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Archivo para marzo, 2024

Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. ¡Exultemos de Alegría en esta mañana de Pascua!

Domingo, 31 de marzo de 2024

Del blog de la Communion Béthanie:

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Con María Magdalena, Simón Pedro y Juan

Corramos, corramos para anunciar y para testimoniar el amor sin límite de Dios para todos los hombres

Con Cristo resucitamos a una vida nueva. Nos libera definitivamente del mal. Nos reúne allí dónde estamos.

Vida que renace cada mañana,

Vida renovada si confiamos en la palabra de los discípulos del Cristo que vieron sólo una tumba vacía,,

Vida renovada si dejamos a Cristo rodar cada mañana la piedra de nuestras tumbas para que brote en nosotros la esperanza del que nos abre el camino, el que nos envía hacia los demás..

Vida renovada que nos lleva a seguir a Cristo siendo los testigos de su resurrección.

Vida renovada que nos hace próximos y atentos a aquéllos que sufren abrumados por la desesperación, la enfermedad, la muerte.

Dejemosnos habitar por esta alegría pascual que nos iluminará hasta el día de Pentecostes donde llenos del Espíritu Santo, fuerza y alegría nos serán todavía renovadas para caminar humildemente con nuestro Dios, él que nos asegura su presencia todos los días de nuestra vida hasta el final de los tiempos.

¡Feliz Fiesta de Pascua!

*

Anne-Marie,
Sœur de la Communion Béthanie

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En el fluir confuso de los acontecimientos hemos descubierto un centro, hemos descubierto un punto de apoyo: ¡Cristo ha resucitado!

Existe una sola verdad: ¡Cristo ha resucitado! Existe una sola verdad dirigida a todos: ¡Cristo ha resucitado!

Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, entonces todo el mundo se habría vuelto completamente absurdo y Pilato hubiera tenido razón cuando preguntó con desdén: «¿Qué es la verdad?». Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, todas las cosas más preciosas se habrían vuelto indefectiblemente cenizas, la belleza se habría marchitado de manera irrevocable. Si el Dios-Hombre no hubiera resucitado, el puente entre la tierra y el cielo se habría hundido para siempre. Y nosotros habríamos perdido la una y el otro, porque no habríamos conocido el cielo, ni habríamos podido defendernos de la aniquilación de la tierra. Pero ha resucitado aquel ante el que somos eternamente culpables, y Pilato y Caifas se han visto cubiertos de infamia.

Un estremecimiento de júbilo desconcierta a la criatura, que exulta de pura alegría porque Cristo ha resucitado y llama junto a él a su Esposa: «¡Levántate, amiga mía, hermosa mía, y ven!».

Llega a su cumplimiento el gran misterio de la salvación. Crece la semilla de la vida y renueva de manera misteriosa el corazón de la criatura. La Esposa y el Espíritu dicen al Cordero: «¡Ven!». La Esposa, gloriosa y esplendente de su belleza primordial, encontrará al Cordero.

*

P. Florenskij,
cuore cherubico,
Cásale Monferrato 1999, pp. 172-174, passim).

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“¿Dónde buscar al que vive?”. Pascua de Resurrección – B (Juan 20,1-9)

Domingo, 31 de marzo de 2024

IMG_3772La fe en Jesús, resucitado por el Padre, no brotó de manera natural y espontánea en el corazón de los discípulos. Antes de encontrarse con él, lleno de vida, los evangelistas hablan de su desconcierto, su búsqueda en torno al sepulcro, sus interrogantes e incertidumbres.

María de Magdala es el mejor ejemplo de lo que acontece probablemente en todos. Según el relato de Juan, busca al Crucificado en medio de tinieblas, «cuando aún estaba oscuro». Como es natural, lo busca «en el sepulcro». Todavía no sabe que la muerte ha sido vencida. Por eso el vacío del sepulcro la deja desconcertada. Sin Jesús se siente perdida.

Los otros evangelistas recogen otra tradición que describe la búsqueda de todo el grupo de mujeres. No pueden olvidar al Maestro que las ha acogido como discípulas: su amor las lleva hasta el sepulcro. No encuentran allí a Jesús, pero escuchan el mensaje que les indica hacia dónde han de orientar su búsqueda: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado».

La fe en Cristo resucitado no nace tampoco hoy en nosotros de forma espontánea, solo porque lo hemos escuchado desde niños a catequistas y predicadores. Para abrirnos a la fe en la resurrección de Jesús hemos de hacer nuestro propio recorrido. Es decisivo no olvidar a Jesús, amarlo con pasión y buscarlo con todas nuestras fuerzas, pero no en el mundo de los muertos. Al que vive hay que buscarlo donde hay vida.

Si queremos encontrarnos con Cristo resucitado, lleno de vida y de fuerza creadora, lo hemos de buscar no en una religión muerta, reducida al cumplimiento y la observancia externa de leyes y normas, sino allí donde se vive según el Espíritu de Jesús, acogido con fe, con amor y con responsabilidad por sus seguidores.

Lo hemos de buscar no entre cristianos divididos y enfrentados en luchas estériles, vacías de amor a Jesús y de pasión por el evangelio, sino allí donde vamos construyendo comunidades que ponen a Cristo en su centro, porque saben que «donde están reunidos dos o tres en su nombre, allí está él».

Al que vive no lo encontraremos en una fe estancada y rutinaria, gastada por toda clase de tópicos y fórmulas vacías de experiencia, sino buscando una calidad nueva en nuestra relación con él y en nuestra identificación con su proyecto. Un Jesús apagado e inerte, que no enamora ni seduce, que no toca los corazones ni contagia su libertad, es un «Jesús muerto». No es el Cristo vivo, resucitado por el Padre. No es el que vive y hace vivir.

José Antonio Pagola

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Él había de resucitar de entre los muertos”. Domingo 31 de marzo de 2024. Domingo de Pascua

Domingo, 31 de marzo de 2024

27-pascuaB1 cerezoLeído en Koinonia:

Hechos de los apóstoles 10,34a.37-43: Hemos comido y bebido con él después de su resurrección:
Salmo responsorial: 117. Éste es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.
Colosenses 3,1-4: Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo.
O bien: 1Corintios 5,6b-8: Quitad la levadura vieja para ser una masa nueva.
Juan 20,1-9: Él había de resucitar de entre los muertos.

A) Primer comentario

Para este domingo de Pascua nos ofrece la liturgia como primera lectura uno de los discursos de Pedro una vez transformado por la fuerza de Pentecostés: aquél que pronunció en casa del centurión Cornelio, a propósito del consumo de alimentos puros e impuros, lo que estaba en íntima relación con el tema del anuncio del Evangelio a los no judíos y de su ingreso a la naciente comunidad cristiana. El discurso de Pedro es un resumen de la proclamación típica del Evangelio que contiene los elementos esenciales de la historia de la salvación y de las promesas de Dios cumplidas en Jesús. Pedro y los demás apóstoles predican la muerte de Jesús a manos de los judíos, pero también su resurrección por obra del Padre, porque “Dios estaba con él”. De modo que la muerte y resurrección de Jesús son la vía de acceso de todos los hombres y mujeres, judíos y no judíos, a la gran familia surgida de la fe en su persona como Hijo y Enviado de Dios, y como Salvador universal; una familia donde no hay exclusiones de ningún tipo. Ese es uno de los principales signos de la resurrección de Jesús y el medio más efectivo para comprobar al mundo que él se mantiene vivo en la comunidad.

Una comunidad, un pueblo, una sociedad donde hay excluidos o marginados, donde el rigor de las leyes divide y aparta a unos de otros, es la antítesis del efecto primordial de la Resurrección; y en mucho mayor medida si se trata de una comunidad o de un pueblo que dice llamarse cristiano.

El evangelio de Juan nos presenta a María Magdalena madrugando para ir al sepulcro de Jesús. “Todavía estaba oscuro”, subraya el evangelista. Es preciso tener en cuenta ese detalle, porque a Juan le gusta jugar con esos símbolos en contraste: luz-tinieblas, mundo-espíritu, verdad-falsedad, etc. María, pues, permanece todavía a oscuras; no ha experimentado aún la realidad de la Resurrección. Al ver que la piedra con que habían tapado el sepulcro se halla corrida, no entra, como lo hacen las mujeres en el relato lucano, sino que se devuelve para buscar a Pedro y al “otro discípulo”. Ella permanece sometida todavía a la figura masculina; su reacción natural es dejar que sean ellos quienes vean y comprueben, y que luego digan ellos mismos qué fue lo que vieron. Este es otro contraste con el relato lucano. Pero incluso entre Pedro y el otro discípulo al que el Señor “quería mucho”, existe en el relato de Juan un cierto rezago de relación jerárquica: pese a que el “otro discípulo” corrió más, debía ser Pedro, el de mayor edad, quien entrase primero a mirar. Y en efecto, en la tumba sólo están las vendas y el sudario; el cuerpo de Jesús ha desaparecido. Viendo esto creyeron, entendieron que la Escritura decía que él tenía que resucitar, y partieron a comunicar tan trascendental noticia a los demás discípulos. La estructura simbólica del relato queda perfectamente construida.

La acción transformadora más palpable de la resurrección de Jesús fue a partir de entonces su capacidad de transformar el interior de los discípulos –antes disgregados, egoístas, divididos y atemorizados– para volver a convocarlos o reunirlos en torno a la causa del Evangelio y llenarlos de su espíritu de perdón.

La pequeña comunidad de los discípulos no sólo había sido disuelta por el «ajusticiamiento» de Jesús, sino también por el miedo a sus enemigos y por la inseguridad que deja en un grupo la traición de uno de sus integrantes.

Los corazones de todos estaban heridos. A la hora de la verdad, todos eran dignos de reproche: nadie había entendido correctamente la propuesta del Maestro. Por eso, quien no lo había traicionado lo había abandonado a su suerte. Y si todos eran dignos de reproche, todos estaban necesitados de perdón. Volver a dar cohesión a la comunidad de seguidores, darles unidad interna en el perdón mutuo, en la solidaridad, en la fraternidad y en la igualdad, era humanamente un imposible. Sin embargo, la presencia y la fuerza interior del «Resucitado» lo logró.

Cuando los discípulos de esta primera comunidad sienten interiormente esta presencia transformadora de Jesús, y cuando la comunican, es cuando realmente experimentan su resurrección. Y es entonces cuando ya les sobran todas las pruebas exteriores de la misma. El contenido simbólico de los relatos del Resucitado actuante que presentan a la comunidad, revela el proceso renovador que opera el Resucitado en el interior de las personas y del grupo.

Magnífico ejemplo de lo que el efecto de la Resurrección puede producir también hoy entre nosotros, en el ámbito personal y comunitario. La capacidad del perdón; de la reconciliación con nosotros mismos, con Dios y con los demás; la capacidad de reunificación; la de transformarse en proclamadores eficientes de la presencia viva del Resucitado, puede operarse también entre nosotros como en aquel puñado de hombres tristes, cobardes y desperdigados a quienes transformó el milagro de la Resurrección.

El evangelio de hoy está recogido en la serie «Un tal Jesús» de los hermanos López Vigil, en el capítulo 125 ó 126, Sus audios, así como los guiones de literarios de los episodios y sus correspondientes comentarios teológicos se pueden encontrar y tomar en http://www.untaljesus.net

B) Segundo comentario: «El Resucitado es el Crucificado»

Como otros años, incluimos aquí un segundo guión de homilía, netamente en la línea de la espiritualidad latinoamericana de la liberación, que titulamos con ese conocido lema de la cristología de la liberación.

Lo que no es la resurrección de Jesús

Se suele decir en teología que la resurrección de Jesús no es un hecho “histórico”, con lo cual se quiere decir no que sea un hecho irreal, sino que su realidad está más allá de lo físico. La resurrección de Jesús no es un hecho realmente registrable en la historia; nadie hubiera podido fotografiar aquella resurrección. La resurrección de Jesús objeto de nuestra fe es más que un fenómeno físico. De hecho, los evangelios no nos narran la resurrección: nadie la vio. Los testimonios que nos aportan son de experiencias de creyentes que, después, “sienten vivo” al resucitado, pero no son testimonios del hecho mismo de la resurrección.

La resurrección de Jesús no tiene parecido alguno con la “reviviscencia” de Lázaro. La de Jesús no consistió en la vuelta a esta vida, ni en la reanimación de un cadáver (de hecho, en teoría, no repugnaría creer en la resurrección de Jesús aunque hubiera quedado su cadáver entre nosotros, porque el cuerpo resucitado no es, sin más, el cadáver). La resurrección (tanto la de Jesús como la nuestra) no es una vuelta hacia atrás, sino un paso adelante, un paso hacia otra forma de vida, la de Dios.

Importa recalcar este aspecto para darnos cuenta de que nuestra fe en la resurrección no es la adhesión a un “mito”, como ocurre en tantas religiones, que tienen mitos de resurrección. Nuestra afirmación de la resurrección no tiene por objeto un hecho físico sino una verdad de fe con un sentido muy profundo, que es el que queremos desentrañar.

La “buena noticia” de la resurrección fue conflictiva

Una primera lectura de los Hechos de los Apóstoles suscita una cierta extrañeza: ¿por qué la noticia de la resurrección suscitó la ira y la persecución por parte de los judíos? Noticias de resurrecciones eran en aquel mundo religioso menos infrecuentes y extrañas que entre nosotros. A nadie hubiera tenido que ofender en principio la noticia de que alguien hubiera tenido la suerte de ser resucitado por Dios. Sin embargo, la resurrección de Jesús fue recibida con una agresividad extrema por parte de las autoridades judías. Hace pensar el fuerte contraste con la situación actual: hoy día nadie se irrita al escuchar esa noticia. ¿La resurrección de Jesús ahora suscita indiferencia? ¿Por qué esa diferencia? ¿Será que no anunciamos la misma resurrección, o que no anunciamos lo mismo en el anuncio de la resurrección de Jesús? Leer más…

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31.3.24. Pregón de Pascua: Ha resucitado en la tumba: Magdalena, María la de Santiago y Salomé

Domingo, 31 de marzo de 2024

IMG_3880Del blog de Xabier Pikaza:

Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro. Y se decían unas a otras: “¿Quién nos correrá la piedra de la entrada del sepulcro?”

Al mirar, vieron que la piedra estaba corrida, y eso que era muy grande. Entraron en el sepulcro y vieron a un joven sentado a la derecha, vestido de blanco. Y se asustaron. Él les dijo: “No os asustéis. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? No está aquí. Ha resucitado. Mirad el sitio donde lo pusieron. Ahora id a decir a sus discípulos y a Pedro: Él os precede a Galilea. Allí lo veréis, como os dijo (Mc 16, 1-6)

Ayer, noche de Vigilia pascual, entre las diez y las once, en la iglesia de aldea de San Morales, frente a una pila bautismal antigua, he proclamado  el pregón de pascua ante el cirio encendido ante unas cincuenta velas pequeñas de cristianos de las aldeas vecinas, Aldea-lengua, Aldea-Rubia y Huerta de Tormes.

Después oímos todos  en silencio emocionado el Evangelio de las tres mujeres de pascua que leyó y comentó José Miguel, párroco de estas aldeas. Volví a casa, bajo un viento de nieve, pensando en las las tres y cien mujeres de mi vida pascual, mi madre y Mabel, con Sandra, la mujer de luz interior que espera que le mande en un momento este pregón.

   Ya de mañana de pascua, con nieve en la finca aledaña y un cigüeña de nacimiento sobre el gran charco,  he retomado unos apuntes que escribí hace años para la celebración de otra pascua semejante… unos apuntes que forman parte de la  vida pascual de Jesús que nunca acabo de escribir.

    Como todos saben,  el primer signo religioso de la humanidad es una tumba llena de vida de Dios, un dolmen quizá, una bóveda subterránea donde la vida de los que mueres espera la resurrección.

  Para los cristianos,  el signo final de toda religión es una tumba que se abre a la luz de la vida de Dios  (el anterior, el de los sacerdotes de Jerusalén está vació), con tres mujeres, madres, hermanas y amigas de la humanidad de Dios que es Jesús, en su misma tumba hecha cielo.

Para situar los personajes:

 Con el recuerdo de mi madre, con Mabel que celebra la pascua con Santa Teresa, en Ávila, con Sandra que  la celebra con su luz interior en  Madrid, acabo de escribir estas reflexiones de mi pregón pascual ampliado: .

  1. Las primeras “videntes” pascuales son tres mujeres: Una es Magdalena, bien conocida; otra es María la de Santiago (el hermano de Jesús, primer cristiano de Jerusalén, es, por tanto Myriam, la madre de Jesús, como sabe el evangelio de  Juan); la tercera es Salomé, la pacificada (=Salomona), que es quizáel Discípulo Amado de Juan, cada no de nosotros.
  2. La experiencia pascual de las tres mujeres (signo y compendio de toda la iglesia) no se realiza fuera, sino dentro de la tumba, excavada en la roca. No quedan a la puerta, el templo dice que entran; una tumba grande, alta, signo y compendio de la nueva humanidad. Conforme a una tradición antigua, allí fue enterrado también Judas, a quien Jesús resucitó (como a Adán y a los creyentes antiguos); allí tenemos que entrar nosotros y morir con Cristo, como dice Pablo en Rom 6, la lectura principal de la liturgia de Pascua.
  3. No podemos quedar fuera como espectadores, sino de entrar en la tumba, morir con Jesús, como entraron, murieron y vivieron aquellas tres primeras mujeres. Entraron por nosotros, nos abrieron el camino. Si  no entramos y morimos con Jesús no sabremos lo que es Pascua, resurrección de Dios,  nos lo perderemos.
  4. El texto que sigue forma parte de un relato más extenso de la vida y muerte de Jesús en nosotros,  comentario y expansión de lo que dijo una vez y para siempre Marcos. Adáptelo cada uno a su propia vida. Escriba en ella y con ella su experiencia pascual
  5. Para los que no tienen menos tiempo el texto puede acabar aquí. Vuelvan atrás y lean el texto de Marcos. Para mis amigos que tangan más tiemplo, como Mabel, Josefa  y Sandra he escrito el  texto/relato imaginativo, simbólico que sigue: que entren en la tumba, que mueran y resuciten con Jesús.  Feliz pascua a ellos y  a todos.

RESUCITÓ EN LA TUMBA, LA TRES MUJERES (CON JUDAS Y MALKO)

las tres amigas de Jesús Nazoreo (su madre, Magdalena y Salome), salieron de madrugada del Cenáculo y pasaron veladas por delante del Gran Templo de Salomón y Herodes. Estaba inmensamente vacío, como pura sombra muerta sin resurrección. Miraron hacia dentro y vieron que velo de separación del Santo y Santo de los Santos se había rasgado en dos y estaba caído en el suelo. Era la muerte de la muerte  pura nada.

   Pero en vez de pararse y llorar, con algunos sacerdotes antiguos, se apresuraron y siguieron corriendo, hacia la Gehenna, el lugar de la sepultura de los hombres reales, donde habían excavado la tumba de Jesús, para enterrarlo para siempre.

 Así corriendo llegaron al lugar de la tumba sepulcro, en la Alta-Gehenna, cuando los soldados de la guardia romana ya se habían ido, por cansancio y miedo, jurando que su oficio no era guardar un cadáver, a pesar de lo que habían mandado Caifás y Pilatos.

Magdalena repasaba en su corazón los temas pendientes. Ahora que Jesús no estaba, ella asumió su herencia, como si tuviera que resolver los problemas que él dejaba pendientes. Sin duda, pensaba también en sí misma, en su nueva situación de soledad, en su inmenso dolor de mujer tres veces abandonaba… Pero le interesaban más las cosas de Jesús y sus amigos que en las suyas propias: Los discípulos de Jesús, sus pobres y enfermos, su tarea…

Ellos eran su mayor preocupación, los amigos de Jesús, y así quería contárselo a él en su tumba, para descargarse de sí misma y llenarse de Jesús, para morir con él y ser resucitada. Jesús no le había impuesto ninguna obligación, pero ella había asumido la de retomar y seguir el camino de Jesús, con las otras dos mujeres, Myriam, la madre de Jesús y Salomé, su amiga. No podía consultarlo con Jesús B.-Abbas, que había marchado para reorganizar a su gente, ni con Malko, a quien Pilatos había pedido, como último servicio, que le acompañara hasta Jope.

 De un modo especial, debería ocuparse de los Once, pero no estaba sola. A su lado corrían la madre de Jesús y Salomé…. Con ellas tendría que buscarles, iría a Galilea, llegaría al fin del mundo para transformar su muerte en vida, para lograr con ellos lo que Jesús no había conseguido en este mundo: Que creyeran de verdad y buscaran el Reino … Debería animar además a sus amigas del mundo, para que formaran una comunidad o iglesia de Jesús.

Era espantoso saber que estaba muerto, pero ella le sentía vivo. Le daba vergüenza confesarlo, no se lo podía decir a nadie, porque le acusarían de loca, pero era así. Le había resucitado una vez en Caná de Galilea, otra en el burdel de Cesarea, y ahora sentía, sabía, que le resucitaría por tercera vez aquí en su tumba.

Pararon un momento para respirar, y se lo dijo a Myriam y Salomé… ellas también respondieron: Está vivo en nosotros, él nos hace caminar.

En eso pensaba Myriam cuando llegó a la cumbre de la colina de la Gehena y le llenó de pronto la imagen de la sinagoga de Nazaret donde Jesús había sido concebido  en gran silencio y turbación de esperanza.

Con temblor inmenso miró hacia el hueco de la Gehena, como si pudieran estar allí los siete ángeles/soldados de Nazaret, pero no estaban. Todo el hueco de la tumba era un vacío de roca, sin cadáveres, guardianes ni cerraduras. Así lo vieron las tres mujeres y empezaron a bajar corriendo: La piedra corredera se hallaba descorrida, los sellos de plomo rotos, y la tumba abierta de par en par… de forma que pararon en silencio a unos pasos de la entrada, dándose la mano sin decirse nada

Uno de los celotas que Jesús B.Abbas había colocado en discreta vigilancia, se acercó y les dijo que había sucedido algo extraño, como si un ángel hubiera rodado con su luz la piedra redonda de la boca de la tumba, derritiendo los sellos de plomo, de forma que los soldados romanos de guardia habían huido, probablemente por miedo, sin decir nada a nadie, antes de las luces del alba. Podían mirar: Sellos derretidos, sin haber sido forzados, sin señal de violencia ni a la entrada ni en el centro ni al fondo de la tumba.

Entraron las tres… y la tumba les pareció enorme, inmensa, todo el universo….y vieron todo como lo dejado el viernes de la muerte. Pero el cuerpo de Jesús, sobre una sábana limpia en la tarima central no estaba, ni el cuerpo de Judas, sobre la tarima de la izquierda.

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Tres reacciones ante la resurrección de Jesús. Domingo de Pascua.

Domingo, 31 de marzo de 2024

resurreccion-y-vide-eternaDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La tumba vacía

Una elección extraña

             Las dos frases más repetidas por la iglesia en este domingo son: “Cristo ha resucitado” y “Dios ha resucitado a Jesús”. Sin embargo, como evangelio para este domingo se ha elegido uno que no tiene como protagonistas ni a Dios, ni a Cristo, ni confiesa su resurrección. Los tres protagonistas que menciona son puramente humanos: María Magdalena, Simón Pedro y el discípulo amado. Ni siquiera hay un ángel. El relato del evangelio de Juan se centra en las reacciones de estos personajes, muy distintas.

      EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».

Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.

Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.

Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos. 

María reacciona de forma precipitada: le basta ver que han quitado la losa del sepulcro para concluir que alguien se ha llevado el cadáver; la resurrección ni siquiera se le pasa por la cabeza.

Simón Pedro actúa como un inspector de policía diligente: corre al sepulcro y no se limita, como María, a ver la losa corrida; entra, advierte que las vendas están en el suelo y que el sudario, en cambio, está enrollado en sitio aparte. Algo muy extraño. Pero no saca ninguna conclusión.

El discípulo amado también corre, más incluso que Simón Pedro, pero luego lo espera pacientemente. Y ve lo mismo que Pedro, pero concluye que Jesús ha resucitado.

El evangelio de san Juan, que tanto nos hace sufrir a lo largo del año con sus enrevesados discursos, ofrece hoy un mensaje espléndido: ante la resurrección de Jesús podemos pensar que es un fraude (María), no saber qué pensar (Pedro) o dar el salto misterioso de la fe (discípulo amado).

¿Por qué espera el discípulo amado a Pedro?

 Es frecuente interpretar este hecho de la siguiente manera. El discípulo amado (sea Juan o quien fuere) fundó una comunidad cristiana bastante peculiar, que corría el peligro de considerarse superior a las demás iglesias y terminar separada de ellas. De hecho, el cuarto evangelio deja clara la enorme intuición religiosa del fundador, superior a la de Pedro: le basta ver para creer, igual que más adelante, cuando Jesús se aparezca en el lago de Galilea, inmediatamente sabe que “es el Señor”. Sin embargo, su intuición especial no lo sitúa por encima de Pedro, al que espera a la entrada de la tumba en señal de respeto. La comunidad del discípulo amado, imitando a su fundador, debe sentirse unida a la iglesia total, de la que Pedro es responsable.

Las otras dos lecturas: beneficios y compromisos.

A diferencia del evangelio, las otras dos lecturas de este domingo (Hechos y Colosenses) afirman rotundamente la resurrección de Jesús. Aunque son muy distintas, hay algo que las une:

  1. a) las dos mencionan los beneficios de la resurrección de Jesús para nosotros: el perdón de los pecados (Hechos) y la gloria futura (Colosenses);
  2. b) las dos afirman que la resurrección de Jesús implica un compromiso para los cristianos: predicar y dar testimonio, como los Apóstoles (Hechos), y aspirar a los bienes de arriba, donde está Cristo, no a los de la tierra (Colosenses).

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 10, 34a. 37-43

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: 

            «Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.

Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.

Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses 3, 1-4

HERMANOS:

Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.

Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios.

Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él.

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Domingo de Pascua de Resurrección. 31 de marzo, 2024

Domingo, 31 de marzo de 2024

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“El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro”.

(Jn 20, 1-9)

El amanecer de la Pascua comienza en medio de la oscuridad. Y las primeras señales de vida se dan en un paisaje de muerte.

Es curioso cómo tendemos a separar e incluso a enfrentar realidades que ni siquiera son opuestas, solo que unas nos gustan más que otras. O ni siquiera eso. Solo que unas creemos que nos hacen felices y las otras no.

Dividimos nuestra vida entre experiencias positivas y experiencias negativas. Asociamos lo positivo a lo que nos hace disfrutar sin ningún esfuerzo y lo negativo a lo que nos hace sufrir. Por esta regla de tres salir una noche con los amigos es positivo y pasar días estudiando para un examen negativo. Todo junto es un engaño.

La vida, y cada una de nuestras historias, no son una película en blanco y negro. Nuestra vida no está dividida en dos, por un lado la luz y, por el otro, la oscuridad. No, la vida, la realidad es a todo color. Todas las experiencias están llenas de luz y salpicadas de oscuridad. Lo más valioso suele venir con el corcho protector del esfuerzo y más de una vez en la caja del sufrimiento.

El sufrimiento no es positivo o negativo, tampoco la alegría. Hay alegrías tremendamente destructivas. La búsqueda de la alegría fácil e inmediata destruye a muchas personas. De la misma manera hay sufrimientos que engrandecen y liberan.

La vida es una armonía de luces y sombras, silencios, ruidos y melodías. Si la vivimos en blanco y negro resulta monótona y caprichosa. Cuando la disfrutamos a todo color y en todas sus dimensiones es apasionante.

Este es el mensaje de la mañana de Pascua. La vida no es ni blanca ni negra. Es blanca, negra y de otros muchos colores. La vida y la muerte no son dos cosas separadas. Tampoco la alegría y el sufrimiento son opuestos.

El secreto está en seguir buscando. María Magdalena, aún a oscuras va a buscar. En su oscuridad busca un cadáver en un sepulcro, pero en su camino amanece y encuentra la VIDA. Y tú, ¿todavía buscas?

Oración

Danos, Trinidad Santa, un corazón de buscadoras que nos haga avanzar incluso en la noche. Que nos haga atravesar nuestros paisajes de muerte. Y danos, también, esos ojos que descubren la VIDA. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Domingo 1º de Pascua (B)

Domingo, 31 de marzo de 2024

IMG_3692Jn 20, 1-9

La realidad pascual es la más difícil de meter en conceptos mentales. La palabra Pascua tiene unas connotaciones bíblicas que pueden llenarla de significado, pero también pueden enredarnos en un nivel puramente terreno. Lo mismo pasa con la palabra resurrección. También ésta nos constriñe a una vida y muerte biológicas, que nada tienen que ver con lo que pasó en Jesús y pasará en nosotros.

La Pascua bíblica fue el paso de la esclavitud a la libertad, pero entendidas de manera material. También la Pascua cristiana tiene el sentido de paso, pero en un sentido distinto. En Jesús, Pascua significa el paso de la MUERTE a la VIDA; las dos con mayúsculas, porque no se trata ni de la muerte física ni de la vida biológica. Juan lo explica en el diálogo de Nicodemo. “Hay que nacer de nuevo”. Y “De la carne nace carne, del espíritu nace espíritu”. Sin este paso, nada puede tener sentido.

Cuando el grano de trigo cae en tierra desarrolla una vida que ya estaba en él en germen. Cuando ha crecido el nuevo tallo, no tiene sentido preguntarse que pasó con el grano. La Vida que los discípulos descubrieron en Jesús, después de su muerte, ya estaba en él antes de morir, pero velada. Solo cuando desapareció como viviente, se vieron obligados a profundizar. Al descubrir que ellos poseían esa Vida comprendieron que era la misma que Jesús tenía antes y después de su muerte.

Teniendo esto en cuenta, podemos intentar comprender el término resurrección. En realidad, no pasó nada. Su Vida Definitiva no está sujeta al tiempo ni al espacio, por lo tanto, no puede “pasar” nada; simplemente continúa. Su vida biológica, como toda vida, era contingente, limitada, finita, y no tenía más remedio que terminar. Como acabamos de decir del grano de trigo, no tiene ningún sentido preguntarnos qué pasó con su cuerpo. Un cadáver no tiene nada que ver con la Vida verdadera.

Pablo dice: Si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana. Yo diría: Si nosotros no resucitamos, nuestra fe es vacía. Aquí está el meollo de la resurrección. La Vida de Dios, manifestada en Jesús, tenemos que hacerla nuestra, aquí y ahora. Si nacemos de nuevo, si nacemos del Espíritu, esa vida es definitiva. No tenemos que temer la muerte biológica, porque no le afecta en nada. Lo que nace del Espíritu es Espíritu. ¡Nosotros empeñados en acudir al Espíritu, para que permanezca nuestra carne!

Los discípulos experimentaron como resurrección la presencia de Jesús después de su muerte, porque para ellos había muerto. La muerte en la cruz significaba la destrucción total de una persona. Los que le siguieron de cerca vieron destrozada su persona. Aquel en quien habían puesto sus esperanzas había sido aniquilado. Por eso, la experiencia de que seguía vivo fue una verdadera resurrección.

Nosotros sabemos que la verdadera Vida de Jesús no puede ser afectada por la muerte y, por lo tanto, no cabe en ella ninguna resurrección. Pero con relación a la muerte biológica, no tiene sentido la resurrección, porque no añadiría nada al ser de Jesús. Como ser humano era mortal, es decir su destino natural era la muerte. Nada ni nadie puede detener ese proceso. Pero su verdadero ser era la Vida definitiva.

 

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Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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La fe en el Resucitado.

Domingo, 31 de marzo de 2024

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Jn 20, 1-9

«Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero; vio y creyó»

Los especialistas afirman que los textos de la Pasión relatan hechos que ocurrieron, mientras que los textos de la Resurrección y de la Ascensión expresan la fe de las primeras comunidades. No tenemos forma de saber en qué consistió la “experiencia pascual” que provocó esa fe. Pudo haber sido fruto de algún suceso extraordinario como se relata en el evangelio, o pudo haberse reducido a una vivencia interior que marcó desde entonces la vida de quienes la experimentaron. No lo sabemos.

Lo que sí sabemos es que esa experiencia cambió radicalmente su vida, y que a partir de entonces la dedicaron en exclusiva a proclamar su fe en el crucificado-resucitado. Sabemos también que por ello padecieron persecución y muerte, pero que, a pesar de todo, no cejaron en su empeño para que su fe llegase hasta nosotros. Y esto no es nada simbólico, sino un hecho tan real como la crucifixión.

Pero ¿hasta qué punto compartimos hoy aquella fe arrolladora por la que tantos dieron su vida?…

Me importa Jesús porque creo que es el cauce para llegar a Dios, y la existencia de Dios afecta a mi vida. Es fácil para mí creer en Jesús como un maestro de sabiduría convincente como ninguno. Me convence su persona y su mensaje, pero adquiere para mí toda su importancia cuando advierto que esa persona que me resulta tan fiable en tantas cosas, funda toda su vida y su palabra en Dios; cuando veo que toda su innegable sabiduría hace referencia a Dios.

Pero, como decía Ruiz de Galarreta: «Esto me plantea un dilema, ¿Haré mía su doctrina o haré mío también su Dios?… Y me siento tentado a aceptar al maestro de sabiduría hasta cierto límite; concretamente hasta que empieza a hablar de Dios y de sí mismo, porque me parece que en ese campo su discurso carece de lógica. Y me convierto en su juez: le acepto siempre y cuando me parezca correcto, pero prescindo de él cuando su mensaje no resulta compatible con mi mentalidad. ¿Qué pasa?… ¿Que es fiable en algunos terrenos y delira en otros? ¿Soy yo más sabio y fiable que él para poder juzgar hasta dónde tiene razón?» …

Quienes le conocieron y creyeron, lo aceptaron primero como persona excepcional, luego como maestro extraordinario, más tarde como el Mesías esperado… La crucifixión parecía evidenciar que Dios no estaba con él (sino con los sacerdotes que le habían vencido), pero a pesar de ello, creyeron que a Jesús no se le puede comprender “desde abajo”; que Jesús se explica desde Dios. Y le llamaron “el hijo de Dios” o “el hombre lleno del Espíritu”, e incluso lo identificaron con Dios…

Y ya sabemos que son simples aproximaciones, simples analogías, pues lo que ellos querían expresar no es posible ser expresado con palabras y recurrieron a fórmulas propias de su cultura. Fórmulas que quizás hoy ya no nos sirvan, pero no debemos olvidar que en esas fórmulas se encierra una doble convicción. Primero, que Jesús de Nazaret fue un ser humano tan humano como cualquiera de nosotros. Segundo que fue una presencia de Dios como en ningún otro ser humano se haya dado; tan fuerte y real como su propia condición humana.

Y ésta es la fe que transmiten los textos de la Resurrección y la Ascensión. Quizá no sean demasiado acordes a nuestra mentalidad, y por eso es importante ver la realidad que hay detrás de estas expresiones y aceptar su significado. Se trata de responder a la pregunta más importante que puede plantearse cualquier cristiano: ¿Hasta qué punto creo en Él?

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús 

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo sobre este evangelio, pinche aquí

Fuente Fe Adulta

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Jesús tenía que resucitar triunfante de la muerte

Domingo, 31 de marzo de 2024

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(Jn 20, 1-9)

Este pasaje, al igual que los relatos pascuales, no es una simple crónica de un acontecimiento pasado extraordinario. Es un testimonio personal de fe que trata de provocar la fe de los demás. Por eso conviene leerlo, no como meros espectadores, sino como protagonistas de un hecho que nos sigue interpelando, nos suscita preguntas, nos invita a salir de nosotros mismos, al amanecer”, “el primer día de la semana, nos hace “asomarnos”, “cuando aún está oscuro”, nos acerca a Jesús para tratar de comprender la causa de su muerte, es decir, la pasión por el reino. Todo ello nos concierne personal y comunitariamente.

Es el testimonio de Juan que entró, “vio y creyó; le sobran todas las palabras y cree. María Magdalena y Pedro, “llegan corriendo y, tras unos momentos de asombro, de aturdimiento, experimentan el despertar de una nueva vida para el mundo. Se dan cuenta de que la muerte, la losa quitada del sepulcro, ha sido transformada en vida, las vendas y el sudario enrollado en un sitio aparte. Se ilumina una certeza y se experimenta una Presencia: Cristo ha resucitado.

Al igual que Juan, a quien Jesús quiere, nosotros/as también contemplamos la escena y experimentamos, sin exigir “pruebas” o “argumentos” racionales, intelectuales, una mirada nueva que trasciende el tiempo, el espacio, la lógica de la mente, algo nuevo que acontece en el corazón humano, allí donde reside y se expresa el amor.

La Pascua nos remite a ser levadura nueva que hace fermentar toda la masa. Es un cambio de perspectiva. Se vislumbra un horizonte inesperado. Los símbolos de la luz, el fuego, el agua, quieren significar aquello que es imprescindible para la vida. Por eso recordamos nuestro bautismo; no es algo estático, una foto del pasado que ocurrió un día concreto, sino que la realidad significada de esa Vida divina en mí, he de hacerla presente y vivirla durante mi vida biológica, finita, temporal. No hay, pues, muerte sino vida. “La muerte está absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria”? (1 Cor 15,55). Por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo quedando vinculados a su muerte, para que así como Cristo ha resucitado… por el poder del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva. Porque, si nuestra existencia está unida a él en una muerte como la suya, lo estará también en una resurrección como la suya”. (Rom 6, 4-5).

Jesús, como ser humano, alcanzó la plenitud de Vida del mismo Dios. Supo morir a su condición terrenal, a su egoísmo, al poder, a la opresión y se entregó por entero a los demás, llegando a la plena humanidad como hombre mortal. Manifestó que esa era la meta de todo ser humano, el único camino para hacer presente lo divino de Dios en él. Esa consciencia fue posible al haber experimentado a Dios como Don. La Vida definitiva, la vida eterna es la de Dios.

Lo divino no es asunto de la razón, solo puede ser objeto de fe. Se trata de una experiencia interior a la que no puede llegarse por razonamientos o demostraciones. La resurrección nos habla de una fe que se vive en medio del camino, que no rehúye la cruz, el sufrimiento, el sinsentido. Dicho de otro modo, “El verdugo no triunfó sobre la víctima” (Jon Sobrino). Jesús sabe lo que se le viene encima, pero en fidelidad y coherencia radical a su Padre, lo acoge, lo abraza y se abandona en manos de su Abbá.  Sólo amando como él nos amó, podemos hacer nuestra la Vida de Dios que es Amor.

Hagamos nuestra la resurrección de cada día…

Si descubrimos signos de compasión, sensibilidad y esperanza  en medio de un mundo desgarrado por el dolor, el sufrimiento y el sinsentido.

Si sabemos renacer cada día, re-animarnos y morir a nuestro ego, a nuestro individualismo, al mercantilismo imperante.

Si construimos un mundo más habitable a nuestro alrededor, convencidos de que las guerras, el odio, la venganza y la maldad no pueden triunfar jamás.

Cuando ponemos nuestra gota en el océano, nuestros recursos (aun limitados) a disposición de quienes lo han perdido todo en desastres naturales, en guerras genocidas, o circunstancias concretas: incendios, pérdida de trabajo, salud…

Cuando “nos mojamos” y nuestro compromiso se dirige y beneficia a hermanos y hermanas nuestras, más allá de lazos familiares, fronteras y divisiones de cualquier tipo.

Cuando damos testimonio y somos mediadores del evangelio de Jesús en nuestro entorno y en la comunidad de una iglesia sinodal.

Si somos capaces de enterrar la semilla, es decir, ir más allá de lo que sabemos y pensamos, tener la sabiduría de esperar y confiar en que se desarrollará la potencialidad de mi ser.

Si nos hemos dejado cautivar por el testimonio de otros/as cristianos/as, creyentes o no, que nos han dado ejemplo y han guiado nuestra existencia.

Si creemos en el Dios de la vida, en una humanidad más justa y en paz junto con quienes compartimos la pasión por el Reino, por la tierra que amamos, por el universo que nos acoge en su grandeza y  vulnerabilidad.

Cuando confiamos, aun con dudas y paso a paso, en que la muerte no tiene la última palabra, sino la Vida definitiva que el buen Dios soñó para cada uno/a de nosotros/as.

Cuando me abrazo a mí mismo/a confiando en el plan de Dios que ha trazado desde el principio para mí, aun en los momentos de oscuridad, temor o desesperanza, pues sólo Él abraza mi vida llevándola a su plenitud.

Hoy, canto de gozo en esta nueva Pascua, al percibir que todo mi ser fluye en Él, en la misma vida de Dios, Amor Trinidad.

¡Feliz Pascua! ¡Shalom!

 

Mª Luisa Paret

Fuente Fe Adulta

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¿Alegría o temor?

Domingo, 31 de marzo de 2024

IMG_3696Domingo de Pascua

31 marzo 2024

Mc 16, 1-8

 

No parece cuadrar el hecho de que, ante el anuncio de una buena noticia, la reacción sea de temblor, espanto y miedo paralizante, que les impide incluso obedecer el mandato del ángel. ¿Qué significa ese miedo que produce mutismo?

Como no puede ser casual que el evangelio de Marcos termine con esa frase (lo que sigue es un añadido posterior), puede haber un doble motivo que lo explique. Por un lado, el autor nos estaría diciendo que el relato del anuncio de la resurrección es una construcción simbólica, sin asomo de literalidad. Por otro, se haría eco de la situación de los primeros discípulos que, a pesar de su adhesión a Jesús, no logran superar el miedo.

Ante el hecho de la muerte, solo nos queda el silencio. Podemos sentir la presencia de la persona que ha marchado, pero cualquier otro añadido no es sino una construcción mental, adornada al gusto de quien la realiza, pero sin base alguna verificable. Podemos aventurar que, tras la muerte, permanece aquello que no nació, pero eso deja fuera al yo personal.

Sin duda, los discípulos siguieron sintiendo de manera viva la presencia de su amigo y maestro, llegando incluso a creer ciegamente en su resurrección física. A partir de ahí, elaboraron una serie de relatos con los que, de manera simbólica y catequética, expresaban su creencia, a la vez que animaban a otros a adherirse a ella.

Más allá de cualquier impresión subjetiva, tras el silencio que impone la muerte, no encuentro mejor metáfora para hablar de ella que la del río que desemboca en el mar. El río pierde su nombre y su forma, tiembla de miedo ante el mar que se abre ante él, pero es justamente, al entregarse, cuando se descubre como agua. Ha muerto la “forma” de río; permanece el agua. Y es en esa misma “agua” donde todos nos encontramos, porque constituye nuestra identidad más profunda. Más allá del “río” único de cada cual -de nuestra personalidad-, nos reconocemos uno en el “agua” -nuestra identidad común y compartida- que trasciende todas las formas.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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El que más ama, más corre.

Domingo, 31 de marzo de 2024

IMG_3698Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

Bueno será que ante los relatos de la resurrección del Señor activemos la sensibilidad poético-simbólica. Será la única manera de ver y comprender estas cosas, la vida y la muerte.

01.- El primer día de la semana, al amanecer – estaba oscuro.

El primer día de la semana hace referencia en san Juan al primer día de la creación, cuando Dios separó la luz de las tinieblas…

En el jardín del Paraíso brotó la vida: Adán. El sepulcro de Jesús está en un jardín (Jn 19,41), un nuevo paraíso de donde brota la nueva vida, La resurrección.

La resurrección de Cristo es la nueva creación de la humanidad.

María Magdalena va al sepulcro al amanecer, sin embargo el relato resalta la escena diciendo que era de noche, (“en tinieblas”, dice el texto original).

El evangelio de Juan emplea varias contraposiciones: “verdad-mentira, muerte-vida, luz tinieblas”. La contraposición “luz / tinieblas” tiene gran significado en este evangelio y en todos los tiempos y situaciones.

La oscuridad, las tinieblas indican siempre la carencia de Cristo.

  • Nicodemo va donde Jesús en la noche de la vida.
  • Era de noche cuando los discípulos en la barca en la tempestad del lago no reconocen al Señor.
  • Judas actúa de noche.
  • Los discípulos no ven al Señor resucitado junto al lago, porque están de noche.

Había amanecido, era de día, hay luz, hay vida, pero Magdalena y el grupo estaban a oscuras, en tinieblas.

También hoy en día es de día, existe la luz, pero estamos en una noche cultural – social cerrada, lo mismo que en la ética, política, solidaridad y seguramente en un ocaso eclesiástico. Al menos en Occidente la noche es tupida, estamos en tinieblas.

02.- Magdalena corre al sepulcro

IMG_3861María Magdalena no se queda quieta ante la muerte de Jesús. Sale en búsqueda del Señor.

(Es clara la alusión al libro del Cantar de los Cantares, libro de bodas del AT en el que la mujer busca al amado).

Magdalena amó al Señor en vida, lo amó al pie de la cruz y lo ama en la muerte. Por eso sale en busca de Jesús.

Ella vio -contempló- la muerte de Jesús el viernes a mediodía, pero ni tan siquiera lo “ve” muerto, no está en la muerte. ¿Dónde está?

¿Qué hay tras la muro de la muerte? ¿Todo ha concluido en el fracaso? No sabemos dónde han puesto al Señor.

        También a nosotros nos acosan estas cuestiones: ¿qué hay tras la barrera de la muerte? ¿Dónde están nuestros difuntos?

        Quizás hoy en día ni tan siquiera se permite preguntarse por la muerte y nuestro futuro. Mejor que no afloren estas cuestiones. Mejor no tener esperanza en nada.

Magdalena vuelve corriendo al grupo, a la comunidad para comunicar la situación.

Hoy en nuestra sociedad nadie volverá al grupo, a la comunidad, a la ikastola o a la universidad para transmitir estas cuestiones y esta fe.

Ni tan siquiera vemos más allá de los signos externos de la muerte, de la desesperanza. El pesimismo nos embarga, las guerras para nosotros son un espectáculo del telediario,  la triste situación eclesiástica, etc.

03.- El Discípulo amado y Pedro

IMG_3857Los dos discípulos son significativos. Pedro y el Discípulo Amado corren. Simón Pedro (símbolo del poder) y el discípulo a quien quería Jesús, el discípulo Amado (símbolo del amor del Señor). Los dos corrieron.

Este texto tiene un gran movimiento:

María Magdalena corre hacia el grupo.

El Discípulo Amado corre al sepulcro y llega primero.

Pedro, más lento, pero también llega.

  • Quien más ama, más corre

A la vida, a la esperanza en la vida se llega antes y mejor por el amor y la bondad que por otros caminos.

  • El amor crea esperanza.

Probablemente ninguna ideología, ni la economía, ni las ciencias ni los mismos entramados eclesiásticos lo creen, pero solamente la resurrección y el amor son el fundamento de la esperanza absoluta. [1]

La esperanza definitiva no descansa en los resultados de las elecciones, ni en el sueldo (economía), ni en la curia romana o en el Obispado. La esperanza cristiana descansa en el amor del Señor resucitado.

        A veces  nos preguntamos si habrá un “más allá” y “cómo será”.

El “más allá” es -como en el “más acá”-: el amor.

San Pablo dice:

”El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá, pero el amor no pasará nunca.” (1Cor 13,8)

        Cuando tenemos la experiencia del amor, de amar y ser amados, algo de eso es resucitar y algo de eso es el cielo

04.- Feliz Pascua.

        Desde la mañana de Pascua se abre una nueva vida para el creyente, para el que ama, corre, vey cree, la vida cambia.

Es el amor, el Discípulo Amado, el que intuye y cree en la vida.

        Tenemos prisa –corrieron– por vivir. La vida no espera, siempre tiene -no ansiedad- sí prisa.

Desde la Resurrección del Señor:

Feliz Pascua y corramos hacia la vida.

[1] El político –o expolítico- cristiano: Javier Retegui, uno de los primeros “discípulos” de D José Mª Arizmendiarreta, decía (Diario Vasco) hace unos días que el futuro de la sociedad no está –al menos no está únicamente- en la política.

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Sábado Santo: Vigilia Pascual en la noche Santa

Sábado, 30 de marzo de 2024

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Textos para la Vigilia Pascual

Primera lectura:

Génesis 1,1-2,2

Vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno

Al principio creó Dios el cielo y la tierra. La tierra era un caos informe; sobre la faz del abismo, la tiniebla. Y el aliento de Dios se cernía sobre la faz de las aguas.

Y dijo Dios: “Que exista la luz.”

Y la luz existió.

Y vio Dios que la luz era buena. Y separó Dios la luz de la tiniebla; llamó Dios a la luz “Día”; a la tiniebla, “Noche”.

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día primero.

Y dijo Dios: “Que exista una bóveda entre las aguas, que separe aguas de aguas.”

E hizo Dios una bóveda y separó las aguas de debajo de la bóveda de las aguas de encima de la bóveda.

Y así fue.

Y llamó Dios a la bóveda “Cielo”.

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día segundo.

Y dijo Dios: “Que se junten las aguas de debajo del cielo en un solo sitio, y que aparezcan los continentes.”

Y así fue.

Y llamó Dios a los continentes “Tierra”, y a la masa de las aguas la llamó “Mar”.

Y vio Dios que era bueno.

Y dijo Dios: “Verdee la tierra hierba verde que engendre semilla, y árboles frutales que den fruto según su especie y que lleven semilla sobre la tierra.”

Y así fue.

La tierra brotó hierba verde que engendraba semilla según su especie, y árboles que daban fruto y llevaban semilla según su especie.

Y vio Dios que era bueno.

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día tercero.

Y dijo Dios: “Que existan lumbreras en la bóveda del cielo, para separar el día de la noche, para señalar las fiestas, los días y los años; y sirvan de lumbreras en la bóveda del cielo, para dar luz sobre la tierra.”

Y así fue.

E hizo Dios dos lumbreras grandes: la lumbrera mayor para regir el día, la lumbrera menor para regir la noche, y las estrellas. Y las puso Dios en la bóveda del cielo, para dar luz sobre la tierra; para regir el día y la noche, para separar la luz de la tiniebla.

Y vio Dios que era bueno.

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día cuarto.

Y dijo Dios: “Pululen las aguas un pulular de vivientes, y pájaros vuelen sobre la tierra frente a la bóveda del cielo.”

Y creó Dios los cetáceos y los vivientes que se deslizan y que el agua hizo pulular según sus especies, y las aves aladas según sus especies.

Y vio Dios que era bueno.

Y Dios los bendijo, diciendo: “Creced, multiplicaos, llenad las aguas del mar; que las aves se multipliquen en la tierra.”

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día quinto.

Y dijo Dios: “Produzca la tierra vivientes según sus especies: animales domésticos, reptiles y fieras según sus especies.”

Y así fue.

E hizo Dios las fieras según sus especies, los animales domésticos según sus especies y los reptiles según sus especies.

Y vio Dios que era bueno.

Y dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los animales domésticos, los reptiles de la tierra.”

Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó.

Y los bendijo Dios y les dijo: “Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla; dominad los peces del mar, las aves del cielo, los vivientes que se mueven sobre la tierra.”

Y dijo Dios: “Mirad, os entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la faz de la tierra; y todos los árboles frutales que engendran semilla os servirán de alimento; y a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra, a todo ser que respira, la hierba verde les servirá de alimento.”

Y así fue.

Y vio Dios todo lo que había hecho; y era muy bueno.

Pasó una tarde, pasó una mañana: el día sexto.

Y quedaron concluidos el cielo, la tierra y sus ejércitos.

Y concluyó Dios para el día séptimo todo el trabajo que había hecho; y descansó el día séptimo de todo el trabajo que había hecho.

*

Salmo responsorial: 103.

Envía tu espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.

Bendice, alma mía, al Señor;
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto. R.

Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas. R.

De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto. R.

Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre. R.

Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
¡Bendice, alma mía, al Señor! R.

O bien; :

Salmo responsorial: 32.:

La misericordia del Señor llena la tierra

La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R.

La palabra del Señor hizo el cielo;
el aliento de su boca, sus ejércitos;
encierra en un odre las aguas marinas,
mete en un depósito el océano. R.

Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres. R.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R.

*

Segunda lectura:

Génesis 22, 1-18

El sacrificio de Abrahán, nuestro padre en la fe

En aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán, llamándole: “¡Abrahán!” Él respondió: “Aquí me tienes.” Dios le dijo: “Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo allí en sacrificio en uno de los montes que yo te indicaré.”

Abrahán madrugó, aparejó el asno y se llevó consigo a dos criados y a su hijo Isaac; cortó leña para el sacrificio y se encaminó al lugar que le había indicado Dios.

El tercer día levantó Abrahán los ojos y descubrió el sitio de lejos. Y Abrahán dijo a sus criados: “Quedaos aquí con el asno; yo con el muchacho iré hasta allá para adorar, y después volveremos con vosotros.”

Abrahán tomó la leña para el sacrificio, se la cargó a su hijo Isaac, y él llevaba el fuego y el cuchillo. Los dos caminaban juntos.

Isaac dijo a Abrahán, su padre: “Padre.”

Él respondió: “Aquí estoy, hijo mío.”

El muchacho dijo: “Tenemos fuego y leña, pero, ¿dónde está el cordero para el sacrificio?”

Abrahán contestó: “Dios proveerá el cordero para el sacrificio, hijo mío.”

Y siguieron caminando juntos.

Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña, luego ató a su hijo Isaac y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Entonces Abrahán tomó el cuchillo para degollar a su hijo; pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo: “¡Abrahán, Abrahán!”

Él contestó: “Aquí me tienes.”

El ángel le ordenó: “No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo.”

Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo.

Abrahán llamó aquel sitio “El Señor ve”, por lo que se dice aún hoy “El monte del Señor ve”.

El ángel del Señor volvió a gritar a Abrahán desde el cielo: “Juro por mí mismo -oráculo del Señor-: Por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa.

Tus descendientes conquistarán las puertas de las ciudades enemigas. Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has obedecido.”

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Vigilia Pascual (B)

Sábado, 30 de marzo de 2024

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El centro de esta vigilia no es un cuerpo, ni muerto ni vivo, sino el fuego y el agua. Ya tenemos la primera clave para entender lo que estamos celebrando en la liturgia más importante de todo el año. Fuego y agua son los dos elementos indispensables para la vida biológica. Del fuego surgen dos cualidades sin las cuales no puede haber vida: luz y calor. El agua es el elemento fundamental para formar un ser vivo. El 80% de cualquier ser vivo es agua. Recordar nuestro bautismo es la clave para descubrir de qué Vida estamos hablando. Hoy, fuego y agua simbolizan la nueva Vida de Jesús, porque le recordamos VIVO y comunicando VIDA.

La vida que esta noche nos interesa, no es la física, ni la psíquica, sino la trascendente. Por no tener en cuenta la diferencia entre estas dos vidas, nos hemos armado un buen lío con la resurrección de Jesús. La vida biológica tiene poca importancia para la realidad que estamos tratando. “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre”. La vida psíquica tiene importancia, porque es la que nos capacita para alcanzar la espiritual. Solo el ser humano, que es capaz de conocer y de amar, puede acceder a la Vida divina. Si nuestra preocupación se limita a la vida biológica, estamos perdidos.

Lo que estamos celebrando esta noche es la llegada de Jesús a esa cumbre. Jesús, como hombre, alcanzó la plenitud de Vida. Posee la Vida definitiva, que es la de Dios. Esa vida ya no puede perderse porque es eterna. Podemos seguir empleando el término “resurrección”, pero creo que no es hoy el más adecuado porque inconscientemente lo aplicamos a la vida biológica y psicológica, que son las que nosotros podemos descubrir por los sentidos. Pero lo que hay de Dios en Jesús no se puede descubrir mirando, oyendo, palpando o razonando. Es de otro orden.

Ni vivo ni muerto ni resucitado, puede nadie descubrir la divinidad de Jesús. Tampoco puede ser el resultado de alguna demostración lógica. Lo divino no cae dentro del objeto de nuestra razón. A la convicción de que Jesús está vivo, no se puede llegar por razonamientos. Lo divino que hay en Jesús, y por lo tanto su resurrección, solo puede ser objeto de fe. Para los apóstoles, como para nosotros, se trata de una experiencia interior de fe. A través del convencimiento de que Jesús les está dando VIDA, descubren que tiene que estar necesariamente VIVO.

Creer en la resurrección exige haber pasado de la muerte a la Vida. Por eso tiene en esta vigilia tanta importancia el recuerdo de nuestro bautismo. Jesús estuvo constantemente muriendo y resucitan­do. Muriendo a lo terreno y caduco, al egoísmo, y naciendo a la verdadera Vida, la divina. Tenemos una concepción estática del bautismo. Creemos que hemos sido bautizados un día y una hora y que allí se realizó un milagro. Hay que tomar conciencia de lo que es un sacramento.

Todos los sacramentos están constituidos por dos elementos: un signo y una realidad significada. El signo es lo que podemos ver oír, tocar. La realidad significada ni se ve ni se oye ni se palpa, pero está ahí siempre porque depende de Dios. En el bautismo, la realidad significada es esa Vida divina que significamos para descubrirla presente y vivirla. Un día han hecho el signo sobre mí, pero vivir lo significado es tarea de toda la vida. Cada día, tengo que estar haciendo mía esa Vida. Y el único camino para hacer mía la Vida de Dios, que es AMOR, es superando el egoísmo.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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“El cartel de Semana Santa de Sevilla 2024”, por Carlos Osma

Sábado, 30 de marzo de 2024

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(Pincha sobre la imagen para agrandarla)

Ahora que esa miserable asociación de abogados en nada cristianos afirma haber conseguido que el cártel sea retirado (aunque no es verdad) y a las puertas de la Resurrección viene bien reflexionar con este texto del blog Homoprotestantes:

Sé que hay muchas razones para no escribir un artículo dando mi opinión sobre el cartel que ha creado el artista Salustiano García para la Semana Santa de Sevilla 2024. Pero sobre todo hay tres que, si fuera prudente, me obligarían a dejar de pulsar en este mismo instante las teclas del ordenador: desconozco por completo la obra de Salustiano, no tengo conocimientos de arte ni para realizar un análisis superficial del cartel, y por último, mi tradición protestante hace que me quede lejano todo eso de cofradías, hermandades, procesiones, imágenes, el paño del Cristo de la expiación, o las potencias del Cristo del Amor. Sin embargo, me tomo la libertad de hacerlo, porque como dijo el propio Salustiano en la presentación del cartel: «una obra no necesita ser explicada, debe hablar por sí misma», y a mí la obra de este artista me evoca varias cosas.

Para empezar, la mano de Jesús que aparece en el centro de la obra me recuerda la mano derecha del Pantocrátor, del dios todopoderoso que aparece impartiendo la bendición en las representaciones que sobre él hacían en el arte bizantino y románico. Sin embargo el Jesús de Salustiano es zurdo, su bendición no viene del lugar donde se espera, sino de un miembro que para la mayoría es inútil. Es la mano de un dios que se mostró impotente para salvar a Jesús de la muerte en la cruz, y que nos señala la herida del lado derecho del costado de Jesús donde un soldado —al servicio del poder político— clavó su lanza durante la crucifixión. Por eso, la mano izquierda de este Jesús también invita a alejarse de las bendiciones de los dioses todopoderosos, esos dioses que nunca bendicen a les crucificades. E insta a ponerse en guardia de los soldados que están a su servicio. No creo ser el único al que las bendiciones de los dioses todopoderosos no le han servido para mucho, más que para hacer más profundas las heridas que sus seguidores le han impartido. Esos que no entienden la obra de Salustiano, que se rasgan las vestiduras, que dicen que su Jesús es demasiado maricón para poder aparecer en un cartel de Semana Santa.

Por otra parte, aunque las heridas del costado y de su mano izquierda son mínimas —parecen casi curadas— no es menos cierto que siguen ahí. El Jesús resucitado de Salustiano, fue previamente crucificado. No se resucita de la vida, sino de la muerte. Pero creer hoy en la resurrección no es una cosa fácil. Cuenta el mismo Salustiano que el cartel refleja mucho de la experiencia que tuvo cuando a los doce años contempló el cuerpo de su hermano muerto transmitiéndole serenidad y dulzura. Y deduzco que muestra también el anhelo de resurrección, de volver a ver algún día a su hermano. Un anhelo que creo es universal, más allá de la fe o la falta de fe que profesemos, de si pensamos que es posible o simplemente es una forma de autoengañarnos: a todes nos gustaría volver a encontrarnos algún día con personas que amamos y que han fallecido. Y la mano del Jesús de Salustiano mostrando sus heridas, parece invitarnos, como hizo el Jesús del Cuarto Evangelio con su discípulo Tomás, a creer que la resurrección, que ese encuentro, es posible: «Bienaventurados los que no vieron y creyeron» (Jn 20,29). A la esperanza de que «la última palabra en la vida no la dirá la muerte, ni la violencia, ni el nihilismo, sino que quien cerrará la historia -la nuestra y la del mundo- será Dios y lo hará en la justicia y la misericordia» [1].

No sé si la obra de Salustiano es más reflejo de una fe inquebrantable ante la multitud de evidencias que indican que esa fe es una locura, o de esperanza a pesar de toda la desesperanza que hay hoy a nuestro alrededor. Probablemente contenga ambas, eso es lo que me transmiten las marcas de la crucifixión que parecen estar a punto de desaparecer. Es como si nos anunciaran que el milagro está a punto de consumarse, y que la esperanza se hará realidad al fin. En un mundo donde nos sentimos amenazados, desconcertados, incluso con cierta resignación ante las barbaries e injusticias de las que somos testigas cada día, el Jesús de Salustiano parece recordarnos que el final no lo decidirá nadie más que él. Cuesta creerlo y confiar en que así sea, cuesta integrarlo en nuestro día a día para promover la justicia a nuestro alrededor, quizás por eso el Jesús resucitado de Salustiano nos lanza, a quienes observamos el cartel, una mirada dulce pero firme. Una mirada penetrante de amor, de serenidad, pero no una mirada que infantiliza, sino que nos hace partícipes de su misión. La mirada de Jesús es la distancia más corta entre nosotros y el prójimo, porque en sus ojos también están reflejados.

Es evidente que el cuerpo de Jesús pintado por Salustiano no pretende recrear el de un hombre judío del siglo primero, no es la vía del hiperrealismo la que ha escogido para representar su obra, ni ha tratado de invitarnos a hacer un viaje al pasado para llevarnos ante el Jesús histórico, o incluso bíblico. Su modelo ha sido su hijo Horacio, en él ha encontrado la inspiración para tratar de transmitirnos su fe y su esperanza en un Jesús cuya resurrección muestra el amor de dios. Esa es una de las cosas más bellas que he encontrado en la obra, porque muestra la convicción de que lo cotidiano, lo que tenemos más cerca, puede ayudarnos a entender lo eterno. Que no es en la letra, ni en una perfecta teología, ni en ninguna ley donde aprenderemos cómo es el amor de dios, sino que es en el amar y en el sentirnos amados donde se nos abren los ojos para vislumbrar, de forma imperfecta, a ese dios que nos llama a la fe y a la esperanza en la resurrección. Porque la muerte no es un regalo, no es el propósito de dios, sino que la vida es su regalo. Esa esperanza es la que celebramos les cristianes en Semana Santa, y agradezco a Salustiano que con su cartel, nos lo haya recordado.

Carlos Osma

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NOTAS:

[1] Enric Capó, Per què i per a què sóc cristià, Madrid: Fundación Federico Fliedner 2011, p. 67.

Espiritualidad , ,

Sábado Santo… en silencio ante el Señor.

Sábado, 30 de marzo de 2024

 

© Carmelo Blazquez 2013

© Carmelo Blazquez 2013

(Fotografía de Carmelo Blazquez)

Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte hasta que con su resurrección se inauguren los gozos de la Pascua, cuya exuberancia inundará los cincuenta días pascuales.

Hombre en Soledad

 Contigo vengo, Dios, porque estás solo
en soledad de soledades prieta.
Conmigo vengo a Ti, porque estoy solo,
sintiendo por el pecho un mar de pena.
Qué tristeza me das, Dios, Dios, sin nadie
que te descanse, Dios, de tu grandeza,
que te descanse de ser Dios, sin nada
que te pueda inquietar o te comprenda.
Qué tristeza me doy, perdido en todo,
y todo mudo, tan lejano y cerca,
cada vez más presente ante mis ojos
en un mutismo que no se revela,
con el corazón loco por saberte,
preguntando en la noche que se adensa.
Con voz de espadas clamo por mi sangre,
rebusco con mis manos en la tierra
y escarbo en mi cerebro con mis ansias.
Y silencio, silencio, mudez tensa.
Dios, pobre mío, todo lo conoces.
Para Ti todo ha sido: nada esperas.
Hasta lo que me duele y no me encuentro
Tú lo conoces ya, porque en mí piensas.
Yo no conozco nada, Dios, y tengo
socavones de amor llenos de inquietas,
oscuras criaturas que me gritan
palabras, no sé dónde, que me queman,
preguntas que me tuercen y retuercen,
sábana viva chorreando estrellas.
Qué compasión me tengo, Dios, pequeño
llamando siempre a la inmutable puerta
con las palmas sangrando, a la intemperie
de mis luces y dudas y tormentas.
Qué compasión te tengo, Dios, tan solo,
siempre despierto, siempre Dios, alerta,
sin un pecho bastante, Dios, Dios mío,
que ofrezca su descanso a tu cabeza.
Cómo me dueles, Dios. Cómo me dueles,
herido por la angustia que te llena,
sin poder descansarte, sin caberte
en mis entrañas ni aun en mis ideas.
No puedo más Contigo, que me rompes
creciendo por mi dentro y por mi fuera,
cercándome, estrechándome, ahogándome,
dejando, sin saberlo, en mí tu huella.
Y soy hombre, Señor. Soy todo caspa
de angustiosa esperanza contrapuesta,
arcilla informe de reseco olvido,
quizá, capricho de tu indiferencia.
Señor, qué solo estás. Cómo estoy solo,
yo con mi carga insoportable a cuestas.
Tú, con todo y sin nada —(¡todo, nada! —
más que Tú, Dios perdido en tu grandeza,
muerto de sed de amor de algo supremo,
Dios, algo que te alegre y que te encienda.
Sin nada superior a Ti creado,
mi voz alzada al límite no llega
a rumor que resbale por tus sienes,
a brisa en tus oídos, que se secan
de no oír desde nunca una palabra
que antes de estar en hombre no supieras,
pobre Creador, Dios mío sin sosiego,
preso en tu creación, en diferencia.
A Ti vengo, Señor, porque estoy solo,
a veces aun sin mí. Pero no temas,
Señor que has puesto en mí necesidades
sin darme el modo de satisfacerlas.
Perplejo, recomido de inquietudes,
de Ti tengo dolor; de mí, conciencia
de ser como no quiero: ser inútil,
vana palabra, humana ventolera
con sabor de cenizas y de ortigas
clavándome alfileres en la lengua,
y un huracán de vida por la carne
que no ha encontrado carne que florezca.
Versos, versos, mas versos, siempre versos,
¿y para qué, Dios mío? Dentro queda
una fuente de llanto sofocado
minándome la hirviente calavera,
sin encontrar salida a la congoja
cada vez más patente. Y todo niebla.
Contigo vengo, Dios, porque estoy solo;
me huyes cada vez, más te me alejas.
¿No tienes qué decirme, Dios, qué darme?
¿No ves, Señor, no ves, Dios, cómo tiembla
este vaho que se alza de mi vida,
hierbecilla perdida que se hiela?
Encallece mi alma, Dios. Haz dura
la mano y la mirada: hazme de piedra.
Quítame el sentimiento que me escuece.
Borra, Señor, con sol, mi inteligencia.
Déjame en paz, en flor, en roca, en árbol,
en muda, resignada, dulce bestia
caminante con ritmo y sin sentido
por un mundo de instintos e inocencia,
o dame con la luz aquel sosiego
original del prado que apacientas

*

Ramón de Garciasol,
Hombre en soledad,

***

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La tierra está extenuada. Todo duerme y espera. También reposa el cuerpo de Jesús. Como en el caso de Lázaro, la muerte de Jesús no es más que un sueño. Mientras su alma descendía a llevar la victoria a lo más hondo de los infiernos, su cuerpo duerme pacíficamente en la tumba, esperando las maravillas de Dios.

Y es que este Gran Sábado no es como otros. Algo ha cambiado radicalmente. El velo del Templo se rasgó hace poco, brutalmente, dejando al descubierto al Santo de los Santos. El Templo ya no está en su lugar. El sábado ya no está en el sábado. Ni la pascua en la pascua.

Todo está en otro sitio. Todo está aquí cerca, cerca del cuerpo que duerme en la tumba. Todo es espera, ahora debe suceder todo. La Iglesia, esposa de Jesús, no se desorienta. Sigue ¡unto a la tumba que encierra el cuerpo amado. El amor no flaquea, no se desespera. El amor todo lo puede, todo lo espera. Sabe ser mas fuerte que la muerte.

¿Qué no habría hecho en aquella hora de tinieblas el amor de algunos, entre ellos el de la Virgen María, para que Jesús fuera arrancado de la muerte? Sólo Dios lo sabe. ¿Alguno ha presentido la densidad de vida que colma este cadáver y esta tumba, como jardín en primavera, donde incluso la noche es un crujido de vida y de savia que fluye? Nosotros no lo sabemos. Sólo sabemos que José de Arimatea hizo rodar una gran piedra hasta la boca de la tumba antes de irse, mientras María Magdalena y la otra María estaban allí, firmes junto a la tumba. Seguramente, no saben nada todavía, pero perseveran en el amor. El vacío que se ha creado de repente entre ellas es tan grande que sólo Dios puede llenarlo. Con ellas, toda la Iglesia espera en el amor.

*

André Louf,
Solo l’amore vi bastera.
Commento spirituale al Vangelo di Luca
,
Cásale Monf. 1985, 63s).

***

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Sábado Santo, Santo entierro: No quiso tumba, sino vivir en los hombres

Sábado, 30 de marzo de 2024

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Del Blog de Xabier Pikaza:

“Jesus no quiso un buen entierro, sino que llegara el Reino”

La tumba de los santos y fundadores de religiones suele ser un lugar sagrado. Pero ni Moisés ni Jesús tienen tumba.

Jesús nunca hubiera querido tener una tumba de honor, mientras los demás no la tenían. No quiso un buen entierro, sino que llegara el Reino. Por eso, los cristianos no pueden ser ni han sido veneradores de tumbas.

Jesús no es un cuerpo para monumento, una momia incorrupta o unos huesos santos, sobre los que pueden edificarse grandes pirámides o basílicas, para enterrar así la llama de su vida.

Jesús es un muerto sin sepulcro, un Muerto Vivo, pues ha empezado a resucitar no sólo en Dios que resucita a los muertos (cf. Rom 4, 23), sino en la fe de sus discípulos, en la vida de los hombres y mujeres que le aceptan, con todos los que han muerto y han sido sepultados como él en la fosa común de la historia.

Por eso, los cristianos no van a Jerusalén a ver la tumba de Jesús, sino a descubrir que Jesús no tiene tumba, pudiendo confesar así mejor su resurrección.

Tumba vacía, un muerto sin sepultura.

Muchas religiones han sido (y son) formas de sacralizar a los muertos (para pedir que ellos asciendan a lo divino o para impedir que retornen a este mundo). Solemos echar sobre ellos una capa de tierra o una losa, les encerramos bien o los quemamos, para que no salgan, de manera que podamos seguir viviendo nosotros, como si nada hubiera pasado, hasta que al final nos entierren también o nos quemen en un horno, para que todo siga (y así continúe la historia de violencia sobre el mundo).

Pero Jesús y los que han muerto con él no han terminado de esa forma: no pudieron arrojarles a una tumba bien cerrada, sin salida, sino que han salido y viven (hacen vivir), como indicaré evocando algunos rasgos sorprendentes y gozosos de la primera tradición cristiana.

Un Mesías sin tumba. Para sus primeros seguidores, Jesús fue un muerto sin tumba; su memoria no estuvo vinculada a un monumento donde se guardaron y se siguieron venerando por siglos sus huesos, como sucede con muchos sepulcros que llenan el duro valle de Josafat, junto a Jerusalén. Los cristianos comienzan su andadura histórica con un «menos» (no tienen ni siquiera el consuelo de la tumba). Pero ese menos se ha trasformado en un «más»: no poseen una tumba porque «tienen a Jesús todo entero», animándoles a retomar el camino del Reino.

Desde ese fondo han de entenderse algunos textos centrales de los evangelios en los que Jesús había condenado la religión de los sepultureros aprovechados: «Deja que los muertos entierren a los muertos…» (Lc 9, 59-60; cf. Mt 8, 21-22). «Ay de vosotros que edificáis los sepulcros de los profetas…» (Lc 11, 47-48; cf. Mt 23, 29-32). Jesús, que protestaba contra los constructores violentos de tumbas, no había comprado en Jerusalén una parcela donde pudieran enterrarle, ni quiso que le edificaran una tumba. No murió para dejar un monumento glorioso, sino para seguir viviendo en los pobres que mueren y esperan el Reino de Dios.

Sepulcros de adorno mentiroso. Jesús criticó una religión de «sepulcros blanqueados» (Mt 23, 27), propia de aquellos que elevan tumbas hermosas para los mismos muertos a quienes ellos o sus padres han asesinado (religión de muerte) para así seguir asesinando (religión que mata). Los que edifican sepulcros suponen que están honrando la memoria de los muertos, pero hacen algo diferente: quieren enterrar mejor a los asesinados, aprovechando su memoria para continuar imponiendo su violencia (es decir, para matar a los profetas del presente). El evangelio de Mateo ha insistido en el tema, aplicándolo a los escribas y fariseos (judíos de diversas tendencias, incluso judeo/cristianos): «Con esto dais testimonio contra vosotros mismos de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas. ¡Vosotros, pues, colmad la medida de vuestros padres!» (Mt 23, 31-32).

Al construir los monumentos de los profetas asesinados, diciendo así que quieren distanciarse de sus padres asesinos, los hijos siguen aprobando la violencia de esos padres y viviendo de ella. Necesitamos destruir para afirmarnos, matar para justificarnos, de manera que nuestra misma estructura social tiende a mostrarse como culto a la destrucción. Primero matamos y después (al mismo tiempo) divinizamos o sacralizamos a los muertos, para justificarnos mejor. Jesús descubrió y denunció ese mecanismo de muerte (vinculado al sistema religioso/social de Jerusalén) y por eso, entre otras cosas, le mataron.

No hubo «santo» entierro, ni Jesús tuvo sepultura honrada. La tradición más antigua es muy sobria y sólo dice que «fue enterrado» (1 Cor 15, 4), afirmando así que murió del todo y no pudo revivir en este mundo viejo (en contra de los que dicen que despertó en la tumba y salió para marchar hasta Cachemira). Algunos cristianos posteriores quisieron saber dónde se hallaba su tumba, suponiendo que debía ser «honorable», como aquellas que se hacían construir algunos ricos de Jerusalén. Pero, en contra de esa posibilidad (¡una tumba distinguida de Jesús!) se viene elevando desde antiguo un argumento muy sólido: los romanos solían dejar que los ajusticiados públicos quedaran sobre el patíbulo, para escarmiento general, o los arrojaban a una fosa común donde se consumían, sin cultos funerarios, también para escarmiento de otros posibles malhechores.

Cómo fue el entierro de Jesús.

 Muchos afirman que Jesús no fue enterrado con honor, sino arrojado por los mismos verdugos romanos a una fosa o pudridero para condenados, donde ningún hombre puro podía acercarse, pues su contacto manchaba. Pero otros piensan que, conforme a la tradición de los evangelios, resulta más probable que le enterraran “los judíos”, es decir, los delegados del Sanedrín o las autoridades israelitas de Jerusalén, que pidieron a Pilato los cuerpos de los ajusticiados, pues, quedándose al raso a lo largo de la noche, habrían manchado la tierra y corrompido la ciudad, sobre todo en una fiesta como Pascua (Jn 19, 31-37; cf. Dt 21, 22-23).

 Parece que Hech 13, 29 nos sitúa en esa misma línea, cuando afirma que «los judíos bajaron a Jesús de la cruz y lo enterraron». Sea como fuere, no hubo un “santo entierro” en el sentido piadoso del término: le bajaron de la cruz y le pusieron bajo tierra los representantes de los asesinos, para que todo pudiera seguir su curso, como si nada hubiera sucedido. Críticamente, leyendo en el fondo de los textos, se pueden trazar tres posibilidades, y las tres encuentran defensores entre los historiadores actuales, cristianos o no cristianos.

Le enterraron soldados romanos. Los judíos podrían haber pedido a Pilatos que bajara de la cruz a los tres ajusticiados, pero fueron los mismos soldados romanos quienes les enterraron, en una fosa común o sumidero para condenados, allá cerca, en algún hueco de la cantera abandonada de la crucifixión (bien analizada por los arqueólogos), llamada Gólgota o Calvario, Lugar de Calavera (cf. Mc 15, 22; Lc 23, 33). Había allí huecos abundantes para muertos.

Delegados del sanedrín. Otros investigadores piensan que los delegados del Sanedrín judío pidieron los cadáveres y ellos mismos los enterraron con prisa, antes de que llegara el sábado pascual, sin unción ni ceremonia funerarias, en una fosa común de ajusticiados e impuros, no en el Gólgota, sino al otro lado de la colina, quizá en el valle de la Gehenna (lugar asociado a la muerte). En este caso, lo mismo que en el anterior, los discípulos (mujeres) podrían haber mirado de lejos el “entierro apresurado de Jesús”, pero sin participar en él, ni poder separar después el cadáver de Jesús de los otros cadáveres, de manera que se quedaron sin su cuerpo.

Amigos de Jesús. Esta posibilidad es una ampliación de la anterior. No se puede negar la posibilidad de que Jesús hubiera tenido un amigo judío “influyente”, llamado José de Arimatea, un “aristócrata bueno”, que consiguió que le dieran el cuerpo y lo enterró de prisa, pero con cuidado, mientras las mujeres amigas miraban de lejos, sin poder acercarse a su tumba “noble y pura”, excavada en la roca. Los cristianos debieron reconocer que ellos no habían enterrado a Jesús: ¡No tenían autoridad para eso! Pero pudieron añadir que le enterró un buen judío, amigo de Jesús, y que las mujeres miraban de lejos. (Pues bien, en ese caso, si José era amigo ¿por qué no llamó a las mujeres o se acercaron ellas para acompañarle y ayudarle?). Sea como fuere, los cristianos podían decir que el sepulcro de Jesús fue limpio, propiedad de un rico (pues sólo los ricos podían tener un sepulcro así en Jerusalén)

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Cristo yacente

Viernes, 29 de marzo de 2024

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Oh Cristo yacente

Subes por mi calle

tu bello dolor

de golpeada carne de madera

Y cómo la oreas

de claveles

de alas de requiebros

de goterones de lágrimas

en ese íntimo escalofrío

de la emoción

profunda

de un barrio

Al pararse el paso

el arrebato

de una mano

vuela

a taponarte

un instante sólo

la herida abierta

del costado

como si aún te manase

sangre limpia

Oh Cristo yacente

Qué importa

que no crea

que anduvieras en la mar

que del lodo

de tu saliva

dieras la luz

a unos ojos ciegos

que sacaras

de un cesto

el ágape

de una multitud

Qué importa

Subes por mi calle

la lírica parábola

de la pureza

de una vida en un cuerpo

que me estremece

como si te viera

en el regazo de mirra

de tu madre

muerto

y ensangrentado

*

©Rubén Lapuente

***

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En esta tarde, Cristo del Calvario.

Viernes, 29 de marzo de 2024

 

 

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En esta tarde, Cristo del Calvario,
vine a rogarte por mi carne enferma;
pero, al verte, mis ojos van y vienen
de tu cuerpo a mi cuerpo con vergüenza.

¿Cómo quejarme de mis pies cansados,
cuando veo los tuyos destrozados?
¿Cómo mostrarte mis manos vacías,
cuando las tuyas están llenas de heridas?

¿Cómo explicarte a ti mi soledad,
cuando en la cruz alzado y solo estás?
¿Cómo explicarte que no tengo amor,
cuando tienes rasgado el corazón?

Ahora ya no me acuerdo de nada,
huyeron de mí todas mis dolencias.
El ímpetu del ruego que traía
se me ahoga en la boca pedigüeña.

Y sólo pido no pedirte nada,
estar aquí, junto a tu imagen muerta,
ir aprendiendo que el dolor es sólo
la llave santa de tu santa puerta.

Amén,

*

Gabriela Mistral

***

***

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Cristo desnudo

Viernes, 29 de marzo de 2024

Del blog Pays de Zabulon:

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Me  pregunto por qué Nuestro Señor quiso estar totalmente desnudo en la cruz. La primera razón fue porque, por su muerte, quería poner al hombre en estado de inocencia, y los vestidos que llevamos son la marca del pecado. ¿No sabes que Adán mismo tan pronto como transgredió todo empezó a avergonzarse de sí mismo, y se hizo lo mejor que pudo vestidos con hojas de higuera? Porque antes del pecado no había en absoluto vestidos y Adán estaba totalmente desnudo. El Salvador por su misma desnudez mostraba que era la misma pureza, y además, que reparaba a los hombres su inocencia.

Pero la principal razón fue para enseñarnos cómo es necesario, si queramos agradarle, despojarnos y reducir nuestro corazón a la misma desnudez en la que estaba su sagrado cuerpo, despojándolo de toda clase de afecciones y pretensiones, a fin que no ame ni desee a otro que Él.

Un día el gran abad Serapion fue encontrado totalmente desnudo en una calle por algunos de sus amigos; éstos, movidos por la compasión, le dijeron: quién pusoos ha puesto en tal estado y quién os ha robado vuestros hábitos?. Oh, es este libro  el que me ha despojado así, hablando del libro de los Evangelios que sostenía.

Y yo, te aseguro que nada es tan limpio para despojarnos, que la consideración del incomparable despojo y la desnudez del Salvador crucificado.”

*

San Francisco de Sales,
Sermón para el Viernes Santo, 28 de marzo de 1614

***

Fuente: : francoisdesales.wordpress.com

***

Hoy la Iglesia nos invita a un gesto que quizás para los gustos modernos resulte un tanto superado: la adoración y beso de la cruz. Pero se trata de un gesto excepcional. El rito prevé que se vaya desvelando lentamente la cruz, exclamando tres veces: “Mirad el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo”. Y el pueblo responde: “Venid a adorarlo”.

El motivo de esta triple aclamación está claro. No se puede descubrir de una vez la escena del Crucificado que la Iglesia proclama como la suprema revelación de Dios. Y cuando lentamente se desvela la cruz, mirando esta escena de sufrimiento y martirio con una actitud de adoración, podemos reconocer al Salvador en ella. Ver al Omnipotente en la escena de la debilidad, de la fragilidad, del desfallecimiento, de la derrota, es el misterio del Viernes Santo al que los fieles nos acercamos por medio de la adoración.

La respuesta “Venid a adorarlo” significa ir hacia él y besar. El beso de un hombre lo entregó a la muerte; cuando fue objeto de nuestra violencia es cuando fue salvada la humanidad, descubriendo el verdadero rostro de Dios, al que nos podemos volver para tener vida, ya que sólo vive quien está con el Señor. Besando a Cristo, se besan todas las heridas del mundo, las heridas de la humanidad, las recibidas y las inferidas, las que los otros nos han infligido y las que hemos hecho nosotros. Aun más: besando a Cristo besamos nuestras heridas, las que tenemos abiertas por no ser amados.

Pero hoy, experimentando que uno se ha puesto en nuestras manos y ha asumido el mal del mundo, nuestras heridas han sido amadas. En él podemos amar nuestras heridas transfiguradas. Este beso que la Iglesia nos invita a dar hoy es el beso del cambio de vida.

Cristo, desde la cruz, ha derramado la vida, y nosotros, besándolo, acogemos su beso, es decir, su expirar amor, que nos hace respirar, revivir. Sólo en el interior del amor de Dios se puede participar en el sufrimiento, en la cruz de Cristo, que, en el Espíritu Santo, nos hace gustar del poder de la resurrección y del sentido salvífico del dolor.

*

M. I. Rupnik,
Omelie di pascua. Venerdi santo,
Roma 1998, 47-53

***

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Ante la Cruz…

Viernes, 29 de marzo de 2024

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ANTE LA CRUZ

Ante la cruz me llamas
en tu agonía.
Ante la cruz me llamas.
Y he aquí que tropiezo
con las palabras.

Porque si dices ante
¿no me pides, Señor,
sino que mire
frente a frente la cruz
y que la abrace?

Si te miro, Señor,
y Tú me miras,
es un horno de amor
lo que en ti veo,
y lo que veo en mí,
Señor, no es nada,
nada, nada, Señor,
sino silencio.

Un silencio vacío:
si Tú lo llenas
se habrá hecho la luz
en las tinieblas.

Y si en la cruz te abrazo
y Tú me abrazas,
el silencio, Señor,
es más palabra.

Ante la cruz, Señor,
aquí me tienes,
ante la cruz, Señor,
pues Tú lo quieres.

II

VÍA DOLOROSA

I

PARA DECIR LO QUE PASÓ AQUEL VIERNES…

…a Jesús, en cambio, lo hizo azotar
y lo entregó para que fuese crucificado.
(Mt.27,26)

Para decir lo que pasó aquel viernes
en los palacios de Jerusalén y en sus afueras
no bastan las palabras.
Por eso no hay
en las avenidas del relato
-Mateo, Marcos, Juan- sino una capa
de misericordia, un leve
y condensado recuerdo a los azotes.
Para decir lo que pasó aquel viernes
en los palacios de Jerusalén: la sangre,
los insultos, los golpes, la corona
de espinas,
los gritos, la locura, la ira desatada
contra el más bello y puro de los hombres,
contra el más inocente…
para decir lo que pasó aquel viernes
solo valen las lágrimas.

II

SIMÓN DE CIRENE SE ENCUENTRA CON LA CRUZ

Al salir encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón,
y le obligaron a que cargara con la cruz de Jesús.
(Mt. 27, 32)

Pesan los días y pesan los trabajos
y en las venas el cansancio es veneno
que apresura los pasos hacia el dulce
reposo del hogar;
los pasos hacia el dulce
abrazo del amor y del sueño.
Ni siquiera
hay espacio en el alma para el canto
de un pájaro. Tampoco para el sordo
rumor que empieza a arder
sobre el polvo en la plaza.
Viene Simón el de Cirene convertido
en pura sed, en pura
materia de fatiga.
Esa cruz
le sobreviene como un alud de asombro
y rebeldía.
Pero
entre la náusea de la sangre sabe
que siempre hay un dolor que añadir al dolor.
Entre la náusea de la sangre mira
y encuentra esa mirada como un pozo
encendido,
como un pozo
donde se funde el Galileo
con el dolor del mundo.
Apenas un instante y el abrazo
del corazón y la madera hasta la cima.
Vuelve Simón el de Cirene. Queda
una cruz en su piel.
Y una mirada.

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III

MUJER EN JERUSALÉN

Mis ojos suben por las calles de Jerusalén
bajo una lluvia de dolor,
bajo una lluvia
que va a lavar el mundo.
Mis ojos suben arrimados
a la cal de las paredes
mientras todo el fragor del sufrimiento
se hace eco en mis párpados.
Puedo sentir tu sed,
la quemazón de tus rodillas rotas
sobre los filos de la tierra.
Toma mi corazón, toma mis lágrimas,
déjalas que ellas laven tus heridas
ahora que soy
mujer en Jerusalén y que te sigo.
Mis ojos se adelantan
por los empedrados de Jerusalén
para encontrar los tuyos.
Y no hay en ellos
rebeldía.
Bajo la cruz
Tú eras una antorcha
de mansedumbre. Derramabas
una piedad universal con cada aliento.

Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí
(Lc.23,28)

¿Y cómo no llorar, Señor?
Déjame, al menos,
si no llorar por Ti, llorar contigo.

III

GÓLGOTA

I

EL CORAZÓN DE LAS MUJERES

Muchas mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea
para asistirlo, contemplaban la escena desde lejos.
(Mt 27, 55)

Estirándose sobre la distancia,
el corazón de las mujeres
se hizo cruz en el Gólgota.
¡Oh corazón de las mujeres, cruciforme,
arca lúcida,
oscura estancia del amor y permanente
arcaduz del misterio!
¡Oh corazón de las mujeres,
prodigioso arroyo fiel que mana
desde el mar de Galilea hasta el Calvario!
¡Y más allá del Calvario, hasta los límites
verticales y alzados,
hasta la orilla de la fe donde se trueca
el destino del hombre!
Mujeres, con vosotras he visto
la salvación del mundo,
su rostro ensangrentado, la medida
de sus brazos abiertos,
la extensión de su abrazo,
que acerca hasta nosotros
la dádiva incansable de sus manos
abiertas y horadadas para siempre.
Y he visto su corazón de par en par,
su corazón como una cueva dulce,
su corazón, abrigo
para toda intemperie.
He visto con vosotras
los pies del redentor, nunca cansados
de venir hacia mí, también heridos
de mí, por mí, también clavados
para la eternidad.
¡Oh pies de Cristo
impresos
sobre la arena de mi corazón!
¡Oh Cristo que atrajiste
hasta Ti el corazón de estas mujeres,
déjame ahora
latir en su latido:
contemplarte.

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II

STABAT MATER

Estaba la madre al pie
de la cruz. La madre estaba.
Enhiesta y crucificada,
color de nardo la piel.
En el pecho el hueco aquel
que vacío parecía.
No me lo cierres, María
que quiero encerrarme en él,
que quiero encerrarme y ver
todo lo que tú veías.
Sé tú mi madre, María,
como lo quería Él.

theotherchristandresserrano

III

CIERRA EL CIELO LOS OJOS …

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde
la tierra se cubrió de tinieblas.
(Mt. 27, 45)

Cierra el cielo los ojos:
cae
la noche a plomo sobre el mediodía
de aquel viernes de abril en el Calvario.
No puede el cielo ser tan impasible
cuando en la cruz está muriendo un hombre,
ya solo sufrimiento y sangre,
cuando muere
el amado de Dios.
¿O acaso vuelve el rostro el cielo
también
y es abandono
lo que creían sombra?
Pesa, pesa, pesa…
Pesa esta oscuridad
que hace crujir los hombros
mientras el ser se vence
inexorablemente hacia el abismo.
Esta tiniebla tiene
peso, longitud, altura,
y penetra en el alma
y duele y vela
la mirada de Dios en la distancia.
¿No hay otro modo, Señor, no hay otro modo
de morir, de vivir, que hacer a ciegas
esta larga jornada de camino?
Pues si ha de ser así, Señor, te pido
que al menos en la muerte no me falte
un bordón de plegaria: que no olvide
tu nombre dulce con el que llamarte.

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IV

EL GRITO

Y Jesús, dando de nuevo un fuerte grito entregó su espíritu
(Mt.27, 50)

Un grito. Luego el silencio.
Y en silencio estoy aquí
mientras resucitas Tú
y resucitan los muertos.
¡Cristo, ten piedad de mí!

Con Cristo

*

Mercedes Marcos Sánchez,

Poeta ante la Cruz (Meditación en Mateo)

***

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Recordatorio

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