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“Ecce Homo”: Jesús, la imagen del hombre que somos

Sábado, 28 de marzo de 2020

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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El hombre es un ser múltiple, que cambia. No le ha sido concedido ni atribuido permanecer siempre idéntico. Por eso es difícil de decir quién y qué es realmente. Hay muchas cosas de las que posiblemente no le gusta hablar. Huye de sí mismo. Lo consigue, porque para reflexionar en sí mismo y hablar de sí mismo hace falta tiempo y no estar continuamente ocupado. Uno de los elementos que constituyen lo que el hombre es, es lo indecible; y por eso permanece mudo.

¿Qué aspecto tendría la imagen del hombre que mostrase precisamente aquello que el hombre es, pero que ni quiere con tesarse a sí mismo que lo es ni está dispuesto a serio?

1. Tendría que ser la imagen del hombre que está para morir. Porque no queremos morir y, sin embargo, estamos tan entregados a la muerte que ésta lo domina ya todo en la vida como un poder siniestro.

2. Ese moribundo debería estar colgado entre el cielo y la tierra. Porque en ninguno de los dos sitios nos encontramos plenamente como en nuestra casa: porque el cielo está lejos, y la tierra no nos resulta una patria agradable.

3. Ese moribundo debería estar solo. Porque cuando se trata de dar el último paso tenemos la impresión de que los demás se despiden de nosotros con perplejidad y recato -incapaces de solucionar su propio problema- y nos dejan solos.

4. Ese hombre de la imagen debería estar empalado entre una vertical y una horizontal. Porque la intersección de la horizontal, que todo lo quiere abarcar en la anchura, con la vertical, que exclusivamente tiende en su verticalidad a la unidad única, corta el centro del corazón humano y lo destroza.

5. Ese moribundo debería estar bien clavado. Porque nuestra libertad en este mundo desemboca necesariamente en la necesidad de la miseria. Debería tener un corazón traspasado. Porque al final todo se transforma en una lanza que hace correr hasta la última gota de la sangre de nuestro corazón.

6. Debería llevar sobre sí una corona de espinas. Porque los últimos dolores vienen del espíritu, no del cuerpo. Y dado que, en definitiva, todos los hombres son como es ese hombre, ese solitario debería estar rodeado de las imágenes de sus semejantes, que son exactamente iguales que él. A uno de ellos se le podría pintar como lleno de esperanza, y al otro como lleno de desesperación. Porque nunca acabamos de saber si al morir prevalece en nuestro corazón la desesperación o la esperanza.

Con eso la imagen quedaría prácticamente terminada. No mostraría todo lo que hay en el hombre, pero sí todo aquello que es preciso que nos muestre, porque estamos empeñados en no verlo -la misma desesperación no es más que una forma de no querer ver. Todo lo demás, que también somos, no es preciso que nos lo muestren, porque lo conocemos amplia y sobradamente con alegría. Lo que esa imagen nos muestra de nosotros mismos nos plantea un problema, y es el problema mismo sobre nosotros mismos, que por nosotros solos somos incapaces de resolver.

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Esa imagen de nosotros mismos, que no nos hace ninguna gracia, nos la ha puesto Dios ante nuestros ojos en el Viernes Santo de su Hijo. Momentos antes de que se levantase esa imagen para que la viéramos, hubo uno que dijo: «Mirad al hombre» (Jn 19,5). […]

Al haber propuesto Dios de esta forma ante nuestros ojos la imagen según la cual hemos sido creados, ya no nos vemos obligados al contemplarla a considerar únicamente la cuestionabilidad de nuestra propia existencia. Dios, al forzarnos a hacernos la pregunta que somos nosotros mismos, nos da también la respuesta a esa pregunta. Solamente nos ha encontrado a nosotros, que somos la pregunta, en el juego incomprensible de su amor, porque sabe la respuesta. Y al haberse hecho hombre su misma palabra eterna, y al haber muerto ese hombre en la cruz de nuestra existencia, nos ha dado la respuesta y nos ha comunicado valor para contemplar la imagen de nosotros mismos, que se nos ocultaba, para colgarla en nuestros aposentos, para colocarla en nuestros caminos y para ponerla sobre nuestras sepulturas. […]

Porque somos de la misma madera que él, y porque también nosotros podemos morir ya nuestra muerte en plena vida, podemos no sólo entender su destino desde fuera, sino también participar de él internamente. Por la fe percibimos que su descenso a la impotencia del ser hombre ha santificado todas las horas del Sábado Santo de nuestra vida. Dejados a nosotros mismos, todo se habría reducido a un simple y solitario quedar expuestos a las tinieblas y al vacío de la muerte. Pero por el hecho de que El participó de nuestro destino y nos redimió por ello, ese Sábado Santo en su oscuridad nos trae la luz de la vida. Desde el momento en que él descendió a las profundidades sin fondo y sin base del mundo, ya no existen más abismos de la existencia en los que el hombre quede abandonado. Hay uno que ha ido por delante y lo ha sufrido todo para victoria nuestra. En el fondo de todas las caídas puede uno ya encontrar la vida eterna. «El que descendió es también el que subió sobre todos los cielos para llenar el universo» (Ef 4,10).

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Karl Rahner

Escritos de Teología, VII, 150-152; 174-175

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Pedro Castelao: “En la oración aspiramos a que lo imposible, sea posible. A que lo ya irremediable pueda tener remedio”

Viernes, 7 de febrero de 2020

Pedro-Castelao-oracion_2195790454_14255021_660x467“Orar es un sentirse bañado y personalmente acompañado por la envolvente atmósfera de quien sostiene el compás del tiempo”

“No es cierto que, en sí misma, cualquier actividad sea oración, pero sí lo es que todo puede convertirse en oración”

“Lo decisivo no es ni el momento, ni el lugar, ni el modo, sino la activación de nuestro interno receptor de eternidad”

“La oración nos hace vivir adelantadamente una leve fracción de esa plenitud, pero a veces nos parece ensoñación y otras un vano autoengaño”

“Somos llevados por la atracción de un movimiento que no dominamos hacia cumbres insondables que nos dejan sin palabras sin que nosotros nos movamos en absoluto del lugar que ocupamos ni del habitáculo en el que nos sentamos”

«Estad siempre gozosos. Orad sin interrupción. Dad gracias por todo» (1Tes 5, 16-18a). Orar es cobrar conciencia explícita de la presencia omnímoda del amor de Dios y dirigirse a Él como un hijo habla con su padre o con su madre. Es ponerse en presencia de Dios, abrirse al influjo de su Espíritu y dejarse moldear por su Verbo.

Pero no es sólo, ni principalmente, un acto de conciencia. Se trata más bien de un sentirse bañado y personalmente acompañado por la envolvente atmósfera de quien sostiene el compás del tiempo, para percibir su imperceptible «estar», más allá y más acá de toda otra forma ordinaria de habitar el espacio y la secuencialidad temporal.

Hay innumerables formas de oración. Y todas son saludables si nos ayudan a ponernos en presencia de Dios.

Unos rezan con breves fórmulas repetitivas sin apenas callarse. Otros en completo silencio sin casi proferir palabra. Unos rezan con la Biblia, otros con la contemplación de la naturaleza. Hay quien entona salmos, otros meditan los Evangelios. Otros observan distantes su flujo interno de conciencia en la máxima quietud que les es posible. Otros rezan en el metro transfigurando el ajetreo de la ciudad luego de visitar enfermos en el hospital o de trabajar en barrios pobres con inmigrantes o marginados. Otros experimentan la presencia de Dios en su activa lucha por la justicia y otros cultivan la disciplina de la lectura, el estudio, la meditación y la escritura.

No es cierto que, en sí misma, cualquier actividad sea oración, pero sí lo es que todo puede convertirse en oración.

No hay oración cuando estamos horizontalmente dispersos en la superficie de nuestros quehaceres, por más que estemos arrodillados ante la custodia.

Y no hay situación o actividad, por más caótica o tumultuosa que sea, que no pueda servir como catalizadora de un impulso de transcendencia que nos catapulte realmente ante la presencia última de Aquel frente al cual todo es penúltimo.

Lo decisivo no es ni el momento, ni el lugar, ni el modo, sino la activación de nuestro interno receptor de eternidad sean cuales sean las circunstancias externas o internas en las que nos veamos.

Orar es, pues, unirse con nuestros sentidos, afectos, sentimientos, pensamientos e imaginación con Dios, en una relación de intimidad en la que nos mostramos, querámoslo o no, desnudos de todos nuestros roles y de todos nuestros relatos de propia justificación para confesar el mal que hacemos, el bien que dejamos de hacer y, en la medida en que nos es dado recibirlo y gustarlo, experimentar el perdón de un amor de Dios que nos impulsa a ser mejores y más exigentes con nosotros mismos y mucho más indulgentes con los demás.

Orar contribuye decisivamente a nuestra sanación interior, a la más honda integración de todas aquellas tendencias que, a veces, tiran de nosotros en direcciones opuestas hasta el punto de desgarrar nuestro interior.

Orar repercute en todo nuestro ser, pues somos una unidad. Y toda ella vive tanto nuestras alegrías y éxitos como nuestras heridas y fracasos.

Orar es como ponerse moreno. Uno lo hace queriendo y sin querer. Hay que exponerse, queriendo, a los rayos solares, pero una vez ahí son ellos los que, sin querer, activan la melanina que tiñe nuestra piel.

Y es que la iniciativa, la actividad incitadora, el protagonismo es siempre de esa divinidad que, como el sol, jamás deja de comunicarnos los destellos de su amor, porque, aunque su recepción inmediata implica la acción positiva de nuestra libertad, esta no es nunca lo primero, por más que lo parezca, sino la respuesta a una llamada anterior que antecede completamente todo nuestro obrar.

En la oración aspiramos a que lo imposible, sea posible. A que lo ya irremediable pueda tener remedio.

Y no me refiero aquí a esas primarias e infantiles peticiones que convierten la oración en un ejercicio inverso de lo que, en realidad, debería ser. La oración consiste en estar abiertos a la voluntad de Dios, a su palabra, a su moción. Y es, entonces, el ejercicio espiritual en el que debemos dejarnos convencer y moldear, en nuestros sentimientos, deseos e ideas, por el amor de Dios, en lugar de, endurecidos en nuestro ego, pretender convencer a Dios para que se cumpla nuestra voluntad estableciendo con quien todo nos lo da una horrible relación de mercantil compraventa.

Lo que los niños hacen con su imaginaria hada madrina podemos hacerlo nosotros con Dios —¡ay!— cuando, en lugar de ponernos nosotros a su servicio —y ninguna plenitud es mayor para el hombre que el servicio de Dios— pretendemos que sea Dios el que nos sirva a nosotros realizando aquello que creemos desear. Porque lo cierto es que, la mayoría de las veces, no sabemos ni lo que queremos, y somos como infantes caprichosos e inconstantes, como en todas esas incontables ocasiones en las que, queriendo algo con todas nuestras fuerzas, resulta que luego no lo reconocemos como lo que, en realidad, queríamos.

La cuestión es, pues, de escucha, adoración y entrega y no tanto de petición, exigencia y trueque, porque lo que realmente está en juego en la oración es si es posible lo imposible y si lo ya irremediable, puede tener remedio en Dios.

El problema real es el mal, el dolor, el sufrimiento y la muerte como realidades cuya derrota definitiva sólo Dios puede llevar a cabo en la plenitud escatológica allende la historia ordinaria de la creación.

Y es ahí donde el cristianismo, en la oración, nos anticipa lo imposible y lo irrealizable. Aquello sobre lo que Unamuno reflexionó en su escrito Nicodemo el fariseo y que consiste fundamentalmente en que Dios pueda sanar nuestras heridas, curar nuestras cicatrices, perdonar el mal cometido y borrarlo completamente del universo transformándolo de tal manera que fuese como lo nunca acontecido al quedar totalmente desactivado y carente de negatividad.

Nuevo nacimiento, sanación completa, redención absoluta, perdón incondicional. Eso es lo que la oración nos hace pregustar aquí y ahora en unas condiciones bien precarias tendentes a la dispersión espiritual y al sometimiento a las condiciones horizontales de una existencia ante la que dichas condiciones se presentan como definitivas y últimas. Como si una palabra de salvadora eternidad no sólo fuese impensable, sino del todo imposible.

La oración nos hace vivir adelantadamente una leve fracción de esa plenitud, pero a veces nos parece ensoñación y otras un vano autoengaño.

Las aproximaciones de la neurología o la psicología profunda a la cuestión de la oración —siendo en sí mismas extraordinariamente interesantes— adolecen todas de un mismo déficit.

Tienden a confundir la profundidad de la mente y sus internos mecanismos fisiológicos con el abismo del espíritu humano. Y es que el yo profundo, por más profundo que sea, por más estructuras transpersonales de las que se libere, por más que se disuelva su perfil, por más inconsciente y oscuros que sean los sótanos de su trastienda, no son —en este nivel analítico, transegoico o neurofisiológico— sino la superficie más accesible de una personalidad que, cerebralmente sostenida por interacciones sinápticas y procesos bioquímicos, se muestra, ciertamente, fascinante, compleja y profunda, pero con una hondura y profundidad de un alcance siempre medible, evaluable y explorable en términos de análisis, sondeo y experimentación.

Quiere esto decir que, siendo del máximo interés todo cuanto la neurobiología y o la psicología nos pueda enseñar sobre la complejidad y profundidad de nuestro yo cerebral, la dimensión hacia la que apunta la oración transciende infinitamente todo fenómeno fisiológico para emboscar al ser humano en un nivel de profundidad en el que las brújulas se vuelven locas, los sónares tienen comportamientos extraños y no hay mecanismo de verificación empírica que funcione, en definitiva, de manera cabal.

Porque de lo que aquí se trata, finalmente, es de nuestro yo místico, de nuestra identidad abisal, de la raíz última de nuestro ser de criatura, creada a imagen y semejanza de Dios, y constituido en su hondura más íntima por una singularidad tan especial y genuina que, curiosamente, permanece siempre ella misma a lo largo de la vida como si fuese sin edad durante todas las edades de su biografía. Como si su verdadero tiempo y su verdadero lugar no fuesen de este mundo y, por tanto, pudiese percibirse a sí misma siendo niña, joven, adulta o anciana, siendo todo esto a la vez y ninguna de ellas por separado al margen del flujo vital en el que está. Me estoy refiriendo a ese hondón de nuestra alma y de nuestro espíritu al que siempre se han referido los autores espirituales y místicos que en el mundo han sido. Es en esa dimensión y en esa insondable profundidad de nuestro yo en la que acontece la experiencia de la oración.

Como se ve, no se trata, pues, del alcance cuantitativo de una hondura determinada de conciencia, sino del encuentro con una infinitud —la divina— que diviniza la condición humana al transportarla a una dimensión en la que el tiempo ya no es duración, el espacio no es extensión y la materia —como en la transfiguración— se vuelve translúcida.

En esta dimensión a la que somos transportados —sin movernos de donde estamos y sin que, en apariencia, nada cambie cuando, en realidad, ya todo es distinto— en los momentos de mayor lucidez e intensidad orante nos situamos en la onda vital de lo que la Escritura y la Tradición han llamado Espíritu Santo.

Y es en él, en el movimiento incesante del Espíritu divino, donde nuestro espíritu humano se encuentra con la fuente de toda vitalidad, con el dador de vida, con aquel que, sin ser creación, literalmente anima a todo lo creado desde su más íntimo interior.

En un interior en el que, en la oración, somos siempre invitados a configurarnos con la hechura biográfica de Jesucristo, siendo nuevamente remitidos al anclaje vital, espacio temporal, histórico y concreto del que nunca hemos salido.

Y es que en el proceso orante ocurre —pero sin histrionismos, ni gritos, ni aceleraciones— lo mismo que en una gigantesca noria o en una montaña rusa.

Somos llevados por la atracción de un movimiento que no dominamos hacia cumbres insondables que nos dejan sin palabras sin que nosotros nos movamos en absoluto del lugar que ocupamos ni del habitáculo en el que nos sentamos. Y las cosas que vemos, sentimos y gustamos en esos movimientos de oscilación —que no son ni cosas, ni visibles, ni sensibles, ni gustables— hacen que nuestro punto de inicio —del que jamás nos hemos movido ni un ápice— lo percibamos, después de y durante la experiencia de la oración, de un modo cualitativamente transfigurado, cuando, sin saber muy bien por qué, finaliza la oración —cosa que, en el fondo, querríamos que no ocurriese nunca.

Y en nuestro punto obligado de llegada nos volvemos a encontrar con la referencia cristológica que nos mueve al seguimiento de quien, en el mismo mundo, en la misma línea espacio temporal que nosotros habitamos ahora, vivió en transparencia diáfana su relación con Dios.

Por eso la oración no nos hace huir de la vida, como no hizo huir a Jesús de la suya, sino que nos resitúa ante sus problemas y vicisitudes de una forma enteramente nueva: en la lógica del Reino, del amor a Dios y del amor al prójimo.

Vista desde una perspectiva tecnocrática y meramente utilitaria la oración no sirve para nada. Comprendida en su ser más auténtico lo es todo.

En ella se encuentra el hombre con su Creador y es invitado a vivir como su Hijo eterno siendo interiormente transformado por el amor infinito de su santo Espíritu.

Fuente Religión Digital

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Voz interior

Miércoles, 29 de enero de 2020

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       El magno e inefable diálogo entre Dios y el hombre que constituye nuestra religión supone, en el hombre mismo, una actitud receptiva particular. Si el hombre busca y escucha la Palabra de Dios, la Verdad salvadora entra en el alma y engendra nuevas relaciones entre Dios y el hombre: la fe, la vida sobrenatural. Pero si el hombre no escucha, Dios habla en vano; se abre un drama tremendo.

        En la Biblia aparece por doquier esta alternativa decisiva, la escucha del hombre es, por excelencia, un acto racional y voluntario, pleno y consciente del obsequio tributado al Dios que revela, pero supone la maduración interior, trabajada por la gracia, de una disposición innata y honesta para el encuentro con Dios. Como edad de la crisis y edad de la elección, la juventud está más expuesta a padecer el influjo arreligioso y antirreligioso de nuestro tiempo. Ahora bien, en cuanto edad del pensamiento y edad del amor, la juventud es la más capaz de comprender el valor religioso de la vida y de dar a su piedad un profundo significado personal, que adquiere a menudo una dramática expresión moral, una especie de fidelidad inmolada y total, plena de impulso apasionado, si bien todavía poco segura, como un vuelo, aunque espléndida y generosa, precisamente como un vuelo milagroso realizado en los cielos del heroísmo y de la poesía. Esto tiene lugar cuando el sentido religioso se pronuncia -como tormento, como atractivo, como alegría, poco importa- de un modo tan vigoroso que constituye un juego íntimo y sublime de libertad y de obligación, y se vuelve determinante desde el punto de vista moral.

        Es entonces, por lo general, cuando la voz interior se revela, no ya como propia, sino como eco de otra voz, lejana y próxima, la de Dios. .

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Giovanni Battista Montini
(Pablo VI),
El sentido religioso,
Ediciones Sígueme, Salamanca 1964

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Ser el cambio

Miércoles, 11 de diciembre de 2019

Man in rainbow light and stars La toma de conciencia solidaria puede ser a menudo un ejercicio más de detenerse, serenarse y adentrarse que de movimiento y agitación. La empatía no nos lleva inequívocamente a la calle y a la pancarta. La pancarta tiene sus evidentes límites a la hora de transformar el mundo y las relaciones humanas. No tanto pasearla como encarnarla. No tanto gritar la consigna sino integrarla, ser testimonio de lo se proclama a los cuatro vientos, entre otras cosas porque, de vuelta de su recorrido, los vientos siempre acaban pidiéndonos cuentas.  No necesariamente activismo, sino “seísmo”, o como diría Ghandi “ser nosotros el cambio que queremos ver en el mundo”.

Pueden tocar o no la aldaba, que el reclamo será primeramente interior. La empatía con respecto a quienes sufren no implica después necesariamente una exteriorización. “¿Qué estás haciendo tú?” Me preguntan por “washapp” en un mensaje/cartel contra la violencia hacia las mujeres que firma, entre otras entidades, el Gobierno de Navarra. Quisiera hacer más, pero hoy por hoy me retiro, respiro y me reitero internamente en favor de quienes padecen, pido igualmente para que se arríen todas las manos amenazantes. Estamos haciendo todo lo que podemos. Es preciso poner todo cuanto esté a nuestro alcance para erradicar esa lacra, es preciso comprometerse en la urgente causa contra el maltrato de la mujer, pero tenemos delante legión de empeños. En realidad, no hay plazas, ni avenidas para tanto anhelo. Hay también otras apremiantes causas que requieren nuestra atención y compromiso. No deberíamos entrar en la peligrosa espiral de pedirnos cuentas los unos a los otros por nuestros grados de respuesta.

Somos cada vez más los que optamos por la revolución de la distancia corta, del círculo más cercano. “¿Y yo que hago…?” Pues mirarla con mis mejores ojos. Buscar mis más amables palabras, a sabiendas de que quizás mis gestos nunca lleguen a la altura de lo que ella merece. Cariño y ternura siempre suman, pero no compitamos en su derroche. Cada quien fije sus propios retos. Hay un ámbito de intimidad que ningún Gobierno debería traspasar. Es preciso preservar lo que ocurre en el hogar. Sí hay infiernos a erradicar puertas adentro, pero no se extienda la sospecha.

Es preciso afianzar el principio supremo de la libertad. Es preciso ser cuidadosos a la hora de respetar las opciones de preferencial solidaridad de cada quien. Hay que respetar al que agita conciencias, también a quien simplemente sopla sobre ellas. Es preciso sumar las causas altruistas y no hacer cundir recelos. Hay que acabar con la terrible lacra del maltrato de la mujer, pero igualmente salvar los bosques de la Amazonía, rescatar a los hermanos que se ahogan en el Mediterráneo, erradicar el hambre de la Tierra, proseguir en la profundización democrática… El etcétera sería largo.

“¡Queremos tíos buenos!” dice la actual campaña de la Diputación de Bizkaia, pero a nosotros no se nos ocurre, ni siquiera en broma, poner esa frase en femenino. Lo sagrado frena en seco hasta el chiste. La portadora de vida lo es y lo llevamos tan dentro escrito que no necesitamos sábanas, ni rotuladores para recordárnoslo. Por lo tanto, la sola condición de varón no auspicie recelo. No propiciemos separación de sexo ante lo que a todas y todos nos concierne. Unamos corazones y voluntades de ambos géneros tras la misma y noble causa morada. Queremos hombres y mujeres de buena voluntad armonizados y haciendo todos los posibles para erradicar la violencia machista.

Cada quien sabe dónde puede aportar más, dónde puede ser más útil, dónde se encuentra más a gusto… Sí podemos pedir ayuda, sí podemos y debemos recabar apoyos, pero creo que no debemos inquirir: “¿Qué estás haciendo tú…?” Quien más, quien menos, en una medida u otra, todos y todas estamos haciendo los posibles por construir un mundo definitivamente nuevo, más cordial y amable en el que esté erradicado todo tipo de violencia. Todas y todos estamos por hacer posible una nueva sociedad más justa, solidaria y sostenible, en la que por supuesto a ningún varón se le ocurra la infamia de poner la mano agresiva sobre ninguna mujer. Permanecemos por lo tanto unidos/as tras la causa lila, también tras la causa verde, roja, amarilla…

Somos devotos de la mujer que nos ha tocado en suerte poder acompañar. Perdón si nos movemos en el asiento cuando alguien cuestiona nuestra devoción. Perdón si no salimos a la calle para manifestarla. Nos estamos midiendo cada día puertas adentro.

Koldo Aldai

Fuente Fe Adulta

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Hombre libre

Jueves, 17 de octubre de 2019

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“Si estoy entre hombres que no están de acuerdo en absoluto con mi naturaleza, difícilmente seré capaz de acomodarme a ellos sin cambiar notablemente yo mismo.

El hombre libre que vive entre ignorantes se esfuerza cuanto puede por evitar sus favores.

Un hombre libre actúa honestamente, no engañosamente.

Sólo los hombres libres son verdaderamente útiles los unos a los otros y pueden crear amistades auténticas.

Es abolutamente permisible, por el derecho más elevado de la Naturaleza, que cada uno haga uso de la clara razón para determinar cómo vivir de un modo que le permita florecer”

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Spinoza

Baruch Spinoza

ברוך שפינוזה

(Ámsterdam, 24 de noviembre de 1632 – La Haya, 21 de febrero de 1677)

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Arquitectura

Lunes, 7 de octubre de 2019

Del blog Nova Bella:

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El hombre habita creando

 

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El paso de Jesús…

Martes, 30 de julio de 2019

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El paso de Jesús de este mundo al Padre abarca, en una unidad estrechísima, pasión y resurrección: a través de su pasión es como llegó Jesús a la gloria de la resurrección. Pasión y paso van unidos entre sí; la Pascua cristiana es un transitus per passionem: un paso a través de la pasión. Pero hay una síntesis más importante: la que se da entre la Pascua de Dios y la pascua del hombre. ¿Cómo se lleva a cabo esa síntesis en la nueva definición de la Pascua? En Jesús, los dos protagonistas de la Pascua -Dios y el hombre- dejan de aparecer como alternativos o yuxtapuestos y se convierten en uno solo, porque, en Cristo, la humanidad y la divinidad son una misma persona. El autor y el destinatario de la salvación se han encontrado; la gracia y la libertad se han besado. Ha nacido la «nueva y eterna alianza»; eterna, porque ahora nadie podrá separar ya a los dos contrayentes, convertidos, en Cristo, en una sola persona.

Con todo, queda una duda por disipar: entonces ¿es sólo Jesús quien lleva a cabo la Pascua? ¿Es sólo él quien pasa de este mundo al Padre? ¿Y nosotros? El de Jesús no es un paso solitario, sino un paso colectivo, de toda la humanidad, al Padre. En Pascua nació la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, como espiga crecida en la tumba de Cristo. En consecuencia, todos hemos pasado ya, con Cristo, al Padre y «nuestra vida está escondida ya con Cristo en Dios» (cf. Col 3,3); sin embargo, todos debemos pasar aún. Hemos pasado In spe e in sacramento, en esperanza y por el bautismo, pero debemos pasar en la realidad de la vida cotidiana, imitando su vida y, sobre todo, su amor.

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Raniero Cantalamessa,
El misterio pascual,
Milán 1985, pp. 19-21).

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Cristo de Velázquez

Martes, 23 de julio de 2019

Del Blog Nova Bella:

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Uno se olvida de que está delante de un cuadro

y te invade una profunda sensación de belleza….

y a uno le parece escuchar los pensamientos del pintor:

Dios es belleza y el hombre,

su criatura,

debe serlo también.

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LLuis Pasqual

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Relación de Comunión

Domingo, 16 de junio de 2019

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Maurice Zundel escribió páginas emocionantes sobre el corazón humano, este espacio donde la conciencia que se despierta accede en el sentido de su dignidad de su inviolabilidad, y que se revela, detrás del mí prefabricado y condicionado que lo recubre, como un espacio de pura acogida del otro, el espacio que no puede ser violado por principios autoritarios, ni siquiera divinos, sino que vive de la apertura y de la comunión con el Otro, a la imagen del Dios de Pobreza que  se desposee de él mismo perpetuamente en la relación de ofrenda que mantienen entre ellas las tres Personas de la Trinidad.

” (…) La Trinidad es la liberación de una pesadilla en la que la humanidad se debate cuando se sitúa frente a una divinidad de la que depende y a la que es sometida: ¿Por qué Él bastante más que yo? ¿ Por qué soy la criatura, y Él el Creador? ¿ Por qué, si es mi creador, me puso en esta situación de saber que yo soy su esclavo? ¿ Por qué me dio justo bastante inteligencia para comprender que dependo de Él? ¡ Hay una rebelión sorda e implacable qué sube del corazón del hombre en esta confrontación de su espíritu con esta especie de Dios que aparece en él como la apisonadora del espíritu!

En la apertura del Corazón de Dios a través del Corazón del Cristo, hay justamente esta manifestación increíble y maravillosa que Dios es Dios porque se comunica, que es Dios porque se da todo, porque el es la desapropiación infinita y eterna, porque tiene la transparencia de un niño, la transparencia en la que toda especie de apropiación es imposible, donde la mirada siempre es dirigida hacia “El Otro”, donde la personalidad, donde el yo, es sólo un altruismo puro e infinito. ¡ Allí está la gran confidencia qué resplandece en el Evangelio de Cristo! ¡ La perla del reino, es para que Dios sea este Dios!

¡Jesús, revelándonos la Trinidad, nos libró de Dios! Nos libró de este Dios pesadilla, exterior a nosotros, límite y amenaza para nosotros: ¡ nos libró de aquel Dios! Nos libró de nosotros mismos que necesariamente estábamos, y sordamente, aunque no nos atrevíamos a reconocerlo, en rebelión contra este Dios.

Con la Trinidad, entramos en el mundo de la relación. (…)

Subsistir en forma de don, subsistir como una relación con los demás otro, subsistir en una respiración pura de amor, tenemos ahí el Dios que se transparenta y se revela personalmente en Jesucristo. (…)

Lo que justamente es tan patético, y lo que nos hace sensible la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y el paso que trasciende que hay que obrar del uno al otro, es que, mientras que en el Antiguo Testamento el pecado supremo, el pecado original, es querer ser como Dios, en el Nuevo,  es esto mismo lo único que es necesario. (…)

¡ Se trata de ser como Dios! Y, en el fondo, esta intuición nietzscheana, esta voluntad de ser Dios, de no sostener a ningún Dios aparte de sí mísmo, es el bosquejo de una vocación auténtica. ¡ Pero atención! ¡ Sí, ser como Dios, pero después de haber reconocido en Dios justamente  la desapropiación infinita, la pobreza suprema, el despojo translúcido!

Si Dios es aquel Dios, si hay en nuestro corazón una espera infinita, ser como Dios, ahora esto quiere decir desapropiarnos fundamentalmente de nosotros mismos para que nuestra vida se cumpla como la suya en un don sin reserva.”

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Maurice Zundel, “Le Problème que nous sommes“, Le Sarment, Fayard, 2000, pp 39-42

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

“Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora; cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues lo que hable no será suyo: hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir.

Él me glorificará, porque recibirá de mí lo que os irá comunicando.

Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que tomará de lo mío y os lo anunciará.”

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Juan 16, 12-15

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Lentamente he empezado a darme cuenta de que en el gran circo, lleno de domadores de leones y de trapecistas que con sus maravillosas acrobacias reclaman nuestra atención, la historia verdadera y real la contaban los payasos. Los payasos no están en el centro de los acontecimientos. Aparecen entre una gran exhibición y otra, se mueven con torpeza, caen y nos hacen sonreír de nuevo tras la tensión creada por los héroes que veníamos a admirar. Los payasos no están coordinados entre ellos, no consiguen realizar las cosas que intentan hacer; son cómicos, se mueven con un equilibrio precario y son desmañados, pero… están de nuestra parte. No reaccionamos ante ellos con admiración, sino con simpatía; no con estupor, sino con comprensión; no con la tensión, sino con una sonrisa. De los acróbatas decimos: «¿Cómo conseguirán hacerlo?». De los payasos decimos: «Son como nosotros». Los payasos, con una lágrima y una sonrisa, nos recuerdan que compartimos las mismas debilidades humanas […].

Entre las acciones emocionantes de los héroes de este mundo, tenemos una constante necesidad del payaso, de personas que con su vida vacía y solitaria -de oración y de contemplación nos revelen la otra cara y nos ofrezcan así consuelo, alivio, esperanza y una sonrisa. En esta grande, ajetreada, fascinante y turbadora ciudad continuamos sintiendo la tentación de unirnos a los domadores de leones y a los trapecistas, que reciben la máxima atención. Pero cada vez que aparecen los payasos se nos recuerda que lo que cuenta realmente es algo diferente a lo espectacular y a lo sensacional: es lo que pasa entre una escena y otra. Los payasos, con su comportamiento «inútil», nos muestran no sólo que muchas de nuestras preocupaciones, de nuestros afanes, de nuestras ansias y tensiones tienen necesidad de una sonrisa, sino que también nosotros tenemos pintura blanca en nuestro rostro y estamos llamados a comportarnos como payasos (H. J. M. Nouwen, / c/own di Dio. Una vita spirituale per ¡I nostro tempo, Brescia 2000, pp. 7 y 162, passim).

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“El mito de Eva y la desigualdad de la mujer respecto al hombre”, por Juan Zapatero.

Sábado, 9 de marzo de 2019

2226371157_349c4c33f6No cabe duda de que, a quienes nos movemos dentro de los parámetros cristianos (no en cuanto a religión, sino a cultura), la influencia judía en nuestro pensamiento ha sido determinante a la hora de concebir, en este caso, a la mujer (sexo femenino) como inferior en condición respecto al hombre (varón).

Si exceptuamos los fanáticos, de una índole y de otra, que siguen defendiendo la creación tal y como la relata el libro del Génesis, está claro que en la actualidad toda persona dotada de mínimo sentido común admite que la descripción sobre la creación en general y, por ende, también del hombre y de la mujer, que encontramos en el libro anteriormente citado, no son otra cosa sino relatos fantasiosos que responden sencillamente a la manera de concebir la vida y las relaciones humanas en su quehacer cotidiano que tenía la gente de hace ya bastantes siglos en un lugar geográfico concreto. Por ello, estoy convencido de que no son casuales cinco factores por lo que a la mujer se refiere, según dicho relato.

En primer lugar, el origen de esta, al menos según una de las versiones del libro del Génesis, no solo es posterior a la existencia del hombre (varón) en la tierra, sino que además tiene su origen en el propio varón “Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: ‘Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada’”. (Gen 2, 21-23). Tenemos, pues, que el varón y la hembra no son creados, no solamente al mismo tiempo, sino que, a su vez, la segunda procede del primero.

En segundo lugar, si seguimos leyendo el relato, se deja entrever de inmediato otro elemento fundamental y clave como es el hecho que la mujer no tiene sentido por sí misma, sino en cuanto a la función que debe desempeñar respecto al hombre: para que este no esté solo. “No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada” (Gen 22,18). Aunque es cierto que, a renglón seguido, dice “Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne”; ello no impide entrever que la mujer no aparece con una finalidad propia, por sí misma, sino en tanto en cuanto sirve de compañía al varón. Aquí podríamos entrar ya en un profundo debate sobre si nos encontramos ante alguien que se parece más a un objeto (servir a o de), en vez de frente a un sujeto que tiene sentido, autonomía y valor por sí mismo. Es más, de interrogantes se pueden plantear los que queramos y más; por ejemplo ¿Qué hacer con o de la mujer que no cumple la misión de servir de ayuda y de apoyo al varón, en todas las facetas que podamos imaginar, ya que su misión es precisamente esa? Queda la puerta abierta a todas las posibilidades, no precisamente en el mejor de los sentidos.

En tercer lugar, si continuamos con la lectura del libro (Gen 3,6) observamos que, dentro del estilo narrativo que se utiliza, aparece precisamente la mujer como la culpable, pues es la inductora, de la pérdida de aquel estado idílico de eterna felicidad en el paraíso “Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió”. Por tanto, la culpa de todos los males que le vinieron desde entonces a aquel hombre y, por ende, a toda la humanidad posterior, no tenían otro origen que la mujer. Una mujer que se dejó llevar por sus deseos instintivos más genuinos, en vez de por la capacidad de pensar. A algunos seguro que les faltará tiempo para acabar rematando: una capacidad de pensar exigua, mínima o inexistente en el caso de la mujer.

En cuarto lugar, no es casual que la serpiente, como encarnación del Maligno, se dirija a la mujer en vez de al varón de cara a seducirla y a liberarla del prejuicio que el Creador había infundido en el corazón del hombre: “Y Dios impuso al hombre este mandamiento: De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio” (Gen 2,16-17). ¡Cuántas interpretaciones no se han hecho a partir de este texto sobre la debilidad de carácter de la mujer y sobre su ambición, en contraposición a la fortaleza y a la moderación del varón, por ejemplo!

Por último, si bien es verdad que Yahvé impone un castigo a los tres protagonistas (serpiente, varón y hembra), no es menos cierto que a la mujer se lo incrementa; por una parte, teniendo que parir con dolor; mientras por otra, viéndose obligada a “apetecer al marido” (no así al revés) y a sufrir el dominio que este ejercerá sobre ella. Si lo observamos detenidamente, nos daremos cuenta rápidamente de que ambas cosas son fuertemente humillantes. “A la mujer le dijo: Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará” (Gen 3,14-17).

Dejando de lado aquellos países en los cuales la mujer continúa siendo tenida, por desgracia, como un objeto puro y duro; me parece que, en los que nos consideramos más avanzados, o al menos así nos tienen los demás, no se puede poner en duda que las leyes en favor de la liberación y la igualdad del sexo femenino han hecho avances (aunque no tantos como cabría esperar); sin embargo, tengo la impresión de que a nivel individual y de ciertos grupos el parecer del relato del Génesis sigue planeando todavía por demasiadas mentes. Lo que quiere decir que no es cuestión solamente de leyes, sino principalmente de la transformación que debe producirse en dichas mentes.

Juan Zapatero Ballesteros

Fuente Fe Adulta

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Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.

Domingo, 7 de octubre de 2018

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CONTIGO

¿Mi tierra?
Mi tierra eres tú.

¿Mi gente?
Mi gente eres tú.

El destierro y la muerte
para mi están adonde
no estés tú.

¿Y mi vida?
Dime, mi vida,
¿qué es, si no eres tú?

*

Luis Cernuda

***

 

“… De modo que ya no son dos, sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.”

*

Marcos 10, 2-16

***

*

Una pareja de esposos tiene derecho a acoger y celebrar el día de su matrimonio viviéndolo como un triunfo incomparable. Si las dificultades, las resistencias, los obstáculos, las dudas y las vacilaciones no han sido simplemente orillados, sino lealmente afrontados y vencidos – y es ciertamente un bien que las cosas no discurran de una manera demasiado suave-, entonces ambos esposos habrán obtenido efectivamente el triunfo decisivo de su vida; con el «sí» que se han dicho recíprocamente han decidido con toda libertad dar una nueva orientación a toda su vida; ambos han desafiado con serena seguridad todos los problemas y las perplejidades que la vida hace nacer frente a cada vínculo duradero entre dos personas y han conquistado, mediante un acto de responsabilidad personal, una tierra nueva para su vida.

        El matrimonio es más que vuestro amor recíproco. Posee un valor y un poder mayores, porque es una institución santa de Dios, a través de la cual quiere conservar a la humanidad hasta el fin de los días. Desde la perspectiva de vuestro amor, os veis solos en el escenario del mundo; desde la perspectiva del matrimonio, sois un eslabón en la cadena de las generaciones que Dios hace nacer y morir para su gloria, llamándolas a su Reino.

        Desde la perspectiva de vuestro amor veis solo el cielo de vuestra alegría personal; el matrimonio os inserta de una manera responsable en el mundo y en la responsabilidad de los hombres; vuestro amor os pertenece a vosotros solos, es personal; el matrimonio es algo suprapersonal, es un estado, un ministerio. Dios hace vuestro matrimonio indisoluble, lo protege de todo peligro interior y exterior; Dios quiere ser el garante de su indisolubilidad.

        Ésta es una alegre certeza para cuantos saben que ninguna fuerza en el mundo, ninguna tentación, ninguna debilidad humana, puede desatar lo que Dios mantiene unido; más aún, quien sabe esto puede decir con confianza: «Lo que Dios ha unido no lo puede separar el hombre». Libres de todas las ansias que el amor lleva siempre consigo, podéis deciros, con seguridad y confianza total: no podremos perdernos nunca más, pues nos pertenecemos recíprocamente hasta la muerte por voluntad de Dios.

        Vivid juntos perdonándoos recíprocamente vuestros pecados, sin lo cual no puede subsistir ninguna comunidad humana, y mucho menos un matrimonio. No seáis autoritarios entre vosotros, no os juzguéis ni os condenéis, no os dominéis, no echéis la culpa el uno a la otra ( * ), sino acogeos por lo que sois y perdonaos recíprocamente cada día, de corazón. Desde el primero al último día de vuestro matrimonio, debe seguir siendo válida esta exhortación: acogeos… para la gloria de Dios. Habéis oído la palabra que Dios dice sobre vuestro matrimonio. Dadle gracias por ella, dadle gracias por haberos guiado hasta aquí y pedidle que funde, consolide, santifique y custodie vuestro matrimonio: de este modo seréis «algo para alabanza de su gloria».

*

Dietrich Bonhoeffer,
Resistencia y sumisión,
Ediciones Sígueme, Salamanca 1983.

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( * ) El uno al otro, la una a la otra, añadimos nosotros…

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Agua ideal: Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro…

Domingo, 2 de septiembre de 2018

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Agua ideal

Agua redonda y cerrada,
el agua del pozo piensa.

El agua andante del río
es buena como una arteria.

La del mar… está muy lejos
para la sed de la tierra.

El torrente lleva el agua
sin saber por qué la lleva.

La fuente, en su boca clara,
la lleva como un poeta.

…Yo busco un agua sin cauces,
pero pensativa y buena.
Honda y cercana. Y sonora.
¡Señor, el agua perfecta!

Los dos bueyes hermanos
sorben pausadamente
la sangre del ocaso.

Los plátanos aplaudían
en silencio, con sus manos verdes
y aterciopeladas.

La torrentera embestía
las rocas como una vaca
de lengua turbia.

Y la tarde
se moría desangrada…

En la feria de tus viñas,
los cascabeles dorados
—de miel y de sol—, Septiembre.
Bajo el toldo de tu cielo,
¡dulce domingo del año!

*

Pedro Casaldáliga,
Palabra ungida (Poemas), 1955

***

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos escribas de Jerusalén, y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. ( Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes la manos restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y, al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas. ) Según eso, los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús

– “¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradición de los mayores“?

Él contesto:

“Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.” Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres.”

Entonces llamó de nuevo a la gente y les dijo:

– “Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer la hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro.”

*

Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23

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*

La lucha espiritual es un movimiento esencial de la vida espiritual cristiana. Se trata de una lucha interior, no dirigida contra seres exteriores a uno mismo, sino contra las tentaciones, los pensamientos, las sugestiones y las dinámicas que llevan a la consumación del mal. Pablo, sirviéndose de imágenes bélicas y deportivas (la carrera, el boxeo), habla de la vida cristiana como de un esfuerzo, de una tensión interior por permanecer en la fidelidad a Cristo, que implica desenmascarar las dinámicas a través de las cuales se abre camino el pecado en el corazón del hombre, para poder combatirlo en el mismo momento en que surge. El lugar de esta batalla es, en efecto, el corazón. Vigilancia y atención son la «fatiga del corazón» (Barsanufio) que permite al creyente llevar a cabo su purificación: es del corazón, en efecto, de donde brotan las intenciones malvadas y es el corazón el que debe transformarse en morada de Cristo gracias a la fe.

        En este sentido, la «custodia del corazón» constituye la obra por excelencia del hombre espiritual, la única verdaderamente esencial. En esta lucha es menester ejercitarse: es preciso, en primer lugar, saber discernir nuestras propias tendencias pecaminosas, nuestras propias debilidades, las tendencias negativas que nos marcan de un modo particular; en consecuencia, Tiernos de llamarlas por su nombre, asumirlas y no removerlas y, por último, sumergirnos en la larga y fatigosa lucha dirigida a hacer reinar en nosotros la Palabra y la voluntad de Dios.

        El órgano de esta lucha es el corazón, entendido en sentido bíblico como órgano de la decisión y de la voluntad, no sólo de los sentimientos. La capacidad de lucha espiritual, el aprendizaje del arte de la lucha (Sal 144,1; 18,35), resulta esencial para la acogida de la Palabra de Dios en el corazón humano. Los expertos en la vida espiritual saben que esta lucha es más dura que todas las luchas externas, pero conocen asimismo el fruto de la pacificación, de la libertad, de la docilidad y de la caridad que produce.

*

E. Bianchi,
La palabra de la espiritualidad,
Milán 1999.

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La persona como misterio

Martes, 19 de junio de 2018

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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Lo que opinó Rembert G. Wealand, arzobispo, benedictino, que conoció a Merton en Bangkok (Prólogo a la correspondencia entre Thomas Merton y Jean Leclercq).

“Merton era un poco más difícil de conocer; bastante complicado psicológicamente, lleno de preocupaciones interiores a propósito de su papel público y su vocación monástica; y aunque escribió muchísimo sobre su vida interior espiritual y manifestó sus opiniones sobre muchas cosas, era mucho más reservado al hablar, al menos en relación conmigo, persona con autoridad”.

Escribe Jean Leclercq a Merton, el28 de noviembre de 1959:

“Siempre resulta muy difícil ver claro dentro de nosotros mismos, alrededor nuestro. Se aprecian entonces los beneficios de la obediencia a una autoridad, que, suficientemente informada sobre todos los aspectos de un problema, con la suficiente distancia y elevación como para ser imparcial, puede juzgar sobre nosotros mucho mejor que nosotros mismos”.

MERTON le escribe en su siguiente carta (24 diciembre 1960):

“Sé muy bien que Dios mismo está encima y más allá de las soluciones y decisiones de los hombres, y que si mis deseos provienen de Él, Él mismo no tendrá ninguna dificultad en llevarme donde Él quiera, y concederme la soledad que quiera”.

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Hombre silencioso

Viernes, 12 de enero de 2018

Del blog Nova Bella:

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Dios escucha a Dios en el hombre que guarda silencio,

Dios habla al Dios en el hombre en estado de escucha,

Dios escucha al hombre silencioso,

Dios habla al hombre que escucha.

*

Sylvie Gemain

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Relación de Comunión

Domingo, 11 de junio de 2017

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Maurice Zundel escribió páginas emocionantes sobre el corazón humano, este espacio donde la conciencia que se despierta accede en el sentido de su dignidad de su inviolabilidad, y que se revela, detrás del mí prefabricado y condicionado que lo recubre, como un espacio de pura acogida del otro, el espacio que no puede ser violado por principios autoritarios, ni siquiera divinos, sino que vive de la apertura y de la comunión con el Otro, a la imagen del Dios de Pobreza que  se desposee de él mismo perpetuamente en la relación de ofrenda que mantienen entre ellas las tres Personas de la Trinidad.

” (…) La Trinidad es la liberación de una pesadilla en la que la humanidad se debate cuando se sitúa frente a una divinidad de la que depende y a la que es sometida: ¿Por qué Él bastante más que yo? ¿Por qué soy la criatura, y Él el Creador? ¿Por qué, si es mi creador, me puso en esta situación de saber que yo soy su esclavo? ¿Por qué me dio justo bastante inteligencia para comprender que dependo de Él? ¡Hay una rebelión sorda e implacable qué sube del corazón del hombre en esta confrontación de su espíritu con esta especie de Dios que aparece en él como la apisonadora del espíritu!

En la apertura del Corazón de Dios a través del Corazón del Cristo, hay justamente esta manifestación increíble y maravillosa que Dios es Dios porque se comunica, que es Dios porque se da todo, porque el es la desapropiación infinita y eterna, porque tiene la transparencia de un niño, la transparencia en la que toda especie de apropiación es imposible, donde la mirada siempre es dirigida hacia “El Otro”, donde la personalidad, donde el yo, es sólo un altruismo puro e infinito. ¡Allí está la gran confidencia qué resplandece en el Evangelio de Cristo! ¡La perla del reino, es para que Dios sea este Dios!

¡Jesús, revelándonos la Trinidad, nos libró de Dios! Nos libró de este Dios pesadilla, exterior a nosotros, límite y amenaza para nosotros: ¡nos libró de aquel Dios! Nos libró de nosotros mismos que necesariamente estábamos, y sordamente, aunque no nos atrevíamos a reconocerlo, en rebelión contra este Dios.

Con la Trinidad, entramos en el mundo de la relación. (…)

Subsistir en forma de don, subsistir como una relación con los demás otro, subsistir en una respiración pura de amor, tenemos ahí el Dios que se transparenta y se revela personalmente en Jesucristo. (…)

Lo que justamente es tan patético, y lo que nos hace sensible la diferencia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, y el paso que trasciende que hay que obrar del uno al otro, es que, mientras que en el Antiguo Testamento el pecado supremo, el pecado original, es querer ser como Dios, en el Nuevo,  es esto mismo lo único que es necesario. (…)

¡Se trata de ser como Dios! Y, en el fondo, esta intuición nietzscheana, esta voluntad de ser Dios, de no sostener a ningún Dios aparte de sí mísmo, es el bosquejo de una vocación auténtica. ¡Pero atención! ¡Sí, ser como Dios, pero después de haber reconocido en Dios justamente  la desapropiación infinita, la pobreza suprema, el despojo translúcido!

Si Dios es aquel Dios, si hay en nuestro corazón una espera infinita, ser como Dios, ahora esto quiere decir desapropiarnos fundamentalmente de nosotros mismos para que nuestra vida se cumpla como la suya en un don sin reserva.”

*

Maurice Zundel,
Le Problème que nous sommes“, Le Sarment, Fayard, 2000, pp 39-42

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Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito para que todo el que cree en él no perezca, sino que tengan vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

*

Juan 3, 16-18

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Del desaparecido blog À Corps… À Coeur:

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No tengo miedo de nada… porque tengo un defensor

Domingo, 21 de mayo de 2017

A nosotros van dirigidas estas palabras… Jesús nos envía un defensor que nos irá enseñando todo recordando lo que Él nos ha enseñado… “El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama”.

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“Hay que hacer la guerra más dura, que es la guerra contra uno mismo. Hay que llegar a desarmarse.

Yo he hecho esta guerra durante muchos años. Ha sido terrible. Pero ahora estoy desarmado.

Ya no tengo miedo a nada, ya que el Amor destruye el temor.

Estoy desarmado de la voluntad de tener razón, de justificarme descalificando a los demás. No estoy en guardia, celosamente crispado sobre mis riquezas.

Acojo y comparto. No me aferro a mis ideas ni a mis proyectos.

Si me presentan otros mejores, o ni siquiera mejores sino buenos, los acepto sin pesar. He renunciado a hacer comparaciones. Lo que es bueno, verdadero, real, para mí siempre es lo mejor.

Por eso ya no tengo miedo. Cuando ya no se tiene nada, ya no se tiene temor.

Si nos desarmamos, si nos desposeemos, si nos abrimos al hombre-Dios que hace nuevas todas las cosas, nos da un tiempo nuevo en el que todo es posible.

¡Es la Paz!”

*

Atenágoras I (1886-1972), patriarca de Constantinopla,

*

(en: OLIVIER CLÉMENT, Dialogues avec le Patriarche Athénagoras I, Éd. Fayard, Paris 1969, p.183. Traducido y ofrecido por Xavier Melloni, en Cetr.)

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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os dé otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré. Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces sabréis que yo estoy con mi Padre, y vosotros conmigo y yo con vosotros. El que acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.”

*

Juan 14,15-21

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No hay ningún condenado

Miércoles, 12 de abril de 2017

Del blog de la Communion Béthanie:

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No hay hombre condenado

Si alguien se encuentra sin Dios,
sin pensamiento, sin imágenes, sin palabras,
queda por lo menos para él
este lugar de la verdad:
amar a su hermano al que ve.

Si no llega a amar
porque está atado en su desamparo,
sólo, amargo, enloquecido,
queda por lo menos esto:
desear el amor.

Y si el mismo deseo
le es inaccesible,
a causa de la tristeza y la crueldad
donde está como engullido,
todavía queda que puede desear
el desear el amor.

Y puede que este humilde deseo,
precisamente porque perdió
toda pretensión, toca el corazón
del corazón de la divina ternura.

*

Maurice Bellet,
Incipit (DDB)

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Vaticano, reino de hombres

Miércoles, 8 de marzo de 2017

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Hoy, 8 de Marzo, es necesario seguir recordando esta injusticia antievangélica…

Las empleadas son sólo el 18%

En 2004, el personal femenino era del 13%

El Vaticano, como sede de la Iglesia Católica, siempre ha sido una burocracia abrumadoramente masculina, y estadísticas dadas a conocer el viernes antes del Día Internacional de la Mujer sustentan esa percepción.

El año pasado, apenas 18% de los empleados de la Santa Sede eran mujeres, comparado con 17% hace cuatro años.

monjas-altar-limpian_560x280Pero en el Estado de la Ciudad del Vaticano -que administra los museos del Vaticano, su supermercado, su farmacia y una tienda por departamentos libre de impuestos- ha habido un incremento más marcado en la inclusión de mujeres, de acuerdo con estadísticas dadas a conocer el viernes. En el 2004, 13% del personal eran mujeres, pero en el 2014 la cifra había subido a 19%.

El papa Francisco ha prometido nombrar a más mujeres para posiciones de alto rango en el Vaticano, aunque ha descartado nombrar a una mujer para dirigir una congregación. En la actualidad, solamente dos mujeres tienen el rango de subsecretarias.

(RD/Agencias)

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‘Queer’, homosexual, Intersexual, transexual… maneras de definir la identidad sexual

Jueves, 23 de febrero de 2017

intersexualHombre y mujer; heterosexual y homosexual, bisexual… ¿sabes cuántas categorizaciones más -reconocidas formalmente- se usan para identificar la orientación sexual y de género de una persona?

Naciones Unidas, por ejemplo, acepta el “tercer género” como las personas que no se identifican ni con el femenino ni con el masculino.En algunos países, incluso, tiene validez legal.

Es el caso de India, en donde un fallo de la Corte Suprema permite a quienes lo deseen aparecer en documentos oficiales emitidos por el gobierno como “tercer género”.

El concepto se utiliza para reconocer que la identidad del ser humano puede no estar limitada a lo femenino y masculino.

La Asociación Psicológica Americana (APA, por sus siglas en inglés) reconoce que los términos que se usan para conceptualizar la orientación sexual de una persona y la identidad de género (sentirse mujer, hombre o algo más) varían.

“La comprensión de estas definiciones se está desarrollando, y el uso de los términos a veces cambia”, se indica en las directrices de la organización.

Coincide con este punto Introducción a la Psicología Lesbiana, Gay, Bisexual, Trans y Queer, publicado recientemente por la Universidad de Cambridge, en Reino Unido.

“No hay definiciones universales acordadas con respecto a estos términos, muchos de los cuales se asocian con culturas occidentales. Otras, utilizan diferentes palabras y conceptos”.

Asociaciones de psicología, psiquiatría, universidades y organismos oficiales aceptan que los géneros no son solo el masculino y el femenino.

Queer (raro)

Es un término que se utiliza para describir orientación sexual, identidad de género o expresión de género (la manera de manifestar la masculinidad o feminidad externamente) que no se adecúa a las normas sociales dominantes. También se le conoce como “fluidez de género”.

Según la APA, históricamente, la palabra en inglés se usaba de manera despectiva para referirse a personas dentro del colectivo LGBTQ (lesbianas, gay, bisexual, transgénero y queer).

En la actualidad, muchos la utilizan de forma neutral o incluso positiva. También se le conoce como “fluidez de género”. “Algunos jóvenes la emplean como un término de identidad para no identificarse como hombre o mujer, lo que también se conoce como géneros binarios. Su uso también les permite escaparse de las restricciones impuestas por las orientaciones de lesbianas, homosexuales y bisexuales”, explica la APA.

Intersexual

Son las personas que nacen con una anatomía sexual, órganos reproductivos o cromosomas que no se corresponden con la definición típica de un hombre o una mujer.

Estas características pueden ser aparentes al momento del nacimiento o pueden aparecer años después, generalmente en la pubertad.

“Hay muchos tipos de condiciones médicas intersexuales, pero quienes se agrupan en esta categoría, no están de acuerdo con que se les defina con un término médico”, de acuerdo al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo.

La organización explica que muchos infantes intersexuales son sometidos a procedimientos médicos, entre los que se incluyen cirugías genitales, para que sus cuerpos se adapten a la definición culturalmente dominante de feminidad o masculinidad.

Pansexual / Pangénero / Poligénero

De acuerdo al Centro LGBT de la Universidad de Wisconsin-Madison, en EE.UU., el término pansexual se utiliza para identificar a personas que tienen un deseo sexual por parejas que se basa en la atracción a rasgos físicos específicos, identidades y/o de personalidad.

Estos que pueden corresponderse -o no- con las características tradicionales de sexualidad e identificación de género de un hombre o una mujer.

Los términos que se utilizan para definir la orientación sexual, identidad de género o expresión de género de una persona van cambiando.

Según la misma organización, una persona pangénero es aquella cuya identidad de género está integrada por varias identidades de género o expresiones de las mismas.

Poligénero, por su parte, sirve para identificar a una persona que tiene más de un género o una combinación de géneros.

Transgénero

Según la Organización Mundial de la Salud, el término se utiliza como “paraguas” para identificar a las personas cuya identidad de género y de expresión no se corresponde con las normas y las expectativas tradicionalmente asociadas con un hombre o una mujer.

Un individuo transgénero (trans) no se identifica con el género con el que nació. Una mujer trans nace con genitales masculinos pero se siente como mujer.

Mientras que un hombre trans nace con genitales femeninos pero se identifica con el género masculino.

Según ONUSida, se calcula que aproximadamente 1% de la población en edad reproductiva es transgénero.

Asexual

El Departamento de Igualdad e Inclusión de la Universidad de Berkeley, en EE.UU., define a este grupo de personas como aquellas que no se sienten atraídas hacia ningún género.

Soy asexual: no siento deseo sexual por nadie… y no quiero sentirlo

También explica que se utiliza el término “sin género”, para identificar a quienes no tienen un género interno definido o carecen de un sentido de identidad de género.

Quienes se incluyen en las categorías descritas con anterioridad, suelen necesitar un tiempo para saber con claridad cómo se sienten.

El término que diferentes organizaciones de defensa de los derechos de grupos LGBTQ utilizan para definir el proceso a través del cual las personas exploran su orientación sexual y su identidad de género es el de questioning, que se puede traducir como cuestionar.

Fuente Cáscara Amarga

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Un hombre

Lunes, 16 de enero de 2017

Del blog Pays de Zabulon:

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Busco un Hombre
Dijo Diógenes vagando por las calles de Atenas.

No una bestia, aunque sea e consumo,
No una imagen, una ilusión,
No una atadura, una esclavitud ,
No un animal,
Un hombre.

Yo quisiera ser este hombre
Y no lo soy.

Lo busco,
Yo también.

LLamo
Barro el lugar – es siempre esto –
Imagino que va a surgir
Del fondo de mí
El que yo soy
Ya.

Cuando, donde, cómo.
No lo he conseguido ahí.

¿Dónde está?

Busco a un hombre.

*

Z – 19/12/2016

Source photo : ericksonstock

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