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Dios está en el dolor.

Viernes, 15 de abril de 2022

Georges-Rouault-CrucifixionJn 18-9

Las tres partes en que se divide la liturgia del Viernes Santo, expresan perfectamente el sentido de la celebración. La liturgia de la palabra nos pone en contacto con los hechos que estamos conmemorando y nos abren perspectivas nuevas. La adoración de la cruz nos lleva al reconocimiento de un hecho de la vida de Jesús que tenemos que tratar de asimilar y desentrañar. La comunión nos recuerda que la principal ceremonia litúrgica de nuestra religión es la celebración de una muerte; no porque ensalcemos el sufrimiento y el dolor, sino porque descubrimos la Vida, incluso en lo que percibimos como sufrimiento y muerte.

No es nada fácil hacer una reflexión sencilla y coherente sobre el significado de la muerte de Jesús. Se ha insistido tanto en lo externo, en lo sentimental, que es imposible ir al meollo de la cuestión. No debemos seguir insistiendo en el sufrimiento. No son los azotes, ni la corona de espinas, ni los clavos, lo que nos salva. Muchísimos seres humanos has sufrido y siguen sufriendo hoy más que Jesús. Lo que nos marca el camino de la plenitud humana es la actitud de Jesús, que se manifestó durante su vida en el trato con los demás. Ese amor, manifestado en el servicio, es lo que demuestra su verdadera humanidad y, a la vez, su plena divinidad.

¿Qué añade su muerte a la buena noticia del evangelio? Aporta una increíble dosis de autenticidad. Sin esa muerte, y sin las circunstancias que la envolvieron, hubiera sido mucho más difícil para los discípulos dar el salto a la experiencia pascual. La muerte de Jesús es sobre todo un argumento definitivo a favor del amor. En la muerte, Jesús dejó claro que el amor era más importante que la vida. Si la vida natural es lo más importante para cualquier persona, podemos vislumbrar la importancia que tenía el amor para Jesús. Aquí podemos encontrar el verdadero sentido que quiso dar Jesús a su muerte.

La muerte en la cruz, analizada en profundidad, nos dice todo sobre su persona. Pero también lo dice todo sobre nosotros mismos si nuestro modelo de ser humano es el mismo que tuvo él. Además nos lo dice todo sobre el Dios de Jesús, y sobre el nuestro, si es que es el mismo. Descubrir al verdadero Dios, y la manera en la que podemos relacionarnos con Él, es la tarea más importante que puede desplegar un ser humano. Jesús, no solo lo descubrió él, sino que nos quiso comunicar ese descubrimiento y nos marcó el camino para vivir esa realidad del Dios descubierta por él. Nuestra tarea es descubrirlo también en lo hondo de nuestro ser.

La buena noticia de Jesús fue que Dios es ágape. Pero ese amor se manifiesta de una manera insospechada y desconcertante. El Dios manifestado en Jesús es tan distinto de todo lo que nosotros podemos llegar a comprender, que, aún hoy, seguimos sin asimilarlo. Como no aceptamos un Dios que se da infinitamente y sin condiciones, no acabamos de entrar en la dinámica de relación con Él, que nos enseñó Jesús. El tipo de relaciones de toma y da acá, que seguimos desplegando nosotros con relación a Dios, no puede servir para aplicarlas al Dios de Jesús. El Dios de Jesús es el que se deshace por todos y nos obliga a deshacernos.

Un Dios que siempre está callado y escondido, incluso para una persona tan fiel como Jesús, ¿qué puede aportar a mi vida? Es realmente difícil confiar en alguien que no va a manifestar nunca externamente lo que es. Es muy complicado tener que descubrirle en lo hondo de mi ser, pero sin añadir nada a mi ser, sino constituyéndose en la base y fundamento de mi ser, o mejor, que es parte de mi ser en lo que tiene de fundamental. Todo lo que puedo llegar a ser ya lo soy, no como mi ego podría esperar sino como fundamento del ser.

Nos descoloca un Dios que no va a manifestar con señales externas su preocupación por el hombre; sin darnos cuenta de que al aplicar a Dios relaciones externas, le estamos haciendo a nuestra propia imagen. Al hacerlo, nos estamos fabricando nuestro propio ídolo. Nuestra imagen de Dios siempre tendrá algo de ídolo, pero nuestra obligación es ir purificándola cada vez más. Dios no es nada fuera de mí, con quien yo pueda alternar y relacionarme como si fuera otro YO, aunque muy superior a mí. Dios está inextricablemente identificado conmigo y no hay manera de separarnos en dos. Mi verdadero ser es esa identificación absoluta y total.

Un Dios –que nos exige deshacernos, disolvernos, aniquilarnos en beneficio de los demás, no para tener en el más allá un “ego” más potente (¿los santos?) si no para quedar incorporados a su SER, que es ya ahora nuestro verdadero ser– no puede ser atrayente para nuestra conciencia de personas individuales. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, permanece solo, pero si muere da mucho fruto”, es decir produce más vida. Este es el nudo gordiano que nos es imposible desenredar. Este es el rubicón que no nos atrevemos a pasar.

La muerte de Jesús deja claro que el objetivo de su vida fue manifestar a Dios. Si Él es Padre, nuestra obligación es la de ser hijos. Ser hijo es salir al padre, imitar al padre. Esto es lo que hizo Jesús, y esta es la tarea que nos dejó, si de verdad somos sus seguidores. Pero el Padre es amor, don total, entrega incondicional a todos y en todas las circunstancias. No solo no hemos entrado en esa dinámica sino que nuestra pretensión “religiosa” es meter a Dios en nuestros egoísmos; no solo en esta vida terrena, sino garantizándonos un ego para siempre.

La muerte no fue un mal trago que tuvo que pasar Jesús para alcanzar la gloria sino la suprema gloria de un hombre al hacer presente a Dios con el don total de sí mismo, viviendo y muriendo para los demás. Dios está siempre y solo donde hay amor. Si el amor se da en el gozo, allí está Dios. Si el amor se da en el sufrimiento, allí está también Dios. Se puede salvar el hombre sin cruz, pero nunca se puede salvar sin amor. Lo que aporta la cruz es la certeza de que el amor es posible aún en las peores circunstancias que podamos imaginar.

El hecho de que no dejara de decir lo que tenía que decir, ni de hacer lo que tenía que hacer, aunque sabía que eso le costaría la vida, es la clave para compren­der que la muerte no fue un accidente, sino algo fundamental en su vida. El hecho de que le mataran podía no tener importancia; pero el hecho de que le importara más la defensa de sus convicciones que la vida nos da la profundi­dad de su opción vital. Jesús fue mártir en el sentido estricto de la palabra. Ninguna circunstancia de su vida, ni siquiera la muerte, le apartó del Padre.

Cuando un ser humano es capaz de consumirse por los demás, está alcanzando su plena consumación. En ese instante puede decir: “Yo y el Padre somos uno”. En ese instante manifiesta un amor semejante al amor de Dios. Si seguimos pensando en un dios de “gloria” ausente del sufrimiento humano, será muy difícil comprender el sentido de la muerte de Jesús. Dios no puede abandonar al hombre, y menos al que sufre. El que esté callado (en todos los sentidos) nos desconcierta, pero no quiere decir que nos haya abandonado.

Al adorar la cruz, esta tarde, debemos ver en ella el signo de todo lo que Jesús quiso trasmitirnos. Ningún otro signo abarca tanto, ni llega tan a lo hondo como el crucifijo. Pero no podemos tratarlo a la ligera. Poner la cruz en todas partes, como adorno, no garantiza una vida cristiana. Tener como signo religioso la cruz, y vivir en el hedonismo, indica una falta de coherencia que nos tenía que hacer temblar. Para poder aceptar el dolor no buscado, tenemos que aprender a aceptarlo voluntariamente el sacrificio buscado como entrenamiento.

Meditación-contemplación

La clave de una vida cristiana (humana)
está en vivir a tope la verdadera Vida,
conservando en su justo aprecio la vida, con minúscula.
Entonces descubriré que la vida biológica no es el valor supremo.
Si la VIDA es lo primero, todo tiene que estar subordinado a ella.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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“Y dio un fuerte grito” A propósito del relato de la pasión de Jesús (Lucas 22, 14 –23,56)

Viernes, 15 de abril de 2022

la pasion de jesusBernardo Baldeón.
Madrid

ECLESALIA, 15/04/19.- No tenía dinero, ni armas ni poder. No tenía autoridad religiosa. No era sacerdote ni escriba. No era nadie. Pero llevaba en su corazón el fuego del amor a los crucificados. Sabía que para Dios eran los primeros. Esto marcó para siempre la vida de Jesús.

Se acercó a los últimos y se hizo uno de ellos. También él viviría sin familia, sin techo y sin trabajo fijo. Curó a los que encontró enfermos, abrazó a sus hijos, tocó a los que nadie tocaba, se sentó a la mesa con ellos y a todos les devolvió la dignidad. Su mensaje siempre era el mismo: “Éstos que excluís de vuestra sociedad son los predilectos de Dios”.

Bastó para convertirse en un hombre peligroso. Había que eliminarlo. Su ejecución no fue un error ni una desgraciada coincidencia de circunstancias. Todo estuvo bien calculado. Un hombre así siempre es una amenaza en una sociedad que ignora a los últimos.

Según la fuente cristiana más antigua, al morir, Jesús “dio un fuerte grito”. No era sólo el grito final de un moribundo. En aquel grito estaban gritando todos los crucificados de la historia. Era un grito de indignación y de protesta. Era, al mismo tiempo, un grito de esperanza.

Nunca olvidaron los primeros cristianos ese grito final de Jesús. En el grito de ese hombre deshonrado, torturado y ejecutado, pero abierto a todos sin excluir a nadie, está la verdad última de la vida. En el amor impotente de ese crucificado está Dios mismo, identificado con todos los que sufren y gritando contra las injusticias, abusos y torturas de todos los tiempos.

En este Dios se puede creer o no creer, pero nadie se puede burlar de él. Este Dios no es una caricatura de Ser supremo y omnipotente, dedicado a exigir a sus criaturas sacrificios que aumenten aún más su honor y su gloria. Es un Dios que sufre con los que sufren, que grita y protesta con las víctimas, y que busca con nosotros y para nosotros la Vida.

Para creer en este Dios, no basta ser piadoso; es necesario, además, tener compasión. Para adorar el misterio de un Dios crucificado, no basta celebrar la semana santa; es necesario, además, mirar la vida desde los que sufren e identificarnos un poco más con ellos.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Consummatum est

Viernes, 15 de abril de 2022

vcruciscontemporDel blog de Xabier Pikaza:

Todo lo que tenía que cumplirse se ha cumplido

Sólo Dios puede convertir en vida la muerte de los hombres

Una vez más se han impuesto los que matan: Soldados de todas las romas, sacerdotes de todos los jerusalenes e iglesias de muerte… Por eso, allí sobre el Calvario (la calavera de la historia) avanza Jesús hacia su muerte, con dos compañeros-colegas, que son todos los asesinados de la historia (a los que en general no solemos ver).

En esa línea al llegar el final, sólo puede decirse: Se ha cumplido, ha culminado la envidia asesina de los hombres sobre el amor de vida de Dios, de tal forma que el mismo Dios muere en Jesús, en todos los crucificados, pero no en contra, sino a favor de los mismos que le matan.

Se ha cumplido la maldad de los hombres, que empezaba con Caín, una sombra de muerte que cubre toda la historia. Pero se ha consumado el amor de Dios, revelándose al fin, plenamente, como vida que triunfa de la muerte. Para explicarlo he tenido que acudir a las palabras del mayor teólogo de la muerte de Dios que es vida de los hombres (Juan de la Cruz).

Por eso, la muerte de Jesús, con los dos que le acompañan, será resurrección, como dirá el domingo el ángel de la pascua, como indican las tres cruces de Urkiola, anunciando la pascua de todos, de Jesús en el centro, de los dos a sus lados, sobre la roca del fondo (imagen siguiente). En esa linea quiero hoy  comentar las últimas palabras de Jesús, según el Evangelio de Juan

Jesús dijo: Está consumado (se ha cumplido, ha terminado) e inclinando la cabeza entregó el espíritu (Jn 19, 30).

Las últimas palabras de Jesús varían según los evangelios. Marcos y Mateo afirman que murió diciendo “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (cf. tema 16). Según Lucas, él dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu” (Lc 23, 46). Juan, en cambio, afirma que exclamó, tetelestai (nislam, consummatum estestá consumado,  según las tres variantes (griega, hebrea y latino) que comentaré, para ofrecer después una buena traducción castellana, siguiendo las huellas de Juan de la Cruz, alguien que sabía mucho del “fuego de Dios” que consuma sin consumir.

El original griego reza  tetelestai, una palabra que viene de  teleô, verbo que tiene varios significados, que nos permiten entender mejor el drama y camino de la vida de Jesús.

(a) Teleô  significa ha terminado, ha llegado a su fin el camino. Es como si Jesús dijera “puedo descansar”, no me queda más por hacer. Todo acaba en el mundo, también la vida de Jesús ha terminado.

(b) Pero, en segundo lugar, en sentido más hondo, ese verbo significa se ha cumplido, como si dijera “he consumado mi tarea, he realizado el encargo recibido por Dios, ya no me queda nada que hacer sobre la tierra”. Por eso, Jesús inclina la cabeza y entrega su vida (Espíritu) en manos del Padre.

(c) Esta palabra significa finalmente pagar lo que se debe, y, en esa línea,  telos que es “fin”, significa impuesto. Es como si Jesús dijera “he pagado al fin lo que debía, la deuda que había contraído al venir sobre la tierra, la deuda de los hombres, la redención de la historia”.

La traducción hebrea es nishlam, una  palabra vinculada shalôm, paz, y significa estar en paz, sellar el pacto, cumplir la palabra. Es como si Jesús dijera al morir que ha cumplido su alianza con Dios, que ha superado la guerra, y que de esa forma está ya pacificado (y ha pacificado) a los hombres. Jesús viene a presentarse según eso, al final de su vida, como una encarnación y cumplimiento del pacto de Dios con los hombres, como el gran pacificador. Así dice que ha instaurado la paz, cumpliendo su tarea, y que él mismo ha sido el mediador o ejecutor de esa paz que ahora se abre por Dios, desde el Calvario, a toda la humanidad).

Habían existido, y eran muy numerosos en Israel, los “sacrificios por la paz”, que se llamaban shelem, ofrendas dedicadas a Dios (por ejemplo un cordero), que se quemaban en parte sobre el altar del templo, y que después se compartían entre los oferentes, que de esa manera se comprometían a vivir entre ellos en gesto solidario de amistad. Jesús mismo habría sido, por tanto, ese sacrificio por la paz, de manera que su vida terminaba de esa forma como una ofrenda para que los hombres alcanzaran la definitiva plenitud, la paz eterna, en la que él había entrado ya a través de su muerte fiel, cumpliendo hasta el fin su tarea.

Jesús muere en Dios y por Dios (reflexión con Juan de la Cruz)

  En este contexto se entienden las palabras finales del texto “e inclinando la cabeza, entregó el Espíritu”. Jesús se había mantenido siempre con la cabeza alzada, dialogando con Dios y realizando su tarea en medio de los hombres. Pero ahora puede ya inclinarla y la inclina, como permaneciendo para siempre en el regazo eterno de Dios que le acoge, recibiendo su Espíritu (pneuma, ruah). De esa forma queda todo consumado y ya cumplido, conforme a un verso importante de Juan de la Cruz: Con llama que consume y no da pena (Cántico Espiritual B, estrofa 39).

            Jesús aparece así como una luz de Dios que se “consuma”, alcanza su plenitud, llega a su meta, que se dice en griego teloj, telos, y el hebeo   shalôm, en latin pax, la paz definitiva, abierta en amor a todos los hombres y mujeres de la tierra. De manera misteriosa, ese camino de la vida de Jesús se consuma al consumirse:

“porque, habiendo llegado al fuego (que es Dios), está el alma (es decir, toda la persona) en tan conforme y suave amor con Dios, que, con ser Dios, como dice Moisés, fuego consumidor (Hebr 12, 29), ya no lo sea, sino consumador y refeccionador” (cf. Dt 4, 24. Comentario Cántico B, 39, 14). Dios consume, por tanto, y consuma, es decir, refecciona (alimenta, da fuerzas, recrea).

Jesús muere, ciertamente, porque le han matado los poderes de violencia de la tierra, sacerdotes de Jerusalén, soldados de Roma. Muere como víctima, con los expulsados y aplastados. Pero, al mismo tiempo, muere por amor completo, porque ha puesto su vida en Dios y se ha identificado con su voluntad, de tal forma que Dios cumple y culmina en él su vida (su paz transformadora) en forma humana.

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Reflexión de Viernes Santo

Viernes, 15 de abril de 2022

viernes-santo

¿Y quiénes somos?

Somos personas “capaces de Dios”, que decía san Agustín, es decir, capaces de asumir y aceptar, de encarnar al propio Dios.

No hay ni un solo trazo de la huella humana que no esté traspasado por la presencia de Dios. Ni un solo espacio, ni el más mínimo momento existen sin que Dios los haya “perforado” por su presencia. Es más, nada existe fuera de su presencia.

Dicho esto, y visto al Jesús humano capaz de pronunciar hágase  día tras día desde aquel hágase a dos voces de María, podemos deducir que somos expresión de Dios, semillas de su existencia, semillas buenas, claro, que a veces caemos en tierra no tan buena.

Cada una de las que estamos aquí somos personas llamadas a entregar la vida, a abrir los brazos en la cruz de la fidelidad y de la coherencia.

“Echarse en los brazos de Dios”.

Así con esto, con este reto que resulta de descubrir quién ese hombre tan increíblemente apasionado por la vida que fue capaz de entregar la suya para hacer eterna la nuestra, con este reto producido por la sorpresa al saber que somos parte de Dios… ¿qué hacemos con Cristo muerto, colgado de la cruz?

El Cristo de los brazos abiertos, que acoge en su gesto todo el dolor de la historia, el pasado y el futuro.

Cristo muere abrazando, de nuevo, el hágase del comienzo de su vida, cuando se reconoció como Hijo de Dios.

Desde la cruz, Jesús, desnudo como cuando nació, no oculta su debilidad, su fracaso; su sed es expresión de vulnerabilidad, de necesidad.

¿En los brazos de este hombre es donde queremos echarnos?

Sí, son los brazos de la libertad, de la acogida y del perdón. Los brazos que muestran un hueco infinito de reconciliación, de oportunidad y de vida eterna. En ellos cabemos todas y todos, sin fricciones ni negatividades. En sus brazos caben nuestros sueños, nuestras pequeñeces,… porque ocupamos un espacio de confianza, de sabernos en casa.

 

  Si quieres leer la reflexión entera pincha aquí.

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Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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La Pasión del Señor. Ciclo C

Viernes, 15 de abril de 2022

Pasión-del-Señor

 

“Jesús gustó el vinagre y dijo: «Todo está cumplido.» E inclinando la cabeza, entregó el espíritu.”

(Jn 19,30)

En la celebración de hoy proclamamos un largo texto del Evangelio de Juan, dos capítulos enteros. En ellos vemos todo lo que le sucede a Jesús desde la última vez que cena con sus discípulos hasta su muerte: la detención, los interrogatorios de Anás y de Pilato, la negación de Pedro, la crucifixión.

Son unos momentos que solamente Jesús vive con serenidad, con la confianza de estar cumpliendo la voluntad de su Padre. Jesús no pierde la vida, no se la quitan, sino que la entrega, y al hacerlo da su Espíritu a la humanidad. Si durante su vida había vivido en Dios y para los demás, su muerte también es entrega, porque es confianza en un proyecto más grande que su propia vida, el de su Padre, y porque da vida a los demás.

Jesús en la cruz es más vulnerable que nadie. La imagen de él crucificado es la expresión más clara de cómo ha vivido: con los brazos abiertos porque ya no hay nada que proteger, que poseer, que guardar, que retener; ya no hay temor a perder; ya no hay huida.

Hasta el último momento se preocupa de que no se pierda nadie de quienes Dios le ha confiado, y crea una nueva familia, su familia, al poner juntos a su madre y al discípulo amado.

En la muerte de Jesús, que es entrega de su vida, nosotros ya comenzamos a recibir Vida. Y todo esto se acabará de cumplir a primera hora del domingo, cuando Jesús recuperará su vida transformada y para siempre.

Oración

Padre, que la contemplación de Jesús en la cruz nos haga personas más entregadas y confiadas en ti. Que sintamos que a los pies de la cruz, con los ojos fijos en él, todos somos hermanos y hermanas, familia por tu Espíritu Santo.

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Fuente: Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Paréntesis de las mujeres

Viernes, 15 de abril de 2022

95_Maria-y-las-santas-mujeres-junto-a-la-cruz_350Viernes Santo-2018

Jn 18, 1 -19,42

Cuando el sentido común desaparece y el ambiente se crispa hasta el punto de ir contra la esencia de lo bueno, lo amable, lo respetuoso y lo empático, es cuando la espada se esgrime y comienza la bacanal de la violencia. En ese punto se desboca por dentro el deseo profundo de ser invisible.

Es el tiempo de los que aparecen, sin dar la cara, de los que manipulan desde el poder religioso: “Conviene que muera un solo hombre por el pueblo”. Es el tiempo de la política religiosa manejando desde las tinieblas.

Cuando la violencia campa a sus anchas, surge la sensación interior de esfumarse sibilinamente: “No eres tú también de los discípulos de ese hombre”. ¡Ay, Pedro, querías que te tragara la tierra! ¡Tú, que levantaste la espada!: “No lo soy… no lo soy…”. Dos negaciones y una más, hasta que el gallo te despertó y viste de qué estabas hecho.

Quizás Jesús te vio cuando le llevaban de un lado a otro y sus ojos quisieron establecer contacto con los tuyos, buscando esa íntima comunicación de los que han vivido conversaciones sin palabras y complicidades a distancia que no necesitan sonidos. Pero tu cara debía ser una máscara desfigurada por el terror. Sin luz, sin vida… no pudiste aguantar su mirada y tus ojos tocaron el suelo.

A Jesús se le debió helar la sangre y una escarcha gélida oprimiría su corazón: ¡Pedro, hermano, tres veces me dijiste: “Señor, tú sabes que te quiero”!

Cuando la certeza de haber traicionado invade el corazón, éste se hace trizas y chorros de lágrimas brotan intentando lavar el miedo que llevó a negar a quien más se ama.

Cuando el poder político se asusta a la hora de impartir justicia, la de verdad, la que no se deja manipular poniendo oídos a los oportunistas… “si sueltas a ese, no eres amigo del César (…) no tenemos más rey que el César, es fácil matar a un Inocente y a millones.

Es entonces cuando se instaura el régimen del miedo y muchos desaparecen viendo que si al Maestro le hacen lo que le hacen, los que le siguen tendrán problemas. Eclipse de discípulos.

Cuando la injusticia, la sinrazón, la negación, la traición y la tortura llegan al culmen, se corona el monte Calvario.

Poca gente acompaña en la cima. Poca gente se deja ver en el espacio de las muertes injustas. Poca gente quiere salir en la foto de los miles de Calvarios que hoy hay activos en nuestro mundo. Son pocos los que no se ponen el disfraz de invisibilidad ante el sufrimiento humano y dan un paso hacia delante acompañando, ayudando, intentando salvar y denunciando situaciones, mientras asumen el gran peligro que corren.

¿Quiénes acompañaron a Jesús en el Vía Crucis y en el Calvario?

Un colectivo que no tuvo el impulso de pasar a la invisibilidad por miedo a lo que estaba ocurriendo. No tenían protagonismo alguno, ni derechos… eran invisibles todos los días.

¿Quién es ese colectivo que, en el orden social, sólo tenía a los niños detrás?: las mujeres. Y allí estaban “junto a la cruz de Jesús su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás, y María, la Magdalena”.

Ellas abren un paréntesis desde lo que parecía el final de una maravillosa historia de Amor de Dios a la humanidad convertida en suplicio y muerte, que se cierra en poco después, en un extraño principio que parte de un oscuro y tenebroso sepulcro.

En ese paréntesis están las que, seguro, segurísimo, prepararon la Cena del Jueves y se quedaron recogiendo. Las que le siguieron en el Vía Crucis… mujeres anónimas que escucharon sus palabras a lo largo de los tres años de misión, mujeres que se sintieron consoladas, que recobraron su autoestima, que comprendieron que el Dios de Jesús, era el Padre del que hablaba.

Pero no olvidamos que “Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba…”. Sí, el más joven, según dicen, el que no tendría tantos planes y expectativas en el futuro Reino, ni tanta voz y voto como los mayores; ese eligió el amor y llegó a pie de cruz, recibiendo el bello encargo de cuidar en su casa a María, madre de Jesús.

Juan se insertó en ese paréntesis donde todo parece trastocado, que sólo entra quien vive desde el Amor y la Fe, y al que muchos… ¿muchos?… todos estamos invitados.

Mari Paz López Santos

www.pazsantos.com

Fuente Fe Adulta

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Para que ustedes crean.

Viernes, 15 de abril de 2022

Durango_-_Museo_Kurutzesantu_(antigua_Ernita_de_la_Vera_Cruz)_y_Cruz_de_Kurutziaga_14En la celebración litúrgica del viernes santo se lee la pasión del Señor y este año corresponde la versión del cuarto evangelio. Quiero prestar atención a una frase del texto, que suele pasar desapercibida, que está ubicada justo entre la muerte de Jesús en la cruz y antes de que comience el descenso de la cruz (esto es justo después de que broten la sangre y el agua del costado de Jesús).

El relato hace una especie de tiempo intermedio al acabar de relatar la pasión para hacer referencia a los testigos, a los lectores y a los creyentes en Jesús. El texto dice que quien vio esto, es decir quien está siendo testigo de la pasión de Jesús, da testimonio “para que ustedes crean”. Están los que ven, que son los testigos, y los que leen o escuchan el texto que son los creyentes. El escritor o escritora de este evangelio se dirige directamente al lector con esas palabras “para que ustedes crean”, justo en el momento culminante y central de todo el evangelio: la muerte de Jesús y el intermedio hacia otra realidad totalmente nueva.

El texto se dirige así al lector para recordarle que es necesario ponerse en primera persona y volver al centro de este suceso y solo puede hacerlo de una manera, esto es, creyendo. No solo leer, escuchar, entender, sino entrar con todo lo que uno es y participar en este acontecimiento salvífico.

Estas frases son una interrupción importantísima en el relato de la pasión. No se puede continuar la lectura sin hacer esta parada y tomar posición, porque “esto fue escrito para que ustedes crean”. El objetivo es transformar al lector en creyente.

Y sigue el texto explicando que así se cumple la Escritura que dice: “Mirarán al que traspasaron”. De esta manera, entran en juego tanto la fe y el mirar como la misma acción de haber traspasado a Jesús. Y estas acciones se dicen en plural, son acciones colectivas. ¿A quién se refiere? ¿A los testigos? ¿A toda la humanidad? ¿Al cosmos?

Nosotros en la celebración litúrgica del viernes santo leemos o escuchamos este relato. Y hemos de ser conscientes de que la fe comunitaria -que contempla al que ha sido traspasado- se vuelve aquí y ahora gozne de la salvación. No se trata de un recuerdo sin más. Solo pueden seguir leyendo o escuchando quienes se incorporan como creyentes en este momento central de la historia de la salvación. Una manera distinta de vivir y celebrar la pasión del Señor.

Paula Depalma

Fuente Fe Adulta

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Viernes Santo: Mirarán -miremos- al que transpasaron

Viernes, 15 de abril de 2022

cristo_crucificadoDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01.- Al pie de la cruz. Mirarán al que transpasaron: Contemplar.

    Ante el crucificado tal vez lo más humano y cristiano sea guardar un silencio interior para Mirar al que transpasaron.

    Jesús no triunfó en los entresijos y estructuras de este mundo: no fue un gran líder religioso del Templo, ni de la política, no fue un ganador en economía, más bien fue llevado como cordero al matadero.

“Mirarán al que atravesaron”

(Jn 19,37)

    Ante una enfermedad incurable, ante una muerte, ante la muerte de Jesús probablemente la actitud más humana es contemplar y recordar (kardias).

Contemplar al que traspasaron tiene un contenido y un valor absolutos para el creyente: redención y perdón, que son causa de una paz interior infinita.

Nuestra culpa-pecado, nuestra angustia, nuestra muerte encuentra sentido y descansa en el crucificado.

Para un creyente cristiano no va a ocurrir nada más importante en la historia que descansar en la muerte del Señor.

Jesús ya le había anunciado a los fariseos: Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre,  entonces sabréis que Yo Soy. (Jn 8,25-28).

Hay que llegar hasta el final para darnos cuenta, para creer que Él es: Yo soy. Y lo es en la cruz.

Contemplemos al que transpasaron.

02.- Al pie de la cruz: la madre y el discípulo amado.

    De la cruz poco se puede esperar que descienda.

    Los discípulos de Jesús han ido quedando de lado: Judas quizás por el dinero, Pedro por el poder, otros discípulos decepcionados de Jesús.

    Hay realidades que solamente se entienden desde el amor y la vida. Solamente la madre, fuente de la vida y todo cristiano que se siente amado por el Señor, comprenden lo que supone el Viernes Santo.

    Paradójicamente desde la muerte de Jesús, las cuestiones decisivas de la vida encuentran luz y horizonte. La culpa, la angustia y la muerte quedan transfiguradas por el que es solamente amor y vida: por Cristo.

    Del costado de Cristo desciende su espíritu: inclinando la cabeza, nos entregó su espíritu, simbolizado en el agua (bautismo) y la sangre (Espíritu).

    La Iglesia nace al pie de la cruz, desde el espíritu del crucificado acogido por la Madre y los creyentes que se sienten amados por Jesús.

O3.- Consummatum est. Todo está consumado.

    En las bodas de Caná no había llegado la hora. Todo el Evangelio de Juan es un caminar hacia la hora en que se consumará el designio salvífico de Dios para con los hombres.

    También a nosotros nos llegará la hora de la consumación de nuestra existencia. La consumación no es el apagamiento de la vida, la consumación no es el decepción total, sino la plenitud de nuestra existencia.

Estamos redimidos, justificados de nuestros fracasos, pobrezas y nuestro vacío existencial está lleno del Espíritu de vida de JesuCristo.

La muerte en el Señor no es fracaso, sino el tránsito hacia la vida, hacia el ser.

Cuando el Hijo del Hombre sea elevado, sabréis que “yo soy”, (Jn 8,28).

    Bonhoeffer vivía, más que decía, que la “salida” al problema de la muerte no está en la resurrección, sino en la confianza en Dios. Vivimos en la confianza del perdón y justificación, morimos en la confianza de que nuestra vida, nuestra historia están en manos de Dios y no del absurdo y del vacío, nuestra vida y nuestra muerte en manos de Dios. Lo mismo que hizo con Jesús, hará con nosotros.

Jesús crucificado es la razón última de la esperanza cristiana, para superar el aparente absurdo del mal y de la muerte,

Contemplemos al que transpasaron

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Viernes Santo. Oración universal.

Viernes, 15 de abril de 2022

cristo-crucificado-con-hombre-con-cruz-2Respondemos:

Hermanos y hermanas, Jesús entregando su vida nos recuerda que el camino es el servicio, la entrega hasta el final, nuestra responsabilidad en la suerte y sufrimiento de cada ser humano porque somos llamados a ser UNO EN ÉL. Oremos con y desde el corazón por todos los crucificados de nuestro mundo.

Queremos unirnos a todos los crucificados de este mundo

Traemos a nuestra memoria y a nuestro corazón a todos los hombres, mujeres y niños que se ven obligados a dejar sus casas, su país por culpa de la guerra. Inseguros, temblorosos, paralizados por el pánico, con sus miradas tristes y perdidas, caminando hacía no saben ni dónde ni cómo. Vidas truncadas por las bombas y las balas, por nuestra deshumanización y nuestro mirar hacia otro lado. (Breve silencio)

Queremos unirnos a todos los crucificados de este mundo

Traemos a nuestra memoria y a nuestro corazón a todas las personas sin hogar por la causa que sea, aquí o en otra parte del mundo, obligados a dormir sin un techo que les cobije, helados de frío, tapados con mantas de cartón, sintiéndose invisibles o acusados por las miradas de los paseantes, necesitados y necesitadas de sentirse alguien para alguien. (Breve silencio)

Queremos unirnos a todos los crucificados de este mundo

Traemos a nuestra memoria y a nuestro corazón a todas las personas explotadas sexualmente: las mujeres y niñas violadas en contextos bélicos, los niños y niñas explotadas en los prostíbulos de tantas ciudades, las jóvenes agredidas brutalmente por manadas de hombres en nuestros países, las víctimas de abusos en el seno de nuestra Iglesia. (Breve silencio)

Queremos unirnos a todos los crucificados de este mundo

Traemos a nuestra memoria y a nuestro corazón a los que cada día se juegan la vida, y en muchas ocasiones hasta perderla, cruzando el Mediterráneo, atravesando alambradas, tratando de superar muros en busca de una vida con horizonte, dignidad y sentido. (Breve silencio)

Queremos unirnos a todos los crucificados de este mundo

Traemos a nuestra memoria y a nuestro corazón a las mujeres que sufren la violencia y sin razón de sus parejas, a las mujeres que son consideradas ciudadanas de segunda o tercera, que no tienen ni voz ni voto y han perdido sus derechos más fundamentales en Afganistán y en tantas otras partes del mundo. (Breve silencio)

Queremos unirnos a todos los crucificados de este mundo

Traemos a nuestra memoria y nuestro corazón a todos aquellos y aquellas que no se sienten reconocidos y aceptados por su identificación sexual, que se ven obligados y obligadas a esconderse para no perder su puesto de trabajo o sentirse humillados privada y públicamente. (Breve silencio)

Queremos unirnos a todos los crucificados de este mundo

Traemos a nuestra memoria y a nuestro corazón a todos los enfermos sin recursos ni esperanza, a las personas totalmente dependientes que no reciben ni las ayudas ni los cuidados que necesitan; a los enfermos sin cura que no tienen una mano amiga al lado; a los enfermos psíquicos rechazados socialmente; a los enfermos físicos que sienten la vida muy cuesta arriba, por todos y todas las que han perdido la vida a causa de la pandemia y a los que siguen sufriendo las secuelas del virus. (Breve silencio)

Queremos unirnos a todos los crucificados de este mundo

Traemos a nuestra memoria y a nuestro corazón a todos los que pasan hambre y se ven obligados a hacer colas en los bancos de alimentos, a los que han perdido su trabajo, a los que trabajan siendo explotados, a los que saben que nunca podrán ascender en la empresa porque nos son ni reconocidos ni valorados, a los que su salario no les permite llegar a fin de mes. (Breve silencio)

Queremos unirnos a todos los crucificados de este mundo

Traemos a nuestra memoria y a nuestro corazón a todas las religiones del mundo: Islam, Judaísmo, Cristianismo, Budismo, Hinduismo, incapaces, a veces, de confluir en lo que nos une, empeñados en poseer la Verdad, aferrados a tradiciones, ritos y cultos, dando más importancia a menudo a las normas y cumplimiento que a ser proclamación de un anuncio que nos trae la liberación, la dignidad y la paz.

Queremos unirnos a todos los crucificados de este mundo
Vicky Irigaray

Fuente Fe Adulta

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Pasión por la vida.

Sábado, 12 de febrero de 2022

Del blog Nova Bella:

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No hay un final.

No hay un principio.

Solo hay una infinita pasión por la vida.

*

Federico Fellini

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , ,

Marion Muller-Colard: la fe como pasión de la humanidad

Miércoles, 19 de enero de 2022

EECC1E05-045C-49CE-A179-FDC04BE26832-768x432La auténtica fe brota de una existencia radicalmente marcada por la lamentación y la aflicción

 No hay historia sin la entrada en escena de una dificultad imprevista, de una contrariedad que nos desvía del camino previsible. No hay historia con la seguridad de quien sólo sigue los caminos ya transitados

Hay quien prefiere los tranquilizantes para abrazar el reposo y la programación. Eso supone ignorar que el evangelio es el libro de la intranquilidad, que la fe se inaugura con la incertidumbre y la fragilidad que permiten la irrupción del Inédito

¿Qué entendemos de la realidad si eliminamos la presencia de la intranquilidad? ¿Queda algo de la espiritualidad cuando se anula la queja? Algunos han querido hacer de la religión un hogar confortable en el que ya no hay espacio para la tensión salvífica

Hay quien cree encontrar seguridad pactando con la realidad, pero la vida no admite concesiones. Buscamos prevenirnos del riesgo inspirándonos en una simplificación irreal de la vida. Pensamos ilusoriamente que el control, el discurso, el protocolo y la fuerza detendrán la angustia existencial, pero todas estas estrategias nos vuelven rígidos y, por tanto, más fácilmente quebradizos. La única oportunidad de la que disponemos es la ductilidad que proviene, paradójicamente, de la intranquilidad.

No hay historia sin la entrada en escena de una dificultad imprevista, de una contrariedad que nos desvía del camino previsible. No hay historia con la seguridad de quien sólo sigue los caminos ya transitados. Sin embargo, hay quien prefiere los tranquilizantes, se abraza al reposo y se aferra a la programación. Eso supone ignorar que el evangelio es el libro de la intranquilidad, que la fe se inaugura con la incertidumbre y la fragilidad que permiten la irrupción de lo Inédito.

No estamos en tierra de certezas sino en el ámbito de la confianza en los maestros que han pasado por la lección que transmiten. Por eso algunos reconocen a Jesús como un maestro válido, porque justo a continuación de la palabra de elección experimenta la tentación de la suficiencia y el poder. Y es que Jesús no promete la evitación del riesgo sino una inmersión incondicional en la complejidad de la vida sin tratar de sustraernos. La religión es receta, pero la fe auténtica frustra el deseo religioso. La fe de Jesús y de Abraham les lleva a no tener dónde reponer la cabeza, los preserva del inmovilismo, los aboca a un nomadismo que posibilita encuentros renovadores. Quien quiera salvar su vida, la perderá. Quien caiga en la seducción de los atajos perderá la experiencia de la profundidad humana.

De la impotencia a la fe: otro Dios

No nos educan para la impotencia. No aprendemos a aceptar la debilidad, la soledad, la pérdida de capacidades… y por eso nos quejamos. Pero existen situaciones en la vida que nos hacen pasar de las quejas a la Queja que resiste todo consuelo. Quien da este paso se acerca a Job: no es la pérdida lo que le lleva a la Queja; no es sufrimiento lo que le conduce a la Protesta. Es más bien la decepción de haber creído que Dios le protegía y ahora se siente defraudado.

Es la Queja frente a lo que no consideramos justo porque pensamos que la realidad se rige por una lógica. Confiábamos porque creíamos estar protegidos. Es el peso de la lógica retributiva: Dios vuelve bien por bien y mal por mal. Somos religiosos porque hemos firmado un contrato con Dios: felicidad a cambio de piedad. Hasta que la vida nos pone a prueba y fracasa la idea de un dios funcional. Job perdió más que familia y propiedades; perdió la seguridad de la protección que provenía de Dios. Y su fe retributiva no le había enseñado a sobrevivir a la Amenaza.

Job vivía de la contabilidad de una vida piadosa hasta que la Amenaza le agrede y aflora la Queja. Pero esta vivencia le hace consciente de la existencia de Otro Dios, Incondicional, que le salva de la relación contractual. Entre un Dios juez y un Dios perverso aparece un Dios imprevisible. El sufrimiento ha llevado a Job a encontrar el Inconmensurable. Ha pasado de un sistema de creencias a una relación personal, de la religiosidad a la fe, de un Dios funcional a un Dios vivo que se nos escapa porque nos supera. Ha accedido a la Gracia.

Vivir la fe con pasión

El sufrimiento se convierte en una provocación porque perturba la aparente quietud de la piedad y habla con elocuencia. Por eso la historia de la pasión humana (y de la compasión) es inmune al optimismo de la idea de justicia. Nada de sordera, de mitos consoladores y explicaciones ahistóricas, sino búsqueda permanente e infatigable de la dimensión espiritual como acceso a la Gracia. La Queja se convierte en interpelación y Gracia lleva a la esperanza. El aspecto intranquilizante de la Amenaza y de la Queja estimula la dimensión profética de la denuncia y del testimonio, quizás el único discurso capaz de romper nuestro caparazón defensivo. El Dios que se acomoda al deseo humano tiene mucho ídolo engañoso. La auténtica fe brota de una existencia radicalmente marcada por la lamentación y la aflicción. Es una fe que clama porque cree que, en cuanto a Dios, todavía no se ha dicho la última palabra. Es la esperanza en tensión porque sabe que quiere creer en Dios y no en la propia fe en Dios.

De Marion Muller-Colard (Marsella, 1978) la editorial Fragmenta ha traducido dos ensayos espléndidos: La intranquilidad (Premio de Espiritualidad Panorama-La Procure) y El otro Dios. El lamento, la amenaza y la gracia (Premio Spiritualidades de Aujourd’hui, Premio Écritures & Spiritualités, Premio Abat Marcet). Muller-Colard atestigua que la fe transita por un paisaje de oraciones, muy lejos del confismo de los triunfadores. Ni la indiferencia arrogante ni la relativización engañosa del sufrimiento aceptan creer en un Dios que está continuamente adviniendo y reclama ser recibido. Por eso sólo accede al otro Dios quien se niega a ser un espectador pasivo, un adorador del fatalismo o un gestor de estrategias a medio plazo.

No se recibe a Gràcia sin haber pasado por la crisis que nos convierte. ¿Qué entendemos de la realidad si eliminamos la presencia de la intranquilidad? ¿Queda algo de la espiritualidad cuando se anula la queja? Algunos han querido hacer de la religión un hogar confortable en el que ya no hay espacio para la tensión salvífica. Han atrofiado la sensibilidad espiritual olvidando que el encuentro con Dios pasa por el sufrimiento y las lágrimas secas. Marion Muller-Colard enseña que la intranquilidad del sufrimiento contiene una revelación porque forma parte de la sacralidad de la vida. Sólo quienes son sensibles descubren la presencia divina (“¿Cuándo te vimos desnudo, o enfermo, o encarcelado, o con hambre y sed…?”). Donde prospera este proceso arraiga un elemento esencial de la experiencia espiritual: la fe es la confianza, pese a la precariedad, en un Dios garante de la vida.

Fuente Religión Digital

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“Se les escapó desnudo (Mc 14,52)”, por Dolores Aleixandre.

Miércoles, 31 de marzo de 2021

tumblr_n4795vxaML1s3px5po1_500Un artículo que ya habíamos publicado pero que volvemos a traer por este nuevo personaje, también misterioso, como el hombre del cántaro y que aparece en el relato de la Pasión escrito por Marcos y que parece indicarnos al Jesús despojado al que hemos de seguir despojados nosotros también…

De su blog Un grano de mostaza:

«Lo seguía también un muchacho envuelto en una sábana sobre la piel. Lo agarraron; pero él, soltando la sábana, se les escapó desnudo» (Mc 14,51-52). En este personaje misterioso del evangelio de Marcos y más allá de las preguntas que despierta (¿por qué aparece ahí? ¿qué tipo de seguidor representa? ¿qué significa ese lienzo de lino que le arrebatan? ¿está anticipando al otro joven que aparecerá después en el sepulcro?…), nos es posible contemplar una metáfora del propio Jesús que, despojado de todo, atraviesa desnudo y libre su Pasión.

Conocía los preceptos que acompañaban la celebración de la Pascua: «la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano…» (Ex 12,11) y se preparó para vivirla (“se dispuso” diría Ignacio) como aquel rey de la parábola que, antes de lanzarse a combatir, se sentó a calcular con qué fuerzas contaba (Cf. Lc 14,31).

¿Podemos saber algo sobre ello? “Saber” no es el verbo adecuado, como tampoco lo serían “constatar” o “comprobar”: el modo de aproximación sería una lectura contemplativa de las acciones y palabras de Jesús que preceden en Marcos al relato de la Pasión, disponiéndonos también nosotros a recibirlas, hospedarlas y ser alcanzados por ellas. Y esperar pacientemente, por si nos ofrecen algún indicio de cómo Jesús se iba disponiendo, cómo se iba simplificando, qué iba dejando atrás, qué convicciones y actitudes iba reforzando para que fueran el cinturón, las sandalias y el bastón que lo acompañarían en su viaje.

«Entró en Jerusalén y se dirigió al templo» (Mc 11,11)

La escena de la entrada de Jesús en Jerusalén tiene un final extraño: en el comienzo, la narración se demora ofreciendo todo tipo de detalles: envío de dos discípulos para buscar al borrico, resultado de su búsqueda, diálogo con los que preguntan el por qué de su acción y más tarde descripción de los gestos y aclamaciones de la comitiva que le acompaña. En cambio, la conclusión de esa entrada se resume en un solo verso: «Cuando entró en Jerusalén se dirigió al templo y observó todo a su alrededor pero, como ya era tarde, se fue a Betania con los doce» (Mc 10, 11).

Un viaje tan largo para un desenlace tan breve; tantos preparativos para una llegada que no suscita ninguna reacción; tanta solemnidad para entrar ahora en la ciudad a pie, sin cabalgadura, sin compañía y sin tumulto: un hombre solo haciendo un callado acto de presencia en el lugar que es para él «casa de oración» (Mc 11,17). Muy pronto se va a enfrentar con los que la han convertido en cueva de ladrones y va a pronunciar anuncios, enseñanzas y parábolas: ahora sólo importa su presencia de Hijo en ese espacio en que late la presencia de aquel a quien él llama Padre y que le ofrece tienda para hospedarse (Sal 15,1), recinto protector en el que guarecerse durante el peligro, escondite en el que abrigarse (Sal 27,5).

«Shema Yisrael: ´Adonay Elohenu Adonay ejad»: el Dios que es uno pide la respuesta de un corazón entero, único, no dividido y es eso lo que Jesús pone ante Él: ha dejado atrás cualquier pretensión de disponer de sí, cualquier previsión, estrategia o búsqueda propia. Está más allá de toda preocupación o inquietud: «Una sola cosa pido al Señor, eso voy buscando: habitar en su casa todos los días de mi vida…» (Sal 27,4). Había llegado para él el momento de descansar solo en Dios, de poner en Él solo la esperanza (Cf. Sal 62,6). Por eso aquella tarde no necesitaba ya hacer ni decir nada: le bastaba estar ahí, hacerse presente al Padre y contemplarlo todo con su mirada penetrante. Empezaba a anochecer. Ya era tiempo de emprender, silenciosamente, el retorno a Betania.

«Ha hecho una obra bella conmigo» (Mc 14,6)

Gracias a los evangelistas sabemos algo acerca de la extraña manera de Jesús de usar adverbios y adjetivos, tan poco coincidente con la nuestra: para él estaban dentro, cerca y arriba los que nosotros solemos considerar fuera, lejos y abajo y su criterio sobre lo más y lo menos, lo mucho o lo poco aparece con claridad en su juicio sobre el donativo de aquella viuda pobre: sus dos moneditas eran para él más que el mucho de los fariseos (Mc 13,43). Ella, junto a tantos otros pequeños, insignificantes y últimos, pertenecía a los que para el Reino son grandes, importantes y primeros.

Sabemos lo poco que le impresionaba la grandeza de las edificaciones del templo que tanto admiraban sus discípulos (Mc 13,1-2) y en la escena del joven que acudió a él llamándole «Maestro bueno”, conocemos su reacción ante otro adjetivo:

«- ¿Por qué me llamas bueno? Solo Dios es bueno» (Mc 10,18).

Y sobre lo bello ¿qué opinaba? Solo conservamos su apasionada defensa del gesto de la mujer que ungió su cabeza con perfume: «¡Dejadla! Ha hecho una obra bella conmigo» (kalós en griego es a la vez “bello” y “bueno”). Para él, la acción de la mujer no era sólo un ejemplo de generosidad o de bondad sino de belleza y así se va a recordar «allí donde se anuncie la buena noticia» (Mc 14,3-9).

El narrador se detiene en detalles sobre la calidad y el valor del frasco y del perfume, como si pretendiera conectar con lo que suele ser la reacción normal y espontánea ante lo valioso: guardarlo, retenerlo, administrarlo con cuidado y precaución. Por eso sorprende que el gesto de la mujer sea tan inadecuado e imprudente tratándose de un recipiente tan costoso y de un perfume tan exquisito: «lo rompió» y «lo derramó». La opinión de los asistentes a la cena (qué derroche, qué desperdicio, cuánto despilfarro, qué afrenta para los pobres…) descubre cuánto valoraban las posesiones caras y qué modo de manejarlas les parecía apropiado y satisfactorio. Pero la opinión de Jesús es otra: él encuentra bella la acción excesiva, desbordante y carente de medida de la mujer, tan parecida a su manera de amar. Por eso le brinda el juramento solemne de que su gesto, nacido de la gratuidad del amor, va a convertirse en una profecía viva de la que todos podrán aprender.

Como en tantas otras ocasiones, estaba dejando atrás la instintiva costumbre humana de retener y guardar y se adentraba en el ámbito de la gratuidad. Aquel frasco hecho mil pedazos sobre el suelo, se convertía en la parábola silenciosa que el Padre le narraba aquella noche y que convocaba su existencia al vaciamiento y a la entrega. Pero estaba también la promesa de que aquel perfume derramado y libre que él iba entregar cuando llegara su hora, iba a convertirse en la vida y la alegría del mundo. Y en su extrema y paradójica belleza.

«Al atardecer llegó con los doce» (Mc 14,17)

En el relato de Marcos sobre los preparativos de la cena pascual, hay un significativo desplazamiento de lenguaje. El texto comienza diciendo: «El primer día de los ázimos, cuando se inmolaba la víctima pascual, le dicen los discípulos: ¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?… » (Mc 14,12). Sin embargo, cuando es Jesús quien da las instrucciones para el dueño de la casa, habla de «cenar con mis discípulos», desaparecen las alusiones a lo litúrgico y no hay ya ni una palabra sobre ázimos, cordero, hierbas amargas, oraciones o textos bíblicos: solo pan y vino, lo esencial en una comida familiar. Quiere cenar con los suyos y para eso necesitan encontrar una sala en la que haya espacio para estar juntos: ese es el único objetivo que permanece y que Lucas subraya aún con más fuerza « ¡Cuánto he deseado cenar con vosotros esta Pascua!» (Lc 22, 15). El «con vosotros» es más intenso que la conmemoración del pasado, lo ritual deja paso a los gestos elementales que se hacen entre amigos: compartir el pan, beber de la misma copa, disfrutar de la mutua intimidad, entrar en el ámbito de las confidencias.

Su relación con ellos venía de lejos: llevaban largo tiempo caminando, descansando y comiendo juntos, compartiendo alegrías y rechazos, hablando de las cosas del Reino. Él buscaba su compañía, excepto cuando se marchaba solo a orar: había en él una atracción poderosa hacia la soledad y a la vez una necesidad irresistible de contar con los suyos como amigos y confidentes. Al principio ellos creyeron merecerlo: al fin y al cabo lo habían dejado todo para seguirle y se sentían orgullosos de haber dado aquel paso; les parecía natural que el Maestro tomara partido por ellos, como cuando los acusaron de coger espigas en sábado y él los defendió (Mc 2,23-27); o cuando el mar en tempestad casi hundía su barca y él le ordenó enmudecer (Mc 4,35-41); o cuando volvieron exhaustos de recorrer las aldeas y se los llevó a un lugar solitario para que descansaran (Mc 6,30-31).

Sin embargo, las cosas que él decía y las conductas insólitas que esperaba de ellos les resultaban ajenas a su manera de pensar y de sentir, a sus deseos, ambiciones y discordias y una distancia en apariencia insalvable se iba creando entre ellos: le sentían a veces como un extraño venido de un país lejano que les hablaba en un lenguaje incomprensible.

Pero aunque ninguno de ellos se sentía capaz de salvar aquella distancia, Jesús encontraba siempre la manera de hacerlo. El día en que admiró la fe de los que descolgaron por el tejado al paralítico (Mc 2,5), estaba en el fondo reconociéndose a sí mismo: también él removía obstáculos con tal de no estar separado de los suyos y nada le impedía seguir contando con su presencia y con su compañía, como si los necesitara hasta para respirar. Ellos se comportaban tal y como eran, más ocupados en sus pequeñas rencillas de poder que en escucharle, más interesados en lo inmediato que en acoger sus palabras, torpes de corazón a la hora de entenderlas. Pero él se había ido inmunizando contra la decepción: los quería tal como eran sin poderlo remediar, los disculpaba, seguía confiando en ellos.

«Todos vais a tropezar, como está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño» (Mc 14,27), dijo durante la cena. No habló de culpa, ni de abandono, ni de traición: eran amigos frágiles que tropezaban y no se puede culpar a un rebaño desorientado cuando se dispersa y se pierde. Sabía que iban a abandonarle pronto y que, si no habían sido capaces de comprenderle cuando les hablaba de sufrimiento y de muerte, tampoco lo serían para afrontarlo a su lado, pero sobre sus hombros no pesaba carga alguna de reproches o de recriminaciones. Libre de toda exigencia de que correspondieran a su amor, estaba seguro de que, lo mismo que su abandono en el Padre le daría fuerza para enfrentar su hora, aquel extraño apego que sentía por los suyos sería más fuerte que su decepción por su torpeza. Y seguiría considerándolos amigos, también cuando uno de ellos llegara al huerto para entregarle con un beso.

«El Hijo del hombre se va» (Mc 14,20)

Hay muchas maneras de narrar las cosas. En lugar del enunciado: «mi final está próximo», «emprendo el camino hacia la muerte»…, o alguna otra expresión semejante, en el anuncio de Marcos se elude el término “muerte” o el verbo “morir” y aparece el verbo hypagō que sugiere un modo de caminar no escogido por propia iniciativa sino guiado, conducido, sometido, bajo presión de algo o de alguien. “Irse” no significa “morir”, aunque haya que pasar por ahí: es el modo de caminar de Jesús como «Hijo del hombre», es consecuencia de haber elegido una determinada forma de existir. Según el texto, él no « se entrega» sino que «es entregado». Han sido su manera de vivir, sus elecciones, sus palabras, sus gestos, sus compañías, las que han ido tejiendo la trama en la que ahora tropieza y queda apresado. Con frecuencia, para hablar de situaciones así empleamos frases como: “él se lo ha buscado”, “se veía venir…”, “ahora, que se atenga a las consecuencias…”. Y esas son precisamente las causas del hypagō: si no se hubiera señalado tanto, si hubiera sido un poco más prudente, si hubiera medido más sus palabras, si no hubiera frecuentado ciertas compañías, si no hubiera provocado a los poderosos, si…

Y además ¿no ha elegido entrar en lo más hondo de la condición humana?, ¿no se ha atrevido a descender a donde están los últimos?, ¿no ha abrazado su misma condición, comportándose como un hombre cualquiera? No puede quejarse ahora y por eso «se va» de esa manera: sometido a las leyes que rigen la vida de los que carecen de privilegios, arrastrado por las consecuencias de sus opciones, aplastado por los resultados de conductas que podía haber evitado.

«El Hijo del hombre se va…», sometido como tantos seres humanos al poder de la violencia y de la injusticia pero promete: «Cuando sea puesto en pie, iré delante de vosotros a Galilea» (Mc 14,28). El “Pastor herido” se pone a la cabeza de quienes avanzan tras él recorriendo su «camino nuevo y vivo» (Heb 10,20). Y lo hacen con la confianza de saberse precedidos por el que no retuvo ávidamente la elección de su propio destino y se dejó conducir por Otro, también por las cañadas oscuras de la humilde obediencia.

«Servir y dar la vida en rescate por todos» (Mc 10,45)

«Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es nuestro redentor» (Is 63,16). Posiblemente algún sábado en la sinagoga escucharía Jesús esta invocación profética que hablaba de Dios como go’el. Y aprendería también en las tradiciones de su pueblo que, cuando la vida de alguien estaba en juego, ahí tenía que estar su go’el como pariente más próximo para hacerse cargo de su rescate (Lv 25, 47); y que si era sometido a la esclavitud, se arruinaba o moría sin descendencia, su go’el debía acudir a liberarle, a pagar sus deudas e impedir que su nombre se perdiera para siempre (Cf. Lv 25,25; Rt 4,1-11). Había sido un paso de gigante para Israel atreverse a invocar al Altísimo como go’el , considerarle como su familiar más próximo, recordarle que era cosa suya sacarles de la opresión y arrancarlos de la muerte.

«El Hijo del hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir y a dar la vida en rescate por todos» (Mc 10,45), afirmó Jesús un día, como quien ha comprendido y asumido el sentido de su existencia: quería estar junto a sus hermanos cuando su vida estuviera en juego, cuando peligrara su libertad, cuando les amenazaran la ruina y el olvido. No había venido a establecer principios, a imponer normas o a corregir errores, sino a alcanzar a los que se sentían lejos de Dios, sanar sus heridas, contarles historias de pastores que buscan y de hijos que vuelven a casa. Estaba entre ellos para querer a cada uno tal como era y a ponerse a su lado para llevarle más allá de donde estaba, hacia esa vida buena y abundante de la que afirmaba poseer el secreto.

Por eso se compadeció de la situación de aquella mujer encorvada y la enderezó (Lc 13,10-17); por eso sintió el clamor de vergüenza de la mujer del flujo de sangre y su respuesta fue hacer fluir hacia ella la fuerza sanadora que había recibido del Padre (Mc 6,21-34); por eso supo ver en la sirofenicia una oveja perdida más allá de la casa de Israel y curó a su hija (Mt 15, 21-28); por eso se dejó atraer por la llamada silenciosa del hombrecillo que le observaba oculto detrás de las ramas de una higuera y le pidió hospedarse su casa (Lc 19,1-10).

Había elegido estar entre sus hermanos como uno de tantos, sirviendo en los lugares de abajo, allí donde estaba la gente más hundida por sentencias que los aplastaban: “está leproso”, “es una pecadora”, “es ciego de nacimiento”, “está muerta”, “ya huele mal”… Él hacía saltar por los aires aquellos yugos y los levantaba hacia la vida con la autoridad de su palabra: «queda limpio», «vete en paz», «recobra la vista», «está dormida», «¡sal fuera! ».

Realizó en medio de ellos los signos de su presencia de go’el y dominó el arte de acoger, amparar y ofrecer asilo entre sus brazos a las vidas heridas y a los cuerpos maltrechos de tantos hombres y mujeres: apiñados en torno a él, le escucharon proclamarlos «dichosos”, probaron el mejor de los vinos en una boda de pueblo, se sentaron en la hierba y comieron pan y peces hasta saciarse.

La noche en que iba a ser entregado, se quitó el manto, y con él toda pretensión de poder o de dominio. Se ciñó la toalla y, de rodillas, como el último de todos, fue lavando los pies de sus discípulos. Era esa su manera de disponerse a recibir el Nombre sobre todo nombre.

«Tomad, esto es mi cuerpo» (Mc 14,22)

Una vez contó la historia de un hombre que, para guardar su cosecha, derribó sus graneros y construyó otros mayores (Lc 12,18). Era una conducta incomprensible para él, que no sabía nada sobre acumular, guardar o retener y que tenía costumbres pródigas: dar, perder, dejar, vender, derramar, partir, entregar. Había nacido a la intemperie para que ninguna barrera le separara de nosotros y para hacer desaparecer cualquier miedo al tocar la carne frágil de un niño; murió fuera de los muros de la ciudad, sin protección ni defensas, porque nada hay tan vulnerable como el costado de un hombre crucificado. Sobre su cruz pusieron un titular malintencionado y equívoco que le arrebataba la verdad de su nombre y le imponía una identidad que nunca pretendió: ser «Rey de los judíos» (Jn 19,19).

Como si fueran dos páginas distantes del Evangelio pero que al doblarlas coinciden, la escena final de la vida de Jesús coincide con la de su nacimiento: en Belén lo contemplamos en un establo, un lugar abierto, sin puertas, cerrojos o alambradas. En el Calvario echan a suertes su túnica y vuelve a estar tan desnudo como en el pesebre. No era un extraño final para alguien que, a lo largo de toda su vida, había formado parte del colectivo de los que carecen de estrategias para proteger lo suyo: desde que salió de Nazaret, no supo ya lo que era disponer de casa propia ni de un lugar donde reclinar la cabeza. Pescaba, dormía y cruzaba el lago en una barca de amigos; comía y bebía donde le invitaban y, cuando fue él quien dio de comer a la gente, solo pudo ofrecerles como asiento la hierba de un descampado. Pidió prestados el borrico sobre el que entró en Jerusalén y la sala en la que se despidió con una cena de los que llamaba suyos, porque él sólo usaba los posesivos para decir «mi Padre» y «mis hermanos».

«Lo crucificaron y se repartieron su ropa, echando a suertes lo que le tocaba a cada uno» (Mc 15,24). La expresión griega es escueta: tís tí are, «quién cogía qué» sería su traducción elemental; o esta otra: “que cada cual coja lo que quiera”. Una trampa compleja y sombría, tejida con ocultos intereses, había caído sobre él atrapándolo como a un pájaro en la red de un cazador, pero él escapaba desnudo y su libertad despojada se convertía en la palabra definitiva de Dios al mundo. Ya no le quedaba nada, salvo su amor hasta el extremo y la túnica que ahora echaban a suertes. Le habían escuchado decir: «Mi vida es para vosotros: tomad, comed…» Ahora esas palabras cobraban un nuevo sentido: cada uno podía tomar de él lo que quisiera.

Y seguir haciendo lo mismo en memoria suya.

Dolores Aleixandre

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Vida en el amor (II)

Lunes, 1 de junio de 2020

Del blog Nova Bella:

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El monje es una pasión pura,

y es pura pasión,

sin ninguna otra cosa en él

más que pasión

y locura de amor.

*

Ernesto Cardenal

***

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Un texto clave del evangelio de Marcos: Escapó sin ropa: Iglesia desnuda, amigo “effeminato” de Jesús, Mc 15, 51-52 (con M. Villalobos)

Jueves, 7 de mayo de 2020

tumblr_n4795vxaML1s3px5po1_500Del blog de Xabier Pikaza:

“Se les escapó desnudo (Mc 14,52)”, por Dolores Aleixandre.

Desnudarse del todo, para reiniciar con Jesús el camino de la Iglesia

Es un texto enigmático (Mc 14, 51-52), tanto por el lugar y forma en que el Evangelio de Marcos lo introduce, como por su contenido. El cuadro A. da Correggio (1489-1534I, El joven que escapa,dejando su túnica/sindón en manos de los perseguidores que llevan a Jesús, en el Huerto de los Olivos, Galería N.de Parma, Italia, lo muestra bastante bien.

‒ Por orden de los Sumos Sacerdotes, la muchedumbre armada, dirigida por Judas, ha venido a prender a Jesús. Todos sus discípulos huyen. Sólo queda  un joven (neaniskos) envuelto en un sindón (rica túnica de lino o sábana de noche) queda hasta el final.  Ese “effeminato” (afeminado), muchacho joven, con cuerpo adolescente, casi de muchacha, somos quizá  nosotros, en la noche del huerto de Jesús, cuando parece que la iglesia acaba (los “grandes”, varoniles, huyen).

Sólo queda él, el afeminado, en la noche, siguiendo a Jesús, con la túnica o sábana sobre lo desnudo… La muchedumbre adversa, airada le agarra con fuerza, pero él es escurre, se escapa, dejando en manos de sus prendedores una túnica/sábana de “effeminato”… Éste es un texto enigmático… y la mayor parte de los comentaristas hemos vacilado al interpretarlo, empezando por Mateo y Marcos, que no supieron (o quisieron) entenderloy lo borraron de sus evangelios). Es muy posible que ahora, en tiempos de coronavirus y de recreación de la Iglesia podamos entenderlo mejor, como haré, con mi amigo Manuel Villalobos:

Personalmente tiendo a entenderlo de un modo más social, en la línea de mi Comentario de Marcos. Todos nosotros somos aquel joven, y es como si vinieran a prendernos ¿Quién? ¿De dónde? ¿El coronavirus? No se sabe. Ni se sabe siquiera el el vestido que llevamos es una túnica flotante de “effeminado” rico o un sudario/sábana para que nos entierren, pues morimos.   Alguien no quiere agarrar y prender, y si queremos escapar sólo podemos hacerlo absolutamente desnudos, como destaca por dos veces el texto.

Este es el enigma y tarea actual de la Iglesia. Cuando los grandes varones eclesiásticos fallan (han marchado ya) no queda más que este joven effeminato, chico o chica, da lo mismo. Este es uno de los signos mas fuerte de la Iglesia que empezamos a ser este 2020, año de la pandemia. No nos hemos dado cuenta (ni Mateo ni Lucas quisieron admitirlo, pero Marcos lo dijo para siempre, en este enigmático pasaje…, que no es todo el evangelio, pero es muy importante).

Mi amigo Manuel Villalobos, experto biblista mexicano, profesor de una Universidad de Chicago (USA) interpreta el texto  desde la perspectiva del vestido y desnudez del joven, al que interpreta, con muchas y buenas razones, como un “effeminato”, amigo de Jesús, al que sigue hasta el final, cuando Pedro y el resto de los Doce le han abandonado. Ésta es el argumento que desarrolla con gran erudición en el último número de Concilium, cuyo resumen presentaré después. Mi interpretación y la suya son algo distintas, pero no se oponen. Es para mí un honor poder compartir una línea de trabajo con Manuel Villalobos (cuya imagen con la portada de algunos de sus libros presentaré en lo que sigue).

Texto:

51 Y un joven le iba siguiendo (a Jesús), cubierto/envuelto con una túnica/sábana sobre lo desnudo (el cuerpo) y le agarraron, 52 pero él, soltando la túnica/sábana, se escapó desnudo Mc 14, 51‒52) [1].

Lectura de X. Pikaza, Comentario de Marcos

evangelio-de-marcosA primera vista este joven ofrece rasgos de discípulo/amigo y parece tener intimidad con Jesús (o con el huerto donde Jesús ora) y es el único que le sigue (synakolouthei) tras el prendimiento. Sigue a Jesús de cerca cuando todos han huido, manteniéndose a su lado, como su compañero final, y así permanece por un momento. Pero después, cuando quieren agarrarle, huye (con ephygen, 14, 52, como se decía de los discípulos 14, 50), pero lo hace de un modo especial, que en texto ha resaltado de manera provocadora, diciendo por dos veces que va desnudo (gymnos): cubierto con un tipo de túnica/sábana sobre la piel, y así escapa en la noche, dejando la túnica/sábana en manos de los que han prendido a Jesús.

(a) Todos habían huido de Jesús (le habían dejado); no escaparon de los que le habían prendido (de la muchedumbre con palos y espadas), sino del mismo Jesús, de su maestro; se escandalizaron de su debilidad (14, 27), no entendieron ni aceptaron su mesianismo, sino que le rechazaron, en vez de mantenerse a su lado o de padecer por él, muriendo en el intento de defenderle.

(b) Por el contrario, este joven no escapa de Jesús sino de aquellos que quieren prenderle (pues a Jesús le han amarrado ya). No tiene ninguna defensa, ni armadura ni espada, de manera que al agarrarle se puede afirmar sin más que está perdido… pero él logra escaparse totalmente desnudo, dejando manos de los perseguidores la rica túnica o sábana con que se cubre (syndona), quizá como aquella con la que José de Arimatea enterrará a Jesús en el sepulcro. Y sin embargo “se escapa”, como escapará Jesús del sepulcro. Éste es el texto, breve y enigmático.                              Quieren agarrarle y de hecho le agarran con fuerza (kratousin auton), como han agarrado a Jesús (ekratêsan auton). Pero a Jesús han logrado mantenerle aferrarle y le llevan prendido para el juicio, como seguirá contando la historia de la pasión. Éste, en cambio, escapa, a pesar de que le agarran con fuerza, dejando la túnica o  (sindona) que cubre su cuerpo nocturno en manos de aquellos que llevan a Jesús. Eso significa que en realidad no le han agarrado a él, sino sólo a sus vestidos.

        Otros no podrían haberse librado (escapado),porque llevaban los vestidos  bien unidos al cuerpo… En cambio, esta joven, llevaba la túnica o sábana como flotando sobre el cuerpo desnudo, de manera que pudo escapar. ¿Quién era?  ¿Qué hacía en el huerto, así vestido… Los comentaristas han dejado flotar su imaginación:

Algunos han dicho que este joven era el dueño del huerto (khôrion, 14, 32) donde Jesús ha estado con sus discípulos, un lugar de cierta intimidad, donde sólo otro íntimo, como Judas, ha podido encontrar a Jesús y a los suyos en la noche. En el huerto, que por su nombre (Getsemaní significa “prensa de aceite”) parece cubierto de olivos, debía haber una “casa/molino” donde habría estado su dueño, ese joven desnudo, descansando. Despertado por el alboroto del prendimiento de Jesús, habría salido “con lo puesto”, es decir, con la sábana de dormir. Conociendo el lugar como lo conocía pudo escaparse y su recuerdo, como el de Simón Cireneo (15, 21), serviría para certificar la historicidad del relato de Marcos. Pero, en este caso, resulta difícil de explicar el signo de la sábana, que en aquel contexto no se empleaba de ordinario para dormir, sino para enterrar a los muertos.

Otros afirman dicen que éste era un discípulo amado de Jesús, cuyo recuerdo habría pervivido en el “Evangelio Secreto de Marcos”, un joven que puede compararse al discípulo amado del Cuarto Evangelio. Según ese Evangelio Secreto de Marcos (frag. 2), la madre y la hermana de este joven discípulo se relacionarían con Salomé (recuérdese que Salomé está vinculada con María Magdalena y la madre de Jacob en 15, 40 y 16, 1). Éste sería (frag. 1 del evangelio secreto de Marcos) el joven al que Jesús resucitó en Betania, conforme a una historia parecida a la de Lázaro (cf. Jn 11, 41-44), en la que se añade que este joven amigo solía visitar a Jesús, y así vino a verle en el huerto la última noche, desnudo bajo la túnica flotante o la sábana, para huir luego dejando su flotante “vestido” en manos de los perseguidores[2].

Otros han dicho que éste es el mismo joven de la tumba vacía (16, 5), es decir, un ángel, pues en ambos casos se emplea la misma palabra (neaniskos). Marcos habría querido indicar así que a Jesús le han podido prender, para que cumpla su misión (según las Escrituras: 14, 49), pero al joven mensajero de la tumba vacía no han podido prenderle. De esa manera, Marcos ha introducido aquí (al comienzo de la pasión) un signo de resurrección.

De todas formas hallamos algunas diferencias muy significativas, pues el joven de la tumba vacía va cubierto con una stolê (estola o túnica larga) de color blanco, es decir, con vestido de cielo (de triunfo final), como indica el Apocalipsis (7, 9.13-14). En contra de eso, este joven de 14, 51-52 va envuelto en una sindone (que puede ser túnica rica para el día o sábana de muerte, como aquella con la que entierran a Jesús, en 1, 46). Por eso, aunque exista semejanza entre ambos textos, hay que afirmar que los dos jóvenes son distintos.

Quizá este este joven es un símbolo del mismo Jesús que vence a la muerte. Ésta parece la solución probable, que se sitúa en una línea cercana a la que ofrece el “Evangelio Secreto”. Mientras prenden a Jesús y le llevan, emerge a su lado y le sigue (va con él, synakolotheiautô) este joven, compartiendo su mismo destino. Va desnudo, cubierto con una sábana, como Jesús en la tumba donde le encerrarán (también con sindona), corriendo bien la piedra, para impedir que se escape (15, 46). Le agarran con fuerza (kratousin auton), pero no pueden retenerle, pues agarran su  ropa flotante (como en la imagen), de manera que él se escapa, desnudo (como los muertos que resucitan), dejando en las manos de los que pretenden aferrarle la sábana inútil[3]. Esto significaría que Jesús tiene aquí dos identidades: (a) Por un lado es el que muere…; le prenden y le matan; (b) por otro lado no pueden prenderle y se escapa, dejando en sus manos la túnica/sábana con la que está envuelto.

En una línea semejante podría avanzar Jn 20, 6-7, cuando afirma que Jesús ha “salido” (se ha escapado) de la tumba, desnudo, dejando allí sus vestiduras de muerte (unos lienzos u othonia, y pañuelo de sudor, soudarion, cubriendo su rostro). Es posible que cierta tradición haya vinculado la sábana/sindona de Marcos (del joven desnudo que huye y de Jesús que sale del sepulcro) con los lienzos/othonia de Juan.  De todas formas, esa vinculación no es segura, pues el relato de la resurrección de Marcos (16, 6) no alude a la sábana/sindona con la que habían enterrado a Jesús, sino que dice sólo “mirad el lugar” donde le habían colocado a él, sin aludir a la sábana; en contra de eso, Jn 20, 6-7 insiste en la importancia del signo del sudario y de los lienzos/kthonia con los que habían cubierto a Jesús. En otras palabras, el Jesús de Marcos deja al resucitar un lugar vacío; por el contrario, el Jesús del Cuarto Evangelio deja un sudario y unos lienzos[4].

Sea como fuere, este joven del huerto es un signo de que, precisamente allí donde parece que Jesús ha fracasado se abre un camino de esperanza…   Prenden a Jesús, pero no logran “apagar” (destruir) su memoria… Este joven escapa desnudo, para iniciar así, desde su desnudez, el nuevo camino de la Iglesia.

INTERPRETACIÓN DE MANUEL VILLALOBOS (Revista Concilium)

faculty-villalobos  Manuel Villalobos es profesor asistente de Nuevo Testamento en el Seminario Teológico de Chicago. Es autor de Abject Bodies in the Gospel of Mark (2012; trad. esp.: Cuerpos abyectos en el Evangelio de Marcos (Córdoba: El Almendro, 2013); When Men Were Not Men: Masculinity and Otherness in the Pastoral Epistles (2014), y Masculinidad y Otredad en crisis en las Epístolas Pastorales (2019).

DESHACER LA MASCULINIDAD: LECTURA DE MARCOS 14,51-52 DESDE EL OTRO LADO

(De un modo muy denso, M. Villalobos, por su vestido y conducta, interpreta a este joven con un effeminnatus. No es un hombre vestido de varón… sino un hombre de túnica lujosa, ostentosa… Es el único que sigue a Jesús hasta el final en el huerto, y no logran agarrarle, se escapa… Desde aquí se entiende el resumen del texto que ofrezco en lo que sigue; para entender el argumento de Manuel Villalobos habrá que leer todo su trabajo en la revista Concilium, cosa que recomiendo a todos mis lectores.)

1. Tema monográfico: Masculinidades: desafíos teológicos y religiosos  7
1.1. Raewyn Connell: Los hombres, la masculinidad y Dios                              13
1.2. H.Anderson: Una teología para reimaginar las masculinidades                   27
1.3. Manuel Villalobos Mendoza: Deshacer la masculinidad:
Lectura de Marcos 14,51-52 desde el otro lado                                        41
1.4. Ezra Chitando: Masculinidades, religión y sexualidades                             55

masculinidades-desafios-teologicos-y-religiosos¿Qué significaba ser viril o masculino en el mundo del Nuevo Testamento? Ser un «hombre» o una «mujer» tenía poco que ver con la biología en la cultura grecorromana. Un hombre debe realizar y demostrar su masculinidad siempre para ser considerado como un «hombre de verdad» (verus vir). Así pues, resulta extraño que Marcos 14,51-52 presente, durante el arresto de Jesús, a un joven cuya masculinidad está en contradicción con las normas sociales. Su juventud y su lujosa túnica de lino (sindôn) revelan su identidad como effeminatus.

 Además, su cuerpo desnudo y su huida cobarde en medio de la noche demuestran su incapacidad para demostrar su masculinidad. Introducción Para los biblistas es casi una obligación «salir del armario» en el campo bíblico para revelar su ubicación social. En mi situación, me he resistido a la tentación de describirme como latino o hispano debido a la ambigüedad de ambos términos. Así pues, he creado una hermenéutica que puede abarcar mi «otredad» como también mi existencia negada debido a mi raza, situación económica y orientación sexual.

En México, las personas que se desvían de las prácticas heteronormativas y son incapaces de realizar correctamente una «masculinidad tóxica» son situadas sin piedad en la no existencia del otro lado. En consecuencia, denomino mi hermenéutica una hermenéutica del otro lado. En otro lugar he descrito cómo esta hermenéutica del otro lado privilegia cuestiones y voces de otredad, masculinidad, marginalidad, género, sexualidad, orientación sexual, etnicidad, economía y límites en el texto bíblico y en mi interpretación bíblica.

978848005202Algunas de estas cuestiones resultarán obvias en la lectura que hago de Marcos 14,51- 52, donde el autor narra una escena muy extraña durante el arresto de Jesús: «Un joven le seguía y llevaba solo una túnica de lino. Le echaron mano, pero él dejó la túnica y huyó desnudo» (NRSV). En este artículo me interesa principalmente cómo Marcos nos presenta a este joven y lo sitúa en un terreno peligroso donde aparecen cuestiones conflictivas de la masculinidad.

No es mi objetivo valorar la historicidad del fragmento. La interpretación que hago desde el otro lado no se ocupa de si este joven era un personaje histórico o una creación del autor. Mi interés reside en analizar cómo la construcción textual de la masculinidad de este joven puede desafiar otras construcciones textuales de la masculinidad en la cultura grecorromana del siglo i, contemporánea del evangelio de Marcos. En esta perspectiva, uso las categorías «viril» y «afeminado» tal como eran entendidas en la cultura grecorromana del siglo I.

Estas categorías no reflejan necesariamente nuestra comprensión actual de la «masculinidad». En la antigüedad (¿como en la actualidad?) ser un «hombre de verdad» se entendía principalmente como una relación de poder entre el que penetra y el que es penetrado. Un «hombre de verdad» era el que penetra otro cuerpo, ya fuera de una mujer, de un niño, de un hombre «afeminado» o de un esclavo. La norma de la masculinidad era simple y estaba bien delimitada: penetrar a otro y no ser penetrado.

En esta lucha de poder y dominación, los romanos se consideraban como los «penetradores impenetrables» ; los otros eran simplemente lo contrario, el cuerpo indigno, abyecto y afeminado. Si tales eran las normas con respecto a la masculinidad y el hecho de «ser un hombre de verdad» en la antigüedad, me pregunto por qué Mc 14,51 presenta a un joven corriendo desnudo en medio de la noche. ¿Es este el comportamiento propio de un verus vir tal como se entendía en el contexto grecorromano de Marcos? ¿Cuál es la relación de este joven con Jesús? ¿Está la comunidad de Marcos subvirtiendo o redefiniendo la noción de masculinidad de su sociedad? ¿Cuáles podrían ser las implicaciones para nosotros en la actualidad, especialmente para todos aquellos que han sufrido por una «masculinidad tóxica»? Estas son algunas de las cuestiones que abordo en este artículo.

  ¿Joven y hermoso?: ¡La masculinidad en peligro! Marcos lo describe como neaniskos (joven). Este término aparecerá de nuevo en Mc 16,5, donde el joven aparece con una larga túnica blanca y explica a las mujeres por qué no se encuentra en la tumba el cuerpo de Jesús. Es interesante que, en su obsesión por revelar la identidad histórica de este enigmático joven desnudo, los biblistas hayan prestado poca atención a las cuestiones de la masculinidad que desde la hermenéutica del otro lado resultan evidentes y sugerentes.

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Arrepentimiento y Misericordia

Martes, 21 de abril de 2020

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Cuando no aceptamos verdaderamente a Jesús como Hijo de Dios para justificar nuestras opciones equivocadas, renegamos de él. Y lo renegamos por no compartir su suerte, por no participar en su muerte. Siempre que no sabemos negarnos a nosotros mismos, renegamos de Jesús. Siempre que queremos salvarnos de la cruz, le miramos de lejos, y en la práctica decimos -aunque no sea de palabra- que no lo conocemos.

¿Acaso no nos sucede esto con frecuencia? Si por consiguiente tantas veces renegamos de Jesús, otras tantas deberíamos saber llorar amargamente y asumir el arrepentimiento y la conversión como compromiso de vida: éste es ciertamente el único camino hacia la santidad. La santidad no es fruto de virtud, sino un don de misericordia para quien se abre para acogerla, para quien se arrepiente de todo corazón, consciente de ser pecador. Es una gracia que el Señor nos haga ver nuestro pecado para llevarnos al arrepentimiento. Nos da la posibilidad de arrepentimos: así es su misericordia.

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A. M. Cánopi,
Patí per noi. Passione di Gesú secondo Matteo e “Via Crucis”,
Cásale Monf. 1994, 23s.

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Un dios murió …

Sábado, 11 de abril de 2020

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Un dios ha venido esta mañana para
Cumplir sus deberes hacia los de abajo.
Se excusó, lloró,
miró una vez a los humanos.
Los miró, los comprendió
Todos ellos, transformados, diferentes.

(…)

Esta mañana un dios ha muerto:
Y nadie en el mundo se sorprende.

Un dios ha venido esta mañana para
Cumplir sus deberes hacia los de abajo.
Se excusó, lloró,
miró una vez a los humanos.
Los miró, los comprendió
Todos ellos, transformados, diferentes.

Un dios puso pie en tierra
Para mirar alrededor de él.
La sangre del universo se pierde,
Un dios hace frente al estado de hombre.
Ya ha comprendido:
el esqueleto del mundo muerto se corroe
Condenado a romperse,
En el interior, en sí mismo
Debido al peso de todo este tiempo perdido
Hasta ahora,
Por aportar nada más que palabras.
Un dios se ha negado,
Como un hombre encerrado en un mundo moribundo.

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Fuente traducción : almanito

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Manuel Mandianes: “Gente sin patria, sin dinero y sin lengua son todos Cristo que ha recorrido el largo camino del Calvario”

Viernes, 10 de abril de 2020

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“Cristo de nuevo crucificado, la humanidad entera por el camino del Calvario”

“La pasión de esos cristos sanitarios que movidos, carcomidos, urgidos por el deseo de curar y sanar se tropiezan con la falta de medios y su impotencia”

“Los que se mueren en absoluta soledad sin poder despedir a los suyos, sin saber cómo quedan, sin nadie que le ponga un Crucifijo en mano, sin una mano que le ayude a brincar hasta la otra orilla”

“Dios puede prever las catástrofes y el mal hecho por el hombre, pero no los determina. Para evitarlos tendría que cambiar la naturaleza del mundo y privar de libertad al hombre”

Sólo hay una manera de conocer y amar a Dios y a su Cristo: Amar al prójimo. Y se les aparece Jesús en forma de mendigo y les dice: “Lo que hacéis con uno de estos conmigo lo hacéis”. Y en el juicio final, les dirá a unos: “Venid benditos de mi padre porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era un extranjero y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, prisionero y me fuisteis a ver”. Y a los otros: malditos porque no hicisteis conmigo nada de esto.

La pandemia del coronavirus está sometiendo la humanidad a una crisis de incertidumbre, a sentir en carne viva la impotencia frente a un enemigo invisible que la está diezmando. La humanidad, falta de serenidad, falta de información ante lo que es un virus y cómo puede actuar y matar a tanta gente, víctima del miedo, cuando no del pánico y del terror que la paraliza, está perturbada. Las víctimas de crisis económicas, sociales, políticas que, de la noche a la mañana, se ven privadas de todo lo necesario para cubrir las necesidades elementales, aumentan a pasos agigantados. La humanidad entera está andando un camino del Calvario.

Cuando están lejos suspiran por volver y cuando vuelven se lamentan de haber vuelto. “No sé si pasa el tiempo o se detiene; estoy como el primer día que llegué aquí, esperando que ocurra algo para volverme. Felizmente, hemos pasado la mayor parte del tiempo trabajando. Si hubiéramos tenido mucho tiempo para pensar nos hubiéramos vuelto locos. Somos de todas partes y de ninguna. En España nos falta esto y cuando estamos aquí echamos de menos aquello. Cuando vuelvo al pueblo, nada es lo que era. Es más, cuando vuelvo no tengo con quien compartir treinta años de mi vida. Pero cuando estoy aquí no tengo con quien compartir mi infancia que, cuando eres viejo, toma gran importancia en la memoria”, me dijo un emigrante español.

Los emigrantes que navegan en el Mediterráneo sobre su tumba, después de haber atravesado durante meses, tal vez años, tierras inhóspitas, huyendo de enemigos visibles e invisibles; los escapados de las guerras, sin maletas, sin comida, sin un lugar a donde ir, sin nadie que los espere en ningún sitio. “Agoté todo hasta las lágrimas. Solo me quedan las cuencas vacías de los ojos y la ausencia de mi hijo que perdí en las largas jornadas de caminar sin llegar a ningún lugar. Cada momento prefiero sentarme y dejarme morir, pero siento que los que aún van conmigo me necesitan como yo los necesito a ellos”. Gente sin patria, sin dinero y sin lengua son todos Cristo que ha recorrido el largo camino del Calvario

Las mujeres que han llegado a España con la promesa de un trabajo y un suelo dignos buscando una vida mejor para ellas y los suyos y las mafias las han encerrado, hacinado, en un prostíbulo a cal y canto. La gente de la calle, los sin techo que recorren durante el día las calles de las ciudades buscando en los contenedores o arrodillados en una esquina piden una limosna para procurarse algo que llevarse a la boca y al atardecer buscan el lugar más apropiado para pasar la noche, son Cristo atados a la columna como Cristo para azotarlo. ¡El camino del Calvario de las víctimas de violación, de abusos de pederastas y el de los violadores y abusadores que, en un momento, se dan cuenta del sufrimiento que hayan causado a los otros! Para darse cuenta de la tragedia del violador, del pederasta, bastará con leer atentamente “Y Dios bajó al infierno del crimen” de M. Raimond o “Crimen y castigo” de Dostoievski.

cq5dam.thumbnail.cropped.1500.844Los ancianos aislados en una residencia, sin ni siquiera la visita semanal de los suyos, llorando detrás de la ventana o acurrucados detrás de la puerta de su casa, en soledad absoluta, esperando que alguien venga a decirles: te quiero, que les curaría de su enfermedad; los que se mueren en absoluta soledad sin poder despedir a los suyos, sin saber cómo quedan, sin nadie que le ponga un Crucifijo en mano, sin una mano que le ayude a brincar hasta la otra orilla; los familiares, amigos, que saben que los suyos se están muriendo en soledad y no pueden ni pasar a cogerles de la mano para ayudarlos a dar el último paso, ni siquiera pueden darles el último beso ni hacerles un funeral y enterrarlos como quisieran.

La pasión de los que sufren Alzheimer y de las familias que tienen algún miembro que sufre la enfermedad. Los niños, que sin comerla ni beberla, por una razón u otra, no pueden moverse, y sus padres, miran con nostalgia a los compañeros corretear. Los parapléjicos que en una silla de ruedas ven la algarabía de la vida a su alrededor y ellos, como Cristo en la cruz, la ven con alegría o con rabia clavados en una silla de ruedas. Sobre ruedas en los países ricos, en una tabla con ruedas en los países sin medios técnicos ni económicos.

La pasión de muchos creyentes que frente a esta pandemia mundial se preguntan si Dios ha muerto o si, al menos, se ha sustraído y retirado del mundo dejando de su mano a la humanidad entera, consternada hasta el abatimiento, y al mundo, cegado por un mal sin medida. Dice el creyente: “Cierto, parece que Dios ha dejado de ser el fundamento. En momentos como estos se muestra más insondable y sublime que nunca. Parece que se ha retirado y la vida es un abismo”. Y responde como Job: “Si nos alegramos cuando somos felices por qué no vamos aceptar el mal” que se debe a la imperfección del mundo y a la libertad del hombre.

“¿Cómo podéis creer en un Dios todo poderoso que o quiere eliminar el mal y no puede, o quiere y no puede, o ni quiere ni puede o puede y quiere? Esta cuarta posibilidad no se da porque la realidad la contradice. Aún en el caso de que existiera, es como si no existiera. Tanto dolor, tanto sufrimiento, tanto desgarro, tanta desolación demostrarían que se ha retirado a la oscuridad y el orden del mundo a quedado perturbado y el mundo se ha convertido en algo terrorífico”, les dicen los increyentes. “Las catástrofes y otras calamidades naturales se deben a la imperfección de la naturaleza que no es perfecta. Y el mal acusado por el hombre se debe a su libertad mal usada”. Dios puede prever las catástrofes y el mal hecho por el hombre, pero no los determina. Para evitarlos tendría que cambiar la naturaleza del mundo y privar de libertad al hombre.

La pasión de los agnósticos que después de la “muerte de Dios” habían puesto su fe y su esperanza en la ciencia, el dinero, el progreso, en el futbol, “el fútbol es la fe de los que no tienen fe” se puede leer en “El fútbol (no) es así” y se dan de bruces contra sus límites. La pasión de los científicos que se ven frustrados por la impotencia de ser incapaces, de momento, de vencer un virus desconocido. La pasión de esos cristos sanitarios que movidos, carcomidos, urgidos por el deseo de curar y sanar se tropiezan con la falta de medios y su impotencia.

“Esperaba que me hablasen de la vida, de la pasión, del sufrimiento, de Jesús y aquí me hablan de la actualidad, del sufrimiento de millones de personas, de lo que se ve todos los días”, me dicen. Es más difícil amar a Dios que conocerle”, dijo alguien. La soledad de Jesús, Padre, aparta de mi este cáliz. Pero no se haga mi voluntad sino la tuya”, se hace carne viva hoy en la soledad de los aislados en las residencias de ancianos, de los moribundos en los hospitales, de los presos, de las maltratadas conviviendo encerradas con su maltratador.

Un Jesús teologizado en conceptos es necesario pero un Cristo resucitado en la vida de todos y en el humano acaecer de cada día es indispensable. Momentos como estos perturban la fe tranquila en un Dios bueno, Padre, que parece convertirse en un Dios abismo, insondable. “Ciertas naturalezas no pueden amar por un lado sin odiar por el otro” (Miserables). Es difícil ver a Cristo en el otro si no se alimenta la vida espiritual con la meditación, la plegaria y los sacramentos. Pd. Una novela de Niko Kazantzakis tiene el mismo titulo

Fuente Religión Digital

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Jesús nos enseñó que Dios está en el dolor.

Viernes, 19 de abril de 2019

Georges-Rouault-CrucifixionJn 18-9

Las tres partes en que se divide la liturgia del Viernes Santo, expresan perfectamente el sentido de la celebración. La liturgia de la palabra nos pone en contacto con los hechos que estamos conmemorando y nos abren perspectivas nuevas. La adoración de la cruz nos lleva al reconocimiento de un hecho de la vida de Jesús que tenemos que tratar de asimilar y desentrañar. La comunión nos recuerda que la principal ceremonia litúrgica de nuestra religión es la celebración de una muerte; no porque ensalcemos el sufrimiento y el dolor, sino porque descubrimos la Vida, incluso en lo que percibimos como sufrimiento y muerte.

No es nada fácil hacer una reflexión sencilla y coherente sobre el significado de la muerte de Jesús. Se ha insistido tanto en lo externo, en lo sentimental, que es imposible ir al meollo de la cuestión. No debemos seguir insistiendo en el sufrimiento. No son los azotes, ni la corona de espinas, ni los clavos, lo que nos salva. Muchísimos seres humanos has sufrido y siguen sufriendo hoy más que Jesús. Lo que nos marca el camino de la plenitud humana es la actitud de Jesús, que se manifestó durante su vida en el trato con los demás. Ese amor, manifestado en el servicio, es lo que demuestra su verdadera humanidad y, a la vez, su plena divinidad.

¿Qué añade su muerte a la buena noticia del evangelio? Aporta una increíble dosis de autenticidad. Sin esa muerte, y sin las circunstancias que la envolvieron, hubiera sido mucho más difícil para los discípulos dar el salto a la experiencia pascual. La muerte de Jesús es sobre todo un argumento definitivo a favor del amor. En la muerte, Jesús dejó claro que el amor era más importante que la vida. Si la vida natural es lo más importante para cualquier persona, podemos vislumbrar la importancia que tenía el amor para Jesús. Aquí podemos encontrar el verdadero sentido que quiso dar Jesús a su muerte.

La muerte en la cruz, analizada en profundidad, nos dice todo sobre su persona. Pero también lo dice todo sobre nosotros mismos si nuestro modelo de ser humano es el mismo que tuvo él. Además nos lo dice todo sobre el Dios de Jesús, y sobre el nuestro, si es que es el mismo. Descubrir al verdadero Dios, y la manera en la que podemos relacionarnos con Él, es la tarea más importante que puede desplegar un ser humano. Jesús, no solo lo descubrió él, sino que nos quiso comunicar ese descubrimiento y nos marcó el camino para vivir esa realidad del Dios descubierta por él. Nuestra tarea es descubrirlo también en lo hondo de nuestro ser.

La buena noticia de Jesús fue que Dios es ágape. Pero ese amor se manifiesta de una manera insospechada y desconcertante. El Dios manifestado en Jesús es tan distinto de todo lo que nosotros podemos llegar a comprender, que, aún hoy, seguimos sin asimilarlo. Como no aceptamos un Dios que se da infinitamente y sin condiciones, no acabamos de entrar en la dinámica de relación con Él, que nos enseñó Jesús. El tipo de relaciones de toma y da acá, que seguimos desplegando nosotros con relación a Dios, no puede servir para aplicarlas al Dios de Jesús. El Dios de Jesús es el que se deshace por todos y nos obliga a deshacernos.

Un Dios que siempre está callado y escondido, incluso para una persona tan fiel como Jesús, ¿qué puede aportar a mi vida? Es realmente difícil confiar en alguien que no va a manifestar nunca externamente lo que es. Es muy complicado tener que descubrirle en lo hondo de mi ser, pero sin añadir nada a mi ser, sino constituyéndose en la base y fundamento de mi ser, o mejor, que es parte de mi ser en lo que tiene de fundamental. Todo lo que puedo llegar a ser ya lo soy, no como mi ego podría esperar sino como fundamento del ser.

Nos descoloca un Dios que no va a manifestar con señales externas su preocupación por el hombre; sin darnos cuenta de que al aplicar a Dios relaciones externas, le estamos haciendo a nuestra propia imagen. Al hacerlo, nos estamos fabricando nuestro propio ídolo. Nuestra imagen de Dios siempre tendrá algo de ídolo, pero nuestra obligación es ir purificándola cada vez más. Dios no es nada fuera de mí, con quien yo pueda alternar y relacionarme como si fuera otro YO, aunque muy superior a mí. Dios está inextricablemente identificado conmigo y no hay manera de separarnos en dos. Mi verdadero ser es esa identificación absoluta y total.

Un Dios –que nos exige deshacernos, disolvernos, aniquilarnos en beneficio de los demás, no para tener en el más allá un “ego” más potente (¿los santos?) si no para quedar incorporados a su SER, que es ya ahora nuestro verdadero ser– no puede ser atrayente para nuestra conciencia de personas individuales. “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, permanece solo, pero si muere da mucho fruto”, es decir produce más vida. Este es el nudo gordiano que nos es imposible desenredar. Este es el rubicón que no nos atrevemos a pasar.

La muerte de Jesús deja claro que el objetivo de su vida fue manifestar a Dios. Si Él es Padre, nuestra obligación es la de ser hijos. Ser hijo es salir al padre, imitar al padre. Esto es lo que hizo Jesús, y esta es la tarea que nos dejó, si de verdad somos sus seguidores. Pero el Padre es amor, don total, entrega incondicional a todos y en todas las circunstancias. No solo no hemos entrado en esa dinámica sino que nuestra pretensión “religiosa” es meter a Dios en nuestros egoísmos; no solo en esta vida terrena, sino garantizándonos un ego para siempre.

La muerte no fue un mal trago que tuvo que pasar Jesús para alcanzar la gloria sino la suprema gloria de un hombre al hacer presente a Dios con el don total de sí mismo, viviendo y muriendo para los demás. Dios está siempre y solo donde hay amor. Si el amor se da en el gozo, allí está Dios. Si el amor se da en el sufrimiento, allí está también Dios. Se puede salvar el hombre sin cruz, pero nunca se puede salvar sin amor. Lo que aporta la cruz es la certeza de que el amor es posible aún en las peores circunstancias que podamos imaginar.

El hecho de que no dejara de decir lo que tenía que decir, ni de hacer lo que tenía que hacer, aunque sabía que eso le costaría la vida, es la clave para compren­der que la muerte no fue un accidente, sino algo fundamental en su vida. El hecho de que le mataran podía no tener importancia; pero el hecho de que le importara más la defensa de sus convicciones que la vida nos da la profundi­dad de su opción vital. Jesús fue mártir en el sentido estricto de la palabra. Ninguna circunstancia de su vida, ni siquiera la muerte, le apartó del Padre.

Cuando un ser humano es capaz de consumirse por los demás, está alcanzando su plena consumación. En ese instante puede decir: “Yo y el Padre somos uno”. En ese instante manifiesta un amor semejante al amor de Dios. Si seguimos pensando en un dios de “gloria” ausente del sufrimiento humano, será muy difícil comprender el sentido de la muerte de Jesús. Dios no puede abandonar al hombre, y menos al que sufre. El que esté callado (en todos los sentidos) nos desconcierta, pero no quiere decir que nos haya abandonado.

Al adorar la cruz, esta tarde, debemos ver en ella el signo de todo lo que Jesús quiso trasmitirnos. Ningún otro signo abarca tanto, ni llega tan a lo hondo como el crucifijo. Pero no podemos tratarlo a la ligera. Poner la cruz en todas partes, como adorno, no garantiza una vida cristiana. Tener como signo religioso la cruz, y vivir en el hedonismo, indica una falta de coherencia que nos tenía que hacer temblar. Para poder aceptar el dolor no buscado, tenemos que aprender a aceptarlo voluntariamente el sacrificio buscado como entrenamiento.

Meditación-contemplación

La clave de una vida cristiana (humana)
está en vivir a tope la verdadera Vida,
conservando en su justo aprecio la vida, con minúscula.
Entonces descubriré que la vida biológica no es el valor supremo.
Si la VIDA es lo primero, todo tiene que estar subordinado a ella.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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“Y dio un fuerte grito” A propósito del relato de la pasión de Jesús (Lucas 22, 14 –23,56)

Viernes, 19 de abril de 2019

la pasion de jesusBernardo Baldeón.
Madrid

ECLESALIA, 15/04/19.- No tenía dinero, ni armas ni poder. No tenía autoridad religiosa. No era sacerdote ni escriba. No era nadie. Pero llevaba en su corazón el fuego del amor a los crucificados. Sabía que para Dios eran los primeros. Esto marcó para siempre la vida de Jesús.

Se acercó a los últimos y se hizo uno de ellos. También él viviría sin familia, sin techo y sin trabajo fijo. Curó a los que encontró enfermos, abrazó a sus hijos, tocó a los que nadie tocaba, se sentó a la mesa con ellos y a todos les devolvió la dignidad. Su mensaje siempre era el mismo: “Éstos que excluís de vuestra sociedad son los predilectos de Dios”.

Bastó para convertirse en un hombre peligroso. Había que eliminarlo. Su ejecución no fue un error ni una desgraciada coincidencia de circunstancias. Todo estuvo bien calculado. Un hombre así siempre es una amenaza en una sociedad que ignora a los últimos.

Según la fuente cristiana más antigua, al morir, Jesús “dio un fuerte grito”. No era sólo el grito final de un moribundo. En aquel grito estaban gritando todos los crucificados de la historia. Era un grito de indignación y de protesta. Era, al mismo tiempo, un grito de esperanza.

Nunca olvidaron los primeros cristianos ese grito final de Jesús. En el grito de ese hombre deshonrado, torturado y ejecutado, pero abierto a todos sin excluir a nadie, está la verdad última de la vida. En el amor impotente de ese crucificado está Dios mismo, identificado con todos los que sufren y gritando contra las injusticias, abusos y torturas de todos los tiempos.

En este Dios se puede creer o no creer, pero nadie se puede burlar de él. Este Dios no es una caricatura de Ser supremo y omnipotente, dedicado a exigir a sus criaturas sacrificios que aumenten aún más su honor y su gloria. Es un Dios que sufre con los que sufren, que grita y protesta con las víctimas, y que busca con nosotros y para nosotros la Vida.

Para creer en este Dios, no basta ser piadoso; es necesario, además, tener compasión. Para adorar el misterio de un Dios crucificado, no basta celebrar la semana santa; es necesario, además, mirar la vida desde los que sufren e identificarnos un poco más con ellos.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Consummatum est

Viernes, 19 de abril de 2019

vcruciscontemporDel blog de Xabier Pikaza:

Todo lo que tenía que cumplirse se ha cumplido

Sólo Dios puede convertir en vida la muerte de los hombres

Una vez más se han impuesto los que matan: Soldados de todas las romas, sacerdotes de todos los jerusalenes e iglesias de muerte… Por eso, allí sobre el Calvario (la calavera de la historia) avanza Jesús hacia su muerte, con dos compañeros-colegas, que son todos los asesinados de la historia (a los que en general no solemos ver).

En esa línea al llegar el final, sólo puede decirse: Se ha cumplido, ha culminado la envidia asesina de los hombres sobre el amor de vida de Dios, de tal forma que el mismo Dios muere en Jesús, en todos los crucificados, pero no en contra, sino a favor de los mismos que le matan.

Se ha cumplido la maldad de los hombres, que empezaba con Caín, una sombra de muerte que cubre toda la historia. Pero se ha consumado el amor de Dios, revelándose al fin, plenamente, como vida que triunfa de la muerte. Para explicarlo he tenido que acudir a las palabras del mayor teólogo de la muerte de Dios que es vida de los hombres (Juan de la Cruz).

Por eso, la muerte de Jesús, con los dos que le acompañan, será resurrección, como dirá el domingo el ángel de la pascua, como indican las tres cruces de Urkiola, anunciando la pascua de todos, de Jesús en el centro, de los dos a sus lados, sobre la roca del fondo (imagen siguiente). En esa linea quiero hoy  comentar las últimas palabras de Jesús, según el Evangelio de Juan

Jesús dijo: Está consumado (se ha cumplido, ha terminado) e inclinando la cabeza entregó el espíritu (Jn 19, 30).

Las últimas palabras de Jesús varían según los evangelios. Marcos y Mateo afirman que murió diciendo “Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (cf. tema 16). Según Lucas, él dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu” (Lc 23, 46). Juan, en cambio, afirma que exclamó, tetelestai (nislam, consummatum estestá consumado,  según las tres variantes (griega, hebrea y latino) que comentaré, para ofrecer después una buena traducción castellana, siguiendo las huellas de Juan de la Cruz, alguien que sabía mucho del “fuego de Dios” que consuma sin consumir.

El original griego reza  tetelestai, una palabra que viene de  teleô, verbo que tiene varios significados, que nos permiten entender mejor el drama y camino de la vida de Jesús.

(a) Teleô  significa ha terminado, ha llegado a su fin el camino. Es como si Jesús dijera “puedo descansar”, no me queda más por hacer. Todo acaba en el mundo, también la vida de Jesús ha terminado.

(b) Pero, en segundo lugar, en sentido más hondo, ese verbo significa se ha cumplido, como si dijera “he consumado mi tarea, he realizado el encargo recibido por Dios, ya no me queda nada que hacer sobre la tierra”. Por eso, Jesús inclina la cabeza y entrega su vida (Espíritu) en manos del Padre.

(c) Esta palabra significa finalmente pagar lo que se debe, y, en esa línea,  telos que es “fin”, significa impuesto. Es como si Jesús dijera “he pagado al fin lo que debía, la deuda que había contraído al venir sobre la tierra, la deuda de los hombres, la redención de la historia”.

La traducción hebrea es nishlam, una  palabra vinculada shalôm, paz, y significa estar en paz, sellar el pacto, cumplir la palabra. Es como si Jesús dijera al morir que ha cumplido su alianza con Dios, que ha superado la guerra, y que de esa forma está ya pacificado (y ha pacificado) a los hombres. Jesús viene a presentarse según eso, al final de su vida, como una encarnación y cumplimiento del pacto de Dios con los hombres, como el gran pacificador. Así dice que ha instaurado la paz, cumpliendo su tarea, y que él mismo ha sido el mediador o ejecutor de esa paz que ahora se abre por Dios, desde el Calvario, a toda la humanidad).

Habían existido, y eran muy numerosos en Israel, los “sacrificios por la paz”, que se llamaban shelem, ofrendas dedicadas a Dios (por ejemplo un cordero), que se quemaban en parte sobre el altar del templo, y que después se compartían entre los oferentes, que de esa manera se comprometían a vivir entre ellos en gesto solidario de amistad. Jesús mismo habría sido, por tanto, ese sacrificio por la paz, de manera que su vida terminaba de esa forma como una ofrenda para que los hombres alcanzaran la definitiva plenitud, la paz eterna, en la que él había entrado ya a través de su muerte fiel, cumpliendo hasta el fin su tarea.

Jesús muere en Dios y por Dios (reflexión con Juan de la Cruz)

  En este contexto se entienden las palabras finales del texto “e inclinando la cabeza, entregó el Espíritu”. Jesús se había mantenido siempre con la cabeza alzada, dialogando con Dios y realizando su tarea en medio de los hombres. Pero ahora puede ya inclinarla y la inclina, como permaneciendo para siempre en el regazo eterno de Dios que le acoge, recibiendo su Espíritu (pneuma, ruah). De esa forma queda todo consumado y ya cumplido, conforme a un verso importante de Juan de la Cruz: Con llama que consume y no da pena (Cántico Espiritual B, estrofa 39).

            Jesús aparece así como una luz de Dios que se “consuma”, alcanza su plenitud, llega a su meta, que se dice en griego teloj, telos, y el hebeo   shalôm, en latin pax, la paz definitiva, abierta en amor a todos los hombres y mujeres de la tierra. De manera misteriosa, ese camino de la vida de Jesús se consuma al consumirse:

“porque, habiendo llegado al fuego (que es Dios), está el alma (es decir, toda la persona) en tan conforme y suave amor con Dios, que, con ser Dios, como dice Moisés, fuego consumidor (Hebr 12, 29), ya no lo sea, sino consumador y refeccionador” (cf. Dt 4, 24. Comentario Cántico B, 39, 14). Dios consume, por tanto, y consuma, es decir, refecciona (alimenta, da fuerzas, recrea).

Jesús muere, ciertamente, porque le han matado los poderes de violencia de la tierra, sacerdotes de Jerusalén, soldados de Roma. Muere como víctima, con los expulsados y aplastados. Pero, al mismo tiempo, muere por amor completo, porque ha puesto su vida en Dios y se ha identificado con su voluntad, de tal forma que Dios cumple y culmina en él su vida (su paz transformadora) en forma humana.

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