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“Juntos andemos, Señor”… de la mano de Teresa de Jesús

Jueves, 15 de octubre de 2020

Hoy, el Carmelo Teresiano, la Iglesia Católica y muchos creyentes del mundo entero, recordaremos a esta genial mística castellana y española, Teresa de Jesús… Yo os recomiendo vivamente leer sus Obras completas, acercarse a alguna de las buenas biografías que hay en el mercado. Caminemos de la mano de esta mística de la Humanidad de Cristo, maestra de oración que en el capítulo ocho de su autobiografía nos recuerda que, “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (V 8, 5).

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“Estando en la Encarnación el segundo año que tenía el priorato, octava de San Martín, estando comulgando, partió la Forma el Padre fray Juan de la Cruz, que me daba el Santísimo Sacramento, para otra hermana. Yo pensé que no era falta de Forma, sino que me quería mortificar, porque yo le había dicho que gustaba mucho cuando eran grandes las Formas (no porque no entendía no importaba para dejar de estar el Señor entero, aunque fuese muy pequeño pedacico). Díjome Su Majestad: «No hayas miedo, hija, que nadie sea parte para quitarte de Mí»; dándome a entender que no importaba. Entonces representóseme por visión imaginaria, como otras veces, muy en lo interior, y dióme su mano derecha, y díjome: «Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy. Hasta ahora no lo habías merecido; de aquí adelante, no sólo como Criador y como Rey y tu Dios mirarás mi honra, sino como verdadera esposa mía: mi honra es ya tuya y la tuya mía». Hízome tanta operación esta merced, que no podía caber en mí, y quedé como desatinada, y dije al Señor que o ensanchase mi bajeza o no me hiciese tanta merced; porque, cierto, no me parecía lo podía sufrir el natural. Estuve así todo el día muy embebida. He sentido después gran provecho, y mayor confusión y afligimiento de ver que no sirvo en nada tan grandes mercedes.”

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Rel 35;Cfr 7M 2, 1).

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“Lo que pasa en la unión del matrimonio espiritual es muy diferente: aparécese el Señor en este centro del alma sin visión imaginaria sino intelectual, aunque más delicada que las dichas , como se apareció a los Apóstoles sin entrar por la puerta, cuando les dijo: «Pax vobis»“. Continúa diciendo sobre esta unión de Dios y el alma: “Es un secreto tan grande y una merced tan subida lo que comunica Dios allí al alma en un instante, y el grandísimo deleite que siente el alma, que no sé a qué lo comparar, sino a que quiere el Señor manifestarle por aquel momento la gloria que hay en el cielo, por más subida manera que por ninguna visión ni gusto espiritual“. *

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 Moradas. 7, capítulo 2, núm 2,3

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Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe El con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle.”

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(Libro de la Vida, capítulo 9,1)

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“Bendito seáis por siempre, que aunque os dejara yo a Vos, no me dejasteis Vos a mí tan del todo, que no me tornase a levantar, con darme Vos siempre la mano; y muchas veces, Señor, no la quería, ni quería entender cómo muchas veces me llamabais de nuevo.

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(Libro de la Vida, capítulo 6,9)

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“Juntos andemos Señor.

Por donde vayas tengo que ir,

por donde pases tengo que pasar.”

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(Camino de Perfección 21, 26)

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Entre los pucheros anda el Señor…

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“No es sola esta persona, que otras he conocido de la misma suerte, que no las había visto algunos años había y hartos; y preguntándoles en qué se habían pasado, era todo en ocupaciones de obediencia y caridad. Por otra parte, veíalos tan medrados en cosas espirituales, que me espantaban. Pues ¡ea, hijas mías!, no haya desconsuelo cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior.”

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Fundaciones 5, 8

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“La salida del armario de las personas creyentes”, por Óscar Manuel Escolano, coordinador del Grupo de Fe y Espiritualidad de la FELGTB

Lunes, 12 de octubre de 2020

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Acto ecuménico en memoria de los fallecidos en el atentado de Orlando (EEUU) – 2016

El 11 de octubre conmemoramos el Día Internacional de la Salida del Armario. Desde 1988 las personas LGTBI visibilizamos públicamente que estamos presentes en todas las instancias sociales y que somos parte integrante de la ciudadanía. Para nuestro colectivo se trata de un día festivo en el que hacemos patente el colorido patrón que hila la sociedad.

No obstante, este día también nos recuerda que aún escondemos quiénes somos en muchos ámbitos y lugares; que allí nos obligamos a negar una parte importante de nuestra identidad. Demasiadas personas LGTBI sienten miedo o vergüenza de expresarse o hablar de quienes son, de sus afectos, de sus deseos, de sus certezas. Cada 11 de octubre volvemos a alzar la voz por aquellas personas que no lo pueden hacer o no se atreven.

Y este año, desde la FELGTB, queremos dársela a las personas creyentes, a lesbianas, gais, trans, bisexuales e intersexuales que tienen que callar una parte de sí mismas en espacios religiosos o espirituales.  En la realidad de nuestro país existen armarios tras los cuales las personas LGTBI se tienen que esconder y ocultar quienes son, muchas veces avergonzándose de su realidad; llegando a aceptar, asumir e integrar que no son queridas/es/os y que no merecen amor.

Nuestra realidad se ha caracterizado por tener un doble armario: uno ante el colectivo LGTBI como creyentes y otro dentro de los espacios espirituales como personas LGTBI. No obstante, en este momento se da casi mayoritariamente en el lado de la experiencia espiritual. Demasiadas lesbianas, gais, bisexuales, trans o intersexuales tiene aún miedo de descubrirse y salir del armario ante la comunidad religiosa de pertenencia (en la mayoría de las ocasiones, dentro de la Iglesia Católica).

Una vivencia espiritual sana no se experimenta desde la culpa. Ninguna religión que libere habla desde el odio, sino desde el amor y la aceptación de todos los seres y de quienes somos. Amarse a sí misma/e/o es un componente esencial para encontrar la paz y la felicidad. La espiritualidad nos lleva a realizarnos como seres humanos, pero un armario que nos encierra y nos deja en la oscuridad nos hará muy difícil sacar toda nuestra luz.

Los colectivos LGTBI ya integran a las personas creyentes. Sin embargo, en el mundo religioso todavía existen lugares que no son ni seguros ni reconfortantes para nuestra realidad ni en los que se puede encontrar al Amor en el que creemos. Aunque cada vez menos, en nuestro país todavía tenemos que buscar “espacios de seguridad” en donde vivir la experiencia creyente sin tener que negar u ocultar la realidad LGTBI. El armario como creyente ya está casi roto dentro de los colectivos LGTBI, aunque todavía nos encontramos sintiendo cierta “vergüenza” al “qué dirán” o a ante pregunta: “¿por qué sigues creyendo a pesar de lo que dice la Iglesia?”. Afortunadamente, ya contamos con la pedagogía y referentes que normalizan la experiencia espiritual de las personas LGTBI.

El desafío se encuentra ante las puertas de determinadas instituciones religiosas. Concretamente, en España es parte de la jerarquía de la Iglesia Católica. Por desgracia, el mensaje oficial e institucional sigue siendo LGTBifobo, con un discurso cargado de odio en demasiadas ocasiones y que se hace público en boca de varios (demasiados) de sus representantes. Nos duele que el mensaje oficial coloque al colectivo LGTBI fuera del Amor de Dios, en una excepción a la regla, que hace que hermanas, hermanes y hermanos LGTBI crean y asuman que no son queridas.

Hay demasiados casos en que salir del armario supone un rechazo o incluso una expulsión. Ser LGTBI se interpreta como una afrenta a la moralidad. Sin embargo, dicha afrenta se hace contra la dignidad y sin tener en cuenta el conjunto de quienes somos. Se hace tergiversando el mensaje de Amor del que hablan las religiones, en el que se añaden “excepto a” que no aparecen en los escritos originales.

Como creyentes LGTBI nos encontramos ante un camino que poco a poco se va allanando puesto que ya contamos con la compañía de muchas comunidades espirituales que integran el mensaje de Amor en su totalidad y asumen la realidad de la diversidad. Nos vamos encontrando con personas y grupos que hacen extensivo el Amor a la amplitud de las diferentes realidades. Como siempre debió ser.

Budismo, Cristianismo (Iglesias), General, Homofobia/ Transfobia., Islam, Judaísmo , , , , , , , , , , , , , ,

La Cruz Gloriosa

Lunes, 14 de septiembre de 2020

Celebrar la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz significa tomar conciencia en nuestra vida del amor de Dios Padre, que no ha dudado en enviarnos a Cristo Jesús: el Hijo que, despojado de su esplendor divino y hecho semejante a nosotros los hombres, dio su vida en la cruz por cada ser humano, creyente o incrédulo (cf. Flp 2,6-11). La cruz se vuelve el espejo en el que, reflejando nuestra imagen, podemos volver a encontrar el verdadero significado de la vida, las puertas de la esperanza, el lugar de la comunión renovada con Dios.

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Estaríamos enajenados hasta el punto de permitirnos el lujo de buscar a Dios, en las horas cómodas del ocio, en templos lujosos, en liturgias pomposas y a menudo vacías, y de no verle, oírle y servirle allí dónde está, y nos espera, y exige nuestra presencia: en la humanidad, en el pobre, en el oprimido, en la víctima de la injusticia de la que somos, muy a menudo,  cómplices?

 

*

Don Helder Camara,
Un pensamiento para cada día”,
Médiaspaul, 2010

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Jesus in Love

***

Orar, es penetrar despacio, tranquilamente,
En el silencio de Dios,
Dejar a Dios darse y darme su silencio,
Para que pueda dejar mi corazón
latir al unísono del suyo,
dejar mi respiración entrar
En la respiración de Dios,
Dejarme penetrar por Su presencia,
Darme cuenta cada vez más
de que Dios está dentro de mí,
No, evidentemente, para evitar a mis hermanos
Sino para llevarles más,
Porque es verdaderamente imposible acercarse al crucificado
Sin acercarse a los crucificados del mundo entero.

*

Jean Vannier

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Jesús conquista a los hombres por la cruz, que se convierte en el centro de atracción, de salvación para toda la humanidad.

Quien no se rinde a Cristo crucificado y no cree en él no puede obtener la salvación. El hombre es redimido en el signo bendito de la cruz de Cristo: en ese signo es bautizado, confirmado, absuelto.

El primer signo que la Iglesia traza sobre el recién nacido y el último con el que conforta y bendice al moribundo es siempre el santo signo de la cruz. No se trata de un gesto simbólico, sino de una gran realidad.

La vida cristiana nace de la cruz de su Señor, el cristiano es engendrado por el Crucificado, y sólo adhiriéndose a la cruz de su Señor, confiando en los méritos de su pasión, puede salvarse.

Ahora bien, la fe en Cristo crucificado debe hacernos dar otro paso. El cristiano, redimido por la cruz, debe convencerse de que su misma vida debe estar marcada – y no sólo de una manera simbólica- por la cruz del Señor, o sea, que debe llevar su impronta viva. Si Jesús ha llevado la cruz y en ella se inmoló, quien quiera ser discípulo suyo no puede elegir otro camino: es el único que conduce a la salvación porque es el único que nos configura con Cristo muerto y resucitado.

La consideración de la cruz nunca debe ser separada de la consideración de la resurrección, que es su consecuencia y su epílogo supremo. El cristiano no ha sido redimido por un muerto, sino por un Resucitado de la muerte en la cruz; por eso, el hecho de que Jesús llevara la cruz debe ser confortado siempre con el pensamiento del Cristo crucificado y por el del Cristo resucitado .

*

G. di S. M. Maddalena,
Infinita divina, Roma 1980, pp. 342ss

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Si queremos ser de Jesús.

Domingo, 30 de agosto de 2020

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Si queremos ser de Jesús, ser de los suyos aquí abajo, y luego
en la bienaventurada eternidad del cielo, debemos seguirlo;
tomar la cruz y llevarla con él, siguiéndole:
imponer una regla a nuestra naturaleza herida por el pecado,
con el fin de que triunfe en ella el hombre nuevo, que fue
“creado a imagen de Dios en la justicia y la santidad verdaderas” (Ep 4, 24)

No nos dejemos engañar, cegar, ilusionar:
la cruz es siempre la única esperanza de salvación;
la ley de Dios siempre está presente, con sus diez mandamientos,
para recordar al mundo que sólo ella es el refugio seguro,
la muralla de las conciencias,
y que observándolos se posee el secreto de la paz y la tranquilidad de conciencia.
El que lo olvida, incluso el que aparece huir de todo compromiso serio,
Se reserva tarde o temprano la tristeza y la miseria.

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Juan XXIII
Alocución del 3 de abril de 1960 La documentación católica n°1330

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En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:

“¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.”

Jesús se volvió y dijo a Pedro:

“Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

Entonces dijo a sus discípulos:

“El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

*

Mateo 16,21-27

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“Aprende a despreciar las cosas exteriores y dirigirte a las interiores y verás venir el Reino de Dios a ti” (Imitación de Cristo, 2,1).  Se trata de separarse, y con fuerza, de esa exterioridad en que queda aprisionada y reducida la vida del hombre, para volverse y renovar el interior, eso interioridad que caracteriza al hombre. El logro de una conquista semejante requiere distanciamiento de las cosas exteriores, yo que mientras estés ocupado en ellas no puedes pensar en ti: Cristo vendrá a ti si le has reparado en tu interior una digna vivienda; por eso el autor de la Imitación te sugiere insistentemente: hazle sitio en tu interior a Cristo y niégale la entrada a todo lo demás. ¿Cuántos desapegos no están incluidos en “todo lo demás”!

Desapego de las cosas, de todas las cosas a las que a veces se apega nuestro corazón inadvertidamente y que nos impiden adherirnos totalmente a Cristo; desapego de los lugares a los que fácilmente el corazón se vincula bajo la apariencia de bien; desapego de las personas, en el sentido de que los afectos no obstaculicen el triunfo de Cristo en nosotros ni se lo impidan a los demás…

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G. Luzzcnti,
El Reino de Dios está en medio de nosotros,
I, Milán, 1976, Wss.

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” Y del cielo, ¿qué?”, por Carlos Osma

Jueves, 27 de agosto de 2020

cieloDe su blog Homoprotestantes:

Hace un par de semanas me preguntaron en el programa “El Té caliente” cómo entendía yo la trascendencia. El pastor John Miranda explicó que había recibido críticas sobre los mensajes de salvación centrados exclusivamente en el aquí y el ahora por ser semejantes a los que realiza cualquier ONG. Desde ese día sigo dando vueltas a esa pregunta, y me han surgido algunas más: ¿Al hablar de salvacion hemos de escoger entre trascendencia o inmanencia? ¿Olvidamos la trascendencia para que nuestro discurso sea más aceptable? ¿Nos centramos en el aquí y el ahora por falta de fe? ¿Se puede hablar de cristianismo cuando no hay esperanza de resurrección?

Algunos podrían pensar que las maricas no hablamos sobre trascendencia porque para nosotras la trascendencia es el infierno. Y por eso nos centramos en la inmanencia, en lo carnal, lo momentáneo y efímero, que es nuestro lugar natural. Nosotras no trascendemos, nuestros cuerpos queer habitados por la depravación, se aferran a lo terrenal. Y es desde esta conciencia, y también desde el sentimiento de culpa, que nos lanzamos a decorar el mundo, haciéndolo más habitable. Nuestras Ikea-teologías dan el pego a primera vista, pero tras el felpudo rainbow no se vislumbra el Reino de Dios, sino decorados diseñados por nosotras mismas para que quienes los visiten nos den su aprobación. Entre tratar de construir un mundo funcional y confortable, con toques de Feng shui, o elevarnos hacia una trascendencia en la que no nos espera nada bueno, las maricas inteligentes habríamos decidido quedarnos con la primera opción.

No digo que no debamos preguntarnos si hay algo de verdad en todo esto, pero sinceramente creo que hay pocas “desviadas” afortunadas que puedan poner su infierno en la trascendencia. Seamos sinceras, gran parte de quienes por cualquier razón no cabemos en los cánones de la diosa normalidad ya hemos pasado por él: no aceptación, percepción negativa de una misma, rechazo familiar, insultos, terapias, acoso, amenazas, agresiones, no reconocimiento de nuestros derechos, marginación…. Por esta razón hay personas que opinan que en realidad las maricas con ansias de sobrevivir tenemos tendencia a huir de la realidad, y estamos abiertas a la trascendencia más que cualquier otro colectivo. Queremos un cielo nuevo y una tierra nueva que no tenga nada que ver con la que tenemos ahora, y nos aferramos a la promesa de que “enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas ya pasaron” (1). Según este punto de vista, nosotras no andamos por el mundo como el resto de mortales, sino que más bien tratamos de levitar. No somos seres de carne y hueso, sino seres espirituales para los que la lectura de la Biblia, la meditación o la oración, son como chutes de helio que nos elevan hacia el más allá.

Personalmente pienso que la mayoría de las maricas tenemos serios problemas con el blanco y el negro, y que preferimos situarnos en zonas multicolor. Además, tenemos un temor irracional a permanecer quietas, supongo que por puro instinto de supervivencia. Es por esa razón que nuestra relación con lo inmanente y lo trascendente es más compleja que cualquiera de los tópicos reduccionistas anteriores. Hay días que nos ponemos zapatos con tacón de aguja para adherirnos mejor a la tierra, y otros que nos colocamos una corona y unas alas para tratar de llegar hasta el cielo. Hay veces que solo vemos lo que tenemos delante de nuestras narices, y otras que vislumbramos lo invisible. Hay días que dudamos de si somos cristianas, y otros que nos sentamos a tomar el té a las cinco con nuestro Jesús genderqueer. Sin embargo, sin negar que todo lo anterior nos ocurra alguna vez, la mayor parte del tiempo vivimos tratando de compaginar lo inmanente y lo trascendente, el aquí y el ahora con lo que está más allá del espacio y el tiempo que conocemos. Y no es fácil, cada una lo hacemos a nuestra manera, marcadas indudablemente por nuestra biografía, pero también por el entorno y las circunstancias que hoy nos envuelven.

Decía Dietrich Bonhoeffer que “Solo desde las profundidades de la tierra, solo pasando a través de las tormentas de la consciencia humana, se nos abre la visión de la eternidad” Únicamente desde el aquí, podemos vislumbrar el más allá, no hay cielo sin tierra. El Reino de Dios irrumpe cada día en las acciones de liberación que cada una de nosotras realiza en el mundo, y cuando abandonamos lo concreto, cuando decidimos no actuar ante el sufrimiento de otras personas, el nuestro, o el de la creación misma, para ir en busca del más allá, no estamos trascendiendo sino huyendo. Por lo que eso que vemos, aquello en lo que nos refugiamos llamándole esperanza, cielo, más allá, o cualquiera de las bellas palabras que se nos pueden ocurrir; no es la trascendencia y ni siquiera apunta hacia ella. La marica que no se esté rompiendo las uñas para acabar con la LGTBIQfobia que vive cada día, no sigue el llamado de Jesús, no abre espacio al Reino y es incapaz de intuir alguna cosa sobre la eternidad.

Pero aunque nuestras propuestas de justicia para este mundo patriarcal, capitalista, contaminado, eurocéntrico, LGTBIQfóbico, clasista, racista (pueden ir añadiendo aquí todo aquello que debemos transformar), sean maravillosas e ideales, el Reino de Dios no lo vamos a traer nosotras. De la misma forma, aunque nos aferremos a la tierra y a la vida con todas nuestras fuerzas, habrá un día en el que la enfermedad y la muerte nos alcancen. La última palabra no depende de nosotras. Al final, como siempre, perderemos y seremos derrotadas. Desde ese convencimiento miramos más allá de lo que tenemos delante y nos abrimos a la esperanza de aquello que ni podemos imaginar. Esperanza de vida, de reencuentro, de reconciliación, de amor, de perdón, de lágrimas y abrazos. Esperanza de justicia para toda la creación de la que formamos parte. Después del final, aguardamos un nuevo comienzo, porque la injusticia y la muerte no pueden tener la última palabra, sino el Dios de amor y de vida que nos reveló Jesús de Nazaret.

Carlos Osma

Consulta dónde encontrar “Solo un Jesús marica puede salvarnos”

NOTAS:

(1) Ap 21,4.

(2) Bonhoeffer, D.

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Domingo de Guzmán, un cristiano libre

Sábado, 8 de agosto de 2020

En la Fiesta de Santo Domingo de Guzmán, recordemos a este hombre providencial, amante de la pobreza y de la libertad en el compromiso…

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(imagen Saint Dominic of Guzman ora pro nobis by DCJBeeers)

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Nació en Caleruega (Burgos), en España, en 1172. Hacia 1196 se convirtió en canónigo del capítulo de la catedral de El Burgo de Osma (Soria). Acompañó al obispo Diego en una importante misión por el norte de Europa. Al pasar por el sur de Francia, vio claramente el daño que la herejía cátara estaba haciendo entre los fieles y maduró el designio de reunir a algunas personas que se dedicaran a la evangelización a través de la predicación pobre, estable y organizada del Evangelio.

Este proyecto, aprobado por vez primera por Inocencio III, fue reconocido definitivamente por Honorio III el 22 de diciembre de 1216. Este último llamó «Hermanos Predicadores» a sus miembros. Domingo diseminó de inmediato a los hermanos que le siguieron por las regiones más remotas de Europa. Solía decir: «No es bueno que el grano se amontone y se pudra».

Precisó en dos congregaciones generales los fundamentos y los elementos arquitectónicos de su familia religiosa: vida en común pobre y obediente, la oración litúrgica, el estudio asiduo de la Verdad ordenado a la predicación, entendida como contemplación en voz alta, participación en la misión propia de la Iglesia, sobre todo en las tierras todavía no  evangelizadas.

Hombre genial, sabio, misericordioso, era «tierno como una madre y fuerte como el diamante» (Lacordaire). Murió en Bolonia el 6 de agosto de 1221. Gregorio IX lo canonizó el 3 de julio de 1234.

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“¿Cómo podré yo seguir estudiando en pieles muertas, en pergaminos, cuando hermanos míos en carne viva se mueren de hambre?”

“Con los pies descalzos salgamos a predicar”.

“Si alguien enseña a los frailes que faltar a las observancias es pecado, yo mismo iré sin demora por los claustros raspando todas las reglas con su cuchillo”.

“El trigo amontonado se pudre”.

“Tened caridad, conservad la humildad, poseed la pobreza voluntaria”.

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El primer modo de orar consistía en humillarse ante el altar como si Cristo, representado en él, estuviera allí real y personalmente, y no sólo a través del símbolo. Se comportaba así en conformidad al siguiente fragmento del libro de Judit: Te ha agradado siempre la oración de los mansos y humildes (Jdt 9,1 ó). Por la humildad obtuvo la cananea cuanto deseaba (Mt 15,21-28), y lo mismo el hijo pródigo (Le 15,11-32). También se inspiraba en estas palabras: Yo no soy digno de que entres en mi casa (Mt 8,8); Señor, ante ti me he humillado siempre (Sal 146,61). Y así, nuestro Padre, manteniendo el cuerpo erguido, inclinaba la cabeza y, mirando humildemente a Cristo, le reverenciaba con todo su ser, considerando su condición de siervo y la excelencia de Cristo. Enseñaba a hacerlo así a los frailes cuando pasaban delante del crucifijo, para que Cristo, humillado por nosotros hasta el extremo, nos viera humillados ante su majestad.

Mandaba también a los frailes que se humillaran de este modo ante el misterio de la Santísima Trinidad, cuando se cantara el Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. […]

Después de esto, santo Domingo, ante el altar de la iglesia o en la sala capitular, se volvía hacia el crucifijo, lo miraba con suma atención y se arrodillaba una y otra vez; hacía muchas genuflexiones, a veces, tras el rezo de completas y hasta la media noche, ora se levantaba, ora se arrodillaba, como hacía el apóstol Santiago, o el leproso del evangelio que decía, hincado de rodillas: Señor, si quieres, puedes curarme (Mt 8,2); o como Esteban, que, arrodillado, clamaba con fuerte voz: No les tengas en cuenta este pecado (Hcfi7,60). El padre santo Domingo tenía una gran confianza en l a misericordia de Dios, en favor suyo,  en bien de todos los pecadores y en el amparo de los frailes jóvenes que enviaba a predicar. […] Enseñaba a los frailes a orar de esta misma manera, más con el ejemplo que con las palabras.

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I. Taurisano,
Il nove modi di pregare di san Dominico,
ASOP 1922, pp. 96ss.

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“La vida es más de lo que se ve”. 16 Tiempo ordinario – A (Mateo 13,24-43)

Domingo, 19 de julio de 2020

amigosud-lds-laminas12514Por lo general, tendemos a buscar a Dios en lo espectacular y prodigioso, no en lo pequeño e insignificante. Por eso les resultaba difícil a los galileos creer a Jesús cuando les decía que Dios estaba ya actuando en el mundo. ¿Dónde se podía sentir su poder? ¿Dónde estaban las «señales extraordinarias» de las que hablaban los escritores apocalípticos?

Jesús tuvo que enseñarles a captar la presencia salvadora de Dios de otra manera. Les descubrió su gran convicción: la vida es más que lo que se ve. Mientras vamos viviendo de manera distraída sin captar nada especial, algo misterioso está sucediendo en el interior de la vida.

Con esa fe vivía Jesús: no podemos experimentar nada extraordinario, pero Dios está trabajando el mundo. Su fuerza es irresistible. Se necesita tiempo para ver el resultado final. Se necesita, sobre todo, fe y paciencia para mirar la vida hasta el fondo e intuir la acción secreta de Dios.

Tal vez la parábola que más les sorprendió fue la de la semilla de mostaza. Es la más pequeña de todas, como la cabeza de un alfiler, pero con el tiempo se convierte en un hermoso arbusto. Por abril, todos pueden ver bandadas de jilgueros cobijándose en sus ramas. Así es el «reino de Dios».

El desconcierto tuvo que ser general. No hablaban así los profetas. Ezequiel lo comparaba con un «cedro magnífico», plantado en una «montaña elevada y excelsa», que echaría un ramaje frondoso y serviría de cobijo a todos los pájaros y aves del cielo. Para Jesús, la verdadera metáfora de Dios no es el «cedro», que hace pensar en algo grandioso y poderoso, sino la «mostaza», que sugiere lo pequeño e insignificante.

Para seguir a Jesús no hay que soñar en cosas grandes. Es un error que sus seguidores busquen una Iglesia poderosa y fuerte que se imponga sobre los demás. El ideal no es el cedro encumbrado sobre una montaña alta, sino el arbusto de mostaza que crece junto a los caminos y acoge por abril a los jilgueros.

Dios no está en el éxito, el poder o la superioridad. Para descubrir su presencia salvadora, hemos de estar atentos a lo pequeño, lo ordinario y cotidiano. La vida no es solo lo que se ve. Es mucho más. Así pensaba Jesús.

José Antonio Pagola

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“Dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Domingo 19 de julio de 2020. 16º domingo de tiempo ordinario.

Domingo, 19 de julio de 2020

39-OrdinarioA16Leído en Koinonia:

Sabiduría 12,13.16-19: En el pecado, das lugar al arrepentimiento
Salmo responsorial: 85Tú, Señor, eres bueno y clemente.
Romanos 8,26-27: El Espíritu intercede con gemidos inefables
Mateo 13,24-43:  Dejadlos crecer juntos hasta la siega

Hoy, como en tiempos de Jesús y durante toda la historia de la humanidad, solemos dividir y “organizar” aparentemente la sociedad con criterios que consideramos muchas veces correctos: buenos y malos deben estar separados y puestos en los extremos opuestos.

Esta práctica de dividir entre buenos y malos, era aceptada por muchos grupos en el tiempo de Jesús por diversos criterios religiosos (fariseos y esenios), así como por los grupos económicos y políticos (herodianos, saduceos y celotes), pues todos ellos veían como opositores a quienes no pensaban, creían u opinaban según sus mismos criterios.

Jesús llama a la apertura de la mente y el corazón para acoger con esperanza (no pasivamente, con indiferencia) a quienes aparecen ante nuestra forma de vida como diferentes (que solemos catalogar como “malos”). Necesitamos tener apertura para acoger con un actitud de pluralismo asimilado la diferencia, que siempre va a estar presente en nuestra humanidad.

No hay que ignorar en la parábola de la cizaña la presencia del mal en la historia, como lo reconoce Jesús en la presencia del enemigo que siembra la cizaña en el campo. Quiere llamarnos la atención de que no hay que buscar con afán, y posiblemente confundir la semilla buena con la semilla mala. Muchas veces dividir la humanidad entre buenos muy buenos, y malos muy malos, ofreciendo el premio de la salvación para los primeros y la condenación para los segundos, puede ocasionarnos equivocaciones irreparables. Sólo a Dios le corresponde juzgar, con inmensa justicia y misericordia, a cada ser humano, como sólo Dios lo sabe hacer.

Por creernos muchas veces con el poder y la autoridad, nos atribuimos en nuestra conciencia actitudes que excluyen y separan a unos de otros; nuestra autosuficiencia egoísta separa en la práctica cotidiana a personas que por su situación socio-económica o ideológica, son marginados y excluidos por una sociedad dividida en el poder, olvidando que todos y todas somos hermanos y hermanas que compartimos una misma humanidad.

El Reino debe implicar para el seguidor de Jesús una acción transformadora en la vida cotidiana, que llegue hasta lo más profundo del actuar de cada ser humano, y el llamado permanente a la búsqueda y construcción de un mundo más humano, no sólo para unos pocos, sino para todos. Las estructuras basadas en la injusticia no crean el bien necesario para que el mundo avance, sino que generan más muerte y división en la humanidad, atacando con su fuerza destructora cualquier propuesta alternativa de construcción de una nueva humanidad.

No podemos olvidar que la buena noticia que Jesús vino a anunciar (el Reino) es una Buena Nueva para los pobres, en la que de ahora en adelante Jesús y sus discípulos lucharán por una sociedad igualitaria. Comprender el valor de lo pequeño, de lo pobre, como opción fundamental de Jesús y de quienes proseguimos su causa, debe ser una denuncia permanente contra tantas formas de opresión y marginación de estructuras injustas que deshumanizan a tantas personas y comunidades, en donde vive ocultamente el valor de la grandeza del Reino cuando se construye organización y se promueven los valores del Reino.

 Dicho esto, abordemos un segundo nivel, más crítico, en este comentario.

Esta parábola puede resultar alienante si se toma como una invitación a la inactividad, o a la suspensión de nuestra responsabilidad para dejarla en las manos de Dios: él sería quien a fin de cuentas, al final de la historia, incluso más allá de la historia, deberá poner las cosas y las personas en su lugar… Esta idea de un Dios «premiador de buenos y castigador de malos», que contabiliza nuestras acciones y por cada una de ellas nos dará un premio o un castigo, ha sido una idea central de la cosmovisión cristiana clásica. El miedo a la condenación eterna, pieza central de la bóveda de la cosmovisión cristiana clásica medieval y barroca, está en la misma línea. ¿Qué decir de todo ello hoy?

Es obvio que conforme pasa el tiempo estas convicciones fundamentales del pensamiento cristiano van pasando a segundo plano, dejan de estar presentes, no se comentan, incluso se evitan positivamente… Diríamos que ésa es una manifestación más del famoso «eclipse de lo sagrado» que se da en nuestra sociedad moderna. Si nuestros abuelos y sus generaciones anteriores vivieron en una sociedad que transparentaba la eternidad, la vida del más allá, con sus premios y castigos, hoy vivimos, por el contrario, en una sociedad –y con una epistemología- en la que nos es difícil imaginar y pensar el más allá de la muerte como el lugar de los premios y castigos de Dios, como una separación post mortem del trigo y de la cizaña.

No vamos a pretender aquí resolver el asunto, ni abordar el tema en profundidad. Sólo queremos llamar críticamente la atención sobre él haciendo algunas afirmaciones.

Sea la primera la de reconocer que ya no se puede seguir hablando de más allá de la muerte con la ingenuidad y la rotundidad con la que durante siglos se ha hablado: el tema merece una revisión profunda, y en todo caso no permite las afirmaciones clásicas con su escandalosa simplicidad.

Buena parte de las descripciones de los premios y castigos eternos hoy aparecen como antropomorfismos insostenibles, respecto a los que no sólo merece la pena no dar más pábulo, sino que es importante también reconocerlos explícitamente como tales, liberando de ese modo a la fe de la obligación de compartir semejantes creencias mitológicas.

Es necesario tomar conciencia de la urgencia de una revisión a fondo de la posición de la fe cristiana respecto al más allá. Habitualmente hemos dado por bueno y por supuesto el dato de la vida más allá de la muerte, como si fuera un artículo de fe obvio, indiscutible. Y en efecto, normalmente ha quedado enteramente fuera de las crisis renovadoras de la fe en las décadas pasadas. El Concilio Vaticano II y su renovación simplemente envió a la trastera el conjunto de imágenes medievales y barrocas que aún estaban en circulación, y propició una relectura de la escatología en la línea del personalismo y del existencialismo, que realmente supusieron una brisa de aire fresco. La teología de la liberación, por su parte, simplemente añadió una lectura histórico-escatológica de la realidad (caminamos hacia el Reino) y la perspectiva de la opción por los pobres (redescubiertos como los «jueces escatológicos universales», Mt 25,31ss), pero dejó intactas las afirmaciones centrales, sin llegar siquiera a plantearse su cuestionamiento (el libro exponente máximo de la escatología de la teología de la liberación es «Hablemos de la otra vida», de Leonardo BOFF, Sal Terrae, Santander, 1978, muchas veces reimpreso, y libremente disponible en la red).

Hoy, un nuevo paradigma de «revisión del sentido y la identidad misma de la religión», nos exige dejar de vivir de rentas, dejar de repetir incuestionadamente lo de siempre, y plantearnos de nuevo las preguntas más radicales: ¿existe realmente la vida más allá de la muerte? ¿Nos ha sido realmente «revelada»? ¿Cuándo, dónde, cómo? ¿Forma parte del contenido mismo de la fe cristiana? ¿Se puede ser cristiano aceptando la inseguridad y la oscuridad que la ciencia actual confiesa respecto a este tema?

Ciertamente, no son preguntas para el hombre y la mujer de la calle que prefieran seguir viviendo en una edición renovada de la «fe del carbonero». No son tampoco preguntas a difundir imprudentemente, ni trofeos para exhibirse como abanderado de la crítica y el esnobismo. Pero son preguntas que los responsables han de plantearse alguna vez en la intimidad de su fe, para que sondeando la dificultad del misterio, tomen la determinación de ser muy respetuosos en su lenguaje y no seguir viviendo de las rentas de afirmaciones que hoy son de hecho tan incuestionadas como increíbles, tan insostenibles como irresponsables.

El tema sólo lo hemos iniciado. Invitamos al lector a tirar del hijo y seguir profundizando, tanto desde el estudio de la teología como en su oración y su fe. Leer más…

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Parábolas para una crisis (2ª parte). Domingo 16. Ciclo A

Domingo, 19 de julio de 2020

El trigo y la cizaña

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Mateo resume la crisis que atravesó su comunidad a finales del siglo I en cinco preguntas a las que responde con siete parábolas. El domingo pasado vimos la primera, ¿por qué no aceptan todos el mensaje de Jesús?, a la que respondía la parábola del sembrador. En este domingo se plantean otras dos preguntas, a las que se responde en tres parábolas. La primera de ellas (el trigo y la cizaña) debió considerarla Mateo difícil de entender, y por eso ofrece su explicación. Sin embargo, no lo hace de inmediato. Cuenta tres parábolas seguidas y más tarde, cuando los discípulos llegan a la casa, interrogan a Jesús y éste aclara su sentido. En cambio, las parábolas tercera (grano de mostaza) y cuarta (levadura) carecen de explicación en el evangelio. Por motivos de claridad expongo primero la parábola del trigo y la cizaña, con su explicación, y luego las otras dos.

¿Qué actitud adoptar con quienes no viven el mensaje?

En aquel tiempo, Jesús propuso otra parábola a la gente:
― El reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero, mientras la gente dormía, su enemigo fue y sembró cizaña en medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la espiga apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al amo:
― Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la cizaña?
Él les dijo:
― Un enemigo lo ha hecho.
Los criados le preguntaron:
― ¿Quieres que vayamos a recogerla?
Pero él les respondió:
― No, que, al arrancar la cizaña, podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta la siega y, cuando llegue la siega, diré a los segadores: Arrancad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi granero.

La parábola puede leerse desde diversas perspectivas, según pensemos que la finca es el pueblo de Israel, la comunidad cristia­na, o el mundo entero. Ya que esta parábola sólo la cuenta Mateo, vamos a verla primero desde el punto de vista de su comunidad, seriamente enfrentada con los judíos.

  1ª hipótesis: La finca es el pueblo de Israel

En ella, el Señor ha plantado buena semilla (los cristianos). Pero el enemigo ha plantado también cizaña (los fariseos y demás enemigos de la comunidad). La tentación de cualquiera de los dos grupos es decidir por su cuenta y riesgo quién es trigo y quién cizaña. Pablo, por ejemplo, antes de convertirse, pidió permiso a las autoridades de Jerusalén para perseguir a los cristianos. Pero también la comunidad cristiana puede correr el riesgo de intentar acabar con los que no forman parte de ella o no los tratan como consideran justo. Así ocurrió cuando una aldea de Samaria no acogió a Jesús y los discípulos: Juan y Santiago le propusieron hacer bajar un rayo del cielo que acabase con todos (Lc 9,51-56). Con esta parábola, Mateo hace una exhortación a la calma, a dejar a Dios la decisión en el momento final.

            2ª hipótesis: La finca es la comunidad cristiana

La parábola también podría entenderse dentro de la comunidad cristiana (sola ésta sería la finca), donde hay gente que respon­de al evangelio (trigo) y gente que no parece vivir de acuerdo con él (cizaña). El mensaje es el mismo en este caso. Aunque las cosas parezcan claras, es fácil que al arrancar la cizaña se lleven por delante el trigo. Porque cualquier de nosotros, por muy preparado que se considere teológica y moralmente, puede equivocarse. No son raros los casos de personas condenadas por la Iglesia que terminaron no sólo rehabilitadas sino también canonizadas.

3ª hipótesis: la finca es el mundo

Finalmente, la parábola se puede interpretar en un contexto más general, donde la finca es el mundo, la buena semilla los ciuda­danos del Reino y la cizaña los secuaces del Malo. En esta línea se orienta la explicación de los versículos 36-43.

Los discípulos se le acercaron a decirle:
― Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.
Él les contestó:
― El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el fin del tiempo, y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, y arrancarán de su reino a todos los corruptores y malvados y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga.

En cualquiera de estas tres hipótesis (todas válidas), Jesús advierte contra el peligro de que paguen justos por pecadores. Es preferible tener paciencia y dejar la justicia a Dios, el único que puede emitir un veredicto exacto, sin temor a equivocarse.

La actitud de Dios, modelo de moderación e indulgencia

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, se mueve en esta línea de bondad y tolerancia, poniéndonos a Dios como modelo. Un Dios al que el poder impulsa, no a castigar sino a perdonar, que gobierna con moderación e indulgencia, y que siempre da un voto de confianza al pecador, esperando que se convierta.

Fuera de ti, no hay otro Dios al cuidado de todo, ante quien tengas que justificar tu sentencia. Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos. Tú demuestras tu fuerza a los que dudan de tu poder total, y reprimes la audacia de los que no lo conocen. Tú, poderoso soberano, juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia, porque puedes hacer cuanto quieres. Obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano, y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento.

¿Tiene algún futuro esto tan pequeño?

Tras la explicación, volvemos al otro tema tratado por las parábolas de hoy. La comunidad de Mateo es pequeña. Las otras comunidades también. Han pasado ya cincuenta años de la muerte de Jesús, y aunque el cristianismo se va extendiendo por el Imperio Romano, representan una minoría. ¿Qué futuro tiene este grupo tan pequeño? ¿Qué futuro tiene la iglesia actual, que carece del influjo y el poder que tenía hace unos años? Mateo responde con dos parábolas: la del grano de mostaza y la de la levadura. Ambos coinciden en ser algo pequeño, pero más importante de lo que puede parecer a primera vista.

            El grano de mostaza

El reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas, y vienen los pájaros a anidar en sus ramas.

Esta parábola sólo se comprende a fondo cuando se conoce una parábola del profeta Ezequiel que utiliza Jesús como modelo. A comienzos del siglo VI a.C., cuando el pueblo de Israel se encontraba deportado en Babilonia, para expresar que su suerte cambiaría y sería espléndida, Ezequiel cuenta lo siguiente:

Cogeré una guía del cogollo del cedro alto y encumbra­do;
del vástago cimero arrancaré un esqueje
y lo plantaré en un monte elevado y señero,
lo plantaré en el monte encumbrado de Israel.
Echará ramas, se pondrá frondoso
y llegará a ser un cedro magnífico;
anidarán en él todos los pájaros,
a la sombra de su ramaje anidarán todas las aves. (Ez 17,22-23).

Jesús acepta la imagen del árbol y la idea de que sirve para acoger a todas las aves del cielo. Pero introduce un cambio radical: no elige como modelo el cedro alto y encumbrado, sino el modesto arbusto de mostaza, que, cuando crece, «sale por encima de las hortalizas». Es un ataque lleno de humor e ironía al triunfalismo. Lo importante no es que el árbol sea grandioso, sino que pueda cumplir su función de acoger a los pájaros. Para la comunidad de Mateo era una excelente lección, y también debe serlo para nuestras tentaciones de triunfalismo eclesial.

            La levadura

Les dijo otra parábola:
El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente.

Algo parecido ocurre con la parábola de la levadura. Se usa en poca cantidad, pero cumple su función, hace que fermente la masa. La tentación de la comunidad cristiana es querer ocupar mucho espacio, ser masa, llamar la atención por su volumen, por el número de miembros. Jesús dice que lo importante es la función de fermentar la masa.

Resumiendo lo leído hasta ahora, Mateo ofrece una explicación de la realidad (sembra­dor) y una llamada a la sereni­dad (trigo y cizaña) y a confiar en algo que tiene unos comienzos tan modestos (mostaza y levadura). El próximo domingo, otras tres parábolas completarán esta enseñanza.

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La cizaña debe arrancarse siempre para que el trigo crezca.

Domingo, 19 de julio de 2020

1602347Mt 13, 24-43

La parábola de la cizaña es una de las siete que Mt narra en el capítulo 13. Como decíamos el domingo pasado, se trata de un contexto artificial. Como todas las parábolas se trata de un relato anodino e inofensivo por sí mismo, pero que, descubriendo la intención del que la relata, puede llevarnos a una reflexión muy seria sobre la manera que tenemos de catalogar a las personas como buenos y malos. Mal entendida, puede dar pábulo a un maniqueísmo nefasto, que tergiversa el mensaje de Jesús. Bien y mal se encuentran inextricablemente unidos en cada uno de nosotros.

El punto de inflexión en la lógica del relato lo encontramos en las palabras del dueño del campo. “dejadlos crecer juntos hasta la siega”. Lo lógico sería que se ordenara arrancar la cizaña en cuanto se descubriera en el sembrado, para que no disminuyera la cosecha. Pero resulta que, contra toda lógica, el amo ordena a los criados que no arranquen la cizaña, sino que la dejen crecer con el trigo. Este quiebro, es el que debe hacernos pensar. No es que el dueño del campo se haya vuelto loco, es que el que relata la parábola quiere hacernos ver que otra visión de la realidad es posible.

El domingo pasado una cosecha del ciento por uno (cuando el diez por uno era un buen rendimiento) era el quiebro que nos obliga a saltar a otro plano. Esa desorbitada cosecha no se puede dar en el trigo, luego tenemos que dar un salto para entender lo que nos quiere decir. Ya no se trata de tierra y grano sino de fruto espiritual. La falta de lógica está en no arrancar la cizaña. Si en el campo de trigo se nos pide hacer lo contrario de lo que se debe, nos obliga a saltar a otro nivel en que eso sea posible. En el orden espiritual no solo no se debe arrancar la cizaña sino que no se puede separar.

Empecemos por notar que el sembrador siembra buena semilla. La cizaña tiene un origen distinto. Este lenguaje debemos explicarlo. Según aquella mentalidad, hay un enemigo del hombre empeñado en que no alcance su plenitud. Pero la hipótesis del maniqueísmo es innecesaria. Durante milenios el hombre trató de buscar una respuesta coherente al interrogante que plantea la existencia del mal. Hoy sabemos que no tiene que venir ningún maligno a sembrar mala semilla. La limitación que nos acompaña como criaturas, da razón suficiente para explicar los fallos de toda vida humana.

La vida arrastra tres mil ochocientos millones de años de evolución que ha ido siempre en la dirección de asegurar la supervivencia del individuo y de su especie. A ese objetivo estaba orientado cualquier otro logro. Al aparecer la especie humana, descubre que hay un objetivo más valioso que el de la simple supervivencia. Al intentar caminar hacia esa nueva plenitud de ser que se le abre en el horizonte, el hombre tropieza con esa enorme inercia que le empuja al objetivo puramente egoísta. En cuanto se relaja un poco, aparece la fuerza que le arrastra en la dirección equivocada del individualismo.

El objetivo de subsistencia individual y el nuevo horizonte de unidad-amor que se le abre al ser humano no son contradictorios. En el noventa por ciento deben coincidir. Pero esa pequeña proporción que les diferencia no es fácil de apreciar. Como en el caso de la cizaña y el trigo, solo cuando llega la hora de dar fruto queda patente lo que los distingue. Es inútil todo intento de dilucidar teóricamente lo que es bueno o lo que es malo. La mayoría de las veces el hombre solo descubre lo bueno o lo malo después de innumerables errores en su intento por acertar en su caminar hacia la plenitud.

El trigo y la cizaña tienen que convivir a pesar de que son plantas antagónicas y lo que produce una, será siempre a costa de la otra. La cizaña perjudica al trigo, pero la realidad es que son inseparables. Aplicado al ser humano, la cosa se complica hasta el infinito, porque en cada uno de nosotros coexisten juntos cizaña y trigo. Nunca conseguiremos eliminar del todo nuestra cizaña. Solo tomando conciencia de esto, superaremos el puritanismo y podremos aceptar al otro con su propia cizaña.

Esta mezcla inextricable no es un defecto que le viene al ser humano de fábrica, como se ha hecho creer con mucha frecuencia; por el contrario, se trata de nuestra misma naturaleza. Dejaríamos de ser humanos si se anularan todas nuestras limitaciones. No solo es absurdo el considerar a uno bueno y a otro malo, sino que el solo pensar que una persona se pueda considerar perfecta es descabellado. Arrancar la cizaña en nosotros y en los demás ha sido una tentación, que arrastramos desde tiempo inmemorial.

También hoy Jesús, a petición de sus discípulos, explica la parábola. Una vez más, no se trata de una explicación de Jesús, sino de un añadido de la primera comunidad, que convirtió las parábolas en alegorías para poder utilizarla como instrumento moralizante. En la explicación que da el evangelio de esta parábola, se ve con toda claridad la diferencia entre parábola y alegoría. Podemos apreciar cómo se desvía el acento desde la necesidad de convivir con el diferente a la insistencia en que los malos serán quemados, con la intención de que el miedo a ser chamuscados nos haga mejores.

Si a través de veinte siglos, la Iglesia hubiera hecho caso de esta parábola, ¡cuántos atropellos se hubieran evitado! En todos los tiempos se ha perseguido al que discrepa, solo por el afán de conservar la pureza legal, que tanto preocupa a los dirigentes. Se ha excomulgado, se ha desterrado, se ha quemado en la hoguera a miles de cristianos que eran bellísimas personas, aunque no coincidieran en todo con los cánones oficiales. Es patético que, a algunos de los que han sido sacrificados, se les haya declarado santos.

Aún tenemos pendiente un cambio en nuestra actitud ante el diferente. Hemos sido educados en el exclusivismo. Se nos ha enseñado a despreciar al diferente. Jesús sabía muy bien lo que decía a un pueblo judío que se creía elegido y superior a todos los demás. A pesar de la claridad del mensaje, muy pronto olvidaron los cristianos las enseñanzas de Jesús y reprodujeron el exclusivismo judío. Una sola frase resume esta actitud totalmente antievangélica: “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Esta máxima (mínima) ha sido defendida, todavía, por el último Catecismo de la Iglesia Católica.

La parábola no solo se aplica al orden moral sino a la doctrina y al culto. En las verdades también hay trigo y cizaña y tampoco se puede separar el error de la verdad. Dice un proverbio oriental: si te empeñas en cerrar la puerta a todos los errores, dejarás inevitablemente fuera la verdad. También Nietzsche dijo algo parecido a esto: en un discurso un poco largo el más sabio es una vez tonto y dos veces necio. En el culto, el trigo sería un descubrimiento de Dios en nosotros y una verdadera relación con Él. Cizaña sería quedarnos en los ritos externos y no llega a la vivencia. En la moral: las prostitutas y lo pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios. El sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el sábado.

Meditación

Por mucho que nos empeñemos en impedirlo,
la cizaña y el trigo van a seguir creciendo juntos.
Si descubres los fallos en los que tropiezas cada día,
estarás en condiciones de aceptar a los demás con los suyos.
El objetivo del cristiano no es alcanzar la perfección,
sino aceptar al otro a pesar de sus fallos.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Intolerancia

Domingo, 19 de julio de 2020

inaweofgodscreationDebemos reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes (Karl Popper)

19 de julio. DOMINGO XVI DEL TO

Mt 13, 24-43

Dejad que crezcan juntos hasta la siega (V 30)

La parábola del trigo y la cizaña, es una de las parábolas de Jesús de Nazaret, recogida en el Evangelio de Mateo, y también en el evangelio apócrifo de Tomás.  Es la decimosegunda parábola narrada en el Nuevo Testamento, y justo antes de la parábola de la semilla de mostaza.

La explicación de esta parábola la da también Jesús, según aparece en la Biblia cristiana:

Él, les dijo: “El que siembra la buena semilla es el Hijo del Hombre. El campo es el mundo; la buena semilla son los hijos del reino, y la cizaña son los hijos del malo. El enemigo que la sembró es el diablo; la siega es el fin del siglo; y los segadores son los ángelesDe manera que, como se arranca la cizaña, y se quema en el fuego, así será en el fin de este siglo. Enviará el Hijo del Hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino a todos los que sirven de tropiezo, y a los que hacen iniquidad, y los echarán en el horno de fuego; allí será el lloro y el crujir de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre. El que tiene oídos para oír, oiga” (Mateo 13, 37-43)

La cizaña es bien parecida al trigo durante las primeras fases de crecimiento y la ley romana de entonces prohibía sembrar cizaña entre el trigo de alguna persona, lo que sugiere que la historia es realista.

Dicha parábola ha sido mencionada como ejemplo de la tolerancia que hay que tener con aquellas personas que practican una religión distinta a la propia.

En su Carta al obispo Roger de Chalons, el obispo Wazo se basó en esta parábola par argumentar que “la iglesia debe dejar que la disidencia crezca con la ortodoxia ha que venga el Señor para separarlos y juzgarlos”.

Martín Lutero predicó un sermón en el que dijo que “solo Dios puede separar a los falsos creyentes de los verdaderos, y señaló que matar herejes o no creyentes, es acabar con su oportunidad de ser salvados”. Y añadió: “Deseamos forzar a otros a creer: a los turcos con la espada, a los herejes con el fuego, a los judíos con la muerte, y así desenraizar la cizaña por nuestro propio poder, como si fuéramos nosotros los que pudiéramos reinar sobre los corazones y los espíritus, volviéndoles piadosos”.

Aunque la cizaña estorba al trigo, también lo hace más hermoso cuando lo contemplamos: en definitiva, lo hace más hermoso.

 

Roger Williams, teólogo bautista y fundador de Rodhe Island, al norte de lo Estados Unido, usaba esta parábola para apoyar la tolerancia del gobierno hacia toda la cizaña -los herejes- en el mundo, ya que la persecución civil, daña frecuentemente también al trigo -los creyentes-.

Y en su Areopagítica, John Milton exigía libertad de expresión, y condenaba al Parlamento inglés por su intolerancia.

El filósofo austríaco Karl Popper dijo: “Debemos reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes”.

Y esto me parece a mí que es el mejor ejemplo de lo que debiera ser la tolerancia evangélica.

En mi libro Soliloquios, un Poema que destila tolerancia

¿LO OYE EL VIENTO?

Suenan voces en mí mismo
pulsando aciertos y yerros.
Unos relatan amores,
otros cuentan vituperios.

Las oye el viento.
¿Las oye?
Tañen fuera, tañen dentro.
Doblan arriba y abajo
con festivos tintineos.

Son rebaños de palabras,
que pastoreo en mis feudos,
pastando voces divinas
en prados del pensamiento.

Todos son y no son, míos.
Son sobre todo del viento,
que los parte y los comparte
con todos los hemisferios

Vicente Martínez

Fuente Adulta

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Llamados a ser levadura o semilla que hacer crecer el Reino desde dentro.

Domingo, 19 de julio de 2020

the-passion-fox-netflix-644x362Mateo 13,24-43

El evangelio de este domingo nos regala tres parábolas, preciosas y sugerentes las tres, con las que Jesús mismo, según nos dice el texto, quiere explicarnos qué es eso del “reinado de Dios” o el reino de los cielos, como suele decir Mateo. En definitiva, cómo actúa Dios para irnos transformando a nosotros y a nuestro mundo.

Jesús, en distintas intervenciones, hizo referencia a todo el proceso agrícola, desde que se planta la semilla hasta que se recogen los frutos. Sembrar, cuidar el crecimiento, cosechar… tienen su ritmo propio, el ritmo de la naturaleza. Quizá ahora al evangelizar hemos perdido el ritmo de la naturaleza y queremos que todo ocurra con la misma rapidez que nos comunicamos a través de Internet: casi en el instante. Nos desanima la falta de frutos, o las malas hierbas que crecen en nuestro campo, queremos que las cosas sean como imaginamos que deben ser, queremos plantar hoy y llenar los graneros mañana. ¡Volvamos a aprender de la madre naturaleza!

Las tres parábolas nos exigen un esfuerzo para traducir sus categorías y lenguaje a términos más cercanos a nuestra vida. Eso nos permitirá descubrir toda su riqueza. De entrada tienen un mensaje común. En las tres el Reino de Dios se compara con algo pequeño y a la vez cargado de vida, que crece y se manifiesta poco a poco y desde dentro, sin ruido ni apariencias. No se impone como una súper estructura a lo que vivimos o tenemos, sino que lo penetra y lo transforma, con una fuerza silenciosa pero potente, que viene de Dios, no de nosotros mismos. Sin duda estos símbolos y mensajes resultaron chocantes para los que, en tiempos de Jesús, esperaban un Mesías guerrero y triunfador, que aniquilase al pueblo que los oprimía. ¿No nos encontramos hoy con esperanzas parecidas?

Junto a este mensaje central podemos fijarnos en varias frases que nos pueden iluminar:

  1. “Dejadlos crecer juntos” decisión inapelable del padre de familia, del sembrador, que sus criados no entienden y posiblemente muchos de nosotros tampoco. ¿Qué dejemos crecer a los que…?

¡Cuántas realidades podemos leer tras esta frase! Cuantas veces creemos que estamos sembrando buena semilla, en nuestro ambiente, en nuestra familia e incluso en nosotros mismos y… ¿Qué descubrimos que está creciendo? A poco que seamos sinceros encontramos “malas hierbas” de mentiras, engaños, traiciones, mezquindades… ¿nos atrevemos a poner nombre a estas malas hierbas de nuestro entorno? Pero hay más, ¿qué malas hierbas encontramos en nosotros mismos?

Y ¡cómo nos gustaría arrancarlas!, porque no soportamos la realidad de nuestro mundo, y estamos continuamente inclinados a juzgar, condenar, separar e incluso arrancar lo que hemos decidido que son malas hierbas. Pero Jesús nos repite: ¡Dejadlos crecer juntos! ¿Cómo justificamos entonces esos fundamentalismos, esas crispaciones y rechazos viscerales que alimentamos, incluso en nuestros grupos de creyentes?

Y además la parábola nos asegura que el trigo crece en medio de las malas hierbas… que un mal ambiente, la injusticia o violencia de los que nos rodean, no son la causa de nuestra falta de justicia o de paz. Que Dios ha sembrado buena semilla en nosotros y somos responsables de nuestro propio crecimiento, no de acabar con los que parecen malas hierbas. Y estamos llamados a confiar en la palabra de Jesús, que afirma que este es el modo en el que crece el reinado de Dios, en medio de dificultades, conviviendo el bien y el mal, sin apresurarnos a juzgar… El reino de Dios crece aunque no lo veamos, aunque no lo podamos constatar.

Dejadlos crecer juntos… hasta que llegue el tiempo de la siega. Quizá lo difícil es ese “a su tiempo”. Nos suele faltar paciencia. Dejar crecer juntos es una llamada a confiar, a confiar pacientemente en que Dios sabe lo que hace y a su tiempo brillará la verdad, y la bondad y la justicia vencerán claramente.

  1. “Es la más pequeña de todas las semillas”

Es la clave para entender eso de Jesús llama el Reino de Dios y su dinámica. Siempre empieza por algo muy pequeño, frágil, de apariencia débil pero con enorme vitalidad dentro, no solo una semilla, la semilla más pequeña.

Nada de ejércitos, ni grandes apariencias, nada de estadísticas apabullantes o medios deslumbrantes… lo de Dios va por dentro, hay que enterrarlo en la tierra para que crezca, debe desaparecer e incluso morir para vivir plenamente… como la semilla, como el propio Jesús.

Ser cristiano es esto, entrar en la dinámica de la semilla, tomar conciencia de que somos pequeños y frágiles, pero también de que Dios ha puesto en nosotros una energía y vitalidad sorprendentes, puro don de Espíritu. Y esta fuerza es la que va transformando el mundo, la que va haciendo presente el Reino, por obra del Espíritu, no por nuestros logros o valía.

  1. La levadura que una mujer… amasa con la harina para que toda la masa fermente

Ser levadura en la masa no es ser guinda en el pastel. La semilla se siembra y desaparece, ya no se ve más, hasta que se ve el árbol. La levadura desaparece en la masa. Y “masa” es la realidad que nos rodea, toda entera, con lo bueno y lo malo que la conforma. Estamos llamados a dejarnos meter dentro de la masa, a ser mezclados y amasados con ella, a mancharnos, a desaparecer… para fermentar desde dentro. No lo olvidemos se nos llama a ser semilla o levadura, no estructura que aplasta, toma distancias o se defiende…

Cada uno de nosotros y de nosotras recibimos millones de buenas semillas a lo largo de nuestra vida. Se nos ofrecen también todos los nutrientes que necesitamos para crecer en medio de malas hierbas, mezclados en toda realidad, pero ¿somos conscientes de que germinar y dar fruto, como fermentar y cambiar nuestro ambiente, es un proceso lento que requiere nuestra colaboración? ¿Cómo vivimos los tiempos en los que parece que estamos bajo tierra, a oscuras, sin poder salir a dar fruto?

También estamos llamados y llamadas a sembrar las semillas que hemos recibido, sin seleccionar los terrenos, a manos llenas y cantando. Sembrar con el corazón lleno de fe y esperanza y renunciando a controlar el crecimiento o ver unos frutos que no nos corresponden. Porque las tierras del Reino no son nuestras y su crecimiento es imparable aunque no siempre lo veamos.

Mª Guadalupe Labrador Encinas. fmmdp

Fuente Fe Adulta

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Afán justiciero

Domingo, 19 de julio de 2020

Dedo-acusador-300x193Domingo XVI del Tiempo Ordinario

19 julio 2020

Mt 13, 24-30

El mundo fenoménico o de las formas se caracteriza por la polaridad. De manera que no puede existir nada sin su opuesto: blanco/negro, día/noche, salud/enfermedad, placer/dolor, nacimiento/muerte…, trigo/cizaña. Es precisamente esa condición la que hace posible el despliegue de las formas y la que nos permite conocerlas.

          La polaridad omnipresente puede confundirnos y hacernos pensar que se trata de realidades irremediablemente opuestas, hasta el punto de etiquetar a una de ellas como “buena” y a la opuesta como “mala”.

          Al hacer así, lo que era solo una polaridad que hacía posible el mundo de las formas lo convertimos en una dualidad que confunde y distorsiona nuestra mirada. Porque aquellos polos opuestos no son contradictorios sino complementarios.

          Las categorías “bueno” y “malo”, en cuanto polos opuestos, tienen su razón de ser para entendernos en el mundo de las formas, pero resultan completamente inadecuadas cuando las absolutizamos. Porque, en el plano profundo, todo está bien, todo es como tiene que ser: todo lo que percibimos no es sino un despliegue de la vida a través de la polaridad.

        Ante esta afirmación la mente analítica suele rebelarse airada, porque se le escapa la paradoja y es incapaz de captar el nivel profundo de lo real. Para la comprensión, sin embargo, resulta una obviedad: la realidad es paradójica y se requiere comprender sus “dos niveles” para poder integrarlos y vivirlos de manera armoniosa.

          Donde hay trigo forzosamente habrá cizaña. Y tiene razón Jesús: hay que dejarlos crecer juntos. No desde la justificación indiferente, sino desde la comprensión de que cada persona hace en cada momento todo lo que puede y sabe.

          Sin embargo, alguna mano posterior debió añadir en el texto la necesidad de “quemar la cizaña”. Tal añadido puede ser señal de nuestra “exigencia de justicia”. Tanto por nuestra sensibilidad ante el dolor ajeno como por la lectura que nuestra mente hace de las cosas, solemos abrigar una idea determinada, incluso bienintencionada, de la “justicia”, idea que ha llevado a no pocos pensadores –me vienen a la memoria los representantes de la teoría crítica, de la Escuela de Frankfurt– a afirmar el imperativo de que “el verdugo no triunfe sobre la víctima”.

      Sin embargo, sin negar toda su “buena intención”, tal planteamiento es tramposo, porque nace de una visión dualista y fragmentada. Desde la comprensión, el mismo Jesús –como han hecho todos los sabios– habló más bien de “perdonar a los enemigos” y de “ser compasivos como vuestro Padre, que es bueno con los ingratos y los malvados” (Lc 6,35).

      Ahí se mueve la comprensión no-dual, permitiéndonos apreciar que es solo nuestra inconsciencia la que nos hace ver el mundo dividido en “víctimas” y “verdugos”. Y esto no significa negar la realidad, sino verla desde otro lugar.

          Me parece urgente atrevernos a mirar el mundo con otros ojos, atrevernos a dar una interpretación distinta de los acontecimientos y actuar desde una consciencia más amplia. La transformación vendrá justamente de ese cambio de visión –que nace de una consciencia ampliada– y dará a nuestras acciones una calidad y una vibración diferentes, caracterizadas por la compasión eficaz.

¿Vivo comprensión profunda hacia las personas?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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La paciencia de Dios es nuestra salvación

Domingo, 19 de julio de 2020

imagesDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

DOMINGO XVI del AÑO

  1. trigo y cizaña.

         La historia de la humanidad, nuestra propia historia personal es un largo recorrido tejido de bien y de mal, de trigo y cizaña. En el lenguaje teológico se suele decir que estamos en una historia de salvación, al mismo tiempo que en una historia de daños y males, (historia salutis – historia damnationis).

         La gran tentación suele ser la de extirpar cuanto antes el mal, arrancar la cizaña. Especialmente las posturas y temperamentos violentos y fanáticos enseguida esgrimen el hacha de guerra.

         Jesús no actúa así. Jesús no es un fundamentalista violento que actúa agresiva e inmediatamente.

         Las precipitaciones y las prisas no son buenas consejeras. El crecimiento es lento y paciente.

Dejad crecer juntos el trigo y la cizaña hasta la cosecha, hasta a siega.

  1. paciencia histórica.

         La vida no crece a tirones, ni a golpes. Tanto personal como socialmente, la existencia y la madurez humana requieren procesos, recorridos, altibajos, retrocesos. Pasamos por momentos y situaciones de todo tipo, de trigo y de cizaña. Las ideologías tienen también sus tiempos, su hierba buena y su hierba mala.

         No es cuestión de arrancar precipitadamente, no es cosa de excomulgar, de condenar, de imponerse con poder. Son tentaciones fanáticas.

         Hay que tener paciencia histórica. Las personas podemos cambiar algunas de nuestras actitudes, podemos evolucionar, madurar. En ocasiones nacemos a una nueva vida -como Nicodemo- siendo ya mayores, quizás viejos.

         Hay que saber esperar, que al fin y al cabo toda siembra es una esperanza.

Dios sabe esperar, es más, la paciencia de Dios es neustra salvación, (2Ped 3,15).

Tengamos paciencia histórica.

  1. situaciones de antiguo y de nuevo testamento.

         En esta paciencia histórica como actitud sensata en la vida, podemos también pensar que, aunque estemos ya en el Nuevo Testamento desde hace dos mil años, sin embargo los pueblos, las personas, a veces la misma Iglesia puede encontrarse en situaciones de Antiguo Testamento: en las familias suelen darse casos de Caín y Abel, la Torre de Babel no es otra cosa que una campaña electoral o una lucha por el poder, no son extrañas las ansiedades del rey David por Betsabé, la mujer de Urías, etc…

         Trigo y Cizaña en la historia de la humanidad. Dios tuvo pedagogía y una gran paciencia con la humanidad. Dios no reveló todo de una vez. Todo fue poco a poco, la misma cizaña histórica, fue una fuente de revelación, de crecimiento, de madurez.

         Hay etapas en la vida en las que nos encontramos en situaciones de Antiguo Testamento. Muchas actitudes, normativas, ritos de los eclesiásticos actuales se parecen más al Templo de Jerusalén o al mundo fariseo que al mensaje de Jesús. A veces recorridos ideológicos, políticos, económicos son pura cizaña.

         Podemos, pues, vivir nuestro Antiguo Testamento personal, eclesiástico, como pueblos, etc.

         Dios es siempre paciente con nosotros, incluso cuando nosotros estamos en situación de Antiguo Testamento o de cizaña.

  1. No metamos cizaña. (a modo de estrambote).

         Aunque sea al final de la homilía no quiero dejar de aludir a esa especie de refrán o conseja que solemos decir en castellano y que contiene una gran verdad: “no seamos cizañeros, no metamos cizaña”.

         No seamos gente chismosa, que lleva los “cuentos” de aquí para allá, que ponemos zancadillas, que “malponemos” a las personas.

         Seamos personas de bien, limpias en la vida, discretas. La crítica, la calumnia, el mentir sobre los demás no son juego honrado y limpio. Es cizaña.

         Seamos “trigo limpio” en la vida.

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Mística: la imaginación simbólica al servicio de la unificación liberadora.

Viernes, 17 de julio de 2020

Utopia-More-700x1024Gilbert Durand ha revelado cómo en Occidente se ha ido imponiendo, desde finales de la Edad Media, una corriente claramente iconoclasta- enemiga de la imaginación-, que ha privilegiado la razón (logos) sobre la imaginación de un modo desproporcionado, hasta el punto de que algunos describen nuestra cultura como una cultura logocéntrica (Derrida) que ha reprimido dimensiones de la realidad (el afecto o el cuerpo, por ejemplo) para favorecer el control político (Foucault) – la imaginación convertida en utopía es un instrumento crítico del orden establecido-.  Estas dimensiones no racionales son esenciales para poder caminar por la vía de la unificación liberadora(integración de todas las dimensiones de la realidad) que es la espiritualidad (cuya forma más plena es la mística), de ahí, la persecución o marginación de la mística (que revaloriza y necesita de la imaginación) en nuestra historia moderna.

En el siglo XX se ha producido todo un movimiento de revalorización de la imaginación, desde el campo de la fenomenología de la religión (Mircea Eliade), la psicología analítica (Jung), la antropología (Gilbert Durand), la filosofía (Bachelard), la política (Bloch) y la espiritualidad (Henri Corbin). En la escolástica decadente la imaginación era vista simplemente como un órgano menor de conocimiento, que se limitaba a la representación, mediante imágenes visuales, auditivas o cinestésicas, de los objetos reales, para que la razón pudiera abstraer de estas imágenes la dimensión inteligible de lo real. La imaginación, por tanto, no aportaba verdadero conocimiento fiable, era una función vinculada a la percepción, el verdadero conocimiento  era aportado solo por la abstracción racional. De ahí, el logocentrismo de nuestra cultura.

En la recuperación del valor de la imaginación, que tiene lugar en el siglo XX, la imaginación se convierte en una función independiente de la razón y de la percepción, de hecho, una función más importante que la propia razón pues la imaginación sería la capacidad que permite acceder directamente al “mundo de los arquetipos”, verdaderas fuerzas estructuradoras de la conciencia que se harían presentes a la inteligencia del ser humano a través de los símbolos, que serían expresiones de esos arquetipos. Los arquetipos serían verdaderos puentes entre lo consciente (racional ) y lo inconsciente (metarracional), de ahí, que la imaginación se entienda como “imaginación creadora”, es decir, como una facultad activa y creativa, que no se limita a recibir sus contenidos de la percepción, sino que ella misma produce sus imágenes (los símbolos) extrayéndolas de los contenidos más profundos de la conciencia y dando lugar a un conocimiento más completo que el conocimiento racional.

La imaginación no dependería así de la percepción del mundo objetivo sino de una “imaginación transcendental” (Bachelard), que sería la verdadera fuente de la razón, del arte y de la espiritualidad en el ser humano.  Esa imaginación transcendental es llamada “unus mundus” por Jung, dándole así un carácter ontológico, pues considerará que los arquetipos tienen una naturaleza “psicoide” ( significa: similar a la mente). Los arquetipos estarían más allá de la mente individual, formarían un mundo propio cuya naturaleza sería “similar a la mente” (psicoide) pero más allá de ella, y darían origen tanto al mundo físico como al psicológico. Los arquetipos serían expresiones de una conciencia subsistente por sí misma, de la que emanaría la existencia y la inteligencia, por medio de la imaginación, que sería la función cognitiva y creativa primordial.

Con Mircea Eliade y Henri Corbin la imaginación se va a relacionar claramente con la espiritualidad. Para Mircea Eliade los símbolos son expresiones de las imágenes primordiales o arquetipos, que expresan Lo Sagrado, la realidad a la que remite la religión en la visión religiosa precristiana. Para esta visión antigua, las realidades históricas no tienen valor en sí mismas, su valor proviene de ser expresiones (hierofanías) de esa verdadera realidad que es lo sagrado.

Los símbolos, los mitos y los ritos que han nacido por medio de la imaginación creadora, son modos de vincular al ser humano, caído en la historia profana- el tiempo-, al verdadero mundo real, el mundo de lo sagrado, de los arquetipos. En ese camino hacia lo sagrado, Henri Corbin situará a la imaginación como un ámbito intermedio entre el mundo inteligible (Lo sagrado) y el mundo sensible, el mundus imaginalis, el “mundo del ángel”, en el que el espíritu se hace “carne” y el cuerpo se espiritualiza. Es el mundo de la “hierohistoria” (historia sagrada) que sería más real que el mundo histórico, pues éste sería un reflejo de esta dimensión imaginal. La imaginación, para Corbin, no debía identificarse con “lo imaginario”, con la fantasía, con  la imaginación pasiva dependiente de la percepción de los objetos de la historia, sino con la imaginación creadora, con lo imaginal, vinculada con ese mundo verdadero de los arquetipos, puente entre Dios y los seres humanos, más real que la historia mundana (Corbin es un docetista, que cree que la historia es una apariencia de la verdadera realidad, que es el mundus imaginalis).

Gracias a la labor de todos estos autores se ha recuperado en nuestra época un tipo de imaginación a la que ya santo Tomas había aludido en su síntesis de cristianismo y filosofía, que fue olvidada por la escolástica posterior, una imaginación diferente a la imaginación pasiva meramente receptiva de imágenes, una imaginación activa productora de conocimiento, en alianza con la razón (no al margen de ésta).

 Recuperar esta idea de la importancia de la imaginación creadora como fuente de conocimiento, ha supuesto revalorizar la capacidad simbólica del ser humano, como su facultad más importante, pues es la capacidad integradora, unificadora, de las diversas dimensiones de la persona y de lo real, tanto racionales como metarracionales, permitiendo así, gracias a esta capacidad, la realización del mayor anhelo del corazón humano: la integración, la unificación, la comunión con lo real.

La desvalorización de la imaginación creadora ocurrida en la modernidad había encerrado al ser humano en la razón, en la mente. El racionalismo de Occidente había marginado a la mística y nos había desconectado de la existencia (lo que está más allá de la conciencia). Incluso en el ámbito religioso el mensaje cristiano se había convertido en una ideología dogmática más que en una experiencia. Era pues muy necesario recuperar esta dimensión imaginativa y simbólica si queríamos recuperar la mística y vivir nuestra espiritualidad de una manera real y no solo mental.

Ahora bien, la revalorización de la imaginación y del simbolismo puede llevarnos, no a la experiencia espiritual real, sino a experiencias espirituales que no transcienden el universo mental imaginario, desconectadas de la existencia real.

La imaginación no puede desvincularse de la razón y de la existencia histórica, si realmente quiere ser simbólica y no solo imaginaria. Lacan ha diferenciado muy bien en la conciencia entre el “registro” de lo imaginario (cuando la imaginación se encierra en sí misma, desconectándose de la razón y de la realidad existencial, de un modo narcisista- identificando lo real con lo imaginario-), del registro de lo simbólico (cuando se conecta la imaginación, la razón y la existencia, integrándose todas estas dimensiones) que nos saca del narcisismo y nos abre al encuentro con el otro, con la realidad, sin reprimir nuestra interioridad (imaginación, afectividad). El símbolo que solo se entiende como una realidad imaginaria (arquetípica) se convierte en un ídolo, no en un icono que transparenta lo real. El lenguaje, la razón crítica, es lo que hace que el símbolo no nos encierre en un mundo mental autocentrado que el psicólogo jesuita, Luigi Rulla, llama adictivo, de “a-dicto”, es decir, no dicho, sin lenguaje, sin razón crítica que saque al símbolo de su encerramiento en el ámbito imaginal).

Paul Ricoeur ha corregido aquellas visiones del símbolo que lo entienden solo como algo propio del ámbito de la imaginación. Distingue así en el símbolo tres dimensiones:

  • Una dimensión arquetípica, que él denomina cósmica.
  • Una dimensión afectiva, que denomina onírica.
  • Una dimensión interpretativa, que tiene que ver con el lenguaje y con la razón, abriendo la dimensión de la imaginación al encuentro con el otro, con lo real.

En Ricoeur como en Heidegger o en Levinas, el lenguaje es mucho más que un instrumento para transmitir contenidos (incluso aunque estos contenidos sean suprarracionales), es un medio para encontrarse con el Otro, con el Ser, con la realidad más allá de nuestra conciencia. La imaginación con sus arquetipos amplía nuestra conciencia para que pueda reconocer la existencia de una dimensión que la transciende, el Ser.

En la actual recuperación de la dimensión imaginal que se está dando en la espiritualidad occidental, hay un peligro de encerrar la espiritualidad en lo imaginario, en una conciencia que se concibe como el fundamento de la realidad.  De este modo, solo pasaríamos de una espiritualidad demasiado racionalista a una espiritualidad de tipo gnóstico, que no es capaz de sacarnos de la conciencia hacia el ser- hacia el otro-,  y que, por ello,  es profundamente narcisista.

Este peligro no es una mera especulación teórica, hoy muchos de los discursos en torno a la espiritualidad tienen un reconocible sabor gnosticista. No es raro que los difusores más populares de la espiritualidad expresen la convicción de que la mística es igual al gnosticismo o al esoterismo (una experiencia básicamente interior y del ámbito cognitivo, más allá de la razón, pero encerrada en la conciencia, sin darle valor al Ser ni a la existencia, que se considera irreal o muy poco real).

Frente a estas visiones intimistas y gnosticistas, la tradición profética judeocristiana ha enfatizado la necesidad de vincular la ética y el símbolo (el culto), una vida simbólica desconectada de la existencia ética es una idolatría, como denunciaron los profetas bíblicos y el mismo Jesús. Los primeros cristianos emplearon términos profanos y laicos para expresar su espiritualidad (el mismo término liturgia es un término laico, significa: servicio a favor del pueblo) para evitar esta minusvaloración de la historia por parte de las espiritualidades precristianas. Añadieron, al símbolo, la dimensión utópica; el símbolo estaría llamado a ser vivido en la historia (no a sacarnos de la historia). Como ha enseñado E. Bloch, el término utopía hace referencia a dos conceptos: “eu- topos” (el mejor lugar) y “u-topos” (no-lugar). La utopía es el símbolo del “lugar mejor” (más justo y humano) que todavía no es, por el que debemos trabajar y comprometernos, es la dimensión histórica del símbolo, esencial, si queremos que el símbolo no se convierta en ídolo. La utopía es un lenguaje laico que sirve para expresar el mensaje central del cristianismo: trabajar por construir el Reino de los cielos, dentro y fuera de nosotros, en la historia y más allá de ella.

Bienvenida sea pues esta recuperación de la imaginación creadora y del símbolo en el camino espiritual actual y, a la vez, sepamos discernir los peligros que hay en muchos de los discursos que revalorizan la imaginación y el símbolo hoy, pues no son, sino otro modo de reprimir el carácter liberador que debe tener el símbolo, encerrándolo en el ámbito de lo imaginario, para que no produzca cambios sociales externos que amenacen al sistema injusto y sus beneficiarios.

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Cruzando el umbral de la transformación

Miércoles, 15 de julio de 2020

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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Cuando abro a Dios la puerta de mi corazón, hago más que limitarme a ofrecer una sonrisa de reconocimiento o una inclinación de cabeza de bienvenida; me abro yo a crecer y cambiar de modos que puede que nunca haya considerado probables; me arriesgo a ser transformado espiritualmente en una persona cuya vida manifieste bondad continuamente.

El desarrollo de este proceso de transformación es comparable al movimiento físico de atravesar una puerta. Primero me aproximo a la puerta en orden a ir más allá de donde me encuentro ahora. Si la puerta está cerrada, cuando llego a ella la abro. Algunas veces la puerta está cerrada y es necesaria una llave para acceder al espacio que hay detrás de ella. Cuando abro la puerta y me preparo para cruzarla, atravieso su umbral, que es la zona media del vano de la puerta. Tomo una decisión en cuanto a la dirección en que quiero ir al cruzar ese umbral, o bien hacia adelante, o bien hacia atrás. En cualquiera de ambas direcciones, finalmente cierro la puerta tras de mí y prosigo la marcha.

Este mismo tipo de movimiento tiene lugar en un nivel interior de mi persona cuando las situaciones vitales y los momentos de gracia me invitan a ser más plenamente quien soy. Las opciones que hago y las decisiones que tomo determinan si atravesaré la puerta y entraré en el desconocido territorio del crecimiento, o daré media vuelta y me aferraré a la seguridad de quien soy en el momento actual. Si estoy alerta y dispuesto a ser transformado, abro mi puerta interior y doy la bienvenida a las nuevas ideas, junto con posibles cambios de actitud y respuestas emocionales. Cuando decido abrir la puerta y cruzar el umbral de la posibilidad, me hago más consciente de mí mismo como persona con un potencial de bondad ilimitado y una unidad cada vez más plena con la divinidad.

Al reflexionar sobre este proceso espiritual, reconozco las innumerables veces en que he perdido las oportunidades que abrir una puerta ofrece a mi crecimiento espiritual. Puedo estar demasiado preocupado para ni siquiera reparar en la puerta del crecimiento. Algunas veces me detengo a la puerta, lleno de aprensión a proseguir el avance. De cuando en cuando mantengo cerrada una puerta que me anima a entrar al negarme a dialogar acerca de una relación que se ha venido abajo. Ocasionalmente permanezco largo tiempo en el umbral, repleto de emociones difíciles y preguntándome cómo dar el siguiente paso. A menudo un amigo valeroso o un mentor sabio me anima a cruzar el umbral. De vez en cuando las experiencias vitales me lanzan a cruzarlo con tal fuerza que me encuentro arrojado al otro lado de la puerta sin haber tenido tiempo de decidir si cruzarla o no.

Lo que valoro especialmente del proceso de crecimiento espiritual es el modo en que el Santo me guía para explorar el terreno interior de mi ser. Cuando abro la puerta de mi corazón y voy más allá de donde me encuentro ahora, me asombran la maravilla y la riqueza de la presencia divina, así como la enorme belleza de mi alma. A medida que voy envejeciendo, pienso que estoy mejorando en cuanto a abrir deliberadamente la puerta y dejar atrás los ámbitos conocidos y seguros. Y a cada umbral que cruzo, adquiero mayor libertad para ser mi yo más auténtico.

Recuerda que el Santo está contigo.

Lleva tu mente a esa presencia amorosa que está en ti y en torno a ti cuando ores lo siguiente:

1. Toca con la punta de tus dedos tu frente diciendo: Abre mi mente para que recuerde tu presencia.

2. Toca con la punta de tus dedos tu boca diciendo: Abre mi boca para que exprese tu sabiduría.

3. Toca con la punta de tus dedos tu corazón diciendo: Abre mi corazón para extender tu amor.

4. Alza ambas manos abiertas con las palmas hacia arriba diciendo: Abre mis manos para servirte generosamente.

5. Abre los brazos de par en par diciendo: Abre todo mi ser a ti. Inclínate profundamente ante la presencia amorosa en ti.

*

Joyce Rupp
Abre la puerta
Sal Terrae

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“¿Qué teología y para qué? “, por José Arregi

Viernes, 3 de julio de 2020

Teologia_2243185679_14717767_660x371Leído en su blog:

Un balance y una nueva etapa

Tras haber dedicado 40 años a estudiar y enseñar teología, tengo muchas menos certezas y creo en mi saber mucho menos que cuando empecé. He desaprendido todo lo que creía, todo menos lo esencial, así lo creo

Durante los últimos 13 años, a petición del Grupo NOTICIAS, he trababajo en esta columna, semanal primero, quincenal después

Ha sido un placer y un privilegio, y me siento profundamente agradecido a los Diarios y a las lectoras y lectores. Pero hay un tiempo de empezar y un tiempo de acabar

A los 24 años, en plena ebullición espiritual e intelectual y en medio de todas mis dudas, en aquel Arantzazu de 1976, tuve una firme certeza interior: quería estudiar y enseñar teología. No sabría distinguir con claridad lo que aquella decisión tenía de verdadera fidelidad a lo más hondo de mí o de huida de mis propios miedos y sombras. Sea como fuere, entonces creía saber mucho más que hoy sobre Dios, Jesús, la Iglesia, el pecado y la salvación, la muerte y el más allá, sobre el Credo entero.

Se me había dado una verdad que enseñar, la respuesta última de todas las preguntas sobre lo divino y lo humano, y eso deseaba ofrecer a la nueva sociedad urbana, moderna, secular de aquel tiempo. Las “dudas de fe” me asaltaban a menudo, pero a mis 18 años alguien me descubrió –¡qué liberación aquella noche en Olite!– que tal era la condición del creyente, inherente a la fragilidad humana, que bastaba decir como el hombre del evangelio, padre sufriente de un niño enfermo: “Creo, pero ayúdame a creer más”.

Me liberé de la angustia de la duda, pero no del conceptode fe. Todavía seguí pensando que la fe conllevaba la profesión de unas creencias, por extrañas que pudieran parecer. Eran los años del Postconcilio y se nos planteaba el reto de ser creyentes modernos, de profesar una fe compatiblecon la razón, aunque a menudo hubiera que hacer encaje de bolillos para hacer “creíbles” dogmas como la concepción virginal de Jesús, su muerte expiatoria, su resurrección física, la inmaculada concepción de María o la infalibilidad del papa. Justamente, la teología se había definido desde antiguo como “intelligentia fide”, inteligencia de la fe. Y esa era la misión del teólogo en la Iglesia y en el mundo: justificar –más que criticar o depurar– los dogmas, entenderlos de manera “razonable”. Esa tarea me apasionaba como vocación personal, más aun, como reto cultural.

¡Cuán cerca queda todavía todo eso, y cuán lejos ya! Y no reniego de nada, pero, ya desde finales de los años 80, estoy en otro mundo. Simplemente, hablo otra lengua, el lenguaje de la verdad estallada, del pluralismo irrenunciable, de las ciencias innovadoras, de la relatividad o relacionalidad de todo con todo, del conocimiento acelerado y de la incertidumbre creciente, la “gloriosa incdertidumbre”. Otro mundo, otra teología.

Ahí me sitúo, abierto a todas las preguntas. Hoy, tras haber dedicado 40 años a estudiar y enseñar teología, tengo muchas menos certezas y creo en mi saber mucho menos que cuando empecé. He desaprendido todo lo que creía, todo menos lo esencial, así lo creo. He aprendido que ninguna creencia es esencial ni necesaria, pues todas dependen de la visión que tenemos de la realidad en general, y de la lengua que hablemos. He aprendido que lo esencial del “creer” no es la creencia, sino la entrega del corazón”, como sugiere la propia etimología del término latino credere, que viene de kerd (corazón) y dheh (entregar). Entrega el corazón: todo lo demás son añadiduras.

He ahí también lo esencial de la teología, que viene del griego y significa “palabra o discurso sobre Dios” (theos, logos). Dediqué mucho tiempo a estudiar el griego y el latín, e incluso hebreo, y no me arrepiento, pero acabé por descubrir lo evidente: que el Dios Ente Supremo, celeste, de los hebreos, griegos y latinos no existe. Que “Dios” es lo que su etimología (deiv) evoca: luz. Simplemente Luz. Fondo de luz invisible de todas nuestras sombras. Gloria del puro Ser de cuanto es. Fuente, Alma, Corazón latiente del mundo. Hoy busco nuevas palabras para evocar el Misterio, reanimar la Llama, librarnos de tanto miedo y asfixia planetaria, respirar y vivir más humanamente. Eso es teología.

Y eso es lo que he querido hacer durante los últimos 13 años, a petición del Grupo NOTICIAS, en esta columna, semanal primero, quincenal después. Ha sido un placer y un privilegio, y me siento profundamente agradecido a los Diarios y a las lectoras y lectores. Pero hay un tiempo de empezar y un tiempo de acabar, y me ha parecido que era tiempo de poner fin a esta etapa, tan crucial para mí, y de abrir otra, llena de interrogantes: en septiembre abriré una página web, llamada Umbrales de luz, cuya portada puedes ver ya en esa dirección.

Si nos encontramos allí para seguir caminando juntos hacia los umbrales de la Luz de la que todo brota, será un placer. Te deseo paz y bien, como gustaba de decir el hermano Francisco, el Poverello de Asís.

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Félix Placer: “Se hace ahora especialmente urgente una teología con Espíritu”

Viernes, 5 de junio de 2020

10-Pintura-primitivista-de-Olga-Maradiaga“En nuestro afán de mayor velocidad productiva y consumista”

“Desde una teología holística, en diálogo, implicada en el sufrimiento, vivir se comprende como solidaridad, es compartir, dar y recibir; en última instancia, amar y ser amado”

“Es necesario comprender que lo importante no es dominar/poseer, sino relacionarse/dar; que no somos el centro de todo”

“Necesitamos otra visión del mundo, recuperar y cultivar valores de relación con los demás, de respeto y cuidado de la naturaleza”

En varias ocasiones ha insistido el Papa Francisco que una ‘Iglesia en salida’ debe estar en los lugares donde el sufrimiento se hace presente, que sea un ‘hospital de campaña’, que se le encuentre allí donde la gente sufre y pide ayuda, cercanía, apoyo. Ahora la pandemia global que ha conmocionado al mundo y ha generado una radical incertidumbre, profunda inseguridad, preocupante indefensión, plantea preguntas y pide respuestas urgentes, por supuesto, sanitarias, pero también otras que afectan a nuestra manera de vivir, a nuestras formas de relacionarnos, de comprendernos, de encontrar   sentido y orientación ante la vulnerabilidad y levedad profundas de nuestra existencia, de toda la humanidad y del sentido de la afirmación de Dios.

Estas preguntas ponen de manifiesto y exigen apremiantes respuestas. En este caso, por supuesto, la atención sanitaria es imprescindible y urgente; pero también otras y, entre ellas, las que den razón  de esta situación, parte visible de un profundo iceberg contra el que hemos chocado en nuestro afán de mayor velocidad productiva y consumista, de salvaje competitividad por conseguir beneficios incontrolados, de injusto enriquecimiento a costa de la pobreza de muchos y depredación de la naturaleza.

¿Cómo interpretar este estado de cosas? ¿Cómo responder a los dramas y sufrimiento que este proceso vírico está generando y, por supuesto, a un futuro próximo de incertidumbre? Pienso que la teología puede abrir horizontes de sentido, proponer pautas éticas que marquen caminos nuevos y fundamenten una esperanza teológica profundamente humana en el crítico momento actual. Para ello necesita encontrar su lugar teológico en esos hospitales del dolor, ser hospital de campaña.

Esta teología debe ser elaborada, por tanto, en el compromiso con la experiencia humana actual, ahora en este proceso pandémico tan complejo y doloroso, y desde ahí ofrecer  respuestas con su testimonio y ayudar a descubrir el sentido de lo que significa el ser humano, ser personas, ser humanidad en un mundo y universo donde todo es relación e interdependencia en Dios.

No es una teología nueva. Teólogos y teólogas actuales la están elaborando y ofrecen respuestas que tratan de abrir caminos de sentido, compromisos y actitudes solidarias. Su línea fue ya abierta por otros teólogos que ofrecieron con su vida y pensamiento  importantes y decisivas aportaciones para una teología comprometida. Subrayo ahora  dos inolvidables compañeros recientemente fallecidos: Johann Baptist Metz (1928-2019) y Juan de Dios Martín Velasco (1934-2020).

El conocido teólogo alemán ofreció una teología desde el holocausto de Auschwitz y desde el sufrimiento del mundo que le indujeron a elaborar un pensamiento creyente implicado en lo político para afrontar un esfuerzo colectivo hacia la justicia, la libertad y la paz; sin pretender dar respuesta a todas las preguntas que brotan del dolor humano  y que, afirmaba, aunque algunas sean incontestables, nunca pueden olvidarse. Por eso propuso una ‘mística de ojos abiertos’, es decir, una solidaridad espiritual con la justicia que conduce al compromiso concreto.

El fenomenólogo y teólogo abulense abogó por una teología del encuentro de Dios en los hombres dentro de la problemática social y cultural desarrollando el diálogo con otras religiones sin exclusivismos ni inclusivismos sino  unificadas en una mística que se vive y realiza en la vida diaria a través de cuyos acontecimientos entramos en relación con Dios.

Desde estos lúcidos planteamientos la primera constatación teológica es, a mi entender, experimentar nuestra carencia como individuos. Aunque poseamos y consumamos sin límite, no estamos llenos; somos vacío, es decir, una realidad abierta que no se satisface con tener cosas, poder, dinero, como una falsa promesa de un mundo feliz, si asumíamos sus imperativos de sometimiento y que hubiera condenado a muerte a Jesús hoy: ¿acaso el sistema global capitalista no lo está haciendo con tanta gente pobre del mundo?

Ese vacío existencial (que no es carencia de cosas) solo se realiza en la apertura  comunicativa y relación ética con los demás, con la naturaleza, con el cosmos de cuya energía vivimos; donde Dios es sentido, compasión, esperanza y fortaleza. Desde esta teología holística, en diálogo, implicada en el sufrimiento, vivir se comprende como solidaridad, es compartir, dar y recibir; en última instancia, amar y ser amado.

La respuesta auténticamente teológica nos abre entonces a soluciones solidarias y trasformadoras, también políticas, a un progreso creativo que se está realizando en el cosmos y al que contribuimos desde nuestro lugar, desde la sencillez de nuestra vida, tejiendo con nuestras relaciones una urdimbre de pluralidad y diálogo desde la diversidad, la atención y cuidado, la ternura, el amor.

Necesitamos, por tanto, una teología entendida como reflexión que parte de la vida, de la experiencia y de su implicación dialogante y comprometida con ella; que nos ayuda a contactar con los acontecimientos, a interpretarlos, a descubrir su sentido, a aprender y emprender acciones creativas y solidarias, como ahora las del  mundo sanitario, con su  entrega profesional ejemplar, y de  otras muchas personas según sus posibilidades, donde está actuando la energía liberadora de Dios.

Albert Camus concluye en su libro ‘La peste’: “Algo se aprende en medio de las llagas: que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio… El final de la peste no fue una victoria definitiva… Hay que seguir haciendo contra el terror y su arma infatigable a pesar de los desgarramientos personales… La alegría está siempre amenazada porque el vacilo de la peste no muere ni desaparece jamás”.

Esta constatación del premio nobel nos ayuda a comprender que hay algo profundo en el ser humano, que aparece en estas situaciones límite,  revelándonos lo que somos en el fondo, más allá de las falseadas convicciones trasmitidas por intereses egoístas. En definitiva, nos descubre la energía profunda que nos mueve, el espíritu que nos alienta y nos impulsa y motiva, desde la alteridad reconocida, a superar todo dualismo, para experimentar la unidad y la felicidad que no consiste en poseer y estar lleno, sino en la relación con todo lo que es. Nos une, por tanto, a todas las personas, a toda la tierra, al cosmos en el que vivimos y somos;  desde esta experiencia holística, desde esta espiritualidad,  podemos intuir  las razones de nuestra existencia y su inspiración latente más profunda: Dios.

Pero la pregunta inmediata permanece: ¿cómo resolver ahora, con humanidad y eficacia, la urgencia de situaciones tan urgentes y dolorosas para tantas personas? Es indudable que esta teología nos motiva a la solidaridad y sinergia, a la cooperación y ayuda   mutua, a ser hospital de campaña, al diálogo como conducta básica para encontrar respuestas comunes, a la ayuda, colaboración, solidaridad.

Aun así y de todas formas permanece una pregunta inquietante. Este episodio se superará, aunque con un elevado coste humano; pero vendrán otros, como recordaba el  autor de ‘La peste’. Además sus graves consecuencias económicas, políticas, sociales son de largo alcance. Es necesario, en consecuencia, un cambio cualitativo de mentalidad, otro modo de pensar y de vivir, de creer.

Las respuestas, por tanto, no pueden ser ocasionales. Necesitamos otra visión del mundo, recuperar y cultivar valores de relación con los demás, de respeto y cuidado de la naturaleza. La teología puede aproximarnos a orientaciones y formas nuevas de pensar, ofrecernos una hermenéutica que nos abra a nuevos sentidos; proponernos una profunda motivación, otras convicciones, una interiorización personal y colectiva  que nos lleve a afrontar lo real en toda su complejidad y totalidad, a situarnos ante la vida con responsabilidad compartida, a comprender y comprendernos en Dios. Es decir, se hace ahora especialmente urgente una  teología con Espíritu  que, junto a  las  grandes tradiciones religiosas (J.M. Velasco), nos abra a la profunda conexión de todas las cosas; que nos descubra que la persona, la tierra, el cosmos están animados por el Espíritu que les confiere unidad y conduce a experimentar una conciencia vital para  buscar la relación consigo mismo en todas sus dimensiones, con los demás, con la tierra, con Dios.

“La urgencia nos impulsa a la cooperación y al diálogo como conducta básica para encontrar respuestas comunes”

En el universo, tal como lo conocemos, la mujer y el hombre son la expresión histórica más acabada del dinamismo cósmico; con sus grandes limitaciones, ciertamente, constituyen la única existencia concreta capaz de interpretar la vida, de tomar conciencia de ella, de expresarla simbólicamente, de sentirse libres, de progresar, de trascenderse, de amar. Para ello es necesario comprender que lo importante no es dominar/poseer, sino relacionarse/dar; que no somos el centro de todo, sino parte de un todo dentro de una inmensa complejidad: que estamos dentro del cosmos, de su vida y el cosmos y su vida están en nosotros.

En esta espiritualidad la persona se siente ella misma y da razón del sentido de su existencia. En ella  expresa su conciencia relacionada que implica corporeidad,  interioridad y aliento vital. Significa los valores más profundos y vitales que nos animan a vivir, a actuar, a amar. “Es la fuerza inspiradora del pensar, del sentir y del actuar de una determinada persona o comunidad”, como la describe Marià Corbí .

Esta forma de espiritualidad nos lleva a interpretar de una nueva manera los acontecimientos positivos y negativos y a afrontarlos con un sentido diferente al que el individualismo y el egocentrismo nos han habituado; nos abre al biocentrismo que nace como energía desde lo más profundo del cosmos, superando dualismos y antropocentrismos. Nos conduce a una ética cósmica de relación con las personas y  pueblos, con la tierra y el universo, buscando y creando bien común, humanismo planetario donde cambia el sentido de la economía, de la política. Es una ecoética liberadora de solidaridad, de igualdad, de dignidad sin exclusiones.

Cuando nuestro modo de vida se ha desestabilizado profundamente, no solo por el COVID-19, sino porque nuestra civilización occidental había ya causado ese profundo desequilibrio con un desarrollo suicida, esta pandemia ha provocado un dramático shock que ha conmovido al mundo. Esta traumática y dolorosa experiencia puede ser comprendid  desde esa mística de ojos abiertos (J.B.Metz) que nos abre, nos convierte a un nuevo modo de vida y descubre un mundo de esperanza donde la seguridad anhelada no viene de la posesión y acumulación de bienes, sino de la  solidaridad; donde el bienestar no es aislamiento y egoísmo, sino relación y encuentro (J.M. Velasco); donde vivir no es consumir, sino compartir; donde la tierra no es un instrumento inanimado y explotable sin límites, sino un ser vivo, generador de vida, que debe ser cuidado y querido, porque ella nos cuida y quiere; donde la fuente de la vida no está en el dinero acumulado, en la producción ilimitada y en el consumo desenfrenado de unos pocos a costa de la pobreza de muchos, sino en la igualdad y  la justicia; donde, en definitiva, el hombre-mujer no son el centro del mundo, sino una profunda relación holística donde nadie puede prescindir de los demás en la tierra que habitamos, donde personas y pueblos debemos ser hospital de acogida y sanación para todos.

En última instancia, tanto la teología que interpreta la vida, como la espiritualidad que la vive, nos  disponen a una radical conversión hacia el ‘buen vivir’ que despliega actitudes creativas de cercanía, amistad, hospitalidad, colaboración, sinergia, confianza, solidaridad. Ahí iremos buscando con garantía de éxito las respuestas a los decisivos desafíos  a los que la situación de nuestro mundo nos  confronta, descubriéndonos su raíz más honda y abriéndonos a respuestas holísticas que laten en la energía espiritual que nos mueve, anima y  envuelve en el misterio de la Pascua cósmica.

“Nuestro modo de vida se ha desestabilizado profundamente, no solo por el COVID-19, sino porque nuestra civilización occidental había ya causado ese profundo desequilibrio con un desarrollo suicida”

Fuente Religión Digital

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El día en que Jesús “hizo las maletas” ¿Dónde estaban Mateo y Juan?

Domingo, 24 de mayo de 2020

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La Ascensión del Cristo es el complemento lógico de su Resurrección y el preludio necesario para su divinización.

En posts anteriores he señalado que se suponía que el mítico fundador de Roma, Rómulo, había corrido la misma suerte .

Añadiré hoy un complemento sobre el valor histórico, desde el punto de vista de algunos, que convendría conceder a tal hecho, bajo el pretexto de que figuraría en documentos que son históricos y presentados como testimonios. Cuando digo “de”, entendamonos: el relato de la Ascensión figura bien en ciertos evangelios apócrifos; pero dejemos éstos de lado por hoy, ya que, según el punto de vista que acometo, es decir el de la historia infestada de teología, los llamados evangelios apócrifos no serían creíbles, de ningún modo; mientras que los cuatro canónicos lo serían. Veamoslos pues.

Primera observación: de los cuatro Evangelios decretados creíbles, sólo dos hablan de la Ascensión : Marcos y Lucas. El pasaje de Marcos es de una brevedad notable: “Entonces, el Señor Jesús, después de hablar con ellos, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. “ (Marcos 16 , 19 ) . Cada uno sacará las conclusiones que quiera. Lucas es un poco más largo, pero tiene una vaga mirada de la narración, ya que el lugar es mencionado como un gesto (bendición) : “Después los llevó Jesús hasta Betania; allí alzó las manos y los bendijo. Sucedió que, mientras los bendecía, se alejó de ellos y fue llevado al cielo”. (Lucas 24, 50-51) Esto es realmente corto , sobre todo teniendo en cuenta el hecho de que los Evangelios de Marcos y Lucas son muy abundantes en los detalles de género “vivido” y esto para cantidad de episodios que están lejos de tener la importancia de este último.

Los teólogos no tuvieron ningún problema para edificar un razonamiento para establecer que esta brevedad es querida y significativa; posiblemente veremos allí el signo tangible de la salida simultánea del tiempo y del espacio que debía tener su equivalente en el estilo del relato… ¿Por qué no? Pero los historiadores no pueden, evidentemente, seguirlo y se preguntarán más bien si no se trata, muy simplemente, de una interpolación, es decir de un añadido ulterior debido a un copista que encontraba sin duda que la Ascensión, que conocía por otro lado, sea por la tradición oral, sea por otros evangelios, verdaderamente faltaba en éste y que esto podía ser sólo como consecuencia de un error de uno de sus predecesores, un error que había que reparar.

¿Pero entonces, en este caso, por qué la Ascensión no figuraba en el Evangelio de Mateo y en el de Juan, ya que, de cerca o de lejos, no se encuentra en estos dos textos ninguna mención de tal acontecimiento? Pues bien, primero: nada permite afirmar que no hubieran existido evangelios, según Mateo y según Juan, que no hubieran contenido, precisamente, una mención breve, a manera de Marcos y Lucas, del último episodio de la Ascensión. Haré, un poco más tarde, un post sobre los primeros manuscritos íntegros de los evangelios que poseemos. Los manuscritos muy antiguos de los cuatro evangelios no están exentos de divergencias entre ellos con gran numero de variaciones en relacion a los más antiguos que se encuentra en nuestra posesión. Pero no hay ninguno, claro está, que se sepa que incluya una mención de la Ascensión. No obstante, la hipótesis de que haya existido alguno no es descabellada.

Desconfiemos, sin embargo, de hipótesis en historia y quedémonos con el hecho de que Mateo y Juan no mencionan la Ascensión. Pero recordamos también el hecho, porque está ahí, que Orígenes y Jerónimo se quejan de las variantes que observan en los diversos manuscritos que tienen en su disposición.

Para concluir sobre la Ascensión, la ausencia de este episodio en Mateo y Juan parece estar más cerca del hecho de que, – por lo menos teóricamente ¿debiera suscribirlo? Es otra la cuestión – Mateo y Juan son testigos directos de los acontecimientos que cuentan, contrariamente a Marcos y Lucas.

Suponiendo que Mateo y Juan hayan estado ocupados con otras cosas el día de la Ascensión – lo que sería poco menos que un desastre – por lo menos debían habernos dicho que sus compañeros habían visto …

¿Será que la importancia de la Ascensión se les había escapado? Pero, en este caso, habría sido necesario que el Espíritu Santo que los inspiraba, se hubiera también, el mismo, distraído…

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Jean-Paul Yves le Goff

http://www.lelivrelibre.net

Publicado en fr.soc.religio

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En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, paro algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo:

“Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.”

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Mateo 28,16-20

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Existe otro mundo. Su tiempo no es nuestro tiempo, su espacio no es nuestro espacio; pero existe. No es posible situarlo, ni asignarle una localización en ningún sitio de nuestro universo sensible: sus leyes no son nuestras leyes; pero existe.

Yo lo he visto lanzarse, con la mirada del espíritu, cual «fulguración silenciosa», como trascendencia que se entrega; en semejante circunstancia ve el espíritu, con deslumbrante claridad, lo que los ojos del cuerpo no ven, por muy dilatados que estén por la atención y a pesar de que subsista en ellos, después de todo, una especie de sensación residual.

Existe casi una contradicción permanente en hablar de este otro mundo, que está aquí y que está allí, como del «Reino de los Cielos» del evangelio, que puede hacerse inteligible sin palabras y visible sin figuras, que sorprende totalmente sin confundir; pero existe. Es más bello que lo que llamamos belleza, más luminoso que lo que llamamos luz; sería un grave error hacernos una representación fantasmal y descolorida del mismo, como si fuera menos concreto que nuestro mundo sensible.

Todos caminamos hacia este mundo donde se inserta la resurrección de los cuerpos; en él es donde se realizará, en un instante, esa parte esencial de nosotros mismos que se puso de manifiesto para unos por el bautismo, para otros por la intuición espiritual, para todos por la caridad; en él es donde volveremos a encontrar a los que creíamos haber perdido y están salvos. No entraremos en una forma etérea, sino en pleno corazón de la vida misma, y allí haremos la experiencia de aquella alegría inaudita que se multiplica por toda la felicidad que dispensa en torno a sí, y por el misterio central de la efusión divina.

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André Frossard,
¿Hay otro mundo?
Rialp, Madrid 1981.

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Espiritualidad en tiempos de fragilidad: “Esa cosa que no tiene nombre”

Jueves, 14 de mayo de 2020

Busqueda-espiritual-tiempos-complicados_2224887513_14535969_667x375“Ni la razón ilustrada y su deslumbrante tecnología, ni la poderosa y dominante “ciencia” económica, ni siquiera las religiones están ofreciendo instrumentos suficientes para superar esta brutal agresión”

Debilidad humana y protección de la vida

Me pides, Ruth, una reflexión para tu libro sobre la espiritualidad justamente cuando el confinamiento por el coronavirus se está haciendo más pesado. Y entre los muchos detalles que ya están aflorando en esta pandemia como cuando en días de niebla la luz del sol va dejando aparecer la realidad del paisaje- hay uno del que apenas se habla porque, quizás, inconscientemente lo tenemos ya asumido. Me refiero a “la debilidad de la humanidad para proteger la propia vida humana”. Ni la razón ilustrada y su deslumbrante tecnología, ni la poderosa y dominante “ciencia” económica, ni siquiera las religiones están ofreciendo instrumentos suficientes para superar esta brutal agresión. ¡Y soñábamos con que ya disponíamos de un sistema que nos ponía al borde del “final de la historia”! Lo cierto es que ha bastado un desconocido y maléfico virus para despertarnos de este inmodesto sueño y hacernos sentir la fragilidad de los soportes en que estamos apoyando la vida.

Las calles y plazas desiertas están siendo un símbolo elocuente de nuestra propia fragilidad. Algo muy sustancial estamos ignorando para mantener la vida del ser humano y del planeta. ¿Se nos ha apagado el espíritu? Lo advertía ya muy acertadamente en el siglo pasado el filósofo y premio nobel de literatura Henri Bergson: disponemos de un cuerpo muy grande, decía, y de un alma muy pequeña. Necesitamos un “suplemento de alma”.

Espiritualidad y religión

La espiritualidad, raíz y fundamento de todas las culturas, no puede confundirse con la religión, son realidades distintas. Pero, la verdad es que la espiritualidad casi siempre se ha presentado vinculada a las religiones. Difícil abordarla sin esta referencia. Y no puede decirse que este matrimonio haya sido siempre negativo. Aun hoy día muchas personas encuentran en la cosmovisión religiosa razones suficientes para vivir con esperanza y para morir en paz. La religión ha prestado a la espiritualidad una visibilidad concreta de la que carece; le ha dado verticalidad y horizontalidad y ha proyectado sobre ella ricas axiologías y hasta una nutrida teodicea… En contrapartida, la espiritualidad ha prestado a las religiones arraigo y fundamento humano, historicidad y esa movilidad que necesitan las religiones para ir encarnándose en la historia contra la tentación de fijación de sus mismos dogmas y axiomas.

No sería justo condenar globalmente, desde la historia, todas las consecuencias de esta vinculación. Aunque la multiculturalidad de hoy día nos exige, por honestidad con la realidad, su divorcio o separación, al menos para reconocer la identidad y el lugar propio de cada una.

Secularización y vaciamiento de espíritu

Con la llegada y la fascinación provocada por la modernidad, los maestros de sospecha” anunciaron a bombo y platillo “la muerte de Dios”. Y a este contundente anuncio le ha seguido un largo período de “desacralización” y “desmitologización” que ha abocado finalmente en el impresionante fenómeno de la “secularización” que recorre, principalmente, el mundo occidental. Hasta las religiones, guiadas por sus teólogos, han coadyuvado a este proceso secularizador como exigido desde sus mismas fuentes fundadoras. El fenómeno ha acabado vaciando los templos y sumiendo, a su vez, en el “indiferentismo religioso” y vaciamiento de espíritu a gran parte de la humanidad.

¿Se trata de una crisis de las formas institucionales más superficiales de las religiones, o, más al fondo, la crisis afecta al propio factor religioso, lo que, más allá de la sociología, afectaría a sus mismas raíces antropológicas y filosóficas? Sea cual sea la respuesta a esta cuestión, lo cierto es que, agotado el espíritu religioso, el vacío se ha venido llenando con las apetencias materiales y más primitivas del ser humano, convertido en “homo” fundamentalmente “oeconomicus”, para el que la acumulación y el consumo representan la máxima aspiración. Un ser humano sometido al imperio del comercio y definido mayormente por el dinero, rodeado de una plétora de cosas materiales que acaban ahogándole el espíritu. En un paisaje, así dibujado, se entiende mejor el grito de Bergson reclamando “un suplemento de alma”.

La vuelta de las religiones

Lo sorprendente y paradójico es que, en este ambiente secularizado, estén volviendo las religiones. Esto es lo paradójico. Ya a fínales del pasado siglo se había anunciado su retorno, interpretándolo como “la revancha de Dios”. Y la creciente expansión del pentecostalismo protestante en América y la atracción del carismatismo católico en las últimas décadas llegando hasta los umbrales del mismo Vaticano parecen ya un anuncio suficiente de este retorno. Sorprendente. La llegada al poder de populistas como Bolsonaro en Brasil o de Trump en EE. UU de la mano de estas llamadas “Iglesias electrónicas” no será más que su lógica consecuencia.

Se vuelve a repetir la unión entre el trono y el altar, fórmula ya superada por la modernidad. Lo paradójico es que, en este contexto de secularidad, se vuelva a unas formas de religión alienante y fervorasamente individualista, a la mitología y la magia, al “opio del pueblo”.

Contra todo esto surgió, al final del Vaticano II, el Pacto de las Catacumbas y la opción por los pobres, posteriormente desplegado en la Teología de la Liberación.

Intensa búsqueda de sentido

Ante este retorno banal y hasta vergonzante de unas formas religiosas vueltas al pasado, sin propuesta profética ni utopía, y ante un sistema inmanente y sin transcendencia, cerrado en la materialidad de la vida, muchos especialistas están descubriendo ya una “intensa búsqueda de sentido” más allá de la acumulación y el consumo. ¿Una “espiritualidad? Se constata que, desde el cansancio de una vida sin más valores que la economía, está aflorando, con dificultad, un nuevo comienzo, “un tiempo eje”, similar a aquel del siglo VIII antes de nuestra era, calificado por el filósofo Karl Jasper como “tiempo Axial”  donde se dio simultáneamente en muchos lugares del planeta, una verdadera explosión del espíritu en todos los ámbitos del saber y de la creatividad humana.

No sé si este fenómeno es ya una incipiente respuesta a ese “suplemento de alma” que reclamaba con insistencia Bergson. La verdad es que se orienta a apuntalar eso que es patrimonio de toda la especie humana y que a todos nos une radicalmente desde nuestras enormes diferencias. ¿Se trata de eso que hemos llamado “espiritualidad”?

“Esa cosa que no tiene nombre”

No tenemos aún acuñada esa palabra que lo identifique a gusto de todo el mundo, pero, quizás, a eso se estaba refiriendo Saramago en el “Ensayo sobre la ceguera” –tan de nuestros días por el coronavirus cuando afirma rotundamente que “hay en nosotros una cosa que no tienen nombre, esa cosa es lo que somos”. Y “esa cosa que no tiene nombre”, es ecuménica, ecológica, laica, es holística, es del ser humano. Es dato y es patrimonio común, en nada opuesto a la religión, pero previo a cualquier forma religiosa y posterior a toda religión. “Eso que somos nosotros”, tan profundamente humano, que nos solidariza y “projimiza” con todas las formas de vida, que nos enraíza en la tierra… a “eso si nombre” nos referimos cuando hablamos de “espiritualidad”.

Evaristo Villar

Fuente Religión Digital

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