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“La madre”. Santa María, Madre de Dios – A (Lucas 2,16-21)

Miércoles, 1 de enero de 2020

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A muchos puede extrañar que la Iglesia haga coincidir el primer día del nuevo año civil con la fiesta de Santa María Madre de Dios. Y, sin embargo, es significativo que, desde el siglo IV, la Iglesia, después de celebrar solemnemente el nacimiento del Salvador, desee comenzar el año nuevo bajo la protección maternal de María, Madre del Salvador y Madre nuestra.

Los cristianos de hoy nos tenemos que preguntar qué hemos hecho de María estos últimos años, pues probablemente hemos empobrecido nuestra fe eliminándola demasiado de nuestra vida.

Movidos, sin duda, por una voluntad sincera de purificar nuestra vivencia religiosa y encontrar una fe más sólida, hemos abandonado excesos piadosos, devociones exageradas, costumbres superficiales y extraviadas.

Hemos tratado de superar una falsa mariolatría en la que, tal vez, sustituíamos a Cristo por María y veíamos en ella la salvación, el perdón y la redención que, en realidad, hemos de acoger desde su Hijo.

Si todo ha sido corregir desviaciones y colocar a María en el lugar auténtico que le corresponde como Madre de Jesucristo y Madre de la Iglesia, nos tendríamos que alegrar y reafirmar en nuestra postura.

Pero ¿ha sido exactamente así? ¿No la hemos olvidado excesivamente? ¿No la hemos arrinconado en algún lugar oscuro del alma junto a las cosas que nos parecen de poca utilidad?

Un abandono de María, sin ahondar más en su misión y en el lugar que ha de ocupar en nuestra vida, no enriquecerá jamás nuestra vivencia cristiana, sino que la empobrecerá. Probablemente hemos cometido excesos de mariolatría en el pasado, pero ahora corremos el riesgo de empobrecemos con su ausencia casi total en nuestras vidas.

María es la Madre de Cristo. Pero aquel Cristo que nació de su seno estaba destinado a crecer e incorporar a sí numerosos hermanos, hombres y mujeres que vivirían un día de su Palabra y de su gracia. Hoy María no es solo Madre de Jesús. Es la Madre del Cristo total. Es la Madre de todos los creyentes.

Es bueno que, al comenzar un año nuevo, lo hagamos elevando nuestros ojos hacia María. Ella nos acompañará a lo largo de los días con cuidado y ternura de madre. Ella cuidará nuestra fe y nuestra esperanza. No la olvidemos a lo largo del año.

José Antonio Pagola

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“Encontraron a María y a José, y al niño. A los ocho días, le pusieron por nombre Jesús”. Miércoles 1 de enero de 2020. Santa María Madre De Dios, Jornada Mundial de la Paz

Miércoles, 1 de enero de 2020

07-navidada3-cerezoDe Koinonia:

Números 6,22-27: Invocarán mi nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré.
Salmo responsorial: 66: El Señor tenga piedad y nos bendiga.
Gálatas 4,4-7: Envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer.
Lucas 2,16-21: Encontraron a María y a José, y al niño. A los ocho días, le pusieron por nombre Jesús.

Litúrgicamente, hoy es la fiesta de «Santa María Madre de Dios»; es también la «octava de Navidad», y por tanto el recuerdo de «la circuncisión de Jesús», celebración judía que se celebraba al octavo día del nacimiento de los niños, y en la que se les imponía el nombre. Para nosotros, hombres y mujeres de hoy, esos tres componentes de la festividad litúrgica de hoy nos aparecen como muy lejanos, extraños, tal vez irrelevantes para nuestra vida… tanto por el lenguaje que en que son expresados, como por el «imaginario religioso» al que pertenecen…

Pero, por otra parte, hoy es también el primer día del año civil, «¡Año Nuevo!», y la Jornada Mundial por la Paz, celebración esta que, aunque originalmente procede una iniciativa eclesiástica católica, ha alcanzado una notable aceptación en la sociedad, gozando ya de un cierto estatuto civil.

Como se puede ver, pues, hay una buena distancia entre la conmemoración litúrgica y los motivos «modernos» de celebración. Esta distancia, que se repite en otras fechas, con bastante frecuencia, habla por sí misma de la necesidad de «actualizar» el calendario litúrgico, y, mientras esa tarea no sea acometida oficialmente por quien corresponde, será preciso que los agentes de pastoral tengan creatividad y audacia para reinterpretar el pasado, abandonar lo que está muerto, y recrear el espíritu y a veces la letra misma y los símbolos de las celebraciones.

Pero veamos en primer lugar los textos bíblicos que la ordenación litúrgica posconciliar nos deparó.

Nm 2,22-27 es la llamada bendición aaronítica (de Aarón), porque se afirma que Dios la reveló a Moisés para que éste a su vez la enseñara a Aarón y a sus hijos, los sacerdotes de Israel, para que con ella bendijeran al pueblo. Seguramente fue usada ampliamente en el antiguo Israel. Incluso se ha encontrado grabada en plaquetas metálicas para llevar al cuello, o atada de algún modo al cuerpo, como una especie de amuleto. Arqueológicamente dichas plaquetas datan de la época del 2º templo, es decir, del año 538 AC en adelante. Bien nos viene una bendición de parte de Dios al comenzar el año: que su rostro amoroso brille sobre todos nosotros como prenda de paz. La paz tan anhelada por la humanidad entera, y lamentablemente tan esquiva. Pero es que no basta con que Dios nos bendiga por medio de sus sacerdotes. No basta que él nos muestre su rostro. Aquí no se trata de bendiciones mágicas sino de un llamado a empeñarnos también nosotros en la consecución y construcción de la paz: con nosotros mismos, en nuestro entorno familiar, con los cercanos y los lejanos, con la naturaleza tan maltratada por nuestras codicias; paz con Dios, Paz de Dios.

Buen comienzo del año éste de la bendición. El refrán popular ha consagrado ese deseo de “volver a comenzar” que sentimos todos al llegar esta fecha: “Año nuevo, vida nueva”. Uno quisiera olvidar los errores, limpiarse de las culpas que molestan en la propia conciencia, estrenar una página nueva del libro de su vida, y empezarla con buen pie, dando rienda suelta a los mejores deseos de nuestro corazón… Por eso es bueno comenzar el año con una bendición en los labios, después de escuchar la bendición de Dios en su Palabra.

Bendigamos al Señor por todo lo que hemos vivido hasta ahora, y por el nuevo año que pone ante nuestros ojos: nuevos días por delante, nuevas oportunidades, tiempo a nuestra disposición… Alabemos al Señor por la misericordia que ha tenido con nosotros hasta ahora. Y también porque nos va a permitir ser también nosotros una bendición en este nuevo año que comienza: bendición para los hermanos y bendición para Dios mismo. Año nuevo, vida nueva, bendición de Dios.

Gál 4,4-7 es una apretada síntesis de lo que Pablo nos enseña en tantos otros pasajes de sus cartas. En primer lugar, nos dice que el tiempo que vivimos es de plenitud, porque en él Dios ha enviado a su Hijo, no de cualquier manera, sino «nacido de mujer y nacido bajo la ley», es decir, semejante en todo a nosotros, en nuestra humanidad y en nuestros condicionamientos históricos. Pero este abajamiento del Hijo de Dios, nos ha alcanzado la más grande de las gracias: la de llegar a ser, todos nosotros los seres humanos, sin exclusión alguna, hijos de Dios, capaces de llamarlo «Abba», es decir, Padre. Nuestra condición filial fundamenta una nueva dignidad de seres humanos libres, herederos del amor de Dios. Parecerían hermosas palabras, nada más, frente a tantos sufrimientos y miserias que todavía experimentamos, pero se trata de que pongamos de nuestra parte para que la obra de Jesucristo se haga realidad. Se trata de que nos apropiemos de nuestra dignidad de hijos libres, rechazando los males personales y sociales que nos agobian, luchando juntos contra ellos. Esto implica una tarea y una misión: la de hacernos verdaderos hijos de Dios, a nosotros y a nuestros hermanos que desconocen su dignidad.

Nacido de mujer, nacido bajo la ley, nos recuerda Pablo (Gál 4,4). Nació en la debilidad, en la pobreza, fuera de la ciudad, en la cueva, porque no hubo para ellos lugar en la posada… Nace en la misma situación que el conjunto del pueblo, los sencillos, los humildes, los sin poder.

Este nacimiento real y concreto es asumido por Dios para abrazar en el amor a todos los que la tradición había dejado fuera. Es la visita real de aquel que, por simple misericordia, nos da la gracia de poder llamar a Dios con la familiaridad de Abba -“papito”- y la posibilidad de considerar a todos los hombres y mujeres hermanos muy amados.

En Jesús, nacido de María -la mujer que aceptó ser instrumento en las manos de Dios para iniciar la nueva historia- todos los seres humanos hemos sido declarados hijos y no esclavos, hemos sido declarados coherederos, por voluntad del Padre. La bendición o benevolencia de Dios para los seres humanos da un gran paso: Dios ya no bendice con palabras, ahora bendice a todos los seres humanos y aun a toda la creación, con la misma persona de su Hijo, que se hace hermano de todos. Y nadie queda marginado de su amor.

“Ha aparecido la bondad de Dios” en Jesús, y es hora de alegría estremecida, para hacer saber al mundo -y a la creación misma- que Dios ha florecido en nuestra tierra y todos somos depositarios de esa herencia de felicidad.

Lc 2,16-21, en el lenguaje «intencionado» que por ser un género literario (“evangelio de la infancia”) utiliza con sus signos, Jesús no nace entre los grandes y poderosos del mundo sino, muy en la línea de Lucas, entre los pequeños y los humildes; como los pastores de Belén, que no son meras figuras decorativas de nuestros «belenes», pesebres o nacimientos, sino que eran, en los tiempos de Jesús, personas mal vistas, con fama de ladrones, de ignorantes y de incapaces de cumplir la ley religiosa judía. A ellos en primer lugar llaman los «ángeles» a saludar y a adorar al Salvador recién nacido. Ellos se convierten en pregoneros de las maravillas de Dios que habían podido ver y oír por sí mismos. Algo similar pasa con María y José: no eran una pareja de nobles ni de potentados, eran apenas un humilde matrimonio de artesanos, sin poder ni prestigio alguno. Pero María, la madre, «guardaba y meditaba estos acontecimientos en su corazón», y seguramente se alegraba y daba gracias a Dios por ellos, y estaba dispuesta a testimoniarlo delante de los demás, como lo hizo delante de Isabel, entonando el Magníficat.

Todo ello dentro de una composición teológica más elaborada de lo que su aparente ingenuidad pudiera insinuar. En todo caso, la simplicidad, la pobreza, la llaneza del relato y de lo relatado casan perfectamente con el espíritu de la Navidad.

La «maternidad divina de María», motivo oficial de la celebración litúrgica de hoy, y uno de los tres «dogmas» marianos -si se puede hablar así-, es una formulación que hace tiempo «chirría» en los oídos de quien la escucha desde una imagen de Dios adulta y crítica. Como ocurre con tantos otros «dogmas» y tradiciones tenidas como tales, el pueblo cristiano las ha amalgamado fantásticamente con los evangelios, llegando a pensar que provienen directamente del evangelio.

Pablo no conoció a Jesús, ni tampoco se encontró con María. El versículo Gál 4,4 que hoy leemos, es «todo lo que Pablo dice de María». Ni siquiera cita su nombre. En el cristianismo, la maternidad divina de María es, claramente, una construcción eclesial: ni los evangelios ni Pablo saben nada de ella, y no será formulada ni «declarada» hasta el siglo V.

En este contexto, es importante desempolvar y recordar la historia de tal «dogma», con la conocida «manipulación» del concilio de Éfeso, en el año 431, cuando Cirilo de Alejandría forzó y consiguió la votación antes de que llegaran los padres antioqueños, que representaban en el Concilio la opinión contraria. Se dice que el Pueblo cristiano acogió con entusiasmo esta declaración mariana, pero hay que añadir que se trata de los habitantes de Éfeso, la ciudad de la antigua «Gran Diosa Madre», la originaria diosa-virgen Artemisa, Diana… La fórmula de Éfeso, en cualquier caso, ha sido siempre tenida como sospechosa de concebir la filiación divina y la encarnación en términos «monofisitas», que hasta cosifican a Dios, como si se pudiera procrear a Dios y no más bien a un hombre en el que, en cuanto Hijo de Dios, Dios mismo se nos hace patente a la fe… (Nos estamos refiriendo a lo que dice Hans Küng, en Ser cristiano, Cristiandad, Madrid 1977, pág. 584ss).

El título «madre de Dios» no es bíblico, como es sabido. Para el evangelio María es siempre, nada más y nada menos que «la madre de Jesús», un título tan entrañable, real e histórico, que acabará sepultado y abandonado en la historia bajo un montón de otros títulos y advocaciones construidos eclesiásticamente. San Agustín (siglos IV y V) todavía no conoce himnos ni oraciones ni festividades marianas. El primer ejemplo de una invocación directa a María lo encontramos en el siglo V, en el himno latino Salve Sancta Parens.

La Edad Media europea dará rienda suelta a su imaginario teológico y devocional respecto de María. Mientras los primitivos Padres de la Iglesia todavía hablan de las posibles imperfecciones morales de María, en el siglo XII aparece la opinión de su exención del pecado, tanto del personal como del «original». En el mismo siglo XII aparece el Avemaría. El ángelus en el XIII. El rosario en el XIII-XIV. El mes de María y el mes del rosario en el XIX-XX. Los puntos culminantes de esta evolución serán la definición de la «inmaculada concepción de María» (1854, por Pío IX) y la definición de la «asunción de María en cuerpo y alma al cielo» (1950, por Pío XII). Momentos finales de este apogeo mariano son la «consagración del mundo al Corazón de María» en 1942 y 1954, por Pío XII.

Pero todo este marianismo remitió con sorprendente rapidez con el Concilio Vaticano II, que renunció a nuevos «dogmas» y desechó la anterior mariología «cristotípica» (característica de la escuela mariológica española preconciliar), dando paso a una comprensión mariológica mucho más sobria, bíblica e histórica, en la línea «eclesiotípica» (de la escuela alemana principalmente). Aunque la veneración a María (hyper-dulía), superior a la tributada a los santos (dulía), siempre fue distinguida teóricamente de la dada a Dios (latría), lo cierto es que en la religiosidad popular muchas veces María fungió como un verdadero «correlato femenino de la divinidad», y su condición de criatura, de discípula de Jesús y miembro de la Iglesia casi fueron olvidadas (en forma paralela a lo que ocurrió con Jesús respecto de su humanidad).

Hoy, la imagen conciliar de María que la Iglesia tiene es la de «la madre de Jesús», desmitificada, despojada de tantas adherencias fantásticas como se le habían puesto encima a lo largo de la historia: María es una cristiana, muy cercana a Jesús, una «discípula» suya, un destacado miembro de la Iglesia: la «madre de Jesús», en un título insustituible que le da el mismo evangelio, y a cuyo uso muchos creyentes vuelven en la actualidad, prefiriéndolo al creado en el siglo V. La Constitución dogmática Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II, en su capítulo octavo (nn. 52-69) ofrece todavía la mejor síntesis de la mariología para nuestros tiempos. El Concilio Vaticano II nos sigue marcando el camino, también en mariología. A la hora de predicar sobre María, debemos remitirnos, necesariamente, a ese capítulo octavo de la Lumen Gentium.

Concluimos. Seguimos estando en tiempo de Navidad, tiempo en el que la ternura, el amor, la fraternidad, el cariño familiar… se nos hacen más palpables que nunca. La ternura de Dios hacia nosotros, que se expresó en el niño de Belén, inunda nuestra vida, en las luces de colores, los adornos navideños, los villancicos y las reuniones familiares. Todo ayuda a ello en este tiempo todavía de Navidad. Dejemos recalar estos sentimientos en nuestro corazón, para que perduren a lo largo de todo el año.

Al comenzar el año, al poner el pie por primera vez en este nuevo regalo que el Señor nos hace en nuestra vida, vamos a agradecerle con todo el corazón la alegría de vivir, la oportunidad maravillosa que nos da de seguir amando y siendo amados, y la capacidad que nos ha dado para cambiar y rectificar.

Otro enfoque válido y provechoso de la homilía podría orientarse hacia el tema de la Jornada Mundial de la Paz… así como hacia el hecho del Año Nuevo, que si bien es algo simplemente convencional, astronómicamente insignificante, tiene el valor simbólico inevitable y profundo de recordarnos el inexorable paso del tiempo… Leer más…

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1.1.20. Año Nuevo: María, Madre de Dios; Dios de la Carne de María (1)

Miércoles, 1 de enero de 2020

A0AC767F-3026-46E1-A255-A52F08BBD168Del blog de Xabier Pikaza:

Caro cardo salutis 2020
La humanidad: historia carnal de Dios

Celebra hoy (1.1.20) el conjunto de la humanidad la fiesta del comienzo del año del Sol. La iglesia celebra, al mismo tiempo, la fiesta de María, Madre del Dios/Sol encarnado, que es Jesús.  Felicidades a todos, los que de un modo y/u otro, la celebran.

    En ese contexto quiero presentar (en tres o cuatro postales/aportaciones) el sentido cristiano de María, que no es sólo una figura intra-eclesial, vinculada a la experiencia de los fieles que la evocan e invocan, la sientan cercana y la exaltan como signo de presencia amorosa y salvadora de Dios, sino también, sino también un signo central de la historia de occidente, que ha influido en el arte (pintura, escultura, literatura, música),  en la imaginación y en la vida más honda de millones y millones de personas que la han tomado como expresión y garantía de la “carne de Dios”,encarnada por ella en Jesús.

39F83C2A-28EB-4575-8B3F-25D4E4B8360CAsí dicen los cristianos que ella es Virgen (la Virgen), pero virgen de carne y hueso, de humanidad gozosa y doliente, es decir, de encarnación.  Si hoy podemos afirmar que Dios se hace carne en la carne de la historia (enfermos y encarcelados, hambrientos y exiliados, desnudos y explotados, y todas las mujeres y los hombres) es porque Dios ha hecho carne en (por) la Carne de María, en contra de todo escapismo espiritualista y de todo posible sistema de imposición de los poderosos.

Por eso, lo que celebramos este Año Nuevo no es la fiesta del Espíritu contra la carne, sino la fiesta de la  carne espiritualizada, elevada, salvada (siendo precisamente carne, no espíritu inmaterial) como dice la Iglesia desde antiguo, con una frase famosa de Tertuliano, en contra de los  místicos‒espiritualistas, que se evadían de la “carne”, para refugiarse en un Dios y Cristo de fantasía  imaginaria, afirmaba: Caro, cardo salutis, el cardo o quicio, la puerta y la vía de salvación es la “carne”, , la misma vida humana, espiritualizada y transformada como carne (¡sin dejar la encarnación, sino por ella!), la Virgen‒Carne de María.

DDC9582E-64F2-46A1-92FB-EAA8F36B1CAB¿Por qué se habla de carne de mujer y no de varón? Por algo muy simple: Porque la “carne de mujer” se ha visto desde antiguo (al menos en un contexto semita y bíblico) como signo de impureza, de sangre peligrosa (menstrual, puerperal…), como carne para ser violada por varones de carne poderosa, como recuerda de forma lapidaria el libro de Job, en la gran queja de 14, 1: El hombre (varón),nacido de mujer… corto de días, harto de inquietudes, como flor que se abre y marchita

En ese contexto, la maldición concreta del hombre (varón fuerte) no ha sido la de “haber nacido” (como dice Calderón de la Barca), sino la de haber nacido de mujer.Pues bien, en contra de eso,  la “inversión” mayor del cristianismo es la certeza de que el el Verbo de Dios (Dios mismo) se ha hecho carne, y no de un modo general, por un milagro “extra‒carnal” de encarnación en el Espíritu, sino por el milagro más grande de la Carne Espiritualizada de María, como sabe. la mario‒logía cristiana, que trata del “logos” o palabra carnal de Santa María de la Encarnación, como indica esta fiesta del 1 de Enero, Año Nuevo, Fiesta de la Puerta de Carne (carne‒persona, humanidad concreta, para bien de hombres y mujeres), que es la Puerta (Ianua Coeli), puerta del cielo, de María,  como seguiré indicando, hoy y en los dos días siguientes. Feliz Año Nuevo, con María, carne de Dios, Dios encarnado, a todos los amigos y lectores.

Mariologías de la Biblia. Punto de partida

CFFB8A2C-2148-4408-BB1F-256DC362EDBC  María ha sido una persona concreta, en un contexto cultural, social y familiar muy definido. No es un puro símbolo, una idea general (eterno femenino), ni una diosa. Ella ha sido y sigue siendo una mujer histórica bien determinada, mujer de carne y hueso, de Nazaret de Galilea, madre y seguidora de un pretendiente mesiánico judío. Así debemos recordarla, por su tarea única e irrepetible, vinculada a Jesús, su hijo, y al cristianismo primitivo.

Hay otros hombres y mujeres importantes en la historia humana y religiosa (Moisés y Mahoma, Buda o Confucio, Sócrates o Mani), pero ninguno ha desarrollado una tarea mesiánica como la de Jesús, ni ha muerto como él, ni le han visto como resucitado, ni ha sido declarado hijo de Dios por sus creyentes. Pues bien, a su lado, los cristianos han recordado la figura de María por su función de madre y por su tarea particular como persona y miembro de la iglesia. Ningunas de las otras madres o mujeres de los profetas y fundadores citados ha tenido su importancia. Los seguidores de Jesús no sólo han seguido recordando a su Madre, sino que han recreado su figura creyentes, de manear que podemos hablar de una mariología de la historia y de varias mariologías de la fe.

− Historia: mujer concreta.No son muchas las cosas que de ella sabemos en un nivel de puros hecho, pero son muy importantes y significativas. 1) Era una mujer judía, de una familia creyente, significativa, de Nazaret de Galilea; se llamaba María y estaba desposada con José. 2) Fue madre de Jesús, con quien se relacionó de forma dramática; pero tuvo también una familia más extensa, compuesta por varones y mujeres que el Nuevo Testamento llama normalmente hermanos de Jesús y que parecen ser hijos de María. 3) Tras la muerte de Jesús, ella perteneció a la comunidad de seguidores de su hijo y ejerció un papel importante dentro de la iglesia, que la ha recordado.

− Varias mariologías: María, figura de fe.El Nuevo Testamento ha recordado a María porque ella forma parte del misterio de Jesús, su hijo, y ha expresado de diversas formas su sentido, desde su experiencia radical de “encarnación” es decir de “carne histórica”. En ese sentido, la única fe mariana de la Iglesia se expresa en diversas formas de mariología, que se diversifican según los lugares y estilos de las comunidades, reflejándose así en la teología de los diversos escritos del Nuevo Testamento. Este es un fenómeno poco valorado, perodefine el pasado y futuro de las mariologías, que pueden vincularse y se vinculan desde los credos que afirman que Jesús fue “concebido por obra del Espíritu Santo y nació de la Virgen María”.

Partiendo de Jesús. Dos mariologías básicas[1]

09E6BB0A-374A-4227-BFA3-D2E13D091BF9 Con ocasión de las fiestas de Pascua, Jesús, hijo de una mujer llamada María, subió a Jerusalén, para ofrecer su proyecto de Reino. Le siguieron los Doce, algunas mujeres y otros simpatizantes. Pero fue rechazado por los representantes del Templo, que se sintieron amenazados por las consecuencias sociales y sacrales de su mensaje. Todo nos permite suponer que su mensaje fue discutido y en parte aceptado, de manera que las autoridades del Templo actuaron por miedo (cf. Mc 11, 15-15; 14, 1-2.57). Algunos discípulos le traicionaron y negaron (cf. 14, 43-50.66-72). Los jerarcas romanos le crucificaron. De esa forma surgieron varios grupos convergentes de “cristianos”, seguidores del Cristo Jesús judío, hijo de María:

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01 Enero. Solemnidad de Santa María Madre de Dios. Ciclo A

Miércoles, 1 de enero de 2020

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Al verlo, les contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que decían los pastores. Y María conservaba todas esas cosas, meditándolas en su corazón.”

(Lc2, 16-21)

Celebramos hoy la Solemnidad de María, Madre de Dios y con ella estrenamos este nuevo año, con toda la ilusión y con toda la resaca de ayer.

Si la noche de ayer estaba llena de propósitos y bueno deseos el día de hoy es un reclamo para “ponernos en marcha”. Para hacer realidad todas esas ilusiones.

María tiene en sus brazos al hijo que acaba de nacer. La realidad de un bebé frágil y necesitado que depende en gran medida de ella. Pero recibe la visita de los pastores que hablan de ilusiones, de cosas que sucederán, de lo que llegará a ser ese niño… Y ella escucha.

Como buena israelita escucha. Escucha con atención y medita en su corazón lo que oye y lo que vive. Une, con esfuerzo y empeño, la fragilidad del bebé que sostiene en sus brazos, con las ilusiones que despierta en los pastores. El presente con la promesa de futuro.

De nuevo confía y se compromete. Aunque sus ojos ven fragilidad (acaba de dar a luz en un establo fuera de la ciudad porque no había sitio para ellos…) confía en las promesas de Dios.

Sabe escuchar, en la voz de los pastores, el acento de la voz de Dios y también sabe ver más allá de las apariencias. Porque seguro que tampoco ella había imaginado que el Mesías esperando nacería en un establo.

Confía, piensa, espera y actúa. Tiene entre los brazos al Hijo de Dios, a su hijo. Y mientras espera a ver cómo se las arregla Dios para que ese bebé sea el Mesías Salvador, ella lo cuida.

Lo mira, lo contempla mientras resuenan en sus oídos las palabras de los pastores. Mientras vuelven a su corazón las palabras del ángel: “-El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios.”

Y mira a Jesús dormido en su regazo. “Será santo”, ahora solo es un bebé. Ahora es mi hijo pequeño que ha nacido en un establo y todo ha ido bien.

Oración

María, Madre de Dios y madre de un niño nacido en un establo, enséñanos a descubrir las promesas de Dios presentes en nuestra realidad. Pide para nosotras una visión larga y profunda como la tuya. ¡Amén!

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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A nuestra imagen y semejanza

Miércoles, 1 de enero de 2020

cristo-en-casa-de-sus-padres-millais-1¿Un Dios nacido en las cadenas de producción y montaje de la Factoría Humanidad?  (Klaas Hendrikse)

1 de enero Octava de la Navidad

Gál 4, 4-7 Envió Dios a su Hijo, nacido de mujer

Lc 2, 16-21

Al verlo, les contaron lo que les habían dicho del niño. Y todos los que lo oyeron se asombraban de lo que contaban los pastores

Los Reyes Magos saben de Jesús, según el relato evangélico de Lucas, lo que los demás les habían dicho. Y cuantos lo oyeron se asombraban de lo que contaban los pastores. Las Biblias de todas las religiones son escritos de pluma y pensamiento humano. En su libro Croire en un Dieu qui n’existe pas, Klaas Hendrikse (1947) afirma que Todo lo que se dice de Dios procede del hombre. De ahí términos como todopoderoso, eterno, omnipresente, creador. Un camino que no parece adecuado: partir de Dios para llegar al hombre. Lo idóneo es lo contrario: partir del hombre para llegar  a Dios. De nosotros, de la vida, de las experiencias de la gente. De la necesidad de la mente humana batallando por configurarle a nuestra imagen y semejanza y no al contrario, como se afirma en el Génesis 1, 26.

Este pastor protestante de la parroquia holandesa de Middelburg y que subtitula su obra Manifeste d’un pasteur athée, añade en su obra esta frase: ¿Un Dios nacido en las cadenas de producción y montaje de la Factoría Humanidad? La Reverenda Kirsten Slattennar, líder de la misma iglesia (la Iglesia del Éxodo) piensa igual que Klass cuando, refiriéndose a Jesús, rechaza la idea central para el Cristianismo de que era divino y humano a la vez. Y manifiesta: “Creo que ‘Hijo de Dios’ es una especie de título. No creo que fuera un dios o mitad dios. Yo creo que era un hombre, pero era un hombre especial”. Posición doctrinal defendida ya por el arrianismo en el siglo IV.

Conocido es el texto del poeta y filósofo griego Jenófanes (570-475 a.C.) sobre cuestiones teológicas: “Chatos, negros: así ven los etíopes a sus dioses. De ojos azules y rubios: así ven a sus dioses los tracios. Pero si los bueyes, caballos y leones tuvieran manos, manos como las personas para dibujar, para pintar, para crear una obra de arte, entonces los caballos pintarían a los dioses semejantes a los caballos, los bueyes semejantes a los bueyes, y a partir de sus figuras crearían las formas de los cuerpos divinos según su propia imagen: cada uno según la suya”.

¿Cuándo se cambiará el rimbombante “Palabra de Dios” del final de la lectura del evangelio dominical, por un sencillo y respetuoso silencio?

Pedro Casaldáliga (1928), pensador, poeta y obispo de Sao Félix de Araguala, Brasil,  nos señala en sus versos que lo importante es vivir en esta tierra nuestra.

POEMAS (Fragmentos)

“¿Por dónde iréis hasta el cielo
si por la tierra no vais?
¿Para quién vais al Carmelo
si subís y no bajáis?”

(Salmos de vigilia)

“Esta es la tierra nuestra
…la tierra de los hombres
que caminan por ella
a pie desnudo y pobre.
Que en ella crecen, de ella,
para crecer con ella,
como troncos de espíritu y de carne.”

(Tierra nuestra, libertad)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Abrirnos al asombro y la liberación de Dios.

Miércoles, 1 de enero de 2020

pastoresLc 2, 16-21

Lc 2,16-21

La capacidad de asombro de los pastores puede ser una buena disposición para iniciar el nuevo año. Lo contrario al asombro es la rutina. El ya me lo sé o el siempre ha sido así nos hace inmunes al milagro cotidiano de la vida y sus señales. Necesitamos seguir aprendiendo cada día a mirar con hondura la realidad en sus gestos más pequeños e insignificantes y poner especial atención en lo que el poder y su lógica invisibiliza o desprecia. Quizás solo así captemos el misterio de Amor que la habita.

El Dios de Jesús no es el Dios que lo tiene todo preparado, atado y bien atado, no es el Dios de la inercia o la rutina, sino el Dios que lo hace todo nuevo y por eso nos urge a la renovación permanente y nunca a la instalación (Ap 21, 4). Es el Dios que por no “atar” las cosas ni cerrarlas no cierra ni la creación, por eso nos invita a ser co-creadores y co-creadoras con Él en una creación continua a través del trabajo y la acción humana. Es el Dios de la sorpresa y la libertad; una libertad humana que conduce a situaciones imprevisibles. ¿Cómo descubrimos y experimentamos esta novedad, en nuestra vida, en nuestros contextos, en la historia? ¿Qué quiere hacer Dios de nuevo en nosotras y con nosotras, en nuestros ambientes este año que empieza?

El Dios encarnado, vulnerable, hecho niño, acostado en un pesebre, que se nos revela en Jesús de Nazaret nos urge a no cansarnos de seguir posando nuestra mirada y sensibilidad no en los primeros planos de la historia, ni en los personajes principales, sino en los secundarios y en su revés. La salvación, la liberación que anhelamos acontece en lo cotidiano y desde los últimos y últimas. Requiere también abrirnos a la pedagogía de los procesos y lo seminal, porque como nos recuerda el papa Francisco: “De las semillas de esperanza sembradas en las periferias olvidadas del planeta, de esos brotes de ternura que lucha por subsistir en la oscuridad de la exclusión, crecerán árboles grandes, surgirán bosques tupidos de esperanza para oxigenar el mundo” (Discurso del papa Francisco en el II Encuentro con los movimientos populares, Bolivia, 2015)

Jesús, el hijo de María, nacido de mujer (Gal 4,4) toma de ella su carne y se hace buena noticia de liberación también para nosotras las mujeres. Por eso el espíritu de Evangelio nos urge a no acostumbrados ni naturalizar la violencia de género ni la feminización de la pobreza y a no cansarnos en la lucha por una sociedad y una iglesia donde ninguna mujer sea excluida, hasta que la dignidad sea costumbre, porque ya nadie puede ser esclava, sino que por voluntad del Amor somos herederas de la liberación de Dios (Gal 4,6-7)

Como María de Nazaret guardemos también nuestras perplejidades en el corazón.

Pepa Torres Pérez

Fuente Fe Adulta

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“La Encarnación, prolongación del misterio trinitario”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Miércoles, 1 de enero de 2020

generacion-blog_imagenDe su blog Nihil Obstat:

Tomás de Aquino, en su comentario al Credo, explica el misterio de la Encarnación como si fuera una prolongación del misterio del Verbo engendrado en el seno del misterio Trinitario. Dice el Santo: “Es claro que nada es tan semejante al Hijo de Dios como el verbo concebido en nuestra mente y no proferido. Ahora bien, nadie conoce el verbo mientras permanece en la mente del hombre, si no es aquel que lo concibe; pero es conocido al ser proferido. Y así, el Verbo de Dios, mientras permanecía en la mente del Padre no era conocido sino por el Padre; pero ya revestido de carne, como el verbo se reviste con la voz, entonces por primera vez se manifestó y fue conocido”. La imagen que utiliza Santo Tomás para explicar como el Padre engendra al Verbo no es material, sino espiritual: el Padre engendra al Verbo del mismo modo que el ser humano engendra en su mente una idea, un concepto, una palabra no dicha.

Ahora bien, mientras la idea permanece en la mente del que la ha concebido, nadie la conoce. Sólo es conocida cuando es proferida, cuando la idea se dice con una palabra. La palabra es la manifestación de la idea concebida en la mente, de modo que todos pueden conocer la idea gracias a la palabra pronunciada. Es claro que la palabra es idéntica al pensamiento, a la idea, pero no es menos cierto que, al expresarse, la idea queda como anquilosada, reducida, empequeñecida. La idea es superior a la palabra, aunque la palabra sea la misma idea.

Pues bien, cuando el Verbo eterno de Dios se encarna ocurre algo parecido. El Verbo divino se hace humano al encarnarse en el hombre Jesús. De modo que podemos decir que el hombre Jesús es la traducción, la manera humana de ser Dios. Si hubiera que traducir a nuestro modo lo que es Dios, lo que Dios piensa y lo que haría, eso es Jesús. Ahora bien, el Verbo divino al hacerse hombre, la Palabra divina al hacerse humana, queda constreñida por los límites humanos, del mismo modo que el pensamiento, al proferirse en palabras queda constreñido, limitado y encerrado en la deficiencia de la palabra. El Verbo de Dios, al hacerse humano, está limitado y sometido a las debilidades y complejidades de lo humano. Así se explica que “el niño crecía” no sólo en edad, sino también en sabiduría y en gracia, en experiencia de Dios. Lo divino se reduce, toma una talla humana y, por tanto, limitada.

Y todo eso por amor. Dios ama al ser humano hasta tal punto que consiente limitarse para llegar a lo humano, para que los humanos podamos conocerle, y podamos también imitarle. Si no se hubiera puesto a nuestro nivel ni habríamos podido conocerle, ni tampoco imitarle.

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La salida al problema de la muerte no está en el hospital, sino está en la resurrección, no en el hospital. La salida al tiempo está en la eternidad.

Miércoles, 1 de enero de 2020

imagesDel blog de Tomás Muro La Verdad es Libre:

  1. feliz año nuevo. consideraciones sobre el tiempo.

En primer lugar feliz año nuevo, feliz vida.

         Los años, los meses son una división artificial del tiempo. De hecho la humanidad computa el tiempo con diversos cómputos provenientes de diversos acontecimientos-criterios.

  • o El calendario gregoriano es el actualmente utilizado de manera oficial en casi todo el mundo. Así denominado por ser su promotor el Papa Gregorio XIII. Vino a sustituir en 1582 al calendario juliano, utilizado desde que Julio César lo instaurara en el año 46 aC. Nuestro calendario parte del nacimiento de Cristo.

¿Qué es el tiempo?

No es fácil saber y definir lo que sea el tiempo. Decía San Agustín: Si no me preguntas, sé lo que es; en cuanto me peguntas, no sé lo que es.

 “Ayer” ya pasó; “mañana” todavía no es. Vivimos entre lo que “ya no es” porque pasó y lo que “todavía no es”, porque “no ha llegado” El “presente” es algo muy fugaz, rápido, se nos escapa como el agua entre las manos. Nuestra existencia transcurre y la vamos llenando de vivencias, acontecimientos, “historia e historias”.

Recordamos fragmentos de nuestra más lejana infancia: los abuelos, el caserío, el pueblo, las fiestas, tal vez una enfermedad, algunas muertes. Más adelante en la adolescencia hicimos las primeras opciones en los estudios, en la vida religiosa, en los primeros balbuceos afectivos. Más tarde trabajamos, estudiamos, tomamos otras opciones de hondo calado: matrimonio, hijos, sacerdocio, vida religiosa, opciones también políticas, sindicales, culturales, etc. En el transcurrir de la vida hemos vivido acontecimientos densos: la muerte de nuestros padres, de alguno de nuestros hermanos, quizás la vida nos ha deparado enfermedades, hemos asistido a acontecimientos políticos notables: la dictadura, conflictos culturales en el euskera; Aranzazu por los años 1950-1960. En la iglesia, hemos vivido acontecimientos muy importantes positivos como el Concilio Vaticano II; también hemos vivido otras momentos eclesiásticas han sido de muy baja calidad.

El tiempo no son los calendarios y agendas que una cierta ilusión estrenamos cada año, cada curso. Decía San Agustín (354-430) que:

El tiempo acontece en el alma, en la intimidad de la propia persona. El tiempo de la existencia humana es la distensión, el transcurrir del alma humana.[1]

         Podemos pensar que el tiempo son todas las vivencias que hemos tenido en nuestro transcurrir. Nuestro pasado personal y colectivo (pueblo – Iglesia) están presentes hoy en nuestra vida. El preconcilio, aquella educación moral férrea, el hambre que pasamos en la larga postguerra en cierto sentido están hoy presentes en nuestra alma (pensamiento), en nuestro modo de pensar e interpretarnos e interpretar la historia

Posiblemente el primer calendario, desde luego el primer calendario laboral es o está en el Génesis. Dios crea los astros, de los que el hombre se ha servido para medir el tiempo, los ritmos de la vida, el día la noche, mares, océanos, etc. En el Génesis encontramos una medición mítica de la semana y del trabajo: el primer día, el segundo, tercero, etc. y el séptimo descanso.

En cierto sentido somos una síntesis de lo que fuimos y lo que queremos ser en el futuro. El futuro al que aspiramos condiciona también nuestro momento presente

  1. El tiempo nos individualiza

         Desconozco cómo estará la cuestión de la clonación. Supongamos que la ciencia sea capaz de clonar un ser humano.[2] Por muy exacto o igual que resulte al copia, el tiempo y la historia los individualizará y surgirán personas distintas: los éxitos y los fracasos, los encuentros y desencuentros los configurarán de manera diversa. Es una cuestión semejante a la de los gemelos, por muy iguales que sean, el tiempo, la historia los hará individuos diferentes.

La historia es principio de individuación. Naturalmente que un ser humano es individuo por naturaleza, por y con los genes y alma que Dios y la vida le han dotado. Pero no es menos cierto que uno es tal por el momento histórico en el que ha nacido, el espacio y época en que vive, la familia, la religión, la cultura, economía y sociedad, en las que vive. Evidentemente que una mujer africana y otra mujer europea son “iguales” a natura, pero no es menos evidente que “no son iguales”, porque la historia (el tiempo y el lugar) las diferencia. No estamos lejos del “yo soy yo y mi circunstancia” de Ortega y Gasset. No es lo mismo haber nacido en el medioevo, en la época tridentina o en la era de la informática. Tal vez por la clonación se logre fabricar individuos “incluso iguales” genéticamente: la historia se encargará de “personalizarlos e individualizarlos” por sus opciones, salud y enfermedades, por sus recorridos existenciales.

  1. Del cronómetro al tiempo vivido: kronos y kairós.

El tiempo medido, el calendario es algo distinto al tiempo vivido.

Cuando estamos enfermos, una noche se nos hace “eterna” y no pasa nunca. Cuando estamos sumidos en un problema, un conflicto, el tiempo es infinitamente “más largo” a cuando estamos en una situación amable, más o menos feliz.

Muy tempranamente en la iglesia al tiempo vivido serenamente como salvación le comenzaron a denominar kairós: tiempo salvifico.

         El nuestro no es un tiempo ciego y un mero transcurrir, sino que estamos en un tiempo, en una historia de salvación. Cristo es el centro del tiempo: principio y fin. Nuestro tiempo y nuestra historia, como la de Cristo, termina en la eternidad.

  1. Ex memoria, spes: La esperanza nace de nuestra memoria, de nuestro recuerdo.

         Esto es algo que los hijos de la ilustración no aceptamos de buen grado, porque pensamos que la salida a la vida está en el progreso y en el futuro de la ciencia, cuando en realidad la salida al tiempo, a la vida (y a la muerte) está en el pasado vivido por Cristo. La salida al problema de la vida -y de la muerte- está en la resurrección, no en el hospital.

         La salida al tiempo está en la eternidad.

  1. Como María.

         En este día de año nuevo, celebramos la fiesta de María, la como Madre del Señor. En el transcurrir de nuestra vida, tengamos la actitud de María, que meditaba todas estas cosas, guardándolas en su corazón.

[1] San AGUSTÍN, Las confesiones, libro XI, cp 26, n 33

[2] No es el momento de entrar ahora en la cuestión moral

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“La encarnación esclarece nuestro propio misterio” por Martín Gelabert Ballester, OP

Martes, 24 de diciembre de 2019

CD5C18AE-6DB9-4DE2-B0C1-30FC83E6B3DDDe su blog Nihil Obstat:

El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado”, dice el Concilio Vaticano II. El misterio de la Encarnación nos descubre algo importantísimo sobre nosotros mismos, a saber: que el ser humano es capaz de Dios, porque Dios es capaz del hombre. Y precisamente en esta capacidad de Dios está la medida de cada persona, su plenitud, su perfección.

Hay otro aspecto fundamental del ser humano que también se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. La Encarnación requiere la colaboración humana. Si Dios quiere hacerse hombre, la única manera que hay para ello es naciendo de una mujer. Pero este Dios hecho hombre en Jesús de Nazaret sigue siendo Dios. Por eso, la fe cristiana confiesa que Jesús es Dios y hombre. La conjunción copulativa es necesaria: ni sólo Dios, ni sólo hombre. Verdadero Dios y verdadero hombre. El verdadero hombre requiere de una mujer. El verdadero Dios requiere que esa mujer sea virgen. La virginidad de María es el correlato humano de la afirmación de fe de que este niño que nace de ella “sólo” tiene por padre a Dios. El tener “sólo” por padre a Dios requiere la ausencia de semen viril, pues si hubiera semen viril el niño tendría por padre a un hombre.

Esta explicación del papel de María como madre y como virgen, nos está revelando algo sobre todo ser humano, a saber: que la paternidad de Dios está en el origen de toda vida. La paternidad de Dios estuvo en el origen de la primera vida humana. Y aunque la ciencia explique que la aparición de los humanos se produjo por evolución del mundo animal, eso no quita que el paso del pre-homínido al humano suponga un salto cualitativo, que no se explica sólo por evolución biológica, sino por la intervención de Dios. Esto es lo que ocurre con todo nacimiento: Dios está en el origen. Eso que para la fe es claro, a saber, que en la Encarnación Dios interviene directamente, es lo que ocurre con toda vida humana. De este modo, el misterio del Verbo encarnado ilumina el misterio de todo ser humano, nos aclara de dónde venimos y también a dónde vamos. Venimos de Dios, y no del barro, o dicho con términos actuales, venimos de Dios y no solo de los genes. Para volver a Dios y no al barro.

Jesús es el Hijo porque viene del Padre y porque depende del Padre. Además de Hijo es el primogénito entre muchos hermanos. Por tanto, lo que ocurre con él debe ocurrir también con los hermanos, que somos nosotros. Somos hijos de Dios porque dependemos del Padre y venimos del Padre. No sólo porque, a través de la cadena de generaciones, tenemos nuestra razón última o nuestra primera paternidad en Dios, sino también porque con cada ser humano aparece una novedad absoluta, que humanamente no tiene razón de ser (no hay ninguna razón para que yo, con mis características individuales e irrepetibles esté ahí), pero teológicamente tiene razón de amor: Dios me ha querido así, tal como soy, único e irrepetible.

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Y ellas le reciben.

Martes, 24 de diciembre de 2019

mujer-que-vuelaDIOS VIENE AL MUNDO POR LA MUJER: ha estado siempre ahí esta verdad, grande, impactante, y sin embargo no nos la contaron ni la cuentan así. A pesar de que Lucas no es el más feminista de los varones, no puede dejar de decir la verdad desbordante de evangelio y de creación: que cuando nos quieren contar como vino Dios al mundo nos tienen que contar que como todos, fue a través de una mujer. Hasta ahí sí sabemos de siempre, lo que posiblemente es una interpretación más tardía y más de acuerdo con nuestra realidad cultural: es que Dios viene al mundo por lo femenino de la humanidad, de ambos géneros.

Recuperar lo femenino para poder creer que el anuncio es también para mí. Recuperar lo femenino para enmudecer el Zacarías de la lógica y de las garantías, y activar la Isabel que cree, a pesar de su esterilidad y vejez, en un proyecto que supera lo natural, y no pone pegas. Recuperar lo femenino para devolverle al mundo lo que tantos años de patriarcado impuesto le ha robado: la perspectiva del Amor por encima de la razón, no sin ella, pero más fuerte que ella.

Recuperar lo femenino para devolverles a la humanidad y al cosmos el equilibrio que han perdido por el dominio de uno sobre otro. Y eso ¿se puede hacer con evangelio?

Veamos los relatos. Nos dicen los textos que el Judaísmo como religión ya no tiene espíritu: cuando Zacarías le pide garantías al ángel de que su promesa se realizará, enmudece de falta de fe. El sacerdote está mudo, no tiene nada que decir mientras su mujer vieja y estéril y no considerada, cree, y su ser se llena de vida. Es el inicio del Nuevo Testamento. Isabel hace de bisagra entre la institución y la profecía que anuncia la venida del Mesías.

María de Nazaret, también pregunta al ángel el cómo de aquella promesa, pero su pregunta es abierta, está llena de esperanza, porque en el fondo desea ser la madre del Mesías que toda muchacha judía esperaba. Tal vez al pasar de lo físico a lo espiritual perdemos la fascinante escuela de oración que María de Nazaret inicia para nosotras, Dios y la humanidad en diálogo directo, sin sacerdotes del templo que recen en su nombre, sin mediadores que tantas veces interfieren, se ponen en el centro, desvían el objetivo.

Las religiones fallan cuando desenfocan su objetivo: ser caminos hacia Dios. Y cuando vemos casi todo menos eso…algo falla, y los síntomas son siempre los mismos: y entre ellos sobresale uno: las ansias de poder y de protagonismo. Es el Herodes que también convive con nosotros, y busca desde siempre, inspirado en Caín, matar la inocencia. Este Herodes es la personificación del ego, en definitiva el anti-reino. Esa parte de nosotros anda suelta en nuestras relaciones con los demás.

Es tan fácil querer que las cosas se hagan como yo quiero, y tan difícil que se hagan como es mejor para todos. Es tan fácil argumentar mi punto de vista y tan difícil escuchar con respeto y acogida la perspectiva de la otra persona. Y eso se cuela en la familia, en la alcoba, en los lugares de trabajo, en las comunidades y parroquias, va conmigo, es mi sombra.

Por todo ello, María, con su inocente y profunda sabiduría, en cuanto descubre su ser habitado y recibe la noticia de que también su anciana prima está gestante, con esa fuerza que tienen las personas guiadas por el Espíritu “ …se puso en camino y fue a toda prisa a la sierra…”

(Lc 1, 39-45). La sierra o colina, lugar bíblico de encuentro con Dios, será el lugar que María discierne está lleno de vida. Hubiera podido acudir al templo y contarle al sacerdote del paso de Dios por ella, pero atenta a su interior habitado, descubre que es guiada a otros lugares sagrados donde la presencia de Dios es real a través de una mujer y de la naturaleza, fuera de los rituales vacíos del pasado.

Ella recibe la visita de Dios en su casa, y acude a la casa de Isabel a darle el abrazo  más largo y apretado de la historia. Abrazo que continúa en nosotras y nosotros cuando estamos habitados y la presencia de la vida en los otros hace que todo nuestro ser dance de alegría y esperanza. Y que también comprendamos que nuestro lado oscuro puede abortar esa delicada vida en gestación.

Será la pequeñez humana, la fragilidad absoluta de un recién nacido, quien dará luz para que yo pueda ver, con su inocencia, lo que no es inocente en mí y dejarle que lo rescate. En esa cueva oscura de mis límites y falta de amor y de aceptación de los demás sólo me atrevo a entrar si tengo la seguridad de que ellos, el niño y su familia, están. El olor al bebé que no huele a “Nenuco” sino a autenticidad, la joven que le tiene en brazos que transparenta realismo y acogida, el muchacho que sabe estar, acompañar y que es un saco de bondad. ¡Qué familia!

Y luego, claro, de vecinos, los impuros, los que ya ni se molestaban en purificarse para ir al templo porque su trabajo humilde y duro no les permitía participar en liturgias de ricos y puros, ellos como no tenían Internet estaban conectados a las estrellas y por eso, porque están despiertos de noche y con los ojos abiertos, están dispuestos a escuchar el anuncio.

Es que para escuchar el anuncio de que él ha nacido hay que estar conectados a las estrellas. Con esa alegría no tienen miedo de ir a la cueva porque antes de ponerse en camino han escuchado el anuncio. Yo creo que no quiero entrar en mi cueva porque voy sin haber escuchado el anuncio y algunas veces me quedo sin el niño. Ojala que este año no sea así. Por ello te invito a escuchar tu corazón, tu intuición, tu entraña porque por ahí te llegará el anuncio que te dará fuerza para retirar el ego y que nazca el amor.

Feliz gestación de la Vida.

Magda Bennásar Oliver, sfcc

www.espiritualidadintegradoracristiana.es

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Claroscuro.

Domingo, 22 de diciembre de 2019

maria-y-jose

CLAROSCURO

Claroscuro del sentido,
claroscuro de la fe.
Creo la luz que se ve,
veo el misterio escondido.
Claroscuro voy perdido
de belleza y de verdad.
Sombras, decidme. Callad,
luces sabidas. Creer
es la manera de ver
total la realidad.

*

Pedro Casaldáliga,
El Tiempo y la Espera.
Ed Sal Terrae, 1986

***

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:

“José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.”

Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta:

“Mirad: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa “Dios-con-nosotros”.”

Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer.

*

Mateo 1,18-24

***

 

José es del mismo temple que María: un creyente a la escucha de lo que le sucede. La noticia de la próxima maternidad de María no suscita en él ninguna reacción defensiva. No conservamos ninguna de sus palabras. No es una persona que habla o ajusta las cosas para ventaja propia: se limita a escuchar lo que le revela el ángel.

La verdad de Dios es más importante de lo que José vive. Y esta verdad la respeta José sin agresividad alguna, sin pensar siquiera en defenderse. Tanto para María como para José, la anunciación es algo increíble. Nadie puede estar a la altura de semejante verdad.

No obstante, no aparece asomo de escepticismo, ni de comportamiento pasivo, no hay toma de distancias, nada que nos haga pensar en un sentimiento de resarcimiento. Sólo fe y abandono. María y José han renunciado a su verdad para entrar en la de Dios. ¿Y nosotros? Nosotros no podemos ser felices si no logramos leer en profundidad los acontecimientos de nuestra existencia. Dios está presente en nuestra existencia: en cada una de sus vicisitudes aparece su plan, su intención de decirnos algo. Es una verdad que debemos descubrir también ahora.

*

G. Danneeis,
Le satagioni Della vita,
Brescia 1998,210-211

***

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“El silencio de María”

Martes, 17 de diciembre de 2019

virgen-del-silencio1Adviento 2019
Carmen Herrero Martínez,
Fraternidad Monástica de Jerusalén,
Estrasburgo (Francia).

ECLESALIA, 06/12/19.- Hablar hoy del silencio, en nuestra sociedad, es algo insólito, es tema de otros tiempos; incluso en la vida religiosa se ha perdido el práctica del silencio. El silencio no se ve como un bien humano y psicológico y menos como una necesidad y un valor, excepto para algunas minorías que lo buscan, lo cultivan y lo viven porque han comprendido y saboreado su profundidad, su riqueza humana y espiritual. Dice la Sagrada Escritura: “Guarda silencio y yo te enseñaré sabiduría” (Job 33,33). En este tiempo, de Adviento, me he sentido atraída por el silencio de María, deseando aprender de ella a vivir el silencio contemplativo de la Presencia viva en mi interior y en todo lo que me rodea. Desde este silencio deseo vivir el Adviento en toda su profundidad. Adviento es tiempo de espera esperanzada porque Dios se encarna en el seno de una doncella virgen, llamada María. “La virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que significa: «Dios con nosotros»” (Mt 1,23).

El silencio de María es una de las actitudes en las que debemos meditar y profundizar en este tiempo de Adviento. María ha recibido al Verbo en su seno y vive el “adviento de nueve meses” en total silencio y contemplación ante tan gran misterio. Nada tiene que ver con el Adviento que, en general, vivimos los cristianos, tan lleno de folclore y publicidad que anuncian una falsa Navidad que está muy lejos de festejar y celebrar el nacimiento del Emmanuel, el Dios con nosotros. La Navidad cristiana en nada se parece a lo que las multinacionales presentan y ofrecen, su marketing fomenta el consumo que está muy lejos de favorecer la celebración la Navidad desde una dimensión de gozo y acción de gracias por el don maravilloso que Dios nos hace al enviarnos a su propio Hijo. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,1-8).

El silencio de María, en torno a la encarnación del Verbo, está envuelto en la humildad, el amor y la adoración. Nos parecería lo más normal que ella hubiese anunciado, al menos a las personas más íntimas y queridas, que el Mesías iba a nacer, que en su seno se había encarnado el misterio incomprensible para la inteligencia humana, incluso para ella misma y José, su esposo. Sin embargo, María, desde su profunda humildad, guarda silencio, pues comprende que no le corresponde a ella anunciar un tal misterio. María se calla, para dejar que Dios hable. Ella confía y adora. Dios verá el momento y elegirá los instrumentos que él considere para revelar el misterio de la Encarnación en el seno de María. A José, es el ángel quien se lo revela, en un sueño: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 20,21). Y a Isabel, es el Espíritu Santo en el encuentro con María quien le hace proclamar: “¡Dios te ha bendecido más que a todas las mujeres, y ha bendecido a tu hijo! ¿Quién soy yo, para que venga a visitarme la madre de mi Señor? Pues tan pronto como oí tu saludo, mi hijo se estremeció de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú por haber creído que han de cumplirse las cosas que el Señor te ha dicho!” (Lc 1,39ss).

María en el silencio orante cree y espera. En el nacimiento, serán los ángeles los embajadores de anunciar la venida del Hijo de Dios. “Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada. Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el Ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor. El ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace»” (Lc 2,9-11).

María, desde el anuncio de la Encarnación, vive sumergida en su interior, envuelta en un silencio de gratitud y adoración; y apenas nacido el niño, la vemos silenciosa y maravillada ante lo sucedido: “El Hijo de Dios hecho hombre”. Y en este silencio contemplativo transcurre toda su vida. Para María, el silencio es una actitud interior constante. El silencio de María no consiste en la ausencia de palabra, sino en la presencia de Dios. María acoge y contempla a Dios encarnado en ella. Podríamos decir que dos son las razones del silencio de María: la necesidad de interiorizar el misterio que le sobrepasa: Dios hecho Hombre en su propio seno y el deseo de acoger este gran misterio desde el amor que ella, creatura humana, es capaz de dar a su Creador. Estas dos razones derivan de la fe y de la humildad de María. Ella, la predilecta del Padre, la amada y elegida, se sumerge en ese silencio amoroso, como el mejor signo de agradecimiento al don que ha recibido del Padre. Pensemos que el silencio es el lenguaje del más puro amor, la intimidad más profunda y lograda se realiza siempre en silencio. El silencio en compañía es lo que mejor expresa el amor. Por esto, ante esta realidad, toda palabra es vana y María guarda silencio para entrar en ella misma y desde lo más profundo de ella vivir bajo la acción de Dios el misterio de la maternidad divina.

María sabe que la Encarnación de Dios es para todos, que ella solamente es el instrumento que Dios ha elegido. Por eso quiere eclipsarse en el silencio, para dejar todo el protagonismo a Dios hecho Hombre, para que los hombres vean, ante todo, a Jesús y le reconozcan como el Hijo de Dios, el Salvador. María queda en la penumbra para que Jesús resplandezca; él que es la luz del mundo, el centro, la atracción de todos los hombres y de todos los pueblos. El silencio y olvido de sí van muy unidos. María se olvida totalmente de ella para mostrarnos a su hijo salido de sus entrañas: Jesús. La iconografía pone muy de manifiesto este gesto de María mostrando en primer plano a Jesús, en una postura de entrega y olvido de sí, ella siempre se queda en segundo plano.

En nuestra vida el silencio interior y el olvido de sí, unido a la humildad, deberían ser una meta a alcanzar, sabiendo desaparecer para que Jesús se haga más visible en nuestro mundo a través de nuestra vida. Nuestra vida es la que realmente debe manifestar a Jesús. Esto conlleva una gran exigencia que solamente podremos vivir desde la dimensión contemplativa que nos sumerge en la adoración, dejando el protagonismo personal para darle todo el protagonismo al Hijo de Dios, como lo hizo María.

Si realmente este Adviento llegamos a comprender y gustar el silencio, viviremos con gozo el tiempo de espera; porque el silencio no es ausencia de palabras, sino presencia de Dios en nuestro corazón. Adviento no es solamente un tiempo determinado, sino una disposición permanente del interior, del corazón. Cuando se vive esta presencia, también se vive en armonía, en el gozo que produce el encuentro con el ser amado; de alguna manara participamos de ese gozo de María que le hizo permanecer siempre como mujer serena ante todos los acontecimientos de su vida. “Vuestra fuerza está en el silencio” (Is 30,15).

María, en este tiempo del Adviento, te llamamos Madre de la Esperanza, porque tú das al mundo al Hijo de Dios, enviado para la salvación de quienes realmente lo acogen en su corazón y se dejan salvar por su gran amor. Te pedimos intercedas por tus hijos e hijas, para obtener el don del silencio, la fuerza para oponernos a la corriente moderna del ruido estresante, de las palabras vacías y sin sentido; y concédenos la capacidad de escuchar a Jesús, el único que realmente puede decirnos palabras de vida eterna.
El silencio es la bella melodía del Espíritu.

La música callada de tu alma.

¡Escúchalo!

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Madre del Mundo Nuevo

Domingo, 8 de diciembre de 2019

El 8 de diciembre de 1854, Pío IX definió este dogma con las siguientes palabras: «Para honor de la santa e indivisa Trinidad…, declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles». Antes, la Orden Franciscana, en su Capítulo celebrado en Toledo el año 1645, «escogió a la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, en cuanto la confesamos y celebramos inmune de la culpa original en su misma Concepción, como Patrona singular de toda la Orden de los Frailes Menores». Y aquello no fue una novedad rara en la historia de la familia franciscana, que desde sus primeros tiempos se distinguió como defensora acérrima de este privilegio sin par de María. El beato Juan Duns Escoto fue su adalid, y la campaña por él iniciada la prosiguió la Orden, sin desmayos, a lo largo de los siglos. Así celebramos hoy el “gran momento de la historia cuando cielos y tierra, la creación entera enmudeció esperando escuchar el «FIAT» de nuestra Señora”

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MADRE DEL MUNDO NUEVO

Estamos otra vez en el Principio.
Dios quiere hablar y el aire se acrisola.
Como un niño, en la sangre, nace el mundo;
y del caos emerge la Esperanza, con sus flores salvadas de la muerte.
(Este ramo de olivo que crece en tus pisadas, paloma de Sus Ojos,
tendrá toda la Tierra penitente para echar las raíces…).

Aún no mugía el mar, ni tendía sus lonas el cielo por los montes,
y tú jugabas ya -la consentida- en la plaza infinita de Sus Manos:
primera siempre al mimo de Su Gozo…
Si estamos otra vez en el Principio, tendrás que amanecer: el Mundo Nuevo
necesita la puerta de tu seno para llegar incólume,
(Belén se apuesta siempre detrás de tus espaldas).

Mientras los hombres buscan sus tesoros piratas -¡los bajeles perdidos de sus rutas sin norte!-,
un día, inesperado, tú surges de las simas del Paranagua, viva,
como un tesoro tierno a la memoria,
antigua de ternura y de favores, coronada de espuma de sorpresas,
con el Niño en los brazos, ofrecido…
La Tierra está en mantillas, dormida en tu regazo.

La Europa verdadera, como un cruzado loco que vuelve escarmentado
de tantas aventuras,
espera tu venida junto a Chartres y en la umbría sagrada de Einsiedeln.
Los almendros latinos aún tienen primavera para acoger tus plantas.
Todavía hay pastores y un buey manso en la cumbre.
¡Todo el cuerpo de Europa se ha hecho gruta, en la herida,
para enmascarar la luz de tu presencia!

América sacude sus pañales, con un grito rebelde, contra el mar transitado,
pero en su boca niña balbucea, cantando, tu nombre, Guadalupe,
y late la manigua como un puerto que siente tu llegada:
-¡Vendrá Santa María, libre de carabelas!
Como una diosa estéril y fecunda, empapada en la lluvia de la Espera,
como una cruz cansada de martirio,
Asia cruje, sangrando por sus lotos…
¡Pero el bambú ya ensaya cañas de profecía detrás de las Comunas;
la Luna sabia sigue tus pies para calzarte,
y en la liturgia hindú llama a tu Hijo el arpa de Tagore y de los parias!

Mientras llegan los sueños en cayuco inestable,
y acosada por todos los pájaros secretos que hierven en la selva con la noche,
Africa arrulla, alborotadamente, sus veinte cunas nuevas.
Se quiebran sus tambores en parches de alegría
y las lanzas preguntan por la aurora:
¡porque el mar no termina en la mirada!
Y danzan sus miningas, con las anillas rotas,
enarbolando el sol entre las risas,
¡porque hay una Mujer sobre las chozas, detrás de las estrellas,
con el sol en los hombros, como un clote!
Con los sueños que llegan en cayuco inestable, arriba el Evangelio mecido por tus manos;
llegan tus manos fieles, con la Paz en la proa.

Neófitas de sal y de promesas, las Islas balbucientes acuden al marfil de tu garganta,
con un abrazo tenso de siglos de impaciencia, seguras del Encuentro.

¡Todos los meridianos se enhebran en la rosa de tu Nombre…!

Estamos otra vez en el Principio
y nace el mundo, nuevo, del seno de tu Gracia,
hermosamente grande y sin fronteras.
¡Que callen los profetas fatídicos! Cabemos
todos juntos, hermanos, en la mesa que el Padre ha abastecido.
¡Que calle todo miedo, para siempre!

Los átomos dispersos se engarzarán, sumisos, en tu manto;
y el cielo, descubierto en mil caminos,
se hará pista a tus viajes de ¡da y vuelta -de Dios hasta los hombres-,
¡nostalgia nuestra, Asunta!

…Dios llega al aeropuerto de la Historia;
a tiempo en todo Tiempo, el heredado pulso de tu sangre.

Los sellos del Concilio acuñan tu figura sobre la piel lavada de la Iglesia,
y llega una corona de voces alejadas, en pleamar dichosa,
al pie de tu Misterio…

Estamos otra vez en el Principio y ha empezado tu era:
¡por derecho de Madre tú patentas la luz amanecida!

*

Pedro Casaldáliga
“Llena de dios, y tan nuestra”.
Antología mariana

***

pieta-kim-ki-duk

Pieta,
de Kim Ki-duk.

La aurora es un momento fabuloso: el que precede inmediatamente al salir el sol. Antes sólo eran tentativas. Un leve palidecer el cielo por oriente, apenas visible en la noche. Sigue un clarear creciente, lentamente al comienzo, luego más rápidamente, siempre más rápidamente. Finalmente un instante en el que el surgir de la luz es tan victorioso y ardiente, el esplendor tan cegador a los ojos habituados a la noche, que nos podríamos creer ante el mismo sol: apenas un instante después, como una llamarada, su luz arde en el hilo del horizonte. Y finalmente el sol. Hasta ese momento, nos podíamos haber engañado, pues ya se transparentaba en lo que sólo era la aurora. Lo mismo la Inmaculada concepción. Primero, a lo largo de los siglos precedentes, se trataba del alba de Cristo, de los comienzos de su pureza y santidad, ya maravillosos considerando que se realizaban en la naturaleza humana, pero aún oscuros respecto a El. María es el culmen de la aurora, el surgir del día. Pero su luz ilumina a todos. La Inmaculada concepción distingue a María de los demás humanos sólo para unirla más a Cristo, que pertenece a todos (…).

Tras el decreto que estableció la venida de Cristo, se da esta larga preparación que ya la realiza inicialmente y que llena toda la historia antigua de la humanidad. Ahora bien, toda esta preparación lleva a María, porque ella (…) es portadora de Cristo. La preparación es inmensa: es la única obra de Dios mismo en este mundo; se compromete con todo su amor: haciendo confluir, en virtud de su gracia, todo lo que en nuestros esfuerzos humanos hay de verdaderamente bueno: se plasma una naturaleza humana que será la suya.

Llega un día en que todo está preparado. En la Virgen todo se reúne para pasar de ella al Hijo (…). María es la figura absoluta y total, y lo es para siempre, porque, siendo Madre de Dios, es la que une el Hombre-Dios con la humanidad.

*

É. Mersch,
La théologie du Corps mystique,
I
, Tournai 1944, 219-221.

***

La misión maternal de María hacia los hombres no oscurece ni disminuye de ninguna manera la única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia.

Porque todo el influjo salvífico de la bienaventurada Virgen en favor de los hombres nace del divino beneplácito y de la superabundancia de los méritos de Cristo, se apoya en su mediación, depende totalmente de ella y de la misma saca toda su virtud; y lejos de impedirla, fomenta la unión inmediata de los creyentes con Cristo.

La bienaventurada Virgen, predestinada, junto con la Encarnación del Verbo, desde toda la eternidad, cual Madre de Dios, por designio de la divina providencia,  fue en la tierra la esclarecida Madre del Divino Redentor y, de forma singular, la generosa colaboradora entre todas las criaturas y la humilde esclava del Señor.

Y esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación y lo mantuvo sin vacilación al pie de la cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación.

Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz. Por eso, la bienaventurada Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de abogada, auxiliadora, socorro, mediadora.

La Iglesia no duda en atribuir a María ese oficio subordinado: lo experimenta continuamente y lo recomienda al corazón de los fieles para que, apoyados en esta protección maternal, se unan más íntimamente al Mediador y Salvador .

*

Del Concilio Vaticano II,
Lumen gentium, 60-62.

***.

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“La alegría Posible”. Fiesta Inmaculada Concepción – A (Lucas 1,26-38)

Domingo, 8 de diciembre de 2019

02_Adv_A-02-MariaLa primera palabra de parte de Dios a sus hijos, cuando el Salvador se acerca al mundo, es una invitación a la alegría. Es lo que escucha María: «Alégrate».

Jürgen Moltmann, el gran teólogo de la esperanza, lo ha expresado así: «La palabra última y primera de la gran liberación que viene de Dios no es odio, sino alegría; no es condena, sino absolución. Cristo nace de la alegría de Dios, y muere y resucita para traer su alegría a este mundo contradictorio y absurdo».

Sin embargo, la alegría no es fácil. A nadie se le puede forzar a que esté alegre; no se le puede imponer la alegría desde fuera. El verdadero gozo ha de nacer en lo más hondo de nosotros mismos. De lo contrario será risa exterior, carcajada vacía, euforia pasajera, pero la alegría quedará fuera, a la puerta de nuestro corazón.

La alegría es un regalo hermoso, pero también vulnerable. Un don que hemos de cuidar con humildad y generosidad en el fondo del alma. El novelista alemán Hermann Hesse dice que los rostros atormentados, nerviosos y tristes de tantos hombres y mujeres se deben a que «la felicidad solo puede sentirla el alma, no la razón, ni el vientre, ni la cabeza, ni la bolsa».

Pero hay algo más. ¿Cómo se puede ser feliz cuando hay tantos sufrimientos sobre la tierra? ¿Cómo se puede reír cuando aún no están secas todas las lágrimas y brotan diariamente otras nuevas? ¿Cómo gozar cuando dos terceras partes de la humanidad se encuentran hundidas en el hambre, la miseria o la guerra?

La alegría de María es el gozo de una mujer creyente que se alegra en Dios salvador, el que levanta a los humillados y dispersa a los soberbios, el que colma de bienes a los hambrientos y despide a los ricos vacíos. La alegría verdadera solo es posible en el corazón del que anhela y busca justicia, libertad y fraternidad para todos. María se alegra en Dios, porque viene a consumar la esperanza de los abandonados.

Solo se puede ser alegre en comunión con los que sufren y en solidaridad con los que lloran. Solo tiene derecho a la alegría quien lucha por hacerla posible entre los humillados. Solo puede ser feliz quien se esfuerza por hacer felices a los demás. Solo puede celebrar la Navidad quien busca sinceramente el nacimiento de un hombre nuevo entre nosotros.

José Antonio Pagola

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Bendito sea Dios… Bendita eres tú.

Domingo, 8 de diciembre de 2019

anuncio-a-mariaDel blog de José Luis Sicre El Evangelio del Domingo:

Si el próximo domingo se leyeran las lecturas normales del Ciclo A, aparecería Juan Bautista predicando la conversión y el perdón de los pecados. Y, al terminar los cuatro domingos de Adviento, el ciclo A no habría dedicado ni un solo pasaje a María (salvo la mención del ángel a José en el cuarto domingo). Cosa rara, porque, cuando va a nacer un niño, la gran protagonista es la madre. Afortunadamente, este año 2019, el segundo domingo cae el 8 de diciembre, día de la Inmaculada, y cede el puesto a esta fiesta (al menos en algunos países).

María inmaculada no significa que sea virgen

El dogma católico no está pensado para gente sencilla, y es fácil que la gente termine confundiendo los términos. Muchos relacionan “inmaculada” con “virgen antes del parto, en el parto y después del parto”. No tienen nada que ver. Inmaculada significa “sin mancha del pecado original”. Como dice la oración después de la comunión: María fue preservada, en el momento de su concepción, de los efectos del primer pecado (el de Adán y Eva), con los que nacemos todos los demás.

Este Hijo se merece la mejor madre

La idea que impulsó este dogma se encuentra en la oración inicial: “Oh Dios, que preparaste a tu Hijo una digna morada”. Idea que se desarrolla ampliamente en el Prefacio: “Libraste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo… Purísima había de ser, Señor, la Virgen que nos diera el Cordero inocente que quita el pecado del mundo…”.

El problema

Aunque lo anterior parezca lógico, a los teólogos les planteaba un gran problema: ¿cómo podía alguien estar libre de pecado antes de que Cristo muriese, si es él quien nos redime del pecado con su muerte? Así se explica que, en la Edad Media, grandes teólogos como San Buenaventura y Santo Tomás de Aquino, estuviesen en contra de la idea de que María nació sin la mancha del pecado original. En siglos posteriores hubo grandes debates y enfrentamiento sobre el tema, aunque cada vez fue mayor el número de sus partidarios, especialmente en España.

La solución

Curiosamente, en la declaración del dogma influirá, al menos indirectamente, la rebelión de los romanos en 1849, deseosos de instaurar la República. Pío IX se vio obligado a huir de los Estados Pontificios, refugiándose en Gaeta. Según el historiador Louis Baunard, fue el cardenal Luigi Lambruschini quien lo animó a proclamar el dogma: “Beatísimo Padre, Usted no podrá curar el mundo sino con la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción. Sólo esta definición dogmática podrá restablecer el sentido de las verdades cristianas y retraer las inteligencias de las sendas del naturalismo en las que se pierden”. Pío IX estuvo de acuerdo, pero antes quiso recabar la opinión del episcopado universal, que me manifestó de acuerdo. El dogma fue proclamado en 1854.

Buscando una base bíblica

Un dogma debe fundamentarse en la Escritura. Y los dos textos que se adujeron son los que tenemos en la primera lectura y el evangelio. En el texto del Génesis, después de maldecir a la serpiente, Dios dice: “Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza cuando tú la hieras en el talón”. El texto hebreo original no habla de ella, sino del él, que se refiere a la enemistad atávica entre el campesino y la serpiente (y que podría aplicarse a Jesús). Pero la traducción latina de la Vulgata cambió él por ella, facilitando la identificación de la mujer con María, la nueva Eva que aplasta la cabeza de la serpiente. El argumento no es muy fuerte, como reconoció Juan Pablo II, porque tergiversa el texto original.

El segundo argumento se encontró en el saludo de Gabriel a María cuando la llama “llena de gracia” (kejaritomene). Esa plenitud excluiría cualquier tipo de pecado, incluido el original.

Solucionando el problema teológico

Suponiendo que los textos anteriores probasen suficientemente, ¿cómo pudo estar libre de pecado María cuando la concibió su madre, si Jesús todavía no había muerto? Los teólogos encontraron la respuesta: Dios la libró “en previsión de la muerte de su Hijo”.

Pensando en el pobre cristiano que va a misa

Lo anterior le resultará a muchos un galimatías teológico y no creo que le aumente su devoción a María. Por eso añado unas reflexiones sencillas.

En el 2º domingo de adviento del ciclo A, Juan Bautista exhorta a la conversión, que consiste en volver a Dios y cambiar de vida. María es el mejor ejemplo de esta conversión. En realidad, no es ella quien vuelve a Dios, es Dios quien se dirige a ella a través de Gabriel. Pero la relación que se establecerá entre Dios y María será la más fuerte que se puede imaginar, mediante la acción del Espíritu Santo y el nacimiento de Jesús. Y si Juan Bautista exige abandonar los proyectos propios y cambiar de forma de actuar, María renuncia a todos sus planes y se pone en manos de Dios: “Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra”.

¿Se imaginaba María lo que estaba aceptando? Gabriel la engañó, al menos de entrada, al decirle que su hijo iba a ser grande, heredaría el trono de Dios y reinaría en la casa de Jacob para siempre. No le dijo que su hijo iba a ser criticado, que lo iban a considerar endemoniado y blasfemo, mucho menos que terminarían condenándolo a muerte. Pero, aunque se lo hubiera dicho, María habría respondido del mismo modo: “He aquí la esclava del Señor”.

María libre de todo pecado no significa que fuera impasible, que asistiera como una estatua a la pasión de su hijo. Significa que el odio, el espíritu de venganza, el rencor, el desánimo, nunca la dominaron. Gabriel le dijo: “has encontrado gracia ante Dios”. Gracia y mucho sufrimiento. Pero, a pesar de sus mentiras piadosas, Gabriel lleva razón. María encontró gracia ante Dios y ante nosotros, que la proclamamos bienaventurada.

En estos momentos en que el odio y el rencor se difunden por tantos ambientes y países con fuerte tradición cristiana, es bueno pedirle que su intercesión “repare en nosotros los efectos de aquel primer pecado”.

Bendita ella, bendito Dios, benditos nosotros

La segunda lectura no menciona a María, subraya el protagonismo de Dios Padre y de Jesús. No solo ella es la gran beneficiada en esta fiesta. También nosotros hemos recibido “toda clase de bienes espirituales y celestiales”. Hemos sido elegidos; hemos sido destinados a ser sus hijos; y, con ello, también a ser sus herederos.

Que María nos ayude a vencer las más diversas inclinaciones al mal y a agradecer a Dios por tanto bien recibido.

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Dios está con María y con cada uno.

Domingo, 8 de diciembre de 2019

dante_gabriel_rossetti_-_ecce_ancilla_domini_-_wga20105Lc 1,26-38

El verdadero ser de Jesús y María es exactamente el mismo que el nuestro. Dios te ha dado a ti exactamente lo mismo que a ellos, porque se te ha dado Él mismo totalmente. No te servirá de nada el escucharlo. Solo cuando lo experimentes, saltará por los aires el corsé que te aprisiona y te impide crecer y ser tú mismo. Haberlo descubierto en María y Jesús es un salto de gigante, pero no es suficiente. Tampoco los razonamientos sirven de nada, pero voy a intentar darte alguno a lo largo de este comentario.

La doctrina de la Inmaculada es un dogma, proclamado por Pío IX en 1854. Puede ser interesante recordar el proceso histórico que llevó a esta formulación. Ni los evangelios ni los Padres de la Iglesia hablan para nada de María inmaculada. La razón es muy simple, no se había elaborado la idea que hoy tenemos del pecado original. Solo cuanto se creyó que todos los hombres nacían con una mancha o pecado (mácula, S. Agustín) se empezó a pensar en una María in-maculada. Este pensamiento caló muy pronto en el pueblo sencillo, siempre abierto a todo lo que estimule su sensibilidad.

Hoy nos parece infantil la discusión que se mantuvo durante la Edad Media entre los “inmaculistas” y los “maculistas”. Entre los más de doscientos teólogos importantes, que no creían en la inmaculada, tal como se concebía en aquella época, encontramos a figuras tan destacadas y tan marianas como S. Bernardo, S. Alberto Magno, S. Buenaventura, Santo Tomás de Aquino. Esto nos muestra que lo que pensaban no tiene nada que ver con la mayor o menor devoción a María. S. Bernardo dice en el año 1140: “esa invocación ignorada de la Iglesia, no aprobada por la razón y desconocida de la tradición antigua”.

La discusión se centraba en un punto muy concreto: La santificación de María, que nadie discutía, ¿se realizó en el primer instante de su existencia o un instante después? Fue Juan Duns Escoto el que, por fin, dio con el argumento decisivo. “A Dios le convenía que su madre fuera inmaculada. Como Dios, puede hacer todo lo que quiera. Lo que Dios ve como conveniente lo hace; luego Dios lo hizo. Ni la idea de Dios ni la idea de salvación ni la idea de pecado original que se manejaba entonces pueden ser sostenidas hoy.

Aunque la realidad del pecado original es un dogma, los exégetas nos dan hoy una explicación del relato del Génesis que no es compatible con la idea de pecado original de S. Agustín: “una tara casi física, que se trasmite por generación a todos”. Menos sostenible aún es que la culpa la tengan Adán y Eva. Hoy sabemos que no ha existido ningún Adán, creado directamente por Dios. El paso de los simios al “homo sapiens” ha sido mucho más lento de lo que habíamos creído.

Si un usuario quema el motor de su coche por no ponerle lubricante, es ridículo pensar que por ese hecho, saldrán desde entonces de fábrica todos los coches chamuscados. El coche sale de fábrica ¡impecable! (fijaros como nos delata el lenguaje), pero tiene que empezar a rodar y ahí quedará patente que hay desgaste. Si el fallo se debiera a un defecto de fábrica, no solo el usuario no tendría ninguna responsabilidad sino que tendría derecho a una indemnización. En nosotros hay una parte divina, pero también hay un parte humana, que termina por prevalecer.

El pecado, incluido el original, no es ningún virus que se pueda quitar o poner. El primer “fallo” (¿pecado?) en el hombre, es consecuencia de su capacidad de conocimiento. En cuanto tuvo capacidad de conocer y por lo tanto de elegir, falló. El fallo no se debe al conocimiento, sino a un conocimiento limitado, que le hace tomar por bueno lo que es malo para él. La voluntad humana elige siempre el bien, pero ella no es capaz de discernir lo bueno de lo malo, tiene que aceptar lo que le propone el entendimiento como tal.

El concepto de pecado como ofensa a Dios necesita una revisión urgente. Creer que los errores que comete un ser humano pueden causar una reacción por parte de Dios, es ridiculizarlo. Dios es impasible, no puede cambiar nunca. Es amor y lo será siempre y para todos. Al fallar, yo me hago daño a mí mismo y a las demás, nunca a Dios. Sea yo lo que sea, la oferta de amor por parte de Dios será siempre invariable. Pero esa oferta no la puede hacer Dios desde fuera de mí. Para Él no hay afuera. Lo divino es el fundamento, la base de mi propio ser. Ahí puedo volver en todo momento para descubrirlo y vivirlo.

El dogma dice: “por un singular privilegio de Dios”. En sentido estricto, Dios no puede tener privilegios con nadie. Dios no puede dar a un ser lo que niega a otro. El amor en Dios es su esencia. Dios no tiene nada que dar, o se da Él mismo o no da nada. Nada puede haber fuera de Dios. Además no tiene partes. Si se da, se da totalmente, infinitamente. Lo que nos dice Jesús es que Dios se ha dado a todos. Lo extraordinario de María y Jesús no lo puso Dios sino ellos mismos. Ahí está su grandeza y singularidad.

María fue lo que fue porque descubrió y vivió esa realidad de Dios en ella. Todo lo que tiene de ejemplaridad para nosotros se lo debemos a ella, no a que Dios le haya colmado de privilegios. Puede ser ejemplo porque podemos seguir su trayectoria y podemos descubrir y vivir lo que ella descubrió y vivió. Si seguimos considerando a María como una privilegiada, seguiremos pensando que ella fue lo que fue gracias a algo que nosotros no tenemos, por lo tanto, todo intento de imitarla sería vano.

Hablar de María como Inmaculada tiene un sentido mucho más profundo que la posibilidad de que se le haya quitado un pecado antes de tenerlo. Hablar de la Inmaculada es tomar conciencia de que en un ser humano (María) descubrimos algo, en lo hondo de su ser, que fue siempre limpio, puro, sin mancha alguna, inmaculado. Lo verdaderamente importante es que, si ese núcleo inmaculado se da en un solo ser humano, podemos tener la garantía de que se da en todos. Esa parte de nuestro ser, que nada ni nadie puede manchar, es nuestro auténtico ser. Es el tesoro escondido, la perla preciosa.

Para descubrir esa realidad tienes que bajar hasta lo más hondo de tu ser. Descubrirás primero los horrores de tu falso yo. Será como entrar en un desván oscuro lleno de muebles rotos, ropa vieja, telarañas, suciedad. Al encontrarte con esa realidad, la tentación es salir corriendo, porque tendemos a pensar que no somos más que eso. Pero si tienes la valentía de seguir bajando, si descubres que eso, que crees ser, es falso, encontrarás tu verdadero ser luminoso y limpio, porque es lo que hay de divino en ti.

La fiesta de María Inmaculada manifiesta la cercanía de lo divino en ella y en nosotros. En ella descubrimos las maravillas de Dios. Pero lo singular de María está en que hace presente a Dios como mujer, es decir, podemos descubrir en ella lo femenino de Dios. Para una sociedad que sigue siendo machista, debería ser un aldabonazo. María es grande porque descubrió y vivió lo divino que había en ella. No son los capisayos que nosotros le hemos puesto a través de los siglos, los que hacen grande a María sino haber descubierto su ser fundado en  Dios y haber desplegado plenamente su feminidad desde esta realidad.

Meditación

“Él nos eligió para que fuésemos inmaculados”, dice Pablo.
Esa elección es para todos sin excepción.
Que nadie te convenza de que eres basura.
No basta con haber oído que el tesoro está ahí.
Es necesario experimentar y vivir esa presencia.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Yo no soy virgen.

Domingo, 8 de diciembre de 2019

la-virgen-de-pasoliniEn el jardín de la Iglesia se cultivan: Las rosas de los mártires, los lirios de las vírgenes, las yedras de los casados, las violetas de las viudas (San Agustín).

8 de diciembre. Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María

Lc 1, 26-38

El estupor se apoderó de todos y daban gracias a Dios sobrecogidos; decían: Hoy hemos visto cosas increíbles v.26

Los críticos están de acuerdo en que este pasaje no es estrictamente una narración de milagro, sino más bien una enseñanza del evangelista sobre el poder y los alcances de la fe.

La virginidad no es apreciada en el Antiguo Testamento: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gén 2,18).

El matrimonio era el único modo de vida que coincidía con el espíritu de la Ley, ya que la sexualidad era considerada como parte del orden de la Creación, y la virginidad equivalía a la esterilidad y significaba no tener participación en la bendición que es tener el hijo (Sal 128,3-6); por ello, la hija de Jefté llora su virginidad (Jue 11,37). Era apreciada sin embargo la virginidad anterior al matrimonio (Gén 24,16; Jue 19,24; Lev 21,23).

El celibato no era corriente y era desaprobado por los rabinos, pues pensaban que el hombre debía casarse a los dieciocho años y que si pasaba de los veinte sin tomar mujer, transgredía el mandato divino e incurría en el disgusto de Dios, pero ninguna ley obligaba taxativamente a hacerlo; se entendía que el matrimonio no era sólo para tener compañía y procrear, sino para realizarse como persona: “Quien no tiene mujer no es hombre completo”, era un dicho rabínico.

En el Nuevo Testamento notamos un gran cambio. La madre de Jesús es la única mujer a quien se aplica, casi como un título, el nombre de virgen (Lc 1,27; Mt 1,23). María va a ser madre y virgen a la vez.

 

Jesús permaneció virgen y fue quien reveló el verdadero sentido, la total disponibilidad, y el carácter sobrenatural de la virginidad. Cristo no la impone, pero se refiere a ella como un don de Dios, pues sólo está al alcance de “aquéllos a quienes Dios se lo concede” (Mt 19,11) y alaba a los “eunucos que a sí mismos se hicieron tales por razón del reino de los cielos” (Mt 19,12).

San Pablo afirma en 1 Cor 7,7 que el celibato como estado de vida es un don de Dios, si bien el matrimonio también lo es, y aunque en 1 Cor 7,25-40 recomienda el matrimonio, enseña que la virginidad ha de ser preferida. Ve la opción por la virginidad como una vocación específica que no duda en aconsejar. La motivación profunda, verdaderamente paulina, es que el no casado se preocupa más de las cosas del Señor: “ser santo en cuerpo y en espíritu” (v. 34).

Pablo tiene el sentido de caminar sin divisiones al encuentro del Señor. Este mismo motivo es presentado por el Apóstol a todos los corintios: deben ser hallados irreprensibles en el día de N. S. Jesucristo (1 Cor 1,8). 2 Cor 11,2 también supone la eminencia de la virginidad. Ap 14,4: “Estos son los que no se mancharon con mujeres, pues son vírgenes. Éstos siguen al Cordero adonde quiera que vaya, y han sido rescatados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero”. En este paso la palabra “vírgenes” está empleada en sentido figurado y designa a los que se han negado a la prostitución de la idolatría pagana, siendo fieles a la fe y enteramente dados a Cristo.

San Agustín dijo, y él era en estas cosas maestro: “En el jardín de la Iglesia se cultivan: Las rosas de los mártires, los lirios de las vírgenes, las yedras de los casados, las violetas de las viudas” (San Agustín)

Hoy hemos visto cosas increíbles, dijo Lucas, y a fe que esto es cierto, como también lo es que yo no soy virgen: la virginidad del alma me la arrebató un dominico, en una de las reuniones de los viernes con él en Parquelagos, y la del cuerpo la perdí yo de mi propia cuenta en cuanto tuve la oportunidad de hacerlo.

Luis de Góngora y Argote nos ofrece estos versos:

Si ociosa no, asistió Naturaleza
incapaz a la tuya oh gran Señora,
concepción limpia donde ciega ignora
lo que muda admiró de tu pureza.

Díganlo, oh Virgen, la mayor belleza
del día cuya luz tu mano dora,
la que calzas nocturna brilladora,
los que ciñen carbunclos tu cabeza.

Pura la Iglesia ya, pura te llama la Escuela,
y todo afecto pío sabio,
cultas en tu favor da plumas bellas.

¿Qué mucho, pues, si aún hoy sellado el labio,
si la naturaleza aún te aclama
Virgen pura, si el Sol, Luna y estrellas?

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Hágase en nuestra humanidad.

Domingo, 8 de diciembre de 2019

80_x_110_cm.La_Anunciacion_-_45_insetLc 1, 26-38

8 de diciembre de 2019

La liturgia de este domingo nos sitúa la fiesta de la Inmaculada en el marco del Adviento. Nos propone una honda reflexión sobre el texto de la Anunciación del nacimiento de Jesús adquiriendo la figura de María un protagonismo indiscutible. Para una comprensión más ajustada hemos de inscribir este relato en el contexto del pueblo de Israel y su esperanza mesiánica. Éste sería su aspecto de continuidad, pero es importante notar también sus puntos discontinuos y que son fuerza de arranque del cristianismo. Hay mucho silencio en torno a María y su historia, existen más antecedentes de reflexión teológica que históricos pero los datos de su vocación la sitúan en un primer plano en la historia cristiana.

Todos los líderes de Israel llevan asociados un relato de vocación, pero en este caso es la vocación de María la que es narrada por Lucas con una explícita intencionalidad. Se trata de un texto muy profundo que alterna la vocación de María con el anuncio del nacimiento de Jesús. Esta narración discurre en paralelo con el anuncio del nacimiento de Juan anunciado a Zacarías. La anunciación del nacimiento de Juan se realiza a un sacerdote en el Templo, en María, Dios se hace presente en el pueblo, en la realidad del mundo; el mensaje salvador ahora se inscribe en la historia. En este anuncio hay una doble particularidad que rompe con los esquemas de la tradición judía: es a una mujer con nombre propio (ni varón, ni sacerdote) y el impacto de este encuentro no es una misión para cumplir, sino la misma entrada de Dios en la historia como humano. La revelación ya no es a través de un rol religioso sino en la cotidianidad del ser humano que ahora es susceptible de la acción de Dios. Es la persona el lugar sagrado, el nuevo escenario de Dios.

Comienza el texto con un saludo del personaje del ángel que representa a Dios, un saludo que incluye un desglose de la identidad de María. Antes de revelar la misión, revela su identidad: “llena de Dios”. No la convierte en un instrumento del “Altísimo” sino que reconoce su condición de persona usando la misma expresión que con otros líderes israelitas: “el Señor está contigo”. María reacciona como persona; primero desde la emoción “se turbó…” y posteriormente racionaliza lo que vive: se preguntaba por el significado de aquel saludo. Ya hay una elaboración importante de lo que está viviendo. El ángel continúa con su mensaje y ahora presenta la misión de María con expresiones indicadas en futuro. La maternidad de María, como misión explícita, no es una imposición de nadie, pero sí tiene un sentido que trasciende lo biológico porque su Hijo será un nuevo referente de humanidad a través del cual Dios se hace liberación. La evolución del conocimiento humano hace consciente a un Dios que habita y actúa en su misma entraña.

Continúa el texto aludiendo a que María pide datos para avanzar en la comprensión de lo que se le está proponiendo para una aceptación responsable.  Es un diálogo que va revelando la identidad humana y divina en unidad y distinción. Dios no anula a María, espera su respuesta porque el amor más auténtico es aquel que respeta la libertad, el que no invade, sino el que espera a ser aceptado.

Termina María con unas palabras que vuelven a recordarnos a los grandes líderes de Israel: “he aquí la sierva del Señor”, palabras que la liberan de toda dependencia de otro semejante y la vinculan a la Historia de Israel con voz propia y como potencia mesiánica. Sus últimas palabras “Hágase en mi” renueva el hágase pronunciado por Dios en la Creación para dar paso a una nueva humanidad; ahora Dios ya no es un Otro que llega sino sustrato que construye desde dentro lo humano en una dinámica de “encarnación”.

Desde estas claves la Inmaculada Concepción de María adquiere todo su sentido: Dios ha suscitado un nuevo modo de existencia y María se convierte en la primera persona de la cadena humana que es consciente del origen divino de su Ser. Se establece un nuevo orden en la trama humana: el pecado y la ruptura con Dios queda en un plano inferior porque existe un espacio de gracia y de conexión con Dios indestructible. Creer que es destructible es darle poder al pecado y minimizar el amor liberador de Dios.  María es un referente de persona liberada de todo aquello que mutila la dignidad y la inviolabilidad de nuestra existencia. Hay una nueva revelación de la Creación, una confirmación de que la realidad divina forma parte de nuestra humanidad. María, mujer que coopera en la liberación del género humano, nos invita este domingo a recuperar nuestra capacidad de encarnar la VIDA en nuestra historia personal y eclesial. Una Iglesia consciente de que vive “llena de Dios” es capaz de avanzar hacia lo esencial.

FELIZ DOMINGO

Rosario Ramos

Fuente Adulta

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Nuestra Señora del Pilar, Patrona de Aragón y Zaragoza

Sábado, 12 de octubre de 2019

136f9095482933f8074b8befdc0fed89El origen de la devoción a la Virgen del Pilar se remonta al siglo I. Cuenta le leyenda que, desde Jerusalén, donde aún vivía la Virgen María, vino a España para confortar al apóstol Santiago el Mayor en las tareas de evangelización. La tradición afirma que lo visitó milagrosamente a las orillas del río Ebro, donde Santiago estaba reunido con los primeros hispanos convertidos al cristianismo.

Como recuerdo de aquel acontecimiento se levantó más tarde en aquel lugar una capillita en honor de Nuestra Señora, venerando su imagen en un pilar. Documentos monacales del siglo IX dan testimonio del templo dedicado en la ciudad de Zaragoza a María siempre Virgen.

La advocación de nuestra Señora del Pilar ha sido objeto de un especial culto por parte de los españoles. En pocos templos de los pueblos de España falta la imagen de la Virgen del Pilar.

Su basílica, a las orillas del Ebro a su paso por Zaragoza, es un lugar privilegiado de oración, donde sopla con fuerza el Espíritu.

Esta devoción a la Virgen del Pilar fue llevada también en las carabelas de Colón hasta los pueblos hermanos de América. Desde el año 1908, en el interior de la gran basílica que hoy existe en Zaragoza, junto al altar de la Virgen hacen guardia de honor a nuestra Señora las banderas de los países hispanoamericanos.

El papa Inocencio XIII, en 1723, concedió oficio litúrgico propio de la Virgen del Pilar para el día 12 de octubre.

***

LECTIO

Primera lectura:

Primer libro de las Crónicas 15,3-4.15-16; 16,1-2

David reunió en Jerusalén a todo Israel para trasladar el arca del Señor al lugar que le había preparado. Reunió a los hijos de Aarón y a los levitas.

Los levitas transportaron el arca apoyando las barras sobre sus hombros, como lo había prescrito Moisés, por orden del Señor.

David ordenó a los jefes de los levitas que dispusieran a sus hermanos los cantores con todos los instrumentos musicales de acompañamiento, arpas, cítaras y címbalos, e hicieron resonar bellas melodías en señal de regocijo.

Metieron el arca de Dios y la colocaron en medio de la tienda que David había levantado para ella. Ofrecieron luego al Señor holocaustos y sacrificios de reconciliación.

Cuando David terminó de ofrecer los holocaustos y los sacrificios de reconciliación, bendijo al pueblo en nombre del Señor.

Estos versículos de los capítulo 15 y 16 del libro de las Crónicas, que presenta la liturgia en la fiesta de la Virgen del Pilar, hacen referencia a la gran fiesta que celebró David el día que trasladó el arca de Dios desde Baalá a Jerusalén. Dice el texto del libro de Samuel que en esa fiesta «David danzaba ante el Señor frenéticamente… entre gritos de júbilo y al son de trompetas» (2 Sm 6,14-15). Jerusalén se convierte, por la presencia del arca, en ciudad santa, ciudad bendecida por Dios. En aquella fiesta, David convocó a todo Israel: era una fiesta nacional de bombo y platillo.

En las letanías de nuestra Señora invocamos a María como Arca de la Nueva Alianza y Templo del Espíritu Santo. Aquel regocijo de David con todo su pueblo, las ofrendas y oraciones que hicieron y la bendición que recibieron eran imágenes de esta fiesta en la que el arca de la Nueva Alianza vino de Jerusalén a Zaragoza para bendecir a los nuevos cristianos y para asentar su trono en el gran templo de nuestros corazones.

***

Segunda lectura:

Hechos de los apóstoles 1,12-14

Entonces regresaron a Jerusalén desde el monte de los Olivos, que dista poco de Jerusalén, lo que se permitía andar en sábado.

Y así que entraron, subieron a la estancia de arriba, donde se alojaban habitualmente. Eran Pedro y Juan, Santiago y Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé y Mateo, Santiago el de Alfeo, Simón el Zelota y Judas el de Santiago.

Todos ellos hacían constantemente oración en común con las mujeres, con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.

 Después de la ascensión de Jesús a los cielos, el libro de los Hechos de los apóstoles se centra en la constitución de la comunidad cristiana. Los que le habían seguido por el camino son convocados por el Espíritu para seguir con la misión de Jesús. En el grupo de los que acompañaban a Jesús en su vida pública estaban María, su madre, y otras mujeres. El evangelio de Lucas, en el capítulo 8, dice que junto con los Doce le seguían María Magdalena, Juana, Susana y otras muchas.  En estos versículos que leemos en la fiesta de la Virgen del Pilar, se resalta la presencia de María en esta primera comunidad pospascual. Ella, los apóstoles y algunas mujeres perseveraban en la oración común.

Esta oración entre hombres y mujeres da un tono peculiar a la primera comunidad cristiana, muy distinto a lo que se hacía en la sinagoga judía. Jesús había roto la separación, y la primera comunidad sigue acorde con el estilo de Jesús. Podemos pensar en la importancia de María en la formación de esa primera comunidad de Jerusalén y trasladar, sin esfuerzo, esa misma importancia en el apoyo a Santiago en la formación de la primera comunidad de España.

*

Evangelio:

Lucas 11,27-28

Mientras decía esto, una mujer de entre la gente gritó:

– «Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron».

Pero él le dijo:

«Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica».

Arrebatada por la emoción del momento, una mujer del pueblo, corazón en mano, alaba a Jesús y le dice cuan orgullosa tenía que estar su madre por haberlo llevado en su seno. Las palabras de la mujer son un cumplimiento de la profecía sobre María de Lc 1,28: «Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones».

Pero Jesús, humilde y sencillo como su madre, traslada la atención de él mismo y de su madre a una insistencia más central: realmente, es más dichoso el que escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica. La grandeza personal de María está en haber escuchado a Dios y haber dado un «sí» incondicional.

María escuchó y puso en práctica la Palabra de Dios al responder en la anunciación: «He aquí la esclava del Señor». Es una actitud humilde, valiente, libre y auténtica.

María, que meditó en su corazón las palabras y los gestos de Jesús, hace pensar en aquellos que «escuchan la Palabra con un corazón noble y generoso» (Lc 8,15).

*

MEDITATIO

Del libro del Eclesiástico 24,3-15:

Yo salí de la boca del altísimo y cubrí la tierra como una niebla. Habité en las alturas, y mi trono fue columna de nube. Sola recorrí el círculo celeste, y por las profundidades del abismo me paseé. En las olas del mar, en toda la tierra, en todo el pueblo y nación yo imperé. En todos ellos busqué el reposo, y en qué territorio instalarme. Entonces me ordenó el creador de todas las cosas, mi hacedor fijó el lugar de mi habitación, y me dijo: «Pon tu tienda en Jacob, y en Israel ten tu heredad».

Desde el principio y antes de los siglos me creó, y existiré eternamente. En su santa tienda, en su presencia, ejercí el ministerio, y así en Sión me instalé. En la ciudad amada establecí mi residencia, y en Jerusalén tuve la sede de mi imperio. En el pueblo glorioso eché raíces, en la porción del Señor, en su heredad. Crecí como el cedro en el Líbano, como el ciprés en las montañas del Hermón. Crecí como palmera en Engadí, cual brote de rosa en Jericó; como magnífico olivo en la llanura, crecí como el plátano. Como el cinamomo y el espliego he dado mi aroma, como mirra escogida exhalé mi perfume; como gálbano, ónix y estacte, y como perfume de incienso en el tabernáculo. Yo extendí como terebinto mis ramas, y mis ramas están llenas de gracia y de majestad. Como vid eché hermosos sarmientos, y mis flores dan frutos de gloria y de riqueza. Venid a mí los que me deseáis, y saciaos de mis frutos.

*

ORATIO

Virgen santa del Pilar:

Desde este lugar sagrado

alienta a los mensajeros del Evangelio,

conforta a sus familiares

y acompaña maternalmente

nuestro camino hacia el Padre,

con Cristo, en el Espíritu Santo. Amén.

(Oración de Juan Pablo II ante el altar de la Virgen del Pilar en Zaragoza.)

 

*

CONTEMPLATIO

La piedad de la Iglesia a la santísima Virgen María es un elemento intrínseco del culto cristiano. La veneración que la Iglesia ha dado a la Madre del Señor en todo tiempo y lugar -desde el saludo y la bendición de Isabel hasta las expresiones de alabanza y súplica en nuestro tiempo- constituye un sólido testimonio de que la lex orandi de la Iglesia es una invitación a reavivar en las conciencias su lex credendi. Y viceversa: la fe viva de la Iglesia requiere que por todas partes florezca lozana su oración fervorosa a la Madre de Cristo. Culto a la Virgen de raíces profundas en la palabra revelada y de sólidos fundamentos dogmáticos.

La misión maternal de la Virgen empuja al pueblo de Dios a dirigirse con filial confianza a aquella que está siempre dispuesta a acogerlo con afecto de madre y con eficaz ayuda de auxiliadora; por eso el pueblo de Dios la invoca como consoladora de los afligidos, salud de los enfermos, refugio de los pecadores, para obtener consuelo en la tribulación, alivio en la enfermedad, fuerza liberadora en el pecado; porque ella, la libre de todo pecado, conduce a sus hijos a esto: a vencer con enérgica determinación el pecado. Y -hay que afirmarlo nuevamente- dicha liberación del pecado es la condición necesaria para toda renovación de las costumbres cristianas.

La santidad ejemplar de la Virgen mueve a los fieles a levantar «los ojos a María, la cual brilla como modelo de virtud ante toda la comunidad de los elegidos». Virtudes sólidas, evangélicas: la fe y la dócil aceptación de la Palabra de Dios (cf. Lc 1,26-38; 1,45; 11,27-28; Jn 2,5); la obediencia generosa (cf. Lc 1,38); la humildad sencilla (cf. Lc 1,48); la caridad solícita (cf. Lc 1,39-56); la sabiduría reflexiva (cf. Lc 1,29.34; 2,19.33.51); la piedad hacia Dios, pronta al cumplimiento de los deberes religiosos (cf. Lc 2,21.22-40.41), agradecida por los bienes recibidos (Lc 1,46-49); la fortaleza en el destierro (cf. Mt 2,13-23), en el dolor (cf. Lc 2,34-35.49; Jn 19,25); la pobreza llevada con dignidad y confianza en el Señor (cf. Lc 1,48; 2,24); el vigilante cuidado hacia el Hijo desde la humildad de la cuna hasta la ignominia de la cruz (cf. Lc 2,1-7; Jn 19,25-27); la delicadeza provisoria (cf. Jn 2,1-11); la pureza virginal (cf. Mt 1,18-25; Lc 1,26-38); el fuerte y casto amor esponsal.

De estas virtudes de la Madre se adornarán los hijos que con tenaz propósito contemplan sus ejemplos para reproducirlos en la propia vida. Y tal progreso en la virtud aparecerá como consecuencia y fruto maduro de aquella fuerza pastoral que brota del culto tributado a la Virgen.

La piedad hacia la Madre del Señor se convierte para el fiel en ocasión de crecimiento en la gracia divina: finalidad última de toda acción pastoral. Porque es imposible honrar a la «llena de gracia» (Le 1,28) sin honrar en sí mismo el estado de gracia, es decir, la amistad con Dios, la comunión en Él, la inhabitación del Espíritu. Esta gracia divina alcanza a todo el hombre y lo hace conforme a la imagen del Hijo (cf. Rom 2,29; Col 1,18).

La Iglesia católica, basándose en su experiencia secular, reconoce en la devoción a la Virgen una poderosa ayuda para el hombre hacia la conquista de su plenitud. (De la exhortación del papa Pablo VI Marialis cultus.)

*

ACTIO

Reunirme hoy en oración con otros, como María con otras mujeres y los apóstoles, y pedir al Espíritu Santo fortaleza para los evangelizadores que están en tierra de misión.

*

PARA LA LECTURA ESPIRITUAL

El milagro de Calanda

Como en otros santuarios marianos, los fieles han recibido en el de nuestra Señora del Pilar favores extraordinarios que han atribuido a su intercesión ante la omnipotencia divina. Desde el siglo XIII se habla en los documentos que conserva su archivo de «los mytos et innumerabiles miraglos que Nuestro Seynor Jesucristo feitos a et cada día facer non cesa en los ovientes devoción en la gloriosa et bienaventurada Virgen María suya Santa María del Pilar».

Un manuscrito del siglo XV recogió algunos de ellos. Y en 1680 el canónigo Félix de Amada dio a la imprenta una colección de milagros obrados por intercesión de la Virgen del Pilar. Entre ellos, es universalmente conocido el llamado milagro de Calando, por su evidente superación de las fuerzas de la naturaleza y por su innegable verdad histórica. Tuvo lugar entre las diez y las once de la noche del jueves 29 de marzo de 1640, en la villa aragonesa de Calanda y en la persona del ¡oven de 23 años Miguel Juan Pellicer, al cual, debido a un accidente, hubo que amputársele la pierna derecha en octubre de 1637 en el hospital de Gracia, de Zaragoza, por el cirujano Juan Estanca, siendo enterrada por el practicante Juan Lorenzo García.

Tras su convalecencia, durante dos años, fue mendigo en la puerta del templo de nuestra Señora del Pilar, de la que era muy devoto desde su niñez, por existir una ermita de esta advocación en Calando, y a la que se había encomendado antes y después de su operación, confesando y comulgando en su santuario.

Vuelto a la casa de sus padres en Calanda a primeros de marzo de 1640, el citado día 29 de ese mes, habiéndose acostado en la misma habitación de sus padres, por haber un soldado alojado en su casa, lo encontraron éstos dormido media hora más tarde con dos piernas, notándosele en la restituida las mismas señales de un grano y unas cicatrices que tenía la amputada.

A instancias del Ayuntamiento de Zaragoza, adonde acudió Miguel Juan tras su curación a dar gracias a la Virgen del Pilar, se incoó en el Arzobispado un proceso el 5 de junio de 1640, pronunciando sentencia afirmativa de calificación milagrosa el arzobispo Pedro Apaolaza, asesorado por nueve teólogos y canonistas, el 27 de abril de 1641. Se conserva íntegro el texto de este proceso con las declaraciones de los 25 testigos.

El milagro se divulgó rápidamente por todas partes. El mismo papa Urbano VIII fue informado personalmente por el jesuíta aragonés F. Franco en 1642. Entre los milagros, que por definición son todos excepciones de la naturaleza, el de Calanda es a su vez excepcional; por eso las relaciones coetáneas lo calificaron de «milagro inaudito en todos los tiempos». (Por Tomás Domingo Pérez, en el Libro de la Virgen, C.B.C.)

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La Virgen de los Homosexuales

Jueves, 3 de octubre de 2019

nuestra_senora_de_los_gaysDel blog de Xabier Pikaza:

“El Dios de Cristo se identifica no sólo con los hambrientos, desnudos… sino también con los homosexuales victimizados”

“Tuve hambre y me disteis de comer (J. Puente, sobre F. Ebner) desde la perspectiva de ‘fui homosexual y me acogisteis'”

“Esta obra de Ebner ayuda a superar un paradigma sexual de opresión”

“El Dios de Cristo se identifica no sólo con los hambrientos, desnudos… sino también con los homosexuales victimizados”

Publiqué  hace un tiempo una reseña de la primera edición de este importante libro de J. Puente López, analista político/literario, pensador cristiano, amigo (cf. Periodista Digital Org 12.1.18). Hoy vuelvo a presentar introducción al mismo libro, con motivo de su 2ª. Edición, retomando un motivo central de la obra, que el autor entiende desde Mt 25,31-46: Tuve hambre y me disteis de comer, desde la perspectiva de fui homosexual y me acogisteis.

Lo hago con una novedad muy significativa desde dentro de la tradición católica: La Virgen María se aparece como amiga-madre de los homosexuales, a quienes acoge en su seno, diciéndonos a todos fui homosexual y me acogisteis, en la línea de la Virgen de la Merced, del amor y la ternura, de la misericordia liberadora del Magníficat. Publico en esa línea un gran trabajo de J. Puente, retomando la filosofía de F. Ebner, desde una perspectiva personalista y social, condensada en este libro (Un paso adelante…):

Richard-Hörmann+Ferdinand-Ebner-Ethik-und-Leben-Fragmente-einer-Metaphysik-der-individuellen1. Según J. Puente, la obra de Ebner no ayuda sólo a superar un paradigma sexual de opresión, que convierte a los homosexuales en víctimas de una cultura patriarcal androcéntrica, sino que en un contexto evangélico más amplio es superación de todo tipo de opresiones (desde Mt 25: Tuve hambre…, hambre de amor).

2. Según Mt 25, el Dios de Cristo se identifica no sólo con los hambrientos, desnudos… sino también con los homosexuales victimizados. Jesús no dice sólo tuve hambre y me disteis de comer, sino fui homosexual y me acogisteis como humano.

3.Hay teólogos ultra-ortodoxos (falsamente ortodoxos), que escriben en “portales” informático bien conocidos (infoxx), que están haciendo correr en torno a Mt 25, 31-46 dos afirmaciones falsas. (a) Que la confesión de Cristo “tuve hambre…” etc. no se pude interpretar en clave de “género” (fui homosexual…). (b) Que los pequeños de Mt 25, 31-46 (pobres, homosexuales, desnudos, exiliados…) son sólo presencia de Cristo por ser “católicos de iglesia oficial”  y por ser pequeños/expulsados por humanidad universal (negando así el principio básico de la encarnación cristiana.

“Se están haciendo correr en torno a Mt 25, 31-46 dos afirmaciones falsas”

Demostré el carácter universal (humano) de esta presencia de Cristo en los sufrientes (hambrientos, exiliados, excluidos…),  en una línea en la que caben de un modo especial los oprimidos sexuales (los homosexuales en cuanto excluidos), en un libro sobre Mt. 25, que J. Puente cita generosamente.

En esa línea, continuando lo que dije hace un año de esta obra, en su primera edición, quiero incluir hoy en mi blog esta espléndida interpretación que J. Puente me (nos) ofrece del pensamiento de J. Ebner y de su propia filosofía/teología a partir de Mt 25, 31-46.

Escribo esta reseña del pensamiento de J. Puente conmocionado todavía por el suicidio de un “homosexual” de Iglesia (clérigo de alta corporación católica) que, no pudiendo resistir la presión condenatoria de sus falsos colegas de falso cristianismo, sintiéndose incapaz de rehacer su vida, fue a ponerla y  matarse, ante el Dios de la Vida, delante de una imagen de la Virgen María, madre-hermana de los homosexuales sufrientes.

El problema clave no es su muerte/suicidio: Dios es Vida, y en ella ha sido acogido este homosexual suicidado; él se ha refugiado en  la Virgen María que es patrona, es decir padre-madre-signo de los homosexuales sufrientes, ante su famoso santuario de… En sus brazos de signo-presencia de Dios descansa de su cansado y fuerte caminar de amor. El problema es el tema es que este homosexual suicidado (¡si, suicidado, pues le han “suicidado”!) no haya encontrado en su corporación ni fuera de ella a nadie que le dijera de verdad, con el corazón y los ojos del amor, con las manos y las lágrimas: ¡Vive,  hermano, vive amor, tal como eres, pues Dios te ama así y no te quiere distinto!

Pero ese hermano-amigo suicidado no encontró palabras ni presencia de amor. Él no fracasó, ha fracasado la institución-corporación que ha puesto una ley dudosísima por encima del evangelio del amor.  Con él y en él hemos muerto muchos… pero queremos que esa muerte sea principio de resurrección.

Así murió él, poniendo su amor crucificado ante la Virgen de los Homosexuales, que le recibió en el seno de su vida, la Vida del Cristo de Dios. Con su recuerdo y presencia quiero vivir… y en esa línea, a favor de la vida, me atrevo a presentar estas palabras de Julio, que sitúa el tema una parte del tema de los homosexuales a la luz de Mt 25, 31-46.

Gracias, Julio, por haberme mandado este trabajo, que publico emocionado por tu amistad y conocimiento, todo lo que sigue es tuyo.

Desposeídos y excluidos: la cuestión social 

51W09DclKLLTodos en la Iglesia están de acuerdo en que debemos acoger con respeto y caridad cristiana a toda clase de personas. También al pecador y al que tiene otra forma de ver la vida. Dedicarnos a descalificar al prójimo y a buscar herejes no es la mejor manera de testimoniar el Evangelio. Tampoco damos testimonio cristiano si cerramos los ojos ante los necesitados y los excluidos.

Julio L. Martínez ha escrito en la prensa española (ABC, 17 de agosto de 2019) un artículo, “El crimen de la solidaridad”, sobre el tema de los inmigrantes en el que dice lo siguiente: “El ejercicio de la solidaridad más que enemigo a batir es energía benéfica que nos conecta con las fuentes de la humanidad y nos da la energía moral (pre-política) para transformar las estructuras injustas. Un icono evangélico de la dimensión ético-política de la solidaridad unida a la justicia se encuentra en el Juicio final (Mt. 25, 31-46). Jesús se identifica con el que tiene hambre, es forastero o está en la cárcel, y dice: “Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis hijos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. Hace algunas décadas Xabier Pikaza en su libro “Hermanos de Jesús y servidores de los más pequeños” (1984) nos hizo ya ver la importancia del nuevo esquema antropológico y de apertura universal del designio de Dios que representa Mt 25, 31-46.

Eso es lo que se quiere destacar. Ese es el tema central de mi libro. Es ahí donde Ebner vio el corazón de la fe cristiana y de la ética evangélica, y aquello que pone de relieve la obra “Un paso adelante. Cien años con Ebner. Cristianismo, cultura y deseo”. El resto de las reflexiones que se hacen, algunas publicadas ya en RD, tratan de mostrar o explicar la tesis principal.

Los excluidos y la barbarie de la guerra

“La guerra europea descubre el estado verdadero de la especie humana. Es más que una mera cuestión política y económica. Indica adonde llegan después de todo los hombres con toda su política y economía” (F. Ebner, II, 410, año 1917).

Nos resulta difícil en la Iglesia entender aquello de “misericordia quiero y no sacrificios” del Antiguo Testamento (Oseas, 6, 6) y del Nuevo (Mt 9, 13). Y cuando creemos haberlo entendido nos empeñamos en ver el pecado en la conducta de los demás, por ejemplo, en aquellos que no pueden relacionarse íntimamente con los demás más que desde la condición sexual que Dios les dio, y nos sentimos orgullosos de no ser como ellos, orgullosos como decía el fariseo en la narración de Lc 18, 9-14, de no ser pecadores como los demás hombres.

1181561Con razón decía Ebner que “querernos los unos a los otros” en el sentido también de saber “soportarnos” y “sufrirnos los unos a otros” (“einander leiden”) es el mandato que nos acompaña en el caminar que nos propone la realidad de Cristo. Es la enseñanza de la carta a los Colosenses (3, 13). No sería una mala norma de vida social y comunitaria. A Ebner no se le ocultaba esta dificultad de llevar a la práctica con compasión y misericordia el mandamiento del amor y la enseñanza de Mt 25, 31-46, de tener “las entrañas conmovidas”, como el Evangelio, de “tener compasión” (Mt 14, 14).

En su Fragmento 14 y también en su diario de 1917 nos recuerda Ebner lo que cuenta Tolstói de una comunidad cristiana en Rusia, los “Duchoborzen”. Tolstói explica que acostumbran a postrarse ante cada persona porque en cada hombre ven a Dios. “Sin embargo, – dice Ebner – qué enormemente difícil le resulta al hombre, aunque sea solo interiormente, postrarse ante el Tú, ante la presencia de Dios en otro hombre”. Y en su diario de 1917 escribe: “Se afirma que Jesús dijo: Has visto a tu hermano, entonces has visto a tu Dios. Si hay una experiencia de Dios entonces es la experiencia del tú en otro hombre (la experiencia espiritual propiamente dicha, según el sentido de la enseñanza de los evangelios)”. Los editores del Diario de 1917 señalan con razón que Ebner está pensando aquí en el pasaje de Mt 25, 40.

“En su opción por el prójimo la conciencia de la persona cuestiona el totalitarismo y la violencia”

Sin duda la repetida referencia a esta enseñanza de Cristo en la obra de Ebner indica que es una verdad central para él en su forma personal de entender y de vivir la fe cristiana. No prescinde de la rica realidad del mundo, no la olvida, pero ve su realidad a través del otro, a través de la relación con el tú, que es esencial para establecer una correcta relación con Dios y con el mundo que Dios ha creado. “En la realidad de otro hombre – en el tú – se nos da su realidad” (“ihre Wirklichkeit”, su realidad, la del mundo). “Pero también la realidad de Dios”. Y es desde esta comprensión como debemos entender su crítica cultural y social. Una crítica que nunca se hizo sin estar acompañada aquí y allá, en diversos textos, de una valorización del significado de esa tendencia inicial que lleva al hombre en sus afanes creativos y en sus intereses culturales a buscar un sentido a su existencia.

la_merced(Imagen: la Virgen de la Merced o Guadalupe, de Montserrat, el Pilar o Torreciudad que ha acogido a su “suicida de amor”, en su manto de amiga del alma, como madre- de los homosexuales, la que derriba del trono a los potentados y acoge a los oprimidos… Bajo su manto están los cautivos, no cautivos de su homosexualidad, sino de la prepotencia de aquellos de aquellos que les oprimen bajo una falsa ley de no-amor).

Teniendo esto en cuenta podemos comprender mejor un texto que escribió al final de su vida, que es revelador. Se trata de un párrafo de su epílogo al Fragmento del año 1916, el “Nachwort de 1931”, lo último que escribió, donde habla del dinero como del “engaño de la vida” (“Lebensillusion”), y de la “llamada cultura de la humanidad” que se crea a costa de millones de seres humanos que quedan excluidos de ella y excluidos (“ausgeschlossen”) en resumidas cuentas de una existencia digna del hombre.

En este texto Ebner relaciona íntimamente su crítica cultural con la trágica situación de millones de personas en su tiempo. ¿No tenía derecho a ser un tanto pesimista culturalmente si la gran cultura europea no había evitado la Primera Guerra Mundial y se estaba preparando para la segunda? Se calculaba que cerca de un millón de personas, entre alemanes y franceses, habían perecido en la batalla de Verdún en 1916. La guerra era un “asesinato en masa organizado”. La cultura que desembocaba en aquella masacre aparecía así como falta de humanidad auténtica. El respeto a la vida y a los valores humanos estaba ausente en aquella sociedad de la Primera Guerra Mundial. Un cristiano no podía ser un representante del optimismo cultural teniendo delante de los ojos aquella barbarie, lo cual no quería decir que esa comprensión del cristianismo fuera ciega para los valores de la vida de la verdadera cultura.

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