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De pie en el espacio del amor imprudente

lunes, 7 de abril de 2025
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IMG_0673La publicación de hoy es del P. Gregory Greiten, sacerdote de la Arquidiócesis de Milwaukee. Actualmente, es administrador de las parroquias de Santa Bernadette, Nuestra Señora de la Buena Esperanza y Santa Catalina de Alejandría, todas en Milwaukee. El P. Greg se declaró gay ante sus feligreses en una homilía de Adviento de 2017. Pueden leer relatos de esa experiencia aquí y aquí.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Quinto Domingo de Cuaresma se pueden encontrar aquí.

Aún recuerdo vívidamente el profundo impacto que me causó conocer al obispo Kenneth Untener en el Tercer Simposio Nacional del New Ways Ministry sobre temas LGBTQ+ y catolicismo, allá por marzo de 1992. Como obispo de Saginaw, Michigan, habló con gran claridad y convicción sobre el pasaje evangélico de la mujer adúltera, que es la lectura litúrgica de hoy. Describió lo que llamó la «imprudente misericordia» de Jesús.

«Jesús nunca fue demasiado cuidadoso al medir su misericordia«, dijo el obispo Untener. «Fue criticado por su misericordia ‘imprudente’ hacia pecadores indignos«. Estas palabras resonaron profundamente en mí, especialmente mientras me encaminaba hacia la aceptación pública de mi auténtica identidad como sacerdote gay en la Iglesia Católica Romana.

El obispo Untener enfatizó el tema de la inclusión, pero también ofreció lo que creo que es la esencia del juicio de Dios: «Como teólogo, no digo esto a la ligera, pero he llegado a creer firmemente que, al morir, lo único que importará al final será cómo nos hayamos tratado unos a otros». Qué simple pero profundo. Qué desafiante pero liberador.

IMG_0671La historia de la mujer adúltera revela la increíble compasión, amor, aceptación y misericordia de Jesús por todas las personas. Curiosamente, como destacó el obispo Untener, esta historia falta en algunos manuscritos antiguos del Evangelio de Juan. ¿Podría ser que algunos de los primeros cristianos tuvieran un problema con la misericordia desmedida de Jesús? ¿Se escandalizaron tanto que omitieron este pasaje en sus manuscritos porque no podían creer que la misericordia de Dios pudiera ser tan abundante?

La escena representa el sentido de dominio de los fariseos en tres acciones claras: «La atraparon». «La trajeron». «La pusieron ante todos». La avergonzaron públicamente en el recinto del Templo, llenos de justa indignación, mientras exigían la opinión de Jesús. A sus ojos, su destino estaba sellado: la muerte por lapidación, según la ley.

Sin embargo, nadie menciona al adúltero involucrado. Como suele ocurrir en una sociedad machista, la mujer es condenada mientras el hombre queda impune. La multitud, enardecida por escribas y fariseos, no habría mostrado compasión por esta mujer, sino que reaccionó con justa indignación ante su fracaso. La juzgaron y la consideraron inferior. ¿Dónde estaba el hombre con el que cometió adulterio? Quizás era un fariseo o un escriba, tal vez un comerciante o un obrero, tal vez incluso de la clase sacerdotal. Nunca lo sabremos. Pero podemos ponernos en el lugar de ese adúltero inocente: escabulléndose, sin ser visto, sin ser acusado, sin ser juzgado como digno de la mortal lapidación.

IMG_0675Jesús se opone a tal arrogancia y fariseísmo. Él descubre sus conspiraciones y los hace retirarse confundidos con su desafío: «Que el inocente de ustedes sea el primero en tirarle la piedra». Ninguna sentencia de muerte proviene de Dios. Con admirable audacia, Jesús aplica la verdad, la justicia y la compasión a su juicio.

«Uno a uno», comienzan a marcharse hasta que Jesús y la mujer quedan solos. San Agustín describió bellamente este momento con una frase en latín: «Y quedaron dos: misera et misericordia: la llena de miseria y el lleno de misericordia».

La mujer asustada se presenta ante Jesús, quien pregunta: «¿Nadie te ha condenado?». Cuando ella responde que no, él responde con esas palabras esenciales que todos necesitamos escuchar hoy: «Yo tampoco te condeno». Estas son palabras verdaderamente liberadoras, que la liberan no solo de la dureza de sus acusadores, sino también de sus propios sentimientos de vergüenza, culpa, autodesprecio y desesperación.

A veces la gente se pregunta cómo Jesús pudo decir esto, pensando que lo opuesto de «condenar» es «perdonar«. Pero la palabra «condenar» proviene del latín y significa «maldecir«: considerar a alguien inútil, inservible, maldito. Lo opuesto no es «perdonar«, sino «salvar«: ayudar, sanar, considerar valioso. Lo opuesto a la condenación es la salvación: liberación del mal y la ruina.

Tanto Jesús como las autoridades coincidieron en que lo que hizo la mujer estaba mal, que era pecado. ¿La diferencia? Los fariseos la condenaron; Jesús no. En cambio, mostró misericordia y la encaminó hacia la restauración. Una cosa es condenar la conducta de una persona y otra condenar a la persona. Jesús nunca condenó a nadie, y a nosotros tampoco se nos permite condenar a nadie. Nunca. Podemos condenar las acciones, pero nunca a la persona.

Como sacerdote abiertamente gay, he experimentado en primera persona el rechazo, la condena y el odio hacia nuestra comunidad. Sé lo que significa sentirse fuera de la misericordia de Dios, creer que has hecho algo tan malo que Dios no podría perdonarte. Muchas personas LGBTQ+ llevan esta pesada carga: se castigan continuamente, incapaces de creer que son dignas de amor.

Pero el profeta Isaías nos recuerda en la primera lectura de hoy: «No recuerden los acontecimientos del pasado, ni las cosas antiguas; ¡miren que hago algo nuevo!». Dios sí está haciendo algo nuevo. El Señor nos trata como trató a aquella mujer, sin condenarnos jamás. A pesar de nuestros peores momentos, Dios nunca deja de amarnos. Esta es la verdad. Es un hecho.

Cada día, en todos los países del mundo, las personas LGBTQ+ enfrentan discriminación, violencia y trato desigual en casa, en el trabajo y en sus comunidades. Actualmente, presenciamos leyes que atacan a nuestra comunidad, especialmente a las personas transgénero. Sin embargo, ante tal condena, debemos recordar la misericordia implacable de Jesús.

En esta Cuaresma, los invito a sumergirse en esta historia: a ver la urgencia de Aquel que nos busca, que espera, que anhela encontrarnos y salvarnos. Dios está continuamente haciendo algo nuevo en nuestras vidas, invitándonos a la autenticidad y la plenitud. Toquen esa parte vulnerable y herida de su corazón. Descubran cualquier carga que los haya agobiado. Escucha atentamente a Jesús que te dice: «¿Nadie te ha condenado? Yo tampoco«.

Nuestra vida cristiana se trata de encontrarnos con Jesús a diario y saber que su amor es siempre nuevo. Él nos posee, y no nos condena, sino que nos invita a vivir de nuevo en su amor. El Miércoles de Ceniza nos retó a alejarnos de nuestros pecados y creer en el Evangelio. Esta historia de la mujer adúltera nos recuerda que, en nuestra base misma, somos perdonados por Dios. Jesús quiere que las personas conozcan la misericordia de Dios, porque es esta misericordia la que nos permite cambiar.

Como ministros y miembros del pueblo de Dios, debemos reflejar la misma misericordia temeraria que Jesús demostró en su vida. Ante la división y el odio en nuestro mundo, no podemos permanecer en silencio. No seremos condenados por el odio ajeno. No podemos ser relegados a la vergüenza y el autodesprecio. Viviremos y caminaremos en la increíble e imprudente misericordia de nuestro Salvador, que nos ama profundamente y renueva nuestras vidas respetando la dignidad de cada persona humana. Aceptémonos y amémonos como las personas que Dios nos creó para ser: plenamente vivos, plenamente amados y abrazados con fervor por la misericordia divina.

—Padre Gregory Greiten, 6 de abril de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“Amigo de la mujer”. 5 de Cuaresma – C ( Juan 8,1-11)

domingo, 6 de abril de 2025
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cristo_y_la_mujer_adultera_de_domenico_morelli_museo_del_pradoSorprende ver a Jesús rodeado de tantas mujeres: amigas entrañables como María Magdalena o las hermanas Marta y María de Betania. Seguidoras fieles como Salomé, madre de una familia de pescadores. Mujeres enfermas, prostitutas de aldea… De ningún profeta se dice algo parecido.

¿Qué encontraban en él las mujeres?, ¿por qué las atraía tanto? La respuesta que ofrecen los relatos evangélicos es clara. Jesús las mira con ojos diferentes. Las trata con una ternura desconocida, defiende su dignidad, las acoge como discípulas. Nadie las había tratado así.

La gente las veía como fuente de impureza ritual. Rompiendo tabúes y prejuicios, Jesús se acerca a ellas sin temor alguno, las acepta en su mesa y hasta se deja acariciar por una prostituta agradecida.

La sociedad las consideraba como ocasión y fuente de pecado; desde niños se les advertía a los varones para no caer en sus artes de seducción. Jesús, sin embargo, pone el acento en la responsabilidad de los varones: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio en su corazón».

Se entiende su reacción cuando le presentan a una mujer sorprendida en adulterio, con intención de lapidarla. Nadie habla del varón. Es lo que ocurría siempre en aquella sociedad machista. Se condena a la mujer porque ha deshonrado a la familia y se disculpa con facilidad al varón.

Jesús no soporta esta hipocresía social construida por el dominio de los varones. Con sencillez y valentía admirables, pone verdad, justicia y compasión: «El que esté sin pecado, que arroje la primera piedra». Los acusadores se retiran avergonzados. Saben que ellos son los más responsables de los adulterios que se cometen en aquella sociedad.

Jesús se dirige a aquella mujer humillada con ternura y respeto: «Tampoco yo te condeno». Vete, sigue caminando en tu vida y, «en adelante, no peques más». Jesús confía en ella, le desea lo mejor y le anima a no pecar. Pero de sus labios no saldrá condena alguna.

¿Quién nos enseñará a mirar hoy a la mujer con los ojos de Jesús?, ¿quién introducirá en la Iglesia y en la sociedad la verdad, la justicia y la defensa de la mujer al estilo de Jesús?

José Antonio Pagola

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“El que esté libre de pecado que le tire la primera piedra” Domingo 06 de marzo de 2025. 5º de Cuaresma

domingo, 6 de abril de 2025
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21-cuaresmaC5 cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 43, 16-21: Mirad que realizo algo nuevo y apagaré la sed de mi pueblo.
Salmo responsorial: 125: El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Filipenses 3, 8-14: Por Cristo lo perdí todo, muriendo su misma muerte.
Juan 8, 1-11: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.

El texto del discípulo de Isaías es característico de su teología. Se lo ha llamado con frecuencia el “profeta del nuevo éxodo” (35,6; 41,18ss) y el texto que comentamos lo muestra claramente. Con la fórmula clásica del “enviado” (“así dice…”) comienza la unidad; como ocurre con mucha frecuencia Dios es presentado por lo que “hace”. La misma concluye en el v.21 ya que en v.22 comienza un nuevo oráculo de estilo muy diferente, con lo que el texto de la liturgia presenta claramente una unidad “redonda”. El estilo es hímnico, como se nota en los paralelismos (semejante a 40,22s; Sal 104,2ss; 136,5ss).

Es interesante que presenta una larga introducción (vv.16-17) sobre el pasado haciendo memoria de los acontecimientos del éxodo (Ex 13-14), pero con una serie de tiempos verbales que debemos tener presentes ya que se los dos primeros son participios (que traza, que hace salir), los dos segundos son imperfectos (se echarán, no se levantarán) y recién los dos últimos son imperfectos, y claramente pasados (se apagaron, se extinguieron), por lo que el marco principal es el presente que pone al lector “en medio” de los acontecimientos, con lo que recuerda a Israel que su fe no radica en los acontecimientos del pasado sino en Dios que “hace” esas cosas.

Lo llamativo es que después de toda esta introducción nos viene a decir en v. 18: “no se acuerden de las cosas pasadas” (no debe leerse como pregunta, como hacen algunas Biblias); las cosas “pasadas” son las del éxodo, como vemos en 41,22; 42,9; 43,9; 49,9; 48,3. ¿Por qué no recordar lo que acaba de poner en la memoria? La memoria (“¡recuerda!”) es fundamental en Israel (Sal 78), y por eso es importante la historia. Ciertamente porque lo que viene “es nuevo”, ya no estamos ante un río que se seca para que un pueblo pase, sino ante un desierto que se llena de agua para que el pueblo beba; lo nuevo es el camino en el desierto (35,8-10; 40,3-4), y el agua y la vegetación en ese lugar (35,6-7; 41,18-19). Es interesante recordar que el desierto es -para el tiempo del éxodo- un lugar terrible (“enorme y temible”, Dt 1,19; 8,15), allí Dios dio agua de la roca, y alimento del cielo; lo que ahora va a realizar —y realiza— es notablemente superior que hace empalidecer lo “antiguo”. Los acontecimientos que narra nos recuerdan lo que nos dice que no debemos recordar, y ahora en imperfecto: es algo que “se está haciendo”. Entre la doble referencia al agua en el desierto, aparece una extraña imagen: los que glorifican a Dios son los animales del desierto, no el pueblo (aunque estos parecen ocupar su lugar, como es frecuente, por ejemplo en los sacrificios, y se confirma en el relato con la doble referencia “mi pueblo, mi elegido”). Es este pueblo el que contará las alabanzas de Yavé (ver 43,10; 44,8), y es presentado como el pueblo que “me modelé”, con lo que regresamos a las imágenes de creación, muy frecuentes en el discípulo de Isaías (ver 43,1.7).

Lo que quiere destacar el autor es que no hay que quedarse en los acontecimientos del pasado por más maravillosos que hayan sido; quedarse en los acontecimientos y no en Dios es una forma sutil de idolatría, lo que hay que recordar es a Dios que es quien las hizo, hace y hará. El éxodo es el acontecimiento arquetípico y por eso es modelo de acontecimientos nuevos, no es algo en lo que Dios se ha estancado en el pasado. La “sola memoria” puede ser peligrosa, no puede ser un permanecer “estancados”, no tiene valor si no va acompañada de la esperanza, si no prepara futuro.

En la carta a los Filipenses vemos que lo que ha cambiado a Pablo dando un nuevo enfoque a su vida es el “conocimiento de Cristo Jesús”. Es cierto que otro “conocimiento” puede ser inútil o hasta perverso, pero si de conocimiento de Cristo se trata, ese llegará a su plenitud al final de los tiempos donde “conoceré, como soy conocido (por Dios)”, 1 Cor 13,12. Todo es “a causa de Cristo” (v.7). La esperanza judía en el mesías era ciertamente futura, pero Pablo es consciente que ya ha conocido. Sin embargo, todas las esperanzas de Israel, que tan bien quedan expresadas en Rom 9,4-5 no han “conocido” y han quedado al margen. Esto es, para Pablo, un motivo de gran dolor, como lo manifiesta especialmente (9,3). Pero para Pablo, todo lo que preparaba la llegada de Cristo, ya no tiene sentido, como el pedagogo (Gal 3,24-25) no tiene sentido una vez que el niño ha llegado a la escuela a la cual él lo llevaba. Es importante notar como Pablo empieza a poner los cimientos para una marcada separación entre Israel y la Iglesia, todo lo anterior, en comparación con Cristo es nada menos que estiércol.

El lenguaje que Pablo destaca es económico “pérdida – ganancia” pero sobre todo deportivo. Pablo pretende (notar la semejanza con el lenguaje de 1 Cor 13 que acabamos de mencionar): “ganar a Cristo y ser encontrado por él”. Las imágenes deportivas no son extrañas a Pablo (1 Cor 9,24-27; 2 Cor 4,8-9), y le sirven a Pablo como un ejemplo más para destacar algo que ya ha comenzado pero aún no ha concluido. Sin embargo, Pablo no pretende que las imágenes sean suficientes, él no corre con sus propias fuerzas, no espera llegar con su “justicia”, no lo ha alcanzado sino que fue él mismo alcanzado por Cristo . Aunque más “al pasar” que en Gálatas y Romanos, queda planteado el tema de la fe y las obras. Pablo sabe que colabora con la obra de Dios, pero sabe que no son sus fuerzas las que le permiten alcanzar la meta (notar esto tan característico de Pablo: conocer – ser conocido, ganar – ser hallado, alcanzar – ser alcanzado). La justificación -la meta- sólo puede venir de la iniciativa de Dios, no por la ley sino por la fe.

Como no conocemos el contexto de este relato del evangelio de Juan, que es un relato añadido, no sabemos las razones por las cuales a Jesús quieren “ponerle una trampa”. Pero dada la semejanza con los acontecimientos del final de la vida de Jesús, según nos cuentan los Sinópticos, podemos pensar que el drama ya se ha desencadenado y se pretende por todos los medios encontrar argumentos para un juicio que ya está decidido. En ese sentido, el texto es semejante al de la moneda del impuesto al César. Tampoco es fácil saber exactamente cuál es la trampa, pero parece ser ponerlo en la disyuntiva entre ser fiel a la ley de Moisés, y consentir en que la adúltera sea apedreada, con lo que su insistencia en la misericordia se revela “hipócrita”, o insistir en la misericordia con lo que se manifiesta como infiel a lo mandado por Moisés.

A Jesús no van a buscarlo porque confíen en su buen criterio o porque reconozcan autoridad a su palabra, o porque él pueda decidir la suerte de la mujer. En realidad, en este drama ni Jesús ni la mujer son importantes. Ambos son rechazados por los escribas y fariseos. Jesús, porque buscan atraparlo, la mujer porque es una simple excusa para ese objetivo. Por eso, porque su palabra en realidad no importa es que el Señor se inclina para escribir en tierra. Manifiesta su desinterés por la cuestión, como ellos también la manifiestan.

Somos tan prontos a juzgar y condenar, nosotros los hombres. ¡Es tan fácil en este caso! Nada menos que una adúltera, descubierta en plena infidelidad. Hay que aplicarle el rigor de la ley: ¡debe ser apedreada! De paso, veremos cuánto de fiel a la ley es Jesús. La actitud del Señor no parece ser muy atenta; casi, hasta parece indiferente … Juzgar y condenar, en nuestras actitudes, muchas veces van de la mano, se le parecen. Los hombres ya condenaron, falta que hable Jesús, para condenarlo también a él.

¿Sexo? ¡Horror! Para tantos, todavía sigue siendo el más grave y horroroso de los pecados. Es cierto que muchas veces nos hemos ido al otro extremo, y no hablamos ya del tema, pero cuántas veces nos encontramos con actitudes o comentarios que parecen que el único pecado existente es el pecado sexual. La envidia, la ambición, la falta de solidaridad, la injusticia, la soberbia, y tantos otros, parecen no existir en la “lista”. El sexo es “el” pecado. Esa es, también, la actitud de los acusadores de la mujer: fue descubierta en pleno pecado, ¡debe ser apedreada! “-Muy bien, el que no tenga pecado, tire la primera piedra“. Y, casualmente, los primeros en retirarse son los ancianos, los que ya no tienen “ese” pecado. Muchos pecados hay, no uno, pero nosotros juzgamos, ¡y hasta condenamos!

Sería casi sin sentido hacer una lista de todos los pecados de nuestro presente; sería sin sentido porque sería interminable: basta con leer casi cada página de los diarios… ¿Quién considera pecado sus opciones políticas que miran sus intereses y no lo que mejor beneficie la causa de los pobres? ¿Quién considera pecado su falta de solidaridad con los marginados de su mismo barrio o región? ¿Quién considera pecado su “no te entrometas“, o su falta de compromiso político para que los pecados desaparezcan?… Y, en esa misma línea: ¿quién no considera un pecado atroz y gravísimo a una madre soltera, o todo lo relacionado con el sexo?, ¿quién no considera verdaderamente intolerable toda cercanía siquiera con prostitutas…?

Este, que hoy leemos, fue el texto comentado por monseñor Romero en su célebre última homilía: “No encuentro figura más hermosa de Jesús salvando la dignidad humana, que este Jesús que no tiene pecado, frente a frente con una mujer adúltera… Fortaleza pero ternura: la dignidad humana ante todo… A Jesús no le importaban (los) detalles legalistas… Él ama, ha venido precisamente para salvar a los pecadores… convertirla es mucho mejor que apedrearla, ordenarla y salvarla es mucho mejor que condenarla… Las fuentes (del) pecado social (están) en el corazón del hombre… nadie quiere echarse la culpa y todos son responsables… de la ola de crímenes y violencia… la salvación comienza arrancando del pecado a cada hombre.” “–No peques más”. Leer más…

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Dom 5 Cuaresma. No juzguéis… El juicio de la «adúltera». (Jn 8, 1-11)

domingo, 6 de abril de 2025
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la-mujer-adultera-la-misericordiDel blog de Xabier Pikaza:

El juicio de la adúltera  (Jn 8, 1-11).En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿Qué dices?»… (sigue)

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.»

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?» Ella contestó: «Ninguno, Señor.» Jesús dijo: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.»

Jesús dijo: «No juzguéis   (Lc 6,37s, Mt 7, 1).

INTRODUCCIÓN

 Los  acusadores afirman que ha sido sorprendida en flagrante (autophôrô) adulterio y eso basta. En línea de justicia israelita debe morir: ¡Moisés manda lapidarla! Pues bien, frente a Moisés se sitúa Jesús y por eso, como enfrentándose con él, los escribas de la ley mesiánica del viejo Israel le preguntan: tú, en cambio ¿qué dices? (Jn 8, 5).

La respuesta de Daniel en el caso de Susana era fácil: cumplir la ley, pero de un modo verdadero, mostrando que la mujer era inocente y los acusadores falsos. Bastaba con la ley: ella era signo de Dios, mesías de la tierra. El problema de Jesús es diferente: no puede probar la inocencia de la mujer, ni la mala fe o deseo lujurioso de los acusadores, sino que debe enfrentarse con algo mucho más importante ¡con la Ley de Moisés!

Pero él ha dicho no juzguéis

Ciertamente, si Jesús salva a la mujer deberá indicar la insuficiencia de la Ley, mostrando de un modo más alto la presencia y acción de Dios. (he desarrollado este motivo en varios trabajos, especialmente en Compañeros y amigos de Jesús, donde lo desarrollo con cierta extensión)

De esa forma, frente al puro mesianismo de la ley, propio de Daniel, funcionario del talión escatológico (¡Dios obrará al final del mismo modo, salvando a los buenos y condenando a los malos!), viene a revelarse Jesús como mesías de la gracia que ofrece vida al pecador (a la mujer), situando a los acusadores ante el espejo de su propia conciencia, para iniciar de esa manera una vida donde sea posible la reconciliación.

La respuesta y solución de Jesús no viene en línea de la ley. Por eso no investiga los hechos, como nosotros (nuevos legalistas) hubiéramos deseado: no le importan los cómplices del adulterio, ni el ausente marido, quizá también culpable. No busca atenuantes de tipo psicológico y social… Es muy posible que, en línea de ley, un buen juez hubiera podido mostrar la contradicción de los acusadores, la complicación del marido, la posible falta de madurez de la víctima. Pues bien, Jesús no se ha querido situar a ese nivel: no se ha comportado como juez, ni en relación a la mujer, ni en relación a los cómplices; no es un buen juicio lo que busca (frente al juicio malo de los acusadores) sino la gracia superior y la verdad de cada uno (que debe mirar hacia sí mismo y descubrir allí su deseo más hondo).

Conforme a la ley, la mujer es culpable, pero Jesús no resuelve el problema a ese nivel, ni tampoco a nivel de pura maduración psicológica: no llama al marido, no enfrenta a los esposos, no les ofrece una terapia afectiva, sino que nos conduce a todos más allá del ámbito de juicio, allí donde Mt 7, 1-3 decía: ¡no juzguéis y nos seréis juzgados! La actitud de juicio supone que nosotros (jueces) somos buenos, mientras los otros (juzgados) culpables: por eso nos alzamos contra ellos, convirtiéndoles en chivos expiatorios al servicio de nuestra propia seguridad.

Este mecanismo de descarga judicial se repite en el principio de muchas religiones:un grupo sagrado tiende a mantenerse divinizando su propia justicia y condenando o expulsando a los disidentes o distintos. Pues bien, Jesús ha destruido la base de ese mecanismo, avalado por la ley de Moisés, situando a cada uno de los jueces ante su propia responsabilidad y diciéndoles:¡mira hacia adentro! ¡atrévete a decir que te hallas limpio!

En nombre de su propia ley, los acusadores podrían haber respondido: ¡estamos limpios, nosotros somos buenos! Pero no lo hacen, sino que reconocen su propia suciedad, dejando que caiga la piedra de violencia de su mano, empezando por los más ancianos (en el sentido doble de senador/presbítero: hombre de edad y juez o magistrado). Todos se descubren pecadores.

Históricamente, esta escena resulta irreal, muy improbable. Los escribas y fariseos de la tradición evangélica se hubieran atrevido a presentarse como justos, condenando a Jesús, el inocente. Pero el texto es una parábola cristológica más que el recuerdo de un hecho pasado: Jn 8, 1-12 está contando (o representando) la verdad universal del ser humano, diciéndonos que el día en que todos nos consideremos pecadores podremos dialogar de forma abierta, perdonándonos mutuamente, desde la gracia más alta de Dios Padre.

LA VIDA ES MÁS QUE LEY. LA VERDAD ES MÁS QUE JUICIO

Todos los jueces se van. Con la mujer queda Jesús, el único inocente (y el pueblo que actúa como testigo de fondo de la escena). Teóricamente Jesús podría condenarla, pues él es inocente; pero su inocencia se define más bien como perdón: ¡tampoco yo te condeno, vete y no peques más! De esta forma se enfrentan y distinguen la ley de sangre y la gracia creadora de Jesús:

 – La ley descubre al pecador y tiene la respuesta , como saben los jueces: ¡Dios mismo manda lapidar a estas mujeres! Como representantes de un Dios violento se creen obligados a matar a sus culpables.

Frente a esa ley que se impone matando, eleva Jesús la experiencia más honda del perdón. No necesita ya libros, escribe su palabra sobre el polvo: Dios y su gracia superan todas las leyes y sentencias del mundo.

 NO JUZQUÉIS….

 No juzguéis y no seréis juzgados (Lc 6,37s; Mt 7,1s)

 La comunión de Jesús se destruye allí donde unos juzgan a otros, o donde la estructura de conjunto juzga y somete bajo su dictado a  todos. El juicio pertenece al orden racional de una vida que se construye y define a sí misma, pero Dios se sitúa en un plano de gratuidad superior, más allá de razones y juicios humanos:

 Lucas.«No juzguéis, para que no seáis juzgados, porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que midáis seréis medidos» (Cf. Mateo Mt 7,1s).

Lucas introduce la exigencia de no juzgar al final del sermón de la llanura (cf. Lc 6,17-49),después de las bienaventuranzas, los ayes (Lc 6,20-26) y el amor al enemigo (Lc 6,27-36). Mateola sitúa hacia el final del sermón de la montaña, sin incluir las aplicaciones de Lc 6,37b-38 (no condenar, perdonar, dar) ni las parábolas de la «razón teológica» (del ciego y del discípulo: cf. Lc 6,39s), formuladas posiblemente por el redactor del Evangelio para interpretar el motivo del no juicio en su Iglesia[1].

            La palabra base de Mt 7,1 y Lc 6,37a («No juzguéis, para no ser [y no seréis] juzgados») es una sentencia apodíctica o axioma, que define a Dios y modela el sentido de la Iglesia como experiencia de gratuidad originaria. No es sentencia de ley sino supra-ley, voz que nos llega de Dios, viniendo, al mismo tiempo, de la profundidad del ser humano arraigado en Dios. Tres son, a mi entender, sus notas principales[2]:

 –Esta es una afirmación universal y ha de entenderse desde la gracia de Dios y la invitación de amar al enemigo. Más allá de la ley, allí donde se descubre inmerso en Dios-Gracia, el hombre puede actuar igual que Dios, sin exigir ni pedir nada, sin juzgar por nada.

 – Esta palabra retoma el primer mandato: «No comerás…»; no te apoderes para ti de nada, tu vida es don y gracia (cf. Gn 2,17). El precepto dice que no podemos fundar nuestra vida en algo que tengamos o que hagamos. Hemos brotado y somos en un Dios que nos ha dado la vida como gracia y en ella nos mantiene, de forma que podamos vivir de un modo gratuito, unos para otros[3].

 – Ella define el riesgo vital, diciéndonos que si juzgamos, caemos en manos de nuestro propio juicio, no del de Dios: «No juzguéis para que no seáis juzgados». El juicio no viene de Dios sino de nosotros mismo. Por eso es esencial la segunda parte del dicho de Jesús: «No seréis juzgados». Dios no es garantía humana de buen juicio (contra lo que afirma Kant en su Crítica de la razón práctica) sino superación divina de todo juicio. Donde hay amor de Dios no hay juicio, no por indiferencia (un Dios que se desentienda) sino por gratuidad más alta.

  Esta palabra («No juzguéis») no puede probarse (si se probara, debería integrarse en un sistema legal expresado en forma de talión), sino que deriva de la experiencia original del Dios creador, que es «gracia universal de Vida». No puede probarse ni postularse, pero puede y debe razonarse a posteriori, como suponen Lc 6,38b y Mt 7,2: con el juicio con que juzguéis seréis juzgados.

La fe en el Dios creador nos sitúa ante el misterio de su gracia, más allá de todo juicio y castigo. Según eso, el juicio no forma parte originaria de la creación, no proviene de Dios, sino que surge y se despliega allí donde nosotros lo formulamos y aplicamos en forma de talión. Solo superando la trama de acción y sanción, impulso y respuesta, bien y mal, descubriendo nuestra vida como puro don, en inmersión de amor, podemos hablar de Dios y contemplar (descubrir/desplegar) la vida como gracia, por encima de todo juicio que pueda separarnos del amor de Dios.

Dios no es bien y mal, gracia y condena, juicio, sino solo bien, pura gracia. El juicio lo creamos nosotros y lo aplicamos a Dios, atreviéndonos a decir que forma parte de su esencia, para defender aquello que hacemos, en contra de Dios, que no es talión de bien/mal sino puro bien que crea; no da (se da) para recibir (obtener ganancias) sino por gratuidad amorosa, para que seamos nosotros[4].

El juicio cerrado en sí mismo se expresa en forma de lucha mutua y culmina en la muerte (condena) de los perdedores, según la ley del talión. Solo quien supera el nivel del juicio puede vivir en Dios, siendo Dios por gracia (viviendo para siempre). Esta revelación («No juzguéis») no forma parte de la ley sino de la creatividad originaria de Dios, de forma que no podemos decir «No juzguéis porque el juicio es de Dios» (cf. 1

 Jesús duce  “no juzguéis”… pero la sociedad civil no ha querido escucharle,  ni tampoco mucha iglesia cristiana de forma que toma el “juicio” (el poder judicial) como clave de la vida social, junto al poder legislativo y el ejecutivo. Tampoco la iglesia cristiana ha sabido qué hacer con este mandato de Jesús y ha buscado la manera de elaborar un minucioso “derecho judicial”, afirmando que ella posee, por, por siglos y siglos (al menos desde el XIII al XX el poder judicial supremo de la tierra, avalado por excomuniones, e incluso condenas a muerte e infierno.

   El tema no es nada fácil de resolver, como saben bien los canonistas “cristianos”.Por eso es bueno que este domingo se lea y debe meditarse el  tema del “juicio” de la adúltera.  No voy a repetir lo que dije hace dos días, pero he sentido  la necesidad de recordar en este contexto, el mensaje fundamental de Jesús en este contexto.,

Superar el juicio, vivir en gratuidad: eso es la Iglesia

 Por don de Dios vivimos, por amor de aquellos que nos han transmitido la vida. Si rechazamos la gracia y nos juzgamos, juzgando a los demás, en clave moralista, corremos el riesgo de destruirnos a nosotros mismos, destruyéndolos a ellos. Este es el centro de la eclesiología de Jesús.

 – La capacidad de juicio es un elemento esencial del hombre, que piensa, mide y organiza la vida por conocimiento (sabiduría) y trabajo, superando así el nivel de los animales, que no piensan ni juzgan, sino que son por instinto. Juzgar es discernir, planificar y organizar la vida, en un nivel de medios y de fines, dentro de una historia regida por la ley del talión.

 – Pero el hombre que cierra su vida en un nivel de juicio pierde su identidad, como saben Gn 2-3 y Mt 7,1-5 y paralelos, porque el ser humano está hecho (se hace) para trascenderse en el Dios creador de vida, que le ofrece un lugar y un camino en su vida divina (véase el discurso de Pablo en Atenas en Hch 17,22-31). Leer más…

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Dos conversiones distintas y parecidas. Domingo 5º de Cuaresma. Ciclo C.

domingo, 6 de abril de 2025
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hipocresia-proxenetismo_image006Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Los domingos anteriores han tratado el tema de la conversión con distintos enfoques: amenazando con un final trágico a los que no se conviertan, pero concediendo un año de plazo para evitar la desgracia (domingo 3º); acogiendo al hijo pródigo, que se convierte por puro egoísmo, pero que da una inmensa alegría al padre con su vuelta (domingo 4º). En este quinto domingo habla del mejor recurso para convertirse: el contacto con Jesús, como lo demuestran una adúltera y un fariseo radical y violento.

¿Qué hacemos con la adúltera?

El evangelio parte de un hecho concreto: una mujer sorprendida en adulterio. Se trata de un pecado condenado en todas las legislaciones antiguas y en el Decálogo. El problema que plantean a Jesús es qué hacer con la adúltera. Del tema ya se habían ocupado los legisladores antiguos. Recojo tres opiniones.

La ahogamos con el adúltero (Código de Hammurabi)

 Es la respuesta del famoso Código de Hammurabi, rey de Babilonia muerto hacia 1750 a.C. En el párrafo 129 dictamina: «Si la esposa de un hombre es sorprendida acostada con otro varón, que los aten y los tiren al agua [al río Éufrates]; si el marido perdona a su esposa la vida, el rey perdonará también la vida a su súbdito». Adviértase que la ley empieza por la mujer, pero los dos merecen la condena a muerte, aunque cabe la posibilidad de que el marido perdone.

La apedreamos (escribas y fariseos)

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:

– Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?

Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

La lapidación es el procedimiento más frecuente en la Biblia para ejecutar a un culpable. Cosa lógica ya que en Israel no abunda el agua, como en Babilonia, y sí las piedras. Sin embargo, estos escribas y fariseos no habrían aprobado un examen de Biblia por dos motivos.

1) La Ley de Moisés, que usa a menudo el verbo «apedrear» para hablar de un castigo a muerte, nunca lo aplica al adulterio. El texto que podrían invocar sería este del Deuteronomio: «Si uno encuentra en un pueblo a una joven prometida a otro y se acuesta con ella, los sacarán a los dos a las puertas de la ciudad y los apedrearán hasta que mueran: a la muchacha porque dentro del pueblo no pidió socorro y al hombre por haber violado a la mujer de su prójimo» (Dt 22,23-24). Pero esta ley no habla de adulterio, sino de violación (aparentemente consentida) de una muchacha.

2) Si tienen tanto interés en cumplir la Ley de Moisés, al primero que deberían haber traído ante Jesús es al varón, ya que también a él lo han sorprendido en adulterio y por él comienza la ley («Si uno encuentra a una joven…y se acuesta con ella»). Hay un caso en el que solo se habla de apedrear a la muchacha, pero tampoco se trata de adulterio, sino de la que ha perdido la virginidad mientras vivía con sus padres. Cuando se casa, su marido lo advierte y lo denuncia; si la denuncia es verdadera, «sacarán a la joven a la puerta de la casa paterna y los hombres de la ciudad la apedrearán hasta que muera, por haber cometido en Israel la infamia de prostituir la casa de su padre» (Dt 22,20-21).

¿Cómo puede un escriba, con tantos años de estudios bíblicos, cometer estos errores elementales? ¿Por ignorancia? ¿Por el deseo de interpretar la ley de la forma más rigurosa posible? ¿Para poner a Jesús en un aprieto y poder acusarlo, como dice Juan? Efectivamente, si la perdona, no cumple la ley; si dice que la apedreen, demuestra que no tiene esa compasión de la que tanto presume.

La perdonamos (Jesús)

Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

– El que no tiene pecado, que le tire la primera piedra.

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó:

– Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?

Ella contestó:

– Ninguno, Señor.

Jesús dijo:

– Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más. 

Jesús no precipita su respuesta. Le piden una opinión (“¿qué dices tú?”) pero se calla la boca y escribe en el suelo. Ellos insisten. Buscan lana y salen tranquilados. «Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra». El principal pecado de escribas y fariseos no es la ignorancia, ni el rigorismo, sino la hipocresía.

Cuando se retiran, solo quedan Jesús y la mujer, ella de pie en el centro. Un imagen de gran impacto, digna de la mejor película. Por suerte para la mujer, Jesús no es un confesor a la vieja usanza. No le pregunta cuántas veces ha cometido adulterio, con quién, dónde, cuándo. Se limita a dos preguntas breves («¿dónde están?, ¿nadie te ha condenado?») y a la absolución final, con propósito de la enmienda: «Yo tampoco te condeno. Ve y en adelante no peques más».

A veces se habla de la actitud de Jesús con los pecadores de forma muy ligera, como si los abrazase y aceptase su forma de vida. Pero a la mujer no le dice: «No te preocupes, no tiene importancia; ya sabes a quién tienes que acudir la próxima vez». Lo que le dice es: «en adelante no peques más». Se lo dice por su bien, no porque corra peligro de ser apedreada. A este caso, cambiando de género, se puede aplicar el proverbio bíblico: «El adúltero es hombre sin juicio, el violador se arruina a sí mismo» (Proverbios 6,32). Eso es lo que Jesús no quiere, que la mujer se arruine a sí misma.

El buen ejemplo de los escribas y fariseos

A pesar de su hipocresía y mala idea, hay que reconocerles algo bueno: se van retirando poco a poco, empezando por los más viejos. Hoy día, somos muchos los que conocemos la opinión de Jesús pero seguimos considerándonos buenos y no vacilamos en apedrear (más con palabras y juicios condenatorios que con piedras) a quien hemos elegido como víctima.

La conversión del fariseo radical y violento (Filipenses 3,8-14))

La lectura de Pablo a los Filipenses no cuenta su conversión, pero hace un balance de su vida antes y después de ella. Antes se gloriaba de ser israelita de pura cepa, de la tribu de Benjamín (¡ocho apellidos vascos!), circuncidado a los ocho días, estrictísimo en la observancia de la Ley, perseguidor de los cristianos. De todo estaba enormemente orgulloso hasta que descubrió a Cristo. A partir de ese momento, su vida cambia. Todo lo anterior lo considera basura. Él estaba obsesionado con salvarse, pero la Ley de Moisés no puede salvarlo, solo la fe en Cristo. Por eso, lo único importante es conocerlo cada vez mejor, compartir sus sufrimientos, resucitar con él. Pablo ve su vida como una extraña carrera. Ya le ha concedido el primer premio, pero debe seguir corriendo hacia la meta, sin mirar atrás.

Hermanos: Todo lo considero pérdida comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él lo perdí todo y todo lo considero basura con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él, no con una justicia mía, la de la ley, sino con la que viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe.

Todo para conocerlo a él y la fuerza de su resurrección y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos. No es que ya lo haya conseguido o que ya sea perfecto: yo lo persigo, a ver si lo alcanzo como yo he sido alcanzado por Cristo.

Hermanos, yo no pienso haber conseguido el premio. Solo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está por delante, corro hacia la meta, hacia el premio al cual me llama Dios desde arriba en Cristo Jesús.

La adúltera y el fariseo

A pesar de las diferencias, hay algo común en la conversión de estas dos personas: el contacto con Jesús. Lo cual supone una gran novedad con respecto al mensaje de los domingos anteriores. Ahora, lo que provoca la conversión no es el miedo, ni el hambre, sino la relación personal con el Señor. Relación a la que se llega por caminos muy diversos: en el caso de la adúltera, son sus enemigos quienes la llevan ante Jesús; en el caso de Pablo, es Jesús quien le sale al encuentro. Este encuentro personal con él es la única garantía de una conversión auténtica y duradera.

Historia de la salvación (IV). El éxodo antiguo y el nuevo (Isaías 43,16-21)

La primera lectura sigue recordando momentos capitales de la Historia de la salvación: Abrahán, Moisés, Josué. Hoy se contraponen el éxodo de Egipto, con la gran victoria sobre el ejército del faraón, y el nuevo éxodo de Babilonia, en el que Dios protegerá a su pueblo durante la marcha por el desierto. El peligro de los israelitas es seguir soñando con lo antiguo. Y el profeta le dice: «No penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo». Curiosamente, coincide con lo que dice Pablo en la segunda lectura: «Olvidándome de lo que queda atrás, me lanzo a lo que está por delante».

Esto dice el Señor, que abrió camino en el mar y una senda en las aguas impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, la tropa y los héroes: caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue.

«No recordéis lo de antaño no penséis en lo antiguo; mirad qué realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis? Abriré un camino en el desierto corrientes en el yermo. Me glorificarán las bestias salvajes, chacales y avestruces, porque pondré agua en el desierto, corrientes en la estepa, para dar de beber a mi pueblo elegido, a este pueblo que me he formado para que proclame mi alabanza.

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V Domingo de Cuaresma. 06 abril, 2025

domingo, 6 de abril de 2025
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Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
el que esté sin pecado, que tire la primera piedra”.
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo”

(Jn 8, 1-11)

Dime, Maestro: ¿qué escribías en el suelo? Siempre que vuelve este texto me lo pregunto… y algunas veces hasta me lo he contestado: palabras de perdón, de reconciliación, de comprensión… Pero hoy que aparece el texto me lo vuelvo a preguntar: ¿qué escribías en el suelo?, ¿qué escribes hoy en el suelo?, ¿qué palabras tienes para quienes me acusan, me persiguen, me entregan?

Sí, lo hacen conmigo, pero sobre todo con otras tantas personas, especialmente mujeres, en demasiados lugares de nuestro mundo. Hoy, ahora, una mujer está siendo acusada, vejada, puesta en evidencia…como lo fue la mujer sorprendida en adulterio en el Templo. Y me pregunto: ¿tendrá la mujer de hoy quien la defienda, quien la dignifique, quien escriba en el suelo de su historia palabras de liberación y de perdón?

Y me brota del corazón un deseo: ¡Hazme palabra, Jesús! Una palabra que Tú escribas hoy en nuestro suelo. Una palabra de consuelo. Una palabra de ánimo. Una palabra de lucha. Una palabra de dignidad. Una palabra de confrontación. Una palabra de perdón.

Haznos a todos “palabra”, como aquellas palabras que un día escribiste en el suelo del Templo. Palabras silenciosas que hicieron caer las piedras, los juicios y las condenas. Palabras escondidas que ablandaron corazones endurecidos y convirtieron la condena de la ley en el encuentro con el amor misericordioso. Palabras que rozaron el corazón herido de una mujer y le devolvieron la dignidad y la luz que necesitaba para caminar. Palabras que cambian el rumbo de la historia y la adentran por los senderos del Reino.

Oración

“Gracias, Trinidad Santa,
por escribir en el suelo de nuestro hoy
las letras suaves de tu amor y tu ternura para con nosotras.”

 

*

Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

***

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Dios no juzga, Jesús no condena.

domingo, 6 de abril de 2025
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F713D2C2-CD60-4215-A3A7-1AB96050B308DOMINGO 5º DE CUARESMA (C)

Jn 8,1-11

El texto está en un contexto artificial. No se encuentra en ningún otro evangelista y ha sido añadido al evangelio de Juan. No aparece en los textos griegos más antiguos. Es un relato muy antiguo y su mensaje está de acuerdo con los evangelios, incluido el de Juan.

En el relato, se destaca el “fariseísmo” de los acusadores. El texto dice que le estaban tendiendo una trampa. En efecto, si Jesús consentía en apedrearla, perdería su fama de bondad e iría contra el poder civil, que había retirado al Sanedrín la facultad de ejecutar a nadie. Si decía que no, se declaraba en contra de la Ley, que lo prescribía expresamente.

Si los pescaron “in fraganti”, ¿dónde estaba el hombre? (La Ley mandaba apedrear a ambos). Se consideraba adulterio la relación de un hombre con una mujer casada, no con una soltera. Se trataba de un pecado contra la propiedad, porque la mujer se consideraba propiedad del marido. Llevamos dos milenios tergiversando los textos con naturalidad.

Aparentemente Jesús está dispuesto a que se cumpla la Ley, pero pone una simple condición: que tire la primera piedra el que no tenga pecado. El tirar la primera piedra era obligación o “privilegio” del testigo. Tirar la primera piedra era responsabilizarse de la ejecución. Aquellos hombres acusaban, pero no se hacían responsables de la muerte.

Jesús perdona a la mujer antes de que se lo pida; no exige ninguna condición. No es el arrepentimiento ni la penitencia lo que consigue el perdón. Es el amor incondicional, lo que debe llevar a la adúltera al cambio de vida. El “perdón” de Dios es lo primero. Cambiar de perspectiva será la consecuencia de haber tomado conciencia de que Dios es Amor.

Sigue habiendo “cristianos” que ponen el cumplimiento de la “Ley” por encima de las personas. La base y fundamento del mensaje de Jesús es precisamente que, para el valor primero es la persona de carne y hueso, no la institución ni la “Ley”. El Padre estará siempre con los brazos abiertos para el hermano menor y para el mayor.

La cercanía que manifestó Jesús hacia los pecadores, no podía ser comprendida por los jefes religiosos de su tiempo porque se habían hecho un Dios justiciero y distante. Para ellos el cumplimiento de la Ley era el valor supremo. Jesús nos dice que la persona es el valor supremo y no puede ser utilizada como medio para conseguir nada.

El miedo es la consecuencia de la inseguridad. Cuando buscamos seguridades, tenemos asegurado el miedo. El miedo paraliza nuestra vida espiritual. El descubrimiento del verdadero Dios tiene que ser siempre liberador. La mejor prueba de que nos relacionamos con un ídolo, y no con el verdadero Dios, es que nuestra religiosidad produce miedos.

La “buena noticia” consiste en que el amor de Dios es incondicional, no depende de nada ni de nadie. Dios no es un ser que ama sino el amor. Su esencia es amor y no puede dejar de amar sin destruirse. ¿Quién es el bueno y quién es el malo? ¿Puedo yo dar respuesta a esta pregunta? ¿Quién puede sentirse capacitado para acusar a otro? Solo el fariseísmo.

Jesús está ya identificado con el Padre y unifica los tres. Tanto el hermano menor (adúltera) como el mayor (fariseos) tienen que ser superados. Una vez más descubrimos que el menor está dispuesto a cambiar con más facilidad que el mayor.

Fray Marcos

 Fuente Fe Adulta

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Justos y pecadores.

domingo, 6 de abril de 2025
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«Tampoco yo te condeno. Anda y, en adelante, no peques más»

Contemplemos la escena.

Jesús está sentado en la escalinata del pórtico de Salomón enseñando su doctrina a los judíos. Un grupo numeroso de ellos le escucha fascinado, pues jamás hombre alguno les había hablado como éste. De pronto, aparece en escena un grupo de escribas, fariseos y guardias del templo que no tardan en abrir un claro circular entre el gentío. Acto seguido, arrojan en medio a una mujer aterrada que no osa levantarse y ni siquiera alzar la vista.

Jesús detiene su enseñanza y un silencio sepulcral se apodera del recinto: «Moisés nos manda lapidar a estas mujeres… ¿Tú qué dices?»…

La puesta en escena es soberbia, y la trampa mortal. Ya no se trata de una discusión rabínica para demostrar al pueblo que aquel impostor no es tan listo como parece, sino que le han puesto frente a una situación dramática de la que depende la vida de una persona.

Jesús queda desconcertado y busca en su mente una respuesta que salve a la mujer. Condenarla supone que toda su doctrina del perdón, de Dios Abbá, es simple teoría; que suena muy bien a los oídos de la gente, pero no es posible llevarla a la práctica. Perdonarla supone quebrantar explícitamente la Ley de Moisés, autorizar el pecado y dar carta de naturaleza a la desobediencia. No es fácil salir de ese callejón sin aparente salida, y Jesús se toma su tiempo enredando en el suelo con una rama.

«El que esté libre de pecado que tire la primera piedra»

La gente queda atónita porque nunca antes han visto a nadie jugarse la vida por salvar la de una mujer pecadora. Saben que llamar pecadores en público a los santos de Israel es una temeridad inconcebible que jamás le van a perdonar (y que no le perdonaron), pero sus palabras tienen el efecto de cambiar radicalmente el signo de la situación. Es probable que algunos fariseos sintiesen la tentación de proclamarse justos y perpetrar allí mismo la lapidación, pero la personalidad de Jesús se impuso finalmente a su orgullo.

«Tampoco yo te condeno. Anda y no peques más».

Permítanme unos comentarios en torno a estos hechos.

El primero, que Jesús pudo haber soslayado aquel atolladero aduciendo que él no era juez para juzgar a nadie, pero de haberlo hecho habrían matado a la mujer y su principal preocupación era evitarlo. El segundo, la diferencia radical entre la religiosidad de Jesús y la de escribas y fariseos. Para estos últimos lo importante es el cumplimiento de la Ley, y para Jesús lo importante son las personas. Si la Ley no sirve para salvar, no sirve para nada.

El tercero, que Dios no es el que nos juzga por nuestros pecados, sino el que nos ayuda a salir de la esclavitud del pecado; es nuestro aliado contra el mal. El cuarto lo tomamos de labios de Ruiz de Galarreta: «En este mundo no hay justos y pecadores, sino solo pecadores necesitados de Dios y amados por Él».

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Condenar o liberar.

domingo, 6 de abril de 2025
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Jn 8,1-11

Seguramente todos tuvieron que agacharse para comenzar a recoger las piedras del suelo, preparándose para ejercer el castigo al que la Ley les alentaba: “si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, se castigará con la muerte a los dos” (Lv 20,10). Seguramente, mientras cada uno se inclinaba a coger el arma arrojadiza, pensaría que, de ese modo, colaboraba en hacer desaparecer el mal en medio de su pueblo: “si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos, tanto la mujer como el que se acostó con ella. Así extirparás el mal de Israel” (Dt 22,22).

Quizás alguno de ellos pensó, por un instante, que había sido un poco extraña la petición que los maestros de la ley y los fariseos habían hecho a Jesús: ¿por qué solo habían llevado hasta allí a la mujer? ¿qué había pasado con el hombre encontrado en la misma situación? ¿Y por qué esa premura? Quizás alguno, también, había percibido que la tesitura en la que ponían a Jesús iba cargada de cierta malicia y que había otros intereses ocultos en este asunto que le estaban planteando.

No obstante, ahí seguían, agachándose, buscando las mejores, ni excesivamente pequeñas, ni tan grandes que no se pudieran lanzar con una sola mano. Ahí seguían, mirando de reojo a Jesús, que permanecía sentado y en silencio, en el lugar del Templo desde el que, hacía un momento, estaba dirigiéndose a la gente.

De pronto, Jesús también se agachó y se puso a escribir con el dedo en el suelo. Así permaneció durante un tiempo que se hizo eterno, mientras los entendidos de la ley seguían presionándolo con aquella cuestión. A la altura a la que había bajado, Él parecía estar cómodo. Desde ahí solo podía ver el suelo, quizás los pies y algo de las piernas de todos los que estaban a su alrededor… en su campo visual quizás también podía hallarse la mujer a la que habían colocado en el medio, aunque Él solo parecía seguir el trazo que su propio dedo marcaba en la arena.

Ese modo de estar en el mundo, abajado, inclinado, se repetía en Jesús en muchos momentos. Se inclinó para hablar con el hombre paralítico que yacía cerca de la piscina de Betesda antes de curarle (cf. Jn 5,5-9) o cuando se acercó al lecho de la suegra de Pedro (cf. Mc 1,30-31) o al de la hija del jefe de la sinagoga (cf. 5,40-42). Jesús se inclinaba continuamente para acoger a los niños que corrían hacia Él, a quienes imponía las manos y con quienes oraba (cf. 10,13-16) y se inclinaba o arrodillaba muchas veces, para recogerse en oración junto a su Padre (cf. 1,35; 14,35)… ¡Qué modo tan diferente de agacharse el de Jesús y el de quienes le rodeaban en ese momento! ¡Qué perspectivas tan diferentes de mirar lo humilde, bajo y pobre del mundo!

Por fin Jesús se incorporó −solo un instante− para decir: “Aquel de vosotros que no tenga pecado, puede tirarle la primera piedra”. Y, de nuevo, se agachó y siguió escribiendo sobre la tierra…

Todos los que estaban presentes se miraban las manos, pensativos. En cada piedra veían el peso de algún error propio cometido. Era difícil no haber incumplido alguno de los 613 preceptos de la Torá. Cada uno iba recordando las últimas situaciones vividas: “esa conversación con mi amigo en la que murmuré contra el vecino”, “aquella mentira que dije para conseguir lo que buscaba”, “cuando no atendí a quien me pidió ayuda por propia comodidad”, “ese modo horrible en el que hablé a tal persona esta mañana”…

Al levantar los ojos de las propias piedras, se fueron dando cuenta de que muchos habían ido tirándolas al suelo y marchándose de allí. ¡Nadie había tirado la primera! Y así, empezando desde el mayor hasta el más joven, todos se fueron yendo.

Cuando ya estaban solos la mujer y Él, Jesús volvió a incorporarse y, como si no hubiera sido consciente de nada, le preguntó a la mujer: “¿dónde están? ¿ninguno de ellos se ha atrevido a condenarte?”.

Era la primera vez, en todo ese tiempo que había transcurrido, que alguien le había preguntado algo. La habían arrastrado hasta allí, pero no le habían dado la posibilidad de explicar nada, de defenderse, de contar su versión… ¡ninguno le había escuchado y, mucho menos, dado la palabra!

Ninguno lo ha hecho”, dijo la mujer. Y al pronunciarse, pudo expresarle su reconocimiento. Le llamó “Señor”, no solo “Maestro”, como habían hecho los jefes de la ley.

Tampoco yo te condeno. Puedes irte y no vuelvas a pecar”, le contestó Jesús.

La mujer se sintió profundamente liberada. No solo porque la alentaba a ponerse en camino y recomenzar, sino porque Jesús no la condenaba. No le había dicho “tus pecados son perdonados”, como había hecho con otras personas, sino “no te condeno”. En realidad, tampoco había condenado a los que, poco a poco y uno a uno, había reconocido su pecado y se habían ido yendo del lugar.

Ahí estaba la diferencia. Todos habían condenado a la mujer desde el primer momento, sin darle posibilidad al cambio, a comenzar de nuevo, a reconocer y transformar los actos realizados, las equivocaciones… Pero Jesús libera. Libera a la mujer y libera a cada uno de los presentes al ayudarles a reconocer su propia pobreza personal.

Quizás se nos hace necesario aprender a agacharnos más como Jesús y tocar nuestra propia tierra −nuestro propio humus− sintiendo Su mirada sobre ella. Una mirada que libera y no condena. Así, agachados junto a Él, podremos nosotros hacer lo mismo.

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Fuente Fe Adulta

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La sombra del Inquisidor.

domingo, 6 de abril de 2025
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Jn  8, 1-11

Todo inquisidor -quien acecha, espía, juzga y condena al otro- proyecta en los demás su propia sombra oscura. De manera inconsciente, para crear y sostener su propia imagen de persona “honorable” -buena, honesta, fiel, coherente, comprometida…-, ha debido ocultar, negar, rechazar o reprimir aquellos rasgos suyos que la amenazaban. Por tanto, no solo proyecta y rechaza en el otro lo que vive (reprimido) en él mismo, sino que no se conoce en toda su verdad. Vive tan identificado con la imagen que quiere dar que no tolera en los demás aquello que, de reconocerlo en sí mismo, la tiraría abajo.

Al final, quien condena a los otros, se está condenando, sin saberlo, a sí mismo. Quien “tira la piedra” contra otros, la está lanzando, sin ser consciente, contra sí mismo.

El inquisidor es una persona oscura, que no se conoce y que vive interiormente fracturado entre la imagen que intenta dar y la sombra que se empeña en mantener oculta. La falta de conocimiento y de empatía hacia sí lo hacen incapaz de vivir empatía y compasión hacia los otros. Presume de su rigidez, mientras se arroga un estatus de superioridad moral y se eleva sobre el pedestal que su propia ignorancia ha construido.

La trampa en que se ve atrapado el inquisidor -y en cada uno de nosotros yace ese personaje- solo se puede soltar gracias al autoconocimiento. Cuando, entre otros, los místicos cristianos Bernardo de Claraval o Teresa de Jesús afirmaban que el conocimiento propio constituía la mejor escuela de humildad acertaban de pleno. Solo el conocimiento de sí deshace el engaño y el hecho de al iluminar la propia sombra, nos hace humanos, humildes y compasivos. Solo entonces es posible soltar el papel de “inquisidores” y vivir en la aceptación y el no-juicio.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Se encuentran la miseria y la misericordia

domingo, 6 de abril de 2025
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17Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Jesús enseña al pueblo.

    Comienza el magnífico texto evangélico de hoy diciendo que Jesús baja del monte de los Olivos al Templo para enseñar a la gente, para comunicar el evangelio.

    Jesús no comunica doctrina, dogmas, ni tan siquiera el catecismo. Jesús comunica una buena noticia: que eso significa evangelio.

Y la buena noticia es Jesús mismo: Él es la buena noticia. (El Evangelio es anterior a los evangelios que se redactarán con el paso del tiempo (en vida de Jesús no se escribió una línea).

Jesús mismo es el evangelio, la buena noticia para nosotros. El Evangelio “no es un libro”, es una persona, JesuCristo.

02.- Una mujer en adulterio.

    Le presentan a Jesús una mujer sorprendida en adulterio. Pero a aquellos fariseos en realidad no les importa mucho esta mujer, sino a quien quieren pillar es a Jesús. El imputado más que la mujer, es Jesús.

Según la ley de Moisés esta mujer debía ser o apedreada o estrangulada. Tú ¿qué dices?. La mujer es una excusa para ver si Cristo se enfrenta a la ley, a la religión y al orden establecido. Los fariseos quieren hallar un motivo para pillar a Jesús. De hecho, este capítulo 8 de Juan termina con la voluntad del Templo y de los fariseos de dilapidar a Jesús: Los judíos tomaron piedras para tirárselas a Jesús, (Jn 8, 59).

La lapidación era una ejecución de la que “nadie” era responsable –como los fusilamientos-.

La lapidación como el pelotón de fusilamiento, como la misma guerra son una forma de asesinato colectivo, ¿anónimo? Nadie es responsable, si bien todos somos responsables.

03.- La mujer estaba, pues condenada.

    Aquella mujer estaba, pues, condenada

Pero Jesús piensa y actúa de otra manera.

Donde los “religiosos” oficiales ven pecado, delito, injusticia, suciedad, o donde ven morbosidad y programas “rosas” de tv, Jesús, y el Dios de Jesús, ven sufrimiento: la mujer adúltera, la samaritana, la hemorroísa, Magdalena, hijo pródigo, etc. son seres sufrientes.

Los “religiosos” terminales condenamos, excomulgamos, prohibimos; Jesús acoge.

Jesús debía haber condenado a aquella mujer. Sin embargo, la actitud, la respuesta de Jesús no es la esperable en un canonista o eclesiástico. Un “buen” canonista, condena. Jesús no condena: Yo no te condeno.

04.- El Señor no condena.

Jesús no dice que aquella mujer, ni el ladrón, ni Magdalena, ni Zaqueo, ni el hijo pródigo hayan hecho bien, simplemente dice que Él, Jesús, no condena. Yo no condeno. Y es que Cristo no ha venido para juzgar, y menos a condenar a nadie:

Jn 12,47: porque no he venido a condenar al mundo, sino a salvar al mundo.

Estamos muy habituados a pensar que el pecador merece condena y condenación. Eso es lo normal y lo legal. JesuCristo –el Dios de JesuCristo- no trata al pecador a pedradas y condenaciones, sino que, cuando JesuCristo se encuentra con el pecador, lo primero es no condenar y luego, al mismo tiempo,  perdonar. Jesús mira al pecador misericordiosamente.

El pecador, que somos nosotros, no es un reo para Dios, sino que siempre somos sus hijos. El veredicto de Dios no es la condenación, sino la salvación.

El fariseo, el religioso siempre tiende a condena al pecador, JesuCristo sin embargo, perdona al pecador y él, JesuCristo, carga con la condena del pecado y es elevado a la cruz con esa carga de culpa y pecado.

El juicio de Dios no es condena para el ser humano, sino salvación

05.- Jesús, inclinándose, escribía en tierra.

Es un gesto enigmático del que se han dado mil explicaciones en la historia acerca de él.

Posiblemente significa que Jesús se inclina sobre la debilidad humana, sobre el barro humano, no escribe ya en la dureza de las piedras de la ley del Sinaí, sino que Cristo es más humano, mira la tierra, el barro, la debilidad humana y en nuestra debilidad de barro Jesús escribe la sentencia: Yo no condeno, perdono.

Tal vez está evocando el profeta:

Ezequiel 11,19 Quitaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne.

La ley no es asunto de Jesús. Jesús mira siempre la persona por encima de la ley. Posiblemente -en nuestro lenguaje- “Jesús fue un ilegal”:

Se acerca a los leprosos, propone como modelo de comportamiento a aquel que deja de ir a la Iglesia para atender al que encuentra en la calle medio muerto (buen samaritano), vuelca las mesas del templo, es un comedor y bebedor, cura en sábado, trata con publicanos y prostitutas. Y, lo que “es peor”, su actitud es la poner por encima de la ley y de todo al ser humano.

Lo que puede cambiar al ser humano y la convivencia humana no es la ley, sino la misericordia y la bondad.

06.- Cosas de dos que las paga una.

El adulterio es cosa de dos. La escena evangélica manifiesta también otro aspecto: Jesús no acepta el diferente trato dado por la Ley judía a la mujer y al hombre. La mujer no tenía la misma dignidad que el varón ante la ley. Jesús acoge a las mujeres mostrándoles el amor comprensivo del Padre. En aquella sociedad machista se humilla y se condena a la mujer. Al reprimir el delito, se castiga con dureza a una parte de la sociedad, la más débil. Jesús no soporta esta hipocresía social construida por los varones.

También nuestra sociedad y la misma Iglesia, debe caminar hacia un mayor respeto hacia la mujer y a su toma de responsabilidades en todos los ámbitos.

La hipocresía a veces no tiene fin.

07.- El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.

Seguramente que hoy ocurriría lo mismo. También nosotros nos tendríamos que marchar comenzando por los más viejos. También en nuestra personalidad hay zonas de adulterio, de hijos pródigos, de “magdalenas”, de “zaqueos”… que nos harían marchar de la “sala del juicio” de aquella mujer…

Se quedaron solos Jesús y la mujer. Se quedan la miseria y la misericordia.

Siempre que se encuentra el ser humano con Dios ocurre lo mismo: se encuentran la miseria y la misericordia.

Podría servir para un rato de oración las miradas de Jesús a la samaritana, a Magdalena, al Hijo pródigo, a Zaqueo, al joven rico, a la mujer adúltera, a María al pie de la cruz, al Discípulo Amado

Acusar, denunciar, delatar, condenar a los demás no es una actitud muy cristiana precisamente, ni tan siquiera humana. Lo cristiano y lo humano va más por la discreción, el silencio, por el no ser un chismoso, no airear cuestiones, defectos, pecados. El cristianismo es el perdón y la misericordia

Algo de todo eso es el pudor: saber declinar discretamente la mirada y la palabra ante un pecado, ante una situación oscura, turbia, ante una enfermedad, etc.

Por otra parte, ¿Qué sabemos nosotros de la vida, del recorrido y sufrimientos de una persona, de una familia? ¿Quiénes somos para hablar, ni juzgar a nadie? Harto tenemos con mirarnos a nosotros mismos y pedir perdón por “lo nuestro”.

08.- La Iglesia y la misericordia.

La Iglesia, más bien la jerarquía, no tiene comportamientos muy cristianos, puesto que echa mano de la condena, del castigo, de la excomunión, la suspensión “a divinis”, de prohibir la palabra, la docencia, de retener pecados, etc.

Una Iglesia de misericordia es creíble. No sé si la Iglesia llegará a ser sinodal, bastaría con que fuese buena y misericordiosa.

Se nos ha ido la mano condenando, culpabilizando, echando en cara, descalificando a los separados y divorciados, quitando libros de las librerías y prohibiéndolos en las aulas, etc.

La misericordia es un valor esencialmente cristiano. No condenemos a nadie.

Si salimos de la Eucaristía de hoy con la conciencia en paz de Dios y de que Cristo tampoco nos condena a nosotros, habremos comenzado a ser cristianos.

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«Jesús no se deja atrapar de sus adversarios», por Consuelo Vélez

domingo, 6 de abril de 2025
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IMG_0612De su blog Fe y Vida:

V Domingo de Cuaresma (6-04-2025)

Los fariseos y escribas no tienen ningún interés en la mujer, en el adulterio o en la ley. Su interés es acorralar a Jesús para desprestigiarlo frente a los que le siguen

Cabe anotar que la ley hablaba de “castigar a los dos adúlteros con la muerte” (Lv 20, 10), pero vemos en este texto que se omite cualquier referencia al varón que estaba con aquella mujer.

Jesús sabe salir adelante de esta situación, no enfrentando a los escribas y fariseos sino lanzando una pregunta a todos los que estaban allí: “el que no tenga pecado que arroje la primera piedra”.

El evangelio de hoy, nos invita a un seguimiento de Jesús que atiende a las personas y no a las leyes cuando estas las oprimen, un seguimiento que se toma en serio el mensaje liberador y misericordioso del reino y lo hace efectivo en todas las situaciones que se presenten

Jesús fue al monte de los Olivos. Al amanecer volvió al Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y comenzó a enseñarles. Los escribas y los fariseos le trajeron a una mujer que había sido sorprendida en adulterio y, poniéndola en medio de todos, dijeron a Jesús:

– «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés, en la Ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú, ¿qué dices?».

Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo. Pero Jesús, inclinándose, comenzó a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían, se enderezó y les dijo:

– «El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra».

E inclinándose nuevamente, siguió escribiendo en el suelo. Al oír estas palabras, todos se retiraron, uno tras otro, comenzando por los más ancianos. Jesús quedó solo con la mujer, que permanecía allí, e incorporándose, le preguntó:

+ «Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado?».

Ella le respondió:

– «Nadie, Señor».

+«Yo tampoco te condeno”, le dijo Jesús. “Vete, no peques más en adelante»

(Juan 8, 1-11)

Al querer interpretar un pasaje de la Sagrada Escritura interesa plantear el contexto en el que Jesús está hablando para no tergiversar sus palabras. Aquí Jesús no quiere enseñar sobre el adulterio, o sobre el pecado, o sobre valores morales de carácter sexual. El texto se sitúa en la controversia entre las autoridades judías -representadas por los escribas y fariseos- y Jesús. Ellos le hacen una pregunta, sobre la mujer sorprendida en adulterio y el castigo que merece según la ley de Moisés, con la intención de hacerlo caer de cualquier modo. Si Jesús contesta que no deben apedrearla, estaría yendo contra la Ley. Si contesta que sí, estaría oponiéndose a la legislación romana que prohíbe la pena de muerte (Jn 18,31). Como puede verse, los escribas y fariseos no tienen ningún interés en la mujer, en el adulterio o en la ley. Su interés es acorralar a Jesús para desprestigiarlo frente a los que le siguen. Cabe anotar que la ley hablaba de “castigar a los dos adúlteros con la muerte” (Lv 20, 10), pero vemos en este texto que se omite cualquier referencia al varón que estaba con aquella mujer.

Jesús sabe salir adelante de esta situación, no enfrentando a los escribas y fariseos sino lanzando una pregunta a todos los que estaban allí: “el que no tenga pecado que arroje la primera piedra”. Esta frase es del  libro del Deuteronomio (13,10) referida al pecado de la idolatría y supone que quien arroje la primera piedra se hace cargo de la acusación y si la acusación fuera falsa, la sangre del inocente caerá sobre él (Dt 17,7). Después de esa primera piedra, todo el pueblo se dispone a apedrear al idólatra.

Una vez Jesús ha pedido a los oyentes que arrojen la piedra si no tienen pecado, todos se van retirando. De esa manera se prepara la escena conclusiva del texto: el encuentro de Jesús con la mujer. Ella que fue tomada por los fariseos y escribas, como “objeto” para acusar a Jesús, es tratada, por parte de Jesús, como “sujeto”. El diálogo revela el trato digno de Jesús hacia ella y la frase “no peques más”, muestra la invitación que él le hace a un nuevo comienzo, sin dejarse acorralar por el estigma público.

Una vez más, el evangelio de hoy, nos invita a un seguimiento de Jesús que atiende a las personas y no a las leyes cuando estas las oprimen, un seguimiento que no se deja enredar con legalismos estériles, sino que se toma en serio el mensaje liberador y misericordioso del reino y lo hace efectivo en todas las situaciones que se presenten.

(Foto: https://www.dominicaslerma.es/multimedia/54-oracion/rincon-para-orar/2026-la-mujer-adultera.html)

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“Podemos amar porque somos amados”, por P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

domingo, 6 de abril de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

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Comentario a la lectura evangélica (Juan 8, 1-11)

Tenemos que hacer cambios

Conversiones que llevan toda una vida. Pasar de dios a Dios, purificar la idea a menudo aproximada, limitada y limitante que tenemos de Dios. También nosotros, los cristianos en general. No menos, los católicos en particular. Incluso nosotros, discípulos de toda la vida.

Y atrevernos

Atrevernos a amar. A la medida de Dios que como un padre «debe» celebrar cuando un hijo vuelve, cuando un hijo no se pierde. Imitar la medida sin medida de este Dios inmenso y loco.

Somos libres, decimos. Incluso para perdernos.

Y lo vemos en este momento sangrante de guerras.

Pero, ésta es la Buena Noticia, Dios no se cansa. Insiste, si se quiere.

Como el navegador que, cuando nos perdemos, recalcula la ruta.

Luces rojas

Es una página tan fuerte que los primeros cristianos, como señala San Agustín, la habían borrado de su memoria y de sus textos. Es la página insoportable de la adúltera sorprendida en flagrante adulterio.

Y perdonada incondicionalmente.

No tiene nombre, ni lo tendrá nunca, ¿a quién le importa? Es sólo una pecadora, no tiene historia, no sabemos nada de ella, no entendemos la razón de lo sucedido. Es sólo una adúltera, una pecadora.

¿Está comprometida? ¿Casada? ¿Es feliz? ¿Con quién ha sido sorprendida en el acto de adulterio?

En realidad a nadie le importa la mujer.

Porque es una mujer y porque es una inútil, lo demás son habladurías.

Pillada en flagrante adulterio, dicen los delincuentes dispuestos a matar en nombre de Dios.

Aquí la cosa se complica. La Escritura establece que una persona puede ser acusada en presencia de dos testigos. ¿Dónde están? ¿Quiénes son? Todo pasa a un segundo plano, incluso el hecho de que el cómplice en el pecado haya desaparecido.

Tal vez ha escapado, o tal vez, como hombre, está siendo tratado de manera diferente…

Las emociones desbordan la medida, se abusa de la ley, esgrimida como un arma. No hay justicia, no hay equilibrio en esta sórdida historia: la ira prevalece, nublando las mentes.

Porque, como también vemos en estos tiempos, detrás de las razones nobles se esconden a menudo resentimientos mezquinos.

En el centro

Ponedla en el medio, dicen.

Ella está en el medio, la mujer. El lugar del juicio, ante los jueces.

Y he aquí la petición, aturdidora, insultante, enigmática.

Jesús es llamado a expresar su opinión como rabino.

Pero las cuentas no cuadran: se la presenta como adúltera, ¡así que ya ha sido juzgada! Entonces, ¿qué sentido tiene el juicio de Jesús? O aún no ha sido juzgada, ¿entonces en qué interviene el Nazareno, que no forma parte del sanedrín?

El evangelista señala que se trata de una trampa: si Jesús dice que no la apedreen contraviene la Ley de Moisés. Si dice que la apedreen contraviene la norma romana, uniéndose a las nutridas filas de los antirromanos. Y lo que es peor, desmiente su visión de un Padre benévolo.

Hay que reconocer la perfidia de los presentes.

No les importa mucho la justicia, menos aún las mujeres y las consecuencias de sus decisiones. Se trata de detener a un tipo que se ha improvisado profeta y que reúne a su alrededor a numerosas personas.

Pecadores, en su mayoría, como esta mujer.

Se junta con gente mala, Jesús, es amigo de publicanos y prostitutas (Mt 11,19).

Jeroglíficos

Jesús, sin embargo, se agacha y traza marcas en el suelo con el dedo.

Guarda silencio. Sabe que es una trampa.

Se agacha y permanece en esa posición. Se sienta a reflexionar. Empieza a escribir.

La multitud que se ha reunido no ha razonado, ha dejado hablar a su vientre, a sus vísceras, ha dado rienda suelta a la ira. Jesús no, Él toma distancia, se recoge, piensa y escribe. ¿Qué?

Se cree que la costumbre de hacer garabatos en el suelo, ampliamente documentada entre los pueblos semitas, era una forma de ordenar los pensamientos o de contener la irritación.

También es sugerente la reflexión espiritual de quienes quieren ver en ello una referencia al don de la Torá: Jesús no escribe en el polvo, como imaginamos, sino que traza marcas en la piedra, en el pavimento del Templo, igual que Dios había trazado con su dedo los mandamientos en las tablas de piedra (Dt 9,10). Dios había dado esas palabras para la vida, los acusadores las utilizan para dar la muerte.

Sea lo que sea, lo que hace Jesús sigue siendo un misterio.

Pero su respuesta es una andanada en el estómago de los presentes.

La primera piedra

Se sienta y mira hacia arriba -así se dice en el texto griego-. Su frase se ha convertido en proverbial.

Claro, esta mujer ha pecado, por supuesto.

Se ha equivocado, ha cometido un error. Pero, ¿quién de nosotros no se ha equivocado alguna vez? ¿Quién puede decir que nunca ha pecado? ¿Quién puede erigirse honestamente en juez contra ella?

Jesús desplaza a todos, no niega la validez del precepto, no dice que está bien lo que hizo, ni entra en la delicada cuestión de la jurisdicción. Él va más allá. Va antes. Retrotrae a todos al origen de la norma que está hecha para el bien del hombre, no para oprimirlo.

Es cierto: esta mujer ha obrado mal, como todo el mundo.

Pero la mujer no se identifica con su error, no se agota en su pecado.

Tiene una historia, un nombre, una dignidad, incluso la dignidad de equivocarse y redimirse, de cambiar, de mejorar.

Jesús distingue entre pecado y pecadora, algo que los acusadores no saben hacer.

Y pone una variable inesperada en el juicio: la misericordia, esa actitud típica de Dios que ve con el corazón nuestra miseria. Se equivocó, claro, y todos nos equivocamos.

Y tomamos conciencia de ello, no para justificar o minimizar, sino para cambiar y crecer.

Esta mujer se equivocó, claro. Pero no es clavándola a sus límites como cambiará.

Sólo cambiará si ve una salida, una solución, sólo si comprende lo que realmente llena su corazón.

Él, en su corazón, ya la ha perdonado.

Como me perdona a mí.

Como Él me enseña a hacer.

Podemos cambiar. Podemos dejar de odiar, dejar de hacernos la contra o la guerra entre nosotros.

Podemos amar porque somos amados.

P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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“Cuaresma en descompresión”, por Dolores Aleixandre.

sábado, 5 de abril de 2025
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IMG_8865De su blog Un grano de mostaza:

Dejar que emerjan esas palabras verdaderas que nos hacen vivir

Un amigo que bucea con frecuencia me cuenta la importancia de las pausas de descompresión antes de salir a la superficie y voy completando detalles: después de estar sometido a mucha presión,  hay que “hacer paradas”, “pausar”, “permanecer en calma”, “ir lentamente”, “permitirse”, “dar tiempo”, “ir gradualmente”,  ”controlar”. O sea, todo lo contrario de las consignas imperantes de  “más  deprisa”, “no te pares”,  “no hay tiempo”, “voy de bólido”.

Se me ocurren algunos ejercicios de descompresión que podrían venirnos de maravilla en esta Cuaresma marcada por situaciones globales de altísima presión gravitando sobre nosotros.  Habría que empezar por una parada de estricto ayuno de noticias: el universo sobrevivirá sin nosotros durante una Jornada Sin,  ajenos a los desvaríos del Energúmeno anaranjado y otros de su especie. Sin conectarnos a redes,  sin leer titulares, sin enterarnos de lo que se dijeron los parlamentarios en la última sesión de control , sin oír palabras como aranceles,  sodalicio,  noviodeayuso o  belorado.  Su efecto inmediato sería la disolución del excedente de burbujas dañinas acumuladas, dando  paso a un estado de  “flotabilibidad neutra”.

Una vez rebajada la presión,  emprender otra descompresión  mucho más gustosa y dejar que en ese espacio interior ensanchado emerjan esas palabras verdaderas que nos hacen vivir y nos acercan unos a otros,  el diálogo secreto y único que cada creyente mantiene con su Dios:  Tus palabras cantan en mi interior en casa extrañadecía un salmista  (119,54).

 El profeta Elías huía por el desierto perseguido por poderes que le sobrepasaban y se refugió en lo profundo de una cueva del Horeb para des-compresionarse.  Cuando salió fuera, escuchó la voz de un silencio tenue y algo tendría ese rumor porque volvió a bajar del monte y se enfrentó animosamente con lo que antes le agobiaba.

En el amanecer del Primer Día de la semana, las mujeres que fueron al sepulcro escucharon también otro rumor. El mismo que nos espera  a nosotros para que respiremos a pleno pulmón el aire libre de la Pascua.

Vida Nueva Marzo 2025

Espiritualidad

“¿Una sociedad más compasiva? Cuarta semana de cuaresma”, por Carmiña Navia

miércoles, 2 de abril de 2025
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IMG_0611Del blog Tras las huellas de Sophia:

“La compasión es anterior a cualquier religión.” 
Gonzalo Haya

Esta semana nos llega, para mirar con nuevos ojos, la parábola evangélica que llamamos “El hijo pródigo”. Siempre se ha leído este texto como el de un padre compasivo y el de un hijo mayor egoísta con su hermano menor que regresa arrepentido a la casa. Y sí, es claro que se nos muestra un padre compasivo, un padre que conecta inmediatamente con su hijo rebelde. La compasión a la que estamos llamados todos y todas es una exigencia humana permanente:

La compasión procede del estrato límbico de nuestra evolución; no tiene que pasar por los vericuetos de nuestro cerebro. No pide ni da explicaciones. Es comunicación directa, intuitiva, entre dos corazones, plantea Gonzalo Haya. Como el padre mostrado por Jesús, nuestras respuestas ante situaciones difíciles no deben hacerse esperar (el padre divisa a su hijo a lo lejos y sale a su encuentro), si somos compasivos o compasivas las respuestas brotan espontáneamente.

Pero desde mi punto de vista, esta parábola evangélica va mucho más allá. Siglos antes de la vida de Jesús de Nazaret en el contexto cultural del mundo greco-romano, el derecho materno que era el derecho del hijo más débil, generalmente el hijo menor, fue sustituido por la “ley del padre” que es la ley del hijo mayor. Recordemos en la tradición bíblica la historia de Isaac, Rebeca, Esaú y Jacob… La ley del padre defiende la herencia y para que esta no se disperse o se divida la concentra en el hijo mayor.

Ya el padre de la parábola realiza una ruptura cuando le entrega al hijo menor parte de la herencia y lo deja en libertad de marcharse. Pero lo más fuerte viene cuando éste, después de haberla dilapidado regresa a la casa paterna en busca de un refugio. La crítica fácil surge contra el hijo mayor, sin embargo hay que entender que él está defendiendo sus derechos que el Padre ha ignorado y violado. El hijo menor no sólo ha sido ingrato y ha pasado la vida entre placeres… lo más grave es que ha gastado parte de la herencia familiar y esto va contra la ley del padre. Sin embargo, su padre actúa según normas distintas y lo acoge de nuevo a pesar de los reclamos familiares.

No sólo es un buen corazón, es también una conducta que se ajusta a reglas diferentes. No es la primera vez que Jesús muestra actitudes más cercanas a la sensibilidad de las mujeres que a la de los varones. Su misma forma de dirigirse a Dios: Abba -según las traducciones más modernas- remite a lenguajes infantiles más comunes entre madres y niños y no tanto a lenguajes propios de adultos para dirigirse a los “páter-familia”.

Una vez más el Evangelio establece rupturas con el medio y nos entrega una imagen de la Divinidad distinta. Un Dios que se salta leyes y dictámenes para hacernos ver un rostro de cercanía, amor, normas más justas y sensibles… y por supuesto una Divinidad de la compasión, no del juicio o condena. Unos brazos y costumbres maternas que acogen y bendicen.

Carmiña Navia Velasco

Santiago de Cali, finales del mes de Marzo de 2025

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Sobre ser otra vez el hijo pródigo. Y otra vez. Y otra vez. Y otra vez. Y. . .

lunes, 31 de marzo de 2025
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El regreso del hijo pródigo’ de Marc Chagall

La reflexión de hoy es del colaborador de Bondings 2.0, Jeromiah Taylor.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Cuarto Domingo de Cuaresma se pueden encontrar aquí.

Como católicos LGBTQ+, a menudo nos vemos obligados a justificar nuestra membresía dentro de la Iglesia tanto ante otros católicos como ante quienes están más allá de ella. Nunca me ha resultado fácil responder a la pregunta “¿Por qué eres católico?”, pero el leccionario de esta semana me ayuda mucho a responderla.

La parábola del hijo pródigo pertenece a una categoría de parábolas que ofenden nuestro sentido humano de la justicia (cf. Mt 20,1-16): historias en las que los justos no reciben nada sobrante, sino que son recompensados en igualdad de condiciones que los aberrantes.

A menudo digo que si un pasaje de los evangelios me interpela es porque soy la persona de la que habla. Pero como alguien que a menudo llega un poco tarde, que con frecuencia sigue tangentes desastrosas y que, si hay algo de verdad en el dicho de que «lento pero constante gana la carrera», está condenado a perder la carrera por mucho, encuentro un gran consuelo en este tipo de historias. Sólo puedo imaginar la indignación de aquellos que son lentos y constantes, que son fieles, diligentes. Estos tipos están representados por el hijo que nunca se va y nunca tiene su propia fiesta especial. Realmente no es justo. Pero doy gracias porque Dios no es justo: como dice el salmista: “Si miraras, oh Señor, las iniquidades, ¿quién permanecería en pie?” Yo, por mi parte, me beneficiaría de un poco de acción afirmativa divina.

Más de una vez en mi vida he “recuperado el sentido” después de un apagón espiritual prolongado y me he encontrado muriéndome de hambre en una proverbial pocilga. En realidad, no hay nada que podamos hacer o ser sin Jesucristo, salvo un montón ruinoso de temor y apetito que lentamente se desintegra de nuevo en el polvo del que vinimos.

Y esa es la buena noticia: no tenemos la posibilidad de ser lo suficientemente buenos, por lo que no necesitamos preocuparnos por ser mejores o los mejores. Lo que el creador del universo quiere no tiene nada que ver con el rendimiento, tiene todo que ver con la actitud. Dios no otorga premios por la antigüedad, por la asistencia, por el ascenso confiable y graduado del progreso humano. Él otorga un solo premio: la vida eterna, y lo hace basándose en la actitud. Como suele decir el Papa Francisco, Dios nunca se cansa de perdonar; Somos nosotros los que nos cansamos de pedir perdón.

Así pues, podemos decir con verdad que, como el hijo pródigo, estábamos perdidos y hemos sido encontrados. Y si eres como yo, puedes decir: «¡Me perdí por cuarta vez esta semana y él me encontró de nuevo!» Después de varios retornos humillantes, uno realmente se convierte en lo que San Pablo llama un embajador de Cristo. Haberse reconciliado, haber estado perdido y luego haber sido encontrado, eso es algo que te hace más grande, más libre y más amoroso.

San Pablo también nos dice en la segunda lectura de hoy que «Quien está en Cristo es una nueva creación», y que Dios ha confiado a la Iglesia y al cristiano «el ministerio de la reconciliación».

El Ministerio Nuevas Maneras tomó su nombre en 1977 de una línea de la carta pastoral “Sexualidad: un don de Dios”, escrita el año anterior por el obispo Francis Mugavero de Brooklyn. En esa carta, el obispo escribió a los católicos homosexuales y lesbianas, así como a otros fieles marginados, que “prometemos nuestra voluntad de ayudarlos… a tratar de encontrar nuevas formas de comunicar la verdad de Cristo porque creemos que los hará libres”.

La parábola del hijo pródigo y la “nueva creación” de San Pablo son el “nuevo camino” original y apuntan a un ministerio de reconciliación; un estilo de reconciliación para toda la Iglesia, para toda la humanidad. El camino de la gracia extravagante, imprudente y IMG_0579temeraria, o como me dijo un sacerdote en el confesionario: “Lo que importa es que estás aquí”.

Quizás esa sea la mejor explicación que los católicos LGBTQ+ podemos dar sobre nuestra vida continua en la Iglesia: “lo que importa es que estamos aquí”. Y Dios se regocija en nuestra presencia, encontrándonos cuando estamos perdidos cada vez.

—Jeromiah Taylor, New Ways Ministry, 30 de marzo de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“Cómo experimenta Jesús a Dios”. 4 Cuaresma – C (Lucas 15,1-3.11-32)

domingo, 30 de marzo de 2025
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hijo prodigoNo quería Jesús que las gentes de Galilea sintieran a Dios como un rey, un señor o un juez. Él lo experimentaba como un padre increíblemente bueno. En la parábola del «padre bueno» les hizo ver cómo imaginaba él a Dios.

Dios es como un padre que no piensa en su propia herencia. Respeta las decisiones de sus hijos. No se ofende cuando uno de ellos le da por «muerto» y le pide su parte de la herencia.

Lo ve partir de casa con tristeza, pero nunca lo olvida. Aquel hijo siempre podrá volver a casa sin temor alguno. Cuando un día lo ve venir hambriento y humillado, el padre «se conmueve», pierde el control y corre al encuentro de su hijo.

Se olvida de su dignidad de «señor» de la familia, y lo abraza y besa efusivamente como una madre. Interrumpe su confesión para ahorrarle más humillaciones. Ya ha sufrido bastante. No necesita explicaciones para acogerlo como hijo. No le impone castigo alguno. No le exige un ritual de purificación. No parece sentir siquiera la necesidad de manifestarle su perdón. No hace falta. Nunca ha dejado de amarlo. Siempre ha buscado para él lo mejor.

Él mismo se preocupa de que su hijo se sienta de nuevo bien. Le regala el anillo de la casa y el mejor vestido. Ofrece una fiesta a todo el pueblo. Habrá banquete, música y baile. El hijo ha de conocer junto al padre la fiesta buena de la vida, no la diversión falsa que buscaba entre prostitutas paganas.

Así sentía Jesús a Dios y así lo repetiría también hoy a quienes viven lejos de él y comienzan a verse como «perdidos» en medio de la vida. Cualquier teología, predicación o catequesis que olvida esta parábola central de Jesús e impide experimentar a Dios como un Padre respetuoso y bueno, que acoge a sus hijos e hijas perdidos ofreciéndoles su perdón gratuito e incondicional, no proviene de Jesús ni transmite su Buena Noticia de Dios.

José Antonio Pagola

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“Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido”. Domingo 27 de marzo de 2022. 4º de Cuaresma

domingo, 30 de marzo de 2025
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20-cuaresmaC4 cerezoLeído en Koinonia:

Josué 5, 9a. 10-12: El pueblo de Dios celebra la Pascua, después de entrar en la tierra prometida.
Salmo responsorial: 33: Gustad y ved qué bueno es el Señor.
2Corintios 5, 17-21: Dios, por medio de Cristo, nos reconcilió consigo.
Lucas 15, 1-3. 11-32: Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido.

Análisis

La primera lectura, del libro de Josué, nos presenta un elemento fundamental para la liturgia, que es la celebración de la Pascua en el desierto. El texto presenta una serie de elementos que pueden discutirse desde una perspectiva “histórica”: el nombre Guilgal seguramente no se remite a lo que dice aquí el texto sino a un “círculo” de piedras que puede haber dado origen a un sitio que hoy no conocemos con seguridad (hay diferentes locaciones posibles). Pero no es esto lo importante, sino que algo importante ha terminado. Esto es presentado como “el oprobio” de Egipto. Dado que el término oprobio se usa en Gn 34,17 para hablar de la circuncisión se ha pensado en que se refiere a haber estado bajo el dominio de “incircuncisos”. Esto ha sido cuestionado porque los egipcios se sometían a la circuncisión, pero no es a la “sola circuncisión” que debemos referirnos, no se ha de olvidar que esta es signo de la alianza de Dios con su pueblo (Gn 17,2.11) y ciertamente los egipcios no participan de esta alianza. Por otra parte, el v.9 pertenece de hecho a la unidad anterior (5,1-9) donde la circuncisión es el tema fundamental. Haber estado dominados por un pueblo “incircunciso” constituye un verdadero oprobio, pero el fin del éxodo (que de eso se trata esta unidad) marca también el fin de esta etapa.

No interesa, en este comentario, la parte histórica de notar que todavía no se han unido en la fiesta pascual la comida del cordero y la comida de los panes sin levadura., Esto parece haber ocurrido en tiempos de Josías (622 a.e.c.; 2Re 23,21-23: ¿Josué = Josías?), lo importante es que la celebración no sólo marca la culminación de un período sino el comienzo de uno nuevo, y este período está marcado por la memoria de los acontecimientos salvadores de Dios en el éxodo y el desierto. Es interesante notar la importancia que da esta unidad a los tiempos: “catorce del mes”, “día siguiente”, “ese mismo día”, “al día siguiente”, “aquel año”, un tiempo nuevo ha comenzado, y la celebración de la pascua es signo de ello.

Sabemos el lugar central que da el evangelio de Lucas a la “misericordia”. No vamos a desarrollar un comentario a toda la parábola sino a detenernos en lo fundamental. El movimiento de la parábola es sencillo: presentación de los personajes (vv.11-12), actitud del hijo menor (vv.13-20a), actitud del padre frente al hijo perdido (vv.20b-24), actitud del hijo mayor frente al hijo perdido (vv.25-32). Como se ve, las tres primeras escenas son paralelas a las actitudes del pastor y la mujer ante el objeto perdido, la novedad viene dada por la actitud del hijo mayor. Ciertamente este refleja la actitud de los fariseos y escribas ante los pecadores. No deja de ser interesante el lenguaje de la comida en la parábola, lo que nos recuerda el contexto: “hubo hambre” (v.14), deseaba comer las algarrobas (v.16), los jornaleros del padre “tiene pan en abundancia” (v.17), el padre manda “matar el novillo engordado, comamos y celebremos una fiesta” (v.23), “nunca me diste un cabrito para una fiesta con mis amigos” se queja el mayor (v.29) y aclara “ese hijo tuyo que devoró tus bienes con prostitutas” (v.30); además, en vv.23.24.29.32 utiliza eufrainô que como vimos es festejar en un banquete…

Como se ve, el contraste es entre dos personajes con respecto a una misma situación: el hijo/hermano menor. Como otras parábolas de dos personajes, quizá el título debería reflejar estas dos actitudes más que remitir al “hijo pródigo”.

Por una parte, se ocupa de mostrar qué bajo cayó el hijo menor con una serie de elementos muy críticos para cualquier judío: “país lejano”, “vida libertina/prostitutas”, “pasar necesidad”, “cuidar cerdos”, no le dan ni siquiera algarrobas, que es comida preferentemente de animales (¿las debe robar?), hasta el punto que pretende volver “a su padre” como un asalariado. Hay que prestar atención a palabras como “no merezco” (vv.19.21) y “es bueno/conviene” (v.32), a las que volveremos. Descubriendo su miseria el hijo parte “hacia su padre” (no dice a su casa, aunque se supone “pros”; vv.18.20), el hijo mayor es quien no entra “en la casa” (v.25). El movimiento de partida y regreso del hijo es semejante al perder-encontrar, y más aún a la muerte-resurrección (con este paralelismo termina la intervención del padre y vuelve a repetirse al intervenir el hijo mayor).

El hijo ha preparado un discurso, pero el padre no le permite terminarlo, no se le gana en generosidad e iniciativa: no sólo -contra las costumbres orientales- “corre” al encuentro del hijo al que ve de lejos, sino que le devuelve la filiación que había “perdido”: eso significan el anillo (sello), las sandalias y el mejor vestido, digno de un huésped de honor. La alegría del padre queda reflejada, además, en la fiesta por “este hijo mío”.

El hermano mayor, que viene de cumplir con sus responsabilidades de hijo no quiere ingresar a la casa y participar de la fiesta. Nuevamente el padre sale al encuentro de un hijo y debe escuchar los reproches. El mayor se niega a reconocerlo como hermano (“ese hijo tuyo”) cosa que el padre le recuerda (“tu hermano”). El padre no le niega razón a que el hijo mayor “jamás desobedeció una orden”, es un “siempre fiel”, uno que “está siempre con el padre” y todo lo suyo le pertenece, pero el padre quiere ir más allá de la dinámica de la justicia: el menor “no merece”, pero “es bueno” festejar. La misericordia supone un salir hacia los otros, los pecadores que -por serlo- no merecen, pero el amor es siempre gratuito y va más allá de los merecimientos, mira al caído. Los fariseos y escribas son modelos de grupos “siempre fieles”, pero su negativa a recibir a los hermanos que estaban muertos y vuelven a la vida los puede dejar fuera de la casa y de la fiesta. Los mayores también pueden irse de la casa si no imitan la actitud del padre, o pueden ingresar y festejar si son capaces de recibir a los pecadores y comer con ellos.

Comentario

En nuestra vida cristiana solemos movernos con caricaturas de Dios; sea por lo que creemos, por lo que mostramos, o por lo que nos enseñaron. Sea un Dios bonachón, un cascarrabias eterno que espera nuestra equivocación para quebrarnos, un distraído y olvidado de las cosas de los humanos a los que creó “hace tanto tiempo”, un “padre” autoritario y caprichoso que decide arbitrariamente y no permite discusiones en la realización de su voluntad… ¿Cómo es nuestro Dios?

Es importante saber cómo es el Dios en el que creemos, pero más importante es saber cómo es el Dios en el que creyó Jesús, cómo es el Dios que Él nos reveló. Como siempre, Jesús nos hablaba de Dios no sólo con palabras, sino también con lo que hacía. Haciendo, Jesús nos mostraba al Padre Dios, ¡al verdadero! Hoy Jesús nos cuenta una parábola, una parábola que nos habla de Dios, pero una parábola que nace de una actitud de Jesús, y él nos dice que frente a los hermanos despreciados, podemos obrar de dos maneras diferentes, como Dios -que es también como obra Jesús- o también como los judíos religiosos, los “separados” del resto, los puros.

El pecado es el no-amor-dado, y el amor no-dado, y por eso nos aleja de Dios, que es amor; nos separa de su casa paterna. Pero con su amor, que se sigue derramando, y de un modo preferencial por los pecadores, Dios sigue tendiendo constantemente su mano amiga, a la espera de la vuelta de sus hijos. Nosotros, en una frecuente caricatura de Dios, solemos rechazar, juzgar y condenar a los que creemos pecadores. Nosotros, al igual que Jesús, también mostramos con nuestras actitudes al Dios en el que creemos; pero, a diferencia de Jesús, mostramos un Dios que en nada se asemeja al Eterno Buscador de Hijos Perdidos.

El Jesús que ama y prefiere a los pecadores, y come con ellos, no hace otra cosa que conocer la voluntad del Padre y realizarla concretamente, sus mesas compartidas y sus comidas nos hablan de Dios, ¡claramente! En el comportamiento de Jesús se manifiesta el comportamiento de Dios, Jesús mismo es parábola viviente de Dios: su acción es entonces una revelación. ¿Qué Dios, qué Iglesia, qué ser humano revelamos con nuestra vida? Con frecuencia, como hermanos mayores estamos tan orgullosos de no haber abandonado la casa del padre, que creemos saber más que Él mismo: “Dios es injusto”, para nuestras justicias; Dios es “de poco carácter” para nuestra inmensa sabiduría. Quizá, Dios ya esté viejo, para dedicarse a su tarea y debería jubilarse y dejarnos a nosotros…

Frente a tanta gente que rechaza la Iglesia (“creo en Dios, no en la Iglesia”), a veces decimos “pero Dios sí quiere la Iglesia”. ¿No debemos preguntarnos constantemente qué Iglesia es la que Él quiere? ¿No debemos preguntarnos, en nuestras actitudes, qué Iglesia mostramos? Esta Iglesia, la que yo-nosotros mostramos, ¿es como Dios la quiere? Jesús, con su vida, y hasta con sus comidas, muestra el rostro verdadero de Dios, muestra la comunidad de mesa en la que él participa; hasta comiendo Él revela al verdadero Dios. Quizá debamos, de una vez, dejar nuestra actitud de hijo mayor, y ya que nos sale tan mal el papel de Dios, debamos asumir el papel de hijo menor; debemos volver a Dios para llenarlo de alegría, para participar de su fiesta; y, participando de su alegría, empecemos a mostrar el rostro de la misericordia de este Dios de puertas abiertas.

La misma cena eucarística es expresión de la universalidad del amor de Dios: es comida para el perdón de los pecados. El Dios de la misericordia, no quiere excluir a nadie de su mesa; es más, quiere invitar especialmente a todos aquellos que son excluidos de las mesas de los hombres por su situación social, por su pobreza, por su sexo o por cualquier otro motivo; y va más allá, no ve con buenos ojos que crean participar de su cena quienes no esperan a sus hermanos excluidos de la mesa por ser pobres. El Dios que no hace distinción de personas, ama dilectamente a los menos amados. Sin embargo, muchas veces tomamos la actitud del hermano mayor. ¿Cuándo nos sentaremos en la mesa de los pobres, y abandonaremos nuestra tradicional postura soberbia y sectaria de “buenos cristianos”? ¿Cuándo nos decidiremos a participar de la fiesta de Dios reconociéndonos hermanos de los rechazados y despreciados? Jesús nos invita a su comida, una comida en la que mostramos -como en una parábola- cómo es el Dios, como es la fraternidad en la que creemos. Y nos mostraremos cómo somos hermanos, cómo somos hijos en la medida de participar de la alegría del padre y del reencuentro de los hermanos. Leer más…

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30.3.2025. Dom 4 Cuaresma. Un padre tenía dos hijos. Lc 15

domingo, 30 de marzo de 2025
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IMG_0560Del blog de Xabier Pikaza:

Jesús les dijo esta parábola: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: «Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.»

El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.  etc

Hjo pródigo  (Lc 15, 11-32). Parábola importante donde se expresa con claridad la trama de la vida humana, tal como ha venido a culminar en Cristo. Los motivos básicos son bien conocidos: hay dos hijos que se enfrentan, de algún modo, por la herencia del padre, pero en vez de matar el uno al otro, como en el caso de Caín y Abel (Gen 4), uno toma su parte de herencia y se va de casa; da la impresión de que el otro (el mayor) queda dueño en ella.

Evidentemente, el menor derrocha lo que ha recibido. El paradigma normal continúa: el pródigo pasa necesidad al servicio de un sistema de impureza (cerdos). Le tratan peor que a un animal, pues los animales reciben pienso y a él se lo escatiman. Desde el pozo del hambre que le atrapa recuerda la casa del padre como casa de trabajo y pan. No quiere afecto, busca comida. Por eso, su discurso penitencial (¡he pecado…!) suena a retórica. La lógica del texto no exige que se encuentre arrepentido. Hasta aquí el texto es normal, todos pueden entenderlo. Desde aquí empieza la verdadera → parábola, la novedad del evangelio.

 (1) Fiesta del padre. Enfado del hermano. El padre, que ha dejado que su hijo se marche, mira a los lejos y aguarda: no puede traerle por fuerza a la casa, pues hijo forzado no es hijo, ni casa obligada es ya casa. Aguarda el padre; pero cuando el hijo viene él corre y le abraza: no le deja acabar el discurso, no necesita su arrepentimiento: le quiere a él, y por eso dispone la fiesta que es, al mismo tiempo, paterna y filial, de criados y vecinos. Pero el hermano mayor se enfada. Se creía dueño de la casa; trabajaba austeramente por ella, cumpliendo las leyes que se habían impuesto (y que él creía sancionadas por su padre). Evidentemente, la nueva situación le perturbaba: su estilo no es fiesta. Y le enfurece aún más el hecho de que la vuelta de su hermano haya cambiado las cosas.

Se siente expulsado de su propia casa y en protesta queda fuera. Él no quiere entrar, pero sale el padre, tomando así la iniciativa. Está el pródigo en casa, sigue en su honor la fiesta, con la música y las danzas. El mayor discute con el padre en fuertes palabras que expresan por un lado la exigencia de una ley que puede interpretarse como envidia (hijo) y la gracia de un amor que sobrepasa toda envidia (padre). Más que espejo, la parábola es un foco de luz, una revelación que ilumina la cara oculta de nuestra propia realidad y que descubre aquello que podemos ser, interpretando el pasado y anticipando el futuro. Por eso, sólo la entendemos si entramos dentro de ella.

            (2) Los dos hermanos. El hermano menor está al principio y centro de la parábola, pero no es su protagonista. Es evidente que representa a los publicanos y pecadores, a los expulsados del sistema, a los que, conforme a la teología oficial del rabinismo, han dilapidado su fortuna humana y son dignos de amor (cf. Lc 15, 1-2). Ampliando la visión, hijo/hermano menor son los gentiles: los pueblos de la tierra que han vivido de manera deshonesta, quedando al fin sin bienes ni derecho (cf. Rom 1, 18-31).

En su primera parte, siendo hermoso, el texto se limita a repetir los tópicos que sabe todo buen judío: los gentiles (publicanos y prostitutas, gentes de mala vida) encuentran aquello que buscaban y sufren lo que merecen; han malgastado la fortuna del padre, se han marchado con terribles impurezas. Si quieren volver es simplemente porque tienen hambre; no están arrepentidos.

El hermano menor esta al principio y centro de la parábola, pero al final de la parábola ya no juega ningún papel activo, sino que es objeto y tema de la conversación entre el padre y el hermano mayor. El padre le ha recibido ya no tiene que hacer nada; él se limita a estar allí, como destinatario del gozo del padre, como objeto de la envidia/ley del «buen hermano.

Ese hermano tiene razón: está de su parte el derecho israelita; le apoyan los principios sociales de la tierra. Conforme al talión, que es su defensa y argumento, el menor debería pagar lo merecido (¡ojo por ojo, diente por diente!) si es que quiere volver de nuevo a casa. Según ley, el orden y la vida sólo triunfa allí donde las normas se respetan. Por eso protesta, no quiere entrar en casa, pues la casa está manchada con la presencia del hermanos menor. Para que la casa de Israel subsista y pueda dar por siglos fiel ejemplo de justicia hay que expulsar (no recibir sin condiciones claras) a los pródigos que vuelven sólo por comida. El verdadero amor al pródigo consiste en reprenderle, dejándole fuera de casa, al menos hasta que se arrepienta: no se le hace un favor recibiéndole así; no se le ayuda; hay que darle un escarmiento.

  (3) El mayor se enfada con el padre. En el fondo tiene envidia: quería monopolizar el amor del Padre, actuando como dueño de la casa. Pero ahora descubre que el menor le ha destronado. Ha trabajado con dureza, ha vivido en austeridad y al fin siente que el padre ofrece fiesta al otro. La parábola nos introduce en el centro de la complejidad humana, en la raíz de los conflictos de la historia, tal como aparecen de algún modo en escena primera de Caín/Abel (Gen 4). Este es el conflicto de la diversidad, de la envidia hecha violencia, de la lucha por el reconocimiento mutuo. (a) El prodigo no exige nada: está dispuesto a trabajar como jornalero. No exige, pero se pone en manos del padre que le ofrece la fiesta de la vida. Dejarse amar, esa es su única tarea; permitir que le hagan fiesta y participar en ella, ese es su mérito. Nada defiende, pues se siente indigno de todo. Por eso no rechaza a nadie, ni pone condiciones; es evidente que está dispuesto a recibir al hermano legal cuando llegue.

(b) El mayor exige el cumplimiento de la legalidad. Ha trabajado con justicia y tiene derecho a la justicia. Ha mantenido la casa con su esfuerzo y no quiere que el otro malogre el resultado de ese esfuerzo. Piensa que la vida se defiende con la ley por encima de la gracia. Evidentemente es bueno, pero bueno conforme al modelo de juicio y justicia de este mundo. La parábola no acaba, pero deja al hermano mayor en situación de peligro: su mismo deseo de «perfección legal» puede dejarle fuera de casa; si quiere mantener su propia ley en lugar de compartir la vida con su hermano acabará quedando solo, porque es evidente que el padre no puede (no quiere) dividir la casa, dejando a cada uno un lugar aparte, sin comunicación.

            (4) Un lugar para dos hijos. Y con esto hemos llegado a la palabra clave. El pródigo se ha ido porque buscaba nuevas relaciones pero al final queda más sólo que al principio. Y entonces, rodeado de cerdos, hambriento de pan (y de cariño), piensa en la casa del padre. El hermano mayor tampoco ha logrado comunicarse, pues sólo ha tratado con su ley: no ha tomado ni un cabrito del rebaño para compartirlo con los amigos, pues carece de amigos; tampoco sabe dialogar con su padre; no quiere entrar y hablar con el otro hermano…Sólo el padre aparece en la parábola como principio de comunicación. Sabe dejar que los hijos se vayan (o queden), sin imponerles nada. Sabe recibir al que viene, sin hacerle examen de conciencia, sin acusarle ni exigirle el cumplimiento de mandatos.

Por encima de todas las posibles leyes le ofrece el gozo de la vida: el traje de hijo, el anillo de mando, el ternero de fiesta, la música y la danza…Todos son elementos de comunicación personal, pues eso significa fiesta: una vida compartida, abierta al gozo del encuentro con los otros.

Esta es la cura de urgencia del padre en la que todo sucede con rapidez:¡pronto! (Lc 15, 22), así dice poniendo en movimiento los resortes de una casa convertida en lugar de comunicación para los hermanos y vecinos. Donde había triunfado la soledad, donde se había hecho fuerte la impotencia y la tristeza, ofrece el padre Dios la fiesta. Este es el signo del amor que no se limita a perdona (ni perdona, en el sentido exterior) sino que ama y amando es capaz de suscitar formas antes no ensayadas ni gozadas de existencia.

 Una iglesia de pródigos 

Dios no exige expiación, ni sometimientos, sino amor  y perdón, que los hombres y mujeres se perdonen, se acepten y comparten lo que son y lo que tienen, por amor, no sumisión, de forma que todos, perdonándose entre sí, empezando por los pródigos, pueden crear una Iglesia de amor universal.Ese perdón no es «olvido» del pasado, sino recuerdo superior del Dios que libera, transforma y recrea lo que hay, desde un presente de amor, no para dejarlo como estaba, sino para cambiarlo desde los más pobres y excluidos.

Jesús no ha empezado exigiendo a los pródigos que se conviertan y cambien para entrar en la casa del padre, sino que ofrece perdón, comunión y casa a todos los que vienen,  fin de que ellos puedan perdonar y acoger a todos (a los mismos “grandes”).De esa formase ha puesto en el lugar del padre y ha contado desde allí la historia de la vida, para que pródigos y grandes se transformen, todos por amor, para el amor, creando una casa/iglesia de Padre, desde los pobres y expulsados, los necesitados y los últimos, no desde los sabios y grandes.

Jesús no ha fundado una nueva religión establecida, sino una casa liberada de amor, para pródigos y ricos, desde los menores y los últimos. Él no fue sólo el narrador de esta parábola, sino su protagonista, declarando por ella que su misión ha consistido en “vincular a todos los hijos de Dios que estaban dispersos, enfrentados, sobre el mundo” (Jn 11, 52). El mensaje que él condensa en esta parábola es la conversión‒transformación, de pródigos y ricos, desde los más pobres‒menores, para bien de todos, pudiendo así liberar a los mayores orgullosos, para que no vivan ya dominando a los demás, sino compartiendo su vida con ellos.

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Cuatro historias de padres e hijos. Domingo 4º de Cuaresma. Ciclo C.

domingo, 30 de marzo de 2025
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HIJO-PRÓDIGO5_thumb1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

 El domingo pasado, a propósito de la conversión, Jesús contaba cómo un viñador intenta salvar a la higuera infructuosa pidiendo un año de plazo al propietario. Nosotros debíamos identificarnos con la higuera y agradecer los esfuerzos del viñador por impedir que nos cortasen. El evangelio de este domingo sigue centrado en la conversión, pero con un enfoque muy distinto: el propietario se convierte en padre, y no tiene una higuera sino dos hijos. Conociendo la historia de la parábola y teniendo en cuenta la lectura de la carta de Pablo podemos hablar de cuatro padres y distintos hijos.

  1. El hijo rebelde y el padre irascible que perdona (Oseas)

            La idea de presentar las relaciones entre Dios y el pueblo de Israel como las de un padre con su hijo se le ocurrió por vez primera, que sepamos, al profeta Oseas en el siglo VIII a.C. En uno de sus poemas presenta a Dios como un padre totalmente entregado a su hijo: le enseña a andar, lo lleva en brazos, se inclina para darle de comer; pasando de la metáfora a la realidad, cuando era niño lo liberó de la esclavitud de Egipto. Pero la reacción de Israel, el hijo, no es la que cabía esperar: cuanto más lo llama su padre, más se aleja de él; prefiere la compañía de los dioses cananeos, los baales. De acuerdo con la ley, un hijo rebelde, que no respeta a su padre ni a su madre, debe ser juzgado y apedreado. Dios se plantea castigar a su hijo de otro modo: devolviéndolo a Egipto, a la esclavitud. Pero no puede. “¿Cómo podré dejarte, Efraín, entregarte a ti, Israel? Me da un vuelco el corazón, se me conmueven las entrañas. No ejecutaré mi condena, no te volveré a destruir, que soy Dios y no hombre, el Santo en medio de ti y no enemigo devastador” (Oseas 11,1-9).

            El hijo que presenta Oseas se parece bastante al de la parábola de Lucas: los dos se alejan de su padre, aunque por motivos muy distintos: el de Oseas para practicar cultos paganos, el de Lucas para vivir como un libertino.

            Mayor diferencia hay entre los padres. El de Oseas reacciona dejándose llevar por la indignación y el deseo de castigar, como le ocurriría a la mayoría de los padres. Si no lo hace es “porque soy Dios, y no hombre”, y lo típico de Dios es perdonar. Lucas no dice qué siente el padre cuando el hijo le comunica que ha decidido irse de casa y le pide su parte de la herencia; se la da sin poner objeción, ni siquiera le dirige un discurso lleno de buenos consejos.

  1. El hijo arrepentido y el padre que lo acoge (Jeremías)

            La gran diferencia entre Oseas y Lucas radica en el final de la historia: Oseas no dice cómo termina, aunque se supone que bien. Lucas se detiene en contar el cambio de fortuna del hijo: arruinado y malviviendo de porquerizo, se le ocurre una solución: volver a su padre, pedirle perdón y trabajo.

            ¿Cómo se le ocurrió a Lucas hablar de la conversión del hijo? Oseas no dice nada de ello, pero sí lo dice Jeremías. A este profeta de finales del siglo VII a.C. le gustaban mucho los poemas de Oseas y a veces los adaptaba en su predicación. Para entonces, el Reino Norte ha sufrido el terrible castigo de la invasión asiria. El pueblo lo atribuye a sus pecados y decide convertirse, diciendo a Dios: “Vuélveme y me volveré, que tú eres mi Señor, mi Dios; si me alejé, después me arrepentí, y al comprenderlo me di golpes de pecho; me sentía corrido y avergonzado de soportar el oprobio de mi juventud”. Y Dios responde: “Si es mi hijo querido Efraín, mi niño, mi encanto. Cada vez que le reprendo me acuerdo de ello, se me conmueven las entrañas y cedo a la compasión” (Jeremías 31,18-28). En estas palabras, que reflejan el arrepentimiento del pueblo y su confesión de los pecados, se basa la reacción del hijo en Lucas.

  1. El padre con dos hijos muy distintos (evangelio)

            Sin embargo, cuando leemos lo que precede a la parábola, advertimos que el problema no es de Dios sino de ciertos hombres. A Dios no le cuesta perdonar, pero hay personas que no quieren que perdone. Condenan a Jesús porque trata con recaudadores de impuestos y prostitutas y come con ellos.

            Entonces Lucas saca un as de la manga y depara la mayor sorpresa. Introduce en la parábola un nuevo personaje que no estaba en Oseas ni Jeremías: un hermano mayor, que nunca ha abandonado a su padre y ha sido modelo de buena conducta. Representa a los escribas y fariseos, a los buenos. Y se permite dirigirse a su padre como ellos se dirigen a Jesús: con insolencia, reprochándole su conducta.

            El padre responde con suavidad, haciéndole caer en la cuenta de que ese a quien condena es hermano suyo. “Estaba muerto y ha revivido. Estaba perdido y ha sido encontrado”. La mayoría de los escribas y fariseos responderían: “Bien muerto estaba, ¡qué pena que haya vuelto!” Y no podríamos condenar su reacción porque sería la de la mayoría de nosotros ante las personas que no se comportan como nosotros consideramos adecuado. El mundo sería mucho mejor sin ladrones, asesinos, terroristas, adúlteros, abortistas, gais, lesbianas, transexuales, bisexuales, banqueros, políticos… y cada cual puede completar la lista según sus gustos e ideología.

            La diferencia entre el padre y el hermano mayor es que el hermano mayor solo se fija en la conducta de su hermano pequeño:se ha comido tu fortuna con prostitutas”. En cambio, el padre se fija en lo profundo: “este hermano tuyo”. Cuando Jesús come con publicanos y pecadores no los ve como personas de mala conducta, los ve como hijos de Dios y hermanos suyos. Pero esto es muy difícil. Para llegar ahí hace falta mucha fe y mucho amor.

  1. El padre con un hijo y multitud de adoptados (2ª lectura)

            Lo que dice Pablo a los corintios permite proponer una historia en línea con lo anterior. Este padre tiene un hijo y una multitud de adoptados que dejan mucho que desear. Pero no se queda en la casa esperando que vuelvan. Les manda a su hijo para que intente traerlos de vuelta. No debe portarse como el hermano mayor de la parábola, no debe reprocharles nada ni “pedirles cuenta de sus pecados”. Sin embargo, para conseguir convencerlos, deberá morir, cosa que acepta gustoso. ¿Cómo termina la historia? “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”. De nosotros depende. Podemos seguir lejos o volver a nuestro padre.

Nota sobre la 1ª lectura

            La primera lectura de los domingos de Cuaresma recoge momentos capitales de la Historia de la Salvación. Después de Abraham (2º domingo) y Moisés (3º), se recuerda el momento en que el pueblo celebra por primera vez la Pascua desde que salió de Egipto y goza de los frutos de la Tierra Prometida.

LOS TEXTOS DE LA LITURGIA

Lectura del libro de Josué 5, 9a. 10-12

En aquellos días, el Señor dijo a Josué:

Hoy os he despojado del oprobio de Egipto».

Los israelitas acamparon en Guilgal y celebraron la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. El día siguiente a la Pascua, ese mismo día, comieron del fruto de la tierra: panes ázimos y espigas fritas. Cuando comenzaron a comer del fruto de la tierra, cesó el maná. Los israelitas ya no tuvieron maná, sino que aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios 5, 17-21

Hermanos:

El que es de Cristo es una criatura nueva. Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado. Todo esto viene de Dios, que por medio de Cristo reconciliando consigo y nos encargó el ministerio de reconciliación. Es decir, Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuentas de sus pecados, y a nosotros nos ha confiado la palabra de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por nuestro medio. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no había pecado Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a él, recibamos la justificación de Dios.

Lectura del evangelio según san Lucas 15,1-3. 11-32.

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publícanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: Ése acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola: 

+ Un hombre tenía dos hijos; el menos de ellos dijo a su padre:

«Padre, dame la parte que me toca de la fortuna».

El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. Recapacitando entonces, se dijo:

«Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros».

Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo:

«Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo».

Pero el padre dijo a sus criados:

Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado».

Y empezaron el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Este le contestó:

Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud».

Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y el replicó a su padre:

Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado».

El padre le dijo:

Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado».

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