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Ella le dijo toda la verdad… (Mc 5,33). La maestra de Jesús

Martes, 29 de junio de 2021

9e85a5a5-05ba-4033-8513-5dc464ea053bDel blog de Xabier Pikaza:

La iglesia posterior ha negado, en general, la palabra a la mujer, y sólo ha reconocido palabras de hombres varones, conforme a una mala glosa de un revisor de San Pablo (1 Cor 14, 34). Pero en el principio no fue así: Según el evangelio de Marcos, en 5, 33, como en 7, 28;14, 3-9 y 16, 1-8, la primera palabra en la iglesia ha sido siempre de mujeres.

La que hoy comento (y ella le dijo toda la verdad) se sitúa en el contexto del “milagro” de la hija del archisinagogo y de la hemorroísa, que ayer presenté en RD con ocasión del evangelio del domingo (27.6.21, cf. Mc 5, 21-43).

A fin de curar a la “hija” de 12 años del archisinagogo, Jesús tuvo que curar  primero la hemorroísa, que llevaba doce años encerrada por una ley de varones “religiosos” que le prohibían ser libre y expresarse, a través de un “milagro” ostentoso, pidiendo a la mujer que diga toda la verdad, la de su vida, la del judaísmo, la de la iglesia

Jesús cura a la hemorroísa, pero necesita que ella cuente “su historia” ante todo, que enseñe (proclame) ante todos ante todos su verdad.  Por eso le llama, le pide (le exige) que hable y diga su verdad, para aprender él  y para que aprendan todos (archisinagogos, jerarcas, pueblo)… Y, a pesar de que tiene miedo de todos aquellos, esa mujer cuenta su vida, les enseña toda la verdad.   

    | X Pikaza

Introducción

Jesús necesita saber la verdad de esta mujer, su experiencia de enferma y oprimida por una ley falsamente religiosa de varones, para seguir así curando, creando iglesia. Para responderle,  ella no saca la Misná judía ni lo que dice un tipo de pretendido dogma o catecismo  oficial sobre las mujeres (¡eso a Jesús no le importa, ya se lo sabe!). Esta mujer hace algo mucho más profundo: Cuenta a Jesús y a todos sus acompañantes su verdad de oprimida y hemorroísa, no solamente su anécdota particular de “tocadora” (buscadora) de un Jesús de carne, sino su verdad universal de mujer oprimida que quiere ser curada

            El texto dice que ella le cuenta toda la verdad (con eipen: la verdad se narra, no se demuestra con teorías inventadas) toda la verdad (pasan tên alethêian). No hay en el evangelio, ni en el Nuevo Testamento, ni en toda la historia de la Iglesia una “palabra” (una confesión) más importante que ésta. Sólo una mujer tiene y dice “toda la verdad”, ante el Dios de Cristo y de la Iglesia, y sólo tras escucharla y aprenderla, Jesús podrá seguir curando a la niña enferma del eclesiástico y a todos los demás.

            Hasta el día de hoy (año 2021), en su conjunto,  la iglesia no ha sabido (o querido saber) la verdad que cuenta (confiesa) esta mujer. He comentado este pasaje en un libro sobre la Familia en la Biblia  y en un comentario de Marcos.  Desde ese fondo, con la ayuda de dos comentarios de mujeres (de M. Navarro  y E. Estévez) quiero comentar este evangelio.

 Mujer con hemorragia (5, 24b-29) ( [1] )

             Mc 5 24b…. Y mucha gente lo seguía y lo estrujaba, 25 y una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años, 26 y que había sufrido mucho con muchos médicos y había que gastado todo lo que tenía, sin provecho alguno, yendo más bien a peor, 27 habiendo oído hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. 28 Pues se decía: Si logro tocar aunque sólo sea su manto, quedaré curada. 29 E inmediatamente se secó la fuente de su sangre y supo por su cuerpo que estaba curada del flagelo.

Según la Misná judía y gran parte de la práctica eclesiástica cristiana, esta mujer es fuente y foco de impureza (¡tiene que  estar escondida en una casa de “arrecogías”, como monjas de clausura a la fuerza!), pero ella sale y avanza escondida y miedosa, en medio del gentío, pues si la reconocen tienen que expulsarla del grupo, haciendo un hueco en su entorno o incluso apedrearla.

            Nadie puede ponerse en contacto con ella, ni tocar sus pertenencia personales. Es una muerta viviente, expulsada de la sociedad y condenada a su propia soledad impura, por causa de una ley religiosa, defendida con celo por las «sinagogas» (por los archisinagogos, como éste al que Jesús acompaña). Pues bien, esta mujer, que no ha podido ser curada por la medicina (5,26), no se ha resignado a vivir como lo manda la ley israelita.

            Es persona sin familia. Conforme a la ley sacral judía, su condición de hemorroísa (mujer con hemorragia menstrual permanente) le expulsa de la sociedad: no puede tener relaciones sexuales ni casarse; no puede convivir con sus parientes ni tocar a los amigos, pues todo lo que toca se vuelve impuro a su contacto: la silla en que se sienta, el plato del que come…

  Es mujer condenada a soledad, maldición social y religiosa; pero ella se arriesga y sale para “tocar” y decir su verdad a Jesús. En este contexto,  el milagro de Jesús consiste en dejarse tocar, ofreciéndole un contacto purificador, contacto de persona a persona, de varón a mujer, de Dios con la humanidad. En el fondo del relato hay un recuerdo histórico (forma de actuar de Jesús) y una experiencia eclesial (la comunidad cristiana ha superado las normas de pureza humana y sexual del judaísmo) [2].

Jesús no la ayuda con el fin de llevarla después a su grupo; no le dice que venga a sumarse a la “familia” de sus seguidores, sino que hace algo previo: la valora como mujer, acepta el roce de su mano en el manto, ofreciéndole el más fuerte testimonio de su intimidad personal; le anima a vivir y le cura, para que sea sencillamente humana, persona con dignidad y para que construya el tipo de familia que ella misma decida. No la quiere convertir en nada (a nada) sino capacitarla para que ella sea, al fin y para siempre, humana. Socialmente impura era esta hemorroísa: rescatarla para la humanidad, para las relaciones personales, para la familia, esta ha sido una conquista capital del evangelio [3]:

 — Era hemorroísa desde hace 12 años (5, 25). Nadie podía acercarse a su cuerpo, compartir su mesa, convivir con ella. Como solitaria, aislada tras el cordón sanitario y sacral de su enfermedad, vivirá en la cárcel de su impureza femenina. No puede curarla la ley, pues la misma ley social y sacral la ratifica como enferma. Por eso no puede acudir a los escribas ni a los sacerdotes para curarse. Vive sin esperanza de curación humana, pues tampoco los muchos médicos (pollôn iatrôn; 5, 26) fueron incapaces de curarla. Lo ha gastado todo en sanidad y no ha sanado, como dice con ironía el texto [4].

Es mujer solitaria, pues su mismo “tacto” ensucia lo que toca, pero tiene un deseo de curarse que desborda el nivel de los escribas de Israel y de los médicos del mundo.Lógicamente, su misma enfermedad se expresa como búsqueda de “contacto” personal. Ha oído hablar de Jesús y quiere entrar relacionarse con él, de un modo personal, a nivel de “cuerpo”: ¡Si al menos pudiera tocar su vestido! (cf. 5, 27-28). No puede venir cara a cara, no puede avanzar a rostro descubierto, con nombre y apellido, mirando a los ojos a la gente que la estruja, porque todos tenderían a expulsarla, sintiéndose impuros a su roce. Por eso llega por detrás (opisthen), en silencio (5, 27).

 — Es mujer que conoce y sabe con su cuerpo (5, 29). Toca el manto de Jesús y siente que se seca la fuente “impura” de su sangre, se sabe curada. Alguien puede preguntar: ¿Cómo lo sabe? ¿De qué forma lo siente, así de pronto? ¿No será ilusión, allí en medio del gentío? Evidentemente no. Ella lo sabe por su cuerpo (egnô tô sômati…), que es la fuente y verdad del primer conocimiento. Los hombres tienden a conocer “a través de leyes” o por medio de razonamientos. Esta mujer, en cambio, conoce por su cuerpo, es decir, a través de la sensación interior por la que se expresa su corporalidad más honda.

             El conocimiento intelectual y racional resultan en este caso secundarios. En el fondo de su vida, hombres y mujeres conocemos a través de la sensación, es decir, a través del cuerpo, de manera que podemos afirmar que somos “inteligencia sentiente”. Pues bien, frente a todas las razones religiosas de los escribas y sacerdotes de Israel, Jesús quiere volver y vuelve a este nivel más hondo de conocimiento corporal, que es fuente de salud humana, el principio de toda religión. En ese nivel, lo que importa de verdad es que ella sepa con su cuerpo, se sepa curada, que pueda elevarse y sentirse persona, rompiendo la cárcel de sangre que la tenía oprimida, expulsada de la sociedad por muchos años. Por eso es decisivo que sepa, se descubra limpia en contacto con Jesús. Así dice Marcos que ella “conoce por su cuerpo” [5].

El mismo gesto de esconder su enfermedad y avanzar entre el gentío, corriendo el riesgo de tocar a unos y otros a su paso, era una especie de protesta religiosa. Esta mujer no se había resignado a vivir condenada y aislada, como un cadáver ambulante, porque así lo diga una ley regulada por los sabios varones de su pueblo. Sin duda, ella iba rozando a muchos y expandiendo a todos (según ley) su contagio de impureza legal, pero nadie se daba cuenta, mostrando así la impotencia de esa ley (pues si todos están contagiados nadie lo está). Sólo Jesús advierte el toque «profundo» de la mujer, que no se atrevía ni a rozar su cuerpo, ni a tomar su mano, sino que le ha bastado con rozar manto (5,28) [6].

Jesús, la fuerza sanadora de Dios (5, 30-32)

Mc 5, 30 E inmediatamente, Jesús, conociendo en sí mismo la fuerza que había salido de él, volviéndose a la muchedumbre, preguntó: ¿Quién ha tocado mi manto? 31 Y sus discípulos le replicaron: Ves que la gente te está estrujando ¿y preguntas quién me ha tocado?

La salvación aparece así a nivel de contacto personal, como muestra el gesto de Jesús que busca a la persona que le ha tocado, y la conversación que sigue, que nos conduce al centro del poder purificador del evangelio. Jesús conoce “en su cuerpo” la fuerza que ha salido de él, lo mismo que la mujer ha conocido “en su cuerpo” la curación que ha recibido. Eso significa que Jesús es una persona en comunicación, un cuerpo que se pone en contacto con otros otros, de hombres y mujeres, en un nivel de solidaridad profunda y de acción transformadora, antes de toda racionalización. A partir de este “conocimiento” se entiende la conversación:

1) Jesús: «¿Quién ha tocado mi manto?» (5,30). Pregunta así porque sabe que él se ha puesto en contacto sanador (de solidaridad personal) con otro cuerpo/persona, a través de un manto, un vestido que mantiene su intimidad (le permite resguardad lo más profundo), pero que, al mismo tiempo, le comunica con los otros, haciendo así posible que todos le miren y le toquen. No pregunta “qué” me ha tocado (como si fuera una cosa), sino tis, es decir, quien, una persona. Notemos que no pregunta por aquellos que le han tocado en general, en roce de tipo ordinario. Quiere saber quién le ha tocado precisamente el manto, aludiendo de esa forma al simbolismo ya indicado del manto nupcial, pero, sobre todo, al signo de la comunicación corporal.

2) Los discípulos no entienden (5,31). Piensan que Jesús alude al toque ordinario de aquellos que caminan a su lado y le empujan u oprimen por curiosidad o falta de espacio. No conocen el poder de su vida (de su cuerpo), ni saben distinguir los roces de la gente: quedan en el plano físico de la gente que aprieta, en un nivel de encuentros materiales, como si fueran simples “cosas”. A diferencia de ellos, la mujer entenderá (5, 33). Sabe lo del manto y conoce el movimiento de su cuerpo sanado (conoce a nivel de corporalidad humana, no de contacto de cosas) [7].

3) Jesús, en cambio, distingue y reconoce que éste ha sido un roce de mujer (es decir, de una persona distinta, que en aquel contexto ha de venir escondido), pues el texto dice que,  antes de verla y conocerla externamente, se ha vuelto para descubrir tên touto poiêsasan, es decir, para ver a “la” que había hecho esto (5, 32), sabiendo que la persona que le ha tocado sólo podía ser una mujer creyente, alguien que cree en el poder liberador del contacto corporal (en contra de aquellos que le habían condenado por ley a ser impura). Éste es el principio de su gesto posterior (de su palabra de curación): Una mujer “distnta” (que según Ley debía alejarse de todos) le ha tocado, y él se deja tocar [8].

             El texto nos sitúa así ante el contacto de dos cuerpos. (a) El de una mujer que se encuentra expulsada de la sociedad y declarada impura por su trastorno de sangre. (b) Y el de Jesus que irradia pureza y purifica a la mujer que le ha tocado,  vinculándose a ese plano con la hemorroísa. Sólo ellos dos, en medio del gentío de curiosos legalistas, se saben hermanados por el cuerpo.

Al “tocar” a Jesús, ella le ha enseñado algo que quizá Jesús antes no sabía (o no había pensado expresamente): Que no hay un “cuerpo impuro” de mujer; que igual que ha podido “limpiar” al leproso (1, 39-45), él puede y debe curar a la mujer menstruante, declarada por otros impura. Al “tocar” a Jesús, esta mujer ha declarado que quiere ser pura y que lo es. Ésta es su verdad, es la primera palabra de esta mujer-persona, que quiere dejarse curar por el Dios de Jesús…, que conoce en el fondo a Jesús mejor que todos los hombres que le siguen y manejan, como son al archisinagogo y los mismos discípulos, que gobernarán después su iglesia. Al sentirse “tocado” en su cuerpo, Jesús descubre y declara que esta mujer está limpia.

Nos hallamos, por tanto, ante un “con-tacto” personal primigenio y salvador, ante el roce de dos cuerpos que no se rechazan, un roce humano, primigenio, de reconocimiento y de aceptación “mesiánica”, es decir, personal. A ese nivel ha tocado la mujer a Jesús; a ese nivel ha aprendido Jesús que ese “toque” no es impuro, no mancha. Jesús descubre así que, más allá de los que aprietan y oprimen de manera puramente física, le ha tocado una persona pidiendo su ayuda; evidentemente, él se la ha dado.

            Jesús se ha dejado sorprender por el “toque” de esta mujer  (que es como el “toque” sorprendente de Dios, del que han hablado algunos místicos, como Teresa de Jesús). Esta mujer ha “tocado” a Jesús en lo más hondo de su vida (de su persona), y él se ha dejado “tocar”, no ha rechazado su roce más hondo, y por la ha buscado con insistencia, logrando que ella venga, a la vista de todos, y se postre (pros-epesen)  a sus pies, como el archisinagogo se había postrado, confesando así el poder de Jesús, que le  ha “obligado” a confesar abiertamente lo que ha hecho (le ha tocado), declarando toda la verdad (pasan tên alêtheian), que es la verdad de su dolencia y de su curación (5,33).

            Esta mujer era invisible, estaba encerrada en la cárcel de su impureza (es decir, de la impureza y falta de palabra que habían impuesto sobre ellas los varones “falsamente religiosos” de un judaísmo de ley o de un cristianismo de derecho de varones), sin que nadie pudiera tocarla, ni ella tocar a nadie, bajo amenaza de fuerte condena. Por eso ha venido a escondidas, con miedo, pues quien la viera podía castigarla (5, 27). Pero Jesús se ha dejado tocar, y quiere decir ante todos lo que ha pasado, haciendo que ella pueda romper ese ocultamiento vergonzoso, hecho de represiones exteriores y miedos internos, que ahora podrá ya superar abiertamente.

Una mujer que cuenta toda la verdad (5, 32-34)

32 Pero él (Jesús) miraba alrededor para ver quién lo había hecho. 33 Pero la mujer, temerosa y temblorosa, conociendo lo que le había pasado, vino y se postró ante él y le dijo toda la verdad34. Él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu flagelo [9].

Jesús necesita que ella cuente toda la verdad (no sólo su verdad particular, sino toda la verdad del evangelio). En otras ocasiones, Jesús había pedido a los curados que no dijera nada, para que el “milagro” no rompiera el secreto mesiánico, ni pudiera convertirse en propaganda mentirosa sobre su persona (cf. 1, 34. 44; 3, 12).

Pero, en esta ocasión, él pide a la mujer que salga al centro y cuente a la muchedumbre lo que ha sido su vida en cautiverio y cómo ha conseguido la pureza de su cuerpo. De esa forma, le concede (o, mejor dicho, le devuelve) la palabra, para que así ella pueda mostrar en la plaza pública, ante todos los hombres legalistas y de un modo especial ante el Archisinagogo, lo que fue el tormento de su vida antes clausurada en la “impureza” que le imponían los demás, y lo que es la gracia de la curación que Jesús le ofrece.

Esta mujer viene a presentarse así como la primera maestra de la Iglesia, la doctora que enseña a Jesús, la el “ministro” superior de la palabra en la iglesia. Todos los dogmas posteriores de concilios y papas han sido y seguirán siendo secundarios. Esta mujer es la primera doctora  y maestra de la Iglesia de Jesús, porque ha sido maestra de Jesús.

            Es ella la que tiene que decirlo  (decirse a sí misma): tomar su palabra de mujer y persona, proclamando ante todos su experiencia, para que así descubran, por su palabra, apoyada por Jesús, que ella no es impura. Es una mujer que conoce lo que le ha pasado (eiduia ho gegonen autê, 5, 33) por su propio cuerpo (5, 29), una mujer que puede elevarse ante todo y declarar lo que había en el fondo de su exclusión, sin estar ya sometida a lo que otros dicen de ella a través de sus leyes.

Así dice toda  la verdad (pasan tên alêtheian, en absoluto)ante los varones de la plaza (y en especial ante el Archisinagogo, enseñándoles así con su propia experiencia. Ésta es la meta de la curación, éste es el principio de la iglesia mesiánica, que surge allí donde las mujeres pueden y deben decir lo que sienten y saben, lo que sufren y esperan, en una historia que deben oír los varones.

Ella cuenta y él ratifica lo que ha dicho esta mujer. De manera muy significativa, Jesús no añade nada, no se pone por encima de ella. No se atribuye la curación, no quiere ponerse en primer plano, sino que confirma, de manera cercana y personal, lo que ella ha hecho: ¡Hija! Tú fe (expresada en tu palabra) te ha salvado. Vete en paz (5, 34). Esta palabra ¡hija! (thygatêr), no hijita (thygatrion, en diminutivo, como ha dicho el archisinagogo al referirse a su hija/niña), es aquí el término apropiado.

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¿Quién me ha mirado?

Domingo, 27 de junio de 2021

artworks-000121602575-x6rh7u-t500x500“Escuchar con nuestros ojos y ver con nuestros oídos nos enseña cómo abrir nuestras orejas y mentes en un nivel más profundo de receptividad y escucha” (Mark Coleman)

Domingo XIII del TO

Mc 5, 21- 43 “Él miraba alrededor para descubrir a la que lo había tocado”

La hemorroísa del evangelio de este domingo no se atrevía a hablar y utiliza el lenguaje corporal expresando con un gesto lo que quería decirle a Jesús. Y él, sensible siempre a los problemas humanos, advirtió: “Alguien me ha tocado, yo he sentido que una fuerza salía de mí” (Lc 8, 46).

Quizás sabía que el Maestro de Nazaret, siguiendo el ejemplo del filósofo latino Lucio Anneo Séneca (4 a.C- 65 d.C) aconsejaba: “escucha aún a los pequeños, porque nadie es despreciable entre ellos” Y así como hay un arte del bien hablar, existe también un arte del bien escuchar.

Tu enfermedad se esfumó de tu cuerpo y se cumplió en ti lo que Gong Li, protagonista de la película china Adiós a mi concubina (1993) dirigida por Chen Kaige, exclamó: La vida en este mundo es como una noche en primavera”. Y tú, querida hemorroísa, la viste florecer en tu cuerpo y tu espíritu. Y también te encontraste con Jesús, como Saulo en el camino de Damasco; en aquella ocasión fue él quien le miro, pero esta vez quien le miró fuiste tú. El poeta escocés Robert Burns (1759-1796), escribió un poema que comienza con unos versos referidos igualmente a floraciones estacionales:

 “O my Luve’s like a red, red rose,

That’is newly sprung in June”.

Una imagen -en este caso una mirada- dice mucho más que mil palabras, asegura el refrán. El contacto visual apenas dura unos segundos, pero la información que podemos obtener de ellos es mucho más de lo que pudiéramos sospechar.

Tu vida, floreció como la del mundo, como la del camino, como la de la primavera y el verano. En el AT encontramos elocuentes imágenes varias de transformación. Por ejemplo: el cayado de Moisés en forma de serpiente (Éx 7, 10); la roca de Horeb que se convierte en fuente de agua fresca (Éx 17, 6). Imágenes bíblicas que nos muestran la posibilidad de transformar nuestro interior, sin dejar de ser nosotros mismos.

Vincent van Gogh (1853-1890), pintor holandés, lo expresó de este modo considerando su vida llena de nuevos comienzos, cambios de paisaje e ideas de cosas cada vez mejor: transformación constante. Y así lo quiso representar en su cuadro Rama de almendro en flor, sobre un cielo iluminado de azul: óleo sobre lienzo (Museo Van Gogh, Ámsterdam, Países Bajos).

Jesús te miró a ti y tú le miraste a él. Y así tu enfermedad se esfumó de tu cuerpo a no sabemos dónde, y amanecieron en ti sugerentes floraciones estacionales.

“Escuchar con nuestros ojos y ver con nuestros oídos nos enseña cómo abrir nuestras orejas y mentes en un nivel más profundo de receptividad y escucha” (Mark Coleman).

Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), religiosa mexicana de la Orden de San Jerónimo y escritora exponente del Siglo de Oro de la literatura en español, canta en el siguiente poema la relación amorosa entre Jesús y los necesitados:

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me viese deseaba.

Y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía,
pues entre el llanto que el amor vertía,
el corazón deshecho destilaba.

Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu inquietud contraste

con sombras necias, con indicios vanos,
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.

 

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Convertir el corazón o la conciencia.

Domingo, 27 de junio de 2021

talita-cumi550DOMINGO 13º T.O. (B)

(Mc 5, 21-43) Contigo hablo, niña, levántate.

Según Jesús, el corazón o la conciencia es el centro de la vida moral o el lugar donde se decide la voluntad de Dios. No se trata de cumplir unos preceptos legales sino de llevar a cabo la nueva justicia del Reino, que es defender a los vulnerables de la sociedad. De ahí la exigencia de convertir el corazón o la conciencia.

La referencia a la palabra de Dios no es en Jesús algo abstracto o individual sino referido a la comunidad creyente en medio de las situaciones históricas de injusticia en el “tiempo presente” a través de la lectura de los signos de los tiempos. El “amaros unos a otros” es la clave para afrontar los desamparos y los desvalimientos de las personas concretas.

La conciencia es el acontecimiento central de la interioridad o subjetividad cristiana, mediante la cual la persona creyente se siente relacionada íntimamente con Dios (aunque no siempre caiga en la cuenta de ello) en Jesucristo por medio de la fe. La fe genera energía para dar un paso adelante en momentos concretos, para abandonar la poltrona, las seguridades, la comodidad alienante, la indolencia interesada; en realidad, la fe mueve endorfinas, esa sustancia que elabora el cerebro para ponerse en acción, que dirían los entendidos. De la conciencia brotan las decisiones, el discernimiento, los juicios, etc., en el ámbito de las conductas, guiados por la palabra y la acción de Jesús que libera a las personas y proclama la buena noticia de que las cosas pueden cambiar.

Dice Esperanza Borús [1], que la primera de las curaciones que el alma necesita es no perderse en las identificaciones o enredos que nos ofrece engañosamente el mundo a fin de que el flujo de sangre (sangre = espíritu) sea cortado y todas esas energías vuelvan de nuevo a su fuente que es el Ser. El relato nos dice que la mujer había gastado sus bienes sin resultado alguno e incluso había empeorado. Esto es, el camino verdadero es aquel que nos lleva al núcleo mismo de nuestro Ser esencial. Los demás caminos nos desvían, nos desorientan y nos alejan de la íntima unión del alma con la Divinidad.

Mas cuando el alma roza, aun levemente, y experimenta la verdad del corazón, fuente de vida inagotable, y la fuerza necesaria para despertar, es cuando el Cristo oculto en nuestro interior reconoce al alma que lo busca; esa unión se profundiza y se abisma en el Amor.

Jesús al llegar a la casa de Jairo, echa a esos “egos” que no nos permiten acceder a la Verdad plena. Es entonces cuando el alma “despierta” y se levanta. Que el tiempo se ha cumplido viene expresado por el número doce, que indica perfección, y que el evangelista Marcos señala que es la edad de la niña y los años de búsqueda de la mujer que perdía sangre. Cuando buscamos fuera lo que llevamos en nuestro interior el encuentro íntimo no se produce.

Con frecuencia en los relatos donde se narran milagros de sanación o resurrección Jesús insiste en no divulgar lo sucedido. “Les insistió en que nadie lo supiera”, advertencia a ser prudentes y no exponer la Verdad a los extraños que puedan pisotearla, manipularla. El alma ha de nutrirse para fortalecerse. Por eso Jesús les pide que “le dieran a ella (al alma) de comer”.

Mas, ¿cuál es el vínculo entre corazón, conciencia y alma en búsqueda de la Verdad, del Amor? Esos signos o señales que la sociedad y el mundo actual nos ofrecen cada día. Para Jesús, el Reino de Dios era ante todo remediar el sufrimiento humano en todas sus formas y hacer posible la felicidad en cada circunstancia. Algo no siempre fácil y hasta arriesgado en determinadas ocasiones.

Vivimos en una sociedad enferma que da la espalda al dolor de las víctimas y sigue aplazando los temas de fondo que sacarían a muchos de situaciones de riesgo, especialmente las mujeres, sujetos seculares de explotación y sufrimiento. Francisco, en la Fratelli Tutti, nos recuerda que en la base de todo está la caridad que transforma e invita al compromiso por el Bien Común y el reconocimiento de la dignidad de todos los seres humanos. A pesar de que la comunidad internacional ha adoptado acuerdos para poner fin a la esclavitud y a todo desamparo, todavía hay millones de personas privadas de su libertad y obligadas a vivir en condiciones de esclavitud (FT 24).

En todo caso, la oración viene en nuestro auxilio para tener fuerza, para perder el miedo, para no sentirnos solos/as, para transformar la realidad. Cuando las noticias de cada día nos dejan helada la sangre, cuando el corazón se nos rompe de dolor, de impotencia, cuando los “por qué” quedan sin respuesta sólo nos queda la confianza de “Aquel que sustenta nuestra fe” pues “ahora” es Él quien está sosteniendo todas las cosas. Eso no es sólo cierto del universo físico, incluso nuestros cuerpos y todo lo que somos, sino que abarca las otras fuerzas y poderes en el mundo: psicológicos, sociales, espirituales y cuantos acontecimientos ocurren en él. Algo que solemos olvidar los cristianos tan acostumbrados a ver las cosas a través de los medios de comunicación sin caer en la cuenta de la fuerza que todo lo Unifica, por incomprensible que nos parezca.

Jesús se retiraba a orar una y otra vez. En Getsemaní agobiado por una angustia mortal, en la cruz, envuelto en tinieblas por el silencio de Dios, reza por todos incluso por aquellos que lo han condenado. Ora sin renunciar nunca a la confianza en su Abbá-Dios. Porque “incluso en el más doloroso de nuestros sufrimientos, nunca estamos solos”.

¡Contigo hablo, levántate! ¡No tengas miedo!

¡Shalom!

Mª Luisa Paret

[1] Esperanza Borús, Luminarias y Asombros, Ed. Visión Libros, Madrid 201

Fuente Fe Adulta

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¡Levántate!

Domingo, 27 de junio de 2021

VolarDomingo XIII del Tiempo Ordinario

27 junio 2021

Mc 5, 21-43

Para el autor del evangelio, tanto la mujer gravemente enferma como la niña fallecida son imagen del pueblo, al que considera “agonizando”. Y, en tal situación, quiere proponerle que se adhiera a Jesús, a quien muestra como fuente de salud y de vida.

  En el nivel de consciencia mítico es lógico atribuir la salvación y la vida a alguna fuerza exterior -los dioses o héroes de que hablan las mitologías- que posee ese poder. Trascendido ese nivel, se hace manifiesto que la vida no es “algo” que se pueda comunicar desde “fuera”, sino que constituye justamente la identidad última de todo lo que es. Somos vida…, aunque con frecuencia lo olvidemos o incluso vivamos ignorándolo.

  Afirmar que la salvación no viene de “fuera” no es una muestra de autosuficiencia o de orgullo espiritual, ya que el sujeto de aquella afirmación (“soy vida”) no es el yo particular, sino la propia Vida, nuestra verdadera identidad. Bien entendida, por tanto, esa afirmación implica una total desidentificación del yo, al que reconocemos solo como una “forma” en la que nos estamos experimentando, pero no como el “sujeto” de lo que somos.

  El camino de la comprensión nace exactamente donde se cruzan las dos palabras de Jesús: “Tu fe te ha curado” y “Levántate”. La “curación” está en nosotros, pero necesitamos “levantarnos”.

  Levantarse significa salir de la ignorancia y de la postración, soltar la queja y el victimismo y reconocer nuestra verdadera identidad, la vida que somos. “Levántate” significa: “Comprende lo que eres”. Desde ahí -lo decisivo siempre es el desde donde hacemos las cosas-, conectando con lo que realmente solemos, podremos “levantarnos”, ponernos en pie y “resucitar”.

   A partir de esa experiencia, vivida con gozo y gratitud, podremos ayudar a otros a “levantarse” de cualquier situación de postración. El compromiso nacerá de la comprensión y fluirá a través de nosotros de una manera gratuita y desapropiada.

¿Vivo en actitud de ponerme en pie y de ayudar a vivir?

Enrique Martínez Lozano

Fuente Boletín Semanal

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Hacía doce años que la hemorroísa enfermaba, cuando nacía la niña de Jairo. ¡Esos viejos sistemas religiosos!

Domingo, 27 de junio de 2021

resurreccion-de-la-hija-de-jairo_thumbDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

  1. Personajes del relato.

Jairo

         Era un personaje importante del mundo religioso judío, jefe de la sinagoga (un miembro destacado del sistema religioso judío. Jairo no encontraba remedio para su pequeña hija en el sistema religioso y acude a Jesús, un “excomulgado” del sistema. Jesús es quien confiere vida

A Jesús no le fue muy bien ni en el Templo ni en las sinagogas. Cuando Jesús termina de predicar en la sinagoga de su pueblo, Nazaret, los jefes de la sinagoga querían echarlo por un barranco, (Lc 4,28).

Sin embargo Jesús no duda en acoger y “sanar – levantar – resucitar” a la hija de Jairo. (Levantar es una de las palabras que el NT emplea para hablar de la resurrección de Jesús).

Jesús se fue con él… Jesús sana a todo aquel que se encuentra con él. Jesús devuelve la vida.

La hija de Jairo y la hemorroísa.

Dos mujeres. Las dos perdían la vida. La niña estaba dormida-muerta. A la hemo – rroísa: hemo: sangre / reo: correr (flujo) se le “iba” la vida. La niña “estaba en las últimas”.

Tampoco la hemorroísa halla solución al problema de la vida en el sistema religioso y, por ello, acude, se acerca a Jesús

Ambas, la niña y la mujer en situación de impureza por la muerte y por la pérdida de sangre. Según el judaísmo, nunca debieron acercarse a Jesús ni la hemorroísa, ni Jairo para pedir la curación de su hija, así como tampoco nunca debió acercarse Jesús a estas dos situaciones.

Aquella mujer perdía la vida. En las culturas primitivas creían que la vida estaba en la sangre, y quien perdía la sangre, perdía la vida. (No es una afirmación muy exacta, pero con cierto sentido común y coloquial (aunque no exactamente científico), cuando vemos que una persona tiene una hemorragia por un derrame, un accidente, “vemos” que pierde la vida.

No se trata de meramente un hecho biológico. Aquella mujer, como tantas personas perdía o perdemos  o “malgastamos” la vida.

Jesús “nunca debió” haber tratado con mujeres, ni tener discípulas, ni curar a una mujer. Pero “lo de Jesús” es algo muy diferente de la religión judía y -probablemente- de todas las religiones. Jesús se acerca a todo el mundo: hombres, mujeres y niños, judíos y paganos, buenos y malos. Y se acerca no para recriminar nada, sino para que tenga vida.

Jesús

         Es la figura central. Jesús se distancia del legalismo y de la religión judía. Antes es la vida que la ley. Se puso del lado de la mujer impura y le devuelve la salud, la dignidad y la felicidad. Jesús se muestra como  liberador de lo que esclaviza e infunde miedo al ser humano: la opresión -interna y externa-, la enfermedad, la marginación y la muerte.

Jesús -lejos de la religión oficial- se posiciona del lado de la mujer impura y le devuelve la salud, la dignidad, la serenidad que no había encontrado en la religión, ni en la sociedad.

En algún otro momento Jesús ya lo había dicho: Dios no es un Dios de muerte, sino de vida, (Lc 20,38).

  1. Símbolos del relato

Tocar el manto

Varias veces se repite en el relato de hoy la expresión “tocar, apretujar”.

Jesús se acerca a la niña, la coge de la mano y la levanta, la devuelve a la vida.

         La hemorroísa quiere tocar el manto. El manto era, significaba “el ámbito” de una persona, en este caso, el espacio de Jesús

         Tocar es entrar en contacto con Jesús. La presencia, la cercanía de Jesús transforma a la persona y la rehabilita y reintegra en la vida.

En situaciones de muerte, de depresión, de droga, de hundimientos personales, de pérdida de la vida, el encuentro con Cristo, devuelve la vida, nos devuelve a la vida.

Podemos ser viejos católicos, religiosos de toda la vida; solamente el encuentro con Cristo es el que nos liberará y nos dará o nos devolverá a la vida. La cercanía de Jesús transforma la existencia humana.

Doce

Curiosamente en las dos mujeres se repite la cifra: “Doce”. La niña tenía doce años y la hemorroísa llevaba doce años enferma. De otra manera: Hace “doce  años”, cuando la hija de Jairo nacía, enfermaba la vieja hemorroísa, como si fueran incompatibles la salud y las vidas de ambas en el viejo sistema religioso. No es casual, el simbolismo. El número doce es símbolo del pueblo judío, Israel. Doce es la totalidad de Israel.

Ambas mujeres representan a Israel, que no encuentra solución en sus instituciones ni en su religión -la sinagoga, la Torah (ley)-.

Después de haber buscado y hecho lo indecible –“se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor”-, hasta morir.

Podemos ser viejos católicos, religiosos de toda la vida; solamente el encuentro con Cristo es el que nos liberará y nos dará o nos devolverá a la vida.

  1. Estamos hechos para vivir y vivir bien.

Estamos llamados a la vida. Estamos hechos para vivir y para vivir bien.

Tres breves consideraciones

  1. El suicidio

En el otoño del 2004 se celebró en Roma (Vaticano) un Congreso médico-psicológico-teológico sobre la depresión y el suicidio. Las actas de tal Congreso están publicadas y las cifras son alarmantes: en Europa Occidental el índice de suicidio ha aumentado en un 60 % en los últimos 45 años. (En Euskadi se produce un suicidio cada dos días. En España se produce 10 suicidios al día).

Para que una persona quiera cesar en la vida ha tenido que pasar mucho y malo. Quien se toma un tubo de pastillas está gritando que no puede más y que “se va” porque precisamente quiere vivir.

Quizás el cliente del evangelio de nuestro tiempo no será el hombre pecador, sino el hombre proveniente del absurdo y del sinsentido.

De lo que no hay duda es que estamos hechos para vivir. Muchas veces lo problemático es el cómo.

  1. hijos de la ilustración.

En Europa Occidental somos hijos de la Ilustración (siglo XVIII) que nos ha metido en la cabeza y en el hábitat cultural en el que vivimos que la vida, la salvación, la felicidad nos vienen del progreso, de la razón-ciencia, de la tecnología, etc. La esperanza y la vida de la Ilustración, nuestra esperanza radican en el desarrollo. Pero bien sabemos que el hombre no puede darse a sí mismo la plenitud, la felicidad, la vida. Son un don, una gracia de Dios. El ser humano no termina de ser feliz por sus propios medios. Y esto no es una ideología, sino una experiencia existencial. La vida es un regalo, en último término una gracia de Dios.

C       ¿Qué es vivir bien?

         Confiamos y nos entregamos a aquella realidad de la que esperamos nos va a venir la vida, el bienestar, la felicidad.

  •  Cuando nuestros jóvenes amanecen somnolientos, si no en peores condiciones, tras una noche de placer, están buscando la vida.
  •  Quienes conciben la vida como unas vacaciones permanentes o viven en una continua dispersión o se vive en turismo de sexo o cosa parecida, también están buscando la vida.
  •  Todo este mundo de la macrobiótica, gimnasios, el culto al cuerpo y el mito de la eterna juventud, busca la vida.
  •  La ciencia y la tecnología nos ofrecen paraísos terrenales de vida.
  •  Las ideologías, el poder, el dinero pretenden garantizar y amarrar la vida.

Sin embargo la muerte y las situaciones de muerte nos embargan.

         A veces vivimos en situaciones que ponen al ser humano en las “últimas” como la niña hija de Jairo: penosas situaciones económicas, raciales, políticas, etc.

         En muchas ocasiones perdemos o derramamos sangre –vida-, como la mujer hemorroisa. Perdemos la vida.

         Y el ser humano, a pesar de estar hecho inmortal e incorruptible (Libro de la Sabiduría y todo el pensamiento griego) experimentamos la muerte.

  1. Dios de vida: Acercamiento a la vida.

         Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo los vivientes. Nuestro Dios es de vivos y no de muerte.

         La actitud de Jesús es siempre de vida, de conceder o restablecer la salud: ciegos, leprosos, hemorroisa, el hijo pródigo. El evangelio de san Juan está plagado de referencias a la vida: Yo soy el pan, el agua de vida, yo soy la resurrección, he venido para que tengan vida,etc.

         Los dos momentos de vida que nos ofrece el evangelio de hoy muestran un acercamiento al que es la vida.

         El jefe de la sinagoga se acerca a Jesús, la hemorroisa toca aunque solamente sea a Jesús.

         Cristo es fuente de la vida.

El enigma del ser humano, incluida la muerte, quedan iluminadas desde la Vida que se manifiesta en Jesús.

Cada cual podemos reconocernos como Jairo que acude a Jesús, como la mujer que siente estar perdiendo su vida, o como la niña que escucha la palabra que le dice: “levántate“.

         Se trata de acercarse a Cristo, al Logos, a la verdad, de amar la vida a fondo perdido y trabajar por ella. La vida está en crisis en muchos aspectos y problemas éticos en nuestro momento cultural.

         En el principio existía la Palabra y la Palabra era vida. Acercarnos a Cristo tal vez signifique volver a la Palabra, al sentido de la vida, volver todos a ser razonables y sensatos ante los muchos problemas que debilitan o amenazan la vida.

Lo hemos escuchado en la primera lectura: Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo los vivientes.

Y, a esa luz, podemos preguntarnos: ¿por dónde se me escapa la vida?, ¿qué es lo que me tiene hundido?, ¿tengo fuerzas para levantarme, vivir y trabajar por la vida?

         La cuestión crucial no es: ¿qué ocurre después de la muerte?, sino: ¿quiénes somos y cómo estamos en esta vida? ¿Estamos bajo el manto de Cristo? ¿Cristo está en nuestra vida?

Dios creó al hombre incorruptible, para la vida

El encuentro con Cristo es vida.

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Vales simplemente por lo que eres

Martes, 25 de febrero de 2020

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        Muchas personas pasan por la misma experiencia de la mujer que sufría hemorragias. Se han agotado, su fuerza vital se ha consumido, han gastado todo su patrimonio sólo para ganarse la simpatía y el reconocimiento, el amor y la estima. Sin embargo, su condición se vuelve cada vez peor. Todo este dispendio de dinero no les ha permitido encontrar una amistad verdadera.

        No se puede comprar nuestro propio valor con dinero. […] Puesto que [Jesús] desprendía confianza, amor y simpatía, esta mujer consiguió encontrar el coraje necesario para decir toda la verdad. No podemos arrancar la verdad adoptando metodologías de diálogo, sino sólo si hemos creado una atmósfera de amor y confianza. […] «Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu mal» Aquí se ha instaurado una relación verdadera. Jesús le desea la paz a la mujer y le da la esperanza de estar curada de su enfermedad. La mujer, tras haber experimentado su valor a través del encuentro, ya no puede sangrar. Al entrar en contacto con este hombre que la acepta sin reservas, se detiene su flujo de sangre, ya no tiene necesidad de continuar consumiéndose para ser aceptada y amada.

        Frente a la hemorroísa no puedo dejar de pensar en las muchas personas que se sacrifican por los otros, aunque lo hacen, de manera inconsciente, por una necesidad de tranquilidad y de reconocimiento. Ponen su patrimonio a disposición de los otros, dan su dinero para beneficencia, lo gastan todo. Sin embargo, esta generosidad no se traduce en una mayor interioridad y libertad. Esto no les produce satisfacción; es más, se sienten vacías y agostadas. Al final se sienten excluidas de la vida. Lo han entregado todo y ahora nadie las tiene en consideración; están vacías y agotadas. Han «bypassado» la vida. Su sacrificio no estaba dictado por un amor verdadero, sino por un deseo de gratificación, por el deseo de ser premiadas, de ser, finalmente, alguien. No es posible curar a estas personas pretendiendo aún más de ellas, mayores sacrificios, mayor compromiso a favor de la familia. En su encuentro con nosotros deben advertir ante todo que valen simplemente por lo que son. En este encuentro deben «tocar» a un ser humano, de suerte que fluya la energía, que experimenten el flujo vital. Si el encuentro tiene lugar simplemente entre seres humanos, no hay necesidad de nacerse más interesante aportando problemas; las dificultades se trasladan a un nivel razonable.

En este fragmento del evangelio de Marcos no se habla sólo de la mujer que padece hemorragias y que, al encontrarse con Jesús, toma conciencia de su valor cuando encuentra estima y simpatía, se habla asimismo de la hija de Jairo, que, evidentemente, no puede vivir en la casa de su padre, uno de los jefes de la sinagoga. Jesús cura a esta muchacha, que se había ido extinguiendo cada vez más hasta yacer inmóvil y rígida como muerta en el lecho, cogiéndole la mano y ordenándole que se levante. No continúa reteniéndole la mano, sino que la deja ir, deja que encuentre su camino. Y ordena que le den de comer. Comer es, bajo ciertos aspectos, un signo de sociabilidad. La muchacha es de nuevo capaz de entrar en la vida social. Este relato nos dice que no debemos atar a nosotros a las personas con un cuidado excesivo que no les permita crecer en libertad. No debemos tener [a una persona] de la mano durante toda la vida; de lo contrario, la haríamos permanecer en su enfermedad. Debemos reforzar su vitalidad y enseñarle a dar por sí sola los pasos necesarios.

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Anselm Grün,
Descubrir la riqueza de la vida,
Editorial Verbo Divino, Estella 1999.

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Dom 1.7.18. Conversión del archisinagogo: Liberación de dos mujeres

Domingo, 1 de julio de 2018

hemorroisa1Del blog de Xabier Pikaza:

Dom 13 tiempo ordinario, ciclo b. Mc 5, 21-43. Se trata de cu rar al archisinagogo (nombre emparentado con arzi-obispo, arci-preste), para que pueda vivir él, y puedan vivir con él, en libertad las mujeres de su casa (la hija moribunda) y las de fuera, la hemorroísa de la calle.

Éste es uno de los temas más sorprendentes y actuales de transformación del evangelio, un tema de fondo histórico, pero de inmensa actualidad en la Iglesia y en la humanidad actual:

En el centro de la escena emerge un hombre necesitado (el Archisinagogo) y con él dos mujeres, víctimas de opresión personal y familiar, cultural y religiosa:

— Una es joven, su misma hija, que al parecer no tiene más remedio que morir, habiendo cumplido doce años (al hacerse mayor), porque es imposible crecer y vivir en la casa (iglesia) de aquel archisinagogo (símbolo de un tipo de clero que al cerrarse en su religión impide que vivan las mujeres de su misma casa).

— La otra es mayor, lleva doce años de mal flujo de sangre, expulsada de la iglesia, encerrada en su casa… La misma religión del archisinagogo le impide vivir en libertad.

hija-de-jairoAmbas están vinculadas por una misma enfermedad y son signo de impotencia de un tipo de judaísmo (de un tipo de iglesia, humanidad) que oprime a estas mujeres . Curando al archisinagogo, Jesús cura (y viceversa): les permite que sean ellas mismas, no para que vuelvan al orden antiguo, sino para que inicien un camino de humanización evangélica en el que merezca la pena crecer, ser mujer, realizarse en familia.

Pasamos del espacio extenso y de la problemática político-militar del mundo pagano (escena anterior de Mc 5, con geraseno, con magistrados de la ciudad y con porqueros) a un espacio que parece más vinculado a las preocupaciones familiares, donde resulta central la cuestión de la mujer en su doble perspectiva de niña que no puede madurar (5,21-24a 35-43) y de adulta vencida por su misma impureza de sangre (5,24b-34).

Lo que sigue está tomado básicamente de mi Comentario sobre Marcos, sin notas críticas, que el lector interesado deberá buscar en el texto impreso. Añado al final un texto que puede estar emparentado con la palabra de Jesús a la hija del Archisinagoo: Te libero de un tipo de bondad particular, sé tu misma.

Buen fin de semana a todos.

Texto entero

(a. Archisinagogo) 21 Y cruzando Jesús de nuevo al otro lado en la barca, se aglomeró mucha gente ante él, y él estaba a la orilla del mar. 22 Y llegó uno de los archisinagogos, llamado Jairo y viéndole se echó a sus pies 23 y le suplicaba con insistencia, diciendo: Mi hijita está agonizando; ven a imponer las manos sobre ella para que se cure y viva. 24 E iba con él…

(b 1. Hemorroisa) 24b…. Y mucha gente lo seguía y lo estrujaba, 25 y una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años, 26 y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todo lo que tenía, sin provecho alguno, yendo más bien a peor, 27 habiendo oído hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. 28 Pues se decía: Si logro tocar aunque sólo sea su manto, quedaré curada. 29 E inmediatamente se secó la fuente de su sangre y supo por su cuerpo que estaba curada del flagelo.

(b 2. Tu fe te ha salvado). 30 E inmediatamente, Jesús, conociendo en sí mismo la fuerza que había salido de él, volviéndose a la muchedumbre, preguntó: ¿Quién ha tocado mi manto? 31 Y sus discípulos le replicaron: Ves que la gente te está estrujando ¿y preguntas quién me ha tocado? 32 Pero él miraba alrededor para ver quién lo había hecho. 33 Pero la mujer, temerosa y temblorosa, conociendo lo que le había pasado, vino y se postró ante él y le dijo toda la verdad 34. Él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu flagelo.

(c 1. Ha muerto) 35 Todavía estaba hablando cuando llegaron unos (de casa) del Archisinagogo diciendo: Tu hija ha muerto; no sigas molestando al Maestro. 36 Pero Jesús, que oyó la noticia, dijo al Archisinagogo: No temas. Sólo ten fe. 37 Y no permitió que nadie le acompañara, sino sólo al Roca, a Jacob y Juan, el hermano de Jacob. 38 Y llegaron a casa del Archisinagogo y, al ver el alboroto, unos que lloraban y otros que daban grandes alaridos, 39 entró y les dijo: ¿Por qué alborotáis y lloráis? La niña no ha muerto, sino que duerme. 40 Pero ellos se burlaban de él.

(c 2 Talita koum) Pero él, echando fuera a todos, tomó consigo al padre de la niña, a la madre y a los que estaban con él, y entró a donde estaba la niña. 41 Y agarrando a la niña de la mano y le dijo: Talitha koum, que significa: Niña, a ti te hablo, levántate. 42 Y de pronto la jovencita se levantó y echó a andar, pues tenía doce años; y ellos quedaron inmediatamente fuera de sí, con gran admiración. 43 Y él les insistió mucho en que nadie lo supiera y les dijo que le dieran de comer .

Son dos historias de mujeres. A diferencia de Mc 5,1-20 y 2, 23-3,6, no hay demonios ni disputas exteriores Todo parece realizarse en calma y, sin embargo, en el fondo late un intenso potencial de ruptura humana (y de liberación evangélica), en perspectiva femenina.

Posiblemente, en su redacción actual, el texto haya recibido influjos de textos de milagros de Elías-Eliseo (cf. 1 Re 17,17-24, 2 Re 4,25-37), y quizá también de tradiciones de resurrecciones (cf. Lc 7,11-17; Jn 11; Hch 9,36-43), pero Marcos ha construido una historia muy nueva, que trata de una adolescente “resucitada”, cuya enfermedad y curación se entrelaza con la curación de la hemorroísa, en forma de tríptico o sándwich (que formalmente responde al esquema de 3, 20-35, donde teníamos también una introducción y una “historia” intercalada en la otra):

− a. Introducción: un archisinagogo (5,21-24a). Jairo tiene una hija que enferma al hacerse mayor (al cumplir doce años) y él es incapaz darle vida. Por eso acude a Jesús (condenado por los escribas: 3, 22-30), buscando vida por encima de su ley y sinagoga, confesando de esa forma su impotencia. En el lugar de máxima pureza del entorno, en la casa de un archisinagogo o Jefe de la comunidad judía de Cafarnaúm, una adolescente muere. La pura religión de su sinagoga de Ley es incapaz de curarla

− b1 y b2. La hemorroisa (5, 24b-34). Mientras Jesus se dirige a la casa de la adolescente, Marcos introduce el relato de una mujer que lleva doce años enferma de flujo de sangre, para retardar la narración y producir mayor suspense. Esta mujer no puede casarse, tener relaciones sexuales o comunicarse de forma cercana con los otros Por eso viene escondida en su enfermedad, llena de vergüenza, para tocar a Jesus, que es principio de limpieza superior, en medio de la calle. Le toca, se se cura, Jesús la envía a casa El Archisinagogo aprende al verla y escucharla.

− c1 y c2. Hija del archisinagogo (5, 35-43). Ha muerto, dicen, pero Jesus afirma que está dormida. De la sinagoga, que 1, 21-28 y 3, 1-6 aparecía como lugar de impureza e impotencia, pasamos a la casa de muerte del archinagogo, convertida por Jesús en casa de resurrección y vida (iglesia). Jesús entra en cuarto de la niña, le da la mano y la levanta, introduciéndola así en el camino de su vida madura, de mujer y de persona, que tiene doce años, la edad para el amor y matrimonio en el oriente Leer más…

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¿Quién me ha mirado?

Domingo, 1 de julio de 2018

artworks-000121602575-x6rh7u-t500x500“Escuchar con nuestros ojos y ver con nuestros oídos nos enseña cómo abrir nuestras orejas y mentes en un nivel más profundo de receptividad y escucha” (Mark Coleman)

1 de julio. Domingo XIII del TO

Mc 5, 21- 43

Él miraba alrededor para descubrir a la que lo había tocado

La hemorroísa del evangelio de este domingo no se atrevía a hablar y utiliza el lenguaje corporal expresando con un gesto lo que quería decirle a Jesús. Como el propio Jesús, sensible siempre a los problemas humanos, advirtió que: “Alguien me ha tocado, yo he sentido que una fuerza salía de mí” (Lc 8, 46).

¿Sabía que el Maestro de Nazaret, siguiendo el ejemplo del maestro cordobés y filósofo latino Lucio Anneo Séneca (4 a.C- 65 d.C) aconsejaba: “escucha aún a los pequeños, porque nadie es despreciable en ellos”? Y así como hay un arte del bien hablar, existe también un arte del bien escuchar.

Tu enfermedad se esfumó de tu cuerpo y se cumplió en ti lo que Gong Li, protagonista de la película china Adiós a mi concubina (1993) dirigida por Chen Kaige exclamó: La vida en este mundo es como una noche en primavera”. Y tú, querida hemorroísa, la viste florecer en tu cuerpo y tu espíritu. Y también te encontraste con Jesús, como Saulo en el camino de Damasco; en aquella ocasión fue él quien le miro, pero en esta quien le miró fuiste tú. El poeta escocés Robert Burns (1759-1796), escribió un poema que comienza con unos versos referidos igualmente a floraciones estacionales:

 “O my Luve’s like a red, red rose,

That’is newly sprung in June”.

Una imagen -en este caso una mirada- dice mucho más que mil palabras, dice el refrán. El contacto visual es un arma facilitadora de la seducción, que bien utilizada, nos asegurará el éxito en nuestro quehacer de conquistadores: un cruce de miradas en medio de la multitud, una mirada fugaz que se pierde entre la gente, una mirada penetrante que te gana la de la persona que te gusta. El contacto con los ojos apenas dura unos segundos, pero la información que podemos obtener de ellos es mucho más de lo que necesitamos para lanzarnos hacia la deseada conquista.

Tu vida, floreció como la del mundo, como la del camino, como la de la primavera y el verano. En el AT encontramos elocuentes imágenes varias de transformación. Por ejemplo: el cayado de Moisés, en serpiente (Éx 7, 10); la roca de Horeb en fuente de agua fresca (Éx 17, 6). Imágenes bíblicas que nos muestran la posibilidad de transformar nuestro interior, sin dejar de ser nosotros mismos.

Vincent van Gogh (1853-1890), pintor holandés, lo expresó de este modo considerando su vida llena de nuevos comienzos, cambios de paisaje e ideas de cosas cada vez mejor: transformación constante. Y así lo quiso representar en su cuadro Rama de almendro en flor, sobre un cielo iluminado de azul: óleo sobre lienzo (Museo Van Gogh, Ámsterdam, Países Bajos).

Jesús te miró a ti y tú le miraste a él. Y así tu enfermedad se esfumó de tu cuerpo a no sabemos dónde, y amanecieron en ti sugerentes floraciones estacionales.

“Escuchar con nuestros ojos y ver con nuestros oídos nos enseña cómo abrir nuestras orejas y mentes en un nivel más profundo de receptividad y escucha” (Mark Coleman).

Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), religiosa mexicana de la Orden de San Jerónimo y escritora exponente del Siglo de Oro de la literatura en española, canta en el siguiente poema la relación amorosa entre Jesús y los necesitados:

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como en tu rostro y acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me viese deseaba.

Y Amor, que mis intentos ayudaba,
Venció lo que imposible parecía,
pues entre el llanto que el amor vertía,
el corazón deshecho destilaba.

Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten los celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste

con sombras necias, con indicios vanos,
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.

Vicente Martínez

Fuente Fe Adulta

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Dejemos de perder la vida.

Domingo, 1 de julio de 2018

talita-cumi550Este evangelio nos toca de una manera especial a las mujeres de cualquier edad y condición aunque el mensaje es universal y no va dirigido únicamente a nosotras.

Me impresiona ver a  Jesús  buscando la liberación radical de las personas, de todo lo que pudiera ser un obstáculo en sus relaciones, crecimiento personal, realización total.

Si nos quedamos únicamente en su capacidad de sanar enfermedades, es una visión de Jesús demasiado superficial sin captar el deseo de devolver a cada persona su identidad más profunda.

Él, por su experiencia de Dios, libre de las ataduras de la cultura, de las costumbres, hasta de la imagen de Dios proporcionada por la autoridad religiosa, es capaz de mirar a la persona y ver en ella una hija de Dios como Él.

Por eso el evangelio nos ilustra a través de sus enseñanzas y de sus obras el mensaje profundo de Dios de querer que sus hijos e hijas se desarrollen en plenitud.

Por eso en esa doble actuación de Jesús, en cada uno de los detalles que nos presenta el evangelista hay un sinfín de mensajes en los que no nos podemos parar pero intentaremos remarcar alguno que nos ayude en nuestro caminar de fe.

Nos encontramos con  la situación de dos mujeres, a ambos extremos de la vida: la hemorroísa lleva doce años enferma, (el tiempo de maduración de una mujer), y la muchacha que apenas empieza a vivir (como persona adulta desde la visión de ese tiempo), con doce años. Su condición por género hace que se les considere como pertenencia del varón y todas las consecuencias que eso  trae para sus vidas. Y todo ello en nombre de la religión.

La mujer madura, cansada de sufrir física y moralmente por su enfermedad (la pérdida constante de sangre) rompe con las normas que le separan de los demás, incluso de Dios y busca a quien pueda devolverle la salud.

Para ello rompe con todas las normas de alejarse de todo lo que puede contaminar por su impureza y en su deseo de ser sanada se abre camino entre la multitud para llegar a Jesús de quien le han  hablado muchos.

Jesús nota que alguien le toca el manto, de una manera especial y ante su pregunta, ¿quién me ha tocado?, la mujer se lo cuenta todo. “Tu fe te ha salvado”, es lo que obtiene como respuesta.

Jesús le recuerda el poder y la confianza que existe dentro de ella. Es esa confianza la que dignifica a la persona. De ahora en adelante no tendrá que depender de nadie. Esta es la gran enseñanza de Jesús: descubre tu propia dignidad y camina de acuerdo con ella.

La grave enfermedad de la joven, que apenas empieza a abrirse a la vida con doce años, contrasta con lo que parece que el destino tiene preparado para ella, la muerte inminente que de hecho se confirma antes de que Jesús se pueda acercar a ella.

Dentro de la cultura judía esta niña está a punto de pasar de la pertenencia al padre a la del esposo, a vivir en una situación donde el varón y la religión dirigida por una mentalidad patriarcal, deja muy poco espacio a la mujer para realizarse, para ser ella misma. Por eso Jesús dice: “La chiquilla no ha muerto, está durmiendo”. Todavía hay esperanza; al cogerla de la mano la levanta (la resucita) como a la hemorroísa y se la devuelve a los padres para que pueda vivir como hija de Dios.

Tanto una mujer como la otra han entrado dentro la nueva vida que comunica Jesús a través de sus palabras y obras.

¿Quién les salva y les devuelve su salud? Ciertamente que es a través de Jesús que recobran la vida y renacen de nuevo pero en los dos casos Jesús pone el énfasis en su fe y confianza. Es tu fe, tu confianza la que te hace volver a tu ser original.

No nos resultan tan extrañas hoy estas historias de mujeres, de niños cuya dignidad es pisoteada por intereses personales en situaciones de guerra, conflictos, trata de personas… refugiados huyendo de sus países en situaciones infrahumanas.

Es un gran interrogante para los países que nos consideramos cristianos la manera en que olvidamos la manera de actuar de Jesús, cerrando los ojos a realidades que nos pasan por delante cada día.

Hoy, igual que ayer, hay una gran cantidad de gente que busca la liberación, clama por su dignidad como hija de Dios.

Carmen Notario

www.espiritualidadintegradoracristiana.es

Fuente Fe Adulta

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El encuentro con Cristo es vida.

Domingo, 1 de julio de 2018

resurreccion-de-la-hija-de-jairo_thumbDel blog de Tomás Muro La Verdad es libre:

01. NOTA PREVIA: UN RELATO PECULIAR.

Marcos construye este relato con dos momentos de vida: la curación de la hemorroísa y la resurrección de la hija de Jairo. Es un relato cargado de simbolismo.

Recientemente decía el teólogo Juan Masiá que no entenderemos la Palabra, la Biblia si no tenemos un sentido poético.

Para comprender estos relatos nos hace falta sensibilidad poética, intuir los símbolos con los que están construidos. De otro modo nos quedaremos en una lectura literalista que nos abrirá las puertas del fanatismo.

02. PERSONAJES DEL RELATO.

JAIRO

Era un personaje importante, jefe de la sinagoga.

A Jesús no le fue muy bien ni en el Templo ni en las sinagogas. Cuando Jesús termina de predicar en la sinagoga de su pueblo, Nazaret, los jefes de la sinagoga querían echarlo por un barranco, (Lc 4,28).

Sin embargo Jesús no duda en acoger y “sanar – levantar” a la hija de Jairo.

Jesús sana a todo aquel que se encuentra con él. La misericordia es también para con sus enemigos.

(Levantar es una de las palabras que el NT emplea para hablar de la resurrección de Jesús).

LA HIJA DE JAIRO Y LA HEMORROÍSA.

Dos mujeres. Las dos perdían la vida.

La niña estaba dormida-muerta.

La hemo – rroísa: hemo: sangre / reo: correr (flujo) perdía también la vida.

Se trata de dos mujeres, enfermas de gravedad –una terminará en la muerte, que se curan y viven al encuentro con Jesús.

Por otra parte, es sabido que la mujer en el mundo judío no era lo más mínimo considerada ni valorada. Jesús “nunca debió” haber tratado con mujeres, ni tener discípulas, ni curar a una mujer. Pero “lo de Jesús” es algo muy diferente de la religión judía (probablemente de todas las religiones). Jesús se acerca a todo el mundo: hombres, mujeres y niños, judíos y paganos, buenos y malos. Y se acerca no para recriminar nada, sino para que tenga vida.

TOCAR

Jesús se acerca a la niña, la coge de la mano y la levanta, la devuelve a la vida.

Se entienda como se entienda la situación de aquella niña, Jesús la devuelve a la vida, la levanta.

La hemorroísa toca el manto de Jesús y queda curada. Tocar el manto no significa tocar mágicamente una reliquia o el pie de la estatua de San Pedro en el Vaticano. El manto significaba el “entorno” de Jesús, entrar en el ámbito de Jesús

En situaciones de muerte, de depresión, de droga, de hundimientos personales, de pérdida de la vida, el encuentro con Cristo, devuelve la vida, nos devuelve a la vida.


DOCE

Curiosamente en las dos mujeres se repite la cifra: “Doce”. La niña tenía doce años y la hemorroísa llevaba doce años enferma.

No es casual, el simbolismo es evidente.

El número doce es símbolo del pueblo judío, Israel. Doce es la totalidad de Israel.

Ambas mujeres representan a Israel, que no encuentra solución en sus instituciones ni en su religión -la sinagoga, la Torah-, sino que se va extinguiendo, después de haber hecho lo indecible –“se había gastado en eso toda su fortuna; pero en vez de mejorar, se había puesto peor”-, hasta morir.

Podemos ser viejos católicos, religiosos de toda la vida; solamente el encuentro con Cristo es el que nos liberará y nos dará o nos devolverá a la vida.

JESÚS

Es la figura central.

Jesús se muestra como liberador de aquello que más nos asusta y esclaviza: la opresión –interna y externa-, la enfermedad, la marginación y la muerte.

En algún otro momento Jesús ya lo había dicho: Dios no es un Dios de muerte, sino de vida, (Lc 20,38).

En la Eucaristía de hoy lo hemos escuchado en la primera lectura: DIOS NO HIZO LA MUERTE NI GOZA DESTRUYENDO LOS VIVIENTES.

El enigma del ser humano, todas las realidades humanas, incluida la muerte, quedan iluminadas desde la Vida que se manifiesta en Jesús.

NOSOTROS.

Cada cual podemos reconocernos como Jairo que acude a Jesús, como la mujer que siente estar perdiendo su vida, o como la niña que escucha la palabra que le dice: “levántate”.

Y, a esa luz, podemos preguntarnos: ¿por dónde se me escapa la vida?, ¿qué es lo que me tiene hundido?, ¿tengo fuerzas para levantarme, vivir y trabajar por la vida?

Y es muy probable que, creyente o no, en la respuesta a esos interrogantes, se reconozca a sí mismo en la persona, la vida y el mensaje del Maestro de Nazaret.

La cuestión crucial no es: ¿qué ocurre después de la muerte?, sino: ¿quiénes somos y cómo estamos?

El encuentro con Cristo es vida.

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Dom 28.6.15. Una mujer que toca, una mujer que dice (la hemorroísa)

Domingo, 28 de junio de 2015

11071121_459757214201476_1819303381447838761_nDom 13, tiempo ordinario. Marcos 5,21-43. Este evangelio nos sitúa ante dos mujeres, víctimas de opresión personal y familiar:

una es joven, hija del archisingogo, y al parecer no tiene más remedio que morir, habiendo cumplido doce años (pues la vida mayor no le ofrece ningún aliciente);
la otra es ya madura, pero lleva sufriendo doce años de mal flujo de sangre, y las autoridades sanitarias y sociales no le dejan tocan, ni dicer.

Ambas están vinculadas por una enfermedad que es parecida, la enfermedad de ser mujer en aquel contexto y circunstancia. Pero Jesús deja que le toquen; les da la mano y les cura, no para que vuelvan al orden antiguo, sino para iniciar con ellas un camino de humanidad.

Hoy comentaré el tema de la hemorroísa. Dejo para mañana el de la hija del archisinagogo. Retomo así un motivo usual en este blog, y lo haré siguiendo básicamente mi Evangelio de Marcos (Verbo Divino, Estella 1012), sin notas críticas, que el lector interesado deberá buscar en el libro impreso.

big_stcatherine-sightseeing-tours-from-sharm-marina-by-sunray-tours01Ese pasaje de la hemorroísa ofrece dos mensajes antiguos, dos enseñanzas que siguen siendo nuevas también en nuestro tiempo, para hombres y mujeres:

a. Que la mujer pueda “tocar”, que pueda relacionarse corporal y humanamente con la vida, es decir, con los otros sin cortapisas ni limitaciones externas de género… Que no le impongan otros (sacerdotes y escribas) aquello que ha de hacer y sentir, cómo ha de vivir, aceptándose a sí misma, y así “tocar” al hombre, si ella quiere, como quiera, siempre que sea en respeto, para ser así persona.

b. Que la mujer pueda “contar”, decir lo que ha sentido; que recobra de esa forma la palabra, y diga lo que siente ante el corro de hombres que parecían dispuestos a imponer sobre ella su visión del mundo y de la vida. La verdad (toda la verdad, como en los juicios leales) es lo que ella tiene que decir, como verá quien siga leyendo.

Se trata de devolver la palabra a la mujer, dejar que ella diga y se diga, escucharla, y compartir con ella la trama de la vida.

La imagen 1 evoca el relato de la hemorroísa, en un fondo de sangre de vida.
La mujer de la imagen 2 es Catalina de Siena, que dice al papa y a la iglesia de su tiempo lo que ha de ser un papa y una iglesia.

Buen fin de semana a todos.

Texto: Mt 5, 24-34

(a. Una mujer quiere tocar…). 24 Y mucha gente lo seguía y lo estrujaba, 25 y una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años, 26 y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todo lo que tenía, sin provecho alguno, yendo más bien a peor, 27 habiendo oído hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. 28 Pues se decía: Si logro tocar aunque sólo sea su manto, quedaré curada. 29 E inmediatamente se secó la fuente de su sangre y supo por su cuerpo que estaba curada del flagelo.

(b. Esa mujer tiene que decir) 30 E inmediatamente, Jesús, conociendo en sí mismo la fuerza que había salido de él, volviéndose a la muchedumbre, preguntó: ¿Quién ha tocado mi manto? 31 Y sus discípulos le replicaron: Ves que la gente te está estrujando ¿y preguntas quién me ha tocado? 32 Pero él miraba alrededor para ver quién lo había hecho. 33 Pero la mujer, temerosa y temblorosa, conociendo lo que le había pasado, vino y se postró ante él y le dijo toda la verdad 34. Él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu flagelo.

1. Una mujer quiere tocar, esta mujer quiere vivir

Es una hemorroísa, mujer que los hombres declaran maldita, por su “menstruación irregular”… Fuente y foco de impureza para los hombres es esta mujer que avanza escondida y miedosa, en medio del gentío, pues si la reconocen deben hacer un hueco en torno a ella, expulsándola del grupo. Nadie puede ponerse en contacto con ella, ni tocar sus cosas.

Es una muerta viviente, expulsada de la sociedad y condenada a su propia soledad impura, por causa de una ley religiosa, defendida con celo por las «sinagogas» (por los archisinagogos, como éste al que Jesús acompaña). Pues bien, esta mujer, que no ha podido ser curada por la medicina (5,26), no se ha resignado a vivir como lo manda la ley israelita.

Es persona sin familia. Conforme a la ley sacral judía, su condición de hemorroísa (mujer con hemorragia menstrual permanente) la expulsa de la sociedad: no puede tener relaciones sexuales ni casarse; no puede convivir con sus parientes ni tocar a los amigos, pues todo lo que toca se vuelve impuro a su contacto: la silla en que se sienta, el plato del que come… Es mujer condenada a soledad, maldición social y religiosa. El milagro de Jesús consiste en dejarse tocar por ella, ofreciéndole un contacto purificador. En el fondo del relato hay un recuerdo histórico (forma de actuar de Jesús) y una experiencia eclesial (la comunidad cristiana ha superado las normas de pureza humana y sexual del judaísmo) .

Jesús no la ayuda para llevarla después a su grupo, ni le dice que venga a sumarse a la familia de sus seguidores, sino que hace algo previo: La valora como mujer, aceptando el roce de su mano en el manto y ofreciéndole el más fuerte testimonio de su intimidad personal; le anima a vivir y le cura, para que sea sencillamente humana, persona con dignidad, y para que construya el tipo de familia que ella misma decida. No la quiere convertir a nada (en nada) sino capacitarla para que ella sea, al fin y para siempre, humana. Socialmente impura era esta hemorroísa: rescatarla para la humanidad, para las relaciones personales, para la familia, esta ha sido una conquista capital del evangelio .

— Era hemorroísa desde hace 12 años (5, 25). Nadie podía acercarse a su cuerpo, compartir su mesa, convivir con ella. Como solitaria, aislada tras el cordón sanitario y sacral de su enfermedad, vivirá en la cárcel de su impureza femenina. No puede curarla la ley, pues la misma ley social y sacral la ratifica como enferma. Por eso no puede acudir a los escribas ni a los sacerdotes para curarse. Vive sin esperanza de curación humana, pues tampoco los muchos médicos (pollôn iatrôn; 5, 26) fueron incapaces de curarla. Lo ha gastado todo en sanidad y no ha sanado, como dice con ironía el texto . Leer más…

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