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“El cambio fundamental”. 28 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10,17-30)

Domingo, 13 de octubre de 2024

IMG_7688El cambio fundamental al que nos llama Jesús es claro. Dejar de ser unos egoístas que ven a los demás en función de sus propios intereses para atrevernos a iniciar una vida más fraterna y solidaria. Por eso, a un hombre rico que observa fielmente todos los preceptos de la ley, pero que vive encerrado en su propia riqueza, le falta algo esencial para ser discípulo suyo: compartir lo que tiene con los necesitados.

Hay algo muy claro en el evangelio de Jesús. La vida no se nos ha dado para hacer dinero, para tener éxito o para lograr un bienestar personal, sino para hacernos hermanos. Si pudiéramos ver el proyecto de Dios con la transparencia con que lo ve Jesús y comprender con una sola mirada el fondo último de la existencia, nos daríamos cuenta de que lo único importante es crear fraternidad. El amor fraterno que nos lleva a compartir lo nuestro con los necesitados es «la única fuerza de crecimiento», lo único que hace avanzar decisivamente a la humanidad hacia su salvación.

El hombre más logrado no es, como a veces se piensa, aquel que consigue acumular más cantidad de dinero, sino quien sabe convivir mejor y de manera más fraterna. Por eso, cuando alguien renuncia poco a poco a la fraternidad y se va encerrando en sus propias riquezas e intereses, sin resolver el problema del amor, termina fracasando como hombre.

Aunque viva observando fielmente unas normas de conducta religiosa, al encontrarse con el evangelio descubrirá que en su vida no hay verdadera alegría, y se alejará del mensaje de Jesús con la misma tristeza que aquel hombre que «se marchó triste porque era muy rico».

Con frecuencia, los cristianos nos instalamos cómodamente en nuestra religión, sin reaccionar ante la llamada del evangelio y sin buscar ningún cambio decisivo en nuestra vida. Hemos «rebajado» el evangelio acomodándolo a nuestros intereses. Pero ya esa religión no puede ser fuente de alegría. Nos deja tristes y sin consuelo verdadero.

Ante el evangelio nos hemos de preguntar sinceramente si nuestra manera de ganar y de gastar el dinero es la propia de quien sabe compartir o la de quien busca solo acumular. Si no sabemos dar de lo nuestro al necesitado, algo esencial nos falta para vivir con alegría cristiana.

José Antonio Pagola

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“Vende lo que tienes y sígueme”. Domingo 13 de octubre de 2024. Domingo 28º ordinario

Domingo, 13 de octubre de 2024

55-ordinarioB28 cerezoDe Koinonia:

Sabiduría 7, 7-11: En comparación de la sabiduría, tuve en nada la riqueza.
Salmo responsorial: 89Sácianos de tu misericordia, Señor. Y toda nuestra vida será alegría.
Hebreos 4, 12-13: La palabra de Dios juzga los deseos e intenciones del corazón.
Marcos 10, 17 – 30: Vende lo que tienes y sígueme.

La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría, expresa la preferencia de la Sabiduría frente a todos los bienes de la tierra. El sabio pone en la plegaria de Salomón la superioridad de los valores espirituales sobre los materiales, supeditándolos todos al don de la sabiduría y la prudencia para el gobierno de su pueblo.

En el texto de la carta a los hebreos, el autor, al describir la fuerza transformadora de la Palabra de Dios, se hace eco de hondas raíces veterotestamentarias. En efecto, ya Isaías 42,9 había comparado la Palabra de Dios con la espada, y Jeremías la había presentado como una realidad operante por sí misma ( Jer 23,29).

La íntima acción salvadora de la Palabra en la persona oyente es descrita en el texto diciendo que es “penetrante… hasta el punto donde se dividen alma y espíritu”. Allí, en el santuario de la intimidad del corazón de la persona, de la comunidad oyente activa de esa voz salvadora que le muestra caminos de liberación, allí, donde reside la voluntad y la decisión de aceptarla o de rechazarla, donde anida lo más denso del ser humano: sus intereses, sus afectos, su libertad, es hasta donde la Palabra llega cuestionante, incisiva, liberadora, transformante. Por eso, el autor de la carta coloca intencionadamente las palabras “corazón, deseos, intenciones”, como abarcando en estas categorías la integralidad humana. Dios y su Palabra, “más íntimo que yo mismo” en expresión de San Agustín, conoce hasta los secretos más recónditos del corazón. El más absoluto misterio humano está patente ante sus ojos. Por eso, la Palabra es juez densamente imparcial, que conoce amando lo que ocurre en la conducta humana y en el corazón de hombres y mujeres.

La imagen del camino es central en el evangelio de Marcos (cf Mc 10, 17). Estamos ante el tema del seguimiento de Jesús. En ese sentido va la pregunta de aquel que únicamente Mateo llama “el joven rico” (19, 22); para Marcos (y Lucas) parece tratarse más bien de una persona mayor que pregunta: ¿cómo heredar la vida? (cf Mc 10,17). Jesús comienza por remitir a Dios; su bondad está al inicio de todo. Esto equivale a resumir la primera tabla de los mandamientos. En seguida enuncia explícitamente los correspondientes a la segunda tabla, con un añadido importante (que sólo se encuentra en Marcos): “no seas injusto” (v. 19). La frase es algo así como un sumario del listado que se recuerda. Se trata de la condición mínima que se plantea al creyente. Con sencillez el rico dice que todo eso lo ha observado (cf v. 20), no hay nada de arrogante en esta afirmación. Ésa era la convicción de los sabios de la época: la ley puede ser cumplida plenamente.

Pero seguir a Jesús es algo más exigente. Con afecto lo invita Jesús a ser uno de los suyos. No sólo debe abandonar la riqueza, hay que entregarla a los pobres, a los necesitados. Esto lo pondrá en condiciones de seguirlo (cf v. 21). No basta respetar la justicia en nuestras actitudes personales, hay que ir a la raíz del mal, al fundamento de la injusticia: el ansia de acumular riqueza. Pero, dejar sus posesiones, le resultó una exigencia muy dura al preguntante; como muchos de nosotros prefirió una vida creyente resignada a una cómoda mediocridad (cf v. 22). «Creer sí, pero no tanto». Profesar la fe en Dios, aunque negándonos a poner en práctica su voluntad. Jesús aprovecha la ocasión para poner las cosas en claro con sus discípulos: el apego al dinero y al poder que él otorga es una dificultad mayor para entrar en el Reino (cf v. 23). La comparación que sigue es severa; algunos han querido suavizarla, pretendiendo -por ejemplo- que había en la ciudad unas puertas pequeñas llamadas “agujas”… y que bastaba entonces al camello agacharse para poder entrar por ese ojo de aguja…

Los discípulos, en cambio, entendieron bien el mensaje. El asunto se les presenta poco menos que imposible. Pasar por el ojo de una aguja significa poner su confianza en Dios y no en las riquezas. No es fácil ni personalmente ni como Iglesia aceptar este planteamiento, siguiendo a los discípulos nos preguntamos -con pretendido realismo-: “entonces, ¿quién se podrá salvar?” (cf v. 26). El dinero da seguridad, nos permite ser eficaces, decimos. El Señor recuerda que nuestra capacidad de creer solamente en Dios es una gracia (cf v. 27).

Como comunidad de discípulos, como Iglesia, debemos renunciar a la seguridad que da el dinero y el poder. Eso es tener el “espíritu de sabiduría” (Sab 7,7), aceptar que ella sea nuestra luz (cf v. 10). A la sabiduría nos lleva la palabra de Dios, cuyo filo corta nuestras ataduras a todo prestigio mundano. Ante ella nada queda oculto, todas nuestras complicidades aparecen con claridad (cf Hb 4,12-13). Como creyentes, como Iglesia, ¿seremos capaces de pasar por el ojo de una aguja?

Una lectura ecológica del evangelio de hoy

El mundo, la humanidad, se encuentra hoy, también, ante el desafío de tener pasar «por el ojo de una aguja» si quiere conseguir… no ya la vida eterna celestial, sino simplemente la supervivencia terrestre.

Es un «ojo de aguja» nuevo. Nunca nos habíamos visto en esta situación. Siempre, desde siempre –es decir, desde que el homo et mulier sapientes aparecimos sobre esta tierra–, el ser humano percibió la tierra como ilimitada, inagotable, cuasi infinita, capaz de absorber impasible nuestro proyecto de desarrollo continuo, infinito.

Pero hace sólo cinco siglos (Magallanes, 1522) se dio cuenta de que la tierra no era una superficie plana infinita, sino una superficie esférica, cerrada sobre sí misma, y por tanto, limitada. Y ha sido sólo al final del pasado siglo XX cuando ha descubierto que su proyecto humano de desarrollo podría topar con los límites de la Tierra. Así lo proclamó proféticamente, en solitario, el famoso libro del Club de Roma «Los límites del crecimiento», de 1972, que no fue escuchado. Pero su profecía fue confirmada y ratificada al filo del cambio del siglo (1992, «Más allá de los límites del crecimiento»), al denunciar que estábamos en peligro de sobrepasarnos («overshot») más allá de la capacidad del planeta para absorber y regenerar los recursos que consumimos. Ese peligro ya se hizo realidad oficialmente el 23 de septiembre de 2008: los científicos que siguen el estado del Planeta, especialmente la Global Foot Print Network han hablado del «Día del sobrepasamiento», el «Earth Overshoot Day», día en el que calculan que hemos sobrepasado en un 30% su capacidad de reposición de los recursos necesarios para las demandas humanas. En este momento estamos necesitando más de una Tierra para atender a nuestra subsistencia…

El Informe de Desarrollo Humano del PNUD 2007-2008 confirmó la denuncia, y, de otra manera y con otros datos, confirmó que si toda la humanidad adoptara un nivel de vida como el de EEUU o Europa, necesitaríamos 9 planetas (pág. 48 de la edición en español).

Despidámonos pues de la «vida eterna» para la Humanidad. El planeta seguirá, sí, pues ha pasado crisis semejantes, y aunque la vida terrestre sea diezmada, el planeta seguirá, pero seguirá… sin nosotros. Ésta en la que estamos ya hace tiempo es la «sexta extinción». La anterior, la quinta, hace 65 millones de años, por efecto de un meteorito según las actuales hipótesis, causó la desaparición de los dinosaurios. La sexta, la presente, actualmente en curso acelerado, está causada concretamente por una especie biológica que ha llegado a convertirse en fuerza geológica. Parece que va a ser una crisis profunda, que se llevará consigo a dos tercios de las especies actuales (entre ellas la causante). Nada de «vida eterna», pues, sino la condena a «una muerte anunciada», y con carácter de inminencia.

Pero… «sólo una cosa tienes que hacer si quieres todavía alcanzar»… una prolongación de la vida: abandona el «sistema» que te lleva a la muerte, centrado obsesivamente en el enriquecimiento material, ciego a los costes ecológicos, y pasa a adoptar un nuevo estilo de vida, un nuevo paradigma, una nueva forma de mirar al planeta, comprendiendo que eres Tierra y dependes de ella, y que en vez de vivir de espaldas a ella y en guerra contra ella, debes vivir en amistad y en relación cariñosa y simbiótica con ella.

Se ha dicho muy frecuentemente en los últimos tiempos que el cristianismo tenía, ha tenido un «punto ciego» en el aspecto ecológico, que todo nuestro patrimonio simbólico de los tres grandes monoteísmos está construido no sólo «de espaldas a la naturaleza» (nos consideramos no naturales sino sobrenaturales), sino en buena parte «contra la naturaleza», como sus dueños y dominadores, por derecho divino incluso… Afortunadamente, la encíclica del Papa Francisco, de este año, Laudato sii’, acaba de dar un buen paso en sentido contrario. No podemos borrar nuestra historia pasada, ni nuestra realidad actual, pero al menos acabamos de dar un primer signo de conversión desde la cúpula misma de la institución. Como dice la encíclica, no se trata sólo de cuidar la naturaleza, sino de toda otra forma de pensar, una nueva cultura, una revolución mental.

Y también una revolución teológica: la de dejar de pensar que la ecología no tiene que ver con la vida cristiana, ni con la vida espiritual… y pasar a pensar que respetar la vida, cultivarla, reverenciarla, sentirla como nuestra placenta, nuestro hogar, nuestra hermana madre Tierra… tiene que formar parte, por derecho propio, del hecho de ser cristiano, como forma parte del hecho de ser ser humano. Leer más…

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13.10.24 Ni al uno por cien de evangelio (Mc 10, 28-30, Dom 28 TO)

Domingo, 13 de octubre de 2024

IMG_7992Del blog de Xabier Pikaza:

Puede haber algo de cristianismo, pero cada vez que me asomo un poco más al NT veo menos evangelio.

Puedo tener una deformación semi-senil, pero cuando vuelvo a textos como este evangelio del domingo me embarga una inmensa melancolía. ¿Será tarde para empezar de verdad?  Siga leyendo lo de Jesús quien quiera. Lo mío no será necesario.

La primera iglesia de Jerusalén fue iglesia para morir: Vender los bienes, repartirlos entre todos y consumirlos, esperando la muerte (el Reino de Dios).

La iglesia clerical posterior ha sido también para morir: Obedecer a Dios y a sus ministros, sufrir lo necesario y esperar después el cielo. pues para el cielo hemos sido creados, si superamos el “trago” (cáliz) de este mundo.

Jesús nos dice hoy que vivamos para ganar (=dar y recibir) el ciento por uno en familia (amigos, parientes) y en bienes (casas, campos), aunque ello nos exija una gracia y esfuerzo especial (con persecuciones y dificultades).

A por ello, iglesia, de lo contrario te mueres (=estás muerta)

Texto 

  • Jesús les dijo. ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios!”
  • Los discípulos se extrañaron de estas palabras.
  • Jesús añadió: “Hijos, ¡que difícil les es entrar en el reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero! Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios.
  •  Ellos se espantaron y comentaban: “Entonces, quién puede salvarse?”
  • Jesús se les quedo mirando y les dijo: “Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo.”
  • Pedro se puso a decirle: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.”
  • Jesús dijo: “Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más- casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones-, y en la edad futura, vida eterna.”
  • Pedro se puso a decirle a JSÚS: “Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.”
  • Jesús dijo: “Os aseguro que quien deje casa, o hermanos o hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, recibirá ahora, en este tiempo, cien veces más en casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y tierras, con persecuciones- y en la edad futura, vida eterna.”

 Advertencia 

Este pasaje ha inspirado de un modo especial a muchas comunidades particulares (religiosas, carismáticas, ministeriales…) que están siendo en este momento de sínodo “juzgadas con rigor” por el Vaticano (sin que quizá el Vaticano se dé cuenta de que se está juzgando a sí mismo).

Jesús aplica este pasaje/camino del ciento por uno a todos sus compañeros, amigos, seguidores  no a grupos  “particulares” (monasterios, cuadrillas, compañías, sodalicios,  “opus/obras” clericales o semi/clericales, que al cerrarse en grupos presuntamente pobres de profesionales de riqueza tienden a volverse ricos (=dominadores económicos-afectivos-ideológicos) de los otros, en contra del evangelio.

Este ha sido y sigue siendo el cáncer de una ideología “clerical” (de cleros/grupos) que, separándose de la “clase de tropa” para vivir en pretendida pobreza (=para servir a otros), terminan sirviéndose del evangelio para servirse a sí mismos.

Pedro dice que está dispuesto  

 Así se presenta ante Jesús como portavoz de aquellos que “han dejado todo y le han seguido”, es decir, de sus discípulos (cf. Mc 10, 23), distinguiéndose de aquel, de aquellos que se quedan con sus bienes egoísta y rechazan a Jesús.

 . El texto le presenta así como “discípulo ideal”, que lo ha dejado todo por obtener todo de un modo distinto, conforme al ideal de Jesús. ¿Es cierto que Pedro lo ha dejado todo? ¿Pedro es sólo el Papa o somos todos los cristianos?

 Respuesta de Jesús:

Quien haya dejado casa o hermanos o campos, por mí y por el evangelio… Casa y campo se vinculan, pues la propiedad agrícola, de la que se come, resulta inseparable de la casa, en la que se vive, siendo familia.   En un primer momento, Jesús había dicho al hombre rico que diera todos sus bienes a los pobres, no a los miembros de una comunidad. Pero aquí ese don de todo  a los pobres  se concreta y cumple en forma de una comunión mesiánica; Dar a los pobres significa dar todo a todos para compartirlo con ellos, obteniendo así obtener el ciento por uno, en casas/campos y familia.

Este pasaje incluye dos elementos (dar a los pobres siguiendo a Jesús y compartir en comunidad recuperando así el ciento por uno con los pobres, con todos).

Nos hallamos ante la misma dinámica que subyace en el “amor al enemigo” de Mt 5, 35-45. (a) Sólo allí donde se empieza amando de manera radical a los enemigos puede amarse de verdad a los amigos, amándonos odos (de Jn 13, 34). (b) Sólo allí donde se empieza dando a todos los pobres (Mc 10, 21) se podrá obtener y compartir el ciento por uno en la comunidad (Mc 10 30).

Se empieza así dando todo en gratuidad, pero no para perder lo que se tiene, sino para tenerlo de manera más intensa, y así multiplicarlo, creando un espacio en el que se logra y comparte el ciento por uno (como en las multiplicaciones, con grupos de cien o de cincuenta: Mc 6, 40). Esta multiplicación del ciento por uno no es sólo de panes y peces, como en las alimentaciones de Mc 6, 31-46; 8, 1-8 par., sino de hermanos/familia y casa/campos; ella define la nueva lógica de Jesús, en un mundo donde la vida no se entiende ya como dominio de unos sobre otros, sino como experiencia de riqueza compartida (que es propia de la Iglesia, pero que se abre a todos los necesitados) [1].

‒ Dejar casa (oikia) y familia (hermanos…). Se trata en el fondo de lo mismo, pues casa significa familia (con los diversos tipos de parientes) y vivienda con sus pertenencias (en especial los campos, que son bienes de producción y consumo). Dejar casa implica abandonar la estructura concreta de un tipo de familia, desde la perspectiva del varón patriarcal, en línea de dominio y separación frente a los de fuera.

Se trata, pues, de superar una economía doméstica de tipo particular donde cada familia (grupo, clase, nación) vive  para sí, en contra (o separada) de las otras, para crear una familia abierta de hermanos y hermanas (plano horizontal) y de madres, hijos (en línea vertical, sin la figura de un padre dominador que aquí desaparece). En ese contexto, los campos son expansión y entorno de la misma casa/familia, fuente de riqueza, de trabajo y alimento.

            Aquí no se dice ya sólo que se entreguen los bienes a los pobres en general, sino que, supuesto eso, tras haber dicho al rico que venda todo y lo regale sin más a los pobres, Jesús puede afirmar que los bienes, así vendidos/dejados pueden y deben compartirse “en familia”, en grupos comunitarios de madres/hermanos/hijos con casas y campos. De esa forma, el don anterior (darlo todo) se convierte en principio de multiplicación (ciento por uno) en un plano de vida familiar, trabajo y de comunicación de bienes.

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Salomón, el joven rico y los discípulos. Domingo XXVIII. Ciclo B.

Domingo, 13 de octubre de 2024

Joven-Rico-600x708Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Las lecturas de este domingo enfrentan tres posturas: la de Salomón, que pone la sabiduría por encima del oro, la plata y las piedras preciosas; la del rico, que pone su riqueza por encima de Jesús; la de los discípulos, que renuncian a todo para seguirle.

  1. Salomón: la sabiduría vale más que el oro

            El libro de la Sabiduría se escribió en el siglo I a.C., probablemente en Alejandría, en griego (por eso los judíos no lo consideran inspirado). No sabemos quién lo escribió, pero el autor finge ser Salomón. Un recurso muy habitual en la época para dar mayor prestigio al libro. Recordaréis que Salomón, al comienzo de su reinado, tuvo un sueño en el que Dios le dijo que pidiese lo que quisiera. En vez de pedir oro, plata, la derrota de sus enemigos, etc., pidió sabiduría para gobernar al pueblo. Inspirándose en ese relato, el autor del libro de la Sabiduría pone estas palabras en boca del rey:

 Supliqué y se me concedió la prudencia,
invoqué y vino a mí el espíritu de sabiduría.
La preferí a cetros y tronos,
y en su comparación tuve en nada la riqueza;
no le equiparé la piedra más preciosa,
porque todo el oro a su lado es un poco de arena,
y, junto a ella, la plata vale lo que el barro;
la quise más que a la salud y la belleza
y me propuse tenerla por luz,
porque su resplandor no tiene ocaso.

Con ella me vinieron todos los bienes juntos,
en sus manos había riquezas incontables.

  1. El joven rico: la riqueza vale más que seguir a Jesús

El relato ofrece detalles curiosos, típicos de la forma de contar de Marcos. Se acerca uno «corriendo», «se arrodilla», lo llama «maestro bueno» (provocando cierto malestar en Jesús), formula su pregunta, Jesús «lo mira con cariño». Al final, el individuo «frunce el ceño» y se va triste. El protagonista, antes de formular su pregunta, pretende captarse la benevolencia de Jesús o, quizá también, justificar por qué acude a él: lo llama «maestro bueno», título que no se aplica en Israel a ningún maestro (Strack-Billerbeckx sólo recoge un ejemplo del siglo IV d.C.).

Cuando se puso en camino, llegó uno corriendo, se arrodilló ante él y le preguntó:

            ‒ Maestro bueno, ¿qué he de hacer para heredar vida eterna?

                Jesús le respondió:

            ‒ ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno fuera de Dios. Conoces los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no perjurarás, no defraudarás, honra a tu padre y a tu madre.

                Él le contestó:

            ‒ Maestro, todo eso lo he cumplido desde la adolescencia.

                Jesús lo miró con cariño y le dijo:

            ‒ Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo. Después vente conmigo.

                A estas palabras, el otro frunció el ceño y se marchó triste; pues era muy rico.

La pregunta

El problema que le angustia es «qué he de hacer para heredad vida eterna», algo fundamental para entender todo el pasaje. Lo que pretende el protagonista es, dicho con otra expresión judía de la época, “formar parte de la vida futura” o “del mundo futuro“; lo que muchos entre nosotros entienden por “salvarse“. Este deseo sitúa al protagonista en un ambiento distinto del normal: admite un mundo futuro, distinto del presente, mejor que éste, y desea participar en él. Por otra parte, su pregunta no es tan rara como podemos imaginar. Si nos preguntasen qué hay que hacer para “salvarse“, las respuestas es probable que variasen bastante. Una pregunta parecida le hicieron sus discípulos al rabí Eliezer (hacia el año 90) y les respondió: “Procu­raos la estima de vuestros vecinos; impedid que vuestros hijos lean la Escritura a la ligera y haced que se sienten entre las rodillas de los discípulos de los sabios; y, cuando oréis, sed conscientes de quién tenéis delante. Así conseguiréis la vida del mundo futuro“.

La respuesta de Jesús

            Jesús, antes de responder, aborda el saludo y da un toque de atención sobre el uso precipitado de las palabras. El único bueno es Dios. (Afortunadamente, por entonces no existía la Congregación para la Doctrina de la Fe, que lo habría condenado por error cristológico).

            Luego responde a la pregunta haciendo referencia a cinco mandamientos mosaicos, todos ellos de la segunda tabla, aunque cambiando el orden y añadiendo «no defraudarás», que no está en el decálogo.

            Lo curioso es que Jesús no dice nada de los mandamientos de la primera tabla, que podríamos considerar los más importantes: no tener otros dioses rivales de Dios, no pronunciar el nombre de Dios en falso y santificar el sábado. Para Jesús, de forma bastante escandalosa para nuestra sensibilidad, para «salvarse» basta portarse bien con el prójimo.

            Cuando el protagonista le responde que eso lo ha cumplido desde joven, Jesús lo mira con cariño y le propone algo nuevo: que deje de pensar en la otra vida y piense en esta vida, dándole un sentido nuevo. Ese sentido consistirá en seguir a Jesús, de forma real, física, pero antes es preciso que venda todo y lo dé a los pobres. El programa de Jesús se limita a tres verbos: vender, dar y seguir.

La reacción del rico

            Entonces es cuando el personaje frunce el ceño y se aleja, «pues era muy rico». Con esta actitud, no pierde la vida eterna (que depende de los mandamientos observados), pero sí pierde el seguir a Jesús, dar plenitud a su vida ahora, en la tierra.

            No es lo mismo salvarse que entrar en el reino de Dios

            Mientras el rico se aleja, Jesús completa su enseñanza sobre el peligro de la riqueza y el problema de los ricos.

Jesús miró en torno y dijo a sus discípulos:

            ‒ Qué difícil es que los ricos entren en el reino de Dios.

Los discípulos se asombraron de lo que decía. Pero Jesús insistió:

            ‒ ¡Qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios.

Ellos quedaron espantados y se decían:

            ‒ Entonces ¿quién puede salvarse?

Jesús se les quedó mirando y les dice:

            ‒ Para los hombres es imposible, no para Dios; todo es posible para Dios.

            Las palabras «¡Qué difícil es que los ricos entren en el reino de Dios!» requieren una aclaración. Entrar en el reino de Dios no significa salvarse en la otra vida. Eso ya ha quedado claro que se consigue mediante la observancia de los mandamientos, sea uno rico o pobre. Entrar en el Reino de Dios significa entrar en la comunidad cristiana, comprometerse de forma seria y permanente con la persona de Jesús en esta vida.

            Ante el asombro de los discípulos, Jesús repite su enseñanza añadiendo la famosa comparación del camello por el ojo de la aguja. Ya en la alta Edad Media comenzó a interpretarse el ojo de la aguja como una puerta pequeña que habría en la muralla de Jerusalén; pero esa puerta nunca ha existido y la explicación sólo pretende suavizar las palabras de Jesús de manera un tanto ridícula. Jesús expresa con imaginación oriental la dificultad de que un rico entre en la comunidad cristiana.

¿Por qué se espantan los discípulos? Su reacción podemos interpretarla de dos formas: 1) ¿quién puede salvarse?; 2) ¿cómo vamos a subsistir?

En el primer caso, los discípulos refle­jarían la mentalidad de que la riqueza es una bendición de Dios; si los ricos no se salvan, ¿quién podrá salvarse?

En el segundo caso, los discípulos pensarían que la comunidad no puede subsis­tir si no entran ricos en ella que pongan sus bienes a disposi­ción de todos.

            En cualquier hipótesis, la respuesta de Jesús (“para Dios todo es posible”) da por terminado el tema.

  1. Los discípulos: Jesús vale más que todo

Pedro entonces le dijo:

            ‒ Mira, nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido.

Contestó Jesús:

            ‒ Todo el que deje casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o campos por mí y por la buena noticia ha de recibir en esta vida cien veces más en casas y hermanos y hermanas y madres e hijos y campos, con persecuciones, y en el mundo futuro vida eterna.

La intervención de Pedro no empalma con lo anterior, sino que contrasta la actitud de los discípulos con la del rico: «nosotros hemos dejado todo y te hemos seguido». Ahora quiere saber qué les tocará.

            La respuesta de Jesús enumera siete objetos de renuncia, como símbolo de renuncia total: casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos, campos. Todo ello tendrá su recompensa en esta vida (cien veces más en todo lo anterior, menos en padres) y, en la otra, vida eterna. Pero, al hablar de la recompensa en esta vida, Mc añade «con persecuciones».

            Decía Salomón que, con la sabiduría “me vinieron todos los bienes juntos”. A los discípulos, la abundancia de bienes se la proporciona el seguimiento de Jesús.

Reflexión y advertencia

            Este pasaje del evangelio sólo tiene en cuenta dos posturas extremas: la del rico que conserva sus bienes y no sigue a Jesús, y la de los discípulos que lo siguen renunciando a todo. ¿No cabe un término medio? Otros relatos evangélicos y las cartas del Nuevo Testamento dejan claro que sí. Marta, María, Lázaro, José de Arimatea, Nicodemo… forman parte de la comunidad cristiana sin renunciar a todos sus bienes ni seguir a Jesús físicamente. Sin embargo, el evangelio de este domingo no pretende ofrecer ese término medio, sino animar al seguimiento de Jesús renunciando a todo

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Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario. 13 de octubre de 2024

Domingo, 13 de octubre de 2024

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A estas palabras, él frunció el ceño, y se marchó pesaroso, porque era muy rico.”

(Mc 10, 17-30)

“¿Qué haré para heredar la vida eterna?” Esta es la inquietud de este personaje que se acerca corriendo a Jesús. Tiene prisa y también mucha seguridad en sí mismo.

Sabe lo que quiere. Lo ha sabido siempre. Cuenta en su haber con grandes fortunas: “Maestro, todo eso lo he cumplido desde pequeño.”

Parece que no se ha acercado a Jesús para encontrarse con alguien sino para ser “reconocido”, para que se reconozca su bien hacer.

Sí, debía de ser muy rico, tanto que esperaba también heredar la vida eterna o quizá incluso pensaba que ya había hecho lo suficiente para recibirla. Como un niño cuando acaba lo deberes y viene corriendo a enseñártelos para que le dejes ir a jugar. Pero Jesús no lo felicita por todo lo que ha hecho sino que le dice: “Una cosa te falta.”

Parece que el Reino tiene poco que ver con las seguridades. A Dios no le impresiona nuestra larga lista de méritos y renuncias. Tampoco las riquezas.

Por lo visto espera que nos acerquemos a Él con las manos vacías, con todo perdido y los zapatos gastados.

Parece que solo consigue vernos bien cuando no tenemos nada que mostrale, cuando estamos desnudas y vacías.

Ahí sí, nos ve y nos mira como a hijas amadas suyas. Mientras tanto no deja de mirarnos con cariño y compasión.

No deja de recordarnos que nos falta una cosa: dejar todo lo que nos sobra. Y nos ve marchar una y otra vez con el ceño fruncido y pesarosas. Dobladas bajo el peso de nuestras riquezas, de nuestros derechos y méritos.

¿Cómo podrás llenarnos sino queda sitio?

Oración

No dejes de mirarnos con cariño, sobre todo cuando nos alejamos pesarosas. Solo el cariño de tu mirada nos puede transformar.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa 

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No se trata de renunciar a algo sino de elegir lo mejor.

Domingo, 13 de octubre de 2024

cristoy-jovenDOMINGO 28º (B)

Mc 10,17-30

Es un episodio entrañable, pero es muy ambiguo en la redacción y desconcertante en el desenlace. El hombre rico no se decide a dar el paso. Aunque lo verdaderamente importante es el motivo por el que se niega a seguir a Jesús: las riquezas. Para los judíos, las riquezas habían sido siempre signo de la bendición de Dios. Jesús no puede arremeter contra ellas y hacernos ver que son la causa de todos los males. Sabemos que fue un tema muy discutido entre los primeros cristianos. El relato nos deja ya una muestra de esta controversia.

El llegar corriendo indica gran interés y una urgente necesidad. El joven era rico, pero no las tenía todas consigo. Sin duda, el rico esperaba de Jesús algún precepto aún más difícil que los de Moisés, que estaría dispuesto a cumplir. Jesús no añade más preceptos sino una propuesta original. En vez de seguridades, confianza sin límites. En vez de cumplimiento de la Ley, seguimiento. Jesús sube a Jerusalén, va a la muerte. Seguir a Jesús supone estar dispuesto al fracaso. El arrodillarse es un signo exagerado de respeto y admiración.

Heredar vida definitiva”. No está nada claro el sentido de esa expresión. El texto dice “zoe aionion” que una expresión muy ambigua. Al traducirla la Vulgata por ‘vida eterna’ condicionó su sentido durante demasiado tiempo. En tiempo de Jesús, significaba garantizar una existencia feliz más allá de la muerte. El rico ya tenía garantizada la existencia feliz en el más acá. Lo que busca en Jesús es asegurar la misma felicidad, o mayor, para el más allá.

Los mandamientos que Jesús le recuerda son los de la segunda tabla, es decir los que se refieren al prójimo, no los que se refieren directamente a Dios. Esta enseñanza es original y exclusiva de Jesús. Para cualquier judío, los más importantes eran los de la primera tabla que se refieren a Dios. Está clara la intención de hacernos pensar en una nueva religiosidad. La verdadera humanidad se manifiesta en la relación con los demás, no con Dios.

¿Por qué me llamas ‘bueno’? El texto griego dice “agazos” no “kalos” que él mismo se aplica. Jesús revela dónde está la verdadera pobreza. Él se siente vacío hasta de la misma bondad. El hombre ni es nada ni tiene nada, porque ni siquiera hay un sujeto (ego) capaz de ser o tener. Es difícil no dejarse atrapar por las riquezas, pero es mucho más difícil superar el sentimiento de superioridad. Lo nefasto será creerme bueno y con derechos ante Dios.

Una cosa te falta. Jesús no da importancia al cumplimiento de la Ley. Lo que le falta no es vender lo que tiene sino seguirle. El desprenderse de todo es una exigencia del seguimiento. Para ‘heredar la vida’ basta cumplir la Ley; para entrar en el Reino hay que preocuparse de los demás. No está claro a qué se refiere Jesús. El joven le pregunta por una vida para el más allá y el texto sugiere que le responde con una invitación a seguir a Jesús en el más acá.

¡Qué difícil será entrar en el Reino al que pone su confianza en las riquezas! Las riquezas en sí ni son buenas ni son malas. Es absurdo pesar que Dios prefiere que pasemos necesidades. El apego a las posesiones sin tener en cuenta al pobre, o peor aún a costa de él, es lo que impide al hombre alcanzar una meta humana. El desenlace es triste, pero el comentario que hace Jesús es más desolador. Los discípulos quedan hundidos en la miseria.

Entonces, ¿quién podrá ‘salvarse’? Los discípulos siguen pensando que es imposible subsistir sin seguridades. La pregunta no se refiere a quién podrá salvarse en el más allá, con la salvación tal como la entendemos hoy (cielo), sino quién podrá mantener una vida verdaderamente humana, si se desprende de todo lo que tiene y no asegura su futuro. Así cobra sentido la respuesta de Jesús, “para los hombres, imposible, no para Dios”.

Estamos ante uno de los textos más difíciles de comprender de todo el evangelio. Llevamos veinte siglos dando tumbos entre la demagogia barata y el espiritualismo tranquilizador pero estéril. No podemos sacar una norma general de una propuesta individual. Si vende los bienes, se supone que tiene que haber un comprador, que estará, de entrada, condenado. Jesús no puede dar una norma, que, para poder cumplirla, exige que otro no la cumpla. La propuesta de Jesús es la total superación del hedonismo, es decir, satisfacción y seguridades.

Buscar la propia salvación individual aquí abajo, o en el más allá, es la mejor señal de no haber superado el “ego”. El objetivo último de todo ser humano es la entrega incondicional al servicio del otro. El apego a las riquezas nace siempre del falso yo. Mientras exista la preocupación por uno mismo, no puede alcanzarse la meta. El obstáculo no son las riquezas sino la existencia del yo que me lleva a buscar seguridades para el más acá o para el más allá.

Pensar que el rico está condenado y el pobre está salvado es demagogia. El hecho de tener, o no tener bienes materiales, no es lo significativo. El que no tiene nada puede estar más apegado a los bienes que ambiciona, que el rico a lo que posee. Lo difícil es mantener un equilibrio que nos permita vivir humanamente y no nos impida darnos al otro. Tanto el pobre como el rico tendrán que dar un paso para entrar en la dinámica del evangelio.

Otra trampa es creer que el evangelio propone solo la pobreza de espíritu. Según esto, no importa lo que hayas acumulado, con tal de que tengas “espíritu cristiano”, lleves una vida “religiosa” y seas capaz de dar limosna y hacer “obras de caridad”. La Iglesia como institución ha caído en esta trampa. Bajo el pretexto de tener para dárselo a los pobres, no le ha importado acumular riquezas. La Iglesia tiene que ser pobre y renunciar a las seguridades.

El relato tampoco ofrece un cristianismo a dos velocidades. Los ‘consejos evangélicos’ serían un plus voluntario para los más decididos. Esto ha hecho mucho daño, porque ha dado motivo a la mayoría de cristianos para pensar que lo que dice el evangelio no va con ellos. Ha hecho daño también a los que optan por la vida religiosa, porque les ha hecho creer que son los perfectos y con más derechos ante Dios porque han renunciado a las posesiones materiales.

El fariseísmo que seguimos manteniendo en este tema es desconcertante. Seguimos buscando mil escusas para no vernos obligados a entrar en la dinámica del evangelio. Incluso cuando renunciamos al consumo o a las seguridades terrenas lo hacemos esperando que me lo paguen con creces en el más allá. Es un hecho que muchos de los puestos de la jerarquía se buscan expresamente para medrar y tener más dinero, más seguridades y más poder.

La propuesta de Jesús no conlleva ninguna renuncia. Si, al llevarla a la práctica, tenemos la sensación de perder algo, es que no hemos comprendido nada. Se trata de elegir el camino que me lleve a la plenitud de humanidad. Como seres limitados, elegir un camino lleva consigo el renunciar a otro. En contra del sentir común, el renunciar a tener más no es de tontos, sino de personas muy despiertas. La sabiduría consistiría en la libertad de elección

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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La cultura de la pobreza.

Domingo, 13 de octubre de 2024

jesus-e-o-jovem-ricoMc 10, 17-30

«Abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes»

Permítanme una versión libre del diálogo de hoy: «Maestro, siempre he guardado los mandamientos, pero ¿hay más?» … «Claro que hay más; muchísimo más, pero con esa enorme mochila que llevas a cuestas no vas a poder seguir mi paso. Deshazte de ella, vente con nosotros y verás lo que es bueno»

En esta sencilla escena encontramos varios temas que pueden interpelarnos; por ejemplo: ¿Qué significa para mí, aquí y ahora, «vende cuanto tienes y dalo a los pobres?» … ¿Viajo por la vida ligero de equipaje; libre para ir a donde me marque mi conciencia, o abrumado y aplastado por una enorme mochila que me impide caminar? … ¿Hasta qué punto mi riqueza –o mi anhelo de ella– me entorpece el camino para el seguimiento de Jesús?…

Y esto a nivel individual, pero también es aplicable a nivel colectivo. Nuestra sociedad es rica –opulenta comparada con la que describe el evangelio–, y esta riqueza nos ha hecho tan duros de corazón, tan inhumanos, que nos parece natural la desigualdad trágica que existe en el mundo, o la explotación de los míseros, o nuestra oposición radical a socorrer a quienes llaman a nuestra puerta, o la destrucción de nuestro hábitat condenando a los que vengan detrás a una vida que nada tenga que ver con la nuestra…

Es cierto que la cultura de la riqueza nos proporciona bienestar y confort a quienes la disfrutamos, y eso es bueno, pero cuando uno se percata de las calamidades que provoca, no tiene por menos que recordar la expresión de Jesús: «Bienaventurados los pobres» … Mateo nos habla de “pobres de espíritu”, y a esa coletilla nos aferramos los ricos para justificar nuestra riqueza, pero Lucas nos habla de “pobres”, sin más, y esa radicalidad está mucho más en consonancia con otras expresiones de Jesús… «Ni aunque resucite un muerto…», le dice a Epulón.

Fiel al evangelio, Ignacio Ellacuría, jesuita asesinado en El Salvador, propugnaba una civilización asentada en la cultura de la pobreza”. En esa misma línea, Jon Sobrino, compañero de Ellacuría, se expresaba así en una charla que dio en Pamplona hace ya mucho tiempo:

«Durante muchos años nos han dicho que lo que nos iba a salvar era la riqueza y la abundancia, pero eso no nos ha salvado. Por una parte no ha resuelto el problema de la vida. A una gran parte de la humanidad le cuesta sobrevivir; no da por supuesta la vida; su mayor problema es mantenerse vivos cada día. Por otra parte no ha civilizado, es decir, no ha humanizado ni a los del Norte ni a los del Sur».

Sobrino terminó diciendo que como la expresión de Ellacuría –cultura de la pobreza–es muy dura y puede ser malinterpretada, podríamos plantearla en términos más templados: «Debemos caminar hacia la civilización de la austeridad compartida»

Y esto es mucho más que una bonita frase; es probablemente la única salida que tiene el mundo para evitar el desastre al que lo está abocando irremisiblemente nuestra cultura de la riqueza.

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

 

Fuente Fe Adulta

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Vende lo que tienes y sígueme. Y se marchó entristecido porque era muy rico.

Domingo, 13 de octubre de 2024

IMG_7691DOMINGO 28º T.O. (B)

(Mc 10, 17-30)

La pobreza en cuanto carencia de lo más básico para vivir es una desgracia. Los responsables de los estados, los organismos, las instituciones tienen la obligación de eliminar la pobreza en todas sus dimensiones. La existencia de los pobres, si recordamos el Deuteronomio (15,7-9.11), es un hecho escandaloso. No obstante, todo el evangelio está lleno de denuncias y críticas de quienes provocan la pobreza. Y así seguimos en el siglo XXI.

Jesús nos advierte contra la servidumbre de la riqueza: “No podéis servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13), “El que amasa riquezas para sí no es rico ante Dios” (Lc 12,21) ya que ésta conlleva muchos peligros: “Es difícil que un rico entre en el reino de los cielos” (Mt 19,23). El hambre debe combatirse como un mal. No hay derecho que los/as pobres sean ignorados, explotados, maltratados, despreciados. La pobreza, secularmente, tiene rostro de mujer. Actualmente la brecha entre ricos y pobres se ha incrementado con respecto al siglo pasado. Los ricos viven a costa de los pobres. (Los datos, muy numerosos, se pueden verificar en internet).

No obstante, la desigualdad extrema no es inevitable, hay suficientes recursos para todos; es una cuestión de voluntad política de los gobiernos. Por otra parte, el hambre es ocasión de manifestar la misericordia de Dios y la justicia de los/as profetas. Dios ama a los pobres y los saciará. Es su esperanza. Asimismo, concita la solidaridad de quienes luchan contra ella.

Cristo se identificó con los pobres y proclamó bienaventurada a la pobreza (Mt 5,3) (Lc 6,20) como disponibilidad total para con Dios y los hermanos/as, basada en la entrega, en la comunicación cristiana de bienes, en la generosidad. Además, es indicativo de una vida sencilla, exenta de codicia, ambición, egoísmo, pero también la ausencia de riquezas aligera la conciencia del peso de las preocupaciones/tentaciones que nos pueden desviar de nuestra opción fundamental. La Palabra de Dios es una espada cortante, categórica, que inquieta la cómoda seguridad de nuestras conciencias conformistas, resignadas, adormecidas, indiferentes.

En el evangelio de hoy, Jesús, camino de Jerusalén, sigue enseñando a sus discípulos/as. Se le acerca un joven a preguntarle qué hacer para heredar la vida eterna. Y habla de la riqueza. Nos habla. Por tres veces en el texto, se destaca la mirada de Jesús. Nos mira. Y nos dice: “Sígueme”. Pero para llegar al compromiso del seguimiento hay que liberarse de las riquezas, de la seducción o el señuelo consumista del tipo que sea, que son un obstáculo que dificulta gravemente la relación con Dios y con los hermanos.

El joven se entristeció porque era muy rico”. La tristeza como compañera de camino de quien se empeña en pasar por encima de los demás, en no seguir la voz de Dios que grita en el corazón de nuestra conciencia, ésa que va a contracorriente de lo establecido. La tristeza como compañera inseparable de las sociedades que se constituyen alrededor del tener, del poder, del aparentar, de la mentira, de la ambición, de la violencia de cualquier tipo. Y en ellas, paradójicamente, la presencia también de seguidores/as que responden con valentía, con decisión, rompiendo moldes y obstáculos que hacen renacer la verdad, el amor, la justicia, la paz, la esperanza. La verdadera riqueza está en el seguimiento de Jesús, en vivir gozosamente la fraternidad-sororidad. Y eso solo se puede entender desde la gratuidad para así, caminar juntos.

El hombre trata de reafirmarse en su ego, en su falso “yo” identificándose con las riquezas materiales, psíquicas, buscando en lo externo el sentido de su ser [1]. Ese rico es al que se refiere Jesús: “Le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de Dios”. De lo que se nos habla es de que el alma, mi “yo” original, ha de saber liberarse de los apegos, de las dependencias para que, al fin libre de engaños y artificios, del yo soy esto, yo soy más… o yo soy menos…, yo tengo tal título, yo poseo mejores creencias, yo no necesito a nadie…, encuentre su verdadero Ser. Solamente los que son “como niños”, el hombre y la mujer natural, esencialmente buenos pueden acceder y saborear esa Verdad. El alma que se abandona en Dios se fía de Él, acepta su voluntad en cada instante, se deja llevar sin preguntar a dónde ni por qué…, “porque quien a Dios tiene, nada le falta, sólo Dios basta.”

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

[1] Esperanza Borús, Luminarias y asombros, Ed. Visión Libros, 2012.

Fuente Fe Adulta

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Bondad.

Domingo, 13 de octubre de 2024

IMG_7929Domingo XXVIII del Tiempo Ordinario

13 octubre 2024

Mc 10, 17-30

Quien hace una lectura mítica de la divinidad de Jesús tiene dificultad para encajar que este rechace el calificativo “bueno”, afirmando que debe reservarse únicamente a Dios: «Solo Dios es bueno».

El cristiano teísta, para quien Jesús es Dios mismo, únicamente puede explicárselo como muestra de la humildad de Jesús, que no quiere apropiarse elogios, pero sigue sin entender su respuesta. Porque, ciertamente, dentro de ese paradigma, la respuesta no se sostiene.

Sin embargo, una vez superado el paradigma teísta, que piensa a Dios como un ser separado, se advierte la sabiduría que aquellas palabras encierran. “No hay nadie bueno”, afirma Jesús. Y tiene razón: porque la bondad -como todas las realidades transcendentales o transpersonales: vida, amor, alegría, paz…- no tiene nunca un sujeto personal. Se trata de realidades que trascienden el yo, no cualidades que lo adornaran.

La Bondad, sencillamente, es. Y en la medida en que vivimos anclados en nuestra identidad profunda, podrá fluir a través de nosotros. Incluso en un lenguaje coloquial, podremos decir de una persona que “es buena”. Con todo, la trampa en la que se suele caer es la apropiación, por la que alguien se considera a sí mismo sujeto de la bondad. Esa es precisamente la trampa que denuncia las palabras de Jesús: “no hay nadie bueno”…, aunque Bondad es lo que somos en nuestra verdadera identidad.

Veámoslo con otra expresión. El cuarto evangelio pone en boca de Jesús la expresión: “Yo soy la vida”. Pues bien, en la línea de lo que vengo diciendo, el sujeto de esa frase no es el carpintero de Galilea, sino la Vida misma -realidad transpersonal- que se expresa por su boca. Bondad, Vida, Verdad, Amor…: todas las palabras que podemos escribir con mayúscula apuntan a realidades transpersonales, cuyo sujeto nunca es el yo particular, sino el Fondo mismo y último de lo real.

La Vida, como la Bondad, es. Y podemos reconocerla como nuestra identidad profunda. Pero si hay comprensión, no habrá nunca apropiación. Y podrán expresarse en nosotros de manera limpia y gratuita, tanto más cuanto, desidentificados del yo, más vivamos anclados en la consciencia de lo que somos.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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El dinero nos hace más “lucidos”, pero no más “lúcidos”

Domingo, 13 de octubre de 2024

IMG_7689Del blog de Tomás Muro, La Verdad es libre:

Homilía Domingo XXVIII per annum

01.- Saber vivir (sabiduría)

        Saber vivir es un “arte”, requiere sabiduría.

        Comúnmente solemos pensar que para saber vivir hay que ser rico, por eso ponemos nuestra confianza en el dinero; para vivir bien necesitamos mucho dinero, muchas cosas, cuanto más tengamos mejor vida llevaremos…

        ¿Esto es así?

        La Sabiduría del que escribió este libro y la sabiduría de toda persona sensata no confiaban en el dinero. La sabiduría, el saber vivir no sigue el camino de la riqueza. Todo el oro del mundo a su lado, al lado de la sabiduría, es un poco de arena, (1ª lectura).

        Nosotros ponemos el dinero como base del bienestar, de la felicidad, de los valores.  Pensamos que con el dinero nos viene la buena vida. Sin embargo podemos tener mucho y no ser nada. Hoy en día entre nosotros tenemos mucho más de lo que tenían nuestros mayores. Recordemos la larga y dura postguerra española. ¿No fuimos también felices en aquellos de escasez y pobreza? ¿No hemos sido felices en momentos en los que no hemos tenido bienes, dinero?

Ciertamente hoy tenemos mucho más que las generaciones anteriores, pero ¿”somos más”? ¿Somos más honrados, más felices, más libres de lo fueron nuestros mayores?

Del tener no viene el ser.

02.- No vamos a discutir mucho.

La cuestión de la pobreza crea enseguida un cierto escozor y discusión, pero no vamos a discutir sobre la riqueza / pobreza, porque es una discusión estéril.

El centro de la cuestión creo que es: ¿En dónde pongo yo mi confianza?

Una oración, un salmo del Antiguo Testamento pensaba y oraba así:

Unos confían en sus carros de guerra

y otros confían en sus caballos,

pero nosotros confiamos  en el Señor nuestro Dios.

(Salmo 20)

        Quizás nosotros diríamos: unos confían en la cuenta corriente, en el prestigio social, quizás en un buen puesto social, religioso

Sin embargo el asunto es. ¿Dónde, en quién confío yo en la vida -¡y en la muerte!-?

La pobreza es una actitud profunda de confianza y descanso en Dios. Esta es una vivencia, una experiencia que se tienen en el fondo de la vida, del ser.

La pobreza, como la libertad, como el celibato, como la fidelidad matrimonial son cuestiones radicales (de raíz), por las que uno opta lleno de confianza y de buena voluntad.

Evidentemente que la pobreza no significa miseria, como tampoco el celibato significa negación o represión de la afectividad-sexualidad.

Decía San Benito a sus monjes que la comida no tiene que ser obsesión ni por exceso, ni por defecto. Podríamos aplicar el consejo al dinero. El dinero no ha de ser una obsesión en la vida, porque el peligro es que el dinero como el placer nunca son suficientes.

La pobreza es la actitud de poner nuestra confianza en Dios.

El rico es quien pone su confianza en el dinero. Pobre (libremente elegido) se es cuando uno confía en Dios.

Para caer en cuenta de esto no hay que “salir fuera de nosotros mismos”. Si nos adentramos en nuestra propia vida, en nuestros recorridos y vivencias podremos caer en cuenta de que vida y dinero no van de la mano, felicidad y riqueza no se identifican.

Estas cosas no se discuten se meditan y se optan.

Saber vivir, la sabiduría, consiste en confiar en Dios, no en el dinero, porque el ser humano no se salva a sí mismo: los grandes problemas de la vida y de la muerte no se resuelven en la Kutxa, ni en el supermercado, ni en la ciencia.

(Entre paréntesis recordemos lo que decía el papa Francisco: “nunca se ha visto un camión de mudanzas de detrás de un coche fúnebre”. Y es que la mortaja no tiene bolsillos).

03.- Jesús se le quedó mirando con cariño y le dijo: vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres … Luego ven y sígueme. v 21.

Jesús le mira a aquel muchacho con cariño.

Son muy humanas las miradas de Jesús a Dios Padre, a Zaqueo, a Pedro, a la mujer adúltera, la mirada al ladrón en la cruz, la mirada al mismo Judas…

Jesús le mira y le muestra su afecto a aquel joven llamándole a la pobreza y a la generosidad. Le miró con cariño.

¿Me dejo mirar por el Señor?

El cumplimiento de unos mandamientos no basta para crear personas. Nosotros pensamos que, como religiosos que somos, ya cumplimos con todos los mandamientos y así Dios nos va a dar un premio en la “tómbola”  del cielo.

Probablemente se puede ser rico y religioso, pero el bienaventurados los pobres no nos va a venir la riqueza. Seremos bienaventurados y felices por la confianza en JesuCristo, no por el dinero que tengamos en el banco.

04.- Pobreza y libertad.

La pobreza es valiosa porque crea libertad.

Es una cuestión “semejante” al celibato: la única justificación válida del celibato es que crea “espacios personales” de libertad para  poder dedicarlos al ministerio eclesial o a lo que uno considere “utópico”. Ello no significa, ni mucho menos, que no puedan darse ministerios casados en la iglesia.

        La pobreza crea libertad: no dependo “esclavamente” del dinero, mi dios no es el dinero

La pobreza construye bien la vida: es reconocer que el dinero no es el dios de mi vida, es una libertad ante los bienes, una solidaridad con nuestros hermanos sobre todo con los más pobres, un respeto a la creación en una civilización neurótica por consumir. (Hoy en día ser pobres, libremente pobres, es una terapia no para ser buenos, sino para no terminar siendo unos paranoicos del consumo).

06.- Los pobres.

        Sería deshonesto no ser conscientes de los pobres de este mundo.        Si queremos saber qué cristianos somos, miremos nuestra relación con los más pobres y débiles de la sociedad. El “test” del cristiano es el pobre.

Vende lo que tienes y dalo a los pobres. Vende o regala lo que tienes a los pobres. La ayuda, la solidaridad, la limosna son valores humanos y cristianos que crean vida. La limosna perdona nuestro pecado.

La limosna es una manera de ayudar a los necesitados y, al mismo tiempo, un modo de liberarse del apego al dinero.

07.- ¿Si somos ricos, nos salvamos?

¡Qué difícil es que los ricos puedan entrar en el Reino de Dios! ¡Más fácil es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el Reino de Dios!

        Solemos pensar que lo de “entrar en el Reino de los cielos” es como si nos diesen una entrada para Disneylandia o cosa parecida.

        No es esa la cuestión.

La cuestión es tener vida, ser libres y felices ya aquí: en esta vida y en la otra.

Por lo demás, nos salvamos todos porque para Dios no hay nada imposible, y menos mal, (Lc 1,37).

        Anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres.

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“Vivir un seguimiento fiel a los valores del reino”, por Consuelo Vélez

Domingo, 13 de octubre de 2024

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De su blog Fe y Vida:

Comentario al evangelio del domingo XXVIII del Tiempo Ordinario 13-10-2024

Hay cristianos apegados al cumplimiento de los mandamientos, pero incapaces de entender la novedad del reino que siempre pone al ser humano por encima de la norma

Lo que Jesús expresa es la propuesta contracultural que significa el reinado de Dios. Ya no son bendición los muchos bienes sino la solidaridad y la preocupación efectiva por los pobres

El evangelio invita a vivir el seguimiento en fidelidad a los valores del reino, sin pretender domesticarlos o acomodarlos a lo establecido

Se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante él, le preguntó:

– Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?

Jesús le dijo:

+ ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre.

Él, entonces, le dijo:

– Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud.

Jesús fijando en él su mirada, le amó y le dijo:

Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme.

Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Jesús mirando a su alrededor, dice a sus discípulos:

¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!

Los discípulos quedaron sorprendidos al oír estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo:

Hijos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de Dios.

Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: y, ¿quién se podrá salvar?

Jesús, mirándolos fijamente dice:

Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios.

Pedro se puso a decirle:

– Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.

Jesús dijo:

Yo les aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno; ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones y en el mundo venidero, vida eterna.

(Mc 10, 17-30)

El evangelio de hoy es bastante conocido. Se refiere al hombre rico que se acerca a Jesús para preguntarle qué ha de hacer para tener en herencia la vida eterna y a los discípulos que, efectivamente, están siguiendo a Jesús, es decir, en contraste con este hombre. Anotemos algunos detalles de cada parte del texto.

Esta parábola se le conoce como la del joven rico, pero, en realidad, los textos no hablan de un joven sino de un hombre que ha cumplido desde su juventud los mandamientos. Es interesante que el diálogo ocurre en el camino. El seguimiento es caminar con Jesús, es seguirlo por su misma senda. El hombre se arrodilla y le llama maestro bueno. Estos signos manifiestan el reconocimiento que este personaje hace de Jesús. Pero no basta reconocer a Jesús, lo importante será asumir su mismo camino. Y precisamente esto es lo que no hará el hombre rico. Según la conversación, él cumple los mandamientos, pero ante la propuesta de Jesús de vender sus bienes para dárselos a los pobres, la buena disposición que manifestaba al inicio del encuentro, termina porque, como dice el texto, tenía muchos bienes.

Es importante caer en cuenta de que la propuesta de Jesús es totalmente contracultural. Para el pueblo judío, tener bienes era señal de bendición de Dios. Y, justamente, Jesús le propone ir en contra de esa bendición. La motivación de Jesús es clara: el reino de Dios que anuncia no admite ninguna exclusión y por eso, entrar al reino, implica entrar con los otros, comenzando con los más pobres. El hombre rico no logro hacer este cambio. La propuesta contradecía lo que él, como buen judío, había vivido siempre. La mirada afectuosa de Jesús no logra tampoco cambiar la actitud del rico y, como dice el texto, se va abatido o entristecido. Y Jesús afirma la dificultad para entrar al reino de Dios cuando se tienen muchos bienes.

No está lejos esta historia de la de tantos que queriendo ser buenos cristianos, preguntando cómo ser mejores cristianos quedan decepcionados por las respuestas que reciben que no van en la lógica que ellos han construido y no logran dar el paso por mucho que se les explique. Hay cristianos apegados al cumplimiento de los mandamientos, pero incapaces de entender la novedad del reino que siempre pone al ser humano por encima de la norma y trabaja por la inclusión de todos con lo que eso supone de desprendimiento y compartir de bienes.

Después de este relato se da el diálogo entre Jesús y sus discípulos quienes han sido testigos de lo que sucedió. Según el texto, Jesús miró al hombre rico. Ahora mira a su alrededor donde están sus discípulos y afirma la dificultad para que los ricos entren al reino. No es de extrañar que los discípulos queden sorprendidos y Jesús les continúa explicando con el ejemplo de la dificultad de un camello para pasar por el ojo de una aguja. Sobre este tema se dan diversas interpretaciones de si el camello es una soga gruesa y la aguja una puerta. Eso no es lo importante. Lo que Jesús expresa es la propuesta contracultural que significa el reinado de Dios. Ya no son bendición los muchos bienes sino la solidaridad y la preocupación efectiva por los pobres. Y aunque esto parezca imposible que se entienda por aquellos que han vivido en otro horizonte, Jesús afirma que es posible porque Dios es quien propone este reino y con él, todo es posible.

El texto termina mostrando que los discípulos si han dejado los bienes y están siguiendo a Jesús. Por eso el mismo Jesús reconoce que quien ha dejado todo, recibirá el ciento por uno -es decir mucho más de lo que ha dejado– y, sin duda, la vida eterna que el rico deseaba tanto alcanzar. Pero dos detalles se pueden señalar en esas palabras de Jesús. Si ellos han dejado padre, madre, bienes, recibirán madre y bienes. El texto no habla de padres porque en la familia del reino el único padre es Dios y todos los demás son hermanos y hermanas. En un contexto patriarcal, en un modelo de familia donde la primacía la tiene el padre, la familia del reino no tiene padres, no se establece por jerarquías. No es de extrañar que sea difícil el seguimiento de Jesús porque supone otros valores que contradicen lo que cultural y religiosamente establecido.

El segundo aspecto es que Jesús les advierte de las persecuciones que también implica el seguimiento. Recordemos que Marcos le escribe a una comunidad que está siendo perseguida y la figura de Jesús que resalta es la del Mesías crucificado. Quien sigue a este Mesías no está lejos de ser perseguido como lo fue Jesús.

Este evangelio, por tanto, nos invita a vivir el seguimiento en fidelidad a los valores del reino, sin pretender domesticarlos o acomodarlos a lo establecido. Nos advierte de la dificultad, pero nos invita a la confianza porque quien lo hace posible es Dios mismo para quien todo es posible.

(Foto tomada de: https://redilnorte.org/devocional-marzo-5-de-2019/joven-rico-y-jesus/)

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¿Es mejor que el Sínodo no diga nada en absoluto?

Lunes, 7 de octubre de 2024

IMG_7706La publicación de hoy es del editor en jefe de Bondings 2.0, Robert Shine.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el vigésimo séptimo domingo del Tiempo Ordinario se pueden encontrar aquí.

Las lecturas litúrgicas de hoy ponen fin a una semana difícil para mí.

Las lecturas, en las que leemos que “Dios los hizo hombre y mujer” y que el divorcio está aparentemente prohibido, han sido tan duramente utilizadas contra las personas LGBTQ+ y las personas divorciadas que no tenía muchas ganas de reflexionar sobre ellas.

Esto es particularmente cierto porque, en Roma, fui testigo de cómo la asamblea del Sínodo sobre la Sinodalidad comenzó con una nota decepcionante. Sus líderes, e incluso el Papa Francisco, parecen querer encerrar bajo llave cuestiones consideradas demasiado controvertidas. No es de sorprender que estas incluyan (y tal vez sean principalmente) cuestiones de género y sexualidad.

Persistí en esta reflexión porque confío en que Dios habla a través de las Escrituras y está hablando a través del Sínodo, aunque todavía no entienda bien el mensaje. Hay interpretaciones positivas para la comunidad queer de los mitos de la creación del Génesis que podría haber examinado. Y hay pequeños destellos de esperanza positiva para la comunidad queer en Roma si miro con suficiente atención. Pero decidí usar la lectio divina para orar con el Evangelio como lo hago la mayoría de las mañanas.

Mi práctica de la lectio divina es quizás un poco menos formal de lo que se practica más comúnmente. Leo el pasaje tres veces. En la primera lectura, lo tomo como un todo. En la segunda lectura, estoy atento a lo que me llama la atención del versículo o frase. En la tercera lectura, tomo sólo una palabra y la reflexiono un poco. A veces, me siento un rato con la palabra. A veces, tengo un poco de prisa por la mañana. Tuve la tentación de apresurarme cuando comencé a orar con el Evangelio de hoy.

En mi primera lectura, no podía quitarme de encima la frustración de que Jesús pareciera condenar el divorcio, y en términos tan fuertes. Después de una pausa, en la segunda lectura, surgió una frase que me sorprendió: “ningún ser humano debe separarse”. Las palabras de la misma prohibición que me frustraban eran ahora las que se me quedaron grabadas. Luego leí el Evangelio una tercera vez, y cuando llegué a esta frase, la palabra que permaneció en mi mente fue “no”.

No” no es una gran palabra para un católico. El llamado al discipulado se trata de decir “” a Dios; Los males de la Iglesia provienen, en su mayoría, de decir “no”. Durante tres años, respondí “” a la invitación del Papa Francisco en este viaje sinodal, a menudo con gran entusiasmo y esperanza. En este viaje, traté de decir “” a lo que emergía y a lo que podría ser posible. Me uní a tantos católicos que comprendieron que esta irrupción del Espíritu Santo podría significar un gran avance para la Iglesia. ¿Por qué estaba ahora obsesionado con el “no”? Tal vez era solo una obsesión por una mala semana. Dejé la reflexión a un lado, pensando que mi cabeza estaría más despejada más tarde.

Sin embargo, el “no” se me quedó grabado. Esto es lo que creo que Dios estaba sugiriendo: por mucho que la fe sea un ejercicio de apertura y disposición, a veces necesitamos tener límites claros. Los fieles de todo el mundo han dejado en claro que la inclusión LGBTQ+ es una de sus principales preocupaciones y prioridades. Entonces, si la asamblea del Sínodo de este mes no puede hacer una declaración positiva sobre las personas LGBTQ+ este mes, no debería decir nada en absoluto.

Al defender esta omisión en el informe final, los delegados pro-LGBTQ+ estarían diciendo “no” a la rearticulación de enseñanzas negativas y dañinas, a dar un paso atrás en los logros alcanzados bajo el Papa Francisco y a permitir que un bloque minoritario que se opone tan fervientemente a la igualdad LGBTQ+ sea la voz decisiva.

Como dice el refrán, “Si no tienes nada bueno que decir, mejor no decir nada”.

Homofobia religiosaPara ser claros, un resultado así sería algo decepcionante. Es desgarrador que la Asamblea General del año pasado ni siquiera pudiera incluir a las personas LGBTQ+ por su nombre en su informe final. Es un error que algunos líderes y delegados del Sínodo estén trabajando tan duro para mantener las cuestiones LGBTQ+ fuera de la agenda, especialmente considerando lo prominentes que fueron en las consultas anteriores. Y es una oportunidad perdida no solo para las personas queer y sus aliados, sino para toda la Iglesia Católica.

Pero decir “no” a los falsos compromisos y al lenguaje degradante en la Asamblea podría ser en realidad el “” de la fe. Es cierto que la iglesia global está dividida. Es honesto que las tensiones sobre género y sexualidad no se hayan podido abordar, ni siquiera mediante un proceso tan extenso. Y podría ser constructivo si toda esta verdad y honestidad impulsara a la iglesia a una mayor descentralización, permitiendo que las iglesias locales y regionales avancen a diferentes velocidades.

La asamblea del Sínodo tal vez no pueda lograr los avances que esperamos. Pero, como mínimo, los delegados deberían decir “no” a dar marcha atrás, para que con un vibrante “” podamos seguir adelante en nuestras parroquias, escuelas, congregaciones y ministerios con el verdadero trabajo de inclusión LGBTQ+.

—Robert Shine (él), New Ways Ministry, 6 de octubre de 2024

Fuente New Ways Ministry

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“En defensa de la mujer”. 27 Tiempo Ordinario – B (Marcos 10, 2-16)

Domingo, 6 de octubre de 2024

1109-mateo-15-la-fe-de-la-mujer-cananeaLo que más hacía sufrir a las mujeres en la Galilea de los años treinta del siglo I era su sometimiento total al varón dentro de la familia patriarcal. El esposo las podía incluso repudiar en cualquier momento abandonándolas a su suerte. Este derecho se basaba, según la tradición judía, nada menos que en la ley de Dios.

Los maestros discutían sobre los motivos que podían justificar la decisión del esposo. Según los seguidores de Shammai, solo se podía repudiar a la mujer en caso de adulterio; según Hillel, bastaba que la mujer hiciera cualquier cosa «desagradable» a los ojos de su marido. Mientras los doctos varones discutían, las mujeres no podían elevar su voz para defender sus derechos.

En algún momento, el planteamiento llegó hasta Jesús: «¿Puede el hombre repudiar a su esposa?». Su respuesta desconcertó a todos. Las mujeres no se lo podían creer. Según Jesús, si el repudio está en la ley, es por la «dureza de corazón» de los varones y su mentalidad machista, pero el proyecto original de Dios no fue un matrimonio «patriarcal» dominado por el varón.

Dios creó al varón y a la mujer para que fueran «una sola carne». Los dos están llamados a compartir su amor, su intimidad y su vida entera, con igual dignidad y en comunión total. De ahí el grito de Jesús: «Lo que ha unido Dios, que no lo separe el varón» con su actitud machista.

Dios quiere una vida más digna, segura y estable para esas esposas sometidas y maltratadas por el varón en los hogares de Galilea. No puede bendecir una estructura que genere superioridad del varón y sometimiento de la mujer. Después de Jesús, ningún cristiano podrá legitimar con el evangelio nada que promueva discriminación, exclusión o sumisión de la mujer.

En el mensaje de Jesús hay una predicación dirigida exclusivamente a los varones para que renuncien a su «dureza de corazón» y promuevan unas relaciones más justas e igualitarias entre varón y mujer. ¿Dónde se escucha hoy este mensaje?, ¿cuándo llama la Iglesia a los varones a esta conversión?, ¿qué estamos haciendo los seguidores de Jesús para revisar y cambiar comportamientos, hábitos, costumbres y leyes que van claramente en contra de la voluntad original de Dios al crear al varón y a la mujer?

José Antonio Pagola

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“Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”. Domingo 06 de octubre de 2024. Domingo 27º ordinario

Domingo, 6 de octubre de 2024

54-ordinarioB27 cerezoLeído en Koinonia:

Génesis 2, 18-24: Y serán los dos una sola carne.
Salmo responsorial: 127: Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.
Hebreos 2, 9-11: El santificador y los santificados proceden todos del mismo.
Marcos 10, 2-16: Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

 En la primera lectura nos encontramos con el segundo relato de la creación, que está centrado en la creación del hombre y de la mujer, ambos formados de tierra y aliento divino. Los dos son hechura de Dios, y por lo tanto deberían ser iguales, a pesar de su diversidad. La relación perfecta entre los dos no está garantizada ni escrita en su sangre: es una conquista de la libertad que ellos deben construir. Un proyecto de unidad que compromete la responsabilidad de cada uno.

El autor de la carta a los hebreos nos dice que la pasión y la muerte de Jesús no son fines en sí mismos, sino solamente un camino hacia la resurrección y la salvación plena. Los cristianos no nos podemos quedar contemplando al crucificado del viernes santo, construyendo nuestra vida desde el dolor, el sufrimiento y la muerte. La misma epístola nos dice que el propio Jesús “en los días de su vida mortal presentó, con gritos y lágrimas, oraciones y súplicas, al que lo podía salvar de la muerte”. Esto quiere decir que él mismo luchó por encontrar una alternativa que no estaba sujeta a su voluntad sino a hacer la voluntad del Padre. Estamos en hora de superar todo tipo de devoción que se queda en la contemplación de los sufrimientos y dolores de Jesús y construir nuestra vida cristiana desde la esperanza que nos ofrece la resurrección.

En el evangelio, los fariseos ponen a prueba a Jesús preguntándole qué piensa sobre el divorcio y si era lícito repudiar a una mujer. La respuesta de Jesús es significativa cuando caemos en cuenta de que, tanto en el judaísmo como en el mundo greco-romano, el repudio era algo muy corriente y estaba regulado por la ley. Si Jesús respondía que no era lícito, estaba contra la ley de Moisés. Por eso les devuelve la pregunta y les dice que la ley de Moisés es provisional y que ahora se han inaugurado los tiempos de la plenitud en los que la vida se construye desde un orden social nuevo, en el que el hombre y la mujer forman parte de la armonía y el equilibrio de la creación. La novedad de esta afirmación de Jesús saltaba a la vista; en su interpretación desautorizaba no sólo las opiniones de los maestros de la ley que pensaban que a una mujer se le podía repudiar incluso por una cosa tan insignificante como dejar quemar la comida, sino incluso, relativizaba la misma motivación de la ley de Moisés. Además tiraba por tierra las pretensiones de superioridad de los fariseos, que despreciaban a la mujer, como despreciaban a los niños, a los pobres, a los enfermos, al pueblo. Nuevamente, al defender a la mujer, Jesús se ponía de parte de los rechazados, los marginados, los ‘sin derechos’.

Pero como los discípulos en esto compartían las mismas ideas de los fariseos, no entendieron y, ya en casa, le preguntaron sobre lo que acababa de afirmar. Jesús no explicó mucho más, simplemente les amplió las consecuencias de aquello: “Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra la primera; y lo mismo la mujer: si repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”.

El segundo episodio de nuestro evangelio nos presenta un altercado de Jesús con sus discípulos porque ellos no permiten que los niños se acerquen a Jesús para que él los bendiga. Los discípulos pensaban que un verdadero maestro no se debía entretener con niños porque perdía autoridad y credibilidad. Decididamente algo no era claro en ellos. No acababan de asimilar las actitudes de Jesús ni los criterios del Reino. Y Jesús se enojó con ellos; su paciencia también tenía límites y si algo no toleraba era el desprecio hacia los marginados. Y les dijo con mucha energía: dejen que los niños se me acerquen. ¿Con qué derecho se lo impiden, cuando el Padre ha decidido que su Reinado sea precisamente en favor de ellos? ¿No entienden todavía que en el Reino de Dios las cosas se entienden totalmente al contrario que en el mundo?

Los niños que no pueden reclamar méritos, carecen de privilegios y no tienen poder, son ejemplo para los discípulos, porque están desprovistos de cualquier ambición o pretensión egoísta y por eso pueden acoger el Reino de Dios como un don gratuito. De los que son como ellos es el Reino de Dios, dice Jesús.

Es necesario que nuestra experiencia cristiana sea verdaderamente una realidad de acogida y de amor para todos aquellos que son excluidos por los sistemas injustos e inhumanos que imperan en el mundo. Nuestra tarea fundamental es incluir a todos aquellos que la sociedad ha desechado porque no se ajustan al modelo de ser humano que se han propuesto. Si nos reconocemos como verdaderos seguidores de Jesús, es necesario comenzar a trabajar por la humanidad que a los débiles de este mundo se les ha arrebatado.

Una nota crítica:

Para este tema del evangelio, que centrará hoy la homilía de este domingo en muchas comunidades cristianas, el divorcio, la liturgia propone como primera lectura el relato de la creación del hombre y de la mujer, en el relato del Génesis, lógicamente. Por ser de la Biblia, por ser del Génesis, por ser del relato de la creación… todo pareciera dar a suponer que contiene en sí mismo el fundamento religioso último y máximo de la visión cristiana del matrimonio. Probablemente, en muchas homilías, el relato bíblico se constituirá en la única referencia, en la referencia totalizante y suprema, y se querrá sacar de ella el fundamento integral de la postura actual de la Iglesia sobre el matrimonio. ¿No será eso fundamentalismo?

Hoy ya sabemos que el relato de la «creación» no es un relato científico, de historia natural; más aún: no tiene nada que decir ante lo que la ciencia nos dice hoy sobre el origen de la Tierra, de la Vida, de nuestra especie humana o sobre nuestra sexualidad. El relato no es histórico, no hay que entenderlo como una narración de algo que realmente ocurrió… hoy nadie sostiene lo contrario. En las catequesis bíblicas solemos decir ahora que tenemos que «tratar de captar lo que los autores bíblicos querían decir…», que no era lo que la mera letra dice… En realidad, no se trata ni de eso siquiera, porque los autores bíblicos no escribían para nosotros, ni estaban pensando en un mensaje distinto de lo que leemos.

La verdad es que no deberíamos abandonar una postura de profunda humildad en este campo, porque los cristianos, durante casi toda nuestra historia, hasta hace unos cien años –algo más para los protestantes– hemos estado pensando lo contrario de esto que ahora decimos. Hemos estado pensando que eran textos históricos, que había que entender al pie de la letra y que había que creerlos ciegamente, y que su contenido era real, e incluso «más que científico, estaba por encima de la ciencia» (la ciencia no podría contradecirlos): porque eran textos directamente divinos, revelados, y por tanto dogmáticos. Hace apenas 100 años el Pontificio Instituto Bíblico, la máxima autoridad oficial católico-romana, condenó taxativamente a quienes pusieran en duda el «carácter histórico» de los once primeros capítulos del Génesis… y en todo el conjunto de la Iglesia se pensaba así, desafiando arrogantemente a la ciencia.

Durante siglos, durante más de un milenio, el texto del relato de la creación que hoy leemos ha sido utilizado para justificar directa o indirectamente el androcentrismo, o sea, la inferioridad de la mujer, creada «en segundo lugar», y «de una costilla de Adán». Más aún: durante más de dos mil años –y aún hoy, para la mayor parte de la civilización occidental– este texto ha justificado el antropocentrismo, el mirar y entender la realidad toda como puesta al servicio de este ser diferente, superior a todos los demás, «sobre-natural», que sería el ser humano, poniéndolo todo bajo «el valor absoluto de la persona humana», a cuyo servicio y bajo cuyo dominio habría puesto Dios toda la «creación», con el mandato de explotar omnímodamente la naturaleza: «crezcan y multiplíquense, y dominen la Tierra»…

Desde hace medio siglo un coro reciente y creciente de científicos y humanistas achacan a los textos bíblicos la minusvaloración y el desprecio que la tradición cultural occidental ha sentido y ejercido sobre la naturaleza, hasta provocar la actual crisis ambiental que nos ha puesto al borde del colapso y amenaza con colapsar efectivamente.

Viene todo esto a decir que hoy no podemos deducir directamente de los textos bíblicos nuestra visión de los problemas humanos -matrimonio y divorcio incluidos-, como si la construcción de nuestra visión moral y humana dependiera de unos textos que en buena parte contienen las experiencias religiosas de unos pueblos nómadas del desierto hace unos tres mil años… Sería bueno que los oyentes de las homilías supieran discernir con sentido crítico la dosis de fundamentalismo que algunas de nuestras construcciones morales clásicas pueden contener. Sería todavía mejor que los autores de las homilías incorporaran a sus contenidos esta visión crítica y esta superación del fundamentalismo. Debemos salir del bibliocentrismo: no podemos vivir encerrados en un libro, con toda nuestra perspectiva, categorías y normas sometidas al limitado alcance cultural de un libro de hace varios milenios… Si queremos buscar las palabras más profundas que puedan iluminarnos, debemos buscarlas también y sobre todo en la Realidad, en la Naturaleza, en el libro del cosmos, de la Vida y de nuestra propia misteriosa naturaleza…

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6.10.24. Iglesia es familia: curar padres; abrazar, bendecir y empoderar niños (Dom 27 TO, Mc 10, 13-16)

Domingo, 6 de octubre de 2024

la-familia-en-la-bibliaDel blog de Xabier Pikaza:

Le acercaban niños para que los tocara, pero los discípulos les regañaban. Al verlo, Jesús se enfadó y les dijo: “Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el reino de Dios como un niño, no entrará en él.” Y los abrazaba y los bendecía (empoderaba) imponiéndoles las manos.

Esta postal consta de dos partes. (a) Tres milagros de niños sin nombre, a quienes Jesús curando a sus padres (archisinagogo, cananea, hombre de poca fe). (b) Una iglesia  que abraza, bendice, e impone sus manos (concede autoridad) a los niños (. El texto base está tomado de La Familia en la Biblia

Situar el tema

 Jesús no ha insistido en la fecundidad de la mujer (en su tarea de madre), ni ha desarrollado que se sepa el primer mandamiento de Gen 1, 27: “Creced,  multiplicaos, llenad la tierra…».  Le interesan los niños en sí, necesitados de ayuda para vivir y así, por ellos, ha destacado el aspecto “natal” de la existencia, el hecho de que todos dependemos unos de los otros, especialmente los niños, un elemento esencial de su mensaje.

No insiste en  problemas muy “actuales” (concepción y embarazo, control de natalidad y aborto…), sino en los niños ya nacidos como tarea básica de la comunidad cristiana. Lógicamente, su mensaje ha de entenderse desde su proyecto general de Reino y desde la situación actual de la familia, en el centro de una gran paradoja.  Desde fondo quiero ofrecer  en esta postal un pequeño evangelio de los niños, centrado en dos motivos importantes de los evangelio, en especial del de Marcos

1.TRES MILAGROS. EL PROBLEMA ON LOS PADRES, NO LOS NIÑOSArchisinagogo con hija (Mc 5, 21-42)

            Es un hombre importante del sistema socio-religioso, tiene una hija enferma, y no encuentra manera de curarla. Por eso acude a Jesús pidiéndole ayuda

Enfermedad de familia. Es un archi-sinagogo (como un arzi-obispo). Dirige la sinagoga famosa de Cafarnaúm, pero no puede curar/educar a su hija que al descubrirse mujer, con el primer flujo de sangre, doce años, parece apagarse y morir, como diciendo que no tiene sentido madurar a la vida (sometimiento) de mujer en aquellas circunstancias.

Son muchas las niñas/mujeres que han sufrido y sufren al llegar a esa edad, dominadas bajo un gran trastorno personal y de familia. Es normal que sientan la condición y exigencia de su cuerpo, diferente ya y diferenciado, preparado para el amor y la maternidad, pero amenazado por un duro control familiar y una ley de varones (padres y hermanos, vecinos y posibles esposos) que especulan sobre ellas, convirtiéndolas en rica y frágil mercancía. Se descubren objeto del deseo de unos hombres que quizá no las respetan, ni escuchan, y así responden de la única forma que pueden, enfermando, a no ser que alguien les conceda fuerza para vivir.

Parece que esta niña, hija del archisinagogo, no se atreve a recorrer la travesía de su feminidad amenazada, dentro desu familia y de su entorno. Es víctima de su condición de mujer, y se siente condenada por el fuerte deseo de posesión de los varones (machos) y por la dura ley sacral de una sociedad que le convierte en víctima sumisa de las leyes de pureza y de los miedos, de los planes y violencias de los otros (varones, representantes de la ley de familia). Hasta ahora podía haber sido feliz, niña en la casa, hija de padres piadosos (sinagogos), resguardada y contenta en el mejor ambiente. Pero, al hacerse  mujer, se descubre moneda de cambio, objeto de deseos, miedos, amenazas, represiones.

  Le han bastado doce años. Ha madurado de pronto,  con la primera menstruación, en la escuela de la feminidad amenazada, y en ese momento descubre (conoce con su cuerpo y/o su alma) lo que significa ser mujer en esa circunstancia, padeciendo en su cuerpo adolescente (que debía hallarse  resguardado en su casa familiar), un tipo de terror que sufren de manera especial las mujeres amenazadas: hemorroísas, leprosas… Por su misma condición  de niña hecha mujer empieza a vivir amenazada por la muerte.

Según Marcos, la sinagoga/iglesia era el lugar donde se escondía el demonio del poseso (Mc 1, 21-28), y donde el sábado importaba más que la salud del hombre de la mano seca (3, 1-6)… Lógicamente, el Archisinagogo parecía tener todo lo bueno y, sin embargo, no podía acompañar a su hijaen la travesía de su maduración como mujer; animaba a su  comunidad, pero tenía que matar o dejar morir (como nuevo Jefté, cf. Jc 11) a su hija.

La niña tendría que haber sido feliz, deseando madurar para casarse con otro archisinagogo como su padre, repitiendo así la historia de su madre y de las mujeres “limpias”, envidiadas, de la buena comunidad judía. Pero a los doce años, edad en la que debían empezar a cumplirse sus sueños de vida, ella renuncia. No acepta este tipo de existencia, y no tiene medios o capacidad  para optar por un camino diferente; no le queda más salida que la muerte. Y de esa forma, de un modo quizá inconsciente, “decide” vitalmente morir, en gesto callado de autodestrucción, sometida a un tipo de enfermedad que, por la palabra final de Jesús (¡dadle de comer!: 5, 43), parece tener rasgos de anorexia.

Esta es signo (paradigma) de miles y millones de adolescentes que empiezan a ser mujeres padeciendo  un tipo de enfermedad vinculada con el ser mujer en estas circunstancias, niñas con miedo, amenazadas por un tipo de sociedad violenta, llena de violaciones y opresiones.

La escena nos introduce en el centro de una crisis de familia que se manifiesta y estalla en su miembro más débil, que es la hija. No sabemos nada de la madre (que aparece sólo hacia el final: Mc 5,40), aunque podemos imaginar que sufre con la hija, identificándose con ella (pues en aquel contexto social había una simbiosis quizá más fuerte que hoy entre madres e hijas). El drama está representado por el padre, que puede presidir la sinagoga (ser jefe de comunidad) pero que resulta incapaz de ofrecer compañía, palabra y ayuda a su hija. Por eso, como va indicando paso a paso el evangelio de Marcos, el verdadero milagro (para curación de la hija) será la conversión del padre, que deberá creer y  transformarse por el testimonio de la hemorroísa, para acoger y educar a la hija.

Terapia de familia, análisis del “milagro”. Leído en ese fondo, el texto ofrece una terapia de padre (familia), semejante a la de Mc 9, 14-29 (pasaje del que hablaremos más tarde). La niña cerrada en sí no tiene fuerzas, no puede superar el muro que eleva en torno de ella el entorno social, de manera que por sí misma no puede curarse, a no ser que cambie el entorno, es decir su padre, el jefe judío de la sinagoga, a quien podemos ver como representante de muchos padres que, buscando su propia seguridad, siguen dejando de hecho que sus hijos/as mueran o se destruyan, incapaces de encontrar familia.

 ‒ Enferma la hija (thygatrion) y su padre  va en busca de Jesús para pedirle que la cure (Mc 5, 22-24b).  Tiene doce años  y sin embargo el texto la presenta por dos veces como niña (paidion, korasion: 5, 40-41) que  acentúa su rasgo infantil, presexuado. Es como si no quisiera madurar y hacerse mujer,  de manera que intenta quedarse fijada en la infancia. Precisamente porque eso es imposible, y porque no puede resolver su situación, ella se va muriendo. Como representante de una estructura social y religiosa que es incapaz de ofrecer  vida a su hija, este Archisinagogo busca a Jesús, pidiendo que le imponga las manos para que se salve (5, 23). Este hombre habita, según eso, en un espacio de contradicción, siendo causa de enfermedad y muerte para su niña, pero, como presintiendo su culpa, va hacia Jesús para pedirle su ayuda.

Jesús viene y entra en la habitación de la niña con su padre y su madre (5, 37-40  Jesús toma consigo además a tres  discípulos varones (Pedro, Santiago y Juan: 5, 37).  No van como curiosos, ni están allí de adorno. Son miembros de la comunidad  o  familia mesiánica (cristiana) que ofrece espacio de maduración y garantía de solidaridad a la niña que se hace mujer. Significativamente son varones, pero llegan a la casa con Jesús como seres humanos  (respetuosos, no dominadores), para entrar en la habitación de una niña enferma que, según se dice, probablemente ha muerto, está muriéndose, por miedo a crecer entre los hombres. Superando un tipo de sinagoga donde la niña parece condenada a morir, encontrarnos aquí una familia cambiada, un padre y una madre que desean compartir una esperanza de vida con la niña, en medio de un grupo de discípulos que pueden ofrecer un espacio de madurez solidaria, es decir, de Iglesia. En ese nivel, la niña no es  judía ni cristiana, en clave confesional,  sino simplemente una persona que empieza a vivir como mujer, en compañía de los padres y de los discípulos que entran en su habitación y son testigos del gesto Jesús, que le agarra por la mano le dice que se levante.
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El problema del divorcio y la bendición de los niños. Domingo XXVII. Ciclo B

Domingo, 6 de octubre de 2024

divorcioDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La formación de los discípulos, a la que Marcos dedica la segunda parte de su evangelio, abarca aspectos muy diversos y no se atiene a un orden lógico. Si el domingo pasado se habló de amigos y enemigos, y del problema del escándalo, el evangelio de hoy se centra en el divorcio. El relato contiene dos escenas: en la primera, los fariseos preguntan a Jesús si se puede repudiar a la mujer y reciben su respuesta (2-9); en la segunda, una vez en la casa, los discípulos insisten sobre el tema y reciben nueva respuesta (10-12).

 Los fariseos y Jesús

 Desde allí se encaminó al territorio de Judea al otro lado del Jordán. De nuevo concurrió a él la gente y, según su costumbre, los enseñaba. 2Se acercaron unos fariseos y, para ponerlo a prueba, le preguntaron:

            ‒ ¿Puede un hombre repudiar a su mujer?

                Les contestó:

            ‒ ¿Qué os mandó Moisés?

                Respondieron:

            ‒ Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla.

                Jesús les dijo:

            ‒ Porque sois obstinados escribió Moisés semejante precepto. Pero al principio de la creación Dios los hizo hombre y mujer, y por eso abandona un hombre a su padre y a su madre, se une a su mujer, y los dos se hacen una carne. De suerte que ya no son dos, sino una sola carne. Pues lo que Dios ha juntado que el hombre no lo separe.

La pregunta de los fariseos resulta desconcertante, porque el divorcio estaba permitido en Israel y ningún grupo religioso lo ponía en discusión. Desde antiguo se admite, como en otros pueblos orientales, la posibilidad del divorcio. Más aún, la tradición rabínica piensa que el divorcio es un privilegio exclusivo de Israel. El Targum Palestinense (Qid. 1,58c, 16ss) pone en boca de Dios las siguientes palabras: «En Israel he dado yo separación, pero no he dado separación en las naciones»; tan sólo en Israel «ha unido Dios su nombre al divorcio».

            La ley del divorcio se encuentra en el Deuteronomio, capítulo 24,1ss donde se estipula lo siguiente: «Si uno se casa con una mujer y luego no le gusta, porque descubre en ella algo vergonzoso, le escribe el acta de divorcio, se la entrega y la echa de casa…»

Un detalle que llama la atención en esta ley es su tremendo machismo: sólo el varón puede repudiar y expulsar de la casa. Pero la ley es conocida y admitida por todos los grupos religiosos. A la pregunta de los fariseos cualquier judío piadoso habría respondido: sí, el hombre puede repudiar a su mujer.

Sin embargo, Jesús, además de ser un judío piadoso, se muestra muy cercano a las mujeres, las acepta en su grupo, permite que le acompañen. ¿Estará de acuerdo con que el hombre repudie a su mujer? Así se comprende el comentario que añade Mc: le preguntaban «para ponerlo a prueba». Los fariseos quieren poner a Jesús entre la espada y la pared: entre la dignidad de la mujer y la fidelidad a la ley de Moisés. En cualquier opción que haga, quedará mal: ante sus seguidoras, o ante el pueblo y las autoridades religiosas.

divorcioLa reacción de Jesús es tan atrevida como inteligente. Porque él también va a poner a los fariseos entre la espada y la pared: entre Dios y Moisés. Empieza con una pregunta muy sencilla que se puede volver en contra suya: “¿Qué os mandó Moisés?” Y luego contraataca, distinguiendo entre lo que escribió Moisés en determinado momento y lo que Dios proyectó al comienzo de la historia humana.

En el Génesis, Dios no crea a la mujer para torturar al varón (como en el mito griego de Pandora), sino como un complemento íntimo, hasta el punto de formar una sola carne. En el plan inicial de Dios, no cabe que el hombre abandone a su mujer; a quienes debe abandonar es a su padre y a su madre, para formar una nueva familia.

Las palabras de Génesis 1,27 sugieren claramente la indisolubilidad: el varón y la mujer se convierten en un solo ser. Pero Jesús refuerza esa idea añadiendo que esa unión la ha creado Dios; por consiguiente, «lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre». Jesús rechaza de entrada cualquier motivo de divorcio.

La aceptación posterior del repudio por parte de Moisés no constituye algo ideal, sino que se debió a «vuestro carácter obstinado». Esta interpretación de Jesús supone una gran novedad, porque sitúa la ley de Moisés en su contexto histórico. La tendencia espontánea del judío era considerar toda la Torá (el Pentateuco) como un bloque inmutable y sin fisuras. Algunos rabinos condenaban como herejes a los que decían: «Toda la Ley de Moisés es de Dios, menos tal frase». Jesús, en cambio, distingue entre el proyecto inicial de Dios y las interpretaciones posteriores, que no tienen el mismo valor e incluso pueden ir en contra de ese proyecto.

Los discípulos y Jesús

Entrados en casa, le preguntaron de nuevo los discípulos acerca de aquello. El les dice:

            ‒ Quien repudia a su mujer y se casa con otra comete adulterio contra la primera. Si ella se divorcia del marido y se casa con otro, comete adulterio. 

            Esta escena saca las conclusiones prácticas de la anterior, tanto para el varón como para la mujer que se divorcian. Las palabras: Si ella se divorcia del marido y se casa con otro, comete adulterio, cuentan con la posibilidad de que la mujer se divorcie, cosa que la ley judía solo contemplaba en el caso de que la profesión del marido hiciese insoportable la convivencia, como era el caso de los curtidores, que debían usar unos líquidos pestilentes. En cambio, la legislación romana sí admitía que la mujer pudiera divorciarse. Por eso, algunos autores ven aquí un indicio de que el evangelio de Marcos fue escrito para la comunidad de Roma. Aunque en los cinco primeros siglos de la historia de Roma (VIII-III a.C.) no se conoció el divorcio, más tarde se introdujo.

Reflexión final

            Cada vez que se lee este evangelio en la misa, donde los matrimonios que participan no están pensando en divorciarse, y las religiosas no pueden hacerlo, cabe pensar que podría haber sido sustituido por otro. Sin embargo, la realidad del divorcio se ha difundido tanto en los últimos años, y afecta de manera tan directa a muchas familias cristianas, que es bueno recordar el ideal propuesto por el Génesis de la compenetración plena entre el varón y la mujer. Hay motivos para dar gracias a Dios los que siguen unidos y para pedir por los que se hallan en crisis y por los que han emprendido una nueva vida.

 

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Domingo XXVII del Tiempo Ordinario. 06 de octubre de 2024

Domingo, 6 de octubre de 2024

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Al verlo, Jesús se enfadó”.

(Mc 10, 2-16)

El evangelio de hoy viene con un paréntesis. Hay un texto entre paréntesis que puede omitirse por razones pastorales. Sucede en más de una ocasión y es cierto que a veces el texto es muy largo pero en lugar de quitarle al evangelio podríamos acortar homilías…

Nos racionan el evangelio igual que la comunión. Las formas con las que comulgamos se parecen poco al pan que se come en una cena.

Sea como sea cuesta creer que exista alguna razón pastoral por la cual haya que omitir estos tres versículos de hoy, en un evangelio que, por otra parte, es corto.

Es cierto que parece que habla de dos temas que no tienen nada que ver. Por un lado, la obstinación de los varones con el divorcio. Por el otro, los niños que se acercan a Jesús.

Lo que hay de fondo es lo mismo: exclusión. Los varones (los judíos y los discípulos) están a favor de excluir a las mujeres, dejarlas fuera. Y los discípulos también quieren dejar fuera a los niños. Excluirlos. Impedir que toquen a Jesús.

Es la tentación del poder que nos hace creer que solo un pequeño grupo, o una sola persona es la que conoce y sabe lo que es mejor para todas las demás. A más poder, mayor tentación. Y cuántos más años se ostenta el poder más nos aliamos con él. Hasta el punto de volvernos ciegas a nuestras propias injusticias.

Todos los poderes son peligrosos pero quizá el peor de todos es el poder “religioso” que en último término nos hace creer que nuestro punto de vista es la voluntad de Dios.

Jesús no se cansó de advertirnos en este sentido: No llaméis Padre…”, “escoged el último puesto”, “el que quiera ser el primero… Nos sabemos de memoria las palabras de Jesús, pero aun así caemos una y otra vez.

Es muy complicado ser hermanas y hermanos, siempre buscamos algo que nos coloque en un escalafón diferente. “Que si yo llevo ya muchos años”, “que si a mí me han encargado esto…” Nos guste o no todos tenemos dentro el virus de la exclusión y más activo de lo que queremos reconocer.

Tan familiar que ni lo vemos y todos sus efectos nos parecen razonablemente justificables. Lo que en otras personas apuntamos como pecado, racismo o exclusión, cuando está en nuestro “haber” le cambiamos el nombre. Si negamos información a alguien es para su bien o por el bien de una tercera persona. Cuando no escuchamos a alguien es porque no sabe del tema.

Nuestra empatía no es tan amplia y acogedora como nos gustaría y lo más fácil es “culpar” al otro, como hacían los varones al excluir a las mujeres o como hacían los discípulos al excluir a los niños.

Oración

Trinidad Santa, no permitas que ande buscando piedras con las que castigar a las demás cuando mi pecado es el mismo. Amén.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa 

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Si hay verdadero amor, el matrimonio es indestructible.

Domingo, 6 de octubre de 2024

Matrimonios GaysDOMINGO 27º (B)

Mc 10, 2-16

Seguimos en el contexto de subida a Jerusalén y la instrucción a los discípulos. La pregunta de los fariseos, tal como la formula Marcos, no es verosímil. El divorcio estaba admitido por todos. Lo que se discutía eran los motivos que podían justificar un divorcio. En el texto paralelo de Mateo dice: ¿Es lícito repudiar a la mujer por cualquier motivo? Esto sí tiene sentido, porque lo que buscaban los fariseos era meter a Jesús en la discusión de escuela.

En tiempo de Jesús el matrimonio era un contrato entre familias. Ni el amor ni los novios tenían nada que ver con el asunto. La mujer pasaba de ser propiedad del padre a ser propiedad del marido. El divorcio era renunciar a una propiedad que solo podía hacer el propietario, el marido. No debemos pretender encontrar respuestas a los problemas del matrimonio de hoy en soluciones que se dieron hace dos mil años. Las relaciones matrimoniales y familiares han cambiado drásticamente y necesitan soluciones nuevas.

No podemos hablar hoy de matrimonio sin hablar de sexualidad; y no podemos hablar de sexualidad sin hablar del amor y de la familia. Son los cuatro pilares donde se apoya una verdadera humanidad. Es la situación social que más puede afectar al progreso de lo específicamente humano; debemos aprovechar al máximo los conocimientos de las ciencias humanas y no quedarnos anclados en visiones arcaicas, por muy espirituales que parezcan.

El matrimonio es el estado natural de un ser humano adulto. En el matrimonio se despliega el instinto más potente del hombre. Todo ser humano es por su misma naturaleza sexuado. Bien entendido que la sexualidad es algo mucho más profundo que unos atributos biológicos externos. ¡Cuánto sufrimiento se hubiera evitado y se puede evitar aún si se tuviera esto en cuenta! La sexualidad es una actitud vital instintiva que lleva al individuo a sentirse varón o mujer y le permite desplegar la naturaleza característica de cada sexo.

La base fundamental de un matrimonio está en una adecuada sexualidad. Un verdadero matrimonio debe sacar todo el jugo posible de esa tendencia, humanizándola al máximo. La plenitud humana consiste en la posibilidad de darse al otro y ayudarle a ser él, sintiendo que en ese darse, encuentra su propia plenitud. En esta posibilidad de humanización no hay límites. Es verdad que tampoco los hay al utilizar la sexualidad para deshumanizarse. La línea divisoria es tan sutil que la mayoría de los seres humanos no llegan a percibirla.

Lo importante no es el acto sino la actitud de cada persona. Siempre que se busca por encima de todo el bien del otro y es expresión de verdadero amor, la sexualidad humaniza a ambos. Siempre que se busca en primer lugar el placer personal, utilizando al otro como instrumento, deshumaniza. El matrimonio no es un estado en que todo está permitido. Estoy convencido de que hay más abusos sexuales dentro del matrimonio que fuera de él.

Hoy no tiene sentido hablar de matrimonio sin dejar claro lo que es el amor. Si una relación de pareja no está fundamentada en el verdadero amor, no tiene nada de humana. Pero lo complicado es aquilatar lo que queremos decir con amor. Es una palabra tan manoseada que es imposible adivinar lo que queremos decir con ella en cada caso. Al más refinado de los egoísmos, que es aprovecharse de lo más íntimo del otro, también le llamamos amor.

El afán de buscar el beneficio personal arruina toda posibilidad de unas relaciones humanas. Esta búsqueda de otro, para satisfacer mis necesidades, anula todas las posibilidades de una relación de pareja. Desde la perspectiva hedonista, la pareja estará fundamentada en lo que el otro me aporta, nunca en lo que yo puedo darle. La consecuencia es nefasta: las parejas solo se mantienen mientras se consiga un equilibrio de intereses mutuos.

Esta es la razón por la que más de la mitad de los matrimonios se rompen, sin contar los que hoy ni siquiera se plantean una unión estable, sino que se conforman con sacar en cada instante el mayor provecho de cualquier relación personal. Desde estas perspectivas, por mucho que sea lo que una persona me está dando, en cualquier momento puedo descubrir a otra que me puede dar más. Ya no tendré motivos para seguir con la primera. También puede darse el caso de encontrar otra persona que, dándome lo mismo, me exige menos.

El amor consiste en desplegar la capacidad de darse sin esperar nada a cambio. No tiene más límites que los que ponga el que ama. Aquel a quien se ama no puede poner los límites. Pero la superación del falso yo y el descubrimiento de mi auténtico ser es limitado y debemos reconocerlo. Debemos tomar conciencia clara de cuál es la diferencia entre el servicio y el servilismo. Jesús dijo que tan letal es el someter al otro como dejarse someter. Si la pareja ha superado mi capacidad de aguante, debo evitar que me someta y aniquile.

Desde nuestro punto de vista cristiano, tenemos un despiste monumental sobre lo que es el sacramento. Para que haya sacramento, no basta con ser creyente e ir a la iglesia. Es imprescindible el mutuo y auténtico amor. Con esas tres palabras, que he subrayado, estamos acotando hasta extremos increíbles la posibilidad real del sacramento. Un verdadero amor es algo que no debemos dar por supuesto. El amor no es puro instinto, no es pasión, no es interés, no es simple amistad, no es el deseo de que otro me quiera. Todas esas realidades son positivas, pero no son suficientes para el logro de una mayor humanidad.

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Cuando decimos que el matrimonio es indisoluble, nos estamos refiriendo a una unión fundamentada en un amor auténtico, que puede darse entre creyentes o no creyentes. Puede haber verdadero amor humano-divino aunque no se crea explícitamente en Dios, o no se pertenezca a una religión. Es impensable un auténtico amor si está condicionado a un limitado espacio de tiempo. Un verdadero amor es indestructible. Si he elegido una persona para volcarme con todo lo que soy y así desplegar mi humanidad, nada me podrá detener.

El divorcio, entendido como ruptura del sacramento, es una palabra vacía de contenido para el creyente. La Iglesia hace muy bien en no darle cabida en su vocabulario. No es tan difícil de comprender. Solo si hay verdadero amor hay sacramento. La mejor prueba de que no existió auténtico amor, es que en un momento determinado se termina. Es frecuente oír hablar de un amor que se acabó. Ese amor, que ha terminado, ha sido siempre un falso amor, es decir, egoísmo que solo pretendía el provecho personal interesado y egoísta.

Los seres humanos nos podemos equivocar, incluso en materia tan importante como esta. ¿Qué pasa, cuando dos personas creyeron que había verdadero amor y en el fondo no había más que interés recíproco? Hay que reconocer sin ambages que no hubo sacramento. Por eso la Iglesia solo reconoce la nulidad, es decir, una declaración de que no hubo verdadero sacramento. Y no hacer falta un proceso judicial para demostrarlo. Es muy sencillo si en un momento determinado no hay amor, nunca hubo verdadero amor y no hubo sacramento.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El amor conyugal.

Domingo, 6 de octubre de 2024

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Mc 10, 2-16

«Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre»

Jesús, como siempre, va mucho más allá de la pregunta planteada: «¿Le es lícito a un hombre divorciarse de su mujer? … Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre» … Dios une en el amor, y el amor conyugal es probablemente la experiencia que más nos acerca a Dios; su mejor reflejo; lo que más nos ayuda a intuir su esencia. Es por ello que esta unión siempre se ha considerado un sacramento, es decir, un hito excepcional en el encuentro con Dios.

Tradicionalmente hemos caído en el error de pensar que Dios une por medio del sacerdote y a través del rito matrimonial, pero la unión ya existía desde mucho antes de llegar a la ceremonia; la ceremonia es sólo el signo, el sacramento es la vida en común de los esposos.

Pero esa unión que proclama el oficiante puede ser, o no, obra de Dios. Si la unión está basada en el amor es obra de Dios y es indisoluble; el hombre no puede separarla porque es mucho más fuerte que él. Pero el amor no es el único vínculo que lleva a una pareja al pie del altar, pues las hay que llegan unidas por el dinero, la conveniencia social, los intereses familiares o la mera atracción física…  y no parece que Dios haya tenido mucho que ver en ellas, y podrán ser efímeras.

Por otra parte, no todo lo que parece amor es amor. Muchas parejas se casan muy enamoradas y luego fracasan, y la causa está en que el enamoramiento se parece mucho al amor, pero no es amor. El enamoramiento es pasión, y las pasiones nos convierten en personas pasivas; inermes ante ellas. El amor es esencialmente acción, lo que significa que el salto del uno al otro requiere esfuerzo, trabajo, respeto y compromiso… No es gratis, pero cuando se logra, todo el esfuerzo parece poco.

Sabemos que nuestro amor es verdadero cuando se manifiesta en el deseo de la felicidad del otro; en sentirse bien si el otro está bien aun cuando esto suponga un sacrificio propio. Porque amar es básicamente dar, no recibir. La esfera más importante del dar es el dar de sí mismo y cuando se da así, no se puede dejar de recibir; de hacer de la otra persona un dador, y compartir ambos la alegría de lo que han creado (Erich Fromm).

Un último apunte. La Iglesia se basa en el texto del evangelio de hoy para defender a ultranza el ideal del matrimonio indisoluble basado en el amor. Y es un ideal admirable que se funda en una de las manifestaciones humanas más positivas y humanizadoras como es el amor conyugal. Pero un ideal es un ideal, y no es bueno convertirlo en una exigencia que condene a los cónyuges fallidos a una convivencia imposible, o cuya quiebra lleve consigo el rechazo de la Iglesia hasta el punto (al que se llegó) de negar los sacramentos a personas que se sentían necesitadas de ellos.

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Igualdad del hombre y la mujer.

Domingo, 6 de octubre de 2024

pictures-of-jesus-mary-martha-1104492-galleryNO VIVIMOS EL PLAN DE DIOS DESDE LA CREACIÓN Y ASÍ NOS VA

Vaya por delante que es únicamente por el compromiso adquirido con Fe Adulta de comentar la liturgia de este domingo, que me dispongo a escribir unas letras porque si por mí fuera, no gastaría ni tinta ni esfuerzo en comentar unas lecturas en las que tenemos que emplear un montón de tiempo en explicar lo que no quieren decir, y entresacar el auténtico mensaje de liberación y de vuelta a los orígenes al principio de la Creación.

Por eso, resulta muy doloroso, y quienes establecen los textos bíblicos para las lecturas litúrgicas tendrían que saberlo, volver una y otra vez a escuchar esos pasajes que no nos proporcionan un juicio moral de Jesús ante situaciones como el divorcio, porque ese no era en ningún momento su propósito, y sin embargo nos vuelven a recordar que no vivimos el ideal por el que fuimos creados: la igualdad, la mutualidad, la complementación entre los sexos.

La cuestión del evangelio del domingo se centra en la pregunta con doble intención por parte de los fariseos a Jesús sobre si le está permitido al marido repudiar a la mujer. ¿Por qué le hacen esa pregunta si saben que la ley mosaica lo permite? ¿Qué quieren, que Jesús diga que no, y “pillarle” contradiciendo la ley de Dios dada a Moisés?

Para darles respuesta Jesús se remonta al Génesis (parte del texto que se nos presenta como primera lectura de la liturgia de hoy) Gn 2: 18-24. “Dios los hizo varón y hembra por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y serán los dos un solo ser; de modo que ya no son dos, sino un solo ser”.

Por lo obstinados que sois”… les dice Jesús os dejó escrito Moisés ese mandamiento. El plan de Dios era otro muy distinto…pero el egoísmo, la búsqueda de placer instantáneo, la falta de compromiso real en una relación de amor maduro lleva a “destrozar” la vida de tantas mujeres que a lo largo de la historia han sido y siguen siendo tratadas como objetos.

Jesús, con su predicación del Reino de Dios, cimienta las relaciones humanas en el amor, en el entendimiento mutuo, en el respeto y en el servicio bien entendido. Precisamente Jesús nos presenta a un Dios Abba que está por encima de la ley y los preceptos: la ley mata, el espíritu da vida.

Resulta imposible reconciliar el Dios ley y el Dios Abba de Jesús. Son dos lenguajes tan diferentes, dos experiencias tan distintas que solo pueden llevar al conflicto.

¿Buscamos en Jesús respuestas a cuestiones concretas que tienen que ver con las decisiones morales? Jesús apela a nuestra conciencia, a nuestra dignidad, de manera personal. No hay una ley que aplique a todos los casos por igual.

Y además, ¿cómo vamos a entender esa pregunta hoy cuando en aquellos tiempos la mujer era vista como propiedad del marido, su alianza de matrimonio era algo acordado entre dos varones: él y el padre de la novia? Se podía deshacer de ella como quien se deshace de algo que ya no le sirve. ¿Cómo podemos usar este texto para decir que en nuestra religión no aceptamos el divorcio? ¿Tenía entonces la mujer alguna posibilidad de romper el compromiso con su marido?

Recientemente, ante la noticia de la vuelta de los talibanes al gobierno de Afganistán después de tantos años de guerra, el mundo occidental se ha puesto en pie y reaccionamos entre otras cosas a su “maltrato y abuso” de las mujeres.

Las mujeres estamos cansadas de tener que defender nuestros derechos con respecto a los varones en múltiples áreas de nuestras vidas y cómo no, en la iglesia católica. Sí, puntualizo en la iglesia católica, porque otras iglesias cristianas hace tiempo que se han dado cuenta de que el patriarcado ha dominado durante demasiados siglos nuestras culturas y también ¡cómo no!, nuestra manera de hacer iglesia. No es que otras comunidades lo tengan ya todo conseguido, pero desde luego sus decisiones responden más a los signos de los tiempos que las nuestras.

No podemos admitir en pleno siglo XXI que las mujeres sigamos sufriendo el “dominio” de los varones. Sin embargo, nos deberíamos preguntar en nuestras comunidades cristianas, ¿cómo vivimos la igualdad, la mutualidad, la paridad entre mujeres y hombres? ¿Se hace real el mensaje de Jesús de liberación de cargas culturales, religiosas, tradiciones en lo que se refiere a los ministerios, las tomas de decisiones? LAS MUJERES DECIMOS QUE NO. El plan de Dios desde el principio de la creación no lo vivimos… y así nos va.

Carmen Notario, SFCC

Fuente espiritualidadintegradoracristiana.es

Fuente Fe Adulta

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