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Gonzalo Haya: Año de la biblia (noviembre). Libros sapienciales (II).

Sábado, 14 de noviembre de 2020

Un-hombre-estudia-la-Bibliaestudios-biblicosC) Etapa final

A esta etapa pertenecen dos libros del canon católico que no están incluidos en el canon hebreo, El Eclesiástico y La Sabiduría, y  los capítulos 1 – 9 de Proverbios que fueron añadidos en el siglo IV como comienzo de ese libro. Sicre señala que esta etapa presenta tres características comunes en los tres escritos: la reacción ante la cultura griega, la importancia creciente de la historia, y la personificación de la sabiduría; “y esto tendrá gran repercusión en la teología del Nuevo Testamento, que considerará a Jesús la sabiduría de Dios encarnada. Ver 1Cor 1,24; Col 1,15-17; Heb 1,3” (Sicre).

Eclesiástico, Ben Sira, el Sirácida (Eclo) 200 – 180 a. C.

El libro del Eclesiástico ha sufrido un accidentado proceso. Ha sido un libro muy leído tanto por los judíos como por la Iglesia en los primeros siglos, y por eso recibió el título de El Eclesiástico; los judíos no lo incluyeron en su  canon porque el texto original hebreo había desaparecido, pero se conservó su traducción griega del año 132 a. C., incluida en los LXX, y una adaptación latina que recogió la Vulgata.

Posteriormente se fueron encontrando fragmentos que han permitido rehacer casi todo el texto hebreo original, al que muchos expertos dan más valor que al texto griego, como reconoce el mismo traductor griego en el Prólogo del libro. La traducción de Schökel se basa en el texto hebreo, teniendo en cuenta las variantes de las traducciones griega y siríaca.

El eclesiástico es un maestro-escriba piadoso que quiere educar en las tradiciones religiosas y culturales judías para evitar las crecientes influencias de la cultura griega. Considera que  la sabiduría sólo se encuentra en Israel: “Del Señor procede toda la sabiduría… fue creada antes que todas las cosas… sólo hay uno que es sabio y temible sobremanera… En honrar al Señor está el comienzo de la sabiduría” (1,1-14). Busca en el pasado la solución a los nuevos problemas que plantea la cultura griega (39,1-11), y ataca a los que se dejan influenciar por el helenismo. Rechaza la antropología dualista griega de alma y cuerpo, y sitúa en esta vida tanto el premio como el castigo.

Su difícil equilibrio entre la realidad y los principios doctrinales le plantea situaciones difíciles de conciliar, que procura resolver insistiendo a veces en un extremo y a veces en el otro. La contradicción entre la prosperidad del malvado y el sufrimiento del justo, la resuelve con un modo de predestinación: “a unos los bendijo y encumbró… y a otros los maldijo y humilló… barro que el alfarero moldea con sus manos, y todo lo moldea conforme a su gusto… Los retribuirá según su criterio” (33, 7-19); pero en otro pasaje afirma la libertad: “El creó al ser humano en el comienzo, y le dio la capacidad de obrar libremente: si lo deseas, cumplirás sus mandamientos” (15,14-17).

Se muestra sensible al comportamiento social y al falso culto: “Los pobres viven con pan racionado, quien se lo quita es un criminal. Asesina al prójimo quien le roba el sustento” (34, 18-36). Se abre tímidamente al universalismo, pero se afianza en el nacionalismo: “Cuando distribuyó sobre la tierra a las naciones, al frente de cada una puso un gobernante; pero la porción del Señor es Israel” (17,1-23).

También vacila entre un leve pesimismo: “Todo viviente envejece como un vestido, porque así está decretado desde siempre: morirás sin remisión” (14,11-19); “¿Quién es el ser humano? ¿Cuál es su utilidad” (18,8-14); “¡Oh muerte, que amargo resulta tu recuerdo…” (41,1-4); y un moderado optimismo: “El Señor formó de la tierra a los seres humanos…los hizo partícipes de una fuerza semejante a la suya y a su propia imagen los creó” (17,1-14).

El autor confiesa que su proyecto de vida es la búsqueda de la sabiduría (51,13-30), y la busca en la Naturaleza (42,15 a 43,33) y en la Historia de Israel (c 44 – 50), y la personifica en un autoelogio: “La sabiduría difunde su propia alabanza… abre su boca en la asamblea del Altísimo… Salí de la boca del Altísimo… puse mi tienda en las alturas…” (c. 24).

El Eclesiástico y el Eclesiastés dos personajes contradictorios ¡y titulados con nombres tan parecidos que se prestan a confundirlos! Dos personajes que merecerían un estudio más detenido.

El Eclesiastés es un escéptico que rechaza las soluciones piadosas, porque se contradicen con su experiencia de la vida; especialmente respecto al problema del mal y al poder o la justicia de Dios. El eclesiástico es un escriba que quiere frenar el escepticismo aferrándose a las soluciones piadosas.

En estos tiempos nos sentimos más identificados con el Eclesiastés, sin embargo observamos que, a pesar de su escepticismo, el Eclesiastés sigue creyendo en Dios y renuncia a resolver el problema del mal. El eclesiástico trata de explicar el problema con un modo de predestinación, pero afirmando al mismo tiempo la libertad humana. Ambos son incongruentes porque la realidad y la vida se nos manifiestan en forma contradictoria, y nuestra racionalidad es incapaz de coordinar ambos extremos: ¿retribución según los méritos o gratuidad incondicional?

Eclesiástico y Eclesiastés ¿qué es preferible, renunciar a resolver el problema o afirmar ambos extremos? Job lo resolvió con una experiencia personal de Dios. En lenguaje actual podríamos comprender mejor etas contradicciones (aunque no lleguemos a resolverlas) mediante la experiencia personal del amor.

Proverbios 1 – 9, s. IV a. C.

Ya hemos visto que los capítulos 1– 9 fueron escritos hacia el siglo IV, en un estilo más doctrinal, como una introducción teológica al Libro de los Proverbios, igualmente atribuida a Salomón. Pikaza compara estas instrucciones con las que hace Diótima, en el Banquete de Platón, a los hombres en nombre de la divinidad.

“Hijo mío, atiende a la educación paterna / y no olvides la enseñanza materna” (1,8); “Vigila atentamente tu interior, pues de él brotan fuentes de vida” (4,23). Estas instrucciones tratan, sin un orden sistemático, sobre las malas compañías, las tentaciones con la mujer ajena, el adulterio, y sobre todo hace un gran elogio de la sabiduría.

Hay siete cosas que detesta el Señor / y una séptima que aborrece del todo: / ojos altaneros, lengua mentirosa, / manos manchadas de sangre inocente, / mente que trama planes perversos, / pies ligeros para correr hacia el mal, / testigo falso que difunde mentiras, / y el que atiza discordias entre hermanos” (6,16-19). “Feliz quien encuentra sabiduría… es de más valor que la plata, y más rentable que el oro; es más valiosa que las joyas; ningún placer se le puede comparar” (3,3-20). Es de destacar el segundo himno de la sabiduría por su relación con el Prólogo del evangelio de Juan “La Sabiduría está pregonando, la inteligencia levanta su voz… a vosotros, seres humanos, os llamo… El Señor me estableció al principio de sus tareas… antes de comenzar la tierra… cuando colocaba el cielo, allí estaba yo” (8,1-36).

Sabiduría 30 a. C. al 15 d. C

El libro de la Sabiduría es el último del Antiguo Testamento en el canon católico; su autor anónimo es casi contemporáneo de Jesús, aunque tiene más afinidad con Pablo; vive en Alejandría y escribe este libro en griego con el título de Sabiduría de Salomón, aunque no fue incluido en el canon hebreo, ni protestante. Los teólogos lo han tomado como cumbre de la teología del Antiguo Testamento y punto de partida de sus reflexiones.

El tema fundamental del libro de la Sabiduría es la teología de la historia desde la perspectiva israelita, aunque desde la primera línea se extiende expresamente a todos los pueblos

Gobernantes de la tierra, amad la justicia” (1,1), “Porque del Señor habéis recibido el poder / del Altísimo procede la autoridad!…” (6,3). Se trata por tanto de una teología política o de la justicia en el gobierno del pueblo.

El autor es un judío anónimo que escribe principalmente para los judíos de la diáspora en Egipto. Conoce bien tanto los escritos hebreos como la cultura griega y establece un ejemplar diálogo entre la teología judía y la filosofía griega; acepta algunas novedades como el dualismo alma-cuerpo y la retribución en la otra vida. Utiliza los recursos hebreos como el paralelismo y los midrás, y los recursos griegos, riqueza de vocabulario, conceptos helenistas, rimas y juegos de palabras; con el resultado de una “brillante prosa rítmico-poética” (BTI).

El libro está estructurado en tres partes:

1) c. 1-5. Destino de la vida humana en los planes de Dios, justicia divina, inmortalidad feliz para los buenos, castigo y perdición para los impíos. La sabiduría viene de Dios y se identifica con la justicia: “Pues el santo espíritu educador se aleja de lo falso, se separa del pensamiento insensato, y se retira cuando la injusticia se hace presente” (1,5). Los impíos piensan que la vida pasa “como la sombra de una nube” y se proponen disfrutar del presente; pero se equivocan “porque Dios creó al ser humano para no conocer la corrupción” (2,23). Después de la muerte hay un premio o un castigo, aunque no queda claro en qué consisten.

2) c. 6-9. Elogio de la sabiduría como una realidad personificada vinculada a la divinidad. Propone como Ejemplo a Salomón “Yo la amé y la busqué desde mi juventud” (8,1), “Por eso oré a Dios y me concedió prudencia / le rogué y me dio el espíritu de la sabiduría” (7,7); “Es efluvio del poder de Dios, emanación de la gloria del omnipotente” (7,25).

3) c. 10-19. La providencia de Dios se manifiesta en la historia de Israel, que libera y colma de bienes a su pueblo, y castiga con las plagas a los egipcios opresores. “A tu pueblo, en efecto, lo probaste como padre que reprende; con los egipcios, en cambio, te portaste como rey implacable que condena” (11,10); con los cananeos se muestra algo menos duro (quizás porque es consciente de le habían invadido sus tierras) : “Pero también a ellos, seres humanos al fin, los trataste con más indulgencia…; al castigarlos lentamente, les diste la oportunidad de arrepentirse…” (12, 8-11).

El universalismo que se apuntaba en los capítulos anteriores parece reducirse ahora al nacionalismo judío; la contraposición era entre el justo y el impío, ahora se establece entre el pueblo judío y sus adversarios: “las naciones se confabularon para cometer el mal y fueron confundidas” (1, 5). Sabiduría abierta a una cultura superior que estaba imponiéndose, pero que permanece firmemente arraigada en las propias tradiciones y creencias.

En la sabiduría de Israel ha habido escépticos como el Eclesiastés, o rebeldes como Jonás y Job ante el misterio de Dios, pero siempre fieles al Dios de la Alianza.

Pikaza compara la sabiduría académica de estos libros con la sabiduría popular de Jesús, enraizada en su cultura religiosa, pero basada fundamentalmente en su experiencia de la vida y en su experiencia de Dios. Existe también la sabiduría de los sencillos, de la mujer cananea, del centurión romano, de los que son como niños. Y la sabiduría del Reino de Dios. “Bendito seas, Padre, Señor del cielo y tierra, porque, si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, se las has revelado a la gente sencilla” (Mt 11,25).

Vídeos de la Escuela de Formación en Fe Adulta (EFFA) 

José Luis Sicre: Libros poéticos y sapienciales. El profesor Sicre hace un comentario general a los conceptos de sabio y sabiduría y glosa algunos libros con más detalle, como por ejemplo el libro de Job y el Eclesiastés o también llamado Cohelet.

Bibliografía

José Luis Sicre: “Introducción al Antiguo Testamento”. Ed Verbo Divino, 2016. c.  21 El fenómeno sapiencial.

Fuente Fe Adulta

Biblia, Espiritualidad , , , , ,

Gonzalo Haya: Año de la Biblia (noviembre). Libros sapienciales (I).

Martes, 3 de noviembre de 2020

Un-hombre-estudia-la-Bibliaestudios-biblicosIntroducción

Los temas sapienciales, como los poéticos, están dispersos en los libros de la Ley y en los Profetas, pero de manera específica se encuentran en el  tercer grupo del canon hebreo denominado Escritos. La clasificación de los libros de este tercer grupo es más discrecional; nosotros hemos adoptado la clasificación como históricos, poéticos, y sapienciales, y hemos incluido en este último Proverbios, Eclesiastés, Job, Eclesiástico, y Sabiduría.

No es fácil definir en qué consiste la sabiduría, pero todos entendemos que se trata de una reflexión sobre los grandes problemas humanos (sabiduría teórica) o de una apreciación sensata sobre nuestro comportamiento diario (sabiduría popular).

La sabiduría de Israel se desarrolló en el ambiente de la sabiduría babilónica, egipcia, siropalestina, y griega. Algunos de sus escritos consideran la sabiduría como un don de Dios, incluso como una manifestación del mismo Dios, pero siempre expresada como una reflexión propia, a diferencia de los profetas que consideraban su predicación como “oráculo del Señor”. Veremos también que algunos de estos escritos sapienciales son reflexiones basadas en la experiencia humana sin referencia a ninguna ley divina ni a ningún don especial de Dios, porque las reflexiones de una conciencia honrada ya son un don de Dios: “Toda sabiduría viene del Señor” (Eclesiástico 1,1).

En una teología no-teísta, sin un Dios que hable con Moisés y escriba sus mandamientos en una tabla, ¿qué diferencia hay entre un profeta, un salmista, y un sabio? Creo que la diferencia está más en la expresión que en la intuición de donde brota. El profeta interpreta esa intuición como una comunicación de Dios y habla como su portavoz; el salmista la interpreta como sentimiento personal o colectivo; el sabio, como fruto de su experiencia en la vida. Esa sabiduría, esa intuición, ¿es humana o divina? Es una manifestación del espíritu, que es a la vez humano y divino, porque el espíritu es una participación de Dios.

Sicre encuadra la sabiduría israelita en tres etapas: A) Desde los orígenes hasta el siglo VI. B) La  crisis de los siglos V – III. C) Etapa final III a. C. hasta I d. C.

Evolución de la sabiduría de Israel

A) Desde los orígenes hasta el siglo VI

Salomón (s. X) es el gran referente de la sabiduría israelí, a él se le atribuyen los libros posteriores. La etapa de esplendor que vivió Israel, y los contactos con la cultura egipcia y siropalestina suponen para el pueblo la época cumbre de su historia. Tenemos abundantes testimonios sobre Salomón en el Libro de los Reyes; su sabiduría es un don de Dios, gobierna con justicia, tiene amplios conocimientos, y emprende la construcción del Templo.

Proverbios c. 10 a 31. Tratamos ahora de los capítulos 10 a 31, que son el texto original de este libro, y dejamos para su época los capítulo 1 – 9 que fueron añadidos hacia el siglo IV a. C.

Estos capítulos son  el primer texto sapiencial escrito, aunque se pueden encontrar diversos pasajes de sabiduría desde el Génesis hasta los libros históricos y los profetas. Su título en el texto hebreo es Proverbios de Salomón, y en la Vulgata Libro de los Proverbios.

Este libro es una recopilación de dichos populares, refranes, sentencias, aforismos, enigmas, poemas o instrucciones, de muy diverso origen, reunidos y amparados en el prestigio del rey Salomón. No trata de grandes cuestiones teológicas, aunque en el fondo está el convencimiento de que existe un orden en la creación que el sabio ha de investigar, pero que se manifiesta también en la sensatez y la sabiduría popular. Este orden de la creación debe ser respetado por todos para mantener el orden social, la ética, y las buenas costumbres ciudadanas.

Se recogen aquí cuatro colecciones de dichos procedentes de los siglos VIII al V a. C. La primera (10,1 – 22,16) está atribuida a Salomón y trata de la conducta personal y familiar, el orden social y las riquezas: “Quien acepta la corrección camina a la vida / quien desprecia la corrección se extravía”; “El ser humano proyecta su camino / pero es el Señor quien dirige sus pasos”; “La mujer sabia edifica su casa / la necia la arruina con sus manos”.

La segunda (22,17 – 24,34) recoge dichos de otros sabios sobre la justicia, la prudencia, los buenos modales, las instrucciones paternas, y la embriaguez: “Escucha a tu padre que él te engendró / y no desprecies a tu madre, aunque envejezca”.

La tercera (25 – 29) está atribuida a “nuevos proverbios de Salomón, recopilados por los hombres de Ezequías, rey de Judá”: “Es gloria de Dios ocultar cosas / es gloria de reyes investigarlas”; “El hierro se aguza con hierro; / la persona, en contacto con su prójimo”.

La cuarta (30 – 31-9)  recoge dichos atribuidos a dos sabios no israelitas. Agur trata del escéptico y del creyente “No he aprendido sabiduría / no conozco la ciencia santa. ¿Quién subió hasta el cielo y luego bajó?”. Lemuel, rey de Masá transmite “Palabras… que le enseñó su madre”, “¿Qué decirte, hijo mío / hijo de mis entrañas, / hijo de mis promesas? / Que no entregues tu energía a las mujeres, / ni tu vigor a las que pierden a reyes”.

El libro termina con la descripción de la mujer ideal (31,10-31) que ha servido durante muchos siglos como modelo de la mujer cristiana.

B) La Crisis de la idea de Dios. Siglo V–III

A finales del siglo VI, con el decreto de Ciro, Israel vuelve  de la cautividad en Babilonia e inicia  la restauración del Segundo Templo de Jerusalén; pero la experiencia de la destrucción del Templo y de la nueva esclavitud había socavado su ciega confianza en la alianza con Dios, que ellos habían entendido como incondicional e infalible.

Esta situación, junto con el contacto de una cultura superior como la griega, provocó un ambiente de escepticismo y un replanteamiento de sus relaciones con Dios, especialmente referido al problema del mal, que ya no podía explicarse como castigo por los pecados, porque también afectaba, tanto o más, a los justos y a todo el pueblo.

Eclesiastés, tambien conocido como Qohélet, El Predicador (Ecl) s. IV–III a. C.

Aunque el libro es atribuido a Salomón, el autor es un “hombre de la asamblea” (eclesiastés), que confronta su sabiduría con su experiencia de la vida, y escribe una especie de diario en el que se muestra serenamente desengañado, pero mantiene su fe a pesar de la crisis de los valores tradicionales.

Su reflexión no parte del dolor como Job, pero sí del hastío incluso de una vida holgada: “Entonces reflexioné sobre todas mis obras y sobre la fatiga que me habían costado, y concluí que todo era ilusión y vano afán, pues no se saca ninguna ganancia bajo el sol… Así que quedé decepcionado de todo mi trabajo y fatiga bajo el sol” (2,1-20).

Tampoco llega a una solución religiosa como Job, sino a una solución práctica mediante el disfrute de los placeres sencillos: “Así que yo recomiendo la alegría, porque no hay más felicidad para el ser humano bajo el sol que comer, beber y disfrutar, pues eso le acompañará en sus fatigas durante los días que Dios le conceda vivir bajo el sol” (8,15).

Los comentaristas se preguntan por qué este libro está en el canon hebreo y cristiano. El autor se presenta como hijo de David (1,1) y concluye recomendando el temor de Dios y la observancia de los mandamientos (12,9-14), aunque este texto parece añadido por el editor del libro. Habla de Dios, pero es un Dios distante poco implicado en la historia de los mortales. Su principal mérito puede estar en que se plantea los problemas con honradez intelectual, sin acudir a las falsas soluciones piadosas, “sigue creyendo en Dios a pesar de las desilusiones de la vida” (Sicre), y “en él la sabiduría se apea, llega al borde del fracaso; así encuentra su límite y se salva” (Schökel).

Libro de Job  IV – III a. C.

Este libro es una especie de novela de tesis sobre las relaciones de Dios con el ser humano y especialmente sobre el tema del mal que afecta a los justos, y en mayor medida que a los pecadores. Su autor vivió después del destierro, conoce perfectamente los Salmos y los libros de los profetas, tiene experiencia de la vida, y examina sus creencias con gran honradez intelectual.

Tiene como protagonista a Job, un personaje legendario, ”justo, honrado, respetuso de Dios, y apartado del mal”, que vive en un país extranjero. Este personaje ha quedado como ejemplo en la tradición israelita, en la cristiana (Santiago 5,11), y en el Corán.

Está estructurado en dos planos, uno espiritual de diálogo entre Dios y Satán sobre la fidelidad de Job, que Satán cree meramente interesada  y propone enviarle desgracias para comprobar si mantiene su fidelidad (1,6-9). El segundo plano se juega en la tierra entre las quejas de Job por sus sufrimientos, “Maldito el día en que nací,  y la noche que anunció: ha nacido un varón… ¿Por qué no morí en las entrañas… ahora descansaría en paz…con esos reyes que se hacen construir mausoleos… Allí acaba la agitación de los canallas…” (3,1-26)  y del sufrimiento de muchos justos que sufren como él más desgracias que los malvados que no respetan a Dios ni los derechos de sus conciudadanos. A estas quejas responden los diálogos de los tres amigos que le apremian a indagar algún mal oculto que haya cometido para que se arrepienta y Dios cese en el castigo que le envía (capítulos 4-37).

Ante la enseñanza tradicional, de que Dios premia a los buenos y castiga a los malos, Job se rebela y plantea con crudeza la realidad “¿Por qué siguen vivos los malvados  y al envejecer se hacen más ricos?…. ¿Me queréis  consolar con vaciedades? Vuestras respuestas son puro engaño” (21,17-34). (Algunos, hoy, dicen lo mismo).

Finalmente Dios se manifiesta a Job (38-41), y le hace ver la incapacidad del hombre para comprender su modo de actuar. Esta visión le transforma y “Job respondió al Señor: reconozco que lo puedes todo, y ningún plan es irrealizable para ti; yo, el que empañó tus designios con palabras sin sentido, hablé de grandezas que no entendía, de maravillas que superan mi comprensión… te conocía sólo de oídas, ahora te han visto mis ojos; por eso me retracto y me arrepiento echándome polvo y ceniza”. (42,1-6).

Los discursos académicos de pretendido consuelo que le hacen sus tres amigos pueden resultar tediosos, pero conviene hacerse una idea de ellos porque siguen aplicándose después de 25 siglos, y nos invitan a indagar una imagen de Dios más realista y sincera. Tenemos que integrar la experiencia del dolor y de la muerte con el despliegue de la vida y el misterio de Dios amor.

Probablemente su solución final no satisfaga a muchos, porque apela a una experiencia personal de Dios que cambia nuestras rutinarias respuestas, e invita a la aceptación de su proyecto. Con la mera razón discursiva no se encuentra una explicación concluyente (“La imposible Teodicea” de Juan Antonio Estrada); es necesario sentir la experiencia de la justicia y del amor, la experiencia de Dios, como nos dice el autor del libro de Job.

Vídeos de la Escuela de Formación en Fe Adulta (EFFA) 

José Luis Sicre: Libros poéticos y sapienciales. El profesor Sicre hace un comentario general a los conceptos de sabio y sabiduría y glosa algunos libros con más detalle, como por ejemplo el libro de Job y el Eclesiastés o también llamado Cohelet.

Bibliografía

José Luis Sicre: “Introducción al Antiguo Testamento”. Ed Verbo Divino, 2016. c.  21 El fenómeno sapiencial.

Xabier Pikaza: “Ciudad Biblia. Una guía para adentrarse, perderse y encontrarse en los libros bíblicos”. Ed verbo divino 2019. Antiguo Testamento 5 Libros sapienciales.

John Shelby Spong, obispo anglicano: “Orígenes de la Biblia”, c. 23 y 26. Traducción digital facilitada por: Asociación Marcel Légaut, http://marcellegaut.orghttp://johnshelbyspong.es

Luis Alonso Schökel: Nueva Biblia española. Ed Cristiandad 1975. Introducción a cada uno de estos libros.

Biblia Traducción Interconfesional (BTI). Ed Biblioteca de Autores cristianos, Editorial verbo divino, Sociedades Bíblicas Unidas, 2008. Introducción a cada uno de estos libros tanto de los pertenencientes al canon hebreo como de los deuterocanónicos.

Fuente Fe Adulta

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“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, por Carlos Osma

Jueves, 29 de octubre de 2020

projimoamorA Ana la maltrataba Juan, su marido, pero nadie en la iglesia dijo nada. No querían ver las marcas que un líder evangélico dejaba en el cuerpo de su esposa, o quizás, creyeron que Ana debía llevar con resignación la situación sometiéndose a su marido para que los no cristianos pudiesen ser ganados para el evangelio[1]. Un día Juan desapareció y, afortunadamente para ella, no volvió nunca más. Años después Ana conoció a Jorge y se enamoró, y al poco tiempo hubo boda, pero no como la que se merecen las vírgenes que acceden al matrimonio por primera vez. De eso se encargó el pastor de la iglesia, que en su sermón no habló de ayuda mutua, ni de entrega, ni de amor… estaba más preocupado por justificar, Biblia en mano, porqué una mujer cristiana repudiada podía casarse por segunda vez: “cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera”[2]. Pedro, el primo de Ana, que estaba allí el día de la boda, no logró adivinar si las lágrimas de Ana eran de vergüenza, por la humillación a la que estaba siendo sometida por alguien que carecía completamente de empatía, o si por el contrario eran de felicidad, al ver como la palabra fornicación escrita hacía dos mil años en otro idioma, en otro mundo diferente al suyo, le había permitido comenzar una nueva vida con Jorge.

A Pedro le dejó marcado aquel suceso, aquella utilización vil de la Biblia contra una persona a la que quería. Por eso, cuando se enamoró de Luís y salió del armario delante de la comunidad evangélica de la que formaba parte, sabía que no lo tendría fácil para ser aceptado, aun así, no imaginó que la gente con la que había crecido le daría la espalda como a un apestado. Decían que no era realmente cristiano porque “todo aquel que es nacido de Dios no practica el pecado”[3]. La relación entre Pedro y Miguel maduró y se estrechó, se casaron diez años después, y cuando invitaron a Ana a su boda, esta rechazó la invitación porque, según les explicó, la Biblia dice que la voluntad de Dios para el hombre es una mujer, no otro hombre. Y les leyó un versículo, sentada en un sofá al lado de Jorge, su segundo marido, mientras la ira recorría de arriba a abajo el cuerpo de Pedro: “Dejará por tanto el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne”[4].

Luís también era de una familia evangélica, pero de una tradición distinta a la de Pedro, que había jurado y perjurado que no volvería a pisar una iglesia en su vida. Aún así, tiempo después, Luís convenció a Pedro para que le acompañara a su iglesia al bautizo de su sobrino Miguel. La celebración fue muy emotiva, a la hermana de Luís le había costado mucho tener un bebé, y cuando ya lo daba por imposible, la última inseminación fue un éxito. Beatriz, la pastora, hizo un sermón impecable: directo, actual, coherente y lleno de empatía. Al acabar se acercó a Pedro, le saludó, y le preguntó si se había sentido bien durante la celebración. Pedro le respondió que no quería ofenderla, pero que no estaba de acuerdo con lo que había visto, que le parecía antibíblico que se bautizara a un niño, porque como seguramente ella sabía, se necesita el arrepentimiento antes de ser bautizado. La misma Biblia lo dice: “Arrepentíos y bautícese cada uno en el nombre de Jesucristo”[5]. Por otro lado, añadió que él no se consideraba machista, todo lo contrario, por definición un gay no podía serlo, pero que lo que había encontrado más alejado de la enseñanza bíblica era que lo hubiera hecho una mujer, y que además hubiese predicado. Que la Biblia era muy clara en ese sentido y que ella debería saberlo, pero por si acaso, se lo recitó de memoria: “No permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre, sino estar en silencio”[6]. Beatriz ni se inmutó, estaba acostumbrada a esos comentarios, de hecho, los que realmente le preocupaban no eran estos, sino los que hacían cuando ella no estaba delante otros pastores que se decían liberales y progresistas, pero eran incapaces de reconocer su machismo. “Dios te bendiga”, fue la única respuesta que le dio a Pedro, y aunque a veces le preguntó a Luís por él, no volvió a verlo nunca más por la iglesia.

Tres semanas después Beatriz fue a un encuentro de mujeres pastoras, y allí se enteró de que Jaime, un pastor que recordaba vagamente del seminario, ahora era la pastora Júlia y quería participar en el encuentro. De hecho, se había presentado en él, algo que a muchas mujeres pastoras no les había parecido correcto. Beatriz no dudó en acercarse a Julia para decirle que tenía todo su apoyo, que admiraba su valentía, que imaginaba que no debía haber sido fácil haber hecho la transición, y que para cualquier cosa que necesitara todas las pastoras estarían a su lado, incluso para acompañarla en el día del Orgullo Gay. Sin embargo, le dijo intentando medir sus palabras, aunque estamos siempre al lado de las personas transexuales, esto no es un encuentro sobre diversidad, sino para mujeres. “No para personas que se sienten mujeres, sino para las que lo son”, apostilló, dándose cuenta de que aquello no había sonado del todo progre. Julia le respondió que ella no se sentía una mujer, sino que era una mujer. Y Beatriz acabó por recordarle que, aunque cada persona tiene el derecho a expresarse como considere, la Biblia deja muy claro que “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creo, varón y hembra los creó”[7], que la voluntad de Dios no la puede cambiar un médico en una operación, y que aquel era un encuentro de hembras creadas por Dios. Julia, indignada, sabiendo que aquello era una batalla perdida, se dio media vuelta y se marchó.

En la puerta de la iglesia que Júlia pastoreaba dormían todos los días un grupo de indigentes, y cada mañana tenía que llamar a la guardia urbana para que viniese a recoger los cartones y colchones que dejaban. Un día, Júlia llegó más temprano a la iglesia, Santiago todavía dormía cuando ella empezó a gritarle: “¡Esto es una iglesia, no un hostal!”. Santiago al escucharla, se levantó enseguida y recogió los dos cartones con los que esa noche se había protegido del frío. Después, le explicó que no tenía dinero para pagarse un hostal, pero Júlia le respondió que si se hubiera esforzado su situación sería otra, y añadió que trabajar y dejar de vivir de los demás era un mandato divino recogido en la Biblia: “con el sudor de tu frente comerás el pan”[8]. Santiago desapareció dejándola con la palabra en la boca.

Cuando dobló la esquina se encontró con Arturo, al que no conocía y que jamás había visto por allí, que le preguntó si pasaba cocaína. Santiago le respondió que dos calles más arriba, había un camello, pero que tuviera cuidado porque era un tipo peligroso que no se andaba con tonterías. Después, le dijo que vaya mierda haber caído tan bajo, que daba asco y que se quitara de delante. Que lo mejor que podía hacer era cuidar su cuerpo porque “era el templo del Espíritu Santo”[9], o al menos eso era lo que recordaba que le dijo el párroco cuando hace muchos años hizo los cursos de confirmación. Arturo ni escuchó lo último que le dijo, únicamente subió dos calles, consiguió la coca, y la esnifó. Con el subidón, se dirigió a casa, y allí encontró a Dámaris, su pareja, que se negó a mantener relaciones sexuales con él. Entonces empezó a golpearla mientras le decía que, según la Biblia, las mujeres deben someterse a sus maridos en todo, porque ellos son su cabeza[10].

Carlos Osma

Consulta dónde encontrar “Solo un Jesús marica puede salvarnos”

Notas:

[1] 1 P 3,1.

[2] Mt 19,9.

[3] 1 Jn 3,9

[4] Gn 2,25.

[5] Hch 2,38.

[6] 1 Ti 2,12.

[7] Gn 1,27.

[8] Gn 3,26.

[9] 1 Co 6,19.

[10] Ef 5,22.

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Gonzalo Haya: Año de la biblia (octubre). Libros poéticos (II). El cantar de los cantares y las lamentaciones.

Miércoles, 21 de octubre de 2020

Un-hombre-estudia-la-Bibliaestudios-biblicosEl Cantar de los cantares es un poema de amor humano en su plenitud, expresado en diálogos entre el amado y la amada, una joya de la literatura hebrea y de la literatura universal. Este poema es plenamente humano, amor de cuerpo y espíritu, apasionado, lúdico, sensual; no tiene nada propiamente religioso, sapiencial ni ético; solamente puede entreverse una alusión a Dios en 8,6 “es fuerte el amor como la muerte… es centella de fuego, llamarada divina”.

Y surge la pregunta ¿por qué está en la Biblia? La respuesta inmediata y práctica lo justifica porque eran unos poemas que se leían tradicionalmente en la fiesta de la Pascua judía y nadie había cuestionado su inclusión en el canon hebreo hasta que un rabino lo hizo en el siglo I de nuestra era, y entonces ya era tradición. Y del canon hebreo pasó al canon cristiano. Pero las costumbres se mantienen cuando tienen un por qué más profundo, como ahora veremos.

Esta aparente disonancia del poema amoroso en el canon religioso ha dado origen a dos tipos de interpretación; unas alegóricas y otras literales y naturalistas.

Las interpretaciones alegóricas judías explicaron que se trataba del amor de Dios con su pueblo, las cristianas lo aplicaron al amor de Cristo con la Iglesia (Efesios 5,31-33) y más tarde, en clave mística como amor de Cristo con el alma.

Las interpretaciones naturalistas, tanto judías como cristianas, lo entienden como expresión del verdadero amor de una pareja, ya sea histórica o idealizada, que abarca los aspectos espirituales y los corporales del amor humano, descritos con realismo y con finura poética.

Quizás ambas interpretaciones tengan razón. Los autores de estos poemas de bodas pensaron en el amor humano; los intérpretes sapienciales comprendieron que el amor humano es una “centella de fuego, una llamarada divina”, un reflejo del amor de Dios, una participación del mismo Dios, que es amor y que fundamenta nuestro mismo ser. El amor entre el amado y la amada es el mayor grado de entrega mutua y de identificación entre dos seres: “serán dos en una sola carne” (Génesis 2,24; Mc 10,6-9). “Afirmando el amor humano, es posible descubrir en él la revelación de Dios, que es amor” (Schökel). Y este canto de amor humano inspiró a san Juan de la cruz para expresar su experiencia mística del amor que identifica al alma con Dios.

El título, El Cantar de los cantares, es un modo de expresar el superlativo: el cantar por excelencia. El mismo texto parece atribuirlo a Salomón, por ser el modelo del sabio y de una época esplendor, pero es obra de varios autores, con influencias de varias épocas y de varios pueblos con los que tuvieron contacto los hebreos. Consta de cinco poemas en forma de diálogo entre la esposa y el esposo en igualdad: “yo soy de mi amado y mi amado es mío” (6,3-4), con un coro de fondo, y estructurado como un solo poema hacia el siglo V o IV a. C.

Expresa los movimientos vitales del amor: deseo-satisfacción (1,12-15), búsqueda-encuentro (3,1-5), pérdida-posesión (5,2-8), ocultamiento-manifestación. Utiliza para ello sencillas imágenes de la naturaleza, y de la vida pastoril o de la vida cortesana, descritas con el color, sonido, olor, y sabor, que recrean en el lector las sensaciones de los amantes (4,1-7). Esta variedad de escenarios en que sitúa a los protagonistas más que ambientes reales parecen obedecer a la fantasía creativa del amor.

Destacaremos aquí una muestra que invite a la lectura completa de esta joya tan divinamente humana (1,13-15).

Amada

Mi amado es para mí una bolsa de mirra

que descansa entre mis pechos;

mi amado es para mí

como un ramo florido de ciprés

de los jardines de Engadí.

Amado

¡Qué hermosa eres, mi amada, qué hermosa eres!

Tus ojos son palomas.

 

Lecturas recomendadas

Alfonso Ropero Berzosa: “Cantar de los cantares” en Gran Diccionario Enciclopédico de la Biblia, ed. CLIE 2013 2ª edición.

Xabier Pikaza: “Ciudad Biblia. Una guía para adentrarse, perderse y encontrarse en los libros bíblicos”. Ed verbo divino 2019. Antiguo Testamento 5 Libros sapienciales, Cantar de los cantares, p. 119.

Luis Alonso Schökel: Nueva Biblia española. Ed Cristiandad 1975. Introducción al Cantar de los cantares.

Biblia Traducción Interconfesional (BTI). Ed Biblioteca de Autores cristianos, Editorial verbo divino, Sociedades Bíblicas Unidas, 2008. Introducción al Cantar de los cantares, y aclaraciones a pie de página a casi todos los versículos.

 

Las Lamentaciones

Las Lamentaciones, o Trenos, fueron atribuidos a Jeremías, pero es obra de varios autores que compusieron cinco elegías por la destrucción de Jerusalén y del Templo, la persecución, matanza y deportación del pueblo a Babilonia (586 a. C.): “somos dominados por esclavos / y no hay quien nos libre de su mano… Violaron a las mujeres en Sion… Colgaron de sus manos a los nobles… niños tropezaban bajo el peso de la leña” (5,8-13).

Los autores lamentan la situación emocional, personal y colectiva, del pueblo “sin rey, sin Templo, y sin instituciones, empobrecido, desorganizado, y religiosamente abandonado” porque estas instituciones eran el símbolo que garantizaba la fidelidad de Dios en su Alianza y en sus promesas (BTI). La liturgia cristiana ha adoptado estas Lamentaciones el viernes santo como duelo por la muerte de Jesús.

Conforme a la arraigada concepción teísta, atribuyen directamente a Dios esta desoladora situación: “¡Como ha nublado mi Dios / con su cólera a Sion! …Dios destruyó sin piedad / las moradas de Jacob, arrasó las fortalezas… y echó por tierra, humillados / a su reino y a sus príncipes” (2,1-2). Hoy comprendemos que la causa de la destrucción de Jerusalén fue la ambición de Nabucodonosor y la mala política de los reyes de Judá; y la causa más profunda fue la codicia del invasor y la codicia de los potentados y de los sacerdotes de Judá. No es un castigo de Dios sino las consecuencias del abandono y desprecio de una ley moral de justicia y solidaridad (incluida también en la Alianza del pueblo con Dios).

La fe del pueblo reconoce esta situación como el merecido castigo por su propia infidelidad, pero surge también la pregunta sobre el injusto sufrimiento que padecen los inocentes. La tercera Lamentación se plantea estos problemas y descubre el valor del sufrimiento paciente de los justos, y mantiene la esperanza en la misericordia divina que es más duradera que la justicia de su castigo: “Pero algo viene a mi mente / que me llena de esperanza / que tu amor, Señor no cesa, ni tu compasión se agota” (3,21-22). “Pero tú, Señor, reinas por siempre, / tu trono permanece eternamente… Haznos volver a ti, Señor, y volveremos; haz que nuestros días sean como antaño” (5,19). Este tema lo veremos mejor en el Libro de Job.

Como recurso literario principal, estos autores han adoptado el acróstico con las 22 letras de al alfabeto hebreo (el alefato), cada una marcando el inicio de cada estrofa. Este recurso no afecta directamente a las traducciones, pero ha dejado un rastro de repeticiones o de frases de relleno que retardan el dinamismo de la elegía.

Comprenderemos mejor estas elegías si evocamos las devastaciones en las guerras europeas y española del siglo XX y la que provoca ahora Boko Haram en las aldeas africanas, los niños soldados, y las niñas esclavas sexuales. A pesar de todo, las religiosas, religiosos y seglares misioneros mantienen su fidelidad con el pueblo y su esperanza en un Dios amor, que respeta la libertad de los guerrilleros y alienta la generosidad de los misioneros.

Fuente Fe Adulta

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“La vida solo es para Dios”. 29 Tiempo ordinario – A (Mateo 22,15-21)

Domingo, 18 de octubre de 2020

dad-al-cesarLa exégesis moderna no deja lugar a dudas. Lo primero para Jesús es la vida, no la religión. Basta con analizar la trayectoria de su actividad. Se le ve siempre preocupado por suscitar y desarrollar, en medio de aquella sociedad, una vida más sana y más digna.

Pensemos en su actuación en el mundo de los enfermos: Jesús se acerca a quienes viven su vida de manera disminuida, amenazada o insegura, para despertar en ellos una vida más plena. Pensemos en su acercamiento a los pecadores: Jesús les ofrece el perdón que les haga vivir una vida más digna, rescatada de la humillación y el desprecio. Pensemos también en los endemoniados, incapaces de ser dueños de su existencia: Jesús los libera de una vida alienada y desquiciada por el mal.

Como ha subrayado Jon Sobrino, pobres son aquellos para quienes la vida es una carga pesada, pues no pueden vivir con un mínimo de dignidad. Esta pobreza es lo más contrario al plan original del Creador de la vida. Donde un ser humano no puede vivir con dignidad, la creación de Dios aparece allí como viciada y anulada.

Por eso Jesús se preocupa tanto de la vida concreta de los campesinos de Galilea. Lo primero que necesitan aquellas gentes es vivir, y vivir con dignidad. No es la meta final, pero es ahora mismo lo más urgente. Jesús les invita a confiar en la salvación última del Padre, pero lo hace salvando a la gente de la enfermedad y aliviando dolencias y sufrimientos. Les anuncia la felicidad definitiva en el seno de Dios, pero lo hace introduciendo dignidad, paz y dicha en este mundo.

A veces, los cristianos exponemos la fe con tal embrollo de conceptos y palabras que, a la hora de la verdad, pocos se enteran de lo que es exactamente el reino de Dios del que habla Jesús. Sin embargo, las cosas no son tan complicadas. Lo único que Dios quiere es esto: una vida más humana para todos y desde ahora, una vida que alcance su plenitud en la vida eterna. Por eso nunca hay que dar a ningún César lo que es de Dios: la vida y la dignidad de sus hijos.

José Antonio Pagola

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“Dadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Domingo 18 de octubre de 2020. 29º domingo del Tiempo ordinario.

Domingo, 18 de octubre de 2020

52-OrdinarioA29Leído en Koinonia:

Isaías 45,1.4-6: Llevó de la mano a Ciro para doblegar ante él las naciones. 
Salmo responsorial: 95: Aclamad la gloria y el poder del Señor.
1Tesalonicenses 1,1-5b: Recordamos vuestra fe, vuestro amor y vuestra esperanza.
Mateo 22,15-21: Pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?” Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: “Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.” Le presentaron un denario. Él les preguntó: “¿De quién son esta cara y esta inscripción?” Le respondieron: “Del César.” Entonces les replicó: “Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.”

En la primera lectura nos encontramos ante un texto que se encuentra ubicado en lo que se llama el «Segundo Isaías» o «libro de la consolación» de pueblo de Israel. Este dato, aparentemente simple, nos permite entrar al texto desde una clave de interpretación especial. Isaías, el profeta del juicio y el castigo, siempre tiene al final una palabra de ánimo, de esperanza, de consolación, sobre todo en estos tiempos en los que las propuestas alternativas son buscadas por el sistema globalizante para eliminarlas.

Yahvé habla a Ciro –una persona que «no conoce a Dios», insiste el texto- y le habla, para encomendarle una misión. Es decir: el no conocer a Dios no es una limitación para ser llamados por Dios a una misión, y la de Ciro va a ser la de anunciar palabras de consuelo. El monopolio de la elección de Dios por parte de sólo un pueblo entre todos los pueblos de la humanidad, se desdibuja ante este relato del profeta. Constatamos que un «no judío» puede servir también de mediación adecuada para la actuación de Dios. En buena parte, eso es una gran novedad.

En Pablo, la realidad que Isaías presenta como alianza es elección en comunidad («tenemos presente la obra de su fe, los trabajos y sobre todo la tenacidad de su esperanza»): Son las palabras de Pablo y compañía a la comunidad que se reúne en Tesalónica, quienes se dejan guiar por la acción del Espíritu Santo…

El evangelio de Mateo –el más comentado en la historia de la iglesia y a la vez el evangelio del cual se ha hecho la interpretación más dogmática y espiritualista– es el marco de un texto polémico en un contexto social en el que se divinizaba al Emperador. El evangelio de Mateo es la primera síntesis de la tradición judía y cristiana después de la destrucción del templo de Jerusalén en la guerra de los años 66-74 d.C. El fragmento que hoy leemos forma parte de una serie de controversias entre Jesús y los fariseos (y otros grupos) sobre temas como el tributo, la resurrección de los muertos, el mandamiento principal, el hijo de David… Todas estas controversias tienen como telón de fondo la confrontación de Jesús con la ley romana.

Bajo el tema del tributo, una realidad que sufrían las comunidades cristianas (en las que se fue elaborando el texto del evangelio) bajo el dominio del imperio romano, el pueblo de Israel –que siglos antes había soñado una sociedad como confederación de tribus, en la que el único Señor fuese Dios, el Dios de la liberación–, vive ahora las consecuencias de una monarquía que exprime al pobre para sostener su estructura. Los más pobres son los más afectados por la política fiscal, pues la tasación recaía más directamente sobre los que trabajaban la tierra, campesinos o inquilinos.

Pero yendo un poco más allá del tributo, fijémonos en la figura del Emperador. Roma cargaba sobre sí la influencia del mundo religioso de Egipto y Grecia. La relación de los romanos con estos dioses forma parte de la estructura ordinaria y cotidiana de la vida social: se entendía al Emperador como un dios; Roma era una teocracia.

Las comunidades cristianas que habían optado por otra forma de entender la relación con Dios, con el Dios de Jesús, con el Abba, no podían entender cómo el emperador se presentaba como Dios, y se enfrentan a la religión oficial optando por lo alternativo, que en este caso es la propuesta de vida en pequeñas comunidades de hermanos y hermanas.

Ante esta realidad, la comunidad cristiana busca en la experiencia vivida con el maestro y nos trae al escenario esta frase que ha conseguido ser aceptada como adagio popular: «al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Por tanto ya en los albores de la reflexión de la comunidad está la conciencia de que el emperador no es Dios, y nunca lo será, porque Dios es amor, justicia, amor, igualdad… valores ausentes en cualquier imperio, de cualquier época.

Con el correr del tiempo, lo que es alternativo se transforma en oficial, y se hace necesario reemprender el camino de la creatividad, de la renovación, de lo alternativo.

En la actualidad no hay emperadores que se presenten como Dios, pero sí nos encontramos con ciertas estructuras religiosas monárquicas e imperiales que lejos de reflejar la vivencia de la comunión entre los hermanos y hermanos, pretenden imponer la explotación de los pobres al mejor estilo del imperio Por eso, al leer este texto desde el hoy, tenemos que decir con voz profética: «a la estructura oficial religiosa lo que es de ella» y «a Dios lo que es de Dios», o sea, «a Dios Padre y a su Reino toda nuestra entrega y fidelidad».

El evangelio de Mateo con su fuerza eclesiológica renovadora, nos impulsa a trabajar incansablemente por una iglesia más cercana a la propuesta de Jesús, más centrada en las personas, en las relaciones entre los hermanos, y menos pendiente de la norma y estructura, que cuya atención no puede ponerse por encima de la Justicia y de la defensa de los pequeños, los predilectos de Dios. Leer más…

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18 octubre 2020. Dom 29 TO. Pagad a César lo que es del César…

Domingo, 18 de octubre de 2020

render-unto-caesarDel blog de Xabier Pikaza:

En un sentido, el proyecto se oponía al orden imperial de Roma, que mantenía su poder armado sobre fundamentos de dinero. Pero no es una oposición en el mismo nivel (en forma de contradicción entre iguales o semejantes), sino en una oposición en otro plano. No se trata de luchar contra el César y su Dinero (mammon) en un plano imperial, sino de subir de nivel.

En ese contexto se sitúa y ha de entenderse el tema clave sobre el tributo del César, que sus adversarios le plantean para “cazarle” en algún tipo de contradicción y así acusarle ante el pueblo (si defiende el tributo del César) o ante la administración romana (si lo rechaza). Así lo suponen, según el evangelio de Lucas, las autoridades de Jerusalén cuando llevan a Jesús ante Pilato, acusándole de presentarse como pretendiente mesiánico y de impedir el pago de los tributos del César (Lc 23, 2). En ese fondo se sitúa el texto de este domingo.

Texto según Mateo

 En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron: “Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?” Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: “Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.” Le presentaron un denario. Él les preguntó: “¿De quién son esta cara y esta inscripción?” Le respondieron: “Del César.” Entonces les replicó: “Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.” (Mt 22, 15-21)

   Ésta es la pregunta que le plantean a Jesús en Jerusalén, en el momento clave de su revelación mesiánica. El tema es la moneda del tributo,  que significativamente él no posee, no por casualidad (como si sele hubiera olvidado tomarla), sino por principio, porque no utiliza ese tipo de monedas. Él  ha pedido a sus discípulos que anuncien el Reino  sin bolsa de dinero o vestidos de repuesto (cf. Mc 6, 6b-13). He desarrollado el tema en Comentario de Mateo y en Economía y teología.

Introducción

Por eso mismo, Jesús ha dicho al rico que venda lo que tiene, que reparta lo obtenido entre los pobres, para iniciar así un camino donde puedan compartirse casas-campos y relaciones familiares (Mc 10, 17-31). En este contexto se sitúa este relato, que  fija las relaciones entre el movimiento de Jesús y el imperio, en el contexto de la tensa situación de Palestina (Israel), que desembocará poco después (tras el 66 d. C.) en una dura guerra contra Roma, que ha de entenderse en clave económica:

 ‒ Losdefensores del Imperio, tenderán a justificar la economía y política de Roma, pagando unos impuestos que se entienden como un modo de participar en ese Imperio, en comunión con otros pueblos cultos de aquel tiempo. El denario del tributo es para ellos una forma de contribuir al orden externo (mundano) de Dios.

Los enemigos del Imperio, entenderán el tributo como atentado contra la sacralidad israelita. Posiblemente, identifican la familia de Dios con el grupo nacional judío y quieren acuñar moneda propia, avalada con el nombre de Jerusalén. Por eso rechazan al César y su impuesto. Diga Jesús lo que diga, podrán acusarle: si afirma, le llamarán colaboracionista; si niega, insumiso, anti-romano.

Más allá de la ley imperial

En su respuesta, Jesús no defiende la oposición violenta (guerra contra Roma), pero tampoco apoya el orden de Roma, pues  a quienes le preguntan (le tientan) les responde que devuelvan el dinero a Roma, es decir, al César. En ese contexto, debemos suponer que él fue contrario al pago del tributo a Roma, no sólo por lo que ello implicaba de colaboración con el orden económico del Imperio, sino porque implicaba un tipo de economía fundada en el dinero. En esa línea, la respuesta de Jesús (¡devolved al César lo que es del César y dad a Dios lo que es de Dios!) no se puede entender como declaración de guerra  contra Roma, pero tampoco como aceptación de su tributo, sino como algo mucho más profundo: una subida de nivel, una llamada a la creación de un tipo de comunión humana en un nivel más alto que el de Roma.

  Según este relato , Jesús se sitúa “fuera de ley”, no en contra, sino al margen de ella, buscando las “cosas de Dios” (cf. Mc 8, 33) más allá del dinero y de la espada, pero no en un plano de ideales espiritualistas, sino de relaciones humanas (como indica en otra perspectiva el Sermón de la Montaña: Mt 5-7; Lc 6, 20-46). Las “cosas” de Dios definen la identidad del proyecto cristiano, en un espacio de gratuidad y pan compartido, no de dinero, desbordando el plano del talión, como sabe Mt 5, 21-48: “habéis oído que se ha dicho; yo, en cambio, os digo…”.

 ¿Es lícito pagar o no? Fariseos y herodianos quieren situar a Jesús ante la alternativa de pagar o rechazar el pago, pero siempre en un plano monetario, en una sociedad campesina en la que apenas corre el dinero, de forma que, para muchos, no existe casi más moneda que la utilizada para los tributos. Pero Jesús ha roto esa alternativa. No se trata de pagar o no pagar, sino de situarse en una dimensión más alta de revelación de Dios, es decir, de humanidad solidaria, por encima de una economía y política fundada en la posesión de la moneda. Jesús no acepta el tributo ni lo rechaza, sino que hace algo más radical,  supera el nivel monetario del dinero (pagar o no pagar a Roma), pidiendo que se devuelva a Roma su dinero (con sus impuestos) para situar el tema en clave de evangelio.

‒  Jesús no tiene moneda, por eso se la pide a sus tentadores.  Ellos se la traen, y el la mira, preguntando por la inscripción y la imagen rabadas en ella. (a) Por un lado, Jesús quiere superar el nivel de economía en que parecen situase todo, para colocarse más allá del dinero. (b) Por otra parte, la moneda del tributo (que los “tentadores” muestran a Jesús), tiene valor de curso legal (económico), pero no es profana, en el sentido moderno del término, pues el Cesar cuya imagen esta grababa en ella actúa como autoridad religiosa, es decir, como signo de la divinidad. También la inscripción (que podía ser “Tiberio César Augusto, hijo del divino Augusto”) tenía carácter sagrado. De esa manera, el tributo de César situaba a los hombre ante un “dios” que actúa por interés de dinero, y eso es lo que Jesús no puede aceptar.

‒ Devolved al César… Jesús no combate con armas contra el César, pero tampoco le obedece (no emplea su dinero), sino que sale fuera del espacio de su dominio, para situarse en un ámbito de vida y convivencia donde ya no sea necesario el tributo del César. Aquellos que le tientan  llevan consigo un dinero del César, dispuestos a emplearlo. Pues bien, Jesús les dice que “devuelvan” ese dinero, de modo que no tengan nada que deberle, nada que pagarle. No se trata, por tanto, de luchar en guerra contra el César y su dinero (como pretendían los celotas, para crear después su impuesto), sino de devolverle su dinero, para que haga con él lo que quiera, pues aquello que los cristianos han de construir no se logra con moneda. Jesús no ha caído en la trampa que quieren tenderle (pagar o no pagar), sino que propone otra salida: Devolver la moneda al César, darle lo suyo, salir de su imperio económico.

‒  Y dad a Dios lo que es de Dios… Sólo allí donde al César se le devuelve la moneda (sin entrar en cálculos con él) se puede dar a Dios lo que es de Dios, es decir, todo lo que somos y tenemos de verdad, inaugurando un tipo de vida distinta, en gratuidad, es decir, sin “capital” imperial, sin la violencia política y económica que simboliza el tributo. Esta palabra de Jesús sobre el impuesto ha de entenderse a la luz de todo el evangelio. Cerrada en sí misma, ella podría tomarse como puro enigma, una salida ingeniosa, llena quizá de ironía, pero recibe su sentido a la luz de aquello que Jesús ha dicho y realizado en su búsqueda de casa y comida compartida. Ciertamente, el dinero valdría para comprar y compartir los panes y peces con los necesitados (cf. 6, 37; 10, 17-22; 14, 3-9), pero Jesús no se ha situado en ese nivel de comprar y vender, sino que ha querido y quiere situar su movimiento (como han mostrado los dos temas anterior: del rico que quiere seguirle y de Pedro que dice que lo han dejado todo….) en un plano de gratuidad y vida compartida.

 Habían querido tenderle una trampa (pagar el tributo oponiéndose al nacionalismo judío, o no pagarlo, enfrentándose con Roma).  Pero Jesús se elevó de nivel, sin caer en la trampa de fariseos y herodianos. No dice “sí” (hay que pagar), ni dice “no” (hay que negarse a pagar), sino algo anterior y mucho más profundo: apodote (devolvedle) al César lo que es del César, a fin de “dar” a Dios lo que es de Dios (es decir, para realizar su obra en el mundo). Por eso, el texto acaba diciendo que se admiraban de él, pero sus acusadores pueden decir y dicen que él ha venido diciendo a la gente que no pague tributos al César, con lo que eso significa en aquel contexto (cf. Lc 23, 2).

Jesús no sataniza al dinero y a su César (contra los celotas), ni lo diviniza, pero lo expulsa en cuanto tal del ámbito mesiánico y, lo que es mucho más grave, él se ha atrevido a proclamar y mostrar con su vida que lo opuesto a Dios es Mammón , el dinero convertido en “dios” supremo de este mundo (cf. Mt 6, 24), por encima del imperio de Roma y del mismo templo de Jerusalén. Parece que su evangelio no se centra en temas o motivos de economía particular, sino en una experiencia y tarea de gratuidad universal, superando el plano del dinero, como parece haber puesto de relieve Mc 10, 17-31. Pero eso no es más que una “apariencia”. En realidad, todo el proyecto de Jesús va en contra del dinero del César, no en un sentido militar (luchar contra las legiones de Roma), sino en un sentido mucho más profundo: Devolver el dinero al Cesar, saliendo así de su campo de dominación, de su espacio vital y comercial.

Ciertamente, el mismo Jesús, que ha derribado por el suelo las monedas del templo (es decir, la estructura sacral del judaísmo interpretada como culto a Dios), no condena y rechaza de esa forma la moneda del César (no la tira por el suelo),  pero hace algo mucho más hondo y peligroso: Sitúa  esa moneda, con toda la economía imperial, fuera de su movimiento mesiánico. De esa forma, la expulsa de su comunidad, pero sin luchar militarmente contra ella, sino situándose en otro nivel, que es el más peligroso para Roma y para su imperio económico: Jesús sale de su espacio de dominio, queda fuera, no necesita del César[1].

Devolver la moneda al César significa dejar que ande por ahí, dejar que exista el orden de este mundo (como supone Pablo en Rom 13, 1-6),  pero sin participar de él, sin emplear su moneda. Se trata, pues, de dejar al César a un lado, sin luchar contra él, pero sin aceptarle. Este pasaje nos sitúa ante un gesto supremo de “insumisión activa”.  Jesús está anunciando la llegada de un Reino donde no exista moneda del césar, un Reino en el que los hombres no se dominen unos a los otros por dinero. Éste es el texto base, ésta la aportación  suprema del evangelio, que después los cristianos han interpretado y siguen interpretando de diversas maneras.

Interpretaciones

‒ La primera, la propia de Jesús, es la oposición de planos. Jesús ha invitado a devolver el dinero al César, a no utilizar su moneda, a no emplear su economía. De esa manera, sus seguidores han de quedar liberados del peso y la carga de toda economía monetaria, pero llamados a buscar otros tipos de colaboración y comunión económica, sea en la línea del proyecto de Mc 10, 29-31, con el ciento por uno, o en la línea de los sumarios de Hch 2-4). Leer más…

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A Dios lo que es de Dios y la carta más antigua. Domingo 29. Ciclo A.

Domingo, 18 de octubre de 2020

denario-tiberioDel blog El Evangelio del Domingo, de José Luis Sicre sj:

Dos posturas ante el tributo al César

Seguimos en la explanada del templo de Jerusalén, en medio de los enfrentamientos de diversos grupos con Jesús. Esta vez, fariseos y herodianos lo van a poner en un serio compromiso preguntándole sobre la licitud del tributo al emperador romano. Por entonces, además de los impuestos que se pagaban a través de peajes, aduanas, tasas de sucesión y de ventas, los judíos debían pagar el tributo al César, que era la señal por excelencia de sometimiento a él.

            Fariseos y herodianos no tenían dudas sobre este tema; ambos grupos eran partida­rios de pagarlo. Los fariseos, porque no querían con­flictos con los romanos mientras les permitieran observar sus prácticas religiosas. Los herodianos, porque mantenían buenas relaciones con Roma.      Como a nadie le gusta pagar, los rabinos discutían si se podía eludir el tributo. Y algunos adoptaban la postura pragmática que refleja el tratado Pesajim 112b: «… no trates de eludir el tributo, no sea que te descubran y te quiten todo lo que tienes».       Sin embargo, otros judíos adoptaban una postura de oposición radical, basada en motivos religiosos. Dado que el pago del tributo era signo de sometimiento al César, algunos lo interpretaban como un pecado de idolatría, ya que se reconocía a un señor distinto de Dios. Este era el punto de vista de los sicarios, grupo que comienza con Judas el Galileo, cuando el censo de Quirino, a comienzos del siglo I de nuestra era. Al narrar los comienzos del movimiento cuenta Flavio Josefo: «Durante su mandato [de Coponio], un hombre galileo, llamado Judas, indujo a los campesinos a rebelarse, insultándolos si consentían pagar tributo a los romanos y toleraban, junto a Dios, señores morta­les» (Guerra de los Judíos II, 118). Más adelante repite afirmaciones muy pareci­das: «Judas, llamado el galileo…, en tiempos de Quirino había atacado a los judíos por someterse a los romanos al mismo tiempo que a Dios» (Guerra de los Judíos II, 433).

La trampa de la pregunta

            Con este presupuesto, se advierte que la pregunta que le hacen a Jesús sobre si es lícito pagar el tributo podía compro­meterlo gravemente ante las autoridades romanas (si decía que no), o ante los sectores más progresistas y politizados del país (si decía que sí). Además, la pregunta es especialmente insidiosa, porque no se mueve a nivel de hechos, sino a nivel principios, de licitud o ilicitud.

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos, con unos partidarios de Herodes, y le dijeron:

̶ Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?

La respuesta de Jesús

            Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús:

– Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.

Le presentaron un denario. Él les preguntó:

̶ ¿De quién son esta cara y esta inscripción?

Le respondieron:

̶ Del César.

Entonces les replicó:

̶ Pues pagadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

            Jesús, que advierte enseguida la mala intención, ataca desde el comienzo: «¿Por qué me tentáis, hipócritas?» Pide la moneda del tributo, devuelve la pregunta y saca la conclusión. Jesús, como sus contemporáneos, acepta que el ámbito de dominio de un rey es aquel en el que vale su moneda. Si en Judá se usa el denario, con la imagen del César, significa que quien manda allí es el César, y hay que darle lo que es suyo.

            Estas palabras de Jesús, tan breves, han sido de enorme trascen­dencia al elaborar la teoría de las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Y se han prestado también a inter­pretaciones muy distin­tas.

Las cosas de Dios

            Si analizamos el texto, las palabras: «Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios», no constituyen una evasiva, como algunos piensan. Van al núcleo del problema. Los fariseos y herodianos han preguntado si es lícito pagar tributo desde un punto de vista religioso, si ofende a Dios el que se pague. La respuesta contundente de Jesús es que a Dios le interesan otras cosas más importantes, y ésas no se las quieren dar. Teniendo presente el conjunto del evangelio, «las cosas de Dios», lo que le interesa, es que se escuche a Jesús, su enviado, que se acepte el mensaje del Reino, que se adopte una actitud de conversión, que se ponga término al raquitismo espiritual y religioso, que se sepa acoger a los débiles, a los menesterosos, a los marginados. Eso no interesa ni preocupa a fariseos y herodianos, pero es la cuestión principal. Si el evangelio no fuese tan escueto, podría haber parafraseado la respuesta de Jesús de esta manera: ¿Es lícito poner el sábado por encima del hombre? ¿Es lícito cargar fardos pesados sobre las espaldas de los hombres y no empujar ni con un dedo? ¿Es lícito llamar la atención de la gente para que os hagan reverencias y os llamen maestros? ¿Es lícito impedir a la gente el acceso al Reino de Dios? ¿Es lícito hacer estúpidas disquisiciones sobre los votos y juramentos? ¿Es lícito dejar morir de hambre al padre o a la madre por cumplir un voto? ¿Es lícito pagar los diezmos de la menta y del comino, y olvidar la honradez, la compasión y la sinceridad? En todo esto es donde están en juego «las cosas de Dios», no en el pago del tributo al César.

            Naturalmente, la comunidad cristiana pudo sacar de aquí conse­cuencias prácticas. Frente a la postura intransigente de los sicarios, defender que no era pecado pagar tributo al César. Y, con una perspectiva más amplia, fundamentar una teoría sobre la conviven­cia del cristiano en la sociedad civil, sin necesidad de buscar por todas partes enfrentamientos inútiles. Siempre, incluso en las peores circunstancias políticas, nadie podrá arrebatarle a la iglesia y al cristiano la posibilidad de dar a Dios lo que es de Dios.

El emperador no siempre es enemigo (1ª lectura)

         En Israel, desde los primeros siglos, hubo gente fanática y enemiga de conceder el poder político a un hombre mortal. El único rey debía ser Dios, aunque no quedaba claro cómo ejercía en la práctica esa realeza. Otros grupos, sin negarle la autoridad suprema a Dios, aceptaban el gobierno de un rey humano. Pero siempre debía tratarse de un israelita, no de un extranjero. La novedad del texto de Isaías, una auténtica revolución teológica para la época, es que Dios, aunque afirma su suprema autoridad («Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí, no hay dios»), él mismo escoge al rey persa Ciro, lo lleva de la mano, le pone la insignia y le concede la victoria. Porque Ciro, al cabo de pocos años, será quien conquiste Babilonia y libere a los judíos, permitiéndoles volver a su tierra.

            Este proceso de esclavitud – liberación – vuelta a la tierra recuerda al ocurrido siglos antes, cuando el pueblo salió de Egipto. La gran novedad, escandalosa para muchos judíos, es que ahora el salvador humano no es un nuevo Moisés sino un emperador pagano.

            El texto ha sido elegido para confirmar con un ejemplo histórico que se puede respetar al emperador, pagar tributo, sin por ello ofender a Dios.

Asi dice el Señor a su Ungido, a Ciro, a quien lleva de la mano: «Doblegaré ante él las naciones, desceñiré las cinturas de los reyes, abriré ante él las puertas, los batientes no se le cerrarán. Por mi siervo Jacob, por mi escogido Israel, te llamé por tu nombre, te di un título, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí, no hay dios. Te pongo la insignia, aunque no me conoces, para que sepan de Oriente a Occidente que no hay otro fuera de mí. Yo soy el Señor, y no hay otro.

El escrito más antiguo del Nuevo Testamento (2ª lectura)

            Desde este domingo hasta el 33 inclusive la segunda lectura se toma de la 1ª carta de Pablo a los tesalonicenses, escrita en Corinto hacia el año 49/50.

Tesalónica, ciudad fundada por Alejandro Magno, es la segunda en territorio europeo que pisan Pablo y sus compañeros, después de Filipos. Aunque el libro de los Hechos sugiere que su estancia duró unos quince días, las cartas a los Tesalonicenses y las relaciones que se establecieron en los misioneros y la comunidad hacen pensar en varios meses. A estos cristianos dirige Pablo su primera carta, que es también el documento más antiguo del Nuevo Testamento.

La carta comienza con una larga acción de gracias, recordando la forma en que los apóstoles transmitieron el evangelio y la acogida que tuvieron por parte de los tesalonicenses (1,2-2-16). Tras una sección sobre los acontecimientos posteriores (2,17-3,13) insiste en cómo debe ser la vida cristiana en lo que respecta a la castidad, el amor fraterno y el trabajo (4,1-12). La parte final se centra en dos cuestiones muy relacionadas: la suerte de los difuntos (4,13-18) y el tiempo y las circunstancias de la venida del Señor (5,1-11).

La finalidad de la carta se ha prestado a bastante debate, existiendo tres teorías:

  1. a) Pablo escribe para responder a una carta que le han enviado los tesalonicenses. b) Pablo escribe para exhortar, animar, robustecer en la fe, dadas las serias dificultades en que vive la comunidad y las persecuciones de todo tipo, especialmente de los judíos. c) Pablo pretende, sobre todo en el c.2, una apología de su persona y de su actividad apostólica frente a sus enemigos.

           El breve fragmento elegido por la liturgia de hoy solo contiene el exordio, con los elementos típicos (remitentes, destinatarios, saludo) y el comienzo de la acción de gracias, donde Pablo recuerda las tres grandes virtudes de los tesalonicenses (fe, amor, esperanza) y el don de la elección. Adviértase el tono tan cordial con que escribe Pablo.

Pablo, Silvano y Timoteo, a la Iglesia de los tesalonicenses, en Dios Padre y en el Señor Jesucristo. A vosotros, gracia y paz. Siempre damos gracias a Dios por todos vosotros y os tenemos presentes en nuestras oraciones. Ante Dios, nuestro Padre, recordamos sin cesar la actividad de vuestra fe, el esfuerzo de vuestro amor y el aguante de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor. Bien sabemos, hermanos amados de Dios, que él os ha elegido y que cuando se proclamó el Evangelio entre vosotros no hubo sólo palabras, sino, además, fuerza del Espíritu Santo y convicción profunda, como muy bien sabéis.

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Domingo XXIX. 18 Octubre, 2020

Domingo, 18 de octubre de 2020

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Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: -¡Hipócritas!, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.”

(Mt 22, 15-21)

El evangelio de este domingo nos enseña que podemos caer en la tentación de creernos mejores que los fariseos y pensar: “mira qué mala gente, cómo quería pillar a Jesús.”

Bien, precisamente esa fue la tentación en la que cayeron los fariseos. Ellos se creían mejores que Jesús y eso les llevó a buscar dejarle en evidencia.

Creernos ser mejores que las demás es una gran tentación y un gran peligro. De hecho, está en la base de los grandes conflictos de la historia pasada y la que vamos escribiendo.

Los grandes conflictos surgen de la creencia de que lo propio es mejor y por lo mismo nos consideramos con derecho a imponerlo o a rechazar lo diferente.

Pensemos por un momento en la situación política actual en la que cada quien repite su maravillosa idea sin escuchar la realidad ajena. ¿Cómo puede haber diálogo? No puede haberlo. Si no estamos dispuestos a dejarnos afectar por las ideas y puntos de vista ajenas no hay comunicación.

En el evangelio los fariseos se presentan como queriendo dialogar, cuando en realidad su intención es comprometer a Jesús. Jesús en lugar de entrar en su juego pone de manifiesto sus intenciones y zanja el problema sin evadirse en largas discusiones estériles, otorgando a cada cosa su lugar: “al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios.”

Dialogar no es aportar una idea sino arriesgarla. “Comprendiendo su mala voluntad”. Se trata de exponer mi propio punto de vista, aceptando que no es el único y ni siquiera es el mejor. Es más, quizá ni siquiera sea bueno para otras personas que ven otras cosas porque tienen diferentes realidades.

Para dialogar se necesita mucha humildad y apertura, un corazón pacífico y una mente flexible. Es una pena que en nuestras sociedades modernas, en la era de la comunicación, nos enseñen a hablar y a opinar, pero no a dialogar.

Oración

Trinidad Santa, comunión en la diferencia, enséñanos el arte de la escucha que nos abre a la realidad ajena. Danos la humildad que necesitamos para poder encontrarnos y dialogar

*

Fuente Monasterio de Monjas Trinitarias de Suesa

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Devolved a Dios lo que le arrebatasteis, el hombre.

Domingo, 18 de octubre de 2020

crop_shutterstock_453166906Mt 22, 15-21

Los jefes comprendieron que las tres parábolas se referían a ellos, (los obreros de última hora, los hermanos mandados a la viña y el banquete de boda). Contraatacan con tres preguntas que intentan tenderle una trampa para tener de qué acusarlo. La primera es la del tributo al César, que acabamos de leer. La segunda es sobre la resurrección de los muertos. La tercera, cuál es el primer mandamiento, que leeremos el próximo domingo.

Merece atención el texto del segundo Isaías que hemos leído. Es muy interesante, porque es la primera vez que la Biblia habla de un único Dios. Estamos a mediados del s. VI a. c. y hasta ese momento, Israel tenía su Dios, pero no ponía en cuestión que otros pueblos tuvieran sus propios dioses. Esto no lo hemos tenido nunca claro. El creer en un Dios único es un salto cualitativo increíble en el proceso de maduración de la revelación.

El evangelio de hoy no es sencillo. Con la frasecita de marras, Jesús contesta a lo que no le habían preguntado. No se mete en política, pero apunta a una actitud vital que supera la disyuntiva que le proponen. Una nefasta interpretación de la frase de Jesús la convirtió en un argumento para apoyar el maniqueísmo en nombre del evangelio. Seguimos entendiendo la frase como una oposición entre lo religioso y lo profano. Hoy entre la Iglesia y el Estado. Se trata de una falta absoluta de perspectiva histórica.

Moisés utilizó a Dios para agrupar a varias tribus en un solo pueblo. Israel fue siempre una teocracia en toda regla. Cuando se instauró la monarquía por influencia de las naciones próximas, al rey se le consideró como un representante de Dios (hijo de Dios), sin ningún poder al margen del conferido por la divinidad. Al proponer la pregunta, los fariseos no piensan en una confrontación entre el poder religioso y el poder civil, sino entre su Dios y el César divinizado. La moneda es clave para entender la respuesta.

TI(berius) CAESAR DIVI AUG(usti) F(ilius) AUGUSTUS:     PONTIF(ex)  MAXIM(us)

Tiberio César Augusto, hijo del divino Augusto                       sumo pontífice

Jesús dice: “¿De quién es la imagen y la inscripción?”. Lo que se cuestiona es, si un judío tiene que aceptar la soberanía del César o seguir teniendo a Dios como único soberano. Con su respuesta, Jesús no está proponiendo una separación del mundo civil y el religioso. En tiempos de Jesús tal cosa era impensable. No hay en el evangelio base alguna para convertir la religión en una especulación de sacristía, sin influencia en la vida real.

Fariseos y herodianos, enemigos irreconciliables, se unen contra Jesús. Los fariseos eran contrarios a la ocupación, pero se habían acomodado. Los herodianos eran partidarios del poder de Roma. La pregunta era una trampa. Si decía que no, se ponía en contra de Roma. Los herodianos lo podían acusar de subversivo. Si decía sí, los fariseos podían acusarlo de contrario al judaísmo, porque se ponía en contra del sentir del pueblo.

El verbo que emplea Jesús, “apodídômi”, no significa dar, sino devolver. El que emplean los fariseos (dídomi), sí significa “dar”. Una pista interesante para comprender la respuesta. Estaban contra el César, pero utilizaban su moneda y tienen derecho a exigir que se la devuelvan. Un verdadero judío tenía que renunciar a utilizar el dinero de Roma. Les hace ver que ya han contestado, pues han aceptado la soberanía de Roma.

Al preguntar por la imagen, Jesús está haciendo clara referencia al Génesis, donde se dice que el hombre fue creado a imagen de Dios. Si el hombre es imagen de Dios, hay que devolver a Dios lo que se le ha escamoteado, el hombre. La moneda que representa al César, tiene un valor relativo, pero el hombre tiene un valor absoluto, porque representa a Dios. Jesús no pone al mismo nivel a Dios y al César, sino que toma claro partido por Dios. Esta idea es una de las claves del mensaje de Jesús.

Tampoco se puede utilizar la frase para justificar el poder. Si algo está claro en el evangelio es que todo poder es nefasto, porque machaca al hombre. Se ha repetido hasta la saciedad, que todo poder viene de Dios. Pues bien, según el evangelio, ningún poder puede venir de Dios, ni el político ni el religioso. En toda organización humana, el que está más arriba, está allí para servir a los demás, no para dominar.

Jesús dice que el César no es Dios, pero no hemos dudado en convertir a Dios en un César. (He leído una homilía: “el único César que existe es Dios”). No es fácil asimilar que tampoco Dios es un César. No se trata de repartir dependencias, ni siquiera con ventaja para Dios. Dios no hace competencia a ningún poder terreno, sencillamente porque no tiene ningún poder. Esto, bien entendido, evitaría toda solución falsa. El problema es una trampa en sí mismo. No existe una alternativa entre César y Dios.

Se ha predicado que había que estar más pendiente del César religioso que del César civil. Ningún ejercicio del poder es evangélico. No hay nada más contrario al mensaje de Jesús que el poder. Siempre que pretendemos defender los derechos de Dios, estamos defendiendo nuestros propios intereses. El que te diga que está defendiendo a Dios, en realidad lo está suplantando. Tampoco el estado tiene derecho alguno que defender. Los dirigentes civiles tienen que defender siempre los derechos de los ciudadanos.

No defendemos el anarquismo. Al contrario, una sociedad, aunque sea de dos personas, tiene que estar ordenada y en relaciones mutuas de dependencia. En ella una tiene mayor responsabilidad; pero todas las relaciones humanas deben surgir del servicio y la entrega a los demás, no del dominio. Ningún ser humano es más que otro ni está por encima del otro. “No llaméis a nadie padre, no llaméis a nadie jefe, no llaméis a nadie señor…”

No existe una realidad sagrada y otra profana. En la expulsión de los vendedores del templo, Jesús está apostando por la no diferencia de lo sagrado y lo profano, para Dios todo es sagrado. Es descabellado hacer creer a la gente que tiene unas obligaciones para con Dios y otras con la sociedad civil. Dios se encuentra en todo lo terreno, pero en lo más hondo del ser. Si solo lo encontramos en la iglesia, hemos caído en la idolatría.

La única manera de entender todo el alcance del mensaje de hoy es superar la idea de un Dios fuera que arrastramos desde el neolítico. La creación no es más que la manifestación de lo divino. No hay nada que sea de Dios, porque nada hay fuera de Él. Somos imagen de Dios, pero no pintada o esculpida, sino reflejada. Para que Dios se refleje, tiene que estar ahí. No hay reflejo en un espejo si la cosa reflejada no está del otro lado.

Meditación

La tarea fundamental del ser humano es solo una:
reflejar con nitidez la imagen de Dios.
A medida que vaya desprendiéndome de mi falso yo,
irá apareciendo el verdadero Ser.

Fray Marcos

Fuente Fe Adulta

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En primer lugar, la persona.

Domingo, 18 de octubre de 2020

primer-lugar-la-persona18 octubre. DOMINGO XXIX DEL TIEMPO ORDINARIO

Los edificios, como las personas, deben ser en primer lugar sinceros, deben ser auténticos, además, tan atractivos y bonitos como sea posible. (Franc Lloid Wright).

Mt 12, 15-21 Le seguían muchos, sanaba a todos (V 15)

El origen era su poder taumatúrgico: “entonces le llevaron en endemoniado ciego y mudo, y lo sanó, de modo que recobró la vista y el habla, con gran escándalo de los fariseos” (v 22)

En este capítulo, el evangelista nos habla de la gran hostilidad habida de los fariseos contra Jesús. Las polémicas resultantes sirven para dilucidar aspectos de su misión. Atravesando un campo de trigo en día de sábado, sus hambrientos discípulos se pusieron a arrancar espigas y comérselas (v 1, 2).

En la gran importancia que da Mateo a estas réplicas, podemos leer entre líneas los problemas por los que atravesaban las comunidades cristianas a las que dirige su evangelio. El entorno religioso, dominado por la casuística la legalidad farisaica, les era muy hostil.

El fragmento de hoy nos muestra dos situaciones en las que Jesús se opone a la ley a le ley en beneficio de la persona: el hambre y la enfermedad.

En los dos casos la mentalidad farisaica prefería al precepto del sábado sobre la situación del que estaba enfermo del que tenía hambre.

El descanso sabático fue en su origen una institución humanitaria que el mismo Dios instituyó: “Y acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo, y reposó el día séptimo de toda la obra que había hecho” (Génesis 2, 2).

Dicha institución humanitaria se convirtió en muchos casos en una carga asfixiante; y ante tal abuso, Jesús reaccionó ante las acusaciones de los fariseos con dos frases que provocaron un escándalo total: “Pues yo os digo que aquí hay alguien mayor que el templo” (v 6), y “Porque el hombre es mayor que el sábado” (v 8).

Una de las estructuras opresoras de las que Jesús se siente libre y trata liberar al pueblo es la estructura religiosa de la que forma parte la ley del sábado, y por eso impugnar este mandato, aún para realizar el bien, era una provocación para la élite más profundamente religiosa.

Un legalismo casuístico, el de los fariseos de aquel tiempo, que nos puede parecer desfasado y que, a pesar de todo, es un mal endémico que continúa afectando a las personas y a las instituciones religiosas. Los cristianos tienen la tendencia a inmortalizar ciertas normas inmemoriales que fueron respuestas a problemas muy concretos de una época. Primero el reinado de Dios y después sus añadiduras y así todo culto cristiano personal público, desvinculado de una opción seria y comprometida por el excluido y el pobre, será un culto vacío y sin misericordia alguna.

Franc Lloid Wright (1959) es un arquitecto, diseñador de interiores, escritor y educados estadounidense, que diseñó más de mil estructuras y que, en cierta ocasión dijo: “Los edificios, como las personas, deben ser en primer lugar sinceros, den ser auténticos, además tan atractivos y bonitos como sea posible”

En el lenguaje cotidiano, la palabra persona hace referencia a un ser con poder de raciocinio que posee conciencia sobre sí mismo y que cuenta con su propia identidad.

Gabriela Mistral fue una poeta, diplomática y pedagoga chilena. Fue galardonada con el premio Nobel de Literatura en 1945. Copio este poema suyo donde refleja el dolor de un amor perdido:

RIQUEZA

Tengo la dicha fiel
y la dicha perdida:
la una como rosa,
la otra como espina.

De lo que me robaron
no fui desposeída;
tengo la dicha fiel
y la dicha perdida,
y estoy rica de púrpura
y de melancolía.

¡Ay, qué amante es la rosa
y qué amada la espina!
como el doble contorno
de dos frutas mellizas
tengo la dicha fiel
y la dicha perdida

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Un evangelio que nos confronta con la verdad.

Domingo, 18 de octubre de 2020

render-unto-caesar-and-unto-god_900x600_72dpi_2Mateo 22,15-21

Estamos hoy frente a un texto evangélico muy conocido y citado. A la vez, y más allá de cómo se ha interpretado muchas veces, estamos ante un texto sugerente y profundo, que nos puede interpelar si dejamos a un lado ideas preconcebidas o tantas veces repetidas.

Al leer con atención los primeros párrafos de este evangelio, en estos tiempos que corren, es posible que encuentre eco en nosotros una palabra, una realidad, que muchas veces ha pasado desapercibida. En estas líneas se habla de la VERDAD, de lo que realmente es verdadero, de las intenciones profundas y del uso que hacen de la verdad estos personajes. Se habla de cómo fariseos y herodianos, que defienden “verdades” distintas frente al tema del tributo al César, la disimulan, la sacrifican, la someten a tejemanejes poco honestos buscando solo perjudicar a Jesús. Le presentan como búsqueda de la verdad lo que no tiene nada que ver con ella.

Esto que pasaba hace veinte siglos, ¿no nos recuerda muchas realidades actuales? ¿Es, nuestra sociedad, una sociedad sensible a la verdad? ¿No es común en nuestros medios de comunicación relativizar, ignorar e incluso falsear la verdad para que una noticia venda, se haga viral en las redes o perjudique al adversario? No hace falta ser muy críticos para poner ejemplos de estos casos. Y si damos un paso más, personalmente ¿no hemos sacrificado nunca la verdad, o la hemos callado para lograr algo, para perjudicar a un adversario o para otros muchos intereses?

¿Somos de los que descubren y desenmascaran la mentira, como Jesús, o de los que pactan y se callan ante ella? ¿Damos valor a la verdad o es tan solo una moneda de cambio frente a otros valores?

Sin creérselo quizá del todo o sin pretender valorarle, sino solo adularle, los fariseos le dicen a Jesús “sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie…” Reconocen en él a una persona sincera, fiel a la verdad y por ello libre. Seguro que recordamos lo que el evangelio de Juan pone en boca de Jesús “la verdad os hará libres” (Jn 8, 32)  o “Yo he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz.” (Jn 18, 37)

¿Somos personas libres? ¿Buscamos y escuchamos la verdad, a Aquel que es la verdad? ¿No intentamos muchas veces recorrer caminos de libertad que transitan muy lejos de la verdad?

Desde esta introducción, en la que Jesús desenmascara la falsedad e hipocresía de los fariseos y verbaliza que conoce sus intenciones pretendidamente ocultas, escuchamos la pregunta planteada: ¿Es lícito pagar impuesto al César o no?

El tema era muy serio en tiempos de Jesús. Va más allá de pagar el impuesto o no. Plantea una concepción de la vida que tiene que ver con ser libres o esclavos. Son el pueblo de Israel, pueblo elegido por Dios ¿cómo se van a someter al César?

Jesús, en su respuesta sigue desenmascarando la mentira e hipocresía de los que le tienden la trampa, al pedirles la moneda. Todos llevan en el bolsillo el denario, la moneda que es el sueldo diario con el que cubren sus necesidades. Todos la están usando a pesar de que su imagen sea del “César”. De hecho han aceptado la moneda del César para poder vivir. Y aquí nos deslumbra la palabra de Jesús: “Pues, si es así, si tenéis lo que es del César “devolverle” al César lo que es suyo” (el verbo que usa el evangelio (apodidômi), no significa “dar” sino “devolver”. El que han empleado los fariseos (dídomi) si significa “dar”) Una clave interesante.

Pero Jesús continúa dándole a la respuesta una profundidad que sus adversarios no esperaban y contestando a lo que no han preguntado. “Y a Dios lo que es de Dios”  ¿Qué es de Dios? Para los judíos, como para nosotros, todo es de Dios. Si la moneda tiene la imagen del César, toda persona humana es en sí misma imagen de Dios, como hijos e hijas suyas. Y desde esa realidad surge todo en nuestra vida. Por tanto no se trata de repartir, de hacer proporciones y equilibrios de hasta dónde y cuanto tengo que dar… Jesús no pone en el mismo plano a Dios y al César, a tantos césares a los que pagamos tributo, de los que nos hacemos súbditos…

Sugiero que, para descubrir toda la fuerza de esta frase tan controvertida y de la que se han sacado todo tipo de conclusiones, la formulemos al revés: “Dadle a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”. Jesús deja claro que toda realidad y respuesta parte de esta realidad: Todo lo hemos recibido como hijos e hijas de Dios. Y todo lo que compartamos con nuestros hermanos y hermanas, lo estamos compartiendo con Él. Este es el gran cambio social, el camino que traerá una auténtica revolución. Si le damos a Dios lo que es de Dios, veremos con más claridad si hay que pagar impuestos, a quien, cómo y cuando. Siempre, desde nuestra pertenencia a Él como sus hijos e hijas.

Mª Guadalupe labrador Encinas fmmdp

Fuente Fe Adulta

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“César“ y “Dios” en clave transpersonal

Domingo, 18 de octubre de 2020

Espejo.4Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

18 octubre 2020

Mt 22, 15-21

La pregunta de los fariseos era una trampa difícil de resolver, teniendo en cuenta la realidad sociopolítica y religiosa del pueblo judío, sometido al Imperio Romano. La respuesta de Jesús es una salida airosa, inteligente y astuta, que confronta a los fariseos con su propia mentira.

   En ocasiones, dicha respuesta ha servido como pretexto para fragmentar la realidad, de manera dualista, entre el “reino de Dios” y el “reino del César”, como si por un lado fuera “lo espiritual” y por otro “lo material”.

    Sin entrar ahora en ese debate, prefiero hacer una lectura “transpersonal” de aquella respuesta, refiriéndome a la “doble dimensión” o “doble nivel” de lo real (y de nosotros mismos).

   “Dar a Dios lo que es de Dios”: en una lectura teísta que piensa a Dios como un ser separado, tal expresión subraya la sumisión a Dios –mejor o peor entendida–, como Señor de la propia existencia.

  En la comprensión transpersonal, “Dios” –etimológicamente: “luz”– es otro nombre para referirnos al misterio último de lo real, la plenitud que constituye el fondo o identidad profunda de todos los seres. “Dar a Dios lo que es de Dios” podría traducirse, por tanto, por: “Vivid en conexión con vuestra verdadera identidad”.

    Siempre dentro de esa clave de lectura, y utilizando los términos “César” y “Dios” como símbolos, cabría decir que el primero representa al “yo” o la “personalidad” –estamos en el nivel fenoménico o de las formas–, mientras que el segundo alude a nuestra verdadera identidad.

   Ahora bien, en contra de lo que cree la mente separadora, no hay ningún dualismo, ya que ambos niveles se hallan abrazados en una unidad mayor: hay polaridad –dos niveles–, pero no dualismo. La realidad es no-dual, lo Uno se manifiesta y despliega en lo múltiple.

    Se trata de “dar al yo” lo que le pertenece, lo cual significa reconocerlo en su nivel como expresión en la que se está experimentando lo que somos. Y de “dar a Dios” lo que es de Dios, reconocer nuestra identidad profunda y vivirnos desde ella.

     Al afirmar que la referencia última es “lo que somos”, no se está absolutizando el yo como criterio último de comportamiento. Porque “lo que somos” no es el yo, sino aquella identidad, más allá del yo –transpersonal– que compartimos con todos los seres. Dicho de otro modo: “dar a Dios lo que es de Dios” –vivir en conexión consciente con lo que somos– supone la mayor toma de distancia posible del ego, la liberación de aquella creencia que nos identificaba con él.

    En resumen, entendida simbólicamente y en esta clave, la respuesta de Jesús constituye una síntesis preciosa de toda la sabiduría. ¿Qué es vivir sabiamente? Atender el yo –el nivel de las formas– desde la conexión consciente con nuestra verdadera identidad: la consciencia, la vida, la plenitud de presencia.

¿Desde dónde me vivo y actúo?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Si lo eclesiástico te ha hecho daño, el evangelio te sanará

Domingo, 18 de octubre de 2020

11-4Del blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. DÍA DE LAS MISIONES.

Celebramos hoy el ya clásico día de las MISIONES (DOMUND).

Misión significa envío. En la vida podemos desempeñar diversas misiones, tareas, envíos.

El mismo Jesús misionó: he sido enviado a anunciar la buena noticia a los pobres… (Lc 4,18 ss). Jesús en diversos momentos envió a los suyos a evangelizar. Salid a las periferias, que dice el papa Francisco: a las periferias geográficas, ideológicas, religiosas, morales.

Misionar, evangelizar es comunicar la buena noticia del evangelio en lo que tiene de salvación, de sentido de la vida, de horizonte.

Sin embargo el Evangelio es amable, sanante, salvífico para nuestra vida.

El habitat evangélico y eclesial es “un hospital de campaña tras una batalla. Lo que la Iglesia necesita con urgencia es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones”.

Misionar es transmitir algo bueno, NO MANTENER EL ORDEN PÚBLICO.

02. MISIONAR NO ES ADOCTRINAR (NI A LOS DE LEJOS NI A LOS DE CERCA)
Todavía perviven entre nosotros, en nuestras tramoyas eclesiásticas modos y maneras doctrinarias.

Evangelizar es ante todo, curar heridas. He venido a sanar…

Si un misionero diera una conferencia en Guinea Ecuatorial o en Senegal sobre lo pernicioso que es el colesterol, tendría “toda la razón” del mundo, pero sería algo perfectamente insensato. ¡Pero no ves que los niños y la gente se está muriendo de hambre, de malaria y de pena!

¿Para qué tanta precisión teorizante, tanto “filioque” si la gente entre nosotros no tiene ganas de vivir, se suicida, sufre angustia, está en paro, etc.?

59134015c7ff3_evangeliogLos ministros de la Iglesia deben ser, ante todo, ministros de misericordia … a las personas hay que acompañarlas, las heridas necesitan curación … ¿Cómo estamos tratando al pueblo de Dios? Los ministros de la Iglesia tienen que ser misericordiosos, hacerse cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela a su prójimo. Dios es más grande que el pecado.

Volvamos al Evangelio. Sintamos el alivio, la misericordia de Dios en nuestro interior.

A lo mejor a alguien le pueda parecer heterodoxa la expresión, pero hay ocasiones y situaciones en las que nos hace bien echar mano del Evangelio: si lo eclesiástico te ha hecho daño, el Evangelio te aliviará.

En nuestro contexto eclesiástico van colocando obispos doctrinarios, pero no bondadosos, ni que transmitan bondad, ni evangelio. Estos modos eclesiásticos cansan mucho en la vida… Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviare. (Mt 11,28).

03. SER MISIONERO NO ES MANTENER EL “ORDEN PÚBLICO”.

Alivian el alma las frecuentes alusiones que el papa Francisco hace al Evangelio de misericordia, a ser misericordiosos. El evangelio solamente será tal si es bondad y amabilidad.

Ser misionero, catequista, servir en la Iglesia no es mantener el “orden público”, sino transmitir la bondad de Dios.

Los ministros del Evangelio deben ser personas capaces de caldear el corazón de las personas, de caminar con ellas en la noche, de saber dialogar e incluso descender a su noche … El pueblo de Dios necesita pastores y no funcionarios “clérigos de despacho”.

Yo no sé si hacen falta funcionarios en las curias y en los entramados episcopales (más bien creo que no o desde luego no más que lo que un funcionario significa en la Kutxa), lo que sí hace falta es evangelio, el evangelio de la misericordia. Y en el cristianismo, para sentirse querido “no hay que pasar por ventanilla”.

En nuestra propia diócesis de San Sebastián se están nombrando, –“a veces de aquél modo-” funcionarios episcopales no tanto para anunciar la bondad y el alivio del evangelio, sino para mantener el orden público.

Posiblemente a muchos de nosotros, el momento actual de Francisco nos ayude a recuperar el Evangelio de JesuCristo.

Allá por loa años conciliares-postconciliares, 1962-1978 vivimos una esperanza llena de ilusión, incluso de euforia: un pequeño Pentecostés. Era una esperanza alegre y entusiasmada. Hoy también hemos de mantener la esperanza, quizás ya no alborozada, pero sí una esperanza humilde, sencilla, audaz.

04. NOSOTROS NECESITAMOS SER EVANGELIZADOS.

29029504-pol-tica-mapa-del-mundo-sobre-fondo-azul-marino-con-todos-los-estados-etiquetados-y-seleccionar-la-eHace cincuenta años, más o menos, “no había un lugar del mundo” en el que no hubiera un misionero de nuestras diócesis.

Hoy en día somos nosotros los que hemos de ser evangelizados.

San Pablo en la carta a los Romanos (10,14-15) tiene un texto que parece estuviera escrito para nosotros:

¿cómo van a invocar a Dios, si no han creído en él? ¿Y cómo van a creer, si no han oído hablar de él? ¿Y cómo van a oír, si nadie les anuncia el mensaje? ¿Y cómo van a anunciarlo, si no hay quien los envíe? Como dice la Escritura: “¡Qué hermosa es la llegada de los que traen buenas noticias!”

¿Cómo vamos a ser creyentes y disfrutar del evangelio, si no hemos oído hablar del evangelio, aunque hayamos oído hablar de la doctrina religiosa? ¿Cómo vamos anunciar la bondad que desconocemos? Ya ni nuestra misma Iglesia diocesana transmite bondad.

Sigue la eterna discusión entre Iglesia y Estado sobre la religión en los planes de educación, en los colegios.

         La primera evangelización (y la más importante) se hace en casa, en la familia. Lo que no hace la familia, no lo podrá suplir la escuela, ni la ciencia, ni la psicología. El profesor podrá -en el mejor de los casos- transmitir doctrina (aunque no es menos cierto que hay maestros vocacionados que transmiten fe), pero normalmente la fe viene comunicada como por ósmosis por el ambiente familiar, la semilla está ahí.

qué hermoso es anunciar las buenas noticias de la vida, del Señor

Id por todo el mundo y predicad el evangelio de la bondad de Dios

[1] Francisco, Busquemos ser una Iglesia que encuentra caminos nuevos. Entrevista de Antonio Spadaro, director de Civiltà Cattolica, Quaderno N° 3918 del 19/09/2013 – (Civ. Catt. III 449-552)En español: Razón y Fe, pp 14-15).

[2] Ibid, p 13

[3] Ibid, p 13.

QUÉ HERMOSO ES ANUNCIAR LAS BUENAS NOTICIAS DE LA VIDA, DEL SEÑOR
ID POR TODO EL MUNDO Y PREDICAD EL EVANGELIO DE LA BONDAD DE DIOS

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” Job y ¿Quién mató a mi padre?”, por Carlos Osma

Sábado, 10 de octubre de 2020

father-1633655_1920De su blog Homoprotestantes:

Hace un par de semanas leí el libro de Edouard Louis ¿Quién mató a mi padre?(1), una especie de diario donde el autor hace reflexiones dirigidas a su padre. La relación con él no había sido buena, lo sabemos porque en un libro anterior: Para acabar con Eddy Bellegueule(2), Edouard narra su experiencia como gay en una familia obrera francesa, y explica el rechazo que sufrió por parte de su entorno, entre ellos su padre. Al leer el libro no pude evitar hacer conexiones con el libro de Job, y me pregunté cuáles eran las similitudes y las diferencias entre ambas reflexiones para reflejan experiencias de abuso y marginación por parte de familiares o amigos.

Lo interesante de ¿Quién mató a mi padre? es que Edouard Louis no se centra en sí mismo y en la homofobia padecida por una de las personas que debía protegerle y amarle, sino que trata de entender los poderes que habían intervenido en la vida de su padre para actuar como lo hizo. Louis no oculta su profundo dolor: “Contar la historia de tu vida es escribir la historia de mi ausencia”, pero es capaz de ver como las personas pobres como su padre han sido utilizadas por el sistema como objetos para producir beneficios. De ahí la insatisfacción, la necesidad de huir de la realidad, después la caída en el alcohol, la enfermedad, el despido por no ser productivo, y finalmente la amargura. “La historia qeu aprendíamos en la escuela no era tu historia. Nos enseñaban la historia del mundo y tú te habías quedado al margen del mundo”. Todo eso lleva a Edouard Louis a hacer una crítica de las políticas que generan tanto dolor en personas como su padre. De los políticos dirá: “La política no cambia sus vidas, o lo hace bastante poco. Esto también es curioso, ellos hacen la política, pero la política apenas tiene ningún efecto sobre sus vidas”. Sin embargo, esas políticas sí la tienen para personas como su padre: “Hollande, Valls, El Khomri, Hirsch, Sarkozy, Macron, Bertrand, Chirac. La historia de tu sufrimiento tiene nombres y apellidos. La historia de tu vida es la historia de esa gente que se ha ido turnando para acabar contigo. La historia de tu cuerpo es la historia de esos nombres que se han ido turnando para arruinarlo. La historia de tu cuerpo acusa la historia política”.

Al leer el libro de Job, nos encontramos a una persona cuya situación de sufrimiento no es atendida por los demás con empatía, sino con juicio y añadiendo culpa. ¡Algo has hecho para que te ocurra esta desgracia! Job se dirige al cielo porque sus amistades más cercanas lo abandonan, se sitúan en el bando de la ortodoxia, de quienes ostentan el poder y la influencia para convertirlo en un pecador. Y me preguntaba qué pasaría si además de dirigirse al cielo, Job hubiera reflexionado sobre las razones que llevaron a sus tres amigos a tratarlo de una forma tan inhumana. Evidentemente no puedo responder a esa pregunta, no conozco a Bildad, Sofar y Elifaz, pero sí a personas cercanas que han actuado conmigo de una forma semejante por mi orientación sexual. No quiero hacer una comparación entre el sufrimiento de Job y la bendición de mi orientación sexual, sino entre nuestros ortodoxos amigos.

Si tengo que destacar una característica, es la falta de empatía, lo cual sorprende de personas que dicen dirigir su vida con el amor de dios (el suyo es en mayúsculas claro). Y la falta de empatía, según indican muchos estudios psicológicos, está relacionada con problemas afectivos en la infancia, por ejemplo. La falta de empatía suele ir acompañada con la rigidez, con negarse ni siquiera a valorar que pueden estar equivocados. Y la rigidez de pensamiento es la materialización del miedo y la inseguridad, algo que no debería extrañarnos, porque muchos discursos religiosos están dirigidos a personas a las que les da miedo el mundo cambiante en el que viven y necesitan que les proporcionen verdades inamovibles para bajar su nivel de ansiedad. Por último, y para no alargarme, he observado también que muchas veces las personas más rígidas y menos empáticas no han tenido, o han perdido, un entorno familiar estable, a lo que suele sumarse la falta de una red de amistades fuerte, por lo que se sienten solas. Por eso, si tienen que decidir entre una amiga, un hijo, una hermana, un padre o una tía LGTBIQ, y la comunidad cristiana LGTBIQfóbica de la que forman parte y que les proporciona un entorno de relaciones personales de las que carecen, pues se decantan por la segunda opción.

En cuando a Job, si nos centramos ahora en nuestra experiencia eclesial, creo que es un ejemplo a seguir para los cristianos LGTBIQ porque él no se resigna y se convierte en insumiso de un sistema teológico que no responde a su experiencia. Job nos sitúa no solo ante la crisis de un ser humano, sino ante la crisis de una teología que producía víctimas, o que no es una ayuda para ellas. Porque Job, como Edouard Louis y su padre, “no es víctima de Dios sino de la violencia humana; es el chivo expiatorio sobre el que su grupo social carga sus propios males y expulsa fuera de su seno”(3). Y las personas LGTBIQ estamos en nuestro derecho de preguntarnos qué hemos hecho nosotros para ser el chivo expiatorio de las comunidades cristianas en las que crecimos, pero en realidad la pregunta más pertinente sería por qué nuestras comunidades necesitan chivos expiatorios. ¿Qué tapan con su LGTBIQfóbia? ¿Por qué dan la espalda al evangelio? ¿Por qué eligen la ortodoxia en vez de la empatía? Mi experiencia me dice que la respuesta es que su teología está agotada, acabada, muerta. Porque el Espíritu hace años que les abandonó.

La no resignación ante los poderes que intentan hundirnos creo que es un elemento interesante del libro de Job, algo que nos puede ayudar como cristianos LGTBIQ. “¡Lejos de mí daros la razón! No renunciaré a mi honradez hasta que muera. Me aferro a mi inocencia, no cederé libre de reproche hasta el último de mis días”(4). También el hecho de hacer discursos de contrapoder, discursos que se opongan a los que los poderes LGTBIQfóbicos han impuesto como únicos válidos. Es posible, como en Job, que esos discursos de contrapoder no sean lo más precisos posibles, o que no lleguen a encontrar una respuesta definitiva para acabar con una teología que se impone para oprimir. Pero siempre es necesario que alguien haga el primer paso para que otros puedan llegar a la meta. Y creo que eso es lo que hace Job, no ofrece todas las respuestas para hundir la doctrina de la retribución, pero es un eslabón de la cadena que acabará por hacerlo. Nosotros solos no podremos dar siempre y en todo momento respuestas a las lecturas y mensajes LGTBIQfóbicos de las iglesias que dejan caer todo su odio sobre nosotros, pero debemos seguir trabajando para que finalmente la teología de odio que muchos abrazan como divina, sea abandonada.

Para acabar diré que en Job la dependencia de dios es absoluta, nada ocurre que él no permita. Por un lado, es una actitud que podemos entender como infantil y poco reflexiva, pero por otro la veo muy acertada porque Job no se deja robar a dios. No deja a dios en manos de los poderes que le culpabilizan, sino que se dirige a él para encontrar respuesta y salvación. Edouar Louis no habla de dios en su libro, pero leído desde una óptica cristiana ¿Quién mató a mi padre? nos interpela a vivir un cristianismo con los pies en el suelo, que analice cuáles son las verdaderas causas de nuestro sufrimiento y del de las personas que tenemos alrededor, para intentar erradicarlas. Y este cristianismo real y encarnado, no se opone en ningún momento a la convicción de la absoluta dependencia del poder de dios. El mundo fue entregado al ser humano para que lo cuidara y lo protegiera, un mundo que tiene su sentido de existencia, para nosotros los creyentes LGTBIQ, en el amor de dios.

Carlos Osma

NOTAS:

(1) Louis, E. ¿Quién mató a mi padre? (Ediciones Salamandra. Barcelona, 2019).

(2) Louis, E. Para acabar con Eddy Bellegueule. (Ediciones Salamandra. Barcelona, 2015).

(3) Trebolle, J. & Pottecher, S. Job (Editorial Trotta. Madrid, 2011), p.208.

(4) Job 26,5-6.

Consulta dónde encontrar “Solo un Jesús marica puede salvarnos”

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Gonzalo Haya: Año de la Biblia (octubre). Libros Poéticos (I). Salmos.

Miércoles, 7 de octubre de 2020

Un-hombre-estudia-la-Bibliaestudios-biblicosEn bastantes libros del Antiguo y del Nuevo Testamento podemos encontrar textos poéticos, en verso y en prosa, especialmente en los Profetas, pero los libros estrictamente poéticos son Los Salmos, El Cantar de los Cantares y Las Lamentaciones.

La poesía hebrea no se basa en la rima, sino en el paralelismo de dos expresiones de un mismo sentimiento, o en su contraposición con el opuesto; además de otros recursos habituales de concisión, imágenes simbólicas, ambigüedad multisugerente, acentos y sonoridad (difícilmente traspasable a una traducción). Estos aspectos son especialmente importantes porque la mayoría de los salmos están concebidos para ser cantados o recitados en solemnidades litúrgicas.

Los Salmos

Los Salmos, libro de oración

Los Salmos son la expresión espontánea de los creyentes, o de la comunidad, en diálogo con Dios; y eso es la oración, sea comunitaria o privada, un diálogo con Dios en las diversas circunstancias de la vida.

Pueden expresar admiración, alabanza, súplica, confianza, temores, y también desesperación, respetuosas quejas, pero también imprecaciones contra los enemigos, que nosotros podemos y debemos omitir en nuestra oración. Para un cristiano, los salmos adquieren especial significado al imaginar cómo se valió de ellos Jesús para expresarle al Padre sus propios sentimientos: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado”.

La mayoría fueron atribuidos a David, el rey poeta, pero realmente son obra de varios autores; “de una cadena anónima de poetas a lo largo de ocho siglos” (Schökel), según las vicisitudes del pueblo de Israel, con sentimientos y hasta teologías diferentes (Yahvé, Elohim), con influencias de los vecinos cananeos o egipcios, y modificaciones y adaptaciones hasta su redacción definitiva en el siglo III o II a. C. Los títulos y entradillas con indicaciones para la música son también añadidos posteriores.

Clasificación práctica para la oración

Se han propuesto distintas clasificaciones de los 150 salmos, unas más científicas y otras más prácticas para su uso como modelo de oración en diversas situaciones de la vida; pero estas clasificaciones son ambiguas porque la mayoría de los salmos expresan diversos estados de ánimo.     La mejor clasificación es la que cada uno haga para él, porque Los Salmos no es un libro para leer, sino un libro de cabecera al que acudir en determinados momentos, en que necesitamos expresar un sentimiento en diálogo con Dios.

Cuando encontramos la cita a un salmo, tenemos que tener en cuenta que nuestras Biblias pueden utilizar la numeración del texto hebreo o la del texto griego, que es una unidad inferior al hebreo. Por ejemplo, el salmo penitencial que conocemos como “de profundis” (desde lo hondo grito a ti…) según la numeración hebrea es el 130, y según la versión griega de los LXX es el 129. La traducción de Schökel, la Biblia interconfesional (BTI) y la clásica de Reina-Valera lo citan como 130 (129); la Vulgata, que sigue a los LXX, lo numera como 129 (130), y es (o era) la numeración más conocida por los sacerdotes y los monjes y monjas que utilizan el texto latino.

(Cada edición suele advertir que numeración adopta).

Pikaza, en “Ciudad Biblia”, al tratar los Salmos, propone un cuadro con la clasificación; igualmente García Polo al comienzo de la edición de los Salmos en vídeos. Nosotros propondremos una clasificación más simple; prescindimos aquí de los salmos didácticos, históricos, litúrgicos, y destacamos algunos ejemplos de los salmos que pueden facilitar nuestra oración. (Citamos con la numeración de la traducción hebrea de Schökel).

CONFIANZA, súplica y acción de gracias

16: Protégeme, dios mío, que me refugio en ti

22: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me abandonas?

23: El Señor es mi pastor: nada me falta

25: A ti, Señor, presento mi afán

27: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?

40: Yo esperaba con ansia al Señor: se inclinó y oyó mi grito de auxilio

51: Misericordia, Dios mío, por tu bondad

127: Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles

139: Señor, tú me sondeas y me conoces

ANHELO DE DIOS

42: Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío

63: Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi garganta tiene sed de ti

HIMNOS DE ALABANZA

8: Señor Dios nuestro, ¡qué grande es tu nombre en la tierra entera!

19: El cielo proclama la gloria de Dios

92: Es bueno dar gracias al Señor

104: Bendice, alma mía, al Señor. (Himno de alabanza por la armonía de la naturaleza)

113: ¡Aleluya! Alabad siervos del Señor, alabad el nombre del Señor

148: Alabad al Señor desde los cielos! (alabanza al Dios de toda la creación)

Bibliografía

Antonio García Polo: “Orar con los Salmos. Los 150 salmos en PowerPoint”. Presenta cada salmo con una breve introducción, una invitación a interpretarlo desde Israel, desde Jesús, y desde nosotros mismos. Desarrolla las principales estrofas y facilita la meditación con una imagen visual apropiada, un fondo de música, y un breve comentario. Puede verse en internet: “Salmos Antonio García Polo”.

José Luis Sicre: “Introducción al Antiguo Testamento” ed. Verbo Divino, 2016. Tema V nº 23 Los Salmos.

Xabier Pikaza: “Ciudad Biblia. Una guía para adentrarse, perderse y encontrarse en los libros bíblicos”. Ed. Verbo Divino 2019. Antiguo Testamento 5 Libros sapienciales, p. 112.

John Shelby Spong, obispo anglicano: “Orígenes de la Biblia”, c. 25 y 27. Traducción digital facilitada por: Asociación Marcel Légaut, http://marcellegaut.orghttp://johnshelbyspong.es

Luis Alonso Schökel: Nueva Biblia española. Ed. Cristiandad 1975. Introducción a Los Salmos.

Biblia Traducción Interconfesional (BTI). Ed. Biblioteca de Autores cristianos, Editorial verbo divino, Sociedades Bíblicas Unidas, 2008. Introducción a Los Salmos y aclaración a pie de página a casi todos los versículos.

Fuente Fe Adulta

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Gonzalo Haya: Año de la Biblia (septiembre). Los Profetas (IV). Profecías apocalípticas.

Jueves, 24 de septiembre de 2020

Un-hombre-estudia-la-Bibliaestudios-biblicosApocalipsis” significa revelación, pero suele referirse a una revelación expresada en forma críptica para que solamente la entiendan los sabios o los elegidos, a los que les descubre un trágico fin de este mundo, con la salvación de los buenos y la destrucción de los malos.

Este género parece una prolongación del profetismo, especialmente el de Ezequiel, Joel, Malaquías y Zacarías II, con las referencias al “día del Señor”. La gnosis, conocimiento exclusivo de los sabios o perfectos, puede considerarse también como prolongación de la apocalíptica, aunque sin el tremendismo del juicio final.

Hay una apocalíptica dura que desarrolla una lucha de los poderes enemigos de Dios y los ángeles que defienden a los hombres justos, sin que éstos puedan hacer o decidir nada. Esta apocalíptica que niega la libertad humana no ha sido incluida en el canon hebreo ni en el cristiano.

La apocalíptica blanda cree en la libertad y en la capacidad humana de intervenir, protegidos por los buenos espíritus, en esa guerra que los poderes superiores libran en este mundo.

El género apocalíptico no suscita mucho interés en el pensamiento actual, porque se desarrolla en escenarios imaginativos e irreales, es tremendista y críptico, difícil de interpretar y poco convincente. Y para eso ya está el género de la ciencia ficción. Nos identificamos más con el humanismo de Jonás, y para qué quebrarnos la cabeza si luego no van a resultar esos anuncios; y en todo caso “cuán largo me lo fiais”.

No obstante la apocalíptica blanda influyó mucho en el judaísmo y en los primeros cristianos, como queda patente en el capítulo 13 del evangelio de Marcos, en los capítulos paralelos de Mateo y de Lucas, en las epístolas a los Tesalonicenses y en otras epístolas canónicas, y especialmente en el Apocalipsis de la escuela de Juan. También prosperó la apocalíptica dura, aunque no ha sido recogida en el canon hebreo ni en el cristiano.

Daniel

El libro de Daniel es una obra muy compleja. Su redacción definitiva es de mediados del siglo II a. C., final del período helenístico, porque narra acontecimientos acaecidos bajo Epifanio IV (175-164 a. C.). Se atribuye a su protagonista Daniel, un joven israelita llevado a la corte de Nabucodonosor que fue nombrado consejero por su sabiduría al interpretarle el sueño de la gran estatua de los cuatro reinos, destruida por una piedrecita que rodó desde el monte Sion.

Es compleja porque consta de dos partes muy diferentes, que pueden ser obra de diferentes autores. La primera (c. 1-6) es de tipo sapiencial con historias edificantes, y la segunda (7-12) describe unas visiones apocalípticas; la primera escrita en arameo y la segunda en hebreo, ambas con adiciones en griego; y reflejan situaciones históricas diferentes, la primera en Babilonia y la segunda refiere situaciones acaecidas en Palestina bajo el dominio de Epifanio IV, aunque situadas también en Babilonia.

Tienen en común la exaltación de la resistencia judía que defiende su identidad religiosa frente a las imposiciones de la dominación extranjera; resistencia pasiva, no violenta, en contraposición a la resistencia armada de los Macabeos; y una teología política: la Historia está en manos de Dios, que ha escogido a Israel como su pueblo; y los imperios que no reconozcan esta soberanía acabarán destruidos.

La primera parte (c.1-6): narra la historia de Daniel, apodado como Baltasar, prototipo de judaísmo ascético y sabio; que interpreta la visiones del rey: la imagen de la estatua que representa los cuatro imperios (c. 2); la historia de los tres jóvenes en el horno de fuego; el sueño del gran árbol que va a ser talado y que representa al mismo Nabucodonosor, el banquete del rey Baltasar con las misteriosas frases escritas en la pared, y la conocida escena de Daniel en el foso de los leones.

La segunda parte (c.7-12) más apocalíptica, trata de las extrañas visiones de Daniel sobre los acontecimientos que acontecerían al pueblo hebreo con diversos invasores, y que corresponden a los futuros imperios de Media, Persia y Grecia hasta la crisis de los Macabeos. Todas las visiones se describen con símbolos extraños de bestias con múltiples cuernos, ángeles, figuras humanas y números, que luego los ángeles le van explicando a Daniel, como símbolos de la situación política de aquella época, que ahora nos resultan difíciles o imposible de entender. Termina con la visión de un hombre aterradoramente resplandeciente a orillas del río Tigris, que viene a revelarle lo que está escrito en El libro de la Verdad y el secreto del libro sellado. El texto griego añade los capítulos 13 y 14 con el relato de los ancianos que intentaron violar a Susana.

El libro de Daniel tuvo gran influencia en la elaboración de los evangelios, especialmente su apocalíptica. Marcos (13,14) y Mateo (24,15) citan como señal un texto de Daniel 9,27: “cuando veáis la abominación de la devastación, anunciada por el profeta Daniel, erigida en el lugar santo…”. Quizás Lucas recordó el pasaje de Daniel 7,28: “yo Daniel… guardaba en mi corazón todas aquellas cosas” para aplicárselo a la madre de Jesús. Nosotros deberíamos recordar la súplica que Daniel dirige al Señor: “Te presentamos nuestras súplicas no porque seamos justos, sino confiados en la grandeza de tu misericordia” (9,18).

Pero lo que más ha influido en la vida cristiana ha sido la afirmación de la resurrección, y la visión de “el hijo del hombre. La resurrección per reivindica la justicia de Dios que en la otra vida premia a los buenos y castiga a los malos: “Entonces se salvará tu pueblo: todos los inscritos en el libro. Muchos de los que duermen en el polvo despertarán: unos para vida eterna, otros para ignominia perpetua” (12,1-2).

El término “hijo del hombre” en hebreo significa simplemente “hombre” y ya había sido empleada por otros autores bíblicos, especialmente por Ezequiel, pero en la visión de Daniel (7,9-14) adquiere caracteres divinos: “vi venir del cielo una figura humana, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron poder real y dominio: todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin” (7,13-14) (literalmente “un hijo de hombre” BTI).

El Nuevo Testamento repite esta expresión 84 veces y generalmente es Jesús quien se refiere a sí mismo como “el hijo del hombre”, resaltando unas veces su identificación como ser humano “que no tiene donde reclinar la cabeza” y otras su poder de perdonar los pecados (Mc 2,10) o viniendo “entre las nubes del cielo, con gran fuerza y majestad” (Mc 13-26-27), como en la parábola del juicio final: “Cuando el Hijo del hombre venga con todo su esplendor y acompañado de todos sus ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todos los habitantes del mundo serán reunidos…” (Mt 25,31-46) en clara alusión a la visión de Daniel.

Fuente Fe Adulta

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Gonzalo Haya: Año de la Biblia (septiembre). Los Profetas (III). Desde el destierro hasta el final de la profecía (s. VI – III).

Miércoles, 23 de septiembre de 2020

Un-hombre-estudia-la-Bibliaestudios-biblicosEzequiel (610 – 569 a. C.)

Ezequiel es el profeta de las visiones espectaculares y apocalípticas, que han inspirado la cábala judía. Comienza el libro narrando su vocación en una gran manifestación de Dios, llevado en una especie de carro, por cuatro vivientes como seres humanos, cada uno con cuatro rostros y brazos con alas, que caminaban en todas direcciones entre vientos huracanados, y relámpagos… (c 1-3). Esta imagen tan incongruente nos quiere transmitir la majestad (santidad, trascendencia) de Dios al que no se le puede pedir cuentas por la destrucción de Jerusalén. Y quizás nos venga bien ahora a los cristianos, que nos hemos acostumbrado a ver a Dios en el niño de Belén y le hablamos con amistosa familiaridad. Padre sí, pero misterio también.

Ezequiel nació en Judea en una familia sacerdotal pero sufrió muy joven la primera deportación a Babilonia en el 597, y allí experimentó su vocación profética en el 593, que ejerció hasta su muerte. Sus escritos sufrieron añadidos y modificaciones por parte de la escuela sacerdotal hasta el s.III.

En su profecía se distinguen dos etapas, antes y después de la destrucción del Templo. En la primera (c. 1-21) se enfrenta a la falsa esperanza de los deportados en un inminente regreso y anuncia la destrucción de Jerusalén. En la segunda etapa, denuncia la culpabilidad de los príncipes, sacerdotes, profetas y terratenientes en esta catástrofe, pero transmite la esperanza en la restauración, la unión del reino del Norte y del Sur, una nueva Alianza con Dios, y la construcción de un nuevo Templo al que dedica los capítulos 40-47 con detalle de las medidas del altar, de las vestiduras, y de cada habitáculo, pared o puerta.

Su teología se aparta de la creencia tradicional de que Dios estaba vinculado al Templo de modo que éste era indestructible. Ezequiel reivindica la universalidad de Dios, “la movilidad cósmica del Señor representada por el carro que transporta su gloria en todas direcciones” (BTI) y su independencia que dirige la historia. No ha sido derrotado por Nabucodonosor sino que ha sido él mismo quien ha abandonado Jerusalén y ha traído al invasor como castigo por las infidelidades de su pueblo.

Ezequiel ejerció gran influencia en “el nacimiento del judaísmo” potenciando su aislamiento mediante las el cumplimiento del sábado, la alimentación kosher, y la circuncisión. Otro aspecto importante es la retribución individual frente a la creencia popular expresada en el refrán “los padres comieron los agraces y los hijos padecen la dentera. / por mi vida os juro, oráculo del Señor, / que nadie volverá a repetir ese refrán en Israel… el que peca es el que morirá… os juzgaré a cada uno según su proceder” (c. 18,132).

Su expresión en prosa es repetitiva y tediosa, sus textos poéticos son de gran plasticidad, con imágenes y visiones patéticas como la resurrección de los huesos por obra del aliento creativo de Dios (37) (texto que posteriormente han interpretado los “espirituales negros”). Su expresión histriónica se vale de acciones simbólicas, mimos y danzas, que lo configuran como un juglar de Dios.

Isaías II (c. 40-55)

No conocemos al autor de los capítulos 40-55 del libro de Isaías, y por eso se le denomina el segundo Isaías o deuteroisaías. Este profeta ejerció en los últimos años del exilio (550-540 a. C.). Proclamó el retorno del exilio y la reconstrucción de Jerusalén, “el segundo éxodo”, impulsado por Ciro, rey Persia, ungido por Dios para la liberación del pueblo hebreo (45,1-8).

Su teología se basa en la soberanía universal del Dios único y creador del mundo (44,24-28); pero es especialmente importante por su descripción del Siervo Sufriente (42,1-9; 49,1-7; 50,4-9; 52,13 a 53,12). Estos cuatro cantos sobre el Siervo sufriente sirvieron a las primeras comunidades cristianas para superar el escándalo que producía para un judío reconocer como Mesías a un Jesús crucificado.

Ningún cristiano había presenciado de cerca la Pasión de Jesús, pero los evangelistas utilizaron estos cantos y el salmo 22 (21) para describirla: “ofrecí mi espalda a los que me apaleaban / las mejillas a los que mesaban mi barba; / no me tapé el rostro ante ultrajes ni salivazos.” (Isaías 50,6).

Estos cantos hablan de la actitud del Siervo que no rehúye los sufrimientos que Dios le envía como expiación por los pecados del pueblo: “por los pecados de mi pueblo lo hirieron /… El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento / y entregar su vida como expiación…” (53,8-10). Esta descripción del Siervo Sufriente inicialmente se refería al pueblo de Israel: “Tú, Israel, pueblo mío, Jacob, mi elegido, (…)Tú eres mi siervo, te he elegido y no te he rechazado” (41,8-9), pero luego parece concretarse en un personaje o en una parte del pueblo. Las comunidades cristianas lo reconocieron como una profecía sobre la Pasión de Jesús. Así lo reconoce Lucas en el relato de los discípulos de Emaús: “Jesús, entonces, les dijo: ¡Qué lentos sois para creer lo que a anunciaron los profetas! ¿No tenía el Mesías que padecer todo eso para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas, les explicó lo que se refería a él en toda la Escritura” (Lc 24,25-27).

El tema de la expiación (que Dios necesite un mártir para perdonar los pecados del pueblo) es especialmente importante porque la teología cristiana, comenzando por Pablo y los relatos de la Última Cena lo han tomado como tema central: “Cristo murió por nuestros pecados, según las escrituras” (1Cor 15,3b); Mateo en la institución de la eucaristía dice explícitamente “es mi sangre de la Alianza, que se derrama por muchos para perdón de los pecados” (Mt 26,27); 1Cor 11,24; Mc 14,24; Lc 22,20 emplean una expresión más general “por vosotros” o “por muchos” sin mencionar los pecados. La Iglesia ha mantenido “para el perdón de los pecados” incluso en la modificación del canon en 2017; y muchos cristianos se han convertido y mantienen su fe “porque Jesús ha muerto por mis pecados”.

La idea de la muerte expiatoria de Jesús es cada vez es más rechazada o reinterpretada por muchos teólogos. Una fe adulta explica el sufrimiento de Jesús y de todo ser humano que sufre con paciencia la injusticia, porque sabe que una reacción de venganza provoca enfrentamientos y guerras, y una espiral de represión y más duros enfrentamientos. Esta espiral de odio sólo se corta con amor y alguna forma de no violencia activa, como nos mostró Gandhi y actualmente tantos líderes nativos sudamericanos que defienden sus tierras contra la explotación de los poderosos. Esta experiencia humana de superar con amor la espiral del odio, es la que el segundo Isaías experimentó al anunciar la vuelta del exilio, y la proyectó en “el Siervo sufriente” en términos de “expiación” y “holocaustos”, que era la práctica habitual en las religiones del entorno.

Jesús encarnó la actitud del Siervo sufriente, pero no como expiación por mis pecados cometidos en el silo XXI, sino como defensa no violenta, y hasta sus últimas consecuencias, de una sociedad política y religiosa más justa. Ésta sería hoy la actitud del Siervo sufriente.

El estilo de Isaías II es emotivo y apasionado, considerado por muchos como el mejor poeta de Israel; sus imágenes son muy expresivas y los evangelistas y san Pablo hicieron amplio uso de estas imágenes: “En el desierto preparadle un camino al Señor; “Como un pastor… toma en brazos los corderos” (Isaías 40,1-11). “Y no podían creer por lo que dijo también Isaías: les ha cegado los ojos y les ha embotado la mente para que sus ojos no vean ni su mente discurra” (Jn 12,39-40; Isaías 9,6). “Mirad a mi siervo…. Al que prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu… la caña cascada no la quebrará…) (Isaías 42,1-7; Mt 12,15-21).

Isaías III

Tampoco sabemos nada de este autor o autores de los capítulos 56-66 del libro de Isaías, pero es bastante posterior entre el siglo VI-V y profetiza en los primeros tiempos de la restauración. El libro de Isaías sufrió nuevos retoques y no quedó cerrado hasta el siglo III.

Sus temas son semejantes a los de otros profetas: denuncia las injusticias, la falsa religiosidad y la idolatría “guarda el derecho, practica la justicia, que mi salvación está para llegar y se va a revelar mi victoria” (56,1). El texto más destacado es el que leyó y se aplicó Jesús como su programa al iniciar su vida pública “El Espíritu del Señor está sobre mí, me ha enviado a dar la buena noticia a los que sufren… para proclamar el año de gracia del Señor” (Isaías 61,1, Lc 4,18) aunque con la significativa omisión del final del texto de Isaías “y el día del desquite de nuestro Dios”.

Otros textos importantes son la apertura a los extranjeros y a los eunucos (56,3-8), el falso ayuno (58,1-12), la invocación a Dios como Padre (63,15-19), la nueva creación (65,17-25), y, en tiempos de la restauración del Templo de Jerusalén, su proclamación del templo de la naturaleza: “El cielo es mi trono, y la tierra el estrado de mis pies:¿qué templo podréis construirme o qué lugar para mi descanso? (66,1-2) que mencionará el protomártir Esteban ante los jueces (Hechos 6,49-50).

Ageo

Ageo es un profeta del postexilio. El Decreto de Ciro (538), rey de Persia, permite e impulsa al pueblo a volver de Babilonia a Palestina. Comienza la reconstrucción de Jerusalén, pero Ageo ve que no han aprendido la lección, y denuncia las mismas injusticias sociales. Centra su predicación y su profecía (años 520-515) en la transformación del pueblo, la reconstrucción del Templo, y la promesa de la independencia y la gloria de Jerusalén. Reprocha a los potentados que construyen sus palacios y se olvidan del Templo (1,1-6,). El libro fue escrito por algún discípulo que recogió las profecías de Ageo.

Zacarías I

Se conoce como Zacarías I al profeta del siglo VI a. C. autor de los capítulo 1-8 del libro de Zacarías. Este profeta prolonga la profecía de Ageo sobre la reconstrucción del Templo y la esperanza mesiánica, que Zacarías proyecta en términos escatológicos. Su estilo se caracteriza por las ocho visiones nocturnas, de estilo apocalíptico y de difícil interpretación: caballos, cuernos, recipiente de la maldad del que sale una mujer (!) carros, corona. Se refiere a Dios, igual que Ageo, como “el Señor del universo” (4,6), y dedica un oráculo al falso ayuno (c. 7).

Joel

Profeta postexílico del siglo V o IV a. C que, en el azote de una plaga de langostas, vio el anuncio el día de Yahvé como un día “grandioso y temible” (c. 1-3) y llamó al arrepentimiento y a la oración en el Templo. El Señor “que es misericordioso y compasivo” perdonará a su pueblo y lo compensará por aquellos años de calamidad y oprobio: “todo el que invoque al Señor quedará alcanzará la salvación”, aunque parece que este “todo” se refiere a “un resto de liberados… a quienes ha escogido el Señor”. Los exégetas hablan del “nacionalismo exacerbado” de Joel en contraste con el universalismo del libro de Jonás

Este “día del Señor” no es lo que nosotros entendemos como el Juicio final sino un punto y aparte en la Historia, porque “Después de estos sucesos derramaré mi espíritu sobre todo ser humano, y vuestros hijos e hijas profetizarán…”. Lucas se inspiró en este texto al describir la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés (Hechos 2,4-21).

Malaquías

Profeta del siglo V a. C. citado en los evangelios por su promesa de la venida de Elías para preparar al pueblo a recibir al Mesías: “Mirad yo envío un mensajero a prepararme el camino…y yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y terrible, reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré yo a exterminar la tierra” (Malaquías 3,1 y 23; Mc 1,1-2; Mt 11,14; 17,11-12; 27,49, Lc 1,17).

Su profecía se desarrolla cuando el Templo ya había sido reconstruido y trata los problemas cotidianos del culto, ofrendas, tributos, y condena las injusticias sociales “contra los que defraudan al jornalero en su salario” y los matrimonios mixtos, en sintonía con la reforma de Esdras y Nehemías.

Su estilo sigue un procedimiento dialéctico, Dios acusa al pueblo, éste le presenta objeciones, Dios justifica su acusación y propone su mensaje.

De este modo se plantea, como Job, el problema de la prosperidad de los malvados: “Decís: No vale la pena servir a Dios… los malvados prosperan, tientan a Dios impunemente” (3,13-15) y responde con la justicia que ejercerá el Señor en su venida en el último día.

Pueden verse en sus profecías una superación del nacionalismos y algunos atisbos universalistas, como propone Spong, pero más bien parecen acicates para estimular a su pueblo: “dice el Señor de los ejércitos: De levante a poniente es grande mi fama en las naciones y en todo lugar me ofrecen sacrificios y ofrendas puras… Vosotros, en cambio, la profanáis….” ” (1,11-14); “¿No tenemos todos un solo padre? ¿no nos creó un mismo Dios?“ pero la continuación parece reducir ese “todos” a las tribus hebreas. “¿Por qué uno traiciona a su hermano…Judá traiciona, en Jerusalén se cometen abominaciones…” (2,10-12).

Zacarías II

Conocemos como Zacarías II al profeta que escribió en el siglo IV a. C., ya en el período helenístico, los capítulos 9-14 del libro de Zacarías. En ellos retoma los temas del juicio a las naciones, y la restauración de Jerusalén, y el de los malos pastores, pero se caracteriza por su visión apocalíptica de la Historia, con una lucha entre Judá y los gentiles, y el triunfo final de Dios. “el Señor será rey de todo el mundo”. Todas las tribus y todos los pueblos subirán cada año a Jerusalén “a rendir homenaje al Rey, al Señor de los ejércitos” con los consiguientes castigos a los que no suban a Jerusalén (!) (c. 14).

Los evangelistas describen la entrada de Jesús en Jerusalén el domingo de ramos en referencia a la profecía de Zacarías: “Alégrate, ciudad de Sion, aclama, Jerusalén; mira a tu rey que está llegando: justo, victorioso y humilde, cabalgando un asno, y una cría de borrica” (Zacarías 9,9). La expulsión de los mercaderes también puede aludir al final de la profecía de Zacarías: “Y aquel día ya no habrá mercaderes en el templo del Señor de los ejércitos” (Zac. 14,21).

Es fácil suponer que los evangelistas aprovecharon estas descripciones de los profetas para ampliar una anécdota sencilla de la vida de Jesús. Quizás el mismo Jesús, que conocía estas dichos de los profetas, quiso destacarlos porque encajaban en su programa del Reinado de Dios. Pero esto nos lleva más lejos, ¿Por qué Zacarías, que acaba de decir que el Señor “hundirá en el mar“ el poderío de Tiro, imagina ahora que el Mesías entrará como Rey en Jerusalén con tanta sencillez montado en un borriquillo. La experiencia religiosa permanente en la Biblia es que Dios manifiesta su poder a través de la debilidad humana. Y esta experiencia es de Zacarías, de Marcos, o de Jesús, aunque nosotros seguimos esperando que llegue con todo su poder.

Baruc

El libro de Baruc es una recopilación de escritos realizada probablemente hacia el 150 a. C y atribuida a Baruc secretario de Jeremías (siglo VI). Está ambientada en Babilonia durante el exilio y dirigida a los que han quedado en Jerusalén, la primera parte en prosa es una oración penitencia, la segunda es un poema de reflexión sobre la sabiduría, y la tercera un poema de consolación y restauración.

Jonás

Jonás es un profeta atípico. Escribe entre los siglos IV-III antes de Cristo, final de la profecía y auge de los libros sapienciales; no escribe oráculos contra su pueblo ni contra otros pueblos; no quiere cumplir el mensaje que Dios le encarga; no se expresa mediante la poesía sino mediante un cuento corto en tono humorista y con final inesperado, una parábola en acción de la que él mismo es el protagonista. Más que profeta podría considerársele como un sabio que, como Job, se rebela contra la teología de su época (y de la nuestra). No hay que interpretarlo como narración histórica ni quedarse en la imagen de la ballena, que tanto ha impresionado a los pintores desde las catacumbas, y que sirvió a los evangelistas como imagen de la resurrección de Jesús al tercer día.

Dios lo envía a Nínive, ciudad pagana, corrupta, y opresora de Israel, para que proclame un castigo; Jonás huye y se embarca en dirección contraria, la tempestad va a hundir el barco, reconoce que es por su culpa, y dice que lo tiren al mar, se lo traga una ballena, suplica al Señor, y a los tres días lo deposita en la playa. El Señor lo envía de nuevo a Nínive, proclama la destrucción de la ciudad, el pueblo se arrepiente, el Señor los perdona, Jonás se enfada y discute amigablemente con el Señor porque si no quería ir era porque “yo sabía que tú eres un Dios benévolo y compasivo lento para enojarte y lleno de amor, y te retractas del castigo”. Termina con una parábola en acción sobre la misericordia.

Es un libro que hay que leer porque es una obra maestra y porque desafía el nacionalismo exclusivista de la reforma de Esdras y Nehemías, y ofrece un mensaje de la misericordia universal de Dios.

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Año de la Biblia (septiembre). Los Profetas (II). Desde Amós al destierro.

Miércoles, 16 de septiembre de 2020

Un-hombre-estudia-la-Bibliaestudios-biblicosLos cuatro grandes profetas del siglo VIII a. C. nos resultarán más cercanos porque vivieron una situación más parecida a la nuestra de prosperidad para los ricos y de extrema desigualdad con los empobrecidos. Denunciaron, con duro lenguaje la desigualdad social, la corrupción de los ricos, la corrupción religiosa, y una religión más centrada en unas prácticas superficiales que en la solidaridad humana.

Amós (780-740 a. C.)

Amós, el profeta de la justicia, era un pastor del reino del Sur que fue enviado por Dios al reino del Norte para denunciar las injusticias sociales, políticas y religiosas, hasta que fue expulsado por el sacerdote Ananías por sus invectivas contra el rey Jeroboán. Tuvo una acertada visión política al prever, contra todas las circunstancias, la deportación del pueblo, que anunció como castigo de Dios. Y una visión universalista sobre Dios, que superaba el nacionalismo judío: “Esto dice el Señor, cuyo nombre es Dios del universo” (Am 5,27).

Su lenguaje es duro, extremista, unilateral y sarcástico, con metáforas muy expresivas, pero también con nombres y situaciones concretas que resultarían ofensivas para muchos de sus oyentes, aunque a nosotros nos dicen poco porque desconocemos las situaciones a las que alude; podemos hacernos una idea recordando los sermones de fray Antonio de Montesinos a los militares y colonos en La Española.

Para que caigamos en la cuenta de la crudeza de este lenguaje, Sicre pone unos ejemplos de su equivalente a nuestra vida actual, como este oráculo (que seguramente nos escandalizará) sobre el culto y la falsa seguridad religiosa que se le atribuía.

 

Así dice el Señor a la casa de Israel:

Buscadme y viviréis; no busquéis a Betel,

no vayáis a Guilgal,

no os dirijáis a Berseba;

que Guilgal irá cautiva y Betel se volverá Betavén

Buscad al Señor y viviréis (Am 5,4-5)

Así dice el Señor a los católicos:

Interesaos por mí y viviréis;

Pero no os intereséis por el Pilar,

no vayáis a Santiago,

no acudáis al Rocío.

Que el Pilar caerá por tierra,

y el Rocío se volverá tormenta.

Interesaos por el Señor y viviréis.

 

Interesarse por Dios es denunciar y eliminar las injusticias sociales, como expresa más adelante: “Detesto y aborrezco vuestras fiestas, me disgustan vuestras asambleas. Me presentáis vuestros holocaustos, vuestras ofrendas que yo no acepto… Que fluya el derecho como agua, y la justicia como un río inagotable” (Am 5,21-24); “Y porque pisoteáis al indigente exigiéndole el impuesto del grano, no habitaréis esas casas construidas sirviéndoos de piedras talladas…” (Am 5,11).

Como dice Spong, “Después de Amós, adoración y justicia ya nunca más estarían separados para el judaísmo verdadero…la justicia entre los hombres sería la expresión de la verdadera liturgia divina”.

Oseas (800-725)

Igual que Amós, Oseas profetizó en el reino del Norte, denunció con duro lenguaje las injusticias sociales, la idolatría, la corrupción de los sacerdotes y de la casa real, y el culto superficial a Yahvé, pero su enfoque es distinto. Oseas es el profeta del amor, del amor de padre (c. 11) y del amor de esposo celoso que amenaza pero luego perdona las infidelidades del pueblo.

La profecía de Oseas es un gran poema de amor que cambia la imagen de un Dios legislador y juez por la de un amor ilimitado, expresado no sólo con palabras sino con su propia vida. Su lenguaje es claro, emocional, y perfectamente asequible para nosotros. Su vida fue un reflejo de la relación de amor sin límite de Yahvé con su pueblo. Vida y mensaje coinciden.

Se casó con una prostituta porque, como expresa al inicio del libro “El Señor dijo a Oseas: anda, cásate con una prostituta” (1,2), “porque así también el Señor ama los israelitas, aunque ellos se vuelvan a otros dioses” (3,1) porque adoran a los dioses de la abundancia y la fertilidad.

Algunos Santos Padres encontraron cierta inmoralidad en este consejo divino, y consideraron todo el relato como una parábola; pero la mayoría de los exegetas lo consideran una realidad, una acción simbólica y profética. Actualmente podemos interpretar que Oseas se enamoró de una prostituta, sufrió sus continuas infidelidades, se enfurecía pero seguía amándola y perdonándola; la experiencia de este profundo amor le llevó a comprender (y aquí estaría la inspiración) que así es el amor de Dios por su pueblo (Os 1,2 – 3,5).

Amor celoso y enfurecido que anuncia el castigo “seré para ellos un león, una pantera acechando el camino. Los atacaré como una osa cuando es privada de sus crías”, pero también la promesa de salvación “Seré para Israel como el rocío, florecerá como el lirio y sus raíces serán tan firmes como los árboles del Líbano” (c. 13 y 14)).

Miqueas (740-687)

Miqueas es un campesino que huye a Jerusalén por la invasión siria del sur de Judea. Su profecía denuncia, como Amós y Oseas, la opresión que los poderosos ejercen sobre los pobres, la corrupción de los jueces y los sacerdotes, y la superficialidad del culto.

El libro de sus profecías muestra una importante reelaboración y añadidos de otro autor. El estilo es muy expresivo con datos realistas y expresiones de gran crudeza: “arrancáis la piel de la gente y dejáis sus huesos al desnudo… Cortan su carne en pedazos para echarlos a la olla” (3,1-5).

En sus profecías encontramos la promesa de “congregar al resto de Israel”, “convertir sus espadas en arados” y atraer a todas las naciones “al monte de la casa del Señor”; y sobre todo su profecía de un rey mesiánico que nacerá en Belén (Miqueas 5,1-4; Mateo 2,4-6). En 1Reyes se narra su desafío al rey Josafat y el bofetón que recibió por contestar así al rey (posible precedente para elaborar la historia de la Pasión de Jesús).

Spong resume en el capítulo 6 el mensaje de Miqueas: “El Señor entabla juicio con su pueblo… Pueblo mío, qué te hice, en qué te molesté? Respóndeme”. El pueblo piensa cómo desagraviar al Señor: “¿Con qué me presentaré al Señor…con holocaustos, con becerros añojos?” y llega a pensar en sacrificios humanos: “Le ofreceré mi primogénito por mi culpa, o el fruto de mi vientre por mi pecado?”. Miqueas le responde al pueblo: “Hombre ya te ha explicado lo que está bien, lo que el Señor desea de ti: que defiendas el derecho y ames la lealtad, que seas humilde con tu Dios” (6,1-9).

Isaías I (c. 1-39) (760-701)

Es el profeta más conocido por sus predicciones sobre el Mesías: “la joven está encinta y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Dios-con-nosotros” (7,14).

Los exégetas han comprobado que este libro no puede ser de un solo autor, por lo que distinguen entre Isaías I, al que a atribuyen aproximadamente los capítulo 1-39 (aunque con intercalados posteriores), Isaías II, y III (siglo VI a. C).

Isaías es un profeta de la corte y del templo pero, como los profetas campesinos, denuncia las injusticias sociales: “¡Ay de los que especulan con casas, y juntan campo con campo…”(5,8-14) y el falso culto: “¿Qué me importa el número de vuestros sacrificios? Dice el Señor. Estoy harto de holocaustos de carneros, de grasa de cebones…Vuestras solemnidades y fiestas las detesto… cesad de obrar el mal…” (1,10-17); pero se caracteriza especialmente por la gran manifestación de la majestad de Dios (teofanía del c. 6), la fidelidad de un “resto de Israel”, y la reconciliación final de todos en Jerusalén.

Su lenguaje es de gran calidad literaria, sereno y preciso, gran poeta, con imágenes originales, y cantos como el de la viña (5,1-7) y el de Ezequías en su enfermedad (38,9-20).

Los capítulos 24-27, el apocalipsis de Isaías, fue escrito durante el siglo IV.

Siglo VII – VI

A mediados del siglo VII el rey Josías realiza una gran reforma religiosa apoyado por algunos profetas: Sofonías, que había denunciado el contagio de idolatría; Nahum, que anunció la caída de Nínive; Habacuc, que interpela a Dios por su silencio ante la injusticia de los opresores y el clamor de los oprimidos; Joel, que predice la venida del Espíritu sobre todo el pueblo, como confirma Lucas en Pentecostés (Hechos 2,17-21).

Jeremías fue el principal apoyo de la reforma de Josías. Sacerdote de origen rural, ejerció el profetismo entre finales del s. VII y comienzos del VI; defendió las tradiciones de la Alianza con Yahvé y la reunión de los reinos del Norte y del Sur centrándolos en el Templo de Jerusalén. Denunció las injusticias y contribuyó en gran medida a la redacción del Deuteronomio. Sus escritos fueron reinterpretados por los deuteronomistas en un sentido más laical, hasta el punto de que la versión griega es notablemente más extensa que la original hebrea.

Su vida y su obra se dividen en dos periodos política y socialmente muy diferentes marcados por la muerte del rey Josías (609 a. C.); la restauración religiosa y social de Josías cayó de nuevo en la corrupción y la debilidad política, con la primera deportación a Babilonia (597 a. C.). Jeremías murió desterrado en Egipto.

Su estilo mezcla la narración con la poesía, poemas construidos con realidades de la vida diaria, y acciones simbólicas como la del cinturón que se pudre o la cesta de higos; pero se caracteriza por sus relatos biográficos (c. 26-45) en los que manifiesta abiertamente sus sentimientos especialmente en sus “confesiones” (c. 11; 15; 17; 18; 20) : “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir… ¡Maldito el día en que nací… ¿Por qué salí del vientre de mi madre para pasar trabajos y penas, y acabar mis días derrotado!” (Jer. 20).

En su teología puede resultarnos difícil de entender la crudeza con que le atribuye directamente a Dios estas devastadoras invasiones de castigo por la infidelidad del pueblo: “mandaré a buscar… a mi siervo Nabucodonosor, rey de Babilonia, y los traeré contra esta tierra y sus habitantes” (25,9); pero él mismo afirma que “En aquellos días ya no dirán: los padres comieron los agraces y los hijos padecen dentera, sino que cada cual morirá por su propia culpa” (31,30), y que esta invasión de Nabucodonosor se debe al orgullo del rey Joaquín que lo desafía, y que se podría evitar con un pacto (c. 36-38).

Esta teología del castigo se compensa con un mensaje de salvación: cambiaré la suerte de mi pueblo, Israel y Judá, dice el Señor, y los volveré a llevar a la tierra que di en posesión a sus padres” (30,3).

El libro de Las lamentaciones.

La Biblia griega y la Vulgata atribuyen este libro a Jeremías, pero los estudios muestran que sería obra de diversos autores de la misma época y con algunas semejanzas, pero con apreciables diferencias. (Lo veremos al tratar de los Libros poéticos).

Carta de Jeremías

Un autor anónimo, inspirado en la carta de Jeremías a los desterrados (Jeremías c. 29), compuso esta sátira contra la idolatría probablemente en el periodo helenista (s. IV-II a. C.). Está dirigida supuestamente a los hebreos deportados a Babilonia, pero en realidad a todos los judíos de la diáspora a fin de que no se contagiaran con las prácticas idolátricas. El texto está en griego, por lo que no fue incluida en el canon hebreo.

Se trata de diez secciones centradas en el estribillo “A la vista está que no son dioses; no les tengáis ningún temor”. Repite la argumentación de Jeremías pero en general emplea un tono burlesco y superficial, que podría emplearse igualmente hoy por quienes quisieran burlarse de nuestras imágenes religiosas.

 

Gonzalo Haya

Fuente Fe Adulta

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Gonzalo Haya: Año de la Biblia (Septiembre). Los Profetas (I).

Viernes, 11 de septiembre de 2020

Un-hombre-estudia-la-Bibliaestudios-biblicosLa Biblia hebrea se divide en tres partes: La Ley, Los Profetas, y Los Escritos. En la escena de la transfiguración aparecen Moisés y Elías dando testimonio de Jesús. Ya hemos comentado que, para los cristianos, la Ley es un lejano punto de referencia; en cambio los profetas son importantes porque prefiguran la imagen de Jesús, y sus escritos sirvieron, a falta de testigos inmediatos, para elaborar el relato de la Pasión. Más aún, la espiritualidad de Jesús fue profética, aunque la ampliación y la dispersión de las comunidades nos convirtieron en una religión dogmática y cultual (aunque no falten profetas “a contracorriente”). San Pablo reconocía la profecía como un carisma que manifestaban algunos miembros de sus comunidades, y éstas no tenían una organización jerárquica sino carismática.

¿Qué es un profeta? ¿Cuáles son sus características? Para un conocimiento más completo recomendamos los seis capítulos que José Luis Sicre le dedica en su Introducción al Antiguo Testamento. Nosotros resumiremos y comentaremos aquí las ideas más importantes.

Tenemos una imagen general de los profetas, pero entre ellos hay importantes diferencias en el tiempo que dedican a esta actividad (desde unas horas a toda la vida), en el modo de entrar en contacto con Dios (visiones, audiciones, incluso danza), la manera de transmitir el mensaje (palabras, acciones simbólicas), y la función que desempeñan en la sociedad (sacerdotes, campesinos, consejeros reales).

También solemos generalizar, para todos, lo que solo es una característica particular de algún profeta. El error más común es identificar a los profetas como anunciadores del futuro (se malinterpreta pro-fhêmi como pre-decir). El mismo evangelista Mateo, que quiere garantizar a los judeocristianos que Jesús es el Mesías anunciado, repite varias veces la expresión “así se cumplió lo anunciado por el profeta…” Más circunstanciales han sido las imágenes del profeta como un solitario, apartado y refractario a la sociedad, o por el contrario como promotor del culto divino. Actualmente se exalta más la imagen del profeta como un reformador social que clama frente a los poderosos por la justicia social.

Frente a estas imágenes ciertas pero parciales, Sicre señala algunos rasgos esenciales comunes a todos los profetas. Una persona (hombre o mujer) carismática, inspirada mediante un contacto personal con Dios que le transmite un mensaje o un reproche a los políticos, a los sacerdotes o al pueblo. Es una persona independiente de las estructuras políticas o religiosas, frecuentemente amenazado por ellas porque va “contra corriente”, como un “perturbador de Israel”. Todos estos rasgos podemos apreciarlos también en la vida de Jesús. Más concisa, la definición que le oí a un pastor protestante: “el profeta denuncia y anuncia”; realmente los profetas anunciaban el perdón y la restauración de las promesas de la Alianza.

Al analizar hoy estas características tenemos que tener en cuenta, como dice Xabier Pikaza, que toda la Biblia está escrita con un pensamiento y lenguaje teísta, con una concepción de un Dios personal que interviene directamente en la Historia e incluso se comunica con los humanos de una manera explícita y clara. Actualmente muchos teólogos rechazan esta idea teísta de Dios, y acentúan la autonomía y libertad humana; sin embargo tampoco llegan a un deísmo que desvincule totalmente a Dios de la vida de las personas, que creó “a su imagen y semejanza”. Cómo se explica esta intervención indirecta, o esta influencia de Dios, depende de cada escuela o de cada autor. A mi gusta comparar la intervención de Dios como la influencia que ejerce en nosotros un padre o un amigo.

Quizás podamos concebir a los profetas antiguos y actuales (en sentido estricto y, más frecuentemente, en sentido amplio) como personas profundamente espirituales, que han experimentado un contacto (de tipo místico) con la realidad última que nos constituye (que llamamos Dios), y que interpretan los signos de los tiempos como mensaje espiritual o social para la sociedad a la que pertenecen. En esta línea podemos considerar profetas a Gandhi, Luther King, Monseñor Romero, y otros muchos, como sucedía en las primeras comunidades cristianas.

La lectura de los profetas se nos puede hacer tediosa porque tienen repeticiones de oráculos pronunciados en diversos momentos sobre un mismo tema y sobre situaciones propias de su espacio y tiempo, en un lenguaje simbólico, que a veces necesita una explicación. Convendrá por tanto seleccionar los pasajes (que suelen estar titulados) según nuestros intereses, porque tratan temas profundamente humanos que también nos afectan, y están expresados con imágenes poéticas de gran energía, unas veces con ternura y otras con un realismo y crudeza, que no necesita ninguna explicación. Sicre dedica un capítulo a reescribir algunos de estos pasajes que nos parecen inexpresivos, pero que en nuestro lenguaje actual nos resultan “políticamente incorrectos”, y que algunos considerarán hasta ofensivos.

Otros problemas son determinar el autor o autores de un texto, el proceso de formación, la fecha, distinguir entre los verdaderos y los falsos profetas, entre verdadera inspiración y pronósticos sensatos, entre profetas en sentido estricto o en sentido amplio; pero estos son problemas para los expertos.

Los comentaristas suelen agrupar a los profetas bíblicos en tres etapas: I desde los orígenes hasta Amós (s. XIII – IX); II desde Amós al destierro (s. VIII – IV); III desde el destierro hasta el final de la profecía (s. VI – III).

I Desde los orígenes hasta Amós (s. XIII-IX)

Dada la ambigüedad del concepto de Profeta (tanto entre los autores bíblicos como entre los críticos actuales) es difícil determinar una lista de profetas, sobre todo en esa primera época; no hay una definición establecida, y a veces se habla en sentido más restringido y otras veces en sentido amplio. Se puede considerar profeta a Abraham y a Moisés, pero nuestra idea sobre ellos no gana nada nuevo con añadirles este título. Se ganaría mayor aprecio por Miriam, la hermana de Moisés, y por Débora, jueza y guerrera. Más conocido es Samuel (s.XI), juez y sacerdote, porque ya de niño recibió un mensaje de Dios, y por la institución de la monarquía y las denuncias de las injusticias.

Durante la monarquía destacan algunos profetas como consejeros del rey y críticos de sus injusticias, citaremos a los principales. Natán, especialmente recordado por su valiente crítica al rey David con su famosa parábola del rico que mata para su banquete la única oveja del pobre (2 Sam 12). Esta denuncia de Natán inició la tradición profética de Israel; “a partir de Natán no hubo monarquía absoluta en Israel”, porque toda autoridad política o religiosa quedaba explícitamente sometida a la Ley de Jahvé (Spong).

Elías (s. IX), es uno de los profetas más importantes para interpretar los relatos de los evangelios. Es reconocido en la figura de Juan Bautista como el profeta que vendría a preparar la llegada del Mesías, y está con Moisés en la Transfiguración dando testimonio de Jesús. Profetizó en el Reino del Norte, fue acérrimo defensor del yahvismo en momentos críticos, y desafió, venció y degolló, a los (falsos) profetas de Baal (dios de la naturaleza, fecundidad y orgías) en el monte Carmelo (1 Reyes 18).

Su leyenda es de las más extraordinarias; repite patronos como el paso del Jordán o la multiplicación del pan, pero introduce otros como la resurrección del hijo de la viuda que le hospedó (1 Reyes 17), precedente para el mismo milagro de Jesús, y sobre todo el ser arrebatado hacia el cielo por un carro de fuego (2 Reyes 2,11-14).

Destaca sobre todo su experiencia mística del paso del Señor: “El Señor le dijo: sal y ponte en pie en el monte ante el Señor. ¡El Señor va a pasar! Vino un huracán tan violento que descuajaba lo montes y hacía trizas las peñas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento vino un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. Después del terremoto vino un fuego; pero el señor no estaba en el fuego. Después del fuego se oyó una brisa tenue; al sentirla, Elías se tapó el rostro con el manto, salió fuera y se puso en pie a la entrada de la cueva. Entonces oyó una voz que le decía ¿qué haces aquí Elías?” (1 Reyes 19,11-13).

Eliseo (s. IX), a quien Elías traspasó su espíritu (2 Reyes 2,8-15), es el profeta del que se cuentan más milagros, de los que el evangelio de Lucas cita la curación de Naamán el Sirio (2 Reyes 5). Tanto a Elías como a Eliseo solamente los conocemos por los relatos respectivos a Elías en 1 Reyes 17,1 a 2 Reyes 2,1; y Eliseo en 2 Reyes capítulo 2 al 7, porque ellos no dejaron ningún escrito.

Vídeos de las conferencias en la Escuela de Formación en Fe Adulta (EFFA)

José Luis Sicre: Libros proféticos. Para los primeros cristianos, los libros proféticos eran los más importantes del antiguo testamento. Pero, ¿qué imagen tenemos de los profetas? Para algunos, son anunciadores del mesías; para otros, reivindicadores de los derechos sociales; adivinadores; funcionarios del templo; etc. ¿Tienen fundamento todas estas imágenes? ¿En qué medida son mensajeros de Dios?

 

Bibliografía

José Luis Sicre: “Introducción al Antiguo Testamento” ed verbo divino, 2016. Tema IV Los Profetas.

Xabier Pikaza: “Ciudad Biblia. Una guía para adentrarse, perderse y encontrarse en los libros bíblicos”. Ed verbo divino 2019. Antiguo Testamento, 4 Profetas y Apocalíptica.

John Shelby Spong, obispo anglicano: “Orígenes de la Biblia”, c. 10 – 20. Traducción digital facilitada por: Asociación Marcel Légaut, http://marcellegaut.orghttp://johnshelbyspong.es.

Estos capítulos de Spong recrean el mensaje y la vida de cada profeta brevemente y como una crónica de actualidad.

Luis Alonso Schökel: Nueva Biblia española. Ed Cristiandad 1975. Introducción a cada uno de los profetas.

Biblia Traducción Interconfesional (BTI). Ed Biblioteca de Autores cristianos, Editorial verbo divino, Sociedades Bíblicas Unidas, 2008. Introducción a cada uno de los profetas.

Fuente Fe Adulta

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