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Decir sí…

Miércoles, 11 de marzo de 2020

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Creer y escuchar la Palabra de Dios es la misma e idéntica cosa. Creer es la capacidad de percibir, más allá de nuestra propia «verdad», humano-mundana y personal, la verdad absoluta del Dios que se revela y se ofrece a nosotros, y dejarla y hacerla valer como la verdad más grande, como la verdad que decide también sobre nosotros. Quien cree, quien se considera creyente, dice que está en condiciones de oír la Palabra de Dios.

Y quien quiere creer sin contradicciones internas, o sea, el que afirma incluso interiormente lo que cree y quiere poseer en su verdad, el que, en suma, también ama y espera, no necesita reflexionar demasiado para comprender que una fe sin amor está «muerta», es un despojo de su interna vitalidad, porque ha sido como robada de sí misma. Un hombre que cree en serio que Dios es amor y que se ha sacrificado por nosotros en una cruz, y que lo ha hecho porque nos ama y nos ha elegido desde la eternidad y destinado a una eternidad feliz, ¿cómo podrá considerar este mensaje, esta palabra que viene de Dios como justa y válida, y, al mismo tiempo, querer que sea inválida con la misma seriedad, es decir, con sus acciones, al menos para él, al menos en este momento o mientras esté determinado a pecar?

Dispone de esta posibilidad incomprensible e «imposible», pero la tiene como la posibilidad de contradecir cuanto él mismo ha puesto y afirmado, y por eso es alguien que se contradice a sí mismo, se elimina a sí mismo y se prende fuego. Quien de algún modo dice sí a la fe, aunque sólo sea del modo vago de quien reconoce en el fondo a la verdad de Dios (o bien de un absoluto, divino, universal) un dominio sobre su verdad personal, ése dice «» a esta verdad, la ama y espera en ella; es un oyente de la Palabra, no importa que sea de manera abierta o escondida.

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H. U. von Balthasar,
Nella preghiera di Dio,
Milán 1997, p. 24

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Todo viene de Dios

Jueves, 5 de marzo de 2020

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Es ya un don de la sabiduría conocer que todo viene de Dios.

De ahí que, teniendo la gracia de conocer que todo viene y no puede venir más que de Dios, no podamos hacer nada y no nos quede más que abrirnos a Dios en la oración. La vida religiosa nace de la oración. Es cierto que la misma oración supone la gracia, pero esta última aparece, en primer lugar, ante la conciencia de la miseria, de la impotencia absoluta, a fin de que podamos orar. Por consiguiente, el hombre debe vivir con la sabiduría para poseer todo bien, para tener capacidad de trabajar, ejercitar la virtud y contemplar a Dios; debe saber también que, antes que nada, se le impone la oración. Al principio, la oración es una exigencia fundamental e insustituible, porque todo depende de Dios, pero Dios no interviene si no se le invoca. La oración está en el origen de todos los bienes espirituales.

Es ésta también una de las verdades más formalmente afirmadas, más solemnemente establecidas por el libro inspirado. El hombre no vive una relación personal con Dios más que en tanto lo invoca y lo espera. Ahora bien, el hombre no puede orar si no siente que le falta algo, si no siente que le falta Dios en lo alto de la sabiduría, en su unión y convivencia con ella.

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D. Barsotti,
Meditazioni sul libro delta sapienza,
Brescia 51992, p. 135

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Crecer en la amistad

Miércoles, 26 de febrero de 2020

jesus-abraza-a-joven-fotoPregón de Cuaresma

Carmen Herrero Martínez,
Fraternidad Monástica de Jerusalén,
Tenerife

ECLESALIA, 27/02/17.- Con la celebración del Miércoles de Ceniza, comenzamos una nueva Cuaresma. Tiempo de gracia, de conversión y de misericordia, por parte del Padre bueno que constantemente invita a sus hijos al banquete de la Pascua. Pues, Cuaresma es un caminar con alegría y jubilo hacia Pascua, la resurrección de Cristo y nuestra propia resurrección.

Pero, ¿cómo conducirse por este camino que durante cuarenta días nos lleva a la Pascua? Y, ¿qué provisiones tomar para llegar a resucitar con Cristo y vivir en plenitud la vivencia pascual?

Debemos conducirnos con dignidad, esa dignidad que nos viene de ser lo que somos: hijos e hijas de Dios, amados del Padre desde toda la eternidad, salvados en su Hijo. Desde esta convicción y certeza caminaremos con gozo y los obstáculos y dificultades del camino podrán ser superados; porque no caminos solos, sino con Aquel que es nuestro Camino: Jesús. En él pongo toda mi esperanza, él es mi fortaleza, mi energía y dinamismo que me lleva a caminar con paso firme y ligero a su lado; siempre mirando hacia adelante, sin volver la vista atrás, apoyando mis pasos sobre sus pasos.

¿Qué provisiones poner en mi mochila para este camino de cuarenta días?

La primera condición es que mi mochila tiene que estar muy ligera de peso para que no sea un obstáculo al caminar. Entonces mi primera disposición es la sobriedad.

De qué sobriedad se trata: sobriedad en tus deseos, pensamientos, sueños y fantasías. La sobriedad te lleva a revenir a tu propia realidad concreta, y esto pasa por la conversión. ¡Déjate convertir! Evangelizar las zonas más profundas de tu corazón; es decir, deja que la gracia de la cuaresma entre en ti y te reconstruya desde el interior. Seguro que, si logras hacer esta experiencia, tu caminar será más ligero y rápido, tu alegría mayor y tu esperanza infinita.

La sobriedad te lleva a la verdad. Vivir en verdad, hacer la verdad en tu vida. “la verdad os harás libres” (Jn 8, 32). Y, ¿qué es la verdad? La verdad es Cristo, conocer a Cristo nos lleva a hacer la verdad en nuestra vida, pues no podemos conocer a Cristo y vivir en la mentira, en el pecado, el desorden, la esclavitud de tantos ídolos como nos acechan. La cuaresma, ante todo, tiene que llevarte a un mayor conocimiento de Jesucristo, a rechazar con energía todo ídolo que se te presente y se anteponga al amor a Jesús y a vivir en verdad y libertad.

El conocimiento de Jesús te lleva al amor y el amor a la identificación. La cuaresma tienen que ayudarnos, a nosotros los cristianos, a identificarnos cada vez más con Cristo, y a partir de esta identificación podremos vivir esta muerte y resurrección que nos conduce a la Pascua.

Desde este conocimiento, amor e identificación con Jesús; las cuatro características propias de cuaresma serán la necesidad del: desierto, la oración, el ayuno y la limosna; en nuestro lenguaje actual, el compartir, el ayudar a nuestros hermanos necesitados, manifestada de mil maneras….

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– Desierto: Vivir el desierto no como una ascesis sin alma, sino como una necesidad para estar asolas con Aquel que se me ama y quiere entablar una relación de amor conmigo: “La llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Oseas 2,4). Retirarse al desierto como necesidad de escucha amorosa y de estar a solas con Dios. Descubrir la mística del desierto, no quedarse solamente en la austeridad que implica el desierto, ésta es real, pero la mística es superior.

– Oración: La oración es el fruto del desierto, “acostumbrarse a soledad es gran cosa para la oración” dirá Teresa de Jesús. El desierto nos conduce a la escucha, la escucha al amor y el fruto del amor es la oración que transforma y une con el ser Amado. La oración que le agrada al Señor, es la oración de un corazón sosegado, acallado, unificado; abierto a acoger su Presencia y a vivir en su intimidad. No todos podemos retirarnos al desierto como lugar geográfico para orar; pero si podemos retirarnos, y debemos retirarnos, al desierto de nuestro propio interior. Pues el desierto no es la ausencia de las personas, sino la presencia de Dios. Y orar es vivir en su presencia.

– Ayuno: El ayuno es esencial en el seguimiento de Jesús, y también para vivir una relación, justa y armoniosa entre mi yo y las cosas. No dejándome poseer por ellas ni tampoco quererlas poseer. La justa relación con las cosas, y los alimentos, consiste en reconocer con gratitud su valor, su necesidad, y como dice san Ignacio de Loyola. “Las cosas se usan tanto en cuanto me ayudan al fin perseguido”. El saber privarse, sentir la necesidad y hasta el hambre material, nos lleva a la libertad y a valorar las cosas que Dios ha creado para nuestra necesidades; y a pensar en tantos hermanos nuestros como carecen de lo más esencial, en parte por el mal uso que hacemos de los recursos de la naturaleza; del acaparamiento y la posesión desmesurada. Ahí tendría que ir orientado nuestro ayuno.

Y siendo muy importante esta orientación del ayuno material, él debe de conducirnos mucho más lejos, a ese otro ayuno del yo que es el que realmente nos quita la libertad, nos esclaviza y nos impide ver al hermano con amor. Como le pasó al rico de la parábola de Lázaro (Lc 16, 19-31). Su pecado no está en que fuese rico, sino en que ignoró a su hermano en necesidad. Vivía al margen de Dios y como consecuencia no reconoció a su hermano. El papa Francisco en su mensaje de Cuaresma dice: “toda persona es un don”. El ayuno de mi yo me lleva a reconocer el de mi hermano, y juntos caminar hacia la Pascua.

– Compartir: el compartir nos lleva al despojo, a la generosidad, a la pobreza evangélica; y, sobre todo, a tener en cuenta al hermano más necesitado. Quien sabe compartir nunca se empobrece, antes bien, se enriquece con creces. La sagrada Escritura nos lo certifica; pero también la vida misma. “El que siembra escasamente, escasamente cosechará; y el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará. Cada uno dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana ni forzado, porque Dios ama al  que da con alegría” (2 Cor 9,6-7).

Quiero terminar con las palabras del papa Francisco en su mensaje de Cuaresma: “El cristiano está llamado a volver a Dios «de todo corazón» (Jl 2,12), a no contentarse con una vida mediocre, sino a crecer en la amistad con el Señor”. Y si crezco en la amistad con el Señor, creceré también en el amor ami mi hermano, y unidos celebraremos la Pascua, la plenitud de la vida cristiana-

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Camino en la esperanza.

Domingo, 16 de febrero de 2020

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Mañana no será como ayer.
Pero contigo Señor,
miro hacia adelante con confianza.
Sé que el mundo que conozco
va a tener que cambiar.
Acabar el despilfarro, la contaminación, la explotación
significa menos opulencia
y menos exotismo.
Sé también que cambiar de vida,
cambiar de corazón,
es ir hacia más felicidad.

Tú me invitas a no ver el cambio
como una renuncia,
sino como una llamada a más vida,
una llamada a inventar un nuevo mundo,
un mundo compartido,
lejos de la esclavitud del haber y del poder.
Vuelto hacia el otro y la belleza del mundo.
Vuelto hacia Ti.
Señor, contigo,
camino en la Esperanza.

*

Élise Bancon
revista Prier 11/2011

***

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

– [“No creáis que he venido a abolir la Ley y los profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud. Os aseguro que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la Ley. El que se salte uno sólo de los preceptos menos importantes, y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.] Os lo aseguro: Si no sois mejores que los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.

Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será procesado. Pero yo os digo: Todo el que esté peleado con su hermano será procesado. [Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “renegado”, merece la condena del fuego. Por tanto, si cuando vas a poner tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve a presentar tu ofrenda. Con el que te pone pleito, procura arreglarte en seguida, mientras vais todavía de camino, no sea que te entregue al juez, y el juez al alguacil, y te metan en la cárcel. Te aseguro que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último cuarto.]

Habéis oído el mandamiento “no cometerás adulterio”. Pues yo os digo: El que mira a una mujer casada deseándola, ya ha sido adúltero con ella en su interior. [Si tu ojo derecho te hace caer, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en el infierno. Si tu mano derecha te hace caer, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero al infierno. Está mandado: “El que se divorcie de su mujer, que le dé acta de repudio.” Pues yo os digo: El que se divorcie de su mujer, excepto en caso de impureza, la induce al adulterio, y el que se case con la divorciada comete adulterio.]

Habéis oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus votos al Señor”. Pues yo os digo que no juréis en absoluto: [ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo pelo.] A vosotros os basta decir “si” o “no”. Lo que pasa de ahí viene del Maligno.”

*

Mateo 5,17-37

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Respecto a la totalidad que nos manifiesta la sabiduría, las formas provisionales necesariamente se encuentran ligadas al principio de la coacción, de la constricción, y la constricción no es la ley del corazón. Esta condición de la existencia es una condición dura y ha que vivirla con la esperanza de que un día pasará este mundo, anclado en el pecado. Tenemos que preparar aquel mundo y, dentro de lo posible, anticiparlo ahora entre nosotras, sabiendo que se trata de una breve lluvia benéfica, de un fugaz rayo solar, ya que la verdadera estación esta por llegar Debemos, de alguna manera insertar la levadura futuro dentro del presente. Esta es nuestra tarea, en lo pequeño y en lo grande. Estas son las nuevas formas propuestas clara y límpidamente, can la maravillosa y misteriosa música de las palabras evangélicas: <<Habéis oído que se dijo, pero yo os digo».

Nos encontramos en esta oscilación y es muy importante vivirla conscientemente, sin bandazos, sin fanatismos místicos que destruyen la antinomia de este mundo provisional, y sin mundanalidad —enorme en numerosos cristianos—, sino integrando las dos dimensiones y convirtiendo las palabras de la sabiduría en principio normativo de la saciedad, en regla de vida social.

Ninguna sociedad responderá jamás, hasta que salgamos de este mundo transitorio, a las esperas y esperanzas que brotan de lo profundo. La respuesta que nos viene del Espíritu es una respuesta que brilla en el futuro, y sólo llega a nuestros días el reflejo de la luz.

*

E. Balducci,
Gli ulfimi Tempi,
Roma 1998, 1 15)

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Espera

Lunes, 10 de febrero de 2020

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(Foto de Jim Ferringer)

A modo de imagen, voy a partir de la experiencia de ciertos monjes de los primeros tiempos de la Iglesia, allá por los siglos III y IV. De noche se mantenían de pie, en posición de espera. Se erguían allí, al aire libre, derechos como árboles, con las manos levantadas hacia el cielo, vueltos hacia el lugar del horizonte por el que debía salir el sol de la mañana. Su cuerpo, habitado por el deseo, esperaba durante toda la noche la llegada del día. Esa era su oración. No pronunciaban palabras. ¿Qué necesidad tenían de ellas? Su Palabra era su mismo cuerpo en actitud de trabajo y de espera. Este trabajo del deseo era su oración silenciosa. Estaban allí, nada más. Y cuando llegaban por la mañana los primeros rayos del sol a las palmas de sus manos, podían detenerse y reposar. Había llegado el sol.

        Esta espera, de la que es imposible decir si es más corporal o espiritual, si es más específicamente conceptual o afectiva, se encuentra en la experiencia espiritual. Siempre será para nosotros una tentación constante pretender identificar a Dios con algo de orden afectivo o bien de orden racional, de orden físico o bien de orden cerebral. La espera afecta a todo nuestro ser. Y lo que llega a nosotros es, precisamente, el rayo que, iluminando las palmas de nuestras manos y cambiando poco a poco el paisaje, nos anuncia que viene el sol, diferente a lo que la noche nos permite conocer.

*

Michel de Certeau,
Ma¡ senza l’altro
Magnano 1993

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Pedro Castelao: “En la oración aspiramos a que lo imposible, sea posible. A que lo ya irremediable pueda tener remedio”

Viernes, 7 de febrero de 2020

Pedro-Castelao-oracion_2195790454_14255021_660x467“Orar es un sentirse bañado y personalmente acompañado por la envolvente atmósfera de quien sostiene el compás del tiempo”

“No es cierto que, en sí misma, cualquier actividad sea oración, pero sí lo es que todo puede convertirse en oración”

“Lo decisivo no es ni el momento, ni el lugar, ni el modo, sino la activación de nuestro interno receptor de eternidad”

“La oración nos hace vivir adelantadamente una leve fracción de esa plenitud, pero a veces nos parece ensoñación y otras un vano autoengaño”

“Somos llevados por la atracción de un movimiento que no dominamos hacia cumbres insondables que nos dejan sin palabras sin que nosotros nos movamos en absoluto del lugar que ocupamos ni del habitáculo en el que nos sentamos”

«Estad siempre gozosos. Orad sin interrupción. Dad gracias por todo» (1Tes 5, 16-18a). Orar es cobrar conciencia explícita de la presencia omnímoda del amor de Dios y dirigirse a Él como un hijo habla con su padre o con su madre. Es ponerse en presencia de Dios, abrirse al influjo de su Espíritu y dejarse moldear por su Verbo.

Pero no es sólo, ni principalmente, un acto de conciencia. Se trata más bien de un sentirse bañado y personalmente acompañado por la envolvente atmósfera de quien sostiene el compás del tiempo, para percibir su imperceptible «estar», más allá y más acá de toda otra forma ordinaria de habitar el espacio y la secuencialidad temporal.

Hay innumerables formas de oración. Y todas son saludables si nos ayudan a ponernos en presencia de Dios.

Unos rezan con breves fórmulas repetitivas sin apenas callarse. Otros en completo silencio sin casi proferir palabra. Unos rezan con la Biblia, otros con la contemplación de la naturaleza. Hay quien entona salmos, otros meditan los Evangelios. Otros observan distantes su flujo interno de conciencia en la máxima quietud que les es posible. Otros rezan en el metro transfigurando el ajetreo de la ciudad luego de visitar enfermos en el hospital o de trabajar en barrios pobres con inmigrantes o marginados. Otros experimentan la presencia de Dios en su activa lucha por la justicia y otros cultivan la disciplina de la lectura, el estudio, la meditación y la escritura.

No es cierto que, en sí misma, cualquier actividad sea oración, pero sí lo es que todo puede convertirse en oración.

No hay oración cuando estamos horizontalmente dispersos en la superficie de nuestros quehaceres, por más que estemos arrodillados ante la custodia.

Y no hay situación o actividad, por más caótica o tumultuosa que sea, que no pueda servir como catalizadora de un impulso de transcendencia que nos catapulte realmente ante la presencia última de Aquel frente al cual todo es penúltimo.

Lo decisivo no es ni el momento, ni el lugar, ni el modo, sino la activación de nuestro interno receptor de eternidad sean cuales sean las circunstancias externas o internas en las que nos veamos.

Orar es, pues, unirse con nuestros sentidos, afectos, sentimientos, pensamientos e imaginación con Dios, en una relación de intimidad en la que nos mostramos, querámoslo o no, desnudos de todos nuestros roles y de todos nuestros relatos de propia justificación para confesar el mal que hacemos, el bien que dejamos de hacer y, en la medida en que nos es dado recibirlo y gustarlo, experimentar el perdón de un amor de Dios que nos impulsa a ser mejores y más exigentes con nosotros mismos y mucho más indulgentes con los demás.

Orar contribuye decisivamente a nuestra sanación interior, a la más honda integración de todas aquellas tendencias que, a veces, tiran de nosotros en direcciones opuestas hasta el punto de desgarrar nuestro interior.

Orar repercute en todo nuestro ser, pues somos una unidad. Y toda ella vive tanto nuestras alegrías y éxitos como nuestras heridas y fracasos.

Orar es como ponerse moreno. Uno lo hace queriendo y sin querer. Hay que exponerse, queriendo, a los rayos solares, pero una vez ahí son ellos los que, sin querer, activan la melanina que tiñe nuestra piel.

Y es que la iniciativa, la actividad incitadora, el protagonismo es siempre de esa divinidad que, como el sol, jamás deja de comunicarnos los destellos de su amor, porque, aunque su recepción inmediata implica la acción positiva de nuestra libertad, esta no es nunca lo primero, por más que lo parezca, sino la respuesta a una llamada anterior que antecede completamente todo nuestro obrar.

En la oración aspiramos a que lo imposible, sea posible. A que lo ya irremediable pueda tener remedio.

Y no me refiero aquí a esas primarias e infantiles peticiones que convierten la oración en un ejercicio inverso de lo que, en realidad, debería ser. La oración consiste en estar abiertos a la voluntad de Dios, a su palabra, a su moción. Y es, entonces, el ejercicio espiritual en el que debemos dejarnos convencer y moldear, en nuestros sentimientos, deseos e ideas, por el amor de Dios, en lugar de, endurecidos en nuestro ego, pretender convencer a Dios para que se cumpla nuestra voluntad estableciendo con quien todo nos lo da una horrible relación de mercantil compraventa.

Lo que los niños hacen con su imaginaria hada madrina podemos hacerlo nosotros con Dios —¡ay!— cuando, en lugar de ponernos nosotros a su servicio —y ninguna plenitud es mayor para el hombre que el servicio de Dios— pretendemos que sea Dios el que nos sirva a nosotros realizando aquello que creemos desear. Porque lo cierto es que, la mayoría de las veces, no sabemos ni lo que queremos, y somos como infantes caprichosos e inconstantes, como en todas esas incontables ocasiones en las que, queriendo algo con todas nuestras fuerzas, resulta que luego no lo reconocemos como lo que, en realidad, queríamos.

La cuestión es, pues, de escucha, adoración y entrega y no tanto de petición, exigencia y trueque, porque lo que realmente está en juego en la oración es si es posible lo imposible y si lo ya irremediable, puede tener remedio en Dios.

El problema real es el mal, el dolor, el sufrimiento y la muerte como realidades cuya derrota definitiva sólo Dios puede llevar a cabo en la plenitud escatológica allende la historia ordinaria de la creación.

Y es ahí donde el cristianismo, en la oración, nos anticipa lo imposible y lo irrealizable. Aquello sobre lo que Unamuno reflexionó en su escrito Nicodemo el fariseo y que consiste fundamentalmente en que Dios pueda sanar nuestras heridas, curar nuestras cicatrices, perdonar el mal cometido y borrarlo completamente del universo transformándolo de tal manera que fuese como lo nunca acontecido al quedar totalmente desactivado y carente de negatividad.

Nuevo nacimiento, sanación completa, redención absoluta, perdón incondicional. Eso es lo que la oración nos hace pregustar aquí y ahora en unas condiciones bien precarias tendentes a la dispersión espiritual y al sometimiento a las condiciones horizontales de una existencia ante la que dichas condiciones se presentan como definitivas y últimas. Como si una palabra de salvadora eternidad no sólo fuese impensable, sino del todo imposible.

La oración nos hace vivir adelantadamente una leve fracción de esa plenitud, pero a veces nos parece ensoñación y otras un vano autoengaño.

Las aproximaciones de la neurología o la psicología profunda a la cuestión de la oración —siendo en sí mismas extraordinariamente interesantes— adolecen todas de un mismo déficit.

Tienden a confundir la profundidad de la mente y sus internos mecanismos fisiológicos con el abismo del espíritu humano. Y es que el yo profundo, por más profundo que sea, por más estructuras transpersonales de las que se libere, por más que se disuelva su perfil, por más inconsciente y oscuros que sean los sótanos de su trastienda, no son —en este nivel analítico, transegoico o neurofisiológico— sino la superficie más accesible de una personalidad que, cerebralmente sostenida por interacciones sinápticas y procesos bioquímicos, se muestra, ciertamente, fascinante, compleja y profunda, pero con una hondura y profundidad de un alcance siempre medible, evaluable y explorable en términos de análisis, sondeo y experimentación.

Quiere esto decir que, siendo del máximo interés todo cuanto la neurobiología y o la psicología nos pueda enseñar sobre la complejidad y profundidad de nuestro yo cerebral, la dimensión hacia la que apunta la oración transciende infinitamente todo fenómeno fisiológico para emboscar al ser humano en un nivel de profundidad en el que las brújulas se vuelven locas, los sónares tienen comportamientos extraños y no hay mecanismo de verificación empírica que funcione, en definitiva, de manera cabal.

Porque de lo que aquí se trata, finalmente, es de nuestro yo místico, de nuestra identidad abisal, de la raíz última de nuestro ser de criatura, creada a imagen y semejanza de Dios, y constituido en su hondura más íntima por una singularidad tan especial y genuina que, curiosamente, permanece siempre ella misma a lo largo de la vida como si fuese sin edad durante todas las edades de su biografía. Como si su verdadero tiempo y su verdadero lugar no fuesen de este mundo y, por tanto, pudiese percibirse a sí misma siendo niña, joven, adulta o anciana, siendo todo esto a la vez y ninguna de ellas por separado al margen del flujo vital en el que está. Me estoy refiriendo a ese hondón de nuestra alma y de nuestro espíritu al que siempre se han referido los autores espirituales y místicos que en el mundo han sido. Es en esa dimensión y en esa insondable profundidad de nuestro yo en la que acontece la experiencia de la oración.

Como se ve, no se trata, pues, del alcance cuantitativo de una hondura determinada de conciencia, sino del encuentro con una infinitud —la divina— que diviniza la condición humana al transportarla a una dimensión en la que el tiempo ya no es duración, el espacio no es extensión y la materia —como en la transfiguración— se vuelve translúcida.

En esta dimensión a la que somos transportados —sin movernos de donde estamos y sin que, en apariencia, nada cambie cuando, en realidad, ya todo es distinto— en los momentos de mayor lucidez e intensidad orante nos situamos en la onda vital de lo que la Escritura y la Tradición han llamado Espíritu Santo.

Y es en él, en el movimiento incesante del Espíritu divino, donde nuestro espíritu humano se encuentra con la fuente de toda vitalidad, con el dador de vida, con aquel que, sin ser creación, literalmente anima a todo lo creado desde su más íntimo interior.

En un interior en el que, en la oración, somos siempre invitados a configurarnos con la hechura biográfica de Jesucristo, siendo nuevamente remitidos al anclaje vital, espacio temporal, histórico y concreto del que nunca hemos salido.

Y es que en el proceso orante ocurre —pero sin histrionismos, ni gritos, ni aceleraciones— lo mismo que en una gigantesca noria o en una montaña rusa.

Somos llevados por la atracción de un movimiento que no dominamos hacia cumbres insondables que nos dejan sin palabras sin que nosotros nos movamos en absoluto del lugar que ocupamos ni del habitáculo en el que nos sentamos. Y las cosas que vemos, sentimos y gustamos en esos movimientos de oscilación —que no son ni cosas, ni visibles, ni sensibles, ni gustables— hacen que nuestro punto de inicio —del que jamás nos hemos movido ni un ápice— lo percibamos, después de y durante la experiencia de la oración, de un modo cualitativamente transfigurado, cuando, sin saber muy bien por qué, finaliza la oración —cosa que, en el fondo, querríamos que no ocurriese nunca.

Y en nuestro punto obligado de llegada nos volvemos a encontrar con la referencia cristológica que nos mueve al seguimiento de quien, en el mismo mundo, en la misma línea espacio temporal que nosotros habitamos ahora, vivió en transparencia diáfana su relación con Dios.

Por eso la oración no nos hace huir de la vida, como no hizo huir a Jesús de la suya, sino que nos resitúa ante sus problemas y vicisitudes de una forma enteramente nueva: en la lógica del Reino, del amor a Dios y del amor al prójimo.

Vista desde una perspectiva tecnocrática y meramente utilitaria la oración no sirve para nada. Comprendida en su ser más auténtico lo es todo.

En ella se encuentra el hombre con su Creador y es invitado a vivir como su Hijo eterno siendo interiormente transformado por el amor infinito de su santo Espíritu.

Fuente Religión Digital

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¿Eventos?

Miércoles, 8 de enero de 2020

iglesia-puebloCuando las personas participan menos en la vida cristiana, cuando los templos se vacían de feligreses tenemos un remedio: nos dedicamos a realizar obras: en catedrales, iglesias, ermitas, altares… Porque eso a la gente le gusta y, más o menos colabora, porque eso se ve y permanece Estamos en la Iglesia viviendo una pastoral de eventos. Así visualizamos que somos muchos los cristianos.

Me choca el que estemos en épocas de edificios y de grandes visitas del papa, concentraciones, acontecimientos,… que se quedan ahí. Nos cuesta mucho más un trabajo serio, continuado, profundo de grupos, de ir descubriendo la fe e irla viviendo en comunidad, sin algarada ni cohetes.

Me gustaría saber qué fruto queda de los grandes acontecimientos.

Es curioso: cuando se incendia Notre Dame, esa misma noche llueven donativos, que luego parece hay dificultades para llegar a fin de mes. Sin embargo ante una oleada de refugiados o de manteros, no hay respuesta humana para su situación.

Siempre ha sido una tentación el intentar darle a Dios un lugar -un templo.- Porque ese Dios, ahí encerrado, nos deja tranquilos. Mientras que unas casas construidas para emigrantes, refugiados, marginados, nos crean muchos problemas. Es un Dios que nos exige mucho más, que crea goteras en los templos de las personas.

Cuántos mantos tienen muchas imágenes. Y no es porque tenga frío el santo, la virgen, sino porque nos tranquiliza nuestra conciencia el saber que hemos dado nuestras ropas elegantes para eso.

Los grandes movimientos de Acción Católica nos han ido educando paso a paso: viendo, juzgando y actuando y creando cristianos profundos y bien formados y activos en la sociedad, de una fe recia.

Se nos olvida la expresión de Jesús: “El culto a Dios no se da ni en el templo de Jerusalén ni en el Garizim, sino a Dios se le encuentra en espíritu y verdad” y “donde hay dos o tres personas reunidas en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”.

Nos cuesta muchísimo cerrar un convento o suprimir una templo. No nos damos cuenta de que lo pequeño que queda, hace germinar y crea la auténtica semilla.

Jesús derribó los puestos de los negociantes en el templo. Nos indicó, no que estuviesen haciendo algo malo. Su misión era vender animales para los sacrificios. Nos quiere indicar algo mucho más profundo: hay que abrirnos a una nueva celebración de la fe: con el corazón, la fraternidad y el servicio en el nuevo templo de las personas, donde habita Dios.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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2020, bajo el signo de la confianza

Miércoles, 1 de enero de 2020

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Señor, tú me sondeas y me conoces;
me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.

No ha llegado la palabra a mi lengua,
y ya, Señor, te la sabes toda.
Me estrechas detrás y delante,
me cubres con tu palma.
Tanto saber me sobrepasa,
es sublime, y no lo abarco.

¿Adónde iré lejos de tu aliento,
adónde escaparé de tu mirada?
Si escalo el cielo, allí estás tú;
si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;

si vuelo hasta el margen de la aurora,
si emigro hasta el confín del mar,
allí me alcanzará tu izquierda,
me agarrará tu derecha.

Si digo: «Que al menos la tiniebla me encubra,
que la luz se haga noche en torno a mí»,
ni la tiniebla es oscura para ti,
la noche es clara como el día.

* * *

Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias,
porque me has escogido portentosamente,
porque son admirables tus obras;
conocías hasta el fondo de mi alma,
no desconocías mis huesos.

Cuando, en lo oculto, me iba formando,
y entretejiendo en lo profundo de la tierra,
tus ojos veían mis acciones,
se escribían todas en tu libro;
calculados estaban mis días
antes que llegase el primero.

¡Qué incomparables encuentro tus designios,
Dios mío, qué inmenso es su conjunto!
Si me pongo a contarlos, son más que arena;
si los doy por terminados, aún me quedas tú.

Señor, sondéame y conoce mi corazón,
ponme a prueba y conoce mis sentimientos,
mira si mi camino se desvía,
y guíame por el camino eterno.

*

Salmo 139 (138)

***

 

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“Estar bien con Dios”, por Gema Juan OCD

Sábado, 14 de diciembre de 2019

st-john-of-the-crossDe su blog Juntos Andemos:

Visitar a Juan de la Cruz es siempre un disfrute. Más allá de lo útil, que nunca falta en la cita, se da la dicha del encuentro con un hombre entero. Si fue recordado por quienes le trataron como alguien sumamente amable y afectuoso, todavía ahora, al escucharle en letra de molde, una impresión muy cálida cobija al que se acerca.

Juan de la Cruz se hace próximo y aproxima a lo profundo del ser y de la vida. A la bondad y a la luz. Acerca a Dios. Y, cerca de él, se aprende libertad.

Palabras graves y pequeños consejos, poemas inmensos junto a dichos y letrillas, densa teología, sabiduría y alguna regañina… En su arquilla, que eso parecen sus obras completas, hay multitud de cosas. No es que tenga de todo, es que con él se vislumbra el Todo.

No deja de ser impresionante que el mismo hombre que habla de la terrible profundidad que puede alcanzar la noche de los humanos y de la maravillosa hondura que tiene Dios en todas las personas, ese mismo hombre es capaz de resumir todo el itinerario de la fe, diciendo que se trata de «estar bien con Dios». Así de sencillo.

Eso escribía Juan, desde Segovia, a una doncella de un pueblecito de Ávila. Y con mucha suavidad, reconducía la conversación que llevaban entre manos, pacificándola e invitándola a ir hacia dentro. A conocerse y reconocerse ante Dios, a no gastarse en lo que no llena y a no vaciarse en lo que consume.

«Procure el rigor de su cuerpo con discreción» –apuntaba– nada de excesos externos, Juan era enemigo de toda exterioridad. En cambio, la animaba a la «mortificación y no querer hacer su voluntad y gusto en nada». Y eso –una vez más hay que recordarlo hablando de este santo– no tiene nada que ver con generarse fastidio a uno mismo sino, como él mismo aclara: todo se refiere a «la pasión del Señor» y eso quiere decir que, al igual que Jesús, cualquier renuncia está dirigida a unir la voluntad al Padre bueno y, por tanto, a cuidar de los demás.

Juan creía que los artificios violaban la sinceridad y, en su mayor parte, «el rigor» del tipo que sea, es búsqueda y alarde de sí. Mientras que no buscar la propia voluntad y gusto es, literalmente, preocuparse del bien de los demás, descentrarse del ego y poner delante la alegría y el bien de los otros.

A esta mujer, y en otros lugares de sus escritos, invita Juan a hacer hábito de la presencia de Dios, a acostumbrarse a encontrarle en cualquier circunstancia, para «estar bien con Él». Si a la doncella le recuerda que Dios siempre da gracia, es decir, siempre da su Espíritu para vivir, en otra ocasión dirá que «cuanto más se fuere habituando el alma en dejarse sosegar», en dejarse en las manos de Dios, más crecerá la «amorosa noticia» de Dios.

Y no solo eso. Estar bien con Dios siempre será estar bien con uno mismo: avanzar por el camino de la integración, de la sanación y la liberación. A la doncella le hablará de lograr «toda en todo» vivir en el amor. La unificación profunda. En otro escrito, hablará de «paz interior y quietud y descanso». Y la paz es siempre señal de plenitud.

Después, como si quisiera resumir el evangelio y ponerlo en las manos de todos, desgranando cómo se está bien con Dios, escribió un Dicho que decía:

«Andar a perder y que todos nos ganen es de ánimos valerosos, de pechos generosos; de corazones dadivosos es condición dar antes que recibir, hasta que vienen a darse a sí mismos, porque tienen por gran carga poseerse, que más gustan de ser poseídos y ajenos de sí, pues somos más propios de aquel infinito Bien que nuestros».

Descubrir que «somos más propios de aquel infinito Bien que nuestros» y que la infinita bondad es nuestra, nos hace generosos y nos lleva a sentir con el evangelio. Juan sabía que solo «el hilo del amor» descubre esa pertenencia y une a Dios. Por eso, confiaba a esa experiencia la salud del corazón y la transformación de la vida:

«Hace tal obra el amor
después que le conocí
que si hay bien o mal en mí
todo lo hace de un sabor
y al alma transforma en sí
y así en su llama sabrosa
la cual en mí estoy sintiendo
apriesa sin quedar cosa,
todo me voy consumiendo».

Eso es estar bien, dejarse ganar por el amor. Eso es estar bien con Dios, dejar que su amor consuma todo lo que no es Él.

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Desde lo hondo a ti grito

Jueves, 5 de diciembre de 2019

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      La experiencia de la luz en la luz nos hace intuir una presencia que no vemos con sus contornos, puesto que el Señor no tiene limitaciones. Sin embargo, «gustamos» su presencia. Todas las manifestaciones de Dios en la Biblia van en este sentido. Existe una presencia, Dios habla, pero no le vemos (Ex 3,1-6; 33,18-23). El hombre lo siente, participa de su luz, pero no ve al Señor (Ex 34,29; 2 Cor 3,7-4,6). La experiencia de una presencia que no se ve es luz porque se «siente» que el Señor es el Dios «misericordioso y piadoso, lento a la rica y rico en gracia y fidelidad» (Ex 34,6ss). Como a Moisés, esta experiencia nos lleva a invocarle «mientras está cerca» (Is 55,6) con una certeza confiada de que seremos oídos, porque él es «rico en misericordia con los que le invocan» (Sal 85,8; Rom 10,12) y no deja a nadie sin respuesta (Eclo 2,12). De hecho, como su grandeza, así es su misericordia (Ecl 2,18; Sab 7,7).

       Es luz porque se percibe la presencia de una Bondad que nos envuelve y que antes no conocíamos. Por consiguiente, es un nuevo modo de ser, puesto que esta «presencia» nos libera de nuestras tinieblas, de nuestra soledad. Instaura una nueva relación con nosotros mismos. Nos damos cuenta de que somos diferentes porque somos amados, algo que antes no era posible.

       Estábamos ciegos, había una oscuridad en la que estábamos sumergidos. Ahora existe la luz, la luz del amor. «En un tiempo fuisteis tinieblas, ahora sois luz en el Señor.» Y la luz, como decíamos, no se puede expresar en cuanto tal; se percibe en la luz, pero su expresión necesita concretarse. Por eso «el fruto de la luz consiste en toda bondad» (Ef 5,8ss). Se trata de la experiencia de la bondad del Señor, que ilumina el corazón y se difunde en todo nuestro ser.

       La experiencia de esta Bondad se convierte, si así podemos llamarla, en oración. Es oración en el sentido de que el amor quiere crecer, la alegría quiere ser completa y la alabanza quiere ser simplemente exultación. Es oración porque la prenda requiere la compleción.

*

B. Boldini
Desde lo hondo a ti grito,
Ediciones San Pablo, Madrid 1986.

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Oración y Reforma

Jueves, 31 de octubre de 2019

“Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad”
(Fil. 2: 12-13).

 

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“Tengo tantas cosas que hacer,

que pasaré las primeras tres horas orando”

(…)

“La oración no es para cambiar los planes de Dios.

Es para confiar,

descansar en Él,

y hallar la paz”

*

Martin Lutero

***

“Omnipotente y eterno Dios, ¡qué terrible es este mundo! ¡Cómo quiere abrir sus quijadas para devorarme! ¡Y qué débil es la confianza que pongo en ti! Dios mío, protégeme en contra de la sabiduría mundanal. Lleva a cabo la obra, puesto que no es mía; sino tuya. No tengo nada que me traiga aquí, ni tengo controversia alguna con estos grandes de la tierra. Desearía pasar los días que me quedan de vida, tranquilo, feliz y lleno de calma. Empero, la causa es tuya; es justa; es eterna. ¡Dios mío, ampárame, tú eres fiel y no cambias nunca¡ No pongo mi confianza en ningún hombre.

¡Dios mío, Dios mío!, ¿No me oyes? ¿Estás muerto? No, no estás muerto, más te escondes. Dios mío, ¿dónde estás? Ven, ven. Yo sé que me has escogido para esta obra. ¡Levántate, pues, y ayúdame! Por amor de tu amado Hijo Jesucristo, que es mi defensor, mi escudo y mi fortaleza, ponte de mi lado. Estoy listo, dispuesto a ofrecer mi vida, tan obediente como un cordero, en testimonio de la verdad. Aun cuando el mundo estuviera lleno de diablos; aunque mi cuerpo fuera descoyuntado en el ‘potro’, despedazado y reducido a cenizas, mi alma es tuya: tu Sagrada Escritura me lo dice. Amén. ¡Dios mío, ampárame! Amén.”

*

Martín Lutero
Oración antes de presentarse ante la dieta de Worms. Salmo 43

***

Lutero, orante de gran fe, visitó a Melanchton en una ocasión en que éste se encontraba en estado agonizante. Su muerte parecía tan próxima como inevitable. Entre sollozos, oró Lutero pidiendo a Dios la recuperación física de su más íntimo colaborador. Una exclamación vehemente al final de la oración hizo salir a Melanchton de su estupor. Sólo pronunció unas palabras: «Martín, ¿por qué no me dejas partir en paz?» «No podemos prescindir de ti, Felipe», fue la respuesta. Lutero, de rodillas junto al lecho del moribundo, continuó orando por espacio de una hora. Después persuadió a su amigo para que comiera una sopa. Melanchton empezó a mejorar y pronto se restableció totalmente. La explicación la daba Lutero con estas palabras: «Dios me ha devuelto a mi hermano Melanchton en respuesta directa a mis oraciones»

*

José M. Martínez
Pensamiento Cristiano, Octubre 2011

***

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“Concede, Dios Todopoderoso, que desde que estamos bajo la dirección de tu Hijo hemos sido unidos al cuerpo de tu Iglesia que, en muchas ocasiones se ha dispersado o desgarrado en pedazos; permite que podamos continuar en la unidad de la fe, y que luchemos con perseverancia en contra de todas las tentaciones de este mundo y que nunca nos desviemos del camino correcto, sin importar los nuevos problemas que se presenten diariamente; y aunque estemos expuestos a muchas muertes, permite que el temor no se apodere de nosotros/as de manera tal que extinga la esperanza de nuestros corazones; sino que, al contrario, levantemos nuestros ojos y nuestras mentes y todos nuestros pensamientos a tu gran poder, por el cual aligeraste la muerte, y levantaste de la nada cosas que no existían, para que así, aunque estamos expuestos a ruina diariamente, nuestras almas puedan aspirar a la salvación eterna hasta que verdaderamente te reveles como la fuente de vida, cuando podamos disfrutar de esa dicha sin fin que ha sido obtenida para nosotros por la sangre de tu único Hijo nuestro Señor. Amén.”

*

Juan Calvino

***

«Acostumbro a definir este libro como una anatomía de todas las partes del alma, porque no hay sentimiento en el ser humano que no esté ahí representado como en un espejo. Diría que el Espíritu Santo colocó allí, a lo vivo, todos los dolores, todas las tristezas, todos los temores, todas las dudas, todas las esperanzas, todas las preocupaciones, todas las perplejidades hasta las emociones más confusas que agitan habitualmente el espíritu humano».

*

Juan Calvino (1509-1564)
prefacio de su comentario a los salmos

***

““El Señor nos mandó a orar. El lo ordenó, no tanto para su propio bien, sino para el nuestro. El actúa –como es correcto– para que la gloria sea para él, el reconocimiento de que todo lo que deseamos y consideramos para nuestro beneficio, viene de él.”

Dispuestos en la mente y el corazón, como corresponde a aquellos que entran en conversación con Dios… desde  el fondo de nuestro corazón… las únicas personas que debida y correctamente se ceñirán para orar son los que están tan conmovidos por la majestad de Dios, que, libre de cuidados y afectos terrenales, llegan a la misma… manteniendo la disposición de un mendigo… con afecto sincero de corazón, y al mismo tiempo el deseo de obtenerlo de él… pedir con fe, no dudando nada…”

“… A menos que nos fijemos ciertas horas en el día para la oración, fácilmente se deslizará de nuestra memoria… A pesar de que nuestras mentes siempre deben estar levantadas a Dios, hay ciertas horas que no debemos dejar pasar sin oración- cuando nos levantamos en la mañana; cuando comenzamos y terminamos los alimentos cuando nos vamos a la cama. Pero también cuando nosotros u otros estamos siendo amenazados de cerca por peligro debemos volvernos a Dios por ayuda; cuando el bien nos llega debemos volvernos a Él en acción de gracias. De nuevo, debemos siempre dejar a Dios Su libertad y no decirle lo que debe hacer. Dejamos nuestra voluntad a Su disposición, y paciencia, no debemos cansarnos de orar.”

*

Juan Calvino
en T. H. L. Parker. John Calvin. A Biography. Página 62.

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Clamando a Dios

Domingo, 20 de octubre de 2019

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HOMBRE

Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.

Alzo la mano, y tú
me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser —y no ser— eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!

*

Blas de Otero
Ángel fieramente humano (1950)

***

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:

“Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.

En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario.”

Por algún tiempo se llegó, pero después se dijo:

“Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.””

Y el Señor añadió:

“Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?

*

Lucas 18, 1-8

***

Toda oración nace de una situación de desconsuelo. Si ruego a alguien es porque tengo necesidad de él. Y si mi oración no es escuchada de inmediato, corre el riesgo de quedar humillada y puede hacer que me encierre en mí mismo, en un abismo aún más negro que aquel del que quisiera sustraerme: la desesperación. Toda oración que sea verdaderamente tal se sostiene, fatigosa y delicadamente, entre la desesperación y la esperanza.

Jesús nos sugiere que, cuando nos dirijamos a Dios, oremos siempre, sin cansarnos nunca. A largo plazo, por ser una oración verdadera, se confundirá con la espera humilde, paciente, vacilante, pero que no disminuye nunca, a no ser que quiera contentarme con una oración mágica, que haga saltar la respuesta de una manera automática, instantánea, barata.

Ahora bien, cuando se trata de oración verdadera, cuando se trata de la gran herida del mundo que se abre a la mirada de Dios, del fundamental desconsuelo del hombre que pide gracia, Dios desea que sea cara. Dios espera que el hombre luche con él, desea la confrontación entre la pobreza y la gracia, porque desea ardientemente dejarse vencer por la oración. Cuando un hombre grita su desconsuelo ante Dios – y no sólo el suyo propio, sino también la inmensa angustia del mundo-, se manifiesta y se realiza un gran misterio de amor. Dios escucha atenta, amorosamente, esta oración, como la respiración del universo.

Cuando la oración brota del corazón del hombre, es el mundo el que empieza a respirar. Dios se inclina y escucha esta oración convertida en el aliento secreto del mundo, que le da vida interior y que debe despertarlo a Dios. El mundo entero se encuentra, en toda oración, como un gran niño adormecido en los brazos de Dios y a punto de despertarse bajo su mirada, al rumor de su propia respiración.

*

A. Louf, Solo el amor será suficiente,
Cásale Monf. 1985, pp. 192-194, passim.

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20.10.19. Dom 29 ciclo C. Lc 18, 1-8 Voz de la Viuda, el grito de los Pobres de la Tierra

Domingo, 20 de octubre de 2019

juez250Del blog de Xabier Pikaza:

Si desoye a la viuda (Amazonia) la Iglesia se muere, se seca la tierra

Desde la experiencia del holocausto (shoa), E. Levinas, judío experto en opresiones, nos habló de la eficacia del “rostro suplicante”. El mayor poder del mundo no es la bomba, ni un Estado pretendidamente soberano, ni el gran Capital/Mamona, una Iglesia triunfara, sino un rostro impotente que mira y suplica, pues lleva en el fondo toda la energía de Dios.

Esta es la eficacia del Dios/Viudo (Dios/Viuda), el impotente supremo que todo lo puede en amor, mirando y creando así todas las cosas, como decía Juan de la Cruz, al afirmar que Dios creaba estrellas y personas “con sola su mirada”, en amor.  El evangelio de hoy no habla del Dios-Viuda que mira impotente, que llama y que crea con su  grito, con la mirada hecha grito a favor de la vida.

Las viudas son para la Biblia judía y cristiana el prototipo de los necesitados, personas sin derechos familiares (no tienen ya padre, ni tienen marido ni hijos), sometidas a la arbitrariedad de los poderosos. Pues bien, las viudas aparecen de un modo especial en el evangelio de Lucas, que seguimos leyendo este domingo:

14718708_665266803650515_7437983696970535053_nEntre los que esperan y saludan a Jesús en su nacimiento hay una viuda (Lc 2, 37); Eetre los que piden la ayuda de Jesús está  la viuda de Naím (Lc 7, 12) con sus hijo muertos…

Hacia el final del evangelio está la  viuda que da todo lo que tiene, en gesto de suprema generosidad (Lc 21, 2-3). Pues bien, hoy aparece esta viuda suplicante (Lc 18, 1-8), una mujer que no tiene nada, y que sin embargo puede conseguirlo todo a través de su grito.

    Para los que piensan que no merece la pena salir a la calle y gritar (en plano social y religioso, político y eclesial) nos sale al encuentro este evangelio

Texto

En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: Hazme justicia frente a mi adversario. Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.

Y el Señor añadió: Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra? (Lucas 18, 1-8)

La viuda “cree” en el valor de su insistencia:

images está convencida de que el juez le atenderá, si se mantiene firme y pide, una y otra vez, con actitud que puede llegar a ser “desagradable” para el mismo juez (¡puede acabar pegándole en la cara!). La súplica de la viuda (¡que no tiene más recurso que su insistencia!) puede transformar al mismo juez.

En el contexto bíblico, esta viuda que “pide justicia”, de un modo insistente, es signo de todos los pobres del mundo que sólo cuentan con eso que la tradición católica ha llamado la “omnipotencia suplicante” (aplicada a la Virgen María, cuando intercede por los hombres). Pues bien, en nuestro caso, esta viuda es la Virgen María, que es omnipotente por su forma de pedir.

Traslademos el gesto de la viuda a nuestro mundo, a todos los pobres y excluidos de la sociedad.

 Ciertamente, el mal juez (los malos poderes del mundo, que no creen en Dios ni en la justicia) puede ignorar a los que piden, gritan, se manifiestan. ¿Qué le importa al sistema la vida o muerte de los pobres? ¿Qué le importa al capitalismo la suerte de los miles de hombres y mujeres que mueren cada día de hambre o abandono? No, en un primer momento, a los jueces del mundo no les importa nada. Ellos van a lo suyo: su justicia particular, si imperio, su dinero, los demás que mueren. Pero esa respuesta no está tan clara: ¡Si todos los pobres gritan, como esa viuda, el sistema tiembla!

 Ésta parábola no es una palabra particular (circunstancial) de Jesús, sino que ella recoge la experiencia más honda de la Biblia, desde los hebreos de Egipto que gritan y Dios les escucha (Ex 2). En contra de lo que se dice, al final de todo no está el triunfo militar de los más fuertes, ni el poder del dinero, sino el poder más alto, la omnipotencia del grito, un grito incesante, de no-violencia activa.

El problema está en que la mayoría callan o se doblegan ante el sistema,

 ante el orden de opresión del mundo, pidiendo pequeñas migajas, subsidios pequeños…, para que todo siga igual. Pues bien, en contra de eso, esta viuda grita, en gesto de manifestación radical. ¡Una y otra vez se eleva ante el juez!, que controla los grandes poderes del mundo (tiene a su servicio el ejército, la policía, la cárcel y el dinero). Pero la viuda tiene algo más fuerte: Su grito insistente, su protesta continua, su “huelga” sin fin (su no-violencia activa).

             Si todas las viudas del mundo gritaran, si todos los que están engañados por esta sociedad elevaran la voz y se plantaran, los grandes jueces tendrían que decir, pues no se pude vivir en este mundo enfrentándose a todos.

La omnipotencia de los que gritan, pidiendo justicia

 He visto el rostro de esta viuda por doquier,aquí en Castilla donde vivo, en la Iglesia de la que formo parte,y, de un modo especial, entre los hombres y mujeres que sufren y llaman, a lo largo y a lo ancho de la tierra. Leer más…

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“La oración de la Iglesia perseguida. Domingo 29 Ciclo C”. Domingo 29 Ciclo C

Domingo, 20 de octubre de 2019

Iglesia persguidaDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Un enfoque distinto de la oración

            Los cristianos para los que Lucas escribió su evangelio no estaban muy acostumbrados a rezar, quizá porque la mayoría de ellos eran paganos recién convertidos. Igual que muchos cristianos actuales, sólo se acordaban de santa Bárbara cuando truena. Lucas se esforzó por inculcarles la importancia de la oración: les presentó a Isabel, María, los ángeles, Zacarías, Simeón, pronunciando las más diversas formas de alabanza y acción de gracias; y, sobre todo, a Jesús retirándose a solas para rezar en todos los momentos importantes de su vida.

El comienzo del evangelio de este domingo (Lucas 18, 1-8) parece formar parte de la misma tendencia: “En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola”. Sin embargo, el final nos depara una gran sorpresa.

            En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:

            ‒ Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.
En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle:

            ‒ Hazme justicia frente a mi adversario.

            Por algún tiempo se negó, pero después se dijo:

            ‒ Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.

            Y el Señor añadió:

            ‒ Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios…

Interrumpe la lectura y pregúntate cuál sería el final lógico. Probablemente éste: Pues Dios, ¿no escuchará a los quienes le suplican continuamente, sin desanimarse?

Sin embargo, no es así como termina la parábola de Jesús, sino con estas palabras:

Pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar.

El acento se ha desplazado al tema de la justicia, a una comunidad angustiada que pide a Dios que la salve. No se trata de pedir cualquier cosa, aunque sea buena, ni de alabar o agradecer. Es la oración que se realiza en medio de una crisis muy grave.

Los elegidos que gritan día y noche

Recordemos que Lucas escribe su evangelio entre los años 80-90 del siglo I. Algunas fechas ayudan a comprender mejor el texto.

Año 62: Asesinato de Santiago, hermano del Señor.

Año 64: Nerón incendia Roma. Culpa a los cristianos y más tarde tiene una persecución en la que mueren, entre otros muchos, según la tradición, Pedro y Pablo.

Año 66: los judíos se rebelan contra Roma. La comunidad cristiana de Jerusalén, en desacuerdo con la rebelión y la guerra, huye a Pella.

Año 70: los romanos conquistan Jerusalén y destruyen el templo.

Año 81: sube al trono Domiciano, que persigue cruelmente a los cristianos y promulga la siguiente ley: “Que ningún cristiano, una vez traído ante un tribunal, quede exento de castigo sin que renuncie a su religión”.

En este contexto de angustia y persecución se explica muy bien que la comunidad grite a Dios día y noche, y que la parábola prometa que Dios le hará justicia frente a las injusticias de sus perseguidores.

Sin embargo, Lucas termina con una frase desconcertante: Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?

La venida del Hijo del Hombre

¿A qué viene esta referencia al momento final de la historia, que parece fuera de sitio? Para comprenderla conviene leer el largo discurso de Jesús que sitúa Lucas inmediatamente antes de la parábola de la viuda y el juez (Lc 17,20-37). Algunos pasajes de ese discurso parecen escritos teniendo en cuenta lo ocurrido el año 79, cuando el Vesubio entró en erupción arrasando las ciudades de Pompeya y Herculano. Muchos cristianos debieron de ver este hecho como un signo precursor del fin del mundo y de la vuelta de Jesús. Ese mismo tema lo recoge Lucas al final de la parábola para relacionar la oración en medio de las persecuciones con la segunda venida de Jesús.

La fe de una oración perseverante

El tema de la vuelta del Señor es esencial para entender el evangelio de Lucas, aunque subraya que nadie sabe el día ni la hora, y que es absurdo perderse en cálculos inútiles. Lo importante es que el cristiano no pierda de vista el futuro, la meta final de la historia, que culminará con la vuelta de Jesús y el final de las persecuciones injustas.

Pero esa no era entonces la actitud habitual de los cristianos, ni tampoco ahora. Lo habitual es vivir el presente, sin pensar en el futuro, y mucho menos en el futuro definitivo, que nos resulta, hoy día, mucho más lejano que a los hombres del siglo I.

Eso es lo que quiere evitar el evangelio cuando termina desafiándonos: Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra? Que nuestra fe no se limite a cinco minutos o a un comentario, sino que nos impulse a clamar a Dios día y noche.

La trampa de Lucas

Como en otras ocasiones, plantea un tema con el que el lector puede sentirse en desacuerdo: Jesús rezó sin desfallecer, hasta derramar sangre, y lo mataron; a los apóstoles los mataron; a los cristianos los persiguieron.

¿En qué consiste hacer justicia? La solución en Hechos: la comunidad perseguida no pide que le hagan justicia sino que le den fuerza para seguir proclamando el evangelio. Y eso lo consiguen por acción del Espíritu Santo.

La primera lectura (Éxodo 17,8-13)

Propone las mismas ideas del evangelio aunque de forma que a muchos puede resultar políticamente incorrecta. Los amalecitas, un pueblo nómada, atacaban a menudo a los israelitas durante su peregrinación por el desierto hacia la Tierra Prometida. Una persecución parecida a la que sufrieron los cristianos por parte de Roma. Pero Moisés no espera que Dios intervenga para salvarlos; ordena a Josué que los ataque. Lo interesante del relato es que mientras Moisés mantiene las manos en alto, en gesto de oración, los israelitas vencen; cuando las baja, son derrotados. Pero a los judíos nunca le faltan ideas prácticas para solucionar el problema. Lee el texto.

            En aquellos días, Amalec vino y atacó a los israelitas en Rafidín. Moisés dijo a Josué:

            ‒ Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte, con el bastón maravilloso de Dios en la mano.

            Hizo Josué lo que le decía Moisés, y atacó a Amalec; mientras Moisés, Aarón y Jur subían a la cima del monte. Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel; mientras la tenía baja, vencía Amalec. Y, como le pesaban las manos, sus compañeros cogieron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentase; mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así sostuvo en alto las manos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su tropa, a filo de espada.

Este texto ha sido elegido porque va en la línea de orar siempre sin desanimarse que intenta inculcar el evangelio. Pero la idea de usar la oración para matar amalecitas no parece la más evangélica.

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Domingo XXIX del Tiempo Ordinario. 20 octubre, 2016

Domingo, 20 de octubre de 2019

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“Para mostrar (a sus discípulos)  la necesidad de orar siempre, sin desanimarse, Jesús les contó esta parábola. Había en una ciudad un juez que no temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había también en aquella ciudad una viuda que no cesaba de suplicarle: `hazme justicia frente a mi enemigo`. El juez se dijo: ´aunque no temo a Dios ni respeto a nadie, es tanto lo que esta viuda me importuna, que le haré justicia para que deje de molestarme de una vez´. Y el Señor añadió: ´cuando venga el Hijo del hombre ¿encontrará fe en la tierra?”.

(Lc 18,1-8)

¡Qué bella invitación nos hace Jesús! Nos llama a perseverar, a confiar en nuestro Dios.

La oración cristiana es una relación personal con Dios. Relación que nos descubre lo que en verdad somos: ¡Hijas e hijos de Dios! No hay mayor gozo para una persona buscadora de interioridad que saber que Dios Padre está esperando nuestra súplica insistente, como la de la viuda.

Súplica que es un balbuceo del corazón, una mirada confiada. Un dejarse descubrir por la ternura de Dios Padre-Madre, que no responde cansado y malhumorado como el juez, sino con amor tierno a nuestras miradas, a nuestras búsquedas, a nuestras añoranzas de interioridad.

Este es el fin de nuestra oración: llegar a las entrañas de Dios, dejarnos tocar, dejarnos atraer por su Amor. Y esta experiencia tiene retorno, no queda en las nubes perdida,  sino que nos enseña: “aprended a hacer el bien, buscad el derecho, proteged al oprimido, socorred al huérfano, defended a la viuda” (Is 1,17) todo lo contrario del juez.

Oración

Abre tu corazón, levanta la mirada más allá de lo tangible y con corazón suplicante pon en manos de Dios Padre-Madre el dolor de la humanidad y el tuyo propio. Ante Él todo se transforma.

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Fuente: Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios no tiene que hacer justicia

Domingo, 20 de octubre de 2019

persistent_widow-60184351_stdLc 18,1-8

Comentar las lecturas de hoy es complicado porque, partiendo de ellas, tenemos que concluir literalmente lo contrario de lo que dicen. La 1ª: el mito de la elección. El Dios de Jesús no puede estar en contra de nadie. Amalec es para Dios tan querido como el pueblo israelita, aunque los judíos sigan pensando otra cosa. La 2ª: El mito de la inspiración. No toda la Escritura es útil para enseñar. Recordad las palabras de Jesús: habéis oído que se dijo… pero yo os digo… La 3ª: el mito de la justicia de Dios. Ni ahora ni después, ni al que se lo pida con insistencia ni al que no se lo pida, va a hacer justicia humana de ninguna manera.

La Escritura es fruto de una experiencia religiosa personal, pero está expresada en conceptos que corresponden a una visión mítica del mundo. Al intentar entenderla y juzgarla desde nuestra mentalidad, que ya no es mítica, distorsionamos el mensaje. Debemos tener la valentía de separar el mensaje del envoltorio en que ha sido transmitido. Nuestra teología ha sido un intento de convertir el mito en logos. La racionalización del mito nos impide descubrir su valor y nos lleva a una falsificación de la verdad que en él se contiene.

La modernidad cometió el error de lanzar por la borda la increíble riqueza de la experiencia religiosa, porque confundió el embalaje mítico en que venía presentada con la verdad que quería trasmitir. Con el agua del baño hemos tirado por la ventana al niño. Pero las religiones, sobre todo la nuestra, sigue manteniendo el error de no querer prescindir del envoltorio porque después de tanto tiempo insistiendo en que había que mantener a toda costa el mito, ahora no tienen la valentía de proponer la verdad separada del mismo mito.

Hoy es imprescindible atender al contexto para entender el texto. A continuación del relato de los diez leprosos, que hemos leído el domingo pasado, le preguntan a Jesús los fariseos sobre cuándo llegará el Reino de Dios. Jesús responde con afirmaciones sobre el Reino de Dios y sobre la última venida del Hijo del hombre. Con la perspectiva de ese pequeño apocalipsis, el relato de hoy cobra su verdadero sentido. No trata de prevenir cualquier desánimo, sino del peligro de caer en el desaliento porque la parusía se retrasaba demasiado. Recordemos que la expectativa de un final inmediato era el ambiente en que se vivió el primer cristianismo.

La parábola del juez y la viuda no tiene aplicación posible desde nuestra religiosidad actual. No podemos poner como modelo para Dios a un juez injusto que actúa por aburrimiento. Es que ni siquiera podemos esperar que haga justicia. Hoy sabemos que Dios no puede tener ahora una postura y otra para dentro de una hora o para el final de los tiempos. Dios es siempre el mismo y no puede cambiar para amoldarse a una petición. No tenemos que esperar al final del tiempo para descubrir la bondad de Dios sino descubrir a Dios presente, incluso en todas las calamidades, injusticias y sufrimientos que los hombres nos causamos unos a otros.

El tema es de máxima importancia, porque la oración, en cualquiera de sus formas, es una de las manifestaciones religiosas que más nos dice sobre nuestra manera de entender a Dios y al hombre. Lo que esperamos de la oración de petición nos puede servir de test para comprender el estadio en que se encuentra nuestra religiosidad. Agustín, con su genialidad, nos ha metido por un callejón sin salida cuando afirmó que la oración no era eficaz, quia malum, quia mala, quia male. Que quiere decir: porque soy malo, porque pido cosas malas, porque las pido de mala manera. Este razonamiento es insostenible porque, constatado que Dios no responde, nos las arreglamos para dejar a salvo a Dios, pues la culpa la tenemos siempre nosotros.

De manera menos lapidaria yo me atrevo a decir: Si rezamos, esperando que Dios cambie la realidad: malo. Si esperamos que cambien los demás, malo, malo. Si pedimos, esperando que el mismo Dios cambie: malo, malo, malo. Y si terminamos creyendo que Dios me ha hecho caso y me ha concedido lo que le pedía: rematadamente malo. Cualquier argucia es buena, con tal de no vernos obligados a hacer lo único que es posible: cambiar nosotros.

No es tarea de Dios impartir justicia humana, y la justicia divina se está realizando en todo momento. Para Él todo está en orden en cada instante. El que es objeto de injusticia no será afectado en su verdadero ser si él no se deja arrastrar por la misma injusticia. La justicia humana se impone por el poder judicial. Cuando pedimos a Dios que imponga “justicia” le estamos pidiendo que actúe para restablecer un desequilibrio. Para Dios todo está siempre en absoluto equilibrio, no necesita equilibrar nada. Dios no puede actuar contra nadie por malo que sea. Dios está siempre con los oprimidos, pero nunca contra los opresores.

En la Biblia “hacer justicia” es liberar al oprimido. Esta era la acción más propia de Dios. El pueblo de Israel interpretó los acontecimientos favorables como acción de Dios a su favor. Pero cuando las cosas le iban mal tenían que concluir que se debía a que no habían sido fieles a la Alianza. La verdad es que ante las mayores injusticias de entonces y de ahora, Dios se calla. Es muy difícil armonizar este silencio de Dios con la insistencia en la eficacia de la oración. Dios no puede hacer justicia, tal como la entendemos los humanos.

Aquí no se trata de la oración sino de la petición a Dios de justicia para los oprimidos. No debemos esperar la acción puntual de Dios, sino descubrir su presencia en todo acontecer y en toda situación. Es mucho más importante saber aguantar la injusticia que alcanzar nuestra justicia. Es mucho más importante ser siempre “justos” que conseguir justicia de otros. La justicia de Dios es una actitud que permite descubrir todo lo que puedo esperar en el momento actual, sin que Dios tenga que hacer nada, mucho menos teniendo que echar mano de su poder.

La oración no la hago para que la oiga Dios, sino para escucharla yo mismo y darme la ocasión de profundizar en el conocimiento de mi ser profundo. Todo ello me llevará a dar sentido al sinsentido aparente. El silencio de Dios me obliga a profundizar en la realidad que me desborda y a buscar la verdadera salida, no la salida fácil de una solución externa del problema, sino la búsqueda del verdadero sentido de mi vida en esa circunstancia. Mi justicia la tengo que hacer yo en mí. La injusticia del otro no me debe hacer injusto a mí.

Pedir a Dios justicia, aquí o para el más allá, es mantener el ídolo que hemos creado a nuestra medida. La justicia en el más allá se inventó precisamente para armonizar la idea de un Dios justo al modo humano con la realidad de una injusticia presente. En tiempo de los macabeos se vio que los males que afligían a los seres humanos no se podían explicar como castigo de Dios, porque Antíoco estaba sacrificando precisamente a los más fieles a la Ley. Para superar esa contradicción se sacó de la manga un castigo y un premio para después de la muerte.

El mensaje de Jesús está sin estrenar. ¿A quién de nosotros se nos ha ocurrido alguna vez dar la túnica al que nos roba el manto? ¿Quién ha puesto una sola vez la otra mejilla cuando le han dado una bofetada? Ni siquiera admitimos la posibilidad de entrar en la dinámica del evangelio. Todo lo contrario, tratamos por todos los medios de que Dios se acomode a nuestra manera de pensar y actúe como actuamos nosotros. La única manera de ser justo es no practicar ninguna injusticia. Este es el sentido que tiene casi siempre “justicia” en la Biblia.

Meditación

La mayor injusticia, sufrida desde esta perspectiva,
es compatible con la plenitud humana más absoluta.
Nuestra justicia está siempre mezclada con la venganza.
Mi plenitud no está en la derrota del enemigo
sino en dejarme derrotar por mantenerme en el amor.
Esto es el evangelio. ¿Quién se lo cree?

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Jueces inicuos.

Domingo, 20 de octubre de 2019

12190055_984102751651193_5912908670137319560_n“En tiempos de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario” (George Orwell)

20 de octubre 2019. DOMINGO XXIX DEL TO

Lc 18, 1-8

Había en una ciudad un juez que ni respetaba a Dios ni respetada a los hombres

Una viuda que representa la clase más desprotegida y abandonada de aquel tiempo y un juez, golpeada por una sociedad desprotegida de los más mínimos derechos, y unos jueces inicuos que no atendían los derechos de nadie.  En la ópera Porgy and Bess, de George Gershwin (1898-1937), autor de Rahpsody in blue hay numerosas frases, fácilmente aplicables a nuestro juez inicuo Porgy: “Porgy, ahora soy tuya, sí, completamente ¡tuya!”, le decía Bess, protagonista de la obra, a su lisiado amigo, o posiblemente eso era lo que él se creía de la viuda pobre y desprotegida.

La propuesta de Jesús, en cambio, como es el caso de esta viuda, era animar a esa masa de empobrecidos y tan injustamente desahuciados, a luchar a rebelarse contra la opresión y la justicia. Una rebelión que llevaban en la sangre cristianos y judíos.

Mario Javier Sabán dice en su libro Las raíces judías del cristianismo:

“Cada vez que, los judíos se rebelaban contra el poder del Imperio, los cristianos también sufrían las consecuencias porque los romanos los consideraban un “grupo judío”, el objetivo ideológico del judeo-Cristianismo desde el 110 y el 120 fue diferenciarse totalmente del judaísmo desde el que hasta entonces formaba parte”.

Jesús habla en parábolas y en imágenes, pues sabe que las simples ideas y conceptos, se quedan cortos para significar lo que él quería decir  con las palabras, y nos ponen en la dirección correcta para alcanzar la meta del camino, lo que supone una ventaja y un peligro: la ventaja de que nos ponen en la dirección adecuada, para entender mejor a la naturaleza: el agua, el pastor, el padre, que son lo mejor para nosotros; y el error, que sacamos a veces las consecuencias indebidas.

Las novelas críticas de George Orwell (1903-1950), pensador distópico, -“representación imaginaria de una sociedad futura con características negativas, causantes de alienación moral-, como la definió José María Merino- con el statu quo de su tiempo, tienen una lectura totalmente contemporánea, en las que se fustiga los abusos del poder.

Orwel dice refiriéndose a la docilidad de las masas, y por qué en muchos casos no despiertan a pesar de ser víctimas de opresión, que “Hasta el momento en que no tengan conciencia de su fuerza, no se rebelarán, y hasta después de haberse revelado, no será, conscientes: ese es el problema”.

Y en su faceta periodística da fe de esta máxima sobre la libertad de expresión:

“En tiempos de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario, decía el novelista británico.

Pero los jueces inicuos de Lucas 18.2: –Había en una ciudad un juez que ni respetaba a Dios ni respetada a los hombres- siguen representado la justicia en nuestros días.

-He encontrado un hermoso Poema de Leonard Cohen que, a modo de protesta contra las imposiciones de Tiempo y de la Naturaleza, solfea:

Los pájaros cantan al hacerse de día:

“empieza de nuevo”,
oí que decían.

No pierdas el tiempo
pensando en lo que ya pasó
o en lo que aún no ha pasado.

Tañe las campanas que aún pueden repicar,
olvídate de tu ofrecimiento perfecto.

Todo tiene una grieta:
así es como entra la luz.
“Vuelve tu rostro hacia el sol y las sombras caen detrás de ti”.

Leonard Cohen

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Orar sin desfallecer o ser cansinos en la oración?

Domingo, 20 de octubre de 2019

imagesLc 18,1-8

Para orientarnos desde el principio, el evangelio de este domingo empieza diciéndonos que tipo de relato vamos a escuchar, una parábola, y la intención de Jesús al narrarla: enseñarles, y enseñarnos, que hay que orar siempre, sin desfallecer.

Pero no es lo mismo orar sin desfallecer que ser cansinos en la oración pidiendo a Dios que cumpla nuestra voluntad.

No desfallecer es de orantes, de los que confían y se ponen en manos de Dios, buscando su voluntad. Dejar que la oración toque y transforme nuestra vida es distinto de pedir a Dios cosas para que nos las conceda, convencidos de que cuantas más veces lo hacemos más probabilidades tenemos de lograrlo.

Lucas, el evangelista que nos presenta a Jesús como el gran orante, se vale de dos personajes muy definidos para enseñar esta actitud a las primeras comunidades cristianas.

Un juez, persona de autoridad en el pueblo, al que describe de modo muy  significativo. En tiempos de Jesús, los ejes sobre los que se asienta el comportamiento humano son Dios y los demás, el amor, el respeto o la importancia que cada persona da a ellos la definen. Al decirnos que a este juez no le importan ni Dios ni los hombres, nos está destacando la “calaña” del juez. Una persona terrible, sin principios, al margen de toda ley y al margen de todos.

Una viuda, que en ese momento era, junto con los huérfanos, el prototipo de la persona pobre, que no tiene quien la defienda, de la que muchos otros, sin escrúpulos, suelen abusar. Ya los profetas hacen llamadas a defenderlas.  Y esta mujer pide justicia a un hombre injusto el juez, que al final cede y le imparte justicia. No por compromiso ético, sino para que le deje en paz.

Cuando la gente escuchara a Jesús y entendiera que los ruegos de una mujer, que no es nada en la sociedad, conmueven el corazón de un juez sin principios, entenderían más claramente que nuestros pobres ruegos llegan al corazón de Dios.

Sorprende a la gente de entonces, y a nosotros hoy, el que un juez injusto le haga justicia. Evidentemente este juez no es imagen de Dios. No tenemos que “ganarnos” el corazón de Dios a fuerza de insistir. Esa imagen está muy lejos de Abbá que nos presenta Jesús como Buena Noticia.

Por eso la pregunta es muy importante, y marca la distancia entre lo que dice y hace el juez y el modo de actuar de Dios. ¿Es que Dios no hará justicia… o nos dará largas? Dios es justicia y está preparado para hacerla pronto. Pero no es lo mismo hacer justicia que hacer lo que nosotros queremos y a nuestro ritmo.

Las primeras comunidades cristianas viven en medio de muchas dificultades y persecuciones y su tentación es que Dios les saque de ellas, y lo haga ya. Les parecía que Dios no les escuchaba y la tentación del desanimo y el abandono de la fe y de la comunidad, estaban presentes.

Ante esta tentación, que nos lleva a pensar que Dios es un juez que no atiende a todos, Jesús nos invita a cambiar nuestra mirada y descubrir el auténtico ser de Dios. A descubrir que muchas veces la justicia que Dios quiere queda interrumpida por nuestro comportamiento injusto, que estamos siendo un obstáculo a la justicia de Dios

Orar sin desfallecer y con fe es abrirnos a la justicia de Dios y descubrir mi responsabilidad y la parte que me toca en aquello que estoy pidiendo.

No basta con insistir pidiendo a Dios que conceda la paz y la justicia a nuestro mundo, si nos somos, allí donde estamos y con todas nuestras posibilidades, constructores de paz y de justicia. La paz y la justicia que, en la oración, el Espíritu del Señor infunde en nuestros corazones. Construir el reino es trabajar en la línea de la justicia de Dios.

El evangelio de hoy, así como empezaba enmarcándolo todo para que supiéramos que estábamos escuchando, termina sorprendentemente con una pregunta abierta, para la que no tenemos una contestación rápida. La segunda venida de Jesús era algo esperado como inminente por los primeros cristianos, como nos dicen en diversas ocasiones los evangelios.  En ella se cifran muchas veces el triunfo de la justicia de Dios. Pero Lucas nos plantea, en este momento, el Hijo del Hombre ¿encontrará esta fe en la tierra? ¿Seremos capaces de perseverar hasta el final? ¿Nos mantendremos en la oración como la viuda?

Que este domingo nos ayude a renovar nuestra fe y  nuestra oración.

Mª Guadalupe Labrador Encinas fmmdp

Fuente Fe Adulta

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¿Orar todavía?

Domingo, 20 de octubre de 2019

Manos_Oracion_JillCC-BY-SA-2_0_Flickr_120315-300x167Domingo XXIX del Tiempo Ordinario 

20 octubre 2019

Lc 18, 1-8

No podemos saber con certeza si este relato –la parábola del “juez inicuo”– salió de los labios de Jesús o, por el contrario, con mayor probabilidad –se trata de un texto que no aparece en los otros evangelios–, fue una creación de Lucas, en su interés catequético por insistir en la necesidad de orar incesantemente.

          Sea como fuere, no se podía haber elegido una comparación más desafortunada, al comparar a Dios con un juez sin escrúpulos, que cede únicamente para que dejen de importunarlo.

        Parece claro que, a medida que crece en consciencia, el ser humano se ve llevado a desechar la llamada “oración de petición”. Y ello no desde una actitud arrogante, sino gracias a una mayor comprensión de lo que se halla en juego.

          La oración de petición yerra en dos sentidos: por un lado, falsea la imagen de Dios, al dar por supuesto que podría portarse mejor de lo que lo hace y, por otro, nos mantiene en el engaño acerca de nuestra verdadera identidad.

          Esa forma de oración –y más allá de la intención del orante–, transmite la imagen de un Dios avaro de sus dones, un tanto arbitrario e incluso caprichoso a la hora de otorgarlos, a la vez que insensible –como el juez de la parábola–, ya que necesita que se le insista incesantemente para conseguir que doblegue su voluntad. ¿Qué dios sería ese, sino una mera proyección antropomórfica, fruto de una mente infantil?

          Pero hay más. Esa forma de oración identifica al orante como carencia, que necesita “algo” de fuera que lo complete: orar, desde esta perspectiva, significa implorar todo aquello que podría liberarnos de la carencia, otorgándonos un estado de mayor bienestar. Es innegable que la persona en la que nos experimentamos es sumamente frágil y vulnerable, pero es un error tomarla como si fuera nuestra identidad. Somos plenitud. Y lo único que necesitamos es tomar consciencia de ello, de una forma experiencial, para vivirnos en coherencia con lo que somos.

          Con este planteamiento, ¿deja de tener sentido la oración? Si se refiere a la oración de petición, la respuesta solo puede ser afirmativa. Sin embargo, ello no significa dejar de vivir otras actitudes orantes como el sobrecogimiento, la admiración, la gratitud y, sobre todo, el Silencio.

          La oración va tomando la forma de alineamiento con lo real, de unificación con la Vida –“Que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”–, hasta comprender que somos uno con ella. Hemos comprendido que el Dios al que nos dirigíamos no es un Ente separado, sino el Fondo último de todo lo real, también de nosotros mismos.

          Al comprenderlo, la oración se torna silencio contemplativo que nos conduce desde el estado mental –que nos identificaba con el yo separado– hasta el estado de presencia, en el que nos descubrimos como plenitud.

¿Qué “oración” vivo?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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No sé si hacen falta funcionarios en las curias y en los entramados episcopales, lo que hace falta es evangelio, el evangelio de la misericordia

Domingo, 20 de octubre de 2019

índiceDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

DOMUND / MISIONES

  1. Eu – angelion: buena – noticia.

         Si a nosotros, cristianos-católicos, (sobre todo cristianos-católicos del ámbito hispano de los últimos 30 años, más o menos) nos observaran y analizaran “desde afuera” gentes de otras religiones (o simplemente no creyentes), ¿qué dirían acerca del cristianismo? ¿Nos verían como quienes viven serena y gozosamente una buena noticia, el evangelio? ¿O más bien nos verían como quienes andamos siempre barajando –y polemizando- tres o cuatro cosas de tipo moral y eclesiástico?

         El mismo Francisco detecta este estado de cosas cuando decía en una entrevista que:

No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Yo no he hablado mucho de estas cuestiones … no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar.[1]

El Evangelio es amable, sanante, salvífico para nuestra vida. El habitat evangélico y eclesial es “un hospital de campaña tras una batalla. Lo que la Iglesia necesita con urgencia es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones”.[2]

         Heridas tenemos muchas en la vida. Cada cual podemos diagnosticarnos nuestras heridas:

Llegó con tres heridas: la del amor, la de la muerte, la de la vida. Miguel Hernández (1910-1942)

  1. Misionar no es adoctrinar

         Todavía perviven entre nosotros, en nuestras tramoyas eclesiásticas modos y maneras doctrinarias y de fanatismos.

¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene altos el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas.[3]

         Evangelizar es ante todo, curar heridas. Si un misionero diera una conferencia en Guinea Ecuatorial o en el Altiplano boliviano sobre lo pernicioso que es el colesterol, tendría “toda la razón” del mundo, pero sería algo perfectamente insensato. ¡Pero no ves que los niños y la gente se están muriendo de hambre, de malaria y de pena!

         ¿Para qué tanta precisión teorizante, tanto “filioque” si la gente entre nosotros no tiene ganas de vivir, se suicida, sufre angustia, está en paro, etc.?

Los ministros de la Iglesia deben ser, ante todo, ministros de misericordia … a las personas hay que acompañarlas, las heridas necesitan curación … ¿Cómo estamos tratando al pueblo de Dios? Los ministros de la Iglesia tienen que ser misericordiosos, hacerse cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela a su prójimo. Dios es más grande que el pecado.[4]

         Volvamos al Evangelio. Sintamos el alivio, la misericordia de Dios en nuestro interior.

A lo mejor a alguien le pueda parecer algo heterodoxa la expresión, pero en ocasiones y situaciones hay que echar mano de ella: si lo eclesiástico te ha hecho daño, descansa en el Evangelio. ¡Estos modos eclesiásticos cansan tanto en la vida! Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviare. (Mt 11,28).

  1. Evangelio de misericordia. Ser misionero.

         En el papa Francisco llama la atención y alivian las frecuentes alusiones que hace al Evangelio de misericordia, a ser misericordiosos. El evangelio solamente será tal si es bondad y amabilidad. Incluso el confesonario, no es una sala de tortura, sino aquel lugar de misericordia.[5]

         Ser misionero, catequista, servir en la Iglesia no es mantener el orden público, sino transmitir la bondad de Dios.

Los ministros del Evangelio deben ser personas capaces de caldear el corazón de las personas, de caminar con ellas en la noche, de saber dialogar e incluso descender a su noche … El pueblo de Dios necesita pastores y no funcionarios “clérigos de despacho”.[6]

         Yo no sé si hacen falta funcionarios en las curias y en los entramados episcopales, lo que hace falta es evangelio, el evangelio de la misericordia. Y en el cristianismo, para sentirse querido “no hay que pasar por ventanilla”.

         Posiblemente a muchos de nosotros, el momento actual de Francisco nos ayude a recuperar el Evangelio de JesuCristo.

  1. Solidaridad con las iglesias.

         Con frecuencia evocamos y oramos por las misiones en nuestra Eucaristía. Seamos solidarios en la fe con tantas comunidades extendidas por toda la tierra:

Pobres comunidades africanas atendidas por un catequista nativo africano. Estas comunidades no tienen sacerdotes, pero tienen evangelio y fe. Comunidades en Latinoamérica alentadas por el espíritu de un modo eclesial vivido desde los pobres, (Teología de la Liberación) con el testimonio de tantos mártires. Comunidades del -para nosotros- lejano mundo oriental en cuyas tradiciones y religiones hay semillas de  la Palabra

Son hermanos nuestros en la fe y en la esperanza. En este día misional seamos solidarios en la fe y en la caridad.

  1. Gracias por el evangelio y la fe

         En este día misional nos hará bien evocar agradecidamente, recordar a quienes nos han transmitido el evangelio y han sembrado en nosotros la semilla de la fe: nuestros padres, algunos nobles sacerdotes, quizás alguna catequista, algún buen profesor, etc.

Las dos actitudes son valiosas y amables: el agradecimiento y la fe en el evangelio.

Gracias a nuestros mayores que sembraron la semilla lo mejor que supieron y pudieron. Nosotros hemos sido tierra lo más noble que hemos podido. Alguna piedra habrá en nuestro campo, alguna mala hierba – cizaña, pero sin duda que hemos procurado hemos sido tierra noble. El evangelio -la Palabra- ha iluminado e ilumina nuestras vidas. A lo largo de nuestra vida, en muchas situaciones a veces normales, en ocasiones difíciles: opciones, enfermedades, muertes, etc. el Evangelio nos ha dado luz, nos ha liberado, ha dado sentido a nuestra vida.

06     Y ¿hoy en día?

Tal vez hoy en día la misión, “las misiones” las tenemos en casa. Ya en nuestra misma diócesis se bautizan menos del 50% de los que nacen. Ha descendido mucho el número de niños que hacen la primera comunión, igual que ha bajado el número de adolescentes-jóvenes que se confirman La descristianización es profunda, si nos tapamos los ojos y no  somos sinceros en nuestros planteamientos pastorales, al menos seámoslo en el diagnóstico.

Estamos viendo ya cómo están viniendo a nosotros cristianos de otras latitudes. Las varias Iglesias evangélicas que hay en nuestra ciudad de San Sebastián están llenas de cristianos provenientes de Latinoamérica. Las dos comunidades ortodoxas entre nosotros son de proveniencia rumana y del patriarcado de Serbia: ucranianos, rusos, etc. Están viniendo a algunas diócesis sacerdotes polacos, rumanos y de Latinoamérica.

Los clásicos decían que bonum est diffusivum sui: el bien tiende a difundirse. Es decir: lo que para nosotros es bueno, tratamos de comunicarlo, enseñarlo. Hoy en día la pregunta de fondo es si el evangelio ya no es un bien a comunicar a los demás.

Habremos de emprender una nueva evangelización.

  • o Los padres evangelizan a sus hijos con los esquemas de vida en que se desarrolla la vida familiar, con los criterios que barajamos a la hora de escoger un colegio – ikastola para los niños y cuando éstos ya van avanzando en edad, ¿qué criterios se siguen a la hora de escoger una carrera?
  • o Evangelizar en los colegios y catequesis. ¿Llegan los colegios realmente a evangelizar? Cuando se dice que los niños-adolescentes pasan muchos años en el colegio, es verdad: un niño puede pasarse 18 años “sentado en un pupitre” en un colegio católico, pero no parece que eso signifique que salgan cristianos de las aulas. Los muchachos de los colegios católicos no duran en el ámbito cristiano más, que los que pasan por las aulas de los colegios laicos e institutos. No pocas de las “primeras comuniones” de muchos niños, son casi la “ultima”.

         Posiblemente la evangelización no es cuestión de masas sino algo más humilde y personal y ya no contarán tanto los números de la cristiandad, sino la sencillez de los pequeños grupos. La cristiandad que hemos conocido previsiblemente no va a volver por más que nos resistamos numantinamente. Eso es una nostalgia que tiene que ver más con el poder que vamos perdiendo que con la siembra evangélica.

         Sembrar es noble y callado.

Una convivencia bien llevada, una vida familiar amable y austera es sembrar. Una clase bien preparada y dada lo mejor posible, es evangelizar. Inyectar criterios evangélicos en la estructura de un plan de educación es misionar.

Id por todo el mundo y predicad el evangelio de la bondad de Dios

[1] Francisco, Busquemos ser una  Iglesia que encuentra caminos nuevos. Entrevista de Antonio Spadaro, director de Civiltà Cattolica, Quaderno N° 3918 del 19/09/2013 – (Civ. Catt. III 449-552 )En español: Razón y Fe, pp 14-15).

[2] Ibid, ‘ 13.

[3] Ibid, p 13.

[4] Ibid, p 13

[5] Ibid, p 14.

[6] Ibid, p 13.

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