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“Dios es bueno con todos”. 20 de septiembre de 2020. 25 Tiempo ordinario (A). Mateo 20 , 1-16

Domingo, 20 de septiembre de 2020

img_2595Sin duda es una de las parábolas más sorprendentes y provocativas de Jesús. Se solía llamar «parábola de los obreros de la viña». Sin embargo, el protagonista es el dueño de la viña. Algunos investigadores la llaman hoy «parábola del patrono que quería trabajo y pan para todos».

Este hombre sale personalmente a la plaza para contratar a diversos grupos de trabajadores. A los primeros a las seis de la mañana, a otros a las nueve, más tarde a las doce del mediodía y a las tres de la tarde. A los últimos los contrata a las cinco, cuando solo falta una hora para terminar la jornada.

Su conducta es extraña. No parece urgido por la vendimia. Lo que quiere es que aquella gente no se quede sin trabajo. Por eso sale incluso a última hora para dar trabajo a los que nadie ha llamado. Y por eso, al final de la jornada, les da a todos el denario que necesitan para cenar esa noche, incluso a los que no lo han ganado. Cuando los primeros protestan, esta es su respuesta: «¿Vais a tener envidia porque soy bueno?».

¿Qué está sugiriendo Jesús? ¿Es que Dios no actúa con los criterios de justicia e igualdad que nosotros manejamos? ¿Será verdad que, más que estar midiendo los méritos de las personas, Dios busca responder a nuestras necesidades?

No es fácil creer en esa bondad insondable de Dios de la que habla Jesús. A más de uno le puede escandalizar que Dios sea bueno con todos, lo merezcan o no, sean creyentes o agnósticos, invoquen su nombre o vivan de espaldas a él. Pero Dios es así. Y lo mejor es dejarle a Dios ser Dios, sin empequeñecerlo con nuestras ideas y esquemas.

La imagen que no pocos cristianos se hacen de Dios es un «conglomerado» de elementos heterogéneos y hasta contradictorios. Algunos aspectos vienen de Jesús, otros del Dios justiciero del Antiguo Testamento, otros de sus propios miedos y fantasmas. Entonces, la bondad de Dios con todas sus criaturas queda como perdida o distorsionada.

Una de las tareas más importantes en una comunidad cristiana será siempre ahondar cada vez más en la experiencia de Dios vivida por Jesús. Solo los testigos de ese Dios pondrán una esperanza diferente en el mundo.

José Antonio Pagola

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“¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?”. Domingo 20 de septiembre de 2020. 25º domingo de tiempo ordinario.

Domingo, 20 de septiembre de 2020

48-OrdinarioA25Leído en Koinonia:

Isaías 55,6-9: Mis planes no son vuestros planes
Salmo responsorial: 144: Cerca está el Señor de los que lo invocan.
Filipenses 1,20c-24.27a: Para mí la vida es Cristo
Mateo 20,1-16: ¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?

La gracia y la misericordia de Dios se contrapone a la mentalidad religiosa judía de los tiempos de Jesús. Frente a la teología del mérito del sistema religioso se opone la teología de la gracia predicada por Jesús. Desde esta perspectiva, la salvación no se alcanza solamente por méritos propios sino por la misericordia de Dios que nos la concede a pesar de que no la merezcamos.

El texto del segundo Isaías centra su actividad profética en el tema de la consolación del pueblo desterrado. Pero el destierro fue por la desobediencia del pueblo y de sus dirigentes que se apartaron de Dios y quebrantaron la alianza. Sin embargo, Dios no abandona a su pueblo. Si el pueblo es infiel a la alianza, Dios permanece siempre fiel. Los caminos del Señor son muy distintos de los caminos humanos. El profeta insiste en la invitación a buscar al Señor. Hace un llamado a la conversión y al arrepentimiento porque Dios es Clemente y misericordioso y siempre está dispuesto al perdón. Los planes de Dios no son tan limitados y mezquinos como los de nosotros.

Pablo, en la carta a los Filipenses, plantea una seria disyuntiva: o morir para estar con Cristo o quedarse en medio de ellos para ayudarles en sus dificultades. Pablo, prisionero por Cristo, presiente que sus días ya están llegando a su fin. Perseguido, calumniado, encarcelado, azotado y despreciado de muchos ha vivido en su propia persona la pasión de su Señor. Consecuente con su predicación, si se ha esforzado por vivir el evangelio de Jesús, entonces es normal que corra la misma suerte que su maestro. Pero también tiene la plena convicción de participar de la gloria de la resurrección. Tanto su vida como su muerte está en función de Cristo. Si está vivo es para seguir anunciando el evangelio, si muere es para entrar en la plena comunión de los justificados por El. Así las cosas, Pablo siente que su misión ha llegado a su fin. Como Jesús, puede decir todo está cumplido. Pero a Pablo le queda la gran preocupación de la fragilidad de las comunidades, cuya fe está fuertemente amenazada por el ambiente cultural y religioso de las colonias del Imperio.

En la parábola de los trabajadores descontentos con la paga se refleja el modo de actuar de Dios contrario a nuestra mentalidad utilitarista. El contexto de la parábola debió se la controversia de Jesús con las autoridades judías por su continua relación con personas de dudosa reputación como publicados, pecadores, enfermos, niños, paganos y mujeres. Precisamente aquellos que estaba considerados impuros y, por tanto, excluidos del círculo de santidad. Pero en el contexto de la comunidad mateana se percibe el conflicto producido entre los judeocristianos y paganos cristianos que confluyen en la misma comunidad. Era inaceptable que los recién conversos tuvieran el mismo trato de los que han pertenecido desde tiempos antiguos al pueblo elegido. Es claro que el encuentro entre judaísmo y cristianismo en el seno de una misma comunidad resultó bastante complicado. Así lo manifiestan otros escritos del nuevo testamento como la carta a los gálatas.

La parábola, narrada por Jesús, parte de un hecho real. El propietario representa a los terratenientes que a base de aranceles habían quitado las tierras a los campesinos. Así mismo, los desocupados eran los que lo habían perdido todo y se alquilaban por cualquier cosa para poder vivir. Por supuesto que había quienes siempre eran clientes fijos del propietario, es decir, aquellos a quienes siempre se les contrataba, y estaban los que iban apareciendo a última hora. La clave de la parábola no está en la actitud equitativa del patrón, pues el podría pagar como quisiera. Lo que llamó la atención a los oyentes es que haya preferido a los que no eran sus trabajadores (los de la última hora) sobre los que si lo eran (los de la primera hora). Situación incomprensible desde todo punto de vista.

El sistema religioso del tiempo de Jesús y de las primeras comunidades centraba la práctica religiosa en el mérito y la paga. La salvación se había convertido en un mercado de compra y venta. Jesús cuestiona a fondo esta mentalidad que tanto mal le ha hecho al pueblo. La salvación es don gratuito de Dios. Y la gracia tiene que ver con el amor misericordioso. Dios no maneja nuestros esquemas contables interesados y lucrativos. Para Dios, tanto los primeros como los últimos son objeto de su inmenso amor y misericordia.

Hoy tenemos que superar todo espíritu de competencia y codicia. Tenemos que superar sobre todo el «exclusivismo» que todavía late en el subconsciente cristiano: ya no lo decimos ni lo sostenemos, pero muchos lo siguen pensando: nosotros, nuestra religión, sería la única verdadera, y por tanto la superior, la definitiva, la insuperable, aquella a la que las demás religiones (¡y culturas!) deberán confluir… Si ya muchos han abandonado aquella visión veterotestamentaria de que «las naciones y los pueblos vendrán a adorar a Dios en Sión» -porque sociológicamente ya no parece previsible ni viable que el mundo vaya un día a ser todo él cristiano-, no dejamos de tener esa conciencia de «exclusivismo» cuando nuestras autoridades y jerarquías condenan autoritariamente y sin diálogo alguno opiniones sociales, criterios éticos, que se dan en distintas sociedades, apoyados en el convencimiento de que nuestra verdad es incuestionablemente superior a la de los demás, por principio, y que tendríamos derecho a imponerla en la sociedad (laica, aconfesional) sin necesidad siquiera de dialogar y convencer a la población… Es una actitud de complejo de superioridad que no tiene ninguna justificación.

La apertura a todos, el reconocimiento sincero de que no tenemos un «gratuito e inmerecido derecho de primogenitura», que no somos «los (únicos) elegidos», que los que hemos considerado tradicionalmente «últimos» (o en todo caso, posteriores a nosotros) no lo son, que Dios es «gratuito» y sin favoritismos… son asignaturas pendientes todavía para las Iglesias cristianas…

No cabe duda de que aceptar en profundidad el mensaje evangélico de hoy de que «los primeros serán los últimos», nos exige un cambio de mentalidad a fondo. También el pluralismo religioso y el diálogo intercultural hay que elencarlos entre esos grandes desafíos generados por el descubrimiento más profundo de la «gratuidad de Dios» que la parábola del evangelio de hoy vuelve a poner ante nuestros ojos. Leer más…

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Dom 25 tiempo ordinario. 20.9.20. Mt 20, 1-16. Ante la última hora: Superación “imposible” (pero necesaria) del sistema salarial

Domingo, 20 de septiembre de 2020

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Del blog de Xabier Pikaza:

Esta parábola (Mt 20, 1-16) nos lleva del plano salarial del trabajo y del mercado al orden más alto de una vida en la que el hombre no es para el mercado, sino el mercado y el trabajo (con el capital) para el hombre.

Ella nos sitúa ante un modelo  “tribal” (¡comunista!) de trabajos y pagas comunes, antes de la división capitalista de trabajos y salarios, y ha sido mejor entendida por algunos socialistas utópico del siglo XIX que por la  Doctrina Social de la Iglesia (DSI), al menos hasta el Papa Francisco.   

El mercado (en línea de talión) mide la recompensa por horas y calidad de trabajo (de forma jerárquica). Esta parábola iguala en un plano salarial todos los trabajos, al servicio de la humanidad. Ella es imposible de cumplirse según la ley de retribución al uso,  pero, precisamente por eso, es necesaria, verdadera y cristiana. En general, la Iglesia del 2º milenio no ha creído en ella, ni la ha aplicado 

Esta narración nos sitúa ante la última hora .. Tal como está establecido, nuestro sistema laboral y salarial, al servicio del capitalismo, no del hombre, está estallando. En contra de eso, la parábola de Jesús nos habla de un trabajo y salario gratuito, humano,  desde la perspectiva de los últimos (los pobres y gentiles…) a quienes el “dueño de la casa” gratifica igual que a los primeros (que han trabajado intensamente), con la inversión ya citada de situaciones, situada al principio (19, 30) y al final del texto (20, 16).

La parábola propone un mismo salario de gracia para todos, es decir, un salario que no es “sueldo” por lo trabajado, sino ofrecimiento gratuito de vida, en gesto de igualdad y fraternidad, algo que puede ser escandalosa para algunos, pero lleno de esperanza para otros y en el fondo para todos.

 Texto

20 1 El Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que al amanecer (=hora de prima) salió a contratar jornaleros para su viña. 2 Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. 3 Salió otra vez a media mañana (=hora de tercia), vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, 4 y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido. 5 Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde (=hora de sexta, hora de nona) e hizo lo mismo. 6 Salió al caer la tarde (=hora undécima) y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? 7 Le respondieron: Nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a mi viña.

8 Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al administrador: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. 9 Vinieron los del atardecer (hora undécima) y recibieron un denario cada uno. 10 Cuando llegaron los primeros pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. 11 Y recibiendo (el denario) se pusieron a protestar contra el amo, diciendo: 12 Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor. 13 Él replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? 14 Toma lo tuyo y vete. Yo quiero darle a este último igual que a ti. 15 ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? 16 Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos[1]

Presentación temática  

 La parábola empieza hablando de unos arrendatarios a quienes el dueño de casa  ha contratado como trabajadores en su viña (un tema clave que volverá en 21,33-41), para terminar poniendo de relieve la protesta de aquellos que piensan que el dueño ha sido injusto, pues ha pagado a los últimos igual que a los primeros. En esa línea, el texto habla de cinco grupos de contratados: al amanecer, a la hora tercia, sexta, nona, y finalmente a la caída de la tarde.

Pues bien, al final de la parábola, solo parecen importar dos grupos: Los que han comenzado a trabajar desde el amanecer (hora de prima), que pueden ser judíos observantes…, y los que han sido llamados al final de la tarde (=hora undécima, a eso de las nueve), cuando sólo quedaban breves momentos de faena. Pues bien, en contra de las normas laborales, todos reciben el mismo jornal: Un denario; no importa ya lo que hayan trabajado, sino lo que necesitan para vivir (¡un denario!). Lógicamente, al ver que los últimos cobraban igual que ellos, los primeros protestan, pues, conforme a las normas laborales, deberían haber recibido un jornal más grande.

 23B3287E-7337-44AF-9CED-D4D7165E7716-768x554Los de la primera hora parecen ser judíos, que han estado trabajando en la viña desde muy antiguo, y que tienen envidia (se sienten injustamente tratados) porque el dueño de casa les paga igual que a los que sólo han trabajado una hora (el jornal de un día, un denario). Pero esta parábola nos lleva más allá del plano salarial, haciéndonos ver que todo lo que viene de Dios es un regalo, un don gratuito, de manera que el trabajo de los hombres y mujeres al servicio de la casa, en la familia y campo, ha de hacerse gratuitamente (conforme al pasaje anterior: Mt 19, 29-30)[2].

 ‒ Los últimos son los primeros (20, 16). En un sentido nadie tiene ventaja sobre nadie. Pero en otro sentido Mateo ha destacado la importancia de los niños y pequeños (18, 1-14; 19, 13-14) y de aquellos que lo dejan y dan todo a los pobres (19, 16-29). En esa línea se dice que los últimos (los que no se reservan nada) serán los primeros, sentencia con la que empezaba también esta parábola (19, 30), que es una crítica contra los que presumen de mérito ante Dios.

‒ Esta parábola va en contra de una iglesia establecida (de tipo quizá judeo-cristiano), que se opone a que las nuevas iglesias (de paganos o judeo-cristianos con paganos) tengan sus mismos derechos y su misma libertad mesiánica, como si siglos de buen judaísmo no les hubieran dado ninguna ventaja. En contra de eso, el Jesús de Mateo, que ha defendido la autoridad de los niños y pequeños, defiende aquí el derecho y rectitud cristiana de los “trabajadores de la última hora”, que serían, en general, los pagano-cristianos[3].

Esta parábola plantea y justifica la superación del sistema salarial, que se sitúa en plano de talión (de pura justicia retributiva), para situarnos en un plano de salario de gratuidad. Cada uno trabaja según sus posibilidades, y a todos se les ofrece lo que necesitan, como ha puesto de relieve muchos teóricos modernos del sistema económico, en contra de la economía capitalista, que conserva el sistema salarial, pero no para provecho de los trabajadores, sino del mismo sistema.

Ampliación. Superación del sistema salarial

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  El texto ratifica de esa forma elpaso de un sistema de retribución salarialpor ley (¡te pagaré lo justo: to dikaion, Mt 20, 5), según la aportación de cada uno,  a un modelo de gratuidad y comunicación personal, donde el “amo” (señor de casa) paga (da) a los últimos lo mismo que a los primeros, gratuitamente, porque es bueno (agathos: Mt 20, 15), y porque los hombres y mujeres lo necesitan para vivir. Esta parábola empieza empleando un lenguaje salarial (pagar lo justo) para superar (¡no negar!) ese sistema de justicia, en línea de gratuidad y de comunión (de lo que es bueno).

Esta parábola presenta a Dios (al amo) como aquel que nos hace pasar no sólo de un sistema salarial corrupto (con diferencias inmensas de sueldo, que pueden llegar al mil por uno) a uno justo, sino de un sistema proporcional “justo” (los que han trabajado doce horas han de cobrar más que los de media hora) a un sistema humano de gratuidad, donde trabajar es un gozo creador (cada uno según sus posibilidades) y recibir el salario es una gracia (a cada uno según sus necesidades, no según lo producido).

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El terrateniente cabrón y la alternativa de Pablo. Domingo 25. Ciclo A

Domingo, 20 de septiembre de 2020

vinadoresDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Nota: De los numerosos insultos que enriquecen la lengua castellana, “cabrón” es el único tomado de la Biblia (Ezequiel). Por consiguiente, nadie debe escandalizarse de que lo use, aunque tampoco es preciso que añada: “Palabra de Dios”.

             Durante el período de formación de los discípulos, tal como lo cuenta el evangelio de Mateo, Jesús parece disfrutar desconcertándolos con sus ideas sobre el matrimonio, la importancia de los niños, la riqueza. Pero el punto culminante del desconcierto lo constituye esta parábola sobre el pago por el trabajo realizado (Mt 20,1-16).

            El protagonista es un terrateniente con capacidad para contratar a gran número de obreros. No es un señorito que se dedica a disfrutar de los productos del campo. Al amanecer ya está levantado, en la plaza del pueblo, contratando por el jornal habitual de la época: un denario. Y tres veces más, a las 9 de la mañana, a las 12, incluso a las 5 de la tarde, vuelve del campo al pueblo en busca de más mano de obra. A estos no les dice cuánto les pagará. Pero les da lo mismo. Algo es algo.

            Hasta ahora todo va bien. Un propietario rico, preocupado por su finca, atento todo el día a que rinda el máximo. Se intuye también un aspecto más positivo y social: le preocupa el paro, el que haya gente que termine el día sin nada que llevar a su casa.

            Pero este personaje tan digno se comporta al final como un cabrón. Al atardecer, cuando llega el momento de pagar, ordena al administrador que empiece por los últimos, no por los primeros. Cuando aquellos, sorprendidos, reciben un denario por una sola hora de trabajo, los demás, especialmente los de las 6 de la mañana, alientan la esperanza de recibir un salario mucho más elevado. Con gran indignación de su parte, reciben lo mismo. Es lógico que protesten.

¿Por qué no empezó el propietario por los primeros, los dejó marcharse, y luego pagó un denario a los otros sin que nadie se enterase? ¿Por qué quiso provocar la protesta? Porque sin el escándalo y la indignación no caeríamos en la cuenta de la enseñanza de la parábola.

           ¿Cabrón o bueno?

Los jornaleros de la primera hora plantean el problema a nivel de justicia. En cambio, el terrateniente lo plantea a nivel de bondad. Él no ha cometido ninguna injusticia, ha pagado lo acordado. Si paga lo mismo a los de la última hora es por bondad, porque sabe que necesitan el denario para vivir, aunque muchos de ellos sean vagos e irresponsables.

            ¿Quiénes son los de las 6 de la mañana y los de las 5 de la tarde?

           En la comunidad de Mateo, formada por cristianos procedentes del judaísmo y del mundo pagano, predicar que Dios iba a recompensar igual a unos que a otros podía levantar ampollas. El judío se sentía superior a nivel religioso: su compromiso con Dios se remontaba a siglos antes, a Moisés; llevaba el sello de la alianza en su carne, la circuncisión; había cumplido los mandatos y decretos del Señor; no habían faltado un sábado a la sinagoga. ¿Cómo iban a pagarles lo mismo a estos paganos recién convertidos, que habían pasado gran parte de su vida sin preocuparse de Dios ni del prójimo? Usando unas palabras del profeta Daniel, ¿cómo iban a brillar en el firmamento futuro igual que ellos? En este planteamiento se comprende el reproche que les hace el propietario (Dios): vuestro problema no es la justicia sino la envidia, os molesta que yo sea bueno.

            Desde la época de Mateo han pasado veinte siglos; la interpretación anterior ya no resulta actual y podemos sustituirla por otra: los cristianos que han cumplido desde niños la voluntad de Dios, no han faltado un domingo a misa, colaboran en la parroquia, ayudan en Caritas, se enteran de que Dios va a compensarlos a ellos igual que a gente que solo pisa la iglesia para entierros y bodas, y que interpretan la moral de la Iglesia según les convenga. A algunos de ellos puede parecerles una gran injusticia. Dios no lo ve así, porque piensa recompensarles como se merecen. Si da lo mismo a los otros no es por justicia, sino por bondad.

            ¿No es de hipócritas indignarse?

            Si alguno se sigue indignando con la actitud de Dios, debería preguntarse si es hipócrita o tonto. En el fondo, el que se indigna es porque piensa que lleva trabajando desde las 6 de la mañana, que lo ha hecho todo bien y merece una mayor recompensa de parte de Dios. Si examina detenidamente su vida, quizá advierta que empezó a trabajar a las 11 de la mañana, y que se ha sentado a descansar en cuanto pensaba que el capataz no lo veía. A buen entendedor, pocas palabras.

            En cambio, el que es consciente de haber rendido poco en su vida, de no haberse comportado en muchos momentos como debiera, de haber empezado a trabajar a las 5 de la tarde, se sentirá animado con esta parábola.

            Las cinco de la tarde

            Cabe el peligro de interpretar lo anterior como “Dios es muy bueno y podemos dedicarnos a la gran vida”. La invitación a ir a trabajar a las 5 de la tarde, aunque sólo sea una hora, es un toque de atención No se trata de seguir vagueando irresponsablemente. Siempre hay tiempo para echar una mano al propietario de la finca.

            Este es el tema de la 1ª lectura, tomada de Isaías 55,6-9, que usa un lenguaje mucho más severo. No habla de desocupados sino de malvados y criminales. Pero los exhorta a regresar al Señor, que “tendrá piedad” porque “es rico en perdón”. En el evangelio, con fuerte contraste, no son malvados y criminales los que van en busca de Dios; es el mismo Dios quien sale al encuentro, cuatro veces al día, de todas las personas que necesitan de su ayuda.

            Tanto el evangelio como Isaías coinciden en afirmar, cada uno a su estilo, que los planes y los caminos de Dios son muy distintos y más elevados que los nuestros.

La alternativa de Pablo y la pandemia (Fil 1,20c.24.27a)

            Igual que el domingo pasado, la segunda lectura no tiene relación con el evangelio, pero sí mucha con la realidad actual del coronavirus. Pablo está en la cárcel, y no sabe si saldrá absuelto o lo condenarán a muerte. Para nosotros, la elección sería clara: absolución. Pablo ve las cosas de otro modo: la absolución le permitiría seguir trabajando por sus cristianos y por la extensión del evangelio; pero la muerte le permitiría «estar con Cristo, que es con mucho lo mejor». En esta alternativa, no sabe qué escoger.

            Lo absolverán, y continuará su obra unos años más, hasta que la muerte le permita estar con Cristo. En esta época en que solo se habla de la muerte como fría estadística o tragedia personal y familiar, Pablo nos recuerda a los cristianos que la muerte es el paso a disfrutar eternamente de la compañía del Señor.

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20 de septiembre. Domingo XXV del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Domingo, 20 de septiembre de 2020

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Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.”

(Mt 20, 1-16)

Si los dos domingos anteriores teníamos como tema central del Evangelio el tema del perdón, este domingo Mateo nos presenta el tema de la envidia. La envidia no es otra cosa que el dolor y la rabia que nos provoca el bien ajeno.

Es fácil, nos sale casi de forma natural, el conmovernos ante las desgracias ajenas. El dolor de otras personas es capaz de sacar lo mejor de mucha gente.

Pero, tristemente, el bien ajeno, no solo no nos alegra sino que en ocasiones nos pone en contacto con la parte más oscura y sombría del ser humano. Nos parece que nuestro esfuerzo merece mejores recompensas. Y nos llena de envidia ver cómo otras personas reciben más que nosotras; entonces nos sentimos injustamente tratadas. Igual que los jornaleros de la primera hora: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.”

He oído muchas veces, a distintas personas, quejarse de que los telediarios dan solamente malas noticias. Pero ¿soportaríamos un telediario de buenas noticias ajenas? Seguramente no, y las televisiones lo saben y cuidan sus audiencias dando aquello que se demanda.

¡Ay, la envidia!, esa fiel compañera que se abre paso en nuestra vida desde nuestra más tierna infancia. Muchas veces se les da lo mismo a dos hermanitos para que ninguno tenga envidia, pero ¿ayuda eso a lidiar con la envidia en la vida?

¿Qué podemos hacer para que el bien ajeno no nos haga profundamente infelices? ¿Cuál es el antídoto que contrarresta los efectos de la envidia? ¡La misericordia!

Si la envidia es mirar con malos ojos el bien ajeno, la misericordia es la capacidad de mirar con buenos ojos incluso la miseria ajena. La misericordia es la manera de ver que tiene Dios. Es mirar con los ojos de Dios que cuando nos mira ve por todas partes hijas e hijos amados.

Si al mirar veo a una persona amada es más fácil que consiga alegrarme con su alegría. Si descubrimos que lo bueno que les pasa a las demás es también un bien para mí viviré con más alegría y menos preocupación.

Al reconocer que el “denario” que recibo por mi trabajo es justamente lo que habíamos acordado de ante mano y por lo mismo es el salario que merece mi esfuerzo, podré contentarme con lo mío. Y podré también ir abriendo camino para que la alegría ajena provoque también mi alegría.

Oración

Danos, Trinidad Santa, una mirada misericordiosa como la tuya. Libéranos de la envidia que nos separa y enfrenta y llénanos de la ternura que une y complementa.

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Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Jesús no pide ir más allá de la justicia..

Domingo, 20 de septiembre de 2020

matthew-20Mt 20, 1-16

Cuando se escribió este evangelio, las comunida­des llevaban ya muchos años de rodaje pero seguían creciendo. Los veteranos seguramente reclamaban privilegios, porque en un ambiente de inminente final de la historia, los que se incorporaban no iban a tener la oportunidad de trabajar como lo habían hecho ellos. La parábola advierte a los cristianos que no es mérito suyo haber accedido a la fe antes, sería ridículo esperar mayor paga.

Jesús acaba de decir al joven rico que venda todo lo que tiene y le siga. A continuación Pedro dice a Jesús: “Pues nosotros lo hemos dejado todo, ¿qué tendremos?” Jesús le promete cien veces más, pero termina con esa frase enigmática: “Hay primeros que serán últimos y últimos que serán primeros”. A continuación viene el relato de hoy, que repite lo mismo pero invirtiendo el orden; dando a entender que la frase se ha hecho realidad.

Las lecturas de los tres últimos domingos han desarrollado el mismo tema, pero en una progresión de ideas interesante: el domingo 23 nos hablaba de la corrección fraterna, es decir, del perdón al hermano que ha fallado. El 24 nos habló de la necesidad de perdonar las deudas sin tener en cuenta la cantidad. Hoy nos habla de la necesidad de compartir con los demás sin límites, no con un sentido de justicia humano, sino desde el amor. Todo un proceso de aproximación al amor que Dios manifiesta a cada uno de nosotros.

Hoy tenemos una mezcla de alegoría y parábola. En la alegoría, cada uno de los elementos significa otra realidad en el plano trascendente. En la parábola, es el conjunto el que nos lanza a otro nivel de realidad a través de una quiebra en el relato. Está claro que la viña hace referencia al pueblo elegido, y que el propietario es Dios mismo. Pero también es cierto que en el relato hay un punto de inflexión cuando dice: “Al llegar los primeros pensaron que recibirían más, pero también ellos recibieron un denario”.

Desde la lógica humana, no hay ninguna razón para que el dueño de la viña trate con esa deferencia a los de última hora. Por otra parte, el propietario de la viña actúa desde el amor absoluto, cosa que solo Dios puede hacer. Lo que nos quiere decir la parábola es que una relación de ‘toma y da acá’ con Dios no tiene sentido. El trabajo en la comunidad de los seguidores de Jesús tiene que imitar a ese Dios y ser totalmente desinteresado.

Con esta parábola, Jesús no pretende dar una lección de relaciones laborales. Cualquier referencia a ese campo en la homilía de hoy no tiene sentido. Cualquier sindicato de trabajadores consideraría una injusticia lo que hace el dueño de la viña. Jesús habla de la manera de comportarse Dios con nosotros, que está más allá de toda justicia humana. Que nosotros seamos capaces de imitarle es otro cantar. Desde los valores de justicia que manejamos en nuestra sociedad será imposible entender la parábola.

Hoy todos trabajamos para lograr desigualdades, para tener más que el otro, estar por encima y así marcar diferencias con él. Esto es cierto, no solo respecto a cada individuo, sino también a nivel de pueblos y naciones. Incluso en el ámbito religioso se nos ha inculcado que tenemos que ser mejores que los demás para recibir un premio mayor. Ésta ha sido la falsa filosofía que ha movido la espiritualidad cristiana de todos los tiempos.

La parábola trata de romper los esquemas en los que está basada la sociedad, que se mueve únicamente por el interés. Como dirigida a la comunidad, la parábola pretende  unas relaciones humanas que estén más allá de todo interés egoísta de individuo o de grupo. Los Hechos de los Apóstoles nos dan la pista cuando nos dicen: “nadie consideraba suyo propio nada de lo que tenía sino que lo poseían todo en común”.

Hay una segunda parte que es tan interesante como la misma parábola. Los de primera hora se quejan del trato que reciben los de la última. Se muestra aquí la incapacidad de comprensión de la actitud del dueño. No tienen derecho a exigir, pero les sienta mal que los últimos reciban el mismo trato que ellos. El relato demuestra un conocimiento muy profundo de la psicología humana. La envidia envenena las relaciones humanas hasta tal punto que, a veces prefiero perjudicarme con tal de que el otro se perjudique más.

En realidad lo que está en juego es una manera de entender a Dios completamente original. Tan desconcertante es ese Dios de Jesús, que después de veinte siglos, aún no lo hemos asimilado. Seguimos pensando en un Dios que retribuye a cada uno según sus obras (el dios del AT). Una de las trabas más fuertes que impiden nuestra vida espiritual es creer que podemos merecer la salvación. El don total y gratuito de Dios es siempre el punto de partida, no algo a conseguir gracias a nuestro esfuerzo.

Podemos ir incluso más allá de la parábola. No existe retribución que valga. Dios da a todos los seres lo mismo, porque se da a sí mismo y no puede partirse. Dios nos paga antes de que trabajemos. Es una manera equivocada de hablar decir que Dios nos concede esto o aquello. Dios está totalmente disponible a todos. Lo que tome cada uno dependerá solamente de él. Si Dios pudiera darme más y no me lo diera, no sería Dios.

La salvación de Jesús no está encaminada a cambiar la actitud de Dios para con nosotros; como si antes de él estuviésemos condenados por Dios y después estuviésemos salvados. La salvación de Jesús consistió en manifestarnos el verdadero rostro de Dios y cómo podemos responder a su don total. Jesús no vino para hacer cambiar a Dios, sino para que nosotros cambiemos con relación a Dios aceptando su salvación.

Con estas parábolas, el evangelio pretende hacer saltar por los aires la idea de un Dios que reparte sus favores según el grado de fidelidad a sus leyes, o peor aún, según su capricho. Por desgracia hemos seguido dando culto a ese dios interesado y que nos interesaba mantener. En realidad, nada tenemos que “esperar” de Dios; ya nos lo ha dado todo desde el principio. Intentemos darnos cuenta de que no hay nada que esperar.

El mensaje de la parábola es evangelio, buena noticia: Dios es para todos igual: amor, don infinito. Queremos decir para todos sin excepción. Los que nos creemos buenos y cumplimos todo lo que Dios quiere, lo veremos como una injusticia; seguimos con la pretensión de aplicar a Dios nuestra manera de hacer justicia. ¿Cómo vamos a aceptar que Dios ame a los malos igual que a nosotros? Debe cambiar nuestra religiosidad, que se basa en ser buenos para que Dios nos premie o, por lo menos, para que no nos castigue.

El evangelio nos propone cómo tiene que funcionar la comunidad (el Reino). ¿Sería posible trasladar esta manera de actuar a todas las instancias civiles? Lo que Jesús pretende es que despleguemos una vida plenamente humana. Si se pretende esa relación, imponiéndola desde el poder, no tendría ningún valor salvífico. Si todos los miembros de una comunidad, sea del tipo que sea, lo asumieran voluntariamente, sería  una riqueza humana increíble, aunque no partiera de un sentido de trascendencia.

Meditación

El amor de Dios no se funda en mí, sino en Él.
No tenemos que amar para que Dios nos ame
sino amar como Dios nos ama y porque Él ya nos ama.
Lo que Jesús intenta una y otra vez en el evangelio,
es llevarnos al descubrimiento del verdadero Dios.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Escuchar a Jesús de Nazaret.

Domingo, 20 de septiembre de 2020

1jesusEscuchar es amar (Película, “Héctor y el secreto de la felicidad”).

Mt 20, 1-16

El hacendado salió de madrugada a contratar braceros para su viña. (v 1)

Salió y escuchó a todos ellos en sus peticiones, estuvieran contentos o descontentos con el salario que les daba.

Escuchar es obedecer, es decir, “oír desde abajo”, considerar la palabra de los demás como configuradora de mi propia existencia.

Algunos famosos personajes dijeron famosas frases importantes sobre el hecho de escuchar:

“Valor es lo que se necesita para levantarse y hablar; pero también es lo que se necesita para sentarse y escuchar”. (Winston Churchill)

“Tu verdad aumentará en la medida que sepas escuchar la verdad de los otros”. (Martin Luther King)

“No quiero escuchar únicamente lo que dices, quiero sentir lo que me quieres decir”. (Hugh Prather)

Y también en el Antiguo Testamento y en el Nuevo:

“Escucha, Israel: el primer mandato es la llamada a escuchar”.

“Escucha, Israel y obra pronto”. (Deuteronomio 6,3)

“¡Oh Israel, si tú me escucharas!”. (Salmo 81, 8)

Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les declaró: “Varones judíos y todos los que vivís en Jerusalén, sea esto de vuestro conocimiento y prestad atención a mis palabras”. (Hechos 2, 14)

Pablo se levantó, y haciendo señal con la mano, dijo: “Hombres de Israel, y vosotros que teméis a Dios, escuchad”. (Hechos 3, 16)

En la película del director británico Peter Chelsom, “Héctor y el secreto de la felicidad”, dice uno de los protagonistas que “Escuchar es amar”.

Profundiza en ese arte el poema de Blanca Andreu.

Escucha, escúchame, nada de vidrios verdes o doscientos días
de historia, o de libros
abiertos como heridas abiertas, o de lunas de Jonia y cosas así,
sino sólo beber yedra mala, y zarzas, y erizadas anémonas
parecidas a flores.

Escucha, dime, siempre fue de este modo,
algo falta y hay que ponerle nombre,
creer en la poesía, y en la intolerancia de la poesía, y decir niña
o decir nube, adelfa,
sufrimiento,
decir desesperada vena sola, cosas así, casi reliquias, casi lejos.

Y no es únicamente por el órgano tiempo que cesa y no cesa,
por lo crecido, para lo sonriente,
para mi soledad hecha esquina, hecha torre, hecha leve notario,
hecha párvula muerta,
sino porque no hay otra forma más violenta de alejarse.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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¿Qué más quieres?

Domingo, 20 de septiembre de 2020

vina-1¡Tanta bondad nos sobrepasa!

San Mateo 20,1-16

Nos encontramos este domingo con una parábola sencilla, pero de una fuerza sobrecogedora. Nos llega una Buena Noticia, que nos sorprende, nos descoloca y puede provocar en nosotros reacciones controvertidas, incluso apasionadas. ¡Cuántas veces lo hemos experimentado al escucharlo en grupo!

La parábola empieza como muchas otras: “El reino de los cielos se parece a un propietario…” Y es el modo de hacer de este personaje el que nos va descubriendo, con una fuerza arrolladora, el misterio más hondo de su ser, la profundidad y coherencia de su bondad y de su amor. Ante este misterio no podemos quedarnos indiferentes.

Nos acercamos a este señor de la viña que sale de su casa y va, personalmente, a buscar trabajadores para su viña. Va al amanecer, vuelve a media mañana y repite por la tarde. Parece que lo suyo es salir a buscar trabajadores, encontrar y acoger en su viña a los que están “todo el día sin hacer nada”. No pone un anuncio, no manda a otros criados…

Es él personalmente, el que sale a buscar, a buscarnos. A preguntarnos por qué estamos sin hacer nada. Por qué nuestra vida, ya al atardecer, está tan vacía… Nos sorprende esta forma de actuar, porque no suelen actuar así los grandes propietarios. Y nos asombramos aun más de que a todos los contrate por un denario. Un denario era lo que una familia necesitaba para vivir un día y le quedaba algo para el día siguiente.

¿Cuándo nos ha llamado a su viña a cada uno de nosotros? ¿Al amanecer de nuestra vida, en nuestra primera juventud, más tarde o ya casi al final? Parece que lo del reloj no es lo suyo, que tampoco le importan demasiado los años… El sale a buscarnos, nos admite en su viña y promete darnos “lo que necesitamos para vivir plenamente”. Nunca le parece que es tarde para nosotros.

A continuación viene el núcleo de la parábola, el hecho que cambia el tono y provoca reacciones diversas: Al anochecer paga a todos el denario que les había prometido, el salario que necesitaban para que su familia cenase esa noche. Y por si nos queda duda el evangelio dice, empezando por los últimos y terminando por los primeros.

¿Qué reacción provoca esto en mí? ¿Cuántas veces hemos reaccionado como los “primeros”?: “Toda la vida trabajando, sacrificándonos y ahora todos somos iguales…”

Es la queja de los que se sienten, o nos sentimos, llamados al amanecer, desde siempre. La queja que expresa nuestra mentalidad estrecha y nuestros cálculos mezquinos… Porque no hemos entendido nada, no conocemos a nuestro Dios. Tratamos con Él como el asalariado con su empleador, a más trabajo más sueldo. Y nos encontramos con un Dios que da el mismo salario a trabajo distinto. Un Dios al que le importa que estemos en la viña, no cuando hayamos llegado. Un Dios que ha decidido, desde siempre, darnos a cada uno lo que necesitamos para vivir plenamente, sin que nos lo tengamos que “ganar”. Y nuestro malestar crecer porque en el fondo, lo grave, es que no tenemos ninguna injusticia que denunciar: ¿No te contraté en un denario?

Y entonces nos damos cuenta de que lo que nos molesta es la bondad de Dios: ¿Vas a tener tu envidia porque yo soy bueno?

¿Preferimos en el fondo un Dios mezquino como nosotros, un Dios calculador, que solo da bienes a los que se los ganan?… En definitiva un Dios al que podamos exigir, “hice esto, me debes dar…

Es un buen momento para revisar en qué Dios creemos. ¿En el que nos hemos imaginado o nos gustaría o en el que Jesús nos anuncia? el Dios que Jesús predica es el que da la salvación a todos gratuitamente. El que trata a todos como a hijos muy queridos y los da lo que necesitan para vivir plenamente. Ese Dios es tan peligroso que a Jesús le costó la vida… no fue su moral social, sus exigencias legales o sus milagros lo que le llevó a la muerte. A Jesús lo condenan porque habla de Dios, como el papá cariñoso, que hace salir el sol sobre malos y buenos y da la lluvia a justos e injustos… ¡Difícil mensaje! Tanta bondad nos sobrepasa…

Sin embargo, esta bondad y forma de actuar de nuestro Dios nos expresa cuál es la dinámica del Reino. La cuestión es, ¿estamos dispuestos a acogerla, a entrar en ella? ¿No es liberador y reconfortante que Dios esté dispuesto a darnos siempre lo que necesitamos? ¿No es una buena noticia que nos trate así a todos?

La persona que se siente así tratada supera la dinámica del “sueldo debido” y entra en la de la gratuidad. ¿Cómo se sentirían los viñadores que llegaron al final y vieron que su familia podría salir adelante un día más? Sin duda, agradecidos. Y de este agradecimiento nace el compromiso, el compromiso con el Señor de la viña, el compromiso por el Reino. La mentalidad “mercantilista” no hace personas comprometidas, implicadas… solo mercenarias.

Este  evangelio nos invita también a plantearnos sinceramente: ¿Es que no somos todos obreros de la última hora? ¿No hay algún aspecto de nuestra vida en el que aún estamos “sin hacer nada”? ¿Cuántas veces no le hemos pedido a Dios que nos de lo que necesitamos, conscientes de que no nos lo hemos ganado? ¿Por qué entonces nos molesta cuando vemos que nuestro Dios trata así a los demás?

Que el Señor de la viña ensanche nuestros corazones y podamos saborear, disfrutar y agradecer su bondad y su amor para con todos.

Mª Guadalupe Labrador Encinas,  fmmdp

Fuente Fe Adulta

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Gracia y Comprensión

Domingo, 20 de septiembre de 2020

Apropiacion.1Domingo XXV del Tiempo Ordinario

20 septiembre 2020

Mt 20, 1-16

Cuando se contrasta esta parábola con otra rabínica anterior, salta a la vista la novedad del mensaje de Jesús, una novedad que puede resumirse en una palabra: gratuidad.

    La parábola anterior –seguramente conocida por el propio Jesús y sus oyentes– era similar en todo a esta evangélica, salvo en el final. Cuando “los primeros” protestan, el amo les replica: “Es cierto, vosotros habéis aguantado toda la jornada, pero estos últimos han trabajado con tanto empeño que en solo una hora han hecho el mismo trabajo que vosotros en todo el día”.

     Esta respuesta “deja las cosas en su sitio” y “salva” nuestro sentido habitual de la “justicia”: cada uno debe recibir según su esfuerzo o sus méritos. Porque no es “justo” que “los últimos sean los primeros”.

    La idea del mérito colorea todos los ámbitos de la existencia, incluido el religioso, donde ha dado lugar a una “religión mercantilista”, que conduce fácilmente al fariseísmo: el creyente no solo presume de sus buenas obras, sino que se considera “justo” –por encima de los demás, según otra lúcida, elocuente y conocida parábola (Lc 18,9-14)– y merecedor de los favores divinos (o con “derechos” ante Dios). Es la “religión del ego”.

      El ego se entiende a sí mismo como “hacedor” y actúa en función del beneficio que piensa obtener. No solo se percibe, de manera insensata, como separado de la vida –de la realidad–, sino que se adjudica la autoría de todo lo que hace y se apropia del resultado.

    Mientras persiste la identificación con el yo no pueden verse las cosas de otro modo. Más aún, se juzgará como indebido o incluso “injusto” el hecho de que todos perciban el mismo “premio”.

   La sabiduría, sin embargo, muestra una perspectiva radicalmente diferente, que tal vez pueda resumirse en estos puntos:

  • cada persona hace todo lo que sabe y puede en cada momento, de acuerdo a su nivel de consciencia y a su “mapa” mental; a partir de aquí, ¿cómo juzgar y compararme con los otros, cuyos condicionamientos de todo tipo desconozco por completo?;
  • todo lo que soy y tengo, en último término, lo he recibido; todo ha sido y es gracia; como se lee en una de las cartas de Pablo, “¿qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué presumes como si no lo hubieras recibido?” (1 Cor 4,7). El hecho mismo de “ir a la viña en la primera hora” –por volver a la parábola–, ¿no es ya un regalo?;
  • lo que llamamos “yo” es solo una “identidad pensada” –la “identidad” que nace de la mente–, pero no lo que realmente somos; el yo se percibe a sí mismo como carencia, en busca de “denarios” con los que conseguir seguridad; pero realmente somos plenitud: ¿por qué pelearnos por “un denario”? (o por “un cabrito”, como hace el hermano mayor de la parábola del “hijo pródigo”, mientras el padre le está asegurando que “todo lo mío es tuyo”: Lc 15,29.31);
  • el yo se considera a sí mismo el “hacedor”, porque la mente se apropia de la acción y considera el resultado un mérito propio; sin embargo, hablando desde el nivel profundo, el único sujeto real de toda acción es la misma y única vida; visto desde ese plano, no soy el hacedor, sino el “canal” a través del cual la acción ha pasado o está pasando; y si no soy el hacedor en el plano profundo –aunque en el nivel relativo o de las formas “funcionemos” con esa creencia–, ¿por qué me apropio del resultado, como si realmente fuera obra mía?

Cuando comprendemos la verdad de lo que somos –plenitud de vida experimentándose en una forma o persona concreta–:

  • dejamos de apropiarnos de los resultados;
  • actuamos sin apetencia de fruto;
  • nuestras acciones nacen y fluyen desde la comprensión de lo que somos;
  • cesan el orgullo en el éxito y la culpa en el fracaso;
  • acaba la comparación, el juicio y la descalificación de los otros.

¿Vivo más en la apropiación o en la gratuidad? ¿A qué se debe?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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¿Por qué a los católicos nos molestará que Dios sea bueno con todos y siempre?

Domingo, 20 de septiembre de 2020

22septiembre2011Del blog de Tomás Muro, La verdad es libre:

  1. Alguna evocación.

No están lejos los tiempos en los que nuestros mayores salían muy de mañana a la plaza del pueblo, para que alguien les contratara aquel día para segar en el campo o vendimiar. De sol a sol. Recuerdos semejantes tendrán aquellos cuyos padres y hermanos iban a la fábrica, a la mar, a la oficina, a la mina…

  1. Dios no es ni un empresario, ni un juez.

         No sé por qué mecanismos y recovecos religiosos se nos ha colado en la historia del catolicismo la mentalidad de que Dios es una especie de empresario o de juez o de remunerador cuya misión es premiar a los buenos y castigar a los malos. Es una visión más bien simplista y nada cristiana de JesuCristo y de Dios Padre

         Dios no es un empresario. Las relaciones de Dios con los seres humanos, con sus hijos, no son las de esperar al final de la vida o al final de los tiempos para ver la “hoja de servicios” que presentáis, si has trabajado 8 horas o apenas una hora…

Las relaciones de Dios con los hombres no son las de un contrato de trabajo y “tanto trabajes, tanto ganas.

         La relación de Dios con los hombres es siempre, siempre, una relación de amor. Dios y la humanidad formamos una familia, no una empresa.

         El amor de Dios no está vinculado a nuestras obras (trabajo), a nuestros méritos. Su amor -como todo amor- no es un premio, ni el pago de nuestro trabajo; es un don, su amor es gracia, una entrega.

         Dios no es un “tratante” eclesiástico. Dios es padre, y las relaciones de un buen padre con sus hijos no son comerciales, lucrativas.

Sin embargo, nuestra mentalidad, nuestra idea de Dios es esencialmente mercantil y utilitaria. “Tanto trabajo, tanto me das”. Es lo lógico, son nuestros caminos, pero no los de Dios.

        cortes-23septiembre2011 Incluso Pedro y los Zebedeos muestran esa actitud: “Nosotros que lo hemos dejado todo, ¿qué paga tendremos?”. Es una mentalidad muy extendida en muchos sectores del campo católico, más proclive a la desgracia del infierno, que a la gracia salvífica.

No es raro escuchar cosas como que: “Nosotros en esta vida nos hemos sacrificado, no hemos disfrutado de esto o aquello y ese hijo tuyo, que diría el hermano mayor de la parábola, lo ha despilfarrado todo y va y resulta que recibe el mismo salario? No puede ser, “aquí el que la hace (o no la hace) la paga”.

  1. La viña y el amo.

         La parábola de hoy, emplea la metáfora de la viña. La viña era Israel, es el Reino de Dios; es decir, aquella realidad, aquella nostalgia de que la humanidad viva en paz y libertad, que cantaba Labordeta:

Habrá un día en que todos, al levantar la vista, veremos una tierra que ponga libertad.

         Cuando aquellos hombres salían a la plaza a ganar un real para dar de comer a su familia, a sus hijos, en el fondo estaban trabajando por el Reino de Dios

         El propietario, el Señor, tiene mucho interés en que todos vayamos a trabajar (luego haremos lo que podamos). Por eso sale a las 6 de la mañana, a las 9, a mediodía, a las 3 y a eso de las 5 de la tarde y trata de “espabilar” a todos, porque la libertad, el pan, la justicia, etc., no son cuestiones religiosas, sino humanas y del buen Dios.

  1. Pues va a ser que sí…

¿O es que no puedo ser justo en mis asuntos?

         Cuando Dios actúa su justicia, lo que hace es querernos más. Y si no que se lo pregunten al hijo pródigo, a la adúltera, a Zaqueo, al buen ladrón, etc. A veces da la impresión de que vivimos conforme a aquel dicho de un cura rural: lo que salva el evangelio, lo condena la moral.

         La cuestión no es lo que yo hago o dejo de hacer; a Dios le importa poco mi “hoja de servicios”. Lo que importa es cómo es Dios. Dios nos mira infinitamente mejor que lo que lo hacemos nosotros.

La justicia de Dios no es la del Derecho laboral o penal o canónico. La justicia de Dios es bondad, gracia, (en términos bíblicos del AT: Alianza). “Dios se muere de amor”.

¿Por qué nos molesta que Dios sea bueno y justo con todos?  (La envidia es el único defecto que no hace bien ni al que la tiene, ni sobre quien recae).

El evangelio de hoy, la justicia del Señor es un canto a la grandeza de corazón, a la amplitud de mente, a la libertad de espíritu.

  1. Dos conclusiones.
  2. ¿Y al final de todo y del todo?

rd06diciembreSigo creyendo que el mismo Dios de estos labradores, el padre del hijo pródigo, de los pecadores, publicanos y prostitutas, el Dios de misericordia es quien nos acoge a todos y siempre. Con eso basta: con saber que el Dios de Jesús es así, me basta. Hay un salmo que dice: El Señor es bueno, no tiene fin su amor. Con eso me vale y me sobra.[1]

  1. Ni salir de casa.

         Solemos decir que hay días que mejor no salir de casa. No hay solamente días, sino años, etapas en la vida en las que uno no tiene ni ganas ni fuerzas para salir a la plaza a ninguna hora. A veces por la enfermedad física o psíquica o las dos, en otros momentos por la edad, en ocasiones por lo vivido, por la situación política, eclesiástica ¡Tenemos una cansera!

         Seguramente que a Dios no le importa mucho lo que hagamos ni lo que cumplimos o dejamos de cumplir en lo eclesiástico. Quienes le importamos a Dios somos nosotros, las personas, sus hijos: cómo estamos de salud, cómo nos va la vida, los sufrimientos. A Dios le preocupa si estás enfermo, si te ha pillado el coronavirus, si tienes trabajo o estás en paro, la realización de la vida matrimonial-familiar, el crecimiento de los hijos, etc. A Dios le preocupa si nos encontramos desanimados, si vamos remontando ciertas situaciones.

Dios está triste no por una cuestión de moralina que huele a naftalina. Dios se entristece, no se enfada, porque no somos solidarios, no damos limosna, estamos enfadados con los hermanos, etc. Dios no va a contar el número de gente que hoy hemos venido o faltado a Misa para ver a cuántos ha de mandar al infierno, Dios está preocupado por el número de parados, con las familias que no llegan a fin de mes, a Dios le preocupa cómo va la pandemia, etc.

         Dios nos quiere no por nuestra libreta bancaria espiritual saneada, sino por nosotros mismos.

Que no nos moleste nunca que Dios sea bueno con todos

[1] No siempre las “plantillas” eclesiásticas y la del Evangelio coinciden. En muchas ocasiones son muy, muy diferentes. ¡Y menos mal!

 

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Querer el bien.

Domingo, 16 de agosto de 2020

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Es triste tener que lamentar el dolor, pero
no basta con quejarse de él para eliminarlo.

Es el bien lo que debemos querer, cumplir, exaltar.

Es la bondad la que debe ser proclamada en presencia del mundo
para que irradie y penetre todos los elementos de la vida individual y social.

El individuo debe ser bueno, de una bondad que revela una conciencia pura
e inaccesible a la duplicidad, al cálculo, a la dureza del corazón.

Bueno, por una aplicación continua de la purificación interior, de la perfección verdadera;
bueno, por fidelidad a un firme propósito manifestado en todo pensamiento, en toda acción.

La humanidad también debe ser buena. Estas voces que suben del fondo de los siglos,
para enseñarnos todavía hoy con una nota de actualidad,
recuerdan a los hombres el deber que incumbe indistintamente a todos de ser buenos,
justos, rectos, generosos, desinteresados, prontos para comprender
y para excusar, dispuestos al perdón y a la magnanimidad.

*

 Juan XXIII

La documentación católica n°1367

***

 

 

En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:

“Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.”

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:

“Atiéndela, que viene detrás gritando.”

Él les contestó:

“Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.”

Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió:

“Señor, socórreme.”

Él le contestó:

“No está bien echar a los perros el pan de los hijos.”

Pero ella repuso:

– “Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos.”

Jesús le respondió:

“Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.”

En aquel momento quedó curada su hija.

*

Mateo 15,21-28

***

La mujer de la región de Tiro y Sidón ora forzada y empujada por la necesidad. No puede hacer otra cosa, porque su hija está “poseída“, expresión que, entre otras cosas, significa que la comprensión entre ella y su hija hace tiempo que se ha roto, que ha cesado desde mucho tiempo atrás la inteligencia mutua y que ya no es posible volver a reconocer el alma de la otro detrás de las manifestaciones externas de los gestos y las palabras; como bajo la influencia de un poder extraño, la persona de la otra escapa a la percepción. Eso es lo que la Biblia designa con la terrible palabra “demonismo” (Dämonie). Teniendo presente el tormento de semejante enfermedad, la mujer se dirige a Jesús y, bajo la presión e la necesidad, nada podré detenerla. Impulsada por los desvelos y la preocupación por su hija, no se deja apartar como una pesada, como pretenden los discípulos. Abraza cualquier Forma de humillación y se abandona a una forma de súplica que se podría calificar de perruna, si no se viese en ella precisamente la grandeza de su humanidad.

Así de poderosos pueden llegar a ser los lazos del amor en la súplica de unos por otros .

*

E. Drewermann,
El mensaje de las mujeres: La ciencia del amor,
Herder Barcelona 1996, 134- 135.

***

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Desde lo hondo a ti grito

Jueves, 5 de diciembre de 2019

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      La experiencia de la luz en la luz nos hace intuir una presencia que no vemos con sus contornos, puesto que el Señor no tiene limitaciones. Sin embargo, «gustamos» su presencia. Todas las manifestaciones de Dios en la Biblia van en este sentido. Existe una presencia, Dios habla, pero no le vemos (Ex 3,1-6; 33,18-23). El hombre lo siente, participa de su luz, pero no ve al Señor (Ex 34,29; 2 Cor 3,7-4,6). La experiencia de una presencia que no se ve es luz porque se «siente» que el Señor es el Dios «misericordioso y piadoso, lento a la rica y rico en gracia y fidelidad» (Ex 34,6ss). Como a Moisés, esta experiencia nos lleva a invocarle «mientras está cerca» (Is 55,6) con una certeza confiada de que seremos oídos, porque él es «rico en misericordia con los que le invocan» (Sal 85,8; Rom 10,12) y no deja a nadie sin respuesta (Eclo 2,12). De hecho, como su grandeza, así es su misericordia (Ecl 2,18; Sab 7,7).

       Es luz porque se percibe la presencia de una Bondad que nos envuelve y que antes no conocíamos. Por consiguiente, es un nuevo modo de ser, puesto que esta «presencia» nos libera de nuestras tinieblas, de nuestra soledad. Instaura una nueva relación con nosotros mismos. Nos damos cuenta de que somos diferentes porque somos amados, algo que antes no era posible.

       Estábamos ciegos, había una oscuridad en la que estábamos sumergidos. Ahora existe la luz, la luz del amor. «En un tiempo fuisteis tinieblas, ahora sois luz en el Señor.» Y la luz, como decíamos, no se puede expresar en cuanto tal; se percibe en la luz, pero su expresión necesita concretarse. Por eso «el fruto de la luz consiste en toda bondad» (Ef 5,8ss). Se trata de la experiencia de la bondad del Señor, que ilumina el corazón y se difunde en todo nuestro ser.

       La experiencia de esta Bondad se convierte, si así podemos llamarla, en oración. Es oración en el sentido de que el amor quiere crecer, la alegría quiere ser completa y la alabanza quiere ser simplemente exultación. Es oración porque la prenda requiere la compleción.

*

B. Boldini
Desde lo hondo a ti grito,
Ediciones San Pablo, Madrid 1986.

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“Mi testamento espiritual en tres mensajes”, por José María García Mauriño

Miércoles, 11 de septiembre de 2019

mauriñoBalance fecundo de vida…

1.- Mensaje de la edad avanzada

Haber cumplido los 80 se puede decir que es una edad avanzada, pero haber cumplido los 90 es haber entrado en una edad superavanzada. Por primera vez en mi vida he cumplido 90 años. Es la primera vez que acumulo 90 años de juventud. A esta edad se piensan muchas cosas, por ejemplo, si desde que se nace, la autenticidad y profundidad de la persona radica en el ser, más que en el hacer… A cierta edad de la vida, la esencia de la persona está ya plenamente en el ser; pero el Ser está configurado por el hacer: somos lo que hacemos es una sentencia de Ortega y Gasset. Somos ahora, a la edad avanzada, lo que hemos ido haciendo a lo largo de nuestra existencia.

El hacer se va dejando para las nuevas generaciones, que lo necesitan y lo pueden hacer mejor. Saber dar paso a la juventud desde esta conciencia y disposición interior, es importante. Saber hacerse a un lado, y no pretender seguir con ciertas tareas, que se las dejamos a los jóvenes, es un acierto de la edad de la sabiduría. Esta disposición me lleva a vivir en libertad y armonía con mi ser más profundo; a habitar el fondo insondable de mi tierra, mi yo más íntimo. Y, es desde esta conciencia como vivo con gozo la propia edad, con todo lo que ella conlleva de riqueza, pobreza y limitaciones. A mi edad veo muy mal y oigo peor… Son mis limitaciones. Yo cambio de ritmo, pero no de camino; continúo por la senda de la opción por los pobres, que ha guiado mi vida entera.

En la avanzada edad las fuerzas físicas disminuyen, la energía y dinamismo no es el mismo de la juventud; todo se realiza a paso lento, con un ritmo más bien pausado, acompasado, armonioso, melodioso; se ter- minó el ritmo estridente, rápido y a veces discordante; para dar paso a otro, mucho más suave y armonioso.

En la avanzada edad se da una belleza que ni la persona misma ha llegado a descubrir, y mucho menos los que la rodean. Aprender a vivir la belleza de las distintas etapas de la vida es señal de madurez, de un buen equilibrio mental, humano y espiritual.

Las notas de la avanzada edad son más armoniosas, porque la vida ha ido modelando el ser más profundo de la persona, redondeando las esquinas y picos que hacían que la vida reprodujese muchas notas discordantes, rompiendo la armonía, el equilibrio y la belleza de la “pieza”.

Pues la vida es como una partitura de música en la que aprendemos a reproducir las notas a lo largo y ancho de nuestra existencia. La nota esencial de la vida será la muerte, asumida desde la libertad de la vida. El sentimiento de que soy una creatura limitada, finita, es el acto de mayor libertad, la nota más armoniosa y justa que podemos cantar… Aunque el “canto” sea de un hombre mayor que apenas puede ver y oye muy mal.

El tiempo no es oro, el tiempo es vida, el tiempo es historia. El Tiempo es algo más que el oro, algo que ni se compra ni se vende, se Vive. El tiempo no es dinero, el tiempo son vivencias, experiencia, sentimientos, ideas, lucha por la vida y movimiento. El movimiento que tanto asusta al poder. La vida que florece, la vida que se impone, la vida que estalla y grita y piensa y siente, asusta al poder que nos prefiere callados, quietos, como muertos.

El poder nos quiere asustados. El poder nos asusta para dominarnos. Frente al miedo retorcido que retuerce las palabras y nos retuerce el cuello, hay que oponer la valiente sencillez y claridad de ideas y la sencilla pero difícil tarea de la libertad de pensamiento. Sin libertad de pensamiento, la libertad de expresión y la democracia no valen nada.

Yo lo he recordado en múltiples ocasiones: el mandato latino de Horacio que Kant divulgó como lema de la Ilustración. “Sapere aude”. Atrévete a pensar. ¡Piensa por ti mismo! Y si te atreves a pensar, te atreverás a vivir. Solo el que se atreve a vivir, puede llegar a vivir con libertad. La vida es el arte de vivir; somos “artesanos de la vida”. Se trata de salir de la minoría de edad para pasar a la edad madura.

La libertad es un don de la avanzada edad. Un fruto que va madurando en el transcurso de la existencia y que se recoge con gozo y alegría al atardecer de la vida, como quien se encuentra con un gran tesoro. La libertad es el tesoro más extraordinario que la persona puede adquirir. La naturaleza nos ha proporcionado la libertad, esa libertad interior que siempre lleva a obrar el bien y a amar en plenitud, sin miedos. Y también a actuar con justicia y equidad, a ser lo que realmente soy sin caretas, sin armadura que me desfigure. La libertad va unida a la autenticidad, a la verdad.

También es la edad de la fe profunda, la que deja a un lado las “seguridades” intelectuales, para dar paso a la confianza plena en Jesús, fiarse de él, a pesar de la oscuridad y las dudas. Estamos en las manos de Dios. Esta es la edad del creyente, es decir, de mi fe en Jesús y en el mensaje subversivo de Jesús, del que me fío y confío más que en mis propios razonamientos.

Y en esta avanzada edad se posee un “patrimonio” unificador, el cual da seguridad, paz, confianza y gozo de la misión cumplida, del compromiso realizado. Con la edad madura todo se va unificando para vivir, en paz, la entrega, la libertad y el amor.

2.- Mensaje de Bondad

Lo importante es restaurar la BONDAD en el mundo. Hay mucha maldad en el mundo, hay mucha injusticia. Ser buenos es ser buenas personas y esto comporta una exigencia ética. “El principal talante ético es la bondad” –escribía A.Machado–. La bondad es una actitud vital ante la vida, una actitud alegre, una vida sencilla que hace cosas sencillas, ordinarias, cada día. Pero haciéndolas de forma extraordinaria se puede cambiar el mundo, decía Galeano. Significa no perder nunca el ánimo, no perder nunca la esperanza. Significa defender siempre los derechos humanos, preocuparse por humanizar la justicia, quitar el hambre en el mundo, defender siempre la libertad y los valores éticos fundamentales.

La bondad es incompatible con el capitalismo: porque es una opción de vida y nuestro actual sistema es un sistema de muerte. Quiero un mundo donde la bondad sea tan fuerte que sea capaz de acabar con las guerras y con el hambre en todo el planeta. Una bondad atravesada por la Justicia, y empapada en el compromiso por los Derechos Humanos, es una conducta solidaria y liberadora, y es propia de una buena persona.

Una bondad que toma parte y partido por los más débiles y excluidos de la sociedad es, sin duda, lo propio de una buena persona.

Una bondad llena de compasión por el sufrimiento humano, desobediente con las leyes injustas, es propia de una buena persona.

Una bondad que es incapaz de hacer daño a nadie es propia de una buena persona.

Una bondad que sabe perdonar siempre cualquier ofensa, es propia de una buena persona.

Una bondad que se acepta como la mejor persona, amiga y compañera de sí misma en esta vida, configura una personalidad muy madura.

En definitiva, una bondad que supera la mediocridad de la mayoría.

La bondad es compasión en el sentido profundo del término, y está transida de indignación ética, ya que la conmoción interna experimentada (esa es la indignación ética) se traduce en una exigencia ineludible contra la injusticia y sus causas.

La indignación ética percibe como intolerable el sufrimiento humano y reacciona frente a él, no se queda de brazos cruzados. Esta compasión, este padecer-con, siempre apuesta por el cambio transformador. Decimos esto porque el término “bueno” puede dar lugar a equívocos. Ser bueno de verdad tiene un carácter rebelde y desobediente frente al orden establecido.

La bondad no se predica, ni se enseña, ni se impone. La bondad se contagia. El que es bondadoso/a, crea un clima de bondad. Y eso cambia la vida; La de uno; Y la de los demás. Ser siempre bondadoso, reconocer los propios límites y las propias contradicciones. Sólo así podremos hacer que, pase o no pase la crisis, viviremos mejor. Y nos sentiremos mejor.

Ya sé que esto no es la panacea universal. Sería ingenuo pensar que sólo con el “buenismo” se arregla el mundo. No. Entre otras razones porque la bondad lleva consigo no quedarse callados y pasivos cuando uno ve sufrir, y sufrir tanto, a los más débiles. El que se calla, en tales condiciones, no se distingue por su bondad, sino por su cobardía, por su miedo, por intereses inconfesables. Eso no es bondad. Eso da vergüenza verlo, sufrirlo y hasta pensarlo. Porque, es un hecho, la bondad es lo que más nos asusta y hasta nos desconcierta.

No tiene nada que ver con ese dicho que “todo el mundo es bueno” (tó er mundo é güeno) o con ser un “bonachón”. Juan XXIII era el Papa “bueno” pero armó un escándalo con el concilio Vaticano II. No se trata sólo de ser mejores, de ser más buenos; lo que se pretende es organizar la convivencia para que todos y todas seamos capaces de ser felices. No es nada fácil tratar de ser buenas personas en una sociedad que se rige por códigos capitalistas.

A Jesús no lo mataron por ser “bueno”: lo mataron porque estorbaba, denunciaba a los que mantenían las injusticias y entró en un duro conflicto con los dirigentes políticos y religiosos. Sólo podremos hablar de bondad, si asumimos la tarea ética de luchar contra este (des)orden establecido por quienes se empeñan en mantener un mundo en el que sólo unos pocos viven muy bien, mientras una inmensa mayoría malvive o muere lentamente.

3.- Mensaje de rebeldía

Este es mi mensaje: Jesús dijo no podéis servir a Dios y al dinero. Yo he optado por servir al Dios de la vida y de la libertad y rechazar al dios del dinero, al dios del capital, que es el reino de la muerte y de la esclavitud.

Quiero mantener siempre vivo el espíritu de rebeldía frente a este sistema de muerte, que es lo mismo que luchar y gritar el derecho de los pobres para vivir con dignidad. Es decir, exigir el derecho de los empobrecidos a tener propiedad privada de unos bienes necesarios que les permitan tener lo indispensable para una vida humana, como pueden ser: el trabajo, la vivienda, la alimentación, sanidad (médicos y medicinas), cultura (que todo el mundo sepa leer y escribir, ocio, tiempo libre).

Cuanto mayor voy siendo, me siento más rebelde, porque sin duda veo la injusticia con mayor claridad. Soy un antisistema, (y no lo digo gritando y con el puño levantado, sino sencillamente pero con voz firme e inalterable). Soy un insubordinado de este mundo insostenible. Insisto en la necesidad de disentir, de desobedecer, de oponernos con justicia a este capitalismo depredador, este modelo injusto. No nos podemos rendir. Creo que tenemos el deber de vivir. Tenemos el deber de pensar libremente.

Tenemos también el derecho, el derecho que nos niegan quienes deberían garantizar ese derecho. Pero no se puede negar la vida, La vida vence. La vida empuja. La vida crea. Otro mundo no solo es posible, es seguro.

Cuesta aprender a vivir, es decir, amar la vida sobre todas las cosas, la vida digna, la vida humana y humanizada, una vida que reúna la humanidad, el bienestar y la justicia suficientes para ser merecedora de tal nombre. Se trata de la apasionante tarea que es vivir, aprender a vivir, que la vida puede sobre el silencio, la palabra sobre el ruido, el pensamiento sobre la sinrazón, la humanidad sobre el capital.

Esta es la edad de la fortaleza, de la serena rebeldía, de la audaz sensatez, de saber decir que NO a este sistema depredador y decir que SÍ a la solidaridad con los excluidos de este mundo.

José María García Mauriño. Madrid, 9 de agosto de 2019

Fuente Atrio

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Mirar con buenos ojos

Miércoles, 19 de junio de 2019

Del blog de Henri Nouwen:

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“No tenemos que ir lejos para encontrar el tesoro que buscamos. Hay belleza y bondad en el lugar donde estamos. Y solamente cuando podemos ver la belleza y la bondad que están cerca nuestro podemos reconocer la belleza y la bondad cuando viajamos por el mundo.

Tratemos de ver la belleza y la bondad que están delante nuestro antes de salir hacia otros lugares para buscarlas”.

*

Henri Nouwen

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El lenguaje de la bondad

Martes, 26 de febrero de 2019

taize_poznanGabriel Mª Otalora
Bilbao (Vizcaya).

ECLESALIA, 15/02/19.- Cuando decimos de alguien que es una persona bondadosa estamos pensando que es una persona amable, en la que se puede confiar porque no esperamos de ella daño alguno. Pero no deja de ser una descripción un tanto desvaída de la mejor esencia del ser humano.

Si somos hijos de Dios, nuestro ser más íntimo es la bondad aunque al ser imperfectos nos comportamos malamente en no pocas ocasiones. Pero ello no es óbice para que la parcela más luminosa de los seres humanos, aparte de que es lo esencial de su humanidad, tiene unas consecuencias en la radicalidad de las actitudes mucho mayores en que lo que pudiera parecer en algunas definiciones más bien ñoñas de la bondad que nos trae a la cabeza esa cuasi equiparación popular de que, el bueno, es blando o casi tonto. Vamos, que si nos empleamos a fondo en la bondad, en buena parte de esta sociedad seremos considerados más bien como tontos. Pero la bondad es una cualidad propia de la inteligencia espiritual y no tanto una característica del carácter.

Es una pena que una palabra y su contraria puedan haber llegado a tener el mismo fundamento en amplias capas sociales relegando la vida ética (la historia del pensamiento) y la vida evangélica por no ser útiles en el tiempo presente. Pero cuando desaparece la bondad como conducta liberadora y solidaria, entonces se congela la convivencia y la deshumanización acarrea sus consecuencias.

Traigo a la consideración de los lectores una reflexión del gran pensador Paul Ricoeur en una de sus visitas a la comunidad cristiana ecuménica de Taizé: él relaciona a la religión con la práctica de la bondad pero lo enmarca así: Por muy radical que sea el mal, este no será nunca tan profundo como la bondad. Y si la religión, las religiones, tienen un sentido, es el de liberar el fondo de bondad de los seres humanos, ir a su búsqueda, allí donde está totalmente enterrado”. Y cierra su reflexión con esta preciosa rotundidad: “La bondad es más profunda que el mal más profundo”. Para Ricoeur este axioma es la experiencia que debemos buscar y expresarla en el lenguaje comunitario de la liturgia, cada uno desde el fondo infinito de bondad que anida en cada uno de los seres humanos.

Simone de Beauvoir, igual que otros pensadores (Hobbes como paradigma)  utilizó el lenguaje de la bondad de manera subordinada a la maldad: “La naturaleza del hombre es malvada. Su bondad es cultura adquirida”.  Lo dijo quizá por lo que cuesta educar nuestro espíritu hasta que adquiera la disposición natural para hacer el bien  cuando lo tentador es precisamente optar por el mal, que suele ser más agradecido a corto plazo y divertido.

Pero es lo que pasa en todo con la naturaleza humana, que nuestras grandes capacidades requieren de mucho esfuerzo y disciplina para que lleguen a brillar: científicos sabios, deportistas de élite, artistas universales, estadistas que cambiaron la historia… todos tuvieron que pasar por muchos esfuerzos ímprobos para llegar a ser la mejor posibilidad de sí mismos sin que nadie dijera que sus inclinaciones naturales eran la holganza, la torpeza, la falta de inteligencia, la nulidad en cualquier disciplina en la que, tras muchos años de abnegado esfuerzo, llegaron a ser alguien superlativo en sus especialidad. ¿No podemos aplicar la misma premisa para la bondad humana? ¿En unos casos el sacrificio es admirable y ejemplar y, en otros, una represión que atenta contra la verdadera humanidad?

Pues aunque no tenga buena prensa la bondad en nuestras selvas urbanas, de lo que no tengo duda es que el signo que señala a una persona como “buena”, es cuando saca lo bueno de otras personas. Y si algún día pudiéramos medir esto en resultados, ciertamente que serían a todas luces revolucionarios.

(Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia).

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Moral vs bondad

Viernes, 19 de octubre de 2018

43623153194_ed47781648_nDe su blog Miradas Cristianas:

Los primeros críticos de la moral fueron Jesús de Nazaret y Pablo de Tarso, mucho antes que Nietzsche.

Para aquellos dos judíos, la moral no hace bueno al hombre sino que le vuelve fariseo. Como su conducta no es la de los que obran mal, se siente con derecho a juzgar a éstos y a sentirse superior a ellos. Pero, como sólo Dios es superior a los hombres y sólo Él puede juzgarlos, el hombre moral acaba siendo un ególatra que se pone nada menos que en el lugar de Dios. La carta a los romanos, y las parábolas del fariseo-publicano y del “hijo pródigo” dan buena cuenta de eso.

A esta crítica personal, Nietzsche añadirá otra de dimensiones más sociales: la moral efectivamente vuelve fariseos a los que la practican pero, además, convierte en “aprovechados” a todos aquellos que la dictan y en resentidos a aquellos a los que se les impone.

Quizá sea bueno recordar eso en momentos en que los niveles morales de nuestra sociedad parecen estar bajo mínimos. Hemos convertido la libertad en hacer lo que me da la “real” gana y el respeto a los derechos humanos en vindicación de los deseos propios. Dos perversiones muy difíciles de arrancar porque son provechosas a nuestro sistema económico que, en buena parte, se alimenta de ellas. Así se instala la “triple C” que nos envuelve (crecimiento corrupción, consumismo) y que nos convierte en simples esclavos anestesiados.

Reconocida sin paliativos nuestra degradación social, quisiera advertir, no obstante, sobre el peligro de que la Iglesia reaccione ante ella en la forma “moral” criticada al principio. A veces, en conversaciones con gente que presume de “católica” he oído juicios sobre el aborto o la homosexualidad que me escandalizan más de lo que puedan disgustarme las realidades criticadas por ellos. Apelan entonces a TV13 y a Radio María: no las he oído nunca, pero quisiera expresar mi temor de que queriendo (quizás con buena voluntad) hacer cristianos a sus oyentes, los hagan simplemente fariseos.

Jesús escandalizó mucho más a los “bien-pensantes” de su época que a los llamados “pecadores” (y eso a pesar de que Jesús despedía a estos últimos con las palabras: “no peques más”). Fueron aquellos, y no éstos, los que lo llevaron a la muerte y no pararon hasta conseguir, no sólo quitarlo de en medio sino además con un castigo ejemplar. Tan ejemplar que quizás incluso nosotros los que creemos en Él, ya no nos atrevemos a seguirle en este punto. Y me pregunto si la historia de su Iglesia no está más llena de fariseísmo que de verdadero seguimiento del Maestro.

Estos datos nos acercan a uno de los grandes dramas e incógnitas de la vida humana: por supuesto que existen entre nosotros el bien y el mal. Pero sólo merece el nombre de bien aquello que brota desde la más profunda libertad y sin otra motivación que la atracción de ese mismo Bien.

He citado muchas veces un agudo comentario de Agustín de Hipona: “si alguien obra bien por miedo al infierno, ése no es bondadoso sino miedoso”. La pregunta ulterior para nosotros es cómo llegar a hacer el bien no por motivos de temor o busca de superioridad (que repito: nos harán fariseos reprimidos más que personas buenas), sino por amor al mismo Bien.

Platón, que percibió también este problema, predicó la hermosura del Bien y el atractivo de esa “Idea del Bien”. Algo es algo, pero Jesús se atrevió a ir más lejos: hay una realidad en nuestras vidas capaz de sacar lo mejor de todos nosotros, y es sencillamente al amor. Por otro lado, no hay realidad que necesitemos más y que nos realice más (una madre me contaba hace poco, la pregunta inesperada de su hija de 13 años: “mamá tú ¿me quieres?”). “Palabra grande, realidad más grande”, decía Agustín del amor. Pero ocurre que esa realidad la encuentran muy pocos, y muchos la encuentran falseada.

Aquí interviene la “buena noticia” que vino a traer Jesús: a aquello que es la Realidad más Seria, más Última y más Definitiva, puedes dirigirte con la palabra que exprese más ternura, más cercanía y más confianza. Jesús, en su época, eligió la palabra “Abbá”. Pero más que la literalidad oral importa en ella el espíritu interior. Si de veras llagamos a creernos amados y sin retorno por Dios, ese mensaje sacará lo mejor de nosotros que tan poca cosa somos.

Uno va descubriendo en la vida que hay personas que sacan lo mejor de aquellos con quienes tratan y otras que tienen la desgracia de sacar lo peor de los demás (lo cual, además, les confirma sus juicios negativos sobre ellos). Y acaba descubriendo que, en el fondo de esa doble reacción, está el que las personas nos sintamos queridas o nos sintamos agredidas en nuestro encuentro con los demás.

En cualquier caso, sólo la bondad y no la moral, construirá una sociedad más convivible de la que hoy soportamos. Por ahí va la importancia social del mensaje de Jesús. Aunque, como no todo es perfecto en esta vida, el amor tiene muy buena delantera pero una defensa débil. Le meten bastantes goles. Pero acaba ganando el partido.

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No tocar a Caín.

Miércoles, 8 de noviembre de 2017

cainResulta que en cuanto otra persona es distinta o comete algún error, no nos cae bien. Enseguida sentenciamos al condenarla y castigarla. Y a poder ser, rechazarla y aislarla de la sociedad.

Y así, los que nos creemos buenos, sanos o cuerdos, retiramos, metemos a los demás en un lugar aparte: cárceles, psiquiátricos, hospitales…

Caín, en la mitología bíblica, había matado a Abel. Dios dice que “nadie le toque ni castigue”. Para ello, le puso una señal, aunque seguía con el castigo de no producirle frutos la tierra y andar errante. Ya es un paso para la mentalidad de entonces. Jesús va mucho más allá “a quien te hiere en una mejilla, ponle la otra”.

Estamos haciendo un mundo de buenos y malos. Claro, los malos son los otros. Y así la pelea es continua. No hay más que ver la dificultad de los inmigrantes, refugiados, expresos para vivir normalmente y ser aceptados en la sociedad.

Es bueno pensar que en la sociedad, cada uno tenemos nuestras cualidades y defectos. Y que la vida, las instituciones no son para quitarnos de encima a las personas difíciles, Porque entonces ya no es sociedad, ya no es comunidad. “La familia, el pueblo, el país, el mundo, no puede ser -como dice Carta a una maestra- un hospital que cura a los que están bien y rechaza a los que están enfermos”. Eso solo ocurre con las clínicas de Lifting Facial.

Unos tenemos hacia otros una labor preciosa que realizar. Todos estamos sanos y todos estamos enfermos. Descubrir nuestra enfermedad y la de los demás. Pero sin condenar, sin rechazar, sino descubriendo las formas de ayudar a sanar.

Me toca muy a menudo celebrar la eucaristía en la cárcel. ¡Qué atentos están y cómo participan! Todos los días comentamos: somos capaces de sacar lo mejor que hay en nosotros y que eso supere y sane a los que hay de torcido.

Nos imaginamos lo que supondría el que todas las personas e instituciones tuviésemos como meta no el castigar, sino el sanar, el curar, el que aflore lo mejor que hay en cada corazón.

Este pueblo del que soy parte, hemos decidido acoger a dos familias: una de tres personas y la otra con cinco niños. El calor humano que van a aportar es fenomenal. No solo son niños para la escuela en un lugar pequeño, sino que transmiten su alegría infantil al pueblo. Muchas personas nos sentimos tocados en el corazón por ellos. Un abuelo, que ya no está para andar con niños, ayer me saludó y en la mano metió un billete para ellos.

Dominar el mal con el bien nos dice Pablo. Y ese es el camino. Poner amor, comprensión. Y esto no solo aisladamente cada persona sino que las instituciones tengan este fin: recuperar, hacer personas.

No cabe otra solución: los hospitales son para los enfermos, no para los sanos: “no he venido a curar a los sanos sino a los enfermos”. Y ahí adquiere sentido nuestra vida.

Gerardo Villar

Fuente Fe Adulta

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“No desvirtuar la bondad de Dios”. 24 de septiembre de 2017. 25 Tiempo ordinario (A). Mateo 20 , 1-16

Domingo, 24 de septiembre de 2017

img_2595A lo largo de su trayectoria profética, Jesús insistió una y otra vez en comunicar su experiencia de Dios como “un misterio de bondad insondable” que rompe todos nuestros cálculos. Su mensaje es tan revolucionario que, después de veinte siglos, hay todavía cristianos que no se atreven a tomarlo en serio.

Para contagiar a todos su experiencia de ese Dios Bueno, Jesús compara su actuación a la conducta sorprendente del señor de una viña. Hasta cinco veces sale él mismo en persona a contratar jornaleros para su viña. No parece preocuparle mucho su rendimiento en el trabajo. Lo que quiere es que ningún jornalero se quede un día más sin trabajo.

Por eso mismo, al final de la jornada, no les paga ajustándose al trabajo realizado por cada grupo. Aunque su trabajo ha sido muy desigual, a todos les da “un denario”: sencillamente, lo que necesitaba cada día una familia campesina de Galilea para poder vivir.

Cuando el portavoz del primer grupo protesta porque ha tratado a los últimos igual que a ellos, que han trabajado más que nadie, el señor de la viña le responde con estas palabras admirables: “¿Vas a tener envidia porque yo soy bueno?”. ¿Me vas a impedir con tus cálculos mezquinos ser bueno con quienes necesitan su pan para cenar?

¿Qué está sugiriendo Jesús? ¿Es que Dios no actúa con los criterios de justicia e igualdad que nosotros manejamos? ¿Será verdad que Dios, más que estar midiendo los méritos de las personas como lo haríamos nosotros, busca siempre responder desde su Bondad insondable a nuestra necesidad radical de salvación?

Confieso que siento una pena inmensa cuando me encuentro con personas buenas que se imaginan a Dios dedicado a anotar cuidadosamente los pecados y los méritos de los humanos, para retribuir un día exactamente a cada uno según su merecido. ¿Es posible imaginar un ser más inhumano que alguien entregado a esto desde toda la eternidad?

Creer en un Dios, Amigo incondicional, puede ser la experiencia más liberadora que se pueda imaginar, la fuerza más vigorosa para vivir y para morir. Por el contrario, vivir ante un Dios justiciero y amenazador puede convertirse en la neurosis más peligrosa y destructora de la persona.

Hemos de aprender a no confundir a Dios con nuestros esquemas estrechos y mezquinos. No hemos de desvirtuar su Bondad insondable mezclando los rasgos auténticos que provienen de Jesús con trazos de un Dios justiciero tomados del Antiguo Testamento. Ante el Dios Bueno revelado en Jesús, lo único que cabe es la confianza.

José Antonio Pagola

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“¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?”. Domingo 24 de septiembre de 2017. 25º domingo de tiempo ordinario.

Domingo, 24 de septiembre de 2017

48-OrdinarioA25Leído en Koinonia:

Isaías 55,6-9: Mis planes no son vuestros planes
Salmo responsorial: 144: Cerca está el Señor de los que lo invocan.
Filipenses 1,20c-24.27a: Para mí la vida es Cristo
Mateo 20,1-16: ¿Vas a tener tú envidia porque soy bueno?

La gracia y la misericordia de Dios se contrapone a la mentalidad religiosa judía de los tiempos de Jesús. Frente a la teología del mérito del sistema religioso se opone la teología de la gracia predicada por Jesús. Desde esta perspectiva, la salvación no se alcanza solamente por méritos propios sino por la misericordia de Dios que nos la concede a pesar de que no la merezcamos.

El texto del segundo Isaías centra su actividad profética en el tema de la consolación del pueblo desterrado. Pero el destierro fue por la desobediencia del pueblo y de sus dirigentes que se apartaron de Dios y quebrantaron la alianza. Sin embargo, Dios no abandona a su pueblo. Si el pueblo es infiel a la alianza, Dios permanece siempre fiel. Los caminos del Señor son muy distintos de los caminos humanos. El profeta insiste en la invitación a buscar al Señor. Hace un llamado a la conversión y al arrepentimiento porque Dios es Clemente y misericordioso y siempre está dispuesto al perdón. Los planes de Dios no son tan limitados y mezquinos como los de nosotros.

Pablo, en la carta a los Filipenses, plantea una seria disyuntiva: o morir para estar con Cristo o quedarse en medio de ellos para ayudarles en sus dificultades. Pablo, prisionero por Cristo, presiente que sus días ya están llegando a su fin. Perseguido, calumniado, encarcelado, azotado y despreciado de muchos ha vivido en su propia persona la pasión de su Señor. Consecuente con su predicación, si se ha esforzado por vivir el evangelio de Jesús, entonces es normal que corra la misma suerte que su maestro. Pero también tiene la plena convicción de participar de la gloria de la resurrección. Tanto su vida como su muerte está en función de Cristo. Si está vivo es para seguir anunciando el evangelio, si muere es para entrar en la plena comunión de los justificados por El. Así las cosas, Pablo siente que su misión ha llegado a su fin. Como Jesús, puede decir todo está cumplido. Pero a Pablo le queda la gran preocupación de la fragilidad de las comunidades, cuya fe está fuertemente amenazada por el ambiente cultural y religioso de las colonias del Imperio.

En la parábola de los trabajadores descontentos con la paga se refleja el modo de actuar de Dios contrario a nuestra mentalidad utilitarista. El contexto de la parábola debió se la controversia de Jesús con las autoridades judías por su continua relación con personas de dudosa reputación como publicados, pecadores, enfermos, niños, paganos y mujeres. Precisamente aquellos que estaba considerados impuros y, por tanto, excluidos del círculo de santidad. Pero en el contexto de la comunidad mateana se percibe el conflicto producido entre los judeocristianos y paganos cristianos que confluyen en la misma comunidad. Era inaceptable que los recién conversos tuvieran el mismo trato de los que han pertenecido desde tiempos antiguos al pueblo elegido. Es claro que el encuentro entre judaísmo y cristianismo en el seno de una misma comunidad resultó bastante complicado. Así lo manifiestan otros escritos del nuevo testamento como la carta a los gálatas.

La parábola, narrada por Jesús, parte de un hecho real. El propietario representa a los terratenientes que a base de aranceles habían quitado las tierras a los campesinos. Así mismo, los desocupados eran los que lo habían perdido todo y se alquilaban por cualquier cosa para poder vivir. Por supuesto que había quienes siempre eran clientes fijos del propietario, es decir, aquellos a quienes siempre se les contrataba, y estaban los que iban apareciendo a última hora. La clave de la parábola no está en la actitud equitativa del patrón, pues el podría pagar como quisiera. Lo que llamó la atención a los oyentes es que haya preferido a los que no eran sus trabajadores (los de la última hora) sobre los que si lo eran (los de la primera hora). Situación incomprensible desde todo punto de vista.

El sistema religioso del tiempo de Jesús y de las primeras comunidades centraba la práctica religiosa en el mérito y la paga. La salvación se había convertido en un mercado de compra y venta. Jesús cuestiona a fondo esta mentalidad que tanto mal le ha hecho al pueblo. La salvación es don gratuito de Dios. Y la gracia tiene que ver con el amor misericordioso. Dios no maneja nuestros esquemas contables interesados y lucrativos. Para Dios, tanto los primeros como los últimos son objeto de su inmenso amor y misericordia.

Hoy tenemos que superar todo espíritu de competencia y codicia. Tenemos que superar sobre todo el «exclusivismo» que todavía late en el subconsciente cristiano: ya no lo decimos ni lo sostenemos, pero muchos lo siguen pensando: nosotros, nuestra religión, sería la única verdadera, y por tanto la superior, la definitiva, la insuperable, aquella a la que las demás religiones (¡y culturas!) deberán confluir… Si ya muchos han abandonado aquella visión veterotestamentaria de que «las naciones y los pueblos vendrán a adorar a Dios en Sión» -porque sociológicamente ya no parece previsible ni viable que el mundo vaya un día a ser todo él cristiano-, no dejamos de tener esa conciencia de «exclusivismo» cuando nuestras autoridades y jerarquías condenan autoritariamente y sin diálogo alguno opiniones sociales, criterios éticos, que se dan en distintas sociedades, apoyados en el convencimiento de que nuestra verdad es incuestionablemente superior a la de los demás, por principio, y que tendríamos derecho a imponerla en la sociedad (laica, aconfesional) sin necesidad siquiera de dialogar y convencer a la población… Es una actitud de complejo de superioridad que no tiene ninguna justificación.

La apertura a todos, el reconocimiento sincero de que no tenemos un «gratuito e inmerecido derecho de primogenitura», que no somos «los (únicos) elegidos», que los que hemos considerado tradicionalmente «últimos» (o en todo caso, posteriores a nosotros) no lo son, que Dios es «gratuito» y sin favoritismos… son asignaturas pendientes todavía para las Iglesias cristianas…

No cabe duda de que aceptar en profundidad el mensaje evangélico de hoy de que «los primeros serán los últimos», nos exige un cambio de mentalidad a fondo. También el pluralismo religioso y el diálogo intercultural hay que elencarlos entre esos grandes desafíos generados por el descubrimiento más profundo de la «gratuidad de Dios» que la parábola del evangelio de hoy vuelve a poner ante nuestros ojos. Leer más…

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Dom 24.9.17. Del salario justo a la superación del sistema salarial

Domingo, 24 de septiembre de 2017

comentario-mateo-20-1-16-el-logos-cruz-L-XKvM8fDel blog de Xabier Pikaza:

La parábola de este domingo, propia de Mateo, nos sitúa ante uno de los temas centrales de la historia, el tema quizá más trascendente y escandalosos (¡novedosos!) de la experiencia cristiana:

El paso de un sistema de retribución salarial, que se formula y establece según ley (¡te pagaré lo que sea justo: to dikaion, Mt 20, 5), según los méritos y aportaciones de cada uno, dentro de un mercado de trabajo, a un modelo de gratuidad y comunicación personal, donde el “amor” (señor de casa) da a los últimos, igual que a los primeros, gratuitamente, porque es bueno (agathos: Mt 20, 15).

En uno y otro caso, lo justo y bueno, igual para todos, es un denario (20, 2.13), lo que necesita cada uno para vivir, él y su familia, con independencia de lo que realice, sea Rey de España, Arzobispo de Toledo, extranjero de Vallecas o parado del Rio Grande de USA.

Evidentemente, este modelo irrita al “personal” más concienciado, que se cree con méritos para recibir mayor salario, porque ha trabajado más horas, porque está más preparado (es ingeniero y no peón de construcción).

Irrita sobre todo en este tiempo en que las diferencias salariales se han disparado casi del uno al mil en ciertos sectores, un modelo donde el ministro gana más que el ordenanza, y el banquero infinitamente más que el guardavías o el parado de la esquina (sin contar las tarjetas negras, ahora se dicen black), los incentivos y lo que cada uno puede apañarse desde el lugar en que se encuentre.

Éste es un pasaje en el que vengo pensando desde toda la vida. Creo que viene de Jesús, sólo él pudo decirlo así, con esa dureza y ternura. Ha sido, sin duda, el centro del mensaje de Jesús, el paso de la ley salarial que distingue a judíos de gentiles, a la experiencia de la fe y gratuidad de su Abba, Padre. Ésta ha sido finalmente la clave del evangelio de Mateo, en su disputa con un tipo de judeo-cristianos que apelaban a su derecho a un salario mayor.

img_2596(Así he pensado que el San Mateo de C. Rusconi, de la portada del libro del que tomo estas reflexiones, que está que se sale de su marco, en la Catedral de Roma, está mirando admirado lo que él mismo ha escrito en su evangelio… como queriendo fijar bien el sentido de esta parábola, y quizá marcharse a la calle para explicarla a los romanos).

En esa línea, me ha parecido genial que mi colega, el prof. J. L. Sicre (en Religión Adulta y en RD), haya retomado un viejo y castizo (bíblico) adjetivo (terrateniente cab.) para llamar a ese patrono, que al fin del día paga igual a todos, el denario de la vida.

Ciertamente, es un “cabrón divino” (el tema es de Lev 16) este “amo” que sabe bien que los trabajos han sido distintos en la viña, tanto por el tiempo (uno ha estado allí todo el día, otro sólo media hora), como por la “dignidad” (uno ha sido Director general de las Viñas del Reino, ministro de Vinos y otro un simple “botillero”, encargado de llevar agua fresca a los siguen sudando cepa a cepa)… Éste es el terrateniente divino, que nos ofrece un campo de gratuidad para ser, para amar, para esperar… sabiendo que al fin y en fondo todo es graciaq.

Eso es el amo, alguien que nos quiere hacer pasar del sistema salarial corrupto de este tiempo (con diferencias de uno a mil, al menos) al orden gratuito de la vida humana, donde trabajar es un gozo (cada uno según sus posibilidades) y cobrar una gracia (a cada uno según sus necesidades)… Esto lo han sabido y saben muchas tribus antiguas, más sabias que nuestras megápolis, lo saben millones de familias y grupos religiosos en los que se comparte en amor trabajo y “sueldo…”. Lo han sabido los grandes socialistas utópicos del siglo XIX. Quizá a la doctrina oficial de cierta Iglesia Católica, con ciertos catecismos de méritos, a un tipo de DSI le ha costado saberlo. Pero es el centro del evangelio.

Una parábola molesta y esperanzada

Mt 20 1 El Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que al amanecer (=hora de prima) salió a contratar jornaleros para su viña. 2 Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. 3 Salió otra vez a media mañana (=hora de tercia), vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, 4 y les dijo: Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido. 5 Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde (=hora de sexta, hora de nona) e hizo lo mismo. 6 Salió al caer la tarde (=hora undécima) y encontró a otros, parados, y les dijo: ¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? 7 Le respondieron: Nadie nos ha contratado. Él les dijo: Id también vosotros a mi viña.

8 Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al administrador: Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. 9 Vinieron los del atardecer (hora undécima) y recibieron un denario cada uno. 10 Cuando llegaron los primeros pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. 11 Y recibiendo (el denario) se pusieron a protestar contra el amo, diciendo: 12 Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el calor. 13 Él replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario?
14 Toma lo tuyo y vete. Yo quiero darle a este último igual que a ti. 15 ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? 16 Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.

((Además de comentarios a Mateo, y en especial al mío del que tomo estas reflexiones, cf. D. Aleixandre, Mujeres de la hora undécima, Sal Terrae, Santander 1991; J. D. Derrett, Workers in the Vineyard: A Parable of Jesus: JJS 25 (1974) 64-91; A. Orbe, Parábolas evangélicas en San Ireneo I, BAC, Madrid 1972, 411-460; G. de Ru, Conception of Reward in the Teaching of Jesus: NT 8 (1966) 202-222; M. Theobald, Die Arbeiter im Weinberg (Mt 20,1- 16), en D. Mieth (ed.), Christliche Sozialethik im Anspruch der Zukunft: SThE 41 (1992) 107-127)).

Esta parábola condena de raíz el sistema salarial establecido (que un tipo de Iglesia ha defendido) por siglos, mandando sin más (¡a menudo!) al infierno a los “malos”, poco trabajadores, y al cielo a los ganan méritos sin más referencia a la gracia), el sistema de sueldo por tiempo y dignidad del trabajo de un tipo de sociedad salarial… pues esta Gran Amo de la Parábola concede por gracia, al final, a cada uno un mismo “denario”, pasando así de un sistema salarial que debería ser “justo” (¡claro!) al gozo gratuito de la colaboración en el trabajo y en la vida.

Estamos tan acostumbrados a leer esta “parábola” que no nos damos cuenta de su pólvora explosiva, y así la espiritualizamos diciendo que ella vale para salarios místicos del alma… Pero no, aquí no se habla de salarios del alma, en el mal sentido de la palabra, sino de jornales o salarios reales por trabajos en la “viña”, bajo el sol duro de un otoño largo. En esta parábola de la viña de Dios entran todos, desde el Rey de España al Papa, desde el primer ministro de Barcelona o Madrid al mozo de caballos y al gitano, al emigrante y al enferma… A todos un mismo “denario”: El sueldo de la vida.

Estamos ante un modelo tribal de trabajos y pagas comunes,ante los programas del socialismo utópico del siglo XIX: Cada uno según sus posibilidades… y a cada uno según sus necesidades propias y de familia (que eso es un denario). Esto se parece al salario social asegurado para cada uno de los hombres y familias, trabaje o no trabaje, el sueldo “de caridad parroquial” de los pobres de Inglaterra, en el siglo XVIII (o la pensión no contributiva de todos los que viven sin trabajar, o sin haber cotizado, como es mi caso). A todos lo mismo, algo así como unos “mil euros al mes”, en España, pues eso sería un ¿qué os parece? (Para un estudio económico del tema recomiendo el libro clave de L. Polanyi, La Gran Transformación, 1944, el texto de economía del siglo XX más importante que conozco).

Este es un tema discutido, como muestran dos titulares de la prensa española de ayer (21.9.217):

̶ El PP se opone a la renta mínima de los sindicatos y pide crear un grupo de trabajo… Esa renta mínima sería el “denario” que el Amo de la parábola ofrece a todos… Ciertamente, el PP de España piensa que un tipo de renta mínima crea “vagos” y que los incentivos salariales salariales (quizá con tarjetas negras) son importantes para que la gente trabaje… Leer más…

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