No con conciencia dudosa, sino cierta, Señor, te amo yo. Heriste mi corazón con tu palabra y te amé. Mas también el cielo y la tierra y todo cuanto en ellos se contiene he aquí que me dicen de todas partes que te ame; ni cesan de decírselo a todos, a fin de que sean inexcusables.
Sin embargo, tú te compadecerás más altamente de quien te compadecieres y prestarás más tu misericordia con quien fueses misericordioso: de otro modo, el cielo y la tierra cantarían tus alabanzas a sordos.
Y ¿qué es lo que amo cuando yo te amo? No belleza de cuerpo ni hermosura de tiempo, no blancura de luz, tan amable a estos ojos terrenos; no dulces melodías de toda clase de cantilenas, no fragancia de flores, de ungüentos y de aromas; no manas ni mieles, no miembros gratos a los amplexos de la carne: nada de esto amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo cierta luz, y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto amplexo, cuando amo a mi Dios, luz, voz, fragancia, alimento y amplexo del hombre mío interior, donde resplandece a mi alma lo que no se consume comiendo, y se adhiere lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios .
*
Confesiones X, 6,8.
***
Agustín nació en Tagaste el 13 de noviembre del año 354. Fue educado siguiendo los hábitos cristianos de su madre, Mónica, y, como se reveló enseguida como un ¡oven de prometedoras cualidades, fue encaminado a la carrera de retórica. Ya desde los tiempos de estudio en Cartago estuvo marcado por una incomodidad interior que le llevaría lejos. La primera respuesta a esta sed de totalidad fue una vida mundana tejida por varios vínculos, más o menos límpidos. Ahora bien, la inquietud es también sed y búsqueda de la verdad: se apasiona con la lectura del Ortensio de Cicerón, lee la Sagrada Escritura, pero no se entusiasma con ella y acaba por adherirse al racionalismo y al materialismo de la secta de los maniqueos. Tras haber enseñado en Tagaste y en Cartago, se traslada primero a Roma (383) y después a Milán (384). Aquí su viaje espiritual da un viraje decisivo: conoce y escucha al obispo Ambrosio, revisa sus posiciones sobre la Iglesia católica, vuelve a leer la Sagrada Escritura y, en medio de la lucha entre sus antiguos hábitos de vida y los nuevos impulsos interiores, al final se abre a la luz y a la riqueza de Cristo.
Fue bautizado el año 387 por Ambrosio. Decidido a volver a África, se establece en Tagaste y funda allí su primera comunidad monástica, siguiendo el modelo de la comunidad cristiana de Jerusalén. En el año 391 fue ordenado sacerdote por el obispo Valerio, a quien en el 395 le sucede en la guía de la diócesis de Hipona. Desde entonces se dedicó por completo a la vida de la Iglesia -ministerio de la Palabra, defensa de la fe-, aunque prosigue con la experiencia de vida común con un grupo de hermanos monjes, a los que traslada al episcopio. Escribió más de doscientos libros y casi un millar de documentos, entre sermones y cartas. Murió el 28 de agosto del año 430. Hasta tal punto fue hijo de la Iglesia que se convirtió en padre… y doctor.
En Agustín no vivió un solo hombre: vivió en él la criatura de carne y hueso, de nervios y sangre, con su desarrollo misterioso, múltiple; vivió el escritor, conjuntamente sumo escritor, sumo filósofo, sumo teólogo, y sobre cualquier otra cosa poeta sumo de los afectos y de las verdades; vivió el cristiano y el monje, el sacerdote y el obispo, el santo. Recibió de Dios todos los dones más altos: una juventud tempestuosa, la palabra creadora, el silencio inenarrable de la oración, la fuerza necesaria para gobernar su ánimo en la navegación ultraterrena y en el aura de lo divino. Experiencia de hijo y de padre, de pecador desbandado y de obispo muy rígido, de escolar y profesor y, por tanto, de maestro de su pueblo y de todo el Occidente; de mundano y de monje, de escritor y de filósofo, de polemista y de amigo, de pensador y de contradictor y orador.
En todos esos pasajes no perdáis nada de su riquísima y potentísima humanidad: todo lo llevó consigo y lo fundió en el ardor y en la luz única de su santidad doloroso y extática. Amó, y de su experiencia de amor surgirá un amor a Dios, tal vez el más elevado que jamás haya salido de corazón humano […].
Cuando moría Agustín en su ciudad asediada, no moría nada: nacía, para él, en los cielos amados sin paz y deseados sin tregua; nacía, para nosotros, en nuestra historia y en nuestra alma. Desde aquel día hay algo de agustiniano tanto en la historia de todos los hombres como en la historia de cada uno de ellos.
*
G. de Luca, San Agustín. Escritos y traducciones ocasionales
Comentarios desactivados en El espíritu de la verdad es el espíritu de la no violencia
Del blog Amigos de Thomas Merton:
«Una de las reflexiones más profundas de Thomas Merton, que aparece en su libro Gandhi y la no violencia, es que el espíritu de la verdad es el espíritu de la no violencia. El espíritu de la verdad nos revela que nuestra actual situación no es definitiva, sino que lleva dentro de sí la posibilidad de la conversión al bien. Merton escribió:
«Por lo tanto, la no violencia implica una clase de valor muy diferente al de la violencia. En el uso de la fuerza, uno simplifica la situación al asumir que el mal que se derrota es conciso, definido e irreversible. De ese modo, sólo queda algo por hacer: eliminarlo. Cualquier diálogo con el pecador, cualquier pregunta acerca de la irreversibilidad de su acto, sólo significan falla y fracaso. El fracaso al eliminar el mal es una derrota en sí misma… La más grande tiranía se basa, por lo tanto, en el postulado de que no debe existir ningún pecado«.
Aquí Merton toca el núcleo de la no violencia. Esta se levanta o cae de acuerdo con la visión del mal. Si el mal se ve como un tumor irreversible, claramente visible y demarcado, entonces sólo hay una posibilidad: extirparlo. Pero si el mal es reversible y puede transformarse en bien a través del perdón, entonces la no violencia es una posibilidad. Ya que Merton experimentó en su propia vida que el perdón es posible en Cristo, la no violencia se convierte no sólo en una posibilidad sino en un requisito para ser cristiano«.
Comentarios desactivados en “El Reino de Dios está en el desarrollo y el despertar espiritual”, por Víctor R. Moreno.
De su blog Escuela de Contemplación SALMOS:
El Reino de Dios o el Reino de los cielos. Es el anuncio principal que hemos de hacer: “vayan y anuncien el Reino de los cielos”, también llamado reino de Dios. ¿Cómo podemos interpretar el Reino de Dios?
El Reino de los cielos va siendo entendido de acuerdo al desarrollo espiritual que tenga la persona. Por esto algunas personas enfatizan más en el Reino de los cielos como algo que vendrá después de la muerte. Otras personas lo enfatizan más como el dinamismo de hacer mucho bien en la tierra; diciendo que los hombres se ayuden, que sean solidarios, para poderlo indicar: «Ahí está el Reino de los cielos, el Reino de Dios”. Otros enfatizan en una experiencia espiritual, una experiencia en la que se conocen dimensiones más profundas del ser humano. Pero otros se van dando cuenta de que todas esas realidades, y algunas más, hacen parte del Reino de Dios, Reino de los cielos.
Lo primero que tenemos que tener presente es que, ciertamente el Reino de Dios o Reino de los cielos, es un dinamismo activo y transformador de la Presencia divina. O sea, que no estamos ante algo estático, algo que está allí como un lugar quieto, como una habitación cerrada. No, es un dinamismo, es activo y es transformador. Ese Reino de Dios o Reino de los cielos, es lo que el Maestro envía a anunciar. Elige a algunas personas y las va mandando a anunciar. Pero, ¿a quiénes elige? Elige a personas que van conociendo ese dinamismo; de otro modo estarían anunciando algo que desconocen. Entonces de entre los que ve que van viviendo ese dinamismo, les confía: “Vayan y anuncien el Reino de Dios, el Reino de los cielos”. No les dice que anuncien ninguna doctrina fija. No se trata de decir dogmas, no se trata de decir verdades escritas en alguna parte, no se trata de decir un discurso memorizado sobre una interpretación religiosa.
Se trata de anunciar la presencia de un dinamismo divino activo y transformador que está en medio de nosotros, está dentro de nosotros, está en nosotros. Alguien que anuncia ese Reino es alguien que ha ido descubriendo ese dinamismo y lo anuncia. El dinamismo divino está entre nosotros. El dinamismo divino, la actividad de Dios, el reinado de Dios, la Presencia divina que se dinamiza está entre nosotros. Vengo a anunciarles esto. “No vayan allá, ni a otro lado, ni donde les digan, porque ese Reino está dentro de ustedes”, está entre nosotros. Entonces, anunciar el Reino no es llenar de doctrina a las personas; es anunciarles un dinamismo, un dinamismo divino.
Ahora, para entrar en ese dinamismo divino, debo convertirme. La palabra “conversión” utilizada en el Evangelio es metanoia, que realmente significa “transformación de la mente” o “conocer más allá de lo que suelo conocer”; “más allá de lo que normalmente conozco con mi entendimiento”. Normalmente las personas entienden la religión y el camino espiritual como aprenderse verdades de fe, como creer en ideas religiosas muy atractivas. Cuando en verdad, el anuncio es “metanoeite”; que es la palabra en griego que se utiliza, “metanoeite”; “transformen su mente”, “vayan más allá de su mente”. Entonces nos está diciendo que no se trata de conocer del modo como ya hemos conocido, sino de conocer de otra manera, de “ir más allá de la mente”.
Y ahí es donde entra una práctica espiritual que no consiste en sentarse a pensar cosas religiosas. Consiste, precisamente, en abandonar los pensamientos religiosos, los pensamientos políticos, los pensamientos ideológicos, los pensamientos que siempre me tienen anclado a las verdades en las que me suelo mover. Más bien me envía a un conocimiento pleno de toda la Vida y de toda la Realidad. Por eso nuestra práctica es una práctica silente, de abandono de todas las ideas, prejuicios o deseos, que, como ser humano condicionado, suelo tener. “Metanoeite”, conviértanse, cambien el pensamiento. Y entonces, cuando entro en ese dinamismo voy descubriendo que lo que está sucediendo en mí es que voy teniendo un desarrollo espiritual, a través del cual, voy conociendo cada vez con mayor profundidad la existencia.
La existencia, entonces, ya no es vista como cuando niño, que veía que todo era como mágico, como un juego, como algo que simplemente aparece allí y desaparece. O tampoco es imaginándonos divinidades que gobiernan el clima, que gobiernan, nuestros problemas personales; como cuando deseo encontrar algo, supuestamente tengo que invocar a alguien para que me ayude a encontrarlo. Toda esa visión mítica va pasando, y voy entrando a un entendimiento mucho más claro de la vida y de lo que es la presencia divina. Voy entendiendo más profundamente los Escritos Sagrados, y voy comprendiendo en profundidad que esos escritos sagrados también tienen otros lenguajes, y por eso otros pueblos también tienen Escritos Sagrados. Pero debo llegar a un punto en el que tenga una visión tal, en la que yo veo que todo eso hace parte de un proceso activo y transformador, que el Reino de Dios mismo realiza en mí, que me permite llegar a estar al punto de ser Uno con Él.
Pero no es suficiente comprender ese desarrollo. Es necesario que yo tenga experiencias directas de esa misma presencia divina. Y entonces hay experiencias directas como las que tuvo San Francisco de Asís, una experiencia directa de Dios en la creación; o experiencias directas como las que tuvo Santa Teresa, percibiendo que Dios es un Tú maravilloso, que me ama y estoy unido a Él profundamente; o una experiencia tan profunda que todo se vuelve silencio y vacío, total quietud, como la que han tenido muchos místicos como Maestro Eckhart, San Juan de la Cruz u otros tantos. Es una presencia plena que todo lo envuelve. Y hay muchas más experiencias todavía.
Entonces voy entendiendo que el Reino de Dios, el Reino de los cielos, ciertamente es el dinamismo divino activo y transformador de mi existencia y de la existencia de todo ser humano. Y por eso necesitamos que quienes lo vayan viviendo sigan profundizando en él y comiencen a anunciarlo. Cuando Él dice, «La míes abundante, hay mucho por hacer, pero los obreros son pocos”, nos vuelve a confirmar que quienes estamos en este camino, ciertamente no somos multitudes. ¿Cuántas personas estarán leyendo estas palabras? No serán muchas. Ese no es un problema real. El asunto es que quienes estamos viviendo este camino, anunciemos la presencia de ese dinamismo activo y transformador de la presencia divina mientras vamos viviendo Su Presencia.
Y entonces vamos comprendiendo de qué se trata este camino al que hemos sido llamados, del cual estamos profundamente agradecidos, pero que en el fondo nos va diciendo cuál es la verdadera presencia divina que buscamos. Y llegar al punto de descubrirme como pura manifestación divina con lo que soy, como soy, desde donde estoy; y que esta Presencia está precisamente para encender la chispa de ese Reino en medio de quienes la existencia me va poniendo al lado, y hacer del camino con la humanidad un camino transformador, un camino en el que unos van más adelante, otros van más atrás, pero todos vamos juntos. Los de adelante vamos ayudando a los de más atrás, los que van más adelante de nosotros nos van ayudando; vamos juntos.
Pero esto no es un discurso de ideas, es un discurso fuera del discurso, como decía también Raimon Panikkar, es una realidad que se manifiesta ella misma, a veces en nuestras palabras, en nuestras acciones, en lo que somos. Estamos para anunciar; y por eso, primero, profundizamos en el silencio; y desde ese silencio emerge aquello que se comunica a través de nosotros, un discurso que está más allá de las palabras. Es una Presencia plena; la presencia del Reino. Los invito entonces a nuestra práctica contemplativa.
Víctor Ricardo Moreno Holguín
(1) Meditación SALMOS: El Reino de Dios está en el desarrollo y despertar espiritual. – YouTube
Comentarios desactivados en “ El despertar de la fe (III)”, por Isabel Gómez Acebo
Leído en su blog:
En mis anteriores entradas hablé del despertar de la fe en Inglaterra y ahora le toca el turno a Francia, un país tradicionalmente secular que desde 1905 prohíbe los símbolos religiosos en los colegios, los ayuntamientos y edificios públicos. Alrededor del 5% de sus habitantes acuden a misa los domingos, una cifra que contrasta con el 20% en Italia y el 36% en la católica Polonia. A pesar de estas cifras el catolicismo ve con sorpresa un resurgir de su fe
En la Pascua pasada se bautizaron 10.384 adultos, un salto del 44% del año anterior y casi un doble de la cifra de bautizados en 2023, una novedad que también se ha dado en otros países europeos, aunque en menor medida, como Austria y Bélgica. Lo más curioso es que en Francia cerca del 25% son estudiantes y el resto se divide por igual entre trabajadores, blue y white collar (mono y corbata, aunque han pasado a la historia estas maneras de vestir), tres quintos eran mujeres y la mayoría provenía de unos hogares sin experiencias de fe.
Los expertos hablan de que el Covid impuso una soledad que vino acompañada por las preguntas sobre el sentido de la vida. En esos momentos también influyó, el abuso de la pantalla ya que la gente buscó relaciones más allá de las virtuales. Algunas personas descubrieron el yoga pero para otros la respuesta fue la fe con el consabido inicio del catecumenado
Este incremento francés también ha cuestionado a los sociólogos ya que la Iglesia se vio muy cuestionada por los abusos sexuales de su clero. La cima de la duda se rompió con el incendio de la catedral de París en el 2019 y los magnos intentos de su restauración. Fue como una resurrección de la fe y un convite a redescubrirla. Pudo también influir una respuesta al islam y a la tradicional cultura secular francesa.
En Francia no hay telepredicadores como en los Estados Unidos, aunque algunos sacerdotes se han convertido en mini estrellas en la red y sus entradas ayudan a despertar la fe. Este el caso de un barbudo dominico guitarrista, el padre Paul Adrien, que tiene 500.000 seguidores en YouTube. Este sacerdote ha dicho en una ocasión que en Pascua recibe una media de cinco llamadas diarias de personas que quieren bautizarse lo que le asombra y abruma a la vez
El caso español es sobradamente conocido, aunque partimos distintas realidades sociológicas de las francesas.
Comentarios desactivados en “El despertar de la Fe (II)”, por Isabel Gómez Acebo
Leído en su blog:
En mi última entrada comentaba que las nuevas generaciones buscan una espiritualidad para lo que tantean en diversas fuentes. Es un movimiento contrario a las anteriores que vivían inmersas en relatos que hablaban de la muerte de Dios y, por ende, de la religión. Esta situación la analizaba el Financial Times en Inglaterra, pero presumo que se puede dar también en otros países por el tema de la globalización
El periódico hablaba de tres libros que analizaban la situación. Uno de ellos ya lo mencioné Don’t Forget We’re Here Forever, una obra de Lamorna Ash, una conocida escritora ganadora de muchos premios. Hoy nos toca analizar otras dos obras Why we Believe (por qué creemos) cuyo autor, Alister McGrath, es un profesor de matemáticas y The Möbius Book de la novelista Catherine Lacey, como manera de analizar los diferentes acercamientos al tema.
Alister McGrath, un joven inteligente y sin religión nacido en Belfast y convertido en un reconocido científico, que de pronto abandona la ciencia, abraza la filosofía y se hace sacerdote. Una lectura brillante que defiende “que sólo las verdades superficiales pueden probarse, no las profundas existenciales… y que creer es una necesidad existencial”. Sería muy interesante si nos mostrara el camino por el que transcurrió su ateísmo hasta llegar a una conclusión que desemboca en la fe.., pero no lo hace. Está convencido de que no sólo la razón pura revela la realidad, sino que también entran en juego las intuiciones tanto éticas como estéticas. Para el autor los hombres somos animales creyentes en busca de sentido, unas premisas de las que no se escapan los ateos
Es una obra que podemos clasificar en el género de las conversiones que se hacen públicas, una especie de confesión que nos remite al sacramento con este nombre y que nos abre a una serie de rituales perdidos
Nuestra tercera autora Catherine Lacey que fue educada en la religión se apoya en la tradición secular cristiana. Utiliza, por un lado, a dos amigas que reflexionan sobre relaciones pasadas y experiencias religiosas y, por otro, habla una mujer que tras una ruptura explora su fe durante el confinamiento. Los dos relatos paralelos tratan temas profundos y mezclan el arte en sus diálogos. El tema del sufrimiento (la autora está preocupada por la crucifixión y el martirio cristiano), la narración y la fe se encuentran en todas las líneas… Los caracteres encuentran y pierden amor, encuentran y pierden el sentido de la vida.
Es importante destacar la estructura narrativa que es muy innovadora y compromete al lector. Explora íntimamente la búsqueda de la fe y no proporciona respuestas sino preguntas profundas. Encuentra que la relación es un acto de fe, de amor, de intimidad con lo desconocido. Cuando una de las protagonistas es abandonada reencuentra la fe pero se convierte en anoréxica, una situación que compara con el ascetismo. Al final llega a la conclusión de que la realización personal y el sentido de la vida no se pueden conseguir fuera de los viejos paradigmas religiosos ya que Dios no está tan muerto como creyeron las generaciones anteriores
El denominador común de estos libros es su esperanza e interés por profundizar en la vida interior del individuo donde llegan a una conclusión ¿Cómo podemos vivir sin la existencia de Dios?
Comentarios desactivados en «El despertar de la Fe», por Isabel Gómez Acebo
Leído en su blog:
Si viajabas por Europa o lo largo del siglo XX te sorprendías de que las personas no reconocían sus creencias. No estaba de moda ser cristiano, judío o musulmán de forma que era mejor diluirse en la masa que se profesaba atea o agnóstica. Las posturas se hicieron más intransigentes a partir del ataque a las Torres Gemelas de New York y nació un nuevo ateísmo que culpaba del terrorismo y las intransigencias a las religiones
Hoy percibo una nueva marea que trae diferentes aguas. Hablar de religión, un tema que era tabú hace poco, es normal. Incluso los no creyentes siguen con interés la muerte del Papa Francisco o la elección de León XIV. En muchos países europeos acuden a los templos generaciones jóvenes, sobre todo la que se ha dado en llamar la generación Z, que son los nacidos en los últimos años del siglo XX y principios del XXI. Son personas digitales que viven inmersas en Internet, estudian y leen online. En general tienen un estilo innovador y pragmático. Son éstos los que consideran que el secularismo no es una buena alternativa para incrementar la moral mundial y su acceso a los templos se ha quadriplicado en los últimos tiempos.
Claro que venían de unos números insignificantes, pero creo es un fenómeno que merece la pena vigilar ya que es la primera generación, en largo tiempo, que está haciendo que el país, al menos Inglaterra, se esté convirtiendo en más religioso. Los tiktokers de turno se interesan por biblias y cantos cristianos, algo impensable para los millennials, los nacidos entre 1981-1996, que crecieron en medio de libros que hablaban de la muerte de la fe y de Dios
Y hablando de libros religiosos el Financial Times cita tres obras que corroboran mis palabras y suministran diferentes ángulos de aproximación a la fe. Lamorna Ash ha escrito Don’t Forget We’re Here For Ever en el que hace un análisis del camino de la cristiandad británica y empieza analizando la ola de conversiones actuales. Se encuentra con toda serie de creyentes y describe su fe, que como contracultural recuerda a los primeros cristianos. Lo más curioso es que considera nuestro fuerte individualismo una cualidad que permite al individuo vivir en los márgenes y afirmar que no piensa igual, que es diferente
Parte de una previa concepción del cristianismo: misógino, homofóbico, colonial y proyectando un caldo de cultivo donde se multiplican los pedófilos, unas ideas que, al fin y al cabo, sostienen muchos jóvenes hoy día. Después de visitar a personas de múltiples creencias cambia su proyección, se convierte y describe una experiencia interior de oración, lo que demuestra que la brisa del Espíritu sopla donde quiere y sigue presente en el mundo.
Creo que España ha seguido otro camino pero al final encuentro rasgos semejantes. De los otros dos libros que menciona el periódico hablaré más tarde para no alargar este blog
Comentarios desactivados en ¿Qué pasa con la conversión de los buenos?
Del blog Amigos de Thomas Merton:
«El genio religioso de la Reforma protestante, según lo veo yo, reside en su lucha con el problema de la justificación en toda su hondura. La gran cuestión cristiana es la conversión del hombre y su restauración a la gracia de Dios en Cristo. Y esa cuestión, en su forma más sencilla, es la de la conversión a Cristo de los malos y de los pecadores. Pero el protestantismo volvió a plantear esa cuestión en su forma más radical: ¿y qué pasa con la conversión, mucho más difícil y problemática, de los piadosos y los buenos? Es relativamente fácil convertir al pecador, pero los buenos muchas veces son del todo inconvertibles, sencillamente porque no ven ninguna necesidad de conversión».
Comentarios desactivados en Me convertiré, Seré Evangelio viviente
Del blog de Alfonso J Olaz El Rincón del Peregrino:
| Alfonso Olaz OFS
¡Detente ya caminante!
Tus caminos desde antiguo,
ya son de los pasos perdidos,
no de los caminos de Jesus redimido
¡Detente ya hermano!
Aprisa, sube al monte de la luz
Aligera ya toda tu pesada carga
Arrollidate y da gracias a tu creador
Ahora ya, lleno de su fuerza,
con la hermana humildad
Y de la mano del hermano- Jesús,
sube con esperanza al monte de la Cruz, la de los dos
Hermano
¡Hasta ahora hiciste todo lo que quisiste!
Ahora, sé brújula del creador
y reorienta tus pasos fatigados:
por sus caminos, para ti blanqueados
Ya no tengas miedo
y abre tu corazón al hermano evangelio, al suyo
Déjate amar por él
Y conocerás al Amor
Para ser su amor
Que todo lo cuestiona
Serás un loco libre del amor
Del hermano cuerdo del evangelio
Testigo subversivo de El Salvador, de la incomodidad del mal
Para contar con tu vida
la vida de Jesús hermano
Con Él todo es posible
hasta Amar para encontrar La Vida
Con la tuya, ser ya la Suya
para siempre
Para Ser- Vida
Para ser Vida, para todos, para todos…
Comentarios desactivados en Me convertiré, Seré Evangelio viviente
Del blog de Alfonso J. Olaz El Rincón del Peregrino:
| Alfonso Olaz OFS
Detente ya caminante!
Tus caminos desde antiguo,
ya son de los pasos perdidos,
no de los caminos de Jesus redimido
¡Detente ya hermano!
Aprisa, sube al monte de la luz
Aligera ya toda tu pesada carga
Arrollidate y da gracias a tu creador
Ahora ya, lleno de su fuerza,
con la hermana humildad
Y de la mano del hermano- Jesús,
sube con esperanza al monte de la Cruz, la de los dos
Hermano
¡Hasta ahora hiciste todo lo que quisiste!
Ahora, sé brújula del creador
y reorienta tus pasos fatigados:
por sus caminos, para ti blanqueados
Ya no tengas miedo
y abre tu corazón al hermano evangelio, al suyo
Déjate amar por él
Y conocerás al Amor
Para ser su amor
Que todo lo cuestiona
Serás un loco libre del amor
Del hermano cuerdo del evangelio
Testigo subversivo de El Salvador, de la incomodidad del mal
Para contar con tu vida
la vida de Jesús hermano
Con Él todo es posible
hasta Amar para encontrar La Vida
Con la tuya, ser ya la Suya
para siempre
Para Ser- Vida
Para ser Vida, para todos, para todos…
Del evangelio a la vida
De la vida al evangelio
Comentarios desactivados en Hacia una Iglesia de colores diversos en la que de verdad podamos caminar juntos
Las ‘conversiones‘ de la Iglesia en esta Cuaresma (I): en busca de la diversidad
«Creo, sinceramente, que sí es necesaria esta conversión de la Iglesia en muchos ámbitos, y muy especialmente en materia LGTBIQ+. Porque el TODOS, TODOS, TODOS, de la Iglesia que ansía Francisco y el TODOS, TODOS, TODOS que algunos mitrados verbalizan con pomposidad no es aún, ni de lejos, una realidad»
«Una Iglesia que se empeña en señalarnos como pecadores, en cuestionar que podamos amar “de verdad” y formar una familia, en arrinconarnos y, en los casos más extremos, una Iglesia que aún cree que la homosexualidad es una enfermedad de la que nos pueden curar sometiéndonos a vergonzantes, indignas (e ilegales) terapias de conversión»
«Esas personas, sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos han de ser, ya son, la levadura en la masa LGTBIfóbica de la Iglesia. Esa levadura que haga fermentar, desde dentro, un cambio real y efectivo de la Iglesia hacia nuestro colectivo»
| Rubén García de Andrés, alcalde de Torrecaballeros
“En esta cuaresma, enriquecida por la gracia del Año jubilar, deseo ofrecerles algunas reflexiones sobre lo que significa caminar juntos en la esperanza y descubrir las llamadas a la conversión que la misericordia de Dios nos dirige a todos, de manera personal y comunitaria”. Este fragmento de “Caminemos juntos en la esperanza”, el bello mensaje que ha compartido con nosotros Francisco para esta Cuaresma, es la mejor forma de iniciar esta reflexión sobre la necesidad de CONVERSIÓN de la Iglesia en materia LGTBIQ+.
Francisco nos invita a una CONVERSIÓN COMUNITARIA; una conversión de nuestras pequeñas comunidades cristianas locales, pero ¿también de la gran comunidad de hermanas y hermanos que es (o debiera ser) la Iglesia Universal?
Creo, sinceramente, que sí es necesaria esta conversión de la Iglesia en muchos ámbitos, y muy especialmente en materia LGTBIQ+. Porque el TODOS, TODOS, TODOS, de la Iglesia que ansía Francisco y el TODOS, TODOS, TODOS que algunos mitrados verbalizan con pomposidad no es aún, ni de lejos, una realidad.
Sigamos reflexionando con Francisco: “Caminar juntos significa ser artesanos de unidad, partiendo de la dignidad común de hijos de Dios”. ¿De verdad en la Iglesia se nos trata con la dignidad que nos merecemos todos, también las personas LGTBIQ+, como hijos de Dios que somos? . Parece evidente que no siempre… porque si se nos tratara, de verdad, con dignidad, no sería necesario que Francisco nos recordara en ese mismo mensaje cuaresmal, la necesidad de caminar “sin dejar que nadie se quede atrás o se sienta excluido”.
Y somos muchos quienes nos sentimos excluidos, quienes no experimentamos con la fuerza que anhelamos el abrazo misericordioso de una Iglesia que no siempre actúa como madre, ni como padre. Una Iglesia que se empeña en señalarnos como pecadores, en cuestionar que podamos amar “de verdad” y formar una familia, en arrinconarnos y, en los casos más extremos, una Iglesia que aún cree que la homosexualidad es una enfermedad de la que nos pueden curar sometiéndonos a vergonzantes, indignas (e ilegales) terapias de conversión.
Claro, que siempre nos queda la opción de negarnos a nosotros mismos; de reprimir nuestros sentimientos; de ocultar nuestro verdadero yo; de volver a la oscuridad y el frío de los armarios; y entonces, con suerte, cual sepulcros blanqueados, se nos tolera.
“Caminar codo a codo, sin pisotear o dominar al otro, sin albergar envidia o hipocresía…”, señala Francisco. ¡Ay, la hipocresía!
¿No es hipocresía apartar de los sacramentos y de la participación activa de nuestra comunidad cristiana de referencia a quienes no ocultamos cómo somos y a quién amamos, pero “aceptarnos” sin demasiados problemas en el caso de vivir ocultos y escondidos? ¿No es hipocresía que se nos hable de afectos desordenados que generan “escándalo” en nuestra comunidad, mientras se mira hacia otro lado cuando esos afectos desordenados son practicados de puertas adentro de sacristías, seminarios, conventos o casas parroquiales?
¡Cuánto camino nos queda por recorrer! Y mucho me temo que será largo, tortuoso y que en él encontraremos quienes, auto ungidos de una supuesta superioridad moral, pondrán todas las trabas posibles para que no avancemos. Pero, desde la esperanza a la que nos invita Francisco, alzo la mirada y oteo, al final de ese duro camino, un horizonte más acogedor, menos excluyente, más digno, menos hipócrita, más salvífico, menos inquisitorial…
Un horizonte que ya está prefigurado en personas y comunidades concretas que ya han realizado ese proceso de conversión que la Iglesia Universal no ha llevado a cabo todavía. Y esas personas, sacerdotes, religiosas, religiosos y laicos han de ser, ya son, la levadura en la masa LGTBIfóbica de la Iglesia. Esa levadura que haga fermentar, desde dentro, un cambio real y efectivo de la Iglesia hacia nuestro colectivo.
La levadura existe, con nombres y apellidos. Ellas y ellos, desde su vocación concreta, son pequeñas lámparas que, contra y viento y marea, permanecen encendidas. Y su luz, aunque parezca tenue y vacilante, no se apaga. Y su luz, aunque parezca tenue y vacilante es un rayo de esperanza para quienes anhelamos sentirnos acogidos y no rechazados, comprendidos y no juzgados.
Y su luz, aunque parezca tenue y vacilante, alumbra desde dentro y deja en evidencia las vergüenzas de una Iglesia necesitada de conversión.
¡Gracias por ser levadura y ser lámpara! ¡Por favor, no dejéis de serlo! ¡Por favor, seguid sembrando a tiempo y a destiempo para que la Iglesia rectifique, avance, abra de verdad sus brazos, sea de verdaderamente Universal y se ensanche para que en ella quepamos TODOS, TODOS, TODOS, amemos a quien amemos!.
¡Por favor, seguid impulsando la conversión que la Iglesia necesita! ¡Por favor, seguid ayudándonos para que no caigamos en la tentación de alejarnos para siempre de un hogar común al que pertenecemos con la dignidad de hijos de Dios, con la unción bautismal que nos abrió las puertas de este hogar en el que algunos no quieren vernos! ¡Por favor, seguid trabajando por dejar atrás una Iglesia en blanco y negro, porque es mucho más bonita una Iglesia de colores diversos en la que podamos compartir el camino que nos lleve al encuentro definitivo con quien sabemos nos ama!
Comentarios desactivados en Conversión… Saber esperar
Sabemos que nos esperas, Señor, porque sabes que la espera es esperanza… y esperamos también que riegues nuestras vidas con tu ternura… para que nuestra vida sea un reflejo de tu bondad y de frutos de justicia que haga mejor la de los demás…
Saber esperar; sabiendo
que el tiempo no existe ya.
Ni el correo ni la prensa
tienen caja forestal.
El sol es de ayer, de siempre.
Y un día es un día más.
La noche, con “muriçoca”.
La tuna, no es de fiar.
Mañana será otro día,
y arroz no nos faltará…
Despertaremos cansados,
“com vontade de sentar”;
pero con la espera al hombro,
¡y nos tocará esperar
otro día, todo el día,
…para aprender a esperar!
*
Pedro Casaldáliga
Clamor elemental. Ed Sígueme, 1971
***
En una ocasión, se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús contestó:
–“¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos, porque acabaron así? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.”
Y les dijo esta parábola: “Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró.
Dijo entonces al viñador: “Ya ves: tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?
Pero el viñador contestó: “Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Si no, la cortas”.
*
Lucas 13, 1-9
***
Todo es provisional en la vida del hombre, todo está ligado al tiempo: en este sentido, tanto justos como pecadores viven en el tiempo, tiempo que es un don de Dios para ellos, un tiempo de gracia, y por ello, un tiempo abierto a la conversión. Ni el pecador empedernido ni el justo empedernido permanecerán así para siempre. Están llamados a ser “pecadores en conversión”.
Dios nos toca de muchas maneras para llevarnos a este estado de conversión. Nosotros sólo podemos prepararnos para que Dios nos toque. Fuera de la conversión estamos fuera del amor. En este caso no le quedarían al hombre más que dos posibilidades: la satisfacción de sí y la justicia propia, o una profunda insatisfacción y la desesperación. Fuera de la conversión no podemos estar en la presencia del verdadero Dios, pues no estaríamos junto a Dios, sino ¡unto a uno de nuestros numerosos ídolos. Además, sin Dios, no podemos permanecer en la conversión, porque no es nunca el fruto de buenas resoluciones o del esfuerzo. Es el primer paso del amor, del Amor de Dios más que del nuestro. Convertirse es ceder al dominio insistente de Dios, es abandonarse a la primera señal de amor que percibimos como procedente de Él. Abandono en el sentido de capitulación. Si capitulamos ante Dios, nos entregamos a Él. Todas nuestras resistencias se funden ante el fuego consumidor de su Palabra y ante su mirada; no nos queda ya más que la oración del profeta Jeremías: “Haznos volver a ti, Señor, y volveremos” (Lam 5,21; cf. Jr 31,18).
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André Louf, A merced de su gracia,
Madrid 1991, 19-24, passim.
Comentarios desactivados en “Conversión cuaresmal, tan cerca y tan lejos”, por Gabriel María Otalora
De su blog Punto de Encuentro:
| Gabriel Mª Otalora
Conversión cristiana, hay que repetirlo, es tomar la decisión de un cambio de orientación personal en nuestra manera de sentir y pensar. Significa deseo de trabajarnos en nuestro interior para influir en los demás de otra manera, con nuestras acciones y omisiones. La Cuaresma es el tiempo especial para mejorar, así de fácil… decirlo, cuando lo que aprieta es el apego excesivo al placer y al consumismo.
La actitud de fondo que solemos pasar por alto, es trabajar este cambio interior desde el encuentro con el amor de Dios, que es lo que nos transforma. El Papa Francisco deja claro que el desapego en nuestra fe no es un fin en sí mismo, sino que tiene como objetivo lograr algo más grande: la comunión con Dios para compartirlo con nuestros semejantes; esto es evangelizar tras encontrarnos con “el tesoro escondido”.
A veces parece casi como si Dios callara justo cuando hemos dado el paso para acercarnos a Él; es entonces cuando a veces surge la tentación de creer que es imposible convertirse de verdad, que es tan difícil que la Cuaresma pierde su sentido y que la Buena Noticia se diluye con lo que esto supone para vaciar la tarea evangelizadora. Pero sentir no es saber. El que sabe, espera en Dios en clave de amor esperanzado
Ante los momentos de desánimo, de duda, y también de incoherencias, el Papa nos recuerda el valor de la oración y el don gratuito de su amor. La conversión es una gracia, y es necesario pedirle a Dios que nos ayude a perseverar en este cambio a mejor ante las tentaciones. El desánimo es parte del camino. Por eso mismo, las oraciones de petición en esta dirección son las que el Espíritu escucha y atiende siempre… pero dejando a Dios ser Dios respetando sus tiempos.
La metamorfosis espiritual es un proceso continuo. Requiere introspección y compromiso diario. Se trata de una transformación interna que nos impulsa a amar a Dios y por extensión, amar a nuestros semejantes. Nos hemos quedado, me parece, en el activismo social, loable y necesario, pero desprovisto de la actitud que Jesús nos mostró para hacer lo mismo. Aquí radica algo esencial: poner el acento en el cómo hacemos las cosas: la escucha activa, la sonrisa del corazón, la paciencia con quien se desahoga; trabajar nuestros defectos, limar las faltas de delicadeza, de maledicencia, de desconsideración.
No se trata solo de evitar el mal o cumplir con normas externas, signos de algo que debe anidar en nuestra interioridad. En este sentido, los musulmanes entienden mejor el Ramadán que nosotros la Cuaresma. No es un rito sino una purificación. Hemos llegado a no comer los viernes carne (picada) y sustituirla por pescado (rodaballo) perdiendo el sentido profundo de este tiempo purificador.
La mejor penitencia es domeñar nuestro interior a favor de quienes nos rodean, por amor a Dios. Misericordia quiero, y no sacrificios… lo recuerda el profeta Oseas en el AT. No es nuevo… Lo que ocurre es que nos viene mejor sacrificarnos en nuestras costumbres consumistas en lugar de cambiar nuestro estilo de vida. Lo esencial, repito, es la mejora personal, nuestra interioridad, procurando actitudes de bondad y compartiendo más y mejor nuestro tiempo y nuestro dinero; es difícil, y por eso la Cuaresma duda lo que dura como tiempo de reparación y de preparación para vivir el Triduo Pascual como se merece.
Este año 2025, Francisco nos exhorta a que dirijamos la mirada y el corazón especialmente a centrarnos en la verdadera compasión ante realidad de los inmigrantes y los refugiados, y en general con todos los vulnerables. La segunda mirada compasiva es a vivir la sinodalidad o la vocación de la Iglesia a caminar unida entre diferentes. En este sentido, el Papa advierte sobre el peligro del individualismo y subraya la importancia de escuchar, acompañar y trabajar en comunidad, sin dejar a nadie atrás. Es una manera esencial de vivir mejor nuestras comunidades eclesiales. Qué verdes estamos en esto…
Finalmente, el Papa nos invita a que vivamos la Cuaresma 2025 con verdadera esperanza cristiana, la que no defrauda si se vive como un estado anímico, como una orientación vital de que todo tiene sentido por encima de los sucesos intramundanos. A confiar plenamente en Dios desde nuestra necesidad de su perdón que transforma. Porque si no hay futuro en nuestro corazón, es imposible apasionarse.
Comentarios desactivados en «Miércoles de ceniza», por Joseba Kamiruaga Mieza CMF
De su blog Kristau alternatiba (Alternativa cristiana):
Dos artículos para reflexionar ante el tiempo fuerte que comenzamos hoy…
Ha vuelto el tiempo de Cuaresma, cuarenta días que los cristianos podemos vivir como un «tiempo especial», un tiempo propicio, un tiempo de retorno al Señor.
San Benito, en su Regla, escribe que toda la vida del monje debe ser una gran Cuaresma: es decir, toda la vida debe estar comprometida con la conversión, pero en realidad, tanto para los monjes como para los cristianos comunes, sigue siendo casi imposible vivir constantemente en el ejercicio de esta tensión espiritual.
La conversión nunca es un acontecimiento que sucede de una vez por todas, sino que es un dinamismo que debemos renovar en cada edad, en cada estación, cada día de nuestra existencia. Sí, porque aflojamos nuestras fuerzas, nos cansamos, somos presa de la confusión y de la conciencia de nuestra debilidad, estamos habitados por impulsos que nos hacen caer y contradecir nuestro camino hacia el Señor. No somos capaces de vivir siempre una existencia pascual: la inconstancia, la costumbre, la rutina nos lo impiden.
He aquí pues el tiempo propicio de la Cuaresma, tiempo de «ejercicios cristianos», tiempo en el que intensificamos ciertas acciones y retomamos algunas actitudes que, repetidas con particular atención y fuerza, nos permiten desarrollar, confirmar y aumentar nuestras respuestas a las exigencias del seguimiento cristiano.
Es cierto que la Cuaresma es, o más bien debería ser, vivida por los cristianos, pero sigo convencido de que lo que es auténticamente cristiano es también auténticamente humano y, por tanto, concierne a todos los seres humanos, independientemente de su fe.
Esta constatación puede parecer extraña a muchos, pero en realidad, precisamente porque también los no creyentes tienen una vida interior, son capaces de una vida humanizadora y la buscan, el tiempo de Cuaresma puede decirles algo también a ellos.
A veces me sorprende cómo la gente se interesa y casi quiere participar en el Ramadán musulmán, mientras que no les interesa e incluso les molesta la mera mención de la Cuaresma cristiana.
¿Depende quizás, también en este caso, de la incapacidad de los cristianos de comunicar el significado de su experiencia de fe?
Sin embargo, las instancias que presiden la Cuaresma están al servicio del hombre, son una ayuda para que el hombre pueda hacer de su propia vida una obra de arte. No pocas veces he meditado sobre la Cuaresma, destacando ante todo las necesidades de la oración y del ayuno, pero ahora quisiera detenerme en otros «ejercicios», empezando por el de volver a lo esencial de la vida humana: se trata de redescubrir la libertad a través del desapego de muchas cosas que no son necesarias sino que resultan engorrosas para nuestra vida, como la hiedra que asfixia las plantas o los líquenes que desmoronan las rocas.
La Cuaresma puede ser un tiempo subversivo en el que simplificar la vida: en una sociedad como la nuestra, en la que prevalece el culto al yo, descentralizarse en las relaciones cotidianas con los demás y con las cosas, quitarse las máscaras, romper la costra que cierra nuestro corazón es un ejercicio de humanización al que nadie debe rechazar.
En esto también hay un ejercicio de autenticidad, de verdad sobre uno mismo. Vivimos en una sociedad donde lo que cuenta es lo que se ve, lo que aparece, una sociedad que se fija más en los objetivos a perseguir que en el estilo y los medios utilizados para alcanzarlos.
Se hace entonces necesario plantearnos una pregunta: ¿por qué hacemos determinadas cosas, especialmente por qué realizamos acciones consideradas buenas? ¿Ser visto, conseguir consenso, recibir aplausos? Para nosotros los cristianos, las palabras de Jesús resuenan a menudo durante la Cuaresma: “Vuestro Padre ve en lo secreto… No seáis como los que hacen alarde de su piedad… No imitéis a los hipócritas… No exijáis a los demás lo que no hacéis… No impongáis a los demás cargas que no podáis levantar con un dedo…”.
¿Pero no se aplican estas advertencias a todo el mundo? ¿No son estas palabras ricas en enseñanza y sabiduría humana?
Sí, el tiempo de Cuaresma y sus «prácticas» no levantan un muro entre cristianos y no cristianos, sino que podrían ofrecer más bien una invitación a emprender una dirección común: conozco alguna familia en la que sólo uno de los cónyuges es creyente y cristiano practicante pero en las que ambos deciden realizar juntos durante la Cuaresma algunos «ejercicios» en vista de la autenticidad de las relaciones, de la simplificación de la vida, de la actitud hacia los demás…
Esta convergencia puede contribuir también a una humanización personal y familiar, aportando un gran bien a todos: es necesario coraje, ciertamente, pero los creyentes – seguros de que Dios ve en el secreto de los corazones – nos atrevemos a ofrecer a los no creyentes la posibilidad de que recorramos juntos los caminos de un humanismo de autenticidad para una mejor calidad de vida.
Joseba Kamiruaga Mieza CMF
Es miércoles de ceniza
Cada año vuelve la Cuaresma, un tiempo pleno de cuarenta días que los cristianos deben vivir juntos como tiempo de conversión, de retorno a Dios.
Los cristianos deben vivir siempre la lucha contra los ídolos seductores, es siempre el tiempo favorable para acoger la gracia y la misericordia del Señor, pero la Iglesia -que en su inteligencia conoce la incapacidad de nuestra humanidad para vivir con fuerte tensión el camino cotidiano hacia el Reino- pide que haya un tiempo preciso que se desprenda de la vida cotidiana, un tiempo «otro», un tiempo fuerte en el que converjan en el esfuerzo de conversión la mayor parte de las energías que cada uno posee.
Y la Iglesia pide que esto sea vivido simultáneamente por todos los cristianos, es decir, que sea un esfuerzo hecho todos juntos, en comunión y solidaridad. Por tanto, son cuarenta días para el retorno a Dios, para el rechazo de los ídolos seductores pero alienantes, para un mayor conocimiento de la infinita misericordia del Señor.
La conversión, de hecho, no es un acontecimiento que sucede de una vez para siempre, sino que es un dinamismo que debe renovarse en los diversos momentos de la existencia, en las diversas edades, especialmente cuando el paso del tiempo puede inducir en el cristiano una adaptación a la mundanidad, un cansancio, una pérdida del sentido y de la finalidad de la propia vocación que lo lleva a vivir la fe en la esquizofrenia.
Sí, la Cuaresma es un tiempo para redescubrir la propia verdad y autenticidad, incluso antes de ser un tiempo de penitencia: no es un tiempo para “hacer” alguna obra particular de caridad o de mortificación, sino un tiempo para redescubrir la verdad del propio ser.
Jesús dice que también los hipócritas ayunan, también los hipócritas hacen la caridad (cf. Mt 6,1-6.16-18): precisamente por esto es necesario unificar la vida ante Dios y ordenar el fin y los medios de la vida cristiana, sin confundirlos.
La Cuaresma quiere revivir los cuarenta años de Israel en el desierto, guiando al creyente al autoconocimiento, es decir, al conocimiento de lo que el Señor del creyente ya sabe: un conocimiento que no se hace a partir de una introspección psicológica, sino que encuentra luz y orientación en la Palabra de Dios.
Como Jesús luchó y derrotó al tentador durante cuarenta días en el desierto gracias a la fuerza de la Palabra de Dios (cf. Mt 4,1-11), así el cristiano está llamado a escuchar, leer y orar con mayor intensidad y asiduidad –en la soledad como en la liturgia– la Palabra de Dios contenida en las Escrituras.
La lucha de Jesús en el desierto se vuelve entonces verdaderamente ejemplar y, luchando contra los ídolos, el cristiano deja de hacer el mal que está acostumbrado a hacer y comienza a hacer el bien que no hace. Surge así la “diferencia cristiana”, aquello que constituye al cristiano y lo hace elocuente en compañía de los hombres, lo capacita para mostrar el Evangelio vivido, hecho carne y vida.
El Miércoles de Ceniza marca el inicio de este tiempo favorable y de gracia que es la Cuaresma, y se caracteriza, como su nombre lo indica, por la imposición de la ceniza sobre la cabeza de cada cristiano.
Un gesto que quizá hoy no se entiende siempre pero que, si se explica y se entiende, puede ser más eficaz que las palabras para transmitir una verdad.
La ceniza, de hecho, es el fruto del fuego ardiente, contiene el símbolo de la purificación, constituye una referencia a la condición de nuestro cuerpo que, después de la muerte, se descompone y se convierte en polvo: sí, como un árbol frondoso, una vez cortado y quemado, se convierte en ceniza, así sucede con nuestro cuerpo devuelto a la tierra, pero esa ceniza está destinada a la resurrección.
El simbolismo de la ceniza es rico y ya es conocido en el Antiguo Testamento y en la oración judía: rociar la cabeza con ceniza es signo de penitencia, de deseo de cambio a través de la prueba, del crisol, del fuego purificador.
Naturalmente se trata sólo de un signo, que quiere significar un auténtico acontecimiento espiritual vivido en la vida cotidiana del cristiano: la conversión y el arrepentimiento del corazón contrito.
Pero precisamente esta cualidad de signo, de gesto, si se vive con convicción e invocando al Espíritu, puede imprimirse en el cuerpo, en el corazón y en el espíritu del cristiano, favoreciendo así el acontecimiento de la conversión.
En un tiempo, en el rito de la imposición de la ceniza, se recordaba al cristiano ante todo su condición de hombre tomado de la tierra y vuelto a la tierra, según la palabra del Señor dirigida a Adán pecador (cf. Gn 3, 19).
Hoy el rito se ha enriquecido de significado. De hecho la palabra que acompaña el gesto puede ser también la invitación hecha por Juan el Bautista y por el mismo Jesús al inicio de su predicación: “Convertíos y creed en el Evangelio”…
Sí, recibir la ceniza significa tomar conciencia de que el fuego del amor de Dios consume nuestro pecado. Acoger las cenizas en nuestras manos significa percibir que el peso de nuestros pecados, consumidos por la misericordia de Dios, es poco peso.
Mirar esas cenizas significa reconfirmar nuestra fe pascual: seremos cenizas, pero destinados a la resurrección. Sí, en nuestra Pascua nuestra carne resucitará y la misericordia de Dios como fuego consumirá nuestros pecados en la muerte.
Al vivir el Miércoles de Ceniza, los cristianos no hacen otra cosa que reafirmar su fe en la reconciliación con Dios en Cristo, su esperanza de resucitar un día con Cristo para la vida eterna, su vocación a la caridad que nunca terminará. El Miércoles de Ceniza es el anuncio de la Pascua para cada uno de nosotros.
El 5 de marzo se inicia cuaresma con la celebración del miércoles de ceniza. Es un tiempo de preparación para conmemorar el acontecimiento fundamental de nuestra fe: la muerte y la resurrección de Jesús. Convendría repensar el significado de este día para vivir este tiempo con más conciencia, pero, sobre todo, para que pueda dar más fruto en nuestra vida.
En algunos lugares ha crecido el número de personas que acuden a la imposición de la ceniza. Sin embargo, si preguntáramos por el sentido de lo que están haciendo, bastantes personas responderían que lo hacen buscando una protección o una bendición de Dios, pero desconocen el verdadero significado de este sacramental. En realidad, hay muchas búsquedas espirituales que responden a la necesidad de solución de los problemas que viven las personas y no importa si el rito lo ofrece la iglesia católica o cualquier otra confesión de fe. Lo que interesa es participar de algo que les fortalezca, los anime, les ayude a afrontar lo que viven. Todo esto es legítimo, necesario y si ayuda a las personas, es importante respetarlo. Pero vale la pena reflexionar sobre lo que celebramos los cristianos para saber “dar razón de nuestra fe” (1 Pe 3, 15-16).
Cuaresma, etimológicamente viene de la palabra latina, cuadragesima, señalando así los cuarenta días que faltan para celebrar el misterio pascual. Es tiempo de preparación, conversión, reflexión sobre el núcleo de nuestra fe y sus consecuencias para la vida. Es tiempo de preguntarse en qué creemos, por qué creemos, cómo ser consecuentes con lo que creemos, cómo podríamos dar testimonio más claro de lo que creemos.
Los cristianos creemos en la encarnación de nuestro Dios en Jesús y, en consecuencia, creemos en sus palabras y obras. Jesús nos comunicó con su vida lo que Dios desea de la humanidad y el camino para realizarnos plenamente en el amor, construyendo un mundo justo y en paz, entre los seres humanos y con la creación. Por tanto, la conversión a la que nos invita este tiempo de cuaresma no se puede quedar en algún ayuno o abstinencia o en la participación litúrgica. La conversión, a la que se nos llama, supone contrastarnos con la persona de Jesús y ver si nuestra vida ha asumido sus valores y los pone en práctica.
Las preguntas que convendría hacerse podrían ser, por ejemplo, por la imagen de Dios que tenemos. Vivimos y anunciamos al Dios de Jesús, ese Dios misericordioso con toda la humanidad, ¿sin ninguna exclusión para ninguno de sus hijos? En sociedades como las nuestras donde se da tanta exclusión por razón de etnia, de género, de condición social y, como hemos visto en algunos países, en razón de su condición de migrante, cuaresma nos invita a dar un testimonio muy claro y decidido por la inclusión de todos los seres humanos, estando atentos a cualquier condición que atente contra la dignidad humana, con voz profética para denunciarla y buscar caminos de integración.
Otra pregunta que podríamos hacernos va en la línea de la praxis de Jesús. Un Jesús libre de la Ley cuando ella atenta contra los seres humanos, libre del Templo cuando este no es liberador sino mediación de ritos externos, libre del tener para vivir la solidaridad, libre del poder, practicando el servicio, libre de las búsquedas personales para construir el bien común. ¿Es nuestra fe generadora de libertad o nos encierra en legalismos, fundamentalismos, escrúpulos, vanaglorias? En tiempos donde crecen las posturas tradicionalistas se necesita vivir una experiencia de fe que libere, permitiendo entender los signos de los tiempos y responder a ellos.
Muy importante es preguntarnos sobre la dimensión social y política de la fe. Las experiencias religiosas han de ser para la vida, para la construcción de sociedades más justas y en paz, para realizar obras de misericordia y solidaridad que actualicen para el presente, la vivencia de las primeras comunidades cristianas. No debería pasarnos lo que relata la parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 25-37) de dejar a los caídos en el camino por “no mancharse” para cumplir con la purificación ritual o permanecer indiferentes ante la realidad de los hermanos porque se tiene prisa con el cumplimiento de los oficios religiosos. Nuestra conciencia socio política ha de ser lúcida, siempre apoyando las políticas que garanticen la justicia para todos y rechazando aquellas políticas que se centran en el lucro y la ganancia, sin importar las consecuencias humanas y ambientales de tales propuestas. En este último sentido, preguntarnos por la responsabilidad ecológica, es imprescindible. Hemos ido tomando más conciencia de que la salvación de nuestro Dios no es solo para la humanidad sino para toda la creación, pero dependerá de nuestro cuidado y capacidad de vivir en armonía con ella, sin depredarla y extinguirla.
Tenemos cuarenta días por delante para pensar en estas cuestiones o en muchas otras que pueden surgir en el corazón de cada uno. No dejemos pasar esta oportunidad que nos brinda el ciclo litúrgico de tomar el pulso de nuestra fe y reorientar la marcha. En eso consiste la conversión y se nos invita a vivirla en este tiempo. Por supuesto, con mucha “esperanza”, como lo ha señalado el Papa al invitarnos a vivir el Jubileo de la esperanza, sabiendo que por parte de Dios está todo dado y depende solo de nuestra generosidad que su amor hacia la humanidad se haga real y palpable en el mundo que vivimos.
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Empieza la cuaresma y este día se suele comentar el relato de las tentaciones de Jesús tal como han sido narradas, con pequeñas variantes, por Mt 4 y Lc 4 (partiendo de un supuesto documento Q). Pero el evangelio de Marcos ofrece un relato especial y muy profundo que hoy quiero comentar, tomando como base mis libros sobre Marcos.
| Xabier Pikaza
Tras la presentación del Precursor (Juan Bautista) y el Bautismo de Jesús viene en el evangelio de Marcos la escena de la tentación
El texto de Marcos es muy simple, dos sencillas referencias, pero evoca en clave apocalíptica (simbólica) los temas esenciales de la historia de la humanidad, que así puede entenderse como tiempo de prueba de Dios.
Texto Mc 1, 12-13
12 Y de pronto, el Espíritu lo expulsó al desierto;
13 y estaba en el desierto durante cuarenta días, siendo tentado por Satanás.
Y estaba con las fieras y los ángeles le servían
Lleno del Espíritu del Dios, que le ha llamado Hijo Querido, tras salir del agua del bautismo (superando así el nivel de conversión de Juan Bautista), Jesús debe asumir la tentación satánica, en un gesto donde se vinculan, en clave simbólica, los rasgos principales de la trama de Marcos, que presenta a Jesús entre fieras y ángeles.
Éste es un relato anticipatorio, de tipo especular (un texto espejo) que permite comprender desde el principio lo que sigue. Es como si pudiéramos quitar por un momento los velos que ocultan la verdad de los personajes, para ver la identidad de cada uno.
a. Introducción. Jesús probado.
No es Hijo (ni ha recibido el Espíritu) para encerrarse y vivir en aislamiento, sino para extender la filiación, como indica el texto al afirmar que de pronto (euthys, 1, 12), el mismo Espíritu que había recibido le arrojó al desierto, que ya no es lugar de “metanoia” o conversión (como para el Bautista), sino de prueba mesiánica, signo de las dificultades y problemas que Jesús ha de vencer en su camino de Hijo de Dios, a lo largo de su vida, en lucha con Satanás.
Así lo dice este breve texto, construido a modo de parábola fundante, que proyecta sobre Jesús los cuarenta años de prueba de los israelitas de antaño en el desierto. Es posible que el autor ignore los motivos más concretos de la tentación, que aparecen en el documento Q (Lc 4 y Mt 4: pan, poder, milagro). Pero parece más probable suponer que Marcos no quiso introducirlos, aunque fueran conocidos y narrados en algunos ambientes, construyendo, en cambio, este relato que resulta necesario para entender su Evangelio, pues sirve para presentar a un personaje clave de su trama (Satán).
Marcos ha comenzado hablando del Bautista como iniciador profético y ha descubierto a Dios como agente principal (trascendente), pero a fin de comprender la vida y obra de Jesús, él debe presentar también a Satanás como antagonista, acudiendo para ello a unos motivos importantes de su tradición israelita (y de la primera Iglesia).
Marcos ha querido presentar desde el principio a Satanás, para que se sepa quién ha sido (y está siendo) el antagonista real (siendo simbólico) de Jesús. Por otra parte, como irá mostrando el evangelio de Marcos, Satanás y/o los espíritus inmundos sólo actúan de manera expresa hasta un momento de la trama (dejamos de sentir a Satanás en 8,33 y a los espíritus malignos en 9,29). ¿A qué se debe? Probablemente al hecho de que Satanás es solamente un «indicador» de los poderes perversos que se adueñan de la humanidad. Por eso, cuando los seres humanos llegan a su maldad extrema (en los relatos del juicio de Jesús en Jerusalén y en los motivos centrales de su muerte), son ellos mismos y no Satanás ni sus demonios, los que tientan a Jesús.
Pero vengamos ya al pasaje. Tras la gran revelación que sigue al Bautismo, allí donde parece que Jesús (Hijo Querido) debería vencer toda oposición, sin dificultades, Marcos ha querido mostrar que su camino mesiánico, definido por el descenso del Espíritu y la palabra de Dios, estará marcado por la tentación y el conflicto. En un primer momento, este pasaje nos resulta extraño, con mezcla de fábula (presencia de fieras), de mito religioso (oponen ángeles y diablo) y de relato edificante (el héroe Jesús vence a Satanás).
Ciertamente hay esos y otros rasgos en el texto. Pero al estudiarlo con más detenimiento, descubrimos que ellos quedan de tal forma ensamblados que se integran en un tipo de unidad de oposición revelatoria, en cuyo centro está Jesús, entre ángeles y fieras, entre el Espíritu y Satán, en un espacio y tiempo muy especial (del desierto y los cuarenta días):
Desierto
ESPÍRITU → Ángeles → JESUS ← Fieras ←SATÁN
Cuarenta días
Y de pronto el Espíritu lo «expulsó» (1, 12). Se trata, sin duda, del Espíritu de Dios (santo), que él ha recibido tras el bautismo (1, 9; cf. 1, 8), que no le deja ya estar junto al río de la conversión (el Jordán, con el Bautista), sino que le “expulsa” (ekballei), como expulsó a Adán del paraíso (exeballen, con el mismo verbo: Gen 3, 24), para que habite así en el mundo de la prueba. Según Gen 2, 3, Dios había ofrecido a los hombres su Espíritu (aliento), haciéndoles capaces de vivir en sí mismos (de discernir y decidirse). Pues bien, ese mismo Espíritu de Dios “arroja” ahora a Jesús (le expulsa del lugar de una filiación que resolvería todos sus problemas) para llevarle al desierto de la prueba, de manera que él aparece como un “poseído” del Espíritu.
– El texto dice que le expulsó al Desierto (1, 12). Por exigencia de la tradición israelita, según el relato de Marcos, el lugar de prueba no es ya el paraíso (como en Gen 2-3), sino el desierto: espacio inhabitado, donde el hombre ha de moverse entre las fuerzas primigenias de la realidad. Este desierto donde el Espíritu expulsa a Jesús no es el de Juan, en 1, 4, junto al río del bautismo, sino el lugar de las “tentaciones y pruebas” de los israelitas, según el Pentateuco (en Éxodo, Números y Deuteronomio).
– Cuarenta días. Éstos son los días de su prueba (1, 13), reflejo y concreción de los cuarenta años de prueba del antiguo Israel. En algún sentido se puede añadir que ese desierto (espacio) y esos cuarenta días (tiempo) responden también al paraíso de Gen 2, que aparece así como lugar donde Jesús, nuevo Adán, invierte el antiguo pecado y despliega la verdad del ser humano. Jesús ha vuelto así al principio (los cuarenta días), para convocar, como Hijo de Dios y con la fuerza del Espíritu, la auténtica familia de Dios sobre la tierra. En ese principio de Jesús se encuentran incluidos sus seguidores.
Éste es el lugar donde Jesús asume la prueba que implica el ser Hijo de Dios (un ser humano). Significativamente, Marcos no dice que Jesús ayune (en contra de los paralelo de Mateo y Lucas), pues el ayuno es un signo propio de Juan Bautista (que comía langostas de estepa y miel silvestre), en el nivel del judaísmo antiguo. La prueba de Jesús consistirá en hallarse frente a frente con Satán, Tentador hecho persona, a lo largo de cuarenta días. Uno frente a otro se situarán los dos signos centrales de la vida: Jesús como principio de vida liberada, y Satanás, que es signo y causa de muerte.
b. En lucha con Satán.
Como he indicado ya, el texto afirma que estaba en el desierto cuarenta días y cuarenta noches (1, 13), días y noches que no son un tiempo que pasa y queda atrás, de manera que después ya no hará desierto, ni tentación, ni servicio (de ángeles), sino todo lo contrario: estos días (lo mismo que la palabra anterior de Dios: «tú eres mi Hijo») reflejan y explicitan una dimensión permanente del evangelio, expresando el sentido de conjunto de la vida mesiánica de Jesús.
− Siendo tentado. Como he dicho, a diferencia del Q (Lc 4 y Mt 4), Marcos no ha concretado las tentaciones, pero es evidente que está evocando la prueba original de Adán: Jesús, el Hijo de Dios, es el comienzo de una nueva humanidad que debe superar las pruebas de la vida mesiánica. Marcos no dice tampoco que Jesús ayune, para sentir al fin hambre y ser tentado (como Lc y Mt), sino que es tentado a lo largo de los cuarenta días y noches. − Por Satán. El texto le presenta sin comentarios, como antagonista de Jesús, llamándole Satán, que significa el Tentador. La Biblia de Israel no posee una doctrina consecuente sobre Satán, pero le concibe básicamente como un tipo de fiscal (acusador, tentador) de la corte angélica de Dios (cf. Job 1-2; 1 Cron 21, 1; Zac 3, 1-2). Satán no es un dios perverso que se opone al Dios bueno (como suponen algunos dualismos, de origen quizá persa, que aparecen incluso en Qumrán). No es tampoco un ángel malo, creado así por Dios, sino que ha empezado siendo bueno (realizando funciones propias del mismo Dios), pero que, en un momento dado, por influjo del entorno religioso o por evolución de la experiencia israelita, se ha vuelto perverso.
En tiempos de Jesús no había surgido todavía en Israel una satanología unitaria, aceptada por todos, pero la vida de la mayoría de los judíos aparecía llena de “poderes” perversos, entre los que pueden distinguirse dos fundamentales.
(a) Por un lado está Satán (satanas: 1, 13; 3, 23.26; 4, 15; 8, 33), a quien la tradición del Q llama en griego ho diabolos (cf. Lc 4, 3. 6. 13), que puede significar “tentador” en general (como en Mc 8, 33). Este Satán es el “príncipe” de los demonios (cf. 3, 22), el que dirige el imperio del mal, un tipo de anti-dios. (b) Por otro lado están los “espíritus impuros” (cf. 1, 26; 5, 8 etc.), que pueden concebirse también como “demonios” (daimonion/daimonia: 3, 15; 7, 26-30), bajo el poder de Satán. Pues bien, nuestro pasaje presenta a Jesús enfrentado con Satán, el Diablo (príncipe de los demonios), sobre quienes (y por quienes) ese Diablo impone su reinado.
Pues bien, en ese contexto, los israelitas identifican lo demoníaco con lo impuro (cf. Mc 3,11; 5,2; 7,25, etc.), es decir, con aquello que destruye al ser humano y le impide realizarse en plenitud.
Demoníaca la enfermedad, entendida como sujeción, impotencia, incapacidad de ver, andar, comunicarse. Es demoníaca en especial una especie de locura más o menos cercana a la epilepsia y/o la esquizofrenia, pues saca al hombre fuera de sí y le deja en manos de una especie de necesidad que le domina. Pues bien, Jesús abre el camino del reino ayudando a estos hombres, es decir, oponiéndose a Satán y haciendo posible que ellos «vivan» de manera autónoma, siendo ellos mimos, pensando por sí mismos. Esa ayuda no es un sencillo gesto higiénico, ni efecto de un puro humanismo bondadoso, sino una lucha fuerte contra el imperio de Satán (en griego Diabolos o Diablo), que se expresa en el poder de los demonios (que son como un ejército de espíritus perversos al servicio de Satán).
Eso significa que el “enemigo” (o adversario) de Jesús, según Marcos, no es Roma (como imperio), ni los sacerdotes de Jerusalén (como institución religiosa), ni Herodes Antipas y los jerarcas de Galilea, sino Satán, a quien él presenta así, en su forma semita (cf. 3, 23-26; 4, 15; 8, 33) como fuerza y símbolo del mal (y no en su forma griega, que es Diabolos, como hace Mt 4, 1 y Lc 4, 2), cuyo poder se visibiliza y actúa en la enfermedad y la opresión del hombre. Pues bien, en ese contexto aparecerá Jesús, para liberar a los israelitas más pobres (más oprimidos) del poder de Satán que les domina. Leer más…
Comentarios desactivados en Conversión de San Pablo
Saulo de Tarso, antes de su conversión, era un judío convencido de su religión y totalmente contrario a la nueva fe que empezaba a difundirse por Palestina y sus alrededores.
Tuvo alguna responsabilidad también en el martirio de san Esteban, protomártir, del que se habla en los Hechos de los apóstoles. Saulo encontró a Jesús resucitado en el camino de Damasco y este acontecimiento cambió de manera radical su modo de creer y de pensar. El Señor resucitado se convirtió en el centro de su espiritualidad y de su teología. Una vez apóstol del Evangelio, Pablo estableció en Antioquía de Siria el punto de partida de sus viajes misioneros, donde aparece como testigo infatigable de la fe en Jesús resucitado. Estos viajes le incitaron a escribir diversas cartas a las distintas comunidades cristianas que había fundado. Pablo, verdadero y auténtico apóstol, siempre llevó buen cuidado en «volver» a Jerusalén, con el deseo de confrontarse con los apóstoles de Jesús a fin de no correr en vano.
No quieras buscar ninguna cosa fuera del Señor; busca al Señor y él te escuchará; y mientras todavía estés hablando, te dirá: «Estoy aquí». ¿Qué significa «Estoy aquí»? Estoy presente. ¿Qué quieres, qué esperas de mí? Todo lo que puedo darte es nada en comparación conmigo. Tómame a mí mismo, goza de mí, acércate a mí. Aún no puedes hacerlo del todo, pero tócame con la fe y quedarás inseparablemente unido a mí, y yo te libraré de todos tus fardos, para que puedas adherirte a mí por completo.
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Agustín de Hipona, Exposición sobre el salmo 33, 9ss
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El edificio espiritual construido por san Pablo, con su profundidad profética y sus escarpadas ascensiones, emerge alto sobre el plano de nuestra apacible piedad cristiana. ¿Quién fue este grande, que obró a la sombra de Uno inmensamente más grande que él? ¿Quién fue este atrevido pionero, este «errante entre dos mundos»?
Dos ciudades ejercieron una influencia decisiva en el ciclo de su formación: Tarso y Jerusalén. «Soy un judío de Tarso de Cilicia…»: así se calificó Pablo ante el comandante romano cuando fue encarcelado. Dos corrientes de antigua civilización afluían, pues, y se fundían en él: la educación judía en familia y la formación griega que absorbía en la capital de su provincia natal, dotada de universidad. Está escrito, ciertamente, en los designios de la Providencia que este hombre, destinado a que en su vida actuara como misionero en medio de los paganos, debería recibir su primera educación en un centro mundial del paganismo.
Aquel para quien ya no debería existir diferencia alguna entre judíos y paganos, entre griegos y bárbaros, entre libres y esclavos [cf. Col 3,11; 1 Cor 12,13), no debía nacer entre las idílicas colinas de Galilea, sino en el tumulto de un rico emporio comercial donde afluían y se mezclaban gentes de todas las naciones sometidas al Imperio romano.
«Soy de Tarso, una ciudad no oscura de Cilicia». Parece que se refleja en esta respuesta un sentimiento de genuino orgullo griego por su propia ciudad de nacimiento. Tarso competía, en efecto, con Alejandría y Atenas por la conquista del primado en el campo de la cultura; en ella se elegían los maestros para los príncipes imperiales de Roma, y es natural que un centro de cultura tan eminente influyera en la formación de la personalidad del futuro apóstol… En Tarso dominaban la espiritualidad y la lengua griega junto a las leyes romanas y a la austeridad de la sinagoga judía.
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J. Holzner,
San Pablo, Editorial Herder, Barcelona 1989.
No con conciencia dudosa, sino cierta, Señor, te amo yo. Heriste mi corazón con tu palabra y te amé. Mas también el cielo y la tierra y todo cuanto en ellos se contiene he aquí que me dicen de todas partes que te ame; ni cesan de decírselo a todos, a fin de que sean inexcusables.
Sin embargo, tú te compadecerás más altamente de quien te compadecieres y prestarás más tu misericordia con quien fueses misericordioso: de otro modo, el cielo y la tierra cantarían tus alabanzas a sordos.
Y ¿qué es lo que amo cuando yo te amo? No belleza de cuerpo ni hermosura de tiempo, no blancura de luz, tan amable a estos ojos terrenos; no dulces melodías de toda clase de cantilenas, no fragancia de flores, de ungüentos y de aromas; no manas ni mieles, no miembros gratos a los amplexos de la carne: nada de esto amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo cierta luz, y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto amplexo, cuando amo a mi Dios, luz, voz, fragancia, alimento y amplexo del hombre mío interior, donde resplandece a mi alma lo que no se consume comiendo, y se adhiere lo que la saciedad no separa. Esto es lo que amo cuando amo a mi Dios .
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Confesiones X, 6,8.
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Agustín nació en Tagaste el 13 de noviembre del año 354. Fue educado siguiendo los hábitos cristianos de su madre, Mónica, y, como se reveló enseguida como un ¡oven de prometedoras cualidades, fue encaminado a la carrera de retórica. Ya desde los tiempos de estudio en Cartago estuvo marcado por una incomodidad interior que le llevaría lejos. La primera respuesta a esta sed de totalidad fue una vida mundana tejida por varios vínculos, más o menos límpidos. Ahora bien, la inquietud es también sed y búsqueda de la verdad: se apasiona con la lectura del Ortensio de Cicerón, lee la Sagrada Escritura, pero no se entusiasma con ella y acaba por adherirse al racionalismo y al materialismo de la secta de los maniqueos. Tras haber enseñado en Tagaste y en Cartago, se traslada primero a Roma (383) y después a Milán (384). Aauí su viaje espiritual da un viraje decisivo: conoce y escucha al obispo Ambrosio, revisa sus posiciones sobre la Iglesia católica, vuelve a leer la Sagrada Escritura y, en medio de la lucha entre sus antiguos hábitos de vida y los nuevos impulsos interiores, al final se abre a la luz y a la riqueza de Cristo.
Fue bautizado el año 387 por Ambrosio. Decidido a volver a África, se establece en Tagaste y funda allí su primera comunidad monástica, siguiendo el modelo de la comunidad cristiana de Jerusalén. En el año 391 fue ordenado sacerdote por el obispo Valerio, a quien en el 395 le sucede en la guía de la diócesis de Hipona. Desde entonces se dedicó por completo a la vida de la Iglesia -ministerio de la Palabra, defensa de la fe-, aunque prosigue con la experiencia de vida común con un grupo de hermanos monjes, a los que traslada al episcopio. Escribió más de doscientos libros y casi un millar de documentos, entre sermones y cartas. Murió el 28 de agosto del año 430. Hasta tal punto fue hijo de la Iglesia que se convirtió en padre… y doctor.
En Agustín no vivió un solo hombre: vivió en él la criatura de carne y hueso, de nervios y sangre, con su desarrollo misterioso, múltiple; vivió el escritor, conjuntamente sumo escritor, sumo filósofo, sumo teólogo, y sobre cualquier otra cosa poeta sumo de los afectos y de las verdades; vivió el cristiano y el monje, el sacerdote y el obispo, el santo. Recibió de Dios toaos los clones más altos: una juventud tempestuosa, la palabra creadora, el silencio inenarrable de la oración, la fuerza necesaria para gobernar su ánimo en la navegación ultraterrena y en el aura de lo divino. Experiencia de hijo y de padre, de pecador desbandado y de obispo muy rígido, de escolar y profesor y, por tanto, de maestro de su pueblo y de todo el Occidente; de mundano y de monje, de escritor y de filósofo, de polemista y de amigo, de pensador y de contradictor y orador.
En todos esos pasajes no perdáis nada de su riquísima y potentísima humanidad: todo lo llevó consigo y lo fundió en el ardor y en la luz única de su santidad doloroso y extática. Amó, y de su experiencia de amor surgirá un amor a Dios, tal vez el más elevado que jamás haya salido de corazón humano […].
Cuando moría Agustín en su ciudad asediada, no moría nada: nacía, para él, en los cielos amados sin paz y deseados sin tregua; nacía, para nosotros, en nuestra historia y en nuestra alma. Desde aquel día hay algo de agustiniano tanto en la historia de todos los hombres como en la historia de cada uno de ellos.
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G. de Luca, Sant’Agostino. Scrítti d’occasione e traduzioni
Comentarios desactivados en “Un nuevo modo de ser Iglesia”, por Gabriel Mª Otalora
De su blog Punto de Encuentro:
| Gabriel Mª Otalora
Mi amigo Juanjo Irala me recuerda y comparte una noticia que apareció en la revista diocesana de Bizkaia (Alkarren barri) en noviembre de 2021. ¿Y dónde está la novedad en mayo de 2024? Pues sencillamente, en que dicha noticia resulta más actual si cabe que entonces. Voy a explicarme:
Dicha reseña informaba del paso por Bilbao de Rafael Luciani, miembro de la Comisión Teológica del Sínodo de la Sinodalidad, invitado por el Instituto Diocesano de Teología y Pastoral de Bizkaia para la conferencia inaugural del curso pastoral 2021-2022. Lo que mantiene su actualidad es que centró su disertación en la necesaria “conversión personal de las mentalidades” junto a la necesaria “conversión de las estructuras” eclesiales “para que la participación y corresponsabilidad de todos pueda ser efectiva y no solamente afectiva”. Conversión necesaria de las actitudes y las instituciones.
Noticia es también que las dos páginas que trataban del tema han pasado más bien desapercibidas, en cuanto al avance en la construcción de ese nuevo modo de ser Iglesia. Luciani desgranó los principales significados que supone esta formidable apuesta del Papa Francisco por una Iglesia renovada, en medio de tantas reticencias y ausencia de liderazgo que el Papa pidió a los obispos en el interregno hasta octubre, cuando se celebre el Sínodo de la Sinodalidad. Se ha estancado la reforma principal, la del corazón, para que sea efectiva la reforma institucional consiguiente.
Ahí van las pistas sinodales que dejó entonces Rafael Luciani, que se me antojan más acuciantes ahora que en 2021:
Renovada recepción del Concilio Vaticano II. La sinodalidad va más allá de una reorganización estructural. Apunta también a cómo queremos caminar, a la manera de comunicarnos, las dinámicas organizativas y repensar las estructuras eclesiales.
Nuevo modelo institucional de Iglesia. En este reto debemos participar todos y todas.
Otro modelo de ser, de vivir y de operar en la Iglesia: responde a una espiritualidad que debe calar en las actitudes en el modo de operar en la Iglesia. Lleva implícita una dinámica de reaprender.
Reforma de las estructuras eclesiales: el modelo clerical institucional es un problema sistémico estructural. Estamos ante una patología del poder eclesial.
La corresponsabiliad pasa a ser esencial, y no auxiliar. Se recupera el concepto de entender el Pueblo de Dios como totalidad. En consecuencia, todos tendremos deberes y derechos por el Bautismo a partir de consensos y de la mutua comprensión entre diferentes.
La escucha recíproca. También aquítodos tenemos algo que aprender.
Repensarnos desde nuestra realidad teológica y cultural local. Existen 3 maneras de construir sinodalidad en lo local: a) La escucha comunitaria de la palabra y la celebración de la Eucaristía. b) Adaptación de las estructuras para avanzar hacia la sinodalidad. c) Consulta en las parroquias para discernir y tomar decisiones.
Tomarnos en serio que la Iglesia pertenece a todo el pueblo de Dios. La autoridad, pues, de servicio, que debe ser ejercida en el marco de la sinodalidad para una Iglesia fecunda y unida.
Releo los contenidos y, efectivamente, parece inexplicable que semejante llamada en 2021 parezca casi novedosa a mediados de 2024. Fue en Bizkaia, pero podía haber sido en cualquier otra diócesis. Pues que estas reflexiones sirvan para dar pasos hacia la sensibilización que propicie otro modo de ser y vivir eclesial. Nos jugamos la evangelización, también en lo local.
No hay mejor noticia, me parece, que podamos trabajar en el marco de la fiesta de Pentecostés.
Comentarios desactivados en “La conversión fundamental”, por Juan Zapatero
Una de las invitaciones frecuentes que la Iglesia repite con más insistencia a sus fieles, durante el tiempo de Cuaresma, es, sin ningún género de duda, la invitación a la conversión. De hecho las palabras que dirige el sacerdote o el representante de la comunidad a la persona que se acerca para que le imponga la ceniza, durante el Miércoles de dicho nombre, van claramente en esta dirección: «Conviértete y cree en el Evangelio«.
Si nos atenemos a lo que dice la RAE sobre «convertirse«, encontramos entre otras acepciones, la de «transformarse», «hacer que alguien cambie o cambiar uno mismo», «moverse de un sitio para trasladarse a otro”, etc.
Para comenzar, debo decir que mis recuerdos, siendo niño o recién estrenada la juventud, por ser el momento en que yo era más consciente, respecto a la Cuaresma, eran de que se trataba de un tiempo muy especial, un tiempo privilegiado de gracia, nos decían, que debíamos aprovechar para profundizar y ahondar en nuestra conversión. Cabe recordar, en este sentido, aquellas tandas de ejercicios espirituales, conferencias cuaresmales, etc., separadas en muchos casos por razón de edad y de sexo, durante el tiempo que duraba dicha práctica, en que se nos insistía y advertía de la necesidad de cambiar nuestras vidas. Un cambio centrado, sobre todo, en eliminar, más que estructuras y actitudes arraigadas a nivel personal, acciones concretas negativas o contrarias a la moralidad vigente en el momento (recuerdo aquellas subidas del tono de la voz, por parte de los predicadores, cuando sacaban a colación el tema de las blasfemias).
A ello iban dirigidas aquellas pláticas, prédicas y sermones encaminados a mover los sentimientos de la gente allí presente, con el fin de ayudarlos a que se reconocieran pecadores por haber transgredido las leyes morales y los preceptos prescritos por la Iglesia. Se recomendaba de manera encarecida a los asistentes, una vez acabados los días que duraban los ejercicios o en cualquier momento de la Cuaresma, a hacer una «buena» confesión que, si era general, mejor que mejor. Solían centrarse los predicadores en actitudes relacionadas con posibles prácticas viciadas de la vida, relacionadas casi siempre con los «mismos» o con el «mismo» mandamiento de la ley de Dios. Una vez recibida la absolución y rezadas las oraciones pertinentes, impuestas por el confesor como penitencia, se volvía a la vida diaria procurando evitar cometer los pecados confesados o, como mínimo, retardarlos el máximo tiempo posible.
Quienes contáis con algunos años, recordaréis aquel doble tipo de dolor de los pecados sobre el que nos hablaba el catecismo: el de contrición y el de atrición, necesarios en toda confesión. Al primero se le denominaba «perfecto» por el reconocimiento por parte del pecador de haber ofendido a Dios “por su bondad infinita”, según las propias palabras del catecismo. Al de atricción, en cambio, se le llamaba «imperfecto«, porque el motivo del dolor de los propios pecados no era otro que el miedo a las penas del infierno.
Dejando atrás semejantes distingos del catecismo de entonces, propios de la época y del tipo de moral del momento, pienso que tiene sentido seguir hablando hoy de la «conversión«, ahondando o, si se me permite, puliendo un tanto aquella idea de «contrición» de entonces.
Creo que se hace necesario, por lo que a la conversión se refiere, dejar un poco de lado el punto de la conversión «desde donde«, para centrarnos más en el de la conversión «hacia dónde». Porque tengo muy claro personalmente que es desde lo segundo que la persona puede llegar a conseguir la “conversión fundamental”. Necesitamos dejar de dar el protagonismo a nuestras miserias y deficiencias, sin olvidarlas, claro, sólo faltaba!, para decidirnos de una vez por todas a poner todo nuestro empeño en apostar por el Dios que Jesús nos presenta en el Evangelio (de ahí el «Conviértete y cree en el Evangelio). Que no es otro que el Dios (Abba) que ama y perdona sin condiciones y, por ello, salía cada tarde, y continúa saliendo también hoy cada día, a ver si retorna el hijo que se ha apartado de Él.
Creo que sigue siendo esta la asignatura pendiente para los creyentes en general y para los cristianos, ¿católicos?, en particular. Porque, mientras no se produzca en nosotros este cambio radical y profundo (metanoia), continuaremos por los derroteros de «negar las bendiciones…», por parte de unos y de que «dichas bendiciones no duren más de quince segundos», por parte de otros (perdóneseme, por favor, la alusión a tan triste episodio).
No he querido hablar una vez más de la conversión, a secas, aprovechando el tiempo litúrgico en que estamos. He pretendido, sencillamente, hacer hincapié en que sólo desde «la conversión fundamental», que no es otra que la vuelta al Dios del amor y la bondad, nuestras deficiencias y miserias dejarán de tener el protagonismo, para otorgárselo al Dios del amor y la misericordia; anticipándonos, en todo caso, a aquel «Oh feliz culpa…», de la Vigilia Pascual.
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