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“Relato, narración y anámnesis”, por José Manuel Bernal.

Jueves, 11 de julio de 2019

eucaristia0Para arrancar voy a citar las palabras clarividentes de un teólogo judío de nuestro tiempo: «La fuente principal de la revelación no se halla en la teología legislativa, ni en la ley, ni en los himnos, ni en los proverbios sapienciales ni, desde luego, en la teología especulativa. Se encuentra en la teología narrativa, en los relatos de las acciones salvíficas de Dios, de su actuar con los hombres y, especialmente, con su pueblo elegido» (Ben Chorin, Narrative Theologie…, Tubingen 1985, 28).

En la misma línea hay que citar a teólogos cristianos como el alemán J.B. Metz que define a la comunidad cristiana que celebra la eucaristía como una «comunidad narrativa o anamnética»; y al belga Adolph Gesché que, al definir la identidad de Jesús, deja de lado la identidad «histórica» y la «dogmática» para apostar por la identidad «narrativa». Es una referencia al Cristo creído, proclamado y confesado. Lo afirma Gesché al hilo del pensamiento del filósofo francés Paul Ricoeur, según el cual «el hombre solo puede definirse como un ser que narra, y él mismo no puede ser otra cosa que un ser narrado. El hombre que no ha sido objeto de un relato es un hombre sin identidad. La narración construye el carácter duradero de cada uno» (Gesché, Jesucristo, Sígueme 2002, 85).

Este tipo de reflexiones nos resultan un tanto extrañas. A nosotros que estamos acostumbrados a teologías que deambulan al hilo de pensamientos altamente conceptualistas o de reflexiones especulativas y racionales; o a prácticas catequéticas basadas en el adoctrinamiento y en el fustigamiento moralizante. La teología narrativa es una manera de expresar el mensaje cristiano a partir de los relatos históricos y de la experiencia vital; es también un método teológico que se apoya en las narraciones que dan consistencia al núcleo fontal de la fe cristiana; es la teología como narración o a partir de los testimonios, una teología sencilla, cercana a lo cotidiano, sin ínfulas científicas.

Es en el entorno litúrgico y sacramental donde percibimos la centralidad y la fuerza del relato. Pienso en la eucaristía. El relato lo penetra todo en la celebración del banquete; porque la cena, el banquete, es todo él un memorial: «Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19; 1Cor 11, 24. 26). Es precisamente la narración de las cosas que Dios ha hecho con su pueblo, el relato de sus acciones admirables, liberadoras, lo que provoca la alabanza y la acción de gracias. La eucaristía  (= «acción de gracias») se apoya, está motivada, por la narración, por el recuerdo, por la evocación profética de las maravillosas intervenciones de Dios en la historia. Es, por eso, la historia de la salvación.

Esta historia culmina en Jesús. Él es la expresión máxima de la presencia y de la acción de Dios en el mundo. En la «plenitud de los tiempos» (Gal 4, 4), en el vértice de la historia. El orante que proclama la plegaria de acción de gracias, la anáfora, evoca, proclama, narra todo lo que dijo e hizo Jesús (dicta et facta Iesu). Es la evocación narrativa por la que se configura y expresa la identidad de Jesús. Esta evocación involucra en su expresión la memoria de Jesús, el reconocimiento confesante de su señorío, el anuncio misionero de su pascua liberadora y la alabanza doxológica.

La narración de lo que Jesús hizo en la última cena se sitúa en el corazón mismo de la plegaria eucarística. Es el relato de la institución de la eucaristía, de la entrega otorgada por Jesús a sus discípulos del memorial de su pascua. Pero aquí se debe subrayar, a pesar de los atavismos y falsas interpretaciones, el carácter narrativo del relato. Porque, hasta el Vaticano II, estas eran las palabras de la «consagración», sin más; ahora a las palabras del relato se les llama en primer lugar «narración de la institución». Este detalle no es insignificante ni intrascendente, puesto que el relato de la cena es la culminación de todo lo que se evoca y narra sobre las acciones y palabras de Jesús. Es cierto, no obstante, que esas palabras, las pronunciadas por Jesús, son palabras de santificación y de consagración. Pero no solo esas palabras; es todo el conjunto de la plegaria eucarística, -la bendición, la anamnesis y la epíclesis-, la que posee la capacidad consecratoria y la eficacia santificadora transmitida por el Espíritu Santo. No hay que circunscribir la consagración solamente a las palabras del relato; toda la plegaria eucarística es consagración. Además debemos recuperar el carácter narrativo de las palabras del relato.

Debo insistir en un punto. Ya he dicho antes que la evocación narrativa de las acciones divinas provoca la alabanza y el memorial. Voy a insistir sobre este aspecto. Porque hay un momento, en la anáfora, en el que el memorial o anamnesis cobra un relieve especial. Ese momento sigue a las palabras del relato e intenta responder al mandato de Jesús de repetir la cena en su memoria hasta que él vuelva  (1Cor 11, 26). En ese momento el memorial se centra en la evocación y recuerdo del acontecimiento pascual del Resucitado. No es una reflexión teológica sobre la Pascua. Es una narración profética, un intento de contar lo que han «visto y oído» sobre el Mesías: Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, es lo que os anunciamos. Porque la Vida se hizo visible, y nosotros la vimos y somos testigos, y os anunciamos la Vida eterna, que existía junto al Padre y que se nos ha manifestado. Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos también a vosotros, para que viváis en comunión con nosotros. Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo (1Jn 1, 1-3).

Las palabras de Juan confirman todo lo que venimos diciendo. La anamnesis relata los gestos de Jesús al «pasar de este mundo al Padre» (Jn 13, 1), su Pascua; al mismo tiempo, el memorial se convierte en anuncio misionero y en confesión de fe; el orante que anuncia el acontecimiento pascual, contenido en la anamnesis, se transforma en testigo vivo de Jesús, en «martyr». A la postre, el memorial de las acciones de Dios, convertido en una narración, en una historia que contar, acelera la doxología y la alabanza.

Hay además otra vertiente más agresiva del memorial, el que convierte la anamnesis en una memoria subversiva. Siguiendo el pensamiento de J.B. Metz, inspirado en el judío Walter Benjamin, el memorial narrativo del Crucificado-Resucitado se convierte en el único lenguaje que nos permite recordar a las víctimas de la historia. «Este sería el único lenguaje ético verdadero, el que respeta el recuerdo de los caídos sin reducirlo a conceptos, a ideas. En el centro de todos estos relatos se encuentra el de otra víctima, el Crucificado, con el que se identificó Dios mismo, para que no sean olvidadas esas víctimas»  (Lluis Oviedo). La comunidad eucarística se convierte, así, en una comunidad narrativa, no preocupada por el discurso especulativo o por el intercambio de  ideas.

Podemos concluir persuadidos de que la anamnesis, en el corazón de la eucaristía, no es simplemente una parte insignificante del ritual; la narración del Crucificado, que nos cuenta la entrega de su vida rota, implica al mismo tiempo el recuerdo subversivo de las víctimas de los muchos holocaustos que tiñen de terror nuestra historia. Es un relato fehaciente para destruir la lacra del olvido.

José Manuel Bernal

Fuente Fe Adulta

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El lenguaje de la bondad

Martes, 26 de febrero de 2019

taize_poznanGabriel Mª Otalora
Bilbao (Vizcaya).

ECLESALIA, 15/02/19.- Cuando decimos de alguien que es una persona bondadosa estamos pensando que es una persona amable, en la que se puede confiar porque no esperamos de ella daño alguno. Pero no deja de ser una descripción un tanto desvaída de la mejor esencia del ser humano.

Si somos hijos de Dios, nuestro ser más íntimo es la bondad aunque al ser imperfectos nos comportamos malamente en no pocas ocasiones. Pero ello no es óbice para que la parcela más luminosa de los seres humanos, aparte de que es lo esencial de su humanidad, tiene unas consecuencias en la radicalidad de las actitudes mucho mayores en que lo que pudiera parecer en algunas definiciones más bien ñoñas de la bondad que nos trae a la cabeza esa cuasi equiparación popular de que, el bueno, es blando o casi tonto. Vamos, que si nos empleamos a fondo en la bondad, en buena parte de esta sociedad seremos considerados más bien como tontos. Pero la bondad es una cualidad propia de la inteligencia espiritual y no tanto una característica del carácter.

Es una pena que una palabra y su contraria puedan haber llegado a tener el mismo fundamento en amplias capas sociales relegando la vida ética (la historia del pensamiento) y la vida evangélica por no ser útiles en el tiempo presente. Pero cuando desaparece la bondad como conducta liberadora y solidaria, entonces se congela la convivencia y la deshumanización acarrea sus consecuencias.

Traigo a la consideración de los lectores una reflexión del gran pensador Paul Ricoeur en una de sus visitas a la comunidad cristiana ecuménica de Taizé: él relaciona a la religión con la práctica de la bondad pero lo enmarca así: Por muy radical que sea el mal, este no será nunca tan profundo como la bondad. Y si la religión, las religiones, tienen un sentido, es el de liberar el fondo de bondad de los seres humanos, ir a su búsqueda, allí donde está totalmente enterrado”. Y cierra su reflexión con esta preciosa rotundidad: “La bondad es más profunda que el mal más profundo”. Para Ricoeur este axioma es la experiencia que debemos buscar y expresarla en el lenguaje comunitario de la liturgia, cada uno desde el fondo infinito de bondad que anida en cada uno de los seres humanos.

Simone de Beauvoir, igual que otros pensadores (Hobbes como paradigma)  utilizó el lenguaje de la bondad de manera subordinada a la maldad: “La naturaleza del hombre es malvada. Su bondad es cultura adquirida”.  Lo dijo quizá por lo que cuesta educar nuestro espíritu hasta que adquiera la disposición natural para hacer el bien  cuando lo tentador es precisamente optar por el mal, que suele ser más agradecido a corto plazo y divertido.

Pero es lo que pasa en todo con la naturaleza humana, que nuestras grandes capacidades requieren de mucho esfuerzo y disciplina para que lleguen a brillar: científicos sabios, deportistas de élite, artistas universales, estadistas que cambiaron la historia… todos tuvieron que pasar por muchos esfuerzos ímprobos para llegar a ser la mejor posibilidad de sí mismos sin que nadie dijera que sus inclinaciones naturales eran la holganza, la torpeza, la falta de inteligencia, la nulidad en cualquier disciplina en la que, tras muchos años de abnegado esfuerzo, llegaron a ser alguien superlativo en sus especialidad. ¿No podemos aplicar la misma premisa para la bondad humana? ¿En unos casos el sacrificio es admirable y ejemplar y, en otros, una represión que atenta contra la verdadera humanidad?

Pues aunque no tenga buena prensa la bondad en nuestras selvas urbanas, de lo que no tengo duda es que el signo que señala a una persona como “buena”, es cuando saca lo bueno de otras personas. Y si algún día pudiéramos medir esto en resultados, ciertamente que serían a todas luces revolucionarios.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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“Los díscolos no captaron la parábola”, por Juan Masiá Clavel sj

Domingo, 23 de julio de 2017

el_sembradorDe su blog Vivir y Pensar en la Frontera:

Si el recién fallecido Cardenal Meissner (q.e.p.d.) pudiera enviar desde su eterno descanso en la vida eterna un e-mail a sus díscolos compañeros del dislate anti-Francisco, tal vez el mensaje rezaría de esta guisa:

“Hermanos, no habíamos comprendido la parábola del sembrador:; el que tenga oidos para escuchar que entienda. El Papa Francisco habla en la Amoris laetitia como Jesús en el Evangelio y nos confronta con el símbolo de la escucha que discierne y la misericordia que sana. Pero nosotros no nos dejamos impactar por el símbolo y nos obsesionamos con la alegoría, que no escucha ni sana, sino racionaliza, moraliza y anatematiza, derecho canónico en mano, disparando misiles de sí o no, blanco o negro”

Este domingo 15 del Tiempo ordinario toca escuchar la perícopa de Mt 13, 1-23 (Salió el sembrador a sembrar su semilla… Mejor leer solo del 1 al 9).

Aprendamos de Jesús que nos lanza un símbolo para sacudir nuestra somnolencia y estimularnos con el enigma: quien pueda escuchar que entienda.

Como cuando el maestro de meditación Zen confronta al discipulo con un koan pradójico para romper su lógica y hacerle pensar sin pensar

Como el oráculo délfico que “ni dice, ni oculta, sino sugiere dejando perplejidad (ainissomai, en griego).

Como cuando Unamuno quería tanto a sus lectores que les sembaraba inquietudes practicando la “obra de misericordia suprema, despertar al dormido”

La parábola tal como la contó Jesús termina en el versículo 9: ¡Quien tenga oidos, que escuche! Todo lo que viene a continuación desde el v.18 al 23 es un ejemplo de cómo la predicación primitiva convirtió la parábola en alegoría, atribuyendo significaciones para descifrar contraseñas: que si el terreno rocoso significa…, que si las raíces significan…, que si las zarzas significan,,,esto y lo otro, etc…

Con razón recomendaba Francisco en Evangelii gaudium que no prediquemos la homilía así: “La predicación puramente moralista o adoctrinadora y también la que se convierte en una clase de exégesis, reducen la comunicación entre corazones que se da en la homilía…” (EG, n. 142).

Ante los escrúpulos del ex-prefecto Müller, recuerda el cardenal Schönborn que lo importante es “escuchar”: “El clero debe escuchar como tal vez no lo hemos hecho antes, y escuchar a todo el mundo, a las personas en relaciones regulares y en las llamadas relaciones irregulares”

Habrá que aplicar a las “teologías de funcionario eclesiástico” lo que decía Paul Ricoeur de las filosofías faltas de hermenéutica; “no se acaba de dejar morir a los ídolos y apenas se tiene oidos para escuchar a los símbolos”. Hoy diríamos a los “escribas o escribanos de curia”: “no se acaba de dejar morir el derecho canónico y apenas se tiene oidos para escuchar la gratuidad del Evangelio y nutrirse de lo sacramental”.

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