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Entradas Etiquetadas ‘Ser’

Eres…

Martes, 28 de julio de 2020

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“Tú eres lo que queda

cuando desaparecen tus pensamientos”.

*

Pablo D’Ors

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad ,

Ser

Viernes, 24 de julio de 2020

Del blog Nova Bella:

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“Cada cosa quiere

la soledad de su ser”

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Baruch Spinoza

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , ,

Deseo

Martes, 30 de junio de 2020

Del blog Nova Bella:

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“Te deseo una primavera mejor

que te permita ser lo que eres.”

*

Maria Zambrano a Elena Croce

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , ,

Miguel Ángel Munárriz: ¿Quién soy yo?

Sábado, 27 de junio de 2020

interroganteComo decía José Enrique Ruiz de Galarreta, todo cuanto necesitamos saber para vivir con sentido está dicho en el evangelio. Por ejemplo, y en el caso que nos ocupa —quién soy—, del evangelio se desprende que somos Hijos y Herederos, y esta respuesta nos permite llenar nuestra vida y afrontar con esperanza nuestra muerte. No necesitamos más, pero nuestra mente nos empuja a buscar respuestas racionales, y —en el caso de los creyentes— a compaginar la fe con la razón. “Entiende para creer y cree para entender”, decía San Agustín, y eso es lo que vamos a intentar en los párrafos siguientes.

¿Quién soy?… ¿Qué parte de mí es la que conforma mi esencia, y qué parte es una simple posesión?…

Yo ya era yo cuando acababa de nacer, y lo seguiré siendo aunque me corten un brazo o pierda la razón. Antes “tenía” dos brazos y después solo uno, pero eso no cambia mi identidad. Antes “tenía” conciencia y después no, pero eso tampoco la cambia, lo que significa que “yo tengo” un cuerpo y un cerebro, pero que “no soy” ni lo uno ni lo otro. Cuando era un bebé no diferenciaba entre mí mismo y los demás, pero todos a mi alrededor admitían mi identidad. Después de la muerte ya no tendré ni cuerpo ni cerebro, pero seguiré siendo yo en la memoria de mi gente.

También “tengo” un conjunto de conocimientos que se va acrecentando con el paso del tiempo. Pero mis conocimientos no son yo, sino algo de mi posesión. Por mucho que cambien, yo seguiré siendo el mismo, y si pierdo la razón, perderé todo mi conocimiento, pero seguiré siendo yo. Y lo mismo ocurre con mi experiencia. Antes acumulaba poca experiencia y después mucha más: pero eso no cambia mi identidad.

Y tras este repaso a mis pertenencias ya sé lo que tengo, pero sigo sin saber lo que soy. Sé que no soy mi cerebro, ni mi cuerpo, ni mi experiencia de la vida, ni mis conocimientos (porque mientras ellos cambian o desaparecen, yo sigo siendo el mismo). No sé hasta qué punto soy mi capacidad de amar, o de vibrar con la belleza, o de sentir felicidad, o los valores arraigados en mí, o mi personalidad, o mi conciencia, o el conjunto de todo ello… pero en definitiva no sé lo que soy.

Ahora bien, al menos tengo una pista, pues si considero la parte material de mi ser (la cosa extensa) como una simple posesión, tendré que admitir que estoy hecho de sustancia inmaterial. La corriente filosófica que niega la materialidad de nuestro ser se llama idealismo, y como representantes más destacados podemos mencionar a Platón, Descartes, Leibniz, Berkeley, Kant, Fichte, Hegel o Schopenhauer.

Dicho esto, tratemos ahora de entroncar esta idea con nuestra fe. El cronista del capítulo segundo del Génesis nos dice que en nosotros sopla el viento de Dios, pero —según este razonamiento— quizás sería más oportuno decir que “somos” soplo de Dios; espíritu de Dios. Pero en nuestro mundo material, la única forma en que puede existir ese espíritu es encarnado, y esto significa que no puede haber amor en el mundo si no hay personas que amen y sean amadas; que el amor solo se manifiesta en las personas; solo se manifiesta encarnado. Yo soy soplo de Dios con todo lo que ello implica; amor, compasión, tolerancia, libertad… en busca de felicidad. Lo demás son mis pertenencias.

Sabemos que el cristianismo es dualista: cuerpo y alma. El cuerpo muere, pero el alma inmortal le sobrevive eternamente. Una idea preciosa que puede ser válida si se toma como símbolo o analogía, pero que difícilmente aguanta el razonamiento que acabamos de realizar. Si estamos destinados a vivir tras la muerte, lo razonable es pensar que sobreviviremos íntegros, sin mutilaciones, aunque perdamos aquellas posesiones que ya no necesitamos en esa vida.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Fuente Fe Adulta

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José Antonio Vázquez: El olvido del Ser, fundamento de la religión burguesa.

Lunes, 22 de junio de 2020

Ferdinand Hodler El buen samaritano, 1885La difusión en Occidente de una espiritualidad formalista y moralista, impulsada muchas veces desde el seno de las iglesias, y asociada a la defensa de formas sociales autoritarias e injustas, dio lugar a lo que el teólogo Metz denominaba la “religión burguesa”, una enfermedad espiritual y social, que se ha ido apoderando del cristianismo, cuando es, en realidad, su caricatura manipulada: una religiosidad privatizada e intimista al servicio de los ideales conformistas de los acomodados.

Esta “religión burguesa” no fue una enfermedad que afectó solo a ciertos cristianos poco comprometidos, pues, por desgracia sigue siendo, muchas veces, la sensibilidad dominante en el seno de algunas comunidades de las iglesias occidentales, también en sus grupos aparentemente más comprometidos, desde los más activos (centrados, a veces,  más en la propaganda casi con técnicas de marketing que en la promoción de la dignidad humana) a los más contemplativos (refugiados, en ocasiones, en una vida reducida a la oración, que es una evasión de la vida real y un descompromiso con los desfavorecidos).

El Concilio Vaticano II tomó conciencia de esta enfermedad en el seno de la iglesia católica e intentó poner remedio a la situación, volviendo a la experiencia cristiana de los orígenes, actualizada hoy, a la religión mesiánica o humanamente liberadora que el cristianismo es. Se animó a una “desclericalización” de la iglesia, para recuperar el valor de la koinonía (comunión y fraternidad) y el verdadero sentido del ministerio sacerdotal (al servicio de la comunión), se recuperó la dimensión social y liberadora del mensaje de Jesús, su opción por la defensa de la dignidad de la persona y de la justicia, con y desde los marginados;  se buscó desideologizar el anunció del mensaje, para redescubrir la experiencia espiritual que fundamenta la doctrina, se volvió pues a intentar que la mística fuera el centro del mensaje. Una mística de los ojos abiertos, solidaria, encarnada que llevara a una perspectiva universal, al diálogo interreligioso e intercultural, fundamento de la paz desde la justicia y el amor.

Con el Papa Francisco se ha recuperado y actualizado este proceso iniciado en el Vaticano II, obstaculizado por grupos ultraconservadores muy agresivos, protegidos durante los papados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. El papa Francisco se ha desvinculado de esos grupos y ha continuado la línea de reforma del Vaticano II, incluyendo ahora con más fuerza la preocupación ecológica y social, pero todavía queda mucho por hacer: Es indignante la situación de discriminación de la mujer dentro de la iglesia, el laicado sigue privado de su protagonismo con muy poca influencia real en la estructura de la institución, la insuficiente garantía de los derechos humanos dentro  de la institución ha favorecido los abusos espirituales (abusos de poder manipulando la conciencia) y sexuales dentro de la misma (muchos avisan de que solo estamos conociendo la punta del iceberg), lo que reclama una verdadera reforma estructural, hay que sanear también el discurso teológico y moral en puntos como la sexualidad, liberándolo de prejuicios sexófobos, homófobos y misóginos que  siguen presentes en no pocas ocasiones en la cultura eclesial…

La religión burguesa sigue estando muy presente en el seno de la institución, por lo que, para sostener toda la labor de reforma y saneamiento urgente, necesitamos una fundamentación muy fuerte en una experiencia espiritual auténtica. Santa Teresa de Jesús decía que son los frutos de amor, los que nos muestran si una experiencia espiritual es auténtica o no. Amor afectivo y efectivo diría San Bernardo de Claraval. Una mística de los ojos abiertos decía Metz.

Ya K. Rahner lo intuyó hace tiempo al decir que el cristiano del siglo XXI será místico o no será (frase que él escuchó a Raimon Panikkar).

Martin Velasco ha señalado como la Mística es una experiencia que se basa en el encuentro con el Misterio transcendente (de ahí deriva su nombre), en lo más profundo de la inmanencia, en el interior del mundo humano. Transcendencia hace referencia a algo abierto, algo que no está cerrado (inmanente), por ello, la mística entiende el encuentro con el Misterio como una experiencia que no está encerrada en la mente, es decir, que nos lleva al encuentro con el Ser,  con Dios para los cristianos. Por eso, la experiencia mística se realiza a través del amor, no del intelecto, incluye una dimensión cognitiva (presente siempre en el amor) pero la transciende, no se reduce todo a un cambio de conciencia, sino a una transformación del ser, una unión por el amor del ser humano con el ser divino y con toda la realidad, sin fusión ni separación.

La mística remite al Ser, a una realidad que transciende la conciencia (incluso la conciencia suprarracional), busca la unión respetando la alteridad. El gnosticismo, que es la enfermedad de la espiritualidad, remite solo a la conciencia, pues reduce todo lo real a la conciencia, una conciencia, así, encerrada en sí misma, inmanente pues, y no transcendente, que no considera real lo que está más allá de ella (el otro, la alteridad).

La mística remite a un camino espiritual integral que incluye y valora el cuerpo, las emociones, el cultivo de la razón, la contemplación, el compromiso ético personal, interpersonal y social en el encuentro con el Misterio, pues respeta la alteridad de cada ámbito en la unidad. Busca la unificación por integración. El gnosticismo tiende a focalizar, todo el camino espiritual, fundamentalmente, en la práctica de la meditación contemplativa buscando una iluminación que lo libere de la supuesta “ilusión” de la alteridad; el gnosticismo reduce la realidad de los otros y del Misterio, al negar su alteridad, encerrándose en una “gran” conciencia autocentrada, que pretende subsistir por sí misma y ser lo único real. El gnosticismo busca la unificación negando la alteridad y admitiendo solo una única realidad: la conciencia, que en esta visión es inmanente (encerrada en sí misma, pues no reconoce la plena realidad de lo que no es ella). Es la dictadura de la unidad frente a la pluralidad. La salvación- realización se logra, así, por el conocimiento (un conocimiento suprarracional) no por el amor, de ahí, el nombre de esta enfermedad espiritual: gnosticismo, de gnosis (conocimiento) como ha señalado Hans Jonas, experto en gnosticismo.

La mística al situar el fundamento de lo real en el Ser y no en la conciencia, sostiene una visión antropológica que prima la libertad sobre el intelecto. La libertad entendida como libertad ontológica, como apertura del ser humano al Ser (capax Dei, decía San Agustín, capacidad de abrirse y unirse al Ser), más que como libertad operativa (capacidad de elegir).

La tradición judeocristiana se caracteriza por esta visión que da primacía al Ser, siguiendo la revelación de Dios a Moisés como: “yo soy el que soy”. El Ser, en la síntesis que hizo Santo Tomas de la mística cristiana y la sabiduría filosófica, está más allá de la conciencia, es el acto de todos los actos (el fundamento de lo real), es transcendente (abierto, relacional) y analógico (se expresa de modo plural sin perder una dimensión común en todas sus expresiones). Está más allá de la esencia (la dimensión referida a la conciencia, no es una realidad abstracta) y de la existencia (el ser determinado). La nota que caracteriza a este fundamento de todo es precisamente ser, es decir, aparecer fuera de la nada. Esta sería su caracterización desde una perspectiva objetiva, desde una perspectiva subjetiva o interna (hablando analógicamente) su nota fundamental es la libertad, cuya plenitud es el amor. Como dice San Juan Dios es Amor”, el Ser en su interior es amor, comunión, relación. De ahí que la mística considere a la libertad- voluntad como la facultad superior del ser humano, que integra y dirige a las otras y al amor (unión real del ente y el Ser) como la perfección del ser humano y de todo lo real. El gnosticismo tiende, sin embargo, a poner al intelecto como la facultad primera del ser humano (Santo Tomas también consideraba que el intelecto era la primera facultad pero solo desde la perspectiva constitutiva o esencial- relacionada con la dimensión intelectual de lo real- pero no desde la perspectiva dinámica de lo real, que es la más plena, pues se relaciona con el alcanzar los entes sus fines, es decir, con su perfeccionamiento, es la dimensión existencial y la más importante, y en ella prima para Santo Tomas la voluntad).

Señala Hans Jonas que el gnosticismo como principio siempre ha estado presente en el seno del cristianismo, acompañando a la mística y, en ocasiones, confundiéndose con ella. Ya Heidegger denunció el “olvido del ser” en la filosofía occidental, lo que podríamos entender como la contaminación gnóstica en parte del pensamiento occidental.

Para Cornelio Fabro, experto en la filosofía de Santo Tomas, es la propia filosofía escolástica medieval la que olvidándose de la importancia del Ser en Santo Tomas, evoluciona hacia posiciones que él denomina “esencialistas” o “formalistas”, que identifican al Ser con el “Ser esencial”, una esencia que es subsistente, es decir, con una Conciencia (la esencia hace referencia siempre a la dimensión intelectual) que existe por sí misma, regresando así a la visión gnosticista. Ya en la Edad Media las corrientes místicas van a criticar esta visión “intelectualista”, quizá el ejemplo más conocido es la crítica de San Bernardo de Claraval a Abelardo, un escolástico del momento con posiciones intelectualistas o su oposición a los cátaros, corriente espiritual abiertamente gnosticista.

Los humanistas del Renacimiento intentaron sanear este intelectualismo escolástico de la Edad Media ya decadente. Este humanismo recuperó la importancia de la libertad en la antropología humana, pero al apoyarse en la filosofía neoplatónica o hermética, en el esoterismo más que en la mística, no consiguieron regresar a la primacía del Ser, pues estas filosofías y espiritualidades eran representantes de una perspectiva intelectualista y no realista, no daban primacía al Ser sino a la Conciencia.

La modernidad nació así con una doble fuente espiritual: una fuente más sana vinculada con la mística cristiana que alimenta la revalorización del ser humano y su libertad y una fuente gnosticista, que dio lugar a las visiones racionalistas, idealistas, y por reacción, empiristas y materialistas, hasta llega al nihilismo, la tecnocracia y al capitalismo radical que vivimos, y que parece caminar hacia el transhumanismo deshumanizado.

Fue Hans Jonas quien ha vinculado la cultura y sociedad antiecológica, patriarcal, logocéntrica, mentalista e individualista que parece dominar occidente, con la influencia del intelectualismo gnóstico.

Caminar hacia una cultura y sociedad más ecológicas, más justas, menos patriarcales, menos logocéntricas y más integrales supone recuperar la mística del Ser, la libertad y el amory para ello, la aportación del cristianismo es esencial. Salir del inmanentismo (el encerramiento en la conciencia como única realidad) hacia la transcendencia, la apertura más allá de nosotros mismos hacia el Otro y los otros, respetando su alteridad y su comunión con nosotros es la verdadera espiritualidad no-dual, trinitaria, mística.

Hoy corremos el riesgo de querer salir de la “religiosidad burguesa” por medio de una “espiritualidad gnosticista”, que olvida el Ser o lo identifica con la conciencia. Una espiritualidad que dice ser «esotérica», transreligiosa o metarreligiosa, creyendo que así está más allá de la religión burguesa y que, en realidad, es otra cristalización más de la misma enfermedad.

Filósofos judíos como Levinas o Jonas han visto en este gnosticismo, que niega la alteridad y el Ser transcente, el error que conlleva unas consecuencias éticas graves (estaría en la base que terminó llevando al nazismo, una ideología que negó al otro su valor central). Como decía Santo Tomas: “parvus error in principio, magnus est in fine”. La reducción del Otro a ser solo una expresión de la conciencia supone fácilmente el descompromiso con el cuidado de la dignidad humana y el sentimiento de responsabilidad para con él. Si solo es importante la conciencia, que es la que nos salva, lo importante puede terminar siendo solo llevar a los demás a una experiencia de iluminación de la conciencia y no tanto de cuidado en la historia, más allá de la conciencia o la interioridad, de la justicia y la dignidad.

Sin ética y compasión la iluminación es una ilusión y, para que haya ética, el otro debe ser real, la realidad debe fundamentarse en el Ser transcendente que está más allá de la conciencia. Si solo hay conciencia, el otro desaparece engullido por una espiritualidad narcisista, que no reconoce al otro su alteridad sagrada.

José Antonio Vázquez

Fuente Cristianía

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Observar, callar, fluir (IV): Vivencia del silencio

Jueves, 28 de mayo de 2020

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Uruguay

ECLESALIA, 08/05/20.- La cuarta y necesaria pata de nuestra mesa es la vivencia y la experiencia del silencio. Este mismo silencio que será también central en el segundo momento del método teológico-pastoral: “callar”.

  • ¿De qué silencio hablamos?
  • ¿Por qué es tan importante?

La necesidad del silencio en teología es subrayada especialmente por las ramas místicas de las religiones. En el cristianismo por las corrientes teológicas apofáticas, las cuales insisten en afirmar que sobre el Misterio que llamamos “Dios” no podemos decir nada… o casi nada. Es un Misterio indecible, inefable y toda palabra humana corre el riesgo de estropearlo y manipularlo. Por eso lo mejor es el silencio del asombro, del amor, de la entrega.

El silencio del cual hablamos y que constituye parte esencial de mi visión teológica que sustenta el método pastoral, es el silencio radical que nos conecta al ser, a nuestra verdadera esencia. Esencia que precede al pensamientos y a las palabras y sigue cuando estos desvanecen.

No es un silencio como rechazo de la Palabra y las palabras. Este Silencio es el “Principio” del libro del Génesis y del prólogo del evangelio de Juan, “Principio” que precede a la Palabra y la hace ser.

Lenguaje y palabras también nos constituyen en la aventura humana y nos sirven para comunicar, crear, compartir. Es el silencio desde el cual y en el cual la Palabra y las palabras cobran su sentido auténtico, su belleza, su valor.

Sin esta vivencia radical del silencio quedaremos atrapados en nuestras opiniones y fanatismos. Sobre todo quedaremos atrapados en las ideologías que tanto daño hicieron y siguen haciendo a la convivencia humana. Y no hay peores ideologías que las religiosas. Cuando el cristianismo se transformó en ideología vivió su momento más oscuro y de más alejamiento del mensaje evangélico.

El peligro de caer y recaer en la ideología es siempre presente. El silencio, tal vez, es el mejor antídoto y vacuna.

El silencio nos enseña a dejar el deseo de control que tanto nos gusta y la tentación de creer que poseemos la verdad. El silencio nos hace más abiertos, humildes, tolerantes, disponibles. El silencio es pura apertura y pura posibilidad. Donde se vive el silencio todo puede ser, porque permitimos al Misterio manifestarse sin obstáculos.

El silencio, como afirma Javier Melloni, no es ausencia de ruido, sino ausencia de ego. Y donde no hay ego, solo queda el amor que somos y que podemos llegar a ser. Por eso el silencio es una dimensión esencial de mi visión teológica y parte esencial del método: “observar, callar, fluir”.

El silencio se aprende y se practica. No hay atajos. Requiere entrega, perseverancia, disciplina.

Después de haber puesto los cimientos de la visión teológica que sostiene el método “observar, callar, fluir” podemos entrar a profundizar el método mismo y a ofrecer unas pistas y pautas para su posterior desarrollo y puesta en práctica.

DEL “VER, JUZGAR, ACTUAR” AL “OBSERVAR, CALLAR, FLUIR” el 26/03/18
OBSERVAR, CALLAR, FLUIR I el 04/05/20
OBSERVAR, CALLAR, FLUIR II el 05/05/20
OBSERVAR, CALLAR, FLUIR III el 07/05/20

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Observar, callar, fluir (III): Síntesis fecunda entre Occidente y Oriente

Lunes, 25 de mayo de 2020

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Uruguay

ECLESALIA, 07/05/20.- La tercera pata de nuestra mesa metodológica consiste en la síntesis entre occidente y oriente y especialmente sus cosmologías, su espiritualidad, su experiencia religiosa. Cuando hablo de “occidente” y “oriente” no me refiero simple y solamente a su dimensión geográfica. También porque hoy en día, con el fenómeno de la globalización y los movimientos masivos de personas, la distinción no es tan neta como antes. Hay mucho de “occidente” en “oriente” y mucho de “oriente” en “occidente”. Cuando me refiero a “occidente” y “oriente” me refiero esencialmente a dos posturas distintas de ver la vida y el fenómeno religioso, o sea, la relación con lo Trascendente y lo Absoluto.

También en este aspecto hay que reconocer que en la actualidad hay muchos más contactos e intercambios entre las dos posturas. Hay elementos occidentales en la visión oriental y hay elementos orientales en la visión occidental. Pero, sin duda, quedan los rasgos centrales y característicos de cada cosmovisión.

Nombramos brevemente estos rasgos esenciales.

Occidente: más racional, centralidad de la historia como proceso, concepción del tiempo lineal, religiones de la palabra y teístas: cristianismo, judaísmo, islamismo. Predomina la dimensión personal. Predomina el lenguaje y la palabra. Predomina lo masculino. Predomina el lado izquierdo del cerebro (análisis, control, orden, literatura, disciplina, numérico). Desde la visión taoísta: yang.

Oriente: más intuitivo, historia sujeta al momento presente, concepción del tiempo cíclica, religiones místicas y oceánicas: budismo, hinduismo, taoísmo. Predomina la dimensión oceánica (lo particular es expresión del Todo). Predomina la contemplación y el silencio. Predomina lo femenino. Predomina el lado derecho del cerebro (arte, emociones, holístico, intuitivo, creativo, música). Desde la visión taoísta yin.

Estamos llamados a una profunda y fecunda síntesis entre occidente y oriente. Ambas dimensiones expresan algo del misterio de la vida y del ser humano. Una experiencia integral y plena no puede prescindir de esta fecunda síntesis. Algunos teólogos ven en esta comunión un aspecto esencial en el futuro de la humanidad y yo comparto plenamente esta apreciación.

En este sentido, el funcionamiento del cerebro humano tiene una fuerza simbólica impresionante. Según parece los dos hemisferios desarrollan funciones particulares pero están unidos por el cuerpo calloso que da una profunda unidad al cerebro. Cuanto más los dos hemisferios interactúan más desarrollo y plenitud alcanza la persona.

La visión teológica que está a fundamento de mi propuesta ofrece una cierta síntesis de la experiencia, espiritualidad y cosmovisión de Oriente y Occidente. Se nutre de esta comunión e interrelación que es siempre nueva, en proceso y nunca algo alcanzado o definitivo. La síntesis es un fenómeno y un proceso siempre “in fieri” (haciéndose).

Esta comunión dinámica entre Oriente y Occidente alimenta y nutre la visión teológica y por ende el método pastoral.

Sobre el tema se escribió y se está escribiendo mucho. Es un tema interesantísimo y de una riqueza infinita. No puedo en esta instancia entrar detalladamente en un tema tan profundo, rico de vetas y aspectos a considerar.

Una última observación: las actitudes previas y necesarias para esta comunión y síntesis entre Occidente y Oriente son sin duda una gran apertura, disponibilidad y transparencia.

Sin estas actitudes no escaparemos del peligro de encerrarnos en nuestras creencias, apegos y fanatismo.

Es muy aconsejable que aquellos que quieran implementar este método pastoral dediquen un tiempo al estudio y a la práctica de una o más tradiciones orientales.

DEL “VER, JUZGAR, ACTUAR” AL “OBSERVAR, CALLAR, FLUIR” el 26/03/18
OBSERVAR, CALLAR, FLUIR I el 04/05/20
OBSERVAR, CALLAR, FLUIR II el 05/05/20

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Observar, callar, fluir (II): Prioridad de la experiencia sobre el concepto y la idea (ortopraxis/ortodoxia)

Viernes, 22 de mayo de 2020

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Uruguay

ECLESALIA, 05/05/20.- La segunda pata que sostiene nuestra mesa del “observar, callar, fluir” es la absoluta prioridad de la experiencia sobre el concepto. Cuando hablamos de experiencia, lo hemos visto, hablamos de vida, de la vida concreta y real de todos los días.

La vida, aunque incluye el pensar, lo precede, lo sostiene, lo trasciende. La vida es siempre mucho más que el pensar.

La visión teológica que sostiene mi propuesta hunde sus raíces en la vida. La vida es el substrato común donde todos nos encontramos, más allá de culturas, religiones, opciones políticas, económicas o nivel social. Todos estamos bebiendo a la Fuente de la Vida. Este también es el gran mensaje cristiano, especialmente expresado por el evangelio de Juan: Jesús es vida, vino a compartir su vida y a regalarnos la Vida plena (Jn 10, 10).

Desde esta percepción podemos comprender con cierta facilidad que toda experiencia real de Dios tiene que estar arraigada en la vida. Más aún: no hay un Dios “afuera” de la vida. Y la vida es lo que está ocurriendo aquí y ahora. Siempre la vida acontece en el momento presente y este momento es revelación del Misterio. Dios se esconde y revela en el momento presente, independientemente de si este momento presente nos gusta o no, responde a nuestras expectativas o no responde, haya dolor o alegría. A partir de este fidelidad a la vida podemos comprender la dialéctica ortopraxis/ortodoxia.

En la historia de la iglesia y del cristianismo –por razones teológicas e históricas que no vienen al caso en este momento dilucidar– se dio una contundente primacía de la ortodoxia sobre la ortopraxis, sobre todo a partir del siglo IV. En muchos casos el pensamiento se fue por su cuenta, desgajándose de la vida. La doctrina se volvió central y perdimos la primacía de la vida. Hoy en día, más allá de unos avances y cierto crecimiento en conciencia, la primacía del pensar y la doctrina por sobre la vida real, sigue vigente más que nunca.

En línea general, al magisterio, a los obispos, a muchos sacerdotes y laicos también les interesa más que nada “conservar” el deposito de la fe, esto es, la ortodoxia. Poco se preocupan si esta ortodoxia se convierta en ortopraxis o si la vida real queda relegada en segundo plano. Hay que reconocer que, gracias también al pontificado de Francisco, se está dando más importancia a la vida y a la ortopraxis que a muchas formalidades que tienen que ver con la ortodoxia y cierto protocolo eclesiástico.

Intento simplificar para ser más concreto y más claro, consciente también del riesgo que simplificar demasiado puede hacernos perder en profundidad y en una visión más integral de la vida.

Cuando hablamos de ortopraxis estamos hablando de la vivencia del amor, el mensaje central del evangelio.

Ortopraxis”: descubro que la raíz última de lo real –la vida como se manifiesta aquí y ahora– es el amor. A partir de ahí me vivo y vivo desde ese mismo amor. Este amor que se manifiesta en las actitudes que bien conocemos y nos hacen tanto bien: escucha, amabilidad, entrega, solidaridad, tolerancia, paciencia, ternura. Todo esto no quita obviamente que seguimos haciendo experiencia de nuestra humana fragilidad y de equivocarnos. Pero queda claro y contundente el eje central.

Cuando hablamos de ortodoxia estamos hablando de la correcta interpretación (según la visión cristiana) y aplicación de este amor. En sentido estricto, la ortodoxia es reflexión sobre el amor y reflexión sobre la vida.

Ortodoxia”: se utiliza la herramienta del pensamiento para establecer definiciones, reglas, dogmas, catecismos que reflejen el Misterio y ayuden a comprenderlo y a vivirlo. Todo esto obviamente no es negativo. Lo que ocurre es que a menudo, por la misma inercia del pensar, ese mismo pensamiento se vuelve independiente y se convierte en dueño de la vida, en lugar de estar a su servicio. Desde ahí al fanatismo y al dogmatismo el paso es terriblemente breve.

Espero que estas simples aclaraciones nos puedan hacer comprender el alcance e importancia de la cuestión.

  • ¿Qué nos sirve una correcta interpretación del amor si no nos lleva a amar más y mejor?
  • ¿De qué nos sirve ser fieles a catecismos, rubricas, reglas, documentos, credos varios si no somos amables con nosotros mismos y con los demás?
  • ¿De qué me sirve una doctrina si mi corazón no arde de amor?
  • Una fidelidad teórica que no sea reflejo de la vida y que no nos lleve a ser personas más pacificas y amables, se convierte fácilmente en hipocresía. Hipocresía que justamente fue una de las actitudes más condenadas por el maestro Jesús.

La tendencia racionalista occidental se manifiesta también en eso y seguimos dando más importancia al “correcto” pensar y sus formulaciones que al amor real y concreto.

Los ejemplos de estas desviaciones son innumerables y en el fondo se resumen en esta actitud: cuando damos más importancia a una supuesta fidelidad a la forma y al pensar por sobre la atención amorosa a uno mismo y a los demás.

Cuando está en juego el amor concreto hacia uno mismo y hacia los demás hay que pasar por encima de cualquier formulación, dogma, regla o rito que sea. La vida de Jesús es manifestación extraordinaria de este principio. ¿Cómo es posible haberlo olvidado?

La visión teológica que sostiene el método teológico-pastoral del “observar, callar, fluir” otorga una absoluta prioridad a la ortopraxis por sobre la ortodoxia.

Sin duda la ortopraxis incluye también el pensar sobre todo en cuanto al discernimiento: somos una unidad psicosomática-espiritual y nunca debemos olvidarlo. Pero este pensar no precede a la vida y al amor concreto, sino que los acompaña y se pone a su servicio.

Solo desde la vivencia concreta del amor puede surgir una reflexión y una formulación de la fe que ayude a crecer en este mismo amor y en su autocomprensión.

Resumiendo en estilo zen: el camino es la meta. La plenitud del Amor que es nuestra meta, la encontramos desde ya en el momento que estamos amando.

DEL “VER, JUZGAR, ACTUAR” AL “OBSERVAR, CALLAR, FLUIR” el 26/03/18
OBSERVAR, CALLAR, FLUIR I el 04/05/20

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Observar, callar, fluir (I): Prioridad del “ser” sobre el “hacer”

Martes, 19 de mayo de 2020

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Uruguay

ECLESALIA, 04/05/20.- Hace ya un par de años escribí el articulo “Del ver, juzgar, actuar al observar, callar y fluir” proponiendo un nuevo método teológico-pastoral. El artículo fue publicado en mi blog “El agujero en la flauta” el 2 de marzo de 2018, en Eclesalia el 28 de marzo y en Feadulta el 2 de abril del mismo año.

A lo largo de estos dos años me llegaron varios comentarios, sugerencias e invitaciones a profundizar el tema. También comenzaron, con mi gran sorpresa y alegría, las primeras aplicaciones concretas del método.

Tal vez el tiempo es maduro para seguir profundizando y poder ofrecer otras pistas y otros aportes. Empiezo por presentar los cimientos sobre los cuales se construye mi propuesta pastoral del “observar, callar, fluir”.

Un método teológico-pastoral tiene siempre –consciente o inconscientemente– una visión teológica que lo sostiene y alimenta. La visión teológica de fondo es siempre fundamental porque es como el sostén racional de la propuesta y su misma posibilidad de ser comunicada y compartida. Y más en profundidad, una visión teológica es el sostén de una manera de “ver” a Dios y de vivir la fe.

En el fondo siempre vivimos y actuamos a partir de lo que pensamos, por lo menos en un nivel más superficial y pragmático. Por eso es esencial tomar en cuenta el “desde dónde” pensamos. Nuestra manera de rezar, de hacer pastoral, de organizar una comunidad, refleja siempre una visión teológica.

Lo característico, y también paradójico, de mi propuesta es que esta visión teológica hunde sus raíces en la experiencia y se retroalimenta de la experiencia. Es como un circulo virtuoso: de la experiencia a la reflexión y de la reflexión a la experiencia. La prioridad ontológica la tiene la experiencia sin duda, y lo veremos. Decir “experiencia” es decir “vida”: la vida siempre precede a las opiniones, ideas y conceptos sobre la vida. “La vida siempre tiene razón”, decía el gran poeta Rilke.

La obvia consecuencia de todo eso es que también las verificaciones de lo correcto y fructífero del método “observar, callar, fluir” siempre la ofrecerá la vida; y esa misma vida sugerirá los ajustes necesarios. Un método, por ende, sumamente abierto y transparente.

En el fondo es un volver a un sano ejercicio del pensar, donde la vida concreta y real siempre tiene la primera y última palabra. Este sano ejercicio que la teología católica, el magisterio y la pastoral en muchos casos han perdido a lo largo de los siglos. Son testigos la proliferación de tratados especulativos y propuestas pastorales totalmente ajenas y alejadas de la vida real.

Si es verdad –acá reside lo paradójico– que el pensar funda el actuar (actúo como pienso) es también verdad que el actuar funda el pensar (pienso según actúo).

Pensar y actuar (hacer) se retroalimentan. Por eso reitero que es fundamental establecer desde donde pensamos.

En mi propuesta este “actuar/hacer” no es otra cosa que ser. Simple y maravillosamente ser. Es el primer cimiento teológico de la propuesta. Los demás serán:

  • Prioridad de la experiencia sobre el concepto y la idea (ortopraxis/ortodoxia).
  • Síntesis fecunda entre occidente y oriente.
  • Vivencia del silencio.

Empezamos analizando el primero.

Prioridad del “ser” sobre el “hacer”

El primer cimiento – la primera pata de nuestra mesa metodológica – es la prioridad del ser sobre el hacer. Esto que parece bastante obvio y aceptado, en la práctica es sumamente olvidado. Prueba es la centralidad casi absoluta del “hacer” en la pastoral de la iglesia. Los documentos del magisterio y las propuestas de Diócesis y parroquias siempre están centradas en el “hacer” y más aún en este tiempo donde se subraya – también por el impulso dado por el Papa Francisco – una iglesia “en salida”, una iglesia misionera. Los únicos que nos recuerdan la prioridad del “ser” sobre el “hacer” son las grandes ordenes de vida monástica y contemplativa que, no es casualidad, parecen tener algo más de vocaciones que los institutos de vida activa.

Dar prioridad al “ser” sobre el “hacer” no significa en absoluto caer en una pasividad sin entusiasmo y creatividad. Significa simplemente reconocer las cosas por como son. El ser se nos regaló y se nos regala a cada momento, independientemente del “hacer”. No tuvimos que “hacer” nada por “ser”. Es el regalo primordial y asombroso. Somos. Pura gratuidad. Más allá de lo que podamos o no hacer, somos. En este experiencia mística “del Ser” y “de ser” vislumbramos el Misterio y oímos el eco de la voz de Dios. (aclaración: cuando hablo del “Ser” con mayúscula me refiero al Misterio trascendente que llamamos también Dios y cuando hablo del “ser” con minúscula me refiero a nuestra participación humana al Ser o al reflejo del Ser en nosotros).

Este asombrosa experiencia primordial de ser es, en sentido estricto y en terminología cristiana, la experiencia de la salvación. No hay belleza comparable y experiencia cumbre comparable con este misterioso sentido de ser.

A partir de esta experiencia fundante, el “hacer” fluirá sereno, entusiasta y libre. Se caerán por sí solas las tentaciones de apegos, egoísmos, y los delirios de omnipotencia que a menudo nos invaden. Nuestra brújula será la gratuidad y la pura alegría del Ser que se expresa y manifiesta a sí mismo en nuestro “hacer”.

También el pensar que surgirá de esta experiencia primordial será libre y creativo. La experiencia del Ser y de ser funda también el pensar y lo sostiene. El pensar y el pensamiento son intrínsecamente variables e inestables, mientras el Ser y la conciencia de ser es el fondo estable y seguro donde todo acontece. El pensar que surge del Ser es un pensar siempre fresco, nuevo, dinámico, actual. El problema se da cuando el pensar no hunde sus raíces en el Ser y es simplemente un esfuerzo mental/racional. Desde ahí solo puede surgir un pensamiento repetitivo y conflictivo y, cosa más grave aún, separado de la vida. Es el pensar que gira sobre sí mismo, aislado en su cárcel. Y la vida queda afuera y sigue por otro lado. El “problema” no es el pensar, sino la desconexión del pensamiento de la experiencia del Ser y de ser.

La visión teológica que prioriza el Ser/ser por sobre el “hacer” permitirá un brotar de un pensar abrazado a la vida, fiel a la vida y expresión de la vida. Esto es: un pensar teofánico y epifánico.

DEL “VER, JUZGAR, ACTUAR” AL “OBSERVAR, CALLAR, FLUIR” el 26/03/18

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Lo que sentimos no es lo que somos

Miércoles, 29 de abril de 2020

Del blog de Henri Nouwen:

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“Nuestra vida emocional está constantemente moviéndose de arriba a abajo. A veces experimentamos grandes cambios emocionales: de la excitación a la depresión, del gozo a la tristeza, de la armonía interior al caos. Un hecho pequeño, una palabra de alguien, una desilusión en nuestro trabajo, muchas cosas pueden desencadenar en nosotros cambios de estado de ánimo. La mayoría de las veces tenemos muy poco control sobre estos cambios. Parecen sucedernos a nosotros, y no que nosotros los hagamos.

Por eso es importante saber que nuestra vida emocional no es lo mismo que nuestra vida espiritual. Nuestra vida espiritual es la vida del Espíritu de Dios dentro nuestro. Cuando sentimos que nuestras emociones se desplazan debemos conectar nuestros espíritus con el Espíritu de Dios y recordar que una cosa es sentir y otra cosa ser. Somos y seguiremos siendo, sean cuales fueren nuestros estados de ánimo, los hijos amados de Dios“.

*

Henri Nouwen
Pan para el viaje

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Tenemos que ser lo que ya somos

Jueves, 13 de febrero de 2020

Del blog  Amigos de Thomas Merton:

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“El nivel más profundo de comunicación no es la comunicación misma, sino la comunión. Sin palabras. Más allá de las palabras. Más allá del poder de la palabra, más allá de los conceptos. No estamos descubriendo una nueva unidad, sino que descubrimos una antigua unidad. Queridos hermanos, nosotros ya somos uno, pero imaginamos no serlo. Y lo que hemos de hacer es recobrar nuestra unidad original. Lo que tenemos que ser es lo que ya somos”.

*

Thomas Merton

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Dar sentido

Miércoles, 2 de octubre de 2019

Del blog Nova Bella:

 

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“Es lo que hacemos

y lo que somos

lo que da sentido

a nuestras palabras”

*

Derek Jarman,
Wittgenstein

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¿Quién soy?

Lunes, 17 de junio de 2019

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La pregunta que orienta, durante nuestra breve existencia, gran parte de nuestro comportamiento es la siguiente: «¿Quién soy?». Es posible que nos planteemos en raras ocasiones esta pregunta de modo formal, pero la vivimos de una manera muy concreta en las decisiones que hemos de tomar todos los días. Las tres respuestas que solemos dar, por lo general, son éstas: «Somos lo que hacemos, somos lo que los otros dicen de nosotros, somos lo que tenemos» o, con otras palabras: «Somos nuestro éxito, nuestra popularidad, nuestro poder».

Es importante que nos demos cuenta de la fragilidad de una vida que dependa del éxito, de la popularidad y del poder. Su fragilidad deriva del hecho de que los tres son factores externos, unos factores que podemos controlar de un modo bastante limitado. Perder el trabajo, la fama o la riqueza depende a menudo de acontecimientos que escapan por completo a nuestro control; ahora bien, cuando dependemos de ellos, nos hemos malvendido al mundo, porque somos lo que el mundo nos da. Y la muerte nos quita todo eso. La afirmación final se convierte en ésta: «Cuando muramos, estaremos muertos», porque cuando muramos no podremos hacer ninguna otra cosa, la gente ya no hablará de nosotros y ya no tendremos nada. Cuando seamos lo que el mundo hace de nosotros, no podremos ser después de haber dejado este mundo.

Jesús vino a anunciarnos que una identidad basada en el éxito, en la popularidad y el poder es una falsa identidad: es una ilusión. Jesús dice alto y fuerte: «No seáis lo que el mundo hace de vosotros, sino hijos de Dios»

*

H. J. M. Nouwen,
Vivir en el Espíritu,
Brescia 19984, pp. 131s

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La certeza de ser

Viernes, 14 de junio de 2019

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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“Jesús les dijo:
– Les aseguro que antes que naciera Abraham Yo soy.
Entonces cogieron piedras para tirárselas,
pero Jesús se escondió y salió del templo”.

La mente nos hace creer que somos un yo individual y reduce nuestra identidad a nuestra personalidad. Eso hace que veamos la vida como una realidad separada, temiendo incluso que juegue contra nosotros. Pero lo que somos no necesita protección. La vida no puede hacernos daño porque somos la vida.

La sabiduría nos recuerda que la vida no es algo que tenemos, sino lo que somos. Somos vida expresándose en una personalidad concreta y transitoria. No tenemos que estar a la defensiva; lo que somos se halla siempre a salvo; la Vida ya es plena, no padece ansiedad ni se aferra a intereses. Únicamente necesitamos reconocernos en ella y vivir en esa única certeza, la certeza de ser.

Es la única certeza porque, aunque dudemos de todo, aunque incluso no sepamos quiénes o cómo somos, hay algo de lo que es imposible dudar: que somos. Ese ser es atemporal y eterno; por eso, cuando descubrimos nuestra identidad, sabemos que somos no-nacidos. Y lo no-nacido tampoco puede morir. ¿Nos extraña que Jesús hable constantemente de vida y de no morir? Como Jesús, todos podemos decir con verdad: Antes de que Abraham naciese (aunque hayan pasado mil ochocientos años), yo soy.

*

Enrique Martínez Lozano.
Otro modo de leer el Evangelio.

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Afirmar nuestro ser

Viernes, 10 de mayo de 2019

Del blog de Henri Nouwen:

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(imagen de Jim Ferringer)

“Nunca encontraremos nuestra vocación
tratando de pensar si somos mejores
o peores que otros.
Somos lo suficientemente buenos para hacer
lo que estamos llamados a ser.
Sé tú mismo… “.

*

Henri Nouwen

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Filósofo y poeta

Lunes, 18 de marzo de 2019

Del blog Nova Bella:

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El filósofo parte despegándose en busca de su ser,

el poeta sigue quieto esperando la donación

*

Maria Zambrano

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Jueves, 21 de febrero de 2019

Del blog Nova Bella:

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“Sé implemente lo que eres: un pecador tremendamente necesitado de la misericordia amorosa de Dios. No necesitas nada para ser lo que eres. No necesitas ningún truco ningún artificio, ningún disfraz, solamente tu pobreza espiritual. No necesitas ser perfecto, ni siquiera bueno. Se simplemente el pobre que eres y ven. Déjate ser atraído hacia mi, por “Yo atraeré a todos hacia mi” (jn 12,32)

*

FK Nemeck/MT Coombs

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Sencillez

Martes, 19 de febrero de 2019

tumblr_n0hrp0am2H1r2d8pzo1_400Miguel Ángel Mesa
Madrid.

ECLESALIA, 08/02/19.- La sencillez es, quizá, una de las mayores necesidades que tenemos que recuperar los hombres y mujeres de nuestros días, para poder tener una vida más enriquecedora, plena y feliz. Estos serían, a mi modo de entender, algunos de los rasgos de una persona que aspira a vivir con sencillez:

Una persona sencilla sabe escuchar con atención, ofrece sus dones y habilidades con generosidad y se siente agradecido por todo lo que le ofrece en cada momento la vida.

Una persona sencilla no se cree nunca en posesión absoluta de la verdad, atiende a las razones del otro y aprovecha todo lo positivo que se le ofrece.

Una persona sencilla desprende ternura, sensibilidad y cercanía por los cuatro costados.

Una persona sencilla se deja interpelar por la realidad y, ante cualquier situación injusta levanta su voz y sale a manifestarse a la calle, junto a otros hombres y mujeres, sin importarle sus creencias o sus ideas.

Una persona sencilla guarda y protege como oro en paño ese tallo frágil y flexible de la esperanza que, a pesar de los vientos contrarios, siempre vuelve a su ser y permanece en pie.

Una persona sencilla no es codiciosa, ni se afana por tener más dinero o más posesiones: vive contenta con lo que tiene e intenta no angustiarse por nada.

Una persona sencilla se siente libre ante todo y ante todos, sin hipotecar su forma de vida por nada que le impida sentir y respirar en libertad.

Una persona sencilla no cree que ya lo ha conseguido, sino que siempre le sobran cosas; o que lo sabe ya todo, sino que se mantiene en búsqueda permanente.

Una persona sencilla anda siempre deseando el encuentro, pretendiendo la armonía, buscando sin cesar el diálogo y el entendimiento, la paz basada en la justicia.

Una persona sencilla sabe disfrutar con los amigos y amigas de una buena comida en común, de una conversación íntima, de un viaje compartido…

Una persona sencilla goza y es feliz con los pequeños detalles y regalos que le ofrece el día a día, con las personas a las que quiere y que le quieren, con la naturaleza que le rodea.

Una persona sencilla se muestra acogedora y ofrece su solidaridad con los marginados y excluidos, sin importarle lo que digan de ella, porque sabe que solo así será posible otro mundo más humano y fraterno, justo y en paz.

Una persona sencilla camina sonriente, feliz, humilde y confiadamente, junto a los demás, es decir, sobre la palma de la mano del Misterio diáfano de la Vida.

Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia.

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Silencio

Martes, 5 de febrero de 2019

 

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El silencio

permite al sonido

ser.

*

Eckhart Tolle

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¿Quién soy?

Jueves, 24 de mayo de 2018

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La pregunta que orienta, durante nuestra breve existencia, gran parte de nuestro comportamiento es la siguiente: «¿Quién soy?». Es posible que nos planteemos en raras ocasiones esta pregunta de modo formal, pero la vivimos de una manera muy concreta en las decisiones que hemos de tomar todos los días. Las tres respuestas que solemos dar, por lo general, son éstas: «Somos lo que hacemos, somos lo que los otros dicen de nosotros, somos lo que tenemos» o, con otras palabras: «Somos nuestro éxito, nuestra popularidad, nuestro poder».

Es importante que nos demos cuenta de la fragilidad de una vida que dependa del éxito, de la popularidad y del poder. Su fragilidad deriva del hecho de que los tres son factores externos, unos factores que podemos controlar de un modo bastante limitado. Perder el trabajo, la fama o la riqueza depende a menudo de acontecimientos que escapan por completo a nuestro control; ahora bien, cuando dependemos de ellos, nos hemos malvendido al mundo, porque somos lo que el mundo nos da. Y la muerte nos quita todo eso. La afirmación final se convierte en ésta: «Cuando muramos, estaremos muertos», porque cuando muramos no podremos hacer ninguna otra cosa, la gente ya no hablará de nosotros y ya no tendremos nada. Cuando seamos lo que el mundo hace de nosotros, no podremos ser después de haber dejado este mundo.

Jesús vino a anunciarnos que una identidad basada en el éxito, en la popularidad y el poder es una falsa identidad: es una ilusión. Jesús dice alto y fuerte: «No seáis lo que el mundo hace de vosotros, sino hijos de Dios».

*

H. J. M. Nouwen,
Vivir en el Espíritu, Brescia 19984, pp. 131s.

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Recordatorio

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