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Lo que perdemos será redimido, incluso nuestras familias

lunes, 8 de septiembre de 2025
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La reflexión de hoy es de de Mark Guevarra, colaborador de Bondings 2.0.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el Vigésimo Tercer Domingo del Tiempo ordinario se pueden encontrar aquí.

La enseñanza de Jesús en el evangelio de hoy es “odiar a nuestro padre y a nuestra madre, a nuestra mujer y a nuestros hijos, a nuestros hermanos y hermanas, e incluso a nuestra propia vida” para ser su discípulo. Esta enseñanza nos toca profundamente. En nuestros tiempos, sería difícil odiar estas relaciones primarias. Y en la antigüedad, odiar al padre era rechazar el sistema patriarcal sobre el que se construyen las familias. Y así, entonces como ahora, esta desafiante enseñanza llega al corazón.

Para quienes hemos declarado ser LGBTQ+ y hemos experimentado el dolor del rechazo de amigos y familiares, el odio hacia nuestros seres queridos puede resultar más fácil. Y además del odio, algunos podemos sentir frustración, traición, dolor o incluso lástima. Entonces, ¿cómo nos dice la enseñanza de Jesús?

La clave de esta enseñanza se encuentra más adelante en el mismo evangelio, en Lucas 18:29-30. Jesús enseña: «De cierto os digo que nadie que haya dejado casa, mujer, hermanos, padres o hijos por el reino de Dios, recibirá mucho más en este mundo, y en el siglo venidero la vida eterna». Nos dice que lo que hemos perdido será redimido. Todo será restaurado, correcto, justo y bueno.

Perder a la familia, lo cual interpreto como un código, perder las estructuras humanas, familiares y cómodas, que brindan al egoísta una seguridad superficial, es difícil. Pero cuando nos alejamos de eso o nos vemos empujados a alejarnos de lo familiar, encontramos gracia. Y permitir que esa gracia nos penetre profundamente puede ser transformador. Me ha ayudado a ser, ver y vivir de manera diferente en el mundo.

Mi antiguo yo, encerrado en el armario, que vivía con ansiedad y miedo, ahora vive con más valentía y confianza. Mi antiguo yo, encerrado en el armario, que usaba máscaras para representar roles, ahora se siente más cómodo y vulnerable para quitárselas.

Pero incluso estos son sólo un paso en el camino de toda la vida para ser un seguidor de Jesucristo. La obra transformadora de la Gracia para refinar mi verdadero ser implica cultivar la compasión conmigo mismo y con los demás, profundizar la comunión con la tierra y con los más pequeños, fortalecer mi seguridad en Dios y en mi identidad divina, y rechazar los falsos ídolos que solo brindan alegría superficial y paz pasajera. Para mí, esto es lo que significa llevar la cruz: no deleitarme en mis emociones, sino reconocer la gracia abundante, incondicional y perdurable de Dios que ya corre por nuestras venas.

Es cierto que la vida después de declararme LGBTQ+ no es todo color de rosa. Aún llevo las cicatrices del miedo, la ansiedad y el rechazo. Además, está el miedo a llegar a fin de mes, las dificultades de las citas, el dolor de la decepción amorosa y el trabajo de autoaceptación y de enseñar a mi mente, corazón y cuerpo a apegarse más firmemente. Pero la buena noticia es que todo será y está siendo redimido.

Para mí, una señal de esta redención es la familia elegida, que me ama y me apoya incondicionalmente. Y junto con ella, está la gran familia queer que abarca el espacio y el tiempo. Nuestra gran y hermosa familia queer es un signo de esperanza. Me muestran que Dios sí devuelve lo que perdí y más. Su acogida, solidaridad, heridas compartidas y vidas audaces de alegría y esperanza son signos del reino de Dios en medio de mí.

Claro, no es una familia perfecta. Hay odio, discriminación e ignorancia, pero también es una obra en progreso con la gracia de Dios. Lo mismo ocurre con toda la iglesia.

Creo que este es el corazón del Año Jubilar de la Esperanza. Todos necesitamos seguir esperando que la gracia de Dios en nuestras vidas nos transforme, transforme nuestras relaciones, nuestros dolores y penas, nuestros rechazos y nuestras formas de ser habituales. Y esta transformación no puede ocurrir solo en nuestras mentes. De hecho, para que la transformación ocurra, necesita estar conectada con nuestros cuerpos. Jesús sabía que la Buena Nueva no solo podía tocar la mente, sino que necesitaba tocar el cuerpo para transformarnos. Creo que por eso la enseñanza actual sobre el odio es tan visceral.

En este Año de la Esperanza, se nos invita a cruzar las Puertas Santas del Jubileo. Es un acto corporal que lleva nuestros cuerpos, agobiados por las emociones, a la gracia y la misericordia de Dios. Sentir que las cargas se alivian físicamente permite que la gracia nos penetre profundamente. Ya sea que lo hagamos en la Basílica de San Pedro en Roma, en nuestras parroquias o incluso en un bosque, debemos poner nuestros cuerpos en contacto con la gracia interior de Dios.

—Mark Guevarra, 7 de septiembre de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“Ídolos privados”. 23 Tiempo ordinario – C (Lucas 14,25-33)

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Hay algo que resulta escandaloso e insoportable a quien se acerca a Jesús desde el clima de autosuficiencia que se vive en la sociedad moderna. Jesús es radical a la hora de pedir una adhesión a su persona. Su discípulo ha de subordinarlo todo al seguimiento incondicional.

No se trata de un «consejo evangélico» para un grupo de cristianos selectos o una élite de esforzados seguidores. Es la condición indispensable de todo discípulo. Las palabras de Jesús son claras y rotundas. «El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío».

Todos sentimos en lo más hondo de nuestro ser el anhelo de libertad. Y, sin embargo, hay una experiencia que se sigue imponiendo generación tras generación: el ser humano parece condenado a ser «esclavo de ídolos». Incapaces de bastarnos a nosotros mismos, nos pasamos la vida buscando algo que responda a nuestras aspiraciones y deseos más fundamentales.

Cada uno buscamos un «dios» para vivir, algo que inconscientemente convertimos en lo esencial de nuestra vida: algo que nos domina y se adueña de nosotros. Buscamos ser libres y autónomos, pero, al parecer, no podemos vivir sin entregarnos a algún «ídolo», que determina nuestra vida entera.

Estos ídolos son muy diversos: dinero, éxito, poder, prestigio, sexo, tranquilidad, felicidad a toda costa… Cada uno sabe el nombre de su «dios privado», al que rinde secretamente su ser. Por eso, cuando en un gesto de «ingenua libertad» hacemos algo «porque nos da la gana», hemos de preguntarnos qué es lo que en aquel momento nos domina y a quién estamos obedeciendo en realidad.

La invitación de Jesús es provocativa. Solo hay un camino para crecer en libertad, y solo lo conocen quienes se atreven a seguir a Jesús incondicionalmente, colaborando con él en el proyecto del Padre: construir un mundo justo y digno para todos.

 

José Antonio Pagola

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“El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío”. Domingo 7 de septiembre de 2025. 23º Ordinario

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Leído en Koinonia:

Sabiduría 9, 13-18: ¿Quién comprende lo que Dios quiere?  .
Salmo responsorial: 89: Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.
Filemón 9b-10. 12-17: Recíbelo, no como esclavo, sino como hermano querido.
Lucas 14, 25-33: El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

Para ser cristiano, en realidad, la Iglesia, habitualmente, exige muy poco. Se bautiza a los niños recién nacidos y apenas se exige nada a sus padres; todo lo más, la asistencia a unas charlas preparatorias del acto del bautismo y un vago compromiso de educar en cristiano al niño según la ley de Dios y los mandamientos de la Iglesia. Sin embargo, esto no era así al principio. Para ser discípulo, Jesús ponía unas duras condiciones, que llevaban a quien quería serlo a pensárselo seriamente. Pocos seríamos cristianos, si para ello tuviéramos que cumplir las tres condiciones que, llegado el caso, Jesús exige a sus discípulos. Y decimos “llegado el caso”, porque estas tres formulaciones del evangelio de hoy que vamos a comentar son “formulaciones extremas”; representan la meta utópica que no debemos perder de vista, y debemos estar dispuestos a alcanzarla en el seguimiento de Jesús.

Por la primera (“si uno quiere venirse conmigo y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío”), el discípulo debe estar dispuesto a subordinarlo todo a la adhesión al maestro. Si en el propósito de instaurar el reinado de Dios, evangelio y familia entran en conflicto, de modo que ésta impida la implantación de aquél, la adhesión a Jesús tiene la preferencia. Jesús y su plan de crear una sociedad alternativa al sistema mundano están por encima de los lazos de familia.

Por la segunda (“quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío”), no se trata de hacer sacrificios o mortificarse, como se decía antes, sino de aceptar y asumir que la adhesión a Jesús conlleva frecuentemente la persecución por parte de la sociedad, persecución que hay que aceptar y sobrellevar conscientemente como consecuencia del seguimiento. Por eso es necesario no precipitarse, no sea que prometamos hacer más de lo que podemos cumplir. El ejemplo de la construcción de la torre que exige hacer una buena planificación para calcular los materiales de que disponemos, o del rey que planea la batalla precipitadamente, sin sentarse a estudiar sus posibilidades frente al enemigo, es suficientemente ilustrativo.

La tercera condición (“todo aquel de ustedes que no renuncia a todo lo que tiene no puede ser discípulo mío”) nos parece excesiva. Por si fuera poco dar la preferencia absoluta al plan de Jesús y estar dispuesto a sufrir persecución por ello, Jesús exige algo que parece esta por encima de nuestras fuerzas: renunciar a todo lo que se tiene. Se trata, sin duda, de una formulación extrema, paradigmática, que hay que entender. El discípulo debe estar dispuesto incluso a renunciar a todo lo que tiene, si esto es obstáculo para poner fin a una sociedad injusta en la que unos acaparan en sus manos los bienes de la tierra que otros necesitan para sobrevivir. El otro tiene siempre la preferencia. Lo propio deja de ser de uno, cuando alguien lo necesita para vivir. Sólo desde el desprendimiento se puede hablar de justicia, sólo desde la pobreza se puede luchar contra ella. Sólo desde ahí se puede construir la nueva sociedad, el Reino de Dios, erradicando la injusticia de la tierra.

Para quienes quitamos con frecuencia aguijón al evangelio y nos gustaría que las palabras y actitudes de Jesús fuesen menos radicales, leer este texto resulta duro, pues el Maestro nazareno es tremendamente exigente.

No en vano el libro de la Sabiduría formula hoy a modo de interrogante la dificultad que tiene conocer el designio de Dios y comprender lo que Dios quiere. Será necesario para ello recibir de Dios sabiduría y Espíritu Santo desde el cielo para adecuar nuestra vida a la voluntad de Dios manifestada por Jesús. Necesitamos ir contra corriente y tener la capacidad de renuncia total que pide el evangelio y a la que debemos estar dispuestos, llegado el caso. Pero esto que en el evangelio se nos propone como exigencias radicales de Jesús hoy no es tanto el comienzo del camino, sino la meta a la que debemos aspirar, aquello a lo que debemos tender, si queremos seguir a Jesús. Tal vez no lleguemos nunca a vivir con esa radicalidad las exigencias de Jesús, pero no debemos renunciar a ello, por más que nos encontremos a años luz de esa utopía.

Si se hiciera realidad en la humanidad esta condición básica que Jesús pide para su seguimiento, se resolvería también el problema de la crisis ecológica, que en definitiva está producido por el maltrato, la explotación, la depredación a los que el sistema económico y de producción mundializado somete a la naturaleza, igual que a muchedumbres pobres asalariadas. El bien que persigue el Reino de Dios (ubi bonum, ibi Regnum) no es sólo para el mundo humano, sino para todo el mundo, para el planeta y toda la comunidad de la vida que en él ha surgido…

En su Carta a Filemón, Pablo nos brinda una consecuencia concreta del seguimiento, y las necesarias renuncias a los propios bienes. Por haber abrazado la propuesta del evangelio, Onésimo ha dejado de ser un esclavo para ser un hermano de Filemón. Mediando la caridad y la buena voluntad de éste, quizá también se convierta en colaborador del apóstol que se encuentra encarcelado. Este ejemplo ilustra también lo que indica el libro de la Sabiduría de acuerdo al dicho popular que reza: “Dios escribe derecho en renglones torcidos”. No es tarde para sentarnos a reflexionar sobre las cosas más importantes de nuestra vida… Sea para confirmar las opciones realizadas, sea para reconocer con humildad que nos hemos equivocado. Si meditamos las palabras del evangelio… ¿qué diría nuestro corazón? Leer más…

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7.9.25 Renunciar a todo. Ser Rey sin torre ni soldados (Lc 14, 28-33) DOM 23

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

Si un rey quiere declarar una guerra, si un rico quiere construir una torre han de empezar calculando los costes de la empresa, en clave de soldados y dinero. Pues bien, de un modo abrupto, rompiendo esa lógica, de tipo utilitario, Jesús afirma que, para ser discípulo suyo, en camino de Reino hay que renunciar a todos los bienes (cf. motivo de Lc 12, 33 y 18, 22). 

| X. Pikaza

Dinero y torre, ejército y guerra (Lc 14, 28-33)

 Éste es uno de los pasajes más significativos de la enseñanza de Jesús, centrado en el signo de la torre, que puede ser símbolo del templo de Jerusalén, y de un ejército como el de Roma o el del mismo rey Herodes el grande, vasallo de Roma, pero dueño también de un inmenso ejército.

Una torre se construye con dinero, y así acababa de ser reconstruida con la torre/templo de Jerusalén,  inmensa fortuna de Herodes eel Grande, el más famoso constructor de torres del oriente romano antiguo. Para construir una torre/templo como aquella hacía falta muchísimo dinero.

Un ejército para ganar guerras se forma con soldados, lo que exige también muchísimo dinero para alistarlos, formarlos, alimentarlos y dotarlos con armas pertinentes para ganar guerras. Jesús alude aquí, posiblemente al ejército de Herodes el Grande o quizá al del Rey/Emperador de Roma. No era fácil tener un ejército como el suyo, pero el emperador lo pagaba, lo entrenaba, lo tenía y ganaba así caso todas las guerras.

Pero Jesús no quiere construir una torre como la del templo de Jerusalén, ni tener un ejército como el Herodes o de Roma. Quiere algo mucho mayor, quiere el Reino de Dios… ¿Cómo lo conseguirá? ¿Cuánto dinero necesitará? Pues bien, cuando esperamos una respuesta hiperbólica. Millones de millones de dinero, cientos de miles de soldados…Jesús responde: ¡No necesito nada! No neceito tener, sino “no tener”. Tengo que desprenderme de todo y así, sin tener nada propio, para mí, sino dándole todo, podré abrir un camino de reino.

Lc 14, 25-33. Parábola de la torre,  ejercito y «reino»

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo: «Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío.

Quien no lleve su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío.

Así, ¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

¿Quién de vosotros, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, y ver si tiene para acabarla? No sea que, habiendo puesto los cimientos y no pudiendo terminar, todos los que lo vean se pongan a burlarse de él, diciendo: Este comenzó a edificar y no pudo terminar. O ¿qué rey, si sale para combatir contra otro rey, no se sienta antes y delibera si con 10.000 puede salir al paso del que viene contra él con 20.000? Y si no, cuando está todavía lejos, envía una embajada para pedir condiciones de paz.

Pues, de igual manera, cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío (Lc 14, 28-33) [1].

 Comentario textual

La cuestión de fondo está en el paso de las dos primeras comparaciones, que son como premisas, en línea de cálculo económico-militar, a la tercera, que es la conclusión.

El oyente o lector está esperando también en el tercer momento un tipo de “crescendo” en la línea de los anteriores (más dinero, más soldados…), pues seguir a Jesús es más costoso y arriesgado que edificar una torre o ganar una guerra, que son sin duda empresas de gran coste; más costoso debería ser por tanto el seguimiento de Jesús, de modo que cada uno tendría qua calcular muy bien los bienes o medios que tiene para decidirse a favor de Jesús (de su Reino). Pero, de un modo sorprendente, rompiendo la lógica anterior, la tercera frase afirma que el seguimiento de Jesús no implica monetaria ni socialmente ningún coste, sino todo lo contrario: Abandonarlo todo,dejar los bienes (los medios económico-militares) y los honores, pues sólo así se puede seguir a Jesús.

El primer contraste lo ofrece el dinero de la torre, que puede entenderse como castillo de defensa o como ciudad amurallada frente a todos los peligros (pyrgos, Gen 11, 4: la torre de Babel). Quien pretenda construirla ha de sentarse y calcular los gastos… En cierto sentido, todos nosotros seguimos siendo constructores de torres, como sabe el relato de Babel. Cada uno la suya, todos juntos la gran torre de la cultura mundial capitalista, que sólo se puede edificar con muchísimo dinero. ¿Tenemos suficiente para edificarla?

El segundo es de tipo militar, y está representado por un rey que para ganar una guerra y ensanchar su imperio ha de sentarse y calcular si tiene soldados y medios suficientes para culminarla. Entre esos “reyes” estaban entonces los tetrarcas como el de Galilea (Herodes, Antipas) o el emperador de Roma (Augusto, Tiberio), siempre dispuestos a ensanchar su territorio,  siempre con dinero y con soldados.

‒ Pero, en tercer lugar, tras decir “de ese manera (houtôs)”, Jesús rompe el esquema y dice: El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío. Los dos signos anteriores llevaban a pensar que  él iba a pedir un tercer gesto aún más activo que los anteriores. Una torre sólo pueden construirla hombres muy ricos.

Una guerra sólo pueden ganarla reyes o caudillos militares también ricos. Pues bien, en contra de eso, en este último caso, Jesús supera y rompe el plano de esas exigencias (dinero, soldados…), e invierte el proceso (la relación lógica entre causas y efectos), pidiendo a sus seguidores que renuncien a todos los bienes (a todo lo que tienen, con su mismo honor personal o de grupo) para así seguirle.

 Del plano de los ricos (hacedores de torres) y los reyes (promotores de guerras) Jesús nos lleva al plano de la vida concreta, de todos: El Reino de Dios no es cuestión de ricos o de reyes, ni de personas de honor, sino de los que son capaces de desprenderse de todo.

Este cambio de plano respecto de los modelos anteriores marca la novedad de su proyecto. Todos los principios precedentes cesan, tanto en un plano militar como económico. No se trata de construir una torre, ni de ganar una guerra, sino de vivir plenamente en gratuidad, superando un tipo de poder y de tener (construir torres y ganar batallas para descubrir la gratuidad de la vida, en línea de comunión humana, desde los más pobres, superando una carrera de méritos, honores o riquezas.

Jesús no pone ninguna condición (riqueza o poder, honor, conocimiento o nobleza…), sino una: Renunciar a todos las posesiones (pasin tois yparkhousin), a todas las cosas (propiedades), todos los honores que uno tiene y que le tienen. No hay que hacer ni poseer nada especial, sino vivir en gratuidad, recibiendo gratuitamente el Reino [2].

Enseñanza para la iglesia del siglo XXI. Renuncia a todas las torres

   Para proponer e iniciar su «guerra de paz», en forma de transformación gratuita de, la vida, Jesús utilizó  un lenguaje fuerte de espada que se planta en la tierra, de fuego que se enciende en amor, a diferencia de Mahoma, que rechazó el mensaje y proyecto de los cristianos, porque Jesús no había vencido a sus “adversarios”, ni había tomado Jerusalén por armas. Jesús empezó diciendo a los hombres y mujeres  especialmente a los más amenazados:

Renuncia a toda posesión, no construyas ninguna torre de defensa, no busques ningún ejército que te defienda, Acéptate como eres,  quiérete a ti mismo y quiere a los demás como te quieres, de forma que ellos vivan en ti y tú en ellos, desde el Dios que es amor (cf. Lev 19, 18; Mc 12, 28-32; Rom 13, 8-9 par). Vive, espera, ama, descubre en tu existencia la gracia del Dios-Amor, amando a los demás como te amas a ti mismo, para que vivas y viváis  en comunión, resucitando  unos en otros.

 De esa forma vincula Jesús los tres  amores (a Dios, a sí mismo y a los otros), insistiendo de un modo especial en los otros. Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mc 12, 31 par, Rom 13, 8-9).Con este proyecto y compromiso subió a Jerusalén para ofrecer la «alternativa» de su gracia, es decir, su evangelio.

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“Anticampaña electoral”. Domingo 23 ciclo C

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

El político que comenzase su campaña electoral prometiendo bajar los salarios, subir los impuestos y aumentar el paro, difícilmente despertaría mucho entusiasmo. Si encima añade: “El que me vote, irá a la cárcel”, es probable que se quedase completamente solo. Jesús llevo a cabo una campaña más loca aún. Para ser discípulo suyo exige posponer los amores más grandes (a la familia y a uno mismo), jugarse la fama y la vida, renunciar a todo. Es lógico pensar que Jesús, poniendo esas condiciones, se quedaría sin un solo seguidor. ¿Ocurrió así?

El problema

            El evangelio de hoy comienza hablando de la gran cantidad de gente que sigue a Jesús. La mayoría no son discípulos, sino simples interesados, en busca de un milagro o una enseñanza. Es lógico que alguno desease unirse más estrechamente al grupo de Jesús. Él, adelantándose a cualquier petición en este sentido, se dirige a todos e indica las condiciones.

Primera condición: renuncia a lo más querido

Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. 

            En el Antiguo Testamento, la tribu de Leví era el modelo de servicio radical a Dios. Las Bendiciones de Moisés comentan a propósito de ella:

Dijo a sus padres: No os hago caso;
a sus hermanos: No os reconozco;
a sus hijos: No os conozco.
Cumplieron tus mandatos
y guardaron tu alianza.

(Deuteronomio 33,9)

            Para los levitas, el cumplimiento de la voluntad de Dios está por encima del amor a padres, hermanos e hijos.

            En línea parecida, pero más radical, formula Jesús su exigencia: para seguirle hay que posponer a su padre y a su madre // a su mujer y a sus hijos // a sus hermanos y a sus hermanas. La familia de la que uno procede (padre y madre), la familia que uno ha creado (mujer e hijos), el entorno familiar (hermanos y hermanas) simbolizan todo el mundo afectivo; colocarlos en segundo plano significa una gran renuncia. Pero Jesús añade un séptimo elemento, el más duro, que no se menciona a propósito de los levitas: hay que posponerse incluso a sí mismo.

Segunda condición: arriesgar la fama y la vida

            Quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mío.

            Esta exigencia ya ha aparecido en el evangelio de Lucas, formulada de manera más radical aún, pero que aclara el sentido: Quien quiera seguirme, niéguese a sí, cargue con su cruz cada día y venga conmigo (9,23).

            La imagen, durísima, equivaldría a decir hoy: “El que quiera seguirme, cargue con su silla eléctrica y venga conmigo”. Con la diferencia de que la silla eléctrica no es transportable, mientras que la cruz la llevaba cada condenado hasta el lugar donde iba a morir.

            El hecho de que se hable de cargar con la cruz cada día demuestra que es algo distinto de estar dispuesto a morir. La muerte en cruz era considerada por los romanos la más cruel e ignominiosa, prevista para graves delitos contra el estado y la sociedad. Por consiguiente, cargar con la cruz cada día expresa la disposición de soportar la deshonra, el odio y desprecio de la sociedad, e incluso la muerte.

Una pausa para reflexionar y desanimar

            Lo dicho basta para desanimar a gran parte del auditorio. Por si alguno no se ha enterado, Jesús propone dos comparaciones que invitan a no tomar decisiones precipitadas con respecto a su seguimiento. «Antes de querer convertirte en discípulo mío, párate a pensarlo. No sea que después fracases y hagas el ridículo.»

¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?  No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: «Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar.»

            ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz.

            Lo mismo vosotros.

Tercera condición: renuncia a los bienes materiales

            El que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío.

            A la renuncia a los grandes afectos, al arriesgar la fama y la vida, Jesús añade en tercer lugar la renuncia a los bienes materiales. Es lo que dice al rico: Vende cuanto tienes, repártelo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme. Este personaje no fue capaz de hacerlo. En cambio, Pedro, Andrés, Santiago y Juan, “dejándolo todo, lo siguieron” (5,11). También Leví, “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (5,28).

Nada nuevo bajo el sol

            Las exigencias anteriores parecen terribles. Sin embargo, a quien ha leído con atención el evangelio de Lucas le resultan conocidas. Coinciden con otros casos en los que Jesús habla de las condiciones para seguirlo.

                957Mientras iban de camino, uno le dijo:

            ‒ Te seguiré adonde vayas.

                58Jesús le contestó:

            ‒ Los zorros tienen madrigueras, las aves tienen nidos, pero este Hombre no tiene donde recostar la cabeza.

                59A otro le dijo:

            ‒ Sígueme.

            Le contestó:

            ‒ Señor, déjame ir primero a enterrar a mi padre.

                60Le replicó:

            ‒ Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el reinado de Dios.

                61Otro le dijo:

            ‒ Te seguiré, Señor, pero primero déjame despedirme de mi familia.

                62Jesús le replicó:

            ‒ Uno que echa mano al arado y mira atrás no es apto para el reinado de Dios.

¿Exigencias para todos los cristianos?

            En el libro de los Hechos, cuando se cuenta la expansión de la Iglesia, el término “discípulos” no designa ya a un grupo relativamente pequeño que acompaña a Jesús a todas partes sino a los cristianos de Damasco, Jerusalén, Jope, Antioquía, etc. ¿Se aplican a ellos las exigencias anteriores? ¿Son válidas, por tanto, para todos los cristianos actuales?

            El caso que conocemos mejor es el de la tercera exigencia: la renuncia a los bienes materiales. Cuando Ananías y Safira, un matrimonio de Jerusalén, vendieron un campo, se quedaron con parte del dinero y pusieron el resto al servicio de la comunidad, pero fingiendo que lo entregaban todo. San Pedro les dice que no estaban obligados a entregar nada; lo malo era que intentaran engañar. Este ejemplo deja claro que para formar parte de la comunidad cristiana, para ser discípulo, no había que renunciar a todos los bienes materiales. De hecho, en las comunidades fundadas por Pablo, lo que él aconsejaba era compartir los bienes con los necesitados.

            Las dos primeras exigencias, que nos resultan tan duras, posiblemente tuvieron que vivirlas bastante a menudo la mayoría de los cristianos. En una época de frecuentes persecuciones, cuando los cristianos eran ridiculizados e insultados como criminales y enemigos del estado, hacerse discípulo de Jesús suponía en muchos casos la ruptura con los seres más queridos, la pérdida de la fama y la estima social, incluso la muerte. La situación no es muy distinta en bastantes comunidades actuales de África y Asia, prescindiendo del desprestigio que supone en muchos ambientes occidentales el hecho de confesarse cristiano.

El misterio

            Jesús no se quedó sin discípulos. Al contrario, cuanto más difíciles eran las circunstancias, más eran los que querían seguirle. Como escribió Tertuliano, que vivió entre los años 160-220: “La sangre de los mártires es semilla de cristianos”. Lo que desanima de seguir a Jesús no son sus grandes exigencias, sino la comodidad y vulgaridad de quienes lo seguimos.

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XXIII Domingo Ordinario. 7 septiembre, 2025

domingo, 7 de septiembre de 2025
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“Le seguía una gran multitud. Él se volvió y les dijo:…”

(Lc 14, 25-33)

Renunciar, no está de moda, ni mucho menos. Es una palabra que no resuena bien en nuestro interior y por tanto no la utilizamos en nuestras conversaciones. Parece que el hecho de renunciar a algo es similar a perder la libertad, esa que te permite hacer lo que quieres, sientes o piensas. Sin embargo cada día hacemos renuncias, aunque no pongamos atención en ellas o no las consideremos importantes. De hecho, por aquello de que todo el mundo lo hace, nos conformamos con seguir inercias que nos vacían o nos hieren profundamente. Lo diferente asusta, llama la atención, crea crítica y provoca nerviosismo….

Pero Jesús nos habla de renuncia en el Evangelio. No lo dice de pasada, se detiene, se vuelve a quienes le siguen, hacia quienes le queremos seguir, y, con claridad, explica lo que significa el seguimiento. Habla a mucha gente y no se deja seducir por los números, no pone “paños calientes” a la multitud. Invita a cambiar sus esquemas y a tomar una decisión, a re-enunciar, o re-elaborar, o re-pensar las relaciones, la  propia vida, las posesiones… para poder ser discípulo o discípula en verdad y autenticidad.

Llama la atención cómo este texto tan incisivo llega hasta nuestros días, a nuestra cultura, fresco como una lechuga; lo entendemos perfectamente, no hacen falta interpretaciones. Lo que sí hace falta es tomar esa decisión que te hace doblar la espalda para tomar la propia miseria, y con ella, ponerse en camino.

El primer paso es desearlo:

¿Quieres ser discípula de Jesús? ¿Reorientar tu vida, tus afectos, tus bienes tu todo hacia su Todo?

Oración

Para este camino una oración de la Madre Teresa de Calcuta:

Líbrame, Jesús mío,
del deseo de ser amada,
del deseo de ser alabada,
del deseo de ser honrada,
del deseo de ser venerada,
del deseo de ser preferida,
del deseo de ser consultada,
del deseo de ser aprobada,
del deseo de ser popular,
del temor a ser humillada,
del temor de ser despreciada,
del temor de sufrir rechazos,
del temor de ser calumniada,
del temor de ser olvidada,
del temor de ser ofendida,
del temor de ser ridiculizada,
del temor de ser acusada…

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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El mensaje no va dirigido a la razón.

domingo, 7 de septiembre de 2025
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DOMINGO 23 (C)

Lc 14,25-33

Ningún lenguaje sobre Dios podemos entenderlo al pie de la letra. Jesús nunca se predicó a sí mismo. Su oferta fue el Reino de Dios. En los relatos de hoy podemos apreciar, con toda claridad, que ya se ha dado el paso del Jesús que predica al Cristo predicado. Hoy estamos en condiciones de revertir este paso equivocado y atender al mensaje de Jesús.

1.- Posponer a la familia. Es un lenguaje que sigue considerando a Dios (a Jesús divinizado) como un Ser separado, sujeto de acciones y pasiones como los humanos. Dios no es un ser que ama a la manera humana, ni alguien a quien podemos amar como amamos a una madre. Son realidades distintas que no se oponen ni se interfieren.

Un auténtico amor a la familia me llevaría al amor de Dios. Y un verdadero amor a Dios me llevaría a amar más y mejor a mis familiares. La propuesta del evangelio, tal como está planteada, nos llevaría a la esquizofrenia absoluta. Debemos amar a la familia con toda el alma, con tal de que ese amor no sea la manifestación de un egoísmo amplificado.

2.- Cargar con la cruz. Hace referencia al trance más difícil y degradante del proceso de ajusticiamiento de una condenado a muerte de cruz. El reo tenía que transportar él mismo el travesaño de la cruz. Esta frase refleja el sentido que los primeros cristianos dieron a la cruz de Jesús. No es nada probable que pudiera ser dicha por Jesús.

La frase está haciendo referencia a lo que hizo Jesús, pero a la vez, es un símbolo de las dificultades que encontrará el que se decide a seguirle. Una vez emprendido el camino de Jesús todo lo que pueda impedirlo, hay que superarlo. Cuando se escribió este evangelio, la comunidad llevaba ya décadas afrontando la oposición del judaísmo y del imperio.

3.- Renunciar a todos sus bienes. El seguimiento de Jesús no puede consistir en una renuncia, es decir, en algo negativo. Se trata de una oferta de plenitud. Mientras sigamos pensando en renuncia, no hemos entendido el mensaje. No se trata de renunciar a nada, sino de elegir lo mejor. No es una exigencia de Dios, sino una exigencia de nuestro ser.

Recordemos que a los que entraban a formar parte de la primera comunidad cristiana se les exigía que pusieran lo que tenían a disposición de todos. No se tiraban por la borda los bienes. Solo se renunciaba a disponer de ellos al margen de la comunidad. El objetivo era que en la comunidad no hubiera pobres ni ricos, pero hecho con plena libertad.

Hoy sería imposible llevar a la práctica este desprendimiento. Pero podemos entender que la acumulación de riquezas se hace siempre a costa de otros seres humanos. Hoy tendríamos que descubrir que lo que yo poseo, puede ser causa de miseria para otros.

Sobre las dos parábolas. Si me pongo a construir o declaro la guerra a otro y no calculo bien mis fuerzas, está claro que el que va a salir perdiendo soy yo. No solo no conseguiré el objetivo, sino que perderé todo lo que he empleado en el intento. Los cristianos nos hemos conformado con rodar por la pista sin levantar el vuelo nunca.

Lo que propone Jesús es que no se puede nadar y guardar la ropa. Queremos ser cristianos, pero a la vez, queremos disfrutar de todo lo que nos proporciona la sociedad de consumo. No tenemos más remedio que elegir; si no lo hacemos, ya hemos elegido.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Pero si la sal se vuelve insípida.

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Lc 14, 25-33

«Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos … e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío»

Jesús no se lanza a los caminos de Galilea para conseguir la raquítica salvación de media docena de perfectos, sino para cambiar el mundo. Aspira a una humanidad de Hijos que se realice amándose como hermanos, y eso no se logra con gente tibia, sino con personas comprometidas que tiren para adelante sin mirar lo que dejan atrás. No pide otra cosa que lo que él ya ha aceptado en grado superlativo, y esto da a su propuesta un valor especial.

Los primeros cristianos, unidos por la fe en Jesús resucitado y animados por el Espíritu, tienen conciencia clara de que su tarea misionera es fruto de la voluntad expresa de Jesús y la desarrollan con arrojo y valentía. Y es tal la fuerza con que lo hacen, que despiertan el recelo de las autoridades y llegan las persecuciones. Pero a pesar de ello forman comunidades fértiles que contagian su modo convincente de vivir; primero a los ciudadanos de Jerusalén, luego a los de Samaría y finalmente a todo el Oriente Medio.

Pedro y Pablo establecen las primeras comunidades cristianas en Roma. Cuando ambos reciben martirio sobre el año 67, esas comunidades se enfrentan al reto de continuar adelante sin su magisterio y en medio de atroces persecuciones que se desatan contra ellos. Pero es tal su determinación y compromiso, que los criterios de Jesús se van introduciendo en la sociedad romana empapando todos sus estratos sociales. Solemos pensar que la evangelización de Roma es fruto del edicto de Milán promulgado por Constantino, pero es justo al revés. Primero es la evangelización, y es Constantino quien la aprovecha para cohesionar la sociedad en torno a ella.

Por tanto, gracias a su compromiso con la misión, aquel puñado de seguidores de Jesús que la abraza tras su muerte, se multiplica de tal forma que al final del siglo tercero hay cristianos por todos los rincones del mundo; y no sólo dentro del Imperio, sino también en la Alta Mesopotamia, Edesa, Persia y Armenia. Y lo que esto significa es que la Palabra de Jesús, la sabiduría de Dios, es está extendiendo por todo el mundo tal como lo había pedido Jesús.

¿Pero cuáles son las causas de esta rápida conversión?…

Ante todo porque su espíritu misionero les mueve a proclamar el evangelio por todo el mundo, pero también, porque el modo de vida que ofrecen los cristianos, más interior y con una elevada moral, atrae a la gente honrada y piadosa. Así mismo, la aceptación de las clases bajas y los esclavos a los que devuelve la dignidad de personas humanas, juega un papel muy importante en este proceso. De esta forma, poco a poco el cristianismo se va convirtiendo en una alternativa a la forma de pensar y vivir de la sociedad grecorromana, las ideas básicas del cristianismo van influyendo cada vez más fuera de los círculos cristianos, y llega un momento en el que las actitudes cristianas son consideradas lo “correcto”, en detrimento de las costumbres paganas…

Y hoy nos enfrentamos a una situación similar a aquella: una sociedad imbuida de criterios mundanos que provoca injusticia, desigualdad y opresión, y una minoría de seguidores de Jesús viviendo en su seno. Pero hay varias diferencias con aquellos primeros cristianos. La primera, que ellos se veían a sí mismos como enviados por Jesús con su misma misión (proclamar el Reino), y en la actualidad la misión sólo es abrazada por una minoría de cristianos, ignorada por la mayoría y denostada por las “vanguardias”.

La segunda, que a pesar de ser minoría y vivir en un ambiente hostil fruto de una cultura radicalmente opuesta a la suya, aquellos cristianos no se dejaron absorber por la mayoría y fueron sal y fueron luz, mientras que nosotros nos hemos mimetizado de tal modo con la cultura dominante, que hemos hecho el milagro de compatibilizar el cristianismo con la sociedad de consumo. Parafraseando el evangelio, hemos hecho el milagro de hacer pasar el camello por el ojo de la aguja.

Ni somos sal ni somos luz, pero en general vivimos mucho más confortablemente que aquellos cristianos a los que debemos que Jesús haya llegado hasta nosotros. No van a tener la misma suerte nuestros nietos.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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¿A qué estoy dispuesto/a a renunciar?

domingo, 7 de septiembre de 2025
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DOMINGO 23º T.O. (C)

Lc 14,25-33

Mucha gente va acompañando a Jesús en su camino hacia Jerusalén. Ayer como hoy, para evitar entusiasmos facilones, superficiales, nos invita a dejar la ley del cumplimiento, ir más allá de normas y preceptos que hemos observado siempre, para entrar en la dinámica del auténtico seguimiento. Solo en ese contexto podemos entender las exigencias que Jesús nos propone: preferirle a él, tomar la cruz y renunciar a los bienes, que se resumen en una sola: total disponibilidad. Un camino que no termina nunca y en el que es necesario dejar todo tipo de méritos, servidumbres, para depender solo de Dios, llevarle como la única pertenencia.

Jesús no se dirige a unos pocos, hoy, tal vez cristianos bautizados, sino a una multitud que le sigue, pero lo hace personalmente: “Si alguno/a se viene conmigo…” porque la respuesta en todo caso es personal, adulta. El cristiano no se define como una persona que ha optado por una ideología, una doctrina, unos principios, ni siquiera por un comportamiento ético. Cristiano/a es el que sigue a Jesús prefiriéndole a todo lo demás. Sin esa disponibilidad no puede haber auténtico seguimiento. Es una decisión personal que puede ser tímida, ambigua, con reservas al comienzo, pero seguirá fortaleciéndose en la medida en que me deje cautivar por el amor incondicional de Jesús.

La clave de esa primera exigencia está en la frase “incluso a sí mismo/a”, porque ese amor puede ser una trampa que nos lleva al más puro egoísmo. El seguir a Jesús está basado en el amor, pero no tiene por qué estar reñido con el amor al padre, a la madre, a la familia… Sería algo absurdo y mal planteado. Seguirle implica amar más y mejor a nuestros seres queridos, a las personas cercanas y aun lejanas, como comunidad fraterna que somos.

Otra cosa es que el seguimiento provoque en los familiares o en nuestro entorno relacional, oposición y rechazo como le ocurrió al mismo Jesús. Aunque es sabido que el rechazo que padeció Jesús estuvo mucho más vinculado a los dirigentes políticos y religiosos que a la familia. Si alguien te quiere apartar de tu verdadero ser, de tus convicciones más genuinas, está claro que no se puede ceder ante ese ‘amor’ o autoridad mal entendida y engañosa. De ahí viene la cruz, las cruces que cada día se nos muestran ante nuestros ojos.

En Gaza no solo hay una emergencia humanitaria, hay un colapso humano total. Hay hambre, sed y trauma colectivo. Hay familias atrapadas entre los escombros de su propia historia, buscando a tientas la dignidad que Israel y una comunidad internacional inerte les ha negado. Lo que ocurre no es una catástrofe natural, ni una consecuencia inevitable de un conflicto: es el resultado de la violencia extrema ejercida por Israel sobre la población palestina y el resultado de decisiones políticas sostenidas que impiden deliberadamente la supervivencia de una población entera” (Informe UNRWA)

En un mundo injusto con un orden mundial establecido de acuerdo con los intereses de las grandes potencias y en contra de la mayoría de los países pobres, el mensaje de Jesús provoca rechazo, división y persecución. De ahí el pasar como él por la agonía y la cruz.

Alcanzamos la plenitud cuando somos capaces de desplegar el amor auténticamente humano, sin limitaciones, sin condicionamientos egoístas. La cruz simboliza todas las dificultades y obstáculos, personales y comunitarios, que vamos a encontrar en el camino del seguimiento.

En cuanto a la renuncia de los bienes, hay que recordar que los que entraban a formar parte de la comunidad ponían en común los bienes que tenían. Se renunciaba a disponer de ellos al margen de la comunidad. El objetivo era que en ella no hubiera necesidad, pobres ni ricos (Hch 4,32-36).

Quienes hemos tenido/tenemos la suerte de pertenecer a una comunidad cristiana hemos vivido esa rica y fecunda experiencia. Pero también en otros grupos o asociaciones. Hoy día no es fácil llevar a la práctica esa vivencia. En todo caso, es evidente que la acumulación de riquezas se hace siempre a costa de otros seres humanos. Lo que yo poseo en demasía es causa de pobreza y miseria para otros/as.

Debemos tener en cuenta también que el seguimiento de Jesús no puede consistir en una renuncia, en un sacrificio, en algo negativo como se ha insistido tantas veces. Es una oferta de plenitud, de gozo. Se trata de elegir lo mejor para mí, para los hermanos/as. Aceptar con alegría los riesgos y las exigencias que se derivan de ese seguimiento, exigencia de mi/nuestro verdadero ser. La profunda experiencia interior que vivió Jesús le impulsó a practicar un despliegue de libertad y de humanidad que toda persona puede realizar. Esa plenitud fue también el objetivo de su predicación.

En definitiva, ¿a qué estoy dispuesto/a a renunciar? ¿Qué experiencia de liberación gozosa, fecunda, comprometida, verdadera, estoy viviendo como cristiano/a?

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

 Fuente Fe Adulta

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El lugar de la renuncia.

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 7 septiembre 2025

Lc 14, 25-33

Insistir en la renuncia por la renuncia, aun con la mejor voluntad, introduce en el dolorismo, actitud que considera el dolor bueno y valioso por sí mismo, dando lugar a planteamientos y comportamientos desajustados que, antes o después, terminarán pasando factura, tal como recuerda el conocido dicho: quien se empeña en vivir como un ángel, termina comportándose como una bestia.

La renuncia solo tiene sentido cuando se vive en función de un bien mayor. El propio Jesús lo plantea así en la parábola del tesoro escondido. Solo porque ha encontrado un gran tesoro, el labrador es capaz de desprenderse de todo lo que posee, con tal de hacerse con él. Y lo hace -subraya Jesús- “lleno de alegría”.

Quien así renuncia a algo no tiene los ojos puestos en la renuncia misma ni pretende dar una imagen “ideal” de sí. Se siente sostenido, fortalecido y dinamizado por el tesoro que ha descubierto y que, sin embargo, vive en todo momento como un regalo. Esto no significa que la renuncia no le resulte costosa, pero la vive con limpieza porque se halla anclado en el lugar adecuado.

Grande tiene que ser el tesoro del que habla Jesús en esta parábola para que alguien esté dispuesto a renunciar a su padre, a su madre, a su mujer, a sus hijos… e incluso a sí mismo. ¿Qué tesoro es ese? Jesús lo nombra como “ser discípulo” suyo. Si se entiende bien, tal expresión no tiene que ver con la imitación ni con el seguimiento, tal como habitualmente se ha entendido. “Ser discípulo” significa llegar a ese “lugar” donde está Jesús, donde es posible ver el tesoro que somos y vivirnos desde él. El mayor tesoro no es otro que comprender experiencialmente lo que somos. Cuando esto se comprende, cesa el sufrimiento, se accede a la libertad completa y la vida se convierte en gozo profundo.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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¿Quién conoce el designio de Dios? ¿La vida tiene sentido?

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.09.2025

01.- La vida es un misterio.

La primera lectura de hoy -tomada del libro de la Sabiduría- nos lanza un misil a la línea de flotación de la existencia humana:

¿Qué hombre conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere? ¿Quién puede descifrar el misterio de la existencia humana? ¿Quién puede conocer el sentido de la vida, si es que tiene algún sentido? ¿Quién puede conocer lo que nos aguarda en la vida?

Con otro lenguaje y otras preocupaciones estas preguntas se plantean hoy en la consulta del psiquiatra: ¿Qué sentido la vida? ¿Por qué no tengo ganas de seguir viviendo?

        Son las grandes cuestiones del ser humano: ¿Quién puede conocer de dónde viene y a dónde va todo esto que nos traemos entre manos?

        El ser humano por sí mismo no tiene respuesta a esta gran cuestión de la vida. Es cierto que la psiquiatría, la medicina, la psicología se esfuerzan con buena voluntad por responder a estas cuestiones pero sin lograrlo.

        El ser humano no tiene la respuesta a las últimas cuestiones de la existencia.

02.- ¿Conocer?

        Nosotros, ciudadanos de Occidente, somos hijos de la Ilustración del siglo XVIII, que propuso la razón como la única forma de conocer y de vivir. Por eso nosotros, occidentales europeos tenemos un “Windows” instalado que nos dice que todo se resuelve con la ciencia; de ahí que confiemos y recurramos apasionadamente a los científicos, a la Universidad, a la tecnología…

        Creemos que podemos (o podremos en el futuro) conocerlo y solucionarlo todo con la inteligencia, quizás ahora con la inteligencia artificial. Sin embargo la ciencia y los logros científicos no desvelan (no revelan) el horizonte de nuestra vida, ni la ética o valores.

El ser humano, la ciencia no tienen la respuesta al misterio de la vida, de la existencia humana.

Somos un misterio para nosotros mismos.

03.- Recurramos a la Sabiduría.

        No es lo mismo conocer que saber.

        Estamos comenzando el curso escolar. Los niños y jóvenes acudirán a las aulas y recibirán un montón de información y conocimientos, pero probablemente no recibirán mucha sabiduría.

Y unos planes de educación, una universidad que se limite a transmitir meros conocimientos es como un almacén de datos, pero sin sabiduría. La Universidad debiera responder a la “universalidad” de los problemas de la sociedad y momento en que viven.

        Los conocimientos son necesarios, pero no son suficientes.

        Sabiduría viene de sabor, saber, saborear, sabroso, saber vivir. Y eso no lo da la ciencia. No es lo mismo conocer que la sabiduría del saber vivir.

        Nos hemos reducido a cultivar la razón, la ciencia, pero no la sabiduría, la confianza, la fe. Y lo que es peor nos reímos y descartamos de la vida y de la educación el pensamiento, la sabiduría.

Con alguna “retranca” decía el científico del Centro de Investigaciones científicas de Madrid que hace unos años pronunció la de la lección inaugural del curso de la  Facultad de Teología de Vitoria, que entre los científicos algunos piensan…

Uno puede tener muchos datos y conocimientos y no tener sabiduría, no sabe vivir.

El hombre rural, incluso el hombre primitivo estaba mejor dotado para esta cuestión del misterio y sentido de la vida, que el científico de bata blanca del parque tecnológico de Aiete.

        Por otra parte, la verdad la hemos reducido a la ciencia, es verdad lo que dice la ciencia, y la ciencia se ha convertido en tecnología y la tecnología se vende en el supermercado de la esquina.

04.- ¿Quién rastreará lo que está en el cielo?

        ¿Quién será capaz de mostrar el sentido de la vida?

En el País Vasco hay un suicidio cada dos días. Los trastornos mentales de ansiedad y depresión van aumentando notablemente.

        ¿Quién podrá responder a esta cuestión?

        La medicina y la psiquiatría hacen lo que pueden y bien hecho está. Pero no es lo mismo estar sedado, dormido, que estar en paz.

¿Quién conocerá el designio de Dios? ¿Quién sabe cómo camina y termina la vida? No el que conoce, sino el que confía y tiene sabiduría.

        Los grandes convencimientos existenciales no nos vienen por vía científica, sino por el corazón, la cercanía, la confianza (fe), la serenidad.

En unos de los cursos de verano de la EHU decía el neurólogo José F Martí Massó, que la salida al problema de la depresión, ansiedad, intentos de suicidio, etc. se basa en tres puntales: la farmacopea, la logoterapia y alguna apertura (confianza) al misterio (alguna fe)…

Vivir es un acto de confianza.

Lo inicial es la experiencia de fe: la acogida libre del evangelio en nuestras vidas, lo cual es un descubrimiento de algo bueno.

Como cristianos nuestra vida descansa en el Señor. Cuando uno reposa su vida en Cristo halla una paz inmensa en la profundidad de su alma.

Esta honda serenidad no proviene de la farmacia, del sedante, ni tan siquiera del último chascarrillo eclesiástico del obispado. La confianza y serenidad tampoco brotan de lo que se rumorea en los “aledaños del templo”, ni en el cumplimiento de los ritos o leyes, sino que es fruto del encuentro con quien es el fundamento de nuestra existencia, con JesuCristo.

En este momento cultural en el que todo es light, mediocre, blando, líquido, fácil, narcotizado, relativo y casi todo da igual, nos hace bien saber -sabiduría- que el designio, el sentido de la vida es Dios.

Descubramos en nuestra vida la razón por la que vale la pena vivir.

Esta semana celebrábamos el día de San Agustín. Termino con aquello que decía este santo: Nuestro corazón está inquieto, Señor, y solamente descansará cuando te encuentre.

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“ La radicalidad del discipulado es para todos y todas”, por Consuelo Vélez

domingo, 7 de septiembre de 2025
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De su blog Fe y Vida:

Domingo XXIII del TO 7-09-2025.

Tradicionalmente el discipulado se reservaba a la vida consagrada. Actualmente entendemos que es una llamada para todos y todas

La vocación cristiana se ofrece a todos y cada uno responde desde su estilo particular de vida, pero, con la misma radicalidad

El centro del reino está en las personas, no en las cosas, en la dignidad humana y no en la cosificación de las relaciones, en el compartir y no en el acaparamiento de todo para sí mismo

 

En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:

+ «Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío. Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla? No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran, diciendo: “Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”. ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz. Así pues, todo aquel de entre vosotros que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío

(Lc 14, 25-33).

El evangelio de hoy se refiere a la llamada al discipulado y las implicaciones que tiene. Pero tengamos en cuenta lo siguiente. Tradicionalmente, hablar de discipulado era referirse a la vida consagrada o ministerial. En la actualidad hemos entendido que todo cristiano, por su bautismo, está llamado al seguimiento de Jesús, al discipulado. Precisamente, en la Conferencia de Aparecida, celebrada en 2007, ese fue el lema: “Todos discípulos/as misioneros/as” y, con el sínodo de la sinodalidad, se ha seguido impulsado la llamada a la vida cristiana como una vocación que se ofrece a todos y cada uno responde desde su estilo particular de vida, pero, con la misma radicalidad.

En este sentido, el texto de Lucas, comienza diciendo que mucha gente seguía a Jesús y él se dirigió a ellos para proponerles este discipulado. Aquí también conviene hacer una aclaración. No se han de tomar las afirmaciones de Jesús de manera literal, aunque así se han tomado en el contexto de la vida religiosa y, por muchos años, la separación de la familia era total, ni se iba al funeral de los padres y, todavía algunas comunidades, lo viven así. Respetable como cada grupo lo quiera vivir, pero centrándonos en el evangelio, el énfasis no está en las palabras literales sino en la absolutez del reino frente a todo lo demás. Sin duda, la propuesta de Jesús es contracultural, en muchos sentidos y, por eso, resulta difícil de comprender y, por supuesto, de vivir.

Con respecto a la familia no es tanto dejarla o no, sino entender que la familia del reino no se basa en los lazos de sangre sino en la comunidad que se forma con el seguimiento de Jesús. Algo parecido habría que decir de la cruz. No significa que el seguimiento suponga sacrificios y mortificaciones creyendo que esa es la cruz que Jesús nos pide. Cargar la cruz de Jesús es saber que la fidelidad a los valores del reino, trae conflicto y persecución y, quien sigue a Jesús, está abocado a vivir esa misma cruz.

El discipulado implica a toda la persona y Jesús lo plantea con claridad. Por eso pone dos ejemplos: un hombre que quiere construir una torre y ha de calcular si puede terminarla y el rey que va a emprender una batalla y ha de saber si cuanta con el ejército suficiente para ganarla. Así, hemos de tomar conciencia de nuestras propias fuerzas para vivir el discipulado. Este implica a toda la persona y supone correr la misma suerte de Jesús. Por esto conviene preguntarnos: ¿estamos dispuestos a ello?El evangelio concluye con la llamada a renunciar a todos los bienes para ser discípulo de Jesús. Ya hemos comentado en otros pasajes bíblicos que las riquezas siempre constituyen un impedimento para el seguimiento porque el centro del reino está en las personas, no en las cosas, en la dignidad humana y no en la cosificación de las relaciones, en el compartir y no en el acaparamiento de todo para sí mismo. Esta fue la vida que intentaron vivir los primeros cristianos y a la que Jesús nos sigue invitando. Que nuestra generosidad nos permita dar una respuesta positiva, sabiendo que el reino siempre será nuestra mejor ganancia.

(Foto tomada de: https://pnuestrasenoradetorcoroma.arquibogota.org.co/centro-de-informacion/articulos/hemos-encontrado-al-mesias)

 

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“ Más grande – San Lucas 14, 25-33 – ”, por Joseba Kamiruaga Mieza

domingo, 7 de septiembre de 2025
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Una gran multitud seguía a Jesús.

Todavía hoy, en teoría.

Un poco por convicción, un poco por costumbre, un poco porque nunca se sabe y, en definitiva, el cristianismo tiene en sí mismo una buena dosis de credibilidad. Y además, qué tierno es Jesús. Y un poco así nos lo han enseñado siempre. Y luego, en el fondo, es cómodo.

Es difícil pensar en las cosas de Dios, como ya señala el autor del texto de la Sabiduría, único libro de la Biblia que intenta utilizar un lenguaje y un razonamiento que atraigan a los griegos, los ciudadanos del mundo de la época.

Difícil porque, según una magnífica imagen el cuerpo pesa sobre el alma.

Así que, ¡viva si alguien nos lo resume! Si otros han reflexionado antes que nosotros. Si no tenemos que esforzarnos demasiado por buscar a Dios y nos lo ofrecen ya precocido y masticado.

Jesús es simpático. Además, de vez en cuando cura. Y, en definitiva, poco exigente, ¿qué es eso comparado con el mes de ayuno (tomado en serio) de los musulmanes?

En fin, está bien. Somos cristianos. Bastante, en fin.

Luego Jesús se vuelve hacia la multitud numerosa. Y habla.

Explica lo que quiere decir cuando dice que ha venido a traer el fuego a la tierra.

Lo que significa convertirse en discípulo de alguien como Él. 

Más

Seguir el fuego significa encenderse de amor. Seguir a alguien como Él, dispuesto a entregarse totalmente, a recorrer los cuatro confines de la tierra para contar con palabras y con la vida quién es realmente Dios, significa pasar página, subir a una cima.

Entonces Jesús pide, atrévete. Jesús pide ser amado más.

Pide ser amado porque existe el amor, que todos conocemos, que es epifanía divina, que es experiencia totalizadora y conmovedora de Dios reflejado en las personas y en las situaciones. Y existe un amor más grande, el de dar la vida. El que Jesús nos ha revelado. Y que en Él podemos experimentar.

Es exigente, sí, e incluso presuntuoso, el Señor. Pero porque puede cumplir lo que promete.

Él puede amar más. Puede dar un amor más grande. 

Más grande que el amor más grande que hemos vivido o que jamás podremos experimentar.

Jesús pide porque Él es el primero en dar.

No hay lugar para los tibios. Ni para los superficiales. Ni para los calculadores.

No hay balanza para pesar lo que damos para poder exigir a Dios a cambio, con el Señor.

He aquí que algunos, entre los muchos que le siguen, bajan la mirada, se detienen. No bromeemos. 

La propia cruz

Seguir a Jesús significa llevar la propia cruz.

Y aquí nos tranquilizamos. Víctimas como somos de todas las desgracias, penitentes silenciosos y rechazados, santos in pectore resignados a sufrir como Jesús nos pide…

Hijos de una espiritualidad crucificada, autolesiva, llorosa. Tan felizmente detenidos en el Viernes Santo que casi nos olvidamos de la Pascua. Hijos de la cruz más que del crucificado resucitado.

Solo que no hemos entendido nada de lo que dice Jesús. Nada.

Acaba de hablar de amor. De un amor más grande. Para recibir y devolver.

El amor tiene que ver con la cruz. Es decir, con la entrega total de uno mismo.

El primero en hablar de ello es Marcos (Mc 8, 34-35) cuando, en Cafarnaúm, Jesús explica cómo será el Mesías. Está dispuesto a morir antes que renegar del rostro del Padre. Antes que cambiar de opinión. Y así será.

Entonces pide a los discípulos que también estén dispuestos a seguirlo en esta tarea tan exigente, incluso a costa de su propia muerte.

Esta es la cruz que hay que tomar: el testimonio del rostro del Padre, incluso a costa de la propia vida.

Seguir el fuego, al Amado, significa acercarse al testimonio radical de la entrega de sí mismo.

Por lo tanto Dios no envía cruces. Nunca.

Y, si hubiera podido, Jesús mismo habría evitado gustosamente ese testimonio definitivo y trágico.

Nosotros nos damos las cruces unos a otros, con nuestras vueltas de cabeza, nuestras paranoias, nuestros victimismos. La cruz no es una desgracia aceptada que hace feliz a Dios. Dios no ama el sufrimiento. Nunca.

Si la vida nos pone ante un testimonio de dolor, hay que superarlo, no idolatrarlo.

¡No nos levantemos cada mañana felices de lijar la cruz pensando que alegramos a Dios!

El nuestro es un Dios feliz que nos quiere felices. Y que nos deja libres. Y el amor, al darse, se olvida de sí mismo, se convierte en sacrificio, es decir, ‘sacrum facere’, hace sagrado algo.

Te amo incluso cuando me ignoras o me desprecias, amo a mi hijo recién nacido aunque no me deje dormir. Y ese biberón que preparo en plena noche me pesa, me cuesta, pero lo hago de todos modos, se convierte en un hacer sagrado. 

Hacer cuentas

Las palabras son meridianamente claras, evidentes. Toca… hacer cuentas.

Una religiosidad que se agota en cuatro buenas palabras, en alguna celebración distraída, en una actitud religiosa que se agota ante la primera dificultad, no es el fuego del que habla Jesús.

Hacer cuentas, porque seguir a alguien así significa dar un vuelco a la vida, convertirse de verdad o, al menos, desearlo.

Y estos tiempos amargos están tamizando nuestros corazones. Haciéndonos comprender si estamos siguiendo la lógica conflictiva del mundo o la revolución suave traída por Jesús. 

Sed realistas, pedid lo imposible, como escribía Albert Camus.

Y Jesús, ese loco presuntuoso, se atreve al más difícil todavía, a lo imposible.

Es hermoso amar, ser amado, tener afectos y disfrutar de las alegrías legítimas.

Sin embargo, Jesús es más. Más que la mayor alegría que hemos vivido y que jamás viviremos. 

Cambios

Al hacerlo, nuestra vida, a partir de ahora, cambia de perspectiva.

Poner la búsqueda de todo, la búsqueda de Dios en el centro de nuestra vida nos convierte en personas nuevas.

Filemón, simpático cristiano de los primeros tiempos, a quien Pablo envía una nota acompañando a un esclavo que se había refugiado en casa del Apóstol, sabe algo de esto.

Pablo invita a Filemón a salir de la lógica de este mundo, amo-esclavo, para entrar en la lógica del Reino, hermano-hermano. Pablo no lo sabe, pero en esta pequeña nota planta la semilla que se convertirá en el árbol de la abolición de la esclavitud.

Busquemos a Dios, entonces.

No al Dios pequeño de nuestros miedos, de nuestros delirios, de nuestras obsesiones.

El Dios del sentido común, de la religiosidad popular que no cambia la vida, el que bendice nuestras ideas.

Sino el Dios magnífico y soberano del Señor Jesús.

Más grande que la mayor alegría que somos capaces de vivir.

Descubriéndonos amados.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 7 de septiembre de 2025.

1.- El amor por Jesús que ofrece la vida plena.

2.- Renunciar a lo que nos impide volar.

3.- Ser capaz de un amor así.

4.- Jesús nos enseña a amar más

5.- La felicidad que solo Jesús puede dar.

6.- El valor de seguir lo que se ama.

7.- Más grande – San Lucas 14, 25-33 –.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Encontrando el Reino de Dios en un bar gay

lunes, 1 de septiembre de 2025
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La publicación de hoy (31 de agosto) es de Jim McDermott, escritor independiente de Nueva York.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el 22º Domingo del Tiempo Ordinario se pueden leer aquí.

Como sacerdote, nunca fui a bares gay. Aunque mi orden, los jesuitas, aceptaba muy bien a los hombres gay, ir a bares siempre me parecía ir demasiado lejos. Aunque solo iba a tomar algo, y no a ligar, ¿qué pasaría si alguien me veía allí? Conocía a hombres que habían sido ignorados para trabajos o tratados como objeto de escándalo simplemente porque los habían visto en algún sitio.

En retrospectiva, sin embargo, desearía haber salido como sacerdote. Cuando lo hice, a los 50, después de tomarme una excedencia de los jesuitas, con tanta inquietud tuve que obligarme a cruzar las puertas, obligarme a pedir una bebida, obligarme a hablar con alguien. El miedo era enorme. Las primeras veces que alguien coqueteó conmigo, me asusté tanto que prácticamente salí corriendo del bar.

Luego fui a Marie’s Crisis, un piano bar donde cantaban a coro en el West Village de Manhattan. Había descubierto el lugar en Facebook durante la pandemia, así que al entrar reconocía a la gente, al menos por su nombre, por haberlos visto en línea. El pianista a cuyos conciertos asistí durante el confinamiento se detuvo a abrazarme. Toda la experiencia fue como ese momento: yo en un lugar nuevo y, sin embargo, inmediatamente sintiéndome como en casa.

Marie’s y los amigos que hice allí me brindaron un espacio donde pude enfrentar algunas de mis propias ansiedades y homofobia internalizada, y me ayudaron a entender ser gay como motivo de celebración, una aventura feliz y, a menudo, divertidísima. Irónicamente, también me ayudó a encontrar una paz interior que me permitió escuchar y apoyar mejor a los demás, precisamente las habilidades que se buscan en un sacerdote.

Un piano bar gay en Londres.

Tanto la primera lectura como el Evangelio de la liturgia de hoy hablan de buscar la humildad en lugar de la autopromoción. En el Evangelio, Jesús, de hecho, anima a sus oyentes a ocupar siempre el último lugar en la mesa de una fiesta. Pero su objetivo no es la autohumillación. No dice que debamos aceptar que tenemos algo malo, como las personas LGBTQ han escuchado tan a menudo en la iglesia. Más bien, quiere que estemos en la mejor posición para experimentar la bienvenida e invitación de Dios. «Ve y siéntate en el último lugar», dice Jesús, «para que cuando el anfitrión venga a ti, te diga: “Amigo, sube a un lugar más alto».

Consideramos la Misa y otros sacramentos como lugares donde podemos experimentar ese tipo de aceptación y revelación, donde Dios nos llama y nos eleva. Pero podemos saborear los frutos de Sión en muchas otras mesas de nuestra vida, y también en bares, incluyendo algunos que otros podrían no entender o apreciar.

Dios no está atado por nosotros. El Espíritu se mueve donde quiere. Pero lo que está claro es que Dios quiere que nos coloquemos en posiciones y lugares donde podamos ser encontrados, bienvenidos y llamados a la fiesta.

Jim McDermott, 31 de agosto de 2025

Fuente New Ways Ministry

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“Gratis”. 22 Tiempo ordinario – C (Lucas 14,1.7-14)

domingo, 31 de agosto de 2025
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Hay una «bienaventuranza» de Jesús que los cristianos hemos ignorado. «Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos. Dichoso tú si no pueden pagarte». En realidad se nos hace difícil entender estas palabras, pues el lenguaje de la gratuidad nos resulta extraño e incomprensible.

En nuestra «civilización del poseer», casi nada hay gratuito. Todo se intercambia, se presta, se debe o se exige. Nadie cree que «es mejor dar que recibir». Solo sabemos prestar servicios remunerados y «cobrar intereses» por todo lo que hacemos a lo largo de los días.

Sin embargo, los momentos más intensos y culminantes de la vida son los que sabemos vivir la gratuidad. Solo en la entrega desinteresada se puede saborear el verdadero amor, el gozo, la solidaridad, la confianza mutua. Dice Gregorio Nacianzeno que «Dios ha hecho al hombre cantor de su irradiación», y, ciertamente, nunca el hombre es tan grande como cuando sabe irradiar amor gratuito y desinteresado.

¿No podríamos ser más generosos con quienes nunca nos podrán devolver lo que hagamos por ellos? ¿No podríamos acercarnos a quienes viven solos y desvalidos, pensando solo en su bien? ¿Viviremos siempre buscando nuestro interés?

Acostumbrados a correr detrás de toda clase de goces y satisfacciones, ¿nos atreveremos a saborear la dicha oculta, pero auténtica, que se encierra en la entrega gratuita al que nos necesita? Ese seguidor fiel de Jesús que fue Charles Péguy vivía convencido de que, en la vida, «el que pierde, gana».


José Antonio Pagola

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“El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido”. Domingo 31 de agosto de 2025. Domingo 22º Ordinario

domingo, 31 de agosto de 2025
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Leído en Koinonia:

Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29: Hazte pequeño y alcanzarás el favor de Dios.
Salmo responsorial: 67: Preparaste, oh Dios, casa para los pobres.
Hebreos 12, 18-19. 22-24a: Os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo.
Lucas 14, 1. 7-14: El que se enaltece será humillado y el que se humilla será enaltecido.

Es humano el afán de ser, de situarse, de sentir querer estar sobre los demás. Parece tan natural convivir con este deseo que lo contrario se etiqueta en nuestra sociedad de “idiotez”. Quien no aspira a más, quien no se sitúa por encima de los demás, quien no se sobrevalora, es tachado a veces de “tonto” en este mundo tan competitivo.

En nuestra sociedad hay un complejo sistema de normas de protocolo por las que cada uno se debe situar en ella según su valía. En los actos públicos, las autoridades civiles o religiosas ocupan uno u otro lugar según escalafón, observando una rigurosa jerarquía en los puestos. Se está ya tan acostumbrado a tales reglas, que parece normal este comportamiento jerarquizado.

Jesús acaba con este tipo de protocolo, invitando a la sensatez y al sentido común a sus seguidores. Es mejor, cuando se es invitado, no situarse en el primer puesto, sino en el último, hasta tanto venga el jefe de protocolo y coloque a cada uno en su lugar.

El consejo de Jesús debe convertirse en la práctica habitual del cristiano. El lugar del discípulo, del seguidor de Jesús es, por libre elección, el último puesto. Lección magistral del evangelio que no suele ponerse en práctica con frecuencia. No hay que darse postín; deben ser los demás quienes nos den la merecida importancia; lo contrario puede traer malas consecuencias. El cristiano no debe situarse nunca por propia voluntad en lugar preferente.

No sólo no darse importancia, sino actuar siempre desinteresadamente. Jesús denuncia la práctica de aquellos que invitan a quienes los invitan, del “do ut des”, del “te doy para que me des”, y anima a invitar a pobres, lisiados, cojos y ciegos, gente a la que nadie invita, cuando se da un banquete; quien actúe así será dichoso, porque no tendrá recompensa humana, sino divina “cuando resuciten los justos”. Las palabras de Jesús son una invitación a la generosidad que no busca ser compensada, al desinterés, a celebrar la fiesta con quienes nadie la celebra y con aquellos de los que no se puede esperar nada. El cristiano debe sentar a su mesa, o lo que es igual, compartir su vida con los marginados de la sociedad, que no tienen, por lo común, lugar en la mesa de la vida: pobres, lisiados, cojos y ciegos. Quien así actúa sentirá la dicha verdadera de quien da sin esperar recibir.

Las palabras de Jesús en el evangelio de hoy muestran las reglas de oro del protocolo cristiano: renunciar a darse importancia, invitar a quienes no pueden corresponder; dar la preferencia a los demás, sentar a la mesa de la vida a quienes hemos arrojado lejos de la sociedad.

Quien esto hace, merece una bienaventuranza que viene a sumarse al catálogo de las ocho del sermón del monte: «Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos».

Para Jesús adquiere el verdadero honor quien no se exalta a sí mismo sobre los demás, sino quien se abaja voluntariamente. Paradójicamente, se adquiere el verdadero honor no exaltándose a sí mismo sobre los demás, sino poniéndose el último a su servicio. La generosidad se debe compartir con los “pobres” que no pueden pagar con la misma moneda, porque no tienen nada. Honor y vergüenza adquieren en boca de Jesús un contenido diferente: el honor consiste en servir ocupando los últimos puestos y esto ya no es motivo de vergüenza sino señal verdadera de que se está ya dentro del grupo de los verdaderos seguidores de un Jesús que “no ha venido para ser servido, sino para servir y dar la vida por muchos”.

Las restantes lecturas de este domingo van en la misma línea del evangelio; en la primera, del libro del Eclesiástico, se dan consejos de sentido común: la conveniencia de proceder siempre con humildad, de hacerse pequeño en las grandezas humanas, de no darse demasiada importancia, tan en la línea del comportamiento y los consejos de Jesús que se ha hecho asequible, menos solemne, menos accesible y ya no se manifiesta, como Dios en el Antiguo Testamento, con señales de fuego, nubarrones, tormenta y estruendo, sino como mediador de la Nueva Alianza, como puente entre la comunidad y Dios. Para llegar a Dios, los cristianos tienen que pasar por Jesús, verdadero camino para el Padre y el único sendero que debe practicar la comunidad cristiana. Él se ha definido en el evangelio de Juan como camino, verdad y vida, o como camino que lleva a la verdad que es y conduce a la vida. Y la vida florece en plenitud cuando está impregnada de amor sin aspavientos ni deseos de protagonismo, cuando se sabe ocupar el único lugar de libre elección del cristiano: el último puesto, para que no haya últimos, para que, como Jesús se propuso, no haya quienes estén arriba y abajo. Maravillosa utopía que nos empuja para conseguir cuanto antes la única aspiración o meta que debe ponerse el cristiano: la de hacer un mundo de hermanos, igualados en el servicio mutuo.

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Cuando des una comida,… ( 22 DOM TO). Hambre en Gaza y en el mundo

domingo, 31 de agosto de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

31.8.25. En un mundo en el que sobra dinero y alimentos mueren de hambre miles de personas cada día, por mala distribución y por cuestiones político-militares y sociales, como las de Gaza, Sudán  y otras regiones.

En ese contexto resuena como voz de alarma, denuncia y llamada al compromiso este evangelio

| Xabier Pikaza

Texto  Lc 14, 7-14

Un sábado, entró Jesús en casa de uno de los principales fariseos para comer, y ellos le estaban espiando.

Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso esta parábola:

+ «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: «Cédele el puesto a éste». Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.

Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: «Amigo, sube más arriba.» Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.«

El evangelio y la inversión de los hambrientos

La Biblia no contiene unos códigos legales sobre el hambre y la alimentación, pero ofrece unos caminos para interpretarla, de manera que con ella pueda trazarse un mapa de territorios del hambre, y una guía práctica para superarla. La Biblia sabe que “el hambre es la primera cosa que se aprende… Reaparece la fiera, recobra sus instintos, sus patas erizadas, sus rencores, su cola” (M. Hernández, Poesías completas, Buenos Aires 1976, 326-327); pero sabe, además, que esa posible animalidad reactiva del hambriento responde a la hartura codicia diabólica de los ricos que crean el hambre de los pobres.

La Biblia no incluye códigos impositivos sobre el hambre, pero abre unos caminos de comprensión y cambio mucho más valiosos, para trazar un mapa de territorios del hambre, ofreciendo unos medios para superarla, como indiqué en Fiesta del Pan, Fiesta del Vino (Estella, 1999) y especialmente en No podéis servir a Dios y al dinero. La economía en la Biblia (Sal Terrae 191),como indicaré Dios mediante, en otro libro titulado Historia  

1. Éxodo, rebelión de los hambrientos. La historia bíblica empieza con la abundancia de la tierra (Gen 1), un paraíso, regalo de Dios y objeto del cuidado/trabajo de los hombres (Gen 2). Pero el hambre aparece muy pronto, con la historia concreta de los hombres. No dice por qué ha venido el hambre, pero trazando el camino de la primera persona histórica, ella recuerda: “Hubo entonces hambre en la tierra (de Israel); y descendió Abrahán a Egipto para vivir allí, porque era mucha el hambre en la tierra” (Gen 12,10).

El texto supone que (a diferencia de lo que sucede en Israel) los egipcios han logrado racionalizar la producción y reparto de alimentos, de forma que en esa tierra no existía hambre. La Biblia supone, con cierto orgullo, que fue un israelita (José) el que inventó los sistemas de seguridad imperial alimenticia, de manera que los pobres de otros países venían allí en busca de pan (ajos y cebollas), aunque después solían ser esclavizados (cf. Gen 37-41). En esa línea, los clanes de Israel bajaron a Egipto por hambre, pero allí se volvieron esclavos de un sistema opresor que les utilizaba para construir grandes obras de seguridad nacional. Éste es el primer argumento del final del Génesis y del principio del Éxodo.

2. Ana, utopía de la saciedad. Ana, matriarca israelita, ha creado un canto (1 Sam 2, 1-10) de inversión del hambre. Frente a los que dicen que no pueden cambiar las condiciones actuales de la vida, ella proclama (e inicia) la rebelión de los hambrientos, abriendo una utopía de solidaridad y abundancia que sigue siendo ejemplar todavía:

Se rompen los arcos de los fuertes guerreros, mientras los antes oprimidos se ciñen de valor. Los hartos deben trabajar duramente por su pan, mientras se sacianlos hambrientos (1 Sam 2, 4-5).

Estas palabras proclaman la utopía de la liberación de los hambrientos. El viejo sistema imperial, dirigido por militares y propietarios ricos que oprimen a los pobres (condenándoles al hambre), empieza a quebrarse en Israel, y de esa forma surge en la tierra prometida una experiencia política más alta, fundada en la solidaridad de los hambrientos y oprimidos, que se unirán creando estructuras de solidaridad abiertas a todos (incluso a los opresores antiguos).

3. Ley fundamental: forasteros, huérfanos y viudas. Había en Israel diversas instituciones al servicio del reparto de bienes y para saciar el hambre de los pobres (jubileo y año sabático: cf. Ex 23, 10-12; Lev 25), pero la más significativa es la proto-ley que manda sostener (ayudar) a los hambrientos, que en aquella sociedad son sobre todo huérfanos, viudas y extranjeros:

Cuando siegues la mies de tu campo… no recojas la gavilla olvidada; déjasela al forastero, al huérfano y la viuda… Cuando varees tu olivar, no repases sus ramas; déjaselas al forastero, al huérfano y la viuda. Cuando vendimies tu viña… (Dt 24, 19-22; Cf. Ex 20, 22-23; Dt 10,12-18)).

Esta proto-ley de los alimentos “sobrantes” reaparece en otros lugares del Pentateuco y de la tradición profética para garantizar la comida de los no propietarios de tierra, siempre amenazados de hambre. Por encima de la propiedad privada existía en Israel una ley fundante de solidaridad con los hambrientos.

4. Ayuno profético: dar de comer al hambriento. En su origen, el ayuno ocupa en Israel un lugar parecido al que tenía en los pueblos del entorno. Pero la tradición profética añade que su esencia (como gesto religioso) está en dar de comer al hambriento:

¿Acaso es éste el ayuno que yo quiero: doblegar como junco la cabeza, vestirse de sayal, dormir sobre ceniza?… ¿No será que compartas tu pan con el hambriento, que a los pobres errantes albergues en casa, que viendo al desnudo lo cubras y no te escondas de tu hermano?… (cf. Is 58, 6-10).

Ésta es la esencia del ayuno entendido en forma de justicia (mishpat,eleemosyne), como ha puesto de relieve Mt 6, 1-18, retomando elementos fundamentales de la tradición profética del judaísmo. El ayuno se identifica así con la limosna, que no es dar “por caridad” algo sobrante, sino compartir por justicia aquello que somos y tenemos, para que puedan comer los hambrientos.

5. A los hambrientos los colma de bienes. María, la madre de Jesús, retoma de manera clásica el Canto de Ana, proclamando de manera más intensa la inversión de los hambrientos. Ésta es gran revolución de la historia humana: tiene que caer y caerá el sistema dominante de los potentados y ricos (política y economía satánica), para que puedan saciarse los hambrientos (y con ellos todos los seres humanos):

Derribó del trono a los potentados y exaltó a los oprimidos, a los hambrientos les colmó de bienes y a los ricos los despidió vacíos (Lc 1, 51-53).

Estas palabras anuncian y despliegan (como verdad ya cumplida) la profecía mesiánica de Israel, que culmina en el nacimiento de Jesús. Ellas proclaman la victoria de María, que se centra en el destino salvador de Jesús, anunciando la derrota de los poderes diabólicos personificados en los soberbios (potentados, ricos) con la inversión de los hambrientos. La única victoria verdadera de la humanidad es la superación del hambre, que va unida a la derrota de los ricos, que han de quedar vacíos, no por venganza, sino para compartir la comida con los otros seres humanos.

6. Jesús: No sólo de pan vive el hombre. Esta es la respuesta de Jesús en su primera tentación (Mt 4, 1-4 par), un relato simbólico que nos sitúa ante el tema radical de la comida. Mientras ayuna con los penitentes y pobres de su pueblo, buscando la voluntad de Dios, después que ha sido bautizado por Juan (Mt 3), Jesús escucha la palabra del Diablo que le dice: “Si eres Hijo de Dios, di que esas piedras se conviertan en pan…”.

Este Diablo tentador puede suscitar pan material, pero no sabe compartirlo. Produce pan para dominar y someter a todos, no para saciar a los hambrientos (como quería María). Hay, según eso, un pan que siendo en sí bueno, puede ponerse y se pone al servicio de la opresión, como supieron los hebreos antiguos (el pan de la economía egipcia servía para mantener sometidos a los pobres). Este Diablo de Mt 4 aparece así como un Faraón universal, que garantiza un tipo de pan material para saciar el hambre exterior de los pobres, pero que lo hace para tenerles de esa forma sometidos.

El pan, en sí bueno, se vuelve Capital opresor, como muestra el capitalismo actual, peor que el Diablo de la tentación de Jesús, pues no alimenta a todos, sino a sus privilegiados (y a los que necesita para producir y vender sus productos), dejando morir a otros muchos (los prescindibles en una economía de consumo). Pues bien, Jesús rechaza no solo el pan del capitalismo actual, sino el pan del diablo de las tentaciones, que parece bueno (da de comer a muchos), pero impone su dictadura sobre todos. Por eso dice Jesús: “no sólo de pan vive el hombre”, sino de toda palabra… Un pan material sin palabra compartida se vuelve esclavitud.

7. Hambre de pan y de justicia. Para superar el pan del Diablo y dar de comer a todos no hace falta más dinero de tipo diabólico/capitalista (que sigue creando hambrientos), sino una experiencia nueva de solidaridad, como indican las bienaventuranzas de Jesús, que son una proclama de felicidad y solidaridad compartida:

Felices los pobres, porque es vuestro el reino de Dios, felices los que ahora estáis hambrientos, porque seréis saciados, felices los que ahora lloráis, porque reiréis (Lc 6, 20-21).

Jesús dirige estas palabras, de manera muy concreta, a los pobres campesinos galileos, en el límite del hambre. Pero en vez de lamentarse de (o con) ellos (los hambrientos), les ofrece la felicidad del Reino (Dios), diciéndoles que asuman y desplieguen precisamente ahora ese camino de felicidad, saciando así el hambre, sin esperar que las cosas se resuelvan mágicamente en el futuro. Ésta es la revolución de los hambrientos, que no necesita más dinero o comida de ricos (en línea de Diablo), pues ese pan/dinero sirve para crear más opresiones

El camino del Reino se expresa como rebelión de los hambrientos, no para volverse fieras (patas erizadas, rencores…, como decía M. Hernández), sino para transformar desde abajo las condiciones de la historia. No quiere Jesús más riqueza opresora (más de lo mismo), sino un cambio de vida desde los pobres/hambrientos, a quienes ofrece y con quienes inicia un camino de felicidad que se expresa en la comunión del Reino (el pan compartido). El evangelio de Mateo retoma, traduce y promueve ese motivo diciendo: “Bienaventurados los hambrientos y sedientos de justicia porque ellos serán saciados…” (Mt 5, 6). Sólo a partir de los pobres y hambrientos se puede iniciar el verdadero camino de humanidad solidaria.

8. El hambre importa más que toda ley y religión. Éste es el argumento de Mc 2, 23-28 par. Unos discípulos caminan un día de sábado y, como tienen hambre, recogen y desgranan espigas, para así comerlas, cometiendo dos “pecados”: Roban espigas de un campo que no es suyo y además lo hacen (trabajan) en sábado. Los fariseos que lo ven les critican, sobre todo porque “trabajan” para saciar el hambre en sábado. Pero Jesús les defiende, diciendo que el hambre es anterior a las leyes de propiedad particular y religión: Ante el hambre todas las cosas son comunes, por hambre deben superarse las mismas leyes religiosas.

En la línea anterior se sitúa la escena de disputa de Mc 7, 24-30 par donde el mismo Jesús empieza diciendo no puede darse a los perros (de otro grupo social, nación o cultura) el “pan de los hijos” (de la buena familia de Dios) para transformar luego de forma sorprendente esa sentencia. Sin duda, en un sentido externo, ese pasaje no trata del hambre y del pan material, sino de un tipo de comida religiosa. Pero en un sentido radical viene a ponernos ante todo alimento que sirve para la vida.

Precisemos la escena. Un mujer siro-fenicia, pagana, pide a Jesús que cure a su hija, y Jesús le responde con la doctrina oficial del judaísmo cerrado: “No es bueno tomar el pan de los hijos y dárselo a los perros”, es decir, a los gentiles. Pero la mujer pagana rebate ese argumento, diciendo que ante el hambre y la enfermedad no hay distinción entre buenos hijos y malos perros, de manera que si él, Jesús, viene de Dios tiene que curar también a su hija. Jesús descubre así, al escucharla, que no hay dos tipos de hambre y comida (una de hijos, otra de perros), sino que el hambre es igual en todos: en USA o España, en Congo o Brasil. El hambre (la necesidad) nos iguala a todos.

9. Tenían hambre, les dio de comer. En ese fondo se entienden las multiplicaciones (Mc 3, 35-44; 8, 1-9 par), en especial la segunda que insiste en el hambre de la gente, de la que Jesús se compadece, pues llevan tres días con él y no tienen qué comer. Dos son los temas que destacan en estos relatos. (a) Jesús, mesías de Dios, se ocupa del hambre. Ciertamente, él sabe que el hombre no vive solo de pan (Mt 4, 4), pero sin pan compartido el hombre muere, y toda religión o cualquier teoría económico-política se vuelve ideología. (b) El hambre no se arregla solo con dinero, para que compre pan y coma aquel que pueda (mientras los pobres sin dinero pasan hambre), sino compartiendo en igualdad los panes. El Diablo de Mt 4, 1-4 podía producir pan, pero no compartirlo.

Proclamar el evangelio y no compartir el pan es una mentira y también una “blasfemia” (un insulto contra Dios). Pues bien, como hombre de comida compartida, Jesús despidió a sus amigos prometiéndoles: “Tomaremos juntos la próxima copa en el Reino” (Mc 14, 25). Desde ese fondo, la primitiva comunidad cristiana ha simbolizado la presencia de la vida y obra de Jesús entre los suyos (en la historia de los hombres) a través de la Eucaristía (comida compartida, en nombre de Jesús).

10. Pan compartido, la verdad del evangelio. Pablo, Santiago. En el primer plano de la experiencia de Jesús, tal como ha sido asumida en diversas perspectivas por la Iglesia, sigue estando la comida compartida, entre comunidades y grupos, de tal forma que Pablo ha podido afirmar que la verdad del evangelio consiste en “synesthiein” (comer juntos: Gal 2, 5.14). No se trata de comer cada uno en su mesa (saciando solo el hambre material), sino de hacerlo juntos, compartiendo el pan y la palabra, es decir, la humanidad. En esa línea, con elementos distintos de los que ha puesto de relieve Pablo, pero con una misma inspiración de fondo, Santiago ha podido recuperar la experiencia profética de Israel, diciendo:

Hermanos míos, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe y no tiene obras?… Si un hermano o hermana están desnudos y tienen necesidad de la comida de cada día, y alguno de vosotros les dice: «Id en paz, calentaos y saciaos», pero sin darle las cosas que necesita para el cuerpo ¿de qué aprovecha eso? (Sant 2, 14-16, cf. 1 Jn 3, 13.17).

La oración de Jesús (Padre nuestro) nos situaba ante el pan nuestro de cada día, que sacia el hambre de todos (¡nosotros!). Ante la misma exigencia nos sitúa Santiago, el “hermano” de Jesús, insistiendo en la comida de cada día, que hemos de compartir con los hambrientos. Quien se cierra ante el hambre del prójimo (de cualquier hombre o mujer del mundo) no puede llamarse cristiano.

11. Tuve hambre y me disteis de comer (Mt 25).Todos los hilos anteriores de la trama del pan y del hambre, en el Antiguo y el Nuevo Testamento culminan para los cristianos en el juicio de Jesús, que dirá el último día: Tuve hambre y me disteis (o no me disteis) de comer (cf. Mt 25, 31- 46). Ésta es la norma central, el único “código” de conducta que permanece hasta el fin, vinculando a los seguidores de Jesús con todos los hambrientos del mundo.

Jesús, Cristo de Dios, viene a revelarse en los hambrientos, de manera que la forma de “ayudar a Dios” (confesar la fe en el Cristo) es darles de comer, en gesto básico de solidaridad humana (que es divina). La Biblia no defiende con ello ningún tipo de pauperismo, creando así una “república de hambrientos”, sino todo lo contrario: Quiere que los hombres tengan pan y casa, pero no para dominar a los demás, sino para compartirlo todos.

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“Banquete, enseñanza y consejo”. Domingo 22 ciclo C

domingo, 31 de agosto de 2025
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«Cuando des una comida invita a los pobres»

Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Después de varios domingos con evangelios complicados y densos de contenido, el de hoy resulta extrañamente fácil de entender. Tan fácil, que suscita sospecha. Un sábado, uno de los principales fariseos invita a Jesús a comer y él acepta la invitación.

Primera parte: una enseñanza (Lc 14,7-11)

            Se supone, aunque no se cuenta, que todos los invitados corren a ocupar los primeros puestos. Hace veinte siglos, conseguir uno de ellos era importante, no sólo por el prestigio social, sino también porque se comía mejor. Marcial, el poeta satírico nacido en Calatayud el año 40, que vivió parte de su vida en Roma, ironizó sobre esas tremendas diferencias. Jesús aprovecha para ofrecer una lección.

Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y vendrá el que os convidó a ti y al otro y te dirá: «Cédele el puesto a éste. «Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: «Amigo, sube más arriba.» Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.

            Estas palabras resultan desconcertantes en boca de Jesús: aconseja un comportamiento puramente humano, una forma casi hipócrita de tener éxito social. Por otra parte, la historieta no encaja en nuestra cultura, ya que cuando nos invitan a una boda nos dicen desde el primer momento en qué mesa debemos sentarnos.

            Sin embargo, lo que nos puede parecer una historieta anticuada y poco digna en boca de Jesús, reflejaba para los lectores antiguos una realidad cotidiana divertida, que los llevaba, casi sin darse cuenta, a la gran enseñanza final: Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. El uso de la voz pasiva (“será humillado, será enaltecido”) es un modo de evitar nombrar a Dios, pero los oyentes comprendían muy bien el sentido de la frase: “Al que se enaltece, Dios los humillará, al que se humille, Dios lo enaltecerá”. Naturalmente, ya no se trata de la actitud que debemos adoptar cuando nos inviten a una boda, sino de una actitud continua en la vida y ante Dios. Pocos capítulos más adelante, Lucas propondrá en la parábola del fariseo y del publicano un ejemplo concreto, que termina con la misma enseñanza.

            “Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, el otro recaudador. El fariseo, en pie, oraba así en voz baja: Oh Dios, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres, ladrones, injustos, adúlteros, o como ese recaudador. Ayuno dos veces por semana y pago diezmos de cuanto poseo. El recaudador, de pie y a distancia, ni siquiera alzaba los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten piedad de este pecador. Os digo que éste volvió a casa absuelto y el otro no. Porque quien se enaltece será humillado, quien se humilla será enaltecido” (Lucas 18,10-14).

Segunda parte: un consejo (Lc 14,12-14)

            A continuación, dirigiéndose al que lo ha invitado, le dice:

            Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. 

                 Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos.

           Dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos.

            Esta segunda intervención de Jesús resulta también atrevida y desconcertante. En las sociedades agrarias, como la del imperio romano, «pobres, lisiados, cojos y ciegos», al no poder trabajar, formaban parte del estrato más bajo, la clase de los despreciables. Y, desde un punto de vista religioso, estas personas quedaban excluidas en Israel de ciertas funciones sacerdotales o de la pertenencia a la comunidad de Qumrán.

Por consiguiente, Jesús se manifiesta en contra de las normas sociales y religiosas vigentes. Pero hay otro aspecto fundamental en sus palabras: lo importante no es lo que obtenemos en esta vida, sino lo que nos darán en la otra. Lo mismo que dice a propósito de la limosna, la oración y el ayuno en el Sermón del monte, cuando contrapone la recompensa efímera que se consigue en la tierra con la perenne que Dios da (Mateo 6,1-18).

La referencia a la «resurrección de los justos» no significa que solo ellos vayan a resucitar. La expresión solo aparece otras dos veces, y en ambas ocasiones va acompañada de la resurrección y castigo de los malvados. Pablo dice al gobernador Félix que «habrá resurrección de justos e injustos» (Hechos 24,15). Y el cuarto evangelio: «los que obraron bien obtendrán una resurrección de vida, los que obraron mal una resurrección de juicio» (Juan 5,29).

Primera lectura (Eclesiástico 3, 17-18. 20. 28-29)

            Contiene cuatro consejos; los dos primeros empalman directamente con el tema del evangelio.

            Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te querrán más que al hombre generoso.

            Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios; porque es grande la misericordia de Dios, y revela sus secretos a los humildes. 

            No corras a curar la herida del cínico, pues no tiene cura, es brote de mala planta. 

            El sabio aprecia las sentencias de los sabios, el oído atento a la sabiduría se alegrará. 

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Domingo XXII del Tiempo Ordinario. 31 agosto 2025

domingo, 31 de agosto de 2025
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“Cuando alguien te invite a una fiesta de bodas, no te sientes en el lugar principal no sea que llegue otro invitado más importante que tú,  y el que os invitó a los dos venga a decirte: ‘Deja tu sitio a este otro. Entonces tendrás que ir con vergüenza a ocupar el último asiento.”

(Lc 14, 1.7-14)

El puesto de nuestro Corazón.

Al leer este evangelio me llama la atención el gran conocimiento que tenía Jesús de las sombras que habitan el corazón humano. Su  explicación es certera y práctica utilizando nuestras categorías humanas para hacerse comprender.

Me llama la atención que Jesús no explique que no es bueno ocupar el primer lugar, porque es un endiosamiento y es un vivir fuera de quienes somos, moviéndonos por la apariencia, la posición social, el qué dirán, y que eso no otorga la paz.

En cambio hace un paralelismo…y dice si llega otro invitado más importante que tú, el dueño de la casa te dirá que dejes ese lugar”, y esa es la explicación que entendemos porque nos movemos dentro de categorías de bueno, mejor, más poder, más tener…

A mi entender actuamos así porque funcionamos desde nuestra mente. Dentro de unos patrones culturales aprendidos, marcados por nuestra sociedad y familia. Sin embargo ello no nos otorga la felicidad, sino la esclavitud de vivir según los roles establecidos.

Funcionamos según la “idea”, “el concepto mental”  de lo que nos otorgará la felicidad. Sin embargo, Jesús nos habla de vivir en el interior donde la idea no tiene poder. De sentirnos a gusto con quienes somos, disfrutando el instante, sin categorías, siendo nosotros. Y para disfrutar de nosotros no necesitamos ocupar puestos “especiales” según las clases sociales. Necesitamos ocupar el puesto de vivir en nuestro corazón, donde quien otorga “el poder” es nuestra capacidad de amar.

Quien ama no se mueve por categorías humanas, las del endiosamiento, si no por “desaprendizajes” egoícos, que conllevan la entrega y el servicio, entonces somos en la medida que dejamos a los demás ser un@  en nosotr@s. “ El Padre y yo somos uno” ( Jn 10,30).

Oración

Jesús, maestro de la desidentificación de patrones mentales,

enséñanos la sabiduría de descubrirnos plen@s en nosotr@s mism@s,

sin tener que representar ningún papel, ocupando puestos que nos descentren de Ti.

Te lo presentamos a Ti, Padre de la Vida, por medio de Jesús tu Hijo,

y mediante la fuerza y la ternura de la Santa Ruah.

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Hacer algo para que te lo paguen es una trampa.

domingo, 31 de agosto de 2025
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DOMINGO 22 (C)

Lc 14,1.7-14

Hoy tiene importancia el contexto. Un fariseo invita a Jesús. Los judíos hacían los sábados una comida especial. Aprovechaban para invitar a personas importantes y así presumir ante los demás invitados. Jesús era una persona muy conocida y discutida.

Jesús aconseja no buscar los honores y el prestigio ante los demás como medio de hacerse valer. Condena toda vanagloria como contraria a su mensaje. El texto conecta con el domingo: Hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos.

La segunda encierra un matiz diferente. No quiere decir Jesús que hagamos mal cuando invitamos a familiares o amigos. Quiere decir que esas invitaciones no van más allá del egoísmo amplificado. Esa actitud no es signo del amor evangélico. El amor que nos pide Jesús tiene que ir más allá del puro instinto, del interés personal del ego.

La demostración de que se ha entrado en la dinámica del Reino está en que se busca el bien de los demás sin esperar nada a cambio. La frase “dichoso tú porque no pueden pagarte”, puede entenderse como una estrategia para que te lo paguen más allá.

Jesús trastoca comportamientos que tenemos por normales, para entrar en una dinámica nueva, que nos debe llevar a cambiar la escala de valores del mundo. Ser cristiano es ser diferente. No se trata de renunciar a ser el primero. Se trata de desplegar al máximo lo que realmente eres y no quedarte en el falso yo.

La falsa humildad es demoledora en el orden espiritual. Existen dos clases de falsa humildad. Una es estratégica y se da cuando nos humillamos ante los demás con el fin de arrancar de ellos una alabanza. Otra es sincera, pero también nefasta. Se da en la persona que se desprecia a sí misma porque no encuentra nada positivo en ella.

Ser humilde es reconocer que eres lo que eres, sin más. Ni siquiera tendríamos que hablar de ello, bastaría con rechazar todo orgullo, vanidad, jactancia, vanagloria, soberbia, altivez, arrogancia, etc. «Humildad es andar en verdad» (Sta. Teresa). Se trata de conocer la verdad de lo que uno es, y además vivir (andar en) esa realidad.

Siempre que se violenta la verdad, sea por defecto sea por exceso, se aleja uno de la humildad. No se trata de que nos convenzan de que somos una mierda. Se trata de descubrir nuestro auténtico ser. Humildad es aceptar que somos criaturas limitadas.

Si sientes la necesidad de parecer humilde es que no lo eres. Constantemente estamos engañándonos a nosotros mismos al creernos más que los demás, incluido más humildes. La mentira más común es la que nos decimos a nosotros mismos.

En los evangelios encontramos rabotazos que nos despistan. Parece que se vieron obligados a responder a los intereses egoístas para ratificar el mensaje. Jesús nunca pudo decir que te pongas el último para que te hagan subir y así ‘quedar muy bien’.

Lo mismo en la segunda propuesta; ‘te lo pagarán cuando resuciten los justos’. El ser humano es capaz de remover cielo y tierra para salirse con la suya, para potenciar su falso yo. Nuestro ego es tan sutil que se mete hasta en la vida más espiritual.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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