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Dom 28.6.15. Una mujer que toca, una mujer que dice (la hemorroísa)

Domingo, 28 de junio de 2015

11071121_459757214201476_1819303381447838761_nDom 13, tiempo ordinario. Marcos 5,21-43. Este evangelio nos sitúa ante dos mujeres, víctimas de opresión personal y familiar:

una es joven, hija del archisingogo, y al parecer no tiene más remedio que morir, habiendo cumplido doce años (pues la vida mayor no le ofrece ningún aliciente);
la otra es ya madura, pero lleva sufriendo doce años de mal flujo de sangre, y las autoridades sanitarias y sociales no le dejan tocan, ni dicer.

Ambas están vinculadas por una enfermedad que es parecida, la enfermedad de ser mujer en aquel contexto y circunstancia. Pero Jesús deja que le toquen; les da la mano y les cura, no para que vuelvan al orden antiguo, sino para iniciar con ellas un camino de humanidad.

Hoy comentaré el tema de la hemorroísa. Dejo para mañana el de la hija del archisinagogo. Retomo así un motivo usual en este blog, y lo haré siguiendo básicamente mi Evangelio de Marcos (Verbo Divino, Estella 1012), sin notas críticas, que el lector interesado deberá buscar en el libro impreso.

big_stcatherine-sightseeing-tours-from-sharm-marina-by-sunray-tours01Ese pasaje de la hemorroísa ofrece dos mensajes antiguos, dos enseñanzas que siguen siendo nuevas también en nuestro tiempo, para hombres y mujeres:

a. Que la mujer pueda “tocar”, que pueda relacionarse corporal y humanamente con la vida, es decir, con los otros sin cortapisas ni limitaciones externas de género… Que no le impongan otros (sacerdotes y escribas) aquello que ha de hacer y sentir, cómo ha de vivir, aceptándose a sí misma, y así “tocar” al hombre, si ella quiere, como quiera, siempre que sea en respeto, para ser así persona.

b. Que la mujer pueda “contar”, decir lo que ha sentido; que recobra de esa forma la palabra, y diga lo que siente ante el corro de hombres que parecían dispuestos a imponer sobre ella su visión del mundo y de la vida. La verdad (toda la verdad, como en los juicios leales) es lo que ella tiene que decir, como verá quien siga leyendo.

Se trata de devolver la palabra a la mujer, dejar que ella diga y se diga, escucharla, y compartir con ella la trama de la vida.

La imagen 1 evoca el relato de la hemorroísa, en un fondo de sangre de vida.
La mujer de la imagen 2 es Catalina de Siena, que dice al papa y a la iglesia de su tiempo lo que ha de ser un papa y una iglesia.

Buen fin de semana a todos.

Texto: Mt 5, 24-34

(a. Una mujer quiere tocar…). 24 Y mucha gente lo seguía y lo estrujaba, 25 y una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años, 26 y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todo lo que tenía, sin provecho alguno, yendo más bien a peor, 27 habiendo oído hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. 28 Pues se decía: Si logro tocar aunque sólo sea su manto, quedaré curada. 29 E inmediatamente se secó la fuente de su sangre y supo por su cuerpo que estaba curada del flagelo.

(b. Esa mujer tiene que decir) 30 E inmediatamente, Jesús, conociendo en sí mismo la fuerza que había salido de él, volviéndose a la muchedumbre, preguntó: ¿Quién ha tocado mi manto? 31 Y sus discípulos le replicaron: Ves que la gente te está estrujando ¿y preguntas quién me ha tocado? 32 Pero él miraba alrededor para ver quién lo había hecho. 33 Pero la mujer, temerosa y temblorosa, conociendo lo que le había pasado, vino y se postró ante él y le dijo toda la verdad 34. Él le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu flagelo.

1. Una mujer quiere tocar, esta mujer quiere vivir

Es una hemorroísa, mujer que los hombres declaran maldita, por su “menstruación irregular”… Fuente y foco de impureza para los hombres es esta mujer que avanza escondida y miedosa, en medio del gentío, pues si la reconocen deben hacer un hueco en torno a ella, expulsándola del grupo. Nadie puede ponerse en contacto con ella, ni tocar sus cosas.

Es una muerta viviente, expulsada de la sociedad y condenada a su propia soledad impura, por causa de una ley religiosa, defendida con celo por las «sinagogas» (por los archisinagogos, como éste al que Jesús acompaña). Pues bien, esta mujer, que no ha podido ser curada por la medicina (5,26), no se ha resignado a vivir como lo manda la ley israelita.

Es persona sin familia. Conforme a la ley sacral judía, su condición de hemorroísa (mujer con hemorragia menstrual permanente) la expulsa de la sociedad: no puede tener relaciones sexuales ni casarse; no puede convivir con sus parientes ni tocar a los amigos, pues todo lo que toca se vuelve impuro a su contacto: la silla en que se sienta, el plato del que come… Es mujer condenada a soledad, maldición social y religiosa. El milagro de Jesús consiste en dejarse tocar por ella, ofreciéndole un contacto purificador. En el fondo del relato hay un recuerdo histórico (forma de actuar de Jesús) y una experiencia eclesial (la comunidad cristiana ha superado las normas de pureza humana y sexual del judaísmo) .

Jesús no la ayuda para llevarla después a su grupo, ni le dice que venga a sumarse a la familia de sus seguidores, sino que hace algo previo: La valora como mujer, aceptando el roce de su mano en el manto y ofreciéndole el más fuerte testimonio de su intimidad personal; le anima a vivir y le cura, para que sea sencillamente humana, persona con dignidad, y para que construya el tipo de familia que ella misma decida. No la quiere convertir a nada (en nada) sino capacitarla para que ella sea, al fin y para siempre, humana. Socialmente impura era esta hemorroísa: rescatarla para la humanidad, para las relaciones personales, para la familia, esta ha sido una conquista capital del evangelio .

— Era hemorroísa desde hace 12 años (5, 25). Nadie podía acercarse a su cuerpo, compartir su mesa, convivir con ella. Como solitaria, aislada tras el cordón sanitario y sacral de su enfermedad, vivirá en la cárcel de su impureza femenina. No puede curarla la ley, pues la misma ley social y sacral la ratifica como enferma. Por eso no puede acudir a los escribas ni a los sacerdotes para curarse. Vive sin esperanza de curación humana, pues tampoco los muchos médicos (pollôn iatrôn; 5, 26) fueron incapaces de curarla. Lo ha gastado todo en sanidad y no ha sanado, como dice con ironía el texto .

– Es mujer solitaria, pues su mismo “tacto” ensucia lo que toca, pero tiene un deseo de curarse que desborda el nivel de los escribas de Israel y de los médicos del mundo. Lógicamente, su misma enfermedad se expresa como búsqueda de “contacto” personal. Ha oído hablar de Jesús y quiere entrar relacionarse con él, de un modo personal, a nivel de “cuerpo”: ¡Si al menos pudiera tocar su vestido! (cf. 5, 27-28). No puede venir cara a cara, no puede avanzar a rostro descubierto, con nombre y apellido, mirando a los ojos a la gente que la estruja, porque todos tenderían a expulsarla, sintiéndose impuros a su roce. Por eso llega por detrás (opisthen), en silencio (5, 27).

— Es mujer que conoce y sabe con su cuerpo (5, 29). Toca el manto de Jesús y siente que se seca la fuente “impura” de su sangre, se sabe curada. Alguien puede preguntar: ¿Cómo lo sabe? ¿De qué forma lo siente, así de pronto? ¿No será ilusión, allí en medio del gentío? Evidentemente no. Ella lo sabe por su cuerpo (egnô tô sômati…), que es la fuente y verdad del primer conocimiento. Los hombres tienden a conocer “a través de leyes” o por medio de razonamientos. Esta mujer, en cambio, conoce por su cuerpo, es decir, a través de la sensación interior por la que se expresa su corporalidad más honda.

El conocimiento intelectual y racional resulta en este caso secundario. En el fondo de nuestra vida, hombres y mujeres conocemos a través de la sensación, es decir, por el cuerpo, de manera que podemos afirmar que somos “inteligencia sentiente”. Pues bien, frente a todas las razones religiosas de los escribas y sacerdotes de Israel, Jesús quiere volver y vuelve a este nivel más hondo de conocimiento corporal, que es fuente de salud humana, el principio de toda religión. En ese nivel, lo que importa de verdad es que esta mujer “sepa” con su cuerpo, sabiéndose curada, que pueda elevarse y sentirse persona, rompiendo la cárcel de sangre que la tenía oprimida, expulsada de la sociedad por muchos años. Por eso es decisivo que se conozca y se descubra limpia en contacto con Jesús. Así dice Marcos que ella “conoce” (es decir, se conoce) por su cuerpo .

El mismo gesto de esconder su enfermedad y avanzar entre el gentío, corriendo el riesgo de tocar a unos y otros a su paso, era una especie de protesta religiosa. Esta mujer no se había resignado a vivir condenada y aislada, como un cadáver ambulante, porque así lo diga una ley regulada por los sabios varones de su pueblo. Sin duda, ella iba rozando a muchos y expandiendo a todos (según ley) su contagio de impureza legal, pero nadie se daba cuenta, mostrando así la impotencia de esa ley (pues si todos están contagiados nadie lo está). Sólo Jesús advierte el toque «profundo» de la mujer, que no se atrevía ni a rozar su cuerpo, ni a tomar su mano, sino que le ha bastado con rozar su manto (5,28) .

Jesús le dice: tu fe te ha salvado. Un contacto de cuerpos

La salvación de esta mujer se expresa en el nivel del contacto personal, como muestra Jesús al buscar a la persona que le ha tocado y al iniciar una conversación que nos conduce al centro del despliegue purificador de su evangelio. Jesús conoce y reconoce (valora, admite) a esta mujer: Conoce “en su cuerpo” la fuerza que ha salido de él, lo mismo que la mujer ha conocido “en su cuerpo” la curación que ha recibido. Eso significa que Jesús es una persona en comunicación, un cuerpo que se pone en contacto con otros cuerpos, de hombres y mujeres, en un nivel de solidaridad y acción transformadora, antes de toda racionalización. A partir de este “conocimiento” se entiende la conversación:

‒ Jesús: «¿Quién ha tocado mi manto?» (5,30). Pregunta así porque sabe que él se ha puesto en contacto sanador (de solidaridad personal) con un cuerpo/persona, a través del manto que mantiene su intimidad (le permite resguardad lo más profundo), pero que, al mismo tiempo, le comunica con los otros, haciendo así posible que todos le miren y le toquen. No pregunta “qué” me ha tocado (como si fuera una cosa), sino tis, es decir, quien, una persona. No pregunta por aquellos que le han tocado en general, en roce de tipo ordinario. Quiere saber quién le ha tocado precisamente el manto, aludiendo de esa forma al simbolismo ya indicado del manto nupcial, pero, sobre todo, al signo de la comunicación corporal.

‒ Los discípulos no entienden (5, 31). Piensan que Jesús alude al toque ordinario de aquellos que caminan a su lado y le empujan u oprimen por curiosidad o falta de espacio. No conocen el poder de su vida (de su cuerpo), ni saben distinguir los roces de la gente: quedan en el plano físico de la gente que aprieta, en un nivel de encuentros materiales, como si fueran simples “cosas”. A diferencia de ellos, la mujer entenderá (5, 33). Sabe lo del manto y conoce el movimiento de su cuerpo sanado (conoce a nivel de corporalidad humana, no de contacto de cosas) .

‒ Jesús, en cambio, distingue y reconoce que éste ha sido un roce de mujer distinta (es decir, de una persona, que en aquel contexto ha de venir escondido), pues el texto dice que, antes de verla y conocerla externamente, él se ha vuelto para descubrir tên touto poiêsasan, es decir, para ver a “la” que había hecho esto (5, 32), sabiendo que la persona que le ha tocado sólo podía ser una mujer creyente, alguien que cree en el poder liberador del contacto corporal (en contra de aquellos que le habían condenado por ley a ser impura). Éste es el principio de su gesto posterior (de su palabra de curación): Una mujer “distinta” (que según Ley debía alejarse de todos) le ha tocado, y él se deja tocar .

El texto nos sitúa así ante el contacto de dos cuerpos. (a) El de una mujer que se encuentra expulsada de la sociedad y declarada impura por su trastorno de sangre. (b) Y el de Jesus que irradia pureza y purifica a la mujer que le ha tocado, vinculándose a ese plano con la hemorroísa. Sólo ellos dos, en medio del gentío de curiosos legalistas, se saben hermanados por el cuerpo.

Contacto de cuerpos, encuentro de personas

Al “tocar” a Jesús, ella le ha enseñado algo que quizá Jesús antes no sabía (o no había pensado expresamente): Que no hay un “cuerpo impuro” de mujer; que igual que ha podido “limpiar” al leproso (1, 39-45), él puede y debe curar a la mujer menstruante, a la que otros toman como impura. Al “tocar” a Jesús, esta mujer ha declarado que quiere ser pura y que lo es. Al sentirse “tocado” en su cuerpo, Jesús descubre y declara que esta mujer está limpia.

Nos hallamos, por tanto, ante un “con-tacto” personal primigenio y salvador, ante el tacto de dos cuerpos que no se rechazan, un roce humano, primigenio, de reconocimiento y de aceptación “mesiánica”, es decir, personal. A ese nivel ha tocado la mujer a Jesús; a ese nivel ha aprendido Jesús que ese “toque” no es impuro, no mancha. Jesús descubre así que, más allá de los que aprietan y oprimen de manera puramente física, le ha tocado una persona pidiendo su ayuda; evidentemente, él se la ha dado.

Jesús se ha dejado sorprender por el “tacto” de esta mujer, que es como el “toque” sorprendente de Dios, del que han hablado algunos místicos, siendo un toque perfectamente humano. Dejarse tocar por una hemorroísa, ésta es la novedad de Jesús. Esta mujer le ha “tocado” en lo más hondo de su vida (de su persona), y él se ha dejado “tocar”, no ha rechazado su roce más hondo, y por la ha buscado con insistencia, logrando que ella venga, a la vista de todos, y se postre (pros-epesen) a sus pies, como el archisinagogo se había postrado, confesando así el poder de Jesús, que le ha “obligado” a confesar abiertamente lo que ha hecho (le ha tocado), declarando toda la verdad (pasan tên alêtheian), que es la verdad de su dolencia y de su curación (5,33).

Esta mujer era invisible, estaba encerrada en la cárcel de su impureza, sin que nadie pudiera tocarla, ni ella tocar a nadie, bajo amenaza de fuerte condena. Por eso ha venido a escondidas, con miedo, pues quien la viera podía castigarla (5, 27). Pero Jesús se ha dejado tocar, y quiere decir ante todos lo que ha pasado, haciendo que ella pueda romper ese ocultamiento vergonzoso, hecho de represiones exteriores y miedos internos, que ahora podrá ya superar abiertamente.

La mujer debe contar su verdad, toda la verdad

En otras ocasiones, Jesús había pedido a los curados que no dijera nada, para que el “milagro” no rompiera el secreto mesiánico, ni pudiera convertirse en propaganda mentirosa sobre su persona (cf. 1, 34. 44; 3, 12). Pero, en esta ocasión, él pide a la mujer que se ponga en el centro y cuente a la muchedumbre lo que ha sido su vida en cautiverio y cómo ha conseguido la pureza de su cuerpo. De esa forma, le concede (o, mejor dicho, le devuelve) la palabra, para que así ella pueda declarar en la plaza pública, ante todos los hombres legalistas, lo que fue el tormento de su vida, clausurada en la “impureza” que le imponían otros, y lo que es la gracia de la curación de Jesús.

Es ella la que tiene que decirlo (decirse a sí misma): tomar su palabra de mujer y persona, proclamando ante todos su experiencia, para que así descubran, por su testimonio, unido al de Jesús, que ella no es impura. Es una mujer que conoce lo que le ha pasado (eiduia ho gegonen autê, 5, 33) por su propio cuerpo (5, 29), una mujer que puede elevarse ante todos, declarando lo que había en el fondo de su exclusión, sin estar ya sometida a lo que otros dicen de ella a través de sus leyes. Así dice verdad (pasan tên alêtheian, en absoluto) ante los varones de la plaza (y en especial ante el Archisinagogo, enseñándoles con su propia experiencia el camino de la salud. De esa manera se expresa la meta de la curación, así aparece el principio de la iglesia mesiánica, que surge allí donde las mujeres pueden y deben decir lo que sienten y saben, lo que sufren y esperan, en una historia que deben oír los varones.

Ella cuenta y él ratifica lo que ha dicho esta mujer. De manera muy significativa, Jesús no añade nada, no se pone por encima de ella. No se atribuye la curación, no quiere ponerse en primer plano, sino que confirma, de manera cercana y personal, lo que ella ha hecho: ¡Hija! Tú fe te ha salvado. Vete en paz (5, 34). Esta palabra ¡hija! (thygatêr), no hijita (thygatrion, en diminutivo, como ha dicho el archisinagogo al referirse a su hija/niña), es aquí el término apropiado.

Jesús ha sido como buen padre para ella, ha dejado que le toque y le ha permitido madurar, de manera que de ahora en adelante puede comportarse como persona madura. Jesús ha sido como buen amigo, un hombre que reconoce el contacto puro de una mujer. De esa forma la ha reconocido mujer como persona, la ha querido y se ha dejado querer por ella, dejándose tocar, reconociéndole persona y destacando el valor de su fe. Ella le ha curado.

Una curación de mujer que debe conocerse.

Jesús había pedido al leproso (Mc 1, 39-45) que se presentara ante el sacerdote, para realizar los ritos de purificación y recibir el aval de que estaba curado, conforme a Lev 14, 2-32, manteniéndose luego callado (es decir, dentro de la estructura social de Israel). Pero el leproso, con buen acuerdo, no cumplió el pedido de Jesús. A esta mujer, en cambio, Jesús no le pide que vaya al sacerdote para ratificar su curación, a pesar de Lev 15, 28.30, sino que cuente ante todos su verdad, rompiendo así aquello que el orden sacerdotal impone sobre las mujeres “enfermas” de menstruación. Es evidente que no puede (no quiere) ponerla de nuevo bajo el poder de unos sacerdotes, que según la ley y costumbre de aquel judaísmo debían declarar si ella era pura o no, tras el tiempo de su hemorragia.

De esa forma, Jesús arrancó a esa mujer del dominio (dictadura) que los sacerdotes imponían (imponen) sobre las mujeres, a partir de una supuesta pureza/impureza de sangre (que ellos controlaban). Lo que a Jesús le importa, lo que hace posible que exista humanidad, es la fe y la palabra de contacto humano, y quiere que eso se sepa y que está mujer lo diga delante de todos .
Por eso quiere que ella “toma” la palabra y diga toda la verdad (que es una verdad de mujer, muchas veces silenciada por los hombres).

Puede seguir existiendo el problema de la sangre menstrual (trastorno físico), en plano médico, pero ante Jesús ha perdido su carácter de maldición y su poder de exclusión religiosa, de rechazo humano, y por eso quiere que esta mujer habla, que cuente su experiencia. De esa forma, ella no aparece ya como impura, sino como persona enferma a la que ha sanado su fe y su palabra (su forma de decirse en público).

Así la ha valorado Jesús a este mujer, superando una tendencia legalista que ha dominado en cierto judaísmo desde el Levítico hasta la Misná (y en cierto cristianismo). Frente a la mujer naturaleza, determinada por el ritmo normal o anormal de las menstruaciones, encerrada en la pretendida “violencia” que su sangre menstrual y su proceso genético implican y simboliza (sobre todo para los varones), Jesús ha destacado su valor como creyente que vive y despliega en fe su humanidad.

Jesús no se limita a definirla desde fuera, como cuerpo peligroso que se debe controlar sino que la recibe en su realidad, como persona: como mano que puede tocar, como mente capaz de expresarse y decir lo que siente, corazón que sufre y cree. Sólo una mujer que se expresa y actúa, diciendo lo que ha sido su dolor, puede madurar como persona. Jesús no la retiene para su posible iglesia, ni la manda al sacerdote (para ratificar su curación sagrada), sino que le pide algo anterior: Que hable ante todos, de forma que sea ella misma quien defina su enfermedad y su salud. De un modo muy significativo, sólo esta mujer puede decir “toda la verdad”, pues ella tiene el verdadero conocimiento de su vida y su salud, de manera que no se encuentra ya bajo la imposición de una verdad ajena (en este caso, mentirosa) de varones que quieren definirla desde fuera.

En el tribunal de la vida: Un testimonio supremo de mujer

Sólo esta mujer dice en Marcos (y en el conjunto del Nuevo Testamento) “toda la verdad” (pasan tên alêtheian, una frase que se ha hecho habitual en los tribunales. Pues bien, como si estuviéramos en un tribunal de humanidad, Jesús pide a este mujer que actúe como testigo privilegiado de su caso y cuente “toda la verdad”, no su verdad particular, sino toda la verdad de la vida. Jesús le ha devuelto la palabra (es decir, le ha reconocido), y ella la dice, diciendo toda la verdad, ante todos, para siempre. Una vez que ha confesado esa verdad (no una opinión privada o partidista), Jesús, que actúa como juez superior, ratifica lo que ella ha dicho y le responde que vaya sin miedo y que asuma ante todos su camino de mujer en dignidad (liberándola así del control de los sacerdotes), sin dejarse dominar por la posible irregularidad de sus menstruaciones.

Jesús no le dice lo que debe hacer, no le impone ningún tipo de carga social o religiosa, sino que le limita a “confirmar su verdad” (la de ella), y le dice que “su fe” (la de ella) le ha salvado, añadiendo “que vaya en paz”, estando ya sanada. Ésta hemorroísa aparece así como una mujer con verdad, una creyente, ante todos los hombres y mujeres de la plaza, que escuchan y aprenden. De esa forma, recuperada su dignidad, ella puede marcharse a su casa (a su hogar, a sus tareas, a su vida).

Así puede “ir en paz” (eis eirênên), sin miedo a que nadie la fuerce y la oprima de nuevo, para crear familia (si quiere), para vivir en humanidad, como hermana, madre o compañera, en el corro de Jesús o de la iglesia (cf. 3, 31-35), abriendo hacia los otros la fe que ella ha descubierto “tocando” a Jesús.

Esta mujer buscaba a Jesús para curarse. Jesús la ha tocado y, tras pedirle que cuente había sido su enfermedad y lo que implica su salud, la “devuelve” a la vida (su vida de mujer), diciéndole que vaya en paz y que quede libre de este flagelo (látigo, mastigos, que la hería y dominaba). No le impuesto nada, sólo ha querido que diga su palabra, y después le desea paz: Que pueda ser ella misma, sin estar ya condenada a vivir fuera del círculo social, como había estado, a modo de muerta viviente, en doce años de impureza (controlada por los sacerdotes).

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