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Amistad verdadera

Sábado, 10 de julio de 2021

Del blog de Henri Nouwen:

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Cuando nos preguntamos honestamente cuáles personas son las más importantes y queridas en nuestras vidas, descubrimos a menudo que son aquellas que, en lugar de brindar consejos, soluciones o curas, eligen mejor compartir nuestro dolor y tocar nuestras heridas con mano tierna y cariñosa. El amigo que puede guardar silencio con nosotros en un momento de desesperación o confusión, que puede quedarse con nosotros a la hora de una pena y pérdida, que puede admitir no saber, no curar, no sanar y sin embargo encarar con nosotros la realidad de nuestras debilidades: ese es un verdadero amigo.

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Henri Nouwen

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"Migajas" de espiritualidad, Espiritualidad , ,

Ella le dijo toda la verdad… (Mc 5,33). La maestra de Jesús

Martes, 29 de junio de 2021

9e85a5a5-05ba-4033-8513-5dc464ea053bDel blog de Xabier Pikaza:

La iglesia posterior ha negado, en general, la palabra a la mujer, y sólo ha reconocido palabras de hombres varones, conforme a una mala glosa de un revisor de San Pablo (1 Cor 14, 34). Pero en el principio no fue así: Según el evangelio de Marcos, en 5, 33, como en 7, 28;14, 3-9 y 16, 1-8, la primera palabra en la iglesia ha sido siempre de mujeres.

La que hoy comento (y ella le dijo toda la verdad) se sitúa en el contexto del “milagro” de la hija del archisinagogo y de la hemorroísa, que ayer presenté en RD con ocasión del evangelio del domingo (27.6.21, cf. Mc 5, 21-43).

A fin de curar a la “hija” de 12 años del archisinagogo, Jesús tuvo que curar  primero la hemorroísa, que llevaba doce años encerrada por una ley de varones “religiosos” que le prohibían ser libre y expresarse, a través de un “milagro” ostentoso, pidiendo a la mujer que diga toda la verdad, la de su vida, la del judaísmo, la de la iglesia

Jesús cura a la hemorroísa, pero necesita que ella cuente “su historia” ante todo, que enseñe (proclame) ante todos ante todos su verdad.  Por eso le llama, le pide (le exige) que hable y diga su verdad, para aprender él  y para que aprendan todos (archisinagogos, jerarcas, pueblo)… Y, a pesar de que tiene miedo de todos aquellos, esa mujer cuenta su vida, les enseña toda la verdad.   

    | X Pikaza

Introducción

Jesús necesita saber la verdad de esta mujer, su experiencia de enferma y oprimida por una ley falsamente religiosa de varones, para seguir así curando, creando iglesia. Para responderle,  ella no saca la Misná judía ni lo que dice un tipo de pretendido dogma o catecismo  oficial sobre las mujeres (¡eso a Jesús no le importa, ya se lo sabe!). Esta mujer hace algo mucho más profundo: Cuenta a Jesús y a todos sus acompañantes su verdad de oprimida y hemorroísa, no solamente su anécdota particular de “tocadora” (buscadora) de un Jesús de carne, sino su verdad universal de mujer oprimida que quiere ser curada

            El texto dice que ella le cuenta toda la verdad (con eipen: la verdad se narra, no se demuestra con teorías inventadas) toda la verdad (pasan tên alethêian). No hay en el evangelio, ni en el Nuevo Testamento, ni en toda la historia de la Iglesia una “palabra” (una confesión) más importante que ésta. Sólo una mujer tiene y dice “toda la verdad”, ante el Dios de Cristo y de la Iglesia, y sólo tras escucharla y aprenderla, Jesús podrá seguir curando a la niña enferma del eclesiástico y a todos los demás.

            Hasta el día de hoy (año 2021), en su conjunto,  la iglesia no ha sabido (o querido saber) la verdad que cuenta (confiesa) esta mujer. He comentado este pasaje en un libro sobre la Familia en la Biblia  y en un comentario de Marcos.  Desde ese fondo, con la ayuda de dos comentarios de mujeres (de M. Navarro  y E. Estévez) quiero comentar este evangelio.

 Mujer con hemorragia (5, 24b-29) ( [1] )

             Mc 5 24b…. Y mucha gente lo seguía y lo estrujaba, 25 y una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años, 26 y que había sufrido mucho con muchos médicos y había que gastado todo lo que tenía, sin provecho alguno, yendo más bien a peor, 27 habiendo oído hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. 28 Pues se decía: Si logro tocar aunque sólo sea su manto, quedaré curada. 29 E inmediatamente se secó la fuente de su sangre y supo por su cuerpo que estaba curada del flagelo.

Según la Misná judía y gran parte de la práctica eclesiástica cristiana, esta mujer es fuente y foco de impureza (¡tiene que  estar escondida en una casa de “arrecogías”, como monjas de clausura a la fuerza!), pero ella sale y avanza escondida y miedosa, en medio del gentío, pues si la reconocen tienen que expulsarla del grupo, haciendo un hueco en su entorno o incluso apedrearla.

            Nadie puede ponerse en contacto con ella, ni tocar sus pertenencia personales. Es una muerta viviente, expulsada de la sociedad y condenada a su propia soledad impura, por causa de una ley religiosa, defendida con celo por las «sinagogas» (por los archisinagogos, como éste al que Jesús acompaña). Pues bien, esta mujer, que no ha podido ser curada por la medicina (5,26), no se ha resignado a vivir como lo manda la ley israelita.

            Es persona sin familia. Conforme a la ley sacral judía, su condición de hemorroísa (mujer con hemorragia menstrual permanente) le expulsa de la sociedad: no puede tener relaciones sexuales ni casarse; no puede convivir con sus parientes ni tocar a los amigos, pues todo lo que toca se vuelve impuro a su contacto: la silla en que se sienta, el plato del que come…

  Es mujer condenada a soledad, maldición social y religiosa; pero ella se arriesga y sale para “tocar” y decir su verdad a Jesús. En este contexto,  el milagro de Jesús consiste en dejarse tocar, ofreciéndole un contacto purificador, contacto de persona a persona, de varón a mujer, de Dios con la humanidad. En el fondo del relato hay un recuerdo histórico (forma de actuar de Jesús) y una experiencia eclesial (la comunidad cristiana ha superado las normas de pureza humana y sexual del judaísmo) [2].

Jesús no la ayuda con el fin de llevarla después a su grupo; no le dice que venga a sumarse a la “familia” de sus seguidores, sino que hace algo previo: la valora como mujer, acepta el roce de su mano en el manto, ofreciéndole el más fuerte testimonio de su intimidad personal; le anima a vivir y le cura, para que sea sencillamente humana, persona con dignidad y para que construya el tipo de familia que ella misma decida. No la quiere convertir en nada (a nada) sino capacitarla para que ella sea, al fin y para siempre, humana. Socialmente impura era esta hemorroísa: rescatarla para la humanidad, para las relaciones personales, para la familia, esta ha sido una conquista capital del evangelio [3]:

 — Era hemorroísa desde hace 12 años (5, 25). Nadie podía acercarse a su cuerpo, compartir su mesa, convivir con ella. Como solitaria, aislada tras el cordón sanitario y sacral de su enfermedad, vivirá en la cárcel de su impureza femenina. No puede curarla la ley, pues la misma ley social y sacral la ratifica como enferma. Por eso no puede acudir a los escribas ni a los sacerdotes para curarse. Vive sin esperanza de curación humana, pues tampoco los muchos médicos (pollôn iatrôn; 5, 26) fueron incapaces de curarla. Lo ha gastado todo en sanidad y no ha sanado, como dice con ironía el texto [4].

Es mujer solitaria, pues su mismo “tacto” ensucia lo que toca, pero tiene un deseo de curarse que desborda el nivel de los escribas de Israel y de los médicos del mundo.Lógicamente, su misma enfermedad se expresa como búsqueda de “contacto” personal. Ha oído hablar de Jesús y quiere entrar relacionarse con él, de un modo personal, a nivel de “cuerpo”: ¡Si al menos pudiera tocar su vestido! (cf. 5, 27-28). No puede venir cara a cara, no puede avanzar a rostro descubierto, con nombre y apellido, mirando a los ojos a la gente que la estruja, porque todos tenderían a expulsarla, sintiéndose impuros a su roce. Por eso llega por detrás (opisthen), en silencio (5, 27).

 — Es mujer que conoce y sabe con su cuerpo (5, 29). Toca el manto de Jesús y siente que se seca la fuente “impura” de su sangre, se sabe curada. Alguien puede preguntar: ¿Cómo lo sabe? ¿De qué forma lo siente, así de pronto? ¿No será ilusión, allí en medio del gentío? Evidentemente no. Ella lo sabe por su cuerpo (egnô tô sômati…), que es la fuente y verdad del primer conocimiento. Los hombres tienden a conocer “a través de leyes” o por medio de razonamientos. Esta mujer, en cambio, conoce por su cuerpo, es decir, a través de la sensación interior por la que se expresa su corporalidad más honda.

             El conocimiento intelectual y racional resultan en este caso secundarios. En el fondo de su vida, hombres y mujeres conocemos a través de la sensación, es decir, a través del cuerpo, de manera que podemos afirmar que somos “inteligencia sentiente”. Pues bien, frente a todas las razones religiosas de los escribas y sacerdotes de Israel, Jesús quiere volver y vuelve a este nivel más hondo de conocimiento corporal, que es fuente de salud humana, el principio de toda religión. En ese nivel, lo que importa de verdad es que ella sepa con su cuerpo, se sepa curada, que pueda elevarse y sentirse persona, rompiendo la cárcel de sangre que la tenía oprimida, expulsada de la sociedad por muchos años. Por eso es decisivo que sepa, se descubra limpia en contacto con Jesús. Así dice Marcos que ella “conoce por su cuerpo” [5].

El mismo gesto de esconder su enfermedad y avanzar entre el gentío, corriendo el riesgo de tocar a unos y otros a su paso, era una especie de protesta religiosa. Esta mujer no se había resignado a vivir condenada y aislada, como un cadáver ambulante, porque así lo diga una ley regulada por los sabios varones de su pueblo. Sin duda, ella iba rozando a muchos y expandiendo a todos (según ley) su contagio de impureza legal, pero nadie se daba cuenta, mostrando así la impotencia de esa ley (pues si todos están contagiados nadie lo está). Sólo Jesús advierte el toque «profundo» de la mujer, que no se atrevía ni a rozar su cuerpo, ni a tomar su mano, sino que le ha bastado con rozar manto (5,28) [6].

Jesús, la fuerza sanadora de Dios (5, 30-32)

Mc 5, 30 E inmediatamente, Jesús, conociendo en sí mismo la fuerza que había salido de él, volviéndose a la muchedumbre, preguntó: ¿Quién ha tocado mi manto? 31 Y sus discípulos le replicaron: Ves que la gente te está estrujando ¿y preguntas quién me ha tocado?

La salvación aparece así a nivel de contacto personal, como muestra el gesto de Jesús que busca a la persona que le ha tocado, y la conversación que sigue, que nos conduce al centro del poder purificador del evangelio. Jesús conoce “en su cuerpo” la fuerza que ha salido de él, lo mismo que la mujer ha conocido “en su cuerpo” la curación que ha recibido. Eso significa que Jesús es una persona en comunicación, un cuerpo que se pone en contacto con otros otros, de hombres y mujeres, en un nivel de solidaridad profunda y de acción transformadora, antes de toda racionalización. A partir de este “conocimiento” se entiende la conversación:

1) Jesús: «¿Quién ha tocado mi manto?» (5,30). Pregunta así porque sabe que él se ha puesto en contacto sanador (de solidaridad personal) con otro cuerpo/persona, a través de un manto, un vestido que mantiene su intimidad (le permite resguardad lo más profundo), pero que, al mismo tiempo, le comunica con los otros, haciendo así posible que todos le miren y le toquen. No pregunta “qué” me ha tocado (como si fuera una cosa), sino tis, es decir, quien, una persona. Notemos que no pregunta por aquellos que le han tocado en general, en roce de tipo ordinario. Quiere saber quién le ha tocado precisamente el manto, aludiendo de esa forma al simbolismo ya indicado del manto nupcial, pero, sobre todo, al signo de la comunicación corporal.

2) Los discípulos no entienden (5,31). Piensan que Jesús alude al toque ordinario de aquellos que caminan a su lado y le empujan u oprimen por curiosidad o falta de espacio. No conocen el poder de su vida (de su cuerpo), ni saben distinguir los roces de la gente: quedan en el plano físico de la gente que aprieta, en un nivel de encuentros materiales, como si fueran simples “cosas”. A diferencia de ellos, la mujer entenderá (5, 33). Sabe lo del manto y conoce el movimiento de su cuerpo sanado (conoce a nivel de corporalidad humana, no de contacto de cosas) [7].

3) Jesús, en cambio, distingue y reconoce que éste ha sido un roce de mujer (es decir, de una persona distinta, que en aquel contexto ha de venir escondido), pues el texto dice que,  antes de verla y conocerla externamente, se ha vuelto para descubrir tên touto poiêsasan, es decir, para ver a “la” que había hecho esto (5, 32), sabiendo que la persona que le ha tocado sólo podía ser una mujer creyente, alguien que cree en el poder liberador del contacto corporal (en contra de aquellos que le habían condenado por ley a ser impura). Éste es el principio de su gesto posterior (de su palabra de curación): Una mujer “distnta” (que según Ley debía alejarse de todos) le ha tocado, y él se deja tocar [8].

             El texto nos sitúa así ante el contacto de dos cuerpos. (a) El de una mujer que se encuentra expulsada de la sociedad y declarada impura por su trastorno de sangre. (b) Y el de Jesus que irradia pureza y purifica a la mujer que le ha tocado,  vinculándose a ese plano con la hemorroísa. Sólo ellos dos, en medio del gentío de curiosos legalistas, se saben hermanados por el cuerpo.

Al “tocar” a Jesús, ella le ha enseñado algo que quizá Jesús antes no sabía (o no había pensado expresamente): Que no hay un “cuerpo impuro” de mujer; que igual que ha podido “limpiar” al leproso (1, 39-45), él puede y debe curar a la mujer menstruante, declarada por otros impura. Al “tocar” a Jesús, esta mujer ha declarado que quiere ser pura y que lo es. Ésta es su verdad, es la primera palabra de esta mujer-persona, que quiere dejarse curar por el Dios de Jesús…, que conoce en el fondo a Jesús mejor que todos los hombres que le siguen y manejan, como son al archisinagogo y los mismos discípulos, que gobernarán después su iglesia. Al sentirse “tocado” en su cuerpo, Jesús descubre y declara que esta mujer está limpia.

Nos hallamos, por tanto, ante un “con-tacto” personal primigenio y salvador, ante el roce de dos cuerpos que no se rechazan, un roce humano, primigenio, de reconocimiento y de aceptación “mesiánica”, es decir, personal. A ese nivel ha tocado la mujer a Jesús; a ese nivel ha aprendido Jesús que ese “toque” no es impuro, no mancha. Jesús descubre así que, más allá de los que aprietan y oprimen de manera puramente física, le ha tocado una persona pidiendo su ayuda; evidentemente, él se la ha dado.

            Jesús se ha dejado sorprender por el “toque” de esta mujer  (que es como el “toque” sorprendente de Dios, del que han hablado algunos místicos, como Teresa de Jesús). Esta mujer ha “tocado” a Jesús en lo más hondo de su vida (de su persona), y él se ha dejado “tocar”, no ha rechazado su roce más hondo, y por la ha buscado con insistencia, logrando que ella venga, a la vista de todos, y se postre (pros-epesen)  a sus pies, como el archisinagogo se había postrado, confesando así el poder de Jesús, que le  ha “obligado” a confesar abiertamente lo que ha hecho (le ha tocado), declarando toda la verdad (pasan tên alêtheian), que es la verdad de su dolencia y de su curación (5,33).

            Esta mujer era invisible, estaba encerrada en la cárcel de su impureza (es decir, de la impureza y falta de palabra que habían impuesto sobre ellas los varones “falsamente religiosos” de un judaísmo de ley o de un cristianismo de derecho de varones), sin que nadie pudiera tocarla, ni ella tocar a nadie, bajo amenaza de fuerte condena. Por eso ha venido a escondidas, con miedo, pues quien la viera podía castigarla (5, 27). Pero Jesús se ha dejado tocar, y quiere decir ante todos lo que ha pasado, haciendo que ella pueda romper ese ocultamiento vergonzoso, hecho de represiones exteriores y miedos internos, que ahora podrá ya superar abiertamente.

Una mujer que cuenta toda la verdad (5, 32-34)

32 Pero él (Jesús) miraba alrededor para ver quién lo había hecho. 33 Pero la mujer, temerosa y temblorosa, conociendo lo que le había pasado, vino y se postró ante él y le dijo toda la verdad34. Él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu flagelo [9].

Jesús necesita que ella cuente toda la verdad (no sólo su verdad particular, sino toda la verdad del evangelio). En otras ocasiones, Jesús había pedido a los curados que no dijera nada, para que el “milagro” no rompiera el secreto mesiánico, ni pudiera convertirse en propaganda mentirosa sobre su persona (cf. 1, 34. 44; 3, 12).

Pero, en esta ocasión, él pide a la mujer que salga al centro y cuente a la muchedumbre lo que ha sido su vida en cautiverio y cómo ha conseguido la pureza de su cuerpo. De esa forma, le concede (o, mejor dicho, le devuelve) la palabra, para que así ella pueda mostrar en la plaza pública, ante todos los hombres legalistas y de un modo especial ante el Archisinagogo, lo que fue el tormento de su vida antes clausurada en la “impureza” que le imponían los demás, y lo que es la gracia de la curación que Jesús le ofrece.

Esta mujer viene a presentarse así como la primera maestra de la Iglesia, la doctora que enseña a Jesús, la el “ministro” superior de la palabra en la iglesia. Todos los dogmas posteriores de concilios y papas han sido y seguirán siendo secundarios. Esta mujer es la primera doctora  y maestra de la Iglesia de Jesús, porque ha sido maestra de Jesús.

            Es ella la que tiene que decirlo  (decirse a sí misma): tomar su palabra de mujer y persona, proclamando ante todos su experiencia, para que así descubran, por su palabra, apoyada por Jesús, que ella no es impura. Es una mujer que conoce lo que le ha pasado (eiduia ho gegonen autê, 5, 33) por su propio cuerpo (5, 29), una mujer que puede elevarse ante todo y declarar lo que había en el fondo de su exclusión, sin estar ya sometida a lo que otros dicen de ella a través de sus leyes.

Así dice toda  la verdad (pasan tên alêtheian, en absoluto)ante los varones de la plaza (y en especial ante el Archisinagogo, enseñándoles así con su propia experiencia. Ésta es la meta de la curación, éste es el principio de la iglesia mesiánica, que surge allí donde las mujeres pueden y deben decir lo que sienten y saben, lo que sufren y esperan, en una historia que deben oír los varones.

Ella cuenta y él ratifica lo que ha dicho esta mujer. De manera muy significativa, Jesús no añade nada, no se pone por encima de ella. No se atribuye la curación, no quiere ponerse en primer plano, sino que confirma, de manera cercana y personal, lo que ella ha hecho: ¡Hija! Tú fe (expresada en tu palabra) te ha salvado. Vete en paz (5, 34). Esta palabra ¡hija! (thygatêr), no hijita (thygatrion, en diminutivo, como ha dicho el archisinagogo al referirse a su hija/niña), es aquí el término apropiado.

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“Una ‘revolución ignorada’”. Domingo 13 Tiempo ordinario – B (Marcos 5,21-43).

Domingo, 27 de junio de 2021

34_13_TO_B_1467538Jesús adoptó ante las mujeres una actitud tan sorprendente que desconcertó incluso a sus mismos discípulos. En aquella sociedad judía, dominada por los varones, no era fácil entender la nueva postura de Jesús, acogiendo sin discriminaciones a hombres y mujeres en su comunidad de seguidores. Si algo se desprende con claridad de su actuación es que, para él, hombres y mujeres tienen igual dignidad personal, sin que la mujer tenga que ser objeto del dominio del varón.

Sin embargo, los cristianos no hemos sido todavía capaces de extraer todas las consecuencias que se siguen de la actitud de nuestro Maestro. El teólogo francés René Laurentin ha llegado a decir que se trata de «una revolución ignorada» por la Iglesia.

Por lo general, los varones seguimos sospechando de todo movimiento feminista, y reaccionamos secretamente contra cualquier planteamiento que pueda poner en peligro nuestra situación privilegiada sobre la mujer.

En una Iglesia dirigida por varones no hemos sido capaces de descubrir todo el pecado que se encierra en el dominio que los hombres ejercemos, de muchas maneras, sobre las mujeres. Y lo cierto es que no se escuchan desde la jerarquía voces que, en nombre de Cristo, urjan a los varones a una profunda conversión.

Los seguidores de Jesús hemos de tomar conciencia de que el actual dominio de los varones sobre las mujeres no es «algo natural», sino un comportamiento profundamente viciado por el egoísmo y la imposición injusta de nuestro poder machista.

¿Es posible superar este dominio masculino? La revolución urgida por Jesús no se llevará a cabo despertando la agresividad mutua y promoviendo entre los sexos una guerra. Jesús llama a una conversión que nos haga vivir de otra manera las relaciones que nos unen a hombres y mujeres.

Las diferencias entre los sexos, además de su función en el origen de una nueva vida, han de ser encaminadas hacia la cooperación, el apoyo y el crecimiento mutuos. Y, para ello, los varones hemos de escuchar con mucha más lucidez y sinceridad la interpelación de aquel de quien, según el relato evangélico, «salió fuerza» para curar a la mujer.

José Antonio Pagola

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“Contigo hablo, niña, levántate”. Domingo 27 de junio de 2021. Domingo 13º ordinario.

Domingo, 27 de junio de 2021

38-ordinarioB13 cerezoLeído en Koinonia:

Sabiduría 1,13-15;2,23-24: La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo.
Salmo responsorial: 29. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.
2Corintios 8,7.9.13-15: Vuestra abundancia remedia la falta que tienen los hermanos pobres.
Marcos 5,21-43: Contigo hablo, niña, levántate

Jairo viene de vuelta de la sinagoga. A pesar de ser jefe de esa institución no ha encontrado en ella la salvación para su hija; el judaísmo, representado por la institución más importante después del templo, no conduce a la vida; la hija de Jairo, imagen del pueblo, está abocada a una muerte irremediable. Por eso Jairo, tal vez desesperado y desilusionado con aquel viejo sistema, acude a Jesús, buscando vida para su hija. Y estando con él se entera de que su hija ha muerto: ¿Para qué molestar más al maestro?, le dicen. La gente piensa que se molesta al maestro pidiéndole que dé vida. No saben que “el ha venido para que tengan vida y vida abundante”, como dice el evangelista Juan. Jesús, en estas circunstancias extremas, no se arredra: “No temas, ten fe y basta…” Para quien cree –y Jairo ha comenzado ya a adherirse a Jesús, a creer en él, en la medida en que se ha distanciado de la sinagoga-, la muerte es un sueño del que se puede despertar. Los primeros cristianos lo entendieron así cuando comenzaron a llamar a la necrópolis (= ciudad de los muertos) cementerio (= dormitorio). No lo ve así la gente que, al enterarse de la muerte de la hija de Jairo, lloraba gritando sin parar –gesto de desesperanza total-, y que, cuando Jesús dice que la niña “no está muerta, sino dormida”, se reía de él considerando la situación irreversible. Ante tanta incredulidad no hay nada que hacer. Por eso, Jesús echa fuera a la gente –para quien no cree, la muerte es el final- y entra adonde está la niña con sus padres junto con tres de sus discípulos a quienes quiere mostrar especialmente la fuerza de vida que hay en él.

Curiosamente estos tres discípulos están presentes también en la transfiguración y en el Huerto y, en ambas escenas, se duermen. Este sueño es todo un símbolo. En la Transfiguración, Jesús habla con Moisés y Elías de su éxodo –esto es, de su paso de la muerte a la vida-; en el Huerto, Jesús pide a Dios fuerzas para aceptar el camino que le lleva a la muerte, como paso para la vida definitiva. Pedro, Santiago y Juan no tienen interés en aceptar este camino del maestro hacia la muerte, porque –al igual que los judíos- no creen que sea un paso hacia la vida definitiva. Tal vez, por esto, para que aprendan que Jesús es la imagen de un Dios que da vida, Jesús se los lleva consigo. Sorprende, no obstante, que, cuando Jesús devuelve la vida a la niña, insista vivamente a los discípulos para que no digan nada a nadie. Orden lógica, pues todavía no están capacitados para digerir y asimilar y proclamar este mensaje de vida.

Se asemeja a veces la sinagoga, de la que Jairo es jefe, a nuestra vieja iglesia y a algunos de sus jefes, que no son capaces de sanar los males del mundo por estar centrados en mantener unas estructuras que no dan vida. Al igual que Jairo, nuestra iglesia, si quiere seguir siendo la iglesia de Jesús, tendrá que salir al encuentro del maestro, rompiendo viejas estructuras que la mantienen cerrada al mundo. Y en ese encuentro con Jesús y su evangelio, oirá las mismas palabras que Jesús le dirigió a Jairo: “No temas, ten fe y basta”. Tal vez sea este el mal de nuestra iglesia: tiene demasiado miedo y poca fe, y este miedo a perder seguridades, prestigio y poder le impide lanzarse a la aventura de remediar los males de un mundo abocado a la muerte; tal vez tenga que adherirse más al mensaje de Jesús y a su estilo de vida pobre, libre, solidario y entregado a los que viven en las márgenes del mundo. Sólo así podrá devolver la vida a tanto muerto que hay vivo, a tantos que gritan llorando sin parar, lamentándose de que no es posible luchar contra este injusto sistema mundano que ha marginado a tanta gente, llevándola a las puertas de la muerte.

Pablo, en su carta a los corintios, invita a resolver el problema de la injusticia y la desigualdad con generosidad. Y para ello pone el ejemplo de Jesús que, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” y hacer un mundo más igualitario donde “la abundancia de unos remedie la carencia de otros”, y brote la igualdad. Un verdadero milagro que está en nuestras manos realizar para devolver la vida a cuantos carecen de las mínimas condiciones de vida, para hacer de nuevo el milagro del maná por el que Dios impedía que unos acumulasen lo que era necesario para otros: “al que recogía mucho no le sobraba y al que recogía poco no le faltaba” (Ex 16,18). Un mundo de iguales, un mundo regido por un Dios que, como dice el libro de la Sabiduría, “no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera.. Dios creó al ser humano para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser”…

Añadamos una «nota crítica» de precaución. Una lectura no crítica de la primera lectura evoca espontáneamente el tema del «pecado original» y deja claramente la idea de que la muerte sería consecuencia del pecado original, y que éste habría sido consecuencia de «la envidia del diablo» (Sb 2,24). Es todo un conjunto teológico y simbólico lo que es evocado aquí, como de paso, el pecado original. Es importante no caer en la facilidad de apoyarse acríticamente en ese supuesto, y hablar del mal o de la muerte, con toda naturalidad, como fruto del pecado o -peor aún- como introducida en el mundo por el diablo envidioso. Somos personas de hoy, y los oyentes de las homilías también lo son. Y aunque en alguna comunidad hubiera bastantes personas con una visión mítica atrasada, aun ellas merecen ser tratadas con dignidad, con una pedagogía crítica que le ayude a reconciliar su atrasada visión mítica con una religiosidad apta para los tiempos de hoy.

Todos, los predicadores de las homilías, y también los oyentes, tenemos la obligación de reivindicar un discurso «para hoy», que no repita -con frecuencia simplemente por pereza, o por miedo- las afirmaciones manidas afirmaciones míticas, y, más importante aún, que no las repita como si de afirmaciones reales (descriptivas de algo que realmente hubiera sucedido) se tratara. Se puede evocar el mundo simbólico del pasado para explicarlo y discernirlo, pero siempre con la obligación de dejar explícitamente claro que se trata de afirmaciones «simbólicas», que en otro tiempo fueron tomadas como literalmente reales (así fue, y hasta hace bien poco tiempo), pero que hoy sabemos que sólo son simbólicas, es decir, que tienen un valor para nuestra vida espiritual, pero que en su sentido literal no son históricas, o que incluso pueden ser contrarias a la verdad histórica.

En el caso que nos ocupa en concreto -aunque aquí no debamos justificarlo- la verdad original profunda es contraria a lo que tradicionalmente nos ha sido dicho: lo «original», lo que se dio en el principio, no fue un «pecado original», sino una «bendición original». [Matthew Fox es el teólogo que más emblemáticamente ha desarrollado esta afirmación, en su libro «La bendición original. Una nueva espiritualidad para el hombre del siglo XXI», Ediciones Obelisco, Barcelona – Buenos Aires 2002]. Leer más…

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El sanador herido

Jueves, 27 de mayo de 2021

En un día especial para mí, esta realidad explica mi vida…

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Nadie escapa a la posibilidad de ser herido. Todos somos personas heridas, física, psicológica, mental, espiritualmente. La pregunta principal no es: “¿Cómo podemos esconder nuestras heridas?”, a fin de que no nos resulten embarazosas, sino: “¿Cómo podemos poner nuestras heridas al servicio de los demás?”.

Cuando las heridas dejan de ser una fuente de vergüenza y se vuelven fuente de curación, nos convertimos en curadores heridos. Jesús es el curador herido de Dios: por medio de sus heridas nos ha sanado de nuevo a nosotros. El sufrimiento y la muerte de Jesús han traído consigo alegría y vida; su humillación ha traído gloria; su rechazo ha traído una comunidad de amor. Como seguidores de Jesús, también nosotros podemos hacer que nuestras heridas traigan curación a los otros

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Henri Nouwen,
Pan para el viaje, PPC, Madrid 1999.

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Te encuentras siempre ante la alternativa de dejar hablar a Dios o dejar gritar a tu “yo” herido. Aunque deba haber un lugar donde puedas dejar que la parte herida de ti obtenga la atención que necesita, tu vocación es hablar del lugar donde Dios habita en ti. Cuando permites que tu “yo” herido se exprese en forma de justificaciones, disputas o lamentos, sólo consigues frustrarte aún más y te sentirás cada vez más rechazado. Reclama a Dios en ti y deja que Dios pronuncie palabras de perdón, de curación y de reconciliación, palabras que llamen a la obediencia, al compromiso radical y al servicio. Se requiere mucho tiempo y mucha paciencia para distinguir entre la voz de tu “yo” herido y la voz de Dios, pero en la medida en que vayas siendo más fiel a tu vocación se volverá más fácil. No desesperes: has de prepararte para una misión que será difícil, pero fecunda.

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Henri Nouwen

La voz interior del amor,
PPC, Madrid 1997.

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Heridas sanadoras

Martes, 30 de marzo de 2021

Del blog de Henri Nouwen:

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“Nadie se libra de verse herido. Todos hemos recibido alguna que otra herida, ya sea en nuestro cuerpo, ya en nuestros sentimientos, ya en nuestros espíritus. La principal pregunta no es: ¿cómo disimular nuestras heridas para que no nos resulten molestas? sino ¿cómo poner al servicio de los demás las heridas recibidas? Cuando nuestras heridas dejan de ser fuente de vergüenza para convertirse en fuente de sanación, nos habremos convertido en sanadores heridos.

Jesús es el sanador herido de Dios. Por medio de sus heridas somos sanados nosotros. Los sufrimientos y la muerte de Jesús, trajeron alegría y vida. Su humillación trajo gloria; su rechazo trajo una comunidad de amor.

Como seguidores de Jesús, también nosotros podemos hacer que nuestras heridas traigan sanación a los demás.”

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Henri Nouwen

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Nouwen: El sanador herido.

Viernes, 15 de enero de 2021

Del blog de Henri Nouwen:

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Todos somos, de una u otra manera, personas heridas, y encontrar el amor incondicional de Dios nos permite encontrar en esas mismas heridas una fuente de bendición. No son nuestras condiciones particulares el problema en sí, sino nuestra mirada sobre ellas, nuestra no aceptación. Descubrirse herido y rechazado es el problema.

No se juzga a las personas por su condición sexual, sino por su bondad, su capacidad de servicio, su compasión. Los que escucharon a Nouwen y se sintieron bendecidos por sus conferencias, retiros o libros no sabían su condición homosexual, es un dato que se hizo público después de su muerte, y permite comprender mejor la fuente de su sabiduría espiritual, pero nada más. Antes o después sigue siendo un maestro que entendió y habló como pocos de las luchas y anhelos del corazón humano.

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El sanador herido

Miércoles, 27 de mayo de 2020

En un día especial para mí, esta realidad explica mi vida…

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Nadie escapa a la posibilidad de ser herido. Todos somos personas heridas, física, psicológica, mental, espiritualmente. La pregunta principal no es: “¿Cómo podemos esconder nuestras heridas?”, a fin de que no nos resulten embarazosas, sino: “¿Cómo podemos poner nuestras heridas al servicio de los demás?”.

Cuando las heridas dejan de ser una fuente de vergüenza y se vuelven fuente de curación, nos convertimos en curadores heridos. Jesús es el curador herido de Dios: por medio de sus heridas nos ha sanado de nuevo a nosotros. El sufrimiento y la muerte de Jesús han traído consigo alegría y vida; su humillación ha traído gloria; su rechazo ha traído una comunidad de amor. Como seguidores de Jesús, también nosotros podemos hacer que nuestras heridas traigan curación a los otros

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Henri Nouwen,
Pan para el viaje, PPC, Madrid 1999.

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Te encuentras siempre ante la alternativa de dejar hablar a Dios o dejar gritar a tu “yo” herido. Aunque deba haber un lugar donde puedas dejar que la parte herida de ti obtenga la atención que necesita, tu vocación es hablar del lugar donde Dios habita en ti. Cuando permites que tu “yo” herido se exprese en forma de justificaciones, disputas o lamentos, sólo consigues frustrarte aún más y te sentirás cada vez más rechazado. Reclama a Dios en ti y deja que Dios pronuncie palabras de perdón, de curación y de reconciliación, palabras que llamen a la obediencia, al compromiso radical y al servicio. Se requiere mucho tiempo y mucha paciencia para distinguir entre la voz de tu “yo” herido y la voz de Dios, pero en la medida en que vayas siendo más fiel a tu vocación se volverá más fácil. No desesperes: has de prepararte para una misión que será difícil, pero fecunda.

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Henri Nouwen

La voz interior del amor,
PPC, Madrid 1997.

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Amar nuestra condición humana rota

Lunes, 16 de septiembre de 2019

Del blog de Henri Nouwen:

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 ¡Cuántas heridas traemos con nosotros!. Las traemos también cuando entregamos nuestra vida a Dios. Cuanto más nos abrimos para ser curados, más hondas se muestran nuestras heridas. La tentación es el desánimo. Pero no hay que temer, porque el simple hecho de ser más consciente de nuestras heridas nos muestra que Dios nos da fuerzas para enfrentarlas, y convertirlas en fuentes de bendición, para nosotros y para los otros.

El reto es vivir con nuestras heridas, en vez de pensar sólo en ellas. Mejor llorar que preocuparse; sentirlas, mejor que comprenderlas; dejar que sean parte de tu silencio mejor que hablar siempre de ellas. Tus heridas serán sanantes cuando las pongas al servicio de tu corazón.

El dolor es el lugar donde nace la compasión de Dios, me hace reconocer los pecados del mundo, y los míos propios. El dolor también es oración. El dolor es la disciplina del corazón que ve el pecado del mundo, y es también el doloroso precio para alcanzar la libertad, sin la cual el amor no puede surgir. El dolor es una parte muy importante de mi oración, porque me prepara para llegar a ser como el Padre, cuya única autoridad es la compasión. Une tu dolor al dolor del mundo, al dolor de Jesús, y entrarás en una vida realmente compasiva.

RECUERDA: Nuestra aflicción encierra siempre una bendición oculta.  (Lee las Bienaventuranzas).

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(Ideas de Henri Nouwen)

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Perdonar a la Iglesia

Viernes, 9 de noviembre de 2018

Del blog de Henri Nouwen:

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Unas meditaciones de Nouwen acerca de la Iglesia me resultaron cercanas y significativas y tomé algunas notas en mi diario personal (2017). Por ejemplo, esta afirmación: “A cualquiera con alguna autoridad en la Iglesia debiera recordársele constantemente que la mejor palabra para caracterizar a la autoridad religiosa es compasión”.

También: “Cuando hemos sido heridos por la Iglesia, nuestra tentación es rechazarla. Pero cuando rechazamos a la Iglesia se vuelve muy difícil mantenernos en contacto con el Cristo vivo. Cuando decimos: amo a Jesús, pero odio a la Iglesia, no solamente terminamos perdiendo a la Iglesia, sino también a Jesús”.

“El desafío es perdonar a la Iglesia. Este desafío es especialmente difícil porque la Iglesia muy pocas veces nos pedirá que la perdonemos, por lo menos no de manera oficial. Pero la Iglesia como una organización humana, a menudo falible, necesita nuestro perdón, mientras que la Iglesia como Cristo vivo entre nosotros sigue ofreciéndonos el perdón”.

Pensar siempre a la Iglesia como “una comunidad de personas débiles que luchan, de la cual formamos parte, y en quien encontramos a nuestro Señor y Redentor”.

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El gran reto es vivir con tus heridas

Miércoles, 24 de octubre de 2018

Del blog de Henri Nouwen:

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“Te han herido de muchas maneras. Cuanto más te abras para ser curado, más descubrirás la profundidad de tus heridas. Sentirás la tentación de desanimarte, porque bajo toda herida que descubras, encontrarás otras. La búsqueda de la verdadera curación será dolorosa. Tienes que derramar aún muchas lágrimas. Pero no tengas miedo. El simple hecho de ser más consciente de tus propias heridas te demuestra que tienes la fuerza suficiente para enfrentarte a ellas. El gran reto es vivir con la ayuda de tus heridas, en vez de pensar solo en ellas”.

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Henri Nouwen
“La voz interior del amor”

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“La fe grande de una mujer”. Domingo 13 Tiempo ordinario – B (Marcos 5,21-43).

Domingo, 1 de julio de 2018

13-852849-195x300La escena es sorprendente. El evangelista Marcos presenta a una mujer desconocida como modelo de fe para las comunidades cristianas. De ella podrán aprender cómo buscar a Jesús con fe, cómo llegar a un contacto sanador con él y cómo encontrar en él la fuerza para iniciar una vida nueva, llena de paz y salud.

A diferencia de Jairo, identificado como «jefe de la sinagoga» y hombre importante en Cafarnaún, esta mujer no es nadie. Solo sabemos que padece una enfermedad secreta, típicamente femenina, que le impide vivir de manera sana su vida de mujer, esposa y madre.

Sufre mucho física y moralmente. Se ha arruinado buscando ayuda en los médicos, pero nadie la ha podido curar. Sin embargo, se resiste a vivir para siempre como una mujer enferma. Está sola. Nadie la ayuda a acercarse a Jesús, pero ella sabrá encontrarse con él.

No espera pasivamente a que Jesús se le acerque y le imponga sus manos. Ella misma lo buscará. Irá superando todos los obstáculos. Hará todo lo que pueda y sepa. Jesús comprenderá su deseo de una vida más sana. Confía plenamente en su fuerza sanadora.

La mujer no se contenta solo con ver a Jesús de lejos. Busca un contacto más directo y personal. Actúa con determinación, pero no de manera alocada. No quiere molestar a nadie. Se acerca por detrás, entre la gente, y le toca el manto. En ese gesto delicado se concreta y expresa su confianza total en Jesús.

Todo ha ocurrido en secreto, pero Jesús quiere que todos conozcan la fe grande de esta mujer. Cuando ella, asustada y temblorosa, confiesa lo que ha hecho, Jesús le dice: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud». Esta mujer, con su capacidad para buscar y acoger la salvación que se nos ofrece en Jesús, es un modelo de fe para todos nosotros.

¿Quién ayuda a las mujeres de nuestros días a encontrarse con Jesús? ¿Quién se esfuerza por comprender los obstáculos que encuentran en algunos sectores de la Iglesia actual para vivir su fe en Cristo «en paz y con salud»? ¿Quién valora la fe y los esfuerzos de las teólogas que, sin apenas apoyo y venciendo toda clase de resistencias y rechazos, trabajan sin descanso por abrir caminos que permitan a la mujer vivir con más dignidad en la Iglesia de Jesús?

Las mujeres no encuentran entre nosotros la acogida, la valoración y la comprensión que encontraban en Jesús. No sabemos mirarlas como las miraba él. Sin embargo, con frecuencia, ellas son también hoy las que con su fe en Jesús y su aliento evangélico sostienen la vida de no pocas comunidades cristianas.

José Antonio Pagola

Audición del comentario

Marina Ibarlucea

 

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Heridas sanadoras

Martes, 27 de marzo de 2018

Del blog de Henri Nouwen:

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“Nadie se libra de verse herido. Todos hemos recibido alguna que otra herida, ya sea en nuestro cuerpo, ya en nuestros sentimientos, ya en nuestros espíritus. La principal pregunta no es: ¿cómo disimular nuestras heridas para que no nos resulten molestas? sino ¿cómo poner al servicio de los demás las heridas recibidas? Cuando nuestras heridas dejan de ser fuente de vergüenza para convertirse en fuente de sanación, nos habremos convertido en sanadores heridos.

Jesús es el sanador herido de Dios. Por medio de sus heridas somos sanados nosotros. Los sufrimientos y la muerte de Jesús, trajeron alegría y vida. Su humillación trajo gloria; su rechazo trajo una comunidad de amor.

Como seguidores de Jesús, también nosotros podemos hacer que nuestras heridas traigan sanación a los demás.”

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Henri Nouwen

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“Sagrado Corazón de Jesús”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Viernes, 23 de junio de 2017

piezas-lego-abre-pecho-corazonHoy celebramos la festividad del Sagrado Corazón de Jesús y por ello, rescatamos este artículo de hace ya tres años… Leído en su blog Nihil Obstat:

“Soy manso y humilde de corazón”
(Mateo 11, 25-30)

A muchos de nuestros contemporáneos no acaban de gustarles las representaciones que muestran a Jesús con el corazón traspasado y, a menudo, rodeado con una corona de espinas (pongan en google: “sagrado corazón de Jesús”, pinchen en “imágenes” y verán lo que encuentran). Si queremos actualizar esta devoción y encontrarle un sentido que responda a los anhelos de muchas personas de hoy, es necesario dejar de concentrar nuestra mirada en el corazón físico de Jesús (“yo no tengo devoción a una víscera”, me dijeron una vez en el confesionario), y recuperar el sentido bíblico y amplio del corazón como centro de nuestra afectividad y de nuestras decisiones más íntimas. En este sentido, el corazón de Jesús sería un buen símbolo de la misericordia de Dios que se expresa en todas las palabras y hechos de Jesús.

Walter Kasper ha tenido el acierto de señalar dos pasajes del evangelio de Juan que pueden ayudarnos a dar un sentido más actual a esta devoción. El primero, el texto de Jn 13,23, que muestra al discípulo amado descansando sobre el pecho o el corazón de Jesús. Esta representación, dice Kasper, puede ilustrar que en medio de la inquietud y del ajetreo del mundo, existe un lugar en el que podemos descansar y encontrar la paz interior. Todos necesitamos un buen amigo que nos apoye en los momentos difíciles, un amigo en el que poder confiar. Los creyentes sabemos que Jesús es este buen amigo que nunca falla (cf. Jn 15,15: a vosotros os he llamado amigos).

El otro texto que cita Kasper es el del escéptico Tomás que cree cuando introduce su dedo en la herida, pascualmente transfigurada, del costado de Jesús (Jn 20,24-29). Este encuentro puede ser importante para aquellos que se hacen preguntas y viven con un corazón inquieto, atormentados por las dudas. En cierto modo, todos somos como Tomás: no queremos creer fiados solo en la palabra de los demás, necesitamos una experiencia de encuentro personal con Cristo.

A propósito de este segundo texto (Tomás puso su dedo en el costado de Jesús), me surge la pregunta de cómo se compagina con este otro de Jn 20,17, en el que, cuando María Magdalena quiere abrazar a Jesús resucitado, éste le dice: no me toques. A Jesús resucitado no se le puede tocar materialmente. Una pista para entender los dos textos juntos, la ofrece Blas Pascal cuando dice: tras su resurrección, Jesús solo permite que se toquen sus heridas. La cuestión entonces es: ¿dónde están hoy las heridas de Jesús? O dicho de otra manera: ¿dónde pone hoy Jesús su corazón? Jesús pone su corazón en sus heridas que permanecen en este mundo: los pobres, los hambrientos, los malqueridos sociales. Ahí es dónde debemos poner la mano si queremos encontrar el corazón de Jesús.

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El sanador herido

Sábado, 27 de mayo de 2017

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Nadie escapa a la posibilidad de ser herido. Todos somos personas heridas, física, psicológica, mental, espiritualmente. La pregunta principal no es: “¿Cómo podemos esconder nuestras heridas?”, a fin de que no nos resulten embarazosas, sino: “¿Cómo podemos poner nuestras heridas al servicio de los demás?”.

Cuando las heridas dejan de ser una fuente de vergüenza y se vuelven fuente de curación, nos convertimos en curadores heridos. Jesús es el curador herido de Dios: por medio de sus heridas nos ha sanado de nuevo a nosotros. El sufrimiento y la muerte de Jesús han traído consigo alegría y vida; su humillación ha traído gloria; su rechazo ha traído una comunidad de amor. Como seguidores de Jesús, también nosotros podemos hacer que nuestras heridas traigan curación a los otros

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Henri Nouwen,
Pan para el viaje, PPC, Madrid 1999.

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Te encuentras siempre ante la alternativa de dejar hablar a Dios o dejar gritar a tu “yo” herido. Aunque deba haber un lugar donde puedas dejar que la parte herida de ti obtenga la atención que necesita, tu vocación es hablar del lugar donde Dios habita en ti. Cuando permites que tu “yo” herido se exprese en forma de justificaciones, disputas o lamentos, sólo consigues frustrarte aún más y te sentirás cada vez más rechazado. Reclama a Dios en ti y deja que Dios pronuncie palabras de perdón, de curación y de reconciliación, palabras que llamen a la obediencia, al compromiso radical y al servicio. Se requiere mucho tiempo y mucha paciencia para distinguir entre la voz de tu “yo” herido y la voz de Dios, pero en la medida en que vayas siendo más fiel a tu vocación se volverá más fácil. No desesperes: has de prepararte para una misión que será difícil, pero fecunda.

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Henri Nouwen

La voz interior del amor, PPC, Madrid 1997.

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Cuando es mejor callarse

Sábado, 30 de abril de 2016

Del blog de Henri Nouwen:

Jim Ferringer ferringerthe_contest_by_jocked-d34q2bt(Imagen Jim Ferringer)

“Las palabras son sumamente importantes. Cuando le decimos a alguien que es un ser horrible, inútil, despreciable, acaso estamos arruinando para siempre la relación con esa persona. Las palabras pueden seguir haciendo daño durante muchos años.

Resulta muy importante elegir sabiamente nuestras palabras. Cuando estamos encendidos de enojo y nos morimos de ganas de dirigir duras palabras a nuestros adversarios, es mejor que nos quedemos callados. Las palabras dichas en un momento de arrebato de ira dificultarán la reconciliación. Escoger la vida y no la muerte, la bendición y no la maldición. A menudo es mejor optar por quedarse callado y pensar con cuidado las palabras que abran el camino hacia el restañamiento de las heridas.”

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Henri Nouwen

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“Heridas secretas”. 13 Tiempo Ordinario – B (Marcos 5,21-43).

Domingo, 28 de junio de 2015

13-852849-195x300No conocemos su nombre. Es una mujer insignificante, perdida en medio del gentío que sigue a Jesús. No se atreve a hablar con él como Jairo, el jefe de la sinagoga, que ha conseguido que Jesús se dirija hacia su casa. Ella no podrá tener nunca esa suerte.

Nadie sabe que es una mujer marcada por una enfermedad secreta. Los maestros de la Ley le han enseñado a mirarse como una mujer «impura», mientras tenga pérdidas de sangre. Se ha pasado muchos años buscando un curador, pero nadie ha logrado sanarla. ¿Dónde podrá encontrar la salud que necesita para vivir con dignidad?

Muchas personas viven entre nosotros experiencias parecidas. Humilladas por heridas secretas que nadie conoce, sin fuerzas para confiar a alguien su «enfermedad», buscan ayuda, paz y consuelo sin saber dónde encontrarlos. Se sienten culpables cuando muchas veces solo son víctimas.

Personas buenas que se sienten indignas de acercarse a recibir a Cristo en la comunión; cristianos piadosos que han vivido sufriendo de manera insana porque se les enseñó a ver como sucio, humillante y pecaminoso todo lo relacionado con el sexo; creyentes que, al final de su vida, no saben cómo romper la cadena de confesiones y comuniones supuestamente sacrílegas… ¿No podrán conocer nunca la paz?

Según el relato, la mujer enferma «oye hablar de Jesús» e intuye que está ante alguien que puede arrancar la «impureza» de su cuerpo y de su vida entera. Jesús no habla de dignidad o indignidad. Su mensaje habla de amor. Su persona irradia fuerza curadora.

La mujer busca su propio camino para encontrarse con Jesús. No se siente con fuerzas para mirarle a los ojos: se acercará por detrás. Le da vergüenza hablarle de su enfermedad: actuará calladamente. No puede tocarlo físicamente: le tocará solo el manto. No importa. No importa nada. Para sentirse limpia basta esa confianza grande en Jesús.

Lo dice él mismo. Esta mujer no se ha de avergonzar ante nadie. Lo que ha hecho no es malo. Es un gesto de fe. Jesús tiene sus caminos para curar heridas secretas, y decir a quienes lo buscan:

«Hija, hijo, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud.»

José Antonio Pagola

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Experimentar a Cristo Resucitado

Lunes, 15 de junio de 2015

Del blog de Henry Nouwen:

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“Cuando Jesús se apareció a sus discípulos tras la resurrección, los convenció de que no era ningún fantasma. sino el mismo que ellos conocieran como su maestro y amigo. A sus amigos atemorizados y dubitativos les dijo: ‘Ved mis manos y mis pies, que soy yo. Palpadme y ved, que el espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo’ (Lucas 24,39). Después les pidió algo que comer y más tarde, cuando se les apareció por tercera vez, les ofrecíó Él algo que comer: pan y pescado (véase Lucas 24,42-43 y Juan 21,12-14).
Pero Jesús les mostró asimismo que su cuerpo era un nuevo cuerpo espiritual, no sometido ya a las leyes de la naturaleza. Estando cerradas las puertas de la habitación en que los discípulos se habían reunido, vino Jesús y se les apareció (véase Juan 20,19), y cuando les ofreció algo que comer, nadie se atrevió a preguntar ¿quién eres? pues sabían que era Jesús, su maestro y señor, pero asimismo sabían que no pertenecía ya a este mundo (véase Juan 21,12).
 
Fue esta experiencia de Jesús resucitado la que reveló a sus discípulos la vida en la resurrección que les esperaba también a ellos.
¿Hay alguna experiencia en nuestra vida que nos ofrezca vislumbrar la nueva vida que nos ha sido prometida?”
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Henry Nouwen

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“Sagrado Corazón de Jesús”, por Martín Gelabert Ballester, OP

Viernes, 27 de junio de 2014

piezas-lego-abre-pecho-corazon“Soy manso y humilde de corazón”
(Mateo 11, 25-30)

Hoy celebramos la festividad del Sagrado Corazón de Jesús.

Leído en su blog Nihil Obstat:

A muchos de nuestros contemporáneos no acaban de gustarles las representaciones que muestran a Jesús con el corazón traspasado y, a menudo, rodeado con una corona de espinas (pongan en google: “sagrado corazón de Jesús”, pinchen en “imágenes” y verán lo que encuentran). Si queremos actualizar esta devoción y encontrarle un sentido que responda a los anhelos de muchas personas de hoy, es necesario dejar de concentrar nuestra mirada en el corazón físico de Jesús (“yo no tengo devoción a una víscera”, me dijeron una vez en el confesionario), y recuperar el sentido bíblico y amplio del corazón como centro de nuestra afectividad y de nuestras decisiones más íntimas. En este sentido, el corazón de Jesús sería un buen símbolo de la misericordia de Dios que se expresa en todas las palabras y hechos de Jesús.

Walter Kasper ha tenido el acierto de señalar dos pasajes del evangelio de Juan que pueden ayudarnos a dar un sentido más actual a esta devoción. El primero, el texto de Jn 13,23, que muestra al discípulo amado descansando sobre el pecho o el corazón de Jesús. Esta representación, dice Kasper, puede ilustrar que en medio de la inquietud y del ajetreo del mundo, existe un lugar en el que podemos descansar y encontrar la paz interior. Todos necesitamos un buen amigo que nos apoye en los momentos difíciles, un amigo en el que poder confiar. Los creyentes sabemos que Jesús es este buen amigo que nunca falla (cf. Jn 15,15: a vosotros os he llamado amigos).

El otro texto que cita Kasper es el del escéptico Tomás que cree cuando introduce su dedo en la herida, pascualmente transfigurada, del costado de Jesús (Jn 20,24-29). Este encuentro puede ser importante para aquellos que se hacen preguntas y viven con un corazón inquieto, atormentados por las dudas. En cierto modo, todos somos como Tomás: no queremos creer fiados solo en la palabra de los demás, necesitamos una experiencia de encuentro personal con Cristo.

A propósito de este segundo texto (Tomás puso su dedo en el costado de Jesús), me surge la pregunta de cómo se compagina con este otro de Jn 20,17, en el que, cuando María Magdalena quiere abrazar a Jesús resucitado, éste le dice: no me toques. A Jesús resucitado no se le puede tocar materialmente. Una pista para entender los dos textos juntos, la ofrece Blas Pascal cuando dice: tras su resurrección, Jesús solo permite que se toquen sus heridas. La cuestión entonces es: ¿dónde están hoy las heridas de Jesús? O dicho de otra manera: ¿dónde pone hoy Jesús su corazón? Jesús pone su corazón en sus heridas que permanecen en este mundo: los pobres, los hambrientos, los malqueridos sociales. Ahí es dónde debemos poner la mano si queremos encontrar el corazón de Jesús.

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