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Ramón Hernández: Jesús vive. Figura primigenia de humanidad.

Viernes, 12 de marzo de 2021

jesusDe su blog Esperanza radical:

Figura primigenia de humanidad

No hay duda de que el Dios de Abrahán nos resultaría hoy poco menos que un salvaje o, peor, un verdugo impasible. Ni siquiera le serviría de excusa el hecho de que, según advertimos en la primera lectura de este domingo, no se propusiera llevar a término el atroz mandato de sacrificar a su hijo que le exigía a su sufrido siervo Abrahán, pues ello no lo exoneraría de haber practicado una horrorosa tortura mental. Pensemos que el relato es solo una fábula que, incluso siendo muy cruel para los tiempos en que fue escrita, no tenía más sentido que el de sentar que Dios está por encima de cuanto es y contiene nuestra vida y de su derecho a tomarlo cuando le plazca. Por lo demás, el relato literario es tan dramático y bello como expeditivo a la hora de reafirmar y testimoniar una fe y una confianza inquebrantables en la palabra divina, en la promesa hecha al protagonista de ser padre de muchas naciones a pesar de ser viejo y de verse ahora obligado a sacrificar a su único hijo.

San Pablo, por su parte, catequizando a los romanos, vuelve al tremendismo de la idea de sacrificio humano hasta convertir a Dios, ahora sí, en el despiadado verdugo que, cayendo en la trampa que le había tendido a Abrahán para probar su fe, exigió a su Hijo una atroz muerte redentora en la cruz. El también fantasioso relato teológico de Pablo nos repugnaría si lo entendiéramos literalmente, pero la explicación dada por el mismo apóstol nos deja claro que realmente no se trata de una muerte cruel, sino del perdón incondicional de nuestras fechorías y de la entrega total que se nos hace a los seres humano de la vida del Hijo de Dios hasta el punto de que, estando él de nuestra parte, nadie podrá nada contra nosotros. Si Dios es quien nos elige y justifica, nadie nos condenará. Y menos el Cristo, que, en vez de condenarnos, murió y resucitó por nosotros. Deberíamos deducir de todo ello que la Iglesia no tiene ningún poder condenatorio y que lo propio suyo es perdonar y justificar, verdad que se da de bruces con muchos de los comportamientos pretendidamente cristianos.

El evangelio va mucho más lejos al anticiparnos de alguna manera la visión y gozo de lo que el perdón y la justificación conllevan. La transfiguración de Jesús en el monte Tabor y el arrebato de gloria que se apodera de los discípulos que lo acompañan fue seguramente una experiencia religiosa de profunda oración invasiva, que siempre va acompañada de un gozo indescriptible. No me cabe la menor duda de que son muchos los cristianos que sienten ese mismo gozo cada vez que su oración alcanza el nivel de una íntima y confiada conversación con Dios. Pero, ¿por qué les prohibiría Jesús hablar de tan hermosa experiencia hasta que resucite de entre los muertos? ¿Qué significa eso de resucitar de entre los muertos? Tal vez la mejor forma de entender la resurrección de Jesús, tema que sorprende a los discípulos que lo acompañan, sea la convicción que tenemos los cristianos de que Jesús sigue vivo a nuestro lado.

Como creyente convencido, tengo a Jesús por paradigma de humanidad, como figura en la que no solo pueden descubrirse los trazos de la mejor forma de vida humana a que podemos aspirar, sino también alcanzar la consumación de la vida de cada cual. Tal es la más hermosa conclusión que he sacado de la trascendental obra filosófica sobre los valores de mi maestro fray Eladio Chávarri. En la vida y en la predicación de Jesús se da ya la plenitud del amor que lo une como Hijo al Padre y como hermano a todos y cada uno de nosotros. Por ello, causa desazón y decepción padecer los vaivenes de una Iglesia, pretendida como la suya, que se atrinchera en la negación y en la condena en vez de hacerlo en la consumación y la gloria. Por muy sembrado de cruces que esté su camino y por dura que sea la conversión permanente que ser cristiano exige, el cristianismo que no sea alegría y gozo es usurpador. El cristianismo auténtico solo puede anticiparnos el gozo de los frutos de la consumación de nuestra vida, agrandando y perfilando nuestra propia condición de humanos Todo lo demás que se diga y se haga en su nombre obedecerá a intereses espurios.

A la sombra de la idea de sacrificio, en la que tanto abunda la liturgia de hoy, y como contrapunto del hombre nuevo que es Jesús, cuya humanidad nos sirve de modelo para perfilar la nuestra, Chávarri subraya la espectacular explotación y el desorden universal agresivo que está causando en nuestras vidas el “hombre productor consumidor” que domina nuestro tiempo: “Las relaciones de señor y esclavo se reproducen por doquier, sutilmente animadas por valores tan estimados como la eficacia, la competitividad, el dinamismo, la optimización del lucro y la reducción de los costes. Hasta se establecen pactos de competitividad entre los agentes sociales. Los dioses siempre han exigido sacrificios. Actualmente, el hombre, bajo el culto a los valores biopsíquicos y económicos, ordena para sí el holocausto de los seres. No importa que sean niños hambrientos, dioses, tradiciones seculares, jóvenes condenados al ostracismo, pueblos reducidos a la miseria, pollos, ríos, mares, bosques y tierras. Entre los que han requerido ofrendas, sacrificios y holocaustos, el HPC no es precisamente el más compasivo. Su experiencia básica denota, más bien, un espacio interior impregnado de crueldad” (Perfiles de nueva humanidad, pág.  51).

No hay futuro, al menos un futuro largo y halagüeño, para el tipo de hombre que somos. Pero, por muy conscientes que seamos de su depravación y de la cortedad de sus miras, no podemos tirarlo a la basura porque es el único tipo de hombre que tenemos y del que forzosamente deberemos partir si queremos mejorar nuestra entidad. El hombre que ahora somos nos está demostrando que es muy poderoso a la hora de preservar la salud y de instrumentalizar la naturaleza para que produzca mucho más y mejor, pero está haciendo tabla rasa de otros muchísimos valores que necesitamos para colmar de humanidad la vida humana: además de salud y riqueza, pues no solo de pan vive el hombre, debemos alimentarnos de muchísimos otros valores de discernimiento, de conducta, de belleza, de entretenimiento, de convivencia y de los relativos a una proyección que dé consistencia y sentido a nuestra misma existencia. Por ello, deberemos limar las aristas de la tremenda explotación que ejercemos sobre todos los seres  y encauzar las fuerzas de la crueldad que tan generosamente derrochamos, fuerzas que nos están arrastrando a la autodestrucción. Salud y dinero son dos excelentes valores, pero no más ni más decisivos que todos los demás aludidos, valores que se tornan contravalores en la medida en que desplazan o avasallan todos los demás. La mejora real de nuestra vida, además de salud y comida, requiere conocimiento, convivencia, diversión, belleza, amor y confianza en un Dios que esté de nuestra parte.

Mírense como se miren los tiempos actuales, lo cierto es que el Dios humanizado que habita en nosotros se reverbera en las lágrimas de tantos seres humanos. Los puñetazos que nos propina el coronavirus demuestran con contundencia no solo que la vida es muchísimo más importante que el dinero, sino también que se trata de un preciado bien que no podemos conservar sin el apoyo y el sacrificio de los demás: yo te ayudo a ti a vivir y tú haces otro tanto conmigo, hasta el punto de que, si abandonamos a un solo ser humano a su triste suerte, corremos el peligro de convertirlo en arma letal de destrucción masiva. Definitivamente, queda tajantemente prohibido que Abrahán apuñale a su hijo, que adoremos a dioses que demandan holocaustos y que un ser humano clave a otro en la cruz. Aunque esté nublado y caigan chuzos de punta, Jesús nos asegura que todos vivimos ya en el monte Tabor y que el reino de Dios ha venido para quedarse.

Correo electrónico: ramonhernandezmartin@gmail.com

Espiritualidad ,

Navidad… hagamos Familia, vivamos “todas” las familias…

Domingo, 27 de diciembre de 2020

El Verbo se hizo hombre… se hizo clase…

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JESÚS ADOLESCENTE EN EL TALLER DE JOSÉ.-John Everett Millais

En el vientre de María el Verbo se hizo hombre,

y en el taller de José, el Verbo se hizo clase...”

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Pedro Casaldáliga

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Cuando llegó el tiempo de la purificación, según la ley de Moisés, los padres de Jesús lo llevaron a Jerusalén, para presentarlo al Señor, [de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor: “Todo primogénito varón será consagrado al Señor“, y para entregar la oblación, como dice la ley del Señor: “un par de tórtolas o dos pichones.

Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, hombre justo y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; y el Espíritu Santo moraba en él. Había recibido un oráculo del Espíritu Santo: que no vería la muerte antes de ver al Mesías del Señor. Impulsado por el Espíritu, fue al templo. Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo:

“Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.”

Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre:

“Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti, una espada te traspasará el alma.”

Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser. Era una mujer muy anciana; de jovencita había vivido siete años casada, y luego viuda hasta los ochenta y cuatro; no se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones. Acercándose en aquel momento, daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Jerusalén.]

Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.

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Lucas 2,22-40

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Todas las Familias

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El niño iba creciendo, lleno de sabiduría
(Lc 2, 22-40)

La familia la hacen las personas que la forman, su capacidad de quererse, de amarse, de perdonarse, de reconciliarse, de estar abiertas a compartir la vida con otros familias. La familia está cambiando. Es normal. Pueden cambiar las formas de establecerse los vínculos entre las personas. Puede cambiar el hecho de que todos vivan en la misma casa o que vivan separados. Pero al final, hay un vínculo clave en la familia: el amor. Ése es el vínculo que mantiene y mantendrá viva a la familia. Ése fue el vínculo que Jesús aprendió a valorar en su familia. Allí descubrió que es más fuerte incluso que los lazos de la sangre. Por eso, luego, más tarde, habló de Dios como el Padre, el Abbá que reúne a todos sus hijos en torno a la mesa común. Y para que entendiésemos la relación que nos une a Dios nos dijo que éramos sus hijos y él nuestro Padre.

Hoy nos toca a nosotros asumir la realidad concreta de nuestras familias, con sus luces y sus sombras, y seguir partiendo de ellas para construir el reino, la gran familia de Dios. Es nuestra responsabilidad fortalecer todo lo que podamos el vínculo del amor, que rompe las barreras de la sangre, de la raza, etc. y nos une a todos en una única familia. Hoy, como a Jesús, nos toca a nosotros encarnarnos en nuestra realidad concreta y construir la familia de Dios aquí y ahora.

Comunidad Anawin de Zaragoza

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Navidad ¿qué va a cambiar?

Viernes, 25 de diciembre de 2020

 

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¡Una vez más: NAVIDAD!

¿Qué va a cambiar?

Nada, excepto tú.

Hazte luz y verás la Luz …

Todo está ahí.

No busques en otra parte el significado de este  acontecimiento-advenimiento.

La humanidad fraterna de Jesús lleva el día que tiene que levantarse en ti.

El Dios vivo vuelve a ponerse en tus manos.

Por tí, para crear con Dios y a  su imagen, un mundo de alegría, luz, belleza.

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Maurice Zundel

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El sentido de la fiesta navideña es la Palabra, de la que el himno de Juan (cf. Jn 1) dice que al principio estaba ¡unto a Dios. De esta Palabra se dice también que se hizo carne y habitó entre nosotros.

        Este es el acontecimiento que celebramos cada año en Navidad: Dios ha venido a nosotros. El nos quita la falta de sentido y las monótonas repeticiones de nuestra vida cotidiana. El mismo es el sentido que da contenido a nuestra vida.

        Estamos acostumbrados a traducir así la primera frase del evangelio de Juan: «En el principio ya existía la Palabra». Pero el término griego logos que se encuentra en nuestro texto, es mucho más amplio. Logos no connota tanto a la pura palabra sino más bien el sentido que viene expresado mediante la palabra. En logos, sentido y palabra son inseparables: el sentido, pues, que captamos en cualquier acontecimiento, supera siempre el episodio concreto que puede ser expresado solamente con palabras. Si uno dice: «Te deseo muchas felicidades» o «Feliz Navidad», no se dirige cordialmente a otro solamente en este momento, sino que con estas palabras expresa algo que trasciende el momento. Así cada sentido supera el momento y el concreto evento en que se produce el encuentro.

        Cuando en Navidad oímos decir: «Nos ha nacido un niño», pensamos en el Niño del pesebre y en todos los demás niños, si bien diferenciándolo de todos, porque él no ha nacido sólo para sus padres, sino también para todos nosotros. También así el sentido del acontecimiento supera siempre el episodio particular, a través del cual ha entrado en nuestra vida. Quien ve sólo lo que tiene ante los ojos no capta el sentido, ni el de la Navidad ni el de la vida en general. El sentido, es decir, la profundidad de la realidad que constituye su contenido. Y porque el sentido de cada acontecimiento trasciende lo que está ante los ojos, para captarlo tenemos necesidad de la palabra.

        Si ahora decimos que: «En el principio era el Sentido», queremos expresar que en el principio era lo que da contenido y significado a toda vida. Ésta es la profundidad de la realidad, de la que se habla cuando se usa la Palabra de Dios. Este sentido último, que confiere contenido y significado a cualquier otro evento, ha sido participado al mundo en el acontecimiento de Navidad.

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W. Pannenberg,
Presencia de Dios,
Brescia 1974, 119-120).

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Pedro Aranda Astudillo: Humanizar la humanidad (II).

Jueves, 22 de octubre de 2020

Mundo (360)“El animal no se puede desanimalizar, los humanos se pueden deshumanizar”. J. Ortega y Gasset. “¿Qué cosa extraña es el hombre: nacer no pide, vivir no sabe, y morir no quiere”? Estas brevísimas y nítidas sentencias nos ahorran comentarios. Sólo cabe decir que el smog que respiramos no viene sólo de las contaminaciones de hidrocarburos, sino además de una convivencia humana densamente brumosa, y sus llagas más profundas son los miles de miles de millones de seres humanos crucificados por las injusticias, por los absurdos bélicos y por las “egocracias”, “partidoscracias” que nos convierten unos contra otros.

Humanizar la humanidad nos exhorta a no volver la espalda a lo más prístino de nuestros orígenes esenciales. Nuestra llave de sol para el pentagrama de existir en convivencia humana proviene que fuimos engendrados en el abrazo de amor de nuestros padres. (Salvo que se haya concebido por lo que filósofo griego Séneca advertía: “que tu cuerpo no sea la tumba de tu alma”)

Ser concebidos desde el éxtasis del amor es la aurora misma de la vida. En el reino de la flora y fauna también vemos cómo los progenitores paren y cuidan a sus crías, cómo nacen los árboles y flores de la tierra. La vida desde los engendros, de los nacimientos son los verdaderos himnos de la ternura.

Por la ternura aprendemos a dar los primeros pasos, a robustecernos para emprendernos en la propiedad de ser y convivir. Así como es tan fácil perdernos sea en las calles, sea por confusiones, nuevamente nos asoman los consejos paternos, de los amigos para abrirnos los ojos. Más aún, se hace presente aquello: “si recuerdas haber ofendido, deja tu ofrenda al lado y ve a reconciliarte con tu prójimo”.

¿Estamos idealizando la vida “dulcificándola” en medio de las crudas realidades que vivimos? cuando hemos asumido como verdad incuestionable “la ley del más fuerte” y como hecho de la causa sobreviven los más fuertes, “los exitosos”.

También es un hecho cómo sufren profundamente los hijos por las desavenencias de sus padres. Qué decir de las Tragedias griegas con sus cadenas interminables de venganzas… lecciones para hoy.

Los pantanos que hemos creado, de ellos no saldremos. Las COP 25 nos demuestran que al llegar el punto que debemos abstenernos de un beneficio personal o nacional se nos atrofia la conciencia del bien común global, que todos dependemos de todos.

Nos creímos por siglos que éramos el rey de la creación y pasamos a ser sus depredadores. Cortamos el amoroso cordón umbilical con la tierra, con los mares, con los cielos. ¿Qué somos con sed sin agua? Sólo el amor creador nos dispuso de todo para continuar con ÉL la evolución del reino de la vida, del reino del amor. Más que la opción de “ser o no ser, es amar o no amar, servir o no servir”. Humanizar o abortarnos como humanos.

Pedro Aranda Astudillo, Fundador de la Corporación Gen. Octubre 2020

Fuente Fe Adulta

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“Juntos andemos, Señor”… de la mano de Teresa de Jesús

Jueves, 15 de octubre de 2020

Hoy, el Carmelo Teresiano, la Iglesia Católica y muchos creyentes del mundo entero, recordaremos a esta genial mística castellana y española, Teresa de Jesús… Yo os recomiendo vivamente leer sus Obras completas, acercarse a alguna de las buenas biografías que hay en el mercado. Caminemos de la mano de esta mística de la Humanidad de Cristo, maestra de oración que en el capítulo ocho de su autobiografía nos recuerda que, “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (V 8, 5).

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“Estando en la Encarnación el segundo año que tenía el priorato, octava de San Martín, estando comulgando, partió la Forma el Padre fray Juan de la Cruz, que me daba el Santísimo Sacramento, para otra hermana. Yo pensé que no era falta de Forma, sino que me quería mortificar, porque yo le había dicho que gustaba mucho cuando eran grandes las Formas (no porque no entendía no importaba para dejar de estar el Señor entero, aunque fuese muy pequeño pedacico). Díjome Su Majestad: «No hayas miedo, hija, que nadie sea parte para quitarte de Mí»; dándome a entender que no importaba. Entonces representóseme por visión imaginaria, como otras veces, muy en lo interior, y dióme su mano derecha, y díjome: «Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy. Hasta ahora no lo habías merecido; de aquí adelante, no sólo como Criador y como Rey y tu Dios mirarás mi honra, sino como verdadera esposa mía: mi honra es ya tuya y la tuya mía». Hízome tanta operación esta merced, que no podía caber en mí, y quedé como desatinada, y dije al Señor que o ensanchase mi bajeza o no me hiciese tanta merced; porque, cierto, no me parecía lo podía sufrir el natural. Estuve así todo el día muy embebida. He sentido después gran provecho, y mayor confusión y afligimiento de ver que no sirvo en nada tan grandes mercedes.”

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Rel 35;Cfr 7M 2, 1).

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“Lo que pasa en la unión del matrimonio espiritual es muy diferente: aparécese el Señor en este centro del alma sin visión imaginaria sino intelectual, aunque más delicada que las dichas , como se apareció a los Apóstoles sin entrar por la puerta, cuando les dijo: «Pax vobis»“. Continúa diciendo sobre esta unión de Dios y el alma: “Es un secreto tan grande y una merced tan subida lo que comunica Dios allí al alma en un instante, y el grandísimo deleite que siente el alma, que no sé a qué lo comparar, sino a que quiere el Señor manifestarle por aquel momento la gloria que hay en el cielo, por más subida manera que por ninguna visión ni gusto espiritual“. *

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 Moradas. 7, capítulo 2, núm 2,3

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Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe El con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle.”

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(Libro de la Vida, capítulo 9,1)

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“Bendito seáis por siempre, que aunque os dejara yo a Vos, no me dejasteis Vos a mí tan del todo, que no me tornase a levantar, con darme Vos siempre la mano; y muchas veces, Señor, no la quería, ni quería entender cómo muchas veces me llamabais de nuevo.

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(Libro de la Vida, capítulo 6,9)

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“Juntos andemos Señor.

Por donde vayas tengo que ir,

por donde pases tengo que pasar.”

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(Camino de Perfección 21, 26)

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Entre los pucheros anda el Señor…

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“No es sola esta persona, que otras he conocido de la misma suerte, que no las había visto algunos años había y hartos; y preguntándoles en qué se habían pasado, era todo en ocupaciones de obediencia y caridad. Por otra parte, veíalos tan medrados en cosas espirituales, que me espantaban. Pues ¡ea, hijas mías!, no haya desconsuelo cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior.”

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Fundaciones 5, 8

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Pedro Aranda Astudillo: Humanizar la humanidad (I).

Miércoles, 14 de octubre de 2020

Mundo (360)“La gente feliz no es rentable, con lucidez no hay necesidades innecesarias”. Antaño se escuchaba “contigo pan y cebolla” pues amar y ser amado era respirar plenitud. El imperio del consumo, del progreso voraz e insaciable trastornó la brújula que nos orientaba hacia el espíritu de la vida, y nos volcó al dominio de la materia y endiosarse con ella. Marshall McLuhan (+1980) uno de los investigadores socioculturales más acertados se refiere cómo las creaciones humanas a su vez “nos amasan” a su semejanza. “Los grandes avances de la civilización son procesos que casi hunden a las sociedades por lo que ellas mismas producen”.

El Covid 19 nos puso el cable a tierra, por ello sólo ataca a los humanos, nos tiene postrados en todo sentido. Profundizar los hechos, obliga. Este virus arrasó los continentes de rey a paje y nos tapó la boca, nos incomoda respirar, de abrazarnos a los codazos. Nos enrostró y desnudó nuestra máxima limitación: ¿qué es un portaaviones con una tripulación infectada? ¡Sucedió! ¡Las prepotencias desplomadas por un virus invisible!

Si desde los humos milenarios nos erguimos como humanos, el virus nos volvió a la igualdad y projimidad en la interdependencia de infectarnos, pero a su vez despertó la solidaridad: ollas comunes entre otras actividades.

Nos puso de señero sublime para siempre al personal de salud, que por meses de meses entregan sus vidas por sus prójimos bordeando la vida y la muerte. Una sociedad, para que sea humana debe entroncarse en sus raíces, todo y todos venimos del gran útero del universo, del útero de nuestra madre, para volver al útero de la tierra. Nacemos como Familia Humana.

Humanizar la humanidad nos es un verbo irrevocable, el reto para la economía, la política, la educación: “El derecho y deber de vivir en paz” entre nos-otros y no contra vos-otros. La pedagogía para reconstituirnos como humanos empieza con “el coraje de estar solos y la valentía de arriesgarnos a estar juntos” Eduardo Galeano. Aprender a escuchar la conciencia, como es un templo, démonos el espacio-tiempo de reconocernos por dentro, donde nacen nuestros comportamientos. Por el algo el virus nos encerró… Es tan perentorio como tomar agua, comer… Pero, nuestra civilización nos redujo al activismo de acciones y reacciones, y, con la pandemia de la prisa “no hay tiempo” para tomar distancias frente a los hechos. ¡El que pestañea pierde!

La masificación de nuestras vidas, en el reino de las comunicaciones nos conectamos con todo el mundo menos con nosotros mismos. Así, nos quedamos vacíos, solos en la interperie del anonimato. Este sufrimiento runruneante nos sangra por dentro pues existimos para convivir. Los animales pueden vivir bien en un zoológico adecuado, los seres humanos al final del día se enferman por una sociedad enferma y un medio ambiente ardiente. “Paren este mundo que me quiero bajar”, un clamor ya de décadas… Humanizar la Humanidad es una exigencia de sobrevivencia.

Pedro Aranda Astudillo. Fundador de la Corporación Gen

Fuente Fe Adulta

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José Arregi: Fe en la humanidad.

Martes, 13 de octubre de 2020

mundo-en-la-caraHace unos días, mientras cenábamos, Malen nos regaló con la lectura de una de esas ocurrencias que tanto le gustan: “Los extraterrestres existen. La prueba es que no vienen”. Nos reímos, y luego yo comenté: “Desde luego, si hay extraterrestres, lo mejor ahora mismo es que no vengan a la Tierra”, y la conversación siguió por derroteros más serios. Tan serios como estas preguntas: ¿Podemos seguir creyendo en esta humanidad? ¿Hay solución para la vida de esta Tierra dominada por el Homo Sapiens?

Confieso con desasosiego que mi fe en la humanidad se ha resentido seriamente en los últimos 20 años. ¿Será por la edad y la disminución de mi energía vital? ¿Será la crisis creciente de este modelo de civilización depredadora, competitiva, violenta y machista, de la que la crisis del 2008 no es más que un corolario lógico de todo lo que precedió y un pequeño anticipo de la catástrofe final venidera? ¿Será por el mundo que vemos o por los ojos con que veo? ¿Será la influencia de mi lectura entusiasta de las obras de Harari, por las alarmas que enciende? ¿O será por un poco de todo?

Sea como fuere, el panorama del mundo a causa de la humanidad –sí, a causa de la humanidad o, más exactamente, a causa de los poderosos de la misma, de su codicia sin límites–, es sobrecogedor. Los desengaños de Obama, la insolencia de Trump, las mentiras de Putin, el despotismo tranquilo de Xi Jinping, las multinacionales insaciables, la dictadura financiera planetaria, ganar, ganar, ganar… La destrucción del empleo, la precarización constante de las condiciones laborales, nuestros jóvenes en masa sin futuro. Siria, Yemen, Libia, Sahel, retrato de un mundo desgarrado…. El colapso ecológico, la alarma climática, la huida adelante. La aceleración constante, la prisa agobiante, la competitividad feroz, el estrés creciente. Diez mil de años de lo que llamamos progreso son la prueba fehaciente de este principio que anuncia el fin: a más progreso, más asfixia.

Y ahora… esta pandemia del coronavirus que nos cerca y nos hunde más aun en la angustia y en la incertidumbre, pandemia de la que no me atrevo a decir que sea consecuencia directa de la intervención humana, pero sí que pone cruelmente al descubierto la profunda fragilidad de nuestra especie en la cúspide de su poder y los radicales desarreglos de este modelo de civilización inhumana, de su afán de competir y de ganar hasta para lograr la vacuna, cueste lo que cueste. Y nos cuesta la vida personal, familiar, social, planetaria, eco-planetaria.

Estoy tentado de decir, aunque me asuste decirlo: Esta especie no tiene remedio, no es viable, camina hacia la destrucción general y su propia autodestrucción. Alguien la definió como “una especie que carece de la capacidad para gestionar sus propias capacidades”. Es capaz de infinita ternura y de sonreír dulcemente, de perderlo todo por ayudar al que no puede, de componer el Cántico Espiritual de San Juan de la Cruz y de cantarlo como Amancio Prada, de inventar mitos y de bailar tangos. Pero también es capaz de las mayores crueldades por odio y venganza, y es incapaz de dominar sus recuerdos, miedos y angustias, y de descansar tranquilamente. Es incapaz de dominar su propio poder y de controlar sus emociones perturbadoras. San Pablo lo dijo en una memorable sentencia: “Hago aquello que no quiero de verdad, y soy incapaz de hacer aquello que quiero de verdad”.

Y así vamos, y así va el mundo por nosotros. ¿Será que caminamos sin remedio a la ruina universal? Resignarse a ello equivaldría a provocarlo. No hallaremos remedio a los males que nos aquejan si no recuperamos la fe en nosotros mismos y en nuestra humanidad común. “Tu fe te ha curado”, decía Jesús a los enfermos que curaba. Era la fe o la confianza que suscitaba Jesús en ellos la que los curaba.

Hace unos días, en la sesión plenaria del Parlamento Europeo, la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen pronunció un vibrante discurso titulado “Construyendo el mundo en que queremos vivir: una unión de vitalidad en un mundo de fragilidad”, y empezó su solemne intervención evocando la figura de Andrei Sakharov y su “fe inquebrantable en la fuerza oculta del alma humana”. Apeló a la mejor tradición y voluntad de Europa, a la urgencia del multilateralismo, a la cooperación. Señaló que “las principales potencias o están abandonando las instituciones o las utilizan como rehenes para sus propios intereses”. Llamó a reconocer “la dignidad sagrada” del trabajo, a dejar atrás la indecisión, a trabajar por una “globalización justa”. Y puso especial énfasis en la urgencia de buscar una solución a las migraciones desde “un enfoque humano y humanitario”. Y terminó diciendo: “Europa será lo que queramos que sea. Construyamos el mundo en el que queremos vivir”.

Me conmovió. Tiene razón: no avanzaremos hacia otra Europa y otro mundo global necesario sin la fe en lo mejor de que somos capaces. Sin nuestra mejor voluntad. La fe es querer lo mejor de nosotros y confiar en ello, o confiar en lo mejor de nosotros y quererlo de verdad. Pero ahí me surge de nuevo la duda lacerante: ¿Somos capaces de querer de verdad o de confiar en lo más profundo y humano que late en nosotros como nuestra posibilidad mejor?

La misma duda debe de abrumar a Ursula von der Leyen que, pocos días después, no logró que los Estados europeos aceptaran unánimemente las medidas políticas, humanas, que la presidenta les propuso en vistas a un Pacto sobre la Migración, y tuvo que conformarse con la “solidaridad voluntaria”, que es como decir: que cada Estado haga lo que quiera, lo que le venga en gana… No se impuso el querer del bien solidario, sino el querer del interés egoísta. Un querer sin voluntad verdadera, un querer superficial sin fe auténtica y profunda en la mejor posibilidad que nos habita. Y por ese camino seguiremos avanzando al abismo.

De modo que, si por esos espacios sin fin hubiera extraterrestres más inteligentes que nosotros y pudiera hablar con ellos, les diría que no vinieran a nuestra hermosa y doliente Tierra, de no ser para traernos un remedio. Pero no creo que el remedio pueda venirnos de otro planeta. Tampoco podemos esperar que intervenga un “Dios” exterior omnipotente, pues ni siquiera podemos creer que existe.

¿Qué podemos esperar entonces? ¿Podemos confiar todavía? ¿Queda algún modo de salvar la vida, la nuestra y la de todos? Yo no veo otro camino que una actuación a fondo, concertada y planetaria, en cuatro campos estrechamente ligados: la política, la educación, la ciencia y la espiritualidad.

No habrá solución si no llegamos a creer y querer de verdad una política global en mayúsculas, una nueva y efectiva Organización de Naciones Unidas, pues, como dijo Emmanuel Macron hace bien poco, “la ONU actual es un sistema desordenado en un mundo desordenado”. No habrá solución sin un acuerdo global para la implantación progresiva de un eco-socialismo democrático y planetario. Las revoluciones violentas llevan milenios demostrando su ineficacia además de su inhumanidad.

Ahora bien, una actuación política concertada y global será imposible sin una educación familiar, escolar, universitaria y permanente en el respeto, el diálogo y la solidaridad como único camino de una vida personal y colectiva buena y feliz.

Pero ni la política ni la educación podrán prescindir del conocimiento científico sobre esta especie viva maravillosa y contradictoria que somos el Homo Sapiens. La ciencia por sí sola no puede ofrecernos la solución, pero no habrá solución sin las ciencias. Creo, concretamente, que las neurociencias y las diversas biotecnologías y los productos farmacéuticos serán absolutamente indispensables para corregir las disfunciones neuronales y genéticas que arrastra nuestra especie desde su origen. No se trata de ningún “pecado original”, sino de lagunas graves de una evolución inacabada, que las ciencias pueden ayudar a encauzar debidamente. La clave será el sabio uso de la ciencia y sus saberes. Mientras los intereses militares y económicos condicionen las ciencias tanto como las condicionan hoy, contribuirán a nuestra ruina personal y colectiva.

Y en último término, o en primer lugar, creo que no podremos confiar verdaderamente en el futuro de la humanidad mientras no asimilemos la sabiduría más humana y profunda que a lo largo de milenios han desarrollado las diversas tradiciones espirituales, religiosas o laicas, con dogmas o sin dogmas, con “Dios” o sin “Dios”. El Homo Sapiens no logrará ser sabio, es decir, no llegará a querer el bien profundo para sí y para los demás, ni, por lo tanto, podrá vivir en paz consigo y con los demás, mientras no aprenda a dejar que brote de él naturalmente lo que es más suyo y verdadero, el ren o la benevolencia en sus relaciones (Confucio), mientras no aprenda a ser como el agua y a vaciarse y a dejarse llevar sin competir (Laozi), mientras no se libere de sus apegos y deseos superficiales, engañosos (Buda), mientras no descubra la única felicidad o bienaventuranza verdadera, la de la paz, la mansedumbre y la compasión con los heridos (Jesús de Nazaret).

Si así fuera, podríamos recuperar la fe en la humanidad, la fe en las energías vitales profundas que laten en el alma o el aliento que nos hace ser. ¿Seremos capaces de creerlo y de quererlo de verdad?

José Arregi

Fuente Umbrales de luz

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Querer el bien.

Domingo, 16 de agosto de 2020

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Es triste tener que lamentar el dolor, pero
no basta con quejarse de él para eliminarlo.

Es el bien lo que debemos querer, cumplir, exaltar.

Es la bondad la que debe ser proclamada en presencia del mundo
para que irradie y penetre todos los elementos de la vida individual y social.

El individuo debe ser bueno, de una bondad que revela una conciencia pura
e inaccesible a la duplicidad, al cálculo, a la dureza del corazón.

Bueno, por una aplicación continua de la purificación interior, de la perfección verdadera;
bueno, por fidelidad a un firme propósito manifestado en todo pensamiento, en toda acción.

La humanidad también debe ser buena. Estas voces que suben del fondo de los siglos,
para enseñarnos todavía hoy con una nota de actualidad,
recuerdan a los hombres el deber que incumbe indistintamente a todos de ser buenos,
justos, rectos, generosos, desinteresados, prontos para comprender
y para excusar, dispuestos al perdón y a la magnanimidad.

*

 Juan XXIII

La documentación católica n°1367

***

 

 

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

“Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.”

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

“Atiéndela, que viene detrás gritando.”

Él les contestó:

“Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.”

Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:

“Señor, socórreme.”

Él le contestó:

“No está bien echar a los perros el pan de los hijos.”

Pero ella repuso:

– “Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.”

Jesús le respondió:

“Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.”

En aquel momento quedó curada su hija.

*

Mateo 15,21-28

***

La mujer de la región de Tiro y Sidón ora forzada y empujada por la necesidad. No puede hacer otra cosa, porque su hija está “poseída“, expresión que, entre otras cosas, significa que la comprensión entre ella y su hija hace tiempo que se ha roto, que ha cesado desde mucho tiempo atrás la inteligencia mutua y que ya no es posible volver a reconocer el alma de la otro detrás de las manifestaciones externas de los gestos y las palabras; como bajo la influencia de un poder extraño, la persona de la otra escapa a la percepción. Eso es lo que la Biblia designa con la terrible palabra “demonismo” (Dämonie). Teniendo presente el tormento de semejante enfermedad, la mujer se dirige a Jesús y, bajo la presión e la necesidad, nada podré detenerla. Impulsada por los desvelos y la preocupación por su hija, no se deja apartar como una pesada, como pretenden los discípulos. Abraza cualquier Forma de humillación y se abandona a una forma de súplica que se podría calificar de perruna, si no se viese en ella precisamente la grandeza de su humanidad.

Así de poderosos pueden llegar a ser los lazos del amor en la súplica de unos por otros .

*

E. Drewermann,
El mensaje de las mujeres: La ciencia del amor,
Herder Barcelona 1996, 134- 135.

***

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Placer

Jueves, 23 de julio de 2020

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Dios todopoderoso fue el primero en plantar un jardín.

Este es ciertamente el más puro de los placeres humanos.

*

Francis Bacon
Ensayo sobre jardines

***

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Félix Badía: Hoy se toman decisiones que determinarán el futuro.

Sábado, 9 de mayo de 2020

copy-yuval-noah-harari-1_1_630x630El historiador Yuval Harari cree que en la crisis del coronavirus las decisiones de hoy de los gobernantes determinarán el futuro: 2021 será tarde para fiscalizarlas.

La expansión de la epidemia y la inestabilidad política y económica derivadas de ella han llevado a la humanidad a uno de esos momentos en que la historia se acelera y entra en un momento crítico de cambio, afirma el historiador y filósofo Yuval Noah Harari (Kyriat Atta, Israel, 1976) en esta entrevista concedida vía correo electrónico.

El autor de libros como Sapiens: de animales a dioses o, el último de ellos, 21 lecciones para el siglo XXI (Debate), y de influyentes artículos sobre la repercusión del coronavirus, cree que los gobiernos están tomando decisiones estas semanas marcarán el futuro inmediato de la humanidad, y que la ciudadanía ha de presionar y controlar a sus gobernantes. Y debe hacerlo ya.

¿Cómo será el mundo el día después del coronavirus?

Somos nosotros quien tenemos que decidirlo. La actual pandemia no nos empuja hacia un futuro de forma determinista; es más, nos obliga a hacer muchas elecciones. Y elecciones diferentes darán forma a futuros diferentes.

Usted ha dicho que las sociedades de las próximas décadas dependerán de las decisiones que tomemos en el futuro inmediato. ¿Estamos, pues, en un momento crítico de cambio para la humanidad?

Sí. La historia se está acelerando: el viejo libro de reglas está quedando hecho trizas y el nuevo se está todavía escribiendo. Hemos entrado en un momento muy fluido históricamente. Estamos llevando a cabo inmensos experimentos sociales con centenares de millones de personas: industrias enteras han pasado a trabajar desde casa; universidades y escuelas han pasado a la enseñanza online; los gobiernos están inyectando billones en la economía y considerando aspectos como la renta básica universal.

“Estamos haciendo grandes experimentos con cientos de millones de personas”

Ambos, gobiernos y personas individuales, están intentando hacer cosas que hace unos pocos meses hubieran sonado totalmente imposibles. En los pasillos del poder se oyen ideas locas. Pero esta ventana de fluidez es corta. Pronto un nuevo orden emergerá y se solidificará, y, por tanto, el momento de influir en la dirección de la historia es este.

En estos momentos en que, como usted decía, la humanidad debe hacer elecciones, ¿qué alternativas se nos plantean?

Nos enfrentamos a muchas. ¿Apoyaría la gente al ascenso de dictadores, o insistiría en que esta emergencia se gestionara de un modo democrático? Cuando los gobiernos gastan millones para ayudar a negocios arruinados ¿salvarán a las grandes corporaciones o a los pequeños negocios familiares? ¿Los países se ayudarán unos a otros en un espíritu de solidaridad global o continuarán con una política egoísta y aislacionista?

Estoy de acuerdo con lo que escribió recientemente el presidente del gobierno español, en el sentido de que esta crisis es una prueba de vida o muerte para la Unión Europea. Si sus países se ayudan entre sí y tienen una política común para detener la epidemia y rescatar la economía, la Unión saldrá de esta mucho más fuerte. Pero si cada país desarrolla su estrategia por su lado, eso puede llevar probablemente a la desintegración de la UE.

Se han tomado y se están tomando decisiones a gran distancia de la gente. ¿Qué pueden hacer los ciudadanos al respecto?

Tenemos que estar alerta porque esta crisis no es sólo sanitaria, sino también política. Los medios de comunicación y los ciudadanos no deberían dejarse distraer totalmente con la epidemia. Naturalmente es importante seguir las últimas noticias sobre la enfermedad en sí –¿cuánta gente ha muerto hoy? ¿cuánta gente se ha infectado? –, pero es igualmente importante poner el foco en la política y presionar a los políticos para que hagan lo correcto.

Los ciudadanos también deberían meter presión a los políticos para que actúen con un espíritu de solidaridad global; para que cooperen con otros países más que culparlos; para distribuir los fondos de forma justa; para preservar los controles y los equilibrios democráticos incluso en una emergencia.

El momento de hacerlo es ahora. Sea quien sea a quien elijamos para gobernar en los próximos años no tendrá la capacidad para revertir las decisiones que se están tomando ahora. Si usted se convierte en presidente del gobierno en el 2021, es como llegar a una fiesta cuando casi ha terminado y lo único que se puede hacer es lavar los platos.

“Quien gobierne en los próximos años no podrá revertir lo que se decida ahora”

Si usted se convierte en presidente del gobierno en el 2021, descubrirá que el gobierno anterior ha distribuido decenas de millares de euros –y que usted tiene una montaña de deuda que devolver–, que el gobierno anterior ha reestructurado el mercado laboral –y que usted no puede empezar de nuevo de cero–, que el gobierno anterior ya ha introducido nuevos sistemas de vigilancia –y que no pueden ser anulados de un día para otro. Por tanto, no esperemos hasta el 2021. Controlemos lo que los políticos están haciendo en este preciso momento.

¿Cómo de importante es la cooperación internacional en la situación actual y, sobre todo, es esa cooperación posible?

Sin liderazgo global, los países no pueden confiar en la información que reciben de los otros. Y esta información es nuestro activo más importante en esta crisis. La gran ventaja de los humanos en comparación con los virus es que nosotros podemos comparar de una manera que para los virus no es posible.

Un virus en Corea no puede aconsejar a un virus en España sobre cómo infectar a gente, pero lo que un médico descubre en Corea por la mañana puede salvar vidas en España por la tarde. El gobierno español afronta dilemas que el gobierno coreano afrontó hace un mes y puede pedir consejo. ¿Por qué repetir los mismos errores que otros gobiernos hicieron en el pasado? Y cuando, en un mes, Argentina vuelva a enfrentarse a un dilema similar, España puede ayudar.

¿Y respecto a la economía?

El liderazgo global es también vital para la producción y distribución de equipos médicos, como ventiladores, tests, mascarillas y guantes. En estos momentos, los países están compitiendo entre sí, de manera que la producción es ineficiente y la distribución es injusta. Necesitamos un acuerdo global para racionalizar la producción y para asegurarnos de que los equipos vayan a los países que más lo necesitan, en lugar de que vayan a los países que pueden pagar más.

El liderazgo también es necesario en el terreno económico. A menos que tengamos un plan de acción global, muchos países pueden colapsar completamente. Países ricos como EE.UU., Alemania o Japón probablemente estarán bien, pero ¿cómo podrán gestionar la crisis países como Ecuador, Egipto o Bangladesh?

“Nuestros mayores enemigos no son los virus, sino la codicia, el odio y la ignorancia”

¿Y cómo se logra la coordinación?

No soy un político y no sé cómo unir a los líderes mundiales y acordar un plan de acción global. Espero que los medios de comunicación y los ciudadanos en países diferentes presionarán a los gobiernos para que piensen globalmente acerca de esto, y para que actúen con un espíritu de solidaridad global. Tenemos que recordarnos cada uno constantemente que mientras la epidemia se expanda en un país, todos los países están en riesgo. Y si algunos países quiebran, los resultantes caos, violencia y olas de inmigración desestabilizarán a todo el mundo.

La información, en la actual situación, es muy importante, pero ¿tenemos poca o demasiada?

La información es nuestro activo más importante. No se puede hacer nada sin información. Incluso las cuarentenas y confinamientos están basados en información de buena calidad. Si usted no comprende cómo se contagia la enfermedad, ¿cómo puede confinar personas contra ella?

Por ejemplo, el aislamiento contra el sida es muy diferente del aislamiento contra el Covid-19. Para aislarse contra el sida, hay que usar preservativo, pero no hay problema al hablar cara a cara con una persona con HIV, darle la mano o abrazarle. El covid-19 es distinto.

Para saber cómo aislarse de una epidemia concreta, primero se necesita información fiable sobre qué la causa. ¿Es un virus o una bacteria? ¿Se transmite a través de los fluidos o la respiración? ¿Pone en peligro a los pequeños o a los de mayor edad? ¿Hay sólo una cepa del virus o hay varias mutaciones?

Entender todo esto es importante no sólo para los gobiernos, sino también para los ciudadanos. Esta es la razón por la que es tan importante dar una buena educación científica en la escuela a todos los ciudadanos. En la crisis actual, si alguien trata de convencerle de una teoría de la conspiración sobre el origen y expansión del covid-19, pídale primero que le explique qué es un virus y cómo éste causa la enfermedad. Si no tiene idea, no confíe en esa teoría. Tener un doctorado no es obligatorio, pero saber un poco de biología básica sí que es necesario.

¿Es optimista o pesimista?

No puedo predecir el futuro, sólo puedo intentar influir en las decisiones que se toman en el presente. En última instancia, creo que nuestros mayores enemigos en esta crisis no son los virus. Nuestros mayores enemigos son nuestros demonios internos: el odio, la codicia y la ignorancia. Si la gente responsabiliza de la epidemia a los extranjeros y a las minorías; si los negocios codiciosos sólo se preocupan por sus beneficios; y si creemos en toda clase de teorías de la conspiración, será mucho más difícil vencer a esta epidemia y viviremos en un mundo envenenado por el odio, la codicia y la ignorancia.

Si en esta crisis mostramos solidaridad con otra gente de todo el mundo será más fácil vencer a la epidemia

Por otro lado, si en este momento de crisis mostramos solidaridad con otra gente de todo el mundo; si ayudamos generosamente a los más necesitados; si fortalecemos nuestra confianza en la ciencia y en medios de comunicación responsables, será mucho más fácil vencer a esta epidemia, y finalmente viviremos en un mundo mucho mejor.

Félix Badía

Fuente La Vanguardia

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La lámpara de Diógenes. “Gaudete” viviendo para…

Jueves, 5 de marzo de 2020

AYpdei10_400x400El lector me excusará de ofrecerle hoy una reflexión abstrusa, aunque solo aparentemente. De atreverse a seguirla y de renunciar al divertimento de una lectura fácil y placentera, seguro que le sacará buen provecho. El título nos pone en el umbral de la sabia reflexión del delirante y austero Diógenes tratando de poner en evidencia la locura, la artificiosidad, el rango social y el engaño de quienes no han descubierto que la honestidad es el alimento propio de la humanidad.

De dónde y a dónde

Desde que nuestro cerebro se desarrolló y adquirimos la capacidad de pensar en abstracto hace unos cuantos milenios, no hemos podido menos de cavilar sobre nuestro origen y destino y, más en concreto, sobre las razones por las que estamos aquí. Las archisabidas cuestiones de dónde venimos, a dónde vamos y por qué existimos de la forma en que lo hacemos se nos plantean a todos en las más diversas circunstancias, si no con frecuencia, sí al menos alguna vez a lo largo de nuestra vida. Pero justificar nuestra existencia, habida cuenta de cuanto la rodea, es tarea harto difícil.

A pesar de lo mucho que la humanidad ha llegado a saber sobre qué es y cómo funciona el Universo y sobre la materia-energía de que está compuesto, no puede decirse que sea mucho lo que sabemos sobre las grandes cuestiones que más nos conciernen. No obstante, todo lo que lenta y laboriosamente hemos ido descubriendo sobre el mundo y las leyes que rigen su imparable expansión, además de mejorar nuestra propia vida, sirve para calmar ansiedades y colmar curiosidades.

El epicentro

Aunque muchos de los avances científicos se produzcan por la necesidad imperiosa de protegerse y por el afán insaciable de apropiarse de los bienes de la naturaleza o de arrebatar a los demás seres humanos lo poco que poseen, lo cierto es que todo paso adelante nos enriquece colectivamente. Adquirimos así un poder al precio de cargar sobre nuestras espaldas la responsabilidad de conservar cuanto manipulamos. Pero los comportamientos depredadores activan las alarmas (Cumbre Climática que trata de sacar algo en claro esta misma mañana) y provocan afortunadamente la proliferación de asociaciones para defenderse de la agresiva naturaleza y de la propia sed de sangre.

Lo correcto es contemplar al hombre como clave de su propio acontecer. Tras haber logrado una alta calidad de vida para muchos, el hombre ha vencido la gravedad de la Tierra y explorado otros sistemas. Sus arriesgadas proezas aeronáuticas mejoran sus conocimientos y abren camino hacia otros mundos con la expectativa de fabricar un hábitat para cuando nuestro pequeño planeta se vuelva inhóspito por agotamiento de recursos o por algún cataclismo circunstancial.

Religión y moral

Pero en torno al hombre giran, además de las investigaciones y aventuras científicas y técnicas, la moral y la religión, las dimensiones vitales más determinantes de su conducta. En cuanto a la moral, el principio regulador apunta a la mejora de todas las vertientes de la vida, evitando peligros y daños y favoreciendo su desarrollo. De ahí que sean reprobables las continuas agresiones que nos infligimos a nosotros mismos, consumiendo sustancias peligrosas o acometiendo deportes de gran riesgo, y a los demás, esquilmando los recursos naturales y envenenando el medioambiente.

En lo referente a la religión, solo un iluso podría mantener hoy que gira en torno a Dios o que Dios es quien dicta las leyes y muestra el camino de salvación. Cuantos ídolos o dioses pululan en el firmamento cultural humano son hechura humana, muchas veces especulativa e interesada. Por lo general, responden a necesidades precisas o al deseo de perdurar en el tiempo en situación de placidez. La palabra “dios” ha sido posiblemente la más manipulada del diccionario a conveniencia de individuos sin escrúpulos o de grupos depredadores. El recurso a poner en boca de Dios lo que uno mismo quiere comunicar y a colocar las debilidades humanas al abrigo de un brazo protector sirve para arrancar servidumbres en quienes buscan resolver sin esfuerzo sus precariedades presentes y sus miedos.

El Maestro

Sin embargo, a lo largo de la historia han surgido muchos líderes que se han proclamado mensajeros del Altísimo. ¿Iluminados o farsantes? Seguro que lo han sido la mayoría, pero sería injusto meter a todos los “profetas” en ese saco. Afortunadamente, ha habido “maestros” capaces de abrir y desbrozar caminos de desarrollo, de bondad y de esperanza. A los farsantes los delatan su fanatismo y sus intereses depredadores, mientras que a los auténticos los aureolan su bondad y su heroísmo.

Sean cuales sean los contenidos reales de la personalidad histórica de Jesús de Nazaret, lo cierto es que sus seguidores lo han convertido en signo de contradicción: mientras a unos les ha servido para doblegar, zaherir y sacrificar a sus díscolos seguidores, otros han sufrido martirio por su causa al acoplar su vida a las consignas evangélicas. La línea divisoria entre unos y otros es la causa del hombre, por quien Jesús apostó fuerte, seguramente más que ningún otro conocido, al trazar el camino de las bienaventuranzas.

El problema

Surgidos de la materia por fuerzas creativas o carambolas químicas que escapan por completo a nuestro propio control, vivimos en un mundo que nos sobrepasa. Cierto que sabemos mucho sobre la materia y sus leyes e incluso sobre nuestra condición de pensantes autónomos, pero nos asombra descubrir a cada paso que el horizonte anhelado se aleja. Y, en el supuesto de lograr pronto sustanciales mejoras, nuestra capacidad de maniobra en el Universo seguirá siendo muy limitada. Seamos producto de una naturaleza caótica, como defienden muchos, o de una inteligencia superior, como dicen otros tantos, lo cierto es que no somos artífices de nuestro propio existir. En este contexto, nunca encontraremos mejor referencia reguladora de la conducta humana que nuestra propia vida.

Hacia esa vida debemos orientar nuestras conquistas gnoseológicas y técnicas, nuestro saber y dominio de los fenómenos naturales. Científicos y predicadores deben orientar sus esfuerzos en esa dirección. Lo que se extralimite terminará indigestándosenos o envenenándonos. El auténtico cristianismo da de lleno en el clavo al proclamar que el Dios desconocido e inalcanzable, el del enigmático “Soy el que soy”, se encarna en un ser humano y se exhibe en la biografía de cada cual haciéndose llamar “padre” y pidiendo trato de tal.

El hombre es, pues, la clave de todo quehacer. Debemos favorecer nuestra existencia y rechazar cuanto la obstaculiza. Debemos propugnar más y mejores valores y achicar la fuerza de sus correspondientes contravalores. La humanización requiere realzar el largo listado de las denuncias que el pobre-rico Diógenes hacía de cuantos ricos-pobres pululamos por doquier, encadenados por codicias insaciables (contrasta poderosamente la pobreza-riqueza de Diógenes, hombre honesto sin bienes ni necesidades, con nuestra riqueza-pobreza de hombres deshonestos atiborrados de bienes y necesidades).

Un hombre cualquiera, incluso el más depravado y deteriorado, es más importante que el dinero, la bandera, la patria, la democracia, el evangelio y hasta Dios mismo. Patria y Dios pierden su razón de ser sin el hombre. Es locura vituperable entregarse a una causa sagrada que dañe a un solo hombre. Tan esclarecedora luz debería ayudarnos a ver los zarzales en que con tanta frecuencia nos metemos. Por paradójico que resulte, a la divinidad anhelada solo se accede escalando la dura senda del servicio incondicional y omnímodo a los seres humanos.

Ramón Hernández Martín

Fuente Fe Adulta

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Bombardeo siempre cercano

Miércoles, 5 de febrero de 2020

mirada-de-esperanza-1-e1579201882934Koldo Aldai Agirretxe
Artaza (Navarra).

ECLESALIA, 17/01/20.- Nos llegan washaps invitándonos a tomar “prudente” distancia del acontecer mundial y más concretamente de la reciente crisis surgida a raíz del asesinato del general Soleimani. Nos cuesta tomar esa distancia, más bien no la deseamos. Queremos estar con la humanidad. Aspiramos a ser uno con ella.

Podemos y seguramente deberemos dosificar telediario, limitar el tiempo que nuestro oído ofrece al dolor del mundo, podemos mantener una conexión controlada con el devenir de nuestros hermanos…, pero nunca de espaldas a ese dolor, nunca al margen de esos avatares. Nos sentimos felices de estar en medio de este tiempo, tan difícil como apasionante, tan complicado com esperanzado. No renunciaremos a ese privilegio.

Los misiles sobrevuelan nuestras cabezas, los cráteres del metal arrojado se siembran en nuestros caminos, brotan a nuestros pies. Nos sentimos íntimamente vinculados al devenir humano. No nos exiliaremos de la geografía ya sufriente, ya carenciada. Las Grandes Almas no han dejado lugar a la duda al respecto: “No queremos devotos nuestros. No necesitamos de nadie que nos alabe. Queremos devotos de la humanidad…” (Maestro Dhwal Khul; expresión no literal) ¿Cómo podremos ser devotos de una humanidad de la que no sabemos lo que le acontece? ¿Cómo podremos ayudar a un necesitado de quien desconocemos sus necesidades?

No es de Ley sacarla del “kit”. La responsabilidad planetaria iba en el contrato de vida. No representa un peso, sino una necesidad, una oportunidad para revertir en clave de evolución. Ahora bien, el compromiso que sea siempre imbuido de cordura, respeto y ecuanimidad, restado de toda emocionalidad negativa. No somos los labios de la maledicencia y el exabrupto. Pensamiento y Verbo siempre rendirán a la Luz. Somos los labios del futuro, la expresión de la esperanza, la manifestación de la nueva Tierra privada de toda suerte de rencor y animadversión.

La música de las esferas llegará después de haber agotado la oración, después de haber atendido al grito del Sur y al estruendo de los bombardeos. Vacaciones de telediario cuando el planeta se instale en amor y fraternidad. Disfrutaremos exclusivamente del “tatami”, el incienso y el silencio, cuando toda herida cicatrizada, cuando todo estómago saciado, cuando todos nuestros hermanos vivan en cooperar y compartir. Gozaremos de las mieles del descanso cuando la humanidad y nosotros con ella, nos hayamos por fin liberado.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Por lo más oscuro amanece Dios

Viernes, 17 de enero de 2020

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Refugiados que vienen y no saben a dónde van…
“Menas”, así les llaman, perdidos, asustados, acosados…
Políticos incompetentes, inconscientes, corruptos y descarados…
Brockers, háckers, financieros, empresarios, psicópatas y encanallados…
Obreros y obreras, parados, desanimados, precarios y desclasados…
Jóvenes empapados de una desesperanza atroz
sólo sustituida a veces por sucedáneos de fugaces ilusiones,
fuegos fatuos, adicciones, espectáculos, ficciones…
Cambio climático acelerado, fascismo, neoliberalismo y terror…

¿Acaso en este mundo presente se puede ser
sencilla y maravillosamente humano
sin que se nos rompa la esperanza, la vida y la fe?

Se lo pregunto a Pulgarcito y me responde:
– No lo sé, de verdad que no lo sé.
No puedo ya volver a casa de mis padres,
¡nos perderían otra vez!

Se lo pregunto a Luis Guitarra
y me lo canta: “¡Hay que desaprender!”

Se lo pregunto a Atlante, aquel gigante
que sostiene sobre sus hombros la esfera:
– ¡Uf!, ¡ya no puedo más, joder!
Este pedazo de joya se me va a caer y romper!

Se lo pregunto a Habacuq y me contesta:
– Gimo ante el día de la angustia…
Pero Dios me da piernas de gacela
y me hace caminar por las alturas.

Le pregunto a Rabindranath Tagore:
– Cada niño que viene al mundo nos dice:
“Dios aún espera del hombre”

Y yo le insisto: Pero ¿qué espera? ¿Qué?
¿Qué?

Entonces se lo pregunto a María y a José:
– ¿Qué te vamos a decir nosotros?
No entendemos lo que pasa…
Pero sabemos lo que nos toca hacer.

Y el Niño Jesús, convencido, balbucea:
– Por lo más oscuro amanece Dios.
Pero hay que estar muy atentos, en vela
y en conexión, perseverantes en la espera…
para que vosotros mismos seáis como yo
la salvación que viene de Dios.

Entonces y aún sin acabar de comprender
del todo las palabras de Jesús…
Se apiada de mí Artabán el mago
y me susurra muy quedo:
“La corteza de esta tierra la podemos recorrer:
Alegrías y tristezas, bondad, locura e insensatez…
Toda la vida aprendiendo; pero quizás sin entender…
Sólo las que se conectan a Aquél que nos da el ser
encuentran la Sabiduría, la Paz y la Alegría…
¡A Dios y que te vaya muy bien!

*

Luis Sandalio

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda
la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Cuando los menas eran niños y niñas españoles.

Los Niños de la Guerra

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Navidad ¿qué va a cambiar?

Miércoles, 25 de diciembre de 2019

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¡Una vez más: NAVIDAD!

¿Qué va a cambiar?

Nada, excepto tú.

Hazte luz y verás la Luz …

Todo está ahí.

No busques en otra parte el significado de este  acontecimiento-advenimiento.

La humanidad fraterna de Jesús lleva el día que tiene que levantarse en ti.

El Dios vivo vuelve a ponerse en tus manos.

Por tí, para crear con Dios y a  su imagen, un mundo de alegría, luz, belleza.

*

Maurice Zundel

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El sentido de la fiesta navideña es la Palabra, de la que el himno de Juan (cf. Jn 1) dice que al principio estaba ¡unto a Dios. De esta Palabra se dice también que se hizo carne y habitó entre nosotros.

        Este es el acontecimiento que celebramos cada año en Navidad: Dios ha venido a nosotros. El nos quita la falta de sentido y las monótonas repeticiones de nuestra vida cotidiana. El mismo es el sentido que da contenido a nuestra vida.

        Estamos acostumbrados a traducir así la primera frase del evangelio de Juan: «En el principio ya existía la Palabra». Pero el término griego logos que se encuentra en nuestro texto, es mucho más amplio. Logos no connota tanto a la pura palabra sino más bien el sentido que viene expresado mediante la palabra. En logos, sentido y palabra son inseparables: el sentido, pues, que captamos en cualquier acontecimiento, supera siempre el episodio concreto que puede ser expresado solamente con palabras. Si uno dice: «Te deseo muchas felicidades» o «Feliz Navidad», no se dirige cordialmente a otro solamente en este momento, sino que con estas palabras expresa algo que trasciende el momento. Así cada sentido supera el momento y el concreto evento en que se produce el encuentro.

        Cuando en Navidad oímos decir: «Nos ha nacido un niño», pensamos en el Niño del pesebre y en todos los demás niños, si bien diferenciándolo de todos, porque él no ha nacido sólo para sus padres, sino también para todos nosotros. También así el sentido del acontecimiento supera siempre el episodio particular, a través del cual ha entrado en nuestra vida. Quien ve sólo lo que tiene ante los ojos no capta el sentido, ni el de la Navidad ni el de la vida en general. El sentido, es decir, la profundidad de la realidad que constituye su contenido. Y porque el sentido de cada acontecimiento trasciende lo que está ante los ojos, para captarlo tenemos necesidad de la palabra.

        Si ahora decimos que: «En el principio era el Sentido», queremos expresar que en el principio era lo que da contenido y significado a toda vida. Ésta es la profundidad de la realidad, de la que se habla cuando se usa la Palabra de Dios. Este sentido último, que confiere contenido y significado a cualquier otro evento, ha sido participado al mundo en el acontecimiento de Navidad.

*

W. Pannenberg,
Presencia de Dios,
Brescia 1974, 119-120).

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“Juntos andemos, Señor”… de la mano de Teresa de Jesús

Martes, 15 de octubre de 2019

Hoy, el Carmelo Teresiano, la Iglesia Católica y muchos creyentes del mundo entero, recordaremos a esta genial mística castellana y española, Teresa de Jesús… Yo os recomiendo vivamente leer sus Obras completas, acercarse a alguna de las buenas biografías que hay en el mercado. Caminemos de la mano de esta mística de la Humanidad de Cristo, maestra de oración que en el capítulo ocho de su autobiografía nos recuerda que, “No es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (V 8, 5).

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“Estando en la Encarnación el segundo año que tenía el priorato, octava de San Martín, estando comulgando, partió la Forma el Padre fray Juan de la Cruz, que me daba el Santísimo Sacramento, para otra hermana. Yo pensé que no era falta de Forma, sino que me quería mortificar, porque yo le había dicho que gustaba mucho cuando eran grandes las Formas (no porque no entendía no importaba para dejar de estar el Señor entero, aunque fuese muy pequeño pedacico). Díjome Su Majestad: «No hayas miedo, hija, que nadie sea parte para quitarte de Mí»; dándome a entender que no importaba. Entonces representóseme por visión imaginaria, como otras veces, muy en lo interior, y dióme su mano derecha, y díjome: «Mira este clavo, que es señal que serás mi esposa desde hoy. Hasta ahora no lo habías merecido; de aquí adelante, no sólo como Criador y como Rey y tu Dios mirarás mi honra, sino como verdadera esposa mía: mi honra es ya tuya y la tuya mía». Hízome tanta operación esta merced, que no podía caber en mí, y quedé como desatinada, y dije al Señor que o ensanchase mi bajeza o no me hiciese tanta merced; porque, cierto, no me parecía lo podía sufrir el natural. Estuve así todo el día muy embebida. He sentido después gran provecho, y mayor confusión y afligimiento de ver que no sirvo en nada tan grandes mercedes.”

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Rel 35;Cfr 7M 2, 1).

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“Lo que pasa en la unión del matrimonio espiritual es muy diferente: aparécese el Señor en este centro del alma sin visión imaginaria sino intelectual, aunque más delicada que las dichas , como se apareció a los Apóstoles sin entrar por la puerta, cuando les dijo: «Pax vobis»“. Continúa diciendo sobre esta unión de Dios y el alma: “Es un secreto tan grande y una merced tan subida lo que comunica Dios allí al alma en un instante, y el grandísimo deleite que siente el alma, que no sé a qué lo comparar, sino a que quiere el Señor manifestarle por aquel momento la gloria que hay en el cielo, por más subida manera que por ninguna visión ni gusto espiritual“. *

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 Moradas. 7, capítulo 2, núm 2,3

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Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allá a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe El con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle.”

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(Libro de la Vida, capítulo 9,1)

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“Bendito seáis por siempre, que aunque os dejara yo a Vos, no me dejasteis Vos a mí tan del todo, que no me tornase a levantar, con darme Vos siempre la mano; y muchas veces, Señor, no la quería, ni quería entender cómo muchas veces me llamabais de nuevo.

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(Libro de la Vida, capítulo 6,9)

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“Juntos andemos Señor.

Por donde vayas tengo que ir,

por donde pases tengo que pasar.”

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(Camino de Perfección 21, 26)

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Entre los pucheros anda el Señor…

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“No es sola esta persona, que otras he conocido de la misma suerte, que no las había visto algunos años había y hartos; y preguntándoles en qué se habían pasado, era todo en ocupaciones de obediencia y caridad. Por otra parte, veíalos tan medrados en cosas espirituales, que me espantaban. Pues ¡ea, hijas mías!, no haya desconsuelo cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que, si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior.”

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Fundaciones 5, 8

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De la Simple Experiencia Espiritual a la Existencia Cristiana, para crecer en Humanidad

Lunes, 14 de octubre de 2019

existencia-cristianaEn estos tiempos de postmodernidad y postcristianismo (tiempos en realidad de regresión espiritual) es habitual, en el ámbito de la espiritualidad, escuchar discursos que oponen la “experiencia espiritual” a la fe (confundida con la creencia), dando a entender que la experiencia espiritual es más profunda que la fe.

En 1959 Jung fue uno de los primeros en expresar esta misma idea en una entrevista en la BBC, en la que al preguntarle si creía en Dios, respondió: “No necesito creer en Dios; lo conozco”. Hoy se ha generalizado esta idea de que la espiritualidad es ante todo un conocimiento, si bien un conocimiento no de tipo teórico sino experiencial, con el riesgo de reducir la espiritualidad al acceso subjetivo (aspecto esencial, a la vez que no el único) que el ser humano tiene de lo espiritual.

Como señaló Leonardo Boff el término “experiencia” hace referencia a un tipo de conocimiento. La etimología de la palabra expresa bien a que conocimiento se refiere: “ex – peri – ciencia”, siendo “ex” una partícula latina que indica “salir de sí”, “peri”, un prefijo griego que significa “alrededor de, por todos los lados” y “ciencia” un modo de hablar del conocimiento. Para Boff el término experiencia haría referencia a un tipo de conocimiento (ciencia) que se logra al salir el ser humano de sí (inmediatez, superación de la separación objeto-sujeto) y abrirse al objeto por todos sus lados o aspectos (no solo los aspectos racionales). La experiencia hace referencia a un tipo de conocimiento, el conocimiento más pleno, de aquello que se manifiesta o muestra a la conciencia (órgano del conocimiento).

En las espiritualidades anteriores a la tradición judeocristiana, la espiritualidad era entendida como un conocimiento, que, o bien, abría a la persona al universo espiritual (valores- arquetipos suprahistóricos) para que guiaran su conducta sin fusionarse con ellos (humanismo espiritual o exoterismo); o bien, llevaba a una supuesta salida de la historia y a la fusión con esas realidades espirituales (gnosis, esoterismo). La forma más plena de experiencia espiritual, la mística (Presencia de la Transcendencia en el seno más profundo de la inmanencia en comunión sin fusión) también se daba en el núcleo de las espiritualidades esotéricas o humanistas precristianas, transcendiéndolas, sin llegar todavía esta mística a poder reconocer la plena realidad y valor espiritual de la historia (la alteridad), como hará la tradición judeocristiana.

El judaísmo será la primera tradición que entenderá la espiritualidad como fe, es decir, más que como una experiencia (conocimiento) como una existencia, un modo de existir (una salida de sí para encontrarse con el Misterio en la historia, al que el corazón- toda la persona- libremente se adhiere). La fe tiene una dimensión experiencial (conocimiento inmediato) y, a la vez, la conciencia de que la experiencia subjetiva es siempre limitada, que hay una realidad más allá de nuestra experiencia, a la que solo la confianza en lo Real (el Misterio) nos permite acceder. La fe tiene en cuenta la realidad de la historia, la realidad de la alteridad más allá de mi interioridad, y eso le hace tomar conciencia de la alteridad del Misterio no reducible a mi experiencia de él, a la vez que accesible a mí porque así Él (el Misterio) lo desea en la Historia de Salvación. La fe se realiza en el cumplimiento de la Ley para el judaísmo.

Con la Encarnación de Jesucristo, toda la historia se vuelve lugar de salvación si vivimos en ella desde Cristo. La fe se libera (integrándola y transcendiéndola) de la Ley para poder vivirse en toda la historia desde la Gracia. La Iglesia será el signo y el instrumento de esa salvación para tod@s en la historia (sin monopolizarla). De este modo, la espiritualidad cristiana será ante todo un modo de vivir, de existir y no solo una “experiencia”, un conocimiento, una gnosis. Pablo llamará a la espiritualidad cristiana una “epignosis”, un conocimiento por encima de la gnosis, que en realidad es una praxis, una manera de existir. No es pues solo una realidad interior, es una realidad interior y exterior, histórica y suprahistórica, individual y colectiva, humana y divina.

La fe cristiana no es una simple creencia, pues supone un encuentro personal con el Misterio (y desde ese encuentro una apertura a las enseñanzas que el Misterio transmite- creencias-) y tampoco es una simple experiencia o conocimiento– aun el de la experiencia mística es limitado-, pues transciende el conocimiento que podamos tener del Misterio; es una existencia vivida en la confianza por y desde Cristo abriéndose al Espíritu que se expresa en toda la realidad ( interior y exterior, “sopla donde quiere”…) que nos lleva al Padre, lo Real.

Las antiguas experiencias religiosas eran concebidas como experiencias de gnosis (conocimiento); con el judeocristianismo la espiritualidad es concebida como fe, que integra la experiencia (conocimiento) y lo que va más allá de mi experiencia, a través de la confianza (fe). Es una espiritualidad manifestada de un modo más pleno, pues se muestra explícitamente esa dimensión que va más allá de la experiencia. En las antiguas experiencias espirituales (más allá de su discurso gnóstico) también podemos encontrar la fe, pero de un modo implícito, por ello, menos pleno.

La fe cristiana, al concebir la espiritualidad como una existencia en relación con un Misterio (Dios) que se hace como nosotros (encarnación) dándonos una dignidad que las viejas religiones nos negaban, nos ayuda a liberarnos de dos de los peligros que tiene la religión:

  1.  El utilizar la religión para dar satisfacción imaginaria a los deseos de omnipotencia infantil que busca la fusión (dominación del Otro) liberándonos imaginariamente de todo límite.  La fe judeocristiana al descubrir la realidad de la historia, de la alteridad, pone límites a ese deseo infantil.
  2. El utilizar la religión para promover la dominación de las personas haciéndolas sentir culpables por no ser perfectas, divinas, atemporales… La fe cristiana ha supuesto la liberación de la culpa y el miedo a la historia, a la existencia, al descubrir que Dios mismo se hace historia, se abaja por amor, liberando y dignificando la existencia, animándonos a nosotros a contribuir a dignificar la existencia de todos, en especial, de los más pequeños y vulnerables (por desgracia, muchas veces el cristianismo ha sido enseñado promoviendo todo lo contrario, la culpa y la dominación).

La fe puede decirse que sería la espiritualidad más plena, pues integra y transciende la experiencia religiosa anterior y alcanza su cumbre en la Mística Cristiana, que es una fe pura o simple en Cristo, en la que se produce la unión con Dios (el Misterio) sin fusionarse con él y en él la unión con toda la realidad.

Una Mística que es una praxis, una existencia, que integra lo interno y lo externo, y no una simple experiencia interna que termina experimentándose en lo externo (vuelta al mercado al final del camino que se dice en el zen) sin llegar a descubrir el valor en sí de lo externo (no solo el valor por su carácter de manifestación del Misterio) como ocurría en la vieja mística.

Olvidar las novedades del cristianismo, que han dignificado al ser humano y le han liberado de miedos y culpas, para construir un mundo más humano y, por ello, más divino, supondría un retroceso a formas más autoritarias y deshumanizadas de vivir la espiritualidad. De ahí, la importancia de recordarlas.

Fuente Cristianía

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“El silencio de los corderos”, por Miguel Ángel Munárriz

Miércoles, 9 de octubre de 2019

286450601-cordero-pastor-baston-acariciarEstán en todas partes. Los vemos a montones en el patio de los colegios cuando vamos a recogerlos. Los vemos también gozando y alborotando en los columpios o en los parques de nuestras ciudades; o corriendo por las calles, o de la mano de sus padres, o sentados en su silleta porque todavía no saben andar. Convivimos con ellos porque son nuestros hijos o nuestros nietos, les decimos que les queremos, les damos todo lo que necesitan, disfrutamos con sus gracias, con sus ocurrencias, nos sentimos felices a su lado… pero estamos aniquilando su futuro con nuestro modo de vida…

Y no solo estamos hablando de que van a tener que soportar unos veranos asfixiantes, o que no se podrán bañar en las playas donde nosotros nos bañábamos porque habrán desaparecido —que también—, sino de cosas que van a condicionar radicalmente sus vidas.

Estamos hablando de que los informes solventes más optimistas afirman que van a padecer una escasez trágica de recursos esenciales para la vida debido a la pérdida de cosechas y la destrucción de los océanos, y que, como consecuencia de ello, se va a producir una situación caótica con migraciones masivas en busca de estos recursos y conflictos generalizados por obtenerlos. Estamos hablando de que van a estar sometidos a todas las enfermedades tropicales como la malaria o el dengue; o que la supervivencia dejará de ser algo que se da por supuesto; o que su esperanza de vida va a quedar seriamente mermada…

Y esto, querámoslo o no, es lo que les espera, pero nosotros hemos creado un espejismo que nos hace vivir ajenos a su futuro. Actuamos como si nada estuviese ocurriendo, sin renunciar a una vida de despilfarro que está acabando con su mundo. Sí, con su mundo, que será muy distinto al nuestro. Ellos son las víctimas, los que van a pagar a doblón nuestros excesos, pero no tienen voz ni tienen voto en este asunto.

Y es este panorama, ya irreversible, el que nos está llevando a muchos a denostar esta cultura cientifista que está engullendo cualquier vestigio de humanismo que pudiese quedar en nosotros. El que nos hace maldecir a todos los mentecatos que a lo largo de la historia nos han asegurado que a través de la ciencia íbamos a controlar la Naturaleza, vencer las enfermedades y lograr en esta vida la felicidad que la religión sitúa después de la muerte. A recelar —por decirlo suave— de aquellas personas influyentes que, haciendo gala de una irresponsabilidad supina, niegan la realidad y propician que nuestra agresión al mundo natural siga en aumento. A perder la fe en un mundo que muestra tal insensibilidad ante lo que está ocurriendo.

Todos hablamos de ecología; la ecología se ha convertido en el mejor eslogan político y comercial de la historia, pero es puro cinismo. Lo cierto es que todos, sin excepción, podríamos hacer mucho más por nuestro mundo… pero no estamos dispuestos a variar un ápice nuestros hábitos, y así esto no tiene remedio.

Cada vez es menor el número de personas que niegan el cambio climático, pero si Ud. es una de ellas, o si alberga dudas al respecto, me voy a permitir enunciar aquí un principio que está generalmente aceptado por aquellos que habitualmente toman decisiones importantes. Dice así: “En decisiones de mucha envergadura hay que dar más peso a los pronósticos negativos que a los positivos, pues las consecuencias catastróficas que acarrearía la confirmación de los primeros, son de un orden de magnitud muy superior a los inconvenientes que pudieran derivarse de sus contrarios”. Es decir, en caso de duda, actúe como si el cambio climático fuese una realidad tan cruda como nos la presentan los expertos más pesimistas.

Miguel Ángel Munárriz Casajús

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Amar nuestra condición humana rota

Lunes, 16 de septiembre de 2019

Del blog de Henri Nouwen:

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 ¡Cuántas heridas traemos con nosotros!. Las traemos también cuando entregamos nuestra vida a Dios. Cuanto más nos abrimos para ser curados, más hondas se muestran nuestras heridas. La tentación es el desánimo. Pero no hay que temer, porque el simple hecho de ser más consciente de nuestras heridas nos muestra que Dios nos da fuerzas para enfrentarlas, y convertirlas en fuentes de bendición, para nosotros y para los otros.

El reto es vivir con nuestras heridas, en vez de pensar sólo en ellas. Mejor llorar que preocuparse; sentirlas, mejor que comprenderlas; dejar que sean parte de tu silencio mejor que hablar siempre de ellas. Tus heridas serán sanantes cuando las pongas al servicio de tu corazón.

El dolor es el lugar donde nace la compasión de Dios, me hace reconocer los pecados del mundo, y los míos propios. El dolor también es oración. El dolor es la disciplina del corazón que ve el pecado del mundo, y es también el doloroso precio para alcanzar la libertad, sin la cual el amor no puede surgir. El dolor es una parte muy importante de mi oración, porque me prepara para llegar a ser como el Padre, cuya única autoridad es la compasión. Une tu dolor al dolor del mundo, al dolor de Jesús, y entrarás en una vida realmente compasiva.

RECUERDA: Nuestra aflicción encierra siempre una bendición oculta.  (Lee las Bienaventuranzas).

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(Ideas de Henri Nouwen)

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La Navidad

Sábado, 29 de diciembre de 2018

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Mallorca

ECLESALIA, 28/12/18.- La Navidad es una fiesta con un sentido tan humano y de tal profundidad que a veces corremos el peligro de celebrarla mal.

Desde el neolítico, todos los hombres y religiones han expresado o celebrado el nacimiento de un dios, porque a lo largo de la historia hay un ambiente de espera o esperanza, de que Dios, un hijo de Dios o un dios, aparezca entre los hombres y por eso el hombre tiene tendencia a inventarse dioses que sean cercanos y nazcan entre los hombres.

El ser humano es un ser que camina en el tiempo en busca de algo y en ese largo camino de siglos, experimenta el hambre de Dios y ese hambre que lleva dentro de sí, le hace caminar. Y en un momento dado Dios acude a la cita.

Cuando buscamos algo y no lo encontramos, puede ser que no exista, pero también puede ser que la búsqueda se esté haciendo donde no está y por eso no se encuentra. Ejemplo del tesoro.

Podemos preguntar al hombre que camina y busca, si iba en buena dirección hacia el tesoro o era un camino equivocado.

Cuando Dios se aparece, lo hace de una forma perpendicular a la línea del camino del hombre, de tal manera que hay un punto en el que la perpendicular y la horizontal coinciden. Entonces podemos decir que Dios se aparece sobre la línea vertical de Dios, pero también en la horizontal del hombre y eso se llama encarnarse. Pero no es que Dios estuvo con nosotros, es que Dios es uno de nosotros, se hace uno de nosotros y a eso los cristianos le llamamos Navidad.

Aquella espera de siglos y de sueños, al fin fue verdad. Navidad es pues el nacimiento de Dios, porque Dios toma carne humana y nace como humano y por lo tanto es nacimiento de Dios.

Mientras la humanidad iba caminando, había vocees que iban resonando en su interior. Son dos millones de años en los que nuestros abuelos, fueron preparando esa ternura que entraña la Navidad, porque durante ese largo caminar, Dios les iba diciendo cosas y esas cosas es lo que llamamos la Creación.

Desde el principio, el hombre intuyó que la montaña, no era una simple elevación del terreno, sino que su simbolismo era la grandeza, porque se acercaba con su cúspide al cielo. Igualmente le ocurre con el mar, símbolo de inmensidad o con el firmamento que identifica con la infinitud. Todo son atributos de Dios.

Y es que la naturaleza, la creación, es un habla de Dios. Todo el paisaje, todo el territorio del hombre le está hablando de las huellas de Dios. Y todo eso que le había ido diciendo de mil maneras, a trozos, decide en un momento decírselo directamente. Y ¿Cómo lo hace?

Cuando Dios quiso decirle al hombre quién era Él, no tuvo otra ocurrencia que encarnarse, hacerse hombre. Así pues cuando Dios quiere decir quién es Él no tuvo más recurso que hacerse hombre.

Ahora podemos decir ¿Qué es el hombre? El hombre es el lugar donde Dios dice quién es Él y esto es lo que celebramos en Navidad.

La Navidad no puede decirse hablando, tiene que decirse como experiencia, porque el hombre es lugar de la revelación de Dios.

Entender la categoría de lo que el hombre es, es fundamental. Si pudiéramos reunir todas las primaveras de nuestra historia juntas, no tendrían tanta belleza y tanta revelación como la cara de un hombre. Ni todas las estrellas del universo contienen tanta revelación como la que es una existencia humana.

Esto es la Navidad y por eso nos pone tiernos, porque intuimos que dentro de nosotros hay mucha riqueza acumulada. Y esto se lo debemos a nuestros padres y abuelos que caminaron hacia la Navidad y a Dios que aceptó colocarse en el camino del hombre para decirle quien era.

A partir de ahora para saber quién es Dios, ya no se lo podemos preguntar a Él, porque eso significa que no hemos entendido lo que es la Navidad. Cuando queremos saber quién es Dios, tenemos que preguntárselo al hombre, porque cuando Dios quiso revelarse lo hace encarnándose, haciéndose hombre.

Es curioso comparar esta encarnación con las mitologías antiguas. Los dioses venían del cielo, hechos y derechos, se casaban entre ellos y con los humanos, eran adultos y cada uno tenía unas características especiales. Israel también esperaba algo parecido, en forma de hombre poderoso, guerrero y dominador de los enemigos.

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Pero ¿Qué ocurre en Navidad? Que Dios se revela haciéndose hombre, pero no en un hombre cualquiera, sino en un hombre-niño. Entonces ¿Dios se revela sólo a los niños? La respuesta es, sí. Y ¿a los mayores? También, si siguen siendo niños. Los niños son páginas en blanco, no tienen pasado, sólo futuro. Y al adulto que pese a los años continúa siendo niño, también se le revela.

Otra característica del niño es su desvalimiento. Somos los seres que al nacer estamos peor preparados para sobrevivir. Lo necesitamos todo: alimentos, calor, cariño. La grandeza del hombre es su necesidad. Porque para construir lo que yo he de ser, es tan grande, que necesito de todo y de todos y por eso debo mendigar.

Y la ternura. ¿Cómo no extasiarse ante la sonrisa inocente de un niño? Algo tiene la niñez que invita al acogimiento, al abrazo, al beso, al cuidado. Así pues, la ingenuidad, el desvalimiento y la ternura son aquello que caracteriza al niño y por lo tanto del hombre.

Y ahora se podemos leer el relato de la Navidad.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Navidad ¿qué va a cambiar?

Martes, 25 de diciembre de 2018

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¡Una vez más: NAVIDAD!

¿Qué va a cambiar?

Nada, excepto tú.

Hazte luz y verás la Luz …

Todo está ahí.

No busques en otra parte el significado de este  acontecimiento-advenimiento.

La humanidad fraterna de Jesús lleva el día que tiene que levantarse en ti.

El Dios vivo vuelve a ponerse en tus manos.

Por tí, para crear con Dios y a  su imagen, un mundo de alegría, luz, belleza.

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Maurice Zundel

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El sentido de la fiesta navideña es la Palabra, de la que el himno de Juan (cf. Jn 1) dice que al principio estaba ¡unto a Dios. De esta Palabra se dice también que se hizo carne y habitó entre nosotros.

        Este es el acontecimiento que celebramos cada año en Navidad: Dios ha venido a nosotros. El nos quita la falta de sentido y las monótonas repeticiones de nuestra vida cotidiana. El mismo es el sentido que da contenido a nuestra vida.

        Estamos acostumbrados a traducir así la primera frase del evangelio de Juan: «En el principio ya existía la Palabra». Pero el término griego logos que se encuentra en nuestro texto, es mucho más amplio. Logos no connota tanto a la pura palabra sino más bien el sentido que viene expresado mediante la palabra. En logos, sentido y palabra son inseparables: el sentido, pues, que captamos en cualquier acontecimiento, supera siempre el episodio concreto que puede ser expresado solamente con palabras. Si uno dice: «Te deseo muchas felicidades» o «Feliz Navidad», no se dirige cordialmente a otro solamente en este momento, sino que con estas palabras expresa algo que trasciende el momento. Así cada sentido supera el momento y el concreto evento en que se produce el encuentro.

        Cuando en Navidad oímos decir: «Nos ha nacido un niño», pensamos en el Niño del pesebre y en todos los demás niños, si bien diferenciándolo de todos, porque él no ha nacido sólo para sus padres, sino también para todos nosotros. También así el sentido del acontecimiento supera siempre el episodio particular, a través del cual ha entrado en nuestra vida. Quien ve sólo lo que tiene ante los ojos no capta el sentido, ni el de la Navidad ni el de la vida en general. El sentido, es decir, la profundidad de la realidad que constituye su contenido. Y porque el sentido de cada acontecimiento trasciende lo que está ante los ojos, para captarlo tenemos necesidad de la palabra.

        Si ahora decimos que: «En el principio era el Sentido», queremos expresar que en el principio era lo que da contenido y significado a toda vida. Ésta es la profundidad de la realidad, de la que se habla cuando se usa la Palabra de Dios. Este sentido último, que confiere contenido y significado a cualquier otro evento, ha sido participado al mundo en el acontecimiento de Navidad.

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W. Pannenberg,
Presencia de Dios,
Brescia 1974, 119-120).

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