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“Y después de la resurrección, ¿qué? “, por José Miguel Martínez Castelló

Sábado, 7 de mayo de 2022

Pascua_2329277062_15459102_660x371“El horizonte de la resurrección es el horizonte de la esperanza”

“En estos días de Pascua, los cristianos tenemos que plantearnos cómo acogemos el misterio de la Resurrección en medio de la historia”

“Siempre me he preguntado por qué a personas ateas les molesta tanto que Dios no exista o no intervenga en nuestros asuntos si no creen en Él”

“En la actualidad afirmar que la resurrección es posible va contra los cimientos de la ciencia que se basan en lo tangible y material y, más todavía, contra los postulados del endiosamiento de las personas que llevan a disfrutar todas sus acciones sin límite alguno, explotando a otras personas por el bien y progreso personal”

Los dos últimos años los recordaremos porque asistimos a unas imágenes en Semana Santa completamente inéditas y sobrecogedoras. Se nos encogía el corazón, en plena pandemia, cuando veíamos la figura del Papa Francisco rezando solo en la Plaza de san Pedro. Los Vía Crucis dedicados a las vidas complejas de los niños y de las personas presas nos traspasaban el alma. Nos recordaban que, aunque todo se paró, el sufrimiento humano seguía su camino impertérrito. Volvió la mal llamada normalidad y el fin paulatino de las restricciones.

 Las muertes por COVID seguían de la misma forma, pero media humanidad apuntaba a un amanecer ante un virus invisible y silencioso. Creíamos que jamás íbamos a vivir una cosa parecida. Se nos llenaba la boca de que habíamos vivido un acontecimiento irrepetible que estaría grabado a fuego en los libros de historia. Ésta, maestra de la vida, no deja de sorprendernos y de cambiarnos el paso porque en la madrugada del 24 de febrero Rusia invadía Ucrania. El mundo contenía el aliento como si de un hecho único se tratara olvidando que en ese momento se daban, y se dan, veintiséis conflictos silenciados: Siria, Colombia, Etiopía, Yemen, Afganistán, República Centroafricana, Israel y Palestina, Myanmar, Mozambique y otros derivados por la acción del Estado Islámico.

De la noche a la mañana despertamos de nuestro letargo bien pensante convirtiéndose en espectadores privilegiados de una masacre retransmitida en directo. Ciudades que desconocíamos como Jarkov, Odesa, Dnipro, Donetsk, Zaporiyia, Lvov, Mykolaiv o Mariupol han entrado a formar parte de nuestras conversaciones como si hubiésemos vivido ahí. Y de pronto, ante todo este panorama, llega la Pascua, la fiesta de la Resurrección en medio de Bucha, Borodianka o la estación de Kramatorsk. ¿Es posible hablar hoy de la redención del hombre, de la persona, de volver a nacer y vencer la muerte en tiempos donde la muerte misma es un negocio a través del mercado de las armas y la tecnología militar?

González Faus en un artículo reciente en RD, De Ucrania a Dios: para creyentes e increyentes, decía: “¿Dónde está Dios ante esas madres desesperadas por no saber cómo liberar a sus niñitos del pánico y del hambre?”. Uno de los objetivos, no sólo del cristianismo, sino de todas las propuestas espirituales, religiosas y de sentido en el mundo actual es qué decir ante los cambios y la transformación de la vida que estamos viviendo; qué tiene que decir frente al absurdo, la desesperanza y el sentido. Por ello, en estos días de Pascua, los cristianos tenemos que plantearnos cómo acogemos el misterio de la Resurrección en medio de la historia y ser conscientes de lo que implica creer en Cristo resucitado y qué vida llevar a cabo a partir de este misterio que es el fundamento de nuestra Fe. Ello nos lleva a dos problemas de primer orden: el problema del mal y la esperanza.

El problema del mal: ¿mutismo de Dios?

Ríos de tinta han corrido a lo largo de la historia para responder al problema del mal. Desde la literatura, a la ciencia, la filosofía, la teología o el arte han intentado hallar orientaciones y respuestas a este interrogante. Debemos caer en la cuenta que hay situaciones que jamás tendrán una explicación completa bajo nuestros esquemas mentales. Sin embargo, en un mundo donde a Dios y a una parte de sus manifestaciones se les ha colocado una sordina, cuando el ateísmo y la increencia se disparan en la juventud a niveles inimaginables, resulta curioso que la misma sociedad vuelva a Dios para explicarse el problema del mal. Siempre me he preguntado por qué a personas ateas les molesta tanto que Dios no exista o no intervenga en nuestros asuntos si no creen en Él.

De ahí que González Faus exprese la interrelación entre Dios y el problema del mal. Necesitamos acudir a Él para encontrar comprensión a lo que vivimos en medio de las oscuridades y tinieblas de la historia: “Si Dios no existe el mal no tiene explicación, pero si Dios no existe el mal no tiene solución”. Nos cuesta asumir y comprender la mera existencia del mal. Anhelamos un mundo perfecto, pero caemos en la cuenta de la imposibilidad del mismo. Ahí tenemos el magisterio de las distopias desde 1984 de Orwell, a Un mundo feliz de Huxley, Fahrenheit 451 de Ray Bradbury o El cuento de la criada de Margaret Atwood. Debemos aceptar que el mal forma parte de nuestro mundo. El sufrimiento es una parte más del todo, de nuestra historia y de nuestra vida: “Pensar en un mundo finito sin mal, equivale, pues, a pensar un círculo cuadrado o en un hierro de madera, porque, en definitiva, seria pensar en un mundo finito-infinito” (Torres Queiruga, Esperanza a pesar del mal).

Ahí donde se dé la realidad humana aparecerá, al mismo tiempo, la carencia, el conflicto y el dolor porque la vida es, por definición, problemática. Esto no implica que nos conformemos con la lógica de la historia y, por tanto, que justifiquemos las injusticias y las diferentes pobrezas que se están cronificando y que necesitan de un compromiso radical para afrontarlas y solucionarlas. El Dios crucificado es el Dios del amor, como diría Whitehead en Proceso y realidad, “el gran compañero, el que sufre con nosotros y que comprende”. Desde el Éxodo al pie de la cruz de Jesús de Nazareth, Dios “está siempre -como apunta Queiruga– al lado del oprimido y del que sufre, apoyando su lucha y alimentando su esperanza”.

Y la resurrección se da en ese mismo momento, cuando la vida puede transformarse, puede cambiar, cuando lo que hacemos, por grande que sea su error, no puede dictar la sentencia final. A pesar de los pesares, Dios no se cansa, como ha apuntado Francisco en muchas ocasiones, de perdonarnos, del mal que ejercemos sobre las personas. Como diría C. Rahner, “si la muerte tiene la última palabra, ¿con qué base podemos esperar?”. El horizonte de la resurrección es el horizonte de la esperanza. Por ello la Pascua es el acontecimiento de salvación para toda persona y para la humanidad entera. Al mal sólo se le puede combatir con el bien y con la esperanza en el espíritu humano.

Para ello se necesitan de las armas más poderosas que existen, las que pueden variar el rumbo de la historia, armas que están silenciadas, que no están financiadas por ningún Estado o industria bélica: el perdón y la misericordia. En la medida que hacemos uso de la explotación y la violencia nos estamos alejando de Dios porque violamos lo que somos y aquello que nos hace ser personas. El Domingo de Ramos, Francisco escribió este tuit que debería guiarnos en esta Pascua: “Cuando se usa la violencia ya no se sabe nada de Dios, que es Padre, ni tampoco de los demás, que son hermanos. Se nos olvida por qué estamos en el mundo y llegamos a cometer crueldades absurdas”.

Estamos en el mundo para construir una civilización de amor y de encuentro. Sólo cuando ofrezcamos esa medida al mundo y a la humanidad esteremos resucitando porque hemos sido creados desde el amor. La cuestión estriba en qué papel queremos despeñar. Nuestro carácter radical de libertad es inevitable y su relación con el mal, también. Pero depende de nosotros, desde el magisterio del sacrificio de Jesús, el modo en cómo afrontamos la realidad que se nos mostrará entre tinieblas, qué duda cabe, pero que serán vencidas por la luz del amor.

2. La esperanza de la Resurrección  

Esta victoria se fundamenta en la creencia que es la base de toda existencia cristiana: “Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quién según su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo a una esperanza viva, mediante la resurrección de Jesucristo entre los muertos” (1Pedro, 1-3). ¿Nacer de nuevo? ¿Qué significa? Jesús se granjeó enemigos por explicar y proclamar las consecuencias de una vida que ha resucitado, que ha vuelto a la vida. Al final de la Cuaresma, el evangelio de Juan así lo constata: “Os aseguro: quien guarda mi palabra no sabrá lo que es morir para siempre” (Jn 8, 51-52). Hoy, como en tiempos de Jesús, expresar aquello que no tiene la fuerza y la presencia de la corriente de la moda, de lo que se lleva y se acepta sin rechistar, incomoda, y Él lo pagó con su vida.

De igual forma, en la actualidad afirmar que la resurrección es posible va contra los cimientos de la ciencia que se basan en lo tangible y material y, más todavía, contra los postulados del endiosamiento de las personas que llevan a disfrutar todas sus acciones sin límite alguno, explotando a otras personas por el bien y progreso personal. Por el contrario, nuestra esperanza no puede circunscribirse a lo que podemos tocar porque tiene fecha de caducidad, desapareciendo de inmediato de nuestro horizonte personal.

La esperanza a la que acogernos tiene que situarse ante algo que no dependa del vaivén del tiempo ni de las circunstancias; tenemos que sostenernos ante una realidad que nos guarde en todas y cada una de las situaciones de nuestra vida. Como diría el teólogo alemán de la esperanza, Jürgen Moltmann, “creer es esperar, si no espero realmente no creo”. ¿Qué esperamos? ¿Esperamos algo? ¿Nuestra fe, nuestra creencia se basa en la resurrección? ¿Podemos decir que el tiempo pascual no es un tiempo más, sino que es la canalización de la expresión máxima de nuestra fe y esperanza?

Con el paso de los años comprenderemos la envergadura y la talla de Francisco. Pasará a la historia con muchos atributos que calificarán toda su acción pastoral. Lo recordaremos, entre muchas cosas, como el que cristalizó el pontificado de la esperanza. Es crítico, como pocos, de todos los vacíos y sin sentidos del sistema económico, social y de vida que llevamos. Sin embargo, no pierde la esperanza en la resurrección de toda persona, en sus posibilidades de transformación, de cambiar y de rehacer su historia para presentar una biografía diferente a la que fue: “No todo está perdido, porque los seres humanos capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse. Son capaces de mirarse a sí mismos y de iniciar caminos nuevos hacia la verdadera libertad”(Laudatio si).

O, “hacer saber a las personas que no hay situaciones de las que no se puede salir, que mientras estemos vivos es siempre posible volver a empezar”(El nombre de Dios es misericordia). Esta esperanza sólo puede surgir de un Dios que se ha hecho uno de nosotros, que ha dado la vida por ti con independencia del color de piel, procedencia, estatus social, inclinación sexual, formación cultural que tengamos, ya que ama sin condiciones, donde se abaja de tal forma que desciende a nuestras heridas, a nuestras necrosis y miserias, para decirnos que en la vida lo más importante no es lo que hemos hecho, sino lo que hacemos y haremos. ¿Quién está libre de tirar piedras equivocadas? ¿Quién? Hasta los que comieron con Él lo traicionaron y no condenó ni afeó su conducta. Los acogió para que forjaran el porvenir de forma diferente; para que hicieran efectivo el Reino de Dios en la tierra.

Como expresó Pablo d’Ors en Religión Digital en plena pandemia: “Creer que todo cuanto sucede -bueno, malo o neutro- es en último término para bien. Ver lo que acontece no como una amenaza, sino como una ocasión para fortalecer el carácter y la relación con los otros y con Dios. Jesús sabe que el mal no tiene verdadero poder sobre este mundo”.

El tiempo pascual representa la victoria de la vida frente al sepulcro. Seremos hombre y mujeres de resurrección cuando no nos dejemos llevar por el derrotismo y la pesadumbre actual; seremos hombres y mujeres de resurrección cuando cada día demos esperanza y vida a cuantos nos necesiten; seremos hombres y mujeres de resurrección cuando trabajemos por la convivencia y la paz ahí donde estemos; seremos hombres y mujeres de resurrección cuando nos convirtamos en la voz de los sin voz del mundo. De esa forma resucitaremos a diario y lo asumiremos como el elemento mas definitorio de nuestra vida y no como un dogma o una quimera de tiempos pasados. Feliz Pascua.

Fuente Religión Digital

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Fragilidad endémica. Gratuidad desbordante

Viernes, 29 de abril de 2022

D4157A15-E756-4B09-9382-685E1272D413Del blog de Ramón Hernández Martín, Esperanza radical:

La vida humana, lo único que importa desde cualquier enfoque que se dé al relato que cada cual pueda escribir, es el epicentro del que proviene y meta a la que se orienta todo quehacer. Es nuestro todo y, sin embargo, es sumamente frágil. De poco sirve convertirse en un “hércules” tras haber desarrollado en el gimnasio una musculatura de acero, o haber sido capaz de coronar los ochomiles del planeta a las bravas, sin mecanismos de apoyo, e incluso haber alcanzado la sabiduría o las habilidades de un genio en algunas de las infinitas ramas en que se bifurcan las actividades humanas, porque basta un vientecillo de nada, un malestar repentino, un imperceptible virus de pacotilla o una simple célula rebelde para llevarnos por delante, en un santiamén, y borrar del mapa cuanto somos y hasta nuestras huellas. Frente a tan palmaria constatación, puede que nuestro más preciado tesoro sea nuestra radical fragilidad para acoplarnos debidamente a lo que hay para sacarle el mejor partido.

A la reflexión de hoy en busca de la sabiduría que dimana de tal circunstancia siguen aflorando la naturaleza y la guerra, los dos tremendos azotes, sumamente destructores, que abordamos en la reflexión anterior, uno de los cuales, la guerra ruso ucraniana, todavía nos azota y acongoja. Por el lado de la naturaleza, el volcán de La Palma, nos referíamos como ejemplo al sufrimiento a que se vieron sometidos los palmeros, y nosotros con ellos, cuando tuvieron que poner pies en polvorosa por los vómitos ígneos de la tierra a la que habían confiado sus vidas y en la que habían depositado sus caudales. Por el otro lado, el de la guerra de Ucrania, esa factura de venta humana que termina siempre en quiebra, constatábamos el tremendo sufrimiento que los seres humanos nos infligimos unos a otros, sufrimiento que va desde la muerte en estos momentos de tantos ucranianos al expolio y a la depauperación permanente de la inmensa mayoría de los ciudadanos de todo el mundo por la avaricia de unos pocos.

De los peores errores que podemos cometer a lo largo de la vida es creernos invulnerables, como si tuviéramos esqueletos de acero inoxidable, y confundir el ser que somos, tan nimio y limitado, con un tener sin límites ni fronteras que nos engaña miserablemente al hacernos creer que lo podemos todo y que viviremos para siempre. Frente a la insensata pretensión primera, la decepción llega en cuanto una vulgar gripe o un simple dolor de huesos se apoderan de nuestro organismo para demostrarnos que hasta el acero inoxidable de nuestra fantasía se convierte en mierda pestilente, dicho queda para no andarnos con rodeos. Frente a la no menos insensata pretensión segunda, la de enriquecerse como si la posesión agrandara nuestro ser, la ruina que uno va dejando tras de sí pronto desmontará el castillo de naipes en que nos hemos convertido al evidenciar que nos hemos dedicado, en vez de a construir, a demoler el rico mundo recibido como regalo de nacimiento.

En contraste con la fatalidad de quienes cometen tamaños errores están, por un lado, los aciertos de quienes, conociendo a fondo su fragilidad, utilizan su flexibilidad entitativa para mantenerse en pie incluso frente a los malos vientos y para echar una mano a otros a conseguir lo propio, y, por otro, la maestría de quienes, por necesitar poco para la vida austera que han elegido, se libran del pernicioso síndrome de Diógenes, del afán desmedido de acumular cachivaches en el trastero de sus cuentas corrientes. No tengo la más mínima duda de que la vida nos va colocando de alguna manera a cada cual en su sitio y de que, en el caso de tener cuentas pendientes y de necesitar ser sometidos a un espantoso juicio final, no hay juez mejor posicionado ni más cualificado que la vida misma. Así lo certifica el aforismo de “quien la hace, la paga” y la certeza de que el juez más insobornable e impasible para juzgar nuestra causa somos nosotros mismos. De ahí que quien se pavonee exhibiéndose como potentado indestructible no tardará en sentir la piltrafa que es de hecho al ver que una minucia cualquiera se lo lleva por delante, y que quien aspire a ser Dios pronto saboreará la amargura de su humillante nadería. Justo lo contrario de lo que le ocurre a quien es consciente de la perentoriedad de su propia existencia, pues ello lo habilita para vivir intensamente sus días, y también a quien necesita poco para vivir, pues siempre andará sobrado.

Abundando en la condición de nuestra fragilidad consubstancial, baste recordar que, cuando la COVID-19 arreciaba, casi todos éramos conscientes de que, caminando por la calle, podíamos “coger un aire” que nos llevaría directamente a la UCI para pasar en ella unos días de vida prestada, en el mejor de los casos, o para, tras prolongados sufrimientos indecibles, tirarla por la alcantarilla en la más absoluta soledad; que, cuando veíamos descender los ríos de lava incandescente por las laderas de La Palma, contemplando atónitos con qué facilidad se tragaba viviendas y haciendas, se nos erizaba el bello imaginando con qué facilidad podíamos convertirnos en carne de parrilla; y, finalmente, que ahora mismo, viendo riadas de ucranianos huyendo de un país tan insensatamente demolido (¿cuánto cuesta levantar una ciudad?) y convertido en cementerio de no pocos soldados invasores, de muchos defensores y de tantos ancianos, mujeres y niños, nos sobrecoge la sinrazón de que un solo hombre, mal aconsejado, pueda convertir la tierra entera en un infierno perdurable.

La conciencia de esta fragilidad radical debería conducirnos fácilmente a la convicción de que la vida es un soplo, aunque vivamos noventa años, y arrastrarnos no solo a desterrar del quehacer humano la muerte como estrategia para obtener algún beneficio, sino también a saborear en cada momento las enormes riquezas que la vida nos ofrece gratuitamente. Raramente somos conscientes de la cantidad ingente de riquezas que la naturaleza nos regala a cada instante. A ellas hemos de añadir las muchas que nosotros mismos podemos conseguir con nuestra industria y las muchísimas más que nuestros semejantes consiguen para nosotros. ¿Somos realmente conscientes de lo que cada día recibimos de los investigadores, del personal hospitalario y farmacéutico, de los agricultores y de los transportistas, por no citar más que un sector social que está soportando el agobio de nuestro insensato desbarajuste social?  ¿Cuántas manos han dejado huella en lo que comemos y en lo que vestimos?

Lo más hermoso de la existencia humana, a pesar de su endeblez y fragilidad consubstanciales, se halla en que los unos nos ayudemos a los otros a vivir, en que los unos nos preocupemos del bienestar y de la felicidad de los otros. Bombazos como los que arroja Rusia sobre Ucrania deberían despertarnos y hacernos caer del guindo para no seguir entronizando el dinero, esclavista de todo acontecer, a fin de no confiarle jamás la dirección de la orquesta humana, tal como desgraciadamente vemos que ocurre todos los días en todas las latitudes. Es muy rica la vida humana para reducirla a una mercancía que puede ser tasada y es muy soberano el hombre, cualquier hombre, para encerrarlo en la mazmorra de la esclavitud. Vivimos poco y, además, lo hacemos por la confluencia de una serie de equilibrios difíciles de mantener, pero, quizá por ello, se nos ha dotado de razón y sentido común capaces de mandar la guerra al carajo y de lograr que florezca la paz. Capaces, en definitiva, de sepultar de una vez por todas el odio y de conseguir que se encarne en nuestro quehacer la utopía del amor. La naturaleza equilibra nuestra estratégica fragilidad con sobreabundancia de riquezas, sobradas para convertir los volcanes en jardines y el infierno humano en cielo de factura cristiana.

Ramón Hernández Martín

Religión Digital, 27.03.2022

 

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No tentarás al Señor, tu Dios

Domingo, 6 de marzo de 2022

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¡Feliz el hombre
que no sigue el consejo de los malvados,
ni se detiene en el camino de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los impíos,
sino que se complace en la ley del Señor
y la medita de día y de noche!
Él es como un árbol
plantado al borde de las aguas,
que produce fruto a su debido tiempo,
y cuyas hojas nunca se marchitan:
todo lo que haga le saldrá bien.
No sucede así con los malvados:
ellos son como paja que se lleva el viento.
Por eso, no triunfarán los malvados en el juicio,
ni los pecadores en la asamblea de los justos;
porque el Señor cuida el camino de los justos,
pero el camino de los malvados termina mal.

*

Salmo 1

***

En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán y, durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado por el diablo.

Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre.

Entonces el diablo le dijo:

“Si eres Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.”

Jesús le contestó:

– “Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre»”.

Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos los reinos del mundo y le dijo:

“Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo.”

Jesús le contestó:

“Está escrito: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él sólo darás culto»”.

Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le dijo:

“Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: «Encargará a los ángeles que cuiden de ti», y también: «Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con las piedras»”.

Jesús le contestó:

“Está mandado: «No tentarás al Señor, tu Dios»”.

Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

*

Lucas 4, 1-13

***

El Evangelio nos presenta este duelo entre Jesús y Satanás. Jesús fue tentado. También él quiere conocer el combate entre el alma que desea permanecer fiel a Dios y el invasor que tratará de desviarla e inducirla al mal. Hay que recordar que cuanto se refiere a Jesús nos toca también a nosotros. La vida de Jesús configura la nuestra; lo que a él le acontece se refleja en nosotros.

¿Fue tentado Jesús? Tanto más podemos o debemos serlo nosotros.

Parece lógica la pregunta, puesto que vivimos en un mundo asediado y turbado por esa iniciativa oculta del que san Pablo llama “el príncipe de este mundo de tinieblas”. Estamos rodeados de algo funesto, malo, perverso, que excita nuestras pasiones, se aprovecha de nuestras debilidades, se deja insinuar en nuestras costumbres, sigue nuestros pasos y nos sugiere el mal. La tentación consiste, pues, en el encuentro entre la buena conciencia y la atracción del mal, y esto del modo más insidioso que se pueda imaginar.

El mal, de hecho, no se nos presenta con su rostro real de enemigo, como algo horripilante y espantoso. Sucede precisamente lo contrario: la tentación es simulación del bien; es el engaño del mal disfrazado de bien, es la confusión entre bien y mal. Este equívoco, que se puede presentar siempre ante nosotros, tiende a hacernos retener como bien donde, por el contrario, está el mal.

*

Pablo VI,
7 de marzo de 1965,
en U. Gamba, [ed.], Pensieri di Paolo VI per ogni giorno dell’anno, Vigodarzere 1983, 279).

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Yo me atengo a lo dicho

Sábado, 22 de enero de 2022

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Yo me atengo a lo dicho:
la justicia,
a pesar de la ley y la costumbre,
a pesar del dinero y la limosna.
La humildad,
para ser yo verdadero.
La libertad,
para ser hombre.
Y la pobreza, para ser libre.
La fe cristiana, para andar de noche,
y, sobre todo, para andar de día.
Y en todo, hermanos,
yo me atengo a lo dicho:
¡la esperanza!

*

Pedro Casaldáliga,

Poeta, profeta y obispo de los pobres sin tierra de Brasil

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“ Nuestra naturaleza es la esperanza”, por Carlos Osma.

Viernes, 7 de enero de 2022

99BEC659-4F88-4D5B-9C2F-6033B6B9436CLeído en su blog:

Podríamos hacer correr ríos de tinta sobre cualquiera de los temas que aparecen delante de nuestros ojos cuando leemos los relatos bíblicos sobre el nacimiento de Jesús: la voz de las mujeres, el respeto a sus decisiones, la marginación social, la humildad, el servicio, el atreverse a correr riesgos, la opresión del poder, la diversidad familiar, el patriarcalismo… Pero hay uno que para mí se presenta como esencial para abordar el resto: la esperanza. Porque las personas LGTBIQ «necesitamos de la esperanza crítica como el pez necesita el agua incontaminada» [1].

La esperanza es algo más que nuestro medio natural, o que la piel con la que sentimos y entramos en contacto con aquello que nos rodea. Las personas LGTBIQ llevamos la esperanza tatuada en cada una de las cadenas de polinucleótidos que forman nuestro ADN. La evolución ha jugado a favor nuestro incrustándola en cada uno de nuestros genes. Tenemos esperanza por naturaleza, o mejor dicho, ella es nuestra naturaleza, y cuando la perdemos, nos quedamos sin identidad, a merced de quienes nos quieren mal, a merced de quienes viven sin esperanza.

No nos cuesta nada imaginar formas de familia diferentes, relaciones diversas, iglesias inclusivas, sociedades plurales y abiertas, o un mundo mejor. Y eso ocurre porque esas son las familias, relaciones, iglesias, sociedades y mundos, donde nuestra vida es viable de forma humana. Pero también, porque otras personas LGTBIQ que vinieron antes de nosotras hicieron posibles muchas de esas esperanzas que en su momento eran imposibles, inviables, inimaginables. No tenemos que esforzarnos demasiado, ni echar mano de una fe inquebrantable, la esperanza surge espontánea, de manera natural, sería estúpido desesperar para quienes hemos visto a lo largo de la vida como nuestros sueños inalcanzables se quedaban cortos ante lo que hoy es nuestra normalidad.

Pero «pensar que la esperanza sola transforma el mundo y actuar movido por esa ingenuidad, es un modo excelente de caer en la desesperanza, en el pesimismo, en el fatalismo».[2] Los relatos bíblicos de la Navidad muestran la esperanza cristiana, a Jesús, como un bebé indefenso de una familia humilde que corrió muchos riesgos para traerlo al mundo. Para que Jesús se hiciera historia, para que pudiera llegar a la vida, no se necesitó únicamente esperanza, sino también práctica, acciones decididas. Para que nuestra esperanza innata, biológica, genética, profética, no se quede en nada, para que se expanda y alcance también a quienes hoy la necesitan, urge compromiso. Tampoco las amenazas que pretenden hacer retroceder nuestros derechos y libertades, se esfumaran únicamente con esperanza.

Hay muchas personas LGTBIQ a las que su identidad les pesa, que lo único que quieren es vivir en paz, sin necesidad de echar mano de la esperanza. Sienten como una responsabilidad que no han pedido el hecho de tener que transformar sus familias, sus relaciones, la iglesia, la sociedad y el mundo. Solamente aspiran a ocupar los espacios que les dejan, y a alimentarse con las migajas que las buenas personas les lanzan. El mundo tal y como está les es suficiente, la esperanza les atormenta. Por eso se sienten a gusto en los establos donde habitan quienes no son merecedores de derechos humanos, en lugares donde el frío de la noche hace imposible sus sueños. Pero muy a su pesar, en esos establos se hace siembre un hueco la vida de donde surge la esperanza cristiana. No es posible para las personas LGTBIQ evadirse de la esperanza por mucho tiempo, al final resurge, es nuestra naturaleza, y lanza un grito desesperado, como el de un bebé que necesita la leche materna para sobrevivir.

Lo que esperamos tiene que ver con nuestra vida, pero también con la de los demás. Tiene que ver con el respeto a la diversidad, pero también con la eliminación de cualquier discriminación. No es esperanza exigir que todo el mundo tenga derecho a amar a cualquier persona, pero no exigir que todo el mundo tenga derecho a un trabajo digno, o a un hogar, a la libre circulación, a poder desarrollarse y expresarse libremente en el lugar donde ha nacido, a tener hijos o no tenerlos… Las esperanzas no se pueden agotar en lo particular, lo que las caracteriza es que tienen un imán que las aproxima a otras esperanzas.

Tratar de vivir en la esperanza concreta tiene sus riesgos, contradicciones y fracasos. Sin embargo para nosotras no hay elección posible, no la podemos arrancar de nuestro ADN, siempre acaba por resurgir, huyendo del cielo y de los imposibles para tomar forma en el presente, quizás de forma imperfecta, pero muy real. No esperamos a mañana, ni al más allá, esos no son nuestros espacios, los nuestros son el hoy y la realidad. Porque el Mesías, cuyo nacimiento celebramos estos días, no nos trajo doctrinas, ni nos llamó a la pasividad y la resignación, sino que «nos mostró como los objetos de nuestra esperanza se encarnan día a día en realidades concretas»[3]. Celebrar la Navidad, es vivir y celebrar la vida bajo esa esperanza.

Carlos Osma

Notas:

[1] Paulo Freire, Pedagogía de la esperanza, México: Siglo XXI Editores 1999, p.24.

[2] Ibid. 24.

[3] Enric Capó, Per què i per a què sóc cristià, Madrid: Fliedner Ediciones 2011, p.96

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Dios nos ha tomado la delantera.

Martes, 4 de enero de 2022

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Hay que tener confianza en Dios, hermano/a,
pues Él ha confiado en nosotros.
Hay que tener fe en Dios,
pues Él ha creído en nosotros.
Hay que dar crédito a Dios,
que nos ha dado crédito a nosotros.
¡Y qué crédito! ¡Todo el crédito!
Hay que poner nuestra esperanza en Dios
puesto que Él la ha puesto en nosotros.

Singular misterio, el más misterioso:
¡Dios nos ha cogido la delantera!

Así es Él, hermano/a, así es Él.
Se le desborda la ternura por los poros,
nos alza hasta sus ojos, nos besa,
nos hace mimos, cosquillas y guiños,
y sueña utopías para nosotros
más que las madres más buenas y apasionadas.

Dios ha puesto su esperanza en nosotros.
Él comenzó, ya en los orígenes, y no se cansa.
Él espera que el más pecador de nosotros
trabaje, al menos un poco, por sus hermanos.
Él espera en nosotros más que nosotros mismos,
¿y nosotros no vamos a esperar en Él?

Dios nos dio su Palabra,
nos confió a su Hijo amado
que vino a nuestro mundo y casa;
nos confió su hacienda,
su Buena Noticia,
y aún su esperanza misma,
¿y no vamos a poner nosotros
nuestra esperanza en Él?

Hay que tener confianza en la vida
a pesar de lo mal que dicen que está todo.
Hay que tener esperanza en las personas, ¡en todas!
Sólo en algunas hasta los fariseos y necios la tienen…
Hay que confiar más en Dios
y echarnos en sus brazos y descansar en su regazo.

Hay que esperar en Dios.
Mejor: hay que esperar a Dios.
Y si todo esto ya lo hacemos,
una cosa nos falta todavía:
Hay que esperar con Dios
a que su Palabra se haga buena nueva
en nuestras entrañas,
en su casa, que es nuestra casa.

*

Florentino Ulibarri
Fuente Fe Adulta

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Bienaventuranzas de la mirada

Jueves, 16 de diciembre de 2021

Del blog de José Arregi Umbrales de Luz:

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Felices quienes detienen su mirada sin prisas, quienes miran de frente, quienes no rehúyen la mirada de los demás.

Felices quienes fijan su más atenta mirada en los hechos más cotidianos y, en apariencia, insignificantes.

Felices a quienes lo inmediato, los problemas diarios, no les impide seguir alzando su mirada hacia el horizonte.

Felices a quienes el paso de los años les limpia las telarañas de los ojos y convierte su mirada en clara transparencia.

Felices quienes contemplan y logran ver más allá: las causas y las consecuencias de cada situación.

Felices quienes al mirar una hoja de hierba, el poema azul del mar, la belleza de unos ojos encendidos, sienten palpitar el universo muy dentro de sí.

Felices quienes se dejan deslumbrar, quienes revelan el negativo de cada circunstancia, quienes se dejan sorprender por los fogonazos de la realidad.

Felices a quienes su mirada, sin perder la objetividad, se vuelve contemplativa y adquiere los colores de la luz, de la ternura, de la sombra, del auténtico espíritu de vida que anida en cada ser humano, en nuestra Madre Tierra, en el Universo del que humildemente formamos parte.

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Miguel Ángel Mesa

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“ Si conociéramos el camino de la paz… ”, por José Arregi

Sábado, 11 de diciembre de 2021

paloma_de_la_paz_by_azafranzDe su blog Umbrales de Luz:

Los profetas de Israel habían anunciado la paz –el Shalom– para otro tiempo, el futuro mesiánico en el que habría de llegar el Mesías, el rey descendiente de David, “príncipe de la Paz” (Is 9,5), rey descendiente de David. Entonces, escribió Isaías, “de las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra” (Is 2,4-5). Entonces “habitará el lobo junto al cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el ternero y el leoncillo pacerán juntos (…). Nadie causará ningún daño en todo mi monte santo, porque el conocimiento de Dios colmará la tierra como las aguas el mar” (Is 11,6.9). Entonces gozarán las gentes la paz de la RAE: no habrá guerras ni armas, nadie provocará ni padecerá ningún daño ni desastre. Entonces la Tierra rebosará de paz, como los mares rebosan de agua. Podrá ser un futuro lejano o cercano, futuro en todo caso. “Entonces”. Pero será, no os resignéis. Resistid.

¿Qué sería de la historia de la humanidad sin ese sueño, sin ese impulso y acicate de la utopía? Ernst Bloch, marxista crítico, pensador de la esperanza, explicó perfectamente los dos aspectos o funciones que desempeña la utopía: la función crítica o negativa y la función operativa o positiva; crítica del presente por un lado, esperanza eficiente y constructiva del futuro por otro lado. No podemos conformarnos con la permanente guerra que vemos, ni con la mera crítica de lo que tenemos. Construyamos hoy la casa de la paz del futuro, la ciudad de paz.

¿Y si no logramos construirla? Aunque nunca lo logremos, merece la pena que intentemos en paz conseguir la paz. Eduardo Galeano lo dijo perfectamente: La utopía es horizonte; no se puede alcanzar el horizonte, pues se aleja a medida que avanzamos hacia él, pero el horizonte nos muestra por dónde caminar, hacia dónde avanzar.

A Jesús le movía el mismo espíritu de los profetas, su clamor de esperanza: habrá paz sin angustia en los corazones, habrá paz sin injusticia en la Tierra. Pero a esa antigua esperanza profética Jesús le dio un nombre nuevo: “reinado” o “reino de Dios”. Y, sobre todo, introdujo una novedad en su profético: “El reinado de Dios, a saber, la supresión de todas las injusticias y opresiones, la curación de todas las enfermedades y malestares, la desaparición de todas las inquietudes y angustias, no es para luego, es para hoy. El reino de Dios ya viene, está llegando, haciéndose presente. ¿Queréis una prueba? Ved cómo los enfermos empiezan a curarse. Ahora es el momento de la gran paz”. ¿Habló así el Jesús histórico? Así parece, en efecto, pero no nos interesa tanto lo que el Jesús histórico pensó, dijo o hizo exactamente, sino la figura inspiradora que nos ofrecen los relatos, releídos libremente, “espiritualmente”.

El mensaje de esperanza de Jesús debió de tener cierto eco y éxito en el pueblo llano de Galilea, especialmente entre los pescadores y campesinos de la zona del lago Genesaret.  Sin embargo, el reto era ganarse a Jerusalén, y allí se encaminó, y allí “fracasó”. La élite social –los “saduceos”– y religiosa –los principales sacerdotes y escribas– de la “ciudad santa” prefería “la paz del orden” que dirá San Agustín 400 años después más bien que la paz subversiva que anunciaba el joven profeta galileo. Y decidieron que era mejor quitarlo de en medio. Sabemos lo que siguió. Jerusalén se convirtió para Jesús en encrucijada y viacrucis. (El fracaso será, sin embargo, reconocido como martirio y, por lo tanto, como pascua, resurrección).

Jesús presintió lo que le venía, pero no lo rehuyó, lo afrontó. Y no lo afrontó con violencia, sino con tristeza, la tristeza de ver que la ciudad santa se negaba a la paz y, al negarse a ella negaba su propio nombre y su ser. Pues Jerusalén, como se sabe, significa en hebreo “ciudad de la Paz”, y era desde antiguo la imagen de todos los sueños y esperanzas de paz. Al avistar la ciudad desde lejos, los peregrinos la saludaban deseándole la Paz, Shalom, y cantando llenos de alegría: “Vivan en paz los que te aman. Reine la paz dentro de tus muros. En nombre de mi familia y de mis amigos te digo de todo corazón: La Paz contigo” (Sal 122,6-8). También para Jesús, escuchar Jerusalén significaba respirar la paz, decir Jerusalén significaba ofrecer la paz. Había llegado a la ciudad como peregrino, quizá albergando la ardiente esperanza de que, justamente con ocasión de su peregrinación, iba a reventar y florecer el reinado de Dios, la paz plena transformadora de todo, la paz renovadora de todas las cosas.

Pero no. Tampoco esta vez sucedió. Intuyéndolo, y mirando a la ciudad desde el monte de los Olivos, lloró sobre ella y en tono de pesar y lamento más que de queja y reproche le habló diciendo: “¡Ay Jerusalén, si en este día comprendieras tú también el camino de la paz!” (Lc 19,42). “¡Si supieras cómo encontrar la paz!”. No hay palabras de condena. Pero el camino a la paz es más difícil de lo que Jesús había creído al principio, y no solo en los notables de Jerusalén, sino incluso en aquellas y aquellos que le siguen más de cerca y peregrinan con él. Y en el mismo Jesús, a quien pronto se describe bañado en sudores de angustia en el huerto de Getsemaní, perdida la paz, y poco después gritando en la cruz, perdido también Dios… ¿Cómo podríamos reprocharle haber perdido la paz?

Nadie pierde ni quita la paz a sabiendas, sino por ignorancia. Nadie pierde y quita la paz a propósito, sino por impotencia. Incluso quien provoca una guerra la provoca con el propósito de lograr una paz a su manera. Quien hace daño lo hace en busca de algún beneficio. Quien renuncia a la paz lo hace porque no conoce la paz, no porque no la quiera o porque prefiera el enfrentamiento. No hay enemigo que no prefiera la paz, no hay malhechor que prefiera el mal. Somos errantes que no encuentran el camino, no culpables. Tal vez fue esto lo que el mismo Jesús comprendió, incluso mejor que cuando habló con dolor a Jerusalén, cuando sufrió la congoja de Getsemaní y de la cruz. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). Y su última palabra es el Todo, vacío y plenitud que queda cuando todo se ha perdido: “Padre, en tus manos confío mi aliento vital” (Lc 23,46). Lo que queda es el eterno Aliento de la Vida.

Desde esta su última palabra y desde su plenitud de aliento nos habla también a nosotros, como nos hablaría cualquiera que ha encontrado el camino de la paz a través de la angustia, nos hablaría con pesar y compasión: “¡Ay si encontraras el camino de la paz! ¡Si supieras distinguir entre la apariencia de la paz y el don de la paz, entre la paz del poder y la paz de la misericordia, entre la paz del Imperio y la paz del Aliento, entre la paz ilusoria y la paz verdadera! ¡Si dejaras de castigarte a ti mismo y al prójimo y dejaras que la paz que te habita te guíe por el camino de la paz! ¡Si comprendieras que, como para todos los peregrinos, también para ti lo esencial no es la meta sino el camino, que el camino mismo es el destino! Está en tus manos. Tienes a mano el camino de la paz, abierto ante ti: en ti mismo, en el prójimo, en la naturaleza, en todo cuanto es. Levántate y camina en paz”. Caminemos en paz.

Todos los caminos –tú mismo, tu prójimo, la naturaleza, todo cuanto es– son uno, como una es la paz. El caminante de la paz recorre a la vez todos los caminos. Y no para llegar alguna vez a la paz plena y definitiva, sino para seguir el camino en paz aun cuando pierda la paz. El horizonte de la paz nos guía en el camino.

(Versión libre del artículo publicado en euskera en la revista Hemen, n. 68 / 2020, octubre-diciembre, pp. 8-11)

Aizarna, 2 de diciembre de 2021

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Esperanza esperanzada. Espera. Comienza el Adviento.

Lunes, 29 de noviembre de 2021

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Comienza el tiempo de Adviento, tiempo de espera, pero no cualquier espera, sino una esperanzada, no la rutinaria  de saber que todos los años celebramos el Adviento y después la Navidad.

La espera que este año queremos vivir es una espera consciente, llena de ilusión y fuerza, la espera esperanzada de la novedad que llega.

No es siempre lo mismo.  Cada año el Adviento viene con la novedad de ese tiempo de espera, que puede ser pasiva, un tiempo del cronos del reloj, donde dejar pasar los minutos hasta la llegada de Jesús, o un tiempo donde vivimos la espera con un contenido nuevo, un latir diferente del corazón, no con los  latidos de siempre, sino con los latidos del ahora.

Pero este año es diferente, porque estamos en una aventura nueva, la de la sinodalidad, la de la comunión real, la de abajarnos para encontrarnos en la raíz que somos, y en la Raíz que nos sustenta: Cristo.

No dar nada por sabido, vivir como si no supiéramos el final y poner  todo lo que somos en el proceso de este tiempo.

Dejar que la semilla brote en el interior y en vez de intentar dirigir su crecimiento, permitir  que el mismo proceso interior la haga crecer, y así también nosotras, crecer en la sabiduría de dejar a Dios ser semilla en nosotras.

No  dar por supuesto nada, acoger  los mensajes y gestos de las  demás en una escucha atenta, percibir  las palabras más allá de las palabras, en esa expresión que mueve el fondo de las personas, y posibilita la novedad  de las mismas, que nunca tuvimos tiempo para atender.

No sabemos las facciones del niño que esperamos, pero lo que sí sabemos es que vivió  descentrado de sí y eso posibilitó  el crecimiento  y la  libertad  de vivir para los demás, y con ello nos mostró  el camino  para plenificar nuestra vida en la comunión del amor.

Que este año no nos comamos el proceso de gestación de acompañarnos y vivir cada instante como el único, siguiendo esa sabiduría interior que nos capacita para ser seres en libertad, seres plenos,  que cada año nacen para poner facciones nuevas al rostro de Dios.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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La muerte está vencida

Martes, 2 de noviembre de 2021

Del blog ya desaparecido À Corps… À Coeur:

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¡Ver los cementerios como un lugar de vida! Es en la Eucaristía donde estamos más en comunión con nuestros difuntos. Sin embargo, los cementerios son una proclamación magnífica de la esperanza en la resurrección de la carne, bien más allá del postulado simple y arbitrario de una cierta supervivencia del alma. Allí están aquellos a los que los primeros cristianos llamaban ” los durmientes “. Y es a sus hermanos vivos para Dios, por quien los cristianos van a visitar el cementerio. Si se va a la tumba del Cristo, aunque esté vacía, precisamente es porque allí se produjo la resurrección de Cristo, la prenda de nuestra propia resurrección. Mantengamos nuestras tumbas pero no cultivemos la flor del tormento, de la culpabilización. Tenemos algo mejor que hacer: reguemos la flor de la Fe, entonces hagamos de nuestros cementerios  bellos jardines de esperanza! “

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Père Pierre Trevet

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¡La Eucaristía! Es el regalo más bello que puede ofrecerse a los que “se fueron”. La Salvación ya ha sido dada de una vez para siempre por la muerte y la resurrección de Cristo, pero la actualización de la misa va a abrir el corazón del difunto y a alumbrarlo con una luz nueva. Si está en el “Purgatorio“, la misa es potencia de liberación. Si ya está en el Cielo, podrá utilizar este don con una “inteligencia” celeste para los de la tierra que lo necesitan más. Comprendamos que es también un regalo para los vivientes porque purificar y lavar nuestra historia pasada aporta bendición en el presente y en el futuro.

 

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No se debe morir cuando se ama. La familia no debería conocer la muerte. Se unen para la eternidad, y para la eternidad dan la vida a otras personas. La muerte no es sólo el huésped que no se puede evitar. Se podría decir que es un miembro de la familia, un miembro celoso que, cuando llega, aleja a otros.

Sea quien sea la persona que veamos alejarse, la vida queda cambiada. Toda muerte lacera la carne común. La familia, precisamente porque es preparación para la vida, es también preparación para la muerte, y en esta cita común con el misterio no es posible saber quién será llamado el primero.

żPor qué no se nos permite morir al mismo tiempo? Éste sería el deseo más vivo del amor, una nueva bendición nupcial a la que consentiríamos con alegría. Pero ese caso es muy raro. La Providencia tiene otros fines. Algunos de ellos son evidentes, otros se nos escapan. Por eso es difícil la fe. Nos creemos víctimas de la fatalidad, y no pensamos que, también con la muerte, sigue siendo el amor un don insigne. En una casa hay desgracias mucho más graves que la muerte. ¡Cuántas tragedias ocurren sin que nadie haya desaparecido, y cuánta ternura conservada en ausencia de las personas queridas!

La muerte no es siempre una enemiga. Mientras la padece, el amor es capaz de vencerla. Vivir significa con frecuencia separarse; morir significa, en cambio, reunirse. No es una paradoja: para aquellos que han llegado al amor más grande, la muerte es una consagración y no una ruptura. En el rondo, nadie muere verdaderamente, porque nadie puede salir de Dios. Ese que nos parece haberse detenido de improviso continúa su camino. Ha sido como pasar una página, mientras escribía su vida. De él hemos perdido lo que poseíamos de una manera temporal, pero se posee para la eternidad sólo lo que se ha perdido. La vida y la muerte no son más que aspectos diferentes de un único destino; cuando se entra en él con el corazón, ya no se distingue.

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A. G. Sertillanges,
Nos disparus,
París 1970, pp. 5-10, passím.

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Esperanza

Martes, 19 de octubre de 2021

Del blog Nova Bella:

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Por la esperanza somos hijos de nuestros sueños

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María Zambrano

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Esperanza invencible para tiempos convulsos.

Martes, 25 de mayo de 2021

ob_b7f687_01-sanctuaire-1609-rachel-122725ºaniversario de la muerte de los monjes de Tibhirine

Mari Paz López Santos
Madrid

ECLESALIA, 21/05/21.- El 21 de mayo 2021 se cumplen 25 años de la muerte de los monjes de Tibhirine: Christian, Christophe, Luc, Paul, Michel, Célestin y Bruno. Fueron beatificados en 2018 junto con otros religiosos y religiosas que perdieron la vida violentamente. Al acercarse la fecha he pensado mucho sobre qué sostuvo a aquella comunidad de monjes para mantenerse junto a sus vecinos musulmanes, que sufrían la misma violencia.

Qué les animó a un discernimiento tan profundo sobre su posición ante tal situación y seguir en el día a día de su vida monástica, atentos al crecimiento interior como comunidad, como personas que sentían el miedo ante la amenaza exterior, como monjes cristianos, atentos a la escucha, desde el corazón, de la palabra de Dios que iba indicando cómo y por dónde; y su compromiso con quienes reclamaban su ayuda, su palabra, su compañía…

También he estado pensando que el testimonio de los hermanos monjes de Tibhirine puede ser una luz inmensa para alumbrar el oscuro mundo de enfrentamientos de todo tipo: desidia y confrontación en la vida política a base de imagen y manipulación. Odio intencionado y expandido en el ambiente tras los aplausos del primer tramo de la pandemia, olvido de los que murieron y siguen muriendo… ¡Detrás de los números de las estadísticas hay personas!, pero se nos acostumbra el oído. Ambiciones económicas que impiden la vacunación a quienes no pueden pagar la vacuna. Violencia preocupante en Colombia. Conflictos enquistados en la historia que resurgen virulentos, como en Oriente Medio, palestinos y judíos en lucha desigual; inmigrantes en tantas fronteras del mundo, en nuestras costas y en el fondo del mar.

Y mientras le daba al “punto y aparte” llega a mis oídos la tensión entre Marruecos y España y la avalancha de personas intentando llegar a frontera a través de Ceuta…

Concluyo esta relación con un pensamiento bastante triste: el homo sapiens no es tan sabio como se cree y vive embutido en una espiral que, como no se pare a pensar y razonar hacia dónde va y qué destruye por el camino, sólo la Naturaleza quedará para poner el cartel de “Cerrado por incompetencia”.

¿En qué nos pueden ayudar en estos momentos los monjes de Tibhirine?  Su experiencia de vida nos mostrará que hay una esperanza invencible a la que todos estamos llamados. Dejemos que nos contagien…

Christian de Chergé, superior de la comunidad de Tibhirinese definía como “oculto testigo de una esperanza, de una esperanza invencible”. Muchos años antes de los sucesos, el 28 de junio de 1974, ya en Tibhirine, escribe a su familia y amigos de Francia, a modo de cartas. El primer texto lo titula: “Un hermano día a día, o crónica de la esperanza”: “Dividido en sentido horizontal por las exigencias fraternales de todos los días; dividido en sentido vertical por la loca esperanza de VER A DIOS, y tener que buscar el equilibrio de la cruz que transfigura toda realidad, a fin de arrancar a todo ser ese reflejo de Dios que revela la complicidad escondida del Creador y de toda Criatura; y por lo tanto la cualidad, la autenticidad humana de todo aquello que se logra con la esperanza invencible de una caridad (un amor) posible, simplemente porque DIOS ESTÁ ALLÍ”. Nos espabilan… “Para que cada detalle (en nuestra vida) recobre su importancia, es necesario con toda urgencia restituirle a la esperanza sus ojos de niño…” (“La esperanza invencible”, Christian de Chergé, Ed. LUMEN, págs. 8, 19, 20,21).

Restituir la esperanza en la vida, cada día, cada instante, abriendo bien los ojos del corazón que tienen la pureza de la mirada de los niños. ¿Difícil? Sin duda. Vivimos cercados por un individualismo desmedido; ejercemos una insana prepotencia ante las situaciones que, supuestamente, debemos controlar personal y férreamente; no está bien visto mostrar necesidad ni material ni afectiva; y todo servido en un auténtico desconocimiento de lo que es la esperanza, ese ingrediente necesario para seguir adelante erguidos, empáticos, compasivos, alegres, humanos… hermanos.

Mientras pensaba en el 25º aniversario de la muerte de los monjes de Tibhirine, llegó a mis manos algo que no tiene que ver con ellos pero que también me habla de esperanza de la buena, de la invencible. Es un pequeño folleto del año 1991, titulado: Siempre es posible la utopía” de Pedro Casaldáliga, Circular de Navidad, Año Nuevo 1991, más una entrevista que le hizo Benjamín Forcano, que me trae el eco de un hombre, religioso y obispo de los pobres y con los pobres: “Esperando contra toda esperanza, sí. Esta es nuestra esperanza como cristianos e incluso como Tercer Mundo. Voy a ser bien sincero: soy un hombre de esperanza. Ha sido un don del Señor. Los pobres me lo han enseñado, los mártires me lo han enseñado”. Gracias, Pedro Casaldáliga, hombre de esperanza hasta el fin.

Por último, recibo un whatsapp de una buena amiga comentándome el evangelio de Jn 16, 16-20: “Habla tan claro Jesús, nos lo explica tan bien, que es difícil no volver a la esperanza y, aunque sea a media luz, creer”.

El mundo necesita de esperanza y, como cristianos, hemos de indagar a qué nivel está la nuestra, con la que está cayendo (esta es una coletilla muy habitual en estos tiempos), reflexionar juntos, ahuyentando la desesperanza, confiados en que nuestra pequeñez se hace grande cuando nos unimos, sabiendo que no vamos solos, cuidándonos y cuidando, animados por el entusiasmo contra viento y marea.

Por cierto, la esperanza es la madre del entusiasmo, así que habrá que alimentar a la madre para que pueda nacer el hijo. Y Quien nos acompaña paso a paso nos susurra desde dentro de cada uno y desde el corazón de la comunidad: “Vuestra tristeza se convertirá en alegría”(Jn 16, 16-20); sin pedir permiso a los poderes del mundo.

Pentecostés está cerca y el Espíritu Santo es nuestro gran aliado: viviste en Tibhirine, al lado de los monjes y sus vecinos musulmanes. Acompañaste a Pedro Casaldáliga en su vida de resistencia junto a los pobres en su Brasil querido. Inspiras a quien lee la Palabra cada día.

¡Ven, Espíritu Santo, alimenta la esperanza en nosotros hasta que llegue a ser invencible! Amén.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Confidencias de pájaros

Jueves, 6 de mayo de 2021

Del blog de José Arregi Umbrales de luz:

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Fiel despertador
y eco de tantas
conversaciones humanas
que van diciéndonos
lo que no cantamos:

amores silenciados,
propuestas apasionantes,
indecentes reconciliaciones,
ardiente amor,
luchas más calladas
a un paso de tirar la toalla.

*

Toño Martínez.
Esta mañana escuchando a un pájaro en mi balcón

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Miguel Ángel Munárriz: La muerte.

Martes, 20 de abril de 2021

Cristo muerto de Holbein

Al principio de su libro “El mundo de Sofía”, Jostein Gaarder nos plantea una pregunta crucial para nuestra vida: «¿Quién eres?» … Ante ella, su protagonista se hace esta sencilla reflexión: «Estamos aquí y ahora rodeados de personas animales y cosas, somos conscientes de ello y es fantástico vivir. Luego desaparecemos de este mundo ¿No es injusto que se nos dé algo para arrebatárnoslo después?»

¿Qué nos espera tras la muerte? … No lo sabemos; y no lo sabemos porque no sabemos quiénes somos. Mejor dicho, todos tenemos nuestra propia concepción de nosotros mismos, pero carecemos de capacidad para convertir nuestras creencias en certezas.

Algunos buscan la respuesta a este enigma en la metafísica, pero quizá no sea la metafísica el mejor camino para lograrlo, pues, tal como afirma Inmanuel Kant, cualquier proposición metafísica tiene la misma probabilidad de ser cierta que su contraria. Aunque tampoco es necesario recurrir a Kant para llegar a esta conclusión, pues parece evidente que nuestra lógica quiebra cuando tratamos de pasar del plano finito al infinito. Si no fuese así, las cinco vías para demostrar la existencia de Dios Creador de Santo Tomás serían rigurosas, y ya no cabría ninguna duda ni de Su existencia ni de Su esencia.

Por tanto, esa metafísica trascendente que nos habla de teísmos, ateísmos, panteísmos, monismos y dualismos, puede llegar a resultar apasionante, pero es inhábil para llegar a conclusiones sólidas sobre nuestra realidad o nuestro destino tras la muerte.

Los cristianos tenemos otro espejo en que mirarnos, porque creemos que en Jesús podemos ver la realidad humana completa. Y siendo esto así para nosotros, parece razonable volver la vista al evangelio cuando buscamos respuestas que superan nuestra razón. Y lo primero que vemos es que Jesús se mostró vivo tras la muerte, pues, por mucho simbolismo que atribuyamos a los relatos de la resurrección, y por muchas contradicciones que veamos entre los cinco considerados canónicos, hay cosas difíciles de negar.

La más significativa tiene carácter histórico, y es que, al poco de haber huido de Jerusalén —o de haber permanecido atrancados en ella—, aterrorizados por miedo a las autoridades judías, desmoralizados por la muerte de su maestro y sumidos en angustiosas dudas de fe por este hecho, sus discípulos se presentaron de nuevo en el Templo afirmando, y empeñando su vida en esta afirmación, que lo habían visto vivo después de su muerte. Y ya no es solo su testimonio, es que lo ocurrido después resulta inconcebible sin haber mediado una experiencia extraordinaria capaz de remover la conciencia de aquellos hombres hasta extremos impensables.

Del evangelio extraemos los cristianos la esperanza de más vida tras la muerte, pero no encontramos en él ninguna referencia a la naturaleza de esa vida (con la excepción, quizá, de esa vaga referencia, “sentado a la diestra del Padre”). Por tanto, a la pregunta sobre lo que nos espera después de la muerte, debemos responder en rigor que no lo sabemos … porque eso no nos lo han dicho.

Y es que en todo lo relativo a la muerte solo nos cabe la esperanza. Y es muy legítimo afirmar que tras su umbral nos espera una vida eterna repleta de dicha, o que nuestro espíritu de fundirá con el Todo universal como la ola se funde en el mar tras chocar contra las rocas, o que nos reencarnaremos en otro ser… pero, puestos a elegir, yo me quedo con la idea que le escuché a Ruiz de Galarreta no mucho antes de su muerte: «No tengo ni idea de lo que me espera tras la muerte —dijo—, pero confío en que mi Madre me tenga preparado algo estupendo».

Miguel Ángel Munárriz Casajús

 Fuente Fe Adulta

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Miguel Ángel Mesa: Cuaresma 2021.

Martes, 2 de marzo de 2021

1-misericordia-fanoDe su blog Otro mundo es posible:

El papa Francisco nos invita a celebrar la Cuaresma de este año, ofreciéndonos tres consejos para vivirla en profundidad: fe, esperanza y caridad, las tres virtudes teologales que hay que actualizar desde el mundo de hoy y su realidad compleja y sufriente, para no quedarnos en meras definiciones vacías de contenido.

La fe sirve, entre otras cosas, para “dejarnos alcanzar por la Palabra de Dios, que es Cristo, que nos lleva a la plenitud de la Vida”. Es decir, cualquier palabra que no nos conduzca a dejarnos interpelar por la vida, a descubrir la vida que se oculta en tantos sepulcros de nuestro mundo, a sembrar semillas de vida donde todo aparece como un desierto, a devolver vida en abundancia para quienes están desahuciados de la vida… no es la palabra auténtica del Dios de la Vida. Para las personas cristianas, este camino solo se recorre desde el seguimiento de Jesús, mediante la forma de ser felices que propuso en las bienaventuranzas, para concretar el ideal de ese otro mundo posible, donde la fraternidad y la justicia se hagan realidad en nuestra sociedad y nuestro mundo.

La esperanza “como agua viva que nos permite continuar nuestro camino, estando más atentos a decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan; la esperanza como inspiración y luz interior, porque somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios hace nuevas todas las cosas”. Esa esperanza que nace de una promesa que hay que renovar día a día, porque debemos pintar cada amanecer con los colores de la ilusión y la sonrisa, porque tenemos que comprometernos para que la esperanza no sea un van anhelo, porque una vida sin esperanza es como una rosa sin agua, que se va marchitando hasta que se seca y sus pétalos caen a tierra agostados. La esperanza es una mirada limpia, un abrazo sincero, un horizonte al que se llega juntos, paso a paso.

La caridad “es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión. A partir del amor social es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, cuidando a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia”. La solidaridad, la acogida, la com-pasión, la miseri-cordia profunda, la fraternidad… serían algunos de los viejos y nuevos nombres para denominar a la caridad. Porque no hay amor verdadero si no se concreta en la realidad que nos rodea, si no se celebra y se brinda la alegría de los demás, si no se acompaña y se comparten las lágrimas del otro en silencio para enjugarlas, si no nos comprometemos para evitar tanto sufrimiento, soledad impuesta, opresión e injusticias… Si no es así, el amor, la caridad bien entendida, será una falsedad y un autoengaño.

Por lo tanto, siguen vigentes la fe, la esperanza y la caridad. Pero entendidas al modo que Jesús las vivió. Como estamos llamados a vivirlas nosotros y nosotras en esta Cuaresma, en la que debemos, en estos tiempos de cruel pandemia, contagiar los virus sanadores de la confianza, la ilusión, la ternura, la empatía y la resiliencia, por un mundo más humano, fraterno, mejor.

Miguel Ángel MesaReligión Digital

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Relente

Martes, 19 de enero de 2021

Del blog Nova Bella:

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“Relente de la noche,

no helaste mi esperanza,

porque no era mía

ni va a serlo.

Me la prestan”.

*

José Jimenez Lozano

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La esperanza cristiana

Lunes, 21 de diciembre de 2020

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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La espera de la venida de Cristo al final de los tiempos no hace de los cristianos unos holgazanes que duermen el sueño beatífico de la evasión, sino que hace de ellos los seres más activos y operantes de la construcción del mundo. De aquí la exhortación primordial de Jesús: Velen. ¡Cuidado con el sueño religioso!

 La esperanza cristiana está reñida con los cálculos. Los cálculos hay que hacerlos fatigosamente con todos los demás seres humanos. El Espíritu Santo no ha garantizado a la Iglesia ninguna ciencia infusa, sobre todo la economía, la sociología o la política. Sólo le ha garantizado la fe y la esperanza, sin más soporte que la promesa de Dios.

La esperanza cristiana sobrenada por encima de todas las tragedias humanas. Los cristianos deberían saber interpretar los momentos más negros de la historia como signos de liberación. Y tras esta interpretación optimista, deberían buscar afanosamente la manera concreta de insertarse en el que resulte ser el más eficaz y honesto proceso de liberación humana.

Las promesas mesiánicas se cumplirán; se van cumpliendo a través de nuestro compromiso temporal: luchamos paciente y esperanzadamente para que toda justicia sea implantada. Y un primer paso es solidarizarse con los sufrimientos de los que son víctimas de la injusticia, unirnos a sus reclamos

*

(Misal de la comunidad)

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María y Jesús son la antítesis de Eva y Adán en la historia

Martes, 8 de diciembre de 2020

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Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

Por un tipo de humanidad, Adán y Eva, surgió el pecado en la historia. En el origen de la vida del ser humano hay situaciones de pecado. Pensemos en los hijos que nacen después de una guerra, pensemos que en el origen de la vida de un niño hijo de drogadictos, hay una situación más que difícil, etc…

Por otro tipo de humanidad: María y Cristo, sobreabundó la gracia y el bien, dice San Pablo. María es la antítesis de Eva, como Jesús lo es de Adán

  1. Inmaculada.

         Celebramos hoy la fiesta de María Inmaculada.

Quizás el pecado original haya que entenderlo no como una mancha que se nos transmite por generación. Menos todavía -como se pensó durante siglos- que el pecado original se nos comunica por la generación sexual, sino más bien se podría pensar que: cuando en la escala de la evolución se llega a una cota de inteligencia y de libertad (hominización), surge el mal.

El mal existe desde el comienzo, (pecado original). El pecado existe y existirá siempre donde esté el ser humano por aquello de que la inteligencia y la libertad son capacidades muy hermosas, al mismo tiempo que muy difíciles de “controlar”. Adán y Eva, sean quienes fueren los primeros humanos, hicieron el mal, pecaron. Adán y Eva es -somos- la humanidad bajo el signo del mal.

 Por un tipo de humanidad, Adán y Eva, surgió el pecado en la historia. En el origen de la vida del ser humano hay situaciones de pecado. Pensemos en los hijos que nacen después de una guerra, pensemos que en el origen de la vida de un niño hijo de drogadictos, hay una situación más que difícil, etc…

Por otro tipo de humanidad: María y Cristo, sobreabundó la gracia y el bien, dice San Pablo. María es la antítesis de Eva, como Jesús lo es de Adán. A pesar de los pesares: odios, pecado, muerte, estamos en una historia de gracia y salvación:

Si bien es cierto que el recuerdo de María, llena de gracia y madre del Señor, está presente en la Iglesia desde el comienzo (Pentecostés), Éfeso (año 431), fue el concilio que proclamó a María como madre de Dios (theo-tokos), etc., la explicitación formal del dogma de la Inmaculada la hizo el papa Pío IX en 1854. María fue llena de la gracia, del amor de Dios. Y por eso no hubo pecado en su vida.

María entregó su vida y su persona, su libertad al designio salvífico de Dios.

La madre es siempre memoria de la vida. En nuestra vida personal y familiar, la madre es la fuente de la vida, es la referencia fundamental. María es memoria del Señor. Recordar a la Virgen nos hace bien, porque a su vez nos recuerda a JesuCristo. Dios te salve, María, llena de gracia.

  1. María, esperanza de la humanidad.

La Inmaculada es la Virgen de Adviento, de la esperanza.

En estos tiempos de noche oscura, provocada por la pandemia, por las ideologías egoístas e injustas, que impiden al hombre aspirar a la plenitud de vida, María Inmaculada es madre de la esperanza del ser humano, del pueblo.

Todas las grandes promesas en la Biblia pasan por una mujer: la historia, mal que bien, se abre con la mujer, Eva (y Adán); sigue con la mujer Sara, Débora, Ana, Judit, Esther, Isabel, María…y -de modo apocalíptico- la historia humana termina con la mujer (María) coronada de estrellas, en lucha con el dragón, que concentra todo el poder del infierno y del mundo, que termina siendo vencido.

Así, la Inmaculada quiere decir que el mal, el pecado en sus raíces más profundas, puede ser vencido. La Inmaculada significa que la historia se encamina hacia la plenitud de vida y que podemos esperar “un cielo nuevo y una tierra nueva donde habite la justicia”.

  1. María, orgullo de nuestra raza.

         Tal vez la expresión, “orgullo e nuestra raza”, resulte un poco anacrónica, pero en el fondo quiere decir que podemos estar felices de que una mujer es orgullo de la humanidad.

María, una muchacha del pueblo, escucha al mensajero de Dios y, desde su pequeñez y fragilidad, se atreve a creer que para Dios no hay nada imposible. María se fía de Dios y acoge el mensaje de Dios. Así se realizará la Encarnación. “Encarnarse” significa que Dios asume la condición humana, comparte nuestra pobreza y acepta nuestra miseria para elevarnos a nosotros a compartir su misma vida.

Gracias al “sí” de María, una muchacha de una aldea ignorada, Nazaret, ocurre la encarnación de Dios en la historia y se cumple el gran proyecto salvador de Dios. María es como la nueva Eva, de ahí la expresión: “madre de los vivientes”. Por todo esto, la gracia de ser inmaculada más que un don personal exclusivo es un don a toda la humanidad a la que pertenece. María, estrella de esperanza para nuestro mundo y orgullo de nuestra raza.

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Esperar

Domingo, 8 de noviembre de 2020

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ELLA VENDRÁ

Ya la acogí, en las sombras, muchas veces
y la temí rondándome, callada.
No era el vino nupcial, eran sus heces;
era el miedo al amor, más que la amada.

Pero sé que vendrá. Confío en ella,
amada fiel de todos y maldita.
No hay modo de escapar a su querella.
Sin hora y sin lugar, ella es la cita.

Vendrá. Saldrá de mí. La llevo dentro
desde que soy. Y voy hacia su encuentro
con todo el peso de mis años vivos.

Pero vendrá… para pasar de largo.
Y en la centella de su beso amargo
vendremos Dios y yo definitivos.

*

Pedro Casaldáliga
El Tiempo y la Espera
Editorial Sal Terrae, Santander 1986

***

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

“Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz:

“¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!”

Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas:

“Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.”

Pero las sensatas contestaron:

“Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.”

Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo:

“Señor, señor, ábrenos.”

Pero él respondió:

-“Os lo aseguro: no os conozco.” Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.”

*

Mateo 25,1-13

***

Lo realmente triste no es cuando, al anochecer, regresas y no tienes a nadie que te espere en casa, sino cuando tu no esperas nada de la vida […]. Esperar, esto es, experimentar el gozo de vivir.

Dicen que la santidad de una persona se mide según el espesor de su espera. Quizás sea verdad. Si es así, hay que concluir que Maria es la más santa de las criaturas, porque toda su vida aparece marcada por el gozo de quien espera […]. Santa María, virgen de la esperanza, danos de tu aceite, que nuestras lámparas se apagan. Mira: se han agotado las reservas. No nos mandes a otros vendedores. Reaviva en nuestras almas el antiguo ardor que nos quemaba por dentro, cuando bastaba una pequeñez para rebosar de alegría: la llegada de un amigo lejano, el rojo atardecer después de una tormenta, la caída de las hojas anunciando el regreso del invierno, los repiques de campanas en los días de fiesta, el vuelo raso de las golondrinas en primavera, el acre olor emanado de los lagares, el canturreo de las cantinelas otoñales, el encorvarse tierno y cadencioso del regazo materno, el perfume del espliego al preparar la cuna.

Si hoy no sabemos esperar es porque estamos escasos de esperanza. Se han desecado las fuentes. Sufrimos una profunda sequía de deseos. Y, satisfechos con los miles de sucedáneos que nos asedian, ya no esperamos nada de las promesas selladas con la sangre del Dios de la alianza […]. Santa Maria, virgen de la esperanza, danos un alma vigilante. Cercanos a los umbrales del tercer milenio, nos sentimos, lamentablemente, mas hijos del crepúsculo que profetas de la claridad que llega. Centinela del mañana, despierta en nuestro corazón la pasión por los jóvenes anuncios para transmitirlos al mundo, que se siente ya viejo. Entréganos el arpa y la citara, y contigo madrugaremos para despertar la aurora. Frente a los cambios que sacuden la Historia, haz que experimentemos de nuevo los estremecimientos primeros, Haznos comprender que no basto con acoger: es necesario esperar. Acoger es, a veces, Señal de resignación. Esperar es, siempre, signo de esperanza. Haznos, por tanto, ministros de la espera. Y el Señor que viene, Virgen del adviento, nos sorprenda, también junto a tu materna complicidad, con la lámpara en la mano.

*

A. Bello,
María, Señora de nuestros días,
San Pablo, Madrid 1996.

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad ,

Maestro del amor.

Domingo, 8 de noviembre de 2020

jesus-at-the-door-39617-printSi hay música en tu alma, se escuchará en todo el universo (Lara Chow)

12 de noviembre, domingo XXXII del TO

Mt 25, 1-13

Como el novio tardaba, les entró el sueño y se durmieron

La interpretación habitual de los dichos y hechos del Jesús evangélico ha sido hecha por la Iglesia tradicional jerárquica a modo de Bolero de Ravel: literalidad repetitiva induciendo a los oyentes hasta el sueño. Y así el pueblo fiel quedó narcotizado durante siglos.

Pero hoy, las vírgenes prudentes han provisto sus lámparas de aceite y entraron con el novio al banquete. Petrushka, de Stravinski, es un paradigma más significativo para nuestros tiempos. Los espectadores se perderán la función si no prestan especial atención a cada compás de la obra. Han de pensar por sí mismos, y hacer una interpretación de los mencionados dichos y hechos a la luz de su realidad personal y social presente. Así, las puertas que dan acceso al banquete del Reino estarán abiertas siempre para todos.

Quienes actúan de este modo son, como se dice de la mirada del poeta Marcos Ana en el retrato que le hizo José Mª Párraga: “Parece atravesar la frontera del lienzo como si fuera una ventana al futuro”.

En una entrevista a la cantante y compositora belga Lara Chow (1970) ésta dijo en una ocasión a un periodista: “Si hay música en tu alma, se escuchará en todo el universo”, a lo que el entrevistador comentó: “Una alegría, una felicidad que puede ser transmitida al resto del mundo. Yo lo entiendo así, y más o menos, es el pensamiento que yo tengo de Mi Mundo. Toda la felicidad, toda la luz que puedas tener dentro de ti, es contagiosa, se la puedes transmitir a los demás. Sobre todo a esos seres que están faltos de luz, que se sienten solos y oscuros”.

En la película Un sueño posible (2009), del director americano John Lee Hancock el protagonista Granper le dice a Leigh Anne: “Lo que haces me parece fantástico: abrirle tus puertas a ese chico. Cielos, le estás cambiando la vida”. A lo que ésta le responde: “No, él está cambiando la mía”.

Cuando el alma está sedienta del Señor, como canta el Salmo 62, y quienes buscan la sabiduría la encuentran (Sab 6, 12), las vírgenes prudentes, a pesar de haberles entrado el sueño y dormirse (Mt 25, 5), al llegar el novio las despierta y las sienta en la mesa del Reino.

Una lección del Maestro del Amor que, como pelícano amoroso enseña a los hombres su camino. Y al que toda la cristiandad podría aplicar como propias las palabras que Alma escribió de su marido, Mahler, en su diario: “Es el único hombre que puede dar sentido a mi vida, porque supera a todos los que he conocido hasta ahora”.

EL PELÍCANO

“Pie pellicane, Iesu Domine”,
cantó Tomás en uno de sus himnos.
Superas a los hombres
en tu gesto amoroso hacia los hijos;
eres como el pintor que tiñe el lienzo
de tu seno nevado en rojo vivo.

Señor Jesús, pelícano amoroso,
-los dos humanos, y los dos divinos-
eleva a los altares sus heridas
y enseñad a los hombres su camino.

(Naturalia. Los sueños de las criaturas. Ediciones Feadulta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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