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“Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.”

Domingo, 24 de enero de 2021

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 Jesús les dijo:

 “Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios:
convertíos y creed en el Evangelio
.”

 “Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.”

Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron…

y se marcharon con él.

*

Marcos 1, 14-20

***

Aprendiendo a ser discípulo

Paseando por la orilla del lago,
o recorriendo pueblos y ciudades,
o adentrándote en el silencio del desierto,
o deteniéndote en las plazas públicas,
o contemplando las muchedumbres derrengadas,
o invitándote a comer en nuestra casa,
o haciéndote presente en las sendas y encrucijadas
que frecuentamos, y en las que nos perdemos…
nos ves tan atrapados
en las redes del ayer y del presente
-en el trabajo, en la familia,
en el ocio o en el negocio,
en el paro o en el confort,

en los viajes y en las soledades,
en internet y facebook,
en los msn, twitter y skype,
en las drogas con nombre o sin él,
en las migajas de placer….

Pero Tú nos invitas y llamas a seguirte,
dejando lo que nos ata libremente,
y ofreciéndonos un nuevo horizonte
si creemos y acogemos el reino que traes.

Y nosotros te escuchamos,
y dejando todas las redes,
nos convertimos
y nos vamos contigo,
y gustamos tu buena noticia al instante.

Mas al poco tiempo,
como casi siempre,
viene la crisis,
se nos nubla el horizonte,
nos hacemos reticentes
y nos olvidamos de que nos enamoraste.

Pero Tú, que eres fiel,
vuelves a llamarnos por nuestro nombre
y a susurrarnos tus quereres
invitándonos a ser tus seguidores
para que vivamos felices.

*

Florentino Ulibarri

***

 

Ser cristiano significa prestar atención al kairós, a este «momento especial» de la manifestación de Dios en nuestro aquí y ahora. En él se desarrolla la dimensión auténticamente profética de toda vida cristiana, en la atención […] a todos los signos de la presencia del Reino en nuestra historia. Acoger el Reino de Dios implica una conducta: «Convertíos», precepto urgente, «el tiempo se acaba» (1 Cor 7,29), que acompaña al don del Reino y engendra una nueva actitud respecto a Dios y respecto a los hermanos. Jonás recibió la misión de llamar a la conversión a Nínive, la capital del imperio enemigo de Israel. El profeta, un judío amante de su patria, se niega a realizar esta tarea, pero al final acepta la voluntad de perdón del Señor, que carece de límites raciales o religiosos. El Reino es gracia, aunque para nosotros es también un deber.

Los primeros discípulos escucharon la «Buena Noticia» y fueron llamados a asociarse a la misión de Jesús (Mc 1,16-20). El Evangelio marcó profundamente sus vidas. Así debe marcar también la nuestra.

*

Gustavo Gutiérrez,
Condividere la Parola, Brescia 1996, pp. 170ss

***

***

"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , , , , ,

La belleza del poliedro. (El Adviento como tiempo propicio para la cultura del encuentro)

Lunes, 30 de noviembre de 2020

adviento¡Cómo estamos echando en falta en este tiempo de pandemia los encuentros con la familia, las amistades, los mismos hermanos! Nada los suple: ni el móvil, ni los emails, ni los guasaps, ni las videollamadas. Nada es como verse la cara, estrechar las manos, sentir el calor del abrazo y la caricia reconfortante. Nada suple al placer enorme de estar con otro en alegría y comunicación. Por eso, se nos hace angustiante no saber hasta cuándo va a durar esto, cuándo va a llegar el tiempo de los encuentros normales, aquellos sin los que el corazón no sabe vivir.

Lo sabemos: los encuentros son la mejor medicina contra la tristeza, el autodesprecio, los sentimientos de culpa, la falta de fuerza de voluntad. El encuentro despeja la mente, borra de los ojos la niebla que se pega con la soledad, devuelve el gozo de sentirse vivo palpando la vida de los otros. El aislamiento y el desencuentro son enfermedades graves porque roen el alma hasta dejarla vacía.

Podríamos entender y vivir el tiempo de Adviento como un tiempo propicio para incentivar y cultivar el encuentro. Adviento es tiempo de anhelos, de sueños compartidos, de otear el horizonte, de suspirar por lo que se busca, de preguntar con calidez por la presencia de quien se ama. Así se prepara la Navidad que es el tiempo del gran encuentro de un Dios que hambrea encontrarse con quien ama y que ha puesto carne a ese encuentro en la persona del Hermano Jesús, el que nació de María. Una vivencia explícita de la espiritualidad del Adviento como tiempo para el encuentro puede entreabrirnos las puertas de ese misterioso volcarse de Dios al camino humano.

Como luego diremos, el Papa Francisco desarrolla ampliamente en su encíclica Fratelli tutti la espiritualidad del encuentro. Y dice que la cultura del encuentro es como un poliedro de muchos lados: «El poliedro representa una sociedad donde las diferencias conviven complementándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente, aunque esto implique discusiones y prevenciones. Porque de todos se puede aprender algo, nadie es inservible, nadie es prescindible» (215).

Descubrir una vez más la belleza de este poliedro que es la vida en encuentro, en comunidad, en sociedad, puede ser una hermosa manera de vivir el Adviento 2020 y una forma explícita de apuntar bien al misterio de la Navidad. Que no pase en vano el kairós de este momento.

La razón poética

«La amistad herida por la decepción

es una arquitectura rota para siempre.

Podemos reconstruir catedrales,

podemos reconstruir palacios,

pero no hay andamios suficientes

para elevar de nuevo el edificio invisible

que dos amigos construyeron con lo mejor de sí mismos».

(R. Argullol, Poema, 1020)

Llama la atención este breve poema por su verdad: quien ha experimentado la decepción respecto a una persona amiga se le ha hecho trizas el edificio de su amistad y ha comprobado muchas veces que no tenía sentido reconstruirlo con los materiales del derribo. Es, quizá, una de las más amargas experiencias de la vida. Y no fácil de sobrellevar porque, a la vez que se comprueba esta destrucción, no puede dejarse de amar a aquella persona que fue un día su amor, aunque ahora no lo sea.

Pero, a la vez, hay resortes en las personas que las hacen capaces de imaginar la posibilidad de un nuevo encuentro tras el ineludible desencuentro. Si esto fuera posible, el nuevo encuentro no podrá basarse en el modo del anterior (el deslumbre del amor), sino que tendrá que tener un nuevo cimiento: la verdad compartida, la pobreza común, la pena acompañada, la tristeza ofrecida. Es otro cimiento, más humilde, pero no menos sólido. Otro edificio, el del encuentro verdadero, se pondrá en pie.

1. La luz de la Palabra: Lc 19,1-10

«Entró en Jericó y empezó a atravesar la ciudad. En esto, un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de recaudadores y además rico, trataba de distinguir quién era Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Entonces se adelantó corriendo y, para verlo, se subió a una higuera, porque iba a pasar por allí. Al llegar a aquel sitio, levantó Jesús la vista y le dijo: – Zaqueo, baja en seguida, que hoy tengo que alojarme en tu casa. Él bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver aquello, se pusieron todos a criticarlo diciendo: -¡Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador! Zaqueo se puso en pie y dirigiéndose al Señor le dijo: – La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres, y si a alguien he extorsionado dinero, se lo restituiré cuatro veces. Jesús le contestó: – Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues también él es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar lo que estaba perdido y a salvarlo.».

· Leyendo los evangelios, uno cae inmediatamente en la cuenta de que Jesús fue un hombre de encuentros, no un solitario eremita que rehúye el trato con los otros. Necesitaba estos encuentros para hacer visible que el encuentro con el Dios de la compasión era posible. Los necesitaba también para dejar claro que la persona está destinada al encuentro como mayor fuente de dicha, objetivo final del reino Por eso, las páginas evangélicas están plagadas de encuentros, uno de ellos el que tuvo con Zaqueo.

· La problemática del encuentro con Zaqueo pivota sobre el problema del “alojarse”, ya que entrar a casa de un pecador es tener parte en su condición, hacerse cómplice de sus mismos delitos, contraer la misma impureza en la que se mueve tal sujeto. Por eso, uno que entra en casa de un pecador o es uno como él y por eso no tiene inconveniente en entrar o es un ingenuo, con lo que su reputación quedaría igualmente dañada. Jesús entra sabiendo que es un pecador pero pasando por alto su condición de recaudador. Él sabe saltar el muro de lo inmoral para dar con el núcleo de la dignidad.

· El verbo empleado para alojarse es katalyô (eisêlthe katalysai), algo impropio para este caso pero muy plástico. Viene a significar descansar, o hacer un alto en el camino. Propiamente es “desenganchar las bestias de tiro”. Es decir, cuando el viajero llega a un albergue (katalyma) avía las bestias en la cuadra y, una vez arregladas, sube al cuarto de huéspedes para cenar con tranquilidad. Es decir, Jesús se sienta ante Zaqueo como quien ya tiene todo arreglado, como quien tiene todo el tiempo del mundo para el encuentro, como quien se apresta a un diálogo largo y tranquilo. Jesús refleja así una realidad profunda: Dios se encuentra con la persona (aunque sea pecadora) con tranquilidad, sin prisas, con deleite incluso, como quien encuentra placer en la conversación. Un Dios de encuentros reconfortantes, ese es el Dios de Jesús.

· Puede haber aún otro matiz: katalyô puede significar soltar (lyô). El huésped que sube a cenar se “suelta” el ceñidor para estar más cómodo y hablar con mayor tranquilidad y disfrute. “se ha soltado el ceñidor en casa de un pecador…se ha puesto cómodo en casa de un pecador”, algo de eso, del mismo modo que muchas personas, en el intimidad, a la hora de la noche, se ponen cómodas vistiendo ya el pijama con el que van a ir a dormir. Jesús quiere reflejar el tipo de encuentro que la persona puede tener con Dios: un encuentro en la intimidad donde uno se siente cómodo, gozoso, dispuesto al diálogo, abierto a la novedad de la conversación.

· Son muchas las posibilidades de lectura de un relato. Este de Zaqueo ha sido leído tradicionalmente desde la perspectiva de la conversión, pero podría ser leído también desde la perspectiva del encuentro desvelando así la honda espiritualidad del encuentro de la persona con Dios. Desde ahí podría hacer parte del ánimo para el cultivo de la espiritualidad y la cultura del encuentro.

2. La cultura del encuentro en Fratelli tutti

Convencido el Papa a la altura de su existencia de que la vida es un tiempo de encuentro (66.215) y de que uno se realiza transcendiéndose en el encuentro con los otros (87.111) acuña el documento la expresión “cultura del encuentro” que se opone a la “cultura del enfrentamiento”, único camino para devolver la esperanza a la sociedad (32) superando el miedo que bloquea tal encuentro (41) y abriéndose a la escucha (48). Porque la cultura del encuentro «exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad, y el respeto por el bien común» (232), el Papa está convencido de que «un camino de fraternidad, local y universal, sólo puede ser recorrido por espíritus libres y dispuestos a encuentros reales» (59). La misma política, dirá luego, es cuestión de encuentros (165.190). Por todo esto llega a decir que «hablar de “cultura del encuentro” significa que como pueblo nos apasiona intentar encontrarnos, buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos» con sus diferencias (216-217). De ahí que el documento se anime a proponer «un encuentro social real pone en verdadero diálogo las grandes formas culturales que representan a la mayoría de la población» (219).

Como herramientas necesarias para el logro de esta cultura del encuentro, propone el Papa, en primer lugar, los trabajos por un gran pacto social que ponga «en verdadero diálogo las grandes formas culturales que representan a la mayoría de la población» (219). Ese pacto social ha de incluir, a su vez, un pacto cultural «que respete y asuma las diversas cosmovisiones, culturas o estilos de vida que coexisten en la sociedad» (219). En segundo lugar se necesita emplear exhaustivamente la herramienta del diálogo, paciente y confiado (134). Se necesita una educación para el diálogo (103) para que pueda ser una realidad el diálogo con los diferentes (148). La certeza del valor imprescindible del diálogo se asienta en la certeza de que «un verdadero espíritu de diálogo se alimenta la capacidad de comprender el sentido de lo que el otro dice y hace, aunque uno no pueda asumirlo como una convicción propia» (203). Por eso el diálogo es imprescindible en la tarea política (196). El documento dedica casi un capítulo, el sexto, al diálogo que construye el amor social porque «el auténtico diálogo social supone la capacidad de respetar el punto de vista del otro aceptando la posibilidad de que encierre algunas convicciones o intereses legítimos» (203.219.262).

Otro elemento necesario para una saludable arquitectura social de encuentro es el de generar procesos de inclusión que tengan a raya la amenaza de la cultura del descarte (188). El Papa tiene una perspectiva clara: «La inclusión o la exclusión de la persona que sufre al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos» (69). De ahí que el documento recuerda a la cultura moderna, tan orgullosa de sus logros, que «al crecimiento de las innovaciones científicas y tecnológicas tendría que corresponder también una equidad y una inclusión social cada vez mayores» (31).

Más que en el apartado de la política, quizá haya que situar aquí un tema al que el documento dedica varios números: la memoria que aleja a la venganza. El olvido es inaceptable por lo que se precisa mantener viva la memoria (246). Nunca se avanza sin memoria (249). Pero ni la venganza ni la impunidad resuelven nada (251-252). El perdón resulta así elemento insustituible de la arquitectura de la paz para no caer en una paz aparente (236). Para el Papa la clave es tener controlada la sed de venganza (241-242.251) a la que opondría el arma de la bondad (243) manteniendo la fe de que en los procesos sociales la unidad es superior al conflicto (245).

3. Claves para el encuentro

– Acercarse: no ver al otro o al problema del otro como desde lejos. Intentar acercarse, informarse, preguntar, hacer una idea antes de emitir un juicio. Se trata de mirar con humanidad lo que nos rodea.

– Acoger: lo que significa intentar dejar de lado prejuicios, estereotipos, ideas preconcebidas. Poner en cuarentena experiencias negativas y apoyarse en las que hayan salido mejor.

– Escuchar: antes de hablar, dejar que el otro hable. Escuchar implicativamente, como quien tiene interés en lo que escucha, no como quien oye llover. Tratar de escuchar sin que lo que escucha levante oleadas de indignación interior. Intentar mantener la calma ante lo que se oye y no se está de acuerdo.

– Ofrecer: hacer ofrenda de algo de uno mismo hacia el otro. Creer que sin ofrenda no es fácil encontrar vías comunes de convivencia. Ofrendar no quiere decir renunciar a lo que uno vive y siente; es poner un poco de lo tuyo en la “cesta” del otro.

– Creer: no quizá en el otro, porque eso cuesta mucho aunque esa “fe” es la verdadera esencia del encuentro. Pensar, al menos, que, aun estando en posiciones distintas, se puede tener una parte, siquiera pequeña, en común. Que se pueden encontrar lugares comunes de participación y tramos de camino compartidos.

– Salvarse: nos salvamos todos o no se salva nadie, dice el papa Francisco (FT 137). No ceder al “sálvese quien pueda” del individualismo y de quien se cree más fuerte. Desear el encuentro común que “salve” a todos, sobre todo a quien tiene menos posibilidad de participar en una salvación humanizadora.

4. Itinerario para el tiempo de Adviento:

· Semana 1ª (29 nov.6 dic.): fomentar los encuentros cercanos (comunidad, grupo de fe, parroquia, etc.). Tratar de ser mediación explícita de encuentro.

· Semana 2ª: (7-13 dic.): pensar cómo vamos a ser personas de encuentro con los cristianos que no piensan como nosotros, que no tienen la misma sensibilidad. Qué es lo importante y qué es lo relativo.

· Semana 3ª (14-20 dic.): pensar si puedo participar en algún encuentro ciudadano que me hable de mi ser pueblo con otros.

· Semana 4ª: (21-24 dic.): ver si puedo encontrarme con los lejanos, quienes cruzan el Mediterráneo. Mirar la página de Open Arms y sentirse interpelado.

 

Que el Adviento 2020 pueda ser un tiempo hermoso para vivir en el poliedro de la realidad y abrir caminos más anchos al encuentro de corazones, de caminos y de proyectos. Que la humanidad sea, por Jesús encarnado, un hogar para toda persona y la creación un casa común para toda creatura. Que nos encontremos con el Dios del encentro y con toda creatura en el encontradizo Jesús que anda por los caminos.

Fidel Aizpurúa

Fuente Fe Adulta:

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“La felicidad de Jesús”. Fiesta de Todos los Santos – A (Mateo 5,1-12)

Domingo, 1 de noviembre de 2020

31-852867No es difícil dibujar el perfil de una persona feliz en la sociedad que conoció Jesús. Se trataría de un varón adulto y de buena salud, casado con una mujer honesta y fecunda, con hijos varones y unas tierras ricas, observante de la religión y respetado en su pueblo ¿Qué más se podía pedir?

Ciertamente no era este el ideal que animaba a Jesús. Sin esposa ni hijos, sin tierras ni bienes, recorriendo Galilea como un vagabundo, su vida no respondía a ningún tipo de felicidad convencional. Su manera de vivir era provocativa. Si era feliz, lo era de manera contracultural, a contrapelo de lo establecido.

En realidad, no pensaba mucho en su felicidad. Su vida giraba más bien en torno a un proyecto que le entusiasmaba y le hacía vivir intensamente. Lo llamaba «reino de Dios». Al parecer, era feliz cuando podía hacer felices a otros. Se sentía bien devolviendo a la gente la salud y la dignidad que se les había arrebatado injustamente.

No buscaba su propio interés. Vivía creando nuevas condiciones de felicidad para todos. No sabía ser feliz sin incluir a los otros. A todos proponía criterios nuevos, más libres y radicales, para hacer un mundo más digno y dichoso.

Creía en un «Dios feliz», el Dios creador que mira a todas sus criaturas con amor entrañable, el Dios amigo de la vida y no de la muerte, más atento al sufrimiento de las gentes que a sus pecados.

Desde la fe en ese Dios rompía los esquemas religiosos y sociales. No predicaba: «Felices los justos y piadosos, porque recibirán el premio de Dios». No decía: «Felices los ricos y poderosos, porque cuentan con su bendición». Su grito era desconcertante para todos: «Felices los pobres, porque Dios será su felicidad».

La invitación de Jesús viene a decir así: «No busquéis la felicidad en la satisfacción de vuestros intereses ni en la práctica interesada de vuestra religión. Sed felices trabajando de manera fiel y paciente por un mundo más feliz para todos».

José Antonio Pagola

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“Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.” 01 de Noviembre de 2020. Todos los Santos

Domingo, 1 de noviembre de 2020

58-TodoslossantosALeído en Koinonia:

Apocalipsis 7,2-4.9-14: Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua.
Salmo responsorial: 23: Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor.
1Juan 3,1-3: Veremos a Dios tal cual es.
Mateo 5,1-12a: Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo

 

Se celebra hoy la Solemnidad de Todos los Santos. Qué bueno sería que no se redujera a lo que hemos solido llamar “mundo católico”, sino a un mundo verdaderamente «cat–hólico» (etimológicamente, según el todo, refiriéndonos al todo), o sea, «universal».

¿No querríamos celebrar en este día a todos los santos que están ya ante Dios? ¿Pues cómo vamos a limitarnos a pensar en «catálogo romano de los santos», de los «canonizados» por la Iglesia católica romana, en esa práctica llevada a cabo sólo desde el siglo XI, de «inscribir» oficialmente a los santos particulares de esa Iglesia, en su libro «Santoral Romano»? ¿Será que quienes figuran oficialmente inscritos durante 9 siglos en esta sola Iglesia son «todos los santos» que están delante de Dios… o tal vez serán sólo una insignificante minoría de entre todos ellos?

Es decir: pocas fiestas tanto como ésta requieren ser «universalizadas» para hacer honor a su nombre: la festividad de «todos los santos». Por tanto, hay que hacer un esfuerzo por entenderla con una real universalidad. Ésta es una fiesta «ecuménica»: agrupa a todos los santos. Es más que ecuménica, porque no contempla sólo a los santos cristianos, sino a «todos», todos los que son santos a los ojos de Dios. Ello quiere decir, obviamente, que también incluye a los «santos no cristianos»… a los santos de otras religiones (debería ser una fiesta inter-religiosa), e incluso a los santos sin pertenencia a ninguna religión, los «santos paganos» (Danielou tituló así un libro suyo), los santos anónimos (éstos deben ser verdadera legión), incluso los «santos ateos», o sea, los ateos santos, que, haberlos los ha habido, y los sigue habiendo.

Una fiesta pues, que podría hacernos reflexionar sobre dos aspectos: el de la santidad misma (¿qué es, en qué consiste, qué «confesionalidad» tiene…?), y el del «Dios de todos los santos». Porque muchas personas todavía piensan –sin pensarlo demasiado, desde luego– en «un Dios muy católico». Para algunos, Dios mismo sería en realidad «católico, apostólico… y romano». O sea, «nuestro». O «un Dios como nosotros», de hecho. Pudiera ser que, también… un poco… hecho «a imagen y semejanza» nuestra.

La actitud universalista, la amplitud del corazón y de la mente hacia la universalidad, a la acogida de todos sin etiquetas particularistas, siempre nos cuestiona la imagen de Dios. Dios no puede ser sólo nuestro Dios, el nuestro, el que piensa como nosotros e intervendría en la historia siempre según nuestras categorías y de acuerdo con nuestros intereses… Dios, si es verdaderamente Dios, ha de ser el dios de todos los santos, el Dios de todos los nombres, el Dios de todas las utopías, el Dios de todas las religiones (incluida la religión de los que con sinceridad y sabiendo lo que hacen optan con buena conciencia por dejar a un lado “las religiones”, aunque no «la religión verdadera» de la que por ejemplo habla Santiago en su carta, 1,27). Dios es «católico» pero en el sentido original de la palabra. Está más allá de toda religión concreta. Está «con todo el que ama y practica la justicia, sea de la religión que sea», como dijo Pedro en casa de Cornelio (Hch 10).

Hoy nos parece todo esto muy natural, pero hace apenas 50 años –los que hace que se celebró el Concilio– que estamos pensando de esta manera. En las vísperas del Concilio, el famoso teólogo dominico Garrigou-Lagrange (avanzado, progresista, y por ello perseguido) escribía con la mentalidad común del ambiente católico: «Las virtudes morales cristianas son infusas y esencialmente distintas, por su objeto formal, de las más excelsas virtudes morales adquiridas que describen los más famosos filósofos… Hay diferencia infinita entre la templanza aristotélica, regulada solamente por la recta razón, y la templanza cristiana, regulada por la fe divina y la prudencia sobrenatural» (Perfection chrétienne et contemplation, Paris 1923, p. 64).

Danielou, por su parte, afirmaba: «Existe el heroísmo no cristiano, pero no existe una santidad no cristiana. No debemos confundir los valores. No hay santos fuera del cristianismo, pues la santidad es esencialmente un don de Dios, una participación en Su vida, mientras que el heroísmo pertenece al plano de las realidades humanas» (Le mystère du salut des nations, Seuil, Paris 1946, p. 75). Todas las grandes figuras de la humanidad, personajes como Sócrates o como Gandhi… sólo podrían considerarse héroes, no santos; no quedarían incluidos hoy en esta fiesta, porque los santos serían sólo cristianos, ¡y católicos!

Este cambio de perspectiva es una de las tantas «rupturas» que realizó el Concilio Vaticano II.

La primera lectura bíblica de esta fiesta litúrgica, del Apocalipsis, aun estando redactada en ese lenguaje no sólo poético, sino ultra-metafórico, lo viene a decir claramente: la muchedumbre incontable que estaba delante de Dios era «de toda lengua, pueblo, raza y nación»… En aquel entonces, hablar de «las naciones» implicaba a las religiones, porque cada pueblo-raza-nación era considerado que tenía su propia religión. A Juan le parece contemplar reunidos, en aquella apoteosis, no sólo a los de su propia religión, sino a todos los pueblos, lo que equivale a decir: a todas las religiones.

Si corregimos así nuestra visión, estaremos más cerca de «ver a Dios tal como es» (segunda lectura), tal como podremos verle más allá de los velos carnales del chauvinismo cultural o el tribalismo religioso -que no son muy distintos. Obviamente, esos «ciento cuarenta y cuatro mil» (doce al cuadrado, o sea, «los Doce», o «las Doce ‘tribus’ de Israel», pero elevadas al cuadrado y multiplicadas por mil, es decir, totalmente superadas, llevadas fuera de sí hasta disolverse entre «toda lengua, pueblo, raza y nación»), esos ciento cuarenta y cuatro mil, o los entendemos como un símbolo macroecuménico, o nos retrotraerían a un fantástico tribalismo religioso.

Las bienaventuranzas comparten la misma visión «macro-ecuménica»: valen para todos los seres humanos. El Dios que en ellas aparece no es «confesional», no es de una religión, de una raza o tribu… no es «religiosamente tribal». Tampoco exige rituales de ninguna religión, sino la simple religión humana: la pobreza, la opción por los pobres, la transparencia de corazón, el hambre y sed de justicia, el luchar por la paz, la persecución como efecto de la lucha por la Causa del Reino… Esa «religión humana básica fundamental» es la que Jesús proclama como «código de santidad universal», para todos los santos, los de casa y los de fuera, los del mundo «católico»…

Si a propósito de la festividad de Todos los Santos se nos sugiere el texto de las Bienaventuranzas, es porque ellas son en verdad el camino de la «santidad universal», válida para todos los humanos, una santidad «supra-religional», llana y simplemente humana. En y con las Bienaventuranzas como carta de navegación de nuestra vida es posible alcanzar la meta de nuestra santificación, entendida como la lucha constante por lograr en el cada día el máximo de plenitud de la vida y el amor según el querer de Dios.

En la homilía, en la oración, en la conversación que tengamos sobre el tema, no dejemos de nombrar hoy a Gandhi, que tiene que ir de la mano con Francisco de Asís; a Martin Luther King acompañado por Mons. Oscar Arnulfo Romero, que lo admiraba mucho por cierto; a la mística santa Teresa con el incomparable Ibn Arabí, el místico sufí murciano universal; al inefable Juan de la Cruz con el místico Nisagardatta («¡Yo soy Eso!» –sus principales libros están disponibles en la red–)… La manera más efectiva de cambiar nuestra vieja mentalidad «tribal», que tanto nos ha afectado tradicionalmente en la concepción de la santidad, es practicarla, conversarla, manifestarla, compartirla fraternamente…

Dentro ya de la perspectiva cristiano-católica, para una aplicación más parenética de este precedente comentario exegético, recomendamos, como la mejor referencia, el capítulo Vº de la Constitución Dogmática de la Iglesia “Lumen Gentium”, del Vaticano II, con su “Universal llamado a la santidad”. Antes del Concilio se reconocía que había una especie de «profesionales de la santidad», que se dedicaban de un modo especializado a conseguirla, como los monjes y los religiosos/as, de quienes se decía que vivían en el «estado de perfección»; a los demás, los laicos/as o seglares como que se les consideraba de alguna manera dispensados de preocuparse demasiado de la santidad… Leer más…

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Todos los santos, todos los difuntos. La esperanza de resurrección según Pablo

Domingo, 1 de noviembre de 2020

60099A3D-8ADC-4C1E-9BC0-586CA8BF1DCDDel Blog de  Xabier Pikaza:

Desde que mantengo este blog (año 2007) he venido ofreciendo año tras año algunas reflexiones sobre el día de Todos los Santos y el de Todos los Difuntos. Hoy vinculo ambos día presentando la esperanza más antigua de la Iglesia, tal como ha sido expresada en las cartas de san Pablo (1 y 2 Tes y 1 Cor).

Ésa es la esperanza que ha movido al cristianismo y lo sigue moviendo hasta el día de hoy. Jesús ha comenzado una obra de vida que culminará en su “parusía”, es decir, en la revelación de su vida, en el triunfo del amor sobre la muerte. El texto que sigue está tomado básicamente de mi libro “La Palabra se hizo carne. Curso de teología bíblica”

Pablo: para esperar a su Hijo (1 Tes 4 y 1 Cor 15)

  En el lugar donde Jesús anunciaba y preparaba la llegada del Reino (y quizá del Hijo del Hombre, cf. cap. 14), ha proclamado Pablo la venida y presencia de Jesús como “Señor que descenderá del cielo…” (1 Tes 4, 15-17), y lo hará muy pronto, antes que acabe esta generación. No vendrá en Jerusalén para ofrecer allí su reino a los judíos, sino “en las nubes del cielo”, para instaurar su salvación sobre el mundo entero. En un sentido cronológico, Pablo se equivocó, pues Jesús no vino externamente. Pero su mensaje, las consecuencias que dedujo de su visión del Cristo pascual, con la forma en que creó comunidades mesiánicas siguen siendo fundamentales en la vida de la Iglesia (cf. lo ya dicho en cap. 18, donde he tratado en conjunto de Pablo).

1 Tes 4. Parusía inminente, itinerario escatológico.

Pablo no escribió ningún libro sobre el final de este mundo como hará el autor del Apocalipsis (cf. Ap 5, 1), ni trazó un esquema con el desarrollo de las cosas que debían suceder al fin de los tiempos, pues ese desarrollo había sido trazado ya por la apocalíptica judía, especialmente por Daniel (cf. también Mc 13 par), de manera los fieles conocían los momentos principales del drama del fin de los tiempos. Pablo ha destacado en ese contexto dos cosas: (a) Que Jesús resucitado es Hijo de Dios y contenido de la esperanza apocalíptica. (b) Que Dios le ha llamado a él (a Pablo) para anunciar y preparar el cumplimiento de esa esperanza a los gentiles (cf. Gal 1, 16; 1 Tes 1, 9-10).

Éste ha sido el mensaje de Pablo en Tesalónica: Los convertidos del paganismo deben abandonar los ídolos y servir al Dios vivo verdadero (de Israel), para esperar a su Hijo Jesús, que ha resucitado ya y que ha de venir pronto para liberarnos de la ira venidera. Pero Pablo se fue, algunos cristianos murieron y Jesucristo no venía. Por eso le preguntan y Pablo les responde por carta (hacia el año 50 d.C.), en el primer documento conservado del NT, diciéndoles “lo referente a los que han muerto”:

  Dios tomará también consigo a los que han muerto en Jesús. Pues esto os decimos, como palabra del Señor: que nosotros, los vivientes, los que permanezcamos hasta la venida del Señor no llevaremos ventaja a los que han muerto. Porque cuando se suene la orden, a la voz del arcángel y a la trompeta de Dios, el mismo Señor, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero; después, nosotros, los vivientes, los que permanezcamos, eremos arrebatados en las nubes, al encuentro del Señor en el aire, y de esa manera estaremos siempre con el Señor. Por lo tanto, consolaos unos a los otros con estas palabras (1 Tes 4, 13- 18).

 Pablo había anunciado la llegada inminente de Jesús, redentor apocalíptico, y sus convertidos (cristianos) de Tesalónica pensaron que ellos no morirían, sino que Cristo vendría y les llevaría directamente a su Reino. Pero Cristo no había venido y algunos murieron ¿Qué pasaría con esos muertos venga Cristo? ¿Cómo podrían entrar en su Reino?  Así les ha respondido Pablo:

  − Lo primero que Cristo hará cuando venga en resucitar a los que han muerto unidos a élcomo creyentes. Éste será el punto de partida del despliegue apocalíptico, la primera obra de Jesús resucitado: Descendería del cielo para resucitar a los cristianos muertos, de manera que ellos serán los primeros en salvarse.

Después elevará a su gloria a los cristianos vivos, que no tendrán necesidad de morir, sino que serán directamente transfigurados y elevados al Reino.  En ese momento Pablo creía que la muerte no era necesaria para todos, de manera que los creyentes de la “última generación” (entre que se contaba él) no tendrían que morir, sino que serían arrebatados a las “nubes”, en el aire celeste, para ser así transformados en Cristo[1].

 2. 1 Cor 15. Todos serán vivificados, Dios todo en todos.

Pero pasaba el tiempo y se planteaban nuevos temas, como el de algunos cristianos de Corinto que, unos tres o cuatro años después (en torno a 53-54 d.C.), empezaron a negar la resurreccióncorporal de Jesús y de sus fieles, porque se alargaba la espera (¡Cristo no viene!) o porque resultaba innecesaria, pues Jesús estaba ya resucitado en los creyentes. En ese contexto (cf. 1 Cor 15, 12-21) reformula Pablo el tema:

             Porque así como en Adán mueren todos, así también serán vivificados todos en Cristo, pero cada uno en su orden: la primicia, Cristo; luego los que son de Cristo, en su parusía; después el fin, cuando él entregue el reino al Dios y Padre, cuando ya haya destruido todo principado, y todo poderío y potestad… Cuando le someta todo (al Padre), entonces también él mismo el Hijo se someterá al que le ha sometido todo, para que Dios sea Todo (=Ta Panta) en Todos (1 Cor 15, 22-24. 28).

           A diferencia de 1 Tes 4,13-18, Pablo afirma ahora que todos mueren en (como) Adán, sea por decreto universal divino (cf. Hbr 9, 27), sea por vinculación con Adán  , como murió Cristo, para vencer a la muerte, destruyendo su aguijón (cf. 1 Cor 15, 55-57).  En ese contexto añade Pablo las palabras más importantes de la Biblia sobre el tema: “Así como en Adán mueren todos (=pantes), así también en Cristo serán vivificados todos (=pantes)” (1 Cor 15, 22). (a) Primero viene el hecho: todos mueren. (b) Después viene la declaración de fe, con la esperanza universal y positiva: todos serán vivificados (dsôopoiêthêsontai), es decir, recibirán la vida de Cristo (como antes han recibido la muerte de Adán). Estas palabras van en contra de Dan 12, 1-3, pues no hay dos resurrecciones, una de salvación y otra de condena (cf. Dt 30, 15-20, y en otro sentido Mt 25, 31‒46), sino una vivificación, en la línea de Rom 5 (cf. cap. 18), según el orden (tagma) siguiente:

  1. Primero ha resucitado Cristo, como primicia (1 Cor 15, 23). Frente a la muerte de todos en Adán (cosa que 1 Tes 4,13-18 no había contemplado), Pablo insiste ahora en la vida de todos en Cristo, interpretando así, de un modo universal la resurrección de Cristo. Él ha sido el primero que ha vencido a la muerte, pero no lo ha hecho como un hombre individual, sino como cabeza y compendio de toda la humanidad[2].
  2. Después resucitarán los que son de Cristo, en su parusía, los que forman parte de su comunidad o cuerpo mesiánico. De alguna forma (como destacan Ef y Col), los creyentes se encuentran integrados ya en la pascua de Jesús, aunque sólo resucitarán del todo en su parusía. Más que anunciador del juicio, mensajero del fin (como Henoc u otros videntes), Jesús es fuente de vida, presencia de Dios, para aquellos que se vinculan a él.
  3. Finalmente llegará el “telos” o plenitud (1 Cor 15, 24), entendida como victoria apocalíptica, con la destrucción de los poderes perversos (Principados, Poderíos y Potestades, que desembocan y se centran en la muerte) y también como culminación teológica o reintegración (el mismo Cristo Hijo vuelve al Padre). Jesús anunció y preparó el Reino de Dios, y ahora se cumple su anuncio, pues él mismo destruye con su victoria a los perversos (Principados, Poderíos, Potestades), para así entregar su Reino de vida al Dios y Padre[3].
  4. De forma que Dios sea todo en todos (1 Cor 15, 28). No se refiere sólo a los creyentes de 1 Cor 15, 23, en un contexto eclesial, sino a todos los seres humanos en un contexto universal de vida (1 Cor 15, 22), de manera que no hay dos espíritus opuestos (bien y mal) como en Qumrán, ni dos finales de la historia (salvación y condena), ni un Infinito (=Dios) separado de la historia de los hombres, sino que sólo un Espíritu bueno, que es el Dios Universal, que ha creado las cosas por sí mismo, para que todo sea y viva en él, por Cristo, de manera que los poderes opuestos, que han querido destruir su obra, desaparecerán (como si no hubieran sido).

             Eso significa que, estrictamente, esos “poderes” (entendidos como principados, potestades, poderes) no tenían realidad, no existían, no eres personas creadas por Dios (como los hombres y mujeres), sino que eran pura negación (no‒ser), una “apariencia” que no siendo realidad destruye, como Belcebú (lo satánico) y Mammón (el capital imaginario y destructor) del mensaje y vida de Jesús (cf. cap. 14). A fin de que todos vivan tienen que ser destruidos todos los poderes de muerte[4]. Leer más…

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No están todos los que son… Fiesta de todos los Santos.

Domingo, 1 de noviembre de 2020

Todos los santos 1Del blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

La oración de la misa de hoy habla de «celebrar en una misma fiesta los méritos de todos los Santos». Quienes conocen las listas interminables de santos y santas que contiene, día por día, el Martirologio romano, considerará justo tenerlos a todos presentes en una misma fiesta. Pero, con esto, pensamos en las personas que, al menos en los últimos siglos, han sido canonizadas por la Iglesia tras un largo y costoso proceso a propósito de sus virtudes heroicas. Quedan fuera los innumerables cristianos que han vivido heroicamente su fe, esperanza y caridad, pero que no han sido especialmente conocidos y, si lo han sido, su devotos no disponían de la gran cantidad de dinero necesaria para costear el proceso. Por eso, en esta fiesta conviene volver al sentido de la palabra «santo» en las cartas del Nuevo Testamento, cuando designaba a todo cristiano como consagrado a Dios. La fiesta de hoy nos invita a celebrar e imitar a tantas personas buenas, «santas», que hemos conocido en nuestra viday de cuyas virtudes nos hemos beneficiado.

Ocho puertas para entrar en el Reino de Dios

            En la Fiesta de Todos los Santos, la lectura del evangelio recoge las bienaventuranzas. Es una forma de indicarnos el camino que llevó a tantos hombres y mujeres a lo largo de la historia a la santidad. Resulta imposible comentar cada una de ellas en poco espacio. Me limito a indicar algunos detalles fundamentales para entenderlas.

Las bienaventuranzas no son una carrera de obstáculos

Carrera 100 ms valla            Muchos cristianos conciben las bienaventuranzas como una carrera de obstáculos, una serie de ocho vallas que debemos superar hasta que conseguimos llegar a la meta del Reino de Dios. Y la carrera se hace difícil, tropezamos continuamente, nos sentimos tentados a abandonar cuando vemos tantas vallas derribadas. «No soy pobre material ni espiritualmente; no soy sufrido, soy violento; no soy misericordioso; no trabajo por la paz… No hace falta que un juez me descalifique, me descalifico yo mismo». Las bienaventuranzas se convierten en lo que no son: un código de conducta.

Las bienaventuranzas son ocho puertas para entrar en el Reino de Dios

bienaventuranzas-basilica            Antonio Barluzzi, el arquitecto que diseñó la basílica de las bienaventuranzas sobre una colina junto al lago de Galilea, la concibió con una planta octogonal y ocho grandes ventanas que permiten ver el hermoso paisaje del lago de Galilea. Sin embargo, las bienaventuranzas, más que ocho ventanas para mirar al exterior son ocho puertas para entrar al palacio del Reino de Dios.

            Para entenderlas rectamente hay que advertir dónde las sitúa Mateo: al comienzo del primer gran discurso de Jesús, el Sermón del Monte, en el que expone su programa e indica la actitud que debe distinguir a un cristiano de un escriba, de un fariseo y de un pagano.

            A diferencia de los políticos, capaces de mentir con tal de ganarse a los votantes, Jesús dice claramente desde el principio que su programa no va a agradar a todos. Los interesados en seguirle, en formar parte de la comunidad cristiana (eso significa aquí el «Reino de los cielos»), son las personas que menos podríamos imaginar: las que se sienten pobres ante Dios, como el publicano de la parábola; los partidarios de la no violencia en medio de un mundo violento, capaces de morir perdonando al que los crucifica; los que lloran por cualquier tipo de desgracia propia o ajena; los que tienen hambre y sed de cumplir la voluntad de Dios, como Jesús, que decía que su alimento era cumplir la voluntad del Padre; los misericordiosos, los que se compadecen ante el sufrimiento ajeno, en vez de cerrar sus entrañas al que sufre; los limpios de corazón, que no se dejan manchar con los ídolos de la riqueza, el poder, el prestigio, la ambición; los que trabajan por la paz; los perseguidos por querer ser fieles a Dios.

            Pero las bienaventuranzas son ocho puertas distintas, no hay que entrar por todas ellas. Cada cual puede elegir la que mejor le vaya con su forma de ser y sus circunstancias.

Evitar dos errores

            En conclusión, las bienaventuranzas no dicen: «Sufre, para poder entrar en el Reino de Dios». Lo que dicen es: «Si sufres, no pienses que tu sufrimiento es absurdo; te permite entender el evangelio y seguir a Jesús».

            No dicen: «Procura que te desposean de tus bienes para actuar de forma no violenta». Dicen: «Si respondes a la violencia con la no violencia, no pienses que eres estúpido, considérate dichoso porque actúas igual que Jesús».

            No dicen: «Procura que te persigan por ser fiel a Dios». Dicen: «Si te persiguen por ser fiel a Dios, dichoso tú, porque estás dentro del Reino de Dios».

            Pero, al tratarse de los valores que estima Jesús, las bienaventuranzas se convierten también en un modelo de vida que debemos esforzarnos por imitar. Después de lo que dice Jesús, no podemos permanecer indiferentes ante actitudes como la de prestar ayuda, no violencia, trabajo por la paz, lucha por la justicia, etc. El cristiano debe fomentar esa conducta. Y el resto del Sermón del Monte le enseñará a hacerlo en distintas circunstancias.

Las puertas y el palacio

            Finalmente, no olvidemos que estas ocho puertas nos permiten entrar en el palacio y sentarnos en el auditorio en el que Jesús expondrá su programa a propósito de la interpretación de la ley religiosa, de las obras de piedad, del dinero y la providencia, de la actitud con el prójimo… Este gran discurso es lo que llamamos el Sermón del Monte. Limitarse a las bienaventuranzas es como comprar la entrada del cine y quedarse en la calle.

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01 Noviembre. Fiesta de Todos los Santos

Domingo, 1 de noviembre de 2020

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«Felices…» (Mt 5, 1-12)

Este año nos toca vivir la fiesta de todos Santos de otra manera, tampoco es que siempre se haya vivido igual, la diferencia está en que este año no hemos elegido nosotros el cambio, nos ha venido sin buscarlo. Este tiempo de pandemia nos está obligando a reinventar muchas cosas y también a pensar en todo aquello que solemos dejar “para más adelante”. Nuestra sociedad que no quería ni oír hablar de la muerte se ha encontrado sin poder estar con sus seres queridos en el momento de la enfermedad y la muerte y eso nos ha obligado a pensar.

La muerte no es un cuento, ni una leyenda. Es una realidad con la que tarde o temprano tenemos que lidiar. Un día moriremos, eso seguro. Pero además mueren también nuestro seres queridos y cuando eso ocurre no sabemos qué hacer con su ausencia, no sabemos vivir el duelo, nadie nos ha enseñado a convivir con la muerte…

Por eso hoy os dejamos con esta oración de San Agustín, cada una puede leerla como si la hubiera escrito esa persona amada que falleció y que estos días tenemos presente.

No llores si me amas

No llores si me amas,
si conocieras el don de Dios y lo que es el cielo.

Si pudieras oír el cántico de los ángeles
y verme en medio de ellos.
Si pudieras ver desarrollarse ante tus ojos; los horizontes, los campos
y los nuevos senderos que atravieso.

Si por un instante pudieras contemplar como yo,
la belleza ante la cual las bellezas palidecen.

¿Tú me has visto,
me has amado en el país de las sombras
y no te resignas a verme y
amarme en el país de las inmutables realidades?

Créeme.
Cuando la muerte venga a romper las ligaduras
como ha roto las que a mí me encadenaban,
cuando llegue un día que Dios ha fijado y conoce,
y tu alma venga a este cielo en que te ha precedido la mía,
ese día volverás a verme,
sentirás que te sigo amando,
que te amé, y encontrarás mi corazón
con todas sus ternuras purificadas.

Volverás a verme trasfigurado, en éxtasis, feliz.
ya no esperando la muerte, sino avanzando contigo,
que te llevaré de la mano por
senderos nuevos de Luz…y de Vida…
¡Enjuga tu llanto y no llores si me amas!
*
(San Agustín)

*
Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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A pesar de mis fallos, soy plenitud.

Domingo, 1 de noviembre de 2020

solemnidad-todos-los-santosMt 5, 1-12

Los matemáticos dicen que la distancia de cualquier número, por grande que sea, al infinito, es siempre infinita. Para Dios todos somos iguales, no hay posible distinción. ¿Qué sentido tiene entonces el marcar las diferencias entre unos y otros? La fiesta de “Todos los Santos”, entendida como diferencia de perfección entre los seres humanos no tiene mucho sentido. Por eso le he cambiado el título y he puesto: Todos santos; aunque también podía haber puesto “Todos pecadores” y sería exactamente igual de cierto. Para Dios no hay diferencia ninguna, porque nos ama a todos por lo que Él es.

Si por santo entendemos un ser humano perfecto, significaría que ya ha llegado a su plenitud y por lo tanto se habrían acabado sus posibilidades de crecer. Pero su verdadero ser, y por lo tanto su perfección, nada tiene que ver con su biología o con su moralidad. A esa parte de nuestro ser no afectan las limitaciones, sean del orden que sean. Es una realidad que permanece siempre intacta. Descubrir, vivir y manifestar ese verdadero ser, es lo que podíamos llamar santidad y es posible para todos.

Cuando creemos que para ser santo tenemos que anular los sentidos, reprimir los sentimientos, machacar la inteligencia y someter la voluntad, nos estamos exigiendo la más torpe inhumanidad. La plenitud de lo humano solo se alcanza en lo divino, que ya está en nosotros. Vivir lo divino que hay en nosotros es la meta de lo humano. El verdadero santo no es el perfecto sino el sincero. El santo nunca descubrirá que lo es. Por favor, que nadie caiga en la tentación de aspirar a la “santidad”. Aspirad solo, a ser cada día más humanos, desplegando el amor que es Dios y está en vosotros.

Cuando hemos puesto la santidad en lo extraordinario, nos hemos salido de todo marco de referencia evangélico. Si creemos que santo es aquel que hace lo que nadie es capaz de hacer, o deja de hacer lo que todos hacemos, ya hemos caído en la trampa del ideal de perfección griega, que durante siglos se nos ha vendido como cristiana. Cuando un joven le dice a Jesús: “Maestro bueno”. Jesús le responde: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno más que Dios. ¿Qué hubiera contestado si le hubiera llamado santo?

Todos somos santos, porque nuestro verdadero ser es lo que hay de Dios en nosotros; aunque la inmensa mayoría no lo hemos descubierto todavía, y de ese modo, tampoco podemos manifestar lo que somos. Somos santos por lo que Dios es en nosotros, no por lo que nosotros somos para Dios o para los demás. La creencia generalizada de que la santidad consiste en desplegar las virtudes morales, no tiene nada que ver con el evangelio. Recordemos: “Las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el reino de Dios”. Para Jesús, es santo el que descubre el amor que llega a él sin mérito ninguno por su parte. La perfección moral es consecuencia de la santidad, no su causa.

Debemos tener mucho cuidado a la hora de hablar de los santos como “intercesores”. Si lo entendemos pensando en un Dios, que solo atiende las peticiones de sus amigos o de aquellos que son “recomendados”, estamos ridiculizando a Dios. En Jn 16,26-27 dice Jesús: “no será necesario que yo interceda ante el Padre por vosotros, porque el Padre mismo os ama”. Lo hemos dicho hasta la saciedad, Dios no nos ama porque somos buenos o por recomendación de uno que lo es, sino porque Él es amor. Es un poco ridículo seguir repitiendo una y otra vez: Señor, ten piedad (15 veces en cada eucaristía).

Se puede entender la intercesión de una manera aceptable. El ejemplo de esas personas, que han tomando conciencia de su verdadero ser y son capaces de hacer presente a Dios en todo lo que hacen, puede ayudarnos a descubrirlo, y por lo tanto puede acercarnos a Dios. Descubrir que ellos confiaron en Dios, a pesar de sus defectos, nos tiene que animar a confiar más en nosotros. No solo valdría para los que conviven con ellos, sino para todos los que, después de su muerte, tuvieran noticia de ‘su vida y milagros’. Sería el camino más fácil para que creciera el número de los “conscientes”.

Debemos tener cuidado con la “comunión de los santos”. No se trata de unos “dones” o unas “gracias” que ellos han merecido y que nos ceden a nosotros. Es ridículo cuantificar y almacenar los bienes espirituales. Todo lo que nos viene de Dios es siempre gratuito y nunca se puede merecer. “Cuando hayáis hecho todo lo mandado, decid: somos unos pobres siervos, hemos hecho lo que teníamos que hacer”. Ahora bien, en el momento que se tiene conciencia de la unidad, se comprende que todo lo que hace uno repercute en el todo. La doctrina de Pablo es esclarecedora: “Todos formamos un solo cuerpo”.

En esta fiesta celebramos la bondad, se encuentre donde se encuentre. Es una fiesta de optimismo, porque, a pesar de los telediarios, hay mucho bien en el mundo si sabemos descubrirlo. Es cierto que mete más ruido uno tocando el tambor que mil callando. Por eso nos abruma el ruido que hace el mal y no nos queda espacio para descubrir el bien. Hoy es el día de la alegría. La Vida y el Bien triunfan sobre la muerte y el mal. La vida merece siempre la pena. Esta alegría de vivir tenemos que mantenerla a pesar de tanto sufrimiento y dolor como hay en nuestro mundo. A pesar de que muchos seres humanos consumen su existencia sin enterarse de lo que son y se conforman con vegetar.

Las bienaventuranzas nos descubren el verdadero rostro del “santo”. ¿Quién es dichoso? ¿Quién es bienaventurado? Felicitar a uno porque es pobre, porque llora, porque pasa hambre, porque es perseguido, sería un sarcasmo para el común de los mortales. Sobre todo si le engañamos con la promesa de que serán felices más allá. Haber reservado la palabra “bienaventurado” para los que han muerto, es una manipulación del evangelio inaceptable. Aquí abajo, el dichoso es el rico, el poderoso, el que puede consumir de todo sin dar un palo al agua. Esa escala de valores queda trastocada por el evangelio.

Las bienaventuranzas no se pueden entender racionalmente, ni se pueden explicar con argumentos. Cuando Pedro se puso a increpar a Jesús, porque no entendía su muerte, Jesús le contestó: “Tú piensas como los hombres, no como Dios”. Solo entrando en la dinámica de la trascendencia, podemos descubrir el sentido de las bienaventuranzas. Solo descubriendo lo que hay de Dios en mí, podré darme cuenta del verdadero valor. Para que una persona sea dichosa le tenemos que dar aquello que considera el valor supremo para ella. Tenga lo que tenga, si no lo percibe como valor absoluto, no le hará feliz.

Las bienaventuranzas no son un sí de Dios a la pobreza y al sufrimiento, sino un rotundo “no” de Dios a las situaciones de injusticia, asegurando a los pobres lo más grande que pudieran esperar, el amor que es Dios. En Él los pobres pueden esperar, tener confianza. No para un futuro lejano, sino ya, aquí y ahora. Puede ser bienaventurado el que llora, pero nunca el que hace llorar. Puede ser feliz el que pasa hambre, pero no el que tiene la culpa del hambre de los demás. Buscar la salvación en las seguridades terrenas es la mejor prueba de que no se ha descubierto el amor de Dios. Aún en las peores circunstancias imaginables, las posibilidades de ser, nadie puede quitártelas

En la celebración de este día, no tenemos que pensar en los “santos” canonizados, ni en los que desarrollaron virtudes heroicas, sino en todos los hombres que descubren la marca de lo divino en ellos, y ese descubrimiento les empuja a mayor humanidad. No se trata de celebrar los méritos de personas extraordinarias, sino de reconocer la presencia de Dios, que es el único Santo, en cada uno de nosotros. El merito será siempre de Dios. Muchas de esas personas, que se han ido y recordaremos mañana, son verdaderos santos.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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Trabajar por la paz.

Domingo, 1 de noviembre de 2020

bienaventuranzas-basilicaLa paz es para el mundo lo que la levadura para la masa (El Talmud).

Mt 5, 1-12. Dichosos los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios (v9)

Trabajar con todo cuanto existe en el universo:

Con cuantos Seres Vivos pueblan hoy nuestro menesteroso Planeta, que nos pide la limosna de no deteriorarlo más de lo que ya está.

Con el Medio Ambiente en general, no estropeándolo al arrojar cosas que perjudican su salud física.

Con el Aire, que nada pueda lesionar su bienestar.

Con el Agua que desciende de las nubes, las de las fuentes ríos y mares, para que no la contaminen.

Con los árboles del bosque, para que sus troncos poderosos y las hojas verdes de sus ramas crezcan normalmente.

Con todos los Seres que hoy poblamos este mundo, para que no nos vayamos antes del tiempo fijado por la Madre Naturaleza, que con tanto cariño nos contempla, lo que, como Jesús dijo en el Sermón de La Montaña, nos hará dichosos.

Dicho Sermón, es la Carta Magna del nuevo pueblo de Dios, que se ha de leer con el Monte Sinaí y Moisés de fondo como se recuerda en Éxodo 19.

Encabezan el discurso del Monte las Bienaventuranzas, que constituyen el nuevo programa del reinado de Dios: son enunciados de valor, no mandatos como el decálogo del Sinaí, una invitación a superarse constantemente; una denuncia de mezquindades; una oferta de misericordia de Dios y den del gozo incontenible que nos trae.

Las palabras de Jesús son, en primer lugar, un convite a vivir la pobreza, la aflicción, el desprendimiento el hambre y la sed de justicia como bienaventuranza, y así la pobreza material de espíritu se transforma en pobreza de corazón o apertura y confiada a la voluntad y providencia del Padre; la aflicción, en consuelo mesiánico, el único capaz de dar sentido al sufrimiento y a la muerte; el desprendimiento, en posesión de la herencia de la tierra, y el hambre y la sed de justicia, en la esperanza radical que traerá la Buena Noticia.

Estas cuatro primeras bienaventuranzas podrán dar la impresión de una fácil y falsa espiritualización de la dura realidad humana con la esperanza pasiva de una reivindicación de un reinado; pero no es así, a estas cuatro actitudes del corazón, siguen las otras cuatro bienaventuranzas del compromiso y del empeño por cambiar la realidad y hacer presente el reinado de Dios aquí y ahora: el compromiso de la misericordia y solidaridad; el empeño de una vida honrada y limpia; el trabajo por la paz y la reconciliación.

En estas bienaventuranzas, Jesús anuncia el comienzo que ya está sucediendo en la praxis de los pobres; y es en la práctica de los pobres donde despunta, aunque de lejos, la nueva creación donde se construye en torno a sus ejes básicos: la posesión compartida de la tierra, ausencia de males que hacen sufrir y llorar, práctica de la justicia y de la solidaridad.

De mi libro Yo amo el planeta

DESPERTAR DE LA NATURALEZA

Que los vientos -espíritus de vida-
soplen sobre las cuerdas de mi Oriente
y las hagan sonar hasta Occidente
con ámbito de Pascua florecida.

Sueño el suave siseo de la fuente
-ayer tan excitada y hoy dormida-
en cuyo centro vigilante anida,
el manso resurgir del Medioambiente.

Un despertar de la Naturaleza,
que, avivando el fuego de los sueños,
enciende de colores su corteza.

Tu enternecida piel entonces reza
y entona villancicos navideños
agradeciendo a Dios tanta riqueza

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Las Bienaventuranzas en el lugar imaginado del Reino de Dios.

Domingo, 1 de noviembre de 2020

sermon-monteDomingo 1 de noviembre 2020

Mt 5, 1-12

Si nos situamos en el imaginario cultural de los oyentes primarios de Jesús las bienaventuranzas no aparecerán como una proclamación de santidad sino de honorabilidad, porque el honor era el valor central en el mundo antiguo y, por lo tanto, lo que se está proclamando es que quien es reconocido en las situaciones que proclaman las bienaventuranzas ha adquirido la máxima reputación. Sin embargo, lo que proponen está lejos de ser considerado socialmente honorable tanto en aquella sociedad como en la nuestra.

Vistas así, las bienaventuranzas son contraculturales, y por tanto, desafían hoy como ayer nuestros modos de entender lo que encaja y lo que no en nuestros universos sociales y religiosos. Generalmente, traducimos el término griego makarios con que se inicia cada bienaventuranza como felices o bienaventurados, pero también podría traducirse por honorable para destacar la propuesta social que subyace en ellas y la carga subversiva que poseen[1]. Desde este enfoque desarrollaremos el comentario.

Reimaginar el lugar comunitario y social.  

Las bienaventuranzas no describen un estado ideal ni una enumeración de regalos recibidos por perseverar en el sufrimiento, sino que presentan un horizonte alternativo. El sermón del monte invita a imaginar un mundo alternativo en el que la opresión ceda ante la misericordia, las relaciones sean justas y equitativas y todas y todos puedan acceder a los recursos disponibles. No es cuestión de alcanzar alturas espirituales sino de entregar la vida para hacer posible un mundo diferente, un mundo acorde con el sueño del Reino de Dios.

Jesús al proclamar las bienaventuranzas nos está invitando a reimaginar los lugares que habitamos. Nos está llamando a pensar y vivir desde otros valores, con otras prácticas que, sin duda, no nos situarán en los centros de poder sino en los márgenes porque no armonizan con lo que la mayoría piensa. Al escucharlas con atención encontramos condiciones y conductas que Dios valora o encuentra honorables y que, por tanto, quien quiera formar parte de la comunidad del Reino tiene no solo que valorar y estimar sino convertirlas en señas de identidad.

Las bienaventuranzas nos sitúan en un espacio alternativo desde el que tener una nueva perspectiva de la realidad y de Dios. Este nuevo espacio es lo que Jesús llamó Reino de Dios y las bienaventuranzas son centrales para imaginar ese lugar. Pero decir que el Reino de Dios es un lugar imaginado no significa que sea inventado, sino que cuando nos situamos ante él, desde la perspectiva de la Buena Noticia que Jesús proclama, podemos abrirnos tanto a nuevas perspectivas de vida y de fe como a cambios personales o colectivos que generen transformación crítica y creativa en nuestro entorno[2].

Honorables son l@s pobres de espíritu. Teniendo en cuenta el mensaje y la praxis de Jesús, es claro que Dios no hace honorable la pobreza, sino a los pobres. El honor generalmente otorgado a los ricos y poderosos es ahora entregado a quienes viven en duras condiciones sociales y económicas, sin los recursos necesarios, explotados/as y despreciados/as por los poderosos. Estas personas, indefensas frente al opresor/a, sufren su maldad y eso les hace perder la esperanza, la dignidad y la autoestima. y a su pobreza material se añade su dolor profundo en el alma, por eso, pueden ser llamadas pobres de espíritu.

Dios hace honorable su vida por la acción sanadora y salvadora de Jesús. Con ella Jesús puede devolverles la esperanza, liberarlos/as, acogerlos/as, compartir con ellos/as e invitarlos/as a formar parte de la comunidad del Reino, una comunidad que está llamada a ser primicia de un cambio mayor, el de hacer posible un mundo diferente. Eso no ocurrirá por acto milagroso sino por el empeño sostenido y paciente de quienes creen en un nuevo cielo y una nueva tierra donde habite la justicia.

Honorables son quienes lloran. Las lágrimas pueden parecer signos de debilidad, de fracaso o tristeza, pero también pueden expresar indignación y lamento. Quienes lloran porque son abusados, ninguneados o negados en su dolor sienten rabia, se lamentan, pero solo su llanto parece tener voz.  Raquel la matriarca de Israel es símbolo de ese llanto desesperado de la víctima, pero también receptora del consuelo prometido y de un futuro lleno de esperanza (Jr 31, 1-22).  En ella se hace memoria subversiva de un consuelo que no solo enjuga las lágrimas, sino que transforma la vida, atraviesa las fronteras de la existencia y devuelve a la vida[3]

Honorables son quienes no buscan venganza. Sentir en propia carne el peso de la injusticia, sentirnos dolidas/os por las conductas de otros/as, sabernos perdedoras/os en juegos tramposos, puede tentarnos a buscar venganza. Pero si queremos formar parte de la familia alternativa del Reino tenemos que incorporar otro modo de respuesta. No es fácil, pero Jesús lo hizo primero. Quien no busca venganza heredará la tierra porque perdonar, comprender y confiar es un estilo de vida que nos hace herederas/os del mundo soñado por Dios.

Honorables quienes tienen hambre y sed de justicia. Con frecuencia nos duele la injusticia, nos da rabia el abuso y el maltrato, pero muchas veces nos contentamos con indignarnos sin tomar decisiones que ayuden al cambio. Tener hambre y sed de justicia es luchar porque exista una relación justa entre las personas y los bienes. Tener hambre y sed de justicia es elegir la palabra y no el silencio cómplice. Tener hambre y sed de justicia es no claudicar hasta que la bondad y la verdad se encuentren.

Honorables quienes son misericordios@s. La misericordia caracteriza el reino de Dios. Las curaciones de Jesús y sus exorcismos muestran misericordia, como también sus comidas. La misericordia está en el ADN de quienes siguen a Jesús.  Amar sin esperar nada a cambio, perdonar a los/as enemigos/as, estar del lado de quienes no cuentan es construir la casa de Dios.

Honorables quienes son limpi@s de corazón. Quienes no engañan, quienes son honestas/os, e íntegras/os, pueden entender que es dejarse sostener por Dios. Ellos y ellas viven desde el corazón y desde ahí pueden habitar una espiritualidad autentica y audaz que vivifique sus vidas y las de los que están próximos a ellos y ellas.

Honorables quienes trabajan por la paz. En un mundo crispado, endurecido y violento necesitamos paz y pacificadoras/os que puedan imaginar espacios habitables, que construyan puentes y destruyan fronteras. Cada gesto de paz hace germinar esperanza y fraternidad/sororidad. Cada gesto de paz nos hace hermanos y hermanas, cada gesto de paz nos hace hijos e hijas de Dios.

Honorables quienes son perseguid@s por causa de la justicia. Este modo de vivir que proclaman las bienaventuranzas cuestiona el mundo en que vivimos, quien apuesta por el lugar imaginado del Reino será incomodo@, e incluso perseguido. Quien quiera vivir así, no será considerado/a honorable para los criterios de nuestra sociedad individualista y egoísta porque de la misma manera persiguieron a los profetas, pero tendrán la suerte de ayudar a cambiar el mundo al estilo de Dios.

Carme Soto Varela

[1] Jerome H. Neyrey, Honor y vergüenza. Lectura cultural del evangelio de Mateo, Sígueme (Salamanca), 2005.

[2] Halvor Moxnes, Poner a Jesús en su lugar. Una visión radical del grupo familiar y el Reino de Dios, Verbo Divino (Estella) 2005.

[3] Lola Arrieta-Elisa Estévez, Acompañar en las periferias existenciales, Narcea (Madrid), 2020.

Fuente Fe Adulta

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Un mundo al revés

Domingo, 1 de noviembre de 2020

Nino-y-solFiesta de Todos los Santos

1 noviembre 2020

Mt 5, 1-12a

Una existencia egocentrada gira en torno a los intereses del propio yo, por encima de cualquier otra referencia. Se caracteriza por el narcisismo y la apropiación –el yo no puede existir sin decir “mío”– y persigue el tener, el poder, el aparentar o, simplemente, su propio bienestar.

 Tal programa de vida puede explicarse e incluso comprenderse a partir de factores psicológicos –carencias y vacíos afectivos– y socioculturales –“valores” dominantes en un ambiente determinado–, que tienden a encerrar a la persona en determinados mecanismos de defensa y, en último término, a mantenerla en la ignorancia básica acerca de su verdadera identidad.

  La espiritualidad es un camino de comprensión –de liberación de aquella ignorancia radical– y, por eso mismo, de desegocentración. Una existencia lograda, adulta y plena, libre y feliz es una existencia desegocentrada, amorosa y servicial. La persona feliz es buena.

   Las llamadas “Bienaventuranzas”, sin duda una de las páginas más sublimes y provocativas de la literatura espiritual, constituyen un “programa de vida” que señala el camino de la desegocentración y, en ese sentido, pone del revés los valores que, en gran medida, gobiernan todavía el mundo de los humanos.

   Ahora bien, tal programa no se halla al alcance del yo. De hecho, lo que pretende es transcenderlo, pero no desde un imperativo moral, sino desde la comprensión que posibilita pasar de una consciencia de separación (egoica o egocentrada) a una consciencia de unidad (transpersonal, desegocentrada, fraternal y planetaria), permitiendo así salir de la ignorancia y vivir en la verdad de lo que realmente somos.

  No se llama “dichoso” a algún yo que hubiera conseguido las metas propuestas, sino justamente a quien ha dejado de identificarse con él. La ignorancia nos mantiene en la identificación con el yo; la comprensión nos muestra nuestra verdadera identidad.

  Las Bienaventuranzas no son, por tanto, un mensaje de felicidad para el yo. En realidad, el yo no puede ser feliz, porque su existencia –como la de todas las formas– se halla sometida a la ley de la impermanencia y a merced de sucesos que no puede controlar. Donde hay impermanencia, afirma un axioma básico del budismo, hay sufrimiento. Por eso tiene razón José Díez Faixat cuando afirma que “nadie es feliz; lo difícil es ser nadie”.

    Es difícil porque estamos literalmente hipnotizados, tan identificados con el yo que nos resulta imposible entendernos a nosotros mismos sin ser “alguien”. Hemos ligado nuestra suerte y nuestra felicidad al carrusel del yo, con todos sus inevitables altibajos, olvidando que lo que realmente somos se halla siempre a salvo.

   Pues bien, utilizando este lenguaje, la bienaventuranza que proclama “felices los pobres” está diciendo “felices quienes han comprendido que son nadie”, es decir, quienes no se identifican con su yo, porque han descubierto que, en su verdadera identidad, son vida.

   ¿Qué significa todo esto en la vida cotidiana? Que se abren ante mí dos caminos posibles. Puedo vivir en función del yo –instalado en la ignorancia–, dando así lugar a una existencia egocentrada que gira en torno a sus propios intereses. El resultado es el egocentrismo, la agresividad y la decepción cuando se frustran las expectativas y el sufrimiento debido a la no aceptación de la impermanencia.

    O puedo reconocerme como vida –desde la que acojo e integro el yo– y, desde esa consciencia de unidad, me dejo ser cauce para que la vida fluya, buscando el bien de todos los seres.

  El paso de la ignorancia a la comprensión –de identificarme ansiosamente con el yo a comprender que, bien mirado, soy “nadie”– modifica de manera radical el criterio que guía mi existencia: dejo de juzgarla de manera exclusiva en función de mis propios intereses –sintiéndome “feliz” o abatido, según las circunstancias respondan a ellos o los frustren– para empezar a mirarla desde mi (nuestra) verdadera identidad y desde el amor a los demás que brota de esa comprensión.

   Y es aquí, en la práctica cotidiana, donde se verifica la verdad profunda de la bienaventuranza: si vivo para el yo, terminaré frustrado y vacío; solo cuando vivo desde la verdad de lo que somos –y el amor que nace de ahí– seré feliz aun en medio de circunstancias adversas. Porque la felicidad no estará puesta en lo que pueda sucederle al yo, sino en la certeza de que, en medio de todo lo que suceda, nuestra verdadera identidad se halla siempre a salvo.

¿Qué busco en el día a día? ¿Únicamente mi propio bienestar, por encima de todo, o el bien de las personas?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Hoy la gran tribulación se llama pandemia

Domingo, 1 de noviembre de 2020

TodosLosSantos_201015Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Todos los Santos y Todos los difuntos.

         Celebramos estos días (1 y 2 de noviembre) la fiesta de Todos los Santos y de Todos los difuntos. Como buenos cristianos podemos pensar que todos vivimos y morimos en la misericordia de Dios. Por tanto podemos también pensar que estos dos días: los Santos y los difuntos, son la misma fiesta.

apocalíptica

         La primera lectura de hoy está tomada del libro del Apocalipsis, (que significa revelación).

La apocalíptica La apocalíptica es un género literario, es un modo, un estilo de pensar y escribir que los autores de la Biblia utilizan con frecuencia.

         Cuando un creyente judío quería expresar su fe en algo extraordinario, que había ocurrido o que va a ocurrir, pero que escapa a nuestra historia y por tanto no lo puede palpar, entonces recurre a este estilo apocalíptico, algo tremendista, catastrófico, pero en todo caso metafórico y lleno de símbolos. La apocalíptica es un lenguaje que describe, pero no define.

A la muerte de Jesús: los cielos se oscurecieron, se hizo de noche, los sepulcros se abrieron, etc. Eso es apocalíptica. Nunca ocurrieron tales hechos, pero sirven para subrayar el hecho trágico de la muerte de Jesús.

         La apocalíptica es un lenguaje que remite a realidades que únicamente podemos expresar con imágenes, metáforas, símbolos.

         De ahí que, la apocalíptica emplee expresiones muy vivas y, a veces, algo extrañas: números (¿144.000 sellados? ¿666 es el antiCristo?, etc.) Emplea igualmente símbolos de animales: la bestia, la serpiente; también cataclismos, fuego, etc.

         La apocalíptica cree que la solución y la salida (salvación) de la humanidad y de la historia no está tanto en el esfuerzo humano, aún ayudado por Dios, sino que la salvación está en una acción directa de Dios que intervendrá en la historia para concluirla. Nos puede extrañar, pero piensa así.

         Por eso, la apocalíptica (y otros muchos textos bíblicos) no se pueden leer al pie de la letra. Lo que cuenta no es lo que dicen, sino lo que quieren decir tales textos.

         El Apocalipsis es un libro de fe, no de historia ni de ciencia.

  1. ¿A qué viene todo esto?

         La humanidad está -estamos- atravesando una situación de pandemia, podríamos decir que apocalíptica. Millones de infectados, miles de muertos y una situación sociológica de angustia, incertidumbre en el presente y ante el futuro.

         ¿Quiénes son y de dónde vienen? Estos son los que vienen de la gran tribulación de los mil problemas de la vida y, en estos momentos, de la pandemia.

         Hoy la muchedumbre inmensa que nadie puede contar es la humanidad bajo la amenaza de la enfermedad.

         Probablemente somos las primeras generaciones que transmitimos a los más jóvenes, lo que nosotros no recibimos, porque nuestros mayores no tenían: tecnología, informática, consumismo, etc., pero, al mismo tiempo no somos capaces de transmitir lo que sí nos dieron nuestros mayores: la fe, el sentido de la vida, la esperanza, el horizonte… (Y lo que nos entregaron, hace al ser humano feliz, bienaventurado, mientras que lo que hoy transmitimos, no tanto)

         Los políticos, las medidas sanitarias de la ciencia, la Universidad, la misma Jerarquía eclesiástica se quedan muy de tejas abajo ante esta situacion apocalíptica. Todo y solo se toman medidas sanitarias, por otra parte muy necesarias y quiera Dios que los científicos vayan encontrando soluciones. Pero

La cuestión no se reduce a si los bares han de cerrar a las 9 o a las 12, o si se puede salir de la propia autonomía, o si nos podemos juntas 6 ó 16.

Nadie enseña sensatamente al pueblo que hemos sido lavados, purificados por la redención de JesuCristo. Transmitamos con sensatez que somos hijos de Dios, (2ª lectura). No somos capaces de pronunciar y vivir con confianza lo que dice el salmo 56,2: me refugio a la sombra de tus alas mientras pasa la calamidad.

         Es más llevadera la vida y la pandemia, la calamidad a la sombra del Señor.

  1. Ser bienaventurados.

         Las bienaventuranzas son como una llamada a vivir en la paz del Señor

         No es lo mismo placer que felicidad. Se puede tener placer y no ser lo más mínimo feliz. Y se puede vivir situaciones no placenteras y ser serenamente feliz, bienaventurado.

         En la vida nos sobrevendrán enfermedades, injusticias, valles oscuros. Sepamos vivir en paz y bienaventuranza.

         El ser humano es una sed infinita, una esperanza de plenitud, pero la plenitud no está en nuestras manos. Sin embargo la sed nos habla del agua, el hambre de algún alimento. ¿La esperanza infinita no nos estará hablando de Dios?

Nuestro corazón está inquieto y solamente descansará cuando te encuentre, decía san Agustín.

Es de gran ayuda interior en plena pandemia vivir como dice el salmo:

Me refugio a la sombra de tus alas mientras pasa la calamidad. (Salmo 56,2)

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“No olvidar lo esencial”. 30 Tiempo ordinario – A (Mateo 22,34-40)

Domingo, 25 de octubre de 2020

201110211226393d6463No era fácil para los contemporáneos de Jesús tener una visión clara de lo que constituía el núcleo de su religión. La gente sencilla se sentía perdida. Los escribas hablaban de seiscientos trece mandamientos contenidos en la ley. ¿Cómo orientarse en una red tan complicada de preceptos y prohibiciones? En algún momento, el planteamiento llegó hasta Jesús: ¿qué es lo más importante y decisivo? ¿Cuál es el mandamiento principal, el que puede dar sentido a los demás?

Jesús no se lo pensó dos veces y respondió recordando unas palabras que todos los judíos varones repetían diariamente al comienzo y al final del día: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Él mismo había pronunciado aquella mañana estas palabras. A él le ayudaban a vivir centrado en Dios. Esto era lo primero para él.

Enseguida añadió algo que nadie le había preguntado: «El segundo mandato es: amarás a tu prójimo como a ti mismo». Nada hay más importante que estos dos mandamientos. Para Jesús son inseparables. No se puede amar a Dios y desentenderse del vecino.

A nosotros se nos ocurren muchas preguntas. ¿Qué es amar a Dios? ¿Cómo se puede amar a alguien a quien no es posible siquiera ver? Al hablar del amor a Dios, los hebreos no pensaban en los sentimientos que pueden nacer en nuestro corazón. La fe en Dios no consiste en un «estado de ánimo». Amar a Dios es sencillamente centrar la vida en él para vivirlo todo desde su voluntad.

Por eso añade Jesús el segundo mandamiento. No es posible amar a Dios y vivir olvidado de gente que sufre y a la que Dios ama tanto. No hay un «espacio sagrado» en el que podamos «entendernos» a solas con Dios, de espaldas a los demás. Un amor a Dios que olvida a sus hijos e hijas es una gran mentira.

La religión cristiana les resulta hoy a no pocos complicada y difícil de entender. Probablemente necesitamos en la Iglesia un proceso de concentración en lo esencial para desprendernos de añadidos secundarios y quedarnos con lo importante: amar a Dios con todas mis fuerzas y querer a los demás como me quiero a mí mismo.

José Antonio Pagola

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Creer

Jueves, 9 de julio de 2020

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Es uno de los principales capítulos de la doctrina católica, contenido en la Palabra de Dios y enseñado constantemente por los Padres, que el hombre, al creer, debe responder voluntariamente a Dios y que, por tanto, nadie puede ser forzado a abrazar la fe contra su voluntad. Porque el acto de fe es voluntario por su propia naturaleza, ya que el hombre, redimido por Cristo Salvador y llamado en Jesucristo a la filiación adoptiva, no puede adherirse a Dios, que a ellos se revela, a menos que, atraído por el Padre, rinda a Dios el obsequio racional y libre de la fe.

Está, por consiguiente, en total acuerdo con la índole de la fe el excluir cualquier género de imposición por parte de los hombres en materia religiosa. Por consiguiente, un régimen de libertad religiosa contribuye no poco a favorecer ese estado de cosas en el que los hombres puedan ser invitados fácilmente a la fe cristiana, a abrazarla por su propia determinación y a profesarla activamente en toda la ordenación de la vida.

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Concilio Vaticano II,
Dignitatis humanae, 10.

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Gabriel Mª Otalora: El drama de nuestra fe.

Jueves, 25 de junio de 2020

manos-dios-y-adc3a1nDe su blog Punto de Encuentro:

Para Ermes Ronchi, este drama es que el Dios de la religión (cristiana) se ha desligado del Dios de la vida. O dicho de otra manera, la imagen extendida de Jesús es la de la frecuentación del templo, y no la de frecuentar los caminos de la vida; si Dios sigue seduciendo es porque habla entre nosotros el lenguaje de la alegría. Al fin y al cabo, su mensaje fue el de una Buena Noticia.

Es preciso repetirnos esta pregunta: ¿En qué Dios creemos? ¿A qué Dios seguimos? Las normas de la institución eclesial se han ido imponiendo a la verdadera norma evangélica consistente en una relación madura con Dios y con el prójimo a través del amor. Y este deslizamiento de lo esencial, se ha hecho fuerte con el tiempo en los ritos hasta convertirse el envoltorio en la norma fundamental a seguir, tantas veces presentada en tono amenazante.

El drama de nuestra fe es que no reflexionamos lo suficiente sobre el paralelismo evidente entre lo le ocurrió a Jesús y lo que ocurre ahora mismo con sus seguidores. Le mataron los defensores de la legalidad que prevalecía a toda costa por encima del mensaje que atesora. Aquello fue muy parecido a lo que podemos constatar en todo tiempo sobre la tentación de deslindar la religión formalista, cuyo fin está en sí misma, de la vida en la que Dios se manifiesta; es en lo cotidiano donde Dios salva.

La sanación es una constante del evangelio. Dios es amor y no cambia ni desfallece en su relación amorosa con cada persona, digna de amor por serlo. Y a partir de aquí es posible aprender a vivir desde la experiencia de que Dios salva y sana. Y solo es posible vivirlo así cuando nos abrirnos a su amor. Esta es la puerta para acertar, con su gracia, en la actitud con nosotros y con los que nos rodean.

“Creer qué” o “creer en”, esa es la cuestión. Nuestra fe no es un saco de normas sino una experiencia de amor que nos lleva a la plenitud. A Jesús lo matamos cada vez que anteponemos las seguridades del cumplimiento ritualista al difícil camino -pero liberador- de la práctica de la compasión y la misericordia.

Jesús no rehuyó el cumplimiento de las normas establecidas excepto cuando se utilizaron como coartada para tergiversar la verdadera voluntad de Dios. Jesús fue asesinado porque comenzó a tener éxito en su cuestionamiento de una religión que predicaba lo que no se cumplía hasta el punto de que los fieles vivían convencidos de que el verdadero Dios era alguien temible, justiciero e inmisericorde, más cercano a condenar que a salvar. En realidad, esta sigue siendo una imagen muy alimentada de Dios a semejanza de quienes la defienden y utilizan sus normas como fin en sí mismas, fuente inagotable de poder y seguridad.

Sorprendentemente, los excluidos de su tiempo le escucharon y le siguieron mientras que los entendidos en las leyes de Dios, los pastores que guiaban al pueblo elegido, se convirtieron en sus acérrimos enemigos. Y este sigue siendo el drama de nuestra fe.

Las tensiones de poder en el Vaticano y en todo lo que rodea la cúpula que dirige la Iglesia, está marcada por los mismos pecados que mostraron las autoridades que convivieron con Jesús, al que convirtieron en un excluido porque su actitud de amor con todos les obligaba a ver las escrituras desde otro ángulo y a cambiar el centro de su religión: vieron como peligraba su posición de poder social y personal y prefirieron defenderla con calumnias involucrando a Pilatos para que le matara como a los peores delincuentes. Lo mismo que está pasando ahora con los mártires de los derechos humanos, pasto de la indiferencia o vistos como peligrosos desestabilizadores sociales, tal y como le ocurrió a Jesús.

Las víctimas, los pobres y los menos favorecidos en tantas cosas son lugares teológicos para un cristiano. Puede ser una opción política, pero también es por derecho propio verdadera religión cristiana cuando se actúa por amor: iluminar más que brillar, que el brillo acontece por añadidura.

Hoy como nunca, las religiones están cuestionadas, incluso la católica, porque muchos buscan a Dios y no encuentran en ellas lo que su corazón anhela. Y demasiadas veces la causa en la inconsecuencia que escandaliza hasta poner en cuestión la verdadera Buena Noticia. Mientras no haya una conversión radical intramuros, Francisco y los que sienten el Evangelio como él, seguirán siendo vistos como un peligro para la religión en lugar de cómo unos profetas que iluminan lo que Dios quiere. Entre tanto, los templos vacíos son el signo palmario de tanta inconsecuencia.

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Decir sí…

Miércoles, 11 de marzo de 2020

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Creer y escuchar la Palabra de Dios es la misma e idéntica cosa. Creer es la capacidad de percibir, más allá de nuestra propia «verdad», humano-mundana y personal, la verdad absoluta del Dios que se revela y se ofrece a nosotros, y dejarla y hacerla valer como la verdad más grande, como la verdad que decide también sobre nosotros. Quien cree, quien se considera creyente, dice que está en condiciones de oír la Palabra de Dios.

Y quien quiere creer sin contradicciones internas, o sea, el que afirma incluso interiormente lo que cree y quiere poseer en su verdad, el que, en suma, también ama y espera, no necesita reflexionar demasiado para comprender que una fe sin amor está «muerta», es un despojo de su interna vitalidad, porque ha sido como robada de sí misma. Un hombre que cree en serio que Dios es amor y que se ha sacrificado por nosotros en una cruz, y que lo ha hecho porque nos ama y nos ha elegido desde la eternidad y destinado a una eternidad feliz, ¿cómo podrá considerar este mensaje, esta palabra que viene de Dios como justa y válida, y, al mismo tiempo, querer que sea inválida con la misma seriedad, es decir, con sus acciones, al menos para él, al menos en este momento o mientras esté determinado a pecar?

Dispone de esta posibilidad incomprensible e «imposible», pero la tiene como la posibilidad de contradecir cuanto él mismo ha puesto y afirmado, y por eso es alguien que se contradice a sí mismo, se elimina a sí mismo y se prende fuego. Quien de algún modo dice sí a la fe, aunque sólo sea del modo vago de quien reconoce en el fondo a la verdad de Dios (o bien de un absoluto, divino, universal) un dominio sobre su verdad personal, ése dice «» a esta verdad, la ama y espera en ella; es un oyente de la Palabra, no importa que sea de manera abierta o escondida.

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H. U. von Balthasar,
Nella preghiera di Dio,
Milán 1997, p. 24

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“Creer o no creer en Dios “, por José Arregi

Miércoles, 11 de marzo de 2020

67199921_10206095531784522_8782788287266816000_nLeído en su blog:

Hoy y aquí, ¿podemos todavía creer en Dios? Preferirás sin duda que formule la pregunta en primera persona, y que te diga, con todos los riesgos, si hoy todavía yo creo en Dios. Pues sí y no. Todo depende de lo que entiendas por creer y por Dios. Y no es por eludir la cuestión. No la eludiré.

            No inventamos las palabras con las que nos entendemos, y es aventurado atribuirles un sentido diferente al que tienen para el común de la gente. Por ejemplo: “creer” y “Dios”, ¡qué palabras! Pero las palabras tienen vida y, por lo tanto, historia: nacen, crecen, cambian; se estrecha o se dilata su sentido. No podemos repetirlas, como si siempre significaran lo mismo o como si no apuntaran mucho más allá de lo que significan, al Infinito Indecible. ¿Qué digo, pues, cuando digo “creer en Dios”?

Por creer no entiendo tener algo por cierto, verosímil o probable, sin prueba científica. Asimismo, cuando digo “creer” en Dios”, no me refiero a tener por cierto o probable que Dios existe, sea cual fuere el significado que se le dé. Vayamos al origen, al fondo de la palabra. Creer viene del latín credere, pero éste a su vez se compone de una doble raíz indoeuropea: kerd (corazón, cordial, acuerdo, coraje…) y dheh (poner, dejar, donar, entregar…). ¿Dónde pongo el corazón, es decir, el centro o el fondo verdadero de mi ser? ¿A dónde me lleva mi ser? ¿Qué me llena vaciándome del todo? He ahí la cuestión.

“Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón”, dijo Jesús. Tu tesoro, tu perla preciosa, la belleza que te arrebata de la superficie y te sumerge en tu Fondo y te alza a tu altura, el Misterio, el Amor creador y liberador, el “Reino de Dios” oculto y presente, presente y activo en todo: en la flor de San José, en el zorzal que canta, en la sonrisa de un bebé, en las lágrimas de un desahuciado, en el drama de un refugiado, en la acción de un profeta. Esa Presencia te llama. Entrégale tu corazón, tu ser verdadero, libre de miedos, ambiciones y rencores, hecho de compasión activa y feliz. “Misericordia quiero, no sacrificios”, dijo también Jesús. Misericordia feliz, no templos ni dogmas ni instituciones religiosas. Misericordia feliz presente en el corazón de todo lo real: he ahí el tesoro que vale por todo y al que podemos entregar el corazón del todo. Eso es Dios.

La palabra “Dios”, derivada de la raíz indoeuropea deiv (luz, resplandor), es, sin embargo, la más equívoca y oscura de todas. Su historia es tan compleja y contradictoria como la historia humana, como el corazón humano, o como su cerebro. Comprendo muy bien que tanta gente diga no creer en Dios tal como lo ha entendido y entiende todavía la inmensa mayoría: un Señor omnipotente, bueno y justo, anterior y superior al universo, creador y regidor del cosmos que somos. Un Ente Supremo, distinto de todos los entes del mundo, de modo que Dios y mundo serían dos, Dios y yo seríamos dos. Esa imagen de Dios fue creada hace 5000 años allá por Irak, con sus templos y su numeroso clero, y ha servido para explicar la existencia del mundo y para mantener el orden, para promover la bondad y evitar el daño mutuo. “Dios”, tal como la mayoría lo entiende, nació hace 5000 años en una tierra floreciente, hoy desgarrada por los peores intereses de los más poderosos.

Ese Dios que apareció en un tiempo hoy está desapareciendo, algún día, no demasiado lejano, desaparecerá del todo o sobrevivirá en los museos, simplemente porque ya no sirve. Ya no explica el Big Bang: y a quien sostenga, no sin alguna razón, que todo necesita una causa para ser, cualquiera podrá responderle que ello no justifica que recurramos a una Causa Primera extramundana y eterna para explicar el comienzo del mundo temporal, que un Dios Causa explicativa no deja de ser un constructo lógico humano, y que tan lógico o más que pensar en un Dios autosuficiente y eterno es pensar en un universo o multiverso autosuficiente y eterno (sea como fuere, cualquier niño le podrá preguntar con razón “¿y a Dios quién lo creo?”, y no podrá responderle sino con evasivas).

Por lo demás, salta a la vista que no hay ni más orden y bondad ni menos mentira e injusticia entre quienes mantienen la creencia en la existencia de Dios que entre quienes la han abandonado, y si ha habido más creyentes buenos que no creyentes buenos, es simplemente porque los “creyentes en Dios” han sido hasta hoy muchísimo más numerosos que los “no creyentes”. Simplemente por eso, de ningún modo porque la creencia en la existencia de un Dios haga a nadie mejor que quien no cree en ese Dios. Basta mirar al pasado y al presente. Y basta leer, por ejemplo, a Confucio, a Mencio y Lao-Zi, o la parábola del Buen Samaritano, en la que un samaritano, considerado en aquel tiempo por los judíos piadosos como hereje o ateo es presentado por Jesús –¡qué provocación para los creyentes presuntuosos de entonces y de hoy!– como modelo de persona buena, de quien mira al herido, se compadece, se acerca, derrama aceite y vino sobre las heridas y cuida de él. Se vuelve ángel bueno.

También yo dejé de tener por cierta o probable la existencia de un Dios Ente Supremo. Pero eso no cambia nada esencial en lo que entiendo en el fondo por “creer” y por “Dios”, pues quiero (sigo queriendo) poner mi corazón en el Tesoro, el Vacío, la Plenitud, la Nada, el Todo, el Ser o el Corazón indiviso de todos los seres, que se esconde y se revela y ES en todo. En Dios, el Misterio oscuro y sensible como una entraña materna que engendra y da a luz todas las formas. La Llama de la Consciencia universal de la que todos los seres son chispas, chispitas del mismo Fuego sin forma. El amor de todos los amantes y de quienes no llegamos a amar como el corazón quisiera. La Amante de todos los abandonados.

Entregar el corazón, confiar en la Realidad, hacerse samaritano compasivo de toda criatura doliente, y ser lo que SOMOS eternamente: eso es creer en Dios, independientemente de las creencias. Y es como crearlo en todo, y recrear el mundo.

Espiritualidad ,

“Creer en el Cielo”. Todos los Santos” – B (Mateo 5,1-12).

Viernes, 1 de noviembre de 2019

31-852867En esta fiesta cristiana de «Todos los Santos», quiero decir cómo entiendo y trato de vivir algunos rasgos de mi fe en la vida eterna. Quienes conocen y siguen a Jesucristo me entenderán.

Creer en el cielo es para mí resistirme a aceptar que la vida de todos y de cada uno de nosotros es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándome en Jesús, intuyo, presiento, deseo y creo que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el deseo de vida, de justicia y de paz que se encierra en la creación y en el corazón da la humanidad.

Creer en el cielo es para mí rebelarme con todas mis fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo han conocido en esta vida miseria, hambre, humillación y sufrimientos, quede enterrada para siempre en el olvido. Confiando en Jesús, creo en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podré ver a los que vienen en las pateras llegar a su verdadera patria.

Creer en el cielo es para mí acercarme con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, minusválidos físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión y la angustia, cansadas de vivir y de luchar. Siguiendo a Jesús, creo que un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: Entra para siempre en el gozo de tu Señor.

No me resigno a que Dios sea para siempre un «Dios oculto», del que no podamos conocer jamás su mirada, su ternura y sus abrazos. No me puedo hacer a la idea de no encontrarme nunca con Jesús. No me resigno a que tantos esfuerzos por un mundo más humano y dichoso se pierdan en el vacío. Quiero que un día los últimos sean los primeros y que las prostitutas nos precedan. Quiero conocer a los verdaderos santos de todas las religiones y todos los ateísmos, los que vivieron amando en el anonimato y sin esperar nada.

Un día podremos escuchar estas increíbles palabras que el Apocalipsis pone en boca de Dios: «Al que tenga sed, yo le daré a beber gratis de la fuente de la vida». ¡Gratis! Sin merecerlo. Así saciará Dios la sed de vida que hay en nosotros.

José Antonio Pagola

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“Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.”. Viernes 01 de Noviembre de 2019. Todos los Santos

Viernes, 1 de noviembre de 2019

58-TodoslossantosALeído en Koinonia:

Os animamos también a leer la Homilía de Monseñor Romero sobre los textos litúrgicos de hoy

Apocalipsis 7,2-4.9-14: Apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua.
Salmo responsorial: 23: Éste es el grupo que viene a tu presencia, Señor.
1Juan 3,1-3:Veremos a Dios tal cual es.
Mateo 5,1-12a: Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

Se celebra hoy la Solemnidad de Todos los Santos. Qué bueno sería que los «santos» en ella celebrados no se redujeran sólo a los del “mundo católico”, los santos de nuestro pequeño mundo, de la Iglesia Católica, sino a «todos los santos del mundo», a los santos de un mundo verdaderamente «cat–hólico» (etimológicamente, según el todo, referido al todo), o sea, «universal». ¿No queremos celebrar en este día a todos los santos que están ya ante Dios? ¿Pues cómo vamos a limitarnos a pensar en «catálogo romano de los santos», de los «canonizados» por la Iglesia católica romana, según esa práctica llevada a cabo sólo desde el siglo XI, de «inscribir» oficialmente a los santos particulares de nuestra Iglesia, en ese libro? ¿Será que quienes figuran oficialmente inscritos durante 9 siglos en esta sola Iglesia son «todos los santos»… o tal vez serán sólo una insignificante minoría entre todos ellos?

Es decir: pocas fiestas como ésta requieren ser «universalizadas» para hacer honor a su nombre: la festividad de «todos los santos». Por tanto, hay que hacer un esfuerzo por entenderla con una real universalidad. Ésta es una fiesta «ecuménica»: agrupa a todos los santos. Es más que ecuménica, porque no contempla sólo a los santos cristianos, sino a «todos», todos los que fueron santos a los ojos de Dios. Ello quiere decir, obviamente, que también incluye a los «santos no cristianos»… a los santos de otras religiones (debería ser una fiesta inter-religiosa), e incluso a los santos sin pertenencia a ninguna religión, los «santos paganos» (Danielou tituló así un libro suyo), los santos anónimos (éstos deben ser verdadera legión), incluso los «santos ateos», a los que el pasaje de Mt 25,31ss pone en evidencia («cada vez que lo hicieron con alguno de mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron»).

Una fiesta, pues, que podría hacernos reflexionar sobre dos aspectos: sobre la santidad misma (¿qué es, en qué consiste, qué «confesionalidad» tiene…?), y sobre el «Dios de todos los santos». Porque muchas personas todavía piensan -sin querer, desde luego- en «un Dios muy católico». Para algunos Dios sería incluso «católico, apostólico… y romano». O sea, «nuestro». O «un Dios como nosotros», de hecho. Pudiera ser que, también… un poco… hecho «a imagen y semejanza» nuestra.

La actitud universalista, la amplitud del corazón y de la mente hacia la universalidad, a la acogida de todos sin etiquetas particularistas, siempre nos cuestiona la imagen de Dios. Dios no puede ser sólo nuestro Dios, el nuestro, el que piensa como nosotros e intervendría en la historia siempre según nuestras categorías y de acuerdo con nuestros intereses… Dios, si es verdaderamente Dios, ha de ser el Dios de todos los santos, el Dios de todos los nombres, el Dios de todas las utopías, el Dios de todas las religiones (incluida la religión de los que con sinceridad y sabiendo lo que hacen optan con buena conciencia por dejar a un lado “las religiones”, aunque no «la religión verdadera» de la que por ejemplo habla Santiago en su carta, 1,27). Dios es «católico» pero en el sentido original de la palabra. Está más allá de toda religión concreta. Está «con todo el que ama y practica la justicia, sea de la religión que sea», como dijo Pedro en casa de Cornelio (Hch 10).

Hoy nos parece todo esto tan natural, pero hace apenas 50 años que estamos pensando de esta manera -los años que hace que se celebró el Concilio Vaticano II-. En las vísperas de aquel Concilio, el famoso teólogo dominico Garrigou-Lagrange (avanzado, progresista, y por ello perseguido) escribía, con la mentalidad que era común en el ambiente católico: «Las virtudes morales cristianas son infusas y esencialmente distintas, por su objeto formal, de las más excelsas virtudes morales adquiridas que describen los más famosos filósofos… Hay una diferencia infinita entre la templanza aristotélica, regulada solamente por la recta razón, y la templanza cristiana, regulada por la fe divina y la prudencia sobrenatural» (Perfection chrétienne et contemplation, Paris 1923, p. 64). Danielou, por su parte, afirmaba: «Existe el heroísmo no cristiano, pero no existe una santidad no cristiana. No debemos confundir los valores. No hay santos fuera del cristianismo, pues la santidad es esencialmente un don de Dios, una participación en Su vida, mientras que el heroísmo pertenece al plano de las realidades humanas» (Le mystère du salut des nations, Seuil, Paris 1946, p. 75). Todas las grandes figuras de la humanidad, personajes como Sócrates o como Gandhi… sólo podrían considerarse héroes, no santos. No quedarían incluidos hoy en esta fiesta, según la visión católico-romana de aquellos tiempos preconciliares, porque «santos», sólo podrían serlo los buenos cristianos, ¡y católicos! Ésta es una de las tantas «rupturas» que realizó el Concilio Vaticano II.

La primera lectura bíblica de esta fiesta litúrgica, del Apocalipsis, aun estando redactada en ese lenguaje no sólo poético, sino ultra-metafórico, lo viene a decir claramente: la muchedumbre incontable que estaba delante de Dios era «de toda lengua, pueblo, raza y nación»… En aquel entonces, hablar de «las naciones» implicaba a las religiones, porque se consideraba que cada pueblo-raza-nación tenía su propia religión. A Juan le parece contemplar reunidos, en aquella apoteosis, no sólo a los judeocristianos, sino a «todos los pueblos», lo que equivale a decir: a todas las religiones.

Si corregimos así nuestra visión, estaremos más cerca de «ver a Dios tal como es» (segunda lectura), tal como podremos verle más allá de los velos carnales del chauvinismo cultural o el tribalismo religioso -que no son muy distintos-. Obviamente, esos «ciento cuarenta y cuatro mil» (doce al cuadrado, o sea, «los Doce», o «las Doce ‘tribus’ de Israel», pero elevadas al cuadrado y multiplicadas por mil, es decir, totalmente superadas, llevadas fuera de sí hasta disolverse entre «toda lengua, pueblo, raza y nación»), esos ciento cuarenta y cuatro mil, o los entendemos como un símbolo macroecuménico, o nos retrotraerían a un fantástico tribalismo religioso.

Las bienaventuranzas comparten esta misma visión «macro-ecuménica»: valen para todos los seres humanos. El Dios que en ellas aparece no es «confesional», de una religión, no es «religiosamente tribal». No exige ningún ritual de ninguna religión. Sino el «rito» de la simple religión humana: la pobreza, la opción por los pobres, la transparencia de corazón, el hambre y sed de justicia, el luchar por la paz, la persecución como efecto de la lucha por la Causa del Reino… Esa «religión humana básica fundamental» es la que Jesús proclama como «código de santidad universal», para todos los santos, los de casa y los de fuera, los del mundo «católico»…

Si a propósito de la festividad de Todos los Santos se nos sugiere el texto de las Bienaventuranzas, es porque ellas son en verdad el camino de la santidad universal (y supra-religional, simple y profundamente humana); en y con las Bienaventuranzas como carta de navegación para nuestra vida es posible alcanzar la meta de nuestra santificación, entendida como la lucha constante por lograr en el cada día el máximo de plenitud de la vida según el querer de Dios.

En la homilía, en la oración, en la conversación que tengamos sobre el tema, no dejemos de nombrar hoy a Gandhi, que tiene que ir de la mano con Francisco de Asís; a Martin Luther King acompañado por Mons. Oscar Arnulfo Romero –finalmente reconocido como «mártir» por Roma–; a la mística santa Teresa con el incomparable Ibn Arabí; al inefable Juan de la Cruz con el místico Nisagardatta («¡Yo soy Eso!»)… La manera de cambiar la vieja mentalidad «tribal», que también nos ha afectado en la concepción de la santidad, es practicar, conversar, manifestar la nueva mentalidad macroecuménica.

Dentro de la perspectiva cristiano-católica, para una aplicación más parenética de este precedente comentario exegético, recomendamos como la mejor referencia el capítulo V de la Constitución Dogmática de la Iglesia “Lumen Gentium”, del Vaticano II, sobre el “Universal llamado a la santidad”. Antes del Concilio se solía pensar que había una especie de «profesionales de la santidad», que se dedicaban de un modo especializado a conseguirla, como los monjes y los religiosos/as, que se decía que vivían en el «estado de perfección»; a los demás, los laicos/as o seglares, como que se les consideraba de alguna manera dispensados de tener que tender a la santidad. Leer más…

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1.11.19 Todos los Santos: Los bienaventurados

Viernes, 1 de noviembre de 2019

62160372_2069450279848982_5421487241501343744_oDel blog de Xabier Pikaza:

Cielo de Jesús

La dicha más perfecta: pobres, hambrientos, los que lloran

La iglesia celebra hoy el día de Todos los santos, y muchos piensan que se trata de los bienaventurados  del “cielo” (canonizados o no), conforme a la primera lectura de la misa: Ap 7,2-4.9-14). Pero está es la fiesta de todos los santos de las bienaventuranzas , canonizados por Jesús, aquí en la tierra, según el evangelio de este día (Mt 5, 3‒10).

En esa línea empezaré  evocando  la “dicha más perfecta”, conforme al mensaje de un poeta salmantino, que ejerció de maestro e hidalgo campesino al norte de Extremadura, y se llamaba Gabriel y Galán. De su mano pasaré, por contrapunto, a la “dicha aún más de las bienaventuranzas de Jesús”, que son el argumento y camino de la santidad cristiana, que hoy, 1 del 11, celebramos como Iglesia.

GABRIEL Y GALÁN, LA DICHA MÁS PERFECTA

gabriel-y-galanAsí propuso la bienaventuranza del hombre‒varón rico (en una línea de AT y de cultura greco/latina), José M. Gabriel y Galán (1870‒1905), poeta salmantino, afincado en la Alta Extremadura:

Yo aprendí en el hogar en qué se funda la dicha más perfecta,

y para hacerla mía quise yo ser como mi padre era

y busqué una mujer como mi madre entre las hijas de mi hidalga tierra.

Y fui como mi padre, y fue mi esposa viviente imagen de la madre muerta…

(El Ama, texto completo ).

Ésta es una dicha/bienaventuranza de varón y patriarca de un hogar “perfecto”, una casa rica, con padres ejemplares, donde el hijo dichoso (varón) retoma el camino de su padre, con una mujer como su madre, en armonía de hogar que debería repetirse por generaciones y generaciones (en la línea de Gen 2, 24). En el hogar de una buena familia se expresa la primera bienaventuranzade un varón casado con la mujer perfecta, santa y trabajadora, piadosa y fecunda; en una familia rica en posesiones (tierras de cultivo y pastoreo) y en servidumbre de criados.

  1. Ésta es la dicha/bienaventuranza de un varón propietario de casa abundante, criadas y criados, agricultores y pastores (caberos, ovejeros, vaqueros…). Ésta es la dicha/riqueza de un buen terrateniente, que gobierna de un modo “paternal” (con la ayuda de su esposa buena) la hacienda familiar, con servidores, campos y rebaños (como Job antes de ser “tocado” por la mano siniestra de la desventura).
  2. Esta es la dicha/bienaventuranza de un varón rico (paternal, patriarca, gran señor…), con su familia extensa (mujer, hijos, criados…), en un campo entendido como equilibrio de la vida. Es la armonía de la naturaleza, con tierras de labor, con mieses y hortalizas, con dehesas de animales…; ésta es la bienaventuranza de las estaciones que se van sucediendo, con las fuertes labores de la siembra, la cosecha, y los rebaños…
  3. Es la dicha/bienaventuranza de una mujer tomada “de entre las hijas de la hidalga tierra”, una mujer rica (hija de algo, propietaria de tierras que gobierna su marido. Ella, esa mujer, le ha venido al hombre con su dote de hidalguía (tierra ricas) y su felicidad, en la armonía de un hogar sagrado (jerárquico), bien asegurado de trabajo y posesiones.

CONTRAPUNTO. LOS BIENAVENTURADOS/SANTOS DE JESÚS (LC 6, 21‒22)

_M_21-08-13-0-58-06 Gabriel y Galán nos situaba ante la bienaventuranza de los “hidalgos” (ricos) de la tradición clásica, desde el AT de Israel, pasando por Grecia y Roma. Bienaventurado/dichoso es aquí el  propietario/hidalgo, dueño de una extensa hacienda, con campos y rebaños,  con mujer dichosa (=fuerte trabajadora), llena de piedad hacia los sirvientes.

Pues bien, de pronto, pasando a Jesús descubrimos que sus bienaventurados   (con la dicha más perfecta) no son la de los ricos varones hidalgos (o casados con hidalgas, como Gabriel y Galán), sino más bien los pobres, que no tienen casa, ni hidalguía material (quizá ni familia), sino que viven en el límite del hambre, pordioseros (ptôjoi), mendigos, sin familia, sufrientes de campos y caminos

El hombre‒varón de la “dicha más perfecta” de Gabriel y Galán vivía en la casa, gran hacienda, que él administraba con su esposa. Por el contrario, los dichosos del evangelio son mendigos de la vida, sin más riqueza que su necesidad y sufrimiento. Jesús salió a los campos duros de la vida y allí los encontró en las aldeas, poblaciones y caminos (fuera del templo y los palacios), llamándoles y haciéndoles santos, es decir, bienaventurados.  Estos son los protagonistas de esta fiesta de Todos los Santos (1. 11. 19)

Los dichosos de Jesús no son “amos o amas”, señores de mando, hidalgos de estirpe o de tierra, sino ptôjoi, pobres abandonados de la vida, víctimas de la hidalguía y riqueza de los amos/amas (a pesar de la imagen utópica que de ellos ha trazado Gabriel y Galán). Precisamente para ellos y con ellos ha trazado Jesús un  camino de felicidad. Éstos son sus santos, sus bienaventurados:

¡Felices vosotros, los pobres, porque es vuestro el reino de Dios,

felices los que ahora estáis hambrientos, porque habéis de ser saciados,

felices los que ahora lloráis, porque vosotros reiréis! (Lc 6, 20-21).

  Lógicamente, en ese contexto se hacen necesarias las antítesis o malaventuranzas, que no han de entenderse en sentido general abstracto, sino en el panorama concreto de la vida de los hombres y mujeres de su tiempo, en Galilea: «Pero, ¡ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido el consuelo! ¡ay de vosotros los ahora saciados…» ! (Lc 6, 24-25). Al anverso de la santidad de los pobres‒hambrientos está la maldición de los ricos‒saciados, que van creando su propio infierno en la tierra.

  1. La primera bienaventuranza es la más general, tanto por el sujeto (pobres: todos los oprimidos, tristes y/o enfermos del mundo) como por el predicado (se les ofrece el reino, el mundo nuevo). Al decir bienaventurados los pobres, Jesús hace una elección: los privilegiados de Dios son precisamente el desecho de la tierra. De esa forma descubre y suscita suscita un camino de vida no sólo para ellos (¡que han de ser felices en su radical pobreza!), sino para todos los humanos y mujeres en especial los más dotados han de hacerse con él servidores de los pobres.
  2. Esa bienaventuranza primera se divide luego de manera que aparecen por un lado los hambrientos (pobreza más económica) y por otros los llorosos (pobreza más psíquica). La carencia toma así un sentido universal: Pobres, hambrientos, sufrientes… Ellos son para Jesús los privilegiados de Dios, santos del cielo en la tierra, porque pueden descubrir la vida como don de gratuidad, como experiencia de búsqueda y camino, desde la pobreza y el hambre, en un camino abierto para todos, en esperanza.
  3. De manera correspondiente, el reino (es decir, la bienaventuranza) aparece también en dos señales: es hartura (más económica)  para los pobres y hambrientos, y es felicidad (más anímica) para los que lloran. Es evidente que allí donde se escucha la palabra de gracia de estas bienaventuranzas de Jesús la vida humana debe convertirse en expansión (explosión) de fuerte gracia: llevar hartura donde hay hambre, felicidad donde se esconde y triunfa la desdicha.
  4. Si se unen con las malaventuranzas (ay de vosotros los ricos…) las bienaventuranzas expresan una enseñanza y experiencia que proviene también del Antiguo Testamento y que ha sido  recogida en el Magníficat o canto de la Madre de Jesús: Derriba del trono a los poderosos; a los ricos los despide vacíos, da de comer a los hambrientos…(Lc 1, 46-55). Ellas nos sitúan ante la inversión final, ante el Dios de la justicia mesiánica, que transforma las suertes de los hombres…, diciendo que los “ricos” corren el riesgo de perderse en la riqueza (destruyendo por otra parte la vida de los mientras éstos, los pobres, pueden descubrir y cultivar la gratuidad). En esa línea, ro, leídas desde el conjunto de la vida y mensaje Jesús, ellas proclaman una enseñanza mesiánica universal, centrada en el descubrimiento del valor más hondo de la vida, desde la misma pobreza y sufrimiento de la historia.
  5. Éstas no son las bienaventuranzas del rico propietario varón del “Ama”, con tierra, criados, mujer buena…, sino las del ser humano como tal, varón o mujer, especialmente de los pobres, descubridores de la vida como gracia. Los ricos corren el riesgo de perderé en su riqueza, en su poder… (y en su forma de oprimir a los pobres). Los pobres en cambio (los hambrientos, los que sufren) puede descubrir y cultivar el sentido (la grandeza) de su vida como don de gracia, en una sociedad injusta (como era Galilea en tiempos de Jesús), en un mundo de riquezas que pueden convertir a los hombres en “seres rapaces” y egoístas, que divinizan su propio dinero.

DESARROLLO TEOLÓGICO Y ECLESIAL (MATEO 5, 3‒11)

Introducción

Lc 6, 20‒21 había recogido con toda su fuerza el programa de santidad (bienaventuranza) de Jesús partiendo de los pobres y hambrientos, capaces de descubrir el más hondo tesoro de la vida (que es la gratuidad, la felicidad, la fraternidad…). Pues bien, Mateo ha desarrollado desde su propia Iglesia ese programa general de Jesús, partiendo de dos tipos de personas y bienaventuranzas:

(a) La bienaventuranza de los que sufren, los más pobres. Así siguen en su fondo los que los hambrientos y pobres “materiales”, pero Mateo pone de relieve el valor redentor/transformador de la pobreza y del sufrimiento (en sentido evangélico, no masoquista ni pasivo).

(b) La bienaventuranza de los que ayudan a los pobres, desde una perspectiva evangélica, abierta a todos los hombres…y mujeres. De esa forma el “terrateniente” de Gabriel y Galán, simbolizado en el marido del “Ama”, ha de volverse un hombre de comunión radical, en apertura a todos los hombres. Así lo indican las  bienaventuranzas o proclamas de santidad de Jesús:

Mt 5, 3 Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.

4 Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.

5 Dichosos los mansos, porque ellos heredarán la tierra.

6 Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.

7 Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

8 Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

9 Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios.

10 Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.

11 Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. 12 Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, pues así persiguieron a los profetas antes de vosotros (Mt 5, 1-12). Leer más…

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