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Simone Weil

Martes, 24 de agosto de 2021

Hoy hace 78 años que fallecía Simone Weil… Simone Weil (París, 3 de febrero de 1909-Ashford, 24 de agosto de 1943) fue una filósofa, activista política y mística francesa a cuyos textos y vida hemos recurrido en muchas ocasiones…. Formó parte de la Columna Durruti durante la Guerra Civil española y perteneció a la Resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial. Dejó abundantes escritos filosóficos, políticos y místicos, incentivados por su publicación tras su muerte en 1943 a causa de tuberculosis. Albert Camus la describió como «el único gran espíritu de nuestro tiempo».

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“No es el modo como una persona habla de Dios lo que me permite saber si ha morado en el fuego del amor divino, sino el modo en que habla de las cosas terrenas”

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“Es falsa toda concepción de Dios incompatible con un movimiento de caridad pura”.

(Carta a un religioso, Editorial trotta)

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“No tengo necesidad de ninguna esperanza, de ninguna promesa, para creer que Dios es rico en misericordia. Conozco esa riqueza con la certeza de la experiencia, yo misma la he tocado. Lo que de ella conozco por contacto sobrepasa de tal modo mi capacidad de comprensión y gratitud que ni la misma promesa de felicidades futuras añadiría nada al significado que para mí tiene, de la misma forma que para la inteligencia humana la adición de dos infinitos no es una adición.”

(A la espera de Dios. Editorial Trotta)

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“Los últimos días de Simone Weil”, por Rafael Narbona

Martes, 24 de agosto de 2021

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Un mes antes de morir, Simone Weil escribió una carta a su amigo y compañero Francis-Louis Closon, manifestando su agotamiento físico y mental: “Estoy acabada, rota, más allá de cualquier posibilidad de reparación”. Enferma de tuberculosis, afirmaba que, esencialmente, las personas se diferenciaban “por el objetivo que asignaban a sus vidas; por su vocación”. En su caso, aseguraba que su vocación había consistido en ponerse al servicio de la verdad, dejándose llevar por una apremiante llamada interior: “Yo carezco de la posibilidad de utilizar mi propia inteligencia. […] Es ella la que me utiliza a mí, y ella misma obedece sin reservas -al menos confío en que así es- a lo que le parece ser la luz de la verdad. Obedece día a día, segundo a segundo, y mi voluntad jamás ejerce sobre ella acción alguna”. Simone Weil escribe esta carta desde el hospital Middlesex el 26 de julio de 1943. Poco después, será trasladada al Grosvenor Sanatorium de Ashford, donde morirá el 24 de agosto de ese mismo año. Se ha dicho que sufría anorexia, que se dejó morir, que anhelaba el martirio. Su pasión por la metafísica platónica parecía haberse encarnado en su cuerpo, ahuyentando la materia. El escritor, político y periodista Maurice Schumann, uno de los primeros y más estrechos colaboradores de De Gaulle, observó que parecía “un espíritu casi desprendido de la carne”, el Verbo del Evangelio de Juan. Cuando los médicos insistían en que se alimentara mejor, descansara y se animara un poco, respondía: “No puedo sentirme feliz ni comer a gusto cuando siento que mi pueblo sufre”. O bien: “no estaré aquí mucho tiempo”.

Simone Weil consideraba deshonrosa su posición en Londres, lejos del peligro y las restricciones. Pedía que enviaran sus raciones de comida a los prisioneros de guerra franceses, avergonzada de no compartir sus penalidades. No le habían permitido combatir con la Resistencia. Su proyecto de lanzarse en paracaídas sobre Francia, sólo había provocado estupor e irrisión. Le contestaron que carecía de la preparación necesaria y que sería más útil elaborando informes para la Francia Libre. Weil aceptó, pero no sin imponerse unas durísimas jornadas de trabajo, que apenas le permitían unas horas de sueño. A veces, dormía en el suelo de su pequeño despacho y apenas comía. Su tuberculosis se agravó y acabó en el hospital. La perspectiva de morir no le inquietaba. Cuando su estómago apenas toleraba alimentos y ya no podía levantarse de la cama, le comentó a una de sus visitas: “Tú eres como yo, una porción mal cortada de Dios. Pero en mi caso no tardaré en dejar de ser algo cortado: estaré unida y vinculada”. Esas palabras no le impiden especular con su porvenir. No le agrada la actitud de la Francia combatiente con Argelia. Se alegra de no tener responsabilidades políticas. Después de la guerra, sólo desea volver a la enseñanza y pedir un permiso sin sueldo para leer y escribir. En el fondo, no se engaña. Sabe que no recobrará la salud. Cuando es trasladada a Ashford, se lleva sus libros, cuidadosamente empaquetados, pero cuando contempla su habitación, con dos camas y una ventana abierta sobre un prado lleno de árboles, musita: “Un hermoso lugar para morir”. Su muerte no resultó traumática. Sufrió una parada cardíaca mientras dormía. Los médicos anotaron que su aspecto era apacible, sin indicio de dolor. Sólo pasó dos días en coma. Poco antes de perder la conciencia, comentó que era judía, pero que deseaba hacerse católica, si bien no le convencían algunos aspectos de la doctrina y de la historia de la Iglesia romana. Un juez de instrucción ordenó una investigación y, tras examinar los informes médicos, dictaminó suicidio. Los periódicos locales publicaron la noticia en portada, con titulares que hablaban del “curioso sacrificio de una profesora francesa”. Fue enterrada el 30 de agosto en la zona reservada a los católicos del cementerio de Ashford. Asistieron siete personas a la ceremonia. Se avisó a un sacerdote, pero perdió el tren y no llegó a tiempo. Maurice Schumann leyó unas plegarias del Misal romano. Se depositó sobre la tumba un ramo atado con los colores de la bandera francesa.

Simone Weil murió con treinta y cuatro años. La mayor parte de su obra se hallaba inédita. Albert Camus, que admiraba su escritura y su trayectoria vital, editó y publicó gran parte de sus manuscritos, a veces con criterios muy subjetivos. En 1988, Gallimard publicó su obra completa en dieciséis volúmenes. Actualmente, disfruta de un amplio reconocimiento, pero su figura continúa despertando perplejidad, asombro y cierto malestar. ¿Quién era realmente esa joven judía, profesora de filosofía, sindicalista, operaria de Renault y excombatiente de la Columna Durruti, que experimentó en Asís la imperiosa necesidad de arrodillarse ante el altar? ¿Cómo había que interpretar su experiencia mística con Cristo mientras recitaba “Love”, el famoso poema de George Herbert, que le ayudaba a combatir sus terribles migrañas? ¿Era una revolucionaria, una mística, quizás una neurótica? Cuando uno de los médicos que la atendió durante sus últimos días le preguntó por su profesión, contestó: “Soy filósofa y me intereso por la humanidad”. Su búsqueda incansable de la verdad impulsó un peculiar itinerario desde el comunismo hasta el catolicismo, pero lejos de cualquier ortodoxia. Sería un tremendo error afirmar que con la edad derivó hacia posiciones reaccionarias, pues nunca se desvió de su preocupación esencial: el hombre. Tal vez por eso despertó la simpatía de Camus, otro rebelde que se debatió entre el marxismo y un ateísmo que desembocó en la doctrina estoica del amor fati (embrión –según Weil- del auténtico cristianismo). No se puede amar al hombre, sin amar el mundo, la tierra, el orden del cosmos. Eso sí, donde Camus sólo reconoce la impronta de lo absurdo, Weil advierte la gramática de Dios.

La experiencia mística de Simone Weil no consistió en una aparición, sino en una vivencia. Como explicó al padre Perrin en una carta, “en ese súbito apoderamiento de mi ser por Cristo, ni la imaginación ni los sentidos tuvieron nada que ver; sólo sentí a través del sufrimiento la presencia de un amor semejante al que se observa en la sonrisa de un rostro amado”. En su correspondencia con Joë Bousquet, destacó que se había tratado de “una presencia más personal, más cierta, más real que la de un ser humano”. En esas fechas, Weil no había leído a los místicos y siempre había contemplado con rechazo esa clase de experiencias. El problema de Dios le parecía insoluble y sumamente impenetrable: “No había previsto la posibilidad de algo como esto, de un contacto real, aquí abajo, de persona a persona, entre un ser humano y Dios”. Su amiga y biógrafa Simone Pétrement, escéptica en el plano religioso, concede credibilidad a la experiencia mística de Weil por su incapacidad de mentir y su integridad moral: “Si alguien me dice que ha encontrado a Dios, yo no le creo. Pero si quien me dice eso es un santo, debo prestar gran atención a lo que dice”. El santo se caracteriza por un amor puro hacia los demás, por un absoluto desapego a su yo, por una búsqueda perpetua e intransigente de la verdad. Un amor de estas características, que jamás comerciaría con la gloria o la vanidad, merece ser creído, pues no está contaminado por ningún interés mundano. Pétrement reconoce esa clase de amor en Simone Weil. Su vida está impregnada de santidad y, por eso, su encuentro con Cristo posee la certeza de las verdades indubitables, de esos principios lógicos que sirven de fundamento al razonar, pero que no pueden ser justificados. Escoger como confidente a Joë Bousquet, el poeta confinado en una cama por una herida sufrida en el frente durante la primera guerra mundial, sólo corrobora la autenticidad de una vivencia que sólo acontece en los umbrales del dolor o la inocencia.

¿Cómo es posible transitar de la conciencia revolucionaria a la conciencia mística? ¿Son posiciones antitéticas, irreconciliables, o dos meras variaciones de un mesianismo acunado por la inmadurez neurótica? Nada menos esclarecedor que la simple descalificación, donde no hay voluntad de compresión, sino incapacidad para asimilar y tolerar la alteridad. Todas las etapas de la vida de Simone Weil están comunicadas por un ardiente anhelo de verdad. El revolucionario y el místico se rebelan contra su época, invocando un porvenir diferente. Su sentido del tiempo no es el del hombre común, demasiado apegado a lo inmediato. El inconformismo no es un desorden interior, sino una perspectiva crítica sobre lo real que apunta hacia lo utópico o trascendente. La rebeldía no es un sentimiento negativo. Detrás de su descontento, anida el impulso primario de echar raíces, de vincularse firmemente a creencias profundas y expectativas liberadoras: “Echar raíces quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana”. Echar raíces, sí, pero no como un derecho, sino como una obligación incondicionada hacia el otro. La obligación hacia el ser humano es un deber eterno. Esta obligación “no está basada en nada de este mundo”. Para Simone Weil, Dios es la garantía de que en el universo el bien prevalecerá sobre el mal. Ninguna ideología política puede usurpar el papel de la providencia divina, que imprime un sentido y una finalidad a la historia, salvando a la humanidad del despiadado reino del azar. En la filosofía de Platón, ya se aprecia esa interpretación del cosmos. El Bien es real, eterno, inmutable, imperecedero. Por el contrario, el mal sólo es privación, defecto, desarraigo. Weil piensa que el Bien triunfará cuando todos los hombres se sientan vinculados y resulte imposible contemplar las penurias ajenas con indiferencia. Pensar que ese horizonte jamás se consumará, sólo contribuye a retrasar su advenimiento. El pesimismo es el peor enemigo de la esperanza.

Simone Weil no se acerca al catolicismo por miedo a morir. De hecho, la idea de la inmortalidad le produce incredulidad. Su aproximación a Dios surge de la gratitud: “Aun cuando no hubiera nada más para nosotros que la vida terrena, aun cuando el instante de la muerte no nos aportase nada nuevo, la sobreabundancia infinita de la misericordia divina está ya secretamente presente, aquí, en toda su integridad”. ¿Cómo es posible que Camus, ateo convencido, se interesara por un pensamiento semejante? ¿Quizás le sucedía lo que a algunos lectores contemporáneos, que admiran a Simone Weil como pensadora política, pero reaccionan con frialdad ante sus inquietudes religiosas, atribuyéndolas a su extraño temperamento? No creo. Camus comprendió que la grandeza de Weil residía en su amor incondicional a la vida y en su honda solidaridad con los humillados y ofendidos. Jamás la consideró una loca y, menos aún, una impostora. Desde itinerarios distintos, Camus y Weil dicen sí a la experiencia de estar en el mundo, incluso cuando aparecen el dolor y el absurdo. Al igual que Sísifo, ambos empujan la piedra hasta la cima y sonríen cuando contemplan el paisaje, sin olvidar que otros más desdichados nunca conocerán esa serenidad. El otro, la amistad, la belleza del mundo, la poesía, el arte, sólo se hacen reales cuando olvidamos que la verdadera libertad consiste en amar la plenitud del instante, rechazando la tentación del suicidio. El mayor delito del hombre no es haber nacido, sino exigir más de lo que razonablemente cabe esperar. Se debe luchar contra la injusticia, pero no contra la vida, que nos colma de dones, como el privilegio de pensar, el sentido estético y el sentimiento de fraternidad. Simone Weil atribuye la vida a Dios. Camus no acepta este planteamiento, manteniéndose –a su pesar- en la órbita de Antoine Ronquetin, incapaz de soportar la irracional hegemonía de la materia.

El legado de Simone Weil se puede condensar en una sola frase extraída de la penúltima carta a sus padres: “No perdáis la esperanza. Sed felices”. Pienso que Camus habría asentido desde la otra orilla, lejos de Dios, pero no del imperativo de buscar la dicha y amar al hombre.

Nota bibliográfica:

Ninguna de las obras de Simone Weil decepciona o produce indiferencia. Yo siento predilección por Echar raíces y A la espera de Dios, ambos publicados por la editorial Trotta, con excelentes prólogos y traducciones. Los dos libros se armaron póstumamente, reuniendo textos, cartas y apuntes. Albert Camus asumió la edición de L’enracinement, con ayuda de la madre de Simone, que mecanografió el manuscrito.

SIMONE WEIL. Profesión de Fe. Antología.

Fuente El Cultural

Espiritualidad

‘Simone Weil: el silencio de Dios’, el legado filosófico y espiritual de la pensadora francesa

Jueves, 8 de julio de 2021

book_detail_imageNuevo libro de Josep Otón en Fragmenta

El día 23 de junio llegaba a las librerías ‘Simone Weil: el silencio de Dios, de Josep Otón, una aproximación al legado filosófico y la reflexión espiritual de una de las autoras más relevantes y sugerentes de la primera mitad del siglo xx

A partir del ‘Prologue’, un texto enigmático de Weil, Otón desvela algunos rasgos fundamentales de la relación entre el ser humano y el Misterio

(Fragmenta Editorial).- «¿Por qué Dios guardó silencio ante las atrocidades de Auschwitz?», se pregunta Josep Otón en la introducción de Simone Weil: el silencio de Dios. «¿Por qué increíble motivo el silencio de Dios era la única respuesta a los lamentos de unas víctimas despojadas de su voz en la culta civilización europea?»

A partir del «Prologue», un texto enigmático de Weil, Otón desvela algunos rasgos fundamentales de la relación entre el ser humano y el Misterio. El «Prologue» narra dos experiencias contrapuestas con un personaje desconocido, un encuentro y una ausencia, una suerte de metáfora de la vida espiritual, en la que Dios se revela y se oculta.

Con una trayectoria inmersa en el contexto de la II Guerra Mundial, y a la sombra de Auschwitz y de la pregunta por el silencio de Dios, Josep Otón prosigue su estudio de la interioridad de místicos, artistas y pensadores centrándose en el análisis de la experiencia personal de Simone Weil para quien, según el autor, no hay ninguna ruptura entre su faceta revolucionaria y comprometida con la lucha obrera y la dedicada a la búsqueda religiosa.

El autor cree que «esta pensadora, como tantos otros místicos, al captar unos niveles de profundidad de la realidad que a los demás nos pasan desapercibidos, vive apasionadamente su relación con los vulnerables, con las víctimas de la “desdicha”, en un contexto marcado por la “ausencia” o el “silencio de Dios” que, a su vez, interpreta como una experiencia de lo sagrado».Simone Weil (París 1909 – Ashford, Reino Unido, 1943). Filósofa, profesora, sindicalista y miembro de la resistencia francesa. A pesar de su condición acomodada, una fuerte conciencia social y la empatía por la pobreza la llevaron a participar voluntariamente en el dolor comuni­tario que asolaba la Europa de entreguer­ras.

Estudió filosofía en París y obtuvo una plaza de profesora, pero en 1935 se enroló en el mundo obrero. Eso le condicionó todo su pensamiento filosófico y antropológico posterior, marcado asimismo por una sacudida espiritual en constante evolución.

En 1942 se exilia a Nueva York y, posteriormente, a Londres, donde su decisión de no comer más que un obrero de la resistencia francesa aceleró su muerte. Gran parte de su obra proviene de sus cuadernos personales, publicados póstumamente. Fragmenta ha publicado en catalánLa gravetat i la gràcia (2021).

Josep Otón (Barcelona – 1963) es doctor por la Universitat de Barcelona con una tesis sobre la filosofía de la historia de Simone Weil. Es catedrático de enseñanza secundaria y docente en el Institut Superior de Ciències Religioses de Barcelona. Ha recibido diversos premios por sus obras de ensayo. Es autor de una veintena de libros sobre interioridad, espiritualidad y pensamiento religioso, algunos publicados en catalán, portugués (Brasil) y francés.

Colección: Fragmentos
Volumen: 76
Núm. de páginas: 224
Primera edición: junio del 2021
ISBN: 978-84-17796-52-5
Encuadernación: Rústica, 13 x 21 cm
PVP: 18.00

Fuente Religión Digital

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La fe humanista de Camus

Lunes, 10 de mayo de 2021

12034974916_93dc886db9_b“Hay en los hombres más cosas a admirar que a desdeñar”

“La vida y la obra de Camus nos dejan la impresión de que, a pesar de su formación cristiana en Argel, era un escéptico”

“Howard Mumma cuenta en su libro Albert Camus and the Minister que el autor de El hombre rebelde tuvo inquietudes religiosas en los últimos años de su vida”

“Camus (1913—1960) declaró en 1946 ante un público cristiano: ‘No parto del principio de que la verdad cristiana es ilusoria. Simplemente, nunca penetré en ella'”

Mumma recuerda que Camus se acercó a la iglesia cuando ya era un artista consagrado, en busca de ‘algo’. ‘Algo que no estoy seguro de poder siquiera definir’, admitió el escritor”

“Camus está muerto y es inútil preguntarse si al ser víctima de su accidente corría con el ansia de encontrar a Aquel que lo procuraba. Pero no hay duda de que hizo de su estética una apología radical de la ética”

La vida y la obra de Camus nos dejan la impresión de que, a pesar de su formación cristiana en Argel, era un escéptico. Los horrores de la Segunda Gran Guerra echaron por tierra los íconos del autor de El mito de Sísifo: Dios, el Partido Comunista, las instituciones políticas, las ideologías. Comenzó a considerar que todas las verdades “ideales” u “objetivas” eran un mito. Insistió en no ir “más allá de la razón”, fuera en nombre de lo que fuera: raza, Estado o partido. Desencantado, se resistió, sin embargo, a la cicuta de la “náusea” sartreana, aunque muchos insistan en ubicarlo entre los existencialistas.

Camus nunca se declaró discípulo de Sartre. Este llegó a manifestar que no había nada en común entre su pensamiento y el del autor de El extranjero. Una de sus pocas frases que se hace eco de la filosofía existencialista aparece en El mito de Sísifo, cuando el autor argelino se refiere al “hastío que se apodera del hombre ante lo absurdo de la vida”.

Para Camus, apegarse a un valor espiritual era una fuga de la realidad. Como Nietzsche, prefería la autenticidad a la verdad. No obstante, creía en el ser humano. Como escritor, asumió la condición de testigo del sufrimiento de los inocentes, e incluso del silencio de Dios. Pero imaginar que en sus últimos años de vida Camus llegó a tener añoranzas de una fe que no poseía es algo que no bordea lo insólito solo porque Mumma escribió que Camus admitió la posibilidad de encontrar en la fe un sentido para la vida. Por eso dialogó con el teólogo, quien lo introdujo en la lectura de la Biblia, lo que lo habría llevado del ateísmo al agnosticismo.

Camus, quien obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1957, le dijo a Mumma que ya había experimentado el impacto del testimonio evangélico gracias a la amistad que lo unía a Simone Weil, una judía agnóstica, mística sin fe, filósofa que abandonó la comodidad de la academia para sumergirse en el mundo de los pobres. Militante de la Resistencia francesa, trabajó como obrera en España. Solidaria con los hambrientos, se permitía una ración diaria de alimentos tan exigua que acabó poniendo en peligro su salud. Murió en 1943, a los 34 años de edad.

El epílogo de La peste pone de manifiesto la fe de Camus en el ser humano: “(…) el doctor Rieux decidió escribir el relato que aquí termina para no ser de los que se callan, para dar testimonio a favor de los apestados, para dejar al menos un recordatorio de la injusticia y la violencia de que fueron víctimas, y para decir sencillamente lo que se aprende durante los flagelos: que hay en los hombres más cosas a admirar que a desdeñar.

Esa exaltación de lo humano caracteriza la literatura de Camus, iluminada por su énfasis en la felicidad, un tributo de su origen mediterráneo. No le preocupaba el destino, sino el presente, la posibilidad de ser feliz ahora. Sus camaradas son Montaigne, Voltaire y Rabelais, no Pascal, Baudelaire y Rimbaud, que oscilan entre la angustia y la desesperación. “En el corazón de mi obra hay un sol invencible” le declaró en una entrevista a G. d’Aubarède (Nouvelles litteraires, no. 1236, 10 de mayo de 1951). “No hay ninguna vergüenza en ser feliz”, le dijo al entrevistador. “Da vergüenza ser feliz solo”, añadió por boca de Rambert en La peste.

Camus está muerto y es inútil preguntarse si al ser víctima de su accidente corría con el ansia de encontrar a Aquel que lo procuraba. Pero no hay duda de que hizo de su estética una apología radical de la ética, como demuestra este fragmento de La Peste: “En resumen, dijo Tarrou simplemente, lo que me interesa es saber cómo un hombre se convierte en santo. Pero usted no cree en Dios, le respondió Rieux. Precisamente. El único problema concreto que me preocupa hoy es saber si un hombre puede convertirse en santo sin Dios”.

Frei Betto es autor, entre otros libros, de la novela Aldeia do silêncio (Rocco).

Frei Betto es autor de 69 libros, publicados en Brasil y en el extranjero. Puedes adquirirlos con descuento en Librería Virtual   Allí los encontrarás a precios más económicos y los recibirás en casa por correo.

Traducción de Esther Perez

Fuente Religión Digital

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Mirada

Viernes, 17 de abril de 2020

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Una de las verdades del cristianismo, hoy olvidada por todos es que lo que salva es la mirada. La serpiente de bronce ha sido elevada a fin de que los hombres que yacen mutilados en el fondo de la degradación la miren y se salven.

Es en los momentos en que uno se encuentra -como suele decirse mal dispuesto o incapaz de la elevación espiritual que conviene a las cosas sagradas, cuando la mirada dirigida a la pureza perfecta es más eficaz. Pues es entonces cuando el mal, o más bien la mediocridad, aflora a la superficie del alma en las mejores condiciones para ser quemada al contacto con el fuego.

El esfuerzo por el que el alma se salva se asemeja al esfuerzo por el que se mira, por el que se escucha, por el que una novia dice sí. Es un acto de atención y de consentimiento. Por el contrario, lo que suele llamarse voluntad es algo análogo al esfuerzo muscular.

La voluntad corresponde al nivel de la parte natural del alma. El correcto ejercicio de la voluntad es una condición necesaria de salvación, sin duda, pero lejana, inferior, muy subordinada, puramente negativa. El esfuerzo muscular realizado por el campesino sirve para arrancar las malas hierbas, pero sólo el sol y el agua hacen crecer el trigo. La voluntad no opera en el alma ningún bien.

Los esfuerzos de la voluntad sólo ocupan un lugar en el cumplimiento de las obligaciones estrictas. Allí donde no hay obligación estricta hay que seguir la inclinación natural o la vocación, es decir, el mandato de Dios. Y en los actos de obediencia a Dios se es pasivo; cualesquiera que sean las fatigas que los acompañen, cualquiera que sea el despliegue aparente de actividad, no se produce en el alma nada análogo al esfuerzo muscular; hay solamente espera, atención, silencio, inmovilidad a través del sufrimiento y la alegría. La crucifixión de Cristo es el modelo de todos los actos de obediencia.

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Simone Weil,
A la espera de Dios,
Editorial Trota. Madrid 1993, 159s passim

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Providencia II

Miércoles, 5 de febrero de 2020

Del blog Nova Bella:

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La Providencia divina no es un desarreglo, una anomalía en el orden del mundo. Es el orden del mundo en sí. O, más bien, es el principio ordenador de este universo, extendido a través de toda una red subterránea de relaciones.

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Simone Weil

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Desarraigarse

Martes, 8 de octubre de 2019

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Es necesario desarraigarse. Cortar el árbol y hacer con él una cruz, y llevarla después todos los días. La contradicción experimentada hasta el fondo del ser es la laceración, es la cruz. Hace falta un hombre justo al que imitar para que la imitación de Dios no sea una palabra vacía, pero nace falta también, a fin de que vayamos más allá de la voluntad, que sea imposible querer imitarle. No podemos querer la cruz. Podemos querer cualquier grado de ascetismo o de heroísmo, pero no la cruz, que es un sufrimiento penal.

          El misterio de la cruz de Cristo reside en una contradicción, porque es, al mismo tiempo, una ofrenda voluntaria y un castigo que sufrió a su pesar. Si sólo viéramos la ofrenda, podríamos querer lo mismo para nosotros. Pero no es posible querer un castigo padecido a pesar nuestro. Quienes conciben la crucifixión sólo bajo el aspecto de la ofrenda cancelan el misterio salvífico y la amargura salvífica. Desear el martirio es desear verdaderamente demasiado poco. La cruz es infinitamente más que el martirio […].

          La cruz es una palanca con la que un cuerpo frágil y ligero, pero que era Dios, ha levantado el peso de todo el mundo. «Dadme un punto de apoyo y levantaré el mundo.» Este punto de apoyo es la cruz. No puede haber otro. Es menester que se encuentre en la intercesión del mundo con lo que no es el mundo. La cruz es esta intercesión.

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Simone Weil

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Ponerse en su lugar

Jueves, 5 de septiembre de 2019

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Scott Warren se enfrenta a 10 años de cárcel por dejar agua en el desierto a personas migrantes en Estados Unidos. ¡Exige que se le retiren los cargos!

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“Las personas están hechas de tal modo que quienes oprimen no sienten nada;

es la persona oprimida la que siente lo que está ocurriendo.

A menos que nos hayamos puesto del lado de la persona oprimida,

para sentir como ella,

no podemos entender”.

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Simone Weil

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Por amor…

Viernes, 15 de febrero de 2019

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Dios ha creado por amor, y con los fines del amor. Dios no ha creado otra cosa que el amor mismo y los medios del amor. Ha creado seres capaces de amor a todas las distancias posibles.

Él mismo -puesto que ningún otro podía hacerlo- fue a la distancia máxima, a la distancia infinita. Esta distancia infinita entre Dios y Dios, desgarro supremo, dolor que no tiene par, milagro de amor, es la crucifixión. Nada puede estar más lejos de Dios que lo que fue hecho maldición. Este desgarro, encima del cual crea el amor supremo el vínculo de la unión suprema, resuena perpetuamente a través del universo, sobre un fondo de silencio, como dos notas separadas y fundidas, como una armonía pura y desgarradora. Es la Palabra de Dios. Toda la creación no es más que su vibración. Cuando hayamos aprendido a escuchar el silencio, será esto lo que, en medio del silencio, comprendamos con mayor distinción. Los que se aman, los amigos, tienen dos deseos: uno, amarse hasta el punto de penetrar el uno en el otro y convertirse en un solo ser; el otro, amarse hasta tal punto que, aunque estuvieran separados por los océanos, su unión no quedara debilitada. Todo lo que el hombre desea verdaderamente aquí abajo es real y perfecto en Dios. Todos estos deseos imposibles son en nosotros algo así como una señal de nuestro destino y tienen un efecto positivo sobre nosotros desde el momento en que esperamos alcanzarlos. El amor de Dios es el vínculo que une a dos seres hasta el punto de hacerlos imposibles de distinguir y realmente uno solo, y que, tendido por encima de las distancias, triunfa sobre la separación infinita. Por ese motivo, la cruz es nuestra única esperanza

*

(Simone Weil,
A la espera de Dios,
Editorial Trotta, Madrid 1996.

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Don

Viernes, 4 de enero de 2019

Del blog Nova Bella:

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Todo lo que es valioso en mí,

sin excepción,

viene de fuera de mí,

no como un don,

sino como un préstamo

que debe ser renovado sin pausa.

*

Simone Weil

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Simone Weil y el Padre Nuestro

Sábado, 3 de noviembre de 2018

Del blog Amigos de Thomas Merton:

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¡Qué mejor oración para un día como hoy que el Padre Nuestro! ¿Cuántas lecturas e interpretaciones? Cada quien tiene la suya, todos identifican al Padre a su real saber y entender. Es interesante acercarse a la interpretación de Simone Weil (Gracias a José Luis Navarro, que nos lo ha compartido en facebook).

Padre nuestro, el que está en los cielos
No hay que buscarle, basta con cambiar la orientación de la mirada; a él es a quien corresponde buscarnos. Hay que sentirse felices de que está infinitamente fuera de nuestro alcance.

Sea santificado tu nombre
Sólo Dios tiene el poder de nombrarse a sí mismo. Su nombre no puede ser pronunciado por labios humanos. Su nombre es una palabra, el Verbo. Su nombre es la única posibilidad para el hombre de acceder a Él. Así pues, es el Mediador.

Venga tu reino
Se trata ahora de algo que debe venir, que no está presente. El reino de Dios es el Espíritu Santo llenando por completo toda el alma de las criaturas inteligentes. El Espíritu sopla donde quiere; sólo podemos llamarle. No hay ni que pensar en llamarle de manera particular para uno mismo, para unos o para otros, ni siquiera para todos, sino llamarle pura y simplemente; que pensar en él sea una llamada y un grito. Así como cuando se está en el límite de la sed, muriendo de sed, uno ya no se representa el acto de beber en relación a sí mismo, ni siquiera el acto de beber en general, sino tan sólo el agua en sí; pero esta imagen del agua es como un grito de todo el ser.

Hágase tu voluntad
Es una actitud muy distinta a la resignación. La palabra aceptación es incluso demasiado débil. Hay que desear que todo lo que ha sucedido haya sucedido y nada más. No porque lo que haya sucedido esté bien a nuestros ojos, sino porque Dios lo ha permitido y porque la obediencia del curso de los acontecimientos a Dios es por sí mismo un bien absoluto.

Así en el cielo como en la tierra.
No hay que apegarse ni siquiera al desapego. Hay que pensar en la vida eterna como se piensa en el agua cuando se está a punto de morir de sed y, al mismo tiempo, desear para sí y para los seres queridos la privación eterna de esa agua antes que ser colmados con ella en contra de la voluntad de Dios, si tal cosa fuese concebible.

Nuestro pan, que es sobrenatural, dánoslo hoy
Debemos pedir este alimento. En el momento en que lo pedimos y por el hecho mismo de pedirlo, sabemos que Dios nos lo quiere dar. No debemos aceptar el estar un solo día sin él.

Y perdónanos nuestras deudas, así como también nosotros
Hemos perdonado a nuestros deudores
El perdón de las deudas es la pobreza espiritual, la desnudez espiritual, la muerte. Si aceptamos plenamente la muerte, podemos pedir a Dios que nos haga revivir purificados del mal que hay en nosotros. Hasta ese momento Dios nos perdona nuestras deudas parcialmente, en la medida en que perdonamos a nuestros deudores.

Y no nos arrojes a la tentación, sino protégenos del mal.
Esta oración contiene todas las peticiones posibles; no puede concebirse oración que no esté contenida en ella. El Padre Nuestro es a la oración lo que Cristo es a la humanidad. No cabe pronunciarla con atención plena en cada palabra sin que un cambio, quizá infinitesimal pero real, se opera en el alma.

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Gracia

Lunes, 5 de febrero de 2018

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Todos los movimientos naturales están regidos por leyes análogas a las de la gravedad material. Sólo la gracia constituye una excepción. Es preciso esperar siempre que las cosas sucedan en conformidad con la gravedad, salvo intervención de lo sobrenatural.

Gravedad. En general, lo que esperamos de los otros está determinado por los efectos de la gravedad en nosotros; lo que recibimos de ellos está determinado por los efectos de la gravedad en ellos. En algunas ocasiones (por casualidad), ambos hechos coinciden; con frecuencia, no. […] El hombre tiene la fuente de su energía moral, así como la de su energía física (alimento, respiración) en el exterior. Por lo general, la encuentra, y eso le crea la ilusión -incluso respecto a su propio físico- de que su ser lleva en sí mismo el principio de su propia conservación. Sólo la privación hace sentir la necesidad. Y, en caso de privación, no se le puede impedir dirigirse hacia cualquier objeto comestible.

Existe un solo remedio: una clorofila que le permita alimentarse de luz. No juzgar. Todas las culpas son iguales. Existe una sola culpa: no tener la capacidad de alimentarse de luz. Porque, una vez abolida esta capacidad, son posibles todas las culpas. Mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me envía. No existe el bien fuera de esta capacidad.

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Simone Weil,
La gravedad y la gracia,
Editorial Trotta, Madrid 1994.

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Atención

Sábado, 16 de diciembre de 2017

Del blog Nova Bella:

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La atención consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable al objeto[…]

Sobre todo la mente debe estar vacía, a la espera, sin buscar nada, dispuesta a recibir en su verdad desnuda el objeto que va a penetrar en ella

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Simone Weil

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Esperar con esperanza.

Jueves, 21 de septiembre de 2017

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La espera no es una actitud muy popular. La espera no es algo en lo que la gente piensa con gran simpatía. En efecto, la mayoría de la gente considera la espera como una pérdida de tiempo. Para muchos, la espera es un desierto árido que se extiende entre el lugar en que se encuentran y aquel al que quieren ir. Y a la gente no le gusta demasiado un lugar así.

En realidad la espera es activa, La mayoría de nosotros piensa en la espera como algo muy pasivo, como un estado sin esperanza determinado por acontecimientos completamente fuera de nuestras manos. ¿Se retrasa el autobús? No podemos hacer nada, no nos queda más remedio que sentarnos y esperar. Sin embargo, no hay nada de esta pasividad cuando se nos habla en la Escritura de espera. Los que están a la espera están llamados a hacerlo de una manera activa. Espera significa estar plenamente presentes en el momento, con la convicción de que algo está sucediendo allí donde te encuentras y que quieres estar presente en ese momento. Una persona que está esperando es alguien que está presente en el momento, que cree que ese momento es el momento. Entonces la espera no es pasiva. Incluye alimentar ese momento, como una madre alimenta al niño que está creciendo en su seno. Es mantenerse vigilantes, atentos a la voz que dice al hablar: “¡No temáis! Va a suceder algo. Prestad atención”.

Esperar en tiempo indeterminado es una actitud enormemente radical hacia la vida. Es tener confianza en que nos sucederá algo que está mucho más allá de nuestra imaginación. Es abandonar el control de nuestro futuro y dejar que sea Dios quien determine nuestra vida. La vida espiritual es una vida en la que esperamos, en la que estamos a la espera, activamente presentes en el momento, esperando que nos sucedan cosas nuevas, cosas nuevas que están mucho más allá de nuestra capacidad de previsión. Esta es la razón por la que Simone Weil, una escritora judía, ha dicho: “Esperar pacientemente con esperanza es el fundamento de la vida espiritual”.

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Henri Nouwen,

Il sentiero dell’attesa,
Brescia 21997, pp. 6-18, pass/m.

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9.8.2017. Edith Stein, setenta y cinco años (E. Castellano)

Miércoles, 9 de agosto de 2017

11836783_10206138148964529_5179417180894412724_nCelebramos hoy la festividad  de Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), mártir en Auschwitz, por lo que es un momento adecuado (No olvidemos Siria, Israel/Palestina, Irak, África…) para leer este buen artículo que hemos leído en el  blog de Xabier Pikaza:

Hoy hace setenta y cinco años, fue asesinada en el campo de concentración de Auschhwitz una de las mujeres más significativas del siglo XX, por su talla humana, por su pensamiento, por su martirio.

Fue judía y filósofa, discípula de E. Husserl, mente privilegiada, en búsqueda de la verdad, en línea fenomenológica.

Convertida al catolicismo por influjo de la lectura de El Libro de la Vida de Santa Teresa, abandona la filosofía profesional y profesa como Religiosa Carmelita, para recorrer con y como ella el camino de encuentro con Jesús, escribiendo alguno de los textos más profundo de espiritualidad del siglo XX.

Encarcelada por el sistema nazi alemán, fue encerrada en un campo de concentración, siendo asesinada en Auschwitz hace 75 años.

Como filósofa, como escritora de espiritualidad, como mártir… como testigo del amor judío y cristiano, dentro de una Europa torturada por sus demonios político-sociales, quiero hoy recordarla, y acudo una vez más al texto que Emilia Castellano, antropóloga, psicóloga y amiga, escribió para nuestro “Diccionario de Pensadores cristiano”, en cuya portada aparece (fila tres, derecha).

Gracias, Emilia, una vez más, por tu trabajo, por tu amistad.
Buen día a todos los amigos de Edith Stein
El “icono” está tomado del FB de G. Scalzo (también a ti gracias, Giuseppe). Nos seguimos comunicando.

STEIN, EDITH (TERESA BENEDICTA DE LA CRUZ) (1881-1942)(Emilia Castellano).

10380909_804692689549717_4336269902471815840_nReligiosa y filósofa católica, de origen judío. Nació en Breslau (hoy capital de Silesia en Polonia) el 12 de octubre de 1891. Cuando tiene dos años, muere su padre. En plena adolescencia toma la primera decisión importante y trascendental de su vida: dejar la escuela y el judaísmo porque, según nos cuenta, no encontraba en ellas sentido para la vida. Fue después filósofa y escritora espiritual. Para una mejor comprensión de su obra, podemos dividirla en (1) Escritos autobiográficos y cartas. (2) Escritos fenomenológicos. (3) Escritos de filosofía cristiana. (4) Escritos antropológicos y pedagógicos. (5) Escritos Espirituales.

Con 20 años ingresa en la Universidad de Breslau y estudia Historia y Germanística. Dos años después la encontramos en la Universidad de Gotinga donde había llegado atraída por la Fenomenología, una corriente filosófica que emergía en aquel momento y que enseñaba Husserl. Allí publica su tesis con el título Sobre el problema de la Empatía. Poco después escribirá Causalidad Sentiente e Individuo y Comunidad persiguiendo la idea de encontrar asiento para la nueva psicología que florece en Europa. A este periodo temprano pertenece también Una investigación sobre el Estado, con la que culmina la elaboración de una Antropología Fenomenológica, cuya pretensión es alcanzar a hablar del hombre y de la comunidad.

Siguiendo un orden cronológico, podemos citar las siguientes obras: Introducción a la Filosofía. Obra interesante y original, donde a través de un diálogo con (→ Kant) y Husserl establece la diferencia entre naturaleza y subjetividad mostrando conocimientos profundos de física, biología y filosofía. En la segunda parte de la obra formula algunas de sus ideas antropológicas a través del estudio de la libertad, la conciencia y la reflexión, como características del hombre. Finalmente esta obra se convertirá en el preámbulo de otra posterior La estructura de la persona humana, siendo el fruto de un curso impartido en el Instituto de Pedagogía Científica de Münster (1932-33).

En 1921 lee el Libro de la Vida de (→ Teresa de Jesús) y definitivamente orienta su vida hacia el cristianismo. En 1922 se bautiza y confirma. A partir de ese momento su pensamiento filosófico se abre a un conocimiento nuevo. Estudia las obras de (→ Tomás de Aquino) y (→ Duns Escoto). Apoyándose en la base de sus propias obras filosóficas de antropología escribe Potencia y Acto, obra de metafísica y ontología a través de la cual dialoga con el pensamiento de sus amigas fenomenólogas Gehrda Walter y Hedwing Conrad-Martius. Poco después escribirá Ser Finito y Ser Eterno, su gran obra, en la que desarrolla una metafísica inspirada en la filosofía de Santo Tomás y en la fenomenología de Husserl, convirtiéndose así en una de las tomistas más originales de la historia de la Filosofía. Mérito suyo es haber logrado generar en el ámbito de la antropología filosófica un pensamiento original, que no obstante sigue inédito y no suficientemente reconocido y estudiado. En 1932 dicta unas conferencias sobre La mujer y la Pedagogía. Seguidamente ingresa en el Carmelo Descalzo de Breslau con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz.

Tras la llegada de los nazis al poder se traslada al Carmelo de Colonia, y posteriormente (1938) al Carmelo de Echt en Holanda donde escribirá su última obra: La Ciencia de la Cruz, en un acto de obediencia a sus superiores. Es su obra más personal y autobiográfica. El 2 de agosto de 1942 es arrestada por la Gestapo. El primer destino: el Campo de concentración de Amersfoort, desde donde será trasladada el 9 de agosto a Auschwitz-Birkenau. Marcada con el número 44.074, muere como judía y mártir de la fe cristiana a los 51 años de edad en la cámara de gas del campo de concentración. Es canonizada el 11 de octubre de 1998 en la Plaza de san Pedro y declarada co-patrona de Europa el 13 de diciembre del año siguiente en el Sínodo de Europa.

1. El ángulo abierto de un triángulo cerrado.

Foto-Edith-SteinEncontrarse con Edith Stein, es hallarse ante un pensamiento profundo y una antropología humanizada y humanizadora. La suya es una vida apasionada, ahíta de conocimiento y abierta a todo; una vida “al servicio de la Humanidad”, en palabras suyas. Sobre la base de una personalidad recia, independiente, voluntariosa y sincera hasta la transparencia, vemos evolucionar y transformarse a esta mujer singular cuyo mayor logro será, como en tantos santos del Carmelo Descalzo, haber conseguido encarnar su pensamiento filosófico, religioso y místico en la propia vida.

Edith Stein forma junto a (→ Simone Weil) y Hannah Arendt una especie de triángulo donde, de forma virtual, podríamos encerrar para su estudio y comprensión, gran parte del pensamiento del siglo XX en el corazón de Europa. Ciertamente no contienen todas las perspectivas de ese periodo, pero sí algunas muy representativas. Hablamos de un siglo que nos ha dejado parte de su complejidad en este triángulo de mujeres, grandes pensadoras, judías las tres, pero con recorridos vitales muy diferentes.

Los ojos de Hannah Arendt sondean el futuro histórico a través de la longitud de onda de la contingencia de los hechos humanos, hasta descubrir que la política no puede conseguir que la gente sea mejor, aunque es posible llegar a crear un espacio para la libertad, si las circunstancias acompañan, pero siempre dentro de unos límites estrechos. Como su pueblo judío, ella misma se convertirá en nómada, dentro de una sociedad en la que no termina de encontrar su nicho.

El pensamiento de Simone Weil conduce a reconocer el valor de la gracia en las condiciones intramundanas, en sus extremos de necesidad. El pensamiento de Weil, exige la no resistencia al orden de esa necesidad, llamada por ella “recreación”. De igual manera que Dios se decreó a sí mismo para que los seres tuvieran existencia, el alma debe renunciar a sí, exigiéndose el consentimiento del reino de la necesidad en el orden material mientras se es libre en el orden del espíritu. En este sentido, Simone Weil pide que el ser deseante viva en conformidad con la voluntad de Dios, entendida como acogimiento de todo lo que sucede bajo su permisión. Aceptando sus operaciones necesarias, alcanzara la perfección.

Esta forma de “mística” se convierte en un sublime afrontamiento del deseo de infinito, aunque sin lucha contra ese ángel que exige en la vida la acción, la duda y, sobre todo, el no poder cuadrar filosófica y teológicamente el paso oculto de Dios y nuestros propios pasos. De alguna manera, estamos condenados a no poder determinar con seguridad los pasos de Dios en la creación, sólo a intuirlos. Así, ella misma (Simone Weil) y su vida. Leer más…

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Gustavo Gutiérrez: “El compromiso con el pobre no puede evitar la denuncia de las causas de la pobreza”

Lunes, 20 de febrero de 2017

scannone-1gustavoEl Boston College acoge a los dos “inspiradores teóricos” de las reformas de Bergoglio

Scannone: “Francisco quiere que los pobres sean “no sólo protagonistas, sino también artesanos y hacedores de historia”

(José M. Vidal, Boston).- Juan Carlos Scannone (Buenos Aires, 1931) y Gustavo Gutiérrez (Lima, 1928) son los dos grandes patriarcas de los más de 50 teólogos reunidos en el I Encuentro Iberoamericano, que se está celebrando en el Boston College. El primero, es el líder de la Teología del Pueblo, la que dicen que sigue el Papa Francisco. El segundo, es el reconocido ‘padre’ de la Teología de la Liberación. Los dos son los inspiradores teóricos de las reformas de Bergoglio.

Por la mañana intervino al teólogo peruano, y había expectación por escucharlo. Por su pasado y por su presente. Porque sigue teniendo ideas geniales, expuestas de una forma directa y sencilla. Y con mucho sentido del humor, que le lleva a reírse incluso de sí mismo. “Me gustaría hablar de pie, pero ya sé que no hay mucha diferencia entre que lo haga de pié o sentado”, comenzó diciendo, en alusión a su corta estatura física.

Su charla, titulada La interpretación del pobre en un mundo globalizado a los 50 años del Concilio’, comenzó abordando el tema de la pobreza, que surge en los años 60, con la irrupción del pobre en la Teología y el interés de la reflexión teológica por abordar no sólo la pobreza, sino también sus causas.

A su juicio, con Pío X y Pío XII, “los pobres tenían que ser humildes, para recibir ayuda; y los ricos, generosos, para ayudar a los pobres”. Sólo con Juan XXIII se comenzó a hablar “de las causas de la pobreza”.

Gutiérrez sentó así las bases de su pensamiento: “La pobreza nunca es buena, nunca, porque siempre es muerte temprana e injusta y “el compromiso con el pobre no puede evitar la denuncia de las causas de la pobreza”. Porque, el “pobre es una ‘no persona’, un no considerado persona, un insignificante”. O como dice Hanna Arendt, “el pobre es aquel que no tiene derecho a tener derechos”. Por eso, la pobreza es un un “asunto teológico, que expresa la fractura de la creación”.

El proceso teológico de la Teología de la Liberación se basó, según Gutiérrez, en dos grandes temas: la salvación universal y la relación naturaleza-sobrenaturaleza. Porque, “para hacer teología hay que estar en contacto con la realidad”.

Y para explicarlo, Gutiérrez acudió a esta metáfora: “El mensaje cristiano es como carne congelada. Ahí está todo, pero no se puede comer. Hay que descongelarlo, es decir situarlo en la realidad actual”. Como el Papa, “que se sitúa a este nivel básico, en la frescura del Evangelio”.

Una teología asentada en la praxis. Y citó, para corroborarlo, a Simone Weil, “si quieres saber si una persona cree en Dios, no te fijes en lo que dice de Él, sino en lo que dice del mundo”.

Y una teología profundamente espiritual. “La espiritualidad es fundamental en el proceso teológico, porque es un estilo de vida y una manera de ser”, explicó. Por eso, la TL nunca va a morir, aunque los medios de comunicación “la mataron al año de nacer y la siguen matando a cada rato”. De ahí que, cuando a Gutiérrez le preguntan por la muerte de la TL, siempre dice: “A mí no me invitaron a su funeral y creo que tenía derecho a estar en él”.

En este proceso, fue el Vaticano II el que “abrió puertas, para seguir descongelando”, al igual que hizo la Conferencia de Medellín.

La TL lleva aparejado, según Gutiérrez, el martirio. Unas veces, físico, como el de Enrique Pereira Neto. Y otras, también físico, pero alargado en el tiempo, “haciendo la vida imposible a los teólogos de la liberación”. Por eso, “hubo mártires por Dios, por la Iglesia y por su pueblo”.

Una teología, la de la liberación, que lleva a la praxis y a plantearse, desde la realidad, “cómo decirle al pobre que Dios le ama, cuando su vida misma es la negación del amor”. Quizás, la única vía sea “ser solidarios con los pobres” y sobre todo, “ayudarles a ser sujetos de su destino”.

Por eso a Gutiérrez no le gustan los que se proclaman ‘la voz de los sin voz’, porque “nuestra meta es que los que no tienen voz la tengan. De ahí el componente de “las pastoral de la amistad” que tiene que haber en la reflexión teológica. “No hay auténtico compromiso con los pobres, si no somos sus amigos”. Y es que, como dijo en el turno de preguntas, “la teología no solo hay que estudiarla, sino y sobre todo, vivirla”.

“Una teología atravesada por la misericordia”

A continuación, intervino el economista peruano Umberto Ortiz, que demostró con datos, cifras y estadísticas que “el 29,2% de la población de Latinoamérica (175 millones) está por debajo del umbral de la pobreza, a lo que hay que sumarle los 70 millones que viven en la indigencia”.

Además, “Latinoamérica sigue siendo la región más desigual del mundo” y “los pobres son los más afectados por el cambio climático”, explicó el profesor.

La teóloga colombiana, Olga Consuelo Vélez, sacudió al auditorio con su ponencia, titulada ‘Las periferias geográficas y existenciales, desafíos para la Teología’. Tras denunciar “la persecución abierta a la teología de la liberación por algunos sectores de la institución eclesial”, reconoció que, a eso se unió, en los últimos años, “el desánimo y el cansancio de algunos teólogos y teólogas”.

Hasta que “vino un Papa del ‘fin del mundo’, cuyos gestos y palabras nos hicieron volver la mirada de nuevo hacia los pobres”, porque Francisco “coloca la opción preferencial por los pobres como categoría teológica y no meramente cultural”.

Se trata, según la teóloga de la Universidad Javeriana de Bogotá, de “desinstalarse, para salir a las periferias geográficas y existenciales”, lo cual exige una “conversión pastoral”. Y, para ello, los teólogos tienen que revisar el “‘desde dónde’ respondemos a las necesidades concretas que nos interpelan” y preguntarse: “¿Están los pobres del mundo en el centro de nuestra reflexión teológica?”

Para conseguirlo, Olga Consuelo Vélez apuesta por “una teología atravesada por la misericordia” y “una teología con sabor de actualidad”. Para concluir con esta afirmación: “Tal vez lo más importante de esta reflexión es preguntarnos si en este movimiento eclesial que estamos viviendo hoy con Francisco nos sentimos comprometidos y dispuestos a cambiar“.

En ese sentido, destacó que, por ejemplo, la teología de género es todavía un anexo en muchos centros universitarios, que siguen marcados por una cultura patriarcal y clerical”.

Por su parte, el teólogo jesuita también colombiano, Guillermo Sarasa abordó el tema de ‘Hablar de Dios en tiempos de globalización’, asegurando que la globalización ofrece oportunidades pero también riesgos, al tiempo que abogada por el anuncio explícito de Cristo en los centros universitarios católicos.

Los pobres, protagonistas y poetas

El primer ponente en intervenir por la tarde fue el jesuita Juan Carlos Scannone, uno de los ‘gurús’ de la Teología del Pueblo, que definió “como una corriente de la Teología de la Liberación”, y que centró su intervención en ‘La colaboración teológica con la pastoral del Papa Francisco’. Leer más…

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Simone Weil, Pensamiento Social y Ética desde la Espiritualidad de la Justicia

Martes, 5 de abril de 2016

simone-weil2Del blog de Agustín Ortega:

Ciencia desde los crucificados de la historia

Una buscadora incansable de la verdad, de la belleza y del bien

Este testimonio espiritual de Simone Weil bebe del pozo de la fe cristiana, de Jesús Pobre y Crucificado en solidaridad liberadora con los esclavos u oprimidos de la tierra

(Agustín Ortega).- Simone Weil (SW) nace en 1.909 en París y muere prematuramente a los 34 años. Fue una pensadora, filosofa y profesora muy significativa, una persona comprometida y entregada. En SW, pensamiento y experiencia-acción son inseparables. Para ella, su vida y obra o pensamiento fueron un don o regalo inmerecido que, advertía, se podía frustrar con una existencia mediocre. SW pensaba y creía que la creación o el mundo es un don gratuito que se nos da y que nos vivifica, que satisface nuestras necesidades vitales y alimenta nuestras posibilidades.

La existencia y pensamiento de SW gira en torno al amor y com-pasión, a la solidaridad y compromiso radical (profundo) con el dolor y sufrimiento de la humanidad, con los más pobres y oprimidos. Por ejemplo, con los obrero/as explotados por el capitalismo industrial. Como se observa, de forma alternativa al relativismo y a la superficialidad que rige en buena medida hoy día, ella fue una buscadora incansable de la verdad, de la belleza y del bien que la entendía como un compromiso solidario por la justicia con los oprimidos. De forma similar a la teoría crítica, por ejemplo a Adorno, SW alienta una estética desde las víctimas de la historia que, más allá de las meras apariencias o formas superficiales, penetra en lo más hermoso y belleza profunda. Esto es, en la compasión, solidaridad y compromiso liberador con los explotados y pobres de la tierra.

Para SW, el pensamiento, la filosofía y el conocimiento (epistemología) se realizan: desde la experiencia, corporalidad, trabajo (manual) y servicio-acción o compromiso en el mundo, practicando el amor y el bien; desde el sufrimiento y la injusticia que padecen los más oprimidos y marginados. Este pensamiento o enfoque del conocimiento, sintoniza con lo mejor de la filosofía y de las ciencias sociales contemporáneas en este campo epistemológico. De ahí que en su existencia, SW realizara experiencias de enseñanza o formación en universidades populares y en ateneos con los obreros, experiencias de vida y trabajo en las fábricas. Para compartir la mísera vida y condiciones de los obreros, de los pobres, en una solidaridad radical (profunda).

Es la ciencia desde los crucificados de la historia– parafraseando a E. Stein-, que busca el bien, la justicia, no el poder y la fuerza, más actual que nunca. Su filosofía, pensamiento y la ciencia que proponía tiene, pues, un claro carácter ético-político que, mas allá de conocer y comprender la realidad, busca transformarla desde la verdad, la belleza y el bien o la justicia. Pretende una promoción liberadora de la injusticia con los explotados y excluidos.

De esta forma, para realizar adecuadamente esta ciencia y conocimiento, frente a todo idealismo e individualismo, tiene que desaparecer mi yo y dejar manifestarse a las cosas, a la realidad y su sentido, significado o trascendencia más profunda. En línea similar a como propuso también otra gran pensadora de nuestro tiempo, María Zambrano.

Este conocimiento o compresión de la realidad, se hace desde los polos o dialéctica de la fuerza y, su consecuencia, la miseria o sufrimiento. Una fuerza o dominación que, al ejercerse, transporta a esta realidad y a las personas a una realidad violenta y sin humanidad o vida, la cosifica. Y es que SW tiene una perspectiva humanizadora, ética-crítica de la realidad y de las ciencias humanas o sociales, muy significativa en la historia, teoría o metodología del pensamiento y ciencia social. Con una sensibilidad por el sufrimiento, que visibiliza la opresión e injusticia, fruto de la dominación y tiranía ejercidas por colectivos o estratos sociales. Es la conocida como estratificación social, con sus estructuras-sistémicas que oprimen y empobrecen a otros grupos o capas de la población, que son explotadas y marginadas.

SW nos propone una antropología dialéctica e integral, en donde la persona es, por una parte, abierta, solidaria y encarnada en el sufrimiento de los otros, de los más oprimidos, oponiéndose así al individualismo o liberalismo burgués-capitalista; y por otra, el ser humano es autónomo o independiente-crítico, en el sentido de que no deja que cualquier colectividad o sistema la quiera manipular u oprimir, frente a un colectivismo estatalista.

En el fondo de esta visión de la persona que no muestra SW, se encuentra lo más valioso de la antropología o ciencia social actual. Las cuales nos enseñan como la persona está en relación con los otros y dinamiza o transforma la comunidad y sociedad, lo contrario de lo que nos impone el neoliberalismo y el colectivismo. Y que la sociedad, con sus estructuras y sistemas, condiciona e influye en la persona, como tampoco acepta este individualismo neo-liberal. Es una inter-relación constante, permanente y transformadora entre persona y sociedad.

Su análisis y propuesta o pensamiento más social, uno de los más importante de nuestra época tal como ha observado A. Camus, se basa en identificar la especialización, la separación o primado de lo técnico-instrumental o deshumanización frente al trabajo manual o humano, como raíz de la opresión social. Un diagnostico de lo peor de la modernidad, en el que coincide, desde diferentes posiciones, con Weber, Ortega o la Escuela de Frankfurt.. En este sentido, SW propone este trabajo manual o humano, a las personas, como centro de la realidad y vida social. Una alternativa de sociedad basada en la libertad e igualdad o justicia para todos, desde la amistad. En línea parecida a lo que propuso I. Ellacuría, frente a la civilización del capital y de la riqueza, la acumulación posesiva con derroche y sin freno, la civilización del trabajo y la pobreza, la humanización, austeridad o el compartir solidario.

SW pretende echar raíces sobre la realidad y sociedad. Ya que las personas y, en especial, los obreros, los oprimidos y excluidos se encuentran en una situación de desarraigo vital y social, les han sido arrancados o expropiados el fruto de su trabajo (bienes y recursos), su dignidad y vida. Un enraízamiento e implantación o religación con la realidad, como también nos enseñó a su modo X. Zubiri, que permita desarrollar al ser humano en todas sus posibilidades y capacidades, que posibilite soportar y resistir la expropiación o alienación a la que se ve sometido, por parte de las fuerzas o poderes.

Como se observa, con sus aciertos o luces y posibles límites, en la filosofía o pensamiento social y ético de SW, en su obra y vida, late el corazón de la mística y espiritualidad de la pobreza solidaria en la justicia liberadora con los pobres de la tierra; frente a los ídolos del poder y de la riqueza, del mercado y capital convertidos en falsos dioses. Este testimonio espiritual de SW bebe del pozo de la fe cristiana, de Jesús Pobre y Crucificado en solidaridad liberadora con los esclavos u oprimidos de la tierra. Y se inserta en toda la historia de la santidad, del amor de una iglesia pobre en justicia con los pobres que da vida, vida digna, plena, eterna…como asimismo está enseñando y testimoniando el Papa Francisco.

Fuente Religión Digital

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Como signos de interrogación

Jueves, 17 de diciembre de 2015

Del blog Amigos de Thomas Merton:

Crime and Punishment....

“¡Pontífices! ¡Pontífices! Somos todos pontífices arengándonosunos a otros, blandiendo nuestros báculos unos contra otros, dogmatizando, amenazando con anatemas!

 Recientemente, en el breviario, leíamos sobre un santo que, a punto de morir, se quitó las vestiduras pontificales y se bajó de la cama. Murió en el suelo, lo cual está muy bien: pero apenas hay tiempo de sentirse edificado con eso, porque uno está todavía cavilando sobre el hecho de que llevara vestiduras pontificales en la cama.
Reflexiones…: simpatía hacia Péguy, hacia Simone Weil, que prefirieron no estar en medio de la página católicamente aprobada y bien censurada, sino únicamente en el margen. Y se quedaron ahí, como signos de interrogación: poniendo en cuestión no a Cristo, sino a los cristianos.”
*
Thomas Merton
Conjeturas de un espectador culpable. 
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“Otra santidad”, por Gema Juan, OCD

Martes, 6 de octubre de 2015

21844101155_3370f35840_m«El mérito no consiste en hacer mucho ni en dar mucho, sino más bien en recibir, en amar mucho». Así escribía Teresa de Lisieux –Teresita– a su hermana Celina, animándola a dejarse llevar por Jesús y a descubrir otra santidad.

Escribía al hilo de su querido maestro Juan de la Cruz que, cuando hablaba de la ciencia del amor que es la contemplación, decía que «la contemplación pura consiste en recibir». Discípula y Maestro coincidirán en el tenaz ejercicio que lleva a esa pureza y en el largo camino que hay que recorrer para aprender a recibir. Tal vez, el verbo más activo que exista.

Hablar así de la contemplación y del significado del mérito es hablar de otra santidad. Es mantener una «atención creativa» que permite ver con profundidad lo que rodea, para poder dar una respuesta personal, auténtica y valiosa. Eso hicieron Juan y Teresita, ambos preocupados por la desorientación que veían a su alrededor y conscientes de haber descubierto un camino personal que podían compartir.

Más adelante, en la misma carta, Teresita recordará un poema de Juan que vuelve a poner las cosas en el único orden que pueden funcionar, cuando se trata de andar con Dios. El poema decía: «Hace tal obra el amor, después que le conocí, que si hay bien o mal en mí, todo lo hace de un sabor y alma transforma en sí».

El amor es el que transforma, el que es meritorio, el que hace la santidad; y solo desde el amor es posible recibir al Amor. Teresita seguirá escribiendo en la misma carta: «Mi director, que es Jesús, no me enseña a llevar la cuenta de mis actos, Él me enseña a hacerlo todo por amor… pero esto se hace en la paz, en el abandono, es Jesús quien lo hace todo». La misma experiencia: es el amor el que obra.

Simone Weil hablaba de que, en cada tiempo, es necesaria una santidad, es decir, una santidad nueva y que no tiene precedente. Por eso, los santos son creadores y la contemplación que viven supone una revolución, un cambio profundo en el orden de las cosas. La contemplación auténtica jamás es neutra, como tampoco lo son los santos. Esta es la otra santidad. La que inspira, pero no puede repetirse atemporalmente.

Quienes realizan la experiencia de ser encontrados y enseñados por Dios –explicaba M. Clara Bingemer– alcanzan un nivel diferente de conocimiento que los lleva a una vida transformada, que responde a las necesidades de cada tiempo y lugar.

Antes, León Felipe lo había dicho, preciosamente y a su manera: «Nadie fue ayer, ni va hoy, ni irá mañana hacia Dios por este mismo camino que yo voy». Porque, más allá de todas las explicaciones que se pueden dar, la santidad es un camino único hacia la luz.

Teresita, una mujer que inició su vida en un monasterio carmelita a los quince años y que no volvió a salir de él, rompe –como hacen los místicos de todos los tiempos– la tópica dicotomía entre acción y contemplación. Para ella no existe, todo es movimiento y permanencia, todo es presencia y silencio. Todo es, sencillamente, amor. Como diría Teresa de Jesús: «Todo es amor con amor».

Y cuando Teresa, la Madre, escribe sobre esta unión de amor, habla de esa otra santidad que se realiza en la comunión más radical y efectiva. Y dirá que, para andar con un poco de seguridad, es bueno «andar con particular cuidado y aviso, mirando cómo vamos en las virtudes: si vamos mejorando o disminuyendo en algo, en especial en el amor unas con otras y en el deseo de ser tenida por la menor y en cosas ordinarias».

Teresita hablaba de «soportar los defectos de los demás, no extrañarse de sus debilidades, edificarse de los más pequeños actos de virtud». Y Juan, de un enamorado que «no anda buscando su propia ganancia, ni se anda tras sus gustos», que procura el bien de todos porque «ya no tiene otro estilo ni manera de trato sino ejercicio de amor».

Se juntan los tres maestros –padres e hija– en ese amor concreto que nunca está ocioso, que no pierde la atención, que siente que nunca acaba el camino porque es en el camino donde descubre lo vivo del amor, la comunión más íntima.

Igualmente juntos, en la experiencia de que solo el amor obra todo en todos. Es la otra santidad, la que no realiza por sí mismo el ser humano sino solo en ese dejarse llevar, que también Teresa explica: «Dejad hacer al Señor de la casa; sabio es, poderoso es, entiende lo que os conviene y lo que le conviene a Él también».

Lo resume, «la pequeña», cuando dice que lo único que le atrae es el amor y escribe: «Lo sé: cuando soy caritativa es únicamente Jesús quien actúa en mí. Cuanto más unida estoy a Él, más amo a todas mis hermanas».

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Pensamientos de Simone Weil

Miércoles, 8 de julio de 2015

1901377_727811093918216_2065737668_n“Los hijos de Dios no deberían tener más patria aquí abajo que el universo mismo, con la totalidad de las criaturas racionales que ha contenido, contiene y contendrá. Esa es la ciudad natal digna de merecer nuestro amor”.

“Hay que ser católico, es decir, no estar ligado por un hilo a nada creado, sino a la totalidad de la creación”.

“Hoy, ni siquiera ser un santo significa nada; es precisa la santidad que el momento presente exige, una santidad nueva, también sin precedentes”.

“Un nuevo tipo de santidad es un afloramiento, una creación. Guardando las proporciones, manteniendo cada cosa en su lugar, es casi algo análogo a una nueva revelación del universo y del destino humano. Es como dejar al descubierto una amplia porción de verdad y de belleza ocultas hasta ese momento por una densa capa de polvo… Una santidad nueva es una creación prodigiosa”.

“El mundo tiene necesidad de santos como una ciudad con peste tiene necesidad de médicos. Allí donde hay necesidad, hay obligación”.

“El pecado no es una distancia, sino una mala orientación de la mirada”.

“El mar no es menos bello a nuestros ojos porque sepamos que a veces los barcos zozobran. Por el contrario, resulta aun más bello”.

“Cuando un hombre se separa de Dios, se abandona simplemente a la gravedad. Podrá pensar entonces que es un ser que quiere y elige, pero no es más que una cosa, una piedra que cae”.

“La palabra de Dios es palabra secreta. Aquel que no ha oído esa palabra, aun cuando manifieste su adhesión a todos los dogmas enseñados por la Iglesia, no está en contacto con la verdad”.

“El cristianismo es católico de derecho, no de hecho. Tantas cosas están fuera de él, tantas cosas que amo y que no quiero abandonar, tantas cosas que Dios ama, puesto que de lo contrario no tendrían existencia…”.

“No puedo dejar de preguntarme si, en estos tiempos en que una parte considerable de la humanidad se encuentra sumida en el materialismo, no querrá Dios que existan hombres y mujeres que, entregados a él y a Cristo, permanezcan sin embargo fuera de la Iglesia”.

“Oculto y silencioso es el camino por el que la gracia se adentra en los corazones”.

“Lo que me da miedo es la Iglesia como realidad social”.

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Fuente Amigos de Thomas Merton

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