“Las barbas de nuestros vecinos de Jumilla”, por Carlos Osma
De su blog Homoprotestantes:
Acabo de disfrutar, en la población donde estoy pasando mis vacaciones, de las fiestas patronales en honor a un determinado santo que ahora no viene a cuento. Las calles llenas a rebosar durante tres días, por la mañana y por la noche, con el ruido que eso supone y la suciedad que lleva asociada, los delitos menores, y algún que otro accidente que ha hecho perder un dedo de la mano a una turista. Unas fiestas que tienen actividades con un carácter religioso católico y otras que no, aunque a veces una no sepa de cuál de ellas está participando. Sea como fuere, como protestante no me importa asistir a un concierto de órgano del protestante Bach en la iglesia católica del pueblo, ni como padre tener que soportar un concierto de música electrónica en el campo de fútbol.
En Jumilla, una población murciana que aparece citada por primera vez como Gumalla en unos textos árabes del siglo XIII, también tienen celebraciones esta semana por su patrona. Nunca he estado en estas fiestas, pero solo ver la completísima programación de las actividades —que van desde un concurso de sangría, otro de lanzamiento de azadón, hasta una cabalgata del vino, sin olvidar varias solemnes eucaristías y procesiones católicas— uno se imagina que las calles van a estar también tomadas noche y día. Así somos los mediterráneos: nos encanta la fiesta, las aglomeraciones, las celebraciones familiares o con amigos hasta que el cuerpo aguante. Aunque hay que reconocer que nos suele importar más bien poco que el de nuestro vecino no lo aguante, por la razón que sea, nos da igual, que echen mano de la resignación cristiana porque las denuncias por ruido e incivismo se las suele llevar el viento del espíritu festivo.
En Jumilla además de católicos, hay musulmanes —aproximadamente un diez por ciento de la población—, también evangélicos —una consulta en Google me dice que hay al menos tres iglesias evangélicas—, y doy por hecho que habrá personas de otras confesiones religiosas. Mi experiencia me dice que los evangélicos y los musulmanes no suelen sentirse parte de las fiestas patronales, al menos como evangélicos y musulmanes. Y alguna vez he pensado sobre esto, y no he llegado a una conclusión definitiva, pero creo que nos queda camino por recorrer. Aunque sea cierto que las fiestas mayores de nuestros pueblos y ciudades tienen mayoritariamente un origen católico, y veneran a un santo o a una virgen: ¿De verdad que no hay forma de celebrar las fiestas de una población de la que formamos parte adaptándola a nuestra respectiva confesión? Si las personas que ya no se identifican como cristianas no tienen problema en participar y hacérselas también suyas: ¿por qué no podemos hacerlo nosotras? No sé, dejo esta pregunta en el aire. A mí me encantaría, por ejemplo, que los protestantes catalanes pudiéramos celebrar el día de Sant Jordi a nuestra manera, recordando por ejemplo todos los dragones contra los que hemos tenido que luchar y —como buenas catalanas— contra los que hemos acabado perdiendo.
Pero bueno, no sigo divagando sobre este tema de las fiestas como lugar de encuentro entre ciudadanos —tengan una, otra, o ninguna religión— porque no era sobre esto que quería escribir, sino sobre todo lo contrario. Creo que ya no queda nadie en este país que no sepa que a la derecha del PP, y la ultraderecha fascista de Vox no le gusta que los musulmanes tengan acceso al espacio público de la población de Jumilla como el resto de sus conciudadanos. Lo de la integración no va con ellos, parece que están más bien por subordinarlos, borrarlas, o directamente expulsarles. Visto lo visto, entiendo que la derecha del PP estaría por retroceder al siglo XVI y proponer la conversión forzosa al catolicismo, y Vox por volver a comienzos del siglo XVII y expulsar directamente a quien no lo haga.
No sé cuál ha sido el (des)cálculo político de esta medida, que ha chocado evidentemente con la Federación Española de Entidades Religiosas Islámicas, pero también con la Iglesia Católica y las principales instituciones evangélicas —que supongo habrán recordado no solo la represión de la Inquisición, sino también la del nacionalcatolicismo franquista, aunque hayan olvidado quienes son hoy sus herederos—. Las encuestas dicen que la mayoría de musulmanes no votan —o no pueden votar—, pero que el voto de católicos practicantes y evangélicos se lo lleva la derecha y la ultraderecha de PP y Vox… y aunque es evidente que esta salida de tono no es suficiente para hacer que una católica practicante, o una evangélica nacida de nuevo, decida votar a partidos que promuevan libertades diferentes a las religiosas, quién sabe, tampoco es positivo que, al menos en el caso de los evangélicos, puedan sentir también amenazado su derecho a utilizar el espacio público para realizar cualquier tipo de actividad.
Volviendo ahora al PP y a Vox, nos engañaríamos si pensáramos que estos partidos subvencionados por poderes económicos a los que les viene muy bien la mano de obra barata y sin derechos para aumentar sus beneficios empresariales, quieren de verdad expulsar a la gallina de los huevos de oro. El Estado español no se mantiene con una población cada vez más envejecida, y esto implica que necesite gente de fuera que venga a trabajar. Las personas migrantes traen riqueza a nuestro país, aunque no es solo eso lo que traen: vienen con sus costumbres, su fe, sus familias, sus enfermedades, sus sueños, sus prejuicios —como lo hicieron nuestras abuelas y abuelos cuando emigraron—, y es necesario un proceso de integración (que no de eliminación de su identidad) a las normas que nos hemos dado entre todas en este país. Este es el tema sobre el que se debería hablar —primeramente con ellos y ellas— sobre cuáles son las mejores estrategias para hacerlo, pero no es un tema que en este momento le de votos a PP y Vox.
En España hay cientos de miles de personas —no solo migrantes, claro, pero sí la mayoría— que viven en esclavitud, que trabajan sin cotizar, que lo hacen sin un horario justo, que no tienen derechos laborales, y que no pueden levantar su voz para quejarse porque tienen miedo de ser expulsadas. Entre mis alumnos hay personas migrantes que a veces me han explicado situaciones abusivas e indignas por las que tienen que pasar, el miedo que tienen a quedarse sin trabajo, a tener que volver a su país, o ser deportadas. Y aquí es donde encaja el discurso del PP, Vox, o Aliança Catalana: es el discurso del temor, para hacer que esta gente viva escondida, soportando la discriminación, y la esclavitud. Se las quiere al margen, no como ciudadanos, sino como esclavas. Estos partidos defienden los intereses de los poderes económicos que los subvencionan, que son los de sacar el mayor beneficio con el menor coste. Y para ello, se necesita mano de obra barata… no llevando sus fábricas a Pakistán, Túnez o Marruecos, sino trayendo aquí la mano de obra barata de estos y otros países. Máximo beneficio, al menor coste. Pero ese bajo coste, aunque sea por puro egoísmo no lo deberíamos aceptar como sociedad, porque los beneficios de estas empresas no repercuten en el bien de todes, solo en los del Ibex. Para empezar porque un esclavo o una esclava, no paga ni IRPF ni Seguridad Social.
Creo que la Conferencia Episcopal Española, y la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas de España, así como la mayoría de partidos políticos, y muchas instituciones que no tienen carácter religioso, han hecho muy bien en ponerse del lado de los derechos de nuestros conciudadanos y conciudadanas musulmanas, porque como dice el refrán —y más si estamos frente a una derecha y ultraderecha envalentonada—: Cuando las barbas de tu vecino veas cortar pon las tuyas a remojar. Todes sabemos, o deberíamos saber, que siempre se empieza por las personas que son más vulnerables —el fascismo es profundamente cobarde y siempre lo ha hecho así—, y después se lanzan a por el resto. Pero deberían ver más allá, o si lo ven, que entiendo que sí, manifestarse también en este sentido: no se trata solo de un ataque a la libertad religiosa, la finalidad es quitar derechos, ocultar para esclavizar, para dar mayores beneficios a los de siempre. Nuestra España sabe muy bien como enriquecerse a expensas de los cuerpos diversos de personas que buscan como todes, una vida mejor para ellas y sus familias. El espacio público es de todas, pero no deberíamos normalizar que las personas con las que lo compartimos estén siendo explotadas de forma tan inhumana.
Carlos Osma
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De su blog
Liberar a las confesiones religiosas de los componentes de maldad y violencia que se esconden en su interior es, por lo tanto, un ejercicio crítico indispensable y urgente para convivir en el signo de la fraternidad. Una tarea que incumbe tanto a quienes ejercen funciones de liderazgo y responsabilidad en las comunidades religiosas como a los fieles que se reconocen en ese credo. Pero liberar a las religiones de las cuotas de violencia y maldad que se esconden en ellas es también responsabilidad de la cultura, del mundo educativo, de los contextos formativos, para llegar luego a involucrar también a quienes ocupan cargos políticos y gubernamentales.
Y aquí está otro punto de vital importancia en la reflexión: «No tomarás el nombre de Dios en vano» (el texto se encuentra en el libro del Éxodo y es más articulado: «No tomarás en vano el nombre del Señor, tu Dios, porque el Señor no deja impune a quien toma en vano su nombre» -Éxodo 20, 7-). Es uno de los Diez Mandamientos que se estudiaban (¡de memoria!) en el Catecismo para aprender los Diez Mandamientos.
Finalizo reproduciendo la oración a Dios escrita por el ilustrado Voltaire, que se encuentra en su Tratado sobre la tolerancia (1765). Voltaire la compuso en un siglo marcado por fuertes contrastes ideológicos y religiosos. Su objetivo era oponerse con todas sus fuerzas (morales y racionales) al fanatismo intolerante que caracteriza a quienes se adhieren a una confesión religiosa de forma pasiva y acrítica. La Oración a Dios es una súplica a un Dios universal, no vinculado a religiones específicas, por la misericordia y la tolerancia entre los hombres.
Hasta puede ser que el documento internacional más importante de los últimos tiempos haya pasado dejado de la mano de Dios… y olvidado de la conciencia humana al ángulo oscuro del salón del olvido. Me refiero al acuerdo internacional más relevante de los últimos años y que fue firmado entre el Papa Francisco y el gran imán Imán de Al-Azhar, Ahmed Al-Tayeb, el 4 de febrero de 2019. Siento hasta un cierto punto de tristeza cuando ya no oigo aludir, mucho menos aún citar, aquel Documento sobre la Fraternidad Humana. Y, sin embargo, sospecho que ahí, precisamente ahí, reside la clave para promover la paz mundial y la convivencia común a través del diálogo interreligioso, la libertad religiosa, la ciudadanía y la fraternidad


Son las monoteístas, es decir, las que creen en un solo Dios. Solemos considerar como tales el judaísmo, el cristianismo, y el islam. Su figura emblemática es, obviamente, el profeta. Son religiones activas, dinámicas, transformadoras de la realidad social. Son, además, religiones afirmativas que en su largo caminar han acumulado una rica herencia doctrinal. Precisamente por ello, el diálogo con ellas se torna trabajoso.
Estas religiones, el hinduismo y el budismo, tienen en el místico su figura emblemática. En ellas predomina la contemplación sobre la acción. Cultivan la interioridad, la indiferencia frente al mundo, la extinción de las pasiones y deseos. Buscan la paz interior, el sosiego, la calma espiritual. Aspiran a dominar nuestro siempre agitado mundo interior. Son tolerantes, pacíficas, compasivas (aunque también su pasado sabe de guerras y exterminios). Persiguen una cierta imperturbabilidad. El tiempo y sus avatares pierden mordiente. Su meta es un cierto señorío sobre todo lo que ocurre. Piensan que, si estamos bien amueblados interiormente, podremos hacer frente al trajín del devenir histórico.
Tienen su prototipo en el sabio. Las más conocidas son el confucionismo y el taoísmo. Lo que estas religiones buscan, sobre todo el confucionismo, es organizar y ordenar la vida, la privada y la pública. Se procura una organización sabia y prudente de la sociedad, la política, la economía y la familia. Se cultiva el recuerdo de los antepasados y las tradiciones familiares. Se otorga gran relieve a los usos ancestrales relacionados con la magia y la adivinación. La gran duda es si estas religiones son realmente religiones o, más bien, sabidurías, cosmovisiones filosóficas. Esta duda es mayor en el caso del confucionismo, la religión de los funcionarios chinos. Es una religión urbana, volcada en la civilización y en todo lo que puede fomentarla. Fundamental es también el humanitarismo. Confucio prohibía incluso “disparar a un pájaro posado”. No sería “juego limpio”, advertía


Perspectivas de futuro Rikki Chan
Dos casos recientes sugieren que la era de las escuelas seculares está llegando a su fin.
Activistas en el capitolio del estado de Texas protestan contra un plan de vales escolares promovido por el gobernador Greg Abbott que financia las escuelas autónomas, incluidas las religiosas, con impuestos estatales.
Casi 40 líderes religiosos en Colorado firmaron una carta apoyando los derechos LGBTQ+ en las próximas elecciones.
¿Solo por «la radical secularización de la sociedad«?


Los escándalos de conducta sexual inapropiada y la falta de creencias son otras razones importantes para dejar atrás la religión.
Hoy no se puede ser religioso, sin ser interreligioso, intereclesial e intercultural y en diálogo con los no creyentes. En consecuencia, hay que acuñar otros conceptos que integren esta realidad, tanto en la ley de libertad religiosa y de cultos de los diversos países y regiones, como en el lenguaje ecuménico o de encuentro entre distintas creencias.
Leído en su blog:



¿Es la plenitud única, definitiva, inigualable e insuperable de la revelación de Dios?
Desde finales del siglo pasado, algunas Universidades están introduciendo una Facultad de Teología Comparada. No se trata de mostrar una paleta de pintor para que cada uno elija el color o los colores que más le gusten. Se trata de partir de la teología de la propia religión y compararla con la visión correspondiente de otras religiones Dios, salvación, muerte, vida eterna, pecado, castigo) para contrastarla con soluciones que amplían o matizan el propio punto de vista. Para ello, el profesor de cada tema teológico debe conocer bien otras religiones además de la propia.
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