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Juan Masiá: “Satisfacción de pena y condenación eterna son incompatibles con la misericordia todopoderosa”, por Juan Masiá s.j.

Viernes, 24 de enero de 2020

934f3a00dcb72e2fa4ed7bb077b51c9dDe su blog Vivir y pensar en la frontera:

“Los novísimos, solo tres: muerte, juicio y gloria”

“Es posible un juicio final sin premio merecido ni castigo eterno, con tal de que entendamos bien el juicio de Dios como juicio de reconocimiento, justificación y misericordia”

“Como ha dicho el Papa Francisco ‘Dios no puede desear la condenacion eterna de nadie por muy esclavo que sea del mal'”

Pienso y creo que es posible un juicio final sin premio merecido ni castigo eterno, con tal de que entendamos bien el juicio de Dios como juicio de reconocimiento, justificación y misericordia.

 Escribo estas líneas prolongando el diálogo, publicado en este blog para preparar la llegada a Japón del Papa Francisco. En aquel artículo, Adolfo Nicolás reinterpretaba los cuatro “novísimos o postrimerías” del catecismo tridentino (muerte, juicio, infierno y gloria) reformulando así: muerte, juicio, nada y gloria.

Adolfo Nicolas habla del “momento de lucidez que Dios concede a cualquiera”. Si el juicio es lucidez  para reconocer la gracia y el perdón, en un juicio de reconocimiento ya va incluida la parte positiva que se salva en los símbolos de purificatorio temporal y castigo definitivo, una vez despojados del matiz negativo, porque satisfacción de pena y condenación eterna son incompatibles con la misericordia todopoderosa.

Como ha dicho el Papa Francisco “Dios no puede desear la condenacion eterna de nadie por muy esclavo que sea del mal”.

 Quedan, por tanto, las postrimerías o novísimos, como las llamaban los viejos catecismos, reducidas a tres, en vez de cuatro: muerte, juicio y gloria

 Lectores y lectoras preguntarán qué pasa con la tradición del purgatorio y si desaparece el infierno. Respondo: el purgatorio como símbolo de purificación y el infierno como símbolo de la posibilidad de autodestrucccion de la persona libre y llamada permanente a la conversión, siguen teniendo una funcion de llamada a despertar del autoengaño. Pero permanecen asi, no como realidades exentas, sino como parte del juicio, con tal de entender el juicio, no como sentencia de condenación o remuneración, sino como llamamiento a la lucidez del reconocimiento, la gracia de la rehabilitación y la fe en la misericordia perdonadora.

 Así entendido el juicio, los novísimos o postrimerías no serían cuatro, sino tres: muerte, juicio y gloria. Rezamos con el buen ladrón para decir a Jesucristo: “Acuérdate de mi en tu Reinado…” (Lc   )

 Esto supuesto, releamos Mt 25 en clave de reconocimiento y misericordia. Reconocer es admitir la carencia de méritos propios para salvarse o admitir que somos acreedores a un castigo. Pero reconocer significa también agradecer. Agradecemos la misericordia y creemos en el perdón.

El escenario de ovejas y cabras a derecha e izquierda del Juez Omni-misericordioso se desarrolla así:

 Dijo a las ovejas (a la derecha): Tuve hambre y me disteis de comer.  Cuando lo hicisteis con los pequeños conmigo lo hicisteis. Pero reconoced que no lo hicísteis por vuestra propia fuerza ni para ganar méritos, sino por gracia de mi Espíritu que os lo hizo hacer. Reconocedlo y creed en la gracia. Y ahora entrad, benditos del Padre, por la puerta de la salvación.

Dijo a las cabras  (a la izquierda): Tuve hambre y no me dísteis de comer. Cada vez que dejasteis de hacerlo con uno de esos tan insignificantes, dejasteis de hacerlo conmigo. Reconocedlo, confesadlo (Confiteor), reconoced que mereceríais ser condenados severamente, si no fuera porque el castigo definitivo es incompatible con mi misericordia. Y ahora, reconocida la culpa y creyendo en el perdón, venid también vosotros, bendecidos por el Padre y entrad por la puerta de la salvación

En este juicio de reconocimiento, las palabras clave son: lucidez, rehabilitación y misericordia.

 Reconocemos, como ovejas, lúcidamente la carencia de mérito; reconocemos, como cabras, honestamente que merecemos que se haga justicia (no condenadora o vindicativa, sino rehabilitadora)  y reconocemos, tanto ovejas como cabras, la gracia y la misericordia.

 Como al principio de la misa y también en la confesión (hecha ante Dios y acompañada  por la iglesia), reconocemos sacramentalmente  la reconciliación: la necesidad de sanación y la necesidad de creer en el perdón, tal como lo pedimos y recibimos cada vez que rezamos el Padre Nuestro para prepararnos a recibir la comunion…

Espiritualidad , , , , , , , , ,

Amigos

Miércoles, 22 de enero de 2020

Del blog Nova Bella:

 

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*“Dios me ha querido a través de mis amigos”

*

Marguerite Yourcenar

amiguitos

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , ,

Éste es el Cordero de Dios.

Domingo, 19 de enero de 2020

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El Cordero

Oh Corderillo, ¿quién te ha hecho?
¿Aún no sabes quién te ha hecho?
Te ha dado vida y alimento
junto al arrollo y sobre el prado;
te ha dado ropas deliciosas,
suavísima lana brillante;
y te ha dado una voz tan tierna
que el valle todo se alboroza.
Oh Corderillo, ¿quién te ha hecho?
¿Aún no sabes quién te ha hecho?

Oh Cordero, yo he de decirlo,
Oh Cordero, yo he de decirlo:
se llama por tu mismo nombre,
pues que Cordero a sí se llama:
es apacible y bondadoso,
de un niño tuvo la apariencia:
a nosotros, niño y cordero,
por su nombre nos llaman todos.
Cordero que Dios te bendiga.
Cordero que Dios te bendiga.

*

William Blake
The Lamb

*

Agnus

*

Hambre de ti

«Amor de Ti nos quema,
blanco Cuerpo».
Unamuno

Hambre de Ti nos quema, Muerto vivo,
Cordero degollado en pie de Pascua.

Sin alas y sin áloes testigos,
somos llamados a palpar tus llagas.

En todos los recodos del camino
nos sobrarán Tus pies para besarlas.

Tantos sepulcros por doquier, vacíos
de compasión, sellados de amenazas.
Callados, a su entrada, los amigos,
con miedo del poder o de la nada.

Pero nos quema aun tu hambre, Cristo,
y en Ti podremos encender el alba.

*

Pedro Casaldáliga
El Tiempo y la espera.
Editorial Sal Terrae, Santander 1986

***

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:

“Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.” Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.”

Y Juan dio testimonio diciendo:

“He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.” Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.”

*

Juan 1, 29-34

***

Con cada hombre viene al mundo un ser nuevo que no ha existido nunca, alguien original y único. «Cada israelita esta obligado a reconocer y considerar que es único en el mundo, que jamás ha existido nunca ningún hombre idéntico a él: si ya hubiera existido un hombre idéntico, no tendría sentido su existencia. Cada persona es diferente y debe realizar su propio ser. Que esto no suceda es lo que retrasa la llegada del «Mesías». Todos están llamados a desarrollar y realizar personalmente esta unicidad e irrepetibilidad, y a no volver a repetir mas lo ya realizado por otro, por muy grande que fuese ésta persona.

Ya viejo, el sabio Rabí Bunam dijo un día: «No me cambiaría por el padre Abrahán ¿Qué le reportaría a Dios si el patriarca Abrahán se convirtiera en el ciego Bunam y el ciego Bunam en Abrahán?.» La misma idea ha sido expresada con mayor agudeza por el Rabí Sussja, quien a punto de morir exclamó: «”En la vida Futura no me preguntaran: ”¿Por qué no has sido Moisés?”; me preguntarán; “¿Porque no has sido Sussia?”».

Estamos ante una enseñanza basada en la inigualdad natural de las personas y la imposibilidad, por tanto, de hacerlos iguales. Todos los hombres tienen acceso a Dios, pero cada uno tiene una senda diferente. La diversidad humana, la diferenciación de sus cualidades y tendencias, es la grandeza del género humano. La universalidad de Dios consiste en la multiplicidad infinita de caminos que conducen hasta él, y cada uno de ellos está reservado a un hombre […]. Así, el camino a través del cual cada hombre tiene acceso a Dios le viene indicado únicamente por la conciencia de su propio sen; por el conocimiento de su especificidad y la singularidad de su existencia. “En cada persona hay algo único que no existe en ninguna otra”.

*

Martin Buber,
El camino del hombre.
Magnano 199o, 27-29

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“Lo primero”. 2 Tiempo ordinario – A (Juan 1,29-34)

Domingo, 19 de enero de 2020

09-02-to-a-600x873Algunos ambientes cristianos del siglo I tuvieron mucho interés en no ser confundidos con los seguidores del Bautista. La diferencia, según ellos, era abismal. Los «bautistas» vivían de un rito externo que no transformaba a las personas: un bautismo de agua. Los «cristianos», por el contrario, se dejaban transformar internamente por el Espíritu de Jesús.

Olvidar esto es mortal para la Iglesia. El movimiento de Jesús no se sostiene con doctrinas, normas o ritos vividos desde el exterior. Es el mismo Jesús quien ha de «bautizar» o empapar a sus seguidores con su Espíritu. Y es este Espíritu el que los ha de animar, impulsar y transformar. Sin este «bautismo del Espíritu» no hay cristianismo.

No lo hemos de olvidar. La fe que hay en la Iglesia no está en los documentos del magisterio ni en los libros de los teólogos. La única fe real es la que el Espíritu de Jesús despierta en los corazones y las mentes de sus seguidores. Esos cristianos sencillos y honestos, de intuición evangélica y corazón compasivo, son los que de verdad «reproducen» a Jesús e introducen su Espíritu en el mundo. Ellos son lo mejor que tenemos en la Iglesia.

Desgraciadamente, hay otros muchos que no conocen por experiencia esa fuerza del Espíritu de Jesús. Viven una «religión de segunda mano». No conocen ni aman a Jesús. Sencillamente creen lo que dicen otros. Su fe consiste en creer lo que dice la Iglesia, lo que enseña la jerarquía o lo que escriben los entendidos, aunque ellos no experimenten en su corazón nada de lo que vivió Jesús. Como es natural, con el paso de los años, su adhesión al cristianismo se va disolviendo.

Lo primero que necesitamos hoy los cristianos no son catecismos que definan correctamente la doctrina cristiana ni exhortaciones que precisen con rigor las normas morales. Solo con eso no se transforman las personas. Hay algo previo y más decisivo: narrar en las comunidades la figura de Jesús, ayudar a los creyentes a ponerse en contacto directo con el evangelio, enseñar a conocer y amar a Jesús, aprender juntos a vivir con su estilo de vida y su espíritu. Recuperar el «bautismo del Espíritu», ¿no es esta la primera tarea en la Iglesia?

José Antonio Pagola

 

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“Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo”. Domingo 19 de enero de 2020. Domingo 2º del Tiempo Ordinario, ciclo A

Domingo, 19 de enero de 2020

10-ordinarioa2Leído en Koinonia:

Isaías 49,3.5-6: Te hago luz de las naciones, para que seas mi salvación.
Salmo responsorial: 39: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
1Corintios 1,1-3: La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesús sean con vosotros.
Juan 1,29-34: Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Las lecturas de este domingo tienen como eje transversal la invitación de Dios a toda la humanidad a asumir como propio el proyecto del Reino, de retarle, en libertad y sinceridad, a una manera nueva ser hombre y mujer, de ser creación y sociedad. El texto que leemos en la primera lectura forma parte del segundo Cántico del Siervo (Is 49,1 – 50,7) en el que se identifica al pueblo de Israel como el servidor de Dios; este Israel mencionado aquí no representa la totalidad del pueblo de Dios, sino que, tal vez, se refiera a aquella pequeña comunidad creyente desterrada en Babilonia, a ese grupo reducido que mantiene viva la esperanza y la fe. Ese grupo que, a pesar de estar lejos de su tierra, mantiene su confianza en Yahvé es el que traerá la salvación a todo el pueblo de Israel y al mundo entero, pues Dios ha puesto sus ojos en él y le ha asignado la misión de expresar a toda la creación su deseo más profundo: salvar a todos sin excepción. El profeta que escribe este cántico marca una gran diferencia en cuanto a la comprensión de la salvación prometida por Yahvé; siendo el tiempo del exilio, el profeta anuncia una salvación para todas las naciones, no únicamente para el pueblo de Israel.

Pablo inicia su carta confirmando la universalidad del Reino de Dios; expresando que el mensaje de salvación es para todos los que en cualquier lugar -y tiempo- invocan el nombre de Jesucristo. Este saludo es dirigido a los cristianos de Corinto; sin embargo, por la manera solemne en que Pablo escribe (a la Iglesia de Dios de Corinto), se puede afirmar que el apóstol se está refiriendo a la única y universal Iglesia de Cristo, que se hace presente históricamente en los creyentes de Corinto. Es decir, que aunque Pablo escriba de manera particular a esta comunidad, su mensaje desborda los límites de espacio y tiempo, adquiriendo en todo momento actualidad y relevancia, pues es una Palabra dirigida a la humanidad entera. Hombres y mujeres hemos recibido la gracia de ser hijos de Dios, por medio de Jesús; hemos sido consagrados por Dios para realizar en nuestras vidas la “vocación santa”, que en nuestro lenguaje correspondería a la “misión” de hacer presente, aquí y ahora, el reino de Dios: hacer de este mundo un lugar más justo y solidario, menos violento y destructor, más libre y fraterno. Quien asume como modo normal de vida este horizonte liberador está invocando el nombre de Jesús.

El evangelio de Juan manifiesta la universalidad de la salvación de Dios por medio de la vida y misión de Jesús de Nazaret, visto éste como cordero de Dios, que se sacrifica, se entrega obedientemente a la voluntad del Padre para salvar de la muerte (del pecado) a toda la Humanidad… Jesús es el enviado del Padre, el ungido por el Espíritu de Dios, el servidor de Yahvé del profeta Isaías (49,3) que tiene como especial misión establecer en el mundo la justicia del reino; es quien verdaderamente trae la salvación de Dios a la humanidad. Juan el Bautista ya había comprendido su propia misión y la misión de Jesús; por tal razón el profeta del desierto dice que detrás de él viene alguien más importante que él, pues el que viene es el Mesías, una Palabra nueva de Dios para el mundo. El Bautista reconoce a Jesús como el Hijo de Dios, y por eso da testimonio de él. Y lo hace -lo recoge así el evangelio de Juan-, con las imágenes de aquel tiempo, unas imágenes que hace mucho tiempo se quedaron sin base y que han perdido incluso parte de su inteligibilidad.

En efecto, hablar de Cordero de Dios, sacrificado, que expía nuestros pecados, que quita «el pecado del mundo» con su sangre, que nos «redime»… es hablar en unas categorías que hoy sólo podemos conocerlas por estudio histórico-bíblico, por cultura especializada religiosa, pero que no se pueden captar en nuestra vida diaria por simple sentido común, por una evidencia que se respira en subconsciente colectivo social, como han de ser captadas las buenas imágenes, las imágenes que están vivas, no las que ya murieron aunque sigan siendo leídas o repetidas. Una tarea pendiente de la comunidad creyente hoy es testimoniar ese encuentro profundo con Jesús con unas metáforas nuevas, para que expresen y comuniquen ese encuentro, que sólo de esa manera se concretizará en una vida fundada entregada al amor, a la Justicia y a la comunión con Naturaleza.

(Recordemos que el lenguaje religioso es siempre metafórico, y que las metáforas no describen la realidad, sino que la aluden simbólicamente, con frecuencia de un modo inexpresable en conceptos. El lenguaje religioso no es de ideas «claras y distintas», como tantas veces ha confundido la teología dogmática, pensando que está describiendo una realidad religiosa ontológica que está ahí como un ob-jeto que puede ser descrito objetivamente… El lenguaje religioso es más bien como la poesía: nos habla con metáforas, imágenes, símbolos… que muchas veces evocan nuestro subconsciente, personal y colectivo. Jesús no puede ser el cordero de Dios, porque no es, en absoluto, un cordero… Sin embargo, para los cristianos de aquel tiempo, decir que lo era, resultaba una afirmación religiosa conmovedora, porque evocaba un gran conjunto de sentimientos, tradiciones, doctrinas, imágenes, etc. Traducir aquella expresión no es traducirla a nuestro idioma actual, sino encontrar genialmente una correspondencia válida con otra imagen o imágenes que pudieran expresar una vivencia religiosa semejante a la que suscitaba esa expresión en aquel tiempo. Pero esto no es fácil hacerlo –si es que es realmente posible–. Mientras, lo que podemos/debemos hacer es no «»idolatrar aquellas expresiones antiguas, no sentirnos atados, y ser suficientemente creativos para aportar nuestro granito de arena al desarrollo del lenguaje religioso, que también es nuestra responsabilidad). Leer más…

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09. 01. 2020. Dom 2, tiempo ord. Ciclo A. Tú eres el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

Domingo, 19 de enero de 2020

vienna-agnus-dei-relief-side-altar-carmelites-church-dobling-geyling-workroom-38093808Del blog de Xabier Pikaza:

Del animal sagrado al pan compartido

Domingo 2, tiempo ordinario. Ciclo A. Jn 1, 29-34.    Entre los motivos centrales de este pasaje destaca el de Jesús Cordero de Dios (Agnus Dei) que quita el Pecado del Mundo.

Así lo indica la liturgia de la misa romana, cuando el “presidente”, al presentar el Pan “consagrado”, que se ha de compartir en comunión, dice: Agnus Dei, éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo

Muestra un trozo de pan y proclama éste es el Cordero de Dios, diciendo así que el Dios-Cordero es Jesús,  que tú mismo lo eres, siendo Pan Compartido.  De esa forma, la liturgia nos traslada del cordero sacrificial antiguo (un animal sagrado, cuya sangre se ofrece al Dios externo de la vida y de la muerte)  a la vida nueva de Jesús,  compartida en comunión, de forma que los creyentes (comulgantes) son en él Cordero de Dios, vida compartida en amor.

Esta palabra expresa la gran transmutación:

images11) Juan Bautista (que es el primero en decir esa palabra) retoma el motivo del Cordero Sacrificial externo y lo identifica con Jesús, a quien Jn 1, 14 ha presentado ya como Palabra de Dios encarnada. Termina así la religión “externa”, hecha de ritos sacrificiales de tempo (con corderos santos), de forma que la presencia de Dios (=Dios mismo) se identifica con el hombre-Jesús.

2) Ya no hay religión externa de corderos y machos cabrios, de templos y sacrificios animales, manejados (matados, ofrecidos) por santos sacerdotes, pues, como sabe y dice en otro contexto la Carta a los Hebreos, la religión es Jesús, es la misma vida entendida como presencia de Dios, como experiencia de comunión, esto es, de amor mutuo.

3) Ésta es la gran salida, el éxodo cristiano al que está apelando el Papa Francisco: La religión, el Cordero de Dios, es la misma vida de Jesús, con la de aquellos que aceptan su camino, que salen de la vía de los sacrificios animales de templo, y se descubren a sí mismos como Cordero de Dios (Dios encarnado en la vida de los hombres y mujeres).

4) Por eso, cuando el Bautista dice a Jesús “tú eres el Cordero de Dios” nos lo está diciendo en él  y por él a todos nosotros, pues somos el mismo Dios hecho presente, la vida como don, el perdón del pecado… en una línea que culmina en el pan compartida de la vida, tal como se celebra en la eucaristía.

5) Este Cordero de Dios no quita “pecados” concretos, sino el pecado, esto es, una vida de separación y muerte, de caída… Este Jesús-Cordero no perdona pecados desde fuera, sino que “quita el pecado del mundo”, lo aparta, lo borra, lo niega… Eso significa que la vida de los hombres no es ya alejamiento de Dios, sino presencia, Vida de Dios en nuestra vida…

 gran-diccionario-de-la-bibliaÉstos y otros motivos definen la nueva religión de Jesús, donde ya no existen corderos externos sagrados, ni sacerdotes sacrificiales, ni templos para sacrificios externos, ni poderes superiores que se imponen sobre el “común” de los fieles sometidos. En esa línea al decir tú eres el cordero de Dios se está diciendo tú eres la religión.

Evidentemente, que al fondo el signo hermoso de cordero sagrado, en varias formas, pero sólo como signo de una historia de descubrimiento de Dios que ha culminado (y ha sido superada) por Jesús, el auténtico cordero de Dios, que vive en tí, en cada uno de nosotros.

Éste es un motivo complejo, una historia fascinante que merece la pena de comprender, y así quiero presentarla retomando unas páginas de Gran Diccionario de la Biblia (Verbo Divino, Estella 2017).

Texto: Jn 1, 29-34

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.” Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.”

Y Juan dio testimonio diciendo: “He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.” Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

El signo del Cordero.  

Josefa_de_Ayala_-_The_Sacrificial_Lamb_-_Walters_371193_Wikimedia-924x600El cordero es para el Antiguo Testamento un importante animal sagrado,  y así lo entiende el evangelio de Juan, cuando presenta a Jesús como «cordero de Dios (amnos tou Theou) que quita (ho airôn) el pecado (tên hamartian)  del cosmos» (Jn 1, 29; cf. 1, 36).

a) Juan nos sitúas ante el Dios Cordero (amnos), no antes el Dios León Furioso, ni Águila celeste, ni Elefante… El Dios Cordero es el Señor de la Suma Debilidad, que se hace poderosa, pues no actúa por violencia sino por Amor sacrificado.

b) El Dios Cordero, que es Jesús, “quita” (airei) el Pecado… No lo perdona, como prometía Juan Bautista (cf. Mc 1, 4), ni lo limpia…, sino que lo “quita”, es decir, lo arranca, lo destruye (como si no hubiera existido).

c) Quita el pecado del mundo (tên hamartian tou kosmou), nos unos pecados concretos, unas faltas morales, sino “el pecado” (el singular), que tenía dominado, esclavizado el mundo.

   Será bueno evocar desde ese fondo algunos elementos de este signo del Cordero de Dios, que la liturgia identifica con el Pan compartido de la “misa”.

(1) Juan Bautista puede aludir al cordero de la Aquedah (ligadura).

zmEse cordero aparece vinculado al sacrificio de Isaac (atado sobre el altar, de ahí viene el nombre “Ligadura”: cf. Gen 22, 7-8). El Dios antiguo pedía la “sangre” de los hombres, es especial, de los primogénitos, y así lo sintió todavía Abraham, que aparece en la “muga” o linde de los tiempos, en la frontera entre el Dios de Sangre (Moloc de Sacrificios) y el Dios amoroso que quiere la vida de los hijos.

Dios no quiere que Abrahán le ofrezca la sangre de su hijo Issak (el atado) sino que le dice que “detenga su mano”, y le muestra un Cordero, como sacrificio sustitutivo. Desde ese fondo se puede afirmar que Dios «perdonó» a Isaac,  pero no “se ha reservado” a su propio Hijo, quien ha muerto por fidelidad a su mensaje de Reino. En ese sentido se puede afirmar que Jesús ha sido el “Cordero de Dios”, el símbolo de su perdón.

Dios no ha querido ni quiere matar a los hombres, pero acepta el amor de los que dan su vida hasta la muerte, a favor de los demás, como su Hijo, Jesús. De esa manera, desde la perspectiva de San Pablo, se le podría presentar a Jesús como el Cordero salvador (cf. Rom 8, 32).  Leer más…

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El testimonio de Juan Bautista Segundo domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Domingo, 19 de enero de 2020

sandalsDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

El domingo pasado recordamos el Bautismo de Jesús. En la versión de Marcos y de Lucas, Juan Bautista no dice nada. En la de Mateo, entabla un breve diálogo con Jesús, porque no comprende que venga a bautizarse. El cuarto evangelio sigue un camino muy distinto: Jesús va al Jordán, pero no cuenta el bautismo; en cambio, introduce un breve discurso de Juan Bautista. Es el texto que se lee este domingo (Jn 1,29-34).

En aquel tiempo; al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó:

            ‒ Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel de quien yo dije: «Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.» Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.

Y Juan dio testimonio diciendo:

            ‒ He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: «Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es el que ha de bautizar con Espíritu Santo.»

Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

Triple esfuerzo de imaginación

            Para entender este texto conviene realizar un triple esfuerzo de imaginación: 1) imaginar que somos jóvenes; 2) imaginar que vivimos hace veinte siglos en Palestina; 3) imaginar que somos discípulos de Juan Bautista, y no hemos oído hablar nunca de Jesús. Hemos hecho quizá un largo y molesto viaje para escuchar a Juan y hacernos bautizar por él, hemos renunciado a todo para convertirnos en discípulos suyos. Juan es el personaje más grande en nuestra vida. De repente, aparece Jesús, un desconocido, y lo que Juan dice nos desconcierta por completo.

            Al desconocido lo presenta, en primer lugar, como el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Fórmula extraña, que ninguno entiende muy bien, pero que sugiere una estrecha relación con Dios y con el perdón de los pecados. Hemos ido buscando un bautismo para el perdón de los pecados, y ahora encontramos a un personaje que los quita.

            Sigue Juan diciendo que ese desconocido está por delante de mí, porque existía antes que yo. Y lo miramos extrañados, intentando convencernos de que Jesús es más viejo, aunque Juan lo parece mucho más, quizá por culpa de tantas penitencias y por alimentarse solo de saltamontes y miel silvestre. Pero tenemos la sensación de que Juan no se refiere sólo a la edad: está sugiriendo que ese desconocido es mucho más importante que él.

            Y esto queda claro cuando añade: He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre él. Entre nosotros hay algunos conocedores de la teología judía, y se asombran de esto porque muchos rabinos afirman que el Espíritu de Dios lleva siglos sin manifestarse. Muy grande tiene que ser ese desconocido, sobre todo teniendo en cuenta que no solo recibe el Espíritu, sino que también lo transmite en un nuevo bautismo, distinto del de Juan.

            Finalmente, termina dando testimonio de que éste es el Hijo de Dios, una forma de referirse al rey de Israel, al que Dios adopta como hijo. (Lo dejan claro las palabras que pronunciará poco más tarde Natanael, dirigiéndose a Jesús: «Tú eres el hijo de Dios, tú eres el rey de Israel»: Jn 1,49).

            Los oyentes de Juan se preguntarían asombrados: ¿quién es este que quita el pecado del mundo, que es más importante que Juan, sobre el que se ha posado el espíritu, que da el espíritu en un nuevo bautismo, que es el rey de Israel? Sin duda, debe tratarse del Mesías, aunque no lo parezca.

Leyendo el evangelio (Juan 1,29-34).

            Contemplar la escena es un recurso magnífico para profundizar en el evangelio y entenderlo, pero la lectura «científica» ayuda también a descubrir nuevos aspectos.

            El más importante es que Juan Bautista no pronunció este discurso: sus palabras son un recurso del evangelista para suscitar en nosotros, desde el primer momento, la curiosidad y el interés por el protagonista de su historia. Y no sólo esto, sino también una respuesta personal, idéntica a la que refleja el episodio inmediatamente posterior (Jn 1,35-37, que no se lee este domingo). Al día siguiente estaba Juan con dos de sus discípulos. Viendo pasar a Jesús, dijo: Ahí está el Cordero de Dios. Los discípulos, al oírlo hablar así siguieron a Jesús. Esta vez no pronuncia Juan un largo y complicado discurso. Basta una simple referencia, enigmática, al cordero de Dios. Lo importante es que la curiosidad y el interés dan paso al seguimiento.

            Cuando se relee el texto diez o quince veces (algo imprescindible para entender el cuarto evangelio) se advierten dos bloques de afirmaciones:

            El primero se refiere a Jesús, del que Juan dice: 1) Es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo; 2) está por delante de mí porque existía antes que yo; 3) el Espíritu su posó sobre él y bautizará con Espíritu Santo; 5) es el Hijo de Dios.

            Son afirmaciones que se complementan, componiendo un mosaico de la figura de Jesús: empieza hablando de su relación con el mundo, del que borra sus pecados; luego de su relación con Juan; finalmente de su relación con Dios y con su Espíritu. Un personaje del que solo se puede esperar lo mejor y que provoca asombro y deseo de conocerlo.

            El segundo bloque de afirmaciones se refiere a Juan: 1) he anunciado la venida de uno más importante; 2) dos veces repite «yo no lo conocía»; 3) pero «he salido a bautizar para que sea manifestado a Israel»; 4) he contemplado al Espíritu bajar sobre él; 4) lo he visto y doy testimonio.

            También estas afirmaciones se complementan, esbozando la misión del Bautista y su descubrimiento de Jesús, desde que Dios lo envía a bautizar hasta que se encuentra con el personaje anunciado. En la visión que ofrece el cuarto evangelio, la vida de Juan Bautista solo tiene sentido al servicio de Jesús, dándolo a conocer a los demás. Algo que podría desilusionar o desconcertar a sus discípulos, pero que debe moverlos a aceptar a Jesús, igual que hizo su maestro.

            Dos notas:

            ‒ La imagen del «cordero de Dios», que no coincide exactamente ni con la del cordero pascual, ni con la del chivo expiatorio del Yom Kippur, recuerda bastante al personaje misterioso de Isaías 53 que se ofrece a morir por el pueblo y marcha a la muerte «como un cordero llevado al matadero», sin protestar ni abrir la boca. Teniendo en cuenta que en ámbito cananeo el símbolo de la divinidad era el toro, por su fuerza y bravura, elegir al cordero significa un cambio radical, una opción por lo débil y suave.

            ‒ «El pecado del mundo» es una fórmula que solo se encuentra aquí, y resulta difícil saber en qué consiste el pecado del mundo. Una pista la ofrece la primera carta de Juan: «Cuanto hay en el mundo, la codicia sensual, la codicia de lo que se ve, el jactarse de la buena vida, no procede del Padre, sino del mundo» (1 Jn 2,16). Todo eso sería lo que elimina Jesús. Pero la cuestión es discutida.

La doble misión del Siervo de Dios y de Jesús (Is 49,3.5-6)

El Señor me dijo: «Tú eres mi siervo, de quien estoy orgulloso.»

Y ahora habla el Señor, que desde el vientre me formó siervo suyo, para que le trajese a Jacob, para que le reuniese a Israel -tanto me honró el Señor, y mi Dios fue mi fuerza-. «Es poco que seas mi siervo y restablezcas las tribus de Jacob y conviertas a los supervivientes de Israel; te hago luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra.»

            El protagonista de esta lectura es un personaje misterioso que aparece al final del libro de Isaías. Uniendo diversos poemas de los capítulos 42, 49, 50 y 53 se esboza la figura de un “Siervo de Yahvé”, al que Dios encomienda la misión de convertir a los judíos desterrados en Babilonia (de la salvación política se encargará el rey persa Ciro). El Siervo, después de una etapa inicial de entusiasmo, atraviesa una profunda crisis, pensando que todo su esfuerzo ha sido inútil. Entonces, el Señor le renueva la misión con respecto a Israel e incluso se la amplía, extendiéndola a todo el mundo.

            Este poema de Isaías ayuda a entender la misión de Jesús de “quitar los pecados del mundo”. Una misión que implica dos aspectos. El primero, relativo al pueblo de Israel, consiste en convertirlo al Señor; de hecho, su mensaje inicial será “convertíos y creed en la buena noticia”. El segundo se refiere al mundo entero: iluminar a todas las naciones para que la salvación de Dios alcance hasta el fin del mundo; sus rápidas visitas a Fenicia y la Decápolis, su buena relación con los despreciados samaritanos, simbolizan y anticipan la misión universal de la Iglesia, sin fronteras ni muros.

Nota sobre la segunda lectura (1 Corintios 1,1-3)

            Desde este domingo hasta el séptimo del Tiempo Ordinario (este año 2020 la Cuaresma comienza el 25 de febrero), la segunda lectura se dedica a diversos fragmentos de la Primera Carta a los Corintios (solo de los capítulos 1-3). El deseo de la liturgia de conocer a san Pablo leyendo breves pasajes de sus cartas cada domingo resulta utópico. No es esa la forma de conocerlo. Pero puede animarnos a leer en privado esta carta, una de las más interesantes del apóstol, en la que trata problema de enorme actualidad.

            En los volúmenes II (“El macedonio) y III (“La profecía”) de mi obra Hasta los confines de la tierra (Verbo Divino, Estella) dedico diversos capítulos a 1 Corintios. En un Apéndice del volumen III (pp. 319-330) ofrezco una introducción a la carta mezclando la narración y lo “científico”, como hice en El cuadrante.

 

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19 enero, 2020. Domingo II del Tiempo Ordinario.

Domingo, 19 de enero de 2020

D-II

“-Este es el cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien yo dije: Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo.”

(Jn 1, 29-34)

¿Estaríamos dispuestas a desaparecer?

Dice San Agustín:

“Juan era la voz, pero el Señor es la Palabra que en el principio ya existía. Juan era una voz provisional; Cristo, desde el principio, es la Palabra eterna.

Quita la palabra, ¿y qué es la voz? Si no hay concepto, no ha más que un ruido vacío. La voz sin la palabra llega al oído, pero no edifica el corazón.

Pero veamos cómo suceden las cosas en la misma edificación de nuestro corazón. Cuando pienso lo que voy a decir, ya está la palabra presente en mi corazón; pero, si quiero hablarte, busco el modo de hacer llegar a tu corazón lo que está ya en el mío.

Al intentar que llegue hasta ti y se aposente en tu interior la palabra que hay ya en el mío, echo mano de la voz y, mediante ella, te hablo: el sonido de la voz hace llegar hasta ti el entendimiento de la palabra; y una vez que el sonido de la voz ha llevado hasta ti el concepto, el sonido desaparece, pero la palabra que el sonido condujo hasta ti está ya dentro de tu corazón, sin haber abandonado el mío.

Cuando la palabra ha pasado a ti, ¿no te parece que es el mismo sonido el que está diciendo: Ella tiene que crecer y yo tengo que menguar? El sonido de la voz se dejó sentir para cumplir su tarea y desapareció…(Sermón 293)

Juan Bautista se presenta en el cuarto evangelio como modelo de seguimiento de Jesús. Todas las personas cristianas estamos llamadas a ser la voz de la Palabra con mayúsculas. Nuestra misión es que la palabra se oiga y luego desaparecer. Somos el cartel que anuncia e indica el destino pero que se deja atrás.

Oración

No dejes, Trinidad Santa, que nos acabemos creyendo las protagonistas. Danos la humildad necesaria para saber desaparecer.

 

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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El único pecado que existe es la opresión.

Domingo, 19 de enero de 2020

bajorelieve-cordero-de-dios-portada-monasterio-sta-maria-ripollJn 1, 29-34

Es muy significativo que el segundo domingo del tiempo ordinario nos siga hablando de Juan Bautista. Todo lo que nos dice Jn del Bautista es sorprendente. Indica una relación especial de esa comunidad con él. Seguramente había en aquella comunidad seguidores del Bautista. Este evangelio tiene muy en cuenta a Juan Bautista aunque se ven obligados a rebajarle. Jn pone en labios del Bautista la cristología de su comunidad como base y fundamento de la comprensión de Jesús que va a desplegar en su evangelio. Esto no quiere decir que el Bautista tuviera una idea clara sobre quién era Jesús. Ni siquiera sus discípulos más íntimos supieron quién era, después de vivir con él tres años; menos podía saberlo el Bautista antes de comenzar Jesús su predicación.

Jn quiere aclarar que no hay rivalidad entre Jesús y el Bautista. Para ello nos presenta un Bautista totalmente integrado en el plan de salvación de Dios. Su tarea es la de precursor, es decir, preparar el camino al verdadero Mesías. Fijaos que Jn no narra el bautismo en sí; va directamente al grano y nos habla del Espíritu, que es lo importante en todos los relatos del bautismo de Jesús. Naturalmente esto es un montaje de la segunda o tercera generación de las comunidades cristianas y quiere resaltar la figura de Jesús que había adquirido categoría divina, frente a Juan Bautista.

“El cordero de Dios”. Jn propone a Jesús como cordero de Dios, preexistente, portador del Espíritu e Hijo de Dios. No se puede decir más. Está claro que se está reflejando aquí setenta años de evolución cristológica en la comunidad. Es una pena que después, hayamos interpretado tan mal el intento de comunicarnos esa experiencia. Lo que eran títulos simbólicos, que trataban de ponderar la personalidad de Jesús, se convirtieron en absolutos atributos divinos. Lo que tenía de proceso dinámico y humano, se convirtió en sobrenaturalismo preexistente.

Es muy difícil precisar lo que el título “cordero” significaba para aquella comunidad. Podían entenderlo en sentido apocalíptico: un cordero victorioso que aniquilará definitivamente el mal (la bestia). Este concepto encajaría con las ideas del Bautista; pero no con las de Jesús. Podían entenderlo como el Siervo doliente. No hay pruebas de que se hubiera identificado al Mesías con el siervo doliente de Isaías, antes del cristianis­mo. Jn sí interpretó la figura del Siervo, aplicada al Jesús, pero nunca con el sentido expiatorio de pagar un rescate por nosotros. Probablemente haría referencia al cordero pascual, que era para el judaísmo el signo de la liberación de Egipto, pero sin connotación sacrificial. Jn quiere decir que por Cristo somos liberados de la esclavitud.

que quita el pecado del mundo. Es una frase que manifiesta una cristología muy elaborada. En ningún caso la pudo pronunciar Juan bautista. Esta teología no tiene nada que ver con la idea de rescate en la que después se deformó. El concepto de pecado en el AT debe ser el punto de partida para entender su significado en el NT, pero ha sufrido un cambio sustancial. En el evangelio, pecado no es la ofensa a Dios o a su Ley sino la opresión de un hombre sobre otro. Solo así se entiende la actitud de Jesús con los pecadores. Las prostitutas y pecadores os llevan la delantera en el Reino porque en ningún caso oprimen a nadie. Lo mismo cuando Jesús dice: tus pecados están perdonados, está diciendo que no hay nada que perdonar. Lo que se consideraba ofensa a Dios no era más que un artificio para oprimir al débil. Jesús quita el pecado del mundo no muriendo en la cruz sino viviendo el servicio a todos y en el amor incondicionado.

En el AT y en el Nuevo, la palabra más usada para indicar “pecado”, tanto en griego como en latín, significa errar el blanco. No se trata de mala voluntad como lo entendemos hoy. En el evangelio de Jn, “pecado del mundo” tiene un significado muy preciso. Se trata de la opresión que un ser humano ejerce sobre otro y que impide al hombre desarrollarse como persona. Este pecado es siempre colectivo. Se necesitan dos. Siempre que hay pecado, hay opresor y víctima.

El modo de “quitar” este pecado no es una muerte vicaria expiatoria externa. Esta idea nos ha despistado durante siglos y nos ha impedido entrar en la verdadera dinámica de la salvación que Jesús ofrece. Esta manera de entender la salvación de Jesús es consecuencia de una idea arcaica de Dios. En ella hemos recuperado el mito ancestral del dios ofendido que exige la muerte del Hijo para satisfacer sus ansias de justicia. Estamos ante la idea de un dios externo, soberano y justiciero que se porta como un tirano. Nada que ver con la experiencia del Abba que Jesús vivió. El “pecado del mundo” no tiene que ser expiado, sino eliminado. Jesús lo sustituyó por el amor.

Jesús quitó el pecado del mundo escogiendo el camino del servicio, de la humildad, de la pobreza, de la entrega hasta la muerte. Esa actitud anula toda forma de dominio, por eso consigue la salvación total. Es el único camino para llegar a ser hombre auténtico. Jesús salvó al ser humano, suprimiendo de su propia vida toda opresión que impida el proyecto de creación definitiva del hombre. Jesús nos abrió el camino de la salvación, ayudando a todos los oprimidos a salir de su opresión, cogiéndoles por la solapa y diciéndoles: Eres libre, sé tú mismo, no dejes que nadie te destroce como ser humano. En tu verdadero ser, nadie podrá someterte si tú no te dejas. En aquel tiempo, esta opresión era ejercida no solo por Roma sino por sacerdotes y letrados.

Jesús vivió esta libertad durante toda su vida. Fue siempre libre. No se dejó avasallar ni por su familia, ni por las autoridades religiosas, ni por las autoridades civiles, ni por los guardianes de las Escrituras (letrados), ni por los guardianes de la Ley (fariseos). Tampoco se dejó manipular por sus amigos y seguidores, que tenían objetivos muy distintos a los suyos (los Zebedeo, Pedro). Esta perspectiva no nos interesa porque nos obliga a estar en el mundo con la misma actitud que él estuvo; a vivir con la misma tensión que él vivió, a liberarnos y liberar a otros de toda opresión.

No tenemos que oprimir a nadie de ningún modo. No tengo que dejarme oprimir. Tengo que ayudar a todos a salir de cualquier clase de opresión. Jesús quitó el pecado del mundo. Si de verdad quiero seguir a Jesús, tengo que seguir suprimiendo el pecado del mundo. Hoy Jesús no puede quitar la injusticia, somos nosotros los que tenemos que eliminarla. La religiosidad intimista, la perfección individualista, que se nos han propuesto como meta del camino espiritual, es una tergiversación del evangelio. Si no hacemos todo lo posible, no solo por no oprimir a nadie sino para que nadie sea oprimido, es que no me he enterado del mensaje.

El presentarse como cordero no vende en nuestros días. En el mundo en que vivimos, si no explotas te explotan; si no estás por encima de los demás, los demás te pisotearán. Este sentimiento es instintivo y mueve a la mayoría de las personas a defenderse con violencia, incluso antes de que el atraco se cometa. Pero hay que tener en cuenta que esta postura obedece al puro instinto de conservación y no te lleva a la plenitud humana. Descubrir que “sufrir la injusticia es mucho más humano que cometerla” exige una enorme maduración cristiana.

La actitud individual es un sentimiento que está al servicio del ego. Tenemos que superar ese egoísmo si queremos entrar en la dinámica del amor, es decir, de la verdadera realización humana. Es el oprimir al otro, no que intenten oprimirme, lo que me destroza como ser humano. Jesús prefirió que le mataran antes de imponerse a los demás. Esta es la clave que no queremos descubrir, porque nos obligaría a cambiar nuestras actitudes para con los demás. En contra de lo que nos dice el instinto, cuando me impongo a los demás no soy más sino menos humano.

Meditación

El cordero que eliminó, del mundo, la opresión.
Es el mejor resumen de toda la vida de Jesús.
Solo actuando como cordero, se puede conseguir ese objetivo.
Arremetiendo contra los demás se aumenta la violencia.
Ser cristiano significa repetir la manera de actuar de Jesús.
Por más que nos empeñemos no existe otro camino.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Ver a Jesús.

Domingo, 19 de enero de 2020

Queremos-ver-a-JesusQuien me ha visto al Padre (Juan 14, 9)

19 de enero. SEGUNDO DOMINGO DEL TO

Jn 1, 29-34

Yo le he visto

Todos en Nazaret preguntaban quién era aquel hombre que tan sabiamente hablaba, y todos querían verle.

Es un profeta, respondían, y querían saber qué era lo que profetizaba: unos dijeron que todo, otros dijeron que nada.

Y contestó el evangelio un tanto molesto por la falta de conocimiento de la gente: Muchas cosas ¡y todas ellas se cumplieron! La mayoría de ellas en su vida y las restantes luego”.

La gente dijo: ¿Cuáles?

Y el evangelio respondió airado, citando Juan 21,18-19:

Te aseguro que cuando eras joven tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras.

Y dándose por aludidos huyeron asustados, como en cierta ocasión hizo también Pedro.

Los fariseos estaban entre ellos y se atrevieron a decir a Jesús y al evangelio:

Di a tus discípulos que se callen

Y otro y uno respondieron:

Si estos se callan, hablarán las piedras.

Y un grupo de griegos, ajenos al pueblo judío, le piden a Felipe:

Queremos ver a Jesús.

Y fueron con él a verle

 

Y, vieron que aquel Jesús de Nazaret era, como apunta José Antonio Pagola en uno de sus libros:

Un galileo fascinante, que ha marcado decisivamente la religión, la cultura, y el arte de Occidente hasta imponer incluso calendario.

¿Y qué se necesita para ver a Jesús? En primer lugar, mirarle a los ojos fija y confiadamente, después seguirle, para colaborar en su tarea, para estar en lo que él estaba, para ocuparse de lo que él se ocupaba, para tener las metas que él tenía.

Un hombre como nosotros, partícipe de nuestras flaquezas. Un regalo del amor que no se compra, ni se vende, y que basta con recibirlo con el corazón abierto.

Y como le buscaron, le encontraron y le vieron, como le ocurrió a Santa Teresa.

ALMA, BUSCARTE HAS EN MÍ

Alma, buscarte has en Mí,
y a Mí buscarme has en ti.

De tal suerte pudo amor,
alma, en mí te retratar,
que ningún sabio pintor
supiera con tal primor
tal imagen estampar.

Fuiste por amor criada
hermosa, bella, y así
en mis entrañas pintada,
si te perdieres, mi amada,
Alma, buscarte has en mí.

Que yo sé que te hallarás
en mi pecho retratada,
y tan al vivo sacada,
que si te ves te holgarás,
viéndote tan bien pintada.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Quién es este Jesús que ha nacido entre nosotros?

Domingo, 19 de enero de 2020

maria_de_nazaret-jesus-cristo-crucifixion-resurreccion-maria_magdalena-judas-pedro_mdsvid20130330_0015_3Jn 1, 29-34

El evangelio de este domingo, con el que volvemos al tiempo ordinario después de vivir las fiestas de Navidad, nos invita a hacer una reflexión sobre lo que hemos celebrado, sobre lo verdaderamente importante de estos días.

¿Quién es este Jesús que ha nacido entre nosotros? ¿Cómo es esta persona que el Padre nos ha enviado? ¿Cómo afecta a nuestras vidas?

Son las preguntas que se hicieron las primeras comunidades cristianas y son sus respuestas las que nos llegan en este texto que el evangelio de Juan pone en boca de Juan Bautista, saltándose toda cronología.

Juan Bautista que nos ha acompañado durante el Adviento es ahora, al terminar el tiempo de Navidad, el que nos dice: “estad atentos, abrid los ojos, descubrid quién es en verdad este Niño que nos ha nacido y cómo tiene la fuerza del amor para liberar vuestras vidas”.

Juan no habla de oídas, no lo ha estudiado en los libros… nos habla de su propia experiencia. Afirma que “ve” a Jesús que se le acerca, que viene a su encuentro y descubre en Él algo nuevo, que “no conocía”. Descubre exactamente quién es Jesús. Ese al que él mismo salió a anunciar, aun sin conocerle. Y eso que “ve” no le deja indiferente, le afecta, le hace tomar postura, resituarse: no soy yo el que va delante aunque haya salido a anunciarle, Él va delante porque existía antes, porque su lugar es el primero. Por eso lo testifica con fuerza, hasta con solemnidad.

Confiesa a Jesús como el “cordero de Dios”. Expresión muy familiar y significativa para el pueblo judío contemporáneo de Jesús, pero no para nosotros. Era para ellos una clara referencia a la salida de Egipto, al cordero con cuya sangre se marcaban las puertas de los judíos y los libraba de la muerte abriéndoles el camino a la liberación, a la salida del lugar de su esclavitud para vivir en libertad (Éxodo 12). Les recuerda el cordero que se mataba para comerlo y celebrar cada año en la fiesta de la Pascua, este acontecimiento fundamental para la vida y la fe del pueblo.

Pero Juan continúa “este cordero de Dios quita el pecado del mundo”. Es una frase que procede de mucha reflexión teológica y nos puede llevar a descubrir lo que los primeros cristianos pensaban de Jesús.

Habla de pecado, en singular. No pecados, como estamos más acostumbrados a utilizar nosotros. No nos está hablando de los pecados o fallos individuales sino de la situación global de la persona humana de opresión, que le impide ser plenamente persona según el plan de Dios. Esta opresión puede ser causada por otro ser humano o por nosotros mismos. Es la injusticia, la humillación, la esclavitud en sentido moral y físico. De ahí se desprenden los demás pecados.

Jesús quita el pecado del mundo con su forma de vivir, eligiendo una vida de servicio, de humildad, de pobreza y entrega hasta la muerte. Esta actitud es fruto de una radical libertad que le permite ser “hombre auténtico”, suprimiendo de su vida toda opresión y anulando toda forma de dominio sobre él. Jesús vivió esta libertad durante su vida. Fue siempre libre. No se dejó avasallar ni por su familia, ni por las autoridades religiosas, ni por las autoridades civiles, ni por las costumbres o tradiciones impuestas por los letrados y fariseos.

Jesús nos salva ayudando a todos los oprimidos a salir de su situación. Siempre que está en sus manos, los salva de la opresión física, de la enfermedad, y los llama a ser libres, a no dejarse oprimir por nadie, de ninguna forma, a ser auténticamente personas, a no dejarse envolver de nuevo por el dominio del pecado: “no peques más”.

Esto que descubre Juan nos puede llevar a preguntarnos, ¿Quién o quienes nos oprimen hoy a nosotros? ¿De qué somos esclavos, de qué o de quienes dependemos, de forma que nos impiden ser libres, vivir la libertad y la salvación que Jesús nos ofrece? Y también, ¿qué formas de opresión estamos ejerciendo sobre otras personas? ¿Somos personas que ayudan a los demás a liberarse de cualquier clase de esclavitud?

Juan completa su testimonio, profundizando su mirada: “He contemplado”. Contemplar es más que ver, es observar con atención, interés y detenimiento. Es reflexionar serena, detenida, profunda e íntimamente…  Y añade: He contemplado al Espíritu que estaba con Él. Y esa contemplación le abre los ojos y puede descubrir, en la persona del nazareno, al Mesías del Señor, al esperado de los profetas. Descubre el origen divino de Jesús, cuando percibe que en él está el Espíritu. Por eso ya no es él, Juan, que bautiza con agua, el que debe seguir bautizando, sino Jesús, el Hijo de Dios, quien bautizará con Espíritu Santo y fuego.

“Ver” bajar el Espíritu, descubrir que el Espíritu se ha posado en Jesús es la clave de este testimonio de Juan. No procede de su esfuerzo, de su vida austera y sacrificada, es un don de Dios, por eso es de fiar. Por eso va más allá de las apariencias: “Viene detrás de mi (humanamente Juan ha nacido antes que Jesús) pero realmente, como Hijo de Dios que es, lo importante más allá de la apariencia de un humilde nazareno, existía antes que yo”

Nuestra fe en Jesús nos lleva a esa profundidad de mirada, a descubrir el Espíritu de Dios presente y actuando en nuestro mundo, en nuestra historia. Esta es la consecuencia de la Navidad que acabamos de celebrar. Dios “ha puesto su tienda entre nosotros” y su Espíritu está en la entraña de nuestra vida y en la entraña misma de la historia de la humanidad.

Mª Guadalupe Labrador Encinas. fmmdp

Fuente Fe Adulta

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Un salto cualitativo

Domingo, 19 de enero de 2020

Juan-1-29-34-3-660x330Domingo II del Tiempo Ordinario 

19 enero 2020

Jn 1, 29-34

La comunidad del cuarto evangelio pone en boca del Bautista su propio credo: Jesús es el “Hijo de Dios”. Esta afirmación constituye el núcleo mismo de la fe cristiana y, por ello, la ruptura definitiva con la ortodoxia judía, de la que provenían los primeros discípulos.

          En sí misma, tal proclamación suponía un salto cualitativo con respecto a la creencia anterior: Dios no era (únicamente) el ser transcendente que habitaba los cielos, sino que se había hecho uno de los nuestros –es el misterio cristiano de la “encarnación”–, con lo que transcendencia e inmanencia quedaban fundidas en un abrazo definitivo. Con Jesús, como afirma el propio evangelio de Juan, “Dios acampó entre nosotros” (1,14). Se ha roto la distancia entre el cielo y la tierra –eso es lo que significa la imagen del “cielo rasgado”, de que se hablaba en el relato del bautismo–, se ha desvelado la no-separación radical entre “Dios” y el “mundo”. Todo eso es lo que la fe cristiana afirma al creer en Jesús como “Hijo de Dios”.

          Si el inicio del cristianismo supuso un salto cualitativo en la comprensión religiosa, no me parece exagerado afirmar que a nosotros nos ha correspondido vivir otro de no menor envergadura.

          Si en aquel se proclamaba que Dios se había hecho uno de nosotros, en este se nos hace manifiesto que todo lo que los creyentes dicen de Jesús es extensivo y aplicable a todos los seres humanos. No son de extrañar, por tanto, las resistencias que aparezcan por parte de quienes se hallan en la “ortodoxia” anterior. Pero, aunque cueste creerlo, lo que es Jesús lo somos todos.

          Divinidad y humanidad-mundanidad son solo las “dos caras” de lo real. La inmanencia es la forma que adopta la transcendencia al hacerse manifiesta. No hay separación alguna. Dios no es un Ser separado. Las formas no son sino modos (disfraces) en los que Dios se oculta.

          Lo que llamamos “Dios” es el Fondo de todo lo real, nuestra identidad última. Es la Vida que somos, experimentándose en estas formas concretas. Somos Plenitud que se percibe (casi siempre) como carencia, Presencia ilimitada que (casi siempre) se imagina temporal, somos Dios tomando forma humana… Es el misterio cristiano de la encarnación llevado hasta su final.

          Ahí se manifiesta la comprensión que ilumina de raíz la paradoja humana: somos alegría en la tristeza, fuerza en la debilidad, luz en la oscuridad, certeza en la incertidumbre, amor en el desencuentro…, Vida en la muerte. Lo que, desde el teísmo, se afirmaba de un “Dios” separado, no era sino nuestra identidad más profunda.

¿Me abro a percibir las “dos caras” de lo real?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Contemplación es el tranquilo demorarse del hombre en la presencia de Dios, (K Rahner).

Domingo, 19 de enero de 2020

descargaDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Epifanía – Bautismo.

            Parece como si la navidad, la epifanía y el bautismo del Señor se alargaran un poco en el evangelio de hoy, que de nuevo nos presenta el bautismo de Jesús, si bien esta vez en la versión de san Juan.

  1. Juan bautista un hombre bien plantado.

            Desde el Adviento hasta hoy Juan Bautista nos viene acompañando en la liturgia de la palabra. Hombre más bien fuerte y de “armas tomar”: raza de víboras, ya está el hacha, etc.

Juan Bautista reconoce que no conoce a Cristo, ¿pero si era su primo? Sus madres / padres se veían con frecuencia, etc. A lo mejor es que Juan Bautista no había llegado a la fe, no conocía a Cristo…

La gente siempre expectante de novedades pudo ver en Juan Bautista al mesías anunciado. Juan B adquirió fama, sin embargo es consciente de que él no es quien tenía que venir, reconoce su indignidad: no soy digno de desatar ni los zapatos del Mesías, etc.

¡Anda que no conocemos “salvapatrias”, “salvadiócesis” y “adláteres” del poder!

  1. La contemplación y el horóscopo.

            En el texto del evangelio de hoy podemos observar una nueva actitud en Juan Bautista (y en el ser humano): en el ser humano: he contemplado. Juan B contempla, mira contemplativamente la realidad y la vida, contempla el Espíritu de Cristo.

            Podríamos decir que Juan Bautista llega a la fe en Jesús contemplando el espíritu, el estilo, las palabras, los pasos de Jesús.

            Una visión contemplativa de la vida ofrece otra perspectiva y otro modo de ser y estar infinitamente más noble y sereno.

contemplación

            Contemplación es un término que viene del latín: Templo. Significa etimológicamente algo así como el atrio de los templos en los que la gente se detenía e intentaba escrutar los designios de los dioses, contemplar el cielo.

            Como definición nos puede pillar un poco lejana, aunque no tanto como contenido, pues al fin y al cabo todos los humanos sentimos una necesidad de escrutar el futuro, nuestro porvenir, etc. ¿Qué otra explicación tiene la proliferación de tarots, horóscopos, lectura de manos, mediums, canales de radio y tv en los que por un módico precio y abundantes memeces te auguran un futuro sonriente en el trabajo, en la vida afectiva y demás?

            Siempre el ser humano ha pretendido adentrarse y hacerse con el futuro: augurios, sortilegios, suertes han estado y están presentes en todas las culturas y también en la Biblia.

  1. La contemplación es otra historia: una actitud personal.
  2. Rahner tiene una preciosa definición de lo que es la contemplación:

Contemplación es el tranquilo demorarse del hombre en la presencia de Dios.[1]

            Qué bien expresado queda lo que se puede entender por contemplación. Contemplar requiere tranquilidad, calma en la presencia de Dios, en las cuestiones de la vida.

            Contemplar es demorarse: contemplar es quedarse y espaciarse en lo que hemos encontrado como valioso, contemplar es “perder el tiempo” en lo que creemos, en lo que celebramos, en lo que “no llegamos”, en la estética, en la verdad.

            Contemplar es permanecer en la presencia de Dios. Santo Tomás decía permanecer quedamente en la verdad.

            Permanecer tiene el sentido de quedarse disfrutando o viviendo en el interior de lo que hemos hallado en la realidad de la vida: la Verdad, el bien, la belleza, la cultura, la música, las pequeñas cosas valiosas de la vida, quedarse en Dios.

            Contemplar es también un modo de ser y estar en la vida. Vivir estar consciente y serenamente.

            Hay quien vive a mil por hora, precipitadamente y todo lo que toca lo convierte en un manojo de nervios. Se nos han metido los calambres en el cuerpo -y en el alma- y no hay quien pare en casa, en el trabajo, en la iglesia, en la vida.

  1. Contemplar no es una cuestión religiosa de unos monjes y monjas.

            A veces pensamos que la contemplación es un estilo de vida en el que vive un “resto” de personas: hombres y mujeres que se han retirado del “mundanal ruido”:

¡Qué descansada vida la del que huye el mundanal ruido

y sigue la escondida senda por donde han ido

los pocos sabios que en el mundo han sido!

(Fray Luis de León)

            Me parece a mí, que la contemplación no es una cuestión inicialmente cristiana, ni tan siquiera religiosa.

            Contemplar es una necesidad del ser humano. Es tan necesario contemplar como respirar.

            Dicen que el poeta Juan Ramón Jiménez era ateo. No lo sé. Pero un hombre que compuso aquellos poemas, era un hombre contemplativo y estaba muy cerca de Dios, lo mismo que Unamuno, Antonio Machado, García Lorca, etc. El bardo vasco, Imanol Larzabal, que traduce-compone al euskera el cántico espiritual de San Juan de la Cruz, era un hombre contemplativo.

La experiencia cristiana y el lenguaje religioso se expresan por medio de metáforas, símbolos y la poesía. Otros lenguajes: el jurídico, dogmático, apenas pueden expresar muy rudamente lo que se ha contemplado.

El lenguaje religioso es siempre metafórico. Las metáforas no describen la realidad, sino aluden a ella simbólicamente, muchas veces de un modo inexpresable en conceptos. El lenguaje religioso no es de ideas “claras y distintas”, como muchas veces confunde la teología dogmática y no digamos nada los fanáticos religiosos.

El lenguaje religioso es más bien como la poesía: nos habla con metáforas, imágenes, símbolos… que muchas veces evocan nuestro subconsciente, personal y colectivo.

Jesús no puede ser el cordero de Dios, porque no es, en absoluto, un cordero. Ahora bien esa expresión tiene un significado. Pero, cuando alguien te enseñe las estrellas, no te quedes mirando el dedo.

  1. dejarse embargar por dios

            De un tiempo a esta parte se están multiplicando las técnicas de oración, de relajamiento, de contemplación. Me parece a mí que este asunto de la oración y contemplación hoy en día se parece más a una clase de aerobic en el gimnasio que a una serena oración contemplativa. El yoga, el zen, la meditación transcendental, el eneagrama, etc. son un cúmulo de ejercicios “gimnásticos”: respira hondo, deje la mente vacía, en blanco, etc.

No es lo mismo vivir en el vacío, que vivir en el silencio de Dios acogiendo su Palabra, acogiendo la voz de la ultimidad. Los vacíos humanos los llena Dios, decía el escultor Oteiza, que no era un hombre especialmente ortodoxo, ni mucho menos.

            Probablemente la contemplación es algo mucho más pasivo y consista en un dejarse embargar por la realidad de la vida (y de Dios):

en ocasiones la vida es creativa: un nacimiento, el Universo, la primavera, la creación son realidades o acontecimientos a contemplar. en ocasiones la existencia es telúrica: la fuerza destructora de la naturaleza: inundaciones, volcanes, terremotos, la fuerza de un cáncer, etc. A veces la vida se ve forjada por acontecimientos: encuentros y desencuentros, opciones, despedidas, muertes. Hemos de saber contemplar las desgracias en la vida.

Contemplar es dejarse impregnar el fondo de nuestro ser, de la vida, por Dios, por la ultimidad.

Cuando contemplamos (salmo 8) un amanecer o una puesta de sol: Dios se nos da. Cuando nos dejamos amar en un enamoramiento, aunque sea a destiempo, Dios se nos da. Cuando contemplamos el sufrimiento de un enfermo, de unos padres a los que se les ha muerto su hijo, Dios se nos da. Cuando contemplamos con indignación la explotación de los países y personas más pobres, Dios se nos da.

Contemplar -posiblemente- es dejarse embargar por la realidad, por la vida, por Dios.

  1. Posiblemente evangelizar es contemplar.

            No solamente en el mundo cultural cristiano, sino en la sociedad, la poesía es algo que ha quedado relegado como una cuestión inútil.

            El lenguaje del magisterio, de los Obispados es jurídico, dogmático; todo son disposiciones, órdenes, larguísimas encíclicas duras de lenguaje.

            Quizás hoy en día evangelizar es ayudar a “estar en sí”, “en silencio”, contemplando: el amor en la vida, en la amistad, en el trabajo realizado lo mejor posible en el pequeño mundo cultural, en una celebración, ante las cuestiones humanas con profunda nostalgia.

             He contemplado al Espíritu que bajaba del cielo

[1] K. Rahner – H. Vorgrimler, Diccionario Teológico, Barcelona, Ed Herder, 1970, 120.

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Por lo más oscuro amanece Dios

Viernes, 17 de enero de 2020

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Refugiados que vienen y no saben a dónde van…
“Menas”, así les llaman, perdidos, asustados, acosados…
Políticos incompetentes, inconscientes, corruptos y descarados…
Brockers, háckers, financieros, empresarios, psicópatas y encanallados…
Obreros y obreras, parados, desanimados, precarios y desclasados…
Jóvenes empapados de una desesperanza atroz
sólo sustituida a veces por sucedáneos de fugaces ilusiones,
fuegos fatuos, adicciones, espectáculos, ficciones…
Cambio climático acelerado, fascismo, neoliberalismo y terror…

¿Acaso en este mundo presente se puede ser
sencilla y maravillosamente humano
sin que se nos rompa la esperanza, la vida y la fe?

Se lo pregunto a Pulgarcito y me responde:
– No lo sé, de verdad que no lo sé.
No puedo ya volver a casa de mis padres,
¡nos perderían otra vez!

Se lo pregunto a Luis Guitarra
y me lo canta: “¡Hay que desaprender!”

Se lo pregunto a Atlante, aquel gigante
que sostiene sobre sus hombros la esfera:
– ¡Uf!, ¡ya no puedo más, joder!
Este pedazo de joya se me va a caer y romper!

Se lo pregunto a Habacuq y me contesta:
– Gimo ante el día de la angustia…
Pero Dios me da piernas de gacela
y me hace caminar por las alturas.

Le pregunto a Rabindranath Tagore:
– Cada niño que viene al mundo nos dice:
“Dios aún espera del hombre”

Y yo le insisto: Pero ¿qué espera? ¿Qué?
¿Qué?

Entonces se lo pregunto a María y a José:
– ¿Qué te vamos a decir nosotros?
No entendemos lo que pasa…
Pero sabemos lo que nos toca hacer.

Y el Niño Jesús, convencido, balbucea:
– Por lo más oscuro amanece Dios.
Pero hay que estar muy atentos, en vela
y en conexión, perseverantes en la espera…
para que vosotros mismos seáis como yo
la salvación que viene de Dios.

Entonces y aún sin acabar de comprender
del todo las palabras de Jesús…
Se apiada de mí Artabán el mago
y me susurra muy quedo:
“La corteza de esta tierra la podemos recorrer:
Alegrías y tristezas, bondad, locura e insensatez…
Toda la vida aprendiendo; pero quizás sin entender…
Sólo las que se conectan a Aquél que nos da el ser
encuentran la Sabiduría, la Paz y la Alegría…
¡A Dios y que te vaya muy bien!

*

Luis Sandalio

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda
la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Cuando los menas eran niños y niñas españoles.

Los Niños de la Guerra

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***

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Testigo del amor de Dios al mundo

Lunes, 13 de enero de 2020

JONATHAN SCARFE, JOHNATHON SCHAECH

Al ver más claro que tu vocación es la de ser testigo del amor de Dios al mundo, y al crecer tu determinación de vivir esta vocación, aumentarán los asaltos del enemigo. Oirás voces que te dirán: «No eres digno, no tienes nada que ofrecer, no tienes atractivo, no suscitas ni deseo ni amor». Cuanto más sientas la llamada de Dios, más descubrirás en tu propia alma la batalla cósmica entre Dios y Satán. No tengas miedo. Continúa profundizando en la convicción de que el amor de Dios te basta, que estás en manos seguras, y que eres guiado en cada paso de tu camino. No te dejes sorprender por los asaltos del demonio. Aumentarán pero, si los enfrentas sin miedo, descubrirás que son impotentes.

        Lo que importa es aferrarse al verdadero, constante e inequívoco amor de Jesús. Cada vez que dudes de este amor, vuelve a tu morada interior y escucha allí la voz del amor. Solamente cuando sabes en tu ser más profundo que eres íntimamente amado, puedes afrontar las oscuras voces del enemigo sin ser seducido por ellas.

        El amor de Jesús te dará una visión cada vez más clara de tu vocación, así como de las muchas tentativas de arrancarte de aquella llamada. Cuanto más sientas la llamada a hablar del amor de Dios, más necesidad tendrás de profundizar en el conocimiento de este amor en tu mismo corazón. Cuanto más lejos te lleve el camino exterior, más profundo debe ser tu camino interior. Sólo cuando tus raíces sean profundas, tus frutos podrán ser abundantes, pero tú puedes afrontar sin miedo al enemigo cuando te sabes seguro del amor de Jesús .

*

H. J. M. Nouwen,
La voz interior del amor,
Madrid 1998.

***

 

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“Empezar “, por José Arregi

Lunes, 13 de enero de 2020

empezar-de-ceroLeído en su blog:

La Nochevieja, el Año Nuevo, las campanadas, las uvas, los brindis, las galas me emocionan mucho menos que la sonrisa de un niño o de una abuela, o la grácil lavandera blanca o pajarita de las nieves que cada día viene a picotear migajas de pan en la terraza. La mesa de cada día o una campanada cualquiera me emocionan mucho más.

Pero comprendo la excitación de la gente en ciertas fechas. La vida sería más triste sin ritos, esos momentos, lugares y gestos simbólicos capaces de iluminar, siquiera por un momento, la rutina de la vida, capaces de encender una chispa en nuestro corazón, de transportarnos más allá, de alentar nuestra esperanza, de despertarnos al Infinito bueno. De animarnos a estrenar la vida. El motivo y la forma es lo de menos.

Bienvenido, pues, nuevo año 2020, aunque bien sabemos que ni has llegado ni te irás, que no eres más que una convención de nuestras culturas y no existes más que en nuestros calendarios. Tu identidad es arbitraria como nuestras pesas y medidas, fronteras y gramáticas, y como todas nuestras doctrinas y dogmas, aunque los señores de la ortodoxia no lo saben todavía. Es como no saber que el solsticio de invierno en Roma es solsticio de verano en Lima. Así es con todo lo que creemos, pensamos y decimos. Así sucede que los chinos te inaugurarán el 25 de enero, el 19 de septiembre los judíos y el 19 de agosto los musulmanes, y serás el año 4717 del primer calendario para los chinos, el 5781 de la creación del mundo (!) para los judíos y el 1442 de la hégira o “salida” de la Meca para los musulmanes.

Pero sé bienvenido, año nuevo o como queramos llamarte a ti, tan ingenioso como ingenuo marco construido por nuestra mente para domesticar el enigma del tiempo y del espacio o del movimiento de la luz y de los astros, el enigma de un universo o de un multiverso sin centro ni comienzo ni fin que nos lleva en su vertiginosa velocidad, en su infinita calma. Seres maravillosos e insignificantes como somos, habitados de inquietud y de paz, te necesitamos, año nuevo, para poder decir: No estamos perdidos, tenemos un centro y un horizonte, estamos aquí, ayer renací, mañana será fiesta, hoy es hoy y me basta, puedo respirar. Puedo empezar.

Cómo empezar cada día es la gran pregunta, pero no podemos dejar de preguntarnos también, por algo más que una mera curiosidad superficial: ¿cómo empezó este universo visible de 14.000 millones de años y otros universos, si existen? Todas las filosofías y religiones han querido saberlo o decir al menos su ignorancia y descansarla en el Misterio. “Al principio”, se repite en sus mitos. “Al principio no existía ni el Ser ni el No-ser”, se lee en un poema védico hindú de hace 3500 años. “Entonces, el No-Ser decidió ser, se hizo Espíritu, se calentó [deseó alteridad, amó] y de este calor nacieron el fuego y la luz”. El No-ser, perdiéndose como tal, se volvió Espíritu. El Espíritu, vaciándose por amor del otro, se hizo luz. Y de la luz invisible surgió el mundo visible de las formas. Son metáforas de lo indecible.

En la Biblia judía, 1000 años después, se dice: “Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era una soledad caótica y las tinieblas cubrían el abismo, mientras el Espíritu vibraba sobre las aguas. Y dijo Dios: Que exista la luz. Y la luz existió”. Espiró y fue. Vibró y fue. Dijo y fue. Salió de sí y fue. El Espíritu, la Palabra, el salir de sí es la energía creadora originaria, el principio del Ser. El Infinito se retiró para dar lugar al mundo, dirá la Cábala. Como el mar que, al retirarse, crea la playa.

¿Y qué dice la ciencia, con el lenguaje de la matemática? La física de lo inmensamente grande y de lo inmensamente pequeño no parecen todavía del todo compatibles, pero en algo concuerdan: tanto el átomo como el universo están llenos de vacío, de “Nada”. Pero de un vacío o “Nada” que de nada no tiene nada: es puro campo de energía, de magnetismo, de vibración, de relación, de radiación. De fuerza creadora. De luz. Todo empezó y empieza en la luz del vacío. La Palabra –llamémosle Espíritu o energía– era la luz verdadera, dice el evangelio de Juan, y la Palabra se hizo carne. He ahí nuestro origen. He ahí lo que somos: Palabra o Espíritu o Luz invisible devenida forma visible: masa, materia, carne viviente, sensible, consciente.

¿Cómo empezaremos cada día a vivir de verdad, a ser lo que somos? Librándonos del miedo, la codicia, la posesión y el dominio. Liberándonos del ego, volviendo a la “nada” o al vacío creador, al Uno originario, a la relación magnética, al amor, al aliento que somos.

Quiero volver a empezar cada día. Volver a confiar cada vez en ti y en mí, en la Tierra Madre y en nuestra pobre especie apenas despertada todavía a la humanidad fraterna posible. Y, al confiar y al vencer el miedo, haré que se encarne y se expanda

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“Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”

Domingo, 12 de enero de 2020

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KÉNOSIS

Entra en picado
por aquella kenosis
que el Verbo aventuró
desnudamente,
de abismo en abismo,
hasta el foso fecundo de la muerte.

*

Pedro Casaldáliga
El Tiempo y la Espera, Sal Terrae, 1986

***

En aquel tiempo, fue Jesús de Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara. Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:

“Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”

Jesús le contestó:

– “Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así lo que Dios quiere.”

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Y vino una voz del cielo que decía:

“Este es mi hijo, el amado, mi predilecto.”

*

Mateo 3,13-17

***

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Fred, lo que quiero decirte es que eres amado, y lo que espero es que tú puedas escuchar estas palabras como te fueron dichas, con toda la ternura y la fuerza que el amor puede darles. Mi único deseo es que estas palabras puedan resonar en cada parte de tu ser: tú eres amado.

El máximo regalo que mi amistad pueda hacerte es el don de hacerte reconocer tu condición de “ser amado”. Puedo hacerte este don sólo en la medida en que lo quiero para mí mismo. ¿No es ésta la amistad: darnos uno al otro el don de “ser amados”? Sí, es la voz, la voz que habla desde lo alto y desde dentro de nuestros corazones, que susurra dulcemente y declara con fuerza: «Tú eres el amado, en tí me complazco». No es ciertamente fácil escuchar esta voz en un mundo lleno de otras voces que gritan: «No eres bueno, eres feo, eres indigno; eres despreciable, no eres nadie… y no puedes demostrar lo contrario».

Estas voces negativas son tan fuertes y tan insistentes que es fácil creerlas. Ésta es la gran trampa. Es la trampa del rechazo de nosotros mismos. En el curso de los años, he llegado a darme cuenta de que, en la vida, la mayor trampa no es el éxito, la popularidad o el poder, sino el rechazo de nosotros mismos. Naturalmente, el éxito, la popularidad o el poder pueden ser una tentación grande, pero su fuerza de seducción deriva a menudo del hecho de que forman parte de una tentación mayor, la del rechazo de nosotros mismos. Cuando se presta oídos a las voces que nos llaman indignos y no amables, entonces el éxito, la popularidad o el poder son fácilmente percibidos como soluciones atractivas. Pero la verdadera trampa, repito, es el rechazo de nosotros mismos.

*

H. J. M. Nouwen,
Tú eres mi amado: la vida espiritual en un mundo secular,
Madrid s.f.

***

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“Experiencia personal”, Bautismo del Señor – A (Mateo 3,13-17)

Domingo, 12 de enero de 2020

20160WEl encuentro con Juan Bautista fue para Jesús una experiencia que dio un giro a su vida. Después del bautismo del Jordán, Jesús no vuelve ya a su trabajo de Nazaret; tampoco se adhiere al movimiento del Bautista. Su vida se centra ahora en un único objetivo: gritar a todos la Buena Noticia de un Dios que quiere salvar al ser humano.

Pero lo que transforma la trayectoria de Jesús no son las palabras que escucha de labios del Bautista ni el rito purificador del bautismo. Jesús vive algo más profundo. Se siente inundado por el Espíritu del Padre. Se reconoce a sí mismo como Hijo de Dios. Su vida consistirá en adelante en irradiar y contagiar ese amor insondable de un Dios Padre.

Esta experiencia de Jesús encierra también un significado para nosotros. La fe es un itinerario personal que cada uno hemos de recorrer. Es muy importante, sin duda, lo que hemos escuchado desde niños a nuestros padres y educadores. Es importante lo que oímos a sacerdotes y predicadores. Pero, al final, siempre hemos de hacernos una pregunta: ¿en quién creo yo? ¿Creo en Dios o creo en aquellos que me hablan acerca de él?

No hemos de olvidar que la fe es siempre una experiencia personal que no puede ser reemplazada por la obediencia ciega a lo que nos dicen otros. Desde fuera nos pueden orientar hacia la fe, pero soy yo mismo quien he de abrirme a Dios de manera confiada.

Por eso, la fe no consiste tampoco en aceptar, sin más, un determinado conjunto de fórmulas. Ser creyente no depende primordialmente del contenido doctrinal que se recoge en un catecismo. Todo eso es muy importante, sin duda, para configurar nuestra visión cristiana de la existencia. Pero, antes que eso y dando sentido a todo eso está ese dinamismo interior que, desde dentro, nos lleva a amar, confiar y esperar siempre en el Dios revelado en Jesucristo.

La fe no es tampoco un capital que recibimos en el bautismo y del que luego podemos disponer tranquilamente. No es algo adquirido en propiedad para siempre. Ser creyente es vivir permanentemente a la escucha del Dios encarnado en Jesús, aprendiendo a vivir día a día de manera más plena y liberada.

Esta fe no está hecha solo de certezas. A lo largo de la vida, el creyente vive muchas veces en la oscuridad. Como decía aquel gran teólogo que fue Romano Guardini, «fe es tener suficiente luz como para soportar las oscuridades». La fe está hecha, sobre todo, de fidelidad. El verdadero creyente sabe creer en la oscuridad lo que ha visto en momentos de luz. Siempre sigue buscando a ese Dios que está más allá de todas nuestras fórmulas claras u oscuras. El P. de Lubac escribía que «las ideas que nosotros nos hacemos de Dios son como las olas del mar, sobre las cuales el nadador se apoya para superarlas». Lo decisivo es la fidelidad al Dios que se nos va manifestando en su Hijo Jesucristo.

José Antonio Pagola

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“Apenas se bautizó Jesús, vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él”. Domingo 12 de enero de 2020. Bautismo del Señor

Domingo, 12 de enero de 2020

09-navidada5-cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 42, 1-4. 6-7: Mirad a mi siervo, a quien prefiero.
Salmo responsorial: 28: El Señor bendice a su pueblo con la paz.
Hechos de los apóstoles 10, 34-38: Ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo.
Mateo 3,13-17: Apenas se bautizó Jesús, vio que el Espíritu de Dios se posaba sobre él.

Hoy celebra la liturgia el bautismo de Jesús. Las lecturas de este día nos ofrecen tres elementos para reflexionar sobre el bautismo en el Señor.

Un primer elemento lo encontramos en el texto de Isaías, quien nos habla de la actitud del siervo de Dios; éste ha sido llamado y asistido por el Espíritu para llevar a cabo una especial misión en el pueblo de Israel: hacer presente con su vida la actitud misma de Dios para con la humanidad; es decir, evidenciar que Dios instaura su justicia y su luz por medio de la debilidad del ser humano. Por tanto, es tarea de todo bautizado testimoniar que Dios está actuando en su vida; signo de ello es su manera de existir en medio de la comunidad; debe ser una existencia que promueva la solidaridad y la justicia con los más débiles, pues en ellos Dios actúa y salva; en ellos se hace presente la liberación querida por Dios.

El segundo elemento está presente en el relato de los Hechos de los Apóstoles. La intención central de este relato es afirmar que el mensaje de salvación, vivido y anunciado por Jesús de Nazaret, es para todos. La única exigencia para ser partícipe de la obra de Dios es iniciar un proceso de cambio (respetar a Dios y practicar la justicia), que consiste en abrirse a Dios y abandonar toda clase de egoísmo para poder ir, en total libertad, al encuentro del otro, pues es en el otro donde se manifiesta Dios. A ejemplo de Jesús, todo bautizado tiene el deber de «pasar por la vida haciendo el bien»; tiene la tarea constante de cambiar, de despojarse de todo interés egoísta para poder así ser testigo de la salvación.

El evangelio de Mateo desarrolla el tercer elemento que identifica el verdadero bautismo: La obediencia a la voluntad del Padre. “La justicia plena” a la que se refiere Jesús en el diálogo con Juan el Bautista manifiestamente la íntima relación existente entre el Hijo de Dios y el proyecto del Padre. Esto significa que el bautismo es la plenitud de la justicia de Dios, ya que las actitudes y comportamientos de Jesús tienen como fin hacer la voluntad de Dios. Esta obediencia y apertura a la acción de Dios afirma su condición de hijo; es hijo porque obedece y se identifica con el Padre. Esta identidad de Jesús con el Padre (ser Hijo de Dios) se corrobora en los sucesos que acompañan el bautismo: el cielo «se abre», desciende el Espíritu, y una voz comunica que Jesús es Hijo predilecto de Dios. Es «hijo» a la manera del siervo sufriente de Isaías (Is 42,1): hijo obediente que se encarna en la historia y participa completamente de la realidad humana. El bautismo, en consecuencia, provoca y muestra la actitud de toda persona abierta a la divinidad y voluntad de Dios; y hace asumir, como modo normal de vida, el llamado a ser hijos de Dios, identificándonos en todo con el Padre y procurando, con nuestro actuar, hacer presente la justicia y el amor de Dios.

Por desgracia, en la actualidad el bautismo se ha limitado al mero rito religioso, desligándolo de la vida y la experiencia de fe de la persona creyente. Se ha olvidado que el bautismo es un hecho fundamental del ser cristiano, pues tendría que ser la expresión de la opción fundamental de la persona, opción que toma a la luz del ejemplo de Jesús y por la que se compromete a ser cristiano. Leer más…

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12.1.2020. Domingo después de la Epifania Bautismo de Jesús, bautismo cristiano

Domingo, 12 de enero de 2020

theophany2-1024x663Del blog de Xabier Pikaza:

Españolito que vas a nacer… ¿Una Iglesia que se atreve a bautizar?

La fiesta del nacimiento de Jesús como hombre-hijo de Dios ha desembocado en el surgimiento de una comunidad mesiánica, cuyo primer signo es el bautismo, es decir, el nuevo nacimiento.

En torno a Jesús se han empezado reuniendo algunos seguidores, no para juntarse ante un cadáver, recordando simplemente su memoria y lanzando proclamas de fidelidad o de venganza, sino para descubrir en él y para recorrer con él un camino de vida universal, un nuevo nacimiento. No tienen una pirámide funeraria para recordarle, sino el agua de la vida (de la creación) para retomar su camino y renacer con él.

De esa forma, el escándalo del fracaso de Jesús (¡no logró triunfar, todos le han matado!) se transforma en experiencia de nacimiento, desde Dios, en gratuidad, para la vida compartida, que los cristianos han expresado en su signo primero, el Bautismo:

Bautismo, una experiencia de re-.nacimiento personal.No hemos nacido todavía de verdad, podemos renacer (renaceremos) en Jesús, por él, con él, en su mismo nacimiento. Porque Jesús nació en Nazaret/Belén, como hemos celebrado en esta Navidad, como Hijo de María y de José, por su primer nacimiento. Pero él ha renacido en el río con Juan Bautista.

‒ El hombre, un ser natal, alguien que nace no sólo de su padre y de su madre (¡que nace así!), sino del Espíritu de Dios (cf. Jn 1, 11‒12).  El hombre no nace de fuera, como los animales, sino desde el fondo de sí mismo, por obra del Dios que expresa y despliega en él su vida.

icono-bautismo-de-jesus‒ La navidad culmina, según eso, en el bautismo, en el gozo y tarea del nuevo nacimiento. El bautismo cristiano, como expresión del nacimiento a la gracia, no tiene por qué está vinculado a la niñez, sino que puede y debe celebrarse también en situación de vida adulta. Pero en un sentido fuerte la iglesia ha relacionado el bautismo de manera intensa con los niños, interpretando su celebración como nacimiento para la vida universal, para la comunión gratuita de los hijos de Dios.

Iglesia en salida: Bautizar

No se bautiza al niño en nombre de un sistema social, de un estado, de una patria política o de una economía. La iglesia le bautiza como Hijo de Dios (en nombre de la Trinidad) para la vida universal, para la fraternidad humana, comprometiéndose a ofrecerle un lugar donde podrá crecer para esa fraternidad.

Este es, a mi juicio, el primero de los retos de la iglesia. ¿Puede y debe hoy bautizar la Iglesia, garantizando al niño, en nombre de los padres y de la comunidad creyente, un espacio de crecimiento en libertad, sobre toda Ley? ¿Puede hoy hacerlo en verdad y mantener su ofrecimiento a lo largo de la vida?

19044_02_675nCiertamente, las afirmaciones tradicionales sobre un bautismo que borra el pecado original y que permite que los niños vayan al cielo si mueren siguen siendo válidas en un sentido. Pero nadie las toma ya de una manera literal. Bautizados o no, los niños son hijos de Dios y pertenecen al misterio de su vida, al camino de su cielo.

La iglesia no bautiza a los niños para quitarles un pecado de muerte, sino para celebrar con solemnidad su nacimiento a la vida, como un don de Dios, un camino de gracia, que se abre a la fraternidad universal y nos permite superar los riesgos de ley y de muerte del sistema.

Españolito que vas a nacer…

Al llegar a este contexto, muchos recordamos unos versos de Machado: “Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Una de las dos Españas (humanidades) te va a helar el corazón”[1].  Esos versos están vinculados al enfrentamiento de las dos españas,  que estallaron, y mataron a muchos hombres, mujeres y niños, de odio, ceguera y venganza en la guerra y post‒guerra del 1936‒1936.

abortoeneko728886Hoy 2020 puede darse ese mismo enfrentamiento… Vuelven a surgir las dos Españas, es decir, las dos humanidades, de derecha y de izquierda, de ricos y pobres, de opresores y oprimidos… de forma que los hombres y mujeres no nacen ya en una humanidad abierta a todos, sino en cotos cerrados de resentimientos, mentiras y engaños.

Este españolito que nace (un hombre o mujer, de India o China, de Irak o de USA, bahutu o favelado) penetrará de hecho en un mundo dividido donde unos condenamos a otros diciendo que tienen corazón de hielo, de violencia o e venganza. ¿Pues bien, podremos llevar a ese niñito a la comunidad cristiana y decirle que nos alegramos de que haya nacido, ofreciéndole el agua de la vida y la fraternidad universal? ¿Le llevaremos a la comunidad, prometiéndole que todos seremos sus padres, hermanos, amigos y colegas?

¿Ofrece la Iglesia en España y en el mundo, a través del bautismo, una experiencia y camino universal de vida? No lo veo claro. Nuestra iglesia tiene miedo, se hace un coto cerrado, más de unos que de otros…

Este es a mi juicio el lugar donde se abre (ha de abrirse) para todos el ideal y camino de una humanidad fraterna, en gratuidad y gozo, en humanidad llena de Dios, pues todos somos en Dios hermanos.

Sólo podemos llamarnos y ser Iglesia allí donde, reunidos en torno a la cuna de Jesús, queremos abrir con Jesús y para Dios (es decir, para la nueva humanidad) un espacio de vida fraterna.

Una iglesia que puede (se atreve) a bautizar

bautismo-masivo-brasil En España y en otros países de tradición cristiana… se bautiza todavía a los niños en nombre de Dios Padre universa, por Jesús, en el Espíritu Santo… Pero crece una “creciente minoría” que ya no bautiza a los niños, no siente la necesidad de introducirles en una iglesia universal, sea por falta de fe en el Dios de quien nacemos, sea por falta de integración en la iglesia (que aparece como un ente residual…).

El tema central no es si los niños (o sus familiares inmediatos) están preparados para el bautismo, sino si la iglesia puede abrirse como pila bautismal de vida compartida para todos los creyentes, es decir, para todos los hombres y mujeres, en “nombre del Padre, del Hijo Jesús y del Espíritu”

La cuestión consiste en saber si las comunidades cristianas son hoy “madres y maestras de paz”, es decir, de humanidad,   en diversidad y en comunión…, no para imponer nada a nadie, sino para ofrecer espacios de esperanza y comunión, en el Dios en quien todos vivimos, nos movemos y somos.

LECTURA Y EXPLICACIÓN DEL TEXTO DEL DOMINGO: MT 3, 13‒17

Y con esto pasamos al texto del domingo del bautismo: Mt 3, 13-17. Ésta año toca la versión de Mateo en la que se pone de relieve la novedad de Jesús, que se deja bautizar por Juan. Divido el texto en dos partes: a) Objeción de Juan (3, 13‒16). b) Bautismo.  Para comentarlos resumo lo que he dicho en Evangelio de Mateo (Verbo Divino, Estella 2017)

  1. Objeción de Juan (Mt 3, 13-15 par).

 3, 13‒15. Entonces vino Jesús desde Galilea al Jordán, donde estaba Juan, para ser bautizado por él. 14 Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti ¿y tú vienes a mí?» 15 Jesús respondiendo le dijo: Permite por ahora pues conviene que así cumplamos toda justicia. Entonces le dejó.

      Mateo responde así al escándalo que ha podido suscitar el hecho de que Jesús haya sido bautizado (iniciado) por Juan, apareciendo como alguien que viene no sólo después, sino que está subordinado a Juan. Parece claro que algunos círculos judíos acusan a los cristianos no sólo de ser unos meros continuadores de Juan, sino de depender de su mensaje. Jesús no podría ofrecer nada nuevo y su proyecto sería una variante subordinada del proyecto del Bautista. Para superar esa acusación ha creado Mateo esta escena:

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