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Mon. Agrelo: “Solo estoy sorprendido de que haya alguien capaz de conjugar amor a Cristo y rechazo a los pobres: no saben lo que hacen”

Martes, 16 de julio de 2019

Despedida-Santiago-Agrelo-vida-dedicada_2137896195_13751241_660x371Despedida de Santiago Agrelo, hermano menor de los migrantes

“A veces sueño con haber logrado que todos en esta diócesis se sientan más importantes que el obispo”

“Yo nunca podré sentir la angustia de un joven que se ahoga en el mar, o la humillación de una joven esclavizada en la prostitución; ni siquiera el sufrimiento de esos chicos que malviven en el atrio de la catedral… Pero ya no me queda más dolor amargo que el de los pobres. Los demás son todos dulces sufrimientos”

“Las fronteras, como cualquier otra realidad, no son ni buenas ni malas: son lo que nosotros hacemos de ellas…No, no estoy cansado de recordar que no debemos levantar muros frente a los pobres. Estoy solo sorprendido de que haya alguien capaz de conjugar amor a Cristo y rechazo de los pobres”

“El que venga detrás de mí encontrará una Iglesia que atrae, algo así como el Cristo levantado en alto: es una cuestión de debilidad y de amor; esta Iglesia atrae a religiosos, a voluntarios, a no creyentes”

“Supongo que en la normalidad de la vida fraterna en comunidad, no me faltará la pobreza que vivir y los pobres a los que abrazar”

(VR).- Recién aceptada la renuncia por parte del papa Francisco, ¿qué está viviendo estos días Monseñor Agrelo?

El anuncio de que a esta etapa de mi vida se le ponía la palabra «fin» –la llamada del Nuncio Apostólico para comunicarme que el papa Francisco había aceptado mi renuncia– me pilló de sorpresa: no lo esperaba, aunque había sido yo, quien en el mes de marzo, había pedido al Papa que hiciese ya efectiva la renuncia presentada y aceptada desde hace casi dos años. Pasada la sorpresa, pasó también toda inquietud, y me queda solo una gran paz en el corazón.

Al hacer balance de estos 12 años como Arzobispo de Tánger, ¿cuál es la mayor tranquilidad que se lleva? ¿Y el mayor dolor?

Cuando me comunicaron que había sido nombrado obispo –era al anochecer del Martes Santo de 2007–, me emocioné, me emocioné mucho, lloré. Y recuerdo con certeza que dormí muy mal y que tuve los pies fríos toda aquella noche. Entonces miraba hacia adelante, y solo atisbaba un misterio… Ahora la mirada va hacia atrás, hacia lo que he vivido en los 12 años de mi ministerio. Me preguntas por la mayor tranquilidad que me llevo. Creo que en la respuesta cabe un abanico de memorias.

Me da tranquilidad haber estado cerca de los fieles, acompañándolos con la palabra de la fe; haberme obstinado en poner a Cristo Jesús en el centro de la vida de todos; haber conservado el clima de familia que se respiraba en esta Iglesia cuando llegué a Tánger; a veces sueño con haber logrado que todos en esta diócesis se sientan más importantes que el obispo.

Me preguntas también por el mayor dolor. Y es como si me preguntases por el dolor de los demás. Me daría vergüenza hablar de dolores míos, pues ninguno sería comparable a los que padecen los pobres, sobre todo los emigrantes. Yo nunca podré sentir la angustia de un joven que se ahoga en el mar, o la humillación de una joven esclavizada en la prostitución; ni siquiera el sufrimiento de esos chicos que malviven en el atrio de la catedral… Pero ya no me queda más dolor amargo que el de los pobres. Los demás son todos dulces sufrimientos.

¿Está cansado Monseñor Agrelo de recordarnos que las «fronteras» no las quiere Dios?

Las fronteras, como cualquier otra realidad, no son ni buenas ni malas: son lo que nosotros hacemos de ellas. El que nos mandó amar, también a los enemigos, con ese mandato retiró de una vez para siempre las fronteras del corazón humano: nadie queda fuera de nuestro amor. Y esa certeza de la fe, que anula las fronteras del corazón, es la que nos permite ser justos en todas las fronteras, también en las que delimitan el territorio de las naciones. No, no estoy cansado de recordar que no debemos levantar muros frente a los pobres. Estoy solo sorprendido de que haya alguien capaz de conjugar amor a Cristo y rechazo de los pobres.

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En conjunto ¿qué valoración hace del servicio de la Iglesia a favor de los movimientos migratorios? ¿Se puede ser cristiano mirando para otro lado?

Permíteme que, a modo de introducción a la respuesta, traiga algo que escribí a la Iglesia de Tánger en el año 2009:

Se van a cumplir dos años de mi servicio como obispo en esta Iglesia, un tiempo en el que he podido acercarme a la vida de la diócesis, a las inquietudes de la sociedad civil, a los problemas de los inmigrantes, a las miserias de muchos hombres, mujeres y niños que, por clandestinos, nada tienen, ni siquiera papeles.

El corazón intuye y la fe sabe que en todas las cosas alienta el Espíritu del Señor, y que es el amor de Dios el que nos interpela desde la realidad en la que vivimos.

Parece llegado el momento de que entre todos, teniendo en cuenta que nos hallamos ante nuevas situaciones, nuevas pobrezas, nuevas esclavitudes, nuevas oportunidades, veamos si son posibles nuevas opciones, nuevas propuestas y nuevas tareas para las instituciones que en la archidiócesis de Tánger están haciendo presente y visible el amor de Cristo por los pobres.

Este trabajo de discernimiento será eficaz si lo hacemos en obediencia al Espíritu del Señor, con profundo respeto a la diversidad de carismas que hallamos en nuestra Iglesia, atentos al grito de los pobres y a los signos de los tiempos, pues somos cristianos, ungidos por el Espíritu del Señor, enviados del Dios vivo a evangelizar a los pobres, testigos de su pasión por los desheredados, revelación de su amor a los oprimidos.

Cuando decimos «la Iglesia», nos referimos a una comunidad de fe, que es cuerpo místico de Cristo y que, ungida como Cristo, ha sido –es– enviada a evangelizar a los pobres. De la Iglesia solo se puede decir eso. Lo que cambia, no solo de comunidad a comunidad, sino también de creyente a creyente, es el modo de sentirse implicados en esa misión de evangelizar. Y ahí conviene empezar porque todos nos reconozcamos pecadores, todos lejos de haber cumplido el mandato recibido, todos más o menos ciegos para ver a los pobres, todos más o menos mancos para darles una mano, todos más o menos duros de corazón para compadecernos de los que sufren.

Algunos hemos tenido la suerte de tener a los pobres tan cerca que casi se nos hizo inevitable llevarles el Evangelio. Y damos gracias a Dios, se las daremos siempre, porque el dolor de los pobres nos ha hecho daño, se nos ha hecho nuestro, se nos ha metido tan adentro que casi nos ha obligado a cuidar del Señor en tantos hermanos heridos que Él puso a nuestro lado.

Otros creyentes no han tenido tanta suerte, no han visto tan de cerca el sufrimiento de Cristo, y se han quedado con la idea de que podían honrarlo sin cuidarlo.

Otros –no entiendo cómo eso sea posible sin que los engañe Satanás– han creído que se puede conjugar fe en Cristo y rechazo de los emigrantes. Por éstos rezaré hasta dar la vida: No saben lo que hacen.

Todavía no sabemos quién será su sucesor, cuando llegue, ¿qué se va a encontrar en la Archidiócesis de Tánger?

Encontrará lo que yo encontré: una Iglesia pequeña y hermosa, pequeña y significativa, pequeña y llena de vida, pequeña y bendecida por el Señor.

Encontrará una Iglesia respetada en la sociedad civil, una Iglesia muy en contacto con las necesidades de los pobres, siempre atenta a los más débiles, a los más necesitados.

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“No podemos hablar de una Europa cristiana si no estamos dispuestos a acoger a los migrantes”

Lunes, 13 de mayo de 2019

12.11. Glaube und Leben / Bettemburg / Taize Gebet mit Erzbischof Jean Claude Hollerich und Bruder Simon Foto: Guy Jallay  Jean Claude Hollerich
Foto: Guy Jallay

El presidente de los obispos europeos visita Lesbos: “Europa se ha olvidado de esta gente”

“Esta misión está pensada para dar una señal a Europa ante las elecciones europeas” del próximo 26 de mayo, cuenta Jean-Claude Hollerich

“No se podrá hablar de la cultura cristiana, de una Europa cristiana, a no ser que estemos dispuestos a acoger a la gente necesitada”

“Desde aquí la sensación es que Europa se ha olvidado de esta gente, y eso duele”. El presidente de los obispos europeos, Jean-Claude Hollerich, se encuentra estos días en la isla griega de Lesbos, visitando con el limosnero del Papa Francisco, cardenal Konrad Krajewski, los campos de refugiados de Moria y Kara Tepe. Y el prelado luxemburgués está sufriendo por lo que encuentra en los migrantes allí. “Si queremos que haya una Europa cristiana, estamos llamados a ayudarlos”, advierte Hollerich.

“Esta misión está pensada para dar una señal a Europa ante las elecciones europeas” del próximo 26 de mayo, cuenta Hollerich a la agencia SIR, a propósito del viaje en el que Krajewski ha llevado cien mil euros por parte del Papa para ayudar a los refugiados. “Para mostrar que los refugiados son personas reales, hombres, mujeres y niños con dolor”, continúa el prelado, quien se revela “profundamente entristecido” por la “gente enferma”, por la “gente sufriendo” que ha conocido en los campos.

“El gobierno griego hace mucho” para ayudar a esta gente “pero se le deja solo para gestionarlo todo”, denuncia Hollerich. “No podemos pedir al gobierno griego que haga más”, advierte. “Lo que hace falta es nuestra solidaridad”.

“En esta línea quiero decir que sería útil crear corredores humanitarios, continúa el arzobispo de Luxemburgo. “Sería importante que las varias diócesis, las Iglesias en Europa, asociaciones católicas, parroquias, organizaran -con la ayuda de la Comunidad de Sant’Egidio, que ya los apoya- corredores humanitarios para dar a estas personas una nueva oportunidad, ofrecer la felicidad y bienestar de los que disfrutamos en Europa”, explica Hollerich, añadiendo que el gesto sería una señal de que Europa “se solidariza con los pobres, que cuidamos de ellos, que nos importan”.

Pero no valen ya las palabras bonitas, a juicio del prelado luxemburgués. Hay que pasar ya a la acción, dado que “ya no podemos hablar de una Europa cristiana si no estamos dispuestos a acoger a los migrantes y a los pobres”.

“Las elecciones venideras mostrarán si somos o no cristianos, si Europa aún preserva un vestigio del cristianismo”, apunta Hollerich, explicando lo que está en juego el próximo 26 de mayo. “No se podrá hablar de la cultura cristiana, de una Europa cristiana, a no ser que estemos dispuestos a acoger a la gente necesitada”, sentencia.

Hollerich revela que piensa que es precisamente por esto que el Papa le ha enviado a Lesbos, como manera de advertir a los votantes del viejo continente antes de que sea demasiado tarde. Pero según el prelado, Francisco tiene un mensaje también para los refugiados en Lesbos, más allá de los recados políticos.

“Nos dijo que aseguráramos a la gente que el Papa está con ellos”, cuenta el religioso. “El Papa está aún en Lesbos. Su corazón está con la gente”.

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Campo de Refugiados de Moria

Fuente Religión Digital

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Un día alguien me llamará

Martes, 9 de abril de 2019

Del blog Pays de Zabulon:

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A veces tengo el sueño
de que algún dia alguien me llame
y que, plenamente enamorado,
Lo seguiré dejando todo,
Habiendo encontrado el objetivo final de mi vida.

Este sueño, como bien sé,
Está escrito en la herida primaria
de no haber sido amado lo suficiente, mimado o llamado.
Herida, sí, pero que me abre a la conciencia.
de que ue estamos hechos para ser amados por completo.

Durante mi vida, a veces me he engañado a mi mismo
confundiendo, por ejemplo, la plenitud con el amor humano,
O a veces solo una u otra señal de interés.
con esta expectativa inconsciente de ser recibido completamente,
proyectando mi deseo – mi necesidad – de ser acogido
En la más mínima señal de amistad o de reconocimiento.

Fue en los días en que mi sueño aún era un deseo sin palabras,
Pero conozco bien la fuerza de la ilusión.
y que aún podría esperar que los demás
llenaran el pozo cuya fuente está en mí.

Y sin embargo, un día alguien me llamará,
y será el Señor Dios creador del universo.
No me llamará de manera grandilocuente.
porque después de todo, este universo ya está aquí en mí y yo en él.
De repente, su presencia me rodeará.
Y sabré que ya vivo en su casa.
y que quiero disfrutarlo para siempre.

¿Por qué se esto?
Una herida, por supuesto, pero también este punto de conocimiento ciego,
Cuando se toca algo esencial que uno no puede perderse.
Lo sé, lo sé por siempre.
Lo sé por mí mismo, lo sé por los demás.
Antes de amar,- que no sé cómo hacerlo solo-.
Estoy hecho para ser amado
.

Lo sé porque, ciertamente,
ya estoy probando algo de esta presencia.

Cuando digo que no será algo grandilocuente …
Esta presencia, ya está aquí. Está aquí, en mí, en nosotros.
Solo tengo que acogerla, quererla, dejarla crecer
y dejar que el Señor toque a los que me encuentro.

¡Qué increíble paradoja!
Yo, el mal recibido, aprendo a acoger,
y convertirme en acogida.

*

Zabulon –  27/02/2019

*

En nuestro corazón, la vigilancia,
Lámpara encendida por el Señor,
Se renueva con su llama.
En el canto común de nuestra alegría.
()
Aquí está el novio que nos llama,
Corramos a las bodas del Cordero.
Pero que el camino parezca largo:
¿Cuándo aparecerás la última mañana?

*

(Himno de Laudes – miércoles 27 de febrero)

***

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“Fui extranjero y me acogisteis”

Martes, 28 de agosto de 2018

barb-30178-636x310Ramiro Pàmpols. 

Tengo dos deseos que me gustaría que pudieran ser realidad con motivo de nuestra acogida a las personas que llegan a nuestro país en busca de refugio, asilo, o simplemente para sobrevivir.

El primero y más fuerte es que, en igualdad de condiciones, sean las familias o personas más vulnerables, o más necesitadas de ayuda inmediata, las que ocupen el primer lugar a la hora de ser atendidas.

Entiendo que todo el mundo necesita ser acogido y tiene derecho a ello, pero hay situaciones familiares o personales por las que esta necesidad de acogida se hace más evidente.

Lo digo al ver a los grupos humanos instalados a lo largo de las cercas de alambre o caminando por senderos que no se acaban nunca, mientras buscan algún boquete que les permita cruzar la frontera deseada. Me impresiona ver cómo introducen a sus niños por alambradas rotas inverosímiles y buscan al fin ser ellos mismos los que realizan el milagro de traspasar el muro físico, más allá del cual se adivina poder vivir como seres humanos. Las concertinas de Ceuta y Melilla son el ejemplo paradigmático.

Pongo el acento sobre estas imágenes al lado de otras que permiten a personas más dotadas de medios económicos y/o culturales, para las que a pesar de ser duras también para ellas las condiciones para llegar a buen puerto, no lo son en la misma medida que afectan a las personas y familias que he descrito… Entristece pensar en dos clases de “rechazables”: los que lo son radicalmente, sin ningún matiz, y otros que por sus estudios o conocimiento de lenguas, tienen la capacidad de hacerse entender y desenvolverse mejor…

Lo dejo como un interrogante a resolver de la manera más razonable, aunque lo más “razonable” sea ¡resolverlo bien para todos!

El segundo deseo puede parecer utópico a primera vista, aunque bien mirado, sería la manera de colaborar a resolver con el paso del tiempo el problema de las grandes migraciones…

Hablo de cuál debe ser nuestro acompañamiento a los refugiados y migrantes que llegan a nuestro país. Dicho de una manera clara: cómo contribuir mientras están con nosotros compartiendo hogar y alimentación, para que adquieran una sensibilidad social y ciudadana que les permita ser agentes de cambio, me atrevo a decir de cambio “político”, si en algún momento deciden volver a su país.

Sería, tal vez, la contrapartida a una especie de “fuga de cerebros” y de “brazos jóvenes”, que pueden tener la capacidad de impulsar a su país de origen hacia transformaciones que resuelvan la pobreza endémica que los tiene atrapados.

La primera gran lección que reciben es la sabiduría que da el sufrimiento, los retos a superar, la creatividad de que deberán dotarse para salir bien parados de unos tiempos difíciles, como son los del asilo, el refugio y la nueva pobreza a combatir.

Con todo esto quiero decir que no basta con acoger a unas personas en nuestro país, ser cariñosos con ellas, etc., sino que hay que sentirnos de alguna manera responsables de que se vayan dotando de conocimientos y experiencias que les “marquen” positivamente. Que lleguen a apreciar de verdad algunas prácticas de democracia que, traducidas a su entorno humano y cultural, les serán de una ayuda preciosa a la hora de mejorar, e incluso cambiar, realidades de su país. Este “sueño” es bastante motivador como para ayudarnos mutuamente a ir más allá de un provecho personal, y adquirir a través de conversaciones, propuestas sencillas, desafíos apasionados…, una ciudadanía nueva, una voluntad democrática incipiente, un deseo de búsqueda del bien común para los millones de seres humanos que siguen esperando que quienes “marcharon” se lo devuelvan, como respuesta a los sacrificios hechos comunitariamente cuando se despidieron de noche junto a una barca, o en medio de un camino infinito y arriesgado, con un abrazo que nunca ha sido olvidado.

Fuente Cristianismo y Justicia

Imagen extraída de: Pixabay

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El olvidado arte de la acogida

Lunes, 27 de agosto de 2018

el-olvidado-arte-de-la-acogidaMari Paz López Santos
Madrid.

ECLESALIA, 27/07/18.- A veces suceden cosas que hay que contar; tan sencillas que, en principio, pueden pasar desapercibidas, pero si algo sorprende por dentro hay que animarse a contarlas.

Eso me sucedió hace unos días estando de vacaciones en un pueblo de Galicia, pequeño y marinero, a donde siempre gusta volver.

Nos juntábamos a comer diez personas, entre ellas tres niños. Dos del grupo nos adelantamos a ver si teníamos suerte y podían juntarnos tres mesas en la terraza de un bar donde hacer inmersión en los manjares que nos tienen acostumbrados en Galicia: pescado, marisco, carne… y pimientos de Padrón.

La cosa estaba complicada pues todas las mesas estaban ocupadas. Nos aconsejaron esperar y ver si se iban quedando libres. Permanecimos de pie expectantes. Justo al lado había una mesa con un joven tomando un café, con su móvil en la mano y unos cascos; alzó la vista y nos dijo: “¿Quieren sentarse?”.No nos dijo si queríamos alguna de las sillas que no estaban ocupadas… ¡Nos invitó a sentarnos!

Agradecida al tiempo que muy sorprendida por la oferta, le di las gracias, comentándole que éramos diez personas en total y que tendríamos que esperar a que se quedaran libres tres mesas. El joven era un inmigrante africano de amplia y blanca sonrisa que probablemente trabaja en la pesca. A mí esto no me ha pasado nunca en el entorno en que vivo, es decir, el mundo occidental.

En la terraza había más de veinte mesas pero sólo el ocupante de una de ellas ofreció que entráramos en su espacio. Al parecer no ha olvidado lo que significa acoger en su tierra de origen.

Sé por amigos y gente que ha vivido o vive en África, que la hospitalidad es un modo de ser de los africanos; acoger bien al que llega es hacerlo uno de los suyos.

He recordado textos del evangelio en el que se muestra la acogida, tanto del que acoge como el que se deja acoger. A veces es más difícil lo segundo, pues se vive desde una dimensión de superioridad. Jesús dejaba que le acogieran las gentes más diversas.

También vino a mi cabeza lo que decía San Benito en su Regla a los monjes: “A todos los forasteros que se presenten, se les acogerá como a Cristo” (RB 53,1). Ponía el listón muy alto San Benito.

En mi infancia, en casa de mi abuela, también tuve la suerte de ver a gentes de paso por la ciudad, que llegaban de visita o a pasar unos días, antes de seguir camino o volver a sus hogares.

Sumo al Evangelio, a la Regla de S. Benito y a mi abuela la experiencia de acogida y hospitalidad en el mínimo espacio de una terraza de bar que nos ofreció este joven africano, con el que me hubiera gustado entablar conversación, pero que cuando me quise dar cuenta, una vez conseguido el espacio para la cena, ya no estaba. Le doy las gracias desde aquí por hacerme ver una vez más que con simples detalles se llega más lejos que con grandes discursos.

Vivimos tiempos en que tanto personal como socialmente hemos de revisar qué estamos haciendo con el olvidado arte de la acogida.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Carta abierta de Santiago Agrelo, Obispo de Tánger.

Jueves, 16 de agosto de 2018

agrelo-pancarta2 agosto, 2018

CARTA ABIERTA

Hoy he recibido en mi correo electrónico un mensaje que parecía enviado desde la Asociación Española de Guardias Civiles (AEGC). Me preguntaban: «Santiago, ¿quién defiende a la Guardia Civil?».

Y me pedían que, para defenderla, exigiese al Ministro del Interior una serie de cosas contra las que llevo luchando desde que tuve delante de mis ojos al primer emigrante.

Dado que a la Guardia Civil no sólo le tengo respeto, sino que le he tenido siempre cariño, pinché donde dice responder, con el sencillo propósito de compartir con los Guardias unas ideas sobre su defensa y protección.

Cuál no sería mi sorpresa cuando, hecho el clic, resulta que mi interlocutor no es la AEGC, sino el Sr. Ignacio Arsuaga, y la Organización HazteOir, por él fundada.

Desistí de responder allí al Sr. Ignacio –para él sirve también lo que voy a decir aquí–, e intentaré hacerlo desde este muro a los Guardias de la AEGC. Si no lo supiesen ya, estoy seguro de que lo sospechan:

1.- Más personal, más concertinas, más medios –más escudos o más vehículos–, no significa más protección para ustedes: significa sólo más riesgo para los emigrantes, y en la misma medida, significará cada vez más riesgo para ustedes.

2.- A la Guardia Civil no la ayudará en modo alguno ver aumentada su capacidad de represión de los emigrantes, sino ver disminuida la presión inicua que la política ejerce sobre hombres y mujeres y niños necesitados de todo y entregados en manos de las mafias.

3.- Ustedes conocen a los emigrantes mejor de cuanto pueda conocerlos yo. Ustedes los atienden muchas más veces y con más dedicación de cuanto yo pueda hacerlo jamás. Yo he visto emigrantes mutilados, porque han perdido un ojo, o un brazo, o un pie. Yo los he visto golpeados –brechas abiertas en la cabeza, golpes en cualquier parte del cuerpo–, los he visto mordidos por los perros, ateridos de frío, hambrientos y sucios y enfermos y descalzos y andrajosos. He enterrado emigrantes en fosas comunes. He celebrado funerales en esta catedral de Tánger.

He hecho mil veces el recuento de los muertos en el Mediterráneo. Ustedes seguramente han visto mucho más que yo. Y es eso lo que me lleva a pedirles, porque son la autoridad competente, que sean precisamente ustedes la imagen y la voz de lo que ven. Ustedes saben que, en esta guerra contra los pobres, la primera víctima es la verdad. Yo les pido que digan lo que hay, como intento decirlo día a día. Ustedes tienen sentido de la justicia, y estarán de acuerdo conmigo si digo que no se pueden denunciar las heridas de los Guardias Civiles si no se denuncian también con fuerza las heridas que durante años han venido soportando los emigrantes, el sufrimiento de los emigrantes, la vejación a la que son sometidos los emigrantes, la esclavitud que padecen los emigrantes.

4.- Acusar a los emigrantes, no protege a la Guardia Civil. Esa protección sólo puede llegar desde una política que respete los derechos de los emigrantes, una política justa, equitativa, acogedora, solidaria, generosa y humana.

5.- Si en su día los ciudadanos alemanes hubiesen protegido con sus propias vidas la vida de los judíos, además de salvar a éstos, se habrían salvado a sí mismos y habrían salvado el mundo que conocían.

Créanme si les digo que éste y sólo éste –el del respeto de los derechos de todos– es el camino en que todos podremos sentirnos seguros.

Créanme también si les digo que les habla un amigo,

Santiago Agrelo
Obispo de Tánger

Fuente Religión Digital

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Los obispos europeos asumen la “responsabilidad crucial” de la Iglesia en defensa de los migrantes

Viernes, 20 de julio de 2018

comece_560x280Para evitar reacciones hostiles o incluso xenófobas contra los extranjeros

Las iglesias del Viejo Continente piden “analizar en profundidad” las raíces de este fenómeno

(AlfayOmega).- Informar sobre inmigración solo desde el punto de vista económico o político y no analizar en profundidad las raíces de un fenómeno tan complejo contribuye a que en las sociedades de acogida se genere rechazo hacia los migrantes. Un encuentro organizado por CCEE en Estocolmo ha subrayado la «responsabilidad crucial» que tiene la Iglesia en este ámbito.

Es urgente que la Iglesia asuma un «compromiso renovado» para comunicar de forma adecuada en el ámbito de la movilidad humana y las migraciones, y así evitar reacciones hostiles o incluso xenófobas. Es la lección que los obispos europeos encargados de Migraciones del Consejo de Conferencias Episcopales de Europa (CCEE) se han llevado a casa, después de participar este fin de semana en su encuentro anual.

La cita, que esta vez ha tenido lugar en Estocolmo (Suecia), giraba en torno al lema Inspirar cambios: formar, informar y crear conciencia sobre movilidad humana. En ella ha participado monseñor Juan Antonio Menéndez Fernández, obispo de Astorga y presidente de la Comisión de Migraciones de la Conferencia Episcopal Española.

Durante los tres días del encuentro, del viernes 13 al domingo 15, se describió cómo determinadas formas de comunicar en torno a las migraciones generan incomprensión y rechazo en las sociedades de acogida. Abordó esta cuestión José María La Porte, decano de la Facultad de Comunicación Social Institucional de la Universidad de la Santa Cruz, en Roma.

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Ocurre, por ejemplo, cuando este fenómeno solo se analiza desde una perspectiva económica o política, o sin la profundidad de análisis que requiere una cuestión tan compleja. También cuando, de forma consciente, se tergiversa la información, especialmente a través de las redes sociales.

La consecuencia de esto -destacaron otros ponentes- es que la gente olvida la dignidad inalienable y los derechos fundamentales de los migrantes. Todo esto influye en que, en períodos de crisis económica, crezca en la opinión pública la opinión de que los gobiernos deberían cuidar primero de sus propios ciudadanos.

La Iglesia, implicada de lleno en la atención a estas personas, tiene por tanto una «responsabilidad crucial»: narrar la movilidad humana en lo que tiene de tragedia, pero también en su belleza y riqueza, sin asumir de forma acrítica categorías de otros ámbitos que generan miedo o confusión.

En las distintas intervenciones, se exhortó a las comisiones y delegaciones de Migraciones a comunicar su labor, invirtiendo tiempo y recursos en la formación de los comunicadores y el uso de las redes sociales. No siempre -se reconoció- hacen falta nuevas herramientas o multiplicar las apariciones públicas. La prioridad sobre todo es, en estas intervenciones, transmitir de forma sencilla y clara los principios que inspiran este compromiso de la Iglesia. Fundamentalmente, la dignidad de cada ser humano.

Para que esta afirmación tenga fuerza, hace falta que todas las áreas pastorales de la Iglesia den testimonio compartido de su deseo de proteger a la persona. «No se puede estar a favor de defender la dignidad de los migrantes, y en contra de defender la vida y la familia; y al revés, no puedes defender la vida desde su creación hasta su fin natural y no defender la vida y dignidad de los migrantes», fue la conclusión.

A lo largo del fin de semana, los obispos participantes se reunieron con representantes de Cáritas Suecia, la Comisión Católica Internacional de Migraciones y la sección de Migrantes y Refugiados del Dicasterio para la Promoción del Desarrollo Humano Integral. En estos encuentros se compartieron iniciativas, como la estrategia de las Cáritas europeas de llevar a cabo campañas conjuntas en las redes sociales, adaptadas a las circunstancias de cada país.

Los representantes del Dicasterio para el Desarrollo Humano Integral ampliaron esta visión, hablando de la colaboración con otras realidades eclesiales que se ocupan de la pastoral de los migrantes. «Cooperar con otros jugadores de la sociedad civil pero sin ambigüedad -explicaron- puede ser importante para promover la cultura del encuentro y corregir las imágenes equivocadas» que muchas veces circulan por la red.

Durante el encuentro, los obispos europeos tuvieron además la ocasión de visitar y compartir la Eucaristía con varias comunidades católicas de inmigrantes que funcionan en Estocolmo, sobre todo de Oriente Medio y América Latina.

Un recuerdo especial se dirigió a los miles de ucranianos desplazados dentro de su propio país u obligados a pedir asilo fuera de él a causa de la guerra. «A pesar de sus muchas dificultades, la Iglesia está agradecida [a estas comunidades] por su testimonio de vivir el Evangelio de Cristo y proclamarlo en su país de destino».

Fuente Religión Digital

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“Migraciones”, por José Ignacio González Faus

Jueves, 19 de julio de 2018

trasladan-tarifa-personas-rescatadas-estrecho_ediima20180624_0054_4De su blog Miradas Cristianas:

¿No es muy raro que hoy pongamos tanta resistencia a la llegada de africanos? Hace unos tres siglos los deseábamos tanto que ¡hasta íbamos nosotros a buscarlos! ¿Cuál es la diferencia? Pues que entonces los buscábamos para luego venderlos como esclavos. Los grandes pontífices de nuestra modernidad (desde Voltaire a Montesquieu) alabaron esa forma de “emigrar” que contribuyó claramente al desarrollo de Europa y además servía para mantener bajo el precio del cacao que venía de América. Tampoco la Iglesia europea puso muchos obstáculos a esa forma de emigrar. Y si algún insensato como Pedro Claver (¡catalán tenía que ser!) se dedicaba a cuidarlos y quererlos, hasta sus mismos compañeros de congregación lo denunciaron a Roma, no por mala conducta, sino por poco inteligente…

En la geografía que estudié de niño (hace bastantes años, pero tampoco tantos) casi todos los países africanos tenían un apellido europeo: Congo “belga”, Guinea “española” o incluso un nombre completo como “Côte d’Ivoire”. Los que no lo tenían era porque formaban parte de una “Commonwealth” que, en realidad significaba “Our wealth” (los nombres cumplen muchas veces aquella definición de la hipocresía como “homenaje del vicio a la virtud”). Hoy aún distinguimos entre África francófona y África anglófona. Y fue allá por mi adolescencia cuando comenzó a hablarse de “independencia” de los países africanos.

¿Qué significa todo eso? Pues simplemente que los inmigrantes son nuestros acreedores o los hijos e nuestros acreedores. Tenemos una deuda con ellos y debemos pagarla. Puede que esa deuda no sea mía en particular sino de mis ancestros, pero ya sabemos que esas deudas no prescriben y, como le decían nuestros banqueros a Grecia: el que la hace la paga. Y Europa la hizo.

Se cumple aquí una ley que la historia enseña profusamente y nos negamos a aprender: medidas que a corto plazo producen resultados magníficos, tienen a largo plazo consecuencias catastróficas. Ya otra vez puse el ejemplo de la instalación de la monarquía en el Israel bíblico: en pocos años convirtió aquel pequeño pueblo en un imperio; pero, a medio y largo plazo, acabó con la división del país, el destierro a Babilona y la destrucción del Templo. Y el ejemplo se repite: lo mismo ha pasado a mucha gente joven con el señuelo de la droga. Lo mismo nos pasó hace poco (aunque no lo hayamos aprendido) con la burbuja del ladrillo que produjo un momentáneo desarrollo espectacular y terminó llevándonos a una de las más fuertes crisis económicas. Lo mismo nos ha pasado con el cambio climático y el cáncer actual del planeta tierra, consecuencia de nuestra rápida prosperidad y de la comprensible envidia de los otros por imitarla…

Todo esto no obsta para que las migraciones puedan constituir un problema serio, simplemente porque no podemos digerir tanto en tan poco tiempo. Ni para que ese problema real genere reacciones egoístas exageradas y xenófobas, sobre todo si no lo abordamos nosotros de manera más racional, más humana y menos egoísta. Por eso lo que parece más claro es que semejante problema necesita una solución global y no puede resolverlo ningún país solo.

Gestos como el de P. Sánchez con el Aquarius son bellos y ejemplares, pero no son soluciones. ¡Ojalá fueran al menos un toque de atención y una llamada para que nos decidamos a afrontar el problema a nivel europeo, en lugar de ir “trumpeando” disimuladamente! Yo no sé cuál ha de ser la solución, pero recuerdo la frase de un antiguo director de ESADE: “con las soluciones pasa como con el dinero; haberlo haylo; pero hay que saber buscarlo”.

Uno piensa que si somos tan machos y tan fuertes como para bombardear Libias y eliminar dictadores, también debemos serlo para acabar con las mafias que se aprovechan de estas pobres gentes “empaterándolas” con peligro de muerte (lo que uno no sabe es si detrás de esas mafias no estaremos nosotros mismos). Uno piensa también que si hemos sido tan sabios para desarrollarnos tanto, también debemos serlo para contribuir al desarrollo de esos países creando allí fuentes de riqueza y de trabajo que eviten que el horizonte del niño que nace allí sea morir de hambre o de sed (lo que uno tampoco sabe es si estamos dispuestos a que los beneficios de ese desarrollo sean para ellos y no para nosotros, pagando así la deuda que con ellos tenemos).

Si no, si el Mediterráneo en vez de ser un mar privilegiado en medio de la tierra, va convirtiéndose poco a poco en un depósito de cadáveres, quizá llegue un momento en que sus aguas estén definitivamente infectadas y nuestros hijos, cuando vayan a la playa a lo mejor tienen que bañarse con mascarilla. Y no digamos nada si, como predicen nuestros ecologistas, esas aguas sucias comienzan a invadir nuestras ciudades costeras…

Ese día, el “mare nostrum” se habrá convertido en otro “mare monstrum” y el Medi-terráneo se habrá convertido en “Medi-averno”: no centro de la tierra sino centro del infierno. ¿Bastará entonces con decir aquello de “que nos quiten lo bailao”?

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“Fui extranjero y me acogisteis”, por José Mª Castillo

Viernes, 15 de junio de 2018

41848527365_eb61a817a7_zDe su blog Teología sin censura:

El recién estrenado Gobierno de España ha tomado la humanitaria decisión de acoger, en nuestro país, a más de seiscientos inmigrantes, perdidos en el Mediterráneo y a los que ningún otro país de la UE quería recibir.

El día 8 de enero de 1454, el papa Nicolás V, mediante la bula “Romanus Pontifex”, le regaló al rey de Portugal todos los reinos de África, añadiendo además la facultad de hacer esclavos de dicho rey a todos los habitantes del continente africano (“Bullarium … Romanorum Pontificum”, vol. V, 113). Y el 4 de mayo de 1493, el papa Alejandro VI, por la Bula “Inter caetera”, les concedió a los reyes de España y Portugal la conquista, invasión y posesión de todos los reinos, riquezas, oro, aromas y otras muchísimas cosas preciosas…, que se acababan de descubrir en América (“Bullarium…”, vol. V, 362). No hace falta ponderar lo mucho que Europa ha robado en África y América. Se sabe mucho de eso. Aunque no lo sabemos todo.

Pero, con lo que sabemos, tenemos de sobra para que se nos caiga la cara de vergüenza cuando ahora resulta un hecho ejemplar que el actual Gobierno de España tome la decisión de acoger a poco más de seiscientos inmigrantes, que huyen del hambre y de la muerte, por causa de guerras que se organizan y se hacen posibles gracias a la venta de armas con las que España, sin ir más lejos, se embolsa cantidades importantes de millones de euros cada año.

Nuestros obispos ponen el grito en el cielo cuando el Gobierno permite el matrimonio entre personas homosexuales, por ejemplo. Yo me pregunto por qué nuestros obispos no ponen el grito en la tierra cuando el Gobierno toma una decisión, que es un acto humanitario. Y que, además, cumple al pie de la letra lo que dice el Evangelio: “Fui extranjero y me acogisteis” (Mt 25, 35).

El Evangelio – que yo sepa – no dice ni palabra sobre la homosexualidad. De la acogida a los perdidos y extraviados, Jesús habló muy claro. ¿Estaré yo perdiendo la cabeza cuando me viene la idea de que nuestros gobernantes están más cerca del Evangelio que algunos de nuestros obispos?

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“En torno al “problema del mal” (III) “, por Enrique Martínez Lozano

Martes, 8 de mayo de 2018

5846. Frustración / Paz

Otro sentimiento que hizo acto de presencia, de manera intensa, fue la frustración, al ver saltar por los aires todos los planes programados y acariciados con tanta ilusión y cariño. Frustración que va acompañada de una sensación de “perder el control”, con todo lo que eso conlleva de inseguridad y malestar para quienes, como en mi caso, ha sido fuerte la tendencia a controlar todo, como medio de garantizar la seguridad.

La frustración altera radicalmente al yo, que cree controlar las riendas de su existencia y que “exige” que todo se desenvuelva según su propio guion. El malestar que experimenta es tan fuerte que, de no haberse ejercitado en convivir con ella, la frustración suele desembocar en una de estas dos actitudes: agresividad o hundimiento, violencia o depresión.

Aquí radica también la trampa más grave de lo que se conoce como “educación permisiva”. Cuando no hay firmeza en la educación de los niños, cuando siempre se dice “sí” a sus demandas, cuando –en definitiva– se les quiere ahorrar toda decepción, se les está condenando a un futuro de alto riesgo, que estará caracterizado por la baja o nula tolerancia a la frustración, con las secuelas antes mencionadas.

La frustración es inevitable en la realidad impermanente. Pero la intensidad de la misma, en la persona adulta, revela hasta qué punto nos habíamos identificado con algo pasajero, transitorio o efímero. Y recordemos que no existe, en el mundo de las formas, nada que no lo sea.

Vista así, desde la comprensión que sabe leer los acontecimientos, la frustración puede vivirse como oportunidad de aprendizaje y de crecimiento en consciencia de quienes somos.

La comprensión me hace caer en la cuenta de que la frustración duele –e incluso puede requerir elaborar el correspondiente duelo–, pero que yo no soy nada que pueda ser frustrado: lo que somos se halla siempre a salvo, porque no es afectado negativamente por nada que pueda suceder.

Gracias a la comprensión, terminas rindiéndote a lo que hay. Y es justo en ese momento, al dejar de dar vueltas mentales en torno a los planes que se han venido abajo, cuando se hace presente la paz. Lo que es, es. Lo que pasa, es lo que tiene que pasar. Termina la resistencia mental, emerge la serenidad. La frustración deja paso a la paz, que no es otra cosa que resultado de la aceptación o alineación con lo real.

Y ahí venimos a experimentar que sufrimos frustraciones pero que, sin embargo, somos Paz.

7. Impotencia / Fluir

El yo busca el “sentimiento de omnipotencia” porque lo necesita, tanto para reafirmarse en su sensación de existencia, como para mantener la creencia de que es él quien controla y dirige lo que sucede. Si a eso le añadimos que, mientras lo siente, mantiene alejada la frustración, podremos comprender el valor que representa.

Se trata, incluso, de algo que todos hemos vivido y con lo que hemos soñado en nuestra infancia, tal como supo verlo Freud al hablar del “sentimiento infantil de omnipotencia” que, más tarde, se proyectará en la figura del padre y después, tal vez, en alguna otra persona, grupo o incluso en una deidad. El ser humano prefiere mantenerlo de cualquier manera, antes que renunciar a él.

Sin embargo, antes o después, la vida se encargará de sacarnos del sueño o engaño –esa es la función de los des-engaños, en cualquiera de las dimensiones de nuestra existencia- y habremos de topar con la realidad, es decir, con nuestra impotencia.

La impotencia conlleva el reconocimiento de los propios límites y carencias y la necesidad de los otros para salir adelante. Así, nos baja del pedestal que nuestra fantasía había construido, nos muestra la falacia de la idea de omnipotencia que nos habíamos forjado y nos invita a soltar las riendas y abandonar el control. Soltamos las riendas porque comprendemos que nunca habían estado conectadas a nada, excepto en nuestro sueño ilusorio; abandonamos el control, porque sabemos que no controlamos absolutamente nada. No hay un yo separado que lleve las riendas, ni que controle, ni que haga algo. No existe tal cosa como un “yo hacedor”.

Bien leído, el sentimiento de impotencia es capaz de conducirnos a nuestra verdad: no somos el yo separado que se creía poderoso, sino la totalidad que fluye constantemente en las formas y que se manifiesta también en esto que llamamos “yo”.

Ese reconocimiento nos hace pasar de controlar a fluir. Soltamos la tensión y nos abandonamos a la sabiduría mayor que rige todo el proceso, cuyo desarrollo nuestra mente limitada es incapaz de captar. Al comprenderlo, nos anclamos en la verdad de lo que somos y experimentamos, ahora sí, la libertad.

La totalidad se manifiesta en la forma de una inmensa corriente que fluye con sabiduría. La persona, antes de la comprensión, es como un remolino que hubiera olvidado que es agua, y se empeñara en controlar las circunstancias para no perder su forma retorcida. La fuerza de los hechos podrá hacerle ver que no es el remolino que pensaba ser, sino la misma agua que ha tomado una forma concreta. Mientras se creía remolino, alardeaba de control y de libertad. Pero era solo un espejismo pasajero. Al reconocerse como agua, recupera la libertad.

¿Río o remolino? Los humanos somos paradójicos: participamos de ese “doble nivel”: totalidad y forma limitada, identidad y personalidad, consciencia y yo… ¿Cómo vivirlo con sabiduría? Los filósofos estoicos nos dejaron una clave que me parece profundamente sabia: distinguir lo que depende de nosotros y lo que no depende nosotros. En esto último no tenemos nada que hacer, pero al mismo tiempo, lo que no depende de nosotros no puede dañar lo que somos en lo más profundo, porque afectará únicamente a la forma (persona) que tenemos. Nuestra capacidad de maniobra queda limitada a lo que depende de nosotros. Y eso no es otra cosa que nuestra mente, es decir, el modo como interpretamos todo lo que nos sucede. Lo cual encierra un certero mensaje: lo decisivo –también en las crisis– no es lo que nos ocurre, sino cómo interpretamos lo que nos ocurre. Mientras crea ser un yo separado, será imposible superar la sensación de impotencia y abandonar el control; cuando, por el contrario, comprenda que soy uno con todo, mi existencia se convertirá en un canto a la Vida, en la que me dejaré fluir, consciente de ser uno con ella.

Enrique Martínez Lozano

Boletín semanal

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“En torno al “problema del mal” (II)”, por Enrique Martínez Lozano.

Jueves, 3 de mayo de 2018

5843. Resistencia / Aceptación

El estado de presencia se caracteriza por la aceptación que, con frecuencia en medio mismo del desconcierto, llega hasta la rendición completa a lo que es. Y no es resignación que claudica, sino fruto de la sabiduría que ve como carente de sentido cualquier tipo de resistencia. Resistencia y aceptación se alternan, a veces de modo muy sutil: el yo no quiere que las cosas sean como han sido (o están siendo), por lo que se resiste con todas sus fuerzas.

La resistencia es la reacción característica del ego o yo en cuanto se hace presente la frustración. El guion por el que se rige el yo es muy simple: “La vida tiene que responder a mis deseos o expectativas”. Cada vez que eso no ocurre, aparece –con diferente intensidad, según varios factores– frustración y resistencia, es decir la lucha del yo por lograr el cumplimiento que le prometía su guion.

Ahora bien, la resistencia es ya en sí misma sufrimiento, dado que supone estar en choque permanente con lo que hay. En la resistencia, la persona se retuerce contra la realidad, en un desgaste continuo. Por el contrario, basta soltar la resistencia para que aparezca la paz.

A quienes hemos crecido en la tradición cristiana, tal vez nos venga a la memoria la actitud de Jesús ante su inminente final. La enseñanza de la misma se revela con crudeza y en toda su fuerza porque nos permite ser testigos del cambio operado, que se percibe justamente en el contraste: cuando habla desde el yo y cuando habla desde la consciencia clara de quien es. Ante la angustia de lo que se le venía encima, Jesús exclama: “Aparta de mí esta copa de amargura”. Y, mientras más lo pedía, más se incrementaba su abatimiento. Solo cuando se resitúa en quien es y afirma: “Pero que no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieres tú”, aparece el “ángel del consuelo”.

Una afirmación de ese calado (“lo que tú quieras”) únicamente puede hacerse desde una confianza radical. Confianza en el Fondo de lo real, en la Sabiduría que rige todo el proceso, en la Vida una que se manifiesta en infinidad de formas, en la Totalidad que se está “desenvolviendo” en multiplicidad de acontecimientos… Fondo, Sabiduría, Vida y Totalidad que constituyen, a la vez, nuestra verdadera identidad. Por lo que la sumisión a “lo que tú quieras” no es sino rendición y fidelidad a nuestra verdad más profunda.

Dada la fuerza del yo, y el movimiento que, por inercia, nos hace mantenernos identificados con él, puede ser que la resistencia sea firme y, alimentada por una mente no observada, nos mantenga durante tiempo encerrados en el bucle del sufrimiento. Sin embargo, antes o después, la contundencia de lo que es –y el mismo sufrimiento que nace de la resistencia– hace ver que no existe otro camino de liberación y de vida que no sea la aceptación radical de todo lo que en este momento está siendo. La sabiduría te conduce, por decirlo brevemente, a amar lo que es.

La aceptación –actitud sabia entre los extremos erróneos y perniciosos que son la resistencia, por un lado, y la resignación por otro– es capaz de acoger todo sin excepción, incluida la propia resistencia. Y cuando la aceptación es real ocurre algo “milagroso”: aparece con ella la fuerza necesaria para hacer lo que es posible hacer en ese momento. Porque la aceptación se halla dotada de un dinamismo interno –esto es justamente lo que la distingue de la mera resignación– proporcionado y adecuado al momento que estamos viviendo. Desde ella, la acción no nace de ningún “debería”, tampoco de miedos o de necesidades, sino desde la profundidad de lo que somos. Es, por eso, una acción que fluye, gratuita y desapropiada.

Y una vez más, también aquí, todos tenemos resistencias, pero realmente lo que somos es aceptación profunda. Por tanto, hablando con propiedad, habría que decir que no tenemos que aceptar nada, sino más bien reconocer que todo ha sido ya aceptado. De hecho, si algo no hubiera sido aceptado por la Vida, nunca hubiera ocurrido.

4. Dependencia / Gratitud

La caída me hizo experimentar, una vez más, hasta qué punto necesitamos a los demás, la absoluta dependencia que al yo le cuesta asumir. Porque, en su afán de autoafirmarse, crece en el sueño de la autosuficiencia y, según como haya sido su trayectoria, le cuesta molestar a los otros o “ser una carga” para ellos.

Sin embargo, la realidad se impone. En situaciones de tal vulnerabilidad, no queda sino reconocer la propia necesidad y la dependencia de los otros. Se entra ahí en un aprendizaje de humildad, que incluye, tanto la aceptación de esas circunstancias –humildad y aceptación son sinónimos–, como el “dejarse ayudar”. El yo se ve así confrontado con sus propios límites, su fragilidad y, en último término, con su vacío, de una manera radical. Como si, en esa situación de extrema vulnerabilidad, escuchara una voz que dice: “Eso es el yo”.

La aceptación, de la mano de una comprensión más ajustada de lo que somos, nos permitirá también reconocer el valor de la ayuda recibida y la bondad que se manifiesta en quienes están a nuestro lado.

A poco que nos la dejemos sentir, la gratitud se irá abriendo camino, ablandando nuestro corazón y sacando a flote, al mismo tiempo, lo mejor que hay en nosotros.

La gratitud es un sentimiento profundamente terapéutico: nos aleja de oscuros pensamientos y nos sitúa en la tierra firme de la presencia, alineados con el presente.

Si le damos tiempo y nos permitimos saborearla sin prisa, notaremos claramente cómo la gratitud va ocupando cada vez más espacio hasta llenarlo todo. Empezará asomando como reconocimiento a quienes están, de mil modos, atendiendo nuestra (temporal) incapacidad. Pero se amplificará ante nuestra vista hasta mostrarse tal cual es: gratitud ilimitada y sin objeto.

Habíamos empezado dando gracias a alguien por algo, y está bien. Pero, una vez emergida o sentida, si permanecemos en conexión consciente con ella, se nos manifestará como lo que es: otro nombre o dimensión de nuestra verdadera identidad.

Comprobaremos entonces que la gratitud no es solo algo que hacemos o sentimos, sino que es exactamente lo que somos: seres vulnerables y dependientes –en algunos casos, de manera completa– que, en su verdadera identidad, son gratitud.

Dirigida hacia quienes nos cuidan, la gratitud hará que se renueve nuestra mirada hacia ellos, para verlos en su verdadera belleza y, más allá todavía, reconocerlos en aquella misma y única identidad que compartimos.

Atendida en sí misma, la gratitud nos muestra que estamos en “casa”. Solo que, para atenderla, además de dedicarle tiempo, necesitamos algunas actitudes ya mencionadas: aceptación y silencio. En efecto, al acallar el bullicio y vocerío de una mente no observada, el silencio, suspendido todo juicio, nos trae la paz profunda y la certeza de aquello que permanece siempre: la certeza de ser.

5. Impermanencia / Consistencia

En el mundo de las formas –el que percibimos a través de los sentidos neurobiológicos y el que elaboramos mentalmente–, todo está sometido a cambios. Por lo que puede decirse que existir es cambiar constantemente y que lo único permanente es el cambio. En el mundo fenoménico, todo existe, nada es. A diferencia del “existir”, “ser” evoca plenitud, permanencia, estabilidad, consistencia, infinitud… Lo único que no cambia es lo que es; todo lo demás aparece y desaparece. Y todo lo que nace, muere.

La impermanencia se nos hace dolorosamente evidente en las crisis, en aquellas circunstancias vitales en las que sufrimos la pérdida de algo que consideramos valioso, y que suele afectar a cualquiera de estos campos: salud, afectos y dinero.

El sufrimiento será mayor cuanto mayor sea nuestra identificación con cualquier realidad impermanente. Como recuerda, en una de sus enseñanzas claves, la sabiduría budista, la identificación con la impermanencia (annica) produce inexorablemente insatisfacción y sufrimiento (dukkha).

La insatisfacción es consecuencia de la adhesión a algo impermanente, dado que, antes o después, terminará desapareciendo. Antes o después, aquello a lo que te aferras desaparecerá; y antes o después, algo de lo que temes e intentas rechazar, se hará presente.

Si tenemos en cuenta que el yo vive gracias a la apropiación de todo aquello que le resulta apetecible, se comprende fácilmente que el sufrimiento se haga presente de manera automática en cuanto nos embarcamos en la dinámica del yo (o mental).

Con razón, cada vez más, los psicólogos previenen de lo que denominan “la noria del sufrimiento”la búsqueda ansiosa del placer produce sufrimiento. Sin posibilidad de escaparse, el yo se ve envuelto en un círculo vicioso que empieza y acaba en la insatisfacción. La “noria hedonista” es el mecanismo por el que la búsqueda del placer resulta insatisfactoria… Por lo que la conclusión es simple: dado que la permanencia del yo es una contradicción en sí misma, identificarse con él equivale a sufrir.

La salida –la liberación– viene, como siempre, de la mano de la comprensión: cuando comprendemos que, aunque nos experimentamos ahora como “forma”, nuestra verdadera identidad trasciende las formas; es Aquello que siempre permanece. Esta comprensión nos permite anclarnos en lo que realmente somos y mantener la ecuanimidad aun en medio de los altibajos.

Decía más arriba que todo cambia. Pero eso es así porque hay Algo que siempre permanece: eso es el Fondo último de lo real, la Fuente de donde está brotando todo el despliegue que percibimos. Y Eso es lo que somos. Para caer en la cuenta, necesitamos silenciar la mente y poner atención, como medio para conectar con la sensación de presencia o certeza de ser. Ahí experimentaremos que, aunque nuestra forma existe, lo que realmente somos no existe, sino sencillamente es.

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín semanal, vía Fe Adulta

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“En torno al “problema del mal” (I), por Enrique Martínez Lozano.

Viernes, 23 de marzo de 2018

5841. Una experiencia personal y la primera paradoja: Vulnerabilidad / Acogida

La Vida ha querido que, en los días en que estaba preparando este escrito sobre el “problema” del mal, para enviarlo en el Boletín semanal en varias entregas, tuviera una caída hacia atrás, con consecuencias muy dolorosas y, durante varios días, incapacitantes.

La caída afectó a la columna, en la zona lumbar, una zona que ya con anterioridad había sufrido un accidente de coche y había sido intervenida de una hernia discal. Así que las noticias no eran “buenas”: el golpe había repercutido sobre un traumatismo anterior y en una columna afectada de “deterioro degenerativo”.

¿Qué estoy viviendo en este tiempo? Una profunda paradoja. De hecho, he querido relatar lo ocurrido para compartir, al empezar el escrito sobre el “mal”, algunas palabras –vehículos de sentimientos y actitudes– que se me han hecho particularmente presentes durante este tiempo de inmovilidad y convalecencia.

Me ha llamado la atención que se hacían presentes en forma de polaridades, como paradojas. Y entre ellas, las que más destacan son las siguientes: vulnerabilidad/acogida, cavilación/silencio, resistencia/aceptación, dependencia/gratitud, impermanencia/consistencia, frustración/paz, impotencia/fluir, soledad/plenitud, desconcierto/comprensión, yo/Testigo… Deseo referirme brevemente a cada uno de esos pares, y así lo iré haciendo a lo largo de las próximas semanas.

La primera en aparecer fue la sensación de extrema vulnerabilidad: dolorido, inmóvil, incapacitado, era testigo de sentimientos de soledad, miedo difuso, angustia…, que aparecían en oleadas desde un lugar no del todo consciente. Frente a esa sensación, no cabía hacer nada, sino detener la mente y vivir un sentimiento profundo de acogida y compasión hacía mí mismo…, que abrazaba también a toda persona que, por diferentes motivos, se sintiera así de vulnerable. La vulnerabilidad te conduce al límite de todo, donde solo cabe la rendición a lo que es. Y, en el mismo rendirte, emerge la capacidad de acogida gratuita y de compasión amorosa hacia ti mismo y hacia todos los seres vulnerables.

Como paradoja que es, por momentos emerge con más fuerza la vulnerabilidad; en otros, crece la acogida y la compasión, hasta ocupar todo el espacio. Personalmente, me parece bueno dejar vivir ambos polos, sin reprimirlos, hasta poder llegar a vivir conscientemente la vulnerabilidad desde la acogida.

Ahora bien, siendo las “dos caras” de la misma realidad, no tienen la misma “sustancia”. Por decirlo brevemente: tenemos vulnerabilidad, pero somos acogida y compasión. Cualquier paradoja que pueda presentarse en nuestra existencia no es sino reflejo de la paradoja fundamental, fruto de los “dos niveles” que nos constituyen: la personalidad (el personaje, el yo) y la identidad (una y compartida con todos los seres).

La primera es algo que tenemos –la forma concreta en la que nos experimentamos–; la segunda es lo que realmente somos. La sabiduría abraza ambos niveles invitando a vivir la personalidad desde la identidad. En este caso concreto –en la primera paradoja a la que he hecho alusión–, la acogida que soy abraza y sostiene a la vulnerabilidad que tengo.

EN TORNO AL “PROBLEMA DEL MAL” (II)

2. Cavilación / Silencio

Las consecuencias del golpe –en forma de dolor, paralización e inmovilidad– activan la cavilación que se traduce en infinidad de preguntas, que no hallarán nunca respuesta: ¿por qué ha ocurrido esto?, ¿por qué no hice…?. ¿por qué no dejé de hacer…?, ¿por qué…? La mente carece de respuesta; la única salida pasa por el silencio, que te hace reconocer que no hay nada que contestar.

Dice Mario Alonso Puig que hay preguntas que sanan y preguntas que enferman. Entre estas últimas, la más nociva es “¿por qué?”. El motivo es que, al no poder encontrar respuesta, la mente se enreda en un bucle que no acaba y no tiene salida.

Si no estamos atentos, la mente se convierte en una fábrica de preocupaciones. A partir de algún aspecto concreto, es capaz de construir escenarios imaginados, que no harán sino incrementar el sufrimiento y alejarnos de la actitud adecuada.

Estar atentos, en este contexto, significa observar la mente desde una distancia liberadora. La mente observada, a diferencia de la mente pensante o cavilosa, es una herramienta siempre valiosa a nuestro servicio; la mente no observada se erige automáticamente en dueña de la situación, convirtiéndonos en marionetas que mueve a su antojo.

Para salir de la mente que cavila se requiere, como acabo de decir, tomar distancia de ella, lo cual implica situarse detrás de los pensamientos. ¿En qué “lugar”? En la consciencia o atención desnuda, capaz de atender todo lo que aparece sin juicio y sin etiquetaciones mentales. Desde ahí se observan todos los contenidos que aparecen –pensamientos, sentimientos, emociones, reacciones…–, pero sin dejarse atrapar, porque comprendes que estás más allá de todos ellos.

Esa misma práctica nos lleva a experimentar cada vez con mayor hondura y nitidez la diferencia radical que existe entre la mente y la consciencia. Tenemos mente, que podemos observar en todo momento, porque estamos anclados “a distancia” de ella, en la consciencia que somos. La mente es una herramienta; la consciencia es nuestra “casa”, nuestra verdadera y última identidad.

La observación de la mente se hace desde el silencio y nos ancla en él. Lo cual significa que, frente a la trampa de la cavilación, lo acertado es descansar en la mente-que-no-sabe y, de nuevo, rendirse a lo que hay. El silencio no solo acalla la mente –si bien, de forma intermitente, con menor o mayor intensidad, reaparece una y otra vez la cavilación, rumiación o incluso dramatización en torno a lo sucedido–, sino que te conduce a otro lugar, que es pura espaciosidad sin límite, pura Presencia que acoge todo y que no es afectada por nada. El oleaje puede llegar a ser intenso por momentos, se incrementa cuando la mente va por su cuenta –y también eso forma parte de nuestra condición–, pero es acogido, sin “discutir” con él, en el estado de presencia. También en este punto, con respecto a esta nueva paradoja, cabe decir lo mismo: cavilación es lo que tenemos; Silencio es lo que somos.

Enrique Martínez Lozano

Boletín Semanal, vía Fe Adulta

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“Con temblor y cariño”, por Gerardo Villar.

Martes, 20 de marzo de 2018

Situacion-Lesbos-cadaveres-refugiados-ahogados_841427270_52504083_667x375Ayer participé en una manifestación pidiendo que se acoja en nuestro país y en nuestra comunidad autónoma a los refugiados. Que puedan salir de su país y de su situación… Llevábamos un tira enorme de papel en la que constaban los nombres, apellidos y fechas de asesinato, -bien en el mar bien en las fronteras-. Me temblaban las manos al llevar esa tira tan larga. Y la verdad que no éramos muchas personas. Eché en falta personas a quienes identificamos con la comunidad diocesana. Veo que cuando hay un accidente un poco clamoroso o la muerte de varias personas en circunstancias raras, suele acudir el obispo a presidir el funeral. Ayer no era un funeral. Era un recuerdo dolido, organizado por la Plataforma en favor de los refugiados y un clamor exigiendo a las autoridades apertura de fronteras para los refugiados.

Me gustaría que en estas y parecidas ocasiones, los cristianos estemos presentes y actuantes como los demás. Una iglesia en salida, nos dice el Papa Francisco. Qué realidad más dura… que nos exige estar ahí despidiendo con amor a aquellos a quienes el mar ha tragado por nuestra cerrazón a acogerles y a la vez una petición, un reclamo por la justicia, por la dignidad de las personas: que a nadie se le cierre una frontera porque el mundo es de todos y para todos.

Es cierto que hay organizaciones cristianas (Caritas, Migraciones…) que siguen denunciando y clamando por una acogida y una libertad justa. Pero el problema es tan serio, tan profundo, que pienso que todos los cristianos, que todos los hombres y mujeres de cualquier creencia, hemos de militar por una defensa de las personas.

Me comentaba ayer alguien:” aquí pasa como con el exterminio judío, que no nos enteramos ni nos queremos enterar”. Y mientras, hambre, dolor, frío, y muerte. ¡Qué bonita sería una larga procesión de todas las personas de buena voluntad pidiendo fronteras abiertas! Bonita acción para la cuaresma. Y sobre todo si va unida a un plan de acogida y posibles integraciones en nuestra sociedad.

Constato que hay un ambiente poco propicio a la acogida: “nos quitan los puestos de trabajo”, “se llevan las ayudas sociales”. Con los datos en la mano, se refutan estas opiniones (http://stoprumores.com/). Pero si es problema de egoísmo, de mirar por mi comodidad, entonces resulta más difícil y necesitamos que el Espíritu renueve nuestros criterios y nuestros corazones. Porque lo que sí es terrible es que cada hora y cada momento se sigan inscribiendo más personas en la lista del dolor y de la muerte. Me interroga tremendamente a la hora de celebrar la Pascua: ¿ayudamos a que pasen las fronteras del egoísmo e interés personal, racial y político?

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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Nuestro sistema de acogida a refugiados carece de recursos, medios y capacidad política.

Lunes, 19 de marzo de 2018

refugiados-alambrada-2-GEntre 2007 y 2016 España solo acogió al 1,29% de los refugiados que entraron en territorio europeo y, solo a medias, dejándolos expuestos a la inestabilidad residencial, la precariedad laboral y la inseguridad económica. Esta es la principal conclusión de un nuevo informe presentado esta mañana en la Universidad Comillas de Madrid, que además denuncia que “el sistema español de acogida a refugiados no cuenta ni con los recursos, ni con los medios, ni con la capacidad política de enfrentar y transformar” la realidad que viven aquí los solicitantes de asilo.

“¿Acoger sin integrar? El sistema de acogida y las condiciones de integración de personas solicitantes de protección internacional” es el título el nuevo trabajo de investigación conjunto de la Cátedra de Refugiados y Migrantes Forzosos (IUEM) de la Universidad Pontificia, el Instituto de Derechos Humanos Pedro Arrupe (Universidad de Deusto) y el Servicio Jesuita a Migrantes. Su presentación ha corrido a cargo de Gorka Urrutia, director del Instituto Pedro Arrupe; Juan Iglesias, director de la Cátedra de Comillas; y el padre Josep Buades, del SJM.

Por su parte, Iglesias ha querido situar el nuevo informe dentro del contexto del desbordamiento que ha sufrido el sistema de acogida en España desde 2014, pasando el número de solicitudes de asilo recibidas de 6.000 en este año hasta 17.000 en 2016. Los investigadores se han interesado, ha añadido, por las “condiciones reales de incorporación e integración” que han vivido los que han buscado refugio en este país, y han concluido que estas condiciones están marcadas por tres realidades: empleos escasos y precarios, la disrupción de su asentamiento y arraigo en cuanto a la vivienda y un consecuente “deterioro de su situación personal, económica y familiar”.

¿Qué papel ha jugado el conjunto de autoridades españolas en estas realidades a las que se enfrentan los solicitantes de asilo? Iglesias ha continuado que desde 2015 el Gobierno ha aumentado la inversión presupuestaria y humana destinada a la acogida de refugiados, además de las plazas de acogida de las que se ha beneficiado el colectivo, pasando a un total estimado de 8.700 a finales de 2017. Pero según ha matizado el coordinador de nuevo informe, este compromiso renovado del Estado aún tiene demasiadas fallas, entre ellas que las ayudas que los solicitantes de protección reciben en un primer momento -con el aprendizaje del idioma, por ejemplo, o con las ayudas económicas directas- en muchos casos no sean suficientes ni se extiendan durante más tiempo.

Buades, a su vez, ha observado que, si bien no hay por lo general en España actitudes de rechazo abierto a los inmigrantes o solicitantes de asilo, sí hay “actitudes de recelo o prudencia excesiva”, al menos hasta que se conozca a la persona. “Aunque hay un ambiente moderadamente favorable” hacia los inmigrantes, ha continuado el sacerdote, hay también “micro-rechazos y micro-xenofobia”, refiriéndose a la renuencia de muchos españoles de alquilar un piso a un migrante, darle un trabajo, o de relacionarse con él de cualquier otra forma.

“No hay una hostilidad fuerte como sí puede haber en otros países europeos pero aún nos queda un camino por recorrer”, ha afirmado Buades, ya que cuando hay “redes sociales de apoyo” en la comunidad en la que vive el refugiado “la integración es más exitosa”. “No basta con las ONG, no basta con el Estado”, ha dicho el sacerdote, recalcando en que la acogida de los inmigrantes es responsabilidad de todos.

El experto del SJM también ha querido resaltar que aunque el sistema de acogida ya cuenta con una dotación económica bastante buena, “se necesita una mayor agilidad a la hora de responder a quienes solicitan protección internacional”, dado que durante el tiempo de espera que se ven obligados a aguantar estas personas “están dejadas a sus propios medios o los sistemas sociales de emergencia”. Otra recomendación clave que hacen los responsables del informe, ha continuado Buades, es que las administraciones estatales, autonómicas y locales “flexibilicen” el “proceso lineal” de acogida, transición y autonomía por el que tienen que pasar los refugiados, ya que hay personas que sí se acogen a este proceso tal y como está planteado y otras que necesitan más tiempo.

Pero no es que las recomendaciones de una mayor agilidad a la hora de responder a los solicitantes de asilo o una mayor flexibilidad con los que ya han sido acogidos sean las únicas del informe presentado esta mañana: el mismo propone una serie de 17 medidas “para facilitar la integración de los refugiados en la sociedad española”. Entre ellas destaca una mayor “protección de las trayectorias educativas de la población refugiada” por medio, por ejemplo, de la homologación de títulos o becas públicas y/o privadas que ayudarían a asegurar que los inmigrantes pudieran trabajar en empleos más conformes con su formación. O también, que el Gobierno desarrolle un “marco reglamentario que recoja formalmente la política de acogida e integración en España”, y que el Estado cumpla con las cuotas de acogida establecidas por la Unión Europea y que llegue así a unas tasas de aceptación de migrantes semejantes a las de los países de nuestro entorno.

Cameron Doody

Fuente Religión Digital

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“Amigo de los excluídos”. 6 Tiempo Ordinario – B (Marcos 1, 40-45)

Domingo, 11 de febrero de 2018

793784-300x262Jesús era muy sensible al sufrimiento de quienes encontraba en su camino, marginados por la sociedad, olvidados por la religión o rechazados por los sectores que se consideraban superiores moral o religiosamente.

Es algo que le sale de dentro. Sabe que Dios no discrimina a nadie. No rechaza ni excomulga. No es solo de los buenos. A todos acoge y bendice. Jesús tenía la costumbre de levantarse de madrugada para orar. En cierta ocasión desvela cómo contempla el amanecer: «Dios hace salir su sol sobre buenos y malos». Así es él.

Por eso a veces reclama con fuerza que cesen todas las condenas: «No juzguéis y no seréis juzgados». Otras, narra una pequeña parábola para pedir que nadie se dedique a «separar el trigo y la cizaña», como si fuera el juez supremo de todos.

Pero lo más admirable es su actuación. El rasgo más original y provocativo de Jesús fue su costumbre de comer con pecadores, prostitutas y gentes indeseables. El hecho es insólito. Nunca se había visto en Israel a alguien con fama de «hombre de Dios» comiendo y bebiendo animadamente con pecadores.

Los dirigentes religiosos más respetables no lo pudieron soportar. Su reacción fue agresiva: «Ahí tenéis a un comilón y borracho, amigo de pecadores». Jesús no se defendió. Era cierto, pues en lo más íntimo de su ser sentía un respeto grande y una amistad conmovedora hacia los rechazados por la sociedad o la religión.

Marcos recoge en su relato la curación de un leproso para destacar esa predilección de Jesús por los excluidos. Jesús está atravesando una región solitaria. De pronto se le acerca un leproso. No viene acompañado por nadie. Vive en la soledad. Lleva en su piel la marca de su exclusión. Las leyes lo condenan a vivir apartado de todos. Es un ser impuro.

De rodillas, el leproso hace a Jesús una súplica humilde. Se siente sucio. No le habla de enfermedad. Solo quiere verse limpio de todo estigma: «Si quieres, puedes limpiarme». Jesús se conmueve al ver a sus pies a aquel ser humano desfigurado por la enfermedad y el abandono de todos. Aquel hombre representa la soledad y la desesperación de tantos estigmatizados. Jesús «extiende su mano» buscando el contacto con su piel, «lo toca» y le dice: «Quiero, queda limpio».

Siempre que discriminamos desde nuestra supuesta superioridad moral a diferentes grupos humanos (vagabundos, prostitutas, toxicómanos, psicóticos, inmigrantes, homosexuales…) y los excluimos de la convivencia negándoles nuestra acogida nos estamos alejando gravemente de Jesús.

José Antonio Pagola

Audición del comentario

Marina Ibarlucea

 

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“Quiero: queda limpio.” Domingo 11 de febrero de 2018. Sexto domingo del tiempo ordinario

Domingo, 11 de febrero de 2018

15-ordinarioB6 cerezoLeído en Koinonia:

Levítico 13,1-2.44-46: El leproso tendrá su morada fuera del campamento: 
Salmo responsorial: 31: Tú eres mi refugio, me rodeas de cantos de liberación.
1Corintios 10,31-11,1: Seguid mi ejemplo, como yo sigo el de Cristo. 
Marcos 1,40-45: La lepra se le quitó, y quedó limpio

En el evangelio de Marcosque hoy leemos, Jesús se encuentra con un leproso arriesgado que se atreve a romper una norma que lo obligaba a permanecer alejado de la ciudad. Esta norma es la que nos recuerda la primera lectura, del Levítico.

En la tradición judía (primera lectura) la enfermedad era interpretada como una maldición divina, un castigo, una consecuencia del pecado de la persona enferma –¡o de su familia!–. Porque entonces se la consideraba contagiosa, la lepra común estaba regulada por una rígida normativa que excluía a la persona afectada de la vida social. (Ha durado muchos siglos la falsa creencia de que la lepra fuese tan fácilmente contagiable). El enfermo de lepra era un muerto en vida, y lo peor era que la enfermedad era considerada normalmente incurable. Los sacerdotes tenían la función de examinar las llagas del enfermo, y en caso de diagnosticarlas efectivamente como síntomas de la presencia de lepra, la persona era declarada «impura», con lo que resultaba condenada a salir de la población, a comenzar a vivir en soledad, a malvivir indignamente, gritando por los caminos «¡impuro, impuro!», para evitar encontrarse con personas sanas a las que poder contagiar. En realidad, todo el sistema normativo religioso generaba una permanente exclusión de personas por motivos de sexo, salud, condición social, edad, religión, nacionalidad.

Este hombre, seguramente cansado de su condición, se acerca a Jesús y se arrodilla, poniendo en él toda su confianza: «si quieres, puedes limpiarme». Jesús, se compadece y le toca, rompiendo no sólo una costumbre, sino una norma religiosa sumamente rígida. Jesús se salta la ley que margina y que excluye a la persona. Jesús pone a la persona por encima de la ley, incluso de la ley religiosa. La religión de Jesús no está contra la vida, sino, al contrario: pone en el centro la vida de las personas. La vida y las personas por encima de la ley, no al revés.

Jesús le pide silencio (es el conocido tema del «secreto mesiánico», que todavía hoy resulta un tanto misterioso), y le envía al sacerdote como signo de su reinclusión en la dinámica social, «para que sirva de testimonio» de que Dios desea y puede actuar aun por encima de las normas, recuperando la vida y la dignidad de sus hijos e hijas. Pero este hombre no hace caso de tal secreto, rompe el silencio, y se pone a pregonar con entusiasmo su experiencia de liberación. No parece servirse de la mediación del sacerdote o de la institución del templo, sino que se auto-incluye y toma la decisión autónoma de divulgar la Buena Noticia. Esto hace que Jesús no pueda ya presentarse en público en las ciudades sino en los lugares apartados, pues al asumir la causa de los excluidos, Jesús se convierte en un excluido más. Sin embargo, allí a las afueras, está brotando la nueva vida y quienes logran descubrirlo van también allí a buscar a Jesús.

Es una página recurrente en los evangelios: Jesús cura, sana a los enfermos. No sólo predica, sino que cura («no es lo mismo predicar que dar trigo», dice el refrán). Palabra y hechos. Decir y hacer. Anuncio y construcción. Teoría y praxis. Liberación integral: espiritual y corporal. Y ésa es su religión: el amor, el amor liberador, por encima de toda ley que aliene. La ley consiste precisamente en amar y liberar, por encima de todo.

La segunda lectura, que sigue, como siempre, un camino independiente frente a la relación entre la primera y la tercera, es un bello texto de Pablo que habla de la integralidad de la espiritualidad. La espiritualidad no es tan «espiritual»; de alguna manera es también «material». Hay que recordar que la palabra «espiritualidad» es una palabra desafortunada. Tenemos que seguir utilizándola por lo muy consagrada que está, pero necesitamos recordar que no podemos aceptar para su sentido etimológico. No queremos ser «espirituales» si ello significara quedarnos con el espíritu y despreciar el cuerpo o la materia.

Pablo está en esa línea: «ya sea que comáis o que bebáis o que hagáis cualquier otra cosa…». No sólo las actividades tradicionalmente tenidas como religiosas, o espirituales, tienen que ver con la espiritualidad, sino también actividades muy materiales, preocupaciones muy humanas, como el comer y beber, o cualquier otra actividad de nuestra vida, pueden, deben ser integradas en el campo de nuestra espiritualidad (que ya no resultará pues «solamente espiritual»). Nuestra vida de fe puede y debe santificar toda nuestra vida humana, en todas sus preocupaciones y trabajos, no sólo cuando tenemos la suerte de poder dedicar nuestro tiempo a actividades «estrictamente religiosas», como podrían ser la oración o el culto.

El Concilio Vaticano II insistió mucho en esto: «todos estamos llamados a la santidad» (cap. V de la Lumen Gentium). No hay unos «profesionales de la santidad» (cap. VI ibid.), algunos que estarían en un supuesto «estado de perfección», mientras los demás tendrían que atender a preocupaciones muy humanas… No. Todos estamos llamados elevar nuestros trabajos, tareas, preocupaciones humanas… «nuestra propia existencia» a la categoría de «culto agradable a Dios» (como dirá Pablo en Rom 12,1-2). Podemos ser muy «espirituales» (con reservas para esta palabra de resabios greco-platónicos) y santificarnos aun en lo más «material» de nuestra vida. Leer más…

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D 11. 2. 18.Maestro de Jesús, un leproso (os sanarán los enfermos)

Domingo, 11 de febrero de 2018

imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Dom 6,tiempo ordinario, ciclo b. Mc 1, 40-45. Jesús está en el duro campo, una tierra de leprosos, expulsados, que no pueden entrar en la sinagoga, ni en los pueblos.

Seguimos en un mundo de impuros que no pueden integrarse en la sociedad, tras muros y mares de separación, pues son distintos y la sociedad dominante no quiere recibirles.

Entre los “asociales” se encuentra ese leproso, hombre de piel impura. No sabemos si su enfermedad es lo que actualmente se llama en medicina lepra (causada por el bacilo de Hansen). Sea como fuere, se trata de una afección a la piel, que suele tomar un color distinto, produciendo un tipo de escamas,una enfermedad de marginación social y sacral.

Una enfermedad del enfermo (es evidente); pero es también, y sobre todo, una enfermedad de la sociedad que no le acoge, sino que le registra entre los impuros y le mantiene separado

images-1Pues bien, Jesús se acerca donde no lo hace ninguna: viene hasta el leproso y le admite en su espacio de vida(le cura).

Todo lo que sigue es consecuencia… pero una consecuencia decisiva El leproso enseñará a Jesús un camino que Jesús él antes no sabía, ni el Hijo de Dios, un camino de evangelio, de ruptura con los sacerdotes, una nueva sociedad sin controles sanitarios (policiales) como aquello que marcaba un tipo de sociedad israelita.

Un texto inquietante, un texto poderoso, necesario en nuestro tiempo. Tomo lo que sigue de mi Comentario de Marcos (Estella 2012). Buen domingo a todos.
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Un texto en tres tiempos (Mc 1, 40-45)

1) 40 Se le acercó un leproso y le suplicó de rodillas: Si quieres, puedes limpiarme. 41 Y compadecido, extendió la mano, lo tocó y le dijo: #Quiero, queda limpio. 42 Al instante desapareció la lepra y quedó limpio.

2) 43 Entonces lo despidió, advirtiéndole severamente:44 No se lo digas a nadie; vete, muéstrate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés, para testimonio de ellos.

3) 45Pero él, saliendo se puso a divulgar a voces lo ocurrido, de modo que Jesús no podía ya entrar abiertamente en ninguna ciudad. Tenía que quedarse fuera, en lugares despoblados, y aun así seguían acudiendo a él de todas partes.

Introducción. Lepra médica,lepra social, lepra humana. Ser marginado en Israel

En el campo (fuera de la sinagoga y casa) habitan los leprosos. Con ellos inicia Jesús una serie de signos de expulsados (vendrán luego el paralítico y publicano). Según ley, ellos sufren una enfermedad social: están impuros, son fuente de peligro y mancha para la buena familia israelita.

Desde una perspectiva médica actual, se podría decir que este hombre sufre un tipo de enfermedad de escamas, como traduce e interpreta J. Milgrom, el mayor investigador bíblico sobre el tema, al hablar de una scale disease). Se trata, según eso, de una enfermedad de la pigmentación y de la estructura misma de la piel, que se puede deformar, ofreciendo manchas y zonas escamosas. Esto es lo que significa la palabra hebre sāra‛t, que los LXX han traducido en griego como lepra.

Esa traducción resulta actualmente resulta engañosa, pues sāra‛t / lepra designa una variedad de casos en los que la piel se vuelve «escamosa», pero no suele incluir lo que actualmente se llama lepra (según las investigaciones de Hansen).

Según la ciencia moderna, la lepra es una enfermedad bacteriana crónica de la piel, los nervios de las manos y los pies y de las membranas de la nariz. Por el contrario, la “lepra bíblica” (de Lev 13-14 y de los textos evangélicos) es una enfermedad más genérica, que abarca varias infecciones y afecciones, una enfermedad que se desarrolla rápidamente y que puede desaparecer también rápidamente, pues hay personas que, a veces, se curan de ella, también rápidamente.

En resumen según las investigaciones de Hansen, la lepra estrictamente dicha se desarrolla a lo largo de bastantes años y es incurable, a no ser que se apliquen algunos medios terapéuticos modernos. Por el contrario, la lepra bíblica tiene un carácter más general y se refiere a varias malformaciones de la piel, que exigen la expulsión social de quien la sufre.

Sea como fuere, el caso queda abierto. Lo que he querido destacar es que la “lepra” bíblica es una enfermedad “social” más que puramente corporal, es una enfermedad que se puede atribuir a todos los que tienen manchas en la piel, un tipo de soriasis o de pigmentación distinta, producida muchas veces por causas sociales, psicológicas y religiosas (y no sólo por el bacilo de Hansen.

Eso significa que la “lepra bíbleca” constituye una enfermedad mucho más extensa que la lepra puramente bacteriana. En ese contexto se sitúa todo lo que sigue. Por eso, cuando el sacerdote descubre la “impureza” cutánea de una persona ha de expulsarlos de la sociedad civil y religiosa, conforme a su código sagrado (Lev 13-14). La religión se utiliza así como cordón sanitario para expulsar a los “distintos”

Para mantener la pureza del conjunto social, los leprosos eran expulsados al exterior del campamento o ciudad israelita: no podían orar en el templo, ni acudir a la sinagoga, ni unirse en lecho o mesa con los familiares sanos. Su enfermedad les convertía en solitarios, como especie aparte, secta de proscritos.

1) La curación

El leproso viene y se postra de rodillas, en gesto de ruego y de adoración, pidiendo “si quieres puedes limpiarme”. Quiere “ser limpio”, vivir con dignidad, ser persona…La curación es para él la limpieza, ser “cátaro” (ser puro), ser persona, en una sociedad de personas. Leer más…

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Poder y compasión. Domingo 6º. Ciclo B

Domingo, 11 de febrero de 2018

curacion de un leprosoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Tras la curación de la suegra de Pedro y a otros muchos enfermos, Marcos cuenta el primer gran milagro de Jesús: la curación de un leproso. El texto sólo se comprende a fondo teniendo en cuenta los casos parecidos, y muy distintos, de Moisés y Eliseo.

La lepra en el antiguo Israel: diagnóstico y curación

“La lepra, en el sentido moderno, no fue definida hasta el año 1872 por el médico noruego A. Hansen. En tiempos antiguos se aplicaba la palabra “lepra” a otras enfermedades, por ejemplo a enferme­dades psicógenas de la piel”(J. Jeremias, Teologia del AT, 115, nota 36).

En Levítico 13 se tratan las diversas enfermedades de la piel: inflama­ciones, erupciones, manchas, afección cutánea, úlcera, quemadu­ras, afecciones en la cabeza o la barba (sarna), leucodermia, alopecia. Se examinan los diversos casos, y el sacerdote decidirá si la persona es pura o impura (caso curable o incurable). De ese capítulo está tomado el breve fragmento de la primera lectura de este domingo:

El Señor dijo a Moisés y a Aarón:

̶  Cuando alguno tenga una inflamación, una erupción o una mancha en la piel, y se le produzca la lepra, será llevado ante Aarón, el sacerdote, o cualquiera de sus hijos sacerdotes. Se trata de un hombre con lepra: es impuro. El sacerdote lo declarará impuro de lepra en la cabeza. El que haya sido declarado enfermo de lepra andará harapiento y despeinado, con la barba tapada y gritando: “Impuro, impuro!” Mientras le dure la afección, seguirá impuro; vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento.»

Dos casos de lepra: impotencia de Moisés, poder sin compasión de Eliseo

El milagro de curar a un leproso sólo se cuenta en el AT de Moisés (Números 12,10ss) y de Eliseo (2 Reyes 5). Es interesante recordar estos relatos para compararlos con el de Marcos.

María y Aarón murmuran de Moisés, no se sabe exactamente por qué motivo. En cualquier hipótesis, Dios castiga a María (no a Aarón, cosa que indigna a las feministas, con razón). “Al apartarse la nube de la tienda, María tenía toda la piel descolorida como nieve”. Aarón se da cuenta e intercede por ella ante Moisés. Pero Moisés no puede curarla. Sólo puede pedirle a Dios: “Por favor, cúrala”. El Señor accede, con la condición de que permanezca siete días fuera del campamento (Números 12).

El caso de Eliseo es más entretenido y dramático (2 Reyes 5). Naamán, un alto dignatario sirio, contrae la lepra, y una esclava israelita le aconseja que vaya a visitar al profeta Eliseo. Naamán realiza el viaje, esperando que Eliseo salga a su encuentro, toque la parte enferma y lo cure. Pero Eliseo no se molesta en salir a saludarlo. Le envía un criado con la orden de lavarse siete veces en el Jordán. Naamán se indigna, pero sus criados lo convence: obedece al profeta y se cura. A diferencia de Moisés, Eliseo puede curar, aunque sea con una receta mágica, pero no siente la menor compasión por el enfermo.

Jesús: poder y compasión

En aquel tiempo, se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: 

̶  Si quieres, puedes limpiarme.

Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: 

̶  Quiero: queda limpio.

La lepra se le quitó inmediatamente, y quedó limpio.  Él lo despidió, encargándole severamente: 

̶  No se lo digas a nadie; pero, para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés.

Pero, cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grades ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aun así acudían a él de todas partes.

El relato de Marcos consta de seis elementos: petición del leproso; reacción de Jesús; resultado; advertencia; reacción del curado; consecuencias.

            Petición del leproso. Tres detalles son importantes en la actitud del leproso: 1) no se atiene a la ley que le prohíbe acercarse a otras personas; 2) se arrodilla ante Jesús, en señal de profundo respeto; 3) confía plenamente en su poder; todo depende de que quiera, no de que pueda.

    Reacción de Jesús. Podía haber respondido a la petición del leproso con las simples palabras: “Quiero, queda limpio”. Con ello, a diferencia de Moisés y de Eliseo, habría demostrado su poder: no necesita pedir la inter­vención de Dios, ni recurrir a remedios cuasi-mágicos. Sin embargo, antes de demostrar su poder muestra su compasión. Marcos habla de lo que siente (“lástima”) y de lo que hace (“extendió la mano y lo tocó”). Es lo que esperaba el sirio Naamán que hiciera Eliseo: tocar su parte enferma. Por otra parte, quien tocaba a un leproso quedaba impuro; pero a Jesús no le preocupa este tipo de impureza.

        Advertencia. Aparentemente, Jesús da dos órdenes al recién curado: 1) que no se lo diga a nadie; 2) que se presente al sacerdote. La primera (no decirlo a nadie) resulta extraña, porque Jesús no pretende pasar desapercibido. Es probable que las dos órdenes estén relacionadas entre sí, formando una sola: «no te entre­tengas en decírselo a nadie, sino ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés». ¿Qué había ordenado Moisés? Según el Levítico, el curado debe ofrecer: dos aves puras (se suponen tórtolas o pichones), dos corderos sin defecto, una cordera añal sin defecto, doce litros de flor de harina amasada con aceite y un cuarto de litro de aceite. Con todo ello el sacerdote realiza un complejo ritual que dura ocho días. Además, el curado deberá afeitarse completamente el primer día y raparse de nuevo el octavo.

Las palabras finales de Jesús parecen tener un tinte polémico: «para que les conste». Se pasa del singular (el sacerdote) al plural (les conste), como si Jesús pensase en todos sus adversa­rios que no lo aceptan.

        Reacción del curado. No obedece a ninguna de las dos órdenes de Jesús. Ni se calla ni acude al sacerdote. Según la traducción litúrgica, «empezó a divulgar el hecho con grades ponderaciones». Una traducción más literal sería: «empezó a predicar mucho y a divulgar la palabra». Como si el leproso curado, en vez de atenerse a lo mandado por Moisés prefiriese convertirse en un misionero cristiano.

     Consecuencias. Jesús no puede entrar abiertamente en ningún pueblo. Debe permanecer en descampado, y aun así acuden a él. ¿Por qué esta reacción suya? Sabiendo lo que cuenta Marcos más tarde, la respuesta sería: para no verse agobiado por la multitud de gente que acude a él.

Una lectura simbólica: el leproso es cada uno de nosotros

Los relatos evangélicos tienen siempre una gran carga simbólica. Quieren que nos identifiquemos con la situación que narran. En este caso, con el leproso. Todos llevamos dentro algo, mucho o poco, de lo que nos sentimos culpables. Podemos negarnos a admitirlo, escondiendo la cabeza bajo tierra, como el avestruz. O podemos reconocerlo, y acudir humildemente a Jesús, con la certeza de que “si quieres puedes limpiarme”. Él tiene el poder y la compasión necesarios para cambiar nuestra vida.

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Domingo VI del Tiempo Ordinario. 11 de febrero, 2018

Domingo, 11 de febrero de 2018

d6

“Pero cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entra abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en descampado; y aún así acudían a él de todas partes”

(Mc 1, 40-45)

Muchas traducciones dicen que Jesús sintió lástima o se compadeció del leproso cuando le dijo  “si quieres puedes sanarme”., pero quienes entienden de Biblia, y traducciones como la de la Biblia de Jerusalén, aseguran que los textos originales dicen que Jesús se “encolerizó”: encolerizado, extendió su mano le tocó y le dijo: quiero, queda limpio”.

Jesús no se enfada muchas veces, al menos no nos lo cuentan los evangelios, pero hay por lo menos tres momentos en los que se dice o se muestra que Jesús se ha enfadado: este fragmento con el leproso, con los fariseos por lo que piensan en su interior, y con los mercaderes en el Templo.

Por más que nos choque y que tratemos de maquillarlo, Jesús se enfadaba.

Pero, ¿por qué se enfada con este pobre leproso que le pide que lo sane? No parece muy en la línea de Jesús esto de enfadarse en lugar de “compadecerse” ante la enfermedad.

Bien, según quienes estudian la Biblia, lo que enfada a Jesús hasta el punto de encolerizarse es que le busquemos solo para quedar libres de una enfermedad. Le enfada que no queramos conectar con la hondura de su mensaje, de su Buena Noticia.

Jesús no quiere sanar por sanar. No vino a librarnos de la enfermedad. Tampoco del sufrimiento. Jesús no es un “solucionador de problemas”. Dios tampoco.

Jesús vino a mostrarnos quién es Dios. Ese es su mensaje. Ese es el sentido de su vida y también el motivo de su muerte violenta en una cruz.

Marcos, en su evangelio, nos dice que Jesús nos manifiesta quién es Dios cuando se deja clavar en la Cruz. Dios es el que escoge el último lugar, el que nadie quiere. Y para llegar al Dios de Jesús no hay más camino que ocupar el lugar de las últimas de nuestra sociedad, de nuestro mundo.

No se trata tanto de ir a ayudar a quienes lo pasan mal, se trata de ser una más, de ocupar su lugar para que esa persona pueda ocupar el nuestro.

Algo similar a lo que hacían los frailes trinitarios en los orígenes de la Orden, quedarse en el lugar de los cautivos.

Oración

No permitas, Trinidad Santa, que te busquemos solo para liberarnos de nuestras ataduras personales. Haznos comprender el camino exigente de tu evangelio. Amén.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Liberar a los demás es siempre arriesgarse.

Domingo, 11 de febrero de 2018

jesus-heals-leperMc 1, 40-45

Seguimos en el primer capítulo de Mc. Después de un enunciado general, que resume su habitual manera de actuar, (fue predicando por las sinagogas y expulsando demonios), nos narra la curación de un leproso. El leproso no tiene nombre. Tampoco se habla de tiempo y lugar determinados. Se advierte una falta total de lógica narrativa. Apenas ha pasado un día de la predicación de Jesús y ya le conocen hasta los leprosos que vivían en total aislamiento.

La primera lectura es suficientemente expresiva. La lepra era el motivo más radical de marginación. Lo que se entendía por lepra, en la antigüedad, no coincide con lo que es hoy esa enfermedad concreta. Más bien se llamaba lepra a toda enfermedad de la piel que se presentara con un aspecto más o menos repugnante. Tanto la lepra como las normas sobre la enfermedad, no son originales del judaísmo. Esas normas nos parecen hoy inhumanas, pero debían defenderse de una enfermedad que podía causar estragos en una población.

Se trataba de salvaguardar la vida de la comunidad ante una enfermedad contagiosa y mortal. Sin la garantía de que era Dios el que lo mandaba, no hubiera tenido ningún efecto la prohibición. Por eso todas las normas se presentaban como recibidas de Dios, aunque fueran simplemente profilácticas. En una de las losas donde se encontró escrito el Código de Hammurabi, lo primero que aparece es la figura del rey recibiendo de Dios el escrito.

Se acercó, suplicándole de rodillas: Si quieres puedes limpiarme. Esta actitud indica a la vez valentía, porque se atreve a trasgredir la Ley, pero también el temor a ser rechazado, precisamente por eso. Se puede descubrir una complicidad entre el leproso y Jesús. Los dos van más allá de la Ley. Uno por necesidad imperiosa, el otro por convicción profunda.

Sintiendo lástima. La devaluación del significado de la palabra “amor” nos obliga a buscar un concepto más adecuado para expresar esa realidad. En el NT, ‘compasivo’ se dice solo de Dios y de Jesús. La acción de Dios manifestada a través de los sentimientos humanos. La compasión era ya una de las cualidades de Dios en el AT. Jesús la hace suya en toda su trayectoria. Es una demostración de que para llegar a lo divino no hay que destruir lo humano. La compasión es la forma más humana de manifestar el amor.

Le tocó. El significado del verbo griego aptw, no es en primer lugar tocar, sino sujetar, atar, enlazar. Este significado nos acerca más a la manera de actuar de Jesús. Quiere decir que no solo le tocó un instante, sino que mantuvo esa postura durante un tiempo. Teniendo en cuenta lo que acabamos de decir de la lepra, podemos comprender el profundo significado del gesto, suficiente por sí mismo para hacer patente la actitud vital de Jesús. No solo está por encima de la Ley sino que asume el riesgo de contraer la lepra.

Quiero… La simplicidad del diálogo esconde una riqueza de significados: Confianza total del leproso, y respuesta que no defrauda. No le pide que le cure, sino que le limpie. Por tres veces se repite el verbo kadarizw limpiar, verbo que significa también, liberar. Nos está lanzando más allá de una simple curación. No solo desaparece la enfermedad, sino que le restituye en su plena condición humana: Le devuelve su condición social, y su integración religiosa. Vuelve a sentir la amistad de Dios, que era el valor supremo para todo buen judío.

Lo echó fuera… y cuando salió… La segunda parte del relato es de una gran importancia. Se supone que estaban en un lugar apartado del pueblo, sin embargo el texto griego dice literalmente: lo expulsó fuera, y del leproso dice: cuando salió. Una vez más nos está empujando a una comprensión espiritual. Jesús no quiere que continúe junto a él y lo despide inmediatamente; eso sí, con el encargo de no contarlo y de presentarse ante el sacerdote. Una vez más, manifiesta Mc el peligro de que las acciones de Jesús en favor del marginado fueran mal interpretadas.

¡Qué curioso! Jesús acaba de saltarse la Ley a la torera, pero exige al leproso que cumpla lo mandado por Moisés. Hay que estar muy atento para descubrir el significado. Jesús no está nunca contra la Ley, sino contra las injusticias y tropelías que se cometían en nombre de la Ley. Él mismo tuvo que defenderse: “no he venido a abolir la Ley, sino a darle plenitud”. Jesús se salta la Ley cuando le impide estar a favor del hombre. Presentarse al sacerdote era el único modo que tenía el leproso de recuperar su estatus social.

El evangelio nos dice que las consecuencias de la proclamación del hecho fueron nefastas para Jesús. Si había tocado a un leproso, él mismo se había convertido en apestado. Y no podía ya entrar abiertamente en ningún pueblo. Las consecuencias de la divulgación del hecho podían también ser nefastas para el leproso. Era el sacerdote el único que podía declarar puro al contagiado. Los sacerdotes podían ponerle dificultades si tenían conocimiento de cómo se había producido la curación.

La lepra producía exclusión porque la sociedad era incapaz de protegerse de ella por otros medios. Hoy la sociedad sigue creando marginación por la misma razón, no encuentra los cauces adecuados para superar los peligros que algunas conductas sociales suponen para los instalados. No somos todavía capaces de hacer frente a esos peligros con actitudes humanas. A veces se toman medidas para aliviar la situación de los marginados pero teniendo mucho cuidado de no cambiar la situación que supondría perder privilegios.

Jesús se pone al servicio del hombre sin condiciones. Lo que tenemos que hacer es servir a los demás como hace Jesús. Dios no tiene nada que ver con la injusticia, ni siquiera cuando está amparada por la ley humana o divina. Jesús se salta a la torera la Ley, tocando al leproso. Ninguna ley humana, sea religiosa, sea civil, puede tener valor absoluto. Lo único absoluto es el bien del hombre. Pero para la mayoría de los cristianos sigue siendo más importante el cumplimiento de la ley que el acercamiento al marginado.

No creo que haya uno solo de nosotros que no se haya sentido leproso y excluido por Dios. El pecado es la lepra del espíritu, que es mucho más dañina que la del cuerpo. Es un contrasentido que, en nombre de Dios, nos hayan separado de Dios. El evangelio de Jesús, es sobre todo buena noticia. El Dios de Jesús es Padre porque es Ágape. De Él, nadie se tiene que sentir apartado. La experiencia de ser aceptado por Dios es el primer paso para no excluir a los demás. Pero si partimos de la idea de un Dios que excluye, encontraremos mil razones para excluir en su nombre. Es lo que hoy seguimos haciendo.

Seguimos aferrados a la idea de que la impureza se contagia, pero el evangelio nos está diciendo que la pureza, el amor la libertad la salud, la alegría de vivir, también pueden contagiarse. Este paso tendríamos que dar si de verdad somos cristianos. Seguimos justificando demasiados casos de marginación bajo pretexto de permanecer puros. ¡Cuántas leyes deberíamos saltarnos hoy para ayudar a todos los marginados a reintegrarse en la sociedad y permitirles volver a sentirse seres humanos!

Meditación

El nuevo nombre del amor podría ser hoy compasión.
Todos los que encontramos en nuestro camino
esperan que sepamos hacer nuestros sus padecimientos.
Si fuésemos capaces de compadecernos, vendría el Reino.
Como seres limitados, necesitamos que los demás nos completen.
Como humanos, debemos volcarnos en los demás.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Recordatorio

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