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Saber que Cristo soy yo

Lunes, 9 de septiembre de 2019

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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En Adán está toda la humanidad, y también toda la humanidad está en Cristo. Cada ser humano, hombre o mujer, es Adán y es Cristo al mismo tiempo. Es consolador saber que Cristo vino para mí, pero aún más liberador saber que Cristo soy yo. Aquí se da el paso de una religión consoladora a una espiritualidad que transforma y libera. Esto complementa lo que he pensado antes: que Cristo es Señor, pero primero es maestro; no vino simplemente para que le recemos, sino para que aprendamos de él, para que nos descubramos en él. La religión tradicional nos ensena a rezar, siempre Cristo allá y yo aquí, pero no a descubrirme Cristo, a encontrarme a mí mismo en su camino con el Padre. Esa es la verdadera conversión: no un mero cambio de conducta, sino de esencia y de sentido; va más allá del arrepentimiento por lo mal hecho. Es un renacer, un descubrirse nuevo, un despertar de lo divino que hay en nosotros.

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Fr. Manuel de Jesús, 2017

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La Vida es una constante paradoja

Miércoles, 4 de septiembre de 2019

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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Frente a la pregunta característica del yo religioso, siempre preocupado, o incluso obsesionado, por su “salvación”, Jesús anima a “entrar por la puerta estrecha”. La expresión alude a la puerta más pequeña que daba acceso a las ciudades amuralladas.

La vida es una constante paradoja. Y cualquier persona que se aventura por el llamado “camino espiritual” es sorprendida por la presencia de esas paradojas a cada paso de la marcha. Una paradoja es una contradicción aparente que, al ser asumida, se resuelve en una verdad mayor: perder y ganar, el rayo de tiniebla, la soledad sonora, la música callada, el vacío pleno, subir es bajar, morir es vivir… La paradoja, que aflora en cada palabra sabia, no es sino reflejo de la polaridad de lo real, y de la naturaleza también polar del ser humano. Y nos indica que la resolución adecuada no pasa por suprimir uno de los dos polos, sino por abrazar ambos en una unidad mayor, en el nivel no-dual. La imagen de la “puerta estrecha” evoca la necesidad de “soltar” todo como medio para experimentar la Vida que somos. Cuanto más soltamos, más fuertes somos. Al soltar todo -eso es la muerte- se nos regala la vida.

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Enrique Martínez Lozano
“Otro modo de leer el Evangelio”

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“«In la k’ech» = yo soy otro tú”, por Enrique Martínez Lozano

Martes, 23 de julio de 2019

74225676-feliz-pareja-interracial-homosexual-tener-descanso-en-el-interior-hombre-afroamericano-descansando-eSin reserva ni duda, permito que estés en el mundo como eres, sin un pensamiento o palabra de juicio.

No veo error alguno en las cosas que puedas decir, ni hacer, sentir y creer, porque entiendo que te estás honrando a ti mismo al ser y hacer lo que es verdad para ti.

No puedo recorrer la vida con tus ojos ni verla a través de tu corazón.

No he estado dónde tú has estado ni experimentado lo que has experimentado, viendo la vida desde tu perspectiva única.

Te aprecio exactamente como eres, siendo tu propia y singular chispa de la Consciencia Infinita, buscando encontrar tu propia forma individual de relacionarte con el mundo.

Sin reserva ni duda, te permito cada elección para que aprendas de la forma que te parezca apropiada.

Es vital que seas tu propia persona y no alguien que yo u otros piensen que “deberías” ser.

En la medida de mi capacidad, sin denigrarme o ponerme en un compromiso, te apoyaré en eso.

No puedo saber qué es lo mejor para ti, lo que es verdad o lo que necesitas, porque no sé lo que has elegido aprender, cómo has elegido aprenderlo, con quién o en qué período de tiempo.

Solo tú puedes sentir tu excitación interna y escuchar tu voz interna; yo solo tengo la mía. Reconozco que, aunque sean diferentes entre sí, todas las maneras de percibir y experimentar las diferentes facetas de nuestro mundo, todas son válidas.

Sin reserva ni duda, admito las elecciones que hagas en cada momento.

No emito juicio sobre esto porque es imprescindible que honre tu derecho a tu evolución individual, porque esto da poder a ese derecho tanto para mí como para todos los otros.

A aquellos que elegirían un camino que no puedo andar o que no andaría, y aunque puede que elija no añadir mi poder ni mi energía a ese camino, nunca negaré el regalo de amor que Dios me ha concedido para toda la Creación.

— Como te amo, así seré amado.

— Así como siembro, recogeré.

Sin reserva ni duda, te permito el derecho universal de libre albedrío para andar tu propio camino, creando etapas o manteniéndote quieto cuando sientas que es apropiado para ti.

No puedo ver siempre el cuadro más grande del Orden Divino, y así no emitiré juicio sobre si tus pasos son grandes o pequeños, ligeros o pesados, o conduzcan hacia arriba o hacia abajo, porque esto sólo sería mi punto de vista.

Aunque vea que no haces nada y juzgue que esto es indigno, yo reconozco que puede que seas el que traiga una gran sanación al permanecer en calma, bendecido por la Luz de Dios.

Porque es el derecho inalienable de toda vida el elegir su propia evolución y sin reserva ni duda, reconozco tu derecho a determinar tu propio futuro.

Con humildad, me postro ante la comprensión de que, aunque el camino que veo es mejor para mí, no significa que sea también correcto para ti; que lo que yo creo no es necesariamente verdad para ti.

Sé que eres guiado como yo lo soy, siguiendo tu entusiasmo interno por conocer tu propio camino.

Sé que las muchas razas, religiones, costumbres, nacionalidades y creencias en nuestro mundo nos traen una gran riqueza y nos procuran los beneficios y enseñanzas de tal diversidad.

Sé que cada uno de nosotros aprende en nuestra manera única para devolver ese amor y sabiduría al TODO.

Entiendo que si solo hubiese una forma de hacer algo, solo necesitaría haber una persona.

Apreciaré tu luz interna única, te comportes o no de la manera en la que considero que deberías, y aunque creas en cosas que yo no creo.

Entiendo que eres verdaderamente mi hermano y mi hermana, aunque puede que hayas nacido en un lugar diferente y creas en diferentes ideales.

El amor que siento es por absolutamente todo lo que ES.

Sé que cada cosa viva es una parte de la conciencia y siento un amor profundo por cada persona, animal, árbol, piedra y flor, por cada pájaro, río y océano, y por todo lo que es en el mundo.

Vivo mi vida en servicio amoroso, siendo el mejor que yo pueda, haciéndome más sabio en la perfección de la Verdad Divina, haciéndome más feliz, más sano y cada vez más abundantemente gozoso.

Aunque a lo largo del camino puede que me gustes, o sienta indiferencia por ti, o me disgustes, no voy a dejar de amarte, de honrar tu singularidad y de permitirte ser tú.

Esta es la llave de la paz y armonía en nuestras vidas y en nuestras Tierra porque es la piedra central del Amor Incondicional».

In la k’ech”: Los mayas saludaban con esta expresión, que significa “Yo soy otro tú”;  y contestaban: “Hala Ken”, que significa “Tú eres otro yo”.

 

Enrique Martínez Lozano

Boletín Semanal

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“Elogio de la Presencia”, por Enrique Martínez Lozano

Martes, 30 de abril de 2019

Thomas-Millet-ResurrectionMientras vivimos en la mente, fuera del aquí y ahora, nos pasamos el tiempo buscándole un significado a la vida; basta venir al instante presente para disfrutar de una vida plena de significado. La Presencia es sentido.

Mientras estamos en la mente, permanecemos enredados en cavilaciones incesantes, alejados de la vida. Al venir al presente, empezamos a sentir la vida interna. La Presencia es energía.

Mientras estamos en la mente, es imposible detener la cavilación agotadora. Basta venir al presente, para que la mente se aquiete. La Presencia es descanso.

Mientras estamos en la mente (identificados con ella), no podemos sino reaccionar, siguiendo las pautas grabadas en ella. Al venir al presente, esas pautas se desvanecen y respondemos desde lo que se nos regala y fluye. La Presencia es libertad.

Mientras estamos en la mente, vivimos reaccionando, en un drama de defensa o ataque, desde el miedo, la culpa o la venganza. Al venir al presente, notaremos que lo que sale de nosotros es una respuesta adecuada, caracterizada en todo momento por la responsabilidad. La Presencia es responsablemente ajustada.

Mientras estamos en la mente, no podemos ir por la vida sino como vencedores o como víctimas. Al venir al presente, no hay papeles que representar. La Presencia es certeza de que todo está bien.

Mientras estamos en la mente, nos percibimos separados y alejados de todo y de todos; la mente nos mantiene en la superficie y en la distancia de lo real. Al venir al presente, percibimos la interconexión de todo y sentimos la vida que se manifiesta en todo y en todos como “energía en movimiento”. La Presencia es plenamente integradora.

Mientras estamos en la mente, nos hallaremos convencidos de que todo lo que nos ocurre es efecto de algo que, pensamos, no depende de nosotros. Basta venir al presente, para empezar a percibir con claridad que la calidad de nuestra experiencia vital en este mismo instante es una consecuencia de nuestro propio sistema de creencias, generado por las experiencias no elaboradas o integradas de nuestra infancia. Y que, en la medida en que venimos al instante presente, nos sentimos crecer en libertad frente a ellas. La Presencia es liberadora.

Mientras estamos en la mente, tendemos a evitar todo aquello que nos haga sentir mal, lo que la propia mente etiquete como “desagradable”. Al venir al presente, nos vamos viendo capaces de no evitar nuestros “malestares”, sino de acogerlos y de integrarlos progresivamente, creciendo a partir de ellos y responsabilizándonos de toda nuestra vida. La Presencia es sanadora.

Mientras estamos en la mente, toda nuestra vida es regida por los principios: “yo debo” o/y “yo quiero”, que se traducen en un “yo hago o haré”. Al venir al presente, experimentamos por nosotros mismos que se trata, sencillamente, de estar, en una consciencia sin pensamientos, y que, en ese “estar”, no falta absolutamente nada, sino que todo lo demás “se nos da por añadidura” (evangelio de Mateo 6,33). La Presencia es plenitud.

Mientras estamos en la mente, habremos de movernos necesariamente entre reflejos –algo ocurre que nos “recuerda” algo– y proyecciones –nuestra reacción ante aquel recuerdo activado–; entre “el despertador” y “lo despertado”. Al venir al presente, nos vamos haciendo conscientes de que todo lo que nos ocurre es sólo un mensajero, una oportunidad de crecimiento. La Presencia es ecuanimidad.

Mientras estamos en la mente, pensamos que todo es casual e incluso caótico, en un mundo caracterizado por la aparente distancia y separación entre todo y entre todos. Al venir al presente, nos descubrimos interconectados con todo, compartiendo la misma Vida, la misma Energía, el mismo Ser…, la misma identidad. La Presencia es compartida.

Mientras estamos en la mente, nos sentimos solos y separados, por lo que los sentimientos de soledad, miedo y ansiedad son inevitables. Al venir al presente, nos apercibimos del engaño. La Presencia es unidad.

Mientras estamos en la mente, nos vemos a nosotros mismos como seres “pensadores” y “hacedores”, movidos por la ansiedad e incluso por la compulsión. Al venir al presente, nos situamos como “observadores”, testigos de todas las películas que ocurren en nosotros. La Presencia es realista.

Mientras estamos en la mente, nos hallamos en el “modo hacer”, en estado permanente de “piloto automático”, con todo el cansancio, la ignorancia y el sufrimiento que ello supone. Al venir al presente, se activa el “modo ser”, se desconecta el piloto automático, y se manifiesta la plenitud en la que todo fluye sabiamente. La Presencia es sabiduría.

Mientras estamos en la mente, permanecemos en un estado inconsciente, dormidos. Al venir al presente, despertamos a la experiencia emocional consciente que nos permite percibir nuestro propio flujo de energía. La Presencia es lucidez.

Mientras estamos en la mente, nuestros movimientos son egocéntricos. Al venir al presente, nos abrimos a todos los seres. La Presencia es amor.

Mientras estamos en la mente, tendemos a reducirnos a nuestro ego y a vivir en función de él. Al venir al presente, descubrimos que somos Presencia. La Presencia es nuestra identidad más profunda.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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“Identidades perversas”, por Martín Gelabert Ballester OP

Martes, 12 de marzo de 2019

identidadesperversas-blog_imagenDe su blog Nihil Obstat:

La identidad se convierte en perversa y peligrosa cuando me defino por lo que no soy: “soy dominico, corista nunca”; o “soy británico, pero no europeo”. Este tipo de expresiones reflejan el rechazo que hay detrás de aquello que digo no ser. Como no me gustan los religiosos “coristas” (nombre ficticio) o no me gustan las instituciones europeas, porque me han imbuido la falsa idea de que Europa oprime, restringe las libertades y quiere controlar nuestro dinero, entonces expreso mi rechazo a esta (falsa) idea, diciendo lo que no soy. Pero al afirmar lo que soy en función de lo que no soy, lo que de verdad demuestro es mi rechazo al otro, mi nula disposición para entenderme con el otro, mi odio al diferente. Pero el diferente, lejos de ser alguien que me niega, es alguien que me enriquece. No es el que me quita, sino el que me complementa.

Esto que “no soy” puede ser, en ocasiones, tolerable, pero también alcanzar límites intolerables. Si lo que entra en juego en mi definición de lo que soy o no soy, es la raza o la religión y, en ocasiones, también la nación, el “no ser” puede desembocar en el conflicto. “Soy de raza blanca, y no de raza negra”. Para empezar, no existen razas puras. Todos somos mestizos, y todos tenemos algo que es de muchos otros, incluso de aquellos que menos imaginamos. O también: “soy cristiano, pero no musulmán”. El cristiano y el musulmán, aunque a veces no lo reconozcan ni el uno ni el otro, sobre todo los fanáticos de uno y otro bando, tienen una base religiosa común: la fe en un solo Dios, y si es único tiene que ser el mismo. Definirme por el no ser de raza negra o el no ser musulmán es una manifestación de odio, de rechazo, de intolerancia, que ha llevado en ocasiones al conflicto, a la destrucción y a la muerte.

A veces miramos al otro como a un competidor, como alguien que ocupa un espacio que yo quisiera ocupar. Es una mala mirada. Pero hay una mirada peor: no la de mirar al otro como alguien que me gustaría reformar, incluso como alguien inferior, sino la de mirarle como si no fuera humano, como si delante de mi no hubiera “otro yo”. Entonces lo único que veo es algo que puedo suprimir, que es mejor suprimir, aunque quizás antes sea bueno examinar si tiene algún elemento que pueda sustraerle para mi propia utilidad. Cuando no respeto al otro en su identidad de persona, tampoco me respeto a mi. El otro se convierte en un objeto y yo en un depredador.

El libro del Génesis, al afirmar que Dios creo a todo ser humano a su imagen, rompe con esta idea de que sólo los poderosos (los reyes o los nobles) son un buen reflejo de la divinidad. Los que no están en el estamento superior, o en la buena religión, o sea, los esclavos, los indios, los infieles, los que no son de mi etnia, etc., etc., esos no son hombres. Han sido estos perversos esquemas los que han impedido que podamos entendernos. Tengo la impresión de que, bajo formas más o menos mitigadas, siguen estando vigentes. Gracias a Dios ¡no en la mayoría de los habitantes de este planeta!

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El verdadero yo está en Dios

Viernes, 26 de octubre de 2018

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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“Nuestra realidad, nuestro verdadero yo, se oculta en lo que nos parece nada y vacío. Lo que no somos parece real; lo que somos parece irreal. Podemos alzarnos por encima de esta irrealidad y recuperar nuestra identidad escondida. Y por eso el camino hacia la realidad es el camino de la humildad, que nos lleva a rechazar nuestro yo ilusorio y a aceptar el yo “vacío”, que es “nada” a nuestros ojos y a los ojos de los seres humanos, pero que es nuestra verdadera realidad a los ojos de Dios, ya que esta realidad es en Dios y con Él y pertenece por entero a Él”

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Thomas Merton
Nuevas semillas…

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Paz suprema

Jueves, 25 de octubre de 2018

Del blog Nova Bella:

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La persona que abandona el orgullo de la posesión

y de la pretensión,

libre del ‘yo’ y de ‘lo mío’,

alcanza la paz suprema

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Bhagavad Gita

bv

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Tu santidad

Sábado, 14 de julio de 2018

Del blog Nova Bella:

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“Tu santidad, tu gloria, tu inmenso amor en torno a mi. El aire, la luz, la lluvia, mi cuerpo, mis músculos, todo es santo, todo es creación, amor para mi. En Ti soy, de Ti vivo, tengo la vida recibida, aceptada, salvada por Ti. Todo es santo: vivir, comer, dormir, pensar, existir. Me penetras, me sujetas, me quieres, me rodeas, me salvas, me llevas como la madre lleva a su hijo en su seno, llena de ilusión y ternura.”

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Kiko Argüello

anotaciones

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“En torno al “problema del mal” (VI)”, por Enrique Martínez Lozano.

Viernes, 29 de junio de 2018

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16. Somos Vida

La visión no-dual, sin embargo, nos dice algo bien distinto. El Fondo de lo real es solo uno, y Eso que constituye la “sustancia” de todo es también nuestra identidad última. Identidad que se expresa en cada personalidad concreta, pero que no se reduce en absoluto a ella. Dicho de otro modo: no soy la “persona” que mi mente ve, sino la Consciencia que la sostiene y habita. De la misma manera, tampoco los otros son seres separados, sino solo formas en las que aquel mismo Fondo se despliega. En resumen: no somos los objetos que creemos ser, sino la Consciencia que los contiene, los sostiene y los constituye.

A partir de aquel primer error básico acerca del “yo”, fácilmente se cae en otro de no menor importancia, que consiste en tomar como definitivamente real la experiencia que percibimos a través de los sentidos. Desde la nueva comprensión, por el contrario, se hace patente que lo verdaderamente real no es ninguna “experiencia” (objeto), sino la Consciencia que las sostiene y las hace posibles.

La “nueva” comprensión nos hace ver que no somos unos seres separados que tienen vida, sino que somos la misma y única Vida, “disfrazada” en diferentes formas. Y es entonces –solo entonces– cuando percibimos que todo encaja admirablemente.

Somos Vida que se halla siempre a salvo, aun cuando la forma que ha tomado sea lastimada o incluso aniquilada. Si viviéramos con esa consciencia, dejaríamos de sufrir innecesariamente y de bloquear la Vida que busca desplegarse. Desde la consciencia que somos brotaría en todo momento la acción adecuada hacia los otros y hacia el mundo, sin apropiación ni tergiversación provocada por el ego.

La certeza de no-separación –de estar compartiendo la misma identidad– nos llevaría a actuar siempre a favor de los otros, como si de nosotros mismos se tratara. Lo cual significa, en contra de lo que objetaba aquella reacción habitual a la que aludía, que la transformación real de nuestro comportamiento no vendrá de la mano del voluntarismo ético, sino de la comprensión de lo que somos.

17. La comprensión de lo que somos es la mejor noticia

Lo que habitualmente se entiende por “yo” es solo una ficción. A no ser que utilicemos ese término para nombrar el centro psíquico que dirige nuestra actividad mental y emocional. Pero el hecho de que en nosotros haya actividad psíquica, así como posibilidad de cambio, no implica que exista “alguien” detrás. Todo es un despliegue de la consciencia que, en los seres humanos, se hace más “autoconsciente”. De ahí que seamos capaces de aprender y de transformarnos, pero todo ello, como decía, no requiere en absoluto la existencia de un “yo”. Más aún, tal idea solo aparece por un motivo: porque la mente se apropia de la consciencia y la considera una cualidad de sí misma.

Basta tomar un poco de distancia para darse cuenta de que la idea del “yo” es solo un pensamiento, nacido a partir del mecanismo mental de la apropiación de lo percibido. Y que, en un segundo momento, es la misma mente la que viene a confirmar que aquel pensamiento es algo –“alguien”– real.

Pero la realidad es que no existe un “yo” nada más que en nuestra propia mente. No existe por tanto “nadie” que sufra nada ni “nadie” que pueda hacer nada. Todo es un despliegue “impersonal”, porque no somos la “persona” que nuestra mente piensa, sino la propia y única Consciencia que se expresa en todo. Todos somos “disfraces” de la Vida; el disfraz padece el “mal”, pero lo que realmente somos se halla siempre a salvo.

La comprensión que brota de la no-dualidad es buena noticia. A partir de esta comprensión, permitimos que la Vida fluya también a través de nosotros. Hemos descubierto que era precisamente la identificación con el yo la fuente de toda confusión y de todo sufrimiento. Superado ese engaño, todo se hace patente: si creo ser el “yo”, veré el “mal” como todo aquello que lo ponga en peligro o lo amenace. Si sé que soy la Vida, ¿dónde está el “mal”? También la persona que experimenta dolor es, más allá de esa forma, Vida que se halla a salvo. Desde la comprensión de lo que soy, “haré” –la Vida hará– todo lo que pueda por cada ser, pero ya no los reduciré a la forma que mi mente ve.

En el nivel relativo –aparente, de las formas–, seguiremos hablando de “bien” y de “mal” pero, llegada la comprensión, lo haremos desde la certeza de que, en realidad, solo hay Bien sin opuesto, que es uno con “Lo que es”, con la Verdad y con la Belleza.

18. Lo decisivo es el “desde dónde”

Ante lo que llamamos “mal”, la mente se queda sin respuesta. Ni lo sabe explicar ni sabe qué hacer ante él. Se ve incluso incapaz de aceptarlo. Por lo que, ante ello, solo le quedan dos salidas: hundirse en la desesperanza o instalarse en la resistencia que vive rebelada contra el “mal”.

La lucha contra el mal –aun vivida desde una actitud noble y compasiva– suele esconder motivaciones no tan limpias: desde la incapacidad de aceptar la realidad como es hasta la necesidad de paliar inconscientes sentimientos de culpabilidad, desde el afán de autoafirmación en un compromiso “noble” hasta la búsqueda de reconocimiento por parte de los demás.

Cuando tomamos distancia de la mente (del yo), todo se modifica. La comprensión no nos dirá qué tenemos que hacer, pero nos situará en la actitud y el “lugar” adecuado para que la acción que brote en cada momento sea también la ajustada.

Gracias a ella nos hacemos conscientes de que lo realmente decisivo es el desde dónde: desde dónde acojo el “mal” y desde dónde brota mi acción frente a él. Si estoy identificado con el yo, lo más probable es que, tanto mi percepción como mi acción (o mejor, reacción) no consigan otra cosa que incrementar el sufrimiento y, en último término, la locura del mundo.

Únicamente la comprensión de quién soy hará posible que me viva desde la Sabiduría que –aunque mi mente no lo entienda– rige todo el proceso. Es esa misma sabiduría la que nos muestra que somos Vida, Plenitud y Totalidad.

Eso significa, en primer lugar, que el “mal” nunca puede afectarnos decisivamente en lo que somos. Sentiremos dolor, miedo, tristeza, angustia…, porque somos seres sintientes y dotados de una rica sensibilidad. Pero, aun en medio de toda esa vorágine de sentimientos que parecen desbordarnos, lo que somos –Lo que es– se halla siempre a salvo.

Tal comprensión me capacita para acoger mi propio dolor desde la aceptación limpia, como oportunidad de aprendizaje, en una actitud equilibrada entre la resistencia estéril y la resignación paralizadora.

La misma comprensión me hace ver que todo sin excepción es la Totalidad misma desplegándose. Por lo que no caigo en la trampa de imaginar una Totalidad “al margen” o “más allá” de lo que en este mismo momento se está produciendo. Yo mismo soy –con todos los seres– esa misma Totalidad, también en este momento en que siento dolor, soledad, vacío… Todo, sin excepción, es la Totalidad una expresándose o manifestándose bajo todo tipo de “disfraces”. Carece de sentido querer encontrarme con la Totalidad después de que supere este sentimiento doloroso o aquella situación de injusticia: todo ello es ya, en este mismo instante, la Totalidad.

Lo que de ahí se deriva es una aceptación profunda, que no nace de algún tipo de voluntarismo, sino del hecho mismo de comprender que somos esa misma Totalidad.La aceptación es, sencillamente, alineación con lo Real, tal como han expresado los sabios en algunos textos que reproducía en una entrega anterior: “La esencia de la sabiduría –afirmaba Nisargadatta– es la total aceptación del momento presente”“¿Cómo deberíamos vivir?” –se preguntaba la beguina Matilde de Magdeburgo–. Y ella misma respondía: “Vive dándole la bienvenida a todo”. San Juan de la Cruz apunta a esa misma clave: “Me parece que el secreto de la vida consiste simplemente en aceptarla tal cual es”. Y el propio Nietzsche, desde un marco ideológico aparentemente bien distante, expresa así en anhelo de su corazón: “«Amor fati»: ¡que ese sea en adelante mi amor!… Y, en definitiva, y en grande, ¡quiero ser, un día, uno que solo dice sí”. El sabio adopta la actitud que Ortega y Gasset expresara con estas palabras: “A ser juez de las cosas, voy prefiriendo ser su amante”.  Y vive la rendición lúcida que pregonaba Marco Aurelio: “Todo se me acomoda, oh Cosmos, lo que a ti se te acomoda”. La sabiduría es, por decirlo brevemente,amar lo que es.

La acción brotará también de esa misma comprensión, que me hace ver que todo otro soy yo. No será un yo que hace algo por los demás, sino la Totalidad que, en mí, se ofrece amorosa y servicial, comprometida y solidaria, a los demás. No sé lo que tendré que hacer, pero sé que se hará, a través de mí, en cada momento lo adecuado.

 

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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En torno al “problema del mal” (V), por Enrique Martínez Lozano.

Martes, 12 de junio de 2018

58411. Vivir el malestar desde la Presencia

A lo largo de los apartados anteriores ha quedado claro que lo decisivo en todo lo que nos sucede es la interpretación que hacemos de ello. A su vez, esa interpretación es inevitablemente deudora de nuestro nivel de comprensión. Y este, por su parte, es el que condiciona nuestra propia auto-comprensión. De manera más simple: todo se ventila en la respuesta que, consciente o inconscientemente, damos a la pregunta “¿Quién soy yo?”. Según sea la respuesta, leeremos y viviremos lo ocurrido desde estrechez del yo, que se verá en todo momento a merced de las circunstancias, o desde la Presencia, como espaciosidad consciente e ilimitada en la que todo sucede, sin que nada de ello la afecte.

Para comprendernos en nuestra totalidad, podemos empezar situándonos detrás de nuestros pensamientos y sentimientos, en el Testigo ecuánime que observa sin identificarse con nada de lo observado. Y permaneciendo en él, se irá abriendo paso la Presencia que somos y en la que esto que llamamos “yo” aparece, de la misma manera que aparecen todas las circunstancias de nuestra existencia.

Desde la Presencia todo lo percibimos y vivimos de modo radicalmente diferente. Anclados en ella –en la consciencia de ser ella–, no nos resulta difícil apreciar cómo, detrás de cada sentimiento doloroso, yace oculto un sentimiento pleno de Vida, como si fuera la otra cara de la misma moneda: escondida tras la vulnerabilidad hay acogida y compasión; tras la cavilación e hiperactividad mental que nos tortura, lo que hay es silencio cargado de sabiduría; detrás de la resistencia que pone el ego siempre que algo lo frustra, vive la aceptación profunda que llega a ser rendición a lo que es; oculta tras la dependencia, hay profunda gratitud; bajo la aparente impermanencia, una realidad absolutamente consistente; en la otra cara de la frustración, reside la paz; detrás de la dolorosa impotencia y el afán de control, vive la sabiduría del fluir como totalidad; la aparente soledad esconde la plenitud real; y tras el aparente y agobiante desconcierto, hay comprensión… Y en definitiva, todo ello porque empezamos a ver todo desde el “lugar” adecuado, no el yo, sino el Testigo o la Presencia misma.

Detrás de cada sentimiento doloroso hay uno profundo que quiere vivir. Aflora cuando dejamos de reducirnos al yo y nos situamos en estado de presencia. Por eso, basta hacernos conscientes del sentimiento que predomina en nosotros para saber en qué “lugar” o estado de consciencia nos hallamos: en la mente –reducidos al yo– o en la Presencia.

12. El mal que descoloca y la mente que no tiene respuesta

El mal, en todas sus formas, constituye la causa de nuestros mayores desconciertos. No solo porque comporta una carga de dolor que hiere nuestra sensibilidad, sino porque la mente es incapaz de captar su sentido. De un modo particular, el sufrimiento de los inocentes, víctimas de cualquier circunstancia adversa, causada o no por el ser humano, suele provocar en nosotros una rebeldía visceral y una catarata de interrogantes que no hallan respuesta. Y algo similar nos ocurre cuando el mal llama a nuestra puerta, sobre todo, si es reiterativo o se presenta con desmesura.

Como seres sensibles e inteligentes, no son difíciles de comprender aquellas reacciones de rebeldía y cuestionamiento. Hablan de nuestra sensibilidad y de nuestra capacidad de interrogarnos. Con todo, si queremos abordar ese tema desde la mente, pronto descubriremos que no llegamos a ninguna parte. Al contrario, nos debatiremos en un laberinto oscuro, cuya salida no se halla al alcance de la razón.

Desde esta, se han dado dos tipos de “explicaciones”: una más pragmática e incluso “resignada”, que habla del mal como un fenómeno inevitable en cualquier proceso evolutivo, por lo que se desiste de encontrarle ninguna explicación; y otra –más común en las tradiciones religiosas– que han atribuido el mal a alguna fuerza enfrentada a la divinidad o al “pecado” del ser humano, que cargaba así con la culpabilidad.

Dentro del ámbito específicamente religioso, el mal se ha visto como la “roca del ateísmo”. En efecto, desde muy antiguo, las mentes más lúcidas plantearon que el mal de los inocentes vendría a probar que Dios –el “Dios” pensado y creído– no es bueno (si no quiere evitar el mal) o no es poderoso (si no puede hacerlo); en cualquiera de los casos, no sería Dios.

Ante el mal, se dan también en la práctica, más allá de cualquier planteamiento teórico, diferentes actitudes, que van desde la indiferencia cómoda a la compasión efectiva que busca aliviar y ofrecer ayuda.

13. El mal, depositado en el “conocimiento silencioso”

Decía que la mente es incapaz de hallar una respuesta a esta cuestión, porque ella misma es un objeto más dentro de todo este mundo manifiesto, por lo que es radicalmente incapaz de ver más allá de él.

Sin embargo, la mente no es nuestro único modo de acceso a lo real. Existe otro modo de conocer trans-racional –“conocimiento silencioso”, le han llamado los místicos– que, acallando la mente y haciéndonos tomar distancia del mundo de las apariencias, nos conduce a aquel Fondo común que en todo se está expresando continuamente y que constituye, en realidad, la “sustancia” última de todo lo que percibimos a través de los sentidos neurobiológicos.

Desde ese otro modelo (no-dual) de cognición, lo que cambia no es ya la respuesta, sino la misma pregunta. Porque, cuando se hace desde la mente, la pregunta está mal planteada desde el inicio, con lo cual es comprensible que no pueda llegarse a ninguna respuesta. Y está mal planteada porque se asume, como presupuesto cierto, que la realidad es tal como la propia mente la ve. Sin embargo, es precisamente este presupuesto incuestionado –aceptado colectivamente como verdadero– el que se revela falso. Y eso es lo que hace que todo quede replanteado de manera drásticamente diferente.

Es algo similar a lo que ocurre en el sueño: en él, puede surgir cualquier pregunta relacionada con algo de lo que estamos soñando. Pero al despertar apreciamos que era la misma pregunta la que –siendo “real” en el nivel en que aparecía– carece, sin embargo, de sentido, porque el “marco” en el que nació era solo un sueño.

Algo parecido ocurre en lo que llamamos “vigilia”. Damos por seguro que ya sabemos lo que es el “mal”, y a partir de ahí tratamos de encontrar una explicación. A los creyentes suele pasarles lo mismo: creen saber lo que es “Dios” y, a partir de esa creencia mental, se preguntan: “¿por qué Dios permite el mal?”, o incluso: “¿está Dios en el mal?”.

Lo cierto, sin embargo, es que la mente no sabe ni una cosa ni la otra: no puede saber lo que es el “mal” ni lo que es “Dios”. Por ese motivo, la pregunta es “tramposa”, y solo tiene sentido dentro del mismo nivel –estado mental– en el que surge.

14. En lo profundo, todo es Bien: todo forma parte de Lo que es

En la comprensión no-dual se aprecia que el nivel aparente es “verdadero” –en ese mismo nivel–, pero no es últimamente real. Es solo una compleja infinidad de formas aparentes, que están brotando constantemente del Fondo uno de todo lo que es.

Así, mientras en ese nivel de las formas, todo es polar –lo que nos lleva a hablar de “bien” y de “mal”–, desde el nivel profundo (no-dual) se advierte que los polos no solo no se excluyen, sino que son complementarios –no puede existir el uno sin el otro, y sin ellos no podría existir el nivel aparente– y se hallan abrazados en la no-dualidad mayor.

Se advierte también que los términos “bien/mal”, “bueno”/“malo” son solo etiquetas mentales, porque en el nivel profundo todo es Bien sin opuesto. ¿Qué es “bueno” o “malo”, antes de que aparezca la mente? Para el yo, sin embargo, es “bueno” aquello que sostiene su sensación de identidad, y es “malo” lo que la pone en peligro.

En la comprensión no-dual caen las etiquetas –como las construcciones mentales– porque se alcanza a ver el Fondo último –Consciencia o Presencia– que constituye y sostiene todo lo que percibimos. Eso es justamente lo que somos. Y Eso se halla siempre a salvo. Al comprender, se tiene una sensación similar a aquella que se produce cuando despertamos de un sueño nocturno atemorizador. Lo que nos entra por los sentidos es solo una representación; en ella, somos “personajes” desempeñando un papel en el reino de la impermanencia. Sin embargo, nuestra identidad es radicalmente previa al relato mental y a nuestro propio personaje. No somos un “objeto” de la consciencia, sino la consciencia misma en la que todos los objetos aparecen.

La realidad es no-dual. Y en ella es abrazado todo lo que es, antes de ser etiquetado por la mente como “bueno” o “malo”. Como seres sensibles, sentiremos el dolor en cualquier forma en que aparezca. Pero desde la comprensión experiencial de lo que somos, sabremos ver más allá de él y podremos vivirnos como la Presencia que somos y que se manifiesta y expresa como sabiduría y compasión.

Ante la realidad del mal, nuestra mente carece de respuestas. Pero si nos rendimos a la Sabiduría mayor, que dirige todo lo real, nos descubrimos UNO con todo; amamos lo que es y permitimos que esa misma Sabiduría -o la Vida– se exprese a través de nosotros: somos solo “cauces” por los que la única Vida se expresa.

15. No se niega el dolor ni la acción para liberarse de él; se comprende el “lugar” donde acontece.

Ante esta visión, la mente se rebela y pone en marcha toda una batería de “argumentos” –revestidos con frecuencia de reflexiones morales o incluso “compasivas”–, que no son sino esfuerzos por mantener el propio modo mental de ver. Se comprende que, para quien reduce el mundo a lo que su mente percibe, cualquier otra propuesta le resulte descabellada. Y se comprende también que, ante la presencia de tanto “mal”, nuestra propia sensibilidad, avalada por lo que se suele llamar “sentido común”, se rebele igualmente contra la mera insinuación de que el mal del mundo es solo “apariencia”. De ahí que quizás sea oportuna alguna palabra más, a partir de las “objeciones” que se plantean habitualmente.

En una primera reacción muy frecuente, se suele escuchar que este modo de plantear el problema trivializa algo tan “serio” como el mal, al mismo tiempo que se desentiende de las víctimas. El argumento toca fibras tan sensibles que tiende a producir un efecto inmediato: desechar el planteamiento, en nombre del “rigor” con que debe abordarse la realidad –en lugar de huir de ella– y en nombre también del “compromiso efectivo” a favor de quienes más sufren.

Sin embargo, tales argumentos –aunque sean planteados de buena fe– no solo resultan capciosos, sino que son engañosos de raíz, ya que se basan en el error primero, que lleva a tomar como real lo que solo es aparente y, en gran medida, construcción mental. Pero también puede ser oportuno ayudar a la mente a ver dónde radica la trampa.

A cualquier persona sensible el dolor del mundo –incluso de un solo ser– le “rompe” el corazón. Y es claro que siempre tendremos que hacer todo lo que sea posible al servicio de quien sufre. La visión no-dual no niega nada de eso. Tampoco quita “valor” a lo que ocurre ni a las personas involucradas. Lo que hace es ofrecer una perspectiva diferente a la mental, más profunda y, por ello, más ajustada. En síntesis, se trata de responder a esta cuestión: ¿y si las cosas no fueran como nuestra mente las ve?; ¿qué es exactamente la realidad, si logramos acceder a la verdad de lo que es?

Con ello nos remite a la que constituye siempre la primera cuestión, de la que dependen todas las demás: ¿quién soy yo? La respuesta de la mente nos es bien conocida: “yo” soy un objeto, separado de todos y de todo lo demás, que me defino por mi “personalidad”. A partir de este presupuesto –dado por válido y firmemente sostenido en el imaginario colectivo–, lo real se me antoja la suma de objetos igualmente separados. Y ahí es donde, tras haber absolutizado la lectura mental, nos vemos abocados a un callejón sin salida.

Enrique Martínez Lozano

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“En torno al “problema del mal” (IV), por Enrique Martínez Lozano.

Miércoles, 23 de mayo de 2018

5848. Soledad / Plenitud

La vulnerabilidad trae de la mano la soledad. No es raro que se reactiven ahí –en los acontecimientos dolorosos– experiencias de soledad muy antiguas, de las que incluso no tenemos recuerdo. Y se intensifican al ser consciente de que, en estas circunstancias, tú solo no puedes hacer nada. De esa manera, la soledad refuerza la vulnerabilidad y, si no se detiene la mente pensante, introduce en laberintos sin salida, que resultan cada vez más ennegrecidos por la dramatización mental apoyada en sentimientos densos y oscuros.

La soledad sabe a aislamiento y abandono. En el niño puede provocar una sensación de no-pertenencia a nada ni a nadie, lo cual lo aboca a la vivencia de un aislamiento sumamente doloroso. Parece que a un niño no le hace tanto daño el dolor que pueda experimentar, cuanto el hecho de sufrirlo en soledad.

No es extraño que la soledad se anude a otros sentimientos, como la frustración, el desconcierto, la impotencia…, hasta producirse una tela de araña de la que parezca imposible escapar.

En esas circunstancias, resulta impagable el apoyo o la cercanía de alguien que te comprende desde dentro, te acoge y te ayuda. Sin duda, el mayor regalo que podemos recibir –y que podemos ofrecer– es la presencia de calidad de quien está a nuestro lado.

Pero, aun siendo un regalo precioso, no es suficiente. Por nuestra parte, el sentimiento de soledad está reclamando una presencia consciente y amorosa a nosotros mismos. Necesitamos conectar con el amor que somos y, con él, abrazar al yo que está experimentado soledad.

Progresivamente, en la medida en podamos acogernos de manera amorosa y comprensiva, crecerá en nosotros la consciencia de que no somos el sentimiento doloroso, ni el yo que lo padece, sino la Presencia amorosa capaz de atenderlo y de acogerlo. Y esa Presencia es Plenitud.

Frente a circunstancias dolorosas para el yo y ante cualquier tipo de crisis, la sabiduría consiste en aprender a vivirlas desde la Plenitud que somos. A tenor de dónde esté situado –en el yo o en la Plenitud–, la lectura que haga de lo que ha ocurrido variará decisivamente.

Ante aquella circunstancia (caída) que dio origen a todo lo que estoy compartiendo, desde el yo no podía ver otra cosa que dolor, desconcierto, frustración, impotencia e incluso auto-reproche.

El regalo fue que podía leer todos esos sentimientos como una alerta indicadora de que me hallaba en un “lugar” equivocado. Desde ese lugar (el yo) no cabía otra lectura. Sin embargo, al re-situarme en la Plenitud que somos, caía incluso la necesidad de saber. Solo había aceptación profunda, rendición, “sí” a la Vida en la consciencia de ser uno con ella, confianza y gratitud.

¿Quién necesita saber?, ¿quién tiene necesidad de controlar?, ¿quién querría que las cosas fueran diferentes de lo que son?… La respuesta a todo ese tipo de preguntas es siempre la misma: el (inexistente) yo. Acallado el yo –silenciada la mente–, cesan las preguntas; la Plenitud lo ocupa todo. Y no queda otra actitud que aquella que, de manera sublime, describió san Juan de la Cruz: “Quedéme y olvidéme, / el rostro recliné sobre el Amado, / cesó todo y dejéme, / dejando mi cuidado / entre las azucenas olvidado”.

9. Desconcierto / Comprensión

Unido a los sentimientos anteriores, particularmente al de frustración, aparece en toda su crudeza el desconcierto. No es raro: si la mente asocia la seguridad al control, la pérdida de este la lee como desconcierto. Notas de pronto que te han modificado completamente el escenario, y que tal cambio puede afectar no solo a este momento, sino a todo tu futuro. No es raro que el desconcierto venga también asociado al miedo, a la tristeza o al abatimiento. Y, sin embargo, por extraño que parezca, al aceptar el desconcierto y venir al estado de presencia, se modifica sustancialmente la propia vivencia: cesa la cavilación, se permite que las cosas sean como son, uno se alinea con lo que en este momento está siendo… Todo ello es posible porque, al acallar la mente y todas sus construcciones, dejas de identificarte con el yo –autor de las lecturas anteriores– y te reconoces en la misma Presencia que todo lo contiene. En ese mismo instante, brilla la comprensión. Y, con ella, la certeza de que el sufrimiento nace siempre del yo y de la interpretación que él hace de los acontecimientos: es el yo quien se siente vulnerable, resistente, solo, frustrado, impotente, desconcertado…, y así nos seguiremos sintiendo mientras creamos lo que el yo (la mente) nos dice acerca de lo acontecido. Cuando, por el contrario, acogemos eso mismo desde la Presencia, permitimos que todo sea y nos sentimos a salvo.

Hemos comprendido quiénes somos y vivimos lo que ha sucedido como si nosotros mismos lo hubiésemos elegido. Y esto no por algún tipo de masoquismo inconsciente, sino gracias a la sabiduría que nos hace ver que no somos el accidente ocurrido ni tampoco el yo que lo padece, sino la Presencia o Totalidad en la que aparecen todas las cosas y todos los acontecimientos. Y si aparecen, es porque tenían que aparecer. La sabiduría sabe varias cosas: que la vida (la totalidad) no puede equivocarse; que lo que viene, conviene; que, cuando se sabe ver en profundidad, todo está bien… Y la más decisiva: que tú no eres el yo al que le ocurren cosas, sino la Presencia en la que todo sucede, y de la que el yo es apenas un “disfraz” momentáneo. Esta comprensión puede experimentarse en la práctica, al constatar la diferencia radical de lectura según se haga desde el yo –víctima de lo ocurrido, por lo que vive sensaciones de vulnerabilidad, cavilación, resistencia, soledad, frustración, desconcierto…- o desde la Presencia.

Todo lo ocurrido sigue siendo exactamente lo mismo. La diferencia radica únicamente en la comprensión de quienes somos y, en consecuencia, en el lugar desde el que leemos lo ocurrido. Como dije en una entrega anterior, los sabios estoicos nos enseñaron que lo realmente decisivo no es lo que nos ocurre, sino aquello que hacemos con lo que nos ocurre; o mejor aún, el modo como interpretamos lo que acontece.

10. Yo / Testigo

Ante el mismo hecho, el yo se sentirá abatido, desconcertado e irremediablemente hundido. El Testigo –la Consciencia que atestigua–, por el contrario, observa todo, acoge todo, permite todo…, sabiéndose plenamente a salvo. No solo eso, sino reconociendo que todo lo que ocurre es oportunidad de comprensión y de crecimiento en la consciencia de quienes somos.

En ese sentido, toda crisis nos hace una doble llamada: a soltar y a comprender. Soltar todo para comprender que somos aquello que nunca podremos soltar: la pura Presencia. Comprender esto de modo cada vez más vivencial y de manera más estable hace que la crisis sea bienvenida. A esto se refiere aquel dicho sufí, cargado de sabiduría, según el cual, “cuando el corazón sufre por lo que ha perdido, el espíritu sonríe por lo que ha encontrado”.

Desde la comprensión de lo que somos, hallan profundo eco en nosotros las palabras de los sabios. “La esencia de la sabiduría –afirmaba Nisargadatta– es la total aceptación del momento presente”. “¿Cómo deberíamos vivir?” –se preguntaba la beguina Matilde de Magdeburgo–. Y ella misma respondía: “Vive dándole la bienvenida a todo”. San Juan de la Cruz apunta a esa misma clave: “Me parece que el secreto de la vida consiste simplemente en aceptarla tal cual es”. Y el propio Nietzsche, desde un marco ideológico aparentemente bien distante, expresa así el anhelo de su corazón: “«Amor fati»: ¡que ese sea en adelante mi amor!… Y, en definitiva, y en grande, ¡quiero ser, un día, uno que solo dice sí!”.

Desde el yo, no solo no tenemos explicación para los hechos que nos duelen o frustran, sino que resulta absolutamente imposible salir del laberinto de confusión y de sufrimiento en el que nos sumergen. El yo seguirá siempre con su misma música: “Esto no debería haber(me) pasado”. Y, a partir de ella, alimentará todo tipo de sentimientos que no harán sino incrementar el sufrimiento. Sin embargo, si observamos el mismo hecho, no desde el yo, sino desde el Testigo o desde la Presencia que somos, se producirá un alineamiento con lo que es, que se traducirá en aceptación y paz.

Y ahí se habrá dado en nosotros un paso decisivo en comprensión: no busco lo que quiere el yo, sino lo que la Vida quiere. O tal como lo expresara, de manera sublime, Marco Aurelio: “Todo se me acomoda, oh Cosmos, lo que a ti se te acomoda”. ¿Por resignación o claudicación? En absoluto; por sabiduría: porque he comprendido que soy uno con la Totalidad. Totalidad radiante que en todo, sin excepción, incluido aquello que me frustra o desconcierta, se está expresando en este preciso instante. Así comprendido, el instante –no pensado– es la Eternidad; cada forma es Plenitud.

Enrique Martínez Lozano

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“La naturaleza del pensamiento “, por Jean Klein.

Martes, 13 de marzo de 2018

_98281437_gettyimages-531862950Nuestra verdadera naturaleza es quietud. Es presencia sin devenir. En la ausencia de devenir hay integridad y absoluta tranquilidad. Esta tranquilidad es el terreno propio de toda actividad. La actividad de pensar, como toda actividad, está fundada en la totalidad. La tranquilidad es el continuo en el que el pensar aparece y desaparece. Lo que aparece y desaparece está en movimiento. Es energía extendida en el espacio y el tiempo. El pensar, la energía, se representa a sí mismo en discontinuidad pero, dado que surge y muere en la quietud, fundamentalmente no es otra cosa que esta presencia más allá del pasado, presente y futuro.

Lo que generalmente llamamos “pensar” es un proceso de la memoria. Es proyección construida sobre lo ya conocido. Todo cuanto existe, todo cuanto se percibe, es representación para la mente. El pensar secuencial, el pensar racional o científico, por tanto, comienza con una fracción, una representación. Este pensar fraccionario nace de la idea condicionada de que somos entidades independientes, “yos”, “personas”. La noción de ser alguien condiciona todo otro pensar porque la persona solo puede existir en la repetición de la representación, en la confirmación de lo ya conocido. El cerebro tiende aquí hacia la constante representación. La memoria es la originadora de la idea de ser una entidad continua. En última instancia, pensar es defensa contra la muerte del ego. ¿Quién eres tú cuando no piensas? ¿Dónde estás cuando apartas tu mirada del pensar? Pensar es generalmente un modo de escapar de tu totalidad, en la que no hay ningún sujeto pensador.

Cuando la profundamente arraigada idea de una entidad personal, un pensador, alguien que intenta o hace, está ausente, el pensar tiene lugar todavía, como antes, en sucesión utilizando la memoria, pero ahora este funcionamiento está firmemente arraigado en el fondo global: totalidad, esencia, no dualidad. En la ausencia de un pensador, el pensar se libera de todo lo que es personal. No hay objetivo, ni motivo, ni anticipación, ni intención, ni voluntad, ni deseo de concluir, etc. No hay interferencia psicológica alguna ni referencia a un centro. El pensar liberado de esta memoria surge del momento mismo; es siempre nuevo, siempre original. El pensar aquí no provoca la situación; la situación provoca el pensar y aporta su propia conclusión. Todo movimiento intencional, fragmentario, debe cesar antes de que el todo pueda operar. En tanto que haya movimiento en una dirección, la totalidad no podrá encontrar su propio camino. Cuando el pensamiento científico o racional está fundado en la presencia, tiene un resultado completamente distinto. Nunca puede ser monstruoso.

El pensamiento liberado de la memoria es verdaderamente creativo. Todo pensamiento es una explosión que se manifiesta y una implosión que es reabsorbida en el silencio. El deseo de ser revelado y de ser ocultado es la Danza Cósmica, juego sin motivo por el placer de jugar. El verdadero deseo no es otra cosa que esto. Cualquier otro deseo es sólo una deformación, y un anhelo inconsciente, de este deseo fundamental. La esencia del pensar es este divino juego. El pensamiento creativo jamás empieza con lo ya conocido, con una representación. Nace y muere en apertura y utiliza la mera memoria funcional para su expresión. Allí donde no hay ningún pensador, solamente hay un canal para la función de pensar. En este funcionamiento, toda representación está conscientemente fundada. Cuando la presencia se mantiene en el pensar, el nombre no está divorciado de la forma como sucede en el pensamiento mecánico, que es conceptual y abstracto. El “pensamiento” creativo es un júbilo de ser.

Al tomarnos a nosotros mismos por entidades separadas hemos olvidado nuestro propio terreno y nos hemos identificado con una idea, una proyección de individualidad. No son las infinitas expresiones de silencio las que constituyen el problema o causan complicaciones, sino nuestro olvido de la fuente de toda expresión. Esta separación de nuestra verdadera naturaleza nos lleva a un falso vivir. No permitimos que la expresión se disuelva sino que la cristalizamos y, después, nos identificamos con ―y nos perdemos en― esta cristalización. A través de esta objetivización se crea lo que nosotros llamamos “el mundo”. Tomamos la existencia por la vida misma. Pero la vida no tiene principio ni fin. El verdadero vivir es juego, gozo sin objeto.

Jean Klein (¿Quién soy yo? La búsqueda sagrada).

Fuente Boletín Semanal Enrique Martínez Lozano, vía Fe Adulta

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“El Yo y los sentimientos (II)”, por Enrique Martínez Lozano.

Viernes, 10 de noviembre de 2017

sentimientos-el-lenguaje-del-almaEn forma de esquema, la gestión adecuada de los sentimientos podría expresarse de este modo: la actitud inteligente y constructiva se sitúa en el centro de dos extremos igualmente peligrosos: la represión y la reducción. La inteligencia emocional no reprime los sentimientos ni se reduce a ellos.

La represión es siempre peligrosa y dañina. Porque reprime los sentimientos –los oculta, los camufla, los niega o los disimula–, pero no los elimina. Dado que un sentimiento es una carga de energía, la represión acarrea estas consecuencias nefastas: desgasta a la persona, al consumir no poca energía para mantener reprimido el sentimiento; provoca que el sentimiento aparezca por otra vía, particularmente el cuerpo, en forma de somatizaciones (“el cuerpo dice lo que la mente calla”); el sentimiento reprimido se convierte en un volcán tan peligroso como oculto, que en cualquier momento puede estallar de forma inesperada y violenta, haciendo verdad el dicho de que “quien se empeña en vivir como un ángel, termina comportándose como una bestia“.

Ahora bien, en el extremo opuesto, la reducción no es mejor, ya que termina infantilizando y hundiendo a la persona. En efecto, al reducirme al sentimiento, no solo me convierto en una marioneta en sus manos, a merced de sus altibajos, sino que termino desconectado de mi verdadera identidad: esta es la mayor ignorancia, fuente de todo sufrimiento.

La actitud sabia, por tanto, consiste en reconocer, aceptar y nombrar todos nuestros sentimientos, acogiéndolos desde nuestra identidad profunda, sin negarlos ni reprimirlos y sin dejarnos conducir por ellos.

Todo sentimiento tiene “derecho” a vivir: es un “objeto” dentro de nuestro campo de consciencia; como tal, necesita ser reconocido y aceptado, sin demonizarlo: los sentimientos son moralmente neutros, ni “buenos” ni “malos”. Es una energía que siempre tiene una causa, aunque nos resulte desconocida. Al reconocerlos y aceptarlos, dejamos de resistirlos; solo entonces evitaremos fracturarnos.

Pero si bien todo sentimiento tiene “derecho” a vivir, no es menos cierto que ningún sentimiento constituye nuestra identidad. De ahí que identificarnos con cualquiera de ellos nos introduzca en la confusión y la impotencia. Nos identificamos con ellos cuando somos incapaces de tomar distancia o, peor aún, los alimentamos con nuestras cavilaciones mentales o rumiaciones. Y todos tenemos experiencia de que, al alimentar cualquier sentimiento o pensamiento, terminamos dramatizando la situación, enjaulados dentro de sus propios barrotes.

Enrique Martínez Lozano

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“El yo y los sentimientos (I)”, por Enrique Martínez Lozano.

Miércoles, 25 de octubre de 2017

sentimientos-el-lenguaje-del-almaSabemos que el yo (o ego) no es otra cosa que la identificación que la mente hace con sus propios contenidos. No es, por tanto, sino la suma de pensamientos y sentimientos, más o menos armonizados o integrados.

Creer que eso constituye nuestra identidad nos sume en la ignorancia y, simultáneamente, en el sufrimiento.

Sin embargo, por otro lado, aunque no nos identifiquemos con ellos, necesitamos aprender a gestionar los sentimientos y las emociones de un modo adecuado. Es algo similar a lo que hacemos con el cuerpo: no se nos ocurre identificarnos con él, pero comprendemos que necesitamos atenderlo y responder adecuadamente a sus necesidades.

La gestión adecuada de pensamientos y de sentimientos nos permite la integración del psiquismo, con todo lo que se deriva de ello. Una integración armónica favorece el gusto de vivir, la serenidad, la apertura, el amor… Por el contrario, la carencia de integración se manifiesta como neurosis o psicosis y lleva a funcionamientos y mecanismos más o menos destructivos y siempre dolorosos.

En resumen, el yo es únicamente una ficción mental; pensamientos y sentimientos son algo que tenemos, no lo que somos. Sin embargo, es necesario cuidar nuestro psiquismo. Solo en este sentido podría hablarse del “yo”, no como identidad, sino como el centro operativo de la vida cognitiva y emocional de la persona.

¿Qué hacer, pues, con los sentimientos? La primera dificultad que encontramos consiste en el no fácil diálogo entre la “razón” y el “corazón”; dificultad que tiene una base neurológica en el “contraste” entre el cerebro límbico (emocional) y el cerebro cognitivo (neocórtex).

Debido a ello, se puede caer en una doble trampa. En un caso, las emociones pueden desbordarnos, hasta el punto de bloquear el discernimiento lúcido e incluso la libertad ante ellas: es lo que conocemos como “cortocircuito emocional” o “secuestro cerebral”, y es lo que ocurre, por ejemplo –aunque no solo-, en los diferentes casos de estrés postraumático. En el otro, la mente bloquea y reprime los sentimientos, a causa de miedos, prohibiciones o sufrimiento: se produce entonces una especie de “asfixia cognitiva”, con dos consecuencias nocivas: la persona queda “cortada” de su mundo interior y crece la probabilidad de cualquier tipo de somatización, como único medio que les queda a los sentimientos para expresarse.

Frente a esa doble trampa, es necesario el cuidado de la inteligencia emocional, por la que entendemos la capacidad para identificar, comprender, razonar y gestionar las emociones, pasando de la lejanía e ignorancia a una consciencia cada vez más lúcida de los propios estados emocionales, sus causas y su gestión adecuada.

Enrique Martínez Lozano

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Cansancio…

Domingo, 13 de agosto de 2017

un-abrazo-a-jesus

Del blog Fraternidad Monástica Virtual:

No hay duda de que quieres algo de mi, Señor Jesús. Todas esas puertas abiertas de un solo golpe. La vida entera delante de mí: no es un sueño.

Quieres algo de mí, Señor. Aquí estoy, al pie de la muralla: todo está abierto, no hay más que un camino, libre, hacia el infinito, el absoluto.

Pero yo me siento el mismo, a pesar de todo. Tendré que tomar contacto contigo, Señor; que te haga compañía, durante un buen rato. Para morir; pero entonces completamente.

Como esos heridos que sufren, Señor: yo te pido que acabes conmigo. Estoy cansado de no ser tuyo, de no ser tú.

*

L. Ploussard, Carnet de route. Seuil. Paris, 1964, 209

2001 --- Detail of Mosaic in Hagia Sophia --- Image by © Hanan Isachar/CORBIS

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Después que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y, después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.

De madrugada se les acercó Jesús, andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma. Jesús les dijo en seguida:

“¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!

Pedro le contestó:

“Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.”

Él le dijo:

“Ven.”

Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:

“Señor, sálvame.”

En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:

“¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?”

En cuanto subieron a la barca, amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él, diciendo:

“Realmente eres Hijo de Dios.”

*

Mateo 14,22-33

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El sanador herido

Sábado, 27 de mayo de 2017

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Nadie escapa a la posibilidad de ser herido. Todos somos personas heridas, física, psicológica, mental, espiritualmente. La pregunta principal no es: “¿Cómo podemos esconder nuestras heridas?”, a fin de que no nos resulten embarazosas, sino: “¿Cómo podemos poner nuestras heridas al servicio de los demás?”.

Cuando las heridas dejan de ser una fuente de vergüenza y se vuelven fuente de curación, nos convertimos en curadores heridos. Jesús es el curador herido de Dios: por medio de sus heridas nos ha sanado de nuevo a nosotros. El sufrimiento y la muerte de Jesús han traído consigo alegría y vida; su humillación ha traído gloria; su rechazo ha traído una comunidad de amor. Como seguidores de Jesús, también nosotros podemos hacer que nuestras heridas traigan curación a los otros

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Henri Nouwen,
Pan para el viaje, PPC, Madrid 1999.

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Te encuentras siempre ante la alternativa de dejar hablar a Dios o dejar gritar a tu “yo” herido. Aunque deba haber un lugar donde puedas dejar que la parte herida de ti obtenga la atención que necesita, tu vocación es hablar del lugar donde Dios habita en ti. Cuando permites que tu “yo” herido se exprese en forma de justificaciones, disputas o lamentos, sólo consigues frustrarte aún más y te sentirás cada vez más rechazado. Reclama a Dios en ti y deja que Dios pronuncie palabras de perdón, de curación y de reconciliación, palabras que llamen a la obediencia, al compromiso radical y al servicio. Se requiere mucho tiempo y mucha paciencia para distinguir entre la voz de tu “yo” herido y la voz de Dios, pero en la medida en que vayas siendo más fiel a tu vocación se volverá más fácil. No desesperes: has de prepararte para una misión que será difícil, pero fecunda.

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Henri Nouwen

La voz interior del amor, PPC, Madrid 1997.

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Te amo

Martes, 7 de febrero de 2017

Del blog de la Communion Béthanie:

El hermano Roger es una profeta de nuestro tiempo. Centró toda su vida en Cristo, en cuyo nombre dio la bienvenida a cualquier persona, cualquiera que sea su ori gen, su pasado, su edad, su religión. Hombre de oración, el fundador de la comunidad ecuménica de Taizé no ha dejado de animar a los hombres a reconciliarse. Su testamento espiritual continúa sosteniendo a aquellos que deseen desarrollar un monaquismo interior. Os proponemos oraciones y palabras del hermano Roger para alimentar cada semana la vida interior en el seguimiento del Dios uno y trino. (Citas sacadas del libro “Vivir para amar” Ed. Les Presses de Taizé, 2010).

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En la paz del corazón se disipan las inquietudes sobre ti mismo.

Lo más importante para ti es descubrir que Dios te ama. Y su amor es presencia y perdón. Es porque su perdón irradia confianza en que la paz del corazón es posible y hasta cierta.

El te ama incluso si tú piensas en no amarle. Y vendrá un día  en que tú le dirás: te amo, quizá no como yo quisiera, pero te amo.

*

Frère Roger de Taizé,

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La meditación “disuelve” el yo, por Enrique Martínez Lozano

Viernes, 20 de enero de 2017

un_hombre_desnudo_haciendo_yoga_y_sintiendose_superior_5061_622x466Para quienes únicamente han oído hablar de ella, la meditación suele aparecer como una práctica, más o menos extraña o incluso esotérica, con la que se buscaría relajación o serenidad. En cualquier caso, se trataría de algo marginal y, en cuanto tal, prescindible.

Esta opinión ha empezado a modificarse en Occidente gracias a la inusitada expansión del “mindfulness” y a su reconocimiento creciente, particularmente en ámbitos psicológicos, médicos y académicos.

Sin embargo, mindfulness no es sinónimo de meditación. Se trata de una valiosa y eficaz herramienta terapéutica, cuyos efectos se han comprobado fehacientemente, tanto en la prevención o disminución de la ansiedad, el estrés y la depresión, como en el crecimiento integral de la persona. No es extraño, por tanto, que desde los terrenos psicológico y educativo se le preste cada vez una mayor atención.

La meditación, sin embargo, no es un conjunto de prácticas –aunque las incluya–, sino de un estado de consciencia, caracterizado por la vivencia de la no-dualidad.

No se trata, por tanto, del ejercicio de un yo que busca en la meditación algún beneficio en particular. La meditación es un estado de pura atención, en el que esta llega a ocupar todo el espacio, hasta el punto de que desaparece incluso el yo que quería meditar. Meditación es, por tanto, un estado sin yo. Lo cual resulta plenamente coherente: dado que el yo es solo un pensamiento, acallado este en la atención, aquel se disuelve. (Quizás, en rigor, habría que decir que lo que se disuelve es la identificación con el yo).

Lo que ocurre, con frecuencia, es que son los propios meditadores habituales quienes entienden la meditación como un medio para alcanzar algo que les resulte “beneficioso”. Cuando eso ocurre, lo que se consigue es seguir fortaleciendo la sensación del ilusorio “yo”, que utiliza incluso la meditación para perpetuar su afán de protagonismo. De ese modo, aquella se convierte en una herramienta más al servicio del yo.

Frente a este engaño, tan sutil como habitual, me parece importante tener presente que la meditación es un estado de consciencia radicalmente diferente del estado mental, al que se accede silenciado el pensamiento y poniendo atención, hasta que llega un punto en el que la atención (consciencia) lo ocupa todo.

El sujeto de la meditación no es, pues, el yo que quiere estar atento o se esfuerza por mantenerse consciente, sino la propia consciencia. De ahí que, siempre que el meditador se considera “sujeto” de la práctica, cae en el engaño antes citado, que imposibilita que emerja el estado meditativo.

En todo caso, el “sujeto” de la práctica habrá de ser el “Testigo”, no el yo o la mente, sino la consciencia que atestigua, Eso que observa o se da cuenta. En rigor, “yo” no medito, porque cuando hay meditación no hay (identificación con el) yo. Y “yo” no es tampoco el Testigo que observa; se trata de un nivel diferente de identidad: acallado el yo mental, emerge el Testigo. Y, a partir de ahí, puede operarse el “paso” del Testigo a la Consciencia una, donde todo es –y solo es– atención sin sujeto separado.

La “moraleja” que de aquí se desprende para quienes meditan es simple pero profundamente renovadora o transformadora: no te sitúes en el yo para meditar; más aún, no te busques como “yo”. Ábrete a percibir que “tú” no eres el sujeto de la práctica, sino que, en cuanto empiezas a meditar, el yo cae, porque emerge otra nueva identidad que trasciende la mente.

Para terminar, me gustaría señalar que es precisamente este cambio de estado el que explica que la no-dualidad no pueda ser percibida por la mente, que fácilmente la descalificará como ilusoria. La incapacidad es la misma que experimentaría quien duerme –en el estado de consciencia onírico– para captar el mundo de la vigilia. Un estado de consciencia inferior tiene vedado el acceso a otro estado superior.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Viernes, 22 de julio de 2016

Del blog Nova Bella:

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El ojo con el que veo a Dios
es el mismo con el que Dios me ve.

*

Maestro Eckhart

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Revelar en mí a su Hijo

Jueves, 16 de junio de 2016

Del blog Pays de Zabulon:

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“Dios tuvo a bien  revelarme a su Hijo, para que yo lo anuncie entre las naciones”
(Gálatas 1, 15-16)

Qué curiosa formula emplea San Pablo para hablar de su conversión: “Dios encontró bueno revelar en mí a su Hijo “. No habla de aparición exterior o de visión sino de revelación. Verbo apocalipto, en griego: revelar, desvelar, como en el Apocalipsis (revelación).

En mí. Revelar en mí.

Cristo se revela en mí…

Hay motivo para pensar, meditar, recibir, allí.
¿Estoy a la escucha de Cristo que se revela en mí?

¿Si está allí, estoy allí?

¿Está allí. ¿Estoy allí?

*

Z – el 7 de junio de 2016

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