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Jesús, maestro, ten compasión de nosotros

Domingo, 13 de octubre de 2019

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Los diez leprosos

Eran diez leprosos. Era
esa infinita legión
que sobrevive a la vera
de nuestra desatención.

Te esperan y nos espera
en ellos Tu compasión.
Hecha la cuenta sincera,
¿cuántos somos?, ¿cuántos son?

Leproso Tú y compañía,
carta de ciudadanía
nunca os acaban de dar.

¿Qué Francisco aún os besa?
¿Qué Clara os sienta a la mesa?
¿Qué Iglesia os hace de hogar?

*

Pedro Casaldáliga
Vivamos de Esperanza

***

 

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea. Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:

“Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.”

Al verlos, les dijo:

“Id a presentaros a los sacerdotes.”

Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.

Éste era un samaritano.

Jesús tomó la palabra y dijo:

“¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?”

Y le dijo:

“Levántate, vete; tu fe te ha salvado.”

*

Lucas 17, 11-19

***

Existo como un pequeño fragmento en la realidad ilimitada del mundo. Sin embargo, soy más grande que el mundo, porque mi pensamiento puede alcanzar y rebasar todas las cosas; más aún, es capaz de buscar lo que no se encuentra en el universo, a saber: el significado del universo. Me han sido dados unos pocos años de vida: he nacido y moriré. Sin embargo, mi pensamiento es capaz de atravesar estos estrechos límites y se plantea el problema de lo que había antes y de lo que habrá después. Estoy condicionado por mil instintos interiores y estoy manipulado por mil cosas exteriores que me solicitan. Sin embargo, puedo decidir libremente entre una acción y otra, entre una persona y otra, entre un destino y otro. En mi único ser hay, por tanto, algo que me hace pequeño, efímero, esclavo, y hay algo que me nace grande, duradero, libre.

Existo como alguien que pide ser salvado. Tengo sed de verdad sobre mi origen, sobre mi naturaleza, sobre mi suerte última, pero sé que el riesgo del error me acecha. Tengo sed de una alegría sin fin, pero sé que cada día que pasa me acerca al sufrimiento y a la muerte, y esta perspectiva me entristece ya desde ahora. Tengo sed de vivir en justicia, pero sé que soy, poco o mucho, repetidamente injusto. La salvación que necesito es, por consiguiente, salvación del error, de la muerte, de la culpa.

Esta salvación me ha sido dada por la bondad de Dios, que envió al mundo a mi Salvador: Jesús de Nazaret, crucificado y resucitado, que hoy está vivo y es Señor. El Señor Jesús me salva alcanzándome allí donde me encuentro, con una gratuidad y una misericordia inesperadas. Ahora bien, no me salva como un objeto inerte; al contrario, me concede aceptar libremente la iniciativa del Padre, a través del acto de fe; me concede configurarme libremente en mi conducta a su ley de amor; me permite entregarme libremente a la alabanza, a la acción de gracias, a la imploración a través de la oración.

*

G. Biffi, lo credo, Milán 1980, 55ss

***

***

 

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Fe sencilla…

Domingo, 6 de octubre de 2019

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Más Sencilla

Hazme una cruz sencilla,
carpintero…
sin añadidos
ni ornamentos…
que se vean desnudos
los maderos,
desnudos
y decididamente rectos:
los brazos en abrazo hacia la tierra,
el astil disparándose a los cielos.
Que no haya un solo adorno
que distraiga este gesto:
este equilibrio humano
de los dos mandamientos…
sencilla, sencilla…
hazme una cruz sencilla, carpintero.

*

Ser en la vida romero,
romero sólo que cruza
siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.

Ser en la vida romero, romero…
sólo romero.
Que no hagan callo las cosas
ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez,
una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.

Que no se acostumbre el pie
a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa,
ni la losa de los templos,
para que nunca recemos
como el sacristán los rezos…
ni como el cómico viejo
digamos los versos.

No sabiendo los oficios,
los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera…

Que no hagan callo las cosas
en el alma ni en el cuerpo.
Pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero,
ligero, siempre ligero.

***

León Felipe

***

En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor:

“Auméntanos la fe.”

El Señor contestó:

“Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera: “Arráncate de raíz y plántate en el mar.” Y os obedecería.

Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: “En seguida, ven y ponte a la mesa”? ¿No le diréis: ‘Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado?

Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: “Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer.””

*

Lucas 17, 5-10

***

 

Tener fe en Dios, en el Cristo-Dios, significa haber optado de manera definitiva por fiarse de Dios. Arquímedes buscaba el fulcro gracias al cual su palanca hubiera podido levantar el mundo. Ser creyentes es haber hecho de Dios el fulcro de nuestra propia vida, y el término «roca» que la Escritura aplica con tanta frecuencia a Dios -«Tú eres mi roca y mi baluarte»- se convierte en el fulcro que yo sé que no puede desaparecer. El Dios en quien confío no puede engañarnos ni puede decepcionarnos, pues no sería Dios; no puede dejar de amarnos, pues no nos habría creado. A todas las certezas que el Antiguo Testamento aducía para confirmar a Dios-nuestra-roca se añadía lo que Cristo había prometido al apóstol Pedro, al cambiar su nombre de Simón por Pedro: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Partiendo de esta idea de roca, la inteligencia no carece ni de argumentos ni de luz, porque la fe conduce a la luz. Jesucristo no es una invención de los hombres; los hombres no inventan cosas así o, más exactamente, si las inventan no duran mucho. Pensemos en los dos mil años transcurridos desde el nacimiento de Jesucristo, pensemos también en todas las mediocridades, debilidades, traiciones, que ha habido en la Iglesia… y veremos que habría debido desaparecer, como tantos otros imperios y organizaciones. Sin embargo, a través de algún santo, de algún acontecimiento o de alguna personalidad, la Iglesia vuelve a cobrar vida cada vez, se santifica de nuevo y el árbol que parecía muerto, a punto de ser cortado, vuelve a florecer con nueva vida.

*

Jacques Loew,
La felicita di essere uomo. Conversazione con Dominique Xardel,
Milán 1992, pp. 22ss

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“¿Somos creyentes?”. 27 Tiempo ordinario – C (Lucas 17,5-10)

Domingo, 6 de octubre de 2019

27-TO-CJesús les había repetido en diversas ocasiones: «¡Qué pequeña es vuestra fe!». Los discípulos no protestan. Saben que tienen razón. Llevan bastante tiempo junto a él. Lo ven entregado totalmente al Proyecto de Dios: solo piensa en hacer el bien; solo vive para hacer la vida de todos más digna y más humana. ¿Lo podrán seguir hasta el final?

Según Lucas, en un momento determinado, los discípulos le dicen a Jesús: «Auméntanos la fe». Sienten que su fe es pequeña y débil. Necesitan confiar más en Dios y creer más en Jesús. No le entienden muy bien, pero no le discuten. Hacen justamente lo más importante: pedirle ayuda para que haga crecer su fe.

Nosotros hablamos de creyentes y no creyentes, como si fueran dos grupos bien definidos: unos tienen fe, otros no. En realidad, no es así. Casi siempre, en el corazón humano hay, a la vez, un creyente y un no creyente. Por eso, también los que nos llamamos «cristianos» nos hemos de preguntar: ¿Somos realmente creyentes? ¿Quién es Dios para nosotros? ¿Lo amamos? ¿Es él quien dirige nuestra vida?

La fe puede debilitarse en nosotros sin que nunca nos haya asaltado una duda. Si no la cuidamos, puede irse diluyendo poco a poco en nuestro interior para quedar reducida sencillamente a una costumbre que no nos atrevemos a abandonar por si acaso. Distraídos por mil cosas, ya no acertamos a comunicarnos con Dios. Vivimos prácticamente sin él.

¿Qué podemos hacer? En realidad, no se necesitan grandes cosas. Es inútil que nos hagamos propósitos extraordinarios pues seguramente no los vamos a cumplir. Lo primero es rezar como aquel desconocido que un día se acercó a Jesús y le dijo: «Creo, Señor, pero ven en ayuda de mi incredulidad». Es bueno repetirlas con corazón sencillo. Dios nos entiende. El despertará nuestra fe.

No hemos de hablar con Dios como si estuviera fuera de nosotros. Está dentro. Lo mejor es cerrar los ojos y quedarnos en silencio para sentir y acoger su Presencia. Tampoco nos hemos de entretener en pensar en él, como si estuviera solo en nuestra cabeza. Está en lo íntimo de nuestro ser. Lo hemos de buscar en nuestro corazón.

Lo importante es insistir hasta tener una primera experiencia, aunque sea pobre, aunque solo dure unos instantes. Si un día percibimos que no estamos solos en la vida, si captamos que somos amados por Dios sin merecerlo, todo cambiará. No importa que hayamos vivido olvidados de él. Creer en Dios es, antes que nada, confiar en el amor que nos tiene.

José Antonio Pagola

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“¡Si tuvierais fe … !”. Domingo 06 de octubre de 2019. 27º Ordinario

Domingo, 6 de octubre de 2019

52-ordinarioc27-cerezoLeído en Koinonia:

Habacuc 1, 2-3; 2, 2-4: El justo vivirá por su fe.
Salmo responsorial: 94: Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: “No endurezcáis vuestro corazón.”
2Timoteo 1, 6-8. 13-14: No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor.
Lucas 17, 5-10: ¡Si tuvierais fe … !

Ofrecemos en primer lugar un comentario bíblico tradicional

El profeta Habacuc nos pone en el contexto del diálogo entre el profeta y Dios, donde el primero toma la iniciativa y pregunta a Dios por la raíz del mal y el sufrimiento que lo rodea. La injusticia, la violencia y la desigualdad parecen convertirse en la única forma de vivir de la sociedad en muchos momentos, no sólo de la historia del pueblo de Dios, sino también de la historia de la humanidad. La queja del profeta es clara: no hay justicia; se vive en una violación sistemática de los derechos básicos provocados por la anomia y la confusión de su tiempo. Sin embargo, la respuesta del Señor, ante la situación, no se hace esperar. El Dios de la historia y la creación hace un llamado al “justo” a la fidelidad y a la confianza. Dios se encuentra con el ser humano en la justicia, en la resistencia pacífica y en la esperanza del ser humano en él.

En la segunda carta a Timoteo el autor nos presenta de dónde procede el ser apóstoles del Señor: del plan divino de la salvación de Dios. Los creyentes hoy estamos exigidos a tomar conciencia que hemos recibido del Señor el don de la fe, de la fortaleza y de la caridad; por tanto, este don recibido demanda una respuesta oportuna. Ante la situación tan compleja, adversa y confusa de nuestra situación mundial, los carismas del Espíritu del resucitado se nos dan para dirigir a la comunidad humana con valentía y dar testimonio de la liberación y salvación del Señor. Dichos dones recibidos de la gracia de Dios, son también, tarea humana, y necesitan ser cultivados e incrementados constantemente para evitar caer en el absurdo y la desesperanza.

En el texto de Lucas vemos a los discípulos, conscientes de su poca fe, de su incapacidad para dar su adhesión plena a Jesús y a su mensaje. Por eso le piden que les aumente la fe. Jesús constata en realidad que tienen una fe más pequeña que un grano de mostaza, semilla del tamaño de una cabeza de alfiler. No dan ni siquiera el mínimo, pues con tan mínima cantidad de fe bastaría para hacer lo imposible: arrancar de cuajo con sólo una orden una morera y tirarla al mar. Este mínimo de fe es suficiente para poner a disposición del discípulo la potencia de Dios.

Miro a mi alrededor y pienso que algo no funciona. Tantos cristianos, tantos católicos, tantos colegios religiosos… Y me pregunto: ¿Cuántos creyentes? ¿Tienen fe los cristianos, los sacerdotes y religiosos, los obispos? ¿Tenemos fe? ¿O tenemos una serie de creencias, un largo y complicado credo que recitamos de memoria y que poco atañe a nuestras vidas?

Las palabras de Jesús siguen resonando hoy. “Si tuvierais fe como un grano de mostaza…” O lo que es igual: si siguierais mi camino, si vivierais según el Evangelio… tendríais la fuerza de Dios para cambiar el sistema.

Sigo mirando a mi alrededor y veo una Iglesia apegada a sus privilegios, que se codea con los poderes fácticos, que depende en muchos países económicamente del Estado, capaz de echarle un pulso al poder político y vencer, identificada con frecuencia con la derecha o el centro, defensora a ultranza de su estatuto de religión verdadera y prioritaria.

Me vuelvo al evangelio y releo sus páginas: “Vende todo lo que tienes y repártelo a los pobres, que Dios será tu riqueza, y anda sígueme a mí” (Lc 18,22). “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero este hombre no tiene dónde reclinar la cabeza” (Lc 9,58). “No andéis agobiados pensando qué vais a comer, ni por el cuerpo pensando con qué os vais a vestir” (Lc 12,22). “Los reyes de las naciones las dominan y los que ejercen el poder se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros nada de eso; al contrario, el más grande entre vosotros iguálese al más joven y el que dirige al que sirve” (Lc 22,25-26).

Pobres, libres, sin seguridades, sin poder, como Jesús. Sólo tiene fe quien se adhiere a este estilo de vida evangélico. Quien no, tiene creencias, que para casi nada sirven. Y así no se puede cambiar ni el sistema religioso ni siquiera el mundano.

Tal vez tengamos que reconocer que somos “siervos inútiles”, pues no andamos en el sistema de la fe, sino en el del cumplimiento de las obras de la ley, como los fariseos, que, al final, de su trabajo tienen que considerarse “siervos inútiles”, pero no “hijos de Dios” que es a lo que estamos llamados a ser, como ciudadanos del Reino que todos anhelamos.

El evangelio de hoy no está recogido en la serie «Un tal Jesús», pero en ella puede encontrarse varios episodios relacionados con el contenido de ese evangelio: https://radialistas.net/category/un-tal-jesus

Añadimos un comentario crítico.

La palabra «fe» es polisémica, tiene significados múltiples, que dependen del contexto de su uso. En el evangelio que hoy leemos, es claro que aparece como sinónimo de coraje, decisión, convicción de entrega… y «esa fe» es la que mueve montañas… o traslada moreras, no necesariamente con una eficacia «sobrenatural», sino a veces simplemente psicológica. Leer más…

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6.10.19. Dom 27 Ciclo C. Lucas 17, 5-10. Si decís a esa montaña que se eche al mar

Domingo, 6 de octubre de 2019

frases_nao_desista_nuncaDel blog de Xabier Pikaza:

El Infierno de las Siete Montañas de la Iglesia

  El tema proviene de Mc 11, 20‒25, donde Jesús muestra que la higuera del templo se ha secado (y queda seca). Sus discípulos se admiran, pero él les dice “si tuvierais la fe de Dios (=en Dios) y dijerais a ese monte “quítate y échate al mar…” cumpliría,   porque la fe todo lo alcanza.

El evangelio de hoy (Lc 17, 5‒10) retoma ese motivo pero, en vez de decir “esa montaña” (= templo de Jerusalén), habla más bien de una morera (=higuera) seca, que, ante la voz de los creyentes” (quítate y échate al mar), se quitaría y echaría, abriendo así el camino de la fe verdadera.

            En otra línea, Job 28 describe la tarea de los mineros que horadan y derriban montañas con agua, como puede aún verse en las “medulas” (montañas de metales) del Bierzo, entre León y Galicia (imagen). Pero Jesús no se refiere al tesón de los mineros, sino a la fe de los creyentes, que superan, destruyen y aniquilan montañas, más altas, empezando el monte del templo falso y acabando con la misma Gehenna, que es el Valle‒Basurero de una tierra pervertida.

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             Presentaré mañana  el tema del poder de fe de los creyentes. Hoy desarrollo la imagen de fondo de Mc 11, 20‒25, donde Jesús dice a los cristianos que “superen” (arrojen al mar) aquel gran “monte del templo” que les oprimía e impedía    vivir en fe (cf. comentario de ese texto en Marcos, VD, Estella, 2012).

            Desde ese fondo evocaré “siete montañas” malditas que los cristianos “han de expulsar” echar al mar, aquí entendido como espacio “perverso” donde debían ahogarse los cerdos de Gerasa (Mc 5, 1-21). No se trata aquí del mar creado por Dios, agua bendita de vida, sino el “abismo demoníaco de muerte” que los hombres han ido creando por pecado, el mar donde deben arrojarse y perderse los siete “montes” perversos que destruyen la vida de los hombres.

            Hay ciertamente en la Biblia siete y más montes buenos de bendición, como el Sinaí, el Horeb y  Sion, con los montes de las Bienaventuranzas, de la Transfiguración y el de los Olivos de la Ascensión de Jesús.         Está el Monte Carmelo (de San Juan de la Cruz),  o de la Montaña de los siete círculos (de Th. Merton),  con las siete Moradas (que en el fondo son Montañas) del Castillo Interior de Santa Teresa.

    1.-Asmodea-Goya-PORTADA     Frente a esas siete Buenas Montañas quiero aquí evocar, a modo de ejemplo, las siete malas montañas que el cristiano ha de expulsar y arrojar al mar (es decir, al infierno del mal que se consume a sí mismo), para que todos los hombres y mujeres puedan vivir en comunión de amor (superado el riesgo del infierno). Éstas son las montañas malas que la Iglesia ha de “arrojar” al mar (esto es, superar), para quedar limpia como Iglesia de evangelio.

Estas son las  montañas capitales, que se sitúan en la línea de los siete pecados capitales de la tradición (soberbia, avaricia, envidia, ira, lujuria, gula, pereza),pero tienen un sentido evangélico (anti‒evangélico) más hondo. Ellos representan el anti‒evangelio, la anti‒iglesia:

 1. La primera es la Montaña del Falso Templo, una Jerusalén pervertida. Ésta es la primera y más peligrosa, a la que Jesús se refería en Mc 11, 20‒25: Es el monte de un templo vacío de Dios, convertido en cueva de bandidos, una iglesia hecha signo y presencia de pecado, conforme al sermón de Esteban (Hch 7), que marca el comienzo cristiano de la historia.

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“Falta de fe y sobra de presunción“. Domingo 27. Ciclo C

Domingo, 6 de octubre de 2019

jesus-aumenta-nuestra-fe-3-10-10Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Después de la parábola del rico y Lázaro, Lucas empalma cuatro enseñanzas de Jesús a los apóstoles a propósito del escándalo, el perdón, la fe y la humildad. Son frases muy breves, sin aparente relación entre ellas, pronunciadas por Jesús en distintos momentos. De esas cuatro enseñanzas, el evangelio de este domingo ha seleccionado sólo las dos últimas, sobre la fe y la humildad (Lucas 17,5-10).

Menos fe que un ateo

En aquel tiempo, los apóstoles le pidieron al Señor:

            ‒ Auméntanos la fe.

El Señor contestó:

            ‒ Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa montaña: «Arráncate de raíz y plántate en el mar». Y os obedecería.

El evangelio de Mateo cuenta algo parecido: un padre trae a su hijo, que sufre ataques de epilepsia, para que lo curen los apóstoles. Ellos no lo consiguen. Aparece Jesús, y lo cura de inmediato. Los apóstoles, admirados, le preguntan por qué ellos no han sido capaces de curarlo. Y Jesús les responde: “Por vuestra poca fe. Si tuvierais fe como un grano de mostaza…”

Lucas le da un enfoque distinto, más irónico y malicioso. En su evangelio los apóstoles no buscan la explicación a un fracaso, sino que formulan una petición: “Auméntanos la fe”.

¿Qué piden los apóstoles? ¿Qué idea tienen de la fe? Ya que no eran grandes teólogos, ni habían estudiado nuestro catecismo, su preocupación no se centra en el Credo ni en un conjunto de verdades. Si leemos el evangelio de Lucas desde el comienzo hasta el momento en el que los apóstoles formulan su petición, encontramos cuatro episodios en los que se habla de la fe:

  • Jesús, viendo la fe de cuatro personas que le llevan a un paralítico, lo perdona y lo cura (5,20).
  • Cuando un centurión le pide a Jesús que cure a su criado, diciendo que le basta pronunciar una palabra para que quede sano, Jesús se admira y dice que nunca ha visto una fe tan grande, ni siquiera en Israel (7,9).
  • A la prostituta que llora a sus pies, le dice: “Tu fe te ha salvado” (7,50).
  • A la mujer con flujo de sangre: “Hija, tu fe te ha salvado” (8,48).

En todos estos casos, la fe se relaciona con el poder milagroso de Jesús. La persona que tiene fe es la que cree que Jesús puede curarla o curar a otro.

Pero la actitud de los apóstoles no es la de estas personas. En el capítulo 8, cuando una tempestad amenaza con hundir la barca en el lago, no confían en el poder de Jesús y piensan que morirán ahogados. Y Jesús les reprocha: “¿Dónde está vuestra fe? (8,25). La petición del evangelio de hoy, “auméntanos la fe”, empalmaría muy bien con ese episodio de la tempestad calmada: “tenemos poca fe, haz que creamos más en ti”. Pero Jesús, como en otras ocasiones, responde de forma irónica y desconcertante: “Vuestra fe no llega ni al tamaño de un grano de mostaza”.

¿Qué puede motivar una respuesta tan dura a una petición tan buena? El texto no lo dice. Pero podemos aventurar una idea: lo que pretende Lucas es dar un severo toque de atención a los responsables de las comunidades cristianas. La historia demuestra que muchas veces los papas, obispos, sacerdotes y religiosos/as nos consideramos por encima del resto del pueblo de Dios, como las verdaderas personas de fe y los modelos a imitar. No sería raro que esto mismo ocurriese en la iglesia antigua, y Lucas nos recuerda las palabras de Jesús: “No presumáis de fe, no tenéis ni un gramo de ella”.

Ni las gracias ni propina

En línea parecida iría la enseñanza sobre la humildad. El apóstol, el misionero, los responsables de las comunidades, pueden sufrir la tentación de pensar que hacen algo grande, excepcional. Jesús vuelve a echarles un jarro de agua fría.

Suponed que un criado vuestro trabaja como labrador o como pastor; cuando vuelve del campo, ¿quién de vosotros le dice: «En seguida, ven y ponte a la mesa»? ¿No le diréis: «Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú»? ¿Tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: «Somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer».

La parábola es de una ironía sutil. Al principio, el lector u oyente se siente un gran propietario, que dispone de criados a los que puede dar órdenes. Al final, le dicen que el propietario es Dios, y él es un pobre siervo, que se limita a hacer lo que le mandan. El mensaje quizá se capte mejor traduciendo la parábola a una situación actual.

Suponed que entráis en un bar. ¿Quién de vosotros le dice al camarero: «¿Qué quiere usted tomar?». ¿No le decís: «Una cerveza», o «un café»? ¿Tenéis que darle las gracias al camarero porque lo traiga? ¿Tenéis que dejarle una propina? Pues vosotros sois como el camarero. Cuando hayáis hecho lo que Dios os encargue, no penséis que habéis hecho algo extraordinario. No merecéis las gracias ni propina.

Un lenguaje duro, hiriente, muy típico del que usa Jesús con sus discípulos.

El profeta Habacuc y la fe (Hab 1,2-3; 2, 2-4)

La primera lectura, tomada de la profecía de Habacuc habla también de la fe, aunque el punto de vista es muy distinto. El mensaje de este profeta es de los más breves y de los más desconocidos. Una lástima, porque el tema que trata es de perenne actualidad: la injusticia del imperialismo. En su época, el recuerdo reciente de la opresión asiria se une a la experiencia del dominio egipcio y babilónico. Tres imperios distintos, una misma opresión. El profeta comienza quejándose a Dios:

¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que escuches?

¿Te gritaré “violencia” sin que salves?

¿Por qué me haces ver desgracias,

me muestras trabajos, violencias y catástrofes,

surgen luchas, se alzan contiendas? 

Habacuc no comprende que Dios contemple impasible las desgracias de su tiempo, la opresión del faraón y de su marioneta, el rey Joaquín. Y el Señor le responde que piensa castigar a los opresores egipcios mediante otro imperio, el babilónico (1,5-8). Pero esta respuesta de Dios es insatisfactoria: al cabo de poco tiempo, los babilonios resultan tan déspotas y crueles como los asirios y los egipcios. Y el profeta se queja de nuevo a Dios: le duele la alegría con la que el nuevo imperio se apodera de las naciones y mata pueblos sin compasión. No comprende que Dios «contemple en silencio a los traidores, al culpable que devora al inocente». Y así, en actitud vigilante, espera una nueva respuesta de Dios.

El Señor me respondió así: 

«Escribe la visión, grábala en tablillas, de modo que se lea de corrido. 

La visión espera su momento, se acerca su término y no fallará;

si tarda, espera, porque ha de llegar sin retrasarse. 

El injusto tiene el alma hinchada, pero el justo vivirá por su fe.»

La visión que llegará sin retrasarse es la de la destrucción de Babilonia. El injusto es el imperio babilónico, que será castigado por Dios. El justo es el pueblo judío y todos los que confíen en la acción salvadora del Señor.

El tema tratado por Habacuc no tiene relación con la petición de los discípulos. Pero las palabras finales, “el justo vivirá por su fe”, tuvieron mucha importancia para san Pablo, que las relacionó con la fe en Jesús. Este puede ser el punto de contacto con el evangelio. Porque, aunque nuestra fe no llegue al grano de mostaza ni esperemos cambiar montañas de sitio, esa pizca de fe en Jesús nos da la vida, y es bueno seguir pidiendo: “auméntanos la fe”.

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Domingo XXVII del Tiempo Ordinario.06 octubre, 2019

Domingo, 6 de octubre de 2019

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“Los apóstoles dijeron al Señor: Auméntanos la fe.”

(Lc 17, 5-18)

Cuando un niño nace lo colocan sobre su madre, y el niño no teme, confía. Se siente envuelto en la ternura de quien lo acaba de dar a luz. Esto es la fe, esa confianza de quién se abandona, de quien se entrega a vivir en Dios.

Cuando observo a los niños en brazos de sus padres, entiendo lo que es vivir en Dios. Cuando al niño algo le asusta o le asalta el miedo, corre a abrazarse a sus padres, y ahí se relaja, nada malo puede suceder.

El temor, el miedo, es vivir en el ego. En nuestra propia superficie marcada por patrones culturales, sociales, familiares. El miedo surge ante determinadas situaciones que no sé resolver o que no soy capaz de afrontar. El miedo no sano es un producto de la mente y por tanto aprendido. Este miedo solo existe en nuestra mente, en nuestro imaginario y es alimentado por él.

Lo importante no es creer en Dios, sino experimentar a Dios, porque si le experimento creeré en Él. La experiencia se convierte en depósito de nuevas experiencias. La fe es dejar a Dios ser Dios en nosotras y que se realice Su Voluntad. Confiar en Dios significa dejar de girar alrededor de un@ mism@, para vivir en la Profundidad donde yo soy y Él habita.

El aumento de fe no es un tema de cantidad sino de esencia. Pasar de la seguridad en las cosas o en los méritos propios a confiar en las posibilidades que Dios nos otorga.

La fe es descubrirnos habitad@s de semillas de infinitud que hay que abonar todos los días, porque la fe es dinámica, y es una actitud ante la vida que marca toda nuestra existencia.

Oración

Haz, Señor, que nuestra fe aumente

al contacto del encuentro diario contigo,

otórganos  la capacidad  de despertar a nuestro ser niñ@s

que, confiadas, se abandonan en Ti.

Te lo expresamos a Ti, Padre, por medio de Jesús, tu Hijo

y mediante la fuerza y la ternura de la Santa Ruah.

 

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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El secreto está en confiar en uno mismo

Domingo, 6 de octubre de 2019

oteando-el-horizonte-640x640x80Lc 17,5-12

Sigue el evangelio con propuestas aparentemente inconexas, pero Lc sigue un hilo conductor muy sutil. Hasta hoy nos había dicho, de diversas maneras, que no pongamos la confianza en las riquezas, en el poder, en el lujo; pero hoy nos dice: no la pongas en tu falso ser ni en la obras que salen de él, por muy religiosas que sean. Confía solamente en “Dios”. Los que se pasan la vida acumulando méritos no confían en Dios sino en sí mismos. La salvación por puntos es lo más contrario al evangelio. Pero ese dios al que tengo que rendir cuantas tiene que dejar paso al Dios que es el fundamento de mi ser y que se identifica con lo que yo soy en profundidad.

Una vez más debemos advertir que las Escrituras no se pueden tomar al pie de la letra. Si lo entendemos así, el evangelio de hoy es una sarta de disparates. En realidad son todo símbolos que nos tienen que lanzar a un significado mucho más profundo de lo que aparenta. Ni hay un Yo fuera a quien servir, ni hay un yo raquítico que patalea ante su Señor. Cada uno de nosotros es solo la manifestación de Dios que a través nuestro manifiesta su poder para hacer un mundo más humano. No hay un mí ningún yo que pueda atribuirse nada. Ni hay fuero un YO al que pueda llamar Dios. Ni Dios puede hacer nada sin mí ni yo puedo hacer nada sin él. ¿De qué puedo gloriarme?

Esa petición, que hacen los apóstoles a Jesús, está hecha desde una visión mítica (dualista) del Dios, del hombre y del mundo. La parábola del simple siervo cuya única obligación es hacer lo mandado, refleja la misma perspectiva. Ni Dios tiene que aumentarnos la fe ni somos unos siervos inútiles ni necesitamos poderes especiales para trasplantar una morera al mar. La religión ha metido a Dios en esa dinámica y nos ha metido por un callejón del que aún no hemos salido. Descubrir lo que realmente somos sería la clave para una verdadera confianza en Dios, en la vida, en cada persona. El relato nos da suficientes pistas para salir del servilismo y de la adoración al Dios cosa.

Jesús no responde directamente a los apóstoles. Quiere dar a entender que la petición –auméntanos la fe- no está bien planteada. No se trata de cantidad, sino de autenticidad. Jesús no les podía aumentar la fe, porque aún no la tenían ni en la más mínima expresión. La fe no se puede aumentar desde fuera, tiene que crecer desde dentro como la semilla. A pesar de ello, en la mayoría de las homilías que he leído antes de elaborar ésta, se termina pidiendo a Dios que nos aumente la fe. Efectivamente, podemos decir que la fe es un don de Dios, pero un don que ya ha dado a todos. ¿Que Dios sería ese que caprichosamente da a unos una plenitud de fe y deja a otros tirados? Viendo cada una de sus criaturas, descubrimos lo que Dios está haciendo en ellas en cada momento.

Al hablar de la fe en Dios, damos a entender que confiamos en lo que nos puede dar. Se interpretó la respuesta de Jesús como una promesa de poderes mágicos. La imagen de la morera, tomada al pie de la letra, es absurda. Con esta hipérbole, lo que nos está diciendo el evangelio es que toda la fuerza de Dios está ya en cada uno de nosotros. El que tiene confianza podrá desplegar toda esa energía. Lo contrario de la fe es la idolatría. El ídolo es un resultado automático del miedo. Necesitamos el ser superior que me saque las castañas del fuego y en quien poder confiar cuando no puedo confiar en mí mismo. Dios no anda por ahí haciendo el ridículo jugando a todopoderoso. Tampoco nosotros debemos utilizar a Dios para cambiar la realidad que no nos gusta.

La fe no es un acto sino una actitud personal fundamental y total que imprime un sí definitivo a la existencia. Confiar en lo que realmente soy me da una libertad de movimiento para desplegar todas mis posibilidades humanas. Nuestra fe sigue siendo infantil e inmadura, por eso no tiene nada que ver con lo que nos propone el evangelio. La mayoría de los cristianos no quieren madurar en la fe por miedo a las exigencias que esto conllevaría. La fe es una vivencia de Dios, por eso no tiene nada que ver con la cantidad. El grano de mostaza, aunque diminuto, contiene vida exactamente igual que la mayor de las semillas. Esa vida, descubierta en mí, es lo que de verdad importa.

Tanto a nivel religioso como civil, cada vez se tiene menos confianza en la persona humana. Todo está reglamentado, mandado o prohibido, que es más fácil que ayudar a madurar a cada ser humano para que actúe por convicción. Estamos convirtiendo el globo terráqueo en un inmenso campo de concentración. No se educa a los niños para que sean ellos mismos, sino para que respondan automáticamente a los estímulos que les llegan. Los poderosos están encantados, porque esa indefensión les garantiza un total control sobre la población. Lo difícil es educar para que cada individuo sea él mismo y responda personalmente ante las propuestas de salvación que le llegan.

Para la mayoría, creer es el asentimiento a una serie de verdades teóricas, que no podemos comprender. Esa idea de fe, como conjunto de doctrinas, es completamen­te extraña tanto al Antiguo Testamento como al Nuevo. En la Biblia, fe es equivalente a confianza en… Pero incluso esta confianza se entendería mal si no añadimos que tiene que ir acompañada de la fidelidad. La fe-confianza bíblica supone la fe, supone la esperanza y el amor. Esa fe nos salvaría de verdad. Esa fe no se consigue con propagandas ni imposiciones porque nace de lo más hondo de cada ser.

No debemos esperar que Dios nos libre de las limitaciones, sino de encontrar la salvación a pesar de ellas. Esa confianza no la debemos proyectar sobre una PERSONA que está fuera de nosotros y del mundo. Debemos confiar en un Dios que está y forma parte de la creación y por lo tanto de nosotros. Creer en Dios es apostar por la creación; es confiar en el hombre; es estar construyendo la realidad material, y no destruyéndola; es estar por la vida y no por la muerte; es estar por el amor y no por el odio, por la unidad y no por la división. Tratemos de descubrir por qué tantos que no “creen” nos dan sopas con honda en la lucha por defender la naturaleza, la vida y al hombre.

Superada la fe como creencia, y aceptado que es confianza en…, nos queda mucho camino por andar para una recta comprensión del término. La fe que nos pide el evangelio no es la confianza en un señor poderoso por encima y fuera del mundo, que nos puede sacar las castañas del fuego. Se trata más bien, de la confianza en el Dios inseparable de cada criatura, que la atraviesa y la sostiene en el ser. Podemos experimentar esa presencia como personal y entrañable, pero en el resto de la creación se manifiesta como una energía que potencia y especifica cada ser en sus posibilidades. Creer en Dios es confiar en la posibilidad de cada criatura para alcanzar su plenitud.

La mini parábola del simple siervo nos tiene que llevar a una profunda reflexión. No quiere decir que tenemos que sentirnos siervos, y menos aún inútiles, sino todo lo contrario. Nos advierte que la relación con Dios como si fuésemos esclavos nos deshumaniza. Es una crítica a la relación del pueblo judío con Dios que estaba basada en el estricto cumplimiento de la Ley, y en la creencia de que ese cumplimiento les salvaba. La parábola es un alegato contra la actitud farisaica que planteaba la relación con Dios como toma y da acá. Si ellos cumplían lo mandado, Dios estaba obligado a cumplir sus promesas. Es la nefasta actitud que aún conservamos nosotros.

Pablo ya advirtió que la fe y la esperanza pasarán, porque perderán su sentido. La verdad es que también el amor, tal como lo entendemos nosotros, también tiene que ser superado. Desde nuestra condición de criaturas no podemos entender el amor más que como una relación de un sujeto que ama con un objeto que es amado. El amor “a” Dios y el amor “de” Dios van mucho más allá. En ese amor, desaparece el sujeto y el objeto, solo queda la unidad (el amor) “amada en el amado transformada”. No entender esto es causa de infinitos malentendidos en nuestra relación con Él.

Meditación

Si la confianza no es absoluta y total no es confianza.
El mayor enemigo de la fe-confianza son las creencias,
porque exigen la confianza en ellas mismas.
Tener fe no es esperar que las cosas cambien.
Es ser capaz de bajar al fondo de mí mismo,
para anular el efecto negativo de cualquier limitación.

Fray Marcos

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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¡Si tuviéramos fe!

Domingo, 6 de octubre de 2019

arbol-vientoLa razón por la cual las aves pueden volar y nosotros no podemos, es simplemente porque tienen una fe perfecta, porque tener fe es tener alas (JM Barrie)

6 de octubre 2019. DOMINGO XXVII DEL TO

Lc 17, 5-10

Los apóstoles dijeron al Señor: Auméntanos la fe (v 5)

Un evangelio en el que se recoge el tema, el poder de la fe y la pequeña parábola del siervo.

Una actitud fundamental del ser humano, que implica fidelidad y lealtad.

(Éxodo 14, 31) Los israelitas vieron la mano magnífica de Dios y lo que hizo a los egipcios, respetaron al Señor y se fiaron del Señor y de Moisés su siervo.

(Deuteronomio 1, 32) Pero ni por ésas creísteis al Señor, vuestro Dios, que había ido por delante buscándoos lugar donde acampar.

El deber del discípulo tiene un denominador común: el servicio del reino posiblemente desde la fe.

En el Nuevo testamento, en Juan es sinónimo de escuchar, acudir a, recibir: Os escribo esto a los que creéis en la persona del Hijo de Dios para que sepáis que poseéis vida eterna Primera Carta 1, 13).

“Auméntanos la fe”, dijeron los apóstoles, a lo que el Señor les contestó: “Si tuvierais la fe de un grano de mostaza, diríais a esta morera: Arráncate de raíz y arrójate al mar, y os obedecería” (Mt 17-20). En Lucas, el símil es la morera y se trata de la fe en sí. Fe en la que los valores más importantes tienen que ver con lo humano.

Las parábolas más importantes, son las parábolas vegetales de Jesús, entroncadas en la misma Naturaleza: un poco de agua, y el desierto deja de ser estéril y se convierte en un jardín exuberante. Una montaña más cercana de conversión, que mueve corazones.

Así lo dijo JM Barrie: “La razón por la cual las aves pueden volar y nosotros no podemos, es simplemente porque tienen una fe perfecta, porque tener fe es tener alas”.

Y otro tanto hizo cuando dijo en Lucas 17, 5: “Los apóstoles dijeron al Señor: Auméntanos la fe”.

TENER FE

Teniendo fe, el desamor, 1
no lo pudo vencer.
Ni tormentas a su alrededor,
lo hicieron perder.

Herido por dardos de dolor;
triste por dentro a veces.
Peleando contra desalientos,
no se dejó vencer.

Decidido a no perecer 2
buscando ser como león; 3
con Dios intentó vencer,
…batallando en su corazón.

Presa de injusticias fue,
continuó intentando.
Entre el martillo y el yunque,
continuó orando.

No se dejó vencer,
en el mundo de la tentación.
Buscó en fe crecer.
Hoy canta bella canción.

Javier R. Cinacchi

 

Vicente Martínez

Fe Adulta

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Creer en la gratuidad y el perdón.

Domingo, 6 de octubre de 2019

un-abrazo-a-jesusLos compañeros de Jesús le piden que aumente su fe. Esta petición hay que entenderla en el marco de la enseñanza que el Maestro les proponía en los versículos anteriores (Lc 17, 1-4). Él les había invitado a perdonar siempre y a no ser nunca ocasión de pecado para otros. Esta propuesta a los discípulos les parecía difícil de asumir, por eso le piden que aumente su fe. En su respuesta, Jesús reorienta el horizonte de sus deseos porque no se trata tanto de creer más, sino de creer de otra manera.

Para Jesús la fe no consiste en asentir a verdades o en creer en algo que alguien dice, más bien para él se trata de asumir una conducta marcada por la lealtad, la entrega y la solidaridad que nace de la confianza en su persona y en su mensaje.

Los discípulos en el texto lucano se sienten abrumados por la exigencia que supone asumir una conducta que implica vivir desde la gratuidad y la bondad de corazón y necesitan razones poderosas que compensen el esfuerzo. Pero el maestro cuestiona su necesidad. La fe que ellos desean no sirve para vivir en la dinámica del Reino. No se trata de hacer obras extraordinarias (que una morera se autotrasplante en el mar) sino de vivir de otra manera. Quien tiene una fe auténtica es capaz de hacer lo imposible porque confía, no en sus fuerzas, sino en la Palabra de Jesús.

El ejemplo que el Maestro introduce al final sobre el señor y el criado se orienta a reforzar esta idea. Nadie en su sociedad contemplaba que un amo sintiese compasión de su esclavo cansado, sino que lo urgiría a terminar sus tareas antes de descansar. A Jesús esta evidencia en las relaciones entre amo y siervo le permite mostrar a sus discípulos lo que se espera de ellos si quieren vivir en fidelidad su pertenencia a la comunidad del Reino.

No se trata de justificar la conducta del amo, que sin duda para nosotras y nosotros es abusiva, sino de aprender de la fidelidad del criado que se comporta como se espera de él. Quien se sienta llamada o llamado a seguir a Jesús no ha de buscar destacar por su heroicidad o su ejemplaridad, sino que ha de actuar entregándolo todo, viviendo en gratuidad y disponibilidad y atenta o atento siempre al bien del otro/a.

Ser como ese siervo al que nada se le debe era seguramente para Lucas, una metáfora del modo de actuar al que estaban llamados /as quienes habían recibido un servicio en la comunidad. La diakonía era la clave no sólo para el discipulado, sino que también el modelo para ejercer cualquier rol comunitario. Llevar a cabo la tarea encomendada, responder al liderazgo para el que se ha sido elegido, no ha de ser motivo de vanagloria, sino una respuesta agradecida al Dios amor y bondad que sostiene la existencia y un compromiso firme contra todo lo que destruye al ser humano.

La regla de conducta comunitaria ha de ser, por tanto, la gratuidad, la disponibilidad absoluta para darlo todo sin esperar nada a cambio. La fe en Jesús se aquilata en esa respuesta. La inutilidad del siervo/a no responde a su incapacidad para llevar a cabo su trabajo, ni a una humildad impotente ante la realidad. La sentencia final del relato invita, por el contrario, a vivir con honestidad y sencillez el camino de seguimiento, respondiendo desde lo mejor de cada una/o sin claudicar en la acogida y el perdón, sin buscar el poder ni cerrar las puertas a la esperanza.

Carmen Soto Varela

Fuente Fe Adulta

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Cauces por los que la vida fluye.

Domingo, 6 de octubre de 2019

tumblr_oilew1kwpn1ueyd50o1_1280Domingo XXVII del Tiempo Ordinario

6 octubre 2019

Lc 17, 5-10

A veces, el mejor modo de malinterpretar una parábola –ocurre lo mismo con los mitos– es tomarla literalmente, olvidando que se trata de un texto simbólico que apunta siempre más allá de la propia literalidad.

Así, por ejemplo, la expresión: “soy un siervo inútil” resulta intencionadamente provocativa. Tomada al pie de la letra evoca sumisión, sometimiento, desvalorización de sí e incluso afirmación de la propia indignidad. Todas ellas actitudes completamente erradas y nefastas en sus consecuencias, aunque el poder de turno haya tratado siempre de alimentarlas, como medio de dominio absoluto.

La abolición de la esclavitud y la búsqueda de superación de todo tipo de servilismo constituyen un logro irrenunciable que es preciso salvaguardar frente a cualquier forma de prepotencia.

Pero la parábola no va por ahí, por más que, en la época en que se pronuncia, los trabajadores del campo vivieran en régimen de cuasi esclavitud. A partir de esta experiencia cotidiana, el relato incide en la cuestión de nuestra identidad.

En el contexto religioso teísta en el que nace, la pregunta se formulaba de este modo: ¿Quién soy yo ante Dios? Y la parábola responde: Un siervo inútil que solo ha hecho lo que tenía que hacer. Bien entendida, la respuesta es sabia: soy alguien en quien Dios se expresa con libertad, una manifestación de la misma divinidad.

Sin embargo, la trampa estaba acechando desde el primer momento…, en cuanto alguien pensara en Dios como un “Ser” separado, tal como ocurre en el teísmo. No porque no sea legítima la forma de dirigirse a Dios como un “Tú”, sino porque se absolutice esa imagen. El resultado –podrían encontrarse muchos casos en que ocurrió así– no varía mucho de lo que se viviría ante un “patrón” humano: un sentimiento radical de indignidad ante Dios que, más allá de la intención del creyente, viciaría irremediablemente la vivencia espiritual.

Leída desde una clave espiritual, que evita la trampa mencionada, la parábola se vuelve luminosa: la apropiación carece de sentido porque no existe ningún yo hacedor.

Sabemos que la apropiación es el mecanismo que da lugar al nacimiento del yo –eso ocurre en cuanto la mente se apropia de sus contenidos– y lo caracteriza: el yo no puede creer que existe si no es a través de aquello –material o inmaterial– de lo que se apropia.

La comprensión hace ver que no existe tal “yo”: somos consciencia que se está expresando a través de esta “forma” (persona). Ignorarlo es confusión. Al comprenderlo, dejamos de identificarnos con el yo separado, al que reconocemos como simple “cauce” o canal por el que la consciencia se expresa. Tal reconocimiento, que lleva a decir: “Aquí no hay «nadie» consistente”, nos libera de toda idea de mérito y, con ello, del orgullo. No haces nada; todo se hace en ti. Y verás que todo “encaja” admirablemente en cuanto te reconozcas como la consciencia una que compartes con todos los seres.

¿Vivo identificado con el yo o me reconozco como consciencia?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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No es lo mismo fe que doctrina

Domingo, 6 de octubre de 2019

cristo-cerezo-720_560x280Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Auméntanos la fe. no es lo mismo fe que doctrina

            Los apóstoles piden a Jesús que les aumente la fe, que no significa que les aumente la doctrina o les dé unas cuantas clases de teología.

doctrina

            La doctrina, la teología son la formulación, la expresión de la fe, de lo que creemos. Lo primero y primario es la fe, luego vendrán las doctrinas, formulaciones, catequesis, etc.

            De ahí que uno puede saber mucha doctrina o teología y no ser creyente. Probablemente es lo que les pasaba a los apóstoles: sabían toda la doctrina, pero tenían poca fe, por lo que le piden a Jesús: auméntanos la fe.

Fe

            Es la confianza total en la vida, en Dios. Fe cristiana es la experiencia personal de la misericordia de Dios Padre.

            La fe no es una cuestión de cantidad de doctrinas o catecismos, sino la calidad de nuestra relación con Dios y con la vida. La fe es, ante todo, confianza inquebrantable en Dios. Fe es vivir confiando en la bondad de Dios.

Si la fe te causa miedo, no es fe, sino un subproducto religioso. Recordemos aquella parte de la oración de Teilhard:

Cuanto te deprima e inquiete es falso.

Te lo aseguro en el nombre

de las leyes de la vida

y de las promesas de Dios.

Por eso,

cuando te sientas apesadumbrado, triste,

adora y confía.

Uno de los sentidos de la palabra fe es confianza. Un creyente se fía de Dios, confía en Dios. Sé de quién me he fiado, dice la tradición de San Pablo. (2Tim 1,12).

            La vida transcurre con entereza y se realiza con esperanza cuando vivimos en la confianza (fe) como actitud existencial.

            Cuando digo -sin palabras- “yo creo”, estoy afirmando que confío, me fío. La vida necesita y merece “credentidad” de ser vivida.

            Creer es confiar en el Señor (¡no tenerle miedo!). Más que creer en Dios, “creemos a Dios”, confiamos en Dios.

  1. El ser humano necesita creer para vivir.

            La fe, lo que uno piensa y cree es lo más central de la existencia humana. Necesitamos creer, confiar en algo o en Alguien para vivir humanamente. Nos podremos equivocar de dioses (ídolos) y de fe, pero necesitamos ambos para vivir. El mismo Nietzsche (ateo macizo) decía: “mejor cualquier fe a ninguna fe”.

La fe -lo que creemos- ilumina toda nuestra vida, todas nuestras opciones, todos nuestros pasos. Vivimos de lo que creemos. Quien cree (fe) en la patria, en el dinero, en el poder, toda su vida se ve coloreada por tal fe y uno vive “por y para” esa realidad en la que ha puesto su confianza.

Podríamos traducir la expresión de Habacuc y de San Pablo por: “uno vive de lo que cree y para lo que cree”. El justo, el ser humano vive por la fe.

Vivir en una permanente desconfianza es casi imposible. Para vivir hay que creer (confiar) en la vida, en los demás, en Dios. Lo problemático en la vida no es confiar, sino desconfiar. Nos es necesaria la fe, alguna fe, para vivir equilibradamente como personas.

  1. Crisis de fe y crisis de creencias

            De unas décadas a esta parte, los sectores más ultraconservadores de la iglesia han echado en cara que muchos católicos, sobre todo los que amamos y vivimos el Concilio Vaticano II, que estamos sumidos en una crisis de fe y la hemos echado a perder, cuando en realidad el Concilio promovió un cambio de formulaciones, de expresiones, es una crisis, el Concilio y la vida eclesial de las comunidades cristianas fueron un crisol donde se purificaron ciertas creencias y formas que impiden que la fe en el Señor siga viva hoy en día.

            Cuando se nos echa en cara que no tenemos fe, lo que hemos hecho ha sido un cambio de creencias (así lo expresaba Ortega y Gasset en su momento), de formulaciones, de estructuras.

A la fe no vamos a volver retornando a las posturas más intransigentes, cuando no fanáticas de “palo y tente tieso”. [1] La misericordia es mejor que el fanatismo, “mejor con miel que con hiel”, dice un proverbio castellano.

  1. La confianza como tono vital.

            En momentos de crisis personales, de depresión, de crisis eclesiásticas la vía de salida está en la confianza en Dios y en los demás. La solución a estas crisis no está en la quincallería eclesiástica, sino en la confianza en la misericordia de Dios.

            Y la fe acontece en la profundidad e intimidad de la propia conciencia. La confianza, el amor acontecen desde lo más profundo de nuestro ser y ahí hallamos una inmensa paz y serenidad

Si tuviéseis fe como una pequeña semilla de mostaza…

            La semilla es pequeña, débil, pero llena de vida. Es como el sentido de la vida: algo muy tenue, muy frágil, pero lleno de vida que impregna la existencia de horizonte y sentido.

            No hacen faltan grandes alardes ni concentraciones para confiar, para creer. La fe acontece en la sencillez de la vida cotidiana, en la confianza matrimonial, en el silencio interior de la noche (quizás personal), en la soledad (comunitaria) de la celda de la vida monacal. La fe es tan fuerte, porque es tan sencilla, la fe es la semilla en la tierra de nuestra vida.

  1. Acojamos y generemos confianza

La confianza es buena, hace bien, sana. Pongamos nuestra existencia en Dios, confiemos y generemos confianza y paz en nuestro derredor.

Abiertos al ser, a Dios, a Cristo digamos el acto de fe:

¡Señor, auméntanos la fe!

[1] Con la nueva situación que nos ofrece el obispo de Roma, Francisco, la intransigencia casi fanática de la doctrina (que no verdad) ha dejado paso a la bondad y la misericordia. La Iglesia está dejando de ser un tribunal inquisicional y está pasando a ser un redil, un hogar, un lugar de misericordia.

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“Simplificando”, por Gonzalo Haya

Miércoles, 18 de septiembre de 2019

lo-que-creo-que-creoNo creo que me quede mucho tiempo para explorar caminos nuevos en este laberinto conceptual de nuestras creencias, por eso, en unos días de ejercicios espirituales, he intentado sacar una fotografía aérea de la estructura de este laberinto.

Hace ya más de diez años, fui redactando lo que luego publiqué como “Lo que creo que creo”, en el que describía mis búsquedas al volver a la teología después de más de veinte años de abandono. Ahora quizás se trate de escribir de forma simplificada “Lo que creo que creo II”..

  1. Lo que creo que creo

Interpretación de interpretaciones y todo interpretación. No podemos conocer la esencia de las cosas (ignotum X, La ley del universo); al menos no podemos conocerla con nuestra razón discursiva (l`esprit de géometrie), solamente interpretarla de una manera coherente y equilibrada, común para la mayoría (más o menos). Podemos percibirla por connaturalidad, (l`esprit de finesse), porque formamos parte de esa realidad última; podemos percibirla, pero no podemos explicarla, solamente expresarla con símbolos, en poesía, y con nuestra propia vida. La experiencia ética es lo más firme de  mis creencias.

  1. Vivimos cómodamente instalados en un sistema injusto, basado en la marginación y en la explotación de los más débiles.
  1. “Al final de la vida te examinarán del amor”

San Juan de la cruz, tan ortodoxo él, cayó en la cuenta de que la Inquisición podía examinar con lupa todos sus escritos, pero Dios sólo le examinaría del amor (y él lo practicaba en los hospitales, cuidando a los enfermos, y fregando sus bacinicas).

El evangelio de Mateo atribuye a Jesús algo parecido a lo de san Juan de la cruz: “porque tuve hambre y me diste de comer…”. Marcos, Mateo y Lucas nos cuentan que Jesús, en territorio pagano, curó a un endemoniado; el hombre quiso quedarse con él como los demás discípulos, pero Jesús lo envió a contar a los suyos “todo lo que el Señor ha hecho contigo y cómo ha tenido compasión de ti”. Esta fue toda la preparación de este catequista (apóstol, diácono, o como queramos interpretarlo).

Más que cualquier plano o brújula, para rastrear el camino, nos guiará el aroma  que exhala un amor gratuito y universal. Ese es el guía de la gente sencilla: “Te doy gracias, Padre… porque has ocultado estas cosas a los entendidos y  se las revelaste a los ignorantes”.  

  1. Tres principios interactúan en la orientación práctica y teórica de mi vida

El ejemplo de Jesús de Nazaret, Los Signos de los tiempos, y mi conciencia.

Ninguno de los tres es suficiente en sí mismo. Jesús nos ha llegado muy filtrado por las interpretaciones de las primeras comunidades cristianas, y no conoció los problemas del siglo XXI. Los Signos de los tiempos son muy ambiguos y se prestan a diversas interpretaciones. La conciencia es la voz de Dios, o su misma presencia con la que nos identificamos; pero fácilmente manipulable por nuestros egoísmos. Las tres interpretaciones (como imágenes superpuestas) nos ayudan a perfilar la imagen resultante. Al final quien decide, mejor o peor, es la propia conciencia. ¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

  1. Las religiones, y muchas creencias, son métodos socialmente compartidos de comunicarnos con lo Trascendente.

Ahora nos comunicamos con Dios personalmente “confusamente, como por medio de un espejo”, y socialmente mediante unas normas y ritos, basados en unas creencias. La manera más concreta de comunicarnos con Dios, tanto los creyentes como los no creyentes, es cuidando, compartiendo, y defendiendo a los más necesitados.

  1. “Fiarse de Dios y reírse de uno mismo“

Como resumen de este resumen, me quedo con la acertada expresión de José María Díez Alegría: “Fiarse de Dios y reírse de uno mismo“. (¿Qué Dios? El, La, Lo Trascendente).

Gonzalo Haya

Fuente Fe Adulta

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La Cruz Gloriosa

Sábado, 14 de septiembre de 2019

Celebrar la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz significa tomar conciencia en nuestra vida del amor de Dios Padre, que no ha dudado en enviarnos a Cristo Jesús: el Hijo que, despojado de su esplendor divino y hecho semejante a nosotros los hombres, dio su vida en la cruz por cada ser humano, creyente o incrédulo (cf. Flp 2,6-11). La cruz se vuelve el espejo en el que, reflejando nuestra imagen, podemos volver a encontrar el verdadero significado de la vida, las puertas de la esperanza, el lugar de la comunión renovada con Dios.

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Estaríamos enajenados hasta el punto de permitirnos el lujo de buscar a Dios, en las horas cómodas del ocio, en templos lujosos, en liturgias pomposas y a menudo vacías, y de no verle, oírle y servirle allí dónde está, y nos espera, y exige nuestra presencia: en la humanidad, en el pobre, en el oprimido, en la víctima de la injusticia de la que somos, muy a menudo,  cómplices?

 

*

Don Helder Camara,
Un pensamiento para cada día”,
Médiaspaul, 2010

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Jesus in Love

***

Orar, es penetrar despacio, tranquilamente,
En el silencio de Dios,
Dejar a Dios darse y darme su silencio,
Para que pueda dejar mi corazón
latir al unísono del suyo,
dejar mi respiración entrar
En la respiración de Dios,
Dejarme penetrar por Su presencia,
Darme cuenta cada vez más
de que Dios está dentro de mí,
No, evidentemente, para evitar a mis hermanos
Sino para llevarles más,
Porque es verdaderamente imposible acercarse al crucificado
Sin acercarse a los crucificados del mundo entero.

*

Jean Vannier

***

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Jesús conquista a los hombres por la cruz, que se convierte en el centro de atracción, de salvación para toda la humanidad.

Quien no se rinde a Cristo crucificado y no cree en él no puede obtener la salvación. El hombre es redimido en el signo bendito de la cruz de Cristo: en ese signo es bautizado, confirmado, absuelto.

El primer signo que la Iglesia traza sobre el recién nacido y el último con el que conforta y bendice al moribundo es siempre el santo signo de la cruz. No se trata de un gesto simbólico, sino de una gran realidad.

La vida cristiana nace de la cruz de su Señor, el cristiano es engendrado por el Crucificado, y sólo adhiriéndose a la cruz de su Señor, confiando en los méritos de su pasión, puede salvarse.

Ahora bien, la fe en Cristo crucificado debe hacernos dar otro paso. El cristiano, redimido por la cruz, debe convencerse de que su misma vida debe estar marcada – y no sólo de una manera simbólica- por la cruz del Señor, o sea, que debe llevar su impronta viva. Si Jesús ha llevado la cruz y en ella se inmoló, quien quiera ser discípulo suyo no puede elegir otro camino: es el único que conduce a la salvación porque es el único que nos configura con Cristo muerto y resucitado.

La consideración de la cruz nunca debe ser separada de la consideración de la resurrección, que es su consecuencia y su epílogo supremo. El cristiano no ha sido redimido por un muerto, sino por un Resucitado de la muerte en la cruz; por eso, el hecho de que Jesús llevara la cruz debe ser confortado siempre con el pensamiento del Cristo crucificado y por el del Cristo resucitado .

*

G. di S. M. Maddalena,
Infinita divina, Roma 1980, pp. 342ss

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , , , , , ,

“Ajuste fino del universo”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Miércoles, 14 de agosto de 2019

universo-hombre-300De su blog Nihil Obstat:

Con la expresión “ajuste fino” del universo se quiere decir que las leyes físicas que han dado como resultado la vida están finamente ajustadas, de tal manera que si variáramos alguna de ellas en un ínfimo porcentaje, la vida simplemente no existiría. En otras palabras, habitamos un universo extremadamente improbable, en el cual se ha desarrollado la vida compleja de una manera muy equilibrada. Este ajuste fino es sorprendente y da mucho que pensar. Pero no me parece que pueda considerarse una prueba concluyente de la existencia un Dios autor de tal ajuste. El mismo problema se plantea con la hipótesis del multiverso, o sea, con la hipótesis de que existan múltiples universos distintos del nuestro, resultado de otras combinaciones de las leyes de la física.

La afirmación de que la aparición de este universo “tal como lo tenemos”, que ha hecho posible la vida inteligencia, requiere de un ajuste fino, implica que la posibilidad de que aparezca este universo es prácticamente igual a cero. Y también implica que si se repitiera el proceso no volvería a ocurrir así. La cuestión es: “¿y eso que demuestra?”. Porque cualquier otra posibilidad o cualquier otro “modo” de ser del universo, aunque no hubiera dado origen a la vida, tiene iguales posibilidades de aparecer que el que tenemos. Por tanto, aparezca lo que aparezca, es algo que hubiera podido darse de otro modo, y las posibilidades de los otros modos son infinitas, mientras la posibilidad del que aparece es nula. Aparezca el universo que aparezca, requiere de un ajuste muy especial, muy único. Que aparezca la vida inteligente es igual de probable que el que aparezca otra cosa. Luego el ajuste fino vale para todo. Por tanto, no sirve como prueba de Dios. Porque también serviría como prueba de Dios decir que él ha pretendido otra cosa, la que hubiera aparecido en otras circunstancias.

La cuestión entonces no es el ajuste fino, sino la realidad. ¿Por qué hay algo y no nada? ¿Por qué hay realidad, la que sea, una realidad finita, que no es Dios, que es creatura? La interpretación teísta del ajuste fino es coherente y lógica, pero no concluyente. Para el que no crea en Dios, no prueba nada. Y el que cree, no cree por eso. Ocurre que el que cree, busca modos de entender su fe en coherencia con la realidad. Pero el que no cree también busca modos de entender su “no fe”, o mejor, su hipótesis de “otra fe” en coherencia con la realidad. Todos presuponemos una “fe” (creo que Dios existe; creo que Dios no existe), y desde ese presupuesto buscamos explicar lo real para que resulte coherente con el presupuesto, sobre todo si el presupuesto (el de la fe en Dios, por ejemplo) es considerado vital, decisivo, consustancial y necesario para mi vida.

Es lógico que, al contemplar este universo tan maravilloso, uno se plantee preguntas. Pero la pregunta última y decisiva no es por qué las cosas son así, sino por qué son. Por qué hay algo y no hay nada.

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“El Eros y el Tánatos”, por Fernando Jiménez.

Jueves, 18 de julio de 2019

961828b8Hay que reconocer que en nombre de la Fe religiosa (la Fe que alimenta a las distintas Religiones del planeta) se han cometido demasiadas tropelías, atropellos y abusos -a veces terribles- contra el pobre ser humano sencillo y de buena voluntad. Atropellos mucho más perversos e irritantes cuando muchas veces van envueltos de hipocresía, santurronería y beaterío.

Pero también tenemos que reconocer, si queremos ser justos, que por la Fe y la Religión, se ha derrochado en este mundo (por personas muchas veces silenciosas y socialmente insignificantes) mucho heroísmo, mucha generosidad, mucha rebeldía contra las injusticias perpetradas a los seres más desvalidos, mucha entrega hasta el sacrificio total de sí mismas…

No se puede decir que sea la Fe el único y el más genuino motor de todos los actos de “heroicidad moral y humana”. En la gnoseología del Psicoanálisis se piensa que el corazón humano –de cualquier cultura, religión o nacionalidad- está permanentemente impulsado y azuzado por una doble fuerza: el Eros, que es la fuerza del amor y del bien, y el Tánatos, que es la fuerza destructora, la del mal y la muerte. Y en cualquier momento, según imprevisibles circunstancias, el corazón se volcará, con todo su potencial energético, hacia el egoísmo, el odio, la agresividad, el aprovechamiento y sometimiento de quien sea…, o podrá movilizar todo su potencial (apoyándose en muchos casos en la inspiración que le aporta su Fe y la Religión que profesa) hacia la generosidad, la bondad, la creatividad, la solidaridad, puestas al servicio del amor y de la vida.

Lo que, expresado también desde el sistema mental que diseña la teoría del maestro Alfred Adler, se podría decir que todos los “animales humanos” (animal rationalis de Aristóteles) podemos actuar impulsados por la potente fuerza biológica puesta al servicio salvaje y egoísta del YO, o movilizarla, encauzarla y dirigirla en nuestras actuaciones y decisiones al servicio del NOSOTROS (que en la simbología cristiana se representa con la celebración de la Eucaristía).

Desde este doble esquema mental se puede significar y comprender lo que diferencia al héroe del malvado. Y es necesario, para nuestra recta autogestión, tener siempre presente que en cualquier persona humana, coexisten potencialmente un héroe y un malvado. Precisamente la función de la Religión es la de apoyar, dirigir, alentar, reforzar y mantener los motores primarios del instinto al servicio del Eros. Es decir: al servicio del Amor y de la Vida celebrado en un eucarístico nosotros.

En 1932 el filósofo Bergson publicó su tratado Las dos Fuentes de la Religión y la Moral. En este escrito contrapone dos especies de moral: la Moral de Obligación, (implica sufrimiento, sumisión, culpabilidad con la Mirada puesta en el mal) y la Moral de Aspiración (implica ilusión, motivación, libertad con la mirada puesta en el bien y en los valores)

Hay muchos testimonios históricos y personales para pensar que cuando la pedagogía y la educación se inspiran, se diseñan y se fundamentan en una Moral de Obligación, la fuerza del instinto reprimido termina reventando las costuras del corsé moral y escapándose obcecadamente por cualquier resquicio, con las consecuencias tan nefastas como las que actualmente nos están tan desoladoramente arrasando.

Pero también he tenido constancia, con testimonios psicológica y terapéuticamente conocidos y confirmados, de que una auténtica Moral de Aspiración, consciente y libremente adoptada –no impuesta amenazadoramente-, permanentemente revisada, interiorizada y alimentada, logra canalizar la fuerza del instinto, en un proceso de sublimación, hacia realizaciones del Eros, en beneficio madurativo y humano para la autorrealización singular de la propia persona, y en realizaciones solidarias, benéficas y constructivas para la Humanidad.

Fernando Jiménez Hernández Pinzón

Fuente Fe Adulta

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“Demasiados cuentos y secretos en la Iglesia”, por Antonio Aradillas

Lunes, 15 de julio de 2019

Gargola_2132196832_13690372_660x371“En la Iglesia hay mucho cuento. Y muchos cuenta cuentos y cuentistas”

“Los cuentos-cuentos ni son ni hacen Iglesia. A esta la hacen los evangelios, con sus parábolas”

“El progreso relativo a la cultura eclesiástica apenas si sobrepasa los límites de la niñez, ni en su contenido ni en la expresión e interpretación de los signos”

“El secreto campea en la Iglesia, patroneando también doctrinas y comportamientos jerárquicos, con tranquilidad de conciencia y con la seguridad de que nadie se atreverá a ‘corregirles la plana'”

En la Iglesia hay mucho cuento. Y muchos cuenta cuentos y cuentistas. Y, por supuesto, chismorreros y enredadores a los que el inefable y bendito papa Francisco les tiene sempiternamente reservadas determinantes palabras de fustigaciones y de censura, pese a la gran capacidad de misericordia que le anima y define.

El cuento no es otra cosa, nada más y nada menos, que “una narración breve, de sucesos ficticios, especialmente la que va dirigida a los niños”-. “Vivir del cuento”, “el cuento de nunca acabar” y “cuento chino” –embuste o invención-, son expresiones que tejen “de luz y de color” la vida diaria, y también la de la Iglesia. El de “Jesusito de mi vida”, “Cuatro esquinitas tiene mi cama”, y “el Demonio a la oreja te está diciendo…”, configuran todavía gran parte de la solidez de la formación- información “religiosa”, que extendió y afincó las catequesis oficiales y familiares que ilustran a los educandos en materias de fe y costumbres. No es exagerado aseverar que, de cualquier ciencia, consciencia o asignatura de la vida se dispone de mayores y más firmes convencimientos, que de cuanto se relaciona de alguna manera con la religión en general, con inclusión de la cristiana y con los evangelios.

El progreso relativo a la cultura eclesiástica apenas si sobrepasa los límites de la niñez, ni en su contenido ni en la expresión e interpretación de los signos, por sacramentales que sean. Lo de la “fe adulta” y otras lindezas “religiosas”, así como “dar testimonio y razón de la fe que se profesa”, apenas si es patrocinado por grupos piadosos, por “selectos” que aparenten ser, con excepción de los que por oficio, por “vocación” o por lo que sea, formen parte integrante de la clerecía.

La nota en “Religión” que podría calificar debidamente a la mayoría de los cristianos, con piedad y misericordia rozaría la del “aprobado”. Los “suspensos” valorarían el grado de insuficiencia de los conocimientos, académicos o no, de muchos cristianos, incluidos no pocos clérigos que, con lo del Vaticano II, perdieron el curso, la carrera y hasta la “vocación”.

Los cuentos-cuentos ni son ni hacen Iglesia. A esta la hacen los evangelios, con sus parábolas que, narradas, vividas y testimoniadas por Jesús, son capítulos de su historia y de su doctrina fácilmente inteligibles para quienes están a la escucha, equipados además con la gracia de Dios. Los cuentos y las fantasías “piadosas” que hoy se nos siguen narrando y de las que se dice que alimentan la fe, se parecen muy poco, o no tienen parangón con lo que nos contó Jesús en sus parábolas…

Pero, además de cuentos y en proporción similar, a la Iglesia le sobran secretos. Entre unas cosas y otras, con nombres o sobrenombres distintos, hasta sacramentalizar a algunos como “sigilos” –“algo que se guarda bajo sello”- el secreto campea en la Iglesia, patroneando también doctrinas y comportamientos jerárquicos, con tranquilidad de conciencia y con la seguridad de que nadie se atreverá a “corregirles la plana” y menos a desobedecer, atormentados sistemáticamente con los “castigos eternos”

Diríase que el –los-secretos son patrimonio substancial de la Iglesia. Ninguna institución hay en el mundo que, al igual que ella, los defienda y acorace con tanta devoción y asentamiento, realismos y crudeza, de tal forma que parece ser esta “doctrina común” y con aspiraciones a dogma. El hecho es que en la Iglesia se sabe poco, muy poco. El silencio en ella es virtud institucional y más en quienes están convencidos de ser y actuar como únicos representantes. Romper, o contribuir a romper, este silencio eclesiástico, es considerado como pecado grave. Muy grave.

Para los partidarios de la transparencia, de las puertas y ventanas abiertas, de los brazos-abrazos, de los oídos sensibles y dispuestos a escuchar las críticas y los reproches, y los de descerrajar los “santuarios” en los que se les dé culto al silencio, dejar pasar años y años hasta que las llaves de los archivos resulten ser inservibles, no es pecado, sino una estimada virtud, adscrita al grupo que impunemente se dice capitaneado por la prudencia y la ortodoxia.

Pero, por poner un ejemplo, ¿qué es – o era- eso del “Tercer Secreto de Fátima”, guardado bajo siete llaves pontificias, nada menos que en el Santo Oficio, y que por fin abrió Juan XXIII el año 1963, a quien el todopoderoso cardenal Ottaviani le entregó el sobre lacrado, con conciencia de haber sido antes expurgado el texto, en el que lo más importante y digno de “sagrada” reserva, era la “revelación” de que llegarían tiempos en los que “se declararían guerras entre cardenales y cardenales, y obispos contra otros obispos”, como si esto no fuera, y siga siendo, noticia espectacular y exclusiva, también en la Iglesia?,

A la Iglesia, y en mayor proporción a la formada y reformada a tenor de las revelaciones hechas por la Virgen a los niños, y a Sor Lucía, le sobran secretos y miedos. Y es que Nuestra Santa Madre la Iglesia se asienta y afianza en la claridad, en la esperanza, y no en la obscuridad y en los miedos.

Pero de estos miedos, y del cuento del celibato, reflexionaremos otro día.

Antonio Aradillas

Fuente Religión Digital

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Alegría

Miércoles, 12 de junio de 2019

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La alegría es esencial en la vida espiritual. Si pensamos o decimos cualquier cosa de Dios y no lo hacemos con alegría, nuestros pensamientos y nuestras acciones serán estériles. Podemos ser infelices por muchas causas, pero podemos encontrar aún alegría, porque ésta procede de saber que Dios nos ama. Estamos inclinados a pensar que cuando estamos tristes no podemos estar contentos, pero en la vida de una persona que pone a Dios en el centro pueden coexistir el dolor y la alegría. No resulta fácil de comprender, pero cuando pensamos en alguna de nuestras experiencias más profundas, como asistir al nacimiento de un niño o a la muerte de un amigo, con frecuencia forman parte de la misma experiencia un gran dolor y una gran alegría, y descubrimos a menudo la alegría en medio del dolor.

Recuerdo los momentos más dolorosos de mi vida como momentos en los que he llegado a ser consciente de una realidad espiritual mucho más grande que yo, y que me permitía vivir mi dolor con esperanza.

Incluso me atrevo a decir: «Mi dolor fue el lugar en el que encontré mi alegría». La alegría no es cualquier cosa que simplemente nos sucede. Debemos elegir la alegría y seguir eligiéndola cada día. Se trata de una elección basada en el conocimiento de que pertenecemos a Dios y hemos encontrado en Dios nuestro refugio y nuestra salvación, y que nada, ni siquiera la muerte, nos lo puede arrebatar.

***

H. J. M. Nouwen,
Vivere ne lo Spirito,
Brescia 1998\ pp. 17s

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Dichosos los que creen sin haber visto ( Jn 20, 29)

Domingo, 28 de abril de 2019
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(Fuente foto: Olympus Digital Camera)

 

Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacedlos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre de ellos,
y sólo para ti quiero tenerlos.

Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.

*

San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual, estrofas 10 y 11

***

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

“Paz a vosotros.”

Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

– “Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.”

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

“Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

– “Hemos visto al Señor.”

Pero él les contesto:

– “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.”

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: “Paz a vosotros.”

Luego dijo a Tomás:

– “Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.”

Contestó Tomás:

“¡ Señor mío y Dios mío!”

Jesús le dijo:

“¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.”

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

*

Juan 20, 19-31

***

 

¡Encontrar a Dios! Mira, estoy sin luz. Me parece que podría decir frases bonitas (y entusiasmarme con ellas), pero justamente pronunciadas demasiado deprisa, de manera superficial. Me encuentro en una situación en la que mi creer ya no se me presenta como un conocer algo sobre Dios, como un «Credo», sino como la piedra de toque de mi fe. Si yo creyera de verdad, ¿seguiría siendo aún presa de insignificantes contrariedades con tanta frecuencia? No, entonces nada sería objeto de desprecio, sino que todo quedaría iluminado por este inimaginable y rico cumplimiento de todo. En consecuencia, es mi fe la que tiene que ser reanimada…

Pero ¿dónde se encuentra su debilidad? Creo, a buen seguro, que Jesús es Dios que ha venido entre nosotros y ha dado vida a mi vida. Creo, ciertamente, en Jesús, verdadero hombre, que murió crucificado y resucitó de entre los muertos: como Dios verdadero, «la muerte ya no tiene poder sobre él». Sí, Jesús, creo que has resucitado. Tú, el Hijo de Dios encarnado, «la fidelidad encarnada de Dios», has resucitado con tu cuerpo de hombre. Creo que has vencido a la muerte, también la mía. ¿Pero creo de una manera vital en esta resurrección de la carne, de mi carne, como afirmo en el Credo? ¿Justamente como la vivió Jesús y como la leo en los cuatro evangelios? No entraré de verdad en la resurrección de Jesús más que si digo un «sí» incondicional a mi resurrección. Este «sí» a mi destino personal es el que debo pronunciar antes que nada, más allá de todas las falsas apariencia de los sentidos, un «sí» a un «yo que continúa en una vida nueva».

Es preciso que mi voluntad se comprometa con este «sí» a mi supervivencia gloriosa, para aue mi «sí» a Cristo sea algo diferente a un simple sonido vocal.

*

Jacques Loew,
Dios incontro alí’uomo,
Milán 1985, pp. 164-167, passim.

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“La Semana Santa. ¿Es turismo, es vacaciones, es procesiones, es política turística o es fe?”, por Faustino Vilabrille

Jueves, 18 de abril de 2019

pintadaLeído en su blog:

El arzobispo de Oviedo permite que Vox arranque su campaña en la Santina de Covadonga (Reli.Digital 11/04/19)

Sin conciencia crítica ante la realidad concreta de cada situación histórica, es imposible una fe adulta y madura coherente con el Evangelio

Todos sabemos muy bien que la fe sin compromiso no es fe aunque se vista de ropajes, capuchones, películas, imágenes, procesiones, tambores y teatros.Todos los años vemos a muchas personas participar en las celebraciones de la llamada Semana Santa, cada vez más en procesiones de siempre e incluso inventando otras nuevas, pero lamentablemente cada vez menos en las celebraciones que le deberían dar verdadero sentido. La gente no es culpable de actuar así, es víctima de lo que le hemos enseñado desde la oficialidad de la religión.

Lo que le sucedió a Jesús en los acontecimientos que celebramos en Semana Santa tenemos que traducirlo y aplicarlo a la realidad de nuestro tiempo, incluso hasta la muerte por las mismas causas por las que El fue asesinado.

Las procesiones de Semana Santa en los países desarrollados apenas hacen otra cosa que alimentar sentimentalismos, exhibiciones, turismo y presunciones, con gastos cuantiosos en imágenes, ropajes, músicas, viajes, etc. mientras Jesucristo está lleno de hambre, de enfermedad, de frío y miseria en millones de personas concretas: todo esto es completamente contrario al mensaje de Jesús. Esto no tiene nada que ver con lo que fue la realidad de la vida de Jesús desde el Domingo de Ramos al Domingo de Pascua. Todo ese gasto y esfuerzo es absurdo y debería dedicarse todo a los empobrecidos de Africa, Suramérica, la India, Bangladés, etc., así como a denunciar las causas y los causantes de los mismos.

1.-DOMINGO DE RAMOS: Manifestación a favor de Jesús

 Jesús recibe un homenaje popular de gente que lo aclama, pero no de todos.

1.-Lo recibe de los pobres en quienes despertó la esperanza de una vida más digna.

2.-Lo recibe de los muchos enfermos a quienes devolvió la salud.

3.-Lo recibe de los muchos hambrientos a quienes dio de comer.

4.-Lo recibe de las mujeres más marginadas y despreciadas a quienes devolvió autoestima, dignidad y sentido de la vida.

5.-Lo recibe de quienes tenían hambre y sed de justicia, que fueron capaces de dejarlo todo para seguirlo.

6.-Lo recibe de los niños que se sienten atraídos por El porque los defendía, los bendecía y abrazaba.

Pero a este homenaje se oponían furiosos todos aquellos a los que Jesús había denunciado: los fariseos, los sumos sacerdotes, los escribas y los letrados. Eran todos aquellos que vivían a costa de los demás, que se atreven a decirle a Jesús: “mándales callar”. Todos estos fueron los que lo llevaron a ser condenado a muerte de cruz, la más dolorosa y cruel de aquellos tiempos.

¿A quiénes debemos denunciar hoy? ¿Quiénes son los que hoy rechazan a Jesús?  ¿Quiénes son y dónde están?:

1.-Los grandes Bancos y Banqueros con sus Multinacionales, explotadoras del Hombre y la Madre-Tierra.

2.-Los paraísos fiscales, que solo son para los ricos, donde guardan el dinero robado a los pobres.

3.-Los que gestionan sus dineros a través de las SICAV en España, que solo tributan al 1 %. y acumulan 31.000 millones de €.

4-Los parlamentarios que aprueban leyes injustas a favor de si mismos y de los de arriba con grave detrimento para los de abajo.

5.-Los políticos que lejos de concebirla como servicio al pueblo, buscan en ella  una profesión para vivir.

6.-Los ricos de los países ricos que son ricos a costa de los pobres, porque ninguna riqueza es inocente.

7.-Los ricos de los países pobres, como pasa con algunos gobernantes africanos, inmensamente ricos en medio de millones de pobres:

-Eduardo Dos Santos, Angola: 20.000 millones de $, y su hija Isabelita 3400 millones de $. IDH de 0,533, muy bajo.

Mahamed VI, Marruecos: 2800 millones de $. IDH 0,630 notablemente bajo.

-Bongo Ondimba, Gabón: 2000 millones de $. 0,IDH 684 notablemente bajo.

-Teodoro Obiang , Guinea Ecuatorial: 600 millones de $. IDH 0,591 muy bajo.

8.-Los propios países ricos que lo somos a costa de explotar las tierras y las materias primas de los países pobres, pues la riqueza de los ricos es la miseria de los pobres.

9.-Los gobiernos corruptos de los países pobres que, confabulados y corrompidos por las Multinacionales corruptoras, les quitan las tierras a sus propios campesinos, obligándolos a huir de ellas o emigrar, incluso apoyadas por los ejércitos, la policía o los sicarios de los países pobres. En los últimos años han pasado a manos de las multinacionales más de 227 millones de hectáreas, principalmente en Africa y Suramérica, solo en fincas mayores de 1000 hectáreas, con el agravante de ser dedicadas a monocultivos, con el consiguiente daño grave también para el medioambiente. Los africanos viven cada vez más   en un continente propiedad de Europeos, Chinos, Japoneses, y  norteamericanos, mediante el soborno de gobiernos y políticos africanos.

 10.-Los jueces que a veces suavizan al máximo las sentencias para los de arriba y las endurecen sin contemplaciones para los de abajo.

11.-Los Cardenales, Obispos y asimilados, que siempre los vemos en procesiones pero nunca con el pueblo en manifestaciones en la calle contra los desahucios, los paraísos fiscales, los empresarios y políticos corruptos, la privatización de lo público, los recortes en sanidad y los servicios sociales, el fraude fiscal, los salarios de pobreza, la defensa de los inmigrantes, la violencia de género, los ataques cada vez más masivos al medioambiente,  los gastos sanguinarios militares y el nefando comercio mundial de armas, el espolio de las materias primas de los países pobres, la desigualdad cada vez más grande entre ricos y pobres, el comercio criminal de la droga, la trata infame de seres humanos, etc. Jesucristo  optó preferencialmente por los más pobres e indefensos. Sin conciencia crítica ante la realidad concreta de cada situación histórica, es imposible una fe adulta y madura coherente con el Evangelio: la fe de esos señores ¿es coherente con el Evangelio?

Suelen decir que no entran en política y que son neutrales, pero en esta campaña que está empezando el Arzobispo de Oviedo autoriza a Vox a presentar su campaña delante de la Santina de Covadonga, “una formación política ultraconservadora, y que ya ha manifestado, en varias ocasiones, su desacuerdo con la pastoral del Papa Francisco en lo tocante a la acogida, los inmigrantes o la defensa de valores compartidos” (Ver Religión Digital 11/04/2019). 

El mensaje de Jesucristo: Hay un hecho muy importante en el mensaje y en las palabras de Jesús que los Evangelios destacan sobremanera: la sensibilidad y el compromiso extraordinario de Jesús ante los sufrimientos, el dolor, el desamparo y necesidades de los demás, y muy especialmente si estos son pobres e indefensos, hasta el punto de haber sentenciado: “dichosos los perseguidos por causa de la justicia, dichosos los que tienen hambre y sed de justicia”.

Esta es la tarea más importante a la que debería dedicarse toda la Iglesia, no con asistencialismo sedante a los empobrecidos, sino con compromiso liberador y transformador de tal manera que no haya ni opresores, ni oprimidos, ni ricos ni pobres, ni empobrecedores ni empobrecidos, ni amos ni esclavos, ni verdugos ni víctimas, para que se acaben de una vez los infiernos de este mundo, y “haya vida y vida en abundancia para todos, pues para esto yo he venido”, dice Jesús.

Un cordial abrazo a tod@s.-Faustino

faustino.vilabrille@gmail.com

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