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Aprender a Esperar

Sábado, 7 de diciembre de 2019

Adviento-2Del blog de Henri Nouwen:

 ¿CÓMO ESPERAMOS AL QUE VIENE?
(Algunas ideas tomadas de Henri Nouwen)

1. Una espera activa.

Esperar resulta esencial para la vida espiritual. Pero esperar como discípulo de Jesús no es una espera vacía, sino una espera con una promesa en nuestro corazón que hace ya presente lo que esperamos. Durante el Adviento esperamos el nacimiento de Jesús. Después de Pascua esperamos la venida del Espíritu y después de la Ascensión de Jesús esperamos su nueva venida gloriosa. Siempre estamos esperando, pero es una espera vivida en el convencimiento de que ya hemos visto las huellas de Dios, de que lo que esperamos anhelantes, ya está aquí de alguna manera, ya ha comenzado para nosotros. Aquello que esperamos está creciendo en las entrañas de la tierra sobre la que estamos caminando.

2. Esperar con paciencia.

¿Cómo esperamos a Dios? Esperamos con paciencia. Pero paciencia no significa pasividad. Esperar pacientemente no es como esperar el autobús, o que deje de llover, o que salga el sol. Se trata de una espera activa en la que vivimos el momento presente al máximo para encontrar en él las señales de Aquel que estamos esperando. La palabra paciencia viene del verbo latino patior, que significa padecer. Esperar pacientemente significa padecer por el momento presente, saboreando plenamente, dejando que crezcan las semillas que están plantadas en el suelo que pisamos hasta convertirse en plantas resistentes Esperar pacientemente siempre significa prestar atención a lo que está ocurriendo ante nuestros propios ojos y ver en ellos los primeros rayos de la gloria venida de Dios. Se me ocurre aquí que padecer para Teresa es también amar, de modo que amar y sufrir por este presente nuestro a la vez es un modo hermoso de esperar.

3. Esperar expectantes.

Esperar pacientemente a Dios supone vivir expectantes, porque sin una expectativa, nuestra espera puede quedar atrapada en el presente. Cuando esperamos expectantes nuestro entero ser permanece expuesto a verse sorprendido por la alegría. A lo largo de los Evangelios Jesús nos pide que nos mantengamos despiertos y estemos alerta. Y San Pablo dice: “Ya es hora de levantarnos del sueño, pues nuestra salud está ahora más cerca que cuando empezamos a creer La noche está avanzada y se acerca ya el día. Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y vistamos las armas de la luz” (Romanos 13, 11 y 12). Es esta expectativa gozosa de la venida de Dios la que ofrece vitalidad a nuestras vidas, porque aguardamos el cumplimiento de las promesas de Dios.

4. Es una espera abierta.

48416615_2632339440117146_633957311991250944_nEs confiar que algo se realizará, pero se realizará de acuerdo con las promesas y no con nuestros deseos. Por tanto la esperanza tiene siempre un final abierto, y de ahí que sea muy importante hacer a un lado mis deseos y volverme a la esperanza. Es así como lo realmente nuevo puede sucederme. Esta espera abierta es una actitud inmensamente radical hacia la vida, confiando en alguien que sobrepasa mi imaginación; es dejar de tratar de controlar mi futuro, permitiendo que Dios defina nuestra vida. Seremos entonces, modelados, no por nuestros miedos, sino por su amor.

5. Esperando juntos.

No esperamos solos, porque somos parte de una comunidad de fe, que ha de ser comunidad de apoyo, celebración y afirmación, donde podemos elevar lo que ya ha comenzado en nosotros. Reunidos en oración alrededor de una promesa, eso es la Iglesia, eso es la eucaristía: elevar lo que ya está ahí, dar gracias por la semilla que ha sido plantada. Decimos: esperamos a Jesús, que ya ha venido, y vendrá siempre… Eso es la comunidad: el espacio seguro donde podemos esperar el cumplimiento de la promesa; donde hallaremos las condiciones para que fructifique la semilla; donde la llama se mantendrá encendida, sin el peligro de apagarse.

6. Esperando en torno a la Palabra.

Esperamos activos, pacientes, expectantes, abiertos y juntos, sabiendo que Alguien nos habla, nos interpela, nos convoca. Así es que estamos espiritualmente en nuestra casa, alertas, para abrirle la puerta cuando Él toque, y que entre y se haga carne en nosotros. Por eso la Palabra de Dios está siempre en medio de los que se reúnen en su nombre: para hacerse carne, para nacer y tener una vida nueva en nosotros.

(Ideas recreadas de Henri Nouwen)

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Esperando

Miércoles, 20 de noviembre de 2019

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La condición humana es siempre una condición situada en un espacio: en un espacio y en un tiempo, en un límite más allá del cual se advierte la ausencia y lo desconocido. La tensión que mueve o que «espera» el futuro está, por tanto, al menos en cierto sentido, fuera de su alcance. «Lo que es esperado, en sentido estricto, está sustraído al poder de aquel que espera. Nadie dice que espera lo que él mismo puede hacer o provocar». Precisamente a este respecto, santo Tomás decía que el objeto de la esperanza es siempre algo «arduo».

       Por otra parte, no se puede decir que el objeto de la esperanza esté infundado del todo; en tal caso, deberíamos hablar de mera ilusión y, en última instancia, de desesperación. «La esperanza -decía Descartes- es una disposición del alma que la persuade de que vendrá lo que desea.» ¿En qué se basa esta persuasión? ¿En la simple probabilidad del objeto o en la magnanimidad de aquel que nos lo puede dar? Ahora bien, en ese caso, deberemos hablar más propiamente de deseo y de carencia: el deseo, como nos hace ver su derivación de sidus, es un «esperar desde las estrellas» y, al mismo tiempo, «una pérdida de la constelación que nos guiaba por el mar», un «dejar de ver», un «sentir y echar de menos la carencia» y un no ser capaz de «orientarse». La esperanza, en cambio, está sostenida  en el fondo por la confianza: puede esperar también lo que parece, que tal vez es imposible, pero, mientras espera, apunta a una determinada certeza, a una confianza que ya es comunión con lo que ha de venir.

       Esperando -como ha señalado G. Marcel- contribuyo a «preparar», dispongo el camino a lo que ha de venir y, en cierto modo, participo ya de ello. «No es que, hablando con propiedad, atribuya yo una eficacia causal al hecho de esperar o desesperar. La verdad es más bien que, al esperar, tengo conciencia de reforzar, y desesperando o simplemente dudando tengo conciencia de soltar, de aflojar, cierto vínculo que me une a lo que está en causa»

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V. Melchiorre,
Sulla speranza,
Brescia 2000, pp. 15-17

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“Vivir en minoría”. 19 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,32-48)

Domingo, 11 de agosto de 2019

velas660x650-1200x800-e1543178364218Lucas ha recopilado en su evangelio unas palabras, llenas de afecto y cariño, dirigidas por Jesús a sus seguidores y seguidoras. Con frecuencia, suelen pasar desapercibidas. Sin embargo, leídas hoy con atención desde nuestras parroquias y comunidades cristianas, cobran una sorprendente actualidad. Es lo que necesitamos escuchar de Jesús en estos tiempos no fáciles para la fe.

«Mi pequeño rebaño». Jesús mira con ternura inmensa a su pequeño grupo de seguidores. Son pocos. Tienen vocación de minoría. No han de pensar en grandezas. Así los imagina Jesús siempre: como un poco de «levadura» oculto en la masa, una pequeña «luz» en medio de la oscuridad, un puñado de «sal» para poner sabor a la vida.

Después de siglos de «imperialismo cristiano», los discípulos de Jesús hemos de aprender a vivir en minoría. Es un error añorar una Iglesia poderosa y fuerte. Es un engaño buscar poder mundano o pretender dominar la sociedad. El evangelio no se impone por la fuerza. Lo contagian quienes viven al estilo de Jesús haciendo la vida más humana.

«No tengáis miedo». Es la gran preocupación de Jesús. No quiere ver a sus seguidores paralizados por el miedo ni hundidos en el desaliento. No han de preocuparse. También hoy somos un pequeño rebaño, pero podemos permanecer muy unidos a Jesús, el Pastor que nos guía y nos defiende. Él nos puede hacer vivir estos tiempos con paz.

«Vuestro Padre ha querido daros el reino». Jesús se lo recuerda una vez más. No han de sentirse huérfanos. Tienen a Dios como Padre. Él les ha confiado su proyecto del reino. Es su gran regalo. Lo mejor que tenemos en nuestras comunidades: la tarea de hacer la vida más humana y la esperanza de encaminar la historia hacia su salvación definitiva.

«Vended vuestros bienes y dad limosna». Los seguidores de Jesús son un pequeño rebaño, pero nunca han de ser una secta encerrada en sus propios intereses. No vivirán de espaldas a las necesidades de nadie. Serán comunidades de puertas abiertas. Compartirán sus bienes con los que necesitan ayuda y solidaridad. Darán limosna, es decir, «misericordia». Este es el significado del término griego.

Los cristianos necesitaremos todavía algún tiempo para aprender a vivir en minoría en medio de una sociedad secular y plural. Pero hay algo que podemos y debemos hacer sin esperar a nada; transformar el clima que se vive en nuestras comunidades y hacerlo más evangélico. El papa Francisco nos está señalando el camino con sus gestos y su estilo de vida.

José Antonio Pagola

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“Estad preparados”. Domingo 11 de agosto de 2019. 19º domingo del Tiempo Ordinario

Domingo, 11 de agosto de 2019

44-ordinarioC19 cerezoLeído en Koinonia:

Sabiduría 18, 6-9: Con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti.
Salmo responsorial: 32: Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Hebreos 11, 1-2. 8-19: 
Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.
Lucas 12, 32-48
: Estad preparados.

Primera Lectura

Los israelitas, oprimidos en Egipto, experimentaron que el Señor era su salvador la noche en que murieron los primogénitos de los egipcios. Por eso aquella noche tuvo una significación trascendental para la historia de los hebreos. Les recordaba las promesas que Dios había hecho a sus padres; que desde entonces Israel fue un pueblo libre y consagrado al Señor. La primera cena del cordero pascual sirve de modelo a lo que había de ser centro de la vida religiosa y cultural.

La participación en un mismo sacrificio simbolizaba la unión solidaria de un pueblo en un destino común. La celebración pascual recuerda que Dios no cesa de elegir a su pueblo entre los justos y de castigar a los impíos.

Hoy, toda esta imagen de Dios, por más que la hayamos estado escuchando y venerando durante milenios, desde siempre, aparece como profundamente inadecuada, inaceptable. ¿Qué clase de Dios es ése que opta por un pueblo, lo elige, le regala una tierra que está ya ocupada por otros pueblos da poder a su pueblo elegido para que los expulse y los destruya? ¿Es verosímil esta imagen de Dios? ¿No es propia de los tiempos «tribales», donde cada tribu se imagina que tiene su Dios protector que la defenderá contra las demás? (Recomendamos leer al respecto, por ejemplo, de John Shelby SPONG, Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo, Abya Yala, Quito, Ecuador, www.tiempoaxial.org; también se puede mirar en google y en youtube sobre este autor).

Segunda Lectura

La fe de Abraham y de los patriarcas sirve de ejemplo. Para estimular la perseverancia en la fe que lleva a la salvación, la carta a los Hebreos aduce una serie de testigos. Abraham, lo mismo que los hebreos del siglo I, conoció la emigración, la ruptura respecto al medio familiar y nacional y la inseguridad de las personas desplazadas. Pero en esas pruebas encontró Abraham motivo para ejercer un acto de fe en la promesa de Dios.

La fe enseña a no darnos por satisfechos con los bienes tangibles ni con esperanzas inmediatas. Abraham creyó por encima de la amenaza de la muerte. Sufrió la esterilidad de Sara y la falta de descendencia. Esta prueba fue para él la más angustiosa porque el patriarca se acercaba a la muerte sin haber recibido la prenda de la promesa. Aquí se hace realidad la última calidad de la fe: aceptar la muerte sabiendo que no podrá hacer fracasar el designio de Dios.

Más que el sufrimiento, es la muerte el signo por excelencia de la fe y de la entrega de uno mismo a Dios. Abraham creyó en un “más allá de la muerte”, creyó le sería concedida una posteridad incluso en un cuerpo ya apagado, porque le había sido prometida. Esta fe constituye lo esencial de la actitud de Cristo ante la cruz. También se entregó a su Padre y a la realización del designio divino, pero tuvo que medir el fracaso total de su empresa: para congregar a toda la humanidad, se encuentra aislado pero confiado en un por encima de la muerte que su resurrección iba a poner de manifiesto.

Evangelio

El evangelio de hoy nos presenta unas recomendaciones que tienen relación con la parábola del domingo anterior del rico necio. Los exegetas se diversifican en cuanto a la estructura que presente el texto y no determinan las unidades de las que se compone. La actitud de confianza con el que inicia el texto no debería de omitirse “no temas, rebañito mío, porque su Padre ha tenido a bien darles el reino”. Esta exhortación a la confianza, al estilo veterotestamentario y que gusta a Lucas, expresa la ternura y protección que Dios ofrece a su pueblo, pero expresa también la autocomprensión de las primeras comunidades: conscientes de su pequeñez e impotencia, vivían, sin embargo, la seguridad de la victoria. La bondad de Dios, en su amor desmedido, nos ha regalado el Reino. Desde aquí tenemos que entender las exhortaciones siguientes. Si el Reino es regalo, lo demás es superfluo (bienes materiales). Recordemos los sumarios de Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Lucas invita a la vigilancia, consciente de la ausencia de su Señor, a una comunidad que espera su regreso, pero no de manera inminente como sucedía en las comunidades de Pablo (cf. 1Tes.4-5). La Iglesia de Lucas sabe que vive en los últimos días en los que el hombre acoge o rechaza de forma definitiva la salvación que se regala. Cristo ha venido, ha de venir; está fuera de la historia, pero actúa en ella. La historia presente, de hecho, es el tiempo de la iglesia, tiempo de vigilancia.

Fitzmyer, ilustra esta afinada concepción de la historia, aparecen varias recomendaciones en lo que puede considerarse como los “retazos de una hipotética parábola”. Lo importante será descubrir en cuál de esas recomendaciones centramos la llegada que hay que esperar de manera vigilante. La predicación histórica de Jesús tienen estas máximas sobre la vigilancia y la confianza. Ahora, en este texto se les reviste de carácter escatológico. El punto clave reside en la invitación “estén preparados”; o lo que es lo mismo, lo importante es el hoy. A la luz de una certeza sobre el futuro, queda determinado el presente. Esta es la comprensión de la historia de Lucas: “se ha cumplido hoy” (4,21), “está entre ustedes” (17,20-21) y “ha de venir” (17,20).

El Reino es, al mismo tiempo, presente y algo todavía por venir. De aquí la doble actitud que se exige al cristiano: desprendimiento y vigilancia. Es necesario desprenderse de los cuidados y de los bienes de este mundo, dando así testimonio de que se buscan las cosas del cielo.

La vigilancia cristiana es inculcada constantemente por Cristo (Mc 14,38; Mt 25,13). La vida del cristiano debe ser toda ella una preparación para el encuentro con el Señor. La muerte que provoca tanto miedo en el que no cree, para el cristiano es una meditación: marca el fin de la prueba, el nacimiento a la vida inmortal, el encuentro con Cristo que le conduce a la Casa del Padre.

La intervención de Pedro, demuestra que la exhortación de Jesús sobre el significado de actuar y perseverar en vigilancia es en primer lugar referido a aquellos que son “la cabeza” de la comunidad, o mejor dicho para los que “están al servicio” de la comunidad. La resurrección a la vida depende del modo como ejercitaron ese servicio. Leer más…

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11. 8. 19. Dom 19, Tiempo ord. C. Lc 12,33-34. Comparte, no poseas: Vende lo que tengas, regala lo que obtengas.

Domingo, 11 de agosto de 2019

04BCDCF4-2792-4A1F-B404-2719DFAC56A7Del blog de Xabier Pikaza:

 Teología de Jesús, una práctica de vida

Domingo 19. Tiempo Ordinario. Ciclo C. Lc 12, 32-48. Ayer traté de la buena teología de Jesús y de la Iglesia, que no parece ser, al menos totalmente, la de algunos cardenales (al servicio del orden sacral de la Iglesia), sino una teología de la gratuidad y comunión interhumana; una teología cuyo “Dios” son los bienes de la tierra convertidos en regalo, de manera que aquello que  la Iglesia tiene (su propiedad, to hyparkôn) sea don:  todo se vende para compartirlo todo en gratuidad (eleêmosynê).

Se trata de vender (superar la propiedad “privada”) para no vender ya más ( que todo sea regalo/limosna), pasando así del plano del neg‒ocio entendido en forma talión (ojo por ojo…) al ocio y don de la existencia, esto es, al Dios que lo da todo (se ha dado a sí mismo) en gratuidad total.

Ésta es la teología de Jesús: regalar la vida y compartirla, en gratuidad, en confianza de futuro (de resurrección), en un mundo que tiende a identificar a Dios con su contrario (Mammón, dinero).

El evangelio nos sigue situando ante el tema de la riqueza y la pobreza de la vida, del riesgo que implica un tipo de riqueza al servicio de la muerte, y de la gracia y gloria (bendición) de lo que, con lenguaje provocador Jesús llama “riqueza del cielo”.

Éste es el argumento de fondo de Lucas, condensado aquí en una serie de propuestas divinas, es decir, “económicas”. Es un texto largo y no puedo comentar todas sus partes, por eso me limito a la primera (12, 33-34), en la que Jesús pide a sus discípulos que vendan lo que tienen, que lo vendan todo para dárselo a los pobres, esto es, que sepan desprenderse para compartir con los demás el más alto don de la vida, consiguiendo de esa forma una riqueza superior, propia “del cielo” (un tesoro de amor y de fraternidad, de vida futura, es decir, de resurrección).

Preguntas esenciales

El texto plantea unas preguntas radicales, que una y otra vez que han marcado la historia de la iglesia cristiana, y que ahora son decisivas no sólo para la felicidad de los cristianos en particular, sino para el cristianismo (que tiende a diluirse como negocio sacral auto‒referencial….), para hacer así posible la pervivencia del hombre sobre el mundo, es decir, la resurrección:

6E79FAF8-C681-4C69-8131-D2F159E0D09F1) Vende lo que tienes… ¿Eso lo dice Jesús sólo de aquellos que le siguen de un modo directo, o debe aplicarse a todos los hombres, fuera y dentro de la Iglesia? ¿Quiénes han de venderlo todo y compartirlo en perspectiva de Iglesia, sólo los curas o frailes y monjas, o todos los cristianos? ¿Cómo puede y debe hacerse pobre la Iglesia de Jesús para ser de esa manera verdaderamente rica?

2) ¿Qué ha de vender‒dar la Iglesia? ¿Qué bienes se han de vender para darlos en limosna, es decir, en gratuidad, sin pagos ni hipotecas?Dejo la pregunta así abierta, pero recordando que se trata de pasar del plano del tener, donde las cosas son ta hykharjonta, aquello que domino y tengo para mí, al plano de la eleêmosynê, lo que es don y regalo gratuito de la vida, aquello que tenemos sin tenerlo, todos, porque lo regalamos. ¿Qué debe vender y regalar la Iglesia: sus propiedades todas, sólo algunas que sobran o también los edificios y vasos sagrados, incluida la catedral de mi pueblo y el Estado Vaticano? ¿Cuáles quedan excluidos?

3) De tener al compartir. El tema de fondo es es el paso de ta hyparkhonta (es decir, de los bienes como algo propio, que uno domina para sí, en un plano de poder y compra‒venta) a la eleêmosynê, que no es la limosna privada y marginal, sino la justicia entendida como experiencia de vida compartida. Dedicamos a este tema un libro J. A. Pagola y un servidor (Entrañable Dios. Las obras de misericordia, Verbo Divino, Estella 2016).

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Mostramos allí con toda claridad que la “limosna” bíblica (que es comunión de vida) no se opone a la justicia, sino que es la justicia verdadera (la tsedaqa). Ciertamente, en un sentido “tenemos” cosas (y así podemos hablar de ta hyparkhonta); pero en otro sentido esos bienes, para que sean de verdad “míos” tienen que hacerse “nuestros”, es decir “eleêmosynè”, amor compartido en gratuidad, la comunidad de la vida como tesoro verdadero, identidad del hombre.

4) Organizar el don. El problema empieza cuando se quiere y se debe “organizar” ese paso de las cosas como posesión a las cosas como don/comunión, es decir, a la limosna, para que no se dilapide sin más, para que no surjan unos aprovechados de turno y empiecen a administrarlo todo (lo de todos) a su servicio particular. Surgen en este contexto muchísimas preguntas: ¿Qué se puede hacer cuando se vende todo y no se tiene nada como posesión propia, egoísta? La Iglesia en su conjunto, en los últimos siglos, ha tenido un miedo total a ese pasaje, y ha defendido la propiedad particular con miedo cerval, a capa y espada. Ciertamente, ella ha sabido y sabe que los bienes tienen una “finalidad social”, al servicio de los pobres… ¿Pero, cómo vivir, producir y compartir en gratuidad, sin el aguijón del egoísmo propio? ¿Cómo dar si ya no queda nada para dar? ¿O una vez que das todo te haces rico?

5) Evangelio sin glosa. Muchos piensan que es mejor no tomar en serio ese evangelio, escucharlo como música celeste que no se aplica en esta tierra, ni en la Iglesia? ¿No será mejor decir que ese evangelio de Lucas (y de Mc y Mt? es un apócrifo engañoso al que no debe hacerse caso. Empezamos con la catedral de mi pueblo: ¿es de verdad casa de todos? ¿Quién la administra así, para que sea casa de todos…? Los conventos y parroquias de mi pueblo, los colegios y hospitales administrados por gente de iglesia… ¿son casa de todos, en gratuidad? ¿Cómo se puede lograr que así sean…? Leer más…

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“Cuando menos lo penséis”. Domingo 19. Ciclo C

Domingo, 11 de agosto de 2019

velasDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

En este mes de vacaciones (al menos en Europa), cuando se repiten los consejos de seguridad y vigilancia, también la liturgia nos invita a vigilar, aunque en cuestiones muy distintas.

A favor de la lectura breve del Evangelio

            El sacerdote puede elegir este domingo entre una lectura breve y otra larga. Dos motivos aconsejan decidirse por la breve: 1) el calor de agosto en Europa y el frío en América; 2) la lectura larga mezcla tres temas, dos de ellos muy distintos, y puede volver un poco locos al predicador y a los predicados. Me limitaré, por tanto, a la breve, con algunas indicaciones finales sobre la larga.

Tres señores muy distintos

            Si se lee el evangelio de forma rápida parece hablar de los mismos personajes: unos criados y su señor. Sin embargo, teniendo en cuenta que los discursos de Jesús los escriben los evangelistas uniendo frases sueltas pronunciadas por él en distintos momentos, cuando se lee el texto con atención encontramos tres señores. Dice así:

            Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.

Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo. Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos. Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete. Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.

            Aunque comienza dirigiéndose a los criados (que somos nosotros), luego habla de tres clases de señores.

  1. Un señor que vuelve de una boda; los criados tienen que esperarlo y abrirle la puerta.
  2. Un señor que llega no se sabe de dónde; encuentra a los criados esperándole y, lleno de alegría, se pone a servirles.
  3. Un señor que no tiene criados, se entera de que esa noche va a venir un ladrón, y lo espera en vela.

            Lo que une estas tres imágenes tan distintas es la idea de la espera: los criados esperan a su señor (casos 1 y 2), el señor espera al ladrón (caso 3).

            Y todo esto sirve para transmitir la enseñanza más importante: también nosotros debemos estar vigilantes, esperando la llegada del Hijo del Hombre.

El problema psicológico del texto

            Hablar de vigilancia y de esperar la venida del Hijo del Hombre mientras la gente se abanica o piensa en lo que va a hacer cuando termine la misa supone un desafío para el sacerdote. ¿Interesa realmente todo eso? En caso de que interese, ¿se puede pedir una actitud continua de vigilancia, con la cintura ceñida y la lámpara encendida, como dice el evangelio?

            Sería muy bueno que la gente se plantease estas preguntas y respondiese: “No me interesa nada, no pienso nunca en la vuelta de Jesús, y si me dicen que no se trata de que vaya a volver pronto, sino de que puedo morirme en cualquier momento y encontrarme con Él, prefiero no amargarme con la idea de la muerte”.

            Esta respuesta sincera tendría una ventaja: obliga a pensar en lo que representa realmente Jesús en nuestra vida. ¿Alguien a quien queremos mucho, pero que no tenemos prisa ninguna por ver, y cuanto más se retrase el encuentro, mejor? Amistad curiosa, pero muy frecuente entre los cristianos.

Vigilar no significa vivir angustiados

            A pesar de lo anterior, la mayoría de la gente vive a diario el mensaje del evangelio de hoy. Está con el cinturón ceñido y la lámpara encendida. Porque la vigilancia se traduce en el cumplimiento adecuado de sus obligaciones.

            Así queda claro en la continuación del evangelio (la que puede omitirse). En ella, Pedro le pregunta a Jesús si esa parábola del señor y los criados la ha contado por ellos o por todos. Y Jesús le responde con una nueva parábola. Pero ahora no habla solo de un señor y sus criados sino que introduce en medio la figura de un administrador que está al frente de la servidumbre (es clara la referencia a Pedro y a los responsables de la comunidad cristiana).

            Este administrador puede adoptar dos posturas: cumplir bien su obligación con los subordinados, o aprovechar la ausencia del señor para maltratar a los criados y criadas y darse la buena vida. Queda claro que vigilar no consiste en vivir angustiados pensando en la hora de la muerte sino en cumplir bien la tarea que Dios ha encomendado a cada uno. El texto dice así.

            El Señor le respondió:

            ¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas? Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Pero si el empleado piensa: “Mi amo tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles. El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos. Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá.

La primera lectura

            La primera lectura, tomada del libro de la Sabiduría 18, 6-9, ofrece dos posibles puntos de contacto con el evangelio. El texto dice así.

            La noche de la liberación [de Egipto] se les anunció de antemano a nuestros padres, para que tuvieran ánimo, al conocer con certeza la promesa de que se fiaban. Tu pueblo esperaba ya la salvación de los inocentes y la perdición de los culpables, pues con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti. Los hijos piadosos de un pueblo justo ofrecían sacrificios a escondidas y, de común acuerdo, se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes; y empezaron a entonar los himnos tradicionales.

            Primer punto de contacto: vigilancia esperando la salvación.

            El libro de la Sabiduría piensa en la noche de la liberación de Egipto

            El evangelio, en la salvación que traerá la segunda venida de Jesús.

            En ambos casos se subraya la actitud vigilante de israelitas y cristianos.

            Segundo punto de contacto: solidaridad

            Al momento de salir de Egipto, los israelitas se comprometen a compartir los bienes: serían solidarios en los peligros y en los bienes.

            En el evangelio, Jesús anima a los cristianos a ir más lejos: Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo. (Este punto de contacto sólo se advierte leyendo el comienzo de la lectura larga).

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Domingo XIX del Tiempo Ordinario. 11 agosto, 2019

Domingo, 11 de agosto de 2019

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“Dichosos los criados a quienes el Señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.”

(Lc 12, 35-40)

Este domingo el Evangelio nos invita a esperar. Pero esta espera tiene que ser activa, expectante. No como quien espera el autobús, sino como quien espera la visita de alguien importante. Es una invitación a estar preparadas, para que no se nos escapen las cosas buenas.

La espera que nos enseña Jesús nada tiene que ver con “mirar al cielo” (cfr. Hch 1, 11). Hacia donde hay que mirar es hacia los hermanos. La espera que nos enseña Jesús tiene que ver con el servicio.

Para relacionarnos con el Dios de Jesús es imprescindible atender a las hermanas, a las personas que nos rodean, sirviendo a quienes lo necesiten. La espiritualidad cristiana es una espiritualidad encarnada por eso el mejor termómetro de nuestra relación con Dios es nuestra vida cotidiana. De nada sirven muchas horas de oración ni haber asistido a misa todos los domingos de nuestra vida si nuestro amor a Dios no se traduce en amor al prójimo.

Pero tampoco vale lo contrario: de nada sirve ser voluntario en tres ONGs si al final llevo una vida vacía porque he desconectado con la Presencia viva de Dios que me habita.

Necesitamos de muchos ratos sentadas a los pies del Maestro para que nuestro “hacer” se depure de todo activismo, de todo afán de protagonismo, de toda apariencia. Pero necesitamos también levantarnos, abandonar el cómodo espacio de intimidad con Dios y volvernos hacia quienes puedan necesitarnos sirviendo.

Jesús, el gran orante, la noche que en que iba a ser entregado, “se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó una toalla y se la ciñó a la cintura. Después echó agua en una palangana y comenzó a lavar los pies…” (Jn 13, 4-5)

En el itinerario que nos ofrece Jesús, oración y servicio van juntas, no se pueden separar, se alimentan mutuamente y nos hacen crecer armónicamente. Tampoco nuestro cuerpo y nuestro espíritu son dos realidades separadas, si descuidamos nuestro cuerpo o nuestro espíritu nuestra vida se resiente, se enferma.

Oración

Trinidad Santa, ayúdanos a vivir con la cintura ceñida para el servicio
y la lámpara de la oración siempre encendida. ¡Amén!”

 

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Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Dios no viene de fuera como ladrón ni como amo exigente.

Domingo, 11 de agosto de 2019

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El texto del evangelio de este domingo forma parte de un amplio contexto, que empezaba el domingo pasado con la petición de uno a Jesús: “dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia”. A partir de ahí, Lc propone una larga conversación con los discípulos que abarca 35 versículos y toca muy diversos temas de difícil armonización. Naturalmente se trata de pensamientos dispersos que el evangelista organiza a su manera para ir aclarando las exigencias de Jesús. Sin duda reflejan la manera de ver la vida de la primera comunidad, como lo demuestra la conciencia de ser un pequeño rebaño.

Que el texto utilice, a veces, el lenguaje escatológico nos puede despistar un poco. También el que nos hable de talegos o tesoros en el cielo que nadie puede robar, o que Dios llegará como un ladrón en la noche, nos puede confundir. Este leguaje mítico a nosotros hoy no nos sirve de nada. Dios no tiene que venir de ninguna parte. Está llamando siempre pero desde dentro. No pretende entrar en nosotros sino salir a nuestra conciencia y manifestarse en nuestras relaciones con los demás. Superemos la idea de un Dios que actúa desde fuera.

El domingo pasado se nos pedía no poner la confianza en las riquezas. Hoy, además, se nos dice en quién hay que poner la confianza para que sea auténtica: no en un dios todopoderoso externo, sino en el hombre creado a su imagen y que tiene al mismo Dios como fundamento. No es pues, cuestión de actos de fe, sino afianzamiento en una actitud que debe atravesar toda nuestra vida. Confiadamen­te, tenemos que poner en marcha todos los recursos de nuestro ser, conscientes de que Dios actúa solo a través de sus criaturas, y que solo a través de cada una de ellas la creación evoluciona. Ayúdate y Dios te ayudará.

Se trata de estar siempre en actitud de búsqueda. Más que en vela, yo diría que hay que estar despiertos. No porque pueda llegar el juicio cuando menos lo esperemos, sino porque la toma de conciencia de la realidad que somos exige una atención a lo que está más allá de los sentidos y no es nada fácil de descubrir. El tesoro está escondido, y hay que “trabajar” para descubrirlo. No se trata de confiar en lo que nosotros podemos alcanzar, sino en que Dios ya nos lo ha dado todo. Ha sido Dios el primero que ha confiado en nosotros en el momento en que ha decidido darse, él mismo, a nosotros, sin limitación ni restricción alguna.

Si hemos descubierto el tesoro que es Dios, no hay lugar para el temor. A las instituciones no les interesa la idea de un Dios que da plena autonomía al ser humano, porque no admite intermediarios. Para ellos es mucho más útil la idea de un dios que premia y castiga, porque en nombre de ese dios pueden controlar a las personas. La mejor manera de conseguir sometimiento es el miedo. Eso lo sabe muy bien cualquier autoridad. El miedo paraliza a la persona, que inmediatamente tiene necesidad de alguien que le ofrece su ayuda, para poder conseguir con gran esfuerzo, aquello que ya poseían plenamente antes de tener miedo.

Cuentan que una madre empezó a meter miedo de la oscuridad a su hijo pequeño. El objetivo era que no llegara nunca tarde a casa. Con el tiempo, el niño fue incapaz de andar solo en la noche. Eso le impedía una serie de actividades y hacía muy difícil desarrollar su vida. Entonces la madre, fabricó un amuleto y dijo al niño: esto te protegerá de la oscuridad. El niño convencido, empezó a caminar en la noche sin ningún problema, confiando en el amuleto que llevaba colgado del cuello. ¡Sin comentario!

Dios no es un ser externo en el que debo confiar, sino en mi propio ser en lo que tiene de  fundamento, que me proporciona todas las posibilidades desde dentro de mí mismo. Esto es lo que significa: “vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino”. El dios araña que necesita chupar la sangre al ser humano no es el Dios de Jesús. El dios del que depende mi futuro no es el Dios de Jesús. El dios que me colmará de favores cuando yo haya cumplido la Ley no es el Dios de Jesús. El Dios de Jesús es don total, incondicional y permanente.

El Padre ha tenido a bien confiaros el Reino. Este es el punto de partida. No tengáis miedo, estad preparados, etc., depende de esta verdad. Si el Reino es el tesoro encontrado, nada ni nadie puede apartarme de él. Todo lo que no sea esa realidad absoluta, que ya poseo, se convierte en calderilla. Nuestra tarea será descubrir el tesoro, todo lo demás vendrá espontáneamente. El Reino es el mismo Dios escondido en lo más hondo de mi ser. Los demás valores, deben estar subordinados al valor supremo que es el Reino.

“Dar el reino”, aplicado a Dios, no tiene el mismo sentido que puede tener en nosotros el verbo dar. Dios no tiene nada que dar. Dios se da él mismo, pero a nosotros se da antes de que nosotros seamos. De ese modo Dios se convierte en el sustrato y fundamento de mi ser. Sin Él, yo no sería nada. Ese don descubierto y vivido es la raíz de todas mis posibilidades de ser. Todo lo que puedo llegar a ser, más allá de mi pura biología, es consecuencia de esa presencia de Dios en mí que me capacita para llegar a ser lo que Él mismo es.

Esa fe-confianza, falta de miedo, no es para un futuro en el más allá. No se trata de que Dios me dé algún día lo que ahora echo de menos. Esta es la gran trampa que utilizan los intermediarios. A ver si me entendéis bien: Dios no tiene futuro. Es un continuo presente. Ese presente es el que tengo que descubrir y en él lo encontraré todo. No se trata de esperar a que Dios me dé tal o cual cosa dentro de unos meses o unos años. El colmo del desatino es esperar que me dé, después de la muerte, lo que no quiso darme aquí.

La idea que tenemos de una vida futura desnaturaliza la vida presente hasta dejarla reducida a una incómoda sala de espera. La preocupación por un más allá nos impide vivir en plenitud el más acá. La vida presente tiene pleno sentido por sí misma. Lo que proyectamos para el futuro, está ya aquí y ahora a nuestro alcance. Aquí y ahora, puedo vivir la eternidad, puesto que puedo conectar con lo que hay de Dios en mí. Aquí y ahora puedo alcanzar mi plenitud, porque teniendo a Dios lo tengo todo.

La esperanza cristiana no se basa en lo que Dios me dará sino en que sea capaz de descubrir lo que Dios me está dando. Para que llegue a mí lo que espero, Dios no tiene que hacer nada, ya lo está haciendo. Yo soy el que tiene mucho que hacer, pero en el sentido de tomar conciencia y vivir la verdadera realidad que hay en mí. Por eso hay que estar despiertos. Por eso tenemos que vivir el momento presente, porque es el definitivo, porque en él puedo dar el paso a la experiencia cumbre. Ese sería el momento definitivo de mi vida.

Demostramos falta de confianza, y exceso de miedos, cuando buscamos a toda costa seguridades, sea en el más acá sea para el más allá. El miedo nos impide vivir el presente. Solo vivimos cuando perdemos el miedo. Debemos caminar aunque no tenemos controlado ni el camino ni la meta. Mientras más se acerca a la plenitud un ser humano, más vasto es el horizonte de plenitud que se le abre. Esto, que en sí mismo es un don increíble, a veces lleva a la desesperanza, porque la vida humana es siempre un comienzo.

Meditación

El único objetivo de toda religión debía ser llevarte al interior,
donde te encontrarás con el mismo Dios como centro de tu ser.
Antes de descubrirlo, la confianza es imprescindible.
Nadie tira por la borda las seguridades si no encuentra la total seguridad.
Muchas veces te han dicho que tienes que vender todo lo que tienes.
Pero la realidad es muy tozuda. Nadie da todo por nada.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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El Señor es mi pastor

Domingo, 11 de agosto de 2019

moscoforoTengo que creer que hay un camino a través de esto. Que hay una vida especial esperándonos. Las cosas que solían ser.  Marie me hace sentir que hay esperanza (Shakespeare)

11 de agosto 2019. DOMINGO XIX DEL TO

Sal 32

Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor, el pueblo que se escogió como heredad

Lc 12, 32-48

No temas, pequeño rebaño, que vuestro Padre ha decidido daros el reino 

Juan dice en 10, 9 que Jesús es la puerta del aprisco donde pernocta su rebaño y quien entra por él estará a salvo, pudiendo entrar y salir cuando le apetezca, y encontrar fértiles pastos.

Un aprisco que da cobijo a cuantos lo necesitan, y en el que, cuantos se encuentran en él, están siempre dispuestos a prestarse ayuda.

En la Contraportada de su libro La vida secreta de los árboles, dice Peter Wohlleben: “En los bosques suceden cosas sorprendentes: árboles que se comunican entre sí, árboles que aman y cuidan a sus hijos y a sus viejos enfermos vecinos; árboles sensibles, con emociones, con recuerdo… ¡Increíble, pero cierto!”

Y si los árboles son capaces de realizar estos milagros, ¿de qué no serán capaces las personas? La Naturaleza es así de ejemplar, de generosa y noble. ¿No tendrá también ella sentimientos?

Los seres todos de todo el Universo, formamos ese maravilloso todo de que nos hablan los místicos, y hoy avala la ciencia. Un mismo pastor – ¿la vida, la energía, la luz o la materia? no importa – los pastorean y cuidan.

Los seis versículos del Salmo 22, El Señor es mi pastor, avalan fehacientemente el testimonio de Juan: El Señor es mi pastor, nada me falta: / en verdes praderas me hace recostar; / me conduce hacia fuentes tranquilas / y repara mis fuerzas (vers. 1-3).

En la película El buen pastor, dirigida por Robert de Niro, uno de sus protagonistas expone:

Enviamos al mundo a aquellos que nos dejan, sabiendo que vayan donde vayan, hagan lo que hagan, nunca estarán solos; siempre serán uno de nosotros. Y decimos, pirata, todos para uno ¡Todos para uno!”.

El Buen Pastor es una de las primeras iconografías cristianas, y tiene sus orígenes remotos en las representaciones paganas de Hermes Crióforo y de Orfeo.

“Tengo que creer que hay un camino a través de esto, que hay una vida especial esperándonos; las cosas que solían ser. Marie me hace sentir que hay esperanza, ha dicho Shakespeare en uno de sus dramas.Y el dramaturgo inglés, sabía mucho de estos caminos que nos conducen a feliz destino, a una profunda unión, a una convocatoria que el hombre puede sentir en el corazón.

El dominico José Fernández Moratiel, aseguró en una entrevista que le hizo El Loco de la Colina, Jesús Quintero:

“No soy, me creo por un contemplativo, pero viviendo en medio de los hombres, con los cuales me siento profundamente unido, pues a la vez los acojo, elegido por el silencio. Esa ha sido la fortuna de mi vida; pero cualquier ser humano puede sentir en su corazón ese llamamiento: ese es el gran impulso y el gran motor de la vida”.

En un Cancionero anónimo, este bello Poema que manifiesta la imaginativa concordancia entre los temas humanos y los divinos.

AL FILO DE LOS GALLOS.

Al filo de los gallos viene la aurora;
los temores se alejan como las sombras.
Dios, Padre nuestro;
en tu nombre dormimos y amanecemos.

Como luz nos visitas Rey de los hombres,
como amor que vigila siempre de noche.
Cuando el que duerme,
bajo el signo del sueño prueba la muerte.

Del sueño del pecado nos resucitas
y es señal de tu gracia la luz amiga.
¡Dios que nos velas!
Tú nos sacas por gracia de las tinieblas.

Gloria al Padre y al Hijo, gloria al Espíritu;
al que es paz luz y vida, al Uno y Trino.
Gloria a su nombre
y al misterio divino que nos lo esconde.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Responsables de nuestro tesoro

Domingo, 11 de agosto de 2019

9Lc 12, 32-48

11 de Agosto de 2019

El evangelio de Lucas de este domingo nos presenta un texto lleno de mensajes importantes sobre el seguimiento a Jesús. El contexto de estos versículos es la comprensión del Reinado de Dios y las actitudes incompatibles para percibirlo. Estas palabras se encuadran dentro del viaje de Jesús hacia Jerusalén y nos muestran a un Jesús liderando un nuevo movimiento socio-religioso marcando claramente lo esencial y lo superfluo.

Comienza el texto con una rotunda expresión: a vosotros se os ha dado el Reino. Sin esta conciencia de que somos portadores de este espacio de Dios, es casi imposible situarse desde la confianza y el compromiso con todo lo que supone. El Reino no es lugar al que iremos después de la muerte; como bien dijo Jesús en otro momento: el Reino está dentro de vosotros, por tanto, es un espacio que ya llevamos en nuestra identidad profunda. Sin aceptar esta coordenada no es fácil disponerse para conectar con esta realidad interior.

Inicia el discurso con una serie de indicaciones que van acotando la manera de acceder y tomar consciencia de esta dimensión existencial. Les habla de un claro desapego de las realidades que caducan; precisamente, porque en cualquier momento pueden caducar, cabría esperar un vacío emocional que se incrusta como una gran sombra vital que no permite ver y apoyarse en la Luz. No se trata de no tener cosas sino de usar bien lo que se tiene. Tampoco se trata de despreciar el bienestar sino de priorizar la felicidad a pesar de lo que pueda incomodarnos en la vida. Y, mucho menos, de vivir al margen del mundo sino abrazar al mundo para ver más allá de lo físico y sensible. Porque, efectivamente, según las palabras dichas por Jesús en este texto: donde está vuestro tesoro, allí también estará vuestro corazón. Esta es la clave de la existencia humana y de la felicidad: ser conscientes de cuál es nuestro tesoro, lo que consideramos más valioso porque el corazón va a habitar ahí.  La propuesta evangélica no se refiere al corazón afectivo sino al corazón existencial, ese centro vital desde donde fluyen las hondas e-mociones y dinamismos de la vida auténtica. El corazón es una potencia interior que es capaz de traslucir la vida divina desde la fuente hacia el exterior. Jesús le dedicó una Bienaventuranza, una pieza clave para comprender este espacio de Dios: “Dichosos los que tienen un corazón limpio porque verán a Dios”, según recoge el texto de Mateo.

Continúa el discurso de Jesús con una invitación a estar preparados; ¿Preparados para qué o para quién? Podría interpretarse como una actitud por si nos sorprende la muerte. Quizá se refiera, también, a estar preparados para cuando nos llegue ese momento de consciencia en el que toda nuestra vida se vuelve coherente, clara, fuerte, amarrada en la luz y en la potencialidad de Dios, además de sentirnos seres únicos y necesarios en este mundo. Estar preparados para vivir desde lo esencial, estar preparados para dejar de estar sometidos a las realidades temporales y mirar el misterio humano desde la dignidad que somos y tenemos. Ser como el criado fiel y prudente de la parábola supone ser conscientes de todo cuanto recibimos en cada momento para repartir las raciones a su tiempo; las raciones de justicia, igualdad, paz, perdón, generosidad, esperanza; en definitiva, una mirada nueva e inclusiva a todo aquello y aquellos y aquellas que son diferentes o que puedan cuestionar nuestras creencias y patrones mentales, amenazar a nuestro ego y/o desestabilizar nuestra zona de confort y nuestro estatus.

Parece que los discípulos no comprenden bien toda esta lección y Pedro pregunta a quién va dirigido este mensaje. Un mensaje tan directo les haría muy responsables de vivirlo y aún no han soltado el lastre de la mentalidad judía; una visión en la que la salvación es un premio y no una gestión del acto creador en cada ser humano como podemos interpretar en las palabras de Jesús: os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes. Esa salvación que ya está en cada ser creado y que somos responsables de encarnarla en lo concreto de la vida.

Concluye el texto con una convicción profunda de Jesús: a quien se le dio mucho, se le podrá exigir mucho; y a quien se le confió mucho, se le podrá pedir más. Quienes somos conscientes de esta revelación somos responsables de aprender a negociar estas luces y tesoros interiores para que el Reinado de Dios, la nueva Humanidad en palabras de Pablo, no sea una quimera, una utopía, una ideología, algo que vendrá, sino nuestro presente arraigados en lo que somos y en el Dios que nos va sosteniendo en cada momento de la vida.

FELIZ DOMINGO

Rosario Ramos

Fuente Fe Adulta

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Un tesoro inagotable

Domingo, 11 de agosto de 2019

4822_sun_heart_autumn_leaf_39379Domingo XIX del Tiempo Ordinario

11 agosto 2019

Lc 12, 32-48

Los sabios han utilizado la metáfora del tesoro escondido para aludir a la comprensión –hallazgo– de nuestra verdadera identidad. Han hablado también de la urgencia de despertar del sueño en el que estamos dormidos y de recordar nuestra verdad olvidada.

Sueño y olvido son la causa de nuestra ignorancia y la fuente de todo sufrimiento. Porque nos introducen en una consciencia de separatividad, en la que tomamos como realidad lo que solo es una representación mental, olvidando Aquello –lo único realmente real– que lo sostiene y de donde está brotando.

Es algo equivalente a mirar las imágenes de una película olvidando o ignorando la pantalla en la que aparecen. Fascinados por las imágenes con las que nos hemos identificado, olvidamos que todas ellas son solo formas pasajeras y que lo único permanente y estable es la pantalla en la que se muestran.

“Nuestro nacimiento no es sino un sueño y un olvido”, afirmaba el poeta William Wordsworth. Y ahí seguimos, dormidos y olvidados, perdidos en la creencia de la separación y encapsulados en la creencia del yo separado.

La sabiduría es una llamada a comprender. No a pensar –el pensamiento no podrá conducirnos a la comprensión–, sino a indagar qué es Aquello que en nosotros es consciente, Aquello –lo único– que no es un objeto más dentro del mundo de la representación.

Solo comprender despierta. Una comprensión que no es conceptual, sino vivencial, experiencial, y que es fruto de la indagación directa. Ella nos introducirá en un camino de desapropiación –“vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder”–porque hemos comprendido que somos “un tesoro inagotable, adonde no se acercan los ladrones no roe la polilla”.

Esto es lo que somos, Plenitud a la que nada le falta, como cantaba Teresa de Jesús: “Quien a Dios tiene, nada le falta; solo Dios basta”. Sabiendo que Dios no es un Ente separado que nos completaría desde fuera, sino el estado de presencia que constituye nuestra identidad.

Entre tanto, la Vida seguirá siendo maestra que intentará por todos los medios enseñarnos lo que somos, recurriendo incluso a experiencias de crisis que, en algún momento, consigan sacarnos de nuestra creencia errónea de separación e iluminen la comprensión de que somos uno con ella. Ahí radica todo el aprendizaje: no eres un yo separado que tiene vida, sino la Vida misma que se está experimentando temporalmente en esa forma o persona.

No te extrañes que, de pronto, la vida te detenga y te “siente” porque quiere hablarte y no le habías hecho caso. Y te hablará. Te recordará cosas que tal vez habías olvidado. Y te abrazará. Y en ese abrazo te dirá que solo has venido a vivir. No a pelear, ni a ganar, ni a saldar ninguna deuda. Solo a vivir.

¿Vivo en el sueño de la ignorancia o crezco en comprensión?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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El fundamento de la religión es el miedo y la angustia. El fundamento del cristianismo es el amor.

Domingo, 11 de agosto de 2019

trans-madre-1Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

El diccionario de la Real Academia dice que el miedo es la perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario.

El miedo es un sentimiento -¿una emoción?- negativo ante un peligro real o supuesto, presente o futuro.

Variantes del miedo son el terror que puede tornar irracional el o los comportamientos.

La angustia es más difusa, más inconcreta y más profunda. Se trata de un estado de ansiedad “generalizada”. Es un síntoma existencial que no depende de la riqueza o pobreza, de la salud o enfermedad. De hecho sufren angustia el rico y el pobre, el sano y el enfermo, el ignorante y el culto, el hombre y la mujer.

El miedo y sus variantes son como un mecanismo de defensa ante los peligros de la vida. Cuando sentimos miedo o angustia nos replegamos, a veces buscamos salida, a veces huimos.

En ocasiones El miedo nos bloquea, nos deja paralizados. Nos quedamos en nuestros “cuarteles de invierno” por la que pueda venir.

¿Habrá alguna persona que no haya sentido  miedo o angustia ante un problema, ante una enfermedad, ante la muerte?

Si bien no siempre, pero en estas cuestiones tienen mucho que decir la psicología, tal vez la medicina, pero también la bondad, la cercanía, la familiaridad empatía tienen mucho que decir y hacer. El miedo y la angustia son problemas que encuentran un buen tratamiento en la confianza, la amistad, la fe.

El miedo en el Nuevo Testamento:

         El miedo aparece con frecuencia en el NT

El lago, el mar es sitio de peligro y la barca (la Iglesia naciente) atravesó como pudo diversas tormentas en las que los creyente sintieron miedo y angustia. Pedro sintió miedo en el mar y se hundía. (Mt 14,26ss). ¿Y quién no siente miedo en las travesías de la vida? Cuando Cristo está presente en la vida de la comunidad y de los comuneros (creyentes) se hace la calma (Mt 8,26). Cuando la misericordia y el amor de Dios se están haciendo presentes en la Iglesia con el papa Francisco, sentimos un cierto alivio) A veces las instituciones y las personas de poder infunden miedo y funcionan amenanzando, Los padres del ciego del Templo no se atrevían a hablar por miedo a los judíos del Templo (Jn 19,38). Las instituciones eclesiásticas y algunos de sus representantes con sus modos de actuar han infundido miedo y desesperanza José de Arimatea fue un hombre valiente y, al mismo tiempo, con miedo pues pide a Pilatos el cadáver de Jesús para darle tierra. (Jn 19,38).  ¿Nos haríamos cargo de un ejecutado en una pena de muerte? Tras la muerte de Jesús, los discípulos estaban encerrados por miedo a los judíos (Jn 20,19). Cuando Jesús no está en mi vida, en nuestra vida eclesial, vivimos encerrados y con miedo.

También nosotros, pues, tenemos miedos de todo tipo: miedo ante el futuro: a que no nos llegue el dinero, el sueldo – la pensión, miedo a la enfermedad, a la muerte, etc.

Podemos sentir miedo ante las instituciones. A mí que no me quiten el puesto de trabajo o el cargo eclesiástico – político que tengo. En la vida política esto lo vemos todos los días, también en la vida eclesiástica: cargos, potestades, miedos a no medrar o a perder el puesto. Por eso sentimos miedo ante las instituciones eclesiásticas: que el “obispo no me toque” o vamos a ver si me “asciende”.

También hemos vivido otros miedos más profundos y traidores: miedos y angustias de tipo moral-religioso. ¡Cuánto daño y angustia ha infundido la moral que hemos recibido!

“El fundamento de la religión es el miedo”, el fundamento del cristianismo es el amor y la paz.

También podemos sentir miedo porque vemos peligrar la salud: ante una enfermedad, la decrepitud de las fuerzas, las capacidades. ¿Quién está libre de un cáncer, un infarto., un Alzheimer? Miedo ante la muerte.

Nos puede pasar de todo en la vida.

El miedo es la otra cara de la moneda de la vida.

Jesús insiste: No tengáis miedo. Vivid en Paz.

         Jesús seguro que sintió miedo en su vida. Era hombre y en muchos momentos las cosas “le venían mal dadas”: de hecho lo buscaron para despeñarlo por el barranco. Jesús fue audaz y valiente, pero sintió miedo ante los fariseos (la ley del pueblo), ante Herodes, ante los sacerdotes del Templo (la banca), Jesús sintió miedo ante la cruz: la víspera de su muerte sudó sangre en el huerto de los Olivos y en la cruz se sintió abandonado. Muchas realidades le tuvieron que infundir miedo.

         Sin embargo, a Jesús no le bloqueó el miedo. Fue un hombre libre y, por tanto, un hombre de calma y de paz. No perdáis la calma, confiad (Jn 14,1-12). No temáis a los que pueden hacer daño al cuerpo, pero no pueden tocar la vida y los valores (Mt 10,28). La paz os dejo, mi paz os doy. No se turbe vuestro corazón, no tengáis miedo.(Jn 10,27). no temas, pequeño rebaño.

         Para un creyente vivir sin miedo es confiar (creer, fiarse) en Dios, vivir en la paz de Dios. Toda la primera lectura de hoy (Hebreos) está impregnada de confianza, de fe en Dios: Abraham y Sara en situaciones imposibles se fían y viven en la paz de Dios.

La paz en el plano personal es la integración y armonía de la existencia.[1] Dejar, descansar toda nuestra existencia en manos de Dios. Hay una expresión popular que creo recoge bien este sentimiento: que sea lo que Dios quiera.

         Una enfermedad incierta, puede ser fuente de gran preocupación. Un superior, un político o un obispo despótico y tirano pueden hacer daño, pero mi vida no descasan en ellos, solamente en Dios descansa mi vida  (salmo 61) y ahí encuentro la paz.

         Estas cosas son más para pensarlas y vivirlas en nuestro interior, que para decirlas.

Nos pase lo que nos pase que no nos pase sin el Señor.

Seamos gente que sembramos calma.

         En nuestros convivir y transcurrir seamos gente de calma. No infundamos miedo, sino serenidad. Muchas veces somos un manojo de nervios y transmitimos angustia, ansiedad.

         No encendamos el ventilador y aireemos enseguida litigios, defectos, malos augurios y chismes. No seamos un vulgar Internet que airea todo lo que recibe. Juan XXIII decía aquello: no seamos profetas de calamidades.

         El Seños nos dejó su paz, la paz os dejo, mi paz os doy. No temamos, comuniquemos paz.

No temas, pequeño rebaño.

No perdáis la calma.

Dios Padre nos lleva al Reino

[1] No es el momento, pero también hemos de tener en cuenta el problema de la paz socio-política y de la pacificación. Los cristianos hemos de trabajar para pacificar la vida de los pueblos, de nuestro pueblo.

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Adviento 2017 en una parada de autobús

Lunes, 4 de diciembre de 2017

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Del blog del Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa:

El adviento me sabe a parada de autobús, a ese espacio en el que te sientas y esperas. No es un espacio muerto, no es tampoco un tiempo perdido.  Si te implicas en el momento puedes conversar con quien tienes al lado, también esperando. Quizás te cuente a dónde se dirige, o a lo mejor tenéis amigos en común y os ponéis al día respecto a viejos conocidos.  A veces también sucede que ese desconocido pierde tal categoría y empieza a ser “el de la parada del bus”, sobre todo si tienes costumbres fijas.

En la parada del autobús te da tiempo a mirar alrededor (si es esa tu actitud), a ver formarse un charco cuando la lluvia arrecia, o a observar cómo los estorninos del Paseo sobrevuelan ruidosos.

Te da tiempo a esperar sin desesperarte y a encontrarle gusto a la espera.

En la parada del autobús puedes ejercer la generosidad al dejarle el sitio a alguien que lo necesita más,… o quizás no, pero tú ya sabes que cada minuto es una oportunidad para realizar un acto de amor puro.

También puede sucederte que llegas a la parada justo en el momento en el que se aproxima el autobús que quieres tomar. No te ha dado ni tiempo a esperar, pero… bueno, una vez dentro del autobús también puedes experimentar vivencias interesantes.

Ahora te encuentras algunas marquesinas en las que tienes conexión wifi e incluso puedes cargar el móvil. Supongo que entonces poco de lo dicho anteriormente será posible, porque viviremos la espera ajenos a ella misma, perdiéndonos al desconocido, al habitual, el charco y los estorninos,  y el minuto amoroso.

A esto me suena el adviento.

A esto y a mucho más.

No tengo intención de esperar la Navidad en una marquesina con posibilidad de conectarme a la wifi gratis.

Prefiero desconectarme de la red y engancharme a los caminos que me llevan a tu rostro.

Que tengas un Adviento lleno de sencillez y cercanía.

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Esperar

Domingo, 12 de noviembre de 2017

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Lo realmente triste no es cuando, al anochecer, regresas y no tienes a nadie que te espere en casa, sino cuando tu no esperas nada de la vida […]. Esperar, esto es, experimentar el gozo de vivir.

Dicen que la santidad de una persona se mide según el espesor de su espera. Quizás sea verdad. Si es así, hay que concluir que Maria es la más santa de las criaturas, porque toda su vida aparece marcada por el gozo de quien espera […]. Santa María, virgen de la esperanza, danos de tu aceite, que nuestras lámparas se apagan. Mira: se han agotado las reservas. No nos mandes a otros vendedores. Reaviva en nuestras almas el antiguo ardor que nos quemaba por dentro, cuando bastaba una pequeñez para rebosar de alegría: la llegada de un amigo lejano, el rojo atardecer después de una tormenta, la caída de las hojas anunciando el regreso del invierno, los repiques de campanas en los días de fiesta, el vuelo raso de las golondrinas en primavera, el acre olor emanado de los lagares, el canturreo de las cantinelas otoñales, el encorvarse tierno y cadencioso del regazo materno, el perfume del espliego al preparar la cuna.

Si hoy no sabemos esperar es porque estamos escasos de esperanza. Se han desecado las fuentes. Sufrimos una profunda sequía de deseos. Y, satisfechos con los miles de sucedáneos que nos asedian, ya no esperamos nada de las promesas selladas con la sangre del Dios de la alianza […]. Santa Maria, virgen de la esperanza, danos un alma vigilante. Cercanos a los umbrales del tercer milenio, nos sentimos, lamentablemente, mas hijos del crepúsculo que profetas de la claridad que llega. Centinela del mañana, despierta en nuestro corazón la pasión por los jóvenes anuncios para transmitirlos al mundo, que se siente ya viejo. Entréganos el arpa y la citara, y contigo madrugaremos para despertar la aurora. Frente a los cambios que sacuden la Historia, haz que experimentemos de nuevo los estremecimientos primeros, Haznos comprender que no basto con acoger: es necesario esperar. Acoger es, a veces, Señal de resignación. Esperar es, siempre, signo de esperanza. Haznos, por tanto, ministros de la espera. Y el Señor que viene, Virgen del adviento, nos sorprenda, también junto a tu materna complicidad, con la lámpara en la mano.

*

A. Bello,
María, Señora de nuestros días,
San Pablo, Madrid 1996.

***

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

“Se parecerá el reino de los cielos a diez doncellas que tomaron sus lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco eran sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite; en cambio, las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron. A medianoche se oyó una voz:

“¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!”

Entonces se despertaron todas aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias dijeron a las sensatas:

“Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan las lámparas.”

Pero las sensatas contestaron:

“Por si acaso no hay bastante para vosotras y nosotras, mejor es que vayáis a la tienda y os lo compréis.”

Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron también las otras doncellas, diciendo:

“Señor, señor, ábrenos.”

Pero él respondió:

-“Os lo aseguro: no os conozco.” Por tanto, velad, porque no sabéis el día ni la hora.”

*

Mateo 25,1-13

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Veo

Martes, 10 de octubre de 2017

Del blog Nova Bella:

 

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“Quedo vencido.

Y veo, veo, y sé

lo que se espera,

que es lo que se sueña

*

Claudio Rodríguez

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Esperar con esperanza.

Jueves, 21 de septiembre de 2017

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La espera no es una actitud muy popular. La espera no es algo en lo que la gente piensa con gran simpatía. En efecto, la mayoría de la gente considera la espera como una pérdida de tiempo. Para muchos, la espera es un desierto árido que se extiende entre el lugar en que se encuentran y aquel al que quieren ir. Y a la gente no le gusta demasiado un lugar así.

En realidad la espera es activa, La mayoría de nosotros piensa en la espera como algo muy pasivo, como un estado sin esperanza determinado por acontecimientos completamente fuera de nuestras manos. ¿Se retrasa el autobús? No podemos hacer nada, no nos queda más remedio que sentarnos y esperar. Sin embargo, no hay nada de esta pasividad cuando se nos habla en la Escritura de espera. Los que están a la espera están llamados a hacerlo de una manera activa. Espera significa estar plenamente presentes en el momento, con la convicción de que algo está sucediendo allí donde te encuentras y que quieres estar presente en ese momento. Una persona que está esperando es alguien que está presente en el momento, que cree que ese momento es el momento. Entonces la espera no es pasiva. Incluye alimentar ese momento, como una madre alimenta al niño que está creciendo en su seno. Es mantenerse vigilantes, atentos a la voz que dice al hablar: “¡No temáis! Va a suceder algo. Prestad atención”.

Esperar en tiempo indeterminado es una actitud enormemente radical hacia la vida. Es tener confianza en que nos sucederá algo que está mucho más allá de nuestra imaginación. Es abandonar el control de nuestro futuro y dejar que sea Dios quien determine nuestra vida. La vida espiritual es una vida en la que esperamos, en la que estamos a la espera, activamente presentes en el momento, esperando que nos sucedan cosas nuevas, cosas nuevas que están mucho más allá de nuestra capacidad de previsión. Esta es la razón por la que Simone Weil, una escritora judía, ha dicho: “Esperar pacientemente con esperanza es el fundamento de la vida espiritual”.

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Henri Nouwen,

Il sentiero dell’attesa,
Brescia 21997, pp. 6-18, pass/m.

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La Espera

Lunes, 12 de junio de 2017

Del blog de Henri Nouwen:

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“Si es verdad que Dios, en Cristo Jesús, espera nuestra respuesta al amor divino, entonces podemos descubrir toda una perspectiva nueva sobre cómo esperar en la vida. Podemos aprender a ser persona que no siempre intentan volver a la acción, sino que reconocen el cumplimiento de nuestra más honda humanidad en la pasión, en la espera.

Si logramos hacerlo, estoy convencido de que entraremos en contacto con el poder y la gloria de Dios y de nuestra propia vida nueva. Nuestro servicio a los demás incluirá nuestra ayuda para hacerles ver cómo la gloria se abre paso, no sólo donde son activos, sino también donde son pasivos.

Y por esta razón la espiritualidad de la espera no es solamente esperar a Dios. Es también participar en la espera de Dios por nosotros y de esta forma llegar a compartir el amor más profundo: el amor de Dios.”

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Henri Nouwen

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Esperando…

Viernes, 26 de mayo de 2017

Del blog Nova Bella:

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¡Me parece que he estado esperando este instante, hace siglos, para encender mi lámpara y coger mis flores…!

Mientras fui prisionero de mi casa, y tuve cerradas mis puertas, mi corazón estaba siempre pensando en huir y vagar. Ahora, ante mi portón caído, me estoy quieto, esperando tu venida.

Me tienes atado con mi libertad.

Y siento el raudal de mi vida precipitarse al infinito

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Rabindranath Tagore

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“Los necesitamos más que nunca”. 19 Tiempo ordinario – C (Lucas 12,32-48)

Domingo, 7 de agosto de 2016

19-TO-600x740Las primeras generaciones cristianas se vieron muy pronto obligadas a plantearse una cuestión decisiva. La venida de Cristo resucitado se retrasaba más de lo que habían pensado en un comienzo. La espera se les hacía larga. ¿Cómo mantener viva la esperanza? ¿Cómo no caer en la frustración, el cansancio o el desaliento?

En los evangelios encontramos diversas exhortaciones, parábolas y llamadas que  solo tienen un objetivo: mantener viva la responsabilidad de las comunidades cristianas. Una de las llamadas más conocidas dice así: «Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas». ¿Qué sentido pueden tener estas palabras para nosotros, después de veinte siglos de cristianismo?

Las dos imágenes son muy expresivas. Indican la actitud que han de tener los criados que están esperando de noche a que regrese su señor, para abrirle el portón de la casa en cuanto llame. Han de estar con «la cintura ceñida», es decir, con la túnica arremangada para poder moverse y actuar con agilidad. Han de estar con «las lámparas encendidas» para tener la casa iluminada y mantenerse despiertos.

Estas palabras de Jesús son también hoy una llamada a vivir con lucidez y responsabilidad, sin caer en la pasividad o el letargo. En la historia de la Iglesia hay momentos en que se hace de noche. Sin embargo, no es la hora de apagar las luces y echarnos a dormir. Es la hora de reaccionar, despertar nuestra fe y seguir caminando hacia el futuro, incluso en una Iglesia vieja y cansada.

Uno de los obstáculos más importantes para impulsar la transformación que necesita hoy la Iglesia es la pasividad generalizada de los cristianos. Desgraciadamente, durante muchos siglos los hemos educado, sobre todo, para la sumisión y la pasividad. Todavía hoy, a veces parece que no los necesitamos para pensar, proyectar y promover caminos nuevos de fidelidad hacia Jesucristo.

Por eso, hemos de valorar, cuidar y agradecer tanto el despertar de una nueva conciencia en muchos laicos y laicas que viven hoy su adhesión a Cristo y su pertenencia a la Iglesia de un modo lúcido y responsable. Es, sin duda, uno de los frutos más valiosos del Vaticano II, primer concilio que se ha ocupado directa y explícitamente de ellos.

Estos creyentes pueden ser hoy el fermento de unas parroquias y comunidades renovadas en torno al seguimiento fiel a Jesús. Son el mayor potencial del cristianismo. Los necesitamos más que nunca para construir una Iglesia abierta a los problemas del mundo actual, y cercana a los hombres y mujeres de hoy.

José Antonio Pagola

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“Estad preparados”. Domingo 7 de agosto de 2016. 19º domingo del Tiempo Ordinario

Domingo, 7 de agosto de 2016

44-ordinarioC19 cerezoLeído en Koinonia:

Sabiduría 18, 6-9: Con una misma acción castigabas a los enemigos y nos honrabas, llamándonos a ti.
Salmo responsorial: 32: Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.
Hebreos 11, 1-2. 8-19:  Esperaba la ciudad cuyo arquitecto y constructor iba a ser Dios.
Lucas 12, 32-48: Estad preparados.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: “No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el reino.

Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro allí estará también vuestro corazón.

Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle apenas venga y llame.

Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en vela; os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sirviendo.

Y, si llega entrada la noche o de madrugada y los encuentra así, dichosos ellos.

Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón, no le dejaría abrir un boquete.

Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre.”

Pedro le preguntó: “Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?”

El Señor le respondió: “¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?

Dichoso el criado a quien su amo, al llegar, lo encuentre portándose así. Os aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.

Pero si el empleado piensa: “Mi amo tarda en llegar”, y empieza a pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y beber y emborracharse, llegará el amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá, condenándolo a la pena de los que no son fieles.

El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo por obra recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de castigo, recibirá pocos.

Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá.”

Primera Lectura

Los israelitas, oprimidos en Egipto, experimentaron que el Señor era su salvador la noche en que murieron los primogénitos de los egipcios. Por eso aquella noche tuvo una significación trascendental para la historia de los hebreos. Les recordaba las promesas que Dios había hecho a sus padres; que desde entonces Israel fue un pueblo libre y consagrado al Señor. La primera cena del cordero pascual sirve de modelo a lo que había de ser centro de la vida religiosa y cultural.

La participación en un mismo sacrificio simbolizaba la unión solidaria de un pueblo en un destino común. La celebración pascual recuerda que Dios no cesa de elegir a su pueblo entre los justos y de castigar a los impíos.

Hoy, toda esta imagen de Dios, por más que la hayamos estado escuchando y venerando durante milenios, desde siempre, aparece como profundamente inadecuada, inaceptable. ¿Qué clase de Dios es ése que opta por un pueblo, lo elige, le regala una tierra que está ya ocupada por otros pueblos da poder a su pueblo elegido para que los expulse y los destruya? ¿Es verosímil esta imagen de Dios? ¿No es propia de los tiempos «tribales», donde cada tribu se imagina que tiene su Dios protector que la defenderá contra las demás? (Recomendamos leer al respecto, por ejemplo, de John Shelby SPONG, Un cristianismo nuevo para un mundo nuevo, Abya Yala, Quito, Ecuador, www.tiempoaxial.org; también se puede mirar en google y en youtube sobre este autor).

Segunda Lectura

La fe de Abraham y de los patriarcas sirve de ejemplo. Para estimular la perseverancia en la fe que lleva a la salvación, la carta a los Hebreos aduce una serie de testigos. Abraham, lo mismo que los hebreos del siglo I, conoció la emigración, la ruptura respecto al medio familiar y nacional y la inseguridad de las personas desplazadas. Pero en esas pruebas encontró Abraham motivo para ejercer un acto de fe en la promesa de Dios.

La fe enseña a no darnos por satisfechos con los bienes tangibles ni con esperanzas inmediatas. Abraham creyó por encima de la amenaza de la muerte. Sufrió la esterilidad de Sara y la falta de descendencia. Esta prueba fue para él la más angustiosa porque el patriarca se acercaba a la muerte sin haber recibido la prenda de la promesa. Aquí se hace realidad la última calidad de la fe: aceptar la muerte sabiendo que no podrá hacer fracasar el designio de Dios.

Más que el sufrimiento, es la muerte el signo por excelencia de la fe y de la entrega de uno mismo a Dios. Abraham creyó en un “más allá de la muerte”, creyó le sería concedida una posteridad incluso en un cuerpo ya apagado, porque le había sido prometida. Esta fe constituye lo esencial de la actitud de Cristo ante la cruz. También se entregó a su Padre y a la realización del designio divino, pero tuvo que medir el fracaso total de su empresa: para congregar a toda la humanidad, se encuentra aislado pero confiado en un por encima de la muerte que su resurrección iba a poner de manifiesto.

Evangelio

El evangelio de hoy nos presenta unas recomendaciones que tienen relación con la parábola del domingo anterior del rico necio. Los exegetas se diversifican en cuanto a la estructura que presente el texto y no determinan las unidades de las que se compone. La actitud de confianza con el que inicia el texto no debería de omitirse “no temas, rebañito mío, porque su Padre ha tenido a bien darles el reino”. Esta exhortación a la confianza, al estilo veterotestamentario y que gusta a Lucas, expresa la ternura y protección que Dios ofrece a su pueblo, pero expresa también la autocomprensión de las primeras comunidades: conscientes de su pequeñez e impotencia, vivían, sin embargo, la seguridad de la victoria. La bondad de Dios, en su amor desmedido, nos ha regalado el Reino. Desde aquí tenemos que entender las exhortaciones siguientes. Si el Reino es regalo, lo demás es superfluo (bienes materiales). Recordemos los sumarios de Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Lucas invita a la vigilancia, consciente de la ausencia de su Señor, a una comunidad que espera su regreso, pero no de manera inminente como sucedía en las comunidades de Pablo (cf. 1Tes.4-5). La Iglesia de Lucas sabe que vive en los últimos días en los que el hombre acoge o rechaza de forma definitiva la salvación que se regala. Cristo ha venido, ha de venir; está fuera de la historia, pero actúa en ella. La historia presente, de hecho, es el tiempo de la iglesia, tiempo de vigilancia.

Fitzmyer, ilustra esta afinada concepción de la historia, aparecen varias recomendaciones en lo que puede considerarse como los “retazos de una hipotética parábola”. Lo importante será descubrir en cuál de esas recomendaciones centramos la llegada que hay que esperar de manera vigilante. La predicación histórica de Jesús tienen estas máximas sobre la vigilancia y la confianza. Ahora, en este texto se les reviste de carácter escatológico. El punto clave reside en la invitación “estén preparados”; o lo que es lo mismo, lo importante es el hoy. A la luz de una certeza sobre el futuro, queda determinado el presente. Esta es la comprensión de la historia de Lucas: “se ha cumplido hoy” (4,21), “está entre ustedes” (17,20-21) y “ha de venir” (17,20).

El Reino es, al mismo tiempo, presente y algo todavía por venir. De aquí la doble actitud que se exige al cristiano: desprendimiento y vigilancia. Es necesario desprenderse de los cuidados y de los bienes de este mundo, dando así testimonio de que se buscan las cosas del cielo.

La vigilancia cristiana es inculcada constantemente por Cristo (Mc 14,38; Mt 25,13). La vida del cristiano debe ser toda ella una preparación para el encuentro con el Señor. La muerte que provoca tanto miedo en el que no cree, para el cristiano es una meditación: marca el fin de la prueba, el nacimiento a la vida inmortal, el encuentro con Cristo que le conduce a la Casa del Padre.

La intervención de Pedro, demuestra que la exhortación de Jesús sobre el significado de actuar y perseverar en vigilancia es en primer lugar referido a aquellos que son “la cabeza” de la comunidad, o mejor dicho para los que “están al servicio” de la comunidad. La resurrección a la vida depende del modo como ejercitaron ese servicio. Leer más…

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