueño y señor del mundo, se le presenta como una tentación. ¿No hemos ocupado el lugar del tentador cuando, sin pedirle consentimien­to, le hemos dado todos los reinos del mundo? Jesús criticó muy duramente todo poder. Después de la multiplicación de los panes, Nos dice Juan: “Viendo que querían proclamarle rey, se retiró a la montaña él solo.”

¿No hemos superado la burla macabra de los soldados, poniéndole una corona de oro, un manto real y un cetro cargado de brillan­tes? Este cetro y esta corona es mucho más denigrante para Jesús, que la caña y las espinas. Cuando Pilato pone el título sobre la cruz: “Éste es el rey de los judíos”, lo hace para burlarse de él y de los judíos. ¿No será también una burla llamarle rey del universo? La intención de Pio XI al instituirla hace un siglo no nos ayuda a darle sentido hoy. Lo que él pretendió fue que todos los hombres y todas las naciones le reconocieran a él como representante de eso: Cristo Rey.

Nuestro ego narcisista está incapacitado para asumir su desaparición. Tiene una capacidad increíble para revolverse y salirse con la suya. Como la propuesta de Jesús era inasumible, la presenta como una estrategia para conseguir plenitud de gloria. Así, cuando Jesús dice que la meta de su vida es el don total a los demás, el ego la interpreta como el único medio para ser glorificado por Dios. Una vez presentada así la trayectoria de Jesús, será muy fácil hacernos ver que la nuestra debe seguir el mismo camino.

El ser humano, como la vela, está hecho para dar luz, pero la vela nada más encenderla se empieza a consumir. La vela, hasta que no es encendida, es un trasto que rueda por los cajones. El día que se va la luz, la buscamos y la encendemos. En ese momento empieza a ser vela. Nuestro ego nos impide aceptar esta perspectiva. Nada ni nadie le puede convencer de que su objetivo es desaparecer, menos aún, en beneficio de los demás. El colmo del desastre fue que descubrió la manera de emplear toda la parafernalia espiritual para conseguir su propio objetivo. No hay forma de que pueda cambiar de perspectiva.

Fijaros qué contradicción. Para celebrar la gloria de Jesús, recordamos el momento de su vida donde mejor dejó reflejada su actitud vital, la eucaristía. Yo, como el pan, me parto y me vuelvo a partir para que me coman. Me dejo masticar, tragar, asimilar para alimentar a otros, aunque sea a costa de desaparecer. Yo entrego mi vida (mi sangre), a los demás para que la hagan suya y puedan trasformar su propia vida. La sangre solo se puede entregar a costa de la propia vida. Si la doy a los demás, me quedaré sin ella. Todo esto lo celebramos como un rito más, pero para nada condiciona mi propia existencia.

Sin duda, el Reino de Dios fue el centro de la predicación de Jesús. La imagen de Dios como rey de Israel se remonta a la época de la entrada en Palestina del pueblo judío. Para un nómada nada podía significar la idea de un rey; pero cuando entran en contacto con las estructuras sociales de la gente que vivía en ciudades, los israelitas piden a Dios un rey. Esto fue interpretado por los profetas, como una traición a Yahvé. Poco a poco se va enriqueciendo esa idea y termina por ser la imagen clave para la apocalíptica. El final de la historia será un Reino de Dios que termina por sobreponerse a todos los demás.

Solo en este contexto cultural, podemos entender la predicación de Jesús sobre el Reino de Dios. Sin embargo, el contenido que le da es muy distinto. En tiempos de Jesús, el futuro Reino de Dios se entendía como una victoria del pueblo judío sobre los gentiles y una victoria de los buenos sobre los malos. Jesús predica un Reino de Dios, del que van a quedar excluidos lo que se creían buenos y van a entrar las prostitu­tas, los pecadores, los marginados. Los gentiles serán llamados y muchos judíos quedarán fuera.

El Reino predicado por Jesús ya está aquí, ha comenzado ya. “El Reino de Dios está dentro de vosotros”.  Esta idea desbarata todo nuestro montaje sobre el reino de Dios. No se trata de preparar un reino para Dios, se trata de un Reino que es Dios, no de que Dios tenga un reino. Haremos que se vea con nuestra manera de actuar, pero solo después de haber descubierto su presencia en lo más hondo de nuestro corazón. Es un reinado del AMOR. No es un reino de personas físicas, sino de actitudes vitales. Cuando me acerco al que me necesita preocupándome por él, hago presente el Reino de Dios.

Cuando Pilato le pregunta si es rey, contesta Jesús: “Mi reino no es de este mundo”. No quiere decir que vendrá después o que estará en otro lugar, sino que no tiene nada que ver con lo que él entendía por reino. Al insistir Pilato, Jesús le dice: “Sí, soy rey. Yo para esto he venido al mundo, para ser testigo de la verdad.” Ser testigo de la verdad, ser auténtico, ser verdad, es la única manera de ser dueño de sí mismo, y por la tanto de ser dueño de la realidad entera. Jesús es rey de sí mismo y así es Rey en absoluto.

“El Reino de Dios, lo divino que nos inunda, es un fermento, un alma, una luz que transforma mi ser y toda la realidad. Se manifiesta como una cualidad, pero en realidad, es mi esencia. Yo tengo que esforzarme por hacerla surgir desde lo hondo de mí mismo, aceptando que viene a absorberme. Es necesario que, tras haber cooperado con todas mis fuerzas a hacerla brotar, consienta en la comunión, en la que mi propia individualidad se hundirá y acepte convertirme en su alimento”. (Teilhard de Chardin).

Después de lo dicho podemos comprender que, no se trata de entronizar a Jesús, ni antes ni después de morir. Lo “Crístico”, es decir, lo que significa y encarna la figura de Jesús, es lo que tiene que reinar entre nosotros. Cuando decimos: reina la armonía, reina la paz, etc., estamos hablando de un ambiente envolvente que permite su desarrollo. Hablar del reinado de Cristo significa que su mismo espíritu mueve también nuestra existencia.

En el relato que hemos leído encontramos la clave de la encarnación. Dios no se hace un hombre, sino que se hace hombre. El que juzga es el Hombre, el punto de contraste para valorar una vida humana es la semejanza con Jesús: “el Hombre”. No tenemos que esperar ningún juicio desde fuera. Mis actitudes van manifestando en cada momento el grado de identificación con el modelo de Hombre. En la medida que me identifique con el modelo, me salvo; en la medida que me separe de él, me voy condenando.

Hemos conseguido un cristianismo cómodo, colocando a Dios en el cielo. Sería demasiado peligroso descubrir a Dios encarnado en cada uno de los seres humanos que nos rodean. Pero no hay escapatoria. Dios es encarnación y lo tenemos que descubrir en las criaturas. “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. La pregunta de los rechazados deja bien claro que, si hubieran descubierto la presencia de Dios en el necesitado, lo hubieran socorrido. La tarea es descubrir lo que somos.

Meditación

A Dios no le servimos para nada.
Los demás sí necesitan de nosotros.
Si quieres llegar a Dios cuida del otro.
En él lo encontrarás pobre y necesitado.
Al cuidar con amor de sus heridas,
restañarás las tuyas.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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