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“Todos necesitamos perdón”. 5 de Cuaresma – C ( Juan 8,1-11)

Domingo, 7 de abril de 2019

cristo_y_la_mujer_adultera_de_domenico_morelli_museo_del_pradoSegún su costumbre, Jesús ha pasado la noche a solas con su Padre querido en el Monte de los Olivos. Comienza el nuevo día, lleno del Espíritu de Dios que lo envía a «proclamar la liberación de los cautivos… y a dar libertad a los oprimidos». Pronto se verá rodeado por un gentío que acude a la explanada del templo para escucharlo.

De pronto, un grupo de escribas y fariseos irrumpe trayendo a «una mujer sorprendida en adulterio». No les preocupa el destino terrible de la mujer. Nadie le interroga de nada. Está ya condenada. Los acusadores lo dejan muy claro: «En la Ley de Moisés se manda apedrear a las adúlteras. Tú, ¿qué dices?».

La situación es dramática: los fariseos están tensos, la mujer angustiada, la gente expectante. Jesús guarda un silencio sorprendente. Tiene ante sí a aquella mujer humillada, condenada por todos. Pronto será ejecutada. ¿Es esta la última palabra de Dios sobre esta hija suya?

Jesús, que está sentado, se inclina hacia el suelo y comienza a escribir algunos trazos en tierra. Seguramente busca luz. Los acusadores le piden una respuesta en nombre de la Ley. Él les responderá desde su experiencia de la misericordia de Dios: aquella mujer y sus acusadores, todos ellos, están necesitados del perdón de Dios.

Los acusadores solo están pensando en el pecado de la mujer y en la condena de la Ley. Jesús cambiará la perspectiva. Pondrá a los acusadores ante su propio pecado. Ante Dios, todos han de reconocerse pecadores. Todos necesitamos su perdón.

Como le siguen insistiendo cada vez más, Jesús se incorpora y les dice: «Aquel de vosotros que no tenga pecado, puede tirarle la primera piedra». ¿Quiénes sois vosotros para condenar a muerte a esa mujer, olvidando vuestros propios pecados y vuestra necesidad del perdón y de la misericordia de Dios?

Los acusadores se van retirando uno tras otro. Jesús apunta hacia una convivencia donde la pena de muerte no puede ser la última palabra sobre un ser humano. Más adelante, Jesús dirá solemnemente: «Yo no he venido para juzgar al mundo sino para salvarlo».

El diálogo de Jesús con la mujer arroja nueva luz sobre su actuación. Los acusadores se han retirado, pero la mujer no se ha movido. Parece que necesita escuchar una última palabra de Jesús. No se siente todavía liberada. Jesús le dice: «Tampoco yo te condeno. Vete y, en adelante no peques más».

Le ofrece su perdón, y, al mismo tiempo, le invita a no pecar más. El perdón de Dios no anula la responsabilidad, sino que exige conversión. Jesús sabe que «Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva».

José Antonio Pagola

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“El que esté libre de pecado que le tire la primera piedra” Domingo 07 de marzo de 2019. 5º de Cuaresma

Domingo, 7 de abril de 2019

21-cuaresmaC5 cerezoLeído en Koinonia:

Isaías 43, 16-21: Mirad que realizo algo nuevo y apagaré la sed de mi pueblo.
Salmo responsorial: 125: El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres.
Filipenses 3, 8-14: Por Cristo lo perdí todo, muriendo su misma muerte.
Juan 8, 1-11: El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.

El texto del discípulo de Isaías es característico de su teología. Se lo ha llamado con frecuencia el “profeta del nuevo éxodo” (35,6; 41,18ss) y el texto que comentamos lo muestra claramente. Con la fórmula clásica del “enviado” (“así dice…”) comienza la unidad; como ocurre con mucha frecuencia Dios es presentado por lo que “hace”. La misma concluye en el v.21 ya que en v.22 comienza un nuevo oráculo de estilo muy diferente, con lo que el texto de la liturgia presenta claramente una unidad “redonda”. El estilo es hímnico, como se nota en los paralelismos (semejante a 40,22s; Sal 104,2ss; 136,5ss).

Es interesante que presenta una larga introducción (vv.16-17) sobre el pasado haciendo memoria de los acontecimientos del éxodo (Ex 13-14), pero con una serie de tiempos verbales que debemos tener presentes ya que se los dos primeros son participios (que traza, que hace salir), los dos segundos son imperfectos (se echarán, no se levantarán) y recién los dos últimos son imperfectos, y claramente pasados (se apagaron, se extinguieron), por lo que el marco principal es el presente que pone al lector “en medio” de los acontecimientos, con lo que recuerda a Israel que su fe no radica en los acontecimientos del pasado sino en Dios que “hace” esas cosas.

Lo llamativo es que después de toda esta introducción nos viene a decir en v. 18: “no se acuerden de las cosas pasadas” (no debe leerse como pregunta, como hacen algunas Biblias); las cosas “pasadas” son las del éxodo, como vemos en 41,22; 42,9; 43,9; 49,9; 48,3. ¿Por qué no recordar lo que acaba de poner en la memoria? La memoria (“¡recuerda!”) es fundamental en Israel (Sal 78), y por eso es importante la historia. Ciertamente porque lo que viene “es nuevo”, ya no estamos ante un río que se seca para que un pueblo pase, sino ante un desierto que se llena de agua para que el pueblo beba; lo nuevo es el camino en el desierto (35,8-10; 40,3-4), y el agua y la vegetación en ese lugar (35,6-7; 41,18-19). Es interesante recordar que el desierto es -para el tiempo del éxodo- un lugar terrible (“enorme y temible”, Dt 1,19; 8,15), allí Dios dio agua de la roca, y alimento del cielo; lo que ahora va a realizar —y realiza— es notablemente superior que hace empalidecer lo “antiguo”. Los acontecimientos que narra nos recuerdan lo que nos dice que no debemos recordar, y ahora en imperfecto: es algo que “se está haciendo”. Entre la doble referencia al agua en el desierto, aparece una extraña imagen: los que glorifican a Dios son los animales del desierto, no el pueblo (aunque estos parecen ocupar su lugar, como es frecuente, por ejemplo en los sacrificios, y se confirma en el relato con la doble referencia “mi pueblo, mi elegido”). Es este pueblo el que contará las alabanzas de Yavé (ver 43,10; 44,8), y es presentado como el pueblo que “me modelé”, con lo que regresamos a las imágenes de creación, muy frecuentes en el discípulo de Isaías (ver 43,1.7).

Lo que quiere destacar el autor es que no hay que quedarse en los acontecimientos del pasado por más maravillosos que hayan sido; quedarse en los acontecimientos y no en Dios es una forma sutil de idolatría, lo que hay que recordar es a Dios que es quien las hizo, hace y hará. El éxodo es el acontecimiento arquetípico y por eso es modelo de acontecimientos nuevos, no es algo en lo que Dios se ha estancado en el pasado. La “sola memoria” puede ser peligrosa, no puede ser un permanecer “estancados”, no tiene valor si no va acompañada de la esperanza, si no prepara futuro.

En la carta a los Filipenses vemos que lo que ha cambiado a Pablo dando un nuevo enfoque a su vida es el “conocimiento de Cristo Jesús”. Es cierto que otro “conocimiento” puede ser inútil o hasta perverso, pero si de conocimiento de Cristo se trata, ese llegará a su plenitud al final de los tiempos donde “conoceré, como soy conocido (por Dios)”, 1 Cor 13,12. Todo es “a causa de Cristo” (v.7). La esperanza judía en el mesías era ciertamente futura, pero Pablo es consciente que ya ha conocido. Sin embargo, todas las esperanzas de Israel, que tan bien quedan expresadas en Rom 9,4-5 no han “conocido” y han quedado al margen. Esto es, para Pablo, un motivo de gran dolor, como lo manifiesta especialmente (9,3). Pero para Pablo, todo lo que preparaba la llegada de Cristo, ya no tiene sentido, como el pedagogo (Gal 3,24-25) no tiene sentido una vez que el niño ha llegado a la escuela a la cual él lo llevaba. Es importante notar como Pablo empieza a poner los cimientos para una marcada separación entre Israel y la Iglesia, todo lo anterior, en comparación con Cristo es nada menos que estiércol.

El lenguaje que Pablo destaca es económico “pérdida – ganancia” pero sobre todo deportivo. Pablo pretende (notar la semejanza con el lenguaje de 1 Cor 13 que acabamos de mencionar): “ganar a Cristo y ser encontrado por él”. Las imágenes deportivas no son extrañas a Pablo (1 Cor 9,24-27; 2 Cor 4,8-9), y le sirven a Pablo como un ejemplo más para destacar algo que ya ha comenzado pero aún no ha concluido. Sin embargo, Pablo no pretende que las imágenes sean suficientes, él no corre con sus propias fuerzas, no espera llegar con su “justicia”, no lo ha alcanzado sino que fue él mismo alcanzado por Cristo . Aunque más “al pasar” que en Gálatas y Romanos, queda planteado el tema de la fe y las obras. Pablo sabe que colabora con la obra de Dios, pero sabe que no son sus fuerzas las que le permiten alcanzar la meta (notar esto tan característico de Pablo: conocer – ser conocido, ganar – ser hallado, alcanzar – ser alcanzado). La justificación -la meta- sólo puede venir de la iniciativa de Dios, no por la ley sino por la fe.

Como no conocemos el contexto de este relato del evangelio de Juan, que es un relato añadido, no sabemos las razones por las cuales a Jesús quieren “ponerle una trampa”. Pero dada la semejanza con los acontecimientos del final de la vida de Jesús, según nos cuentan los Sinópticos, podemos pensar que el drama ya se ha desencadenado y se pretende por todos los medios encontrar argumentos para un juicio que ya está decidido. En ese sentido, el texto es semejante al de la moneda del impuesto al César. Tampoco es fácil saber exactamente cuál es la trampa, pero parece ser ponerlo en la disyuntiva entre ser fiel a la ley de Moisés, y consentir en que la adúltera sea apedreada, con lo que su insistencia en la misericordia se revela “hipócrita”, o insistir en la misericordia con lo que se manifiesta como infiel a lo mandado por Moisés.

A Jesús no van a buscarlo porque confíen en su buen criterio o porque reconozcan autoridad a su palabra, o porque él pueda decidir la suerte de la mujer. En realidad, en este drama ni Jesús ni la mujer son importantes. Ambos son rechazados por los escribas y fariseos. Jesús, porque buscan atraparlo, la mujer porque es una simple excusa para ese objetivo. Por eso, porque su palabra en realidad no importa es que el Señor se inclina para escribir en tierra. Manifiesta su desinterés por la cuestión, como ellos también la manifiestan.

Somos tan prontos a juzgar y condenar, nosotros los hombres. ¡Es tan fácil en este caso! Nada menos que una adúltera, descubierta en plena infidelidad. Hay que aplicarle el rigor de la ley: ¡debe ser apedreada! De paso, veremos cuánto de fiel a la ley es Jesús. La actitud del Señor no parece ser muy atenta; casi, hasta parece indiferente … Juzgar y condenar, en nuestras actitudes, muchas veces van de la mano, se le parecen. Los hombres ya condenaron, falta que hable Jesús, para condenarlo también a él.

¿Sexo? ¡Horror! Para tantos, todavía sigue siendo el más grave y horroroso de los pecados. Es cierto que muchas veces nos hemos ido al otro extremo, y no hablamos ya del tema, pero cuántas veces nos encontramos con actitudes o comentarios que parecen que el único pecado existente es el pecado sexual. La envidia, la ambición, la falta de solidaridad, la injusticia, la soberbia, y tantos otros, parecen no existir en la “lista”. El sexo es “el” pecado. Esa es, también, la actitud de los acusadores de la mujer: fue descubierta en pleno pecado, ¡debe ser apedreada! “-Muy bien, el que no tenga pecado, tire la primera piedra“. Y, casualmente, los primeros en retirarse son los ancianos, los que ya no tienen “ese” pecado. Muchos pecados hay, no uno, pero nosotros juzgamos, ¡y hasta condenamos!

Sería casi sin sentido hacer una lista de todos los pecados de nuestro presente; sería sin sentido porque sería interminable: basta con leer casi cada página de los diarios… ¿Quién considera pecado sus opciones políticas que miran sus intereses y no lo que mejor beneficie la causa de los pobres? ¿Quién considera pecado su falta de solidaridad con los marginados de su mismo barrio o región? ¿Quién considera pecado su “no te entrometas“, o su falta de compromiso político para que los pecados desaparezcan?… Y, en esa misma línea: ¿quién no considera un pecado atroz y gravísimo a una madre soltera, o todo lo relacionado con el sexo?, ¿quién no considera verdaderamente intolerable toda cercanía siquiera con prostitutas…?

Este, que hoy leemos, fue el texto comentado por monseñor Romero en su célebre última homilía: “No encuentro figura más hermosa de Jesús salvando la dignidad humana, que este Jesús que no tiene pecado, frente a frente con una mujer adúltera… Fortaleza pero ternura: la dignidad humana ante todo… A Jesús no le importaban (los) detalles legalistas… Él ama, ha venido precisamente para salvar a los pecadores… convertirla es mucho mejor que apedrearla, ordenarla y salvarla es mucho mejor que condenarla… Las fuentes (del) pecado social (están) en el corazón del hombre… nadie quiere echarse la culpa y todos son responsables… de la ola de crímenes y violencia… la salvación comienza arrancando del pecado a cada hombre.” “–No peques más”. Leer más…

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Dom 7.4.19. Una sociedad patriarcal estructuralmente adúltera (Jn 8, 1-11)

Domingo, 7 de abril de 2019

A02B3A9C-77EB-44D7-8695-18EDC7372A15Del blog de Xabier Pikaza:

Quien este libre de pecado (adulterio) que tire la primera piedra… y todos se fueron

El perdón de la adúltera, tarea pendiente de la Iglesia

El adulterio es con el homicidio (violencia social) y el robo (violencia económica) el pecado o problema más fuerte de la humanidad, tanto en las sociedades tradicionales, donde se lapida a las adúlteras (sharía musulmana, Antiguo Testamento) como en las “modernas”, donde un tipo de infidelidad personal (femenina o masculina) y de justicia destruya las relaciones humana.

De ese tema trata en forma sorprendente el evangelio de hoy que se vincula y distingue del “paralelo” de Daniel 13,  que condena a los malos jueces individuales, pero deja intacto el orden patriarcal adúltero de la sociedad. Por el contrario, Juan 8 condena a la sociedad patriarcal como adúltera,  en su conjunto, una sociedad judicial de varones-presbíteros-jueces que que condena y lapida a las mujeres a las que ella misma hace adúlteras.

Es un texto de varones justos (jueces) que se atreven a juzgar y condenar a una mujer, por considerar que ella es adúltera y que merece ser condenada, para que los hombres patriarcales (buenos esposos) puedan caminar tranquilos, sabiendo que sus mujeres no les engañan y que los hijos que engendran son “suyo”. Más que el adulterio concreto de una “pobre” mujer, al texto le importa el adulterio estructural de la sociedad.

           La mujer puede ser adúltera (en el caso de Jesús), pero adúlteros de fondo y hasta el fin son los otros, es decir, los malos jueces patriarcales que quieren condenarla a muerte a la mujer, pero que al fin (conforme al evangelio) deben reconocer su propia culpa…

  Leído así ese texto de Jn 8 (con su paralelo de Dan 13) constituye un espléndido espejo de nuestra realidad, revelación y condena de la hipocresía e injusticia social y afectiva de nuestro mundo patriarcal y judicial, antiguo y moderno. Ciertamente, es un texto de piedad y de misericordia personal, y así se ha leído en la Iglesia a lo largo de los siglos. Pero, al mismo tiempo, es un texto de dura justicia y de supra‒justicia, un texto escandaloso, socialmente desestabilizador, y gran parte de la Iglesia (y de la sociedad patriarcal) no ha sabido aún qué hacer con él, cómo aplicarlo y actualizarlo. Éste será el momento para empezar a hacerlo.

Y con ese fin queremos empezar leyendo el texto, para presentar después algunas anotaciones, comparándolo después  con el texto paralelo/antitético de Susana (Dan 13), y comentarlo finalmente de manera más extensa:

Texto: Juan 8, 1-11

5CAE925B-FCBB-45BD-B813-8394CA68DF74En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.

Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices? “Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra.”

E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.

Y quedó sólo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?” Ella contestó: “Ninguno, Señor.” Jesús dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.”

PREGUNTAS INICIALES

         Ésta y otras preguntas se pueden seguir planteando incluso en nuestra sociedad donde el adulterio de la mujer no está ya condenado a muerte. Para responder a ellas quiero evocar el texto paralelo de Dan 13 para pasar después a la escena del evangelio.

DANIEL Y SUSANA, EL TRIUNFO DE LA JUSTICIA

La historia de Susana (Dan 13) es una dura narración edificante, recogida por la tradición judía (sólo en griego: LXX) para expresar la sabia justicia de la ley, a través de Daniel. Suponemos conocido el texto, limitándonos a evocar sus rasgos principales:

– Susana es rica, bella, justa: signo de los auténticos judíos que reciben en el mundo la gracia y bendición (cf. Dan 13, 57).  Dios la prueba, pero ayudada por Daniel (=Juez justo o Juez de Dios), ella sale victoriosa.

– Los jueces (ancianos) perversos son los malos israelitas que con su autoridad oprimen al pueblo (cf. 13, 52-53; 56-67). Parecen al principio victoriosos, pero Daniel descubre su engaño y, según talión, son condenados .

Esta es una historia de justicia de ley. Hay un momento en que las cosas parecen cruzarse y confundirse: va a morir Susana, triunfan los impíos, se invierte y conculca al derecho de Dios sobre la tierra. Pero luego, respondiendo a la plegaria de la inocente (13, 42-44), interviene Dios y responde con su juicio. No hay perdón sino justicia: se cumple la ley con Susana, y goza la gente cuando la declaran inocente; se cumple la justicia con los jueces, que reciben el castigo que querían imponer sobre ella. No hay lugar para el perdón: la justicia del talión, al fin cumplida, es signo de Dios sobre la tierra.

Dentro de su aparente ingenuidad, el texto es hiriente. En el centro de la escena nos pone el cuerpo de una mujer desnuda, en medio de un parque convertido casi en paraíso (como en Gen 2). Sin duda, la mujer es inocente, pero, vista en perspectiva de varones ansiosos, ella puede parecer provocadora: signo del deseo que se abre en medio de la naturaleza que invita al deseo (en un parte, con agua…). Los dos jueces no saben resistir a la llamada de aquel cuerpo y se unen para poseerla, poniendo la ley de su deseo por encima de las leyes religiosas y/o sociales que deberían sancionar sus juicios.

La mujer está atrapada en una contradicción que parece insoluble: por el hecho de ser mujer y bella, cuerpo que se imagina desnudo en el parque, excita a los varones. Ella permanece fiel a la ley de un marido que permanece oculto (ley de Dios) y parece condenada a morir en manos del juicio perverso de este mundo.

– Los jueces representan la justicia pervertida de los varones violadores (de la sociedad patriarcal adúltera y lapidadora) sobre la mujer indefensa, la autoridad al servicio de los propios deseos. De esa forma reflejan el destino ordinario de mundo: la batalla de deseos y contra-deseos donde la fiel Susana, por bella y débil, parece condenada a violación y muerte.

La mayor parte de las historias no contadas de este mundo acaban ahí: Susana inocente sucumbe víctima del deseo de los violentos pervertidos. La riqueza y belleza (parque, agua, cuerpo joven) excitan y nublan la vista de los jueces de la tierra. Es difícil romper el círculo de sus  envidias y deseos. En esta especie de paraíso invertido (parque con agua y árboles, lugar de gozo bueno), los mismos jueces de Dios se vuelven tentación (diablo) y la vida acaba siendo escenario de mentira, violación y muerte.

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Dos conversiones distintas y parecidas. Domingo 5º de Cuaresma. Ciclo C.

Domingo, 7 de abril de 2019
hipocresia-proxenetismo_image006Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:
 Los domingos anteriores han tratado el tema de la conversión con distintos enfoques: amenazando con un final trágico a los que no se conviertan, pero concediendo un año de plazo para evitar la desgracia (domingo 3º); acogiendo al hijo pródigo, que se convierte por puro egoísmo, pero que da una inmensa alegría al padre con su vuelta (domingo 4º). En este quinto domingo habla del mejor recurso para convertirse: el contacto con Jesús, como lo demuestran una adúltera y un fariseo radical y violento.

¿Qué hacemos con la adúltera?

El evangelio parte de un hecho concreto: una mujer sorprendida en adulterio. Se trata de un pecado condenado en todas las legislaciones antiguas y en el Decálogo. El problema que plantean a Jesús es qué hacer con la adúltera. Del tema ya se habían ocupado los legisladores antiguos. Recojo tres opiniones.

La ahogamos con el adúltero (Código de Hammurabi)

Es la respuesta del famoso Código de Hammurabi, rey de Babilonia muerto hacia 1750 a.C. En el párrafo 129 dictamina: “Si la esposa de un hombre es sorprendida acostada con otro varón, que los aten y los tiren al agua [al río Éufrates]; si el marido perdona a su esposa la vida, el rey perdonará también la vida a su súbdito.” Adviértase que la ley empieza por la mujer, pero los dos merecen la condena a muerte, aunque cabe la posibilidad de que el marido perdone.

La apedreamos (escribas y fariseos)

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba. Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?” Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.

El apedreamiento es el procedimiento más frecuente en la Biblia para ejecutar a un culpable. Cosa lógica ya que en Israel no abunda el agua, como en Babilonia, y sí las piedras. Sin embargo, estos escribas y fariseos no habrían aprobado un examen de Biblia por dos motivos.

1) La Ley de Moisés, que usa a menudo el verbo “apedrear” para hablar de un castigo a muerte, nunca lo aplica al adulterio. El texto que podrían invocar sería este del Deuteronomio: “Si uno encuentra en un pueblo a una joven prometida a otro y se acuesta con ella, los sacarán a los dos a las puertas de la ciudad y los apedrearán hasta que mueran: a la muchacha porque dentro del pueblo no pidió socorro y al hombre por haber violado a la mujer de su prójimo” (Dt 22,23-24). Pero esta ley no habla de adulterio, sino de violación (aparentemente consentida) de una muchacha.

2) Si tienen tanto interés en cumplir la Ley de Moisés, al primero que deberían haber traído ante Jesús es al varón, ya que también a él lo han sorprendido en adulterio y por él comienza la ley (“Si uno encuentra a una joven…y se acuesta con ella”). Hay un caso en el que solo se habla de apedrear a la muchacha, pero tampoco se trata de adulterio, sino de la que ha perdido la virginidad mientras vivía con sus padres. Cuando se casa, su marido lo advierte y lo denuncia, si la denuncia es verdadera “sacarán a la joven a la puerta de la casa paterna y los hombres de la ciudad la apedrearán hasta que muera, por haber cometido en Israel la infamia de prostituir la casa de su padre. (Dt 22,20-21).

¿Cómo puede un escriba, con tantos años de estudios bíblicos, cometer estos errores elementales? ¿Por ignorancia? ¿Por el deseo de interpretar la ley de la forma más rigurosa posible? ¿Para poner a Jesús en un aprieto y poder acusarlo, como dice Juan? Efectivamente, si la perdona, no cumple la ley; si dice que la apedreen, demuestra que no tiene esa compasión de la que tanto presume.

La perdonamos (Jesús)

Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo. Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: “El que no tiene pecado, que le tire la primera piedra.” E inclinándose otra vez, siguió escribiendo. Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer, en medio, que seguía allí delante. Jesús se incorporó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?” Ella contestó: “Ninguno, Señor.” Jesús dijo: “Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.”

Jesús no precipita su respuesta. Le piden una opinión (“¿qué dices tú?”) pero se calla la boca y escribe en el suelo. Ellos insisten. Buscan lana y salen tranquilados. “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”. El principal pecado de escribas y fariseos no es la ignorancia, ni el rigorismo, sino la hipocresía.

Cuando se retiran, solo quedan Jesús y la mujer, ella de pie en el centro. Un imagen de gran impacto, digna de la mejor película. Por suerte para la mujer, Jesús no es un confesor a la vieja usanza. No le pregunta cuántas veces ha cometido adulterio, con quién, dónde, cuándo. Se limita a dos preguntas breves (“¿dónde están?, ¿nadie te ha condenado?”) y a la absolución final: “Yo tampoco te condeno. Ve y en adelante no peques más”.

A veces se habla de la actitud de Jesús con los pecadores de forma muy ligera, como si los abrazase y aceptase su forma de vida. Pero a la mujer no le dice: “No te preocupes, no tiene importancia; ya sabes a quién tienes que acudir la próxima vez”. Lo que le dice es: “en adelante no peques más”. Se lo dice por su bien, no porque corra peligro de ser apedreada. A este caso, cambiando de género, se puede aplicar el proverbio bíblico: “El adúltero es hombre sin juicio, el violador se arruina a sí mismo” (Prov 6,32). Eso es lo que Jesús no quiere, que la mujer se arruine a sí misma.

El buen ejemplo de los escribas y fariseos

A pesar de su hipocresía y mala idea, hay que reconocerles algo bueno: se van retirando poco a poco, empezando por los más viejos. Hoy día, somos muchos los que conocemos la opinión de Jesús pero seguimos considerándonos buenos y no vacilamos en apedrear (más con palabras y juicios condenatorios que con piedras) a quien hemos elegido como víctima.

Nota: Un texto escandaloso

Este pasaje del evangelio es de los más desconcertantes para los especialistas. Forma parte del evangelio de Juan, pero falta en los mejores manuscritos, códices y leccionarios; otros lo trasladan al final del evangelio de Juan; y algunos lo traen en el evangelio de Lucas (después de 21,38s o de 24,53). Como si hubiese sido una hoja suelta que muchos dudaban de incluir y otros no sabían dónde meter.

No es raro que este pasaje provocase dificultades. Con el criterio “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra” podrían verse libres desde los terroristas del Isis hasta los ladrones de guante blanco. Naturalmente, no es eso lo que pretende Jesús. Sus palabras finales a la mujer, “no peques más”, dejan claro que no defiende un mundo en el que cada cual hace lo que quiere.

La conversión del fariseo radical y violento (2ª lectura: Filipenses 3,8-14))

La lectura de Pablo a los Filipenses no cuenta su conversión, pero hace un balance de su vida antes y después de ella. Antes se gloriaba de ser israelita de pura cepa, de la tribu de Benjamín (¡ocho apellidos vascos!), circuncidado a los ocho días, estrictísimo en la observancia de la Ley, perseguidor de los cristianos. De todo estaba enormemente orgulloso hasta que descubrió a Cristo. A partir de ese momento, su vida cambia. Todo lo anterior lo considera basura. Él estaba obsesionado con salvarse, pero la Ley de Moisés no puede salvarlo, solo la fe en Cristo. Por eso, lo único importante es conocerlo cada vez mejor, compartir sus sufrimientos, resucitar con él. Pablo ve su vida como una extraña carrera. Ya le ha concedido el primer premio, pero debe seguir corriendo hacia la meta, sin mirar atrás.

La adúltera y el fariseo

A pesar de las diferencias, hay algo común a la conversión de estas dos personas: el contacto con Jesús. Lo cual supone una gran novedad con respecto al mensaje de los domingos anteriores. Ahora, lo que provoca la conversión no es el miedo, ni el hambre, sino la relación personal con el Señor. Relación a la que se llega por caminos muy diversos: en el caso de la adúltera, son sus enemigos quienes la llevan ante Jesús; en el caso de Pablo, es Jesús quien le sale al encuentro. Este encuentro personal con él es la única garantía de una conversión auténtica y duradera.

El éxodo antiguo y el nuevo (1ª lectura: Isaías 43,16-21)

La primera lectura sigue recordando momentos capitales de la Historia de la salvación: Abrahán, Moisés, Josué. Hoy se contraponen el éxodo de Egipto, con la gran victoria sobre el ejército del faraón, y el nuevo éxodo de Babilonia, en el que Dios protegerá a su pueblo durante la marcha por el desierto. El peligro de los israelitas es seguir soñando con lo antiguo. Y el profeta le dice: “no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo”. Curiosamente, coincide con lo que dice Pablo en la segunda lectura: “olvidándome de lo que queda atrás, me lanzo a lo que está por delante”.

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V Domingo de Cuaresma. 07 abril, 2019

Domingo, 7 de abril de 2019

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Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
“el que esté sin pecado, que tire la primera piedra”.
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo”

(Jn 8, 1-11)

Dime, Maestro: ¿qué escribías en el suelo? Siempre que vuelve este texto me lo pregunto… y algunas veces hasta me lo he contestado: palabras de perdón, de reconciliación, de comprensión… Pero hoy que aparece el texto me lo vuelvo a preguntar: ¿qué escribías en el suelo?, ¿qué escribes hoy en el suelo?, ¿qué palabras tienes para quienes me acusan, me persiguen, me entregan?

Sí, lo hacen conmigo, pero sobre todo con otras tantas personas, especialmente mujeres, en demasiados lugares de nuestro mundo. Hoy, ahora, una mujer está siendo acusada, vejada, puesta en evidencia…como lo fue la mujer sorprendida en adulterio en el Templo. Y me pregunto: ¿tendrá la mujer de hoy quien la defienda, quien la dignifique, quien escriba en el suelo de su historia palabras de liberación y de perdón?

Y me brota del corazón un deseo: ¡Hazme palabra, Jesús! Una palabra que Tú escribas hoy en nuestro suelo. Una palabra de consuelo. Una palabra de ánimo. Una palabra de lucha. Una palabra de dignidad. Una palabra de confrontación. Una palabra de perdón.

Haznos a todos “palabra”, como aquellas palabras que un día escribiste en el suelo del Templo. Palabras silenciosas que hicieron caer las piedras, los juicios y las condenas. Palabras escondidas que ablandaron corazones endurecidos y convirtieron la condena de la ley en el encuentro con el amor misericordioso. Palabras que rozaron el corazón herido de una mujer y le devolvieron la dignidad y la luz que necesitaba para caminar. Palabras que cambian el rumbo de la historia y la adentran por los senderos del Reino.

Oración

“Gracias, Trinidad Santa,
por escribir en el suelo de nuestro hoy
las letras suaves de tu amor y tu ternura para con nosotras.”

 

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Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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¿En nombre de qué Dios seguimos condenando?

Domingo, 7 de abril de 2019
F713D2C2-CD60-4215-A3A7-1AB96050B308Jn 8,1-11

La principal característica de las tres lecturas de hoy es que nos invitan a mirar hacia adelante. Isaías, desde la opresión del destierro, promete algo nuevo para su pueblo. Pablo quiere olvidarse de lo que queda atrás y sigue corriendo hacia la meta. Jesús abre a la adúltera un horizonte de futuro que los fariseos estaban dispuesto a cercenar. El encuentro con el verdadero Dios nos empuja siempre hacia lo nuevo. En nombre de Dios nunca podemos mirar hacia atrás. A Dios no le interesa para nada nuestro pasado. A mí debía interesarme, solo en cuanto me permite descubrir mis verdaderas posibilidades de futuro.

El texto que acabamos de leer, está en un contexto artificial. No se encuentra en ningún otro evangelista y, seguramente ha sido añadido al evangelio de Jn. No aparece en los textos griegos más antiguos y ninguno de los Santos Padres lo comenta. Está más de acuerdo con la manera de redactar de Lc; incluso aparece incorporado a este evangelio en algunos códices. Está garantizado que es un relato muy antiguo y su mensaje está muy de acuerdo con todos los evangelios, incluido el de Juan. Puede ser que la supresión y los cambios se deban a su mensaje de tolerancia, que se podía interpretar como laxitud o permisividad.

En el relato, se destaca de manera clara el “fariseísmo” de los letrados y fariseos, acusando a la mujer y creyéndose ellos puros. No aceptan las enseñanzas de Jesús, pero con ironía le llaman “Maestro”. El texto nos dice expresamente que le estaban tendiendo una trampa. En efecto, si Jesús consentía en apedrearla, perdería su fama de bondad e iría contra el poder civil, que desde el año treinta había retirado al Sanedrín la facultad de ejecutar a nadie. Si decía que no, se declaraba en contra de la Ley, que lo prescribía expresamente. Como tantas veces, los jefes religiosos están buscando la manera de justificar la condena de Jesús.

Si los pescaron “in fraganti”, ¿dónde estaba el hombre? (La Ley mandaba matar a ambos). Se consideraba adulterio la relación de un hombre con una mujer casada, no con una soltera. Se trataba de un pecado contra la propiedad, porque la mujer se consideraba propiedad del marido. Cuando el marido era infiel a su mujer con una soltera, su mujer no tenía ningún derecho a sentirse ofendida. Hoy seguimos midiendo con distinto rasero la infidelidad del hombre y de la mujer. Qué pocas veces se tiene esto en cuenta.

No se trata, pues, de un pecado sexual sino de un pecado contra la propiedad privada. Llevamos dos milenios tergiversando los textos con la mayor naturalidad. Decimos “palabra de Dios” pero no tenemos empacho alguno a la hora de distorsionarla. La Biblia apenas habla de la sexualidad, no era para ellos un problema, no estaban obsesionados con el tema. La obsesión enfermiza que nos ha inoculado la Iglesia no tiene nada que ver con el mensaje de la Biblia. Ni el AT ni el NT hacen hincapié en un tema que nos ha traumatizado a todos.

Aparentemente Jesús está dispuesto a que se cumpla la Ley, pero pone una simple condición: que tire la primera piedra el que no tenga pecado. El tirar la primera piedra era obligación o “privilegio” del testigo. De ese modo se quería implicar de una manera rotunda en la ejecución y evitar que se acusara a la ligera a personas inocentes. Tirar la primera piedra era responsabilizarse de la ejecución. Nos está diciendo que todos aquellos hombres acusaban, pero nadie quería hacerse responsable de la muerte de la mujer.

En contra de lo que nos repetirán hasta la saciedad durante estos días, Jesús perdona a la mujer antes de que se lo pida; no exige ninguna condición. No es el arrepentimiento ni la penitencia lo que consigue el perdón. Por el contrario, es el descubrimiento del amor incondicional lo que debe llevar a la adúltera al cambio de vida. Tenemos aquí otro gran tema para la reflexión. El “perdón” por parte de Dios es lo primero. Cambiar de perspectiva será la consecuencia de haber tomado conciencia de que Dios es Amor y está en mí.

Es incomprensible e inaceptable que después de veinte siglos, siga habiendo cristianos que se identifiquen con la postura de los fariseos. Sigue habiendo “buenos cristianos” que ponen el cumplimiento de la “Ley” por encima de las personas. La base y fundamento del mensaje de Jesús es precisamente que, para el Dios de Jesús, el valor primero es la persona de carne y hueso, no la institución ni la “Ley”. El PADRE estará siempre con los brazos abiertos para el hermano menor y para el mayor. El Padre no puede dejar de considerar hijo a nadie.

La cercanía, que manifestó Jesús hacia los pecadores, no podía ser comprendida por los jefes religiosos de su tiempo porque se habían hecho un Dios a su medida, justiciero y distante. Para ellos, el cumplimiento de la Ley era el valor supremo. La persona estaba sometida al imperio de la Ley. Por eso no tienen ningún reparo en sacrificar a la mujer en nombre de ese Dios inmisericorde. Jesús nos dice que la persona es el valor supremo y no puede ser utilizada como medio para conseguir nada. Todo tiene que estar al servicio del individuo.

Ni siquiera debemos estar mirando a lo negativo que ha habido en nosotros. El pecado es siempre cosa del pasado. No habría pecado ni arrepentimiento si no tuviéramos conciencia de que podemos hacer las cosas mejor. Con demasiada frecuencia la religión nos invita a revolver en nuestra propia mierda sin hacernos ver la posibilida­d de lo nuevo, que sigue estando ahí, a pesar de nuestros fallos. Dios es plenitud y nos está siempre atrayendo hacia Él. Esa plenitud, hacia la que tendemos, siempre estará más allá pero siempre alcanzable.

En la relación con el Dios de Jesús tampoco tiene cabida el miedo. El miedo es la consecuencia de la inseguridad. Cuando buscamos seguridades, tenemos asegurado el miedo. Miedo a no conseguir lo que deseamos, o miedo a perder lo que tenemos. Una y otra vez, Jesús repite en el evangelio: “no tengáis miedo”. El miedo paraliza nuestra vida espiritual, metiéndonos en un callejón sin salida. El descubrimiento del verdadero Dios tiene que ser siempre liberador. La mejor prueba de que nos relacionamos con un ídolo, creado por nosotros y no con el verdadero Dios, es que nuestra religiosidad produce miedos.

El evangelio nos descubre la posibilidad que tiene el ser humano de enfocar su vida de una manera distinta. La “buena noticia” consiste en que el amor de Dios es incondicional, no depende de nada ni de nadie. Dios no es un ser que ama sino el amor. Su esencia es amor y no puede dejar de amar sin destruirse. Nosotros seguimos empeñados en mantener la línea divisoria entre el bueno y el malo. Lo que hace Jesús es destruir esa línea divisoria. ¿Quién es el bueno y quién es el malo? ¿Puedo yo dar respuesta a esta pregunta? ¿Quién puede sentirse capacitado para acusar a otro? El fariseísmo sigue arraigado en nosotros.

Recordemos el evangelio del domingo pasado. La adúltera ha desplegado el hermano menor y se cree digna de condena. Los fariseos actúan desde el hermano mayor y se creen con derecho a condenar. Jesús está ya identificado con el Padre y unifica los tres. Tanto el menor como el mayor tienen que ser superados. Una vez más descubrimos que el menor está dispuesto a cambiar con más facilidad que el mayor. Seguimos empeñados en echar la culpa al otro, y en consecuencia, siempre será el otro el que tiene que cambiar.

Meditación

Quien condena no habla en nombre de Dios.
Si uno te ayuda a descubrir tus fallos,
te está ayudando a encontrar el camino de tu plenitud.
Si alguien te convence de que eres una mierda,
te está metiendo por un callejón sin salida.
Sea cual sea tu situación, siempre hay una salida.

Fray Marcos

 Fuente Fe Adulta

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Dirigirse al monte

Domingo, 7 de abril de 2019

MOnte TaborCada vez que caminamos por la naturaleza recibimos mucho más de lo que buscamos” (John Muir)

7 de abril. Domingo V de Cuaresma.

Jn 8, 1-11

Jesús se dirigió al monte de los Olivos

La palabra monte, sinónimo de montaña se utiliza incontable número de veces en la Biblia. No solamente en el Antiguo Testamento sino también en el Nuevo.

Desde el Génesis 7:18, se menciona a los montes desde la creación. En Éxodo, 3:12 Dios le dijo a Moisés en la huida de Egipto: “Yo estaré contigo y ésta será la señal de que yo te envío: Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto daréis culto a Dios en este monte”.

Cristo fue tentando en un monte por el rey de la mentira: “De nuevo lo lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria” (Mt, 4:8). El milagro de la multiplicación de los panes se menciona que Jesús estaba en el monte sentado (Mt, 15,29): “Desde allí, Jesús llegó a orillas del mar de Galilea y, subiendo a la montaña, se sentó”. Y se sentó en libertad, porque él sabía ya que, como ha dicho el papa Francisco en la entrevista retransmitida por televisión el lunes pasado, “quien levanta un muro para evitar que los demás lleguen hasta él, termina prisionero del muro que levantó”.

La transfiguración de Jesús se llevó a cabo en el Monte Tabor (Mt 17, 1-2): “Seis días más tarde llamó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada. Delante de ellos se transfiguró: su rostro resplandeció como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz”.

Y antes de su pasión subió a orar al Monte de los Olivos, “Jesús salió de la ciudad y, como de costumbre, se dirigió al monte de los Olivos, y sus discípulos lo siguieron”. (Lc. 22, 39)

La palabra monte tiene un significado muy relevante en la transmisión del mensaje de Dios y en la persona de Jesús, pues es una referencia muy significativa. Y no solo en nuestra Biblia. De Buda se ha dicho lo siguiente:

La Transfiguración sucedió dos veces en la vida de Buda, en una de ellas su cuerpo brilló tanto que, según se dijo de él: “los nuevos mantos dorados que estaba portando, parecían haber perdido su lustre”.

La similitud con el relato de Lucas es patente. Son mitos aplicados también a personajes de otras muchas religiones.

Pero bíblicamente las montañas no solo tenían la función de origen de mantener el ecosistema del planeta en este entonces. La montaña tenía un uso principal que vemos tanto en el antiguo testamento como en el nuevo: era un lugar de oración, de contacto con Dios, pudiéramos decir de revelación.

Las montañas representan a los reinos. En este caso, al reino de Dios donde Él mismo reveló su presencia, no solo a los que por designio de Él mismo había escogido para una misión particular como lo fueron los profetas, sino al mismo Jesús, quien infinidad de veces se separó de la muchedumbre para subir al monte a orar a buscar paz en su espíritu.

La frase de John Muir, que encabeza nuestro artículo, Cada vez que caminamos por la naturaleza recibimos mucho más de lo que buscamos”, nos sugiere que debemos orientar nuestra atención, a transfigurarnos a nosotros mismos, y también los otros y a la Naturaleza entera.

Yolanda Barry, es una mujer con alma de girasol, firme como su tallo, pero frágil como sus pétalos. En este Poema canta sus ansias de despertar y vivir. ¿Y porqué no de transfigurarse y ser feliz?

POEMA A LA MÚSICA

Embellece mi alma,
me calma, me alimenta,
me llena, me entretiene,
solo con oírla
me siento viva.

Mi música
me alegra, me aligera,
me olvido de mis penas,
me transforma, enamora.

Quiero vivir a ritmo
de los compases,
iluminar mi mundo
de luces centelleantes.

Solo quiero oír música,
sentirla al calor de mi cuerpo,
llenarme de estrellas relucientes
y bailar, bailar sin descansar.

Quiero bailar con su armonía,
cantar con sus lindos versos,
escribir mientras la escucho
y dormir…oyéndola en mis sueños.

Solo así viviría feliz,
llevándola en lo más hondo
de mi alma, llevándola
hasta mi último suspiro,
aún así…la quiero conmigo.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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La Ley de la nueva oportunidad

Domingo, 7 de abril de 2019

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La liturgia de este 5º Domingo de Cuaresma nos propone adentrarnos en este relato del Evangelio de Juan, tan profundamente importante para nuestra vida creyente. Hemos recorrido un camino presentado como una oportunidad para una nueva consciencia de nuestra posición ante la vida. Sin embargo, es recurrente el tema del “pecado” quizá porque se presenta como un gran obstáculo para vivir una fe más vital en detrimento de una fe más centrada en el “cumplimiento”. El asunto del “pecado” era casi una obsesión en el judaísmo. Podría decirse que marcaba la pertenencia o no al Pueblo y a su Religión. Juan nos presenta el caso de una “mujer pecadora” para mostrar una visión de Dios que dignifica y sostiene nuestra debilidad.

Los escribas y fariseos se relamían con el caso de esta mujer “pecadora”. Era muy evidente que había cometido un solemne pecado y además era mujer cuya condena por este acto era mucho más dura que para los varones. El desenlace desde su punto de vista estaba claro. Los escribas y fariseos no necesitan a Jesús para dictar sentencia. Acuden a él, una vez más, para ponerle a prueba. La situación en este texto no puede reflejar mejor la intención liberadora de Jesús, no sólo de la ley sino también de la situación de la mujer.

Se da una constelación de los personajes en este texto que merece la pena tener en cuenta para comprender el final de la historia. Jesús va al Templo, está sentado porque no fue a orar sino a enseñar.  Los fariseos y escribas llegan en clara oposición, ellos no enseñan, pero tienen el control de lo que se debe enseñar. Estos personajes son los que saben de la Ley, van en colectivo poseedor de la verdad a cuestionar a Jesús. Los miembros de este colectivo se van empoderando entre ellos y les une intentar poner en evidencia la situación de esta “pecadora”. La mujer es la transgresora de la Ley y es llevada por la fuerza para ser juzgada.  Ella está en el centro, es decir, el punto de desacuerdo es esa mujer que ha cometido adulterio. La descripción de los hechos por parte de los “maestros letrados” no puede ser más despreciativa. Parece ser que el cumplimiento obsesivo de la ley no les permitía humanizar su visión de las personas; lejos de esta intención, la degradan y no obtener palabras de Jesús les pone cada vez más nerviosos.

Jesús observa y no habla, no merece la pena entrar en una discusión en la que los interlocutores están en una nula disposición para el diálogo. Es verdad que piden opinión a Jesús pero con la intención de probarle para encontrar razones que les confirme su deslealtad al Judaísmo. El silencio de Jesús genera todavía más expectación. Escribe en el suelo las dos veces que los legalistas le preguntan directamente. El significado de este gesto de escribir en el suelo tiene muchas interpretaciones en las que no hay gran acuerdo. Quizá, cuando Jesús escribe en la tierra pretende superar la ley escrita en piedra por Moisés y, por coherencia con lo que ocurre después, está escribiendo una nueva ley basada en la destrucción del pecado, pero no del pecador(a).

Por fin habla Jesús y se posiciona. No intenta dar la razón a todos, toma posición por la mujer sin importarle lo que digan y arriesgando el rechazo de los oyentes.  Es parcial, entiende que hay que posicionarse con claridad porque es la única manera de resolver el conflicto.  Esta es la libertad de Jesús que le lleva a ser valiente y no quedarse en contentar a todo el mundo.  Sus palabras con autoridad rompen la escena y libera a la mujer de la carga del juicio introduciendo la nueva visión de Dios revelada en su actuación: el Dios de la miseri-cordia, es decir, el Dios que pone corazón en la miseria humana del orden que sea. No entender así al Dios de Jesús nos distancia mucho de la esencia del Evangelio.

La constelación de la escena inicial cambia. Se van de uno en uno, dice el texto; ese equipo de leguleyos basado en la Ley de Moisés se rompe; los más ancianos son los primeros en irse que representan la autoridad judía y la tradición más arraigada. Ahora es la relación personal la que va a marcar la nueva experiencia del Dios de Jesús. No se atreven a condenar porque Jesús les ha puesto delante de sus ojos y de su conciencia la cara B de la realidad humana, la dureza de las normas de la Ley mosaica en contraposición a la nueva ley del Amor.

Con la mujer sí habla, se sitúa en simetría con ella y la libera de una ley opresiva y androcéntrica, cruel y deshumanizada, para ampararla en la ley de la nueva oportunidad y de la incondicionalidad del amor cristiano. El pecado, en este nuevo escenario, no es una cuestión de humillación sino de humildad; la humillación degrada a la persona, la humildad la pone ante su verdad. Se trata, pues, de reconocer aquello que ha frustrado el proyecto de Dios, de haber negociado mal con los dones recibidos. Jesús no le pide nada a la mujer tan sólo que no peque más; no se nos pide nada más que estemos atentos para no anular nuestra dignidad y fortalecernos interiormente para que otros no nos la arrebaten.  Pero también podemos situarnos al otro lado del espejo y ser como ese colectivo que, con dureza, juzga y anula, desprecia desde la intolerancia y la insensibilidad. Recordemos, entonces, que “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra” y el resultado será un corazón solidario y empático con la debilidad humana. Tal vez sería otro importante paso a dar en nuestra vida.

¡¡FELIZ DOMINGO!!

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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Moralismo, fanatismo e inseguridad

Domingo, 7 de abril de 2019

EA9B8258-A613-4191-9110-B0938AF97FCADomingo V de Cuaresma

7 abril 2019

Jn  8, 1-11

La escena –que no pertenecía originalmente al evangelio de Juan– remite a una pregunta muy frecuente en el trasfondo de los evangelios sinópticos: ¿qué es más importante: la norma o la persona? La ley judía, tal como indican quienes llevan a la mujer ante Jesús, exigía la muerte de los adúlteros: “Si uno comete adulterio con la mujer de su prójimo, los dos adúlteros son reos de muerte” (Lev 20,10); “Si sorprenden a uno acostado con la mujer de otro, han de morir los dos” (Deut 22,22). Aunque, en realidad, en una cultura tan machista como aquella, quien realmente moría era la mujer.

La religión reviste a la norma de un “manto sagrado” que pretende hacerla rígida e “intocable”, al ser presentada y considerada como expresión de la voluntad divina. La religión suele entender la norma como expresión de los “intereses de Dios” frente a los intereses del ser humano, dando como resultado un planteamiento en clave de rivalidad.

Por esa razón, la persona religiosa puede convertirse en fanática, arrogándose nada menos que la defensa de la voluntad divina. Así se explica la obcecación cruel de quienes, en nombre de la Ley, no dudan en apedrear a una mujer hasta la muerte.

Mientras la persona se halla identificada con ese modo de ver, no se cuestiona su actitud: aunque sea dar muerte a alguien, eso es lo que se debe hacer. Sin embargo, apenas tomamos un mínimo de distancia, empiezan los interrogantes: ¿Qué religión es esa en cuyo nombre se pueden matar personas y que no defiende al ser humano por encima de cualquier otro valor?

Se trata, sencillamente, de una religión que, al absolutizarse, se ha pervertido, proyectando un dios a imagen de los peores tiranos, autocráticos y vengativos.

Nos hallamos ante un riesgo que suele acechar a la persona religiosa…, mientras no desmonta sus ideas sobre Dios. Una prueba de ello es que este pasaje que comentamos fue omitido en la mayoría de los códices y a punto estuvo de perderse. La peripecia de este texto parece poner de relieve la tendencia humana a asegurar el cumplimiento de la norma, así como el miedo a admitir excepciones a la misma. No sería extraño que aquella comunidad primera hubiera tenido miedo de la actitud libre y perdonadora de Jesús, hasta el punto de silenciar (censurar) su novedad.

Detrás de tanto juicio y condena –como en el texto que leemos hoy–, parece que no hay sino una inseguridad radical, que se disfraza justamente de seguridad absoluta. La misma necesidad de tener razón y de creerse portadores de la verdad es indicio claro de una inseguridad de base que resulta insoportable. Por eso, el fanatismo no es sino inseguridad camuflada, del mismo modo que el afán de superioridad esconde un doloroso complejo de inferioridad, a veces revestido de “nobles” justificaciones

Ante esa situación, Jesús no entra en discusiones, ni en intentos de convencerlos de lo errado de su posición. Como si supiera que las polémicas, cuando hay inseguridad (aunque sea inconsciente), no hacen otra cosa sino que las personas todavía se amurallen más en sus posturas previas y busquen más “argumentos” para sostenerlas.

Precisamente porque conoce el corazón humano, acierta al decir: “El que esté sin pecado que le tire la primera piedra”. Ante estas palabras, que desnudan las etiquetas autocomplacientes de quienes se creían “justos”, todos se alejan. Nadie es mejor que nadie: ¿con qué derecho juzgamos, descalificamos y condenamos?

Pero la respuesta de Jesús no termina ahí. La suya es una palabra de denuncia para los censores, pero de perdón para la mujer. No hay condena: “ve en paz”.

¿Descubro en mi vida algún signo de intolerancia que nace de mi inseguridad?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Fe Adulta

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Yo no condeno

Domingo, 7 de abril de 2019

88A8920D-52A7-40C9-BFCE-F41DBAB61B06Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. el evangelio: buena noticia.

         Al comienzo de la entrevista que J Èvole le hacía el pasado domingo al papa Francisco, éste, el papa decía: leed el evangelio.

         Leamos, pues, el evangelio que en el texto de hoy nos ofrece qué actitud tiene Jesús y el Dios de Jesús para con el pecador: Yo no condeno.

         Jesús no es doctrina, Él mismo es el evangelio:

+ (Los ministros y maestros del cristianismo) no os llamamos al cristianismo, sino más bien al Nuevo Ser, a JesuCristo … Cuando oigáis la llamada de Jesús, olvidad todas las doctrinas cristianas, olvidad vuestras propias convicciones y vuestras dudas particulares.[1]

  1. el poder de la ley –escribas y fariseos- contra Jesús

         El poder de la ley, escribas y fariseos, a por quien van no es tanto contra aquella mujer adúltera, sino contra Jesús. La mujer adúltera es una excusa para cargar contra Jesús: hombre libre y bondadoso.

  1. la lapidación.

         Según el AT el adulterio estaba condenado con la pena de muerte: la lapidación.

         La lapidación como el pelotón de fusilamiento son una forma de asesinato colectivo, ¿anónimo? Nadie es responsable, si bien todos somos responsables. Nos escondemos en la masa

+       Todos somos solidarios en el mal, en grado y modos diversos pero todos participamos en el pecado social: todos somos responsables de los que se ahogan en las pateras, desahucios, hambre en el mundo… Nos diluimos en la masa, en el pelotón de ejecución, en tirar “anónimamente” nuestra piedra.

  1. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra.

Se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos.

Hace unos días recordaba el papa Francisco aquello que decía S Agustín del encuentro entre Jesús y la mujer adúltera: se quedaron solos Jesús y la mujer adúltera: la miseria y la misericordia.

¿Tengo experiencia de haberme quedado a solas en el fondo de mi ser con mis miserias con la Misericordia (Jesús)? Es una experiencia íntima honda y salvífica,

+       Jesús no se asusta ni se escandaliza de nuestro pecado. Esta mujer es pecadora. Pero al final, desde JesuCristo en el fondo de todo pecado y de todo mal, también en el fondo del adulterio y de la pederastia está el perdón y la misericordia, no el “chismorreo” (Francisco), ni los medios de comunicación.

+       Jesús no es un juez, ni fiscal. La sentencia cristiana al pecado es el perdón. El estilo cristiano no es “el que la hace, la paga”, “ni olvido ni perdono”.

+       Podría servir para un rato de oración las miradas de Jesús a la samaritana, a Magdalena, al Hijo pródigo, a Zaqueo, al joven rico, a la mujer adúltera, a Judas, a Pedro tras las negaciones, a María al pie de la cruz, al Discípulo Amado.

Jesús nos mira también a nosotros.

+       También yo tengo mi pecado en la vida. ¿Cuántos años tengo? Aquellos escribas y fariseos se fueron marchando comenzando por los más viejos (presbíteros).

+       Acusar, denunciar, delatar, condenar, chivatear no es una cualidad muy cristiana precisamente, ni tan siquiera humana. Lo cristiano y lo humano va más por la discreción, por el no ser un chismoso, el no airear cuestiones, defectos, pecados.

Algo de todo eso es el pudor: saber declinar discretamente la mirada y la palabra ante un pecado, ante una situación oscura, turbia, ante una enfermedad, etc.

+       Además, ¿qué sabemos nosotros de la vida, de los recorridos y sufrimientos de una persona, de una familia? ¿Quiénes somos para hablar, ni juzgar a nadie? Harto tenemos con mirarnos a nosotros mismos y pedir perdón por “lo nuestro”.

  1. Mujer. ¿Dónde están?

         Jesús llama a la adúltera: mujer. Es como Jesús llama a su madre en las bodas de Caná (Jn 2,4) y al pie de la cruz: Mujer, ahí tienes a tu hijo (Jn 19,26). Igualmente llama mujer a la samaritana, (Jn 4,21), y a Magdalena, (Jn 20,15).

Mujer es el nombre auténtico: fuente de la vida, madre de los vivientes.

+       En algún sentido podemos ser infieles, adúlteros, como esta mujer. Infidelidades hay muchas y de diversos tonos.

         ¿Vivo con la humildad de la adúltera o tengo siempre preparada la piedra para tirarla contra todo el que se pmga delante?

  1. Yo no te condeno.

         Jesús pronuncia su sentencia: yo no te condeno.

+       Dios sufre con nuestro mal. Dios no es un juez neutral. Quien peor lo pasa con nuestros fracasos es Dios.

+       Dios nos perdona y por eso nos arrepentimos (y no al revés). El perdón no es una conquista mía, sino un don de Dios. Cuando experimentamos el amor y el perdón de Dios, sentimos una crisis en nuestro interior, una agradecida “gozosa tristeza”.

+       ¿Qué sintieron aquella mujer, el rey David, el buen ladrón, Zaqueo, el hijo pródigo, el publicano?

+       El “vete” y no peques más tiene su sede no en mis fuerzas y voluntarismos, sino en la experiencia de la no condenación y del perdón.

+       Acoger el perdón con gozo, es el camino para que nosotros también perdonemos. Posiblemente cuando experimentamos el gozo del perdón, podremos perdonar.

JesuCristo no condena a nadie

[1] P. Tillich, Se Conmueven los Cimientos de la Tierra, 160.

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“Confianza absoluta”. 5 Cuaresma – B (Juan 12, 20-33)

Domingo, 18 de marzo de 2018

05_cuar_b-600x399Nuestra vida discurre, por lo general, de manera bastante superficial. Pocas veces nos atrevemos a adentrarnos en nosotros mismos. Nos produce una especie de vértigo asomarnos a nuestra interioridad. ¿Quién es ese ser extraño que descubro dentro de mí, lleno de miedos e interrogantes, hambriento de felicidad y harto de problemas, siempre en búsqueda y siempre insatisfecho?

¿Qué postura adoptar al contemplar en nosotros esa mezcla extraña de nobleza y miseria, de grandeza y pequeñez, de finitud e infinitud? Entendemos el desconcierto de san Agustín, que, cuestionado por la muerte de su mejor amigo, se detiene a reflexionar sobre su vida: «Me he convertido en un gran enigma para mí mismo».

Hay una primera postura posible. Se llama resignación, y consiste en contentarnos con lo que somos. Instalarnos en nuestra pequeña vida de cada día y aceptar nuestra finitud. Naturalmente, para ello hemos de acallar cualquier rumor de trascendencia. Cerrar los ojos a toda señal que nos invite a mirar hacia el infinito. Permanecer sordos a toda llamada proveniente del Misterio.

Hay otra actitud posible ante la encrucijada de la vida. La confianza absoluta. Aceptar en nuestra vida la presencia salvadora del Misterio. Abrirnos a ella desde lo más hondo de nuestro ser. Acoger a Dios como raíz y destino de nuestro ser. Creer en la salvación que se nos ofrece.

Solo desde esa confianza plena en Dios Salvador se entienden esas desconcertantes palabras de Jesús: «Quien vive preocupado por su vida la perderá; en cambio, quien no se aferre excesivamente a ella la conservará para la vida eterna». Lo decisivo es abrirnos confiadamente al Misterio de un Dios que es Amor y Bondad insondables. Reconocer y aceptar que somos seres «gravitando en torno a Dios, nuestro Padre. Como decía Paul Tillich, «aceptar ser aceptados por él».

José Antonio Pagola

Audición del comentario

Marina Ibarlucea

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“Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto”. Domingo 22 de marzo de 2015. Domingo quinto de Cuaresma

Domingo, 18 de marzo de 2018

23-cuaresma B5 cerezoDe Koinonia:

Jeremías 31,31-34: Haré una alianza nueva y no recordaré sus pecados. 
Salmo responsorial: 50: Oh Dios, crea en mí un corazón puro. 
Hebreos 5,7-9:  Aprendió a obedecer y se ha convertido en autor de salvación eterna. 
Juan 12,20-33: Si el grano de trigo cae en tierra y muere, da mucho fruto.

En medio de la aflicción que se siente al ver Jerusalén destruida y a los judíos divididos entre los que se quedaron y los que fueron deportados, se oyen las palabras del profeta Jeremías como un canto al perdón y la esperanza. Con razón los expertos llaman a estos capítulos de Jeremías el «libro de la consolación». Dios quiere comenzar de nuevo con su pueblo, proponiendo sellar una «nueva alianza», que genere relaciones nuevas entre Dios y su pueblo. ¿Qué tipo de alianza? Una que ya no esté escrita en tablas sino en el corazón mismo del ser humano. Dios deja claro que no es la simple ley, por sí misma, sino su espíritu, lo que nos acerca a Dios. Cuando se tiene a Dios «en el corazón», la ley se humaniza, se des-absolutiza, se acata desde el corazón, sin legalismos, con sinceridad, y el ser humano entra a formar parte del pueblo de Dios. Con ello, el otro regalo que nos hace Dios es acceder gratuitamente a su conocimiento. No hay que pagar ni matrícula ni mensualidades, no hay que ser mayor o menor, ni de una raza u otra: Dios se revela en la historia de cada pueblo, sin discriminaciones, sin olvidar a ninguno.

La carta a los hebreos destaca las actitudes de Jesús en el cumplimiento de la voluntad del Padre. El pasaje recuerda la escena del huerto de los Olivos, cuando Jesús ora al Padre ante la posibilidad de ser librado de la muerte. La oración tuvo como efecto el fortalecer a Jesús para llevar a cabo su misión, no ahorrarle la realización de la misión. Los cristianos tenemos mucho que aprender en este sentido, pues, la mayoría de las veces, nuestras palabras más que oraciones o súplicas parecen «órdenes dadas a Dios para que no se haga su voluntad». El texto nos acerca también al sufrimiento que asume Jesús como prueba de su obediencia a los designios del Padre. Oración y sufrimiento de Jesús son signos concretos de esta solidaridad que comparte con toda la Humanidad. Por este acercamiento tan perfecto a la voluntad del Padre es por lo que Jesús se convierte en manifestación de la presencia de Dios entre nosotros, camino y modelo de salvación abierto a todos los hombres y mujeres del mundo.

En el evangelio de Juan vemos a judíos -o convertidos al judaísmo- que vienen a Jerusalén con motivo de la fiesta pascual. En medio de la caravana aparecen algunos griegos que aprovechan para pedir a Felipe: «quisiéramos ver a Jesús». La pregunta no es «¿dónde está?», a lo que probablemente cualquiera les hubiera respondido con una información adecuada, sino una petición que va unida al deseo de la mediación de los discípulos para conocer personalmente a Jesús. Los discípulos son reconocidos por su cercanía al maestro y se convierten en mediadores, testigos y compañeros de camino para quienes quieren ver a Jesús. El hecho de que sean griegos quienes buscan a Jesús tal vez quiera ser un símbolo de universalidad del evangelio, pues «incluso los paganos buscan a Jesús». La ocasión es aprovechada para anunciar que el tiempo de las palabras y los signos está llegando a su fin, pues se acerca la «hora» del «signo» mayor: su pasión y muerte en la cruz.

Jesús acude a una breve parábola. Sólo el grano de trigo que muere da mucho fruto. Esta brevísima parábola presenta una vez más, de otro modo, la lección fundamental del Evangelio entero, el punto máximo del mensaje de Jesús: el amor oblativo, el amor que se da a sí mismo, y que por ese perderse a sí mismo, por ese morir a sí mismo, genera vida.

Estamos ante una de las típicas «paradojas» del evangelio: «perder» la vida por amor es la forma de «ganarla» para la vida eterna (o sea, de cara a los valores definitivos); morir a sí mismo es la verdadera manera de vivir, entregar la vida es la mejor forma de retenerla, darla es la mejor forma de recibirla… «Paradoja» es una figura literaria que consiste en una «contradicción aparente»: perder-ganar, morir-vivir, entregar-retener, dar-recibir… Parecen dimensiones o realidades contradictorias, pero no lo son en realidad. Llegar a darse cuenta de que no hay tal contradicción, captar la verdad de la paradoja, es descubrir el Evangelio.

Y estamos ante un punto alto de la revelación cristiana. En Jesús, se expresa una vez más el acceso de la Humanidad a la captación esta paradoja. En la «naturaleza», en el mundo animal sobre todo, el principal instinto es el de la auto-conservación. Es cierto que hay mecanismos diríamos «altruistas» controlados hormonalmente para acompañar los momentos de la reproducción y la cría de la descendencia o para la defensa de la colectividad, pero no se trata verdaderamente de «amor», sino de instinto, un instinto puntual excepcional sobre el gran instinto de la auto-conservación, que centra al individuo sobre sí mismo. La naturaleza animal está centrada sobre sí misma. Lo que pueda ser contrario a esta regla no es más que una excepción que la confirma.

El ser humano, por el contrario, se caracteriza por ser capaz de amar, por ser capaz de salir de sí mismo y entregar su vida o entregarse a sí mismo por amor. La humanización u hominización sería ese «descentramiento» de sí mismo, que es centramiento en los demás y en el amor. La parábola que estamos reflexionando expresa un punto alto de esa maduración de la Humanidad; tanto, que puede ser considerada como una expresión sintética de la cima del amor. En el fondo, esta parábola equivale al mandamiento nuevo: «Éste es mi mandamiento, que se amen los unos a los otros ‘como yo’ les he amado; no hay mayor amor que ‘dar la vida’» (Jn 15,12-13). Las palabras de Jesús tienen ahí también pretensión de síntesis: ahí se encierra todo el mensaje del Evangelio. Y en realidad se encierra ahí todo el mensaje religioso: también las otras religiones han llegado a descubrir el amor, la solidaridad… el «descentramiento» de sí mismo como la esencia de la religión. Jesús es una de esas expresiones máximas de la búsqueda de la Humanidad, y del avance de la presencia de Dios en su seno…

Si las semillas somos nosotros, ¿a qué debemos morir? Esta hora neoliberal que vive el mundo, aunque se haya dado un notable avance en aspectos como la tecnología, la intercomunicación mundial, y hasta un notable desarrollo económico (tremendamente desequilibrado), no podemos dejar de descubrir un cierto «retroceso» en humanización: frente al pensamiento utópico, a las «ideologías» (en el sentido positivo de la palabra) que buscaban la «socialización» humana, la realización máxima posible de la solidaridad entre los humanos y la colectividad, la realización de una sociedad fraterna y reconciliada, tras el fracaso simplemente económico, militar o tecnológico de alguno de los sectores en conflicto, ha acabado por imponerse la vuelta a una economía supuestamente «natural», descontrolada, sin intervención, dejada al azar de los intereses de los grupos, llegándose a proclamar que «la persecución del propio interés sería la mejor manera de contribuir para el bien común» [fisiocracia, Tableau de Quesnay…]. El neoliberalismo, con su programa de «adelgazamiento del Estado», su disminución de los programas sociales y la proclamación de un mercado supuestamente «libre», ha vuelto a hacer de la sociedad humana una «ley de la selva», donde cada uno busca su propio interés, incluso creyendo, paradójicamente, que con ese interés propio es como mejor colabora al bien común…. Es una ideología enteramente contraria al Evangelio, y contraria al mensaje de todas las religiones. Es por eso que podemos considerarla como la proclamación de una nueva religión, la del egoísmo insolidario. Afortunadamente hay cada vez más señales de que este eclipse de la solidaridad y este retroceso de la hominización trasparenta cada vez más su verdadera naturaleza, y la inconformidad surge por doquier. «Otro mundo es posible», a pesar del esfuerzo de la propaganda neoliberal por convencernos de que «no hay alternativa» y de que estamos en el «final (insuperable) de la historia»… Si, con el evangelio, creemos que «no hay mayor amor que dar la vida», que la ley suprema es «morir como el grano de trigo: para dar vida» (evangelio de este domingo), deberíamos comprometernos en hacer que la sociedad se concientice sobre la necesidad de superar políticas económicas tan «naturales» y tan poco «sobrenaturales» como la actual política neoliberal.

Post-data crítica sobre el evangelio de Juan

El evangelio de ese domingo y de estas semanas es el de Juan. Un evangelio bien diferente de los sinópticos. El último que se escribió. Un evangelio que refleja una reflexión y una elaboración teológica muy sofisticada, de difícil comprensión, con frecuencia: el evangelio de la comunidad de Juan. Leer más…

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18. 3.18. Si el grano de trigo no muere. Una teología de la Cruz

Domingo, 18 de marzo de 2018

24027178Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 5 cuaresma Jn 12, 20-33. Si el grano de trigo no muere, es decir, si el hombre no regala su vida, no la convierte en don para los otros, termina perdiéndose a sí mismo. Este es el mensaje radical de este quinto domingo de Cuaresma: Morir de vida, no de muerte, morir haciendo que otros vivan, es decir, en efusión de amor.

Si el grano de trigo no muere… Se trata de saber morir, morir dando vida, en un plano individual, familiar, eclesial y social. Esa es la Cruz Cristiana.

Teresa de Jesús y Juan de la Cruz han dicho las cosas más hondas sobre el tema: Sólo quien muere dando vida (como el gusanito de seda, como el grano de trigo…) podrá vivir dando vida a los demás. Esa es la verdadera Cruz, que judíos como el pintor Chagall nos han enseñado a descubrir, una cruz que indica la dureza de la vida, el odio y la persecución… y el inmenso amor de Dios que se revela a través de ella.

El grano de trigo muere por muerte natural, dentro del ciclo de la vida… Los hombres, en cambio, muriendo por ley de vida como el trigo y como los vivientes (dejando con su muerte un espacio de vida para los que siguen), pueden morir también por amor (por entrega de vida), en medio de un mundo de maldad que les persigue (precisamente a favor de aquellos mismos que les persiguen).

29027473_947537888756737_7521650727251539058_nPero éste no es un tema puramente individual, sino de Iglesia, que no es un edificio que se alza, se extiende, se impone por su grandeza sobre el mundo,sino un espacio de cruz (incluso arquitectónicamente, con sus dos variantes: Cruz griega y cruz latina).

Un amigo me decía, con algo de humor, que hay dos evangelios:

Un evangelio para los “santos” a los que se aplica esto del “grano de trigo…”, es decir, la doctrina que enseñó Jesús a Pedro: Quien quiera seguirme, tome su (mi) cruz…

Y otro Evangelio para la Institución Eclesial que, a pesar de lo que dije Jesús a Pedro, sigue empeñándose en triunfar…

29136007_947538485423344_1549798125983256379_nPero, en contra de eso, no se trata de enseñar a morir bien a otros, sino de morir nosotros demos vida, regalando lo que somos, de un modo generoso… pues aquello que no se da se pierde, aquello que no se regala se pudre…

Esto sucede incluso con el dinero. No se trata de guardar con avaricia mil euros o millones… Se trata de aprender a dar, a compartir… En otras palabras, si no sabemos vivir dando vida nos destruimos. Sólo el que pierde la vida la gana.
La reflexión que sigue está tomada de un trabajo que escribí hace el año 1980 para la revista Communio, que por entonces era de Comunión y Liberación. Buen día a todos.
Imágenes. Una cruz hispana… Dos cruces “judías” de Chagall.

Si el grano de trigo no muere, el signo de la Cruz

Texto Jn 12, 20 ss

Si el grano de trigo no cae en tierra y muere,
queda infecundo;
pero si muere, da mucho fruto.
El que se ama a sí mismo se pierde,
y el que se aborrece a sí mismo en este mundo
se guardará para la vida eterna.

Y cuando yo sea elevado sobre la tierra
atraeré a todos hacia mí.”
Esto lo decía dando a entender
la muerte de que iba a morir.

La Esfera y la Cruz

En las reflexiones que siguen inteno fijar los elementos fundamentales del signo cristiano de la cruz. Frente a la esfera de la razón que se absolutiza clausurándose en sí misma, la cruz remite al hombre dislocadamente y creadoramente abierto, al hombre que es capaz de dar la vida por los demás.

Recordemos las palabras que Chesterton ha puesto en boca de Satán:

«La esfera es razonable, la cruz irrazonable;
la esfera es necesaria, la cruz arbitraria.
Sobre todo, la esfera constituye unidad en sí misma;
la cruz está primordialmente y sobre todas las cosas en discordia consigo misma»

(La esfera y la cruz, cap. I).

Frente a la lógica cerrrada, la necesidad interna y la plenitud autoclausurada de la esfera, perpetuamente idéntica, nosotros, los cristianos, elevamos la señal abierta y aparentemente contradictoria (creadora) de la cruz. Su irrazonable arbitrariedad se nos transforma en lugar de razón superior, su discordia es principio de reconciliación redentora.

La cruz se ha convertido dentro de la historia de los hombres en el signo de la confrontación e interrogación universal (cfr. 1 Cor. 1, 18 ss.). Frente a ella chocan y en relación con ella cobran su sentido los grandes símbolos religiosos de la humanidad, estrella y luna, fuego y agua, lo mismo que los nuevos emblemas de la ciencia, la revolución o el progreso: esfera y llana, hoz y martillo.

En las reflexiones que siguen, al lado de ese nivel de confrontación más universal y más lejano de las religiones y culturas, queremos desarrollar nuestro pensamiento en relación directa con la «theologia crucis» de la tradición protestante, reflejada en la actualidad por hombres como J. Moltmann (El Dios crucificado) y E. Jüngel (Gott als Geheimnis der Welt, Dios como misterio del mundo).

Debido al tono y finalidad del trabajo, este segundo nivel de confrontación se moverá en el plano de los planteamientos generales. Por eso, no entraré en polémica, no ofreceré comparaciones concretas, no analizaré proposiciones de otros pensadores. Baste con indicar que el hilo de mi reflexión está inspirado en las obras referidas y que, por encima de ellas, pretendo fijar con radicalidad el carácter divino (es decir, humano) del signo de la cruz.

Este último objetivo me sitúa en línea de confrontación interna dentro de la misma tradición católica.

¿Puede hablarse de cruz en términos intradivinos?

¿Quién se atreverá a afirmar que el amor del Padre al Hijo y viceversa puede hallarse enmarcado por los signos de la sangre y de la cruz? Intentaremos responder afirmativamente.

De esta forma, este pequeño trabajo acabará siendo lugar de confrontación intra-católica. Todo eso lo hacemos de manera muy velada, sin imponer criterios, sin marcar soluciones. Simplemente quisiéramos ofrecer una posibilidad de comprensión y de vivencia ampliada de) signo de la cruz, allá donde se juntan los caminos del Dios que se autorrealiza y del hombre que se hace.

1. Cruz e historia de Jesús.

La cruz de los cristianos pertenece al campo de los símbolos primordiales que enmarcan el misterio de la vida, ofreciendo incentivos para amar y sufrir, pensar y esperar. Por eso, su sentido no se muestra con razones, se descubre con la vida; su verdad no se estructura en pensamientos, se traduce en un proceso experiencial que transfigura desde dentro la existencia.

Debemos encuadrar la cruz sobre el campo de los grandes signos religiosos de la humanidad, como la estrella de Israel o la media luna del Islam. Para Israel, la estrella de Jacob-David (cfr. Núm. 24,17) enciende la esperanza de la nueva tierra, simboliza la utopía del hombre que concibe su verdad como camino, anuncia la llegada del culmen de la historia. La media luna de los musulmanes significa de manera inmejorable la vivencia de la condición humana como ritmo fatal de vida y muerte, expresión de un destino necesario. Leer más…

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Angustia y oración. Domingo 5º de Cuaresma. Ciclo B

Domingo, 18 de marzo de 2018

si el grano de trigo muere germina y da frutoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La primera lectura, de tono profundamente optimista, anuncia una nueva alianza entre Dios y el pueblo. Todo tendrá lugar de forma fácil, casi milagrosa, sin especial esfuerzo para Dios ni para nosotros. En cambio, las dos lecturas siguientes ofrecen una imagen muy distinta: la nueva alianza entre Dios y el pueblo implicará un duro sacrificio para Jesús. Un sacrificio que le sumerge en la angustia y le mueve a rezar al Padre. Esta trágica experiencia se recuerda hoy en dos versiones distintas: la de Juan, y la de la Carta a los Hebreos, que recoge el famoso relato de la oración del huerto de los olivos contado por los evangelios sinópticos.

Oración en el templo (evangelio)

El cuarto evangelio enfoca el relato de la pasión de manera peculiar, bastante distinta a la de los sinópticos: no acentúa el sufrimiento de Jesús sino el señorío y la autoridad que demuestra en todo momento. Por eso no cuenta la oración del huerto. Pero unos días antes sitúa una experiencia muy parecida de Jesús en la explanada del templo de Jerusalén.

En aquel tiempo, entre los que habían venido a celebrar la fiesta había algunos gentiles; éstos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le rogaban:

-Señor, quisiéramos ver a Jesús.

Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo a Jesús. Jesús les contestó:

-Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hambre. Os aseguro que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará. Ahora mi alma está agitada, y ¿qué diré?: Padre líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.

Entonces vino una voz del cielo:

-Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.

La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros decían que le había hablado un ángel.

Jesús tomó la palabra y dijo:

-Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzgado el mundo; ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.

Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

El evangelio comienza y termina en tono de victoria. El triunfo inicial se concreta en el deseo de algunos de conocer a Jesús (es secundario que se trate de “gentiles”, paganos, como dice la traducción litúrgica, o de “judíos de lengua griega” residentes en otros países que han venido a celebrar la fiesta de Pascua). Y ese triunfo, reflejado en el interés de unos pocos, alcanza dimensiones universales al final: “atraeré a todos hacia mí”.

                  Pero este marco de triunfo encuadra una escena trágica: Jesús es consciente de que para triunfar tiene que morir, como el grano de trigo, tiene que ser “elevado sobre la tierra”, crucificado. Ante esta perspectiva confiesa: “me siento agitado”, angustiado. E intenta superar ese estado de ánimo con la reflexión y la oración. Ante todo, procura convencerse a sí mismo de la necesidad de su muerte: igual que el grano de trigo tiene que pudrirse en tierra para producir fruto. Sin embargo, los argumentos racionales no sirven de mucho cuando uno se siente angustiado. Viene entonces el deseo de pedirle a Dios: “Padre, líbrame de esta hora”. Pero se niega a ello, recordando que ha venido precisamente para eso, para morir. En vez de pedir al Padre que lo salve le pide algo muy distinto: “Padre, glorifica tu nombre”. Lo importante no es conservar la vida sino la gloria de Dios.

Oración en el huerto (Carta a los Hebreos)

Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. El, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna.

oracion-del-huerto-2El relato de los evangelios sinópticos es muy conocido: Jesús marcha al huerto de los olivos la noche en que será apresado. Sabe que va a morir, siente profunda angustia, y por tres veces reza al Padre pidiéndole que, si es posible, le evite ese trago amargo. La Carta a los Hebreos no se detiene a contar lo ocurrido. Pero recuerda lo trágico del momento cuando afirma que Jesús rezó “a gritos y con lágrimas”, cosa que no menciona ninguno de los evangelios. Y lo que pedía (“pase de mí este cáliz”) lo sugiere al decir que suplicaba “al que podía salvarlo de la muerte”.

Sin embargo, el final de la lectura es optimista: Jesús salva eternamente a quienes le obedecen. En medio de este contraste entre tragedia y triunfo, unas palabras desconcertantes: “en su angustia fue escuchado”. Quizá el autor piensa en el relato de Lucas, que habla de un ángel que viene a consolar a Jesús. Pero quien conoce el evangelio advierte la ironía o el misterio que esconden estas palabras: Jesús es escuchado, pero muere.

El templo y el huerto

Es evidente la relación entre las dos lecturas. En ambos casos Jesús se siente agitado (Juan) o angustiado (Hebreos). En ambos casos recurre a la oración. En ambas lecturas, la palabra final no es la muerte, sino la victoria de Jesús y, con él, la de todos nosotros. Pero, dentro de estas semejanzas, hay una gran diferencia con respecto a la oración de Jesús: en el evangelio, se niega a pedir al Padre que lo salve, sólo quiere la gloria de Dios, por mucho que le cueste; en la Carta, Jesús suplica “a gritos y con lágrimas” para ser salvado de la muerte.

                  La ciencia bíblica actual tiende a considerar estos relatos dos versiones distintas de la misma experiencia de Jesús. Pero durante años y siglos estuvo de moda la tendencia a armonizar los datos del evangelio. En esta postura, los relatos ofrecen dos momentos sucesivos de su experiencia humana y religiosa.

                  En un primer momento, ante la angustia de la muerte, se refugia en la reflexión racional (he venido para morir como el grano de trigo) y se niega a pedirle al Padre que lo salve. Al cabo de pocos días, cuando la pasión y muerte no son una posibilidad sino una certeza, reza con gritos y lágrimas, sudando sangre (como añade Lucas): “Padre, si es posible, pase de mí este cáliz”. Una reacción más humana, pero perfectamente compatible con lo que cuenta Juan.

A las puertas de la Semana Santa, la experiencia y la reacción de Jesús son un ejemplo excelente que nos anima en nuestros momentos de angustia y desánimo, y nos mueve a agradecerle su entrega hasta la muerte.

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Quinto Domingo de Cuaresma. 18 de marzo, 2018

Domingo, 18 de marzo de 2018

cuaresma-v

Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado”.

(Jn 12, 20-33)

La glorificación es la entrega total de lo que no soy para vivir lo que soy.

Jesús llega a Jerusalén después del recorrido de una vida, en donde se ha ido conociendo y haciéndose consciente de la misión que su Padre le encomienda .

Poco a a poco, en un desgranar la vida, va “comprendiendo” que la vida es una entrega continuada. Un descentramiento del mi, me, conmigo para dejar todo su espacio y tiempo a la escucha de Su Padre y al anuncio del Reino de los Cielos.

Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado”. Y la glorificación en el Evangelio de Juan tiene lugar en la Cruz.

La Cruz, el vaciamiento de las voluntades, es el lugar de la entrega definitiva. La entrega consciente de quien es, del amor que vive y que es.

Pero la gloria, la resurrección, la comprensión pasa por una muerte. La muerte de las pasiones, del no entender, del soltar todas las seguridades, los controles, los afectos.

Jesús se queda desnudo, se vacía, y ahí surge la novedad, el espacio totalmente libre de sí. Pero esto duele, desgarra, hace sentir el miedo, la angustia. Pero todo ello es el precio de una transformación en Vida Nueva. Vivir ya definitivamente para el Padre.

La Cruz es la entrega definitiva, la entrega plena, que conduce a la vida plena.

Yo os aseguro que el grano de trigo seguirá siendo un único grano, a no ser que caiga dentro de la tierra y muera”.

Jesús podía haber sido el hombre que vivía para los demás. En un desalojo continuado de su ego, pero si no hubiera existido una entrega definitiva, su vida no se hubiera plenificado siendo camino de Vida para los demás.

Solo quien es capaz de morir a si mismo, en oscuridad y soledad, en la tierra de la entrega, es capaz de hacer brotar la esencia que constituye la semilla y germinar nuevas vidas.

Jesús nos ofrece el mejor regalo: correr la misma suerte que Él. La entrega definitiva de la seguridad para vivir en la plenitud de ser.

ORACIÓN

Ayúdanos a desalojarnos de lo que no somos, a entrar sin miedo en la sombras para llegar a esa plenitud que es vivir en TI.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Despliega la Vida de Dios que ya está en ti.

Domingo, 18 de marzo de 2018

resizeimag-aspJn 12, 20-33

Estamos en el cap. 12. Después de la unción en Betania y de la entrada triunfal en Jerusalén, y como respuesta a los griegos que querían verle, Juan pone en boca de Jesús un pequeño discurso que no responde ni a los griegos ni a Felipe y Andrés. Versa, como el domingo pasado sobre la Vida, pero desde otro punto de vista. Aquí la Vida solo puede ser alcanzada después de haber aceptado la muerte. También hoy Jesús es levantado en alto, pero para atraer a todos hacia él. Los “griegos” que quieren ver a Jesús podían ser simplemente extranjeros simpatizantes del judaísmo. El mensaje de Jn es claro: Los judíos rechazan a Jesús, y los paganos le buscan.

Ha llegado la hora de que se manifieste la gloria de este Hombre. Todo el evangelio de Jn está concentrado en la “hora”. Por tres veces se ha repetido la palabra “hora”; y otras tres, aparece el adverbio “ahora”. Es el momento decisivo de la cruz, en el que se manifiesta la gloria-amor de Dios y de “este Hombre”. En su entrega total refleja lo que es Dios. Todos estamos llamados a esa plenitud humana que se manifiesta en el amor-entrega. Ahora es posible la apertura a todos. El valor fundamental del hombre no depende ni de religión ni de raza ni de cultura. Los que buscaban su salvación en el templo, tiene que descubrirla ahora en “el Hombre”.

Si el grano de trigo no muere, permanece él solo; Declaración rotunda y central para Jn. Dar Vida es la misión de Jesús. La Vida se comunica aceptando la muerte. La Vida es fruto del amor. El egoísmo es la cáscara que impide germinar esa vida. Amar es romper la cáscara y darse. La muerte del falso yo es la condición para que la Vida se libere. La incorporación de todos a la Vida es la tarea de Jesús y será posible gracias a su entrega hasta la muerte. El fruto no dependerá de la comunicación de un mensaje sino de la manifestación del amor total. El amor es el verdadero mensaje. El fruto-amor solo puede darse en la nueva comunidad.

Sabemos que el grano de trigo muere solo en apariencia. Desaparece lo accidental (la pulpa) para ser alimento de lo esencial (el embrión). En la semilla hay vida, pero está latente, esperando la oportunidad de desplegarse. Esto es muy importante a la hora de interpretar el evangelio de hoy. La vida no se pierde cuando se convierte en alimento de la verdadera Vida. La vida biológica cobra pleno sentido cuando se pone al servicio de la Vida. La vida humana llega a su plenitud cuando trasciende lo puramente natural. Lo biológico no queda anulado por lo espiritual, sino potenciado.

Tener apego a la propia vida es destruirse, despreciar la propia vida en medio del orden este, es conservarse para una Vida definitiva. La traducción del griego es muy difícil. Primero habla de “psyche” (vida sicológica) y al final, de “zoen” vida, pero al añadir “aionion” perdurable, eterna, (vitam aeternam), está hablando de una vida trascendente. No es un trabalenguas, está hablando de dos realidades distintas. Hoy podemos entenderlo mejor. Se trata de ganar o perder tu “ego”, falso yo, lo que crees ser o de ganar o perder tu verdadero ser, lo que hay en ti de trascendente.

El amor tiene que superar el apego a la vida biológica y psicológica. En contra de lo que parece, entregar la vida no es desperdiciarla, sino llevarla a plenitud. No se trata de entregarla de una vez muriendo, sino de entregarla poco a poco en cada instante, sin miedo a que se termine. El mensaje de Jesús no conlleva un desprecio a la vida, sino todo lo contrario, solo cuando nos atrevemos a vivir a tope, dando pleno sentido a la vida, alcanzaremos la plenitud a la que estamos llamados. La muerte al falso yo, no es el final de la vida biológica, sino su plenitud. Consciente de esto y perdido el temor a la muerte, nadie ni nada te puede esclavizar.

El que quiera colaborar conmigo, que me siga, “Diakonos” significa servir, pero por amor, no servir como esclavo. Traducir por servidor, no deja claro el sentido del texto. Seguir a Jesús es compartir la misma suerte; es entrar en la esfera de lo divino, es dejarse llevar por el Espíritu. El lugar donde habita Jesús es el de la plenitud del amor. Lo manifestará cuando llegue su hora. Allí entregando su vida, hará presente el Amor total, Dios. No se trata de la muerte física que él sufrió. Se trata de dar la vida, día a día, en la entrega confiada a los demás.

Ahora me siento fuertemente agitado; ¿Qué voy a decir? “Padre líbrame de esta hora” ¡Pero, si para esto he venido, para esta hora! En esta escena, que los sinópticos colocan en Getsemaní, se manifiesta la auténtica humanidad de Jesús. Está diciendo, que ni siquiera para Jesús fue fácil lo que está proponiendo. Se trata del signo supremo de la muerte al “ego”. Se deja llevar por el Espíritu, pero eso no suprime su condición de “hombre”. Su parte sensitiva protesta vivamente. Pero está en el ámbito de la Vida, y eso le permite descubrir que se trata del paso definitivo.

Ahora el jefe del orden este va a ser echado fuera. Cuando sea levantado de la tierra, tiraré de todos hacia mí. Como el domingo pasado, identifica la cruz y la glorificación, idea clave para entender el evangelio de Jn. Muerte y vida se mezclan y se confunden en el evangelio de Jn. Habla de dos clases de muerte y dos clases de vida. Una es la muerte espiritual y otra la muerte física, que ni añade ni quita nada al verdadero ser del hombre. La muerte física no es imprescindible para llegar a la Vida. La muerte al falso “yo”, sí. La Vida de Dios en nosotros, es una realidad muy difícil de aprehender, pero a la que hay que llegar para alcanzar la plenitud humana. Toda vida espiritual es un proceso, un paso de la muerte a la vida, de la materia al espíritu.

Mi plenitud humana no puede estar en la satisfacción de los sentidos, de las pasiones, de los apetitos, sino que tiene que estar en lo que tengo de específicamente humano; es decir, en el desarrollo de mi capacidad de conocer y de amar. Debo descubrir que mi verdadero ser consiste en darme a los demás. El dolor que causa el renunciar a la satisfacción del ego lo interpreta el evangelio como muerte, y solo a través de esa muerte se puede acceder a la verdadera Vida. Si ponemos todo nuestro ser al servicio de la vida biológica y psicológica, nunca alcanzaremos la vida espiritual.

Meditación

Si queremos dar fruto, es decir, dar sentido a nuestra vida,
tenemos que gastarnos y consumirnos.
La vela solo cobra sentido cuando está encendida.
Pero si está encendida, está consumiéndose.
La vida puedo consumirla en beneficio de los demás,
y entonces, consumarla dándole plenitud.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Jesús, brújula de la vida.

Domingo, 18 de marzo de 2018

1200px-j-_vermeer_-_el_geografo_museo_stadel_francfort_del_meno_1669“Dios nos visita muchas veces, pero la mayor parte del tiempo, no estamos en nosotros… (Maestro Eckhart)

18 de marzo. V Domingo de Cuaresma

Jn 12, 20-33

Se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea y le pidieron: Señor, queremos ver a Jesús

Un grupo de griegos buscadores le comentan a Felipe que quieren ver a Jesús. Quieren conocer al Maestro que, como Platón y Aristóteles, enseña en Galilea. Felipe se lo dice a Andrés y ambos se lo comunican a Jesús. “Dichos griegos, dice Schökel, representan las primicias de la gentilidad; son la vanguardia de la gentilidad que viene a Jesús”. En las listas de apóstoles de los Sinópticos y en los Hechos de los apóstoles, aparecen siempre entre los Doce. La primera representación histórica de su figura en el arte es en un capitel de la iglesia de San Pedro la Nave en El Campillo, Zamora. Un relieve visigodo del siglo VII que acompaña a otros similares de los apóstoles Pedro, Pablo y Tomás. En el arte pictórico tenemos en el Museo del Prado el San Felipe, óleo sobre tabla, de Rubens. Su mirada es penetrante como la de Jesús.

Un periodista preguntó un día a Teresa de Calcuta: “¿Cuál es la obra más importante de su vida?”. La madre Teresa contestó sin vacilar: “Lo más importante de mi vida es haber conocido a Jesús”. Según Juan en 12, 16, los fariseos comentaban: “Todo el mundo se va con él. Y se van y se quedan con él porque todos ellos creen que han encontrado la perla más importante de su vida. «¿Cómo puedo hacer una escultura? Simplemente retirando del bloque de mármol todo lo que no es necesario”, dijo en cierta ocasión el insigne escultor Michelangelo Buonarroti. Cuando queremos tener la verdadera figura de Jesús, la mejor manera de conseguirlo es ir desprendiendo de él todos los capisayos con que la Iglesia le ha ido revistiendo a través de cuarenta siglos permitiéndole ser sí mismo. Los artistas del medievo lo dejaron claro en los capiteles de los claustros.

Johannes Vermeer (1632-1675) pintor holandés, tiene un óleo sobre lienzo titulado El geógrafo. Cristophe André lo describe en El arte de la felicidad, de esta manera: “La búsqueda del geógrafo se asemeja mucho a la nuestra. Desde el espacio cerrado de su habitación de trabajo, aspira a organizar el mapa del mundo. De igual modo procedemos nosotros, cuando reflexionamos sobre la felicidad, a partir de nuestras experiencias íntimas”. En su descripción parece adivinar lo que cada uno de nosotros andamos también buscando en la existencia. Su geógrafo corre también tras un enigma. Desde hace mucho tiempo reflexiona, calcula, encuentra, cambia de opinión, advierte que, a veces, ha seguido un camino equivocado, y es entonces cuando levanta la cabeza de nuevo y se gira hacia la luz, permitiendo que su mirada se evada más allá de la ventana. Abriga el presentimiento de que ya no le bastan para la búsqueda la ciencia, el trabajo y la inteligencia. Comprende que debe permitir que le sobrevenga algo que pertenece al plano de la intuición o de la emoción: descubre que la solución a esa cuestión que le tormenta no se encuentra en el exterior de sí mismo, en los mapas, en los globos, en la punta del compás, sino en su interior.

Como Felipe, como los fariseos, como Teresa de Calcuta, como el geógrafo de Vermeer, como el Maestro Eckhart y como Jesús incluso, estamos todos en búsqueda incesante de ese Dios que no encontramos porque, como apunta el místico: “nos visita muchas veces, pero la mayor parte del tiempo, no estamos en nosotros”.

El GIRASOL

-¿Qué te tienta del sol con tanta fuerza,
que desde su salida hasta el ocaso
con tanto afán le sigues en el cielo?
……………..
-Fuera de su calor y luz, mi vida
no da fruto y se pierde en el vacío.
Mi cabeza erguida sobre el tallo,
recuerda, coronada, su figura:
el “Astro Rey”, decían los antiguos.

Me veo en él centrada la mirada
y en él clavada fija la mantengo
porque de su vivir yo vida tengo:
todos los seres de la Tierra vivos,
en Él estamos, somos y existimos.
……………..
-Despierta de tu sueño girasol,
que el calor estival de la mañana
anuncia recogida de cosecha.
Segadores, cantad vuestras canciones
a Dios, al Girasol, al Sol y al Viento.

(NATURALIA. Los sueños de las criaturas. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Vivimos en-sí-mismad@s o nos des-vivimos?

Domingo, 18 de marzo de 2018

trigo-1jpg-2_1024Juan 12, 20-33

Empezaremos por situar este texto en su contexto: el evangelista sitúa la escena inmediatamente después de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, al estilo de los reyes y vencedores. La gente le aclama, pero él va montado en un asnillo.

Poco después, Juan nos presenta el lavatorio de los pies, ese gesto escandaloso que Jesús transformó en bienaventuranza: “Felices vosotros si practicáis estas cosas” (Juan 13, 17).

Tenemos dos polos bien distantes: la multitud que le aclama y Pedro que pone en cuestión el lavatorio de los pies, al verle de rodillas, con un delantal. Y en medio, el texto de hoy, en el que se intercalan varias frases que nos hacen perder el hilo conductor. Vamos a dejar a un lado esas frases para ir directamente al contenido.

Entre los que habían subido al templo de Jerusalén, en la fiesta de la Pascua, había algunos griegos que querían ver a Jesús. ¿Nos presenta el evangelista Juan un hecho histórico? Es poco probable. Ninguno de los tres evangelios sinópticos dice que los griegos se acercaran a Jesús o lo buscaran.

Sin embargo, muchos años después de la muerte de Jesús, cuando Juan escribió su evangelio, el cristianismo se estaba extendiendo por Grecia. En esa época sí había hombres y mujeres griegos muy interesados en la persona y el mensaje de Jesús.

“Queremos ver a Jesús” expresaría el deseo y la búsqueda de esas personas que se acercaron a las comunidades cristianas, tiempo después de la muerte y la resurrección.

Curiosamente, el evangelista nos dice que Andrés (hermano de Pedro) y Felipe son los que ayudaron a los griegos a acercarse a Jesús. Estos dos apóstoles se dedicaron a evangelizar el mundo griego. Por tanto, no es casualidad que el evangelio de Juan los cite a ellos y no a otros apóstoles.

Es un mensaje con rasgos de teofanía: el contenido fundamental del texto de hoy nos habla de glorificación, tanto del Hijo del hombre como del Padre, expresando la profunda unidad entre los dos. Para Jesús, el camino hacia esa glorificación es duro y expresa cómo se siente: su alma está agitada.

El texto recuerda bastante la escena del Tabor. Para sugerirnos la presencia del Misterio se utilizan categorías judías: un trueno o un ángel. Es decir, algo o alguien que está más allá de nuestro ámbito, de lo que podemos controlar o dominar. Algo que remite al firmamento, a la esfera de lo divino y de la naturaleza.

A diferencia del mensaje catequético del Tabor, no son tres varones privilegiados, sino todas las personas que rodean a Jesús, quienes están invitadas a experimentar la glorificación.

En los juicios, quien formulaba las acusaciones era el personaje central, el que cobraba mayor protagonismo. De la habilidad de este acusador dependía el resultado del juicio. El evangelio de hoy ofrece una clave teológica muy importante: el acusador (el príncipe del mal) va a ser expulsado. Las primeras comunidades ya no deben temer, la acusación es sustituida por la misericordia.

Como repite el evangelista, una y otra vez, acojamos la luz que nos permite ver esta diferencia, y vivir en consecuencia.

¿Cuál es el sentido de las frases que quedan intercaladas en el texto?

Una referencia a la experiencia diaria: Jesús, al predicar, ponía ejemplos de todo aquello que sus oyentes percibían con los cinco sentidos, de todo aquello que era significativo en su vida.

Hoy, nos presentan el ejemplo del grano de trigo que es fecundo solo después de caer en tierra y morir. Tras romperse y pudrirse, un solo grano se convierte en espiga que lleva en su interior la fecundidad de docenas de nuevos granos.

En otros textos de la Escritura se alude a esta “muerte” de todo lo que se sembraba, por ejemplo la parábola del sembrador (Marcos 4, 3-8.26-27) o este texto sobre la resurrección:

“¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo? ¡Necio! Lo que tú siembras no germina si no muere. …” (1ª Corintios 15, 35-36)

Tanto para los judíos como para los griegos era un escándalo que alguien muerto en una cruz pudiera dar fruto y ser exaltado, elevado a la gloria. O que la vida de los martirizados, a causa de su fe, diera fruto. Sin duda, la imagen del grano de trigo despertaría la esperanza, en medio de las duras persecuciones de aquellos tiempos.

Hoy, es bueno que recordemos tanto la fecundidad de las pequeñas muertes de cada día, (como recordaba san Francisco de Sales) como la fecundidad de quienes han muerto por vivir las bienaventuranzas o arriesgan cada día su vida.

Necesitamos traducir: El evangelista ha intercalado también esta frase: “El que se ama a sí mismo se pierde y el que se aborrece (odia) a sí mismo en este mundo conservará su vida en la vida eterna”

¡Qué explicaciones tan extrañas se han dado sobre este texto en las homilías! ¡Cómo han condicionado antaño algunos comportamientos patológicos en la vida religiosa!

Jesús utilizó muchas veces frases que hacían pensar, que ayudaban a romper los esquemas mentales de la gente de su tiempo y les facilitaban el abrirse a algo nuevo.

Pongamos un ejemplo actual: Si alguien se aferra a mantener costumbres antiguas, que ya no tienen sentido, alegando que “siempre se ha hecho así” les podemos preguntar: ¿por qué cuando enfermas acudes a los médicos y aceptas lo que la medicina moderna y la tecnología punta te ofrecen, en lugar de tomarte una pócima del tiempo de tus antepasados?

Hay frases, ejemplos y parábolas que nos ayudan a poner en cuestión nuestros esquemas mentales. En la primera lectura el profeta Jeremías nos dice que Dios escribirá la ley en nuestros corazones y entendemos que es una imagen. Aborrecerse a sí mismo es otra imagen, que va más allá de lo que dice el texto a primera vista.

¿Podemos amar a los demás sin amarnos a nosotros mismos? ¿Podemos cuidarles si nos aborrecemos? ¿Tenemos equilibrio sicológico cuando nos odiamos, o ese odio muestra alguna patología? ¿A dónde nos conduce la interpretación literal de esta frase, si no tenemos en cuenta las aportaciones de la historia de la sicología y de la espiritualidad? Esta frase merecería un estudio exegético ella sola.

Es arriesgado intentar traducirla con las claves de hoy, pero vamos a intentarlo: Cuando nos nutrimos de amor propio nos destruimos; cuando alimentamos nuestro ego y vivimos ensimismad@s (en- sí-mism@) perdemos la vida, porque el alimento del ego nos envenena, nos enferma y nos conduce a muchas formas de muerte. Por el contrario, en el seguimiento de Jesús, al de-vivirnos, al entregar la vida y perderla poco a poco, vamos recibiendo la plenitud de la Vida.

¿Quién es el príncipe de este mundo? En los juicios tenía mucha importancia la persona que formulaba las acusaciones. El evangelio de hoy ofrece una clave teológica muy importante para las primeras comunidades: el acusador (el príncipe del mal) va a ser expulsado. La acusación es sustituida por la misericordia.

Como veíamos en el evangelio del domingo pasado, ahora se trata de acoger la luz que nos permite ver esa diferencia, y vivir en consecuencia.

Marifé Ramos

http://www.mariferamos.com/

Fuente Fe Adulta

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El amor es más fuerte que la muerte: Resurrección Lázaro

Domingo, 18 de marzo de 2018

palomas-amanecer-2-copiaDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. EL PROBLEMA DE LA MUERTE EN TODA COMUNIDAD HUMANA Y ECLESIAL.

El relato de la resurrección de Lázaro es de mucho calado y fundamentalmente plantea el problema de la muerte del ser humano desde la perspectiva de JesuCristo.

Además de Jesús, los tres personajes centrales de esta narración son una familia, una comunidad cristiana: Marta, María y Lázaro.

Todo ser humano, toda comunidad social y toda iglesia llevan dentro el problema de la muerte.

Lázaro enfermo y muerto representa a todo ser humano y a los hermanos de la comunidad que van muriendo antes de que JesuCristo viniera en la segunda venida. (Parusía). Como no llega, entonces las comunidades cristianas resuelven el problema teológicamente. No importa cuándo vaya a venir Cristo, cuando vaya a terminar la historia. Lo decisivo es que Cristo es la resurrección y la Vida.

Somos débiles, enfermos y morimos.

La muerte no es solamente la muerte física, biológica, sino que hay “muertes en vida”. Los odios y venganzas, las adicciones a las drogas, los “hijos pródigos” son situaciones de muerte.

Marta, María y Lázaro son la comunidad cristiana que también tiene planteada Y sufre ante la angustia de la muerte.

¿Cuál es la respuesta sensata al problema de la muerte?

02. v 4, La enfermedad no termina en la muerte, sino en la vida: para gloria de Dios.
Quien confía -que eso es creer- en Cristo su vida no cae en el escepticismo, en la nada o en el vacío, sino que descansa en Dios. El “lugar” del ser humano, no es el hundimiento, sino Dios.

03. Tres actitudes ante la muerte:

La postura de Jesús ante la muerte reviste tres aspectos:

Amor,

Quitad la piedra, sal afuera, Desatadlo y dejadlo andar.

Yo soy la Resurrección y la Vida.

03.1 JESÚS AMABA A LÁZARO.
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Jesús se acerca a la muerte con afecto y amor:

v 3: el que amas está enfermo

v 5. Jesús amaba a Marta, María y Lázaro.

v 35 Jesús se conmovió y sollozó ente la muerte de Lázaro.

v 11 Nuestro amigo Lázaro se ha dormido.

v 39 ¡Cómo lo quería!

Jesús y Dios Padre sienten y viven un amor sin límites para con los seres humanos.

Ante la muerte, ante todo tipo de muerte, ante el pecado más hondo del ser humano, Dios ama y se conmueve siempre. Estemos en las condiciones que estemos, incluidas las situaciones de muerte, Dios se conmueve.

Las grandes cuestiones de la vida y de la muerte se resuelven desde el amor.

Por real decreto –ley- se puede dominar una persona, una situación, una Iglesia, pero no se crean situaciones de vida.

A cañonazos y condenas no se resuelve nada.

La muerte comienza a resolverse desde el amor. No es sensato el tratamiento de la muerte que hacemos hoy en día. Para morir humanamente hace falta algo más que medicina y “UVIS”, hace falta esperanza y amor.

¡Amar equivale a un ser equivale a decir: no morirás! (Gabriel Marcel).

Jesús –siempre- también ante y en la muerte: ama al ser humano.

Otras visiones condenatorias y castigadoras no son cristianas.

Jesús siente lástima también de nosotros.

¿Percibo a JesuCristo como bondad?

03.2 QUITAD LA PIEDRA, SAL AFUERA, DESATADLO Y DEJADLO ANDAR.

En la mentalidad bíblica -y en la nuestra- lo que se opone a la vida no es tanto la muerte física, cuanto el mal, el pecado.

Muchos de nuestros contextos están bloqueados y son como losas que cierran el paso a la vida: situaciones políticas, eclesiásticas, familiares que son losas, auténticas piedras que impiden dar pasos y crear vida. Es evidente también que se dan situaciones eclesiásticas congeladas: encerradas y tapiadas en la cueva. Probablemente también en el plano personal vivimos enquistados en nuestros propio pensamiento como en un mausoleo.

QUITAD LA PIEDRA, SAL AFUERA, DESATADLO Y DEJADLO ANDAR.

En el evangelio de San Juan la piedra es una alusión al Sinaí, a las leyes escritas en las tablas de piedra. (En las bodas de Caná -Jn 2- Israel había optado por la ley, significada en las tinajas de piedra y se había quedado sin amor).

Quitad esas piedras de la ley y sed libres en la vida: salid afuera de esa esclavitud legalista de la religión e iniciad un nuevo Éxodo hacia la vida y la libertad: desatadlo y dejadlo andar.

Quitad también la losa del miedo a la muerte.

03.3 V 25: YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA.

La tercera actitud de Cristo ante la muerte es presentarse con ese mayestático YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA.

No sabemos cómo será la resurrección. Sabemos -al menos intuimos- lo que es la vida, la vida humana. Vivir en Cristo es vivir humanamente. Él es la resurrección, es la Vida.

La resurrección no comienza después de la muerte física, sino después de la muerte personal.

El hijo pródigo había muerto y ha vuelto a la Vida. El ciego que ve, comienza una nueva Vida.

La Vida conforme a Cristo es Cristo es resucitar ya aquí.

Allá donde se dan procesos personales, sociales y eclesiales en los que se busca la vida conforme a la Vida de Cristo, allí comienza la Resurrección del Señor.

5. Un día moriremos y viviremos para siempre.

imagesQuien cree -no quien meramente acepta- sino quien está convencido de estas cosas, ese tal vive, deja vivir y vivirá para siempre.

Porque el amor no muere, la libertad no muere, la vida no muere jamás.

¿Crees esto? ¿No os he dicho que si crees verás la gloria de Dios?

Quitad la piedra, desatadlo y dejadlo andar.

YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA.

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Dom 2. 4. 27 (2). Marta, la primera autoridad cristiana

Lunes, 3 de abril de 2017

17426308_764718687038659_1486449188427945804_nDel blog de Xabier Pikaza:

Expuse ayer el mensaje de la resurrección de Lázaro. Sigo hoy con el mismo texto del domingo (Jn 11, 1-46), para señalar que la confesión de fe de Marta es para el evangelio de Juan más importante que la resurrección física de Lázaro. Más aún, la confesión de fe de Marta (como mujer, como persona) es más importante que la confesión que la de Pedro. La escena incluye tres elementos:

‒ Fe en el poder histórico de Jesús. Marta dice: “Señor, si hubieras estado aquí no hubiera muerto mi hermano; pero aún ahora sé que Dios te concederá todo lo que le pidieres” (Jn 11, 21-22). Conforme a una tradición que conocemos ya por los sinópticos, Jesús aparece como alguien que hace milagros: cura a los enfermos y resucita a los muertos.

‒ Marta, creyente judía en la resurrección que vendrá. Jesús responde a Marta: tu hermano resucitará y ella precisa: resucitará en la resurrección del último día (Jn 11, 23-24). Esta es la fe fundamental de los judíos (por lo menos de los fariseos), tal como recuerda Pablo en Rom 4, 17 donde presenta a Abrahán como padre y imageesmodelo de fe porque creyó en el Dios que vivifica a los muertos y que llama al ser a las cosas que no existen. Este es el Dios de Marta la judía: ella cree en aquel que crea y resucita. Por eso dice a Jesús: mi hermano resucitará en el último día”. Así es hija de Abrahán, auténtica judía.

‒ Fe cristiana en Jesús que es la resurrección. Pero esa fe judía de Abrahán queda transcendida por el Cristo. Ante la tumba de Lázaro, el amigo muerto, Jesús presenta a Marta su misterio: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre (Jn 11, 26).
Esta es la fe cristiana, que Pablo ha presentado en forma teológica (“creemos en el Dios que ha resucitado a Jesús de entre los muertos”, Rom 4, 24) y que Jn 11, 26 traduce ya en forma cristológica. Lo que define la existencia cristiana no es una esperanza (¡habrá resurrección final para los justos!) sino la unión de los creyentes con el Cristo que ha resucitado y de esa forma viene a presentarse como vida de los hombres. Ésta será, según iremos viendo, la confesión de fe de Marta, que es para el Evangelio de Juan la primera cristiana, por encima del mismo Pedro, la primera autoridad cristiana.

imageeesTomo esa palabra “autoridad” en el sentido más profundo: Por su confesión creyente, Marta aparece en el evangelio de Juan Juan como “jerarquía” primeria de una iglesia de hermanos (formada por ella con Lázaro y María). En esa línea, el Papa Francisco ha establecido su magisterio ordinario en la Casa de Santa Marta (=Señora) de la Iglesia.

La “fe” del Nuevo Vaticano del Papa Francisco no se centra en la confesión de Pedro, bajo la gran basílica, sino en la confesión de la “casa de Santa Marta” donde él celebra la eucaristía y ofrece la palabra todos los días a los fieles de su “parroquia”.

Imágenes:
1. Santa Marta vence/ata al dragón y de esa forma, con su confesión de fe y servicio fraterno, protege la Casa/castillo de la Iglesia.
2. Santa Marta Papa: Lleva el pan y el vino de la eucaristía… y las llaves de la Iglesia (atribuidas también a Pedro). Ella es Papa-Hermana de la Iglesia.
3. La Casa de Santa Marta en el Vaticano… De un modo sorprendente, el Papa Francisco está convirtiendo la Casa de Santa Marta (Domus Sanctae Marthae) en centro del Vaticano, aunque muchos no se dan cuenta.

Confesión fe, primera creyente

La escena nos sitúa precisamente en un lugar fronterizo, en la ruptura de nivel donde superando la fe común de la escatología judía (apoyada en la resurrección futura de los muertos) venimos a fundarnos en la fe específicamente cristiana: Jesús mismo es la resurrección ya realizada, el culmen de la historia, la revelación definitiva de Dios. Paradójicamente su misterio viene a proclamarse ante la tumba del hermano muerto, en el lugar donde parece que se agota y se consume (hasta se pudre) la esperanza de los hombres. Allí pregunta Jesús en interrogación solemne ¿crees esto? y Marta responde, en confesión de fe cristiana:

Sí, Señor; yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios,
que ha venido a este mundo (Jn 11, 27)

Al contestar así, Marta aparece Jn como la primera cristiana verdadera. Ella reconoce a Jesús como vida de Dios que está presente sobre el mundo. Significativamente, Juan ha silenciado o transformado la confesión de fe que la tradición sinóptica ponía en boca de Pedro, representante y portavoz de todos los creyentes (cf Mc 8, 29).

Es cierto que Pedro, en nombre de los doce, sigue a Jesús, aceptando su mensaje, aunque no llegue a entenderlo: “Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído y confesamos que tú eres el santo de Dios” (Jn 6, 68-69). Pero esta confesión de Pedro sitúa a Jesús todavía en el nivel de la esperanza judía, presentándole como revelador de Dios, pero todavía no le reconoce como mesías verdadero: el Hijo de Dios que da la vida y es resurrección dentro del mundo.

Pues bien, sobre el Pedro vacilante de la tradición prepascual, sobre el Pedro incompleto de Jn 6, 68-69, se eleva ahora Marta y aparece como la primera creyente, la discípula perfecta, que acepta y reconoce el sentido de Jesús como resurrección y vida de los hombres (varones y mujeres). Es cierto que ella sigue siendo servidora de los otros, como indica el texto posterior (Jn 12, 2). Pero, desde el fondo de ese servicio, ella es la primera en expresar y expandir la fe completa. Así podemos afirmar que Marta, una mujer trabajadora, ocupa en Jn 11, 27 el puesto que en la tradición sinóptica ocupaba Pedro. Sobre la fe de ella ha fundado Cristo el camino de su iglesia.

Marta es la primera en confesar la fe pascual sobre la tumba de su hermano muerto anticipando la resurrección de Cristo. Por eso, ella no tiene que volver ya en los relatos de la pascua: no corre hacia la tumba vacía (como hará la Magdalena), ni busca al cadáver del Señor en el jardín pascual del mundo. Ha confesado su fe en Jesús que es vida de los hombres y su confesión permanece como tipo y modelo de fe para todos los creyentes. La resurrección histórica de Lázaro su hermano será simplemente un signo para confirma la fe más honda y duradera de Marta en el principio de la iglesia.

Así hablamos de la confesión de fe de Marta (Jn 11, 27): Ella aparece como intérprete y testigo de la fe de una iglesia que ha superado el riesgo nacionalista (que está en el fondo de la confesión de Pedro en Mc 8) y el riesgo de una Iglesia que podría cerrarse en sí misma (en la línea de muchas interpretaciones de la fe de Pedro en Mt 16), para abrirse al conjunto de la humanidad. El mismo Jesús dirige su camino y ella lo acepta, respondiendo “sí, creo”, viniendo a presentarse así como “regla de fe” para todos los cristianos que se abren al Hijo de Dios que es “resurrección y la vida” que se abre y expande al mundo entero. Ella, una mujer a la que hoy algunos llamarían “seglar”, sin autoridad jerárquica, es la primera doctora de la Iglesia.

Concreción. Pedro y Marta: dos doctores, dos confesiones de fe

En el Nuevo Testamento hay varios doctores de la Iglesia naciente, entre ellos Pablo y Santiago. Pero las dos confesiones de fe más significativas son la de Pedro y la de Marta.

La confesión de fe de Pedro (tú eres el Cristo, el Hijo de Dios. Mc 8 y Mt 16) va en la línea de un mesianismo nacional judío, que Jesús ha rechazado (en Marcos), pero que el evangelio Mateo ha reelaborado en línea eclesial, reconociendo la inmensa labor de Pedro en el despliegue de la Iglesia primitiva. Éste es el texto que la Iglesia de Roma ostento en la cúpula de su basílica dogmática, en el Vaticano.

La confesión de fe de Marta (Jn 11, 27) puede y debe tomarse como un correctivo y profundización que ella (Marta) ha introducido en la confesión de Pedro, para abrirla al conjunto de la humanidad, superando así el riesgo de clausura nacionalista (en la línea de Marcos) y de la posible fijación y eclesial del texto de Mateo. Leer más…

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