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¡Cuánto deseo que ardáis!

lunes, 18 de agosto de 2025
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¡Que pocas hogueras!
Fuegos débiles,
llamas tenues,
rescoldos sin fuerza
que son ya solo ceniza.

No se oye el crepitar,
ni se siente el calor,
ni se ilumina la oscuridad,
ni se acrisolan los tesoros
con este fuego que llevamos dentro.

Pero yo sigo soñando que tu fuego prenda
en nuestros corazones,
en los pueblos,
en las iglesias,
y en la creación entera.

Porque para eso has venido
a nuestro mundo
y te has desvivido,
día a día, entregándote
y comunicando la buena noticia.

¡No me atraen los que se encierran,
los que no se exponen al viento,
los que , por temor, huyen
o se protegen cuando vienes
y soplas suave o fuerte.

Yo anhelo tu fuego
para que este mundo arda,
se acrisole e ilumine.
Deseo que tu fuego nos sorprenda
y que prenda en nuestro corazones

*
Florentino Ulibarri
Fe Adulta

 ***

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Pesimismo, tristeza, catástrofe. ¡Oh, alegría!

lunes, 18 de agosto de 2025
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La reflexión de hoy es de Michaelangelo Allocca, colaborador de Bondings 2.0..

Las lecturas litúrgicas de hoy para el domingo 20

del Tiempo Ordinario ordinaria se pueden encontrar aquí.

Las lecturas del leccionario de hoy ofrecen una amplia gama de estados de ánimo e imágenes para elegir: una es pesimista, y si no te gusta, otra es pesimista, y si no te gusta, ¿qué tal una catástrofe? El pasaje del Evangelio por sí solo es uno de los fragmentos más concentrados de palabras duras que recibimos de Jesús, con algunas imágenes angustiosas que podrían resultarnos especialmente familiares en la comunidad queer. Si bien el salmo también se hace eco de algunas de las imágenes oscuras, también sugiere la respuesta a la inevitable pregunta: «¿Qué debemos sacar de esta colección. Creo que la respuesta tiene dos partes: 1) hablar la verdad de Dios trae consecuencias negativas, pero 2) Dios siempre nos rescata, sin importar lo mal que se vean las cosas.

La primera lectura de hoy necesita contexto. La razón de la hostilidad hacia Jeremías en este pasaje radica en que Jeremías, hablando en nombre de Dios, anuncia que la única esperanza de Israel para evitar la devastación total a manos de Babilonia es rendirse y suplicar misericordia.

Recibe una recepción bastante típica para quienes traen malas noticias: el rey permite que sus enemigos lo arrojen a una cisterna, donde se hunde en el lodo del fondo. Pero cuando un consejero real siente lástima por Jeremías y pide clemencia, el rey da un giro de 180 grados y ordena que lo rescaten. Lo importante es el patrón del profeta que emerge: «Sigue las instrucciones de Dios, esto irrita a la gente, es atacado, pero al final se salva».

El salmo evoca algunas imágenes de Jeremías, al decir que Dios «me sacó del pozo de la destrucción, del lodo del pantano». Este es solo un ejemplo de su repetido estribillo: «Pasaba por momentos difíciles, y entonces Dios «piensa en mí», «se inclina hacia mí», «pone en mi boca un cántico nuevo» y es «mi ayuda y mi libertador». Como suelen hacer los salmos, este describe una imagen vívida de las aflicciones que podemos sufrir, para ilustrar la firmeza con la que debemos confiar en Dios para que nos rescate.

El pasaje de la Carta a los Hebreos es una confusa mezcla de altibajos. Nos ofrece la memorable y hermosa frase de «estar rodeados de una multitud de testigos», pero también dice, enigmáticamente: «En vuestra lucha contra el pecado, todavía no habéis [cursiva mía] resistido hasta el punto de derramar sangre». Es difícil saber si se trata de una buena o mala noticia, pero sin duda conlleva una fuerte sugerencia de que habrá derramamiento de sangre, en consonancia con las otras imágenes de peligro en las lecturas de hoy.

Si esperabas una nota positiva de aliento al finalmente llegar a las palabras de Jesús en el pasaje del Evangelio de Lucas, quizás aún necesites paciencia. De nuevo, el contexto, lamentablemente a menudo ausente en el leccionario, es crucial. La lectura de hoy forma parte de una larga serie de advertencias y parábolas apocalípticas (algunas escuchadas en domingos recientes) que Jesús pronuncia durante el viaje de Galilea a Jerusalén, con el fin de preparar a sus seguidores para el conflicto que se avecina, incluyendo predicciones de su propia Pasión. Al igual que Jeremías, Jesús no edulcoró la descripción de los males venideros, comenzando con la promesa de que había venido a «incendiar el mundo» y el deseo de que ya estuviera en llamas. Una vez más, necesitamos contexto para ver que esto es para nuestro bien. Así como la Pasión de Jesús condujo a la Resurrección, debemos soportar las tribulaciones con la esperanza del triunfo. Tras la imagen de la conflagración, Jesús promete que su venida traerá conflicto, no paz, a las familias y hogares: «El padre estará dividido contra su hijo, el hijo contra su padre, la madre contra su hija, y la hija contra su madre», y aún más repeticiones innecesarias. Estas divisiones familiares deberían resultarnos familiares a muchos, dadas las frecuentes reacciones de padres u otros familiares cuando nos declaramos gays, bisexuales, transgénero o no binarios. Yo mismo tuve bastante suerte: mis padres estaban un poco desconcertados y preocupados por cierta negación, pero me apoyaron tanto como supieron. Mi hermano estaba totalmente de acuerdo (él y mi cuñada habían asistido a desfiles del Orgullo años antes que yo, así que no me preocupaba mucho contárselo), y ninguno de mis otros familiares ha armado nunca un alboroto.

Pero soy plenamente consciente de que esto me convierte en uno de los afortunados: conozco a personas que fueron completamente rechazadas o repudiadas por sus familias, o que, en cierta medida, experimentaron reacciones mucho más desagradables que yo. Es lógico suponer que algunos de los que leen esto habrán experimentado ese dolor. Pero el mensaje de esperanza de las Escrituras nos invita a confiar en que, con Dios, el bien llegará, ya sea a pesar del conflicto o en su resolución. Muchos hemos podido compartir nuestras propias luchas con otras personas que necesitan validación y aliento, lo que convierte nuestro dolor en un tesoro.

Entonces, ¿dónde está la Buena Noticia? Decir nuestras verdades, en particular sobre nuestra identidad sexual o de género, puede provocar reacciones hostiles. Pero las Escrituras no nos dicen que Dios evitará toda hostilidad, sino que permanecerá con nosotros a través de ella.

Y el Evangelio dice algo aún más importante: que la venida de Cristo y la predicación de su mensaje provocaron el mismo tipo de rechazo y hostilidad. Es reconfortante reconocer esta similitud, y aún más, recordar la Resurrección después de la Pasión.

Michaelangelo Allocca, Ministerio Nuevos Caminos, 17 de agosto de 2025

Fuente New Ways Ministry

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He venido a traer fuego a la tierra.

domingo, 17 de agosto de 2025
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 Creo que la vida no es una aventura que debamos vivir según las modas que corren, sino con un compromiso encaminado a realizar el proyecto que Dios tiene sobre cada uno de nosotros: un proyecto de amor que transforma nuestra existencia.

Creo que la mayor alegría de un hombre es encontrar a Jesucristo, Dios hecho carne. En él, todo -miserias, pecados, historia, esperanza- asume una nueva dimensión y un nuevo significado.

Creo que cada hombre puede renacer a una vida genuina y digna en cualquier momento de su existencia. Cumpliendo hasta el final la voluntad de Dios no sólo puede hacerse libre, sino también derrotar al mal.”

*

Thomas Merton

***

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!

¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.

En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.”

*

Lucas 12, 49-53

***

 

Los apóstoles, instruidos por la palabra y por el ejemplo de Cristo, siguieron el mismo camino. Desde los primeros días de la Iglesia, los discípulos de Cristo se esforzaron en convertir a los hombres a la fe de Cristo Señor no por acción coercitiva ni por artificios indignos del Evangelio, sino ante todo por la virtud de la Palabra de Dios. Anunciaban a todos resueltamente el designio de Dios Salvador, «que quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4), pero, al mismo tiempo, respetaban a los débiles, aunque estuvieran en el error, manifestando de este modo cómo «cada cual dará a Dios cuenta de sí» (Rom 14,12), debiendo obedecer a su conciencia.

Al igual que Cristo, los apóstoles estuvieron siempre empeñados en dar testimonio de la verdad de Dios, atreviéndose a proclamar cada vez con mayor abundancia, ante el pueblo y las autoridades, «la Palabra de Dios con confianza» (Hch 4,31). Pues defendían con toda fidelidad que el Evangelio era verdaderamente la virtud de Dios para la salvación de todo el que cree. Despreciando, pues, todas «las armas de la carne», y siguiendo el ejemplo de la mansedumbre y de la modestia de Cristo, predicaron la Palabra de Dios confiando plenamente en la fuerza divina de esta palabra para destruir los poderes enemigos de Dios y llevar a los hombres a la fe y al acatamiento de Cristo. Los apóstoles, como el Maestro, reconocieron la legítima autoridad civil: «No hay autoridad que no venga de Dios», enseña el apóstol, que, en consecuencia, manda: «Toda persona esté sometida a las potestades superiores…, quien resiste a la autoridad resiste al orden establecido por Dios» (Rom 13,12). Y al mismo tiempo no tuvieron miedo de contradecir al poder público cuando éste se oponía a la santa voluntad de Dios: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). Este camino lo siguieron innumerables mártires y fieles a través de los siglos y en todo el mundo.

La Iglesia, por consiguiente, fiel a la verdad evangélica, sigue el camino de Cristo y de los apóstoles cuando reconoce y promueve la libertad religiosa como conforme a la dignidad humana y a la revelación de Dios. Conservó y enseñó en el decurso de los tiempos la doctrina recibida del Maestro y de los apóstoles.

*

Concilio Vaticano II,
Declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae, llss.

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“El fuego del amor”. 20 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,49-)

domingo, 17 de agosto de 2025
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Da miedo pronunciar la palabra «amor». Está tan prostituida que en ella cabe lo mejor y lo peor, lo más sublime y lo más mezquino. Sin embargo, el amor está siempre en la fuente de toda vida sana, despertando y haciendo crecer lo mejor que hay en nosotros.

Cuando falta el amor, falta el fuego que mueve la vida. Sin amor, la vida se apaga, vegeta y termina extinguiéndose. El que no ama se cierra y se aísla cada vez más. Gira alocadamente sobre sus problemas y ocupaciones, queda aprisionado en las trampas del sexo, cae en la rutina del trabajo diario: le falta el motor que mueve la vida.

El amor está en el centro del Evangelio, no como una ley que hay que cumplir disciplinadamente, sino como el «fuego» que Jesús desea ver «ardiendo» sobre la Tierra, más allá de la pasividad, la mediocridad o la rutina del buen orden. Según el Profeta de Galilea, Dios está cerca de nosotros buscando hacer germinar, crecer y fructificar el amor y la justicia del Padre. Esta presencia de un Dios que no habla de venganza, sino de amor apasionado y de justicia fraterna, es lo más esencial del Evangelio.

Jesús contempla el mundo como lleno de la gracia y del amor del Padre. Esa fuerza creadora es como un poco de levadura que ha de ir fermentando la masa, un fuego encendido que ha de hacer arder al mundo entero. Jesús sueña con una familia humana habitada por el amor y la sed de justicia. Una sociedad que busca apasionadamente una vida más digna y feliz para todos.

El gran pecado de los seguidores de Jesús será siempre dejar que el fuego se apague: sustituir el ardor del amor por la doctrina religiosa, el orden o el cuidado del culto; reducir el cristianismo a una abstracción revestida de ideología; dejar que se pierda su poder transformador. Sin embargo, Jesús no se preocupó primordialmente de organizar una nueva religión ni de inventar una nueva liturgia, sino que alentó un «nuevo ser» (P. Tillich), el alumbramiento de un hombre nuevo movido radicalmente por el fuego del amor y la justicia.

José Antonio Pagola

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“No he venido a traer paz, sino división.”. Domingo 17 de agosto de 2025. 20º domingo del Tiempo Ordinario

domingo, 17 de agosto de 2025
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Leído en Koinonia:

Jeremías 38, 4-6. 8-10: Me engendraste hombre de pleitos para todo el país.
Salmo responsorial: 39:Señor, date prisa en socorrerme.
Hebreos 12, 1-4: Corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos.
Lucas 12, 49-53: No he venido a traer paz, sino división.

Estamos en camino con Jesús y sus discípulos en su último viaje a Jerusalén, donde sabe que va a morir, y así se lo va diciendo. Esta subida a Jerusalén se alarga en el evangelio de Lucas como en ningún otro, pues aprovecha para situar ahí la mayor parte del material peculiar, sobre todo los discursos, las parábolas y los relatos que conoce por otro lado distinto a Marcos. Las frases que leemos en este domingo aparecen también en el evangelio de Mateo, pero en distinto orden y contexto. Esto hace que el sentido sea algo diverso, pues el contexto forma parte del significado de las frases; pero indica a la vez que muchos dichos de Jesús, como los de cualquier persona, son polivalentes; tienen alcances diversos y aplicaciones distintas según las circunstancias de los lectores u oyentes de los mismos. Así se nos abre también a nosotros el camino y la posibilidad de leerlos, con la libertad de los hijos de Dios, desde nuestra propia situación y para nuestro propósito. No es una traición, sino una fidelidad al Espíritu que inspiró a Jesús y a los evangelistas; pues ellos también se tomaron su libertad para situarlos diversamente y sacar sentidos distintos.

La liturgia, a su vez, nos pone estas frases en otro contexto diverso, al anteponer un episodio de la vida del profeta Jeremías, que suele llamarse “la pasión de Jeremías”; porque le toca sufrir golpes, burlas, acusaciones y prisión en una cisterna llena de fango por causa de la palabra de Dios que tiene que anunciar. El salmo que se nos propone es una súplica y acción de gracias a Dios, porque libra al pobre de la fosa; y parece así reforzar la situación del profeta, y anticipar una situación semejante para las frases del evangelio. Con ello se da un sentido de anuncio de la pasión, que ciertamente parece tener, sobre todo si lo leemos junto con la frase semejante de Marcos 10, 38; pero que no está muy resaltado en Lucas; apenas en la frase del “bautismo” por el que ha de pasar. El resto apunta a las diversas posturas que los hombres toman ante el mensaje de Jesús, como ya le acontecía a Jeremías y a otros profetas. Pero la segunda lectura, que nos presenta a Jesús como modelo germinal y definitivo de nuestra fe, vuelve a insistir en su pasión y cruz, y en la posibilidad de que también los cristianos nos veamos envueltos en la persecución y muerte; y, en todo caso, en la dura lucha contra el pecado, tanto personal como social.

Parece que Jesús cambia aquí radicalmente su mensaje. La Buena Nueva nos parece tan hermosa, tan atenta a los débiles y pequeños, tan llena de amor y solicitud hasta por los pecadores y enemigos, que su mensaje no puede ser otro que el de una gran paz y armonía entre todos los hombres. Eso es lo que proclamaban ya los ángeles en el momento del Nacimiento (Lc 2, 24) y lo que vuelve a proclamar el Resucitado apenas se deja ver por los discípulos atemorizados (Lc 24,20-21). Aquí, sin embargo, Jesús parece decir todo lo contrario. Su mensaje no viene a producir paz y concordia entre todos, sino que lleva a la división incluso entre los miembros más allegados de la familia, padres e hijos, nueras y suegras. Pero no se trata de cualquier mensaje, de cualquier propuesta, sino de la presencia misma del Reino de Dios en sus palabras y sus gestos, en sus milagros y sus actuaciones. No cabe oír esa Buena Nueva del Reino y permanecer neutral o indiferente; no cabe entusiasmarse con Jesús y seguir en lo mismo de siempre. Por eso hay que optar con pasión, hay que tomar decisiones y actuaciones que implican cambios muy radicales en la vida. Por eso nos van a afectar a todos profundamente, más allá incluso de los vínculos familiares, por muy respetables que estos sean. El que no pone por delante a Jesús, incluso sobre su propia familia, no puede ser su discípulo (Lc 14, 26).

El episodio de Jeremías nos pone un triste ejemplo de este sufrimiento que acarrea al profeta su fidelidad a la palabra de Dios, cuando el pueblo y sus líderes no la quieren escuchar. Él tenía que anunciar la destrucción del templo, de la dinastía davídica y de la ciudad de Jerusalén, por no querer someterse a Babilonia en ese momento. Era como poner punto final a las solemnes promesas hechas por Natán y otros profetas a David y a su ciudad capital, Jerusalén. Además, este descendiente de sacerdotes, debe predecir la ruina del templo salomónico. No le gustaban para nada esas desgracias que le tocaba anunciar, y sufrió enormemente por causa de esa misma palabra dura que debía predicar; pero lo que pretendía era precisamente que eso no ocurriera, porque le hacían caso, se convertían y se evitaban esas catástrofes. No logró esa conversión del pueblo, y menos aún de los líderes religiosos y políticos. Más bien logró esa división entre unos y otros, pues hasta entre el alto liderazgo político encuentra opositores y ayudantes, mientras el rey se deja llevar del viento político que sopla en cada momento. Pero la palabra de Dios y su profeta no es un viento cambiante, sino una palabra firme y segura, que exige darle fe y cambiar de mente y de conducta; que pide una opción radical de parte de los oyentes.

Esto mismo y en grado supremo le acontece al oyente de la Palabra que es Jesús. Por eso, el radicalismo con que se expresa en esta ocasión, pues se trata de la urgencia misma del Reino presente. Mateo dice en el pasaje paralelo: “¿cómo es que no son capaces ustedes de interpretar los signos de los tiempos?” (Mt 16, 3). Ver los signos de la gracia de Dios, de la presencia del Reino en las palabras y gestos humanos, en las acciones y hasta maravillas que acontecen en la vida. También en nuestro duro y doloroso presente, pues no existen tiempos sin gracia de Dios, sin presencia y fuerza de su Espíritu en medio de la historia, por oscura que sea. Ciertamente son los santos los que más perciben esto y donde mejor podemos ver los demás esa presencia, misteriosa pero eficaz, de la gracia de Dios en medio de esta empecatada historia humana; pero no faltan mil pequeños gestos, incluso o tal vez precisamente, en pobres y pequeños, en prostitutas y pecadores, en publicanos y hasta en ricos zaqueos y centuriones extranjeros. Hay gestos de solidaridad y simpatía con los pobres y pequeños, con los marginados y despreciados, que nos muestran esa fuerza del Espíritu de Dios y de Jesús actuando ya ese fuego en la tierra. Leer más…

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17.6.25. Que el fuego arda, que corte la espada. Dom 20 TO (Lc 12, 49; Mt 10, 34)

domingo, 17 de agosto de 2025
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Del blog de Xabier Pikaza:

No  son textos fáciles, ni el de Lucas, que presenta a Jesús como gran fuego  (¡Que prenda la tierra, que arda toda  entera!) ni el paralelo de Mt 10, 34-35 donde Jesús aparece como sembrador de una espada que destruye los pactos de opresión, para que  hombres y mujeres de todos los pueblos podamos vivir en libertad.

Que el fuego de Dios arda y queme toda opresión, que su espada corte (rompa) todas las cadenas de unos hombres que encadenan con ellas a otros hombres

| X. Pikaza

LC 12, 49. FUEGO HE VENIDO A PRENDER A LA TIERRA

  • He venido a prender fuego en la tierra (πῦρ ἦλθον βαλεῖν) ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! (τί θέλω εἰ ἤδη ἀνήφθη.)
  • Con  bautismo he de ser bautizado ¡y qué angustia hasta que se cumpla!
  • ¿Pensáis que he venido a traer paz al mundo? No, sino división.
  • Una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres;
  • El padre contra el y el hijo contra el padre,
  •  la madre contra la hija y la hija contra la madre,
  • la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra (Lc 12, 49-53)

Los primeros cristianos, emocionados, sorprendidos, ardientes, concibieron a Jesús como fuego y su obra como incendio de Dios. Nosotros (2025), mientras  gran parte del mundo está ardiendo por guerras, y enfrentamientos económicos e incendios forestales, damos la impresión de que el fuego de Jesús está apagado. Ese fuego ha de quemas todas las estructuras, estructuras y cadenas familiares, económicas, politicas

Hemos construido un cristianismo y una iglesia de   adaptación y sacralización de lo que hay (de la injusticia, opresión social y guerra). Necesitamos  fuego de Dios, para que arda, destruya el mundo antiguo y suscite un mundo verdadero, eso dice Jesús: “He venido a prender fuego…”.  Sin superar (dejar a un lado) el mal del mundo con sus poderes “fácticos”, la iglesia no es fuego de Dios, no es Pentecostés (lenguas de fuego).Éste es un deseo muy hondo de Jesús que se define a sí mismo como fuego de transformación y vida. Él ha dicho en este contexto: “Yo soy fuego de Dios, he venido para que todo el mundo arda” Los evangelios posteriores, empezando por Marcos, matizan e interpretan esa imagen, pero en el fondo sigue estando la experiencia clave de Jesús que  ha venido a prender fuego al mundo, en una línea de muerte y de resurrección: Sólo destruyendo un mundo anterior de pecado, puede crearse y nacer la vida de Dios.

Bautismo de fuego. Esa experiencia está vinculada de un modo especial al bautismo, entendido como culminación de la vida de Jesús que ha recreado el sacramento de Juan (cf. Mc 1, 1-8). En esa línea, conforme al testimonio del Q  (retomado por Mt y Lc), frente al bautismo de Juan, que era en agua para perdón de los pecados, la iglesia más antigua ha definido su “sacramento” (experiencia inicial de Jesús) como bautismo en Espíritu Santo y Fuego (en el Espíritu  de Dios, hecho palabra de Vida).

Así lo ha mostrado Lucas en su relato de Pentecostés (Hch 2), vinculado al Dios de Jesús que recrea a los hombres con sus “lenguas de fuego”, que reposan sobre cada uno de los creyentes, diciendo. No he venido a traer unión, sino división, no he venido a traer paz, sino espada, pero una espada para crear paz, una división para suscitar comunión más alto.

Jesús es signo y presencia de paz (Shalom) de Dios… Pero esa paz no es simple indiferencia, como si dijéramos “todo está bien, es bueno, démonos sin más un gran abrazo, dejando todo como estaba. Jesús inicia un camino de unión universal entre todos los hombres, pero ella exige una gran división, en forma de superación de un tipo de “familia” entendida como institución de opresión y poder de unos sobre otros. Se trata de “separar” aquello que nos parece unido: Padres e hijos, madres e hijas, suegros hermanos… No todo da lo mismo, no todo es igualmente bueno… La muerte y bautismo de Jesús se define aquí como gran incendio: Todo lo malo del mundo tiene que arder y morir para renacer… a la vida de Dios.

Este mundo, tal como está configurado (en   opresión económico-social y lucha por el poder) tiene que arder  y destruirse, para que llegue el nuevo bautismo, para que emerja el evangelio. Universal de comunión de vida Hemos tendido a “bautizar” (cristianizar) todo lo bautizadle, reyes y tiranos,   ejércitos, conquistas, invasiones…, con imposiciones económicas de muerte.

Por eso tiene que arder el fuego de Jesús (no para después, al fin del mundo),  sino ahora, aquí, como incendio histórico de Cristo.Sin que este fuego prenda no podrá haber nuevo nacimiento. Sin que este mundo arda, por los cuatro costados, no podrá darse de verdad iglesia. Este es un fuego de separación (tema que aparece en los 4 evangelios), fuego que separa y quema todo lo que destruye al hombre, para que pueda construirse mejor.

El fuego de Jesús quema para destruir lo malo (la opresión de unos sobre otros)  y recrear lo nuevo en amor y justicia    (cf. Is 43, 19-21), en una línea que ha puesto de relieve el conjunto del evangelio de Juan, de una forma condensada Pablo (Rom 13, 8-9) y especialmente Efesios (Ef 2).

Ese fuego separa y rompe (destruye) a un tipo de relaciones “familiares” (de padres e hijos, de parientes, pueblos y grupos que se aprovechan de su poder para dominar a otros). En esa línea, la iglesia de Jesús tiene  que separarse de un mundo que se cierra en su egoísmo, con deseo de poder de unos sobre otros… Sin esa separación (persecución), sin ese fuego que quema lo malo, no se puede hablar de  comunidad o cuerpo (sôma) de Jesús.

Antiguo Testamento.El fuego está ligado a lo divino como fuerza creadora y destructora.La revelación de Dios, que transciende y fundamenta los principios y poderes normales de la vida, se halla unida repetidamente al fuego. Hay fuego de Dios en la teofanía del Sinaí (Ex 19. 18), lo mismo que en la visión de la zarza ardiendo (Ex 3, 2) y en la nube luminosa (Ex 13, 21-22: Num 14, 14).

-El fuego va unido a las teofanías apocalípticas de Ez 1, 4.13.27 y Dan 7, 10 y, lógicamente, puede adquirir rasgos destructores para aquellos que se oponen al proyecto de Dios, dentro de de este mundo. En ese plano se sitúa el castigo de las antiguas ciudades pervertidas de la hoya del Mar Muerto (Gen 19, 24-25), lo mismo que la séptima plaga de Egipto (Ex 9, 24). Por eso, no es extraño que se diga que del seno de Dios proviene el fuego que devora a los rebeldes (Lev 10, 2) o destruye a los murmuradores de Israel en el desierto (Num 11, 1-3).

-Éste es el fuego que obedece a Elías, profeta (1 Re 18, 38-39; 2 Re 1, 10-12), castigando a los enemigos de Dios o a los mismos israelitas pervertidos (cf. Am 1, 4-7; 2, 5; Os 8, 14; Jer 11, 16; 21, 24; Ez 15, 7, etc.). Pero el fuego de Mt 25, 41 desborda el nivel histórico y debe situarse en una perspectiva escatológica: en el momento final de la historia, cuando Dios realiza el juicio supremo sobre el mundo.

-En esta línea siguen las formulaciones del profeta  Joel, con su visión del fuego que precede y comienza a realizar el juicio (Jl 2, 3; 3, 3). También es importante el fuego en Ez 38, 22; 39, 6, que presenta el fuego como instrumento de la justicia de Dios, que destruye al último enemigo de los justos, Gog y Magog, antes de que surja un mundo  de inocentes, perdonados. Por su parte, Mal 3, 1–3.9 anuncia la venida escatológica de Elías con el fuego de Dios que purifica y prepara la llegada de Dios. Éste es el fuego de Juan Bautista, que habla del Dios que viene a quemar la paja al lado de la era.

– Moisés, zarza ardiente. Conforme a un esquema usual en muchas tradiciones religiosas de oriente y occidente, la manifestación de Dios se encuentra vinculada al fuego: es llama que arde y calienta, como fuerza divina de eternidad. Moisés observó y vio que la zarza ardía en el fuego, pero la zarza no se consumía. Entonces Moisés pensó: Iré, pues, y contemplaré esta gran visión; por qué la zarza no se consume. Cuando Yahvé vio que se acercaba para mirar, lo llamó desde en medio de la zarza diciéndole: ¡Moisés, Moisés! Y él respondió: Heme aquí» (Ex 3, 2-4).

Este pasaje  de Moisés vincula fuego y zarza (árbol y llama), en paradoja que ilustra el sentido del Dos de Israrl. Moisés ha tenido que salir de Egipto y llegar a la montaña sagrada del Sinaí y allí descubre a Dios en la zarza ardiente. Árbol y arbusto son desde antiguo signos religiosos, como aparece en la historia de Abrahán (encina de Moré: Gen 12, 6) y como sabe la tradición religiosa cananea, combatida por los profetas (con culto a las piedras  y árboles sagrado, de Baal y Ashera).

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“Echando leña al fuego”. Domingo 20 ciclo C

domingo, 17 de agosto de 2025
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Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Dicen que ha sido la ola de calor más larga desde que existen registros, con incendios en España, Francia, Turquía… En este contexto parece de mal gusto que Jesús se presente como un gran pirómano ansioso de pegar fuego al mundo. Y no para ahí la cosa. Los europeos concebimos el mes de agosto como un momento de vacaciones, de descanso, al menos para muchos. Y las lecturas de este domingo no ayudan a descansar. Comienzan hablando del profeta Jeremías, arrojado a un aljibe para que muera (1ª lectura). Sigue la carta a los Hebreos hablando de Jesús, que soportó la cruz, y nos recuerda que todavía no hemos derramado sangre en nuestra lucha con el pecado (2ª lectura). Y el evangelio, al deseo de Jesús de pegar fuego al mundo, añade que no ha venido a traer paz, sino división, incluso en el ámbito más íntimo de la familia.

Después de las enseñanzas de los domingos anteriores, centradas en lo que nosotros debemos hacer, Jesús nos sorprende hablando de sí mismo: de su misión y su destino. Lo hace con un lenguaje tan enigmático que los comentaristas discuten desde los primeros siglos el sentido de estas palabras.

Presupuesto necesario para entenderlo es conocer la mentalidad apocalíptica, de la que Jesús participa en cierto modo. Según ella, el mundo malo presente tiene que desaparecer para dar paso al mundo bueno futuro, el Reinado de Dios.

Lucas va a introducir algunos cambios importantes en esta mentalidad, reuniendo tres frases pronunciadas por Jesús en diversos momentos: la primera y la tercera hablan de la misión de Jesús (prender fuego y traer división); la segunda, de su destino (pasar por un bautismo). Esta forma de organizar el material (misión – destino – misión) es muy típica de los autores bíblicos.

 La misión: prender fuego

He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!

Lo primero que viene a la mente es un campo ardiendo, o el fenómeno frecuente en la guerra del incendio de campos, frutales, casas, ciudades… Esta idea encaja bien en la mentalidad apocalíptica: hay que poner fin al mundo presente para que surja el Reino de Dios. Esta interpretación me parece más correcta que relacionar el fuego con el Espíritu Santo,

El destino: la muerte

Tengo que pasar por un bautismo.

También esta imagen es enigmática, porquebautizar significa normalmente lavar; por ejemplo, los platos se bautizan, es decir, se lavan. Esa idea la aplica Juan (y otros muchos judíos desde el profeta Ezequiel) al pecado: en el bautismo, cuando la persona se sumerge en el río Jordán, se lavan sus pecados; al mismo tiempo, simbólicamente, la persona que entra en el agua muere ahogada y sale una persona nueva.         El bautismo equivale entonces a la muerte y el paso a una nueva vida. Así lo usa Jesús en un texto del evangelio de Marcos, cuando dice a Juan y Santiago: ¿Sois capaces de beber la copa que yo he de beber o bautizaros con el bautismo que yo voy a recibir? (Mc 10,38). Jesús ve que su destino es la muerte para resucitar a una nueva vida.

La misión: dividir

¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.

 Estas palabras se podrían interpretar como simple consecuencia de la actividad de Jesús: su persona, su enseñanza y sus obras provocan división entre la gente, como ya había anunciado Simeón a María: este niño será una bandera discutida.

Pero Jesús habla de una división muy concreta, dentro de la familia, y eso favorece otra interpretación: Jesús viene a crear un caos tan tremendo (simbolizado por el caos familiar), que Dios tendrá que venir a destruir este mundo y dar paso al mundo nuevo. Parece una interpretación absurda, pero conviene recordar lo que dice el final del libro de Malaquías: “Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible: reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra (Mal 3,23-24). De acuerdo con estas palabras, Dios ha pensado exterminar la tierra en un día grande y terrible. Sin embargo, para no tener que hacerlo, decide a enviar al profeta Elías, que restablecerá las buenas relaciones en la familia (padres con hijos, hijos con padres), como símbolo de las buenas relaciones en la sociedad: la situación mejora y Dios no se ve obligado a exterminar la tierra.

Jesús dice todo lo contrario: hace falta acabar con este mundo, y por ello él ha venido a traer división en el seno de la familia.

La unión de las tres frases

¿Qué quiere decirnos Lucas uniendo estas tres frases? Que Jesús anhela y provoca la desaparición de este mundo presente para dar paso al Reinado de Dios, pero que ese cambio está estrechamente relacionado con su muerte.

¿Tiene sentido todo esto para nosotros?

Este mensaje apocalíptico resulta lejano al hombre de hoy. De hecho, Lucas lo matiza y modifica en el libro de los Hechos de los Apóstoles: los cristianos no debemos estar esperando el fin del mundo, aunque pidamos todos los días quevenga a nosotros tu reino; nuestra misión ahora es extender el evangelio por todo el mundo, como hicieron los apóstoles. Y la idea de la segunda venida de Jesús cede el puesto a una distinta: el triunfo de Jesús, glorificado a la derecha de Dios.

El ejemplo de Jesús

Por una feliz casualidad, la segunda lectura ofrece cierta relación con el evangelio: el destino de Jesús sirve de ejemplo a los cristianos. La imagen de partida es fácil de entender para los antiguos cristianos, conocedores de las Olimpiadas griegas: un estadio lleno de espectadores que contemplan el espectáculo.

Jesús, como cualquier atleta, se entrena duramente, en medio de grandes renuncias y sacrificios; sabe, además, que competirá en un ambiente adverso, hostigado y abucheado por los espectadores. Pero no se arredra: renuncia a pasarlo bien, aguanta, soporta, y termina triunfando.

Ahora nos toca a nosotros coger el relevo. Hay que despojarse de todo lo que estorba, correr la carrera sin cansarse ni perder el ánimo. Incluso en una época de descanso y vacaciones, es bueno recordar el ejemplo de Jesús, su entrega plena.

Hermanos:
Una nube ingente de testigos nos rodea: por tanto, quitémonos lo que nos estorba y el pecado que nos ata, y corramos en la carrera que nos toca, sin retirarnos, fijos los ojos en el que inició y completa nuestra fe: Jesús, que, renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz, despreciando la ignominia, y ahora está sentado a la derecha del trono de Dios. Recordad al que soportó la oposición de los pecadores, y no os canséis ni perdáis el ánimo. Todavía no habéis llegado a la sangre en vuestra pelea contra el pecado.

Reflexión final

Estas lecturas no han sido elegidas para amargarnos las vacaciones, pero nos ayudan a pensar en los que no tienen vacaciones, en los perseguidos por su fe y sus denuncias, como Jeremías; en los que han elegido un duro y peligroso trabajo de médico, enfermero, asistente social, ayudante de cualquier tipo, arriesgando su vida en Gaza, Ucrania, Siria, Sudán, Congo…; en las familias que se han roto porque uno o varios de sus miembros han decidido seguir a Jesús. Podemos hacer algo más útil que protestar del calor: pedir por ellos.

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Domingo XX del Tiempo Ordinario. 17 agosto, 2025

domingo, 17 de agosto de 2025
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He venido a traer fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo ya que arda!”

(Lc 12, 49-59)

El evangelio de hoy nos puede dejar un poco perplejas. Estamos acostumbradas a ver a Jesús curando, predicando y recorriendo aldeas con sus discípulos, ¡y nos encanta verlo así!

En el fondo nos lo imaginamos imperturbable, siempre de buen humor, contento y apacible. Probablemente tuviera mucho de todo esto, pero los evangelios también nos muestran a un Jesús que se enfada, que denuncia, que se entristece.

Jesús no era un “Peter Pan” en un mundo maravilloso, se hizo humano, 100% humano, hasta sentir el cansancio en su cuerpo, la sed en su boca, la tristeza en su alma e incluso el miedo.

Tendemos a pensar que la bondad es neutral y por consiguiente que las personas buenas son las que no molestan. Grave error. La bondad genera conflicto porque se opone a todo lo que deshumaniza. Se opone a esa fuerza real y palpable que atraviesa el mundo: el mal.

El mal, una cierta maldad, nos es más cotidiana de lo que querríamos admitir y ensombrece todas nuestras relaciones… De la misma manera que nuestras casas o nuestra habitación se va llenando de cosas inútiles que se esconden en los armarios. También nuestra casa interior esconde alguna basura, y es con este material con el que Jesús quiere hacer una gran hoguera que arda.

Algunas fiestas populares en torno al fuego tienen su origen en la necesidad de hacer limpieza. La gente de los pueblos y los barrios a provechaba esa fecha para sacar una silla rota o un mueble viejo y con todo eso se hacía una buena hoguera en la que asar unas viandas y disfrutar juntas de la velada.

Hoy podríamos darnos una vuelta por nuestra casa interior y ver qué sobra, qué podemos sacar a la hoguera. Dejemos que Jesús vaya quemando nuestra cizaña.

Oración

Pasa, Trinidad Santa, por el fuego purificador de tu amor nuestras relaciones para que no nos separe ninguna oscuridad.

Amén

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Mantener la vida supone lucha.

domingo, 17 de agosto de 2025
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DOMINGO 20 (C)

Lc 12,49-53

¿Qué clase de fuego trae Jesús al mundo? ¿Qué significa ese bautismo? ¿De qué paz está hablando? Son frases que no es fácil entender. Debemos estar muy atentos a la hora de interpretarlas para no llegar a conclusiones descabelladas.

Como armonizar las frases: no he venido ha traer paz, sino guerra, con aquella otra, la paz os doy, mi paz os dejo. No se trata de un fuego destructor, como el que provocó Elías o como el que anunciaba el Bautista, sino del fuego que purifica.

¿Qué paz?

1.- En primer lugar, la paz romana, que se consigue con violencia. Es una paz injusta. Es una paz que se sigue dando también hoy, a escala internacional y a escala doméstica. Podemos descubrir ejemplos de esta paz en nuestro entorno.

2.- La paz justa es la que se da entre los que dialogan y defienden posturas distintas, pero que saben respetar los derechos de los demás. Sería un equilibrio de intereses que puede impedir la guerra. Sería una paz positiva, pero no sería paz.

3.- La paz ausencia de problemas. ¡Que me dejen en paz! ¡Mucho cuidado! Es una trampa. Es la paz de los cementerios. Es una paz que anula la vida, porque la vida es lucha. Si llegáramos a conseguir esa paz, dejaríamos de vivir, estaríamos ya muertos.

4.- La paz de Jesús es el equilibrio que un ser humano alcanza cuando es lo que tiene que ser. Esta es la autentica paz. Esta armonía con uno mismo lleva a estar en armonía con Dios y los demás. Es la consecuencia de descubrir tu verdadero ser.

¿Qué guerra?

1.- La guerra para someter al otro, para ponerlo a nuestro servicio y anularlo como persona. Es el fruto del egoísmo más feroz. Surge siempre que utilizamos la superioridad para anular al otro. Es la guerra más frecuente y dañina.

2.- La guerra que hace el sometido, para salir de su situación. Hay que tener mucho cuidado de no caer en la misma violencia contra la que se lucha. Todo el evangelio es un canto a la no-violencia. Supera la opresión sin entrar en su misma dinámica.

3.- La guerra que se hace a otro porque es auténtico. Esta guerra no debemos provocarla, pero tampoco debemos temerla. No debemos actuar contra el que me molesta porque es mejor que yo, ni debemos dejar de ser humanos por no molestar.

4.- La guerra que debemos hacernos a nosotros mismos (Pablo). Tenemos que pelear contra aquellas partes de nosotros mismos que nos impiden alcanzar mayor humanidad. Todo lo que potencie el egoísmo debemos combatirlo en nosotros.

Con estos datos, cada uno podrá descubrir, qué paz hay que buscar y qué paz hay que evitar, qué guerra debemos evitar y qué “guerra” debemos aceptar como imprescindible. Debemos estar atentos, porque las diferencias son muy sutiles.

En estos versículos se presenta la figura de Jesús como el modelo se ser humano. Debemos afrontar toda nuestra vida como un bautismo, como una inmersión en aguas abismales que en la tradición judía son el signo de lucha y sufrimiento.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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No he venido a traer la paz.

domingo, 17 de agosto de 2025
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Lc 12, 49-53

«He venido a prender fuego a la Tierra, y ¡cuánto deseo que ya esté ardiendo!»

Jesús crece en el seno de una sociedad de desiguales; de gente aceptada por Dios y gente rechazada por Él. Escucha en la sinagoga que Dios derrama bendiciones sobre los justos y envía calamidades a esa gran mayoría del pueblo que se ve condenada a una vida de miseria y exclusión por causa de sus pecados. Y esta idea de Dios le desconcierta, porque a él se le revuelven las entrañas ante la tragedia de aquella pobre gente rechazada y desalentada. Y se siente cada vez más incómodo dentro de esa fe que los condena de por vida…

Y se acaba rebelando.

Sale de su casa y se echa a los caminos de Galilea a proclamar que Dios no es el juez que nos castiga por nuestros pecados, sino el padre que nos ama como aman las madres. Sabe que esta concepción de Dios choca de bruces con la de los letrados y los fariseos, pero no se arredra ni duda en alimentar un permanente enfrentamiento con ellos que a la postre le costará la vida. Los tres primeros capítulos de Marcos muestran el grado de confrontación que desde el principio provoca con su actitud.

A aquella «chusma maldita que no conoce la Ley» –según expresión de los fariseos– les abre una vía a la esperanza. Les dice que no son unos pobres desgraciados como todos aseguran, sino que poseen la dignidad de hijos de Dios y son herederos de su Reino; que son los más importantes a sus ojos por ser los más necesitados; por delante de los sacerdotes, los doctores y los fariseos.

Y no sólo les habla, sino que cura sus enfermedades, les enseña y se ocupa de ellos como nadie lo había hecho jamás… Para esos míseros, malditos, desarrapados, excluidos, marginados, empecatados, abandonados, ignorados, a veces cojos o ciegos, casi siempre impuros, aquello es el reino de Dios en la Tierra. Ya no hay que esperar más; está allí, junto a ellos.

Y quieren hacerle Rey.

Las autoridades se sienten violentamente agredidas por ese impostor que arrastra tras de sí al pueblo, porque si lo suyo prevalece, todo su poder y su influencia acabarán por desaparecer. Cuando sube a Jerusalén y ven el entusiasmo que suscitan sus palabras, temen que su fuego se transmita a la gente y haga arder la sociedad entera.

Y se conjuran para matarlo.

En definitiva, Jesús declara la guerra a la opresión, a la injusticia, a las leyes injustas, y tienen que matarlo para que su fuego no calcine las estructuras de Israel y a sus dirigentes con ellas. Nosotros en cambio somos gente dócil que convive en muy buena armonía con la sociedad de consumo y la injusticia atroz que ésta provoca; porque una cosa es tener fe en Jesús, y otra, muy distinta, que esa fe altere demasiado nuestro modo de vida o perturbe nuestro estatus…

Y es que, como decía Ruiz de Galarreta: «Ni la Palabra nos quema por dentro, ni nosotros hacemos arder a la sociedad».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer un artículo de José E. Galarreta sobre un tema similar, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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El Padre contra el hijo.

domingo, 17 de agosto de 2025
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Es claro que la estructura social de Israel en tiempos de Jesús se conformaba por descendencia, por lealtades familiares, por continuidad de tradiciones religiosas, políticas y de orden social. Los hijos varones siguen la norma paterna, las hijas continúan las tareas de sus madres y, si no hay marido, la relación se mantiene entre suegra y nuera.

El seguimiento de Jesús rompe esta “paz” social basada en estas estructuras. El texto de Lucas 12,49-53 es claro. Jesús afirma que viene a traer la “guerra” (.v. 51-52), la ruptura de la familia tradicional y su base como núcleo de una sociedad reglada. Los seguidores de Jesús posiblemente vinieran de tradiciones que exigían respeto y aceptación a las normas sociales. Los padres, madres, suegras… de judíos exigen continuidad en las tradiciones religiosas a sus protegidos y de ellos se esperaba lo mismo. Algunos que seguían a Jesús no podían continuar con ello. Por el contrario, entendían que tanto madres y padres, hijos e hijas, nueras o suegras podían independizarse y buscar modelos de relaciones diferentes. El seguimiento exigía así la transformación de relaciones familiares y sociales. El cristianismo de los orígenes vivió esta situación de manera drástica incluso con persecuciones y muertes. La “paz” entendida como lo contrario al conflicto no era una alternativa especialmente cuando los ideales propuestos por Jesús entraban en juego.

La paz verdadera es otra cosa, está en otro lugar. Es la que ofrece el resucitado: la paz les dejo, mi paz les doy. Es la paz que se simboliza con el fuego del Espíritu, es la paz que permanece en medio de la lucha, es una paz duradera.  Es una paz en la cual la división y la violencia, lejos de opacarla, tienen el potencial incluso de dilatarla. Es una paz que sigue al perdón, a la reconciliación, pero no a un dejar pasar sino un enfrentarse desde la verdad del resucitado, a mirar con sus ojos y a desafiar estructuras extraccionistas. Estamos llamados a vivir en plenitud y eso no hay estructura social, tradición o lealtades capaces de menguarlo. En Cristo, “vivimos, nos movemos y existimos… somos de su descendencia” (Hc 17,28). Así explica Pablo a los atenienses la vida cristiana. Un estilo de relaciones en Cristo, una propuesta de paz verdadera.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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Paz o división

domingo, 17 de agosto de 2025
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Comentario al evangelio del domingo 17 agosto 2025

Lc 12, 49-53

La existencia humana -como la realidad en su conjunto- se halla atravesada por la paradoja. Porque la naturaleza de lo manifestado -de las formas- es polar. De hecho, sin tal aparente contraste, nos resultaría imposible pensar las cosas. Sabemos de la salud por la enfermedad, del frío por el calor, de la noche por el día, de la alegría por la tristeza…

Pero sucede que, al leer los polos como opuestos irreductibles, la mente se ve perdida en la paradoja, porque le resulta incoherente con lo que suele llamar el “principio de no contradicción”: si algo es “A” no puede ser “B”. Y así lo hemos asumido, hasta que ha llegado la física cuántica y nos ha hecho ver que tal principio, en el campo subatómico, salta por los aires, como se comprueba en la polaridad simultánea onda-partícula.

Los dos polos de todo lo real no son contradictorios, sino complementarios. No puede existir el uno sin el otro. Por eso, la paradoja es una contradicción solo aparente.

La mente no entiende que, si Jesús proclama la paz, aparezca en otra ocasión hablando de división. Y sus comentaristas tratan de justificar sus palabras, dando mil rodeos, sosteniendo cada cual la postura que previamente ha adoptado y aduciendo para ello razones de todo tipo.

La realidad, sin embargo, no es lineal, sino compleja en su sencillez. La paz convive con la división, con el fuego e incluso con la angustia, por decirlo con las imágenes que aparecen en el texto.

¿Cómo vivir la paradoja? Situándonos en aquel “lugar” donde es abrazada y trascendida. Si la paradoja afecta ineludiblemente al mundo de las formas, solo anclándonos en el Fondo que las trasciende, es posible la ecuanimidad o la Paz -ahora con mayúscula- que, al decir de Pablo, “trasciende todo lo que podemos pensar” (Carta a los Filipenses 4,7).


Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Fuego en la tierra… ¿Una iglesia que ni divierte ni convierte?

domingo, 17 de agosto de 2025
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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- El cristianismo de Jesús es frontal

El evangelio que acabamos es de los que nos puede dejar un poco perplejos. Es un evangelio desconcertante, al menos a primera vista. Que Jesús diga que ha venido a traer fuego, que no ha venido a traer la paz, sino la división, etc. nos resulta chocante.

02.- Fuego.

En la tradición bíblica -y en la vida normal- fuego puede significar criéis, crisol, juicio, (Lc 3, 16-17). Puede significar también el Espíritu de Jesús en la Iglesia. (HH 2,1-13: Pentecostés). Cuando hablamos de fuego puede significar como una fuerza vital, energía  que impulsa al ser humano

En todo caso fuego significa que el evangelio de Jesús no es algo anodino, sino que tiene fuerza; provoca una crisis profunda en la vida socio política, en el esquema religioso judío y en todo esquema religioso. En este sentido el fuego puede causar división, crisis, enfrentamientos.

¿No será este el caso de la fragmentación que se viene produciendo en el seno de la misma Iglesia?

03.- La sal ¿se ha vuelto insípida?

Al hilo de esta consideración, da la impresión de que el cristianismo que anunciamos hoy en día -al menos entre nosotros-, en estas viejas iglesias europeas ya no son las brasas de Emaús, ni el fuego de la zarza ardiendo de Moisés, ni las llamas de fuego de Pentecostés. Este cristianismo que presentamos no causa efecto ni reacción. Probablemente nuestro cristianismo está muy “descafeinado”.

¿La sal se habrá vuelto sosa?

El cristianismo es ya una cuestión doctrinaria, pero no hace arder el corazón (Emaús). Este cristianismo ni divierte ni convierte. Utilizamos la religión pero como quien paga la póliza del seguro o el impuesto de tráfico para circular por la vida y así llegar bien al peaje final de la existencia.

¿A qué se debe -si no- la casi nula presencia del Evangelio, del cristianismo en la vida pública, social, cultural, universitaria / escolar, incluso en la vida personal?

Es de recordar la voluntad -el fuego- del papa Francisco cuando les decía a los jóvenes para animar la vida de la Iglesia. “Hagan ruido”…

04.- La guinda del pastel y el “tío de América”.

J.A.T. Robinson (obispo anglicano (1919-1983) en su libro Sincero para con Dios, comentaba cómo el europeo “ilustrado” del siglo XX se vale y vive “perfectamente” sin la “hipótesis de trabajo” Dios.

En las cuestiones sociales, laborales, políticas, deportivas, etc. vivimos tranquilamente sin Dios. Nos son suficiente los estados, los parlamentos, el Ayuntamiento, las escuelas, los supermercados, los estadios, los cines, etc.

Los actos religiosos se han convertido en un adorno, la “guinda del pastel”, pero con muy escasa transcendencia.

Por otra parte, solamente recurrimos a Dios en las situaciones límite: Vamos a ver si Dios es capaz de curar este cáncer o para ver si soluciona la paz que nosotros, los humanos, no lo hacemos. Para muchas personas Dios es como “el tío de América” a ver si nos soluciona las cosas que nosotros no podemos o no queremos solucionar.

05.- El fuego símbolo del amor.

El fuego es símbolo del amor. Muchas veces vemos lo que amamos. ¿No ardía nuestro corazón?

El cristianismo es fuego que hace arder el corazón.

Él cristianismo no es un entramado de leyes y ritos, sino que es bondad, amor, porque la perfección de Dios es la misericordia.

Algo de todo esto es el fuego, la crisis y el Espíritu de Cristo: He venido a poner fuego en la tierra y ojala estuviera ya ardiendo.

 

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“La paz no es ausencia de conflicto”, por Consuelo Vélez

domingo, 17 de agosto de 2025
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De su blog Fe y Vida:

XX Domingo del Tiempo Ordinario 17-08-2025

Jesús conoce bien las consecuencias que su mensaje trae porque los valores del reino confrontan los antivalores que impiden su realización, lo cual suscita la resistencia, el rechazo, la división

Aunque la intención del discípulo es construir la paz, la unidad, la concordia, no es de extrañar que también tenga que asumir la división, la contradicción, el rechazo

La paz no es ausencia de conflicto sino posibilidad de asumirlo y tener la paciencia histórica para afrontarlo y transformarlo

Pidamos la gracia de no rebajar el evangelio, asumiendo las consecuencias que ello trae, dispuestos a correr la misma suerte que el maestro

Consuelo Vélez

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

+ «He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! ¿Piensan que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Desde ahora estarán divididos cinco en una casa: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra su nuera y la nuera contra la suegra».

(Lucas 12, 49-53)

El reino de Dios es la buena noticia del amor incondicional de Dios a todos, comenzando por los últimos. En primera instancia pensaríamos que es fácil anunciar este mensaje, pero no olvidemos que en los seres humanos también existe la libertad para escoger el egoísmo en lugar del amor, los propios intereses en lugar del bien común. De ahí que Jesús sea muy realista frente a las consecuencias que puede suscitar el mensaje que nos trae. De hecho, los valores del reino confrontan los antivalores que impiden su realización, lo cual suscita la resistencia, el rechazo, la división. Por lo tanto, la misión encomendada es difícil porque supone interpelación y denuncia y esto no es fácil de aceptar. Aunque la intención del discípulo es construir la paz, la unidad, la concordia, no es de extrañar que también tenga que asumir la división, la contradicción, el rechazo. La paz no es ausencia de conflicto sino posibilidad de asumirlo y tener la paciencia histórica para afrontarlo y transformarlo.

Esta fue la suerte que corrió Jesús. Su cruz no fue algo querido por Dios Padre que Jesús tuvo irremediablemente que asumir. Su persecución, crucifixión y muerte fueron consecuencia de sus cuestionamientos y acciones frente a las instituciones religiosas de su tiempo. Jesús denuncia la ley cuando está no se pone al servicio del ser humano. Denuncia el templo cuando se centra en los ritos y no en las personas. No acepta que, en nombre de Dios, se excluya a cualquier ser humano, por la causa que sea. Por todo esto, Jesús incomoda a sus contemporáneos y estos no dudan en matarlo.

La vida de discipulado a la que estamos llamados no puede evadir ese camino. Si hay fidelidad a los valores que anunciamos, o en expresión del evangelio de hoy, “traer fuego a la tierra, deseando que arda”, no hemos de extrañarnos que generemos rechazo, persecución, división, enfrentamientos. Se exige, eso sí, una dosis grande de discernimiento para no confundir cualquier división con el anuncio del reino. Pidamos entonces la gracia de no rebajar el evangelio, asumiendo las consecuencias que ello trae, dispuestos a correr la misma suerte que el maestro.

 (Foto tomada de: https://www.servicioskoinonia.org/cerezo/)

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“Fuego – San Lucas 12, 49-53 -”, por Joseba Kamiruaga Mieza CMF.

domingo, 17 de agosto de 2025
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De su blog Kristau Alternatiba (Alternativa Cristiana):

Fuego – San Lucas 12, 49-53 –

Jesús vino a traer fuego. Él mismo lo dice.

No es el sentido común, ni la paz de los cementerios. El Evangelio no es un manual para niños buenos, el buenismo ingenuo, melifluo y tontorrón de los tibios con la cabeza inclinada y la voz melosa.

Porque la Palabra tiene que ver con el amor que quema y consume.

Y quien encuentra a Cristo, se incendia el corazón. Y esto, de alguna manera, debería poder vislumbrarse en nuestra pastoral, en nuestras comunidades, en nuestras vidas.

Vidas encendidas. Corazones encendidos. Palabras encendidas.

No violentas ni melosas, no gastadas ni cansadas, no repetitivas.

Porque quienes salvarán a la Iglesia, como escribía el Papa Benedicto, como siempre, serán los santos apasionados y encendidos, celosos de Dios y de su Reino. Y la Iglesia que construiremos, sencillamente, volverá a arder de amor porque estará encendida por Cristo.

Jesús vino a traer el fuego. Con demasiada frecuencia, nuestra fe apenas parece un microondas que calienta una sopa.

¿Será éste el objetivo del itinerario sinodal? ¿Acercarnos a Cristo para reavivar la llama en nosotros?

Entonces, y solo entonces, volveremos a hacer luz.

Luz en estas densas tinieblas.

 Barro

¿Cuándo fue que, sentados sobre nuestras pequeñas certezas adquiridas, bajamos la guardia de tal manera que la sombra prevaleció sobre la luz y se unió a las sombras de otras personas hasta convertirse en un dragón al que miramos con indiferencia, sin miedo ni conciencia, como si fuera un perrito faldero?

 Siempre ha sido así, diréis.

Quizás sea cierto, quizás la fragilidad que llevamos en el corazón sea la raíz de todo mal.

Y es inútil ilusionarse con combatirlo, ese mal, solo con nuestras fuerzas.

Necesitamos un Salvador, hoy más que nunca.

Porque, sumidos en la rutina diaria, nos estamos acostumbrando al mal.

A lo que se manifiesta con la violencia, la ira, la prepotencia, la delincuencia, …

Y lo que es aún más peligroso, a quienes responden a la violencia con santa ira, santa prepotencia, santa ferocidad, apelando a la justicia, justificándose, revistiendo de heroísmo la bilis que finalmente puede salir y envenenar cada palabra, cada juicio.

Estamos jugando con fuego, mucho.

Y los nudos se deshacen.

Dios ya no es el camino que nos lleva a la verdad, para darnos la vida.

Poco más que una referencia ancestral, esgrimida para sostener las diferentes posiciones.

Rabia que desborda, que ciega, que embrutece.

Por fin podemos ser malos sin sentirnos culpables.

Incluso en la Iglesia.

Estamos hundidos en el barro, como Jeremías.

Pero ese barro lo hemos creado nosotros, secando la fuente de agua viva que es Jesús, su Evangelio del reino, su Año de Gracia.

 ¡Desgraciado de mí!

Nacido cerca de Jerusalén, apasionado por Dios y su pueblo, Jeremías pasó su vida convenciendo al rey de Judá y al pueblo de Jerusalén de que no se opusieran al poder naciente de Babilonia.

El inquieto profeta sufrió mucho por esta situación, ya que quería anunciar la paz y tenía que reprender, quería profetizar el bien y veía acercarse la tragedia. Por desgracia, las predicciones de Jeremías se cumplieron; Jerusalén cayó bajo el rey Nabucodonosor y más de ocho mil cabezas de familia fueron deportadas a Babilonia.

Ser discípulos lleva a amar tiernamente a las personas destinatarias del anuncio, ser discípulos significa buscar en uno mismo la verdad para luego ofrecerla a los demás, ser discípulos significa no ser comprendidos precisamente por las personas que amas.

Aunque estemos sumidos en el barro, estamos llamados a gritar desde los tejados el anuncio del Evangelio.

Con la vida.

Es cierto: existe una violencia inherente a la vida.

Pero no es aquella que nos cuentan.

 Lucha

El anuncio del Evangelio es signo de contradicción, el mundo, tan amado por el Padre que dio a su Hijo, vive con fastidio la intromisión divina y prefiere las tinieblas a la luz.

Y el adversario se viste de luz, de sensatez, de buenos propósitos.

De santos propósitos.

Sí, el Evangelio lleva consigo una carga de violencia e incomprensión.

Pero es una violencia sufrida.

Por amor a la verdad, por fidelidad al Evangelio.

 Padre contra hijo

Jesús lo dice hablando de sí mismo, imaginando la evolución que tendrá su mensaje.

Tras la caída de Jerusalén a manos de los romanos y la ruina del Templo, los seguidores del Nazareno serán «excomulgados» por los rabinos, lo que provocará una dolorosa e irreparable fractura dentro de la recién nacida comunidad judeocristiana.

Aún hoy, muchos experimentan la contradicción de descubrir en Cristo una nueva familia, nuevas y duraderas relaciones con hermanos creyentes y, al mismo tiempo, un empobrecimiento de las relaciones y una creciente incomprensión con sus familiares de sangre.

He visto a padres arremeter con dureza, también con dureza sibilina, contra las decisiones radicales de sus hijos que decidían consagrar su vida al Reino.

Pero, sin llegar a estos excesos, creo que también a ti, amigo lector, te ha pasado que has visto cambiar la actitud hacia ti en la oficina o en la escuela precisamente por tu elección evangélica.

Si realmente somos discípulos, debemos contar con algunos contrastes, con algunos esfuerzos adicionales: ninguno de nosotros es más grande que el Maestro: si a Él le persiguieron, también nos perseguirán a nosotros.

Cristo es fuego.

Fuego que quema, que arde, que ilumina, que calienta, que consume.

Cristo es fuego y resplandece en nuestra vida.

Si es con el fuego con lo que se mide el discipulado, los bomberos de la fe pueden estar tranquilos. Por desgracia.

Dejémoslo arder.

Incendiamos el mundo.

De amor.

Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Comentarios Evangélicos y Reflexiones para el Domingo 17 de agosto de 2025.

1.- Una Iglesia llamada a custodiar el ardor del fuego.

2.- Dios no es neutral, tampoco la Iglesia.

3.- La Iglesia, oyente y discípula de una Palabra que quema.

4.- Decir Evangelio es decir fuego, contradicción y división

5.- Fuego – San Lucas 12, 49-53 –.

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P. Joseba Kamiruaga Mieza CMF

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Soledad

martes, 11 de octubre de 2022
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Del blog Nova Bella:

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Yo no sé de pájaros,

no conozco la historia del fuego,

pero creo que mi soledad debería tener alas.

*

Alexandra Pizarnick

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¡Cuánto deseo que ardáis!

martes, 16 de agosto de 2022
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¡Que pocas hogueras!
Fuegos débiles,
llamas tenues,
rescoldos sin fuerza
que son ya solo ceniza.

No se oye el crepitar,
ni se siente el calor,
ni se ilumina la oscuridad,
ni se acrisolan los tesoros
con este fuego que llevamos dentro.

Pero yo sigo soñando que tu fuego prenda
en nuestros corazones,
en los pueblos,
en las iglesias,
y en la creación entera.

Porque para eso has venido
a nuestro mundo
y te has desvivido,
día a día, entregándote
y comunicando la buena noticia.

¡No me atraen los que se encierran,
los que no se exponen al viento,
los que , por temor, huyen
o se protegen cuando vienes
y soplas suave o fuerte.

Yo anhelo tu fuego
para que este mundo arda,
se acrisole e ilumine.
Deseo que tu fuego nos sorprenda
y que prenda en nuestro corazones

*
Florentino Ulibarri
Fe Adulta

fuego

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¿Estamos encendiendo un fuego o quemando un puente?

martes, 16 de agosto de 2022
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61FECA71-C48A-4B57-BFCC-FF4501CDC653La reflexión de hoy es del colaborador de Bondings 2.0 Michael Sennett, cuya breve biografía se puede encontrar haciendo clic aquí.

Las lecturas litúrgicas de hoy para el domingo 20 de la hora ordinaria se pueden encontrar aquí.

Durante la noche de esta pasada vigilia de Pascua, esperé con entusiasmo que las luces se atenuaran. Continué con anticipación mientras miraba sobre el balcón del loft del coro. Mis ojos apenas se habían ajustado a la oscuridad total cuando noté que los cirios se acercaban a la llama de la vela pascual. Los feligreses encendieron solemnemente las velas de sus vecinos. Banco a banco, la luz se volvió más brillante. Pronto la nave fue iluminada por los cirios, la iglesia en llamas con fuego, una congregación unificada a la luz de Cristo.

Este recuerdo de paz y unidad parece estar en desacuerdo con la lectura del evangelio de hoy, ya que Jesús anuncia con entusiasmo a sus discípulos que ha venido a no traer paz a la tierra, sino que su misión es de división. Incluso las familias, dice, se dividirán. ¿Cómo puede ser que Jesús, descrito como el Príncipe de la Paz, se centre en ser divisivo?

Por lo general, atribuimos a Jesús como gentil y suave, y por una buena razón. Nuestros encuentros con él en las Escrituras se basan principalmente en el amor, el perdón y la justicia, y no hay nada de malo en esta imagen.

Jesús, sin embargo, también volcó mesas. También desafió las reglas de los líderes religiosos hipócritas. Estos son ejemplos de ira justa de un salvador apasionado. Incluso a lo largo de la agonía de la pasión, seguía siendo apasionado.

El deseo de Jesús de prender fuego a la tierra es una invitación para que compartimos su fervor. Las familias no siempre estarán de acuerdo, pero Jesús se dispara a pesar de esto, de modo que los padres, los hijos, los primos, los abuelos y otros familiares pueden encender sus relaciones entre sí con la luz de Cristo.

Las historias de católicos LGTBIQ+ y sus familias al comienzo de la crisis del SIDA se ven en mi mente. Las personas devotamente religiosas que cuidan a los miembros de la familia enferma enfrentaron un desafío a su fe y fueron condenadas al ostracismo por su interacción. Algunos experimentaron una conversión de corazón atendiendo a su hijo o padre enfermo, al darse cuenta de que la persona era un hijo amado de Dios y no merecía la condena. Hoy, escuchamos que las personas que abandonan la iglesia en apoyo de la familia y amigos LGBTQ+, o participan en ministerios que elevan a la comunidad queer. La vida de los católicos LGBTQ+ enciende a sus vecinos y los alienta a actuar en el amor.

Jesús no trata de causar conflictos deliberadamente. Su predicación nos asegura repetidamente que somos uno en el Señor. Sin embargo, entiende que su mensaje de amor es radical en comparación con las costumbres sociales, lo que sin duda causará cierto grado de división.

El conflicto es inevitable, pero Jesús nos instruye a amar. Una y otra vez, conoce a personas donde están mientras se apegan a su misión por la justicia. Camina con los excluidos y afirma su lugar en la mesa. A través de la tensión Jesús crea una paz mayor. Los líderes católicos que sirven a las personas excluidas, especialmente LGBTQ+, son ejemplos vivos de esta idea.

Dios nos convoca a unirnos a Jesús para difundir el fuego de la justicia. Aceptar esta pasión cristiana viene con una gran responsabilidad: amar sobre todo. En medio del conflicto, sin embargo, podemos perder fácilmente de vista este mandamiento. Ciertamente soy culpable. A veces me quedo tan atrapado en mi pasión por la justicia social, especialmente por los problemas LGBTQ+, que mi actitud hacia los demás puede ser dura.

Por ejemplo, un primo con el que estoy particularmente cerca no me ve de cara a cara en muchos temas. Hemos tenido nuestros argumentos a lo largo de los años, pero ninguno tan intenso como en 2020. Nos enfrentamos con frecuencia y yo era implacable en mi vergüenza sobre sus posiciones. Nuestra disputa se trataba principalmente de racismo, pero también incluía leyes de baño anti-transgénero. No fue sino hasta un momento de vulnerabilidad que admitió el peaje que le había asumido a ella y a nuestra relación. Nunca consideré su perspectiva o por qué tenía sus propias opiniones. En nuestras disputas, no encendía su fuego, sino que quemaba nuestro puente.

En la reflexión bíblica del domingo pasado, Mark, Hakes discutió este tipo de polarización. Escribió: «Estamos tan concentrados en quién tiene razón que a menudo olvidamos hacer lo correcto». Conocer a otros donde están es una parte crítica del discipulado. En lugar de centrar toda nuestra energía en la conversión, necesitamos concentrarnos en el encuentro en sí mismo y abrir nuestros propios corazones también.

Considere la pasión de los defensores que aseguran la igualdad LGBTQ+, aquellos que ayudan a los refugiados y migrantes a encontrar refugio, las personas que trabajan incansablemente enseñan a otros a ser antirracistas. Estas personas a menudo se encuentran con ira hacia su trabajo, pero aún así logran tener conversaciones fructíferas y servir a las comunidades que las necesitan. Sonen la tierra con el fuego de Cristo.

El himno de reunión en la misa el fin de semana pasado fue «Quiero caminar com9 un hijo de la luz». Canté con entusiasmo, aunque fuera de tono. Un versículo atrapado en mi cabeza: quiero seguir a Jesús. Siguiendo a Jesús, como hijo de la luz, significa abrirnos al conflicto y responder en el amor, especialmente cuando no estamos de acuerdo. Necesitamos compartir la llama con nuestros vecinos, no quemarlos sino encender su propio fuego. Cirio a cirio, persona a persona. La pregunta en tiempos de conflicto no es quién está de acuerdo con nosotros, sino prefuntarnos esto: ¿soy un cristiano tibio o alguien que está incendiando con pasión por la justicia para servir a los excluidos?

—Michael Sennett (él/él), 14 de agosto de 2022

Fuente New Ways Ministry

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He venido a traer fuego a la tierra

domingo, 14 de agosto de 2022
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 >Creo que la vida no es una aventura que debamos vivir según las modas que corren, sino con un compromiso encaminado a realizar el proyecto que Dios tiene sobre cada uno de nosotros: un proyecto de amor que transforma nuestra existencia.

Creo que la mayor alegría de un hombre es encontrar a Jesucristo, Dios hecho carne. En él, todo -miserias, pecados, historia, esperanza- asume una nueva dimensión y un nuevo significado.

Creo que cada hombre puede renacer a una vida genuina y digna en cualquier momento de su existencia. Cumpliendo hasta el final la voluntad de Dios no sólo puede hacerse libre, sino también derrotar al mal.”

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Thomas Merton

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!

¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.

En adelante, una familia de cinco estará dividida: tres contra dos y dos contra tres; estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra la nuera y la nuera contra la suegra.”

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Lucas 12, 49-53

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Los apóstoles, instruidos por la palabra y por el ejemplo de Cristo, siguieron el mismo camino. Desde los primeros días de la Iglesia, los discípulos de Cristo se esforzaron en convertir a los hombres a la fe de Cristo Señor no por acción coercitiva ni por artificios indignos del Evangelio, sino ante todo por la virtud de la Palabra de Dios. Anunciaban a todos resueltamente el designio de Dios Salvador, «que quiere que todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4), pero, al mismo tiempo, respetaban a los débiles, aunque estuvieran en el error, manifestando de este modo cómo «cada cual dará a Dios cuenta de sí» (Rom 14,12), debiendo obedecer a su conciencia.

Al igual que Cristo, los apóstoles estuvieron siempre empeñados en dar testimonio de la verdad de Dios, atreviéndose a proclamar cada vez con mayor abundancia, ante el pueblo y las autoridades, «la Palabra de Dios con confianza» (Hch 4,31). Pues defendían con toda fidelidad que el Evangelio era verdaderamente la virtud de Dios para la salvación de todo el que cree. Despreciando, pues, todas «las armas de la carne», y siguiendo el ejemplo de la mansedumbre y de la modestia de Cristo, predicaron la Palabra de Dios confiando plenamente en la fuerza divina de esta palabra para destruir los poderes enemigos de Dios y llevar a los hombres a la fe y al acatamiento de Cristo. Los apóstoles, como el Maestro, reconocieron la legítima autoridad civil: «No hay autoridad que no venga de Dios», enseña el apóstol, que, en consecuencia, manda: «Toda persona esté sometida a las potestades superiores…, quien resiste a la autoridad resiste al orden establecido por Dios» (Rom 13,12). Y al mismo tiempo no tuvieron miedo de contradecir al poder público cuando éste se oponía a la santa voluntad de Dios: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). Este camino lo siguieron innumerables mártires y fieles a través de los siglos y en todo el mundo.

La Iglesia, por consiguiente, fiel a la verdad evangélica, sigue el camino de Cristo y de los apóstoles cuando reconoce y promueve la libertad religiosa como conforme a la dignidad humana y a la revelación de Dios. Conservó y enseñó en el decurso de los tiempos la doctrina recibida del Maestro y de los apóstoles.

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Concilio Vaticano II,
Declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae, llss.

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“El fuego traído por Jesús”. 20 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,49-

domingo, 14 de agosto de 2022
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A teenage girl in an argument with her mother and father

Por los caminos de Galilea Jesús se esforzaba por contagiar el «fuego» que ardía en su corazón. En la tradición cristiana han quedado huellas diversas de su deseo. Lucas lo recoge así: «He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!». Un evangelio apócrifo más tardío recuerda otro dicho que puede provenir de Jesús: «El que está cerca de mí está cerca del fuego. El que está lejos de mí está lejos del reino».

Jesús desea que el fuego que lleva dentro prenda de verdad, que no lo apague nadie, que se extienda por toda la Tierra y que el mundo entero se abrase. Quien se aproxima a Jesús con los ojos abiertos y el corazón despierto va descubriendo que el «fuego» que arde en su interior es la pasión por Dios y la compasión por los que sufren. Esto es lo que le mueve y le hace vivir buscando el reino de Dios y su justicia hasta la muerte.

La pasión por Dios y por los pobres viene de Jesús, y solo se enciende en sus seguidores al contacto de su Evangelio y de su espíritu renovador. Va más allá de lo convencional. Poco tiene que ver con la rutina del buen orden y la frialdad de lo normativo. Sin este fuego, la vida cristiana termina extinguiéndose.

El gran pecado de los cristianos será siempre dejar que este fuego de Jesús se vaya apagando. ¿Para qué sirve una Iglesia de cristianos instalados cómodamente en la vida, sin pasión alguna por Dios y sin compasión por los que sufren? ¿Para qué se necesitan en el mundo cristianos incapaces de atraer, dar luz u ofrecer calor?

Las palabras de Jesús nos invitan a dejarnos encender por su Espíritu sin perdernos en cuestiones secundarias o marginales. Quien no se ha dejado quemar por Jesús no conoce todavía el poder transformador que quiso introducir él en la Tierra. Puede practicar correctamente la religión cristiana, pero no ha descubierto todavía lo más apasionante del Evangelio.

José Antonio Pagola

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