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Entradas Etiquetadas ‘Tomás de Aquino’

“Razón con intereses”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Viernes, 4 de enero de 2019

el-pensador-auguste-rodinDe su blog Nihil Obstat:

Tomás de Aquino escribió la Suma contra los Gentiles teniendo como trasfondo de su exposición de la fe católica las dificultades y problemas que se planteaban a propósito de lo que hoy llamamos encuentro con otras religiones o, de forma más ecuménica, diálogo inter-religioso. Al comienzo de este escrito, el santo doctor expone los campos de diálogo frente a los que se encuentra: los herejes, los judíos, los musulmanes y los paganos; y señala que la base del debate no puede ser la misma con todos ellos. Para dialogar hay que encontrar una base, un punto de partida común. Con los herejes este punto de encuentro es el Nuevo Testamento; con los judíos es el Antiguo Testamento. Pero los musulmanes y los páganos no aceptan la autoridad de estas Escrituras. De ahí que para dialogar con ellos haya que “recurrir a la razón natural, que todos se ven obligados a aceptar”.

Leer este texto con mentalidad de hoy es muy interesante. Porque el santo de Aquino deja bien claro que no hay diálogo posible sin un punto de encuentro previo. Por otra parte, Tomás de Aquino considera que “la razón natural” es el mejor, por no decir el único punto de encuentro con aquellos que no aceptan la revelación cristiana. Cierto: lo natural y el razonar debería ser el buen camino en el que todos podemos encontrarnos y que todos podemos recorrer. Pero no es menos cierto que hoy no todos estamos de acuerdo en qué es “natural” y qué es “razonable”. ¿Es natural la monogamia? Durante un tiempo la poligamia fue lo normal para los creyentes del Antiguo Testamento y lo sigue siendo actualmente para algunos musulmanes. ¿Acaso podemos calificar a algunas separaciones matrimoniales de anti-naturales o anti-racionales? El concepto de “natural” es flexible. Y también el concepto de “derechos humanos”. Lo menos que se puede decir es que no todos entendemos lo mismo bajo estas expresiones.

Esto me lleva a pensar que no hay una razón neutral. Es delicado atribuirse el monopolio de lo que es racional o natural. Esto dificulta el diálogo. Hay muchos tipos de razón. Todas parecen ser interesadas, o sea, condicionadas por presupuestos o prejuicios previos. Antes de empezar el diálogo conviene ser consciente de los propios prejuicios. Sin esta conciencia cualquier diálogo es “de sordos” y no hay modo de entenderse. Eso no significa que haya que renunciar al diálogo. Todo lo contrario: este es el buen camino para que los humanos podamos entendernos. Significa que tenemos que ser humildes, autocríticos, tomar conciencia de nuestros prejuicios, escuchar atentamente al otro para conocer sus presupuestos, a veces no del todo explicitados. Y a partir de ahí tratar de entendernos.

Una buena manera de comenzar el diálogo sería preguntarnos por los “intereses” de nuestra razón: ¿estamos interesados por la justicia, por la solidaridad, por el respeto mutuo? Una razón interesada no es necesariamente mala. Depende de cuáles sean sus intereses.

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“La increencia enseña que Dios no es una evidencia”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Sábado, 17 de febrero de 2018

cieloazul-blog_imagenDe su blog Nihil Obstat:

La increencia nos enseña que Dios no es una evidencia, sino un Misterio, el misterio por excelencia, que nunca acabamos de comprender y que no podemos manipular. Cierto, la fe es asentir al Dios que se revela. Pero, y eso se olvida con frecuencia, es también y al mismo tiempo, una búsqueda y una constante interrogación. La fe es simultáneamente asentimiento y búsqueda, decía Tomás de Aquino. Los creyentes olvidamos, a veces, la ansiedad que caracteriza al acto de creer, pues el objeto de la fe, Dios mismo, carece de evidencia objetiva. De ahí la insatisfacción de la inteligencia humana al acogerlo cuando se revela, pues la inteligencia busca claridad. En la fe no hay nada completamente claro: la imperfección en el conocer es constitutivo de la fe; la fe no puede ser un conocimiento perfecto, decía Tomás de Aquino. El creyente es un inquieto, un insatisfecho, porque cree sin tenerlo claro. La falta de claridad no es un motivo para glorificar la obediencia, sino más bien un acicate que impulsa a buscar la verdad.

La inevidencia no es ni una prueba que Dios nos envía, ni es manifestación de pobreza de fe. Tomás de Aquino dice expresamente que en la fe hay un aspecto equiparable a la duda, a la sospecha y a la opinión. El preguntar y el dudar no demuestra necesariamente falta de fe. Pudiera demostrar madurez en la fe. Las preguntas pueden ayudar a encontrar respuestas que ayuden a profundizar en la fe, a mejorar sus expresiones, a corregir sus formulaciones inauténticas, a buscar nuevos motivos y razones para creer.

Cierto: la fe no es fruto de la razón, pero tampoco es contra ella. De ahí que la fe se opone a la ligereza de la credulidad (cf. Eclo 19,4). El creyente realiza un acto humano y, por tanto, justificable. Pero también sabe que este acto, que tiene su racionabilidad, no es evidente ni demostrable. Se trata de un acto racionalmente posible que no es racionalmente concluyente. Por eso no puede imponerse, sino tan solo proponerse. Pues el creyente es muy consciente de que siempre caben argumentaciones y explicaciones coherentes de su vivir y su obrar, distintas de las que él da en nombre de su fe. Esto explica que la fe sea siempre libre y, por eso, tolerante.

Ante las otras opciones, el creyente no debe esconder su fe. Debe situarse inteligentemente en una postura de búsqueda y pregunta. Pues el creyente, más que poseer la verdad, camina hacia ella y la busca con pasión. Así puede caminar de la mano con todos aquellos que también buscan la verdad y el sentido de la vida.

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9.8.2017. Edith Stein, setenta y cinco años (E. Castellano)

Miércoles, 9 de agosto de 2017

11836783_10206138148964529_5179417180894412724_nCelebramos hoy la festividad  de Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), mártir en Auschwitz, por lo que es un momento adecuado (No olvidemos Siria, Israel/Palestina, Irak, África…) para leer este buen artículo que hemos leído en el  blog de Xabier Pikaza:

Hoy hace setenta y cinco años, fue asesinada en el campo de concentración de Auschhwitz una de las mujeres más significativas del siglo XX, por su talla humana, por su pensamiento, por su martirio.

Fue judía y filósofa, discípula de E. Husserl, mente privilegiada, en búsqueda de la verdad, en línea fenomenológica.

Convertida al catolicismo por influjo de la lectura de El Libro de la Vida de Santa Teresa, abandona la filosofía profesional y profesa como Religiosa Carmelita, para recorrer con y como ella el camino de encuentro con Jesús, escribiendo alguno de los textos más profundo de espiritualidad del siglo XX.

Encarcelada por el sistema nazi alemán, fue encerrada en un campo de concentración, siendo asesinada en Auschwitz hace 75 años.

Como filósofa, como escritora de espiritualidad, como mártir… como testigo del amor judío y cristiano, dentro de una Europa torturada por sus demonios político-sociales, quiero hoy recordarla, y acudo una vez más al texto que Emilia Castellano, antropóloga, psicóloga y amiga, escribió para nuestro “Diccionario de Pensadores cristiano”, en cuya portada aparece (fila tres, derecha).

Gracias, Emilia, una vez más, por tu trabajo, por tu amistad.
Buen día a todos los amigos de Edith Stein
El “icono” está tomado del FB de G. Scalzo (también a ti gracias, Giuseppe). Nos seguimos comunicando.

STEIN, EDITH (TERESA BENEDICTA DE LA CRUZ) (1881-1942)(Emilia Castellano).

10380909_804692689549717_4336269902471815840_nReligiosa y filósofa católica, de origen judío. Nació en Breslau (hoy capital de Silesia en Polonia) el 12 de octubre de 1891. Cuando tiene dos años, muere su padre. En plena adolescencia toma la primera decisión importante y trascendental de su vida: dejar la escuela y el judaísmo porque, según nos cuenta, no encontraba en ellas sentido para la vida. Fue después filósofa y escritora espiritual. Para una mejor comprensión de su obra, podemos dividirla en (1) Escritos autobiográficos y cartas. (2) Escritos fenomenológicos. (3) Escritos de filosofía cristiana. (4) Escritos antropológicos y pedagógicos. (5) Escritos Espirituales.

Con 20 años ingresa en la Universidad de Breslau y estudia Historia y Germanística. Dos años después la encontramos en la Universidad de Gotinga donde había llegado atraída por la Fenomenología, una corriente filosófica que emergía en aquel momento y que enseñaba Husserl. Allí publica su tesis con el título Sobre el problema de la Empatía. Poco después escribirá Causalidad Sentiente e Individuo y Comunidad persiguiendo la idea de encontrar asiento para la nueva psicología que florece en Europa. A este periodo temprano pertenece también Una investigación sobre el Estado, con la que culmina la elaboración de una Antropología Fenomenológica, cuya pretensión es alcanzar a hablar del hombre y de la comunidad.

Siguiendo un orden cronológico, podemos citar las siguientes obras: Introducción a la Filosofía. Obra interesante y original, donde a través de un diálogo con (→ Kant) y Husserl establece la diferencia entre naturaleza y subjetividad mostrando conocimientos profundos de física, biología y filosofía. En la segunda parte de la obra formula algunas de sus ideas antropológicas a través del estudio de la libertad, la conciencia y la reflexión, como características del hombre. Finalmente esta obra se convertirá en el preámbulo de otra posterior La estructura de la persona humana, siendo el fruto de un curso impartido en el Instituto de Pedagogía Científica de Münster (1932-33).

En 1921 lee el Libro de la Vida de (→ Teresa de Jesús) y definitivamente orienta su vida hacia el cristianismo. En 1922 se bautiza y confirma. A partir de ese momento su pensamiento filosófico se abre a un conocimiento nuevo. Estudia las obras de (→ Tomás de Aquino) y (→ Duns Escoto). Apoyándose en la base de sus propias obras filosóficas de antropología escribe Potencia y Acto, obra de metafísica y ontología a través de la cual dialoga con el pensamiento de sus amigas fenomenólogas Gehrda Walter y Hedwing Conrad-Martius. Poco después escribirá Ser Finito y Ser Eterno, su gran obra, en la que desarrolla una metafísica inspirada en la filosofía de Santo Tomás y en la fenomenología de Husserl, convirtiéndose así en una de las tomistas más originales de la historia de la Filosofía. Mérito suyo es haber logrado generar en el ámbito de la antropología filosófica un pensamiento original, que no obstante sigue inédito y no suficientemente reconocido y estudiado. En 1932 dicta unas conferencias sobre La mujer y la Pedagogía. Seguidamente ingresa en el Carmelo Descalzo de Breslau con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz.

Tras la llegada de los nazis al poder se traslada al Carmelo de Colonia, y posteriormente (1938) al Carmelo de Echt en Holanda donde escribirá su última obra: La Ciencia de la Cruz, en un acto de obediencia a sus superiores. Es su obra más personal y autobiográfica. El 2 de agosto de 1942 es arrestada por la Gestapo. El primer destino: el Campo de concentración de Amersfoort, desde donde será trasladada el 9 de agosto a Auschwitz-Birkenau. Marcada con el número 44.074, muere como judía y mártir de la fe cristiana a los 51 años de edad en la cámara de gas del campo de concentración. Es canonizada el 11 de octubre de 1998 en la Plaza de san Pedro y declarada co-patrona de Europa el 13 de diciembre del año siguiente en el Sínodo de Europa.

1. El ángulo abierto de un triángulo cerrado.

Foto-Edith-SteinEncontrarse con Edith Stein, es hallarse ante un pensamiento profundo y una antropología humanizada y humanizadora. La suya es una vida apasionada, ahíta de conocimiento y abierta a todo; una vida “al servicio de la Humanidad”, en palabras suyas. Sobre la base de una personalidad recia, independiente, voluntariosa y sincera hasta la transparencia, vemos evolucionar y transformarse a esta mujer singular cuyo mayor logro será, como en tantos santos del Carmelo Descalzo, haber conseguido encarnar su pensamiento filosófico, religioso y místico en la propia vida.

Edith Stein forma junto a (→ Simone Weil) y Hannah Arendt una especie de triángulo donde, de forma virtual, podríamos encerrar para su estudio y comprensión, gran parte del pensamiento del siglo XX en el corazón de Europa. Ciertamente no contienen todas las perspectivas de ese periodo, pero sí algunas muy representativas. Hablamos de un siglo que nos ha dejado parte de su complejidad en este triángulo de mujeres, grandes pensadoras, judías las tres, pero con recorridos vitales muy diferentes.

Los ojos de Hannah Arendt sondean el futuro histórico a través de la longitud de onda de la contingencia de los hechos humanos, hasta descubrir que la política no puede conseguir que la gente sea mejor, aunque es posible llegar a crear un espacio para la libertad, si las circunstancias acompañan, pero siempre dentro de unos límites estrechos. Como su pueblo judío, ella misma se convertirá en nómada, dentro de una sociedad en la que no termina de encontrar su nicho.

El pensamiento de Simone Weil conduce a reconocer el valor de la gracia en las condiciones intramundanas, en sus extremos de necesidad. El pensamiento de Weil, exige la no resistencia al orden de esa necesidad, llamada por ella “recreación”. De igual manera que Dios se decreó a sí mismo para que los seres tuvieran existencia, el alma debe renunciar a sí, exigiéndose el consentimiento del reino de la necesidad en el orden material mientras se es libre en el orden del espíritu. En este sentido, Simone Weil pide que el ser deseante viva en conformidad con la voluntad de Dios, entendida como acogimiento de todo lo que sucede bajo su permisión. Aceptando sus operaciones necesarias, alcanzara la perfección.

Esta forma de “mística” se convierte en un sublime afrontamiento del deseo de infinito, aunque sin lucha contra ese ángel que exige en la vida la acción, la duda y, sobre todo, el no poder cuadrar filosófica y teológicamente el paso oculto de Dios y nuestros propios pasos. De alguna manera, estamos condenados a no poder determinar con seguridad los pasos de Dios en la creación, sólo a intuirlos. Así, ella misma (Simone Weil) y su vida. Leer más…

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“¿Vender la resurrección? ¡Creer en la resurrección!”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Viernes, 28 de abril de 2017

170309_pixabay_yueshuya_kreuz_560De su blog Nihil Obstat:

El año pasado publiqué un post titulado: “la resurrección, un producto mal vendido”. A mi entender, ese venderlo tan mal lo hacía todavía más creíble. Este año me parece importante insistir en que la resurrección de Cristo no es un milagro destinado a justificar la fe, sino un milagro objeto de fe. Quizás por eso no sea fácil “venderla”. Porque más que presentar pruebas, lo que hay que hacer es anunciarla como una gran esperanza. Quiénes acojan el anuncio comprenderán su sentido y su valor. Quienes no lo acojan seguirán “ciegos”, porque los ojos de la carne no pueden ver a Jesús resucitado. Solo pueden verlo “los ojos de la fe”.

La resurrección no es histórica en el mismo sentido en que lo es la muerte de Jesús, pero tiene repercusiones históricas. Algo extraordinario debió ocurrir para que se desencadenase la fe pascual. Y ese algo extraordinario es confesado como la resurrección de Jesús. Tomás de Aquino es bien consciente de las dificultades que se plantean para creer en la resurrección de Cristo. Eso hace que su fe sea más meritoria, más adulta y más madura. Pero también ofrece una serie de argumentos a favor de la resurrección. Refiriéndose a estos argumentos afirma: “aunque cada uno de los argumentos en particular no fuese suficiente para probar la resurrección de Cristo, sin embargo, tomados todos conjuntamente declaran de modo perfecto su resurrección, sobre todo por el testimonio de la Escritura, las palabras de los ángeles, y la afirmación de Cristo confirmada con milagros”.

Esta convergencia de probabilidades a la que se refiere Tomás de Aquino podría completarse con otros signos o huellas. Por ejemplo: las mujeres como primeros testigos, la tumba vacía, los encuentros “misteriosos” con los Apóstoles, su cambio radical y su compromiso después de Pascua, su martirio por defender esa verdad; y el nacimiento y vivo crecimiento de la Iglesia primitiva. La convergencia de tales signos hace posible presentar la resurrección como explicación plausible de ese “algo” extraordinario que desencadenó la fe pascual. Sin olvidar nunca lo que no estamos ante pruebas irrefutables, sino ante un anuncio creíble, que solo puede aceptarse con fe en el Dios vivo que interviene en la historia de Jesús.

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Cuando un clérigo es cesado, ¿por qué no cesa de verdad?

Miércoles, 14 de septiembre de 2016

jdm002ma001-2De su blog Teología sin Censura:

Lo que ha ocurrido con el obispo de Mallorca (y su traslado a Valencia) está dando que hablar. El problema – por lo que han dicho – no está en la ciudad, sino en la persona. Y si es que ese obispo no sirve para Mallorca, ¿va a servir en Valencia? Hay problemas en la vida que no se resuelven con un traslado. La Iglesia (empezando por su teología) tendría que ser consecuente: el que no sirve para un ministerio, que cese. Pero de verdad y con todas sus consecuencias.

Esto es lo que hizo la Iglesia durante más de diez siglos. Sin duda alguna, hasta el s. XII, por lo menos. En efecto, fue en el s. XII cuando se aceptó entre los teólogos la idea según la cual el sacramento del Orden consiste en el carácter del que arrancan los poderes sagrados que tiene el sacerdote. Es la idea que impuso Pedro Lombardo, al que siguieron Alberto Magno, Tomás de Aquino, etc. Desde entonces, se impuso el convencimiento de que el sacerdote es “Sacerdos in aeternum” = “sacerdote para siempre”. Lo que pasa es que la Iglesia, para evitar males mayores, se inventó la teoría de que, para ejercer el sacerdocio, no basta la “potestad de orden” (que teóricamente es indeleble), sino que además el sacerdote necesita la “potestad de jurisdicción”, que se le concede al que está “incardinado” (inscrito) en una diócesis o en una Orden Religiosa, es decir, está sometido a un obispo o a un superior religioso.

Pues bien, es importante saber que, durante más de mil años, estas ideas no existían o no estaban claras en la Iglesia. Lo que estaba claro es que, si un sacerdote – tuviera el cargo que tuviera, aunque fuera obispo -, si no vivía de forma ejemplar y según las normas establecidas, dejaba de ser sacerdote y volvía a ser seglar. Esto es lo que no se cansaban de repetir machaconamente los Sínodos y Concilios por todos los rincones de la Iglesia, en Oriente y Occidente, como consta en los documentos eclesiásticos desde comienzos del s. IV (año 314) hasta finales del s. XII (año 1179). De manera que el que era cesado, si es que quería seguir siendo cristiano, tenía que permanecer en la Iglesia “laica communione contentus”, es decir, “comulgando como laico”. Pasaba, por tanto, de clérigo a seglar.

Este asunto capital ha sido ampliamente estudiado y muy bien documentado (C. Vogel, P.M. Seriski, E. Herman, P. Hinschius, F. Kober, K. Hofmann, H. Zimmermann, J.M.Castillo…). Y conste que el convencimiento de la Iglesia, en este asunto, era tan firme, que, si ocurría que un sacerdote u obispo cesado (y reducido al estado laical) quería volver a ejercer el ministerio, tenía que ser “re-ordenado”. De forma que un autor tan autorizado, como fue san Isidoro de Sevilla, llega a decir que “un acto canónico de la Iglesia anula hasta incluso un acto sacramental” (Conc. IV de Toledo, can. 28. Mansi, X, 627. Cf. P. Séjourné, Y. Congar).

El convencimiento de la Iglesia era tan firme como claro: la conducta era más determinante que el ritual. Lo que significaba que, si la conducta no era honesta, coherente y aprobada por la comunidad creyente, el ritual quedaba anulado. Y, por tanto, desaparecía la ordenación y el ministerio. Hoy esto tendría que traducirse en el hecho fuerte y honrado, para bien de la sociedad y de la Iglesia, que se tendría que traducir en que muchos sacerdotes, frailes, religiosos y hasta obispos deberían pasar al estado y condición de laicos, viviendo como honestos creyentes y honrados ciudadanos, ganándose la vida como todo hijo de vecino o viviendo de la pensión que les corresponda según las leyes de cada país. Lo que ya, modestamente, algunos estamos haciendo.

Por lo demás, y para evitar preocupaciones teológicas innecesarias, debo indicar que el canon 9 de la Sesión 7ª de Trento, que afirma el carácter sacramental, que imprimen el bautismo, la confirmación y el orden, lo único que termina diciendo es que esos tres sacramentos “no se puede repetir” (DH 1609), o sea no se pueden administrar a cada persona nada más que una vez en la vida. Es lo que explica con claridad el famoso historiador de aquel concilio S. Pallavicino.

La Iglesia necesita una limpieza. Pero una limpieza a fondo y de verdad. Lo cual quiere decir que tal limpieza no se hará mediante traslados. Será necesario revisar no pocos cánones del Derecho Canónico vigente. Será necesario renovar la Teología. Pero, sobre todo, lo más urgente, lo más apremiante, tendría que ser: hacer las cosas de manera que la vida en la Iglesia y el proyecto de vida de Jesús, tal como lo presenta el Evangelio, sean de verdad una misma cosa. Mientras no orientemos todo en esta dirección, estaremos dando palos de ciego.

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“El potencial de la razón”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Miércoles, 27 de enero de 2016

RazónDe su blog Nihil Obstat:

“¿No habrá peligro en contemplar la religión bajo una luz puramente humana? ¿Y por qué lo va a haber? ¿Teme nuestra religión a la luz? Una gran prueba de su origen celestial es que soporta el más severo y minucioso examen de la razón”. La frase es de Chateaubriand. Mucho antes, Tomás de Aquino, hablando de algo tan actual como el diálogo del cristianismo con el Islam, había dicho que en este diálogo sólo cabía apelar a la razón humana como medio de argumentación, que “todos se ven obligados a aceptar”. En línea similar se movían los discursos de Benedicto XVI a los “amigos” musulmanes, aunque ya antes de su elevación al pontificado la relación entre razón y fe era una de las claves de su pensamiento. El cardenal Ratzinger, en un famoso debate con el filósofo J. Habermas, se presentaba a sí mismo como “amigo de la razón” y decía: “En la religión existen patologías sumamente peligrosas, que hacen necesario contar con la luz de la razón como una especie de órgano de control encargado de depurar y ordenar una y otra vez la religión”.

“La razón y la religión se refuerzan mutuamente, porque la religión se purifica y estructura por la razón, y el pleno potencial de la razón se despliega por la revelación y la fe”. Estas palabras del anterior Papa están en plena consonancia con estas otras de Tomás de Aquino: lo que se opone a la razón, y no digamos lo que la destruye, nunca puede considerarse revelado por Dios, pues no hay verdad de fe “contraria al conocimiento natural”.

Las relaciones entre fe y razón se complican porque el alcance de una y otra no resulta evidente. No todos estamos de acuerdo en lo que es revelación (¿la Biblia o el Corán?), ni tampoco todos interpretamos del mismo modo la misma fe. Ni todos estamos de acuerdo en lo que hay que considerar “razonable”. Las propias experiencias, la situación en la que uno se encuentra, los intereses, la capacidad de visión y de interpretación, y tantas cosas más hacen que el encuentro entre fe y razón, y entre unas razones y otras requiera de mucha escucha, paciencia, diálogo, comprensión. Pero al menos es importante encontrar un punto de partida en el que podamos estar de acuerdo y sobre el que podamos dialogar: la capacidad argumentativa de la razón humana.

En teoría está muy bien apelar a la razón. El problema comienza cuando alguien pretende apropiarse la razón para él solo y, en consecuencia, piensa que los discrepantes de su posición, no son razonables. ¿Habrá que empezar por ponerse de acuerdo en que no todos estamos de acuerdo en lo que hay que considerar “razonable”? Al menos debería unirnos la búsqueda de lo razonable, aceptando que en algunas cuestiones el acuerdo no será posible y entonces habrá que buscar posiciones de consenso, ceder unos y otros, no en los principios que se consideran irrenunciables, sino en el alcance práctico de los mismos, en los que deberemos respetar la fe o la ideología de cada uno.

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“Por la fe contraemos un matrimonio”, Martín Gelabert Ballester, OP

Martes, 4 de agosto de 2015

imageDe su blog Nihil Obstat:

“Por la fe el alma se une a Dios ya que por ella el alma cristiana contrae una especie de matrimonio con el Señor, como se dice en Os 2,22: te desposaré conmigo en la fe”. Con estas palabras comienza Tomás de Aquino su comentario al “Credo”. Comienza, pues, situando la fe en su auténtica y verdadera dimensión. Pues la fe no es principalmente la aceptación de una serie de verdades, sino un encuentro personal entre el creyente y el Dios revelado en Jesucristo.

Los hay que piensan que ser cristiano es una cuestión doctrinal. Pero ser cristiano es tener el Espíritu de Cristo, vivir con los sentimientos de Cristo. Y es posible no solo conocer muy bien el Catecismo, sino además estar “muy metido” en la Iglesia, pero no perseverar en la caridad, permanecer en el seno de la Iglesia “en cuerpo”, pero no “en corazón”. Esos, reconoció el Concilio Vaticano II, “no se salvan”. La fe no es ni una cuestión de palabras, ni una cuestión de apariencias, de ir a muchas procesiones, de gustos estéticos o litúrgicos, o de votar al partido políticamente más a la derecha. Como bien dijo Benedicto XVI, “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o por una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva”.

Es muy profunda esta idea de Tomás de Aquino: por la fe contraemos un matrimonio con el Señor Jesús. Eso del matrimonio tiene un sentido amplio y es un asunto de largo alcance. Ya Juan Pablo II calificó la Eucaristía en términos matrimoniales: “es el sacramento del Esposo, de la Esposa”. El Esposo, en la eucaristía, siempre es Cristo. La Esposa es la Iglesia, formada por mujeres y varones que, como “esposas” de Cristo se unen a él. Lo que dice Tomás de Aquino va en la misma dirección: mujeres y varones creyentes, por la fe, contraen con Cristo Jesús un matrimonio. Se unen a él de forma tan profunda, que nada puede romper esa unión. Pues la fe es confianza, es entrega; una confianza resultado de un encuentro y una entrega que cada día hace más irrompible el amor.

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“¿Podemos ser buenos sin Dios?”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Domingo, 31 de mayo de 2015

Bien-o-malDe su blog Nihil Obstat:

Bastantes creyentes piensan que sin Dios todo el edificio de la moral se derrumbaría. Porque si Dios no existe, ¿no está entonces todo permitido? Este planteamiento encuentra en algunos ateos una extraña complicidad. También ellos están interesados en afirmar que la moral no precisa de la fe en Dios. Más aún, que sin Dios seríamos más libres y nos comportaríamos mejor. La religión todo lo estropea. Basta pensar en las consecuencias nefastas (llegando incluso a matar) que algunos sacan en nombre en Dios.

Ya Tomás de Aquino se preguntaba si podemos hacer el bien sin la gracia, o sea, sin Dios. Y respondía que sí. El ser humano puede organizar la sociedad, construir hospitales y carreteras, o preocuparse de los pobres y necesitados sin ser creyente. Pero de ahí no hay que concluir que a Dios sólo le necesitemos para alcanzar la vida eterna y que, en los asuntos mundanos, no tenga ninguna influencia. Al contrario, Dios es factor de humanidad. A Dios le necesitamos para vivir humanamente, para encontrar la plena estabilidad humana en este mundo. La gracia tiene repercusiones en el aquí y ahora de nuestra existencia mundana. Si el amor confiere estabilidad y equilibrio a la vida, la acogida del amor de Dios no puede menos de traducirse en una serie de repercusiones físicas, psicológicas y afectivas en nuestro ser y en nuestra manera de vivir. La confianza en Dios permite vivir sin miedo a la vida y sin miedo a la muerte; o en todo caso, asumir los problemas y miedos de otra manera.

Según Tomás de Aquino en la actual situación de pecado, la gracia de Dios es necesaria para la realización efectiva de lo que hoy calificamos de derechos y deberes humanos. Pues toda vida humana se encuentra sometida a múltiples solicitaciones, y no todas son buenas. El hombre siente su inclinación al mal. Hay cosas que su razón y su conciencia le dicen que no son buenas y, sin embargo, el hombre se siente atraído por ellas. Unas veces la atracción del mal se le presenta tan súbitamente que no puede resistirla. Otras veces, el hombre quiere dejar de obrar el mal, pero parece como si el mal pudiera más que él, debido a las malas costumbres adquiridas o a la fuerza con que se presenta. Teóricamente, el hombre puede resistir una por una a las seducciones del mal. Pero llevar una vida según el bien y resistir habitualmente al mal, requiere serenidad, equilibrio, claridad de ideas y de objetivos. No cabe duda que la gracia de Dios, al otorgar estabilidad y equilibrio personal, es un socorro necesario para que la orientación del hombre hacia el bien encuentre continuidad y firmeza.

Por otra parte, no hay que olvidar que el Espíritu Santo actúa fuera de la explícita confesión cristológica. Su acción no está limitada por las Iglesias ni por las religiones. El es el que inspira todas nuestras buenas obras y el que las sostiene, lo sepamos o no lo sepamos. Y como el Espíritu Santo es inseparable de Cristo, hay que afirmar que donde hay bien, de una u otra manera, allí está el Señor; y dónde hay mal, hay ausencia de Dios.

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Misericordia, viga maestra que sostiene a la Iglesia

Domingo, 26 de abril de 2015

102vigaEl Papa acaba de publicar una bula convocando para el año 2016 a un jubileo extraordinario de la misericordia. Precisamente ahí, en el anuncio de la misericordia de Dios y en la vivencia de las obras de misericordia, se juega la Iglesia su credibilidad, o sea, el ser escuchada y respetada. Pues la misericordia es “la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia”. En la misericordia, y no en la ley o en la justicia, está la clave para entender el Evangelio de Jesús. Lo que movía a Jesús, en todas las circunstancias, era la misericordia. En ella se refleja el modo de obrar del Padre y ella es criterio para saber quienes son realmente sus hijos.

Subrayo tres de las muchas ideas que pueden encontrarse en la carta de Francisco. La primera es la relación entre el jubileo de la misericordia y el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Vaticano II. La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento, con el que ella iniciaba un nuevo periodo de su historia. Y de hacer siempre reales las palabras de Juan XXIII en su discurso inaugural del Concilio: la Esposa de Cristo prefiere usar la medicina de la misericordia y no empuñar las armas de la severidad.

El segundo subrayado se refiere a una idea de Tomás de Aquino, recogida también por la liturgia: donde Dios manifiesta de verdad su omnipotencia es cuando usa de misericordia. La misericordia, lejos de ser un signo de debilidad, es un signo del poder de Dios. ¿Cómo es esto posible? Vale la pena recordar la explicación que ofrece Santo Tomás: “la manera de demostrar que Dios tiene el poder supremo es perdonando libremente los pecados… porque perdonando y apiadándose conduce a los hombres a la participación del bien infinito, que es el máximo efecto del poder divino”. En otras palabras: tiene poder el que logra lo que se propone. Lo que Dios quiere para todos y cada uno de sus hijos es la salvación. Perdonando los pecados consigue ese fin. Luego su poder se manifiesta cuando perdona y tiene misericordia.

Al final de la carta hay una pequeña sorpresa. La misericordia puede favorecer el diálogo interreligioso. Ella posee un valor que sobrepasa los confines de la Iglesia. En primer lugar, porque es una ley fundamental que habita en el corazón de cada persona cuando mira con ojos sinceros al hermano. Por tanto, puede ser un buen lugar de encuentro con todo ser humano. Pero también porque las grandes religiones monoteístas, como el judaísmo y el islam, la consideran uno de los atributos más calificativos de Dios. Por eso, el Papa desea que este año jubilar de la misericordia “nos haga más abiertos al diálogo” para conocer esas nobles tradiciones religiosas y permita que todos los creyentes en el único Dios nos comprendamos mejor. Más aún: el Papa desea que la vivencia de la misericordia “elimine toda forma de cerrazón y desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación”.

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“Las dificultades pueden madurar la fe”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Jueves, 26 de febrero de 2015

CACTUS MAN NEWTras ecuchar el domingo pasado el relato de las tentaciones, viene que ni pintado este artículo… Leído en su blog Nihil Obstat:

¿Quién tiene una fe más madura, más sólida, aquel que en cuestiones de fe dice tenerlo todo clarísimo y nunca se plantea preguntas, o la persona que es consciente de las razones y argumentos que se alzan contra la fe? Una pregunta similar se la planteaba Tomás de Aquino y respondía que la segunda de esas personas era la que tenía más mérito al creer, porque creía siendo consciente de los obstáculos que se le plantean a la fe. Y hacía una interesante comparación con el caso de lo mártires: “cuánto contradice a la fe, sea por consideración humana, sea por persecución exterior, en tanto aumenta el mérito de la fe en cuanto pone de manifiesto una voluntad más dispuesta y firme en la fe. Por eso, el mérito de la fe es mayor en los mártires porque no abandonaron la fe ante la persecución; tienen asimismo mayor mérito los sabios, puesto que no abandonan la fe ante las razones aducidas contra ella por los filósofos o por los herejes”.

El Vaticano II se expresaba en una línea similar, cuando decía que “las dificultades no dañan necesariamente a la vida de fe; al contrario, pueden estimular la mente a una más cuidadosa y profunda inteligencia de aquella”. Dicho de otro modo: la fe en Dios se purifica y se conforta mirando de cara a lo que la rechaza. Y, a la inversa, no puede encontrar ningún vigor, y tal vez hasta carece de veracidad, si huye de lo que puede negarla. La fe cristiana no tiene miedo a la confrontación, precisamente porque está convencida de su fuerza y de su verdad. Por tanto, aquellos que pretenden defender la fe de los creyentes, escondiendo o negando aquellas realidades o dificultades que pueden cuestionarla, no prestan un buen servicio a la vida cristiana. En el fondo, no confían en la fuerza y la luminosidad de la fe.

De hecho, han sido las herejías las que han hecho avanzar el dogma, porque han obligado a la ortodoxia a reflexionar con más finura y precisión. Deberíamos estar agradecidos a aquellos que nos hacen caer en la cuenta de nuestras incoherencias o de nuestras debilidades; y a aquellos que nos manifiestan su incomprensión ante la falta de consistencia o claridad de nuestras explicaciones. La fe no se defiende a base de autoridad, sino a base de buenos argumentos. Un buen baremo para saber si uno avanza en el conocimiento de la fe es el deseo de tener una mayor formación teológica, el deseo de saber más, de buscar mayor precisión, de conocer los motivos a favor y en contra de la fe.

Es posible que algunos pastores o catequistas prefieran dirigirse a creyentes sin formación. Pero esta actitud solo demuestra la falta de respeto por aquellos a quienes uno se dirige y la ignorancia de esos pastores, una ignorancia que suelen suplir con apelaciones a la autoridad o recurriendo a la letra de los catecismos.

Imagen Kerry Illustrates

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“Un Sínodo que abre camino”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Domingo, 9 de noviembre de 2014

camino_2_sinLeído en su blog Nihil Obstat:

La «Relatio Synodi», en español

He seguido muy por encima las noticias sobre el Sínodo. Y lo poco que he leído de estas noticias no me ha gustado. Si no hubiera sabido que estaban tratando de un acontecimiento eclesial, hubiera pensado que eran noticias sobre una guerra que libraban dos partidos distintos, distantes y opuestos. Y que se trataba de ganar la batalla de la información, como si esta batalla fuera la decisiva para ganar la guerra.

 En todas las sociedades hay tendencias y diferencias. Eso, en principio, es bueno, porque el contraste de pareceres ayuda a encontrar la verdad. Y en la Iglesia se trata de eso: no tanto de saber lo que opina uno u otro, sino cuál es la verdad a propósito de las cosas. Y la verdad, la diga quién la diga, viene en última instancia del Espíritu Santo (algo de eso decía Tomás de Aquino). Por otra parte, cuando determinados temas vuelven a aparecer, a pesar de las resistencias de algunos a que se hable de ellos, es porque estamos ante un problema serio que requiere mejores soluciones a las encontradas hasta ahora.

 Dos claves teológicas me han venido a la mente cuando leía noticias sobre el Sínodo. Una, la distinción entre verdad de fe y doctrina de la Iglesia. La doctrina cambia. Y en ocasiones, ha cambiado mucho. Por ejemplo, el cambio dado a propósito de algo tan serio como la necesidad del bautismo para la salvación. Que Cristo sea el Salvador de todas y todos, es una verdad de fe. Que solo puede accederse a esta salvación por medio del bautismo es una doctrina que se ha enseñado, pero que ha cambiado, y ha cambiado para bien. La otra clave se refiere al Magisterio “vivo” de la Iglesia. Algunos apelan al Magisterio del pasado para descalificar al actual. Olvidan que ambos se interpretan mutuamente, pero dejando claro que el Magisterio al que hay que atender principalmente es el Magisterio “vivo”, o sea, el del presente.

 Las polémicas no ofrecen luz. Al contrario, crean mayor división, al reforzar las respectivas posiciones adversas. Pero me alegro de constatar que, en algunos temas considerados hasta ahora intocables, los Padres sinodales han adoptado una actitud muy positiva. Incluso en aquellos pocos números del Informe oficial en los que no se ha alcanzado la mayoría de dos tercios a favor, ha habido una mayoría clara de más de la mitad. Eso significa que es legítimo hablar de estas cosas en la Iglesia. Y significa, además, que quienes opinan que, en determinadas condiciones, las personas divorciadas y vueltas a casar, deberían poder acceder a la comunión eucarística, no son raros ni heréticos. Un católico debería sentirse representado por los participantes en el Sínodo. Porque si ellos no nos representan, ¿quién nos va a representar? ¿Los que más chillan, los más intransigentes, los más excluyentes?

 La guinda. Me cuesta entender que 64 Padres hayan votado en contra de la proposición 55 sobre la atención pastoral a personas con orientación homosexual. Cierto: 118 han votado a favor.

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Edith Stein, cristiana judía, asesinada por “cristianos” (E. Castellano)

Sábado, 9 de agosto de 2014

Saint_Edith_SteinCelebramos hoy la festividad  de Santa Edith Stein, mártir en Auschwitz, por lo que es un momento adecuado (No olvidemos Israel/Paestina, Irak, África…) para leer este buen artículo que hemos leído en el  blog de Xabier Pikaza:

Hoy recuerdan los amigos de la libertad y el pensamiento, judíos y cristianos, a Santa Edith Stein, Patrona de Europa, que profesó como carmelita cristiana en el convento de Colonia (Alemania), sin dejar de ser judía, siendo asesinada como judía por los nazis, en el campo de Auschwitz el 9 de de Agosto de 1942.

Es una fe las grandes figuras intelectuales, judías y cristianas, del siglo XX, una mujer que supo descubrir por Jesús, su Cristo, el camino que conduce a la Séptima Morada, siguiendo las huellas de Teresa de Jesús, su hermana, también judía de origen.

Pedí hace unos años a Emilia Castellano, pensadora y terapeuta, gran amiga, que trazara su semblanza para “nuestro” Diccionario de Pensadores cristianos. Ésta fue su colaboración, que hoy presento gozoso en el día de Edith (¿Ester?), en un momento en que el dolor judío y cristiano sigue encendiendo grandes alarmas, especialmente en el Cercano Oriente (Irak, Gaza).

La asesinaron unos poderes “cristianos” porque, a pesar de haberse hecho cristiana y de vivir como monja contemplativa, seguía siendo judía. En ella se encarna la gran paradoja del auténtico Israel, a quien sus hijos cristianos han perseguido por siglos… queriendo matar a su madre.

Muchos cristianos hemos considerado mala madrastra a nuestra buena madre judía. No hemos reconocido lo que somos. Humanamente hablando tenemos poco remedio… Alguien ha dicho que nos llamamos cristianos para así poder negar mejor a nuestro Cristo judío.

Por eso, en un tiempo como éste, es bueno recordar a Santa Edith, nueva Ester “invertida”, y con ella a los seis millones de santos judíos asesinados por cristianos.

Edith, querida, ruega por nosotros, judíos y cristianos (sin olvidarte de los musulmanes… ni de Irak, ni de Gaza…). También aquí en España juzgaron y mataron antaño los de la Santa Inquisición a muchos cristianos judíos como tú..

Gracias, Emilia, todo lo que sigue es tuyo. La imagen inicial de Edith aparece repetida en el Diccionario de Pensadores Cristianos, para el que me hiciste el honor de escribir esta entrada.

STEIN, EDITH (TERESA BENEDICTA DE LA CRUZ) (1881-1942)(Emilia Castellano).

10380909_804692689549717_4336269902471815840_nReligiosa y filósofa católica, de origen judío. Nació en Breslau (hoy capital de Silesia en Polonia) el 12 de octubre de 1891. Cuando tiene dos años, muere su padre. En plena adolescencia toma la primera decisión importante y trascendental de su vida: dejar la escuela y el judaísmo porque, según nos cuenta, no encontraba en ellas sentido para la vida. Fue después filósofa y escritora espiritual. Para una mejor comprensión de su obra, podemos dividirla en (1) Escritos autobiográficos y cartas. (2) Escritos fenomenológicos. (3) Escritos de filosofía cristiana. (4) Escritos antropológicos y pedagógicos. (5) Escritos Espirituales.

Con 20 años ingresa en la Universidad de Breslau y estudia Historia y Germanística. Dos años después la encontramos en la Universidad de Gotinga donde había llegado atraída por la Fenomenología, una corriente filosófica que emergía en aquel momento y que enseñaba Husserl. Allí publica su tesis con el título Sobre el problema de la Empatía. Poco después escribirá Causalidad Sentiente e Individuo y Comunidad persiguiendo la idea de encontrar asiento para la nueva psicología que florece en Europa. A este periodo temprano pertenece también Una investigación sobre el Estado, con la que culmina la elaboración de una Antropología Fenomenológica, cuya pretensión es alcanzar a hablar del hombre y de la comunidad.

Siguiendo un orden cronológico, podemos citar las siguientes obras: Introducción a la Filosofía. Obra interesante y original, donde a través de un diálogo con (→ Kant) y Husserl establece la diferencia entre naturaleza y subjetividad mostrando conocimientos profundos de física, biología y filosofía. En la segunda parte de la obra formula algunas de sus ideas antropológicas a través del estudio de la libertad, la conciencia y la reflexión, como características del hombre. Finalmente esta obra se convertirá en el preámbulo de otra posterior La estructura de la persona humana, siendo el fruto de un curso impartido en el Instituto de Pedagogía Científica de Münster (1932-33).

En 1921 lee el Libro de la Vida de (→ Teresa de Jesús) y definitivamente orienta su vida hacia el cristianismo. En 1922 se bautiza y confirma. A partir de ese momento su pensamiento filosófico se abre a un conocimiento nuevo. Estudia las obras de (→ Tomás de Aquino) y (→ Duns Escoto). Apoyándose en la base de sus propias obras filosóficas de antropología escribe Potencia y Acto, obra de metafísica y ontología a través de la cual dialoga con el pensamiento de sus amigas fenomenólogas Gehrda Walter y Hedwing Conrad-Martius. Poco después escribirá Ser Finito y Ser Eterno, su gran obra, en la que desarrolla una metafísica inspirada en la filosofía de Santo Tomás y en la fenomenología de Husserl, convirtiéndose así en una de las tomistas más originales de la historia de la Filosofía. Mérito suyo es haber logrado generar en el ámbito de la antropología filosófica un pensamiento original, que no obstante sigue inédito y no suficientemente reconocido y estudiado. En 1932 dicta unas conferencias sobre La mujer y la Pedagogía. Seguidamente ingresa en el Carmelo Descalzo de Breslau con el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz.

Tras la llegada de los nazis al poder se traslada al Carmelo de Colonia, y posteriormente (1938) al Carmelo de Echt en Holanda donde escribirá su última obra: La Ciencia de la Cruz, en un acto de obediencia a sus superiores. Es su obra más personal y autobiográfica. El 2 de agosto de 1942 es arrestada por la Gestapo. El primer destino: el Campo de concentración de Amersfoort, desde donde será trasladada el 9 de agosto a Auschwitz-Birkenau. Marcada con el número 44.074, muere como judía y mártir de la fe cristiana a los 51 años de edad en la cámara de gas del campo de concentración. Es canonizada el 11 de octubre de 1998 en la Plaza de san Pedro y declarada co-patrona de Europa el 13 de diciembre del año siguiente en el Sínodo de Europa.

1. El ángulo abierto de un triángulo cerrado.

Edith1938bEncontrarse con Edith Stein, es hallarse ante un pensamiento profundo y una antropología humanizada y humanizadora. La suya es una vida apasionada, ahíta de conocimiento y abierta a todo; una vida “al servicio de la Humanidad”, en palabras suyas. Sobre la base de una personalidad recia, independiente, voluntariosa y sincera hasta la transparencia, vemos evolucionar y transformarse a esta mujer singular cuyo mayor logro será, como en tantos santos del Carmelo Descalzo, haber conseguido encarnar su pensamiento filosófico, religioso y místico en la propia vida.

Edith Stein forma junto a (→ Simone Weil) y Hannah Arendt una especie de triángulo donde, de forma virtual, podríamos encerrar para su estudio y comprensión, gran parte del pensamiento del siglo XX en el corazón de Europa. Ciertamente no contienen todas las perspectivas de ese periodo, pero sí algunas muy representativas. Hablamos de un siglo que nos ha dejado parte de su complejidad en este triángulo de mujeres, grandes pensadoras, judías las tres, pero con recorridos vitales muy diferentes.

Los ojos de Hannah Arendt sondean el futuro histórico a través de la longitud de onda de la contingencia de los hechos humanos, hasta descubrir que la política no puede conseguir que la gente sea mejor, aunque es posible llegar a crear un espacio para la libertad, si las circunstancias acompañan, pero siempre dentro de unos límites estrechos. Como su pueblo judío, ella misma se convertirá en nómada, dentro de una sociedad en la que no termina de encontrar su nicho.

El pensamiento de Simone Weil conduce a reconocer el valor de la gracia en las condiciones intramundanas, en sus extremos de necesidad. El pensamiento de Weil, exige la no resistencia al orden de esa necesidad, llamada por ella “recreación”. De igual manera que Dios se decreó a sí mismo para que los seres tuvieran existencia, el alma debe renunciar a sí, exigiéndose el consentimiento del reino de la necesidad en el orden material mientras se es libre en el orden del espíritu. En este sentido, Simone Weil pide que el ser deseante viva en conformidad con la voluntad de Dios, entendida como acogimiento de todo lo que sucede bajo su permisión. Aceptando sus operaciones necesarias, alcanzara la perfección.

Esta forma de “mística” se convierte en un sublime afrontamiento del deseo de infinito, aunque sin lucha contra ese ángel que exige en la vida la acción, la duda y, sobre todo, el no poder cuadrar filosófica y teológicamente el paso oculto de Dios y nuestros propios pasos. De alguna manera, estamos condenados a no poder determinar con seguridad los pasos de Dios en la creación, sólo a intuirlos. Así, ella misma (Simone Weil) y su vida.

Frente a la robustez del pensamiento analítico de Arendt, en el que casi todo se centra en el análisis y la referencia a lo político, y en contraste con la “kénosis intelectual” de (→ Simone Weil) que conduce casi irremediablemente a la auto aniquilación como medio para compartir el sufrimiento de sus compatriotas franceses, Edith Stein es el camino hacia la apertura de la existencia que conduce a un final de elección y perdón.

Quizás pase por ahí la línea que curva definitivamente ese triángulo de pensamiento filosófico, teológico, existencial y político, para hacerlo más abarcador, acogiendo en sí la compleja realidad que caracteriza el siglo XX y que no es otra que la tecnociencia. Es esta apertura existencial de la vida de Edith la que conseguiría convertir en círculo, ese hipotético triángulo que hemos construido con el pensamiento de estas tres grandes mujeres, y que no obstante, como tantos otros, se muestra limitado para superar nuestros problemas de relación y comunicación humana. Leer más…

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“Las gacelas, presas de la nostalgia”, por Martín Gelabert Ballester, OP .

Miércoles, 23 de julio de 2014

animales-gacela-01[1]Un precioso texto que hemos leído en su blog Nihil Obstat:

Antoine de Saint-Exupéry, el autor del Principito, cuenta una curiosa historia sobre la cría de gacelas en un oasis de los confines del Sahara: capturadas jóvenes, comen en la mano, se dejan acariciar y, cuando se las cree domesticadas, se las encuentra empujando contra el cerco, en dirección al desierto. Estas gacelas que han vivido siempre encerradas y nada saben de la libertad de las arenas, ignoran lo que quieren. Buscan galopar a ciento treinta kilómetros por hora, buscan los chacales, que las obligaran a superarse, a dar grandes saltos, a correr hasta desfallecer. No saben lo que quieren, pero lo quieren. Tienen nostalgia de realizar su ser de gacelas, aunque para ellas este ser sea todavía desconocido. El objeto del deseo existe, aunque no sepamos ni como se llama ni como describirlo.

Tomás de Aquino decía que hay en todo ser humano un deseo natural de ver a Dios. ¿En todo ser humano? ¿Cómo es esto posible si muchos creen que Dios no existe? Y, ¿cómo es esto posible si incluso para los que creen que existe, Dios es lo más desconocido? ¿Cómo se puede desear lo que no existe o lo que no se conoce? El deseo natural del que habla Santo Tomás es un deseo de felicidad, de bien, de belleza, de plenitud. Tomás, como creyente, estaba convencido de que Dios es la suma bienaventuranza y la plena felicidad del ser humano. Aunque no lo sepamos, buscamos a Dios. Por eso, muchas veces experimentamos la frustración de los bienes de este mundo. Sin duda, en este mundo hay cosas buenas y placenteras. Pero ellas no logran hacernos felices del todo. El ser humano siempre busca más, es un ser permanentemente insatisfecho. Nada de este mundo le llena.

La nostalgia es lo propio de los humanos. San Agustín decía que el corazón humano está inquieto mientras no descansa en Dios. Como en este mundo nunca nos encontramos clara y totalmente con Dios, nuestro corazón está siempre inquieto, demandando más, dando sin parar nuevos rodeos. Miguel de Unamuno decía que la satisfacción de todo anhelo no es más que semilla de un anhelo más grande y más imperioso. Por su parte, J.P. Sartre habló del hombre como pasión inútil. Es interesante el contexto de esta afirmación: el ser humano desea, ni más ni menos, que ser Dios. Pero como Dios no existe, el ser humano es una pasión inútil.

La carta a los hebreos describe a los creyentes como peregrinos, porque van en busca de una ciudad mejor, una ciudad cuyo arquitecto y constructor es Dios. Dentro de nosotros hay algo que nos mueve a buscar una patria última y definitiva. Somos caminantes en busca de la verdad de nuestra vida, como el espacio abierto del desierto constituye la verdad de la vida de las gacelas.

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Recordatorio

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