Comentarios desactivados en Criterios de felicidad.
Lucas 14, 7-14
«Todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado»
José E. Ruiz de Galarreta entiende a Jesús como «sabiduría de Dios ofrecida a los seres humanos»; una sabiduría que manifiesta en su profundo mensaje teológico, pero también en los consejos prácticos de mera sabiduría de la vida que menudean en el evangelio. Entre ellos caben destacar los recogidos en los capítulos quinto y sexto de Mateo (y en el sexto de Lucas), donde se muestran los criterios de Jesús en materia de felicidad: «Cuánto más felices seríais si…»
Vamos a detenernos a hablar de felicidad. Según afirman los eudemonistas (con Aristóteles y Tomás de Aquino a la cabeza), la felicidad es el fin último del ser humano, pero debemos tener en cuanta que cuando hablan de felicidad no se están refiriendo a aquellas sensaciones a las que nosotros les damos tal rango sin tenerlo (como el bienestar, el confort o “cualquier situación de satisfacción y contento”, como reza el diccionario), sino que la entienden como “un estado deplenitud y armonía del alma” (o si lo prefieren, del “animo”).
La felicidad así concebida es algo que sólo sentimos circunstancialmente; algo que no somos capaces de abarcar ni comprender, que no sabemos cuándo se va a presentar o dónde buscarla, y que, aún en el momento en que nos sentimos felices, no sabemos en qué consiste ni cuánto va a durar. Esta singularidad nos mueve a pensar que se trata de una realidad ontológica que nos supera; muy por encima del resto de nuestros atributos como pueden ser la inteligencia o la conciencia; un eslabón que nos une a algo muy superior en ciertos momentos de nuestra vida; un adelanto de la realidad del ser humano libre de sus limitaciones. Sin duda, en esos momentos estarán actuando sobre nuestro cerebro un aluvión de estímulos, pero ésa no puede ser la causa de la felicidad, sino la consecuencia; la respuesta somática a un estado del ánimo superior provocado por causas que se nos escapan.
¿Pero dónde buscarla?…
El mundo me dice que seré feliz si soy rico, si tengo poder o prestigio social, si no me dejo avasallar, si soy más listo que los demás para los negocios, si voy de diversión en diversión, si no me meto en líos, si no me insultan ni me persiguen… Jesús, en cambio, me propone un código de felicidad radicalmente distinto e inverosímil: “¿Quieres ser feliz…? –nos dice–, pues confórmate con poco, comparte lo que tienes con los que no tienen, aprende a sufrir, di siempre la verdad, no seas violento, trabaja para que prevalezca la justicia, no trates de aprovecharte de nadie… y no te preocupes si te insultan y te persiguen por ello, pues a la larga serás mucho más dichoso”.
¿Creo en él? ¿Le creo a él? ¿Me fío de él? ¿Estoy dispuesto a vivir compartiendo, perdonando, sembrando la paz, trabajando por la justicia, actuando siempre con sinceridad y sin temor al sufrimiento? ¿Me lo juego todo apostando por unos criterios de locos; viviendo de acuerdo a unos valores tan estrafalarios como poco evidentes?… Decir que sí, que me la juego, que cambio de vida, es tener fe en Jesús; lo demás será otra cosa. Creeré en Jesús si es él quien manda en mis criterios y mis valores; si es él quien da sentido a mi vida; si creo que sus criterios pueden salvar el mundo del desastre y me comprometo con la tarea de hacer realidad su sueño…
Pero, como decía Jon Sobrino: «A eso es a lo que tenemos miedo; a ser felices a lo cristiano».
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí
Comentarios desactivados en ¿Dispuestos a colocarnos en el último lugar e invitar a los que no pueden pagarnos?
Lucas 14, 1. 7-14
Nos encontramos este domingo con un texto que, si lo escuchamos seriamente, nos sorprenderá e incluso nos hará sonreír pensando, ¿qué está diciendo este? Porque lo que en él se afirma no tiene nada que ver con lo que solemos pensar o decir. Ojalá nos despierte y zarandee de verdad. Encontramos en él tres partes:
Primero nos pone en situación, nos sitúa: Jesús está en la casa de un fariseo “importante” que le ha invitado a comer y el resto de los fariseos le están “espiando”. Es decir, él sabe que sus gestos y palabras van a ser analizadas y juzgadas con lupa, incluso que van a alimentar la polémica.
En segundo lugar una parábola sugerida por el comportamiento que observa en los invitados. Es importante que nos demos cuenta de que estamos ante una parábola, mucho más sugerente y comprometedora que una simple norma de cortesía e incluso de moral. Bajo la imagen del banquete, tan repetida en los evangelios, Jesús nos habla de nuestras actitudes en la vida, ¿Qué puesto o lugar buscamos? ¿Qué puesto creemos que nos merecemos o nos corresponde? ¿Qué lugar queremos que nos reconozcan los demás en la familia, en el trabajo, entre los amigos…? Actitud que responde también a la imagen que tenemos de nosotros mismos, a cómo nos juzgamos a nosotros y cómo juzgamos a los demás.
“Vete a sentar en el último puesto” afirma tajantemente la parábola. ¿Qué provoca esto en nosotros/as si escuchamos profundamente? ¿Podemos imaginárnoslo como slogan publicitario o como consigna para ganar seguidores? Sin duda no. Va en contra de lo que casi siempre pensamos, deseamos o buscamos. Y sin embargo hay otros muchos textos del evangelio muy parecidos porque contiene algo esencial del mensaje de Jesús: quien quiera entrar en el Reino de Dios, ha de ser pequeño, ha de hacerse último, no debe formular falsas pretensiones teniéndose por justo. Pequeño como los niños (Mt 19, 14), conscientes de su nuestra pequeñez y carencias, e incluso del propio pecado, como el publicano en el templo (Lucas 18, 9-14). Último como el que sirve, no el que aspira a ser servido, como Jesús recuerda con su actuar y sus palabras en la última cena. Por eso queda fuera de lugar, entre los seguidores de Jesús la discusión por quien será el primero (Lc 22, 24-27), o quien trabaja más por el reino o se lo merece más.
Pero la parábola no habla solo de banquetes, habla de nuestras actitudes en el templo, es decir de nuestro modo de relacionarnos con Dios y con los demás. Buscar el último puesto es tomar conciencia de la propia realidad reconociendo que la salvación, el “tener un puesto” en el reino es siempre un don de Dios, no algo que nos corresponde porque nos lo ganamos a base de esfuerzo. Es relacionarnos desde ahí con Dios, el que por encima de todo nos ama y nos invita continuamente. Y es relacionarnos así con los demás, como servidores, como hermanos, nunca como jueces o señores. ¿Estamos dispuestos/as a sentarnos en el último puesto? ¿Estamos dispuestos/as a servir a los demás? ¿Es nuestra actitud ante el Señor la del hijo necesitado que se siente perdonado y amado, sin meritos propios? Porque entonces, solo entonces, recibiremos de Dios el verdadero reconocimiento, el “primer puesto” aquel que corresponde a los hijos y con el que ni nos atrevíamos a soñar… Y quizá como María, como Isabel, exclamemos algo parecido a “¿Cómo puede ser esto si yo…?” o “¿Quién soy yo para que me…?”
Y hay una tercera parte, una invitación a ser anfitriones al estilo de Jesús. Nos plantea, ¿a quién solemos invitar a los banquetes, a los “momentos” de vida que protagonizamos, a nuestras fiestas, a nuestras tareas, a nuestros espacios de ocio? O dicho de otra forma, ¿por quienes nos preocupamos, quienes ocupan nuestro tiempo y nuestra atención? ¿A quién dirigimos nuestros cuidados como buenos anfitriones? ¿A los nuestros, a aquellos que queremos, con los que nos sentimos a gusto, con los que compartimos ideas, intereses, etc.? Y otra vez Jesús nos sorprende con una norma “rara”, absolutamente distinta a lo que solemos pensar: Invitad a los pobres, a los enfermos, a los que no pueden devolvernos la invitación, a los que no pueden pagarnos el favor, a los que no son como vosotros… A aquellos de los que no podemos esperar nada. ¿De verdad estamos dispuestos/as a hacer esto? ¿Qué cambiaria en nuestra vida? Esa norma tan afianzada, aun de forma inconscientes, de primero yo y los míos y luego los demás, ¿sabremos descubrirla en hechos y actitudes cotidianas y cambiarla? ¿Es posible vivir de esa manera tan desinteresada?
La gratuidad como distintivo cristiano nos invita a dar sin esperar nada a cambio, a perdonar sin exigencias, a acercarnos y ser agradables también con las personas que no lo son con nosotros, a ayudar y servir a aquellos que no son de los nuestros. Es un camino sorprendente y difícil pero es el que Jesús afirma que nos hará felices: “Dichoso tú si no pueden pagarte” algo tan chocante como el resto de la bienaventuranzas.
Podemos terminar diciendo que en este último domingo de agosto, cuando muchos estamos ya haciendo planes para el nuevo curso, el evangelio nos sorprende y nos da dos criterios muy serios: “Colocaos en el último lugar” el que nos corresponde, el único que nos permitirá ser, pensar y obrar como Jesús e “Invitad a los que no pueden pagaros” abrid vuestra vida a ellos, dedicarles vuestra atención y vuestro tiempo, invitadlos a vuestra casa y a vuestra fiesta… Y en esta dinámica que es la del Reino, donde los últimos serán los primeros, donde la humildad y la gratuidad son los criterios que nos distinguen, experimentaremos la felicidad, la bienaventuranza que Jesús nos promete, que Él mismo nos da.
Comentarios desactivados en Cuando hacemos las cosas “para quedar bien” o la trampa del yo ideal.
Comentario al evangelio del domingo 31 agosto 2025
Lc 14, 1.7-14
La motivación que propone la parábola para no ocupar “los primeros puestos” esconde una trampa sutil en la que solemos caer, siempre que hacemos algo para “quedar bien”. En ese intento, no solo abdicamos de nuestra capacidad de autonomía, sino que nos instalamos en un “yo ideal” que, tras una fachada de “perfección”, esconde falsedad y cae en brazos de la hipocresía o “falsa humildad”: colocarse en el último lugar con el fin de quedar bien, no es humildad. Y que sea algo tan habitual nos revela que se trata de un mecanismo psicológico muy enraizado en nuestra condición.
A partir de su propia necesidad de sentirse reconocido, el niño se ve obligado, desde muy temprano, a dar una imagen de sí mismo que resulte “aceptable” para los demás. Lo cual le llevará, inevitablemente, a crear su propia sombra en la que, con frecuencia de manera inconsciente, recluir aquellos aspectos de sí mismo que no tengan cabida en la imagen que trata de ofrecer.
Ese mecanismo inicial es tan poderoso que puede seguir imperando a lo largo de toda nuestra existencia, de manera que, en todo lo que hagamos, busquemos -de manera automática- “quedar bien”, con el fin de obtener el reconocimiento ansiado.
Se trata de una tarea ardua, agotadora y desgastante. Porque el afán de ofrecer una imagen idealizada se asienta en la mentira sobre nosotros mismos y exige un enorme derroche de energía para sostenerla. No en vano, la distancia que sostenemos entre nuestro yo real y el yo ideal es fuente de neurosis.
Desactivar la trampa del yo ideal requiere -como siempre que queremos salir de cualquier trampa- amar la verdad por encima de cualquier otro interés. Y será la propia verdad, reconocida y aceptada, la que, bajándonos de cualquier pedestal ideal -falso, arrogante, hipócrita y siempre egoico-, nos reconcilie con nuestra humanidad: es el camino de la humildad.
Comentarios desactivados en Humildad viene de humus: barro
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
01.- v 1. Mal comienzo
Con cierta ironía solemne, el evangelio de hoy sitúa la escena en sábado, un día importante. Uno de los principales fariseos, recibe a comer en su casa a Jesús, pero la élite de la sociedad le estaba espiando.
Jesús había discutido mil veces y por mil cuestiones con los fariseos: el eterno problema de la ley y la libertad, la curación de los enfermos en sábado, la pureza o impureza de los alimentos, de las enfermedades, el mandamiento principal, el templo, etc. ¿Para qué le invitan ahora a comer?
02.- Humildad: humus
Nunca está demás acudir a la etimología de las palabras. Humildad viene de humus, es decir: tierra, barro, la tierra fértil.
Para comprender lo que pueda significar humildad, tenemos un primer elemento: caer en la cuenta de que somos tierra, barro. El ser humano más grande -o quien se cree grande- es, como todos, tierra, barro. Adán, (Adamah) significa barro
Somos barro, pero la tierra es fértil, da vida. Todo humus da vida. Desplegar las cualidades (los talentos, los carismas) que Dios nos haya podido dar y ponerlas al servicio de los demás es vivir humildemente: humus: vida.
03.- La humildad es vivir entendiéndose desde dios.
La humildad es entendernos desde Dios. Somos humildes cuando nos sentimos creados por Dios y vivimos en referencia a Él.
Cuando yo me siento como proveniente de Dios Padre, creado por el buen alfarero que es Dios, vivo agradecido por lo que Dios y la vida me han dado ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? (1Co 4,7).
Desde Dios yo no soy un “Dios más que nadie”. No soy el “faraón”, ni “Herodes”. No soy un “hamalau”, un creído político, o un capitalista dueño de medio mundo, todavía menos soy un sutil maquiavélico déspota religioso. Mi raza, mi pueblo, mi iglesia no son más que los de al lado.
Desde Dios, veo -me veo- con los demás como criaturas y hermanos, no como siervos o inferiores. Desde Dios, no desprecio a nadie, “no piso a nadie”. Todos hemos sido creados por Dios, todos somos sus hijos, todos iguales, todos queridos.
Cuando nos entendemos desde Dios, no miro a mis hermanos como arios y judíos, como palestinos, vascos y españoles, blancos y negros, hutus y tutsis: todos somos hijos, imagen de Dios.
Es muy valiosa la actitud que nace de lo que dice el salmo 130:
Mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre.
La actitud de la parábola del publicano que humildemente se ponía debajo del coro de la parroquia es infinitamente más noble y razonable que la actitud farisaica de creerse por encima de los demás.
04.- v 8 Invitados a una boda.
El evangelio de hoy nos habla de “cuando te inviten a una boda”… La boda es uno de los símbolos más utilizados por Jesús y por el NT para hablarnos de lo que pueda ser el Reino de los cielos, el futuro absoluto. (El Reino significa cómo Dios concibe y sueña la vida y la convivencia entre los hombres y los pueblos).
Boda
Una boda si es algo, es amor, afecto, encuentro, ilusión, familia.
La historia de la salvación es la historia de un amor apasionado de Dios a su pueblo, a la humanidad. El amor atraviesa toda la Biblia:
Banquete
Dios imagina y desea las relaciones humanas como un banquete, como un encuentro donde hay amistad y diálogo, una cierta satisfacción y alimento para todos. Es decir, la convivencia que Dios imagina y desea para la humanidad son las antípodas a como las imagina el egoísmo nacional y económico en el que vivimos.
Invitados
Todos estamos invitados, llamados a vivir y convivir en un clima de amabilidad, encuentro, de respeto y servicio.
Así vivió Jesús:
Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve, (Lc 22,27 / Jn 13,1-20).
Sin puesto en la vida: ni tuvo posada para nacer, ni tuvo dónde reclinar la cabeza, ((Lc 9,58).
El más pequeño es el más grande en el Reino, (Lc 9,48).
Estamos invitados a una mesa de amor: diálogo, escucha del que sufre, encuentro, limosna, banco de alimentos, pacificación de relaciones y pueblos.
05.- El poder no crea igualdad, el amor, sí.
El poder no crea igualdad.
El evangelio de hoy no es un manual de protocolo o normas de urbanidad dignas de la “jet society” o del mundo episcopal -eclesiástico, político, científico, etc.
Al papa Francisco le traía a mal traer el carrerismo eclesiástico… Sin embargo en la Iglesia hay “parroquias y diócesis término”. Muchos curas y obispos aspiran a un cargo, a una parroquia o una diócesis más importante. Por otra parte los políticos suspiran por un cargo mayor.
A la gente le gusta presumir de “apellido o de familia bien” en la vida social. Es muy prepotente, poco sensato y nada cristiano eso que se suele decir: “Tal persona es de familia bien”. ¿Hay familias mal?
Las personas humildes, la humildad hacen bien en la vida, que harto daño hacen personas “creídas”, prepotentes y altivas. La prepotencia. Una persona sencilla y humilde hace mucho bien en la familia, en la comunidad, en la diócesis, en la vida social.
06.- Quien se enaltece será humillado y quien se humilla, será enaltecido.
La pretensión de ser como dioses y la prepotencia es casi connatural al ser humano. La pasión, la pulsión más fuerte del ser humano es el poder: en la familia, en las comunidades religiosas, en la vida de la Iglesia, en política.
Quien se humilla, será ensalzado.
Es el caso de Jesús: fue humillado hasta la muerte y una muerte en cruz. Por eso Dios lo elevó hasta la vida. (Filip 2, 5-11). Lo más alto que estuvo Jesús en la vida fue en la cruz.
Todos seremos elevados, porque todos somos barro, humus y Dios levanta del barro, del polvo: no dejará nuestras vidas en el sheol.
Comentarios desactivados en “ Hacer realidad el banquete del reino ”, por Consuelo Vélez.
De su blog Fe y Vida:
XXII Domingo del Tiempo Ordinario 31-08-2025
Los banquetes para el pueblo de Israel mostraban la familiaridad con los que son iguales a uno y constituía un “deshonor” sentarse a la mesa con alguien que no fuera de su misma categoría o se considerara pecador. Por eso las cenas que Jesús realiza con pecadores y publicanos son un escándalo para sus contemporáneos.
Jesús les relata una parábola para hablar de los puestos de importancia, pero no como se señalan en la sociedad, sino en la lógica del reino: los que creemos menos importantes ocupan los primeros puestos
¿Habremos entendido esta lógica del reino? Una Iglesia sinodal la haría posible pero aún falta mucho para hacerla realidad.
En sábado, Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando. Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola:
+ «Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que los convidó a ti y al otro, y te diga: “Cédele el puesto a este”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido». Y dijo al que lo había invitado: «Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».
(Lucas 14, 1.7-14)
El domingo pasado hablábamos de la imagen del banquete como una imagen muy diciente del reino de Dios. Conviene recordar que los banquetes para el pueblo de Israel mostraban la familiaridad con los que son iguales a uno y constituía un “deshonor” sentarse a la mesa con alguien que no fuera de su misma categoría o se considerara pecador. Por eso las cenas que Jesús realiza con pecadores y publicanos son un escándalo para sus contemporáneos. En el evangelio de hoy, Jesús es invitado a comer por uno de los principales fariseos y el texto nos dice que lo espiaban los otros fariseos, tal vez por el significado que las cenas tenían para ellos y la forma contracultural como Jesús se portaba muchas veces. Pero Jesús aprovecha la ocasión para seguirles explicando en qué consiste la buena noticia que él les ofrece, sin que lleguen a entenderlo, como sabemos, por el desenlace de su vida.
Jesús aprovecha lo que está sucediendo en el banquete y les dice una parábola para interpelar a aquellos que estaban escogiendo los primeros puestos: cuando les conviden, no se sienten en los primeros puestos para que no les vayan a pedir que le cedan su puesto a alguien más importante. En tiempos de Jesús, como también en el nuestro, hay banquetes en que se invita a diferentes tipos de personas, pero cada cual ocupa su lugar según el rango de importancia o de cercanía con el que da el banquete. De ahí, el ejemplo de Jesús, de no ocupar los primeros puestos. Pero en este caso no es para preservar la escala de importancia con las que el mundo marca las diferencias sociales. Es para hablar del reino de Dios donde los que creemos menos importantes ocupan los primeros puestos. Para reforzar esta enseñanza, Jesús se dirige al dueño de la casa, proponiéndole que, al hacer un banquete, invite a los que no pueden pagarle. Es decir, le exhorta a comprender la lógica del reino, lejana a las pretensiones de honor e importancia de nuestro mundo. Desde la propuesta de Jesús, lo que cuenta es la igualdad fundamental de todos los hijos e hijas de Dios, todos con derecho a sentarse en la mesa del reino, todos sin sufrir ninguna exclusión y, mucho menos, sin excluir a nadie.
Sería importante preguntarnos si nosotros hemos entendido la lógica del banquete del reino de los cielos. Si nuestra escala de valores responde al amor incondicional de nuestro Dios por todos, sin dejar a nadie por fuera, o funcionamos a partir de honores, poderes, orgullos, vanaglorias de nuestro mundo. La propuesta de una iglesia sinodal sería una ocasión propicia para recuperar esa igualdad fundamental. Sin embargo, el sínodo, como tantas otras realidades eclesiales, no ha logrado una conversión de fondo hacia una iglesia donde quepan todos, hacia una iglesia donde títulos honoríficos y posiciones de poder, sean solo un recuerdo del pasado. Aún el clericalismo sigue vigente y la sinodalidad parece más una utopía. Ojalá que pudiéramos hoy, comprometernos con asumir esta lógica del evangelio tan bellamente expresada en la imagen del banquete. De esa manera nuestra iglesia daría mejor testimonio y la haría más creíble para nuestros contemporáneos.
(Foto tomada de: https://www.reflexionyliberacion.cl/ryl/2018/06/30/el-papa-francisco-cena-con-280-pobres/)
Comentarios desactivados en “Humildad – San Lucas 14.1.7-14 -“, por Joseba Kamiruaga Mieza.
De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):
Se grita, siempre. Cada vez más a menudo, cada vez más fuerte.
Y, finalmente, sin reparos, sin vergüenza, sin hipocresías bienpensantes.
Digámoslo, por fin, revelemos el secreto a voces: el hombre es también una cloaca putrefacta.
Es inútil jugar a ser demócratas, tolerantes, dialogantes, buenistas ingenuos.
En todo el mundo crece el deseo de demostrar el poder, entre los poderosos, entre las naciones. Nada de diálogo, nada de mundo pacificado, nada de justicia y sostenibilidad. No nos engañemos.
Viva el hombre fuerte, las palabras fuertes, las decisiones fuertes.
Viva la opinión gritada, las decisiones claras, las frases asertivas.
Poco importa si la realidad es compleja y debe ser aceptada y comprendida para poder ser cambiada: los que están, están, y los demás, que se aguanten.
El mundo es una jungla que impone una lucha sin cuartel.
Para ser visibles, para ser notados, o incluso solo para sobrevivir.
O tal vez formamos parte del otro bando, el de los que querrían y no pueden.
El de los que, diría el filósofo Nietzsche, al no poder estar del lado de los vencedores, exaltan a los vencidos diciendo «bienaventurados los pobres».
Pero nos gustaría, o sí, si quisiéramos, ser visibles. Nos agotamos con los selfies, nos inquietamos si no tenemos suficientes «me gusta», seguimos a los distintos influencers pensando que son los nuevos modelos que seguir.
Uno de cada mil lo consigue, de acuerdo. ¿Y los otros novecientos noventa y nueve?
Y sobre este guiso que hierve, sobre estos tiempos turbios y conflictivos, irrumpe una Palabra susurrada.
Una Palabra capaz de orientar. De revelar. De hacer comprender. De iluminar.
De quien dice que no existe una clasificación, si todos somos únicos.
Y que revela que todos, cada uno de nosotros, somos hijos del gran Rey.
Emerger
No buscamos la salvación, sino salvadores.
Alguien que resuelva por nosotros, sin que nos cueste demasiado esfuerzo, si es posible.
Jesús observa la realidad, muy parecida a la nuestra.
Ve cómo, durante un banquete oficial, en presencia de personas importantes, muchos se empujan para acceder a los primeros puestos, para acercarse a la estrella, real o presunta, de la fiesta. Y, lleno de sentido común, advierte: cuidado con no hacer figura mezquina.
Una actitud que llevamos incrustada en el corazón.
El deseo de destacar, de aparecer, de contar.
En el mundo y en la Iglesia, que quede claro.
Lo cual conlleva una fragilidad desconcertante: hacer que el valor de lo que somos dependa de los demás.
Colgados
Demasiadas veces estamos colgados del juicio que los demás hacen de nuestras acciones.
Dependemos del juicio: ¿seré capaz? ¿Lo habré hecho bien?
Nos esforzamos por ser como los demás esperan que seamos. Buenos padres, buenos hijos, buenos …
Esperamos, tarde o temprano, recibir un diploma de colores y sellado que certifique nuestra valía.
Y si esto no ocurre, nos hundimos en la depresión o montamos una escena terrible por no haber visto reconocidos nuestros esfuerzos: «¡Después de todo lo que he hecho por ti!».
Mendigamos un poco de aprecio, imploramos una palmadita en la espalda.
Porque basamos nuestra autoestima fuera de nosotros mismos.
Somos obras maestras. Dios nos ha creado así. Piezas únicas.
Es inútil pensar que somos fotocopias.
Volvamos la mirada hacia el Único que realmente sabe quiénes somos.
Y en qué podemos convertirnos.
Ve a ti mismo
Jesús nos revela otro mundo: no necesitas mostrarte, aparecer, aparentar, …, tú vales.
La autoestima que nace en tu corazón no se mide por tus habilidades, no, sino por el hecho de que eres pensado, querido y amado por tu Dios. Aunque no ganes ninguna medalla. Aunque tu vida esté hecha de pequeños pasos.
Tú eres amado. No lo dudes.
Tú vales, este es el mensaje de la Escritura: eres precioso a los ojos de Dios.
No importa tu límite, ni la medida de tu miedo.
No importa lo que los demás piensen de ti: tú vales, eres valioso a los ojos de Dios. Por eso no necesitas alardear, buscar obsesivamente una visibilidad que el mundo te niega o reserva a unos pocos elegidos.
Tú vales, aunque nunca ganes ninguna medalla de oro y tu pequeña vida se pierda en los recuerdos de una generación.
Tú vales, no malvendas tu dignidad, cultiva tu interior y, si cultivas tu exterior, cultívalo para que sea siempre y solo transparencia del interior.
¿Tus límites? Un recinto que delimita el espacio en el que realizarte.
¿Tus pecados? La experiencia de la finitud y de la libertad aún por purificar, por acoger como adulto y por poner en manos de Dios.
No necesitas ponerte en los primeros puestos: solo Dios conoce tu corazón, lo conoce más que tú, no te dejes llevar por los falsos profetas de nuestro tiempo.
Y, en el corazón de Dios, ya estás en el primer puesto. Junto con todos los demás, porque el amor no se divide, se multiplica hasta el infinito.
Estamos llamados
Mi nombre está escrito en los cielos, es decir, en el corazón de Dios. Me he acercado a la asamblea de los santos, hermanos y hermanas que, como yo, han sido tocados por la presencia del Misterio.
No necesito gritar, solo clamar con mi vida lo mucho que somos amados. Y vivir como salvado. No, no grito, no discuto, no pienso que soy más listo o mejor.
Soy arcilla en las manos del alfarero.
De ahí nace la humildad.
Término que deriva de humus, la tierra, que se vuelve fértil.
Una concreción que da vida, esto es la humildad.
Que no es la depresión sino la experiencia gozosa y fecunda de lo que podemos ser realísticamente. Sabemos que somos preciosos a los ojos de Dios. Hemos conocido nuestra sombra, pero, infinitamente más, la luz de su presencia.
Eso es lo que queremos contar y vivir.
Porque experimentamos que somos amados en totalidad, y este amor nos impulsa a superar todos los obstáculos.
¿De verdad nos siguen interesando los primeros puestos?
Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 31 de agosto de 2025
Las lecturas litúrgicas de hoy para el domingo 21 del tiempo ordinario se puedenencontrar aquí.
Probablemente solo unos pocos entre nosotros encuentren consuelo en las palabras iniciales de Jesús en el Evangelio de hoy: «Cuando le preguntaron si solo unos pocos se salvarían, respondió: “Esfuércense por entrar por la puerta estrecha, porque les digo que muchos intentarán entrar, pero no serán lo suficientemente fuertes”» (Lucas 13:24).
Como católicos LGBTQ+ y quienes los acompañan en su ministerio, nos repugna la idea de que nos excluyan y nos digan: “¡Apártense de mí todos ustedes, los que hacen el mal!”. El v. 27 ciertamente no es una imagen cómoda ni parece alinearse con la comprensión de Dios como aquel que abraza a todas las personas con el amor incondicional de un padre. Conozco personalmente a muchos que han tenido dificultades con este pasaje y la forma en que se ha usado como justificación para decirles a las personas que no son dignas o bienvenidas en el reino de Dios.
¿Cómo debemos interpretarlo, entonces? ¿Qué hacemos con este encuentro con Jesús donde dice que no todos serán lo suficientemente fuertes para entrar por la puerta estrecha, que habrá algunos que insistan en conocer a Jesús, pero se encontrarán con una reprimenda para alejarse de él?
Quizás nuestra respuesta se encuentre al final de la lectura de hoy: la desconcertante revelación de que «algunos son últimos que serán primeros, y algunos son primeros que serán últimos(v. 30)». Una inversión de roles, una inversión de expectativas: un sello distintivo de la predicación de Jesús. Jesús a menudo usaba parábolas para socavar y desafiar las expectativas, y con frecuencia se acercaba a lo improbable e inesperado. transeúnte, y también tomó decisiones que desconcertaron tanto a sus compañeros más cercanos como a sus adversarios. Al parecer, sus enseñanzas no estaban destinadas a ser aceptadas ciegamente. Más bien, invitan a la reflexión.
Quizás sea incomodidad lo que este pasaje pretende causar. Las palabras de Jesús no pretenden infundir un miedo abyecto ni hacernos dudar del deseo de Dios para nosotros. En cambio, buscan acercarnos más a nuestro interior, a un contacto más profundo con Dios que mora en nosotros, al pedirnos que consideremos: ¿qué llevaría a Dios a decirnos: «No sé de dónde eres»? (v. 27).
Si nos sentimos seguros, confiados de que, aunque muchos serán rechazados, sin duda nos sentaremos a la mesa del Señor, Jesús nos responde como a quien le pregunta en el Evangelio: nos sorprenderemos al ver a tantos entrar en el reino, pero a nosotros no. Si nos consideramos los primeros, tan seguros de nuestra salvación que nos alegramos de que algunos sean excluidos, de que los parámetros del reino hagan que solo entren quienes piensan, se parecen y actúan como nosotros, entonces, de hecho, somos nosotros quienes nos hemos cerrado la puerta.
Si nosotros, la Iglesia, tenemos la costumbre de cerrar nuestras puertas y rechazar a quienes no conocemos —especialmente al extranjero, especialmente al inmigrante, especialmente a la persona queer marginada—, ¿podemos realmente sorprendernos cuando Dios dice que debemos esperar el mismo trato del Juez Divino?
Entonces, ¿quiénes serán bienvenidos al banquete de Dios? Encontramos la respuesta, una vez más, inesperada: «Vendrán personas de oriente y occidente y Del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios” (v. 29). Es decir: todos los pueblos se reunirán y serán acogidos. No hay una sola dirección desde la cual las personas no sean llamadas, acogidas y abrazadas por Dios.
Si esto es cierto, si la mesa del Señor está en constante expansión y siempre llena de todas las personas, entonces este pasaje, en última instancia, tiene el propósito de animarnos. Cuando tomamos en serio la aleccionadora idea de ser rechazados (como a muchos de nosotros en la comunidad LGBTQ+ se nos ha dicho que nos sucederá), nos damos cuenta de que no debemos rechazar a nadie. Cuando consideramos lo que significaría ser excluido, aprendemos que no podemos excluir a ninguno de nuestros hermanos. Cuando sentimos el dolor de escuchar que Dios puede decirnos que nos vayamos, nos damos cuenta de la crueldad de infligir ese dolor a alguien más. Aprendemos que estas no son las formas de construir el reino de Dios.
En cambio, cuando presenciamos la presencia de Dios dentro de nosotros mismos y dentro de nuestras comunidades e insistimos en abrir la puerta para Si todos nos reunimos, entonces también se nos abrirá la puerta. La mesa estará llena y todos serán bienvenidos.
–Phoebe Carstens, Ministerio New Ways, 24 de agosto de 2025
Comentarios desactivados en “¿Qué tolerancia?”. 21 Tiempo ordinario – C (Lucas 13,22-30)
La tolerancia ocupa hoy un lugar eminente entre las virtudes más apreciadas en Occidente. Así lo confirman todas las encuestas. Ser tolerante es hoy un valor social cada vez más generalizado. Las jóvenes generaciones no soportan ya la intolerancia o la falta de respeto al otro.
Hemos de celebrar este nuevo clima social después de siglos de intolerancia y de violencia, perpetrada muchas veces en nombre de la religión o del dogma. Cómo se estremece hoy nuestra conciencia al leer obras como la excelente novela El hereje, de Miguel Delibes, y qué gozo experimenta nuestro corazón ante su canto apasionado a la tolerancia y a la libertad de pensamiento.
Todo ello no impide que seamos críticos con un tipo de «tolerancia» que más que virtud o ideal humano es desafección hacia los valores e indiferencia ante el sentido de cualquier proyecto humano: cada cual puede pensar lo que quiera y hacer lo que le dé la gana, pues poco importa lo que la persona haga con su vida. Esta «tolerancia» nace cuando faltan principios claros para distinguir el bien del mal o cuando las exigencias morales quedan diluidas o se mantienen bajo mínimos.
La verdadera tolerancia no es «nihilismo moral» ni cinismo o indiferencia ante la erosión actual de valores. Es respeto a la conciencia del otro, apertura a todo valor humano, interés por lo que hace al ser humano más digno de este nombre. La tolerancia es un gran valor no porque no haya verdad objetiva ni moral alguna, sino porque el mejor modo de acercarnos a ellas es el diálogo y la apertura mutua.
Cuando no es así, pronto queda desenmascarada. Se presume de tolerancia, pero se reproducen nuevas exclusiones y discriminaciones, se afirma el respeto a todos, pero se descalifica y ridiculiza a quien molesta. ¿Cómo explicar que, en una sociedad que se proclama tolerante, brote de nuevo la xenofobia o se alimente la burla de lo religioso?
En la dinámica de la verdadera tolerancia hay un deseo de buscar siempre lo mejor para el ser humano. Ser tolerante es dialogar, buscar juntos, construir un futuro mejor sin despreciar ni excluir a nadie, pero no es irresponsabilidad, abandono de valores, olvido de las exigencias morales. La llamada de Jesús a entrar por la «puerta estrecha» no tiene nada que ver con un rigorismo crispado y estéril. Es una llamada a vivir sin olvidar las exigencias, a veces apremiantes, de toda vida digna del ser humano.
Comentarios desactivados en “Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios”. Domingo 25 de agosto de 2025. 21º domingo del Tiempo Ordinario
Leído en Koinonia:
Isaías 66, 18-21: De todos los países traerán a todos vuestros hermanos. Salmo responsorial: 116: Id al mundo entero y proclamad el Evangelio. Hebreos 12, 5-7. 11-13: El Señor reprende a los que ama. Lucas 13, 22-30: Vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa en el reino de Dios
Jesús continua su viaje a Jerusalén, pasando por pueblos y aldeas en los que enseñaba. En este contexto alguien pregunta a Jesús: Señor, ¿son pocos aquellos que se salvarán? La pregunta como se ve, apunta al número: ¿Cuántos vamos a salvarnos, pocos o muchos? La respuesta de Jesús traslada la atención del “cuántos” al “cómo” nos salvamos.
Es la misma actitud que notamos a propósito de la parusía: los discípulos preguntan “cuándo” se producirá el retorno del Hijo del hombre y Jesús responde indicando “cómo” prepararse para ese retorno, qué hacer durante la espera (Mt 24,3-4). Esta forma de actuar de Jesús no es extraña ni poco cortés; es la forma de actuar de alguien que quiere educar a los discípulos y pasar del plano de la curiosidad al de la sabiduría, de las preguntas ociosas que apasionan a la gente, a los verdaderos problemas que sirven para el Reino. Entonces, en este evangelio Jesús aprovecha la oportunidad para instruir a los discípulos sobre los requisitos de la salvación. La cosa nos interesa naturalmente en sumo grado también a nosotros, discípulos de hoy que estamos frente al mismo problema.
Pues bien, ¿qué dice Jesús respecto del modo de salvarnos? Dos cosas: una negativa, otra positiva; primero, lo que no sirve y no basta, después lo que sí sirve para salvarse. No sirve, o en todo caso no basta para salvarse el hecho de pertenecer a determinado pueblo, a determinada raza o tradición, institución, aunque fuera el pueblo elegido del que proviene el Salvador: “Hemos comido y bebido contigo, y tú enseñaste en nuestras plazas… No sé de dónde son ustedes”. En el relato de Lucas, es evidente que los que hablan y reivindican privilegios son los judíos; en el relato de Mateo, el panorama se amplía: estamos ahora en un contexto de Iglesia; aquí oímos a cristianos que presentan el mismo tipo de pretensiones: “Profetizamos en tu nombre (o sea en el nombre de Jesús), hicimos milagros… pero la respuesta de Señor es la misma: ¡no los conozco, apártense de mí! (Mt 7,22-23). Por lo tanto, para salvarse no basta ni siquiera el simple hecho de haber conocido a Jesús y pertenecer a la Iglesia; hace falta otra cosa.
Justamente esta “otra cosa” es la que Jesús pretende revelar con las palabras sobre la “puerta estrecha”. Estamos en la respuesta positiva, en lo que verdaderamente asegura la salvación. Lo que pone en el camino de la salvación no es un título de propiedad (no hay títulos de propiedad para un don como es la salvación), sino una decisión personal. Esto es más claro todavía en el texto de Mateo que contrapone dos caminos y dos puertas –una estrecha y otra ancha– que conducen respectivamente una al vida y una a la muerte: esta imagen de los dos caminos Jesús la toma de Deut 30,15ss y de los profetas (Jer 21,8); fue para los primeros cristianos, una especie de código moral. Hay dos caminos –leemos en la Didaché–, uno de la vida y otro de la muerte; la diferencia entre los dos caminos es grande. Al camino de la vida le corresponden el amor a Dios y al prójimo, el bendecir a quien maldice, perdonar a quien te ofende, ser sincero, pobre; en suma, los mandamientos de Dios y las bienaventuranzas de Jesús. Al camino de la muerte le corresponden, por el contrario, la violencia la hipocresía, la opresión del pobre, la mentira; en otras palabras lo opuesto, a los mandamientos y a las bienaventuranzas.
La enseñanza sobre el camino estrecho encuentra un desarrollo muy pertinente en la segunda lectura de hoy: “El Señor corrige al que ama…”. El camino estrecho no es estrecho por algún motivo incomprensible o por un capricho de Dios que se divierte haciéndolo de esa manera, sino que se puesto por medio el pecado, porque ha habido una rebelión, se salió por una puerta; el conflicto de la cruz es el medio predicado por Jesús e inaugurado por él mismo para remontar esa pendiente, revertir esa rebelión y “volver a entrar”
Pero, ¿porqué camino “ancho” y camino “estrecho”? ¿Acaso el camino del mal es siempre fácil y agradable de recorrer y el camino del bien siempre duro y cansador? Aquí es importante obrar con discernimiento para no caer en la misma tentación del autor del salmo 73. También a este creyente del primer testamento le había parecido que no hay sufrimiento para los impíos, que su cuerpo está siempre sano y satisfecho, que no se ven golpeados por los demás hombres, sino que están siempre tranquilos amasando riquezas, como si Dios tuviera, además, preferencia por ellos…; el salmista se escandalizó por esto, hasta el punto de sentirse tentado de abandonar su camino de inocencia para hacer como los demás. En este estado de agitación, entró en el templo y se puso a orar, y de repente vio con toda claridad: comprendió “cuál es su fin”, o sea el fin de los impíos, empezó a albar a Dios y a darle gracias con alegría porque todavía estaba con él. La luz se hace orando y considerando las cosas desde el fin, o sea, desde su desenlace.
Volvamos al hilo del discurso; Jesús rompe el esquema y lleva el tema al plano personal y cualitativo no sólo es necesario pertenecer a una determinada “comunidad” ligada a una serie de practicas religiosas que nos dan la garantía de la salvación. Lo importante es atravesar la puerta estrecha es decir el empeño serio y personal por la búsqueda del reino de Dios, esta es la única garantía que nos da la certeza que se está en el camino que nos conduce a la luz de la salvación. Jesús ha repetido muchas veces este concepto: “no todos los que me dicen Señor, Señor entraran en el Reino de los cielos, sino aquel que hace la voluntad de mi Padre que esta en los cielos”.
Comer y beber el cuerpo y la sangre de Señor, escuchar su Palabra, multiplicar las oraciones… es importante pero no es suficiente para alcanzar la salvación, porque como afirma Dios por boca del profeta Isaías: “no puedo soportar falsedad y solemnidad” (1,13). Al rito se debe unir la vida, la religión debe impregnar toda la vida la oración debe orientarse a la practica de la caridad, la liturgia debe abrirse a la justicia y al bien de otra manera como han dicho los profetas el culto es hipócrita y es incapaz de llevarnos a la salvación, y escucharemos las palabras de Jesús “aléjense de mí, operarios de iniquidad”. El acento está en las obras, expresión de una vida coherente con la fe que profesamos.
La imagen que Jesús usa inicialmente es aquella de la “puerta estrecha”, que representa muy bien el empeño que es necesario para alcanzar la meta de la salvación, el verbo griego usado por Lucas agonizesthe es traducido por “esforzarse”. Indica una lucha, una especie de “agonía”; incluye fatiga y sufrimiento, que envuelve a toda la persona en el camino de fidelidad a Dios.
La vida cristiana es una vida de lucha diaria por elevarse a un nivel espiritual superior; es erróneo cruzarse de brazos y relajarse después de haber hecho un compromiso personal con Cristo. No podemos quedarnos estancados en nuestra fidelidad al reino de Dios.
Creer es una actitud seria y radical y no se reduce a ciertos actos de devoción. Éstos pueden ser signos de una adhesión radical; finalmente al Reino de Dios son admitidos todos los justos de la tierra que han luchado, amado y se han esforzado por su fe con sinceridad de corazón; esto significa que el cristianismo se abre a todas las razas, a todas las culturas, a todas las expresiones sociales y personales sin ninguna restricción. Leer más…
Comentarios desactivados en 24.8.25 Serán muchos los que se salven? Vosotros sois la puerta, vosotros la respuesta.
Del blog de Xabier Pikaza:
Dom 21 TO, Lucas 13, 22-30.
Uno le preguntó: «Señor, ¿serán pocos los que se salven?» Jesús les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán…. (Lc 13, 22-30).
Esa pregunta y tema no se refiere sólo a la salvación eterna de las almas tras la muerte (tema que dejamos ahora en manos de la misericordia de Dios?, sino a la salvación y vida de los hombres en este mundo, tema clave de la apocalíptica judía y de la realidad actual del mundo, presa de fuegos terroríficos (calentamiento global, incendios pavorosos) y de guerras peores que diabólicas en varios lugares del mundo, pues los diablos que yo he conocido estudiando la Biblia y la historia de las religiones son mejores que muchos de traje y corbata, sin cola externa, que andan gobernando este mundo, en nombre de sus dioses falsos.
| Xabier Pikaza
Tema general
Muchos hombres y mujeres han empezado a pensar que la humanidad no tiene futuro. Somos la primera generación de personas que nos enfrentamos ante el riesgo de muerte de la especie humana, ante la posible destrucción de la vida en el planeta tierra por razones bélicas (guerra), sociales (lucha mutua), personales (cansancio general, suicidio colectivo) y ecológicas (degradación y al final aniquilación de la tierra).
En esta situación resulta necesario un gran cambio, como el que pidió Moisés en el Antiguo Testamento (Dt 30, 15-20), como el que anunció Jesús en el Evangelio al decir que llega el Reino de los Cielos (Mc 1, 14-15), pero sabiendo que eso exige que debemos convertirnos, pues de lo contrario nos destruiremos. Esa conversión que pide Jesús no es puramente interior, sino de vida total, personal, social y ecológico, y exige una fuerte renuncia, con un deseo más fuerte de comunicación de vida.
Desde fuera muchas veces se exige a la Iglesia que no se meta en donde no la llaman, que no hable de política, de economía, de relaciones sociales, de cosas que no entiende. La iglesia se tendría que limitar a rezar y punto. Frente a esta postura el Papa es claro: “Nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos” (Evangelii Gaudium 183).
Renuncia creadora. Hemos pensado a veces que podíamos hacer todo. La modernidad nos ha dicho “atreveos y conquistad”, y nos hemos atrevido, hemos conquistado, hemos creado formas nuevas de ciencia y de técnica, que nos han permitido conquistar todo el mundo, pero con el riesgo de “perder el alma”. Pues bien, ahora descubrimos que no podemos conquistarlo todo, ganar todo, pues al hacerlo podemos secar las raíces personales de nuestra vida, la armonía de la tierra, la convivencia y paz entre todos.
En el día en que queramos comer la “manzana del bien y del mal”, haciéndonos dueños del mundo entero por la fuerza terminaremos matándonos unos a otros. Por eso tenemos que atrevernos a renunciar, no por renunciar sin más, sino para conseguir, cultivar y disfrutar unos bienes más altos, en línea de humanidad, de valores de conocimiento, de arte, de amor, de equilibrio vital. Si no renunciamos a un tipo de violencia atómica, de manipulación genética y de lucha social (con el deseo de tenerlo cada uno todo), acabaremos matándonos todos.
Más justicia, aprender a convivir. Hemos querido conquistarlo todo, dominar a los indios y a los negros, imponer sobre el mundo la razón de los vencedores, como si lo importante fuera poseerlo de un modo egoísta, cada vez más cosas, en un mundo de ricos contra pobres, de un gran capital sobre todos, manipulando así la tierra, al servicio de nuestro poder, es decir, del poder de algunos grupos ricos, mientras se extiende y domina sobre el mundo la pobreza de muchos.
En esa línea, si cada uno de nosotros, cada uno de los pueblos y grupos humanos, busca únicamente su triunfo y razón, el despliegue de su propia verdad particular, aunque los otros tengan que morir, acabaremos matándonos todos. Necesitamos un tipo de sabiduría distinta, una sabiduría que no sea de poder propio y de dominio sobre los demás, sino de riqueza moderada y gozosa y para todos, de diálogo, de pluralidad y enriquecimiento mutuo, en la línea de un despliegue múltiple de la vida. Necesitamos descubrir que nuestro mayor gozo sea el gozo de los otros, que ellos puedan también, que tengan, que disfruten, para así colaborar todos
La ayuda de tradiciones religiosas. Corremos el riesgo de perder nuestras raíces culturales y religiosas, miles de años de aprendizaje para convivir. Pues bien, en este momento, es necesario que recuperemos los modelos religiosos antiguos, pero no tomados al pie de la letra, sino desde su mensaje más profundo, en la línea de un budismo compasivo, de un Islam respetuoso ante Dios y buscador de paz, de un cristianismo abierto al amor al prójimo, etc.
Los hombres de las grandes tradiciones religiosas y culturales han ido explorando caminos de vida muy valiosos, que hoy estamos en riesgo de olvidar. Pues bien, ante los nuevos retos de esta humanidad en riesgo tenemos que recuperar y recrear los recursos religiosos, y en especial los del cristianismo, para aprender de nuevo a renunciar y a crear, a vivir y a convivir, aprendiendo los unos de los otros.
Conversión de corazón, ecológica y de paz al servicio de la vida
Como he dicho, el problema de fondo es militar (guerra), social (lucha de grupos contra grupos), personal (cansancio, suicidio), pero también ecológico (corremos el riesgo de destruir la vida de la tierra). Por eso, la conversión que Jesús nos pide (Mc 1, 14-15) tiene que ser también una conversión ecológica, como ha dicho el Papa Francisco, Laudato sí (2015):
Un tema científico, conversión de la vida. Sabemos que la vida es limitada y que sólo puede mantenerse y avanzar en el mundo si se asumen, respetan y potencian los diversos equilibrios vegetales y animales, térmicos y climáticos etc. Pues bien, en los dos últimos siglos, la ciencia no ha tenido en cuenta esa exigencia, como si sólo importara un tipo de progreso material, aunque con ello destruyéramos el mundo.
Por eso es necesario un cambio científico, un conocimiento, una ciencia que nos enseñe a respetar la vida: no podemos hacer y deshacer a nuestro antojo el orden del mundo; no podemos cambiar y destrozar a nuestro capricho los tejidos del conjunto de la vida. Sencilla y progresivamente, cada vez con más hondura, la ciencia ecológica tiene que convertirse y convertirnos, al servicio de la vida, en un mundo donde se respete el clima, la naturaleza, la conexión de los diversos sistemas minerales, alimenticios, etc.
La ecología de la vida es un tema de acogida y producción, de uso y distribución de la energía que está vinculada a las fuentes de la vida. Es preciso que los hombres asuman una actitud positiva de respeto por la vida, con lo que ello implica en los aspectos políticos y económicos, sociales y personales. Actualmente nos hallamos ante un problema de degradación: el consumo egoísta de las energías y formas de vida del presente lleva el riesgo de romper los desarrollos y posibilidades del futuro: la contaminación de la atmósfera, degradación de los mares, polución de las aguas.
Hay un problema de distribución de energía, unos consumen y gastan casi todo, otros carecen de los medios básicos de vida: agua, electricidad, medios de cultivo de la tierra. En ese plano es necesaria una intensa conversión, en línea de justicia y fraternidad. Sólo así podremos orientar la energía, poniéndola al servicio de la vida de todos. Hasta ahora estábamos en manos de la sabiduría de la naturaleza, que nos parecía infinita y pensábamos que podíamos utilizarla de una forma depredadora (cazando y matando sin más animales, manipulando sin conciencia aires, tierras y mares). Ha llegado el momento de orientar el uso de la energía (del agua al carbón, de la electricidad al átomo…) al servicio de la vida de la tierra.
Un tema de política y educación. Escuela ecológica. Para que esto cambie tiene que cambiar de un modo radical la política de la humanidad. No basta la función y empeño de unos pequeños partidos “verdes”. Ha llegado el momento de que todos partidos políticos, todas las naciones, asuman de una forma decidida los valores de la vida, y de la vida para todos, por encima de opciones ideológicas, de formas de organización cultural.
No se trata de un problema de simples ideales estéticos particulares, de gustos o emociones, sino de simple y radical supervivencia. O renunciamos todos al estilo de dominio, al ansia de poder y de consumo… o la llama de la vida que un día recibimos de la evolución cósmica (de Dios), terminará por apagarse en nuestras manos.
En esa línea no basta el cambio energético y político. Es necesario un intenso cambio educativo, que nos lleve a sentir y a querer de un modo nuevo, aceptando a los demás y buscando juntos un futuro de equilibrio sano y de salud física y mental, aprender a querernos, amando y gozando del mundo, en su pluralidad.
Hace falta una escuela ecológica, no de pura renuncia, sino de transformación de los valores de la vida, en la línea de un nuevo Jesús de Nazaret, de un nuevo Juan Bosco. Éste es en el fondo un problema y camino de amor: de disfrutar y compartir la vida, para todos y con todos. En esa línea, amar a Dios significa amar y agradecer su creación. Amar al prójimo significa querer ofrecerle lo mejor, un mundo bueno, con agua limpia, un mundo en el que se respete la belleza y el orden de la naturaleza, al servicio de la vida.
Tres peligros de muerte, abrid la puerta de la vida
Estamos en un mundo de mal mercado, donde todo se compra y vende, como sabía el Apocalipsis de Jn 17-18. Este mercado nos pone en manos de tres muerte
-Muerte por bomba. En otro tiempo, la violencia parecía limitada en su espacio y posibilidades, de manera que resultaba difícil (casi imposible) que los hombres acabaran destruyéndose todos. Ahora se ha globalizado de modo que formamos un único mundo, con un potencial de destrucción casi inmediato (bomba atómica). Han sido necesarios muchos milenios para nuestro surgimiento; pero somos capaces matarnos en unas breves horas, si algunos (dueños de la bomba), lo deciden. Sólo podemos sobrevivir si queremos (nos queremos) y pactamos (dialogamos, nos respetamos), superando la pura violencia del sistema, buscando formas de administración económica y política al servicio de la humanidad, sobre el terrorismo de los poderes globales y de la respuesta violenta de los marginales o marginados.
– Muerte por manipulación genética (hombres artificiales). Hasta ahora parecíamos nacer de un modo como inmediato, pues los padres nos han transmitido la vida de forma generosa, gratuita, por amor, en un lenguaje personal, en el cuerpo a cuerpo, cara a cara, palabra a palabra de la comunicación. Pero la ciencia ha puesto en nuestras manos unas posibilidades insospechadas de manipulación e influjo genético y educativo, que parecen capaces de cambiar nuestra forma de concepción y nacimiento. Ciertamente, es buena también en este campo la ayuda de la ciencia. Pero ella podría llevarnos a «fabricar» hominoides en serie, un tipo de híbridos humanos, no sólo condicionados, sino también manejados, dirigidos, controlados desde fuera, como instrumentos al servicio de sus amos. Si así hiciéramos eso nos destruiríamos a nosotros mismos.
– Muerte por angustia, cansancio vital. Hasta ahora, hemos vivido porque nos gustaba, porque en el fondo de la aventura humana (engendrar y convivir) habíamos hallado un estímulo, un placer, vinculado al mismo Dios. Habíamos vivido por gozo y deseo, porque la vida era un don y una aventura, un regalo sorprendente que podíamos agradecer a Dios. Pero muchos sienten ahora que no merece la pena, negándose a engendrar o incluso a vivir. De esa forma emerge un tercer tipo de «suicidio humano»: Tras la bomba y la manipulación genética, puede alcanzarnos la falta de deseo, el cansancio de una vida que parece sin Dios y sin futuro, sin sentido sobre el mundo. El problema ya no es la Voluntad de Poder de Nietzsche, sino la ausencia de una Voluntad de Ser: Que nos falte el Dios del gran deseo de vivir y transmitir la vida, ahogándonos todos, unos en medio de riquezas materiales (asfixia interna), otros por falta de medios (asfixia externa). Es aquí donde viene a planearse con más fuerza el tema de Dios, el deseo de vida y la resurrección.
Estos riesgos conforman nuestra forma de vida y determinan el tiempo posmoderno. Un Dios en general no basta, ni basta una razón entendida en forma de sistema. Necesitamos entrar por la puerta estrecha de la vida en amor, de la que hablaba Jesús… Esa puerta es el Dios de la vida, la Vida que es Dios encarnado en los hombres del mundo, en todos los hombres y mujeres, no en los míos solamente
Dios, la puerta de la vida
Un Dios al que vemos en cada niño que nace, haciéndonos capaces de saltar de gozo y deseo de vida, de amor y de encuentro personal, pues por pura ley de sistema los hombres no viven. En este contexto podemos formular, en un orden inverso, los tres momentos del esquema anterior.
Dios como es amplitud de Vida, contra el cansancio y angustia de aquellos que piensan y sienten que su vida carece de sentido.
Dios como origen y latido de vida, contra de la bomba, que puede destruirlo todo… un Dios de pan para los hambrientos de Gaza, a la sombre de Jerusalén, Dios de diálogo y camino para todos, a la sombre de Moscú o de USA, mostrarse como puerta de futuro (pueerta estrecha que tenemos que ensanchar con amor y palabra de vida, camino de resurrección. De esa forma definimos a Dios como Don enamorado de la vida (en gratuidad y perdón, en nacimiento y muerte esperanzada.
Durante siglos, a los israelitas no les preocupó el tema de la salvación o condena en la otra vida. Después de la muerte, todos, buenos y malos, ricos y pobres, opresores y oprimidos, descendían al mundo subterráneo, el Sheol, donde sobrevivían sin pena ni gloria, como sombras. Quienes se planteaban el problema de la justicia divina, del premio de los buenos y castigo de los malvados, respondían que eso tenía lugar en este mundo. Sin embargo, la experiencia demostraba lo contrario, y así lo denuncia el autor del libro de Job: en este mundo, los ladrones y asesinos suelen vivir felizmente, mientras los pobres mueren en la miseria.
Con el tiempo, para salvar la justicia divina, algunos grupos religiosos, como los fariseos y los esenios, trasladan el premio y el castigo a la otra vida. Dentro de los evangelios, la parábola del rico y Lázaro refleja muy bien esta idea: el rico lo pasa muy bien en este mundo, pero su comportamiento injusto y egoísta con Lázaro lo condena a ser torturado en la otra vida; en cambio, Lázaro, que nada tuvo en la tierra, participa de la felicidad eterna.
Entre los judíos que creen en la resurrección cabe otra postura, importante para comprender el comienzo del evangelio de hoy: sólo los buenos resucitan para una vida feliz, los malvados no consiguen ese premio, pero tampoco son condenados.
Una pregunta absurda: cuántos
Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorría ciudades y aldeas enseñando.
Uno le preguntó:
‒ Señor, ¿serán pocos los que se salven?
Bastantes cristianos actuales habrían formulado la pregunta de manera distinta: ¿serán muchos los que se condenen? Sin embargo, el personaje del que habla Lucas parece formar parte de ese grupo que sólo cree en la salvación. Jesús podría haber respondido con otra pregunta: ¿qué entiendes por “pocos”? ¿Cuatro mil? ¿Veinte millones? ¿Ciento cuarenta y cuatro mil, como afirman los Testigos de Jehová? La pregunta sobre pocos o muchos es absurda, aunque hay gente que sigue afirmando con absoluta certeza que se condena la mayoría o que se salvan todos.
Una enseñanza: “entrar por la puerta estrecha”
Jesús no entra en el juego. Ni siquiera responde al que pregunta, sino que aprovecha la ocasión para ofrecer una enseñanza general.
Jesús les dijo:
‒ Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos intentarán entrar y no podrán.
La imagen, tal como la presenta Lucas, no resulta muy feliz. Quienes no pueden entrar por una puerta estrecha son las personas muy gordas, y eso no es lo que está en juego. El evangelio de Mateo ofrece una versión más completa y clara: “Entrad por la puerta estrecha; porque es ancha la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella. ¡Qué estrecha es la puerta, qué angosto el camino que lleva a la vida, y son pocos los que dan con ella!” (Mateo 7,13-14).
En cualquier caso, la exhortación de Jesús resulta tremendamente vaga: ¿en qué consiste entrar por la puerta estrecha? En otros momentos lo deja más claro.
Al joven rico, angustiado por cómo conseguir la vida eterna, le responde: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, honrarás a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Son los mandamientos de la segunda tabla del decálogo, los que regulan las relaciones con el prójimo. Curiosamente (y a muchos judíos les resultaría blasfemo) para conseguir la vida eterna no es preciso observar el sábado.
En el evangelio de Mateo, la parábola del Juicio Final indica los criterios que tendrá en cuenta Jesús a la hora de salvar y condenar: “porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era emigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y acudisteis”. La experiencia demuestra que vivir esto equivale a pasar por una puerta estrecha, pero al alcance de todos.
Un final sorprendente y polémico: quiénes
La pregunta sobre el número de los que se salvan ha provocado una respuesta sobre cómo salvarse; pero Jesús añade algo más, sobre quiénes se salvarán.
El libro de Isaías contiene estas palabras dirigidas por Dios a los israelitas: “En tu pueblo todos serán justos y poseerán por siempre la tierra” (Is 60,21). Basándose en esta promesa, algunos rabinos defendían que todo Israel participaría en el mundo futuro; es decir, que todos se salvarían (Tratado Sanedrín 10,1). ¿Y los paganos? También ellos podían obtener la salvación si aceptaban la fe judía.
Sin embargo, las palabras que pone Lucas en boca de Jesús afirman algo muy distinto. Empalmando con la idea de que muchos intentarán entrar y no podrán, nos sorprende con la siguiente descripción:
Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta, diciendo:
– “Señor, ábrenos”.
-Y él os replicará: “No sé quiénes sois”.
Entonces comenzaréis a decir:
-“Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”.
Pero él os replicará:
-“No sé quiénes sois. Alejaos de mí, malvados.”
Entonces será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.
El amo de la casa es Jesús, y quienes llaman a la puerta son los judíos contemporáneos suyos, que han comido y bebido con él, y en cuyas plazas ha enseñado. No podrán participar del banquete del reino junto con los verdaderos israelitas, representados por los tres patriarcas y los profetas. En cambio, muchos extranjeros, procedentes de los cuatro puntos cardinales, se sentarán a la mesa.
La conversión de los paganos ya había sido anunciada por algunos profetas, como demuestra la primera lectura (Is 66,18-21) que copio más abajo. Pero el evangelio es hiriente y polémico: no se trata de que los paganos se unen a los judíos, sino de que los paganos sustituyen a los judíos en el banquete del Reino de Dios. Estas palabras recuerdan el gran misterio que supuso para la iglesia primitiva ver cómo gran parte del pueblo judío no aceptaba a Jesús como Mesías, mientras que muchos paganos lo acogían favorablemente.
Moraleja y matización
Lucas termina con una de esas frases breves y enigmáticas que tanto le gustaban a Jesús (de hecho, el evangelio de Mateo la coloca en otro contexto muy distinto).
Mirad: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos.
En la interpretación de Lucas, los últimos son los paganos, los primeros los judíos. El orden se invierte. Pero los primeros, los judíos como totalidad, no quedan fuera del banquete, también son invitados a él. El mismo Lucas, cuando escriba el libro de los Hechos de los Apóstoles, presentará a Pablo dirigiéndose en primer lugar a los judíos, aunque en generalmente sin mucho éxito.
Primera lectura: Isaías 66, 18-21
Así dice el Señor:
Yo vendré para reunir a las naciones de toda lengua: vendrán para ver mi gloria, les daré una señal, y de entre ellos despacharé supervivientes a las naciones: a Tarsis, Etiopía, Libia, Masac, Tubal y Grecia, a las costas lejanas que nunca oyeron mi fama ni vieron mi gloria; y anunciarán mi gloria a las naciones.
Y de todos los países, como ofrenda al Señor, traerán a todos vuestros hermanos a caballo y en carros y en literas, en mulos y dromedarios, hasta mi monte santo de Jerusalén ‒dice el Señor‒, como los israelitas, en vasijas puras, traen ofrendas al templo del Señor. De entre ellos escogeré sacerdotes y levitas ‒dice el Señor‒.
El primer párrafo es el que está en relación con el evangelio: habla de la conversión de los paganos desde Tarsis (a menudo localizada en la zona de Cádiz-Huelva) hasta Turquía (Masac y Tubal), y con dos importantes regiones de África (Libia y Etiopía). El punto de vista es distinto al del evangelio: aquí sólo se habla de conversión, no de salvación en la otra vida (tema que queda fuera de la perspectiva del profeta).
Segunda lectura: cuando Dios nos mete por la puerta estrecha (Heb 12,5-7.11-13)
Este breve fragmento de la carta a los hebreos no tiene nada que ver con el evangelio. Pero es una hermosa exhortación que lo complementa. En el evangelio se nos anima a «entrar por la puerta estrecha». Muchas veces es la vida la que se estrecha en torno a nosotros, como si Dios nos pusiera a prueba. El autor de la carta enfoca esos momentos difíciles como una reprensión o corrección del Señor. Pero es la corrección de un Padre que deseo lo mejor para su hijo, idea que debe consolarnos y fortalecernos.
El de hoy es un evangelio “peligroso” que nos puede conducir a dos extremos contra puestos.
Por un lado, podemos quedarnos con la imagen de un dios exigente que lleva cuentas pormenorizadas de cada uno de nuestros pecados. Un dios riguroso, lleno de santidad y perfección. Lleno de poder que no se va a dejar manchar o corromper por la oscuridad y debilidad humana.
En el extremo opuesto, podemos caer en la trampa de pensar que al Dios de Jesús no le pega nada eso de “dejar fuera” a nadie y que su misericordia es una especie de salvoconducto que nos permite vivir sin ninguna responsabilidad. Que podemos hacer lo que queramos, lo que nos dé la gana.
Ambas posturas están equivocadas aunque tienen su parte de verdad. El Dios que vino a anunciarnos Jesús no es un juez castigador. No necesita de nosotras un expediente impecable. Pero tampoco podemos convertir la misericordia divina en la excusa perfecta para vivir de cualquier manera, porque en el Reino del Amor no vale todo. Por eso Jesús dice: “Esforzaos por entrar por la puerta estrecha.”
El evangelio de hoy apela a nuestra responsabilidad personal. Solo aquello que nos hace crecer en amor y libertad nos abre las puertas del Reino, porque solo esas actitudes nos ponen en camino.
No es que Dios nos vaya a cerrar la puerta, pero tampoco nos va a obligar a entrar. La puerta del Reino es estrecha porque tenemos que acertar con ella desde nuestra propia libertad. Y la libertad nos da siempre a escoger, aunque no siempre lo más apetecible es realmente mejor.
Oración
Repite, Trinidad Santa, en nuestros corazones ese:
“Esforzaos por entrar por la puerta estrecha”,
recuérdanos que necesitas de nosotras para llevarnos a tu Reino. Amén.
Comentarios desactivados en Mi ego inflado se atascará en la puerta.
DOMINGO 21 (C)
Lc 13,22-30
La salvación es el tema central de todas las religiones y no me duelen prendas al decir que todas lo han planteado mal. La salvación que nos ofrecen está orientada al falso yo. Los únicos salvados fueron los místicos y todos lo hicieron a pesar de sus propias religiones.
Jesús no responde a la pregunta, porque está mal planteada. La salvación no es una línea que hay que cruzar, sino un proceso de descentración del yo. Nos han convencido de que tenemos que ser salvados. ¿De qué? ¿Del dolor, de la enfermedad, del pecado, de la muerte? Esas limitaciones son esenciales al hombre. Sin ellas dejaríamos de ser humanos.
Infinidad de preguntas sobre la salvación: ¿Para cuándo? ¿Aquí o más allá? ¿Material o espiritual? ¿Nos salva Dios, Jesús o nosotros? ¿Salvan las obras o la fe? ¿Salva la religión, los sacramentos, la oración, la limosna, el ayuno? ¿Nos salva la Escritura? ¿Individual o comunitaria? ¿Es la misma para todos? ¿Podemos saber si estamos salvados?
Las preguntas están mal planteadas. Todas dan por supuesto que hay un yo que está perdido y debe ser salvado. La salvación no consiste en alcanzar la seguridad para mi yo individual, sino en superar toda idea de individualidad. La religión ha fallado al proponer la salvación de nuestro falso yo, que es el anhelo más hondo de todo ser humano.
Todos se salvan de alguna manera, porque todo ser humano despliega algo de esa humanidad por muy mínimo que sea. Y nadie alcanza la plenitud de salvación porque las posibilidades de ser más humano no tienen límite. Todos estamos salvados y necesitados de salvación. Esta idea nos desconcierta, porque no satisface los deseos del yo.
Lo de la puerta estrecha lo hemos entendido mal y nos ha metido por un callejón sin salida. El esfuerzo no debe ir encaminado a potenciar un yo para asegurar su permanencia incluso en el más allá. No tiene mucho sentido que esperemos una salvación para cuando dejemos de ser auténticos seres humanos, es decir para después de morir.
La salvación no consiste en la liberación de las limitaciones. La salvación consiste en alcanzar una plenitud sin pretender dejar de ser criatura y limitada. La verdadera salvación es posible a pesar de mis carencias porque se tiene que dar en otro plano. Ni la enfermedad ni la muerte ni el pecado restan un ápice a mi condición de ser humano.
Debemos desechar la idea de un umbral que debemos superar. No debemos hacer hincapié en la puerta sino en el que debe atravesarla. No es que la puerta sea estrecha, es que se cierra automáticamente en cuanto ‘alguien’ (un yo) pretende atravesarla. Solo cuando tomemos conciencia de que somos ‘nadie’, se abrirá de par en par.
No sé quiénes sois. Esta advertencia es más seria de lo que parece. Pero no tenemos que esperar a un más allá para descubrir si hemos acertado o hemos fallado. Nuestro grado de salvación se manifestará en la calidad humana de nuestras relaciones con los demás.
No se trata de prácticas ni de creencias sino de humanidad manifestada en el servicio a todos los hombres. Lo que creas hacer directamente por Dios no tiene ninguna importancia. Lo que haces cada día por los demás es lo que determina tu grado de plenitud humana, que es la verdadera y efectiva salvación para el hombre.
En los diálogos que Platón dedica a la República, Sócrates, su protagonista, analiza el proceso de formación de un Estado partiendo de su origen, es decir, de la impotencia de cada individuo para atender por sí mismo todas sus necesidades.
Sócrates –en realidad, Platón– considera que las necesidades básicas del hombre son el alimento, la habitación y el vestido, y partiendo de esta premisa, afirma que en principio bastarían tres hombres para formar un Estado: un agricultor, un constructor y un sastre. Cuando avanza más en su reflexión, advierte también otras necesidades, pero el fondo del razonamiento sigue invariable.
Llegado a este punto, contempla la vida apacible y feliz que llevan sus habitantes, y concluye: «De esta manera, llenos de gozo y salud, llegarán a una avanzada vejez, y dejarán a sus hijos herederos de una vida semejante».
Su contertulio, Glaucón, muestra su desacuerdo con la vida austera que propone Sócrates, a lo que éste contesta: «Muy bien, ya te entiendo. No es solamente el origen de un Estado lo que buscamos, sino el de un Estado que rebose placeres. Quizás no obremos mal planteándolo, porque de esta forma podremos saber por dónde se ha introducido la injusticia en la sociedad. Sea como sea, el verdadero Estado, el Estado sano, es el que acabamos de describir. Si ahora quieres que echemos una mirada al Estado enfermo y lleno de pústulas, nada hay que nos lo impida» …
En definitiva, el diálogo continúa mostrando que la abundancia provoca avaricia, y que la avaricia acarrea guerras, corrompe a los ciudadanos, complica sobremanera la estructura del Estado y es la primera causa de opresión e injusticia…
Si aplicamos este diálogo a nuestros días, resulta que para garantizar hoy una existencia digna bastaría atender el alimento, el vestido, la vivienda, la educación y la salud, y siguiendo un razonamiento similar al de Platón, llegaríamos a definir una sociedad austera cuyos ciudadanos se habrían sacudido el yugo del consumo, basarían su existencia en unos valores que les liberan (y no en unos afanes que les someten), no tendrían el corazón endurecido por la avaricia y serían más libres y por tanto más humanos.
Y esto puede parecer una utopía, pero quizá sea la única vía para librarnos del desastre al que estamos abocando a este mundo. No es casual que la práctica totalidad de los tratados de sabiduría de la historia propugnen el mismo principio: «Huid del estado que rebosa placeres», «Viajad por la vida ligeros de equipaje», «No acumuléis tesoros en la Tierra», «Entrad por la puerta estrecha»…
Hoy, ante la evidencia irreversible del cambio climático, este principio cobra especial relevancia, y así lo refleja Jon Sobrino, sacerdote jesuita, en una de las frases más lúcidas de nuestro tiempo y que no nos cansaremos de repetir: «Debemos caminar hacia la civilización de la austeridad compartida».
Miguel Ángel Munárriz Casajús
Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí
Comentarios desactivados en Iniquidad. Ayer, hoy, mañana… ¿Siempre?
Lucas 13, 22-30
Cuántas veces habrán pasado mis ojos leyendo esta palabra en el texto del evangelio de Lc 13, 22-30: Iniquidad.
Cuántas lo habré escuchado en la lectura de la misa del domingo o de cualquier otro día: Iniquidad.
Cuántas veces habré meditado estos versículos sin percibir la presencia de esta palabra: Iniquidad.
En esta ocasión, cuando con tiempo me puse a leer el relato que nos dejó Lucas, la palabra se encendió; se iluminó como antorcha, como hoguera en la noche. Frené y leí detenidamente las palabras que la acompañaban: “No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”.
No es palabra al uso en nuestros tiempos y sin embargo después de hacer un rastreo por Google, desgraciadamente la iniquidad fluye a sus anchas en nuestro mundo sin complejos.
Aquí pongo un par de textos que nos orientan sobre el significado de una palabra con toque siniestro (por lo menos a mí me lo parece), que no es habitual pero que lo que significa está a la orden del día.
Del Diccionario de la RAE: “Maldad o injusticia muy grande. Se refiere a una acción o situación que viola la justicia y la moral, mostrando una gran falta de rectitud y equidad. En esencia es una forma extrema de injusticia”.
Quise avanzar más sobre esto y busqué el significado bíblico: “En la Biblia, la iniquidad (en hebreo “avon”) se refiere a la maldad, la injusticia y la culpa que son resultado de la rebelión contra Dios y sus leyes. Implica una desviación intencional de la norma moral y un rechazo a la autoridad divina, a menudo resultando en consecuencias negativas tanto para el individuo como para la comunidad”.
Por lo que podemos ir viendo esto ha sucedido desde el ayer de los tiempos, en el presente actual y, por la cantidad de frentes abiertos, parece que mañana seguirá estando en nuestras vidas de forma sibilina y cancerosa. Me pregunto: ¿Siempre va a ser igual? ¿Es la enfermedad del Mal?
Dinos, Jesús, quién es comensal en tu mesa, la del Padre, la del reino de Dios, hoy.
Una voz interior preocupada y sufriente susurra: “Los niños, las mujeres y los hombres de Gaza que han perdido todo menos la dignidad humana, aunque los maten con bombas, drones y tiro al blanco en las colas para recibir alimentos. Los periodistas que han silenciado con muertes violentas. Los sanitarios que ya no tienen los mínimos para poder ayudar a sanar o bien morir. Todos los que denuncian la injusticia de un genocidio televisado y en las redes. Porque como ya dije y sigo diciendo los últimos serán los primeros.”
Un largo silencio dio paso a duras palabras envueltas en una tristeza infinita: “Y los que se consideran los primeros y se siente alabados y consentidos en la política transgresora, en los negocios abusivos que causan pobreza y deterioro en la naturaleza; los que gobiernan como si el mundo fuera de su propiedad; quienes tienen la enfermedad obsesiva del poder y el dinero; los que provocan guerras pero ellos no van; los que esquilman recursos en países pobres; los que echan por tierra los derechos humanos que tanto costó que tuvieran presencia jurídica, aunque no para todos; los que expulsan de mala manera a emigrantes; los que miran hacia otro lado… esos primeros, en el mundo, serán los últimos en la mesa del reino de Dios.”
Tras haber leído y meditado el texto de Lucas creo entender que la iniquidad es la sofisticación de la excelencia del Mal en estado puro. Utilizo la palabra “excelencia” que siempre se entiende por algo bueno, digno, sobresaliente, superior, etc. porque quiero que quede claro que el refinamiento del Mal puede llegar a unas alturas que esos adjetivos cuadran traducidos en negativo. No hacen falta más explicaciones, lo vemos a diario.
Pero no agachemos la cabeza. Mirémonos a los ojos, unamos las manos sintiendo la fuerza de la comunidad y enfrentemos al Mal con la fuerza de tres pacíficas e invencibles “herramientas” (que no armas, demasiado bélico) que puestas a funcionar serán invencibles: Fe, Esperanza y Amor.
¡Despertemos, unámonos, seamos creativos! Sabemos cuál es el Camino, conocemos la Verdad que nos hace libres y queremos vivir la Vida con la cabeza alta y la fuerza de la comunidad, como nos dice Jesús (Jn 14, 6-17)
Hay mucho que hacer. La iniquidad está normalizada y habrá que desnormalizarla hasta que desaparezca incluso del diccionario.
Comentario al evangelio del domingo 24 agosto 2025
Lc 13, 22-30
El yo, con su tendencia a apropiarse de todo lo que puede alimentarlo, llega al extremo de pretender garantizarse y atrapar la “salvación”. Sin embargo -advierte Jesús-, la puerta que conduce a la vida es estrecha: ningún ego apropiador cabe en ella.
Basta un poco de atención para advertir que no se trata de ninguna exigencia arbitraria: a la vida únicamente puede entrar la vida. Todo lo que no sea vida -todo lo que no sea amor- supone una carga o lastre que actúa como bloqueo que impide el paso a la vida.
La palabra sabia de Jesús invita de manera inmediata a una pregunta elemental: ¿vivo en la consciencia de ser vida, más allá de la forma (persona) en la que me estoy experimentando?, ¿hay en mí algo que no sea vida, a lo que permanezco aferrado o de lo que me quiero apropiar?
En la práctica, la consciencia de ser vida se plasma en la actitud de vivirse como cauce o canal de la misma, que permite que la vida sea y fluya a través de esta persona. Lo cual, en la práctica, se traduce en amor.
Por tanto, decir que a la vida únicamente puede entrar la vida, significa que por su puerta solo cabe el amor. Todo lo que no sea amor no cabe por esa “puerta estrecha”.
Reconocerse como vida es sabiduría o comprensión. Lo contrario -pensar que estamos separados de la vida- es ignorancia o -como decíamos hace algunas semanas- “necedad”. Es necio -del latín nescio: “no sé”- quien ignora lo que somos en profundidad.
Esa ignorancia radical nos desconecta de nosotros mismos, de los otros y de la vida. Vivimos, en consecuencia, desconectados y egocentrados, girando, de manera narcisista, en torno a los intereses y los miedos del propio ego, y provocando sufrimiento a nuestro alrededor.
¿Qué pasaría si Netanyahu se enterara de que es hermano de los gazatíes o si Trump cayese en la cuenta de que es hermano de los inmigrantes? ¿Qué pasaría si el arzobispo de Oviedo supiera –¡qué raro que un arzobispo no sepa esto y prefiera seguir rigiéndose por la ley del Talión, que Jesús quiso derogar!- que aquellos a quienes llama “moritos” son todos hermanos suyos? ¿Qué pasaría si yo mismo viviera sabiendo, de manera consciente en todo momento, que soy hermano de todos los seres? Dejaríamos de ser “necios”, la comprensión nos transformaría… y se abriría ante nosotros la puerta de la vida.
Algo parece claro: lo que nos transforma, nos hace mejores personas y construye un mundo mejor no es el moralismo, ni el voluntarismo, ni las creencias religiosas, ni la exigencia ética, ni -siendo imprescindible- el compromiso sociopolítico. Solo la comprensión -experiencial, profunda y sentida-, que posibilita el cambio en nuestro nivel de consciencia -el paso de una consciencia egoica a la consciencia transpersonal- hará posible la transformación de nuestra realidad, personal y colectiva.
Comentarios desactivados en Si el infierno existe, está por estrenar (H.U. von Balthasar)
Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:
¿Serán pocos los que se salven?
01.- Esto de la salvación de la que hablan los eclesiásticos produce mucha cansera.
La salvación, tal y como nos la ofrece la moral en la que hemos sido educados termina por producir una gran cansera además de tener poca credibilidad.
Pareciere como que Dios nos hubiese creado, pero en realidad esta creación, esta existencia tiene poco interés. Esta vida es como los partidos de fútbol de “pretemporada”: vamos a ver cómo lo hacéis en verano y, el que juegue bien, el que se porte bien, ese tendrá el premio de jugar la temporada, tendrá una buena “ficha”.
Además está el agravante de que Dios crea bien, pero le sale mal la cosa y por una manzana se le estropea a Dios todo el designio salvífico, todo su plan de salvación. Enseguida vendrán Caín y Abel, la torre de Babel hasta Gaza… El mismo Dios se dio cuenta de que algo no funcionaba y “se arrepintió Dios de haber creado al hombre, (Gn 6).
La vida eterna y la salvación son concebidas como un premio. Dios premia y castiga. Dios funciona como la Kutxa o las entidades bancarias: al que ahorre, al que tenga los “números en orden”, se le da un premio. El cielo y la salvación son como un viaje de fin de estudios.
02.- El primer acto salvífico de Dios es la creación.
El primer acto salvífico de Dios es la creación. Cuando Dios crea, salva. No es que Dios cree y luego veremos a ver qué pasa, y según pase, veré cómo os trato, porque tengo preparado un infierno espléndido…
Dios no ha creado ningún infierno.
Dios nos hace para la vida (salvación), no para la muerte.
Podríamos comparar esto a los padre-madre de este mundo: cuando tienen un hijo lo tienen para la vida. No es que los padres piensen: vamos a ver cómo se porta el hijo, y según se comporte, le daremos más o menos o nada de vida, incluso lo castigaremos…
Dios quiere que todos los hombres (todos significa: todos) se salven (vivan) y lleguen a vivir plenamente. (1Tim 2,4-5).
La afirmación bíblica es de grueso calado:
Dios quiere que vivamos (nos salvemos). Es decir: Dios crea y quiere la vida. Nuestro Dios es un Dios de vivos y no de muertos, (Lc 20,38). El Dios de JesuCristo es de vida y salvación, no de muerte y condenación.
Dios quiere que vivamos todos. Es decir, la voluntad de Dios no es que unos se salven y otros no, que un pueblo (Israel) se salve y otros, no. Ni tan siquiera pone condiciones morales: los buenos viven, los pecadores, no. Salid a los caminos e invitad a todos a la mesa, buenos y malos, (Mt 22,9-10)
La mesa, el banquete está abierto a todos. Dios nos quiere a todos en su casa, a su mesa.
03.- Un apunte sobre el infierno
Me parece que hará muchos años que no habéis oído hablar del infierno.
Y conviene pensar y hablar sobre el infierno pero desde la misericordia de Dios Padre de JesuCristo. Solamente quien no cree en el Dios de Jesús afirma el infierno como un lugar de condenación en el que Dios ya no puede intervenir.
Ante todo hemos de pensar que Dios no crea una inmensa sala de torturas, Dios no crea el infierno. Dios quiere que todos nos salvemos.
Incluso desde un punto de vista filosófico-teológico ¿es pensable que exista un “lugar”, el infierno, en el que Dios ya no puede intervenir? ¿Existe un señor, el diablo, que campea por sus fueros y Dios no le puede decir ni “esta boca es mía”?
No lo creo.
¿Serán muchos los que se salven?
04.- Desde el lado humano: la libertad.
Desde la libertad hemos de pensar que el ser humano puede optar por el mal y por el mal absoluto (¿) y, por tanto, el ser humano podría optar por su propia destrucción, que eso sería el infierno.
Recordemos que en la parábola del padre y los dos hijos el personaje trágico no es el hijo menor, perdido, sino el mayor, que no quería entrar a la celebración de la fiesta familiar por su hermano que había vuelto a la vida.
La pintura de Rembrandt del padre y el hijo pródigo refleja bien esta situación. El hermano mayor queda a la puerta de casa y no quiere entrar. Eso es el infierno. ¿Qué va a hacer Dios si no quiero entrar?
Recordemos aquello que decía San Agustín: Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti.
Aunque también hay que preguntarse si alguien -en sus cabales- puede optar por el mal absoluto. Una libertad limitada, como es la humana, ¿puede elegir ante Dios el mal absoluto?
05.- Ante el infierno quedan abiertas muchas cuestiones:
+ Presentar por igual la revelación de la salvación y de la condenación es falsear el cristianismo. Dios nunca creó el infierno. Desde el Evangelio de Jesús no hay “dos estaciones Termini”: “tú verás cuál escoges”.
Dios solamente quiere y crea vida y salvación. Estamos, pues, en una historia de salvación y no de condenación.
+ Dios es bueno y solamente bueno.
+ Dios quiere que toda la humanidad se salve. (1Tim 2,3).
+ Dios no es neutral sino que quiere especialmente la salvación del pecador. Dios ya sabe quiénes y cómo somos, por eso como padre, busca siempre la vida del hijo perdido.
+ Cuando Dios quiere hacer justicia, lo que hace es misericordia. La justicia de Dios es misericordia. Al menos el Dios de Jesús es pura bondad y en muchos casos es diferente del Dios de la moral eclesiástica.
+ El mismo Dios que nos invita a nosotros perdonar siempre, incluso al enemigo, ¿No será capaz de perdonarnos en esas situaciones límite?
+ Nunca la iglesia ha dicho de nadie que se haya condenado, ni de Judas. Así como ha dicho de muchos que están salvados: los santos, esa muchedumbre inmensa que nadie puede contar, nunca ha dicho de nadie que esté condenado.
+ La posibilidad de un fracaso humano absoluto, ¿no sería el fracaso de la cristología y de la redención?
+ Decía el teólogo H. U. von Balthasar que “si el infierno existe, está por estrenar”
+ Todos vivimos y morimos en la misericordia de Dios. Podemos confiar y esperar que en ese tránsito, que es la muerte, todos lo realizamos en la misericordia de Dios.
+ Nos salvamos porque para Dios no hay nada imposible.
+ Mientras exista un condenado, Cristo sigue crucificado, (Orígenes).
06.- JesuCristo es vida.
El Evangelio de san Juan ve a Jesús como fuente de vida. El Señor es la vida definitiva.
En el principio existía la Vida, (Jn 1,4)
El Señor es el agua deVida eterna, Jn 4,14)
Cristo es el pan deVida definitiva, (Jn 6)
Yo soy la resurrección y la Vida, (Jn 11,25)
Yo soy el camino la verdad y la Vida, Jn 14,6)
Una existencia configurada, estructurada conforme a Cristo, crea vida, realiza la vida.
07.- ¿Cómo vivir y cómo morir?
Respecto al “más allá”, Me quedo en la esperanza de los salmos místicos y la Sabiduría:
Salmo 16 No abandonará mi vida en el sheol (muerte), no dejarás a tu fiel amigo conocer la fosa (corrupción / muerte).
Salmo 49 Dios rescatará mi vida (me llevará consigo) de las garras del sheol (abismo) y me llevará consigo.
Sabiduría 3,1 Nuestra vida está en manos del Señor
Desde el evangelio de JesuCristo que vamos a vivir bien en el “más allá” es evidente, lo que hace falta es vivir bien en el “más acá”.
Comentarios desactivados en “Entrar por la ‘puerta estrecha’ del amor incondicional de nuestro Dios para con todos”, por Consuelo Vélez.
De su blog Fe y Vida:
XXI Domingo del Tiempo Ordinario 24-08-2025
Una vez más a Jesús le hacen una pregunta sobre quién puede salvarse. Pero él, no la responde directamente sino que aprovecha para dar un mensaje más amplio.
Las imágenes que utiliza Jesús son las de la puerta estrecha y la de los primeros que serán últimos. Además da el ejemplo del amo que cerrara la puerta y los que no alcanzaron a entrar, quedarán fuera. Todo esto pretende mostrar el momento definitivo, en el que ya no habrá marcha atrás.
La mesa del reino supone algo más que sentarse allí: ha de acoger a todos sin admitir ningún tipo de exclusión. En eso se juega la comunión definitiva con Dios
Preguntémonos, entonces, qué tanto hemos entendido la buena noticia del reino y si, en verdad, nos esforzamos por hacerla vida
Jesús pasaba por ciudades y aldeas enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén. Uno le preguntó:
– «Señor, ¿son pocos los que se salvan?».
Él les dijo:
+ «Esfuércense en entrar por la puerta estrecha, pues les digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, se quedarán fuera y llamaran a la puerta diciendo: Señor, ábrenos; pero él les dirá: “No sé quiénes son”. Entonces comenzaran a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. Pero él les dirá: “No sé de dónde son. Aléjense de mí todos los hacedores de iniquidad”. Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando vean a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero ustedes se verán arrojados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios. Miren: hay últimos que serán primeros, y primeros que serán últimos»
(Lucas 13, 22-30)
El evangelio de hoy, siguiendo el estilo de Lucas, sitúa a Jesús enseñando de camino a Jerusalén. Una vez más, como en otros textos que hemos comentado, alguien le hace una pregunta. En este caso, la pregunta es “si son pocos los que se salvan” y Jesús no contesta puntualmente a la pregunta, sino que ofrece una respuesta más amplia.El lenguaje utilizado por Jesús es del género literario apocalíptico, es decir, un lenguaje lleno de imágenes de sufrimiento, dolor y castigo, con lo cual se quiere mostrar las situaciones límite en las que ya no hay más salida.
Las imágenes que utiliza Jesús son las de la puerta estrecha y la de los primeros que serán últimos. Además, pone como ejemplo al amo que al levantase, cerrará la puerta y los que no pasaron por la puerta estrecha, quedarán fuera. De nada servirán los ruegos porque el amo repetirá que no los conoce. Más aún les dictamina su castigo: “llanto y rechinar de dientes” y el ver a los profetas y a otros que vienen de todos los lugares “del norte y del sur, de oriente y de occidente” y se sentarán a la mesa, mientras que ellos serán arrojados fuera. Como vemos es una situación límite en la que se define la suerte definitiva y no tiene marcha atrás.
Es importante señalar que una de las imágenes más utilizadas por Jesús sobre el reino de Dios es la del banquete al que están invitados todos, comenzando por los últimos. En este pasaje, Jesús juega con esta imagen para mostrar que no es simplemente sentarse a la mesa sino hacer de ella la mesa del reino, acogiendo a todos sin admitir ningún tipo de exclusión. Preguntémonos, entonces, qué tanto hemos entendido la buena noticia del reino y si, en verdad, nos esforzamos por hacerla vida. Podemos creernos buenos cristianos por cumplir ritos o hacer alguna obra de caridad sin que eso signifique haber acogido el amor incondicional de nuestro Dios que nos compromete con el amor incondicional hacia los hermanos. La puerta estrecha seguramente no se refiere a sacrificios externos sino a la vivencia del mismo amor de Dios y es esto lo que hará que muchos que creemos últimos por no practicar ritos externos, sean los primeros por su coherencia definitiva con el amor que, en realidad, es lo definitivo a los ojos de Dios.
(Foto tomada de: https://www.actualidadcatolica.es/https:/www.actualidadcatolica.es/secciones/sin-categoria/opinion/)
Comentarios desactivados en “Puertas – San Lucas 13, 22-30 -”, por Joseba Kamiruaga Mieza
De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):
Jesús está subiendo a Jerusalén con paso firme y decidido. Su rostro está serio.
Sabe bien que en la ciudad que mata a los profetas habrá un ajuste de cuentas.
Pero no sube enfadado, resentido, ni se hace la víctima, como a veces hacemos nosotros.
No se pone en el centro, aunque para él es un momento difícil. Al contrario.
Mientras sube, predica en los pueblos, se detiene, anuncia, cura.
Ama.
Ha venido a traer el fuego. Y sigue lanzando chispas con la esperanza de que tarde o temprano enciendan.
No es un gran reformador, no es un innovador, no quiere que lo confundan con un sanador, un santón, un gurú.
Él es el primero en arder. Arde de amor.
De pasión por el Padre, de deseo, de alma.
Por eso no puede entender.
No puede entender a ese que viene a ser tranquilizado.
Que viene a ser aplaudido, a ver su nombre escrito en la lista de los buenos.
¿Son pocos los que se salvan?
Los demás, claro. Yo no.
Necio.
Salvación
Es curioso hablar de salvación a un mundo que no cree necesitarla.
Oscilando entre un optimismo irracional y un pesimismo catastrófico, nuestro mundo no siente necesidad de salvación.
De salvadores sí, continuamente.
Alguien que haga por nosotros, que sane el planeta, que reparta trabajos, regalos y prebendas, que resuelva todas las disputas. Que aumente los sueldos y las pensiones, que condone los impuestos y dé puestos de trabajo, mejor aún, que dé un sueldo sin siquiera trabajar. Pero que no me pida nada a mí. Que solo salve.
Pero no, sinceramente, no necesitamos salvación.
Porque quien anhela la salvación es quien ha experimentado la pérdida.
Y estamos demasiado saciados para seguir sintiendo ese grito del alma, esa profunda carencia que se convierte en el trampolín para buscar. Demasiado víctimas para ser adultos y arremangarnos.
Demasiado hundidos en el victimismo y el miedo para tomarnos en serio y cuidarnos.
El tipo que se acerca al Señor cree que está en regla.
Observa los preceptos, al menos los principales.
No, claro, no es un santo.
Pero sin duda es mejor que los que le rodean.
Como, a veces, creemos que somos nosotros. ¡No somos tan malos! ¡No somos peores!
Reglas y certificados
Es la tentación que nos afecta a nosotros, los discípulos, los católicos de toda la vida, cuando perdemos la dimensión de la espera, la ansiedad del discipulado, cuando creemos que los muros de la ciudad son tan sólidos que, en el fondo, no necesitan la vigilancia del centinela.
Nos afecta como un cáncer a nosotros, los discípulos, cuando, después de una experiencia de Dios estruendosa y arrolladora, sentimos de repente que hemos entrado en un grupo aparte, y miramos con suficiencia a «los otros», los que no entienden, los que no conocen, los que han hecho otros caminos en la Iglesia, los que los Domingos, en la Misa, se aburren y no captan la dimensión de la interioridad, los que, fuera, no entienden, nos insultan, nos ofenden, nos juzgan, nos atacan.
En el fondo, también nosotros pensamos que somos los elegidos.
¿Y si nos equivocamos? Mejor preguntarle a Jesús.
Que no le gusta acariciar los oídos…
Incomprensiones
El riesgo existe, advierte Jesús.
El de invertir gran parte de nuestra vida en buscar a un Dios que, al final, no nos reconoce.
No porque sea caprichoso, sino porque, sencillamente, nunca nos ha encontrado.
¿Al Dios asegurador? ¿Garante del orden moral? ¿Al Dios que existe, pero quién sabe cómo es realmente? ¿Al Dios de los curas?
Sería absurdo llegar a la puerta, con todas las flores que hemos hecho, las (supuestas) buenas acciones que hemos realizado, el respeto (en línea general) de las normas que nos han enseñado, y no reconocer con asombro el rostro del Dios de Jesús.
Que nos alejará si no hemos practicado la justicia (no la coherencia, no la apariencia, no la devoción).
Si no hemos amado al hermano. Y al enemigo. O lo hemos intentado.
Si no hemos perdonado. O lo hemos intentado.
Estrecheces
La puerta es estrecha.
No es exclusiva, no excluye. Pero porque solo hay una puerta: Jesús. Solo Él nos conduce a Dios.
En las ciudades fortificadas siempre había una puerta principal, cerrada con barrotes durante la noche y vigilada. Y otra más pequeña, escondida, conocida solo por los ciudadanos, para las salidas nocturnas.
El camino estrecho del Evangelio no tiene que ver con el sacrificio o la penitencia, sino con la diversidad.
Todos siguen la corriente, sin plantearse problemas, dejando a otros el esfuerzo de pensar.
Nosotros no. Pensamos antes de actuar. Y rezamos. Y amamos.
Y el Evangelio sigue siendo siempre el último criterio de juicio, aunque no el único.
Se necesita toda la vida para convertirse en cristiano, toda la vida para convertirse en hombre, toda la vida para liberarnos de los demasiados condicionamientos que nos impiden captar lo absoluto de Dios en nosotros.
Cuidado, pues, con el riesgo de la costumbre, con la forma más triste de ser cristianos, que es creer que creemos, confundir nuestra sensibilidad, nuestro estilo de oración, nuestra experiencia en un grupo con la única forma de ser cristianos. Tendremos sorpresas, nos advierte el Señor.
Veremos a personas que juzgamos alejadas de Dios, personas que en nuestro corazón juzgamos devotamente como pecadoras y alejadas de Dios, veremos en la mesa del Señor, veremos a los paganos, a los ateos diríamos hoy, como profetiza Isaías, oficiando en el templo de Jerusalén como sacerdotes.
Porque el hombre mira la apariencia, Dios mira el corazón.
Ánimo, amigos, Dios nos ama y nos toma en serio, nos sacude si es necesario, nos invita, ahora y siempre, a convertirnos verdaderamente en discípulos según su corazón.
Precisamente porque nos ama, nos corrige, invitándonos a superar la tentación de sentirnos realizados.
Jesús arde.
Su amor arde, dejemos que arda.
Joseba Kamiruaga Mieza CMF
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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 24 de agosto de 2025
Las lecturas del leccionario de hoy ofrecen una amplia gama de estados de ánimo e imágenes para elegir: una es pesimista, y si no te gusta, otra es pesimista, y si no te gusta, ¿qué tal una catástrofe? El pasaje del Evangelio por sí solo es uno de los fragmentos más concentrados de palabras duras que recibimos de Jesús, con algunas imágenes angustiosas que podrían resultarnos especialmente familiares en la comunidad queer. Si bien el salmo también se hace eco de algunas de las imágenes oscuras, también sugiere la respuesta a la inevitable pregunta: «¿Qué debemos sacar de esta colección?». Creo que la respuesta tiene dos partes: 1) hablar la verdad de Dios trae consecuencias negativas, pero 2) Dios siempre nos rescata, sin importar lo mal que se vean las cosas.
La primera lectura de hoy necesita contexto. La razón de la hostilidad hacia Jeremías en este pasaje radica en que Jeremías, hablando en nombre de Dios, anuncia que la única esperanza de Israel para evitar la devastación total a manos de Babilonia es rendirse y suplicar misericordia.
Recibe una recepción bastante típica para quienes traen malas noticias: el rey permite que sus enemigos lo arrojen a una cisterna, donde se hunde en el lodo del fondo. Pero cuando un consejero real siente lástima por Jeremías y pide clemencia, el rey da un giro de 180 grados y ordena que lo rescaten. Lo importante es el patrón del profeta que emerge: «Sigue las instrucciones de Dios, esto irrita a la gente, es atacado, pero al final se salva».
El salmo evoca algunas imágenes de Jeremías, al decir que Dios «me sacó del pozo de la destrucción, del lodo del pantano». Este es solo un ejemplo de su repetido estribillo: «Pasaba por momentos difíciles, y entonces Dios «piensa en mí», «se inclina hacia mí», «pone en mi boca un cántico nuevo» y es «mi ayuda y mi libertador». Como suelen hacer los salmos, este describe una imagen vívida de las aflicciones que podemos sufrir, para ilustrar la firmeza con la que debemos confiar en Dios para que nos rescate.
El pasaje de la Carta a los Hebreos es una confusa mezcla de altibajos. Nos ofrece la memorable y hermosa frase de «estar rodeados de una multitud de testigos», pero también dice, enigmáticamente: «En vuestra lucha contra el pecado, todavía no habéis [cursiva mía] resistido hasta el punto de derramar sangre». Es difícil saber si se trata de una buena o mala noticia, pero sin duda conlleva una fuerte sugerencia de que habrá derramamiento de sangre, en consonancia con las otras imágenes de peligro en las lecturas de hoy.
Si esperabas una nota positiva de aliento al finalmente llegar a las palabras de Jesús en el pasaje del Evangelio de Lucas, quizás aún necesites paciencia. De nuevo, el contexto, lamentablemente a menudo ausente en el leccionario, es crucial. La lectura de hoy forma parte de una larga serie de advertencias y parábolas apocalípticas (algunas escuchadas en domingos recientes) que Jesús pronuncia durante el viaje de Galilea a Jerusalén, con el fin de preparar a sus seguidores para el conflicto que se avecina, incluyendo predicciones de su propia Pasión. Al igual que Jeremías, Jesús no edulcoró la descripción de los males venideros, comenzando con la promesa de que había venido a «incendiar el mundo» y el deseo de que ya estuviera en llamas. Una vez más, necesitamos contexto para ver que esto es para nuestro bien. Así como la Pasión de Jesús condujo a la Resurrección, debemos soportar las tribulaciones con la esperanza del triunfo. Tras la imagen de la conflagración, Jesús promete que su venida traerá conflicto, no paz, a las familias y hogares: «El padre estará dividido contra su hijo, el hijo contra su padre, la madre contra su hija, y la hija contra su madre», y aún más repeticiones innecesarias. Estas divisiones familiares deberían resultarnos familiares a muchos, dadas las frecuentes reacciones de padres u otros familiares cuando nos declaramos gays, bisexuales, transgénero o no binarios. Yo mismo tuve bastante suerte: mis padres estaban un poco desconcertados y preocupados por cierta negación, pero me apoyaron tanto como supieron. Mi hermano estaba totalmente de acuerdo (él y mi cuñada habían asistido a desfiles del Orgullo años antes que yo, así que no me preocupaba mucho contárselo), y ninguno de mis otros familiares ha armado nunca un alboroto.
Pero soy plenamente consciente de que esto me convierte en uno de los afortunados: conozco a personas que fueron completamente rechazadas o repudiadas por sus familias, o que, en cierta medida, experimentaron reacciones mucho más desagradables que yo. Es lógico suponer que algunos de los que leen esto habrán experimentado ese dolor. Pero el mensaje de esperanza de las Escrituras nos invita a confiar en que, con Dios, el bien llegará, ya sea a pesar del conflicto o en su resolución. Muchos hemos podido compartir nuestras propias luchas con otras personas que necesitan validación y aliento, lo que convierte nuestro dolor en un tesoro.
Entonces, ¿dónde está la Buena Noticia? Decir nuestras verdades, en particular sobre nuestra identidad sexual o de género, puede provocar reacciones hostiles. Pero las Escrituras no nos dicen que Dios evitará toda hostilidad, sino que permanecerá con nosotros a través de ella.
Y el Evangelio dice algo aún más importante: que la venida de Cristo y la predicación de su mensaje provocaron el mismo tipo de rechazo y hostilidad. Es reconfortante reconocer esta similitud, y aún más, recordar la Resurrección después de la Pasión.
Michaelangelo Allocca, Ministerio Nuevos Caminos, 17 de agosto de 2025
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