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Entradas Etiquetadas ‘Misericordia’

“Transmitir el consuelo de Dios”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Miércoles, 7 de diciembre de 2016

maxresdefaultDe su blog Nihil Obstat:

“Dios Padre, que nos ha amado tanto, y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente”. Así se expresa el apóstol Pablo dirigiéndose a los tesalonicenses. El Padre del cielo nos ama como no se puede amar más, y es eso es para nosotros un motivo de gran consuelo y de gran esperanza. Efectivamente, unidos a Dios no hay penas ni aflicciones, él nos devuelve la alegría cada vez que la perdemos, porque él solo quiere que seamos felices. Este consuelo de Dios es un efecto de su misericordia: Dios tiene un corazón sensible ante nuestras miserias, pobrezas, debilidades y necesidades. Un corazón apasionado que le hace sufrir con nuestros sufrimientos y alegrarse con nuestras alegrías. Por eso su amor es motivo de gran consuelo.

Ahora que vamos a concluir el año jubilar de la misericordia, es bueno recordar que todos estamos llamados a reproducir en nuestras vidas este corazón misericordioso de Dios, que en Jesús encontró su mejor realización humana. Un cristiano está invitado a tener un corazón como el de Jesús. Algunas personas son para nosotros un estímulo para acoger esta invitación. Pensemos, por ejemplo, en el estímulo que supone Domingo de Guzmán (por referirme a alguien que puede unir el jubileo de la misericordia, que acaba, con el jubileo por los 800 años de la Orden de Predicadores que continúa). Ya “desde su infancia, según dicen sus biógrafos, creció en él la compasión, de modo que, concentraba en sí mismo las miserias de los demás, hasta el punto de que no podía contemplar aflicción alguna sin participar de ella”. Al contemplar la miseria ajena, él se unía a la miseria contemplada. Y participaba de ella, o sea, la compartía, y así la aliviaba.

Para Domingo la misericordia no era solo un sentimiento. Se traducía en ayuda concreta, en gestos solidarios. Cuando una gran hambre sobrevino en Palencia, Domingo terminó entregando a los pobres todas sus pertenencias. No entregó lo que le sobraba, sino lo que necesitaba. En este contexto se sitúa el famoso episodio de un Domingo que vende sus libros, las pieles muertas (porque de pieles de cordero estaban hechos los libros), para que los hermanos en carne viva pudieran comer. ¿Saben ustedes lo que valía un buen libro en tiempos de Santo Domingo? Más o menos el precio de una vivienda de la época. Si hubiera que traducir este gesto en términos actuales, habría que hablar de alguien que vende su piso para dar el dinero a los que arriesgan su vida en las barcazas que cruzan el mar Mediterráneo.

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Los principios de la misericordia: Gracia, pobreza y universalidad

Sábado, 26 de noviembre de 2016

shutterstock_103268435Del blog de Xabier Pikaza:

Está terminando el Año de la Misericordia, que Jesús instauró en Nazaret de Galilea (Lc 4, 18 ss) y que el Papa Francisco ha proclamado para toda la Iglesia este año 2016.

No es fácil valorar los resultados de propuesta del Papa, conforme al Espíritu de Jesús, en un tiempo en que domina dentro de la jerarquía de la Iglesia el miedo y fuera de ella (en la economía y la política) el deseo de tener y dominar, olvidando los valores humanos.

Pues bien, en ese contexto quiero proponer los tres principios de la misericordia que son, a mi juicio, la gracia, la pobreza y la universalidad, conforme al tema del libro que escribí hace un año con J. A. Pagola (Las obras de misericordia, Verbo Divino):

a. La misericordia asume el primado de la gratuidad . Por encima de la ley está la gracia, por encima de todo deber está el don generoso de la vida: Que todos “sean”, ese es el principio de la misericordia.

b. La misericordia pone de relieve la mediación de los pobres, es decir, de los expulsados y oprimidos, de los incapaces de defenderse por sí mismos en este mundo de violencia y opresión. Sin destacar el derecho de los pobres (de las víctimas) no se puede hablar de la misericordia.

c. La misericordia tiene como fin la universalidad: Que todos puedan vivir, que haya espacio y camino para todos todos, en línea de globalización.. Para que todos puedan vivir es preciso insistir en la gracia de la vida, en la ayuda de los pobres, como seguiré indicando.

Éstos son pues “los principios” de la misericordia:
-El primado de la gracia
-La mediación de la pobres
-La meta de la uniersalidad humana

1. Principio, el primado de la gratuidad .
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La misericordia no puede imponerse por medios políticos o económicos, sino que debe ofrecerse y extenderse gratuitamente, por el gozo de dar y compartir.

El peligro de (casi) todas las revoluciones (francesa, soviética…) ha estado en la toma de poder, y en el intento de imponer por la fuerza sus principios. Pues bien, en contra de eso, la revolución que proponemos desde las religiones no se puede realizar tomando el poder, pues si lo hiciera dejaría de ser revolución “religiosa”, en el nivel del mundo de la vida, y se convertiría en un elemento más del mecanismo del sistema.

Kant suponía que la globalización puede alcanzarse por medios racionales y económicos, que en el fondo terminan imponiéndose de un modo sistémico. Pues bien, sin negar el valor de ese nivel, los cristianos afirman que la globalización (es decir, la unión de todos los hombres) es un don o, quizá mejor, una revelación de Dios y que sólo así, en forma de don (revelación gratuita) puede extenderse.

Aquí se sitúa, a mi juicio, la gran “mutación evangélica” (y la experiencia del budismo): En el descubrimiento del valor creador de la gratuidad, superando el deseo impositivo/posesivo que nos lleva a luchar mutuamente. La vida verdadera no avanza en una línea de ley y posesión, de lucha mutua y de toma de poder, sino de gratuidad y comunicación universal. Por largos siglos, los hombres han pesando que los bienes de la tierra deben conquistarse por la fuerza y que sólo se puede conseguir la paz con imposiciones (sacrificando de algún modo a los demás). Pues bien, la lógica de Jesús invierte esa ley de imposición sacrificial y las disputas por la propiedad: La realidad es don (regalo) y sólo como regalo puede tenerse y compartirse.

Mientras los bienes del mundo eran tierras o metales preciosos, máquinas o petróleo, podía utilizarse la lógica de la oposición o sacrificio: tengo que quitar a los demás lo que tienen para tenerlo yo mismo, y así ser poderoso. Pero en el nuevo mundo de los bienes “inmateriales”, donde lo que importa es la “creación de vida”, esa lógica de la oposición puede y debe superarse. Estamos entrando en una era económica o social muy diferente, en la que pierden su prioridad los antiguos tipos de propiedad privada (entendida como fuente de enfrentamientos), de manera que el “mercado” (que estaba en el centro de la propuesta de Kant) puede expresarse y desplegarse en forma de donación mutua, sin propiedad privada de tipo impositivo.

Pueden ya cumplirse las “leyes del mercado” que había propuesto Kant, pero no en forma de compraventa, sino de gratuidad. Sólo aquellos que crean y dan (que regalan lo que son y lo que hacen) podrán vivir en el futuro, abriendo un camino de concordia universal. Sólo en un segundo momento se podrán concretar las mediaciones sistémicas de ese don supremo que es la vida regalada y compartida.

2. Mediación mesiánica: los pobres.

Kant había propuesto una paz de fabricantes y comerciantes, de gente que utiliza los medios económicos para relacionarse y enriquecerse, y su propuesta (¡quizá mal entendida!) condujo a un mercado de ricos, de burgueses propietarios egoístas. Ésta era la paz de los que pueden, es decir, de los fuertes y grandes, una paz que acaba estando al servicio de capital, que se concreta en los intereses de los privilegiados que dirigen el mercado. En contra de eso, la paz de Jesús puede y debe elevarse a partir de los pobres, es decir, de aquellos que no buscan la “toma de la riqueza” (en paralelo con lo que antes he dicho sobre la “toma de poder”), sino que dan y comparten lo que tienen, desde la pobreza, es decir, desde la gratuidad compartida.

El mundo actual busca la globalización desde la riqueza, es decir, desde la propiedad de unos bienes, convertidos en principio de posesión. Pues bien, como vengo diciendo, los bienes materiales siguen siendo importantes, pero ellos sólo pueden ser mediadores de comunicación universal en la que medida en que se convierten en don regalado y compartido. Ésta no es la pobreza del no tener, sino la que se expresa allí donde los hombres y mujeres se elevan de nivel, de tal forma que son por lo que dan y comparten.

Ésta es la segunda nota de la misericordia: la mediación de los pobres.
Dentro de una sociedad injusta y dividida, la gracia de Dios (es decir, el movimiento de la vida) viene a expresarse de manera peculiar y más intensa a través de los margi¬nados del sistema, es decir, de aquellos que salen del sistema, pero no de una manera puramente negativa, sino como representantes y testigos de un nivel más alto de realidad, en el plano del mundo de la vida.

Ésta no es una afirmación general de tipo filosófico; no es un principio de razón social abstracta sino una categoría mesiánica que brota de la misma acción del Cristo que ha querido encarnarse entre los pobres, expresando en el plan de Dios e iniciando con ellos un camino salvador abierto a todos, en línea de gratuidad compartida, no de posesión egoísta de los bienes. En este nivel se sitúa el budismo, cuando renuncia al deseo de bienes, para expresar y realizar la vida en el plano de la compasión universal.

Éste no es un principio negativo, un “no tener” (bajar de nivel), sino un principio positivo, que se expresa como un ascenso de nivel: Se trata de descubrir y desarrollar unos bienes más altos, en línea de comunión, en el nivel del mundo de la vida. Sólo desde ese plano superior podrá expresarse la mediación económica del sistema, que no estará ya al servicio de Mamón (el Dios capitalista), sino de la humanidad concreta.

3. Meta: paz religiosa y comunicación personal.

Frente a la universalidad del mercado, que regula los intercambios comerciales partiendo de los intereses de los ricos, Jesús promueve la universalidad de la vida, que se expresa en la comunicación personal entre los hombres, partiendo de los pobres. Frente a la universalidad de un imperio que reúne a todos desde el poder más alto del «imperator» o general en jefe, vinculándoles en la lucha contra un enemigo común (chivo emisario), Jesús destaca la comunicación múltiple de todos con todos, desde abajo, en forma de redes de vida y afecto, de fe compartida. La universalidad de Jesús no se funda en una jerarquía que dirige y domina al conjunto desde arriba, sino en la comunicación directa, desde abajo, a partir de los más pobres, de los excluidos del sistema.

Allí donde la vida es gracia (un regalo) y partiendo de los pobres (excluidos del orden militar, económico o religioso) puede alcanzarse la verdadera universalidad, entendida como diálogo múltiple y enriquecimiento mutuo de personas y grupos (incluso de religiones). Nosotros queremos destacar aquí el universalismo cristiano, pero sabiendo que se trata de un universalismo humano que tiene una base biológica (hombres y mujeres somos una misma especie) y una estructura dialogal: formamos una comunidad múltiple de dialogantes que comparten un lenguaje vital y un mismo camino de pobreza, es decir, de gratuidad compartida.

Pues bien, según el evangelio cristiano, la unidad de todos los hombres sólo puede realizarse desde los expulsados de los grandes sistemas del mundo. Esta es la universalidad que parte los pobres; no se trata de construir sistemas religiosos o sociales, sino de que los hombres (empezando por los más pequeños: pobres, marginados, excluidos) puedan comunicarse, como Cristo, «piedra que los arquitectos desecharon y que ahora es cabeza de ángulo y principio de todo el edificio» (Mc 12, 10 par; cf. Sal 118, 22-23) .

En esa línea, los cristianos afirman que Cristo (el mesías expulsado y crucificado) es la piedra desechada y que con ella no se puede construir un edificio al estilo del templo judío (o de una nueva catedral cristiana), ni un nuevo imperio social o religioso como el que habían fundado por entonces los romanos. Jesús hizo algo mucho más concreto y profundo: abrió unos espacios de comunicación desde los más pobres, como un bazar multiforme, pero no al estilo capitalista moderno, para imponer el propio y conseguir riquezas a base de los otros, sino simplemente para compartir experiencias y vivir enriquecidos.

Su movimiento se compara al de un grupo de gentes que se van reuniendo para hablar y vivir, como en una plaza abierta (cf. Ap 22, 2), donde cada uno aporta lo que tiene y todos pueden comunicarse de un modo directo, sin intermediarios superiores, sin leyes jerárquicas, sin otra norma que el deseo de ofrecer cada uno lo que tiene y el respeto a las necesidades de los otros. Jesús no ha querido ofrecer en este campo una respuesta teórica, no ha construido otro templo, no ha querido otro imperio, sino que ha iniciado un camino de humanidad, de diálogo concreto y universal, como en un gran bazar donde parece que reina el desorden absoluto y, sin embargo, hay un orden e intercambio más hondo que en todos los programas impositivos, de tipo social o religioso .

La universalidad verdadera solo es posible donde los hombres se miran y encuentran (dialogan) de un modo directo, pues los temas de la vida no están hechos y resueltos de antemano (como en una gran catedral, de diseño unitario), sino que se van resolviendo a medida que los hombres se dan y reciben la vida, se encuentran y dialogan (cf. Mt 25, 31-46). Esta globalización del Dios de Cristo no se resuelve con más dinero, poder o imposición religiosa (con dinero y poder se hacen catedrales y ejércitos, como suponen los relatos de la tentaciones: Mt 4 y Lc 4), sino desde la experiencia de amor compartido. Tiene que acabar la dialéctica de oposición: el principio de la acción (triunfo del fuerte) y reacción (venganza del más débil).

También tiene que caer el sistema interpretado como dictadura de algunos (jerarcas antiguos o nuevos) y también una ley que se aparece como expresión del conjunto (gran templo) que se impone sobre los hombres concretos. Debemos añadir que nadie triunfa ni se impone, ni siquiera el todo, pues no existe un «todo» dominante por encima de los individuos (Dios no es todo, sino fuerza que actúa en cada uno de los hombres). Sobre el imperio de la ley (talión universal), Jesús ofrece el mesianismo de la gracia.

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Señor, Tú nos quieres y nos quieres felices…

Martes, 8 de noviembre de 2016

Del blog de la Communion Béthanie:

El hermano Roger es un profeta de nuestro tiempo. Centró toda su vida en Cristo, en cuyo nombre dio la bienvenida a cualquier persona, cualquiera que sea su origen, su pasado, su edad, su religión. Hombre de oración, el fundador de la comunidad ecuménica de Taizé no ha dejado de animar a los hombres a reconciliarse. Su testamento espiritual continúa sosteniendo a aquellos que deseen desarrollar un monaquismo interior. Os proponemos oraciones y palabras del hermano Roger para alimentar cada semana la vida interior en el seguimiento del Dios uno y trino. (Citas sacadas del libro “Vivir para amar” Ed. Les Presses de Taizé, 2010).

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*

“Dios de misericordia,

tenemos una sed tan grande de la paz del corazón.

Y el Evangelio nos posibilita percibir que,

incluso en las horas de oscuridad,

Tú nos quieres y nos quieres felices.“

*

Frère Roger de Taizé,

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***

    

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Mantén el silencio interior…

Martes, 25 de octubre de 2016

Del blog de la Communion Béthanie:

El hermano Roger es un profeta de nuestro tiempo. Centró toda su vida en Cristo, en cuyo nombre dio la bienvenida a cualquier persona, cualquiera que sea su origen, su pasado, su edad, su religión. Hombre de oración, el fundador de la comunidad ecuménica de Taizé no ha dejado de animar a los hombres a reconciliarse. Su testamento espiritual continúa sosteniendo a aquellos que deseen desarrollar un monaquismo interior. Os proponemos oraciones y palabras del hermano Roger para alimentar cada semana la vida interior en el seguimiento del Dios uno y trino. (Citas sacadas del libro “Vivir para amar” Ed. Les Presses de Taizé, 2010).

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*

“Qué en tu jornada, trabajo y descanso sean vivificados por la Palabra de Dios.

Manten en todo el silencio interior para permanecer en Cristo.

Llénate del espíritu de las bienaventuranzas:

alegría, sencillez, misericordia.

*

Frère Roger de Taizé,

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***

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“Una sociedad libre de homofobia, un reto para los cristianos – 4”, por José Antonio Pagola

Sábado, 22 de octubre de 2016

lgtb_pagolaLos hermanos y hermanas del Grupo Cristiano Betania de Aldarte, Bilbao, nos han enviado amablemente este texto que agradecemos y que publicaremos en cuatro partes sucesivas…

Ponencia de José A. Pagola impartida en la universidad de Deusto el 11 de mayo de 2016, organizada por las comunidades de Betania LGTB y otros colectivos cristianos. CUARTA PARTE:

6. La necesidad de promover una mirada más humana, misericordiosa y justa sobre la experiencia homosexual

Como decía anteriormente, el Sínodo sobre la Familia ha terminado sin abordar directamente la cuestión de la homosexualidad, pero entre los temas pendientes ha quedado uno: reconocer “los elementos positivos” que se transparentan en las llamadas uniones estables de personas homosexuales”. Pues bien, creo que esa búsqueda algo se está moviendo en la Iglesia. Es posible observar que jerarcas, teólogos y pastoralistas católicos van delineando poco a poco desde diversas perspectivas un horizonte más amplio para discernir y valorar la experiencia homosexual de manera más positiva  y más evangélica.

Ya en 1999, en el Sínodo sobre Europa, el General de los dominicos, Timothy Radcliffe, bien conocido por su preocupación por las personas homosexuales, tuvo una intervención donde advirtió a los obispos europeos que “la autoridad de la Iglesia solo convencerá si es capaz de acompañar a las personas, si está atenta a sus desengaños, a sus peticiones y a sus dudas… La Iglesia no tendrá autoridad (para las personas homosexuales) si no aprende su lenguaje ni acepta sus dones [Paolo Gamberini, “Parejas homosexuales. Vivir, sentir y pensar de los creyentes”, en Selecciones de Teología (2016) 267].

Posteriormente varios jerarcas europeos se han pronunciado afirmando de diversas maneras que en el amor homosexual hemos de reconocer elementos positivos que son constitutivos de las persona humana creada a imagen de Dios. Entre los más conocidos, el cardenal Cristobal Schönborn, arzobispo de Viena en una intervención en el Sínodo Extraordinario sobre la Familia; el cardenal Reinhard Marx, arzobispo de Munich, miembro del Consejo de Cardenales del Papa, o el obispo de Amberes Johanj Bonny, que considera que la Iglesia debiera reconocer en las uniones de homosexuales los valores de amor, fidelidad y compromiso.

Pero, seguramente, quien ha hablado con más claridad ha sido el cardenal Carolo Martini, arzobispo de Milán, que ha afirmado que “las uniones homosexuales… pueden testimoniar el valor de un afecto reciproco”. Por eso, si un creyente homosexual llega a madurar la elección de vivir con una pareja del mismo sexo, Martini invita “a no demonizar ni condenar al ostracismo tal elección. El criterio para juzgar tal relación será la fidelidad en la relación, la reciprocidad y el amor responsable” [Paolo Gamberini, a. c., 268 y 277].

Naturalmente es en los teólogos, moralistas y pastores donde se aprecia una voluntad más firme de repensar la actitud de la Iglesia para promover una valoración más justa y más humana. Solo señalaré tres perspectivas.

  • El teólogo moralista Pablo Romero ha recordado recientemente que la Iglesia ha de introducir la conciencia de que la orientación homosexual es “una realidad recibida” (de la vida, del azar, de la naturaleza, de Dios…). Por eso, la persona homosexual no podrá aceptarse a sí misma como don o como criatura agradecida a Dios si no puede reconocer que su orientación sexual concreta es “don de Dios” desde el que está llamada a realizarse. La persona homosexual es la primera que ha de ser educada y ayudada a pasar de una posible homofobia a una valoración positiva de su diferencia sexual o, si es creyente a una aceptación agradecida a Dios de su propio camino [Pablo Romero, “Uniones homosexuales: ¿Rechazo? ¿Misericordia? ¿Reconocimiento?”, en Selecciones de Teología (2016) 217, 28-29].
  • Por otra parte, en reacción a una moral de carácter objetivo y negativo, hay autores que insisten en que “es necesaria una moral del discernimiento sobre las relaciones para proponer al creyente homosexual un itinerario espiritual que le ayude a vivir a imagen de Dios (Paolo Gamberini). “Lo que evidencia la bondad moral de una relación viene dado por la capacidad que tiene de expresar de manera profunda, auténtica y convincente, el mundo interior de las dos personas; de crear las condiciones para un desarrollo de una verdadera interpersonalidad, la cual solo se realiza en la medida en que se abandona la tentación de tratar al otro (la otra) como objeto, y se reconoce a la vez su unicidad irrepetible y su inestimable dignidad (Gianni Piana) [Paolo Gamberini, a. c., 275-276].
  • En esta misma línea, Paolo Gamberini afirma que el objetivo de la ética que se ha de proponer a las personas homosexuales consiste en favorecer el crecimiento de las relaciones más auténticas según las condiciones. El creyente homosexual deberá optar por lo que le aproxime más a lo ‘mejor’ de la relación que está viviendo: con su propio cuerpo, con los otros y con Dios”. Desde esta perspectiva el bien moral consistirá en potenciar las relaciones con los otros y el mundo, consigo mismo y con Dios [Paolo Gamberini, a. c., 275-276].

lgtb_pagola-47. Promover la acogida en las parroquias y comunidades cristianas

Es importante, sin duda, la actuación de la jerarquía y el trabajo de los teólogos y moralistas, pero si queremos dar pasos decisivos para liberar a la Iglesia y a la sociedad de la homofobia es decisivo el clima de respeto, acogida y amistad que se puede generar en las parroquias, comunidades e instituciones y grupos cristianos. Desde esas bases se puede iniciar la reacción para ir cambiando la actitud global de la Iglesia ante las personas homosexuales. Tal vez tenemos que empezar por escuchar las palabras que Jesús nos está dirigiendo a todos: “Nací homosexual y no me estáis acogiendo”.

En el sínodo extraordinario de 2014, en la Relación después de la discusión se planteaba la acogida a las personas homosexuales en un tono positivo: “Las personas homosexuales tienen dones y cualidades para ofrecer a las comunidades cristianas: ¿estamos en grado de recibir a estas personas, garantizándoles un espacio de fraternidad en nuestras comunidades? (Relación, n. 50). Para decepción de bastantes, estas palabras no fueron recogidas. Solo se vuelve a la orientación de la Congregación para la Doctrina de la Fe (1986): “Toda persona, independiente de su propia tendencia homosexual, sea respetada en su dignidad y acogida con respeto, con la preocupación de evitar todo signo de discriminación injusta”.

Quiero comenzar con unas palabras llenas de sensatez evangélica y de realismo del papa Francisco: “La Iglesia está llamada a ser siempre la casa abierta del Padre… A menudo nos comportamos como controladores de la gracia y no como facilitadores. Pero la Iglesia no es una aduana, es la casa paterna donde hay lugar para cada uno con su vida a cuestas (La alegría del evangelio 47).

Desde este horizonte hemos de trabajar para hacer que en nuestras comunidades cristianas se acoja, se escuche y se acompañe a toda persona homosexual, necesitada como todos de acogida, escucha y amistad.

  • Comunidades cristianas donde sean valoradas por su dignidad sin que su orientación sexual sea motivo de rechazo, discriminación, recelo, lenguaje ofensivo…
  • Comunidades cristianas donde puedan encontrar cauces adecuados para crecer como seguidores y seguidoras de Jesús, dando testimonio de su vida cristiana e integrándose activamente al servicio de la comunidad.
  • Comunidades cristianas en las que puedan encontrar amigos y amigas con los que poder compartir momentos difíciles de soledad, rupturas, discernimientos, toma de decisiones.
  • Comunidades cristianas que sepan solidarizarse y defender a toda persona homosexual de la estigmatización, la hostilidad, las humillaciones o burlas que pueda sufrir en nuestro entorno social o eclesial.
  • Comunidades cristianas comprometidas en concienciar a la Iglesia y a la sociedad para que se respeten los derechos de la población homosexual y se promueva todo lo que favorezca su convivencia digna y justa en medio de la mayoría heterosexual.

Dejadme terminar con un mensaje que quiero comunicar a la comunidad homosexual en nombre de Jesús. Es lo más importante que yo os puedo decir:

“Cuando os veáis rechazados en la sociedad o en la Iglesia,
sabed que Dios os está acogiendo.
Cuando os sintáis condenados por algunos sectores,
sabed que Dios os mira con ternura.
Cuando os sintáis solos, olvidados, pequeños y débiles,
escuchad vuestro corazón y sentiréis que Dios está ahí, con vosotros.
Aunque nosotros os olvidemos, Dios no os abandonará jamás.
No lo merecéis. No lo merecemos nadie,
pero Dios es así: misericordia insondable y bendición para todos”.

José A. Pagola
11/mayo/2016

Biblia, Cristianismo (Iglesias), Espiritualidad, General , , , , , , , , , , , , , , ,

“Una sociedad libre de homofobia, un reto para los cristianos – 3”, por José Antonio Pagola

Jueves, 20 de octubre de 2016

lgtb_pagolaLos hermanos y hermanas del Grupo Cristiano Betania de Aldarte, Bilbao, nos han enviado amablemente este texto que agradecemos y que publicaremos en cuatro partes sucesivas…

Ponencia de José A. Pagola impartida en la universidad de Deusto el 11 de mayo de 2016, organizada por las comunidades de Betania LGTB y otros colectivos cristianos. TERCERA PARTE:

5. Introducir el principio-misericordia en el magisterio oficial de la Iglesia sobre la homosexualidad

Antes que nada, Jesús nos está reclamando una manera nueva de relacionarnos con el sufrimiento que hay en el mundo de las personas homosexuales. Todo aquello que impide, oscurece o dificulta a las personas homosexuales captar el misterio de Dios como misericordia, ayuda, perdón o alivio de su sufrimiento, ha de desaparecer de la Iglesia de Jesús pues no encierra la Buena Noticia de Dios, proclamada por él.

Vamos a comenzar considerando que introducir en la Iglesia el principio-misericordia puede exigir revisar, actualizar y enriquecer el magisterio oficial sobre la homosexualidad.

Antes que nada, hemos de alegrarnos y agradecer que, al final del Sínodo sobre la Familia, en su Exhortación “La alegría del amor” (AL 250), el papa Francisco hace dos afirmaciones importantes:

“Toda persona, independientemente de su tendencia sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto, procurando evitar todo signo de discriminación injusta, y particularmente cualquier forma de agresión y violencia”.

“Por lo que se refiere a las familias, se trata por su parte de asegurar un respetuoso acompañamiento con el fin de que aquellos que manifiestan una tendencia homosexual puedan contar con la ayuda necesaria para comprender y realizar plenamente la voluntad de Dios en su vida”.

Sin embargo, hemos de decir que finalmente el tema de las personas homosexuales no se ha abordado directamente en el Sínodo sobre la Familia. El Papa, en su Exhortación final, afirma que la complejidad de algunos temas planteados nos mostró la necesidad de seguir profundizando con libertad algunas cuestiones doctrinales, morales, espirituales y pastorales (AL 2). Entre los temas que quedan pendientes se señalan dos respecto a la homosexualidad: “enfatizar la inaceptabilidad de discriminar a las personas homosexuales” y reconocer “los elementos positivos” que se transparentan en las llamadas uniones estables” (Relatio finalis).

Tal vez lo primero que se advierte en el magisterio oficial es que falta la mirada atenta y responsable al sufrimiento concreto de las personas homosexuales en su itinerario vital: en el contexto familiar junto a los seres más queridos; en su contexto social con frecuencia hostil (menosprecio, exclusión, maltrato sicológico y hasta físico…); en el contexto eclesial (incomprensión, estigmatización, marginación, condena moral.

Además, el magisterio oficial, redactado desde una actitud negativa y “globalmente condenatoria”, no permite percibir una preocupación real por responder a las verdaderas necesidades de las personas homosexuales que reclaman ser escuchadas, comprendidas y reconocidas en su condición homosexual. La Palabra de la Iglesia de Jesús ha de estar más pensada desde el sufrimiento y la situación real de las personas homosexuales y no solo desde la preocupación de elaborar la doctrina de una moral objetiva.

El mensaje de la Iglesia, movida por la misericordia insondable de Dios a todos y cada uno de sus hijos e hijas, no puede quedar reducida a una doctrina moral dictada de manera genérica a una “categoría” de personas llamadas homosexuales, sino que se debiera atender con atención lúcida, responsable y compasiva sobre todo a la necesidad de afecto, ternura, amistad, estabilidad emocional, seguridad… a la que esas personas encuentran la respuesta más adecuada y plena en individuos de su mismo sexo.

En coherencia con la actuación de Jesús hacia los sectores más despreciados y excluidos, su Iglesia ha de valorar y defender más la propia conciencia de las personas homosexuales e invitarles con confianza a hacerse ellos mismos responsables de su propia vida. En el magisterio oficial, condicionado por un enfoque “moral objetivista”, no se recoge con suficiente claridad la enseñanza del Concilio Vaticano II que afirma que toda persona “tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado”. “Esa conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que este se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en lo más íntimo de ella (GS 16).

[Paolo Gamberini recuerda cómo el joven teólogo Joseph Ratzinger escribía como experto del Concilio que “se ha de obedecer a la propia conciencia, antes que toda otra cosa, incluso si es necesario, contra el requerimiento de la autoridad eclesiástica”. Parejas homosexuales. Vivir, sentir y pensar de los creyentes en Selecciones de Teología (2016) 216, 272-273].

Esta valoración y defensa de la propia conciencia de la persona homosexual es tanto más necesaria puesto que está expuesta permanentemente a ser juzgada, criticada, presionada o aconsejada por quienes viven desde una  condición heterosexual.

Una Palabra pronunciada por la Iglesia desde una preocupación real por no hacer todavía más dura la situación de las personas homosexuales de nuestros días, ha de eliminar ya de su lenguaje la consideración de la condición homosexual como “patología” (vitiata constitutio), atendiendo a la psiquiatría moderna más rigurosa.

Del mismo modo han de desaparecer del mensaje de una Iglesia de misericordia ambigüedades y silencios que provienen de una comprensión reduccionista e incorrecta de la sexualidad humana. No es admisible en la Iglesia de Jesús reducir la sexualidad a “genitalidad” para caer en una “moral biologicista” que olvida la importancia de la sexualidad para la autorrealización personal y como lenguaje y comunicación del amor. ¿Es justo que esta reducción lleve a presentar todo comportamiento homosexual como “intrinsecamente malo” y a considerar incluso la “misma inclinación como objetivamente desordenada”? ¿No es necesario revisar, completar y enriquecer este lenguaje desde una antropología más actualizada y desde un espíritu más evangélico?

lgtb_pagola-3-600x502Por otra parte, el magisterio oficial no puede quedar reducido a una condena objetiva sino que ha de tener una finalidad positiva. Si la Iglesia quiere anunciar la Buena Noticia de Jesús, habremos de esforzarnos mucho más en ofrecer a las personas homosexuales un proyecto humano y cristiano y unos cauces básicos para que, desde la aceptación e integración de su propia condición homosexual y orientados por su propia conciencia y un discernimiento responsable, puedan realizarse en su dimensión personal, interpersonal y social.

Así mismo en la Iglesia no podemos desatender la llamada de alerta que nos llega de hermanos y heramanas que acompañan a las personas homosexuales, comparten sus sufrimientos y las ayudan a superar sus dificultades personales y sus problemas de inadaptación social y eclesial. Esto es lo que dicen: la doctrina actual de la Iglesia, tal como es presentada, encierra el riesgo de llevar a algunas personas homosexuales a situaciones de crisis permanente, a la renuncia a toda relación humana profunda, al aislamiento, a la soledad y a la tendencia al autodesprecio. ¿Dónde, cuándo, cómo puede escuchar la Buena Noticia del Dios de la Misericordia la persona homosexual que se debate en la alternativa de iniciar una relación heterosexual forzada o de lo contrario aceptar una abstinencia de toda actividad sexual, a la que no se siente en absoluto llamada por Dios?

Por último, una cuestión decisiva. La reflexión moral sobre la homosexualidad se ha desarrollado sobre el presupuesto de que la sexualidad humana tiene como única finalidad la procreación. Desde esta concepción el comportamiento homosexual ha sido considerado contrario a la finalidad intrínseca de toda relación sexual. Sin embargo, desde hace algo más de cuarenta años, se va valorando cada vez más la aportación del Concilio Vaticano II sobre la doble finalidad del matrimonio: la procreación y la mutua comunión de amor (GS 50). Más en concreto, estos años se ha ido tomando conciencia de que la sexualidad humana no está orientada solo a la procreación ni se ha de reducir solo a la complementación genital, sino que está también orientada naturalmente a generar una relación amorosa auténtica (no de poder, dinero o sometimiento del otro…) sino de reciprocidad, responsabilidad, reconocimiento y cuidado mutuo.

Esta nueva perspectiva de la sexualidad humana, ¿no ha de tener repercusión alguna en la visión del amor homosexual? ¿No es esta una de esas cuestiones que, según el papa, la Iglesia ha de “seguir profundizando con libertad”? ¿No se está abriendo aquí una puerta más positiva y esperanzada para las personas homosexuales?

Es significativo que en la Relatio final del Sínodo Extraordinario del 2014 se decía que “sin negar las problemáticas morales relacionadas con las llamadas uniones homosexuales, se toma en consideración que hay casos en los que el apoyo mutuo, hasta el sacrificio, constituye un valioso soporte para la vida de las parejas” (Relación final n. 52). Esta puerta abierta tímidamente quedó enseguida cerrada por las corrientes más rigoristas de resistencia a Francisco. ¿Cuándo se volverá a abrir?

José Antonio Pagola
11/mayo/2016

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“Una sociedad libre de homofobia, un reto para los cristianos – 2”, por José Antonio Pagola

Miércoles, 19 de octubre de 2016

lgtb_pagolaLos hermanos y hermanas del Grupo Cristiano Betania de Aldarte, Bilbao, nos han enviado amablemente este texto que agradecemos y que publicaremos en cuatro partes sucesivas…

Ponencia de José A. Pagola impartida en la universidad de Deusto el 11 de mayo de 2016, organizada por las comunidades de Betania LGTB y otros colectivos cristianos. SEGUNDA PARTE:

3. La acogida de Jesús a “pecadores” más despreciados

Los evangelios destacan que lo que provocó más escándalo y hostilidad hacia Jesús fue su amistad con un colectivo bien reconocible de personas a las que se llamaba despectivamente “pecadores”. Nunca había ocurrido nada parecido en la historia de Israel. Ningún profeta se había acercado a ellos con la actitud de respeto, amistad y simpatía de Jesús. El término de “pecador” no tenía en tiempos de Jesús el contenido preciso que tendrá luego en Pablo de Tarso. A este colectivo de “pecadores” se los consideraba excluidos de la Alianza, bien por su vida inmoral, bien por su profesión, bien por su contacto con paganos, su colaboración con Roma, etc. Forman dentro de Israel un grupo proscrito y despreciado, sobre todo, por los sectores más observantes y rigoristas que los excluyen de la convivencia (banquetes, saludos, matrimonio…). Su conversión se consideraba prácticamente imposible. Los más conocidos eran los “publicanos” y las “prostitutas”.

Lo que más escandalizaba era la costumbre de Jesús de sentarse con ellos a comer en la misma mesa. No es algo anecdótico y secundario. Es el rasgo que caracteriza su modo de actuar con los pecadores más despreciados. En medio de un clima de condena y discriminación, Jesús introduce un “signo de acogida”. La reacción fue inmediata. Los evangelios recogen fielmente, primero la sorpresa: “¿Qué? ¿Es qué come con publicanos y pecadores?” (Marcos 1,16). No guarda las debidas distancias. ¡Qué vergüenza! Luego, la hostilidad, el rechazo y los insultos. “Aquí tenéis a un comilón y bebedor de vino, amigo de pecadores” (Lucas 7,34; Mateo 11,9). El asunto era explosivo. Sentarse a la mesa con alguien siempre es una prueba de respeto, confianza y amistad. No se come con cualquiera y menos en aquella sociedad donde se cuidaba tanto la propia santidad santa. ¿Cómo podía comer con pecadores e indeseables alguien considerado por muchos como “hombre de Dios”.

Pero, además, Jesús se acercaba a comer con ellos, no como un maestro de la Ley, preocupado por examinar su vida escandalosa, sino como profeta de la misericordia de Dios, que les ofrece su amistad y comunión. El significado profundo de estas comidas con pecadores consiste en que Jesús crea con ellos “comunidad de mesa” ante Dios. Comparte con ellos el mismo pan y el mismo vino; pronuncia con ellos “la bendición a Dios” y celebra anticipadamente el banquete final que, según anuncia Jesús, el Padre está ya preparando para sus hijos e hijas. Con este gesto profético Jesús les está anunciando la Buena Noticia de Dios: “Esta discriminación que estáis sufriendo dentro del pueblo elegido no refleja el misterio último de Dios. También para vosotros el Padre es misericordia y bendición”.
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La mesa de Jesús es una mesa abierta a todos. Dios no excluye a nadie, ni siquiera a los pecadores. En el proyecto del reino de Dios todo ha de ser diferente. No hay por qué reunirse en mesas diferentes. Jesús sabe muy bien que su mesa con pecadores no es la “mesa santa” de la que se enorgullecen los fariseos  ni la “mesa pura” de los miembros de la comunidad de Qumrán. Es la “mesa acogedora” de Dios. Con su actuación, Jesús no justifica la corrupción de los publicanos ni la vida de las prostitutas. Lo que hace es romper el círculo diabólico de la discriminación y abrir un espacio nuevo donde todos son acogidos e invitados a encontrarse con el Padre de la Misericordia. Jesús pone a todos, justos y pecadores, ante el misterio insondable de Dios. Ya no hay justos con derechos y pecadores sin derechos. A todos se les ofrece la misericordia infinita de Dios. Solo quedan excluidos los que no la acogen.

4. El principio-misericordia

Después de siglos de cristianismo es necesario hoy rescatar la misericordia como principio de actuación práctica liberándola de una concepción sentimental y moralizante. El lenguaje de la misericordia puede ser peligroso y ambiguo. En concreto, puede sugerir los buenos sentimientos de un corazón compasivo, pero sin el acompañamiento de un compromiso práctico; puede quedar reducido a “hacer obras de misericordia” en algún momento, sin abordar las causas injustas de muchos sufrimientos; puede entenderse como una actitud paternalista hacia algunos individuos, sin reaccionar ante una sociedad que sigue funcionando de manera inmisericorde e injusta.

Hemos de escuchar la llamada de Jesús como un grito de indignación absoluta: el sufrimiento de los inocentes ha de ser tomado en serio; no puede ser aceptado como algo normal pues es inaceptable para Dios. Por eso el teólogo Jon Sobrino propuso hace unos años hablar del “principio-misericordia”, es decir, un principio interno que está en el origen de nuestra actuación privada y pública, que permanece siempre presente y activo, que imprime en nosotros una dirección y que va configurando nuestro estilo de vivir erradicando el sufrimiento y sus causas o, al menos aliviándolo” (Jon Sobrino, Principio-misericordia, Bajar de la cruz a los pueblos crucificados. Santander, Sal Terrae 1992, 31-45 sobre todo).

Ya Jesús, en la parábola del buen samaritano, nos ofrece de manera muy concreta la dinámica de la práctica propia de la misericordia (Lucas 10,30-36). Según el relato, un “hombre” asaltado, robado y despojado de todo, yace abandonado en la cuneta de un camino solitario. Por el camino aparecen dos viajeros: primero un sacerdote, luego un levita. Son representantes de la religión del Templo. Los dos actúan sin compasión alguna. Al llegar al lugar “ven” al herido, “dan un rodeo” y siguen su camino. Tal vez, como servidores del Templo se atienen al “principio de santidad” del Levítico: “Sed santos porque yo, el Señor, vuestro Dios soy santo”.

Aparece en el horizonte un tercer viajero. No es sacerdote ni levita. Ni siquiera pertenece al pueblo elegido. Pero este samaritano va a actuar según el “principio-misericordia”. Lucas describe su actuación con todo detalle. Al llegar al lugar “ve” al herido, “se conmueve”, “se acerca” al hombre y, movido por la compasión hace por aquel hombre todo lo que puede para restaurar su vida.

  • Primero, la “mirada compasiva”. La misericordia se despierta en nosotros, no tanto por la atención a las leyes morales o la reflexión de los derechos humanos, sino cuando sabemos mirar al que sufre de manera atenta y responsable haciendo nuestro su sufrimiento. Esa mirada es la que puede liberarnos de ideologías que bloquean nuestra compasión y de marcos morales y religiosos que nos permiten vivir con la conciencia tranquila. En la Iglesia cambiará nuestra actitud ante las personas homosexuales cuando aprendamos a mirarlos de manera diferente.
  • Segundo, “se acercó” al herido. Se aproximó. Se hizo prójimo. No se pregunta quién es aquel desconocido para ver si puede tener alguna obligación para con él por razones de raza o de parentesco. Quien vive desde el principio-misericordia se acerca a todo ser humano, cualquiera que sea su raza, su religión, su pueblo o su condición sexual. No se pregunta a quién me debo acercar sino quién me necesita cerca.
  • El compromiso de los gestos. El samaritano de la parábola no se siente obligado a cumplir un código determinado de obligaciones. Sencillamente responde a la situación del que sufre inventando toda clase de gestos para restaurar su vida y aliviar su sufrimiento.

 José Antonio Pagola
11/mayo/2016

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“Una sociedad libre de homofobia, un reto para los cristianos – 1”, por José Antonio Pagola

Martes, 18 de octubre de 2016

lgtb_pagolaGrupo Betania con José Antonio Pagola

Los hermanos y hermanas del Grupo Cristiano Betania de Aldarte, Bilbao, nos han enviado amablemente este texto que agradecemos y que publicaremos en cuatro partes sucesivas…

Ponencia de José A. Pagola impartida en la universidad de Deusto el 11 de mayo de 2016, organizada por las comunidades de Betania LGTB y otros colectivos cristianos. PRIMERA PARTE:

Quiero comenzar haciendo unas observaciones para que se comprenda mejor el contenido de mi intervención, su alcance y también sus límites. No soy un moralista ni tengo conocimientos especiales sobre la realidad de la homosexualidad. En estos momentos vivo totalmente entregado a conocer mejor a Jesús y a impulsar en el interior de la Iglesia una renovación arraigando la experiencia cristiana con más verdad y fidelidad en la persona de Jesús, en su mensaje liberador y en el proyecto humanizador que Jesús llamaba el “reino de Dios”.

Por eso, mi exposición tendrá dos partes. En la primera expondré el “principio-misericordia” que inspiró y motivó toda la actuación profética de Jesús y que dejó como herencia a sus seguidores y a toda la Humanidad: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso (Lucas 6,36). En la segunda parte, trataré de mostrar cómo el “principio-misericordia” nos puede ayudar a dar pasos concretos hacia una sociedad liberada de homofobia donde la comunidad homosexual pueda convivir de manera más digna, justa y dichosa en medio de una mayoría heterosexual.

El momento actual es decisivo para abordar el problema de la homofobia. Me explico. El Papa que preside hoy la Iglesia Católica se ha pronunciado de manera clara con palabras impensables todavía hace unos años. Son dos frases breves que abren el movimiento de Jesús hacia un horizonte nuevo, aunque las fuertes resistencias a Francisco hayan obligado a “aparcar” de momento el tratamiento a fondo del tema de la homosexualidad en el último sínodo sobre la Familia. Es el momento de reaccionar desde las comunidades cristianas.

En el avión de regreso de su viaje a Brasil, a preguntas de periodistas, decía así: “Si una persona gay busca a Dios y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo?”. No es una encíclica, no es un documento magisterial, pero, tal vez, es mucho más. Es la convicción profunda del papa Francisco donde, por fin, resuenan las palabras de Jesús: “No juzguéis y no seréis juzgados” (Mateo 7,1).

En respuesta a Yayo Grassí, antiguo alumno de Jorge Bergoglio, homosexual que vive en pareja en EE.UU., que pedía a Francisco una aclaración en torno a un episodio en que se había visto envuelto el papa. Francisco termina su carta con estas palabras: “Quiero asegurarte que en mi trabajo pastoral no hay lugar para la homofobia”.

1. La condición homosexual

Desde el inicio es importante que utilicemos un lenguaje adecuado y preciso para evitar expresiones cargadas de connotaciones peyorativas. Desde hace algunos años, el término “homosexualidad” ha pasado a significar la realidad humana total de las personas cuya pulsión sexual está orientada hacia personas de su propio sexo. El término proviene del griego “homoios”=igual y “sexus”=sexo (el término fue introducido por Fereneczi, médico húngaro en el siglo XIX; bastantes organizaciones homosexuales lo rechazan por su origen clínico y prefieren designarse como “gais” y “lesbianas”).

Con la palabra “homosexualidad” queremos referirnos a la condición humana de una persona que, en su dimensión de sexualidad se caracteriza por estar constitutivamente movida por una pulsión sexual orientada hacia personas del mismo sexo.

Con esto se quiere decir:

  • El homosexual es, ante todo, un ser humano con su dignidad personal, con un destino y una vocación a crecer y realizarse como persona humana, lo mismo que el heterosexual. Su peculiaridad tiene su raíz y manifestación más clara en que su pulsión sexual está orientada hacia personas del mismo sexo. Por eso, al hablar de las personas homosexuales, hemos de tener siempre presente toda su realidad humana y su dignidad personal sin centrar la atención de manera reduccionista y por lo tanto falsa solo en lo sexual o genital.
  • No hemos de confundir la condición homosexual con una enfermedad. La homosexualidad no lleva consigo, de por sí, ningún rasgo de patología somática o psíquica. En 1973, la American Psichiatric Association concluyó su estudio afirmando que la homosexualidad no puede ser catalogada como enfermedad. En 1990, la Organización Mundial de la Salud la eliminó definitivamente de la lista de enfermedades.
  • Tampoco hemos de confundir la condición homosexual con actuaciones anómalas o desviadas como por ejemplo: la pederastia, el sadismo, la prostitución, promiscuidad, violación…; lo mismo que no confundimos la condición heterosexual con ese tipo de actuaciones. No hemos de admitir que se hable de los homosexuales en clave de “perversión”, “desviación”, “inversión”.

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Si me he detenido en todo esto es porque pienso que, para caminar hacia una sociedad libre de homofobia, hemos de aprender a mirar, respetar y amar al diferente en su propia realidad, sin falsearla.

2. Sed misericordiosos como vuestro Padre

Lo primero que hemos de grabar bien es que Jesús capta y vive la realidad insondable de Dios como un misterio de misericordia. Lo que define a Dios no es el poder o la fuerza como a las divinidades paganas del Imperio. Por otra parte, Jesús no habla nunca de un Dios indiferente o lejano, olvidado de sus hijos. Menos aún, de un Dios interesado por su honor, sus derechos, su templo, su sábado… Dios es un misterio de compasión. Es “rahum”, misericordioso, tiene “entrañas de misericordia” (“rahamin”).

(Empleo indistintamente los términos “misericordia” y “compasión”. De ordinario, prefiero hablar de “compasión” para sugerir la cercanía al que sufre –padecer con él– y de “misericordia” para sugerir la atención al que sufre –poner el corazón en el que está en la miseria).

Dios no vive de espaldas al sufrimiento de sus hijos. Por decirlo de alguna manera, la compasión es su modo de ser, su manera de mirar el mundo y de reaccionar ante sus criaturas. Jesús no le vive ni le experimenta a Dios al margen del sufrimiento humano. Por eso no separa nunca a Dios de su proyecto de construir un mundo más digno, más justo, más dichoso para todos, empezando por los que más sufren.

(Las parábolas más importantes de Jesús son las que narra para comunicar su experiencia de un Dios misericordiosos que solo busca el bien de sus hijos: El padre bueno, Lucas 15,11-32; El dueño de la viña, Mateo 20,1-15; El fariseo y el recaudador, Lucas 18,9-14).

Toda la actuación profética de Jesús arranca y está motivada y dirigida por la misericordia de Dios. Su pasión por Dios se traduce en compasión por el ser humano. Es la compasión de Dios lo que atrae a Jesús hacia los maltratados por la vida o por los abusos e injusticias. Lo que lo hace tan sensible al sufrimiento y la humillación de la gente. Pero, sobre todo, es la compasión lo que empuja a Jesús a vivir y a morir “buscando el reino de Dios y su justicia: ese mundo más digno y dichoso para todos, empezando por los que más sufren.

Movido por la misericordia del Padre, “la primera mirada de Jesús no se dirige propiamente al pecado de los otros sino a su sufrimiento” (J. B. Metz). El contraste con Juan el Bautista es esclarecedor. Toda la actividad del Bautista gira en torno al pecado: denuncia los pecados del pueblo, llama a los pecadores a penitencia y les ofrece un Bautismo de conversión y purificación. El Bautista no se acerca a aliviar el sufrimiento de los enfermos, no limpia a los leprosos liberándolos de la exclusión, no acoge a las prostitutas, no abraza a los niños de la calle, no se sienta a comer con “pecadores” excluidos de la Alianza. No hace gestos de bondad. Su actuación es estrictamente religiosa.

Para Jesús, por el contrario, la primera preocupación es el sufrimiento de las gentes enfermas y desnutridas de Galilea, la defensa de los campesinos explotados por los poderosos terratenientes, la acogida a pecadores y prostitutas, los más despreciados y olvidados por la religión. Por decirlo de alguna manera, en la actuación de Jesús es más determinante suprimir el sufrimiento y humanizar la vida que denunciar los pecados y llamar a los pecadores a la penitencia. No es que no le preocupe el pecado, sino que para el Profeta de la compasión, el mayor pecado contra el proyecto humanizador de Dios consiste en introducir en la vida sufrimiento injusto o tolerarlo con indiferencia desentendiéndonos de las personas que sufren.

Jesús vivió en una sociedad profundamente religiosa donde el ideal supremo estaba formulado así en el Levítico: Sed santos porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo” (Levítico 19,2). El pueblo ha de ser santo, como el Dios que habita en el Templo: un Dios que ama a su pueblo elegido pero rechaza a los pueblos paganos, bendice a quienes observan la Ley pero maldice a los pecadores, acoge a los puros pero separa a los impuros. Paradójicamente, esta imitación de la santidad de Dios, entendida como separación de lo pagano, lo no-santo, lo impuro y contaminante, que estaba pensada para defender la identidad de Israel, fue generando de hecho una sociedad discriminatoria y excluyente donde había: israelitas elegidos y paganos rechazados; sacerdotes de un rango superior de pureza y pueblo ordinario; varones con un nivel superior de pureza y mujeres siempre sospechosas de impureza por su menstruación y los partos; sanos que gozan de la bendición de Dios y leprosos, ciegos, tullidos… excluidos incluso del acceso al Templo. Esta religión generaba barreras y discriminación; no promovía la mutua acogida, la fraternidad y la comunión.

Jesús lo captó enseguida. Y con una lucidez y una audacia sorprendente introdujo para siempre en la historia humana un principio que lo transforma todo: “Sed misericordiosos como vuestro Dios es misericordioso” (Lucas 6,36). Es la misericordia y no la santidad el principio que ha de inspirar la conducta humana. Dios es grande y santo no porque rechaza y excluye a paganos, pecadores e impuros, sino porque ama a todos sin excluir a nadie de su misericordia. Dios no es propiedad de los buenos. Su amor está abierto a todos, también a los malos. Dios es de todos. En su corazón hay un proyecto integrador. Dios no separa ni excomulga, sino que acoge y abraza. No bendice la discriminación. Busca un mundo acogedor y solidario donde los santos no condenen a los pecadores, los ricos no exploten a los pobre, los poderosos no abusen de los débiles, los varones no dominen con su prepotencia a las mujeres.

“Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”. Hemos de grabar bien estas palabras de Jesús en el corazón de la Iglesia. Estas palabras no son propiamente una ley o un precepto más. Se trata de reproducir en la tierra la misericordia del Padre. Esta llamada a la misericordia es la clave del Evangelio, la gran herencia de Jesús a la Humanidad. El único camino para construir un mundo más justo y fraterno. El único modo de hacer entre todos una Iglesia más humana y más creíble.

José Antonio Pagola
11/mayo/2016

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Pasado y futuro

Martes, 27 de septiembre de 2016

Del blog de la Communion Béthanie:

El hermano Roger es un profeta de nuestro tiempo. Centró toda su vida en Cristo, en cuyo nombre dio la bienvenida a cualquier persona, cualquiera que sea su origen, su pasado, su edad, su religión. Hombre de oración, el fundador de la comunidad ecuménica de Taizé no ha dejado de animar a los hombres a reconciliarse. Su testamento espiritual continúa sosteniendo a aquellos que deseen desarrollar un monaquismo interior. Os proponemos oraciones y palabras del hermano Roger para alimentar cada semana la vida interior en el seguimiento del Dios uno y trino. (Citas sacadas del libro “Vivir para amar” Ed. Les Presses de Taizé, 2010)

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“Dios de misericordia,

Tú entierras nuestro pasado en el corazón de Cristo

y te ocuparás de nuestro futuro .

*

Frère Roger de Taizé,

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Jon Sobrino: “El principio de la misericordia es bajar de la cruz a los pueblos crucificados”

Lunes, 12 de septiembre de 2016

bajarcruzpobresAnselm Grün: “Buen samaritano, ejemplo de misericordia sanadora”

Inés Serrano dice que “con la misericordia de Dios se logra la sanación terapéutica”

(Universidad de la Mística).- Hoy, en su cuarto día de conferencias, el II Congreso Mundial de Biblia y Mística, ha contado con destacados ponentes. Anselm Grün, Jon Sobrino e Inés Serrano Fernández enriquecieron el tema de la misericordia con sus propias aportaciones.

Anselm Grün es monje benedictino alemán, Doctor en teología. Reside en el Monasterio de Münsterschwarzach (Alemania). Es reconocido mundialmente por sus escritos sobre espiritualidad, siendo autor de más de 300 libros relativos al tema. Más de 14 millones de copias de sus libros han sido vendidas y traducidas a una treintena de idiomas.

El Dr. Grün, bajo el tema de la “La misericordia sana” ofreció su aporte original integrando espiritualidad y psicología de una manera dinámica y sanadora, a través del desarrollo de la misericordia en el evangelio como camino de sanación.

Desarrolló los siguientes puntos: Jesús, fundamento principio y fin de toda sanación espiritual, el buen samaritano como ejemplo de misericordia sanadora y modelo de Dios Padre, importancia de la sanación personal para acompañar la sanación del otro, la importancia de la misericordia consigo mismo para compadecer a los demás y culminó su conferencia mistagógica con una oración.

La segunda conferencia estuvo a cargo del sacerdote Jesuita Jon Sobrino. El se formó en España, Alemania y Estados Unidos, donde cursó estudios de ingeniería. Ingresó en la Compañía de Jesús en 1956. Es profesor de Teología y director del Centro Monseñor Romero de la Universidad Centroamericana de San Salvador. Es miembro del Consejo Editorial de Concilium.

Desarrolló su ponencia “El Principio de la Misericordia. Bajar de la cruz a los pueblos crucificados”. En ella, trató sobre aspectos de la misericordia del Padre, principalmente la imagen de Dios Padre y de un Padre que es Dios, aludiendo a la parábola del hijo pródigo y aludió al gozo del Padre.

El P. Sobrino enfatizó el primer momento de la misericordia refiriéndose al Libro de Éxodo cuando el Padre se revela a Moisés como el que es Misericordioso y busca liberar a su pueblo. Actualizó este ejemplo de dos maneras, preguntando cómo podríamos bajar de la cruz a los que sufren y proponiendo una parábola comparando el bajar de la cruz a los crucificados con el empujar una carreta, es decir, actualizar la imagen de una iglesia misericordiosa.

La Dra. Inés Serrano Fernández, Psicoterapeuta, introdujo el tema “El Valor terapéutico del Perdón”. Habló del qué, cómo y porqué del perdón; de los conceptos fundamentales a tener en cuenta en una terapia de perdón y cómo con la ayuda de la misericordia de Dios se logra la sanación terapéutica. Explicó el perdón como proceso de sanación mental y psicológica y el efecto del perdón en la salud, proporcionando datos valiosos y procesos específicos refiriéndose a reconocidos autores.

La mesa redonda “La misericordia en la acción social de la Iglesia” con aportaciones del Lic. Sebastian Mora Rosado, Secretario General de Cáritas, Lic. Javier Menéndez Ros, Director de Ayuda a la Iglesia necesitada y Lic. Carla Gil, presidenta de Manos Unidas. Los aportes de los participantes enriquecieron notablemente las facetas de la misericordia vistas anteriormente desde su experiencia en las organizaciones caritativas que presiden.

El día concluyó con las comunicaciones: “Acción misericordiosa”. El Dr. Esteban Monjas Ayuso, propuso la Misericordia de Dios en “El Quijote” y por último el Dr. Javier Marín Marín, “Vínculo entre la acción educativa y la misericordia”.

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Dom 11.9.16. Justicia del hijo, misericordia del padre.Un tema abierto

Domingo, 11 de septiembre de 2016

Rembrandt_Harmensz._van_Rijn_-_The_Return_of_the_Prodigal_SonDel blog de Xabier Pikaza:

Dom24 tiempo ordinario. Ciclo C. Lucas 1-32. La parábola llamada “del hijo pródigo” deja el tema sin resolver. El hermano menor ha vuelto a casa, tras gastar la herencia, y su llegada enfrenta al padre con su hijo mayor:

El hijo mayor representa la justicia de la ley. A su juicio, hijo menor (pródigo) que ha gastado el dinero de la herencia en fiestas y pecados debe pagar por lo que ha hecho.

Hay que castigarle, ponerle a trabajar duro, que reconozca no sólo su pecado, sino que devuelva lo gastado, para que la herencia común pueda repartirse bien entre los dos hermanos.

El padre representa la misericordia.Más que la justicia, le importa el hijo menor, que ha estado en trance de perderse. Ciertamente, más tarde, celebrada la fiesta, se podrá hablar quizá de justicia (de cómo replantear nuevamente las cosas, entre los dos hermanos,de cómo repartir trabajos y gastos), pero por ahora, ante el hijo que vuelve, ha de expresarse la misericordia: la fiesta del vino y ternero cebado, con la música y el baile.

El hijos menor, el pródigo, queda así en medio de las dos actitudes, ejemplarmente representadas por el padre y el hermano mayor.

El Padre es la misericordia antes de la ley. Es el amor y la fe que valora a las personas, por encima de todo lo que han hecho, no porque todo dé lo mismo, sino porque el perdón y la fiesta puede cambiar al mismo pródigo (que tiene necesidad de cambiar, no sólo por justicia, sino por dignidad personal).

— El hijo mayor es la ley antes de la misericordia. Que su hermano empiece pagando, y que lo haga en serio… Sólo después, si se convierte de verdad y paga la deuda, se podrá hablar de fiestas.

La solución del problema no es fácil. Porque el problema no habla sólo de hermanos en privado y de padres buenos… Habla de la vida social, de la responsabilidad ante la justicia… y de la misericordia. Hay que intentar reconocer también las razones del hermano mayor… (así lo he querido mostrar en mi libro sobre la misericordia).

En este contexto de la parábola se sitúa el Congreso sobre Mística y Misericordia que se ha celebrado en Ávila a lo largo de este semana.

— Una mística sin misericordia acaba siendo estéril y en el fondo injusta, pues se evade del mundo de Jesús, del sufrimiento de los pobres.

— Una misericordia sin mística pierde su “mordiente”, es decir, su base, su orientación, su “gasolina”, si es que puede emplearse esta palabra popular.

Buen domingo a todos, buena reflexión y mejor opción, a favor de la misericordia justa y de la justicia misericordiosa.

Texto (parte final)

a. El principio misericordia: El Padre

El hijo pródigo vuelve y le dice al Padre:”Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.”Pero el padre dijo a sus criados: “Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.” Y empezaron el banquete.

b. Principio justicia. El hermano mayor

Su hijo mayor estaba en el campo.Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
Éste le contestó: “Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud.”Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

c. Un intento de solución

Y él mayor replicó a su padre: “Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado.”

El padre le dijo: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado.””

Una reflexión abierta

El centro no es el hijo que vuelve, quizá arrepentido, sino el Padre que le espera y acoge, con misericordia, ofreciéndole una terapia de amor y de fiesta. Leer más…

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Domingo XXIV del Tiempo Ordinario. 11 septiembre, 2016

Domingo, 11 de septiembre de 2016

TO-D-XXIV

“Solían acercarse a Jesús los publicanos y pecadores a escucharle.

Jesús les dijo esta parábola:

Si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa con cuidado, hasta que la encuentra?

Y cuando la encuentra reúne a las amigas y a las vecinas para decirles:

¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.

Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta” (Lc 15, 1-10)

¡Hoy somos invitados a la escucha!

El evangelio de este domingo nos pone dos ejemplos de escucha. La escucha de los publicanos y pecadores y la escucha de los fariseos y escribas.

La escucha de los fariseos y escribas.

Estos últimos son “mensajeros” de críticas, están al acecho de lo que Jesús hace y dice, tienen el corazón enfermo, amargado, no pueden escuchar, oyen y al oír desatan un parloteo interior, un desenfoque de la realidad.

La mente nos agita, engendra ambición, no deja perdonar, nos agarrota con ruidos que nos hacen personas duras, sin capacidad de acoger, de perdona; nos atiborra de ruidos, de orgullo; nos hace sentirnos “las mejores”.

La escucha de los publicanos y pecadores.

El otro ejemplo, el de los publicanos y pecadores que se acercan a Jesús para escucharle. Escuchar con la cabeza y con el corazón. Se acercan a Jesús para escucharle. Es un modo, un talante de ser y de vivir. Dicen los místicos que “el camino más largo de recorrer en la vida es un camino muy corto, el que va de la cabeza al corazón.

Cuando llegamos al corazón nos invita con suavidad a escuchar, “siéntate, corazón mío”. Y es una llamada a buscar lo que hemos perdido, la “moneda perdida” que es muchas veces la paz del corazón. Sentirnos vulnerables, es lo que somos, nos llama a escuchar al Maestro, al Señor Jesús. Quien se abre a la escucha de Jesús, se abre a la plenitud.

Quien con sencillez escucha, siente “cosquilleos” en el corazón, y como la mujer de la parábola, necesitamos comunicar lo que sentimos y decir a quienes nos rodean: ¡felicitadme! He encontrado lo que buscaba, el Espíritu de Dios, y él hará en mí como en María de Nazaret, “obras grandes”, y como Pablo en la 1ª carta a Timoteo 1,12 podremos decir: “doy gracias a Cristo Jesús, nuestro Señor, que me hizo capaz, se fió de mí y me confió esta llamada… el Señor derrochó su gracia en mí”.

ORACIÓN:

Padre bueno,
que nos has enviado a Jesús:
nuestra gratitud.
Jesús, Tú nos hablas,
nos invitas a la escucha,
silencia nuestro corazón.
Santo Espíritu,
que nos iluminas y fortaleces.
Sólo podemos decir:
¡Hágase en mí tu voluntad!.Amén

*

Fuente:  Monasterio Monjas Trinitarias de Suesa

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El Misterio y la Misericordia

Jueves, 7 de julio de 2016

miseriCreo en el Misterio de la Vida que me hizo nacer del abrazo amoroso; que me sustenta, me envuelve y me ayuda a respirar de otra manera; que me invita a ser más que a poseer; que es mi tierra fértil, mi latido y mi esperanza. Que me urge a la felicidad y la alegría, a celebrar cada día el gozo de estar vivo.

Creo que el Misterio se revela a los sencillos y se oculta a los poderosos y a quienes se creen saberlo todo. Habita en el hondón personal de cada mujer y cada hombre; en los árboles, los animales, los ríos y las montañas; en las estrellas, los agujeros negros, las galaxias…, el universo que nos asombra y fascina.

Creo que el Misterio es un eco y una llamada. El eco que resuena siempre en nuestro ser más íntimo, el eco que nos hizo abrir los ojos a la luz. La llamada a crecer en relación, sintiéndonos una fracción del Todo del que formamos parte y, a la vez, siendo también el Todo consciente, que camina, sufre y ama.

Creo que el Misterio queda mancillado y encubierto tras el lamento del dolor y la soledad, las lágrimas del sufrimiento, la sinrazón del odio, la indiferencia ante el hambre y la guerra. Y se manifiesta y visibiliza en la armonía, la belleza, la ternura, la solidaridad; en las sendas que sembramos con semillas de sensibilidad, justicia y misericordia.

Por eso creo en la Misericordia, que es la epifanía del Misterio. Que sana las heridas por nuestras manos, que acaricia con la mirada a quien se siente frustrado, que clama con nuestros gritos ante la exclusión, que acoge al refugiado, a la mujer maltratada, a pesar del miedo y la indiferencia general. Que es puro don gratuito.

Creo en la Misericordia, que se encarnó en la persona de Jesús de Nazaret y a la que llamó Abbá, Papá, Mamá: es el Hijo que nos invita a confiar como hijos y nos muestra el camino de la felicidad y la solidaridad; el Sanador que nos mueve a curar tantas heridas; el Hermano que nos convoca a vivir como hermanos en comunidad, abiertos a toda la humanidad y en profunda comunión con toda la creación.

Creo en la Misericordia, que es atención, paz e impulso, para poder escuchar y dar nuestro apoyo a las alternativas que surgen cada día, y así seguir construyendo ese otro mundo más justo, pacífico y fraterno, que está latiendo en nuestros corazones, que ya está aconteciendo en tantos proyectos a lo largo y ancho del planeta, por mínimos que parezcan.

Creo en la Misericordia, que anida en nuestro interior como un fuego, un desasosiego, un empeño. Que hay que alimentar para que no se apaguen sus brasas. Que hay que cuidar, para que siga siendo nuestra segunda piel y nuestro bálsamo para los demás. Felices quienes se muestran siempre misericordiosos porque, solo así, se sentirán afortunados y satisfechos del sentido que han dado a su vida.

Miguel Ángel Mesa Bouzas

Fuente Religión Digital

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La misericordia, ¿un acto político?

Martes, 7 de junio de 2016

RV8391_ArticoloJosep M. Rambla Blanch. Hace unos meses el papa Francisco inició el Jubileo de la Misericordia, para ayudarnos a vivir la misericordia, la que todo el mundo necesita recibir de parte de Dios, pero también la que debemos practicar para con tanta gente abrumada por el sufrimiento.

Sin embargo, hay palabras traidoras. Palabras que quieren significar cosas buenas, pero sólo oírlas ya suenan mal a los oídos, al menos a algunos oídos. Una de esas es la misericordia. Y no hay que recurrir a las burlas de Nietzsche para constatarlo. Al oír la palabra misericordia muchas personas piensan en sentimentalismo barato, obras de caridad para rehuir la justicia, ayuda a las personas sin pensar en las causas que las hacen sufrir… Un maleficio, una palabra importante, pero engañosa, porque no quiere significar otra cosa que el sentimiento personal profundo por el sufrimiento de los demás, un sentimiento que mueve a la acción sincera y generosa para aliviar este sufrimiento… Corazón y miseria componen las dos partes de esta palabra: un corazón que siente la miseria o sufrimiento de los demás…

La misericordia es pues un sentimiento profundo y dinámico, que no permite que quien lo siente se quede inmóvil o pasivo ante tanto sufrimiento que hay en la humanidad. Es el alma de la solidaridad, de la acción social, del compromiso por la justicia… Por un lado, la compasión es propiamente la actitud permanente que se da en cualquier situación, siempre que hay fraternidad y amor, y por otra parte, la misericordia es la compasión hacia la persona que sufre. Una actitud profunda, una conmoción del corazón, que conduce a los actos de solidaridad…

La fe en un Dios que ama al mundo y por eso es misericordioso

El Dios bíblico es un Dios con sentimientos, que se alegra de haber hecho el mundo y de haber creado al Hombre. “Vio que todo era muy bueno” (Gen 1,31). Pero, más adelante, el relato fundante del Sinaí nos presenta un Dios que, porque ama, siente el sufrimiento del pueblo oprimido, lo quiere liberar y cuenta con Moisés como líder de esta liberación (Ex 3, 7-10). En el AT, a pesar de episodios de la historia del pueblo donde parece que Dios presenta un rostro un poco adusto, y que hay que interpretarlos en el conjunto de la historia de salvación, la constante es que Dios es “compasivo y benigno” (Salmo 103), “su misericordia es eterna” (Salmo 136).

Jesús viene a llevar a la cumbre esta trayectoria de la revelación de Dios. Su vida y su acción revelan al “Padre misericordioso” (Lc 6, 36). Él mismo se manifiesta como el hombre poseído por el Espíritu enviado a liberar todo tipo de esclavitudes y a anunciar una buena noticia a los pobres anunciando un mundo nuevo (Lc 4, 16-21). Este hombre espiritual resulta desconcertante, porque relativiza costumbres, ritos y prácticas religiosas, incluso el Templo, y se relaciona con gente pobre y de mala reputación. Y cuando, movido por este desconcierto, Juan envía a sus discípulos a preguntarle si es él el que espera todo el pueblo, Jesús les responde con este signo de identidad de su misión: curar enfermos, hacer andar cojos, resucitar muertos y anunciar una buena noticia a los pobres (cf. Mt 11, 2-6). Porque, ante las necesidades y sufrimientos de los demás, a Jesús “se le removían las entrañas, es decir, el sufrimiento de los otros le conmovía.

El “principio-misericordia”

De acuerdo con toda esta visión de la tradición del AT y del NT, hace ya más de veinticinco años Jon Sobrino formuló el “principio-misericordia”, inspirándose en la expresión de Ernst Bloch, el “principio-esperanza”. Porque la misericordia es lo que mueve toda la acción de Dios en el AT y de Jesús en el NT. Jesús hace muchas cosas y en muchos lugares (enseña, cura, denuncia, alimenta, dialoga, etc.), pero la misericordia es lo que inspira y mueve todo en su vida y acción. Siente a fondo el sufrimiento de la gente, antes que ocuparse del pecado se preocupa de aliviar su dolor. Un hecho, sin embargo, hay que remarcar, que Jesús no se limita a la esfera de lo privado, sino que extiende la misericordia a dimensiones colectivas y públicas: reparte el alimento a una multitud, interpela a los ricos, predica a las masas y las alienta, denuncia los abusos de las autoridades religiosas y políticas, se enfrenta a los manipuladores de la religión del Templo…

La misericordia política

Este principio-misericordia es, pues, lo que ha de iluminar y conducir la vida de los seguidores de Jesús, y de la Iglesia como comunidad. Es lo que el Vaticano II marcó como orientación de la Iglesia del futuro, una Iglesia samaritana, una Iglesia de la misericordia. Una misericordia que abarca las relaciones más inmediatas y cercanas de las personas, pero que tiene que hacer frente también al ámbito estructural del mal y de la injusticia. Nos lo recuerda el papa Francisco: “La Iglesia, guiada por el Evangelio de la misericordia y por el amor al hombre, escucha el clamor por la justicia y quiere responder con todas sus fuerzas” (Evangelii Gaudium 188). Esta sería la gran eficacia de nuestra solidaridad y compromiso por un mundo más fraterno y justo: ser personas, comunidades y grupos marcados por una pasión, la del sufrimiento de los demás. Imaginemos qué pasaría si en los ayuntamientos, en los parlamentos, en el Consejo de Seguridad de la ONU, en el Banco Mundial o el FMI hubiera la mitad de las personas con el virus de la misericordia… Precisamente el papa Francisco, al convocar el Año de la Misericordia 2016, llama a la conversión a los que cometen actos criminales a menudo movidos por la codicia, a las personas que adoran el dinero y causan un mundo injusto, a las que navegan en medio de la corrupción… Y los llama a experimentar la misericordia de Dios, que si la acogen los transformará en misericordiosos. Si el principio-misericordia fuera el motor de nuestra sociedad, se confirmaría que “la misericordia es un acto político” (Louis Lebrêt).

Misericordia con humildad y con alegría

No seamos ingenuos, no miremos la sociedad desde fuera, como si los males sólo vinieran de los demás. Como aquel fariseo de la parábola que juzgaba a todos y él se sentía reconfortado con sus prácticas y ritos religiosos. El evangelio nos dice que al final de la historia “todo el mundo” será juzgado no por el mal que ha hecho, sino por el bien que ha dejado de hacer, por la falta de misericordia… “Tenía hambre…, tenía sed…, era forastero…, estaba desnudo…, enfermo y en la cárcel…, y no me hicisteis caso” (Mt 25, 31-46). Un reconocimiento leal de lo que no hacemos y podríamos hacer para cambiar las cosas, por nuestras complicidades y silencios, por nuestras pasividades ante la injusticia, sería una excelente colaboración a la sociedad del cambio, a una nueva sociedad. Y, por ello, el Papa habla a los cristianos de la renovación del sacramento de la reconciliación, que puede ser un momento de reconocimiento sincero de nuestra poca misericordia, que nos abra a la misericordia de Dios, nos empuje a una verdadera y generosa solidaridad y nos haga probar la bienaventuranza de “felices los misericordiosos” (Mt 5, 7).

Por eso, este tiempo que el papa Francisco ha querido poner bajo el signo de la misericordia, podría ser también el tiempo de la recuperación de una verdadera alegría, la de las personas que acogen la misericordia de Dios abriéndose a la vez a la búsqueda de la justicia y al trabajo de la paz. No creo que muchos lleguemos a alcanzar el nivel de Etty Hillesum, que en medio de un campo de concentración, sufriendo, rebelándose y luchando, aún podía exclamar: “la vida es bella”. Pero sí podemos “practicar misericordia con alegría”, como recomendaba san Pablo (Rom 12, 8). Tal vez haremos realidad, aunque sea un poco, el sueño del profeta: “Libera a los que han sido encarcelados injustamente… deja libres a los oprimidos… comparte tu pan con el hambriento, acoge en tu casa a los pobres vagabundos, viste al que va desnudo. ¡No los rehúyas, que son hermanos tuyos! Entonces brillará como el alba tu luz y tus heridas se cerrarán en un momento… Entonces tu luz se alzará en la oscuridad, tu atardecer será claro como el mediodía… Serás como un huerto empapado de agua, como una fuente que nunca cesa” (Is 58, 6-11).

Fuente Cristianismo y Justicia

Imagen extraída de: Radio Vaticano

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Dom 29.5.16. Corpus, fiesta de la Misericordia

Domingo, 29 de mayo de 2016

pan-y-vinoDel blog de Xabier Pikaza:

 Este domingo celebramos el Corpus de la Misericordia, como ha querido el Papa Francisco, y es buena ocasión para poner de relieve la relación que existe entre la Misericordia de Dios (entre los hombres) y Cuerpo de Cristo.

Como bien sabemos, Jesús ha rechazado (superado) un tipo sacralidad fundada en el sacrificio de animales y en el cumplimiento de unas leyes de pureza, para centrar su fiesta y su presencia en el pan compartido, como dicen dos textos famosos (Mt 9, 13; 12, 7: “misericordia quiero y no sacrificio”).

Así lo han puesto también de relieve los relatos de las “multiplicaciones”, que, en sentido estricto deberían llamarse “alimentaciones”, es decir, fiestas del pan compartido, abiertas a todos los hombres y mujeres del entorno, tanto a un lado del río y del lago de Galilea, como al otro, en la zona de los paganos y/o gentiles (Decápolis).

Marcos 6, 35-44 y 8, 1-10 (con los paralelos de Mateo, Lucas y Juan) han contado cuidadosamente esa “alimentaciones eucarísticas”, que son las primeras y más importantes de todas las fiestas del Corpus, es decir, del Cuerpo Mesiánico de Cristo.

Ciertamente, no están mal las procesiones de Toledo o Ledesma del Tormes, pero en sí mismas ellas se parecen menos a las fiestas del pan de Jesús en Galilea o Decápolis.

eucharist-adorationCorpus de verdad sería una fiesta del pan compartido en Ceuta o Idoumene (si es que queda allí alguien, si es que alguno logra superar las vallas de la policía “católica”), sin interesarse demasiado por la identidad personal y social de cada uno (soltero, casado, divorciado), para poner de relieve su hambre y su deseo de libertad y comunión. Sería bueno celebrar este año el Corpus de la Misericordia, como tiempo de comunión y presencia real de Cristo, en la eucaristía real de la comunión con los necesitados.

En este contexto quiero evocar y situar la fiesta del Corpus, que Jesús fue ensayando y preparando no sólo en sus “multiplicaciones” (alimentaciones) a campo abierto, sino también en otras comidas que compartió con hombres y mujeres de diversa condición, hasta la Última Cena, cuando le iban a matar por eso mismo (por dar de comer a y por comer con todos), con sus discípulos y amigos, en Jerusalén, diciéndoles que de esta dificultad ya no salía en este mundo, pues la policía le estaba persiguiendo los talones.

Fue cuando les dijo que la más honda comida termina siendo la de dar el propio cuerpo, compartir la vida y sangre con todos. Ésta es la fiesta del Corpus, es decir, de mi cuerpo entregado, compartido, al servicio de todos los cuerpos del mundo

13244690_594855500691646_4224160837643405285_nLos cristianos tenemos buena memoria y hemos conservado el recuerdo de las eucaristías de Jesús, en el campo y en las casas, hasta la última de Jerusalén, pero las hemos transformado tanto que ya casi nadie las conoce (¡iba a decir “ni la madre de Jesús”!).

Ciertamente, entre las comidas/corpus de Jesús en Galilea, Decápolis, Jerusalén… y la Eucaristía/Corpus de Toledo o Ponteareas hay una continuidad… pues aquellas llevan a estas, pero hace falta mucha imaginación y buena voluntad para descubrirlo.

Para trazar mejor ese argumento he querido escribir lo que sigue.

Imágenes: 1. “Especies”. 2. Adoración. 3 (y final): Mercedarios de Sevilla en una procesión del Corpus.

Comidas mesiánicas, Corpus: Cristo es el pan compartido.

La verdad del Dios de Jesús se expresa en la comida, se vuelve comida compartida, anunciada ya por la profecía:

El Señor de los de Ejércitos prepara sobre este monte (Jerusalén, el mundo entero), un festín de manjares suculentos para todos los pueblos, (Is 25, 6).

Sólo podemos decir que Jesús es Mesías si se expresa y se despliega en forma de pan compartido. Ciertamente, no sólo de pan vive el ser humano, como sabe Mt 4, 4. Por eso, siendo pan “material” (=comida) el Pan del Corpus de Jesús es comida (banquete) de perdón y gratuidad, de comunicación entre los hombres:

1. La comida de Jesús es comida es perdón y fraternidad.

Así se dice que él ha compartido el pan con los pecadores (Mc 2,13-17), aceptando su hospitalidad y sentándose a su mesa. Lógicamente, ese gesto le lleva a superar el ritual judío de comidas (7, 1-23), centrado en la separación de puros e impuros, iniciando un proceso que culmina en la apertura a los gentiles (7, 24-30), es decir, a los llamados impuros, como indica el relato de la siro-fenicia.

Ésta es quizá la comida más importante de Jesús, cuando ofrece el “pan de los hijos”, de los buenos judíos puros… a la madre y a la hija que son siro-fenicias. También ellas, las “gentiles impuras” pueden comulgar, compartir el pan concreto de Jesús, en sentido material y religioso. Leer más…

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Misericordia y Personalismo

Martes, 3 de mayo de 2016

mounier2“Perentoria necesidad de mutua compasión”

“La misericordia se enrolla así en la caridad incondicional e incondicionada”!

(Andrés Ortiz-Osés).- En la reunión del grupo Mounier en Zaragoza se ha planteado la teología de la misericordia del Papa Francisco y la filosofía propia del personalismo.

En esta reflexión trato ambos temas de la misericordia franciscana y del personalismo cristiano comparativamente.

1. Misericordia

Según Schopenhauer, la clave de la auténtica religión está en la compasión, tal y como la representa el budismo. Pero la compasión búdica es típicamente oriental, extática, mientras que la compasión cristiana es más occidental, dinámica, y se expresa por la misericordia. El Papa Francisco ha recogido la tradición cristiana dotándola de un fuerte componente perdonador: quién soy yo para juzgar, Dios es más grande que nuestros pecados, todo santo tiene su pasado y todo pecador su futuro, la caridad es incondicional…

La misericordia se enrolla así en la caridad incondicional e incondicionada, quintaesencia del cristianismo originario de Jesús. La misericordia es un amor básico, por cuanto se basa o fundamenta paradójicamente en el desfundamento de nuestra común miseria humana, de ahí la compasión como pasión o padecimiento mutuo, compartido no solo pasiva sino activamente. Por eso es necesario en este contexto el mutuo perdón, el perdón por lo hecho y lo no-hecho, por acción u omisión. Esta mutua misericordia es lo que funda la alegría del amor, el cual es una autoafirmación abierta al otro, la afirmación propia y ajena, la apertura radical.

Así que el amor de misericordia dice caridad, la cual obtiene un componente cuasi “matriarcal” de heteroafirmación o afirmación del otro. Como mostró Erich Fromm, el componente matricial del amor se caracteriza por su incondicionalidad, así pues por su positividad o positivación del negativo o negatividad de lo real. Se trata entonces de un amor asuntivo o afirmativo, transustanciador o regenerador, recreador o reconversor (metánoia). Kierkegaard hablaba de trascender la inmanencia, de salto o abrimiento radical; nosotros hablamos más discretamente de la misericordia como asunción autocrítica de nuestra miseria a nivel personal e interpersonal.

2. Personalismo

Decimos que la misericordia tiene un componente matriarcal-femenino, por cuanto es compasión junto al otro. Por su parte, la persona es el individuo no solipsista sino solidario o social, comunitario, por ello se define por su apertura o comunicabilidad. Ahora bien, esta comunicabilidad propia de la persona obtiene el contrapunto de la autonomía o autarquía, de modo que la persona es comunicable e incomunicable, extrovertida e introvertida, heteroafirmativa y autoafirmativa, abierta y propia. Por eso los clásicos hablan de la persona como comunicación de lo incomunicable o inefable, logos íntimo o interior, mismidad. Esta mismidad de la persona la hace “suya” (sui ipsius, sui iuris), y nadie puede usurpar su propia conciencia personal (ni siquiera el Papa, como ha dicho el propio Francisco).

La persona es entonces abierta y propia, matriarcal y patriarcal, anima y animus, como dice C.G.Jung. Digamos que el amor de caridad o misericordia es efusivo y refrenda sobre todo la igualdad, mientras que el amor personal es afectivo y refrenda la libertad. Hay así una cierta “dualéctica” entre la misericordia y la persona, entre la posición horizontal del amor y la posición vertical de la persona, una cierta tensión entre amor ajeno y amor propio.

No se trata de distingos escolásticos, sino del encuentro entre la igualdad compasiva y la libertad personal. Ambos, igualdad y libertad, constituyen la auténtica coexistencia democrática, en la cual debe realizarse la mutua corrección de la igualdad por la libertad, y de la libertad por la igualdad. Si prevalece la igualdad frente a la libertad, accedemos a una especie de populismo comunistoide; pero si prevalece la libertad frente a la igualdad asistimos a un neoliberalismo fascistoide.

Hay que coafirmar pues la igualdad y la libertad, ya que todos somos iguales y diferentes a un tiempo. Es cierto que afirmar a la vez la igualdad compasiva y la libertad personal es una contradicción, pero tenemos que encontrar el equilibrio democrático entre ambos extremos, equilibrio significado hoy simbólicamente por una democracia liberal de carácter social.

3. Misericordia y personalismo

Alguno ha interpretado la teología de la misericordia del Papa Francisco como populismo (y se señala la simpatía de Pablo Iglesias por el Pontífice), aunque en verdad se trata de una teología popular o teología del pueblo. En su significativo viaje a Cuba y Estados Unidos este Papa se ha distanciado tanto del viejo comunismo como del nuevo capitalismo neoliberal, propugnando una especie de personalismo o interpersonalismo compasivo, basado en la fraternidad de inspiración cristiana. Pero esta fraternidad es precisamente la hermandad de igualdad y libertad, o sea, de política social y espíritu libre.

Al respecto la figura de E.Mounier recobra sentido actual. Este filósofo cristiano predica y practica a la vez lo matriarcal y lo patriarcal, la apertura cuasi femenina y la autoafirmación cuasi viril. La persona es ex/sistencia o salida al otro, empatía, pero también alma o espíritu, libertad. Por eso precisamente critica en la Iglesia tradicional su “castratismo”, que ha reprimido el deseo humano en lugar de trasfigurarlo y espiritualizarlo, como Francisco de Asís. El afrontamiento cristiano de Mounier no es un enfrentamiento frente al otro, pero tampoco una regresión o ensimismamiento cavernario.

A partir de viejos textos de la patrística, Hugo Rahner redefinió a la Iglesia como “Luna patiens”, luna compasiva que recibe la luz no de sí misma sino del Sol (Cristo). El peligro está en quedarse alucinada/alunizada dentro de la caverna lunar (platónica) sin salir a la luz del sol, al aire libre, al mundo del hombre en el que se encarna la divinidad cristiana. Pues si desde las catacumbas de la Iglesia el mundo aparece en crisis, desde el mundo es la Iglesia la que aparece en crisis. Pero está en crisis la Iglesia y el mundo, como siempre, de ahí la perentoria necesidad de la mutua compasión, perdón y misericordia: crítica.

Fuente Religión Digital

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Abba de misericordia y Buda de compasión”, por Juan Masiá sj

Jueves, 3 de marzo de 2016

buddha_and_jesus1Coincidiendo con la Semana Mundial de la Armonía Interconfesional (proclamada por la Asamblea General de Naciones Unidas en su resolución 65/5 de 2010), en una pequeña “comunidad de base cristiano-budista” , que se reúne en el barrio de Nerima (Tokyo), hemos celebrado un día de retiro y meditación sobre el perdón y la reconciliación en medio del mundo conflictivo actual.

Para orar juntos por la paz en una liturgia interconfesional, se eligieron dos lecturas, una budista y otra cristiana. La budista fue el capítulo 20 del Sutra del Loto: El bodisatva despreciado que a nadie despreció”; la cristiana, el Padre Nuestro, en el contexto del capítulo 6 del Evangelio según la tradición de Mateo.

Los versos del Sutra del Loto sobre el bodisatva Sin Menosprecio rezan así:

Eran los días del Dharma en decadencia / los monjes especulaban con teorías / carentes de autenticidad / El bodisatva Sin Menosprecio / se les acercaba y decía: / No os menosprecio, estáis llamados a la Iluminación. / Ellos, al oirle, se burlaban y le injuriaban. / Pero él lo soportaba inmutable. / Gracias a este bodisatva, mucha gente se convirtió / y caminó hacia la iluminación.

Para compartir el Padre Nuestro, nos sirvió la paráfrasis compuesta hace unos años en un taller de espiritualidad interconfesional. La he recogido traducida en mi libro Vivir. Espiritualidad en pequeñas dosis, Desclée, 2016. Dice así:

Oración desde la vida a la Vida:

Fuente de la Vida, que estás en la vida, que estás en mi vida, que estás en todas partes, vivificándolo todo. ¡Gracias por la Vida que nos vive!

Que nos demos cuenta de que está llegando siempre el Reinado de la Vida. Que lo construyamos vivificándonos, dándonos vida mutuamenye y dando en todo un sí a la Vida.

Que recibamos fuerza de vivir, fortaleza de cuerpo y espíritu con pan de vida y esperanza.

Que nos capacitemos para vivir en reconciliación, recibiendo y dando perdón,y para convivir con las personas más desfavorecidas, con quienes son diferentes y con quienes nos muestran enemistad.

Que seamos liberados de todo mal: del mal en nuestro interior, y del mal que vulnera las relaciones humanas. Y que de fruto el trabajo por la liberación del mal social.

(Vivir. Espiritualidad en pequeñas dosis, Ed. Desclee, 2016, cap. 66)

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Un cuadro, un hombre y Dios

Martes, 16 de febrero de 2016

Del blog de Henry Nouwen:

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“Un encuentro aparentemente insignificante con un cartel representando un detalle de El Regreso del Hijo Pródigo de Rembrandt hizo que comenzara una larga aventura espiritual que me llevaría a entender mejor mi vocación y a obtener nueva fuerza para vivirla. Los protagonistas de esta aventura son un cuadro del s. XVII y su autor, una parábola del s. I y su autor, y un hombre del s. XX en busca del significado de la vida.

Un día fui a visitar a mi amiga Simone Landrien al pequeño centro de documentación de la comunidad. Mientras halábamos, mis ojos dieron con un gran cartel colgado en su puerta. Vi a un hombre vestido con un enorme manto rojo tocando tiernamente los hombros de un muchacho desaliñado que estaba arrodillado ante él. No podía apartar la mirada. Me sentí atraído por la intimidad que había entre las dos figuras, el cálido rojo del manto del hombre, el amarillo dorado de la túnica del muchacho, y la misteriosa luz que envolvía a ambos. Pero fueron sobre todo las manos, las manos del anciano, la manera como tocaban los hombros del muchacho, lo que me trasladó a un lugar donde nunca había estado antes.

La primera vez que vi El Regreso del Hijo Pródigo, acababa de terminar un viaje agotador de seis semanas dando conferencias por los Estados Unidos, lanzando un llamamiento a las comunidades cristianas para que hicieran todo lo posible por prevenir la violencia y la guerra en América Central. Estaba realmente cansado, tanto que casi no podía andar. Me sentía preocupado, solo, intranquilo y muy necesitado. Durante todo el viaje me había sentido como un guerrero fuerte y valeroso luchando incansablemente por la justicia y la paz, capaz de hacer frente sin miedo al oscuro mundo. Pero ahora me sentía vulnerable como un niño pequeño que quiere gatear hasta el regazo de su madre y llorar.

Tan pronto como las multitudes que me alababan o me criticaban se alejaron, experimenté una soledad devastadora y fácilmente podía haberme rendido a las seductoras voces que me prometían descanso físico y emocional.

Este era mi estado la primera vez que me encontré con El Regreso del Hijo Pródigo de Rembrandt colgado de la puerta del despacho de Simone. Mi corazón dio un brinco cuando lo vi. Tras mi largo viaje, aquel tierno abrazo de padre e hijo expresaba todo lo que yo deseaba en aquel momento. De hecho, yo era el hijo agotado por los largos viajes; quería que me abrazaran; buscaba un hogar donde sentirme a salvo. Yo no era sino el hijo que vuelve a casa; y no quería ser otra cosa. Durante mucho tiempo había ido de un lado a otro: enfrentándome, suplicando, aconsejando y consolando. Ahora sólo quería descansar en un lugar que pudiera sentirlo mío, un lugar donde pudiera sentirme como en casa.

.. Me había puesto en contacto con algo dentro de mí que reposa más allá de los altibajos de una vida atareada, algo que representa el anhelo progresivo del espíritu humano, el anhelo por el regreso final, por un sólido sentimiento de seguridad, por un hogar duradero. Mientras seguía ocupado con mucha gente, envuelto en innumerables asuntos, y presente en multitud de lugares,… El Regreso del Hijo Pródigo estaba conmigo y seguía dando un significado mayor a mi vida espiritual. El anhelo por un hogar duradero que había llegado a mi conciencia gracias al cuadro de Rembrandt, crecía más fuerte y más profundamente convirtiendo al pintor en un fiel compañero y guía.”

*

Henri Nouwen.
El Regreso del Hijo Pródigo. Fragmentos del prólogo.

manos rembrandt hijo prodigo - copia

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Dom 24. 01. 16. Declaración de Nazaret: La Gran Misericordia (Lc 4, 16-30)

Domingo, 24 de enero de 2016

Del blog de Xabier Pikaza:

12592685_540207719489758_4210817368257347611_nDom 3. Tiempo ordinario. Ciclo c. Jesús expone y condensa en su Sermón de Nazaret (Lc 4, 16-30) el mensaje central del evangelio, en la línea de Is 61, 1-3, la Carta Magna de la Misericordia.

Frente a los nazarenos, que tienden a encerrar la acción liberadora de Dios en su propio pueblo (sólo a favor de los suyos), Jesús expone su mensaje universal de misericordia, que se inspira en el Tercer Isaías y en la ley del Jubileo israelita (perdonar las deudas, liberar a los esclavos).

Este pasaje ofrece con Mt 25, 31-46 el “núcleo duro” de la misericordia cristiana, tal como ha sido propuesta por el Papa Francisco en el Año Jubilar 2016.

Acabo de publicar con J. A. Pagola un comentario de los textos bíblicos sobre la misericordia (Entrañable Dios, Verbo Divino 2016). De allí tomo básicamente las reflexiones que siguen, ofreciendo este comentario de la Declaración Nazarena de Jesús.

Jesús aparece así, en ese pasaje, como gran exegeta de la Biblia, intérprete de definitivo del mensaje de misericordia del Antiguo Testamento, tal como ha sido proclamado por el profeta Isaías (cf. Imagen 1: Jesús declara su interpretación en la Sinagoga de Nazaret).

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En esa misma línea quiero recordar otra escena paralela de misericordia, la de la adúltera (Jn 8, 1-11), donde Jesús y los acusadores de la mujer discuten sobre aquello que está escrito en la Biblia. Así lo ha recogido esta famosa tabla del Retablo de la Catedral Vieja de Salamanca, que se suele titular: In Lege quid Scriptum est (¿que se dice en la Ley sobre estos casos?).

Jesús se inclina para estudiar la Ley, junto a la mujer (imagen 2), mientras la gente le mira y acusa. También aquí responderá con misericordia, escribiendo su sentencia en el polvo:¡Quien está libre de pecado que tire la primera piedra!

La imagen 1 recoge el gesto de Jesús que toma el libro de Isaías y lo interpreta en el “aula” de Nazaret, donde le examinan (y rechazan) los sabios rabinos, como hoy le siguen (seguimos) rechazando muchos en la nueva iglesia. La imagen 2 nos sitúa ante un tema clave de la misericordia, en una Iglesia que muchas parece incapaz de inclinarse con (ante) la mujer para intepretar y resolver el tema en clave de amor.
Buen domingo a todos.

1. Anuncio profético: cinco obras mesiánicas (Lc 4, 16-21).

Con esta escena introduce Lucas la vida pública de Jesús, que viene a Nazaret su pueblo para presentar su programa de Reino; pero los nazarenos, sus paisanos, no le aceptan, y parecen preguntarle ¿tú, quién eres? y él responde citando unas palabras del Tercer Isaías, aplicadas a la liberación de los oprimidos:

Entró en la sinagoga, tomó el libro… y encontró el pasaje donde está escrito:
El Espíritu del Señor esta sobre mi;
‒ por eso me ha ungido para evangelizar a los pobres;
– por eso me ha enviado:
para ofrecer la libertad a los presos y la vista a los ciegos;
para enviar en libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor.
Enrolló el volumen… y dijo: Hoy… se ha cumplido esta Escritura (cf. Lc 4, 16-21).

Como Ungido de Dios (=Mesías), retoma Jesús las palabras de Is 61, 1-3, introduciendo en ellas una novedad significativa, tomada de Is 58, 6: “para enviar en libertad a los oprimidos”. No es mensajero de un Dios puramente interior, ni maestro intimista (¡que lo es!), sino que declara cumplidas para todos, de un modo social, en su vida y persona, las promesas de la misericordia:

‒ (Dios…) me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres (ptôkhois). Le ha concedido su Espíritu y de esa forma puede expresar su presencia, evangelizando a los pobres, hambrientos de pan y/o carentes de esperanza. Ésta es la raíz de su jubileo, expandido en los momentos que siguen.

‒ Me ha enviado para proclamar la libertad a los prisioneros (aikhmalôtois), esclavizados en cárcel o destierro, víctimas de la violencia. Prisioneros son los que han caído bajo el poder de los fuertes, los vencidos, expulsados y encadenados, víctimas de guerra…

‒ Para proclamar (=ofrecer) vista a los invidentes, aquellos a quienes la enfermedad o violencia ha impedido que vean, encerrándoles en su oscuridad. Sólo libera de verdad quien enseña a ver a los que no pueden hacerlo, de manera que ellos se valgan y piensen por sí mismos

‒ Para enviar en libertad a los oprimidos. Lo que antes era anuncio (proclamar) se hace ahora gesto: enviar en libertad, romper los muros que oprimen a los hombres, a fin de que ellos puedan vivir por sí mismos. Ése es el programa, que Jesús proclamó (en Nazaret) y que ha de seguir realizándose en el mundo.

‒ Para proclamar el año de gracia (dekton=aceptable) del Señor. Así culmina la unción de Jesús y se cumplen de un modo ejemplar los momentos anteriores de su obra, que aparece como fiesta jubilar: tiempo de gozo y libertad, perdón de las deudas, liberación de esclavos, reparto de tierras (cf. Lev 25).

Jesús puede afirmar así, de un modo público, ante todos: Hoy se ha cumplido esta Escritura (Lc 4, 21), que se expresa y despliega en cinco obras de misericordia mesiánica, que empiezan con la buena noticia a los pobres, siguen con la liberación de prisioneros/oprimidos (y la curación de ciegos), y culminan en el cumplimiento del jubileo israelita. Éste es el mensaje y camino mesiánico de la misericordia del Reino, el programa y camino de salvación de Jesús.

2. Controversia y crisis profética (Lc 4, 22-28).

Los cinco momentos de la misericordia mesiánica (jubilar) que Jesús empieza a realizar en Nazaret, se encuentran implicados, a través de una acción liberadora, que supera las fronteras nacionales, procurando amor y curación a judíos y extranjeros. Así lo ratifica interpretando su camino desde la tradición de Elías y Eliseo, que ayudaron y curaron a enfermos y extranjeros (4, 24-27). Pues bien, en vez de alegrarse por ello y de aceptar gozosamente esa apertura a los gentiles, sus paisanos nazarenos le expulsan de la sinagoga, queriendo asesinarle, en un gesto de linchamiento colectivo (cf. Lc 4, 28-29). No quieren que Jesús extienda la misericordia, pues no pueden aceptar que Dios cure y libere por igual a nacionales y extraños; sólo quieren que Jesús les ofrezca libertad y les cure a ellos. Leer más…

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“Sin misericordia, con buena conciencia”, por José Mª Castillo

Sábado, 16 de enero de 2016

FFFDe su blog Teología sin Censura:

“Somos millones los cristianos que, sin misericordia, dormimos tranquilos y con buena conciencia”

Es un hecho que ahora mismo hay en el mundo miles y millones de cristianos, que no tenemos la misericordia que nos pide el Evangelio y nos demanda el papa Francisco, como es igualmente un hecho que quienes vivimos sin la debida misericordia – ante tanta violencia y tanto sufrimiento (baste pensar en el angustioso problema de los refugiados) – dormimos cada noche tan tranquilos y con buena conciencia.

¿Cómo y por qué tranquilizamos (tanto y tan fácilmente) nuestra conciencia? Por supuesto, tenemos que recordar lo que comporta la fragilidad y la incoherencia que, de una manera o de otra, todos arrastramos. Pero a mí me parece que, en este asunto concreto, no queda todo explicado echando mano de nuestra incoherencia moral. No tenemos más misericordia porque no tenemos más generosidad. Esto es evidente.

Pero ocurre que, además de nuestra debilidad humana, tenemos una debilidad teológica que (a mi manera de ver) resulta decisiva en este asunto. ¿En qué consiste esta “debilidad teológica”? Lo digo en pocas palabras: el Dios de los evangelios no coincide con el Dios del apóstol Pablo. Se trata, en efecto, de dos “representaciones” de Dios, que son diferentes precisamente en este punto concreto de la misericordia.

En efecto, el Dios de los evangelios es el Dios que “quiere misericordia y no sacrificio” (Mt 9, 13; 12, 7; cf. Os 6, 6). Sin embargo, el Dios del que habla Pablo es el Dios de Abrahán (Gal 3, 16-21; Rom 4, 2-20). Ahora bien, esto significa que el Dios, que nos presenta Jesús, quiere sobre todo misericordia, no quiere sacrificio y muerte (en eso consisten los “sacrificios” rituales). Por el contrario, el Dios de Abrahán es el Dios que lo primero que impuso al patriarca bíblico fue sacrificar a su hijo Isaac en un altar (Gen 22, 1-2). Esto supuesto, el drama contradictorio, que vive y enseña la teología cristiana, consiste en que teneos que creer en el Dios de Jesús y en el Dios de Pablo (que es el Dios de Abrahán). ¿Y qué consecuencia se sigue de todo esto? Sin más remedio, se sigue la ambigüedad en que vivimos la teología y la espiritualidad que se nos enseña. Me refiero a la ambigüedad que consiste en que, para algunos, lo que importa es practicar sumisamente los sacrificios y los rituales que impone la religión. Mientras que para otros, lo primero es tener misericordia, buenas entrañas y solidaridad con los que sufren.

Sencillamente, el cristianismo de Pablo nos tranquiliza la conciencia, si cumplimos con la religión. Mientras que el cristianismo de Jesús solamente nos tranquiliza la conciencia, si damos la cara por los refugiados, los que pasan hambre, los enfermos, los que sufren. ¿Queda claro por qué somos tantos los cristianos que “sin misericordia vivimos con buena conciencia?

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