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“No basta ser bueno; hay que ser misericordioso”, por Leonardo Boff

Martes, 8 de junio de 2021

Misericordia_2338876119_15545564_660x371Ética de máximos: “El mensaje de amor vivido por Jesús está vivo, la Covid 19 lo demuestra””

“La ley áurea, presente en todas las religiones y caminos espirituales es: ‘ama al prójimo como a ti mismo'”

“El Cristianismo incorpora esa ética mínima y así se inscribe dentro de esta tradición ancestral. Sin embargo, él borra todos los límites del amor para que sea realmente universal e incondicional”

“Una de las cualidades fundamentales de la imagen de Dios que el Maestro nos comunicó fue exactamente su misericordia ilimitada. Para él no basta ser bueno. Hay que ser misericordioso”

“Cuando Jesús manda amar al prójimo, significa amar a ese desconocido y discriminado; implica amar a los invisibles, a los ceros sociales, a aquellos a quien nadie mira y pasan de largo”

“En ese ‘más’se encuentra la originalidad del amor de Jesús, de los cristianos que se ponen en su seguimiento”

La ley áurea, presente en todas las religiones y caminos espirituales es: “ama al prójimo como a ti mismo”, o dicho de otra manera: “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”. 

El Cristianismo incorpora esa ética mínima y así se inscribe dentro de esta tradición ancestral. Sin embargo, él borra todos los límites del amor para que sea realmente universal e incondicional. Afirma: “amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, pues Él hace nacer el sol para buenos y malos, y llover sobre justos e injustos. Si amáis a quien os ama, ¿qué mérito tenéis? ¿No hacen también eso los cobradores de impuestos? Si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hay de extraordinario en eso? ¿No hacen eso también los paganos? (Mt 5,44-47).

Es muy instructiva la versión que san Lucas da en su evangelio: ”Amad a vuestros enemigos. Así seréis hijos e hijas del Altísimo que es bondadoso con los ingratos y malos; sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”(6,35-36). Esta afirmación es profundamente consoladora. ¿Quién no se siente a veces “ingrato ymalo”? Entonces nos confortan estas alentadoras palabras: el Padre es bondadoso, a pesar de nuestras maldades. Y así aliviamos el fardo de nuestra conciencia que nos persigue por dondequiera que vamos.

Aquí resuenan las consoladoras palabras de la primera epístola de San Juan: “si nuestro corazón nos acusa, sabe que Dios es mayor que tu corazón” (1Jn 3,20). Estas palabras deberían ser susurradas al oído de todo moribundo con fe.

Tanta comprensión divina nos remite a las palabras de uno de los más alentadores salmos de la Biblia, el salmo 103: “El Señor es rico en misericordia. No está siempre acusando ni guarda rencor para siempre. Cuanto se elevan los cielos sobre la tierra, tanto prevalece su misericordia. Como un padre siente compasión por sus hijos e hijas, así el Señor secompadece de los que lo aman, porque conoce nuestra naturaleza y sabe que somos polvo (9-14).

Una de las características del Dios bíblico es su misericordia, porque sabe que somos frágiles yfugaces “como las flores del campo; basta un soplo de viento y dejamos de existir” (103,15). Así y todo nunca deja de amarnos como hijas e hijos queridos y de compadecerse de nuestras debilidades morales.

Una de las cualidades fundamentales de la imagen de Dios que el Maestro nos comunicó fue exactamente su misericordia ilimitada. Para él no basta ser bueno. Hay que ser misericordioso.

La parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32lo ilustra con rara ternura humana. El hijo se marchó de casa, malbarató toda su herencia en una vida disoluta y, de repente, añorando, resolvió volver a casa. El padre estuvo largo tiempo esperando que volviese mirando hacia la vuelta del camino para ver si aparecía. Y he aquí que “de lejos”, como dice el texto, “el padre vio a su hijo y, conmovido, corrió a su encuentro y le abrazó llenándole de besos” (Lc 15,20).

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Es el supremo amor que se hace misericordia. No le reprocha nada. Basta con que haya vuelto a la casa paterna. Y, lleno de alegría, le preparó una gran fiesta, “por que estaba muerto y volvió a la vida, estaba perdido y fué encontrado” (Lc 15,32).

Ese padre misericordioso representa al Padre celestial que ama a los ingratos y malos. Acogió con infinita misericordia al hijo que se había perdido en la vida. El único hijo que es criticado es el hijo bueno. Sirvió al padre en todo, trabajó, observó todos los mandamientos. Era bueno, muy bueno, mas para Jesús no bastaba ser bueno. Tenía que ser misericordioso. Y no lo fue. Por eso es el único que recibe una reprimenda por no comprender al hermano que regresaba.

Pero es importante destacar un punto que muestra lo singular del mensaje del Nazareno. Él quiere ir más allá del simplemente amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos.

¿Quién es el prójimo para Jesús? No es mi amigo, mi el que está cerca de mi, a mi lado. Prójimo para Jesús es todo aquel a quien yo me aproximo. Poco importa su origen o su condición moral. Basta que sea un ser humano.

La parábola del buen samaritano es emblemática (Lc 10,30-37). A la vera del camino yace un infeliz, medio muerto, víctima de un asalto. Pasa un sacerdote, tal vez va atrasado para su servicio en el templo; pasa también un levita, apresurado en la preparación del altar. Ambos lo vieron y “pasaron de largo”. Pasa un samaritano, un hereje para los judíos; “se preocupa de él y tiene misericordia de él”, le cura las heridas, lo lleva a la posada y deja todo pagado antes de marchar, más lo que pueda necesitar.

“¿Quién de los tres fue el prójimo?” pregunta el Maestro. El hereje que se acercó a la víctima de los asaltantes. El amor no discrimina, cada ser humano es digno de amor y de misericordia. Seguramente el sacerdote y el levita eran gente buena, pero les faltaba lo principal: la compasión, el corazón que se conmueve delante del dolor del otro.

Resumiendo, cuando Jesús manda amar al prójimo, significa amar a ese desconocido y discriminado; implica amar a los invisibles, a los ceros sociales, a aquellos a quien nadie mira y pasan de largo, amar a aquellos que en el momento supremo de la historia, cuando todo sea sacado a la luz él los llama “mis hermanos más pequeños”. “Cuando amaste a uno de esos, fue a mí a quien lo hiciste” (Mt 25,40).Es amor que todas las tradiciones predican y practican,tiene un “más”.

Va al encuentro del otro más otro y se queda con él. San Fracisco de Asís no entendió bien y lo expresa en su famosa oración por la paz: “que yo consuele más que ser consolado, que no yo comprenda más que ser comprendido y que yo ame más que ser amado. En ese “más” se encuentra la originalidad del amor de Jesús, de los cristianos que se ponen en su seguimiento.

La Covid-19 está mostrando, especialmente en las periferias, junto a los criticados miembros del Movimiento de los Sin Tierra y de los Sin Techo y de otros, que el mensaje de amor misericordioso vivido por el Hijo del Hombre no se ha apagado,que está vivo y encendido todavía.

*Leonardo Boff  es teólogo y ha escrito Jesucristo, el liberador, Vozes y Sal Terrae 1972, varias ediciones.

Traducción de M.ª José Gavito Milano

Fuente Religión Digital

Espiritualidad

El cuadro, un hombre y Dios

Jueves, 13 de mayo de 2021

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Mientras estaba sentado en el Ermitage frente al cuadro, tratando de empaparme de lo que veía, muchos grupos de turistas pasaban por allí. Aunque no estaban ni un minuto ante el cuadro, la mayoría de los guías se lo describían como el cuadro que representaba a un padre compasivo, y la mayoría hacían referencia al hecho de que fue uno de los últimos cuadros que Rembrandt pintó después de llevar una vida de sufrimiento. Así pues, de esto es de lo que trata el cuadro. Es la expresión humana de la compasión divina.

En vez de llamarse El regreso del hijo pródigo, muy bien podría haberse llamado La bienvenida del padre misericordioso.  Se pone menos énfasis en el hijo que en el padre. La parábola es en realidad una «parábola del amor del Padre» Al ver la forma como Rembrandt retrata al padre, surge en mi interior un sentimiento nuevo de ternura, misericordia y perdón. Pocas veces, si lo ha sido alguna vez, el amor compasivo de Dios ha sido expresado de forma tan conmovedora. Cada detalle de la figura del padre -la expresión de su cara, su postura, los colores de su ropa y, sobre todo, el gesto tranquilo de sus manos- habla del amor divino hacia la humanidad, un amor que existe desde el principio y para siempre.

Aquí se une todo: la historia de Rembrandt, la historia de la humanidad y la historia de Dios. Tiempo y eternidad se cruzan; la proximidad de la muerte y la vida eterna se tocan. Pecado y perdón se abrazan; lo divino y lo humano se hacen uno.

Lo que da al retrato del padre un poder tan irresistible es que lo más divino está captado en lo más humano.

*

H. J. M. Nouwen,
El regreso del hijo pródigo,
PPC, Madrid 51995, p. 101.

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Miguel Ángel Mesa: Cuaresma 2021.

Martes, 2 de marzo de 2021

1-misericordia-fanoDe su blog Otro mundo es posible:

El papa Francisco nos invita a celebrar la Cuaresma de este año, ofreciéndonos tres consejos para vivirla en profundidad: fe, esperanza y caridad, las tres virtudes teologales que hay que actualizar desde el mundo de hoy y su realidad compleja y sufriente, para no quedarnos en meras definiciones vacías de contenido.

La fe sirve, entre otras cosas, para “dejarnos alcanzar por la Palabra de Dios, que es Cristo, que nos lleva a la plenitud de la Vida”. Es decir, cualquier palabra que no nos conduzca a dejarnos interpelar por la vida, a descubrir la vida que se oculta en tantos sepulcros de nuestro mundo, a sembrar semillas de vida donde todo aparece como un desierto, a devolver vida en abundancia para quienes están desahuciados de la vida… no es la palabra auténtica del Dios de la Vida. Para las personas cristianas, este camino solo se recorre desde el seguimiento de Jesús, mediante la forma de ser felices que propuso en las bienaventuranzas, para concretar el ideal de ese otro mundo posible, donde la fraternidad y la justicia se hagan realidad en nuestra sociedad y nuestro mundo.

La esperanza “como agua viva que nos permite continuar nuestro camino, estando más atentos a decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan; la esperanza como inspiración y luz interior, porque somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios hace nuevas todas las cosas”. Esa esperanza que nace de una promesa que hay que renovar día a día, porque debemos pintar cada amanecer con los colores de la ilusión y la sonrisa, porque tenemos que comprometernos para que la esperanza no sea un van anhelo, porque una vida sin esperanza es como una rosa sin agua, que se va marchitando hasta que se seca y sus pétalos caen a tierra agostados. La esperanza es una mirada limpia, un abrazo sincero, un horizonte al que se llega juntos, paso a paso.

La caridad “es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión. A partir del amor social es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, cuidando a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia”. La solidaridad, la acogida, la com-pasión, la miseri-cordia profunda, la fraternidad… serían algunos de los viejos y nuevos nombres para denominar a la caridad. Porque no hay amor verdadero si no se concreta en la realidad que nos rodea, si no se celebra y se brinda la alegría de los demás, si no se acompaña y se comparten las lágrimas del otro en silencio para enjugarlas, si no nos comprometemos para evitar tanto sufrimiento, soledad impuesta, opresión e injusticias… Si no es así, el amor, la caridad bien entendida, será una falsedad y un autoengaño.

Por lo tanto, siguen vigentes la fe, la esperanza y la caridad. Pero entendidas al modo que Jesús las vivió. Como estamos llamados a vivirlas nosotros y nosotras en esta Cuaresma, en la que debemos, en estos tiempos de cruel pandemia, contagiar los virus sanadores de la confianza, la ilusión, la ternura, la empatía y la resiliencia, por un mundo más humano, fraterno, mejor.

Miguel Ángel MesaReligión Digital

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Cuaresma 2021

Miércoles, 24 de febrero de 2021

cuaresma_portada_01Miguel Ángel Mesa
Madrid.

ECLESALIA, 19/02/21.- El papa Francisco nos invita a celebrar la Cuaresma de este año, ofreciéndonos tres consejos para vivirla en profundidad: fe, esperanza y caridad, las tres virtudes teologales que hay que actualizar desde el mundo de hoy y su realidad compleja y sufriente, para no quedarnos en meras definiciones vacías de contenido.

La fe sirve, entre otras cosas, para “dejarnos alcanzar por la Palabra de Dios, que es Cristo, que nos lleva a la plenitud de la Vida”. Es decir, cualquier palabra que no nos conduzca a dejarnos interpelar por la vida, a descubrir la vida que se oculta en tantos sepulcros de nuestro mundo, a sembrar semillas de vida donde todo aparece como un desierto, a devolver vida en abundancia para quienes están desahuciados de la vida… no es la palabra auténtica del Dios de la Vida. Para las personas cristianas, este camino solo se recorre desde el seguimiento de Jesús, mediante la forma de ser felices que propuso en las bienaventuranzas, para concretar el ideal de ese otro mundo posible, donde la fraternidad y la justicia se hagan realidad en nuestra sociedad y nuestro mundo.

La esperanza “como agua viva que nos permite continuar nuestro camino, estando más atentos a decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan; la esperanza como inspiración y luz interior, porque somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios hace nuevas todas las cosas”. Esa esperanza que nace de una promesa que hay que renovar día a día, porque debemos pintar cada amanecer con los colores de la ilusión y la sonrisa, porque tenemos que comprometernos para que la esperanza no sea un van anhelo, porque una vida sin esperanza es como una rosa sin agua, que se va marchitando hasta que se seca y sus pétalos caen a tierra agostados. La esperanza es una mirada limpia, un abrazo sincero, un horizonte al que se llega juntos, paso a paso.

La caridad “es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión. A partir del amor social es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, cuidando a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia”. La solidaridad, la acogida, la com-pasión, la miseri-cordia profunda, la fraternidad… serían algunos de los viejos y nuevos nombres para denominar a la caridad. Porque no hay amor verdadero si no se concreta en la realidad que nos rodea, si no se celebra y se brinda la alegría de los demás, si no se acompaña y se comparten las lágrimas del otro en silencio para enjugarlas, si no nos comprometemos para evitar tanto sufrimiento, soledad impuesta, opresión e injusticias… Si no es así, el amor, la caridad bien entendida, será una falsedad y un autoengaño.

Por lo tanto, siguen vigentes la fe, la esperanza y la caridad. Pero entendidas al modo que Jesús las vivió. Como estamos llamados a vivirlas nosotros y nosotras en esta Cuaresma, en la que debemos, en estos tiempos de cruel pandemia, contagiar los virus sanadores de la confianza, la ilusión, la ternura, la empatía y la resiliencia, por un mundo más humano, fraterno, mejor.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Nada está fuera de Dios

Martes, 20 de octubre de 2020

A esto estamos llamados…

Del blog de Henri Nouwen:

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Todo ministerio opera bajo la convicción de que nada, absolutamente nada, en nuestra vida está por fuera de la misericordia y del criterio de Dios. Al esconder alguna parte de nuestra propia historia, ya sea de nosotros mismos o de los ojos de Dios, nos estamos atribuyendo un papel de divinidad. Así, nos convertimos en jueces de nuestro propio pasado y limitamos la misericordia de Dios a nuestros propios temores. Nos desconectamos no solo de nuestro propio sufrimiento, sino también del sufrimiento de Dios por nosotros.

El reto del ministerio es ayudar a las personas que atraviesan situaciones muy concretas, tales como la enfermedad o el dolor emocional, las limitaciones físicas o mentales, la pobreza, la opresión, o el estar atrapados en las complejas redes de instituciones seculares o religiosas, a ver y experimentar su historia como parte del continuo trabajo de redención que Dios lleva a cabo en el mundo. Esta perspectiva y esas experiencias tienen la capacidad de sanar precisamente porque regeneran la conexión perdida entre Dios y el mundo, y porque crean una nueva unidad en la que los recuerdos que antes parecían destructivos por completo, ahora forman parte de un suceso redentor.

*

Henri Nouwen

(Momentos de paz…)

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“Lo que hace la mano derecha y la izquierda”, por Gabriel Mª Otalora

Viernes, 7 de agosto de 2020

5bab63debef82-569x427De su blog Punto de Encuentro:

El evangelio está lleno de indicaciones sorprendentes, por lo novedosas, para quien las lee con el corazón abierto a la escucha. Da igual si estamos en el siglo de los iluministas, en el Medioevo o en pleno siglo XXI. Dios es siempre novedad y aliento fresco que nos invita al crecimiento y a la madurez integral. Pues bien, me he fijado en un pasaje en el evangelio de Mateo no es menor sobre el mensaje que atesora.

Dicho pasaje nos habla de la importancia de no practicar la justicia delante de los demás para ser vistos y alabados por ello; cuando demos limosna, que no sepa la mano izquierda lo que hace la derecha, para que tu limosna sea en secreto; y nuestro Padre, que ve en lo secreto, nos recompensará (Mt 6). Jesús nos alerta de lo fácil que es caer en la tentación de ser generosos… poniendo un cuidado disimulado para que otros se enteren de mi buen corazón. Y ya sabemos lo que Jesús opinaba de la hipocresía vanidosa de los “sepulcros blanqueados”. Se entiende bien cuando vemos a gente famosa en los medios de comunicación “comprando” prestigio asegurándose de ser vistas como gente buena realizando donativos a causas solidarias de primer orden, pero a bombo y platillo.

No siempre es así, y por ello me abstendré de poner ejemplos con nombres y apellidos recientes en los medios de comunicación anunciando una filantropía, desinteresada o no, aunque a veces es muy evidente la utilización de la pobreza y la desigualdad para consumo de la vanidad personal; un servicio a los demás que puede tener como primer objetivo nuestras necesidades de autoestima o vanagloria para llenar vacíos personales o sueños que pesan bastante más que el bien que hemos decidido hacer. El evangelio nos hace reflexionar que es humano, pero no lo mejor, que pensemos en nuestro ego que en las personas que nos necesitan en su precariedad. Sus mensajes se refieren siempre en el servicio a las necesidades de los demás, lo único que nos llenará el corazón de verdadera alegría y madurez humana.

Si acertamos en nuestra actitud, crecemos; cuando nos centramos en lo nuestro apoyados en las necesidades de los demás, no. Ahora que está de moda la espiritualidad en todas sus variantes, resulta oportuno el tino de Gabriel Marcel cuando dijo que “Entrar dentro de sí quiere decir, en el fondo, salir de sí”. Buscar que nos alegre el bien de los demás es evangelio puro, sin importar el nivel de influencia social o la cercanía afectiva con lo que somos y pensamos. Al mensaje de “Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? (Lc 32), Jesús nos invita a seguirlo centrados en el necesitado y en su precariedad, no solamente en nosotros y en nuestros afines.

Verdadera misericordia evangélica es lo que el mundo demanda frente a la insensibilidad y la apatía. La ternura, el cariño, la acogida cálida a cada persona deben recuperar el papel esencial con esa actitud de entrega delicada en los que sufren como si fuera yo mismo el necesitado. Y no solo por lo que hemos comentado de la vanidad hipócrita poco evangélica, sino porque al centrarnos disimuladamente en nosotros, nuestra actuación tendrá menos éxito ante cualquier dificultad que aparezca, lógica con personas a las que nadie escucha, nadie espera en ningún sitio, nadie acaricia y besa y, sin embargo, son los preferidos del evangelio. Una prioridad que no viene de que los pobres son mejores, sino porque su indigencia (física, afectiva, etc.) les aprieta, están más desvalidos y urge una ayuda ante su desvalimiento y precariedad.

El compromiso cristiano está llamado a introducir misericordia amorosa eficaz en los engranajes de esta sociedad concreta, para ayudar al que no tiene ni para comer, asistir al que sufre de soledad, acompañar en la depresión, aliviar las limitaciones de la vejez, sostener la vida del desvalido o al apestado social. Y hacerlo sin vanidad, lo cual no quiere decir que los cristianos debamos esconder nuestra coherencia fiel al mensaje evangélico. Anuncio sí, vanagloria, no. Como no es fácil la distinción, Jesús nos lo recuerda y muestra su ejemplo al tiempo que nos recuerda que la oración es la fuente directa para un acertado discernimiento.

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Juan José Tamayo: “Jesús contrapone la compasión a los sacrificios”

Miércoles, 22 de abril de 2020

Compasión“En cuanto compasivo, el ser humano se siente solidario con la suerte del resto de los seres humanos y de la Naturaleza, de forma que todo acto de homi-cidio y de eco-cidio se convierte en sui-cidio: matar a otra persona o destruir la naturaleza es matarse o destruirse a uno mismo

Las iglesias cristianas a lo largo de su historia se han movido entre dos actitudes: la insensibilidad ante el sufrimiento humano y la compasión con las víctimas. Hoy solo tendrá credibilidad el cristianismo si, como el buen Samaritano, realiza prácticas compasivasIglesia: una, santa, católica, apostólica. Y samaritana y compasiva”

La compasión es principio de humanidad. La persona puede ser definida como ser compasivo. Sin compasión, no hay humanidad, se cierne la impiedad, la dureza de corazón, la cerrazón de mente y el bloqueo de la inteligencia. En cuanto compasivo, el ser humano se siente solidario con la suerte del resto de los seres humanos y de la Naturaleza, de forma que todo acto de homi-cidio y de eco-cidio se convierte en sui-cidio: matar a otra persona o destruir la naturaleza es matarse o destruirse a uno mismo. Caín, matando a Abel, se está matando a sí mismo. Sin compasión, el ser humano se torna lobo estepario que se guía por la ley de la selva. Sin compasión, no hay respeto por la vida de l@s otr@s, sino la guerra de todos contra todos.

La compasión, opción y actitud fundamental de Dios ante el sufrimiento y la opresión

La compasiónes la opción y la actitud fundamental de Dios, ejemplo de sensibilidad ante el sufrimiento y la opresión. La palabra hebrea que se traduce por compasión es rahamin, derivada de rahem, vientre, entrañas. En la antropología bíblica, vientre es el lugar de la compasión y se le aplica a Dios capaz de actuar compasivamente desde sus entrañas.

Nos lo recuerda la tradición bíblica del Éxodo, que presenta a Yahvé movido a compasión por los sufrimientos del pueblo hebreo y los gritos de auxilio que llegan al cielo, y comprometido con la liberación de la esclavitud de Egipto:

“He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado el clamor ante sus opresores y conozco sufrimientos (conocer= compartir, sufrir con). He bajado para librarlo de la mano de los egipcios y para subirlos a de esta tierra a una tierra buena y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel… Así, pues, el clamor de los israelitas ha llegado hasta mí y he visto la opresión con que los egipcios los afligen. Ahora, pues, ve: yo te envío al faraón para que saques a mi pueblo, los israelitas, de Egipto. Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto daréis culto a Dios en este monte” (Éx 3,7-12).

La compasión está en la base de la legislación hebrea que defiende los derechos de los huérfanos, las viudas y los extranjeros, desatendidos en la práctica. Es el mensaje y la práctica de los profetas y las profetisas de Israel/Palestina, para quienes la religión verdadera no consiste en ofrecer sacrificios, sino en hacer el bien, establecer el derecho y practicar la justicia. En la tradición profética uno de los nombres de Dios es “Justicia”, como afirma el profeta Jeremías: “Este es el nombre con el que lo llamarán: ‘Yahvé, nuestra Justicia” (Jr 23,6).

La compasión, opción fundamental de Jesús

La compasión conforma el ser de Jesús de Nazaret, su estilo de vida, su forma de pensar y de vivir a Dios, su manera de entender al ser humano, su relación con los demás, su modo de conocer, de creer, de esperar, de amar, su lectura de las Escrituras, su actitud ante las víctimas, ante las personas hambrientas (misereor super turbas).

En el trasfondo de la actuación de Jesús aparece siempre el sufrimiento de las mayorías, de los empobrecidos, de las personas discapacitadas, enfermas, privadas de dignidad. Ante ellas no queda impasible, sino que se le remueven las entrañas. Jesús pone como ejemplo de persona compasiva, de “persona cabal” (Sobrino) a un Samaritano, a quien convierte en sacramento del prójimo, cuando los judíos ortodoxos lo consideraban enemigo y hereje. El Samaritano, “movido a compasión”, atendió a la persona malherida, maltrecha, a diferencia del sacerdote y del levita, que pasan de largo porque su prioridad era la práctica cultual en el templo, ajena a la justicia.

Siguiendo la mejor tradición profética, Jesús contrapone la compasión a los sacrificios:

– “Misericordia quiero, que no sacrificio” (Mateo 12,1-9, citando a Oseas 6,6), afirma en la respuesta a los fariseos critican a los discípulos por arrancar espigas el sábado.

– Cuando los fariseos le echan en cara que coma con publicanos y pecadores, Jesús les responde: “No necesitan de médico los que están fuertes, sino los que están mal. Id, pues, a aprender lo que significa misericordia quiero, que no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (Mt 9,12-13).

– La práctica de la compasión para con los empobrecidos y la crítica de quienes generan el empobrecimiento son la causa principal de su destino final: la condena a muerte y la ejecución en la cruz.

– La compasión es la virtud por excelencia proclamada en el Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los misericordiosos…”. Felicidad y compasión son inseparables. Una persona es feliz compartiendo y aliviando el dolor las personas que sufren. La falta de entrañas de misericordia hace infelices a quienes no practican dicha virtud y a quienes sufren.

Las iglesias cristianas a lo largo de su historia se han movido entre dos actitudes: la insensibilidad ante el sufrimiento humano y la compasión con las víctimas. Hoy solo tendrá credibilidad el cristianismo si, como el buen Samaritano,  realiza prácticas compasivas. A las notas tradicionales aplicadas a la Iglesia: una, santa, católica, apostólica (los tradicionalistas añaden una quinta: romana, que no forma parte del Credo), yo añadiría otras dos: samaritana y compasiva.

La compasión, principio teológico

Mientras escribía este artículo consulté varios diccionarios teológicos y bíblicos y en ninguno de ellos he encontrado las entradas “Compasión” y Misericordia.  Ha sido Jon Sobrino quien ha incorporado en el discurso teológico el principio-misericordia (El principio-misericordia. Bajar de la cruz a los pueblos crucificados, Sal Terrae, Santander 1992). Sin dejarse guiar por la compasión, la teología pasa de largo inmisericordemente ante el sufrimiento humano y se torna cómplice de él. La alternativa es, afirma Sobrino, una teología como inteligencia y praxis del amor, de la justicia y de la misericordia, que se hace cargo del dolor de las víctimas: una teología como inteligencia de la com-pasión, que denuncia a los victimarios y toma partido por las personas, los colectivos y la naturaleza sufrientes que gritan de dolor.

Sin embargo, la teología tradicionalmente ha sido una disciplina sin entrañas de misericordia. Los atributos que aplicaba a Dios eran la Omnipoten-cia, la Omniscien-cia, la Omnipoten-cia y la Providen-cia. Lo definía como Motor inmóvil, Conocimiento de conocimiento, Causa sui, Principio y fundamento de todas  las cosas. Tal Dios es incapaz de sentir, de amar, de sufrir, de compadecerse, se torna insensible al sufrimiento humano. Esa imagen está más cerca del Dios de la teodicea y  de los amigos de Job que de Jesús de Nazaret y del Dios del éxodo “misericordioso y clemente, lento a la ira y rico en amor y fidelidad” (Éx 34,6).

Fuente Religión Digital

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Felices los que creen sin haber visto ( Jn 20, 29)

Domingo, 19 de abril de 2020

Domingo de la Misericodia

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Apaga mis enojos,
pues que ninguno basta a deshacedlos,
y véante mis ojos,
pues eres lumbre de ellos,
y sólo para ti quiero tenerlos.

Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.

*

San Juan de la Cruz,

Cántico Espiritual, estrofas 10 y 11

***

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:

“Paz a vosotros.”

Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:

“Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.”

Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:

-“Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.”

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:

-“Hemos visto al Señor.”

Pero él les contestó:

Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.”

A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomas con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:

-“Paz a vosotros.”

Luego dijo a Tomás:

-“Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.”

Contestó Tomás:

-“¡Señor mío y Dios mío!

Jesús le dijo:

-“¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.”

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

*

Juan 20,19-31

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En el evangelio de hoy encontramos un cenáculo y una puerta cerrada. Una puerta cerrada por temor a alguien es una historia de todos los días, anticipada en el siervo de la parábola que entierro el talento por miedo a perderlo. Afortunadamente, al Señor no le importan nada nuestros cerrojos, y entra y sale como quiere su caridad. Camina o se detiene, trabaja y descansa, habla o se calla, sin que le importen nuestros temores. El Señor muestra que no se ofende por la incredulidad de Tomás, incluso la convierte en un argumento para nuestra fe. No es verdad que al Señor le disgusten ciertas resistencias. Cuando se trata de resistencias razonables, cuando el hombre obra con lealtad, con honestidad, como un hombre que, antes de fiarse de otro, prueba si puede hacerlo por sí solo, entonces el Señor no puede estar descontento. Basta con profundizar un poco en el episodio de Tomás.

Es cierto que este último se mostró reservado y reacio y que, antes de exclamar «¡Señor mío y Dios mío!», quiso asegurarse con la pequeña garantía que ofrecen los sentidos, pero añora el Señor sabe que puede contar con él más que con los otros, que ese grito es un credo que continuará también ante el martirio. Los tipos como Tomás tardan algo en arrodillarse, pero cuando lo hacen se arrodillan de verdad, cuando aman lo hacen de verdad. Cuando Tomás se ofrece, es un hombre el que se ofrece. Y si ofrece a Cristo su propio corazón, es un corazón de hombre el que le ofrece. Y si inclina su cabeza ante él, es una cabeza de hombre la que se inclina. De este modo comienza la adoración «en espíritu y en verdad» (P. Mazzolari, La parola che non passa, Vicenza 1984, pp. 138s, passim

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Juan Masiá: “Satisfacción de pena y condenación eterna son incompatibles con la misericordia todopoderosa”, por Juan Masiá s.j.

Viernes, 24 de enero de 2020

934f3a00dcb72e2fa4ed7bb077b51c9dDe su blog Vivir y pensar en la frontera:

“Los novísimos, solo tres: muerte, juicio y gloria”

“Es posible un juicio final sin premio merecido ni castigo eterno, con tal de que entendamos bien el juicio de Dios como juicio de reconocimiento, justificación y misericordia”

“Como ha dicho el Papa Francisco ‘Dios no puede desear la condenacion eterna de nadie por muy esclavo que sea del mal'”

Pienso y creo que es posible un juicio final sin premio merecido ni castigo eterno, con tal de que entendamos bien el juicio de Dios como juicio de reconocimiento, justificación y misericordia.

 Escribo estas líneas prolongando el diálogo, publicado en este blog para preparar la llegada a Japón del Papa Francisco. En aquel artículo, Adolfo Nicolás reinterpretaba los cuatro “novísimos o postrimerías” del catecismo tridentino (muerte, juicio, infierno y gloria) reformulando así: muerte, juicio, nada y gloria.

Adolfo Nicolas habla del “momento de lucidez que Dios concede a cualquiera”. Si el juicio es lucidez  para reconocer la gracia y el perdón, en un juicio de reconocimiento ya va incluida la parte positiva que se salva en los símbolos de purificatorio temporal y castigo definitivo, una vez despojados del matiz negativo, porque satisfacción de pena y condenación eterna son incompatibles con la misericordia todopoderosa.

Como ha dicho el Papa Francisco “Dios no puede desear la condenacion eterna de nadie por muy esclavo que sea del mal”.

 Quedan, por tanto, las postrimerías o novísimos, como las llamaban los viejos catecismos, reducidas a tres, en vez de cuatro: muerte, juicio y gloria

 Lectores y lectoras preguntarán qué pasa con la tradición del purgatorio y si desaparece el infierno. Respondo: el purgatorio como símbolo de purificación y el infierno como símbolo de la posibilidad de autodestrucccion de la persona libre y llamada permanente a la conversión, siguen teniendo una funcion de llamada a despertar del autoengaño. Pero permanecen asi, no como realidades exentas, sino como parte del juicio, con tal de entender el juicio, no como sentencia de condenación o remuneración, sino como llamamiento a la lucidez del reconocimiento, la gracia de la rehabilitación y la fe en la misericordia perdonadora.

 Así entendido el juicio, los novísimos o postrimerías no serían cuatro, sino tres: muerte, juicio y gloria. Rezamos con el buen ladrón para decir a Jesucristo: “Acuérdate de mi en tu Reinado…” (Lc   )

 Esto supuesto, releamos Mt 25 en clave de reconocimiento y misericordia. Reconocer es admitir la carencia de méritos propios para salvarse o admitir que somos acreedores a un castigo. Pero reconocer significa también agradecer. Agradecemos la misericordia y creemos en el perdón.

El escenario de ovejas y cabras a derecha e izquierda del Juez Omni-misericordioso se desarrolla así:

 Dijo a las ovejas (a la derecha): Tuve hambre y me disteis de comer.  Cuando lo hicisteis con los pequeños conmigo lo hicisteis. Pero reconoced que no lo hicísteis por vuestra propia fuerza ni para ganar méritos, sino por gracia de mi Espíritu que os lo hizo hacer. Reconocedlo y creed en la gracia. Y ahora entrad, benditos del Padre, por la puerta de la salvación.

Dijo a las cabras  (a la izquierda): Tuve hambre y no me dísteis de comer. Cada vez que dejasteis de hacerlo con uno de esos tan insignificantes, dejasteis de hacerlo conmigo. Reconocedlo, confesadlo (Confiteor), reconoced que mereceríais ser condenados severamente, si no fuera porque el castigo definitivo es incompatible con mi misericordia. Y ahora, reconocida la culpa y creyendo en el perdón, venid también vosotros, bendecidos por el Padre y entrad por la puerta de la salvación

En este juicio de reconocimiento, las palabras clave son: lucidez, rehabilitación y misericordia.

 Reconocemos, como ovejas, lúcidamente la carencia de mérito; reconocemos, como cabras, honestamente que merecemos que se haga justicia (no condenadora o vindicativa, sino rehabilitadora)  y reconocemos, tanto ovejas como cabras, la gracia y la misericordia.

 Como al principio de la misa y también en la confesión (hecha ante Dios y acompañada  por la iglesia), reconocemos sacramentalmente  la reconciliación: la necesidad de sanación y la necesidad de creer en el perdón, tal como lo pedimos y recibimos cada vez que rezamos el Padre Nuestro para prepararnos a recibir la comunion…

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“Dios no se muda”, por Juan Zapatero.

Lunes, 21 de octubre de 2019

dios-no-cambia_origCuando afirmamos que Teresa de Jesús es sorprendente, me atrevería a decir que a todas personas nos viene a la mente uno de sus escritos místicos más famosos; se trata del ya más que conocido “Nada te turbe”.  Creo que nunca está de más recordarlo: “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene, nada le falta: solo Dios basta”. No me cabe la menor duda que, a partir de estas breves líneas, se podrían escribir páginas y páginas. De hecho, creo que así ha sido en multitud de ocasiones. Pues bien, no es de todo ello que quiero escribir lo que me sugieren estas palabras cada vez que las leo o que las oigo, y también en esta ocasión. Esta vez, me ha parecido más oportuno acotar esa breve alocución en qué nos recuerda que “Dios no se muda”.

No sé si la imagen puede resultarnos demasiado inteligible en unos tiempos en qué lo que es válido para hoy, ya no servirá para mañana. Aunque pienso que tampoco tenemos que llevar estas palabras por semejantes derroteros. Quiero dejar claro que no solamente no soy experto en Teresa de Jesús, sino que siquiera soy un poco entendido. Por ello, ¡Dios me libre de afirmar qué es lo que la Santa de Ávila quiso decir con semejantes palabras! Pero, en cambio, yo sí que quiero decir lo que a mí me sugieren.

Cuando en diversas ocasiones he pensado qué sentido puede llegar a incluir semejante expresión, me viene siempre a la mente aquel pasaje del Génesis (18, 20-33) en donde aparece Yahveh manteniendo un diálogo de tú a tú con Abraham sobre la perversión de Sodoma y Gomorra. Para mí es uno de los diálogos más apasionantes y sinceros que aparecen en el Antiguo Testamento. Un diálogo, al que le confiere un atractivo especial esa especie de regateo por parte de Abraham respecto a Yahveh. Un regateo que, si se me permite, lo suplantaría por otra palabra, también muy castellana, como es “chalaneo”; que, según define el Diccionario de la Real Academia Española, significaría el “Trato de un negocio conseguido con la destreza propia de un chalán”. Palabra esta muy usada, por cierto, en épocas pasadas en todos los rincones del Estado español donde tenía lugar una feria de ganado. En otras palabras, estaríamos ante un Yahveh (un Dios) que medio se dejar engañar de manera consciente por los trapicheos de Abraham que consigue doblegar la voluntad de Aquel; hasta el extremo de acabar imponiéndose la voluntad del patriarca bíblico. “Respondió Yahveh: «Tampoco haría destrucción en gracia de los veinte.» Insistió Abraham: «Vaya, no se enfade mi Señor, que ya sólo hablaré esta vez: “¿Y si se encuentran allí diez?”» Dijo Yahveh: «Tampoco haría destrucción, en gracia de los diez.»” (Gen 32). Es este un pasaje, pues, que, como he dicho anteriormente, siempre me ha llamado sobremanera la atención, especialmente a la hora de pensar en ese Dios inflexible e implacable que tantos predicadores han expandido por iglesias y conventos a lo largo de la historia del cristianismo; con el consiguiente miedo que llegaban a imbuir en la mente y en los corazones de la inmensa mayoría que los escuchaban. Coincidiendo, por cierto, muy poco o nada con el mensaje del salmo 103, donde se nos recuerda que “Dios es compasivo y misericordioso, lento para castigar y rico en su amor misericordioso”.

Y de esto es, precisamente, de lo que Dios no se muda. Teniendo en cuenta, por otra parte, que, sin mencionarlo, esta es también la gran novedad que representa Jesús para los hombres y mujeres que lo escuchaban y lo seguían; en contraposición, por cierto, con aquel otro Dios del Antiguo Testamento que se enojaba y montaba en ira ante cualquier infidelidad de su pueblo o de algunas de las personas que lo formaban. Pero no es porque Yahveh mudase, sino porque el pueblo de Israel tenía la certeza de que así era, cuando conseguían vencer, someter o castigar a los pueblos enemigos. También los profetas lo interpretaban en la línea de un Dios enojado y enfadado con su pueblo, principalmente cuando este había apostatado de su religión, para pasar a rendir culto a dioses extranjeros.

Ya María había proclamado en el Magníficat “Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación” (Lc 1,50), refiriéndose a Yahveh. Después Jesús, durante su vida pública, no se cansó de enseñar a sus apóstoles y a todas las personas que le seguían que “Se esforzasen por ser compasivos, de la misma manera que lo era el Padre del cielo” (Lc 6,27-38).

Para mí, la mejor imagen de ese Dios que no se muda, precisamente porque su amor permanece de manera constante, aparece representada en el padre que Jesús nos presentó saliendo cada tarde a otear el horizonte para ver si volvía el hijo que le había dado la espalda, renunciando a su amor para vivir a sus anchas de manera caprichosa (Lc 15,11-32).

Por ello, me he preguntado muchas veces, y sigo haciéndolo cuando oigo hablar de Dios a según qué representantes de la Iglesia (jerarcas, catequistas, teólogos, etc.), si no será, más bien, su interés, en vez de la realidad del Dios de Jesús, el que desea con todas sus fuerzas una divinidad que “mude” del amor y de la acogida misericordiosa a la condena y al castigo hacia aquellas personas que, mayoritariamente “ellos”, consideran que han infringido algún mandamiento. Que, curiosamente, no acostumbra a ser “de la Ley de Dios”, sino, más bien, de la “santa Madre Iglesia”. Paradojas, ¿verdad? ¡Pues, sí!

Una más, de entre tantas, en que hacemos cuanto podemos y más para que Dios se adapte (“mude”) a o según nuestros intereses.

Juan Zapatero

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15.09.19. Dom 29 tiempo ord. C. “Oveja perdida o pastores culpables”

Domingo, 15 de septiembre de 2019

imagesDel blog de Xabier Pikaza:

Esta imagen y parábola del Buen Pastor es bella, pero, al mismo tiempo, inquietante, y quizá  anacrónica (el mundo de los viejos pastores está terminando, al menos en occidente…). En el mundo moderno, los pastores han perdido (o están perdiendo) su vinculación personal con ovejas (o cabras, vacas y cerdos…), para convertirse en sueños superiores, que se imponen y dirigen a sus animales con medios técnicos…

Esta puede ser una imagen injusta, pues los fieles (los cristianos) no son ovejas ni cabras, animales que han de ser pastoreados (llevados a sus pastos…), sino personas libres, como sabe Jesús cuando dice “ya no os llamo siervos, ni ovejas, sino que os amigos”, pues he querido compartir con vosotros todo lo que Dios me ha dado, todo lo que tengo (cf. Jn 10, 1‒21; 15, 15)

En otro tiempo, reyes y obispos, podían aparecer como “pastores”, de manera que tenían autoridad sobre las ovejas, a las que “domesticaban” (insertaban en sus casas) o incluso “domaban”, pero hoy no tiene sentido hablar de “doma” de personas.

            Desde ese fondo quiero leer la parábola inicial de este domingo 15.09.19, para situarla después en su contexto bíblico y cristiano. Ciertamente, puede hablarse en la iglesia de ovejas perdidas, inocentes, pero quizá debe hablarse más (en este año 2019) de pastores culpables, que pervierten, utilizan y destruyen a las ovejas, como puso de relieve Jesús y como he destacado en las dos últimas postales de este blog, a partir del inquietante libros de A. Rosmini, sobre las Cinco llagas de la Santa Iglesia, producidas por pastores que oprimen a sus ovejas.

Evangelio:

 En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: “Ése acoge a los pecadores y come con ellos .”Jesús les dijo esta parábola: “Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: “¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido. “Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse (Lc 15, 1‒27).

Ésta no es una parábola de ovejas perdidas, sino más bien de fariseos‒escribas, que se toman como pastores, pero no cuidan a las ovejas, sino que las utilizan y expulsan, no dejando a Jesús que las acoja (que cama con ellas)

El signo del pastor

La figura del pastor y su rebaño pertenece al mundo cotidiano del antiguo oriente, donde se aplicaba principalmente a los reyes y a los sacerdotes. Pastor es en  Sumeria, Asiria y Babilonia,   el rey, que tiene el deber de reunir a los dispersos, proteger a los enfermo y  ayudar a los débiles del pueblo. Pastor es en el cielo Dios, aquel que cuida del rebaño grande de los hombres.

El Antiguo Testamento sabe que Dios es pastor de Israel (Gen 48, 15; Sal 23, 1; 80, 2): dirige a su pueblo, lo lleva a las fuentes y pastos, lo reúne y lo protege (Sal 23, 3: Jer 23, 3; Ez 34, 11-12, etc.). También los jefes de Israel reciben rasgos de pastor (cf. 2 Sam 7, 7; Jer 13, 20; Sal 78, 72), aunque parece que nunca se les atribuye di­rectamente ese título, que será propio del mesías: Dios «les daré un pastor único que los pastoree: mi siervo David; él les apacentará, él será su pastor. Yo, el Señor, seré su Dios y mi siervo David será príncipe en medio de ellos» (Ez 34, 23-24; cf. 37, 22.24; Jer 3, 15; 23, 4).

La certeza de que Dios cuida a las ovejas y la promesa del nuevo pastor mesiánico de Ez 34, 11-14; 23, 23  forman el punto de par­tida de una visión teológico-simbólica que llega hasta Mt 25, 32. En el fondo está igualmente la imagen de 1 Hen 89-90, donde el camino de Israel, desde el diluvio hasta el mesías, aparece como historia de un rebaño; los miembros del pueblo son tapróbata (ovejas); Dios las guía, superando los peligros, los rechazos y rupturas hasta el tiempo en que llegue el salvador- mesías.

Los hombres como s ovejas.

Unidas en rebaño, las ovejas son para el Antiguo Testamento un signo del pueblo israelita (2Sam 24, 17; Sal 76, 21 LXX; Num 27, 17). Así lo muestra de un modo especial Sal 73, 1, LXX: «¿Por qué… está ardiendo tu cólera contra las ovejas de tu rebaño (probata nomês mou)?». Ez 34, 31 asegura: «Vosotros… sois ovejas de mi rebaño, probata poimniou mou, y yo soy vuestro Dios». La literatura rabínica y apocalíptica utiliza el mismo simbolismo, sobre todo en 1 Hen 89-90 donde se cuenta toda la historia de Israel partiendo de la imagen de las ovejas del rebaño de Dios. En esa perspectiva se mantiene el Nuevo Testamento y de manera especial el evangelio de Mt, que utiliza siempre probaton de un modo metafó­rico, poniendo de relieve el riesgo en que los hombres están de se oprimidos y destruídos por malos pastores..

El-Buen-PAstor-Murillo-Museo-del-Prado_-240x300En esa línea simbólica, Mateo afirma que las gentes que escuchan y acogen la palabra de Jesús son «como ovejas sin pastor» o con pastores perversos (Mt 9, 36; cf. Ez 34, 5). En esa línea, los  discípulos de Jesús reciben el encargo de acudir «a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 10, 6; 15.24). Pasando ya al plano eclesial, Mt compara al creyente en peligro con una oveja que se pierde y puede perecer (Mt 18, 12). Por su parte, el misionero es como oveja en medio de lobos (Mt 10, 16).

 Llega a tanto la fuerza de la comparación que se dice que los falsos discípulos son como «lobos con piel de oveja», es decir, creyentes fingidos, que destruye‒devoran a los otros. (Mt 7, 15; cf. 26, 31). Esta visión de Mt podría ampliarse con otros pasajes del Nuevo Testamento (cf. Jn 10, 1-17; Heb 13, 30; Pe 2, 25). Todo eso permite suponer que las ovejas del juicio final (Mt 25, 31-46) tienen un sentido metafórico: ellas constituyen el auténtico Israel, la nueva comunidad escatológica. Por eso reciben un lugar a la derecha del gran Rey, en ámbito de reino.

Id a las ovejas perdidas de la casa de Israel (Mt 10, 6)

En la línea de la literatura tardía del AT (Ezequiel, Zacarías…) y de muchos libros intertestamentarios (o apócrifos) como 1 Henoc, Jubileos,Test. XII Patriarcas y de gran parte de la literatura de Qumrán, la causa de la ruina de Israel se debe a los malos pastores civiles y religiosos (príncipes, sacerdotes…) que, en vez de guiar y cuidar a las ovejas de Israel las están destruyendo.

En ese contexto aparece Jesús como “buen pastor” (contrario a los “malos” pastores, de los que se ocupa Jn 10: celotas guerreros, un tipo de sacerdotes…), de manera que su mensaje y camino aparece como un “conflicto de pastores”. Evidentemente, a Jesús le han criticado por ocuparse de las “ovejas malas” de Israel (publicanos, prostitutas, enfermas, pobres…), en vez de centrarse en las buenas, para recrear con (desde) ellas el buen pueblo de la alianza, como querían, desde diversas perspectivas, esenios y fariseos, saduceos y celotas.

 No vayáis a tierra de gentiles, ni entréis en las ciudades de Samaria;id, más bien, a las ovejas descarriadas de Israel (Mt 10, 5‒6)

              En un primer momento, este mandato no era negativo (no vayáis a los samaritanos y gentiles…), sino radicalmente positivo y conflictivo: “Id a las ovejas perdidas de Israel”, dice “perdidas”, no pecadores, ovejas que se han extraviado y corren el riesgo de perderse por culpa de los malos pastores.

Esta prohibición (no vayáis…) y este mandato (id más bien) puede entenderse como expresión de la conducta misionera de algunas iglesias judeo-cristianas o como prohibición histórica de Jesús. En un primer momento Jesús no se ocupó de samaritanos ni gentiles, sino de los judíos expulsados, oprimidos… Pero después, con toda la lógica del mundo, los cristianos de la línea de Pablo (y luego los evangelios de Marcos, Mateo, Lucas y Juan) descubrieron que esas ovejas perdidas de Israel era un signo de todos los perdidos del mundo, que no son pecadores en sentido moralista (aunque puede haber entre ellos pecadores de este tipo), sino oprimidos, expulsados, marginados.

hicsos  Ciertamente, esas ovejas le importan a Jesús por ser israelitas (¡forman parte de su pueblo!), pero, sobre todo, por hallarse aplastadas, de manera que al final (en el fondo) más que su identidad nacional importa su condición humana, como personas perdidas, oprimidas, en la línea de la gran experiencia de Mt 9, 36‒39, donde se dice que Jesús  descubrió que los hombres estaban “esquilmados, apastados”, como ovejas sin buen pastor, en manos de lobos que se hacen pasar por pastores.

Mt 15, 25. La lección de la mujer cananea

Esta experiencia y argumento está en el fondo del relato de la mujer cananea y de su hija enferma, tomado de Mc 7, 24-30, donde el Jesús de Mateo empieza repitiendo el mismo argumento de 10, 5-6 (ha venido para las ovejas perdidas de la casa de Israel: 15, 25).   De un modo lógico, asumiendo las tradiciones de su pueblo, como Hijo del David nacional, en la línea Mt 10, 6), Jesús responde a la mujer pagana diciéndole que Dios le ha enviado solamente a las ovejas perdidas   de la casa de Israel, y que no es bueno echar el pan de los hijos a los perritos.

Supone así que los israelitas son hijos queridos de Dios; los gentiles, en cambio, son perros, en la línea de 7, 6: “No echéis lo santo a los perros… ( en el sentido de perros asilvestrados)”. Pues bien, esta mujer cananea acepta ese lenguaje, y pide a Jesús sólo las sobras, pues también a los perritos (kynariois) ahora en el sentido de perros pequeños, caseros) se les dejan las migajas que caen de la mesa de los hijos. Ante esa palabra, de un modo sorprendente, Jesús se deja convencer, descubriendo y aceptando la gran fe  de esta mujer, descubriendo que entre las ovejas necesitadas de Israel y las del mundo entero no existe distinciòn

Frente al banquete de muerte de Herodes (cf. Mt 14, 6-12), se eleva aquí el banquete de curación y vida que Jesús ofrece a todos, incluidos los gentiles. Frente a la comida exclusivista de los escribas y fariseos, que sólo admitían en la mesa a quienes tenían a su juicio manos limpias (cf. Mt 15, 1-20), convencido por esta mujer, Jesús ofrece su banquete de pan y salvación para los gentiles.

Jesús había comenzado aceptando el ritmo “canónico” de la historia de la salvación: En primer lugar se encuentran los judíos, luego los gentiles; primero hay que alimentar y curar a los hijos y después, cuando esos hijos estén saciados, podrán alimentarse los perros, es decir, los de fuera. Ésa era la visión normal de la mayoría de los judíos de aquel tiempo, y la visión que seguimos teniendo todavía muchos “cristianos”: Primero ha de haber pan para nosotros, los de casa (compatriotas…). Sólo después podrán alimentarse los de fuera.

Jesús empezó manteniendo en principio (en teoría) esa visión, pero la experiencia (la necesidad) de esta mujer hace que cambie (=se convierta).  Desde aquí se entiende su nuevo y más hondo mensaje, dirigido no sólo a las ovejas perdidas de Israel, sino a todas las ovejas perdidas del mundo.La figura del pastor

Pastor misericordioso, buen pastor (Jn 10)

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             Volvamos al tema de nuestro evangelio (Lc 15, 3-6).A Jesús le han acusado de comer con pecadores, perdonando y recibiendo en su mesa a los proscritos de la alianza (publicanos, prostitutas). Jesús se defiende contando esta parábola, en la que Dios (o el pastor mesiánico) viene a mostrar su solidaridad con las ovejas perdidas. En esa línea avanza  el texto del buen pastor:

«Yo soy el buen pastor; el buen pastor entrega su vida por sus ovejas. El mercenario, el que no es pastor ni tiene a las ovejas como propias, ve venir al lobo y abandona, huyendo, a las ovejas; y así viene el lobo y las destroza y las dispersa. Yo soy el buen pastor; conozco a mis ovejas y ellas me conocen, como el Padre me conoce y yo conozco al Padre. Así entrego mi vida por las ovejas. Tengo otras ovejas que no son de este redil; las debo conducir, para que escuchen mi voz y de esa forma haya un rebaño y un pastor» (Jn 10, 11-16).

 Es esta línea anterior, el pastor se ha convertido de alguna forma en padre y amigo del rebaño. Jesús, buen pastor, se distingue de otros malos pastores, mercenarios, que han venido a presentarse como salvadores, siendo en realidad puros asalariados, que han querido aprovecharse del rebaño, pues sólo les importa su poder y su dinero. El evangelio de Juan alude aquí probablemente, en la línea de 1 Henoc 83-90, a los diversos líderes que, en esos últimos años, entre el 50 y el 100 d. C., han manipulado a los judíos, llevándoles a la perdición (centrada en la guerra orgullosa y suicida contra Roma, en clave de violencia, no de gracia).

Jesús es verdadero pastor porque conoce a las ovejas (hombres), dialogando con ellas en intimidad de corazón. Sólo así, sobre una base de conocimiento personal puede fundarse la comunidad de los salvados como iglesia donde todos tienen un lugar para vivir en plenitud. Jesús es pastor y puerta del rebaño; Jesús es guía y casa para las ovejas. Leer más…

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Cuatro actitudes ante los pecadores. Domingo 24 Ciclo C.

Domingo, 15 de septiembre de 2019

hijo prodigoDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre:

Por una extraña coincidencia, las tres lecturas de este domingo hablan del perdón a los pecadores.

Moisés: intercesión

            Según el libro del Éxodo, Moisés pasó cuarenta días en la cumbre del monte Sinaí hablando con Dios. Demasiado tiempo para el pueblo, que termina pensando que ha muerto. En busca de algo que le ofrezca garantía y seguridad, convence al sacerdote Aarón para que fabrique un becerro de oro. En el Antiguo Oriente, el toro era un símbolo muy adecuado para representar la fuerza y vitalidad de un dios, y por eso los israelitas proclaman: «Este es tu dios, Israel, el que te sacó de Egipto».

            Sin embargo, construir imágenes de Dios es una forma de intentar manipularlo. A la imagen se la puede premiar o castigar; se la puede ungir con perfumes y ofrecer regalos si Dios me concede lo que quiero, o se la puede privar de todo si no me lo concede. Además, la imagen destruye el misterio de Dios reduciéndolo a un objeto visible.

            ¿Cómo reaccionará el Señor ante este pecado? El relato no carece de cierto humor. Dios se muestra indignado, pero no actúa. Al contrario, provoca a Moisés para que interceda por el pueblo. Como un padre que, indignado con su hijo, le dice a su esposa que piensa castigarlo para que ella interceda y le anime a perdonar.

            Las palabras que dirige a Moisés: «se ha pervertido tu pueblo, el que sacaste de Egipto» recuerdan a las que tantas veces dice un marido a su mujer: «tu hijo…», como si no fuera también suyo. Como si Israel no fuera el pueblo de Dios y no hubiera sido él quien lo sacó de Egipto. El tono humorístico, dentro de la tragedia, alcanza su punto culminante cuando Dios le pide permiso a Moisés para terminar con el pueblo: «Déjame, mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo».

            Pero Moisés no se deja tentar por la promesa de ese nuevo gran pueblo. “El que ahora guío ˗le responde a Dios˗ aunque sea pervertido y de dura cerviz, es tu pueblo, el que sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta. No me eches a mí la culpa y acuérdate de lo que prometiste a Abrahán, Isaac y Jacob”. Bastan estas pocas palabras para que el Señor se arrepienta de la amenaza.

            Dos grandes enseñanzas en este breve relato: 1) lo fácil que es convencer a Dios para que perdone; 2) el responsable de la comunidad nunca debe rechazarla por más pervertida que pueda parecer; su postura debe ser la de Moisés, recordando lo bueno que hay en ella y defendiéndola.

En aquellos días, el Señor dijo a Moisés:

– «Anda, baja del monte, que se ha pervertido tu pueblo, el que tú sacaste de Egipto. Pronto se han desviado del camino que yo les había señalado. Se han hecho un novillo de metal, se postran ante él, le ofrecen sacrificios y proclaman:

“Éste es tu Dios, Israel, el que te sacó de Egipto.”»

Y el Señor añadió a Moisés:

– «Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. Por eso, déjame: mi ira se va a encender contra ellos hasta consumirlos. Y de ti haré un gran pueblo.»

Entonces Moisés suplicó al Señor, su Dios:

– «¿Por qué, Señor, se va a encender tu ira contra tu pueblo, que tú sacaste de Egipto con gran poder y mano robusta? Acuérdate de tus siervos, Abraham, Isaac y Jacob, a quienes juraste por ti mismo, diciendo:

“Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de que he hablado se la daré a vuestra descendencia para que la posea por siempre.”»

Y el Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado contra su pueblo.

Los seglares piadosos y los teólogos: rechazo y crítica

«En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: Ése acoge a los pecadores y come con ellos.»

            La lección de Moisés, intercediendo por los pecadores, no la han aprendido los teólogos de la época (los escribas) ni los seglares piadosos (fariseos). Son partidarios de una separación radical de buenos y malos que excluya cualquier contacto entre ellos. Y, dentro de los malos, los peores son los publicanos, explotadores al servicio de Roma, y los pecadores, gente que no va a la sinagoga el sábado, no ayuna, no reza tres veces al día, no paga el tributo al templo ni los diezmos, no observa las leyes de pureza, etc.

            Pero lo interesante es que escribas y fariseos no se indignan con los pecadores sino con Jesús, porque los acoge y come con ellos. No debe extrañarnos demasiado. ¿Qué dirían muchos católicos, obispos incluidos, si viesen hoy día a Jesús tomándose una cerveza en la sede de LGTBI?

Jesús: alegría y acogida

            A la murmuración y la crítica de sus adversarios Jesús no responde con un ataque durísimo a su hipocresía sino contando tres parábolas (la oveja perdida, la moneda perdida y los dos hermanos), que insisten las tres en la alegría de Dios por la conversión de un solo pecador.

            ‒ Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al Regar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: ¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.

            Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: ¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido. Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta.


También les dijo:

            ‒ Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: “Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.” El padre les repartió los bienes.

            No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer. 

            Recapacitando entonces, se dijo: “Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros.”

            Se puso en camino a donde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo. Su hijo le dijo: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. ” Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestido; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.” 

            Y empezaron el banquete.

            Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba. Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.” Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Y él replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.” El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.”

            La parábola de los dos hermanos (conocida con el título equivocado de “el hijo pródigo”) es la que más encaja con el problema inicial. El hermano menor representa a publicanos y pecadores, el mayor a escribas y fariseos. Quien lee la parábola sin prejuicios, se escandaliza de la conducta del padre, que malcría a su hijo menor mientras se muestra duro y exigente con el mayor. Este escándalo es el mismo que experimentaban los fariseos y escribas con Jesús. Y es el que él quiere que superen pensando en el amor y la alegría que siente Dios como padre que recupera un hijo perdido. El que no vea a Dios como padre, sino como legislador, obsesionado porque se cumplan sus leyes, nunca podrá comprender esta parábola ni la vida y el mensaje de Jesús.

            La parábola nos ayuda al mismo tiempo a autoevaluarnos. A veces nos portamos con Dios como el hijo pequeño que se marcha de la casa y sólo vuelve cuando le interesa; otras, en circunstancias familiares difíciles, actuamos como el padre, perdonando y aceptando lo inaceptable; otras, como el hermano mayor, condenamos al que no se comportan adecuadamente y evitamos el contacto con él. Conviene repasar la propia historia desde estos tres puntos de vista y ver cuál predomina.

Dios: compasión

            Los textos anteriores enseñan a través de relatos (Éxodo) y parábolas (evangelio), la segunda lectura cuenta la experiencia personal de Pablo. Él, fariseo de pura cepa, termina descubriéndose como «un blasfemo, un perseguidor y un violento». Ha maldecido a Jesús, ha metido en la cárcel a los cristianos, ha querido exterminarlos. «Pero Dios tuvo compasión de mí… Dios derrochó su gracia en mí… Jesús se compadeció de mí». La experiencia de Pablo, en mayor o menor grado, es la de cualquiera de nosotros. Y nuestra reacción debe ser también la suya de servicio y alabanza a Dios.

            Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a Timoteo 1, 12-17

Querido hermano:

Doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió este ministerio. Eso que yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un insolente. Pero Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía. El Señor derrochó su gracia en mí, dándome la fe y el amor en Cristo Jesús. Podéis fiaros y aceptar sin reserva lo que os digo: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Y por eso se compadeció de mi: para que en mí, el primero, mostrara Cristo Jesús toda su paciencia, y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán vida eterna. Al Rey de los siglos, inmortal, invisible, único Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

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Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. 15 septiembre, 2019

Domingo, 15 de septiembre de 2019

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Solían acercarse a Jesús los publicanos y pecadores a escucharle.

Jesús les dijo esta parábola:

Si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa con cuidado, hasta que la encuentra?”

 (Lc 15, 1-10)

 

El evangelio de este domingo nos pone dos ejemplos de escucha. La escucha de los publicanos y pecadores y la escucha de los fariseos y escribas.

La escucha de los fariseos y escribas.

Estos últimos son “mensajeros” de críticas, están al acecho de lo que Jesús hace y dice, tienen el corazón enfermo, amargado, no pueden escuchar, oyen y al oír desatan un parloteo interior, un desenfoque de la realidad.

La mente nos agita, engendra ambición, no deja perdonar, nos agarrota con ruidos que nos hacen personas duras, sin capacidad de acoger, de perdona; nos atiborra de ruidos, de orgullo; nos hace sentirnos “las mejores”.

La escucha de los publicanos y pecadores.

El otro ejemplo, el de los publicanos y pecadores que se acercan a Jesús para escucharle. Escuchar con la cabeza y con el corazón. Se acercan a Jesús para escucharle. Es un modo, un talante de ser y de vivir. Dicen los místicos que el camino más largo de recorrer en la vida es un camino muy corto, el que va de la cabeza al corazón.

Cuando llegamos al corazón nos invita con suavidad a escuchar. Y es una llamada a buscar lo que hemos perdido, la “moneda perdida” que es muchas veces la paz del corazón. Sentirnos vulnerables, nos llama a escuchar al Maestro, al Señor Jesús. Quien se abre a la escucha de Jesús, se abre a la plenitud.

Quien con sencillez escucha, siente “cosquilleos” en el corazón, y como la mujer de la parábola, necesitamos comunicar lo que sentimos y decir a quienes nos rodean: ¡felicitadme! He encontrado lo que buscaba: el Espíritu de Dios.

Oración

Padre bueno,

que nos has enviado a Jesús:

nuestra gratitud.

Jesús, Tú nos hablas,

nos invitas a la escucha,

silencia nuestro corazón.

Santo Espíritu,

que nos iluminas y fortaleces.

Sólo podemos decir:

¡Hágase en mí tu voluntad! Amén

 

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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Para Dios nadie está perdido

Domingo, 15 de septiembre de 2019

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Hoy leemos el c. 15 de Lc, que empieza exponiendo el contexto en que se desarrollan las tres parábolas: la oveja, la moneda y el hijo perdidos. Todos los publicanos y pecadores se acercaban a él. Los fariseos critican a Jesús por esto. Las tres parábolas son una respuesta de Jesús a esas murmuraciones. Los fariseos pensaban acercarse a Dios a través del cumplimiento de la Ley. Tantas veces se nos ha inculcado la obligación de buscar a Dios por ese camino, que nos quedamos alelados cuando Jesús nos dice que es Él el que nos busca.

A pesar de la radicalidad del domingo pasado (odia a tu familia, ama la cruz, renuncia a todo), hoy nos dice el evangelio que los “pecadores” se acercaban a Jesús. Es la mejor demostración de que no lo entendieron como rigorismo, sino como acogida entrañable. Los fariseos y letrados se acercaban también, pero para espiarle y condenarle. No podían concebir que un representante de Dios pudiera mezclarse con los “malditos”. El Dios de Jesús está radicalmente en contra del sentir de los fariseos.

Las parábolas no necesitan explicación alguna, pero exigen implicación, es decir, que nos dejemos empapar por su mensaje. El dios que nos hemos fabricado a nuestra imagen y semejanza tiene que saltar por los aires. Atreverse a romper una y otra vez el ídolo es la tarea más complicada de toda religión. El Dios de Jesús se identifica con cada una de sus criaturas haciéndolas participes de todo lo que él es. No somos nosotros los que tenemos que “convertirnos” a Dios, porque Él está siempre vuelto hacia cada uno de nosotros. No puede esperar nada de nosotros, pero nosotros, todo lo recibimos de Él.

Las tres parábolas que hemos leído van en la misma dirección. No solo nos invitan a la confianza en un Dios que nos busca con amor sino que trastocan radicalmente la idea de Dios, la idea de pecador y la idea de justo. Si comparamos la primera lectura con el evangelio, descubriremos el abismo que existe entre una concepción y otra. Pero se trata de sustituir conceptos religiosos, que son los más difíciles de desarraigar. Después de veinte siglos, seguimos teniendo la misma dificultad a la hora de cambiar nuestro concepto de Dios.

En los conceptos religiosos de la época, Jesús no pudo expresar toda su experiencia de Dios. Pero, si estamos atentos, podemos descubrir en su mensaje rasgos definitivos del verdadero Dios. El Dios de Jesús es, sobre todo, Abba; es decir, padre y madre que se entrega incondicionalmente a sus criaturas. Es amor, misericordia y compasión. Nada del ser poderoso que espera de nosotros vasallaje. Nada del juez que analiza con meticulosidad nuestras acciones. Nada del impasible que defiende su gloria por encima de todo. Las tres parábolas insisten en la búsqueda, por su parte, del hombre, aunque se haya extraviado.

Hoy podemos apuntar a Dios con mucha más precisión que los evangelios, porque tenemos mejor conocimiento del hombre y del mundo. Hoy sabemos que Dios no es un ser, ni siquiera el más sublime de todos los seres. Lo que es, lo ha dejado plasmado en cada una de sus criaturas. Dios no puede ser aislado de la creación. No es ni cada criatura ni el conjunto de lo creado; pero tampoco es algo al margen, que se encuentra en alguna parte fuera de la creación. Debemos superar el concepto de creación que hemos manejado hasta la fecha. La creación es la manifestación de Dios que no exige un principio temporal.

El Dios de Jesús es don absoluto y total. No un don como posibilidad, sino un don efectivo y ya realizado, porque es la base y fundamento de todo lo que somos. Al decir que es Amor (ágape) estamos diciendo que ya se ha dado totalmente, y que no le queda nada por dar. Jesús no vino a salvar, sino a decirnos que estamos salvados. Un lenguaje sobre Dios, que suponga expectativas sobre lo que Dios puede darme o no darme, no tiene sentido.

Si somos capaces de entrar en esta comprensión de Dios, cambiará también nuestra idea de “buenos” y “malos”. La actitud de Dios no puede ser diferente para cada uno de nosotros, porque es anterior a lo que cada uno es o pueda llegar a ser. El Dios que premia a los buenos y castiga a los malos es una aberración incompatible que el espíritu de Jesús. Dios no nos ama porque somos buenos, al contrario, somos “buenos” porque hemos descubierto lo que hay de Dios (Amor) en nosotros. Somos “malos” porque no hemos descubierto a Dios.

Alguno puede pensar que, aceptar la misericordia de Dios invita a escapar de la responsabilidad personal. Si Dios me va amar lo mismo siendo bueno que siendo malo, no merece la pena esforzarse. Esta reflexión indica que no hemos entendido nada del evangelio. Nada más contrario a la predicación de Jesús. La misericordia de Dios es gratuita, eterna e infinita, pero no puede afectarme hasta que yo no la acepto. Creer que puedo acogerme a la misericordia sin responder a su búsqueda es entender la relación con Dios de una manera jurídica y externa. La actitud de Dios para conmigo debe ser el motor de cambio en mí.

La máxima expresión de misericordia es el perdón. Entender el perdón de Dios tiene una dificultad casi insuperable, porque nos empeñamos en proyectar sobre Dios nuestra propia manera de perdonar. Nuestro perdón es una reacción a la ofensa del otro. En cambio, el perdón de Dios es anterior al pecado. Dios es solo amor, pero nosotros lo descubrimos como perdón, cuando nos sentimos perdonados, por eso para nosotros está siempre unida al pecado. Para aclararnos un poco, vamos a examinar dos conceptos: cómo podemos entender el perdón de Dios, y cómo podemos entender el pecado.

Dios solo puede amar. Decimos que Dios ama porque Él es amor, no porque las cosas o las personas sean amables. Dios no ama las cosas porque son buenas, sino que las cosas son buenas porque Dios las ama. El perdón en Dios significa que su amor no acaba cuando nosotros fallamos, como pasa entre los hombres. Si nosotros amamos unas criaturas, y no a otras, se debe a nuestra ceguera, a nuestra ignorancia. Ahora comprenderéis lo equívoco de nuestro lenguaje sobre Dios cuando hablamos de su perdón como un acto.

Es ridículo pensar que podamos ofender a Dios. La incapacidad de los cristianos para aceptar a los pecadores se debe a que identificamos los fallos con la persona misma. La persona es una cosa y sus acciones otra. El pecado es siempre fruto de la ignorancia. Para que la voluntad se incline a un objeto, tiene que presentarse como bueno. El entendimiento puede ver una cosa como buena, siendo en realidad mala. Esta es la causa de nuestros fallos. Para superar una actitud de pecado, no debemos apelar a la voluntad, sino al entendimiento.

Si las reflexiones que acabamos de hacer son ciertas, ¿de qué sirve la confesión? Mal utilizada, para nada. Pero si la sabemos utilizar, es uno de los hallazgos más interesantes de los dos mil años de cristianismo, porque responde a una necesidad humana. Somos nosotros, no Dios, quienes necesitamos la confesión como señal de su perdón. La confesión no es para que Dios nos perdone, sino para que nosotros descubramos el mal que hemos hecho y aceptemos el amor de Dios que llega a nosotros sin merecerlo. La confesión es el signo de que yo he fallado, pero también de que Dios ni me falla ni puede fallarme.

Meditación-contemplación

El amor de Dios es anterior a mi propio ser.
Todo lo que soy depende de ese don gratuito de Dios.
Deja que ese Ágape se manifieste a través de tu ser.
Tengo que dejarme encontrar por ese Dios.
Tengo que sentir su energía y dejar que me inunde.
Dios en mí es fuerza trasformadora.

 

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Hoy mismo

Martes, 16 de julio de 2019

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¡Padre del cielo! Tu gracia y tu misericordia no cambian con la mutación de los tiempos, no envejecen con el transcurrir de los años, como si fueras, al igual que un hombre, un día más misericordioso que otro, más misericordioso el primero que el último. Tu gracia no cambia, dado que eres inmutable, que eres siempre el mismo, eternamente joven, nuevo en cada nuevo día, porque cada día dices: «Hoy mismo».

Oh, mas si un hombre toma en consideración esta palabra y, cogido por ella, se dice seriamente a sí mismo con santa determinación: «Hoy mismo», entonces eso significa para él que desea ser cambiado juntamente ese día, desea que precisamente ese día pueda llegar a ser para él significativo con respecto a los otros días, significativo por el renovado refuerzo en el bien que una vez eligió, o tal vez incluso significativo porque escoge el bien. Tu gracia y tu misericordia consisten en esto: en que tú, inmutable, dices cada día: «Hoy mismo». En efecto, tú eres el que da «hoy mismo» el tiempo de la gracia; el hombre, sin embargo, es alguien que debe coger «hoy mismo» el tiempo de la gracia. Así es nuestro hablar contigo, oh Dios; existe una diferencia de lenguaje entre nosotros; sin embargo, nos esforzamos por comprenderte y por hacernos comprensibles a ti, y tu no te avergüenzas de ser llamado nuestro Dios.

Eso que -dicho por ti, oh Dios- es la eterna expresión de tu gracia y de tu misericordia inmutables, eso mismo -repetido en su justo sentido por un hombre- constituye la máxima expresión del cambio y de la decisión más profunda; sí, como si todo estuviera perdido si el cambio y la decisión no tuvieran lugar hoy precisamente.

Concédenos, pues, que este día pueda ser un día de verdadera bendición, que podamos escuchar la voz de aquel a quien tú enviaste al mundo y podamos seguirle.

*

Soren Kierkegaard,
«Ejercicio del Cristianismo»,
en Micromega
2 [2000], pp. 103-105, passim

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“El amor qué desarma”, por Gabriel María Otalora

Jueves, 30 de mayo de 2019
 jesus-woman-taken-adultery_1344951_tmbDe su blog Punto de Encuentro:

A veces nos empeñamos en que el evangelio no sea Buena Noticia. No creemos, como el Papa, que la misericordia es la actitud que busca siempre el rostro de la persona, la que cambia el corazón y la vida de cualquier persona. Es tan importante esto, que algunos pasajes entrañan un impacto mayor del amor que Dios nos tiene y que debemos cultivar en nuestra vida. Sin duda, El hijo pródigo y el pasaje de Juan sobre la adúltera, son dos ejemplos, y ambos en la liturgia de la Cuaresma.

Las leyes de aquél entonces solo protegían a los hombres, por eso resulta desconcertante el carácter radicalmente transformador del relato de la mujer sorprendida en adulterio. Tan es así, que costó muchos años que se incorporase a los textos canónicos. Algunos Padres de la Iglesia, como san Agustín, temieron que el relato podía alentar al adulterio o servir de excusa para no reconocer su gravedad. Y Calvino temió que el texto desacreditara las leyes mosaicas de la pena de muerte para el adulterio (Levítico y Deuteronomio).

Aquellos escribas y fariseos estaban obligando a Jesús a elegir entre la misericordia y la justicia legal. Siempre ha estado latente el miedo a la Verdad por muy liberadora que sea; en este caso, el tema no es tanto “la mujer adúltera” sino la doble vara de medir y la hipocresía de los varones frente a la audacia amorosa del Maestro que descoloca a todos, también a nosotros, ojo. La adúltera de este evangelio es culpable y, contra toda lógica religiosa de entonces, Jesús no la condena sino que la salva de morir y le devuelve la paz interior. Resulta muy revelador que el mandamiento de Jesús a la mujer para que se apartara del pecado vino después de que ya había sido absuelta de su pecado. Este es el orden correcto: justificación primero y luego santificación. De hecho, no puede ser de otra manera, porque aunque acudamos al Señor con un arrepentimiento genuino de nuestros pecados, nunca conseguiremos cambiar por nuestros propios medios. Este cambio sólo es posible después de haber sido regenerados por medio del Espíritu Santo.

Es importante tener esto claro, porque lo hemos asumido justo al revés. Los propios fariseos lo hacían así. Para ellos, la persona se tenía que esforzar en merecer el perdón de Dios por una conducta intachable. Para más desconcierto, Jesús ni siquiera condena a los prestigiosos acusadores que se van retirando con pecados seguramente igual de graves o aun mayores. Ni tampoco condena al adúltero, sino que ofrece un camino de gracia a los hombres desde su aceptación cómplice en el adulterio.

Hay que recordar que el fundamento del matrimonio en la ley judía no era el amor ni el compromiso, pues la mujer sufría una apabullante desigualdad de consideración y derechos. Lo esencial era el deber de fidelidad pero entendido desde la propiedad que tenía el marido sobre la mujer. Al cometer adulterio, las mujeres cargaban con el pecado sexual (fuente de tentación y ocasión de pecado para el hombre) y vulneraban la propiedad de otro hombre al transgredir la pureza del linaje del marido engañado, lo cual socavaba el honor y cuestionaba a todo el clan familiar. El adulterio se equiparaba a un robo.

En este relato no caben espacios para que nadie se sienta superior a nadie -excepto Jesús- que ni siquiera se comporta como un juez sino que actúa en el plano superior del amor gratuito de Dios El día en que todos nos consideremos pecadores podremos dialogar y perdonarnos mutuamente por la gracia de Dios. Con el episodio de la mujer adúltera, la mujer es rescatada de la exclusión y presentada como persona equiparada al varón aunque pecadora como él pero igual de destinataria de la Buena Noticia.

Este pasaje nos obliga a preguntarnos cada vez que acusamos a alguien, da igual si somos hombre o mujer: ¿cómo quisiera ser tratado? Toda ley es un medio, y puede convertir a la religión en excluyente, entendida como un sistema judicial más, tan del gusto de algunos que pretenden arrinconar al Papa y a sus mensajes porque desinstala conciencias que no son mejores que las de aquellos escribas y fariseos expertos en Dios. O puede ser una oportunidad de cambio y de esperanza,sobre todo para las mujeres peor consideradas y maltratadas.

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27 Enero. III Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo C

Domingo, 27 de enero de 2019

TO-III

“En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea,

con la fuerza del Espíritu, y su fama se extendió por toda la comarca.”

(Lc 1, 1-4; 4, 12-14)

“Volvió” y nosotros volvemos a estrenar tiempo litúrgico. Bueno, en rigor empezamos hace casi dos semanas. El tiempo de Navidad terminó con el Bautismo del Señor y desde entonces empezamos el “Tiempo Ordinario”. Es el más largo de los tiempos litúrgicos y sin embargo parece que le damos poca importancia.

El Adviento y la Cuaresma son tiempos fuertes, llenos de compromisos y anhelos. La Navidad y la Pascua son tiempos de mucha fiesta y alegría. El Tiempo Ordinario pasa más desapercibido, es silencioso, pero es aquí donde se “cuece” la vida.

Lo que decíamos, lo estamos estrenando y durante este año la liturgia nos presenta el evangelio de Lucas. Tenemos treinta y pico semanas para saborear la experiencia de Jesús que tuvo la comunidad de Lucas.

Y así, de una volada, nos hemos plantado en el capítulo 4, en la vida pública de Jesús. Los relatos del anuncio y el nacimiento los hemos recordado en Navidad. Ahora estamos de nuevo en la línea de salida. Jesús vuelve a Galilea y volverá alguna vez más, y también nos hará volver. Pero no vuelve de cualquier manera, vuelve “con la fuerza del Espíritu”. ¿Qué tal si también nosotras nos animamos a volver así, con la fuerza del Espíritu?

Ahora que las fiestas de Navidad nos han devuelto a nuestras rutinas, a nuestra cotidianidad, volvamos con ganas. Volvamos con novedad.

Lo conocido no es menos emocionante o más pobre, las cosas buenas no solo suceden en vacaciones. Toda nuestra vida está llena de regalos por abrir. Muchas veces no llevan papel de colores ni son objetos que podamos almacenar. Quizá por ello a penas los percibimos y se quedan esperando.

¡Anímate! Y vuelve tú también a tu Galilea. Pero vuelve con la fuerza del Espíritu para que en ti se cumpla el Sueño de Dios.

Oración

Derrama, Trinidad Santa, tu Espíritu sobre nosotras para que nos acerquemos a tu Palabra y descubramos la Buena Noticia. Para que nuestras vidas sean signos de libertad. Amén.

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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El Espíritu libera y capacita para liberar

Domingo, 27 de enero de 2019

D98CCDEF-8944-45B9-ACC0-30DA9086D90BEste ciclo (C) toca leer el evangelio de Lc, que empieza con un paralelismo entre el Bautista y Jesús en los dos primeros capítulos. A partir de aquí, Lc se olvida de todo lo dicho y comienza solemnemente su evangelio: “En el año quince del gobierno de Tiberio Cesar… vino la palabra de Dios sobre Juan… Después del bautismo y las tentaciones, propone un nuevo comienzo con un resumen: Regresó a Galilea con la fuerza del Espíritu, enseñaba en las sinagogas y su fama se extendió por toda la comarca.

No es la primera vez que entra en una sinagoga pues dice: “como era su costumbre”. Y “haz aquí lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm. El texto de Isaías es el punto de partida. Pero más importante aún que la cita, es la omisión voluntaria de la última parte del párrafo, que decía: “…y un día de venganza para nuestro Dios” (estaba expresamente prohibido añadir o quitar un ápice del texto). Los que escuchaban se dieron cuenta de la omisión. Que alguien se atreva a rectificar la Escritura era inaceptable.

Is se refiere a los tiempos mesiánicos con metáforas, no habla de curación física. Jesús se niega a entrar en la dinámica que los de su pueblo esperan. Ni la misión de Elías ni la de Eliseo fue remediar necesidades materiales. Continúa Lc con un texto en que Jesús realiza toda clase de curaciones, ahora en Cafarnaúm. Pero termina orando en descampado y diciendo a los que le buscan: Vámonos a otros pueblos a predicar, que para eso he venido.

No comenta un texto de la Torá, que era lo más sagrado para el judaísmo sino un texto profético. El fundamento de la predicación de Jesús se encuentra más en los profetas que en el Pentateuco. Para los primeros cristianos, estaba claro que el mismo Espíritu, que ha inspirado la Escritura, unge a Jesús a ir mucho más allá de ella. No se anula la Escritura sino el carácter absoluto que le habían dado los rabinos. Ninguna teología, ningún rito, ninguna norma, pueden tener valor absoluto. El hombre debe estar siempre abierto al futuro.

Al aplicarse a sí mismo el texto, está declarando su condición de “Ungido”. Seguramente es esta pretensión la que provoca la reacción de sus vecinos, que le conocían de toda la vida y sabían quién era su padre y su madre. En otras muchas partes de los evangelios se apunta a la misma idea: La mayor cercanía a la persona de Jesús se convierte en el mayor obstáculo para poder aceptar lo que verdaderamente representa. Para un judío era impensable que alguien se atreviera a cambiar la idea de Dios reflejada en la Escritura.

Partiendo de la Escritura, Jesús anuncia su novedoso mensaje. A las promesas de unos tiempos mesiánicos por parte de Isaías, contrapone Jesús los hechos, “hoy se cumple esta Escritura”. Toda la Biblia está basada en una promesa de liberación por parte de Dios. Pero debemos tener mucho cuidado de no entender literalmente el mensaje, y seguir esperando de Dios lo que ya nos ha dado. Dios no nos libera, Dios es la liberación. Soy yo el que debo tomar conciencia de que soy libre y puedo vivir en libertad sin que nadie me lo impida.

La libertad es el estado natural del ser humano. La “buena noticia” de Jesús va dirigida a todos los que padecen cualquier clase de sometimiento, por eso tiene que consistir en una liberación. No debemos caer en una demagogia barata. La enumeración que hace Isaías no deja lugar a dudas. En nombre del evangelio no se puede predicar la simple liberación material. Pero tampoco podemos conformarnos con una propuesta de salvación meramente espiritual, desentendiéndonos de las esclavitudes materiales.

Oprimir a alguien, o desentenderse del oprimido, es negar el Dios de Jesús. El Dios de Jesús no es el aliado de unos pocos. No es el Dios de los buenos, de los piadosos, ni de los sabios. Es, sobre todo, el Dios de los marginados, de los excluidos, de los enfermos y tarados, de los pecadores. Solo estaremos de parte Dios, si estamos con ellos. Una religión, compatible con cualquier clase de exclusión, es idolátrica. Jesús respondió al Bautista: “id y contarle lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan…”

Hoy el ser humano está fallando en la búsqueda de libertad. Buscamos con ahínco la liberación de las opresiones externas, pero descuida la liberación interior que es la verdadera. Jesús habla de liberarse antes de liberar. En el evangelio de Juan, está muy claro que tan grave es oprimir como dejarse oprimir. El ser humano puede permanecer libre, a pesar de sometimientos externos, hay una parte de su ser que nadie puede doblegar. La primera obligación de un ser humano es no dejarse esclavizar y el primer derecho, verse libre de toda opresión. La peor opresión es siempre la que se ejerce en nombre de Dios.

¿Cómo conseguir ese objetivo? El evangelio nos lo acaba de decir: Jesús volvió a Galilea con la fuera del Espíritu. Ahí está la clave. Solo el Espíritu nos puede capacitar para cumplir la misión que tenemos como seres humanos. Tanto en el AT como en el NT, ungir era capacitar a uno para una misión. Pablo nos lo dice con claridad meridiana: Si todos hemos bebido de un mismo Espíritu, seremos capaces de superar el individualismo, y entraremos en la dinámica de pertenencia a un mismo cuerpo. Superado el egoísmo queda el amor.

La idea de que todos formamos un solo cuerpo es sencillamente genial. Ninguna explicación teológica puede llevarnos más lejos que esta imagen. La idea de que somos individuos con intereses contrapuestos es tan demencial como pensar que una parte de nuestro cuerpo pueda ir en contra de otra parte del mismo cuerpo. Cuando esto sucede le llamamos cáncer. El individualismo solo puede ser superado por la unidad a la que nos lleva el Espíritu.

Pablo nos invita a aceptarnos los unos a los otros como diferen­tes. Esa diversidad es precisamente la base de cualquier organismo. Sin ella el ser vivo sería inviable. Tal vez sea una de las exigencias más difíciles de nuestra condición de criaturas, aceptar la diversidad, aceptar al otro como diferente, encontrando en esa diferencia, no una amenaza sino una riqueza insustituible. Si somos sinceros, descubrimos que estamos en la dinámica opuesta. Seguimos empeñados en rechazar y aniquilar al que no es como nosotros.

Lo único que predicó Jesús fue el amor, es decir, la unidad. Eso supone la superación de todo egoísmo y toda conciencia de individuali­dad. Los conocimientos científicos adquiridos en estos dos últimos siglos vienen en nuestra ayuda. Somos parte del universo, somos parte de la vida. Si seguimos empeñándonos en encontrar el sentido de mi existencia en la individualidad terminaremos todos locos. El sentido está en la totalidad, que no es algo separado de mi individualidad, sino que es su propio constitutivo esencial.

Ya sabemos que el “Espíritu” no es más que Dios presente en lo más hondo de nuestro ser. Eso que hay de divino en nosotros es nuestro verdadero ser. Todo lo demás, no solo es accidental, transitorio y caduco, sino que terminará por desaparecer, querámoslo o no. No tiene ni pies ni cabeza que sigamos empeñados en potenciar lo que de nosotros es más endeble, aquello de lo que tenemos que despegarnos. Querer dar sentido a mi existencia potenciando lo caduco es ir en contra de nuestra naturaleza más íntima.

Meditación

Hoy se cumple esa Escritura también en ti.
El Espíritu que actuó en Jesús, está actuando en ti.
El ego nos separa. El Espíritu nos identifica.
Conecta con esa energía divina que ya está en ti,
y la espiritualidad será lo más espontáneo y natural de tu vida.

Fray Marcos

 Fuente Fe Adulta

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Ojos con los que yo te miro.

Domingo, 27 de enero de 2019

D1BDF0E6-502A-4A3D-84D6-B1C4F1DA77D8“¿Qué es poesía? Dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul ¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas? Poesía… eres tú” (Gustavo Adolfo Bécquer)

27 de enero. Domingo III del TO

Lc 1, 1-4 y 4, 14-21

Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él

Los tres sinópticos relatan el encuentro de Jesús y el joven rico: “Caminaba junto al lago de Galilea” (Mt, 4, 18), donde el bautista proclamaba: “Arrepentíos y creed en la Buena Nueva” (Mc 1, 14). Pero sólo uno de ellos se detiene en la mirada del Señor.

No es fácil evadirse de esa mirada de amor, con la que fue mirado el hombre rico que no sólo tenía muy buenas intenciones, sino que además era un judío piadoso. El relato de Marcos es el único que registra este mirar de Jesús hacia su interlocutor: “Jesús le miró con cariño y le dijo: Una cosa te falta: anda, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; después sígueme” (Mc 10, 21).

Decía Santo Tomás de Aquino en una ocasión: “Es evidente que si un hombre practica un cariño compasivo por los animales ha de estar más preparado aún para sentir compasión por su prójimo”.

Todas las miradas de Jesús están transidas de esa luminosa bondad que brota de un corazón infinitamente misericordioso y perfectamente humano. Sin embargo, en este caso puntual, el evangelista pone particular énfasis en el “le miró con cariño”. Quizá los discípulos, que acompañan al Maestro en sus andanzas, pudieron registrar que no fue un mero cruce de miradas. Posiblemente advirtieron que el Señor se quedó con la mirada prendada en el corazón de un hombre tan noble cuya única aspiración, decía, era ir al Cielo. Aspiración que se derrumbó cuando “frunció el sueño y marchó triste, pues era muy rico”.

Henrich Hoffman (1824-1911) reflejó la escena en un óleo sobre lienzo, El joven rico, que se conserva en la  Iglesia baptista de Riverside, Nueva York, Estados Unidos.

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El estatus de hombre triste lo traza Hoffmann con maestría, vistiéndole de hermosísimos ropajes, que parecen ser de sedas, terciopelos y tafetanes. Como contraste, el artista nos muestra a la izquierda del lienzo el “dáselo a los pobres”, del Jesús humanitario. Una mujer -posible seguidora de Jesús- sostiene en sus manos a un hombre anciano y enfermo, que mira de soslayo lo que va a acontecer con el bienintencionado joven.

La respuesta es clara, pues Jesús no deja duda con el ademán de sus brazos extendidos mostrándole con las manos curvadas, cuál es el camino. Como siempre, el Maestro no impone, sugiere: la mirada apartada, los ojos mirando al suelo y no fijándolos en su interlocutor, explican que el hombre que se acerca al Rabbí ha tomado la elección por sus riquezas.

Entonces, mis ojos se posaron como lágrimas de nácar sobre el teclado y comenzaron a acariciar el marfil hasta que, de repente, se hizo la música en el aire. Igual que “toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él” (Lc, 4 20) interrogante, aquella tarde en Nazaret cuando querían despeñarle.

Yo sentí los ojos de Jesús inspirando armonía vital sobre mis manos. Me lo traía a la memoria Martín Llade, en Sinfonías de la Mañana, al recordar lo que decía de uno se sus personajes: “Las mariposas continuaban brotando del teclado, revoloteando por la estancia con sus alas de cristal y caramelo”.

Gustavo Adolfo Bécquer escribió:

“¿Qué es poesía? Dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul
¡Qué es poesía! ¿Y tú me lo preguntas?
Poesía… eres tú”.

Frase que expresa la profunda emoción que surge cuando nuestra mirada se cruza con la de la persona amada o admirada al menos: “Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él” (Mt 1, 20).

LOS SUEÑOS DE LA TIERRA SON DORADOS

Los sueños de la Tierra son dorados,
circunvalando al Sol en un rotar
inmenso. Inmenso y repetido caminar
siguiendo los senderos señalados.

No te importan de tierra o asfaltados,
pues tus alas te llevan al altar
de los cielos en perenne rodar,
sobre ligeros vientos ya soñados.

Misterioso soñar y loco anhelo
de una optimista realidad
que vuela sin cesar y sin recelo.

Y más allá de ti, tu libertad
recorre sin parar picos y cielo
hasta lograr tu más bella beldad.

(EDICIONES FEADULTA, Yo amo el Planeta)

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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En la conciencia de un Dios que libera

Domingo, 27 de enero de 2019

FDCF6441-B5EC-42FC-9569-1040DC8B1CA5Lc 1,1-4;4,14-21

En este primer tramo del Tiempo Ordinario, la liturgia nos invita a dar un paseo por los primeros capítulos del Evangelio de Lucas. En el texto de hoy se da la bienvenida al Evangelio de Lucas, pero da un salto en lo que se refiere a los relatos de la Infancia y al Bautismo de Jesús. Tras intentar dar solidez a los testimonios de la comunidad lucana y a todo lo que han fijado por escrito, nos sitúa directamente en su vida pública y ya con el discernimiento hecho sobe cuál es su misión, en principio con cierta claridad.

Comienza este Evangelio en un formato epistolar dirigido a Teófilo. Lucas lo sitúa al principio del Evangelio y al comienzo del libro de los Hechos de los Apóstoles para darle un carácter literario, como una larga carta que remite a su compañero Teófilo. Pero no es sólo una carta subjetiva desde lo experimentado, sino que alude a una investigación diligente para dar consistencia y solidez a los hechos que han marcado profundamente esta visión de Dios y del ser humano.

Avanzando en el texto, nos muestra a Jesús al inicio de su ministerio y exponiendo su proyecto en la sinagoga de Nazaret. Es la etapa del inicio de su predicación, posteriormente las primeras curaciones y la llamada a sus primeros discípulos ya serán en Cafarnaún. Jesús acude a la sinagoga como tenían costumbre los judíos y le entregan el pergamino donde estaba escrito un texto del profeta Isaías. No vamos a hacer una comparación profunda de este texto, pero sí es importante destacar que Jesús realiza dos variaciones importantes en la lectura. Isaías no habla de “dar la vista a los ciegos” sino para “curar los corazones desgarrados”. Tal vez este cambio no tuvo mucha importancia, aunque podría referirse Jesús a la ceguera que ya percibía en las autoridades judías y los fariseos. Sin embargo, la omisión del último versículo sí es de mucha trascendencia porque ponía en juego el mismo ser de Dios. Se siente con la autoridad suficiente para comenzar a reinterpretar la ley judía desde la coherencia con su nueva conciencia: sentirse habitado por ese Espíritu que le había fortalecido en el desierto y desde ese amor recibido como hijoexperimentado en el Bautismo. El versículo que omite es “anunciar un día de venganza para nuestro Dios”. Este último versículo va a dar cohesión y consistencia a todo el programa que presenta. La imagen de un Dios vengativo choca frontalmente con la imagen de un Dios Madre-Padre que cuida, protege, dignifica y lanza al crecimiento, a la libertad y a la autonomía desde un vínculo profundo.

Se trata de un paso a la conciencia adulta de una concepción de la religiosidad que no encaja con la dinámica infantil del premio-castigo, del enfado-contento por lo que se haga bien o mal. Jesús nos sitúa ante un Dios que forma parte de nuestra misma identidad y que se manifiesta como “gracia”, es decir, como luz, fuerza, sanación y empoderamiento desde la dignidad que nos confiere. Una conciencia de libertad que favorece la elección de aquello que va a dar un hondo sentido a la vida. Y este engranaje vital tiene unas clarísimas consecuencias como expone Jesús en esa recuperación del texto de Isaías.

Jesús remarca su misión para que le sigan y se sumen a su movimiento mesiánico. Sin duda, todo un proyecto que presenta claramente la “liberación” como eje fundamental de quienes quieran seguirle. La liberación refiere a un movimiento de contraste y de apertura, de transformación de todo aquello que empequeñece, limita, juzga y excluye; es un nuevo dinamismo que sana, restablece, perdona e incluye a todo ser humano como indica el texto de Isaías recuperado por Jesus. Somos invitados a participar de esta corriente divina que va impregnando a toda la humanidad de una nueva visión en la que se hacen evidentes los valores del Reinado de Dios: la justicia, la solidaridad, el amor generoso e inclusivo, una clara apuesta por todos aquellos que sufren y que son víctimas del poder, de la opresión, de la ceguera de los que se sienten dirigentes del mundo y poseedores de la verdad.

Al terminar la lectura Jesús exclama: «Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír». Ojalá sepamos hacer realidad la escritura del mensaje liberador que no quiere esclavizar a nadie, que no se muestra como miedo y control, que es capaz de superar todo lo que se opone a la autenticidad y libertad.

¡¡FELIZ DOMINGO!!

 Rosario Ramos

27 de enero de 2019

Fuente Fe Adulta

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Recordatorio

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